Nueva Traducción BibliaTodo · NTBT
NTBT-2026-11-06 · 2026-11-06

Santa Biblia, Nueva Traducción BibliaTodo (NTBT).
Publicada por BibliaTodo Bible Society, sello editorial de BibliaTodo LLC.
https://www.bibliatodo.com/ntbt/
Historia y fidelidad bíblica

Texto español NTBT © 2026 BibliaTodo LLC, en lo relativo a sus aportaciones propias. Publicado por BibliaTodo Bible Society, sello editorial de BibliaTodo LLC.

Dirección y revisión editorial

La dirección y revisión editorial de la Nueva Traducción BibliaTodo está a cargo de Carlos Colina, con el apoyo del equipo colaborador de BibliaTodo Bible Society.

Cómo se traduce y se revisa

Las traducciones de BibliaTodo se elaboran a partir de los textos de las Escrituras en hebreo, arameo y griego. En nuestra metodología identificamos las ediciones textuales que utilizamos.

El cotejo atiende al capítulo completo, la gramática, los sujetos, las negaciones, las cantidades, las repeticiones y las imágenes del pasaje. La precisión se expresa en un español natural y reverente: las narraciones deben poder seguirse con claridad, y la poesía, las oraciones y las expresiones memorables conservar su cadencia y fuerza. Las explicaciones se mantienen separadas del texto bíblico.

La fidelidad al sentido del hebreo, arameo y griego es el criterio principal. La claridad de la redacción no debe introducir explicaciones teológicas ni resolver ambigüedades que el texto y su contexto mantienen. Las decisiones de traducción deben justificarse desde las lenguas bíblicas; las explicaciones, interpretaciones y aplicaciones se presentan por separado en el material de estudio.

Bases textuales y recursos de consulta

Para el Antiguo Testamento se utiliza la tradición masorética hebrea y aramea en Westminster Leningrad Codex (WLC), con los recursos lingüísticos de Open Scriptures Hebrew Bible (OSHB). Las diferencias entre la forma escrita y la lectura transmitida, conocidas como ketiv y qere, se examinan en su contexto. El arameo se consulta en los pasajes que corresponden a esa lengua.

Para el Nuevo Testamento, la base griega principal es SBL Greek New Testament (SBLGNT), edición de Michael W. Holmes, versión 1.2. El interlineal, la morfología y los recursos léxicos apoyan el examen del texto; una glosa aislada no sustituye su sentido en contexto. Estas ediciones dan acceso a los textos en sus lenguas originales, transmitidos por la tradición manuscrita.

Cómo se tratan las variantes textuales

Una variante textual es una diferencia de lectura entre testimonios del texto. Se distingue de una decisión sobre cómo expresar una misma lectura en español y de las diferencias de puntuación o numeración. La edición griega principal contiene decisiones críticas de su editor; las excepciones adoptadas por NTBT se documentan por separado.

El examen de una lectura considera la evidencia textual consultada, la gramática y el contexto. La familiaridad de una frase, la antigüedad de un testigo, el número de copias o una preferencia interpretativa no determinan por sí solos la decisión. Se evita armonizar pasajes cambiando silenciosamente nombres, cantidades o afirmaciones del texto.

En el Nuevo Testamento, NTBT conserva determinadas lecturas adicionales documentadas en el griego del interlineal de consulta, aunque no figuren en el texto principal de SBLGNT. Los versículos completos conservados por esta convención se presentan entre corchetes; Marcos 16:9–20 recibe también esa marca. Los corchetes identifican estas decisiones de la edición y no constituyen un inventario completo de todas las variantes de la Biblia.

Ejemplos de decisiones textuales

Mateo 18:11. NTBT conserva la lectura griega complementaria registrada en el interlineal de consulta y presenta el versículo íntegro entre corchetes. La lectura se traduce desde el griego, distinguiéndola del texto principal de SBLGNT.

Marcos 16:9–20. Se conserva el final largo del Evangelio, reproducido con señalización crítica en SBLGNT, y cada versículo se presenta íntegramente entre corchetes. El final breve adicional que esa edición reproduce después de Marcos 16:8 no se incorpora al texto NTBT.

Mateo 1:7. Asaf en NTBT y Asaph en BTNT expresan en cada idioma la lectura conservada en la base griega. Sustituirla por Asa supondría adoptar otra lectura, no solo adaptar el nombre al español o al inglés. La familiaridad de una genealogía no justifica ese cambio por sí sola.

Juan 7:53–8:11. NTBT conserva íntegro el relato y mantiene su convención actual de corchetes. SBLGNT imprime esta unidad con dobles corchetes; varios testimonios griegos tempranos que conservan este tramo no la contienen y otros la sitúan en lugares diferentes. Las notas de Juan 7:53 y 8:1 explican esta cuestión de transmisión sin confundirla con una decisión de redacción ni con una conclusión automática sobre la historicidad del relato.

Romanos 16:25–27. NTBT conserva esta doxología entre corchetes desde la lectura griega complementaria documentada. No forma parte del cuerpo de la edición SBLGNT consultada; esta diferencia se explica por separado de Juan 7:53–8:11 y de las decisiones de puntuación.

Salmos 22:16 (22:17 en la numeración hebrea de WLC/OSHB): la lectura masorética es כָּאֲרִי (kaʾarí), «como un león», seguida de «mis manos y mis pies». NTBT conserva esa imagen. El segmento hebreo no repite un verbo junto a esas palabras; «cercan» explicita en español la acción del contexto precedente. BTNT conserva la construcción elíptica y NTB-BR explicita igualmente la acción. Esta identificación de la lectura adoptada no equivale a resolver definitivamente toda la discusión textual.

Hebreos 2:9: SBLGNT imprime χωρὶς θεοῦ (chōrís theoû), «aparte de Dios»; las tres traducciones conservan esa lectura. «Por la gracia de Dios» corresponde a χάριτι θεοῦ (cháriti theoû), una lectura diferente. La selección griega pertenece a SBLGNT; la redacción en cada idioma es responsabilidad de BibliaTodo. No se trata de una variante inventada por la traducción.

Párrafos, poesía y numeración

Los párrafos narrativos, las líneas poéticas y las estrofas se describen mediante una estructura de capítulo compartida por los lectores y las exportaciones. Las introducciones narrativas de un poema se distinguen de sus versos. Los encabezamientos antiguos de los Salmos se conservan como parte descriptiva del salmo, separados de los títulos editoriales; en USFM y USX se identifican con d.

Salmos 47:9 y 47:10 se mantienen como dos versículos. Juntos corresponden al cierre de Salmos 47:10 en la numeración hebrea, que cuenta el encabezamiento como versículo 1. La diferencia de división no omite contenido. Cada entrega identifica su fecha de corte, separada del número del catálogo y de la licencia.

Una Escritura transmitida a través de los siglos

La historia manuscrita del Nuevo Testamento incluye fragmentos tempranos, como el Papiro Rylands 52, tradicionalmente fechado en el siglo II, y códices de gran importancia como el Sinaítico y el Vaticano, del siglo IV. Estos testimonios permiten estudiar la transmisión del texto griego a lo largo de los siglos.

Para el Antiguo Testamento, la tradición masorética preserva el texto hebreo y los pasajes arameos. El Códice de Leningrado, del siglo XI, es uno de sus testigos completos fundamentales. La antigüedad de un manuscrito y su valor para un pasaje se consideran junto con los demás testimonios disponibles.

Los testimonios manuscritos forman el contexto histórico de estas ediciones textuales. Su mención no atribuye al proyecto una consulta independiente de cada códice ni una reconstrucción crítica propia del conjunto de los manuscritos. La documentación editorial distingue las fuentes realmente consultadas de la información histórica sobre la transmisión.

Por qué compartimos gratuitamente nuestras traducciones

En su libro Cómo escuchar la voz audible de Dios, Carlos Colina, fundador de BibliaTodo, relata que en diciembre de 2021 el Señor le mostró en una visión un acontecimiento futuro: su propia muerte y su llegada al reino de los cielos.

En aquella visión se encontró en un lugar semejante a un estadio inmenso, lleno de una multitud de millones de personas que alababan a Dios. Después se hizo silencio. Un ángel se puso en pie, sosteniendo un libro en su mano, y comenzó a mencionar nombres. Quienes eran llamados se levantaban entre la multitud.

Cuando el ángel pronunció otro nombre, Carlos vio ponerse de pie a un hombre cuyo rostro pudo contemplar, aunque no lo conocía ni sabía quién era. Entonces escuchó estas palabras del ángel:

«Cedió los derechos de autor de la película de Jesús, con la cual se han alcanzado millones de almas para el Reino de los Cielos».

Al despertar de la visión, buscó información sobre la película y relacionó a aquel hombre con Bill Bright, fundador de Campus Crusade for Christ (hoy Cru) e impulsor de la película JESÚS (1979). Comprendió que aquel hombre habría podido obtener grandes ganancias económicas, pero había elegido hacer tesoros en el reino de los cielos.

Carlos comparte esta experiencia como su testimonio personal y relaciona la enseñanza que recibió con su decisión de poner el trabajo de las traducciones BibliaTodo al servicio de la expansión del evangelio: servir a Jesucristo con generosidad y facilitar que otras personas conozcan su Palabra.

Nuestra mayor aspiración es que más personas conozcan a Jesucristo mediante las Escrituras. Por eso autorizamos gratuitamente la reproducción y distribución de nuestras traducciones, tanto con fines comerciales como sin fines de lucro, sin cobrar regalías, comisiones ni cuotas de licencia.

Puedes copiar, imprimir, regalar, publicar, distribuir y vender estas traducciones en formatos físicos y digitales, incluidas webs, aplicaciones y plataformas comerciales. También puedes crear diseños propios: Biblias para colorear, con ilustraciones, márgenes para escribir notas o acompañadas de estudios. Conserva íntegro el texto bíblico y su atribución; identifica por separado tus comentarios y demás añadidos.

La integración y distribución requieren un registro gratuito y la verificación del correo electrónico; completados esos pasos, la autorización es automática. Vender una edición o utilizar un diseño propio, cumpliendo el acuerdo, no constituye un motivo para que BibliaTodo exija su retirada. Los usos autorizados no generan regalías, comisiones ni cuotas de licencia a favor de BibliaTodo.

Revisión continua y actualizaciones

Cada idioma tiene su propia redacción desde las lenguas bíblicas y aprovecha la investigación editorial compartida. Las propuestas de mejora se evaluarán mediante cotejo del original y del contexto. La colaboración de especialistas con formación acreditada se reconocerá únicamente por los capítulos y revisiones efectivamente realizados; una alternativa igualmente fiel no obliga a modificar una traducción acertada.

Cada entrega se identifica por su fecha de corte, distinta de la primera publicación y de la versión de la licencia. Los responsables registrados pueden solicitar avisos editoriales y desactivarlos sin perder su autorización. La publicación de mejoras y los envíos se someten a verificación y aprobación editorial; el historial y las descargas oficiales permiten comprobar qué entrega está disponible.

Ediciones de cotejo y reconocimientos documentales

La transmisión del Nuevo Testamento cuenta con testimonios antiguos como el Papiro Rylands 52 (P52), un fragmento del Evangelio de Juan tradicionalmente situado en el siglo II, cuya datación paleográfica sigue siendo objeto de estudio, y los códices Sinaítico y Vaticano, del siglo IV. Estos manuscritos documentan la historia del texto; las ediciones identificadas a continuación permiten su cotejo en las lenguas bíblicas.

Antiguo Testamento: texto masorético hebreo y arameo, en la edición Westminster Leningrad Codex (WLC), consultada junto con los recursos lingüísticos de Open Scriptures Hebrew Bible (OSHB).

Nuevo Testamento: SBL Greek New Testament (SBLGNT), edición de Michael W. Holmes, versión 1.2, utilizada para el cotejo del griego. La redacción española y las decisiones de estilo de NTBT corresponden a su propio trabajo editorial.

Reconocimiento de la edición griega consultada: SBL Greek New Testament © 2010 Society of Biblical Literature y Logos Bible Software, bajo CC BY 4.0. Este aviso corresponde a esa edición griega; los derechos de las aportaciones propias del texto español NTBT corresponden a BibliaTodo LLC.

Original work of the Open Scriptures Hebrew Bible available at https://github.com/openscriptures/morphhb

Las licencias abiertas de estas ediciones permiten su utilización con reconocimiento, incluso para fines comerciales. Su identificación documental es compatible con la autorización gratuita de distribución NTBT y no implica que esas entidades publiquen, patrocinen o certifiquen esta traducción.

Edición griega SBLGNT y licencia: https://www.sblgnt.com/license/

OSHB: reconocimiento y licencia CC BY 4.0: https://github.com/openscriptures/morphhb/blob/master/LICENSE.md

Licencia Creative Commons Atribución 4.0: https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

Texto legal de CC BY 4.0: https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/legalcode

Introducción y criterios de la edición SBLGNT: https://www.sblgnt.com/about/introduction/

WLC / OSHB · Salmos 22: https://github.com/openscriptures/morphhb/blob/master/wlc/Ps.xml

SBLGNT · Hebrews 2:9: https://github.com/LogosBible/SBLGNT/blob/master/data/sblgnt/text/Heb.txt

Actualizaciones e identificación de entregas: https://www.bibliatodo.org/es/ntbt/updates

También disponible en otros idiomas
English · BibliaTodo New Translation (BTNT)
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Português (Brasil) · Nova Tradução BibliaTodo (NTB-BR)
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GÉNESIS

Capítulo 1
La creación
1:1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
1:2 Y la tierra estaba desordenada y vacía, y la oscuridad cubría la superficie del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas.
Primer día: luz y oscuridad
1:3 Y dijo Dios: «Sea la luz». Y fue la luz.
1:4 Y vio Dios que la luz era buena, y separó Dios la luz de la oscuridad.
1:5 Y llamó Dios a la luz Día, y a la oscuridad llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana: un día.
Segundo día: el cielo
1:6 Y dijo Dios: «Haya una expansión en medio de las aguas, y que separe las aguas de las aguas».
1:7 E hizo Dios la expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión de las aguas que estaban sobre la expansión. Y fue así.
1:8 Y llamó Dios a la expansión Cielos. Y fue la tarde y la mañana: el día segundo.
Tercer día: tierra y vegetación
1:9 Y dijo Dios: «Reúnanse las aguas que están debajo de los cielos en un solo lugar, y que aparezca lo seco». Y fue así.
1:10 Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno.
1:11 Y dijo Dios: «Produzca la tierra vegetación: plantas que den semilla y árboles frutales que den fruto según su especie, con su semilla en él, sobre la tierra». Y fue así.
1:12 Y la tierra produjo vegetación: plantas que dan semilla según su especie y árboles que dan fruto, con su semilla en él, según su especie. Y vio Dios que era bueno.
1:13 Y fue la tarde y la mañana: el día tercero.
Cuarto día: las lumbreras
1:14 Y dijo Dios: «Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche, y sirvan de señales para las estaciones, para días y años,
1:15 y que sean lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra». Y fue así.
1:16 Y Dios hizo las dos grandes lumbreras: la lumbrera mayor para gobernar el día y la lumbrera menor para gobernar la noche; e hizo también las estrellas.
1:17 Y Dios las puso en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra,
1:18 y para gobernar el día y la noche, y para separar la luz de la oscuridad. Y vio Dios que era bueno.
1:19 Y fue la tarde y la mañana: el día cuarto.
Quinto día: vida en el agua y en el cielo
1:20 Y dijo Dios: «Que las aguas rebosen de seres vivientes, y que las aves vuelen sobre la tierra, a través de la expansión de los cielos».
1:21 Y creó Dios las grandes criaturas marinas y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron en abundancia según sus especies, y toda ave alada según su especie. Y vio Dios que era bueno.
1:22 Y Dios los bendijo, diciendo: «Sean fructíferos y multiplíquense, y llenen las aguas en los mares; y que las aves se multipliquen en la tierra».
1:23 Y fue la tarde y la mañana: el día quinto.
Sexto día: animales terrestres y humanidad
1:24 Y dijo Dios: «Que la tierra produzca seres vivientes según su especie: ganado, reptiles y animales de la tierra según su especie». Y fue así.
1:25 E hizo Dios los animales de la tierra según su especie, y el ganado según su especie, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno.
1:26 Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y que tenga dominio sobre los peces del mar, sobre las aves de los cielos, sobre el ganado, sobre toda la tierra y sobre todo animal que se arrastra sobre la tierra».
1:27 Y creó Dios al ser humano a su imagen;
   a imagen de Dios lo creó.
   Varón y hembra los creó.
1:28 Y los bendijo Dios, y les dijo Dios: «Sean fructíferos y multiplíquense, llenen la tierra y sométanla, y tengan dominio sobre los peces del mar, sobre las aves de los cielos y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra».
1:29 Y dijo Dios: «Yo les doy toda planta que da semilla que está sobre la faz de toda la tierra, y todo árbol que da fruto con semilla; les servirán de alimento».
1:30 Y a todo animal de la tierra, a toda ave de los cielos y a todo ser que se arrastra sobre la tierra y tiene aliento de vida, toda planta verde les servirá de alimento. Y fue así.
1:31 Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno. Y fue la tarde y la mañana: el día sexto.

Capítulo 2
El descanso del séptimo día
Relaciones bíblicas: Éxodo 20:8–11; Hebreos 4:3–11.
2:1 Y fueron acabados los cielos y la tierra, y todo su ejército.
2:2 Y Dios terminó en el día séptimo la obra que hizo, y en el día séptimo reposó de toda la obra que hizo.
2:3 Y Dios bendijo el día séptimo y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que Dios había creado y hecho.
La vida en el huerto de Edén
Texto relacionado: Génesis 1:26–31.
2:4 Esta es la historia de los cielos y de la tierra cuando fueron creados, en el día que el SEÑOR Dios hizo la tierra y los cielos,
2:5 y aún no había ningún arbusto del campo sobre la tierra, ni había brotado ninguna planta del campo, porque el SEÑOR Dios no había hecho llover sobre la tierra, y no había hombre para cultivar el suelo;
2:6 sino que un vapor subía de la tierra y regaba toda la superficie del suelo.
2:7 Entonces el SEÑOR Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre llegó a ser un ser viviente.
2:8 Y el SEÑOR Dios plantó un huerto en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado.
2:9 Y el SEÑOR Dios hizo brotar de la tierra todo árbol agradable a la vista y bueno para comer; también el árbol de la vida en medio del huerto, y el árbol del conocimiento del bien y del mal.
Los ríos y sus regiones
2:10 Y de Edén salía un río para regar el huerto, y desde allí se dividía en cuatro brazos.
2:11 El nombre del primero es Pisón; este es el que recorre toda la tierra de Havila, donde hay oro.
2:12 Y el oro de aquella tierra es bueno; allí hay bedelio y piedra de ónice.
2:13 Y el nombre del segundo río es Guijón; este es el que rodea toda la tierra de Cus.
2:14 El nombre del tercer río es Hidekel; este es el que corre al este de Asiria. Y el cuarto río es el Éufrates.
El trabajo y el mandato en el huerto
2:15 Entonces el SEÑOR Dios tomó al hombre y lo puso en el huerto de Edén, para que lo cultivara y lo cuidara.
2:16 Y el SEÑOR Dios le ordenó al hombre, diciendo: «Puedes comer de todo árbol del huerto,
2:17 pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que comas de él, ciertamente morirás».
La compañía humana y el matrimonio
2:18 Y dijo el SEÑOR Dios: «No es bueno que el hombre esté solo. Le haré una ayuda adecuada para él».
2:19 El SEÑOR Dios formó del suelo todo animal del campo y toda ave de los cielos, y los llevó ante Adán para ver qué nombre les pondría. Y el nombre que Adán le dio a cada ser viviente, ese es su nombre.
2:20 Y Adán puso nombre a todo el ganado, a las aves de los cielos y a todo animal del campo; pero para Adán no se halló una ayuda adecuada para él.
2:21 Entonces el SEÑOR Dios hizo caer un sueño profundo sobre Adán, y este se durmió. Luego tomó una de sus costillas y cerró la carne en su lugar.
2:22 Y de la costilla que el SEÑOR Dios había tomado de Adán, formó una mujer y la llevó ante Adán.
2:23 Entonces dijo Adán: «Ahora sí, esta es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Será llamada mujer, porque del varón fue tomada».
2:24 Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne.
2:25 Y estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, y no se avergonzaban.

Capítulo 3
La desobediencia en el huerto de Edén
Relaciones bíblicas: 2 Corintios 11:3; Romanos 5:12–19.
3:1 Ahora bien, la serpiente era más astuta que todos los animales del campo que el SEÑOR Dios había hecho, y le dijo a la mujer: «¿Así que Dios les ha dicho: ‘No coman de todo árbol del huerto’?»
3:2 La mujer le respondió a la serpiente: «Del fruto de los árboles del huerto podemos comer,
3:3 pero del fruto del árbol que está en medio del huerto, Dios ha dicho: ‘No coman de él, ni lo toquen, para que no mueran’».
3:4 Entonces la serpiente le dijo a la mujer: «Ciertamente no morirán;
3:5 sino que Dios sabe que el día que coman de él, sus ojos serán abiertos, y ustedes serán como Dios, conocedores del bien y del mal».
3:6 Entonces la mujer vio que el árbol era bueno para comer, que era un deleite para los ojos y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría. Así que tomó de su fruto y comió; y le dio también a su esposo que estaba con ella, y él comió.
3:7 Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera y se hicieron ceñidores.
Dios confronta a la pareja
3:8 Y oyeron la voz del SEÑOR Dios que se paseaba por el huerto a la brisa del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia del SEÑOR Dios entre los árboles del huerto.
3:9 Entonces el SEÑOR Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?».
3:10 Y él respondió: «Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí».
3:11 Y Él dijo: «¿Quién te hizo saber que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del que te ordené no comer?».
3:12 Y el hombre respondió: «La mujer que me diste por compañera, ella me dio del árbol, y comí».
3:13 Entonces el SEÑOR Dios dijo a la mujer: «¿Qué es esto que has hecho?». Y la mujer respondió: «La serpiente me engañó, y comí».
Las consecuencias de la desobediencia

3:14 Y el SEÑOR Dios dijo a la serpiente:
 «Por cuanto has hecho esto, maldito serás más que todo el ganado y que todos los animales del campo.
   Sobre tu vientre te arrastrarás, y polvo comerás todos los días de tu vida.
3:15 Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y la descendencia de ella.
   Él te aplastará la cabeza, y tú le herirás en el talón».

3:16 A la mujer le dijo:
 «Aumentaré grandemente los dolores de tu embarazo;
   con dolor darás a luz a tus hijos.
   Tu deseo se dirigirá a tu esposo, y él te dominará».

3:17 Y al hombre le dijo:
 «Porque escuchaste la voz de tu mujer y comiste del árbol del que te ordené diciendo: “No comerás de él”, maldita será la tierra por tu causa;
   con penoso trabajo comerás de ella todos los días de tu vida.
3:18 Te producirá espinos y cardos, y comerás las plantas del campo.
3:19 Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado;
   pues polvo eres, y al polvo volverás».
3:20 Y el hombre llamó a su mujer Eva, porque ella llegaría a ser madre de todos los vivientes.
3:21 Y el SEÑOR Dios hizo para el hombre y para su mujer túnicas de piel, y los vistió.
El acceso al árbol de la vida queda cerrado
3:22 Y dijo el SEÑOR Dios: «He aquí, el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros, conociendo el bien y el mal. Ahora, que no extienda su mano y tome también del árbol de la vida, y coma y viva para siempre».
3:23 Entonces el SEÑOR Dios lo envió fuera del huerto de Edén, para que labrara la tierra de la cual fue tomado.
3:24 Así que expulsó al hombre, y al oriente del huerto de Edén puso a los querubines y la llama de una espada que giraba para custodiar el camino al árbol de la vida.

Capítulo 4
Caín y Abel
Relaciones bíblicas: Hebreos 11:4; 1 Juan 3:11–12.
4:1 Adán tuvo relaciones con su esposa Eva, y ella concibió y dio a luz a Caín. Entonces dijo: «Con la ayuda del SEÑOR he tenido un varón».
4:2 Después dio a luz a su hermano Abel. Abel se dedicó a pastorear ovejas, y Caín a cultivar la tierra.
Las ofrendas de los hermanos
4:3 Pasado un tiempo, Caín llevó al SEÑOR una ofrenda del fruto de la tierra.
4:4 Abel también llevó una ofrenda de las primeras crías de su rebaño y de sus partes más grasas. El SEÑOR miró con agrado a Abel y a su ofrenda,
4:5 pero no miró con agrado a Caín ni a su ofrenda. Caín se enojó mucho, y su semblante decayó.
4:6 Entonces el SEÑOR le dijo a Caín: «¿Por qué estás enojado? ¿Por qué ha decaído tu semblante?
4:7 Si haces lo bueno, ¿no serás aceptado? Pero si no haces lo bueno, el pecado está al acecho a la puerta. Desea dominarte, pero tú debes dominarlo».
El asesinato y el juicio
4:8 Caín habló con su hermano Abel. Y cuando estaban en el campo, Caín atacó a su hermano Abel y lo mató.
4:9 El SEÑOR le preguntó a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel?». Él respondió: «No lo sé. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?».
4:10 Entonces le dijo: «¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.
4:11 Ahora eres maldito y quedarás apartado de la tierra que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano.
4:12 Cuando cultives la tierra, ya no te dará su fruto. Serás un fugitivo y andarás errante por la tierra».
4:13 Caín le dijo al SEÑOR: «Mi castigo es demasiado grande para soportarlo.
4:14 Hoy me expulsas de esta tierra, y quedaré oculto de tu presencia. Seré un fugitivo y andaré errante por la tierra; cualquiera que me encuentre me matará».
4:15 El SEÑOR le respondió: «Por eso, cualquiera que mate a Caín recibirá un castigo siete veces mayor». Y el SEÑOR puso una señal en Caín para que nadie que lo encontrara lo matara.
4:16 Caín salió de la presencia del SEÑOR y se estableció en la tierra de Nod, al oriente de Edén.
La familia de Caín y sus oficios
4:17 Caín tuvo relaciones con su esposa, y ella concibió y dio a luz a Enoc. Caín estaba construyendo una ciudad y le puso el nombre de su hijo Enoc.
4:18 A Enoc le nació Irad. Irad engendró a Mehujael; Mehujael engendró a Metusael; y Metusael engendró a Lamec.
4:19 Lamec tomó dos esposas: una se llamaba Ada, y la otra Zila.
4:20 Ada dio a luz a Jabal, quien fue el padre de los que viven en tiendas y crían ganado.
4:21 Su hermano se llamaba Jubal; él fue el padre de todos los que tocan la lira y la flauta.
4:22 Zila también dio a luz a Tubal-caín, quien forjaba toda clase de herramientas de bronce y de hierro. La hermana de Tubal-caín era Naama.
La violencia de Lamec

4:23 Lamec les dijo a sus esposas:
 «Ada y Zila, escuchen mi voz;
   esposas de Lamec, presten atención a mis palabras.
   He matado a un hombre por herirme, a un joven por golpearme.
4:24 Si Caín será vengado siete veces, Lamec lo será setenta y siete».
Set y la continuidad de la vida
4:25 Adán volvió a tener relaciones con su esposa, y ella dio a luz a un hijo y lo llamó Set, pues dijo: «Dios me ha concedido otro descendiente en lugar de Abel, a quien Caín mató».
4:26 También a Set le nació un hijo, y lo llamó Enós. En aquel tiempo se comenzó a invocar el nombre del SEÑOR.

Capítulo 5
Los descendientes de Adán
Paralelo genealógico: 1 Crónicas 1:1–4.
5:1 Este es el libro de las generaciones de Adán. Cuando Dios creó al ser humano, lo hizo a semejanza de Dios.
5:2 Los creó hombre y mujer, los bendijo y los llamó seres humanos el día en que fueron creados.
5:3 Adán tenía ciento treinta años cuando engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y lo llamó Set.
5:4 Después de engendrar a Set, Adán vivió ochocientos años y engendró hijos e hijas.
5:5 Adán vivió en total novecientos treinta años, y murió.
5:6 Set tenía ciento cinco años cuando engendró a Enós.
5:7 Después de engendrar a Enós, Set vivió ochocientos siete años y engendró hijos e hijas.
5:8 Set vivió en total novecientos doce años, y murió.
5:9 Enós tenía noventa años cuando engendró a Cainán.
5:10 Después de engendrar a Cainán, Enós vivió ochocientos quince años y engendró hijos e hijas.
5:11 Enós vivió en total novecientos cinco años, y murió.
5:12 Cainán tenía setenta años cuando engendró a Mahalaleel.
5:13 Después de engendrar a Mahalaleel, Cainán vivió ochocientos cuarenta años y engendró hijos e hijas.
5:14 Cainán vivió en total novecientos diez años, y murió.
5:15 Mahalaleel tenía sesenta y cinco años cuando engendró a Jared.
5:16 Después de engendrar a Jared, Mahalaleel vivió ochocientos treinta años y engendró hijos e hijas.
5:17 Mahalaleel vivió en total ochocientos noventa y cinco años, y murió.
5:18 Jared tenía ciento sesenta y dos años cuando engendró a Enoc.
5:19 Después de engendrar a Enoc, Jared vivió ochocientos años y engendró hijos e hijas.
5:20 Jared vivió en total novecientos sesenta y dos años, y murió.
El testimonio de Enoc
5:21 Enoc tenía sesenta y cinco años cuando engendró a Matusalén.
5:22 Después de engendrar a Matusalén, Enoc caminó con Dios trescientos años y engendró hijos e hijas.
5:23 Enoc vivió en total trescientos sesenta y cinco años.
5:24 Enoc caminó con Dios, y desapareció, porque Dios se lo llevó.
5:25 Matusalén tenía ciento ochenta y siete años cuando engendró a Lamec.
5:26 Después de engendrar a Lamec, Matusalén vivió setecientos ochenta y dos años y engendró hijos e hijas.
5:27 Matusalén vivió en total novecientos sesenta y nueve años, y murió.
La esperanza por Noé
5:28 Lamec tenía ciento ochenta y dos años cuando engendró un hijo.
5:29 Lo llamó Noé, diciendo: «Él nos dará alivio en nuestro trabajo y en la fatiga de nuestras manos a causa de la tierra que el SEÑOR maldijo».
5:30 Después de engendrar a Noé, Lamec vivió quinientos noventa y cinco años y engendró hijos e hijas.
5:31 Lamec vivió en total setecientos setenta y siete años, y murió.
5:32 Noé tenía quinientos años cuando engendró a Sem, a Cam y a Jafet.

Capítulo 6
La corrupción de la humanidad
Relaciones bíblicas: Mateo 24:37–39; 2 Pedro 2:4–5.
6:1 Cuando los seres humanos comenzaron a multiplicarse sobre la tierra y les nacieron hijas,
6:2 los hijos de Dios vieron que las hijas de los seres humanos eran hermosas y tomaron por esposas a las que escogieron.
6:3 Entonces el SEÑOR dijo: «Mi Espíritu no contenderá con el ser humano para siempre, porque él es carne. Sus días serán ciento veinte años».
6:4 Los nefilim estaban en la tierra en aquellos días, y también después, cuando los hijos de Dios se unían a las hijas de los seres humanos y ellas les daban hijos. Ellos fueron los hombres poderosos de la antigüedad, hombres de renombre.
El juicio y la gracia
6:5 El SEÑOR vio que la maldad del ser humano era grande en la tierra y que toda inclinación de los pensamientos de su corazón era siempre y únicamente hacia el mal.
6:6 El SEÑOR lamentó haber hecho al ser humano en la tierra, y le dolió en el corazón.
6:7 Entonces el SEÑOR dijo: «Borraré de la superficie de la tierra al ser humano que he creado, y junto con él al ganado, a los animales que se arrastran y a las aves del cielo, porque lamento haberlos hecho».
6:8 Pero Noé halló gracia ante los ojos del SEÑOR.
Noé construye el arca
Relaciones bíblicas: Hebreos 11:7; 1 Pedro 3:20.
6:9 Estas son las generaciones de Noé. Noé era un hombre justo e intachable entre la gente de su tiempo. Noé caminaba con Dios.
6:10 Noé engendró tres hijos: Sem, Cam y Jafet.
6:11 La tierra estaba corrompida delante de Dios, y la tierra estaba llena de violencia.
6:12 Dios miró la tierra y vio que estaba corrompida, porque toda carne había corrompido su conducta sobre la tierra.
6:13 Entonces Dios le dijo a Noé: «He decidido poner fin a todo ser viviente, porque han llenado la tierra de violencia. Voy a destruirlos junto con la tierra.
Las instrucciones de construcción
6:14 Construye un arca de madera de gófer. Haz compartimientos en el arca y recúbrela con brea por dentro y por fuera.
6:15 La construirás así: de ciento treinta y ocho metros de largo, veintitrés metros de ancho y catorce metros de alto.
6:16 Deja una abertura de cuarenta y seis centímetros bajo el techo del arca. Coloca la puerta en un costado y construye tres pisos: uno inferior, uno intermedio y uno superior.
6:17 Yo voy a traer un diluvio de aguas sobre la tierra para destruir todo ser que tenga aliento de vida debajo del cielo. Todo lo que hay en la tierra morirá.
El pacto y la preservación de la vida
6:18 Pero estableceré mi pacto contigo. Entrarás en el arca con tus hijos, tu esposa y las esposas de tus hijos.
6:19 De todos los seres vivos, de toda criatura, llevarás al arca dos de cada especie, para conservarlos con vida contigo. Serán macho y hembra.
6:20 De las aves según su especie, del ganado según su especie y de todo animal que se arrastra por el suelo según su especie, dos de cada especie vendrán a ti para que los conserves con vida.
6:21 Toma también toda clase de alimento que se pueda comer y almacénalo contigo. Servirá de alimento para ti y para ellos».
6:22 Noé lo hizo así; hizo todo lo que Dios le había mandado.

Capítulo 7
El diluvio
Relaciones bíblicas: Mateo 24:37–39; Lucas 17:26–27.
7:1 El SEÑOR le dijo a Noé: «Entra en el arca con toda tu familia, porque he visto que eres justo delante de mí en esta generación.
7:2 De todos los animales puros, toma siete parejas, cada macho con su hembra; y de los animales que no son puros, una pareja, el macho con su hembra.
7:3 También de las aves del cielo toma siete parejas, macho y hembra, para conservar viva su descendencia sobre toda la tierra.
7:4 Porque dentro de siete días haré llover sobre la tierra durante cuarenta días y cuarenta noches, y borraré de su superficie a todo ser viviente que he hecho».
7:5 Noé hizo todo lo que el SEÑOR le había mandado.
La entrada al arca
7:6 Noé tenía seiscientos años cuando el diluvio de aguas vino sobre la tierra.
7:7 Noé entró en el arca con sus hijos, su esposa y las esposas de sus hijos, para escapar de las aguas del diluvio.
7:8 De los animales puros y de los que no son puros, de las aves y de todo lo que se arrastra por el suelo,
7:9 entraron de dos en dos con Noé en el arca, macho y hembra, tal como Dios le había mandado a Noé.
7:10 Al cabo de los siete días, las aguas del diluvio vinieron sobre la tierra.
7:11 En el año seiscientos de la vida de Noé, el día diecisiete del segundo mes, se abrieron todas las fuentes del gran abismo y se abrieron las compuertas del cielo.
7:12 La lluvia cayó sobre la tierra durante cuarenta días y cuarenta noches.
7:13 Ese mismo día entraron en el arca Noé, sus hijos Sem, Cam y Jafet, la esposa de Noé y las tres esposas de sus hijos con ellos.
7:14 Entraron ellos y todos los animales salvajes según su especie, todo el ganado según su especie, todo animal que se arrastra por el suelo según su especie y toda ave según su especie: todo pájaro, todo ser alado.
7:15 Vinieron a Noé, al arca, de dos en dos, de todos los seres que tenían aliento de vida.
7:16 Los que entraron eran macho y hembra de toda especie, como Dios le había mandado. Y el SEÑOR cerró la puerta detrás de Noé.
La subida de las aguas
7:17 El diluvio duró cuarenta días sobre la tierra. Las aguas aumentaron, levantaron el arca y la elevaron sobre la tierra.
7:18 Las aguas crecieron y aumentaron mucho sobre la tierra, y el arca flotaba sobre la superficie de las aguas.
7:19 Las aguas crecieron muchísimo sobre la tierra, y quedaron cubiertas todas las montañas altas que había debajo del cielo.
7:20 Las aguas subieron casi siete metros por encima de las montañas y las cubrieron.
7:21 Murió todo ser que se movía sobre la tierra: las aves, el ganado, los animales salvajes, todos los animales que se desplazan por el suelo y todos los seres humanos.
7:22 Todo lo que tenía aliento de vida en sus narices, todo lo que estaba en tierra firme, murió.
7:23 Así fue borrado todo ser que había sobre la superficie de la tierra: los seres humanos, el ganado, los animales que se arrastran y las aves del cielo. Fueron borrados de la tierra; solo quedaron Noé y los que estaban con él en el arca.
7:24 Las aguas prevalecieron sobre la tierra durante ciento cincuenta días.

Capítulo 8
El descenso de las aguas
Relaciones bíblicas: Éxodo 2:24–25; Salmos 105:42–43.
8:1 Dios se acordó de Noé y de todos los animales salvajes y de todo el ganado que estaban con él en el arca. Dios hizo soplar un viento sobre la tierra, y las aguas comenzaron a bajar.
8:2 Se cerraron las fuentes del abismo y las compuertas del cielo, y dejó de caer la lluvia del cielo.
8:3 Las aguas se fueron retirando de la tierra poco a poco; al cabo de ciento cincuenta días habían disminuido.
8:4 El día diecisiete del séptimo mes, el arca se posó sobre los montes de Ararat.
8:5 Las aguas siguieron disminuyendo hasta el décimo mes; el primer día de ese mes aparecieron las cumbres de las montañas.
Noé examina el exterior
8:6 Al cabo de cuarenta días, Noé abrió la ventana que había hecho en el arca
8:7 y soltó un cuervo, que estuvo yendo y viniendo hasta que las aguas se secaron sobre la tierra.
8:8 Después soltó una paloma para ver si las aguas habían bajado de la superficie de la tierra.
8:9 Pero la paloma no encontró dónde posar sus patas y volvió a él, al arca, porque el agua todavía cubría toda la tierra. Noé extendió la mano, la tomó y la metió consigo en el arca.
8:10 Esperó otros siete días y volvió a soltar la paloma desde el arca.
8:11 La paloma regresó a él al atardecer, y llevaba en el pico una hoja de olivo recién arrancada. Así supo Noé que las aguas habían bajado de la tierra.
8:12 Esperó otros siete días y soltó la paloma, que ya no volvió a él.
8:13 En el año seiscientos uno de la vida de Noé, el primer día del primer mes, las aguas se habían secado sobre la tierra. Noé quitó la cubierta del arca, miró y vio que la superficie del suelo estaba seca.
8:14 El día veintisiete del segundo mes, la tierra quedó seca.
La salida del arca
8:15 Entonces Dios le habló a Noé y le dijo:
8:16 «Sal del arca con tu esposa, tus hijos y las esposas de tus hijos.
8:17 Saca contigo a todos los seres vivos que están contigo: las aves, el ganado y todos los animales que se arrastran por el suelo. Que se extiendan por la tierra, sean fecundos y se multipliquen sobre ella».
8:18 Noé salió con sus hijos, su esposa y las esposas de sus hijos.
8:19 Todos los animales, todo lo que se arrastra y todas las aves, todo lo que se mueve sobre la tierra, salieron del arca según sus familias.
El altar de Noé y la promesa de Dios
Relaciones bíblicas: Efesios 5:2; Hebreos 10:10–14.
8:20 Noé construyó un altar al SEÑOR. Tomó de todos los animales puros y de todas las aves puras y ofreció holocaustos sobre el altar.
8:21 El SEÑOR percibió el aroma agradable y el SEÑOR dijo en su corazón: «No volveré a maldecir la tierra por causa del ser humano, porque la inclinación de su corazón es mala desde su juventud. Tampoco volveré a destruir a todo ser viviente como lo he hecho.
8:22 Mientras la tierra permanezca, no cesarán la siembra y la cosecha, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche».

Capítulo 9
Pacto de Dios con Noé
Relaciones bíblicas: Génesis 1:28; Levítico 17:10–14
9:1 Dios bendijo a Noé y a sus hijos, y les dijo: «Sean fecundos, multiplíquense y llenen la tierra.
9:2 Todos los animales de la tierra, todas las aves del cielo, todo lo que se mueve por el suelo y todos los peces del mar sentirán temor y miedo de ustedes. En sus manos han sido entregados.
9:3 Todo lo que se mueve y tiene vida les servirá de alimento. Así como les di las plantas verdes, ahora les doy todo.
9:4 Pero no comerán carne con su vida, es decir, con su sangre.
9:5 Ciertamente exigiré cuentas por la sangre de ustedes, por sus vidas. Se las exigiré a todo animal y a todo ser humano; a cada uno le exigiré cuentas por la vida de su hermano.
9:6 Quien derrame la sangre de un ser humano, por el ser humano será derramada su sangre, porque Dios hizo al ser humano a su imagen.
9:7 Ustedes, pues, sean fecundos y multiplíquense; abunden en la tierra y multiplíquense en ella».
El pacto y su señal
9:8 Dios les habló a Noé y a sus hijos que estaban con él, y les dijo:
9:9 «Yo establezco mi pacto con ustedes y con sus descendientes después de ustedes,
9:10 y con todo ser viviente que está con ustedes: las aves, el ganado y todos los animales de la tierra que los acompañan, todos los que salieron del arca, todos los animales de la tierra.
9:11 Establezco mi pacto con ustedes: nunca más será exterminado todo ser viviente por las aguas de un diluvio, ni volverá a haber un diluvio que destruya la tierra».
9:12 Dios dijo: «Esta es la señal del pacto que doy entre ustedes y yo, y todo ser viviente que está con ustedes, para todas las generaciones:
9:13 He puesto mi arcoíris en las nubes, y será la señal del pacto entre la tierra y yo.
9:14 Cuando cubra la tierra de nubes y aparezca el arcoíris en ellas,
9:15 recordaré mi pacto con ustedes y con todo ser viviente, con toda criatura. Nunca más las aguas se convertirán en un diluvio que destruya a todo ser viviente.
9:16 El arcoíris estará en las nubes, y al verlo recordaré el pacto eterno entre Dios y todo ser viviente, toda criatura que hay sobre la tierra».
9:17 Dios le dijo a Noé: «Esta es la señal del pacto que he establecido entre todo ser viviente de la tierra y yo».
Noé y la respuesta de sus hijos
Relaciones bíblicas: Efesios 5:18; Gálatas 6:1–2
9:18 Los hijos de Noé que salieron del arca fueron Sem, Cam y Jafet. Cam fue el padre de Canaán.
9:19 Estos tres fueron los hijos de Noé, y de ellos se pobló toda la tierra.
9:20 Noé comenzó a cultivar la tierra y plantó una viña.
9:21 Bebió del vino, se embriagó y quedó desnudo dentro de su tienda.
9:22 Cam, padre de Canaán, vio la desnudez de su padre y se lo contó a sus dos hermanos que estaban afuera.
9:23 Entonces Sem y Jafet tomaron un manto, se lo pusieron ambos sobre los hombros y caminaron hacia atrás para cubrir la desnudez de su padre. Sus rostros estaban vueltos, y no vieron la desnudez de su padre.
9:24 Cuando Noé despertó de su embriaguez y supo lo que le había hecho su hijo menor,
Las palabras de Noé sobre sus descendientes

9:25 dijo:
 «¡Maldito sea Canaán!
   Sea el más bajo de los siervos de sus hermanos».
9:26 También dijo:
 «Bendito sea el SEÑOR, el Dios de Sem;
   y que Canaán sea su siervo.
9:27 Que Dios engrandezca a Jafet, que habite en las tiendas de Sem y que Canaán sea su siervo».
9:28 Después del diluvio, Noé vivió trescientos cincuenta años.
9:29 Noé vivió en total novecientos cincuenta años, y murió.

Capítulo 10
Los descendientes de los hijos de Noé
Pasaje paralelo: 1 Crónicas 1:5–23
10:1 Estas son las generaciones de Sem, Cam y Jafet, los hijos de Noé. Después del diluvio les nacieron hijos.
Los descendientes de Jafet
10:2 Los hijos de Jafet fueron Gomer, Magog, Madai, Javán, Tubal, Mesec y Tiras.
10:3 Los hijos de Gomer fueron Askenaz, Rifat y Togarma.
10:4 Los hijos de Javán fueron Elisa, Tarsis, Quitim y Dodanim.
10:5 De ellos se dispersaron los pueblos de las costas por sus tierras, cada uno según su lengua, conforme a sus familias y en sus naciones.
Los descendientes de Cam
10:6 Los hijos de Cam fueron Cus, Mizraim, Fut y Canaán.
10:7 Los hijos de Cus fueron Seba, Havila, Sabta, Raama y Sabteca. Los hijos de Raama fueron Sabá y Dedán.
Nimrod y el surgimiento de reinos
10:8 Cus engendró a Nimrod, quien fue el primero en hacerse poderoso en la tierra.
10:9 Fue un poderoso cazador delante del SEÑOR. Por eso se dice: «Como Nimrod, poderoso cazador delante del SEÑOR».
10:10 El comienzo de su reino fue Babel, Erec, Acad y Calne, en la tierra de Sinar.
10:11 Desde aquella tierra salió hacia Asiria y construyó Nínive, Rehobot-ir y Cala,
10:12 y Resén, entre Nínive y Cala. Esta es la gran ciudad.
Las familias de Mizraim y Canaán
10:13 Mizraim engendró a los luditas, a los anamitas, a los lehabitas y a los naftujitas,
10:14 a los patruseos, a los caslujitas —de quienes salieron los filisteos— y a los caftoritas.
10:15 Canaán engendró a Sidón, su primogénito, y a Het,
10:16 a los jebuseos, a los amorreos y a los gergeseos,
10:17 a los heveos, a los araceos y a los sineos,
10:18 a los arvadeos, a los zemareos y a los hamateos. Después se dispersaron las familias de los cananeos.
10:19 El territorio de los cananeos se extendía desde Sidón, en dirección a Gerar, hasta Gaza; y en dirección a Sodoma, Gomorra, Adma y Zeboim, hasta Lasa.
10:20 Estos fueron los hijos de Cam, conforme a sus familias y sus lenguas, en sus tierras y sus naciones.
Los descendientes de Sem
10:21 También le nacieron hijos a Sem, padre de todos los descendientes de Heber y hermano mayor de Jafet.
10:22 Los hijos de Sem fueron Elam, Asur, Arfaxad, Lud y Aram.
10:23 Los hijos de Aram fueron Uz, Hul, Geter y Mas.
10:24 Arfaxad engendró a Sala, y Sala engendró a Heber.
10:25 A Heber le nacieron dos hijos: uno se llamaba Peleg, porque en sus días se dividió la tierra; y su hermano se llamaba Joctán.
La familia de Joctán
10:26 Joctán engendró a Almodad, Selef, Hazar-mavet y Jera,
10:27 a Adoram, Uzal y Dicla,
10:28 a Obal, Abimael y Sabá,
10:29 a Ofir, Havila y Jobab. Todos estos fueron hijos de Joctán.
10:30 Su territorio se extendía desde Mesa, en dirección a Sefar, hacia la región montañosa del oriente.
10:31 Estos fueron los hijos de Sem, conforme a sus familias y sus lenguas, en sus tierras y sus naciones.
10:32 Estas fueron las familias de los hijos de Noé, según sus generaciones y sus naciones. De ellas se dispersaron las naciones por la tierra después del diluvio.

Capítulo 11
La torre de Babel
11:1 Toda la tierra tenía una sola lengua y las mismas palabras.
11:2 Al desplazarse desde el oriente, encontraron una llanura en la tierra de Sinar y se establecieron allí.
11:3 Se dijeron unos a otros: «Vamos, hagamos ladrillos y cozámoslos bien al fuego». Usaron ladrillos en lugar de piedra, y asfalto en lugar de mortero.
11:4 Luego dijeron: «Vamos, construyamos una ciudad y una torre cuya cima llegue al cielo. Hagámonos un nombre para no ser dispersados por toda la tierra».
11:5 El SEÑOR descendió para ver la ciudad y la torre que estaban construyendo los seres humanos.
11:6 Y el SEÑOR dijo: «Son un solo pueblo y todos tienen una sola lengua. Esto es solo el comienzo de lo que hacen; ahora nada de lo que se propongan hacer les será imposible.
11:7 Vamos, descendamos y confundamos allí su lengua, para que no entiendan lo que se dicen unos a otros».
11:8 Así el SEÑOR los dispersó desde allí por toda la tierra, y dejaron de construir la ciudad.
11:9 Por eso la ciudad se llamó Babel, porque allí el SEÑOR confundió la lengua de toda la tierra, y desde allí el SEÑOR los dispersó por toda la tierra.
De Sem a la familia de Abram
Pasaje paralelo: 1 Crónicas 1:24–27
11:10 Estas son las generaciones de Sem. Sem tenía cien años cuando engendró a Arfaxad, dos años después del diluvio.
11:11 Después de engendrar a Arfaxad, Sem vivió quinientos años y engendró hijos e hijas.
11:12 Arfaxad tenía treinta y cinco años cuando engendró a Sala.
11:13 Después de engendrar a Sala, Arfaxad vivió cuatrocientos tres años y engendró hijos e hijas.
11:14 Sala tenía treinta años cuando engendró a Heber.
11:15 Después de engendrar a Heber, Sala vivió cuatrocientos tres años y engendró hijos e hijas.
11:16 Heber tenía treinta y cuatro años cuando engendró a Peleg.
11:17 Después de engendrar a Peleg, Heber vivió cuatrocientos treinta años y engendró hijos e hijas.
11:18 Peleg tenía treinta años cuando engendró a Reu.
11:19 Después de engendrar a Reu, Peleg vivió doscientos nueve años y engendró hijos e hijas.
11:20 Reu tenía treinta y dos años cuando engendró a Serug.
11:21 Después de engendrar a Serug, Reu vivió doscientos siete años y engendró hijos e hijas.
11:22 Serug tenía treinta años cuando engendró a Nacor.
11:23 Después de engendrar a Nacor, Serug vivió doscientos años y engendró hijos e hijas.
11:24 Nacor tenía veintinueve años cuando engendró a Taré.
11:25 Después de engendrar a Taré, Nacor vivió ciento diecinueve años y engendró hijos e hijas.
11:26 Taré tenía setenta años cuando engendró a Abram, a Nacor y a Harán.
La familia de Abram y el viaje hacia Canaán
Relato relacionado: Hechos 7:2–4
11:27 Estas son las generaciones de Taré. Taré engendró a Abram, a Nacor y a Harán; y Harán engendró a Lot.
11:28 Harán murió mientras su padre Taré aún vivía, en Ur de los caldeos, su tierra natal.
11:29 Abram y Nacor tomaron esposas. La esposa de Abram se llamaba Sarai, y la de Nacor se llamaba Milca, hija de Harán, padre de Milca y de Isca.
11:30 Sarai era estéril; no tenía hijos.
11:31 Taré tomó a su hijo Abram, a su nieto Lot, hijo de Harán, y a su nuera Sarai, esposa de su hijo Abram. Salieron juntos de Ur de los caldeos para ir a la tierra de Canaán, pero llegaron a Harán y se establecieron allí.
11:32 Taré vivió doscientos cinco años, y murió en Harán.

Capítulo 12
Dios llama a Abram
Relaciones bíblicas: Hechos 7:2–5; Gálatas 3:6–9; Hebreos 11:8–10
12:1 El SEÑOR le dijo a Abram: «Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, y ve a la tierra que te mostraré.
12:2 Haré de ti una gran nación, te bendeciré y engrandeceré tu nombre. Sé una bendición.
12:3 Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré al que te desprecie. Por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra».
12:4 Abram partió tal como el SEÑOR le había dicho, y Lot fue con él. Abram tenía setenta y cinco años cuando salió de Harán.
12:5 Abram tomó a su esposa Sarai, a Lot, hijo de su hermano, todos los bienes que habían adquirido y las personas que habían adquirido en Harán. Salieron para ir a la tierra de Canaán, y llegaron a ella.
La promesa y los primeros altares en Canaán
12:6 Abram recorrió la tierra hasta Siquem, hasta la encina de More. En aquel tiempo los cananeos habitaban la tierra.
12:7 El SEÑOR se apareció a Abram y le dijo: «A tu descendencia le daré esta tierra». Entonces Abram construyó allí un altar al SEÑOR, quien se le había aparecido.
12:8 Desde allí se trasladó a la región montañosa al oriente de Betel y levantó su tienda, con Betel al occidente y Hai al oriente. Allí construyó un altar al SEÑOR e invocó el nombre del SEÑOR.
12:9 Después Abram siguió su camino, avanzando por etapas hacia el Neguev.
Abram en Egipto
Relatos relacionados: Génesis 20:1–13; Génesis 26:1–11
12:10 Hubo hambre en la tierra, y Abram bajó a Egipto para residir allí por un tiempo, porque el hambre era muy severa.
12:11 Cuando estaba por entrar en Egipto, le dijo a su esposa Sarai: «Sé que eres una mujer hermosa.
12:12 Cuando los egipcios te vean, dirán: “Es su esposa”, y me matarán a mí, pero a ti te dejarán con vida.
12:13 Por favor, di que eres mi hermana, para que por causa tuya me vaya bien y se conserve mi vida».
12:14 Cuando Abram entró en Egipto, los egipcios vieron que la mujer era muy hermosa.
12:15 Los funcionarios del faraón la vieron y elogiaron su belleza ante él. Entonces la mujer fue llevada a la casa del faraón.
12:16 Por causa de ella, el faraón trató bien a Abram, quien llegó a tener ovejas, ganado, asnos, siervos, siervas, asnas y camellos.
12:17 Pero el SEÑOR hirió al faraón y a su casa con grandes plagas por causa de Sarai, la esposa de Abram.
12:18 El faraón llamó a Abram y le dijo: «¿Qué me has hecho? ¿Por qué no me dijiste que era tu esposa?
12:19 ¿Por qué dijiste: “Es mi hermana”, de modo que la tomé por esposa? Ahora, aquí tienes a tu esposa. Tómala y vete».
12:20 El faraón dio órdenes a sus hombres acerca de Abram, y lo hicieron salir con su esposa y todo lo que tenía.

Capítulo 13
Abram y Lot se separan
Antecedente: Génesis 12:8–9; Génesis 12:20
13:1 Abram subió de Egipto hacia el Neguev con su esposa y todo lo que tenía; Lot iba con él.
13:2 Abram era muy rico en ganado, plata y oro.
13:3 Desde el Neguev continuó su viaje por etapas hasta Betel, hasta el lugar donde antes había estado su tienda, entre Betel y Hai,
13:4 al lugar donde había construido el altar al principio. Allí Abram invocó el nombre del SEÑOR.
La abundancia y la disputa
13:5 También Lot, que viajaba con Abram, tenía ovejas, ganado y tiendas.
13:6 La tierra no podía sostenerlos a ambos viviendo juntos, porque sus posesiones eran muchas y no podían permanecer en un mismo lugar.
13:7 Hubo una disputa entre los pastores del ganado de Abram y los pastores del ganado de Lot. En aquel tiempo habitaban la tierra los cananeos y los ferezeos.
13:8 Entonces Abram le dijo a Lot: «Por favor, que no haya disputa entre tú y yo, ni entre mis pastores y los tuyos, porque somos parientes.
13:9 ¿No tienes toda la tierra delante de ti? Sepárate de mí, por favor. Si vas a la izquierda, yo iré a la derecha; y si vas a la derecha, yo iré a la izquierda».
La elección de Lot
13:10 Lot levantó la vista y vio que toda la llanura del Jordán estaba bien regada, como el huerto del SEÑOR y como la tierra de Egipto, en dirección a Zoar. Esto era antes de que el SEÑOR destruyera Sodoma y Gomorra.
13:11 Lot escogió para sí toda la llanura del Jordán y partió hacia el oriente. Así se separaron el uno del otro.
13:12 Abram se estableció en la tierra de Canaán, mientras que Lot habitó entre las ciudades de la llanura y fue levantando sus tiendas hasta Sodoma.
13:13 Los hombres de Sodoma eran muy malvados y pecaban gravemente contra el SEÑOR.
Dios reafirma su promesa a Abram
Relaciones bíblicas: Génesis 12:7; Génesis 17:7–8; Hebreos 11:9–16
13:14 Después de que Lot se separó de Abram, el SEÑOR le dijo: «Levanta la vista desde el lugar donde estás y mira hacia el norte y el sur, hacia el oriente y el occidente.
13:15 Toda la tierra que ves te la daré a ti y a tu descendencia para siempre.
13:16 Haré que tu descendencia sea como el polvo de la tierra. Si alguien pudiera contar el polvo de la tierra, también podría contar a tus descendientes.
13:17 Levántate y recorre la tierra a lo largo y a lo ancho, porque te la daré».
13:18 Abram trasladó su campamento y se estableció junto a las encinas de Mamre, en Hebrón. Allí construyó un altar al SEÑOR.

Capítulo 14
Abram rescata a Lot
14:1 En los días de Amrafel, rey de Sinar; Arioc, rey de Elasar; Quedorlaomer, rey de Elam; y Tidal, rey de Goim,
14:2 estos reyes hicieron guerra contra Bera, rey de Sodoma; Birsa, rey de Gomorra; Sinab, rey de Adma; Semeber, rey de Zeboim; y el rey de Bela, es decir, Zoar.
14:3 Todos estos últimos se aliaron en el valle de Sidim, donde está el mar Muerto.
14:4 Durante doce años habían estado sometidos a Quedorlaomer, pero en el año trece se rebelaron.
La campaña de los cuatro reyes
14:5 En el año catorce, Quedorlaomer y los reyes que lo acompañaban llegaron y derrotaron a los refaítas en Astarot-karnaim, a los zuzitas en Ham y a los emitas en Save-quiriataim,
14:6 y a los horeos en la región montañosa de Seir, hasta El-parán, junto al desierto.
14:7 Después regresaron y llegaron a En-mispat, es decir, Cades. Conquistaron todo el territorio de los amalecitas y también a los amorreos que habitaban en Hazezon-tamar.
14:8 Entonces salieron los reyes de Sodoma, Gomorra, Adma, Zeboim y Bela, es decir, Zoar, y se dispusieron a combatir en el valle de Sidim
14:9 contra Quedorlaomer, rey de Elam; Tidal, rey de Goim; Amrafel, rey de Sinar; y Arioc, rey de Elasar: cuatro reyes contra cinco.
14:10 El valle de Sidim estaba lleno de pozos de asfalto. Los reyes de Sodoma y Gomorra huyeron y cayeron allí; los demás escaparon a las montañas.
14:11 Los vencedores tomaron todos los bienes de Sodoma y Gomorra y todas sus provisiones, y se marcharon.
14:12 También se llevaron a Lot, sobrino de Abram, y sus bienes, pues él vivía en Sodoma.
Abram acude al rescate
14:13 Uno de los que habían escapado llegó y se lo contó a Abram el hebreo. Él habitaba junto a las encinas de Mamre el amorreo, hermano de Escol y de Aner, quienes eran aliados de Abram.
14:14 Cuando Abram supo que su pariente había sido llevado cautivo, movilizó a los hombres adiestrados que habían nacido en su casa, trescientos dieciocho, y persiguió a los invasores hasta Dan.
14:15 Durante la noche dividió sus fuerzas contra ellos, él y sus siervos, y los derrotó. Los persiguió hasta Hoba, al norte de Damasco.
14:16 Recuperó todos los bienes y también rescató a su pariente Lot con sus bienes, a las mujeres y a la demás gente.
Melquisedec bendice a Abram
Relaciones bíblicas: Salmos 110:4; Hebreos 7:1–10
14:17 Cuando Abram regresaba de derrotar a Quedorlaomer y a los reyes que lo acompañaban, el rey de Sodoma salió a su encuentro en el valle de Save, es decir, el Valle del Rey.
14:18 Melquisedec, rey de Salem, llevó pan y vino. Él era sacerdote del Dios Altísimo.
14:19 Lo bendijo y dijo:
 «Bendito sea Abram por el Dios Altísimo, Creador de los cielos y de la tierra.
14:20 Y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó a tus enemigos en tus manos».
   Entonces Abram le dio la décima parte de todo.
La respuesta al rey de Sodoma
14:21 El rey de Sodoma le dijo a Abram: «Dame las personas y quédate con los bienes».
14:22 Abram le respondió al rey de Sodoma: «He levantado mi mano al SEÑOR, el Dios Altísimo, Creador de los cielos y de la tierra:
14:23 no tomaré nada de lo que te pertenece, ni un hilo ni la correa de una sandalia, para que no digas: “Yo enriquecí a Abram”.
14:24 No quiero nada, salvo lo que han comido los jóvenes y la parte de los hombres que fueron conmigo: Aner, Escol y Mamre. Ellos recibirán su parte».

Capítulo 15
Dios promete a Abram un hijo
Relaciones bíblicas: Romanos 4:1–12; Gálatas 3:6–9; Santiago 2:20–26
15:1 Después de estas cosas, la palabra del SEÑOR vino a Abram en una visión: «No temas, Abram. Yo soy tu escudo; tu recompensa será muy grande».
15:2 Abram respondió: «Señor DIOS, ¿qué me darás, si sigo sin tener hijos y el heredero de mi casa es Eliezer de Damasco?».
15:3 También dijo Abram: «No me has dado descendencia, y un siervo de mi casa será mi heredero».
15:4 Entonces vino a él la palabra del SEÑOR: «Este no será tu heredero. Un hijo nacido de ti será tu heredero».
15:5 Lo llevó afuera y le dijo: «Mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas». Luego le dijo: «Así será tu descendencia».
15:6 Abram creyó al SEÑOR, y él se lo contó como justicia.
La tierra prometida y el pacto con Abram
Relaciones bíblicas: Nehemías 9:7–8; Gálatas 3:15–18
15:7 También le dijo: «Yo soy el SEÑOR, que te saqué de Ur de los caldeos para darte esta tierra como posesión».
15:8 Abram respondió: «Señor DIOS, ¿cómo sabré que voy a poseerla?».
15:9 Él le dijo: «Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón de paloma».
15:10 Abram llevó todos estos animales, los partió por la mitad y puso cada mitad enfrente de la otra; pero no partió las aves.
15:11 Las aves de rapiña descendían sobre los cuerpos, y Abram las ahuyentaba.
El futuro de su descendencia
15:12 Cuando el sol estaba por ponerse, Abram cayó en un sueño profundo. Un terror y una gran oscuridad descendieron sobre él.
15:13 Entonces le dijo a Abram: «Ten por cierto que tus descendientes serán extranjeros en una tierra que no les pertenece. Allí serán esclavizados y oprimidos durante cuatrocientos años.
15:14 Pero yo juzgaré a la nación a la que servirán. Después saldrán con grandes riquezas.
15:15 Tú, en cambio, irás en paz a reunirte con tus padres y serás sepultado tras una buena vejez.
15:16 En la cuarta generación regresarán aquí, porque la maldad de los amorreos aún no ha llegado a su colmo».
La confirmación del pacto
15:17 Cuando el sol se puso y todo quedó oscuro, apareció un horno humeante y una antorcha de fuego que pasó entre los animales divididos.
15:18 Aquel día el SEÑOR hizo un pacto con Abram, diciendo: «A tu descendencia le doy esta tierra, desde el río de Egipto hasta el gran río, el Éufrates:
15:19 la tierra de los ceneos, los cenezeos, los cadmoneos,
15:20 los hititas, los ferezeos, los refaítas,
15:21 los amorreos, los cananeos, los gergeseos y los jebuseos».

Capítulo 16
Agar e Ismael
Relación: Gálatas 4:22–31.
16:1 Sarai, la esposa de Abram, no le había dado hijos. Ella tenía una sierva egipcia llamada Agar.
16:2 Sarai le dijo a Abram: «Mira, el SEÑOR no me ha permitido tener hijos. Únete a mi sierva; quizá por medio de ella pueda tener hijos». Y Abram escuchó la voz de Sarai.
16:3 Después de que Abram llevaba diez años viviendo en Canaán, Sarai, su esposa, tomó a Agar, su sierva egipcia, y se la dio por esposa a su marido Abram.
16:4 Abram se unió a Agar, y ella concibió. Cuando vio que estaba embarazada, comenzó a mirar con desprecio a su señora.
16:5 Entonces Sarai le dijo a Abram: «¡La afrenta que sufro recaiga sobre ti! Yo puse a mi sierva en tus brazos, y ahora que está embarazada me desprecia. Que el SEÑOR juzgue entre tú y yo».
16:6 Abram le respondió a Sarai: «Tu sierva está en tus manos; haz con ella lo que te parezca bien». Sarai la maltrató, y Agar huyó de ella.
El encuentro de Agar en el desierto
16:7 El ángel del SEÑOR la encontró junto a un manantial en el desierto, el que está en el camino de Shur.
16:8 Le preguntó: «Agar, sierva de Sarai, ¿de dónde vienes y adónde vas?». Ella respondió: «Estoy huyendo de Sarai, mi señora».
16:9 El ángel del SEÑOR le dijo: «Vuelve a tu señora y sométete a su autoridad».
16:10 También le dijo el ángel del SEÑOR: «Multiplicaré tanto tu descendencia que no se podrá contar por su gran número».
16:11 Y el ángel del SEÑOR añadió:
 «Estás embarazada y darás a luz a un hijo.
   Lo llamarás Ismael, porque el SEÑOR ha oído tu aflicción.
16:12 Él será un hombre como un asno salvaje.
   Su mano estará contra todos, y la mano de todos contra él.
   Habitará frente a todos sus hermanos».
16:13 Agar dio este nombre al SEÑOR, que le había hablado: «Tú eres el Dios que me ve», pues dijo: «¿Acaso he visto aquí al que me ve?».
16:14 Por eso aquel pozo se llamó Beer-lajai-roi. Está entre Cades y Bered.
El nacimiento de Ismael
16:15 Agar le dio a Abram un hijo, y Abram llamó Ismael al hijo que Agar le había dado.
16:16 Abram tenía ochenta y seis años cuando Agar le dio a Ismael.

Capítulo 17
El pacto con Abraham y la promesa de Isaac
Relación: Romanos 4:16–22.
17:1 Cuando Abram tenía noventa y nueve años, el SEÑOR se le apareció y le dijo: «Yo soy el Dios Todopoderoso. Camina delante de mí y sé intachable.
17:2 Estableceré mi pacto contigo y te multiplicaré muchísimo».
17:3 Abram cayó rostro en tierra, y Dios habló con él, diciendo:
17:4 «Mi pacto es contigo: serás padre de una multitud de naciones.
17:5 Ya no te llamarás Abram; tu nombre será Abraham, porque te he hecho padre de una multitud de naciones.
17:6 Te haré sumamente fecundo; de ti haré naciones, y de ti saldrán reyes.
17:7 Estableceré mi pacto contigo y con tu descendencia después de ti, de generación en generación, como un pacto eterno, para ser tu Dios y el de tus descendientes.
17:8 Te daré a ti y a tus descendientes después de ti la tierra donde vives como extranjero, toda la tierra de Canaán, como posesión eterna. Y seré su Dios».
La circuncisión, señal del pacto
Relaciones: Romanos 4:9–12; Hechos 15:1–11.
17:9 Dios le dijo a Abraham: «Tú y tus descendientes después de ti guardarán mi pacto de generación en generación.
17:10 Este es mi pacto, que deberán guardar ustedes y tu descendencia después de ti: todo varón de entre ustedes será circuncidado.
17:11 Circuncidarán la carne de su prepucio, y esa será la señal del pacto entre ustedes y yo.
17:12 A los ocho días de nacido será circuncidado todo varón de entre ustedes, de generación en generación, tanto el nacido en casa como el comprado con dinero a un extranjero que no sea de tu descendencia.
17:13 Deberá ser circuncidado el nacido en tu casa y el comprado con tu dinero. Mi pacto quedará en la carne de ustedes como un pacto eterno.
17:14 El varón incircunciso, al que no se le haya circuncidado la carne del prepucio, será apartado de su pueblo, porque ha quebrantado mi pacto».
La promesa del nacimiento de Isaac
Cumplimiento: Génesis 21:1–7.
17:15 Dios también le dijo a Abraham: «A Sarai, tu esposa, ya no la llamarás Sarai; su nombre será Sara.
17:16 La bendeciré, y por medio de ella te daré un hijo. La bendeciré y será madre de naciones; de ella surgirán reyes de pueblos».
17:17 Entonces Abraham cayó rostro en tierra y se rio. Dijo en su corazón: «¿Acaso a un hombre de cien años le nacerá un hijo? ¿Y Sara dará a luz a los noventa años?».
17:18 Abraham le dijo a Dios: «¡Ojalá Ismael viva delante de ti!».
17:19 Dios respondió: «Ciertamente Sara, tu esposa, te dará un hijo, y lo llamarás Isaac. Estableceré mi pacto con él como pacto eterno para sus descendientes después de él.
17:20 En cuanto a Ismael, te he oído: lo he bendecido, lo haré fecundo y lo multiplicaré muchísimo. Engendrará doce príncipes, y haré de él una gran nación.
17:21 Pero mi pacto lo estableceré con Isaac, el hijo que Sara te dará por este tiempo el año próximo».
17:22 Cuando terminó de hablar con Abraham, Dios se elevó y se apartó de él.
Abraham obedece con toda su casa
17:23 Aquel mismo día Abraham tomó a su hijo Ismael, a todos los nacidos en su casa y a todos los comprados con su dinero, a todos los varones de su casa, y circuncidó la carne de su prepucio, tal como Dios le había dicho.
17:24 Abraham tenía noventa y nueve años cuando fue circuncidada la carne de su prepucio.
17:25 Su hijo Ismael tenía trece años cuando fue circuncidada la carne de su prepucio.
17:26 Abraham y su hijo Ismael fueron circuncidados aquel mismo día.
17:27 Y todos los varones de su casa, tanto los nacidos allí como los comprados con dinero a extranjeros, fueron circuncidados con él.

Capítulo 18
Los visitantes y la promesa a Sara
Cumplimiento: Génesis 21:1–7.
18:1 El SEÑOR se le apareció a Abraham junto a las encinas de Mamre, mientras estaba sentado a la entrada de su tienda, en el calor del día.
18:2 Al levantar la vista, vio a tres hombres de pie cerca de él. En cuanto los vio, corrió desde la entrada de su tienda a recibirlos y se postró en tierra.
18:3 Dijo: «Señor, si he hallado gracia ante tus ojos, no pases de largo junto a tu siervo.
18:4 Permitan que les traigan un poco de agua; lávense los pies y descansen bajo el árbol.
18:5 Traeré algo de pan para que recobren fuerzas y después sigan su camino, ya que han pasado junto a su siervo». Ellos respondieron: «Haz lo que has dicho».
18:6 Abraham se apresuró a entrar en la tienda y le dijo a Sara: «¡Date prisa! Toma unos veintidós litros de harina fina, amásala y prepara panes».
18:7 Luego Abraham corrió hacia el ganado, escogió un becerro tierno y bueno, y se lo dio a un criado, que se apresuró a prepararlo.
18:8 Tomó cuajada, leche y el becerro que había preparado, y lo puso delante de ellos. Mientras comían, él permanecía de pie junto a ellos, bajo el árbol.
El anuncio del nacimiento de Isaac
18:9 Ellos le preguntaron: «¿Dónde está Sara, tu esposa?». Él respondió: «Está en la tienda».
18:10 Entonces dijo: «Sin falta volveré a ti por este tiempo el año próximo, y Sara, tu esposa, tendrá un hijo». Sara escuchaba a la entrada de la tienda, detrás de él.
18:11 Abraham y Sara eran ancianos, de edad avanzada, y Sara ya había dejado de menstruar.
18:12 Sara se rio para sus adentros y dijo: «¿Después de haber envejecido tendré este placer, siendo también mi señor ya viejo?».
18:13 El SEÑOR le dijo a Abraham: «¿Por qué se ha reído Sara, diciendo: “¿De veras daré a luz, siendo ya vieja?”?
18:14 ¿Hay algo demasiado difícil para el SEÑOR? En el tiempo señalado volveré a ti, por este tiempo el año próximo, y Sara tendrá un hijo».
18:15 Sara lo negó, diciendo: «No me he reído», porque tuvo miedo. Pero él le respondió: «No es así; sí te has reído».
La justicia de Dios ante el clamor de Sodoma
Relación: Ezequiel 16:49–50.
18:16 Los hombres se levantaron de allí y miraron hacia Sodoma. Abraham caminaba con ellos para despedirlos.
18:17 El SEÑOR dijo: «¿Ocultaré a Abraham lo que voy a hacer,
18:18 siendo que Abraham llegará a ser una nación grande y poderosa, y por medio de él serán bendecidas todas las naciones de la tierra?
18:19 Porque lo he escogido para que mande a sus hijos y a su casa después de él que guarden el camino del SEÑOR, practicando la justicia y el derecho, para que el SEÑOR cumpla en Abraham lo que le ha prometido».
18:20 Entonces el SEÑOR dijo: «El clamor contra Sodoma y Gomorra es muy grande, y su pecado es muy grave.
18:21 Voy a descender para ver si lo que han hecho corresponde al clamor que ha llegado hasta mí. Y si no es así, lo sabré».
18:22 Los hombres partieron de allí hacia Sodoma, pero Abraham permaneció de pie delante del SEÑOR.
Abraham intercede por Sodoma
Continuación: Génesis 19:27–29.
18:23 Abraham se acercó y dijo: «¿Vas a destruir al justo junto con el malvado?
18:24 Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad. ¿La destruirás y no perdonarás al lugar por causa de los cincuenta justos que haya en ella?
18:25 ¡Lejos de ti hacer algo así: dar muerte al justo junto con el malvado, tratando al justo como al malvado! ¡Lejos de ti! ¿Acaso el Juez de toda la tierra no hará lo que es justo?».
18:26 El SEÑOR respondió: «Si encuentro en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, perdonaré a todo el lugar por causa de ellos».
18:27 Abraham respondió: «Me he atrevido a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza.
18:28 Quizá falten cinco para los cincuenta justos. ¿Destruirás toda la ciudad por esos cinco?». Él respondió: «No la destruiré si encuentro allí cuarenta y cinco».
18:29 Abraham volvió a hablarle: «Quizá se encuentren allí cuarenta». Él respondió: «No lo haré por causa de los cuarenta».
18:30 Entonces dijo: «Que no se enoje mi Señor si sigo hablando. Quizá se encuentren allí treinta». Él respondió: «No lo haré si encuentro allí treinta».
18:31 Abraham dijo: «Me he atrevido a hablar a mi Señor. Quizá se encuentren allí veinte». Él respondió: «No la destruiré por causa de los veinte».
18:32 Finalmente dijo: «Que no se enoje mi Señor si hablo solo una vez más. Quizá se encuentren allí diez». Él respondió: «No la destruiré por causa de los diez».
18:33 Cuando terminó de hablar con Abraham, el SEÑOR se fue, y Abraham regresó a su lugar.

Capítulo 19
Destrucción de Sodoma y Gomorra
Relaciones: Lucas 17:28–33; 2 Pedro 2:6–9.
19:1 Los dos ángeles llegaron a Sodoma al atardecer. Lot estaba sentado a la puerta de Sodoma; cuando los vio, se levantó para recibirlos y se inclinó rostro en tierra.
19:2 Les dijo: «Señores míos, les ruego que vengan a la casa de su siervo. Pasen la noche y lávense los pies; por la mañana podrán levantarse temprano y seguir su camino». Pero ellos respondieron: «No, pasaremos la noche en la plaza».
19:3 Lot les insistió tanto que fueron con él y entraron en su casa. Les preparó un banquete, horneó panes sin levadura, y ellos comieron.
La violencia contra los visitantes
19:4 Antes de que se acostaran, los hombres de la ciudad, los hombres de Sodoma, rodearon la casa: desde los jóvenes hasta los ancianos, todo el pueblo, llegado de todas partes.
19:5 Llamaron a Lot y le dijeron: «¿Dónde están los hombres que vinieron a tu casa esta noche? ¡Sácalos para que tengamos relaciones con ellos!».
19:6 Lot salió a la entrada para hablar con ellos y cerró la puerta detrás de sí.
19:7 Les dijo: «Por favor, hermanos míos, no cometan esta maldad.
19:8 Miren, tengo dos hijas que no han tenido relaciones con ningún hombre. Déjenme sacarlas para ustedes y hagan con ellas lo que les parezca bien. Pero no les hagan nada a estos hombres, pues se han acogido bajo mi techo».
19:9 Ellos respondieron: «¡Apártate!». Y añadieron: «Este vino a vivir aquí como extranjero, ¡y ahora pretende ser nuestro juez! ¡Ahora te trataremos peor que a ellos!». Presionaron con fuerza a Lot y se acercaron para romper la puerta.
19:10 Entonces aquellos hombres extendieron las manos, metieron a Lot con ellos en la casa y cerraron la puerta.
19:11 A los hombres que estaban a la entrada de la casa los hirieron con ceguera, desde el menor hasta el mayor, de modo que se agotaron buscando la entrada.
La salida de Lot y su familia
19:12 Aquellos hombres le dijeron a Lot: «¿Tienes a alguien más aquí? Saca de este lugar a tus yernos, a tus hijos, a tus hijas y a cualquiera de los tuyos que esté en la ciudad,
19:13 porque vamos a destruir este lugar. El clamor contra sus habitantes se ha hecho tan grande delante del SEÑOR que el SEÑOR nos ha enviado para destruirlo».
19:14 Lot salió y habló con sus yernos, los que iban a casarse con sus hijas. Les dijo: «¡Levántense y salgan de este lugar, porque el SEÑOR va a destruir la ciudad!». Pero a sus yernos les pareció que estaba bromeando.
19:15 Al despuntar el alba, los ángeles apremiaron a Lot: «¡Levántate! Toma a tu esposa y a tus dos hijas que están aquí, para que no perezcas cuando la ciudad reciba su castigo».
19:16 Como él se demoraba, aquellos hombres lo tomaron de la mano, y también a su esposa y a sus dos hijas, porque el SEÑOR tuvo compasión de él. Lo sacaron y lo dejaron fuera de la ciudad.
19:17 Después de sacarlos, uno de ellos dijo: «¡Huye y salva tu vida! No mires atrás ni te detengas en ningún lugar de la llanura. ¡Escapa a las montañas para que no perezcas!».
19:18 Pero Lot les dijo: «¡No, por favor, Señor mío!
19:19 Tu siervo ha hallado favor ante ti, y grande ha sido la bondad que me has mostrado al salvarme la vida. Pero no podré escapar a las montañas: temo que el desastre me alcance y muera.
19:20 Mira, esta ciudad está cerca para huir a ella y es pequeña. Déjame escapar allí. ¿No es pequeña? Así salvaré mi vida».
19:21 Él le respondió: «También te concedo esta petición: no destruiré la ciudad de la que has hablado.
19:22 ¡Date prisa, escapa allí! No podré hacer nada hasta que llegues». Por eso aquella ciudad recibió el nombre de Zoar.
19:23 El sol salía sobre la tierra cuando Lot llegó a Zoar.
El juicio y la mirada de Abraham
19:24 Entonces el SEÑOR hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego, de parte del SEÑOR, desde los cielos.
19:25 Destruyó aquellas ciudades y toda la llanura, a todos los habitantes de las ciudades y la vegetación de la tierra.
19:26 La esposa de Lot, que iba detrás de él, miró atrás y se convirtió en una columna de sal.
19:27 Abraham se levantó temprano por la mañana y fue al lugar donde había estado delante del SEÑOR.
19:28 Miró hacia Sodoma y Gomorra y hacia toda la tierra de la llanura, y vio que el humo subía de la tierra como el humo de un horno.
19:29 Así, cuando Dios destruyó las ciudades de la llanura, Dios se acordó de Abraham y sacó a Lot de en medio de la destrucción, al arrasar las ciudades donde Lot había vivido.
El origen de Moab y Amón
Parentesco: Deuteronomio 2:9; 2:19.
19:30 Lot salió de Zoar y se fue a vivir a las montañas con sus dos hijas, porque tenía miedo de quedarse en Zoar. Allí vivió en una cueva con ellas.
19:31 La hija mayor le dijo a la menor: «Nuestro padre es anciano y no hay hombre en la tierra que se una a nosotras, como se acostumbra en toda la tierra.
19:32 Ven, demos vino a nuestro padre y acostémonos con él. Así conservaremos descendencia por medio de nuestro padre».
19:33 Aquella noche dieron vino a su padre, y la mayor entró y se acostó con él. Él no se dio cuenta de cuándo ella se acostó ni de cuándo se levantó.
19:34 Al día siguiente, la mayor le dijo a la menor: «Anoche me acosté con mi padre. Démosle vino también esta noche, y tú entra y acuéstate con él. Así conservaremos descendencia por medio de nuestro padre».
19:35 También aquella noche dieron vino a su padre. La menor se levantó y se acostó con él, pero él no se dio cuenta de cuándo ella se acostó ni de cuándo se levantó.
19:36 Así, las dos hijas de Lot quedaron embarazadas de su padre.
19:37 La mayor dio a luz un hijo y lo llamó Moab. Él es el padre de los moabitas hasta el día de hoy.
19:38 La menor también dio a luz un hijo y lo llamó Ben-ammi. Él es el padre de los amonitas hasta el día de hoy.

Capítulo 20
Dios protege a Sara en Gerar
Relatos relacionados: Génesis 12:10–20; 26:1–11.
20:1 Abraham partió de allí hacia la región del Neguev y se estableció entre Cades y Shur. Vivió como extranjero en Gerar.
20:2 Abraham dijo de Sara, su esposa: «Es mi hermana». Entonces Abimelec, rey de Gerar, mandó que trajeran a Sara y la tomó.
20:3 Pero Dios vino a Abimelec en un sueño aquella noche y le dijo: «Vas a morir por la mujer que has tomado, porque es una mujer casada».
20:4 Abimelec no se había acercado a ella, y respondió: «Señor, ¿matarás también a una nación inocente?
20:5 ¿No me dijo él: “Es mi hermana”? Y ella misma dijo: “Es mi hermano”. He hecho esto con integridad de corazón y con manos inocentes».
20:6 Dios le dijo en el sueño: «Yo también sé que has hecho esto con integridad de corazón. Por eso te he impedido pecar contra mí y no te he permitido tocarla.
20:7 Ahora devuelve la esposa a ese hombre, porque es profeta. Él orará por ti y vivirás. Pero si no la devuelves, ten por seguro que morirás, tú y todos los tuyos».
Abimelec pide cuentas a Abraham
20:8 Abimelec se levantó temprano por la mañana, llamó a todos sus siervos y les contó todo lo ocurrido. Aquellos hombres tuvieron mucho miedo.
20:9 Después Abimelec llamó a Abraham y le dijo: «¿Qué nos has hecho? ¿En qué he pecado contra ti para que hayas traído sobre mí y sobre mi reino un pecado tan grande? Has hecho conmigo cosas que no deben hacerse».
20:10 Abimelec también le preguntó a Abraham: «¿Qué te llevó a hacer esto?».
20:11 Abraham respondió: «Pensé: “Sin duda, en este lugar no hay temor de Dios, y me matarán por causa de mi esposa”.
20:12 Además, ella sí es mi hermana: es hija de mi padre, aunque no de mi madre, y llegó a ser mi esposa.
20:13 Cuando Dios me hizo andar errante lejos de la casa de mi padre, le dije: “Esta es la bondad que puedes mostrarme: en todo lugar al que lleguemos, di de mí: ‘Es mi hermano’”».
La restitución de Sara y la sanidad
20:14 Entonces Abimelec tomó ovejas, ganado vacuno, siervos y siervas y se los dio a Abraham. También le devolvió a Sara, su esposa.
20:15 Abimelec le dijo: «Mi tierra está a tu disposición; establece tu residencia donde te parezca bien».
20:16 Y a Sara le dijo: «Mira, he dado a tu hermano mil siclos de plata, unos once kilos y cuatrocientos gramos. Esta plata deja a salvo tu honor ante todos los que están contigo; ante todos quedas libre de reproche».
20:17 Abraham oró a Dios, y Dios sanó a Abimelec, a su esposa y a sus siervas, y ellas tuvieron hijos.
20:18 Porque el SEÑOR había cerrado por completo el vientre de todas las mujeres de la casa de Abimelec a causa de Sara, la esposa de Abraham.

Capítulo 21
Nacimiento de Isaac
Promesa: Génesis 17:19–21; 18:10–14.
21:1 El SEÑOR atendió a Sara tal como había dicho, y el SEÑOR hizo por Sara lo que había prometido.
21:2 Sara concibió y dio a Abraham un hijo en su vejez, en el tiempo que Dios le había señalado.
21:3 Abraham llamó Isaac a su hijo, el que Sara le había dado a luz.
21:4 Abraham circuncidó a su hijo Isaac a los ocho días de nacido, tal como Dios le había mandado.
21:5 Abraham tenía cien años cuando nació su hijo Isaac.
21:6 Sara dijo: «Dios me ha hecho reír; todo el que lo oiga reirá conmigo».
21:7 Y añadió: «¿Quién le habría dicho a Abraham que Sara amamantaría hijos? ¡Pues le he dado un hijo en su vejez!».
La salida de Agar e Ismael
Relación: Gálatas 4:21–31.
21:8 El niño creció y fue destetado. El día en que Isaac fue destetado, Abraham celebró un gran banquete.
21:9 Sara vio que el hijo de Agar la egipcia, el que ella le había dado a Abraham, se burlaba.
21:10 Entonces le dijo a Abraham: «Expulsa a esta esclava y a su hijo, porque el hijo de esta esclava no compartirá la herencia con mi hijo, con Isaac».
21:11 Esto disgustó mucho a Abraham, porque se trataba de su hijo.
21:12 Pero Dios le dijo a Abraham: «No te angusties por el muchacho ni por tu esclava. Escucha todo lo que Sara te diga, porque por medio de Isaac se reconocerá tu descendencia.
21:13 También del hijo de la esclava haré una nación, porque es tu descendiente».
Agar e Ismael en el desierto
21:14 Abraham se levantó temprano por la mañana, tomó pan y un odre de agua y se los dio a Agar, poniéndoselos sobre el hombro. Le entregó también al muchacho y la despidió. Ella se marchó y anduvo errante por el desierto de Beerseba.
21:15 Cuando se acabó el agua del odre, dejó al muchacho debajo de uno de los arbustos.
21:16 Luego fue a sentarse enfrente, a unos cien metros de distancia, porque se decía: «No quiero ver morir al muchacho». Se sentó enfrente y se echó a llorar en voz alta.
21:17 Dios oyó la voz del muchacho, y el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo y le dijo: «¿Qué te pasa, Agar? No temas, porque Dios ha oído la voz del muchacho allí donde está.
21:18 Levántate, alza al muchacho y sostenlo con tu mano, porque haré de él una gran nación».
21:19 Entonces Dios le abrió los ojos y ella vio un pozo de agua. Fue, llenó el odre de agua y dio de beber al muchacho.
21:20 Dios estaba con el muchacho, que creció y vivió en el desierto y llegó a ser arquero.
21:21 Vivió en el desierto de Parán, y su madre le consiguió una esposa de la tierra de Egipto.
Pacto entre Abraham y Abimelec
Relato relacionado: Génesis 26:26–33.
21:22 En aquel tiempo, Abimelec y Ficol, jefe de su ejército, le dijeron a Abraham: «Dios está contigo en todo lo que haces.
21:23 Ahora júrame aquí por Dios que no me engañarás a mí ni a mis hijos ni a mis nietos. Muéstrame a mí y a la tierra donde has vivido como extranjero la misma lealtad que yo te he mostrado».
21:24 Abraham respondió: «Lo juro».
El acuerdo sobre el pozo de Beerseba
21:25 Pero Abraham le reclamó a Abimelec por un pozo de agua del que los siervos de Abimelec se habían apoderado por la fuerza.
21:26 Abimelec respondió: «No sé quién hizo eso. Tú no me lo habías dicho, y yo no había oído nada al respecto hasta hoy».
21:27 Entonces Abraham tomó ovejas y ganado vacuno y se los dio a Abimelec, y ambos hicieron un pacto.
21:28 Abraham apartó siete corderas del rebaño.
21:29 Abimelec le preguntó: «¿Qué significan estas siete corderas que has apartado?».
21:30 Él respondió: «Acepta de mi mano estas siete corderas, para que sean testimonio de que yo cavé este pozo».
21:31 Por eso llamó Beerseba a aquel lugar, porque allí los dos hicieron un juramento.
21:32 Después de hacer el pacto en Beerseba, Abimelec y Ficol, jefe de su ejército, se levantaron y regresaron a la tierra de los filisteos.
21:33 Abraham plantó un tamarisco en Beerseba e invocó allí el nombre del SEÑOR, el Dios eterno.
21:34 Abraham vivió como extranjero en la tierra de los filisteos durante mucho tiempo.

Capítulo 22
La prueba de Abraham y la provisión de Dios
Hebreos 11:17–19; Santiago 2:21–23
22:1 Después de estas cosas, Dios puso a prueba a Abraham y lo llamó: «¡Abraham!». Él respondió: «Aquí estoy».
22:2 Dios le dijo: «Toma a tu hijo, a tu único, a quien amas, a Isaac, y ve a la tierra de Moríah. Ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te indicaré».
22:3 Abraham se levantó temprano por la mañana, ensilló su asno y tomó consigo a dos de sus siervos y a su hijo Isaac. Partió leña para el holocausto y se puso en camino hacia el lugar que Dios le había indicado.
22:4 Al tercer día, Abraham levantó los ojos y vio el lugar a lo lejos.
22:5 Entonces Abraham les dijo a sus siervos: «Quédense aquí con el asno. El muchacho y yo iremos hasta allí, adoraremos y volveremos con ustedes».
22:6 Abraham tomó la leña del holocausto y la puso sobre Isaac, su hijo. Él llevó en su mano el fuego y el cuchillo, y los dos siguieron caminando juntos.
22:7 Isaac le dijo a Abraham, su padre: «¡Padre mío!». Él respondió: «Aquí estoy, hijo mío». Isaac preguntó: «Aquí están el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?».
22:8 Abraham respondió: «Dios se proveerá del cordero para el holocausto, hijo mío». Y los dos siguieron caminando juntos.
22:9 Cuando llegaron al lugar que Dios le había indicado, Abraham construyó allí el altar y dispuso la leña. Ató a Isaac, su hijo, y lo puso sobre el altar, encima de la leña.
22:10 Abraham extendió la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo.
Dios preserva a Isaac
22:11 Pero el ángel del SEÑOR lo llamó desde el cielo: «¡Abraham, Abraham!». Él respondió: «Aquí estoy».
22:12 El ángel dijo: «No extiendas tu mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, pues no me has negado a tu hijo, a tu único».
22:13 Abraham levantó los ojos y vio detrás de él un carnero enredado por los cuernos en un matorral. Fue, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.
22:14 Abraham llamó a aquel lugar «el SEÑOR proveerá». Por eso hasta hoy se dice: «En el monte del SEÑOR se proveerá».
La confirmación de la promesa
Hebreos 6:13–20
22:15 El ángel del SEÑOR llamó a Abraham desde el cielo por segunda vez
22:16 y dijo: «Por mí mismo he jurado, declara el SEÑOR: por haber hecho esto y no haberme negado a tu hijo, a tu único,
22:17 ciertamente te bendeciré y multiplicaré grandemente tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar. Tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos.
22:18 En tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, porque has obedecido mi voz».
22:19 Abraham regresó a sus siervos, y se pusieron en camino juntos hacia Beerseba. Abraham se quedó a vivir en Beerseba.
Los descendientes de Nacor
Génesis 24:15–16
22:20 Después de estas cosas, le dieron a Abraham esta noticia: «Milca también le ha dado hijos a Nacor, tu hermano:
22:21 Uz, su primogénito; Buz, su hermano; Kemuel, padre de Aram;
22:22 Quésed, Hazó, Pildás, Jidlaf y Betuel».
22:23 Betuel engendró a Rebeca. Estos ocho hijos le dio Milca a Nacor, hermano de Abraham.
22:24 Su concubina, llamada Reúma, también dio a luz a Teba, Gaham, Tahás y Maaca.

Capítulo 23
Muerte y sepultura de Sara
Hebreos 11:13–16
23:1 Sara vivió ciento veintisiete años. Estos fueron los años de la vida de Sara.
23:2 Sara murió en Quiriat-arba, que es Hebrón, en la tierra de Canaán. Abraham fue a hacer duelo por Sara y a llorarla.
Una sepultura en propiedad
23:3 Después Abraham se levantó junto al cuerpo de su esposa difunta y habló con los hijos de Het:
23:4 «Soy un extranjero residente entre ustedes. Denme un terreno en propiedad para sepultura entre ustedes, para que pueda retirar a mi difunta y enterrarla».
23:5 Los hijos de Het le respondieron a Abraham:
23:6 «Escúchanos, señor nuestro. Eres un príncipe de Dios entre nosotros. Entierra a tu difunta en el mejor de nuestros sepulcros. Ninguno de nosotros te negará su sepulcro para que la entierres».
23:7 Abraham se levantó y se inclinó ante la gente de aquella tierra, los hijos de Het,
23:8 y les dijo: «Si están dispuestos a que retire a mi difunta y la entierre, escúchenme e intercedan por mí ante Efrón, hijo de Zohar,
23:9 para que me ceda la cueva de Macpela, que es suya y está al extremo de su campo. Que me la ceda por su precio completo, en presencia de ustedes, como propiedad para sepultura».
El acuerdo con Efrón
23:10 Efrón estaba sentado entre los hijos de Het. Efrón el hitita le respondió a Abraham a oídos de los hijos de Het y de todos los que entraban por la puerta de su ciudad:
23:11 «No, señor mío, escúchame. Te doy el campo, y también te doy la cueva que hay en él. En presencia de los hijos de mi pueblo te lo doy. Entierra a tu difunta».
23:12 Abraham se inclinó ante la gente de aquella tierra
23:13 y le dijo a Efrón, a oídos de todos: «Pero te ruego que me escuches. Yo pagaré el precio del campo. Acéptalo de mi mano, para que entierre allí a mi difunta».
23:14 Efrón le respondió a Abraham:
23:15 «Señor mío, escúchame. Un terreno que vale cuatrocientos siclos de plata, unos cuatro kilos y seiscientos gramos, ¿qué es entre tú y yo? Entierra a tu difunta».
23:16 Abraham aceptó lo que Efrón decía y le pesó la plata que había mencionado a oídos de los hijos de Het: cuatrocientos siclos de plata, unos cuatro kilos y seiscientos gramos, según el peso corriente entre los comerciantes.
La compra queda establecida
Génesis 25:9–10; Génesis 49:29–32
23:17 Así quedaron el campo de Efrón que estaba en Macpela, frente a Mamre, la cueva que había en él y todos los árboles que había dentro de los límites del campo,
23:18 como propiedad adquirida por Abraham, en presencia de los hijos de Het y de todos los que entraban por la puerta de su ciudad.
23:19 Después de esto, Abraham enterró a Sara, su esposa, en la cueva del campo de Macpela, frente a Mamre, que es Hebrón, en la tierra de Canaán.
23:20 El campo y la cueva que había en él quedaron en propiedad de Abraham para sepultura, cedidos por los hijos de Het.

Capítulo 24
Abraham busca esposa para Isaac
24:1 Abraham era ya anciano, de edad avanzada, y el SEÑOR había bendecido a Abraham en todo.
24:2 Abraham le dijo a su siervo, el más antiguo de su casa, que administraba todos sus bienes: «Pon tu mano debajo de mi muslo,
24:3 y te haré jurar por el SEÑOR, Dios de los cielos y Dios de la tierra, que no tomarás para mi hijo una esposa de entre las hijas de los cananeos, en medio de los cuales vivo.
24:4 Irás a mi tierra y a mi familia, y tomarás de allí una esposa para mi hijo Isaac».
24:5 El siervo le preguntó: «Quizá la mujer no quiera seguirme a esta tierra. ¿Debo entonces llevar a tu hijo a la tierra de donde saliste?».
24:6 Abraham le respondió: «¡Cuídate de llevar a mi hijo allá!
24:7 El SEÑOR, Dios de los cielos, que me sacó de la casa de mi padre y de la tierra donde nací, que me habló y me juró: “A tu descendencia daré esta tierra”, enviará su ángel delante de ti, y tomarás de allí una esposa para mi hijo.
24:8 Si la mujer no quiere seguirte, quedarás libre de este juramento que te he impuesto. Pero no lleves a mi hijo allá».
24:9 El siervo puso su mano debajo del muslo de Abraham, su señor, y le juró cumplir lo acordado.
El encuentro con Rebeca
Génesis 22:20–23
24:10 Después el siervo tomó diez camellos de su señor y partió, llevando consigo toda clase de bienes de su señor. Se puso en camino hacia Aram-naharaim, a la ciudad de Nacor.
24:11 Hizo arrodillar a los camellos fuera de la ciudad, junto al pozo de agua. Era al atardecer, a la hora en que las mujeres salían a sacar agua.
La oración junto al manantial
24:12 Entonces dijo: «SEÑOR, Dios de mi señor Abraham, te ruego que hoy me concedas éxito y muestres tu bondad a mi señor Abraham.
24:13 Aquí estoy, junto al manantial, y las hijas de los habitantes de la ciudad salen a sacar agua.
24:14 Que la joven a quien yo diga: “Por favor, inclina tu cántaro para que beba”, y que responda: “Bebe, y también daré de beber a tus camellos”, sea la que has destinado para tu siervo Isaac. Por ella sabré que has mostrado tu bondad a mi señor».
24:15 Antes de que terminara de hablar, salió Rebeca, hija de Betuel, hijo de Milca, esposa de Nacor, el hermano de Abraham. Llevaba su cántaro al hombro.
24:16 La joven era muy hermosa, virgen; ningún hombre había tenido relaciones con ella. Bajó al manantial, llenó su cántaro y volvió a subir.
24:17 El siervo corrió a su encuentro y le dijo: «Por favor, dame de beber un poco de agua de tu cántaro».
24:18 Ella respondió: «Bebe, señor mío». Enseguida bajó su cántaro y, sosteniéndolo en la mano, le dio de beber.
24:19 Cuando terminó de darle de beber, dijo: «También sacaré agua para tus camellos, hasta que hayan terminado de beber».
24:20 Se apresuró a vaciar su cántaro en el abrevadero, corrió de nuevo al pozo a sacar agua y sacó para todos sus camellos.
24:21 El hombre la observaba en silencio, para saber si el SEÑOR había dado éxito a su viaje o no.
24:22 Cuando los camellos terminaron de beber, el hombre tomó un anillo de oro de unos seis gramos de peso y dos brazaletes para sus muñecas que pesaban en total unos ciento catorce gramos de oro.
24:23 Le preguntó: «¿De quién eres hija? Dime, por favor, ¿hay lugar en la casa de tu padre para que pasemos la noche?».
24:24 Ella respondió: «Soy hija de Betuel, el hijo que Milca dio a Nacor».
24:25 Y añadió: «Tenemos abundante paja y forraje, y también lugar para pasar la noche».
24:26 Entonces el hombre se inclinó y adoró al SEÑOR,
24:27 y dijo: «Bendito sea el SEÑOR, Dios de mi señor Abraham, que no ha dejado de mostrar su bondad y su fidelidad a mi señor. El SEÑOR me ha guiado en el camino hasta la casa de los parientes de mi señor».
La propuesta ante la familia de Rebeca
24:28 La joven corrió a contar lo ocurrido en la casa de su madre.
24:29 Rebeca tenía un hermano llamado Labán, que salió corriendo hacia el hombre, junto al manantial.
24:30 Al ver el anillo y los brazaletes en las muñecas de su hermana, y al oír a su hermana Rebeca contar: «Esto me ha dicho aquel hombre», fue a su encuentro. El hombre seguía de pie junto a los camellos, al lado del manantial.
24:31 Labán le dijo: «¡Ven, bendito del SEÑOR! ¿Por qué estás fuera? He preparado la casa y un lugar para los camellos».
24:32 El hombre entró en la casa. Descargaron los camellos y les dieron paja y forraje; también le dieron agua para lavarse los pies, y para que se los lavaran los hombres que lo acompañaban.
24:33 Le pusieron comida delante, pero él dijo: «No comeré hasta que haya comunicado mi mensaje». La respuesta fue: «Habla».
El siervo presenta su misión
24:34 Entonces dijo: «Soy siervo de Abraham.
24:35 El SEÑOR ha bendecido mucho a mi señor y lo ha engrandecido. Le ha dado ovejas, ganado vacuno, plata, oro, siervos, siervas, camellos y asnos.
24:36 Sara, la esposa de mi señor, le dio un hijo en su vejez, y él le ha dado todo lo que posee.
24:37 Mi señor me hizo jurar, diciendo: “No tomarás para mi hijo una esposa de entre las hijas de los cananeos, en cuya tierra vivo.
24:38 Irás a la casa de mi padre, a mi familia, y tomarás una esposa para mi hijo”.
24:39 Yo le dije a mi señor: “Quizá la mujer no quiera seguirme”.
24:40 Él me respondió: “El SEÑOR, en cuya presencia he andado, enviará su ángel contigo y dará éxito a tu viaje. Tomarás una esposa para mi hijo de mi familia y de la casa de mi padre.
24:41 Quedarás libre de mi juramento cuando hayas llegado a mi familia; si no te la dan, quedarás libre de mi juramento”.
24:42 Hoy llegué al manantial y dije: “SEÑOR, Dios de mi señor Abraham, si estás dispuesto a dar éxito al viaje que he emprendido,
24:43 aquí estoy junto al manantial. Que la joven que salga a sacar agua, a quien yo diga: ‘Por favor, dame de beber un poco de agua de tu cántaro’,
24:44 y que me responda: ‘Bebe tú, y también sacaré agua para tus camellos’, sea la mujer que el SEÑOR ha destinado para el hijo de mi señor”.
24:45 Antes de que terminara de hablar en mi corazón, salió Rebeca con su cántaro al hombro. Bajó al manantial y sacó agua, y yo le dije: “Por favor, dame de beber”.
24:46 Ella bajó enseguida su cántaro y dijo: “Bebe, y también daré de beber a tus camellos”. Yo bebí, y ella dio de beber también a los camellos.
24:47 Le pregunté: “¿De quién eres hija?”. Ella respondió: “Soy hija de Betuel, el hijo que Milca dio a Nacor”. Entonces le puse el anillo en la nariz y los brazaletes en las muñecas.
24:48 Me incliné y adoré al SEÑOR. Bendije al SEÑOR, Dios de mi señor Abraham, que me había guiado por el camino correcto para tomar como esposa para su hijo a una descendiente del hermano de mi señor.
24:49 Ahora, si están dispuestos a mostrar bondad y fidelidad a mi señor, díganmelo; y si no, díganmelo también, para que yo me dirija a la derecha o a la izquierda».
El acuerdo y la decisión de Rebeca
24:50 Labán y Betuel respondieron: «Esto viene del SEÑOR. No podemos decirte nada a favor ni en contra.
24:51 Aquí tienes a Rebeca; tómala y vete. Que sea la esposa del hijo de tu señor, como el SEÑOR ha dicho».
24:52 Cuando el siervo de Abraham oyó sus palabras, se postró en tierra ante el SEÑOR.
24:53 Después el siervo sacó joyas de plata, joyas de oro y vestidos, y se los dio a Rebeca. También entregó regalos valiosos a su hermano y a su madre.
24:54 Él y los hombres que lo acompañaban comieron y bebieron, y pasaron allí la noche. Por la mañana se levantaron, y él dijo: «Déjenme volver a mi señor».
24:55 Su hermano y su madre respondieron: «Que la joven se quede con nosotros unos días, quizá diez. Después podrá irse».
24:56 Pero él les dijo: «No me demoren, pues el SEÑOR ha dado éxito a mi viaje. Déjenme partir y volver a mi señor».
24:57 Ellos respondieron: «Llamemos a la joven y preguntémosle».
24:58 Llamaron a Rebeca y le preguntaron: «¿Irás con este hombre?». Ella respondió: «Iré».
La despedida y la bendición
24:59 Entonces dejaron partir a Rebeca, su hermana, y a su nodriza, junto con el siervo de Abraham y sus hombres.
24:60 Bendijeron a Rebeca y le dijeron:
 «¡Hermana nuestra, que seas madre de miles de decenas de miles!
   ¡Que tu descendencia posea la puerta de quienes la odian!».
24:61 Rebeca y sus siervas se levantaron, montaron en los camellos y siguieron al hombre. Así el siervo tomó a Rebeca y partió.
El matrimonio de Isaac y Rebeca
Génesis 25:20; Mateo 19:4–6
24:62 Isaac había venido de Beer-lajai-roi y vivía en la región del Neguev.
24:63 Al caer la tarde, Isaac salió a meditar al campo. Levantó los ojos y vio que se acercaban unos camellos.
24:64 Rebeca levantó los ojos y, al ver a Isaac, bajó del camello.
24:65 Le preguntó al siervo: «¿Quién es ese hombre que viene por el campo a nuestro encuentro?». El siervo respondió: «Es mi señor». Entonces ella tomó el velo y se cubrió.
24:66 El siervo le contó a Isaac todo lo que había hecho.
24:67 Isaac la llevó a la tienda de Sara, su madre. Tomó a Rebeca por esposa y la amó. Así Isaac halló consuelo después de la muerte de su madre.

Capítulo 25
Los descendientes de Abraham y Cetura
1 Crónicas 1:32–33
25:1 Abraham tomó otra esposa, llamada Cetura.
25:2 Ella le dio a luz a Zimram, Jocsán, Medán, Madián, Isbac y Súa.
25:3 Jocsán engendró a Sabá y a Dedán. Los hijos de Dedán fueron los asuritas, los letusitas y los leumitas.
25:4 Los hijos de Madián fueron Efa, Efer, Hanoc, Abida y Elda. Todos estos fueron descendientes de Cetura.
La herencia de Isaac
25:5 Abraham dio a Isaac todo lo que poseía.
25:6 A los hijos de sus concubinas, Abraham les dio regalos y, mientras aún vivía, los envió lejos de su hijo Isaac, hacia el oriente, a la tierra del oriente.
Muerte y sepultura de Abraham
25:7 Estos fueron los años de la vida de Abraham: ciento setenta y cinco años.
25:8 Abraham dio su último suspiro y murió en buena vejez, anciano y satisfecho de la vida, y fue reunido con su pueblo.
25:9 Sus hijos Isaac e Ismael lo enterraron en la cueva de Macpela, en el campo de Efrón, hijo de Zohar el hitita, frente a Mamre.
25:10 Era el campo que Abraham había comprado a los hijos de Het. Allí fueron enterrados Abraham y Sara, su esposa.
25:11 Después de la muerte de Abraham, Dios bendijo a Isaac, su hijo. Isaac vivió junto a Beer-lajai-roi.
Los descendientes de Ismael
1 Crónicas 1:28–31
25:12 Estos son los descendientes de Ismael, hijo de Abraham, a quien Agar la egipcia, esclava de Sara, dio a luz para Abraham.
25:13 Estos son los nombres de los hijos de Ismael, según sus nombres y sus generaciones: Nebaiot, primogénito de Ismael, Cedar, Adbeel, Mibsam,
25:14 Misma, Duma, Massa,
25:15 Hadad, Tema, Jetur, Nafis y Cedema.
25:16 Estos fueron los hijos de Ismael, y estos sus nombres, según sus poblados y sus campamentos: doce príncipes, según sus clanes.
25:17 Ismael vivió ciento treinta y siete años. Dio su último suspiro y murió, y fue reunido con su pueblo.
25:18 Sus descendientes habitaron desde Havila hasta Shur, frente a Egipto, en dirección a Asiria. Se estableció frente a todos sus hermanos.
Nacimiento de Jacob y Esaú
Romanos 9:10–13
25:19 Estos son los descendientes de Isaac, hijo de Abraham: Abraham engendró a Isaac.
25:20 Isaac tenía cuarenta años cuando tomó por esposa a Rebeca, hija de Betuel el arameo, de Padán-aram, y hermana de Labán el arameo.
La oración de Isaac y la respuesta a Rebeca
25:21 Isaac rogó al SEÑOR por su esposa, porque era estéril. El SEÑOR atendió su ruego, y Rebeca, su esposa, concibió.
25:22 Los hijos luchaban dentro de ella, y Rebeca dijo: «Si es así, ¿por qué me ocurre esto?». Y fue a consultar al SEÑOR.
25:23 El SEÑOR le dijo:
 «Dos naciones hay en tu vientre, y dos pueblos se separarán desde tus entrañas.
   Un pueblo será más fuerte que el otro, y el mayor servirá al menor».
25:24 Cuando se cumplió el tiempo de dar a luz, había gemelos en su vientre.
25:25 El primero salió rojizo, cubierto de vello como con un manto de pelo, y lo llamaron Esaú.
25:26 Después salió su hermano, con la mano agarrada al talón de Esaú, y le pusieron por nombre Jacob. Isaac tenía sesenta años cuando ella los dio a luz.
Esaú vende su primogenitura
Hebreos 12:15–16
25:27 Los muchachos crecieron. Esaú llegó a ser un hábil cazador, un hombre de campo; Jacob era un hombre tranquilo que habitaba en tiendas.
25:28 Isaac amaba a Esaú porque comía de su caza, pero Rebeca amaba a Jacob.
25:29 Una vez, Jacob preparaba un guiso cuando Esaú volvió del campo agotado.
25:30 Esaú le dijo a Jacob: «Por favor, dame de comer de eso rojo, de ese guiso rojo, porque estoy agotado». Por eso lo llamaron Edom.
25:31 Jacob le respondió: «Véndeme hoy tu primogenitura».
25:32 Esaú dijo: «Estoy a punto de morir; ¿de qué me sirve la primogenitura?».
25:33 Jacob le dijo: «Júramelo hoy». Él se lo juró y vendió a Jacob su primogenitura.
25:34 Entonces Jacob dio a Esaú pan y guiso de lentejas. Él comió y bebió, se levantó y se fue. Así menospreció Esaú su primogenitura.

Capítulo 26
Isaac en Gerar
Génesis 12:10–20; Génesis 20:1–13
26:1 Hubo hambre en la tierra, además del hambre anterior que había ocurrido en tiempos de Abraham. Isaac fue a Gerar, a Abimelec, rey de los filisteos.
26:2 El SEÑOR se le apareció y le dijo: «No bajes a Egipto. Establécete en la tierra que yo te indicaré.
26:3 Vive como extranjero en esta tierra, y yo estaré contigo y te bendeciré. A ti y a tu descendencia daré todas estas tierras, y cumpliré el juramento que hice a Abraham, tu padre.
26:4 Multiplicaré tu descendencia como las estrellas de los cielos y daré a tu descendencia todas estas tierras. En tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra,
26:5 porque Abraham obedeció mi voz y guardó mis preceptos, mis mandamientos, mis estatutos y mis instrucciones».
26:6 Así que Isaac se quedó a vivir en Gerar.
El temor de Isaac y la protección de Rebeca
26:7 Cuando los hombres del lugar le preguntaron por su esposa, él respondió: «Es mi hermana». Tenía miedo de decir: «Es mi esposa», pues pensaba: «Los hombres del lugar podrían matarme por causa de Rebeca», porque era hermosa.
26:8 Cuando llevaba allí mucho tiempo, Abimelec, rey de los filisteos, miró por una ventana y vio a Isaac acariciando a Rebeca, su esposa.
26:9 Abimelec llamó a Isaac y le dijo: «¡Es tu esposa! ¿Cómo dijiste: “Es mi hermana”?». Isaac le respondió: «Pensé que podría morir por causa de ella».
26:10 Abimelec dijo: «¿Qué nos has hecho? Por poco alguno del pueblo se habría acostado con tu esposa, y habrías traído culpa sobre nosotros».
26:11 Entonces Abimelec ordenó a todo el pueblo: «El que toque a este hombre o a su esposa será condenado a muerte».
Prosperidad y envidia
26:12 Isaac sembró en aquella tierra y cosechó aquel año cien veces lo sembrado. El SEÑOR lo bendijo.
26:13 El hombre prosperó y fue prosperando cada vez más, hasta hacerse muy rico.
26:14 Tenía rebaños de ovejas, ganado vacuno y muchos siervos, y los filisteos le tuvieron envidia.
26:15 Los filisteos habían tapado y llenado de tierra todos los pozos que los siervos de su padre habían cavado en tiempos de Abraham, su padre.
26:16 Abimelec le dijo a Isaac: «Vete de entre nosotros, porque te has hecho mucho más poderoso que nosotros».
Las disputas por los pozos
26:17 Isaac se fue de allí, acampó en el valle de Gerar y se quedó a vivir allí.
26:18 Isaac volvió a cavar los pozos de agua que habían cavado en tiempos de Abraham, su padre, y que los filisteos habían tapado después de la muerte de Abraham. Les puso los mismos nombres que su padre les había dado.
26:19 Los siervos de Isaac cavaron en el valle y encontraron allí un pozo de agua de manantial.
26:20 Los pastores de Gerar discutieron con los pastores de Isaac y dijeron: «¡El agua es nuestra!». Por eso Isaac llamó Esek al pozo, porque habían disputado con él.
26:21 Después cavaron otro pozo, y también discutieron por él. Lo llamó Sitna.
Un lugar para crecer
26:22 Se trasladó de allí y cavó otro pozo, y por este no discutieron. Lo llamó Rehobot, pues dijo: «Ahora el SEÑOR nos ha hecho espacio y fructificaremos en esta tierra».
Dios confirma su promesa en Beerseba
26:23 De allí subió a Beerseba.
26:24 Aquella noche el SEÑOR se le apareció y le dijo: «Yo soy el Dios de Abraham, tu padre. No temas, porque yo estoy contigo. Te bendeciré y multiplicaré tu descendencia por causa de Abraham, mi siervo».
26:25 Isaac construyó allí un altar e invocó el nombre del SEÑOR. Plantó allí su tienda, y allí sus siervos cavaron un pozo.
El pacto de paz con Abimelec
Génesis 21:22–32
26:26 Abimelec fue a verlo desde Gerar, junto con Ahuzat, su amigo, y Ficol, jefe de su ejército.
26:27 Isaac les preguntó: «¿Por qué vienen a verme, si me han odiado y me han echado de entre ustedes?».
26:28 Ellos respondieron: «Hemos visto claramente que el SEÑOR está contigo. Por eso dijimos: “Que haya un juramento entre nosotros, entre nosotros y tú”. Hagamos un pacto contigo:
26:29 que no nos hagas ningún mal, así como nosotros no te hemos tocado y solo te hemos hecho bien, y te hemos dejado ir en paz. Ahora tú eres bendito del SEÑOR».
26:30 Entonces Isaac les preparó un banquete, y comieron y bebieron.
26:31 Se levantaron temprano por la mañana e hicieron un juramento el uno al otro. Isaac los despidió, y ellos se fueron en paz.
26:32 Ese mismo día llegaron los siervos de Isaac y le informaron acerca del pozo que habían cavado. Le dijeron: «¡Hemos encontrado agua!».
26:33 Él lo llamó Seba. Por eso la ciudad se llama Beerseba hasta el día de hoy.
Los matrimonios de Esaú
Génesis 27:46; Génesis 28:1–2
26:34 Cuando Esaú tenía cuarenta años, tomó por esposas a Judit, hija de Beeri el hitita, y a Basemat, hija de Elón el hitita.
26:35 Ellas fueron causa de amargura para Isaac y Rebeca.

Capítulo 27
Jacob obtiene la bendición de Isaac
Hebreos 11:20
27:1 Cuando Isaac envejeció y sus ojos se debilitaron hasta no poder ver, llamó a Esaú, su hijo mayor, y le dijo: «¡Hijo mío!». Él respondió: «Aquí estoy».
27:2 Isaac dijo: «Ya soy anciano y no sé el día de mi muerte.
27:3 Toma tus armas, tu aljaba y tu arco; sal al campo y caza algo para mí.
27:4 Prepárame un guiso como a mí me gusta y tráemelo para que coma y mi alma te bendiga antes de morir».
El plan de Rebeca
27:5 Rebeca estaba escuchando mientras Isaac hablaba con Esaú, su hijo. Esaú salió al campo para cazar y traer lo que cazara.
27:6 Entonces Rebeca le dijo a Jacob, su hijo: «He oído a tu padre hablar con tu hermano Esaú y decirle:
27:7 “Tráeme caza y prepárame un guiso para que coma y te bendiga en presencia del SEÑOR antes de morir”.
27:8 Ahora, hijo mío, obedece mi voz en lo que te mando.
27:9 Ve al rebaño y tráeme dos buenos cabritos. Con ellos prepararé para tu padre un guiso como a él le gusta.
27:10 Tú se lo llevarás a tu padre para que coma y te bendiga antes de morir».
27:11 Jacob le dijo a Rebeca, su madre: «Mi hermano Esaú es velludo, pero yo no tengo vello.
27:12 Quizá mi padre me palpe y crea que me estoy burlando de él. Entonces traeré sobre mí una maldición, y no una bendición».
27:13 Su madre le respondió: «Que tu maldición caiga sobre mí, hijo mío. Tú solo obedece mi voz; ve y tráemelos».
27:14 Él fue, los tomó y se los llevó a su madre. Su madre preparó un guiso como a su padre le gustaba.
27:15 Después Rebeca tomó las mejores ropas de Esaú, su hijo mayor, que tenía consigo en casa, y vistió con ellas a Jacob, su hijo menor.
27:16 Con las pieles de los cabritos le cubrió las manos y la parte lisa del cuello.
27:17 Puso el guiso y el pan que había preparado en manos de Jacob, su hijo.
Jacob se presenta ante Isaac
27:18 Él fue a su padre y dijo: «¡Padre mío!». Su padre respondió: «Aquí estoy. ¿Quién eres, hijo mío?».
27:19 Jacob le dijo a su padre: «Soy Esaú, tu primogénito. He hecho lo que me pediste. Levántate, siéntate y come de mi caza, para que tu alma me bendiga».
27:20 Isaac le preguntó a su hijo: «¿Cómo la encontraste tan pronto, hijo mío?». Él respondió: «Porque el SEÑOR, tu Dios, la puso en mi camino».
27:21 Isaac le dijo a Jacob: «Acércate para que te palpe, hijo mío, y sepa si eres mi hijo Esaú o no».
27:22 Jacob se acercó a Isaac, su padre. Isaac lo palpó y dijo: «La voz es la voz de Jacob, pero las manos son las manos de Esaú».
27:23 No lo reconoció, porque sus manos eran velludas como las de Esaú, su hermano, y lo bendijo.
27:24 Le preguntó: «¿Eres de verdad mi hijo Esaú?». Él respondió: «Lo soy».
27:25 Entonces dijo: «Acércamela para que coma de la caza de mi hijo y mi alma te bendiga». Jacob se la acercó, y él comió. También le llevó vino, y bebió.
27:26 Isaac, su padre, le dijo: «Acércate y bésame, hijo mío».
La bendición
Génesis 12:1–3

27:27 Él se acercó y lo besó. Isaac percibió el olor de sus ropas y lo bendijo, diciendo:
 «¡El olor de mi hijo es como el olor de un campo que el SEÑOR ha bendecido!
27:28 Que Dios te dé del rocío de los cielos y de la fertilidad de la tierra, y abundancia de grano y vino nuevo.
27:29 Que te sirvan pueblos y se inclinen ante ti naciones.
   Sé señor de tus hermanos, y que se inclinen ante ti los hijos de tu madre.
   Malditos sean quienes te maldigan y benditos quienes te bendigan».
Esaú descubre lo ocurrido
Hebreos 12:16–17
27:30 Isaac acababa de bendecir a Jacob; apenas había salido Jacob de la presencia de Isaac, su padre, cuando Esaú, su hermano, volvió de cazar.
27:31 Él también preparó un guiso y se lo llevó a su padre. Le dijo: «Levántese mi padre y coma de la caza de su hijo, para que su alma me bendiga».
27:32 Isaac, su padre, le preguntó: «¿Quién eres?». Él respondió: «Soy tu hijo, tu primogénito, Esaú».
27:33 Isaac se estremeció violentamente y dijo: «¿Quién fue entonces el que cazó y me trajo la caza? Comí de todo antes de que llegaras, y lo bendije. ¡Y bendito será!».
27:34 Al oír las palabras de su padre, Esaú lanzó un grito muy fuerte y amargo, y le dijo: «¡Bendíceme también a mí, padre mío!».
27:35 Él respondió: «Tu hermano vino con engaño y tomó tu bendición».
27:36 Esaú dijo: «¿No fue con razón que lo llamaron Jacob? Ya me ha suplantado dos veces: tomó mi primogenitura, y ahora ha tomado mi bendición». Y añadió: «¿No has reservado una bendición para mí?».
27:37 Isaac le respondió a Esaú: «Lo he puesto por señor sobre ti, y a todos sus hermanos se los he dado como siervos. Lo he sustentado con grano y vino nuevo. ¿Qué puedo hacer por ti ahora, hijo mío?».
27:38 Esaú le dijo a su padre: «¿Solo tienes una bendición, padre mío? ¡Bendíceme también a mí, padre mío!». Y Esaú se echó a llorar en voz alta.
27:39 Isaac, su padre, le respondió:
 «Lejos de la fertilidad de la tierra estará tu morada, y lejos del rocío de los cielos de arriba.
27:40 Vivirás de tu espada y servirás a tu hermano.
   Pero cuando te rebeles, te sacudirás su yugo del cuello».
Jacob huye de Esaú
27:41 Esaú guardó rencor a Jacob por la bendición con que su padre lo había bendecido. Esaú dijo en su corazón: «Se acercan los días de duelo por mi padre; entonces mataré a mi hermano Jacob».
27:42 Cuando le contaron a Rebeca las palabras de Esaú, su hijo mayor, mandó llamar a Jacob, su hijo menor, y le dijo: «Tu hermano Esaú se consuela con la idea de matarte.
27:43 Ahora, hijo mío, obedece mi voz. Levántate y huye a Harán, a casa de Labán, mi hermano.
27:44 Quédate con él unos días, hasta que se calme la furia de tu hermano,
27:45 hasta que se aparte de ti la ira de tu hermano y olvide lo que le has hecho. Entonces mandaré a buscarte allí. ¿Por qué habría yo de perderlos a los dos en un mismo día?».
La preocupación por el matrimonio de Jacob
Génesis 28:1–5
27:46 Rebeca le dijo a Isaac: «Estoy harta de mi vida a causa de las hijas de Het. Si Jacob toma por esposa a una de las hijas de Het como estas, una mujer de esta tierra, ¿para qué quiero vivir?».

Capítulo 28
Isaac envía a Jacob a buscar esposa
Génesis 27:46
28:1 Isaac llamó a Jacob, lo bendijo y le ordenó: «No tomes por esposa a una de las hijas de Canaán.
28:2 Levántate y ve a Padán-aram, a casa de Betuel, el padre de tu madre, y toma allí por esposa a una de las hijas de Labán, el hermano de tu madre.
28:3 Que Dios Todopoderoso te bendiga, te haga fructificar y te multiplique, hasta que llegues a ser una comunidad de pueblos.
28:4 Que te conceda la bendición de Abraham, a ti y a tu descendencia contigo, para que poseas la tierra donde has vivido como extranjero, la que Dios dio a Abraham».
28:5 Isaac despidió a Jacob, y este fue a Padán-aram, a Labán, hijo de Betuel el arameo y hermano de Rebeca, la madre de Jacob y Esaú.
El nuevo matrimonio de Esaú
28:6 Esaú vio que Isaac había bendecido a Jacob y lo había enviado a Padán-aram para tomar de allí una esposa. Al bendecirlo, le había ordenado: «No tomes por esposa a una de las hijas de Canaán».
28:7 También vio que Jacob había obedecido a su padre y a su madre y se había ido a Padán-aram.
28:8 Esaú comprendió que las hijas de Canaán no eran del agrado de Isaac, su padre.
28:9 Entonces fue a Ismael y tomó por esposa a Mahalat, hija de Ismael, hijo de Abraham, y hermana de Nebaiot, además de las esposas que ya tenía.
El sueño de Jacob en Betel
Juan 1:51
28:10 Jacob salió de Beerseba y se dirigió a Harán.
28:11 Llegó a cierto lugar y pasó allí la noche, porque el sol se había puesto. Tomó una de las piedras de aquel lugar, la puso a su cabecera y se acostó allí.
28:12 Soñó con una escalera apoyada en la tierra, cuyo extremo llegaba hasta los cielos. Los ángeles de Dios subían y bajaban por ella.
28:13 El SEÑOR estaba de pie en lo alto de ella y dijo: «Yo soy el SEÑOR, el Dios de Abraham, tu padre, y el Dios de Isaac. La tierra sobre la que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia.
28:14 Tu descendencia será como el polvo de la tierra. Te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur. En ti y en tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra.
28:15 Yo estoy contigo y te guardaré por dondequiera que vayas, y te haré volver a esta tierra. No te abandonaré hasta haber cumplido lo que te he dicho».
28:16 Jacob despertó de su sueño y dijo: «Ciertamente el SEÑOR está en este lugar, y yo no lo sabía».
28:17 Tuvo temor y dijo: «¡Qué temible es este lugar! No es otra cosa que la casa de Dios y la puerta de los cielos».
La piedra y el voto de Jacob
28:18 Jacob se levantó temprano por la mañana, tomó la piedra que había puesto a su cabecera y la erigió como columna. Luego derramó aceite sobre ella.
28:19 Llamó a aquel lugar Betel, aunque antes la ciudad se llamaba Luz.
28:20 Jacob hizo este voto: «Si Dios está conmigo y me guarda en este camino que estoy recorriendo, y me da pan para comer y ropa para vestir,
28:21 y regreso en paz a la casa de mi padre, el SEÑOR será mi Dios.
28:22 Esta piedra que he erigido como columna será casa de Dios, y de todo lo que me des te daré sin falta la décima parte».

Capítulo 29
Jacob llega a casa de Labán
Génesis 28:1–5
29:1 Jacob prosiguió su camino y fue a la tierra de los orientales.
29:2 Vio un pozo en el campo, con tres rebaños de ovejas echados junto a él, pues de aquel pozo se daba de beber a los rebaños. Una piedra grande cubría la boca del pozo.
29:3 Allí se reunían todos los rebaños; entonces hacían rodar la piedra de la boca del pozo, daban de beber a las ovejas y volvían a poner la piedra en su lugar, sobre la boca del pozo.
29:4 Jacob les preguntó: «Hermanos míos, ¿de dónde son?». Ellos respondieron: «Somos de Harán».
29:5 Les preguntó: «¿Conocen a Labán, nieto de Nacor?». Ellos respondieron: «Lo conocemos».
29:6 Jacob les dijo: «¿Está bien?». Respondieron: «Está bien. Mira, ahí viene Raquel, su hija, con las ovejas».
29:7 Él dijo: «Todavía queda mucho día; aún no es hora de recoger el ganado. Den de beber a las ovejas y llévenlas a pastar».
29:8 Ellos respondieron: «No podemos hasta que se reúnan todos los rebaños y retiren la piedra de la boca del pozo. Entonces daremos de beber a las ovejas».
29:9 Mientras aún hablaba con ellos, llegó Raquel con las ovejas de su padre, porque ella era pastora.
29:10 Cuando Jacob vio a Raquel, hija de Labán, hermano de su madre, y las ovejas de Labán, hermano de su madre, se acercó, hizo rodar la piedra de la boca del pozo y dio de beber a las ovejas de Labán, hermano de su madre.
29:11 Después Jacob besó a Raquel y se echó a llorar en voz alta.
29:12 Jacob le explicó a Raquel que era pariente de su padre y que era hijo de Rebeca. Ella corrió a contárselo a su padre.
29:13 Cuando Labán oyó la noticia de Jacob, el hijo de su hermana, corrió a recibirlo. Lo abrazó, lo besó y lo llevó a su casa. Jacob le contó a Labán todo lo ocurrido.
29:14 Labán le dijo: «Ciertamente eres hueso mío y carne mía». Jacob se quedó con él durante un mes.
Los matrimonios de Jacob con Lea y Raquel
29:15 Después Labán le dijo a Jacob: «¿Por ser mi pariente vas a servirme sin recibir nada? Dime cuál será tu salario».
29:16 Labán tenía dos hijas: la mayor se llamaba Lea, y la menor, Raquel.
29:17 Los ojos de Lea eran delicados, pero Raquel era de bella figura y hermoso semblante.
29:18 Jacob amaba a Raquel, y dijo: «Te serviré siete años por Raquel, tu hija menor».
29:19 Labán respondió: «Es mejor dártela a ti que dársela a otro hombre. Quédate conmigo».
29:20 Así Jacob sirvió siete años por Raquel, y le parecieron unos pocos días, porque la amaba.
29:21 Después Jacob le dijo a Labán: «Dame a mi esposa, porque ya se ha cumplido mi tiempo, para que me una a ella».
El engaño en la boda
29:22 Labán reunió a todos los hombres del lugar y preparó un banquete.
29:23 Al anochecer tomó a Lea, su hija, y se la llevó a Jacob, y él se acostó con ella.
29:24 Labán dio a su hija Lea su sierva Zilpa para que fuera su criada.
29:25 Por la mañana, ¡resultó que era Lea! Jacob le dijo a Labán: «¿Qué me has hecho? ¿No te serví por Raquel? ¿Por qué me has engañado?».
29:26 Labán respondió: «En nuestro lugar no se acostumbra dar a la menor antes que a la primogénita.
29:27 Completa la semana de bodas de esta, y te daremos también a la otra por el servicio que me prestarás durante otros siete años».
29:28 Jacob hizo así y completó la semana de bodas de Lea. Entonces Labán le dio por esposa a Raquel, su hija.
29:29 Labán dio a su hija Raquel su sierva Bilha para que fuera su criada.
29:30 Jacob se acostó también con Raquel y amó a Raquel más que a Lea. Y sirvió a Labán otros siete años.
Los primeros hijos de Lea
Génesis 35:23–26
29:31 El SEÑOR vio que Lea era menospreciada y abrió su vientre, pero Raquel era estéril.
29:32 Lea concibió y dio a luz un hijo, al que llamó Rubén, porque dijo: «El SEÑOR ha visto mi aflicción; ahora mi esposo me amará».
29:33 Volvió a concebir y dio a luz un hijo. Dijo: «El SEÑOR ha oído que soy menospreciada y me ha dado también este hijo». Y lo llamó Simeón.
29:34 Volvió a concebir y dio a luz un hijo. Dijo: «Ahora sí se unirá a mí mi esposo, porque le he dado tres hijos». Por eso recibió el nombre de Leví.
29:35 Volvió a concebir y dio a luz un hijo. Dijo: «Esta vez alabaré al SEÑOR». Por eso lo llamó Judá. Entonces dejó de dar a luz.

Capítulo 30
La rivalidad en la familia de Jacob
30:1 Raquel vio que no le daba hijos a Jacob y tuvo envidia de su hermana. Le dijo a Jacob: «¡Dame hijos, o me muero!».
30:2 Jacob se enojó con Raquel y dijo: «¿Estoy yo en lugar de Dios, que te ha negado el fruto del vientre?».
30:3 Ella respondió: «Aquí está Bilha, mi sierva. Acuéstate con ella para que dé a luz sobre mis rodillas; así yo también tendré hijos por medio de ella».
30:4 Le dio por esposa a Bilha, su sierva, y Jacob se acostó con ella.
30:5 Bilha concibió y dio a Jacob un hijo.
30:6 Raquel dijo: «Dios me ha hecho justicia; también ha oído mi voz y me ha dado un hijo». Por eso lo llamó Dan.
30:7 Bilha, sierva de Raquel, volvió a concebir y dio a Jacob un segundo hijo.
30:8 Raquel dijo: «Con grandes luchas he luchado con mi hermana, y he vencido». Y lo llamó Neftalí.
Los hijos de Zilpa
30:9 Lea vio que había dejado de dar a luz, así que tomó a Zilpa, su sierva, y se la dio por esposa a Jacob.
30:10 Zilpa, sierva de Lea, dio a Jacob un hijo.
30:11 Lea dijo: «¡Qué buena fortuna!». Y lo llamó Gad.
30:12 Zilpa, sierva de Lea, dio a Jacob un segundo hijo.
30:13 Lea dijo: «¡Qué dichosa soy! Las mujeres me llamarán dichosa». Y lo llamó Aser.
El intercambio de las mandrágoras
30:14 En los días de la cosecha del trigo, Rubén salió y encontró mandrágoras en el campo, y se las llevó a Lea, su madre. Raquel le dijo a Lea: «Por favor, dame algunas de las mandrágoras de tu hijo».
30:15 Ella respondió: «¿Te parece poco haberme quitado a mi esposo, que quieres quitarme también las mandrágoras de mi hijo?». Raquel dijo: «Pues él se acostará contigo esta noche a cambio de las mandrágoras de tu hijo».
30:16 Al atardecer, cuando Jacob volvía del campo, Lea salió a su encuentro y le dijo: «Debes venir conmigo, porque he pagado por ti con las mandrágoras de mi hijo». Así que él se acostó con ella aquella noche.
30:17 Dios escuchó a Lea, y ella concibió y dio a Jacob un quinto hijo.
30:18 Lea dijo: «Dios me ha dado mi recompensa, porque di mi sierva a mi esposo». Y lo llamó Isacar.
30:19 Lea volvió a concebir y dio a Jacob un sexto hijo.
30:20 Lea dijo: «Dios me ha dado un buen regalo. Esta vez mi esposo me honrará, porque le he dado seis hijos». Y lo llamó Zabulón.
30:21 Después dio a luz una hija y la llamó Dina.
El nacimiento de José
30:22 Dios se acordó de Raquel; Dios la escuchó y abrió su vientre.
30:23 Ella concibió y dio a luz un hijo, y dijo: «Dios ha quitado mi afrenta».
30:24 Lo llamó José, diciendo: «Que el SEÑOR me añada otro hijo».
El nuevo salario de Jacob
30:25 Después de que Raquel dio a luz a José, Jacob le dijo a Labán: «Déjame partir y volver a mi lugar y a mi tierra.
30:26 Dame a mis esposas y a mis hijos, por quienes te he servido, y déjame ir. Tú conoces el servicio que te he prestado».
30:27 Labán le respondió: «Si he hallado favor ante ti, quédate. He sabido por adivinación que el SEÑOR me ha bendecido por causa de ti».
30:28 Y añadió: «Fíjame tu salario, y te lo daré».
30:29 Jacob le respondió: «Tú sabes cómo te he servido y cómo le ha ido a tu ganado bajo mi cuidado.
30:30 Lo poco que tenías antes de mi llegada ha aumentado mucho. El SEÑOR te ha bendecido a mi paso. Pero ahora, ¿cuándo podré trabajar también por mi propia casa?».
30:31 Labán preguntó: «¿Qué debo darte?». Jacob respondió: «No me des nada. Si haces por mí lo siguiente, volveré a apacentar y cuidar tu rebaño:
30:32 Hoy pasaré por todo tu rebaño, apartando de él todos los animales moteados y manchados, todos los oscuros entre las ovejas, y los manchados y moteados entre las cabras. Ese será mi salario.
30:33 Mi honradez responderá por mí en el futuro, cuando vengas a revisar mi salario. Cualquier cabra que tenga y no sea ni moteada ni manchada, y cualquier oveja que no sea oscura, se considerará robada».
30:34 Labán dijo: «De acuerdo. Que sea como has dicho».
La separación y el crecimiento de los rebaños
Génesis 31:7–13
30:35 Pero aquel mismo día apartó los machos cabríos rayados y manchados, todas las cabras moteadas y manchadas, todo lo que tenía algo de blanco y todos los animales oscuros entre las ovejas. Los puso al cuidado de sus hijos.
30:36 Puso una distancia de tres días de camino entre él y Jacob. Jacob siguió apacentando el resto del rebaño de Labán.
30:37 Jacob tomó ramas verdes de álamo, de almendro y de plátano oriental. Les quitó tiras de corteza, dejando al descubierto la parte blanca de las ramas.
30:38 Colocó las ramas que había pelado en los canales, en los abrevaderos donde los rebaños venían a beber, delante de los animales. Estos se apareaban cuando venían a beber.
30:39 Los rebaños se apareaban delante de las ramas y daban crías rayadas, moteadas y manchadas.
30:40 Jacob apartaba los corderos y hacía que el rebaño mirara hacia los animales rayados y todos los oscuros del rebaño de Labán. Mantenía sus propios rebaños separados y no los juntaba con el rebaño de Labán.
30:41 Cada vez que las hembras más fuertes del rebaño entraban en celo, Jacob colocaba las ramas ante sus ojos, en los abrevaderos, para que se aparearan delante de las ramas.
30:42 Pero cuando se trataba de las más débiles, no las ponía. Así, las débiles eran para Labán y las fuertes para Jacob.
30:43 De este modo el hombre prosperó muchísimo y llegó a tener grandes rebaños, siervas, siervos, camellos y asnos.

Capítulo 31
Jacob decide regresar a Canaán
Génesis 28:15
31:1 Jacob oyó a los hijos de Labán decir: «Jacob ha tomado todo lo que era de nuestro padre; con lo que pertenecía a nuestro padre ha adquirido toda esta riqueza».
31:2 Jacob notó por el rostro de Labán que su actitud hacia él ya no era como antes.
31:3 El SEÑOR le dijo a Jacob: «Vuelve a la tierra de tus padres y a tu familia, y yo estaré contigo».
Jacob explica la partida a sus esposas
31:4 Jacob mandó llamar a Raquel y a Lea al campo, donde estaba su rebaño,
31:5 y les dijo: «Veo que su padre ya no me mira como antes, pero el Dios de mi padre ha estado conmigo.
31:6 Ustedes saben que he servido a su padre con todas mis fuerzas.
31:7 Sin embargo, su padre me ha engañado y ha cambiado mi salario diez veces. Pero Dios no le ha permitido hacerme daño.
31:8 Si él decía: “Los moteados serán tu salario”, todo el rebaño daba crías moteadas. Si decía: “Los rayados serán tu salario”, todo el rebaño daba crías rayadas.
31:9 Así Dios ha quitado el ganado a su padre y me lo ha dado a mí.
El sueño y la orden de regresar
31:10 En la época en que el rebaño entraba en celo, levanté los ojos y vi en un sueño que los machos cabríos que montaban a las hembras eran rayados, moteados y jaspeados.
31:11 El ángel de Dios me llamó en el sueño: “¡Jacob!”. Yo respondí: “Aquí estoy”.
31:12 Él dijo: “Levanta los ojos y mira: todos los machos que montan a las hembras son rayados, moteados y jaspeados, porque he visto todo lo que Labán te hace.
31:13 Yo soy el Dios de Betel, donde ungiste una columna y me hiciste un voto. Ahora levántate, sal de esta tierra y vuelve a la tierra donde naciste”».
31:14 Raquel y Lea le respondieron: «¿Nos queda alguna parte o herencia en la casa de nuestro padre?
31:15 ¿No nos considera extranjeras? Nos ha vendido y se ha gastado por completo nuestro dinero.
31:16 Toda la riqueza que Dios ha quitado a nuestro padre nos pertenece a nosotras y a nuestros hijos. Ahora haz todo lo que Dios te ha dicho».
Jacob huye de Labán
31:17 Jacob se levantó e hizo subir a sus hijos y a sus esposas a los camellos.
31:18 Puso en marcha todo su ganado y todos los bienes que había adquirido, el ganado de su propiedad que había obtenido en Padán-aram, para ir a la tierra de Canaán, a Isaac, su padre.
Los ídolos robados y la huida
31:19 Labán había ido a esquilar sus ovejas, y Raquel robó los ídolos domésticos de su padre.
31:20 Jacob engañó a Labán el arameo al no decirle que huía.
31:21 Huyó con todo lo que tenía, cruzó el río Éufrates y se dirigió a la región montañosa de Galaad.
Labán persigue a Jacob
31:22 Al tercer día le avisaron a Labán que Jacob había huido.
31:23 Labán tomó consigo a sus parientes y lo persiguió durante siete días de camino, hasta alcanzarlo en la región montañosa de Galaad.
31:24 Pero Dios vino a Labán el arameo en un sueño durante la noche y le dijo: «Ten cuidado: no hables a Jacob ni para bien ni para mal».
31:25 Labán alcanzó a Jacob, que había plantado su tienda en el monte. Labán acampó con sus parientes en la región montañosa de Galaad.
31:26 Labán le dijo a Jacob: «¿Qué has hecho? Me has engañado y te has llevado a mis hijas como cautivas de guerra.
31:27 ¿Por qué huiste a escondidas, me engañaste y no me avisaste? Yo te habría despedido con alegría y cánticos, con pandereta y lira.
31:28 Ni siquiera me dejaste besar a mis nietos y a mis hijas. ¡Has actuado neciamente!
31:29 Tengo poder para hacerles daño, pero el Dios del padre de ustedes me dijo anoche: “Ten cuidado: no hables a Jacob ni para bien ni para mal”.
31:30 Si te has ido porque tanto anhelabas la casa de tu padre, ¿por qué robaste mis dioses?».
31:31 Jacob le respondió a Labán: «Tuve miedo, porque pensé que quizá me quitarías a tus hijas por la fuerza.
31:32 Pero aquel en cuyo poder encuentres tus dioses no vivirá. Delante de nuestros parientes, reconoce lo que tengas aquí de tu propiedad y llévatelo». Jacob no sabía que Raquel los había robado.
La búsqueda de los ídolos
31:33 Labán entró en la tienda de Jacob, en la tienda de Lea y en la tienda de las dos siervas, pero no los encontró. Salió de la tienda de Lea y entró en la de Raquel.
31:34 Raquel había tomado los ídolos, los había puesto en la montura del camello y se había sentado encima. Labán registró toda la tienda, pero no los encontró.
31:35 Ella le dijo a su padre: «No se enoje mi señor porque no pueda levantarme ante usted; estoy en mi período menstrual». Él buscó, pero no encontró los ídolos.
La defensa de Jacob
31:36 Entonces Jacob se enojó y discutió con Labán. Jacob le dijo: «¿Cuál es mi delito? ¿Cuál es mi pecado para que me hayas perseguido con tanto ardor?
31:37 Has registrado todas mis cosas. ¿Qué has encontrado de los objetos de tu casa? Ponlo aquí, delante de mis parientes y de los tuyos, y que ellos juzguen entre nosotros dos.
31:38 Estos veinte años he estado contigo. Tus ovejas y tus cabras no han abortado, y no he comido los carneros de tu rebaño.
31:39 Nunca te traje los animales despedazados por las fieras; yo pagaba la pérdida. Tú me exigías el pago de lo robado, tanto de día como de noche.
31:40 De día me consumía el calor, y de noche la helada; el sueño huía de mis ojos.
31:41 Estos veinte años he estado en tu casa. Te serví catorce años por tus dos hijas y seis años por tu rebaño, y cambiaste mi salario diez veces.
31:42 Si el Dios de mi padre, el Dios de Abraham y el Temor de Isaac, no hubiera estado de mi parte, ahora me habrías despedido con las manos vacías. Dios vio mi aflicción y el trabajo de mis manos, y anoche te reprendió».
El pacto entre Jacob y Labán
31:43 Labán le respondió a Jacob: «Las hijas son mis hijas, los hijos son mis hijos y el rebaño es mi rebaño. Todo lo que ves es mío. Pero ¿qué puedo hacer hoy con estas hijas mías y con los hijos que han dado a luz?
31:44 Ven ahora, hagamos un pacto tú y yo, y que sea testigo entre tú y yo».
31:45 Jacob tomó una piedra y la erigió como columna.
31:46 Jacob les dijo a sus parientes: «Recojan piedras». Tomaron piedras e hicieron un montón, y comieron allí, junto al montón.
31:47 Labán lo llamó Jegar-sahaduta, y Jacob lo llamó Galaad.
31:48 Labán dijo: «Este montón es hoy testigo entre tú y yo». Por eso recibió el nombre de Galaad.
Las condiciones del pacto
31:49 También lo llamaron Mizpa, porque dijo: «Que el SEÑOR vigile entre tú y yo cuando estemos lejos el uno del otro.
31:50 Si maltratas a mis hijas o tomas otras esposas además de mis hijas, aunque nadie esté con nosotros, recuerda que Dios es testigo entre tú y yo».
31:51 Labán le dijo a Jacob: «Aquí están este montón y la columna que he levantado entre tú y yo.
31:52 Este montón es testigo, y esta columna es testigo, de que yo no pasaré de este montón hacia ti, ni tú pasarás de este montón y de esta columna hacia mí, para hacernos daño.
31:53 Que el Dios de Abraham y el dios de Nacor, los dioses de su padre, juzguen entre nosotros». Jacob juró por el Temor de Isaac, su padre.
31:54 Jacob ofreció un sacrificio en el monte e invitó a sus parientes a comer pan. Comieron pan y pasaron la noche en el monte.
31:55 Labán se levantó temprano por la mañana, besó a sus nietos y a sus hijas y los bendijo. Después Labán se marchó y volvió a su lugar.

Capítulo 32
Jacob se prepara para el encuentro con Esaú
32:1 Jacob siguió su camino, y los ángeles de Dios salieron a su encuentro.
32:2 Al verlos, Jacob dijo: «¡Este es el campamento de Dios!». Y llamó a aquel lugar Mahanaim.
El mensaje a Esaú
32:3 Jacob envió mensajeros delante de él a Esaú, su hermano, a la tierra de Seir, en la región de Edom.
32:4 Les ordenó: «Así dirán a mi señor Esaú: “Esto dice tu siervo Jacob: He vivido como extranjero con Labán y me he quedado hasta ahora.
32:5 Tengo ganado vacuno, asnos, ovejas, siervos y siervas. Envío a decirlo a mi señor, para hallar favor ante ti”».
32:6 Los mensajeros volvieron a Jacob y le dijeron: «Fuimos a ver a tu hermano Esaú, y él viene a tu encuentro con cuatrocientos hombres».
32:7 Jacob tuvo mucho miedo y se angustió. Dividió en dos campamentos a la gente que estaba con él, junto con las ovejas, el ganado vacuno y los camellos.
32:8 Se dijo: «Si Esaú viene contra un campamento y lo ataca, el campamento restante podrá escapar».
La oración ante el peligro
32:9 Entonces Jacob dijo: «Dios de mi padre Abraham y Dios de mi padre Isaac, SEÑOR, que me dijiste: “Vuelve a tu tierra y a tu familia, y yo te haré bien”:
32:10 No soy digno de todas las bondades ni de toda la fidelidad que has mostrado a tu siervo. Con solo mi bastón crucé este Jordán, y ahora he llegado a tener dos campamentos.
32:11 Líbrame, por favor, de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque le tengo miedo. Temo que venga y me ataque, a mí y a las madres con sus hijos.
32:12 Tú dijiste: “Ciertamente te haré bien y haré tu descendencia como la arena del mar, que no puede contarse por lo numerosa que es”».
El regalo para Esaú
32:13 Pasó allí aquella noche y tomó de lo que tenía a su disposición un regalo para Esaú, su hermano:
32:14 doscientas cabras y veinte machos cabríos, doscientas ovejas y veinte carneros,
32:15 treinta camellas con sus crías lactantes, cuarenta vacas y diez toros, veinte asnas y diez asnos.
32:16 Los entregó a sus siervos, cada rebaño por separado, y les dijo: «Pasen delante de mí y dejen espacio entre un rebaño y otro».
32:17 Al primero le ordenó: «Cuando Esaú, mi hermano, te encuentre y te pregunte: “¿De quién eres siervo? ¿Adónde vas? ¿De quién son esos animales que llevas delante?”,
32:18 le responderás: “De tu siervo Jacob. Es un regalo enviado a mi señor Esaú. Él también viene detrás de nosotros”».
32:19 Dio la misma orden al segundo, al tercero y a todos los que iban detrás de los rebaños: «Así hablarán a Esaú cuando lo encuentren.
32:20 También dirán: “Tu siervo Jacob viene detrás de nosotros”». Pues se decía: «Lo apaciguaré con el regalo que va delante de mí. Después veré su rostro; quizá me reciba con favor».
32:21 El regalo pasó delante de él, mientras él pasó aquella noche en el campamento.
La lucha de Jacob en Peniel
Oseas 12:3–6
32:22 Aquella noche se levantó, tomó a sus dos esposas, a sus dos siervas y a sus once hijos, y cruzó el vado de Jaboc.
32:23 Los tomó e hizo que cruzaran el arroyo; también hizo pasar todo lo que tenía.
32:24 Jacob se quedó solo, y un hombre luchó con él hasta que despuntó el alba.
32:25 Al ver que no podía vencer a Jacob, el hombre le tocó la articulación de la cadera, y la cadera de Jacob se dislocó mientras ambos luchaban.
32:26 El hombre dijo: «Déjame ir, porque ya amanece». Jacob respondió: «No te dejaré ir si no me bendices».
32:27 Él le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Respondió: «Jacob».
El nuevo nombre y la bendición
32:28 Él dijo: «Tu nombre ya no será Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido».
32:29 Jacob le pidió: «Dime, por favor, tu nombre». Él respondió: «¿Por qué preguntas por mi nombre?». Y lo bendijo allí.
32:30 Jacob llamó a aquel lugar Peniel, pues dijo: «He visto a Dios cara a cara, y mi vida ha sido preservada».
32:31 El sol salía cuando pasó por Penuel, y él cojeaba a causa de su cadera.
32:32 Por eso los hijos de Israel no comen hasta el día de hoy el tendón que está en la articulación de la cadera, porque él tocó la articulación de la cadera de Jacob, en ese tendón.

Capítulo 33
Reconciliación entre Jacob y Esaú
33:1 Jacob levantó los ojos y vio que Esaú venía con cuatrocientos hombres. Repartió a los hijos entre Lea, Raquel y las dos siervas.
33:2 Puso delante a las siervas con sus hijos; después, a Lea con sus hijos; y al final, a Raquel y a José.
33:3 Él pasó delante de ellos y se inclinó a tierra siete veces, hasta acercarse a su hermano.
33:4 Esaú corrió a su encuentro, lo abrazó, se le echó al cuello y lo besó. Y los dos lloraron.
33:5 Esaú levantó los ojos y vio a las mujeres y a los hijos, y preguntó: «¿Quiénes son estos que vienen contigo?». Jacob respondió: «Son los hijos que Dios ha concedido por su gracia a tu siervo».
33:6 Se acercaron las siervas con sus hijos y se inclinaron.
33:7 También se acercaron Lea y sus hijos y se inclinaron. Después se acercaron José y Raquel y se inclinaron.
El regalo y el favor recibido
33:8 Esaú preguntó: «¿Qué te propones con todos estos grupos que he encontrado?». Jacob respondió: «Hallar favor ante mi señor».
33:9 Esaú dijo: «Yo tengo mucho, hermano mío. Quédate con lo que es tuyo».
33:10 Jacob respondió: «No, por favor. Si he hallado favor ante ti, acepta este regalo de mi mano, porque he visto tu rostro como quien ve el rostro de Dios, y me has recibido con agrado.
33:11 Acepta, por favor, esta bendición que te han traído, porque Dios me ha favorecido y tengo de todo». Le insistió, y Esaú lo aceptó.
La separación de los caminos
33:12 Esaú dijo: «Pongámonos en camino. Yo iré delante de ti».
33:13 Jacob le respondió: «Mi señor sabe que los hijos son tiernos, y que tengo a mi cargo ovejas y vacas que amamantan. Si las fatigan un solo día, morirá todo el rebaño.
33:14 Que mi señor pase delante de su siervo. Yo avanzaré despacio, al paso del ganado que va delante de mí y al paso de los hijos, hasta llegar a mi señor en Seir».
33:15 Esaú dijo: «Déjame dejar contigo a algunos de los hombres que me acompañan». Jacob respondió: «¿Para qué? Basta con hallar favor ante mi señor».
33:16 Aquel mismo día Esaú emprendió el camino de regreso a Seir.
La llegada a Sucot y Siquem
33:17 Jacob se dirigió a Sucot y construyó una casa para sí; para su ganado hizo cobertizos. Por eso llamó Sucot a aquel lugar.
33:18 Al volver de Padán-aram, Jacob llegó sano y salvo a la ciudad de Siquem, en la tierra de Canaán, y acampó frente a la ciudad.
33:19 Compró a los hijos de Hamor, padre de Siquem, la parcela donde había plantado su tienda, por cien piezas de plata.
33:20 Allí erigió un altar y lo llamó El-Elohe-Israel.

Capítulo 34
La agresión contra Dina y sus consecuencias
34:1 Dina, la hija que Lea había dado a Jacob, salió a visitar a las jóvenes de aquella tierra.
34:2 Siquem, hijo de Hamor el heveo, príncipe de aquella tierra, la vio, la tomó por la fuerza y la violó.
34:3 Su alma se apegó a Dina, la hija de Jacob; se enamoró de la joven y le habló con ternura.
34:4 Siquem le dijo a Hamor, su padre: «Consígueme a esta joven por esposa».
34:5 Jacob oyó que Siquem había deshonrado a Dina, su hija. Sus hijos estaban en el campo con el ganado, y Jacob guardó silencio hasta que regresaran.
La propuesta de Hamor y Siquem
34:6 Hamor, el padre de Siquem, fue a hablar con Jacob.
34:7 Los hijos de Jacob volvieron del campo cuando se enteraron. Estaban afligidos y muy enojados, porque Siquem había cometido una infamia en Israel al acostarse con la hija de Jacob, algo que no debía hacerse.
34:8 Hamor habló con ellos y dijo: «El alma de mi hijo Siquem anhela a su hija. Les ruego que se la den por esposa.
34:9 Emparenten con nosotros: dennos sus hijas y tomen para ustedes nuestras hijas.
34:10 Vivan con nosotros; la tierra estará a su disposición. Establézcanse, comercien en ella y adquieran propiedades».
34:11 Siquem le dijo al padre y a los hermanos de ella: «Permítanme hallar favor ante ustedes. Les daré cuanto me pidan.
34:12 Exíjanme una dote y regalos tan grandes como quieran; daré cuanto me pidan. Solo denme a la joven por esposa».
El engaño con la circuncisión
34:13 Los hijos de Jacob respondieron con engaño a Siquem y a Hamor, su padre, porque Siquem había deshonrado a Dina, su hermana.
34:14 Les dijeron: «No podemos hacer esto: dar a nuestra hermana a un hombre incircunciso. Sería una vergüenza para nosotros.
34:15 Solo aceptaremos si se hacen como nosotros, circuncidándose todos los varones de ustedes.
34:16 Entonces les daremos nuestras hijas y tomaremos las de ustedes. Viviremos con ustedes y seremos un solo pueblo.
34:17 Pero si no nos escuchan y no se circuncidan, tomaremos a nuestra hija y nos iremos».
34:18 Sus palabras parecieron bien a Hamor y a Siquem, hijo de Hamor.
34:19 El joven no tardó en hacerlo, porque deseaba a la hija de Jacob. Él era el más respetado de toda la casa de su padre.
La decisión de la ciudad
34:20 Hamor y Siquem, su hijo, fueron a la puerta de su ciudad y hablaron con los hombres de la ciudad:
34:21 «Estos hombres son pacíficos con nosotros. Que vivan en esta tierra y comercien en ella, pues hay espacio suficiente para ellos. Tomaremos a sus hijas por esposas y les daremos las nuestras.
34:22 Pero estos hombres solo aceptarán vivir con nosotros y formar un solo pueblo si todos nuestros varones se circuncidan, como ellos están circuncidados.
34:23 ¿No serán nuestros su ganado, sus bienes y todos sus animales? Solo aceptemos su condición, y vivirán con nosotros».
34:24 Todos los que salían por la puerta de su ciudad escucharon a Hamor y a Siquem, su hijo. Todos los varones, todos los que salían por la puerta de su ciudad, fueron circuncidados.
La matanza y el saqueo de Siquem
Génesis 49:5–7
34:25 Al tercer día, cuando estaban doloridos, dos de los hijos de Jacob, Simeón y Leví, hermanos de Dina, tomaron cada uno su espada, atacaron la ciudad desprevenida y mataron a todos los varones.
34:26 Mataron a filo de espada a Hamor y a Siquem, su hijo. Sacaron a Dina de la casa de Siquem y se fueron.
34:27 Los hijos de Jacob llegaron donde estaban los muertos y saquearon la ciudad, porque habían deshonrado a su hermana.
34:28 Se llevaron sus ovejas, su ganado vacuno, sus asnos y lo que había en la ciudad y en el campo.
34:29 Se llevaron todas sus riquezas, tomaron cautivos a todos sus niños y a sus mujeres, y saquearon todo lo que había en las casas.
El reproche de Jacob
34:30 Jacob les dijo a Simeón y a Leví: «Me han causado problemas al hacerme odioso a los habitantes de esta tierra, los cananeos y los ferezeos. Yo tengo pocos hombres; se reunirán contra mí, me atacarán y seremos destruidos, yo y mi casa».
34:31 Ellos respondieron: «¿Acaso él podía tratar a nuestra hermana como a una prostituta?».

Capítulo 35
El regreso de Jacob a Betel
Génesis 28:10–22
35:1 Dios le dijo a Jacob: «Levántate, sube a Betel y establécete allí. Construye allí un altar al Dios que se te apareció cuando huías de tu hermano Esaú».
35:2 Jacob les dijo a su familia y a todos los que estaban con él: «Aparten los dioses extranjeros que tienen entre ustedes, purifíquense y cámbiense de ropa.
35:3 Levantémonos y subamos a Betel. Allí construiré un altar al Dios que me respondió en el día de mi angustia y ha estado conmigo en el camino que he recorrido».
35:4 Le entregaron a Jacob todos los dioses extranjeros que tenían y los pendientes que llevaban en las orejas. Jacob los enterró bajo el terebinto que estaba junto a Siquem.
35:5 Cuando partieron, el terror de Dios cayó sobre las ciudades de alrededor, y no persiguieron a los hijos de Jacob.
35:6 Jacob llegó a Luz, que está en la tierra de Canaán y es Betel, junto con toda la gente que lo acompañaba.
35:7 Allí construyó un altar y llamó al lugar El-betel, porque allí Dios se le había revelado cuando huía de su hermano.
35:8 Débora, la nodriza de Rebeca, murió y fue enterrada más abajo de Betel, bajo el roble. Lo llamaron Alón-bacut.
Dios confirma el nombre y la promesa
35:9 Dios se apareció otra vez a Jacob cuando este volvió de Padán-aram, y lo bendijo.
35:10 Dios le dijo: «Tu nombre es Jacob. Ya no te llamarás Jacob, sino que tu nombre será Israel». Y lo llamó Israel.
35:11 Dios también le dijo: «Yo soy Dios Todopoderoso. Sé fructífero y multiplícate. Una nación y una comunidad de naciones procederán de ti, y reyes saldrán de tus lomos.
35:12 La tierra que di a Abraham y a Isaac te la daré a ti; a tu descendencia después de ti daré esta tierra».
35:13 Dios ascendió, apartándose de Jacob, en el lugar donde había hablado con él.
35:14 Jacob erigió una columna en el lugar donde Dios había hablado con él, una columna de piedra. Derramó sobre ella una ofrenda líquida y vertió aceite encima.
35:15 Jacob llamó Betel al lugar donde Dios había hablado con él.
Muerte de Raquel
35:16 Partieron de Betel. Todavía faltaba un trecho para llegar a Efrata cuando Raquel entró en trabajo de parto y le costaba dar a luz.
35:17 Mientras sufría las dificultades del parto, la partera le dijo: «No temas, porque tienes otro hijo varón».
35:18 Cuando se le iba el alma, pues estaba muriendo, lo llamó Benoni; pero su padre lo llamó Benjamín.
35:19 Raquel murió y fue enterrada en el camino de Efrata, que es Belén.
35:20 Jacob erigió una columna sobre su sepultura. Esa es la columna de la sepultura de Raquel hasta el día de hoy.
35:21 Israel partió y plantó su tienda más allá de Migdal-edar.
Rubén profana el lecho de su padre
35:22 Mientras Israel vivía en aquella tierra, Rubén fue y se acostó con Bilha, la concubina de su padre, e Israel se enteró. Los hijos de Jacob eran doce.
Los doce hijos de Jacob
1 Crónicas 2:1–2
35:23 Los hijos de Lea: Rubén, primogénito de Jacob, Simeón, Leví, Judá, Isacar y Zabulón.
35:24 Los hijos de Raquel: José y Benjamín.
35:25 Los hijos de Bilha, sierva de Raquel: Dan y Neftalí.
35:26 Los hijos de Zilpa, sierva de Lea: Gad y Aser. Estos son los hijos de Jacob que le nacieron en Padán-aram.
El regreso a Isaac y su muerte
35:27 Jacob llegó adonde estaba Isaac, su padre, en Mamre, en Quiriat-arba, que es Hebrón, donde Abraham e Isaac habían vivido como extranjeros.
35:28 Isaac vivió ciento ochenta años.
35:29 Isaac dio su último suspiro y murió, y fue reunido con su pueblo, anciano y colmado de años. Sus hijos Esaú y Jacob lo enterraron.

Capítulo 36
Los descendientes de Esaú
1 Crónicas 1:34–54
36:1 Estos son los descendientes de Esaú, es decir, Edom.
36:2 Esaú tomó sus esposas de entre las hijas de Canaán: Ada, hija de Elón el hitita, y Aholibama, hija de Aná y nieta de Zibeón el heveo;
36:3 también a Basemat, hija de Ismael y hermana de Nebaiot.
36:4 Ada tuvo con Esaú a Elifaz, y Basemat dio a luz a Reuel.
36:5 Aholibama dio a luz a Jeús, Jaalam y Coré. Estos son los hijos de Esaú que le nacieron en la tierra de Canaán.
36:6 Esaú tomó a sus esposas, a sus hijos, a sus hijas, a todas las personas de su casa, su ganado, todos sus animales y todos los bienes que había adquirido en la tierra de Canaán, y se fue a otra tierra, lejos de Jacob, su hermano.
36:7 Sus bienes eran demasiados para vivir juntos. La tierra donde vivían como extranjeros no podía sostenerlos a causa de su ganado.
36:8 Esaú se estableció en la región montañosa de Seir. Esaú es Edom.
Las familias de Esaú en Seir
36:9 Estos son los descendientes de Esaú, padre de los edomitas, en la región montañosa de Seir.
36:10 Estos son los nombres de los hijos de Esaú: Elifaz, hijo de Ada, esposa de Esaú, y Reuel, hijo de Basemat, esposa de Esaú.
36:11 Los hijos de Elifaz fueron Temán, Omar, Zefo, Gatam y Cenaz.
36:12 Timna era concubina de Elifaz, hijo de Esaú, y tuvo con él a Amalec. Estos fueron los descendientes de Ada, esposa de Esaú.
36:13 Los hijos de Reuel fueron Nahat, Zera, Sama y Miza. Estos fueron los descendientes de Basemat, esposa de Esaú.
36:14 Estos fueron los hijos de Aholibama, hija de Aná y nieta de Zibeón, esposa de Esaú: ella tuvo con Esaú a Jeús, Jaalam y Coré.
Los jefes de los clanes de Esaú
36:15 Estos son los jefes entre los hijos de Esaú. De los hijos de Elifaz, primogénito de Esaú: el jefe Temán, el jefe Omar, el jefe Zefo, el jefe Cenaz,
36:16 el jefe Coré, el jefe Gatam y el jefe Amalec. Estos fueron los jefes de Elifaz en la tierra de Edom; estos fueron los descendientes de Ada.
36:17 Estos fueron los hijos de Reuel, hijo de Esaú: el jefe Nahat, el jefe Zera, el jefe Sama y el jefe Miza. Estos fueron los jefes de Reuel en la tierra de Edom; estos fueron los descendientes de Basemat, esposa de Esaú.
36:18 Estos fueron los hijos de Aholibama, esposa de Esaú: el jefe Jeús, el jefe Jaalam y el jefe Coré. Estos fueron los jefes de Aholibama, hija de Aná, esposa de Esaú.
36:19 Estos fueron los hijos de Esaú y estos sus jefes. Esaú es Edom.
Las familias y los jefes de Seir
36:20 Estos fueron los hijos de Seir el horeo, habitantes de aquella tierra: Lotán, Sobal, Zibeón, Aná,
36:21 Disón, Ezer y Disán. Estos fueron los jefes de los horeos, hijos de Seir, en la tierra de Edom.
36:22 Los hijos de Lotán fueron Hori y Hemam. Timna era hermana de Lotán.
36:23 Estos fueron los hijos de Sobal: Alván, Manahat, Ebal, Sefo y Onam.
36:24 Estos fueron los hijos de Zibeón: Aja y Aná. Este es el Aná que descubrió las aguas termales en el desierto mientras apacentaba los asnos de Zibeón, su padre.
36:25 Estos fueron los hijos de Aná: Disón y Aholibama, hija de Aná.
36:26 Estos fueron los hijos de Disán: Hemdán, Esbán, Itrán y Querán.
36:27 Estos fueron los hijos de Ezer: Bilhán, Zaaván y Acán.
36:28 Estos fueron los hijos de Disán: Uz y Arán.
El resumen de las jefaturas horeas
36:29 Estos fueron los jefes de los horeos: el jefe Lotán, el jefe Sobal, el jefe Zibeón, el jefe Aná,
36:30 el jefe Disón, el jefe Ezer y el jefe Disán. Estos fueron los jefes de los horeos, según sus jefaturas en la tierra de Seir.
Los reyes de Edom
36:31 Estos fueron los reyes que reinaron en la tierra de Edom antes de que reinara un rey sobre los hijos de Israel.
36:32 Bela, hijo de Beor, reinó en Edom. Su ciudad se llamaba Dinaba.
36:33 Bela murió, y en su lugar reinó Jobab, hijo de Zera, de Bosra.
36:34 Jobab murió, y en su lugar reinó Husam, de la tierra de los temanitas.
36:35 Husam murió, y en su lugar reinó Hadad, hijo de Bedad, el que derrotó a Madián en el campo de Moab. Su ciudad se llamaba Avit.
36:36 Hadad murió, y en su lugar reinó Samla, de Masreca.
36:37 Samla murió, y en su lugar reinó Saúl, de Rehobot del Río.
36:38 Saúl murió, y en su lugar reinó Baal-hanán, hijo de Acbor.
36:39 Baal-hanán, hijo de Acbor, murió, y en su lugar reinó Hadar. Su ciudad se llamaba Pau. Su esposa se llamaba Mehetabel, hija de Matred y nieta de Mezaab.
Las jefaturas y los asentamientos de Edom
36:40 Estos son los nombres de los jefes de Esaú, según sus familias, sus lugares y sus nombres: el jefe Timna, el jefe Alva, el jefe Jetet,
36:41 el jefe Aholibama, el jefe Ela, el jefe Pinón,
36:42 el jefe Cenaz, el jefe Temán, el jefe Mibzar,
36:43 el jefe Magdiel y el jefe Iram. Estos fueron los jefes de Edom, según sus asentamientos en la tierra de su posesión. Esaú es el padre de los edomitas.

Capítulo 37
Los sueños de José y el odio de sus hermanos
37:1 Jacob habitó en la tierra donde su padre había vivido como extranjero, en la tierra de Canaán.
37:2 Esta es la historia de la familia de Jacob. José tenía diecisiete años y apacentaba el rebaño con sus hermanos. Era un joven que acompañaba a los hijos de Bilha y a los hijos de Zilpa, esposas de su padre. José llevó a su padre un mal informe acerca de ellos.
37:3 Israel amaba a José más que a todos sus otros hijos, porque le había nacido en su vejez, y le hizo una túnica especial.
37:4 Sus hermanos vieron que su padre lo amaba más que a todos ellos, y lo odiaban; no podían hablarle en paz.
37:5 José tuvo un sueño y se lo contó a sus hermanos, y ellos lo odiaron todavía más.
37:6 Les dijo: «Escuchen, por favor, este sueño que he tenido.
37:7 Estábamos atando gavillas en medio del campo. Mi gavilla se levantó y quedó erguida, y las gavillas de ustedes la rodearon y se inclinaron ante ella».
37:8 Sus hermanos le dijeron: «¿Acaso vas a reinar sobre nosotros? ¿Vas a dominarnos?». Y lo odiaron aún más por sus sueños y por sus palabras.
37:9 José tuvo otro sueño y se lo contó a sus hermanos: «He tenido otro sueño: el sol, la luna y once estrellas se inclinaban ante mí».
37:10 También se lo contó a su padre y a sus hermanos. Su padre lo reprendió y le dijo: «¿Qué sueño es este que has tenido? ¿Acaso vendremos yo, tu madre y tus hermanos a postrarnos en tierra ante ti?».
37:11 Sus hermanos le tenían envidia, pero su padre guardaba el asunto en su memoria.
José busca a sus hermanos
37:12 Sus hermanos fueron a apacentar el rebaño de su padre en Siquem.
37:13 Israel le dijo a José: «¿No están tus hermanos apacentando el rebaño en Siquem? Ven, voy a enviarte a ellos». José le respondió: «Aquí estoy».
37:14 Le dijo: «Ve, por favor, a ver cómo están tus hermanos y cómo está el rebaño, y tráeme noticias». Lo envió desde el valle de Hebrón, y José llegó a Siquem.
37:15 Un hombre lo encontró mientras andaba errante por el campo y le preguntó: «¿Qué buscas?».
37:16 Él respondió: «Busco a mis hermanos. Dime, por favor, dónde están apacentando el rebaño».
37:17 El hombre le dijo: «Se han ido de aquí, pues los oí decir: “Vayamos a Dotán”». José fue tras sus hermanos y los encontró en Dotán.
José es vendido por sus hermanos
37:18 Ellos lo vieron de lejos y, antes de que se les acercara, conspiraron contra él para matarlo.
37:19 Se dijeron unos a otros: «¡Ahí viene ese soñador!
37:20 Vamos, matémoslo y echémoslo en una de las cisternas. Diremos: “Un animal feroz lo devoró”. ¡Entonces veremos qué será de sus sueños!».
37:21 Rubén oyó esto y lo libró de sus manos, diciendo: «No le quitemos la vida».
37:22 Rubén les dijo: «No derramen sangre. Échenlo en esta cisterna que está en el desierto, pero no pongan las manos sobre él». Lo dijo para librarlo de sus manos y devolverlo a su padre.
37:23 Cuando José llegó a donde estaban sus hermanos, le quitaron la túnica, la túnica especial que llevaba puesta.
37:24 Lo agarraron y lo echaron en la cisterna. La cisterna estaba vacía; no había agua en ella.
37:25 Luego se sentaron a comer pan. Al levantar la vista, vieron una caravana de ismaelitas que venía de Galaad. Sus camellos llevaban goma, bálsamo y resina aromática, que transportaban a Egipto.
37:26 Judá les dijo a sus hermanos: «¿Qué ganamos con matar a nuestro hermano y encubrir su sangre?
37:27 Vamos a venderlo a los ismaelitas, y no pongamos nuestras manos sobre él, porque es nuestro hermano, nuestra propia carne». Sus hermanos le hicieron caso.
37:28 Pasaron unos mercaderes madianitas, y sacaron a José de la cisterna y lo vendieron a los ismaelitas por veinte siclos de plata, unos doscientos veintiocho gramos. Y llevaron a José a Egipto.
37:29 Cuando Rubén volvió a la cisterna y vio que José no estaba allí, se rasgó la ropa.
37:30 Volvió a sus hermanos y dijo: «¡El muchacho no está! Y yo, ¿adónde iré?».
El engaño a Jacob
37:31 Entonces tomaron la túnica de José, degollaron un cabrito y empaparon la túnica en su sangre.
37:32 Enviaron la túnica especial y la llevaron a su padre, diciendo: «Esto hemos encontrado. Reconoce, por favor, si es la túnica de tu hijo o no».
37:33 Él la reconoció y dijo: «¡Es la túnica de mi hijo! ¡Un animal feroz lo ha devorado! ¡Sin duda José ha sido despedazado!».
37:34 Jacob se rasgó la ropa, se puso tela áspera a la cintura y estuvo de duelo por su hijo durante muchos días.
37:35 Todos sus hijos y todas sus hijas acudieron a consolarlo, pero él se negó a recibir consuelo. Decía: «Descenderé de duelo al Seol, junto a mi hijo». Así lo lloró su padre.
37:36 Los medanitas lo vendieron en Egipto a Potifar, oficial del faraón y jefe de la guardia.

Capítulo 38
Judá y Tamar
38:1 En aquel tiempo, Judá se apartó de sus hermanos y bajó a donde estaba un adulamita llamado Hira.
38:2 Allí vio a la hija de un cananeo llamado Súa, la tomó por esposa y se acostó con ella.
38:3 Ella concibió y dio a luz un hijo, y Judá lo llamó Er.
38:4 Volvió a concebir y dio a luz otro hijo, al que llamó Onán.
38:5 Dio a luz todavía a otro hijo y lo llamó Sela. Judá estaba en Quezib cuando ella lo dio a luz.
El matrimonio de Tamar y su viudez
38:6 Judá tomó para Er, su primogénito, una esposa llamada Tamar.
38:7 Pero Er, primogénito de Judá, era malo a los ojos del SEÑOR, y el SEÑOR le quitó la vida.
38:8 Entonces Judá le dijo a Onán: «Acuéstate con la esposa de tu hermano, cumple con ella tu deber de cuñado y dale descendencia a tu hermano».
38:9 Pero Onán sabía que aquella descendencia no sería suya. Por eso, cada vez que se acostaba con la esposa de su hermano, derramaba su semen en tierra para no dar descendencia a su hermano.
38:10 Lo que hacía era malo a los ojos del SEÑOR, quien también a él le quitó la vida.
38:11 Judá le dijo a Tamar, su nuera: «Quédate viuda en casa de tu padre hasta que crezca mi hijo Sela». Pues pensaba: «No sea que también él muera como sus hermanos». Tamar se fue y habitó en casa de su padre.
El encuentro de Judá y Tamar
38:12 Pasó mucho tiempo y murió la hija de Súa, esposa de Judá. Cuando Judá se consoló, subió con su amigo Hira, el adulamita, a Timnat, donde estaban los esquiladores de su rebaño.
38:13 A Tamar le avisaron: «Mira, tu suegro sube a Timnat a esquilar su rebaño».
38:14 Entonces se quitó la ropa de su viudez, se cubrió con un velo y, así envuelta, se sentó a la entrada de Enaim, junto al camino de Timnat. Había visto que Sela ya había crecido, pero ella no le había sido dada por esposa.
38:15 Cuando Judá la vio, la tomó por una prostituta, porque ella se había cubierto el rostro.
38:16 Se apartó del camino hacia ella y le dijo: «Déjame acostarme contigo», pues no sabía que era su nuera. Ella preguntó: «¿Qué me darás por acostarte conmigo?».
38:17 Él respondió: «Te enviaré un cabrito del rebaño». Ella dijo: «Siempre que me des una garantía hasta que lo envíes».
38:18 Judá preguntó: «¿Qué garantía te daré?». Ella respondió: «Tu sello, tu cordón y el bastón que tienes en la mano». Él se los dio, se acostó con ella y ella concibió de él.
38:19 Luego ella se levantó y se fue, se quitó el velo y se puso la ropa de su viudez.
La búsqueda de la mujer
38:20 Judá envió el cabrito por medio de su amigo, el adulamita, para recuperar la garantía de manos de la mujer, pero él no la encontró.
38:21 Preguntó a los hombres de aquel lugar: «¿Dónde está la prostituta sagrada que estaba en Enaim, junto al camino?». Ellos respondieron: «Aquí no ha habido ninguna prostituta sagrada».
38:22 Él volvió a Judá y dijo: «No la encontré. Además, los hombres del lugar dijeron: “Aquí no ha habido ninguna prostituta sagrada”».
38:23 Judá dijo: «Que se quede con las cosas, para que no seamos objeto de burla. Yo he enviado este cabrito, pero tú no la has encontrado».
Judá reconoce su responsabilidad
38:24 Unos tres meses después, le avisaron a Judá: «Tamar, tu nuera, ha fornicado y está embarazada a causa de su fornicación». Judá dijo: «¡Sáquenla y que sea quemada!».
38:25 Cuando la sacaban, ella envió a decir a su suegro: «Estoy embarazada del hombre a quien pertenecen estas cosas». Y añadió: «Reconoce, por favor, de quién son este sello, estos cordones y este bastón».
38:26 Judá los reconoció y dijo: «Ella es más justa que yo, porque no la di por esposa a mi hijo Sela». Y no volvió a acostarse con ella.
El nacimiento de Fares y Zera
38:27 Cuando llegó el momento de dar a luz, resultó que llevaba gemelos en el vientre.
38:28 Durante el parto, uno sacó la mano. La partera se la tomó y le ató en ella un hilo escarlata, diciendo: «Este salió primero».
38:29 Pero cuando retiró la mano, salió su hermano. La partera dijo: «¡Qué brecha te has abierto!». Y recibió el nombre de Fares.
38:30 Después salió su hermano, el que llevaba el hilo escarlata en la mano, y recibió el nombre de Zera.

Capítulo 39
José al servicio de Potifar
39:1 José fue llevado a Egipto. Potifar, un egipcio, oficial del faraón y jefe de la guardia, lo compró a los ismaelitas que lo habían llevado allí.
39:2 El SEÑOR estaba con José, y él era un hombre que prosperaba. Vivía en la casa de su amo egipcio.
39:3 Su amo vio que el SEÑOR estaba con él y que el SEÑOR hacía prosperar en sus manos todo lo que José hacía.
39:4 José halló favor ante él y le servía. Su amo lo puso a cargo de su casa y dejó en sus manos todo lo que tenía.
39:5 Desde que lo puso a cargo de su casa y de todo lo que tenía, el SEÑOR bendijo la casa del egipcio por causa de José. La bendición del SEÑOR estaba sobre todo lo que tenía, tanto en la casa como en el campo.
39:6 Dejó todo lo que tenía en manos de José y, con él a cargo, no se ocupaba de nada salvo del pan que comía. José era de hermosa figura y de bello aspecto.
José rechaza a la esposa de Potifar
39:7 Después de estas cosas, la esposa de su amo puso sus ojos en José y le dijo: «Acuéstate conmigo».
39:8 Él se negó y le dijo a la esposa de su amo: «Mira, mi amo no se ocupa de nada de lo que hay en la casa mientras estoy a cargo, y ha dejado en mis manos todo lo que tiene.
39:9 Nadie es mayor que yo en esta casa. No me ha negado nada, salvo a ti, porque eres su esposa. ¿Cómo podría yo cometer esta gran maldad y pecar contra Dios?».
39:10 Aunque ella le hablaba a José día tras día, él no accedía a acostarse a su lado ni a estar con ella.
39:11 Un día, José entró en la casa para hacer su trabajo, y no había allí ninguno de los hombres de la casa.
39:12 Ella lo agarró de la ropa y le dijo: «Acuéstate conmigo». Pero él dejó su ropa en manos de ella, huyó y salió afuera.
La acusación contra José
39:13 Cuando ella vio que él había dejado su ropa en sus manos y había huido afuera,
39:14 llamó a los hombres de su casa y les dijo: «Miren, nos ha traído un hebreo para burlarse de nosotros. Vino a mí para acostarse conmigo, pero yo grité a gran voz.
39:15 Cuando oyó que yo alzaba la voz y gritaba, dejó su ropa a mi lado, huyó y salió afuera».
39:16 Ella guardó la ropa a su lado hasta que el amo de José volvió a casa.
39:17 Entonces le contó estas mismas cosas: «El esclavo hebreo que nos trajiste vino a mí para burlarse de mí.
39:18 Pero cuando alcé la voz y grité, dejó su ropa a mi lado y huyó afuera».
39:19 Cuando su amo oyó las palabras de su esposa, que le decía: «Así me ha tratado tu esclavo», se encendió su ira.
José en la cárcel
39:20 El amo de José lo tomó y lo puso en la cárcel, el lugar donde estaban encerrados los presos del rey. Y José permaneció allí, en la cárcel.
39:21 Pero el SEÑOR estaba con José, le mostró su misericordia y le concedió favor ante el jefe de la cárcel.
39:22 El jefe de la cárcel puso en manos de José a todos los presos que había en ella, y José se encargaba de todo lo que allí se hacía.
39:23 El jefe de la cárcel no supervisaba nada de lo que estaba a cargo de José, porque el SEÑOR estaba con él, y el SEÑOR hacía prosperar todo lo que José hacía.

Capítulo 40
José interpreta dos sueños
40:1 Después de estas cosas, el copero del rey de Egipto y el panadero ofendieron a su señor, el rey de Egipto.
40:2 El faraón se enojó con sus dos oficiales, el jefe de los coperos y el jefe de los panaderos,
40:3 y los puso bajo custodia en la casa del jefe de la guardia, en la cárcel donde José estaba preso.
40:4 El jefe de la guardia puso a José a cargo de ellos, y él les servía. Permanecieron algún tiempo bajo custodia.
40:5 Ambos, el copero y el panadero del rey de Egipto que estaban presos en la cárcel, tuvieron un sueño en la misma noche: cada uno su propio sueño, cada uno con su propia interpretación.
40:6 Por la mañana, José fue adonde estaban ellos y vio que estaban abatidos.
40:7 Preguntó a aquellos oficiales del faraón que estaban con él bajo custodia en la casa de su amo: «¿Por qué tienen hoy el rostro triste?».
40:8 Ellos respondieron: «Hemos tenido un sueño y no hay quien lo interprete». José les dijo: «¿No pertenecen a Dios las interpretaciones? Cuéntenmelo, por favor».
El sueño del copero
40:9 El jefe de los coperos le contó su sueño a José. Le dijo: «En mi sueño había una vid delante de mí.
40:10 En la vid había tres sarmientos. En cuanto brotaba, salía su flor y maduraban las uvas de sus racimos.
40:11 Tenía en la mano la copa del faraón. Tomé las uvas, las exprimí en la copa del faraón y puse la copa en la mano del faraón».
40:12 José le dijo: «Esta es su interpretación: los tres sarmientos son tres días.
40:13 Dentro de tres días, el faraón levantará tu cabeza y te restituirá a tu puesto. Pondrás la copa del faraón en su mano como antes, cuando eras su copero.
40:14 Pero acuérdate de mí cuando te vaya bien. Muéstrame bondad, por favor; háblale de mí al faraón y sácame de esta casa.
40:15 Pues en verdad fui secuestrado de la tierra de los hebreos, y tampoco aquí he hecho nada para que me pusieran en este calabozo».
El sueño del panadero
40:16 Cuando el jefe de los panaderos vio que la interpretación era favorable, le dijo a José: «También yo tuve un sueño: había tres canastas de pan blanco sobre mi cabeza.
40:17 En la canasta de arriba había toda clase de alimentos de panadería para el faraón, y las aves los comían de la canasta que estaba sobre mi cabeza».
40:18 José respondió: «Esta es su interpretación: las tres canastas son tres días.
40:19 Dentro de tres días, el faraón te quitará la cabeza y te colgará de un madero; las aves comerán tu carne».
El cumplimiento y el olvido
40:20 Al tercer día, que era el cumpleaños del faraón, él hizo un banquete para todos sus servidores. Levantó la cabeza del jefe de los coperos y la del jefe de los panaderos en medio de sus servidores.
40:21 Restituyó al jefe de los coperos a su oficio de copero, y este puso la copa en la mano del faraón.
40:22 Pero al jefe de los panaderos lo colgó, tal como José les había interpretado.
40:23 El jefe de los coperos no se acordó de José, sino que lo olvidó.

Capítulo 41
Los sueños del faraón
41:1 Al cabo de dos años completos, el faraón tuvo un sueño: estaba de pie junto al Nilo.
41:2 Del Nilo subían siete vacas hermosas de aspecto y gordas, que pastaban entre los juncos.
41:3 Tras ellas subían del Nilo otras siete vacas, de mal aspecto y flacas de carne, que se quedaron junto a las primeras, a la orilla del Nilo.
41:4 Las vacas de mal aspecto y flacas de carne devoraron a las siete vacas hermosas y gordas. Entonces el faraón despertó.
41:5 Volvió a dormirse y soñó por segunda vez: siete espigas robustas y buenas crecían de un solo tallo.
41:6 Después de ellas brotaban otras siete espigas, delgadas y quemadas por el viento del este.
41:7 Las espigas delgadas engulleron las siete espigas robustas y llenas. El faraón despertó y vio que había sido un sueño.
41:8 Por la mañana, su espíritu estaba inquieto. Mandó llamar a todos los magos de Egipto y a todos sus sabios. El faraón les contó lo que había soñado, pero nadie podía interpretarle los sueños.
41:9 Entonces el jefe de los coperos le dijo al faraón: «Hoy recuerdo mis faltas.
41:10 El faraón se enojó con sus servidores y me puso bajo custodia en la casa del jefe de la guardia, a mí y al jefe de los panaderos.
41:11 Él y yo tuvimos un sueño en la misma noche; cada uno tuvo un sueño con su propio significado.
41:12 Allí estaba con nosotros un joven hebreo, esclavo del jefe de la guardia. Le contamos nuestros sueños y él nos los interpretó, a cada uno según su sueño.
41:13 Tal como nos los interpretó, así sucedió: yo fui restituido a mi puesto, y el otro fue colgado».
José ante el faraón
41:14 El faraón mandó llamar a José, y lo sacaron apresuradamente del calabozo. Él se afeitó, se cambió de ropa y se presentó ante el faraón.
41:15 El faraón le dijo a José: «He tenido un sueño y no hay quien lo interprete. Pero he oído decir de ti que, cuando oyes un sueño, lo puedes interpretar».
41:16 José respondió al faraón: «No está en mí; Dios dará al faraón una respuesta para su bien».
41:17 El faraón le dijo a José: «En mi sueño estaba de pie a la orilla del Nilo.
41:18 Del Nilo subían siete vacas gordas y de hermosa figura, que pastaban entre los juncos.
41:19 Tras ellas subían otras siete vacas, escuálidas, de muy mal aspecto y flacas. Nunca había visto en toda la tierra de Egipto otras tan feas.
41:20 Las vacas flacas y feas devoraron a las siete primeras vacas, las gordas.
41:21 Pero, aunque entraron en sus entrañas, no se notaba que las hubieran devorado. Su aspecto seguía siendo tan malo como al principio. Entonces desperté.
41:22 También vi en mi sueño siete espigas llenas y buenas que crecían de un solo tallo.
41:23 Después de ellas brotaban otras siete espigas, marchitas, delgadas y quemadas por el viento del este.
41:24 Las espigas delgadas engulleron las siete espigas buenas. Se lo conté a los magos, pero ninguno me lo pudo explicar».
La interpretación de los sueños
41:25 José le dijo al faraón: «El sueño del faraón es uno solo. Dios le ha dado a conocer al faraón lo que va a hacer.
41:26 Las siete vacas buenas son siete años, y las siete espigas buenas son siete años. El sueño es uno solo.
41:27 Las siete vacas flacas y feas que subían detrás de ellas son siete años, y las siete espigas vacías y quemadas por el viento del este serán siete años de hambre.
41:28 Esto es lo que le he dicho al faraón: Dios le ha mostrado al faraón lo que va a hacer.
41:29 Vienen siete años de gran abundancia en toda la tierra de Egipto.
41:30 Después de ellos vendrán siete años de hambre. Toda la abundancia de la tierra de Egipto será olvidada, y el hambre consumirá la tierra.
41:31 No se advertirá ya la abundancia en la tierra a causa del hambre que vendrá después, porque será muy grave.
41:32 El sueño se ha repetido dos veces al faraón porque el asunto está firmemente decidido por Dios, y Dios se apresura a llevarlo a cabo.
La preparación para el hambre
41:33 Ahora, pues, que el faraón busque un hombre entendido y sabio y lo ponga al frente de la tierra de Egipto.
41:34 Que el faraón actúe: nombre supervisores sobre la tierra y recaude una quinta parte de las cosechas de la tierra de Egipto durante los siete años de abundancia.
41:35 Que reúnan todo el alimento de estos años buenos que vienen y almacenen grano bajo la autoridad del faraón, como alimento en las ciudades, y lo custodien.
41:36 Ese alimento quedará como reserva para la tierra durante los siete años de hambre que habrá en la tierra de Egipto, para que la tierra no perezca por el hambre».
José, gobernador de Egipto
41:37 La propuesta pareció bien al faraón y a todos sus servidores.
41:38 El faraón les dijo a sus servidores: «¿Encontraremos a un hombre como este, en quien esté el Espíritu de Dios?».
41:39 El faraón le dijo a José: «Puesto que Dios te ha dado a conocer todo esto, no hay nadie tan entendido y sabio como tú.
41:40 Tú estarás a cargo de mi casa, y todo mi pueblo obedecerá tus órdenes. Solo en el trono seré mayor que tú».
41:41 El faraón le dijo a José: «Mira, te pongo al frente de toda la tierra de Egipto».
41:42 El faraón se quitó el anillo de la mano y lo puso en la mano de José. Lo vistió con ropas de lino fino y le puso un collar de oro al cuello.
41:43 Lo hizo subir en el segundo carro que tenía, y delante de él proclamaban: «¡Arrodíllense!». Así lo puso al frente de toda la tierra de Egipto.
41:44 El faraón le dijo a José: «Yo soy el faraón, pero sin tu autorización nadie levantará la mano ni el pie en toda la tierra de Egipto».
41:45 El faraón llamó a José Zafnat-panea y le dio por esposa a Asenat, hija de Potifera, sacerdote de On. José salió por la tierra de Egipto.
41:46 José tenía treinta años cuando se presentó ante el faraón, rey de Egipto. Salió de la presencia del faraón y recorrió toda la tierra de Egipto.
Los años de abundancia
41:47 Durante los siete años de abundancia, la tierra produjo a montones.
41:48 José reunió todo el alimento de aquellos siete años en la tierra de Egipto y lo almacenó en las ciudades. En cada ciudad guardó el alimento de los campos de sus alrededores.
41:49 José acumuló grano como la arena del mar, en cantidades enormes, hasta que dejó de contarlo porque era incontable.
Manasés y Efraín
41:50 Antes de que llegara el año del hambre, a José le nacieron dos hijos, que le dio a luz Asenat, hija de Potifera, sacerdote de On.
41:51 José llamó a su primogénito Manasés, porque dijo: «Dios me ha hecho olvidar todas mis penalidades y toda la casa de mi padre».
41:52 Al segundo lo llamó Efraín, porque dijo: «Dios me ha hecho fructificar en la tierra de mi aflicción».
La llegada del hambre
41:53 Se acabaron los siete años de abundancia que hubo en la tierra de Egipto,
41:54 y comenzaron a llegar los siete años de hambre, tal como José había dicho. Había hambre en todas las tierras, pero en toda la tierra de Egipto había pan.
41:55 Cuando toda la tierra de Egipto tuvo hambre, el pueblo clamó al faraón por pan. El faraón les dijo a todos los egipcios: «Vayan a José y hagan lo que él les diga».
41:56 El hambre se extendía por toda la tierra. José abrió todos los depósitos y vendía grano a los egipcios, pues el hambre arreciaba en la tierra de Egipto.
41:57 De toda la tierra venían a Egipto a comprarle grano a José, porque el hambre arreciaba en toda la tierra.

Capítulo 42
Los hermanos de José vienen por alimentos
42:1 Jacob supo que había grano en Egipto y les dijo a sus hijos: «¿Por qué se miran unos a otros?».
42:2 Dijo: «He oído que hay grano en Egipto. Bajen allá y compren para nosotros, para que vivamos y no muramos».
42:3 Los diez hermanos de José bajaron a comprar grano en Egipto.
42:4 Pero Jacob no envió a Benjamín, hermano de José, con sus hermanos, porque pensaba: «No sea que le ocurra una desgracia».
42:5 Los hijos de Israel fueron a comprar entre los demás que llegaban, porque había hambre en la tierra de Canaán.
José pone a prueba a sus hermanos
42:6 José era el gobernador de la tierra; él era quien vendía grano a todo el pueblo de la tierra. Sus hermanos llegaron y se postraron ante él, rostro en tierra.
42:7 Cuando José vio a sus hermanos, los reconoció, pero actuó ante ellos como un desconocido y les habló con dureza. Les preguntó: «¿De dónde han venido?». Ellos respondieron: «De la tierra de Canaán, a comprar alimento».
42:8 José reconoció a sus hermanos, pero ellos no lo reconocieron a él.
42:9 José recordó los sueños que había tenido acerca de ellos y les dijo: «Ustedes son espías. Han venido a ver los puntos vulnerables del país».
42:10 Ellos respondieron: «No, señor mío. Tus siervos han venido a comprar alimento.
42:11 Todos somos hijos de un mismo hombre. Somos hombres honrados; tus siervos no han sido espías».
42:12 Él les dijo: «No. Han venido a ver los puntos vulnerables del país».
42:13 Ellos dijeron: «Tus siervos somos doce hermanos, hijos de un mismo hombre en la tierra de Canaán. El menor está hoy con nuestro padre, y uno ya no está».
42:14 José les dijo: «Eso es lo que les he dicho: ustedes son espías.
La exigencia de traer a Benjamín
42:15 Así serán puestos a prueba: ¡por la vida del faraón, no saldrán de aquí a menos que su hermano menor venga aquí!
42:16 Envíen a uno de ustedes a traer a su hermano, y ustedes quédense presos. Así se comprobarán sus palabras, para ver si hay verdad en ustedes. Y si no, ¡por la vida del faraón, ustedes son espías!».
42:17 Los puso juntos bajo custodia durante tres días.
42:18 Al tercer día, José les dijo: «Hagan esto y vivirán, porque yo temo a Dios.
42:19 Si son hombres honrados, que uno de sus hermanos quede preso en esta cárcel. Ustedes vayan a llevar grano para el hambre de sus familias.
42:20 Pero tráiganme a su hermano menor. Así se confirmarán sus palabras y no morirán». Y así lo hicieron.
El reconocimiento de la culpa
42:21 Se dijeron unos a otros: «Verdaderamente somos culpables por lo que hicimos a nuestro hermano. Vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba y no lo escuchamos; por eso nos ha sobrevenido esta angustia».
42:22 Rubén les respondió: «¿No les dije: “No pequen contra el muchacho”? Pero no escucharon. Ahora también se nos reclama su sangre».
42:23 Ellos no sabían que José los entendía, porque había un intérprete entre ellos.
42:24 Él se apartó de ellos y lloró. Después volvió y les habló. Tomó de entre ellos a Simeón y lo ató a la vista de ellos.
El regreso y el dinero devuelto
42:25 José ordenó que llenaran sus recipientes de grano, que devolvieran el dinero de cada uno a su saco y que les dieran provisiones para el camino. Así lo hizo con ellos.
42:26 Cargaron el grano comprado sobre sus asnos y salieron de allí.
42:27 En el lugar donde se alojaban, uno abrió su saco para dar forraje a su asno y vio su dinero: estaba en la boca del saco.
42:28 Les dijo a sus hermanos: «¡Me han devuelto el dinero! ¡Aquí está, en mi saco!». Se les encogió el corazón y, temblando, se dijeron unos a otros: «¿Qué es esto que Dios nos ha hecho?».
El informe de los hermanos ante Jacob
42:29 Llegaron adonde estaba Jacob, su padre, en la tierra de Canaán, y le contaron todo lo que les había sucedido:
42:30 «Aquel hombre, el señor de la tierra, nos habló con dureza y nos trató como espías del país.
42:31 Le dijimos: “Somos hombres honrados; no hemos sido espías.
42:32 Somos doce hermanos, hijos de nuestro padre. Uno ya no está, y el menor está hoy con nuestro padre en la tierra de Canaán”.
42:33 Entonces aquel hombre, el señor de la tierra, nos dijo: “Así sabré que son hombres honrados: dejen conmigo a uno de sus hermanos, tomen grano para el hambre de sus familias y váyanse.
42:34 Tráiganme a su hermano menor, y sabré que no son espías, sino hombres honrados. Les devolveré a su hermano y podrán comerciar en la tierra”».
La negativa de Jacob a enviar a Benjamín
42:35 Cuando vaciaron sus sacos, en el de cada uno estaba el atado de su dinero. Ellos y su padre vieron los atados de su dinero y tuvieron miedo.
42:36 Jacob, su padre, les dijo: «Me han privado de mis hijos. José ya no está, Simeón ya no está, ¡y se llevarán a Benjamín! ¡Todo esto está contra mí!».
42:37 Rubén le dijo a su padre: «Podrás dar muerte a mis dos hijos si no te lo devuelvo. Ponlo en mis manos, y yo te lo devolveré».
42:38 Pero él dijo: «Mi hijo no bajará con ustedes, porque su hermano ha muerto y solo él ha quedado. Si le ocurre una desgracia en el camino por donde van, harán descender mis canas con dolor al Seol».

Capítulo 43
Los hermanos de José regresan con Benjamín
43:1 El hambre era grave en la tierra.
43:2 Cuando acabaron de comer el grano que habían traído de Egipto, su padre les dijo: «Vuelvan y compren para nosotros un poco de alimento».
43:3 Judá le respondió: «Aquel hombre nos advirtió con firmeza: “No verán mi rostro si su hermano no está con ustedes”.
43:4 Si envías a nuestro hermano con nosotros, bajaremos y te compraremos alimento.
43:5 Pero si no lo envías, no bajaremos, porque aquel hombre nos dijo: “No verán mi rostro si su hermano no está con ustedes”».
43:6 Israel dijo: «¿Por qué me han hecho este mal al decirle al hombre que tenían otro hermano?».
43:7 Ellos respondieron: «Aquel hombre nos preguntó expresamente acerca de nosotros y de nuestra familia: “¿Todavía vive su padre? ¿Tienen otro hermano?”. Le respondimos a esas preguntas. ¿Acaso podíamos saber que diría: “Traigan a su hermano”?».
La garantía personal de Judá
43:8 Judá le dijo a Israel, su padre: «Envía al joven conmigo. Nos levantaremos e iremos, para que vivamos y no muramos, ni nosotros ni tú ni nuestros niños.
43:9 Yo responderé por él; a mí me exigirás cuentas. Si no te lo traigo y lo pongo delante de ti, cargaré con la culpa ante ti todos los días.
43:10 Pues, si no nos hubiéramos demorado, ya habríamos vuelto dos veces».
La decisión y la oración de Jacob
43:11 Israel, su padre, les dijo: «Si es así, entonces hagan esto: tomen en sus recipientes lo mejor de esta tierra y llévenle un regalo al hombre: un poco de bálsamo y un poco de miel, goma y resina aromática, pistachos y almendras.
43:12 Lleven el doble de dinero, devolviendo el que les fue devuelto en la boca de sus sacos; quizá fue un error.
43:13 Tomen también a su hermano, levántense y vuelvan a aquel hombre.
43:14 Que Dios Todopoderoso les conceda misericordia ante aquel hombre, para que deje ir con ustedes a su otro hermano y a Benjamín. Y si he de quedarme sin hijos, que así sea».
La llegada y el temor por el dinero
43:15 Los hombres tomaron aquel regalo, llevaron en sus manos el doble de dinero y tomaron a Benjamín. Se levantaron, bajaron a Egipto y se presentaron ante José.
43:16 Cuando José vio a Benjamín con ellos, le dijo al encargado de su casa: «Lleva a estos hombres a casa, mata un animal y prepáralo, porque estos hombres comerán conmigo al mediodía».
43:17 El hombre hizo lo que José le había dicho y llevó a los hombres a la casa de José.
43:18 Los hombres tuvieron miedo al ser llevados a la casa de José y dijeron: «Nos han traído por el dinero que fue devuelto en nuestros sacos la primera vez, para buscar un pretexto contra nosotros y atacarnos, hacernos esclavos y apoderarse de nuestros asnos».
43:19 Se acercaron al hombre encargado de la casa de José y le hablaron a la entrada de la casa.
43:20 Le dijeron: «Por favor, señor mío, en verdad bajamos la primera vez a comprar alimento.
43:21 Cuando llegamos al lugar donde nos alojábamos y abrimos nuestros sacos, el dinero de cada uno estaba en la boca de su saco: nuestro dinero con su peso completo. Lo hemos traído de vuelta con nosotros.
43:22 También hemos traído más dinero para comprar alimento. No sabemos quién puso nuestro dinero en nuestros sacos».
43:23 Él les dijo: «Paz a ustedes; no tengan miedo. El Dios de ustedes y el Dios de su padre les dio un tesoro en sus sacos. Yo recibí su dinero». Y sacó a Simeón adonde estaban ellos.
43:24 El hombre llevó a los hombres a la casa de José y les dio agua; ellos se lavaron los pies. También dio forraje a sus asnos.
43:25 Prepararon el regalo para cuando José llegara al mediodía, porque habían oído que allí comerían pan.
José recibe a sus hermanos
43:26 Cuando José llegó a casa, le entregaron allí dentro el regalo que traían en sus manos y se postraron ante él hasta el suelo.
43:27 Él les preguntó cómo estaban y dijo: «¿Está bien su padre, el anciano del que me hablaron? ¿Todavía vive?».
43:28 Ellos respondieron: «Tu siervo, nuestro padre, está bien; todavía vive». Se inclinaron y se postraron.
La emoción del encuentro con Benjamín
43:29 José alzó la vista y vio a Benjamín, su hermano, hijo de su madre. Preguntó: «¿Es este su hermano menor, del que me hablaron?». Y dijo: «Dios te conceda su favor, hijo mío».
43:30 José se apresuró, pues se conmovieron sus entrañas por su hermano, y buscó dónde llorar. Entró en su habitación y lloró allí.
43:31 Se lavó el rostro y salió. Conteniéndose, dijo: «Sirvan el pan».
La disposición de la comida
43:32 Le sirvieron aparte a él, aparte a ellos y aparte a los egipcios que comían con él, porque los egipcios no podían comer pan con los hebreos, pues eso era una abominación para los egipcios.
43:33 Se sentaron ante él por orden de edad, del primogénito al más joven. Los hombres se miraban unos a otros asombrados.
43:34 Él les envió porciones de lo que tenía delante de sí, pero la porción de Benjamín era cinco veces la de cualquiera de ellos. Bebieron y se embriagaron con él.

Capítulo 44
La copa de José
44:1 José le ordenó al encargado de su casa: «Llena los sacos de estos hombres con tanto alimento como puedan llevar y pon el dinero de cada uno en la boca de su saco.
44:2 Pon también mi copa, la copa de plata, en la boca del saco del menor, junto con el dinero de su grano». Él hizo lo que José le había dicho.
44:3 Al amanecer, los hombres fueron despedidos con sus asnos.
44:4 Habían salido de la ciudad y todavía no se habían alejado cuando José le dijo al encargado de su casa: «Levántate y persigue a esos hombres. Cuando los alcances, diles: “¿Por qué han pagado mal por bien?
44:5 ¿No es esta la copa en la que bebe mi señor y con la que practica la adivinación? Han obrado mal al hacer esto”».
44:6 Cuando los alcanzó, les dijo estas palabras.
La defensa de los hermanos y el registro
44:7 Ellos le respondieron: «¿Por qué dice mi señor tales cosas? ¡Jamás harían tus siervos semejante cosa!
44:8 El dinero que encontramos en la boca de nuestros sacos te lo trajimos de vuelta desde la tierra de Canaán. ¿Cómo íbamos a robar plata u oro de la casa de tu señor?
44:9 Aquel de tus siervos en cuyo poder se encuentre la copa, que muera; y nosotros también seremos esclavos de mi señor».
44:10 Él dijo: «Pues bien, que sea como dicen: aquel en cuyo poder se encuentre será mi esclavo, y ustedes quedarán libres de culpa».
44:11 Se apresuraron; cada uno bajó su saco al suelo y cada uno abrió su saco.
44:12 Él los registró, comenzando por el mayor y terminando por el menor, y la copa fue encontrada en el saco de Benjamín.
El regreso ante José
44:13 Entonces se rasgaron la ropa, cada uno cargó su asno y volvieron a la ciudad.
44:14 Judá y sus hermanos llegaron a la casa de José, que todavía estaba allí, y se postraron en tierra ante él.
44:15 José les dijo: «¿Qué es esto que han hecho? ¿No saben que un hombre como yo bien puede adivinar?».
44:16 Judá respondió: «¿Qué diremos a mi señor? ¿Qué hablaremos? ¿Cómo nos justificaremos? Dios ha hallado la culpa de tus siervos. Aquí estamos como esclavos de mi señor, tanto nosotros como aquel en cuyo poder fue hallada la copa».
44:17 Él dijo: «¡Jamás haría yo tal cosa! El hombre en cuyo poder fue hallada la copa será mi esclavo. Ustedes suban en paz adonde está su padre».
Judá intercede por Benjamín
44:18 Entonces Judá se acercó a él y dijo: «Por favor, señor mío, permite que tu siervo diga una palabra a oídos de mi señor. No se encienda tu ira contra tu siervo, pues tú eres como el faraón.
Judá recuerda la historia de la familia
44:19 Mi señor les preguntó a sus siervos: “¿Tienen padre o hermano?”.
44:20 Nosotros respondimos a mi señor: “Tenemos un padre anciano y un hermano menor que le nació en su vejez. Su hermano ha muerto, y él es el único que queda de su madre; su padre lo ama”.
44:21 Tú les dijiste a tus siervos: “Tráiganlo a mí, y pondré mis ojos sobre él”.
44:22 Nosotros respondimos a mi señor: “El joven no puede dejar a su padre, porque, si lo deja, su padre morirá”.
44:23 Pero tú les dijiste a tus siervos: “Si su hermano menor no baja con ustedes, no volverán a ver mi rostro”.
44:24 Cuando subimos adonde estaba tu siervo, mi padre, le contamos las palabras de mi señor.
44:25 Nuestro padre dijo: “Vuelvan y compren para nosotros un poco de alimento”.
44:26 Respondimos: “No podemos bajar. Si nuestro hermano menor va con nosotros, bajaremos, porque no podemos ver el rostro de aquel hombre si nuestro hermano menor no está con nosotros”.
El dolor que teme sufrir Jacob
44:27 Tu siervo, mi padre, nos dijo: “Ustedes saben que mi esposa me dio dos hijos.
44:28 Uno salió de mi lado, y yo dije: ‘¡Sin duda ha sido despedazado!’. No lo he visto hasta ahora.
44:29 Si también se llevan a este de mi presencia y le ocurre una desgracia, harán descender mis canas con dolor al Seol”.
44:30 Ahora, pues, cuando yo vuelva a tu siervo, mi padre, y el joven no esté con nosotros, como la vida de mi padre está ligada a la del joven,
44:31 morirá al ver que el joven no está. Así tus siervos harán descender las canas de tu siervo, nuestro padre, con dolor al Seol.
Judá ofrece su libertad por Benjamín
44:32 Pues tu siervo se hizo responsable del joven ante mi padre, diciendo: “Si no te lo traigo de vuelta, cargaré con la culpa ante mi padre todos los días”.
44:33 Te ruego, por tanto, que tu siervo se quede como esclavo de mi señor en lugar del joven, y que el joven suba con sus hermanos.
44:34 Pues ¿cómo podré subir adonde está mi padre sin que el joven esté conmigo? No quisiera ver el mal que sobrevendría a mi padre».

Capítulo 45
José se da a conocer a sus hermanos
45:1 José ya no pudo contenerse ante todos los que lo rodeaban y gritó: «¡Hagan salir a todos de mi presencia!». Nadie quedó con él cuando José se dio a conocer a sus hermanos.
45:2 Alzó la voz en llanto, y lo oyeron los egipcios y lo oyó la casa del faraón.
45:3 José les dijo a sus hermanos: «Yo soy José. ¿Todavía vive mi padre?». Sus hermanos no pudieron responderle, porque estaban sobrecogidos ante él.
45:4 José les dijo a sus hermanos: «Acérquense a mí, por favor». Ellos se acercaron, y él dijo: «Yo soy José, su hermano, a quien vendieron a Egipto.
La vida preservada por Dios
45:5 Ahora, no se entristezcan ni se enojen por haberme vendido aquí, porque Dios me envió delante de ustedes para preservar la vida.
45:6 Ya van dos años de hambre en la tierra, y todavía quedan cinco años en los que no se arará ni se cosechará.
45:7 Dios me envió delante de ustedes para preservarles un remanente en la tierra y mantenerlos con vida mediante una gran liberación.
45:8 Así que no fueron ustedes quienes me enviaron aquí, sino Dios. Él me ha puesto como padre para el faraón, como señor de toda su casa y como gobernador de toda la tierra de Egipto.
La invitación a Jacob
45:9 Apresúrense, suban adonde está mi padre y díganle: “Así dice tu hijo José: Dios me ha puesto como señor de todo Egipto. Baja a mí; no te detengas.
45:10 Vivirás en la tierra de Gosén y estarás cerca de mí, tú, tus hijos y los hijos de tus hijos, tus rebaños, tu ganado vacuno y todo lo que tienes.
45:11 Allí te sustentaré, pues todavía quedan cinco años de hambre, para que no quedes en la miseria, tú, tu casa y todo lo que tienes”.
45:12 Sus ojos, y los ojos de mi hermano Benjamín, ven que es mi boca la que les habla.
45:13 Cuéntenle a mi padre todo el honor que tengo en Egipto y todo lo que han visto. Apresúrense y traigan aquí a mi padre».
45:14 Se echó al cuello de Benjamín, su hermano, y lloró; también Benjamín lloró sobre su cuello.
45:15 Besó a todos sus hermanos y lloró sobre ellos. Después de esto, sus hermanos hablaron con él.
El faraón invita a la familia de José
45:16 La noticia se oyó en la casa del faraón: «Han llegado los hermanos de José». Esto agradó al faraón y a sus servidores.
45:17 El faraón le dijo a José: «Diles a tus hermanos: “Hagan esto: carguen sus animales y vayan a la tierra de Canaán.
45:18 Tomen a su padre y a sus familias y vengan a mí. Les daré lo mejor de la tierra de Egipto, y comerán de lo más selecto de la tierra”.
45:19 Tú, además, tienes esta orden: “Hagan esto: tomen carretas de la tierra de Egipto para sus niños y sus esposas, traigan a su padre y vengan.
45:20 No se preocupen por sus pertenencias, porque lo mejor de toda la tierra de Egipto es de ustedes”».
Las provisiones para el regreso
45:21 Así lo hicieron los hijos de Israel. José les dio carretas conforme a la orden del faraón y les dio provisiones para el camino.
45:22 A cada uno de ellos le dio mudas de ropa, pero a Benjamín le dio trescientos siclos de plata, unos tres kilos y cuatrocientos gramos, y cinco mudas de ropa.
45:23 A su padre le envió lo siguiente: diez asnos cargados con lo mejor de Egipto y diez asnas cargadas con grano, pan y provisiones para su padre en el camino.
45:24 Despidió a sus hermanos y ellos se fueron. Les dijo: «No discutan por el camino».
Jacob recibe la noticia de que José vive
45:25 Subieron de Egipto y llegaron a la tierra de Canaán, adonde estaba Jacob, su padre.
45:26 Le contaron: «José todavía vive y gobierna toda la tierra de Egipto». Jacob quedó atónito, porque no les creía.
45:27 Pero le contaron todas las palabras que José les había dicho. Al ver las carretas que José había enviado para llevarlo, el espíritu de Jacob, su padre, revivió.
45:28 Israel dijo: «¡Basta! Mi hijo José todavía vive. Iré a verlo antes de morir».

Capítulo 46
Jacob y su familia en Egipto
46:1 Israel partió con todo lo que tenía y llegó a Beerseba. Allí ofreció sacrificios al Dios de su padre Isaac.
46:2 Dios le habló a Israel en visiones de la noche y dijo: «¡Jacob, Jacob!». Él respondió: «Aquí estoy».
46:3 Dijo: «Yo soy Dios, el Dios de tu padre. No temas bajar a Egipto, porque allí haré de ti una gran nación.
46:4 Yo bajaré contigo a Egipto y ciertamente te haré subir de nuevo. José pondrá su mano sobre tus ojos».
46:5 Jacob salió de Beerseba. Los hijos de Israel llevaron a Jacob, su padre, a sus niños y a sus esposas en las carretas que el faraón había enviado para llevarlo.
46:6 Tomaron su ganado y los bienes que habían adquirido en la tierra de Canaán, y llegaron a Egipto, Jacob y toda su descendencia con él.
46:7 Llevó consigo a Egipto a sus hijos y a los hijos de sus hijos, a sus hijas y a las hijas de sus hijos, a toda su descendencia.
La genealogía de la familia de Jacob
46:8 Estos son los nombres de los hijos de Israel que llegaron a Egipto, Jacob y sus hijos: Rubén, el primogénito de Jacob.
La descendencia de Lea
46:9 Los hijos de Rubén fueron Hanoc, Falú, Hezrón y Carmi.
46:10 Los hijos de Simeón fueron Jemuel, Jamín, Ohad, Jaquín, Zohar y Saúl, hijo de la cananea.
46:11 Los hijos de Leví fueron Gersón, Coat y Merari.
46:12 Los hijos de Judá fueron Er, Onán, Sela, Fares y Zera. Pero Er y Onán murieron en la tierra de Canaán. Los hijos de Fares fueron Hezrón y Hamul.
46:13 Los hijos de Isacar fueron Tola, Puvá, Job y Simrón.
46:14 Los hijos de Zabulón fueron Sered, Elón y Jahleel.
46:15 Estos fueron los hijos de Lea, que ella dio a luz a Jacob en Padán-aram, además de Dina, su hija. Todos sus hijos e hijas fueron treinta y tres personas.
La descendencia de Zilpa
46:16 Los hijos de Gad fueron Zifión, Hagui, Suni, Ezbón, Eri, Arodi y Areli.
46:17 Los hijos de Aser fueron Imna, Isúa, Isúi y Bería, y Sera era hermana de ellos. Los hijos de Bería fueron Heber y Malquiel.
46:18 Estos fueron los hijos de Zilpa, a quien Labán había dado a Lea, su hija. Ella dio a Jacob estos descendientes: dieciséis personas.
La descendencia de Raquel
46:19 Los hijos de Raquel, esposa de Jacob, fueron José y Benjamín.
46:20 A José le nacieron en la tierra de Egipto Manasés y Efraín, que le dio a luz Asenat, hija de Potifera, sacerdote de On.
46:21 Los hijos de Benjamín fueron Bela, Bequer, Asbel, Gera, Naamán, Ehi, Ros, Mupim, Hupim y Ard.
46:22 Estos fueron los hijos de Raquel que nacieron a Jacob: en total, catorce personas.
La descendencia de Bilha
46:23 Los hijos de Dan: Husim.
46:24 Los hijos de Neftalí fueron Jahzeel, Guni, Jezer y Silem.
46:25 Estos fueron los hijos de Bilha, a quien Labán había dado a Raquel, su hija. Ella dio a Jacob estos descendientes: en total, siete personas.
Los recuentos de la casa de Jacob
46:26 Todas las personas que llegaron con Jacob a Egipto, salidas de sus lomos, sin contar a las esposas de los hijos de Jacob, fueron en total sesenta y seis.
46:27 Los hijos de José que le nacieron en Egipto fueron dos personas. Todas las personas de la casa de Jacob que llegaron a Egipto fueron setenta.
Jacob y José vuelven a encontrarse
46:28 Jacob envió a Judá delante de él adonde estaba José, para que le indicara el camino a Gosén. Y llegaron a la tierra de Gosén.
46:29 José preparó su carro y subió a Gosén al encuentro de Israel, su padre. Se presentó ante él, se echó a su cuello y lloró sobre su cuello largo rato.
46:30 Israel le dijo a José: «Ahora ya puedo morir, después de ver tu rostro, porque todavía vives».
La presentación ante el faraón
46:31 José les dijo a sus hermanos y a la casa de su padre: «Subiré y le informaré al faraón. Le diré: “Mis hermanos y la casa de mi padre, que estaban en la tierra de Canaán, han venido a mí.
46:32 Estos hombres son pastores de rebaños, pues han sido ganaderos. Han traído sus rebaños, su ganado vacuno y todo lo que tienen”.
46:33 Cuando el faraón los llame y les pregunte: “¿A qué se dedican?”,
46:34 digan: “Tus siervos hemos sido ganaderos desde nuestra juventud hasta ahora, tanto nosotros como nuestros padres”, para que puedan vivir en la tierra de Gosén, porque todo pastor de rebaños es una abominación para los egipcios».

Capítulo 47
La familia de Jacob se establece en Egipto
47:1 José fue a informar al faraón y le dijo: «Mi padre y mis hermanos, con sus rebaños, su ganado vacuno y todo lo que tienen, han venido de la tierra de Canaán y están en la tierra de Gosén».
47:2 Tomó a cinco hombres de entre sus hermanos y los presentó ante el faraón.
47:3 El faraón les preguntó a sus hermanos: «¿A qué se dedican?». Ellos respondieron al faraón: «Tus siervos somos pastores de rebaños, tanto nosotros como nuestros padres».
47:4 Le dijeron al faraón: «Hemos venido a residir como extranjeros en esta tierra, porque no hay pasto para los rebaños de tus siervos, pues el hambre es grave en la tierra de Canaán. Te rogamos que permitas ahora que tus siervos vivan en la tierra de Gosén».
47:5 El faraón le dijo a José: «Tu padre y tus hermanos han venido a ti.
47:6 La tierra de Egipto está a tu disposición. Establece a tu padre y a tus hermanos en lo mejor de la tierra. Que vivan en la tierra de Gosén. Y si sabes que entre ellos hay hombres capaces, ponlos a cargo de mi ganado».
Jacob ante el faraón
47:7 José hizo entrar a Jacob, su padre, y lo presentó ante el faraón. Jacob bendijo al faraón.
47:8 El faraón le preguntó a Jacob: «¿Cuántos años has vivido?».
47:9 Jacob le respondió al faraón: «Los días de mi peregrinación suman ciento treinta años. Pocos y penosos han sido los días de mi vida, y no han alcanzado los días que vivieron mis padres en su peregrinación».
47:10 Jacob bendijo al faraón y salió de su presencia.
47:11 José estableció a su padre y a sus hermanos y les dio una posesión en la tierra de Egipto, en lo mejor de la tierra, en la región de Ramesés, tal como había ordenado el faraón.
47:12 José proveyó de pan a su padre, a sus hermanos y a toda la casa de su padre, según el número de sus niños.
El hambre transforma la propiedad de la tierra
47:13 No había pan en toda la tierra, porque el hambre era muy grave. La tierra de Egipto y la tierra de Canaán desfallecían a causa del hambre.
47:14 José reunió todo el dinero que había en la tierra de Egipto y en la tierra de Canaán por el grano que compraban, y José llevó el dinero a la casa del faraón.
47:15 Cuando se acabó el dinero de la tierra de Egipto y de la tierra de Canaán, todos los egipcios fueron a José y dijeron: «Danos pan. ¿Por qué hemos de morir delante de ti porque se ha acabado el dinero?».
47:16 José dijo: «Traigan su ganado y les daré alimento a cambio de él, si se ha acabado el dinero».
47:17 Trajeron su ganado a José, y José les dio pan a cambio de los caballos, del ganado menor, del ganado vacuno y de los asnos. Los sostuvo con pan a cambio de todo su ganado durante aquel año.
47:18 Terminó aquel año, y en el segundo año fueron a él y le dijeron: «No ocultaremos a mi señor que el dinero se ha acabado y que el ganado ya pertenece a mi señor. No nos queda ante mi señor nada más que nuestros cuerpos y nuestra tierra.
Tierras, servicio y una quinta parte
47:19 ¿Por qué hemos de morir ante tus ojos, tanto nosotros como nuestra tierra? Cómpranos a nosotros y a nuestra tierra a cambio de pan, y seremos esclavos del faraón, nosotros y nuestra tierra. Danos semilla para que vivamos y no muramos, y para que la tierra no quede desolada».
47:20 José compró toda la tierra de Egipto para el faraón, porque cada egipcio vendió su campo, pues el hambre arreciaba sobre ellos. Así la tierra pasó a ser del faraón.
47:21 Al pueblo lo trasladó a las ciudades, de un extremo al otro del territorio de Egipto.
47:22 La única tierra que no compró fue la de los sacerdotes, porque los sacerdotes recibían una ración del faraón y comían la ración que el faraón les daba. Por eso no vendieron su tierra.
47:23 José le dijo al pueblo: «Miren, hoy los he comprado a ustedes y a su tierra para el faraón. Aquí tienen semilla; siembren la tierra.
47:24 Cuando llegue la cosecha, darán una quinta parte al faraón. Las cuatro quintas partes serán de ustedes, como semilla para el campo y como alimento para ustedes, para los de sus casas y para sus niños».
47:25 Ellos dijeron: «Nos has salvado la vida. Que hallemos favor ante mi señor, y seremos esclavos del faraón».
47:26 José estableció esto como ley sobre la tierra de Egipto, vigente hasta hoy: la quinta parte sería del faraón. Solo la tierra de los sacerdotes no pasó a ser del faraón.
Los últimos años de Jacob en Egipto
47:27 Israel se estableció en la tierra de Egipto, en la tierra de Gosén. Allí adquirieron propiedades, fructificaron y se multiplicaron mucho.
47:28 Jacob vivió diecisiete años en la tierra de Egipto. Los días de Jacob, los años de su vida, fueron ciento cuarenta y siete años.
El compromiso de sepultarlo con sus padres
47:29 Cuando se acercaban los días de la muerte de Israel, llamó a su hijo José y le dijo: «Si he hallado favor ante ti, pon, por favor, tu mano debajo de mi muslo y trátame con bondad y fidelidad. Te ruego que no me entierres en Egipto.
47:30 Cuando descanse con mis padres, llévame de Egipto y entiérrame en su sepultura». Él respondió: «Yo haré lo que dices».
47:31 Le dijo: «Júramelo». Él se lo juró, e Israel se inclinó sobre la cabecera de la cama.

Capítulo 48
Jacob bendice a Efraín y a Manasés
48:1 Después de estas cosas, alguien le dijo a José: «Tu padre está enfermo». Él tomó consigo a sus dos hijos, Manasés y Efraín.
48:2 A Jacob le avisaron: «Tu hijo José viene a ti». Israel se esforzó y se sentó en la cama.
48:3 Jacob le dijo a José: «Dios Todopoderoso se me apareció en Luz, en la tierra de Canaán, y me bendijo.
48:4 Me dijo: “Yo te haré fructífero y te multiplicaré. Haré de ti una comunidad de pueblos y daré esta tierra a tu descendencia después de ti como posesión perpetua”.
El lugar de Efraín y Manasés en Israel
48:5 Ahora, tus dos hijos que te nacieron en la tierra de Egipto antes de que yo viniera a ti a Egipto son míos. Efraín y Manasés serán míos como Rubén y Simeón.
48:6 Pero los hijos que engendres después de ellos serán tuyos; en su herencia serán contados bajo el nombre de sus hermanos.
48:7 Cuando yo volvía de Padán, se me murió Raquel en la tierra de Canaán, en el camino, cuando faltaba todavía un trecho para llegar a Efrata. La enterré allí, en el camino de Efrata, que es Belén».
El encuentro con sus nietos
48:8 Israel vio a los hijos de José y preguntó: «¿Quiénes son estos?».
48:9 José le respondió a su padre: «Son mis hijos, que Dios me ha dado aquí». Él dijo: «Acércalos a mí, por favor, y los bendeciré».
48:10 Los ojos de Israel se habían debilitado por la vejez y no podía ver. José se los acercó, y su padre los besó y los abrazó.
48:11 Israel le dijo a José: «No esperaba ver tu rostro, y Dios me ha hecho ver también a tu descendencia».
48:12 José los retiró de junto a las rodillas de su padre y se postró rostro en tierra.
La prioridad del hermano menor
48:13 José tomó a ambos: a Efraín a su derecha, a la izquierda de Israel, y a Manasés a su izquierda, a la derecha de Israel, y los acercó a él.
48:14 Israel extendió su mano derecha y la puso sobre la cabeza de Efraín, que era el menor, y su mano izquierda sobre la cabeza de Manasés. Lo hizo cruzando las manos deliberadamente, aunque Manasés era el primogénito.
48:15 Bendijo a José y dijo:
 «El Dios delante de quien caminaron mis padres Abraham e Isaac, el Dios que ha sido mi pastor desde que existo hasta el día de hoy,
48:16 el Ángel que me ha redimido de todo mal, bendiga a estos jóvenes.
   Que lleven mi nombre y el nombre de mis padres Abraham e Isaac, y que se multipliquen en gran número en medio de la tierra».
48:17 Cuando José vio que su padre ponía su mano derecha sobre la cabeza de Efraín, le desagradó. Tomó la mano de su padre para apartarla de la cabeza de Efraín y ponerla sobre la cabeza de Manasés.
48:18 José le dijo a su padre: «Así no, padre mío, porque este es el primogénito. Pon tu mano derecha sobre su cabeza».
48:19 Pero su padre se negó y dijo: «Lo sé, hijo mío, lo sé. Él también llegará a ser un pueblo y también será grande, pero su hermano menor será más grande que él y su descendencia formará una multitud de naciones».
48:20 Los bendijo aquel día, diciendo: «En ti bendecirá Israel, diciendo: “Dios te haga como a Efraín y como a Manasés”». Así puso a Efraín por delante de Manasés.
La esperanza del regreso a Canaán
48:21 Israel le dijo a José: «Yo voy a morir, pero Dios estará con ustedes y los hará volver a la tierra de sus padres.
48:22 Y yo te he dado una porción más que a tus hermanos, la que tomé de manos del amorreo con mi espada y con mi arco».

Capítulo 49
Profecía de Jacob acerca de sus hijos
49:1 Jacob llamó a sus hijos y dijo: «Reúnanse, y les anunciaré lo que les sucederá en los días venideros.
49:2 Reúnanse y escuchen, hijos de Jacob;
   escuchen a Israel, su padre.
Rubén pierde la primacía

49:3 Rubén, tú eres mi primogénito, mi fuerza y el principio de mi vigor, superior en dignidad y superior en poder.
49:4 Impetuoso como el agua, no tendrás la primacía, porque subiste al lecho de tu padre;
   entonces lo profanaste.
   ¡Subió a mi cama!
Simeón y Leví: consecuencias de la violencia

49:5 Simeón y Leví son hermanos;
   sus armas son instrumentos de violencia.
49:6 No entre mi alma en su consejo ni se una mi honor a su asamblea, porque en su furor mataron hombres y por propia voluntad cortaron los tendones de los toros.
49:7 Maldito sea su furor, porque es feroz, y su ira, porque es cruel.
   Los repartiré por Jacob y los dispersaré por Israel.
Judá: liderazgo y esperanza del reino

49:8 Judá, tus hermanos te alabarán;
   tu mano estará en la nuca de tus enemigos.
   Los hijos de tu padre se postrarán ante ti.
49:9 Judá es un cachorro de león.
   De la presa has subido, hijo mío.
   Se agazapó, se echó como un león, como una leona;
   ¿quién lo levantará?
49:10 No se apartará el cetro de Judá ni el bastón de mando de entre sus pies, hasta que venga Siloh;
   a él obedecerán los pueblos.
49:11 Ata a la vid su pollino y a la vid escogida la cría de su asna.
   Lava en vino su ropa y en sangre de uvas su manto.
49:12 Sus ojos son más oscuros que el vino y sus dientes más blancos que la leche.
Zabulón e Isacar: tierra y recursos

49:13 Zabulón habitará en la costa de los mares;
   será puerto para las naves, y su frontera llegará hasta Sidón.

49:14 Isacar es un asno robusto que se recuesta entre los dos rediles.
49:15 Vio que el descanso era bueno y que la tierra era agradable;
   inclinó el hombro para cargar y quedó sometido al trabajo forzado.
Dan y la esperanza de salvación

49:16 Dan juzgará a su pueblo como una de las tribus de Israel.
49:17 Dan será una serpiente junto al camino, una víbora junto al sendero, que muerde los talones del caballo y hace caer a su jinete hacia atrás.
49:18 Tu salvación espero, SEÑOR.
Gad, Aser y Neftalí

49:19 A Gad lo asaltará una tropa, pero él asaltará su retaguardia.

49:20 El pan de Aser será sustancioso, y él proveerá manjares de reyes.

49:21 Neftalí es una cierva en libertad;
   pronuncia palabras hermosas.
La bendición de José

49:22 José es una rama fructífera, una rama fructífera junto a una fuente;
   sus vástagos se extienden por encima del muro.
49:23 Los arqueros le causaron amargura, le dispararon y lo odiaron.
49:24 Pero su arco permaneció firme y sus brazos se hicieron ágiles por las manos del Poderoso de Jacob —de allí procede el Pastor, la Piedra de Israel—,
49:25 por el Dios de tu padre, que te ayudará, y por el Todopoderoso, que te bendecirá con bendiciones de los cielos de arriba, bendiciones del abismo que yace abajo, bendiciones de los pechos y del vientre.
49:26 Las bendiciones de tu padre han superado las bendiciones de mis progenitores y se extienden hasta lo más preciado de las colinas eternas.
   Que estén sobre la cabeza de José y sobre la coronilla del apartado de entre sus hermanos.
La fuerza de Benjamín

49:27 Benjamín es un lobo rapaz;
   por la mañana devorará la presa y al atardecer repartirá el botín».
49:28 Estas son todas las doce tribus de Israel. Esto fue lo que su padre les dijo al bendecirlos; los bendijo, a cada uno con su propia bendición.
La última voluntad y la muerte de Jacob
49:29 Les dio este encargo: «Voy a ser reunido con mi pueblo. Entiérrenme con mis padres en la cueva que está en el campo de Efrón el hitita,
49:30 en la cueva del campo de Macpela, frente a Mamre, en la tierra de Canaán. Abraham compró el campo a Efrón el hitita como propiedad para sepultura.
49:31 Allí enterraron a Abraham y a Sara, su esposa; allí enterraron a Isaac y a Rebeca, su esposa, y allí enterré yo a Lea.
49:32 El campo y la cueva que hay en él fueron comprados a los hijos de Het».
49:33 Cuando Jacob terminó de dar instrucciones a sus hijos, recogió los pies en la cama, dio su último suspiro y fue reunido con su pueblo.

Capítulo 50
El duelo y la sepultura de Jacob
50:1 José se echó sobre el rostro de su padre, lloró sobre él y lo besó.
50:2 José ordenó a los médicos que estaban a su servicio que embalsamaran a su padre, y los médicos embalsamaron a Israel.
50:3 El embalsamamiento duró cuarenta días, que era el tiempo que requería. Los egipcios lo lloraron durante setenta días.
El permiso para llevarlo a Canaán
50:4 Pasados los días de su duelo, José les dijo a los de la casa del faraón: «Si he hallado favor ante ustedes, hablen, por favor, con el faraón y díganle:
50:5 “Mi padre me hizo jurar, diciendo: ‘Yo voy a morir. Entiérrame en el sepulcro que cavé para mí en la tierra de Canaán’. Ahora, por favor, déjame subir a enterrar a mi padre, y volveré”».
50:6 El faraón dijo: «Sube y entierra a tu padre, tal como él te hizo jurar».
La comitiva y el lamento en Atad
50:7 José subió a enterrar a su padre. Con él subieron todos los servidores del faraón, los ancianos de su casa y todos los ancianos de la tierra de Egipto,
50:8 toda la casa de José, sus hermanos y la casa de su padre. Solo dejaron en la tierra de Gosén a sus niños, sus rebaños y su ganado vacuno.
50:9 También subieron con él carros y jinetes, y la comitiva era muy numerosa.
50:10 Llegaron a la era de Atad, al otro lado del Jordán. Allí hicieron un lamento grande y muy profundo, y José guardó luto por su padre durante siete días.
50:11 Los cananeos, habitantes de la tierra, vieron el duelo en la era de Atad y dijeron: «Este es un duelo muy grande de los egipcios». Por eso el lugar fue llamado Abel-mizraim; está al otro lado del Jordán.
El entierro y el regreso a Egipto
50:12 Sus hijos hicieron con él tal como les había mandado.
50:13 Sus hijos lo llevaron a la tierra de Canaán y lo enterraron en la cueva del campo de Macpela, frente a Mamre. Abraham había comprado aquel campo a Efrón el hitita como propiedad para sepultura.
50:14 Después de enterrar a su padre, José volvió a Egipto con sus hermanos y con todos los que habían subido con él a enterrar a su padre.
José tranquiliza a sus hermanos
50:15 Al ver los hermanos de José que su padre había muerto, dijeron: «¿Y si José nos guarda rencor y nos devuelve todo el mal que le hicimos?».
50:16 Enviaron a decir a José: «Tu padre dio esta orden antes de morir:
50:17 “Así le dirán a José: ‘Te ruego que perdones la ofensa de tus hermanos y su pecado, porque te hicieron mal’”. Ahora, por favor, perdona la ofensa de los siervos del Dios de tu padre». José lloró mientras le hablaban.
50:18 Sus hermanos también fueron, se postraron ante él y dijeron: «Aquí estamos, para ser tus esclavos».
Perdón y confianza en el propósito de Dios
50:19 José les dijo: «No teman. ¿Acaso estoy yo en lugar de Dios?
50:20 Ustedes planearon hacerme mal, pero Dios lo planeó para bien, para lograr lo que hoy sucede: mantener con vida a un pueblo numeroso.
50:21 Ahora, no teman. Yo los sustentaré, a ustedes y a sus niños». Así los consoló y les habló al corazón.
La muerte de José y la esperanza del regreso
50:22 José vivió en Egipto, él y la casa de su padre. José vivió ciento diez años.
50:23 José vio a los hijos de Efraín hasta la tercera generación. También los hijos de Maquir, hijo de Manasés, nacieron sobre las rodillas de José.
50:24 José les dijo a sus hermanos: «Yo voy a morir, pero Dios ciertamente los visitará y los hará subir de esta tierra a la tierra que juró a Abraham, a Isaac y a Jacob».
50:25 José hizo jurar a los hijos de Israel, diciendo: «Dios ciertamente los visitará, y llevarán de aquí mis huesos».
50:26 José murió a los ciento diez años. Lo embalsamaron y fue puesto en un ataúd en Egipto.

ÉXODO

Capítulo 1
Israel se multiplica bajo la opresión de Egipto
1:1 Estos son los nombres de los hijos de Israel que llegaron a Egipto con Jacob; cada uno llegó con su familia:
1:2 Rubén, Simeón, Leví y Judá;
1:3 Isacar, Zabulón y Benjamín;
1:4 Dan y Neftalí, Gad y Aser.
1:5 Todos los descendientes de Jacob eran setenta personas. José ya estaba en Egipto.
1:6 Murieron José, todos sus hermanos y toda aquella generación.
1:7 Pero los hijos de Israel fueron fecundos, se propagaron, se multiplicaron y se hicieron sumamente fuertes; la tierra se llenó de ellos.
1:8 Entonces surgió en Egipto un nuevo rey que no conocía a José.
1:9 Le dijo a su pueblo: «Miren, el pueblo de los hijos de Israel es más numeroso y más fuerte que nosotros.
1:10 Actuemos con astucia contra él, para evitar que se multiplique y, si estalla una guerra, se una también a nuestros enemigos, luche contra nosotros y se vaya del país».
1:11 Les impusieron capataces de trabajos forzados para oprimirlos con sus cargas. Así construyeron para el faraón las ciudades de almacenamiento de Pitón y Ramesés.
1:12 Pero cuanto más los oprimían, más se multiplicaban y se extendían, de modo que los egipcios sentían temor ante los hijos de Israel.
1:13 Los egipcios hicieron trabajar a los hijos de Israel con crueldad.
1:14 Les amargaron la vida con trabajos duros, preparando barro y ladrillos y realizando toda clase de labores del campo. En todos los trabajos que les imponían, los trataban con crueldad.
Las parteras desobedecen la orden del faraón
1:15 El rey de Egipto habló a las parteras hebreas, una de las cuales se llamaba Sifra y la otra Fúa.
1:16 Les dijo: «Cuando asistan a las hebreas y las vean sobre el asiento del parto, si es niño, mátenlo; pero si es niña, déjenla vivir».
1:17 Pero las parteras temieron a Dios y no hicieron lo que les había ordenado el rey de Egipto, sino que dejaron vivir a los niños.
1:18 Entonces el rey de Egipto llamó a las parteras y les preguntó: «¿Por qué han hecho esto y han dejado vivir a los niños?».
1:19 Las parteras respondieron al faraón: «Porque las hebreas no son como las egipcias; son vigorosas y dan a luz antes de que llegue la partera».
1:20 Dios hizo bien a las parteras, y el pueblo se multiplicó y se hizo muy fuerte.
1:21 Y, como las parteras temieron a Dios, él les dio familias.
1:22 El faraón ordenó a todo su pueblo: «Arrojen al Nilo a todo niño que nazca, pero dejen vivir a todas las niñas».

Capítulo 2
Moisés es rescatado del Nilo
2:1 Un hombre de la familia de Leví fue y tomó por esposa a una mujer de la misma familia.
2:2 La mujer concibió y dio a luz un hijo. Al ver que era hermoso, lo mantuvo escondido durante tres meses.
2:3 Cuando ya no pudo esconderlo, tomó una canasta de papiro y la recubrió con asfalto y brea. Colocó al niño en ella y la puso entre los juncos, a la orilla del Nilo.
2:4 Su hermana se quedó a cierta distancia para saber qué le sucedería.
2:5 La hija del faraón bajó a bañarse en el Nilo, mientras sus sirvientas caminaban por la orilla. Vio la canasta entre los juncos y envió a su criada a recogerla.
2:6 Al abrirla, vio al niño, que estaba llorando. Sintió compasión por él y dijo: «Este es uno de los niños hebreos».
2:7 Entonces su hermana preguntó a la hija del faraón: «¿Quieres que vaya y te llame a una nodriza hebrea para que amamante al niño por ti?».
2:8 La hija del faraón le respondió: «Ve». La muchacha fue y llamó a la madre del niño.
2:9 La hija del faraón le dijo: «Llévate a este niño y amamántalo por mí, y yo te pagaré». La mujer tomó al niño y lo amamantó.
2:10 Cuando el niño creció, se lo llevó a la hija del faraón, y él llegó a ser su hijo. Ella le puso por nombre Moisés, pues dijo: «Lo saqué del agua».
Moisés huye de Egipto
2:11 En aquellos días, cuando Moisés ya había crecido, salió a ver a sus hermanos y observó sus cargas. Vio a un egipcio que golpeaba a un hebreo, uno de sus hermanos.
2:12 Miró a un lado y al otro y, al ver que no había nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena.
2:13 Al día siguiente salió y vio a dos hebreos que peleaban. Le preguntó al que actuaba mal: «¿Por qué golpeas a tu compañero?».
2:14 Él respondió: «¿Quién te ha puesto como jefe y juez sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio?». Moisés tuvo miedo y dijo: «Sin duda, se ha sabido lo ocurrido».
2:15 Cuando el faraón se enteró de lo sucedido, intentó matar a Moisés. Pero Moisés huyó del faraón y se estableció en la tierra de Madián. Allí se sentó junto a un pozo.
Moisés encuentra refugio en Madián
2:16 El sacerdote de Madián tenía siete hijas. Ellas fueron a sacar agua y llenaron los bebederos para dar de beber al rebaño de su padre.
2:17 Pero llegaron unos pastores y las echaron. Entonces Moisés se levantó, las defendió y dio de beber a su rebaño.
2:18 Cuando volvieron a su padre Reuel, él les preguntó: «¿Por qué han regresado hoy tan pronto?».
2:19 Ellas respondieron: «Un egipcio nos libró de los pastores; además, nos sacó agua y dio de beber al rebaño».
2:20 Él les dijo a sus hijas: «¿Y dónde está? ¿Por qué han dejado allí a ese hombre? Llámenlo para que coma».
2:21 Moisés aceptó quedarse con aquel hombre, y este le dio a su hija Séfora por esposa.
2:22 Ella dio a luz un hijo, y él le puso por nombre Gersón, porque dijo: «He sido un extranjero en tierra ajena».
Dios atiende el clamor de Israel
2:23 Durante aquel largo período murió el rey de Egipto. Los hijos de Israel gemían por la esclavitud y clamaron por ayuda; su clamor a causa de la esclavitud subió hasta Dios.
2:24 Dios oyó sus gemidos y Dios se acordó de su pacto con Abraham, con Isaac y con Jacob.
2:25 Dios miró a los hijos de Israel y Dios los tuvo en cuenta.

Capítulo 3
Llamamiento de Moisés
3:1 Moisés apacentaba el rebaño de su suegro Jetro, sacerdote de Madián. Llevó el rebaño al otro lado del desierto y llegó a Horeb, el monte de Dios.
3:2 El ángel del SEÑOR se le apareció en una llama de fuego, en medio de una zarza. Moisés miró: la zarza ardía en llamas, pero no se consumía.
3:3 Entonces Moisés dijo: «Me acercaré a ver esta gran visión. ¿Por qué no se quema la zarza?».
3:4 Cuando el SEÑOR vio que se acercaba a mirar, Dios lo llamó desde la zarza: «¡Moisés, Moisés!». Él respondió: «Aquí estoy».
3:5 Dijo: «No te acerques más. Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar donde estás es tierra santa».
3:6 Y añadió: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Moisés se cubrió el rostro, porque tenía miedo de mirar a Dios.
Dios envía a Moisés a liberar a Israel
3:7 El SEÑOR dijo: «Ciertamente he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus opresores, porque conozco sus sufrimientos.
3:8 He descendido para librarlos del poder de los egipcios y llevarlos de aquella tierra a una tierra buena y espaciosa, una tierra que fluye leche y miel: al lugar de los cananeos, los hititas, los amorreos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos.
3:9 Ahora el clamor de los hijos de Israel ha llegado a mí, y también he visto la opresión con que los egipcios los oprimen.
3:10 Ve, pues; te enviaré al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel».
3:11 Pero Moisés dijo a Dios: «¿Quién soy yo para ir al faraón y sacar de Egipto a los hijos de Israel?».
3:12 Él respondió: «Yo estaré contigo. Esta será para ti la señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, ustedes servirán a Dios en este monte».
El nombre y la promesa de Dios
3:13 Moisés dijo a Dios: «Si voy a los hijos de Israel y les digo: “El Dios de sus padres me ha enviado a ustedes”, y ellos me preguntan: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les diré?».
3:14 Dios respondió a Moisés: «Yo soy el que soy». Y añadió: «Así dirás a los hijos de Israel: “Yo soy me ha enviado a ustedes”».
3:15 Dios dijo además a Moisés: «Así dirás a los hijos de Israel: “El SEÑOR, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a ustedes”. Este es mi nombre para siempre; así se me recordará de generación en generación.
3:16 Ve, reúne a los ancianos de Israel y diles: “El SEÑOR, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, se me ha aparecido y ha dicho: ‘Ciertamente los he visitado y he tenido en cuenta lo que se les hace en Egipto.
3:17 Y he dicho que los sacaré de la aflicción de Egipto a la tierra de los cananeos, los hititas, los amorreos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos, a una tierra que fluye leche y miel’”.
3:18 Ellos escucharán tu voz. Tú y los ancianos de Israel irán al rey de Egipto y le dirán: “El SEÑOR, el Dios de los hebreos, ha salido a nuestro encuentro. Permítenos ahora, por favor, hacer un viaje de tres días por el desierto para ofrecer sacrificios al SEÑOR nuestro Dios”.
3:19 Pero yo sé que el rey de Egipto no los dejará ir, ni siquiera por una mano fuerte.
3:20 Entonces extenderé mi mano y heriré a Egipto con todas las maravillas que haré en medio de él. Después de eso, los dejará ir.
3:21 Haré que este pueblo halle favor ante los egipcios, de modo que, cuando salgan, no se vayan con las manos vacías.
3:22 Cada mujer pedirá a su vecina y a la mujer que vive en su casa objetos de plata, objetos de oro y ropa. Los pondrán sobre sus hijos y sus hijas, y así despojarán a Egipto».

Capítulo 4
Dios da señales para confirmar el envío de Moisés
4:1 Moisés respondió: «Pero ellos no me creerán ni escucharán mi voz, porque dirán: “El SEÑOR no se te ha aparecido”».
4:2 El SEÑOR le preguntó: «¿Qué es eso que tienes en la mano?». Él respondió: «Una vara».
4:3 Le dijo: «Arrójala al suelo». Él la arrojó al suelo, y se convirtió en una serpiente. Moisés huyó de ella.
4:4 Entonces el SEÑOR dijo a Moisés: «Extiende la mano y agárrala por la cola». Él extendió la mano, la agarró y volvió a ser una vara en su mano.
4:5 «Esto es para que crean que el SEÑOR, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, se te ha aparecido».
4:6 El SEÑOR le dijo además: «Mete la mano dentro de tu manto». Él metió la mano dentro de su manto y, al sacarla, vio que estaba leprosa, blanca como la nieve.
4:7 Le dijo: «Vuelve a meter la mano dentro de tu manto». Él volvió a meterla dentro de su manto y, cuando la sacó, había vuelto a estar como el resto de su cuerpo.
4:8 «Si no te creen ni atienden al mensaje de la primera señal, creerán al mensaje de la segunda.
4:9 Y si no creen ni siquiera a estas dos señales ni escuchan tu voz, tomarás agua del Nilo y la derramarás en la tierra seca. El agua que tomes del Nilo se convertirá en sangre sobre la tierra seca».
Las dudas de Moisés y la ayuda de Aarón
4:10 Entonces Moisés dijo al SEÑOR: «¡Por favor, Señor! Nunca he tenido facilidad de palabra, ni antes ni desde que hablas con tu siervo, porque soy lento al hablar y torpe de lengua».
4:11 El SEÑOR le respondió: «¿Quién dio la boca al ser humano? ¿Quién lo hace mudo o sordo, capaz de ver o ciego? ¿No soy yo, el SEÑOR?
4:12 Ahora ve; yo estaré con tu boca y te enseñaré lo que debes decir».
4:13 Pero él dijo: «Te lo ruego, Señor, envía a otro».
4:14 Entonces el SEÑOR se enojó con Moisés y dijo: «¿No tienes a tu hermano Aarón, el levita? Sé que él habla bien. Además, ya sale a tu encuentro y, cuando te vea, se alegrará en su corazón.
4:15 Tú le hablarás y pondrás las palabras en su boca. Yo estaré con tu boca y con la suya, y les enseñaré lo que deben hacer.
4:16 Él hablará por ti al pueblo; él te servirá de boca, y tú serás para él como Dios.
4:17 Toma en tu mano esta vara, con la que harás las señales».
Moisés vuelve a Egipto
4:18 Moisés se fue y regresó a su suegro Jetro. Le dijo: «Permíteme volver a mis hermanos que están en Egipto para ver si aún viven». Jetro respondió a Moisés: «Ve en paz».
4:19 El SEÑOR dijo a Moisés en Madián: «Ve, regresa a Egipto, porque han muerto todos los que intentaban quitarte la vida».
4:20 Moisés tomó a su esposa y a sus hijos, los montó en un asno y regresó a la tierra de Egipto. Moisés llevaba en su mano la vara de Dios.
4:21 El SEÑOR dijo a Moisés: «Cuando regreses a Egipto, asegúrate de hacer ante el faraón todas las maravillas que he puesto en tu mano. Pero yo endureceré su corazón y él no dejará ir al pueblo.
4:22 Le dirás al faraón: “Así dice el SEÑOR: ‘Israel es mi hijo, mi primogénito.
4:23 Te he dicho que dejes ir a mi hijo para que me sirva, pero te has negado a dejarlo ir. Ahora voy a matar a tu hijo, tu primogénito’”».
Séfora circuncida a su hijo
4:24 En el camino, en un lugar de alojamiento, el SEÑOR le salió al encuentro y buscó matarlo.
4:25 Entonces Séfora tomó un pedernal, cortó el prepucio de su hijo y con él le tocó los pies. Dijo: «Ciertamente eres para mí un esposo de sangre».
4:26 Entonces él lo dejó. Ella había dicho «esposo de sangre» a causa de la circuncisión.
El pueblo recibe el mensaje de Moisés y Aarón
4:27 El SEÑOR dijo a Aarón: «Ve al desierto a encontrarte con Moisés». Él fue, lo encontró en el monte de Dios y lo besó.
4:28 Moisés contó a Aarón todas las palabras con las que el SEÑOR lo había enviado y todas las señales que le había ordenado hacer.
4:29 Moisés y Aarón fueron y reunieron a todos los ancianos de los hijos de Israel.
4:30 Aarón transmitió todas las palabras que el SEÑOR había dicho a Moisés y realizó las señales a la vista del pueblo.
4:31 El pueblo creyó y, al oír que el SEÑOR había visitado a los hijos de Israel y había visto su aflicción, se inclinó y adoró.

Capítulo 5
Moisés y Aarón ante el faraón
5:1 Después Moisés y Aarón fueron al faraón y le dijeron: «Así dice el SEÑOR, el Dios de Israel: “Deja ir a mi pueblo para que celebre una fiesta en mi honor en el desierto”».
5:2 El faraón respondió: «¿Quién es el SEÑOR para que yo escuche su voz y deje ir a Israel? No conozco al SEÑOR y tampoco dejaré ir a Israel».
5:3 Ellos dijeron: «El Dios de los hebreos ha salido a nuestro encuentro. Permítenos, por favor, hacer un viaje de tres días por el desierto para ofrecer sacrificios al SEÑOR nuestro Dios, no sea que nos hiera con peste o con espada».
5:4 El rey de Egipto les dijo: «Moisés y Aarón, ¿por qué apartan al pueblo de sus labores? ¡Vuelvan a sus tareas!».
5:5 El faraón añadió: «Miren, ahora el pueblo del país es numeroso, y ustedes lo hacen descansar de sus cargas».
El faraón aumenta la opresión
5:6 Aquel mismo día, el faraón ordenó a los capataces del pueblo y a sus jefes de cuadrilla:
5:7 «Ya no den paja al pueblo para fabricar ladrillos, como antes. Que ellos mismos vayan a recoger la paja.
5:8 Exíjanles la misma cantidad de ladrillos que hacían antes; no la reduzcan, porque son perezosos. Por eso claman: “Vamos a ofrecer sacrificios a nuestro Dios”.
5:9 Que el trabajo pese más sobre esos hombres, para que se ocupen en él y no atiendan a palabras mentirosas».
5:10 Los capataces del pueblo y sus jefes de cuadrilla salieron y dijeron al pueblo: «Así dice el faraón: “No les daré paja.
5:11 Vayan ustedes mismos a conseguir paja donde la encuentren, porque nada se reducirá de su trabajo”».
5:12 Entonces el pueblo se dispersó por toda la tierra de Egipto para recoger rastrojo que sirviera de paja.
5:13 Los capataces los apremiaban: «Completen su trabajo, la tarea de cada día, como cuando había paja».
5:14 Los jefes de cuadrilla de los hijos de Israel, a quienes habían puesto al frente los capataces del faraón, fueron golpeados. Les decían: «¿Por qué no completaron ni ayer ni hoy la cantidad de ladrillos que hacían antes?».
Los jefes israelitas reclaman ante el faraón
5:15 Los jefes de cuadrilla de los hijos de Israel fueron al faraón y clamaron: «¿Por qué tratas así a tus siervos?
5:16 No se da paja a tus siervos y, sin embargo, nos dicen: “Fabriquen ladrillos”. Tus siervos son golpeados, pero la culpa es de tu pueblo».
5:17 Él respondió: «¡Son perezosos, perezosos! Por eso dicen: “Vamos a ofrecer sacrificios al SEÑOR”.
5:18 Ahora vayan a trabajar. No se les dará paja, pero deberán entregar la misma cantidad de ladrillos».
5:19 Los jefes de cuadrilla de los hijos de Israel se vieron en dificultades cuando se les dijo: «No reduzcan la cantidad de ladrillos de cada día».
Los jefes responsabilizan a Moisés y Aarón
5:20 Al salir de la presencia del faraón, se encontraron con Moisés y Aarón, que estaban allí esperándolos.
5:21 Les dijeron: «Que el SEÑOR los mire y los juzgue, porque nos han hecho repugnantes ante el faraón y sus servidores, poniendo en sus manos una espada para matarnos».
Moisés clama ante el sufrimiento del pueblo
5:22 Entonces Moisés se volvió al SEÑOR y dijo: «Señor, ¿por qué has traído desgracia a este pueblo? ¿Para qué me has enviado?
5:23 Desde que fui al faraón para hablar en tu nombre, él ha maltratado a este pueblo, y tú no has librado en absoluto a tu pueblo».

Capítulo 6
Dios reafirma su promesa de liberación
6:1 El SEÑOR dijo a Moisés: «Ahora verás lo que haré al faraón: por una mano fuerte los dejará ir y por una mano fuerte los expulsará de su tierra».
6:2 Dios habló a Moisés y le dijo: «Yo soy el SEÑOR.
6:3 Me aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios Todopoderoso, pero con mi nombre «SEÑOR» no me di a conocer a ellos.
6:4 También establecí mi pacto con ellos para darles la tierra de Canaán, la tierra donde vivían como extranjeros.
6:5 Yo también he oído los gemidos de los hijos de Israel, a quienes los egipcios mantienen en esclavitud, y me he acordado de mi pacto.
6:6 Por tanto, di a los hijos de Israel: “Yo soy el SEÑOR. Los sacaré de debajo de las cargas de los egipcios, los libraré de su esclavitud y los redimiré con brazo extendido y con grandes juicios.
6:7 Los tomaré como pueblo mío y seré su Dios. Ustedes sabrán que yo soy el SEÑOR su Dios, que los saca de debajo de las cargas de los egipcios.
6:8 Los llevaré a la tierra que, con mano alzada, juré dar a Abraham, a Isaac y a Jacob, y se la daré en posesión. Yo soy el SEÑOR”».
6:9 Moisés habló así a los hijos de Israel, pero ellos no escucharon a Moisés por la angustia de su espíritu y la dura esclavitud.
La misión continúa pese al desaliento
6:10 Entonces el SEÑOR habló a Moisés:
6:11 «Ve y habla al faraón, rey de Egipto, para que deje salir de su tierra a los hijos de Israel».
6:12 Moisés respondió ante el SEÑOR: «Los hijos de Israel no me han escuchado; ¿cómo me escuchará el faraón, si tengo labios incircuncisos?».
6:13 El SEÑOR habló a Moisés y a Aarón y les dio órdenes para los hijos de Israel y para el faraón, rey de Egipto, a fin de sacar a los hijos de Israel de la tierra de Egipto.
La familia de Moisés y Aarón
6:14 Estos son los jefes de sus familias paternas. Los hijos de Rubén, el primogénito de Israel, fueron Hanoc, Falú, Hezrón y Carmi. Estas son las familias de Rubén.
6:15 Los hijos de Simeón fueron Jemuel, Jamín, Ohad, Jaquín, Zohar y Saúl, hijo de la cananea. Estas son las familias de Simeón.
6:16 Estos son los nombres de los hijos de Leví según sus linajes: Gersón, Coat y Merari. Los años de la vida de Leví fueron ciento treinta y siete.
6:17 Los hijos de Gersón fueron Libni y Simei, según sus familias.
6:18 Los hijos de Coat fueron Amram, Izhar, Hebrón y Uziel. Los años de la vida de Coat fueron ciento treinta y tres.
6:19 Los hijos de Merari fueron Mahli y Musi. Estas son las familias de Leví según sus linajes.
6:20 Amram tomó por esposa a Jocabed, su tía, y ella le dio a luz a Aarón y a Moisés. Los años de la vida de Amram fueron ciento treinta y siete.
6:21 Los hijos de Izhar fueron Coré, Nefeg y Zicri.
6:22 Los hijos de Uziel fueron Misael, Elzafán y Sitri.
6:23 Aarón tomó por esposa a Elisabet, hija de Aminadab y hermana de Naasón, y ella le dio a luz a Nadab, Abiú, Eleazar e Itamar.
6:24 Los hijos de Coré fueron Asir, Elcana y Abiasaf. Estas son las familias de los coreítas.
6:25 Eleazar, hijo de Aarón, tomó por esposa a una de las hijas de Futiel, y ella le dio a luz a Finees. Estos son los jefes de las familias paternas de los levitas, según sus familias.
6:26 Estos fueron Aarón y Moisés, a quienes el SEÑOR dijo: «Saquen de la tierra de Egipto a los hijos de Israel, agrupados en sus ejércitos».
6:27 Ellos fueron quienes hablaron al faraón, rey de Egipto, para sacar de Egipto a los hijos de Israel. Fueron Moisés y Aarón.
El mandato de hablar al faraón
6:28 Cuando el SEÑOR habló a Moisés en la tierra de Egipto,
6:29 el SEÑOR dijo a Moisés: «Yo soy el SEÑOR. Di al faraón, rey de Egipto, todo lo que yo te digo».
6:30 Pero Moisés respondió ante el SEÑOR: «Tengo labios incircuncisos; ¿cómo me escuchará el faraón?».

Capítulo 7
El papel de Moisés y Aarón ante el faraón
7:1 El SEÑOR dijo a Moisés: «Mira, te he puesto en lugar de Dios ante el faraón, y tu hermano Aarón será tu profeta.
7:2 Tú dirás todo lo que yo te ordene, y tu hermano Aarón hablará al faraón para que deje salir de su tierra a los hijos de Israel.
7:3 Yo endureceré el corazón del faraón y multiplicaré mis señales y mis maravillas en la tierra de Egipto.
7:4 Pero el faraón no los escuchará. Entonces pondré mi mano sobre Egipto y sacaré de la tierra de Egipto a mis ejércitos, a mi pueblo, los hijos de Israel, con grandes juicios.
7:5 Los egipcios sabrán que yo soy el SEÑOR cuando extienda mi mano sobre Egipto y saque de en medio de ellos a los hijos de Israel».
7:6 Moisés y Aarón hicieron tal como el SEÑOR les había ordenado; así lo hicieron.
7:7 Moisés tenía ochenta años, y Aarón, ochenta y tres, cuando hablaron al faraón.
La señal de la vara ante el faraón
7:8 El SEÑOR dijo a Moisés y a Aarón:
7:9 «Cuando el faraón les diga: “Muestren un prodigio”, dirás a Aarón: “Toma tu vara y arrójala ante el faraón, y se convertirá en una serpiente”».
7:10 Moisés y Aarón fueron al faraón e hicieron tal como el SEÑOR había ordenado. Aarón arrojó su vara ante el faraón y sus servidores, y se convirtió en una serpiente.
7:11 El faraón llamó también a los sabios y a los hechiceros, y ellos, los magos de Egipto, hicieron lo mismo con sus encantamientos.
7:12 Cada uno arrojó su vara, y se convirtieron en serpientes. Pero la vara de Aarón devoró las varas de ellos.
7:13 El corazón del faraón se endureció y él no los escuchó, tal como el SEÑOR había dicho.
La plaga de sangre
7:14 El SEÑOR dijo a Moisés: «El corazón del faraón es obstinado; se niega a dejar ir al pueblo.
7:15 Ve al faraón por la mañana, cuando salga al agua, y ponte a su encuentro a la orilla del Nilo. Lleva en la mano la vara que se convirtió en serpiente.
7:16 Le dirás: “El SEÑOR, el Dios de los hebreos, me ha enviado a ti para decirte: ‘Deja ir a mi pueblo para que me sirva en el desierto’. Pero hasta ahora no has escuchado.
7:17 Así dice el SEÑOR: ‘Con esto sabrás que yo soy el SEÑOR: voy a golpear con la vara que tengo en la mano las aguas del Nilo, y se convertirán en sangre.
7:18 Los peces del Nilo morirán, el Nilo apestará y los egipcios no podrán beber agua del Nilo’”».
7:19 El SEÑOR dijo a Moisés: «Di a Aarón: “Toma tu vara y extiende tu mano sobre las aguas de Egipto, sobre sus ríos, sus canales, sus estanques y todos sus depósitos de agua, para que se conviertan en sangre. Habrá sangre por toda la tierra de Egipto, incluso en los recipientes de madera y de piedra”».
7:20 Moisés y Aarón hicieron tal como el SEÑOR había ordenado. Alzó la vara y golpeó las aguas del Nilo a la vista del faraón y de sus servidores, y todas las aguas del Nilo se convirtieron en sangre.
7:21 Los peces del Nilo murieron, el Nilo apestó y los egipcios no podían beber agua del Nilo. Había sangre por toda la tierra de Egipto.
7:22 Pero los magos de Egipto hicieron lo mismo con sus encantamientos. El corazón del faraón se endureció y él no los escuchó, tal como el SEÑOR había dicho.
7:23 El faraón se volvió y entró en su casa, sin prestar atención tampoco a esto.
7:24 Todos los egipcios cavaron alrededor del Nilo en busca de agua para beber, porque no podían beber las aguas del Nilo.
7:25 Pasaron siete días después de que el SEÑOR hirió el Nilo.

Capítulo 8
La plaga de ranas
8:1 El SEÑOR dijo a Moisés: «Ve al faraón y dile: “Así dice el SEÑOR: ‘Deja ir a mi pueblo para que me sirva.
8:2 Si te niegas a dejarlo ir, voy a castigar todo tu territorio con ranas.
8:3 El Nilo se llenará de ranas, que subirán y entrarán en tu casa, en tu dormitorio y sobre tu cama, en las casas de tus servidores, entre tu pueblo, en tus hornos y en tus recipientes de amasar.
8:4 Las ranas subirán sobre ti, sobre tu pueblo y sobre todos tus servidores’”».
8:5 El SEÑOR dijo a Moisés: «Di a Aarón: “Extiende tu mano con tu vara sobre los ríos, los canales y los estanques, y haz subir las ranas sobre la tierra de Egipto”».
8:6 Aarón extendió su mano sobre las aguas de Egipto, y subieron ranas que cubrieron la tierra de Egipto.
8:7 Los magos hicieron lo mismo con sus encantamientos e hicieron subir ranas sobre la tierra de Egipto.
La petición del faraón y el fin de la plaga
8:8 El faraón llamó a Moisés y a Aarón y les dijo: «Rueguen al SEÑOR para que quite las ranas de mí y de mi pueblo. Dejaré ir al pueblo para que ofrezca sacrificios al SEÑOR».
8:9 Moisés dijo al faraón: «Decide tú: ¿para cuándo debo rogar por ti, por tus servidores y por tu pueblo, para eliminar las ranas de ti y de tus casas, de modo que solo queden en el Nilo?».
8:10 Él respondió: «Mañana». Moisés dijo: «Se hará conforme a tu palabra, para que sepas que no hay nadie como el SEÑOR nuestro Dios.
8:11 Las ranas se apartarán de ti, de tus casas, de tus servidores y de tu pueblo; solo quedarán en el Nilo».
8:12 Moisés y Aarón salieron de la presencia del faraón, y Moisés clamó al SEÑOR por las ranas que había enviado contra el faraón.
8:13 El SEÑOR hizo conforme a la palabra de Moisés, y murieron las ranas de las casas, de los patios y de los campos.
8:14 Las reunieron en montones y montones, y la tierra apestaba.
8:15 Pero cuando el faraón vio que había alivio, endureció su corazón y no los escuchó, tal como el SEÑOR había dicho.
La plaga de mosquitos
8:16 El SEÑOR dijo a Moisés: «Di a Aarón: “Extiende tu vara y golpea el polvo de la tierra, para que se convierta en mosquitos por toda la tierra de Egipto”».
8:17 Así lo hicieron: Aarón extendió su mano con su vara y golpeó el polvo de la tierra, y hubo mosquitos sobre las personas y los animales. Todo el polvo de la tierra se convirtió en mosquitos por toda la tierra de Egipto.
8:18 Los magos intentaron hacer lo mismo con sus encantamientos para producir mosquitos, pero no pudieron. Había mosquitos sobre las personas y los animales.
8:19 Los magos dijeron al faraón: «Esto es el dedo de Dios». Pero el corazón del faraón se endureció y él no los escuchó, tal como el SEÑOR había dicho.
La plaga de moscas
8:20 El SEÑOR dijo a Moisés: «Por la mañana, levántate temprano y preséntate ante el faraón cuando salga al agua. Le dirás: “Así dice el SEÑOR: ‘Deja ir a mi pueblo para que me sirva.
8:21 Si no dejas ir a mi pueblo, voy a enviar enjambres de moscas sobre ti, sobre tus servidores, sobre tu pueblo y sobre tus casas. Las casas de los egipcios se llenarán de enjambres de moscas, y también el suelo donde ellos estén.
8:22 Pero aquel día apartaré la tierra de Gosén, donde habita mi pueblo, para que allí no haya enjambres de moscas, a fin de que sepas que yo soy el SEÑOR en medio de la tierra.
8:23 Distinguiré a mi pueblo del tuyo mediante su liberación. Mañana ocurrirá esta señal’”».
8:24 El SEÑOR lo hizo así. Densos enjambres de moscas llegaron a la casa del faraón y a las casas de sus servidores. Por toda la tierra de Egipto, la tierra quedó arruinada a causa de los enjambres.
Las condiciones del faraón y su nueva negativa
8:25 El faraón llamó a Moisés y a Aarón y les dijo: «Vayan y ofrezcan sacrificios a su Dios aquí, en el país».
8:26 Moisés respondió: «No sería correcto hacer eso, porque sacrificaríamos al SEÑOR nuestro Dios lo que es una abominación para los egipcios. Si sacrificamos a su vista lo que es una abominación para los egipcios, ¿no nos apedrearán?
8:27 Iremos al desierto a tres días de camino y ofreceremos sacrificios al SEÑOR nuestro Dios, según él nos diga».
8:28 El faraón dijo: «Los dejaré ir para que ofrezcan sacrificios al SEÑOR su Dios en el desierto, con tal de que no se alejen demasiado. Rueguen por mí».
8:29 Moisés respondió: «Ahora saldré de tu presencia y rogaré al SEÑOR. Mañana los enjambres de moscas se apartarán del faraón, de sus servidores y de su pueblo. Pero que el faraón no vuelva a engañar, negándose a dejar ir al pueblo para ofrecer sacrificios al SEÑOR».
8:30 Moisés salió de la presencia del faraón y rogó al SEÑOR.
8:31 El SEÑOR hizo conforme a la palabra de Moisés y quitó los enjambres de moscas del faraón, de sus servidores y de su pueblo. No quedó ni una mosca.
8:32 Pero también esta vez el faraón endureció su corazón y no dejó ir al pueblo.

Capítulo 9
La plaga en el ganado
9:1 El SEÑOR dijo a Moisés: «Ve al faraón y dile: “Así dice el SEÑOR, el Dios de los hebreos: ‘Deja ir a mi pueblo para que me sirva.
9:2 Si te niegas a dejarlo ir y sigues reteniéndolo,
9:3 la mano del SEÑOR caerá sobre tu ganado que está en el campo, sobre los caballos, los asnos, los camellos, el ganado vacuno y los rebaños, con una peste muy grave.
9:4 El SEÑOR hará una distinción entre el ganado de Israel y el ganado de Egipto: no morirá nada de lo que pertenece a los hijos de Israel’”».
9:5 El SEÑOR fijó un plazo y dijo: «Mañana el SEÑOR hará esto en la tierra».
9:6 Al día siguiente el SEÑOR hizo esto, y murió todo el ganado de Egipto. Pero del ganado de los hijos de Israel no murió ni un animal.
9:7 El faraón mandó averiguar, y del ganado de Israel no había muerto ni un animal. Pero el corazón del faraón siguió obstinado y él no dejó ir al pueblo.
La plaga de úlceras
9:8 El SEÑOR dijo a Moisés y a Aarón: «Llenen sus manos de hollín de un horno, y que Moisés lo arroje hacia el cielo a la vista del faraón.
9:9 Se convertirá en polvo fino sobre toda la tierra de Egipto y producirá llagas con ampollas en las personas y en los animales, por toda la tierra de Egipto».
9:10 Tomaron hollín del horno y se presentaron ante el faraón. Moisés lo arrojó hacia el cielo, y brotaron llagas con ampollas en las personas y en los animales.
9:11 Los magos no podían presentarse ante Moisés a causa de las llagas, porque las llagas afectaban a los magos y a todos los egipcios.
9:12 Pero el SEÑOR endureció el corazón del faraón y él no los escuchó, tal como el SEÑOR había dicho a Moisés.
La plaga de granizo
9:13 El SEÑOR dijo a Moisés: «Por la mañana, levántate temprano y preséntate ante el faraón. Le dirás: “Así dice el SEÑOR, el Dios de los hebreos: ‘Deja ir a mi pueblo para que me sirva.
9:14 Porque esta vez enviaré todas mis plagas contra tu corazón, contra tus servidores y contra tu pueblo, para que sepas que no hay nadie como yo en toda la tierra.
9:15 Pues ya podría haber extendido mi mano y haberte herido a ti y a tu pueblo con peste, y habrías sido exterminado de la tierra.
9:16 Pero precisamente para esto te he mantenido en pie: para mostrarte mi poder y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra.
9:17 ¿Todavía te alzas contra mi pueblo, negándote a dejarlo ir?
9:18 Mañana a esta hora haré llover un granizo muy intenso, como no lo ha habido en Egipto desde que se fundó hasta ahora.
Una advertencia para ponerse a salvo
9:19 Ahora manda poner a salvo tu ganado y todo lo que tienes en el campo. El granizo caerá sobre toda persona y todo animal que se encuentren en el campo y no sean recogidos en casa, y morirán’”».
9:20 Entre los servidores del faraón, los que temieron la palabra del SEÑOR hicieron que sus siervos y su ganado huyeran a las casas.
9:21 Pero los que no prestaron atención a la palabra del SEÑOR dejaron a sus siervos y su ganado en el campo.
9:22 El SEÑOR dijo a Moisés: «Extiende tu mano hacia el cielo para que haya granizo por toda la tierra de Egipto, sobre las personas, sobre los animales y sobre toda la vegetación del campo en la tierra de Egipto».
9:23 Moisés extendió su vara hacia el cielo, y el SEÑOR envió truenos y granizo. El fuego se descargó sobre la tierra, y el SEÑOR hizo llover granizo sobre la tierra de Egipto.
9:24 Hubo granizo y fuego que fulguraba en medio del granizo. Fue tan intenso como no lo había habido en toda la tierra de Egipto desde que llegó a ser una nación.
9:25 Por toda la tierra de Egipto, el granizo golpeó todo lo que había en el campo, tanto personas como animales. El granizo golpeó también toda la vegetación del campo y destrozó todos los árboles del campo.
9:26 Solo en la tierra de Gosén, donde estaban los hijos de Israel, no hubo granizo.
El ruego del faraón durante la tormenta
9:27 El faraón mandó llamar a Moisés y a Aarón y les dijo: «Esta vez he pecado. El SEÑOR es justo, pero yo y mi pueblo somos malvados.
9:28 Rueguen al SEÑOR: ya basta de truenos de Dios y de granizo. Yo los dejaré ir y no tendrán que permanecer más».
9:29 Moisés le respondió: «En cuanto salga de la ciudad, extenderé mis manos hacia el SEÑOR. Los truenos cesarán y no habrá más granizo, para que sepas que la tierra pertenece al SEÑOR.
9:30 Pero sé que tú y tus servidores todavía no temen al SEÑOR Dios».
9:31 El lino y la cebada fueron dañados, porque la cebada ya estaba espigada y el lino tenía botones de flor.
9:32 Pero el trigo y la espelta no fueron dañados, porque maduran más tarde.
9:33 Moisés salió de la presencia del faraón y de la ciudad, y extendió sus manos hacia el SEÑOR. Cesaron los truenos y el granizo, y la lluvia dejó de caer sobre la tierra.
9:34 Cuando el faraón vio que habían cesado la lluvia, el granizo y los truenos, volvió a pecar; él y sus servidores endurecieron su corazón.
9:35 El corazón del faraón se endureció y él no dejó ir a los hijos de Israel, tal como el SEÑOR había dicho por medio de Moisés.

Capítulo 10
La plaga de langostas
10:1 El SEÑOR dijo a Moisés: «Ve al faraón, porque yo he endurecido su corazón y el corazón de sus servidores para realizar estas señales mías en medio de ellos,
10:2 y para que cuentes a tu hijo y al hijo de tu hijo cómo puse en ridículo a los egipcios y las señales que realicé entre ellos. Así sabrán ustedes que yo soy el SEÑOR».
10:3 Moisés y Aarón fueron al faraón y le dijeron: «Así dice el SEÑOR, el Dios de los hebreos: “¿Hasta cuándo te negarás a humillarte ante mí? Deja ir a mi pueblo para que me sirva.
10:4 Si te niegas a dejar ir a mi pueblo, mañana traeré langostas a tu territorio.
10:5 Cubrirán la superficie de la tierra, de modo que no se podrá ver la tierra. Comerán lo que se salvó, lo que les quedó del granizo, y comerán todos los árboles que crecen para ustedes en el campo.
10:6 Llenarán tus casas, las casas de todos tus servidores y las casas de todos los egipcios, como nunca lo vieron tus padres ni tus abuelos desde que habitaron la tierra hasta hoy”». Entonces se volvió y salió de la presencia del faraón.
La corte pide una salida y el faraón impone condiciones
10:7 Los servidores del faraón le dijeron: «¿Hasta cuándo será esto una trampa para nosotros? Deja ir a los hombres para que sirvan al SEÑOR su Dios. ¿Todavía no sabes que Egipto está arruinado?».
10:8 Moisés y Aarón fueron llevados de nuevo ante el faraón, y él les dijo: «Vayan y sirvan al SEÑOR su Dios. ¿Quiénes irán exactamente?».
10:9 Moisés respondió: «Iremos con nuestros jóvenes y con nuestros ancianos; con nuestros hijos y con nuestras hijas, con nuestros rebaños y con nuestro ganado vacuno iremos, porque tenemos una fiesta para el SEÑOR».
10:10 Él les dijo: «¡Que el SEÑOR esté con ustedes si yo los dejo ir a ustedes y a sus niños! ¡Miren que el mal está delante de ustedes!
10:11 ¡Eso no! Vayan solo los hombres y sirvan al SEÑOR, pues eso es lo que ustedes piden». Y fueron expulsados de la presencia del faraón.
Las langostas llegan y consumen lo que quedaba
10:12 El SEÑOR dijo a Moisés: «Extiende tu mano sobre la tierra de Egipto para que vengan las langostas, suban sobre la tierra de Egipto y coman toda la vegetación de la tierra, todo lo que dejó el granizo».
10:13 Moisés extendió su vara sobre la tierra de Egipto, y el SEÑOR hizo soplar un viento del este sobre la tierra todo aquel día y toda la noche. Al llegar la mañana, el viento del este había traído las langostas.
10:14 Las langostas subieron sobre toda la tierra de Egipto y se asentaron por todo el territorio de Egipto en enorme cantidad. Nunca antes hubo tantas langostas como aquellas, ni las habrá después.
10:15 Cubrieron la superficie de toda la tierra y la tierra quedó oscura. Comieron toda la vegetación de la tierra y todos los frutos de los árboles que había dejado el granizo. No quedó nada verde en los árboles ni en la vegetación del campo por toda la tierra de Egipto.
10:16 El faraón se apresuró a llamar a Moisés y a Aarón, y dijo: «He pecado contra el SEÑOR su Dios y contra ustedes.
10:17 Ahora perdona, por favor, mi pecado solo esta vez, y rueguen al SEÑOR su Dios para que quite de mí tan solo esta muerte».
10:18 Salió de la presencia del faraón y rogó al SEÑOR.
10:19 El SEÑOR hizo cambiar el viento por un viento del oeste muy fuerte, que se llevó las langostas y las arrojó al mar Rojo. No quedó ni una langosta en todo el territorio de Egipto.
10:20 Pero el SEÑOR endureció el corazón del faraón y él no dejó ir a los hijos de Israel.
La plaga de tinieblas
10:21 El SEÑOR dijo a Moisés: «Extiende tu mano hacia el cielo para que haya sobre la tierra de Egipto una oscuridad que pueda palparse».
10:22 Moisés extendió su mano hacia el cielo, y hubo una densa oscuridad por toda la tierra de Egipto durante tres días.
10:23 Nadie veía a su compañero y nadie se levantó de su lugar durante tres días, pero todos los hijos de Israel tenían luz en sus viviendas.
La condición de dejar los rebaños en Egipto
10:24 El faraón llamó a Moisés y le dijo: «Vayan y sirvan al SEÑOR. Solo deben quedarse sus rebaños y su ganado vacuno; también sus niños podrán ir con ustedes».
10:25 Moisés respondió: «También tú nos darás sacrificios y holocaustos para que los ofrezcamos al SEÑOR nuestro Dios.
10:26 Nuestro ganado también irá con nosotros; no quedará ni una pezuña, porque de él tomaremos para servir al SEÑOR nuestro Dios. No sabremos con qué servir al SEÑOR hasta que lleguemos allá».
10:27 Pero el SEÑOR endureció el corazón del faraón y él no quiso dejarlos ir.
10:28 El faraón le dijo: «¡Aléjate de mí! Ten cuidado: no vuelvas a ver mi rostro, porque el día en que veas mi rostro morirás».
10:29 Moisés respondió: «Bien has dicho: no volveré a ver tu rostro».

Capítulo 11
El anuncio del juicio sobre los primogénitos
11:1 El SEÑOR dijo a Moisés: «Traeré una plaga más sobre el faraón y sobre Egipto. Después de eso los dejará ir de aquí; cuando los deje ir, los expulsará por completo de aquí.
11:2 Habla ahora al pueblo: que cada hombre pida a su vecino y cada mujer a su vecina objetos de plata y objetos de oro».
11:3 El SEÑOR hizo que el pueblo hallara favor ante los egipcios. Además, Moisés era muy respetado en la tierra de Egipto, tanto por los servidores del faraón como por el pueblo.
La última advertencia ante la corte
11:4 Moisés dijo: «Así dice el SEÑOR: “Hacia la medianoche saldré por en medio de Egipto.
11:5 Morirá todo primogénito en la tierra de Egipto, desde el primogénito del faraón que se sienta en su trono hasta el primogénito de la esclava que está tras el molino, y todo primogénito de los animales.
11:6 Habrá un gran clamor por toda la tierra de Egipto, como nunca lo ha habido ni volverá a haberlo.
11:7 Pero contra los hijos de Israel, tanto personas como animales, ni un perro gruñirá, para que sepan que el SEÑOR hace una distinción entre Egipto e Israel”.
11:8 Todos estos servidores tuyos bajarán a mí y se postrarán ante mí, diciendo: “Sal, tú y todo el pueblo que te sigue”. Después de eso saldré yo». Y salió de la presencia del faraón muy enojado.
Las señales y la resistencia del faraón
11:9 El SEÑOR dijo a Moisés: «El faraón no los escuchará, para que se multipliquen mis prodigios en la tierra de Egipto».
11:10 Moisés y Aarón realizaron todos estos prodigios ante el faraón, pero el SEÑOR endureció el corazón del faraón y él no dejó salir de su tierra a los hijos de Israel.

Capítulo 12
La primera Pascua
12:1 El SEÑOR habló a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto:
12:2 «Este mes será para ustedes el comienzo de los meses; será el primero de los meses del año.
12:3 Hablen a toda la comunidad de Israel y digan: “El día diez de este mes, cada uno tomará un cordero o un cabrito por familia paterna, un cordero o un cabrito por casa.
12:4 Si la familia es demasiado pequeña para un animal, él y el vecino más cercano a su casa tomarán uno juntos, según el número de personas. Harán el cálculo para el animal según lo que coma cada uno.
12:5 El animal será un macho de un año, sin defecto; lo tomarán de entre las ovejas o de entre las cabras.
12:6 Lo cuidarán hasta el día catorce de este mes, y toda la asamblea de la comunidad de Israel lo sacrificará al atardecer.
12:7 Tomarán de la sangre y la pondrán en los dos postes y en el dintel de las casas donde lo coman.
12:8 Aquella noche comerán la carne asada al fuego; la comerán con panes sin levadura y hierbas amargas.
12:9 No comerán nada de él crudo ni hervido en agua, sino asado al fuego, con su cabeza, sus patas y sus entrañas.
12:10 No dejarán nada de él hasta la mañana; lo que quede hasta la mañana lo quemarán en el fuego.
12:11 Así lo comerán: con la cintura ceñida, las sandalias en los pies y el bastón en la mano. Lo comerán de prisa. Es la Pascua del SEÑOR.
12:12 Esa noche pasaré por la tierra de Egipto y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, tanto de las personas como de los animales. Ejecutaré juicios contra todos los dioses de Egipto. Yo soy el SEÑOR.
12:13 La sangre será para ustedes una señal en las casas donde estén. Veré la sangre y pasaré de largo, y no habrá entre ustedes plaga que los destruya cuando hiera la tierra de Egipto.
12:14 Este día será para ustedes un memorial, y lo celebrarán como una fiesta para el SEÑOR. A lo largo de sus generaciones lo celebrarán como estatuto perpetuo.
La fiesta de los Panes sin Levadura
12:15 Durante siete días comerán panes sin levadura. Desde el primer día retirarán la levadura de sus casas, porque todo el que coma algo leudado, desde el primer día hasta el séptimo, será excluido de Israel.
12:16 El primer día tendrán una convocación santa, y el séptimo día tendrán una convocación santa. No se hará ningún trabajo en esos días; solo se podrá preparar lo que cada persona haya de comer.
12:17 Observarán la fiesta de los Panes sin Levadura, porque en este mismo día saqué a sus ejércitos de la tierra de Egipto. Guardarán este día a lo largo de sus generaciones como estatuto perpetuo.
12:18 En el primer mes comerán panes sin levadura desde el atardecer del día catorce del mes hasta el atardecer del día veintiuno del mes.
12:19 Durante siete días no se hallará levadura en sus casas, porque todo el que coma algo leudado será excluido de la comunidad de Israel, tanto el extranjero residente como el natural del país.
12:20 No comerán nada leudado; en todas sus viviendas comerán panes sin levadura”».
La Pascua en las casas de Israel
12:21 Moisés llamó a todos los ancianos de Israel y les dijo: «Escojan y tomen animales del rebaño para sus familias, y sacrifiquen el animal de la Pascua.
12:22 Tomen un manojo de hisopo y mójenlo en la sangre que está en el recipiente. Unten el dintel y los dos postes con la sangre que está en el recipiente. Ninguno de ustedes salga de la puerta de su casa hasta la mañana.
12:23 El SEÑOR pasará para herir a los egipcios. Cuando vea la sangre en el dintel y en los dos postes, el SEÑOR pasará de largo ante la puerta y no permitirá que el destructor entre en sus casas para herirlos.
12:24 Guardarán esto como estatuto para ti y para tus hijos para siempre.
12:25 Cuando entren en la tierra que el SEÑOR les dará, tal como ha dicho, observarán esta ceremonia.
12:26 Y cuando sus hijos les pregunten: “¿Qué significa para ustedes esta ceremonia?”,
12:27 responderán: “Es el sacrificio de la Pascua del SEÑOR, que pasó de largo ante las casas de los hijos de Israel en Egipto cuando hirió a los egipcios, pero libró nuestras casas”». Entonces el pueblo se inclinó y adoró.
12:28 Los hijos de Israel fueron e hicieron tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés y a Aarón; así lo hicieron.
Muerte de los primogénitos
12:29 A medianoche el SEÑOR hirió a todo primogénito en la tierra de Egipto, desde el primogénito del faraón que se sentaba en su trono hasta el primogénito del cautivo que estaba en el calabozo, y a todo primogénito de los animales.
12:30 Esa noche se levantaron el faraón, todos sus servidores y todos los egipcios. Hubo un gran clamor en Egipto, porque no había casa donde no hubiera un muerto.
12:31 Llamó a Moisés y a Aarón de noche y dijo: «Levántense y salgan de en medio de mi pueblo, tanto ustedes como los hijos de Israel. Vayan y sirvan al SEÑOR, como han dicho.
12:32 Tomen también sus rebaños y su ganado vacuno, como han dicho, y váyanse. Bendíganme también a mí».
12:33 Los egipcios apremiaban al pueblo para hacerlo salir pronto del país, porque decían: «¡Todos vamos a morir!».
12:34 El pueblo tomó su masa antes de que fermentara, con sus recipientes de amasar envueltos en sus mantos sobre los hombros.
12:35 Los hijos de Israel hicieron conforme a la palabra de Moisés y pidieron a los egipcios objetos de plata, objetos de oro y ropa.
12:36 El SEÑOR hizo que el pueblo hallara favor ante los egipcios, y ellos les dieron lo que pedían. Así despojaron a Egipto.
Los israelitas salen de Egipto
12:37 Los hijos de Israel partieron de Ramesés hacia Sucot: unos seiscientos mil hombres a pie, sin contar a los niños.
12:38 También subió con ellos una gran multitud de gente diversa, y rebaños y ganado vacuno, ganado muy abundante.
12:39 Hornearon tortas de pan sin levadura con la masa que habían sacado de Egipto, porque no había fermentado, ya que habían sido expulsados de Egipto y no pudieron demorarse. Tampoco habían preparado provisiones para sí.
12:40 El tiempo que los hijos de Israel habitaron en Egipto fue de cuatrocientos treinta años.
12:41 Al cumplirse los cuatrocientos treinta años, en aquel mismo día, todos los ejércitos del SEÑOR salieron de la tierra de Egipto.
12:42 El SEÑOR veló esa noche para sacarlos de la tierra de Egipto. Esa misma noche es una vigilia para el SEÑOR que todos los hijos de Israel deberán guardar a lo largo de sus generaciones.
¿Quiénes pueden participar en la Pascua?
12:43 El SEÑOR dijo a Moisés y a Aarón: «Esta es la ordenanza de la Pascua: ningún extranjero comerá de ella.
12:44 Pero a todo esclavo comprado con dinero lo circuncidarás; entonces podrá comer de ella.
12:45 No comerán de ella el residente temporal ni el jornalero.
12:46 Se comerá en una sola casa. No sacarás nada de la carne fuera de la casa. No le quebrarán ningún hueso.
12:47 Toda la comunidad de Israel la celebrará.
12:48 Si un extranjero reside contigo y quiere celebrar la Pascua para el SEÑOR, que todos sus varones sean circuncidados; entonces podrá acercarse a celebrarla y será como un natural del país. Pero ningún incircunciso comerá de ella.
12:49 Habrá una sola ley para el natural del país y para el extranjero que reside entre ustedes».
12:50 Todos los hijos de Israel hicieron tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés y a Aarón; así lo hicieron.
12:51 En aquel mismo día el SEÑOR sacó de la tierra de Egipto a los hijos de Israel, agrupados en sus ejércitos.

Capítulo 13
Consagración de los primogénitos
13:1 El SEÑOR habló a Moisés:
13:2 «Conságrame todo primogénito, todo el que abre la matriz entre los hijos de Israel, tanto de las personas como de los animales. Mío es».
La fiesta que recuerda la liberación
13:3 Moisés dijo al pueblo: «Recuerden este día en que salieron de Egipto, de la casa de esclavitud, porque el SEÑOR los sacó de aquí con mano fuerte. No se comerá nada leudado.
13:4 Hoy ustedes salen, en el mes de Abib.
13:5 Cuando el SEÑOR te lleve a la tierra de los cananeos, los hititas, los amorreos, los heveos y los jebuseos, que juró a tus padres darte, tierra que fluye leche y miel, celebrarás esta ceremonia en este mes.
13:6 Durante siete días comerás panes sin levadura, y el séptimo día habrá una fiesta para el SEÑOR.
13:7 Se comerán panes sin levadura durante los siete días. No se verá contigo nada leudado ni se verá levadura en todo tu territorio.
13:8 Aquel día contarás a tu hijo: “Esto se hace por lo que el SEÑOR hizo por mí cuando salí de Egipto”.
13:9 Será para ti una señal sobre tu mano y un recordatorio entre tus ojos, para que la ley del SEÑOR esté en tu boca, porque con mano fuerte te sacó el SEÑOR de Egipto.
13:10 Guardarás esta ordenanza en el tiempo señalado, de año en año.
El rescate de los primogénitos
13:11 Cuando el SEÑOR te lleve a la tierra de los cananeos, tal como te lo juró a ti y a tus padres, y te la dé,
13:12 dedicarás al SEÑOR todo el que abre la matriz. También todo primer nacido de los animales que tengas: los machos serán del SEÑOR.
13:13 Todo primer nacido de asno lo rescatarás con un cordero o un cabrito. Si no lo rescatas, le quebrarás el cuello. También rescatarás a todo primogénito de entre tus hijos.
13:14 Cuando más adelante tu hijo te pregunte: “¿Qué significa esto?”, le responderás: “El SEÑOR nos sacó con mano fuerte de Egipto, de la casa de esclavitud.
13:15 Cuando el faraón se obstinó en no dejarnos ir, el SEÑOR mató a todo primogénito en la tierra de Egipto, tanto de las personas como de los animales. Por eso yo sacrifico al SEÑOR todo macho que abre la matriz, pero rescato a todos los primogénitos de mis hijos”.
13:16 Será una señal sobre tu mano y un distintivo entre tus ojos, porque con mano fuerte el SEÑOR nos sacó de Egipto».
Dios guía a Israel por el desierto
13:17 Cuando el faraón dejó ir al pueblo, Dios no lo guio por el camino de la tierra de los filisteos, aunque estaba cerca, porque Dios dijo: «No sea que el pueblo cambie de parecer al ver la guerra y vuelva a Egipto».
13:18 Dios hizo que el pueblo diera un rodeo por el camino del desierto hacia el mar Rojo. Los hijos de Israel salieron armados de la tierra de Egipto.
13:19 Moisés llevó consigo los huesos de José, porque José había hecho jurar solemnemente a los hijos de Israel: «Dios ciertamente los visitará, y llevarán de aquí mis huesos con ustedes».
13:20 Partieron de Sucot y acamparon en Etam, al borde del desierto.
13:21 El SEÑOR iba delante de ellos de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarlos, de modo que pudieran caminar de día y de noche.
13:22 No retiraba de delante del pueblo la columna de nube de día ni la columna de fuego de noche.

Capítulo 14
El SEÑOR rescata a Israel en el mar Rojo
14:1 El SEÑOR habló a Moisés:
14:2 «Di a los hijos de Israel que den la vuelta y acampen frente a Pi-hahirot, entre Migdol y el mar, frente a Baal-zefón. Frente a él acamparán, junto al mar.
14:3 El faraón dirá acerca de los hijos de Israel: “Están desorientados en la tierra; el desierto los ha encerrado”.
14:4 Yo endureceré el corazón del faraón y él los perseguirá. Seré glorificado en el faraón y en todo su ejército, y los egipcios sabrán que yo soy el SEÑOR». Así lo hicieron.
El faraón persigue a Israel
14:5 Cuando se informó al rey de Egipto que el pueblo había huido, el corazón del faraón y de sus servidores cambió respecto al pueblo. Dijeron: «¿Qué hemos hecho al dejar ir a Israel y liberarlo de nuestro servicio?».
14:6 Preparó su carro y tomó consigo a su gente.
14:7 Llevó seiscientos carros escogidos y todos los carros de Egipto, con oficiales al mando de todos ellos.
14:8 El SEÑOR endureció el corazón del faraón, rey de Egipto, y él persiguió a los hijos de Israel. Los hijos de Israel salían con audacia.
14:9 Los egipcios los persiguieron con todos los caballos de los carros del faraón, sus jinetes y su ejército, y los alcanzaron acampados junto al mar, junto a Pi-hahirot, frente a Baal-zefón.
El temor del pueblo y la promesa de rescate
14:10 Cuando el faraón se acercaba, los hijos de Israel alzaron la vista y vieron que los egipcios marchaban tras ellos. Tuvieron mucho miedo, y los hijos de Israel clamaron al SEÑOR.
14:11 Dijeron a Moisés: «¿Acaso no había sepulcros en Egipto, que nos has traído a morir en el desierto? ¿Qué nos has hecho al sacarnos de Egipto?
14:12 ¿No es esto lo que te dijimos en Egipto: “Déjanos para que sirvamos a los egipcios”? Pues mejor nos habría sido servir a los egipcios que morir en el desierto».
14:13 Moisés dijo al pueblo: «No tengan miedo. Manténganse firmes y vean la salvación que el SEÑOR obrará hoy por ustedes, porque a los egipcios que ven hoy jamás volverán a verlos.
14:14 El SEÑOR peleará por ustedes, y ustedes guardarán silencio».
Dios abre un camino por el mar
14:15 El SEÑOR dijo a Moisés: «¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que se pongan en marcha.
14:16 Tú levanta tu vara, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los hijos de Israel entren por en medio del mar sobre tierra seca.
14:17 Yo endureceré el corazón de los egipcios y ellos entrarán tras los hijos de Israel. Seré glorificado en el faraón y en todo su ejército, en sus carros y en sus jinetes.
14:18 Los egipcios sabrán que yo soy el SEÑOR cuando sea glorificado en el faraón, en sus carros y en sus jinetes».
14:19 El ángel de Dios, que iba delante del campamento de Israel, se desplazó y se puso detrás de ellos. También la columna de nube se desplazó de delante de ellos y se puso detrás.
14:20 Se interpuso entre el campamento de Egipto y el campamento de Israel. Era una nube oscura y alumbraba la noche; ningún campamento se acercó al otro durante toda la noche.
14:21 Moisés extendió su mano sobre el mar, y el SEÑOR hizo retroceder el mar mediante un fuerte viento del este durante toda la noche. Convirtió el mar en tierra seca, y las aguas se dividieron.
14:22 Los hijos de Israel entraron por en medio del mar sobre tierra seca, y las aguas eran para ellos un muro a su derecha y a su izquierda.
14:23 Los egipcios los persiguieron y entraron tras ellos en medio del mar: todos los caballos del faraón, sus carros y sus jinetes.
14:24 Durante la vigilia de la mañana, el SEÑOR miró hacia el campamento de Egipto desde la columna de fuego y nube, y sembró confusión en el campamento de Egipto.
14:25 Quitó las ruedas de sus carros y dificultó su avance. Los egipcios dijeron: «Huyamos de Israel, porque el SEÑOR pelea por ellos contra Egipto».
El juicio sobre el ejército egipcio
14:26 El SEÑOR dijo a Moisés: «Extiende tu mano sobre el mar para que las aguas vuelvan sobre los egipcios, sobre sus carros y sobre sus jinetes».
14:27 Moisés extendió su mano sobre el mar y, al amanecer, el mar recobró su fuerza mientras los egipcios huían hacia él. El SEÑOR arrojó a los egipcios en medio del mar.
14:28 Las aguas volvieron y cubrieron los carros, los jinetes y todo el ejército del faraón que había entrado tras ellos en el mar. No quedó ni uno de ellos.
14:29 Pero los hijos de Israel habían caminado sobre tierra seca por en medio del mar, y las aguas eran para ellos un muro a su derecha y a su izquierda.
14:30 Aquel día el SEÑOR salvó a Israel de manos de los egipcios, e Israel vio a los egipcios muertos a la orilla del mar.
14:31 Israel vio el gran poder que el SEÑOR había ejercido contra los egipcios. El pueblo temió al SEÑOR y creyó en el SEÑOR y en Moisés, su siervo.

Capítulo 15
Cántico de Moisés y de María
15:1 Entonces Moisés y los hijos de Israel cantaron este cántico al SEÑOR:
 «Cantaré al SEÑOR, porque se ha exaltado grandemente;
   arrojó al mar al caballo y a su jinete.
15:2 Jah es mi fortaleza y mi cántico, y ha sido mi salvación.
   Este es mi Dios y lo alabaré;
   es el Dios de mi padre y lo exaltaré.
15:3 El SEÑOR es un guerrero;
   el SEÑOR es su nombre.
15:4 Arrojó al mar los carros del faraón y su ejército;
   sus oficiales escogidos se hundieron en el mar Rojo.
15:5 Los abismos los cubrieron;
   descendieron a las profundidades como una piedra.
15:6 Tu mano derecha, SEÑOR, es gloriosa en poder;
   tu mano derecha, SEÑOR, destroza al enemigo.
15:7 Con la grandeza de tu majestad derribas a los que se levantan contra ti;
   envías tu furor y los consume como rastrojo.
15:8 Al soplo de tus narices se amontonaron las aguas;
   las corrientes se irguieron como un montón;
   los abismos se cuajaron en el corazón del mar.
15:9 El enemigo dijo: “Perseguiré, alcanzaré, repartiré el botín;
   mi deseo se saciará de ellos.
   Desenvainaré mi espada;
   mi mano los destruirá”.
15:10 Soplaste con tu viento y el mar los cubrió;
   se hundieron como plomo en las aguas impetuosas.
15:11 ¿Quién como tú, oh SEÑOR, entre los dioses?
   ¿Quién como tú, glorioso en santidad, temible y digno de alabanza, hacedor de maravillas?
15:12 Extendiste tu mano derecha y la tierra los tragó.
15:13 Con tu amor fiel has guiado al pueblo que redimiste;
   con tu fuerza lo has conducido a tu santa morada.
15:14 Los pueblos lo oyen y tiemblan;
   la angustia se apodera de los habitantes de Filistea.
15:15 Entonces se alarman los jefes de Edom;
   el temblor se apodera de los poderosos de Moab;
   desfallecen todos los habitantes de Canaán.
15:16 Sobre ellos caerán terror y espanto;
   por la grandeza de tu brazo quedarán inmóviles como una piedra, hasta que pase tu pueblo, SEÑOR, hasta que pase el pueblo que adquiriste.
15:17 Los llevarás y los plantarás en el monte de tu heredad, el lugar que tú, SEÑOR, has preparado para tu morada, el santuario, Señor, que tus manos han establecido.
15:18 El SEÑOR reinará por siempre y para siempre».
15:19 Pues los caballos del faraón entraron en el mar con sus carros y sus jinetes, y el SEÑOR hizo volver sobre ellos las aguas del mar. Pero los hijos de Israel habían caminado sobre tierra seca por en medio del mar.
15:20 La profetisa María, hermana de Aarón, tomó un pandero en su mano, y todas las mujeres salieron tras ella con panderos y danzas.
15:21 María les respondía:
 «Canten al SEÑOR, porque se ha exaltado grandemente;
   arrojó al mar al caballo y a su jinete».
El agua amarga de Mara
15:22 Moisés hizo que Israel partiera del mar Rojo, y salieron al desierto de Shur. Caminaron tres días por el desierto sin encontrar agua.
15:23 Llegaron a Mara, pero no pudieron beber las aguas de Mara porque eran amargas; por eso llamaron al lugar Mara.
15:24 El pueblo murmuró contra Moisés y dijo: «¿Qué beberemos?».
15:25 Clamó al SEÑOR, y el SEÑOR le mostró un árbol. Lo arrojó a las aguas, y las aguas se volvieron dulces. Allí estableció para el pueblo un estatuto y una ordenanza, y allí lo puso a prueba.
15:26 Dijo: «Si escuchas atentamente la voz del SEÑOR tu Dios, haces lo que es recto a sus ojos, prestas oído a sus mandamientos y guardas todos sus estatutos, no pondré sobre ti ninguna de las enfermedades que puse sobre los egipcios, porque yo soy el SEÑOR, el que te sana».
15:27 Llegaron a Elim, donde había doce manantiales de agua y setenta palmeras, y acamparon allí junto a las aguas.

Capítulo 16
Maná y codornices para alimentar al pueblo
16:1 Partieron de Elim, y toda la comunidad de los hijos de Israel llegó al desierto de Sin, entre Elim y Sinaí, el día quince del segundo mes después de su salida de la tierra de Egipto.
16:2 Toda la comunidad de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto.
16:3 Los hijos de Israel les dijeron: «¡Ojalá hubiéramos muerto por la mano del SEÑOR en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos! Ustedes nos han traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea».
16:4 Entonces el SEÑOR dijo a Moisés: «Voy a hacer llover pan del cielo para ustedes. El pueblo saldrá cada día a recoger la porción de ese día; así lo pondré a prueba para ver si sigue mi instrucción o no.
16:5 El sexto día prepararán lo que hayan recogido, y será el doble de lo que recogen cada día».
16:6 Moisés y Aarón dijeron a todos los hijos de Israel: «Al atardecer sabrán que el SEÑOR los sacó de la tierra de Egipto,
16:7 y por la mañana verán la gloria del SEÑOR, porque él ha oído sus murmuraciones contra el SEÑOR. ¿Y qué somos nosotros para que murmuren contra nosotros?».
16:8 Moisés añadió: «El SEÑOR les dará carne para comer al atardecer y pan para saciarse por la mañana, porque el SEÑOR ha oído las murmuraciones que ustedes dirigen contra él. ¿Y qué somos nosotros? Sus murmuraciones no son contra nosotros, sino contra el SEÑOR».
16:9 Moisés dijo a Aarón: «Dile a toda la comunidad de los hijos de Israel: “Acérquense ante el SEÑOR, porque él ha oído sus murmuraciones”».
16:10 Mientras Aarón hablaba a toda la comunidad de los hijos de Israel, ellos miraron hacia el desierto, y la gloria del SEÑOR apareció en la nube.
16:11 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
16:12 «He oído las murmuraciones de los hijos de Israel. Diles: “Al atardecer comerán carne, y por la mañana se saciarán de pan. Así sabrán que yo soy el SEÑOR su Dios”».
16:13 Al atardecer llegaron codornices que cubrieron el campamento, y por la mañana había una capa de rocío alrededor del campamento.
16:14 Cuando el rocío se evaporó, sobre la superficie del desierto quedó algo fino, semejante a copos, tan fino como la escarcha sobre la tierra.
16:15 Al verlo, los hijos de Israel se preguntaron unos a otros: «¿Qué es esto?», pues no sabían qué era. Moisés les dijo: «Este es el pan que el SEÑOR les ha dado para comer.
La porción diaria y el cuidado de cada hogar
16:16 Esto es lo que el SEÑOR ha ordenado: “Recojan, cada uno, lo que necesite para comer: unos dos litros por persona, según el número de personas que tengan. Cada uno tomará para los que estén en su tienda”».
16:17 Así lo hicieron los hijos de Israel: unos recogieron más y otros menos.
16:18 Cuando lo midieron con la medida de unos dos litros, al que había recogido mucho no le sobró, ni al que había recogido poco le faltó. Cada uno había recogido lo que necesitaba para comer.
16:19 Moisés les dijo: «Que nadie guarde nada de esto para la mañana siguiente».
16:20 Pero no escucharon a Moisés: algunos guardaron parte hasta la mañana siguiente, y se llenó de gusanos y comenzó a apestar. Moisés se enojó con ellos.
16:21 Cada mañana lo recogían, cada uno según lo que necesitaba para comer; cuando el sol calentaba, se derretía.
La doble porción y el día de reposo
16:22 El sexto día recogieron el doble de pan, unos cuatro litros por persona. Todos los jefes de la comunidad fueron a informárselo a Moisés.
16:23 Él les dijo: «Esto es lo que ha dicho el SEÑOR: “Mañana será un descanso solemne, un día de reposo consagrado al SEÑOR. Horneen lo que quieran hornear y hiervan lo que quieran hervir; todo lo que sobre, guárdenlo para la mañana siguiente”».
16:24 Lo guardaron hasta la mañana siguiente, como Moisés había mandado, y no apestó ni tuvo gusanos.
16:25 Moisés dijo: «Cómanlo hoy, porque hoy es día de reposo para el SEÑOR; hoy no lo encontrarán en el campo.
16:26 Durante seis días lo recogerán, pero el séptimo día, que es día de reposo, no lo habrá».
16:27 Sin embargo, el séptimo día algunos del pueblo salieron a recogerlo, pero no encontraron nada.
16:28 El SEÑOR dijo a Moisés: «¿Hasta cuándo se negarán a guardar mis mandamientos y mis leyes?
16:29 Miren: El SEÑOR les ha dado el día de reposo; por eso el sexto día les da pan para dos días. Que cada uno permanezca donde está; que nadie salga de su lugar el séptimo día».
16:30 Así que el pueblo reposó el séptimo día.
El maná como memoria para las generaciones
16:31 La casa de Israel lo llamó maná. Era blanco y semejante a la semilla de cilantro, y su sabor era como el de hojuelas con miel.
16:32 Moisés dijo: «Esto es lo que el SEÑOR ha ordenado: “Conserven unos dos litros para las generaciones venideras, para que vean el pan con que los alimenté en el desierto, cuando los saqué de la tierra de Egipto”».
16:33 Moisés dijo a Aarón: «Toma una vasija, pon en ella unos dos litros de maná y déjala ante el SEÑOR, para conservarla para las generaciones venideras».
16:34 Tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés, Aarón lo puso delante del Testimonio para conservarlo.
16:35 Los hijos de Israel comieron maná durante cuarenta años, hasta que llegaron a una tierra habitada. Comieron maná hasta que llegaron a los límites de la tierra de Canaán.
16:36 Un gómer, de unos dos litros, es la décima parte de un efa.

Capítulo 17
Agua de la roca
17:1 Toda la comunidad de los hijos de Israel salió del desierto de Sin y avanzó por etapas, conforme a la orden del SEÑOR. Acamparon en Refidim, pero no había agua para que el pueblo bebiera.
17:2 El pueblo discutió con Moisés y dijo: «¡Dennos agua para beber!». Moisés les respondió: «¿Por qué discuten conmigo? ¿Por qué ponen a prueba al SEÑOR?».
17:3 Pero allí el pueblo tenía sed y murmuró contra Moisés. Decían: «¿Por qué nos sacaste de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestro ganado?».
17:4 Moisés clamó al SEÑOR: «¿Qué voy a hacer con este pueblo? ¡Están a punto de apedrearme!».
17:5 El SEÑOR dijo a Moisés: «Pasa delante del pueblo y lleva contigo a algunos de los ancianos de Israel. Toma en tu mano la vara con que golpeaste el Nilo y ve.
17:6 Yo estaré allí delante de ti, sobre la roca en Horeb. Golpearás la roca, saldrá agua de ella y el pueblo beberá». Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel.
17:7 Llamó a aquel lugar Masá y Meriba, porque los hijos de Israel habían discutido y habían puesto a prueba al SEÑOR, diciendo: «¿Está el SEÑOR entre nosotros o no?».
Guerra con Amalec
17:8 Amalec vino y combatió contra Israel en Refidim.
17:9 Moisés dijo a Josué: «Escógenos hombres y sal a combatir contra Amalec. Mañana yo estaré en la cima de la colina, con la vara de Dios en la mano».
17:10 Josué hizo como Moisés le había dicho y combatió contra Amalec, mientras Moisés, Aarón y Hur subieron a la cima de la colina.
17:11 Cuando Moisés levantaba la mano, Israel llevaba la ventaja; cuando la bajaba, Amalec llevaba la ventaja.
17:12 Como las manos de Moisés se cansaban, tomaron una piedra y se la pusieron debajo para que se sentara. Aarón y Hur le sostenían las manos, uno a cada lado, y así sus manos se mantuvieron firmes hasta la puesta del sol.
17:13 Josué derrotó a Amalec y a su pueblo a filo de espada.
17:14 El SEÑOR dijo a Moisés: «Escribe esto en un libro para que se recuerde, y haz que Josué lo oiga: borraré por completo la memoria de Amalec de debajo de los cielos».
17:15 Moisés construyó un altar y lo llamó Yahveh-nisi (que significa «el SEÑOR es mi estandarte»).
17:16 Y dijo: «Porque hay una mano sobre el trono de Jah, el SEÑOR estará en guerra contra Amalec de generación en generación».

Capítulo 18
Jetro visita a Moisés
18:1 Jetro, sacerdote de Madián y suegro de Moisés, oyó todo lo que Dios había hecho por Moisés y por Israel, su pueblo, y cómo el SEÑOR había sacado a Israel de Egipto.
18:2 Jetro, suegro de Moisés, tomó consigo a Séfora, esposa de Moisés, después de que este la había enviado de regreso,
18:3 y a sus dos hijos. Uno se llamaba Gersón, porque Moisés había dicho: «He sido un extranjero en tierra ajena».
18:4 El otro se llamaba Eliezer, porque había dicho: «El Dios de mi padre me ayudó y me libró de la espada del faraón».
18:5 Jetro, suegro de Moisés, llegó con los hijos y la esposa de Moisés al desierto donde este acampaba, junto al monte de Dios.
18:6 Le dijo a Moisés: «Yo, tu suegro Jetro, vengo a verte con tu esposa y sus dos hijos».
18:7 Moisés salió a recibir a su suegro, se inclinó y lo besó. Se preguntaron el uno al otro cómo estaban y entraron en la tienda.
18:8 Moisés contó a su suegro todo lo que el SEÑOR había hecho al faraón y a los egipcios por causa de Israel, todas las dificultades que habían encontrado en el camino y cómo el SEÑOR los había librado.
18:9 Jetro se alegró por todo el bien que el SEÑOR había hecho a Israel al librarlo de manos de los egipcios.
18:10 Jetro dijo: «¡Bendito sea el SEÑOR, que los libró de manos de los egipcios y del faraón, y que libró al pueblo del dominio de los egipcios!
18:11 Ahora sé que el SEÑOR es más grande que todos los dioses, pues prevaleció precisamente en aquello en que los egipcios actuaron con arrogancia contra Israel».
18:12 Jetro, suegro de Moisés, trajo un holocausto y sacrificios para Dios. Aarón y todos los ancianos de Israel vinieron a comer con el suegro de Moisés en presencia de Dios.
Nombramiento de jueces
Texto relacionado: Deuteronomio 1:9–18.
18:13 Al día siguiente, Moisés se sentó a juzgar al pueblo, y el pueblo permaneció de pie ante él desde la mañana hasta la tarde.
18:14 Al ver todo lo que Moisés hacía por el pueblo, su suegro le preguntó: «¿Qué es esto que haces con el pueblo? ¿Por qué te sientas tú solo, mientras todo el pueblo está de pie ante ti desde la mañana hasta la tarde?».
18:15 Moisés respondió a su suegro: «Porque el pueblo viene a mí para consultar a Dios.
18:16 Cuando tienen algún asunto, acuden a mí; yo juzgo entre una persona y otra, y les doy a conocer los estatutos de Dios y sus leyes».
18:17 El suegro de Moisés le dijo: «No está bien lo que haces.
18:18 Acabarás completamente agotado, tanto tú como este pueblo que está contigo. Esta tarea es demasiado pesada para ti; no puedes hacerla tú solo.
18:19 Ahora escúchame: voy a darte un consejo, y que Dios esté contigo. Representa al pueblo ante Dios y presenta sus asuntos a Dios.
18:20 Enséñales los estatutos y las leyes, y muéstrales el camino por el que deben andar y lo que deben hacer.
18:21 Pero escoge de entre todo el pueblo hombres capaces, temerosos de Dios, hombres íntegros que aborrezcan las ganancias deshonestas. Ponlos al frente del pueblo como jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez.
18:22 Que ellos juzguen al pueblo en todo momento. Que te traigan todo asunto importante y que juzguen ellos mismos todo asunto menor. Así aliviarás tu carga, y ellos la llevarán contigo.
18:23 Si haces esto y Dios te lo ordena, podrás mantenerte firme, y todo este pueblo podrá volver a su lugar en paz».
18:24 Moisés escuchó a su suegro e hizo todo lo que le había dicho.
18:25 Moisés escogió hombres capaces de entre todo Israel y los puso al frente del pueblo como jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez.
18:26 Ellos juzgaban al pueblo en todo momento. Llevaban a Moisés los asuntos difíciles y juzgaban ellos mismos todos los asuntos menores.
18:27 Moisés despidió a su suegro, y este regresó a su tierra.

Capítulo 19
Dios llama a Israel a guardar su pacto
19:1 En el tercer mes después de que los hijos de Israel salieron de la tierra de Egipto, ese mismo día llegaron al desierto de Sinaí.
19:2 Habían partido de Refidim; llegaron al desierto de Sinaí y acamparon en el desierto. Allí Israel acampó frente al monte.
19:3 Moisés subió hacia Dios, y el SEÑOR lo llamó desde el monte y le dijo: «Así dirás a la casa de Jacob y anunciarás a los hijos de Israel:
19:4 “Ustedes han visto lo que hice a los egipcios, cómo los llevé sobre alas de águilas y los traje a mí.
19:5 Ahora, si de veras escuchan mi voz y guardan mi pacto, serán mi tesoro especial entre todos los pueblos, porque toda la tierra es mía.
19:6 Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel».
19:7 Moisés fue, llamó a los ancianos del pueblo y les expuso todas estas palabras que el SEÑOR le había ordenado.
19:8 Todo el pueblo respondió a una voz: «Haremos todo lo que el SEÑOR ha dicho». Moisés llevó al SEÑOR la respuesta del pueblo.
19:9 El SEÑOR dijo a Moisés: «Voy a venir a ti en una nube espesa, para que el pueblo oiga cuando hable contigo y también confíe en ti para siempre». Moisés comunicó al SEÑOR las palabras del pueblo.
La preparación para el encuentro con Dios
19:10 El SEÑOR dijo a Moisés: «Ve al pueblo y conságralo hoy y mañana. Que laven su ropa
19:11 y estén preparados para el tercer día, porque el tercer día el SEÑOR descenderá sobre el monte Sinaí a la vista de todo el pueblo.
19:12 Fija límites alrededor para el pueblo y diles: “Tengan cuidado de no subir al monte ni tocar su borde. Cualquiera que toque el monte será condenado a muerte.
19:13 Nadie lo tocará con la mano; será apedreado o muerto a flechazos. Sea animal o persona, no quedará con vida”. Cuando suene prolongadamente el cuerno de carnero, podrán subir al monte».
19:14 Moisés bajó del monte hacia el pueblo, lo consagró y ellos lavaron su ropa.
19:15 Dijo al pueblo: «Estén preparados para el tercer día; no tengan relaciones sexuales con una mujer».
Dios se manifiesta en el monte Sinaí
19:16 Al amanecer del tercer día hubo truenos y relámpagos, una nube espesa sobre el monte y un sonido muy fuerte de cuerno. Todo el pueblo que estaba en el campamento tembló.
19:17 Moisés sacó al pueblo del campamento al encuentro de Dios, y se situaron al pie del monte.
19:18 Todo el monte Sinaí humeaba, porque el SEÑOR había descendido sobre él en fuego. Su humo subía como el humo de un horno, y todo el monte temblaba violentamente.
19:19 El sonido del cuerno se hacía cada vez más fuerte. Moisés hablaba y Dios le respondía en voz alta.
19:20 El SEÑOR descendió a la cumbre del monte Sinaí. El SEÑOR llamó a Moisés a la cumbre del monte, y Moisés subió.
19:21 El SEÑOR dijo a Moisés: «Baja y advierte al pueblo que no traspase los límites para ver al SEÑOR, no sea que mueran muchos de ellos.
19:22 También los sacerdotes que se acercan al SEÑOR deben consagrarse, para que el SEÑOR no irrumpa contra ellos».
19:23 Moisés dijo al SEÑOR: «El pueblo no puede subir al monte Sinaí, porque tú nos lo advertiste al decir: “Fija límites alrededor del monte y conságralo”».
19:24 El SEÑOR le dijo: «Ve, baja, y después subirás tú y Aarón contigo. Pero que los sacerdotes y el pueblo no traspasen los límites para subir hacia el SEÑOR, no sea que él irrumpa contra ellos».
19:25 Moisés bajó hacia el pueblo y se lo dijo.

Capítulo 20
Los Diez Mandamientos
Texto relacionado: Deuteronomio 5:1–21.
20:1 Dios pronunció todas estas palabras:
20:2 «Yo soy el SEÑOR tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud.
20:3 No tendrás otros dioses delante de mí.
20:4 No te harás ninguna imagen tallada ni representación de lo que hay arriba en los cielos, abajo en la tierra o en las aguas debajo de la tierra.
20:5 No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo, el SEÑOR tu Dios, soy un Dios celoso: castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación de los que me aborrecen,
20:6 pero muestro misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.
20:7 No tomarás el nombre del SEÑOR tu Dios en vano, porque el SEÑOR no dejará sin castigo al que tome su nombre en vano.
20:8 Acuérdate del día de reposo para santificarlo.
20:9 Durante seis días trabajarás y harás toda tu labor,
20:10 pero el séptimo día es reposo para el SEÑOR tu Dios. No harás ningún trabajo: ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el extranjero que vive dentro de tus puertas.
20:11 Porque en seis días el SEÑOR hizo los cielos, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y reposó el séptimo día. Por eso el SEÑOR bendijo el día de reposo y lo santificó.
20:12 Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da.
20:13 No asesinarás.
20:14 No cometerás adulterio.
20:15 No robarás.
20:16 No darás falso testimonio contra tu prójimo.
20:17 No codiciarás la casa de tu prójimo. No codiciarás la esposa de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su burro, ni nada que pertenezca a tu prójimo».
El pueblo pide la mediación de Moisés
Texto relacionado: Deuteronomio 5:22–33.
20:18 Todo el pueblo percibía los truenos, los relámpagos, el sonido del cuerno y el monte humeante. Al verlo, el pueblo tembló y se mantuvo a distancia.
20:19 Dijeron a Moisés: «Háblanos tú y escucharemos, pero que no nos hable Dios, no sea que muramos».
20:20 Moisés respondió al pueblo: «No teman, porque Dios ha venido para ponerlos a prueba y para que su temor esté ante ustedes, a fin de que no pequen».
20:21 El pueblo se mantuvo a distancia, mientras Moisés se acercó a la densa oscuridad donde estaba Dios.
Instrucciones para el culto y los altares
20:22 El SEÑOR dijo a Moisés: «Así dirás a los hijos de Israel: “Ustedes han visto que les he hablado desde los cielos.
20:23 No harán dioses de plata junto a mí, ni se harán dioses de oro.
20:24 Me harás un altar de tierra y sobre él sacrificarás tus holocaustos y tus ofrendas de paz, tus ovejas y cabras, y tu ganado vacuno. En todo lugar donde yo haga recordar mi nombre, vendré a ti y te bendeciré.
20:25 Si me haces un altar de piedras, no lo construirás con piedras labradas, porque si levantas tu herramienta sobre él, lo profanarás.
20:26 No subirás por escalones a mi altar, para que tu desnudez no quede expuesta sobre él”».

Capítulo 21
La servidumbre y sus condiciones de salida
Texto relacionado: Deuteronomio 15:12–18.
21:1 «Estas son las ordenanzas que les presentarás.
21:2 Si compras un esclavo hebreo, servirá durante seis años, y el séptimo saldrá libre, sin pagar nada.
21:3 Si entró solo, saldrá solo; si tenía esposa, su esposa saldrá con él.
21:4 Si su amo le dio una esposa y ella le dio hijos o hijas, la mujer y sus hijos pertenecerán al amo, y él saldrá solo.
21:5 Pero si el esclavo declara con firmeza: “Amo a mi señor, a mi esposa y a mis hijos; no quiero salir libre”,
21:6 su amo lo llevará ante los jueces. Lo llevará junto a la puerta o al poste de la puerta, y le perforará la oreja con un punzón. Entonces le servirá para siempre.
21:7 Si un hombre vende a su hija como esclava, ella no saldrá libre como salen los esclavos varones.
21:8 Si no le agrada a su amo, que no la ha elegido para sí, él permitirá que la rescaten. No tendrá derecho a venderla a un pueblo extranjero, pues ha sido desleal con ella.
21:9 Si la destina para su hijo, la tratará conforme al derecho de las hijas.
21:10 Si toma para sí otra esposa, no reducirá a la primera su alimento, su vestido ni sus derechos conyugales.
21:11 Si no cumple con ella estas tres obligaciones, ella saldrá libre sin pagar nada.
Responsabilidad por homicidio y lesiones
21:12 El que golpee a una persona y le cause la muerte será condenado a muerte.
21:13 Pero si no le tendió una emboscada, sino que Dios hizo que cayera en sus manos, yo te señalaré un lugar adonde pueda huir.
21:14 Sin embargo, si alguien actúa con premeditación contra su prójimo para matarlo con engaño, lo sacarás incluso de mi altar para que muera.
21:15 El que golpee a su padre o a su madre será condenado a muerte.
21:16 El que secuestre a una persona y la venda, o la tenga todavía en su poder, será condenado a muerte.
21:17 El que maldiga a su padre o a su madre será condenado a muerte.
21:18 Si unos hombres riñen y uno golpea a otro con una piedra o con el puño, y este no muere pero tiene que guardar cama,
21:19 si después se levanta y puede andar fuera apoyándose en su bastón, el que lo golpeó quedará absuelto. Solo deberá compensarlo por el tiempo que no pudo trabajar y pagar su curación.
21:20 Si alguien golpea a su esclavo o a su esclava con un palo y muere bajo su mano, el amo deberá ser castigado.
21:21 Pero si sobrevive un día o dos, no se castigará al amo, pues es propiedad suya.
21:22 Si unos hombres se pelean y golpean a una mujer embarazada, y sus hijos nacen antes de tiempo, pero no hay daño grave, el responsable pagará la multa que le exija el esposo de la mujer, según lo determinen los jueces.
21:23 Pero si hay daño grave, darás vida por vida,
21:24 ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie,
21:25 quemadura por quemadura, herida por herida, moretón por moretón.
La libertad por lesiones causadas por el amo
21:26 Si alguien golpea el ojo de su esclavo o de su esclava y lo destruye, le dará la libertad en compensación por su ojo.
21:27 Si hace saltar un diente de su esclavo o de su esclava, le dará la libertad en compensación por su diente.
Animales peligrosos y daños por negligencia
21:28 Si un buey cornea a un hombre o a una mujer y le causa la muerte, el buey será apedreado y no se comerá su carne, pero el dueño del buey quedará absuelto.
21:29 Pero si el buey ya acostumbraba cornear y su dueño había sido advertido, pero no lo mantuvo bajo control, y mata a un hombre o a una mujer, el buey será apedreado y también su dueño será condenado a muerte.
21:30 Si se le impone un rescate, pagará por su vida todo lo que se le exija.
21:31 Si cornea a un hijo o a una hija, se aplicará esta misma ordenanza.
21:32 Si el buey cornea a un esclavo o a una esclava, el dueño pagará al amo treinta siclos de plata, unos trescientos cuarenta y dos gramos, y el buey será apedreado.
21:33 Si alguien destapa un pozo o cava uno y no lo cubre, y cae en él un buey o un burro,
21:34 el dueño del pozo deberá pagar una compensación: dará el dinero al dueño del animal, y el animal muerto será suyo.
21:35 Si el buey de alguien hiere al buey de su prójimo y le causa la muerte, venderán el buey vivo y se repartirán el dinero; también se repartirán el animal muerto.
21:36 Pero si se sabía que el buey ya acostumbraba cornear y su dueño no lo mantuvo bajo control, deberá pagar buey por buey, y el animal muerto será suyo».

Capítulo 22
Restitución por robo y daños
22:1 «Si alguien roba un buey, una oveja o una cabra y lo mata o lo vende, pagará cinco reses por el buey y cuatro animales del rebaño por la oveja o la cabra.
22:2 Si se sorprende a un ladrón forzando la entrada de una casa, y se le golpea y muere, quien lo haya matado no será culpable de su muerte.
22:3 Pero si ya había salido el sol, quien lo mató será culpable de su muerte. El ladrón deberá restituir lo robado; si no tiene con qué pagar, será vendido por su robo.
22:4 Si se encuentra vivo en su poder lo robado, sea buey, burro, oveja o cabra, pagará el doble.
22:5 Si alguien lleva a pastar su ganado a un campo o a una viña y lo deja suelto de modo que paste en el campo de otro, pagará la compensación con lo mejor de su campo y lo mejor de su viña.
22:6 Si un fuego se propaga y alcanza unos espinos, y consume las gavillas, el grano en pie o el campo, el que encendió el fuego deberá pagar la compensación.
Custodia y préstamo de bienes
22:7 Si alguien entrega a su prójimo dinero o bienes para que se los guarde, y los roban de la casa de este, el ladrón, si lo encuentran, pagará el doble.
22:8 Si no encuentran al ladrón, el dueño de la casa se presentará ante los jueces para que se determine si se ha apropiado de los bienes de su prójimo.
22:9 En todo caso de fraude, sea por un buey, un burro, una oveja, una cabra, una prenda de vestir o cualquier cosa perdida de la que alguien diga: “Esto es mío”, el asunto de ambos se llevará ante los jueces. Aquel a quien los jueces declaren culpable pagará el doble a su prójimo.
22:10 Si alguien entrega a su prójimo un burro, un buey, una oveja, una cabra o cualquier otro animal para que lo cuide, y este muere, queda herido o se lo llevan por la fuerza sin que nadie lo vea,
22:11 habrá entre ambos un juramento por el SEÑOR de que no se ha apropiado de los bienes de su prójimo. El dueño lo aceptará, y el otro no tendrá que pagar.
22:12 Pero si el animal fue robado mientras estaba a su cuidado, deberá pagar una compensación a su dueño.
22:13 Si fue despedazado por una fiera, lo traerá como prueba y no tendrá que pagar por el animal despedazado.
22:14 Si alguien pide prestado un animal a su prójimo, y este queda herido o muere sin que el dueño esté presente, deberá pagar la compensación.
22:15 Si el dueño estaba presente, no tendrá que pagar. Si el animal fue alquilado, el daño queda cubierto por el alquiler.
Responsabilidad y compromiso matrimonial
22:16 Si un hombre seduce a una virgen que no está comprometida y se acuesta con ella, deberá pagar el precio matrimonial y tomarla por esposa.
22:17 Si su padre se niega a dársela, él deberá pesar la plata correspondiente al precio matrimonial de las vírgenes.
Fidelidad al Señor y santidad
22:18 No dejarás con vida a una hechicera.
22:19 Todo el que tenga relaciones sexuales con un animal será condenado a muerte.
22:20 El que ofrezca sacrificios a otros dioses, y no únicamente al SEÑOR, será destinado a la destrucción.
Protección del extranjero, la viuda y el huérfano
22:21 No maltratarás ni oprimirás al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en la tierra de Egipto.
22:22 No afligirán a ninguna viuda ni a ningún huérfano.
22:23 Si los afliges y claman a mí, ciertamente oiré su clamor.
22:24 Mi ira se encenderá y los mataré a espada; sus esposas quedarán viudas y sus hijos, huérfanos.
Préstamos y garantías del necesitado
22:25 Si prestas dinero a alguien de mi pueblo, al pobre que vive contigo, no te comportarás con él como un prestamista. No le cobrarán intereses.
22:26 Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de la puesta del sol,
22:27 porque es su única cubierta, el vestido con que cubre su cuerpo. ¿Con qué dormirá? Cuando clame a mí, lo oiré, porque soy misericordioso.
Dedicación a Dios y respeto a la autoridad
22:28 No injuriarás a Dios ni maldecirás al gobernante de tu pueblo.
22:29 No demorarás la ofrenda de tu cosecha ni la de tus lagares. Me darás el primogénito de tus hijos.
22:30 Lo mismo harás con tus bueyes y con tus ovejas y cabras: la cría estará siete días con su madre, y el octavo día me la darás.
22:31 Ustedes serán para mí hombres santos. No comerán carne de un animal despedazado por las fieras en el campo; se la echarán a los perros».

Capítulo 23
Justicia sin falsedad ni favoritismo
23:1 «No difundirás un rumor falso. No te aliarás con el malvado para ser un testigo injusto.
23:2 No seguirás a la mayoría para hacer el mal. No declararás en un pleito siguiendo a la mayoría para torcer la justicia.
23:3 Tampoco favorecerás al pobre en su pleito.
23:4 Si encuentras extraviado el buey de tu enemigo o su burro, se lo devolverás.
23:5 Si ves al burro del que te odia caído bajo su carga, no te negarás a ayudar a su dueño; lo ayudarás a descargarlo.
23:6 No torcerás el derecho del pobre de tu pueblo en su pleito.
23:7 Aléjate de toda acusación falsa. No mates al inocente ni al justo, porque yo no absolveré al malvado.
23:8 No aceptarás soborno, porque el soborno ciega a los que ven y tuerce las palabras de los justos.
23:9 No oprimirás al extranjero. Ustedes saben lo que siente el extranjero, porque fueron extranjeros en la tierra de Egipto.
Descanso para la tierra y para quienes trabajan
23:10 Durante seis años sembrarás tu tierra y recogerás su cosecha,
23:11 pero el séptimo la dejarás descansar, sin cultivarla, para que coman los pobres de tu pueblo; lo que ellos dejen lo comerán los animales del campo. Lo mismo harás con tu viña y tu olivar.
23:12 Durante seis días harás tu trabajo, pero el séptimo reposarás, para que descansen tu buey y tu burro, y recobren fuerzas el hijo de tu esclava y el extranjero.
23:13 Presten atención a todo lo que les he dicho. No mencionarán el nombre de otros dioses; que no se oiga en tu boca.
Las tres fiestas anuales
Textos relacionados: Éxodo 34:18–26; Deuteronomio 16:1–17.
23:14 Tres veces al año celebrarás una fiesta en mi honor.
23:15 Guardarás la fiesta de los Panes sin Levadura. Durante siete días comerás panes sin levadura, como te ordené, en el tiempo señalado del mes de Abib, porque en él saliste de Egipto. Nadie se presentará ante mí con las manos vacías.
23:16 También celebrarás la fiesta de la Siega, con las primicias de tu trabajo, de lo que siembres en el campo; y la fiesta de la Recolección, al terminar el año, cuando recojas del campo el fruto de tu trabajo.
23:17 Tres veces al año se presentarán todos tus varones ante el SEÑOR soberano.
23:18 No ofrecerás la sangre de mi sacrificio junto con pan con levadura, ni dejarás la grasa del sacrificio de mi fiesta hasta la mañana siguiente.
23:19 Llevarás lo mejor de las primicias de tu tierra a la casa del SEÑOR tu Dios. No cocerás un cabrito en la leche de su madre.
La guía de Dios hacia la tierra prometida
23:20 Yo envío un ángel delante de ti para que te guarde en el camino y te lleve al lugar que he preparado.
23:21 Préstale atención y escucha su voz. No te rebeles contra él, porque no perdonará la rebelión de ustedes, pues mi nombre está en él.
23:22 Pero si de veras escuchas su voz y haces todo lo que yo diga, seré enemigo de tus enemigos y adversario de tus adversarios.
23:23 Mi ángel irá delante de ti y te llevará a los amorreos, los hititas, los ferezeos, los cananeos, los heveos y los jebuseos, y yo los destruiré.
23:24 No te inclinarás ante sus dioses ni les rendirás culto, ni harás lo que ellos hacen. Destruirás por completo sus ídolos y harás pedazos sus columnas.
23:25 Ustedes servirán al SEÑOR su Dios, y él bendecirá tu pan y tu agua. Yo apartaré la enfermedad de en medio de ti.
23:26 En tu tierra no habrá mujer que aborte ni que sea estéril. Yo completaré el número de tus días.
23:27 Enviaré mi terror delante de ti y confundiré a todos los pueblos a los que llegues. Haré que todos tus enemigos te den la espalda.
23:28 Enviaré avispas delante de ti, y expulsarán de tu presencia a los heveos, los cananeos y los hititas.
23:29 No los expulsaré de tu presencia en un solo año, para que la tierra no quede desolada ni se multipliquen contra ti los animales salvajes.
23:30 Poco a poco los expulsaré de tu presencia, hasta que te multipliques y tomes posesión de la tierra.
23:31 Fijaré tus límites desde el mar Rojo hasta el mar de los filisteos, y desde el desierto hasta el Éufrates, porque entregaré en sus manos a los habitantes de la tierra, y tú los expulsarás de tu presencia.
23:32 No harás pacto con ellos ni con sus dioses.
23:33 No habitarán en tu tierra, para que no te hagan pecar contra mí. Si sirves a sus dioses, eso será una trampa para ti».

Capítulo 24
Israel confirma el pacto con Dios
24:1 A Moisés le dijo: «Sube ante el SEÑOR, tú, Aarón, Nadab, Abiú y setenta de los ancianos de Israel, y se inclinarán desde lejos.
24:2 Solo Moisés se acercará al SEÑOR; los demás no se acercarán, y el pueblo no subirá con él».
24:3 Moisés vino y contó al pueblo todas las palabras del SEÑOR y todas las ordenanzas. Todo el pueblo respondió a una voz: «Haremos todo lo que el SEÑOR ha dicho».
24:4 Moisés escribió todas las palabras del SEÑOR. Se levantó temprano y construyó un altar al pie del monte, y levantó doce columnas por las doce tribus de Israel.
24:5 Envió a unos jóvenes de los hijos de Israel, que ofrecieron holocaustos y sacrificaron toros como ofrendas de paz al SEÑOR.
24:6 Moisés tomó la mitad de la sangre y la puso en tazones; la otra mitad la roció sobre el altar.
24:7 Tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo. Ellos dijeron: «Haremos todo lo que el SEÑOR ha dicho y obedeceremos».
24:8 Moisés tomó la sangre, la roció sobre el pueblo y dijo: «Esta es la sangre del pacto que el SEÑOR ha hecho con ustedes conforme a todas estas palabras».
Una comida ante el Dios de Israel
24:9 Moisés, Aarón, Nadab, Abiú y setenta de los ancianos de Israel subieron
24:10 y vieron al Dios de Israel. Bajo sus pies había algo semejante a un pavimento de zafiro, tan puro como el cielo mismo.
24:11 No extendió su mano contra los nobles de los hijos de Israel. Ellos contemplaron a Dios, y comieron y bebieron.
Moisés entra en la nube para recibir la instrucción
24:12 El SEÑOR dijo a Moisés: «Sube a mí al monte y quédate allí. Te daré las tablas de piedra, la ley y el mandamiento que he escrito para instruirlos».
24:13 Moisés se levantó junto con Josué, su ayudante, y Moisés subió al monte de Dios.
24:14 Había dicho a los ancianos: «Espérennos aquí hasta que volvamos a ustedes. Aarón y Hur están con ustedes; quien tenga algún pleito, que acuda a ellos».
24:15 Moisés subió al monte, y la nube cubrió el monte.
24:16 La gloria del SEÑOR se posó sobre el monte Sinaí, y la nube lo cubrió durante seis días. El séptimo día llamó a Moisés desde el interior de la nube.
24:17 A los ojos de los hijos de Israel, la apariencia de la gloria del SEÑOR era como un fuego devorador en la cumbre del monte.
24:18 Moisés entró en la nube y subió al monte. Moisés permaneció en el monte cuarenta días y cuarenta noches.

Capítulo 25
La ofrenda para el tabernáculo
Texto relacionado: Éxodo 35:4–9.
25:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
25:2 «Di a los hijos de Israel que recojan una ofrenda para mí. Recogerán mi ofrenda de todo aquel cuyo corazón lo mueva a darla.
25:3 Esta es la ofrenda que recogerán de ellos: oro, plata y cobre;
25:4 hilo azul, púrpura y escarlata; lino fino y pelo de cabra;
25:5 pieles de carnero teñidas de rojo, cuero fino y madera de acacia;
25:6 aceite para el alumbrado, especias para el aceite de la unción y para el incienso aromático;
25:7 piedras de ónice y piedras de engaste para el efod y el pectoral.
25:8 Me harán un santuario, y habitaré en medio de ellos.
25:9 Lo harán conforme a todo lo que te muestro: el modelo del tabernáculo y el modelo de todos sus utensilios.
El arca del testimonio
Texto relacionado: Éxodo 37:1–9.
25:10 Harán un arca de madera de acacia, de aproximadamente un metro con quince centímetros de largo, sesenta y nueve centímetros de ancho y sesenta y nueve centímetros de alto.
25:11 La recubrirás de oro puro por dentro y por fuera, y le harás una moldura de oro alrededor.
25:12 Fundirás para ella cuatro anillos de oro y los pondrás en sus cuatro patas: dos anillos a un lado y dos al otro.
25:13 Harás varas de madera de acacia y las recubrirás de oro.
25:14 Introducirás las varas por los anillos de los costados del arca para transportar el arca con ellas.
25:15 Las varas quedarán en los anillos del arca; no se retirarán de ella.
25:16 Pondrás en el arca el Testimonio que te daré.
25:17 Harás un propiciatorio de oro puro, de aproximadamente un metro con quince centímetros de largo y sesenta y nueve centímetros de ancho.
25:18 Harás dos querubines de oro labrado a martillo en los dos extremos del propiciatorio.
25:19 Harás un querubín en un extremo y otro en el otro extremo. Los querubines de ambos extremos formarán una sola pieza con el propiciatorio.
25:20 Los querubines extenderán sus alas hacia arriba y cubrirán con ellas el propiciatorio. Sus rostros estarán uno frente al otro; los rostros de los querubines mirarán hacia el propiciatorio.
25:21 Colocarás el propiciatorio encima del arca, y dentro del arca pondrás el Testimonio que te daré.
25:22 Allí me encontraré contigo y te hablaré desde encima del propiciatorio, entre los dos querubines que están sobre el arca del Testimonio. Te diré todo lo que te ordene para los hijos de Israel.
La mesa del pan de la Presencia
Texto relacionado: Éxodo 37:10–16.
25:23 Harás una mesa de madera de acacia, de aproximadamente noventa y dos centímetros de largo, cuarenta y seis centímetros de ancho y sesenta y nueve centímetros de alto.
25:24 La recubrirás de oro puro y le harás una moldura de oro alrededor.
25:25 Le harás un reborde de unos ocho centímetros de ancho alrededor, y a ese reborde le harás una moldura de oro alrededor.
25:26 Harás para ella cuatro anillos de oro y los pondrás en las cuatro esquinas, junto a sus cuatro patas.
25:27 Los anillos estarán junto al reborde para sostener las varas con que se transportará la mesa.
25:28 Harás las varas de madera de acacia y las recubrirás de oro; con ellas se transportará la mesa.
25:29 Harás sus platos, sus cucharones, sus jarras y sus tazones para derramar las libaciones. Los harás de oro puro.
25:30 Pondrás sobre la mesa el pan de la Presencia, continuamente delante de mí.
El candelabro y sus siete lámparas
Texto relacionado: Éxodo 37:17–24.
25:31 Harás un candelabro de oro puro. El candelabro será labrado a martillo; su base, su tronco, sus copas, sus botones y sus flores formarán una sola pieza con él.
25:32 De sus costados saldrán seis brazos: tres brazos del candelabro de un lado y tres brazos del otro.
25:33 En un brazo habrá tres copas en forma de flor de almendro, con un botón y una flor; en otro brazo habrá tres copas en forma de flor de almendro, con un botón y una flor. Así será en los seis brazos que salen del candelabro.
25:34 En el tronco del candelabro habrá cuatro copas en forma de flor de almendro, con sus botones y sus flores.
25:35 Habrá un botón debajo de dos de sus brazos, otro botón debajo de otros dos de sus brazos y otro botón debajo de los otros dos de sus brazos; así para los seis brazos que salen del candelabro.
25:36 Sus botones y sus brazos formarán una sola pieza con él; todo será una sola pieza de oro puro labrado a martillo.
25:37 Harás sus siete lámparas, y se colocarán de manera que alumbren hacia el frente.
25:38 Sus pinzas y sus bandejas serán de oro puro.
25:39 El candelabro, junto con todos estos utensilios, se hará con unos treinta y cuatro kilogramos de oro puro.
25:40 Asegúrate de hacerlos según el modelo que se te muestra en el monte».

Capítulo 26
Las cortinas y la estructura del tabernáculo
Texto relacionado: Éxodo 36:8–38.
26:1 «Harás el tabernáculo con diez cortinas de lino fino de hilos retorcidos, y con hilo azul, púrpura y escarlata. Las harás con querubines, obra de un artesano experto.
26:2 Cada cortina medirá aproximadamente doce metros con noventa centímetros de largo y un metro con ochenta centímetros de ancho. Todas las cortinas tendrán la misma medida.
26:3 Cinco cortinas estarán unidas unas con otras, y las otras cinco cortinas estarán unidas unas con otras.
26:4 Harás presillas de hilo azul en el borde de la cortina del extremo del primer conjunto. Lo mismo harás en el borde de la última cortina del segundo conjunto.
26:5 Harás cincuenta presillas en una cortina y cincuenta presillas en el borde de la cortina del segundo conjunto, de modo que las presillas queden unas frente a otras.
26:6 Harás cincuenta broches de oro y unirás las cortinas unas con otras mediante los broches, para que el tabernáculo forme una unidad.
La tienda y sus cubiertas exteriores
26:7 Harás también cortinas de pelo de cabra para la tienda que cubrirá el tabernáculo. Harás once cortinas.
26:8 Cada cortina medirá aproximadamente trece metros con ochenta centímetros de largo y un metro con ochenta centímetros de ancho. Las once cortinas tendrán la misma medida.
26:9 Unirás cinco cortinas en un conjunto y las otras seis en otro conjunto; doblarás la sexta cortina por el frente de la tienda.
26:10 Harás cincuenta presillas en el borde de la última cortina de un conjunto, y cincuenta presillas en el borde de la cortina del otro conjunto.
26:11 Harás cincuenta broches de cobre, los introducirás en las presillas y unirás la tienda para que forme una unidad.
26:12 La parte sobrante de las cortinas de la tienda, la media cortina que sobra, de unos noventa centímetros, colgará por la parte posterior del tabernáculo.
26:13 El sobrante del largo de las cortinas de la tienda, unos cuarenta y seis centímetros de un lado y otros cuarenta y seis del otro, colgará sobre ambos costados del tabernáculo para cubrirlo.
26:14 Harás para la tienda una cubierta de pieles de carnero teñidas de rojo, y por encima una cubierta de cuero fino.
La estructura de madera de acacia
26:15 Harás para el tabernáculo tablas de madera de acacia, colocadas de pie.
26:16 Cada tabla medirá aproximadamente cuatro metros con sesenta centímetros de largo y sesenta y nueve centímetros de ancho.
26:17 Cada tabla tendrá dos espigas paralelas entre sí. Así harás todas las tablas del tabernáculo.
26:18 Harás veinte tablas para el lado sur del tabernáculo.
26:19 Harás cuarenta bases de plata debajo de las veinte tablas: dos bases debajo de una tabla para sus dos espigas, y dos bases debajo de otra tabla para sus dos espigas.
26:20 Para el segundo costado del tabernáculo, el lado norte, harás veinte tablas,
26:21 con sus cuarenta bases de plata: dos bases debajo de una tabla y dos bases debajo de otra.
26:22 Para la parte posterior del tabernáculo, hacia el oeste, harás seis tablas.
26:23 Harás dos tablas para las esquinas de la parte posterior del tabernáculo.
26:24 Estarán emparejadas por abajo y unidas por arriba en un mismo anillo. Así se hará con ambas; serán para las dos esquinas.
26:25 Serán ocho tablas con sus bases de plata, dieciséis bases: dos bases debajo de una tabla y dos bases debajo de otra.
26:26 Harás travesaños de madera de acacia: cinco para las tablas de un costado del tabernáculo,
26:27 cinco travesaños para las tablas del otro costado del tabernáculo y cinco travesaños para las tablas de la parte posterior del tabernáculo, hacia el oeste.
26:28 El travesaño central pasará por en medio de las tablas, de un extremo al otro.
26:29 Recubrirás de oro las tablas y harás sus anillos de oro para sostener los travesaños. También recubrirás de oro los travesaños.
26:30 Levantarás el tabernáculo conforme al modelo que se te mostró en el monte.
El velo del Lugar Santísimo
26:31 Harás un velo de hilo azul, púrpura y escarlata, y de lino fino de hilos retorcidos. Se hará con querubines, obra de un artesano experto.
26:32 Lo colgarás de cuatro columnas de madera de acacia recubiertas de oro, con ganchos de oro, sobre cuatro bases de plata.
26:33 Colocarás el velo debajo de los broches, y llevarás detrás del velo el arca del Testimonio. El velo separará para ustedes el Lugar Santo del Lugar Santísimo.
26:34 Pondrás el propiciatorio sobre el arca del Testimonio en el Lugar Santísimo.
26:35 Colocarás la mesa fuera del velo, y el candelabro frente a la mesa, en el lado sur del tabernáculo. La mesa la pondrás en el lado norte.
La cortina de la entrada
26:36 Harás una cortina para la entrada de la tienda, de hilo azul, púrpura y escarlata, y de lino fino de hilos retorcidos, obra de bordador.
26:37 Harás para la cortina cinco columnas de madera de acacia y las recubrirás de oro. Sus ganchos serán de oro, y fundirás para ellas cinco bases de cobre».

Capítulo 27
El altar de los holocaustos
Texto relacionado: Éxodo 38:1–7.
27:1 «Harás el altar de madera de acacia. Será cuadrado, de aproximadamente dos metros con treinta centímetros de largo, dos metros con treinta centímetros de ancho y un metro con cuarenta centímetros de alto.
27:2 Le harás cuernos en sus cuatro esquinas; los cuernos formarán una sola pieza con él. Lo recubrirás de cobre.
27:3 Harás sus recipientes para retirar las cenizas, sus palas, sus tazones, sus garfios y sus braseros. Harás de cobre todos sus utensilios.
27:4 Le harás una rejilla de cobre, en forma de red, y pondrás cuatro anillos de cobre en las cuatro esquinas de la rejilla.
27:5 La colocarás debajo del reborde del altar, de modo que la rejilla llegue hasta la mitad del altar.
27:6 Harás varas para el altar, varas de madera de acacia, y las recubrirás de cobre.
27:7 Las varas se introducirán por los anillos y quedarán a ambos lados del altar cuando sea transportado.
27:8 Lo harás hueco, de tablas. Lo harán tal como se te mostró en el monte.
El atrio del tabernáculo
Texto relacionado: Éxodo 38:9–20.
27:9 Harás el atrio del tabernáculo. En el lado sur, el atrio tendrá cortinas de lino fino de hilos retorcidos, de unos cuarenta y seis metros de largo.
27:10 Tendrá veinte columnas y sus veinte bases de cobre; los ganchos de las columnas y sus abrazaderas serán de plata.
27:11 De igual manera, el lado norte tendrá cortinas de unos cuarenta y seis metros de largo, con sus veinte columnas y sus veinte bases de cobre. Los ganchos de las columnas y sus abrazaderas serán de plata.
27:12 El ancho del atrio, en el lado oeste, tendrá cortinas de unos veintitrés metros, con sus diez columnas y sus diez bases.
27:13 El ancho del atrio, hacia el este, será de unos veintitrés metros.
27:14 A un lado de la entrada habrá cortinas de unos seis metros con noventa centímetros, con sus tres columnas y sus tres bases;
27:15 al otro lado habrá cortinas de unos seis metros con noventa centímetros, con sus tres columnas y sus tres bases.
27:16 Para la entrada del atrio habrá una cortina de unos nueve metros con veinte centímetros, de hilo azul, púrpura y escarlata, y de lino fino de hilos retorcidos, obra de bordador. Tendrá cuatro columnas y sus cuatro bases.
27:17 Todas las columnas alrededor del atrio tendrán abrazaderas de plata; sus ganchos serán de plata y sus bases de cobre.
27:18 El atrio medirá aproximadamente cuarenta y seis metros de largo y veintitrés metros de ancho por ambos extremos. Las cortinas serán de lino fino de hilos retorcidos, de unos dos metros con treinta centímetros de alto, y sus bases serán de cobre.
27:19 Todos los utensilios empleados en el servicio del tabernáculo, todas sus estacas y todas las estacas del atrio serán de cobre.
Aceite para las lámparas
Texto relacionado: Levítico 24:1–4.
27:20 Ordenarás a los hijos de Israel que te traigan aceite puro de olivas machacadas para el alumbrado, para mantener la lámpara encendida continuamente.
27:21 En la tienda de reunión, fuera del velo que está delante del Testimonio, Aarón y sus hijos la mantendrán encendida delante del SEÑOR desde la tarde hasta la mañana. Será un estatuto perpetuo para los hijos de Israel, de generación en generación».

Capítulo 28
Las vestiduras de los sacerdotes
Texto relacionado: Éxodo 39:1–31.
28:1 «Harás que se acerquen a ti tu hermano Aarón y sus hijos con él, de entre los hijos de Israel, para que me sirvan como sacerdotes: Aarón y sus hijos Nadab, Abiú, Eleazar e Itamar.
28:2 Harás vestiduras sagradas para tu hermano Aarón, para honra y hermosura.
28:3 Hablarás a todos los sabios de corazón, a quienes he llenado de espíritu de sabiduría, para que hagan las vestiduras de Aarón, a fin de consagrarlo para que me sirva como sacerdote.
28:4 Estas son las vestiduras que harán: un pectoral, un efod, un manto, una túnica de tejido labrado, un turbante y una faja. Harán vestiduras sagradas para tu hermano Aarón y para sus hijos, para que me sirvan como sacerdotes.
28:5 Tomarán el oro, el hilo azul, púrpura y escarlata, y el lino fino.
El efod y las piedras de memoria
28:6 Harán el efod con oro, hilo azul, púrpura y escarlata, y lino fino de hilos retorcidos, obra de un artesano experto.
28:7 Tendrá dos hombreras unidas a sus dos extremos para que quede unido.
28:8 El cinto tejido que lleve será de la misma hechura y formará una sola pieza con él: de oro, hilo azul, púrpura y escarlata, y lino fino de hilos retorcidos.
28:9 Tomarás dos piedras de ónice y grabarás en ellas los nombres de los hijos de Israel:
28:10 seis de sus nombres en una piedra y los seis nombres restantes en la otra, según el orden de su nacimiento.
28:11 Grabarás las dos piedras con los nombres de los hijos de Israel, como un grabador en piedra graba un sello. Las montarás en engastes de oro.
28:12 Pondrás las dos piedras sobre las hombreras del efod como piedras de memoria para los hijos de Israel. Aarón llevará sus nombres delante del SEÑOR, sobre sus dos hombros, como recordatorio.
28:13 Harás engastes de oro
28:14 y dos cadenas de oro puro, trenzadas en forma de cordón. Fijarás las cadenas trenzadas en los engastes.
El pectoral con los nombres de las tribus
28:15 Harás un pectoral del juicio, obra de un artesano experto. Lo harás como el efod: con oro, hilo azul, púrpura y escarlata, y lino fino de hilos retorcidos.
28:16 Será cuadrado y doblado, de unos veintitrés centímetros de largo y veintitrés centímetros de ancho.
28:17 Lo llenarás con cuatro hileras de piedras. En la primera hilera habrá una cornalina, un topacio y una esmeralda;
28:18 en la segunda hilera, una turquesa, un zafiro y un diamante;
28:19 en la tercera hilera, un jacinto, un ágata y una amatista;
28:20 en la cuarta hilera, un berilo, un ónice y un jaspe. Estarán montadas en engastes de oro.
28:21 Las piedras serán doce, según los nombres de los hijos de Israel. Cada una llevará grabado, como en un sello, el nombre de una de las doce tribus.
28:22 Harás para el pectoral cadenas de oro puro, trenzadas en forma de cordón.
28:23 Harás para el pectoral dos anillos de oro y los pondrás en sus dos extremos.
28:24 Fijarás los dos cordones de oro a los dos anillos de los extremos del pectoral.
28:25 Fijarás los dos extremos de los dos cordones a los dos engastes, y los pondrás en las hombreras del efod, por la parte delantera.
28:26 Harás otros dos anillos de oro y los pondrás en los dos extremos del pectoral, en su borde interior, del lado que da hacia el efod.
28:27 Harás dos anillos de oro y los fijarás en la parte inferior de las dos hombreras del efod, por delante, junto a su unión, por encima del cinto del efod.
28:28 Atarán los anillos del pectoral a los anillos del efod con un cordón azul, para que quede sobre el cinto del efod y el pectoral no se separe del efod.
28:29 Cuando entre en el Lugar Santo, Aarón llevará los nombres de los hijos de Israel en el pectoral del juicio, sobre su corazón, como recordatorio continuo delante del SEÑOR.
28:30 Pondrás el Urim y el Tumim en el pectoral del juicio, y estarán sobre el corazón de Aarón cuando entre delante del SEÑOR. Aarón llevará siempre el juicio de los hijos de Israel sobre su corazón delante del SEÑOR.
El manto azul y sus campanillas
28:31 Harás el manto del efod enteramente azul.
28:32 Tendrá una abertura para la cabeza en el centro, con un reborde tejido alrededor de la abertura, como la abertura de una coraza, para que no se rasgue.
28:33 En todo su borde inferior harás granadas de hilo azul, púrpura y escarlata, y entre ellas pondrás campanillas de oro alrededor.
28:34 Una campanilla de oro y una granada, una campanilla de oro y una granada, alrededor de todo el borde del manto.
28:35 Aarón lo llevará puesto cuando ministre. Se oirá su sonido cuando entre en el Lugar Santo delante del SEÑOR y cuando salga, para que no muera.
La inscripción de consagración al SEÑOR
28:36 Harás una lámina de oro puro y grabarás en ella, como en un sello: “Santidad al SEÑOR”.
28:37 La sujetarás con un cordón azul al turbante; estará en la parte delantera del turbante.
28:38 Estará sobre la frente de Aarón, y Aarón llevará la culpa relacionada con las cosas sagradas que los hijos de Israel consagren en todas sus ofrendas santas. Estará siempre sobre su frente para que sean aceptados delante del SEÑOR.
28:39 Tejerás la túnica de lino fino con diseños; harás el turbante de lino fino, y la faja será obra de bordador.
La consagración de Aarón y sus hijos
28:40 Para los hijos de Aarón harás túnicas y fajas; también les harás gorros, para honra y hermosura.
28:41 Con estas vestiduras vestirás a tu hermano Aarón y a sus hijos con él. Los ungirás, los investirás y los consagrarás para que me sirvan como sacerdotes.
28:42 Les harás calzoncillos de lino para cubrir su desnudez, desde la cintura hasta los muslos.
28:43 Aarón y sus hijos los llevarán puestos cuando entren en la tienda de reunión o se acerquen al altar para ministrar en el Lugar Santo, para que no incurran en culpa ni mueran. Será un estatuto perpetuo para él y para su descendencia después de él».

Capítulo 29
Consagración de Aarón y de sus hijos
Texto relacionado: Levítico 8:1–36.
29:1 «Esto es lo que harás con ellos para consagrarlos, a fin de que me sirvan como sacerdotes: toma un becerro y dos carneros sin defecto,
29:2 panes sin levadura, tortas sin levadura amasadas con aceite y obleas sin levadura untadas con aceite. Los harás de harina fina de trigo.
29:3 Los pondrás en una cesta y los presentarás en la cesta, junto con el becerro y los dos carneros.
29:4 Harás que Aarón y sus hijos se acerquen a la entrada de la tienda de reunión y los lavarás con agua.
29:5 Tomarás las vestiduras y vestirás a Aarón con la túnica, el manto del efod, el efod y el pectoral. Le ceñirás el cinto del efod.
29:6 Le pondrás el turbante sobre la cabeza y colocarás sobre el turbante la diadema sagrada.
29:7 Tomarás el aceite de la unción, lo derramarás sobre su cabeza y lo ungirás.
29:8 Harás que se acerquen sus hijos y los vestirás con las túnicas.
29:9 Ceñirás las fajas a Aarón y a sus hijos y les atarás los gorros. El sacerdocio les pertenecerá por estatuto perpetuo. Así investirás a Aarón y a sus hijos.
La ofrenda por el pecado
29:10 Llevarás el becerro delante de la tienda de reunión, y Aarón y sus hijos pondrán sus manos sobre la cabeza del becerro.
29:11 Degollarás el becerro delante del SEÑOR, a la entrada de la tienda de reunión.
29:12 Tomarás parte de la sangre del becerro y la pondrás con tu dedo sobre los cuernos del altar. Derramarás el resto de la sangre al pie del altar.
29:13 Tomarás toda la grasa que cubre las vísceras, el lóbulo del hígado, los dos riñones y la grasa que los cubre, y lo harás arder sobre el altar.
29:14 Pero la carne del becerro, su piel y su estiércol los quemarás fuera del campamento. Es una ofrenda por el pecado.
El carnero ofrecido como holocausto
29:15 Tomarás uno de los carneros, y Aarón y sus hijos pondrán sus manos sobre la cabeza del carnero.
29:16 Degollarás el carnero, tomarás su sangre y la salpicarás sobre el altar por todos sus lados.
29:17 Cortarás el carnero en trozos, lavarás sus vísceras y sus patas, y las pondrás sobre los trozos y sobre su cabeza.
29:18 Harás arder todo el carnero sobre el altar. Es un holocausto para el SEÑOR, de aroma grato; es una ofrenda quemada para el SEÑOR.
El carnero de la investidura
29:19 Tomarás el segundo carnero, y Aarón y sus hijos pondrán sus manos sobre la cabeza del carnero.
29:20 Degollarás el carnero, tomarás parte de su sangre y la pondrás sobre el lóbulo de la oreja derecha de Aarón y sobre el lóbulo de la oreja derecha de sus hijos, sobre los pulgares de sus manos derechas y sobre los dedos gordos de sus pies derechos. Salpicarás la sangre sobre el altar por todos sus lados.
29:21 Tomarás parte de la sangre que está sobre el altar y del aceite de la unción, y rociarás a Aarón, sus vestiduras, sus hijos y las vestiduras de sus hijos con él. Así quedarán consagrados él y sus vestiduras, sus hijos y las vestiduras de sus hijos con él.
29:22 Tomarás del carnero la grasa, la cola grasa, la grasa que cubre las vísceras, el lóbulo del hígado, los dos riñones y la grasa que los cubre, y el muslo derecho, porque es el carnero de la investidura.
29:23 De la cesta de los panes sin levadura que está delante del SEÑOR tomarás un pan redondo, una torta amasada con aceite y una oblea.
29:24 Pondrás todo en las manos de Aarón y en las manos de sus hijos, y lo mecerás como ofrenda mecida delante del SEÑOR.
29:25 Después lo tomarás de sus manos y lo harás arder en el altar, sobre el holocausto, como aroma grato delante del SEÑOR. Es una ofrenda quemada para el SEÑOR.
29:26 Tomarás el pecho del carnero de la investidura de Aarón y lo mecerás como ofrenda mecida delante del SEÑOR. Esa será tu porción.
29:27 Consagrarás el pecho de la ofrenda mecida y el muslo de la ofrenda elevada, lo que fue mecido y lo que fue elevado del carnero de la investidura de Aarón y de sus hijos.
29:28 Será un derecho perpetuo de Aarón y de sus hijos recibirlo de los hijos de Israel, porque es una ofrenda elevada. Será la ofrenda elevada que los hijos de Israel aparten de sus sacrificios de paz, su ofrenda elevada para el SEÑOR.
29:29 Las vestiduras sagradas de Aarón pasarán a sus hijos después de él, para que las lleven cuando sean ungidos e investidos.
29:30 El sacerdote de entre sus hijos que lo suceda las llevará durante siete días, cuando entre en la tienda de reunión para ministrar en el Lugar Santo.
La comida y los días de consagración
29:31 Tomarás el carnero de la investidura y cocerás su carne en un lugar santo.
29:32 Aarón y sus hijos comerán la carne del carnero y el pan que está en la cesta, a la entrada de la tienda de reunión.
29:33 Comerán aquello con lo que se hizo expiación para investirlos y consagrarlos. Ningún extraño lo comerá, porque son cosas santas.
29:34 Si queda algo de la carne de la investidura o del pan hasta la mañana siguiente, quemarás lo que quede. No se comerá, porque es santo.
29:35 Harás con Aarón y con sus hijos todo lo que te he ordenado. Durante siete días los investirás.
29:36 Cada día ofrecerás un becerro como ofrenda por el pecado para las expiaciones. Purificarás el altar al hacer expiación por él, y lo ungirás para consagrarlo.
29:37 Durante siete días harás expiación por el altar y lo consagrarás. El altar será santísimo; todo lo que toque el altar quedará consagrado.
Las ofrendas diarias
Texto relacionado: Números 28:1–8.
29:38 Esto es lo que ofrecerás continuamente sobre el altar, cada día: dos corderos de un año.
29:39 Ofrecerás un cordero por la mañana y el segundo cordero al atardecer.
29:40 Con el primer cordero ofrecerás unos dos litros de harina fina, mezclada con aproximadamente un litro de aceite de olivas machacadas, y como libación, aproximadamente un litro de vino.
29:41 Ofrecerás el segundo cordero al atardecer, con una ofrenda de cereal y una libación iguales a las de la mañana, como aroma grato, una ofrenda quemada para el SEÑOR.
La presencia de Dios en medio de Israel
29:42 Será un holocausto continuo, de generación en generación, a la entrada de la tienda de reunión, delante del SEÑOR. Allí me reuniré con ustedes para hablarte.
29:43 Allí me reuniré con los hijos de Israel, y el lugar quedará santificado por mi gloria.
29:44 Consagraré la tienda de reunión y el altar; también consagraré a Aarón y a sus hijos para que me sirvan como sacerdotes.
29:45 Habitaré en medio de los hijos de Israel y seré su Dios.
29:46 Sabrán que yo soy el SEÑOR su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto para habitar en medio de ellos. Yo soy el SEÑOR su Dios».

Capítulo 30
El altar del incienso
Texto relacionado: Éxodo 37:25–28.
30:1 «Harás un altar para quemar incienso; lo harás de madera de acacia.
30:2 Será cuadrado, de aproximadamente cuarenta y seis centímetros de largo, cuarenta y seis centímetros de ancho y noventa y dos centímetros de alto. Sus cuernos formarán una sola pieza con él.
30:3 Lo recubrirás de oro puro: la parte superior, sus paredes alrededor y sus cuernos. Le harás una moldura de oro alrededor.
30:4 Harás para él dos anillos de oro debajo de su moldura, en sus dos costados, a ambos lados, para sostener las varas con que será transportado.
30:5 Harás las varas de madera de acacia y las recubrirás de oro.
30:6 Lo pondrás delante del velo que está ante el arca del Testimonio, frente al propiciatorio que está sobre el Testimonio, donde me encontraré contigo.
30:7 Aarón quemará sobre él incienso aromático cada mañana; lo quemará cuando prepare las lámparas.
30:8 Cuando Aarón encienda las lámparas al atardecer, quemará el incienso. Será incienso continuo delante del SEÑOR, de generación en generación.
30:9 No ofrecerán sobre él incienso extraño, ni holocausto ni ofrenda de cereal; tampoco derramarán sobre él ninguna libación.
30:10 Una vez al año, Aarón hará expiación sobre sus cuernos con la sangre de la ofrenda por el pecado para la expiación. Una vez al año hará expiación sobre él, de generación en generación. Será santísimo para el SEÑOR».
La contribución al realizar el censo
30:11 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
30:12 «Cuando hagas el censo de los hijos de Israel para contarlos, cada uno dará al SEÑOR el rescate por su vida al ser contado. Así no habrá plaga entre ellos cuando los cuentes.
30:13 Esto dará todo el que pase a ser contado: medio siclo, unos seis gramos de plata, según el siclo del santuario. El siclo equivale a veinte geras. Medio siclo será la ofrenda para el SEÑOR.
30:14 Todo el que pase a ser contado, de veinte años en adelante, dará la ofrenda para el SEÑOR.
30:15 El rico no dará más de medio siclo ni el pobre dará menos al presentar la ofrenda para el SEÑOR, para hacer expiación por sus vidas.
30:16 Recibirás de los hijos de Israel el dinero de las expiaciones y lo destinarás al servicio de la tienda de reunión. Será un recordatorio para los hijos de Israel delante del SEÑOR, para hacer expiación por sus vidas».
El lavado de los sacerdotes
30:17 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
30:18 «Harás una pila de cobre con su base de cobre para lavarse. La pondrás entre la tienda de reunión y el altar, y pondrás agua en ella.
30:19 Aarón y sus hijos se lavarán en ella las manos y los pies.
30:20 Cuando entren en la tienda de reunión, o cuando se acerquen al altar para ministrar y hacer arder una ofrenda quemada para el SEÑOR, se lavarán con agua para no morir.
30:21 Se lavarán las manos y los pies para no morir. Será para ellos un estatuto perpetuo, para él y para su descendencia, de generación en generación».
El aceite para la consagración
30:22 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
30:23 «Toma especias selectas: unos seis kilogramos de mirra líquida; la mitad de esa cantidad, unos tres kilogramos, de canela aromática; unos tres kilogramos de cálamo aromático;
30:24 unos seis kilogramos de casia, según el peso del siclo del santuario, y unos cuatro litros de aceite de oliva.
30:25 Con ello harás un aceite santo de la unción, una mezcla de perfumes preparada según el arte del perfumista. Será aceite santo de la unción.
30:26 Con él ungirás la tienda de reunión y el arca del Testimonio,
30:27 la mesa y todos sus utensilios, el candelabro y sus utensilios, el altar del incienso,
30:28 el altar del holocausto y todos sus utensilios, la pila y su base.
30:29 Los consagrarás y serán santísimos. Todo lo que los toque quedará consagrado.
30:30 Ungirás a Aarón y a sus hijos, y los consagrarás para que me sirvan como sacerdotes.
30:31 Dirás a los hijos de Israel: “Este será para mí el aceite santo de la unción, de generación en generación.
30:32 No se derramará sobre el cuerpo humano ni prepararán otro igual, según su composición. Es santo, y lo tendrán por santo.
30:33 Quien prepare otro semejante o aplique parte de él a alguien ajeno al sacerdocio será excluido de su pueblo”».
El incienso reservado para el SEÑOR
30:34 El SEÑOR dijo a Moisés: «Toma especias aromáticas: estacte, uña aromática y gálbano; estas especias e incienso puro estarán en partes iguales.
30:35 Harás con ello un incienso, un perfume preparado según el arte del perfumista, mezclado con sal, puro y santo.
30:36 Molerás parte de él hasta convertirlo en polvo fino y pondrás parte delante del Testimonio, en la tienda de reunión, donde me encontraré contigo. Será para ustedes santísimo.
30:37 No prepararán para ustedes un incienso de la misma composición que este que harás. Lo tendrás por santo para el SEÑOR.
30:38 Quien prepare otro semejante para disfrutar de su aroma será excluido de su pueblo».

Capítulo 31
Dios capacita a los artesanos del santuario
Texto relacionado: Éxodo 35:30–36:1.
31:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
31:2 «Mira, he llamado por su nombre a Bezaleel, hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá.
31:3 Lo he llenado del Espíritu de Dios, con sabiduría, inteligencia, conocimiento y destreza para toda clase de trabajo,
31:4 para elaborar diseños y trabajar el oro, la plata y el cobre,
31:5 para tallar piedras y engastarlas, para tallar madera y realizar toda clase de trabajo.
31:6 Yo he puesto junto a él a Aholiab, hijo de Ahisamac, de la tribu de Dan. He puesto sabiduría en el corazón de todos los sabios de corazón, para que hagan todo lo que te he mandado:
31:7 la tienda de reunión, el arca del Testimonio, el propiciatorio que va sobre ella y todos los utensilios de la tienda;
31:8 la mesa y sus utensilios, el candelabro puro con todos sus utensilios y el altar del incienso;
31:9 el altar del holocausto con todos sus utensilios, la pila y su base;
31:10 las vestiduras tejidas, las vestiduras sagradas del sacerdote Aarón y las vestiduras de sus hijos para ejercer el sacerdocio;
31:11 el aceite de la unción y el incienso aromático para el Lugar Santo. Harán todo conforme a lo que te he mandado».
El descanso como señal del pacto
31:12 El SEÑOR dijo a Moisés:
31:13 «Tú hablarás a los israelitas y les dirás: “Sin falta guardarán mis días de reposo, porque son una señal entre ustedes y yo a lo largo de sus generaciones, para que sepan que yo soy el SEÑOR, el que los santifica.
31:14 Guardarán el día de reposo, porque es santo para ustedes. Quien lo profane morirá sin falta; cualquiera que haga algún trabajo en él será excluido de entre su pueblo.
31:15 Durante seis días se podrá trabajar, pero el séptimo día será un día de reposo, de descanso solemne, consagrado al SEÑOR. Cualquiera que haga algún trabajo en el día de reposo morirá sin falta.
31:16 Los israelitas guardarán el día de reposo, celebrándolo a lo largo de sus generaciones como un pacto perpetuo.
31:17 Será una señal para siempre entre los israelitas y yo, porque en seis días el SEÑOR hizo los cielos y la tierra, y el séptimo día cesó y tomó aliento”».
Las tablas del Testimonio
Texto relacionado: Deuteronomio 9:9–11.
31:18 Cuando terminó de hablar con Moisés en el monte Sinaí, le dio las dos tablas del Testimonio, tablas de piedra escritas con el dedo de Dios.

Capítulo 32
El becerro de oro
Texto relacionado: Deuteronomio 9:6–29.
32:1 Al ver que Moisés tardaba en bajar del monte, el pueblo se reunió alrededor de Aarón y le dijo: «Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque no sabemos qué le ha pasado a ese Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto».
32:2 Aarón les respondió: «Quítenles los pendientes de oro a sus esposas, a sus hijos y a sus hijas, y tráiganmelos».
32:3 Todo el pueblo se quitó los pendientes de oro que llevaba en las orejas y se los llevó a Aarón.
32:4 Él recibió el oro de sus manos, lo trabajó con un buril e hizo un becerro de fundición. Entonces dijeron: «Estos son tus dioses, Israel, los que te sacaron de la tierra de Egipto».
32:5 Al verlo, Aarón construyó un altar delante del becerro y anunció: «Mañana habrá fiesta para el SEÑOR».
32:6 Al día siguiente se levantaron temprano, ofrecieron holocaustos y presentaron ofrendas de paz. El pueblo se sentó a comer y a beber; luego se levantaron para divertirse.
Moisés intercede por el pueblo
32:7 El SEÑOR dijo a Moisés: «Ve, baja, porque tu pueblo, al que sacaste de la tierra de Egipto, se ha corrompido.
32:8 Pronto se han apartado del camino que les mandé. Se han hecho un becerro de fundición, se han postrado ante él y le han ofrecido sacrificios, diciendo: “Estos son tus dioses, Israel, los que te sacaron de la tierra de Egipto”».
32:9 El SEÑOR dijo a Moisés: «He visto a este pueblo, y es un pueblo de dura cerviz.
32:10 Ahora déjame, para que mi ira se encienda contra ellos y los consuma; y haré de ti una gran nación».
32:11 Pero Moisés buscó el favor del SEÑOR su Dios y dijo: «SEÑOR, ¿por qué se enciende tu ira contra tu pueblo, al que sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y mano fuerte?
32:12 ¿Por qué han de decir los egipcios: “Con mala intención los sacó, para matarlos en los montes y exterminarlos de la faz de la tierra”? Aparta el ardor de tu ira y desiste de traer este desastre sobre tu pueblo.
32:13 Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel, tus siervos, a quienes juraste por ti mismo y dijiste: “Multiplicaré su descendencia como las estrellas de los cielos. Daré a sus descendientes toda esta tierra de la que les he hablado, y la poseerán para siempre”».
32:14 Entonces el SEÑOR desistió del desastre que había dicho que haría caer sobre su pueblo.
Las tablas rotas y el becerro destruido
32:15 Moisés se volvió y bajó del monte con las dos tablas del Testimonio en la mano. Las tablas estaban escritas por ambos lados; por un lado y por el otro estaban escritas.
32:16 Las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios, grabada sobre las tablas.
32:17 Cuando Josué oyó el ruido del pueblo que gritaba, dijo a Moisés: «Hay ruido de guerra en el campamento».
32:18 Pero él respondió: «No es clamor de victoria ni clamor de derrota; lo que oigo es sonido de cantos».
32:19 Cuando Moisés se acercó al campamento y vio el becerro y las danzas, se encendió su ira. Arrojó las tablas de su mano y las hizo pedazos al pie del monte.
32:20 Tomó el becerro que habían hecho, lo quemó en el fuego y lo molió hasta reducirlo a polvo. Lo esparció sobre el agua y se la hizo beber a los israelitas.
La responsabilidad de Aarón
32:21 Moisés dijo a Aarón: «¿Qué te ha hecho este pueblo para que hayas traído sobre él un pecado tan grande?».
32:22 Aarón respondió: «No se encienda la ira de mi señor. Tú conoces al pueblo y sabes que está inclinado al mal.
32:23 Ellos me dijeron: “Haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque no sabemos qué le ha pasado a ese Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto”.
32:24 Yo les dije: “Quien tenga oro, que se lo quite”. Me lo dieron, lo eché al fuego y salió este becerro».
32:25 Moisés vio que el pueblo estaba desenfrenado; Aarón lo había dejado sin control, exponiéndolo a la burla de sus adversarios.
Los levitas responden al llamado
32:26 Entonces Moisés se puso a la entrada del campamento y dijo: «¡Quien esté de parte del SEÑOR, que venga a mí!». Todos los hijos de Leví se reunieron junto a él.
32:27 Él les dijo: «Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: “Póngase cada uno su espada al costado. Vayan y vuelvan por el campamento, de entrada en entrada, y mate cada uno a su hermano, a su amigo y a su pariente”».
32:28 Los hijos de Leví hicieron lo que Moisés había dicho, y aquel día cayeron unos tres mil hombres del pueblo.
32:29 Moisés dijo: «Conságrense hoy al SEÑOR, pues cada uno ha actuado contra su hijo y contra su hermano, para que hoy les sea concedida una bendición».
Moisés vuelve a interceder
32:30 Al día siguiente, Moisés dijo al pueblo: «Ustedes han cometido un gran pecado. Ahora subiré al SEÑOR; quizá pueda hacer expiación por su pecado».
32:31 Moisés volvió al SEÑOR y dijo: «¡Ay! Este pueblo ha cometido un gran pecado: se ha hecho dioses de oro.
32:32 Ahora, si perdonaras su pecado… Pero si no, bórrame, te ruego, del libro que has escrito».
32:33 El SEÑOR respondió a Moisés: «Al que haya pecado contra mí, a ese lo borraré de mi libro.
32:34 Ahora ve y guía al pueblo al lugar del que te he hablado. Mi ángel irá delante de ti. Pero el día en que yo castigue, los castigaré por su pecado».
32:35 Y el SEÑOR hirió al pueblo porque habían hecho el becerro que Aarón había fabricado.

Capítulo 33
La partida y el duelo de Israel
33:1 El SEÑOR dijo a Moisés: «Sal de aquí y sube, tú y el pueblo al que sacaste de la tierra de Egipto, hacia la tierra que juré dar a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: “A tu descendencia la daré”.
33:2 Enviaré un ángel delante de ti y expulsaré a los cananeos, a los amorreos, a los hititas, a los ferezeos, a los heveos y a los jebuseos.
33:3 Sube a una tierra que fluye leche y miel. Pero yo no subiré en medio de ti, porque eres un pueblo de dura cerviz, no sea que te consuma en el camino».
33:4 Cuando el pueblo oyó esta dura noticia, se puso de luto y nadie se puso sus adornos.
33:5 Porque el SEÑOR había dicho a Moisés: «Diles a los israelitas: “Ustedes son un pueblo de dura cerviz. Si yo subiera en medio de ustedes por un solo momento, los consumiría. Ahora quítense sus adornos, para que yo sepa qué hacer con ustedes”».
33:6 Así, desde el monte Horeb, los israelitas dejaron de usar sus adornos.
La tienda fuera del campamento
33:7 Moisés solía tomar la tienda y montarla fuera del campamento, lejos de él. La llamó tienda de reunión. Todo el que buscaba al SEÑOR salía a la tienda de reunión, que estaba fuera del campamento.
33:8 Cuando Moisés salía hacia la tienda, todo el pueblo se levantaba. Cada uno se quedaba de pie a la entrada de su propia tienda y seguía a Moisés con la mirada hasta que entraba en la tienda.
33:9 Cuando Moisés entraba en la tienda, la columna de nube descendía y se detenía a la entrada de la tienda, y Dios hablaba con Moisés.
33:10 Todo el pueblo veía la columna de nube detenida a la entrada de la tienda. Entonces todo el pueblo se levantaba y se postraba, cada uno a la entrada de su tienda.
33:11 El SEÑOR hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo. Después Moisés volvía al campamento, pero su joven ayudante, Josué, hijo de Nun, no se apartaba de la tienda.
Moisés pide la presencia del SEÑOR
33:12 Moisés dijo al SEÑOR: «Mira, tú me dices: “Haz subir a este pueblo”, pero no me has dado a conocer a quién enviarás conmigo. Sin embargo, has dicho: “Te conozco por tu nombre y también has hallado favor ante mis ojos”.
33:13 Ahora, si he hallado favor ante tus ojos, te ruego que me des a conocer tus caminos, para que te conozca y halle favor ante tus ojos. Considera que esta nación es tu pueblo».
33:14 Él respondió: «Mi presencia irá contigo y te daré descanso».
33:15 Moisés le dijo: «Si tu presencia no va, no nos hagas subir de aquí.
33:16 ¿En qué se conocerá que tu pueblo y yo hemos hallado favor ante tus ojos, si no es en que tú vas con nosotros? Así, tu pueblo y yo seremos distinguidos de todos los pueblos que hay sobre la faz de la tierra».
33:17 El SEÑOR dijo a Moisés: «También haré esto que has pedido, porque has hallado favor ante mis ojos y te conozco por tu nombre».
Moisés pide ver la gloria de Dios
33:18 Moisés dijo: «Muéstrame, te ruego, tu gloria».
33:19 Él respondió: «Haré pasar toda mi bondad delante de ti y proclamaré el nombre del SEÑOR en tu presencia. Seré clemente con quien yo sea clemente y tendré compasión de quien yo tenga compasión».
33:20 También dijo: «No podrás ver mi rostro, porque ningún ser humano puede verme y seguir vivo».
33:21 El SEÑOR dijo: «Aquí hay un lugar junto a mí. Ponte sobre la roca.
33:22 Cuando pase mi gloria, te pondré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado.
33:23 Después retiraré mi mano y verás mi espalda, pero mi rostro no se verá».

Capítulo 34
El pacto renovado
Texto relacionado: Deuteronomio 10:1–5.
34:1 El SEÑOR dijo a Moisés: «Talla dos tablas de piedra como las primeras. Yo escribiré sobre esas tablas las palabras que estaban en las primeras tablas, las que rompiste.
34:2 Prepárate para la mañana; por la mañana subirás al monte Sinaí y te presentarás ante mí allí, en la cumbre del monte.
34:3 Nadie subirá contigo, ni se verá a nadie en todo el monte. Tampoco pastarán ovejas, cabras ni ganado vacuno frente al monte».
34:4 Moisés talló dos tablas de piedra como las primeras. Se levantó temprano por la mañana y subió al monte Sinaí, como el SEÑOR le había mandado, llevando en la mano las dos tablas de piedra.
El SEÑOR proclama su nombre
34:5 El SEÑOR descendió en la nube, se detuvo allí con él y proclamó el nombre del SEÑOR.
34:6 El SEÑOR pasó delante de él y proclamó: «¡SEÑOR, SEÑOR! Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad,
34:7 que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, pero de ningún modo deja impune al culpable; que castiga la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos, hasta la tercera y la cuarta generación».
34:8 Moisés se apresuró a inclinarse hasta el suelo y se postró.
34:9 Dijo: «Si he hallado favor ante tus ojos, Señor, te ruego que el Señor vaya en medio de nosotros, porque este es un pueblo de dura cerviz. Perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y tómanos como tu herencia».
34:10 Él respondió: «Yo establezco un pacto. Delante de todo tu pueblo haré maravillas como no se han hecho en toda la tierra ni en ninguna nación. Todo el pueblo en medio del cual estás verá la obra del SEÑOR, porque es temible lo que voy a hacer contigo.
Advertencia contra la idolatría de Canaán
Texto relacionado: Deuteronomio 7:1–5.
34:11 Guarda lo que te mando hoy. Yo expulsaré delante de ti a los amorreos, a los cananeos, a los hititas, a los ferezeos, a los heveos y a los jebuseos.
34:12 Cuídate de hacer un pacto con los habitantes de la tierra a la que vas a entrar, no sea que se convierta en una trampa en medio de ti.
34:13 Derribarán sus altares, quebrarán sus columnas y cortarán sus postes de Asera.
34:14 No te postrarás ante otro dios, porque el SEÑOR, cuyo nombre es Celoso, es un Dios celoso.
34:15 Cuídate de hacer un pacto con los habitantes de la tierra, porque ellos se prostituyen tras sus dioses y les ofrecen sacrificios. Si alguno te invita, podrías comer de su sacrificio.
34:16 Si tomas a sus hijas como esposas para tus hijos, ellas se prostituirán tras sus dioses y harán que tus hijos se prostituyan tras los dioses de ellas.
34:17 No te harás dioses de metal fundido.
Fiestas y responsabilidades del culto
Textos relacionados: Éxodo 23:14–19; Deuteronomio 16:1–17.
34:18 Guardarás la fiesta de los Panes sin Levadura. Durante siete días comerás pan sin levadura, como te he mandado, en el tiempo señalado del mes de Abib, porque en el mes de Abib saliste de Egipto.
34:19 Todo lo que abre la matriz es mío; también los primogénitos machos de tu ganado, tanto del ganado vacuno como de las ovejas y las cabras.
34:20 Rescatarás al primogénito de asno con un cordero o un cabrito; si no lo rescatas, le quebrarás el cuello. Rescatarás a todos los primogénitos de tus hijos. Nadie se presentará ante mí con las manos vacías.
34:21 Durante seis días trabajarás, pero el séptimo descansarás. Incluso en el tiempo de la arada y de la siega descansarás.
34:22 Celebrarás la fiesta de las Semanas, de las primicias de la siega del trigo, y la fiesta de la Recolección al terminar el año.
34:23 Tres veces al año se presentarán todos tus varones ante el SEÑOR soberano, Dios de Israel.
34:24 Porque yo expulsaré a las naciones de tu presencia y ensancharé tu territorio. Nadie codiciará tu tierra cuando subas a presentarte ante el SEÑOR tu Dios tres veces al año.
34:25 No ofrecerás la sangre de mi sacrificio junto con pan con levadura, ni quedará el sacrificio de la fiesta de la Pascua hasta la mañana.
34:26 Llevarás lo mejor de las primicias de tu tierra a la casa del SEÑOR tu Dios. No cocerás un cabrito en la leche de su madre».
Las palabras del pacto escritas
34:27 El SEÑOR dijo a Moisés: «Escribe estas palabras, porque conforme a estas palabras he hecho un pacto contigo y con Israel».
34:28 Moisés estuvo allí con el SEÑOR cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Escribió sobre las tablas las palabras del pacto, los diez mandamientos.
El rostro resplandeciente de Moisés
34:29 Cuando Moisés bajaba del monte Sinaí con las dos tablas del Testimonio en su mano, al descender del monte no sabía que la piel de su rostro resplandecía por haber hablado con él.
34:30 Aarón y todos los israelitas vieron a Moisés, y la piel de su rostro resplandecía. Por eso tuvieron miedo de acercarse a él.
34:31 Pero Moisés los llamó, y Aarón y todos los jefes de la comunidad volvieron a él. Entonces Moisés habló con ellos.
34:32 Después se acercaron todos los israelitas, y él les mandó todo lo que el SEÑOR le había dicho en el monte Sinaí.
34:33 Cuando Moisés terminó de hablar con ellos, se puso un velo sobre el rostro.
34:34 Pero cuando Moisés entraba ante el SEÑOR para hablar con él, se quitaba el velo hasta que salía. Al salir, comunicaba a los israelitas lo que se le había mandado.
34:35 Los israelitas veían el rostro de Moisés, cuya piel resplandecía. Moisés volvía a ponerse el velo sobre el rostro, hasta que entraba para hablar con él.

Capítulo 35
El descanso antes de comenzar la obra
35:1 Moisés reunió a toda la comunidad de los israelitas y les dijo: «Estas son las cosas que el SEÑOR ha mandado hacer:
35:2 Durante seis días se podrá trabajar, pero el séptimo día será santo para ustedes, un día de reposo, de descanso solemne, consagrado al SEÑOR. Cualquiera que haga algún trabajo en él morirá.
35:3 No encenderán fuego en ninguna de sus viviendas en el día de reposo».
Llamado a contribuir al santuario
Texto relacionado: Éxodo 25:1–9.
35:4 Moisés habló a toda la comunidad de los israelitas y les dijo: «Esto es lo que el SEÑOR ha mandado:
35:5 Recojan de entre ustedes una ofrenda para el SEÑOR. Todo el que tenga un corazón dispuesto la traerá como ofrenda al SEÑOR: oro, plata y cobre;
35:6 hilo azul, púrpura y escarlata, lino fino y pelo de cabra;
35:7 pieles de carnero teñidas de rojo, cuero fino y madera de acacia;
35:8 aceite para el alumbrado, especias para el aceite de la unción y para el incienso aromático;
35:9 piedras de ónice y piedras para engastar en el efod y en el pectoral.
Los trabajos del santuario
Texto relacionado: Éxodo 39:32–43.
35:10 Todos los sabios de corazón de entre ustedes vendrán y harán todo lo que el SEÑOR ha mandado:
35:11 el tabernáculo, su tienda, su cubierta, sus broches, sus tablas, sus travesaños, sus columnas y sus bases;
35:12 el arca con sus varas, el propiciatorio y el velo de separación;
35:13 la mesa con sus varas, todos sus utensilios y el pan de la Presencia;
35:14 el candelabro del alumbrado con sus utensilios y sus lámparas, y el aceite para el alumbrado;
35:15 el altar del incienso con sus varas, el aceite de la unción, el incienso aromático y la cortina de la entrada del tabernáculo;
35:16 el altar del holocausto con su rejilla de cobre, sus varas y todos sus utensilios; la pila y su base;
35:17 las cortinas del atrio, sus columnas, sus bases y la cortina de la entrada del atrio;
35:18 las estacas del tabernáculo, las estacas del atrio y sus cuerdas;
35:19 las vestiduras tejidas para servir en el Lugar Santo, las vestiduras sagradas del sacerdote Aarón y las vestiduras de sus hijos para ejercer el sacerdocio».
El pueblo trae la ofrenda
35:20 Toda la comunidad de los israelitas se retiró de la presencia de Moisés.
35:21 Vinieron todos aquellos a quienes su corazón impulsó y todos aquellos cuyo espíritu estuvo dispuesto. Trajeron la ofrenda del SEÑOR para la obra de la tienda de reunión, para todo su servicio y para las vestiduras sagradas.
35:22 Vinieron hombres junto con mujeres, todos los de corazón dispuesto. Trajeron broches, pendientes, anillos y otros adornos, toda clase de objetos de oro. Todos los que presentaban una ofrenda mecida de oro la trajeron al SEÑOR.
35:23 Todo el que tenía hilo azul, púrpura y escarlata, lino fino, pelo de cabra, pieles de carnero teñidas de rojo o cuero fino, lo trajo.
35:24 Todo el que contribuyó con plata o cobre trajo la ofrenda del SEÑOR, y todo el que tenía madera de acacia para cualquier trabajo de la obra la trajo.
35:25 Todas las mujeres sabias de corazón hilaron con sus manos y trajeron lo que habían hilado: hilo azul, púrpura y escarlata, y lino fino.
35:26 Todas las mujeres hábiles a quienes su corazón impulsó a hacerlo hilaron pelo de cabra.
35:27 Los jefes trajeron las piedras de ónice y las piedras para engastar en el efod y en el pectoral;
35:28 también las especias y el aceite para el alumbrado, para el aceite de la unción y para el incienso aromático.
35:29 Los israelitas trajeron una ofrenda voluntaria al SEÑOR: todo hombre y toda mujer cuyo corazón los movió a contribuir a toda la obra que el SEÑOR había mandado hacer por medio de Moisés.
Artesanos capacitados para trabajar y enseñar
Texto relacionado: Éxodo 31:1–11.
35:30 Moisés dijo a los israelitas: «Miren, el SEÑOR ha llamado por su nombre a Bezaleel, hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá.
35:31 Lo ha llenado del Espíritu de Dios, con sabiduría, inteligencia, conocimiento y destreza para toda clase de trabajo,
35:32 para elaborar diseños y trabajar el oro, la plata y el cobre,
35:33 para tallar piedras y engastarlas, para tallar madera y realizar toda clase de trabajo de diseño.
35:34 Ha puesto la capacidad de enseñar en el corazón de él y en el de Aholiab, hijo de Ahisamac, de la tribu de Dan.
35:35 Los ha llenado de sabiduría de corazón para hacer toda clase de trabajos de artesano, diseñador, bordador en hilo azul, púrpura y escarlata y en lino fino, y tejedor; para realizar toda clase de trabajo y elaborar diseños».

Capítulo 36
Los artesanos comienzan la obra
36:1 «Bezaleel, Aholiab y todo hombre sabio de corazón, a quienes el SEÑOR ha dado sabiduría e inteligencia para saber realizar toda la obra del servicio del santuario, harán todo conforme a lo que el SEÑOR ha mandado».
36:2 Moisés llamó a Bezaleel, a Aholiab y a todo hombre sabio de corazón en cuyo corazón el SEÑOR había puesto sabiduría, a todo aquel a quien su corazón impulsaba a acercarse a la obra para trabajar en ella.
36:3 Recibieron de Moisés toda la ofrenda que los israelitas habían traído para realizar la obra del servicio del santuario. Pero el pueblo seguía llevándole ofrendas voluntarias cada mañana.
Hay materiales de sobra
36:4 Entonces vinieron todos los sabios que realizaban toda la obra del santuario, cada uno desde el trabajo que estaba haciendo,
36:5 y dijeron a Moisés: «El pueblo trae mucho más de lo necesario para realizar la obra que el SEÑOR ha mandado hacer».
36:6 Moisés dio una orden e hicieron correr por el campamento este anuncio: «Ningún hombre ni ninguna mujer prepare nada más como ofrenda para el santuario». Así se impidió que el pueblo siguiera trayendo ofrendas.
36:7 El material era suficiente para realizar toda la obra, y aun sobraba.
Las cortinas del tabernáculo
Texto relacionado: Éxodo 26:1–37.
36:8 Todos los sabios de corazón que trabajaban en la obra hicieron el tabernáculo con diez cortinas de lino fino de hilos retorcidos, y con hilo azul, púrpura y escarlata. Las hizo con querubines, obra de un artesano experto.
36:9 Cada cortina medía aproximadamente doce metros con noventa centímetros de largo y un metro con ochenta centímetros de ancho. Todas las cortinas tenían la misma medida.
36:10 Unió cinco cortinas entre sí, y también unió las otras cinco cortinas entre sí.
36:11 Hizo presillas azules en el borde de la cortina que estaba al extremo de un conjunto. Hizo lo mismo en el borde de la cortina del extremo del segundo conjunto.
36:12 Hizo cincuenta presillas en una cortina y cincuenta presillas en el extremo de la cortina del segundo conjunto. Las presillas se correspondían unas con otras.
36:13 Hizo cincuenta broches de oro y unió con los broches las cortinas unas con otras, de modo que el tabernáculo formaba una unidad.
Las cubiertas exteriores
36:14 Hizo cortinas de pelo de cabra para una tienda sobre el tabernáculo; hizo once cortinas.
36:15 Cada cortina medía aproximadamente trece metros con ochenta centímetros de largo y un metro con ochenta centímetros de ancho. Las once cortinas tenían la misma medida.
36:16 Unió cinco cortinas en un conjunto y las seis cortinas en otro.
36:17 Hizo cincuenta presillas en el borde de la cortina del extremo de un conjunto, y cincuenta presillas en el borde de la cortina del segundo conjunto.
36:18 Hizo cincuenta broches de cobre para unir la tienda, de modo que formara una unidad.
36:19 Hizo para la tienda una cubierta de pieles de carnero teñidas de rojo y, por encima, una cubierta de cuero fino.
El armazón de acacia
36:20 Hizo las tablas del tabernáculo de madera de acacia, para colocarlas verticalmente.
36:21 Cada tabla medía aproximadamente cuatro metros con sesenta centímetros de largo y sesenta y nueve centímetros de ancho.
36:22 Cada tabla tenía dos espigas paralelas entre sí. Así hizo todas las tablas del tabernáculo.
36:23 Hizo veinte tablas para el lado sur del tabernáculo.
36:24 Hizo cuarenta bases de plata debajo de las veinte tablas: dos bases debajo de una tabla para sus dos espigas, y dos bases debajo de otra tabla para sus dos espigas.
36:25 Para el segundo lado del tabernáculo, hacia el norte, hizo veinte tablas,
36:26 con sus cuarenta bases de plata: dos bases debajo de una tabla y dos bases debajo de otra tabla.
36:27 Para la parte posterior del tabernáculo, hacia el occidente, hizo seis tablas.
36:28 Hizo dos tablas para las esquinas de la parte posterior del tabernáculo.
36:29 Estaban emparejadas por abajo y unidas por arriba en un mismo anillo. Así hizo ambas, para las dos esquinas.
36:30 Eran ocho tablas con sus bases de plata, dieciséis bases, dos bases debajo de cada tabla.
Los travesaños del armazón
36:31 Hizo travesaños de madera de acacia: cinco para las tablas de un lado del tabernáculo,
36:32 cinco travesaños para las tablas del segundo lado del tabernáculo y cinco travesaños para las tablas de la parte posterior del tabernáculo, hacia el occidente.
36:33 Hizo que el travesaño central pasara por en medio de las tablas, de un extremo al otro.
36:34 Recubrió de oro las tablas e hizo de oro sus anillos, que servían de soportes para los travesaños. También recubrió de oro los travesaños.
El velo interior y la cortina de entrada
36:35 Hizo el velo de hilo azul, púrpura y escarlata, y de lino fino de hilos retorcidos. Lo hizo con querubines, obra de un artesano experto.
36:36 Hizo para él cuatro columnas de acacia y las recubrió de oro. Sus ganchos eran de oro; fundió para ellas cuatro bases de plata.
36:37 Hizo una cortina para la entrada de la tienda, de hilo azul, púrpura y escarlata, y de lino fino de hilos retorcidos, trabajo de bordador.
36:38 Hizo sus cinco columnas y sus ganchos. Recubrió de oro sus capiteles y sus abrazaderas; sus cinco bases eran de cobre.

Capítulo 37
El arca y el propiciatorio
Texto relacionado: Éxodo 25:10–22.
37:1 Bezaleel hizo el arca de madera de acacia. Medía aproximadamente un metro con quince centímetros de largo, sesenta y nueve centímetros de ancho y sesenta y nueve centímetros de alto.
37:2 La recubrió de oro puro por dentro y por fuera, y le hizo una moldura de oro alrededor.
37:3 Fundió para ella cuatro anillos de oro, para sus cuatro patas: dos anillos en uno de sus lados y dos anillos en el otro lado.
37:4 Hizo varas de madera de acacia y las recubrió de oro.
37:5 Metió las varas por los anillos de los costados del arca para transportar el arca.
37:6 Hizo el propiciatorio de oro puro. Medía aproximadamente un metro con quince centímetros de largo y sesenta y nueve centímetros de ancho.
37:7 Hizo dos querubines de oro, labrados a martillo, en los dos extremos del propiciatorio.
37:8 Un querubín en un extremo y un querubín en el otro extremo; hizo los querubines de una sola pieza con el propiciatorio, en sus dos extremos.
37:9 Los querubines extendían las alas hacia arriba, cubriendo con ellas el propiciatorio. Sus rostros estaban uno frente al otro; los rostros de los querubines miraban hacia el propiciatorio.
La mesa y sus utensilios
Texto relacionado: Éxodo 25:23–30.
37:10 Hizo la mesa de madera de acacia. Medía aproximadamente noventa y dos centímetros de largo, cuarenta y seis centímetros de ancho y sesenta y nueve centímetros de alto.
37:11 La recubrió de oro puro y le hizo una moldura de oro alrededor.
37:12 Le hizo un reborde de unos ocho centímetros de ancho alrededor, y a ese reborde le hizo una moldura de oro alrededor.
37:13 Fundió para ella cuatro anillos de oro y puso los anillos en las cuatro esquinas, junto a sus cuatro patas.
37:14 Los anillos estaban junto al reborde y servían de soportes para las varas con las que se transportaba la mesa.
37:15 Hizo las varas de madera de acacia y las recubrió de oro, para transportar la mesa.
37:16 Hizo de oro puro los utensilios que iban sobre la mesa: sus platos, sus cucharones, sus tazones y las jarras con las que se derramaban las libaciones.
El candelabro de oro
Texto relacionado: Éxodo 25:31–40.
37:17 Hizo el candelabro de oro puro. Hizo el candelabro labrado a martillo; su base, su tronco, sus copas, sus botones y sus flores formaban una sola pieza con él.
37:18 De sus lados salían seis brazos: tres brazos del candelabro de un lado y tres brazos del candelabro del otro lado.
37:19 En un brazo había tres copas en forma de flor de almendro, con un botón y una flor; en otro brazo había tres copas en forma de flor de almendro, con un botón y una flor. Así era en los seis brazos que salían del candelabro.
37:20 En el tronco del candelabro había cuatro copas en forma de flor de almendro, con sus botones y sus flores.
37:21 Había un botón debajo de dos brazos que salían de él, otro botón debajo de otros dos brazos que salían de él, y otro botón debajo de otros dos brazos que salían de él. Así era para los seis brazos que salían del candelabro.
37:22 Sus botones y sus brazos formaban una sola pieza con él; todo era una sola pieza de oro puro labrado a martillo.
37:23 Hizo sus siete lámparas, sus pinzas y sus bandejas de oro puro.
37:24 Lo hizo, junto con todos sus utensilios, con unos treinta y cuatro kilos de oro puro.
El altar del incienso y los perfumes sagrados
Textos relacionados: Éxodo 30:1–10; Éxodo 30:22–38.
37:25 Hizo el altar del incienso de madera de acacia. Era cuadrado, de aproximadamente cuarenta y seis centímetros de largo y cuarenta y seis centímetros de ancho, y noventa y dos centímetros de alto. Sus cuernos formaban una sola pieza con él.
37:26 Lo recubrió de oro puro: su parte superior, sus paredes alrededor y sus cuernos. También le hizo una moldura de oro alrededor.
37:27 Le hizo dos anillos de oro debajo de su moldura, en sus dos costados, a ambos lados, como soportes para las varas con las que se transportaba.
37:28 Hizo las varas de madera de acacia y las recubrió de oro.
37:29 Hizo el aceite sagrado de la unción y el incienso aromático puro, trabajo de perfumador.

Capítulo 38
El altar del holocausto
Texto relacionado: Éxodo 27:1–8.
38:1 Hizo el altar del holocausto de madera de acacia. Era cuadrado; medía aproximadamente dos metros con treinta centímetros de largo, dos metros con treinta centímetros de ancho y un metro con cuarenta centímetros de alto.
38:2 Hizo sus cuernos en sus cuatro esquinas; los cuernos formaban una sola pieza con él. Lo recubrió de cobre.
38:3 Hizo todos los utensilios del altar: los recipientes, las palas, los tazones, los garfios y los braseros. Hizo de cobre todos sus utensilios.
38:4 Hizo para el altar una rejilla de cobre en forma de red, debajo de su reborde, por la parte inferior, hasta la mitad del altar.
38:5 Fundió cuatro anillos para los cuatro extremos de la rejilla de cobre, como soportes para las varas.
38:6 Hizo las varas de madera de acacia y las recubrió de cobre.
38:7 Metió las varas por los anillos de los costados del altar, para transportarlo con ellas. Lo hizo hueco, de tablas.
La pila para el lavado sacerdotal
Texto relacionado: Éxodo 30:17–21.
38:8 Hizo la pila de cobre y su base de cobre con los espejos de las mujeres que servían a la entrada de la tienda de reunión.
El atrio del tabernáculo
Texto relacionado: Éxodo 27:9–19.
38:9 Hizo el atrio. Para el lado sur, las cortinas del atrio eran de lino fino de hilos retorcidos y medían unos cuarenta y seis metros.
38:10 Sus columnas eran veinte, y sus veinte bases eran de cobre. Los ganchos de las columnas y sus abrazaderas eran de plata.
38:11 Para el lado norte, las cortinas medían unos cuarenta y seis metros; sus columnas eran veinte, y sus veinte bases eran de cobre. Los ganchos de las columnas y sus abrazaderas eran de plata.
38:12 Para el lado occidental había cortinas de unos veintitrés metros, con sus diez columnas y sus diez bases. Los ganchos de las columnas y sus abrazaderas eran de plata.
38:13 El lado oriental, hacia la salida del sol, medía unos veintitrés metros.
38:14 A un lado había cortinas de unos seis metros con noventa centímetros, con sus tres columnas y sus tres bases.
38:15 Al otro lado, a uno y otro lado de la entrada del atrio, había cortinas de unos seis metros con noventa centímetros, con sus tres columnas y sus tres bases.
38:16 Todas las cortinas que rodeaban el atrio eran de lino fino de hilos retorcidos.
38:17 Las bases de las columnas eran de cobre; los ganchos de las columnas y sus abrazaderas eran de plata, y sus capiteles estaban recubiertos de plata. Todas las columnas del atrio llevaban abrazaderas de plata.
38:18 La cortina de la entrada del atrio era trabajo de bordador, de hilo azul, púrpura y escarlata, y de lino fino de hilos retorcidos. Medía aproximadamente nueve metros con veinte centímetros de largo y dos metros con treinta centímetros de alto, a la misma altura que las cortinas del atrio.
38:19 Sus columnas eran cuatro, y sus cuatro bases eran de cobre. Sus ganchos eran de plata, sus capiteles estaban recubiertos de plata y sus abrazaderas eran de plata.
38:20 Todas las estacas del tabernáculo y las que rodeaban el atrio eran de cobre.
Las cuentas del tabernáculo
38:21 Estas son las cuentas del tabernáculo, del tabernáculo del Testimonio, hechas por orden de Moisés. Fue trabajo de los levitas bajo la dirección de Itamar, hijo del sacerdote Aarón.
38:22 Bezaleel, hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá, hizo todo lo que el SEÑOR había mandado a Moisés.
38:23 Con él estaba Aholiab, hijo de Ahisamac, de la tribu de Dan, artesano, diseñador y bordador en hilo azul, púrpura y escarlata, y en lino fino.
Metales usados en el santuario
38:24 Todo el oro empleado en la obra, en toda la obra del santuario, el oro de la ofrenda mecida, sumaba aproximadamente novecientos noventa y cuatro kilos, según el siclo del santuario.
38:25 La plata de los empadronados de la comunidad sumaba aproximadamente tres mil cuatrocientos veinte kilos, según el siclo del santuario.
38:26 La aportación por persona fue de unos seis gramos de plata —un becá, es decir, medio siclo, según el siclo del santuario—, por cada uno de los empadronados de veinte años en adelante: seiscientos tres mil quinientos cincuenta.
38:27 Para fundir las bases del santuario y las bases del velo se emplearon unos tres mil cuatrocientos kilos de plata: cien bases con esos tres mil cuatrocientos kilos, unos treinta y cuatro kilos por base.
38:28 Con los aproximadamente veinte kilos restantes hizo los ganchos de las columnas, recubrió sus capiteles y les puso abrazaderas.
38:29 El cobre de la ofrenda mecida sumaba aproximadamente dos mil cuatrocientos siete kilos.
38:30 Con él hizo las bases de la entrada de la tienda de reunión, el altar de cobre, su rejilla de cobre y todos los utensilios del altar;
38:31 las bases que rodeaban el atrio, las bases de la entrada del atrio, todas las estacas del tabernáculo y todas las estacas que rodeaban el atrio.

Capítulo 39
Las vestiduras para el servicio sacerdotal
Texto relacionado: Éxodo 28:1–43.
39:1 Con hilo azul, púrpura y escarlata hicieron vestiduras tejidas para servir en el Lugar Santo. También hicieron las vestiduras sagradas para Aarón, como el SEÑOR había mandado a Moisés.
El efod y las piedras de memoria
Texto relacionado: Éxodo 28:6–14.
39:2 Hizo el efod de oro, de hilo azul, púrpura y escarlata, y de lino fino de hilos retorcidos.
39:3 Batieron las láminas de oro, y él cortó de ellas hilos para trabajarlos entre el hilo azul, el púrpura, el escarlata y el lino fino, obra de un artesano experto.
39:4 Le hicieron hombreras que se unían; el efod quedó unido en sus dos extremos.
39:5 El cinto del efod que iba sobre él formaba una sola pieza con él y tenía la misma labor: oro, hilo azul, púrpura y escarlata, y lino fino de hilos retorcidos, como el SEÑOR había mandado a Moisés.
39:6 Labraron las piedras de ónice, montadas en engastes de oro, grabadas como un sello con los nombres de los hijos de Israel.
39:7 Las puso en las hombreras del efod como piedras de memoria para los hijos de Israel, como el SEÑOR había mandado a Moisés.
El pectoral y los nombres de las doce tribus
Texto relacionado: Éxodo 28:15–30.
39:8 Hizo el pectoral, obra de un artesano experto, con la misma labor que el efod: oro, hilo azul, púrpura y escarlata, y lino fino de hilos retorcidos.
39:9 Era cuadrado; hicieron el pectoral doble. Cuando estaba doblado, medía aproximadamente veintitrés centímetros de largo y veintitrés centímetros de ancho.
39:10 Engastaron en él cuatro hileras de piedras: una hilera de cornalina, topacio y esmeralda; esa era la primera hilera.
39:11 La segunda hilera, turquesa, zafiro y diamante.
39:12 La tercera hilera, jacinto, ágata y amatista.
39:13 La cuarta hilera, berilo, ónice y jaspe. Estaban montadas en sus engastes de oro.
39:14 Las piedras correspondían a los nombres de los hijos de Israel; eran doce, según sus nombres. Estaban grabadas como un sello, cada una con el nombre correspondiente, para las doce tribus.
39:15 Hicieron para el pectoral cadenas de oro puro, trenzadas en forma de cordón.
39:16 Hicieron dos engastes de oro y dos anillos de oro, y pusieron los dos anillos en los dos extremos del pectoral.
39:17 Fijaron los dos cordones de oro a los dos anillos de los extremos del pectoral.
39:18 Fijaron los dos extremos de los dos cordones a los dos engastes, y los pusieron en las hombreras del efod, por delante.
39:19 Hicieron dos anillos de oro y los pusieron en los dos extremos del pectoral, en su borde interior, el que miraba hacia el efod.
39:20 Hicieron dos anillos de oro y los pusieron en la parte inferior de las dos hombreras del efod, por delante, junto a su unión, por encima del cinto del efod.
39:21 Ataron el pectoral por sus anillos a los anillos del efod con un cordón azul, para que quedara sobre el cinto del efod y no se separara el pectoral del efod, como el SEÑOR había mandado a Moisés.
El manto y las demás prendas sacerdotales
Texto relacionado: Éxodo 28:31–43.
39:22 Hizo el manto del efod, trabajo de tejedor, enteramente de hilo azul.
39:23 La abertura del manto estaba en el centro, como la abertura de una coraza; tenía un reborde alrededor de la abertura para que no se rasgara.
39:24 Hicieron en los bordes del manto granadas de hilos retorcidos de color azul, púrpura y escarlata.
39:25 Hicieron campanillas de oro puro y pusieron las campanillas entre las granadas, en los bordes del manto, alrededor, entre las granadas.
39:26 Una campanilla y una granada, una campanilla y una granada, alrededor de los bordes del manto, para servir, como el SEÑOR había mandado a Moisés.
39:27 Hicieron las túnicas de lino fino, trabajo de tejedor, para Aarón y sus hijos;
39:28 el turbante de lino fino, los gorros adornados de lino fino y los calzoncillos de lino, de lino fino de hilos retorcidos;
39:29 y la faja de lino fino de hilos retorcidos, de hilo azul, púrpura y escarlata, trabajo de bordador, como el SEÑOR había mandado a Moisés.
La diadema consagrada al Señor
Texto relacionado: Éxodo 28:36–38.
39:30 Hicieron la lámina de la diadema sagrada de oro puro y escribieron sobre ella, grabado como un sello: «Santidad al SEÑOR».
39:31 Pusieron en ella un cordón azul para colocarla sobre la parte alta del turbante, como el SEÑOR había mandado a Moisés.
La obra se entrega a Moisés
Texto relacionado: Éxodo 35:10–19.
39:32 Así se terminó toda la obra del tabernáculo, de la tienda de reunión. Los israelitas hicieron todo conforme a lo que el SEÑOR había mandado a Moisés; así lo hicieron.
39:33 Llevaron a Moisés el tabernáculo: la tienda y todos sus utensilios, sus broches, sus tablas, sus travesaños, sus columnas y sus bases;
39:34 la cubierta de pieles de carnero teñidas de rojo, la cubierta de cuero fino y el velo de separación;
39:35 el arca del Testimonio, sus varas y el propiciatorio;
39:36 la mesa, todos sus utensilios y el pan de la Presencia;
39:37 el candelabro puro, sus lámparas, las lámparas dispuestas en orden, todos sus utensilios y el aceite para el alumbrado;
39:38 el altar de oro, el aceite de la unción, el incienso aromático y la cortina de la entrada de la tienda;
39:39 el altar de cobre, su rejilla de cobre, sus varas y todos sus utensilios, la pila y su base;
39:40 las cortinas del atrio, sus columnas y sus bases, la cortina de la entrada del atrio, sus cuerdas, sus estacas y todos los utensilios del servicio del tabernáculo, de la tienda de reunión;
39:41 las vestiduras tejidas para servir en el Lugar Santo, las vestiduras sagradas del sacerdote Aarón y las vestiduras de sus hijos para ejercer el sacerdocio.
39:42 Conforme a todo lo que el SEÑOR había mandado a Moisés, así hicieron los israelitas toda la obra.
39:43 Moisés examinó toda la obra: la habían hecho como el SEÑOR había mandado; así la hicieron. Y Moisés los bendijo.

Capítulo 40
La preparación para levantar el santuario
40:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
40:2 «El primer día del mes primero levantarás el tabernáculo, la tienda de reunión.
40:3 Pondrás allí el arca del Testimonio y cubrirás el arca con el velo.
40:4 Traerás la mesa y dispondrás lo que va sobre ella. Traerás el candelabro y encenderás sus lámparas.
40:5 Colocarás el altar de oro para el incienso delante del arca del Testimonio y pondrás la cortina de la entrada del tabernáculo.
40:6 Pondrás el altar del holocausto delante de la entrada del tabernáculo, de la tienda de reunión.
40:7 Colocarás la pila entre la tienda de reunión y el altar, y pondrás agua en ella.
40:8 Montarás el atrio alrededor y colocarás la cortina de la entrada del atrio.
La consagración de la tienda y sus servidores
Textos relacionados: Éxodo 30:22–33; Éxodo 29:1–9.
40:9 Tomarás el aceite de la unción y ungirás el tabernáculo y todo lo que hay en él. Lo consagrarás con todos sus utensilios, y será santo.
40:10 Ungirás el altar del holocausto y todos sus utensilios. Consagrarás el altar, y el altar será santísimo.
40:11 Ungirás la pila y su base, y la consagrarás.
40:12 Llevarás a Aarón y a sus hijos a la entrada de la tienda de reunión, y los lavarás con agua.
40:13 Vestirás a Aarón con las vestiduras sagradas, lo ungirás y lo consagrarás, para que me sirva como sacerdote.
40:14 Harás que se acerquen sus hijos y los vestirás con túnicas.
40:15 Los ungirás como ungiste a su padre, y me servirán como sacerdotes. Su unción les conferirá un sacerdocio perpetuo a lo largo de sus generaciones».
40:16 Moisés hizo conforme a todo lo que el SEÑOR le había mandado; así lo hizo.
Moisés levanta y dispone el santuario
40:17 En el mes primero del segundo año, el primer día del mes, fue levantado el tabernáculo.
40:18 Moisés levantó el tabernáculo, asentó sus bases, colocó sus tablas, puso sus travesaños y levantó sus columnas.
40:19 Extendió la tienda sobre el tabernáculo y puso encima la cubierta de la tienda, como el SEÑOR había mandado a Moisés.
40:20 Tomó el Testimonio y lo puso dentro del arca. Colocó las varas en el arca y puso el propiciatorio encima del arca.
40:21 Llevó el arca al tabernáculo, puso el velo de separación y cubrió el arca del Testimonio, como el SEÑOR había mandado a Moisés.
40:22 Puso la mesa en la tienda de reunión, al lado norte del tabernáculo, fuera del velo.
40:23 Dispuso sobre ella el pan en orden delante del SEÑOR, como el SEÑOR había mandado a Moisés.
40:24 Colocó el candelabro en la tienda de reunión, enfrente de la mesa, al lado sur del tabernáculo.
40:25 Encendió las lámparas delante del SEÑOR, como el SEÑOR había mandado a Moisés.
40:26 Puso el altar de oro en la tienda de reunión, delante del velo,
40:27 y quemó sobre él incienso aromático, como el SEÑOR había mandado a Moisés.
40:28 Puso la cortina de la entrada del tabernáculo.
40:29 Colocó el altar del holocausto a la entrada del tabernáculo, de la tienda de reunión, y ofreció sobre él el holocausto y la ofrenda de cereal, como el SEÑOR había mandado a Moisés.
40:30 Puso la pila entre la tienda de reunión y el altar, y puso allí agua para lavarse.
40:31 Moisés, Aarón y sus hijos se lavaban las manos y los pies con agua de la pila.
40:32 Cuando entraban en la tienda de reunión y cuando se acercaban al altar, se lavaban, como el SEÑOR había mandado a Moisés.
40:33 Levantó el atrio alrededor del tabernáculo y del altar, y puso la cortina de la entrada del atrio. Así terminó Moisés la obra.
La gloria del Señor llena el tabernáculo
Texto relacionado: Números 9:15–23.
40:34 La nube cubrió la tienda de reunión, y la gloria del SEÑOR llenó el tabernáculo.
40:35 Moisés no podía entrar en la tienda de reunión, porque la nube se había posado sobre ella, y la gloria del SEÑOR llenaba el tabernáculo.
40:36 En todas sus jornadas, cuando la nube se alzaba de sobre el tabernáculo, los israelitas se ponían en marcha.
40:37 Pero si la nube no se alzaba, no se ponían en marcha hasta el día en que se alzaba.
40:38 Porque la nube del SEÑOR estaba sobre el tabernáculo de día, y de noche había fuego allí, a la vista de toda la casa de Israel, en todas sus jornadas.

LEVÍTICO

Capítulo 1
Las ofrendas ante el Señor
1:1 El SEÑOR llamó a Moisés y le habló desde la tienda de reunión, diciendo:
1:2 «Habla a los israelitas y diles: “Cuando alguno de ustedes presente una ofrenda al SEÑOR, ofrecerán su ofrenda de animales del ganado: del ganado vacuno o del rebaño de ovejas y cabras.
El holocausto de ganado vacuno
1:3 Si su ofrenda es un holocausto del ganado vacuno, presentará un macho sin defecto. Lo presentará a la entrada de la tienda de reunión, para que sea aceptado en su favor delante del SEÑOR.
1:4 Apoyará su mano sobre la cabeza del holocausto, y este será aceptado en su favor para hacer expiación por él.
1:5 Degollará el novillo delante del SEÑOR. Los hijos de Aarón, los sacerdotes, presentarán la sangre y la salpicarán alrededor sobre el altar que está a la entrada de la tienda de reunión.
1:6 Desollará el animal del holocausto y lo cortará en piezas.
1:7 Los hijos del sacerdote Aarón pondrán fuego en el altar y dispondrán leña sobre el fuego.
1:8 Los hijos de Aarón, los sacerdotes, dispondrán las piezas, la cabeza y el sebo sobre la leña que está sobre el fuego, encima del altar.
1:9 El que trae la ofrenda lavará con agua las entrañas y las patas, y el sacerdote lo hará arder todo sobre el altar. Es un holocausto, una ofrenda quemada de aroma grato al SEÑOR.
El holocausto de ovejas y cabras
1:10 Si su ofrenda para holocausto es del rebaño, de las ovejas o de las cabras, presentará un macho sin defecto.
1:11 Lo degollará al lado norte del altar, delante del SEÑOR. Los hijos de Aarón, los sacerdotes, salpicarán su sangre alrededor sobre el altar.
1:12 Lo cortará en piezas, con su cabeza y su sebo, y el sacerdote los dispondrá sobre la leña que está sobre el fuego, encima del altar.
1:13 El que trae la ofrenda lavará con agua las entrañas y las patas. El sacerdote lo presentará todo y lo hará arder sobre el altar. Es un holocausto, una ofrenda quemada de aroma grato al SEÑOR.
El holocausto de aves
1:14 Si su ofrenda al SEÑOR es un holocausto de aves, presentará su ofrenda de tórtolas o de pichones de paloma.
1:15 El sacerdote la acercará al altar, le arrancará la cabeza y la hará arder sobre el altar. Su sangre se escurrirá por la pared del altar.
1:16 Le quitará el buche con sus plumas y lo arrojará junto al altar, hacia el oriente, al lugar de las cenizas.
1:17 La abrirá por las alas, pero sin separarla por completo, y el sacerdote la hará arder sobre el altar, sobre la leña que está sobre el fuego. Es un holocausto, una ofrenda quemada de aroma grato al SEÑOR”».

Capítulo 2
La ofrenda de cereal y su porción memorial
2:1 «Cuando una persona presente una ofrenda de cereal al SEÑOR, su ofrenda será de harina fina. Derramará aceite sobre ella y pondrá incienso sobre ella.
2:2 La llevará a los hijos de Aarón, los sacerdotes. El sacerdote tomará de allí un puñado de la harina fina y del aceite, junto con todo el incienso, y hará arder su porción memorial sobre el altar, como ofrenda quemada de aroma grato al SEÑOR.
2:3 Lo que quede de la ofrenda de cereal será para Aarón y sus hijos; es una porción santísima de las ofrendas quemadas al SEÑOR.
Las preparaciones cocidas de la ofrenda
2:4 Cuando presentes una ofrenda de cereal cocida en horno, será de harina fina: tortas sin levadura amasadas con aceite, u obleas sin levadura untadas con aceite.
2:5 Si tu ofrenda es una ofrenda de cereal hecha en sartén, será de harina fina amasada con aceite, sin levadura.
2:6 La partirás en pedazos y derramarás aceite sobre ella. Es una ofrenda de cereal.
2:7 Si tu ofrenda es una ofrenda de cereal hecha en cazuela, se hará de harina fina con aceite.
2:8 Llevarás al SEÑOR la ofrenda de cereal que se haya preparado de estas cosas. Quien la traiga la presentará al sacerdote, y él la acercará al altar.
2:9 El sacerdote retirará de la ofrenda de cereal su porción memorial y la hará arder sobre el altar, como ofrenda quemada de aroma grato al SEÑOR.
2:10 Lo que quede de la ofrenda de cereal será para Aarón y sus hijos; es una porción santísima de las ofrendas quemadas al SEÑOR.
Levadura, primicias y sal del pacto
2:11 Ninguna ofrenda de cereal que presenten al SEÑOR se hará con levadura, porque no harán arder como ofrenda quemada al SEÑOR ninguna levadura ni ninguna miel.
2:12 Podrán presentarlas al SEÑOR como ofrenda de primicias, pero no subirán al altar como aroma grato.
2:13 Sazonarás con sal toda ofrenda de cereal que presentes. No harás que falte de tu ofrenda de cereal la sal del pacto de tu Dios. Con todas tus ofrendas presentarás sal.
Las primicias del grano nuevo
2:14 Si presentas al SEÑOR una ofrenda de cereal de las primicias, presentarás como ofrenda de tus primicias espigas tiernas tostadas al fuego, grano fresco desmenuzado.
2:15 Pondrás aceite sobre ella y pondrás incienso sobre ella. Es una ofrenda de cereal.
2:16 El sacerdote hará arder su porción memorial, parte del grano desmenuzado y del aceite, junto con todo el incienso, como ofrenda quemada al SEÑOR».

Capítulo 3
Los sacrificios de paz y la comunión
3:1 «Si su ofrenda es un sacrificio de paz, si la presenta del ganado vacuno, sea macho o hembra, la presentará sin defecto delante del SEÑOR.
3:2 Apoyará su mano sobre la cabeza de su ofrenda y la degollará a la entrada de la tienda de reunión. Los hijos de Aarón, los sacerdotes, salpicarán la sangre alrededor sobre el altar.
3:3 Del sacrificio de paz presentará como ofrenda quemada al SEÑOR la grasa que cubre las entrañas y toda la grasa que está sobre las entrañas;
3:4 los dos riñones y la grasa que está sobre ellos, junto a los lomos, y el lóbulo del hígado, que quitará junto con los riñones.
3:5 Los hijos de Aarón lo harán arder sobre el altar, sobre el holocausto que está sobre la leña, encima del fuego. Es una ofrenda quemada de aroma grato al SEÑOR.
Los sacrificios del rebaño
3:6 Si su ofrenda para sacrificio de paz al SEÑOR es del rebaño, sea macho o hembra, la presentará sin defecto.
3:7 Si presenta un cordero como su ofrenda, lo presentará delante del SEÑOR.
3:8 Apoyará su mano sobre la cabeza de su ofrenda y la degollará delante de la tienda de reunión. Los hijos de Aarón salpicarán su sangre alrededor sobre el altar.
3:9 Del sacrificio de paz presentará como ofrenda quemada al SEÑOR su grasa: la cola gorda entera, que quitará junto al espinazo, la grasa que cubre las entrañas y toda la grasa que está sobre las entrañas;
3:10 los dos riñones y la grasa que está sobre ellos, junto a los lomos, y el lóbulo del hígado, que quitará junto con los riñones.
3:11 El sacerdote lo hará arder sobre el altar. Es alimento, una ofrenda quemada para el SEÑOR.
El sacrificio de ganado caprino
3:12 Si su ofrenda es una cabra, la presentará delante del SEÑOR.
3:13 Apoyará su mano sobre la cabeza de ella y la degollará delante de la tienda de reunión. Los hijos de Aarón salpicarán su sangre alrededor sobre el altar.
3:14 Presentará de ella su ofrenda, como ofrenda quemada al SEÑOR: la grasa que cubre las entrañas y toda la grasa que está sobre las entrañas;
3:15 los dos riñones y la grasa que está sobre ellos, junto a los lomos, y el lóbulo del hígado, que quitará junto con los riñones.
3:16 El sacerdote los hará arder sobre el altar. Es alimento, una ofrenda quemada de aroma grato. Toda la grasa pertenece al SEÑOR.
La grasa y la sangre reservadas al Señor
3:17 Será un estatuto perpetuo a lo largo de sus generaciones, dondequiera que habiten: no comerán ninguna grasa ni ninguna sangre».

Capítulo 4
Las ofrendas por el pecado inadvertido
4:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
4:2 «Habla a los israelitas y diles: “Cuando alguien peque por error contra cualquiera de los mandamientos del SEÑOR sobre las cosas que no deben hacerse, y haga alguna de ellas,
El pecado del sacerdote ungido
4:3 si el sacerdote ungido peca, haciendo culpable al pueblo, presentará al SEÑOR, por el pecado que cometió, un novillo sin defecto como ofrenda por el pecado.
4:4 Llevará el novillo a la entrada de la tienda de reunión, delante del SEÑOR, apoyará su mano sobre la cabeza del novillo y degollará el novillo delante del SEÑOR.
4:5 El sacerdote ungido tomará parte de la sangre del novillo y la llevará a la tienda de reunión.
4:6 El sacerdote mojará su dedo en la sangre y rociará parte de la sangre siete veces delante del SEÑOR, frente al velo del santuario.
4:7 El sacerdote pondrá parte de la sangre sobre los cuernos del altar del incienso aromático, que está delante del SEÑOR en la tienda de reunión. Derramará toda la sangre del novillo al pie del altar del holocausto, que está a la entrada de la tienda de reunión.
4:8 Retirará del novillo de la ofrenda por el pecado toda su grasa: la grasa que cubre las entrañas y toda la grasa que está sobre las entrañas;
4:9 los dos riñones y la grasa que está sobre ellos, junto a los lomos, y el lóbulo del hígado, que quitará junto con los riñones,
4:10 tal como se retira de la res del sacrificio de paz. El sacerdote los hará arder sobre el altar del holocausto.
4:11 La piel del novillo y toda su carne, con su cabeza, sus patas, sus entrañas y su estiércol,
4:12 es decir, todo el novillo, lo sacará fuera del campamento, a un lugar puro, donde se depositan las cenizas. Lo quemará al fuego sobre leña; en el lugar donde se depositan las cenizas será quemado.
El pecado de la comunidad
4:13 Si toda la comunidad de Israel se equivoca y el asunto queda oculto a los ojos de la asamblea, y hace alguna de las cosas que los mandamientos del SEÑOR prohíben, será culpable.
4:14 Cuando llegue a conocerse el pecado que han cometido, la asamblea presentará un novillo como ofrenda por el pecado y lo llevará delante de la tienda de reunión.
4:15 Los ancianos de la comunidad apoyarán sus manos sobre la cabeza del novillo delante del SEÑOR, y se degollará el novillo delante del SEÑOR.
4:16 El sacerdote ungido llevará parte de la sangre del novillo a la tienda de reunión.
4:17 El sacerdote mojará su dedo en la sangre y rociará siete veces delante del SEÑOR, frente al velo.
4:18 Pondrá parte de la sangre sobre los cuernos del altar que está delante del SEÑOR, en la tienda de reunión, y derramará toda la sangre al pie del altar del holocausto, que está a la entrada de la tienda de reunión.
4:19 Retirará de él toda su grasa y la hará arder sobre el altar.
4:20 Hará con el novillo como hizo con el novillo de la ofrenda por el pecado; así hará con él. El sacerdote hará expiación por ellos y serán perdonados.
4:21 Sacará el novillo fuera del campamento y lo quemará como quemó el primer novillo. Es la ofrenda por el pecado de la asamblea.
La ofrenda de un jefe
4:22 Cuando un jefe peque y haga por error alguna de las cosas que los mandamientos del SEÑOR su Dios prohíben, y sea culpable,
4:23 si se le hace saber el pecado que cometió, traerá como su ofrenda un macho cabrío sin defecto.
4:24 Apoyará su mano sobre la cabeza del macho cabrío y lo degollará en el lugar donde se degüella el holocausto, delante del SEÑOR. Es una ofrenda por el pecado.
4:25 El sacerdote tomará con su dedo parte de la sangre de la ofrenda por el pecado, la pondrá sobre los cuernos del altar del holocausto y derramará su sangre al pie del altar del holocausto.
4:26 Hará arder toda su grasa sobre el altar, como la grasa del sacrificio de paz. El sacerdote hará expiación por él, por su pecado, y será perdonado.
Las ofrendas de una persona del pueblo
4:27 Si alguna persona del pueblo peca por error, haciendo alguna de las cosas que los mandamientos del SEÑOR prohíben, y es culpable,
4:28 cuando se le haga saber el pecado que cometió, traerá como su ofrenda una cabra hembra sin defecto, por el pecado que cometió.
4:29 Apoyará su mano sobre la cabeza de la ofrenda por el pecado y degollará la ofrenda por el pecado en el lugar del holocausto.
4:30 El sacerdote tomará con su dedo parte de su sangre, la pondrá sobre los cuernos del altar del holocausto y derramará toda su sangre al pie del altar.
4:31 Retirará toda su grasa como se retira la grasa del sacrificio de paz. El sacerdote la hará arder sobre el altar como aroma grato al SEÑOR. El sacerdote hará expiación por él y será perdonado.
4:32 Si trae un cordero como su ofrenda por el pecado, traerá una hembra sin defecto.
4:33 Apoyará su mano sobre la cabeza de la ofrenda por el pecado y la degollará como ofrenda por el pecado en el lugar donde se degüella el holocausto.
4:34 El sacerdote tomará con su dedo parte de la sangre de la ofrenda por el pecado, la pondrá sobre los cuernos del altar del holocausto y derramará toda su sangre al pie del altar.
4:35 Retirará toda su grasa como se retira la grasa del cordero del sacrificio de paz. El sacerdote hará arder esas partes sobre el altar, encima de las ofrendas quemadas al SEÑOR. El sacerdote hará expiación por él, por el pecado que cometió, y será perdonado”».

Capítulo 5
Faltas que requieren confesión y expiación
5:1 «Si alguien oye un llamamiento a testificar bajo juramento y es testigo de algo que ha visto o sabe, peca si no lo declara y cargará con su culpa.
5:2 O si alguien toca cualquier cosa impura, ya sea el cadáver de un animal silvestre impuro, el cadáver de un animal doméstico impuro o el cadáver de un animal rastrero impuro, aunque no se dé cuenta de ello, quedará impuro y será culpable.
5:3 O si alguien toca alguna impureza humana, de cualquier clase que pueda hacerlo impuro, y no se da cuenta de ello, cuando lo sepa será culpable.
5:4 O si alguien jura a la ligera con sus labios hacer mal o hacer bien, cualquiera de las cosas que una persona pueda expresar a la ligera bajo juramento, y no se da cuenta de ello, cuando lo sepa será culpable de alguna de estas cosas.
5:5 Cuando sea culpable de alguna de estas cosas, confesará aquello en que pecó.
5:6 Llevará al SEÑOR, como reparación por el pecado que cometió, una hembra del rebaño, una cordera o una cabra, como ofrenda por el pecado. El sacerdote hará expiación por él, por su pecado.
5:7 Si no le alcanza para una oveja o una cabra, llevará al SEÑOR como reparación por el pecado que cometió dos tórtolas o dos pichones de paloma, una como ofrenda por el pecado y otra como holocausto.
5:8 Las llevará al sacerdote, que presentará primero la destinada a ofrenda por el pecado. Le retorcerá la cabeza por la nuca, pero no la separará del cuerpo.
5:9 Rociará parte de la sangre de la ofrenda por el pecado sobre la pared del altar, y el resto de la sangre se escurrirá al pie del altar. Es una ofrenda por el pecado.
5:10 La segunda la preparará como holocausto, conforme a lo prescrito. El sacerdote hará expiación por él, por el pecado que cometió, y será perdonado.
5:11 Si no le alcanza para dos tórtolas o dos pichones de paloma, traerá por el pecado que cometió una ofrenda de unos dos litros de harina fina, como ofrenda por el pecado. No pondrá aceite sobre ella ni pondrá incienso sobre ella, porque es una ofrenda por el pecado.
5:12 La llevará al sacerdote, y el sacerdote tomará de ella un puñado como su porción memorial y lo hará arder sobre el altar, encima de las ofrendas quemadas al SEÑOR. Es una ofrenda por el pecado.
5:13 El sacerdote hará expiación por él, por el pecado que cometió en alguna de estas cosas, y será perdonado. Lo que reste será para el sacerdote, como la ofrenda de cereal».
La ofrenda por la culpa y la restitución
5:14 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
5:15 «Cuando una persona cometa una infidelidad y peque por error respecto a las cosas sagradas del SEÑOR, llevará al SEÑOR, como reparación, un carnero sin defecto del rebaño, según tu valoración en siclos de plata —de unos once gramos por siclo—, conforme al siclo del santuario, como ofrenda por la culpa.
5:16 Hará restitución por la falta cometida respecto a lo consagrado, añadirá un veinte por ciento y lo dará al sacerdote. El sacerdote hará expiación por él con el carnero de la ofrenda por la culpa, y será perdonado.
5:17 Si alguien peca y hace alguna de las cosas que los mandamientos del SEÑOR prohíben, aunque no lo sepa, será culpable y cargará con su culpa.
5:18 Llevará al sacerdote un carnero sin defecto del rebaño, según tu valoración, como ofrenda por la culpa. El sacerdote hará expiación por él, por el error en que incurrió sin saberlo, y será perdonado.
5:19 Es una ofrenda por la culpa; ciertamente ha incurrido en culpa contra el SEÑOR».

Capítulo 6
Restitución por el daño al prójimo
6:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
6:2 «Si alguien peca y comete una infidelidad contra el SEÑOR al engañar a su prójimo respecto de algo que se le confió, de una prenda que recibió o de algo robado, o al extorsionar a su prójimo,
6:3 o si encuentra algo perdido y lo niega, jurando en falso sobre cualquiera de estas cosas con las que una persona puede pecar,
6:4 cuando haya pecado y sea culpable, devolverá lo que robó, lo que obtuvo por extorsión, lo que se le confió o lo perdido que encontró,
6:5 o cualquier cosa sobre la que haya jurado en falso. Lo restituirá por entero y añadirá un veinte por ciento; se lo entregará a su dueño el día en que haga reparación por su culpa.
6:6 Llevará al sacerdote, como ofrenda por su culpa al SEÑOR, un carnero sin defecto del rebaño, según tu valoración.
6:7 El sacerdote hará expiación por él delante del SEÑOR, y será perdonado por cualquiera de las cosas que haya hecho y por las que haya incurrido en culpa».
El cuidado sacerdotal del altar y las ofrendas
6:8 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
6:9 «Ordena a Aarón y a sus hijos: “Esta es la ley del holocausto: el holocausto permanecerá sobre el fuego del altar toda la noche, hasta la mañana, y el fuego del altar se mantendrá encendido.
6:10 El sacerdote se pondrá su túnica de lino y se cubrirá el cuerpo con calzoncillos de lino. Recogerá las cenizas que queden del holocausto que el fuego haya consumido sobre el altar y las pondrá junto al altar.
6:11 Después se quitará sus vestiduras, se pondrá otras y llevará las cenizas fuera del campamento, a un lugar puro.
6:12 El fuego del altar se mantendrá encendido; no se apagará. Cada mañana el sacerdote pondrá leña en él, dispondrá sobre él el holocausto y hará arder sobre él la grasa de los sacrificios de paz.
6:13 El fuego arderá continuamente sobre el altar; no se apagará.
La porción sacerdotal de la ofrenda de cereal
6:14 Esta es la ley de la ofrenda de cereal: los hijos de Aarón la presentarán delante del SEÑOR, ante el altar.
6:15 El sacerdote tomará de la ofrenda de cereal un puñado de harina fina con su aceite, junto con todo el incienso que haya sobre ella, y hará arder esta porción memorial sobre el altar como aroma grato al SEÑOR.
6:16 Aarón y sus hijos comerán lo que quede de ella. Se comerá sin levadura en un lugar santo; la comerán en el atrio de la tienda de reunión.
6:17 No se cocerá con levadura. Se la he dado como su porción de mis ofrendas quemadas. Es santísima, como la ofrenda por el pecado y la ofrenda por la culpa.
6:18 Todo varón de entre los descendientes de Aarón podrá comerla. Será un estatuto perpetuo a lo largo de sus generaciones respecto de las ofrendas quemadas al SEÑOR. Todo lo que las toque quedará consagrado”».
La ofrenda de cereal de los sacerdotes
6:19 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
6:20 «Esta es la ofrenda que Aarón y sus hijos presentarán al SEÑOR el día en que Aarón sea ungido: unos dos litros de harina fina como ofrenda de cereal continua, la mitad por la mañana y la mitad por la tarde.
6:21 Se preparará en una sartén con aceite; la traerás bien mezclada. Presentarás la ofrenda de cereal en trozos cocidos como aroma grato al SEÑOR.
6:22 El sacerdote de entre sus hijos que sea ungido en su lugar la preparará. Es un estatuto perpetuo: se hará arder por completo para el SEÑOR.
6:23 Toda ofrenda de cereal de un sacerdote se quemará por completo; no se comerá».
El manejo de la ofrenda por el pecado
6:24 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
6:25 «Habla a Aarón y a sus hijos y diles: “Esta es la ley de la ofrenda por el pecado: en el lugar donde se degüella el holocausto se degollará la ofrenda por el pecado delante del SEÑOR. Es santísima.
6:26 El sacerdote que la ofrezca por el pecado la comerá. Se comerá en un lugar santo, en el atrio de la tienda de reunión.
6:27 Todo lo que toque su carne quedará consagrado. Si algo de su sangre salpica una prenda, lavarás en un lugar santo la parte que haya sido salpicada.
6:28 La vasija de barro en que se cueza deberá romperse; si se cuece en una vasija de cobre, esta deberá restregarse y enjuagarse con agua.
6:29 Todo varón de entre los sacerdotes podrá comerla. Es santísima.
6:30 Pero no se comerá ninguna ofrenda por el pecado cuya sangre se lleve a la tienda de reunión para hacer expiación en el santuario; se quemará al fuego”».

Capítulo 7
Las porciones de la ofrenda por la culpa
7:1 «Esta es la ley de la ofrenda por la culpa. Es santísima.
7:2 En el lugar donde degüellan el holocausto degollarán la ofrenda por la culpa, y el sacerdote salpicará su sangre contra todos los lados del altar.
7:3 Quien presente la ofrenda traerá toda su grasa: la cola gorda y la grasa que cubre las entrañas,
7:4 los dos riñones y la grasa que los cubre, que está sobre los lomos. También quitará el lóbulo del hígado junto con los riñones.
7:5 El sacerdote hará arder todo esto sobre el altar como ofrenda quemada al SEÑOR. Es una ofrenda por la culpa.
7:6 Todo varón de entre los sacerdotes podrá comerla. Se comerá en un lugar santo; es santísima.
7:7 La ofrenda por el pecado y la ofrenda por la culpa tienen una misma ley: la ofrenda pertenecerá al sacerdote que haga expiación con ella.
7:8 Al sacerdote que presente el holocausto de alguien le pertenecerá la piel del holocausto que haya presentado.
7:9 Toda ofrenda de cereal cocida al horno, preparada en cazuela o en sartén pertenecerá al sacerdote que la presente.
7:10 Toda ofrenda de cereal, ya sea amasada con aceite o seca, será para todos los hijos de Aarón, por igual.
La comida de los sacrificios de paz
7:11 Esta es la ley del sacrificio de paz que se presente al SEÑOR.
7:12 Si alguien lo presenta en acción de gracias, junto con el sacrificio de acción de gracias presentará tortas sin levadura amasadas con aceite, obleas sin levadura untadas con aceite y tortas amasadas con aceite, hechas de harina fina bien mezclada.
7:13 Junto con el sacrificio de paz en acción de gracias, presentará su ofrenda con tortas de pan con levadura.
7:14 De cada clase de ofrenda presentará una pieza como ofrenda al SEÑOR. Le pertenecerá al sacerdote que salpique la sangre del sacrificio de paz.
7:15 La carne del sacrificio de paz en acción de gracias se comerá el día en que se presente; no se dejará nada de ella hasta la mañana.
7:16 Pero si el sacrificio que presenta es para cumplir un voto o es una ofrenda voluntaria, se comerá el día en que lo presente, y lo que quede podrá comerse al día siguiente.
7:17 Lo que quede de la carne del sacrificio hasta el tercer día se quemará al fuego.
7:18 Si al tercer día se come algo de la carne de su sacrificio de paz, el sacrificio no será aceptado ni se le tomará en cuenta a quien lo haya presentado. Será una abominación, y quien coma de él cargará con su culpa.
7:19 La carne que toque cualquier cosa impura no se comerá; se quemará al fuego. En cuanto a la otra carne, toda persona pura podrá comerla.
7:20 Pero la persona que coma carne del sacrificio de paz que pertenece al SEÑOR estando impura será apartada de su pueblo.
7:21 Si una persona toca algo impuro, sea una impureza humana, un animal impuro o cualquier cosa detestable e impura, y come carne del sacrificio de paz que pertenece al SEÑOR, esa persona será apartada de su pueblo».
La grasa y la sangre reservadas
7:22 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
7:23 «Habla a los hijos de Israel y diles: “No comerán ninguna grasa de res, de oveja ni de cabra.
7:24 La grasa de un animal hallado muerto o despedazado podrá usarse para cualquier otro fin, pero de ningún modo la comerán.
7:25 Porque cualquiera que coma grasa de un animal del que se presenta una ofrenda quemada al SEÑOR será apartado de su pueblo.
7:26 Dondequiera que habiten, no comerán ninguna sangre, ni de ave ni de animal.
7:27 Toda persona que coma cualquier clase de sangre será apartada de su pueblo”».
Las porciones de los sacerdotes en el sacrificio de paz
7:28 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
7:29 «Habla a los hijos de Israel y diles: “Quien presente su sacrificio de paz al SEÑOR traerá al SEÑOR su ofrenda de ese sacrificio de paz.
7:30 Con sus propias manos traerá las ofrendas quemadas al SEÑOR. Traerá la grasa junto con el pecho, para mecer el pecho como ofrenda mecida delante del SEÑOR.
7:31 El sacerdote hará arder la grasa sobre el altar, pero el pecho será para Aarón y sus hijos.
7:32 De sus sacrificios de paz darán al sacerdote el muslo derecho como ofrenda elevada.
7:33 El hijo de Aarón que presente la sangre y la grasa de los sacrificios de paz recibirá el muslo derecho como su porción.
7:34 Porque he tomado de los hijos de Israel, de sus sacrificios de paz, el pecho de la ofrenda mecida y el muslo de la ofrenda elevada, y se los he dado al sacerdote Aarón y a sus hijos como un derecho perpetuo que recibirán de los hijos de Israel.
7:35 Esta es la porción de Aarón y la porción de sus hijos de las ofrendas quemadas al SEÑOR, desde el día en que fueron presentados para servir como sacerdotes del SEÑOR.
7:36 El SEÑOR mandó que los hijos de Israel les dieran esta porción desde el día en que fueron ungidos, como estatuto perpetuo a lo largo de sus generaciones”».
7:37 Esta es la ley del holocausto, de la ofrenda de cereal, de la ofrenda por el pecado, de la ofrenda por la culpa, de la investidura y del sacrificio de paz,
7:38 que el SEÑOR ordenó a Moisés en el monte Sinaí, el día en que mandó a los hijos de Israel que presentaran sus ofrendas al SEÑOR en el desierto de Sinaí.

Capítulo 8
Consagración de Aarón y de sus hijos
Texto relacionado: Éxodo 29:1–37.
8:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
8:2 «Trae a Aarón y a sus hijos con él, las vestiduras, el aceite de la unción, el novillo de la ofrenda por el pecado, los dos carneros y la cesta de los panes sin levadura.
8:3 Reúne a toda la comunidad a la entrada de la tienda de reunión».
8:4 Moisés hizo lo que el SEÑOR le había ordenado, y la comunidad se reunió a la entrada de la tienda de reunión.
8:5 Moisés dijo a la comunidad: «Esto es lo que el SEÑOR ha ordenado hacer».
8:6 Moisés hizo acercarse a Aarón y a sus hijos, y los lavó con agua.
8:7 Le puso la túnica, le ajustó la faja y lo vistió con el manto. Le puso el efod, lo ciñó con el cinto del efod y aseguró el efod con ese cinto.
8:8 Le puso el pectoral y colocó dentro del pectoral los Urim y los Tumim.
8:9 Le puso el turbante en la cabeza, y en la parte delantera del turbante colocó la lámina de oro, la diadema santa, tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés.
8:10 Moisés tomó el aceite de la unción, ungió el tabernáculo y todo lo que había en él, y los consagró.
8:11 Roció el altar con el aceite siete veces, y ungió el altar y todos sus utensilios, la pila y su base, para consagrarlos.
8:12 Derramó aceite de la unción sobre la cabeza de Aarón y lo ungió para consagrarlo.
8:13 Moisés hizo acercarse a los hijos de Aarón, los vistió con túnicas, les ajustó las fajas y les puso los gorros, tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés.
La ofrenda por el pecado y la preparación del altar
8:14 Presentó el novillo de la ofrenda por el pecado, y Aarón y sus hijos apoyaron sus manos sobre la cabeza del novillo de la ofrenda por el pecado.
8:15 Lo degolló, y Moisés tomó la sangre y la puso con su dedo en los cuernos del altar, por todos sus lados, y así purificó el altar. Derramó la sangre al pie del altar y lo consagró para hacer expiación por él.
8:16 Tomó toda la grasa que cubría las entrañas, el lóbulo del hígado, los dos riñones y su grasa, y Moisés los hizo arder sobre el altar.
8:17 Quemó al fuego, fuera del campamento, el novillo con su piel, su carne y su estiércol, tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés.
El carnero del holocausto
8:18 Presentó el carnero del holocausto, y Aarón y sus hijos apoyaron sus manos sobre la cabeza del carnero.
8:19 Lo degolló, y Moisés salpicó la sangre contra todos los lados del altar.
8:20 Cortó el carnero en trozos, y Moisés hizo arder la cabeza, los trozos y el sebo.
8:21 Lavó las entrañas y las patas con agua, y Moisés hizo arder todo el carnero sobre el altar. Era un holocausto de aroma grato, una ofrenda quemada al SEÑOR, tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés.
El carnero de la investidura
8:22 Presentó el segundo carnero, el carnero de la investidura, y Aarón y sus hijos apoyaron sus manos sobre la cabeza del carnero.
8:23 Lo degolló, y Moisés tomó de su sangre y la puso en el lóbulo de la oreja derecha de Aarón, en el pulgar de su mano derecha y en el dedo gordo de su pie derecho.
8:24 Hizo acercarse a los hijos de Aarón, y Moisés les puso de la sangre en el lóbulo de la oreja derecha, en el pulgar de la mano derecha y en el dedo gordo del pie derecho. Luego Moisés salpicó la sangre contra todos los lados del altar.
8:25 Tomó la grasa, la cola gorda, toda la grasa que cubría las entrañas, el lóbulo del hígado, los dos riñones y su grasa, y el muslo derecho.
8:26 De la cesta de los panes sin levadura que estaba delante del SEÑOR tomó una torta sin levadura, una torta de pan amasado con aceite y una oblea, y las puso sobre la grasa y sobre el muslo derecho.
8:27 Lo puso todo en las manos de Aarón y en las manos de sus hijos, y lo meció como ofrenda mecida delante del SEÑOR.
8:28 Moisés lo tomó de sus manos y lo hizo arder sobre el altar, encima del holocausto. Eran ofrendas de investidura, de aroma grato, una ofrenda quemada al SEÑOR.
8:29 Moisés tomó el pecho y lo meció como ofrenda mecida delante del SEÑOR. Esa fue la porción de Moisés del carnero de la investidura, tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés.
8:30 Moisés tomó del aceite de la unción y de la sangre que estaba sobre el altar y roció a Aarón y sus vestiduras, y a sus hijos y las vestiduras de sus hijos con él. Así consagró a Aarón y sus vestiduras, y a sus hijos y las vestiduras de sus hijos con él.
La comida y los siete días de consagración
8:31 Moisés dijo a Aarón y a sus hijos: «Hiervan la carne a la entrada de la tienda de reunión, y cómanla allí junto con el pan que está en la cesta de la investidura, tal como ordené al decir: “Aarón y sus hijos la comerán”.
8:32 Lo que quede de la carne y del pan lo quemarán al fuego.
8:33 No saldrán de la entrada de la tienda de reunión durante siete días, hasta que se cumplan los días de su investidura, porque durante siete días se realizará su investidura.
8:34 El SEÑOR ha ordenado que se haga como se ha hecho hoy, para hacer expiación por ustedes.
8:35 Permanecerán a la entrada de la tienda de reunión día y noche durante siete días y cumplirán lo que el SEÑOR les ha encomendado, para que no mueran, porque así se me ha ordenado».
8:36 Aarón y sus hijos hicieron todo lo que el SEÑOR había ordenado por medio de Moisés.

Capítulo 9
El inicio del servicio sacerdotal
9:1 Al octavo día, Moisés llamó a Aarón, a sus hijos y a los ancianos de Israel.
9:2 Dijo a Aarón: «Toma un ternero del ganado vacuno para la ofrenda por el pecado y un carnero para el holocausto, ambos sin defecto, y preséntalos delante del SEÑOR.
9:3 A los hijos de Israel les dirás: “Tomen un macho cabrío para la ofrenda por el pecado, y un ternero y un cordero, ambos de un año y sin defecto, para el holocausto.
9:4 Tomen también una res y un carnero para sacrificarlos como ofrendas de paz delante del SEÑOR, y una ofrenda de cereal amasada con aceite, porque hoy el SEÑOR se aparecerá a ustedes”».
9:5 Llevaron lo que Moisés había ordenado ante la tienda de reunión. Toda la comunidad se acercó y se quedó de pie delante del SEÑOR.
9:6 Moisés dijo: «Esto es lo que el SEÑOR ha ordenado que hagan, y la gloria del SEÑOR se aparecerá a ustedes».
9:7 Moisés dijo a Aarón: «Acércate al altar, presenta tu ofrenda por el pecado y tu holocausto, y haz expiación por ti y por el pueblo. Presenta también la ofrenda del pueblo y haz expiación por ellos, tal como el SEÑOR ha ordenado».
Las ofrendas de Aarón por sí mismo
9:8 Aarón se acercó al altar y degolló el ternero de la ofrenda por el pecado que era para él.
9:9 Los hijos de Aarón le presentaron la sangre. Él mojó su dedo en la sangre y la puso en los cuernos del altar; luego derramó la sangre al pie del altar.
9:10 Hizo arder sobre el altar la grasa, los riñones y el lóbulo del hígado de la ofrenda por el pecado, tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés.
9:11 La carne y la piel las quemó al fuego fuera del campamento.
9:12 Degolló el holocausto, y los hijos de Aarón le presentaron la sangre, que él salpicó contra todos los lados del altar.
9:13 Le presentaron el holocausto cortado en trozos, junto con la cabeza, y él los hizo arder sobre el altar.
9:14 Lavó las entrañas y las patas y las hizo arder sobre el holocausto, en el altar.
Las ofrendas por el pueblo
9:15 Presentó la ofrenda del pueblo: tomó el macho cabrío de la ofrenda por el pecado del pueblo, lo degolló y lo ofreció por el pecado como el primero.
9:16 Presentó el holocausto y lo ofreció conforme al rito establecido.
9:17 Presentó la ofrenda de cereal, tomó de ella un puñado y lo hizo arder sobre el altar, además del holocausto de la mañana.
9:18 Degolló la res y el carnero del sacrificio de paz del pueblo. Los hijos de Aarón le presentaron la sangre, que él salpicó contra todos los lados del altar.
9:19 La grasa de la res y del carnero —la cola gorda, la grasa que cubre las entrañas, los riñones y el lóbulo del hígado—
9:20 la pusieron sobre los pechos, y él hizo arder la grasa sobre el altar.
9:21 Aarón meció los pechos y el muslo derecho como ofrenda mecida delante del SEÑOR, tal como Moisés había ordenado.
La bendición y la manifestación del SEÑOR
9:22 Aarón levantó su mano hacia el pueblo y lo bendijo. Después de presentar la ofrenda por el pecado, el holocausto y los sacrificios de paz, descendió.
9:23 Moisés y Aarón entraron en la tienda de reunión, y al salir bendijeron al pueblo. Entonces la gloria del SEÑOR se apareció a todo el pueblo.
9:24 Salió fuego de delante del SEÑOR y consumió el holocausto y la grasa sobre el altar. Al verlo, todo el pueblo gritó de alegría y cayó rostro en tierra.

Capítulo 10
El juicio de Nadab y Abiú
10:1 Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, pusieron fuego en ellos y encima colocaron incienso. Presentaron delante del SEÑOR fuego extraño, que él no les había ordenado.
10:2 Salió fuego de delante del SEÑOR y los consumió, y murieron delante del SEÑOR.
10:3 Moisés dijo a Aarón: «Esto es lo que el SEÑOR declaró: “Entre quienes se acercan a mí mostraré mi santidad, y ante todo el pueblo seré glorificado”». Y Aarón guardó silencio.
10:4 Moisés llamó a Misael y a Elzafán, hijos de Uziel, tío de Aarón, y les dijo: «Acérquense y saquen a sus parientes de delante del santuario, fuera del campamento».
10:5 Se acercaron y los sacaron con sus túnicas fuera del campamento, tal como Moisés había dicho.
10:6 Moisés dijo a Aarón y a sus hijos Eleazar e Itamar: «No se dejen el cabello desarreglado ni rasguen sus vestiduras, para que no mueran ni se desate la ira contra toda la comunidad. Pero sus hermanos, toda la casa de Israel, podrán llorar por la destrucción que el SEÑOR ha causado con fuego.
10:7 No salgan de la entrada de la tienda de reunión, para que no mueran, porque el aceite de la unción del SEÑOR está sobre ustedes». Y ellos hicieron lo que Moisés había dicho.
Sobriedad, discernimiento y enseñanza
10:8 El SEÑOR habló a Aarón y le dijo:
10:9 «Tú y tus hijos contigo no beberán vino ni bebida embriagante cuando entren en la tienda de reunión, para que no mueran. Será un estatuto perpetuo a lo largo de sus generaciones.
10:10 Deberán distinguir entre lo santo y lo común, y entre lo impuro y lo puro,
10:11 y enseñar a los hijos de Israel todos los estatutos que el SEÑOR les ha dado por medio de Moisés».
La comida de las porciones sagradas
10:12 Moisés dijo a Aarón y a Eleazar e Itamar, los hijos que le quedaban: «Tomen la ofrenda de cereal que queda de las ofrendas quemadas al SEÑOR y cómanla sin levadura junto al altar, porque es santísima.
10:13 La comerán en un lugar santo, porque es tu porción y la de tus hijos de las ofrendas quemadas al SEÑOR, pues así se me ha ordenado.
10:14 El pecho de la ofrenda mecida y el muslo de la ofrenda elevada los comerán en un lugar puro, tú, tus hijos y tus hijas contigo, porque se te han dado como tu porción y la de tus hijos de los sacrificios de paz de los hijos de Israel.
10:15 Traerán el muslo de la ofrenda elevada y el pecho de la ofrenda mecida junto con la grasa de las ofrendas quemadas, para mecerlos como ofrenda mecida delante del SEÑOR. Serán para ti y para tus hijos contigo por derecho perpetuo, tal como el SEÑOR ha ordenado».
La explicación de Aarón sobre la ofrenda por el pecado
10:16 Moisés investigó con cuidado lo sucedido con el macho cabrío de la ofrenda por el pecado, y descubrió que lo habían quemado. Se enojó con Eleazar e Itamar, los hijos que le quedaban a Aarón, y dijo:
10:17 «¿Por qué no comieron la ofrenda por el pecado en el lugar santo? Pues es santísima, y él se la ha dado para que carguen con la culpa de la comunidad y hagan expiación por ellos delante del SEÑOR.
10:18 Su sangre no se llevó al interior del santuario. Debían haberla comido en el lugar santo, tal como yo había ordenado».
10:19 Aarón respondió a Moisés: «Hoy han presentado su ofrenda por el pecado y su holocausto delante del SEÑOR, pero a mí me han sucedido estas cosas. Si hubiera comido hoy la ofrenda por el pecado, ¿le habría agradado al SEÑOR?».
10:20 Cuando Moisés lo oyó, quedó satisfecho.

Capítulo 11
Los alimentos y la pureza de Israel
Deuteronomio 14:3–21
11:1 El SEÑOR habló a Moisés y a Aarón y les dijo:
11:2 «Hablen a los hijos de Israel y díganles: “Estos son los animales que podrán comer de entre todos los animales que hay sobre la tierra:
11:3 podrán comer todo animal que tenga la pezuña hendida, dividida en dos, y que rumie.
11:4 Pero de los que rumian o tienen la pezuña hendida no comerán estos: el camello, porque rumia, pero no tiene la pezuña hendida; es impuro para ustedes.
11:5 El damán, porque rumia, pero no tiene la pezuña hendida, es impuro para ustedes.
11:6 La liebre, porque rumia, pero no tiene la pezuña hendida, es impura para ustedes.
11:7 El cerdo, porque tiene la pezuña hendida, dividida en dos, pero no rumia, es impuro para ustedes.
11:8 No comerán su carne ni tocarán sus cadáveres; son impuros para ustedes.
Los seres acuáticos permitidos
11:9 De todos los seres que hay en el agua podrán comer estos: todos los que tienen aletas y escamas en las aguas de los mares y de los ríos.
11:10 Pero todos los que no tienen aletas y escamas en los mares y en los ríos, sean de los seres que pululan en el agua o de los seres vivos que hay en ella, serán detestables para ustedes.
11:11 Les serán detestables; no comerán su carne y tendrán por detestables sus cadáveres.
11:12 Todo lo que hay en el agua y no tiene aletas y escamas será detestable para ustedes.
Las aves excluidas de la comida
11:13 Entre las aves, tendrán por detestables las siguientes; no se comerán porque son detestables: el águila, el quebrantahuesos y el buitre;
11:14 el milano y el halcón según su especie;
11:15 todo cuervo según su especie;
11:16 el avestruz, la lechuza, la gaviota y el gavilán según su especie;
11:17 el mochuelo, el cormorán y el búho;
11:18 la lechuza blanca, el pelícano y el buitre egipcio;
11:19 la cigüeña, la garza según su especie, la abubilla y el murciélago.
Los insectos alados
11:20 Todo insecto alado que camine sobre cuatro patas será detestable para ustedes.
11:21 Sin embargo, de todos los insectos alados que caminan sobre cuatro patas podrán comer los que tengan piernas por encima de sus patas para saltar con ellas sobre la tierra.
11:22 De ellos podrán comer estos: la langosta según su especie, el langostón según su especie, el argol según su especie y el saltamontes según su especie.
11:23 Todo insecto alado que tenga cuatro patas será detestable para ustedes.
El contacto con cadáveres de animales
11:24 Con estos quedarán impuros: todo el que toque sus cadáveres quedará impuro hasta el anochecer.
11:25 Todo el que cargue con algo de sus cadáveres lavará su ropa y quedará impuro hasta el anochecer.
11:26 Todo animal que tenga pezuña, pero que no la tenga dividida en dos ni rumie, será impuro para ustedes; cualquiera que los toque quedará impuro.
11:27 De todos los animales que andan sobre cuatro patas, los que caminan sobre las plantas de sus patas serán impuros para ustedes. Todo el que toque sus cadáveres quedará impuro hasta el anochecer.
11:28 El que cargue con sus cadáveres lavará su ropa y quedará impuro hasta el anochecer. Son impuros para ustedes.
Los animales pequeños y los objetos contaminados
11:29 De los animales pequeños que se desplazan por la tierra, estos serán impuros para ustedes: la comadreja, el ratón y el lagarto grande según su especie;
11:30 el geco, el varano, la lagartija, la lagartija de arena y el camaleón.
11:31 Estos serán impuros para ustedes entre todos los animales pequeños que se desplazan por el suelo. Todo el que los toque cuando estén muertos quedará impuro hasta el anochecer.
11:32 Todo aquello sobre lo que caiga algo de ellos cuando estén muertos quedará impuro, sea un utensilio de madera, una prenda, una piel, una tela de saco o cualquier objeto que se use para trabajar. Se meterá en agua y quedará impuro hasta el anochecer; después quedará puro.
11:33 Si algo de ellos cae dentro de una vasija de barro, todo lo que haya dentro quedará impuro, y romperán la vasija.
11:34 De los alimentos que se comen, quedará impuro cualquiera sobre el que haya caído agua, y toda bebida que haya en cualquiera de estas vasijas quedará impura.
11:35 Todo aquello sobre lo que caiga algo de sus cadáveres quedará impuro. Si es un horno o un fogón, deberá derribarse; son impuros y los tendrán por impuros.
11:36 Sin embargo, un manantial y una cisterna donde se recoge agua permanecerán puros, pero el que toque sus cadáveres quedará impuro.
11:37 Si algo de sus cadáveres cae sobre alguna semilla destinada a la siembra, esta permanecerá pura.
11:38 Pero si se ha puesto agua sobre la semilla y algo de sus cadáveres cae sobre ella, será impura para ustedes.
La muerte de animales permitidos
11:39 Si muere alguno de los animales que se les permite comer, el que toque su cadáver quedará impuro hasta el anochecer.
11:40 El que coma de su cadáver lavará su ropa y quedará impuro hasta el anochecer; el que cargue con su cadáver lavará su ropa y quedará impuro hasta el anochecer.
La santidad en la vida cotidiana
11:41 Todo animal pequeño que se desplaza por la tierra será detestable; no se comerá.
11:42 De los animales pequeños que se desplazan por la tierra, no comerán ninguno de los que andan sobre el vientre, sobre cuatro patas o sobre muchas patas, porque son detestables.
11:43 No se hagan detestables con ninguno de los seres que pululan, ni se contaminen con ellos y queden impuros por su causa.
11:44 Porque yo soy el SEÑOR su Dios. Conságrense y sean santos, porque yo soy santo. No se contaminen con ninguno de los animales pequeños que se arrastran por la tierra.
11:45 Porque yo soy el SEÑOR, que los hago subir de la tierra de Egipto para ser su Dios. Sean santos, porque yo soy santo.
11:46 Esta es la ley acerca de los animales terrestres, de las aves, de todo ser viviente que se mueve en el agua y de todo ser que pulula por la tierra,
11:47 para distinguir entre lo impuro y lo puro, y entre los animales que se pueden comer y los que no se pueden comer”».

Capítulo 12
La purificación de la mujer después del parto
12:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
12:2 «Habla a los hijos de Israel y diles: “Cuando una mujer conciba y dé a luz un varón, quedará impura durante siete días, como en los días de su impureza menstrual.
12:3 Al octavo día se circuncidará la carne del prepucio del niño.
12:4 Después permanecerá treinta y tres días en el período de purificación por su sangrado. No tocará ninguna cosa santa ni entrará en el santuario hasta que se cumplan los días de su purificación.
12:5 Si da a luz una niña, quedará impura durante dos semanas, como durante su menstruación, y permanecerá sesenta y seis días en el período de purificación por su sangrado.
12:6 Cuando se cumplan los días de su purificación, sea por un hijo o por una hija, llevará al sacerdote, a la entrada de la tienda de reunión, un cordero de un año para el holocausto y un pichón de paloma o una tórtola para la ofrenda por el pecado.
12:7 Él lo presentará delante del SEÑOR y hará expiación por ella, y ella quedará pura de su flujo de sangre. Esta es la ley para la mujer que dé a luz un niño o una niña.
12:8 Si no le alcanza para un cordero, tomará dos tórtolas o dos pichones de paloma, uno para el holocausto y otro para la ofrenda por el pecado. El sacerdote hará expiación por ella, y quedará pura”».

Capítulo 13
Las afecciones de la piel y de los tejidos
13:1 El SEÑOR habló a Moisés y a Aarón y les dijo:
13:2 «Si alguien tiene en la piel de su cuerpo una hinchazón, una erupción o una mancha brillante que llegue a ser una lesión de una enfermedad cutánea, será llevado al sacerdote Aarón o a uno de sus hijos, los sacerdotes.
13:3 El sacerdote examinará la lesión en la piel del cuerpo. Si el vello de la lesión se ha vuelto blanco y la lesión parece más profunda que la piel del cuerpo, es una lesión de una enfermedad cutánea. El sacerdote lo examinará y lo declarará impuro.
13:4 Pero si hay una mancha blanca en la piel de su cuerpo que no parece más profunda que la piel, y su vello no se ha vuelto blanco, el sacerdote aislará al afectado durante siete días.
13:5 Al séptimo día el sacerdote lo examinará. Si ve que la lesión no ha cambiado de aspecto ni se ha extendido por la piel, el sacerdote lo aislará otros siete días.
13:6 Al séptimo día el sacerdote volverá a examinarlo. Si la lesión se ha atenuado y no se ha extendido por la piel, el sacerdote lo declarará puro; es una erupción. Lavará su ropa y quedará puro.
13:7 Pero si la erupción se extiende por la piel después de haberse presentado ante el sacerdote para su purificación, se presentará de nuevo ante el sacerdote.
13:8 El sacerdote lo examinará; si la erupción se ha extendido por la piel, el sacerdote lo declarará impuro. Es una enfermedad cutánea.
Lesiones persistentes y cambios en la piel
13:9 Cuando alguien tenga una lesión de una enfermedad cutánea, será llevado al sacerdote.
13:10 El sacerdote lo examinará; si hay una hinchazón blanca en la piel que ha vuelto blanco el vello, y hay carne viva en la hinchazón,
13:11 es una enfermedad cutánea crónica en la piel de su cuerpo. El sacerdote lo declarará impuro; no lo aislará para observarlo, porque es impuro.
13:12 Pero si la enfermedad brota por la piel y cubre toda la piel del afectado, desde la cabeza hasta los pies, hasta donde el sacerdote pueda ver,
13:13 el sacerdote lo examinará. Si la enfermedad ha cubierto todo su cuerpo, declarará puro al afectado. Todo su cuerpo se ha vuelto blanco; es puro.
13:14 Pero cuando aparezca en él carne viva, quedará impuro.
13:15 El sacerdote examinará la carne viva y lo declarará impuro. La carne viva es impura; es una enfermedad cutánea.
13:16 Pero si la carne viva cambia y se vuelve blanca, el afectado irá al sacerdote.
13:17 El sacerdote lo examinará; si la lesión se ha vuelto blanca, el sacerdote declarará puro al afectado. Es puro.
Las lesiones después de una llaga
13:18 Si alguien tiene en la piel una llaga que se haya curado,
13:19 y en el lugar de la llaga aparece una hinchazón blanca o una mancha de color blanco rojizo, se presentará ante el sacerdote.
13:20 El sacerdote la examinará; si parece más profunda que la piel y su vello se ha vuelto blanco, el sacerdote lo declarará impuro. Es una lesión de una enfermedad cutánea que ha brotado en la llaga.
13:21 Pero si el sacerdote la examina y no hay en ella vello blanco, no es más profunda que la piel y se ha atenuado, el sacerdote lo aislará durante siete días.
13:22 Si se extiende por la piel, el sacerdote lo declarará impuro. Es una lesión.
13:23 Pero si la mancha permanece en su lugar y no se extiende, es la cicatriz de la llaga, y el sacerdote lo declarará puro.
Las lesiones en una quemadura
13:24 O si alguien tiene en la piel una quemadura de fuego y en la carne viva de la quemadura aparece una mancha de color blanco rojizo o blanco,
13:25 el sacerdote la examinará. Si el vello de la mancha se ha vuelto blanco y esta parece más profunda que la piel, es una enfermedad cutánea que ha brotado en la quemadura. El sacerdote lo declarará impuro; es una lesión de una enfermedad cutánea.
13:26 Pero si el sacerdote la examina y no hay vello blanco en la mancha, no es más profunda que la piel y se ha atenuado, el sacerdote lo aislará durante siete días.
13:27 Al séptimo día el sacerdote lo examinará. Si se ha extendido por la piel, el sacerdote lo declarará impuro. Es una lesión de una enfermedad cutánea.
13:28 Pero si la mancha permanece en su lugar, no se ha extendido por la piel y se ha atenuado, es una hinchazón de la quemadura. El sacerdote lo declarará puro, porque es la cicatriz de la quemadura.
Las lesiones en la cabeza y en la barba
13:29 Si un hombre o una mujer tiene una lesión en la cabeza o en la barba,
13:30 el sacerdote examinará la lesión. Si parece más profunda que la piel y tiene vello amarillo y fino, el sacerdote lo declarará impuro. Es una erupción costrosa, una enfermedad cutánea de la cabeza o de la barba.
13:31 Pero si el sacerdote examina la lesión de la erupción costrosa y ve que no parece más profunda que la piel y que no hay en ella vello negro, el sacerdote aislará al afectado por la erupción costrosa durante siete días.
13:32 Al séptimo día el sacerdote examinará la lesión. Si la erupción costrosa no se ha extendido, no tiene vello amarillo y no parece más profunda que la piel,
13:33 el afectado se rasurará, pero no rasurará la zona de la erupción costrosa. El sacerdote aislará al afectado por la erupción costrosa otros siete días.
13:34 Al séptimo día el sacerdote examinará la erupción costrosa. Si no se ha extendido por la piel y no parece más profunda que la piel, el sacerdote lo declarará puro. Lavará su ropa y quedará puro.
13:35 Pero si la erupción costrosa se extiende por la piel después de su purificación,
13:36 el sacerdote lo examinará. Si la erupción costrosa se ha extendido por la piel, el sacerdote no necesitará buscar vello amarillo; es impuro.
13:37 Pero si, a su juicio, la erupción costrosa no ha cambiado y ha crecido en ella vello negro, la erupción costrosa está curada. Es puro, y el sacerdote lo declarará puro.
Las manchas blancas y la pérdida del cabello
13:38 Si un hombre o una mujer tiene manchas en la piel de su cuerpo, manchas blancas,
13:39 el sacerdote lo examinará. Si las manchas de la piel de su cuerpo son de un blanco apagado, es una erupción inofensiva que ha brotado en la piel. Es puro.
13:40 Si a un hombre se le cae el cabello, es calvo, pero es puro.
13:41 Si se le cae el cabello de la parte delantera de la cabeza, es calvo de la frente, pero es puro.
13:42 Pero si en la zona calva de la cabeza o de la frente aparece una lesión de color blanco rojizo, es una enfermedad cutánea que brota en la calva de la cabeza o de la frente.
13:43 El sacerdote lo examinará. Si la hinchazón de la lesión en la calva de la cabeza o de la frente es de color blanco rojizo, con el aspecto de una enfermedad cutánea del cuerpo,
13:44 es un hombre con una enfermedad cutánea; es impuro. El sacerdote deberá declararlo impuro; tiene la lesión en la cabeza.
La vida del declarado impuro
13:45 El afectado por la enfermedad cutánea llevará la ropa rasgada, el cabello desarreglado y se cubrirá la boca. Gritará: “¡Impuro! ¡Impuro!”.
13:46 Permanecerá impuro todo el tiempo que tenga la lesión. Es impuro; vivirá solo y su morada estará fuera del campamento.
Las manchas en los tejidos y el cuero
13:47 Si aparece una mancha de moho en una prenda, sea de lana o de lino,
13:48 en la urdimbre o en la trama de lino o de lana, en una piel o en cualquier objeto de cuero,
13:49 y la mancha de la prenda, de la piel, de la urdimbre, de la trama o de cualquier objeto de cuero es verdosa o rojiza, es una mancha de moho y se mostrará al sacerdote.
13:50 El sacerdote examinará la mancha y aislará el objeto afectado durante siete días.
13:51 Al séptimo día examinará la mancha. Si se ha extendido por la prenda, por la urdimbre, por la trama o por el cuero, cualquiera que sea el uso del cuero, la mancha es moho destructivo; el objeto es impuro.
13:52 Quemará la prenda, o la urdimbre o la trama de lana o de lino, o cualquier objeto de cuero que tenga la mancha, porque es moho destructivo; se quemará al fuego.
13:53 Pero si el sacerdote lo examina y ve que la mancha no se ha extendido por la prenda, por la urdimbre, por la trama o por cualquier objeto de cuero,
13:54 el sacerdote mandará lavar el objeto afectado y lo aislará otros siete días.
13:55 El sacerdote examinará la mancha después de que se haya lavado. Si la mancha no ha cambiado de color, aunque no se haya extendido, el objeto es impuro; lo quemarás al fuego. Es una corrosión, sea por el revés o por el derecho.
13:56 Pero si el sacerdote lo examina y ve que la mancha se ha atenuado después del lavado, arrancará la parte afectada de la prenda, del cuero, de la urdimbre o de la trama.
13:57 Si vuelve a aparecer en la prenda, en la urdimbre, en la trama o en cualquier objeto de cuero, está brotando de nuevo; quemarás al fuego el objeto que tenga la mancha.
13:58 La prenda, la urdimbre, la trama o cualquier objeto de cuero que hayas lavado y del que haya desaparecido la mancha se lavará por segunda vez y quedará puro.
13:59 Esta es la ley acerca de la mancha de moho en una prenda de lana o de lino, en la urdimbre, en la trama o en cualquier objeto de cuero, para declararlo puro o impuro».

Capítulo 14
La purificación y el regreso al campamento
14:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
14:2 «Esta será la ley para el afectado por una enfermedad cutánea el día de su purificación: será llevado al sacerdote.
14:3 El sacerdote saldrá fuera del campamento y lo examinará. Si la lesión de la enfermedad cutánea se ha curado en el afectado,
14:4 el sacerdote mandará que se tomen para el que se purifica dos aves vivas y puras, madera de cedro, hilo escarlata e hisopo.
14:5 El sacerdote mandará que se degüelle una de las aves sobre una vasija de barro que contenga agua de manantial.
14:6 Tomará el ave viva, la madera de cedro, el hilo escarlata y el hisopo y los mojará, junto con el ave viva, en la sangre del ave degollada sobre el agua de manantial.
14:7 Rociará siete veces al que se purifica de la enfermedad cutánea, lo declarará puro y soltará el ave viva en campo abierto.
14:8 El que se purifica lavará su ropa, se rasurará todo el pelo y se bañará con agua, y quedará puro. Después podrá entrar en el campamento, pero permanecerá fuera de su tienda durante siete días.
14:9 Al séptimo día se rasurará todo el pelo: el de la cabeza, la barba y las cejas; se rasurará todo su pelo. Lavará su ropa y bañará su cuerpo con agua, y quedará puro.
Las ofrendas del octavo día
14:10 Al octavo día tomará dos corderos sin defecto, una cordera de un año sin defecto, unos seis litros de harina fina como ofrenda de cereal amasada con aceite y aproximadamente una taza de aceite.
14:11 El sacerdote que lo purifica presentará al hombre que se purifica y estas ofrendas delante del SEÑOR, a la entrada de la tienda de reunión.
14:12 El sacerdote tomará uno de los corderos y lo presentará como ofrenda por la culpa, junto con la taza de aceite; los mecerá como ofrenda mecida delante del SEÑOR.
14:13 Degollará el cordero en el lugar donde se degüellan la ofrenda por el pecado y el holocausto, en el lugar santo. Porque, al igual que la ofrenda por el pecado, la ofrenda por la culpa pertenece al sacerdote; es santísima.
14:14 El sacerdote tomará de la sangre de la ofrenda por la culpa, y el sacerdote la pondrá en el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, en el pulgar de su mano derecha y en el dedo gordo de su pie derecho.
14:15 El sacerdote tomará un poco de la taza de aceite y lo derramará en la palma de su mano izquierda.
14:16 El sacerdote mojará el dedo de su mano derecha en el aceite que tiene en la palma izquierda y rociará con su dedo parte del aceite siete veces delante del SEÑOR.
14:17 Del aceite que le queda en la palma, el sacerdote pondrá un poco en el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, en el pulgar de su mano derecha y en el dedo gordo de su pie derecho, sobre la sangre de la ofrenda por la culpa.
14:18 El aceite que quede en la palma del sacerdote lo pondrá sobre la cabeza del que se purifica. El sacerdote hará expiación por él delante del SEÑOR.
14:19 El sacerdote presentará la ofrenda por el pecado y hará expiación por el que se purifica de su impureza. Después degollará el holocausto.
14:20 El sacerdote presentará sobre el altar el holocausto y la ofrenda de cereal. El sacerdote hará expiación por él, y quedará puro.
La provisión para quien tiene pocos recursos
14:21 Pero si el que se purifica es pobre y no le alcanza, tomará un cordero para la ofrenda por la culpa, como ofrenda mecida para hacer expiación por él, unos dos litros de harina fina amasada con aceite para la ofrenda de cereal y aproximadamente una taza de aceite,
14:22 y dos tórtolas o dos pichones de paloma, según sus posibilidades, uno para la ofrenda por el pecado y el otro para el holocausto.
14:23 Al octavo día los llevará al sacerdote para su purificación, a la entrada de la tienda de reunión, delante del SEÑOR.
14:24 El sacerdote tomará el cordero de la ofrenda por la culpa y la taza de aceite, y el sacerdote los mecerá como ofrenda mecida delante del SEÑOR.
14:25 Degollará el cordero de la ofrenda por la culpa; el sacerdote tomará de la sangre de la ofrenda por la culpa y la pondrá en el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, en el pulgar de su mano derecha y en el dedo gordo de su pie derecho.
14:26 El sacerdote derramará parte del aceite en la palma de su mano izquierda.
14:27 Con el dedo de su mano derecha, el sacerdote rociará siete veces delante del SEÑOR parte del aceite que tiene en la palma izquierda.
14:28 El sacerdote pondrá parte del aceite que tiene en la palma en el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, en el pulgar de su mano derecha y en el dedo gordo de su pie derecho, en el lugar donde se puso la sangre de la ofrenda por la culpa.
14:29 El aceite que quede en la palma del sacerdote lo pondrá sobre la cabeza del que se purifica, para hacer expiación por él delante del SEÑOR.
14:30 Ofrecerá una de las tórtolas o uno de los pichones de paloma que haya podido conseguir:
14:31 según sus posibilidades, uno como ofrenda por el pecado y el otro como holocausto, junto con la ofrenda de cereal. El sacerdote hará expiación por el que se purifica delante del SEÑOR.
14:32 Esta es la ley para quien tenga una lesión de una enfermedad cutánea y no cuente con recursos suficientes para su purificación».
Las manchas en las casas
14:33 El SEÑOR habló a Moisés y a Aarón y les dijo:
14:34 «Cuando entren en la tierra de Canaán, que les doy como posesión, si yo hago aparecer una mancha de moho en una casa de la tierra que les pertenece,
14:35 el dueño de la casa irá a informar al sacerdote: “He visto en la casa algo que parece una mancha”.
14:36 El sacerdote mandará vaciar la casa antes de que él entre a examinar la mancha, para que no quede impuro todo lo que haya en la casa. Después el sacerdote entrará a examinar la casa.
14:37 Examinará la mancha; si la mancha en las paredes de la casa presenta zonas hundidas verdosas o rojizas, que parecen más profundas que la superficie de la pared,
14:38 el sacerdote saldrá de la casa hasta su entrada y cerrará la casa durante siete días.
14:39 Al séptimo día el sacerdote volverá y la examinará. Si la mancha se ha extendido por las paredes de la casa,
14:40 el sacerdote mandará que retiren las piedras que tengan la mancha y las arrojen fuera de la ciudad, a un lugar impuro.
14:41 Hará raspar todo el interior de la casa, y arrojarán el material raspado fuera de la ciudad, a un lugar impuro.
14:42 Tomarán otras piedras y las pondrán en el lugar de aquellas piedras; se tomará otra mezcla y se revocará la casa.
14:43 Pero si la mancha vuelve a brotar en la casa después de que se hayan retirado las piedras, raspado la casa y revocado sus paredes,
14:44 el sacerdote irá y la examinará. Si la mancha se ha extendido por la casa, es moho destructivo en la casa; es impura.
14:45 Se derribará la casa, con sus piedras, sus maderos y toda la mezcla de la casa, y se llevará todo fuera de la ciudad, a un lugar impuro.
14:46 El que entre en la casa durante los días que permanezca cerrada quedará impuro hasta el anochecer.
14:47 El que se acueste en la casa lavará su ropa, y el que coma en la casa lavará su ropa.
La casa restaurada y su purificación
14:48 Pero si el sacerdote entra y la examina y ve que la mancha no se ha extendido por la casa después de haberla revocado, el sacerdote declarará pura la casa, porque el moho ha desaparecido.
14:49 Para purificar la casa tomará dos aves, madera de cedro, hilo escarlata e hisopo.
14:50 Degollará una de las aves sobre una vasija de barro que contenga agua de manantial.
14:51 Tomará la madera de cedro, el hisopo, el hilo escarlata y el ave viva, los mojará en la sangre del ave degollada y en el agua de manantial, y rociará la casa siete veces.
14:52 Purificará la casa con la sangre del ave, con el agua de manantial, con el ave viva, con la madera de cedro, con el hisopo y con el hilo escarlata.
14:53 Soltará el ave viva fuera de la ciudad, en campo abierto; hará expiación por la casa, y quedará pura.
La finalidad de las normas de pureza
14:54 Esta es la ley acerca de toda lesión de una enfermedad cutánea y de la erupción costrosa,
14:55 del moho de las prendas y de las casas,
14:56 de la hinchazón, de la erupción y de la mancha brillante,
14:57 para enseñar cuándo se es impuro y cuándo se es puro. Esta es la ley acerca de la enfermedad cutánea y del moho».

Capítulo 15
Los flujos corporales y la pureza de Israel
15:1 El SEÑOR habló a Moisés y a Aarón y les dijo:
15:2 «Hablen a los hijos de Israel y díganles: “Cuando cualquier hombre tenga un flujo de su cuerpo, su flujo será impuro.
15:3 Esta será su impureza a causa del flujo: sea que su cuerpo deje salir el flujo o que quede obstruido por el flujo, esa será su impureza.
15:4 Toda cama en la que se acueste el que tiene flujo quedará impura, y todo objeto sobre el que se siente quedará impuro.
15:5 El que toque su cama lavará su ropa, se bañará con agua y quedará impuro hasta el anochecer.
15:6 El que se siente sobre el objeto en que se haya sentado el que tiene flujo lavará su ropa, se bañará con agua y quedará impuro hasta el anochecer.
15:7 El que toque el cuerpo del que tiene flujo lavará su ropa, se bañará con agua y quedará impuro hasta el anochecer.
15:8 Si el que tiene flujo escupe sobre alguien puro, este lavará su ropa, se bañará con agua y quedará impuro hasta el anochecer.
15:9 Toda montura sobre la que cabalgue el que tiene flujo quedará impura.
15:10 El que toque cualquier cosa que haya estado debajo de él quedará impuro hasta el anochecer; el que cargue con esas cosas lavará su ropa, se bañará con agua y quedará impuro hasta el anochecer.
15:11 Si el que tiene flujo toca a alguien sin haberse enjuagado las manos con agua, esa persona lavará su ropa, se bañará con agua y quedará impura hasta el anochecer.
15:12 La vasija de barro que toque el que tiene flujo se romperá, y todo utensilio de madera se enjuagará con agua.
La purificación después del flujo
15:13 Cuando el que tiene flujo quede libre de su flujo, contará siete días para su purificación, lavará su ropa, bañará su cuerpo con agua de manantial y quedará puro.
15:14 Al octavo día tomará dos tórtolas o dos pichones de paloma, irá delante del SEÑOR a la entrada de la tienda de reunión y los entregará al sacerdote.
15:15 El sacerdote los ofrecerá, uno como ofrenda por el pecado y el otro como holocausto. El sacerdote hará expiación por él delante del SEÑOR a causa de su flujo.
La emisión de semen
15:16 Cuando un hombre tenga una emisión de semen, bañará todo su cuerpo con agua y quedará impuro hasta el anochecer.
15:17 Toda prenda y toda piel sobre las que haya semen se lavarán con agua y quedarán impuras hasta el anochecer.
15:18 Si un hombre se acuesta con una mujer y tiene una emisión de semen, ambos se bañarán con agua y quedarán impuros hasta el anochecer.
La menstruación y el contacto
15:19 Cuando una mujer tenga flujo y el flujo de su cuerpo sea sangre, permanecerá en su impureza menstrual durante siete días. Todo el que la toque quedará impuro hasta el anochecer.
15:20 Todo aquello sobre lo que se acueste durante su impureza menstrual quedará impuro, y todo aquello sobre lo que se siente quedará impuro.
15:21 El que toque su cama lavará su ropa, se bañará con agua y quedará impuro hasta el anochecer.
15:22 El que toque cualquier objeto sobre el que ella se haya sentado lavará su ropa, se bañará con agua y quedará impuro hasta el anochecer.
15:23 Si algo está sobre la cama o sobre el objeto en que ella se sienta, el que lo toque quedará impuro hasta el anochecer.
15:24 Si un hombre se acuesta con ella y su impureza menstrual pasa a él, quedará impuro durante siete días, y toda cama en la que se acueste quedará impura.
Los flujos de sangre prolongados
15:25 Si una mujer tiene flujo de sangre durante muchos días fuera del tiempo de su menstruación, o si su flujo se prolonga más allá de su menstruación, quedará impura durante todos los días de su flujo impuro, como durante los días de su menstruación.
15:26 Toda cama en la que se acueste durante todos los días de su flujo será para ella como la cama de su menstruación, y todo objeto sobre el que se siente quedará impuro, como la impureza de su menstruación.
15:27 El que toque esas cosas quedará impuro; lavará su ropa, se bañará con agua y quedará impuro hasta el anochecer.
15:28 Cuando quede libre de su flujo, contará siete días y después quedará pura.
15:29 Al octavo día tomará dos tórtolas o dos pichones de paloma y los llevará al sacerdote, a la entrada de la tienda de reunión.
15:30 El sacerdote ofrecerá uno como ofrenda por el pecado y el otro como holocausto. El sacerdote hará expiación por ella delante del SEÑOR a causa de su flujo impuro.
La pureza y la presencia de Dios
15:31 Así mantendrán apartados a los hijos de Israel de su impureza, para que no mueran en su impureza al contaminar mi tabernáculo, que está en medio de ellos.
15:32 Esta es la ley para el que tiene flujo y para el que queda impuro por una emisión de semen,
15:33 para la mujer durante su impureza menstrual, para el que tiene flujo, sea hombre o mujer, y para el hombre que se acuesta con una mujer impura”».

Capítulo 16
El día de la expiación
16:1 El SEÑOR habló a Moisés después de la muerte de los dos hijos de Aarón, que murieron al acercarse delante del SEÑOR.
16:2 El SEÑOR dijo a Moisés: «Habla a tu hermano Aarón y dile que no entre en cualquier momento en el Lugar Santísimo, detrás del velo, ante el propiciatorio que está sobre el arca, para que no muera; porque yo apareceré en la nube sobre el propiciatorio.
16:3 Con esto entrará Aarón en el Lugar Santísimo: con un novillo del ganado vacuno para la ofrenda por el pecado y un carnero para el holocausto.
16:4 Se pondrá la túnica santa de lino y se cubrirá el cuerpo con calzoncillos de lino. Se ceñirá con una faja de lino y se cubrirá la cabeza con un turbante de lino. Son vestiduras santas; bañará su cuerpo con agua y después se las pondrá.
16:5 De la comunidad de los hijos de Israel tomará dos machos cabríos para la ofrenda por el pecado y un carnero para el holocausto.
16:6 Aarón presentará el novillo de la ofrenda por el pecado que es para él y hará expiación por sí mismo y por su casa.
16:7 Tomará los dos machos cabríos y los presentará delante del SEÑOR, a la entrada de la tienda de reunión.
16:8 Aarón echará suertes sobre los dos machos cabríos: una suerte para el SEÑOR y otra suerte para Azazel.
16:9 Aarón presentará el macho cabrío sobre el que haya caído la suerte para el SEÑOR y lo ofrecerá como ofrenda por el pecado.
16:10 Pero el macho cabrío sobre el que haya caído la suerte para Azazel será presentado vivo delante del SEÑOR, para hacer expiación sobre él y enviarlo a Azazel, al desierto.
16:11 Aarón presentará el novillo de la ofrenda por el pecado que es para él y hará expiación por sí mismo y por su casa; degollará el novillo de la ofrenda por el pecado que es para él.
16:12 Tomará un incensario lleno de brasas del altar que está delante del SEÑOR y dos puñados llenos de incienso aromático finamente molido, y los llevará detrás del velo.
16:13 Pondrá el incienso sobre el fuego delante del SEÑOR, y la nube del incienso cubrirá el propiciatorio que está sobre el Testimonio, para que no muera.
16:14 Tomará de la sangre del novillo y la rociará con su dedo sobre el lado oriental del propiciatorio; delante del propiciatorio rociará parte de la sangre con su dedo siete veces.
La purificación del santuario y del altar
16:15 Degollará el macho cabrío de la ofrenda por el pecado que es para el pueblo y llevará su sangre detrás del velo. Hará con su sangre lo mismo que hizo con la sangre del novillo: la rociará sobre el propiciatorio y delante del propiciatorio.
16:16 Hará expiación por el Lugar Santísimo a causa de las impurezas de los hijos de Israel, de sus rebeliones y de todos sus pecados. Hará lo mismo con la tienda de reunión, que permanece entre ellos en medio de sus impurezas.
16:17 No habrá ninguna otra persona en la tienda de reunión desde que él entre a hacer expiación en el Lugar Santísimo hasta que salga. Hará expiación por sí mismo, por su casa y por toda la asamblea de Israel.
16:18 Saldrá al altar que está delante del SEÑOR y hará expiación por él. Tomará de la sangre del novillo y de la sangre del macho cabrío y la pondrá en los cuernos del altar, por todos sus lados.
16:19 Rociará sobre él parte de la sangre con su dedo siete veces; lo purificará de las impurezas de los hijos de Israel y lo consagrará.
El envío del macho cabrío vivo
16:20 Cuando haya terminado de hacer expiación por el Lugar Santísimo, por la tienda de reunión y por el altar, presentará el macho cabrío vivo.
16:21 Aarón apoyará sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados. Los pondrá sobre la cabeza del macho cabrío y lo enviará al desierto por medio de un hombre designado para ello.
16:22 El macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a una tierra apartada, y el hombre soltará al macho cabrío en el desierto.
16:23 Aarón entrará en la tienda de reunión, se quitará las vestiduras de lino que se había puesto para entrar en el Lugar Santísimo y las dejará allí.
16:24 Bañará su cuerpo con agua en un lugar santo, se pondrá sus vestiduras y saldrá. Presentará su holocausto y el holocausto del pueblo, y hará expiación por sí mismo y por el pueblo.
16:25 Hará arder sobre el altar la grasa de la ofrenda por el pecado.
16:26 El que haya soltado el macho cabrío para Azazel lavará su ropa y bañará su cuerpo con agua; después podrá entrar en el campamento.
16:27 El novillo de la ofrenda por el pecado y el macho cabrío de la ofrenda por el pecado, cuya sangre fue llevada al Lugar Santísimo para hacer expiación, serán sacados fuera del campamento. Quemarán al fuego sus pieles, su carne y su estiércol.
16:28 El que los queme lavará su ropa y bañará su cuerpo con agua; después podrá entrar en el campamento.
El reposo y la expiación anual de Israel
16:29 Esto será para ustedes un estatuto perpetuo: en el séptimo mes, el día diez del mes, se humillarán y no harán ningún trabajo, ni el nativo ni el extranjero que reside entre ustedes.
16:30 Porque en este día se hará expiación por ustedes para purificarlos. Quedarán puros de todos sus pecados delante del SEÑOR.
16:31 Será para ustedes un día de reposo solemne, y se humillarán. Es un estatuto perpetuo.
16:32 El sacerdote que sea ungido e investido para ejercer el sacerdocio en lugar de su padre hará la expiación. Se pondrá las vestiduras de lino, las vestiduras santas.
16:33 Hará expiación por el Lugar Santísimo; hará expiación por la tienda de reunión y por el altar; hará expiación por los sacerdotes y por todo el pueblo de la asamblea.
16:34 Esto será para ustedes un estatuto perpetuo, para hacer expiación por los hijos de Israel a causa de todos sus pecados, una vez al año». Y lo hizo tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés.

Capítulo 17
El culto al SEÑOR y el respeto por la sangre
17:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
17:2 «Habla a Aarón, a sus hijos y a todos los hijos de Israel y diles: “Esto es lo que el SEÑOR ha ordenado:
17:3 cualquier hombre de la casa de Israel que degüelle una res, un cordero o una cabra dentro del campamento o fuera del campamento,
17:4 y no lo lleve a la entrada de la tienda de reunión para presentarlo como ofrenda al SEÑOR delante del tabernáculo del SEÑOR, será culpable de sangre. Ha derramado sangre, y ese hombre será apartado de su pueblo.
17:5 Esto es para que los hijos de Israel traigan los sacrificios que ofrecen en campo abierto y los traigan al SEÑOR, a la entrada de la tienda de reunión, al sacerdote, y los sacrifiquen como sacrificios de paz al SEÑOR.
17:6 El sacerdote salpicará la sangre sobre el altar del SEÑOR, a la entrada de la tienda de reunión, y hará arder la grasa como aroma grato al SEÑOR.
17:7 Ya no ofrecerán sus sacrificios a los demonios cabríos, tras los cuales se prostituyen. Esto será para ellos un estatuto perpetuo a lo largo de sus generaciones”.
17:8 Les dirás también: “Cualquier hombre de la casa de Israel o de los extranjeros que residan entre ellos que presente un holocausto o un sacrificio,
17:9 y no lo lleve a la entrada de la tienda de reunión para ofrecerlo al SEÑOR, será apartado de su pueblo.
Prohibición de comer la sangre
17:10 Si cualquier hombre de la casa de Israel o de los extranjeros que residan entre ellos come cualquier clase de sangre, pondré mi rostro contra la persona que coma la sangre y la apartaré de su pueblo.
17:11 Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo se la he dado a ustedes sobre el altar para hacer expiación por sus vidas; porque la sangre es la que hace expiación en virtud de la vida.
17:12 Por eso he dicho a los hijos de Israel: ‘Ninguno de ustedes comerá sangre, ni el extranjero que reside entre ustedes comerá sangre’.
La caza y los animales hallados muertos
17:13 Cualquier hombre de los hijos de Israel o de los extranjeros que residan entre ellos que cace un animal o un ave que se permita comer derramará su sangre y la cubrirá con tierra.
17:14 Porque, en cuanto a la vida de toda carne, su sangre es su vida. He dicho a los hijos de Israel: ‘No comerán la sangre de ninguna carne, porque la vida de toda carne es su sangre’. Todo el que la coma será apartado.
17:15 Todo el que coma de un animal hallado muerto o despedazado, sea nativo o extranjero, lavará su ropa, se bañará con agua y quedará impuro hasta el anochecer; después quedará puro.
17:16 Pero si no lava su ropa ni baña su cuerpo, cargará con su culpa”».

Capítulo 18
La santidad en las relaciones y en la vida de Israel
18:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
18:2 «Habla a los hijos de Israel y diles: “Yo soy el SEÑOR su Dios.
18:3 No harán lo que se hace en la tierra de Egipto, donde vivieron, ni harán lo que se hace en la tierra de Canaán, adonde los llevo. No seguirán sus costumbres.
18:4 Cumplirán mis ordenanzas, guardarán mis estatutos y andarán en ellos. Yo soy el SEÑOR su Dios.
18:5 Guardarán mis estatutos y mis ordenanzas; quien los cumpla vivirá por ellos. Yo soy el SEÑOR.
18:6 Ninguno de ustedes se acercará a un pariente cercano para descubrir su desnudez. Yo soy el SEÑOR.
Los límites dentro de la familia
18:7 No descubrirás la desnudez de tu padre ni la desnudez de tu madre. Ella es tu madre; no descubrirás su desnudez.
18:8 No descubrirás la desnudez de la esposa de tu padre; es la desnudez de tu padre.
18:9 No descubrirás la desnudez de tu hermana, hija de tu padre o hija de tu madre, nacida en casa o nacida fuera; no descubrirás la desnudez de ninguna de ellas.
18:10 No descubrirás la desnudez de la hija de tu hijo ni de la hija de tu hija, porque la desnudez de ellas es tu propia desnudez.
18:11 No descubrirás la desnudez de la hija de la esposa de tu padre, engendrada por tu padre; ella es tu hermana.
18:12 No descubrirás la desnudez de la hermana de tu padre; es pariente cercana de tu padre.
18:13 No descubrirás la desnudez de la hermana de tu madre, porque es pariente cercana de tu madre.
18:14 No descubrirás la desnudez del hermano de tu padre. No te acercarás a su esposa; ella es tu tía.
18:15 No descubrirás la desnudez de tu nuera. Es la esposa de tu hijo; no descubrirás su desnudez.
18:16 No descubrirás la desnudez de la esposa de tu hermano; es la desnudez de tu hermano.
18:17 No descubrirás la desnudez de una mujer y de su hija. No tomarás a la hija de su hijo ni a la hija de su hija para descubrir su desnudez. Son parientes cercanas; es una perversidad.
18:18 No tomarás a la hermana de tu esposa para hacerla su rival, descubriendo su desnudez mientras viva tu esposa.
Otras conductas contrarias a la santidad
18:19 No te acercarás a una mujer durante su impureza menstrual para descubrir su desnudez.
18:20 No tendrás relaciones sexuales con la esposa de tu prójimo, contaminándote con ella.
18:21 No entregarás a ninguno de tus hijos para ofrecerlo a Moloc, ni profanarás el nombre de tu Dios. Yo soy el SEÑOR.
18:22 No te acostarás con un varón como con una mujer; es una abominación.
18:23 No tendrás relaciones sexuales con ningún animal, contaminándote con él. Ninguna mujer se pondrá delante de un animal para que este se aparee con ella. Es una perversión.
18:24 No se contaminen con ninguna de estas cosas, porque con todas ellas se contaminaron las naciones que yo expulso de delante de ustedes.
La contaminación de la tierra y el juicio
18:25 La tierra se contaminó; yo la castigué por su iniquidad, y la tierra vomitó a sus habitantes.
18:26 Pero ustedes guardarán mis estatutos y mis ordenanzas, y no cometerán ninguna de estas abominaciones, ni el nativo ni el extranjero que reside entre ustedes.
18:27 Porque los habitantes de la tierra que estuvieron antes de ustedes cometieron todas estas abominaciones, y la tierra se contaminó.
18:28 No sea que la tierra los vomite por contaminarla, como vomitó a la nación que estuvo antes de ustedes.
18:29 Porque todos los que cometan alguna de estas abominaciones serán apartados de su pueblo.
18:30 Cumplirán lo que les he encomendado y no practicarán ninguna de las costumbres abominables que se practicaron antes de ustedes; no se contaminarán con ellas. Yo soy el SEÑOR su Dios”».

Capítulo 19
La santidad en el amor y la justicia
19:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
19:2 «Habla a toda la comunidad de los hijos de Israel y diles: “Serán santos, porque yo, el SEÑOR su Dios, soy santo.
19:3 Cada uno de ustedes respetará a su madre y a su padre. Guardarán mis días de reposo. Yo soy el SEÑOR su Dios.
19:4 No se volverán a los ídolos ni se harán dioses de metal fundido. Yo soy el SEÑOR su Dios.
El respeto por la ofrenda consagrada
19:5 Cuando ofrezcan un sacrificio de paz al SEÑOR, lo ofrecerán de modo que sea aceptado en su favor.
19:6 Se comerá el día en que lo sacrifiquen y al día siguiente. Lo que quede hasta el tercer día se quemará al fuego.
19:7 Pero si se come al tercer día, será una abominación; no será aceptado.
19:8 El que lo coma cargará con su culpa, porque ha profanado lo santo del SEÑOR; esa persona será apartada de su pueblo.
La provisión para el necesitado
19:9 Cuando recojan la cosecha de su tierra, no segarás por completo los bordes de tu campo ni recogerás las espigas caídas de tu cosecha.
19:10 No rebuscarás tu viña ni recogerás las uvas caídas de tu viña; las dejarás para el pobre y para el extranjero. Yo soy el SEÑOR su Dios.
La verdad y la justicia entre prójimos
19:11 No robarán, no engañarán ni mentirán unos a otros.
19:12 No jurarán en falso por mi nombre, profanando así el nombre de tu Dios. Yo soy el SEÑOR.
19:13 No oprimirás a tu prójimo ni le robarás. No retendrás contigo el salario del jornalero hasta la mañana.
19:14 No maldecirás al sordo ni pondrás un obstáculo delante del ciego. Temerás a tu Dios. Yo soy el SEÑOR.
19:15 No cometerán injusticia al juzgar. No favorecerás al pobre ni mostrarás favoritismo al poderoso; juzgarás a tu prójimo con justicia.
19:16 No andarás difamando entre tu pueblo ni pondrás en peligro la vida de tu prójimo. Yo soy el SEÑOR.
La corrección y el amor al prójimo
19:17 No odiarás a tu hermano en tu corazón. Reprenderás sin falta a tu prójimo y no incurrirás en pecado por su causa.
19:18 No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el SEÑOR.
La obediencia en distintas situaciones de la vida
19:19 Guardarán mis estatutos. No harás que tu ganado se aparee con animales de otra especie. No sembrarás tu campo con semillas de dos clases ni te pondrás una prenda tejida con mezcla de hilos.
19:20 Si un hombre tiene relaciones sexuales con una mujer, y ella es una esclava prometida a otro hombre, sin haber sido rescatada ni haber recibido la libertad, habrá castigo. No se les dará muerte porque ella no era libre.
19:21 Llevará al SEÑOR, a la entrada de la tienda de reunión, su ofrenda por la culpa: un carnero como ofrenda por la culpa.
19:22 Con el carnero de la ofrenda por la culpa, el sacerdote hará expiación por él delante del SEÑOR por el pecado que cometió, y se le perdonará el pecado que cometió.
19:23 Cuando entren en la tierra y planten cualquier árbol frutal, considerarán incircunciso su fruto. Durante tres años será incircunciso para ustedes; no se comerá.
19:24 En el cuarto año todo su fruto será consagrado en alabanza al SEÑOR.
19:25 En el quinto año comerán su fruto, para aumentar su cosecha. Yo soy el SEÑOR su Dios.
La fidelidad a Dios en las prácticas cotidianas
19:26 No comerán nada con sangre. No practicarán la adivinación ni interpretarán presagios.
19:27 No se raparán en redondo los bordes de la cabeza ni afeitarás los bordes de tu barba.
19:28 No se harán cortes en el cuerpo por un muerto ni se harán tatuajes. Yo soy el SEÑOR.
19:29 No profanarás a tu hija haciéndola prostituirse, para que la tierra no se prostituya ni se llene de perversidad.
19:30 Guardarán mis días de reposo y tendrán reverencia por mi santuario. Yo soy el SEÑOR.
19:31 No recurrirán a los médiums ni a los adivinos; no los consultarán, contaminándose con ellos. Yo soy el SEÑOR su Dios.
El respeto y el amor en la convivencia
19:32 Te levantarás ante quien tenga canas y honrarás al anciano. Temerás a tu Dios. Yo soy el SEÑOR.
19:33 Cuando un extranjero resida entre ustedes en su tierra, no lo oprimirán.
19:34 El extranjero que resida entre ustedes será para ustedes como uno de sus nativos; lo amarás como a ti mismo, porque ustedes fueron extranjeros en la tierra de Egipto. Yo soy el SEÑOR su Dios.
La honradez en los intercambios
19:35 No harán injusticia al juzgar, al medir longitudes, al pesar ni al medir capacidades.
19:36 Tendrán balanzas justas, pesas justas, medidas justas para los áridos y medidas justas para los líquidos. Yo soy el SEÑOR su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto.
19:37 Guardarán todos mis estatutos y todas mis ordenanzas, y los pondrán en práctica. Yo soy el SEÑOR”».

Capítulo 20
La santidad y las consecuencias de la infidelidad
20:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
20:2 «Dirás a los hijos de Israel: “A cualquier hombre de los hijos de Israel o de los extranjeros que residan en Israel que entregue a alguno de sus hijos a Moloc se le dará muerte sin falta. La gente del país lo apedreará.
20:3 Yo pondré mi rostro contra ese hombre y lo apartaré de su pueblo, porque entregó a alguno de sus hijos a Moloc, contaminando mi santuario y profanando mi santo nombre.
20:4 Si la gente del país cierra los ojos ante ese hombre cuando entregue a alguno de sus hijos a Moloc, para no darle muerte,
20:5 yo pondré mi rostro contra ese hombre y contra su familia. Lo apartaré de su pueblo, junto con todos los que se prostituyan siguiéndolo, prostituyéndose tras Moloc.
20:6 Si una persona recurre a los médiums y a los adivinos para prostituirse tras ellos, pondré mi rostro contra esa persona y la apartaré de su pueblo.
Un pueblo consagrado al SEÑOR
20:7 Conságrense y sean santos, porque yo soy el SEÑOR su Dios.
20:8 Guarden mis estatutos y pónganlos en práctica. Yo soy el SEÑOR, que los santifico.
La responsabilidad en las relaciones familiares y sexuales
20:9 A todo hombre que maldiga a su padre o a su madre se le dará muerte sin falta. Ha maldecido a su padre o a su madre; su sangre recaerá sobre él.
20:10 Si un hombre comete adulterio con la esposa de otro hombre, si comete adulterio con la esposa de su prójimo, se dará muerte sin falta al adúltero y a la adúltera.
20:11 Si un hombre se acuesta con la esposa de su padre, ha descubierto la desnudez de su padre. A ambos se les dará muerte sin falta; su sangre recaerá sobre ellos.
20:12 Si un hombre se acuesta con su nuera, a ambos se les dará muerte sin falta. Han cometido una perversión; su sangre recaerá sobre ellos.
20:13 Si un hombre se acuesta con un varón como con una mujer, ambos han cometido una abominación. Se les dará muerte sin falta; su sangre recaerá sobre ellos.
20:14 Si un hombre toma por esposa a una mujer y también a la madre de ella, es una perversidad. Los quemarán al fuego, a él y a ellas, para que no haya perversidad entre ustedes.
20:15 Si un hombre tiene relaciones sexuales con un animal, se le dará muerte sin falta. También matarán al animal.
20:16 Si una mujer se acerca a un animal para que este se aparee con ella, matarás a la mujer y al animal. Se les dará muerte sin falta; su sangre recaerá sobre ellos.
20:17 Si un hombre toma a su hermana, hija de su padre o de su madre, y él ve la desnudez de ella y ella ve la de él, es un acto vergonzoso. Ambos serán apartados a la vista de los miembros de su pueblo. Él ha descubierto la desnudez de su hermana; cargará con su culpa.
20:18 Si un hombre se acuesta con una mujer durante su menstruación y descubre su desnudez, él ha dejado al descubierto la fuente de ella, y ella ha descubierto la fuente de su sangre. Ambos serán apartados de su pueblo.
20:19 No descubrirás la desnudez de la hermana de tu madre ni la de la hermana de tu padre. Quien lo haga habrá dejado al descubierto a una parienta cercana suya; ambos cargarán con su culpa.
20:20 Si un hombre se acuesta con la esposa de su tío, ha descubierto la desnudez de su tío. Cargarán con su pecado y morirán sin hijos.
20:21 Si un hombre toma a la esposa de su hermano, es una impureza. Ha descubierto la desnudez de su hermano; quedarán sin hijos.
La tierra y la pertenencia al Dios santo
20:22 Guarden todos mis estatutos y todas mis ordenanzas, y pónganlos en práctica, para que no los vomite la tierra a la que los llevo a vivir.
20:23 No seguirán las costumbres de la nación que voy a expulsar de delante de ustedes, porque ellos han practicado todas estas cosas y me causaron repugnancia.
20:24 Y les he dicho: ‘Ustedes heredarán la tierra de ellos; yo se la daré en posesión, una tierra que fluye leche y miel’. Yo soy el SEÑOR su Dios, que los aparté de los pueblos.
20:25 Distinguirán entre el animal puro y el impuro, y entre el ave impura y la pura. No se harán detestables con los animales, las aves ni con ninguna criatura que se arrastre por el suelo, que he apartado para ustedes como impuros.
20:26 Serán santos para mí, porque yo, el SEÑOR, soy santo. Los he apartado de los pueblos para que sean míos.
20:27 Si un hombre o una mujer actúan como médiums o adivinos, se les dará muerte sin falta. Los apedrearán; su sangre recaerá sobre ellos”».

Capítulo 21
La vida familiar y el servicio de los sacerdotes
21:1 El SEÑOR dijo a Moisés: «Habla a los sacerdotes, los hijos de Aarón, y diles: “Ninguno se hará impuro por un muerto entre su pueblo,
21:2 salvo por un pariente cercano: su madre, su padre, su hijo, su hija o su hermano,
21:3 o por su hermana virgen, cercana a él, que no haya tenido marido; por ella podrá hacerse impuro.
21:4 Como esposo entre su pueblo, no se hará impuro, profanándose.
21:5 No se harán calvas en la cabeza ni se rasurarán los bordes de la barba, ni se harán cortes en el cuerpo.
21:6 Serán santos para su Dios y no profanarán el nombre de su Dios, porque ellos presentan las ofrendas quemadas del SEÑOR, el alimento de su Dios. Por eso serán santos.
21:7 No tomarán por esposa a una prostituta ni a una mujer profanada, ni tomarán a una mujer divorciada de su marido, porque el sacerdote es santo para su Dios.
21:8 Lo consagrarás, porque él presenta el alimento de tu Dios. Será santo para ti, porque yo, el SEÑOR, que los santifico, soy santo.
21:9 Si la hija de un sacerdote se profana prostituyéndose, profana a su padre; será quemada al fuego.
Las condiciones del sumo sacerdote
21:10 El sumo sacerdote entre sus hermanos, sobre cuya cabeza haya sido derramado el aceite de la unción y que haya sido investido para llevar las vestiduras, no se dejará el cabello suelto ni rasgará sus vestiduras.
21:11 No entrará donde haya un muerto ni se hará impuro por su padre o por su madre.
21:12 No saldrá del santuario ni profanará el santuario de su Dios, porque sobre él está la consagración del aceite de la unción de su Dios. Yo soy el SEÑOR.
21:13 Tomará por esposa a una mujer virgen.
21:14 No tomará a una viuda, a una divorciada, a una mujer profanada ni a una prostituta; tomará por esposa a una virgen de su pueblo.
21:15 No profanará a su descendencia entre su pueblo, porque yo soy el SEÑOR, que lo santifico”».
Las condiciones corporales del servicio al altar
21:16 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
21:17 «Habla a Aarón y dile: “A lo largo de sus generaciones, ningún hombre de tu descendencia que tenga algún defecto físico se acercará para presentar el alimento de su Dios.
21:18 Porque ningún hombre que tenga un defecto físico se acercará: ni el ciego, ni el cojo, ni el que tenga el rostro desfigurado o una extremidad demasiado larga,
21:19 ni el que tenga un pie o una mano fracturados,
21:20 ni el jorobado, ni el enano, ni el que tenga una mancha en un ojo, ni el que tenga llagas o costras en la piel, ni el que tenga un testículo magullado.
21:21 Ningún hombre de la descendencia del sacerdote Aarón que tenga un defecto físico se acercará para presentar las ofrendas quemadas del SEÑOR. Tiene un defecto físico; no se acercará para presentar el alimento de su Dios.
21:22 Podrá comer del alimento de su Dios, tanto de las cosas santísimas como de las santas.
21:23 Pero no entrará hasta el velo ni se acercará al altar, porque tiene un defecto físico, para no profanar mis lugares santos; porque yo soy el SEÑOR, que los santifico”».
21:24 Así habló Moisés a Aarón, a sus hijos y a todos los hijos de Israel.

Capítulo 22
El acceso a los alimentos consagrados
22:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
22:2 «Habla a Aarón y a sus hijos para que se mantengan apartados de las cosas sagradas que los hijos de Israel me consagran, y no profanen mi santo nombre. Yo soy el SEÑOR.
22:3 Diles: “A lo largo de sus generaciones, cualquier hombre de toda su descendencia que se acerque, estando impuro, a las cosas sagradas que los hijos de Israel consagran al SEÑOR será apartado de mi presencia. Yo soy el SEÑOR.
22:4 Ningún hombre de la descendencia de Aarón que tenga una enfermedad cutánea o un flujo comerá de las cosas sagradas hasta que quede puro. Tampoco el que toque algo impuro por un muerto, ni el hombre que tenga una emisión de semen,
22:5 ni el que toque algún animal que se arrastra y que lo haga impuro, ni a una persona que lo haga impuro por cualquiera de sus impurezas.
22:6 La persona que toque algo de eso quedará impura hasta el anochecer y no comerá de las cosas sagradas hasta que haya bañado su cuerpo con agua.
22:7 Cuando se ponga el sol, quedará pura; después podrá comer de las cosas sagradas, porque son su alimento.
22:8 No comerá de un animal hallado muerto o despedazado, contaminándose con él. Yo soy el SEÑOR.
22:9 Guardarán lo que les he encomendado, para no cargar con pecado por ello ni morir por haberlo profanado. Yo soy el SEÑOR, que los santifico.
22:10 Ninguna persona ajena al sacerdocio comerá de las cosas sagradas. Ni el huésped del sacerdote ni el jornalero comerán de las cosas sagradas.
22:11 Pero si un sacerdote compra a una persona con su dinero, esta podrá comer de ellas. También los nacidos en su casa podrán comer de su alimento.
22:12 Si la hija de un sacerdote se casa con un hombre ajeno al sacerdocio, no comerá de la ofrenda de las cosas sagradas.
22:13 Pero si la hija de un sacerdote queda viuda o divorciada, no tiene descendencia y vuelve a la casa de su padre como en su juventud, podrá comer del alimento de su padre. Ninguna persona ajena al sacerdocio comerá de él.
22:14 Si un hombre come de las cosas sagradas por error, añadirá un veinte por ciento a su valor y entregará al sacerdote el importe completo como restitución de lo sagrado.
22:15 No profanarán las cosas sagradas que los hijos de Israel ofrecen al SEÑOR,
22:16 haciéndolos cargar con la culpa al comer sus cosas sagradas; porque yo soy el SEÑOR, que los santifico”».
Qué animales pueden presentarse a Dios
22:17 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
22:18 «Habla a Aarón, a sus hijos y a todos los hijos de Israel, y diles: “Cualquier hombre de la casa de Israel o de los extranjeros que residan en Israel que presente su ofrenda por cualquiera de sus votos o de sus ofrendas voluntarias, que presente al SEÑOR como holocausto,
22:19 para que sea aceptada en su favor, ofrecerá un macho sin defecto del ganado vacuno, de las ovejas o de las cabras.
22:20 No presentarán ningún animal que tenga un defecto, porque no será aceptado en su favor.
22:21 Si un hombre presenta un sacrificio de paz al SEÑOR, del ganado vacuno o del rebaño, para cumplir un voto o como ofrenda voluntaria, deberá ser sin defecto para ser aceptado; no tendrá ningún defecto.
22:22 No presentarán al SEÑOR ningún animal ciego, fracturado, mutilado, con verrugas, con llagas o con costras; no pondrán ninguno de ellos sobre el altar como ofrenda quemada al SEÑOR.
22:23 Una res o un animal del rebaño que tenga una extremidad demasiado larga o atrofiada podrás presentarlo como ofrenda voluntaria, pero no será aceptado para cumplir un voto.
22:24 No presentarán al SEÑOR ningún animal con los testículos magullados, aplastados, arrancados o cortados. No harán esto en su tierra.
22:25 Tampoco de mano de un extranjero presentarán como alimento de su Dios ninguno de estos animales, porque están mutilados; tienen un defecto y no serán aceptados en su favor”».
El cuidado de las crías y la ofrenda de gratitud
22:26 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
22:27 «Cuando nazca un ternero, un cordero o un cabrito, estará siete días con su madre. Desde el octavo día en adelante será aceptado como ofrenda quemada al SEÑOR.
22:28 Ya sea una res o un animal del rebaño, no lo degollarán junto con su cría en un mismo día.
22:29 Cuando sacrifiquen al SEÑOR un sacrificio de acción de gracias, lo sacrificarán de modo que sea aceptado en su favor.
22:30 Se comerá ese mismo día; no dejarán nada de él hasta la mañana. Yo soy el SEÑOR.
22:31 Guarden mis mandamientos y pónganlos en práctica. Yo soy el SEÑOR.
22:32 No profanarán mi santo nombre, y seré santificado en medio de los hijos de Israel. Yo soy el SEÑOR, que los santifico,
22:33 que los saqué de la tierra de Egipto para ser su Dios. Yo soy el SEÑOR».

Capítulo 23
Las fiestas solemnes
Texto relacionado: Números 28:16–29:40.
23:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
23:2 «Habla a los hijos de Israel y diles: “Estas son las fiestas señaladas del SEÑOR que proclamarán como santas convocaciones; estas son mis fiestas señaladas.
23:3 Durante seis días se trabajará, pero el séptimo día será un día de reposo solemne, una santa convocación. No harán ningún trabajo; será un día de reposo para el SEÑOR dondequiera que habiten.
23:4 Estas son las fiestas señaladas del SEÑOR, las santas convocaciones que proclamarán en sus fechas señaladas:
La Pascua y los Panes sin Levadura
23:5 El día catorce del primer mes, al atardecer, es la Pascua del SEÑOR.
23:6 El día quince de ese mes es la fiesta de los Panes sin Levadura para el SEÑOR. Durante siete días comerán panes sin levadura.
23:7 El primer día tendrán una santa convocación; no harán ningún trabajo habitual.
23:8 Durante siete días presentarán ofrendas quemadas al SEÑOR. El séptimo día habrá una santa convocación; no harán ningún trabajo habitual”».
La primera gavilla de la cosecha
23:9 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
23:10 «Habla a los hijos de Israel y diles: “Cuando entren en la tierra que les doy y recojan su cosecha, traerán al sacerdote una gavilla de las primicias de su cosecha.
23:11 Él mecerá la gavilla delante del SEÑOR para que sea aceptada en su favor; el sacerdote la mecerá el día siguiente al día de reposo.
23:12 El día que mezan la gavilla ofrecerán un cordero de un año, sin defecto, como holocausto al SEÑOR.
23:13 Su ofrenda de cereal será de unos cuatro litros de harina fina mezclada con aceite, como ofrenda quemada de aroma grato al SEÑOR; su libación será de aproximadamente un litro de vino.
23:14 No comerán pan, grano tostado ni grano fresco hasta ese mismo día, hasta que hayan traído la ofrenda de su Dios. Es un estatuto perpetuo a lo largo de sus generaciones, dondequiera que habiten.
La fiesta de las Semanas
23:15 Contarán desde el día siguiente al día de reposo, desde el día en que traigan la gavilla de la ofrenda mecida; serán siete semanas completas.
23:16 Contarán cincuenta días, hasta el día siguiente al séptimo día de reposo, y presentarán una nueva ofrenda de cereal al SEÑOR.
23:17 De los lugares donde habiten traerán dos panes para ofrenda mecida, hechos con unos cuatro litros de harina fina. Se hornearán con levadura, como primicias para el SEÑOR.
23:18 Junto con el pan presentarán siete corderos de un año sin defecto, un novillo del ganado vacuno y dos carneros. Serán un holocausto al SEÑOR, con su ofrenda de cereal y sus libaciones, una ofrenda quemada de aroma grato al SEÑOR.
23:19 Ofrecerán un macho cabrío como ofrenda por el pecado y dos corderos de un año como sacrificio de paz.
23:20 El sacerdote los mecerá —a los dos corderos— junto con el pan de las primicias, como ofrenda mecida delante del SEÑOR. Serán santos para el SEÑOR y pertenecerán al sacerdote.
23:21 Ese mismo día proclamarán una santa convocación; no harán ningún trabajo habitual. Es un estatuto perpetuo dondequiera que habiten, a lo largo de sus generaciones.
23:22 Cuando recojan la cosecha de su tierra, no segarás por completo los bordes de tu campo al cosechar ni recogerás las espigas caídas de tu cosecha. Las dejarás para el pobre y para el extranjero. Yo soy el SEÑOR su Dios”».
La conmemoración con toques de trompeta
23:23 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
23:24 «Habla a los hijos de Israel y diles: “El primer día del séptimo mes tendrán un descanso solemne, una conmemoración con toques de trompeta, una santa convocación.
23:25 No harán ningún trabajo habitual y presentarán una ofrenda quemada al SEÑOR”».
El Día de la Expiación
23:26 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
23:27 «El día diez de este séptimo mes es el Día de la Expiación. Tendrán una santa convocación, se humillarán y presentarán una ofrenda quemada al SEÑOR.
23:28 No harán ningún trabajo ese mismo día, porque es el Día de la Expiación, para hacer expiación por ustedes delante del SEÑOR su Dios.
23:29 Toda persona que no se humille ese mismo día será apartada de su pueblo.
23:30 Y a toda persona que haga algún trabajo ese mismo día, yo la destruiré de entre su pueblo.
23:31 No harán ningún trabajo. Es un estatuto perpetuo a lo largo de sus generaciones, dondequiera que habiten.
23:32 Será para ustedes un día de reposo solemne, y se humillarán. Desde el atardecer del día nueve del mes, de tarde a tarde, guardarán su reposo».
La fiesta de las Enramadas
23:33 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
23:34 «Habla a los hijos de Israel y diles: “El día quince de este séptimo mes comienza la fiesta de las Enramadas para el SEÑOR, que durará siete días.
23:35 El primer día habrá una santa convocación; no harán ningún trabajo habitual.
23:36 Durante siete días presentarán ofrendas quemadas al SEÑOR. El octavo día tendrán una santa convocación y presentarán una ofrenda quemada al SEÑOR. Es una asamblea solemne; no harán ningún trabajo habitual.
23:37 Estas son las fiestas señaladas del SEÑOR que proclamarán como santas convocaciones, para presentar ofrendas quemadas al SEÑOR: holocaustos, ofrendas de cereal, sacrificios y libaciones, cada cosa en su día,
23:38 además de los días de reposo del SEÑOR, además de sus dones, además de todos sus votos y además de todas sus ofrendas voluntarias que den al SEÑOR.
23:39 Ahora bien, el día quince del séptimo mes, cuando hayan recogido la cosecha de la tierra, celebrarán la fiesta del SEÑOR durante siete días. El primer día habrá un descanso solemne, y el octavo día habrá un descanso solemne.
23:40 El primer día tomarán frutos de árboles hermosos, ramas de palmeras, ramas de árboles frondosos y sauces de los arroyos, y se alegrarán delante del SEÑOR su Dios durante siete días.
23:41 La celebrarán como fiesta para el SEÑOR durante siete días cada año. Es un estatuto perpetuo a lo largo de sus generaciones; la celebrarán en el séptimo mes.
23:42 Habitarán en enramadas durante siete días; todos los nativos de Israel habitarán en enramadas,
23:43 para que sus generaciones sepan que hice habitar en enramadas a los hijos de Israel cuando los saqué de la tierra de Egipto. Yo soy el SEÑOR su Dios”».
23:44 Así habló Moisés a los hijos de Israel sobre las fiestas señaladas del SEÑOR.

Capítulo 24
Aceite para las lámparas
Texto relacionado: Éxodo 27:20–21.
24:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
24:2 «Ordena a los hijos de Israel que te traigan aceite puro de olivas machacadas para el alumbrado, para mantener la lámpara encendida continuamente.
24:3 Fuera del velo del Testimonio, en la tienda de reunión, Aarón la dispondrá desde el atardecer hasta la mañana, delante del SEÑOR continuamente. Es un estatuto perpetuo a lo largo de sus generaciones.
24:4 Sobre el candelabro puro dispondrá las lámparas delante del SEÑOR continuamente.
El pan de la Presencia
24:5 Tomarás harina fina y hornearás con ella doce tortas; cada torta se hará con unos cuatro litros.
24:6 Las colocarás en dos hileras, seis en cada hilera, sobre la mesa pura delante del SEÑOR.
24:7 Pondrás incienso puro sobre cada hilera, para que sea una porción memorial del pan, una ofrenda quemada al SEÑOR.
24:8 Cada día de reposo lo dispondrá delante del SEÑOR continuamente, de parte de los hijos de Israel, como pacto perpetuo.
24:9 Pertenecerá a Aarón y a sus hijos, y lo comerán en un lugar santo, porque es cosa santísima para él, de las ofrendas quemadas del SEÑOR, como porción perpetua».
La blasfemia y la justicia en Israel
24:10 El hijo de una mujer israelita, cuyo padre era egipcio, salió entre los hijos de Israel. En el campamento se pelearon el hijo de la israelita y un hombre israelita.
24:11 El hijo de la mujer israelita blasfemó el Nombre y maldijo, y lo llevaron a Moisés. Su madre se llamaba Selomit, hija de Dibri, de la tribu de Dan.
24:12 Lo pusieron bajo custodia para que se les aclarara el asunto por palabra del SEÑOR.
24:13 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
24:14 «Saca al que maldijo fuera del campamento. Todos los que lo oyeron apoyarán sus manos sobre su cabeza, y toda la comunidad lo apedreará.
24:15 Hablarás a los hijos de Israel y les dirás: “Cualquier hombre que maldiga a su Dios cargará con su pecado.
24:16 Al que blasfeme el nombre del SEÑOR se le dará muerte sin falta. Toda la comunidad lo apedreará sin falta. Tanto el extranjero como el nativo que blasfeme el Nombre será ejecutado.
24:17 Al hombre que mate a cualquier persona se le dará muerte sin falta.
24:18 El que mate a un animal lo restituirá: vida por vida.
24:19 Si un hombre causa una lesión a su prójimo, se le hará lo mismo que él hizo:
24:20 fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente. La lesión que cause a otra persona se le causará a él.
24:21 El que mate a un animal lo restituirá, pero el que mate a una persona será ejecutado.
24:22 Tendrán una misma ley, tanto para el extranjero como para el nativo, porque yo soy el SEÑOR su Dios”».
24:23 Moisés habló a los hijos de Israel, y ellos sacaron fuera del campamento al que había maldecido y lo apedrearon. Los hijos de Israel hicieron tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés.

Capítulo 25
El año de reposo de la tierra y el año del jubileo
25:1 El SEÑOR habló a Moisés en el monte Sinaí y le dijo:
25:2 «Habla a los hijos de Israel y diles: “Cuando entren en la tierra que les doy, la tierra guardará un reposo para el SEÑOR.
25:3 Durante seis años sembrarás tu campo y durante seis años podarás tu viña y recogerás su cosecha.
25:4 Pero el séptimo año la tierra tendrá un reposo solemne, un reposo para el SEÑOR. No sembrarás tu campo ni podarás tu viña.
25:5 No segarás lo que brote por sí solo de tu cosecha ni vendimiarás las uvas de tus vides sin podar. Será un año de descanso solemne para la tierra.
25:6 Lo que produzca la tierra durante su reposo les servirá de alimento: a ti, a tu esclavo, a tu esclava, a tu jornalero y al residente temporal que vive contigo.
25:7 También tu ganado y los animales salvajes que haya en tu tierra podrán comer de toda su cosecha.
El jubileo: libertad y regreso a la heredad
25:8 Contarás siete semanas de años, siete años siete veces; el tiempo de las siete semanas de años será de cuarenta y nueve años.
25:9 Harás resonar la trompeta con un fuerte toque el día diez del séptimo mes. El Día de la Expiación harán resonar la trompeta por toda su tierra.
25:10 Consagrarán el año cincuenta y proclamarán libertad en la tierra para todos sus habitantes. Será un jubileo para ustedes; cada uno volverá a su posesión y cada uno volverá a su familia.
25:11 El año cincuenta será un jubileo para ustedes. No sembrarán, no segarán lo que brote por sí solo ni vendimiarán las vides sin podar.
25:12 Porque es jubileo, será santo para ustedes; comerán lo que produzca el campo.
25:13 En este año del jubileo cada uno volverá a su posesión.
Compraventas justas entre jubileos
25:14 Cuando vendan algo a su prójimo o compren de mano de su prójimo, ninguno perjudicará a su hermano.
25:15 Comprarás de tu prójimo según la cuenta de los años transcurridos desde el jubileo; él te venderá según la cuenta de los años de cosecha.
25:16 Cuanto mayor sea el número de años, aumentarás el precio de compra; cuanto menor sea el número de años, disminuirás el precio de compra, porque lo que te vende es un número de cosechas.
25:17 Ninguno perjudicará a su prójimo. Temerás a tu Dios, porque yo soy el SEÑOR su Dios.
Obediencia y provisión durante el reposo
25:18 Cumplirán mis estatutos, guardarán mis ordenanzas y las pondrán en práctica; así habitarán seguros en la tierra.
25:19 La tierra dará su fruto, comerán hasta saciarse y habitarán seguros en ella.
25:20 Si preguntan: ‘¿Qué comeremos el séptimo año, si no sembramos ni recogemos nuestra cosecha?’,
25:21 yo enviaré mi bendición sobre ustedes en el sexto año, y producirá una cosecha para tres años.
25:22 Sembrarán el octavo año y comerán de la cosecha anterior. Hasta el noveno año, hasta que llegue su cosecha, comerán de la anterior.
El derecho a recuperar la heredad
25:23 La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra es mía; ustedes son forasteros y residentes junto a mí.
25:24 En toda la tierra que posean concederán el derecho de rescatar la tierra.
25:25 Si tu hermano empobrece y vende parte de su posesión, vendrá su pariente más cercano, el que tiene derecho a rescatar, y rescatará lo que su hermano haya vendido.
25:26 Si un hombre no tiene quien ejerza el rescate, pero consigue los medios suficientes para rescatar su propiedad,
25:27 calculará los años desde la venta, devolverá el saldo al hombre a quien se la vendió y volverá a su posesión.
25:28 Pero si no consigue lo suficiente para devolverle, lo que vendió quedará en poder del comprador hasta el año del jubileo. En el jubileo quedará libre, y él volverá a su posesión.
El rescate de casas en ciudades y aldeas
25:29 Si un hombre vende una vivienda en una ciudad amurallada, tendrá derecho a rescatarla hasta que se cumpla un año desde la venta; durante ese año tendrá derecho a rescatarla.
25:30 Si no es rescatada antes de que se cumpla un año entero, la casa situada en la ciudad amurallada será posesión perpetua del comprador a lo largo de sus generaciones; no quedará libre en el jubileo.
25:31 Pero las casas de las aldeas que no tienen muralla alrededor se considerarán como los campos de la tierra. Tendrán derecho de rescate y quedarán libres en el jubileo.
Las propiedades de los levitas
25:32 En cuanto a las ciudades de los levitas, los levitas tendrán derecho perpetuo a rescatar las casas de las ciudades que poseen.
25:33 Lo que rescate alguno de los levitas —la casa vendida en la ciudad de su posesión— quedará libre en el jubileo, porque las casas de las ciudades de los levitas son su posesión entre los hijos de Israel.
25:34 Los campos de pastoreo de sus ciudades no se venderán, porque son su posesión perpetua.
Sostener al hermano empobrecido
25:35 Si tu hermano empobrece y sus recursos decaen junto a ti, lo sostendrás; vivirá contigo como un forastero y residente.
25:36 No tomarás de él interés ni recargo. Temerás a tu Dios, y tu hermano vivirá contigo.
25:37 No le darás tu dinero a interés ni tus alimentos a cambio de un recargo.
25:38 Yo soy el SEÑOR su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto para darles la tierra de Canaán y ser su Dios.
El servicio por necesidad y sus límites
25:39 Si tu hermano empobrece junto a ti y se vende a ti, no lo harás trabajar como esclavo.
25:40 Estará contigo como un jornalero, como un residente temporal; trabajará contigo hasta el año del jubileo.
25:41 Entonces se irá de tu lado, él y sus hijos con él; volverá a su familia y volverá a la posesión de sus padres.
25:42 Porque son mis siervos, a quienes saqué de la tierra de Egipto; no serán vendidos como se vende a un esclavo.
25:43 No lo dominarás con dureza; temerás a tu Dios.
La esclavitud de personas de otras naciones
25:44 El esclavo y la esclava que tengas serán de las naciones que los rodean; de ellas podrán comprar esclavos y esclavas.
25:45 También podrán comprar de entre los hijos de los residentes temporales que viven entre ustedes y de entre los miembros de sus familias que están entre ustedes, a quienes ellos hayan engendrado en su tierra. Serán de su propiedad.
25:46 Podrán dejarlos en herencia a sus hijos después de ustedes, para que los posean como propiedad; se servirán de ellos para siempre. Pero, en cuanto a sus hermanos, los hijos de Israel, ninguno dominará a su hermano con dureza.
El rescate del israelita vendido a un extranjero
25:47 Si un forastero residente que vive junto a ti prospera, y tu hermano empobrece junto a él y se vende al forastero residente que vive junto a ti, o a algún miembro de la familia del forastero,
25:48 después de haberse vendido tendrá derecho a ser rescatado. Uno de sus hermanos lo rescatará,
25:49 o su tío o el hijo de su tío lo rescatará, o algún pariente cercano de su familia lo rescatará; si sus recursos alcanzan, él mismo se rescatará.
25:50 Hará la cuenta con el que lo compró, desde el año en que se vendió a él hasta el año del jubileo. El precio de su venta se calculará según el número de años, valorando su tiempo con él como el de un jornalero.
25:51 Si aún quedan muchos años, devolverá como precio de su rescate la parte proporcional del dinero que se pagó por él.
25:52 Si quedan pocos años hasta el año del jubileo, hará la cuenta con él y devolverá el precio de su rescate según esos años.
25:53 Estará con él como un jornalero contratado año por año. El que lo compró no lo dominará con dureza ante tus ojos.
25:54 Si no es rescatado por estos medios, saldrá libre en el año del jubileo, él y sus hijos con él.
25:55 Porque los hijos de Israel son siervos míos; son mis siervos, a quienes saqué de la tierra de Egipto. Yo soy el SEÑOR su Dios”».

Capítulo 26
Lealtad al SEÑOR y reverencia por su santuario
Textos relacionados: Deuteronomio 7:12–24; Deuteronomio 28:1–14.
26:1 «No se harán ídolos, ni levantarán para ustedes una imagen tallada o una columna sagrada, ni pondrán en su tierra una piedra esculpida para postrarse ante ella, porque yo soy el SEÑOR su Dios.
26:2 Guardarán mis días de reposo y tendrán reverencia por mi santuario. Yo soy el SEÑOR.
Las bendiciones del pacto
26:3 Si siguen mis estatutos, guardan mis mandamientos y los ponen en práctica,
26:4 les daré las lluvias a su tiempo; la tierra dará su cosecha y los árboles del campo darán su fruto.
26:5 La trilla les alcanzará hasta la vendimia, y la vendimia les alcanzará hasta la siembra. Comerán su pan hasta saciarse y habitarán seguros en su tierra.
26:6 Daré paz en la tierra, y se acostarán sin que nadie los atemorice. Haré desaparecer de la tierra los animales dañinos, y la espada no pasará por su tierra.
26:7 Perseguirán a sus enemigos, y ellos caerán a espada delante de ustedes.
26:8 Cinco de ustedes perseguirán a cien, y cien de ustedes perseguirán a diez mil. Sus enemigos caerán a espada delante de ustedes.
26:9 Me volveré hacia ustedes, los haré fructificar y los multiplicaré, y confirmaré mi pacto con ustedes.
26:10 Comerán de la cosecha anterior, guardada por largo tiempo, y sacarán la anterior para hacer lugar a la nueva.
26:11 Pondré mi morada en medio de ustedes, y mi alma no los aborrecerá.
26:12 Andaré en medio de ustedes, seré su Dios y ustedes serán mi pueblo.
26:13 Yo soy el SEÑOR su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto para que dejaran de ser esclavos de ellos. Rompí las barras de su yugo y los hice caminar erguidos.
Consecuencias de la desobediencia
Texto relacionado: Deuteronomio 28:15–68.
26:14 Pero si no me escuchan ni cumplen todos estos mandamientos,
26:15 si rechazan mis estatutos y su alma aborrece mis ordenanzas, de modo que no cumplan todos mis mandamientos y quebranten mi pacto,
26:16 yo también les haré esto: traeré sobre ustedes terror, enfermedades debilitantes y fiebre que consumirán los ojos y agotarán la vida. Sembrarán su semilla en vano, porque sus enemigos se la comerán.
26:17 Pondré mi rostro contra ustedes, y serán derrotados delante de sus enemigos. Los que los odian los dominarán, y huirán sin que nadie los persiga.
26:18 Si aun con todo esto no me escuchan, volveré a castigarlos siete veces por sus pecados.
26:19 Quebrantaré el orgullo de su fuerza; haré sus cielos como hierro y su tierra como cobre.
26:20 Sus fuerzas se consumirán en vano, porque su tierra no dará su cosecha y los árboles de la tierra no darán su fruto.
26:21 Si proceden con hostilidad contra mí y no quieren escucharme, añadiré sobre ustedes siete veces más plagas conforme a sus pecados.
26:22 Enviaré contra ustedes las fieras del campo, que los privarán de sus hijos, destruirán su ganado y los reducirán en número; sus caminos quedarán desiertos.
26:23 Si con estas cosas no aceptan mi corrección, sino que proceden con hostilidad contra mí,
26:24 yo también procederé con hostilidad contra ustedes; yo mismo los heriré siete veces por sus pecados.
26:25 Traeré contra ustedes una espada que ejecutará la venganza del pacto. Aunque se refugien en sus ciudades, enviaré peste en medio de ustedes y serán entregados en manos del enemigo.
26:26 Cuando les quite el sustento del pan, diez mujeres hornearán su pan en un solo horno y les devolverán el pan por peso; comerán, pero no se saciarán.
26:27 Si aun con esto no me escuchan, sino que proceden con hostilidad contra mí,
26:28 yo procederé con furiosa hostilidad contra ustedes; yo mismo los castigaré siete veces por sus pecados.
26:29 Comerán la carne de sus hijos y comerán la carne de sus hijas.
26:30 Destruiré sus lugares altos, derribaré sus altares de incienso y pondré sus cadáveres sobre los cadáveres de sus ídolos; mi alma los aborrecerá.
26:31 Dejaré sus ciudades en ruinas y desolaré sus santuarios; no percibiré sus aromas gratos.
26:32 Yo mismo desolaré la tierra, y sus enemigos que habiten en ella quedarán horrorizados.
El destierro y los reposos de la tierra
26:33 A ustedes los dispersaré entre las naciones y desenvainaré la espada detrás de ustedes. Su tierra quedará desolada y sus ciudades quedarán en ruinas.
26:34 Entonces la tierra disfrutará de sus reposos todos los días que esté desolada, mientras ustedes estén en la tierra de sus enemigos. Entonces la tierra descansará y disfrutará de sus reposos.
26:35 Todos los días que esté desolada descansará, por lo que no descansó durante los reposos de ustedes cuando habitaban en ella.
26:36 A los que queden de ustedes les infundiré cobardía en el corazón, en las tierras de sus enemigos. El sonido de una hoja arrastrada los perseguirá; huirán como quien huye de la espada y caerán sin que nadie los persiga.
26:37 Tropezarán unos con otros como ante la espada, aunque nadie los persiga, y no podrán mantenerse en pie ante sus enemigos.
26:38 Perecerán entre las naciones, y la tierra de sus enemigos los devorará.
26:39 Los que queden de ustedes se consumirán por su iniquidad en las tierras de sus enemigos; también por las iniquidades de sus padres se consumirán con ellos.
La confesión y la fidelidad de Dios al pacto
26:40 Si confiesan su iniquidad y la iniquidad de sus padres, la infidelidad con que me fueron infieles, y también que procedieron con hostilidad contra mí,
26:41 (yo también habré procedido con hostilidad contra ellos y los habré llevado a la tierra de sus enemigos), o si entonces se humilla su corazón incircunciso y aceptan el castigo de su iniquidad,
26:42 me acordaré de mi pacto con Jacob y también de mi pacto con Isaac; también de mi pacto con Abraham me acordaré, y de la tierra me acordaré.
26:43 La tierra será abandonada por ellos para que disfrute de sus reposos mientras esté desolada sin ellos. Ellos aceptarán el castigo de su iniquidad, precisamente porque rechazaron mis ordenanzas y su alma aborreció mis estatutos.
26:44 Pero aun con todo esto, cuando estén en la tierra de sus enemigos, no los rechazaré ni los aborreceré hasta exterminarlos, quebrantando mi pacto con ellos, porque yo soy el SEÑOR su Dios.
26:45 Me acordaré en favor de ellos del pacto con sus antepasados, a quienes saqué de la tierra de Egipto a la vista de las naciones, para ser su Dios. Yo soy el SEÑOR».
26:46 Estos son los estatutos, las ordenanzas y las leyes que el SEÑOR estableció entre él y los hijos de Israel en el monte Sinaí, por medio de Moisés.

Capítulo 27
Votos y bienes dedicados al SEÑOR
27:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
27:2 «Habla a los hijos de Israel y diles: “Cuando un hombre haga un voto especial para dedicar personas al SEÑOR conforme a tu valoración,
27:3 en cuanto a tu valoración de un varón de veinte a sesenta años, tu valoración será de unos quinientos setenta gramos de plata, según el peso del santuario.
27:4 Si es una mujer, tu valoración será de unos trescientos cuarenta y dos gramos de plata.
27:5 De cinco a veinte años, tu valoración para un varón será de unos doscientos veintiocho gramos de plata, y para una mujer, de unos ciento catorce gramos de plata.
27:6 Desde un mes de edad hasta cinco años, tu valoración para un varón será de unos cincuenta y siete gramos de plata, y tu valoración para una mujer será de unos treinta y cuatro gramos de plata.
27:7 De sesenta años en adelante, si es varón, tu valoración será de unos ciento setenta y un gramos de plata; para una mujer será de unos ciento catorce gramos de plata.
27:8 Si es demasiado pobre para pagar tu valoración, será presentado ante el sacerdote, y el sacerdote lo valorará; según los recursos del que hizo el voto, el sacerdote lo valorará.
La dedicación de animales
27:9 Si se trata de un animal de los que se pueden presentar como ofrenda al SEÑOR, todo animal de esa clase que se dé al SEÑOR será santo.
27:10 No lo cambiará ni lo sustituirá, bueno por malo ni malo por bueno. Si sustituye un animal por otro, tanto el animal como su sustituto serán santos.
27:11 Si se trata de algún animal impuro, de los que no se pueden presentar como ofrenda al SEÑOR, pondrá el animal delante del sacerdote.
27:12 El sacerdote lo valorará, sea bueno o malo; conforme a la valoración del sacerdote, así será.
27:13 Si lo rescata, añadirá un veinte por ciento a tu valoración.
Casas y campos consagrados
27:14 Si un hombre consagra su casa como cosa santa al SEÑOR, el sacerdote la valorará, sea buena o mala; la valoración que fije el sacerdote será definitiva.
27:15 Si el que consagró su casa la rescata, añadirá un veinte por ciento al importe de tu valoración, y será suya.
27:16 Si un hombre consagra al SEÑOR parte del campo de su posesión, tu valoración dependerá de la semilla necesaria para sembrarlo: unos quinientos setenta gramos de plata por la siembra de unos doscientos veinte litros de cebada.
27:17 Si consagra su campo desde el año del jubileo, tu valoración quedará firme.
27:18 Si consagra su campo después del jubileo, el sacerdote calculará el importe según los años que queden hasta el año del jubileo, y se descontará de tu valoración.
27:19 Si el que consagró el campo lo rescata, añadirá un veinte por ciento al importe de tu valoración, y el campo quedará en su poder.
27:20 Si no rescata el campo y el campo es vendido a otro hombre, ya no podrá ser rescatado.
27:21 Cuando el campo quede libre en el jubileo, será santo para el SEÑOR, como un campo consagrado irrevocablemente; será posesión del sacerdote.
27:22 Si consagra al SEÑOR un campo que haya comprado, que no sea parte de su posesión hereditaria,
27:23 el sacerdote le calculará el importe de la valoración hasta el año del jubileo. Ese mismo día entregará el valor fijado como cosa santa al SEÑOR.
27:24 En el año del jubileo, el campo volverá a aquel de quien lo compró, a quien pertenece la posesión hereditaria de la tierra.
27:25 Toda valoración se hará conforme al siclo del santuario, que pesa unos once gramos. El siclo equivale a veinte geras.
Lo que ya pertenece al SEÑOR
27:26 Pero nadie consagrará el primogénito de los animales, que ya pertenece al SEÑOR por ser primogénito. Sea una res o un animal del rebaño, es del SEÑOR.
27:27 Si se trata de un animal impuro, lo rescatará conforme a tu valoración y añadirá un veinte por ciento. Si no es rescatado, será vendido conforme a tu valoración.
Lo consagrado irrevocablemente
27:28 Pero nada de lo que un hombre consagre irrevocablemente al SEÑOR de todo lo que posee, sea una persona, un animal o un campo de su posesión, podrá venderse ni rescatarse. Todo lo consagrado irrevocablemente es cosa santísima para el SEÑOR.
27:29 Ninguna persona puesta bajo anatema podrá ser rescatada; se le dará muerte sin falta.
Los diezmos de la tierra y de los rebaños
27:30 Todo diezmo de la tierra, tanto del grano de la tierra como del fruto de los árboles, pertenece al SEÑOR. Es santo para el SEÑOR.
27:31 Si un hombre rescata parte de su diezmo, añadirá un veinte por ciento a su valor.
27:32 En cuanto a todo diezmo del ganado vacuno y del rebaño, de todo lo que pase bajo la vara, el décimo será santo para el SEÑOR.
27:33 No examinará si es bueno o malo ni lo sustituirá. Si lo sustituye, tanto el animal como su sustituto serán santos; no podrán ser rescatados”».
27:34 Estos son los mandamientos que el SEÑOR ordenó a Moisés para los hijos de Israel en el monte Sinaí.

NÚMEROS

Capítulo 1
Censo de Israel en Sinaí
1:1 El SEÑOR habló a Moisés en el desierto de Sinaí, en la tienda de reunión, el primer día del segundo mes del segundo año de su salida de la tierra de Egipto, y le dijo:
1:2 «Hagan un censo de toda la comunidad de los hijos de Israel, por sus clanes y sus casas paternas, contando los nombres de todos los varones, uno por uno.
1:3 De veinte años en adelante, a todos los aptos para la guerra en Israel los registrarán tú y Aarón, por sus divisiones.
1:4 Con ustedes estará un hombre de cada tribu, cada uno jefe de su casa paterna.
1:5 Estos son los nombres de los hombres que estarán con ustedes: de Rubén, Elisur hijo de Sedeur;
1:6 de Simeón, Selumiel hijo de Zurisadai;
1:7 de Judá, Naasón hijo de Aminadab;
1:8 de Isacar, Natanael hijo de Zuar;
1:9 de Zabulón, Eliab hijo de Helón;
1:10 de los hijos de José: de Efraín, Elisama hijo de Amiud; de Manasés, Gamaliel hijo de Pedasur;
1:11 de Benjamín, Abidán hijo de Gedeoni;
1:12 de Dan, Ahiezer hijo de Amisadai;
1:13 de Aser, Pagiel hijo de Ocrán;
1:14 de Gad, Eliasaf hijo de Deuel;
1:15 de Neftalí, Ahira hijo de Enán.
1:16 Estos son los convocados de la comunidad, los jefes de sus tribus ancestrales; ellos son los jefes de los millares de Israel».
1:17 Moisés y Aarón tomaron consigo a estos hombres que habían sido designados por nombre.
1:18 Reunieron a toda la comunidad el primer día del segundo mes, y ellos declararon su ascendencia por sus clanes y sus casas paternas, según la cuenta de los nombres, de veinte años en adelante, uno por uno.
1:19 Tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés, los registró en el desierto de Sinaí.
Los resultados del censo por tribus
1:20 De los hijos de Rubén, primogénito de Israel, según sus genealogías, por sus clanes y sus casas paternas, contando los nombres uno por uno, todos los varones de veinte años en adelante aptos para la guerra,
1:21 los registrados de la tribu de Rubén fueron cuarenta y seis mil quinientos.
1:22 De los hijos de Simeón, según sus genealogías, por sus clanes y sus casas paternas, sus registrados por la cuenta de los nombres, uno por uno, todos los varones de veinte años en adelante aptos para la guerra,
1:23 los registrados de la tribu de Simeón fueron cincuenta y nueve mil trescientos.
1:24 De los hijos de Gad, según sus genealogías, por sus clanes y sus casas paternas, por la cuenta de los nombres, de veinte años en adelante, todos los aptos para la guerra,
1:25 los registrados de la tribu de Gad fueron cuarenta y cinco mil seiscientos cincuenta.
1:26 De los hijos de Judá, según sus genealogías, por sus clanes y sus casas paternas, por la cuenta de los nombres, de veinte años en adelante, todos los aptos para la guerra,
1:27 los registrados de la tribu de Judá fueron setenta y cuatro mil seiscientos.
1:28 De los hijos de Isacar, según sus genealogías, por sus clanes y sus casas paternas, por la cuenta de los nombres, de veinte años en adelante, todos los aptos para la guerra,
1:29 los registrados de la tribu de Isacar fueron cincuenta y cuatro mil cuatrocientos.
1:30 De los hijos de Zabulón, según sus genealogías, por sus clanes y sus casas paternas, por la cuenta de los nombres, de veinte años en adelante, todos los aptos para la guerra,
1:31 los registrados de la tribu de Zabulón fueron cincuenta y siete mil cuatrocientos.
1:32 De los hijos de José, de los hijos de Efraín, según sus genealogías, por sus clanes y sus casas paternas, por la cuenta de los nombres, de veinte años en adelante, todos los aptos para la guerra,
1:33 los registrados de la tribu de Efraín fueron cuarenta mil quinientos.
1:34 De los hijos de Manasés, según sus genealogías, por sus clanes y sus casas paternas, por la cuenta de los nombres, de veinte años en adelante, todos los aptos para la guerra,
1:35 los registrados de la tribu de Manasés fueron treinta y dos mil doscientos.
1:36 De los hijos de Benjamín, según sus genealogías, por sus clanes y sus casas paternas, por la cuenta de los nombres, de veinte años en adelante, todos los aptos para la guerra,
1:37 los registrados de la tribu de Benjamín fueron treinta y cinco mil cuatrocientos.
1:38 De los hijos de Dan, según sus genealogías, por sus clanes y sus casas paternas, por la cuenta de los nombres, de veinte años en adelante, todos los aptos para la guerra,
1:39 los registrados de la tribu de Dan fueron sesenta y dos mil setecientos.
1:40 De los hijos de Aser, según sus genealogías, por sus clanes y sus casas paternas, por la cuenta de los nombres, de veinte años en adelante, todos los aptos para la guerra,
1:41 los registrados de la tribu de Aser fueron cuarenta y un mil quinientos.
1:42 Los hijos de Neftalí, según sus genealogías, por sus clanes y sus casas paternas, por la cuenta de los nombres, de veinte años en adelante, todos los aptos para la guerra,
1:43 los registrados de la tribu de Neftalí fueron cincuenta y tres mil cuatrocientos.
1:44 Estos fueron los registrados en el censo que hicieron Moisés y Aarón con los jefes de Israel: doce hombres, uno por cada casa paterna.
1:45 Todos los registrados de los hijos de Israel, por sus casas paternas, de veinte años en adelante, todos los aptos para la guerra en Israel,
1:46 fueron en total seiscientos tres mil quinientos cincuenta.
Nombramiento de los levitas
1:47 Pero los levitas, según su tribu paterna, no fueron registrados entre ellos.
1:48 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
1:49 «No registrarás a la tribu de Leví ni harás su censo entre los hijos de Israel.
1:50 Pondrás a los levitas a cargo del tabernáculo del Testimonio, de todos sus utensilios y de todo lo que le pertenece. Ellos llevarán el tabernáculo y todos sus utensilios, lo atenderán y acamparán alrededor del tabernáculo.
1:51 Cuando el tabernáculo se ponga en marcha, los levitas lo desmontarán; cuando el tabernáculo acampe, los levitas lo levantarán. A la persona no autorizada que se acerque se le dará muerte.
1:52 Los hijos de Israel acamparán cada uno en su campamento y cada uno junto a su estandarte, por sus divisiones.
1:53 Pero los levitas acamparán alrededor del tabernáculo del Testimonio, para que no caiga ira sobre la comunidad de los hijos de Israel. Los levitas estarán a cargo de la custodia del tabernáculo del Testimonio».
1:54 Los hijos de Israel hicieron conforme a todo lo que el SEÑOR había ordenado a Moisés; así lo hicieron.

Capítulo 2
Campamentos y jefes de las tribus
2:1 El SEÑOR habló a Moisés y a Aarón y les dijo:
2:2 «Los hijos de Israel acamparán cada uno junto a su estandarte, con las insignias de sus casas paternas. Acamparán a cierta distancia, alrededor de la tienda de reunión.
El campamento del oriente
2:3 Al oriente, hacia la salida del sol, acampará el estandarte del campamento de Judá, por sus divisiones. El jefe de los hijos de Judá será Naasón hijo de Aminadab.
2:4 Su ejército, según el registro, es de setenta y cuatro mil seiscientos.
2:5 Junto a él acampará la tribu de Isacar. El jefe de los hijos de Isacar será Natanael hijo de Zuar.
2:6 Su ejército, según el registro, es de cincuenta y cuatro mil cuatrocientos.
2:7 También la tribu de Zabulón. El jefe de los hijos de Zabulón será Eliab hijo de Helón.
2:8 Su ejército, según el registro, es de cincuenta y siete mil cuatrocientos.
2:9 Todos los registrados del campamento de Judá suman ciento ochenta y seis mil cuatrocientos, por sus divisiones. Ellos partirán primero.
El campamento del sur
2:10 El estandarte del campamento de Rubén estará al sur, por sus divisiones. El jefe de los hijos de Rubén será Elisur hijo de Sedeur.
2:11 Su ejército, según el registro, es de cuarenta y seis mil quinientos.
2:12 Junto a él acampará la tribu de Simeón. El jefe de los hijos de Simeón será Selumiel hijo de Zurisadai.
2:13 Su ejército, según el registro, es de cincuenta y nueve mil trescientos.
2:14 También la tribu de Gad. El jefe de los hijos de Gad será Eliasaf hijo de Reuel.
2:15 Su ejército, según el registro, es de cuarenta y cinco mil seiscientos cincuenta.
2:16 Todos los registrados del campamento de Rubén suman ciento cincuenta y un mil cuatrocientos cincuenta, por sus divisiones. Ellos partirán en segundo lugar.
El santuario en medio de los campamentos
2:17 Después partirá la tienda de reunión, con el campamento de los levitas, en medio de los campamentos. Tal como acampen, así partirán: cada uno en su posición, junto a sus estandartes.
El campamento del occidente
2:18 El estandarte del campamento de Efraín estará al occidente, por sus divisiones. El jefe de los hijos de Efraín será Elisama hijo de Amiud.
2:19 Su ejército, según el registro, es de cuarenta mil quinientos.
2:20 Junto a él estará la tribu de Manasés. El jefe de los hijos de Manasés será Gamaliel hijo de Pedasur.
2:21 Su ejército, según el registro, es de treinta y dos mil doscientos.
2:22 También la tribu de Benjamín. El jefe de los hijos de Benjamín será Abidán hijo de Gedeoni.
2:23 Su ejército, según el registro, es de treinta y cinco mil cuatrocientos.
2:24 Todos los registrados del campamento de Efraín suman ciento ocho mil cien, por sus divisiones. Ellos partirán en tercer lugar.
El campamento del norte
2:25 El estandarte del campamento de Dan estará al norte, por sus divisiones. El jefe de los hijos de Dan será Ahiezer hijo de Amisadai.
2:26 Su ejército, según el registro, es de sesenta y dos mil setecientos.
2:27 Junto a él acampará la tribu de Aser. El jefe de los hijos de Aser será Pagiel hijo de Ocrán.
2:28 Su ejército, según el registro, es de cuarenta y un mil quinientos.
2:29 También la tribu de Neftalí. El jefe de los hijos de Neftalí será Ahira hijo de Enán.
2:30 Su ejército, según el registro, es de cincuenta y tres mil cuatrocientos.
2:31 Todos los registrados del campamento de Dan suman ciento cincuenta y siete mil seiscientos. Ellos partirán al final, junto a sus estandartes».
2:32 Estos fueron los registrados de los hijos de Israel por sus casas paternas. Todos los registrados de los campamentos, por sus divisiones, sumaban seiscientos tres mil quinientos cincuenta.
2:33 Pero los levitas no fueron registrados entre los hijos de Israel, tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés.
2:34 Los hijos de Israel hicieron conforme a todo lo que el SEÑOR había ordenado a Moisés. Así acamparon junto a sus estandartes y así partieron, cada uno por sus clanes y sus casas paternas.

Capítulo 3
Censo y deberes de los levitas
3:1 Esta es la descendencia de Aarón y de Moisés, cuando el SEÑOR habló a Moisés en el monte Sinaí.
3:2 Estos son los nombres de los hijos de Aarón: Nadab, el primogénito, Abiú, Eleazar e Itamar.
3:3 Estos son los nombres de los hijos de Aarón, los sacerdotes ungidos, que fueron investidos para ejercer el sacerdocio.
3:4 Pero Nadab y Abiú murieron delante del SEÑOR cuando presentaron fuego no autorizado delante del SEÑOR en el desierto de Sinaí. No tenían hijos; Eleazar e Itamar ejercieron el sacerdocio delante de Aarón, su padre.
Leví al servicio del santuario
3:5 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
3:6 «Presenta a la tribu de Leví y ponla delante del sacerdote Aarón para que le sirvan.
3:7 Cumplirán su encargo y el encargo de toda la comunidad delante de la tienda de reunión, para realizar el servicio del tabernáculo.
3:8 Cuidarán todos los utensilios de la tienda de reunión y cumplirán el encargo de los hijos de Israel, para realizar el servicio del tabernáculo.
3:9 Darás los levitas a Aarón y a sus hijos; le son dados por completo de entre los hijos de Israel.
3:10 Designarás a Aarón y a sus hijos para que cumplan sus deberes sacerdotales. A la persona no autorizada que se acerque se le dará muerte».
Los levitas en lugar de los primogénitos
3:11 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
3:12 «Yo he tomado a los levitas de entre los hijos de Israel en lugar de todo primogénito que abre la matriz entre los hijos de Israel; los levitas serán míos.
3:13 Porque todo primogénito es mío. El día en que herí a todo primogénito en la tierra de Egipto, consagré para mí a todo primogénito de Israel, tanto de las personas como de los animales. Serán míos. Yo soy el SEÑOR».
El registro de las familias de Leví
3:14 El SEÑOR habló a Moisés en el desierto de Sinaí y le dijo:
3:15 «Registra a los hijos de Leví por sus casas paternas y sus clanes; registrarás a todo varón de un mes en adelante».
3:16 Moisés los registró por mandato del SEÑOR, tal como se le había ordenado.
3:17 Estos fueron los hijos de Leví, por sus nombres: Gersón, Coat y Merari.
3:18 Estos son los nombres de los hijos de Gersón, por sus clanes: Libni y Simei.
3:19 Los hijos de Coat, por sus clanes, fueron Amram, Izhar, Hebrón y Uziel.
3:20 Los hijos de Merari, por sus clanes, fueron Mahli y Musi. Estos son los clanes de los levitas por sus casas paternas.
Los gersonitas y su encargo
3:21 De Gersón procedían el clan de los libnitas y el clan de los simeítas; estos son los clanes de los gersonitas.
3:22 En el censo de todos los varones de un mes en adelante se registraron siete mil quinientos.
3:23 Los clanes de los gersonitas acampaban detrás del tabernáculo, al occidente.
3:24 El jefe de la casa paterna de los gersonitas era Eliasaf hijo de Lael.
3:25 Los hijos de Gersón tenían a su cargo, en la tienda de reunión, el tabernáculo, la tienda, su cubierta y la cortina de la entrada de la tienda de reunión,
3:26 las cortinas del atrio y la cortina de la entrada del atrio que rodea el tabernáculo y el altar, y sus cuerdas, para todo su servicio.
Los coatitas y su encargo
3:27 De Coat procedían el clan de los amramitas, el clan de los izharitas, el clan de los hebronitas y el clan de los uzielitas; estos son los clanes de los coatitas.
3:28 Según la cuenta de todo varón de un mes en adelante, eran ocho mil seiscientos, encargados de la custodia del santuario.
3:29 Los clanes de los hijos de Coat acampaban al lado sur del tabernáculo.
3:30 El jefe de la casa paterna de los clanes de los coatitas era Elizafán hijo de Uziel.
3:31 Tenían a su cargo el arca, la mesa, el candelabro, los altares, los utensilios del santuario con que se prestaba servicio, el velo y todo su servicio.
3:32 El jefe de los jefes de los levitas era Eleazar hijo del sacerdote Aarón; supervisaba a los encargados de la custodia del santuario.
Los meraritas y su encargo
3:33 De Merari procedían el clan de los mahlitas y el clan de los musitas; estos son los clanes de Merari.
3:34 Sus registrados, según la cuenta de todo varón de un mes en adelante, eran seis mil doscientos.
3:35 El jefe de la casa paterna de los clanes de Merari era Zuriel hijo de Abihail. Acampaban al lado norte del tabernáculo.
3:36 Los hijos de Merari tenían asignada la custodia de las tablas del tabernáculo, sus travesaños, sus columnas, sus bases y todos sus utensilios, y de todo su servicio,
3:37 y de las columnas que rodeaban el atrio, sus bases, sus estacas y sus cuerdas.
La custodia del frente del santuario
3:38 Delante del tabernáculo, al oriente, frente a la tienda de reunión, hacia la salida del sol, acampaban Moisés, Aarón y sus hijos, encargados de custodiar el santuario en representación de los hijos de Israel. A la persona no autorizada que se acercara se le daría muerte.
3:39 Todos los registrados de los levitas, que Moisés y Aarón registraron por mandato del SEÑOR, por sus clanes, todos los varones de un mes en adelante, fueron veintidós mil.
Rescate de los primogénitos
3:40 El SEÑOR dijo a Moisés: «Registra a todos los primogénitos varones de los hijos de Israel de un mes en adelante y cuenta sus nombres.
3:41 Tomarás a los levitas para mí —yo soy el SEÑOR— en lugar de todos los primogénitos de los hijos de Israel, y el ganado de los levitas en lugar de todo primogénito del ganado de los hijos de Israel».
3:42 Moisés registró a todos los primogénitos de los hijos de Israel, tal como el SEÑOR le había ordenado.
3:43 Todos los primogénitos varones de un mes en adelante, contados por sus nombres en el registro, fueron veintidós mil doscientos setenta y tres.
3:44 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
3:45 «Toma a los levitas en lugar de todos los primogénitos de los hijos de Israel, y el ganado de los levitas en lugar de su ganado. Los levitas serán míos. Yo soy el SEÑOR.
3:46 Por el rescate de los doscientos setenta y tres primogénitos de los hijos de Israel que exceden al número de los levitas,
3:47 tomarás unos cincuenta y siete gramos de plata por persona, conforme al siclo del santuario. El siclo equivale a veinte geras.
3:48 Entregarás la plata a Aarón y a sus hijos como rescate de los que exceden».
3:49 Moisés tomó la plata del rescate de los que excedían a los rescatados por los levitas.
3:50 De los primogénitos de los hijos de Israel tomó unos quince kilos y medio de plata, según el peso del santuario.
3:51 Moisés entregó la plata del rescate a Aarón y a sus hijos por mandato del SEÑOR, tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés.

Capítulo 4
Tareas de los levitas
4:1 El SEÑOR habló a Moisés y a Aarón y les dijo:
4:2 «Haz un censo de los hijos de Coat de entre los hijos de Leví, por sus clanes y sus casas paternas,
4:3 desde los de treinta años en adelante hasta los de cincuenta, todos los que se incorporan al grupo de servicio para trabajar en la tienda de reunión.
El transporte de los objetos más sagrados
4:4 Este será el servicio de los hijos de Coat en la tienda de reunión: ocuparse de los objetos más sagrados.
4:5 Cuando el campamento se ponga en marcha, Aarón y sus hijos entrarán, bajarán el velo de separación y cubrirán con él el arca del Testimonio.
4:6 Pondrán sobre ella una cubierta de cuero fino, extenderán encima un paño completamente azul y colocarán sus varas.
4:7 Sobre la mesa de la Presencia extenderán un paño azul y pondrán encima los platos, los cucharones, los tazones y las jarras para las libaciones. El pan permanecerá continuamente sobre ella.
4:8 Extenderán sobre ellos un paño escarlata, cubrirán la mesa con una cubierta de cuero fino y colocarán sus varas.
4:9 Tomarán un paño azul y cubrirán el candelabro del alumbrado, sus lámparas, sus pinzas, sus bandejas y todos los utensilios para el aceite que se emplean en su servicio.
4:10 Lo pondrán, junto con todos sus utensilios, dentro de una cubierta de cuero fino y lo colocarán sobre una barra de transporte.
4:11 Sobre el altar de oro extenderán un paño azul, lo cubrirán con una cubierta de cuero fino y colocarán sus varas.
4:12 Tomarán todos los utensilios de servicio que se usan en el santuario, los pondrán en un paño azul, los cubrirán con una cubierta de cuero fino y los colocarán sobre una barra de transporte.
4:13 Retirarán las cenizas del altar y extenderán sobre él un paño púrpura.
4:14 Pondrán sobre él todos los utensilios que se usan para atenderlo: los braseros, los garfios, las palas y los tazones, todos los utensilios del altar. Extenderán sobre él una cubierta de cuero fino y colocarán sus varas.
4:15 Cuando el campamento se ponga en marcha, Aarón y sus hijos terminarán de cubrir los objetos sagrados y todos los utensilios del santuario. Después vendrán los hijos de Coat para transportarlos, pero no tocarán los objetos sagrados, para que no mueran. Estas serán las cargas de los hijos de Coat en la tienda de reunión.
4:16 Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, tendrá a su cargo el aceite del alumbrado, el incienso aromático, la ofrenda continua de cereal y el aceite de la unción. Tendrá a su cargo todo el tabernáculo y todo lo que hay en él, el santuario y sus utensilios».
La protección de los coatitas
4:17 El SEÑOR habló a Moisés y a Aarón y les dijo:
4:18 «No permitan que la rama de los clanes coatitas desaparezca de entre los levitas.
4:19 Hagan esto por ellos, para que vivan y no mueran cuando se acerquen a los objetos más sagrados: Aarón y sus hijos entrarán y asignarán a cada uno su servicio y su carga.
4:20 Pero ellos no entrarán a mirar los objetos sagrados ni por un instante, para que no mueran».
El servicio y las cargas de Gersón
4:21 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
4:22 «Haz también un censo de los hijos de Gersón por sus casas paternas y sus clanes.
4:23 Registrarás a los de treinta años en adelante hasta los de cincuenta, todos los que se incorporan al grupo de servicio para realizar las tareas de la tienda de reunión.
4:24 Este será el servicio de los clanes gersonitas, tanto en el trabajo como en el transporte:
4:25 llevarán las cortinas del tabernáculo, la tienda de reunión, su cubierta, la cubierta de cuero fino que está por encima de ella y la cortina de la entrada de la tienda de reunión;
4:26 también las cortinas del atrio, la cortina de la entrada de la puerta del atrio que rodea el tabernáculo y el altar, sus cuerdas y todos los utensilios de su servicio. Se encargarán de todo el trabajo que haya que hacer con ellos.
4:27 Todo el servicio de los hijos de los gersonitas estará bajo las órdenes de Aarón y sus hijos, tanto sus cargas como sus tareas. Ustedes les encomendarán todas las cargas que deban cuidar.
4:28 Este será el servicio de los clanes de los hijos de los gersonitas en la tienda de reunión. Sus responsabilidades estarán bajo la dirección de Itamar, hijo del sacerdote Aarón.
Las estructuras confiadas a Merari
4:29 Registrarás a los hijos de Merari por sus clanes y sus casas paternas.
4:30 Registrarás a los de treinta años en adelante hasta los de cincuenta, todos los que se incorporan al grupo de servicio para realizar las tareas de la tienda de reunión.
4:31 En todo su servicio en la tienda de reunión tendrán a su cargo el transporte de las tablas del tabernáculo, sus travesaños, sus columnas y sus bases;
4:32 también de las columnas que rodean el atrio, sus bases, sus estacas y sus cuerdas, con todos sus utensilios y todo lo necesario para su servicio. Asignarán por nombre los utensilios que quedan a su cargo para transportarlos.
4:33 Este será el servicio de los clanes de los hijos de Merari en todas sus tareas en la tienda de reunión, bajo la dirección de Itamar, hijo del sacerdote Aarón».
El registro de los servidores adultos
4:34 Moisés, Aarón y los jefes de la comunidad registraron a los hijos de los coatitas por sus clanes y sus casas paternas,
4:35 desde los de treinta años en adelante hasta los de cincuenta, todos los que se incorporaban al grupo de servicio para las tareas de la tienda de reunión.
4:36 Los registrados por sus clanes fueron dos mil setecientos cincuenta.
4:37 Estos fueron los registrados de los clanes coatitas, todos los que servían en la tienda de reunión, a quienes Moisés y Aarón registraron por mandato del SEÑOR dado por medio de Moisés.
4:38 Los registrados de los hijos de Gersón por sus clanes y sus casas paternas,
4:39 desde los de treinta años en adelante hasta los de cincuenta, todos los que se incorporaban al grupo de servicio para las tareas de la tienda de reunión,
4:40 fueron dos mil seiscientos treinta, registrados por sus clanes y sus casas paternas.
4:41 Estos fueron los registrados de los clanes de los hijos de Gersón, todos los que servían en la tienda de reunión, a quienes Moisés y Aarón registraron por mandato del SEÑOR.
4:42 Los registrados de los clanes de los hijos de Merari por sus clanes y sus casas paternas,
4:43 desde los de treinta años en adelante hasta los de cincuenta, todos los que se incorporaban al grupo de servicio para las tareas de la tienda de reunión,
4:44 fueron tres mil doscientos, registrados por sus clanes.
4:45 Estos fueron los registrados de los clanes de los hijos de Merari, a quienes Moisés y Aarón registraron por mandato del SEÑOR dado por medio de Moisés.
4:46 Todos los levitas que Moisés, Aarón y los jefes de Israel registraron por sus clanes y sus casas paternas,
4:47 desde los de treinta años en adelante hasta los de cincuenta, todos los que se incorporaban para realizar las tareas de servicio y de transporte en la tienda de reunión,
4:48 fueron ocho mil quinientos ochenta registrados.
4:49 Por mandato del SEÑOR fueron registrados por medio de Moisés, cada uno según su servicio y su carga. Así quedaron registrados, tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés.

Capítulo 5
La pureza ritual del campamento
5:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
5:2 «Ordena a los hijos de Israel que saquen del campamento a toda persona que padezca una enfermedad cutánea, un flujo o impureza por contacto con un cadáver.
5:3 Sacarán tanto a hombres como a mujeres; los enviarán fuera del campamento para que no contaminen los campamentos de aquellos entre quienes yo habito».
5:4 Los hijos de Israel lo hicieron así y los sacaron fuera del campamento. Tal como el SEÑOR había dicho a Moisés, así lo hicieron los hijos de Israel.
Ley sobre la restitución
5:5 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
5:6 «Habla a los hijos de Israel. Si un hombre o una mujer comete alguno de los pecados que cometen las personas, actuando con infidelidad contra el SEÑOR, esa persona será culpable.
5:7 Confesarán el pecado que hayan cometido. El culpable restituirá por completo lo que deba, añadirá un veinte por ciento y se lo entregará a la persona perjudicada.
5:8 Si la persona perjudicada no tiene un pariente cercano a quien se pueda entregar la restitución, la restitución corresponderá al SEÑOR, para el sacerdote, además del carnero de expiación con el que se hará expiación por el culpable.
5:9 Toda ofrenda elevada de las cosas sagradas que los hijos de Israel presenten al sacerdote le pertenecerá a él.
5:10 Las cosas consagradas de cada uno serán suyas; lo que alguien entregue al sacerdote pertenecerá al sacerdote».
Ante una sospecha de infidelidad
5:11 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
5:12 «Habla a los hijos de Israel y diles: si la esposa de un hombre se desvía y le es infiel,
5:13 y otro hombre se acuesta con ella con emisión de semen, sin que lo sepa su marido, y ella se ha contaminado en secreto, sin que haya testigos contra ella ni haya sido sorprendida;
5:14 si se apodera de él un espíritu de celos y tiene celos de su esposa, habiéndose ella contaminado, o si se apodera de él un espíritu de celos y tiene celos de su esposa, sin que ella se haya contaminado,
5:15 el hombre llevará a su esposa al sacerdote y presentará por ella su ofrenda: unos dos litros de harina de cebada. No derramará aceite sobre ella ni le pondrá incienso, porque es una ofrenda de cereal por celos, una ofrenda recordativa que trae a la memoria la culpa.
5:16 El sacerdote la hará acercarse y la pondrá de pie delante del SEÑOR.
5:17 El sacerdote tomará agua santa en un recipiente de barro. También tomará el sacerdote un poco del polvo del suelo del tabernáculo y lo echará en el agua.
5:18 El sacerdote pondrá a la mujer de pie delante del SEÑOR, le desatará el cabello y pondrá en sus manos la ofrenda recordativa, que es la ofrenda de cereal por celos. El sacerdote tendrá en su mano el agua amarga que trae maldición.
5:19 El sacerdote la pondrá bajo juramento y dirá a la mujer: “Si ningún hombre se ha acostado contigo y no te has desviado para contaminarte mientras estás unida a tu marido, que quedes ilesa de esta agua amarga que trae maldición.
5:20 Pero si te has desviado mientras estás unida a tu marido, si te has contaminado y otro hombre que no es tu marido ha tenido relaciones sexuales contigo…”.
5:21 Entonces el sacerdote pondrá a la mujer bajo juramento de maldición, y el sacerdote dirá a la mujer: “Que el SEÑOR haga de ti un ejemplo de maldición y de juramento entre tu pueblo, al hacer el SEÑOR que tu muslo se consuma y tu vientre se hinche.
5:22 Que esta agua que trae maldición entre en tus entrañas, para hinchar tu vientre y consumir tu muslo”. Y la mujer dirá: “Amén, amén”.
5:23 El sacerdote escribirá estas maldiciones en un rollo y las borrará lavándolas en el agua amarga.
5:24 Dará a beber a la mujer el agua amarga que trae maldición; el agua que trae maldición entrará en ella y le causará amargura.
5:25 El sacerdote tomará de la mano de la mujer la ofrenda de cereal por celos, la mecerá delante del SEÑOR y la llevará al altar.
5:26 El sacerdote tomará un puñado de la ofrenda de cereal como su porción memorial y lo hará arder sobre el altar. Después dará de beber el agua a la mujer.
5:27 Le dará de beber el agua, y si ella se ha contaminado y ha sido infiel a su marido, el agua que trae maldición entrará en ella y le causará amargura; su vientre se hinchará y su muslo se consumirá. La mujer será un ejemplo de maldición entre su pueblo.
5:28 Pero si la mujer no se ha contaminado y es pura, quedará ilesa y podrá concebir hijos.
5:29 Esta es la ley de los celos: cuando una mujer se desvía mientras está unida a su marido y se contamina,
5:30 o cuando se apodera de un hombre un espíritu de celos y tiene celos de su esposa, él pondrá a la mujer de pie delante del SEÑOR, y el sacerdote le aplicará toda esta ley.
5:31 El hombre quedará libre de culpa, y la mujer cargará con su culpa».

Capítulo 6
El voto de los nazareos
6:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
6:2 «Habla a los hijos de Israel y diles: si un hombre o una mujer hace un voto especial de nazareo para consagrarse al SEÑOR,
6:3 se abstendrá de vino y de bebidas embriagantes. No beberá vinagre de vino ni de bebidas embriagantes; tampoco beberá ninguna bebida de uvas ni comerá uvas frescas o secas.
6:4 Durante todos los días de su nazareato no comerá nada que proceda de la vid, desde las semillas hasta la piel de las uvas.
6:5 Durante todos los días del voto de su nazareato, ninguna navaja pasará por su cabeza. Será santo hasta que se completen los días de su consagración al SEÑOR; dejará crecer libremente el cabello de su cabeza.
6:6 Durante todos los días de su consagración al SEÑOR no se acercará a ningún cadáver.
6:7 Ni siquiera por su padre, su madre, su hermano o su hermana se hará impuro cuando mueran, porque lleva sobre su cabeza la consagración a su Dios.
6:8 Durante todos los días de su nazareato será santo para el SEÑOR.
6:9 Si alguien muere de repente junto a él y contamina su cabeza consagrada, se afeitará la cabeza el día de su purificación; se la afeitará el séptimo día.
6:10 El octavo día llevará dos tórtolas o dos pichones de paloma al sacerdote, a la entrada de la tienda de reunión.
6:11 El sacerdote ofrecerá uno como ofrenda por el pecado y el otro como holocausto. Hará expiación por él a causa de su pecado relacionado con el cadáver y consagrará su cabeza ese mismo día.
6:12 Consagrará al SEÑOR los días de su nazareato y llevará un cordero de un año como ofrenda por la culpa. Los días anteriores no contarán, porque su consagración quedó contaminada.
6:13 Esta es la ley del nazareo: cuando se completen los días de su nazareato, se lo llevará a la entrada de la tienda de reunión,
6:14 y presentará su ofrenda al SEÑOR: un cordero de un año sin defecto como holocausto, una cordera de un año sin defecto como ofrenda por el pecado y un carnero sin defecto como sacrificio de paz;
6:15 también una cesta de panes sin levadura, tortas de harina fina mezcladas con aceite y obleas sin levadura untadas con aceite, junto con sus ofrendas de cereal y sus libaciones.
6:16 El sacerdote las presentará delante del SEÑOR y ofrecerá su ofrenda por el pecado y su holocausto.
6:17 Ofrecerá el carnero como sacrificio de paz al SEÑOR, junto con la cesta de panes sin levadura; el sacerdote ofrecerá también su ofrenda de cereal y su libación.
6:18 El nazareo se afeitará la cabeza consagrada a la entrada de la tienda de reunión. Tomará el cabello de su cabeza consagrada y lo pondrá en el fuego que está debajo del sacrificio de paz.
6:19 El sacerdote tomará la espaldilla hervida del carnero, una torta sin levadura de la cesta y una oblea sin levadura. Las pondrá en las manos del nazareo después de que este se haya afeitado el cabello consagrado.
6:20 El sacerdote las mecerá como ofrenda mecida delante del SEÑOR; serán una porción santa para el sacerdote, además del pecho de la ofrenda mecida y del muslo de la ofrenda elevada. Después, el nazareo podrá beber vino.
6:21 Esta es la ley del nazareo que hace un voto y de su ofrenda al SEÑOR por su nazareato, además de lo que sus recursos le permitan ofrecer. Actuará conforme al voto que haga, de acuerdo con la ley de su nazareato».
La bendición sacerdotal
6:22 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
6:23 «Habla a Aarón y a sus hijos y diles: así bendecirán a los hijos de Israel; les dirán:

6:24 “Que el SEÑOR te bendiga y te guarde;

6:25 que el SEÑOR haga resplandecer su rostro hacia ti y te conceda su gracia;

6:26 que el SEÑOR alce su rostro hacia ti y te conceda paz”.
6:27 Así pondrán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré».

Capítulo 7
Ofrendas para la dedicación del altar
7:1 El día en que Moisés terminó de levantar el tabernáculo, lo ungió y lo consagró, junto con todos sus utensilios, el altar y todos sus utensilios. Los ungió y los consagró.
7:2 Los jefes de Israel, los jefes de sus casas paternas, presentaron ofrendas. Ellos eran los jefes de las tribus, los que habían estado al frente del censo.
7:3 Llevaron su ofrenda delante del SEÑOR: seis carros cubiertos y doce bueyes, un carro por cada dos jefes y un buey por cada uno. Los presentaron delante del tabernáculo.
7:4 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
7:5 «Recíbelos de ellos para realizar el servicio de la tienda de reunión. Los darás a los levitas, a cada uno conforme a su servicio».
7:6 Moisés recibió los carros y los bueyes y los dio a los levitas.
7:7 Dio dos carros y cuatro bueyes a los hijos de Gersón, conforme a su servicio,
7:8 y cuatro carros y ocho bueyes a los hijos de Merari, conforme a su servicio, bajo la dirección de Itamar, hijo del sacerdote Aarón.
7:9 Pero a los hijos de Coat no les dio nada, porque tenían a su cargo el servicio de los objetos sagrados, que debían llevar sobre los hombros.
7:10 Los jefes presentaron la ofrenda para la dedicación del altar el día en que fue ungido; los jefes presentaron su ofrenda delante del altar.
7:11 El SEÑOR dijo a Moisés: «Un jefe un día y otro jefe al día siguiente presentarán su ofrenda para la dedicación del altar».
7:12 Quien presentó su ofrenda el primer día fue Naasón hijo de Aminadab, de la tribu de Judá.
7:13 Su ofrenda fue un plato de plata que pesaba aproximadamente un kilo y medio y un tazón de plata que pesaba unos ochocientos gramos, según el siclo del santuario, ambos llenos de harina fina mezclada con aceite como ofrenda de cereal;
7:14 un cucharón de oro de unos ciento catorce gramos, lleno de incienso;
7:15 un novillo, un carnero y un cordero de un año como holocausto;
7:16 un macho cabrío como ofrenda por el pecado;
7:17 y, como sacrificio de paz, dos reses, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos de un año. Esta fue la ofrenda de Naasón hijo de Aminadab.
7:18 El segundo día presentó su ofrenda Natanael hijo de Zuar, jefe de Isacar.
7:19 Presentó como ofrenda un plato de plata que pesaba aproximadamente un kilo y medio y un tazón de plata que pesaba unos ochocientos gramos, según el siclo del santuario, ambos llenos de harina fina mezclada con aceite como ofrenda de cereal;
7:20 un cucharón de oro de unos ciento catorce gramos, lleno de incienso;
7:21 un novillo, un carnero y un cordero de un año como holocausto;
7:22 un macho cabrío como ofrenda por el pecado;
7:23 y, como sacrificio de paz, dos reses, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos de un año. Esta fue la ofrenda de Natanael hijo de Zuar.
7:24 El tercer día presentó su ofrenda el jefe de los hijos de Zabulón, Eliab hijo de Helón.
7:25 Su ofrenda fue un plato de plata que pesaba aproximadamente un kilo y medio y un tazón de plata que pesaba unos ochocientos gramos, según el siclo del santuario, ambos llenos de harina fina mezclada con aceite como ofrenda de cereal;
7:26 un cucharón de oro de unos ciento catorce gramos, lleno de incienso;
7:27 un novillo, un carnero y un cordero de un año como holocausto;
7:28 un macho cabrío como ofrenda por el pecado;
7:29 y, como sacrificio de paz, dos reses, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos de un año. Esta fue la ofrenda de Eliab hijo de Helón.
7:30 El cuarto día presentó su ofrenda el jefe de los hijos de Rubén, Elisur hijo de Sedeur.
7:31 Su ofrenda fue un plato de plata que pesaba aproximadamente un kilo y medio y un tazón de plata que pesaba unos ochocientos gramos, según el siclo del santuario, ambos llenos de harina fina mezclada con aceite como ofrenda de cereal;
7:32 un cucharón de oro de unos ciento catorce gramos, lleno de incienso;
7:33 un novillo, un carnero y un cordero de un año como holocausto;
7:34 un macho cabrío como ofrenda por el pecado;
7:35 y, como sacrificio de paz, dos reses, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos de un año. Esta fue la ofrenda de Elisur hijo de Sedeur.
7:36 El quinto día presentó su ofrenda el jefe de los hijos de Simeón, Selumiel hijo de Zurisadai.
7:37 Su ofrenda fue un plato de plata que pesaba aproximadamente un kilo y medio y un tazón de plata que pesaba unos ochocientos gramos, según el siclo del santuario, ambos llenos de harina fina mezclada con aceite como ofrenda de cereal;
7:38 un cucharón de oro de unos ciento catorce gramos, lleno de incienso;
7:39 un novillo, un carnero y un cordero de un año como holocausto;
7:40 un macho cabrío como ofrenda por el pecado;
7:41 y, como sacrificio de paz, dos reses, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos de un año. Esta fue la ofrenda de Selumiel hijo de Zurisadai.
7:42 El sexto día presentó su ofrenda el jefe de los hijos de Gad, Eliasaf hijo de Deuel.
7:43 Su ofrenda fue un plato de plata que pesaba aproximadamente un kilo y medio y un tazón de plata que pesaba unos ochocientos gramos, según el siclo del santuario, ambos llenos de harina fina mezclada con aceite como ofrenda de cereal;
7:44 un cucharón de oro de unos ciento catorce gramos, lleno de incienso;
7:45 un novillo, un carnero y un cordero de un año como holocausto;
7:46 un macho cabrío como ofrenda por el pecado;
7:47 y, como sacrificio de paz, dos reses, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos de un año. Esta fue la ofrenda de Eliasaf hijo de Deuel.
7:48 El séptimo día presentó su ofrenda el jefe de los hijos de Efraín, Elisama hijo de Amiud.
7:49 Su ofrenda fue un plato de plata que pesaba aproximadamente un kilo y medio y un tazón de plata que pesaba unos ochocientos gramos, según el siclo del santuario, ambos llenos de harina fina mezclada con aceite como ofrenda de cereal;
7:50 un cucharón de oro de unos ciento catorce gramos, lleno de incienso;
7:51 un novillo, un carnero y un cordero de un año como holocausto;
7:52 un macho cabrío como ofrenda por el pecado;
7:53 y, como sacrificio de paz, dos reses, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos de un año. Esta fue la ofrenda de Elisama hijo de Amiud.
7:54 El octavo día presentó su ofrenda el jefe de los hijos de Manasés, Gamaliel hijo de Pedasur.
7:55 Su ofrenda fue un plato de plata que pesaba aproximadamente un kilo y medio y un tazón de plata que pesaba unos ochocientos gramos, según el siclo del santuario, ambos llenos de harina fina mezclada con aceite como ofrenda de cereal;
7:56 un cucharón de oro de unos ciento catorce gramos, lleno de incienso;
7:57 un novillo, un carnero y un cordero de un año como holocausto;
7:58 un macho cabrío como ofrenda por el pecado;
7:59 y, como sacrificio de paz, dos reses, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos de un año. Esta fue la ofrenda de Gamaliel hijo de Pedasur.
7:60 El noveno día presentó su ofrenda el jefe de los hijos de Benjamín, Abidán hijo de Gedeoni.
7:61 Su ofrenda fue un plato de plata que pesaba aproximadamente un kilo y medio y un tazón de plata que pesaba unos ochocientos gramos, según el siclo del santuario, ambos llenos de harina fina mezclada con aceite como ofrenda de cereal;
7:62 un cucharón de oro de unos ciento catorce gramos, lleno de incienso;
7:63 un novillo, un carnero y un cordero de un año como holocausto;
7:64 un macho cabrío como ofrenda por el pecado;
7:65 y, como sacrificio de paz, dos reses, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos de un año. Esta fue la ofrenda de Abidán hijo de Gedeoni.
7:66 El décimo día presentó su ofrenda el jefe de los hijos de Dan, Ahiezer hijo de Amisadai.
7:67 Su ofrenda fue un plato de plata que pesaba aproximadamente un kilo y medio y un tazón de plata que pesaba unos ochocientos gramos, según el siclo del santuario, ambos llenos de harina fina mezclada con aceite como ofrenda de cereal;
7:68 un cucharón de oro de unos ciento catorce gramos, lleno de incienso;
7:69 un novillo, un carnero y un cordero de un año como holocausto;
7:70 un macho cabrío como ofrenda por el pecado;
7:71 y, como sacrificio de paz, dos reses, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos de un año. Esta fue la ofrenda de Ahiezer hijo de Amisadai.
7:72 El undécimo día presentó su ofrenda el jefe de los hijos de Aser, Pagiel hijo de Ocrán.
7:73 Su ofrenda fue un plato de plata que pesaba aproximadamente un kilo y medio y un tazón de plata que pesaba unos ochocientos gramos, según el siclo del santuario, ambos llenos de harina fina mezclada con aceite como ofrenda de cereal;
7:74 un cucharón de oro de unos ciento catorce gramos, lleno de incienso;
7:75 un novillo, un carnero y un cordero de un año como holocausto;
7:76 un macho cabrío como ofrenda por el pecado;
7:77 y, como sacrificio de paz, dos reses, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos de un año. Esta fue la ofrenda de Pagiel hijo de Ocrán.
7:78 El duodécimo día presentó su ofrenda el jefe de los hijos de Neftalí, Ahira hijo de Enán.
7:79 Su ofrenda fue un plato de plata que pesaba aproximadamente un kilo y medio y un tazón de plata que pesaba unos ochocientos gramos, según el siclo del santuario, ambos llenos de harina fina mezclada con aceite como ofrenda de cereal;
7:80 un cucharón de oro de unos ciento catorce gramos, lleno de incienso;
7:81 un novillo, un carnero y un cordero de un año como holocausto;
7:82 un macho cabrío como ofrenda por el pecado;
7:83 y, como sacrificio de paz, dos reses, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos de un año. Esta fue la ofrenda de Ahira hijo de Enán.
7:84 Esta fue la ofrenda de los jefes de Israel para la dedicación del altar el día en que fue ungido: doce platos de plata, doce tazones de plata y doce cucharones de oro.
7:85 Cada plato de plata pesaba aproximadamente un kilo y medio, y cada tazón, unos ochocientos gramos. Toda la plata de los utensilios pesaba unos veintisiete kilos y medio, según el siclo del santuario.
7:86 Los doce cucharones de oro estaban llenos de incienso y pesaban unos ciento catorce gramos cada uno, según el siclo del santuario. Todo el oro de los cucharones pesaba aproximadamente un kilo con cuatrocientos gramos.
7:87 En total, para el holocausto hubo doce novillos, doce carneros y doce corderos de un año, con su ofrenda de cereal, y doce machos cabríos como ofrenda por el pecado.
7:88 En total, para el sacrificio de paz hubo veinticuatro novillos, sesenta carneros, sesenta machos cabríos y sesenta corderos de un año. Esta fue la ofrenda para la dedicación del altar después de que fue ungido.
7:89 Cuando Moisés entraba en la tienda de reunión para hablar con él, oía la voz que le hablaba desde encima del propiciatorio que estaba sobre el arca del Testimonio, de entre los dos querubines. Y le hablaba.

Capítulo 8
Aarón enciende las lámparas
8:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
8:2 «Habla a Aarón y dile: cuando enciendas las lámparas, las siete lámparas deberán alumbrar hacia la parte delantera del candelabro».
8:3 Aarón lo hizo así: encendió las lámparas hacia la parte delantera del candelabro, tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés.
8:4 Así estaba hecho el candelabro: era de oro labrado a martillo; desde su base hasta sus flores estaba labrado a martillo. El candelabro se fabricó conforme al modelo que el SEÑOR había mostrado a Moisés.
Purificación y dedicación de los levitas
8:5 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
8:6 «Toma a los levitas de entre los hijos de Israel y purifícalos.
8:7 Así harás para purificarlos: rociarás sobre ellos el agua de purificación; ellos pasarán una navaja por todo su cuerpo, lavarán su ropa y se purificarán.
8:8 Tomarán un novillo con su ofrenda de cereal de harina fina mezclada con aceite, y tú tomarás un segundo novillo como ofrenda por el pecado.
8:9 Harás acercarse a los levitas delante de la tienda de reunión y reunirás a toda la comunidad de los hijos de Israel.
8:10 Harás acercarse a los levitas delante del SEÑOR, y los hijos de Israel apoyarán sus manos sobre los levitas.
8:11 Aarón presentará a los levitas delante del SEÑOR como ofrenda mecida de parte de los hijos de Israel, para que realicen el servicio del SEÑOR.
8:12 Los levitas apoyarán sus manos sobre la cabeza de los novillos. Ofrecerás uno como ofrenda por el pecado y el otro como holocausto al SEÑOR, para hacer expiación por los levitas.
8:13 Pondrás a los levitas de pie delante de Aarón y delante de sus hijos, y los presentarás como ofrenda mecida al SEÑOR.
8:14 Así apartarás a los levitas de entre los hijos de Israel, y los levitas serán míos.
8:15 Después de eso los levitas entrarán a servir en la tienda de reunión. Los habrás purificado y presentado como ofrenda mecida.
8:16 Porque me han sido dados por completo de entre los hijos de Israel; los he tomado para mí en lugar de todo primer nacido que abre la matriz, de todo primogénito de los hijos de Israel.
8:17 Porque mío es todo primogénito de los hijos de Israel, tanto de las personas como de los animales. El día en que herí a todo primogénito en la tierra de Egipto, los consagré para mí.
8:18 He tomado a los levitas en lugar de todos los primogénitos de los hijos de Israel.
8:19 He dado a los levitas como don a Aarón y a sus hijos de entre los hijos de Israel, para realizar el servicio de los hijos de Israel en la tienda de reunión y hacer expiación por los hijos de Israel, para que no haya plaga entre los hijos de Israel cuando los hijos de Israel se acerquen al santuario».
8:20 Moisés, Aarón y toda la comunidad de los hijos de Israel hicieron con los levitas conforme a todo lo que el SEÑOR había ordenado a Moisés acerca de los levitas. Así hicieron con ellos los hijos de Israel.
8:21 Los levitas se purificaron y lavaron su ropa. Aarón los presentó como ofrenda mecida delante del SEÑOR, y Aarón hizo expiación por ellos para purificarlos.
8:22 Después de eso los levitas entraron a realizar su servicio en la tienda de reunión delante de Aarón y delante de sus hijos. Tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés acerca de los levitas, así hicieron con ellos.
Las edades del servicio levítico
8:23 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
8:24 «Esto corresponde a los levitas: a partir de los veinticinco años se incorporarán al grupo de servicio para las tareas de la tienda de reunión.
8:25 A partir de los cincuenta años se retirarán del grupo de servicio y no trabajarán más en él.
8:26 Podrán asistir a sus hermanos en la tienda de reunión para cumplir los deberes de custodia, pero no realizarán las tareas del servicio. Así harás con los levitas en cuanto a sus responsabilidades».

Capítulo 9
Celebración de la Pascua
9:1 El SEÑOR habló a Moisés en el desierto de Sinaí, en el primer mes del segundo año de su salida de la tierra de Egipto, y le dijo:
9:2 «Los hijos de Israel celebrarán la Pascua en su tiempo señalado.
9:3 El día catorce de este mes, al atardecer, la celebrarán en su tiempo señalado. La celebrarán conforme a todos sus estatutos y a todas sus disposiciones».
9:4 Moisés habló a los hijos de Israel para que celebraran la Pascua.
9:5 Celebraron la Pascua en el desierto de Sinaí el día catorce del primer mes, al atardecer. Conforme a todo lo que el SEÑOR había ordenado a Moisés, así hicieron los hijos de Israel.
9:6 Pero había unos hombres que estaban impuros a causa de un cadáver humano y no podían celebrar la Pascua aquel día. Ese mismo día se acercaron a Moisés y a Aarón.
9:7 Aquellos hombres le dijeron: «Estamos impuros a causa de un cadáver humano. ¿Por qué se nos ha de impedir presentar la ofrenda del SEÑOR en su tiempo señalado entre los hijos de Israel?».
9:8 Moisés les dijo: «Esperen, y escucharé lo que el SEÑOR ordene para ustedes».
9:9 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
9:10 «Habla a los hijos de Israel y diles: si alguno de ustedes o de sus descendientes está impuro a causa de un cadáver o está de viaje lejos, celebrará la Pascua para el SEÑOR.
9:11 La celebrarán el día catorce del segundo mes, al atardecer. Comerán el sacrificio con panes sin levadura y hierbas amargas.
9:12 No dejarán nada de él para la mañana ni le romperán ningún hueso. La celebrarán conforme a todos los estatutos de la Pascua.
9:13 Pero si alguien está puro y no está de viaje, y deja de celebrar la Pascua, esa persona será excluida de entre su pueblo, porque no presentó la ofrenda del SEÑOR en su tiempo señalado. Ese hombre cargará con su pecado.
9:14 Si un extranjero reside entre ustedes y celebra la Pascua para el SEÑOR, lo hará conforme a los estatutos y disposiciones de la Pascua. Tendrán un mismo estatuto, tanto para el extranjero como para el natural de la tierra».
La nube sobre el tabernáculo
Texto relacionado: Éxodo 40:34–38.
9:15 El día en que se levantó el tabernáculo, la nube cubrió el tabernáculo, la tienda del Testimonio. Desde el atardecer hasta la mañana había sobre el tabernáculo una apariencia de fuego.
9:16 Así ocurría continuamente: la nube lo cubría, y de noche había una apariencia de fuego.
9:17 Cuando la nube se alzaba de encima de la tienda, después de eso partían los hijos de Israel; y en el lugar donde se detenía la nube, allí acampaban los hijos de Israel.
9:18 Por mandato del SEÑOR partían los hijos de Israel, y por mandato del SEÑOR acampaban. Permanecían acampados todos los días en que la nube se detenía sobre el tabernáculo.
9:19 Cuando la nube se quedaba sobre el tabernáculo muchos días, los hijos de Israel cumplían el encargo del SEÑOR y no partían.
9:20 Algunas veces la nube permanecía pocos días sobre el tabernáculo. Por mandato del SEÑOR acampaban, y por mandato del SEÑOR partían.
9:21 Algunas veces la nube permanecía desde el atardecer hasta la mañana; cuando la nube se alzaba por la mañana, partían. Ya fuera de día o de noche, cuando la nube se alzaba, partían.
9:22 Ya fueran dos días, un mes o un año, mientras la nube prolongaba su estancia sobre el tabernáculo, permaneciendo sobre él, los hijos de Israel seguían acampados y no partían; pero cuando se alzaba, partían.
9:23 Por mandato del SEÑOR acampaban, y por mandato del SEÑOR partían. Cumplían el encargo del SEÑOR, por mandato del SEÑOR dado por medio de Moisés.

Capítulo 10
Las trompetas de plata
10:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
10:2 «Hazte dos trompetas de plata; las harás labradas a martillo. Te servirán para convocar a la comunidad y poner en marcha los campamentos.
10:3 Cuando toquen las dos trompetas, toda la comunidad se reunirá ante ti a la entrada de la tienda de reunión.
10:4 Si tocan una sola, se reunirán ante ti los jefes, las cabezas de los millares de Israel.
10:5 Cuando den un toque de alarma, partirán los campamentos situados al oriente.
10:6 Cuando den un segundo toque de alarma, partirán los campamentos situados al sur. Darán un toque de alarma para sus partidas.
10:7 Para reunir a la asamblea tocarán las trompetas, pero no darán un toque de alarma.
10:8 Los hijos de Aarón, los sacerdotes, tocarán las trompetas. Esto será para ustedes un estatuto perpetuo por sus generaciones.
10:9 Cuando entren en guerra en su tierra contra el adversario que los oprime, darán la alarma con las trompetas. Serán recordados delante del SEÑOR su Dios y serán salvados de sus enemigos.
10:10 En sus días de alegría, en sus fiestas señaladas y al comienzo de sus meses, tocarán las trompetas sobre sus holocaustos y sus sacrificios de paz. Les servirán de recordatorio delante de su Dios. Yo soy el SEÑOR su Dios».
Los israelitas salen de Sinaí
10:11 El día veinte del segundo mes del segundo año, la nube se alzó de encima del tabernáculo del Testimonio.
10:12 Los hijos de Israel partieron por etapas del desierto de Sinaí, y la nube se detuvo en el desierto de Parán.
10:13 Partieron por primera vez por mandato del SEÑOR dado por medio de Moisés.
10:14 Primero se puso en marcha el estandarte del campamento de los hijos de Judá, por sus divisiones. Al frente de su ejército estaba Naasón hijo de Aminadab.
10:15 Al frente del ejército de la tribu de los hijos de Isacar estaba Natanael hijo de Zuar,
10:16 y al frente del ejército de la tribu de los hijos de Zabulón, Eliab hijo de Helón.
10:17 Se desmontó el tabernáculo, y partieron los hijos de Gersón y los hijos de Merari, llevando el tabernáculo.
10:18 Se puso en marcha el estandarte del campamento de Rubén, por sus divisiones. Al frente de su ejército estaba Elisur hijo de Sedeur.
10:19 Al frente del ejército de la tribu de los hijos de Simeón estaba Selumiel hijo de Zurisadai,
10:20 y al frente del ejército de la tribu de los hijos de Gad, Eliasaf hijo de Deuel.
10:21 Partieron los coatitas, llevando los objetos sagrados. El tabernáculo quedaba levantado antes de que ellos llegaran.
10:22 Se puso en marcha el estandarte del campamento de los hijos de Efraín, por sus divisiones. Al frente de su ejército estaba Elisama hijo de Amiud.
10:23 Al frente del ejército de la tribu de los hijos de Manasés estaba Gamaliel hijo de Pedasur,
10:24 y al frente del ejército de la tribu de los hijos de Benjamín, Abidán hijo de Gedeoni.
10:25 Se puso en marcha el estandarte del campamento de los hijos de Dan, por sus divisiones, a la retaguardia de todos los campamentos. Al frente de su ejército estaba Ahiezer hijo de Amisadai.
10:26 Al frente del ejército de la tribu de los hijos de Aser estaba Pagiel hijo de Ocrán,
10:27 y al frente del ejército de la tribu de los hijos de Neftalí, Ahira hijo de Enán.
10:28 Este era el orden de marcha de los hijos de Israel por sus divisiones; así partieron.
La invitación de Moisés a Hobab
10:29 Moisés dijo a Hobab, hijo de Reuel el madianita, suegro de Moisés: «Vamos hacia el lugar del que el SEÑOR dijo: “Se lo daré a ustedes”. Ven con nosotros y te haremos bien, porque el SEÑOR ha prometido el bien a Israel».
10:30 Él le respondió: «No iré; volveré a mi tierra y a mi familia».
10:31 Le dijo: «Por favor, no nos dejes, porque tú conoces dónde podemos acampar en el desierto y serás nuestros ojos.
10:32 Si vienes con nosotros, el bien que el SEÑOR nos haga también te lo haremos a ti».
10:33 Partieron del monte del SEÑOR para hacer un trayecto de tres días. El arca del pacto del SEÑOR iba delante de ellos durante el trayecto de tres días, para buscarles un lugar de descanso.
10:34 La nube del SEÑOR estaba sobre ellos de día cuando partían del campamento.

10:35 Cuando el arca se ponía en marcha, Moisés decía:
 «¡Levántate, SEÑOR!
   ¡Que se dispersen tus enemigos y huyan de tu presencia los que te aborrecen!».
10:36 Y cuando se detenía, decía:
 «¡Vuelve, SEÑOR, a las miríadas de los millares de Israel!».

Capítulo 11
El fuego en Tabera
11:1 El pueblo se quejaba con amargura a oídos del SEÑOR. El SEÑOR lo oyó y se encendió su ira; un fuego del SEÑOR ardió entre ellos y consumió un extremo del campamento.
11:2 El pueblo clamó a Moisés, y Moisés oró al SEÑOR; entonces el fuego se apagó.
11:3 Aquel lugar fue llamado Tabera, porque el fuego del SEÑOR había ardido entre ellos.
Las quejas por el maná
11:4 La gente que se había mezclado con ellos tuvo un deseo intenso, y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: «¡Quién nos diera carne para comer!
11:5 Recordamos el pescado que comíamos gratis en Egipto, los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos.
11:6 Pero ahora se nos seca el alma; no hay nada más: nuestros ojos solo ven maná».
11:7 El maná era como la semilla de cilantro, y su aspecto era como el del bedelio.
11:8 El pueblo recorría el lugar para recogerlo; lo molían en molinos o lo machacaban en un mortero, lo cocían en una olla y hacían tortas con él. Su sabor era como el del aceite fresco.
11:9 Cuando el rocío descendía de noche sobre el campamento, el maná descendía sobre él.
11:10 Moisés oyó al pueblo llorar por familias, cada uno a la entrada de su tienda. La ira del SEÑOR se encendió mucho, y a Moisés le pareció mal.
11:11 Moisés dijo al SEÑOR: «¿Por qué has tratado mal a tu siervo? ¿Por qué no he hallado gracia ante tus ojos, para que pongas sobre mí la carga de todo este pueblo?
11:12 ¿Acaso yo concebí a todo este pueblo? ¿Lo traje yo al mundo, para que me digas: “Llévalo en tus brazos, como un cuidador lleva a un niño de pecho, hasta la tierra que juraste dar a sus padres”?
11:13 ¿De dónde conseguiré carne para dar a todo este pueblo? Porque lloran ante mí y dicen: “Danos carne para comer”.
11:14 No puedo llevar yo solo a todo este pueblo, porque la carga es demasiado pesada para mí.
11:15 Si vas a tratarme así, por favor, mátame de una vez, si he hallado gracia ante tus ojos, para que no vea mi desgracia».
Setenta ancianos para compartir la carga
11:16 El SEÑOR dijo a Moisés: «Reúne para mí a setenta hombres de los ancianos de Israel, a quienes tú conozcas como ancianos del pueblo y sus oficiales. Llévalos a la tienda de reunión y que se presenten allí contigo.
11:17 Descenderé y hablaré allí contigo. Tomaré del Espíritu que está sobre ti y lo pondré sobre ellos; llevarán contigo la carga del pueblo y no la llevarás tú solo.
11:18 Al pueblo le dirás: “Conságrense para mañana y comerán carne, porque han llorado a oídos del SEÑOR, diciendo: ‘¡Quién nos diera carne para comer! ¡Mejor nos iba en Egipto!’. El SEÑOR les dará carne y comerán.
11:19 No comerán solo un día, ni dos días, ni cinco días, ni diez días, ni veinte días,
11:20 sino un mes entero, hasta que les salga por las narices y les cause repugnancia, porque han rechazado al SEÑOR, que está en medio de ustedes, y han llorado delante de él, diciendo: ‘¿Por qué salimos de Egipto?’”».
11:21 Moisés dijo: «El pueblo en medio del cual estoy tiene seiscientos mil hombres de a pie, y tú dices: “Les daré carne y comerán un mes entero”.
11:22 Si se degollara para ellos ganado menor y mayor, ¿les alcanzaría? Si se reunieran para ellos todos los peces del mar, ¿les alcanzaría?».
11:23 El SEÑOR dijo a Moisés: «¿Acaso se ha acortado la mano del SEÑOR? Ahora verás si se cumple mi palabra o no».
11:24 Moisés salió y comunicó al pueblo las palabras del SEÑOR. Reunió a setenta hombres de los ancianos del pueblo y los puso alrededor de la tienda.
11:25 El SEÑOR descendió en la nube y le habló. Tomó del Espíritu que estaba sobre él y lo puso sobre los setenta hombres, los ancianos. Cuando el Espíritu reposó sobre ellos, profetizaron, pero no volvieron a hacerlo.
11:26 En el campamento habían quedado dos hombres: uno se llamaba Eldad y el otro Medad. El Espíritu reposó sobre ellos; estaban entre los inscritos, pero no habían salido hacia la tienda, y profetizaron en el campamento.
11:27 Un joven corrió a informar a Moisés y dijo: «¡Eldad y Medad están profetizando en el campamento!».
11:28 Josué hijo de Nun, ayudante de Moisés y uno de sus escogidos, tomó la palabra y dijo: «Moisés, señor mío, ¡detenlos!».
11:29 Moisés le dijo: «¿Tienes celos por mí? ¡Ojalá todo el pueblo del SEÑOR fuera profeta y el SEÑOR pusiera su Espíritu sobre ellos!».
11:30 Moisés regresó al campamento, él y los ancianos de Israel.
Las codornices y el juicio del SEÑOR
11:31 Surgió un viento de parte del SEÑOR; trajo codornices desde el mar y las dejó caer sobre el campamento, como a un día de camino a un lado y como a un día de camino al otro, alrededor del campamento, y como a un metro sobre la superficie del suelo.
11:32 El pueblo estuvo levantado todo aquel día, toda la noche y todo el día siguiente recogiendo codornices. El que menos recogió reunió unas cincuenta canastas, y las extendieron por todo el contorno del campamento.
11:33 La carne aún estaba entre sus dientes, antes de que la masticaran, cuando la ira del SEÑOR se encendió contra el pueblo y el SEÑOR hirió al pueblo con una plaga muy grave.
11:34 Aquel lugar fue llamado Kibrot-hataava, porque allí sepultaron a la gente que se había dejado llevar por el deseo.
11:35 De Kibrot-hataava el pueblo partió hacia Hazerot y se quedó en Hazerot.

Capítulo 12
María y Aarón murmuran contra Moisés
12:1 María y Aarón hablaron contra Moisés a causa de la mujer cusita con la que se había casado, pues se había casado con una mujer cusita.
12:2 Dijeron: «¿Acaso el SEÑOR ha hablado solamente por medio de Moisés? ¿No ha hablado también por medio de nosotros?». Y el SEÑOR lo oyó.
12:3 Moisés era un hombre muy humilde, más que cualquier otro ser humano sobre la tierra.
12:4 De repente el SEÑOR dijo a Moisés, a Aarón y a María: «Salgan los tres a la tienda de reunión». Y salieron los tres.
12:5 El SEÑOR descendió en la columna de nube y se detuvo a la entrada de la tienda. Llamó a Aarón y a María, y ambos salieron.
12:6 Dijo: «Escuchen mis palabras: si hay entre ustedes un profeta, yo, el SEÑOR, me daré a conocer a él en una visión y le hablaré en un sueño.
12:7 No es así con mi siervo Moisés; él es fiel en toda mi casa.
12:8 Con él hablo boca a boca, con claridad y no mediante enigmas; él contempla la apariencia del SEÑOR. ¿Por qué no tuvieron temor de hablar contra mi siervo Moisés?».
12:9 La ira del SEÑOR se encendió contra ellos, y él se fue.
12:10 La nube se apartó de encima de la tienda, y María padecía una enfermedad cutánea; estaba blanca como la nieve. Aarón se volvió hacia María y vio que padecía aquella enfermedad.
12:11 Aarón dijo a Moisés: «Señor mío, por favor, no nos cargues con este pecado, pues hemos actuado con necedad y hemos pecado.
12:12 No dejes que sea como quien nace muerto, con la mitad de su carne consumida al salir del vientre de su madre».
12:13 Moisés clamó al SEÑOR y dijo: «¡Dios, por favor, sánala, te lo ruego!».
12:14 El SEÑOR dijo a Moisés: «Si su padre le hubiera escupido en el rostro, ¿no quedaría avergonzada durante siete días? Que quede recluida siete días fuera del campamento y después sea recibida de nuevo».
12:15 María quedó recluida fuera del campamento siete días, y el pueblo no partió hasta que María fue recibida de nuevo.
12:16 Después el pueblo partió de Hazerot y acampó en el desierto de Parán.

Capítulo 13
Misión de los doce espías
Texto relacionado: Deuteronomio 1:19–33.
13:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
13:2 «Envía hombres a explorar la tierra de Canaán, que yo doy a los hijos de Israel. Enviarán a un hombre de cada tribu de sus padres, cada uno un jefe entre ellos».
13:3 Moisés los envió desde el desierto de Parán por mandato del SEÑOR. Todos aquellos hombres eran jefes de los hijos de Israel.
13:4 Estos son sus nombres: de la tribu de Rubén, Samúa hijo de Zacur;
13:5 de la tribu de Simeón, Safat hijo de Horí;
13:6 de la tribu de Judá, Caleb hijo de Jefone;
13:7 de la tribu de Isacar, Igal hijo de José;
13:8 de la tribu de Efraín, Oseas hijo de Nun;
13:9 de la tribu de Benjamín, Palti hijo de Rafú;
13:10 de la tribu de Zabulón, Gadiel hijo de Sodi;
13:11 de la tribu de José, de la tribu de Manasés, Gadi hijo de Susi;
13:12 de la tribu de Dan, Amiel hijo de Gemali;
13:13 de la tribu de Aser, Setur hijo de Micael;
13:14 de la tribu de Neftalí, Nahbi hijo de Vapsi;
13:15 de la tribu de Gad, Geuel hijo de Maqui.
13:16 Estos son los nombres de los hombres que Moisés envió a explorar la tierra. Moisés llamó Josué a Oseas hijo de Nun.
Instrucciones para explorar Canaán
13:17 Moisés los envió a explorar la tierra de Canaán y les dijo: «Suban por el Neguev y suban a la región montañosa.
13:18 Vean cómo es la tierra y el pueblo que habita en ella: si es fuerte o débil, si es poco o numeroso;
13:19 cómo es la tierra en que habita, si es buena o mala, y cómo son las ciudades en que habita, si son campamentos o fortalezas;
13:20 y cómo es el terreno, si es fértil o pobre, si hay árboles o no. Tengan valor y traigan frutos de la tierra». Era la época de las primeras uvas.
El recorrido y los frutos de la tierra
13:21 Subieron y exploraron la tierra desde el desierto de Zin hasta Rehob, a la entrada de Hamat.
13:22 Subieron por el Neguev y se llegó hasta Hebrón, donde estaban Ahimán, Sesai y Talmai, descendientes de Anac. Hebrón había sido edificada siete años antes que Zoán, en Egipto.
13:23 Llegaron hasta el valle de Escol y cortaron allí una rama con un solo racimo de uvas, que llevaron entre dos en una vara. También tomaron granadas e higos.
13:24 Aquel lugar fue llamado valle de Escol por el racimo que los hijos de Israel cortaron allí.
13:25 Al cabo de cuarenta días regresaron de explorar la tierra.
El informe ante toda la comunidad
13:26 Fueron y se presentaron ante Moisés, Aarón y toda la comunidad de los hijos de Israel en Cades, en el desierto de Parán. Les dieron un informe a ellos y a toda la comunidad, y les mostraron el fruto de la tierra.
13:27 Le contaron: «Llegamos a la tierra a la que nos enviaste. En verdad fluye leche y miel, y este es su fruto.
13:28 Pero el pueblo que habita la tierra es fuerte, y las ciudades son muy grandes y fortificadas. También vimos allí a los descendientes de Anac.
13:29 Los amalecitas habitan en la tierra del Neguev; los hititas, los jebuseos y los amorreos habitan en la región montañosa, y los cananeos habitan junto al mar y a orillas del Jordán».
Dos respuestas ante la promesa
13:30 Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés y dijo: «¡Subamos y tomemos posesión de ella, porque sin duda podremos conquistarla!».
13:31 Pero los hombres que habían subido con él dijeron: «No podemos subir contra ese pueblo, porque es más fuerte que nosotros».
13:32 Divulgaron entre los hijos de Israel un mal informe de la tierra que habían explorado. Decían: «La tierra que recorrimos para explorarla es una tierra que devora a sus habitantes, y toda la gente que vimos en ella era de gran estatura.
13:33 Allí vimos también a los nefilim, los hijos de Anac, que son de los nefilim. A nuestros ojos éramos como saltamontes, y así éramos también a sus ojos».

Capítulo 14
Los israelitas se rebelan contra el SEÑOR
14:1 Toda la comunidad alzó la voz y gritó, y el pueblo lloró aquella noche.
14:2 Todos los hijos de Israel murmuraron contra Moisés y Aarón. Toda la comunidad les dijo: «¡Ojalá hubiéramos muerto en la tierra de Egipto! ¡O en este desierto, ojalá hubiéramos muerto!
14:3 ¿Por qué nos lleva el SEÑOR a esta tierra para caer a espada? Nuestras esposas y nuestros niños serán botín. ¿No sería mejor volver a Egipto?».
14:4 Se dijeron unos a otros: «Designemos un jefe y volvamos a Egipto».
14:5 Moisés y Aarón cayeron rostro en tierra delante de toda la asamblea de la comunidad de los hijos de Israel.
Josué y Caleb llaman a confiar en el SEÑOR
14:6 Josué hijo de Nun y Caleb hijo de Jefone, que estaban entre los que habían explorado la tierra, rasgaron su ropa
14:7 y dijeron a toda la comunidad de los hijos de Israel: «La tierra que recorrimos para explorarla es una tierra muy, muy buena.
14:8 Si el SEÑOR se agrada de nosotros, nos llevará a esta tierra y nos la dará: una tierra que fluye leche y miel.
14:9 Solo no se rebelen contra el SEÑOR ni teman al pueblo de esa tierra, porque ellos son nuestro pan. Su protección se ha apartado de ellos, y el SEÑOR está con nosotros. ¡No los teman!».
14:10 Toda la comunidad dijo que había que apedrearlos. Pero la gloria del SEÑOR se manifestó en la tienda de reunión a todos los hijos de Israel.
Moisés intercede por el pueblo
14:11 El SEÑOR dijo a Moisés: «¿Hasta cuándo me despreciará este pueblo? ¿Hasta cuándo no creerán en mí, a pesar de todas las señales que he hecho en medio de ellos?
14:12 Los heriré con una peste y los desheredaré, y haré de ti una nación más grande y más fuerte que ellos».
14:13 Moisés dijo al SEÑOR: «Los egipcios lo oirán, pues con tu poder sacaste a este pueblo de en medio de ellos,
14:14 y se lo contarán a los habitantes de esta tierra. Ya han oído que tú, SEÑOR, estás en medio de este pueblo; que tú, SEÑOR, te muestras cara a cara, que tu nube permanece sobre ellos y que vas delante de ellos de día en una columna de nube y de noche en una columna de fuego.
14:15 Si matas a este pueblo como a un solo hombre, las naciones que han oído hablar de ti dirán:
14:16 “Como el SEÑOR no pudo llevar a este pueblo a la tierra que juró darles, los degolló en el desierto”.
14:17 Ahora, te ruego que sea engrandecido el poder del Señor, tal como declaraste al decir:
14:18 “El SEÑOR es lento para la ira y abundante en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebelión, pero de ningún modo deja impune al culpable; que castiga la iniquidad de los padres en los hijos, hasta la tercera y la cuarta generación”.
14:19 Perdona, te ruego, la iniquidad de este pueblo conforme a la grandeza de tu misericordia, tal como has perdonado a este pueblo desde Egipto hasta aquí».
Perdón y sentencia para la generación rebelde
Texto relacionado: Deuteronomio 1:34–40.
14:20 El SEÑOR dijo: «He perdonado conforme a tu palabra.
14:21 Pero tan cierto como que vivo, toda la tierra se llenará de la gloria del SEÑOR.
14:22 Todos los hombres que han visto mi gloria y las señales que hice en Egipto y en el desierto, y que me han puesto a prueba ya diez veces y no han escuchado mi voz,
14:23 no verán la tierra que juré dar a sus padres. Ninguno de los que me desprecian la verá.
14:24 Pero a mi siervo Caleb, porque tuvo un espíritu diferente y me siguió plenamente, lo llevaré a la tierra en que entró, y su descendencia la poseerá.
14:25 Los amalecitas y los cananeos habitan en el valle. Mañana den la vuelta y partan hacia el desierto, por el camino del mar Rojo».
El destino de las dos generaciones
14:26 El SEÑOR habló a Moisés y a Aarón y les dijo:
14:27 «¿Hasta cuándo soportaré a esta comunidad malvada que murmura contra mí? He oído las quejas de los hijos de Israel que murmuran contra mí.
14:28 Diles: “Tan cierto como que vivo —declara el SEÑOR—, haré con ustedes tal como han hablado a mis oídos.
14:29 En este desierto caerán sus cadáveres, los de todos ustedes que fueron registrados en el censo, de veinte años en adelante, que murmuraron contra mí.
14:30 Ustedes no entrarán en la tierra en la que juré, con la mano en alto, hacerlos habitar, excepto Caleb hijo de Jefone y Josué hijo de Nun.
14:31 En cuanto a sus niños, de los que dijeron que serían botín, los haré entrar, y conocerán la tierra que ustedes han rechazado.
14:32 Pero sus cadáveres, los de ustedes, caerán en este desierto.
14:33 Sus hijos serán pastores en el desierto durante cuarenta años y cargarán con las consecuencias de la infidelidad de ustedes, hasta que sus cadáveres se consuman en el desierto.
14:34 Conforme al número de los días en que exploraron la tierra —cuarenta días—, un año por cada día, un año por cada día, cargarán con sus iniquidades cuarenta años y conocerán mi oposición.
14:35 Yo, el SEÑOR, he hablado; sin falta haré esto con toda esta comunidad malvada que se ha reunido contra mí. En este desierto llegarán a su fin y allí morirán”».
Muerte de los diez exploradores
14:36 Los hombres que Moisés había enviado a explorar la tierra, que al regresar hicieron murmurar contra él a toda la comunidad difundiendo un mal informe de la tierra,
14:37 aquellos hombres que difundieron el mal informe de la tierra murieron por la plaga delante del SEÑOR.
14:38 Pero Josué hijo de Nun y Caleb hijo de Jefone quedaron con vida de entre los hombres que habían ido a explorar la tierra.
La derrota en Horma
Texto relacionado: Deuteronomio 1:41–46.
14:39 Moisés comunicó estas palabras a todos los hijos de Israel, y el pueblo se entregó a un profundo duelo.
14:40 Se levantaron temprano por la mañana y subieron a la cima de la montaña, diciendo: «Aquí estamos y subiremos al lugar del que habló el SEÑOR, porque hemos pecado».
14:41 Moisés dijo: «¿Por qué traspasan el mandato del SEÑOR? Esto no les saldrá bien.
14:42 No suban, porque el SEÑOR no está en medio de ustedes, para que no sean derrotados delante de sus enemigos.
14:43 Porque los amalecitas y los cananeos están allí delante de ustedes, y caerán a espada. Por haber dejado de seguir al SEÑOR, el SEÑOR no estará con ustedes».
14:44 Pero se obstinaron en subir a la cima de la montaña; el arca del pacto del SEÑOR y Moisés no se apartaron de en medio del campamento.
14:45 Los amalecitas y los cananeos que habitaban en aquella montaña bajaron, los atacaron y los destrozaron hasta Horma.

Capítulo 15
El cereal y el vino en las ofrendas
15:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
15:2 «Habla a los hijos de Israel y diles: cuando entren en la tierra en que habitarán, que yo les doy,
15:3 y presenten al SEÑOR una ofrenda quemada, un holocausto o un sacrificio para cumplir un voto especial, como ofrenda voluntaria o en sus fiestas señaladas, para ofrecer un aroma agradable al SEÑOR, del ganado mayor o del menor,
15:4 el que presente su ofrenda al SEÑOR llevará como ofrenda de cereal unos dos litros de harina fina mezclada con un litro de aceite aproximadamente.
15:5 Presentarás como libación alrededor de un litro de vino, además del holocausto o del sacrificio, por cada cordero.
15:6 Por un carnero presentarás una ofrenda de cereal de unos cuatro litros de harina fina mezclada con un litro y tercio de aceite aproximadamente.
15:7 Presentarás como libación alrededor de un litro y tercio de vino, como aroma agradable para el SEÑOR.
15:8 Cuando ofrezcas un novillo como holocausto o como sacrificio para cumplir un voto especial, o como sacrificio de paz para el SEÑOR,
15:9 presentarás con el novillo una ofrenda de cereal de unos seis litros de harina fina mezclada con dos litros de aceite aproximadamente.
15:10 Presentarás como libación alrededor de dos litros de vino, como ofrenda quemada de aroma agradable para el SEÑOR.
15:11 Así se hará con cada res, con cada carnero y con cada cordero o cabrito.
15:12 Conforme al número de animales que ofrezcan, así harán con cada uno, según su número.
15:13 Todo natural de la tierra procederá de esta manera para presentar una ofrenda quemada de aroma agradable para el SEÑOR.
15:14 Si un extranjero que reside entre ustedes, o que esté entre ustedes en sus generaciones venideras, presenta una ofrenda quemada de aroma agradable para el SEÑOR, hará lo mismo que ustedes.
15:15 En la asamblea habrá un mismo estatuto para ustedes y para el extranjero que reside entre ustedes. Será un estatuto perpetuo por sus generaciones; ante el SEÑOR, el extranjero será como ustedes.
15:16 Una misma ley y una misma disposición regirán para ustedes y para el extranjero que reside entre ustedes».
Las primicias del pan
15:17 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
15:18 «Habla a los hijos de Israel y diles: cuando entren en la tierra a la que yo los llevo,
15:19 y coman del pan de la tierra, presentarán una ofrenda elevada al SEÑOR.
15:20 De las primicias de su masa elevarán una torta como ofrenda elevada; así la elevarán, como la ofrenda elevada de la era.
15:21 De las primicias de su masa darán al SEÑOR una ofrenda elevada por sus generaciones.
Las faltas involuntarias de la comunidad
15:22 Si por inadvertencia no cumplen todos estos mandamientos que el SEÑOR ha comunicado a Moisés,
15:23 todo lo que el SEÑOR les ha ordenado por medio de Moisés, desde el día en que el SEÑOR lo ordenó y en adelante, por sus generaciones,
15:24 si se ha cometido por inadvertencia sin que la comunidad lo sepa, toda la comunidad ofrecerá un novillo como holocausto de aroma agradable para el SEÑOR, con su ofrenda de cereal y su libación, conforme a lo establecido, y un macho cabrío como ofrenda por el pecado.
15:25 El sacerdote hará expiación por toda la comunidad de los hijos de Israel y les será perdonado, porque es una falta involuntaria y han traído su ofrenda, una ofrenda quemada para el SEÑOR, y su ofrenda por el pecado delante del SEÑOR, por su falta involuntaria.
15:26 Les será perdonado a toda la comunidad de los hijos de Israel y al extranjero que reside entre ellos, porque fue una falta involuntaria de todo el pueblo.
La falta involuntaria de una persona
15:27 Si una sola persona peca por inadvertencia, presentará una cabra de un año como ofrenda por el pecado.
15:28 El sacerdote hará expiación por la persona que se haya equivocado al pecar por inadvertencia delante del SEÑOR, para hacer expiación por ella, y le será perdonado.
15:29 Tendrán una misma ley para quien actúe por inadvertencia, tanto para el nacido entre los hijos de Israel como para el extranjero que reside entre ellos.
El desafío a la palabra de Dios
15:30 Pero la persona que proceda con actitud desafiante, sea natural o extranjera, ultraja al SEÑOR; esa persona será excluida de en medio de su pueblo.
15:31 Porque ha despreciado la palabra del SEÑOR y ha quebrantado su mandamiento, esa persona será excluida sin falta; su culpa permanece en ella».
El castigo por quebrantar el día de reposo
15:32 Mientras los hijos de Israel estaban en el desierto, encontraron a un hombre que recogía leña en el día de reposo.
15:33 Los que lo hallaron recogiendo leña lo llevaron ante Moisés, Aarón y toda la comunidad.
15:34 Lo pusieron bajo custodia, porque no se había especificado qué se le debía hacer.
15:35 El SEÑOR dijo a Moisés: «Se dará muerte sin falta a ese hombre. Toda la comunidad lo apedreará fuera del campamento».
15:36 Toda la comunidad lo sacó fuera del campamento y lo apedreó, y él murió, tal como el SEÑOR había ordenado a Moisés.
Borlas para recordar los mandamientos
15:37 El SEÑOR dijo a Moisés:
15:38 «Habla a los hijos de Israel y diles que se hagan borlas en las puntas de sus vestiduras por sus generaciones, y que pongan en la borla de cada extremo un cordón azul.
15:39 Les servirá de borla; al verla recordarán todos los mandamientos del SEÑOR y los cumplirán, y no seguirán tras su corazón ni tras sus ojos, tras los cuales se prostituyen.
15:40 Todo esto es para que recuerden y cumplan todos mis mandamientos y sean santos para su Dios.
15:41 Yo soy el SEÑOR su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto para ser su Dios. Yo soy el SEÑOR su Dios».

Capítulo 16
La rebelión de Coré
16:1 Coré hijo de Izhar, hijo de Coat, hijo de Leví, junto con Datán y Abiram, hijos de Eliab, y On hijo de Pelet, descendientes de Rubén, tomó la iniciativa.
16:2 Se levantaron contra Moisés junto con doscientos cincuenta hombres de los hijos de Israel, jefes de la comunidad, convocados a la asamblea, hombres de renombre.
16:3 Se reunieron contra Moisés y Aarón y les dijeron: «¡Han ido demasiado lejos! Toda la comunidad, todos ellos, son santos, y el SEÑOR está en medio de ellos. ¿Por qué, entonces, se elevan ustedes sobre la asamblea del SEÑOR?».
16:4 Al oírlo, Moisés cayó rostro en tierra.
16:5 Habló a Coré y a toda su comunidad y les dijo: «Por la mañana el SEÑOR dará a conocer quién le pertenece y quién es santo, y lo acercará a sí mismo; al que él escoja lo acercará a sí mismo.
16:6 Hagan esto: tomen incensarios, Coré y toda su comunidad,
16:7 pongan fuego en ellos y coloquen incienso sobre ellos mañana delante del SEÑOR. El hombre que el SEÑOR escoja, ese será el santo. ¡Han ido demasiado lejos, hijos de Leví!».
16:8 Moisés le dijo a Coré: «Escuchen, por favor, hijos de Leví.
16:9 ¿Les parece poco que el Dios de Israel los haya separado de la comunidad de Israel para acercarlos a él, para realizar el servicio del tabernáculo del SEÑOR y estar delante de la comunidad para servirles?
16:10 Te ha acercado a ti y a todos tus hermanos, los hijos de Leví, contigo. ¿Y buscan también el sacerdocio?
16:11 Por eso tú y toda tu comunidad se han reunido contra el SEÑOR. Y Aarón, ¿quién es él para que murmuren contra él?».
Datán y Abiram rechazan la convocatoria
16:12 Moisés mandó llamar a Datán y Abiram, hijos de Eliab, pero respondieron: «No subiremos.
16:13 ¿Te parece poco habernos hecho subir de una tierra que fluye leche y miel para hacernos morir en el desierto, que además quieras dominarnos por completo?
16:14 Ni siquiera nos has traído a una tierra que fluye leche y miel, ni nos has dado una heredad de campos y viñedos. ¿Les sacarás los ojos a estos hombres? ¡No subiremos!».
16:15 Moisés se enojó mucho y le dijo al SEÑOR: «No prestes atención a su ofrenda. No les he quitado ni un solo asno, ni he hecho mal a ninguno de ellos».
La comparecencia con los incensarios
16:16 Moisés le dijo a Coré: «Tú y toda tu comunidad preséntense mañana delante del SEÑOR: tú, ellos y Aarón.
16:17 Tomen cada uno su incensario, pongan incienso en ellos y presenten delante del SEÑOR cada uno su incensario, doscientos cincuenta incensarios; también tú y Aarón, cada uno su incensario».
16:18 Cada uno tomó su incensario, pusieron fuego en ellos, colocaron incienso sobre ellos y se situaron a la entrada de la tienda de reunión, junto con Moisés y Aarón.
16:19 Coré reunió contra ellos a toda la comunidad a la entrada de la tienda de reunión, y la gloria del SEÑOR se apareció a toda la comunidad.
La intercesión y la advertencia al pueblo
16:20 El SEÑOR habló a Moisés y a Aarón y les dijo:
16:21 «Apártense de en medio de esta comunidad, y los consumiré en un instante».
16:22 Ellos cayeron rostro en tierra y dijeron: «Dios, Dios de los espíritus de toda carne, ¿pecará un solo hombre y te enojarás contra toda la comunidad?».
16:23 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
16:24 «Habla a la comunidad y dile: “Aléjense de los alrededores de la morada de Coré, Datán y Abiram”».
16:25 Moisés se levantó y fue a Datán y Abiram, y los ancianos de Israel lo siguieron.
16:26 Habló a la comunidad y le dijo: «Apártense, por favor, de las tiendas de estos hombres malvados y no toquen nada de lo que les pertenece, para que no perezcan por todos sus pecados».
16:27 Se alejaron de los alrededores de la morada de Coré, Datán y Abiram. Datán y Abiram salieron y se quedaron de pie a la entrada de sus tiendas, con sus mujeres, sus hijos y sus pequeños.
El juicio que confirma el envío de Moisés
16:28 Moisés dijo: «En esto sabrán que el SEÑOR me ha enviado a hacer todas estas obras, y que no han salido de mi propio corazón.
16:29 Si estos mueren como muere toda persona y les sucede lo que le sucede a toda persona, el SEÑOR no me ha enviado.
16:30 Pero si el SEÑOR crea algo nuevo, y el suelo abre su boca y los traga a ellos y todo lo que les pertenece, y descienden vivos al Seol, sabrán que estos hombres han despreciado al SEÑOR».
16:31 En cuanto terminó de decir todas estas palabras, se partió el suelo que estaba debajo de ellos.
16:32 La tierra abrió su boca y los tragó a ellos, a los de sus casas, a todas las personas que pertenecían a Coré y todos sus bienes.
16:33 Ellos y todo lo que les pertenecía descendieron vivos al Seol; la tierra los cubrió y perecieron de en medio de la asamblea.
16:34 Todo Israel que estaba a su alrededor huyó al oír sus gritos, pues decían: «¡Que no nos trague la tierra!».
16:35 Salió fuego de parte del SEÑOR y consumió a los doscientos cincuenta hombres que presentaban el incienso.
Los incensarios como recordatorio
16:36 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
16:37 «Dile a Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, que recoja los incensarios de entre lo quemado; esparce el fuego lejos de allí, porque han sido consagrados.
16:38 Con los incensarios de estos que pecaron a costa de sus vidas harán láminas batidas para recubrir el altar, porque los presentaron delante del SEÑOR y quedaron consagrados. Servirán de señal a los hijos de Israel».
16:39 El sacerdote Eleazar tomó los incensarios de cobre que habían presentado los que murieron quemados, y los batieron para recubrir el altar,
16:40 como recordatorio para los hijos de Israel, para que nadie ajeno al sacerdocio, que no sea descendiente de Aarón, se acerque a quemar incienso delante del SEÑOR y no llegue a ser como Coré y su comunidad, tal como el SEÑOR le había dicho por medio de Moisés.
Una nueva protesta y la intercesión de Aarón
16:41 Al día siguiente, toda la comunidad de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón y dijo: «¡Ustedes han dado muerte al pueblo del SEÑOR!».
16:42 Cuando la comunidad se reunió contra Moisés y Aarón, se volvieron hacia la tienda de reunión; la nube la había cubierto y apareció la gloria del SEÑOR.
16:43 Moisés y Aarón fueron delante de la tienda de reunión.
16:44 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
16:45 «Apártense de en medio de esta comunidad, y los consumiré en un instante». Ellos cayeron rostro en tierra.
16:46 Moisés le dijo a Aarón: «Toma el incensario, pon en él fuego del altar, coloca incienso y llévalo pronto a la comunidad; haz expiación por ellos, porque ha salido la ira de delante del SEÑOR: la plaga ha comenzado».
16:47 Aarón lo tomó, tal como había dicho Moisés, y corrió en medio de la asamblea. La plaga ya había comenzado entre el pueblo; él puso el incienso e hizo expiación por el pueblo.
16:48 Se puso entre los muertos y los vivos, y la plaga se detuvo.
16:49 Los muertos por la plaga fueron catorce mil setecientos, además de los muertos por lo ocurrido con Coré.
16:50 Aarón volvió a Moisés, a la entrada de la tienda de reunión; la plaga se había detenido.

Capítulo 17
La vara de Aarón florece
17:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
17:2 «Habla a los hijos de Israel y toma de ellos una vara por cada casa paterna, de todos sus jefes según sus casas paternas, doce varas. Escribe el nombre de cada uno sobre su vara.
17:3 Escribe el nombre de Aarón sobre la vara de Leví, porque habrá una vara por cada jefe de sus casas paternas.
17:4 Deposítalas en la tienda de reunión, delante del Testimonio, donde me encontraré con ustedes.
17:5 La vara del hombre que yo escoja florecerá; así haré cesar ante mí las quejas de los hijos de Israel con las que murmuran contra ustedes».
17:6 Moisés habló a los hijos de Israel, y todos sus jefes le dieron varas, una vara por cada jefe, una vara por cada jefe de sus casas paternas, doce varas; y la vara de Aarón estaba entre sus varas.
17:7 Moisés depositó las varas delante del SEÑOR en la tienda del Testimonio.
17:8 Al día siguiente, Moisés entró en la tienda del Testimonio, y la vara de Aarón, de la casa de Leví, había brotado: había echado brotes, producido flores y madurado almendras.
17:9 Moisés sacó todas las varas de delante del SEÑOR ante todos los hijos de Israel. Ellos las vieron, y cada uno tomó su vara.
17:10 El SEÑOR le dijo a Moisés: «Vuelve a poner la vara de Aarón delante del Testimonio, para guardarla como señal para los rebeldes; así pondrás fin a sus quejas contra mí y no morirán».
17:11 Moisés lo hizo; tal como el SEÑOR le había mandado, así lo hizo.
El pueblo teme acercarse al santuario
17:12 Los hijos de Israel le dijeron a Moisés: «¡Vamos a morir! ¡Estamos perdidos! ¡Todos estamos perdidos!
17:13 Todo el que se acerque, el que se acerque al tabernáculo del SEÑOR, morirá. ¿Acabaremos por morir todos?».

Capítulo 18
Sacerdotes y levitas al cuidado del santuario
18:1 El SEÑOR le dijo a Aarón: «Tú, tus hijos y la casa de tu padre contigo cargarán con la culpa relacionada con el santuario; tú y tus hijos contigo cargarán con la culpa relacionada con su sacerdocio.
18:2 Haz que también se acerquen contigo tus hermanos, la tribu de Leví, la tribu de tu padre, para que se unan a ti y te sirvan. Tú y tus hijos contigo estarán delante de la tienda del Testimonio.
18:3 Ellos cumplirán el encargo que les confíes y el encargo de toda la tienda, pero no se acercarán a los utensilios del santuario ni al altar, para que no mueran, ni ellos ni ustedes.
18:4 Se unirán a ti y tendrán a su cargo la tienda de reunión, todo el servicio de la tienda; ningún extraño se acercará a ustedes.
18:5 Ustedes tendrán a su cargo el santuario y el altar, para que no haya más ira contra los hijos de Israel.
18:6 Yo mismo he tomado a sus hermanos, los levitas, de entre los hijos de Israel; son un regalo para ustedes, entregados al SEÑOR para realizar el servicio de la tienda de reunión.
18:7 Pero tú y tus hijos contigo cumplirán su sacerdocio en todo lo relacionado con el altar y con lo que está del velo hacia adentro, y realizarán el servicio. Les doy como un don el servicio de su sacerdocio; el extraño que se acerque será condenado a muerte».
Las ofrendas que sostienen a los sacerdotes
18:8 El SEÑOR le habló a Aarón: «Yo mismo te he dado la custodia de mis ofrendas elevadas; todas las cosas consagradas de los hijos de Israel te las he dado como porción, a ti y a tus hijos, por estatuto perpetuo.
18:9 Esto será tuyo de las cosas santísimas reservadas del fuego: toda ofrenda suya, todas sus ofrendas de cereal, todas sus ofrendas por el pecado y todas sus ofrendas por la culpa que me restituyan; serán cosa santísima para ti y para tus hijos.
18:10 Lo comerás como algo santísimo; todo varón comerá de ello. Será santo para ti.
18:11 Esto también será tuyo: la ofrenda elevada de sus dones, con todas las ofrendas mecidas de los hijos de Israel. Te las he dado a ti y a tus hijos y a tus hijas contigo, por estatuto perpetuo. Todo el que esté puro en tu casa comerá de ellas.
18:12 Todo lo mejor del aceite y todo lo mejor del vino nuevo y del grano, sus primicias que entreguen al SEÑOR, te lo he dado a ti.
18:13 Las primicias de todo lo que haya en su tierra, que traigan al SEÑOR, serán tuyas; todo el que esté puro en tu casa comerá de ellas.
18:14 Todo lo consagrado irrevocablemente en Israel será tuyo.
18:15 Todo el que abra la matriz, de toda carne que presenten al SEÑOR, tanto de seres humanos como de animales, será tuyo. Pero sin falta rescatarás al primogénito humano, y rescatarás al primogénito del animal impuro.
18:16 Los rescatarás a partir del mes de nacidos, según tu valoración, por unos cincuenta y siete gramos de plata, conforme al peso del siclo del santuario, que es de veinte geras.
18:17 Pero al primogénito de res, al primogénito de oveja o al primogénito de cabra no los rescatarás: son santos. Salpicarás su sangre sobre el altar y harás arder su grasa como ofrenda quemada de aroma agradable al SEÑOR.
18:18 Su carne será tuya; como el pecho de la ofrenda mecida y el muslo derecho, será tuya.
18:19 Todas las ofrendas elevadas de las cosas consagradas que los hijos de Israel eleven al SEÑOR te las he dado a ti y a tus hijos y a tus hijas contigo, por estatuto perpetuo. Es un pacto de sal perpetuo delante del SEÑOR, para ti y para tu descendencia contigo».
La provisión de Dios para los levitas
18:20 El SEÑOR le dijo a Aarón: «No tendrás heredad en su tierra ni tendrás parte entre ellos; yo soy tu parte y tu heredad en medio de los hijos de Israel.
18:21 A los hijos de Leví les he dado todos los diezmos en Israel como heredad, a cambio del servicio que realizan, el servicio de la tienda de reunión.
18:22 Los hijos de Israel no se acercarán más a la tienda de reunión, para que no carguen con pecado y mueran.
18:23 Los levitas mismos realizarán el servicio de la tienda de reunión, y ellos cargarán con su culpa; será estatuto perpetuo por sus generaciones. Entre los hijos de Israel no heredarán heredad,
18:24 porque los diezmos de los hijos de Israel que ellos eleven al SEÑOR como ofrenda elevada se los he dado a los levitas como heredad. Por eso les he dicho: “Entre los hijos de Israel no heredarán heredad”».
La contribución que también deben dar los levitas
18:25 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
18:26 «Habla a los levitas y diles: “Cuando reciban de los hijos de Israel los diezmos que les he dado de parte de ellos como su heredad, elevarán de ellos una ofrenda elevada del SEÑOR, el diezmo de los diezmos.
18:27 Su ofrenda elevada se les contará como el grano de la era y como el producto del lagar.
18:28 Así también ustedes elevarán la ofrenda elevada del SEÑOR de todos sus diezmos que reciban de los hijos de Israel, y de ellos entregarán la ofrenda elevada del SEÑOR al sacerdote Aarón.
18:29 De todos los dones que reciban elevarán toda la ofrenda elevada del SEÑOR, de todo lo mejor de ellos, la porción consagrada de ellos”.
18:30 Y les dirás: “Cuando eleven lo mejor de ello, se les contará a los levitas como el producto de la era y como el producto del lagar.
18:31 Podrán comerlo en cualquier lugar, ustedes y los de su casa, porque es su salario a cambio de su servicio en la tienda de reunión.
18:32 No cargarán con pecado por ello cuando hayan elevado lo mejor de ello. No profanarán las cosas consagradas de los hijos de Israel, y no morirán”».

Capítulo 19
La vaca rojiza y el agua de purificación
19:1 El SEÑOR habló a Moisés y a Aarón y les dijo:
19:2 «Este es el estatuto de la ley que el SEÑOR ha mandado: habla a los hijos de Israel para que te traigan una vaca rojiza, perfecta, sin defecto y sobre la que no haya subido yugo.
19:3 Se la entregarán al sacerdote Eleazar; él la sacará fuera del campamento y será degollada en su presencia.
19:4 El sacerdote Eleazar tomará con su dedo parte de su sangre y rociará parte de su sangre siete veces hacia el frente de la tienda de reunión.
19:5 Se quemará la vaca ante sus ojos: su piel, su carne y su sangre, junto con su estiércol, se quemarán.
19:6 El sacerdote tomará madera de cedro, hisopo e hilo escarlata, y los arrojará en medio del fuego en que se quema la vaca.
19:7 El sacerdote lavará sus ropas y bañará su cuerpo con agua; después entrará en el campamento. El sacerdote quedará impuro hasta el atardecer.
19:8 El que la queme lavará sus ropas con agua, bañará su cuerpo con agua y quedará impuro hasta el atardecer.
19:9 Un hombre puro recogerá las cenizas de la vaca y las depositará fuera del campamento, en un lugar puro. Se conservarán para la comunidad de los hijos de Israel, para el agua de purificación; es una ofrenda por el pecado.
19:10 El que recoja las cenizas de la vaca lavará sus ropas y quedará impuro hasta el atardecer. Será estatuto perpetuo para los hijos de Israel y para el extranjero que resida entre ellos.
La purificación después del contacto con la muerte
19:11 El que toque el cadáver de cualquier ser humano quedará impuro siete días.
19:12 Se purificará con esa agua el tercer día y el séptimo día; entonces quedará puro. Pero si no se purifica el tercer día y el séptimo día, no quedará puro.
19:13 Todo el que toque un cadáver, el de una persona que haya muerto, y no se purifique, contamina el tabernáculo del SEÑOR; esa persona será excluida de Israel. Como no se ha salpicado sobre ella el agua de purificación, quedará impura; su impureza permanece en ella.
19:14 Esta es la ley cuando una persona muera en una tienda: todo el que entre en la tienda y todo lo que haya en la tienda quedará impuro siete días.
19:15 Toda vasija abierta que no tenga una tapa bien atada sobre ella quedará impura.
19:16 Todo el que toque en campo abierto a alguien muerto a espada, un cadáver, un hueso humano o una tumba quedará impuro siete días.
Cómo se aplica el agua de purificación
19:17 Para el impuro tomarán de las cenizas de la ofrenda por el pecado quemada, y se echará sobre ellas agua de manantial en una vasija.
19:18 Un hombre puro tomará hisopo, lo mojará en el agua y rociará la tienda, todos los utensilios y las personas que hayan estado allí, y al que haya tocado un hueso, a alguien muerto violentamente, un cadáver o una tumba.
19:19 El puro rociará al impuro el tercer día y el séptimo día, y lo purificará el séptimo día. El que se purifica lavará sus ropas y se bañará con agua, y al atardecer quedará puro.
19:20 Pero el hombre que quede impuro y no se purifique, esa persona será excluida de en medio de la asamblea, porque ha contaminado el santuario del SEÑOR. No se ha salpicado sobre él el agua de purificación; está impuro.
19:21 Esto será para ellos estatuto perpetuo. El que rocíe el agua de purificación lavará sus ropas; el que toque el agua de purificación quedará impuro hasta el atardecer.
19:22 Todo lo que toque el impuro quedará impuro, y la persona que lo toque quedará impura hasta el atardecer».

Capítulo 20
La muerte de María y la falta de agua en Cades
20:1 Los hijos de Israel, toda la comunidad, llegaron al desierto de Zin en el mes primero, y el pueblo se estableció en Cades. Allí murió María y allí fue sepultada.
20:2 No había agua para la comunidad, y se reunieron contra Moisés y Aarón.
20:3 El pueblo discutió con Moisés y dijo: «¡Ojalá hubiéramos muerto cuando murieron nuestros hermanos delante del SEÑOR!
20:4 ¿Por qué han traído la asamblea del SEÑOR a este desierto, para que muramos aquí nosotros y nuestros animales?
20:5 ¿Y por qué nos han hecho subir de Egipto para traernos a este lugar malo? No es lugar de siembra, ni de higueras, ni de vides, ni de granados; tampoco hay agua para beber».
20:6 Moisés y Aarón se apartaron de la asamblea y fueron a la entrada de la tienda de reunión; cayeron rostro en tierra, y la gloria del SEÑOR se les apareció.
20:7 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
20:8 «Toma la vara y reúne a la comunidad, tú y Aarón tu hermano; háblenle a la roca ante sus ojos, y ella dará su agua. Sacarás para ellos agua de la roca y darás de beber a la comunidad y a sus animales».
20:9 Moisés tomó la vara de delante del SEÑOR, tal como él le había mandado.
20:10 Moisés y Aarón reunieron a la asamblea delante de la roca, y él les dijo: «Escuchen, por favor, rebeldes: ¿sacaremos para ustedes agua de esta roca?».
20:11 Moisés levantó su mano y golpeó la roca con su vara dos veces. Salió agua abundante, y bebieron la comunidad y sus animales.
20:12 El SEÑOR les dijo a Moisés y a Aarón: «Por cuanto no creyeron en mí para mostrar mi santidad ante los ojos de los hijos de Israel, no llevarán esta asamblea a la tierra que les he dado».
20:13 Estas son las aguas de Meriba, donde los hijos de Israel discutieron con el SEÑOR, y él manifestó su santidad entre ellos.
Edom niega el paso a su pueblo hermano
20:14 Moisés envió mensajeros desde Cades al rey de Edom: «Así dice tu hermano Israel: tú conoces todos los sufrimientos que nos han sobrevenido.
20:15 Nuestros padres descendieron a Egipto y vivimos en Egipto muchos días; los egipcios nos maltrataron a nosotros y a nuestros padres.
20:16 Clamamos al SEÑOR, él oyó nuestra voz, envió un ángel y nos sacó de Egipto. Ahora estamos en Cades, ciudad situada en el límite de tu territorio.
20:17 Permítenos, por favor, pasar por tu tierra. No pasaremos por campos ni viñedos, ni beberemos agua de pozo. Iremos por el camino real; no nos desviaremos a la derecha ni a la izquierda hasta que hayamos pasado por tu territorio».
20:18 Edom le respondió: «No pasarás por mi territorio, no sea que salga a tu encuentro con la espada».
20:19 Los hijos de Israel le dijeron: «Subiremos por la calzada; si yo y mi ganado bebemos de tus aguas, pagaré su precio. Solo quiero pasar a pie, nada más».
20:20 Él respondió: «No pasarás». Edom salió a su encuentro con mucha gente y con mano fuerte.
20:21 Edom se negó a dejar pasar a Israel por su territorio, e Israel se apartó de él.
La muerte de Aarón y el relevo de Eleazar
20:22 Partieron de Cades y los hijos de Israel, toda la comunidad, llegaron al monte Hor.
20:23 El SEÑOR habló a Moisés y a Aarón en el monte Hor, en el límite de la tierra de Edom, y les dijo:
20:24 «Aarón será reunido con su pueblo, pues no entrará en la tierra que he dado a los hijos de Israel, porque ustedes se rebelaron contra mi mandato en las aguas de Meriba.
20:25 Toma a Aarón y a Eleazar su hijo, y hazlos subir al monte Hor.
20:26 Quítale a Aarón sus vestiduras y pónselas a Eleazar su hijo; Aarón será reunido con su pueblo y morirá allí».
20:27 Moisés hizo tal como el SEÑOR había mandado, y subieron al monte Hor ante los ojos de toda la comunidad.
20:28 Moisés le quitó a Aarón sus vestiduras y se las puso a Eleazar su hijo; Aarón murió allí, en la cima del monte. Moisés y Eleazar descendieron del monte.
20:29 Toda la comunidad vio que Aarón había muerto, y toda la casa de Israel lloró a Aarón treinta días.

Capítulo 21
El ataque cananeo y el voto de Israel
21:1 El cananeo, rey de Arad, que habitaba en el Neguev, oyó que Israel venía por el camino de Atarim; luchó contra Israel y tomó cautivos de entre ellos.
21:2 Israel hizo un voto al SEÑOR y dijo: «Si en verdad entregas a este pueblo en mi mano, consagraré sus ciudades a la destrucción».
21:3 El SEÑOR escuchó la voz de Israel y entregó al cananeo; Israel los consagró a la destrucción, a ellos y sus ciudades, y aquel lugar fue llamado Horma.
La serpiente levantada para que el pueblo viva
21:4 Partieron del monte Hor por el camino del mar Rojo para rodear la tierra de Edom, y el pueblo se impacientó en el camino.
21:5 El pueblo habló contra Dios y contra Moisés: «¿Por qué nos han hecho subir de Egipto para morir en el desierto? No hay pan ni hay agua, y nuestra alma aborrece este pan despreciable».
21:6 El SEÑOR envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordieron al pueblo, y murió mucha gente de Israel.
21:7 El pueblo fue a Moisés y dijo: «Hemos pecado, porque hemos hablado contra el SEÑOR y contra ti. Ora al SEÑOR para que aparte de nosotros las serpientes». Moisés oró por el pueblo.
21:8 El SEÑOR le dijo a Moisés: «Hazte una serpiente ardiente y ponla sobre un asta. Todo el que haya sido mordido, cuando la mire, vivirá».
21:9 Moisés hizo una serpiente de cobre y la puso sobre el asta. Si una serpiente mordía a un hombre, este miraba a la serpiente de cobre y vivía.
El avance junto a Moab y el agua del pozo
21:10 Los hijos de Israel partieron y acamparon en Obot.
21:11 Partieron de Obot y acamparon en Ije-abarim, en el desierto que está frente a Moab, hacia la salida del sol.
21:12 De allí partieron y acamparon en el valle del arroyo Zered.
21:13 De allí partieron y acamparon al otro lado del Arnón, en el desierto que se extiende desde el territorio de los amorreos, porque el Arnón es la frontera de Moab, entre Moab y los amorreos.
La memoria poética del Arnón

21:14 Por eso se dice en el libro de las guerras del SEÑOR:
 «Vaheb en Sufa, y los arroyos del Arnón,
21:15 y la vertiente de los arroyos que se extiende hasta la población de Ar y se apoya en la frontera de Moab».
El pozo que celebró Israel
21:16 De allí fueron a Beer; este es el pozo del que el SEÑOR le dijo a Moisés: «Reúne al pueblo y les daré agua».

21:17 Entonces Israel cantó este cántico:
 «¡Brota, pozo!
   ¡Cántenle!
21:18 Pozo que cavaron los jefes, que excavaron los nobles del pueblo con el bastón de mando, con sus varas».
   Del desierto fueron a Matana,
21:19 de Matana a Nahaliel y de Nahaliel a Bamot,
21:20 y de Bamot al valle que está en el campo de Moab, a la cumbre de Pisga, que mira hacia el desierto.
Sehón combate contra Israel y pierde su territorio
Texto relacionado: Deuteronomio 2:26–37.
21:21 Israel envió mensajeros a Sehón, rey de los amorreos, para decirle:
21:22 «Déjame pasar por tu tierra. No nos desviaremos por campos ni viñedos, ni beberemos agua de pozo. Iremos por el camino real hasta que hayamos atravesado tu territorio».
21:23 Sehón no permitió que Israel pasara por su territorio; Sehón reunió a todo su pueblo, salió al encuentro de Israel hacia el desierto, llegó a Jahaza y luchó contra Israel.
21:24 Israel lo hirió a filo de espada y tomó posesión de su tierra, desde el Arnón hasta el Jaboc, hasta los hijos de Amón, porque la frontera de los hijos de Amón era fuerte.
21:25 Israel tomó todas estas ciudades, e Israel habitó en todas las ciudades de los amorreos, en Hesbón y en todas sus aldeas.
21:26 Hesbón era la ciudad de Sehón, rey de los amorreos; él había luchado contra el anterior rey de Moab y había tomado de su mano toda su tierra hasta el Arnón.
El poema de Hesbón

21:27 Por eso dicen los que componen proverbios:
 «¡Vengan a Hesbón!
   Que se edifique y se afiance la ciudad de Sehón.
21:28 Porque salió fuego de Hesbón, una llama de la ciudad de Sehón;
   consumió a Ar de Moab, a los señores de las alturas del Arnón.
21:29 ¡Ay de ti, Moab!
   ¡Has perecido, pueblo de Quemos!
   Entregó a sus hijos como fugitivos y a sus hijas en cautiverio a Sehón, rey de los amorreos.
21:30 Disparamos contra ellos;
   Hesbón pereció hasta Dibón, y devastamos hasta Nofa, que se extiende hasta Medeba».
21:31 Israel habitó en la tierra de los amorreos.
21:32 Moisés envió a explorar Jazer; tomaron sus aldeas y expulsó a los amorreos que había allí.
Og de Basán sale a combatir contra Israel
Texto relacionado: Deuteronomio 3:1–11.
21:33 Se volvieron y subieron por el camino de Basán. Og, rey de Basán, salió a su encuentro, él y todo su pueblo, para la batalla en Edrei.
21:34 El SEÑOR le dijo a Moisés: «No le temas, porque lo he entregado en tu mano, a él, a todo su pueblo y a su tierra. Harás con él como hiciste con Sehón, rey de los amorreos, que habitaba en Hesbón».
21:35 Lo hirieron a él, a sus hijos y a todo su pueblo, hasta no dejarle ningún sobreviviente, y tomaron posesión de su tierra.

Capítulo 22
Balac busca una maldición contra Israel
22:1 Los hijos de Israel partieron y acamparon en las llanuras de Moab, al otro lado del Jordán, frente a Jericó.
22:2 Balac hijo de Zipor vio todo lo que Israel había hecho a los amorreos.
22:3 Moab temió mucho al pueblo, porque era numeroso; Moab se angustió a causa de los hijos de Israel.
22:4 Moab les dijo a los ancianos de Madián: «Ahora esta asamblea lamerá todo lo que nos rodea, como el buey lame la hierba del campo». Balac hijo de Zipor era rey de Moab en aquel tiempo.
22:5 Envió mensajeros a Balaam hijo de Beor, a Petor, que está junto al río, en la tierra de su pueblo, para llamarlo con este mensaje: «Un pueblo ha salido de Egipto; cubre la superficie de la tierra y se ha establecido frente a mí.
22:6 Ahora ven, por favor, y maldíceme a este pueblo, porque es más fuerte que yo. Quizá pueda lograr que lo derrotemos y expulsarlo de la tierra, porque sé que aquel a quien tú bendices queda bendecido, y aquel a quien maldices queda maldecido».
22:7 Los ancianos de Moab y los ancianos de Madián fueron con el pago por la adivinación en sus manos. Llegaron a Balaam y le transmitieron las palabras de Balac.
22:8 Él les dijo: «Pasen aquí la noche y les daré una respuesta conforme a lo que el SEÑOR me diga». Los jefes de Moab se quedaron con Balaam.
22:9 Dios vino a Balaam y le dijo: «¿Quiénes son estos hombres que están contigo?».
22:10 Balaam le respondió a Dios: «Balac hijo de Zipor, rey de Moab, me ha enviado este mensaje:
22:11 “El pueblo que salió de Egipto cubre la superficie de la tierra. Ahora ven y maldícemelo; quizá pueda combatir contra él y expulsarlo”».
22:12 Dios le dijo a Balaam: «No irás con ellos ni maldecirás al pueblo, porque es bendito».
22:13 Balaam se levantó por la mañana y les dijo a los jefes de Balac: «Vuelvan a su tierra, porque el SEÑOR se ha negado a permitirme ir con ustedes».
22:14 Los jefes de Moab se levantaron, fueron a Balac y le dijeron: «Balaam se ha negado a venir con nosotros».
Una oferta de mayor honor
22:15 Balac volvió a enviar jefes, más numerosos y más distinguidos que aquellos.
22:16 Llegaron a Balaam y le dijeron: «Así dice Balac hijo de Zipor: “Por favor, no dejes de venir a mí,
22:17 porque sin duda te honraré mucho, y haré todo lo que me digas. Ven, por favor, y maldíceme a este pueblo”».
22:18 Balaam respondió a los siervos de Balac: «Aunque Balac me diera su casa llena de plata y oro, no podría traspasar el mandato del SEÑOR mi Dios para hacer cosa pequeña ni grande.
22:19 Ahora quédense también ustedes aquí esta noche, por favor, para que sepa qué más me dirá el SEÑOR».
22:20 Dios vino a Balaam de noche y le dijo: «Si estos hombres han venido a llamarte, levántate y ve con ellos; pero solo harás lo que yo te diga».
Balaam es detenido y reprendido en el camino
22:21 Balaam se levantó por la mañana, ensilló su asna y fue con los jefes de Moab.
22:22 La ira de Dios se encendió porque él iba, y el ángel del SEÑOR se puso en el camino como adversario suyo. Él iba montado sobre su asna, y con él iban dos de sus criados.
22:23 El asna vio al ángel del SEÑOR de pie en el camino, con su espada desenvainada en la mano; el asna se apartó del camino y fue al campo. Balaam golpeó al asna para hacerla volver al camino.
22:24 El ángel del SEÑOR se situó en un sendero entre los viñedos, con una pared a un lado y una pared al otro.
22:25 El asna vio al ángel del SEÑOR y se apretó contra la pared, apretando el pie de Balaam contra la pared; él volvió a golpearla.
22:26 El ángel del SEÑOR volvió a adelantarse y se situó en un lugar estrecho donde no había camino para desviarse a la derecha ni a la izquierda.
22:27 El asna vio al ángel del SEÑOR y se echó debajo de Balaam. La ira de Balaam se encendió y golpeó al asna con un palo.
22:28 El SEÑOR abrió la boca del asna, y ella le dijo a Balaam: «¿Qué te he hecho para que me hayas golpeado estas tres veces?».
22:29 Balaam le respondió al asna: «Porque te has burlado de mí. ¡Si tuviera una espada en mi mano, ahora mismo te mataría!».
22:30 El asna le dijo a Balaam: «¿No soy yo tu asna, sobre la que has montado desde siempre hasta el día de hoy? ¿Acaso he tenido la costumbre de hacerte esto?». Él respondió: «No».
Balaam ve al ángel y escucha la reprensión
22:31 El SEÑOR descubrió los ojos de Balaam, y él vio al ángel del SEÑOR de pie en el camino, con su espada desenvainada en la mano. Se inclinó y se postró rostro en tierra.
22:32 El ángel del SEÑOR le dijo: «¿Por qué has golpeado a tu asna estas tres veces? Yo he salido como adversario, porque tu camino es temerario ante mí.
22:33 El asna me vio y se apartó de delante de mí estas tres veces. Si no se hubiera apartado de mí, ahora mismo ciertamente te habría matado a ti y a ella la habría dejado viva».
22:34 Balaam le dijo al ángel del SEÑOR: «He pecado, porque no sabía que estabas de pie a mi encuentro en el camino. Ahora, si esto es malo a tus ojos, me volveré».
22:35 El ángel del SEÑOR le dijo a Balaam: «Ve con los hombres; pero solo hablarás la palabra que yo te diga». Balaam fue con los jefes de Balac.
Balac recibe a Balaam en Moab
22:36 Balac oyó que Balaam venía y salió a su encuentro a la ciudad de Moab que está junto a la frontera del Arnón, en el extremo de la frontera.
22:37 Balac le dijo a Balaam: «¿No te envié expresamente a llamar? ¿Por qué no viniste a mí? ¿De veras no puedo honrarte?».
22:38 Balaam le respondió a Balac: «Ahora he venido a ti; ¿acaso puedo decir algo? La palabra que Dios ponga en mi boca, esa hablaré».
22:39 Balaam fue con Balac, y llegaron a Quiriat-huzot.
22:40 Balac sacrificó ganado mayor y menor, y envió porciones a Balaam y a los jefes que estaban con él.
La observación del campamento desde Bamot-baal
22:41 Por la mañana, Balac tomó a Balaam y lo hizo subir a Bamot-baal; desde allí vio el extremo del pueblo.

Capítulo 23
La primera bendición frustra el propósito de Balac
23:1 Balaam le dijo a Balac: «Edifícame aquí siete altares y prepárame aquí siete novillos y siete carneros».
23:2 Balac hizo tal como había dicho Balaam; Balac y Balaam ofrecieron un novillo y un carnero en cada altar.
23:3 Balaam le dijo a Balac: «Quédate junto a tu holocausto mientras yo voy; quizá el SEÑOR salga a mi encuentro, y lo que me muestre te lo comunicaré». Fue a una colina desnuda.
23:4 Dios salió al encuentro de Balaam, y este le dijo: «He preparado los siete altares y he ofrecido un novillo y un carnero en cada altar».
23:5 El SEÑOR puso una palabra en la boca de Balaam y le dijo: «Vuelve a Balac y hablarás así».
23:6 Volvió a él, y allí estaba de pie junto a su holocausto, él y todos los jefes de Moab.
Un pueblo bajo la bendición de Dios

23:7 Pronunció su oráculo y dijo:
 «Desde Aram me trajo Balac, rey de Moab, desde los montes del oriente: “Ven, maldíceme a Jacob;
   ven, condena a Israel”.
23:8 ¿Cómo maldeciré al que Dios no ha maldecido?
   ¿Cómo condenaré al que el SEÑOR no ha condenado?
23:9 Desde la cumbre de las rocas lo veo, y desde las colinas lo contemplo.
   Es un pueblo que habita aparte y no se cuenta entre las naciones.
23:10 ¿Quién ha contado el polvo de Jacob o ha numerado la cuarta parte de Israel?
   ¡Que mi alma muera como mueren los rectos y mi final sea como el suyo!».
23:11 Balac le dijo a Balaam: «¿Qué me has hecho? Te traje para maldecir a mis enemigos, ¡y ciertamente los has bendecido!».
23:12 Él respondió: «¿No debo cuidar de decir lo que el SEÑOR ponga en mi boca?».
Balac busca otro lugar para cambiar la respuesta
23:13 Balac le dijo: «Ven conmigo, por favor, a otro lugar desde donde lo veas. Solo verás su extremo y no lo verás por completo; maldícemelo desde allí».
23:14 Lo llevó al campo de Zofim, a la cumbre de Pisga; edificó siete altares y ofreció un novillo y un carnero en cada altar.
23:15 Él le dijo a Balac: «Quédate aquí junto a tu holocausto, y yo tendré un encuentro allá».
23:16 El SEÑOR salió al encuentro de Balaam, puso una palabra en su boca y le dijo: «Vuelve a Balac y hablarás así».
23:17 Fue a él, y allí estaba de pie junto a su holocausto, con los jefes de Moab. Balac le preguntó: «¿Qué ha dicho el SEÑOR?».
La bendición que Dios no revoca

23:18 Pronunció su oráculo y dijo:
 «Levántate, Balac, y escucha;
   préstame atención, hijo de Zipor.
23:19 Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que cambie de parecer.
   ¿Acaso ha dicho algo y no lo hará?
   ¿Ha hablado y no lo cumplirá?
23:20 He recibido el encargo de bendecir;
   él ha bendecido y no revocaré su bendición.
23:21 No ha contemplado iniquidad en Jacob ni ha visto aflicción en Israel.
   El SEÑOR su Dios está con él, y en él resuenan aclamaciones al rey.
23:22 Dios los saca de Egipto;
   su fuerza es como la de un toro salvaje.
23:23 No hay agüero contra Jacob ni adivinación contra Israel.
   Ahora se dirá de Jacob y de Israel: “¡Lo que ha hecho Dios!”.
23:24 Un pueblo se levanta como una leona y se alza como un león;
   no se echará hasta que devore la presa y beba la sangre de los muertos».
23:25 Balac le dijo a Balaam: «¡No lo maldigas en absoluto, ni tampoco lo bendigas!».
23:26 Balaam le respondió a Balac: «¿No te dije: “Todo lo que el SEÑOR diga, eso haré”?».
El tercer intento desde la cumbre de Peor
23:27 Balac le dijo a Balaam: «Ven, por favor; te llevaré a otro lugar. Quizá le parezca bien a Dios que desde allí me lo maldigas».
23:28 Balac llevó a Balaam a la cumbre de Peor, que mira hacia el desierto.
23:29 Balaam le dijo a Balac: «Edifícame aquí siete altares y prepárame aquí siete novillos y siete carneros».
23:30 Balac hizo tal como había dicho Balaam y ofreció un novillo y un carnero en cada altar.

Capítulo 24
El Espíritu de Dios y la tercera bendición
24:1 Balaam vio que al SEÑOR le parecía bien bendecir a Israel, y no fue como las otras veces en busca de agüeros, sino que volvió su rostro hacia el desierto.
24:2 Balaam levantó sus ojos y vio a Israel acampado por sus tribus, y el Espíritu de Dios vino sobre él.
24:3 Pronunció su oráculo y dijo:
 «Oráculo de Balaam hijo de Beor, oráculo del hombre cuyo ojo está abierto;
24:4 oráculo del que oye las palabras de Dios, del que ve la visión del Todopoderoso, caído, con los ojos descubiertos:
La vida y la fortaleza del pueblo bendecido

24:5 ¡Qué hermosas son tus tiendas, Jacob, tus moradas, Israel!
24:6 Como valles se extienden, como huertos junto al río, como áloes que el SEÑOR plantó, como cedros junto a las aguas.
24:7 Agua fluirá de sus cubos, y su descendencia estará entre aguas abundantes.
   Su rey se elevará por encima de Agag y su reino será exaltado.
24:8 Dios lo saca de Egipto;
   su fuerza es como la de un toro salvaje.
   Devorará a las naciones, sus adversarias, triturará sus huesos y las aplastará con sus flechas.
24:9 Se agazapó, se echó como un león, como una leona;
   ¿quién lo levantará?
   ¡Benditos los que te bendicen y malditos los que te maldicen!».
Balac retira el honor prometido
24:10 La ira de Balac se encendió contra Balaam y golpeó sus palmas una contra otra. Balac le dijo a Balaam: «Te llamé para maldecir a mis enemigos, ¡y ciertamente los has bendecido estas tres veces!
24:11 Ahora huye a tu lugar. Dije que sin duda te honraría, pero el SEÑOR te ha privado de honra».
24:12 Balaam le respondió a Balac: «¿No les dije también a tus mensajeros que enviaste a mí:
24:13 “Aunque Balac me diera su casa llena de plata y oro, no podría traspasar el mandato del SEÑOR para hacer cosa buena ni mala según mi propio corazón; lo que el SEÑOR diga, eso hablaré”?
El anuncio del rey que surgirá de Israel
24:14 Ahora me voy a mi pueblo; ven y te indicaré lo que este pueblo hará a tu pueblo al final de los días».
24:15 Pronunció su oráculo y dijo:
 «Oráculo de Balaam hijo de Beor, oráculo del hombre cuyo ojo está abierto;
24:16 oráculo del que oye las palabras de Dios, del que conoce el saber del Altísimo, del que ve la visión del Todopoderoso, caído, con los ojos descubiertos:
24:17 Lo veré, pero no ahora;
   lo contemplaré, pero no de cerca.
   Saldrá una estrella de Jacob y se levantará un cetro de Israel;
   aplastará las sienes de Moab y destruirá a todos los hijos de Set.
24:18 Edom será una posesión, y Seir será una posesión, ambos enemigos suyos;
   Israel actuará con valor.
24:19 De Jacob saldrá quien gobierne y hará perecer al sobreviviente de la ciudad».
Los anuncios sobre Amalec, los ceneos y otros pueblos

24:20 Vio a Amalec, pronunció su oráculo y dijo: «Amalec es el primero de las naciones, pero su final será la destrucción para siempre».
24:21 Vio al ceneo, pronunció su oráculo y dijo: «Firme es tu morada, y has puesto tu nido en la roca;
24:22 sin embargo, Caín será consumido.
   ¿Cuánto falta para que Asiria te lleve cautivo?».
24:23 Pronunció su oráculo y dijo: «¡Ay!
   ¿Quién vivirá cuando Dios lo disponga?
24:24 Naves vendrán de la costa de Quitim;
   afligirán a Asiria y afligirán a Heber, pero también él perecerá para siempre».
24:25 Balaam se levantó, se fue y regresó a su lugar; Balac también se fue por su camino.

Capítulo 25
La infidelidad de Israel en Peor
25:1 Israel habitaba en Sitim, y el pueblo comenzó a prostituirse con las hijas de Moab.
25:2 Ellas invitaron al pueblo a los sacrificios de sus dioses, y el pueblo comió y se postró ante sus dioses.
25:3 Israel se unió a Baal-peor, y la ira del SEÑOR se encendió contra Israel.
25:4 El SEÑOR le dijo a Moisés: «Toma a todos los jefes del pueblo y cuélgalos delante del SEÑOR, a la vista del sol, para que el ardor de la ira del SEÑOR se aparte de Israel».
25:5 Moisés les dijo a los jueces de Israel: «Mate cada uno a los hombres suyos que se hayan unido a Baal-peor».
La intervención de Finees y el cese de la plaga
25:6 Un hombre de los hijos de Israel vino y presentó a sus hermanos a la madianita, ante los ojos de Moisés y ante los ojos de toda la comunidad de los hijos de Israel, mientras ellos lloraban a la entrada de la tienda de reunión.
25:7 Finees hijo de Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, lo vio, se levantó de en medio de la comunidad y tomó una lanza en su mano.
25:8 Fue tras el hombre de Israel hasta la tienda y atravesó a ambos, al hombre de Israel y a la mujer por su vientre. Así se detuvo la plaga entre los hijos de Israel.
25:9 Los muertos por la plaga fueron veinticuatro mil.
El pacto de paz concedido a Finees
25:10 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
25:11 «Finees hijo de Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, ha apartado mi furor de los hijos de Israel, al mostrar mi mismo celo en medio de ellos, y no consumí a los hijos de Israel en mi celo.
25:12 Por eso di: “Yo le concedo mi pacto de paz,
25:13 y será para él y para su descendencia después de él un pacto de sacerdocio perpetuo, porque tuvo celo por su Dios e hizo expiación por los hijos de Israel”».
25:14 El hombre de Israel muerto, el que fue herido junto con la madianita, se llamaba Zimri hijo de Salu, jefe de una casa paterna de los simeonitas.
25:15 La mujer madianita muerta se llamaba Cozbi hija de Zur; él era jefe de clanes, de una casa paterna en Madián.
La orden de enfrentar la hostilidad de Madián
25:16 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
25:17 «Hostiguen a los madianitas y hiéranlos,
25:18 porque ellos los hostigan con sus artimañas, las que han tramado contra ustedes en el asunto de Peor y en el asunto de Cozbi, hija de un jefe de Madián, su hermana, que fue muerta el día de la plaga por el asunto de Peor».

Capítulo 26
El nuevo censo antes de recibir la tierra
26:1 Después de la plaga, el SEÑOR habló a Moisés y a Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, y les dijo:
26:2 «Hagan el censo de toda la comunidad de los hijos de Israel, de veinte años en adelante, por sus casas paternas, todos los aptos para la guerra en Israel».
26:3 Moisés y el sacerdote Eleazar hablaron con ellos en las llanuras de Moab, junto al Jordán, frente a Jericó, y dijeron:
26:4 «Cuenten a los de veinte años en adelante», tal como el SEÑOR había mandado a Moisés y a los hijos de Israel que habían salido de la tierra de Egipto.
Las familias de Rubén y la memoria de la rebelión
26:5 Rubén era el primogénito de Israel. Los hijos de Rubén: de Enoc, el clan de los enoquitas; de Falú, el clan de los faluitas;
26:6 de Hezrón, el clan de los hezronitas; de Carmi, el clan de los carmitas.
26:7 Estos son los clanes de los rubenitas, y sus registrados fueron cuarenta y tres mil setecientos treinta.
26:8 Los hijos de Falú: Eliab.
26:9 Los hijos de Eliab: Nemuel, Datán y Abiram. Estos son Datán y Abiram, los convocados de la comunidad que se rebelaron contra Moisés y Aarón en la comunidad de Coré, cuando se rebelaron contra el SEÑOR.
26:10 La tierra abrió su boca y los tragó a ellos y a Coré, cuando murió la comunidad, cuando el fuego consumió a los doscientos cincuenta hombres; sirvieron de señal.
26:11 Pero los hijos de Coré no murieron.
Las familias de Simeón
26:12 Los hijos de Simeón, por sus clanes: de Nemuel, el clan de los nemuelitas; de Jamín, el clan de los jaminitas; de Jaquín, el clan de los jaquinitas;
26:13 de Zera, el clan de los zeraítas; de Saúl, el clan de los saulitas.
26:14 Estos son los clanes de los simeonitas: veintidós mil doscientos.
Las familias de Gad
26:15 Los hijos de Gad, por sus clanes: de Zefón, el clan de los zefonitas; de Hagui, el clan de los haguitas; de Suni, el clan de los sunitas;
26:16 de Ozni, el clan de los oznitas; de Eri, el clan de los eritas;
26:17 de Arod, el clan de los aroditas; de Areli, el clan de los arelitas.
26:18 Estos son los clanes de los hijos de Gad, según sus registrados: cuarenta mil quinientos.
Las familias de Judá
26:19 Los hijos de Judá: Er y Onán; Er y Onán murieron en la tierra de Canaán.
26:20 Los hijos de Judá, por sus clanes: de Sela, el clan de los selaítas; de Fares, el clan de los faresitas; de Zera, el clan de los zeraítas.
26:21 Los hijos de Fares: de Hezrón, el clan de los hezronitas; de Hamul, el clan de los hamulitas.
26:22 Estos son los clanes de Judá, según sus registrados: setenta y seis mil quinientos.
Las familias de Isacar
26:23 Los hijos de Isacar, por sus clanes: de Tola, el clan de los tolaítas; de Puvá, el clan de los funitas;
26:24 de Jasub, el clan de los jasubitas; de Simrón, el clan de los simronitas.
26:25 Estos son los clanes de Isacar, según sus registrados: sesenta y cuatro mil trescientos.
Las familias de Zabulón
26:26 Los hijos de Zabulón, por sus clanes: de Sered, el clan de los sereditas; de Elón, el clan de los elonitas; de Jahleel, el clan de los jahleelitas.
26:27 Estos son los clanes de los zabulonitas, según sus registrados: sesenta mil quinientos.
José y las familias de Manasés
26:28 Los hijos de José, por sus clanes: Manasés y Efraín.
26:29 Los hijos de Manasés: de Maquir, el clan de los maquiritas. Maquir engendró a Galaad; de Galaad, el clan de los galaaditas.
26:30 Estos son los hijos de Galaad: Jezer, el clan de los jezeritas; de Helec, el clan de los helequitas;
26:31 de Asriel, el clan de los asrielitas; de Siquem, el clan de los siquemitas;
26:32 de Semida, el clan de los semidaítas; de Hefer, el clan de los heferitas.
26:33 Zelofehad hijo de Hefer no tuvo hijos varones, sino hijas. Los nombres de las hijas de Zelofehad eran Maala, Noa, Hogla, Milca y Tirsa.
26:34 Estos son los clanes de Manasés, y sus registrados fueron cincuenta y dos mil setecientos.
Las familias de Efraín
26:35 Estos son los hijos de Efraín, por sus clanes: de Sutela, el clan de los sutelaítas; de Bequer, el clan de los bequeritas; de Tahán, el clan de los tahanitas.
26:36 Estos son los hijos de Sutela: de Erán, el clan de los eranitas.
26:37 Estos son los clanes de los hijos de Efraín, según sus registrados: treinta y dos mil quinientos. Estos son los hijos de José, por sus clanes.
Las familias de Benjamín
26:38 Los hijos de Benjamín, por sus clanes: de Bela, el clan de los belaítas; de Asbel, el clan de los asbelitas; de Ahiram, el clan de los ahiramitas;
26:39 de Sefufam, el clan de los sufamitas; de Hufam, el clan de los hufamitas.
26:40 Los hijos de Bela fueron Ard y Naamán: el clan de los arditas; de Naamán, el clan de los naamitas.
26:41 Estos son los hijos de Benjamín, por sus clanes, y sus registrados fueron cuarenta y cinco mil seiscientos.
Las familias de Dan
26:42 Estos son los hijos de Dan, por sus clanes: de Súham, el clan de los suhamitas. Estos son los clanes de Dan, por sus clanes.
26:43 Todos los clanes de los suhamitas, según sus registrados: sesenta y cuatro mil cuatrocientos.
Las familias de Aser
26:44 Los hijos de Aser, por sus clanes: de Imna, el clan de los imnitas; de Isúi, el clan de los isuitas; de Bería, el clan de los beriaítas.
26:45 De los hijos de Bería: de Heber, el clan de los heberitas; de Malquiel, el clan de los malquielitas.
26:46 El nombre de la hija de Aser era Sera.
26:47 Estos son los clanes de los hijos de Aser, según sus registrados: cincuenta y tres mil cuatrocientos.
Las familias de Neftalí
26:48 Los hijos de Neftalí, por sus clanes: de Jahzeel, el clan de los jahzeelitas; de Guni, el clan de los gunitas;
26:49 de Jezer, el clan de los jezeritas; de Silem, el clan de los silemitas.
26:50 Estos son los clanes de Neftalí, por sus clanes, y sus registrados fueron cuarenta y cinco mil cuatrocientos.
26:51 Estos son los registrados de los hijos de Israel: seiscientos un mil setecientos treinta.
La población y el sorteo en el reparto de la tierra
26:52 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
26:53 «A estos se les repartirá la tierra como heredad, según el número de nombres.
26:54 Al numeroso le darás una heredad mayor y al poco numeroso una heredad menor; a cada uno se le dará su heredad conforme a sus registrados.
26:55 Pero la tierra se repartirá por sorteo; heredarán conforme a los nombres de las tribus de sus padres.
26:56 Su heredad se repartirá según el sorteo, entre el numeroso y el poco numeroso».
Los levitas y la casa sacerdotal
26:57 Estos son los registrados de los levitas, por sus clanes: de Gersón, el clan de los gersonitas; de Coat, el clan de los coatitas; de Merari, el clan de los meraritas.
26:58 Estos son los clanes de Leví: el clan de los libnitas, el clan de los hebronitas, el clan de los mahlitas, el clan de los musitas y el clan de los coreítas. Coat engendró a Amram.
26:59 La esposa de Amram se llamaba Jocabed, hija de Leví, que le nació a Leví en Egipto; con Amram dio a luz a Aarón, a Moisés y a María, hermana de ellos.
26:60 A Aarón le nacieron Nadab, Abiú, Eleazar e Itamar.
26:61 Nadab y Abiú murieron al presentar fuego no autorizado delante del SEÑOR.
26:62 Sus registrados fueron veintitrés mil, todos varones de un mes en adelante. No fueron registrados entre los hijos de Israel, porque no se les dio heredad entre los hijos de Israel.
Una generación nueva y dos excepciones
26:63 Estos son los registrados por Moisés y el sacerdote Eleazar, quienes registraron a los hijos de Israel en las llanuras de Moab, junto al Jordán, frente a Jericó.
26:64 Entre estos no había ningún hombre de los registrados por Moisés y el sacerdote Aarón, quienes habían registrado a los hijos de Israel en el desierto de Sinaí.
26:65 El SEÑOR les había dicho: «Sin falta morirán en el desierto». No quedó de ellos ningún hombre, excepto Caleb hijo de Jefone y Josué hijo de Nun.

Capítulo 27
El derecho de las hijas de Zelofehad a la herencia
27:1 Se acercaron las hijas de Zelofehad hijo de Hefer, hijo de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés, de los clanes de Manasés hijo de José. Estos eran los nombres de sus hijas: Maala, Noa, Hogla, Milca y Tirsa.
27:2 Se presentaron delante de Moisés, delante del sacerdote Eleazar, delante de los jefes y de toda la comunidad, a la entrada de la tienda de reunión, y dijeron:
27:3 «Nuestro padre murió en el desierto. Él no estuvo entre la comunidad que se reunió contra el SEÑOR, en la comunidad de Coré, sino que murió por su propio pecado y no tuvo hijos varones.
27:4 ¿Por qué será quitado el nombre de nuestro padre de en medio de su clan porque no tuvo hijo? Danos una posesión entre los hermanos de nuestro padre».
27:5 Moisés presentó su causa delante del SEÑOR.
27:6 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
27:7 «Las hijas de Zelofehad hablan con razón. Sin falta les darás una posesión como heredad entre los hermanos de su padre y traspasarás a ellas la heredad de su padre.
27:8 Hablarás a los hijos de Israel y les dirás: “Si un hombre muere y no tiene hijo, traspasarán su heredad a su hija.
27:9 Si no tiene hija, darán su heredad a sus hermanos.
27:10 Si no tiene hermanos, darán su heredad a los hermanos de su padre.
27:11 Si su padre no tiene hermanos, darán su heredad al pariente más cercano de su clan, y él la heredará”. Será para los hijos de Israel un estatuto de derecho, tal como el SEÑOR mandó a Moisés».
La partida anunciada de Moisés y la necesidad de un pastor
27:12 El SEÑOR le dijo a Moisés: «Sube a este monte de Abarim y mira la tierra que he dado a los hijos de Israel.
27:13 La verás y también tú serás reunido con tu pueblo, como fue reunido Aarón tu hermano,
27:14 porque se rebelaron contra mi mandato en el desierto de Zin, cuando la comunidad discutió, en vez de mostrar mi santidad en el agua ante sus ojos». Estas son las aguas de Meriba-cades, en el desierto de Zin.
27:15 Moisés habló al SEÑOR y le dijo:
27:16 «Que el SEÑOR, Dios de los espíritus de toda carne, ponga un hombre al frente de la comunidad,
27:17 que salga delante de ellos y entre delante de ellos, que los haga salir y los haga entrar, para que la comunidad del SEÑOR no sea como ovejas que no tienen pastor».
Josué recibe públicamente el encargo de conducir al pueblo
27:18 El SEÑOR le dijo a Moisés: «Toma a Josué hijo de Nun, un hombre en quien hay espíritu, y apoyarás tu mano sobre él.
27:19 Lo presentarás delante del sacerdote Eleazar y delante de toda la comunidad, y le darás el cargo ante sus ojos.
27:20 Pondrás sobre él parte de tu dignidad, para que toda la comunidad de los hijos de Israel le obedezca.
27:21 Él se pondrá delante del sacerdote Eleazar, quien consultará por él mediante el juicio del Urim delante del SEÑOR. A su mandato saldrán y a su mandato entrarán, él y todos los hijos de Israel con él, y toda la comunidad».
27:22 Moisés hizo tal como el SEÑOR le había mandado; tomó a Josué y lo presentó delante del sacerdote Eleazar y delante de toda la comunidad.
27:23 Apoyó sus manos sobre él y le dio el cargo, tal como el SEÑOR había hablado por medio de Moisés.

Capítulo 28
Las ofrendas de cada día
Texto relacionado: Éxodo 29:38–46.
28:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
28:2 «Ordena a los hijos de Israel y diles: Cuiden de presentarme a su tiempo señalado mi ofrenda, mi alimento para mis ofrendas quemadas, de aroma agradable para mí.
28:3 Y les dirás: Esta es la ofrenda quemada que presentarán al SEÑOR: dos corderos de un año, sin defecto, cada día, como holocausto continuo.
28:4 Ofrecerás un cordero por la mañana y el segundo cordero al atardecer,
28:5 con una ofrenda de cereal de unos dos litros de harina fina mezclada con aproximadamente un litro de aceite de olivas machacadas.
28:6 Es el holocausto continuo, instituido en el monte Sinaí como aroma agradable, ofrenda quemada al SEÑOR.
28:7 Su libación será de aproximadamente un litro por cada cordero; en el lugar santo derramarás una libación de bebida fermentada al SEÑOR.
28:8 Ofrecerás el segundo cordero al atardecer; lo ofrecerás con la misma ofrenda de cereal de la mañana y con su libación, como ofrenda quemada de aroma agradable al SEÑOR.
Las ofrendas de cada sábado
28:9 El día de reposo, dos corderos de un año, sin defecto, y una ofrenda de cereal de unos cuatro litros de harina fina mezclada con aceite, con su libación.
28:10 Es el holocausto de cada día de reposo, además del holocausto continuo y su libación.
Las ofrendas al comenzar el mes
28:11 Al comienzo de sus meses presentarán un holocausto al SEÑOR: dos novillos, un carnero y siete corderos de un año, sin defecto,
28:12 y una ofrenda de cereal de unos seis litros de harina fina mezclada con aceite por cada novillo, y una ofrenda de cereal de unos cuatro litros de harina fina mezclada con aceite por cada carnero,
28:13 y una ofrenda de cereal de unos dos litros de harina fina mezclada con aceite por cada cordero; un holocausto de aroma agradable, ofrenda quemada al SEÑOR.
28:14 Sus libaciones de vino serán de unos dos litros por novillo, un litro y tercio aproximadamente por carnero y alrededor de un litro por cordero. Es el holocausto de cada mes, por todos los meses del año.
28:15 Se ofrecerá un macho cabrío como ofrenda por el pecado al SEÑOR, además del holocausto continuo y su libación.
La Pascua y los panes sin levadura
Texto relacionado: Levítico 23:1–44.
28:16 El mes primero, el día catorce del mes, será la Pascua del SEÑOR.
28:17 El día quince de este mes habrá una fiesta; durante siete días se comerán panes sin levadura.
28:18 El primer día habrá santa convocación; no harán ningún trabajo habitual.
28:19 Presentarán una ofrenda quemada, un holocausto al SEÑOR: dos novillos, un carnero y siete corderos de un año; serán sin defecto.
28:20 Su ofrenda de cereal será de harina fina mezclada con aceite; ofrecerán unos seis litros por novillo y unos cuatro litros por carnero.
28:21 Ofrecerás unos dos litros por cada cordero, por cada uno de los siete corderos,
28:22 y un macho cabrío como ofrenda por el pecado, para hacer expiación por ustedes.
28:23 Ofrecerán estas cosas además del holocausto de la mañana, que es parte del holocausto continuo.
28:24 Así ofrecerán cada día, durante siete días, alimento como ofrenda quemada de aroma agradable al SEÑOR. Se ofrecerá además del holocausto continuo y su libación.
28:25 El séptimo día tendrán santa convocación; no harán ningún trabajo habitual.
Las primicias en la Fiesta de las Semanas
28:26 El día de las primicias, cuando presenten una ofrenda nueva de cereal al SEÑOR en su Fiesta de las Semanas, tendrán santa convocación; no harán ningún trabajo habitual.
28:27 Presentarán un holocausto de aroma agradable al SEÑOR: dos novillos, un carnero y siete corderos de un año,
28:28 y su ofrenda de cereal, harina fina mezclada con aceite, unos seis litros por cada novillo y unos cuatro litros por cada carnero,
28:29 unos dos litros por cada cordero, por cada uno de los siete corderos,
28:30 y un macho cabrío para hacer expiación por ustedes.
28:31 Los ofrecerán además del holocausto continuo y su ofrenda de cereal; serán sin defecto, con sus libaciones».

Capítulo 29
La jornada de Trompetas
29:1 «El mes séptimo, el primer día del mes, tendrán santa convocación; no harán ningún trabajo habitual. Será para ustedes día de toque de trompetas.
29:2 Ofrecerán un holocausto de aroma agradable al SEÑOR: un novillo, un carnero y siete corderos de un año, sin defecto,
29:3 y su ofrenda de cereal, harina fina mezclada con aceite, unos seis litros por novillo y unos cuatro litros por carnero,
29:4 y unos dos litros por cada cordero, por cada uno de los siete corderos,
29:5 y un macho cabrío como ofrenda por el pecado, para hacer expiación por ustedes.
29:6 Será además del holocausto del mes y su ofrenda de cereal, y del holocausto continuo y su ofrenda de cereal, con sus libaciones conforme a su norma, como aroma agradable, ofrenda quemada al SEÑOR.
El día de la Expiación
29:7 El día diez de este mes séptimo tendrán santa convocación y se humillarán; no harán ningún trabajo.
29:8 Presentarán un holocausto al SEÑOR, de aroma agradable: un novillo, un carnero y siete corderos de un año; serán sin defecto.
29:9 Su ofrenda de cereal será de harina fina mezclada con aceite, unos seis litros por novillo y unos cuatro litros por cada carnero,
29:10 unos dos litros por cada cordero, por cada uno de los siete corderos,
29:11 y un macho cabrío como ofrenda por el pecado, además de la ofrenda por el pecado de las expiaciones, del holocausto continuo y su ofrenda de cereal, con sus libaciones.
Las ofrendas de la fiesta de las Enramadas
29:12 El día quince del mes séptimo tendrán santa convocación; no harán ningún trabajo habitual, y celebrarán una fiesta al SEÑOR durante siete días.
29:13 Presentarán un holocausto, ofrenda quemada de aroma agradable al SEÑOR: trece novillos, dos carneros y catorce corderos de un año; serán sin defecto.
29:14 Su ofrenda de cereal será de harina fina mezclada con aceite, unos seis litros por cada uno de los trece novillos y unos cuatro litros por cada uno de los dos carneros,
29:15 y unos dos litros por cada cordero, por cada uno de los catorce corderos,
29:16 y un macho cabrío como ofrenda por el pecado, además del holocausto continuo, su ofrenda de cereal y su libación.
29:17 El segundo día, doce novillos, dos carneros y catorce corderos de un año, sin defecto,
29:18 con su ofrenda de cereal y sus libaciones por los novillos, los carneros y los corderos, según su número, conforme a la norma,
29:19 y un macho cabrío como ofrenda por el pecado, además del holocausto continuo y su ofrenda de cereal, con sus libaciones.
29:20 El tercer día, once novillos, dos carneros y catorce corderos de un año, sin defecto,
29:21 con su ofrenda de cereal y sus libaciones por los novillos, los carneros y los corderos, según su número, conforme a la norma,
29:22 y un macho cabrío como ofrenda por el pecado, además del holocausto continuo y su ofrenda de cereal, con su libación.
29:23 El cuarto día, diez novillos, dos carneros y catorce corderos de un año, sin defecto,
29:24 su ofrenda de cereal y sus libaciones por los novillos, los carneros y los corderos, según su número, conforme a la norma,
29:25 y un macho cabrío como ofrenda por el pecado, además del holocausto continuo, su ofrenda de cereal y su libación.
29:26 El quinto día, nueve novillos, dos carneros y catorce corderos de un año, sin defecto,
29:27 con su ofrenda de cereal y sus libaciones por los novillos, los carneros y los corderos, según su número, conforme a la norma,
29:28 y un macho cabrío como ofrenda por el pecado, además del holocausto continuo y su ofrenda de cereal, con su libación.
29:29 El sexto día, ocho novillos, dos carneros y catorce corderos de un año, sin defecto,
29:30 con su ofrenda de cereal y sus libaciones por los novillos, los carneros y los corderos, según su número, conforme a la norma,
29:31 y un macho cabrío como ofrenda por el pecado, además del holocausto continuo, su ofrenda de cereal y sus libaciones.
29:32 El séptimo día, siete novillos, dos carneros y catorce corderos de un año, sin defecto,
29:33 con su ofrenda de cereal y sus libaciones por los novillos, los carneros y los corderos, según su número, conforme a su norma,
29:34 y un macho cabrío como ofrenda por el pecado, además del holocausto continuo, su ofrenda de cereal y su libación.
La asamblea del octavo día
29:35 El octavo día tendrán asamblea solemne; no harán ningún trabajo habitual.
29:36 Presentarán un holocausto, ofrenda quemada de aroma agradable al SEÑOR: un novillo, un carnero y siete corderos de un año, sin defecto,
29:37 su ofrenda de cereal y sus libaciones por el novillo, el carnero y los corderos, según su número, conforme a la norma,
29:38 y un macho cabrío como ofrenda por el pecado, además del holocausto continuo y su ofrenda de cereal, con su libación.
29:39 Estas cosas ofrecerán al SEÑOR en sus fiestas señaladas, además de sus votos y sus ofrendas voluntarias, para sus holocaustos, sus ofrendas de cereal, sus libaciones y sus ofrendas de paz».
29:40 Moisés habló a los hijos de Israel conforme a todo lo que el SEÑOR había mandado a Moisés.

Capítulo 30
Cuándo obligan los votos y las promesas
30:1 Moisés habló a los jefes de las tribus de los hijos de Israel y les dijo: «Esto es lo que el SEÑOR ha mandado:
30:2 Si un hombre hace un voto al SEÑOR o presta un juramento para imponerse una obligación, no profanará su palabra; hará conforme a todo lo que salga de su boca.
30:3 Si una mujer hace un voto al SEÑOR y se impone una obligación en casa de su padre, durante su juventud,
30:4 y su padre oye su voto y la obligación con que se ha obligado a sí misma, y su padre guarda silencio al respecto, todos sus votos quedarán firmes, y toda obligación con que se haya obligado a sí misma quedará firme.
30:5 Pero si su padre se lo prohíbe el día que lo oye, no quedará firme ninguno de sus votos ni ninguna obligación con que se haya obligado a sí misma. El SEÑOR la perdonará, porque su padre se lo ha prohibido.
30:6 Si llega a casarse con un hombre y están sobre ella sus votos o alguna expresión precipitada de sus labios con la que se haya obligado a sí misma,
30:7 y su marido lo oye y guarda silencio al respecto el día que lo oye, sus votos quedarán firmes, y la obligación con que se haya obligado a sí misma quedará firme.
30:8 Pero si su marido se lo prohíbe el día que lo oye, anulará el voto que la compromete y la expresión precipitada de sus labios con la que se haya obligado a sí misma; el SEÑOR la perdonará.
30:9 El voto de una viuda o de una divorciada, toda obligación con que se haya obligado a sí misma, seguirá firme para ella.
30:10 Si hace un voto en casa de su marido o se impone una obligación por medio de un juramento,
30:11 y su marido lo oye, guarda silencio al respecto y no se lo prohíbe, todos sus votos quedarán firmes, y toda obligación con que se haya obligado a sí misma quedará firme.
30:12 Pero si su marido efectivamente los anula el día que los oye, nada de lo que haya salido de sus labios acerca de sus votos y de la obligación que se impuso quedará firme. Su marido los ha anulado, y el SEÑOR la perdonará.
30:13 Todo voto y todo juramento por el que se comprometa a humillarse, su marido podrá confirmarlo y su marido podrá anularlo.
30:14 Pero si su marido permanece en silencio al respecto, de día en día, habrá confirmado todos sus votos o todas las obligaciones que están sobre ella. Los habrá confirmado porque guardó silencio al respecto el día que lo oyó.
30:15 Si efectivamente los anula después de haberlos oído, él cargará con la culpa de ella».
30:16 Estos son los estatutos que el SEÑOR mandó a Moisés entre un hombre y su mujer, entre un padre y su hija durante su juventud, en casa de su padre.

Capítulo 31
La campaña contra Madián
31:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
31:2 «Ejecuta la venganza de los hijos de Israel contra los madianitas; después serás reunido con tu pueblo».
31:3 Moisés habló al pueblo y dijo: «Que algunos hombres de entre ustedes se armen para la guerra y marchen contra Madián, para ejecutar la venganza del SEÑOR contra Madián.
31:4 Enviarán a la guerra mil de cada tribu, mil de cada tribu, de todas las tribus de Israel».
31:5 Así fueron escogidos de entre los millares de Israel mil de cada tribu: doce mil hombres armados para la guerra.
31:6 Moisés los envió a la guerra, mil de cada tribu; los envió a ellos y a Finees, hijo del sacerdote Eleazar, con los objetos sagrados y las trompetas para dar la señal en su mano.
31:7 Pelearon contra Madián, como el SEÑOR había mandado a Moisés, y mataron a todo varón.
31:8 Mataron también a los reyes de Madián junto con los demás caídos: Evi, Requem, Zur, Hur y Reba, los cinco reyes de Madián. También mataron a espada a Balaam, hijo de Beor.
31:9 Los hijos de Israel llevaron cautivos a las mujeres de Madián y a sus niños, y saquearon todos sus animales, todo su ganado y todos sus bienes.
31:10 Quemaron todas las ciudades donde habitaban y todos sus campamentos.
31:11 Tomaron todos los despojos y todo el botín, tanto de personas como de animales.
31:12 Llevaron los cautivos, el botín y los despojos a Moisés, al sacerdote Eleazar y a la comunidad de los hijos de Israel, al campamento en las llanuras de Moab, junto al Jordán, frente a Jericó.
31:13 Moisés, el sacerdote Eleazar y todos los jefes de la comunidad salieron a recibirlos fuera del campamento.
31:14 Moisés se enojó con los oficiales del ejército, los jefes de millares y los jefes de centenas, que volvían de la campaña militar.
31:15 Moisés les dijo: «¿Han dejado con vida a todas las mujeres?
31:16 Precisamente ellas, por consejo de Balaam, hicieron que los hijos de Israel fueran infieles al SEÑOR en el asunto de Peor, por lo que hubo una plaga en la comunidad del SEÑOR.
31:17 Ahora, pues, maten a todos los niños varones; maten también a toda mujer que haya tenido relaciones sexuales con un hombre.
31:18 Pero conserven con vida para ustedes a todas las niñas que no hayan tenido relaciones sexuales con un varón.
Purificación antes de volver al campamento
31:19 Ustedes permanecerán fuera del campamento siete días. Todos los que hayan matado a alguien y todos los que hayan tocado a un muerto se purificarán el tercer día y el séptimo día, ustedes y sus cautivos.
31:20 Purificarán también toda prenda de vestir, todo objeto de cuero, todo lo hecho de pelo de cabra y todo objeto de madera».
31:21 El sacerdote Eleazar dijo a los hombres del ejército que habían ido a la batalla: «Este es el estatuto de la ley que el SEÑOR ha mandado a Moisés:
31:22 En cuanto al oro, la plata, el cobre, el hierro, el estaño y el plomo,
31:23 todo lo que resista el fuego lo harán pasar por el fuego, y quedará puro; sin embargo, deberá purificarse también con el agua de purificación. Todo lo que no resista el fuego lo harán pasar por el agua.
31:24 El séptimo día lavarán su ropa y quedarán puros; después podrán entrar en el campamento».
El recuento y reparto del botín
31:25 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
31:26 «Haz tú el recuento del botín capturado, de personas y de animales, junto con el sacerdote Eleazar y los jefes de las casas paternas de la comunidad.
31:27 Dividirás el botín en dos mitades, entre los combatientes que salieron a la guerra y toda la comunidad.
31:28 Apartarás para el SEÑOR un tributo de los hombres de guerra que salieron a la batalla: uno de cada quinientos seres vivos, tanto de las personas como del ganado vacuno, de los burros y de las ovejas y cabras.
31:29 De su mitad lo tomarán, y se lo darás al sacerdote Eleazar como ofrenda elevada del SEÑOR.
31:30 De la mitad de los hijos de Israel tomarás uno de cada cincuenta, de las personas, del ganado vacuno, de los burros, de las ovejas y cabras, de todos los animales; se los darás a los levitas, que tienen a su cargo el cuidado del tabernáculo del SEÑOR».
31:31 Moisés y el sacerdote Eleazar hicieron como el SEÑOR había mandado a Moisés.
31:32 El botín, lo que quedaba de lo saqueado por los hombres del ejército, fue de seiscientas setenta y cinco mil ovejas y cabras,
31:33 setenta y dos mil cabezas de ganado vacuno
31:34 y sesenta y un mil burros.
31:35 En cuanto a las personas, las mujeres que no habían tenido relaciones sexuales con un varón fueron, en total, treinta y dos mil.
31:36 La mitad, la parte de los que habían salido a la guerra, fue de trescientas treinta y siete mil quinientas ovejas y cabras;
31:37 el tributo para el SEÑOR de las ovejas y cabras fue de seiscientas setenta y cinco.
31:38 El ganado vacuno fue de treinta y seis mil cabezas, y su tributo para el SEÑOR, setenta y dos.
31:39 Los burros fueron treinta mil quinientos, y su tributo para el SEÑOR, sesenta y uno.
31:40 Las personas fueron dieciséis mil, y su tributo para el SEÑOR, treinta y dos personas.
31:41 Moisés dio el tributo, la ofrenda elevada del SEÑOR, al sacerdote Eleazar, como el SEÑOR había mandado a Moisés.
31:42 En cuanto a la mitad de los hijos de Israel, que Moisés había separado de la parte de los hombres que fueron a la guerra,
31:43 la mitad de la comunidad fue de trescientas treinta y siete mil quinientas ovejas y cabras,
31:44 treinta y seis mil cabezas de ganado vacuno,
31:45 treinta mil quinientos burros
31:46 y dieciséis mil personas.
31:47 Moisés tomó de la mitad de los hijos de Israel uno de cada cincuenta, tanto de las personas como de los animales, y los dio a los levitas, que tenían a su cargo el cuidado del tabernáculo del SEÑOR, como el SEÑOR había mandado a Moisés.
El oro presentado por los oficiales
31:48 Los oficiales que estaban al frente de los millares del ejército, los jefes de millares y los jefes de centenas, se acercaron a Moisés
31:49 y dijeron a Moisés: «Tus siervos han hecho el recuento de los hombres de guerra que están bajo nuestras órdenes, y no falta ni un hombre de entre nosotros.
31:50 Por eso hemos traído una ofrenda al SEÑOR, lo que cada uno ha encontrado: objetos de oro, brazaletes, pulseras, anillos, pendientes y collares, para hacer expiación por nuestras vidas delante del SEÑOR».
31:51 Moisés y el sacerdote Eleazar recibieron de ellos el oro, todos aquellos objetos trabajados.
31:52 Todo el oro de la ofrenda elevada que presentaron al SEÑOR, procedente de los jefes de millares y de los jefes de centenas, pesaba aproximadamente ciento noventa kilos.
31:53 Los hombres del ejército habían tomado botín, cada uno para sí.
31:54 Moisés y el sacerdote Eleazar recibieron el oro de los jefes de millares y de centenas y lo llevaron a la tienda de reunión, como memorial de los hijos de Israel delante del SEÑOR.

Capítulo 32
Una herencia al oriente y un compromiso con sus hermanos
Texto relacionado: Deuteronomio 3:12–22.
32:1 Los hijos de Rubén y los hijos de Gad tenían ganado abundante, en enorme cantidad. Vieron la tierra de Jazer y la tierra de Galaad, y aquel lugar era apropiado para el ganado.
32:2 Los hijos de Gad y los hijos de Rubén vinieron y hablaron a Moisés, al sacerdote Eleazar y a los jefes de la comunidad. Dijeron:
32:3 «Atarot, Dibón, Jazer, Nimra, Hesbón, Eleale, Sebam, Nebo y Beón:
32:4 la tierra que el SEÑOR conquistó delante de la comunidad de Israel, es tierra para ganado, y tus siervos tienen ganado».
32:5 Y dijeron: «Si hemos hallado favor ante tus ojos, que se dé esta tierra a tus siervos como propiedad; no nos hagas cruzar el Jordán».
32:6 Moisés dijo a los hijos de Gad y a los hijos de Rubén: «¿Irán sus hermanos a la guerra mientras ustedes se quedan aquí?
32:7 ¿Por qué desaniman a los hijos de Israel para que no crucen a la tierra que el SEÑOR les ha dado?
32:8 Así hicieron sus padres cuando los envié desde Cades-barnea para que vieran la tierra.
32:9 Subieron hasta el valle de Escol, vieron la tierra y desanimaron a los hijos de Israel para que no entraran en la tierra que el SEÑOR les había dado.
32:10 La ira del SEÑOR se encendió aquel día y juró:
32:11 “Los hombres que subieron de Egipto, de veinte años en adelante, no verán la tierra que juré dar a Abraham, a Isaac y a Jacob, porque no me siguieron plenamente,
32:12 excepto Caleb, hijo de Jefone el cenezeo, y Josué, hijo de Nun, porque siguieron plenamente al SEÑOR”.
32:13 La ira del SEÑOR se encendió contra Israel, y los hizo vagar por el desierto cuarenta años, hasta que se acabó toda la generación que había hecho lo malo ante los ojos del SEÑOR.
32:14 Y ahora ustedes se han levantado en lugar de sus padres, descendencia de hombres pecadores, para aumentar todavía más el ardor de la ira del SEÑOR contra Israel.
32:15 Si dejan de seguirlo, él volverá a dejar al pueblo en el desierto, y ustedes destruirán a todo este pueblo».
Las tribus se comprometen a ayudar a sus hermanos
32:16 Ellos se acercaron a él y dijeron: «Construiremos aquí corrales para nuestro ganado y ciudades para nuestros niños.
32:17 Nosotros nos armaremos y avanzaremos con prontitud delante de los hijos de Israel, hasta llevarlos a su lugar. Nuestros niños permanecerán en las ciudades fortificadas, a causa de los habitantes de la tierra.
32:18 No volveremos a nuestras casas hasta que cada uno de los hijos de Israel haya recibido su herencia.
32:19 Pues no recibiremos herencia con ellos al otro lado del Jordán ni más allá, porque nuestra herencia nos ha correspondido a este lado del Jordán, al oriente».
Las condiciones del acuerdo
32:20 Moisés les dijo: «Si hacen esto, si se arman para la guerra delante del SEÑOR
32:21 y todos sus hombres armados cruzan el Jordán delante del SEÑOR, hasta que él expulse a sus enemigos de su presencia,
32:22 y la tierra quede sometida delante del SEÑOR, después podrán volver. Quedarán libres de culpa ante el SEÑOR y ante Israel, y esta tierra será propiedad de ustedes delante del SEÑOR.
32:23 Pero si no lo hacen así, habrán pecado contra el SEÑOR; sepan que su pecado los alcanzará.
32:24 Construyan ciudades para sus niños y corrales para sus rebaños, y cumplan lo que ha salido de su boca».
32:25 Los hijos de Gad y los hijos de Rubén hablaron a Moisés y dijeron: «Tus siervos harán como mi señor manda.
32:26 Nuestros niños, nuestras mujeres, nuestro ganado y todos nuestros animales quedarán allí, en las ciudades de Galaad.
32:27 Pero tus siervos, todos armados para la guerra, cruzarán delante del SEÑOR a la batalla, como mi señor dice».
El acuerdo se comunica a los futuros responsables
32:28 Moisés dio instrucciones acerca de ellos al sacerdote Eleazar, a Josué, hijo de Nun, y a los jefes de las casas paternas de las tribus de los hijos de Israel.
32:29 Moisés les dijo: «Si los hijos de Gad y los hijos de Rubén cruzan con ustedes el Jordán, todos armados para la guerra delante del SEÑOR, y la tierra queda sometida delante de ustedes, les darán la tierra de Galaad como propiedad.
32:30 Pero si no cruzan armados con ustedes, tendrán su propiedad entre ustedes en la tierra de Canaán».
32:31 Los hijos de Gad y los hijos de Rubén respondieron: «Lo que el SEÑOR ha dicho a tus siervos, eso haremos.
32:32 Nosotros cruzaremos armados delante del SEÑOR a la tierra de Canaán, y quedará en nuestro poder la propiedad de nuestra herencia a este lado del Jordán».
Territorios y ciudades de las tribus orientales
32:33 Moisés dio a los hijos de Gad, a los hijos de Rubén y a la media tribu de Manasés, hijo de José, el reino de Sehón, rey de los amorreos, y el reino de Og, rey de Basán: la tierra con sus ciudades y sus territorios, las ciudades del país circundante.
32:34 Los hijos de Gad edificaron Dibón, Atarot y Aroer,
32:35 Atarot-sofán, Jazer y Jogbeha,
32:36 Bet-nimra y Bet-arán, ciudades fortificadas, y corrales para los rebaños.
32:37 Los hijos de Rubén edificaron Hesbón, Eleale y Quiriataim,
32:38 Nebo y Baal-meón, a las que se les cambiaron los nombres, y Sibma. Pusieron nombres a las ciudades que edificaron.
32:39 Los hijos de Maquir, hijo de Manasés, fueron a Galaad y la conquistaron; expulsaron a los amorreos que había en ella.
32:40 Moisés dio Galaad a Maquir, hijo de Manasés, que habitó en ella.
32:41 Jair, hijo de Manasés, fue y conquistó sus aldeas, y las llamó Havot-jair.
32:42 Noba fue y conquistó Kenat y sus aldeas, y la llamó Noba, conforme a su propio nombre.

Capítulo 33
El recorrido de Israel desde Egipto hasta Moab
33:1 Estas son las etapas de los hijos de Israel, que salieron de la tierra de Egipto por sus ejércitos, bajo la dirección de Moisés y Aarón.
33:2 Moisés anotó sus partidas según sus etapas, por mandato del SEÑOR. Estas son sus etapas según sus partidas.
33:3 Partieron de Ramesés el mes primero, el día quince del mes primero. Al día siguiente de la Pascua, los hijos de Israel salieron con la mano en alto, a la vista de todos los egipcios,
33:4 mientras los egipcios enterraban a todos los primogénitos que el SEÑOR había herido entre ellos. También contra sus dioses el SEÑOR había ejecutado juicios.
33:5 Los hijos de Israel partieron de Ramesés y acamparon en Sucot.
33:6 Partieron de Sucot y acamparon en Etam, al borde del desierto.
33:7 Partieron de Etam y volvieron hacia Pi-hahirot, que está frente a Baal-zefón; acamparon delante de Migdol.
33:8 Partieron de delante de Hahirot y cruzaron por en medio del mar hacia el desierto. Caminaron tres días por el desierto de Etam y acamparon en Mara.
33:9 Partieron de Mara y llegaron a Elim. En Elim había doce fuentes de agua y setenta palmeras, y acamparon allí.
33:10 Partieron de Elim y acamparon junto al mar Rojo.
33:11 Partieron del mar Rojo y acamparon en el desierto de Sin.
33:12 Partieron del desierto de Sin y acamparon en Dofca.
33:13 Partieron de Dofca y acamparon en Alús.
33:14 Partieron de Alús y acamparon en Refidim, donde no había agua para que el pueblo bebiera.
33:15 Partieron de Refidim y acamparon en el desierto de Sinaí.
33:16 Partieron del desierto de Sinaí y acamparon en Kibrot-hataava.
33:17 Partieron de Kibrot-hataava y acamparon en Hazerot.
33:18 Partieron de Hazerot y acamparon en Ritma.
33:19 Partieron de Ritma y acamparon en Rimón-peres.
33:20 Partieron de Rimón-peres y acamparon en Libna.
33:21 Partieron de Libna y acamparon en Rissa.
33:22 Partieron de Rissa y acamparon en Ceelata.
33:23 Partieron de Ceelata y acamparon en el monte Sefer.
33:24 Partieron del monte Sefer y acamparon en Harada.
33:25 Partieron de Harada y acamparon en Macelot.
33:26 Partieron de Macelot y acamparon en Tahat.
33:27 Partieron de Tahat y acamparon en Tara.
33:28 Partieron de Tara y acamparon en Mitca.
33:29 Partieron de Mitca y acamparon en Hasmona.
33:30 Partieron de Hasmona y acamparon en Moserot.
33:31 Partieron de Moserot y acamparon en Bene-jaacán.
33:32 Partieron de Bene-jaacán y acamparon en Hor-haggidgad.
33:33 Partieron de Hor-haggidgad y acamparon en Jotbata.
33:34 Partieron de Jotbata y acamparon en Abrona.
33:35 Partieron de Abrona y acamparon en Ezión-geber.
33:36 Partieron de Ezión-geber y acamparon en el desierto de Zin, es decir, Cades.
33:37 Partieron de Cades y acamparon en el monte Hor, en el límite de la tierra de Edom.
33:38 El sacerdote Aarón subió al monte Hor por mandato del SEÑOR y murió allí, el año cuarenta desde que los hijos de Israel salieron de la tierra de Egipto, el mes quinto, el primer día del mes.
33:39 Aarón tenía ciento veintitrés años cuando murió en el monte Hor.
33:40 El cananeo, rey de Arad, que habitaba en el Neguev, en la tierra de Canaán, oyó de la llegada de los hijos de Israel.
33:41 Partieron del monte Hor y acamparon en Zalmona.
33:42 Partieron de Zalmona y acamparon en Punón.
33:43 Partieron de Punón y acamparon en Obot.
33:44 Partieron de Obot y acamparon en Ije-abarim, en el límite de Moab.
33:45 Partieron de Iim y acamparon en Dibón-gad.
33:46 Partieron de Dibón-gad y acamparon en Almón-diblataim.
33:47 Partieron de Almón-diblataim y acamparon en los montes de Abarim, frente a Nebo.
33:48 Partieron de los montes de Abarim y acamparon en las llanuras de Moab, junto al Jordán, frente a Jericó.
33:49 Acamparon junto al Jordán, desde Bet-jesimot hasta Abel-sitim, en las llanuras de Moab.
Responsabilidades al entrar en Canaán
33:50 El SEÑOR habló a Moisés en las llanuras de Moab, junto al Jordán, frente a Jericó, y le dijo:
33:51 «Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando crucen el Jordán hacia la tierra de Canaán,
33:52 expulsarán de delante de ustedes a todos los habitantes de la tierra. Destruirán todas sus imágenes talladas y destruirán todas sus imágenes fundidas; arrasarán todos sus lugares altos.
33:53 Tomarán posesión de la tierra y habitarán en ella, porque a ustedes les he dado la tierra para que la posean.
33:54 Repartirán la tierra por sorteo entre sus clanes. Al numeroso le darán una herencia mayor, y al pequeño le darán una herencia menor. Donde le caiga la suerte, allí tendrá su herencia. Recibirán su herencia según las tribus de sus padres.
33:55 Pero si no expulsan de delante de ustedes a los habitantes de la tierra, los que dejen serán aguijones en sus ojos y espinas en sus costados; los hostigarán en la tierra donde habiten.
33:56 Y lo que me proponía hacerles a ellos, se lo haré a ustedes».

Capítulo 34
Los límites de Canaán para el reparto de la herencia
34:1 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
34:2 «Ordena a los hijos de Israel y diles: Cuando entren en la tierra de Canaán, esta es la tierra que les corresponderá como herencia, la tierra de Canaán según sus límites:
34:3 su lado sur irá desde el desierto de Zin, junto a Edom; su límite sur comenzará en el extremo oriental del mar Salado.
34:4 El límite girará por el sur de la subida de Acrabim y pasará hacia Zin; llegará al sur de Cades-barnea, saldrá hacia Hazar-adar y pasará a Asmón.
34:5 El límite girará desde Asmón hacia el torrente de Egipto y terminará en el mar.
34:6 El límite occidental será para ustedes el mar Grande con su costa; este será su límite occidental.
34:7 Este será su límite norte: desde el mar Grande trazarán una línea hasta el monte Hor.
34:8 Desde el monte Hor trazarán una línea hasta la entrada de Hamat, y el límite llegará hasta Zedad.
34:9 El límite saldrá hacia Zifrón y terminará en Hazar-enán. Este será su límite norte.
34:10 Para su límite oriental trazarán una línea desde Hazar-enán hasta Sefam.
34:11 El límite descenderá de Sefam a Ribla, al oriente de Aín; el límite descenderá y llegará a la orilla oriental del mar de Cineret.
34:12 El límite descenderá hacia el Jordán y terminará en el mar Salado. Esta será su tierra, con sus límites alrededor».
Las tribus que recibirán su porción en Canaán
34:13 Moisés ordenó a los hijos de Israel: «Esta es la tierra que recibirán como herencia por sorteo, la que el SEÑOR mandó dar a las nueve tribus y a la media tribu.
34:14 Pues han recibido su parte la tribu de los hijos de Rubén según sus casas paternas y la tribu de los hijos de Gad según sus casas paternas; la media tribu de Manasés también ha recibido su herencia.
34:15 Las dos tribus y la media tribu recibieron su herencia al otro lado del Jordán, frente a Jericó, al oriente, hacia la salida del sol».
Los responsables de distribuir la tierra
34:16 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
34:17 «Estos son los nombres de los hombres que repartirán la tierra entre ustedes: el sacerdote Eleazar y Josué, hijo de Nun.
34:18 Tomarán un jefe, un jefe de cada tribu, para repartir la tierra.
34:19 Estos son los nombres de los hombres: de la tribu de Judá, Caleb, hijo de Jefone;
34:20 de la tribu de los hijos de Simeón, Semuel, hijo de Amiud;
34:21 de la tribu de Benjamín, Elidad, hijo de Quislón;
34:22 de la tribu de los hijos de Dan, el jefe Buqui, hijo de Jogli;
34:23 de los hijos de José, de la tribu de los hijos de Manasés, el jefe Haniel, hijo de Efod;
34:24 de la tribu de los hijos de Efraín, el jefe Kemuel, hijo de Siftán;
34:25 de la tribu de los hijos de Zabulón, el jefe Elizafán, hijo de Parnac;
34:26 de la tribu de los hijos de Isacar, el jefe Paltiel, hijo de Azán;
34:27 de la tribu de los hijos de Aser, el jefe Ahiud, hijo de Selomi;
34:28 de la tribu de los hijos de Neftalí, el jefe Pedael, hijo de Amiud.
34:29 Estos son aquellos a quienes el SEÑOR mandó que dieran herencia a los hijos de Israel en la tierra de Canaán».

Capítulo 35
Ciudades y terrenos para los levitas
35:1 El SEÑOR habló a Moisés en las llanuras de Moab, junto al Jordán, frente a Jericó, y le dijo:
35:2 «Ordena a los hijos de Israel que den a los levitas, de la propiedad de su herencia, ciudades donde vivir. Darán también a los levitas los pastizales que rodean las ciudades.
35:3 Las ciudades les servirán para vivir, y sus pastizales serán para sus animales, para sus rebaños y para todo su ganado.
35:4 Los pastizales de las ciudades que darán a los levitas se extenderán unos cuatrocientos sesenta metros desde la muralla de la ciudad hacia afuera, alrededor de ella.
35:5 Medirán fuera de la ciudad unos novecientos veinte metros por el lado oriental, unos novecientos veinte metros por el lado sur, unos novecientos veinte metros por el lado occidental y unos novecientos veinte metros por el lado norte, con la ciudad en medio. Estos serán para ellos los pastizales de las ciudades.
35:6 Entre las ciudades que darán a los levitas estarán las seis ciudades de refugio que destinarán para que el homicida huya allí; además de ellas darán cuarenta y dos ciudades.
35:7 Todas las ciudades que darán a los levitas serán cuarenta y ocho ciudades, con sus pastizales.
35:8 En cuanto a las ciudades que darán de la propiedad de los hijos de Israel, del que tenga mucho tomarán más, y del que tenga poco tomarán menos. Cada uno dará de sus ciudades a los levitas conforme a la herencia que reciba».
Ciudades de refugio
Texto relacionado: Deuteronomio 19:1–13.
35:9 El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:
35:10 «Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando crucen el Jordán hacia la tierra de Canaán,
35:11 designarán para ustedes ciudades; serán para ustedes ciudades de refugio, adonde huirá el homicida que mate a alguien sin intención.
35:12 Estas ciudades les servirán de refugio contra el vengador, y el homicida no morirá hasta que se presente ante la comunidad para ser juzgado.
35:13 De las ciudades que darán, seis ciudades serán para ustedes ciudades de refugio.
35:14 Destinarán tres ciudades a este lado del Jordán y tres ciudades en la tierra de Canaán; serán ciudades de refugio.
35:15 Estas seis ciudades serán de refugio para los hijos de Israel, para el extranjero y para el que resida entre ellos, adonde huya cualquiera que mate a una persona sin intención.
Cómo distinguir el asesinato de una muerte involuntaria
35:16 Si lo golpea con un objeto de hierro y este muere, es un homicida; sin falta se dará muerte al homicida.
35:17 Si lo golpea con una piedra que lleva en la mano y que puede causar la muerte, y este muere, es un homicida; sin falta se dará muerte al homicida.
35:18 O si lo golpea con un objeto de madera que lleva en la mano y que puede causar la muerte, y este muere, es un homicida; sin falta se dará muerte al homicida.
35:19 El vengador de la sangre será quien dé muerte al homicida; cuando lo encuentre, él le dará muerte.
35:20 Si lo empuja por odio o le arroja algo con premeditación y este muere,
35:21 o si por enemistad lo golpea con la mano y este muere, sin falta se dará muerte al que lo golpeó; es un homicida. El vengador de la sangre dará muerte al homicida cuando lo encuentre.
35:22 Pero si lo empuja de repente, sin enemistad, o le arroja cualquier objeto sin premeditación,
35:23 o si, sin verlo, deja caer sobre él cualquier piedra capaz de matarlo y le causa la muerte, sin ser su enemigo ni buscar su mal,
35:24 la comunidad juzgará entre el que causó la muerte y el vengador de la sangre conforme a estas normas.
La protección y sus condiciones
35:25 La comunidad librará al homicida de manos del vengador de la sangre, y la comunidad lo hará volver a la ciudad de refugio a la que había huido. Habitará en ella hasta la muerte del sumo sacerdote que fue ungido con el aceite santo.
35:26 Pero si el homicida llega a salir de los límites de la ciudad de refugio a la que huyó,
35:27 y el vengador de la sangre lo encuentra fuera de los límites de su ciudad de refugio, y el vengador de la sangre mata al homicida, no tendrá culpa de sangre.
35:28 Pues debe habitar en su ciudad de refugio hasta la muerte del sumo sacerdote; después de la muerte del sumo sacerdote, el homicida podrá volver a la tierra de su propiedad.
35:29 Estas disposiciones serán para ustedes un estatuto de justicia por sus generaciones, en todos los lugares donde habiten.
Testigos, rescate y respeto por la vida
35:30 Si alguien mata a una persona, se dará muerte al homicida por declaración de testigos; pero un solo testigo no declarará contra una persona para condenarla a muerte.
35:31 No aceptarán rescate por la vida de un homicida que es culpable y merece la muerte; sin falta se le dará muerte.
35:32 Tampoco aceptarán rescate para que el que ha huido a su ciudad de refugio vuelva a vivir en la tierra antes de la muerte del sacerdote.
35:33 No contaminarán la tierra en la que están, porque la sangre contamina la tierra; por la sangre derramada en ella no se puede hacer expiación por la tierra sino con la sangre de quien la derramó.
35:34 No harán impura la tierra donde habitan, en medio de la cual yo habito, porque yo, el SEÑOR, habito en medio de los hijos de Israel».

Capítulo 36
Las herederas y la conservación de la tierra familiar
36:1 Se acercaron los jefes de las casas paternas del clan de los hijos de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés, de los clanes de los hijos de José, y hablaron delante de Moisés y delante de los jefes, cabezas de las casas paternas de los hijos de Israel.
36:2 Dijeron: «El SEÑOR mandó a mi señor que diera la tierra como herencia por sorteo a los hijos de Israel; también mi señor recibió del SEÑOR el mandato de dar la herencia de nuestro hermano Zelofehad a sus hijas.
36:3 Si ellas se casan con algún hombre de las otras tribus de los hijos de Israel, su herencia se restará de la herencia de nuestros padres y se añadirá a la herencia de la tribu a la que se unan; así se restará de la porción de nuestra herencia.
36:4 Y si llega el Jubileo para los hijos de Israel, su herencia se añadirá a la herencia de la tribu a la que se hayan unido; de la herencia de la tribu de nuestros padres se restará su herencia».
36:5 Moisés ordenó a los hijos de Israel, por mandato del SEÑOR: «La tribu de los hijos de José habla con razón.
36:6 Esto es lo que el SEÑOR ha mandado a las hijas de Zelofehad: Pueden casarse con quien les parezca bien, pero se casarán solo dentro del clan de la tribu de su padre.
36:7 La herencia de los hijos de Israel no pasará de una tribu a otra, porque cada uno de los hijos de Israel permanecerá unido a la herencia de la tribu de sus padres.
36:8 Toda hija que reciba una herencia entre las tribus de los hijos de Israel se casará con un hombre del clan de la tribu de su padre, para que los hijos de Israel hereden cada uno la herencia de sus padres.
36:9 La herencia no pasará de una tribu a otra tribu, porque cada una de las tribus de los hijos de Israel permanecerá unida a su herencia».
36:10 Como el SEÑOR había mandado a Moisés, así hicieron las hijas de Zelofehad.
36:11 Maala, Tirsa, Hogla, Milca y Noa, hijas de Zelofehad, se casaron con los hijos de sus tíos paternos.
36:12 Se casaron entre los clanes de los hijos de Manasés, hijo de José, y su herencia quedó en la tribu del clan de su padre.
36:13 Estos son los mandamientos y las normas que el SEÑOR mandó a los hijos de Israel por medio de Moisés en las llanuras de Moab, junto al Jordán, frente a Jericó.

DEUTERONOMIO

Capítulo 1
Moisés prepara a Israel para entrar en la tierra
1:1 Estas son las palabras que Moisés habló a todo Israel al otro lado del Jordán, en el desierto, en el Arabá, frente a Suf, entre Parán y Tofel, Labán, Hazerot y Dizahab.
1:2 Hay once días de camino desde Horeb, por la ruta del monte Seir, hasta Cades-barnea.
1:3 El año cuarenta, el mes undécimo, el primer día del mes, Moisés habló a los hijos de Israel conforme a todo lo que el SEÑOR le había mandado comunicarles,
1:4 después de derrotar a Sehón, rey de los amorreos, que habitaba en Hesbón, y en Edrei a Og, rey de Basán, que habitaba en Astarot.
1:5 Al otro lado del Jordán, en la tierra de Moab, Moisés se dispuso a explicar esta ley y dijo:
La orden de partir de Horeb
1:6 «El SEÑOR nuestro Dios nos habló en Horeb y dijo: “Bastante tiempo han permanecido en este monte.
1:7 Vuélvanse, pónganse en marcha y vayan a la región montañosa de los amorreos y a todas sus regiones vecinas: al Arabá, a la montaña, a la Sefela, al Neguev y a la costa del mar; a la tierra de los cananeos y al Líbano, hasta el gran río, el río Éufrates.
1:8 Miren, he puesto la tierra delante de ustedes. Entren y tomen posesión de la tierra que el SEÑOR juró a sus padres, a Abraham, a Isaac y a Jacob, darles a ellos y a su descendencia después de ellos”.
Nombramiento de jueces
Texto relacionado: Éxodo 18:13–27.
1:9 En aquel tiempo les dije: “Yo solo no puedo cargar con ustedes.
1:10 El SEÑOR su Dios los ha multiplicado, y hoy son tan numerosos como las estrellas del cielo.
1:11 ¡Que el SEÑOR, Dios de sus padres, los haga mil veces más numerosos y los bendiga como les ha prometido!
1:12 ¿Cómo podré llevar yo solo sus problemas, sus cargas y sus pleitos?
1:13 Presenten hombres sabios, entendidos y reconocidos en sus tribus, y los pondré por jefes de ustedes”.
1:14 Ustedes me respondieron: “Es bueno hacer lo que has dicho”.
1:15 Tomé a los jefes de sus tribus, hombres sabios y reconocidos, y los puse por jefes sobre ustedes: jefes de millares, jefes de centenas, jefes de cincuenta, jefes de diez y oficiales para sus tribus.
1:16 En aquel tiempo ordené a sus jueces: “Escuchen las disputas entre sus hermanos y juzguen con justicia entre un hombre y su hermano y el extranjero que resida con él.
1:17 No harán distinción de personas en el juicio; oirán por igual al pequeño y al grande. No temerán a nadie, porque el juicio pertenece a Dios. El caso que les resulte demasiado difícil me lo traerán, y yo lo oiré”.
1:18 En aquel tiempo les ordené todo lo que debían hacer.
Misión de los doce espías
Texto relacionado: Números 13:1–33.
1:19 Partimos de Horeb y atravesamos todo aquel desierto grande y temible que ustedes vieron, por el camino hacia la región montañosa de los amorreos, como el SEÑOR nuestro Dios nos había mandado. Llegamos hasta Cades-barnea,
1:20 y les dije: “Han llegado a la región montañosa de los amorreos, que el SEÑOR nuestro Dios nos da.
1:21 Mira, el SEÑOR tu Dios ha puesto la tierra delante de ti. Sube y toma posesión de ella, como el SEÑOR, Dios de tus padres, te ha dicho. No temas ni te desanimes”.
1:22 Todos ustedes se acercaron a mí y dijeron: “Enviemos hombres delante de nosotros para que exploren la tierra por nosotros y nos traigan un informe del camino por donde subiremos y de las ciudades a las que entraremos”.
1:23 La propuesta me pareció bien, y tomé de entre ustedes doce hombres, un hombre de cada tribu.
1:24 Se pusieron en camino, subieron a la región montañosa, llegaron hasta el valle de Escol y exploraron la tierra.
1:25 Tomaron en sus manos frutos de la tierra y los bajaron hasta nosotros. Nos trajeron un informe y dijeron: “Es buena la tierra que el SEÑOR nuestro Dios nos da”.
Israel se niega a entrar
1:26 Pero ustedes no quisieron subir y se rebelaron contra el mandato del SEÑOR su Dios.
1:27 Murmuraron en sus tiendas y dijeron: “Porque el SEÑOR nos odia, nos sacó de la tierra de Egipto para entregarnos en manos de los amorreos y destruirnos.
1:28 ¿Adónde subiremos? Nuestros hermanos han hecho desfallecer nuestro corazón al decir: ‘El pueblo es más grande y más alto que nosotros; las ciudades son grandes y están fortificadas hasta el cielo. También vimos allí a los hijos de Anac’”.
1:29 Entonces les dije: “No se aterroricen ni les tengan miedo.
1:30 El SEÑOR su Dios, que va delante de ustedes, él peleará por ustedes, conforme a todo lo que hizo por ustedes en Egipto, ante sus ojos.
1:31 En el desierto has visto cómo el SEÑOR tu Dios te llevó, como lleva un hombre a su hijo, por todo el camino que han recorrido hasta llegar a este lugar”.
1:32 Aun con esto, ustedes no confiaron en el SEÑOR su Dios,
1:33 que iba delante de ustedes por el camino para buscarles un lugar donde acampar: de noche con fuego, para mostrarles el camino por donde debían ir, y de día con una nube.
La generación rebelde queda fuera de la tierra
Texto relacionado: Números 14:20–35.
1:34 El SEÑOR oyó sus palabras, se enojó y juró:
1:35 “Ninguno de estos hombres, de esta generación mala, verá la buena tierra que juré dar a sus padres,
1:36 excepto Caleb, hijo de Jefone. Él la verá; a él y a sus hijos les daré la tierra que pisó, porque siguió plenamente al SEÑOR”.
1:37 También contra mí se enojó el SEÑOR por causa de ustedes, y dijo: “Tampoco tú entrarás allí.
1:38 Josué, hijo de Nun, que está a tu servicio, él entrará allí. Fortalécelo, porque él hará que Israel la reciba como herencia.
1:39 Sus niños, de los que dijeron que serían botín, y sus hijos, que hoy no conocen el bien ni el mal, ellos entrarán allí; a ellos se la daré, y ellos la poseerán.
1:40 Pero ustedes den la vuelta y partan hacia el desierto, por el camino del mar Rojo”.
La derrota en Horma
Texto relacionado: Números 14:39–45.
1:41 Ustedes me respondieron: “Hemos pecado contra el SEÑOR. Nosotros subiremos y pelearemos conforme a todo lo que el SEÑOR nuestro Dios nos ha mandado”. Cada uno se ciñó sus armas de guerra, y consideraron fácil subir a la región montañosa.
1:42 Pero el SEÑOR me dijo: “Diles: ‘No suban ni peleen, porque no estoy en medio de ustedes, para que no sean derrotados por sus enemigos’”.
1:43 Yo les hablé, pero no escucharon. Se rebelaron contra el mandato del SEÑOR, actuaron con arrogancia y subieron a la región montañosa.
1:44 Los amorreos que habitaban en aquella región montañosa salieron a su encuentro y los persiguieron como hacen las abejas; los derrotaron en Seir, hasta Horma.
1:45 Ustedes volvieron y lloraron delante del SEÑOR, pero el SEÑOR no escuchó su voz ni les prestó oído.
1:46 Permanecieron en Cades muchos días, todo el tiempo que allí permanecieron».

Capítulo 2
Los años en el desierto
2:1 «Dimos la vuelta y partimos hacia el desierto, por el camino del mar Rojo, como el SEÑOR me había dicho. Rodeamos el monte Seir durante muchos días.
2:2 El SEÑOR me habló y dijo:
2:3 “Bastante han rodeado este monte; diríjanse al norte.
Israel respeta el territorio de Edom
2:4 Ordena al pueblo: ‘Ustedes van a pasar por el territorio de sus hermanos, los hijos de Esaú, que habitan en Seir. Ellos les tendrán miedo; tengan mucho cuidado.
2:5 No los provoquen, porque no les daré de su tierra ni siquiera lo que pisa la planta de un pie, pues he dado el monte Seir a Esaú como herencia.
2:6 Les comprarán alimentos por dinero y comerán; también les comprarán agua por dinero y beberán.
2:7 Porque el SEÑOR tu Dios te ha bendecido en toda obra de tus manos; conoce tu marcha por este gran desierto. Estos cuarenta años el SEÑOR tu Dios ha estado contigo; nada te ha faltado’”.
2:8 Pasamos de largo junto a nuestros hermanos, los hijos de Esaú, que habitan en Seir, apartándonos del camino del Arabá, de Elat y de Ezión-geber. Luego nos volvimos y pasamos por el camino del desierto de Moab.
La tierra reservada a Moab
2:9 El SEÑOR me dijo: “No hostigues a Moab ni lo provoques a la guerra, porque no te daré de su tierra como herencia, pues he dado Ar como herencia a los hijos de Lot”.
2:10 (Antes habitaban allí los emitas, un pueblo grande, numeroso y alto como los anaceos.
2:11 También se los considera refaítas, como a los anaceos, pero los moabitas los llaman emitas.
2:12 En Seir habitaban antes los horeos, pero los hijos de Esaú los desposeyeron, los destruyeron de delante de sí y habitaron en su lugar, como hizo Israel con la tierra de su herencia que el SEÑOR les dio).
2:13 “Ahora levántense y crucen el torrente de Zered”. Y cruzamos el torrente de Zered.
2:14 El tiempo que anduvimos desde Cades-barnea hasta que cruzamos el torrente de Zered fue de treinta y ocho años, hasta que se acabó toda la generación de los hombres de guerra de en medio del campamento, como el SEÑOR les había jurado.
2:15 La mano del SEÑOR estuvo también contra ellos para eliminarlos de en medio del campamento, hasta acabarlos.
2:16 Cuando ya habían muerto todos los hombres de guerra de entre el pueblo,
2:17 el SEÑOR me habló y dijo:
2:18 “Hoy pasarás por el territorio de Moab, por Ar.
La herencia de Amón
2:19 Cuando te acerques a los hijos de Amón, no los hostigues ni los provoques, porque no te daré como herencia la tierra de los hijos de Amón, pues la he dado como herencia a los hijos de Lot”.
2:20 (También se considera tierra de refaítas; antes habitaban en ella refaítas, y los amonitas los llaman zomzomeos.
2:21 Eran un pueblo grande, numeroso y alto como los anaceos. El SEÑOR los destruyó delante de los amonitas, que los desposeyeron y habitaron en su lugar,
2:22 como hizo con los hijos de Esaú que habitan en Seir, delante de los cuales destruyó a los horeos; ellos los desposeyeron y habitaron en su lugar hasta el día de hoy.
2:23 A los aveos que habitaban en aldeas hasta Gaza, los caftoreos que salieron de Caftor los destruyeron y habitaron en su lugar).
La orden de avanzar contra Sehón
2:24 “Levántense, partan y crucen el torrente de Arnón. Mira, he entregado en tu mano al amorreo Sehón, rey de Hesbón, y su tierra. Comienza a tomar posesión y provócalo a la guerra.
2:25 Hoy comenzaré a poner el temor y el espanto de ti sobre los pueblos bajo todo el cielo. Oirán hablar de ti, temblarán y se angustiarán ante ti”.
Israel derrota a Sehón
Texto relacionado: Números 21:21–30.
2:26 Envié mensajeros desde el desierto de Cademot a Sehón, rey de Hesbón, con palabras de paz:
2:27 “Déjame pasar por tu tierra. Por el camino, solo por el camino iré; no me apartaré a la derecha ni a la izquierda.
2:28 Me venderás alimentos por dinero y comeré; me darás agua por dinero y beberé. Solo pasaré a pie,
2:29 como hicieron conmigo los hijos de Esaú que habitan en Seir y los moabitas que habitan en Ar, hasta que cruce el Jordán hacia la tierra que el SEÑOR nuestro Dios nos da”.
2:30 Pero Sehón, rey de Hesbón, no quiso dejarnos pasar por su territorio, porque el SEÑOR tu Dios había endurecido su espíritu y obstinado su corazón para entregarlo en tu mano, como hoy se ve.
2:31 El SEÑOR me dijo: “Mira, he comenzado a entregar delante de ti a Sehón y su tierra. Comienza a tomar posesión de ella, para que poseas su tierra”.
2:32 Sehón salió a nuestro encuentro, él y todo su pueblo, para pelear en Jahaza.
2:33 El SEÑOR nuestro Dios lo entregó delante de nosotros, y lo derrotamos a él, a sus hijos y a todo su pueblo.
2:34 En aquel tiempo conquistamos todas sus ciudades y consagramos a la destrucción cada ciudad, con sus hombres, mujeres y niños; no dejamos sobreviviente alguno.
2:35 Solo tomamos para nosotros como botín los animales y los despojos de las ciudades que habíamos conquistado.
2:36 Desde Aroer, que está a la orilla del torrente de Arnón, y la ciudad que está en el valle, hasta Galaad, no hubo ciudad fuera de nuestro alcance; todas las entregó el SEÑOR nuestro Dios delante de nosotros.
2:37 Solo a la tierra de los hijos de Amón no te acercaste: a ningún lugar junto al torrente Jaboc, ni a las ciudades de la región montañosa, ni a ningún lugar que el SEÑOR nuestro Dios había prohibido».

Capítulo 3
Israel derrota a Og, rey de Basán
Texto relacionado: Números 21:31–35.
3:1 «Nos volvimos y subimos por el camino de Basán. Og, rey de Basán, salió a nuestro encuentro, él y todo su pueblo, para pelear en Edrei.
3:2 El SEÑOR me dijo: “No le temas, porque lo he entregado en tu mano, a él, a todo su pueblo y su tierra. Harás con él como hiciste con Sehón, rey de los amorreos, que habitaba en Hesbón”.
3:3 El SEÑOR nuestro Dios entregó también en nuestra mano a Og, rey de Basán, y a todo su pueblo; lo derrotamos hasta no dejarle sobreviviente alguno.
3:4 En aquel tiempo conquistamos todas sus ciudades; no hubo ciudad que no les tomáramos: sesenta ciudades, toda la región de Argob, el reino de Og en Basán.
3:5 Todas ellas eran ciudades fortificadas, con murallas altas, puertas y barras, además de muchísimas ciudades sin murallas.
3:6 Las consagramos a la destrucción, como habíamos hecho con Sehón, rey de Hesbón; consagramos a la destrucción cada ciudad, con sus hombres, mujeres y niños.
3:7 Tomamos para nosotros como botín todos los animales y los despojos de las ciudades.
3:8 En aquel tiempo tomamos de manos de los dos reyes de los amorreos la tierra que está a este lado del Jordán, desde el torrente de Arnón hasta el monte Hermón:
3:9 (Los sidonios llaman Sirión a Hermón, y los amorreos lo llaman Senir)
3:10 todas las ciudades de la meseta, todo Galaad y todo Basán hasta Salca y Edrei, ciudades del reino de Og en Basán.
3:11 (Pues solo Og, rey de Basán, había quedado del resto de los refaítas. Su cama, una cama de hierro, ¿no está en Rabá de los hijos de Amón? Tenía más de cuatro metros de largo y casi dos metros de ancho, según la medida común).
La herencia al este del Jordán
Texto relacionado: Números 32:1–42.
3:12 De esta tierra que poseímos en aquel tiempo, di a los rubenitas y a los gaditas el territorio desde Aroer, junto al torrente de Arnón, y la mitad de la región montañosa de Galaad con sus ciudades.
3:13 El resto de Galaad y todo Basán, el reino de Og, lo di a la media tribu de Manasés. Toda la región de Argob, con todo Basán, se llama tierra de refaítas.
3:14 Jair, hijo de Manasés, tomó toda la región de Argob hasta la frontera de los gesureos y los maacateos, y llamó a las poblaciones de Basán Havot-jair, conforme a su nombre, hasta el día de hoy.
3:15 A Maquir le di Galaad.
3:16 A los rubenitas y a los gaditas les di desde Galaad hasta el torrente de Arnón, con el medio del torrente como límite, y hasta el torrente Jaboc, frontera de los hijos de Amón;
3:17 también el Arabá, con el Jordán como límite, desde Cineret hasta el mar del Arabá, el mar Salado, al pie de las laderas del Pisga, al oriente.
El compromiso de ayudar a las demás tribus
3:18 En aquel tiempo les ordené: “El SEÑOR su Dios les ha dado esta tierra para que la posean. Cruzarán armados delante de sus hermanos, los hijos de Israel, todos los hombres valientes.
3:19 Solo sus mujeres, sus niños y su ganado —sé que tienen mucho ganado— permanecerán en las ciudades que les he dado,
3:20 hasta que el SEÑOR dé descanso a sus hermanos como a ustedes, y también ellos posean la tierra que el SEÑOR su Dios les da al otro lado del Jordán. Entonces volverán, cada uno a la herencia que les he dado”.
Moisés anima a Josué
3:21 También a Josué le ordené en aquel tiempo: “Tus ojos han visto todo lo que el SEÑOR, el Dios de ustedes, ha hecho a estos dos reyes. Así hará el SEÑOR a todos los reinos adonde tú pasarás.
3:22 No les teman, porque el SEÑOR su Dios, él es quien pelea por ustedes”.
La petición de Moisés para entrar en Canaán
3:23 En aquel tiempo supliqué al SEÑOR:
3:24 “Señor DIOS, tú has comenzado a mostrar a tu siervo tu grandeza y tu mano fuerte. ¿Qué dios hay en el cielo o en la tierra que haga obras y proezas como las tuyas?
3:25 Déjame cruzar, te ruego, y ver la buena tierra que está al otro lado del Jordán, aquella buena región montañosa y el Líbano”.
3:26 Pero el SEÑOR se enojó conmigo por causa de ustedes y no me escuchó. El SEÑOR me dijo: “¡Basta! No vuelvas a hablarme de este asunto.
3:27 Sube a la cumbre del Pisga y levanta tus ojos al occidente, al norte, al sur y al oriente; mira con tus ojos, porque no cruzarás este Jordán.
3:28 Da instrucciones a Josué, fortalécelo y anímalo, porque él cruzará delante de este pueblo y él les dará como herencia la tierra que tú verás”.
3:29 Y permanecimos en el valle, frente a Bet-peor».

Capítulo 4
Moisés exhorta a la obediencia
4:1 «Ahora, Israel, escucha los estatutos y las normas que les enseño a cumplir, para que vivan, entren y posean la tierra que el SEÑOR, Dios de sus padres, les da.
4:2 No añadirán nada a la palabra que les mando ni quitarán nada de ella, para que guarden los mandamientos del SEÑOR su Dios que yo les mando.
4:3 Sus ojos vieron lo que el SEÑOR hizo en Baal-peor, pues a todo hombre que siguió a Baal-peor el SEÑOR tu Dios lo destruyó de en medio de ti.
4:4 Pero ustedes, que permanecen unidos al SEÑOR su Dios, están vivos hoy, todos ustedes.
4:5 Miren, les he enseñado estatutos y normas, como el SEÑOR mi Dios me mandó, para que los cumplan en la tierra en la que van a entrar para poseerla.
4:6 Los guardarán y los pondrán por obra, porque esta es su sabiduría y su entendimiento ante los ojos de los pueblos. Ellos oirán todos estos estatutos y dirán: “Ciertamente esta gran nación es un pueblo sabio y entendido”.
4:7 Pues ¿qué gran nación tiene dioses tan cercanos a ella como lo está el SEÑOR nuestro Dios cada vez que lo invocamos?
4:8 ¿Y qué gran nación tiene estatutos y normas tan justos como toda esta ley que hoy pongo delante de ustedes?
La experiencia de Israel en Horeb
4:9 Solo cuídate y guarda con mucho cuidado tu alma, para que no olvides las cosas que han visto tus ojos ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida. Las darás a conocer a tus hijos y a los hijos de tus hijos:
4:10 el día que estuviste delante del SEÑOR tu Dios en Horeb, cuando el SEÑOR me dijo: “Reúneme al pueblo y les haré oír mis palabras, para que aprendan a temerme todos los días que vivan sobre la tierra y enseñen a sus hijos”.
4:11 Ustedes se acercaron y se pusieron al pie del monte. El monte ardía con fuego hasta el corazón del cielo, entre oscuridad, nube y densas tinieblas.
4:12 El SEÑOR les habló de en medio del fuego. Oían el sonido de sus palabras, pero no veían figura alguna; solo una voz.
4:13 Les anunció su pacto, los diez mandamientos, que les mandó cumplir, y los escribió en dos tablas de piedra.
4:14 A mí el SEÑOR me mandó en aquel tiempo que les enseñara estatutos y normas para que los cumplieran en la tierra adonde van a cruzar para poseerla.
Advertencia contra la idolatría
4:15 Guarden con mucho cuidado sus almas, pues no vieron figura alguna el día que el SEÑOR les habló en Horeb de en medio del fuego;
4:16 no sea que se corrompan y se hagan una imagen tallada con forma de cualquier figura: una representación de hombre o de mujer,
4:17 una representación de cualquier animal que haya en la tierra, una representación de cualquier ave alada que vuele en el cielo,
4:18 una representación de cualquier animal que se arrastre sobre el suelo, una representación de cualquier pez que haya en las aguas debajo de la tierra.
4:19 No sea que levantes los ojos al cielo y, al ver el sol, la luna y las estrellas, todo el ejército del cielo, te dejes arrastrar a postrarte ante ellos y servirlos. El SEÑOR tu Dios los ha asignado a todos los pueblos bajo todo el cielo.
4:20 Pero a ustedes el SEÑOR los tomó y los sacó del horno de hierro, de Egipto, para que fueran el pueblo de su herencia, como lo son hoy.
4:21 El SEÑOR se enojó conmigo por causa de ustedes y juró que yo no cruzaría el Jordán ni entraría en la buena tierra que el SEÑOR tu Dios te da como herencia.
4:22 Pues yo moriré en esta tierra; no cruzaré el Jordán. Pero ustedes cruzarán y poseerán esta buena tierra.
4:23 Cuídense de no olvidar el pacto del SEÑOR su Dios que él hizo con ustedes, ni hacerse una imagen tallada con figura de cosa alguna que el SEÑOR tu Dios te ha prohibido.
4:24 Porque el SEÑOR tu Dios es fuego consumidor, un Dios celoso.
Infidelidad, dispersión y regreso a Dios
4:25 Cuando tengas hijos y nietos, y lleven mucho tiempo en la tierra, si se corrompen y se hacen una imagen tallada, una representación de cualquier cosa, y hacen lo malo ante los ojos del SEÑOR tu Dios para provocarlo a ira,
4:26 hoy pongo al cielo y a la tierra por testigos contra ustedes: sin falta desaparecerán pronto de la tierra adonde van a cruzar el Jordán para poseerla. No prolongarán sus días en ella, pues sin falta serán destruidos.
4:27 El SEÑOR los dispersará entre los pueblos, y quedarán pocos en número entre las naciones adonde el SEÑOR los lleve.
4:28 Allí servirán a dioses hechos por manos humanas, de madera y piedra, que no ven ni oyen ni comen ni huelen.
4:29 Desde allí buscarán al SEÑOR tu Dios, y tú lo hallarás, si lo buscas con todo tu corazón y con toda tu alma.
4:30 En tu angustia, cuando te alcancen todas estas cosas, en los últimos días volverás al SEÑOR tu Dios y obedecerás su voz.
4:31 Porque el SEÑOR tu Dios es un Dios misericordioso; no te abandonará ni te destruirá ni olvidará el pacto que juró a tus padres.
El SEÑOR es el único Dios
4:32 Pregunta por los días pasados, anteriores a ti, desde el día en que Dios creó al ser humano sobre la tierra, y desde un extremo del cielo hasta el otro extremo del cielo: ¿ha sucedido algo semejante a esta gran cosa o se ha oído algo como ella?
4:33 ¿Ha oído algún pueblo la voz de Dios hablando de en medio del fuego, como tú la has oído, y ha seguido vivo?
4:34 ¿O ha intentado dios alguno venir a tomar para sí una nación de en medio de otra nación, con pruebas, señales, prodigios, guerra, mano fuerte, brazo extendido y grandes hechos aterradores, como todo lo que el SEÑOR su Dios hizo por ustedes en Egipto, ante tus ojos?
4:35 A ti se te mostró esto para que supieras que el SEÑOR, él es Dios; no hay otro fuera de él.
4:36 Desde el cielo te hizo oír su voz para instruirte; sobre la tierra te mostró su gran fuego, y oíste sus palabras de en medio del fuego.
4:37 Porque amó a tus padres y escogió a su descendencia después de ellos, te sacó de Egipto con su presencia y su gran poder,
4:38 para expulsar de delante de ti a naciones más grandes y más fuertes que tú, para introducirte y darte su tierra como herencia, como sucede hoy.
4:39 Reconoce hoy y considera en tu corazón que el SEÑOR, él es Dios, arriba en el cielo y abajo en la tierra; no hay otro.
4:40 Guardarás sus estatutos y sus mandamientos que yo te mando hoy, para que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti, y para que prolongues tus días en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da para siempre».
Las ciudades de refugio al oriente del Jordán
4:41 Entonces Moisés apartó tres ciudades al otro lado del Jordán, hacia la salida del sol,
4:42 para que huyera allí el homicida que hubiera matado a su prójimo sin intención, sin haberlo odiado antes, y para que, huyendo a una de estas ciudades, quedara con vida:
4:43 Beser en el desierto, en la tierra de la meseta, para los rubenitas; Ramot en Galaad para los gaditas, y Golán en Basán para los de Manasés.
Introducción al discurso del pacto
4:44 Esta es la ley que Moisés puso delante de los hijos de Israel.
4:45 Estos son los testimonios, los estatutos y las normas que Moisés habló a los hijos de Israel cuando salieron de Egipto,
4:46 al otro lado del Jordán, en el valle frente a Bet-peor, en la tierra de Sehón, rey de los amorreos, que habitaba en Hesbón. Moisés y los hijos de Israel lo derrotaron cuando salieron de Egipto,
4:47 y poseyeron su tierra y la tierra de Og, rey de Basán, los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán, hacia la salida del sol,
4:48 desde Aroer, a la orilla del torrente de Arnón, hasta el monte Sión, es decir, Hermón,
4:49 y todo el Arabá al otro lado del Jordán, al oriente, hasta el mar del Arabá, al pie de las laderas del Pisga.

Capítulo 5
Los Diez Mandamientos
Texto relacionado: Éxodo 20:1–17.
5:1 Moisés llamó a todo Israel y les dijo: «Escucha, Israel, los estatutos y las normas que hoy pronuncio a sus oídos; apréndanlos y guárdenlos para ponerlos por obra.
5:2 El SEÑOR nuestro Dios hizo un pacto con nosotros en Horeb.
5:3 El SEÑOR no hizo este pacto con nuestros padres, sino con nosotros, los que estamos aquí hoy, todos vivos.
5:4 El SEÑOR les habló cara a cara en el monte, de en medio del fuego.
5:5 Yo estaba entonces entre el SEÑOR y ustedes para anunciarles la palabra del SEÑOR, porque tuvieron miedo del fuego y no subieron al monte. Él dijo:
5:6 “Yo soy el SEÑOR tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud.
5:7 No tendrás otros dioses delante de mí.
5:8 No te harás una imagen tallada ni figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en las aguas debajo de la tierra.
5:9 No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo, el SEÑOR tu Dios, soy un Dios celoso: castigo la maldad de los padres en los hijos, en la tercera y la cuarta generación de los que me aborrecen,
5:10 pero muestro misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.
5:11 No tomarás el nombre del SEÑOR tu Dios en vano, porque el SEÑOR no dejará sin castigo al que tome su nombre en vano.
5:12 Guarda el día de reposo para santificarlo, como el SEÑOR tu Dios te ha mandado.
5:13 Seis días trabajarás y harás todo tu trabajo,
5:14 pero el séptimo día es reposo para el SEÑOR tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu burro, ni ninguno de tus animales, ni el extranjero que está dentro de tus puertas, para que tu siervo y tu sierva descansen como tú.
5:15 Recuerda que fuiste esclavo en la tierra de Egipto y que el SEÑOR tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y brazo extendido. Por eso el SEÑOR tu Dios te ha mandado guardar el día de reposo.
5:16 Honra a tu padre y a tu madre, como el SEÑOR tu Dios te ha mandado, para que se prolonguen tus días y para que te vaya bien sobre la tierra que el SEÑOR tu Dios te da.
5:17 No asesinarás.
5:18 Ni cometerás adulterio.
5:19 Ni robarás.
5:20 Ni darás falso testimonio contra tu prójimo.
5:21 No codiciarás a la esposa de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, su campo, su siervo, su sierva, su buey, su burro ni nada que pertenezca a tu prójimo”.
5:22 Estas palabras habló el SEÑOR a toda su asamblea en el monte, de en medio del fuego, de la nube y de las densas tinieblas, con gran voz, y no añadió más. Las escribió en dos tablas de piedra y me las dio.
El pueblo pide la mediación de Moisés
Texto relacionado: Éxodo 20:18–26.
5:23 Cuando oyeron la voz de en medio de la oscuridad, mientras el monte ardía con fuego, se acercaron a mí todos los jefes de sus tribus y sus ancianos,
5:24 y dijeron: “Mira, el SEÑOR nuestro Dios nos ha mostrado su gloria y su grandeza, y hemos oído su voz de en medio del fuego. Hoy hemos visto que Dios habla al ser humano y este sigue vivo.
5:25 Ahora, pues, ¿por qué hemos de morir? Este gran fuego nos consumirá. Si seguimos oyendo la voz del SEÑOR nuestro Dios, moriremos.
5:26 Porque ¿qué mortal ha oído la voz del Dios viviente hablando de en medio del fuego, como nosotros, y ha seguido vivo?
5:27 Acércate tú y oye todo lo que diga el SEÑOR nuestro Dios. Tú nos dirás todo lo que el SEÑOR nuestro Dios te hable, y nosotros escucharemos y lo pondremos por obra”.
5:28 El SEÑOR oyó el sonido de sus palabras cuando me hablaban, y el SEÑOR me dijo: “He oído el sonido de las palabras que este pueblo te ha dicho. Está bien todo lo que han dicho.
5:29 ¡Ojalá tuvieran un corazón así, para temerme y guardar todos mis mandamientos todos los días, para que les fuera bien a ellos y a sus hijos para siempre!
5:30 Ve y diles: ‘Vuelvan a sus tiendas’.
5:31 Pero tú quédate aquí conmigo, y te comunicaré todo el mandamiento, los estatutos y las normas que les enseñarás, para que los cumplan en la tierra que yo les doy para que la posean”.
5:32 Cuidarán de hacer como el SEÑOR su Dios les ha mandado; no se apartarán a la derecha ni a la izquierda.
5:33 Andarán por todo el camino que el SEÑOR su Dios les ha mandado, para que vivan, les vaya bien y prolonguen sus días en la tierra que van a poseer».

Capítulo 6
El gran mandamiento
6:1 «Este es el mandamiento: los estatutos y las normas que el SEÑOR su Dios mandó enseñarles para que los cumplan en la tierra adonde van a cruzar para poseerla,
6:2 para que temas al SEÑOR tu Dios, guardando todos sus estatutos y sus mandamientos que yo te ordeno, tú, tu hijo y el hijo de tu hijo, todos los días de tu vida, y para que se prolonguen tus días.
6:3 Escucha, Israel, y cuida de cumplirlos, para que te vaya bien y se multipliquen mucho, como te prometió el SEÑOR, el Dios de tus padres, en la tierra que fluye leche y miel.
Amor y fidelidad al único Dios
6:4 Oye, Israel: El SEÑOR nuestro Dios, el SEÑOR es uno.
6:5 Amarás al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.
6:6 Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón.
6:7 Las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas al sentarte en tu casa, al andar por el camino, al acostarte y al levantarte.
6:8 Las atarás como señal sobre tu mano, y serán distintivos entre tus ojos.
6:9 Las escribirás en los postes de las puertas de tu casa y en tus puertas.
No olvidar a Dios en la abundancia
6:10 Cuando el SEÑOR tu Dios te haga entrar en la tierra que juró a tus padres, Abraham, Isaac y Jacob, que te daría, con ciudades grandes y buenas que tú no construiste,
6:11 con casas llenas de toda clase de bienes que tú no llenaste, con cisternas excavadas que tú no excavaste, con viñedos y olivares que tú no plantaste, y comas hasta saciarte,
6:12 cuídate de no olvidar al SEÑOR, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud.
6:13 Al SEÑOR tu Dios temerás, a él servirás y por su nombre jurarás.
6:14 No seguirán a otros dioses, a los dioses de los pueblos que los rodean,
6:15 porque el SEÑOR tu Dios, que está en medio de ti, es un Dios celoso; no sea que la ira del SEÑOR tu Dios se encienda contra ti y te destruya de la faz de la tierra.
6:16 No pondrán a prueba al SEÑOR su Dios, como lo pusieron a prueba en Masá.
6:17 Guardarán con cuidado los mandamientos del SEÑOR su Dios, sus testimonios y sus estatutos que te ha ordenado.
6:18 Harás lo recto y lo bueno ante los ojos del SEÑOR, para que te vaya bien y entres a poseer la buena tierra que el SEÑOR juró a tus padres,
6:19 para expulsar a todos tus enemigos de delante de ti, como el SEÑOR ha dicho.
Cómo explicar a los hijos el sentido de la ley
6:20 Cuando mañana tu hijo te pregunte: “¿Qué significan los testimonios, los estatutos y las normas que el SEÑOR nuestro Dios les ha mandado?”,
6:21 le responderás a tu hijo: “Éramos esclavos de Faraón en Egipto, y el SEÑOR nos sacó de Egipto con mano fuerte.
6:22 El SEÑOR hizo ante nuestros ojos señales y prodigios grandes y terribles contra Egipto, contra Faraón y contra toda su casa.
6:23 Nos sacó de allí para traernos y darnos la tierra que había jurado a nuestros padres.
6:24 El SEÑOR nos mandó cumplir todos estos estatutos, para que temamos al SEÑOR nuestro Dios, para nuestro bien todos los días y para conservarnos con vida, como sucede hoy.
6:25 Y será justicia para nosotros si cuidamos de cumplir todo este mandamiento delante del SEÑOR nuestro Dios, como él nos ha ordenado”».

Capítulo 7
Advertencias contra la idolatría de Canaán
Texto relacionado: Éxodo 34:11–17.
7:1 «Cuando el SEÑOR tu Dios te haga entrar en la tierra adonde vas para poseerla y expulse de delante de ti a muchas naciones —los hititas, los gergeseos, los amorreos, los cananeos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos, siete naciones más numerosas y más fuertes que tú—,
7:2 y el SEÑOR tu Dios las entregue delante de ti y tú las derrotes, las consagrarás por completo a la destrucción. No harás pacto con ellas ni les mostrarás favor.
7:3 No emparentarás con ellas por matrimonio: no darás tu hija a su hijo ni tomarás su hija para tu hijo,
7:4 porque apartará a tu hijo de seguirme, y servirán a otros dioses. Entonces la ira del SEÑOR se encenderá contra ustedes y te destruirá pronto.
7:5 Así harán con ellas: derribarán sus altares, quebrarán sus columnas, cortarán sus postes de Asera y quemarán al fuego sus imágenes talladas.
Un pueblo santo para el SEÑOR
7:6 Porque tú eres un pueblo santo para el SEÑOR tu Dios. El SEÑOR tu Dios te ha escogido para que seas su pueblo, su tesoro especial, entre todos los pueblos que hay sobre la faz de la tierra.
7:7 El SEÑOR no puso su amor en ustedes ni los escogió por ser más numerosos que todos los pueblos, pues ustedes son el pueblo menos numeroso de todos.
7:8 Más bien, porque el SEÑOR los amó y porque guardó el juramento que había hecho a sus padres, el SEÑOR los sacó con mano fuerte y te rescató de la casa de esclavitud, de la mano de Faraón, rey de Egipto.
7:9 Reconoce que el SEÑOR tu Dios, él es Dios, el Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia hasta mil generaciones con quienes lo aman y guardan sus mandamientos,
7:10 pero a quienes lo aborrecen les da el pago en su propia cara, para destruirlos. No hace esperar a quien lo aborrece; en su propia cara le da el pago.
7:11 Guardarás, pues, el mandamiento, los estatutos y las normas que yo te ordeno hoy cumplir.
Bendiciones de la obediencia
Textos relacionados: Levítico 26:3–13; Deuteronomio 28:1–14.
7:12 Si escuchan estas normas, las guardan y las cumplen, el SEÑOR tu Dios guardará contigo el pacto y la misericordia que juró a tus padres.
7:13 Te amará, te bendecirá y te multiplicará. Bendecirá el fruto de tu vientre y el fruto de tu tierra: tu grano, tu vino nuevo, tu aceite, las crías de tus vacas y las crías de tus rebaños, en la tierra que juró a tus padres que te daría.
7:14 Serás bendecido más que todos los pueblos; no habrá entre los tuyos hombre ni mujer estéril, ni serán estériles tus animales.
7:15 El SEÑOR apartará de ti toda enfermedad. No pondrá sobre ti ninguna de las enfermedades malignas de Egipto que conociste, sino que las pondrá sobre todos los que te aborrecen.
7:16 Consumirás a todos los pueblos que el SEÑOR tu Dios te entrega; tu ojo no tendrá compasión de ellos. No servirás a sus dioses, pues eso te será una trampa.
Confiar ante pueblos más fuertes
7:17 Si dices en tu corazón: “Estas naciones son más numerosas que yo; ¿cómo podré desposeerlas?”,
7:18 no les temas. Recuerda bien lo que el SEÑOR tu Dios hizo a Faraón y a todo Egipto:
7:19 las grandes pruebas que vieron tus ojos, las señales y los prodigios, la mano fuerte y el brazo extendido con que el SEÑOR tu Dios te sacó. Así hará el SEÑOR tu Dios con todos los pueblos a los que temes.
7:20 También enviará el SEÑOR tu Dios avispas contra ellos, hasta que perezcan los que queden y los que se escondan de ti.
7:21 No te aterres ante ellos, porque el SEÑOR tu Dios está en medio de ti, un Dios grande y temible.
7:22 El SEÑOR tu Dios expulsará de delante de ti a estas naciones poco a poco. No podrás acabarlas de una vez, para que los animales del campo no se multipliquen contra ti.
7:23 El SEÑOR tu Dios las entregará delante de ti y las llenará de gran confusión, hasta que sean destruidas.
7:24 Entregará a sus reyes en tu mano, y destruirás su nombre de debajo del cielo. Nadie podrá resistirte, hasta que los hayas destruido.
La idolatría y la codicia
7:25 Quemarán al fuego las imágenes talladas de sus dioses. No codiciarás la plata ni el oro que las recubren, ni los tomarás para ti, no sea que quedes atrapado por ellos, porque son una abominación para el SEÑOR tu Dios.
7:26 No introducirás ninguna cosa abominable en tu casa, o quedarás consagrado a la destrucción como ella. La detestarás por completo y la aborrecerás por completo, porque está consagrada a la destrucción».

Capítulo 8
Recordar lo aprendido en el desierto
8:1 «Cuidarán de cumplir todo el mandamiento que yo te ordeno hoy, para que vivan, se multipliquen, entren y posean la tierra que el SEÑOR juró a sus padres.
8:2 Recordarás todo el camino por el que el SEÑOR tu Dios te ha guiado estos cuarenta años por el desierto, para humillarte, ponerte a prueba y saber lo que había en tu corazón: si guardarías o no sus mandamientos.
8:3 Te humilló, te hizo pasar hambre y te alimentó con el maná, que tú no conocías ni tus padres habían conocido, para hacerte saber que no solo de pan vivirá el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del SEÑOR vivirá el hombre.
8:4 Tu ropa no se gastó sobre ti ni tu pie se hinchó en estos cuarenta años.
8:5 Reconoce en tu corazón que, así como un hombre disciplina a su hijo, el SEÑOR tu Dios te disciplina.
8:6 Guardarás los mandamientos del SEÑOR tu Dios, andando en sus caminos y temiéndolo.
Gratitud por la tierra y sus bienes
8:7 Porque el SEÑOR tu Dios te lleva a una buena tierra: tierra de arroyos de agua, de fuentes y de manantiales profundos que brotan en los valles y en los montes;
8:8 tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados; tierra de olivos que dan aceite y de miel;
8:9 tierra donde no comerás el pan con escasez y donde nada te faltará; tierra cuyas piedras son hierro y de cuyos montes extraerás cobre.
8:10 Comerás hasta saciarte y bendecirás al SEÑOR tu Dios por la buena tierra que te ha dado.
Amonestación de no olvidar a Dios
8:11 Cuídate de no olvidar al SEÑOR tu Dios, dejando de guardar sus mandamientos, sus normas y sus estatutos que yo te ordeno hoy.
8:12 No sea que comas hasta saciarte, construyas buenas casas y habites en ellas,
8:13 que tus vacas y tus rebaños se multipliquen, que tu plata y tu oro se multipliquen y que todo lo que tienes se multiplique,
8:14 y se enaltezca tu corazón y olvides al SEÑOR tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud;
8:15 que te guio por el desierto grande y temible, con serpientes ardientes y escorpiones, un lugar de sed donde no había agua; que hizo salir agua para ti de la roca de pedernal;
8:16 que te alimentó en el desierto con el maná, que tus padres no habían conocido, para humillarte y ponerte a prueba, a fin de hacerte bien al final;
8:17 y digas en tu corazón: “Mi poder y la fuerza de mi mano me han conseguido esta riqueza”.
8:18 Recuerda al SEÑOR tu Dios, porque él es quien te da poder para obtener riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como sucede hoy.
8:19 Pero si llegas a olvidar al SEÑOR tu Dios, sigues a otros dioses, les sirves y te postras ante ellos, hoy doy testimonio contra ustedes de que sin duda perecerán.
8:20 Como las naciones que el SEÑOR hace perecer delante de ustedes, así perecerán ustedes por no escuchar la voz del SEÑOR su Dios».

Capítulo 9
La tierra prometida y el peligro de la justicia propia
9:1 «Escucha, Israel: tú vas a cruzar hoy el Jordán para entrar a desposeer a naciones más grandes y más poderosas que tú, con ciudades grandes y fortificadas hasta el cielo;
9:2 un pueblo grande y de elevada estatura, los hijos de Anac, que tú conoces y de quienes has oído decir: “¿Quién puede resistir ante los hijos de Anac?”.
9:3 Reconoce hoy que el SEÑOR tu Dios es quien cruza delante de ti, un fuego consumidor. Él los destruirá y él los someterá delante de ti; tú los desposeerás y los harás perecer pronto, como el SEÑOR te ha dicho.
9:4 Cuando el SEÑOR tu Dios los expulse de delante de ti, no digas en tu corazón: “Por mi justicia el SEÑOR me ha traído a poseer esta tierra”. Es por la maldad de estas naciones que el SEÑOR las expulsa de delante de ti.
9:5 No es por tu justicia ni por la rectitud de tu corazón que entras a poseer su tierra, sino que el SEÑOR tu Dios expulsa de delante de ti a estas naciones por su maldad y para confirmar la palabra que el SEÑOR juró a tus padres, Abraham, Isaac y Jacob.
9:6 Reconoce que no es por tu justicia que el SEÑOR tu Dios te da esta buena tierra para poseerla, porque tú eres un pueblo de dura cerviz.
El recuerdo de la rebelión en Horeb
Texto relacionado: Éxodo 31:18–32:35.
9:7 Recuerda y no olvides cómo provocaste la ira del SEÑOR tu Dios en el desierto. Desde el día en que saliste de la tierra de Egipto hasta que llegaron a este lugar, han sido rebeldes contra el SEÑOR.
9:8 En Horeb provocaron la ira del SEÑOR, y el SEÑOR se indignó contra ustedes hasta querer destruirlos.
9:9 Cuando subí al monte para recibir las tablas de piedra, las tablas del pacto que el SEÑOR había hecho con ustedes, permanecí en el monte cuarenta días y cuarenta noches; no comí pan ni bebí agua.
9:10 El SEÑOR me dio las dos tablas de piedra escritas con el dedo de Dios. En ellas estaban todas las palabras que el SEÑOR les había dicho en el monte, de en medio del fuego, el día de la asamblea.
9:11 Al cabo de cuarenta días y cuarenta noches, el SEÑOR me dio las dos tablas de piedra, las tablas del pacto.
9:12 El SEÑOR me dijo: “Levántate, baja pronto de aquí, porque tu pueblo, que tú sacaste de Egipto, se ha corrompido. Pronto se han apartado del camino que les mandé; se han hecho una imagen de metal fundido”.
9:13 El SEÑOR me habló y dijo: “He visto a este pueblo, y es un pueblo de dura cerviz.
9:14 Déjame, para que los destruya y borre su nombre de debajo del cielo. Haré de ti una nación más poderosa y más numerosa que ellos”.
9:15 Me volví y bajé del monte, y el monte ardía en fuego. Llevaba las dos tablas del pacto en mis dos manos.
9:16 Vi que habían pecado contra el SEÑOR su Dios: se habían hecho un ternero de metal fundido. Pronto se habían apartado del camino que el SEÑOR les había mandado.
9:17 Agarré las dos tablas, las arrojé de mis dos manos y las hice pedazos ante sus ojos.
Moisés intercede por el pueblo
9:18 Me postré delante del SEÑOR, como antes, cuarenta días y cuarenta noches; no comí pan ni bebí agua, a causa de todo el pecado que habían cometido haciendo lo malo ante los ojos del SEÑOR para provocarlo a ira.
9:19 Porque temí ante la ira y el furor con que el SEÑOR se había enojado contra ustedes hasta querer destruirlos. Pero el SEÑOR me escuchó también aquella vez.
9:20 El SEÑOR se indignó mucho contra Aarón, hasta querer destruirlo; también por Aarón oré en aquel tiempo.
9:21 Tomé el objeto de su pecado, el ternero que habían hecho, y lo quemé al fuego. Lo trituré, moliéndolo bien hasta dejarlo reducido a polvo, y arrojé su polvo al arroyo que bajaba del monte.
9:22 También en Tabera, en Masá y en Kibrot-hataava provocaron la ira del SEÑOR.
9:23 Cuando el SEÑOR los envió desde Cades-barnea, diciendo: “Suban y posean la tierra que les he dado”, ustedes se rebelaron contra el mandato del SEÑOR su Dios, no le creyeron ni escucharon su voz.
9:24 Han sido rebeldes contra el SEÑOR desde el día en que los conozco.
La súplica por el pueblo rescatado
9:25 Me postré delante del SEÑOR durante aquellos cuarenta días y aquellas cuarenta noches en que estuve postrado, porque el SEÑOR había dicho que los destruiría.
9:26 Oré al SEÑOR y dije: “Señor DIOS, no destruyas a tu pueblo y a tu herencia, que rescataste con tu grandeza y sacaste de Egipto con mano fuerte.
9:27 Recuerda a tus siervos Abraham, Isaac y Jacob. No mires la dureza de este pueblo, ni su maldad ni su pecado,
9:28 no sea que los de la tierra de donde nos sacaste digan: ‘El SEÑOR los sacó para hacerlos morir en el desierto porque no pudo llevarlos a la tierra que les había prometido y porque los aborrecía’.
9:29 Pero ellos son tu pueblo y tu herencia, que sacaste con tu gran poder y con tu brazo extendido”».

Capítulo 10
El pacto renovado
Texto relacionado: Éxodo 34:1–10.
10:1 «En aquel tiempo el SEÑOR me dijo: “Talla para ti dos tablas de piedra como las primeras, sube a mí al monte y haz para ti un arca de madera.
10:2 Escribiré en las tablas las palabras que estaban en las primeras tablas, que hiciste pedazos, y las pondrás en el arca”.
10:3 Hice un arca de madera de acacia, tallé dos tablas de piedra como las primeras y subí al monte con las dos tablas en mi mano.
10:4 Escribió en las tablas lo mismo que había escrito antes: los diez mandamientos que el SEÑOR les había dicho en el monte, de en medio del fuego, el día de la asamblea. Y el SEÑOR me las entregó.
10:5 Me volví, bajé del monte y puse las tablas en el arca que había hecho. Allí quedaron, como el SEÑOR me había mandado.
10:6 (Los hijos de Israel partieron de Beerot-bene-jaacán hacia Mosera. Allí murió Aarón y allí fue sepultado; su hijo Eleazar ejerció el sacerdocio en su lugar.
10:7 De allí partieron hacia Gudgoda, y de Gudgoda hacia Jotbata, tierra de arroyos de agua.
10:8 En aquel tiempo el SEÑOR apartó a la tribu de Leví para llevar el arca del pacto del SEÑOR, estar delante del SEÑOR para servirle y bendecir en su nombre, hasta el día de hoy.
10:9 Por eso Leví no tuvo parte ni herencia con sus hermanos. El SEÑOR es su herencia, como el SEÑOR tu Dios le dijo).
10:10 Yo permanecí en el monte, como en los primeros días, cuarenta días y cuarenta noches. El SEÑOR me escuchó también aquella vez; el SEÑOR no quiso destruirte.
10:11 El SEÑOR me dijo: “Levántate, ponte en camino delante del pueblo, para que entren y posean la tierra que juré a sus padres que les daría”.
Lo que Dios exige
10:12 Y ahora, Israel, ¿qué pide de ti el SEÑOR tu Dios, sino que temas al SEÑOR tu Dios, que andes en todos sus caminos, que lo ames, que sirvas al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma,
10:13 y que guardes los mandamientos del SEÑOR y sus estatutos que yo te ordeno hoy para tu bien?
10:14 Mira: del SEÑOR tu Dios son los cielos y los cielos de los cielos, la tierra y todo lo que hay en ella.
10:15 Sin embargo, el SEÑOR puso su afecto en tus padres para amarlos, y escogió a su descendencia después de ellos, a ustedes, entre todos los pueblos, como sucede hoy.
10:16 Circunciden, pues, el prepucio de su corazón y no endurezcan más su cerviz.
La justicia de Dios y el amor al extranjero
10:17 Porque el SEÑOR su Dios es Dios de dioses y Señor de señores, el Dios grande, poderoso y temible, que no muestra parcialidad ni acepta sobornos.
10:18 Hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al extranjero, dándole pan y ropa.
10:19 Amarán, pues, al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en la tierra de Egipto.
10:20 Al SEÑOR tu Dios temerás, a él servirás, a él te aferrarás y por su nombre jurarás.
10:21 Él es tu alabanza y él es tu Dios, que ha hecho contigo estas cosas grandes y temibles que han visto tus ojos.
10:22 Con setenta personas bajaron tus padres a Egipto, y ahora el SEÑOR tu Dios te ha hecho tan numeroso como las estrellas del cielo».

Capítulo 11
Recordar las obras de Dios y obedecerlo
11:1 «Amarás al SEÑOR tu Dios y guardarás lo que él te ha encomendado, sus estatutos, sus normas y sus mandamientos, todos los días.
11:2 Reconozcan hoy que no hablo con sus hijos, que no han conocido ni visto la disciplina del SEÑOR su Dios, su grandeza, su mano fuerte y su brazo extendido;
11:3 sus señales y sus obras, que hizo en medio de Egipto contra Faraón, rey de Egipto, y contra toda su tierra;
11:4 lo que hizo al ejército de Egipto, a sus caballos y a sus carros, cuando hizo desbordar sobre ellos las aguas del mar Rojo mientras los perseguían a ustedes, y el SEÑOR los destruyó hasta el día de hoy;
11:5 lo que hizo con ustedes en el desierto hasta que llegaron a este lugar;
11:6 y lo que hizo a Datán y a Abiram, hijos de Eliab, descendiente de Rubén, cuando la tierra abrió su boca y los tragó, junto con sus familias, sus tiendas y todo ser viviente que les pertenecía, en medio de todo Israel.
11:7 Pero son sus ojos los que han visto toda la gran obra que el SEÑOR ha hecho.
Fidelidad en la tierra que Dios cuida
11:8 Guardarán todo el mandamiento que yo te ordeno hoy, para que se fortalezcan, entren y posean la tierra adonde van a cruzar para poseerla,
11:9 y para que prolonguen sus días sobre la tierra que el SEÑOR juró dar a sus padres y a su descendencia, tierra que fluye leche y miel.
11:10 Porque la tierra adonde vas para poseerla no es como la tierra de Egipto, de donde salieron, donde sembrabas tu semilla y regabas con tu pie, como un huerto de hortalizas.
11:11 La tierra adonde van a cruzar para poseerla es tierra de montes y de valles, que bebe el agua de la lluvia del cielo;
11:12 tierra que el SEÑOR tu Dios cuida. Los ojos del SEÑOR tu Dios están siempre sobre ella, desde el comienzo del año hasta el fin del año.
11:13 Si escuchan atentamente mis mandamientos que yo les ordeno hoy, amando al SEÑOR su Dios y sirviéndole con todo su corazón y con toda su alma,
11:14 yo daré la lluvia de su tierra a su tiempo, la temprana y la tardía, y recogerás tu grano, tu vino nuevo y tu aceite.
11:15 Daré hierba en tu campo para tus animales, y comerás hasta saciarte.
11:16 Cuídense: no sea que su corazón sea engañado y se aparten para servir a otros dioses y postrarse ante ellos,
11:17 y se encienda la ira del SEÑOR contra ustedes, y él cierre los cielos y no haya lluvia, y la tierra no dé su cosecha, y perezcan pronto de la buena tierra que el SEÑOR les da.
La palabra en el corazón y en el hogar
11:18 Pondrán estas palabras mías en su corazón y en su alma. Las atarán como señal sobre su mano y serán distintivos entre sus ojos.
11:19 Las enseñarán a sus hijos, hablando de ellas al sentarte en tu casa, al andar por el camino, al acostarte y al levantarte.
11:20 Las escribirás en los postes de las puertas de tu casa y en tus puertas,
11:21 para que se multipliquen sus días y los días de sus hijos sobre la tierra que el SEÑOR juró dar a sus padres, como los días de los cielos sobre la tierra.
11:22 Porque si guardan con cuidado todo este mandamiento que yo les ordeno cumplir, amando al SEÑOR su Dios, andando en todos sus caminos y aferrándose a él,
11:23 el SEÑOR expulsará de delante de ustedes a todas estas naciones, y desposeerán a naciones más grandes y más poderosas que ustedes.
11:24 Todo lugar que pise la planta de su pie será de ustedes. Su territorio abarcará desde el desierto y el Líbano, desde el río, el río Éufrates, hasta el mar occidental.
11:25 Nadie podrá resistir ante ustedes. El SEÑOR su Dios infundirá miedo y terror ante ustedes en toda la tierra que pisen, como les ha dicho.
Las consecuencias de la respuesta al pacto
11:26 Mira: hoy pongo delante de ustedes bendición y maldición:
11:27 la bendición, si escuchan los mandamientos del SEÑOR su Dios que yo les ordeno hoy;
11:28 y la maldición, si no escuchan los mandamientos del SEÑOR su Dios y se apartan del camino que yo les ordeno hoy para seguir a otros dioses que no han conocido.
11:29 Cuando el SEÑOR tu Dios te haga entrar en la tierra adonde vas para poseerla, pondrás la bendición sobre el monte Gerizim y la maldición sobre el monte Ebal.
11:30 ¿No están ellos al otro lado del Jordán, más allá del camino hacia occidente, en la tierra de los cananeos que habitan en el Arabá, frente a Gilgal, junto a las encinas de More?
11:31 Porque ustedes van a cruzar el Jordán para entrar a poseer la tierra que el SEÑOR su Dios les da. La poseerán y habitarán en ella.
11:32 Cuidarán de cumplir todos los estatutos y las normas que yo pongo hoy delante de ustedes».

Capítulo 12
El santuario único
12:1 «Estos son los estatutos y las normas que cuidarán de cumplir en la tierra que el SEÑOR, el Dios de tus padres, te ha dado para poseerla, todos los días que vivan sobre la tierra.
12:2 Destruirán por completo todos los lugares donde las naciones a las que van a desposeer servían a sus dioses: sobre los montes altos, sobre las colinas y debajo de todo árbol frondoso.
12:3 Derribarán sus altares, quebrarán sus columnas, quemarán al fuego sus postes de Asera y cortarán las imágenes talladas de sus dioses. Borrarán su nombre de aquel lugar.
12:4 No harán así con el SEÑOR su Dios.
12:5 Más bien, buscarán su morada en el lugar que el SEÑOR su Dios escoja entre todas sus tribus para poner allí su nombre, y allá irás.
12:6 Allí llevarán sus holocaustos, sus sacrificios, sus diezmos, la ofrenda elevada de sus manos, las ofrendas de sus votos, sus ofrendas voluntarias y los primogénitos de sus vacas y de sus rebaños.
12:7 Allí comerán delante del SEÑOR su Dios y se alegrarán, ustedes y sus familias, por toda la obra de sus manos en la que el SEÑOR tu Dios te haya bendecido.
12:8 No harán como todo lo que hacemos aquí hoy, cada uno lo que le parece recto ante sus ojos,
12:9 porque todavía no han llegado al descanso ni a la herencia que el SEÑOR tu Dios te da.
12:10 Cruzarán el Jordán y habitarán en la tierra que el SEÑOR su Dios les da como herencia. Él les dará descanso de todos sus enemigos alrededor, y habitarán seguros.
12:11 Al lugar que el SEÑOR su Dios escoja para hacer habitar allí su nombre, allí llevarán todo lo que yo les ordeno: sus holocaustos, sus sacrificios, sus diezmos, la ofrenda elevada de sus manos y lo mejor de todas las ofrendas de los votos que hagan al SEÑOR.
12:12 Se alegrarán delante del SEÑOR su Dios, ustedes, sus hijos, sus hijas, sus esclavos, sus esclavas y el levita que esté en sus poblaciones, porque no tiene parte ni herencia con ustedes.
12:13 Cuídate de no ofrecer tus holocaustos en cualquier lugar que veas,
12:14 sino en el lugar que el SEÑOR escoja en una de tus tribus. Allí ofrecerás tus holocaustos y allí harás todo lo que yo te ordeno.
La carne cotidiana y las ofrendas consagradas
12:15 Sin embargo, podrás matar animales y comer carne en todas tus poblaciones, según todo tu deseo y conforme a la bendición que el SEÑOR tu Dios te haya dado. El impuro y el puro podrán comerla, como la gacela y el ciervo.
12:16 Solo que no comerán la sangre; la derramarán sobre la tierra como agua.
12:17 No podrás comer en tus poblaciones el diezmo de tu grano, de tu vino nuevo y de tu aceite, ni los primogénitos de tus vacas y de tus rebaños, ni ninguna ofrenda de los votos que hagas, ni tus ofrendas voluntarias ni la ofrenda elevada de tus manos.
12:18 Más bien, lo comerás delante del SEÑOR tu Dios, en el lugar que el SEÑOR tu Dios escoja, tú, tu hijo, tu hija, tu esclavo, tu esclava y el levita que esté en tus poblaciones. Te alegrarás delante del SEÑOR tu Dios por toda la obra de tus manos.
12:19 Cuídate de no abandonar al levita en todos tus días sobre tu tierra.
12:20 Cuando el SEÑOR tu Dios amplíe tu territorio, como te ha dicho, y digas: “Quiero comer carne”, porque tu alma desea comer carne, podrás comer carne según todo tu deseo.
12:21 Si queda lejos de ti el lugar que el SEÑOR tu Dios escoja para poner allí su nombre, podrás matar animales de tus vacas y de tus rebaños que el SEÑOR te haya dado, como yo te he ordenado, y comerás en tus poblaciones según todo tu deseo.
12:22 La comerás como se come la gacela y el ciervo; el impuro y el puro la comerán juntos.
12:23 Solo mantente firme en no comer la sangre, porque la sangre es la vida, y no comerás la vida con la carne.
12:24 No la comerás; la derramarás sobre la tierra como agua.
12:25 No la comerás, para que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti, por hacer lo recto ante los ojos del SEÑOR.
12:26 Pero llevarás las cosas consagradas que tengas y las ofrendas de tus votos, y vendrás al lugar que el SEÑOR escoja.
12:27 Ofrecerás tus holocaustos, la carne y la sangre, sobre el altar del SEÑOR tu Dios. La sangre de tus sacrificios será derramada sobre el altar del SEÑOR tu Dios, y la carne la comerás.
12:28 Guarda y escucha todas estas palabras que yo te ordeno, para que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti para siempre, por hacer lo bueno y lo recto ante los ojos del SEÑOR tu Dios.
Advertencias contra la idolatría
12:29 Cuando el SEÑOR tu Dios destruya de delante de ti a las naciones adonde vas para desposeerlas, y las desposeas y habites en su tierra,
12:30 cuídate de no quedar atrapado siguiéndolas después de que hayan sido destruidas de delante de ti. No preguntes por sus dioses, diciendo: “¿Cómo servían estas naciones a sus dioses? Yo también haré lo mismo”.
12:31 No harás así con el SEÑOR tu Dios, porque ellas han hecho para sus dioses toda abominación que el SEÑOR aborrece. Hasta a sus hijos y a sus hijas queman al fuego para sus dioses.
12:32 Cuidarán de cumplir todo lo que yo les ordeno. No añadirás a ello ni quitarás de ello».

Capítulo 13
La fidelidad a Dios ante una señal extraordinaria
13:1 «Si surge en medio de ti un profeta o un soñador de sueños y te anuncia una señal o un prodigio,
13:2 y se cumplen la señal y el prodigio que te anunció, diciendo: “Sigamos a otros dioses que tú no has conocido y sirvámosles”,
13:3 no escucharás las palabras de aquel profeta ni de aquel soñador de sueños, porque el SEÑOR su Dios los está poniendo a prueba para saber si aman al SEÑOR su Dios con todo su corazón y con toda su alma.
13:4 Seguirán al SEÑOR su Dios, a él temerán, guardarán sus mandamientos y escucharán su voz, a él servirán y a él se aferrarán.
13:5 Aquel profeta o aquel soñador de sueños será ejecutado, porque incitó a la rebelión contra el SEÑOR su Dios —que los sacó de la tierra de Egipto y te rescató de la casa de esclavitud—, para apartarte del camino en que el SEÑOR tu Dios te mandó andar. Así eliminarás el mal de en medio de ti.
La presión de los vínculos más cercanos
13:6 Si tu hermano, hijo de tu madre, o tu hijo, o tu hija, o tu esposa querida, o tu amigo, que es como tu propia alma, te incita en secreto, diciendo: “Vamos y sirvamos a otros dioses”, que ni tú ni tus padres han conocido,
13:7 de los dioses de los pueblos que los rodean, cerca de ti o lejos de ti, desde un extremo de la tierra hasta el otro extremo de la tierra,
13:8 no consentirás con él ni lo escucharás. Tu ojo no tendrá compasión de él, ni le tendrás piedad ni lo encubrirás,
13:9 sino que lo matarás sin falta. Tu mano será la primera contra él para darle muerte, y después la mano de todo el pueblo.
13:10 Lo apedrearás hasta que muera, porque intentó apartarte del SEÑOR tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud.
13:11 Todo Israel lo oirá y temerá, y no volverá a hacer algo tan malo en medio de ti.
Una acusación de idolatría contra una ciudad
13:12 Si oyes decir de una de tus ciudades que el SEÑOR tu Dios te da para habitar en ella:
13:13 “Han salido de en medio de ti hombres perversos que han apartado a los habitantes de su ciudad, diciendo: ‘Vamos y sirvamos a otros dioses’, que ustedes no han conocido”,
13:14 indagarás, examinarás y preguntarás cuidadosamente. Si es verdad y está confirmado que se ha cometido esta abominación en medio de ti,
13:15 herirás sin falta a los habitantes de aquella ciudad a filo de espada. La consagrarás a la destrucción con todo lo que hay en ella, y también a sus animales, a filo de espada.
13:16 Reunirás todo su botín en medio de su plaza y quemarás al fuego la ciudad y todo su botín, por completo, para el SEÑOR tu Dios. Quedará como un montón de ruinas para siempre; no será reconstruida jamás.
13:17 No quedará en tu mano nada de lo consagrado a la destrucción, para que el SEÑOR se aparte del ardor de su ira, te conceda compasión, se compadezca de ti y te multiplique, como juró a tus padres,
13:18 cuando escuches la voz del SEÑOR tu Dios, guardando todos sus mandamientos que yo te ordeno hoy para hacer lo recto ante los ojos del SEÑOR tu Dios».

Capítulo 14
La pertenencia a Dios en el duelo y en la vida diaria
14:1 «Ustedes son hijos del SEÑOR su Dios. No se harán cortaduras ni se raparán la frente por un muerto.
14:2 Porque tú eres un pueblo santo para el SEÑOR tu Dios, y el SEÑOR te ha escogido para que seas su pueblo, su tesoro especial, entre todos los pueblos que hay sobre la faz de la tierra.
Animales limpios e inmundos
Texto relacionado: Levítico 11:1–47.
14:3 No comerás ninguna cosa abominable.
14:4 Estos son los animales que podrán comer: el buey, la oveja y la cabra;
14:5 el ciervo, la gacela, el corzo, la cabra montés, el íbice, el antílope y el carnero montés.
14:6 De entre los animales, podrán comer todo animal que tenga la pezuña hendida, dividida en dos, y que rumie.
14:7 Pero de los que rumian o tienen la pezuña hendida no comerán estos: el camello, la liebre y el damán, porque rumian, pero no tienen la pezuña hendida; son impuros para ustedes.
14:8 Tampoco el cerdo, porque tiene la pezuña hendida, pero no rumia; es impuro para ustedes. No comerán la carne de estos animales ni tocarán sus cadáveres.
14:9 De todo lo que hay en el agua podrán comer esto: todo lo que tenga aletas y escamas podrán comerlo.
14:10 Pero todo lo que no tenga aletas y escamas no lo comerán; es impuro para ustedes.
14:11 Podrán comer toda ave pura.
14:12 Pero de estas no comerán: el águila, el quebrantahuesos y el buitre;
14:13 el azor, el halcón y el milano según su especie;
14:14 todo cuervo según su especie;
14:15 el avestruz, la lechuza, la gaviota y el gavilán según su especie;
14:16 el mochuelo, el búho y la lechuza blanca;
14:17 el pelícano, el buitre egipcio y el cormorán;
14:18 la cigüeña, la garza según su especie, la abubilla y el murciélago.
14:19 Todos los insectos alados son impuros para ustedes; no se comerán.
14:20 Podrán comer todo ser alado puro.
14:21 No comerán ningún animal hallado muerto. Se lo darás al extranjero que resida en tus poblaciones, y él lo comerá, o lo venderás a un extranjero, porque tú eres un pueblo santo para el SEÑOR tu Dios. No cocerás el cabrito en la leche de su madre.
La ley del diezmo
14:22 Separarás sin falta el diezmo de todo el producto de tu semilla que dé el campo, año tras año.
14:23 Comerás delante del SEÑOR tu Dios, en el lugar que él escoja para hacer habitar allí su nombre, el diezmo de tu grano, de tu vino nuevo y de tu aceite, y los primogénitos de tus vacas y de tus rebaños, para que aprendas a temer al SEÑOR tu Dios todos los días.
14:24 Si el camino es demasiado largo para que puedas llevarlo, porque te queda lejos el lugar que el SEÑOR tu Dios escoja para poner allí su nombre, cuando el SEÑOR tu Dios te bendiga,
14:25 lo cambiarás por dinero, llevarás el dinero bien atado en tu mano e irás al lugar que el SEÑOR tu Dios escoja.
14:26 Gastarás el dinero en todo lo que tu alma desee: en vacas, en rebaños, en vino, en bebidas embriagantes y en todo lo que tu alma te pida. Comerás allí delante del SEÑOR tu Dios y te alegrarás, tú y tu familia.
14:27 No abandonarás al levita que esté en tus poblaciones, porque no tiene parte ni herencia contigo.
El diezmo destinado a quienes necesitan sustento
14:28 Al final de cada tres años sacarás todo el diezmo de tus productos de aquel año y lo depositarás en tus poblaciones.
14:29 Vendrán el levita, que no tiene parte ni herencia contigo, el extranjero, el huérfano y la viuda que estén en tus poblaciones, y comerán hasta saciarse, para que el SEÑOR tu Dios te bendiga en toda obra de tu mano que hagas».

Capítulo 15
El año de remisión
15:1 «Al final de cada siete años harás una remisión de deudas.
15:2 Esta es la disposición para la remisión: todo acreedor condonará el préstamo que haya hecho con su mano a su prójimo. No exigirá el pago a su prójimo ni a su hermano, porque se ha proclamado la remisión para el SEÑOR.
15:3 Al extranjero podrás exigirle el pago, pero tu mano perdonará lo que tu hermano te deba.
15:4 Sin embargo, no habrá pobres en medio de ti, porque el SEÑOR te bendecirá sin falta en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da como herencia para poseerla,
15:5 solo si escuchas atentamente la voz del SEÑOR tu Dios, cuidando de cumplir todo este mandamiento que yo te ordeno hoy.
15:6 Pues el SEÑOR tu Dios te habrá bendecido, como te ha dicho. Prestarás a muchas naciones, pero tú no tomarás prestado; dominarás a muchas naciones, pero ellas no te dominarán.
Préstamos a los pobres
15:7 Si hay en medio de ti algún pobre de entre tus hermanos, en alguna de tus poblaciones, en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da, no endurecerás tu corazón ni cerrarás tu mano a tu hermano pobre,
15:8 sino que le abrirás ampliamente tu mano y le prestarás sin falta lo suficiente para su necesidad, para aquello que le falte.
15:9 Cuídate: no sea que haya en tu corazón un pensamiento perverso, diciendo: “Se acerca el séptimo año, el año de la remisión”, y mires con malos ojos a tu hermano pobre y no le des nada. Él clamará contra ti al SEÑOR, y tú serás culpable de pecado.
15:10 Le darás sin falta, y tu corazón no será mezquino al darle, porque por esto el SEÑOR tu Dios te bendecirá en toda tu obra y en todo cuanto emprenda tu mano.
15:11 Porque no dejará de haber pobres en medio de la tierra, yo te ordeno: “Abrirás ampliamente tu mano a tu hermano, al pobre y al necesitado en tu tierra”.
La libertad y la provisión del siervo hebreo
Texto relacionado: Éxodo 21:1–11.
15:12 Si un hermano tuyo, hombre hebreo o mujer hebrea, te es vendido y te sirve seis años, en el séptimo año lo dejarás ir libre.
15:13 Cuando lo dejes ir libre, no lo enviarás con las manos vacías.
15:14 Lo abastecerás generosamente de tus rebaños, de tu era y de tu lagar. De aquello con que el SEÑOR tu Dios te haya bendecido le darás.
15:15 Recordarás que fuiste esclavo en la tierra de Egipto y que el SEÑOR tu Dios te rescató; por eso yo te ordeno esto hoy.
15:16 Pero si él te dice: “No me iré de tu lado”, porque te ama a ti y a tu familia, porque le va bien contigo,
15:17 tomarás el punzón y le perforarás la oreja contra la puerta, y será tu esclavo para siempre. Lo mismo harás con tu esclava.
15:18 No te parecerá duro dejarlo ir libre, pues durante seis años te ha prestado un servicio que vale el doble del salario de un trabajador contratado. El SEÑOR tu Dios te bendecirá en todo lo que hagas.
Consagración de los primogénitos machos
15:19 Consagrarás al SEÑOR tu Dios todo primogénito macho que nazca de tus vacas y de tus rebaños. No harás trabajar al primogénito de tus vacas ni esquilarás el primogénito de tus rebaños.
15:20 Lo comerás año tras año delante del SEÑOR tu Dios, en el lugar que el SEÑOR escoja, tú y tu familia.
15:21 Si tiene algún defecto, si es cojo o ciego, o tiene cualquier defecto grave, no lo sacrificarás al SEÑOR tu Dios.
15:22 Lo comerás en tus poblaciones; el impuro y el puro lo comerán juntos, como la gacela y el ciervo.
15:23 Solo que no comerás su sangre; la derramarás sobre la tierra como agua».

Capítulo 16
La Pascua y los Panes sin Levadura
Textos relacionados: Éxodo 23:14–17; Éxodo 34:18–24.
16:1 «Guardarás el mes de Abib y celebrarás la Pascua para el SEÑOR tu Dios, porque en el mes de Abib el SEÑOR tu Dios te sacó de Egipto de noche.
16:2 Sacrificarás la Pascua para el SEÑOR tu Dios, de los rebaños y del ganado vacuno, en el lugar que el SEÑOR escoja para hacer habitar allí su nombre.
16:3 No comerás con ella pan con levadura. Durante siete días comerás con ella panes sin levadura, pan de aflicción, porque saliste de la tierra de Egipto con prisa, para que recuerdes todos los días de tu vida el día en que saliste de la tierra de Egipto.
16:4 No se verá levadura en todo tu territorio durante siete días, y nada de la carne que sacrifiques al atardecer del primer día quedará hasta la mañana.
16:5 No podrás sacrificar la Pascua en ninguna de tus poblaciones que el SEÑOR tu Dios te da,
16:6 sino en el lugar que el SEÑOR tu Dios escoja para hacer habitar allí su nombre. Allí sacrificarás la Pascua al atardecer, a la puesta del sol, en el tiempo de tu salida de Egipto.
16:7 La cocinarás y la comerás en el lugar que el SEÑOR tu Dios escoja. Por la mañana te volverás y te irás a tus tiendas.
16:8 Durante seis días comerás panes sin levadura, y el séptimo día habrá asamblea solemne para el SEÑOR tu Dios; no harás trabajo alguno.
La fiesta de las Semanas
16:9 Contarás para ti siete semanas. Desde que se empiece a meter la hoz en la mies, comenzarás a contar siete semanas.
16:10 Celebrarás la fiesta de las Semanas para el SEÑOR tu Dios con una ofrenda voluntaria de tu mano, que darás según te haya bendecido el SEÑOR tu Dios.
16:11 Te alegrarás delante del SEÑOR tu Dios, tú, tu hijo, tu hija, tu esclavo, tu esclava y el levita que esté en tus poblaciones, y el extranjero, el huérfano y la viuda que estén en medio de ti, en el lugar que el SEÑOR tu Dios escoja para hacer habitar allí su nombre.
16:12 Recordarás que fuiste esclavo en Egipto, y guardarás y cumplirás estos estatutos.
La fiesta de las Enramadas
16:13 Celebrarás la fiesta de las Enramadas durante siete días, cuando recojas el producto de tu era y de tu lagar.
16:14 Te alegrarás en tu fiesta, tú, tu hijo, tu hija, tu esclavo, tu esclava, el levita, el extranjero, el huérfano y la viuda que estén en tus poblaciones.
16:15 Durante siete días celebrarás fiesta para el SEÑOR tu Dios en el lugar que el SEÑOR escoja, porque el SEÑOR tu Dios te bendecirá en toda tu cosecha y en toda la obra de tus manos, y estarás plenamente alegre.
16:16 Tres veces al año se presentarán todos tus varones delante del SEÑOR tu Dios en el lugar que él escoja: en la fiesta de los Panes sin Levadura, en la fiesta de las Semanas y en la fiesta de las Enramadas. No se presentarán delante del SEÑOR con las manos vacías;
16:17 cada uno según lo que su mano pueda dar, conforme a la bendición que el SEÑOR tu Dios te haya dado.
Administración de la justicia
16:18 Nombrarás jueces y oficiales en todas tus poblaciones que el SEÑOR tu Dios te da, según tus tribus, y juzgarán al pueblo con juicio justo.
16:19 No torcerás el derecho, no mostrarás parcialidad ni aceptarás soborno, porque el soborno ciega los ojos de los sabios y pervierte las palabras de los justos.
16:20 Justicia, justicia perseguirás, para que vivas y poseas la tierra que el SEÑOR tu Dios te da.
Un culto fiel al SEÑOR
16:21 No plantarás para ti un poste de Asera de ninguna clase de madera junto al altar del SEÑOR tu Dios que hagas para ti.
16:22 Tampoco levantarás para ti una columna de culto, cosa que el SEÑOR tu Dios aborrece».

Capítulo 17
La integridad de las ofrendas
17:1 «No sacrificarás al SEÑOR tu Dios un buey ni un animal del rebaño que tenga un defecto o cualquier otro mal, porque es una abominación para el SEÑOR tu Dios.
La investigación de la idolatría
17:2 Si se halla en medio de ti, en alguna de tus poblaciones que el SEÑOR tu Dios te da, un hombre o una mujer que haga lo malo ante los ojos del SEÑOR tu Dios, quebrantando su pacto,
17:3 y vaya a servir a otros dioses y se postre ante ellos, ante el sol, la luna o todo el ejército del cielo, cosa que yo no mandé,
17:4 y te lo cuenten y lo oigas, indagarás cuidadosamente. Si es verdad y está confirmado que se ha cometido esta abominación en Israel,
17:5 sacarás a tus puertas al hombre o a la mujer que hayan cometido esta maldad, al hombre o a la mujer, y los apedrearás hasta que mueran.
17:6 Por el testimonio de dos testigos o de tres testigos será ejecutado el condenado a muerte; no será ejecutado por el testimonio de un solo testigo.
17:7 La mano de los testigos será la primera contra él para darle muerte, y después la mano de todo el pueblo. Así eliminarás el mal de en medio de ti.
La resolución de los casos difíciles
17:8 Si un asunto de litigio en tus poblaciones te resulta demasiado difícil de juzgar —entre una clase de homicidio y otra, entre una causa legal y otra, o entre una herida y otra—, te levantarás y subirás al lugar que el SEÑOR tu Dios escoja.
17:9 Vendrás a los sacerdotes levitas y al juez que haya en aquellos días; consultarás, y ellos te comunicarán la sentencia del juicio.
17:10 Actuarás conforme a la decisión que te comuniquen desde aquel lugar que el SEÑOR escoja, y cuidarás de hacer todo lo que te enseñen.
17:11 Conforme a la instrucción que te enseñen y conforme a la sentencia que te indiquen actuarás. No te apartarás ni a la derecha ni a la izquierda de la decisión que te comuniquen.
17:12 El hombre que actúe con soberbia y se niegue a escuchar al sacerdote que está allí para servir al SEÑOR tu Dios, o al juez, ese hombre morirá. Así eliminarás el mal de Israel.
17:13 Todo el pueblo lo oirá y temerá, y no volverá a actuar con soberbia.
Instrucciones acerca de un rey
17:14 Cuando entres en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da, tomes posesión de ella, habites en ella y digas: “Pondré sobre mí un rey, como todas las naciones que me rodean”,
17:15 sin falta pondrás sobre ti un rey que el SEÑOR tu Dios escoja. De entre tus hermanos pondrás sobre ti un rey; no podrás poner sobre ti a un hombre extranjero que no sea tu hermano.
17:16 Solo que no multiplicará para sí caballos ni hará volver al pueblo a Egipto para multiplicar caballos, pues el SEÑOR les ha dicho: “No volverán más por este camino”.
17:17 No multiplicará para sí esposas, para que no se desvíe su corazón; tampoco multiplicará mucho para sí la plata y el oro.
17:18 Cuando se siente sobre el trono de su reino, escribirá para sí en un rollo una copia de esta ley, del ejemplar que esté ante los sacerdotes levitas.
17:19 La tendrá consigo y leerá en ella todos los días de su vida, para que aprenda a temer al SEÑOR su Dios, guardando todas las palabras de esta ley y estos estatutos para cumplirlos,
17:20 para que su corazón no se enaltezca sobre sus hermanos y él no se aparte del mandamiento ni a la derecha ni a la izquierda, a fin de que prolongue los días de su reinado, él y sus hijos, en medio de Israel».

Capítulo 18
El sustento de sacerdotes y levitas
18:1 «Los sacerdotes levitas, toda la tribu de Leví, no tendrán parte ni herencia con Israel. Comerán de las ofrendas quemadas del SEÑOR y de la herencia de él.
18:2 No tendrá herencia en medio de sus hermanos; el SEÑOR es su herencia, como le ha dicho.
18:3 Este será el derecho de los sacerdotes de parte del pueblo, de los que ofrezcan sacrificio, sea un buey o un animal del rebaño: darán al sacerdote la espaldilla, las quijadas y el cuajar.
18:4 Le darás las primicias de tu grano, de tu vino nuevo y de tu aceite, y las primicias de la esquila de tus rebaños,
18:5 porque el SEÑOR tu Dios lo ha escogido de entre todas tus tribus para presentarse a servir en el nombre del SEÑOR, él y sus hijos, todos los días.
18:6 Si un levita viene de alguna de tus poblaciones, de cualquier lugar de Israel donde resida, y viene con todo el deseo de su alma al lugar que el SEÑOR escoja,
18:7 servirá en el nombre del SEÑOR su Dios como todos sus hermanos levitas que están allí delante del SEÑOR.
18:8 Comerán porciones iguales, aparte de lo que obtenga de la venta de su patrimonio familiar.
La integridad ante Dios y las consultas prohibidas
18:9 Cuando entres en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da, no aprenderás a hacer las abominaciones de aquellas naciones.
18:10 No se hallará en medio de ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni intérprete de presagios, ni hechicero,
18:11 ni quien haga encantamientos, ni quien consulte a un médium, ni adivino, ni quien consulte a los muertos.
18:12 Porque todo el que hace estas cosas es una abominación para el SEÑOR, y por estas abominaciones el SEÑOR tu Dios los expulsa de delante de ti.
18:13 Serás íntegro con el SEÑOR tu Dios.
18:14 Porque estas naciones a las que vas a desposeer escuchan a agoreros y a adivinos; pero a ti el SEÑOR tu Dios no te ha permitido eso.
Dios promete un profeta como Moisés
18:15 El SEÑOR tu Dios levantará para ti un profeta de en medio de ti, de entre tus hermanos, como yo. A él escucharán,
18:16 conforme a todo lo que pediste al SEÑOR tu Dios en Horeb el día de la asamblea, diciendo: “No vuelva yo a escuchar la voz del SEÑOR mi Dios ni vea yo más este gran fuego, para no morir”.
18:17 El SEÑOR me dijo: “Han hecho bien en lo que han dicho.
18:18 Les levantaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca y él les hablará todo lo que yo le ordene.
18:19 Al hombre que no escuche mis palabras que el profeta hable en mi nombre, yo mismo le pediré cuentas.
Cómo reconocer una palabra que Dios no ha dado
18:20 Pero el profeta que hable con soberbia en mi nombre una palabra que yo no le haya mandado hablar, o que hable en nombre de otros dioses, ese profeta morirá”.
18:21 Si dices en tu corazón: “¿Cómo reconoceremos la palabra que el SEÑOR no ha hablado?”,
18:22 cuando el profeta hable en nombre del SEÑOR y la palabra no se cumpla ni acontezca, esa es la palabra que el SEÑOR no ha hablado. Con soberbia la ha hablado el profeta; no le temas».

Capítulo 19
Las ciudades de refugio
Texto relacionado: Números 35:9–28.
19:1 «Cuando el SEÑOR tu Dios destruya a las naciones cuya tierra el SEÑOR tu Dios te da, las desposeas y habites en sus ciudades y en sus casas,
19:2 apartarás para ti tres ciudades en medio de tu tierra que el SEÑOR tu Dios te da para poseerla.
19:3 Prepararás para ti el camino y dividirás en tres partes el territorio de tu tierra que el SEÑOR tu Dios te dé como herencia, para que todo homicida pueda huir allí.
19:4 Este es el caso del homicida que huya allí y viva: el que hiera a su prójimo sin intención, sin haberlo aborrecido anteriormente.
19:5 Por ejemplo, si va con su prójimo al bosque a cortar leña y, al impulsar su mano con el hacha para cortar el árbol, el hierro se desprende del mango y golpea a su prójimo y este muere, aquel huirá a una de estas ciudades y vivirá.
19:6 No sea que el vengador de la sangre persiga al homicida con el corazón enardecido, lo alcance por ser largo el camino y lo hiera de muerte, aunque no le corresponda sentencia de muerte, porque no había aborrecido a su prójimo anteriormente.
19:7 Por eso yo te ordeno: “Apartarás para ti tres ciudades”.
19:8 Si el SEÑOR tu Dios amplía tu territorio, como juró a tus padres, y te da toda la tierra que prometió dar a tus padres,
19:9 si cuidas de cumplir todo este mandamiento que yo te ordeno hoy, amando al SEÑOR tu Dios y andando en sus caminos todos los días, añadirás para ti otras tres ciudades a estas tres,
19:10 para que no se derrame sangre inocente en medio de tu tierra que el SEÑOR tu Dios te da como herencia, y así no recaiga sobre ti culpa de sangre.
El refugio y el homicidio premeditado
19:11 Pero si un hombre aborrece a su prójimo y le tiende una emboscada, se levanta contra él y lo hiere de muerte, y este muere, y luego aquel hombre huye a una de estas ciudades,
19:12 los ancianos de su ciudad enviarán por él, lo sacarán de allí y lo entregarán en mano del vengador de la sangre, y morirá.
19:13 Tu ojo no tendrá compasión de él. Eliminarás de Israel la culpa por el derramamiento de sangre inocente, y te irá bien.
El respeto por los límites de la herencia
19:14 No desplazarás el lindero de tu prójimo que fijaron los antepasados, en la herencia que recibas en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da para poseerla.
Leyes sobre el testimonio
19:15 No bastará un solo testigo contra un hombre por cualquier delito ni por cualquier pecado, sea cual sea la falta que cometa. Por el testimonio de dos testigos o por el testimonio de tres testigos quedará establecido el asunto.
19:16 Si se levanta un testigo malicioso contra un hombre para acusarlo de una transgresión,
19:17 los dos hombres que tengan el litigio se presentarán delante del SEÑOR, delante de los sacerdotes y de los jueces que haya en aquellos días.
19:18 Los jueces indagarán cuidadosamente. Si resulta que el testigo es un testigo falso y ha declarado falsamente contra su hermano,
19:19 le harán lo que él había planeado hacer a su hermano. Así eliminarás el mal de en medio de ti.
19:20 Los demás lo oirán y temerán, y no volverán a hacer semejante maldad en medio de ti.
19:21 Tu ojo no tendrá compasión: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie».

Capítulo 20
Leyes sobre la guerra
20:1 «Cuando salgas a la guerra contra tus enemigos y veas caballos, carros y un pueblo más numeroso que tú, no les temas, porque el SEÑOR tu Dios está contigo, el que te hizo subir de la tierra de Egipto.
20:2 Cuando se acerquen al combate, el sacerdote se acercará y hablará al pueblo,
20:3 y les dirá: “Escucha, Israel: hoy se acercan a la batalla contra sus enemigos. No desmaye su corazón, no teman, no se alarmen ni se aterroricen ante ellos,
20:4 porque el SEÑOR su Dios va con ustedes para combatir por ustedes contra sus enemigos, para salvarlos”.
Quiénes pueden volver a casa antes del combate
20:5 Los oficiales hablarán al pueblo, diciendo: “¿Qué hombre ha construido una casa nueva y no la ha estrenado? Que vaya y vuelva a su casa, no sea que muera en la guerra y otro hombre la estrene.
20:6 ¿Y qué hombre ha plantado un viñedo y no lo ha disfrutado? Que vaya y vuelva a su casa, no sea que muera en la guerra y otro hombre lo disfrute.
20:7 ¿Y qué hombre se ha comprometido con una mujer y no la ha tomado por esposa? Que vaya y vuelva a su casa, no sea que muera en la guerra y otro hombre la tome por esposa”.
20:8 Los oficiales volverán a hablar al pueblo y dirán: “¿Qué hombre es temeroso y de corazón débil? Que vaya y vuelva a su casa, para que no debilite el corazón de sus hermanos como el suyo”.
20:9 Cuando los oficiales terminen de hablar al pueblo, nombrarán jefes de tropas al frente del pueblo.
Las condiciones ofrecidas a una ciudad lejana
20:10 Cuando te acerques a una ciudad para combatir contra ella, le ofrecerás la paz.
20:11 Si te responde con paz y te abre sus puertas, todo el pueblo que se halle en ella quedará sujeto a trabajos forzados para ti y te servirá.
20:12 Pero si no hace la paz contigo y te hace la guerra, la sitiarás.
20:13 El SEÑOR tu Dios la entregará en tu mano, y herirás a todos sus varones a filo de espada.
20:14 Pero las mujeres, los niños, los animales y todo lo que haya en la ciudad, todo su botín, lo tomarás como despojo para ti. Comerás del botín de tus enemigos que el SEÑOR tu Dios te haya dado.
20:15 Así harás con todas las ciudades que estén muy lejos de ti y que no sean de las ciudades de estas naciones.
Las ciudades de los pueblos de la herencia
20:16 Pero en las ciudades de estos pueblos que el SEÑOR tu Dios te da como herencia no dejarás con vida nada que respire,
20:17 sino que los consagrarás por completo a la destrucción: a los hititas, los amorreos, los cananeos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos, como el SEÑOR tu Dios te ha ordenado,
20:18 para que no les enseñen a hacer todas sus abominaciones que han hecho para sus dioses, y así ustedes no pequen contra el SEÑOR su Dios.
La protección de los árboles frutales durante el asedio
20:19 Cuando sities una ciudad durante muchos días para combatir contra ella y tomarla, no destruirás sus árboles metiendo el hacha contra ellos, porque de ellos comerás; no los talarás. ¿Acaso el árbol del campo es un hombre para que lo pongas bajo asedio?
20:20 Solo el árbol que sepas que no es frutal, ese podrás destruir y talar, y construirás obras de asedio contra la ciudad que te hace la guerra, hasta someterla».

Capítulo 21
Expiación de un asesinato cuyo autor se desconoce
21:1 «Si se encuentra un asesinado tendido en el campo, en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da para poseerla, y no se sabe quién lo mató,
21:2 saldrán tus ancianos y tus jueces, y medirán la distancia hasta las ciudades que rodean al asesinado.
21:3 Los ancianos de la ciudad más cercana al asesinado tomarán una ternera del ganado vacuno con la que no se haya trabajado y que no haya tirado del yugo.
21:4 Los ancianos de aquella ciudad bajarán la ternera a un valle que no haya sido cultivado ni sembrado y que tenga un arroyo de corriente permanente. Allí, en el valle, le quebrarán el cuello a la ternera.
21:5 Se acercarán los sacerdotes, hijos de Leví, porque el SEÑOR tu Dios los ha escogido para servirle y para bendecir en el nombre del SEÑOR. Por su palabra se decidirá todo litigio y todo caso de lesión.
21:6 Todos los ancianos de aquella ciudad, los más cercanos al asesinado, se lavarán las manos sobre la ternera a la que se le quebró el cuello en el valle,
21:7 y declararán: “Nuestras manos no han derramado esta sangre ni nuestros ojos lo han visto.
21:8 Perdona a tu pueblo Israel, que rescataste, SEÑOR, y no pongas culpa de sangre inocente en medio de tu pueblo Israel”. Así les será expiada la culpa de esa sangre.
21:9 Tú eliminarás de en medio de ti la culpa de sangre inocente, al hacer lo recto ante los ojos del SEÑOR.
La mujer cautiva tomada como esposa
21:10 Cuando salgas a la guerra contra tus enemigos y el SEÑOR tu Dios los entregue en tu mano, y tomes cautivos de ellos,
21:11 si ves entre los cautivos a una mujer de hermosa figura, la deseas y la tomas para ti como esposa,
21:12 la llevarás al interior de tu casa. Ella se rapará la cabeza y se cortará las uñas,
21:13 se quitará la ropa de su cautiverio y permanecerá en tu casa. Llorará a su padre y a su madre durante un mes entero; después podrás unirte a ella, serás su marido y ella será tu esposa.
21:14 Si no te agrada, la dejarás ir libre. De ningún modo la venderás por dinero ni la tratarás como esclava, porque la has humillado.
El derecho del hijo primogénito
21:15 Si un hombre tiene dos esposas, una amada y otra aborrecida, y tanto la amada como la aborrecida le han dado hijos, y el hijo primogénito es de la aborrecida,
21:16 el día que reparta entre sus hijos la herencia de lo que tenga, no podrá dar la primogenitura al hijo de la amada por encima del hijo de la aborrecida, que es el primogénito.
21:17 Reconocerá como primogénito al hijo de la aborrecida, dándole una porción doble de todo lo que tenga, porque él es el primer fruto de su vigor; a él le corresponde el derecho de primogenitura.
El hijo que persiste en la rebeldía
21:18 Si un hombre tiene un hijo terco y rebelde, que no escucha la voz de su padre ni la voz de su madre, y aunque lo disciplinan no los escucha,
21:19 su padre y su madre lo tomarán y lo sacarán ante los ancianos de su ciudad, a la puerta del lugar donde viva.
21:20 Dirán a los ancianos de su ciudad: “Este hijo nuestro es terco y rebelde, no escucha nuestra voz; es glotón y borracho”.
21:21 Todos los hombres de su ciudad lo apedrearán y morirá. Así eliminarás el mal de en medio de ti, y todo Israel lo oirá y temerá.
La sepultura del condenado a muerte
21:22 Si un hombre comete un delito que merezca la muerte, es ejecutado y tú lo cuelgas en un madero,
21:23 no dejarás que su cadáver pase la noche en el madero. Lo enterrarás sin falta ese mismo día, porque el colgado es maldito por Dios. No contaminarás tu tierra que el SEÑOR tu Dios te da como herencia».

Capítulo 22
Ayudar al prójimo y devolver lo perdido
22:1 «Si ves extraviados el buey de tu hermano o su animal del rebaño, no te desentenderás de ellos. Se los devolverás sin falta a tu hermano.
22:2 Si tu hermano no está cerca de ti o no lo conoces, recogerás el animal en tu casa y estará contigo hasta que tu hermano lo busque; entonces se lo devolverás.
22:3 Así harás con su burro, así harás con su ropa y así harás con cualquier cosa que tu hermano haya perdido y tú encuentres. No podrás desentenderte.
22:4 Si ves caídos en el camino el burro de tu hermano o su buey, no te desentenderás de ellos. Los levantarás sin falta junto con él.
La distinción en el atuendo
22:5 Una mujer no llevará atuendo de hombre, ni un hombre se vestirá con ropa de mujer, porque todo el que hace estas cosas es una abominación para el SEÑOR tu Dios.
El nido encontrado en el camino
22:6 Si por el camino encuentras un nido de ave en cualquier árbol o en el suelo, con polluelos o huevos, y la madre está echada sobre los polluelos o los huevos, no tomarás a la madre con las crías.
22:7 Dejarás ir sin falta a la madre, pero podrás tomar para ti las crías, para que te vaya bien y prolongues tus días.
Prevenir una caída desde la azotea
22:8 Cuando construyas una casa nueva, harás una baranda para tu azotea, para no atraer culpa de sangre sobre tu casa si alguien cae de ella.
Mezclas prohibidas en cultivos, trabajo y ropa
22:9 No sembrarás tu viñedo con semillas de dos clases, no sea que quede consagrado todo el producto, tanto lo que dé la semilla que siembres como la cosecha del viñedo.
22:10 No ararás con un buey y un burro juntos.
22:11 No vestirás ropa hecha de lana y lino mezclados.
Las borlas como recordatorio del pacto
22:12 Te harás borlas en las cuatro puntas del manto con el que te cubras.
La acusación contra una recién casada
22:13 Si un hombre toma esposa, se une a ella y la aborrece,
22:14 le imputa una conducta vergonzosa, le da mala fama y dice: “Tomé a esta mujer, me acerqué a ella y no hallé en ella señales de virginidad”,
22:15 el padre de la joven y su madre tomarán las señales de la virginidad de la joven y las llevarán ante los ancianos de la ciudad, a la puerta.
22:16 El padre de la joven dirá a los ancianos: “Di mi hija a este hombre por esposa, y él la aborrece.
22:17 Ahora le imputa una conducta vergonzosa, diciendo: ‘No hallé en tu hija señales de virginidad’. Pero estas son las señales de la virginidad de mi hija”. Y extenderán la prenda delante de los ancianos de la ciudad.
22:18 Los ancianos de aquella ciudad tomarán al hombre y lo castigarán.
22:19 Le impondrán una multa de unos mil ciento cuarenta gramos de plata, que entregarán al padre de la joven, porque ha dado mala fama a una virgen de Israel. Ella seguirá siendo su esposa; no podrá divorciarse de ella en toda su vida.
22:20 Pero si el asunto es verdad y no se hallan señales de virginidad en la joven,
22:21 sacarán a la joven a la entrada de la casa de su padre, y los hombres de su ciudad la apedrearán hasta que muera, porque ha cometido una vileza en Israel al fornicar en la casa de su padre. Así eliminarás el mal de en medio de ti.
La responsabilidad por adulterio
22:22 Si se encuentra a un hombre acostado con una mujer que tenga marido, morirán ambos: el hombre que se acostó con la mujer y la mujer. Así eliminarás el mal de Israel.
La joven comprometida y la relación en la ciudad
22:23 Si una joven virgen está prometida en matrimonio a un hombre y otro hombre la encuentra en la ciudad y se acuesta con ella,
22:24 los sacarán a ambos a la puerta de aquella ciudad y los apedrearán hasta que mueran: a la joven, porque no gritó en la ciudad, y al hombre, porque humilló a la esposa de su prójimo. Así eliminarás el mal de en medio de ti.
La joven forzada es inocente
22:25 Pero si el hombre encuentra en el campo a la joven prometida en matrimonio, la fuerza y se acuesta con ella, morirá solo el hombre que se acostó con ella.
22:26 A la joven no le harás nada; no hay en ella delito digno de muerte. Este caso es como cuando un hombre se levanta contra su prójimo y le quita la vida.
22:27 Porque él la encontró en el campo; la joven prometida en matrimonio gritó, pero no hubo quien la salvara.
La responsabilidad ante una joven no comprometida
22:28 Si un hombre encuentra a una joven virgen que no esté prometida en matrimonio, la sujeta y se acuesta con ella, y son descubiertos,
22:29 el hombre que se acostó con ella dará al padre de la joven unos quinientos setenta gramos de plata. Ella será su esposa, porque la humilló; no podrá divorciarse de ella en toda su vida.
La prohibición de tomar a la esposa del padre
22:30 Un hombre no tomará a la esposa de su padre ni deshonrará el lecho de su padre».

Capítulo 23
Los excluidos de la congregación
23:1 «No entrará en la asamblea del SEÑOR el que tenga los testículos aplastados o el pene amputado.
23:2 No entrará en la asamblea del SEÑOR el nacido de una unión ilegítima; ni aun su décima generación entrará en la asamblea del SEÑOR.
23:3 No entrará amonita ni moabita en la asamblea del SEÑOR; tampoco entrará jamás su descendencia en la asamblea del SEÑOR, ni aun en la décima generación,
23:4 porque no salieron a recibirlos con pan y agua en el camino cuando salieron de Egipto, y porque contrató contra ti a Balaam hijo de Beor, de Petor, en Aram-naharaim, para maldecirte.
23:5 Pero el SEÑOR tu Dios no quiso escuchar a Balaam, y el SEÑOR tu Dios convirtió para ti la maldición en bendición, porque el SEÑOR tu Dios te amaba.
23:6 No procurarás la paz ni el bien de ellos en todos tus días, para siempre.
23:7 No detestarás al edomita, porque es tu hermano. No detestarás al egipcio, porque fuiste extranjero en su tierra.
23:8 Los hijos que les nazcan, en la tercera generación, podrán entrar en la asamblea del SEÑOR.
Pureza y cuidado del campamento
23:9 Cuando salgas en campaña contra tus enemigos, te guardarás de toda cosa mala.
23:10 Si hay en medio de ti un hombre que no esté puro por una emisión nocturna, saldrá fuera del campamento; no entrará en el interior del campamento.
23:11 Hacia el atardecer se bañará en agua, y cuando se ponga el sol entrará en el interior del campamento.
23:12 Tendrás un lugar fuera del campamento, adonde saldrás.
23:13 Tendrás una estaca entre tus armas. Cuando te sientes fuera, cavarás con ella y, al volverte, cubrirás tu excremento.
23:14 Porque el SEÑOR tu Dios anda en medio de tu campamento para librarte y entregar a tus enemigos delante de ti. Por eso tu campamento será santo, para que él no vea en ti nada indecente ni se aparte de ti.
Protección para el esclavo refugiado
23:15 No entregarás a su amo al esclavo que haya escapado a ti de su amo.
23:16 Vivirá contigo, en medio de ti, en el lugar que escoja en alguna de tus poblaciones, donde le parezca bien. No lo oprimirás.
Prácticas y ganancias que no deben incorporarse al culto
23:17 No habrá prostituta ritual entre las hijas de Israel ni prostituto ritual entre los hijos de Israel.
23:18 No traerás a la casa del SEÑOR tu Dios, por ningún voto, la paga de una prostituta ni el precio de un perro, porque ambos son una abominación para el SEÑOR tu Dios.
Los préstamos y el cobro de intereses
23:19 No cobrarás a tu hermano interés de dinero, ni interés de alimentos, ni interés de ninguna cosa sobre la que se cobre interés.
23:20 Al extranjero podrás cobrarle interés, pero no a tu hermano, para que el SEÑOR tu Dios te bendiga en todo cuanto emprenda tu mano en la tierra adonde vas para poseerla.
La responsabilidad por los votos
23:21 Cuando hagas un voto al SEÑOR tu Dios, no tardarás en cumplirlo, porque el SEÑOR tu Dios te lo exigirá sin falta; si te demoras, incurrirás en pecado.
23:22 Si te abstienes de hacer votos, no habrá pecado en ti.
23:23 Lo que salga de tus labios lo guardarás y lo cumplirás, tal como lo prometiste al SEÑOR tu Dios: la ofrenda voluntaria que prometiste con tu boca.
Comer sin apropiarse de la cosecha ajena
23:24 Cuando entres en el viñedo de tu prójimo, podrás comer uvas según tu deseo, hasta saciarte, pero no pondrás ninguna en tu cesto.
23:25 Cuando entres en la mies de tu prójimo, podrás arrancar espigas con tu mano, pero no blandirás la hoz sobre la mies de tu prójimo».

Capítulo 24
El divorcio y la prohibición de volver al primer marido
24:1 «Si un hombre toma esposa y se une a ella, pero ella no halla favor ante sus ojos porque él encuentra en ella algo indecente, y él le escribe un acta de divorcio, se la entrega en la mano y la despide de su casa,
24:2 y ella sale de su casa, se va y se convierte en esposa de otro hombre,
24:3 y este último hombre la aborrece, le escribe un acta de divorcio, se la entrega en la mano y la despide de su casa, o si muere este último hombre que la tomó por esposa,
24:4 su primer marido, que la despidió, no podrá volver a tomarla como esposa después de haber quedado ella impura, porque esto es una abominación delante del SEÑOR. No harás culpable a la tierra que el SEÑOR tu Dios te da como herencia.
La exención del recién casado
24:5 Si un hombre acaba de tomar esposa, no saldrá con el ejército ni se le impondrá ninguna otra obligación. Quedará libre en su casa durante un año y alegrará a la esposa que ha tomado.
Límites a las garantías de los préstamos
24:6 No tomarás en garantía un molino ni su piedra superior, porque sería tomar en garantía la vida misma.
La condena del secuestro
24:7 Si se encuentra a un hombre que ha secuestrado a uno de sus hermanos israelitas, lo ha tratado como esclavo y lo ha vendido, ese secuestrador morirá. Así eliminarás el mal de en medio de ti.
Las afecciones cutáneas y la instrucción sacerdotal
24:8 En caso de una lesión de enfermedad cutánea, ten mucho cuidado de guardar y cumplir todo lo que les enseñen los sacerdotes levitas. Cuiden de cumplirlo tal como yo les he mandado a ellos.
24:9 Recuerda lo que el SEÑOR tu Dios le hizo a María por el camino, cuando salieron de Egipto.
La dignidad del deudor y la devolución de su manto
24:10 Cuando hagas un préstamo de cualquier cosa a tu prójimo, no entrarás en su casa para tomar el objeto dado en garantía.
24:11 Te quedarás fuera, y el hombre a quien hagas el préstamo te sacará la prenda.
24:12 Si es un hombre pobre, no te acostarás reteniendo su prenda.
24:13 Le devolverás sin falta la prenda al ponerse el sol, para que duerma cubierto con su manto y te bendiga; y será para ti un acto de justicia delante del SEÑOR tu Dios.
El trato justo y la paga del jornalero
24:14 No oprimirás al jornalero pobre y necesitado, ya sea uno de tus hermanos o uno de los extranjeros que habitan en tu tierra, en tus poblaciones.
24:15 Le darás su salario el mismo día, antes de que se ponga el sol, porque es pobre y de él depende su vida, no sea que clame contra ti al SEÑOR y tú incurras en pecado.
La responsabilidad por la propia falta
24:16 Los padres no serán ejecutados por los hijos, ni los hijos serán ejecutados por los padres. Cada uno será ejecutado por su propio pecado.
La justicia para el extranjero, el huérfano y la viuda
24:17 No torcerás el derecho del extranjero ni del huérfano, ni tomarás en garantía la ropa de la viuda.
24:18 Recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que el SEÑOR tu Dios te rescató de allí. Por eso te mando que hagas esto.
Lo que debe quedar de la cosecha para el necesitado
24:19 Cuando siegues tu cosecha en tu campo y olvides una gavilla en el campo, no volverás a recogerla. Será para el extranjero, el huérfano y la viuda, para que el SEÑOR tu Dios te bendiga en toda obra de tus manos.
24:20 Cuando sacudas tu olivo, no volverás a rebuscar en sus ramas. Lo que quede será para el extranjero, el huérfano y la viuda.
24:21 Cuando vendimies tu viñedo, no volverás a recoger los racimos que queden. Serán para el extranjero, el huérfano y la viuda.
24:22 Recuerda que fuiste esclavo en la tierra de Egipto. Por eso te mando que hagas esto».

Capítulo 25
El juicio justo y el límite de los azotes
25:1 «Si hay un litigio entre hombres y acuden al tribunal, los jueces los juzgarán, absolverán al inocente y condenarán al culpable.
25:2 Si el culpable merece ser azotado, el juez lo hará tenderse en el suelo y mandará que lo azoten en su presencia, con un número de azotes correspondiente a su delito.
25:3 Podrá darle hasta cuarenta azotes, pero no más, no sea que tu hermano quede humillado ante tus ojos al recibir demasiados golpes.
El sustento del buey que trabaja
25:4 No pondrás bozal al buey mientras trilla.
El deber del cuñado y la continuidad de la familia
25:5 Si unos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin tener hijo, la esposa del difunto no se casará fuera de la familia con un extraño. Su cuñado se unirá a ella, la tomará por esposa y cumplirá con ella el deber de cuñado.
25:6 El primogénito que ella dé a luz perpetuará el nombre del hermano difunto, para que su nombre no sea borrado de Israel.
25:7 Si el hombre no desea tomar a su cuñada por esposa, ella subirá a la puerta de la ciudad ante los ancianos y dirá: “Mi cuñado se niega a perpetuar el nombre de su hermano en Israel; no quiere cumplir conmigo el deber de cuñado”.
25:8 Entonces los ancianos de su ciudad lo llamarán y hablarán con él. Si él se pone de pie y dice: “No deseo tomarla por esposa”,
25:9 su cuñada se acercará a él delante de los ancianos, le quitará la sandalia del pie y le escupirá en el rostro. Declarará: “Así se hará al hombre que no edifique la casa de su hermano”.
25:10 Y en Israel se le llamará: “La casa del hombre al que le quitaron la sandalia”.
La intervención prohibida en una pelea
25:11 Si unos hombres pelean entre sí y la esposa de uno se acerca para librar a su marido de la mano del que lo golpea, extiende su mano y lo sujeta por los genitales,
25:12 le cortarás la mano; no te compadecerás de ella.
La justicia en las pesas y las medidas
25:13 No tendrás en tu bolsa pesas desiguales, una grande y otra pequeña.
25:14 No tendrás en tu casa medidas de capacidad desiguales, una grande y otra pequeña.
25:15 Tendrás una pesa completa y justa, y tendrás una medida de capacidad completa y justa, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el SEÑOR tu Dios te da.
25:16 Porque todo el que hace estas cosas, todo el que comete injusticia, es una abominación para el SEÑOR tu Dios.
El recuerdo de Amalec y la orden de juicio
25:17 Recuerda lo que te hizo Amalec por el camino, cuando salieron de Egipto:
25:18 te salió al encuentro por el camino y atacó por detrás a todos los débiles que iban rezagados, mientras tú estabas cansado y agotado. No temió a Dios.
25:19 Cuando el SEÑOR tu Dios te haya dado descanso de todos tus enemigos de alrededor, en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da como herencia para poseerla, borrarás la memoria de Amalec de debajo del cielo. No lo olvides».

Capítulo 26
Las primicias y la memoria de la liberación
26:1 «Cuando entres en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da como herencia, tomes posesión de ella y habites en ella,
26:2 tomarás parte de las primicias de todos los frutos del suelo que recojas de la tierra que el SEÑOR tu Dios te da. Las pondrás en una canasta e irás al lugar que el SEÑOR tu Dios escoja para hacer habitar allí su nombre.
26:3 Te presentarás al sacerdote que haya en aquellos días y le dirás: “Declaro hoy al SEÑOR tu Dios que he entrado en la tierra que el SEÑOR juró a nuestros antepasados que nos daría”.
26:4 El sacerdote tomará la canasta de tu mano y la pondrá delante del altar del SEÑOR tu Dios.
26:5 Entonces declararás delante del SEÑOR tu Dios: “Mi antepasado era un arameo a punto de perecer. Bajó a Egipto y residió allí como extranjero con pocas personas; allí se convirtió en una nación grande, poderosa y numerosa.
26:6 Los egipcios nos maltrataron, nos afligieron y nos impusieron una dura servidumbre.
26:7 Clamamos al SEÑOR, el Dios de nuestros antepasados, y el SEÑOR escuchó nuestra voz y vio nuestra aflicción, nuestro duro trabajo y nuestra opresión.
26:8 El SEÑOR nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, con gran terror, con señales y prodigios.
26:9 Nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra, una tierra que fluye leche y miel.
26:10 Y ahora he traído las primicias del fruto del suelo que tú me has dado, SEÑOR”. Pondrás la canasta delante del SEÑOR tu Dios y te postrarás delante del SEÑOR tu Dios.
26:11 Te alegrarás por todo el bien que el SEÑOR tu Dios te haya dado a ti y a tu casa, tú, el levita y el extranjero que viva en medio de ti.
La entrega del diezmo a quienes necesitan sustento
26:12 Cuando termines de separar todo el diezmo de tu cosecha en el tercer año, el año del diezmo, lo darás al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda, para que coman en tus poblaciones y se sacien.
26:13 Dirás delante del SEÑOR tu Dios: “He retirado de mi casa lo consagrado y lo he dado al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda, conforme a todo el mandato que me has dado. No he transgredido tus mandamientos ni los he olvidado.
26:14 No he comido de ello durante mi luto, ni he usado nada de ello estando impuro, ni he dado nada de ello a un muerto. He escuchado la voz del SEÑOR mi Dios; he hecho todo lo que me has mandado.
26:15 Mira desde tu santa morada, desde el cielo, y bendice a tu pueblo Israel y a la tierra que nos has dado, tal como juraste a nuestros antepasados: una tierra que fluye leche y miel”.
El compromiso de Israel con el Dios del pacto
26:16 Hoy el SEÑOR tu Dios te manda cumplir estos estatutos y estas normas. Cuidarás de guardarlos y cumplirlos con todo tu corazón y con toda tu alma.
26:17 Hoy has declarado que el SEÑOR será tu Dios y que andarás en sus caminos, guardarás sus estatutos, sus mandamientos y sus normas, y escucharás su voz.
26:18 Y el SEÑOR ha declarado hoy que tú serás su pueblo, su tesoro especial, tal como te ha dicho, y que guardarás todos sus mandamientos,
26:19 para ponerte por encima de todas las naciones que ha hecho, en alabanza, fama y gloria, y para que seas un pueblo santo para el SEÑOR tu Dios, tal como ha dicho».

Capítulo 27
La ley escrita y el altar en el monte Ebal
27:1 Moisés y los ancianos de Israel ordenaron al pueblo: «Guarden todo el mandato que hoy les doy.
27:2 El día que crucen el Jordán hacia la tierra que el SEÑOR tu Dios te da, levantarás grandes piedras y las recubrirás con cal.
27:3 Al cruzar, escribirás en ellas todas las palabras de esta ley, para que entres en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da, una tierra que fluye leche y miel, tal como el SEÑOR, el Dios de tus antepasados, te ha dicho.
27:4 Cuando crucen el Jordán, levantarán en el monte Ebal estas piedras que hoy les mando, y las recubrirás con cal.
27:5 Construirás allí un altar al SEÑOR tu Dios, un altar de piedras. No usarás sobre ellas ninguna herramienta de hierro.
27:6 Con piedras enteras construirás el altar del SEÑOR tu Dios, y sobre él ofrecerás holocaustos al SEÑOR tu Dios.
27:7 Sacrificarás ofrendas de paz, comerás allí y te alegrarás delante del SEÑOR tu Dios.
27:8 Escribirás con toda claridad sobre las piedras todas las palabras de esta ley».
Israel reconoce su pertenencia al SEÑOR
27:9 Moisés y los sacerdotes levitas hablaron a todo Israel: «Guarda silencio y escucha, Israel. Hoy te has convertido en pueblo del SEÑOR tu Dios.
27:10 Escucharás la voz del SEÑOR tu Dios y cumplirás sus mandamientos y sus estatutos, que hoy te mando».
La proclamación del pacto entre los dos montes
27:11 Aquel día Moisés ordenó al pueblo:
27:12 «Estos estarán sobre el monte Gerizim para bendecir al pueblo cuando crucen el Jordán: Simeón, Leví, Judá, Isacar, José y Benjamín.
27:13 Y estos estarán sobre el monte Ebal para pronunciar la maldición: Rubén, Gad, Aser, Zabulón, Dan y Neftalí.
27:14 Los levitas proclamarán en voz alta a todos los hombres de Israel:
27:15 “Maldito el hombre que haga una imagen tallada o de metal fundido, abominación para el SEÑOR, obra de manos de artesano, y la ponga en secreto”. Y todo el pueblo responderá: “Amén”.
27:16 “Maldito el que deshonre a su padre y a su madre”. Y todo el pueblo dirá: “Amén”.
27:17 “Maldito el que mueva el límite de la propiedad de su prójimo”. Y todo el pueblo dirá: “Amén”.
27:18 “Maldito el que haga desviarse al ciego en el camino”. Y todo el pueblo dirá: “Amén”.
27:19 “Maldito el que tuerza el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda”. Y todo el pueblo dirá: “Amén”.
27:20 “Maldito el que se acueste con la esposa de su padre, porque deshonra el lecho de su padre”. Y todo el pueblo dirá: “Amén”.
27:21 “Maldito el que se acueste con cualquier animal”. Y todo el pueblo dirá: “Amén”.
27:22 “Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija de su madre”. Y todo el pueblo dirá: “Amén”.
27:23 “Maldito el que se acueste con su suegra”. Y todo el pueblo dirá: “Amén”.
27:24 “Maldito el que hiera a su prójimo en secreto”. Y todo el pueblo dirá: “Amén”.
27:25 “Maldito el que acepte un soborno para quitarle la vida a un inocente”. Y todo el pueblo dirá: “Amén”.
27:26 “Maldito el que no confirme las palabras de esta ley poniéndolas en práctica”. Y todo el pueblo dirá: “Amén”».

Capítulo 28
Bendiciones de la obediencia
Textos relacionados: Levítico 26:3–13; Deuteronomio 7:12–24.
28:1 «Si escuchas atentamente la voz del SEÑOR tu Dios y cuidas de cumplir todos sus mandamientos que hoy te mando, el SEÑOR tu Dios te pondrá por encima de todas las naciones de la tierra.
28:2 Todas estas bendiciones vendrán sobre ti y te alcanzarán, si escuchas la voz del SEÑOR tu Dios:
28:3 Bendito serás en la ciudad y bendito serás en el campo.
28:4 Benditos serán el fruto de tu vientre, el fruto de tu tierra y el fruto de tu ganado, las crías de tus vacas y de tus rebaños.
28:5 Benditas serán tu canasta y tu artesa de amasar.
28:6 Bendito serás al entrar y bendito serás al salir.
28:7 El SEÑOR entregará derrotados ante ti a tus enemigos que se levanten contra ti. Por un camino saldrán contra ti, pero por siete caminos huirán de ti.
28:8 El SEÑOR mandará la bendición sobre tus graneros y sobre todo cuanto emprenda tu mano. Te bendecirá en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da.
28:9 El SEÑOR te establecerá como su pueblo santo, tal como te lo ha jurado, si guardas los mandamientos del SEÑOR tu Dios y andas en sus caminos.
28:10 Todos los pueblos de la tierra verán que el nombre del SEÑOR es invocado sobre ti, y te temerán.
28:11 El SEÑOR te dará abundancia de bienes en el fruto de tu vientre, en el fruto de tu ganado y en el fruto de tu tierra, sobre el suelo que el SEÑOR juró a tus antepasados que te daría.
28:12 El SEÑOR abrirá para ti su buen tesoro, el cielo, para dar lluvia a tu tierra a su tiempo y bendecir toda obra de tus manos. Prestarás a muchas naciones, pero tú no pedirás prestado.
28:13 El SEÑOR te pondrá por cabeza y no por cola; estarás solamente arriba, no abajo, si atiendes a los mandamientos del SEÑOR tu Dios que hoy te mando, para guardarlos y cumplirlos,
28:14 y no te apartas de ninguna de las palabras que hoy les mando, ni a la derecha ni a la izquierda, para seguir a otros dioses y servirles.
Consecuencias de la desobediencia
Texto relacionado: Levítico 26:14–46.
28:15 Pero si no escuchas la voz del SEÑOR tu Dios y no cuidas de cumplir todos sus mandamientos y sus estatutos que hoy te mando, todas estas maldiciones vendrán sobre ti y te alcanzarán:
28:16 Maldito serás en la ciudad y maldito serás en el campo.
28:17 Malditas serán tu canasta y tu artesa de amasar.
28:18 Malditos serán el fruto de tu vientre y el fruto de tu tierra, las crías de tus vacas y de tus rebaños.
28:19 Maldito serás al entrar y maldito serás al salir.
El quebranto del sustento y la derrota del pueblo
28:20 El SEÑOR enviará contra ti maldición, confusión y reprensión en todo cuanto emprenda tu mano, hasta que seas destruido y perezcas pronto por la maldad de tus acciones, con las que me has abandonado.
28:21 El SEÑOR hará que la peste se aferre a ti, hasta acabar contigo en la tierra adonde vas para poseerla.
28:22 El SEÑOR te herirá con una enfermedad que te consumirá, con fiebre, inflamación y ardor, con la espada, con tizón y con amarillamiento de los cultivos. Te perseguirán hasta que perezcas.
28:23 El cielo sobre tu cabeza será de bronce, y la tierra debajo de ti será de hierro.
28:24 El SEÑOR dará a tu tierra polvo y tierra en lugar de lluvia; descenderán del cielo sobre ti hasta que seas destruido.
28:25 El SEÑOR te entregará derrotado ante tus enemigos. Por un camino saldrás contra ellos, pero por siete caminos huirás de ellos. Serás motivo de horror para todos los reinos de la tierra.
28:26 Tus cadáveres serán alimento para todas las aves del cielo y los animales de la tierra, y no habrá quien los espante.
28:27 El SEÑOR te herirá con las úlceras de Egipto, con tumores, sarna y comezón, sin que puedas curarte.
28:28 El SEÑOR te herirá con locura, ceguera y turbación del corazón.
28:29 Andarás a tientas al mediodía, como anda a tientas el ciego en la oscuridad. No prosperarás en tus caminos; estarás oprimido y despojado todos los días, y no habrá quien te salve.
Las pérdidas familiares y el despojo del trabajo
28:30 Te prometerás en matrimonio con una mujer, pero otro hombre se acostará con ella. Construirás una casa, pero no habitarás en ella; plantarás un viñedo, pero no disfrutarás de su fruto.
28:31 Tu buey será degollado ante tus ojos, pero tú no comerás de él. Te arrebatarán el burro delante de ti, y no te será devuelto. Tus rebaños serán entregados a tus enemigos, y no tendrás quien te salve.
28:32 Tus hijos y tus hijas serán entregados a otro pueblo; tus ojos lo verán y desfallecerán por ellos todo el día, pero no habrá fuerza en tu mano.
28:33 Un pueblo que no conoces comerá el fruto de tu tierra y todo el producto de tu trabajo. Estarás oprimido y aplastado todos los días.
28:34 Enloquecerás por lo que verán tus ojos.
28:35 El SEÑOR te herirá con úlceras malignas en las rodillas y en las piernas, desde la planta de tu pie hasta tu coronilla, sin que puedas sanar.
El destierro y la pérdida del fruto esperado
28:36 El SEÑOR te llevará a ti y al rey que hayas puesto sobre ti a una nación que ni tú ni tus antepasados han conocido. Allí servirás a otros dioses, de madera y de piedra.
28:37 Serás motivo de horror, de refrán y de burla entre todos los pueblos adonde el SEÑOR te lleve.
28:38 Llevarás mucha semilla al campo, pero recogerás poco, porque la langosta la consumirá.
28:39 Plantarás viñedos y los cultivarás, pero no beberás vino ni recogerás uvas, porque el gusano se las comerá.
28:40 Tendrás olivos en todo tu territorio, pero no te ungirás con aceite, porque tus aceitunas se caerán.
28:41 Engendrarás hijos e hijas, pero no serán tuyos, porque irán al cautiverio.
28:42 La langosta arrasará todos tus árboles y el fruto de tu tierra.
28:43 El extranjero que viva en medio de ti se elevará cada vez más sobre ti, y tú descenderás cada vez más.
28:44 Él te prestará a ti, pero tú no le prestarás a él. Él será la cabeza y tú serás la cola.
El rechazo del SEÑOR y la servidumbre al enemigo
28:45 Todas estas maldiciones vendrán sobre ti, te perseguirán y te alcanzarán hasta que seas destruido, porque no escuchaste la voz del SEÑOR tu Dios para guardar los mandamientos y estatutos que él te mandó.
28:46 Serán en ti una señal y un prodigio, y en tu descendencia para siempre.
28:47 Por no haber servido al SEÑOR tu Dios con alegría y gozo de corazón en medio de la abundancia de todo,
28:48 servirás a tus enemigos que el SEÑOR envíe contra ti, con hambre, sed, desnudez y carencia de todo. Él pondrá un yugo de hierro sobre tu cuello hasta destruirte.
La invasión y el horror del asedio
28:49 El SEÑOR traerá contra ti una nación de lejos, del extremo de la tierra, que se lanzará como el águila, una nación cuya lengua no entiendas,
28:50 una nación de rostro feroz, que no respetará al anciano ni tendrá compasión del joven.
28:51 Comerá el fruto de tu ganado y el fruto de tu tierra hasta que seas destruido. No te dejará grano, vino nuevo ni aceite, ni crías de tus vacas ni de tus rebaños, hasta acabar contigo.
28:52 Te sitiará en todas tus ciudades hasta que caigan tus murallas altas y fortificadas, en las que confías, por toda tu tierra. Te sitiará en todas tus ciudades, en toda la tierra que el SEÑOR tu Dios te ha dado.
28:53 Comerás el fruto de tu vientre, la carne de tus hijos y de tus hijas que el SEÑOR tu Dios te ha dado, durante el asedio y la angustia con que tu enemigo te oprimirá.
28:54 El hombre tierno y muy delicado entre ustedes mirará con malos ojos a su hermano, a la esposa de su seno y al resto de sus hijos que le queden,
28:55 y no dará a ninguno de ellos parte de la carne de sus hijos que esté comiendo, porque no le habrá quedado nada más durante el asedio y la angustia con que tu enemigo te oprimirá en todas tus ciudades.
28:56 La mujer tierna y delicada entre ustedes, que por su delicadeza y refinamiento nunca había intentado poner la planta del pie en el suelo, mirará con malos ojos a su marido amado, a su hijo y a su hija.
28:57 No compartirá con ellos la placenta que salga de entre sus piernas ni los hijos que dé a luz; se los comerá en secreto por carecer de todo, durante el asedio y la angustia con que tu enemigo te oprimirá en tus ciudades.
La ley escrita y la gravedad del juicio
28:58 Si no cuidas de cumplir todas las palabras de esta ley que están escritas en este libro, temiendo este nombre glorioso y temible, el SEÑOR tu Dios,
28:59 el SEÑOR hará extraordinarias las plagas que caigan sobre ti y sobre tu descendencia: plagas grandes y duraderas, enfermedades graves y duraderas.
28:60 Hará volver sobre ti todas las enfermedades de Egipto que tanto temías, y se aferrarán a ti.
28:61 También el SEÑOR hará venir sobre ti toda enfermedad y toda plaga que no estén escritas en el libro de esta ley, hasta que seas destruido.
28:62 Quedarán pocos de ustedes, después de haber sido tan numerosos como las estrellas del cielo, porque no escuchaste la voz del SEÑOR tu Dios.
28:63 Así como el SEÑOR se gozaba en hacerles bien y multiplicarlos, así el SEÑOR se gozará en hacerlos perecer y destruirlos. Serán arrancados de la tierra adonde vas para poseerla.
La dispersión, el temor y la vuelta a Egipto
28:64 El SEÑOR te dispersará entre todos los pueblos, de un extremo al otro de la tierra. Allí servirás a otros dioses que ni tú ni tus antepasados han conocido, de madera y de piedra.
28:65 Entre aquellas naciones no hallarás descanso, ni habrá reposo para la planta de tu pie. Allí el SEÑOR te dará un corazón tembloroso, ojos desfallecidos y un alma angustiada.
28:66 Tu vida penderá de un hilo; tendrás miedo de noche y de día y no estarás seguro de tu vida.
28:67 Por la mañana dirás: “¡Ojalá llegara la tarde!”, y por la tarde dirás: “¡Ojalá llegara la mañana!”, por el miedo que sentirás en el corazón y por lo que verán tus ojos.
28:68 El SEÑOR te hará volver a Egipto en barcos, por el camino del que te dije: “No volverás a verlo nunca más”. Allí intentarán venderse a tus enemigos como esclavos y esclavas, pero no habrá quien compre».

Capítulo 29
Pacto del SEÑOR con Israel en Moab
29:1 Estas son las palabras del pacto que el SEÑOR mandó a Moisés celebrar con los hijos de Israel en la tierra de Moab, además del pacto que había celebrado con ellos en Horeb.
La memoria de la liberación y el cuidado en el desierto
29:2 Moisés llamó a todo Israel y les dijo: «Ustedes han visto todo lo que el SEÑOR hizo ante sus ojos en la tierra de Egipto, al faraón, a todos sus siervos y a toda su tierra:
29:3 las grandes pruebas que vieron tus ojos, aquellas señales y grandes prodigios.
29:4 Pero hasta el día de hoy el SEÑOR no les ha dado corazón para entender, ni ojos para ver ni oídos para oír.
29:5 Los he guiado cuarenta años por el desierto; la ropa que llevaban puesta no se ha gastado, ni la sandalia que llevas en el pie se ha gastado.
29:6 No han comido pan ni han bebido vino ni bebida embriagante, para que sepan que yo soy el SEÑOR su Dios.
29:7 Llegaron a este lugar, y Sehón, rey de Hesbón, y Og, rey de Basán, salieron a nuestro encuentro para combatir, pero los derrotamos.
29:8 Tomamos su tierra y la dimos como herencia a los rubenitas, a los gaditas y a la media tribu de Manasés.
29:9 Guarden las palabras de este pacto y cúmplanlas, para que prosperen en todo lo que hagan.
Toda la comunidad ante el pacto
29:10 Hoy todos ustedes están de pie delante del SEÑOR su Dios: los jefes de sus tribus, sus ancianos y sus oficiales, todos los hombres de Israel,
29:11 sus niños, sus esposas y el extranjero que está en medio de tu campamento, desde el que corta tu leña hasta el que saca tu agua,
29:12 para que entres en el pacto del SEÑOR tu Dios y en su juramento, que el SEÑOR tu Dios celebra hoy contigo,
29:13 a fin de establecerte hoy como su pueblo y ser él tu Dios, tal como te ha dicho y como juró a tus antepasados Abraham, Isaac y Jacob.
29:14 No solo con ustedes celebro este pacto y este juramento,
29:15 sino con el que está aquí con nosotros hoy, de pie delante del SEÑOR nuestro Dios, y con el que no está aquí con nosotros hoy.
La idolatría y el peligro de una falsa seguridad
29:16 Porque ustedes saben cómo habitamos en la tierra de Egipto y cómo pasamos por en medio de las naciones por las que ustedes pasaron.
29:17 Vieron sus abominaciones y sus ídolos de madera y piedra, de plata y oro, que tenían consigo.
29:18 No sea que haya entre ustedes hombre o mujer, familia o tribu, cuyo corazón se aparte hoy del SEÑOR nuestro Dios para ir a servir a los dioses de aquellas naciones; no sea que haya entre ustedes una raíz que produzca veneno y ajenjo.
29:19 Si alguien, al escuchar las palabras de esta maldición, se bendice en su corazón diciendo: “Tendré paz, aunque ande en la terquedad de mi corazón”, arrastrando a la ruina la tierra regada junto con la seca,
29:20 el SEÑOR no estará dispuesto a perdonarlo; entonces humearán la ira del SEÑOR y su celo contra ese hombre. Se asentará sobre él toda la maldición escrita en este libro, y el SEÑOR borrará su nombre de debajo del cielo.
29:21 El SEÑOR lo apartará de todas las tribus de Israel para su ruina, conforme a todas las maldiciones del pacto escrito en este libro de la ley.
Las generaciones futuras ante la tierra desolada
29:22 La generación venidera, los hijos de ustedes que se levanten después de ustedes y el extranjero que venga de una tierra lejana, al ver las plagas de aquella tierra y las enfermedades con que el SEÑOR la haya afligido, dirán:
29:23 “Toda su tierra es azufre, sal y suelo abrasado; no se siembra, no produce y no crece en ella hierba alguna, como en la destrucción de Sodoma, Gomorra, Adma y Zeboim, que el SEÑOR destruyó con su ira y su furor”.
29:24 Todas las naciones preguntarán: “¿Por qué el SEÑOR ha hecho esto a esta tierra? ¿Qué significa el ardor de esta gran ira?”.
29:25 Y responderán: “Porque abandonaron el pacto del SEÑOR, el Dios de sus antepasados, que él celebró con ellos cuando los sacó de la tierra de Egipto.
29:26 Fueron a servir a otros dioses y se postraron ante ellos, dioses que no conocían y que no se les habían asignado.
29:27 Por eso ardió la ira del SEÑOR contra aquella tierra, para traer sobre ella toda la maldición escrita en este libro.
29:28 El SEÑOR los arrancó de su tierra con ira, furor y gran indignación, y los arrojó a otra tierra, como hoy se ve”.
Lo revelado y la responsabilidad de obedecer
29:29 Las cosas ocultas pertenecen al SEÑOR nuestro Dios, pero las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley».

Capítulo 30
El regreso a Dios y la restauración de Israel
30:1 «Cuando vengan sobre ti todas estas cosas, la bendición y la maldición que he puesto delante de ti, y las recuerdes en tu corazón entre todas las naciones adonde el SEÑOR tu Dios te haya desterrado,
30:2 y vuelvas al SEÑOR tu Dios y escuches su voz conforme a todo lo que hoy te mando, tú y tus hijos, con todo tu corazón y con toda tu alma,
30:3 el SEÑOR tu Dios te hará volver del cautiverio y tendrá compasión de ti. Volverá a reunirte de entre todos los pueblos adonde el SEÑOR tu Dios te haya dispersado.
30:4 Aunque tus desterrados estén en el extremo del cielo, de allí te reunirá el SEÑOR tu Dios y de allí te recogerá.
30:5 El SEÑOR tu Dios te llevará a la tierra que tus antepasados poseyeron, y tú la poseerás. Te hará bien y te multiplicará más que a tus antepasados.
30:6 El SEÑOR tu Dios circuncidará tu corazón y el corazón de tu descendencia, para que ames al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas.
30:7 El SEÑOR tu Dios pondrá todas estas maldiciones sobre tus enemigos y sobre quienes te aborrecen, los que te persiguieron.
30:8 Tú volverás a escuchar la voz del SEÑOR y cumplirás todos sus mandamientos que hoy te mando.
30:9 El SEÑOR tu Dios te dará abundancia de bienes en toda obra de tus manos, en el fruto de tu vientre, en el fruto de tu ganado y en el fruto de tu tierra. Porque el SEÑOR volverá a gozarse en hacerte bien, como se gozó con tus antepasados,
30:10 si escuchas la voz del SEÑOR tu Dios para guardar sus mandamientos y sus estatutos escritos en este libro de la ley, si vuelves al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma.
Una palabra cercana para ponerla en práctica
30:11 Porque este mandamiento que hoy te mando no es demasiado difícil para ti ni está lejos.
30:12 No está en el cielo, para que digas: “¿Quién subirá por nosotros al cielo y nos lo traerá, y nos lo hará oír para que lo cumplamos?”.
30:13 Tampoco está al otro lado del mar, para que digas: “¿Quién cruzará por nosotros al otro lado del mar y nos lo traerá, y nos lo hará oír para que lo cumplamos?”.
30:14 Porque la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas.
Elegir la vida en fidelidad a Dios
30:15 Mira, hoy he puesto delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal.
30:16 Hoy te mando amar al SEÑOR tu Dios, andar en sus caminos y guardar sus mandamientos, sus estatutos y sus normas. Así vivirás y te multiplicarás, y el SEÑOR tu Dios te bendecirá en la tierra adonde vas para poseerla.
30:17 Pero si tu corazón se aparta y no escuchas, y te dejas arrastrar a postrarte ante otros dioses y a servirles,
30:18 les declaro hoy que sin falta perecerán. No prolongarán sus días en la tierra adonde vas a entrar, cruzando el Jordán, para poseerla.
30:19 Hoy llamo al cielo y a la tierra como testigos contra ustedes: he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge la vida, para que vivas tú y tu descendencia,
30:20 amando al SEÑOR tu Dios, escuchando su voz y manteniéndote unido a él, porque él es tu vida y la prolongación de tus días, para que habites en la tierra que el SEÑOR juró dar a tus antepasados Abraham, Isaac y Jacob».

Capítulo 31
Josué es instalado como sucesor de Moisés
31:1 Moisés fue y habló estas palabras a todo Israel.
31:2 Les dijo: «Hoy tengo ciento veinte años; ya no puedo salir ni entrar. Además, el SEÑOR me ha dicho: “No cruzarás este Jordán”.
31:3 El SEÑOR tu Dios es quien cruza delante de ti; él destruirá a estas naciones delante de ti, y tú las desposeerás. Josué es quien cruzará delante de ti, tal como el SEÑOR ha dicho.
31:4 El SEÑOR hará con ellas lo que hizo con Sehón y Og, reyes de los amorreos, y con su tierra, a quienes destruyó.
31:5 El SEÑOR los entregará delante de ustedes, y harán con ellos conforme a todo el mandato que les he dado.
31:6 Sean fuertes y valientes. No teman ni se aterroricen ante ellos, porque el SEÑOR tu Dios es quien va contigo; no te fallará ni te abandonará».
31:7 Moisés llamó a Josué y le dijo ante los ojos de todo Israel: «Sé fuerte y valiente, porque tú entrarás con este pueblo en la tierra que el SEÑOR juró a sus antepasados que les daría, y tú se la darás como herencia.
31:8 El SEÑOR es quien va delante de ti; él estará contigo; no te fallará ni te abandonará. No temas ni te desanimes».
La lectura de la ley ante toda la comunidad
31:9 Moisés escribió esta ley y la entregó a los sacerdotes, hijos de Leví, que llevaban el arca del pacto del SEÑOR, y a todos los ancianos de Israel.
31:10 Moisés les ordenó: «Al final de cada siete años, en el tiempo señalado del año de la remisión, durante la fiesta de las Enramadas,
31:11 cuando todo Israel venga a presentarse delante del SEÑOR tu Dios en el lugar que él escoja, leerás esta ley delante de todo Israel, a oídos de ellos.
31:12 Reúne al pueblo, a los hombres, las mujeres, los niños y el extranjero que viva en tus poblaciones, para que escuchen y para que aprendan, teman al SEÑOR su Dios y cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley.
31:13 Sus hijos, que no han conocido estas cosas, escucharán y aprenderán a temer al SEÑOR su Dios todos los días que ustedes vivan en la tierra adonde van, cruzando el Jordán, para poseerla».
El encargo de Dios y la advertencia de infidelidad
31:14 El SEÑOR dijo a Moisés: «Se acercan los días de tu muerte. Llama a Josué y preséntense en la tienda de reunión, para que le dé mis órdenes». Moisés y Josué fueron y se presentaron en la tienda de reunión.
31:15 El SEÑOR se apareció en la tienda en una columna de nube, y la columna de nube se detuvo a la entrada de la tienda.
31:16 El SEÑOR dijo a Moisés: «Vas a dormir con tus antepasados, y este pueblo se levantará y se prostituirá tras los dioses extranjeros de la tierra en la que va a entrar. Me abandonará y romperá mi pacto, el que celebré con él.
31:17 Aquel día mi ira se encenderá contra él. Los abandonaré y esconderé de ellos mi rostro; el pueblo será devorado y le sobrevendrán muchos males y angustias. Aquel día dirá: “¿No me han sobrevenido estos males porque mi Dios no está en medio de mí?”.
31:18 Yo esconderé sin falta mi rostro aquel día por todo el mal que habrá hecho, porque se habrá vuelto a otros dioses.
31:19 Ahora escriban para ustedes este cántico y enséñaselo a los hijos de Israel; ponlo en su boca, para que este cántico me sea testigo contra los hijos de Israel.
31:20 Porque lo introduciré en la tierra que juré a sus antepasados, una tierra que fluye leche y miel. Comerá, se saciará y engordará; se volverá a otros dioses, les servirá, me despreciará y romperá mi pacto.
31:21 Cuando le sobrevengan muchos males y angustias, este cántico responderá ante él como testigo, porque no se borrará de la boca de su descendencia. Yo conozco la inclinación que tiene hoy, antes de introducirlo en la tierra que juré».
31:22 Moisés escribió este cántico aquel día y se lo enseñó a los hijos de Israel.
31:23 El Señor dio a Josué hijo de Nun este encargo: «Sé fuerte y valiente, porque tú introducirás a los hijos de Israel en la tierra que les juré, y yo estaré contigo».
Orden de guardar la ley junto al arca
31:24 Cuando Moisés terminó de escribir en un libro las palabras de esta ley, hasta completarlas,
31:25 Moisés ordenó a los levitas que llevaban el arca del pacto del SEÑOR:
31:26 «Tomen este libro de la ley y pónganlo al lado del arca del pacto del SEÑOR su Dios, para que esté allí como testigo contra ti.
31:27 Porque yo conozco tu rebelión y tu dura cerviz. Si aun hoy, mientras vivo con ustedes, han sido rebeldes contra el SEÑOR, ¡cuánto más después de mi muerte!
31:28 Reúnan ante mí a todos los ancianos de sus tribus y a sus oficiales; hablaré estas palabras a oídos de ellos y llamaré al cielo y a la tierra como testigos contra ellos.
31:29 Porque sé que después de mi muerte se corromperán por completo y se apartarán del camino que les he mandado. En los días venideros les sobrevendrá la calamidad, porque harán lo malo ante los ojos del SEÑOR, provocándolo a ira con la obra de sus manos».
Cántico de Moisés
31:30 Moisés pronunció a oídos de toda la asamblea de Israel las palabras de este cántico, hasta terminarlas:

Capítulo 32
La fidelidad de Dios y la ingratitud de Israel
32:1 «Escuchen, cielos, y hablaré;
   que oiga la tierra las palabras de mi boca.
32:2 Que mi enseñanza caiga como la lluvia y mi palabra destile como el rocío, como llovizna sobre la hierba tierna y como aguaceros sobre las plantas.
32:3 Porque proclamaré el nombre del SEÑOR;
   reconozcan la grandeza de nuestro Dios.
32:4 Él es la Roca: perfecta es su obra, porque todos sus caminos son justicia.
   Dios fiel y sin injusticia;
   justo y recto es él.
32:5 Se han corrompido contra él;
   por su mancha no son sus hijos: generación torcida y perversa.
32:6 ¿Así le pagan al SEÑOR, pueblo necio y falto de sabiduría?
   ¿No es él tu Padre, quien te adquirió?
   Él te hizo y te estableció.
La memoria del cuidado de Dios

32:7 Recuerda los días antiguos;
   consideren los años de generación en generación.
   Pregunta a tu padre, y él te contará;
   a tus ancianos, y ellos te dirán.
32:8 Cuando el Altísimo dio su herencia a las naciones, cuando separó a los seres humanos, estableció los límites de los pueblos según el número de los hijos de Israel.
32:9 Porque la porción del SEÑOR es su pueblo;
   Jacob, la parte de su herencia.
32:10 Lo encontró en tierra desierta, en un páramo desolado y aullante.
   Lo rodeó, lo cuidó y lo guardó como a la niña de su ojo.
32:11 Como el águila que agita su nido y revolotea sobre sus polluelos, extendió sus alas, lo tomó y lo llevó sobre sus plumas.
32:12 El SEÑOR solo lo guio;
   con él no hubo dios extranjero.
32:13 Lo hizo cabalgar sobre las alturas de la tierra, y comió los frutos del campo.
   Le hizo sorber miel de la peña y aceite del duro pedernal,
32:14 cuajada de vacas y leche del rebaño, con grasa de corderos, carneros de Basán y machos cabríos, con lo mejor del trigo;
   y bebiste vino de la sangre de la uva.
La abundancia y el abandono del Señor

32:15 Pero Jesurún engordó y dio coces;
   engordaste, te pusiste grueso y te cubriste de grasa.
   Abandonó al Dios que lo había hecho y despreció la Roca de su salvación.
32:16 Lo provocaron a celos con dioses extranjeros;
   lo provocaron a ira con abominaciones.
32:17 Sacrificaron a demonios, no a Dios, a dioses que no habían conocido, nuevos y recién llegados, a los que sus antepasados no habían temido.
32:18 Desatendiste a la Roca que te engendró y olvidaste al Dios que te dio a luz.
El juicio contra la infidelidad

32:19 El SEÑOR lo vio y los rechazó por la provocación de sus hijos y de sus hijas.
32:20 Dijo: “Esconderé de ellos mi rostro;
   veré cuál será su fin, porque son una generación perversa, hijos en los que no hay fidelidad.
32:21 Ellos me provocaron a celos con lo que no es Dios;
   me provocaron a ira con sus ídolos vanos.
   Yo los provocaré a celos con lo que no es pueblo;
   los provocaré a ira con una nación necia.
32:22 Porque se ha encendido un fuego en mi ira y arderá hasta lo más profundo del Seol;
   devorará la tierra y su cosecha, y abrasará los cimientos de los montes.
32:23 Amontonaré males sobre ellos;
   gastaré en ellos mis flechas.
32:24 Serán consumidos por el hambre y devorados por la fiebre ardiente y la peste amarga.
   Enviaré contra ellos dientes de fieras, con veneno de serpientes que se arrastran por el polvo.
32:25 Afuera, la espada sembrará duelo;
   dentro de las habitaciones, el terror: tanto para el joven como para la virgen, tanto para el lactante como para el hombre de canas.
La jactancia del enemigo no tendrá la última palabra

32:26 Yo habría dicho: ‘Los dispersaré, borraré su recuerdo de entre los hombres’,
32:27 de no haber temido la provocación del enemigo, no fuera que sus adversarios lo malinterpretaran, no fuera que dijeran: ‘Nuestra mano se ha impuesto;
   no fue el SEÑOR quien hizo todo esto’”.
32:28 Porque son una nación sin consejo y no hay en ellos entendimiento.
32:29 ¡Ojalá fueran sabios, comprendieran esto y entendieran el fin que les espera!
32:30 ¿Cómo podría uno perseguir a mil y dos hacer huir a diez mil, si su Roca no los hubiera vendido y el SEÑOR no los hubiera entregado?
32:31 Porque su roca no es como nuestra Roca;
   aun nuestros enemigos son jueces de ello.
32:32 Porque su vid proviene de la vid de Sodoma y de los campos de Gomorra;
   sus uvas son uvas venenosas, sus racimos son amargos.
32:33 Su vino es veneno de serpientes y ponzoña cruel de cobras.
La justicia y la compasión del único Dios

32:34 “¿No tengo esto guardado conmigo, sellado en mis tesoros?
32:35 Mías son la venganza y la retribución para el tiempo en que resbale su pie;
   porque cerca está el día de su calamidad y se apresura lo que les espera”.
32:36 Porque el SEÑOR hará justicia a su pueblo y tendrá compasión de sus siervos, cuando vea que sus fuerzas se han agotado y que no queda ni preso ni libre.
32:37 Dirá: “¿Dónde están sus dioses, la roca en que se refugiaban,
32:38 que comían la grasa de sus sacrificios y bebían el vino de sus libaciones?
   ¡Que se levanten y los ayuden, que les sirvan de refugio!
32:39 Vean ahora que yo, yo soy él, y no hay dios junto a mí.
   Yo hago morir y hago vivir;
   yo he herido y yo sanaré, y no hay quien libre de mi mano.
32:40 Porque alzaré mi mano al cielo y diré: ‘Vivo yo para siempre:
32:41 si afilo mi espada reluciente y mi mano empuña el juicio, tomaré venganza de mis adversarios y daré su pago a quienes me aborrecen.
32:42 Embriagaré mis flechas de sangre y mi espada devorará carne: sangre de muertos y de cautivos, de las cabezas de larga cabellera del enemigo’”.
32:43 Aclamen, naciones, a su pueblo, porque él vengará la sangre de sus siervos, tomará venganza de sus adversarios y hará expiación por su tierra y su pueblo».
El cántico se recibe para obedecerlo
32:44 Moisés vino y pronunció todas las palabras de este cántico a oídos del pueblo, él y Oseas hijo de Nun.
32:45 Cuando Moisés terminó de hablar todas estas palabras a todo Israel,
32:46 les dijo: «Pongan su corazón en todas las palabras con las que hoy testifico ante ustedes, y manden a sus hijos guardar y cumplir todas las palabras de esta ley.
32:47 Porque no es palabra vacía para ustedes, sino su vida, y por esta palabra prolongarán sus días en la tierra adonde van, cruzando el Jordán, para poseerla».
Moisés contemplará la tierra antes de morir
32:48 Aquel mismo día el SEÑOR habló a Moisés:
32:49 «Sube a este monte de Abarim, al monte Nebo, que está en la tierra de Moab, frente a Jericó, y mira la tierra de Canaán, que yo doy a los hijos de Israel como posesión.
32:50 Muere en el monte al que vas a subir y sé reunido con tu pueblo, tal como tu hermano Aarón murió en el monte Hor y fue reunido con su pueblo.
32:51 Porque ustedes me fueron infieles en medio de los hijos de Israel, en las aguas de Meriba-cades, en el desierto de Zin, porque no mostraron mi santidad en medio de los hijos de Israel.
32:52 Verás la tierra desde lejos, pero no entrarás allí, en la tierra que yo doy a los hijos de Israel».

Capítulo 33
La bendición de Moisés sobre las tribus de Israel
33:1 Esta es la bendición con la que Moisés, hombre de Dios, bendijo a los hijos de Israel antes de morir.
33:2 Dijo:
 «El SEÑOR vino de Sinaí y resplandeció para ellos desde Seir;
   brilló desde el monte Parán y vino de entre decenas de miles de santos;
   de su mano derecha, una ley de fuego para ellos.
33:3 Sí, él ama a los pueblos;
   todos sus santos están en tu mano.
   Ellos se postran a tus pies;
   cada uno recibe tus palabras.
33:4 Moisés nos mandó la ley, herencia de la asamblea de Jacob.
33:5 Y fue rey en Jesurún, cuando se reunieron los jefes del pueblo, juntas las tribus de Israel.
La bendición de Rubén

33:6 Viva Rubén y no muera, aunque sus hombres sean pocos».
La ayuda pedida para Judá

33:7 Y esta fue para Judá.
   Dijo: «Escucha, SEÑOR, la voz de Judá y tráelo a su pueblo.
   Sus manos lucharon por él;
   sé su ayuda contra sus adversarios».
La fidelidad y el servicio de Leví

33:8 A Leví dijo: «Tu Tumim y tu Urim sean para el hombre que te es fiel, a quien probaste en Masá, con quien contendiste en las aguas de Meriba,
33:9 el que dijo de su padre y de su madre: “No lo he visto”, y no reconoció a sus hermanos ni conoció a sus hijos, porque guardaron tu palabra y preservaron tu pacto.
33:10 Enseñarán tus normas a Jacob y tu ley a Israel;
   pondrán incienso ante ti y holocausto sobre tu altar.
33:11 Bendice, SEÑOR, su vigor y acepta la obra de sus manos;
   quebranta los lomos de quienes se levantan contra él y de quienes lo aborrecen, para que no vuelvan a levantarse».
Benjamín, amado y protegido

33:12 A Benjamín dijo: «El amado del SEÑOR habitará seguro junto a él;
   lo cubrirá todo el día, y entre sus hombros morará».
La bendición sobre la tierra de José

33:13 A José dijo: «Bendita por el SEÑOR sea su tierra, con lo mejor de los cielos, con el rocío y con el abismo que yace debajo,
33:14 con lo mejor de las cosechas del sol y con lo mejor de los frutos de las lunas,
33:15 con lo más selecto de los montes antiguos y con lo mejor de las colinas eternas,
33:16 con lo mejor de la tierra y cuanto la llena, y con el favor del que habitó en la zarza.
   Venga todo esto sobre la cabeza de José y sobre la coronilla del apartado de entre sus hermanos.
33:17 Su majestad es la de un toro primogénito, y sus cuernos son cuernos de toro salvaje.
   Con ellos corneará a los pueblos, todos juntos, hasta los confines de la tierra.
   Estos son las decenas de miles de Efraín, y estos son los miles de Manasés».
Zabulón e Isacar: actividad y adoración

33:18 A Zabulón dijo: «Alégrate, Zabulón, en tus salidas, y tú, Isacar, en tus tiendas.
33:19 Llamarán a los pueblos al monte;
   allí ofrecerán sacrificios de justicia, porque sorberán la abundancia de los mares y los tesoros ocultos de la arena».
La fortaleza y la responsabilidad de Gad

33:20 A Gad dijo: «Bendito el que ensancha a Gad.
   Reposa como un león y desgarra el brazo y aun la coronilla.
33:21 Eligió para sí lo mejor, porque allí estaba reservada la porción del legislador.
   Vino con los jefes del pueblo;
   ejecutó la justicia del SEÑOR y sus normas con Israel».
Dan: vigor y movimiento

33:22 A Dan dijo: «Dan es un cachorro de león que salta desde Basán».
Neftalí: favor y herencia

33:23 A Neftalí dijo: «Neftalí, saciado de favor y lleno de la bendición del SEÑOR, toma posesión del occidente y del sur».
Aser: abundancia y protección

33:24 A Aser dijo: «Que Aser sea el más bendito de los hijos;
   sea estimado por sus hermanos y moje su pie en aceite.
33:25 De hierro y de bronce serán tus cerrojos, y tu fortaleza será como tus días».
El Señor, ayuda y refugio de Israel

33:26 «No hay como el Dios de Jesurún, que cabalga por el cielo para ayudarte y, con su majestad, por las nubes.
33:27 El Dios eterno es tu refugio, y debajo están los brazos eternos.
   Él expulsó de delante de ti al enemigo y dijo: “Destruye”.
33:28 Israel habitará seguro;
   la fuente de Jacob, apartada, en tierra de grano y vino nuevo;
   también sus cielos destilarán rocío.
33:29 ¡Dichoso tú, Israel!
   ¿Quién como tú, pueblo salvado por el SEÑOR, escudo de tu ayuda y espada de tu triunfo?
   Tus enemigos fingirán sumisión ante ti, y tú pisarás sus alturas».

Capítulo 34
Muerte y sepultura de Moisés
34:1 Moisés subió desde las llanuras de Moab al monte Nebo, a la cumbre del Pisga, que está frente a Jericó. El SEÑOR le mostró toda la tierra: Galaad hasta Dan,
34:2 todo Neftalí, la tierra de Efraín y Manasés y toda la tierra de Judá hasta el mar occidental,
34:3 el Neguev y la llanura, el valle de Jericó, ciudad de las palmeras, hasta Zoar.
34:4 El SEÑOR le dijo: «Esta es la tierra que juré a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: “A tu descendencia la daré”. He hecho que la veas con tus ojos, pero no cruzarás allí».
34:5 Allí murió Moisés, siervo del SEÑOR, en la tierra de Moab, conforme a la palabra del SEÑOR.
34:6 Lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, frente a Bet-peor; hasta el día de hoy nadie conoce su sepultura.
34:7 Moisés tenía ciento veinte años cuando murió; su vista no se había debilitado ni su vigor se había agotado.
34:8 Los hijos de Israel lloraron por Moisés en las llanuras de Moab durante treinta días. Así se cumplieron los días de llanto y luto por Moisés.
Josué y la continuidad del pueblo
34:9 Josué hijo de Nun estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés había puesto sus manos sobre él. Los hijos de Israel le obedecieron e hicieron como el SEÑOR había mandado a Moisés.
El testimonio del ministerio de Moisés
34:10 No volvió a levantarse en Israel un profeta como Moisés, a quien el SEÑOR conocía cara a cara,
34:11 en todas las señales y prodigios que el SEÑOR lo envió a hacer en la tierra de Egipto, al faraón, a todos sus siervos y a toda su tierra,
34:12 y en toda la fuerza de su mano y en todo el gran terror que Moisés desplegó ante los ojos de todo Israel.

JOSUÉ

Capítulo 1
El SEÑOR encarga a Josué la entrada en Canaán
1:1 Después de la muerte de Moisés, siervo del SEÑOR, el SEÑOR dijo a Josué hijo de Nun, ayudante de Moisés:
1:2 «Mi siervo Moisés ha muerto. Ahora levántate y cruza este Jordán, tú y todo este pueblo, hacia la tierra que les doy a los hijos de Israel.
1:3 Les he dado todo lugar que pise la planta de sus pies, tal como dije a Moisés.
1:4 Desde el desierto y este Líbano hasta el gran río, el río Éufrates, toda la tierra de los hititas, y hasta el mar Grande, hacia donde se pone el sol, será su territorio.
1:5 Nadie podrá hacerte frente todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo. No te fallaré ni te abandonaré.
1:6 Sé fuerte y valiente, porque tú darás a este pueblo como herencia la tierra que juré a sus antepasados que les daría.
1:7 Solamente sé fuerte y muy valiente, cuidando de hacer conforme a toda la ley que te mandó mi siervo Moisés. No te apartes de ella ni a la derecha ni a la izquierda, para que actúes con acierto dondequiera que vayas.
1:8 No se apartará de tu boca este libro de la ley; meditarás en él de día y de noche, para cuidar de hacer todo lo que está escrito en él. Porque entonces harás prosperar tu camino y entonces actuarás con acierto.
1:9 ¿No te lo he mandado? Sé fuerte y valiente. No te aterrorices ni te desanimes, porque el SEÑOR tu Dios estará contigo dondequiera que vayas».
Preparativos para cruzar el Jordán
1:10 Josué ordenó a los oficiales del pueblo:
1:11 «Pasen por en medio del campamento y ordenen al pueblo: “Preparen provisiones para ustedes, porque dentro de tres días cruzarán este Jordán para entrar a poseer la tierra que el SEÑOR su Dios les da para poseerla”».
El compromiso de las tribus al oriente del Jordán
1:12 Josué dijo a los rubenitas, a los gaditas y a la media tribu de Manasés:
1:13 «Recuerden la palabra que les mandó Moisés, siervo del SEÑOR, diciendo: “El SEÑOR su Dios les da descanso y les ha dado esta tierra”.
1:14 Sus esposas, sus niños y su ganado se quedarán en la tierra que Moisés les dio de este lado del Jordán. Pero ustedes, todos los guerreros valientes, cruzarán armados delante de sus hermanos y los ayudarán,
1:15 hasta que el SEÑOR dé descanso a sus hermanos como a ustedes y ellos también posean la tierra que el SEÑOR su Dios les da. Entonces volverán a la tierra de su herencia, la que Moisés, siervo del SEÑOR, les dio de este lado del Jordán, hacia donde nace el sol, y la poseerán».
1:16 Respondieron a Josué: «Haremos todo lo que nos has mandado e iremos adondequiera que nos envíes.
1:17 Así como obedecimos a Moisés en todo, así te obedeceremos a ti. Solo que el SEÑOR tu Dios esté contigo, como estuvo con Moisés.
1:18 Cualquiera que se rebele contra tu orden y no escuche tus palabras en todo lo que le mandes será ejecutado. Solamente sé fuerte y valiente».

Capítulo 2
Rahab protege a los exploradores en Jericó
2:1 Josué hijo de Nun envió en secreto desde Sitim a dos hombres como exploradores y les dijo: «Vayan a reconocer la tierra y Jericó». Ellos fueron, entraron en casa de una prostituta llamada Rahab y se alojaron allí.
2:2 Se informó al rey de Jericó: «Esta noche han venido aquí unos hombres de los hijos de Israel para explorar la tierra».
2:3 Entonces el rey de Jericó envió a decir a Rahab: «Saca a los hombres que han venido a ti y han entrado en tu casa, porque han venido a explorar toda la tierra».
2:4 Pero la mujer había tomado a los dos hombres y los había escondido. Dijo: «Es verdad, los hombres vinieron a mí, pero yo no sabía de dónde eran.
2:5 Cuando estaba por cerrarse la puerta, al oscurecer, los hombres salieron. No sé adónde fueron. Persíganlos de prisa, porque los alcanzarán».
2:6 Ella los había hecho subir a la azotea y los había escondido entre los tallos de lino que tenía acomodados allí en la azotea.
2:7 Los hombres los persiguieron por el camino del Jordán, hacia los vados. En cuanto salieron quienes los perseguían, cerraron la puerta.
La fe de Rahab y la promesa de protección
2:8 Antes de que ellos se acostaran, ella subió hasta ellos a la azotea.
2:9 Les dijo a los hombres: «Sé que el SEÑOR les ha dado la tierra, que el terror que ustedes inspiran ha caído sobre nosotros y que todos los habitantes de la tierra han desfallecido ante ustedes.
2:10 Porque hemos oído cómo el SEÑOR secó las aguas del mar Rojo delante de ustedes cuando salieron de Egipto, y lo que hicieron a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán, a Sehón y a Og, a quienes consagraron por completo a la destrucción.
2:11 Al oírlo, nuestro corazón se derritió y a nadie le quedó ánimo ante ustedes, porque el SEÑOR su Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra.
2:12 Ahora les ruego que me juren por el SEÑOR que, así como yo les he mostrado bondad, ustedes también mostrarán bondad a la familia de mi padre. Denme una señal segura
2:13 de que dejarán con vida a mi padre, a mi madre, a mis hermanos, a mis hermanas y a todos los suyos, y de que librarán nuestras vidas de la muerte».
2:14 Los hombres le respondieron: «Nuestra vida responderá por la de ustedes hasta la muerte, si no revelan este asunto nuestro. Cuando el SEÑOR nos dé la tierra, te trataremos con bondad y fidelidad».
2:15 Entonces ella los hizo bajar con una cuerda por la ventana, porque su casa estaba en la muralla y ella vivía en la muralla.
2:16 Les dijo: «Vayan al monte, para que no los encuentren quienes los persiguen. Escóndanse allí tres días, hasta que regresen los perseguidores; después podrán seguir su camino».
2:17 Los hombres le dijeron: «Quedaremos libres de este juramento que nos has hecho jurar si no cumples estas condiciones:
2:18 Cuando entremos en la tierra, atarás este cordón de hilo escarlata a la ventana por la que nos has hecho bajar. Reunirás contigo en la casa a tu padre, a tu madre, a tus hermanos y a toda la familia de tu padre.
2:19 Si alguien sale afuera por las puertas de tu casa, su sangre recaerá sobre su cabeza y nosotros quedaremos libres de culpa. Pero si alguien pone la mano sobre cualquiera que esté contigo en la casa, su sangre recaerá sobre nuestras cabezas.
2:20 Si revelas este asunto nuestro, quedaremos libres del juramento que nos has hecho jurar».
2:21 Ella respondió: «Que sea como ustedes han dicho». Luego los despidió y ellos se fueron; ella ató el cordón escarlata a la ventana.
Los exploradores regresan con un informe de confianza
2:22 Ellos fueron al monte y permanecieron allí tres días, hasta que regresaron los perseguidores. Estos los buscaron por todo el camino, pero no los encontraron.
2:23 Los dos hombres regresaron, bajaron del monte, cruzaron y llegaron ante Josué hijo de Nun. Le contaron todo lo que les había sucedido.
2:24 Le dijeron a Josué: «El SEÑOR ha entregado toda la tierra en nuestras manos; además, todos los habitantes de la tierra han desfallecido ante nosotros».

Capítulo 3
El paso del Jordán
3:1 Josué se levantó temprano por la mañana. Él y todos los hijos de Israel partieron de Sitim, llegaron hasta el Jordán y pasaron allí la noche antes de cruzar.
3:2 Al cabo de tres días, los oficiales recorrieron el campamento
3:3 y ordenaron al pueblo: «Cuando vean el arca del pacto del SEÑOR su Dios y a los sacerdotes levitas que la llevan, salgan de su lugar y síganla.
3:4 Pero mantengan una distancia de aproximadamente un kilómetro entre ustedes y ella; no se acerquen a ella, para que sepan el camino por el que deben ir, porque nunca antes han pasado por ese camino».
3:5 Josué dijo al pueblo: «Conságrense, porque mañana el SEÑOR hará maravillas entre ustedes».
3:6 Josué dijo a los sacerdotes: «Levanten el arca del pacto y pasen delante del pueblo». Ellos levantaron el arca del pacto y fueron delante del pueblo.
El SEÑOR confirma el liderazgo de Josué
3:7 El SEÑOR dijo a Josué: «Hoy comenzaré a engrandecerte ante los ojos de todo Israel, para que sepan que, como estuve con Moisés, estaré contigo.
3:8 Tú ordenarás a los sacerdotes que llevan el arca del pacto: “Cuando lleguen hasta el borde de las aguas del Jordán, deténganse en el Jordán”».
El cruce como señal para Israel
3:9 Josué dijo a los hijos de Israel: «Acérquense aquí y escuchen las palabras del SEÑOR su Dios».
3:10 Josué añadió: «Por esto sabrán que el Dios viviente está en medio de ustedes y que ciertamente expulsará de delante de ustedes a los cananeos, a los hititas, a los heveos, a los ferezeos, a los gergeseos, a los amorreos y a los jebuseos.
3:11 Miren, el arca del pacto del Señor de toda la tierra cruza delante de ustedes por el Jordán.
3:12 Ahora tomen a doce hombres de las tribus de Israel, uno de cada tribu.
3:13 En cuanto las plantas de los pies de los sacerdotes que llevan el arca del SEÑOR, Señor de toda la tierra, reposen en las aguas del Jordán, las aguas del Jordán quedarán cortadas; las aguas que descienden de arriba se detendrán formando un solo montón».
El Jordán se detiene y todo Israel cruza
3:14 El pueblo salió de sus tiendas para cruzar el Jordán, con los sacerdotes que llevaban el arca del pacto delante del pueblo.
3:15 Cuando quienes llevaban el arca llegaron hasta el Jordán y los pies de los sacerdotes que llevaban el arca se sumergieron en el borde del agua —el Jordán se desborda por todas sus orillas durante todo el tiempo de la cosecha—,
3:16 las aguas que descendían de arriba se detuvieron y se levantaron formando un solo montón, muy lejos, a la altura de Adam, la ciudad que está junto a Saretán. Las que descendían hacia el mar del Arabá, el mar Salado, se agotaron y quedaron cortadas. El pueblo cruzó frente a Jericó.
3:17 Los sacerdotes que llevaban el arca del pacto del SEÑOR permanecieron firmes en tierra seca, en medio del Jordán, mientras todo Israel cruzaba por tierra seca, hasta que toda la nación terminó de cruzar el Jordán.

Capítulo 4
Las doce piedras tomadas del Jordán
4:1 Cuando toda la nación terminó de cruzar el Jordán, el SEÑOR dijo a Josué:
4:2 «Tomen del pueblo a doce hombres, uno de cada tribu,
4:3 y ordénenles: “Recojan de aquí, de en medio del Jordán, del lugar donde están firmes los pies de los sacerdotes, doce piedras. Llévenlas con ustedes al otro lado y déjenlas en el lugar donde pasarán esta noche”».
4:4 Josué llamó a los doce hombres que había designado de entre los hijos de Israel, uno de cada tribu.
4:5 Josué les dijo: «Pasen delante del arca del SEÑOR su Dios, hasta en medio del Jordán, y cada uno levante una piedra sobre su hombro, según el número de las tribus de los hijos de Israel,
4:6 para que esto sea una señal en medio de ustedes. Cuando sus hijos les pregunten en el futuro: “¿Qué significan para ustedes estas piedras?”,
4:7 les responderán: “Las aguas del Jordán quedaron cortadas delante del arca del pacto del SEÑOR. Cuando ella cruzó el Jordán, las aguas del Jordán quedaron cortadas”. Estas piedras serán un recordatorio para los hijos de Israel para siempre».
4:8 Los hijos de Israel hicieron tal como Josué les había mandado. Recogieron doce piedras de en medio del Jordán, como el SEÑOR había dicho a Josué, según el número de las tribus de los hijos de Israel. Las llevaron consigo al lugar donde pasaron la noche y las dejaron allí.
4:9 Josué también levantó doce piedras en medio del Jordán, en el lugar donde estaban los pies de los sacerdotes que llevaban el arca del pacto. Allí permanecen hasta el día de hoy.
El pueblo y el arca completan el cruce
4:10 Los sacerdotes que llevaban el arca permanecieron en medio del Jordán hasta que se terminó todo lo que el SEÑOR había mandado a Josué decir al pueblo, conforme a todo lo que Moisés había mandado a Josué. El pueblo se apresuró y cruzó.
4:11 Cuando todo el pueblo terminó de cruzar, cruzaron el arca del SEÑOR y los sacerdotes a la vista del pueblo.
4:12 Los hijos de Rubén, los hijos de Gad y la media tribu de Manasés cruzaron armados delante de los hijos de Israel, tal como Moisés les había dicho.
4:13 Unos cuarenta mil hombres armados del ejército cruzaron delante del SEÑOR para la batalla, hacia las llanuras de Jericó.
4:14 Aquel día el SEÑOR engrandeció a Josué ante los ojos de todo Israel; lo temieron como habían temido a Moisés, todos los días de su vida.
4:15 El SEÑOR dijo a Josué:
4:16 «Ordena a los sacerdotes que llevan el arca del Testimonio que suban del Jordán».
4:17 Josué ordenó a los sacerdotes: «Suban del Jordán».
4:18 En cuanto los sacerdotes que llevaban el arca del pacto del SEÑOR subieron de en medio del Jordán y las plantas de los pies de los sacerdotes pisaron tierra seca, las aguas del Jordán volvieron a su lugar y corrieron, como antes, desbordando todas sus orillas.
La memoria del cruce en Gilgal
4:19 El pueblo subió del Jordán el día diez del primer mes y acampó en Gilgal, al lado oriental de Jericó.
4:20 Josué levantó en Gilgal aquellas doce piedras que habían tomado del Jordán.
4:21 Dijo a los hijos de Israel: «Cuando en el futuro sus hijos pregunten a sus padres: “¿Qué son estas piedras?”,
4:22 ustedes harán saber a sus hijos: “Israel cruzó este Jordán por tierra seca”.
4:23 Porque el SEÑOR su Dios secó las aguas del Jordán delante de ustedes hasta que cruzaron, como el SEÑOR su Dios hizo con el mar Rojo, que secó delante de nosotros hasta que cruzamos,
4:24 para que todos los pueblos de la tierra conozcan que la mano del SEÑOR es poderosa y para que ustedes teman al SEÑOR su Dios todos los días».

Capítulo 5
Los reyes de Canaán oyen lo sucedido en el Jordán
5:1 Cuando todos los reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán, al occidente, y todos los reyes de los cananeos que estaban junto al mar oyeron que el SEÑOR había secado las aguas del Jordán delante de los hijos de Israel hasta que cruzamos, su corazón se derritió y ya no les quedó ánimo ante los hijos de Israel.
La señal del pacto en la nueva generación
5:2 En aquel tiempo el SEÑOR dijo a Josué: «Hazte cuchillos de pedernal y vuelve a circuncidar a los hijos de Israel por segunda vez».
5:3 Josué se hizo cuchillos de pedernal y circuncidó a los hijos de Israel en la colina de los Prepucios.
5:4 Esta es la razón por la que Josué los circuncidó: todos los varones del pueblo que habían salido de Egipto, todos los hombres de guerra, habían muerto en el desierto, por el camino, después de salir de Egipto.
5:5 Pues todos los del pueblo que habían salido estaban circuncidados; en cambio, todos los que habían nacido en el desierto, por el camino, después de salir de Egipto, estaban sin circuncidar.
5:6 Porque los hijos de Israel anduvieron cuarenta años por el desierto, hasta que murieron todos los hombres de guerra de la nación que habían salido de Egipto y no habían obedecido la voz del SEÑOR. El SEÑOR les juró que no les dejaría ver la tierra que el SEÑOR había jurado a sus antepasados darnos, una tierra que fluye leche y miel.
5:7 A los hijos de ellos, que él había puesto en su lugar, Josué los circuncidó, pues eran incircuncisos, porque no los habían circuncidado por el camino.
5:8 Cuando terminaron de circuncidar a toda la nación, se quedaron en su lugar en el campamento hasta que sanaron.
5:9 El SEÑOR dijo a Josué: «Hoy he quitado de ustedes la vergüenza de Egipto». Por eso aquel lugar se llama Gilgal hasta el día de hoy.
La Pascua y el alimento de la tierra
5:10 Los hijos de Israel acamparon en Gilgal y celebraron la Pascua el día catorce del mes, al atardecer, en las llanuras de Jericó.
5:11 Al día siguiente de la Pascua comieron del grano de la tierra: panes sin levadura y grano tostado, ese mismo día.
5:12 Al día siguiente de haber comido del grano de la tierra, cesó el maná. Los hijos de Israel no tuvieron más maná; aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.
Josué ante el jefe del ejército del SEÑOR
5:13 Estando Josué cerca de Jericó, levantó los ojos y vio a un hombre de pie frente a él, con su espada desenvainada en la mano. Josué fue hacia él y le preguntó: «¿Estás de nuestro lado o del de nuestros enemigos?».
5:14 Él respondió: «No, sino que soy el jefe del ejército del SEÑOR; ahora he venido». Josué cayó rostro en tierra, se postró y le dijo: «¿Qué dice mi señor a su siervo?».
5:15 El jefe del ejército del SEÑOR dijo a Josué: «Quítate la sandalia del pie, porque el lugar donde estás es santo». Y Josué así lo hizo.

Capítulo 6
La toma de Jericó
6:1 Jericó estaba cerrada, bien cerrada, a causa de los hijos de Israel; nadie salía ni entraba.
6:2 El SEÑOR dijo a Josué: «Mira, he entregado en tu mano a Jericó, a su rey y a sus guerreros valientes.
6:3 Rodearán la ciudad, todos los hombres de guerra, dando una vuelta alrededor de la ciudad. Así lo harás durante seis días.
6:4 Siete sacerdotes llevarán siete trompetas de cuerno de carnero delante del arca. El séptimo día darán siete vueltas a la ciudad, y los sacerdotes tocarán las trompetas.
6:5 Cuando se dé un toque prolongado con el cuerno de carnero, al oír ustedes el sonido de la trompeta, todo el pueblo dará un gran grito. La muralla de la ciudad se derrumbará en su lugar y el pueblo subirá, cada uno derecho hacia adelante».
El arca y el pueblo rodean Jericó
6:6 Josué hijo de Nun llamó a los sacerdotes y les dijo: «Levanten el arca del pacto, y siete sacerdotes llevarán siete trompetas de cuerno de carnero delante del arca del SEÑOR».
6:7 Dijeron al pueblo: «Avancen y rodeen la ciudad; los hombres armados pasarán delante del arca del SEÑOR».
6:8 Cuando Josué habló al pueblo, los siete sacerdotes que llevaban las siete trompetas de cuerno de carnero avanzaron delante del SEÑOR y tocaron las trompetas. El arca del pacto del SEÑOR iba detrás de ellos.
6:9 Los hombres armados iban delante de los sacerdotes que tocaban las trompetas, y la retaguardia iba detrás del arca, mientras se seguían tocando las trompetas.
6:10 Josué había ordenado al pueblo: «No griten ni hagan oír su voz; no salga palabra de su boca hasta el día en que yo les diga: “¡Griten!”. Entonces gritarán».
6:11 Hizo que el arca del SEÑOR diera una vuelta alrededor de la ciudad. Luego regresaron al campamento y pasaron la noche en el campamento.
6:12 Josué se levantó temprano por la mañana, y los sacerdotes levantaron el arca del SEÑOR.
6:13 Los siete sacerdotes que llevaban las siete trompetas de cuerno de carnero delante del arca del SEÑOR marchaban continuamente y tocaban las trompetas. Los hombres armados iban delante de ellos, y la retaguardia iba detrás del arca del SEÑOR, mientras las trompetas seguían sonando.
6:14 El segundo día dieron una vuelta a la ciudad y regresaron al campamento. Así hicieron durante seis días.
La última marcha y la caída de Jericó
6:15 Al séptimo día madrugaron al despuntar el alba y dieron siete vueltas a la ciudad de la misma manera. Solo aquel día dieron siete vueltas a la ciudad.
6:16 A la séptima vuelta, los sacerdotes tocaron las trompetas y Josué dijo al pueblo: «¡Griten, porque el SEÑOR les ha entregado la ciudad!
6:17 La ciudad y todo lo que hay en ella quedarán consagrados por completo al SEÑOR para la destrucción. Solamente Rahab, la prostituta, y todos los que estén con ella en la casa quedarán con vida, porque escondió a los mensajeros que enviamos.
6:18 Pero ustedes guárdense de lo consagrado a la destrucción, no sea que, al tomar de lo consagrado a la destrucción, queden ustedes también consagrados a la destrucción y hagan que el campamento de Israel quede consagrado a la destrucción y le traigan desgracia.
6:19 Toda la plata, el oro y los utensilios de bronce y de hierro son santos para el SEÑOR; entrarán en el tesoro del SEÑOR».
6:20 El pueblo gritó y los sacerdotes tocaron las trompetas. Cuando el pueblo oyó el sonido de la trompeta, el pueblo dio un gran grito y la muralla se derrumbó en su lugar. El pueblo subió a la ciudad, cada uno derecho hacia adelante, y tomaron la ciudad.
6:21 Consagraron por completo a la destrucción todo lo que había en la ciudad: desde hombres hasta mujeres, desde jóvenes hasta ancianos, y también bueyes, ovejas y burros, a filo de espada.
Se cumple el juramento de protección a Rahab
6:22 Josué dijo a los dos hombres que habían explorado la tierra: «Entren en casa de la prostituta y saquen de allí a la mujer y todo lo que le pertenece, tal como le juraron».
6:23 Los jóvenes exploradores entraron y sacaron a Rahab, a su padre, a su madre, a sus hermanos y todo lo que le pertenecía. Sacaron también a toda su parentela y los dejaron fuera del campamento de Israel.
6:24 Quemaron la ciudad y todo lo que había en ella. Solo la plata, el oro y los utensilios de bronce y de hierro pusieron en el tesoro de la casa del SEÑOR.
6:25 Josué dejó con vida a Rahab, la prostituta, a la familia de su padre y a todo lo que le pertenecía. Ella habitó en medio de Israel hasta el día de hoy, porque escondió a los mensajeros que Josué envió a explorar Jericó.
La advertencia sobre reconstruir Jericó
6:26 En aquel tiempo Josué hizo jurar: «Maldito delante del SEÑOR el hombre que se levante y reconstruya esta ciudad, Jericó. A costa de su primogénito pondrá sus cimientos y a costa de su hijo menor levantará sus puertas».
6:27 El SEÑOR estaba con Josué, y su fama se extendió por toda la tierra.

Capítulo 7
El pecado de Acán
7:1 Los hijos de Israel cometieron un acto de infidelidad respecto de lo consagrado a la destrucción. Acán hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá, tomó de lo consagrado a la destrucción, y la ira del SEÑOR se encendió contra los hijos de Israel.
La derrota de Israel en Hai
7:2 Josué envió hombres desde Jericó a Hai, que está junto a Bet-avén, al oriente de Betel. Les dijo: «Suban y exploren la tierra». Los hombres subieron y exploraron Hai.
7:3 Regresaron a Josué y le dijeron: «Que no suba todo el pueblo; que suban unos dos mil o tres mil hombres y ataquen a Hai. No fatigues a todo el pueblo haciéndolo subir allá, porque ellos son pocos».
7:4 Subieron allá unos tres mil hombres del pueblo, pero huyeron delante de los hombres de Hai.
7:5 Los hombres de Hai mataron a unos treinta y seis de ellos, los persiguieron desde la puerta hasta Sebarim y los hirieron en la bajada. El corazón del pueblo se derritió y se volvió agua.
Josué y los ancianos lamentan la derrota
7:6 Josué rasgó sus ropas y cayó rostro en tierra delante del arca del SEÑOR, él y los ancianos de Israel, hasta la tarde. Se echaron polvo sobre sus cabezas.
7:7 Josué dijo: «¡Ah, Señor DIOS! ¿Por qué has hecho cruzar el Jordán a este pueblo, para entregarnos en manos de los amorreos y que nos destruyan? ¡Ojalá nos hubiéramos conformado con quedarnos al otro lado del Jordán!
7:8 ¡Por favor, Señor! ¿Qué diré, después de que Israel ha vuelto la espalda ante sus enemigos?
7:9 Los cananeos y todos los habitantes de la tierra oirán esto, nos rodearán y borrarán nuestro nombre de la tierra. ¿Y qué harás por tu gran nombre?».
El SEÑOR revela el quebrantamiento del pacto
7:10 El SEÑOR dijo a Josué: «¡Levántate! ¿Por qué estás así postrado sobre tu rostro?
7:11 Israel ha pecado; también han quebrantado mi pacto, el que les mandé; también han tomado de lo consagrado a la destrucción; también han robado; también han mentido; también lo han puesto entre sus pertenencias.
7:12 Los hijos de Israel no podrán hacer frente a sus enemigos; volverán la espalda ante sus enemigos, porque han quedado consagrados a la destrucción. No seguiré estando con ustedes si no destruyen lo consagrado a la destrucción de en medio de ustedes.
7:13 Levántate, consagra al pueblo y di: “Conságrense para mañana, porque así dice el SEÑOR, Dios de Israel: ‘Hay algo consagrado a la destrucción en medio de ti, Israel. No podrás hacer frente a tus enemigos hasta que hayan quitado de en medio de ustedes lo consagrado a la destrucción’.
7:14 Por la mañana se acercarán por tribus. La tribu que el SEÑOR señale se acercará por clanes; el clan que el SEÑOR señale se acercará por familias, y la familia que el SEÑOR señale se acercará varón por varón.
7:15 El que sea descubierto con lo consagrado a la destrucción será quemado con fuego, él y todo lo que le pertenece, porque ha quebrantado el pacto del SEÑOR y ha cometido una infamia en Israel”».
Acán es identificado y confiesa
7:16 Josué se levantó temprano por la mañana e hizo acercarse a Israel por sus tribus, y fue señalada la tribu de Judá.
7:17 Hizo acercarse a la familia de Judá y señaló al clan de los zeraítas. Hizo acercarse al clan de los zeraítas, varón por varón, y fue señalado Zabdi.
7:18 Hizo acercarse a su familia, varón por varón, y fue señalado Acán hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá.
7:19 Josué dijo a Acán: «Hijo mío, por favor, da gloria al SEÑOR, Dios de Israel, y haz tu confesión ante él. Dime, por favor, lo que has hecho; no me lo ocultes».
7:20 Acán respondió a Josué: «Es verdad, yo he pecado contra el SEÑOR, Dios de Israel. Esto es lo que he hecho:
7:21 Vi entre el botín un hermoso manto de Sinar, unos 2,3 kilos de plata y un lingote de oro de unos 570 gramos de peso; los codicié y los tomé. Allí están, escondidos bajo tierra en medio de mi tienda, y la plata debajo del manto».
7:22 Josué envió mensajeros, que corrieron a la tienda. Allí estaba el manto escondido en su tienda, y la plata debajo de él.
7:23 Los tomaron de en medio de la tienda, los llevaron a Josué y a todos los hijos de Israel, y los depositaron delante del SEÑOR.
El juicio en el valle de Acor
7:24 Josué y todo Israel con él tomaron a Acán hijo de Zera, la plata, el manto, el lingote de oro, sus hijos, sus hijas, su buey, su burro, su rebaño, su tienda y todo lo que le pertenecía, y los llevaron al valle de Acor.
7:25 Josué dijo: «¿Por qué nos has traído desgracia? ¡Que el SEÑOR te traiga desgracia en este día!». Todo Israel lo apedreó; los quemaron con fuego y los apedrearon con piedras.
7:26 Levantaron sobre él un gran montón de piedras, que permanece hasta el día de hoy. El SEÑOR se apartó del ardor de su ira. Por eso aquel lugar se llama valle de Acor hasta el día de hoy.

Capítulo 8
Toma y destrucción de Hai
8:1 El SEÑOR dijo a Josué: «No temas ni te desanimes. Toma contigo a todos los hombres de guerra, levántate y sube a Hai. Mira, he entregado en tu mano al rey de Hai, a su pueblo, a su ciudad y a su tierra.
8:2 Harás a Hai y a su rey como hiciste a Jericó y a su rey; solo que tomarán para ustedes su botín y su ganado. Prepara una emboscada contra la ciudad, detrás de ella».
El despliegue para la emboscada
8:3 Josué y todos los hombres de guerra se levantaron para subir contra Hai. Josué eligió a treinta mil hombres, guerreros valientes, y los envió de noche.
8:4 Les ordenó: «Miren, ustedes esperarán en emboscada contra la ciudad, detrás de la ciudad. No se alejen mucho de la ciudad y estén todos preparados.
8:5 Yo y todo el pueblo que está conmigo nos acercaremos a la ciudad. Cuando ellos salgan a nuestro encuentro, como la primera vez, huiremos delante de ellos.
8:6 Saldrán detrás de nosotros hasta que los hayamos alejado de la ciudad, porque dirán: “Huyen de nosotros como la primera vez”. Huiremos delante de ellos.
8:7 Entonces ustedes se levantarán de la emboscada y se apoderarán de la ciudad; el SEÑOR su Dios la entregará en sus manos.
8:8 Cuando tomen la ciudad, prenderán fuego a la ciudad. Harán conforme a la palabra del SEÑOR. Miren, se lo he mandado».
8:9 Josué los envió; ellos fueron al lugar de la emboscada y se quedaron entre Betel y Hai, al occidente de Hai. Josué pasó aquella noche en medio del pueblo.
Hai sale tras una retirada fingida
8:10 Josué se levantó temprano por la mañana y pasó revista al pueblo. Él y los ancianos de Israel subieron delante del pueblo contra Hai.
8:11 Todos los hombres de guerra que estaban con él subieron, se acercaron y llegaron frente a la ciudad. Acamparon al norte de Hai; el valle estaba entre él y Hai.
8:12 Tomó unos cinco mil hombres y los puso en emboscada entre Betel y Hai, al occidente de la ciudad.
8:13 Así dispusieron al pueblo: todo el campamento al norte de la ciudad y su retaguardia al occidente de la ciudad. Josué avanzó aquella noche en medio del valle.
8:14 Cuando el rey de Hai lo vio, los hombres de la ciudad se apresuraron, madrugaron y salieron a combatir contra Israel, él y todo su pueblo, en el lugar señalado, frente al Arabá. Pero él no sabía que había una emboscada contra él detrás de la ciudad.
8:15 Josué y todo Israel se fingieron derrotados ante ellos y huyeron por el camino del desierto.
8:16 Todo el pueblo que estaba en la ciudad fue convocado para perseguirlos. Persiguieron a Josué y fueron alejados de la ciudad.
8:17 No quedó en Hai ni en Betel un hombre que no saliera detrás de Israel. Dejaron la ciudad abierta y persiguieron a Israel.
Israel toma Hai y derrota a sus fuerzas
8:18 El SEÑOR dijo a Josué: «Extiende hacia Hai la jabalina que tienes en la mano, porque la entregaré en tu mano». Josué extendió hacia la ciudad la jabalina que tenía en la mano.
8:19 Los de la emboscada se levantaron rápidamente de su lugar y corrieron en cuanto él extendió su mano. Entraron en la ciudad, la tomaron y se apresuraron a prender fuego a la ciudad.
8:20 Los hombres de Hai miraron atrás y vieron que el humo de la ciudad subía al cielo. No pudieron huir ni hacia un lado ni hacia otro, y el pueblo que huía hacia el desierto se volvió contra los perseguidores.
8:21 Josué y todo Israel vieron que los de la emboscada habían tomado la ciudad y que el humo de la ciudad subía; se volvieron e hirieron a los hombres de Hai.
8:22 Los otros salieron de la ciudad al encuentro de ellos, que quedaron en medio de Israel, unos de un lado y otros del otro. Los hirieron hasta no dejarles sobreviviente ni fugitivo.
8:23 Al rey de Hai lo capturaron vivo y lo llevaron ante Josué.
8:24 Cuando Israel terminó de matar a todos los habitantes de Hai en el campo, en el desierto donde los habían perseguido, y todos habían caído a filo de espada hasta ser exterminados, todo Israel regresó a Hai y la hirió a filo de espada.
8:25 El total de los que cayeron aquel día, hombres y mujeres, fue de doce mil, todos los de Hai.
8:26 Josué no retiró la mano que había extendido con la jabalina hasta que hubo consagrado por completo a la destrucción a todos los habitantes de Hai.
8:27 Solo el ganado y el botín de aquella ciudad los tomó Israel para sí, conforme a la palabra del SEÑOR, quien así lo había mandado a Josué.
8:28 Josué quemó Hai y la redujo para siempre a un montón de ruinas; quedó desolada hasta el día de hoy.
8:29 Al rey de Hai lo colgó de un madero hasta la tarde. Al ponerse el sol, Josué dio la orden y bajaron su cadáver del madero, lo arrojaron a la entrada de la puerta de la ciudad y levantaron sobre él un gran montón de piedras, que permanece hasta el día de hoy.
El altar y la lectura de la ley en Ebal
8:30 Entonces Josué construyó un altar al SEÑOR, Dios de Israel, en el monte Ebal,
8:31 tal como Moisés, siervo del SEÑOR, había mandado a los hijos de Israel, como está escrito en el libro de la ley de Moisés: un altar de piedras enteras, sobre las que no se había alzado hierro. Ofrecieron sobre él holocaustos al SEÑOR y sacrificaron ofrendas de paz.
8:32 Allí escribió sobre las piedras una copia de la ley de Moisés, la cual escribió delante de los hijos de Israel.
8:33 Todo Israel, con sus ancianos, oficiales y jueces, estaba de pie a ambos lados del arca, frente a los sacerdotes levitas que llevaban el arca del pacto del SEÑOR, tanto el extranjero como el israelita de nacimiento. La mitad estaba frente al monte Gerizim y la otra mitad frente al monte Ebal, tal como Moisés, siervo del SEÑOR, había mandado al principio, para bendecir al pueblo de Israel.
8:34 Después de esto leyó todas las palabras de la ley, la bendición y la maldición, conforme a todo lo escrito en el libro de la ley.
8:35 No hubo palabra alguna de todo lo que Moisés había mandado que Josué no leyera delante de toda la asamblea de Israel, de las mujeres, de los niños y del extranjero que andaba entre ellos.

Capítulo 9
Los reyes se unen contra Israel
9:1 Cuando todos los reyes que estaban de este lado del Jordán, en la región montañosa, en las tierras bajas y por toda la costa del mar Grande, frente al Líbano —los hititas, los amorreos, los cananeos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos— oyeron esto,
9:2 se reunieron para combatir juntos contra Josué y contra Israel, de común acuerdo.
Gabaón prepara una delegación engañosa
9:3 Los habitantes de Gabaón, al oír lo que Josué había hecho a Jericó y a Hai,
9:4 actuaron también con astucia. Fueron y se presentaron como enviados; tomaron sacos viejos para sus burros y odres de vino viejos, rotos y remendados.
9:5 Llevaban sandalias viejas y remendadas en los pies, y ropas viejas sobre sí. Todo el pan de sus provisiones estaba seco y mohoso.
9:6 Fueron a Josué, al campamento en Gilgal, y le dijeron a él y a los hombres de Israel: «Venimos de una tierra lejana. Ahora hagan un pacto con nosotros».
9:7 Los hombres de Israel dijeron a los heveos: «Quizá ustedes viven en medio de nosotros; ¿cómo podríamos hacer un pacto con ustedes?».
9:8 Ellos dijeron a Josué: «Somos tus siervos». Josué les dijo: «¿Quiénes son ustedes y de dónde vienen?».
9:9 Le respondieron: «Tus siervos han venido de una tierra muy lejana por causa del nombre del SEÑOR tu Dios, porque hemos oído su fama y todo lo que hizo en Egipto,
9:10 y todo lo que hizo a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán: a Sehón, rey de Hesbón, y a Og, rey de Basán, que estaba en Astarot.
9:11 Nuestros ancianos y todos los habitantes de nuestra tierra nos dijeron: “Tomen en sus manos provisiones para el camino, vayan a su encuentro y díganles: ‘Somos sus siervos; ahora hagan un pacto con nosotros’”.
9:12 Este pan nuestro lo tomamos caliente de nuestras casas como provisión el día en que salimos para venir a ustedes. Y ahora, mírenlo: está seco y mohoso.
9:13 Estos odres de vino estaban nuevos cuando los llenamos, y ahora, mírenlos, están rotos. Estas ropas nuestras y nuestras sandalias se han gastado de tan largo viaje».
Israel pacta sin consultar al SEÑOR
9:14 Los hombres tomaron de sus provisiones, pero no consultaron al SEÑOR.
9:15 Josué hizo paz con ellos y estableció un pacto con ellos para dejarlos con vida. Los jefes de la congregación les hicieron un juramento.
Se descubre la verdadera procedencia de los enviados
9:16 Al cabo de tres días de haber hecho el pacto con ellos, oyeron que eran sus vecinos y que vivían en medio de ellos.
9:17 Los hijos de Israel partieron y llegaron a sus ciudades al tercer día. Sus ciudades eran Gabaón, Cafira, Beerot y Quiriat-jearim.
9:18 Los hijos de Israel no los atacaron, porque los jefes de la congregación les habían jurado por el SEÑOR, Dios de Israel. Toda la congregación murmuró contra los jefes.
9:19 Todos los jefes dijeron a toda la congregación: «Nosotros les hemos jurado por el SEÑOR, Dios de Israel, y ahora no podemos tocarlos.
9:20 Esto haremos con ellos: los dejaremos con vida, para que no venga ira sobre nosotros por el juramento que les hicimos».
9:21 Los jefes les dijeron: «Que vivan». Así quedaron como leñadores y aguadores para toda la congregación, como les habían dicho los jefes.
Josué confronta el engaño y determina el servicio
9:22 Josué los llamó y les dijo: «¿Por qué nos engañaron diciendo: “Vivimos muy lejos de ustedes”, cuando viven en medio de nosotros?
9:23 Ahora, pues, ustedes son malditos; nunca dejará de haber entre ustedes siervos, leñadores y aguadores para la casa de mi Dios».
9:24 Ellos respondieron a Josué: «Porque a tus siervos se les informó con toda claridad que el SEÑOR tu Dios había mandado a Moisés, su siervo, darles toda la tierra y destruir a todos los habitantes de la tierra delante de ustedes. Temimos mucho por nuestras vidas a causa de ustedes y por eso hicimos esto.
9:25 Y ahora, aquí estamos en tu mano. Haz con nosotros lo que sea bueno y recto a tus ojos».
9:26 Así hizo con ellos: los libró de la mano de los hijos de Israel, y no los mataron.
9:27 Aquel día Josué los destinó a ser leñadores y aguadores para la congregación y para el altar del SEÑOR, en el lugar que él eligiera; así permanecen hasta el día de hoy.

Capítulo 10
Cinco reyes atacan a Gabaón
10:1 Cuando Adonisedec, rey de Jerusalén, oyó que Josué había tomado Hai y la había consagrado por completo a la destrucción —como había hecho a Jericó y a su rey, así había hecho a Hai y a su rey—, y que los habitantes de Gabaón habían hecho paz con Israel y estaban en medio de ellos,
10:2 tuvieron mucho temor, porque Gabaón era una ciudad grande, como una de las ciudades reales, y era mayor que Hai; además, todos sus hombres eran valientes.
10:3 Adonisedec, rey de Jerusalén, envió a decir a Hoham, rey de Hebrón, a Piream, rey de Jarmut, a Jafía, rey de Laquis, y a Debir, rey de Eglón:
10:4 «Suban a mí y ayúdenme, y ataquemos a Gabaón, porque ha hecho paz con Josué y con los hijos de Israel».
10:5 Se reunieron y subieron los cinco reyes de los amorreos: el rey de Jerusalén, el rey de Hebrón, el rey de Jarmut, el rey de Laquis y el rey de Eglón, ellos y todos sus ejércitos. Acamparon contra Gabaón y combatieron contra ella.
Josué acude en ayuda de Gabaón
10:6 Los hombres de Gabaón enviaron a decir a Josué, al campamento en Gilgal: «No retires tus manos de tus siervos. Sube pronto a nosotros, sálvanos y ayúdanos, porque todos los reyes de los amorreos que habitan en la región montañosa se han reunido contra nosotros».
10:7 Josué subió de Gilgal, él y todos los hombres de guerra con él, y todos los guerreros valientes.
10:8 El SEÑOR dijo a Josué: «No les temas, porque los he entregado en tu mano; ninguno de ellos podrá hacerte frente».
10:9 Josué llegó de repente contra ellos, después de haber subido toda la noche desde Gilgal.
10:10 El SEÑOR los llenó de confusión delante de Israel, les infligió una gran derrota en Gabaón, los persiguió por el camino de la subida de Bet-horón y los hirió hasta Azeca y hasta Maceda.
10:11 Mientras huían delante de Israel, por la bajada de Bet-horón, el SEÑOR arrojó sobre ellos grandes piedras desde el cielo hasta Azeca, y murieron. Fueron más los que murieron por las piedras del granizo que los que los hijos de Israel mataron a espada.
El SEÑOR prolonga el día de la batalla

10:12 Entonces Josué habló al SEÑOR, el día en que el SEÑOR entregó a los amorreos delante de los hijos de Israel, y dijo ante los ojos de Israel:
 «Sol, detente en Gabaón;
   y tú, luna, en el valle de Ajalón».
10:13 El sol se detuvo y la luna permaneció quieta, hasta que la nación se vengó de sus enemigos.
   ¿No está escrito esto en el libro de Jaser?
   El sol se detuvo en medio del cielo y no se apresuró a ponerse durante casi un día entero.
10:14 No hubo un día como aquel, ni antes ni después, en que el SEÑOR atendiera la voz de un hombre, porque el SEÑOR peleaba por Israel.
10:15 Josué y todo Israel con él regresaron al campamento en Gilgal.
Captura y juicio de los cinco reyes
10:16 Aquellos cinco reyes huyeron y se escondieron en una cueva en Maceda.
10:17 Se informó a Josué: «Los cinco reyes han sido encontrados escondidos en la cueva de Maceda».
10:18 Josué dijo: «Hagan rodar grandes piedras hasta la entrada de la cueva y pongan hombres junto a ella para vigilarlos.
10:19 Ustedes no se detengan; persigan a sus enemigos y atáquenlos por la retaguardia. No los dejen entrar en sus ciudades, porque el SEÑOR su Dios los ha entregado en sus manos».
10:20 Cuando Josué y los hijos de Israel terminaron de infligirles una derrota muy grande, hasta acabarlos, los sobrevivientes que quedaron de ellos entraron en las ciudades fortificadas.
10:21 Todo el pueblo regresó sano y salvo al campamento, a Josué, en Maceda. Nadie movió su lengua contra ninguno de los hijos de Israel.
Los cinco reyes comparecen ante Josué
10:22 Josué dijo: «Abran la entrada de la cueva y saquen de la cueva a esos cinco reyes para traerlos ante mí».
10:23 Lo hicieron así. Sacaron de la cueva a esos cinco reyes y los llevaron ante él: al rey de Jerusalén, al rey de Hebrón, al rey de Jarmut, al rey de Laquis y al rey de Eglón.
10:24 Cuando llevaron a estos reyes ante Josué, Josué llamó a todos los hombres de Israel y dijo a los jefes de los hombres de guerra que habían ido con él: «Acérquense y pongan sus pies sobre los cuellos de estos reyes». Se acercaron y pusieron sus pies sobre sus cuellos.
10:25 Josué les dijo: «No teman ni se desanimen. Sean fuertes y valientes, porque así hará el SEÑOR a todos sus enemigos contra quienes ustedes combaten».
10:26 Después de esto, Josué los hirió, los mató y los colgó en cinco maderos. Quedaron colgados en los maderos hasta la tarde.
10:27 A la hora de ponerse el sol, Josué dio la orden y los bajaron de los maderos, los arrojaron a la cueva donde se habían escondido y pusieron grandes piedras a la entrada de la cueva, que permanecen hasta este mismo día.
La campaña contra las ciudades del sur
10:28 Aquel día Josué tomó Maceda y la hirió a filo de espada, y también a su rey. Los consagró por completo a la destrucción, a ellos y a toda persona que había en ella; no dejó sobreviviente. Hizo al rey de Maceda como había hecho al rey de Jericó.
10:29 Josué y todo Israel con él pasaron de Maceda a Libna y combatieron contra Libna.
10:30 El SEÑOR también la entregó, junto con su rey, en manos de Israel. Josué la hirió a filo de espada, y a toda persona que había en ella, sin dejar en ella sobreviviente. Hizo a su rey como había hecho al rey de Jericó.
10:31 Josué y todo Israel con él pasaron de Libna a Laquis, acamparon frente a ella y combatieron contra ella.
10:32 El SEÑOR entregó Laquis en manos de Israel, y Josué la tomó el segundo día. La hirió a filo de espada, y a toda persona que había en ella, tal como había hecho a Libna.
10:33 Entonces Horam, rey de Gezer, subió en ayuda de Laquis. Josué lo derrotó a él y a su pueblo, hasta no dejarle sobreviviente.
10:34 Josué y todo Israel con él pasaron de Laquis a Eglón, acamparon frente a ella y combatieron contra ella.
10:35 La tomaron aquel día y la hirieron a filo de espada. Aquel día consagró por completo a la destrucción a toda persona que había en ella, tal como había hecho a Laquis.
La toma de Hebrón y Debir
10:36 Josué y todo Israel con él subieron de Eglón a Hebrón y combatieron contra ella.
10:37 La tomaron y la hirieron a filo de espada, junto con su rey, todas sus ciudades y toda persona que había en ella. No dejó sobreviviente, tal como había hecho a Eglón, y la consagró por completo a la destrucción, con toda persona que había en ella.
10:38 Josué y todo Israel con él se volvieron a Debir y combatieron contra ella.
10:39 La tomó, junto con su rey y todas sus ciudades. Los hirieron a filo de espada y consagraron por completo a la destrucción a toda persona que había en ella; no dejó sobreviviente. Como había hecho a Hebrón, así hizo a Debir y a su rey, igual que había hecho a Libna y a su rey.
Resumen de la campaña del sur
10:40 Josué hirió toda la tierra: la región montañosa, el Neguev, las tierras bajas y las laderas, y a todos sus reyes. No dejó sobreviviente y consagró por completo a la destrucción a todo lo que respiraba, como el SEÑOR, Dios de Israel, había mandado.
10:41 Josué los hirió desde Cades-barnea hasta Gaza, y por toda la tierra de Gosén hasta Gabaón.
10:42 Josué tomó a todos estos reyes y sus tierras en una sola campaña, porque el SEÑOR, Dios de Israel, peleaba por Israel.
10:43 Josué y todo Israel con él regresaron al campamento en Gilgal.

Capítulo 11
Derrota de la alianza de Jabín
11:1 Cuando Jabín, rey de Hazor, oyó esto, envió a decir a Jobab, rey de Madón, al rey de Simrón y al rey de Acsaf,
11:2 a los reyes que estaban al norte, en la región montañosa, en el Arabá al sur de Cineret, en las tierras bajas y en las regiones de Dor, al occidente,
11:3 a los cananeos del oriente y del occidente, a los amorreos, a los hititas, a los ferezeos y a los jebuseos de la región montañosa, y a los heveos al pie del Hermón, en la tierra de Mizpa.
11:4 Salieron ellos con todos sus ejércitos, un pueblo tan numeroso como la arena a la orilla del mar, con muchísimos caballos y carros.
11:5 Todos estos reyes se reunieron, fueron hasta las aguas de Merom y acamparon allí juntos para combatir contra Israel.
11:6 El SEÑOR dijo a Josué: «No les temas, porque mañana, a esta hora, yo los entregaré a todos muertos delante de Israel. Cortarás los tendones de sus caballos y quemarás sus carros con fuego».
11:7 Josué y todos los hombres de guerra que estaban con él llegaron de repente contra ellos junto a las aguas de Merom y cayeron sobre ellos.
11:8 El SEÑOR los entregó en manos de Israel, y los hirieron y persiguieron hasta Sidón la Grande, hasta Misrefot-maim y hasta el valle de Mizpa, al oriente. Los hirieron hasta no dejarles sobreviviente.
11:9 Josué hizo con ellos como el SEÑOR le había dicho: cortó los tendones de sus caballos y quemó sus carros con fuego.
Hazor y las demás ciudades conquistadas
11:10 En aquel tiempo Josué regresó y tomó Hazor, y a su rey lo hirió a espada, porque Hazor había sido antes la cabeza de todos estos reinos.
11:11 Hirieron a filo de espada a todas las personas que había en ella, consagrándolas por completo a la destrucción; no quedó nada que respirara. A Hazor la quemó con fuego.
11:12 Josué tomó todas las ciudades de estos reyes y a todos sus reyes, los hirió a filo de espada y los consagró por completo a la destrucción, como Moisés, siervo del SEÑOR, había mandado.
11:13 Pero Israel no quemó ninguna de las ciudades que estaban sobre sus montículos, con la única excepción de Hazor, que Josué quemó.
11:14 Los hijos de Israel tomaron para sí todo el botín de estas ciudades y el ganado; pero hirieron a filo de espada a todas las personas hasta exterminarlas, sin dejar nada que respirara.
11:15 Como el SEÑOR había mandado a Moisés, su siervo, así Moisés mandó a Josué, y así Josué lo hizo. No dejó de cumplir nada de todo lo que el SEÑOR había mandado a Moisés.
Resumen de las conquistas de Josué
11:16 Josué tomó toda esta tierra: la región montañosa, todo el Neguev, toda la tierra de Gosén, las tierras bajas, el Arabá, la región montañosa de Israel y sus tierras bajas,
11:17 desde el monte Halac, que sube hacia Seir, hasta Baal-gad, en el valle del Líbano, al pie del monte Hermón. Tomó a todos sus reyes, los hirió y los mató.
11:18 Durante mucho tiempo Josué hizo la guerra contra todos estos reyes.
11:19 No hubo ciudad que hiciera paz con los hijos de Israel, salvo los heveos que habitaban en Gabaón. Todo lo tomaron en guerra.
11:20 Porque esto venía del SEÑOR: él endurecía su corazón para que salieran a la guerra contra Israel, a fin de consagrarlos por completo a la destrucción, sin que se les concediera misericordia, sino que fueran exterminados, como el SEÑOR había mandado a Moisés.
Los anaceos y el descanso de la tierra
11:21 En aquel tiempo Josué vino y eliminó a los anaceos de la región montañosa: de Hebrón, de Debir, de Anab, de toda la región montañosa de Judá y de toda la región montañosa de Israel. Josué los consagró por completo a la destrucción, junto con sus ciudades.
11:22 No quedó ninguno de los anaceos en la tierra de los hijos de Israel; solo quedaron en Gaza, en Gat y en Asdod.
11:23 Josué tomó toda la tierra, conforme a todo lo que el SEÑOR había dicho a Moisés. Josué la dio como herencia a Israel, según la distribución entre sus tribus. La tierra descansó de la guerra.

Capítulo 12
Reyes derrotados por Moisés
12:1 Estos son los reyes de la tierra a quienes los hijos de Israel derrotaron y cuya tierra poseyeron al otro lado del Jordán, hacia donde nace el sol, desde el torrente de Arnón hasta el monte Hermón y todo el Arabá al oriente:
12:2 Sehón, rey de los amorreos, que habitaba en Hesbón y gobernaba desde Aroer, que está a la orilla del torrente de Arnón, y desde el medio del valle, sobre la mitad de Galaad hasta el torrente de Jaboc, frontera de los hijos de Amón,
12:3 y sobre el Arabá hasta el mar de Cineret, al oriente, y hasta el mar del Arabá, el mar Salado, al oriente, por el camino de Bet-jesimot, y por el sur, al pie de las laderas del Pisga.
12:4 Y el territorio de Og, rey de Basán, que era de los sobrevivientes de los refaítas y habitaba en Astarot y en Edrei,
12:5 y gobernaba en el monte Hermón, en Salca y en todo Basán hasta la frontera de los gesuritas y de los maacatitas, y en la mitad de Galaad hasta la frontera de Sehón, rey de Hesbón.
12:6 Moisés, siervo del SEÑOR, y los hijos de Israel los derrotaron. Moisés, siervo del SEÑOR, dio aquella tierra en posesión a los rubenitas, a los gaditas y a la media tribu de Manasés.
Reyes derrotados por Josué
12:7 Y estos son los reyes de la tierra que Josué y los hijos de Israel derrotaron de este lado del Jordán, al occidente, desde Baal-gad, en el valle del Líbano, hasta el monte Halac, que sube hacia Seir —Josué dio aquella tierra en posesión a las tribus de Israel, según su distribución,
12:8 en la región montañosa, en las tierras bajas, en el Arabá, en las laderas, en el desierto y en el Neguev: los hititas, los amorreos, los cananeos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos—:
12:9 el rey de Jericó, uno; el rey de Hai, que está junto a Betel, uno;
12:10 el rey de Jerusalén, uno; el rey de Hebrón, uno;
12:11 el rey de Jarmut, uno; el rey de Laquis, uno;
12:12 el rey de Eglón, uno; el rey de Gezer, uno;
12:13 el rey de Debir, uno; el rey de Geder, uno;
12:14 el rey de Horma, uno; el rey de Arad, uno;
12:15 el rey de Libna, uno; el rey de Adulam, uno;
12:16 el rey de Maceda, uno; el rey de Betel, uno;
12:17 el rey de Tapúa, uno; el rey de Hefer, uno;
12:18 el rey de Afec, uno; el rey de Sarón, uno;
12:19 el rey de Madón, uno; el rey de Hazor, uno;
12:20 el rey de Simrón-merón, uno; el rey de Acsaf, uno;
12:21 el rey de Taanac, uno; el rey de Meguido, uno;
12:22 el rey de Cedes, uno; el rey de Jocneam del Carmelo, uno;
12:23 el rey de Dor, en las regiones de Dor, uno; el rey de Goim, en Gilgal, uno;
12:24 el rey de Tirsa, uno. En total, treinta y un reyes.

Capítulo 13
Tierra aún sin conquistar
13:1 Josué era anciano, de edad avanzada. El SEÑOR le dijo: «Tú has envejecido y eres de edad avanzada, pero todavía queda muchísima tierra por poseer.
13:2 Esta es la tierra que queda: todos los territorios de los filisteos y todo el territorio de los gesuritas,
13:3 desde el Sihor, que está frente a Egipto, hasta el límite de Ecrón al norte, que se considera de los cananeos: el territorio de los cinco gobernantes de los filisteos, el de Gaza, el de Asdod, el de Ascalón, el de Gat y el de Ecrón; y los aveos
13:4 del sur; toda la tierra de los cananeos y Mehara, que pertenece a los sidonios, hasta Afec, hasta la frontera de los amorreos;
13:5 la tierra de los giblitas y todo el Líbano hacia donde nace el sol, desde Baal-gad al pie del monte Hermón hasta la entrada de Hamat;
13:6 a todos los habitantes de la región montañosa, desde el Líbano hasta Misrefot-maim, a todos los sidonios, yo los expulsaré delante de los hijos de Israel. Solamente repártela por sorteo como herencia a Israel, como te he mandado.
13:7 Ahora divide esta tierra como herencia entre las nueve tribus y la media tribu de Manasés».
El territorio que distribuyó Moisés
13:8 Junto con la otra mitad, los rubenitas y los gaditas recibieron su herencia, la que Moisés les dio al otro lado del Jordán, al oriente, tal como se la dio Moisés, siervo del SEÑOR:
13:9 desde Aroer, que está a la orilla del torrente de Arnón, y la ciudad que está en medio del valle, y toda la meseta de Medeba hasta Dibón;
13:10 todas las ciudades de Sehón, rey de los amorreos, que reinó en Hesbón, hasta la frontera de los hijos de Amón;
13:11 Galaad, el territorio de los gesuritas y de los maacatitas, todo el monte Hermón y todo Basán hasta Salca;
13:12 todo el reino de Og en Basán, quien reinó en Astarot y en Edrei. Él era de los que habían quedado del resto de los refaítas; Moisés los derrotó y los expulsó.
13:13 Los hijos de Israel no expulsaron a los gesuritas ni a los maacatitas, y Gesur y Maaca habitaron en medio de Israel hasta el día de hoy.
13:14 Solo a la tribu de Leví no le dio herencia. Las ofrendas presentadas con fuego al SEÑOR, Dios de Israel, son su herencia, como él le había dicho.
La herencia de Rubén
13:15 Moisés dio una herencia a la tribu de los hijos de Rubén, según sus clanes.
13:16 Su territorio se extendía desde Aroer, que está a la orilla del torrente de Arnón, y la ciudad que está en medio del valle, y toda la meseta junto a Medeba:
13:17 Hesbón y todas sus ciudades que están en la meseta, Dibón, Bamot-baal, Bet-baal-meón,
13:18 Jahaza, Cademot, Mefaat,
13:19 Quiriataim, Sibma, Zaret-sahar en el monte del valle,
13:20 Bet-peor, las laderas del Pisga y Bet-jesimot,
13:21 y todas las ciudades de la meseta y todo el reino de Sehón, rey de los amorreos, que reinó en Hesbón, a quien Moisés derrotó junto con los jefes de Madián: Evi, Requem, Zur, Hur y Reba, príncipes de Sehón que habitaban en la tierra.
13:22 Los hijos de Israel también mataron a espada a Balaam hijo de Beor, el adivino, entre los que cayeron muertos.
13:23 El límite de los hijos de Rubén fue el Jordán con su ribera. Esta es la herencia de los hijos de Rubén, según sus clanes: las ciudades y sus aldeas.
La herencia de Gad
13:24 Moisés dio una herencia a la tribu de Gad, a los hijos de Gad, según sus clanes.
13:25 Su territorio era Jazer, todas las ciudades de Galaad y la mitad de la tierra de los hijos de Amón hasta Aroer, que está frente a Rabá,
13:26 y desde Hesbón hasta Ramat-mizpa y Betonim, y desde Mahanaim hasta el límite de Lidebir;
13:27 y en el valle, Bet-aram, Bet-nimra, Sucot y Zafón, el resto del reino de Sehón, rey de Hesbón; el Jordán con su ribera hasta el extremo del mar de Cineret, al otro lado del Jordán, al oriente.
13:28 Esta es la herencia de los hijos de Gad, según sus clanes: las ciudades y sus aldeas.
La porción oriental de Manasés
13:29 Moisés dio una herencia a la media tribu de Manasés, y fue para la media tribu de los hijos de Manasés, según sus clanes.
13:30 Su territorio se extendía desde Mahanaim: todo Basán, todo el reino de Og, rey de Basán, y todas las aldeas de Jair que están en Basán, sesenta ciudades;
13:31 y la mitad de Galaad, Astarot y Edrei, ciudades del reino de Og en Basán, para los hijos de Maquir hijo de Manasés, para la mitad de los hijos de Maquir, según sus clanes.
13:32 Estas son las herencias que Moisés repartió en las llanuras de Moab, al otro lado del Jordán, al oriente de Jericó.
13:33 Pero a la tribu de Leví Moisés no le dio herencia; el SEÑOR, Dios de Israel, él mismo es su herencia, como les había dicho.

Capítulo 14
El reparto de Canaán entre las tribus
14:1 Estas son las herencias que los hijos de Israel recibieron en la tierra de Canaán, las que les repartieron el sacerdote Eleazar, Josué hijo de Nun y los jefes de las familias paternas de las tribus de los hijos de Israel.
14:2 Su herencia fue por sorteo, como el SEÑOR había mandado por medio de Moisés para las nueve tribus y la media tribu.
14:3 Pues Moisés había dado herencia a las dos tribus y a la media tribu al otro lado del Jordán, pero a los levitas no les dio herencia entre ellos.
14:4 Los hijos de José formaban dos tribus, Manasés y Efraín. No dieron a los levitas una parte en la tierra, sino ciudades donde vivir y sus pastizales para su ganado y sus bienes.
14:5 Tal como el SEÑOR había mandado a Moisés, así hicieron los hijos de Israel y repartieron la tierra.
Caleb recibe Hebrón
14:6 Los hijos de Judá se acercaron a Josué en Gilgal, y Caleb hijo de Jefone, el cenezeo, le dijo: «Tú sabes lo que el SEÑOR dijo a Moisés, hombre de Dios, acerca de mí y de ti en Cades-barnea.
14:7 Yo tenía cuarenta años cuando Moisés, siervo del SEÑOR, me envió desde Cades-barnea a explorar la tierra, y le traje un informe conforme a lo que había en mi corazón.
14:8 Mis hermanos, los que habían subido conmigo, hicieron desfallecer el corazón del pueblo, pero yo seguí plenamente al SEÑOR mi Dios.
14:9 Aquel día Moisés juró: “Ciertamente, la tierra que pisó tu pie será para ti y para tus hijos como herencia para siempre, porque has seguido plenamente al SEÑOR mi Dios”.
14:10 Ahora, mira, el SEÑOR me ha conservado con vida, tal como había dicho, estos cuarenta y cinco años desde que el SEÑOR habló esta palabra a Moisés, cuando Israel andaba por el desierto. Ahora, mira, hoy tengo ochenta y cinco años.
14:11 Hoy sigo tan fuerte como el día en que Moisés me envió; como era mi fuerza entonces, así es mi fuerza ahora para la guerra y para salir y entrar.
14:12 Ahora, pues, dame este monte del que el SEÑOR habló aquel día, porque tú oíste aquel día que allí hay anaceos y ciudades grandes y fortificadas. Quizá el SEÑOR esté conmigo y los expulsaré, como el SEÑOR ha dicho».
14:13 Josué lo bendijo y dio Hebrón como herencia a Caleb hijo de Jefone.
14:14 Por eso Hebrón ha sido herencia de Caleb hijo de Jefone, el cenezeo, hasta el día de hoy, porque siguió plenamente al SEÑOR, Dios de Israel.
14:15 Hebrón antes se llamaba Quiriat-arba. Arba era el hombre más grande entre los anaceos. La tierra descansó de la guerra.

Capítulo 15
El territorio de Judá
15:1 La parte asignada por sorteo a la tribu de los hijos de Judá, según sus clanes, llegaba hasta la frontera de Edom, al desierto de Zin, hacia el sur, en el extremo meridional.
15:2 Su límite al sur partía del extremo del mar Salado, de la bahía que mira hacia el sur.
15:3 Salía al sur de la subida de Acrabim, pasaba hacia Zin y subía al sur de Cades-barnea; pasaba por Hezrón, subía a Adar y giraba hacia Carca.
15:4 Pasaba a Asmón, llegaba al torrente de Egipto y terminaba en el mar. Este será para ustedes el límite del sur.
15:5 El límite oriental era el mar Salado hasta la desembocadura del Jordán; el límite al norte partía de la bahía del mar, en la desembocadura del Jordán.
15:6 El límite subía a Bet-hogla y pasaba al norte de Bet-arabá; el límite subía a la piedra de Bohán hijo de Rubén.
15:7 El límite subía a Debir desde el valle de Acor, y hacia el norte giraba hacia Gilgal, que está frente a la subida de Adumín, que está al sur del torrente. El límite pasaba por las aguas de En-semes y salía a En-rogel.
15:8 El límite subía por el valle del hijo de Hinom hasta el lado sur de la ciudad de los jebuseos, es decir, Jerusalén. El límite subía a la cima del monte situado al occidente, frente al valle de Hinom, y en el extremo norte del valle de Refaim.
15:9 El límite giraba desde la cima del monte hasta el manantial de las aguas de Neftoa y salía a las ciudades del monte Efrón; el límite giraba hacia Baala, que es Quiriat-jearim.
15:10 El límite giraba desde Baala hacia el occidente, al monte Seir; pasaba por la ladera norte del monte Jearim, es decir, Quesalón; bajaba a Bet-semes y pasaba por Timna.
15:11 El límite salía al lado norte de Ecrón; el límite giraba hacia Sicrón, pasaba por el monte Baala y salía a Jabneel; el límite terminaba en el mar.
15:12 El límite occidental era el mar Grande con su costa. Este es el límite de los hijos de Judá por todo su contorno, según sus clanes.
La porción de Caleb y la toma de Debir
Texto relacionado: Jueces 1:10–15
15:13 A Caleb hijo de Jefone se le dio una parte entre los hijos de Judá, conforme al mandato del SEÑOR a Josué: Quiriat-arba, que es Hebrón. Arba era el padre de Anac.
15:14 Caleb expulsó de allí a los tres hijos de Anac: Sesai, Ahimán y Talmai, descendientes de Anac.
15:15 Desde allí subió contra los habitantes de Debir; antes Debir se llamaba Quiriat-sefer.
15:16 Caleb dijo: «Al que ataque Quiriat-sefer y la tome le daré a mi hija Acsa por esposa».
15:17 Otoniel hijo de Cenaz, hermano de Caleb, la tomó, y Caleb le dio a su hija Acsa por esposa.
Acsa pide manantiales para su tierra
15:18 Cuando ella llegó, lo instó a pedir un campo al padre de ella. Se bajó del burro, y Caleb le dijo: «¿Qué deseas?».
15:19 Ella dijo: «Concédeme un regalo, porque me has dado tierra del Neguev; dame también manantiales de agua». Él le dio los manantiales de arriba y los manantiales de abajo.
Las ciudades de Judá
15:20 Esta es la herencia de la tribu de los hijos de Judá, según sus clanes.
15:21 Las ciudades de la tribu de los hijos de Judá en el extremo sur, hacia la frontera de Edom, eran: Cabseel, Edar, Jagur,
15:22 Cina, Dimona, Adada,
15:23 Cedes, Hazor, Itnán,
15:24 Zif, Telem, Bealot,
15:25 Hazor-hadata, Queriot-hezrón, que es Hazor,
15:26 Amam, Sema, Molada,
15:27 Hazar-gada, Hesmón, Bet-pelet,
15:28 Hazar-sual, Beerseba, Bizotia,
15:29 Baala, Iim, Esem,
15:30 Eltolad, Quesil, Horma,
15:31 Siclag, Madmana, Sansana,
15:32 Lebaot, Silhim, Aín y Rimón; en total, veintinueve ciudades con sus aldeas.
Ciudades de las tierras bajas
15:33 En las tierras bajas: Estaol, Zora, Asena,
15:34 Zanoa, En-ganim, Tapúa, Enam,
15:35 Jarmut, Adulam, Soco, Azeca,
15:36 Saaraim, Aditaim, Gedera y Gederotaim; catorce ciudades con sus aldeas.
15:37 Zenán, Hadasa, Migdal-gad,
15:38 Dileán, Mizpa, Jocteel,
15:39 Laquis, Boscat, Eglón,
15:40 Cabón, Lahmás, Quitlis,
15:41 Gederot, Bet-dagón, Naama y Maceda; dieciséis ciudades con sus aldeas.
15:42 Libna, Eter, Asán,
15:43 Jifta, Asena, Nezib,
15:44 Keila, Aczib y Maresa; nueve ciudades con sus aldeas.
15:45 Ecrón, sus pueblos y sus aldeas;
15:46 desde Ecrón hacia el occidente, todo lo que está junto a Asdod y sus aldeas;
15:47 Asdod, sus pueblos y sus aldeas; Gaza, sus pueblos y sus aldeas, hasta el torrente de Egipto y el mar como límite, con su costa.
Ciudades de la región montañosa
15:48 En la región montañosa: Samir, Jatir, Soco,
15:49 Dana, Quiriat-sana (que es Debir),
15:50 Anab, Estemoa, Anim,
15:51 Gosén, Holón y Gilo; once ciudades con sus aldeas.
15:52 Arab, Ruma, Esán,
15:53 Janim, Bet-tapúa, Afeca,
15:54 Humta, Quiriat-arba (que es Hebrón) y Sior; nueve ciudades con sus aldeas.
15:55 Maón, Carmel, Zif, Juta,
15:56 Jezreel, Jocdeam, Zanoa,
15:57 Caín, Gabaa y Timna; diez ciudades con sus aldeas.
15:58 Halhul, Bet-sur, Gedor,
15:59 Maarat, Bet-anot y Eltecón; seis ciudades con sus aldeas.
15:60 Quiriat-baal (que es Quiriat-jearim) y Rabá; dos ciudades con sus aldeas.
Ciudades del desierto
15:61 En el desierto: Bet-arabá, Midín, Secaca,
15:62 Nibsán, la Ciudad de la Sal y En-gadi; seis ciudades con sus aldeas.
Los jebuseos permanecen en Jerusalén
15:63 Los hijos de Judá no podían expulsar a los jebuseos que habitaban en Jerusalén, y los jebuseos habitaron con los hijos de Judá en Jerusalén hasta el día de hoy.

Capítulo 16
Herencia de los descendientes de José
16:1 La parte que tocó por sorteo a los hijos de José se extendía desde el Jordán, frente a Jericó, hasta las aguas de Jericó, al oriente, por el desierto que sube desde Jericó por la región montañosa hasta Betel.
16:2 El límite salía de Betel hacia Luz y pasaba al territorio de los arquitas, en Atarot.
16:3 Bajaba hacia el occidente, al territorio de los jafletitas, hasta el límite de Bet-horón de abajo y hasta Gezer, y terminaba en el mar.
16:4 Así recibieron su herencia los hijos de José: Manasés y Efraín.
Territorio de Efraín
16:5 Este fue el territorio de los hijos de Efraín, según sus clanes. El límite de su herencia al oriente iba desde Atarot-adar hasta Bet-horón de arriba.
16:6 El límite salía hacia el occidente, a Micmetat por el norte; el límite giraba hacia el oriente, a Taanat-silo, y pasaba más allá, al oriente de Janoa.
16:7 Desde Janoa bajaba a Atarot y a Naarat, tocaba Jericó y salía al Jordán.
16:8 Desde Tapúa el límite seguía hacia el occidente, al torrente de Caná, y terminaba en el mar. Esta es la herencia de la tribu de los hijos de Efraín, según sus clanes,
16:9 junto con las ciudades apartadas para los hijos de Efraín en medio de la herencia de los hijos de Manasés, todas las ciudades con sus aldeas.
Los cananeos permanecen en Gezer
16:10 Pero no expulsaron a los cananeos que habitaban en Gezer; los cananeos habitaron en medio de Efraín hasta el día de hoy y quedaron sometidos a trabajos forzados.

Capítulo 17
Herencia de Manasés
17:1 A la tribu de Manasés también le tocó su parte por sorteo, porque él era el primogénito de José. Maquir, primogénito de Manasés y padre de Galaad, recibió Galaad y Basán, porque era un hombre de guerra.
17:2 También les tocó una parte a los demás hijos de Manasés, según sus clanes: a los hijos de Abiezer, a los hijos de Helec, a los hijos de Asriel, a los hijos de Siquem, a los hijos de Hefer y a los hijos de Semida. Estos eran los hijos varones de Manasés hijo de José, según sus clanes.
17:3 Pero Zelofehad hijo de Hefer, hijo de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés, no tuvo hijos varones, sino hijas. Estos eran los nombres de sus hijas: Maala, Noa, Hogla, Milca y Tirsa.
Las hijas de Zelofehad reciben su herencia
17:4 Ellas se acercaron ante el sacerdote Eleazar, ante Josué hijo de Nun y ante los jefes, y dijeron: «El SEÑOR mandó a Moisés que nos diera una herencia entre nuestros hermanos». Él les dio una herencia entre los hermanos de su padre, conforme al mandato del SEÑOR.
17:5 A Manasés le tocaron diez porciones, además de la tierra de Galaad y de Basán, que está al otro lado del Jordán,
17:6 porque las hijas de Manasés recibieron una herencia entre sus hijos varones. La tierra de Galaad fue para los demás hijos de Manasés.
Límites y ciudades de Manasés
17:7 El límite de Manasés iba desde Aser hasta Micmetat, que está frente a Siquem; el límite seguía hacia el sur, hasta los habitantes de En-tapúa.
17:8 La tierra de Tapúa pertenecía a Manasés, pero Tapúa, junto al límite de Manasés, pertenecía a los hijos de Efraín.
17:9 El límite bajaba al torrente de Caná, al sur del torrente. Estas ciudades pertenecían a Efraín, en medio de las ciudades de Manasés; el límite de Manasés estaba al norte del torrente y terminaba en el mar.
17:10 Al sur era de Efraín y al norte era de Manasés, y el mar era su límite. Al norte colindaban con Aser, y al oriente, con Isacar.
17:11 En Isacar y en Aser, Manasés tenía Bet-seán y sus pueblos, Ibleam y sus pueblos, a los habitantes de Dor y sus pueblos, a los habitantes de Endor y sus pueblos, a los habitantes de Taanac y sus pueblos, y a los habitantes de Meguido y sus pueblos: las tres regiones.
17:12 Los hijos de Manasés no pudieron expulsar a los habitantes de estas ciudades, y los cananeos persistieron en habitar en aquella tierra.
17:13 Cuando los hijos de Israel se hicieron fuertes, sometieron a los cananeos a trabajos forzados, pero no llegaron a expulsarlos.
Los hijos de José piden más espacio
17:14 Los hijos de José hablaron a Josué y dijeron: «¿Por qué me has dado como herencia una sola parte por sorteo y una sola porción, siendo yo un pueblo numeroso, pues el SEÑOR me ha bendecido hasta ahora?».
17:15 Josué les dijo: «Si eres un pueblo numeroso, sube al bosque y despeja allí terreno para ti, en la tierra de los ferezeos y de los refaítas, porque la región montañosa de Efraín te queda estrecha».
17:16 Los hijos de José dijeron: «La región montañosa no nos basta, y todos los cananeos que habitan en la tierra del valle tienen carros de hierro, tanto los que están en Bet-seán y en sus pueblos como los que están en el valle de Jezreel».
17:17 Josué dijo a la casa de José, a Efraín y a Manasés: «Eres un pueblo numeroso y tienes gran fuerza; no tendrás una sola parte por sorteo,
17:18 sino que la región montañosa será tuya. Aunque es bosque, tú lo despejarás y poseerás sus extremos, porque expulsarás a los cananeos, aunque tengan carros de hierro y sean fuertes».

Capítulo 18
El reparto de las siete tribus en Silo
18:1 Toda la congregación de los hijos de Israel se reunió en Silo y estableció allí la tienda de reunión. La tierra estaba sometida delante de ellos.
18:2 Quedaban entre los hijos de Israel siete tribus a las que aún no se les había repartido su herencia.
18:3 Josué dijo a los hijos de Israel: «¿Hasta cuándo seguirán siendo negligentes para entrar a tomar posesión de la tierra que les ha dado el SEÑOR, Dios de sus padres?
18:4 Elijan tres hombres por tribu, y yo los enviaré. Ellos se levantarán, recorrerán la tierra, la describirán por escrito según sus herencias y vendrán a mí.
18:5 La dividirán en siete partes. Judá permanecerá en su territorio al sur, y la casa de José permanecerá en su territorio al norte.
18:6 Ustedes describirán por escrito la tierra en siete partes y me traerán aquí la descripción; aquí les echaré suertes delante del SEÑOR nuestro Dios.
18:7 Porque los levitas no tienen parte entre ustedes, pues el sacerdocio del SEÑOR es su herencia. Gad, Rubén y la media tribu de Manasés ya recibieron su herencia al otro lado del Jordán, al oriente, la que les dio Moisés, siervo del SEÑOR».
18:8 Los hombres se levantaron y se fueron. Josué mandó a los que iban a describir la tierra por escrito: «Vayan, recorran la tierra, descríbanla por escrito y vuelvan a mí. Aquí les echaré suertes delante del SEÑOR, en Silo».
18:9 Los hombres fueron, recorrieron la tierra y la describieron por ciudades, en siete partes, en un libro. Luego vinieron a Josué, al campamento en Silo.
18:10 Josué les echó suertes en Silo delante del SEÑOR, y allí Josué repartió la tierra a los hijos de Israel según sus porciones.
Herencia de Benjamín
18:11 Salió la suerte de la tribu de los hijos de Benjamín, según sus clanes. El territorio que les tocó quedó entre los hijos de Judá y los hijos de José.
18:12 Su límite al norte partía del Jordán. El límite subía por el lado norte de Jericó, subía hacia el occidente por la región montañosa y terminaba en el desierto de Bet-avén.
18:13 Desde allí el límite pasaba hacia Luz, por el lado sur de Luz, que es Betel; el límite bajaba a Atarot-adar, sobre el monte que está al sur de Bet-horón de abajo.
18:14 El límite giraba y daba vuelta hacia el sur por el lado occidental, desde el monte que está frente a Bet-horón, al sur; terminaba en Quiriat-baal, que es Quiriat-jearim, ciudad de los hijos de Judá. Este era el lado occidental.
18:15 El lado sur partía del extremo de Quiriat-jearim; el límite salía hacia el occidente y salía al manantial de las aguas de Neftoa.
18:16 El límite bajaba al extremo del monte que está frente al valle del hijo de Hinom, al norte del valle de Refaim; bajaba al valle de Hinom, por el lado sur de los jebuseos, y bajaba a En-rogel.
18:17 Giraba hacia el norte, salía a En-semes y salía a Gelilot, que está frente a la subida de Adumín; bajaba a la piedra de Bohán hijo de Rubén,
18:18 pasaba por el lado norte de la ladera que está frente al Arabá y bajaba al Arabá.
18:19 El límite pasaba por el lado norte de Bet-hogla, y el límite terminaba en la bahía norte del mar Salado, en el extremo sur del Jordán. Este era el límite sur.
18:20 El Jordán lo limitaba por el lado oriental. Esta es la herencia de los hijos de Benjamín, con sus límites por todo su contorno, según sus clanes.
Ciudades de Benjamín
18:21 Las ciudades de la tribu de los hijos de Benjamín, según sus clanes, eran: Jericó, Bet-hogla, el valle de Casis,
18:22 Bet-arabá, Zemaraim, Betel,
18:23 Avim, Pará, Ofra,
18:24 Quefar-haamoni, Ofni y Geba; doce ciudades con sus aldeas.
18:25 Gabaón, Ramá, Beerot,
18:26 Mizpa, Cafira, Mozah,
18:27 Requem, Irpeel, Tarala,
18:28 Zela, Elef, la ciudad de los jebuseos (es decir, Jerusalén), Gabaa y Quiriat; catorce ciudades con sus aldeas. Esta es la herencia de los hijos de Benjamín, según sus clanes.

Capítulo 19
Herencia de Simeón
19:1 La segunda suerte salió para Simeón, para la tribu de los hijos de Simeón, según sus clanes. Su herencia quedó en medio de la herencia de los hijos de Judá.
19:2 En su herencia tuvieron Beerseba, Seba, Molada,
19:3 Hazar-sual, Bala, Esem,
19:4 Eltolad, Betul, Horma,
19:5 Siclag, Bet-marcabot, Hazar-susa,
19:6 Bet-lebaot y Saruhén; trece ciudades con sus aldeas.
19:7 Aín, Rimón, Eter y Asán; cuatro ciudades con sus aldeas,
19:8 y todas las aldeas que estaban alrededor de estas ciudades hasta Baalat-beer, Ramat del Neguev. Esta es la herencia de la tribu de los hijos de Simeón, según sus clanes.
19:9 De la porción de los hijos de Judá salió la herencia de los hijos de Simeón, porque la parte de los hijos de Judá era demasiado grande para ellos. Así los hijos de Simeón recibieron su herencia en medio de la de ellos.
Herencia de Zabulón
19:10 La tercera suerte salió para los hijos de Zabulón, según sus clanes. El territorio de su herencia llegaba hasta Sarid.
19:11 Su límite subía hacia el occidente y hacia Marala, tocaba Dabeset y tocaba el torrente que está frente a Jocneam.
19:12 Desde Sarid giraba hacia el oriente, hacia donde nace el sol, hasta el límite de Quislot-tabor; salía a Daberat y subía a Jafía.
19:13 Desde allí pasaba hacia el oriente, hacia el este, a Gat-hefer y a Ita-cazín; salía a Rimón y giraba hacia Nea.
19:14 El límite giraba por el norte hacia Hanatón y terminaba en el valle de Jefte-el.
19:15 Catat, Naalal, Simrón, Idala y Belén; doce ciudades con sus aldeas.
19:16 Esta es la herencia de los hijos de Zabulón, según sus clanes: estas ciudades con sus aldeas.
Herencia de Isacar
19:17 Para Isacar salió la cuarta suerte, para los hijos de Isacar, según sus clanes.
19:18 Su territorio comprendía Jezreel, Quesulot, Sunem,
19:19 Hafaraim, Sihón, Anaharat,
19:20 Rabit, Quisión, Abez,
19:21 Remet, En-ganim, En-hada y Bet-pases.
19:22 El límite tocaba Tabor, Sahazima y Bet-semes; su límite terminaba en el Jordán: dieciséis ciudades con sus aldeas.
19:23 Esta es la herencia de la tribu de los hijos de Isacar, según sus clanes: las ciudades con sus aldeas.
Herencia de Aser
19:24 La quinta suerte salió para la tribu de los hijos de Aser, según sus clanes.
19:25 Su territorio comprendía Helcat, Halí, Betén, Acsaf,
19:26 Alamelec, Amad y Miseal. Tocaba el Carmelo al occidente y Sihor-libnat.
19:27 Giraba hacia donde nace el sol, a Bet-dagón, y tocaba Zabulón y el valle de Jefte-el al norte, Bet-emec y Neiel; salía a Cabul por el norte,
19:28 a Ebrón, Rehob, Hamón y Caná, hasta Sidón la Grande.
19:29 El límite giraba hacia Ramá y hasta la ciudad fortificada de Tiro; el límite giraba hacia Hosa y terminaba en el mar, desde la región de Aczib.
19:30 Uma, Afec y Rehob; veintidós ciudades con sus aldeas.
19:31 Esta es la herencia de la tribu de los hijos de Aser, según sus clanes: estas ciudades con sus aldeas.
Herencia de Neftalí
19:32 Para los hijos de Neftalí salió la sexta suerte, para los hijos de Neftalí, según sus clanes.
19:33 Su límite iba desde Helef, desde la encina de Saananim, por Adami-neceb y Jabneel hasta Lacum, y terminaba en el Jordán.
19:34 El límite giraba hacia el occidente, a Aznot-tabor, y salía de allí a Hucoc. Tocaba Zabulón al sur, tocaba Aser al occidente y Judá por el Jordán hacia donde nace el sol.
19:35 Las ciudades fortificadas eran: Sidim, Zer, Hamat, Racat, Cineret,
19:36 Adama, Ramá, Hazor,
19:37 Cedes, Edrei, En-hazor,
19:38 Irón, Migdal-el, Horem, Bet-anat y Bet-semes; diecinueve ciudades con sus aldeas.
19:39 Esta es la herencia de la tribu de los hijos de Neftalí, según sus clanes: las ciudades con sus aldeas.
Herencia de Dan
19:40 Para la tribu de los hijos de Dan, según sus clanes, salió la séptima suerte.
19:41 El territorio de su herencia comprendía Zora, Estaol, Ir-semes,
19:42 Saalabín, Ajalón, Jetla,
19:43 Elón, Timna, Ecrón,
19:44 Elteque, Gibetón, Baalat,
19:45 Jehúd, Bene-berac, Gat-rimón,
19:46 Mejarcón y Racón, con el territorio que está frente a Jope.
Los danitas toman Lesem y la llaman Dan
19:47 El territorio de los hijos de Dan se extendió más allá de estas ciudades. Los hijos de Dan subieron, combatieron contra Lesem, la tomaron, la hirieron a filo de espada, la poseyeron y habitaron en ella. A Lesem la llamaron Dan, por el nombre de Dan, su padre.
19:48 Esta es la herencia de la tribu de los hijos de Dan, según sus clanes: estas ciudades con sus aldeas.
Josué recibe su herencia
19:49 Cuando terminaron de repartir la tierra en herencia según sus límites, los hijos de Israel dieron a Josué hijo de Nun una herencia en medio de ellos.
19:50 Conforme al mandato del SEÑOR, le dieron la ciudad que había pedido, Timnat-sera, en la región montañosa de Efraín; él edificó la ciudad y habitó en ella.
19:51 Estas son las herencias que el sacerdote Eleazar, Josué hijo de Nun y los jefes de las familias paternas de las tribus de los hijos de Israel repartieron por sorteo en Silo, delante del SEÑOR, a la entrada de la tienda de reunión. Así terminaron de repartir la tierra.

Capítulo 20
Ciudades de refugio
20:1 El SEÑOR habló a Josué y dijo:
20:2 «Habla a los hijos de Israel y diles: “Designen para ustedes las ciudades de refugio de las que les hablé por medio de Moisés,
20:3 para que huya allí el homicida que haya matado a alguien por accidente y sin intención. Serán para ustedes un refugio contra el vengador de la sangre.
20:4 Huirá a una de estas ciudades, se presentará a la entrada de la puerta de la ciudad y expondrá su caso a oídos de los ancianos de aquella ciudad. Ellos lo recibirán consigo dentro de la ciudad y le darán un lugar para que habite con ellos.
20:5 Si el vengador de la sangre lo persigue, no entregarán al homicida en su mano, porque hirió a su prójimo sin intención y no lo había odiado antes.
20:6 Permanecerá en aquella ciudad hasta comparecer en juicio ante la congregación y hasta la muerte del sumo sacerdote que haya en aquellos días. Entonces el homicida regresará e irá a su ciudad y a su casa, a la ciudad de donde había huido”».
20:7 Apartaron Cedes, en Galilea, en la región montañosa de Neftalí; Siquem, en la región montañosa de Efraín; y Quiriat-arba, que es Hebrón, en la región montañosa de Judá.
20:8 Al otro lado del Jordán, al oriente de Jericó, asignaron Beser, en el desierto, en la meseta, de la tribu de Rubén; Ramot, en Galaad, de la tribu de Gad; y Golán, en Basán, de la tribu de Manasés.
20:9 Estas fueron las ciudades designadas para todos los hijos de Israel y para el extranjero que residiera entre ellos, para que huyera allí cualquiera que matara a una persona por accidente y no muriera a manos del vengador de la sangre antes de comparecer ante la congregación.

Capítulo 21
Ciudades para los clanes de Leví
Texto relacionado: 1 Crónicas 6:54–81
21:1 Los jefes de las familias paternas de los levitas se acercaron al sacerdote Eleazar, a Josué hijo de Nun y a los jefes de las familias paternas de las tribus de los hijos de Israel,
21:2 y les hablaron en Silo, en la tierra de Canaán: «El SEÑOR mandó por medio de Moisés que se nos dieran ciudades donde vivir y sus pastizales para nuestros animales».
21:3 Los hijos de Israel dieron a los levitas, de su herencia y conforme al mandato del SEÑOR, estas ciudades con sus pastizales.
21:4 La suerte salió para los clanes de los coatitas. A los hijos del sacerdote Aarón, que eran de los levitas, les tocaron por sorteo trece ciudades de la tribu de Judá, de la tribu de Simeón y de la tribu de Benjamín.
21:5 A los demás hijos de Coat les tocaron por sorteo diez ciudades de los clanes de la tribu de Efraín, de la tribu de Dan y de la media tribu de Manasés.
21:6 A los hijos de Gersón les tocaron por sorteo trece ciudades de los clanes de la tribu de Isacar, de la tribu de Aser, de la tribu de Neftalí y de la media tribu de Manasés en Basán.
21:7 A los hijos de Merari, según sus clanes, les tocaron doce ciudades de la tribu de Rubén, de la tribu de Gad y de la tribu de Zabulón.
21:8 Los hijos de Israel dieron a los levitas estas ciudades con sus pastizales por sorteo, como el SEÑOR había mandado por medio de Moisés.
Ciudades de los descendientes de Aarón
21:9 De la tribu de los hijos de Judá y de la tribu de los hijos de Simeón dieron estas ciudades, que se mencionan por su nombre,
21:10 y fueron para los hijos de Aarón, de los clanes de los coatitas, de los hijos de Leví, porque a ellos les tocó la primera suerte.
21:11 Les dieron Quiriat-arba, que es Hebrón, en la región montañosa de Judá, con sus pastizales alrededor. Arba era el padre de Anac.
21:12 Pero el campo de la ciudad y sus aldeas los dieron a Caleb hijo de Jefone como posesión suya.
21:13 A los hijos del sacerdote Aarón les dieron Hebrón, ciudad de refugio para el homicida, con sus pastizales; Libna con sus pastizales,
21:14 Jatir con sus pastizales, Estemoa con sus pastizales,
21:15 Holón con sus pastizales, Debir con sus pastizales,
21:16 Aín con sus pastizales, Juta con sus pastizales y Bet-semes con sus pastizales; nueve ciudades de estas dos tribus.
21:17 De la tribu de Benjamín: Gabaón con sus pastizales, Geba con sus pastizales,
21:18 Anatot con sus pastizales y Almón con sus pastizales; cuatro ciudades.
21:19 Todas las ciudades de los hijos de Aarón, los sacerdotes, eran trece ciudades con sus pastizales.
Ciudades para los demás coatitas
21:20 A los clanes de los hijos de Coat, los levitas que quedaban de los hijos de Coat, les tocaron por sorteo ciudades de la tribu de Efraín.
21:21 Les dieron Siquem, ciudad de refugio para el homicida, con sus pastizales, en la región montañosa de Efraín; Gezer con sus pastizales,
21:22 Kibsaim con sus pastizales y Bet-horón con sus pastizales; cuatro ciudades.
21:23 De la tribu de Dan: Elteque con sus pastizales, Gibetón con sus pastizales,
21:24 Ajalón con sus pastizales y Gat-rimón con sus pastizales; cuatro ciudades.
21:25 De la media tribu de Manasés: Taanac con sus pastizales y Gat-rimón con sus pastizales; dos ciudades.
21:26 En total, diez ciudades con sus pastizales para los clanes de los demás hijos de Coat.
Ciudades para los clanes de Gersón
21:27 A los hijos de Gersón, de los clanes de los levitas, les dieron, de la media tribu de Manasés, Golán en Basán, ciudad de refugio para el homicida, con sus pastizales, y Beestera con sus pastizales; dos ciudades.
21:28 De la tribu de Isacar: Quisión con sus pastizales, Daberat con sus pastizales,
21:29 Jarmut con sus pastizales y En-ganim con sus pastizales; cuatro ciudades.
21:30 De la tribu de Aser: Miseal con sus pastizales, Abdón con sus pastizales,
21:31 Helcat con sus pastizales y Rehob con sus pastizales; cuatro ciudades.
21:32 De la tribu de Neftalí: Cedes en Galilea, ciudad de refugio para el homicida, con sus pastizales; Hamot-dor con sus pastizales y Cartán con sus pastizales; tres ciudades.
21:33 Todas las ciudades de los gersonitas, según sus clanes, eran trece ciudades con sus pastizales.
Ciudades para los clanes de Merari
21:34 A los clanes de los hijos de Merari, los levitas restantes, les dieron, de la tribu de Zabulón, Jocneam con sus pastizales, Carta con sus pastizales,
21:35 Dimna con sus pastizales y Naalal con sus pastizales; cuatro ciudades.
21:36 De la tribu de Rubén: Beser con sus pastizales, Jahaza con sus pastizales,
21:37 Cademot con sus pastizales y Mefaat con sus pastizales; cuatro ciudades.
21:38 De la tribu de Gad: Ramot en Galaad, ciudad de refugio para el homicida, con sus pastizales; Mahanaim con sus pastizales,
21:39 Hesbón con sus pastizales y Jazer con sus pastizales; en total, cuatro ciudades.
21:40 Todas las ciudades de los hijos de Merari, según sus clanes, los que quedaban de los clanes de los levitas, les tocaron por sorteo: doce ciudades.
21:41 Todas las ciudades de los levitas en medio de la posesión de los hijos de Israel eran cuarenta y ocho ciudades con sus pastizales.
21:42 Cada una de estas ciudades tenía sus pastizales alrededor; así era con todas estas ciudades.
El SEÑOR cumple su promesa a Israel
21:43 El SEÑOR dio a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres; ellos la poseyeron y habitaron en ella.
21:44 El SEÑOR les dio descanso por todos lados, conforme a todo lo que había jurado a sus padres. Ninguno de todos sus enemigos pudo hacerles frente; el SEÑOR entregó en sus manos a todos sus enemigos.
21:45 No falló ni una palabra de todas las buenas palabras que el SEÑOR había dicho a la casa de Israel; todo se cumplió.

Capítulo 22
Regreso de las tribus orientales
22:1 Entonces Josué llamó a los rubenitas, a los gaditas y a la media tribu de Manasés,
22:2 y les dijo: «Ustedes han guardado todo lo que les mandó Moisés, siervo del SEÑOR, y han obedecido mi voz en todo lo que les he mandado.
22:3 No han abandonado a sus hermanos durante este largo tiempo, hasta el día de hoy, y han guardado lo que les encomendó el SEÑOR su Dios.
22:4 Ahora el SEÑOR su Dios ha dado descanso a sus hermanos, como les había dicho. Ahora vuelvan y vayan a sus tiendas, a la tierra de su posesión que les dio Moisés, siervo del SEÑOR, al otro lado del Jordán.
22:5 Solamente cuiden mucho de cumplir el mandamiento y la ley que les ordenó Moisés, siervo del SEÑOR: amar al SEÑOR su Dios, andar en todos sus caminos, guardar sus mandamientos, aferrarse a él y servirlo con todo su corazón y con toda su alma».
22:6 Josué los bendijo y los despidió, y ellos se fueron a sus tiendas.
22:7 A la mitad de la tribu de Manasés Moisés le había dado una herencia en Basán; a la otra mitad Josué le dio una herencia con sus hermanos al otro lado del Jordán, al occidente. También cuando Josué los envió a sus tiendas, los bendijo,
22:8 y les dijo: «Vuelvan a sus tiendas con grandes riquezas, con muchísimo ganado, con plata, oro, bronce, hierro y muchísima ropa. Repartan el botín de sus enemigos con sus hermanos».
22:9 Los hijos de Rubén, los hijos de Gad y la media tribu de Manasés regresaron y se alejaron de los hijos de Israel desde Silo, en la tierra de Canaán, para ir a la tierra de Galaad, a la tierra de su posesión, de la que habían tomado posesión conforme al mandato del SEÑOR por medio de Moisés.
El altar junto al Jordán provoca una crisis
22:10 Llegaron a las regiones del Jordán, en la tierra de Canaán. Allí los hijos de Rubén, los hijos de Gad y la media tribu de Manasés edificaron un altar junto al Jordán, un altar grande e imponente.
22:11 Los hijos de Israel oyeron decir: «Miren, los hijos de Rubén, los hijos de Gad y la media tribu de Manasés han edificado el altar frente a la tierra de Canaán, en las regiones del Jordán, del lado de los hijos de Israel».
22:12 Cuando los hijos de Israel lo oyeron, toda la congregación de los hijos de Israel se reunió en Silo para subir contra ellos en guerra.
22:13 Los hijos de Israel enviaron a Finees hijo del sacerdote Eleazar a los hijos de Rubén, a los hijos de Gad y a la media tribu de Manasés, a la tierra de Galaad,
22:14 y con él a diez jefes, un jefe por cada casa paterna de todas las tribus de Israel. Cada uno de ellos era jefe de su casa paterna entre los millares de Israel.
22:15 Llegaron a los hijos de Rubén, a los hijos de Gad y a la media tribu de Manasés, a la tierra de Galaad, y les dijeron:
La preocupación por la fidelidad de Israel
22:16 «Así dice toda la congregación del SEÑOR: ¿Qué infidelidad es esta que han cometido contra el Dios de Israel, apartándose hoy de seguir al SEÑOR al edificarse un altar para rebelarse hoy contra el SEÑOR?
22:17 ¿Es poca para nosotros la iniquidad de Peor, de la que no nos hemos purificado hasta el día de hoy y por la cual hubo una plaga en la congregación del SEÑOR?
22:18 ¿Y ustedes se apartan hoy de seguir al SEÑOR? Si ustedes se rebelan hoy contra el SEÑOR, mañana él se airará contra toda la congregación de Israel.
22:19 Pero si la tierra de su posesión es impura, pasen a la tierra que es posesión del SEÑOR, donde habita el tabernáculo del SEÑOR, y tomen posesión entre nosotros. No se rebelen contra el SEÑOR ni se rebelen contra nosotros edificándose un altar aparte del altar del SEÑOR nuestro Dios.
22:20 ¿No cometió Acán hijo de Zera una infidelidad con lo consagrado, y vino ira sobre toda la congregación de Israel? Él no fue el único que murió por su iniquidad».
El altar como testimonio de la fe común
22:21 Los hijos de Rubén, los hijos de Gad y la media tribu de Manasés respondieron y hablaron a los jefes de los millares de Israel:
22:22 «¡Dios de dioses, el SEÑOR! ¡Dios de dioses, el SEÑOR! Él lo sabe, e Israel también lo sabrá. Si fue por rebeldía o por infidelidad contra el SEÑOR, no nos salves en este día.
22:23 Si nos edificamos un altar para apartarnos de seguir al SEÑOR, o para ofrecer sobre él holocausto u ofrenda de cereal, o para presentar sobre él sacrificios de paz, que el SEÑOR mismo nos pida cuentas.
22:24 Lo hicimos por temor de que mañana sus hijos dijeran a nuestros hijos: “¿Qué tienen que ver ustedes con el SEÑOR, Dios de Israel?
22:25 El SEÑOR puso un límite entre nosotros y ustedes, hijos de Rubén e hijos de Gad: el Jordán. Ustedes no tienen parte en el SEÑOR”. Así sus hijos harían que nuestros hijos dejaran de temer al SEÑOR.
22:26 Por eso dijimos: “Hagamos ahora esto: edifiquémonos el altar, no para holocausto ni para sacrificio,
22:27 sino como testigo entre nosotros y ustedes y entre nuestras generaciones después de nosotros, para prestar el servicio del SEÑOR delante de él con nuestros holocaustos, nuestros sacrificios y nuestras ofrendas de paz. Así sus hijos no dirán mañana a nuestros hijos: ‘Ustedes no tienen parte en el SEÑOR’”.
22:28 También dijimos: “Si mañana nos dicen eso a nosotros o a nuestras generaciones, responderemos: ‘Vean la réplica del altar del SEÑOR que hicieron nuestros padres, no para holocausto ni para sacrificio, sino como testigo entre nosotros y ustedes’”.
22:29 Lejos esté de nosotros rebelarnos contra el SEÑOR y apartarnos hoy de seguir al SEÑOR, edificando un altar para holocausto, para ofrenda de cereal o para sacrificio, aparte del altar del SEÑOR nuestro Dios que está delante de su tabernáculo».
La explicación preserva la paz entre las tribus
22:30 El sacerdote Finees, los jefes de la congregación y los jefes de los millares de Israel que estaban con él oyeron las palabras que hablaron los hijos de Rubén, los hijos de Gad y los hijos de Manasés, y les pareció bien.
22:31 Finees hijo del sacerdote Eleazar dijo a los hijos de Rubén, a los hijos de Gad y a los hijos de Manasés: «Hoy sabemos que el SEÑOR está entre nosotros, porque no han cometido esta infidelidad contra el SEÑOR. Ahora han librado a los hijos de Israel de la mano del SEÑOR».
22:32 Finees hijo del sacerdote Eleazar y los jefes regresaron de donde estaban los hijos de Rubén y los hijos de Gad, de la tierra de Galaad a la tierra de Canaán, a los hijos de Israel, y les dieron un informe.
22:33 El asunto pareció bien a los hijos de Israel, y los hijos de Israel bendijeron a Dios. No hablaron más de subir contra ellos en guerra para destruir la tierra en la que habitaban los hijos de Rubén y los hijos de Gad.
22:34 Los hijos de Rubén y los hijos de Gad dieron nombre al altar, diciendo: «Es testigo entre nosotros de que el SEÑOR es Dios».

Capítulo 23
Josué exhorta a permanecer fieles al SEÑOR
23:1 Había pasado mucho tiempo desde que el SEÑOR dio descanso a Israel de todos sus enemigos de alrededor. Josué era anciano, de edad avanzada.
23:2 Josué llamó a todo Israel, a sus ancianos, a sus jefes, a sus jueces y a sus oficiales, y les dijo: «Yo he envejecido y soy de edad avanzada.
23:3 Ustedes han visto todo lo que el SEÑOR su Dios ha hecho a todas estas naciones por causa de ustedes, porque el SEÑOR su Dios es quien ha peleado por ustedes.
23:4 Miren, les he asignado por sorteo como herencia para sus tribus estas naciones que quedan, junto con todas las naciones que eliminé, desde el Jordán hasta el mar Grande, hacia donde se pone el sol.
23:5 El SEÑOR su Dios las hará retroceder delante de ustedes y las expulsará de su presencia; ustedes poseerán su tierra, como el SEÑOR su Dios les ha dicho.
23:6 Manténganse muy firmes para guardar y cumplir todo lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés, sin apartarse de ello a la derecha ni a la izquierda,
23:7 sin mezclarse con estas naciones que quedan entre ustedes. No mencionen el nombre de sus dioses ni hagan jurar por él, ni los sirvan ni se postren ante ellos.
23:8 Más bien, aférrense al SEÑOR su Dios, tal como han hecho hasta el día de hoy.
23:9 El SEÑOR ha expulsado delante de ustedes a naciones grandes y poderosas; hasta el día de hoy nadie ha podido hacerles frente.
23:10 Un solo hombre de ustedes perseguirá a mil, porque el SEÑOR su Dios es quien pelea por ustedes, como les ha dicho.
23:11 Cuiden mucho de ustedes mismos para amar al SEÑOR su Dios.
La advertencia contra abandonar el pacto
23:12 Pero si llegan a volverse atrás, se aferran al resto de estas naciones que quedan entre ustedes, emparentan con ellas por matrimonio y se mezclan con ellas y ellas con ustedes,
23:13 sepan con certeza que el SEÑOR su Dios no volverá a expulsar a estas naciones de su presencia. Serán para ustedes lazo y trampa, azote en sus costados y espinas en sus ojos, hasta que perezcan de esta buena tierra que el SEÑOR su Dios les ha dado.
23:14 Miren, hoy estoy por seguir el camino de toda la tierra. Ustedes saben con todo su corazón y con toda su alma que no ha fallado una sola palabra de todas las buenas palabras que el SEÑOR su Dios les ha dicho; todas se han cumplido para ustedes, no ha fallado ni una sola palabra.
23:15 Y así como se ha cumplido para ustedes toda la buena palabra que el SEÑOR su Dios les dijo, así el SEÑOR traerá sobre ustedes todo el mal anunciado, hasta exterminarlos de esta buena tierra que el SEÑOR su Dios les ha dado,
23:16 si quebrantan el pacto del SEÑOR su Dios que él les mandó y van a servir a otros dioses y se postran ante ellos. Entonces la ira del SEÑOR se encenderá contra ustedes y perecerán pronto de la buena tierra que les ha dado».

Capítulo 24
Israel renueva su compromiso con el SEÑOR
24:1 Josué reunió a todas las tribus de Israel en Siquem y llamó a los ancianos de Israel, a sus jefes, a sus jueces y a sus oficiales; ellos se presentaron delante de Dios.
24:2 Josué dijo a todo el pueblo: «Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: “Antiguamente sus padres habitaban al otro lado del río: Taré, padre de Abraham y padre de Nacor, y servían a otros dioses.
24:3 Tomé a su padre Abraham del otro lado del río, lo hice recorrer toda la tierra de Canaán, multipliqué su descendencia y le di a Isaac.
24:4 A Isaac le di a Jacob y a Esaú; a Esaú le di el monte Seir para que lo poseyera, pero Jacob y sus hijos bajaron a Egipto.
24:5 Envié a Moisés y a Aarón y golpeé a Egipto con lo que hice en medio de él; después los saqué a ustedes.
24:6 Saqué a sus padres de Egipto, y ustedes llegaron al mar. Los egipcios persiguieron a sus padres con carros y jinetes hasta el mar Rojo.
24:7 Ellos clamaron al SEÑOR, y él puso oscuridad entre ustedes y los egipcios; hizo venir el mar sobre ellos y los cubrió. Sus ojos vieron lo que hice en Egipto, y ustedes habitaron en el desierto durante muchos días.
24:8 Los traje a la tierra de los amorreos que habitaban al otro lado del Jordán. Ellos pelearon contra ustedes, pero los entregué en sus manos; ustedes poseyeron su tierra y yo los exterminé delante de ustedes.
24:9 Se levantó Balac hijo de Zipor, rey de Moab, y combatió contra Israel; envió a llamar a Balaam hijo de Beor para que los maldijera.
24:10 Pero no quise escuchar a Balaam, y él los bendijo repetidamente; los libré de su mano.
24:11 Cruzaron el Jordán y llegaron a Jericó. Pelearon contra ustedes los habitantes de Jericó, los amorreos, los ferezeos, los cananeos, los hititas, los gergeseos, los heveos y los jebuseos, pero los entregué en sus manos.
24:12 Envié delante de ustedes avispas que expulsaron de su presencia a los dos reyes de los amorreos; no fue con tu espada ni con tu arco.
24:13 Les di una tierra en la que no habían trabajado y ciudades que no habían edificado, y habitan en ellas; comen de viñas y olivares que no habían plantado”.
Sirvan al SEÑOR con integridad
24:14 Ahora, pues, teman al SEÑOR y sírvanlo con integridad y verdad. Quiten los dioses a los que sirvieron sus padres al otro lado del río y en Egipto, y sirvan al SEÑOR.
24:15 Si les parece mal servir al SEÑOR, elijan hoy a quién van a servir: a los dioses a los que sirvieron sus padres cuando estaban al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitan. Pero yo y mi casa serviremos al SEÑOR».
24:16 El pueblo respondió: «Lejos esté de nosotros abandonar al SEÑOR para servir a otros dioses,
24:17 porque el SEÑOR nuestro Dios es quien nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud. Él hizo ante nuestros ojos estas grandes señales y nos guardó por todo el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde pasamos.
24:18 El SEÑOR expulsó delante de nosotros a todos los pueblos y a los amorreos que habitaban en la tierra. También nosotros serviremos al SEÑOR, porque él es nuestro Dios».
La santidad de Dios exige una fidelidad verdadera
24:19 Josué dijo al pueblo: «No podrán servir al SEÑOR, porque él es Dios santo, él es Dios celoso; no perdonará sus rebeliones ni sus pecados.
24:20 Si abandonan al SEÑOR y sirven a dioses ajenos, él se volverá, les hará mal y los consumirá, después de haberles hecho bien».
24:21 El pueblo dijo a Josué: «No, sino que al SEÑOR serviremos».
24:22 Josué dijo al pueblo: «Ustedes son testigos contra ustedes mismos de que han elegido al SEÑOR para servirlo». Ellos dijeron: «Somos testigos».
24:23 «Ahora, pues, quiten los dioses ajenos que están entre ustedes e inclinen su corazón al SEÑOR, Dios de Israel».
24:24 El pueblo dijo a Josué: «Al SEÑOR nuestro Dios serviremos y a su voz obedeceremos».
El pacto y su testimonio en Siquem
24:25 Josué hizo un pacto con el pueblo aquel día y estableció para él un estatuto y una ordenanza en Siquem.
24:26 Josué escribió estas palabras en el libro de la ley de Dios. Tomó una piedra grande y la levantó allí, debajo del terebinto que estaba en el santuario del SEÑOR.
24:27 Josué dijo a todo el pueblo: «Miren, esta piedra será testigo contra nosotros, porque ha oído todas las palabras que el SEÑOR ha hablado con nosotros. Será testigo contra ustedes, para que no renieguen de su Dios».
24:28 Josué despidió al pueblo, cada uno a su herencia.
Muerte y sepultura de Josué
Texto relacionado: Jueces 2:6–10
24:29 Después de estas cosas murió Josué hijo de Nun, siervo del SEÑOR, a los ciento diez años.
24:30 Lo enterraron en el territorio de su herencia, en Timnat-sera, en la región montañosa de Efraín, al norte del monte Gaas.
24:31 Israel sirvió al SEÑOR durante todos los días de Josué y durante todos los días de los ancianos que sobrevivieron a Josué y que conocían todas las obras que el SEÑOR había hecho por Israel.
Los huesos de José reposan en la tierra prometida
24:32 Los huesos de José, que los hijos de Israel habían subido de Egipto, los enterraron en Siquem, en la parcela del campo que Jacob había comprado a los hijos de Hamor, padre de Siquem, por cien piezas de plata; y pasaron a ser herencia de los hijos de José.
Muerte y sepultura de Eleazar
24:33 Murió también Eleazar hijo de Aarón, y lo enterraron en la colina de su hijo Finees, que le había sido dada en la región montañosa de Efraín.

JUECES

Capítulo 1
Judá y Simeón luchan por su herencia
1:1 Después de la muerte de Josué, los israelitas consultaron al SEÑOR: «¿Quién de nosotros subirá primero a luchar contra los cananeos?».
1:2 El SEÑOR respondió: «Judá subirá. Miren, he entregado la tierra en sus manos».
1:3 Judá le dijo a su hermano Simeón: «Sube conmigo al territorio que me tocó por sorteo y luchemos contra los cananeos. Yo también iré contigo al territorio que te tocó». Así que Simeón fue con él.
1:4 Judá subió, y el SEÑOR entregó en sus manos a los cananeos y a los ferezeos. En Bezec derrotaron a diez mil hombres.
1:5 Allí en Bezec encontraron a Adoni-bezec y lucharon contra él; derrotaron a los cananeos y a los ferezeos.
1:6 Adoni-bezec huyó, pero lo persiguieron, lo capturaron y le cortaron los pulgares de las manos y los dedos gordos de los pies.
1:7 Entonces Adoni-bezec dijo: «Setenta reyes, con los pulgares de las manos y los dedos gordos de los pies cortados, recogían migajas debajo de mi mesa. Dios me ha pagado conforme a lo que hice». Lo llevaron a Jerusalén, y allí murió.
Judá toma Jerusalén y avanza hacia el sur
1:8 Los hombres de Judá combatieron contra Jerusalén y la tomaron. Mataron a sus habitantes a filo de espada e incendiaron la ciudad.
1:9 Después los hombres de Judá bajaron a luchar contra los cananeos que habitaban en la región montañosa, en el Neguev y en las tierras bajas.
1:10 Judá marchó contra los cananeos que vivían en Hebrón, que antes se llamaba Quiriat-arba, y derrotó a Sesai, Ahimán y Talmai.
Otoniel toma Debir y se casa con Acsa
Texto relacionado: Josué 15:15–19
1:11 De allí marchó contra los habitantes de Debir, que antes se llamaba Quiriat-sefer.
1:12 Caleb dijo: «Al que ataque Quiriat-sefer y la tome le daré por esposa a mi hija Acsa».
1:13 La tomó Otoniel, hijo de Cenaz, hermano menor de Caleb; y Caleb le dio por esposa a su hija Acsa.
1:14 Cuando ella llegó, lo instó a pedirle un campo a su padre. Se bajó del burro, y Caleb le preguntó: «¿Qué quieres?».
1:15 Ella le respondió: «Concédeme un regalo. Ya que me has dado tierras en el Neguev, dame también manantiales de agua». Entonces Caleb le dio los manantiales de arriba y los de abajo.
Los ceneos se establecen con Judá
1:16 Los descendientes del ceneo, suegro de Moisés, subieron de la ciudad de las palmeras con los hombres de Judá al desierto de Judá, al sur de Arad. Fueron y se establecieron entre el pueblo.
Campañas de Judá en el sur y en la costa
1:17 Judá fue con su hermano Simeón y derrotaron a los cananeos que habitaban en Sefat. Destruyeron por completo la ciudad y la llamaron Horma.
1:18 Judá también tomó Gaza y su territorio, Ascalón y su territorio, y Ecrón y su territorio.
1:19 El SEÑOR estaba con Judá, que tomó posesión de la región montañosa; pero no pudo expulsar a los habitantes del valle, porque tenían carros de hierro.
1:20 Le dieron Hebrón a Caleb, como había dicho Moisés, y él expulsó de allí a los tres hijos de Anac.
Benjamín no expulsa a los jebuseos
1:21 Los benjamitas no expulsaron a los jebuseos que habitaban en Jerusalén. Por eso los jebuseos han vivido con los benjamitas en Jerusalén hasta el día de hoy.
La casa de José toma Betel
1:22 La casa de José también subió contra Betel, y el SEÑOR estaba con ellos.
1:23 La casa de José envió hombres a explorar Betel, ciudad que antes se llamaba Luz.
1:24 Los exploradores vieron a un hombre que salía de la ciudad y le dijeron: «Por favor, muéstranos la entrada de la ciudad y te trataremos con bondad».
1:25 Él les mostró la entrada de la ciudad, y ellos mataron a sus habitantes a filo de espada; pero dejaron ir a aquel hombre y a toda su familia.
1:26 El hombre fue a la tierra de los hititas y construyó una ciudad a la que llamó Luz. Ese es su nombre hasta el día de hoy.
Manasés y Efraín dejan poblaciones sin expulsar
1:27 Manasés no expulsó a los habitantes de Bet-seán y sus aldeas, ni a los de Taanac y sus aldeas, ni a los de Dor y sus aldeas, ni a los de Ibleam y sus aldeas, ni a los de Meguido y sus aldeas. Los cananeos persistieron en habitar en aquella tierra.
1:28 Cuando Israel se hizo fuerte, sometió a los cananeos a trabajos forzados, pero no los expulsó.
1:29 Efraín tampoco expulsó a los cananeos que habitaban en Gezer. Los cananeos siguieron viviendo entre ellos en Gezer.
Poblaciones que permanecen entre las tribus del norte
1:30 Zabulón no expulsó a los habitantes de Quitrón ni a los de Naalal. Los cananeos siguieron viviendo entre ellos, aunque fueron sometidos a trabajos forzados.
1:31 Aser no expulsó a los habitantes de Aco ni a los de Sidón, Ahlab, Aczib, Helba, Afec y Rehob.
1:32 Los de Aser vivieron entre los cananeos que habitaban aquella tierra, porque no los expulsaron.
1:33 Neftalí no expulsó a los habitantes de Bet-semes ni a los de Bet-anat. Vivió entre los cananeos que habitaban aquella tierra, pero sometió a trabajos forzados a los habitantes de Bet-semes y de Bet-anat.
Los amorreos limitan la posesión de Dan
1:34 Los amorreos obligaron a los danitas a quedarse en la región montañosa, pues no les permitían bajar al valle.
1:35 Los amorreos persistieron en habitar en el monte Heres, en Ajalón y en Saalbim; pero, cuando se hizo sentir el poder de la casa de José, fueron sometidos a trabajos forzados.
1:36 La frontera de los amorreos iba desde la subida de Acrabim, desde Sela hacia arriba.

Capítulo 2
El ángel del SEÑOR confronta al pueblo en Boquim
2:1 El ángel del SEÑOR subió de Gilgal a Boquim y dijo: «Yo los saqué de Egipto y los traje a la tierra que juré dar a sus antepasados. Dije: “Nunca romperé mi pacto con ustedes.
2:2 Ustedes no harán pacto con los habitantes de esta tierra y derribarán sus altares”. Pero no han obedecido mi voz. ¿Qué es esto que han hecho?
2:3 Por eso también he dicho: “No los expulsaré de delante de ustedes. Serán como espinas en sus costados, y sus dioses serán una trampa para ustedes”».
2:4 Cuando el ángel del SEÑOR terminó de decir estas palabras a todos los israelitas, el pueblo alzó la voz y lloró.
2:5 Llamaron a aquel lugar Boquim y ofrecieron allí sacrificios al SEÑOR.
La generación de Josué y la que vino después
Texto relacionado: Josué 24:29–31
2:6 Cuando Josué despidió al pueblo, los israelitas fueron cada uno a su heredad para tomar posesión de la tierra.
2:7 El pueblo sirvió al SEÑOR durante toda la vida de Josué y de los ancianos que le sobrevivieron, quienes habían visto toda la gran obra que el SEÑOR había hecho por Israel.
2:8 Josué, hijo de Nun, siervo del SEÑOR, murió a los ciento diez años.
2:9 Lo sepultaron en el territorio de su heredad, en Timnat-heres, en la región montañosa de Efraín, al norte del monte Gaas.
2:10 También toda aquella generación se reunió con sus antepasados. Después de ellos surgió otra generación que no conocía al SEÑOR ni la obra que él había hecho por Israel.
Israel abandona al Señor y él levanta jueces
2:11 Los israelitas hicieron lo malo a los ojos del SEÑOR y sirvieron a los baales.
2:12 Abandonaron al SEÑOR, el Dios de sus antepasados, que los había sacado de la tierra de Egipto. Siguieron a otros dioses, los dioses de los pueblos que los rodeaban, se postraron ante ellos y provocaron la ira del SEÑOR.
2:13 Abandonaron al SEÑOR y sirvieron a Baal y a Astarot.
2:14 La ira del SEÑOR se encendió contra Israel. Los entregó en manos de saqueadores que los despojaron y los vendió en manos de sus enemigos de alrededor. Ya no pudieron hacer frente a sus enemigos.
2:15 Cada vez que salían, la mano del SEÑOR estaba contra ellos para su mal, tal como el SEÑOR había dicho y tal como el SEÑOR les había jurado. Se vieron en gran angustia.
El Señor levanta jueces para librar a Israel
2:16 Entonces el SEÑOR levantó jueces que los libraron de manos de quienes los saqueaban.
2:17 Pero tampoco escucharon a sus jueces, sino que se prostituyeron siguiendo a otros dioses y se postraron ante ellos. Pronto se apartaron del camino que sus antepasados habían seguido al obedecer los mandamientos del SEÑOR. Ellos no hicieron lo mismo.
2:18 Cuando el SEÑOR les levantaba jueces, el SEÑOR estaba con el juez y los libraba de manos de sus enemigos durante toda la vida de aquel juez. Porque el SEÑOR se compadecía de sus gemidos ante quienes los oprimían y afligían.
2:19 Pero, al morir el juez, volvían a corromperse, más aún que sus antepasados. Seguían a otros dioses para servirles y postrarse ante ellos. No abandonaban sus prácticas ni su obstinado camino.
Las naciones restantes ponen a prueba a Israel
2:20 La ira del SEÑOR se encendió contra Israel, y dijo: «Ya que esta nación ha quebrantado mi pacto, que ordené a sus antepasados, y no ha obedecido mi voz,
2:21 yo tampoco volveré a expulsar de delante de ellos a ninguna de las naciones que Josué dejó cuando murió,
2:22 para poner a prueba con ellas a Israel y ver si guarda el camino del SEÑOR y anda por él como lo guardaron sus antepasados, o si no lo hace».
2:23 Así el SEÑOR dejó a aquellas naciones sin expulsarlas enseguida y no las entregó en manos de Josué.

Capítulo 3
Los pueblos que permanecen y la fidelidad de Israel
3:1 Estas son las naciones que el SEÑOR dejó para poner a prueba con ellas a Israel, a todos los que no habían conocido ninguna de las guerras de Canaán.
3:2 Lo hizo solamente para que las generaciones de los israelitas conocieran la guerra, para enseñársela a quienes antes no la habían conocido:
3:3 los cinco gobernantes de los filisteos, todos los cananeos, los sidonios y los heveos que habitaban en la región montañosa del Líbano, desde el monte Baal-hermón hasta la entrada de Hamat.
3:4 Estas naciones quedaron para poner a prueba con ellas a Israel y saber si obedecería los mandamientos del SEÑOR, que él había dado a sus antepasados por medio de Moisés.
3:5 Los israelitas vivieron entre los cananeos, los hititas, los amorreos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos.
3:6 Tomaron por esposas a las hijas de ellos y dieron sus propias hijas a los hijos de ellos, y sirvieron a sus dioses.
Otoniel libera a Israel de Cusán-risataim
3:7 Los israelitas hicieron lo malo a los ojos del SEÑOR. Se olvidaron del SEÑOR su Dios y sirvieron a los baales y a las imágenes de Asera.
3:8 La ira del SEÑOR se encendió contra Israel, y los vendió en manos de Cusán-risataim, rey de Aram-naharaim. Los israelitas sirvieron a Cusán-risataim durante ocho años.
3:9 Entonces los israelitas clamaron al SEÑOR, y el SEÑOR les levantó un libertador que los salvó: Otoniel, hijo de Cenaz, hermano menor de Caleb.
3:10 El Espíritu del SEÑOR vino sobre él, y ejerció como juez de Israel. Salió a la guerra, y el SEÑOR entregó en sus manos a Cusán-risataim, rey de Aram. Su poder prevaleció sobre Cusán-risataim.
3:11 La tierra tuvo descanso durante cuarenta años. Después murió Otoniel, hijo de Cenaz.
Aod libera a Israel del dominio de Moab
3:12 Los israelitas volvieron a hacer lo malo a los ojos del SEÑOR. Por haber hecho lo malo a los ojos del SEÑOR, el SEÑOR fortaleció contra Israel a Eglón, rey de Moab.
3:13 Eglón reunió a los amonitas y a los amalecitas, marchó contra Israel y lo derrotó. Tomaron posesión de la ciudad de las palmeras.
3:14 Los israelitas sirvieron a Eglón, rey de Moab, durante dieciocho años.
3:15 Los israelitas clamaron al SEÑOR, y el SEÑOR les levantó un libertador: Aod, hijo de Gera, un benjamita zurdo. Los israelitas enviaron con él un tributo a Eglón, rey de Moab.
3:16 Aod se hizo una daga de dos filos, de unos treinta centímetros de largo, y se la ciñó al muslo derecho, debajo de la ropa.
3:17 Presentó el tributo a Eglón, rey de Moab. Eglón era un hombre muy gordo.
3:18 Cuando terminó de presentar el tributo, despidió a quienes lo habían llevado.
3:19 Pero él regresó desde los ídolos que estaban junto a Gilgal y dijo: «Rey, tengo un mensaje secreto para ti». El rey dijo: «¡Silencio!». Y salieron de su presencia todos los que lo atendían.
3:20 Aod se acercó a él mientras estaba sentado solo en su fresca habitación de la planta alta. Aod dijo: «Tengo un mensaje de Dios para ti». Entonces el rey se levantó de su asiento.
3:21 Aod extendió la mano izquierda, sacó la daga de su muslo derecho y se la clavó en el vientre.
3:22 También la empuñadura entró tras la hoja, y la grasa se cerró sobre la hoja, porque Aod no sacó la daga del vientre. Y salió el excremento.
3:23 Aod salió al corredor, cerró tras él las puertas de la habitación de la planta alta y les puso el cerrojo.
3:24 Cuando ya había salido, vinieron los servidores del rey y vieron que las puertas de la habitación estaban cerradas con cerrojo. Dijeron: «Seguramente está haciendo sus necesidades en la habitación fresca».
3:25 Esperaron hasta sentirse avergonzados, pero él seguía sin abrir las puertas de la habitación. Entonces tomaron la llave y abrieron: su señor estaba tendido en el suelo, muerto.
3:26 Mientras ellos se demoraban, Aod escapó. Pasó por los ídolos y se puso a salvo en Seirat.
Israel derrota a las fuerzas de Moab
3:27 Al llegar, tocó el cuerno en la región montañosa de Efraín. Los israelitas bajaron con él de la región montañosa, y él iba al frente.
3:28 Les dijo: «Síganme, porque el SEÑOR ha entregado en sus manos a sus enemigos, los moabitas». Bajaron tras él y tomaron los vados del Jordán que conducían a Moab. No dejaron pasar a nadie.
3:29 En aquella ocasión mataron a unos diez mil moabitas, todos robustos y valientes guerreros. No escapó ninguno.
3:30 Aquel día Moab quedó sometido al poder de Israel, y la tierra tuvo descanso durante ochenta años.
Samgar defiende a Israel de los filisteos
3:31 Después de él vino Samgar, hijo de Anat, que mató a seiscientos filisteos con una aguijada para bueyes. También él salvó a Israel.

Capítulo 4
Débora y Barac derrotan a Sísara
4:1 Después de la muerte de Aod, los israelitas volvieron a hacer lo malo a los ojos del SEÑOR.
4:2 El SEÑOR los vendió en manos de Jabín, rey de Canaán, que reinaba en Hazor. El jefe de su ejército era Sísara, que vivía en Haroset-goim.
4:3 Los israelitas clamaron al SEÑOR, porque Sísara tenía novecientos carros de hierro y había oprimido duramente a los israelitas durante veinte años.
Débora llama a Barac para dirigir la campaña
4:4 En aquel tiempo Débora, una profetisa, esposa de Lapidot, ejercía como juez de Israel.
4:5 Solía sentarse bajo la palmera de Débora, entre Ramá y Betel, en la región montañosa de Efraín, y los israelitas acudían a ella para que los juzgara.
4:6 Mandó llamar a Barac, hijo de Abinoam, de Cedes de Neftalí, y le dijo: «¿No te ha ordenado el SEÑOR, Dios de Israel: “Ve, reúne a los hombres en el monte Tabor y lleva contigo diez mil hombres de Neftalí y de Zabulón,
4:7 y yo atraeré hacia ti, al torrente Cisón, a Sísara, jefe del ejército de Jabín, con sus carros y sus tropas, y lo entregaré en tus manos”?».
4:8 Barac le respondió: «Si vas conmigo, iré; pero, si no vas conmigo, no iré».
4:9 Ella dijo: «Sin duda iré contigo. Pero la gloria no será tuya en el camino que emprendes, porque el SEÑOR venderá a Sísara en manos de una mujer». Entonces Débora se levantó y fue con Barac a Cedes.
4:10 Barac convocó en Cedes a Zabulón y a Neftalí. Diez mil hombres subieron tras él, y Débora también subió con él.
4:11 Heber el ceneo se había separado de los ceneos, los descendientes de Hobab, suegro de Moisés. Había levantado su tienda junto a la encina de Zaanaim, cerca de Cedes.
La derrota del ejército de Sísara
4:12 Le informaron a Sísara que Barac, hijo de Abinoam, había subido al monte Tabor.
4:13 Sísara reunió todos sus carros, novecientos carros de hierro, y a todas las tropas que estaban con él, desde Haroset-goim hasta el torrente Cisón.
4:14 Débora le dijo a Barac: «¡Levántate! Este es el día en que el SEÑOR ha entregado a Sísara en tus manos. ¿No ha salido el SEÑOR delante de ti?». Entonces Barac bajó del monte Tabor, seguido de diez mil hombres.
4:15 El SEÑOR sembró el pánico en Sísara, en todos sus carros y en todo su ejército ante el ataque a espada de Barac. Sísara bajó de su carro y huyó a pie.
4:16 Barac persiguió los carros y el ejército hasta Haroset-goim. Todo el ejército de Sísara cayó a filo de espada; no quedó ni uno.
Jael acaba con Sísara
4:17 Sísara huyó a pie hasta la tienda de Jael, esposa de Heber el ceneo, porque había paz entre Jabín, rey de Hazor, y la casa de Heber el ceneo.
4:18 Jael salió al encuentro de Sísara y le dijo: «Entra, señor mío, entra aquí. No tengas miedo». Él entró en su tienda, y ella lo cubrió con una manta.
4:19 Él le dijo: «Por favor, dame un poco de agua para beber, porque tengo sed». Ella abrió el odre de leche, le dio de beber y lo cubrió.
4:20 Él le dijo: «Ponte a la entrada de la tienda. Si viene alguien y te pregunta: “¿Hay aquí algún hombre?”, dirás: “No”».
4:21 Pero Jael, esposa de Heber, tomó una estaca de la tienda y un mazo en la mano. Se acercó a él en silencio y le clavó la estaca en la sien hasta hundirla en la tierra. Él estaba profundamente dormido y agotado, y así murió.
4:22 Cuando Barac llegó persiguiendo a Sísara, Jael salió a su encuentro y le dijo: «Ven, te mostraré al hombre que buscas». Entró con ella, y allí estaba Sísara, tendido, muerto, con la estaca en la sien.
El fin del dominio de Jabín
4:23 Así Dios sometió aquel día a Jabín, rey de Canaán, delante de los israelitas.
4:24 El poder de los israelitas se hizo cada vez más fuerte contra Jabín, rey de Canaán, hasta que acabaron con Jabín, rey de Canaán.

Capítulo 5
Cántico de Débora y de Barac
5:1 Aquel día Débora y Barac, hijo de Abinoam, cantaron así:
5:2 «Porque los jefes se pusieron al frente en Israel, porque el pueblo se ofreció voluntariamente, ¡bendigan al SEÑOR!
5:3 Escuchen, reyes;
   presten oído, gobernantes.
   Yo, al SEÑOR, yo cantaré;
   entonaré alabanzas al SEÑOR, Dios de Israel.
La majestad del Dios de Israel

5:4 SEÑOR, cuando saliste de Seir, cuando marchaste desde los campos de Edom, la tierra tembló;
   también los cielos derramaron agua, también las nubes derramaron agua.
5:5 Los montes se estremecieron ante el SEÑOR, aquel Sinaí, ante el SEÑOR, Dios de Israel.
La aflicción del pueblo y su respuesta

5:6 En los días de Samgar, hijo de Anat, en los días de Jael, los caminos quedaron abandonados;
   los viajeros iban por senderos sinuosos.
5:7 La vida en las aldeas cesó en Israel, cesó hasta que yo, Débora, me levanté, hasta que me levanté como madre en Israel.
5:8 Escogían dioses nuevos;
   entonces la guerra llegaba a las puertas.
   ¿Se veía escudo o lanza entre cuarenta mil en Israel?
5:9 Mi corazón está con los jefes de Israel, con los que se ofrecen voluntariamente entre el pueblo.
   ¡Bendigan al SEÑOR!
5:10 Ustedes que cabalgan en burras blancas, que se sientan sobre tapices, y ustedes que viajan por el camino, ¡cuéntenlo!
5:11 Al son de quienes cantan entre los abrevaderos, allí se relatan las justas victorias del SEÑOR, las justas victorias de sus aldeanos en Israel.
   Entonces el pueblo del SEÑOR bajó a las puertas.
Las tribus ante el llamado a combatir

5:12 ¡Despierta, despierta, Débora!
   ¡Despierta, despierta, entona un cántico!
   ¡Levántate, Barac!
   ¡Lleva a tus cautivos, hijo de Abinoam!
5:13 Entonces los supervivientes descendieron hacia los nobles;
   el pueblo del SEÑOR descendió en mi ayuda contra los guerreros.
5:14 De Efraín vinieron los que tienen sus raíces en Amalec;
   detrás de ti, Benjamín, con tus pueblos.
   De Maquir bajaron jefes;
   de Zabulón, los que empuñan la vara de mando.
5:15 Los príncipes de Isacar estaban con Débora;
   Isacar también estaba con Barac y se lanzó al valle tras sus pasos.
   Entre los clanes de Rubén hubo grandes resoluciones del corazón.
5:16 ¿Por qué te quedaste entre los rediles, escuchando los silbidos para los rebaños?
   Entre los clanes de Rubén hubo grandes deliberaciones del corazón.
5:17 Galaad permaneció al otro lado del Jordán.
   Y Dan, ¿por qué se quedó junto a las naves?
   Aser se quedó a la orilla del mar y permaneció en sus puertos.
5:18 Zabulón fue un pueblo que arriesgó su vida hasta la muerte, y también Neftalí, en las alturas del campo.
El Señor derrota al poder cananeo

5:19 Vinieron reyes y lucharon;
   entonces lucharon los reyes de Canaán, en Taanac, junto a las aguas de Meguido.
   No se llevaron botín de plata.
5:20 Desde el cielo lucharon las estrellas;
   desde sus órbitas lucharon contra Sísara.
5:21 El torrente Cisón los arrastró, el antiguo torrente, el torrente Cisón.
   ¡Marcha con fuerza, alma mía!
5:22 Entonces resonaron los cascos de los caballos, por el galope, el galope de sus poderosos corceles.
Meroz y Jael ante la liberación de Israel

5:23 “Maldigan a Meroz”, dijo el ángel del SEÑOR.
   “Maldigan severamente a sus habitantes, porque no vinieron en ayuda del SEÑOR, en ayuda del SEÑOR contra los guerreros”.
5:24 Bendita sea entre las mujeres Jael, esposa de Heber el ceneo;
   bendita sea entre las mujeres que habitan en tiendas.
5:25 Él pidió agua, ella le dio leche;
   en un tazón de nobles le ofreció cuajada.
5:26 Extendió la mano hacia la estaca y la derecha hacia el mazo de los trabajadores.
   Golpeó a Sísara, le aplastó la cabeza, le destrozó y atravesó la sien.
5:27 Entre sus pies se desplomó, cayó, quedó tendido.
   Entre sus pies se desplomó, cayó.
   Donde se desplomó, allí cayó muerto.
La espera frustrada en la casa de Sísara

5:28 Por la ventana se asomó y clamó la madre de Sísara, por entre la celosía: “¿Por qué tarda su carro en llegar?
   ¿Por qué se retrasa el rodar de sus carros?”.
5:29 Las más sabias de sus damas le respondían;
   ella misma se repetía sus palabras:
5:30 “¿Acaso no han encontrado botín y lo están repartiendo?
   Una muchacha, dos muchachas para cada guerrero;
   un botín de telas de colores para Sísara, un botín de telas de colores bordadas, telas de colores con doble bordado para los cuellos de quienes toman el botín”.
El juicio del Señor y el descanso de Israel

5:31 ¡Así perezcan todos tus enemigos, SEÑOR!
   Pero los que lo aman sean como el sol cuando sale con toda su fuerza».
   Y la tierra tuvo descanso durante cuarenta años.

Capítulo 6
Madián devasta las cosechas de Israel
6:1 Los israelitas hicieron lo malo a los ojos del SEÑOR, y el SEÑOR los entregó en manos de Madián durante siete años.
6:2 El poder de Madián se impuso sobre Israel. Por causa de Madián, los israelitas se prepararon refugios en las montañas, cuevas y lugares fortificados.
6:3 Cada vez que Israel sembraba, subían contra él Madián, Amalec y los pueblos de oriente.
6:4 Acampaban contra ellos y destruían la cosecha de la tierra hasta llegar a Gaza. No dejaban alimento en Israel, ni ovejas, ni bueyes, ni burros.
6:5 Subían con sus ganados y sus tiendas, numerosos como langostas. Ni ellos ni sus camellos se podían contar. Entraban en la tierra para devastarla.
6:6 Israel quedó muy empobrecido por causa de Madián, y los israelitas clamaron al SEÑOR.
El Señor confronta la desobediencia de Israel
6:7 Cuando los israelitas clamaron al SEÑOR por causa de Madián,
6:8 el SEÑOR les envió un profeta, que les dijo: «Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: “Yo los hice subir de Egipto y los saqué de la casa de esclavitud.
6:9 Los libré de manos de Egipto y de manos de todos sus opresores. Los expulsé de delante de ustedes y les di su tierra.
6:10 Les dije: ‘Yo soy el SEÑOR su Dios. No teman a los dioses de los amorreos, en cuya tierra habitan’. Pero no han obedecido mi voz”».
El Señor llama a Gedeón
6:11 El ángel del SEÑOR vino y se sentó bajo la encina de Ofra que pertenecía a Joás, el abiezerita. Su hijo Gedeón estaba trillando trigo en el lagar para esconderlo de Madián.
6:12 El ángel del SEÑOR se le apareció y le dijo: «El SEÑOR está contigo, guerrero valiente».
6:13 Gedeón le respondió: «Por favor, señor mío, si el SEÑOR está con nosotros, ¿por qué nos ha sucedido todo esto? ¿Dónde están todas sus maravillas, que nuestros antepasados nos contaron al decir: “¿No nos hizo subir el SEÑOR de Egipto?”? Ahora el SEÑOR nos ha abandonado y nos ha entregado en manos de Madián».
6:14 El SEÑOR se volvió hacia él y le dijo: «Ve con esta fuerza tuya y salva a Israel de manos de Madián. ¿No soy yo quien te envía?».
6:15 Él le respondió: «Por favor, Señor, ¿cómo salvaré a Israel? Mi clan es el más débil de Manasés, y yo soy el menor en la casa de mi padre».
6:16 El SEÑOR le dijo: «Yo estaré contigo, y derrotarás a Madián como a un solo hombre».
6:17 Gedeón le respondió: «Si he hallado favor ante tus ojos, dame, por favor, una señal de que eres tú quien habla conmigo.
6:18 No te vayas de aquí hasta que vuelva a ti, saque mi ofrenda y la ponga delante de ti». Él respondió: «Me quedaré hasta que vuelvas».
6:19 Gedeón entró y preparó un cabrito y panes sin levadura con unos veintidós litros de harina. Puso la carne en una canasta y el caldo en una olla, se los llevó bajo la encina y los presentó.
6:20 El ángel de Dios le dijo: «Toma la carne y los panes sin levadura, ponlos sobre esta roca y derrama el caldo». Así lo hizo.
6:21 El ángel del SEÑOR extendió la punta del bastón que tenía en la mano y tocó la carne y los panes sin levadura. De la roca salió fuego que consumió la carne y los panes sin levadura. Entonces el ángel del SEÑOR desapareció de su vista.
6:22 Gedeón comprendió que era el ángel del SEÑOR y dijo: «¡Ah, Señor DIOS! ¡He visto al ángel del SEÑOR cara a cara!».
6:23 El SEÑOR le dijo: «Paz a ti. No tengas miedo; no morirás».
6:24 Gedeón construyó allí un altar al SEÑOR y lo llamó Yahveh-shalom (que significa «el SEÑOR es paz»). Hasta el día de hoy permanece en Ofra de los abiezeritas.
Gedeón derriba el altar de Baal
6:25 Aquella noche el SEÑOR le dijo: «Toma el toro de tu padre y el segundo toro, el de siete años. Derriba el altar de Baal que tiene tu padre y corta el poste de Asera que está junto a él.
6:26 Construye un altar al SEÑOR tu Dios en la cima de este lugar fortificado, disponiéndolo en orden. Toma el segundo toro y ofrécelo en holocausto con la madera del poste de Asera que habrás cortado».
6:27 Gedeón tomó a diez de sus servidores e hizo como el SEÑOR le había dicho. Como temía hacerlo de día por la familia de su padre y por los hombres de la ciudad, lo hizo de noche.
6:28 Los hombres de la ciudad se levantaron temprano y encontraron derribado el altar de Baal, cortado el poste de Asera que estaba junto a él y ofrecido el segundo toro sobre el altar que se había construido.
6:29 Se preguntaban unos a otros: «¿Quién hizo esto?». Investigaron y buscaron, y dijeron: «Gedeón, hijo de Joás, ha hecho esto».
6:30 Los hombres de la ciudad le dijeron a Joás: «Saca a tu hijo para que muera, porque ha derribado el altar de Baal y ha cortado el poste de Asera que estaba junto a él».
6:31 Pero Joás respondió a todos los que lo enfrentaban: «¿Van ustedes a defender a Baal? ¿Van ustedes a salvarlo? ¡El que lo defienda morirá antes de la mañana! Si es un dios, que se defienda él mismo, ya que le han derribado su altar».
6:32 Por eso aquel día llamó a Gedeón Jerobaal, diciendo: «Que Baal contienda contra él, porque derribó su altar».
Gedeón reúne a Israel frente a los invasores
6:33 Todos los madianitas, los amalecitas y los pueblos de oriente se reunieron, cruzaron y acamparon en el valle de Jezreel.
6:34 El Espíritu del SEÑOR revistió a Gedeón. Él tocó el cuerno, y los abiezeritas se reunieron para seguirlo.
6:35 Envió mensajeros por todo Manasés, y también ellos se reunieron para seguirlo. Envió asimismo mensajeros a Aser, Zabulón y Neftalí, y subieron a su encuentro.
Gedeón busca confirmación mediante el vellón
6:36 Gedeón le dijo a Dios: «Si vas a salvar a Israel por mi mano, como has dicho,
6:37 pondré un vellón de lana en la era. Si el rocío cae solamente sobre el vellón y todo el suelo queda seco, sabré que salvarás a Israel por mi mano, como has dicho».
6:38 Y así sucedió. Se levantó temprano al día siguiente y exprimió el vellón; sacó del vellón un tazón lleno de agua de rocío.
6:39 Entonces Gedeón le dijo a Dios: «No se encienda tu ira contra mí si hablo una vez más. Permíteme hacer solo esta vez otra prueba con el vellón. Que únicamente el vellón quede seco y que todo el suelo tenga rocío».
6:40 Dios lo hizo así aquella noche: solo el vellón quedó seco, y todo el suelo tuvo rocío.

Capítulo 7
El Señor reduce el ejército de Gedeón
7:1 Jerobaal, es decir, Gedeón, se levantó temprano con todos los que estaban con él, y acamparon junto al manantial de Harod. El campamento de Madián estaba al norte de ellos, junto a la colina de More, en el valle.
7:2 El SEÑOR le dijo a Gedeón: «La gente que está contigo es demasiado numerosa para que yo entregue a Madián en sus manos. Israel podría jactarse contra mí y decir: “Mi propia mano me ha salvado”.
7:3 Ahora proclama a oídos del pueblo: “El que tenga miedo y tiemble, que se vuelva y se retire del monte Galaad”». Se retiraron veintidós mil hombres del pueblo y quedaron diez mil.
7:4 El SEÑOR le dijo a Gedeón: «Todavía hay demasiada gente. Hazlos bajar al agua, y allí los pondré a prueba para ti. Aquel de quien te diga: “Este irá contigo”, irá contigo; pero aquel de quien te diga: “Este no irá contigo”, no irá».
7:5 Gedeón hizo bajar al pueblo al agua. El SEÑOR le dijo: «A todo el que lama el agua con la lengua, como la lame el perro, lo pondrás aparte; y también pondrás aparte a todo el que se arrodille para beber».
7:6 Fueron trescientos los hombres que lamieron el agua llevándosela con la mano a la boca. Todos los demás se arrodillaron para beber agua.
7:7 El SEÑOR le dijo a Gedeón: «Con los trescientos hombres que lamieron el agua los salvaré y entregaré a Madián en tus manos. Que todos los demás se vayan, cada uno a su lugar».
7:8 Los trescientos tomaron las provisiones del pueblo y sus cuernos. Gedeón envió a todos los demás israelitas a sus tiendas y retuvo a aquellos trescientos hombres. El campamento de Madián estaba debajo de él, en el valle.
Un sueño confirma a Gedeón la victoria
7:9 Aquella noche el SEÑOR le dijo: «Levántate y baja contra el campamento, porque lo he entregado en tus manos.
7:10 Pero, si tienes miedo de bajar, desciende al campamento con Fura, tu servidor.
7:11 Escucharás lo que dicen y después cobrarás ánimo para bajar contra el campamento». Entonces bajó con Fura, su servidor, hasta los puestos avanzados de los hombres armados del campamento.
7:12 Madián, Amalec y todos los pueblos de oriente estaban tendidos en el valle, numerosos como langostas. Sus camellos eran incontables, tan numerosos como la arena de la orilla del mar.
7:13 Cuando Gedeón llegó, un hombre le contaba un sueño a su compañero: «He tenido un sueño: una hogaza de pan de cebada rodaba por el campamento de Madián. Llegó a la tienda, la golpeó y la derribó; la volcó por completo, y la tienda cayó».
7:14 Su compañero respondió: «Esto no es otra cosa que la espada de Gedeón, hijo de Joás, un israelita. Dios ha entregado en sus manos a Madián y a todo el campamento».
7:15 Cuando Gedeón oyó el relato del sueño y su interpretación, se postró. Volvió al campamento de Israel y dijo: «¡Levántense, porque el SEÑOR ha entregado en sus manos el campamento de Madián!».
El ataque nocturno contra Madián
7:16 Dividió a los trescientos hombres en tres compañías y les dio a todos cuernos y cántaros vacíos, con antorchas dentro de los cántaros.
7:17 Les dijo: «Mírenme y hagan lo mismo que yo. Cuando llegue al extremo del campamento, hagan lo mismo que me vean hacer.
7:18 Cuando yo y todos los que estén conmigo toquemos el cuerno, ustedes también tocarán los cuernos alrededor de todo el campamento y gritarán: “¡Por el SEÑOR y por Gedeón!”».
7:19 Gedeón y los cien hombres que iban con él llegaron al extremo del campamento al comenzar la guardia de en medio, cuando acababan de relevar a los centinelas. Tocaron los cuernos y rompieron los cántaros que tenían en las manos.
7:20 Las tres compañías tocaron los cuernos y rompieron los cántaros. Sostuvieron las antorchas con la mano izquierda y los cuernos con la derecha para tocarlos, y gritaron: «¡Una espada por el SEÑOR y por Gedeón!».
7:21 Cada uno permaneció en su puesto alrededor del campamento, mientras todo el ejército enemigo corría, gritaba y huía.
7:22 Cuando tocaron los trescientos cuernos, el SEÑOR volvió la espada de cada uno contra su compañero por todo el campamento. El ejército huyó hasta Bet-sita, en dirección a Zerera, hasta la frontera de Abel-mehola, cerca de Tabat.
Israel persigue a los madianitas en retirada
7:23 Se convocó a los israelitas de Neftalí, de Aser y de todo Manasés, y persiguieron a Madián.
7:24 Gedeón envió mensajeros por toda la región montañosa de Efraín, diciendo: «Bajen al encuentro de Madián y tomen antes que ellos los pasos de agua hasta Bet-bara y el Jordán». Se convocó a todos los hombres de Efraín, y tomaron los pasos de agua hasta Bet-bara y el Jordán.
7:25 Capturaron a los dos jefes de Madián, Oreb y Zeeb. Mataron a Oreb en la roca de Oreb, y a Zeeb en el lagar de Zeeb. Siguieron persiguiendo a Madián y llevaron las cabezas de Oreb y Zeeb a Gedeón, al otro lado del Jordán.

Capítulo 8
Gedeón apacigua la disputa con Efraín
8:1 Los hombres de Efraín le dijeron: «¿Qué es esto que nos has hecho? ¿Por qué no nos llamaste cuando fuiste a luchar contra Madián?». Y discutieron duramente con él.
8:2 Él les respondió: «¿Qué he hecho yo ahora en comparación con ustedes? ¿No vale más el rebusco de Efraín que la vendimia de Abiezer?
8:3 Dios entregó en sus manos a los jefes de Madián, Oreb y Zeeb. ¿Qué he podido hacer yo en comparación con ustedes?». Cuando dijo esto, se aplacó el enojo de ellos contra él.
Gedeón persigue a los reyes de Madián
8:4 Gedeón llegó al Jordán y lo cruzó con los trescientos hombres que lo acompañaban. Estaban agotados, pero seguían persiguiendo al enemigo.
8:5 Les dijo a los hombres de Sucot: «Por favor, den panes a la gente que me sigue, porque está agotada. Yo voy persiguiendo a Zeba y a Zalmuna, reyes de Madián».
8:6 Los jefes de Sucot respondieron: «¿Acaso ya tienes en tus manos a Zeba y a Zalmuna para que le demos pan a tu ejército?».
8:7 Gedeón dijo: «Pues bien, cuando el SEÑOR entregue en mis manos a Zeba y a Zalmuna, trillaré la carne de ustedes con espinos y zarzas del desierto».
8:8 De allí subió a Peniel y les hizo la misma petición. Los hombres de Peniel le respondieron lo mismo que los de Sucot.
8:9 Entonces les dijo también a los hombres de Peniel: «Cuando vuelva en paz, derribaré esta torre».
8:10 Zeba y Zalmuna estaban en Carcor con su ejército, unos quince mil hombres. Eran todos los que quedaban de todo el ejército de los pueblos de oriente, pues habían caído ciento veinte mil hombres que empuñaban la espada.
8:11 Gedeón subió por el camino de los que habitaban en tiendas, al oriente de Noba y Jogbeha. Atacó el campamento cuando el ejército estaba confiado.
8:12 Zeba y Zalmuna huyeron, pero él los persiguió. Capturó a los dos reyes de Madián, Zeba y Zalmuna, y llenó de terror a todo el ejército.
Gedeón vuelve contra Sucot y Peniel
8:13 Gedeón, hijo de Joás, regresó de la batalla por la subida de Heres.
8:14 Capturó a un joven de Sucot y lo interrogó. Este le puso por escrito los nombres de los jefes y de los ancianos de Sucot, setenta y siete hombres.
8:15 Entonces se presentó ante los hombres de Sucot y dijo: «Aquí están Zeba y Zalmuna, por quienes se burlaron de mí diciendo: “¿Acaso ya tienes en tus manos a Zeba y a Zalmuna para que les demos pan a tus hombres agotados?”».
8:16 Tomó a los ancianos de la ciudad y, con espinos y zarzas del desierto, les dio una lección a los hombres de Sucot.
8:17 También derribó la torre de Peniel y mató a los hombres de la ciudad.
Gedeón interroga a Zeba y Zalmuna
8:18 Luego les preguntó a Zeba y a Zalmuna: «¿Dónde están los hombres que ustedes mataron en Tabor?». Ellos respondieron: «Eran como tú; cada uno tenía el aspecto de un hijo de rey».
8:19 Él dijo: «Eran mis hermanos, hijos de mi madre. ¡Vive el SEÑOR, que si los hubieran dejado con vida, yo no los mataría!».
8:20 Le dijo a Jeter, su primogénito: «Levántate y mátalos». Pero el joven no desenvainó la espada, porque tenía miedo, pues todavía era un muchacho.
8:21 Zeba y Zalmuna dijeron: «Levántate tú y mátanos, porque como es el hombre, así es su fuerza». Gedeón se levantó, mató a Zeba y a Zalmuna y tomó los adornos en forma de media luna que llevaban sus camellos al cuello.
Israel propone un gobierno hereditario a Gedeón
8:22 Los israelitas le dijeron a Gedeón: «Gobierna sobre nosotros, tú, tu hijo y tu nieto, porque nos has salvado de manos de Madián».
8:23 Pero Gedeón les respondió: «Yo no gobernaré sobre ustedes, ni mi hijo gobernará sobre ustedes. El SEÑOR gobernará sobre ustedes».
El oro del botín y la trampa del efod
8:24 Gedeón añadió: «Quiero hacerles una petición: que cada uno me dé un arete de su botín». Porque los enemigos tenían aretes de oro, pues eran ismaelitas.
8:25 Ellos respondieron: «Con gusto te los daremos». Extendieron un manto, y cada uno echó allí un arete de su botín.
8:26 Los aretes de oro que él pidió pesaron unos diecinueve kilos, sin contar los adornos de media luna, los pendientes y los vestidos de púrpura que llevaban los reyes de Madián, ni los collares que llevaban sus camellos al cuello.
8:27 Gedeón hizo con ello un efod y lo puso en Ofra, su ciudad. Allí todo Israel se prostituyó tras ese efod, que se convirtió en una trampa para Gedeón y su casa.
El descanso de Israel y los últimos años de Gedeón
8:28 Así Madián quedó sometido ante los israelitas y no volvió a levantar cabeza. La tierra tuvo descanso durante cuarenta años, en los días de Gedeón.
8:29 Jerobaal, hijo de Joás, fue y se estableció en su casa.
8:30 Gedeón tuvo setenta hijos de su propia descendencia, porque tuvo muchas esposas.
8:31 Su concubina de Siquem también le dio un hijo, al que llamó Abimelec.
8:32 Gedeón, hijo de Joás, murió en buena vejez y fue sepultado en la tumba de su padre Joás, en Ofra de los abiezeritas.
La infidelidad de Israel después de Gedeón
8:33 Cuando murió Gedeón, los israelitas volvieron a prostituirse siguiendo a los baales e hicieron de Baal-berit su dios.
8:34 Los israelitas no se acordaron del SEÑOR su Dios, que los había librado de manos de todos los enemigos que los rodeaban.
8:35 Tampoco mostraron lealtad a la casa de Jerobaal, es decir, Gedeón, en correspondencia con todo el bien que él había hecho por Israel.

Capítulo 9
La matanza que abre paso al reinado de Abimelec
9:1 Abimelec, hijo de Jerobaal, fue a Siquem, a los hermanos de su madre. Les dijo a ellos y a todo el clan de su abuelo materno:
9:2 «Digan, por favor, a oídos de todos los ciudadanos de Siquem: “¿Qué les conviene más: que los gobiernen setenta hombres, todos los hijos de Jerobaal, o que los gobierne un solo hombre?”. Recuerden que yo soy hueso de ustedes y carne de ustedes».
9:3 Los hermanos de su madre repitieron todas estas palabras a favor de él ante todos los ciudadanos de Siquem. Su corazón se inclinó hacia Abimelec, porque decían: «Es nuestro hermano».
9:4 Le dieron setenta monedas de plata del templo de Baal-berit. Con ellas Abimelec contrató a hombres sin escrúpulos y temerarios, que lo siguieron.
9:5 Fue a la casa de su padre en Ofra y mató sobre una misma piedra a sus hermanos, los hijos de Jerobaal, setenta hombres. Pero sobrevivió Jotam, el hijo menor de Jerobaal, porque se había escondido.
9:6 Todos los ciudadanos de Siquem y todos los de Bet-milo se reunieron y fueron a proclamar rey a Abimelec junto a la encina de la estela que había en Siquem.
Jotam denuncia la elección de Abimelec
9:7 Cuando se lo contaron a Jotam, fue y se puso en la cima del monte Gerizim. Alzó la voz y les gritó: «Escúchenme, ciudadanos de Siquem, y que Dios los escuche a ustedes.
9:8 Una vez los árboles fueron a ungir un rey sobre ellos. Le dijeron al olivo: “Reina sobre nosotros”.
9:9 Pero el olivo les respondió: “¿Voy a dejar mi aceite, con el que se honra a Dios y a los hombres, para ir a mecerme por encima de los árboles?”.
9:10 Los árboles le dijeron a la higuera: “Ven tú y reina sobre nosotros”.
9:11 La higuera les respondió: “¿Voy a dejar mi dulzura y mi buen fruto para ir a mecerme por encima de los árboles?”.
9:12 Los árboles le dijeron a la vid: “Ven tú y reina sobre nosotros”.
9:13 La vid les respondió: “¿Voy a dejar mi vino nuevo, que alegra a Dios y a los hombres, para ir a mecerme por encima de los árboles?”.
9:14 Entonces todos los árboles le dijeron a la zarza: “Ven tú y reina sobre nosotros”.
9:15 La zarza les respondió a los árboles: “Si de verdad me ungen como rey sobre ustedes, vengan y refúgiense bajo mi sombra. Si no, que salga fuego de la zarza y consuma los cedros del Líbano”.
Jotam anuncia la ruina de la alianza
9:16 Ahora bien, si han actuado con verdad e integridad al hacer rey a Abimelec, si han tratado bien a Jerobaal y a su casa, y si le han correspondido como merecía la obra de sus manos
9:17 —porque mi padre luchó por ustedes, arriesgó su vida y los libró de manos de Madián,
9:18 pero ustedes se han levantado hoy contra la casa de mi padre, han matado a sus hijos, setenta hombres, sobre una misma piedra, y han hecho rey sobre los ciudadanos de Siquem a Abimelec, hijo de su esclava, porque es hermano de ustedes—,
9:19 si hoy han actuado con verdad e integridad con Jerobaal y con su casa, alégrense con Abimelec, y que él también se alegre con ustedes.
9:20 Pero, si no, que salga fuego de Abimelec y consuma a los ciudadanos de Siquem y a Bet-milo. Y que salga fuego de los ciudadanos de Siquem y de Bet-milo y consuma a Abimelec».
9:21 Jotam escapó y huyó a Beer. Se quedó allí por temor a su hermano Abimelec.
El juicio de Dios rompe la alianza de Siquem
9:22 Abimelec gobernó sobre Israel durante tres años.
9:23 Dios envió un espíritu malo entre Abimelec y los ciudadanos de Siquem, y los ciudadanos de Siquem traicionaron a Abimelec.
9:24 Así la violencia cometida contra los setenta hijos de Jerobaal y la sangre de ellos recaerían sobre su hermano Abimelec, que los había matado, y sobre los ciudadanos de Siquem, que lo habían ayudado a matar a sus hermanos.
9:25 Los ciudadanos de Siquem pusieron emboscadas contra él en las cumbres de los montes. Robaban a todos los que pasaban junto a ellos por el camino. Abimelec fue informado de esto.
Gaal incita a Siquem contra Abimelec
9:26 Gaal, hijo de Ebed, llegó con sus hermanos y se trasladaron a Siquem. Los ciudadanos de Siquem pusieron su confianza en él.
9:27 Salieron al campo, vendimiaron sus viñas, pisaron las uvas e hicieron fiesta. Entraron en el templo de su dios, comieron, bebieron y maldijeron a Abimelec.
9:28 Gaal, hijo de Ebed, dijo: «¿Quién es Abimelec y quién es Siquem para que le sirvamos? ¿No es él hijo de Jerobaal, y no es Zebul su lugarteniente? ¡Sirvan a los hombres de Hamor, padre de Siquem! ¿Por qué hemos de servirle nosotros?
9:29 ¡Si este pueblo estuviera bajo mi mando, quitaría a Abimelec!». Y le dijo a Abimelec: «¡Aumenta tu ejército y sal!».
Zebul prepara una emboscada contra Gaal
9:30 Cuando Zebul, gobernador de la ciudad, oyó las palabras de Gaal, hijo de Ebed, se encendió su ira.
9:31 Envió mensajeros en secreto a Abimelec para decirle: «Gaal, hijo de Ebed, y sus hermanos han venido a Siquem y están sublevando la ciudad contra ti.
9:32 Ahora levántate de noche con la gente que está contigo y tiende una emboscada en el campo.
9:33 Por la mañana, en cuanto salga el sol, levántate temprano y ataca la ciudad. Cuando él y los que están con él salgan contra ti, haz con él lo que esté a tu alcance».
9:34 Abimelec se levantó de noche con toda la gente que lo acompañaba y tendieron una emboscada contra Siquem en cuatro compañías.
9:35 Gaal, hijo de Ebed, salió y se puso a la entrada de la puerta de la ciudad. Entonces Abimelec y la gente que estaba con él salieron de la emboscada.
9:36 Gaal vio a la gente y le dijo a Zebul: «Mira, baja gente de las cumbres de los montes». Zebul le respondió: «Estás viendo las sombras de los montes como si fueran hombres».
9:37 Gaal volvió a hablar: «Mira, baja gente desde el centro de la tierra, y una compañía viene por el camino de la encina de los adivinos».
9:38 Zebul le dijo: «¿Dónde está ahora esa boca tuya con la que decías: “¿Quién es Abimelec para que le sirvamos?”? ¿No es esta la gente que despreciabas? Sal ahora y lucha contra ella».
9:39 Gaal salió al frente de los ciudadanos de Siquem y luchó contra Abimelec.
9:40 Abimelec lo persiguió, y Gaal huyó delante de él. Cayeron muchos muertos hasta la entrada de la puerta.
9:41 Abimelec se quedó en Aruma, y Zebul expulsó a Gaal y a sus hermanos para que no siguieran viviendo en Siquem.
Abimelec destruye Siquem
9:42 Al día siguiente, la gente salió al campo, y se lo comunicaron a Abimelec.
9:43 Él tomó a su gente, la dividió en tres compañías y tendió una emboscada en el campo. Cuando vio que la gente salía de la ciudad, se levantó contra ellos y los atacó.
9:44 Abimelec y las compañías que estaban con él se lanzaron al ataque y ocuparon la entrada de la puerta de la ciudad. Las otras dos compañías atacaron a todos los que estaban en el campo y los mataron.
9:45 Abimelec combatió contra la ciudad todo aquel día. La tomó, mató a sus habitantes, la demolió y la sembró de sal.
Abimelec incendia el refugio de Siquem
9:46 Al enterarse, todos los ciudadanos de la torre de Siquem entraron en el recinto fortificado del templo de El-berit.
9:47 Le comunicaron a Abimelec que todos los ciudadanos de la torre de Siquem se habían reunido allí.
9:48 Abimelec subió al monte Salmón con toda la gente que lo acompañaba. Tomó un hacha, cortó una rama de un árbol, la levantó y se la puso al hombro. Luego les dijo a los que estaban con él: «Apresúrense a hacer lo mismo que me han visto hacer».
9:49 Todos cortaron también una rama cada uno y siguieron a Abimelec. Las colocaron contra el recinto fortificado y le prendieron fuego con ellos dentro. Así murieron todos los de la torre de Siquem, unos mil hombres y mujeres.
La muerte de Abimelec en Tebes
9:50 Abimelec fue a Tebes, acampó contra Tebes y la tomó.
9:51 Dentro de la ciudad había una torre fuerte. Todos los hombres, las mujeres y todos los ciudadanos de la ciudad huyeron allí, cerraron tras ellos y subieron al techo de la torre.
9:52 Abimelec llegó a la torre y luchó contra ella. Se acercó a su entrada para prenderle fuego.
9:53 Pero una mujer arrojó un trozo de la piedra superior de un molino sobre la cabeza de Abimelec y le partió el cráneo.
9:54 Él llamó enseguida al joven que llevaba sus armas y le dijo: «Desenvaina tu espada y mátame, para que no digan de mí: “Una mujer lo mató”». Su joven servidor lo atravesó, y Abimelec murió.
9:55 Cuando los israelitas vieron que Abimelec había muerto, cada uno se fue a su lugar.
Dios juzga la maldad de Abimelec y Siquem
9:56 Así Dios hizo recaer sobre Abimelec el mal que había hecho a su padre al matar a sus setenta hermanos.
9:57 Dios también hizo recaer sobre la cabeza de los hombres de Siquem toda su maldad. Cayó sobre ellos la maldición de Jotam, hijo de Jerobaal.

Capítulo 10
Tola y Jair juzgan a Israel
10:1 Después de Abimelec se levantó para salvar a Israel Tola, hijo de Fúa, hijo de Dodo, un hombre de Isacar que vivía en Samir, en la región montañosa de Efraín.
10:2 Fue juez de Israel durante veintitrés años. Murió y fue sepultado en Samir.
10:3 Después de él se levantó Jair, el galaadita, que fue juez de Israel durante veintidós años.
10:4 Tenía treinta hijos que montaban en treinta burros. Tenían treinta ciudades en la tierra de Galaad, llamadas Havot-jair hasta el día de hoy.
10:5 Jair murió y fue sepultado en Camón.
Israel abandona al Señor y queda bajo opresión
10:6 Los israelitas volvieron a hacer lo malo a los ojos del SEÑOR. Sirvieron a los baales y a Astarot, a los dioses de Aram, de Sidón y de Moab, a los dioses de los amonitas y de los filisteos. Abandonaron al SEÑOR y no le sirvieron.
10:7 La ira del SEÑOR se encendió contra Israel, y los vendió en manos de los filisteos y de los amonitas.
10:8 Aquel año oprimieron y aplastaron a los israelitas. Durante dieciocho años oprimieron a todos los israelitas que estaban al otro lado del Jordán, en la tierra de los amorreos, en Galaad.
10:9 Los amonitas cruzaron el Jordán para luchar también contra Judá, Benjamín y la casa de Efraín. Israel se vio en gran angustia.
Israel confiesa su pecado y escucha al Señor
10:10 Los israelitas clamaron al SEÑOR: «Hemos pecado contra ti, pues hemos abandonado a nuestro Dios y hemos servido a los baales».
10:11 El SEÑOR les respondió a los israelitas: «¿No fue de los egipcios, de los amorreos, de los amonitas y de los filisteos,
10:12 y de los sidonios, los amalecitas y los maonitas que los oprimían, de quienes los salvé cuando clamaron a mí?
10:13 Pero ustedes me han abandonado y han servido a otros dioses. Por eso no volveré a salvarlos.
10:14 Vayan y clamen a los dioses que han escogido. ¡Que ellos los salven en el tiempo de su angustia!».
10:15 Los israelitas le dijeron al SEÑOR: «Hemos pecado. Haz con nosotros todo lo que te parezca bien; solo te rogamos que nos libres hoy».
10:16 Quitaron de en medio de ellos a los dioses extranjeros y sirvieron al SEÑOR. Él no pudo soportar más el sufrimiento de Israel.
Galaad busca un jefe para la guerra
10:17 Los amonitas se reunieron y acamparon en Galaad. Los israelitas también se reunieron y acamparon en Mizpa.
10:18 El pueblo y los jefes de Galaad se dijeron unos a otros: «¿Quién será el hombre que comience a luchar contra los amonitas? Él será el jefe de todos los habitantes de Galaad».

Capítulo 11
Jefté es llamado para dirigir Galaad
11:1 Jefté, el galaadita, era un guerrero valiente. Era hijo de una prostituta, y Galaad engendró a Jefté.
11:2 La esposa de Galaad también le dio hijos. Cuando los hijos de su esposa crecieron, expulsaron a Jefté y le dijeron: «No tendrás herencia en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de otra mujer».
11:3 Jefté huyó de sus hermanos y se estableció en la tierra de Tob. Se le unieron hombres sin escrúpulos, que salían con él.
11:4 Pasado algún tiempo, los amonitas hicieron guerra contra Israel.
11:5 Cuando los amonitas hicieron guerra contra Israel, los ancianos de Galaad fueron a buscar a Jefté a la tierra de Tob.
11:6 Le dijeron a Jefté: «Ven y sé nuestro comandante, para que luchemos contra los amonitas».
11:7 Jefté les respondió a los ancianos de Galaad: «¿No fueron ustedes quienes me odiaron y me expulsaron de la casa de mi padre? ¿Por qué vienen ahora a mí, cuando están en apuros?».
11:8 Los ancianos de Galaad le dijeron: «Precisamente por eso hemos vuelto ahora a ti, para que vengas con nosotros, luches contra los amonitas y seas nuestro jefe, el de todos los habitantes de Galaad».
11:9 Jefté les dijo a los ancianos de Galaad: «Si me hacen volver para luchar contra los amonitas y el SEÑOR los entrega ante mí, ¿seré yo el jefe de ustedes?».
11:10 Los ancianos de Galaad le respondieron a Jefté: «El SEÑOR sea testigo entre nosotros si no hacemos lo que has dicho».
11:11 Jefté fue con los ancianos de Galaad, y el pueblo lo puso como jefe y comandante sobre ellos. Jefté pronunció todas sus palabras delante del SEÑOR en Mizpa.
Jefté defiende el territorio ante el rey de Amón
11:12 Jefté envió mensajeros al rey de los amonitas para decirle: «¿Qué tienes contra mí, que has venido a luchar contra mi tierra?».
11:13 El rey de los amonitas les respondió a los mensajeros de Jefté: «Porque Israel tomó mi tierra cuando subió de Egipto, desde el Arnón hasta el Jaboc y hasta el Jordán. Ahora devuélvela en paz».
11:14 Jefté volvió a enviar mensajeros al rey de los amonitas
11:15 para decirle: «Así dice Jefté: “Israel no tomó la tierra de Moab ni la tierra de los amonitas.
11:16 Cuando subió de Egipto, Israel caminó por el desierto hasta el mar Rojo y llegó a Cades.
11:17 Israel envió mensajeros al rey de Edom para decirle: ‘Por favor, déjame pasar por tu tierra’. Pero el rey de Edom no escuchó. También envió mensajeros al rey de Moab, pero él no quiso. Por eso Israel se quedó en Cades.
11:18 Luego caminó por el desierto, rodeó la tierra de Edom y la tierra de Moab y llegó al lado oriental de la tierra de Moab. Acamparon al otro lado del Arnón y no entraron en el territorio de Moab, porque el Arnón era la frontera de Moab.
11:19 Israel envió mensajeros a Sehón, rey de los amorreos, rey de Hesbón. Israel le dijo: ‘Por favor, déjanos pasar por tu tierra hasta llegar a nuestro lugar’.
11:20 Pero Sehón no se fio de Israel para dejarlo pasar por su territorio. Sehón reunió a toda su gente, acamparon en Jahaza y luchó contra Israel.
11:21 El SEÑOR, Dios de Israel, entregó a Sehón y a todo su pueblo en manos de Israel, y los derrotaron. Israel tomó posesión de toda la tierra de los amorreos que habitaban aquel país.
11:22 Tomaron posesión de todo el territorio de los amorreos, desde el Arnón hasta el Jaboc y desde el desierto hasta el Jordán.
11:23 Ahora bien, el SEÑOR, Dios de Israel, expulsó a los amorreos delante de su pueblo Israel. ¿Y tú vas a tomar posesión de su tierra?
11:24 ¿No posees tú lo que Quemos, tu dios, te da en posesión? Así nosotros poseeremos la tierra de todos los que el SEÑOR nuestro Dios expulse de delante de nosotros.
11:25 ¿Acaso eres tú mejor que Balac, hijo de Zipor, rey de Moab? ¿Disputó él con Israel o luchó contra él?
11:26 Israel ha habitado durante trescientos años en Hesbón y sus aldeas, en Aroer y sus aldeas y en todas las ciudades junto al Arnón. ¿Por qué no las recuperaron durante ese tiempo?
11:27 Yo no he pecado contra ti, pero tú me haces mal al luchar contra mí. Que el SEÑOR, el Juez, juzgue hoy entre los israelitas y los amonitas”».
11:28 Pero el rey de los amonitas no escuchó el mensaje que Jefté le había enviado.
El Espíritu del SEÑOR capacita a Jefté para la batalla
11:29 El Espíritu del SEÑOR vino sobre Jefté. Él recorrió Galaad y Manasés y pasó por Mizpa de Galaad. Desde Mizpa de Galaad avanzó contra los amonitas.
El voto de Jefté antes del combate
11:30 Jefté hizo un voto al SEÑOR y dijo: «Si de verdad entregas a los amonitas en mis manos,
11:31 quien salga de las puertas de mi casa a recibirme cuando vuelva en paz de combatir a los amonitas será del SEÑOR, y lo ofreceré en holocausto».
El SEÑOR da a Jefté la victoria sobre Amón
11:32 Jefté avanzó contra los amonitas para luchar contra ellos, y el SEÑOR los entregó en sus manos.
11:33 Los derrotó desde Aroer hasta las cercanías de Minit, veinte ciudades, y hasta Abel-queramim, en una derrota muy grande. Así los amonitas quedaron sometidos ante los israelitas.
La hija de Jefté sale a recibirlo
11:34 Cuando Jefté llegó a su casa en Mizpa, su hija salió a recibirlo con panderos y danzas. Era su única hija; fuera de ella no tenía hijo ni hija.
11:35 Al verla, se rasgó la ropa y dijo: «¡Ay, hija mía! ¡Me has abatido por completo y has llegado a ser causa de mi aflicción! He dado mi palabra al SEÑOR y no puedo retractarme».
11:36 Ella le respondió: «Padre mío, has dado tu palabra al SEÑOR. Haz conmigo lo que prometiste, ya que el SEÑOR te ha vengado de tus enemigos, los amonitas».
11:37 Le dijo además a su padre: «Concédeme esto: déjame libre durante dos meses para ir por los montes y llorar mi virginidad con mis compañeras».
11:38 Él dijo: «Ve». La dejó ir durante dos meses. Ella fue con sus compañeras y lloró su virginidad por los montes.
11:39 Al cabo de los dos meses volvió a su padre, y él cumplió con ella el voto que había hecho. Ella no había tenido relaciones con ningún hombre. Y se hizo costumbre en Israel
11:40 que las jóvenes de Israel fueran cada año a lamentar a la hija de Jefté, el galaadita, durante cuatro días al año.

Capítulo 12
La disputa de Efraín termina en guerra civil
12:1 Los hombres de Efraín se reunieron, cruzaron hacia Zafón y le dijeron a Jefté: «¿Por qué fuiste a luchar contra los amonitas y no nos llamaste para que fuéramos contigo? ¡Quemaremos tu casa contigo dentro!».
12:2 Jefté les respondió: «Mi pueblo y yo teníamos un grave conflicto con los amonitas. Los llamé, pero ustedes no me salvaron de sus manos.
12:3 Cuando vi que no me salvaban, arriesgué mi vida, avancé contra los amonitas y el SEÑOR los entregó en mis manos. ¿Por qué han subido hoy contra mí para luchar conmigo?».
12:4 Jefté reunió a todos los hombres de Galaad y luchó contra Efraín. Los hombres de Galaad derrotaron a Efraín, porque los de Efraín habían dicho: «Ustedes, los galaaditas, son fugitivos de Efraín, en medio de Efraín y de Manasés».
12:5 Los galaaditas tomaron los vados del Jordán que conducían a Efraín. Cuando un fugitivo de Efraín decía: «Quiero cruzar», los hombres de Galaad le preguntaban: «¿Eres de Efraín?». Si respondía: «No»,
12:6 le decían: «Di, por favor, “Shibolet”». Él decía: «Sibolet», porque no acertaba a pronunciarlo correctamente. Entonces lo apresaban y lo degollaban junto a los vados del Jordán. En aquella ocasión murieron cuarenta y dos mil hombres de Efraín.
12:7 Jefté fue juez de Israel durante seis años. Jefté, el galaadita, murió y fue sepultado en una de las ciudades de Galaad.
Ibzán, Elón y Abdón, jueces de Israel
12:8 Después de él, Ibzán, de Belén, fue juez de Israel.
12:9 Tuvo treinta hijos y treinta hijas. Casó a sus hijas fuera de su clan y trajo de fuera treinta mujeres para sus hijos. Fue juez de Israel durante siete años.
12:10 Ibzán murió y fue sepultado en Belén.
12:11 Después de él, Elón, el zabulonita, fue juez de Israel. Fue juez de Israel durante diez años.
12:12 Elón, el zabulonita, murió y fue sepultado en Ajalón, en la tierra de Zabulón.
12:13 Después de él, Abdón, hijo de Hilel, el piratonita, fue juez de Israel.
12:14 Tuvo cuarenta hijos y treinta nietos que montaban en setenta burros. Fue juez de Israel durante ocho años.
12:15 Abdón, hijo de Hilel, el piratonita, murió y fue sepultado en Piratón, en la tierra de Efraín, en la región montañosa de los amalecitas.

Capítulo 13
Nacimiento de Sansón
13:1 Los israelitas volvieron a hacer lo malo a los ojos del SEÑOR, y el SEÑOR los entregó en manos de los filisteos durante cuarenta años.
13:2 Había un hombre de Zora, del clan de Dan, llamado Manoa. Su esposa era estéril y no había tenido hijos.
El ángel anuncia el nacimiento de un libertador
13:3 El ángel del SEÑOR se apareció a la mujer y le dijo: «Aunque eres estéril y no has tenido hijos, concebirás y darás a luz un hijo.
13:4 Ahora ten cuidado: no bebas vino ni bebida embriagadora, ni comas nada impuro.
13:5 Porque concebirás y darás a luz un hijo. No pasará navaja sobre su cabeza, pues el niño será nazareo de Dios desde el vientre materno. Él comenzará a salvar a Israel de manos de los filisteos».
13:6 La mujer fue a contarle a su esposo: «Un hombre de Dios vino a mí. Su aspecto era como el de un ángel de Dios, muy imponente. No le pregunté de dónde era, y él no me dijo su nombre.
13:7 Me dijo: “Concebirás y darás a luz un hijo. Ahora no bebas vino ni bebida embriagadora, ni comas nada impuro, porque el niño será nazareo de Dios desde el vientre materno hasta el día de su muerte”».
Manoa pide instrucciones para el niño
13:8 Manoa rogó al SEÑOR: «Por favor, Señor, que el hombre de Dios que enviaste vuelva a nosotros y nos enseñe qué debemos hacer con el niño que ha de nacer».
13:9 Dios escuchó la voz de Manoa. El ángel de Dios volvió a la mujer mientras ella estaba sentada en el campo, pero Manoa, su esposo, no estaba con ella.
13:10 La mujer se apresuró, corrió a avisarle a su esposo y le dijo: «Mira, se me ha aparecido el hombre que vino a mí el otro día».
13:11 Manoa se levantó, siguió a su esposa y llegó ante el hombre. Le preguntó: «¿Eres tú el hombre que habló con la mujer?». Él respondió: «Soy yo».
13:12 Manoa dijo: «Cuando se cumplan tus palabras, ¿cuál debe ser la manera de vivir del niño y cuál será su labor?».
13:13 El ángel del SEÑOR le respondió a Manoa: «La mujer deberá cuidarse de todo lo que le he dicho.
13:14 No comerá nada que proceda de la vid, no beberá vino ni bebida embriagadora, ni comerá nada impuro. Deberá cumplir todo lo que le he mandado».
Manoa reconoce al ángel del SEÑOR
13:15 Manoa le dijo al ángel del SEÑOR: «Por favor, permítenos retenerte mientras te preparamos un cabrito».
13:16 El ángel del SEÑOR le respondió a Manoa: «Aunque me retengas, no comeré de tu comida. Pero, si preparas un holocausto, ofrécelo al SEÑOR». Manoa no sabía que era el ángel del SEÑOR.
13:17 Manoa le preguntó al ángel del SEÑOR: «¿Cuál es tu nombre, para que te honremos cuando se cumplan tus palabras?».
13:18 El ángel del SEÑOR le respondió: «¿Por qué preguntas por mi nombre? Es maravilloso».
13:19 Manoa tomó el cabrito y la ofrenda de cereal y los ofreció sobre la roca al SEÑOR. Mientras Manoa y su esposa observaban, ocurrió algo maravilloso:
13:20 cuando la llama subía del altar hacia el cielo, el ángel del SEÑOR ascendió en la llama del altar. Manoa y su esposa lo vieron y cayeron rostro en tierra.
13:21 El ángel del SEÑOR no volvió a aparecerse a Manoa ni a su esposa. Entonces Manoa comprendió que era el ángel del SEÑOR.
13:22 Manoa le dijo a su esposa: «Sin duda moriremos, porque hemos visto a Dios».
13:23 Pero su esposa le respondió: «Si el SEÑOR hubiera querido matarnos, no habría aceptado de nuestras manos el holocausto y la ofrenda de cereal, ni nos habría mostrado todas estas cosas, ni nos habría anunciado ahora esto».
Nacimiento y primeros años de Sansón
13:24 La mujer dio a luz un hijo y lo llamó Sansón. El niño creció, y el SEÑOR lo bendijo.
13:25 El Espíritu del SEÑOR comenzó a impulsarlo en el campamento de Dan, entre Zora y Estaol.

Capítulo 14
Sansón y la mujer filistea de Timnat
14:1 Sansón bajó a Timnat y vio allí a una mujer de entre las hijas de los filisteos.
14:2 Subió a contárselo a su padre y a su madre: «He visto en Timnat a una mujer de entre las hijas de los filisteos. Ahora consíganmela por esposa».
14:3 Su padre y su madre le dijeron: «¿No hay mujer entre las hijas de tus parientes ni en todo nuestro pueblo, que vas a buscar esposa entre los filisteos incircuncisos?». Pero Sansón le respondió a su padre: «Consígueme a esa, porque me agrada».
14:4 Su padre y su madre no sabían que esto venía del SEÑOR, pues él buscaba una ocasión contra los filisteos. En aquel tiempo los filisteos dominaban sobre Israel.
14:5 Sansón bajó a Timnat con su padre y su madre. Al llegar a los viñedos de Timnat, un león joven vino rugiendo a su encuentro.
14:6 El Espíritu del SEÑOR vino con fuerza sobre él, y despedazó al león como se despedaza un cabrito, sin tener nada en las manos. Pero no contó a su padre ni a su madre lo que había hecho.
14:7 Bajó y habló con la mujer, y ella agradó a Sansón.
14:8 Después de algún tiempo volvió para tomarla por esposa. Se apartó del camino para ver el cadáver del león y encontró un enjambre de abejas y miel en el cuerpo del león.
14:9 Sacó la miel con las manos y siguió caminando y comiendo. Cuando llegó junto a su padre y su madre, les dio y comieron. Pero no les dijo que había sacado la miel del cuerpo del león.
El banquete y el acertijo de Sansón
14:10 Su padre bajó a casa de la mujer, y Sansón hizo allí un banquete, como acostumbraban hacer los jóvenes.
14:11 Cuando lo vieron, escogieron a treinta compañeros para que estuvieran con él.
14:12 Sansón les dijo: «Voy a proponerles un acertijo. Si lo resuelven y me dan la respuesta durante los siete días del banquete, les daré treinta prendas de lino y treinta mudas de ropa.
14:13 Pero, si no pueden darme la respuesta, ustedes me darán treinta prendas de lino y treinta mudas de ropa». Ellos respondieron: «Propón tu acertijo; queremos escucharlo».
14:14 Él les dijo: «Del que come salió comida, y del fuerte salió dulzura». Durante tres días no pudieron resolver el acertijo.
14:15 Al séptimo día le dijeron a la esposa de Sansón: «Persuade a tu marido para que nos explique el acertijo; de lo contrario, te quemaremos a ti y a la casa de tu padre. ¿Acaso nos han invitado para despojarnos?».
14:16 La esposa de Sansón lloraba ante él y decía: «Solo me odias; no me amas. Has propuesto un acertijo a los de mi pueblo, pero a mí no me lo has explicado». Él le respondió: «Ni a mi padre ni a mi madre se lo he explicado. ¿Y voy a explicártelo a ti?».
14:17 Ella lloró ante él durante los siete días que duró el banquete. Al séptimo día él se lo explicó, porque ella lo presionaba. Entonces ella explicó el acertijo a los de su pueblo.
14:18 El séptimo día, antes de ponerse el sol, los hombres de la ciudad le dijeron: «¿Qué es más dulce que la miel? ¿Qué es más fuerte que el león?». Él les respondió: «Si no hubieran arado con mi novilla, no habrían resuelto mi acertijo».
El pago violento y la ruptura de la boda
14:19 El Espíritu del SEÑOR vino con fuerza sobre él. Bajó a Ascalón, mató a treinta de sus hombres, tomó sus despojos y dio las mudas de ropa a quienes habían resuelto el acertijo. Se encendió su ira, y subió a la casa de su padre.
14:20 La esposa de Sansón fue dada al compañero que lo había acompañado.

Capítulo 15
La represalia de Sansón y la muerte de su esposa
15:1 Pasado algún tiempo, durante la cosecha del trigo, Sansón fue a visitar a su esposa llevando un cabrito. Dijo: «Voy a entrar en la habitación de mi esposa». Pero el padre de ella no lo dejó entrar.
15:2 Su padre le dijo: «Estaba convencido de que la odiabas, así que se la di a tu compañero. ¿No es más hermosa que ella su hermana menor? Tómala en su lugar».
15:3 Sansón les dijo: «Esta vez estaré libre de culpa frente a los filisteos por el mal que les voy a hacer».
15:4 Sansón fue y capturó trescientas zorras. Tomó antorchas, juntó cola con cola y puso una antorcha en medio de cada par de colas.
15:5 Prendió fuego a las antorchas y soltó las zorras en los sembrados de los filisteos. Quemó tanto las gavillas como el grano en pie, y hasta los olivares.
15:6 Los filisteos preguntaron: «¿Quién hizo esto?». Les respondieron: «Sansón, el yerno del hombre de Timnat, porque este le quitó a su esposa y se la dio a su compañero». Entonces los filisteos subieron y quemaron a la mujer y a su padre.
15:7 Sansón les dijo: «Ya que han hecho esto, ciertamente me vengaré de ustedes; solo después me detendré».
15:8 Los derrotó de manera aplastante y mató a muchos. Después bajó y se estableció en una hendidura de la roca de Etam.
Sansón derrota a los filisteos en Lehi
15:9 Los filisteos subieron, acamparon en Judá y se desplegaron por Lehi.
15:10 Los hombres de Judá les preguntaron: «¿Por qué han subido contra nosotros?». Ellos respondieron: «Hemos subido a apresar a Sansón para hacerle lo mismo que él nos hizo».
15:11 Tres mil hombres de Judá bajaron a la hendidura de la roca de Etam y le dijeron a Sansón: «¿No sabes que los filisteos dominan sobre nosotros? ¿Qué es esto que nos has hecho?». Él les respondió: «Les he hecho lo mismo que ellos me hicieron».
15:12 Le dijeron: «Hemos bajado a atarte para entregarte en manos de los filisteos». Sansón les respondió: «Júrenme que ustedes mismos no me matarán».
15:13 Ellos le dijeron: «No; solo te ataremos y te entregaremos en sus manos. De ninguna manera te mataremos». Lo ataron con dos cuerdas nuevas y lo hicieron subir de la roca.
15:14 Cuando llegó a Lehi, los filisteos salieron gritando a su encuentro. Pero el Espíritu del SEÑOR vino con fuerza sobre él. Las cuerdas de sus brazos se volvieron como lino quemado por el fuego, y las ataduras se deshicieron de sus manos.
15:15 Encontró una quijada de burro todavía fresca, extendió la mano, la tomó y mató con ella a mil hombres.
15:16 Sansón dijo: «Con la quijada de un burro, un montón, dos montones; con la quijada de un burro he matado a mil hombres».
15:17 Cuando terminó de hablar, arrojó la quijada que tenía en la mano y llamó a aquel lugar Ramat-lehi.
Dios da agua a Sansón en Lehi
15:18 Tenía mucha sed y clamó al SEÑOR: «Tú has dado esta gran salvación por mano de tu siervo. ¿Y ahora voy a morir de sed y caer en manos de los incircuncisos?».
15:19 Dios abrió la hondonada que hay en Lehi, y de ella salió agua. Sansón bebió, recobró el aliento y se reanimó. Por eso llamó al manantial En-hacore, que está en Lehi hasta el día de hoy.
15:20 Sansón fue juez de Israel durante veinte años, en los días de los filisteos.

Capítulo 16
Sansón en Gaza
16:1 Sansón fue a Gaza, vio allí a una prostituta y se acostó con ella.
16:2 A los de Gaza les dijeron: «Sansón ha venido aquí». Lo rodearon y estuvieron al acecho toda la noche en la puerta de la ciudad. Guardaron silencio toda la noche, diciendo: «Esperemos hasta que amanezca; entonces lo mataremos».
16:3 Sansón estuvo acostado hasta la medianoche. A medianoche se levantó, agarró las hojas de la puerta de la ciudad y los dos postes y los arrancó junto con la tranca. Se los puso sobre los hombros y los subió a la cima del monte que está frente a Hebrón.
Sansón y Dalila
16:4 Después de esto se enamoró de una mujer del valle de Sorec, llamada Dalila.
16:5 Los gobernantes de los filisteos subieron a verla y le dijeron: «Sedúcelo y averigua de dónde le viene su gran fuerza y cómo podemos vencerlo para atarlo y someterlo. Cada uno de nosotros te dará unos doce kilos y medio de plata».
16:6 Dalila le dijo a Sansón: «Dime, por favor, de dónde te viene tu gran fuerza y con qué podrías ser atado para someterte».
16:7 Sansón le respondió: «Si me atan con siete cuerdas de arco frescas, que todavía no se hayan secado, me debilitaré y seré como cualquier otro hombre».
16:8 Los gobernantes de los filisteos le llevaron siete cuerdas de arco frescas, que todavía no se habían secado, y ella lo ató con ellas.
16:9 Tenía hombres escondidos al acecho en la habitación. Ella le gritó: «¡Sansón, los filisteos vienen contra ti!». Él rompió las cuerdas como se rompe un hilo de estopa al tocar el fuego. Así que no se descubrió de dónde le venía su fuerza.
16:10 Dalila le dijo a Sansón: «Te has burlado de mí y me has dicho mentiras. Ahora dime, por favor, con qué podrías ser atado».
16:11 Él le respondió: «Si me atan bien con cuerdas nuevas que nunca se hayan usado para ningún trabajo, me debilitaré y seré como cualquier otro hombre».
16:12 Dalila tomó cuerdas nuevas, lo ató con ellas y le gritó: «¡Sansón, los filisteos vienen contra ti!». Había hombres al acecho en la habitación, pero él rompió las cuerdas de sus brazos como un hilo.
16:13 Dalila le dijo a Sansón: «Hasta ahora te has burlado de mí y me has dicho mentiras. Dime con qué podrías ser atado». Él le respondió: «Si entretejes los siete mechones de mi cabeza con la trama del telar…».
16:14 Ella los aseguró con la clavija y le gritó: «¡Sansón, los filisteos vienen contra ti!». Él despertó de su sueño y arrancó la clavija del telar junto con la trama.
16:15 Ella le dijo: «¿Cómo puedes decir “Te amo” si tu corazón no está conmigo? Ya te has burlado de mí tres veces y no me has dicho de dónde te viene tu gran fuerza».
16:16 Como ella lo presionaba con sus palabras todos los días y lo acosaba, él se angustió hasta la muerte.
Sansón revela su consagración y pierde la fuerza
16:17 Entonces le abrió todo su corazón y le dijo: «Nunca ha pasado navaja sobre mi cabeza, porque soy nazareo de Dios desde el vientre de mi madre. Si me rapan, mi fuerza se apartará de mí, me debilitaré y seré como todos los demás hombres».
16:18 Dalila vio que le había abierto todo su corazón y mandó llamar a los gobernantes de los filisteos: «Suban esta vez, porque me ha abierto todo su corazón». Los gobernantes de los filisteos subieron a verla llevando la plata en las manos.
16:19 Ella lo hizo dormir sobre sus rodillas, llamó a un hombre e hizo que le rapara los siete mechones de la cabeza. Comenzó a someterlo, y su fuerza se apartó de él.
16:20 Ella gritó: «¡Sansón, los filisteos vienen contra ti!». Él despertó de su sueño y dijo: «Saldré como las otras veces y me sacudiré». Pero no sabía que el SEÑOR se había apartado de él.
16:21 Los filisteos lo apresaron, le sacaron los ojos y lo llevaron a Gaza. Lo ataron con cadenas de bronce, y tuvo que moler en la cárcel.
16:22 Pero el cabello de su cabeza comenzó a crecer después de haber sido rapado.
La fiesta de Dagón y la muerte de Sansón
16:23 Los gobernantes de los filisteos se reunieron para ofrecer un gran sacrificio a Dagón, su dios, y celebrar. Decían: «Nuestro dios ha entregado en nuestras manos a Sansón, nuestro enemigo».
16:24 Al verlo, el pueblo alababa a su dios, diciendo: «Nuestro dios ha entregado en nuestras manos a nuestro enemigo, al que devastaba nuestra tierra y multiplicaba nuestros muertos».
16:25 Cuando se alegraron sus corazones, dijeron: «Llamen a Sansón para que nos divierta». Sacaron a Sansón de la cárcel, y él los divertía. Lo pusieron entre las columnas.
16:26 Sansón le dijo al joven que lo llevaba de la mano: «Déjame palpar las columnas que sostienen el edificio para que me apoye en ellas».
16:27 El edificio estaba lleno de hombres y mujeres. Allí estaban todos los gobernantes de los filisteos, y en el techo había unos tres mil hombres y mujeres que miraban cómo Sansón los divertía.
16:28 Sansón clamó al SEÑOR y dijo: «Señor DIOS, acuérdate de mí, por favor. Dame fuerzas, te ruego, solo esta vez, oh Dios, para que de una sola vez me vengue de los filisteos por mis dos ojos».
16:29 Sansón agarró las dos columnas centrales que sostenían el edificio y se apoyó contra ellas, con la mano derecha sobre una y la izquierda sobre la otra.
16:30 Sansón dijo: «¡Muera yo con los filisteos!». Se inclinó con fuerza, y el edificio cayó sobre los gobernantes y sobre todo el pueblo que estaba dentro. Los que mató al morir fueron más que los que había matado durante su vida.
16:31 Sus hermanos y toda la familia de su padre bajaron, recogieron su cuerpo y lo llevaron a sepultar entre Zora y Estaol, en la tumba de Manoa, su padre. Había sido juez de Israel durante veinte años.

Capítulo 17
Las imágenes y el sacerdote de Micaía
17:1 Había un hombre de la región montañosa de Efraín llamado Micaía.
17:2 Le dijo a su madre: «Los doce kilos y medio de plata, aproximadamente, que te quitaron y por los que pronunciaste una maldición, que también escuché, están conmigo. Yo los tomé». Su madre respondió: «¡El SEÑOR te bendiga, hijo mío!».
17:3 Él devolvió a su madre los doce kilos y medio de plata. Su madre dijo: «He consagrado esta plata al SEÑOR de mi propia mano, por mi hijo, para hacer una imagen tallada y una imagen fundida. Ahora te la devuelvo».
17:4 Él devolvió la plata a su madre. Ella tomó doscientas monedas de plata y se las dio al platero, que hizo con ellas una imagen tallada y una imagen fundida. Quedaron en casa de Micaía.
17:5 Este hombre, Micaía, tenía un santuario. Hizo un efod e ídolos domésticos y consagró a uno de sus hijos para que fuera su sacerdote.
17:6 En aquellos días no había rey en Israel. Cada uno hacía lo que bien le parecía.
Micaía contrata a un levita como sacerdote
17:7 Había un joven de Belén de Judá, de la familia de Judá, que era levita y residía allí.
17:8 El hombre salió de la ciudad de Belén de Judá para establecerse donde encontrara lugar. En su viaje llegó a la región montañosa de Efraín, a casa de Micaía.
17:9 Micaía le preguntó: «¿De dónde vienes?». Él respondió: «Soy levita de Belén de Judá y voy buscando dónde establecerme».
17:10 Micaía le dijo: «Quédate conmigo y sé para mí un padre y un sacerdote. Te daré unos ciento catorce gramos de plata al año, una muda de ropa y tu sustento». El levita fue con él.
17:11 El levita accedió a vivir con aquel hombre, y el joven llegó a ser para él como uno de sus hijos.
17:12 Micaía consagró al levita, y el joven fue su sacerdote y vivió en su casa.
17:13 Micaía dijo: «Ahora sé que el SEÑOR me hará bien, porque tengo un levita como sacerdote».

Capítulo 18
Micaía y los hombres de Dan
18:1 En aquellos días no había rey en Israel. En aquellos días la tribu de Dan buscaba una heredad donde establecerse, porque hasta entonces no le había tocado una heredad entre las tribus de Israel.
18:2 Los danitas enviaron de su clan a cinco hombres de entre ellos, hombres valientes de Zora y Estaol, para explorar y reconocer la tierra. Les dijeron: «Vayan y reconozcan la tierra». Llegaron a la región montañosa de Efraín, a casa de Micaía, y pasaron allí la noche.
18:3 Cuando estaban cerca de la casa de Micaía, reconocieron la voz del joven levita. Se acercaron y le preguntaron: «¿Quién te ha traído aquí? ¿Qué haces en este lugar? ¿Qué tienes aquí?».
18:4 Él les respondió: «Micaía ha hecho por mí esto y aquello. Me ha contratado y soy su sacerdote».
18:5 Ellos le dijeron: «Consulta, por favor, a Dios para que sepamos si tendrá éxito el viaje que estamos haciendo».
18:6 El sacerdote les respondió: «Vayan en paz. El camino por el que van está delante del SEÑOR».
18:7 Los cinco hombres partieron y llegaron a Lais. Vieron que la gente vivía segura, según la costumbre de los sidonios, tranquila y confiada. No había en aquella tierra autoridad que los humillara en nada. Estaban lejos de los sidonios y no tenían trato con nadie.
18:8 Volvieron a sus hermanos en Zora y Estaol, y sus hermanos les preguntaron: «¿Qué encontraron?».
18:9 Ellos respondieron: «¡Levántense y subamos contra ellos! Hemos visto la tierra, y es muy buena. ¿Van a quedarse sin hacer nada? No sean perezosos para ponerse en marcha y tomar posesión de la tierra.
18:10 Cuando lleguen, encontrarán un pueblo confiado y una tierra muy extensa. Dios la ha entregado en sus manos; es un lugar donde no falta nada de lo que hay en la tierra».
18:11 De allí, de Zora y Estaol, partieron seiscientos hombres del clan de Dan, equipados con armas de guerra.
18:12 Subieron y acamparon en Quiriat-jearim, en Judá. Por eso aquel lugar se llama campamento de Dan hasta el día de hoy. Está al occidente de Quiriat-jearim.
18:13 Desde allí pasaron a la región montañosa de Efraín y llegaron a casa de Micaía.
Los danitas se llevan los objetos de culto y al sacerdote
18:14 Los cinco hombres que habían ido a explorar la tierra de Lais les dijeron a sus hermanos: «¿Saben que en estas casas hay un efod, ídolos domésticos, una imagen tallada y una imagen fundida? Ahora piensen qué van a hacer».
18:15 Se desviaron hacia allí, entraron en casa del joven levita, en casa de Micaía, y le preguntaron cómo estaba.
18:16 Los seiscientos danitas, equipados con armas de guerra, estaban a la entrada de la puerta.
18:17 Los cinco hombres que habían ido a explorar la tierra subieron y entraron allí. Tomaron la imagen tallada, el efod, los ídolos domésticos y la imagen fundida, mientras el sacerdote estaba a la entrada de la puerta con los seiscientos hombres equipados con armas de guerra.
18:18 Cuando estos entraron en casa de Micaía y tomaron la imagen tallada, el efod, los ídolos domésticos y la imagen fundida, el sacerdote les preguntó: «¿Qué están haciendo?».
18:19 Ellos le respondieron: «Calla, ponte la mano sobre la boca y ven con nosotros. Sé para nosotros un padre y un sacerdote. ¿Qué es mejor: ser sacerdote de la casa de un solo hombre o ser sacerdote de una tribu y de un clan de Israel?».
18:20 Se alegró el corazón del sacerdote. Tomó el efod, los ídolos domésticos y la imagen tallada, y se fue en medio del pueblo.
18:21 Dieron la vuelta y partieron, poniendo por delante a los niños, el ganado y sus pertenencias.
18:22 Cuando ya se habían alejado de la casa de Micaía, los hombres de las casas vecinas se reunieron y alcanzaron a los danitas.
18:23 Gritaron a los danitas, y estos se volvieron y le preguntaron a Micaía: «¿Qué te pasa, que has reunido a esta gente?».
18:24 Él respondió: «Han tomado los dioses que hice y al sacerdote, y se van. ¿Qué me queda? ¿Cómo pueden preguntarme qué me pasa?».
18:25 Los danitas le dijeron: «Que no oigamos tu voz entre nosotros, no sea que hombres de mal genio los ataquen y pierdas tu vida y la de tu familia».
18:26 Los danitas siguieron su camino. Micaía vio que eran más fuertes que él, dio la vuelta y regresó a su casa.
Los danitas toman Lais y se establecen allí
18:27 Ellos se llevaron lo que había hecho Micaía y al sacerdote que tenía. Llegaron a Lais, a un pueblo tranquilo y confiado, mataron a sus habitantes a filo de espada e incendiaron la ciudad.
18:28 No hubo quien los librara, porque estaban lejos de Sidón y no tenían trato con nadie. La ciudad estaba en el valle de Bet-rehob. Los danitas reconstruyeron la ciudad y se establecieron en ella.
18:29 Llamaron a la ciudad Dan, por el nombre de Dan, su antepasado, que le había nacido a Israel. Sin embargo, antes la ciudad se llamaba Lais.
La imagen y el sacerdocio quedan establecidos en Dan
18:30 Los danitas levantaron para sí la imagen tallada. Jonatán, hijo de Gersón, hijo de Manasés, y sus hijos fueron sacerdotes de la tribu de Dan hasta el día del destierro de la tierra.
18:31 Tuvieron entre ellos la imagen tallada que Micaía había hecho durante todo el tiempo que la casa de Dios estuvo en Silo.

Capítulo 19
El levita y su concubina
19:1 En aquellos días, cuando no había rey en Israel, un levita residía en una parte remota de la región montañosa de Efraín. Tomó por concubina a una mujer de Belén de Judá.
19:2 Su concubina le fue infiel y se apartó de él para ir a casa de su padre, en Belén de Judá. Permaneció allí durante cuatro meses.
19:3 Su marido se levantó y fue tras ella para hablarle al corazón y hacerla volver. Llevaba consigo a su servidor y un par de burros. Ella lo hizo entrar en casa de su padre, y el padre de la joven, al verlo, se alegró de recibirlo.
19:4 Su suegro, el padre de la joven, lo retuvo. Se quedó con él tres días, y comieron, bebieron y pasaron allí la noche.
19:5 El cuarto día se levantaron temprano, y él se dispuso a partir. Pero el padre de la joven le dijo a su yerno: «Recobra fuerzas con un bocado de pan, y después se irán».
19:6 Los dos se sentaron, comieron y bebieron juntos. El padre de la joven le dijo al hombre: «Por favor, acepta pasar la noche aquí y alegra tu corazón».
19:7 El hombre se levantó para irse, pero su suegro insistió, y volvió a quedarse allí aquella noche.
19:8 El quinto día se levantó temprano para partir. El padre de la joven le dijo: «Recobra fuerzas, por favor, y esperen hasta que decline el día». Los dos comieron.
19:9 Cuando el hombre se levantó para partir con su concubina y su servidor, su suegro, el padre de la joven, le dijo: «Mira, el día ya declina y se acerca la noche. Pasen aquí la noche, por favor. El día está terminando; quédate aquí y alegra tu corazón. Mañana madrugarán para seguir su camino y podrás irte a tu casa».
El viaje hacia Gabaa de Benjamín
19:10 Pero el hombre no quiso pasar allí la noche. Se levantó, partió y llegó frente a Jebús, que es Jerusalén. Llevaba consigo un par de burros ensillados y a su concubina.
19:11 Cuando estaban cerca de Jebús, el día había declinado mucho. El servidor le dijo a su señor: «Ven, por favor; entremos en esta ciudad de los jebuseos y pasemos en ella la noche».
19:12 Su señor le respondió: «No entraremos en una ciudad de extranjeros que no son israelitas. Seguiremos hasta Gabaa».
19:13 Le dijo a su servidor: «Ven, acerquémonos a uno de esos lugares y pasemos la noche en Gabaa o en Ramá».
19:14 Siguieron caminando, y el sol se les puso cerca de Gabaa, que pertenece a Benjamín.
19:15 Se desviaron para entrar y pasar la noche en Gabaa. Él entró y se sentó en la plaza de la ciudad, pero nadie los acogió en su casa para pasar la noche.
Un anciano ofrece alojamiento a los viajeros
19:16 Al anochecer, un anciano volvía de su trabajo en el campo. Era de la región montañosa de Efraín y residía en Gabaa, aunque los habitantes del lugar eran benjamitas.
19:17 El anciano alzó la vista, vio al viajero en la plaza de la ciudad y le preguntó: «¿Adónde vas y de dónde vienes?».
19:18 Él le respondió: «Vamos de Belén de Judá a una parte remota de la región montañosa de Efraín. Soy de allí. Había ido a Belén de Judá y ahora voy a la casa del SEÑOR, pero nadie me acoge en su casa.
19:19 Tenemos paja y forraje para nuestros burros. También tenemos pan y vino para mí, para tu sierva y para el joven que acompaña a tus servidores. No nos falta nada».
19:20 El anciano le dijo: «Paz a ti. Todo lo que necesites quedará a mi cargo. Solo te pido que no pases la noche en la plaza».
19:21 Lo llevó a su casa y dio alimento a los burros. Ellos se lavaron los pies, comieron y bebieron.
Los hombres de Gabaa amenazan al huésped
19:22 Mientras alegraban sus corazones, unos hombres de la ciudad, hombres perversos, rodearon la casa y golpearon la puerta. Le dijeron al anciano, dueño de la casa: «Saca al hombre que ha entrado en tu casa para que tengamos relaciones con él».
19:23 El dueño de la casa salió y les dijo: «No, hermanos míos, les ruego que no hagan este mal. Ya que este hombre ha entrado en mi casa, no cometan esta infamia.
19:24 Aquí están mi hija virgen y la concubina de él. Déjenme sacarlas; abusen de ellas y hagan con ellas lo que les parezca bien. Pero contra este hombre no cometan semejante infamia».
19:25 Los hombres no quisieron escucharlo. Entonces el hombre agarró a su concubina y la sacó fuera, hacia ellos. La violaron y abusaron de ella toda la noche hasta la mañana. Al despuntar el alba la dejaron ir.
19:26 Al amanecer, la mujer volvió y cayó a la entrada de la casa del hombre donde estaba su señor. Allí quedó hasta que hubo luz.
19:27 Su señor se levantó por la mañana, abrió las puertas de la casa y salió para seguir su camino. Allí estaba la mujer, su concubina, tendida a la entrada de la casa, con las manos sobre el umbral.
19:28 Él le dijo: «Levántate y vámonos». Pero no hubo respuesta. La puso sobre el burro, se levantó y regresó a su lugar.
El levita convoca a Israel mediante un acto estremecedor
19:29 Cuando llegó a su casa, tomó el cuchillo, agarró a su concubina y la cortó por los huesos en doce pedazos. Los envió por todo el territorio de Israel.
19:30 Todo el que lo veía decía: «Nunca ha sucedido ni se ha visto algo así desde el día en que los israelitas subieron de la tierra de Egipto hasta hoy. ¡Reflexionen sobre esto, deliberen y hablen!».

Capítulo 20
La guerra contra Benjamín
20:1 Todos los israelitas salieron, y la comunidad se reunió como un solo hombre delante del SEÑOR en Mizpa, desde Dan hasta Beerseba y desde la tierra de Galaad.
20:2 Los jefes de todo el pueblo, de todas las tribus de Israel, ocuparon sus puestos en la asamblea del pueblo de Dios: cuatrocientos mil hombres de infantería que empuñaban la espada.
20:3 Los benjamitas oyeron que los israelitas habían subido a Mizpa. Los israelitas dijeron: «Cuenten cómo sucedió esta maldad».
20:4 El levita, marido de la mujer asesinada, respondió: «Llegué con mi concubina a Gabaa de Benjamín para pasar la noche.
20:5 Los hombres de Gabaa se levantaron contra mí y rodearon la casa por la noche. Pensaban matarme, y violaron a mi concubina, que murió.
20:6 Tomé a mi concubina, la corté en pedazos y los envié por todo el territorio de la heredad de Israel, porque habían cometido una atrocidad y una infamia en Israel.
20:7 Todos ustedes son israelitas. Den aquí su parecer y su consejo».
20:8 Todo el pueblo se levantó como un solo hombre y dijo: «Ninguno de nosotros irá a su tienda, ni ninguno volverá a su casa.
20:9 Esto es lo que haremos contra Gabaa: subiremos contra ella por sorteo.
20:10 Tomaremos de todas las tribus de Israel diez hombres de cada cien, cien de cada mil y mil de cada diez mil para conseguir provisiones para el pueblo. Así, al llegar a Gabaa de Benjamín, le pagaremos por toda la infamia que ha cometido en Israel».
20:11 Todos los hombres de Israel se reunieron contra la ciudad, unidos como un solo hombre.
Israel exige la entrega de los culpables de Gabaa
20:12 Las tribus de Israel enviaron hombres por todos los clanes de Benjamín para decir: «¿Qué es esta maldad que ha sucedido entre ustedes?
20:13 Ahora entreguen a los hombres perversos de Gabaa para que los matemos y eliminemos el mal de Israel». Pero los benjamitas no quisieron escuchar la voz de sus hermanos, los israelitas.
20:14 Los benjamitas se reunieron desde sus ciudades en Gabaa para salir a luchar contra los israelitas.
20:15 Aquel día se contaron de las ciudades de Benjamín veintiséis mil hombres que empuñaban la espada, además de los habitantes de Gabaa, entre quienes se contaron setecientos hombres escogidos.
20:16 Entre toda aquella gente había setecientos hombres escogidos que eran zurdos. Todos podían lanzar una piedra con la honda contra un cabello sin fallar.
20:17 Se contaron entre los israelitas, sin incluir a Benjamín, cuatrocientos mil hombres que empuñaban la espada, todos hombres de guerra.
Israel consulta al Señor antes de combatir
20:18 Se levantaron, subieron a Betel y consultaron a Dios. Los israelitas preguntaron: «¿Quién de nosotros subirá primero a luchar contra los benjamitas?». El SEÑOR respondió: «Judá irá primero».
20:19 Los israelitas se levantaron por la mañana y acamparon frente a Gabaa.
20:20 Los hombres de Israel salieron a luchar contra Benjamín y se dispusieron para la batalla contra ellos junto a Gabaa.
20:21 Los benjamitas salieron de Gabaa y aquel día derribaron muertos a veintidós mil hombres de Israel.
20:22 Pero el pueblo, los hombres de Israel, cobró ánimo y volvió a disponerse para la batalla en el mismo lugar donde lo había hecho el primer día.
20:23 Los israelitas habían subido y llorado delante del SEÑOR hasta la tarde. Consultaron al SEÑOR: «¿Volveré a acercarme a luchar contra los benjamitas, mis hermanos?». El SEÑOR respondió: «Suban contra ellos».
20:24 El segundo día los israelitas avanzaron contra los benjamitas.
20:25 El segundo día Benjamín salió de Gabaa a su encuentro y derribó muertos a otros dieciocho mil israelitas, todos hombres que empuñaban la espada.
Israel vuelve al Señor entre llanto, ayuno y sacrificios
20:26 Entonces todos los israelitas, todo el pueblo, subieron y llegaron a Betel. Lloraron y permanecieron allí delante del SEÑOR. Ayunaron aquel día hasta la tarde y ofrecieron holocaustos y sacrificios de paz delante del SEÑOR.
20:27 Los israelitas consultaron al SEÑOR. En aquellos días estaba allí el arca del pacto de Dios,
20:28 y Finees, hijo de Eleazar, hijo de Aarón, ministraba delante de ella. Preguntaron: «¿Volveré a salir a luchar contra los benjamitas, mis hermanos, o debo detenerme?». El SEÑOR respondió: «Suban, porque mañana los entregaré en tus manos».
La tercera batalla cambia el desenlace
20:29 Israel tendió emboscadas alrededor de Gabaa.
20:30 El tercer día los israelitas subieron contra los benjamitas y se dispusieron frente a Gabaa como las otras veces.
20:31 Los benjamitas salieron al encuentro del pueblo y fueron alejados de la ciudad. Como las otras veces, comenzaron a matar a algunos del pueblo en los caminos, uno de los cuales sube a Betel y otro a Gabaa, y en el campo. Mataron a unos treinta hombres de Israel.
20:32 Los benjamitas decían: «Están siendo derrotados ante nosotros como al principio». Pero los israelitas habían dicho: «Huyamos y alejémoslos de la ciudad hacia los caminos».
20:33 Todos los hombres de Israel se levantaron de sus puestos y se dispusieron en Baal-tamar. Los israelitas emboscados salieron de su escondite, desde el descampado de Gabaa.
20:34 Diez mil hombres escogidos de todo Israel avanzaron frente a Gabaa. La batalla era intensa, y los benjamitas no sabían que el desastre se acercaba a ellos.
20:35 El SEÑOR derrotó a Benjamín ante Israel. Aquel día los israelitas mataron a veinticinco mil cien hombres de Benjamín, todos hombres que empuñaban la espada.
Cómo se produjo la derrota de Benjamín
20:36 Los benjamitas vieron que estaban derrotados. Los hombres de Israel habían cedido terreno a Benjamín porque confiaban en la emboscada que habían tendido contra Gabaa.
20:37 Los hombres emboscados se apresuraron y se lanzaron contra Gabaa. Se desplegaron y mataron a filo de espada a todos los habitantes de la ciudad.
20:38 La señal convenida entre los hombres de Israel y los emboscados era que estos hicieran subir de la ciudad una gran columna de humo.
20:39 Cuando los hombres de Israel retrocedieron en la batalla, los benjamitas comenzaron a matar a unos treinta de ellos. Decían: «Sin duda están siendo derrotados ante nosotros como en la primera batalla».
20:40 Pero comenzó a subir de la ciudad la señal, una columna de humo. Los benjamitas miraron atrás y vieron que toda la ciudad subía en humo hacia el cielo.
20:41 Los hombres de Israel se volvieron, y los benjamitas se aterrorizaron, porque vieron que el desastre los había alcanzado.
20:42 Dieron la espalda a los hombres de Israel y huyeron hacia el camino del desierto, pero la batalla los alcanzó. Los que salían de las ciudades los destruían en medio de ellos.
20:43 Cercaron a Benjamín, lo persiguieron y lo aplastaron sin dificultad hasta enfrente de Gabaa, al oriente.
20:44 Cayeron dieciocho mil hombres de Benjamín, todos guerreros valientes.
20:45 Los demás se volvieron y huyeron hacia el desierto, a la roca de Rimón. Los israelitas abatieron a cinco mil de ellos en los caminos, los persiguieron hasta Gidom y mataron a otros dos mil.
20:46 En total, aquel día cayeron veinticinco mil hombres de Benjamín que empuñaban la espada, todos guerreros valientes.
Los sobrevivientes de Benjamín se refugian en Rimón
20:47 Seiscientos hombres se volvieron y huyeron al desierto, a la roca de Rimón. Permanecieron en la roca de Rimón durante cuatro meses.
20:48 Los hombres de Israel volvieron contra los benjamitas y pasaron a filo de espada las ciudades enteras, el ganado y todo lo que encontraron. También incendiaron todas las ciudades que hallaron.

Capítulo 21
El juramento y la supervivencia de Benjamín
21:1 Los hombres de Israel habían jurado en Mizpa: «Ninguno de nosotros dará a su hija por esposa a un benjamita».
21:2 El pueblo llegó a Betel y permaneció allí hasta la tarde delante de Dios. Alzaron la voz y lloraron amargamente.
21:3 Decían: «SEÑOR, Dios de Israel, ¿por qué ha sucedido esto en Israel, que hoy falte una tribu de Israel?».
21:4 Al día siguiente el pueblo se levantó temprano, construyó allí un altar y ofreció holocaustos y sacrificios de paz.
21:5 Los israelitas preguntaron: «¿Quién de todas las tribus de Israel no subió a la asamblea delante del SEÑOR?». Porque habían hecho un juramento solemne contra quien no subiera ante el SEÑOR en Mizpa: «Sin falta morirá».
21:6 Los israelitas sintieron compasión por Benjamín, su hermano, y dijeron: «Hoy ha sido cortada una tribu de Israel.
21:7 ¿Qué haremos para conseguir esposas a los sobrevivientes? Hemos jurado por el SEÑOR que no les daremos a nuestras hijas por esposas».
La expedición contra Jabes-galaad
21:8 Preguntaron: «¿Quién de las tribus de Israel no subió ante el SEÑOR en Mizpa?». No había venido al campamento, a la asamblea, ningún hombre de Jabes-galaad.
21:9 Se contó al pueblo y no había allí nadie de los habitantes de Jabes-galaad.
21:10 La comunidad envió allá a doce mil guerreros valientes y les ordenó: «Vayan y maten a filo de espada a los habitantes de Jabes-galaad, incluidas las mujeres y los niños.
21:11 Esto es lo que harán: destruirán por completo a todo varón y a toda mujer que haya tenido relaciones con un hombre».
21:12 Encontraron entre los habitantes de Jabes-galaad a cuatrocientas muchachas vírgenes que no habían tenido relaciones con ningún hombre. Las llevaron al campamento de Silo, en la tierra de Canaán.
La comunidad ofrece paz a Benjamín
21:13 Toda la comunidad envió mensajeros para hablar a los benjamitas que estaban en la roca de Rimón y ofrecerles la paz.
21:14 Entonces los benjamitas volvieron, y les dieron a las mujeres de Jabes-galaad que habían dejado con vida. Pero no encontraron suficientes para ellos.
21:15 El pueblo sintió compasión por Benjamín, porque el SEÑOR había abierto una brecha entre las tribus de Israel.
21:16 Los ancianos de la comunidad dijeron: «¿Qué haremos para conseguir esposas a los que quedan? Las mujeres de Benjamín han sido exterminadas».
21:17 Dijeron: «Debe quedar una heredad para los sobrevivientes de Benjamín, para que no sea borrada una tribu de Israel.
21:18 Pero no podemos darles esposas de entre nuestras hijas, porque los israelitas han jurado: “Maldito el que dé esposa a un benjamita”».
El rapto de las jóvenes de Silo
21:19 Entonces dijeron: «Cada año hay una fiesta del SEÑOR en Silo, al norte de Betel, al oriente del camino que sube de Betel a Siquem y al sur de Lebona».
21:20 Les ordenaron a los benjamitas: «Vayan y tiendan una emboscada en los viñedos.
21:21 Estén atentos; cuando las jóvenes de Silo salgan a bailar en corros, salgan de los viñedos y rapten cada uno una esposa de entre las jóvenes de Silo. Luego vayan a la tierra de Benjamín.
21:22 Si sus padres o sus hermanos vienen a reclamarnos, les diremos: “Sean comprensivos con ellos por consideración a nosotros, porque no tomamos en la guerra una esposa para cada uno. Ustedes no se las dieron como para que ahora resulten culpables”».
21:23 Los benjamitas lo hicieron así. Tomaron esposas conforme a su número, raptándolas de entre las que danzaban. Se fueron y volvieron a su heredad, reconstruyeron las ciudades y se establecieron en ellas.
21:24 En aquel tiempo los israelitas partieron de allí, cada uno a su tribu y a su clan. Cada uno salió de allí para ir a su heredad.
21:25 En aquellos días no había rey en Israel. Cada uno hacía lo que bien le parecía.

RUT

Capítulo 1
Una familia de Belén emigra a Moab
1:1 En los días en que gobernaban los jueces hubo hambre en la tierra. Un hombre de Belén de Judá fue a residir en los campos de Moab con su esposa y sus dos hijos.
1:2 El hombre se llamaba Elimelec, su esposa se llamaba Noemí y sus dos hijos se llamaban Mahlón y Quelión. Eran efrateos de Belén de Judá. Llegaron a los campos de Moab y se quedaron allí.
1:3 Elimelec, el marido de Noemí, murió, y ella quedó con sus dos hijos.
1:4 Ellos tomaron por esposas a mujeres moabitas. Una se llamaba Orfa y la otra Rut. Vivieron allí unos diez años.
1:5 También murieron los dos, Mahlón y Quelión, y la mujer quedó sin sus dos hijos y sin su marido.
Noemí emprende el regreso a Judá
1:6 Entonces se dispuso a regresar de los campos de Moab con sus nueras, porque había oído en Moab que el SEÑOR había visitado a su pueblo para darle pan.
1:7 Salió del lugar donde había vivido, acompañada de sus dos nueras, y emprendieron el camino de regreso a la tierra de Judá.
1:8 Noemí les dijo a sus dos nueras: «Vayan, vuelvan cada una a casa de su madre. Que el SEÑOR las trate con bondad, como ustedes han tratado a los que murieron y a mí.
1:9 Que el SEÑOR les conceda encontrar descanso, cada una en casa de su marido». Las besó, y ellas alzaron la voz y lloraron.
1:10 Le dijeron: «No, volveremos contigo a tu pueblo».
1:11 Noemí respondió: «Vuelvan, hijas mías. ¿Por qué van a venir conmigo? ¿Acaso tengo aún hijos en mi vientre que puedan ser sus maridos?
1:12 Vuelvan, hijas mías; váyanse. Ya soy demasiado vieja para casarme. Aunque dijera que aún tengo esperanza, aunque esta misma noche tuviera marido y diera a luz hijos,
1:13 ¿esperarían hasta que crecieran? ¿Se quedarían por ellos sin casarse? No, hijas mías. Mi amargura es mayor que la de ustedes, porque la mano del SEÑOR se ha levantado contra mí».
1:14 Ellas volvieron a alzar la voz y lloraron. Orfa besó a su suegra, pero Rut se aferró a ella.
1:15 Noemí dijo: «Mira, tu cuñada ha vuelto a su pueblo y a sus dioses. Vuelve tú tras tu cuñada».
Rut decide acompañar a Noemí y unirse a su Dios
1:16 Pero Rut respondió: «No insistas en que te abandone y deje de seguirte. Adonde tú vayas, iré yo; donde pases la noche, la pasaré yo. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios.
1:17 Donde mueras, moriré yo, y allí seré sepultada. Así me haga el SEÑOR, y aun más, si algo que no sea la muerte nos separa».
1:18 Al ver que Rut estaba decidida a ir con ella, Noemí dejó de insistirle.
Noemí y Rut llegan a Belén
1:19 Las dos siguieron caminando hasta llegar a Belén. Cuando llegaron a Belén, toda la ciudad se alborotó por ellas, y las mujeres decían: «¿Es esta Noemí?».
1:20 Ella les respondió: «No me llamen Noemí; llámenme Mara, porque el Todopoderoso me ha llenado de amargura.
1:21 Me fui llena, pero el SEÑOR me ha hecho volver vacía. ¿Por qué me llaman Noemí, si el SEÑOR ha dado testimonio contra mí y el Todopoderoso me ha afligido?».
1:22 Así regresó Noemí de los campos de Moab, acompañada de su nuera Rut, la moabita. Llegaron a Belén al comienzo de la cosecha de la cebada.

Capítulo 2
Rut recoge espigas en el campo de Booz
2:1 Noemí tenía un pariente de su marido, un hombre de grandes recursos de la familia de Elimelec, llamado Booz.
2:2 Rut, la moabita, le dijo a Noemí: «Déjame ir al campo a recoger espigas detrás de aquel a cuyos ojos halle favor». Ella respondió: «Ve, hija mía».
2:3 Rut fue y se puso a recoger espigas en el campo detrás de los segadores. Por casualidad llegó a la parcela que pertenecía a Booz, de la familia de Elimelec.
2:4 Booz llegó de Belén y les dijo a los segadores: «¡El SEÑOR esté con ustedes!». Ellos respondieron: «¡El SEÑOR te bendiga!».
2:5 Booz le preguntó al servidor que estaba a cargo de los segadores: «¿De quién es esta joven?».
2:6 El servidor encargado de los segadores respondió: «Es la joven moabita que volvió con Noemí de los campos de Moab.
2:7 Dijo: “Por favor, déjame recoger y juntar espigas entre las gavillas detrás de los segadores”. Llegó y ha seguido trabajando desde la mañana hasta ahora; solo ha descansado un poco en la casa».
Booz ofrece protección a Rut
2:8 Booz le dijo a Rut: «Escucha, hija mía. No vayas a recoger espigas en otro campo ni te alejes de aquí. Quédate junto a mis criadas.
2:9 Fíjate en el campo que estén segando y ve detrás de ellas. He ordenado a los criados que no te toquen. Cuando tengas sed, ve a las vasijas y bebe del agua que hayan sacado los criados».
2:10 Ella cayó rostro en tierra, se postró y le dijo: «¿Por qué he hallado favor a tus ojos para que te fijes en mí, siendo yo extranjera?».
2:11 Booz le respondió: «Me han contado bien todo lo que has hecho por tu suegra después de la muerte de tu marido: que dejaste a tu padre, a tu madre y la tierra donde naciste y viniste a un pueblo que antes no conocías.
2:12 Que el SEÑOR recompense tu obra y recibas una recompensa completa del SEÑOR, Dios de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte».
2:13 Ella dijo: «Que siga hallando favor a tus ojos, señor mío, porque me has consolado y has hablado al corazón de tu sierva, aunque no soy como una de tus criadas».
Booz comparte alimento y facilita la recogida
2:14 A la hora de comer, Booz le dijo: «Acércate, come del pan y moja tu bocado en el vinagre». Ella se sentó junto a los segadores, y él le ofreció grano tostado. Comió hasta quedar satisfecha y todavía le sobró.
2:15 Cuando se levantó a recoger espigas, Booz ordenó a sus criados: «Déjenla recoger incluso entre las gavillas y no la avergüencen.
2:16 Saquen también a propósito algunas espigas de los manojos y déjenlas para que las recoja. No la reprendan».
2:17 Rut recogió espigas en el campo hasta la tarde. Desgranó lo que había recogido, y resultaron unos veintidós litros de cebada.
2:18 Lo cargó y entró en la ciudad. Su suegra vio lo que había recogido. Rut también sacó lo que le había sobrado después de comer hasta quedar satisfecha y se lo dio.
Noemí reconoce a un pariente con derecho de redención
2:19 Su suegra le preguntó: «¿Dónde has recogido espigas hoy? ¿Dónde has trabajado? ¡Bendito sea el que se ha fijado en ti!». Ella le contó a su suegra con quién había trabajado y dijo: «El hombre con quien trabajé hoy se llama Booz».
2:20 Noemí le dijo a su nuera: «Bendito sea por el SEÑOR, pues no ha dejado de mostrar su bondad a los vivos y a los muertos». Noemí añadió: «Ese hombre es pariente nuestro, uno de los que pueden redimirnos».
2:21 Rut, la moabita, dijo: «Además, me dijo: “Quédate junto a mis trabajadores hasta que terminen toda mi cosecha”».
2:22 Noemí le respondió a Rut, su nuera: «Es bueno, hija mía, que salgas con sus criadas; así no te molestarán en otro campo».
2:23 Rut se quedó junto a las criadas de Booz recogiendo espigas hasta que terminaron la cosecha de la cebada y la del trigo. Vivía con su suegra.

Capítulo 3
Rut y Booz en la era
3:1 Noemí, su suegra, le dijo: «Hija mía, ¿no debo buscarte un lugar de descanso para que te vaya bien?
3:2 Booz, con cuyas criadas has estado, ¿no es pariente nuestro? Esta noche estará aventando cebada en la era.
3:3 Báñate, úngete, ponte tu ropa y baja a la era. No te des a conocer al hombre hasta que haya terminado de comer y beber.
3:4 Cuando se acueste, fíjate en el lugar donde se acuesta. Entonces ve, destapa sus pies y acuéstate. Él te dirá lo que debes hacer».
3:5 Ella respondió: «Haré todo lo que me digas».
3:6 Bajó a la era e hizo todo lo que su suegra le había ordenado.
3:7 Booz comió y bebió, y su corazón estaba alegre. Fue a acostarse junto al extremo del montón de grano. Ella se acercó en silencio, destapó sus pies y se acostó.
3:8 A medianoche el hombre se estremeció y se volvió. Una mujer estaba acostada a sus pies.
Rut pide el amparo de Booz como pariente redentor
3:9 Él preguntó: «¿Quién eres?». Ella respondió: «Soy Rut, tu sierva. Extiende el borde de tu manto sobre tu sierva, porque eres un pariente con derecho de redención».
3:10 Él dijo: «El SEÑOR te bendiga, hija mía. Esta última muestra de lealtad tuya supera a la primera, porque no has ido tras los jóvenes, sean pobres o ricos.
3:11 Ahora, hija mía, no tengas miedo. Haré por ti todo lo que digas, porque toda la gente de mi pueblo sabe que eres una mujer virtuosa.
3:12 Es cierto que tengo derecho de redención, pero hay otro pariente con ese derecho más cercano que yo.
3:13 Pasa aquí la noche. Por la mañana, si él quiere redimirte, bien, que te redima. Pero, si no quiere redimirte, yo te redimiré, ¡vive el SEÑOR! Acuéstate hasta la mañana».
3:14 Ella permaneció acostada a sus pies hasta la mañana y se levantó antes de que una persona pudiera reconocer a otra. Él había dicho: «Que no se sepa que la mujer vino a la era».
3:15 Le dijo: «Dame el manto que llevas y sujétalo». Ella lo sujetó, y él midió seis medidas de cebada y se las puso encima. Después él regresó a la ciudad.
3:16 Rut llegó a donde estaba su suegra, que le preguntó: «¿Cómo te ha ido, hija mía?». Ella le contó todo lo que el hombre había hecho por ella.
3:17 Añadió: «Me dio estas seis medidas de cebada, pues dijo: “No vuelvas a tu suegra con las manos vacías”».
3:18 Noemí dijo: «Espera, hija mía, hasta saber cómo se resuelve el asunto. Ese hombre no descansará hasta haber resuelto hoy el asunto».

Capítulo 4
Booz se casa con Rut
4:1 Booz subió a la puerta de la ciudad y se sentó allí. En ese momento pasaba el pariente con derecho de redención del que Booz había hablado. Le dijo: «Ven acá, fulano, y siéntate aquí». Él se acercó y se sentó.
4:2 Booz tomó a diez hombres de los ancianos de la ciudad y les dijo: «Siéntense aquí». Ellos se sentaron.
4:3 Le dijo al pariente con derecho de redención: «Noemí, que ha vuelto de los campos de Moab, vende la parcela que pertenecía a nuestro hermano Elimelec.
4:4 He decidido hacértelo saber y decirte: “Cómprala delante de los que están aquí sentados y delante de los ancianos de mi pueblo”. Si quieres redimirla, redímela; y, si no, dímelo para que yo lo sepa. No hay nadie con derecho a redimirla antes que tú, y yo voy después de ti». Él respondió: «Yo la redimiré».
4:5 Booz dijo: «El día que compres el campo de manos de Noemí, adquirirás también a Rut, la moabita, esposa del difunto, para mantener el nombre del difunto sobre su heredad».
4:6 El pariente con derecho de redención respondió: «No puedo redimirla para mí, no sea que perjudique mi propia heredad. Ejerce tú mi derecho de redención, porque yo no puedo redimirla».
4:7 Antiguamente en Israel, para confirmar cualquier asunto de redención o intercambio, uno se quitaba la sandalia y se la daba al otro. Esta era la forma de dar testimonio en Israel.
4:8 El pariente con derecho de redención le dijo a Booz: «Cómprala tú», y se quitó la sandalia.
4:9 Booz les dijo a los ancianos y a todo el pueblo: «Hoy ustedes son testigos de que he adquirido de manos de Noemí todo lo que pertenecía a Elimelec y todo lo que pertenecía a Quelión y a Mahlón.
4:10 También he adquirido por esposa a Rut, la moabita, esposa de Mahlón, para mantener el nombre del difunto sobre su heredad y para que su nombre no desaparezca de entre sus hermanos ni de la puerta de su localidad. Hoy ustedes son testigos».
4:11 Todo el pueblo que estaba a la puerta y los ancianos respondieron: «Somos testigos. Que el SEÑOR haga a la mujer que entra en tu casa como Raquel y Lea, las dos que edificaron la casa de Israel. Que prosperes en Efrata y alcances renombre en Belén.
4:12 Que, por la descendencia que el SEÑOR te dé de esta joven, tu casa sea como la casa de Fares, a quien Tamar dio a luz para Judá».
El nacimiento de Obed renueva la esperanza de Noemí
4:13 Booz tomó a Rut y ella fue su esposa. Se acostó con ella, y el SEÑOR le concedió concebir y dar a luz un hijo.
4:14 Las mujeres le decían a Noemí: «Bendito sea el SEÑOR, que no te ha dejado hoy sin redentor. Que su nombre sea celebrado en Israel.
4:15 Él te devolverá la vida y te sustentará en tu vejez, porque lo ha dado a luz tu nuera, que te ama y que vale para ti más que siete hijos».
4:16 Noemí tomó al niño, lo puso en su regazo y se encargó de cuidarlo.
4:17 Las vecinas le dieron nombre, diciendo: «A Noemí le ha nacido un hijo». Lo llamaron Obed. Él fue padre de Isaí, padre de David.
La descendencia de Fares hasta David
4:18 Estos son los descendientes de Fares: Fares engendró a Hezrón;
4:19 Hezrón engendró a Ram y Ram engendró a Aminadab;
4:20 Aminadab engendró a Naasón y Naasón engendró a Salma;
4:21 Salmón engendró a Booz y Booz engendró a Obed;
4:22 Obed engendró a Isaí e Isaí engendró a David.

1 SAMUEL

Capítulo 1
Nacimiento de Samuel
1:1 Había un hombre de Ramataim-zofim, en la región montañosa de Efraín, llamado Elcana, hijo de Jeroham, hijo de Eliú, hijo de Tohu, hijo de Zuf, efrateo.
1:2 Tenía dos esposas: una se llamaba Ana y la otra Penina. Penina tenía hijos, pero Ana no tenía hijos.
1:3 Cada año aquel hombre subía de su ciudad para adorar y ofrecer sacrificios al SEÑOR de los ejércitos en Silo. Allí estaban los dos hijos de Elí, Ofni y Finees, sacerdotes del SEÑOR.
1:4 Cuando llegaba el día en que Elcana ofrecía el sacrificio, daba porciones a su esposa Penina y a todos sus hijos e hijas.
1:5 Pero a Ana le daba una porción doble, porque amaba a Ana, aunque el SEÑOR había cerrado su vientre.
1:6 Su rival la provocaba amargamente para irritarla, porque el SEÑOR había cerrado su vientre.
1:7 Así sucedía año tras año. Cada vez que Ana subía a la casa del SEÑOR, su rival la provocaba de esa manera. Por eso Ana lloraba y no comía.
1:8 Elcana, su marido, le decía: «Ana, ¿por qué lloras? ¿Por qué no comes? ¿Por qué está triste tu corazón? ¿No soy yo para ti mejor que diez hijos?».
La oración y el voto de Ana
1:9 Ana se levantó después de comer y beber en Silo. El sacerdote Elí estaba sentado en su silla junto al poste de la puerta del templo del SEÑOR.
1:10 Ella, con el alma amargada, oraba al SEÑOR y lloraba intensamente.
1:11 Hizo un voto y dijo: «SEÑOR de los ejércitos, si miras la aflicción de tu sierva, te acuerdas de mí y no olvidas a tu sierva, sino que le das un hijo varón, yo lo daré al SEÑOR durante todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza».
1:12 Mientras ella prolongaba su oración delante del SEÑOR, Elí observaba su boca.
1:13 Ana hablaba en su corazón. Solo se movían sus labios, pero su voz no se oía. Por eso Elí pensó que estaba borracha.
1:14 Elí le dijo: «¿Hasta cuándo vas a estar borracha? ¡Deja el vino!».
1:15 Ana respondió: «No, señor mío. Soy una mujer angustiada en espíritu. No he bebido vino ni bebida embriagadora; he derramado mi alma delante del SEÑOR.
1:16 No tengas a tu sierva por una mujer perversa. He hablado hasta ahora por mi gran congoja y aflicción».
1:17 Elí respondió: «Ve en paz, y que el Dios de Israel te conceda la petición que le has hecho».
1:18 Ella dijo: «Que tu sierva halle favor a tus ojos». La mujer siguió su camino y comió, y su rostro ya no estaba triste.
1:19 Se levantaron temprano por la mañana, adoraron delante del SEÑOR y regresaron a su casa en Ramá. Elcana tuvo relaciones con Ana, su esposa, y el SEÑOR se acordó de ella.
1:20 A su debido tiempo, Ana concibió y dio a luz un hijo. Lo llamó Samuel, porque dijo: «Se lo pedí al SEÑOR».
La dedicación de Samuel al servicio del SEÑOR
1:21 Elcana subió con toda su familia para ofrecer al SEÑOR el sacrificio anual y cumplir su voto.
1:22 Pero Ana no subió, pues le dijo a su marido: «Cuando el niño sea destetado, lo llevaré para que se presente delante del SEÑOR y se quede allí para siempre».
1:23 Elcana, su marido, le respondió: «Haz lo que te parezca bien. Quédate hasta que lo destetes. Que el SEÑOR confirme su palabra». La mujer se quedó y amamantó a su hijo hasta que lo destetó.
1:24 Después de destetarlo, lo llevó consigo a la casa del SEÑOR en Silo, junto con tres toros, unos veintidós litros de harina y un odre de vino. El niño era todavía pequeño.
1:25 Sacrificaron el toro y llevaron al niño a Elí.
1:26 Ella dijo: «Por favor, señor mío, tan cierto como que vives, señor mío, yo soy la mujer que estuvo aquí junto a ti orando al SEÑOR.
1:27 Por este niño oraba, y el SEÑOR me ha concedido la petición que le hice.
1:28 Por eso yo también lo entrego al SEÑOR. Durante todos los días que viva, estará dedicado al SEÑOR». Y adoró allí al SEÑOR.

Capítulo 2
Cántico de Ana
2:1 Ana oró y dijo:
 «Mi corazón se alegra en el SEÑOR;
   mi poder se eleva en el SEÑOR.
   Mi boca se ensancha contra mis enemigos, porque me alegro en tu salvación.
2:2 No hay santo como el SEÑOR, porque no hay nadie fuera de ti;
   no hay roca como nuestro Dios.
2:3 No sigan hablando con tanta altivez;
   que no salga arrogancia de su boca.
   Porque el SEÑOR es un Dios que todo lo sabe, y por él son pesadas las acciones.
2:4 Los arcos de los guerreros se quiebran, y los que tropezaban se ciñen de fuerza.
2:5 Los que estaban saciados se contratan por pan, y los hambrientos dejan de tener hambre.
   La estéril da a luz siete hijos, y la que tenía muchos hijos se marchita.
2:6 El SEÑOR da muerte y da vida;
   hace bajar al Seol y hace subir.
2:7 El SEÑOR empobrece y enriquece;
   humilla y también enaltece.
2:8 Levanta del polvo al pobre y del basurero alza al necesitado, para sentarlos con nobles y darles en herencia un trono de honor.
   Porque del SEÑOR son los pilares de la tierra, y sobre ellos ha colocado el mundo.
2:9 Él guarda los pies de sus fieles, pero los malvados quedan en silencio en las tinieblas, porque nadie prevalece por su propia fuerza.
2:10 Los adversarios del SEÑOR serán quebrantados;
   desde el cielo tronará contra ellos.
   El SEÑOR juzgará los confines de la tierra.
   Dará fuerza a su rey y exaltará el poder de su ungido».
2:11 Elcana regresó a su casa en Ramá, y el niño servía al SEÑOR bajo la dirección del sacerdote Elí.
El pecado de los hijos de Elí
2:12 Los hijos de Elí eran hombres perversos; no conocían al SEÑOR.
2:13 Esta era la costumbre de los sacerdotes con el pueblo: cuando alguien ofrecía un sacrificio, venía el servidor del sacerdote mientras se cocía la carne, con un tenedor de tres dientes en la mano.
2:14 Lo metía en el perol, en la olla, en el caldero o en la cazuela, y el sacerdote tomaba para sí todo lo que sacaba el tenedor. Así hacían con todos los israelitas que llegaban allí a Silo.
2:15 Incluso antes de que se quemara la grasa, el servidor del sacerdote venía y le decía al que ofrecía el sacrificio: «Da carne para asar al sacerdote, porque no aceptará de ti carne cocida, sino cruda».
2:16 Si el hombre le decía: «Que primero se queme la grasa y luego toma cuanto desees», él respondía: «No, me la darás ahora; si no, la tomaré por la fuerza».
2:17 El pecado de los jóvenes era muy grande delante del SEÑOR, porque aquellos hombres despreciaban la ofrenda del SEÑOR.
Samuel crece al servicio del SEÑOR
2:18 Pero Samuel servía delante del SEÑOR; era un niño vestido con un efod de lino.
2:19 Su madre le hacía un manto pequeño y se lo llevaba cada año, cuando subía con su marido para ofrecer el sacrificio anual.
2:20 Elí bendecía a Elcana y a su esposa y decía: «Que el SEÑOR te dé descendencia de esta mujer en lugar del que fue pedido al SEÑOR». Después volvían a su lugar.
2:21 El SEÑOR visitó a Ana, y ella concibió y dio a luz tres hijos y dos hijas. El niño Samuel crecía junto al SEÑOR.
Elí amonesta a sus hijos por su conducta
2:22 Elí era ya muy anciano. Oía todo lo que sus hijos hacían a todo Israel y cómo se acostaban con las mujeres que servían a la entrada de la tienda de reunión.
2:23 Les dijo: «¿Por qué hacen estas cosas? Oigo de todo este pueblo sus malas acciones.
2:24 No, hijos míos. No es buena la noticia que oigo circular entre el pueblo del SEÑOR.
2:25 Si un hombre peca contra otro, Dios puede juzgarlo; pero, si un hombre peca contra el SEÑOR, ¿quién intercederá por él?». Pero ellos no escucharon la voz de su padre, porque el SEÑOR había decidido darles muerte.
2:26 El niño Samuel seguía creciendo y gozaba del favor del SEÑOR y también de la gente.
Un profeta anuncia el juicio sobre la casa de Elí
2:27 Un hombre de Dios vino a Elí y le dijo: «Así dice el SEÑOR: ¿No me revelé claramente a la casa de tu padre cuando estaban en Egipto, en la casa del faraón?
2:28 Lo escogí de entre todas las tribus de Israel para que fuera mi sacerdote, subiera a mi altar, quemara incienso y llevara el efod delante de mí. Di a la casa de tu padre todas las ofrendas quemadas de los israelitas.
2:29 ¿Por qué pisotean mi sacrificio y mi ofrenda, que mandé ofrecer en mi morada? Tú honras a tus hijos más que a mí, engordándose ustedes con lo mejor de todas las ofrendas de mi pueblo Israel.
2:30 Por eso declara el SEÑOR, Dios de Israel: “Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí para siempre”. Pero ahora el SEÑOR declara: “¡Lejos de mí tal cosa! Honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco.
2:31 Vienen días en que cortaré tu brazo y el brazo de la casa de tu padre, de modo que no haya anciano en tu casa.
2:32 Verás aflicción en mi morada, aun cuando todo vaya bien para Israel. Nunca habrá anciano en tu casa.
2:33 Al que de los tuyos no elimine de mi altar lo dejaré para consumir tus ojos y llenar de dolor tu alma. Todos los descendientes de tu casa morirán en la edad adulta.
2:34 Esta será para ti la señal que les sucederá a tus dos hijos, Ofni y Finees: los dos morirán el mismo día.
2:35 Yo levantaré para mí un sacerdote fiel, que hará lo que está en mi corazón y en mi alma. Le edificaré una casa firme, y andará delante de mi ungido todos los días.
2:36 Todo el que quede de tu casa vendrá a postrarse ante él por una moneda de plata y un pan, y dirá: ‘Por favor, agrégame a alguna de las funciones sacerdotales para que pueda comer un bocado de pan’”».

Capítulo 3
El SEÑOR llama a Samuel
3:1 El joven Samuel servía al SEÑOR bajo la dirección de Elí. En aquellos días la palabra del SEÑOR era escasa y las visiones no eran frecuentes.
3:2 Un día Elí estaba acostado en su lugar. Sus ojos habían comenzado a debilitarse y no podía ver.
3:3 La lámpara de Dios aún no se había apagado. Samuel estaba acostado en el templo del SEÑOR, donde estaba el arca de Dios.
3:4 El SEÑOR llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy».
3:5 Corrió hacia Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Él respondió: «No te he llamado. Vuelve a acostarte». Samuel fue y se acostó.
3:6 El SEÑOR volvió a llamar: «¡Samuel!». Samuel se levantó, fue a Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Él respondió: «No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte».
3:7 Samuel aún no conocía al SEÑOR, y la palabra del SEÑOR todavía no le había sido revelada.
3:8 El SEÑOR volvió a llamar a Samuel por tercera vez. Él se levantó, fue a Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Entonces Elí comprendió que el SEÑOR llamaba al joven.
3:9 Elí le dijo a Samuel: «Ve a acostarte. Si te llama, dirás: “Habla, SEÑOR, porque tu siervo oye”». Samuel fue y se acostó en su lugar.
3:10 El SEÑOR vino, se presentó y llamó como las otras veces: «¡Samuel, Samuel!». Samuel respondió: «Habla, porque tu siervo oye».
El SEÑOR confirma el juicio sobre la casa de Elí
3:11 El SEÑOR le dijo a Samuel: «Voy a hacer algo en Israel que hará zumbar los dos oídos de todo el que lo escuche.
3:12 Aquel día cumpliré contra Elí todo lo que he dicho acerca de su casa, de principio a fin.
3:13 Le he anunciado que juzgaré a su casa para siempre por la maldad que él conocía: sus hijos se atraían maldición, y él no los corrigió.
3:14 Por eso he jurado a la casa de Elí que su maldad jamás será expiada por sacrificio ni por ofrenda».
Samuel comunica a Elí la palabra recibida
3:15 Samuel permaneció acostado hasta la mañana y después abrió las puertas de la casa del SEÑOR. Samuel tenía miedo de contarle la visión a Elí.
3:16 Elí llamó a Samuel y dijo: «Samuel, hijo mío». Él respondió: «Aquí estoy».
3:17 Elí preguntó: «¿Qué te ha dicho? Por favor, no me lo ocultes. Así te haga Dios, y aun más, si me ocultas una sola palabra de todo lo que te ha dicho».
3:18 Samuel se lo contó todo sin ocultarle nada. Elí dijo: «Él es el SEÑOR. Que haga lo que le parezca bien».
Samuel es reconocido como profeta del SEÑOR
3:19 Samuel crecía, y el SEÑOR estaba con él y no dejó que ninguna de sus palabras cayera a tierra.
3:20 Todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, supo que Samuel había sido confirmado como profeta del SEÑOR.
3:21 El SEÑOR siguió apareciéndose en Silo, porque el SEÑOR se revelaba a Samuel en Silo por medio de la palabra del SEÑOR.

Capítulo 4
Los filisteos capturan el arca
4:1 La palabra de Samuel llegaba a todo Israel. Israel salió a luchar contra los filisteos y acampó junto a Eben-ezer, mientras los filisteos acampaban en Afec.
4:2 Los filisteos se dispusieron para enfrentar a Israel. Se extendió la batalla, e Israel fue derrotado por los filisteos, que mataron a unos cuatro mil hombres en el campo de batalla.
4:3 Cuando el pueblo volvió al campamento, los ancianos de Israel dijeron: «¿Por qué nos ha derrotado hoy el SEÑOR ante los filisteos? Traigamos de Silo el arca del pacto del SEÑOR, para que venga entre nosotros y nos salve de manos de nuestros enemigos».
4:4 El pueblo envió hombres a Silo, y trajeron de allí el arca del pacto del SEÑOR de los ejércitos, que está entronizado sobre los querubines. Los dos hijos de Elí, Ofni y Finees, estaban allí con el arca del pacto de Dios.
4:5 Cuando el arca del pacto del SEÑOR llegó al campamento, todo Israel lanzó un grito tan grande que la tierra retumbó.
4:6 Los filisteos oyeron el griterío y dijeron: «¿Qué es ese gran grito en el campamento de los hebreos?». Supieron que el arca del SEÑOR había llegado al campamento.
4:7 Los filisteos tuvieron miedo, porque decían: «Dios ha venido al campamento». Dijeron: «¡Ay de nosotros! Nunca antes había sucedido algo así.
4:8 ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de manos de estos dioses poderosos? Son los dioses que hirieron a Egipto con toda clase de plagas en el desierto.
4:9 ¡Cobren ánimo y sean hombres, filisteos, para que no sirvan a los hebreos como ellos les han servido a ustedes! ¡Sean hombres y luchen!».
4:10 Los filisteos lucharon, e Israel fue derrotado. Cada uno huyó a su tienda. La matanza fue muy grande: cayeron treinta mil hombres de infantería de Israel.
4:11 El arca de Dios fue capturada, y murieron los dos hijos de Elí, Ofni y Finees.
La noticia de la derrota llega a Silo
4:12 Un hombre de Benjamín corrió desde el campo de batalla y llegó aquel mismo día a Silo, con la ropa rasgada y tierra sobre la cabeza.
4:13 Cuando llegó, Elí estaba sentado en su silla junto al camino, vigilando, porque su corazón temblaba por el arca de Dios. El hombre entró en la ciudad a dar la noticia, y toda la ciudad lanzó un clamor.
4:14 Elí oyó el clamor y preguntó: «¿Qué es ese tumulto?». El hombre se apresuró, llegó y le dio la noticia a Elí.
4:15 Elí tenía noventa y ocho años. Sus ojos estaban fijos y no podía ver.
4:16 El hombre le dijo a Elí: «Vengo del campo de batalla. Hoy he huido de allí». Él preguntó: «¿Qué ha sucedido, hijo mío?».
4:17 El mensajero respondió: «Israel ha huido ante los filisteos, y el pueblo ha sufrido una gran matanza. También han muerto tus dos hijos, Ofni y Finees, y el arca de Dios ha sido capturada».
4:18 Cuando mencionó el arca de Dios, Elí cayó de espaldas de su silla, junto a la puerta. Se rompió la nuca y murió, porque era anciano y pesado. Había sido juez de Israel durante cuarenta años.
El nacimiento de Icabod en medio del duelo
4:19 Su nuera, la esposa de Finees, estaba embarazada y próxima a dar a luz. Al oír la noticia de que el arca de Dios había sido capturada y de que su suegro y su marido habían muerto, se agachó y dio a luz, porque le sobrevinieron los dolores.
4:20 Cuando estaba muriendo, las mujeres que la atendían le dijeron: «No tengas miedo, has dado a luz un hijo». Pero ella no respondió ni prestó atención.
4:21 Llamó al niño Icabod, diciendo: «La gloria ha partido de Israel», por la captura del arca de Dios y por su suegro y su marido.
4:22 Dijo: «La gloria ha partido de Israel, porque el arca de Dios ha sido capturada».

Capítulo 5
El arca en tierra de los filisteos
5:1 Los filisteos capturaron el arca de Dios y la llevaron de Eben-ezer a Asdod.
5:2 Los filisteos tomaron el arca de Dios, la llevaron al templo de Dagón y la colocaron junto a Dagón.
5:3 Al día siguiente, cuando los de Asdod se levantaron temprano, encontraron a Dagón caído rostro en tierra delante del arca del SEÑOR. Tomaron a Dagón y lo devolvieron a su lugar.
5:4 A la mañana siguiente se levantaron temprano y encontraron de nuevo a Dagón caído rostro en tierra delante del arca del SEÑOR. La cabeza de Dagón y las dos palmas de sus manos estaban cortadas sobre el umbral. Solo le quedaba el tronco.
5:5 Por eso, hasta el día de hoy, los sacerdotes de Dagón y todos los que entran en su templo de Asdod no pisan el umbral de Dagón.
Las ciudades filisteas enfrentan el juicio del SEÑOR
5:6 La mano del SEÑOR cayó pesadamente sobre los de Asdod. Los devastó y los hirió con tumores, tanto a Asdod como a su territorio.
5:7 Al ver lo que sucedía, los hombres de Asdod dijeron: «El arca del Dios de Israel no debe quedarse con nosotros, porque su mano es dura contra nosotros y contra Dagón, nuestro dios».
5:8 Enviaron a reunir a todos los gobernantes de los filisteos y preguntaron: «¿Qué haremos con el arca del Dios de Israel?». Ellos respondieron: «Que el arca del Dios de Israel sea trasladada a Gat». Y trasladaron el arca del Dios de Israel.
5:9 Después de trasladarla, la mano del SEÑOR cayó sobre la ciudad y causó un pánico enorme. Hirió a los hombres de la ciudad, pequeños y grandes, y les brotaron tumores.
5:10 Entonces enviaron el arca de Dios a Ecrón. Cuando el arca de Dios llegó a Ecrón, los ecronitas gritaron: «Han traído a mí el arca del Dios de Israel para matarme a mí y a mi pueblo».
5:11 Enviaron a reunir a todos los gobernantes de los filisteos y dijeron: «Envíen el arca del Dios de Israel de vuelta a su lugar para que no me mate a mí y a mi pueblo». Había un terror mortal en toda la ciudad, porque la mano de Dios pesaba mucho sobre ella.
5:12 Los hombres que no morían eran heridos con tumores, y el clamor de la ciudad subía al cielo.

Capítulo 6
Los filisteos devuelven el arca
6:1 El arca del SEÑOR estuvo en territorio de los filisteos durante siete meses.
6:2 Los filisteos llamaron a los sacerdotes y a los adivinos y preguntaron: «¿Qué haremos con el arca del SEÑOR? Dígannos con qué debemos enviarla de vuelta a su lugar».
6:3 Ellos respondieron: «Si envían el arca del Dios de Israel, no la envíen vacía. Sin falta deben devolverle una ofrenda por la culpa. Entonces serán sanados y sabrán por qué su mano no se ha apartado de ustedes».
6:4 Preguntaron: «¿Qué ofrenda por la culpa debemos devolverle?». Respondieron: «Cinco tumores de oro y cinco ratones de oro, conforme al número de los gobernantes de los filisteos, porque una misma plaga ha caído sobre todos ustedes y sobre sus gobernantes.
6:5 Hagan figuras de sus tumores y de los ratones que devastan la tierra. Den gloria al Dios de Israel; quizá alivie su mano de sobre ustedes, de sobre sus dioses y de sobre su tierra.
6:6 ¿Por qué han de endurecer su corazón como los egipcios y el faraón endurecieron el suyo? Después de que él los trató con dureza, ¿no dejaron ir a los israelitas y estos se fueron?
6:7 Ahora preparen una carreta nueva y tomen dos vacas que estén criando, sobre las cuales nunca haya sido puesto yugo. Unzan las vacas a la carreta y hagan volver a casa a sus becerros, apartándolos de ellas.
6:8 Tomen el arca del SEÑOR y pónganla en la carreta. Coloquen en un cofre, a su lado, los objetos de oro que le devolverán como ofrenda por la culpa. Después envíenla y déjenla ir.
6:9 Observen: si sube por el camino de su territorio hacia Bet-semes, él nos ha hecho este gran mal. Si no, sabremos que no fue su mano la que nos hirió, sino que nos sucedió por casualidad».
6:10 Los hombres lo hicieron así. Tomaron dos vacas que estaban criando, las uncieron a la carreta y encerraron en casa a sus becerros.
6:11 Pusieron el arca del SEÑOR en la carreta y el cofre con los ratones de oro y las figuras de sus tumores.
6:12 Las vacas siguieron derecho por el camino de Bet-semes. Iban por una sola calzada, caminando y mugiendo, sin apartarse a la derecha ni a la izquierda. Los gobernantes de los filisteos las siguieron hasta el límite de Bet-semes.
El arca llega a Bet-semes
6:13 Los habitantes de Bet-semes estaban cosechando trigo en el valle. Alzaron la vista, vieron el arca y se alegraron de verla.
6:14 La carreta llegó al campo de Josué, de Bet-semes, y se detuvo allí, donde había una piedra grande. Partieron la madera de la carreta y ofrecieron las vacas en holocausto al SEÑOR.
6:15 Los levitas bajaron el arca del SEÑOR y el cofre que estaba con ella, que contenía los objetos de oro, y los pusieron sobre la piedra grande. Aquel día los hombres de Bet-semes ofrecieron holocaustos y sacrificios al SEÑOR.
6:16 Los cinco gobernantes de los filisteos lo vieron y regresaron aquel mismo día a Ecrón.
6:17 Estos son los tumores de oro que los filisteos devolvieron al SEÑOR como ofrenda por la culpa: uno por Asdod, uno por Gaza, uno por Ascalón, uno por Gat y uno por Ecrón.
6:18 Los ratones de oro correspondían al número de todas las ciudades filisteas de los cinco gobernantes, desde las ciudades fortificadas hasta las aldeas sin murallas, y hasta Abel-hagedola, sobre la que depositaron el arca del SEÑOR y que permanece hasta hoy en el campo de Josué, de Bet-semes.
6:19 El Señor hirió a los hombres de Bet-semes porque habían mirado dentro del arca del SEÑOR. Hirió a cincuenta mil setenta hombres del pueblo. El pueblo hizo duelo, porque el SEÑOR lo había herido con una gran matanza.
6:20 Los hombres de Bet-semes dijeron: «¿Quién puede permanecer delante del SEÑOR, este Dios santo? ¿A quién subirá, apartándose de nosotros?».
6:21 Enviaron mensajeros a los habitantes de Quiriat-jearim para decirles: «Los filisteos han devuelto el arca del SEÑOR. Bajen y súbanla a su ciudad».

Capítulo 7
7:1 Los hombres de Quiriat-jearim vinieron y subieron el arca del SEÑOR. La llevaron a la casa de Abinadab, en la colina, y consagraron a su hijo Eleazar para que guardara el arca del SEÑOR.
7:2 Pasó mucho tiempo desde que el arca quedó en Quiriat-jearim: veinte años. Toda la casa de Israel se lamentaba anhelando al SEÑOR.
Samuel, juez de Israel
7:3 Samuel le dijo a toda la casa de Israel: «Si vuelven al SEÑOR con todo su corazón, quiten de en medio de ustedes los dioses extranjeros y a Astarot. Dediquen su corazón al SEÑOR y sírvanle solo a él. Entonces él los librará de manos de los filisteos».
7:4 Los israelitas quitaron a los baales y a Astarot, y sirvieron solo al SEÑOR.
7:5 Samuel dijo: «Reúnan a todo Israel en Mizpa, y yo oraré por ustedes al SEÑOR».
7:6 Se reunieron en Mizpa, sacaron agua y la derramaron delante del SEÑOR. Ayunaron aquel día y dijeron allí: «Hemos pecado contra el SEÑOR». Samuel juzgó a los israelitas en Mizpa.
El SEÑOR libra a Israel en Mizpa
7:7 Los filisteos oyeron que los israelitas se habían reunido en Mizpa, y sus gobernantes subieron contra Israel. Los israelitas lo oyeron y tuvieron miedo de los filisteos.
7:8 Los israelitas le dijeron a Samuel: «No dejes de clamar por nosotros al SEÑOR nuestro Dios, para que nos salve de manos de los filisteos».
7:9 Samuel tomó un cordero que todavía mamaba y lo ofreció entero en holocausto al SEÑOR. Samuel clamó al SEÑOR por Israel, y el SEÑOR le respondió.
7:10 Mientras Samuel ofrecía el holocausto, los filisteos se acercaron para luchar contra Israel. Aquel día el SEÑOR tronó con gran estruendo contra los filisteos, sembró la confusión entre ellos y fueron derrotados ante Israel.
7:11 Los hombres de Israel salieron de Mizpa, persiguieron a los filisteos y los atacaron hasta más abajo de Bet-car.
7:12 Samuel tomó una piedra y la colocó entre Mizpa y Sen. La llamó Eben-ezer, diciendo: «Hasta aquí nos ha ayudado el SEÑOR».
7:13 Los filisteos quedaron sometidos y no volvieron a entrar en el territorio de Israel. La mano del SEÑOR estuvo contra los filisteos durante todos los días de Samuel.
7:14 Las ciudades que los filisteos habían tomado a Israel, desde Ecrón hasta Gat, fueron devueltas a Israel. Israel rescató también sus territorios de manos de los filisteos. Hubo paz entre Israel y los amorreos.
El servicio de Samuel como juez
7:15 Samuel fue juez de Israel durante todos los días de su vida.
7:16 Cada año recorría Betel, Gilgal y Mizpa, y juzgaba a Israel en todos aquellos lugares.
7:17 Después regresaba a Ramá, porque allí estaba su casa. Allí también juzgaba a Israel y construyó un altar al SEÑOR.

Capítulo 8
Israel pide rey
8:1 Cuando Samuel envejeció, puso a sus hijos como jueces de Israel.
8:2 Su hijo primogénito se llamaba Joel, y el segundo Abías. Eran jueces en Beerseba.
8:3 Pero sus hijos no siguieron sus caminos. Se inclinaron hacia la ganancia deshonesta, aceptaron sobornos y torcieron la justicia.
8:4 Todos los ancianos de Israel se reunieron y fueron a ver a Samuel en Ramá.
8:5 Le dijeron: «Ya has envejecido, y tus hijos no siguen tus caminos. Ahora pon sobre nosotros un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones».
8:6 A Samuel le pareció mal que dijeran: «Danos un rey que nos juzgue». Y Samuel oró al SEÑOR.
8:7 El SEÑOR le dijo a Samuel: «Escucha la voz del pueblo en todo lo que te digan. No te han rechazado a ti, sino que me han rechazado a mí para que no reine sobre ellos.
8:8 Lo mismo que han hecho desde el día en que los hice subir de Egipto hasta hoy, abandonándome y sirviendo a otros dioses, también lo hacen contigo.
8:9 Ahora escucha su voz, pero adviérteles solemnemente y explícales cómo actuará el rey que reinará sobre ellos».
Samuel advierte sobre el poder del rey
8:10 Samuel comunicó todas las palabras del SEÑOR al pueblo que le pedía un rey.
8:11 Dijo: «Así actuará el rey que reine sobre ustedes: tomará a sus hijos y los destinará a sus carros y a su caballería, y correrán delante de su carro.
8:12 Nombrará para sí jefes de mil y jefes de cincuenta. Los pondrá a arar sus campos, a cosechar sus mieses y a fabricar sus armas de guerra y el equipo de sus carros.
8:13 Tomará a sus hijas para que preparen perfumes, cocinen y horneen pan.
8:14 Tomará lo mejor de sus campos, de sus viñedos y de sus olivares, y se lo dará a sus servidores.
8:15 Tomará la décima parte de su grano y de sus viñedos y se la dará a sus oficiales y servidores.
8:16 Tomará a sus siervos, a sus siervas, a sus mejores jóvenes y a sus burros, y los empleará en su trabajo.
8:17 Tomará la décima parte de sus rebaños, y ustedes serán sus siervos.
8:18 Aquel día clamarán por causa del rey que han escogido, pero el SEÑOR no les responderá aquel día».
8:19 El pueblo se negó a escuchar la voz de Samuel y dijo: «No. ¡Queremos un rey sobre nosotros!
8:20 Así también nosotros seremos como todas las naciones. Nuestro rey nos juzgará, saldrá al frente de nosotros y peleará nuestras batallas».
8:21 Samuel escuchó todas las palabras del pueblo y las repitió a oídos del SEÑOR.
8:22 El SEÑOR le dijo a Samuel: «Escucha su voz y ponles un rey». Samuel les dijo a los hombres de Israel: «Vuelvan cada uno a su ciudad».

Capítulo 9
Saúl es elegido rey
9:1 Había un hombre de Benjamín llamado Cis, hijo de Abiel, hijo de Zeror, hijo de Becorat, hijo de Afía, hijo de un benjamita. Era un hombre de gran posición.
9:2 Tenía un hijo llamado Saúl, joven y apuesto. No había entre los israelitas hombre más apuesto que él. De los hombros para arriba sobrepasaba en altura a todo el pueblo.
9:3 Se perdieron las burras de Cis, padre de Saúl. Cis le dijo a su hijo Saúl: «Toma contigo a uno de los criados y ve a buscar las burras».
9:4 Saúl recorrió la región montañosa de Efraín y la tierra de Salisa, pero no las encontraron. Pasaron por la tierra de Saalim y tampoco estaban allí. Luego pasaron por la tierra de Benjamín y no las encontraron.
9:5 Cuando llegaron a la tierra de Zuf, Saúl le dijo al criado que lo acompañaba: «Ven, volvamos, no sea que mi padre deje de preocuparse por las burras y se angustie por nosotros».
9:6 Él le respondió: «En esta ciudad hay un hombre de Dios, un hombre respetado. Todo lo que dice se cumple sin falta. Vayamos allí; quizá nos indique el camino por el que debemos ir».
9:7 Saúl le dijo a su criado: «Si vamos, ¿qué le llevaremos al hombre? Se nos ha acabado el pan de las alforjas y no tenemos ningún regalo para llevar al hombre de Dios. ¿Qué tenemos?».
9:8 El criado volvió a responder a Saúl: «Tengo unos tres gramos de plata. Se los daré al hombre de Dios para que nos indique el camino».
9:9 Antiguamente en Israel, cuando alguien iba a consultar a Dios, decía: «Vengan, vamos al vidente», porque al que hoy se llama profeta antes se le llamaba vidente.
9:10 Saúl le dijo a su criado: «Está bien lo que dices. Ven, vamos». Fueron a la ciudad donde estaba el hombre de Dios.
9:11 Mientras subían por la cuesta de la ciudad, encontraron a unas jóvenes que salían a sacar agua y les preguntaron: «¿Está aquí el vidente?».
9:12 Ellas respondieron: «Sí, está delante de ti. Apresúrate, porque hoy ha venido a la ciudad, pues el pueblo tiene hoy un sacrificio en el lugar alto.
9:13 En cuanto entren en la ciudad lo encontrarán, antes de que suba al lugar alto a comer. El pueblo no comerá hasta que él llegue, porque él bendice el sacrificio; después comen los invitados. Suban ahora, porque en este momento lo encontrarán».
9:14 Subieron a la ciudad. Al entrar en ella, Samuel salía a su encuentro para subir al lugar alto.
El SEÑOR prepara el encuentro con Saúl
9:15 Un día antes de que llegara Saúl, el SEÑOR había revelado al oído de Samuel:
9:16 «Mañana a esta hora te enviaré a un hombre de la tierra de Benjamín. Lo ungirás como gobernante sobre mi pueblo Israel. Él salvará a mi pueblo de manos de los filisteos, porque he mirado a mi pueblo y su clamor ha llegado a mí».
9:17 Cuando Samuel vio a Saúl, el SEÑOR le dijo: «Este es el hombre del que te hablé. Él gobernará a mi pueblo».
9:18 Saúl se acercó a Samuel en medio de la puerta y le preguntó: «Dime, por favor, dónde está la casa del vidente».
9:19 Samuel le respondió a Saúl: «Yo soy el vidente. Sube delante de mí al lugar alto, y hoy comerán conmigo. Por la mañana te dejaré partir y te diré todo lo que hay en tu corazón.
9:20 No te preocupes por las burras que se te perdieron hace tres días, porque ya las han encontrado. ¿Y para quién es todo lo deseable de Israel, sino para ti y para toda la casa de tu padre?».
9:21 Saúl respondió: «¿No soy yo benjamita, de una de las tribus más pequeñas de Israel? ¿Y no es mi clan el más pequeño de todos los clanes de la tribu de Benjamín? ¿Por qué me dices algo así?».
9:22 Samuel tomó a Saúl y a su criado, los llevó a la sala y les dio un lugar a la cabecera de los invitados, que eran unos treinta hombres.
9:23 Samuel le dijo al cocinero: «Trae la porción que te di y que te dije que reservaras».
9:24 El cocinero levantó la pierna con lo que había sobre ella y la puso delante de Saúl. Y dijo: «Aquí está lo que se reservó. Ponlo delante de ti y come, porque se guardó para ti para esta ocasión, cuando dije que había invitado al pueblo». Aquel día Saúl comió con Samuel.
9:25 Bajaron del lugar alto a la ciudad, y Samuel habló con Saúl en la azotea.
9:26 Se levantaron temprano. Al despuntar el alba, Samuel llamó a Saúl en la azotea y le dijo: «Levántate, para que te deje partir». Saúl se levantó y salieron los dos, él y Samuel.
9:27 Mientras bajaban hacia el extremo de la ciudad, Samuel le dijo a Saúl: «Dile al criado que se adelante». El criado se adelantó. «Pero tú detente ahora, para que te haga oír la palabra de Dios».

Capítulo 10
Samuel unge a Saúl como gobernante
10:1 Samuel tomó el frasco de aceite, lo derramó sobre la cabeza de Saúl, lo besó y le dijo: «¿No te ha ungido el SEÑOR como gobernante sobre su heredad?
10:2 Cuando hoy te apartes de mí, encontrarás a dos hombres junto a la tumba de Raquel, en el territorio de Benjamín, en Selsa. Te dirán: “Han encontrado las burras que fuiste a buscar. Tu padre ha dejado de ocuparse de las burras y está preocupado por ustedes, diciendo: ‘¿Qué haré por mi hijo?’”.
10:3 Seguirás adelante y llegarás a la encina de Tabor. Allí te encontrarán tres hombres que suben a Dios en Betel: uno llevará tres cabritos, otro tres panes y otro un odre de vino.
10:4 Te saludarán y te darán dos panes, que aceptarás de sus manos.
10:5 Después llegarás a la colina de Dios, donde está la guarnición de los filisteos. Al entrar allí en la ciudad, encontrarás a un grupo de profetas que bajan del lugar alto, precedidos de un arpa, un pandero, una flauta y una lira. Ellos estarán profetizando.
10:6 El Espíritu del SEÑOR vendrá con fuerza sobre ti. Profetizarás con ellos y serás transformado en otro hombre.
10:7 Cuando te sucedan estas señales, haz lo que esté a tu alcance, porque Dios está contigo.
10:8 Baja delante de mí a Gilgal. Yo bajaré a verte para ofrecer holocaustos y sacrificios de paz. Espera siete días hasta que llegue y te haga saber lo que debes hacer».
Se cumplen las señales anunciadas
10:9 Cuando Saúl se volvió para apartarse de Samuel, Dios le cambió el corazón. Todas aquellas señales sucedieron ese mismo día.
10:10 Al llegar a Gabaa, un grupo de profetas vino a su encuentro. El Espíritu de Dios vino con fuerza sobre él, y Saúl profetizó entre ellos.
10:11 Todos los que lo conocían de antes lo vieron profetizando con los profetas y se decían unos a otros: «¿Qué le ha sucedido al hijo de Cis? ¿También Saúl está entre los profetas?».
10:12 Un hombre de allí respondió: «¿Y quién es el padre de ellos?». Por eso se hizo proverbio: «¿También Saúl está entre los profetas?».
10:13 Cuando terminó de profetizar, fue al lugar alto.
10:14 El tío de Saúl les preguntó a él y a su criado: «¿Adónde fueron?». Él respondió: «A buscar las burras. Como vimos que no estaban, fuimos a Samuel».
10:15 El tío de Saúl dijo: «Cuéntame, por favor, qué les dijo Samuel».
10:16 Saúl le respondió a su tío: «Nos dijo claramente que habían encontrado las burras». Pero no le contó el asunto del reino, del que Samuel le había hablado.
Saúl es presentado ante Israel
10:17 Samuel convocó al pueblo delante del SEÑOR en Mizpa.
10:18 Les dijo a los israelitas: «Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: “Yo hice subir a Israel de Egipto y los libré de manos de los egipcios y de todos los reinos que los oprimían”.
10:19 Pero hoy ustedes han rechazado a su Dios, que los salva de todas sus desgracias y angustias, y le han dicho: “Pon un rey sobre nosotros”. Ahora preséntense delante del SEÑOR por sus tribus y sus clanes».
10:20 Samuel hizo acercarse a todas las tribus de Israel, y fue escogida la tribu de Benjamín.
10:21 Hizo acercarse a la tribu de Benjamín por sus clanes, y fue escogido el clan de Matri. Fue escogido Saúl, hijo de Cis. Lo buscaron, pero no lo encontraron.
10:22 Volvieron a consultar al SEÑOR: «¿Ha venido aquí el hombre?». El SEÑOR respondió: «Está escondido entre el equipaje».
10:23 Corrieron y lo trajeron de allí. Se puso en medio del pueblo y, de los hombros para arriba, sobrepasaba en altura a todo el pueblo.
10:24 Samuel le dijo a todo el pueblo: «¿Han visto al que el SEÑOR ha escogido? No hay nadie como él en todo el pueblo». Todo el pueblo gritó: «¡Viva el rey!».
Normas para la realeza y reacciones del pueblo
10:25 Samuel expuso al pueblo las normas de la realeza, las escribió en un libro y lo depositó delante del SEÑOR. Después Samuel despidió a todo el pueblo, cada uno a su casa.
10:26 Saúl también fue a su casa en Gabaa. Lo acompañaron los guerreros a quienes Dios había tocado el corazón.
10:27 Pero unos hombres perversos dijeron: «¿Cómo va a salvarnos este?». Lo despreciaron y no le llevaron ningún regalo. Él guardó silencio.

Capítulo 11
Saúl derrota a los amonitas
11:1 Nahas, el amonita, subió y acampó contra Jabes-galaad. Todos los hombres de Jabes le dijeron a Nahas: «Haz un pacto con nosotros y te serviremos».
11:2 Nahas, el amonita, les respondió: «Con esta condición haré un pacto con ustedes: les sacaré a todos el ojo derecho y pondré esta afrenta sobre todo Israel».
11:3 Los ancianos de Jabes le dijeron: «Concédenos siete días para enviar mensajeros por todo el territorio de Israel. Si nadie viene a salvarnos, saldremos a entregarnos a ti».
11:4 Los mensajeros llegaron a Gabaa de Saúl y comunicaron estas palabras a oídos del pueblo. Todo el pueblo alzó la voz y lloró.
11:5 Saúl venía del campo detrás de los bueyes y preguntó: «¿Qué le pasa al pueblo, que llora?». Le contaron las palabras de los hombres de Jabes.
11:6 Al oír Saúl estas palabras, el Espíritu de Dios vino con fuerza sobre él, y se encendió intensamente su ira.
11:7 Tomó una yunta de bueyes, los cortó en pedazos y los envió por todo el territorio de Israel por medio de los mensajeros, diciendo: «Así se hará con los bueyes del que no salga a seguir a Saúl y a Samuel». El temor del SEÑOR cayó sobre el pueblo, y salieron como un solo hombre.
11:8 Los contó en Bezec. Los israelitas eran trescientos mil, y los hombres de Judá treinta mil.
11:9 Les dijeron a los mensajeros que habían venido: «Así les dirán a los hombres de Jabes-galaad: “Mañana, cuando el sol caliente, serán salvados”». Los mensajeros fueron y se lo anunciaron a los hombres de Jabes, que se alegraron.
11:10 Los hombres de Jabes dijeron: «Mañana saldremos a entregarnos a ustedes, y harán con nosotros todo lo que les parezca bien».
11:11 Al día siguiente Saúl dividió al pueblo en tres compañías. Entraron en medio del campamento durante la guardia de la mañana y atacaron a los amonitas hasta que calentó el día. Los sobrevivientes quedaron dispersos; no quedaron dos de ellos juntos.
Saúl impide la venganza contra sus detractores
11:12 El pueblo le dijo a Samuel: «¿Quiénes decían: “¿Va Saúl a reinar sobre nosotros?”? Entréguennos a esos hombres y los mataremos».
11:13 Pero Saúl dijo: «Hoy no morirá nadie, porque hoy el SEÑOR ha obrado salvación en Israel».
La realeza es renovada en Gilgal
11:14 Samuel le dijo al pueblo: «Vengan, vamos a Gilgal y renovemos allí la realeza».
11:15 Todo el pueblo fue a Gilgal y allí hicieron rey a Saúl delante del SEÑOR, en Gilgal. Allí ofrecieron sacrificios de paz delante del SEÑOR, y Saúl y todos los hombres de Israel se alegraron muchísimo.

Capítulo 12
Discurso de Samuel al pueblo
12:1 Samuel le dijo a todo Israel: «He escuchado su voz en todo lo que me han dicho y he puesto un rey sobre ustedes.
12:2 Ahora el rey marcha al frente de ustedes. Yo he envejecido y tengo canas; mis hijos están entre ustedes. He marchado al frente de ustedes desde mi juventud hasta hoy.
12:3 Aquí estoy. Testifiquen contra mí delante del SEÑOR y de su ungido. ¿De quién he tomado un buey? ¿De quién he tomado un burro? ¿A quién he defraudado? ¿A quién he oprimido? ¿De quién he aceptado un soborno para cerrar los ojos? Se lo devolveré».
12:4 Ellos respondieron: «No nos has defraudado ni oprimido, ni has tomado nada de nadie».
12:5 Él les dijo: «El SEÑOR es testigo contra ustedes, y su ungido es testigo hoy de que no han encontrado nada en mis manos». El pueblo respondió: «Es testigo».
12:6 Samuel le dijo al pueblo: «El SEÑOR es quien levantó a Moisés y a Aarón y quien hizo subir a sus antepasados de la tierra de Egipto.
12:7 Ahora preséntense, y discutiré con ustedes delante del SEÑOR acerca de todos los actos justos que el SEÑOR ha hecho con ustedes y con sus antepasados.
12:8 Cuando Jacob entró en Egipto y sus antepasados clamaron al SEÑOR, el SEÑOR envió a Moisés y a Aarón. Ellos sacaron a sus antepasados de Egipto y los establecieron en este lugar.
12:9 Pero se olvidaron del SEÑOR su Dios, y él los vendió en manos de Sísara, jefe del ejército de Hazor, en manos de los filisteos y en manos del rey de Moab, que lucharon contra ellos.
12:10 Clamaron al SEÑOR y dijeron: “Hemos pecado, porque hemos abandonado al SEÑOR y hemos servido a los baales y a Astarot. Ahora líbranos de manos de nuestros enemigos y te serviremos”.
12:11 El SEÑOR envió a Jerobaal, a Bedán, a Jefté y a Samuel. Los libró de manos de sus enemigos de alrededor, y vivieron seguros.
12:12 Cuando vieron que Nahas, rey de los amonitas, venía contra ustedes, me dijeron: “No. ¡Un rey debe reinar sobre nosotros!”, aunque el SEÑOR su Dios era su rey.
12:13 Ahora aquí está el rey que escogieron, el que pidieron. El SEÑOR ha puesto un rey sobre ustedes.
12:14 Si temen al SEÑOR, le sirven, escuchan su voz y no se rebelan contra el mandato del SEÑOR, tanto ustedes como el rey que reina sobre ustedes seguirán al SEÑOR su Dios.
12:15 Pero, si no escuchan la voz del SEÑOR y se rebelan contra el mandato del SEÑOR, la mano del SEÑOR estará contra ustedes como estuvo contra sus antepasados.
La señal confirma la advertencia de Samuel
12:16 Ahora quédense y vean esta gran cosa que el SEÑOR hará delante de sus ojos.
12:17 ¿No es ahora la cosecha del trigo? Clamaré al SEÑOR y él enviará truenos y lluvia. Así sabrán y verán cuán grande es la maldad que han cometido a los ojos del SEÑOR al pedir un rey».
12:18 Samuel clamó al SEÑOR, y el SEÑOR envió truenos y lluvia aquel día. Todo el pueblo tuvo gran temor del SEÑOR y de Samuel.
12:19 Todo el pueblo le dijo a Samuel: «Ora por tus siervos al SEÑOR tu Dios para que no muramos, porque hemos añadido a todos nuestros pecados el mal de pedir un rey».
Servir al SEÑOR con esperanza en su fidelidad
12:20 Samuel le respondió al pueblo: «No tengan miedo. Ustedes han cometido todo este mal, pero no se aparten de seguir al SEÑOR. Sirvan al SEÑOR con todo su corazón.
12:21 No se aparten para seguir cosas vacías, que no aprovechan ni salvan, porque son vanidad.
12:22 El SEÑOR no abandonará a su pueblo por causa de su gran nombre, porque al SEÑOR le ha agradado hacer de ustedes su pueblo.
12:23 En cuanto a mí, lejos de mí pecar contra el SEÑOR dejando de orar por ustedes. Les enseñaré el camino bueno y recto.
12:24 Solo teman al SEÑOR y sírvanle con fidelidad, con todo su corazón. Consideren las grandes cosas que ha hecho por ustedes.
12:25 Pero, si siguen haciendo el mal, tanto ustedes como su rey perecerán».

Capítulo 13
Guerra contra los filisteos
13:1 Saúl tenía un año cuando comenzó a reinar, y reinó dos años sobre Israel.
13:2 Saúl escogió para sí a tres mil hombres de Israel. Dos mil estaban con él en Micmas y en la región montañosa de Betel, y mil estaban con Jonatán en Gabaa de Benjamín. Al resto del pueblo lo envió a sus tiendas.
13:3 Jonatán atacó la guarnición filistea que estaba en Geba, y los filisteos se enteraron. Entonces Saúl hizo tocar el cuerno por todo el país, diciendo: «¡Que lo oigan los hebreos!».
13:4 Todo Israel oyó decir: «Saúl ha atacado la guarnición filistea, y ahora Israel se ha hecho odioso a los filisteos». Entonces el pueblo fue convocado para seguir a Saúl a Gilgal.
13:5 Los filisteos se reunieron para combatir contra Israel con treinta mil carros, seis mil jinetes y una multitud tan numerosa como la arena a la orilla del mar. Subieron y acamparon en Micmas, al este de Bet-avén.
13:6 Cuando los hombres de Israel vieron que estaban en peligro, porque el pueblo estaba acosado, se escondieron en cuevas, matorrales, peñascos, subterráneos y cisternas.
13:7 Algunos hebreos cruzaron el Jordán hacia la tierra de Gad y de Galaad. Saúl permanecía en Gilgal, y todo el pueblo lo seguía temblando.
Saúl desobedece en Gilgal
13:8 Esperó siete días, hasta el plazo que Samuel había señalado, pero Samuel no llegaba a Gilgal y el pueblo se dispersaba, alejándose de Saúl.
13:9 Entonces Saúl dijo: «Tráiganme el holocausto y las ofrendas de paz». Y ofreció el holocausto.
13:10 En cuanto terminó de ofrecer el holocausto, llegó Samuel. Saúl salió a su encuentro para saludarlo.
13:11 Samuel le preguntó: «¿Qué has hecho?». Saúl respondió: «Vi que el pueblo se dispersaba, alejándose de mí, que tú no llegabas dentro del plazo fijado y que los filisteos estaban reunidos en Micmas.
13:12 Entonces pensé: “Ahora los filisteos bajarán contra mí a Gilgal, y yo no he buscado el favor del SEÑOR”. Así que me vi obligado a ofrecer el holocausto».
13:13 Samuel le dijo a Saúl: «Has actuado neciamente. No has obedecido el mandato que el SEÑOR tu Dios te dio. De haberlo hecho, el SEÑOR habría establecido tu reino sobre Israel para siempre.
13:14 Pero ahora tu reino no perdurará. El SEÑOR se ha buscado un hombre conforme a su corazón y el SEÑOR lo ha designado gobernante de su pueblo, porque tú no has obedecido lo que el SEÑOR te mandó».
13:15 Samuel se levantó y subió de Gilgal a Gabaa de Benjamín. Saúl contó a los hombres que estaban con él: eran unos seiscientos.
La presión filistea y la escasez de armas
13:16 Saúl, su hijo Jonatán y los hombres que estaban con ellos permanecían en Geba de Benjamín, mientras los filisteos estaban acampados en Micmas.
13:17 Del campamento filisteo salieron tres grupos de saqueadores. Uno se dirigió por el camino de Ofra, hacia la tierra de Sual.
13:18 Otro se dirigió por el camino de Bet-horón, y el tercero tomó el camino de la frontera que domina el valle de Zeboim, hacia el desierto.
13:19 No se encontraba ningún herrero en toda la tierra de Israel, porque los filisteos habían dicho: «Que los hebreos no fabriquen espadas ni lanzas».
13:20 Por eso todos los israelitas tenían que bajar a los filisteos para afilar cada uno su arado, su azadón, su hacha y su reja.
13:21 El precio era de unos ocho gramos de plata por afilar las rejas de arado, los azadones, las horquillas de tres dientes y las hachas, y por arreglar las puntas de las aguijadas.
13:22 Así que el día de la batalla ninguno de los hombres que estaban con Saúl y Jonatán tenía espada ni lanza. Solo Saúl y su hijo Jonatán las tenían.
13:23 Una guarnición filistea avanzó hasta el paso de Micmas.

Capítulo 14
Jonatán emprende el ataque contra los filisteos
14:1 Un día Jonatán, hijo de Saúl, le dijo al joven que llevaba sus armas: «Ven, crucemos hasta la guarnición filistea que está al otro lado». Pero no se lo dijo a su padre.
14:2 Saúl estaba en las afueras de Gabaa, debajo del granado que había en Migrón. Con él estaban unos seiscientos hombres.
14:3 Ahías llevaba el efod. Era hijo de Ahitob, hermano de Icabod, hijo de Finees, hijo de Elí, sacerdote del SEÑOR en Silo. El pueblo no sabía que Jonatán se había ido.
14:4 A ambos lados del paso por donde Jonatán intentaba cruzar hacia la guarnición filistea había dos peñascos escarpados. Uno se llamaba Boses y el otro Sene.
14:5 Un peñasco se alzaba al norte, frente a Micmas, y el otro al sur, frente a Geba.
14:6 Jonatán le dijo al joven que llevaba sus armas: «Ven, crucemos hasta la guarnición de estos incircuncisos. Tal vez el SEÑOR actúe a nuestro favor, porque nada impide al SEÑOR salvar con muchos o con pocos».
14:7 Su escudero le respondió: «Haz todo lo que tengas en mente. Adelante, aquí estoy contigo para lo que decidas».
14:8 Jonatán dijo: «Vamos a cruzar hacia esos hombres y a dejarnos ver por ellos.
14:9 Si nos dicen: “Quédense quietos hasta que lleguemos a ustedes”, nos quedaremos donde estamos y no subiremos hacia ellos.
14:10 Pero si nos dicen: “Suban hacia nosotros”, subiremos, porque el SEÑOR los ha entregado en nuestras manos. Esa será nuestra señal».
14:11 Los dos se dejaron ver por la guarnición filistea, y los filisteos dijeron: «¡Miren, los hebreos salen de los agujeros donde se habían escondido!».
14:12 Los hombres de la guarnición llamaron a Jonatán y a su escudero: «¡Suban hacia nosotros, que les enseñaremos algo!». Jonatán le dijo a su escudero: «Sube detrás de mí, porque el SEÑOR los ha entregado en manos de Israel».
14:13 Jonatán subió trepando con las manos y los pies, y su escudero lo seguía. Los filisteos caían delante de Jonatán, y el escudero, que iba detrás, los remataba.
14:14 En este primer ataque, Jonatán y su escudero mataron a unos veinte hombres en un terreno de aproximadamente un cuarto de hectárea.
14:15 El pánico se extendió por el campamento, por el campo y entre toda la tropa. También la guarnición y los saqueadores temblaron. La tierra se estremeció, y hubo un terror enviado por Dios.
La derrota filistea se extiende
14:16 Los centinelas de Saúl que estaban en Gabaa de Benjamín vieron que la multitud se dispersaba y corría de un lado a otro.
14:17 Saúl les dijo a los hombres que estaban con él: «Pasen revista y vean quién se ha ido de entre nosotros». Pasaron revista y descubrieron que faltaban Jonatán y su escudero.
14:18 Saúl le dijo a Ahías: «Acerca el arca de Dios», pues en aquel tiempo el arca de Dios estaba con los israelitas.
14:19 Mientras Saúl hablaba con el sacerdote, el alboroto en el campamento filisteo aumentaba cada vez más. Entonces Saúl le dijo al sacerdote: «Retira la mano».
14:20 Saúl y todos los hombres que estaban con él se reunieron y llegaron a la batalla. Allí cada filisteo había vuelto su espada contra su compañero, en medio de una enorme confusión.
14:21 Los hebreos que antes estaban con los filisteos y habían subido con ellos al campamento también se unieron a los israelitas que estaban con Saúl y Jonatán.
14:22 Asimismo, todos los israelitas que estaban escondidos en la región montañosa de Efraín, al oír que los filisteos huían, se unieron a la persecución en la batalla.
14:23 Así salvó el SEÑOR a Israel aquel día, y la batalla se extendió más allá de Bet-avén.
El juramento de Saúl debilita al pueblo
14:24 Los hombres de Israel estaban agotados aquel día, porque Saúl había puesto al pueblo bajo juramento, diciendo: «Maldito el que coma algo antes del anochecer, hasta que me haya vengado de mis enemigos». Por eso ninguno del pueblo había probado alimento.
14:25 Todos los de la región llegaron al bosque, y había miel sobre el suelo.
14:26 Cuando el pueblo entró en el bosque, vio que la miel corría, pero nadie se la llevó a la boca, porque temían el juramento.
14:27 Jonatán no había oído cuando su padre puso al pueblo bajo juramento. Extendió la punta de la vara que llevaba en la mano, la mojó en un panal de miel y se llevó la mano a la boca. Entonces se le iluminaron los ojos.
14:28 Uno del pueblo le dijo: «Tu padre ha puesto al pueblo bajo un juramento solemne, diciendo: “Maldito el que coma algo hoy”». Y el pueblo desfallecía.
14:29 Jonatán respondió: «Mi padre le ha causado dificultades al país. Miren cómo se me han iluminado los ojos por haber probado un poco de esta miel.
14:30 ¡Cuánto mejor habría sido que hoy el pueblo hubiera comido libremente del botín que encontró entre sus enemigos! ¿No habría sido mayor la derrota de los filisteos?».
14:31 Aquel día atacaron a los filisteos desde Micmas hasta Ajalón, pero el pueblo estaba muy agotado.
14:32 Entonces el pueblo se lanzó sobre el botín. Tomaron ovejas, reses y terneros, los degollaron en el suelo y comieron la carne con la sangre.
14:33 Le informaron a Saúl: «El pueblo está pecando contra el SEÑOR al comer carne con la sangre». Él dijo: «Han sido infieles. Hagan rodar ahora una piedra grande hasta aquí».
14:34 Saúl añadió: «Dispérsense entre el pueblo y díganles: “Que cada uno me traiga su toro o su oveja. Degüéllenlos aquí y coman. No pequen contra el SEÑOR comiendo carne con la sangre”». Aquella noche todos trajeron cada uno su toro y los degollaron allí.
14:35 Saúl edificó un altar al SEÑOR. Fue el primer altar que edificó al SEÑOR.
14:36 Luego Saúl dijo: «Bajemos de noche tras los filisteos, saqueémoslos hasta el amanecer y no dejemos vivo a ninguno». Ellos respondieron: «Haz lo que te parezca bien». Pero el sacerdote dijo: «Acerquémonos aquí a Dios».
14:37 Saúl consultó a Dios: «¿Debo bajar tras los filisteos? ¿Los entregarás en manos de Israel?». Pero aquel día no le respondió.
14:38 Entonces Saúl dijo: «Acérquense aquí todos los jefes del pueblo. Averigüen y vean en qué ha consistido este pecado de hoy.
14:39 ¡Vive el SEÑOR, que salva a Israel, que aunque el culpable sea mi hijo Jonatán, ciertamente morirá!». Pero ninguno del pueblo le respondió.
14:40 Dijo a todo Israel: «Ustedes se pondrán de un lado, y mi hijo Jonatán y yo del otro». El pueblo le respondió a Saúl: «Haz lo que te parezca bien».
14:41 Saúl le dijo al SEÑOR, Dios de Israel: «Da una respuesta verdadera». La suerte señaló a Jonatán y a Saúl, y el pueblo quedó libre.
14:42 Saúl dijo: «Echen suertes entre mi hijo Jonatán y mí». Y la suerte señaló a Jonatán.
14:43 Saúl le dijo a Jonatán: «Dime qué has hecho». Jonatán se lo contó: «Solo probé un poco de miel con la punta de la vara que llevaba en la mano. Y ahora he de morir».
14:44 Saúl respondió: «Que Dios me castigue con toda severidad si no mueres, Jonatán».
14:45 Pero el pueblo le dijo a Saúl: «¿Va a morir Jonatán, que ha conseguido esta gran salvación para Israel? ¡De ningún modo! ¡Vive el SEÑOR, que no caerá a tierra ni un cabello de su cabeza, porque hoy ha actuado con Dios!». Así el pueblo rescató a Jonatán, y no murió.
14:46 Saúl dejó de perseguir a los filisteos, y los filisteos regresaron a su tierra.
Las campañas de Saúl y su familia
14:47 Saúl consolidó su reinado sobre Israel y combatió contra todos sus enemigos de alrededor: Moab, los amonitas, Edom, los reyes de Soba y los filisteos. A dondequiera que se dirigía, les infligía castigos.
14:48 Actuó con valentía, derrotó a Amalec y libró a Israel de manos de quienes lo saqueaban.
14:49 Los hijos de Saúl eran Jonatán, Isúi y Malquisúa. Sus dos hijas se llamaban Merab, la mayor, y Mical, la menor.
14:50 La esposa de Saúl se llamaba Ahinoam, hija de Ahimaas. El jefe de su ejército era Abner, hijo de Ner, tío de Saúl.
14:51 Cis, padre de Saúl, y Ner, padre de Abner, eran hijos de Abiel.
14:52 Durante toda la vida de Saúl hubo una guerra encarnizada contra los filisteos. Cada vez que Saúl veía a un hombre fuerte y valiente, lo incorporaba a su servicio.

Capítulo 15
El mandato contra Amalec y la desobediencia de Saúl
15:1 Samuel le dijo a Saúl: «El SEÑOR me envió para ungirte rey sobre su pueblo, sobre Israel. Ahora escucha las palabras del SEÑOR.
15:2 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: “He decidido castigar lo que Amalec hizo a Israel al oponérsele en el camino, cuando subía de Egipto.
15:3 Ahora ve y ataca a Amalec; ustedes consagren por completo a la destrucción todo lo que tiene. No te apiades de él. Da muerte a hombres y mujeres, a niños y lactantes, a bueyes y ovejas, a camellos y burros”».
15:4 Saúl convocó al pueblo y le pasó revista en Telaim: doscientos mil soldados de infantería y diez mil hombres de Judá.
15:5 Saúl llegó a la ciudad de Amalec y puso una emboscada en el valle.
15:6 Saúl les dijo a los ceneos: «Váyanse, apártense y salgan de entre los amalecitas, para que no los destruya junto con ellos, pues ustedes mostraron bondad a todos los hijos de Israel cuando subían de Egipto». Entonces los ceneos se apartaron de entre los de Amalec.
15:7 Saúl derrotó a Amalec desde Havila hasta la entrada de Shur, que está frente a Egipto.
15:8 Capturó vivo a Agag, rey de Amalec, y consagró a todo el pueblo a la destrucción, matándolo a filo de espada.
15:9 Pero Saúl y el pueblo perdonaron a Agag y a lo mejor de las ovejas y del ganado vacuno, a los animales engordados, a los carneros y a todo lo bueno. No quisieron consagrarlo a la destrucción; en cambio, todo lo despreciable y sin valor lo consagraron a la destrucción.
El SEÑOR reprende a Saúl por medio de Samuel
15:10 La palabra del SEÑOR vino a Samuel, diciendo:
15:11 «Lamento haber hecho rey a Saúl, porque ha dejado de seguirme y no ha cumplido mis palabras». Samuel se indignó y clamó al SEÑOR toda la noche.
15:12 Samuel madrugó para encontrarse con Saúl, pero le informaron a Samuel: «Saúl fue a Carmel y allí se ha erigido un monumento. Luego se dio la vuelta, siguió su camino y bajó a Gilgal».
15:13 Samuel llegó a Saúl, y Saúl le dijo: «¡Bendito seas del SEÑOR! He cumplido la palabra del SEÑOR».
15:14 Samuel respondió: «Entonces, ¿qué es este balido de ovejas en mis oídos y este mugido de vacas que escucho?».
15:15 Saúl dijo: «Las han traído de los amalecitas, porque el pueblo perdonó lo mejor de las ovejas y de las vacas para sacrificarlas al SEÑOR tu Dios. Lo demás lo consagramos a la destrucción».
15:16 Samuel le dijo a Saúl: «¡Basta! Voy a decirte lo que el SEÑOR me habló anoche». Y él le respondió: «Habla».
15:17 Samuel dijo: «Aunque eres pequeño a tus propios ojos, ¿no eres jefe de las tribus de Israel? El SEÑOR te ungió rey sobre Israel.
15:18 El SEÑOR te envió en una misión y te dijo: “Ve y consagra a la destrucción a los pecadores, a Amalec, y lucha contra ellos hasta acabar con ellos”.
15:19 ¿Por qué no obedeciste la voz del SEÑOR, sino que te lanzaste sobre el botín e hiciste lo malo a los ojos del SEÑOR?».
15:20 Saúl le respondió a Samuel: «¡Yo sí obedecí la voz del SEÑOR! Fui en la misión a la que el SEÑOR me envió, traje a Agag, rey de Amalec, y consagré a Amalec a la destrucción.
15:21 Pero el pueblo tomó del botín ovejas y vacas, lo mejor de lo consagrado a la destrucción, para ofrecer sacrificios al SEÑOR tu Dios en Gilgal».
15:22 Samuel dijo:
 «¿Se complace el SEÑOR tanto en los holocaustos y sacrificios como en que se obedezca la voz del SEÑOR?
   Mira, obedecer es mejor que el sacrificio, y prestar atención, mejor que la grasa de los carneros.
15:23 Porque la rebeldía es como el pecado de adivinación, y la obstinación, como la iniquidad y la idolatría.
   Puesto que has rechazado la palabra del SEÑOR, él te ha rechazado como rey».
15:24 Saúl le dijo a Samuel: «He pecado, pues he desobedecido el mandato del SEÑOR y tus palabras, porque tuve miedo del pueblo y obedecí su voz.
15:25 Ahora, por favor, perdona mi pecado y vuelve conmigo para que adore al SEÑOR».
15:26 Samuel le respondió a Saúl: «No volveré contigo, porque has rechazado la palabra del SEÑOR, y el SEÑOR te ha rechazado para que no sigas siendo rey sobre Israel».
15:27 Samuel se dio la vuelta para irse, pero Saúl se aferró al borde del manto de Samuel, y este se rasgó.
15:28 Samuel le dijo: «Hoy el SEÑOR ha arrancado de ti el reino de Israel y se lo ha dado a otro que es mejor que tú.
15:29 Además, la Gloria de Israel no mentirá ni cambiará de parecer, porque no es un ser humano para que cambie de parecer».
Saúl pide conservar su honor ante el pueblo
15:30 Él dijo: «He pecado. Pero ahora, por favor, hónrame ante los ancianos de mi pueblo y ante Israel. Vuelve conmigo para que adore al SEÑOR tu Dios».
15:31 Samuel regresó siguiendo a Saúl, y Saúl adoró al SEÑOR.
Samuel ejecuta el juicio contra Agag
15:32 Samuel dijo: «Tráiganme a Agag, rey de Amalec». Agag se acercó a él confiado, y Agag dijo: «Sin duda, la amargura de la muerte ya ha pasado».
15:33 Samuel dijo: «Así como tu espada dejó a mujeres sin hijos, tu madre quedará sin hijos entre las mujeres». Entonces Samuel cortó en pedazos a Agag delante del SEÑOR en Gilgal.
15:34 Samuel se fue a Ramá, y Saúl subió a su casa en Gabaa de Saúl.
15:35 Samuel no volvió a ver a Saúl hasta el día de su muerte. Sin embargo, Samuel lloraba por Saúl, y el SEÑOR lamentaba haber hecho rey a Saúl sobre Israel.

Capítulo 16
El SEÑOR escoge a David y envía a Samuel para ungirlo
16:1 El SEÑOR le dijo a Samuel: «¿Hasta cuándo seguirás de duelo por Saúl, si yo lo he rechazado como rey de Israel? Llena tu cuerno de aceite y ve. Te envío a Isaí, de Belén, porque he escogido para mí un rey entre sus hijos».
16:2 Samuel respondió: «¿Cómo voy a ir? Si Saúl se entera, me matará». El SEÑOR dijo: «Lleva contigo una ternera y di: “He venido a ofrecer un sacrificio al SEÑOR”.
16:3 Invita a Isaí al sacrificio. Yo te indicaré qué debes hacer, y ungirás para mí al que yo te diga».
16:4 Samuel hizo lo que el SEÑOR le había dicho y llegó a Belén. Los ancianos de la ciudad salieron temblando a su encuentro y preguntaron: «¿Vienes en paz?».
16:5 Él respondió: «Sí, en paz. He venido a ofrecer un sacrificio al SEÑOR. Conságrense y vengan conmigo al sacrificio». Luego consagró a Isaí y a sus hijos y los invitó al sacrificio.
16:6 Cuando llegaron, Samuel vio a Eliab y pensó: «Sin duda, el ungido del SEÑOR está aquí, delante de él».
16:7 Pero el SEÑOR le dijo a Samuel: «No te fijes en su apariencia ni en su gran estatura, porque lo he rechazado. El Señor no mira lo que mira el hombre; el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el SEÑOR mira el corazón».
16:8 Entonces Isaí llamó a Abinadab y lo hizo pasar delante de Samuel, quien dijo: «Tampoco a este ha escogido el SEÑOR».
16:9 Luego Isaí hizo pasar a Sama, pero Samuel dijo: «Tampoco a este ha escogido el SEÑOR».
16:10 Isaí hizo pasar a siete de sus hijos delante de Samuel. Pero Samuel le dijo a Isaí: «El SEÑOR no ha escogido a ninguno de estos».
16:11 Samuel le preguntó a Isaí: «¿Son estos todos tus hijos?». Él respondió: «Todavía queda el menor, pero está cuidando las ovejas». Samuel le dijo: «Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que llegue aquí».
16:12 Isaí mandó a buscarlo y lo trajeron. Era de tez sonrosada, de hermosos ojos y de buen aspecto. El SEÑOR dijo: «Levántate y úngelo, porque este es».
16:13 Samuel tomó el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Desde aquel día en adelante, el Espíritu del SEÑOR vino con poder sobre David. Después Samuel se levantó y regresó a Ramá.
David entra al servicio de Saúl y le procura alivio
16:14 El Espíritu del SEÑOR se apartó de Saúl, y un espíritu malo de parte del SEÑOR lo atormentaba.
16:15 Los servidores de Saúl le dijeron: «Un espíritu malo de parte de Dios te está atormentando.
16:16 Que nuestro señor ordene a tus servidores, que están a tu disposición, buscar a un hombre que sepa tocar la lira. Cuando el espíritu malo de parte de Dios venga sobre ti, él tocará con su mano y sentirás alivio».
16:17 Saúl les dijo a sus servidores: «Búsquenme un hombre que toque bien y tráiganlo».
16:18 Uno de los jóvenes respondió: «He visto a un hijo de Isaí, de Belén, que sabe tocar. Es valiente, un hombre de guerra, prudente al hablar y de buen aspecto, y el SEÑOR está con él».
16:19 Saúl envió mensajeros a Isaí para decirle: «Envíame a tu hijo David, el que cuida las ovejas».
16:20 Isaí tomó un asno cargado de pan, un odre de vino y un cabrito, y los envió a Saúl por medio de su hijo David.
16:21 David llegó a Saúl y se puso a su servicio. Saúl le tomó mucho cariño, y David se convirtió en su escudero.
16:22 Saúl envió a decir a Isaí: «Te ruego que David permanezca a mi servicio, porque ha encontrado favor ante mí».
16:23 Cada vez que el espíritu de parte de Dios venía sobre Saúl, David tomaba la lira y tocaba con su mano. Saúl encontraba alivio y se sentía mejor, y el espíritu malo se apartaba de él.

Capítulo 17
Goliat desafía a Israel y David confía en el SEÑOR
17:1 Los filisteos reunieron sus tropas para la guerra y se concentraron en Soco de Judá. Acamparon entre Soco y Azeca, en Efes-damim.
17:2 Saúl y los hombres de Israel también se reunieron y acamparon en el valle de Ela. Se dispusieron para la batalla contra los filisteos.
17:3 Los filisteos estaban en una colina e Israel en otra, con el valle entre ambos.
17:4 Del campamento filisteo salió un campeón llamado Goliat, de Gat, que medía casi tres metros de altura.
17:5 Llevaba un casco de bronce en la cabeza y una coraza de escamas de bronce que pesaba unos cincuenta y siete kilos.
17:6 Tenía protectores de bronce en las piernas y una jabalina de bronce entre los hombros.
17:7 El asta de su lanza era como un rodillo de telar, y su punta de hierro pesaba casi siete kilos. Delante de él iba un hombre que llevaba el escudo.
17:8 Goliat se plantó y gritó a las filas de Israel: «¿Por qué salen a formarse para la batalla? ¿No soy yo el filisteo, y ustedes los servidores de Saúl? Escojan a un hombre que baje a enfrentarse conmigo.
17:9 Si puede luchar conmigo y me mata, seremos sus esclavos. Pero si yo lo venzo y lo mato, ustedes serán nuestros esclavos y nos servirán».
17:10 El filisteo añadió: «¡Hoy desafío a las filas de Israel! ¡Denme un hombre para que luchemos!».
17:11 Cuando Saúl y todo Israel oyeron estas palabras del filisteo, se llenaron de consternación y de mucho miedo.
Isaí envía a David con provisiones para sus hermanos
17:12 David era hijo de un efrateo de Belén de Judá llamado Isaí, que tenía ocho hijos. En tiempos de Saúl, este hombre ya era anciano, de edad avanzada.
17:13 Los tres hijos mayores de Isaí habían ido tras Saúl a la guerra. Los tres que fueron se llamaban Eliab, el primogénito; Abinadab, el segundo, y Sama, el tercero.
17:14 David era el menor. Los tres mayores habían seguido a Saúl,
17:15 pero David iba y venía de donde estaba Saúl para cuidar las ovejas de su padre en Belén.
17:16 El filisteo se acercaba por la mañana y por la tarde y se presentaba así durante cuarenta días.
17:17 Isaí le dijo a su hijo David: «Toma para tus hermanos unos veintidós litros de este grano tostado y estos diez panes, y llévalos corriendo al campamento donde están tus hermanos.
17:18 Lleva también estos diez quesos al jefe de los mil hombres. Averigua si tus hermanos están bien y trae una señal de ellos».
17:19 Saúl, los hermanos de David y todos los hombres de Israel estaban en el valle de Ela, combatiendo contra los filisteos.
17:20 David se levantó temprano, dejó las ovejas al cuidado de un guardián, tomó la carga y se fue, como Isaí le había mandado. Llegó al campamento cuando el ejército salía a la línea de batalla dando el grito de guerra.
17:21 Israel y los filisteos se formaron para la batalla, ejército frente a ejército.
17:22 David dejó lo que llevaba en manos del encargado del equipaje y corrió hacia las filas. Al llegar, saludó a sus hermanos y preguntó cómo estaban.
17:23 Mientras hablaba con ellos, salió de las filas filisteas aquel campeón llamado Goliat, el filisteo de Gat. Repitió las mismas palabras, y David las oyó.
17:24 Todos los hombres de Israel, al verlo, huían de él y tenían mucho miedo.
17:25 Los hombres de Israel decían: «¿Han visto a ese hombre que sale? Sale para desafiar a Israel. Al que lo mate, el rey le dará grandes riquezas y a su hija por esposa, y dejará libre de cargas a la familia de su padre en Israel».
David pregunta por la afrenta al Dios viviente
17:26 David les preguntó a los hombres que estaban junto a él: «¿Qué se hará por el hombre que mate a este filisteo y quite esta deshonra de Israel? Porque ¿quién es este filisteo incircunciso para desafiar a las filas del Dios viviente?».
17:27 El pueblo le respondió con las mismas palabras: «Eso es lo que se hará por el hombre que lo mate».
17:28 Su hermano mayor, Eliab, lo oyó hablar con los hombres y se enfureció contra David. Le dijo: «¿Para qué has bajado? ¿Con quién dejaste esas pocas ovejas en el desierto? Conozco tu arrogancia y la maldad de tu corazón. Has bajado solo para ver la batalla».
17:29 David respondió: «¿Qué he hecho ahora? ¿No puedo ni hablar?».
17:30 Se apartó de él, se dirigió a otro y preguntó lo mismo. El pueblo le dio la misma respuesta de antes.
17:31 Algunos oyeron lo que David decía y se lo contaron a Saúl, quien mandó a buscarlo.
David se ofrece para luchar confiando en el SEÑOR
17:32 David le dijo a Saúl: «Que nadie se desanime por causa de ese hombre. Tu servidor irá y luchará contra este filisteo».
17:33 Saúl le respondió a David: «No puedes ir a luchar contra ese filisteo. Tú eres un muchacho, y él ha sido hombre de guerra desde su juventud».
17:34 David le dijo a Saúl: «Tu servidor cuidaba las ovejas de su padre. Cuando venía un león o un oso y se llevaba una oveja del rebaño,
17:35 yo salía tras él, lo golpeaba y se la quitaba de la boca. Si se levantaba contra mí, lo agarraba de la quijada, lo golpeaba y lo mataba.
17:36 Tu servidor ha matado tanto al león como al oso, y este filisteo incircunciso será como uno de ellos, porque ha desafiado a las filas del Dios viviente».
17:37 David añadió: «El SEÑOR, que me ha librado de las garras del león y del oso, me librará de las manos de este filisteo». Saúl le dijo a David: «Ve, y que el SEÑOR esté contigo».
17:38 Saúl vistió a David con su propia ropa, le puso un casco de bronce en la cabeza y lo revistió con una coraza.
17:39 David se ciñó la espada sobre la ropa e intentó caminar, pues no estaba acostumbrado. Le dijo a Saúl: «No puedo caminar con esto, porque no estoy acostumbrado». Entonces David se quitó todo aquello.
17:40 Tomó su cayado en la mano, escogió cinco piedras lisas del arroyo y las metió en su bolsa de pastor, en el zurrón. Con su honda en la mano, se acercó al filisteo.
17:41 El filisteo avanzaba, acercándose a David, con el hombre que llevaba el escudo delante de él.
17:42 Cuando el filisteo miró y vio a David, lo despreció, porque era un muchacho de tez sonrosada y de buen aspecto.
17:43 El filisteo le dijo a David: «¿Soy un perro, para que vengas contra mí con palos?». Y maldijo a David por sus dioses.
17:44 Luego le dijo: «¡Ven hacia mí, y daré tu carne a las aves del cielo y a los animales del campo!».
La batalla pertenece al SEÑOR
17:45 David le respondió al filisteo: «Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina. Pero yo vengo contra ti en el nombre del SEÑOR de los ejércitos, el Dios de las filas de Israel, a quien tú has desafiado.
17:46 Hoy el SEÑOR te entregará en mis manos. Te mataré y te cortaré la cabeza. Hoy daré los cadáveres del ejército filisteo a las aves del cielo y a los animales de la tierra, y toda la tierra sabrá que hay Dios en Israel.
17:47 Toda esta asamblea sabrá que el SEÑOR no salva con espada ni con lanza, porque la batalla es del SEÑOR, y él los entregará en nuestras manos».
17:48 Cuando el filisteo se levantó y avanzó para enfrentarse a David, David se apresuró y corrió hacia la línea de batalla para enfrentarse al filisteo.
17:49 David metió la mano en la bolsa, sacó una piedra y la lanzó con la honda. Hirió al filisteo en la frente, y la piedra se le hundió en la frente. El filisteo cayó de cara al suelo.
17:50 Así venció David al filisteo con una honda y una piedra. Lo hirió y lo mató sin tener una espada en la mano.
17:51 David corrió, se puso junto al filisteo, tomó su espada y la sacó de la vaina. Lo remató y le cortó la cabeza con ella. Cuando los filisteos vieron que su campeón había muerto, huyeron.
Israel persigue a los filisteos después de la caída de Goliat
17:52 Los hombres de Israel y de Judá se levantaron, dieron el grito de guerra y persiguieron a los filisteos hasta la entrada del valle y hasta las puertas de Ecrón. Los filisteos muertos quedaron tendidos por el camino de Saaraim, hasta Gat y Ecrón.
17:53 Los israelitas regresaron de perseguir a los filisteos y saquearon sus campamentos.
17:54 David tomó la cabeza del filisteo y la llevó a Jerusalén, pero puso sus armas en su tienda.
Saúl pregunta por la familia de David
17:55 Cuando Saúl vio a David salir al encuentro del filisteo, le preguntó a Abner, jefe del ejército: «Abner, ¿de quién es hijo ese muchacho?». Abner respondió: «Por tu vida, oh rey, que no lo sé».
17:56 El rey dijo: «Averigua de quién es hijo ese joven».
17:57 Cuando David regresó de matar al filisteo, Abner lo tomó y lo llevó ante Saúl. David llevaba en la mano la cabeza del filisteo.
17:58 Saúl le preguntó: «Muchacho, ¿de quién eres hijo?». David respondió: «Soy hijo de tu servidor Isaí, de Belén».

Capítulo 18
Pacto de Jonatán y David
18:1 Cuando David terminó de hablar con Saúl, el alma de Jonatán quedó unida al alma de David, y Jonatán lo amó como a sí mismo.
18:2 Aquel día Saúl lo retuvo con él y no le permitió regresar a la casa de su padre.
18:3 Jonatán hizo un pacto con David, porque lo amaba como a sí mismo.
18:4 Se quitó el manto que llevaba y se lo dio a David, junto con su ropa, su espada, su arco y su cinturón.
18:5 David salía a dondequiera que Saúl lo enviaba y actuaba con acierto. Saúl lo puso al frente de los hombres de guerra, y esto agradó a todo el pueblo y también a los servidores de Saúl.
Saúl tiene celos de David
18:6 Cuando regresaban, después de que David mató al filisteo, las mujeres salieron de todas las ciudades de Israel para recibir al rey Saúl con cantos y danzas, con panderos, alegría e instrumentos musicales.
18:7 Las mujeres cantaban por turnos mientras danzaban: «Saúl ha matado a sus miles, y David a sus decenas de miles».
18:8 Saúl se enfureció mucho y le desagradaron estas palabras. Dijo: «A David le atribuyen decenas de miles, y a mí miles. ¡Solo le falta el reino!».
18:9 Desde aquel día en adelante, Saúl miraba a David con recelo.
18:10 Al día siguiente, un espíritu malo de parte de Dios vino con fuerza sobre Saúl, y él deliraba dentro de la casa. David tocaba con su mano, como todos los días, mientras Saúl tenía la lanza en la mano.
18:11 Saúl arrojó la lanza, pensando: «Clavaré a David contra la pared». Pero David se apartó de él dos veces.
18:12 Saúl tenía miedo de David, porque el SEÑOR estaba con él y se había apartado de Saúl.
18:13 Por eso Saúl lo alejó de su presencia y lo nombró jefe de mil hombres. David salía y entraba al frente del pueblo.
18:14 David actuaba con acierto en todos sus asuntos, y el SEÑOR estaba con él.
18:15 Al ver que David actuaba con tanto acierto, Saúl le tenía miedo.
18:16 Pero todo Israel y Judá amaban a David, porque salía y entraba al frente de ellos.
Saúl ofrece a Merab mientras busca la muerte de David
18:17 Saúl le dijo a David: «Te daré por esposa a mi hija mayor, Merab. Solo te pido que seas valiente a mi servicio y pelees las batallas del SEÑOR». Pues Saúl pensaba: «Que no sea mi mano la que lo mate, sino la de los filisteos».
18:18 David le respondió a Saúl: «¿Quién soy yo, y qué son mi vida y la familia de mi padre en Israel, para que yo llegue a ser yerno del rey?».
18:19 Pero cuando llegó el momento de dar a Merab, hija de Saúl, por esposa a David, se la dieron a Adriel, el meholatita.
Saúl utiliza el amor de Mical para tender una trampa
18:20 Mical, hija de Saúl, amaba a David. Se lo contaron a Saúl y le pareció bien.
18:21 Saúl pensó: «Se la daré para que le sirva de trampa y caiga en manos de los filisteos». Entonces le dijo a David por segunda vez: «Hoy puedes llegar a ser mi yerno».
18:22 Saúl les ordenó a sus servidores: «Hablen en privado con David y díganle: “El rey te aprecia, y todos sus servidores te quieren. Ahora, pues, conviértete en yerno del rey”».
18:23 Los servidores de Saúl le dijeron estas palabras a David. Él respondió: «¿Les parece poca cosa llegar a ser yerno del rey? Yo soy un hombre pobre y de poca importancia».
18:24 Los servidores de Saúl le informaron: «Esto es lo que ha dicho David».
18:25 Saúl dijo: «Díganle a David: “El rey no desea una dote, sino cien prepucios de filisteos, para vengarse de sus enemigos”». Saúl pensaba hacer que David cayera en manos de los filisteos.
18:26 Sus servidores le comunicaron estas palabras a David, y a él le pareció bien llegar a ser yerno del rey. Antes de que se cumpliera el plazo,
18:27 David se levantó, salió con sus hombres y mató a doscientos filisteos. Llevó sus prepucios y los entregaron completos al rey, para llegar a ser su yerno. Entonces Saúl le dio a su hija Mical por esposa.
18:28 Saúl vio y comprendió que el SEÑOR estaba con David y que su hija Mical lo amaba.
18:29 Por eso Saúl tuvo aún más miedo de David y fue su enemigo durante toda su vida.
18:30 Los jefes filisteos salían a combatir, y cada vez que salían, David actuaba con más acierto que todos los servidores de Saúl. Por eso su nombre llegó a ser muy respetado.

Capítulo 19
Jonatán defiende a David ante Saúl
19:1 Saúl les habló a su hijo Jonatán y a todos sus servidores de matar a David. Pero Jonatán, hijo de Saúl, sentía mucho afecto por David
19:2 y le avisó: «Mi padre Saúl intenta matarte. Ten cuidado mañana por la mañana. Quédate en un lugar oculto y escóndete.
19:3 Yo saldré y estaré junto a mi padre en el campo donde tú estés. Le hablaré de ti y, cuando averigüe algo, te lo contaré».
19:4 Jonatán habló bien de David a su padre Saúl. Le dijo: «Que el rey no peque contra su servidor David, porque él no ha pecado contra ti y sus acciones te han beneficiado mucho.
19:5 Arriesgó su vida, mató al filisteo, y el SEÑOR dio una gran salvación a todo Israel. Tú lo viste y te alegraste. ¿Por qué vas a pecar derramando sangre inocente y matando a David sin motivo?».
19:6 Saúl escuchó a Jonatán y juró: «¡Vive el SEÑOR, que no se le dará muerte!».
19:7 Jonatán llamó a David y le contó todas estas palabras. Después lo llevó ante Saúl, y David volvió a estar a su servicio como antes.
Saúl vuelve a atacar a David
19:8 Volvió a haber guerra. David salió, luchó contra los filisteos y les infligió una gran derrota, de modo que huyeron de él.
19:9 Un espíritu malo de parte del SEÑOR vino sobre Saúl mientras estaba sentado en su casa con la lanza en la mano. David tocaba con su mano.
19:10 Saúl intentó clavar a David contra la pared con la lanza, pero David se apartó de él, y la lanza se clavó en la pared. David huyó y escapó aquella noche.
Mical ayuda a David a escapar
19:11 Saúl envió mensajeros a la casa de David para vigilarlo y matarlo por la mañana. Pero Mical, esposa de David, le avisó: «Si esta noche no salvas tu vida, mañana te matarán».
19:12 Mical hizo bajar a David por la ventana, y él se fue, huyó y escapó.
19:13 Mical tomó un ídolo doméstico, lo puso en la cama, colocó una almohada de pelo de cabra a su cabecera y lo cubrió con una manta.
19:14 Cuando Saúl envió mensajeros para detener a David, ella dijo: «Está enfermo».
19:15 Saúl volvió a enviar a los mensajeros para ver a David y les ordenó: «Tráiganmelo en la cama para que lo mate».
19:16 Al entrar los mensajeros, vieron el ídolo doméstico en la cama y la almohada de pelo de cabra a su cabecera.
19:17 Saúl le dijo a Mical: «¿Por qué me has engañado así y has dejado ir a mi enemigo para que escape?». Mical le respondió a Saúl: «Él me dijo: “Déjame ir. ¿Por qué habría de matarte?”».
Dios frena la persecución de Saúl en Ramá
19:18 David huyó y escapó. Llegó a donde estaba Samuel en Ramá y le contó todo lo que Saúl le había hecho. Luego él y Samuel se fueron y se quedaron en Naiot.
19:19 Le informaron a Saúl: «David está en Naiot de Ramá».
19:20 Saúl envió mensajeros para detener a David. Cuando vieron al grupo de profetas que profetizaban, con Samuel de pie presidiéndolos, el Espíritu de Dios vino sobre los mensajeros de Saúl, y ellos también profetizaron.
19:21 Se lo contaron a Saúl, y él envió otros mensajeros, pero ellos también profetizaron. Saúl volvió a enviar mensajeros por tercera vez, y ellos también profetizaron.
19:22 Entonces él mismo fue a Ramá. Al llegar a la gran cisterna que había en Secú, preguntó: «¿Dónde están Samuel y David?». Le respondieron: «Están en Naiot de Ramá».
19:23 Se dirigió hacia Naiot de Ramá, pero el Espíritu de Dios vino también sobre él. Siguió caminando y profetizando hasta llegar a Naiot de Ramá.
19:24 También él se quitó la ropa y profetizó delante de Samuel. Permaneció tendido desnudo todo aquel día y toda la noche. Por eso se dice: «¿También Saúl está entre los profetas?».

Capítulo 20
David y Jonatán buscan aclarar el peligro
20:1 David huyó de Naiot de Ramá, fue a ver a Jonatán y le dijo: «¿Qué he hecho? ¿Cuál es mi culpa? ¿Qué pecado he cometido contra tu padre, para que busque quitarme la vida?».
20:2 Él le respondió: «¡De ningún modo! No morirás. Mi padre no hace nada, grande ni pequeño, sin comunicármelo. ¿Por qué habría de ocultarme este asunto? No puede ser».
20:3 Pero David volvió a jurar y dijo: «Tu padre sabe muy bien que he encontrado favor ante ti, y piensa: “Que Jonatán no se entere, para que no se entristezca”. Pero ¡vive el SEÑOR y vives tú, que solo hay un paso entre la muerte y yo!».
20:4 Jonatán le dijo a David: «Haré por ti lo que desees».
20:5 David le respondió a Jonatán: «Mañana es luna nueva, y yo debo sentarme a comer con el rey. Déjame ir para esconderme en el campo hasta la tarde del tercer día.
20:6 Si tu padre nota mi ausencia, dile: “David me pidió con insistencia que lo dejara ir de prisa a Belén, su ciudad, porque toda su familia celebra allí el sacrificio anual”.
20:7 Si dice: “Está bien”, tu servidor estará a salvo. Pero si se enfurece, sabrás que está decidido a hacerme daño.
20:8 Trata con amor fiel a tu servidor, porque tú lo has unido contigo en un pacto ante el SEÑOR. Si hay culpa en mí, mátame tú mismo. ¿Para qué llevarme a tu padre?».
20:9 Jonatán respondió: «¡Eso jamás te sucederá! Si yo supiera que mi padre está decidido a hacerte daño, ¿no te lo comunicaría?».
20:10 David le preguntó a Jonatán: «¿Quién me avisará si tu padre te responde con dureza?».
20:11 Jonatán le dijo a David: «Ven, salgamos al campo». Y ambos salieron al campo.
Un pacto de lealtad ante el SEÑOR
20:12 Jonatán le dijo a David: «¡El SEÑOR, Dios de Israel, sea testigo! Mañana o pasado mañana, a esta hora, sondearé a mi padre. Si hay buena disposición hacia David, ¿no enviaré a alguien para comunicártelo?
20:13 Pero si mi padre decide hacerte daño, que el SEÑOR castigue a Jonatán con toda severidad si no te lo comunico y te dejo ir para que te vayas en paz. Que el SEÑOR esté contigo como estuvo con mi padre.
20:14 Mientras yo viva, muéstrame el amor fiel del SEÑOR, para que no muera.
20:15 No retires nunca tu amor fiel de mi familia, ni siquiera cuando el SEÑOR elimine de la faz de la tierra a todos los enemigos de David».
20:16 Así Jonatán hizo un pacto con la familia de David, diciendo: «Que el SEÑOR les pida cuentas a los enemigos de David».
20:17 Jonatán hizo que David volviera a jurar por el amor que le tenía, pues lo amaba como a sí mismo.
La señal acordada con las flechas
20:18 Luego Jonatán le dijo: «Mañana es luna nueva y notarán tu ausencia, porque tu asiento estará vacío.
20:19 Al tercer día baja hasta el lugar donde te escondiste cuando ocurrió aquel asunto, y quédate junto a la piedra de Ezel.
20:20 Yo dispararé tres flechas a un lado de ella, como si tirara al blanco.
20:21 Después enviaré al muchacho y le diré: “Ve a buscar las flechas”. Si le digo: “Las flechas están más acá de ti; recógelas”, ven, porque estarás a salvo y no habrá peligro. ¡Vive el SEÑOR!
20:22 Pero si le digo al muchacho: “Las flechas están más allá de ti”, vete, porque el SEÑOR te hace partir.
20:23 En cuanto a lo que hemos hablado tú y yo, el SEÑOR será testigo entre nosotros para siempre».
La reacción de Saúl durante la comida
20:24 David se escondió en el campo. Cuando llegó la luna nueva, el rey se sentó a comer.
20:25 El rey ocupó su asiento de siempre, junto a la pared. Jonatán se levantó y Abner se sentó al lado de Saúl, pero el lugar de David quedó vacío.
20:26 Saúl no dijo nada aquel día, porque pensó: «Le habrá ocurrido algo y no estará puro. Seguramente no está puro».
20:27 Al día siguiente, el segundo día de la luna nueva, el lugar de David seguía vacío. Saúl le preguntó a su hijo Jonatán: «¿Por qué el hijo de Isaí no ha venido a comer ni ayer ni hoy?».
20:28 Jonatán le respondió a Saúl: «David me pidió con insistencia que lo dejara ir a Belén.
20:29 Me dijo: “Por favor, déjame ir, porque nuestra familia celebra un sacrificio en la ciudad y mi hermano me ha ordenado asistir. Si he encontrado favor ante ti, déjame ir a ver a mis hermanos”. Por eso no ha venido a la mesa del rey».
20:30 Saúl se enfureció contra Jonatán y le dijo: «¡Hijo de mujer perversa y rebelde! ¿Acaso no sé que has escogido al hijo de Isaí para vergüenza tuya y vergüenza de la desnudez de tu madre?
20:31 Mientras el hijo de Isaí viva sobre la tierra, ni tú ni tu reino estarán seguros. Ahora manda a buscarlo y tráemelo, porque merece morir».
20:32 Jonatán le respondió a su padre Saúl: «¿Por qué tiene que morir? ¿Qué ha hecho?».
20:33 Saúl le arrojó la lanza para herirlo. Entonces Jonatán comprendió que su padre estaba decidido a matar a David.
20:34 Jonatán se levantó de la mesa enfurecido y no comió aquel segundo día de la luna nueva. Estaba afligido por David, porque su padre lo había humillado.
Jonatán comunica el peligro y se despide de David
20:35 Por la mañana, Jonatán salió al campo a la hora acordada con David, acompañado de un muchachito.
20:36 Le dijo al muchacho: «Corre y busca las flechas que voy a disparar». El muchacho corrió, y Jonatán disparó una flecha para que pasara más allá de él.
20:37 Cuando el muchacho llegó al lugar de la flecha que Jonatán había disparado, Jonatán gritó tras él: «¿No está la flecha más allá de ti?».
20:38 Jonatán volvió a gritar tras el muchacho: «¡Rápido, date prisa, no te detengas!». El muchacho de Jonatán recogió las flechas y regresó a su señor.
20:39 El muchacho no sabía nada. Solo Jonatán y David sabían de qué se trataba.
20:40 Jonatán le dio sus armas al muchacho que lo acompañaba y le dijo: «Ve y llévalas a la ciudad».
20:41 Cuando el muchacho se fue, David se levantó del lado sur, cayó rostro en tierra y se inclinó tres veces. Se besaron el uno al otro y lloraron juntos, aunque David lloró más.
20:42 Jonatán le dijo a David: «Ve en paz, porque los dos hemos jurado en el nombre del SEÑOR, diciendo: “El SEÑOR será testigo entre nosotros y entre mi descendencia y la tuya para siempre”». Después David se levantó y se fue, y Jonatán entró en la ciudad.

Capítulo 21
David recibe ayuda del sacerdote Ahimelec
21:1 David llegó a Nob, donde estaba el sacerdote Ahimelec. Ahimelec salió temblando a su encuentro y le preguntó: «¿Por qué estás solo y no hay nadie contigo?».
21:2 David le respondió al sacerdote Ahimelec: «El rey me ha encargado un asunto y me ha dicho: “Que nadie sepa nada del asunto por el que te envío ni de lo que te he ordenado”. He citado a los jóvenes en cierto lugar.
21:3 Ahora, ¿qué tienes a mano? Dame cinco panes o lo que haya».
21:4 El sacerdote le respondió a David: «No tengo a mano pan común; solo hay pan sagrado, siempre que los jóvenes se hayan abstenido de relaciones con mujeres».
21:5 David le respondió al sacerdote: «Ciertamente nos hemos mantenido apartados de las mujeres, como en ocasiones anteriores cuando salgo de viaje. El equipo de los jóvenes estaba consagrado, aunque se tratara de un viaje ordinario. ¡Con más razón hoy estará consagrado el equipo!».
21:6 El sacerdote le dio el pan sagrado, porque allí no había otro pan sino el pan de la Presencia, que habían retirado de delante del SEÑOR para reemplazarlo por pan caliente el mismo día que se retiraba.
21:7 Aquel día estaba allí uno de los servidores de Saúl, retenido delante del SEÑOR. Se llamaba Doeg, el edomita, y era el jefe de los pastores de Saúl.
21:8 David le preguntó a Ahimelec: «¿No tienes aquí a mano una lanza o una espada? No traje mi espada ni mis armas, porque el asunto del rey era urgente».
21:9 El sacerdote respondió: «La espada de Goliat, el filisteo que mataste en el valle de Ela, está aquí, envuelta en una tela detrás del efod. Si quieres tomarla, tómala, porque aquí no hay otra». David dijo: «No hay ninguna como ella. Dámela».
David busca refugio en Gat y es reconocido
21:10 Aquel día David se levantó y huyó de Saúl. Fue a donde estaba Aquis, rey de Gat.
21:11 Los servidores de Aquis le dijeron: «¿No es este David, el rey del país? ¿No es de él de quien cantan mientras danzan: “Saúl ha matado a sus miles, y David a sus decenas de miles”?».
21:12 David tomó muy en serio estas palabras y tuvo mucho miedo de Aquis, rey de Gat.
21:13 Cambió su comportamiento delante de ellos y fingió estar loco mientras estaba en sus manos. Hacía garabatos en las hojas de la puerta y dejaba correr la saliva por su barba.
21:14 Aquis les dijo a sus servidores: «Ya ven que este hombre está loco. ¿Por qué me lo han traído?
21:15 ¿Acaso me faltan locos, para que hayan traído a este a hacer locuras delante de mí? ¿Va a entrar este hombre en mi casa?».

Capítulo 22
David reúne a su familia y a quienes buscan refugio
22:1 David se fue de allí y escapó a la cueva de Adulam. Cuando sus hermanos y toda la familia de su padre se enteraron, bajaron hasta él.
22:2 Se reunieron con él todos los que estaban en apuros, los endeudados y los amargados de espíritu, y él llegó a ser su jefe. Con él había unos cuatrocientos hombres.
22:3 De allí David fue a Mizpa de Moab y le dijo al rey de Moab: «Por favor, permite que mi padre y mi madre se queden con ustedes hasta que yo sepa lo que Dios hará por mí».
22:4 Los dejó con el rey de Moab, y ellos permanecieron con él todo el tiempo que David estuvo en la fortaleza.
22:5 Pero el profeta Gad le dijo a David: «No te quedes en la fortaleza. Ve y entra en la tierra de Judá». David se fue y llegó al bosque de Haret.
Saúl mata a los sacerdotes de Nob
22:6 Saúl se enteró de que habían localizado a David y a los hombres que estaban con él. Saúl estaba sentado en Gabaa, debajo del tamarisco que había en una altura, con la lanza en la mano y todos sus servidores de pie a su alrededor.
22:7 Saúl les dijo a los servidores que estaban a su alrededor: «Escuchen, benjaminitas: ¿también el hijo de Isaí les dará a todos ustedes campos y viñedos? ¿Los nombrará a todos jefes de mil y de cien hombres?
22:8 ¿Por eso han conspirado todos contra mí? Nadie me avisa cuando mi hijo hace un pacto con el hijo de Isaí. Ninguno de ustedes se compadece de mí ni me informa de que mi hijo ha incitado a mi servidor contra mí para tenderme una emboscada, como sucede hoy».
22:9 Entonces Doeg, el edomita, que estaba junto a los servidores de Saúl, respondió: «Vi al hijo de Isaí llegar a Nob, a donde estaba Ahimelec, hijo de Ahitob.
22:10 Ahimelec consultó al SEÑOR por él, le dio provisiones y también le dio la espada de Goliat, el filisteo».
22:11 El rey mandó llamar al sacerdote Ahimelec, hijo de Ahitob, y a toda la familia de su padre, los sacerdotes que estaban en Nob. Todos llegaron ante el rey.
22:12 Saúl le dijo: «Escucha, hijo de Ahitob». Él respondió: «Aquí estoy, señor mío».
22:13 Saúl le preguntó: «¿Por qué han conspirado contra mí tú y el hijo de Isaí? Le diste pan y una espada, y consultaste a Dios por él, para que se levantara contra mí y me tendiera una emboscada, como sucede hoy».
22:14 Ahimelec le respondió al rey: «¿Quién entre todos tus servidores es tan fiel como David, yerno del rey, que obedece tus órdenes y es honrado en tu casa?
22:15 ¿Acaso hoy he comenzado a consultar a Dios por él? ¡De ningún modo! Que el rey no acuse de nada a su servidor ni a toda la familia de mi padre. Tu servidor no sabía nada de este asunto, ni poco ni mucho».
22:16 El rey dijo: «Ciertamente morirás, Ahimelec, tú y toda la familia de tu padre».
22:17 El rey les ordenó a los guardias que estaban a su alrededor: «¡Vuélvanse y maten a los sacerdotes del SEÑOR, porque también ellos apoyan a David! Sabían que estaba huyendo y no me lo comunicaron». Pero los servidores del rey no quisieron extender la mano para atacar a los sacerdotes del SEÑOR.
22:18 Entonces el rey le dijo a Doeg: «Vuélvete tú y ataca a los sacerdotes». Doeg, el edomita, se volvió y atacó a los sacerdotes. Aquel día mató a ochenta y cinco hombres que llevaban efod de lino.
22:19 También hirió a filo de espada a Nob, la ciudad de los sacerdotes: hombres y mujeres, niños y bebés de pecho, bueyes, asnos y ovejas; a todos los hirió a filo de espada.
Abiatar encuentra refugio junto a David
22:20 Pero uno de los hijos de Ahimelec, hijo de Ahitob, llamado Abiatar, escapó y huyó para seguir a David.
22:21 Abiatar le contó a David que Saúl había matado a los sacerdotes del SEÑOR.
22:22 David le dijo a Abiatar: «Aquel día, al ver allí a Doeg, el edomita, supe que se lo contaría a Saúl. Yo he causado la muerte de todos los de la familia de tu padre.
22:23 Quédate conmigo y no tengas miedo. El que busca quitarme la vida también busca quitarte la tuya. Conmigo estarás protegido».

Capítulo 23
David rescata a Keila de los filisteos
23:1 Le informaron a David: «Los filisteos están atacando Keila y saqueando las eras».
23:2 David consultó al SEÑOR: «¿Debo ir a atacar a estos filisteos?». El SEÑOR le respondió: «Ve, ataca a los filisteos y salva a Keila».
23:3 Pero los hombres de David le dijeron: «Aquí en Judá ya tenemos miedo. ¡Cuánto más si vamos a Keila contra las filas de los filisteos!».
23:4 David volvió a consultar al SEÑOR, y el SEÑOR le respondió: «Levántate y baja a Keila, porque voy a entregar a los filisteos en tus manos».
23:5 David y sus hombres fueron a Keila, lucharon contra los filisteos, se llevaron su ganado y les infligieron una gran derrota. Así David salvó a los habitantes de Keila.
23:6 Cuando Abiatar, hijo de Ahimelec, huyó a donde estaba David en Keila, bajó llevando consigo el efod.
David consulta al SEÑOR y sale de Keila
23:7 Le informaron a Saúl de que David había entrado en Keila. Saúl dijo: «Dios lo ha entregado en mis manos, porque se ha encerrado al entrar en una ciudad con puertas y cerrojos».
23:8 Saúl convocó a todo el pueblo para la guerra, para bajar a Keila y sitiar a David y a sus hombres.
23:9 Cuando David supo que Saúl tramaba hacerle daño, le dijo al sacerdote Abiatar: «Acerca el efod».
23:10 David dijo: «SEÑOR, Dios de Israel, tu servidor ha oído que Saúl intenta venir a Keila para destruir la ciudad por mi causa.
23:11 ¿Me entregarán los habitantes de Keila en sus manos? ¿Bajará Saúl, como ha oído tu servidor? SEÑOR, Dios de Israel, te ruego que se lo comuniques a tu servidor». El SEÑOR respondió: «Bajará».
23:12 David preguntó: «¿Nos entregarán los habitantes de Keila a mí y a mis hombres en manos de Saúl?». El SEÑOR respondió: «Los entregarán».
23:13 David y sus hombres, unos seiscientos, se levantaron y salieron de Keila. Anduvieron de un lugar a otro. Cuando Saúl supo que David había escapado de Keila, desistió de salir.
Jonatán fortalece a David durante la persecución
23:14 David permanecía en los refugios del desierto y en la región montañosa del desierto de Zif. Saúl lo buscaba todos los días, pero Dios no lo entregó en sus manos.
23:15 David se dio cuenta de que Saúl había salido para quitarle la vida. David estaba en Hores, en el desierto de Zif.
23:16 Jonatán, hijo de Saúl, se levantó y fue a donde estaba David en Hores, y lo fortaleció en Dios.
23:17 Le dijo: «No tengas miedo. La mano de mi padre Saúl no te alcanzará. Tú reinarás sobre Israel, y yo seré el segundo después de ti. Mi padre Saúl también lo sabe».
23:18 Los dos hicieron un pacto delante del SEÑOR. David se quedó en Hores, y Jonatán regresó a su casa.
Los de Zif ayudan a Saúl a perseguir a David
23:19 Los de Zif subieron a Gabaa para decirle a Saúl: «¿No está David escondido entre nosotros, en los refugios de Hores, en la colina de Haquila, al sur de Jesimón?
23:20 Ahora, oh rey, baja cuando lo desees. Nosotros nos encargaremos de entregarlo en manos del rey».
23:21 Saúl respondió: «Que el SEÑOR los bendiga, porque han tenido compasión de mí.
23:22 Vayan y asegúrense mejor. Averigüen y vean por dónde anda y quién lo ha visto allí, porque me han dicho que es muy astuto.
23:23 Vean y averigüen todos los escondites donde se oculta. Luego vuelvan a mí con información segura, y yo iré con ustedes. Si está en el país, lo buscaré entre todos los clanes de Judá».
23:24 Ellos se levantaron y fueron a Zif antes que Saúl. David y sus hombres estaban en el desierto de Maón, en el Arabá, al sur de Jesimón.
23:25 Saúl y sus hombres fueron a buscarlo. Cuando se lo avisaron a David, bajó a la peña y permaneció en el desierto de Maón. Saúl se enteró y persiguió a David en el desierto de Maón.
23:26 Saúl iba por un lado del monte, y David y sus hombres por el otro. David se apresuraba para escapar de Saúl, mientras Saúl y sus hombres rodeaban a David y a sus hombres para capturarlos.
23:27 Entonces llegó un mensajero a Saúl y le dijo: «¡Ven de prisa! ¡Los filisteos han invadido el país!».
23:28 Saúl dejó de perseguir a David y fue al encuentro de los filisteos. Por eso llamaron a aquel lugar Sela-hamalecot.
23:29 David subió de allí y se quedó en los refugios de En-gadi.

Capítulo 24
David perdona la vida a Saúl en En-gadi
24:1 Cuando Saúl regresó de perseguir a los filisteos, le informaron: «David está en el desierto de En-gadi».
24:2 Saúl tomó a tres mil hombres escogidos de todo Israel y fue a buscar a David y a sus hombres por los peñascos de las cabras monteses.
24:3 Al llegar a unos rediles de ovejas junto al camino, donde había una cueva, Saúl entró para hacer sus necesidades. David y sus hombres estaban al fondo de la cueva.
24:4 Los hombres de David le dijeron: «Este es el día del que el SEÑOR te dijo: “Voy a entregar a tu enemigo en tus manos, y harás con él lo que te parezca bien”». David se levantó y cortó en secreto el borde del manto de Saúl.
24:5 Pero después le remordió el corazón a David por haber cortado el borde del manto de Saúl.
24:6 Les dijo a sus hombres: «Que el SEÑOR me libre de hacerle tal cosa a mi señor, el ungido del SEÑOR, y de extender mi mano contra él, porque es el ungido del SEÑOR».
24:7 Con estas palabras David contuvo a sus hombres y no les permitió atacar a Saúl. Saúl salió de la cueva y siguió su camino.
David presenta a Saúl la prueba de su lealtad
24:8 Después David también se levantó, salió de la cueva y llamó a Saúl: «¡Mi señor el rey!». Saúl miró hacia atrás, y David se inclinó rostro en tierra y se postró.
24:9 David le dijo a Saúl: «¿Por qué escuchas a quienes dicen que David busca hacerte daño?
24:10 Hoy tus propios ojos han visto cómo el SEÑOR te entregó en mis manos en la cueva. Me dijeron que te matara, pero te perdoné la vida. Dije: “No extenderé mi mano contra mi señor, porque es el ungido del SEÑOR”.
24:11 Mira, padre mío, mira el borde de tu manto en mi mano. Corté el borde de tu manto y no te maté. Reconoce y ve que no hay maldad ni rebelión en mis manos, y que no he pecado contra ti. Sin embargo, tú acechas mi vida para quitármela.
24:12 Que el SEÑOR juzgue entre nosotros y que el SEÑOR me vengue de ti, pero mi mano no se levantará contra ti.
24:13 Como dice el antiguo proverbio: “De los malvados sale la maldad”. Pero mi mano no se levantará contra ti.
24:14 ¿Tras quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién persigues? ¿A un perro muerto? ¿A una sola pulga?
24:15 Que el SEÑOR sea juez y juzgue entre nosotros. Que vea, defienda mi causa y me haga justicia, librándome de tu mano».
Saúl reconoce la bondad de David y pide un juramento
24:16 Cuando David terminó de decirle estas palabras a Saúl, Saúl preguntó: «¿Es esta tu voz, David, hijo mío?». Entonces Saúl alzó la voz y lloró.
24:17 Le dijo a David: «Tú eres más justo que yo, porque me has tratado con bondad, mientras que yo te he tratado con maldad.
24:18 Hoy has mostrado la bondad con que me has tratado: El SEÑOR me entregó en tus manos y no me mataste.
24:19 Cuando alguien encuentra a su enemigo, ¿lo deja ir sano y salvo? Que el SEÑOR te recompense con bien por lo que has hecho hoy conmigo.
24:20 Ahora sé que ciertamente reinarás, y que el reino de Israel quedará establecido en tus manos.
24:21 Júrame ahora por el SEÑOR que no eliminarás a mis descendientes después de mí ni borrarás mi nombre de la familia de mi padre».
24:22 David se lo juró a Saúl. Saúl regresó a su casa, y David y sus hombres subieron a la fortaleza.

Capítulo 25
David y Abigail
25:1 Samuel murió. Todo Israel se reunió, hizo duelo por él y lo sepultó en su casa, en Ramá. Después David se levantó y bajó al desierto de Parán.
25:2 Había en Maón un hombre que tenía sus propiedades en Carmel. Era muy rico: tenía tres mil ovejas y mil cabras. Estaba esquilando sus ovejas en Carmel.
25:3 El hombre se llamaba Nabal y su esposa Abigail. Ella era sensata y de hermosa apariencia, pero él era duro y malvado en sus acciones. Era descendiente de Caleb.
25:4 David oyó en el desierto que Nabal estaba esquilando sus ovejas.
25:5 Entonces envió a diez jóvenes y les dijo: «Suban a Carmel, vayan a Nabal y salúdenlo en mi nombre.
25:6 Díganle: “¡Larga vida para ti! Paz para ti, paz para tu familia y paz para todo lo que tienes.
25:7 He oído que estás esquilando. Tus pastores han estado con nosotros; no los hemos maltratado ni les ha faltado nada durante todo el tiempo que estuvieron en Carmel.
25:8 Pregúntales a tus jóvenes y te lo dirán. Que estos jóvenes encuentren favor ante ti, porque hemos venido en un día de fiesta. Te ruego que des lo que tengas a mano a tus servidores y a tu hijo David”».
25:9 Los jóvenes de David llegaron y le dijeron a Nabal todas estas palabras en nombre de David. Luego esperaron.
25:10 Nabal les respondió a los servidores de David: «¿Quién es David? ¿Quién es el hijo de Isaí? Hoy abundan los esclavos que se escapan de sus amos.
25:11 ¿Voy a tomar mi pan, mi agua y la carne que he preparado para mis esquiladores y dárselos a unos hombres que no sé de dónde vienen?».
25:12 Los jóvenes de David dieron media vuelta, regresaron y le contaron todas estas palabras.
25:13 David les dijo a sus hombres: «Que cada uno se ciña su espada». Cada uno se ciñó su espada, y David también se ciñó la suya. Unos cuatrocientos hombres subieron tras David, mientras doscientos se quedaron con el equipaje.
Abigail actúa para proteger a su familia
25:14 Uno de los jóvenes le avisó a Abigail, esposa de Nabal: «David envió mensajeros desde el desierto para saludar a nuestro señor, pero él los insultó.
25:15 Esos hombres han sido muy buenos con nosotros. No nos maltrataron ni nos faltó nada durante todo el tiempo que anduvimos con ellos cuando estábamos en el campo.
25:16 Fueron un muro a nuestro alrededor, de noche y de día, todo el tiempo que estuvimos con ellos cuidando las ovejas.
25:17 Ahora piensa y ve qué vas a hacer, porque la desgracia está decidida contra nuestro señor y contra toda su familia. Él es un hombre tan perverso que no se le puede hablar».
25:18 Abigail se apresuró y tomó doscientos panes, dos odres de vino, cinco ovejas preparadas, unos treinta y seis litros de grano tostado, cien racimos de pasas y doscientos panes de higos secos. Lo cargó todo en asnos
25:19 y les dijo a sus jóvenes: «Vayan delante de mí. Yo iré detrás de ustedes». Pero no le dijo nada a su esposo Nabal.
25:20 Mientras ella bajaba montada en el asno por un lugar oculto del monte, David y sus hombres bajaban hacia ella, y ella se encontró con ellos.
25:21 David había dicho: «En vano protegí en el desierto todo lo que este hombre tiene, sin que le faltara nada de cuanto posee. Me ha devuelto mal por bien.
25:22 Que Dios castigue con toda severidad a los enemigos de David si, de todos los suyos, dejo vivo a un solo varón hasta la mañana».
Abigail pide a David que renuncie a la venganza
25:23 Cuando Abigail vio a David, se apresuró a bajar del asno, cayó rostro en tierra delante de él y se postró.
25:24 Se echó a sus pies y dijo: «Señor mío, que la culpa recaiga sobre mí. Te ruego que permitas hablar a tu sierva y escuches sus palabras.
25:25 Que mi señor no haga caso de ese hombre perverso, Nabal, porque es tal como su nombre: se llama Nabal y la necedad lo acompaña. Pero yo, tu sierva, no vi a los jóvenes que mi señor envió.
25:26 Ahora, señor mío, ¡vive el SEÑOR y vives tú!, el SEÑOR te ha impedido incurrir en culpa de sangre y vengarte por tu propia mano. Que tus enemigos y quienes buscan hacerle daño a mi señor sean como Nabal.
25:27 Que este regalo que tu sierva ha traído a mi señor se dé a los jóvenes que siguen a mi señor.
25:28 Te ruego que perdones la ofensa de tu sierva. Sin duda el SEÑOR establecerá una casa duradera para mi señor, porque mi señor pelea las batallas del SEÑOR. Que no se encuentre maldad en ti durante todos tus días.
25:29 Aunque alguien se levante para perseguirte y quitarte la vida, la vida de mi señor estará guardada en el haz de los vivos junto al SEÑOR tu Dios. Pero la vida de tus enemigos él la lanzará como desde el hueco de una honda.
25:30 Cuando el SEÑOR haga por mi señor todo el bien que ha prometido y te designe gobernante de Israel,
25:31 mi señor no tendrá esta causa de angustia ni remordimiento: haber derramado sangre sin motivo o haberse vengado por sí mismo. Cuando el SEÑOR haga bien a mi señor, acuérdate de tu sierva».
David escucha a Abigail y abandona su amenaza
25:32 David le dijo a Abigail: «Bendito sea el SEÑOR, Dios de Israel, que hoy te ha enviado a mi encuentro.
25:33 Bendito sea tu buen juicio, y bendita seas tú, que hoy me has impedido incurrir en culpa de sangre y vengarme por mi propia mano.
25:34 ¡Vive el SEÑOR, Dios de Israel, que me ha impedido hacerte daño! Si no te hubieras apresurado a venir a mi encuentro, al amanecer no le habría quedado vivo a Nabal ni un solo varón».
25:35 David recibió de sus manos lo que ella le había traído y le dijo: «Sube en paz a tu casa. Mira, he escuchado tu petición y la he aceptado».
Nabal conoce lo sucedido y muere
25:36 Abigail llegó a donde estaba Nabal, que daba en su casa un banquete como de rey. Nabal estaba alegre y muy borracho. Ella no le dijo nada, ni poco ni mucho, hasta que amaneció.
25:37 Por la mañana, cuando se le habían pasado los efectos del vino, su esposa le contó estas cosas. Entonces su corazón desfalleció dentro de él y quedó como una piedra.
25:38 Unos diez días después, el SEÑOR hirió a Nabal y murió.
David toma a Abigail por esposa
25:39 Cuando David oyó que Nabal había muerto, dijo: «Bendito sea el SEÑOR, que ha defendido mi causa por la afrenta recibida de Nabal y ha impedido que su servidor hiciera el mal. El SEÑOR ha hecho recaer la maldad de Nabal sobre su propia cabeza». Después David envió mensajeros para hablar con Abigail y tomarla por esposa.
25:40 Los servidores de David llegaron a Carmel, a donde estaba Abigail, y le dijeron: «David nos ha enviado a ti para llevarte a él como esposa».
25:41 Ella se levantó, se inclinó rostro en tierra y dijo: «Aquí está tu sierva, dispuesta a servir y lavar los pies de los servidores de mi señor».
25:42 Abigail se levantó de prisa y montó en el asno, acompañada de cinco jóvenes que la servían e iban a pie. Siguió a los mensajeros de David y se convirtió en su esposa.
25:43 David también había tomado por esposa a Ahinoam, de Jezreel, y ambas fueron sus esposas.
25:44 Saúl había dado a su hija Mical, esposa de David, a Palti, hijo de Lais, que era de Galim.

Capítulo 26
David perdona la vida a Saúl en Zif
26:1 Los de Zif fueron a Gabaa a decirle a Saúl: «¿No está David escondido en la colina de Haquila, frente a Jesimón?».
26:2 Saúl se levantó y bajó al desierto de Zif con tres mil hombres escogidos de Israel para buscar a David en el desierto de Zif.
26:3 Acampó en la colina de Haquila, frente a Jesimón, junto al camino. David permanecía en el desierto y vio que Saúl había venido a perseguirlo allí.
26:4 David envió exploradores y supo con certeza que Saúl había llegado.
26:5 Entonces David se levantó y fue al lugar donde Saúl había acampado. Vio dónde estaban acostados Saúl y Abner, hijo de Ner, jefe de su ejército. Saúl estaba acostado en el centro del campamento, y la tropa acampaba a su alrededor.
David y Abisai entran en el campamento
26:6 David les preguntó a Ahimelec, el hitita, y a Abisai, hijo de Sarvia y hermano de Joab: «¿Quién bajará conmigo al campamento donde está Saúl?». Abisai respondió: «Yo bajaré contigo».
26:7 David y Abisai llegaron de noche hasta la tropa. Saúl estaba acostado, dormido en el centro del campamento, con la lanza clavada en tierra junto a su cabecera. Abner y la tropa estaban acostados a su alrededor.
26:8 Abisai le dijo a David: «Hoy Dios ha entregado a tu enemigo en tus manos. Déjame clavarlo en tierra con la lanza de un solo golpe. No tendré que darle otro».
26:9 David le respondió a Abisai: «No lo mates. ¿Quién puede extender la mano contra el ungido del SEÑOR y quedar sin culpa?».
26:10 David añadió: «¡Vive el SEÑOR, que el SEÑOR mismo lo herirá! O llegará su día y morirá, o bajará a la batalla y perecerá.
26:11 Que el SEÑOR me libre de extender mi mano contra el ungido del SEÑOR. Ahora toma la lanza que está a su cabecera y la jarra de agua, y vámonos».
26:12 David tomó la lanza y la jarra de agua que estaban a la cabecera de Saúl, y se fueron. Nadie los vio, nadie se dio cuenta y nadie despertó. Todos dormían, porque había caído sobre ellos un sueño profundo de parte del SEÑOR.
David interpela a Abner desde la distancia
26:13 David cruzó al otro lado y se puso en la cima del monte, a lo lejos. Había una gran distancia entre ellos.
26:14 David llamó a la tropa y a Abner, hijo de Ner: «¿No respondes, Abner?». Abner respondió: «¿Quién eres tú, que llamas al rey?».
26:15 David le dijo a Abner: «¿No eres un hombre valiente? ¿Quién hay como tú en Israel? ¿Por qué no has protegido a tu señor el rey? Uno del pueblo ha entrado para matar a tu señor el rey.
26:16 No está bien lo que has hecho. ¡Vive el SEÑOR, que merecen morir, porque no han protegido a su señor, al ungido del SEÑOR! Mira ahora dónde están la lanza del rey y la jarra de agua que había a su cabecera».
David reclama a Saúl el motivo de la persecución
26:17 Saúl reconoció la voz de David y preguntó: «¿Es esta tu voz, David, hijo mío?». David respondió: «Es mi voz, mi señor el rey».
26:18 Añadió: «¿Por qué persigue mi señor a su servidor? ¿Qué he hecho? ¿Qué mal hay en mis manos?
26:19 Te ruego que mi señor el rey escuche las palabras de su servidor. Si el SEÑOR te ha incitado contra mí, que acepte una ofrenda. Pero si han sido seres humanos, malditos sean delante del SEÑOR, porque hoy me han expulsado y me han privado de participar en la heredad del SEÑOR, diciendo: “Ve a servir a otros dioses”.
26:20 Que mi sangre no caiga ahora a tierra lejos de la presencia del SEÑOR. El rey de Israel ha salido a buscar una sola pulga, como quien persigue una perdiz en los montes».
Saúl admite su pecado y David se encomienda al SEÑOR
26:21 Saúl dijo: «He pecado. Vuelve, David, hijo mío. No volveré a hacerte daño, porque hoy has considerado preciosa mi vida. He actuado neciamente y me he equivocado mucho».
26:22 David respondió: «Aquí está la lanza del rey. Que uno de los jóvenes cruce hasta aquí y la recoja.
26:23 Que el SEÑOR recompense a cada uno por su justicia y su fidelidad. Hoy el SEÑOR te entregó en mis manos, pero no quise extender la mano contra el ungido del SEÑOR.
26:24 Así como hoy tu vida ha sido preciosa a mis ojos, que mi vida sea preciosa a los ojos del SEÑOR y que me libre de toda angustia».
26:25 Saúl le dijo a David: «Bendito seas, David, hijo mío. Sin duda harás grandes cosas y prevalecerás». David siguió su camino, y Saúl regresó a su lugar.

Capítulo 27
David entre los filisteos
27:1 David pensó en su corazón: «Un día pereceré a manos de Saúl. Lo mejor para mí será escapar a la tierra de los filisteos. Saúl perderá la esperanza de encontrarme y dejará de buscarme por todo el territorio de Israel. Así escaparé de su mano».
27:2 David se levantó y se pasó con los seiscientos hombres que lo acompañaban a Aquis, hijo de Maoc, rey de Gat.
27:3 David y sus hombres se quedaron con Aquis en Gat, cada uno con su familia. David estaba con sus dos esposas: Ahinoam, la jezreelita, y Abigail, la de Carmel, que había sido esposa de Nabal.
27:4 Cuando Saúl supo que David había huido a Gat, no volvió a buscarlo.
Aquis concede Siclag a David
27:5 David le dijo a Aquis: «Si he encontrado favor ante ti, que me den un lugar en alguna de las ciudades del campo para vivir allí. ¿Por qué ha de vivir tu servidor contigo en la ciudad real?».
27:6 Aquel día Aquis le dio Siclag. Por eso Siclag pertenece a los reyes de Judá hasta hoy.
27:7 David vivió en el territorio de los filisteos un año y cuatro meses.
David oculta a Aquis el destino de sus incursiones
27:8 David y sus hombres subían y hacían incursiones contra los gesuritas, los gezritas y los amalecitas. Estos pueblos habitaban desde antiguo aquella tierra, en dirección a Shur y hasta la tierra de Egipto.
27:9 David atacaba el país y no dejaba con vida ni hombre ni mujer. Se llevaba ovejas, reses, asnos, camellos y ropa, y regresaba a donde estaba Aquis.
27:10 Aquis preguntaba: «¿Dónde han hecho incursiones hoy?». David respondía: «Contra el Neguev de Judá, contra el Neguev de los jerameelitas y contra el Neguev de los ceneos».
27:11 David no dejaba con vida ni hombre ni mujer para llevarlos a Gat, porque pensaba: «No sea que informen de nosotros y digan: “Esto ha hecho David”». Así actuó todo el tiempo que vivió en territorio de los filisteos.
27:12 Aquis confiaba en David y pensaba: «Se ha hecho completamente odioso a su pueblo Israel. Será mi servidor para siempre».

Capítulo 28
Aquis exige que David salga con él contra Israel
28:1 En aquellos días los filisteos reunieron sus tropas para combatir contra Israel. Aquis le dijo a David: «Ten por seguro que tú y tus hombres saldrán conmigo a la campaña».
28:2 David le respondió a Aquis: «Entonces tú sabrás lo que hará tu servidor». Aquis le dijo: «Por eso te haré guardián de mi persona para siempre».
Saúl busca a una médium en Endor
28:3 Samuel ya había muerto. Todo Israel había hecho duelo por él y lo había sepultado en Ramá, su ciudad. Saúl había expulsado del país a los médiums y a los adivinos.
28:4 Los filisteos se reunieron y fueron a acampar en Sunem. Saúl reunió a todo Israel y acamparon en Gilboa.
28:5 Cuando Saúl vio el campamento filisteo, tuvo miedo y su corazón tembló mucho.
28:6 Saúl consultó al SEÑOR, pero el SEÑOR no le respondió ni por sueños, ni por el Urim, ni por los profetas.
28:7 Entonces Saúl les dijo a sus servidores: «Búsquenme una mujer que consulte a los muertos, para ir a consultarla». Sus servidores le respondieron: «En Endor hay una mujer que consulta a los muertos».
28:8 Saúl se disfrazó, se puso otra ropa y fue con dos hombres. Llegaron de noche a donde estaba la mujer. Él dijo: «Te ruego que adivines para mí por medio de un espíritu y hagas subir al que yo te diga».
28:9 La mujer le respondió: «Tú sabes lo que ha hecho Saúl: ha eliminado del país a los médiums y a los adivinos. ¿Por qué tiendes una trampa contra mi vida para hacerme morir?».
28:10 Saúl le juró por el SEÑOR: «¡Vive el SEÑOR, que no recibirás castigo por este asunto!».
28:11 La mujer preguntó: «¿A quién debo hacer subir para ti?». Él respondió: «Haz subir a Samuel».
Samuel reafirma el juicio anunciado contra Saúl
28:12 Cuando la mujer vio a Samuel, lanzó un fuerte grito y le dijo a Saúl: «¿Por qué me has engañado? ¡Tú eres Saúl!».
28:13 El rey le dijo: «No tengas miedo. ¿Qué has visto?». La mujer le respondió a Saúl: «He visto dioses que suben de la tierra».
28:14 Él le preguntó: «¿Qué aspecto tiene?». Ella respondió: «Sube un anciano envuelto en un manto». Saúl comprendió que era Samuel, se inclinó rostro en tierra y se postró.
28:15 Samuel le dijo a Saúl: «¿Por qué me has perturbado haciéndome subir?». Saúl respondió: «Estoy muy angustiado. Los filisteos combaten contra mí y Dios se ha apartado de mí. Ya no me responde ni por medio de los profetas ni por sueños. Por eso te he llamado, para que me digas qué debo hacer».
28:16 Samuel dijo: «¿Por qué me preguntas a mí, si el SEÑOR se ha apartado de ti y se ha convertido en tu adversario?
28:17 El SEÑOR ha hecho para sí lo que anunció por medio de mí. El SEÑOR ha arrancado el reino de tus manos y se lo ha dado a tu prójimo, a David.
28:18 Como no obedeciste la voz del SEÑOR ni ejecutaste su ardiente ira contra Amalec, el SEÑOR te ha hecho esto hoy.
28:19 El SEÑOR entregará también a Israel junto contigo en manos de los filisteos. Mañana tú y tus hijos estarán conmigo. El SEÑOR entregará también el ejército de Israel en manos de los filisteos».
Saúl recibe alimento antes de partir
28:20 Saúl cayó de inmediato al suelo cuan largo era. Tenía mucho miedo por las palabras de Samuel, y además estaba sin fuerzas, porque no había comido nada durante todo el día y toda la noche.
28:21 La mujer se acercó a Saúl y, al verlo tan aterrorizado, le dijo: «Tu sierva ha escuchado tu voz. He arriesgado mi vida y he obedecido las palabras que me dijiste.
28:22 Ahora te ruego que tú también escuches a tu sierva. Déjame ponerte delante un poco de pan. Come para que tengas fuerzas cuando sigas tu camino».
28:23 Él se negó y dijo: «No comeré». Pero sus servidores y la mujer insistieron, y él los escuchó. Se levantó del suelo y se sentó en la cama.
28:24 La mujer tenía en su casa un ternero engordado y se apresuró a matarlo. Tomó harina, la amasó y coció panes sin levadura.
28:25 Se los sirvió a Saúl y a sus servidores, y ellos comieron. Después se levantaron y se fueron aquella misma noche.

Capítulo 29
Los filisteos desconfían de David
29:1 Los filisteos reunieron todas sus tropas en Afec, mientras Israel acampaba junto al manantial que está en Jezreel.
29:2 Los gobernantes filisteos avanzaban con sus grupos de cien y de mil hombres. David y sus hombres avanzaban en la retaguardia con Aquis.
29:3 Los jefes filisteos preguntaron: «¿Qué hacen aquí estos hebreos?». Aquis les respondió: «¿No es este David, servidor de Saúl, rey de Israel, que ha estado conmigo desde hace días o años? No he encontrado ninguna falta en él desde el día que se pasó a mí hasta hoy».
29:4 Los jefes filisteos se enfurecieron contra él y le dijeron: «Haz volver a ese hombre al lugar que le asignaste. Que no baje con nosotros a la batalla, no sea que se convierta en nuestro adversario durante el combate. ¿Con qué podría reconciliarse con su señor mejor que con las cabezas de estos hombres?
29:5 ¿No es este David, de quien cantaban mientras danzaban: “Saúl ha matado a sus miles, y David a sus decenas de miles”?».
Aquis despide a David de la campaña
29:6 Aquis llamó a David y le dijo: «¡Vive el SEÑOR, que tú eres un hombre recto! Me parece bien que salgas y entres conmigo en la campaña, porque no he encontrado maldad en ti desde el día que llegaste hasta hoy. Pero no agradas a los gobernantes.
29:7 Ahora regresa y vete en paz, para no desagradar a los gobernantes filisteos».
29:8 David le respondió a Aquis: «Pero ¿qué he hecho? ¿Qué has encontrado en tu servidor desde el día que estoy contigo hasta hoy, para que no vaya a combatir contra los enemigos de mi señor el rey?».
29:9 Aquis le respondió a David: «Lo sé. A mis ojos eres bueno como un ángel de Dios. Pero los jefes filisteos han dicho: “Que no suba con nosotros a la batalla”.
29:10 Así que levántate temprano por la mañana, tú y los servidores de tu señor que han venido contigo. Levántense temprano y, en cuanto haya luz, váyanse».
29:11 David y sus hombres se levantaron temprano por la mañana para irse y regresar a la tierra de los filisteos. Los filisteos subieron a Jezreel.

Capítulo 30
David busca al SEÑOR tras el saqueo de Siclag
30:1 Cuando David y sus hombres llegaron a Siclag al tercer día, los amalecitas habían hecho una incursión contra el Neguev y contra Siclag. Habían atacado Siclag y le habían prendido fuego.
30:2 Se habían llevado cautivas a las mujeres que había allí y a todos, desde el menor hasta el mayor. No habían matado a nadie, sino que se los habían llevado y habían seguido su camino.
30:3 David y sus hombres llegaron a la ciudad y la encontraron quemada. Sus esposas, sus hijos y sus hijas habían sido llevados cautivos.
30:4 Entonces David y los hombres que estaban con él alzaron la voz y lloraron hasta que no les quedaron fuerzas para llorar.
30:5 También habían sido llevadas cautivas las dos esposas de David: Ahinoam, la jezreelita, y Abigail, que había sido esposa de Nabal, el de Carmel.
30:6 David estaba muy angustiado, porque el pueblo hablaba de apedrearlo. Todos estaban amargados de espíritu, cada uno por sus hijos y sus hijas. Pero David se fortaleció en el SEÑOR su Dios.
30:7 David le dijo al sacerdote Abiatar, hijo de Ahimelec: «Acércame el efod, por favor». Abiatar le acercó el efod a David.
30:8 David consultó al SEÑOR: «¿Debo perseguir a esta banda? ¿La alcanzaré?». Él respondió: «Persíguela, porque sin duda la alcanzarás y rescatarás a los cautivos».
David persigue a los amalecitas y rescata a los cautivos
30:9 David salió con los seiscientos hombres que estaban con él. Llegaron al torrente de Besor, donde se quedaron los rezagados.
30:10 David continuó la persecución con cuatrocientos hombres. Doscientos se quedaron, demasiado agotados para cruzar el torrente de Besor.
30:11 Encontraron en el campo a un egipcio y lo llevaron a David. Le dieron pan y comió, y le dieron agua para beber.
30:12 También le dieron un trozo de pan de higos secos y dos racimos de pasas. Comió y recobró las fuerzas, porque no había comido pan ni bebido agua durante tres días y tres noches.
30:13 David le preguntó: «¿De quién eres y de dónde vienes?». Él respondió: «Soy un joven egipcio, esclavo de un amalecita. Mi señor me abandonó porque enfermé hace tres días.
30:14 Hicimos una incursión contra el Neguev de los cereteos, contra el territorio de Judá y contra el Neguev de Caleb. A Siclag le prendimos fuego».
30:15 David le preguntó: «¿Me llevarás hasta esa banda?». Él respondió: «Júrame por Dios que no me matarás ni me entregarás en manos de mi señor, y te llevaré hasta esa banda».
30:16 Lo llevó hasta allí. Los amalecitas estaban dispersos por toda la región, comiendo, bebiendo y festejando por el gran botín que habían tomado de la tierra de los filisteos y de la tierra de Judá.
30:17 David los atacó desde el atardecer hasta la tarde del día siguiente. No escapó ninguno de ellos, salvo cuatrocientos jóvenes que montaron en camellos y huyeron.
30:18 David recuperó todo lo que Amalec había tomado, y David rescató a sus dos esposas.
30:19 No les faltó nada, ni pequeño ni grande: ni hijos ni hijas, ni nada del botín ni de todo lo que les habían quitado. David lo recuperó todo.
30:20 David tomó todas las ovejas y las reses. Las arreaban delante del resto del ganado y decían: «Este es el botín de David».
David dispone que todos compartan el botín
30:21 David llegó a donde estaban los doscientos hombres que habían quedado demasiado agotados para seguirlo y a quienes habían dejado junto al torrente de Besor. Ellos salieron al encuentro de David y de los hombres que lo acompañaban. David se acercó y los saludó.
30:22 Pero todos los hombres malos y perversos que habían ido con David dijeron: «Como no fueron con nosotros, no les daremos nada del botín que hemos recuperado. Que cada uno tome solo a su esposa y a sus hijos, y se vaya».
30:23 David dijo: «No hagan eso, hermanos míos, con lo que el SEÑOR nos ha dado. Él nos protegió y entregó en nuestras manos a la banda que nos atacó.
30:24 ¿Quién los escuchará en este asunto? La parte del que baja a la batalla será igual a la del que se queda con el equipaje. Compartirán por igual».
30:25 Desde aquel día en adelante, David estableció esto como ley y norma para Israel, y así permanece hasta hoy.
David envía regalos a los ancianos de Judá
30:26 Cuando David llegó a Siclag, envió parte del botín a los ancianos de Judá, sus amigos, diciendo: «Aquí tienen un regalo del botín de los enemigos del SEÑOR».
30:27 Lo envió a los de Betel, a los de Ramot del Neguev y a los de Jatir;
30:28 a los de Aroer, a los de Sifmot y a los de Estemoa;
30:29 a los de Racal, a los de las ciudades de los jerameelitas y a los de las ciudades de los ceneos;
30:30 a los de Horma, a los de Bor-asán y a los de Atac;
30:31 a los de Hebrón y a todos los lugares por donde David y sus hombres habían andado.

Capítulo 31
Muerte de Saúl y de sus hijos
Texto relacionado: 1 Crónicas 10:1–12
31:1 Los filisteos combatían contra Israel. Los hombres de Israel huyeron de los filisteos y cayeron muertos en el monte Gilboa.
31:2 Los filisteos alcanzaron a Saúl y a sus hijos. Mataron a Jonatán, a Abinadab y a Malquisúa, hijos de Saúl.
31:3 La batalla arreció contra Saúl. Los arqueros lo encontraron, y él se estremeció de angustia ante ellos.
31:4 Saúl le dijo a su escudero: «Desenvaina tu espada y atraviésame con ella, no sea que vengan estos incircuncisos, me atraviesen y me maltraten». Pero su escudero no quiso, porque tenía mucho miedo. Entonces Saúl tomó la espada y se echó sobre ella.
31:5 Cuando su escudero vio que Saúl había muerto, también él se echó sobre su espada y murió con él.
31:6 Así murieron juntos aquel día Saúl, sus tres hijos, su escudero y todos sus hombres.
31:7 Los israelitas que estaban al otro lado del valle y al otro lado del Jordán vieron que los hombres de Israel habían huido y que Saúl y sus hijos habían muerto. Abandonaron las ciudades y huyeron. Los filisteos llegaron y se establecieron en ellas.
31:8 Al día siguiente, los filisteos fueron a despojar a los muertos y encontraron a Saúl y a sus tres hijos caídos en el monte Gilboa.
Los filisteos humillan el cuerpo de Saúl
31:9 Le cortaron la cabeza, le quitaron las armas y enviaron mensajeros por toda la tierra de los filisteos para anunciar la noticia en el templo de sus ídolos y al pueblo.
31:10 Pusieron sus armas en el templo de Astarot y clavaron su cuerpo en la muralla de Bet-sán.
Los hombres de Jabes recuperan los cuerpos
31:11 Cuando los habitantes de Jabes de Galaad oyeron lo que los filisteos le habían hecho a Saúl,
31:12 todos los hombres valientes se levantaron y caminaron toda la noche. Bajaron el cuerpo de Saúl y los cuerpos de sus hijos de la muralla de Bet-sán, los llevaron a Jabes y los quemaron allí.
31:13 Después tomaron sus huesos y los sepultaron debajo del tamarisco en Jabes. Ayunaron siete días.

2 SAMUEL

Capítulo 1
David oye de la muerte de Saúl
1:1 Después de la muerte de Saúl, David regresó de derrotar a los amalecitas y permaneció dos días en Siclag.
1:2 Al tercer día llegó un hombre del campamento de Saúl, con la ropa rasgada y tierra sobre la cabeza. Al llegar ante David, cayó a tierra y se postró.
1:3 David le preguntó: «¿De dónde vienes?». Él respondió: «He escapado del campamento de Israel».
1:4 David le dijo: «¿Qué ha sucedido? Cuéntamelo, por favor». Él respondió: «El pueblo huyó de la batalla. Muchos del pueblo cayeron y murieron. También han muerto Saúl y su hijo Jonatán».
1:5 David le preguntó al joven que le traía la noticia: «¿Cómo sabes que Saúl y su hijo Jonatán han muerto?».
1:6 El joven que le traía la noticia respondió: «Por casualidad me encontraba en el monte Gilboa. Saúl estaba apoyado en su lanza, mientras los carros y los jinetes lo alcanzaban.
1:7 Él miró hacia atrás, me vio y me llamó. Yo respondí: “Aquí estoy”.
1:8 Me preguntó: “¿Quién eres?”. Le respondí: “Soy amalecita”.
1:9 Entonces me dijo: “Acércate y mátame, por favor. Me ha sobrevenido una agonía, pero todavía estoy vivo”.
1:10 Me acerqué y lo maté, porque sabía que no sobreviviría después de haber caído. Tomé la corona que tenía en la cabeza y el brazalete que llevaba en el brazo, y los he traído aquí a mi señor».
David hace duelo por Saúl y Jonatán
1:11 David agarró su ropa y la rasgó. Lo mismo hicieron todos los hombres que estaban con él.
1:12 Hicieron duelo, lloraron y ayunaron hasta el anochecer por Saúl, por su hijo Jonatán, por el pueblo del SEÑOR y por la casa de Israel, porque habían caído a espada.
David juzga al mensajero amalecita
1:13 David le preguntó al joven que le había traído la noticia: «¿De dónde eres?». Él respondió: «Soy hijo de un extranjero residente, un amalecita».
1:14 David le dijo: «¿Cómo no tuviste miedo de extender tu mano para matar al ungido del SEÑOR?».
1:15 Luego David llamó a uno de los jóvenes y le dijo: «Acércate y mátalo». El joven lo hirió, y el amalecita murió.
1:16 David le dijo: «Tu sangre recaiga sobre tu cabeza, porque tu propia boca ha testificado contra ti al decir: “Yo maté al ungido del SEÑOR”».
David lamenta la muerte de Saúl y Jonatán
1:17 David entonó esta lamentación por Saúl y por su hijo Jonatán
1:18 y ordenó que se enseñara a los hijos de Judá el canto del Arco. Está escrito en el libro de Jaser:
1:19 «¡Tu gloria, Israel, yace muerta en tus alturas!
   ¡Cómo han caído los valientes!
1:20 No lo cuenten en Gat ni lo anuncien en las calles de Ascalón, para que no se alegren las hijas de los filisteos ni se regocijen las hijas de los incircuncisos.
1:21 Montes de Gilboa, que no haya sobre ustedes rocío ni lluvia, ni campos que produzcan ofrendas.
   Porque allí fue mancillado el escudo de los valientes, el escudo de Saúl, sin ser ungido con aceite.
1:22 Sin sangre de los muertos ni grasa de los valientes, el arco de Jonatán no retrocedía, ni la espada de Saúl volvía vacía.
1:23 Saúl y Jonatán, amados y agradables en su vida, tampoco en su muerte fueron separados.
   Eran más veloces que águilas y más fuertes que leones.
1:24 Hijas de Israel, lloren por Saúl, que las vestía de escarlata y lujos, que adornaba sus ropas con joyas de oro.
1:25 ¡Cómo han caído los valientes en medio de la batalla!
   ¡Jonatán yace muerto en tus alturas!
1:26 Estoy angustiado por ti, Jonatán, hermano mío.
   Me eras muy querido.
   Tu amor por mí fue maravilloso, más que el amor de las mujeres.
1:27 ¡Cómo han caído los valientes y han perecido las armas de guerra!».

Capítulo 2
David es proclamado rey de Judá
2:1 Después de esto, David consultó al SEÑOR: «¿Debo subir a alguna de las ciudades de Judá?». El SEÑOR le respondió: «Sube». David preguntó: «¿A cuál debo subir?». Él respondió: «A Hebrón».
2:2 David subió allí con sus dos esposas: Ahinoam, la jezreelita, y Abigail, que había sido esposa de Nabal, el de Carmel.
2:3 David también llevó consigo a los hombres que lo acompañaban, cada uno con su familia. Se establecieron en las ciudades de Hebrón.
2:4 Los hombres de Judá llegaron y ungieron allí a David como rey sobre la casa de Judá. Le informaron a David: «Los hombres de Jabes de Galaad sepultaron a Saúl».
David agradece la lealtad de Jabes
2:5 Entonces David envió mensajeros a los hombres de Jabes de Galaad para decirles: «Que el SEÑOR los bendiga por haber mostrado esta lealtad a su señor Saúl al sepultarlo.
2:6 Que el SEÑOR los trate ahora con amor fiel y fidelidad. Yo también los trataré con bondad por haber hecho esto.
2:7 Fortalezcan sus manos y sean valientes, porque su señor Saúl ha muerto, y la casa de Judá me ha ungido rey sobre ellos».
Abner proclama rey a Is-boset
2:8 Pero Abner, hijo de Ner, jefe del ejército de Saúl, tomó a Is-boset, hijo de Saúl, y lo llevó a Mahanaim.
2:9 Lo hizo rey sobre Galaad, sobre los asuritas, sobre Jezreel, sobre Efraín, sobre Benjamín y sobre todo Israel.
2:10 Is-boset, hijo de Saúl, tenía cuarenta años cuando comenzó a reinar sobre Israel, y reinó dos años. Solo la casa de Judá seguía a David.
2:11 David fue rey en Hebrón sobre la casa de Judá durante siete años y seis meses.
Los ejércitos se enfrentan en Gabaón
2:12 Abner, hijo de Ner, salió de Mahanaim hacia Gabaón con los servidores de Is-boset, hijo de Saúl.
2:13 Joab, hijo de Sarvia, y los servidores de David también salieron y se encontraron con ellos junto al estanque de Gabaón. Se sentaron unos a un lado del estanque y los otros al otro lado.
2:14 Abner le dijo a Joab: «Que se levanten los jóvenes y compitan delante de nosotros». Joab respondió: «Que se levanten».
2:15 Se levantaron y pasaron en igual número: doce de Benjamín por Is-boset, hijo de Saúl, y doce de los servidores de David.
2:16 Cada uno agarró a su adversario por la cabeza y le clavó la espada en el costado. Todos cayeron juntos. Por eso aquel lugar de Gabaón fue llamado Helcat-hazurim.
2:17 La batalla fue muy dura aquel día. Abner y los hombres de Israel fueron derrotados por los servidores de David.
Asael persigue a Abner y muere
2:18 Estaban allí los tres hijos de Sarvia: Joab, Abisai y Asael. Asael era veloz de pies como una gacela del campo.
2:19 Asael persiguió a Abner sin desviarse ni a la derecha ni a la izquierda de su persecución.
2:20 Abner miró hacia atrás y preguntó: «¿Eres tú, Asael?». Él respondió: «Soy yo».
2:21 Abner le dijo: «Desvíate a la derecha o a la izquierda, atrapa a uno de los jóvenes y toma sus despojos». Pero Asael no quiso dejar de perseguirlo.
2:22 Abner volvió a decirle a Asael: «Deja de perseguirme. ¿Por qué tendría que derribarte? ¿Cómo podría después mirar a tu hermano Joab a la cara?».
2:23 Pero él se negó a apartarse. Entonces Abner lo hirió en el vientre con el extremo trasero de la lanza, que le salió por la espalda. Asael cayó y murió allí mismo. Todos los que llegaban al lugar donde Asael había caído y muerto se detenían.
2:24 Joab y Abisai persiguieron a Abner. El sol se ponía cuando llegaron a la colina de Amma, frente a Gía, por el camino del desierto de Gabaón.
2:25 Los benjaminitas se reunieron detrás de Abner, formaron un solo grupo y se detuvieron en la cima de una colina.
Joab detiene la persecución
2:26 Abner llamó a Joab y le dijo: «¿Va a devorar la espada para siempre? ¿No sabes que al final habrá amargura? ¿Hasta cuándo tardarás en decirle al pueblo que deje de perseguir a sus hermanos?».
2:27 Joab respondió: «¡Vive Dios, que si no hubieras hablado, desde la mañana el pueblo habría dejado de perseguir cada uno a su hermano!».
2:28 Entonces Joab tocó el cuerno, y todo el pueblo se detuvo. No volvieron a perseguir a Israel ni continuaron combatiendo.
2:29 Abner y sus hombres caminaron por el Arabá toda aquella noche, cruzaron el Jordán, recorrieron todo Bitrón y llegaron a Mahanaim.
2:30 Joab regresó de perseguir a Abner y reunió a todo el pueblo. Faltaban diecinueve de los servidores de David, además de Asael.
2:31 Pero los servidores de David habían matado a trescientos sesenta hombres de Benjamín y de los hombres de Abner.
2:32 Tomaron a Asael y lo sepultaron en la tumba de su padre, en Belén. Joab y sus hombres caminaron toda la noche y les amaneció en Hebrón.

Capítulo 3
3:1 La guerra entre la casa de Saúl y la casa de David se prolongó. David se hacía cada vez más fuerte, mientras la casa de Saúl se debilitaba cada vez más.
Hijos de David nacidos en Hebrón
Texto relacionado: 1 Crónicas 3:1–4
3:2 A David le nacieron hijos en Hebrón. Su primogénito fue Amnón, de Ahinoam, la jezreelita.
3:3 El segundo fue Quileab, de Abigail, que había sido esposa de Nabal, el de Carmel. El tercero fue Absalón, hijo de Maaca, hija de Talmai, rey de Gesur.
3:4 El cuarto fue Adonías, hijo de Haguit; el quinto, Sefatías, hijo de Abital,
3:5 y el sexto, Itream, de Egla, esposa de David. Estos le nacieron a David en Hebrón.
Abner pacta con David en Hebrón
3:6 Mientras duraba la guerra entre la casa de Saúl y la casa de David, Abner afianzaba su poder en la casa de Saúl.
3:7 Saúl había tenido una concubina llamada Rizpa, hija de Aja. Is-boset le preguntó a Abner: «¿Por qué te has acostado con la concubina de mi padre?».
3:8 Abner se enfureció mucho por las palabras de Is-boset y respondió: «¿Soy una cabeza de perro que pertenece a Judá? Hasta hoy he mostrado lealtad a la casa de tu padre Saúl, a sus hermanos y a sus amigos. No te he entregado en manos de David, ¿y hoy me acusas de una falta por esta mujer?
3:9 Que Dios castigue a Abner con toda severidad si no hago por David lo que el SEÑOR le ha jurado:
3:10 quitar el reino a la casa de Saúl y establecer el trono de David sobre Israel y sobre Judá, desde Dan hasta Beerseba».
3:11 Is-boset no pudo responderle a Abner una palabra más, porque le tenía miedo.
David acepta negociar con Abner
3:12 Abner envió mensajeros a David de su parte, diciendo: «¿De quién es el país? Haz un pacto conmigo, y mi mano estará contigo para poner de tu parte a todo Israel».
3:13 David respondió: «Está bien, haré un pacto contigo. Pero te pido una cosa: no podrás verme si no traes a Mical, hija de Saúl, cuando vengas a mi presencia».
3:14 David envió mensajeros a Is-boset, hijo de Saúl, para decirle: «Devuélveme a mi esposa Mical, con quien me comprometí a cambio de cien prepucios de filisteos».
3:15 Is-boset mandó que se la quitaran a su marido Paltiel, hijo de Lais.
3:16 Su marido la siguió llorando por el camino hasta Bahurim. Abner le dijo: «Vete, regresa». Y él regresó.
3:17 Abner había hablado con los ancianos de Israel, diciendo: «Desde hace tiempo desean que David sea rey sobre ustedes.
3:18 Ahora háganlo, porque el SEÑOR le ha dicho a David: “Por medio de mi servidor David salvaré a mi pueblo Israel de manos de los filisteos y de todos sus enemigos”».
3:19 Abner también habló con los de Benjamín. Después fue a Hebrón para comunicarle a David todo lo que había parecido bien a Israel y a toda la casa de Benjamín.
3:20 Abner llegó a donde estaba David en Hebrón con veinte hombres. David preparó un banquete para Abner y para los hombres que lo acompañaban.
3:21 Abner le dijo a David: «Me levantaré e iré a reunir a todo Israel ante mi señor el rey, para que hagan un pacto contigo y reines sobre todo lo que desees». David despidió a Abner, y él se fue en paz.
Joab mata a Abner
3:22 Los servidores de David y Joab regresaban de una incursión y traían consigo mucho botín. Abner ya no estaba con David en Hebrón, porque David lo había despedido y Abner se había ido en paz.
3:23 Cuando Joab llegó con todo su ejército, le informaron: «Abner, hijo de Ner, ha venido al rey, y el rey lo ha despedido; Abner se ha ido en paz».
3:24 Joab entró ante el rey y dijo: «¿Qué has hecho? Abner vino a ti. ¿Por qué lo has despedido y lo has dejado ir?
3:25 Conoces a Abner, hijo de Ner. Ha venido a engañarte, a conocer tus salidas y tus entradas, y a enterarse de todo lo que haces».
3:26 Joab salió de la presencia de David y envió mensajeros tras Abner. Lo hicieron volver desde la cisterna de Sira, sin que David lo supiera.
3:27 Cuando Abner regresó a Hebrón, Joab lo apartó al interior de la puerta para hablar con él en privado. Allí lo hirió en el vientre y lo mató, por la sangre de su hermano Asael.
3:28 Cuando David se enteró después, dijo: «Yo y mi reino somos inocentes para siempre delante del SEÑOR de la sangre de Abner, hijo de Ner.
3:29 Que recaiga sobre la cabeza de Joab y sobre toda la familia de su padre. Que nunca falte en la casa de Joab quien padezca un flujo, quien tenga lepra, quien empuñe un huso, quien caiga a espada o quien carezca de pan».
3:30 Joab y su hermano Abisai mataron a Abner porque él había dado muerte a su hermano Asael en la batalla de Gabaón.
David hace duelo público por Abner
3:31 David les dijo a Joab y a todo el pueblo que estaba con él: «Rasguen su ropa, vístanse de tela de duelo y hagan lamentación delante de Abner». El rey David caminaba detrás del féretro.
3:32 Sepultaron a Abner en Hebrón. El rey alzó la voz y lloró junto a la tumba de Abner, y todo el pueblo lloró.

3:33 El rey entonó una lamentación por Abner:
 «¿Tenía que morir Abner como muere un necio?
3:34 Tus manos no estaban atadas ni tus pies sujetos con cadenas de bronce.
   Has caído como quien cae ante hombres malvados».
   Todo el pueblo volvió a llorar por él.
3:35 Todo el pueblo vino a ofrecerle pan a David mientras aún era de día, pero David juró: «Que Dios me castigue con toda severidad si pruebo pan o cualquier otra cosa antes de que se ponga el sol».
3:36 Todo el pueblo lo supo y le agradó. Todo lo que hacía el rey le parecía bien a todo el pueblo.
3:37 Aquel día todo el pueblo y todo Israel comprendieron que no había sido el rey quien había ordenado matar a Abner, hijo de Ner.
3:38 El rey les dijo a sus servidores: «¿No saben que hoy ha caído en Israel un jefe, un gran hombre?
3:39 Hoy yo soy débil, aunque he sido ungido rey, y estos hombres, los hijos de Sarvia, son demasiado duros para mí. Que el SEÑOR recompense al que hace el mal conforme a su maldad».

Capítulo 4
Is-boset es asesinado
4:1 Cuando el hijo de Saúl oyó que Abner había muerto en Hebrón, perdió el ánimo, y todo Israel quedó aterrorizado.
4:2 El hijo de Saúl tenía dos hombres que eran jefes de bandas. Uno se llamaba Baana y el otro Recab. Eran hijos de Rimón, el beerotita, de los hijos de Benjamín, pues Beerot también se consideraba parte de Benjamín.
4:3 Los beerotitas habían huido a Gitaim y han vivido allí como extranjeros hasta hoy.
4:4 Jonatán, hijo de Saúl, tenía un hijo lisiado de los pies. Tenía cinco años cuando llegó de Jezreel la noticia sobre Saúl y Jonatán. Su nodriza lo tomó y huyó, pero en la prisa por escapar el niño cayó y quedó cojo. Se llamaba Mefi-boset.
4:5 Recab y Baana, hijos de Rimón, el beerotita, fueron a la casa de Is-boset durante el calor del día, cuando él estaba acostado descansando al mediodía.
4:6 Entraron hasta el interior de la casa como quienes iban a recoger trigo, y lo hirieron en el vientre. Luego Recab y su hermano Baana escaparon.
4:7 Habían entrado en la casa cuando él estaba acostado en su cama, en el dormitorio. Lo hirieron, lo mataron y le cortaron la cabeza. Tomaron su cabeza y caminaron toda la noche por el camino del Arabá.
4:8 Llevaron la cabeza de Is-boset a David en Hebrón y le dijeron al rey: «Aquí está la cabeza de Is-boset, hijo de Saúl, tu enemigo que buscaba quitarte la vida. Hoy el SEÑOR le ha dado a mi señor el rey venganza sobre Saúl y sobre su descendencia».
David rechaza el asesinato de Is-boset
4:9 David les respondió a Recab y a su hermano Baana, hijos de Rimón, el beerotita: «¡Vive el SEÑOR, que ha rescatado mi vida de toda angustia!
4:10 Al que me anunció: “Saúl ha muerto”, creyendo que me traía buenas noticias, lo apresé y lo maté en Siclag. Esa fue la recompensa que le di por la noticia.
4:11 ¡Cuánto más cuando unos hombres malvados han matado a un hombre justo en su casa, sobre su cama! ¿No les pediré cuentas por su sangre y los eliminaré de la tierra?».
4:12 David les dio una orden a sus jóvenes, y ellos los mataron. Les cortaron las manos y los pies y los colgaron junto al estanque de Hebrón. Tomaron la cabeza de Is-boset y la sepultaron en la tumba de Abner, en Hebrón.

Capítulo 5
David es proclamado rey de Israel
Texto relacionado: 1 Crónicas 11:1–3
5:1 Todas las tribus de Israel llegaron a donde estaba David en Hebrón y le dijeron: «Aquí estamos. Somos hueso tuyo y carne tuya.
5:2 Ya antes, cuando Saúl era rey sobre nosotros, tú eras quien hacía salir y entrar a Israel. Además, el SEÑOR te dijo: “Tú pastorearás a mi pueblo Israel y serás gobernante sobre Israel”».
5:3 Todos los ancianos de Israel llegaron ante el rey en Hebrón. Allí el rey David hizo un pacto con ellos delante del SEÑOR, y ungieron a David como rey sobre Israel.
5:4 David tenía treinta años cuando comenzó a reinar, y reinó cuarenta años.
5:5 En Hebrón reinó sobre Judá siete años y seis meses, y en Jerusalén reinó treinta y tres años sobre todo Israel y Judá.
David toma la fortaleza de Sion
Texto relacionado: 1 Crónicas 11:4–9
5:6 El rey y sus hombres fueron a Jerusalén contra los jebuseos que habitaban el país. Estos le dijeron a David: «No entrarás aquí. Hasta los ciegos y los cojos te rechazarán». Con ello querían decir: «David no entrará aquí».
5:7 Pero David tomó la fortaleza de Sion, que es la Ciudad de David.
5:8 Aquel día David dijo: «Quien ataque a los jebuseos, que llegue al canal de agua y ataque a los cojos y a los ciegos, aborrecidos por David». Por eso se dice: «Ni el ciego ni el cojo entrarán en la casa».
5:9 David se estableció en la fortaleza y la llamó Ciudad de David. Edificó alrededor, desde el Milo hacia el interior.
5:10 David se hacía cada vez más grande, y el SEÑOR, Dios de los ejércitos, estaba con él.
Hiram ayuda a edificar la casa de David
Texto relacionado: 1 Crónicas 14:1–2
5:11 Hiram, rey de Tiro, envió mensajeros a David, junto con madera de cedro, carpinteros y canteros para levantar muros. Ellos edificaron una casa para David.
5:12 David comprendió que el SEÑOR lo había establecido como rey sobre Israel y había engrandecido su reino por causa de su pueblo Israel.
Hijos de David nacidos en Jerusalén
Textos relacionados: 1 Crónicas 3:5–9; 1 Crónicas 14:3–7
5:13 Después de llegar de Hebrón, David tomó más concubinas y esposas de Jerusalén, y le nacieron más hijos e hijas.
5:14 Estos son los nombres de los que le nacieron en Jerusalén: Samúa, Sobab, Natán y Salomón;
5:15 Ibhar, Elisúa, Nefeg y Jafía;
5:16 Elisama, Eliada y Elifelet.
David derrota a los filisteos
Texto relacionado: 1 Crónicas 14:8–17
5:17 Cuando los filisteos oyeron que David había sido ungido rey sobre Israel, todos subieron a buscarlo. David se enteró y bajó a la fortaleza.
5:18 Los filisteos llegaron y se desplegaron en el valle de Refaim.
5:19 David consultó al SEÑOR: «¿Debo subir contra los filisteos? ¿Los entregarás en mis manos?». El SEÑOR le respondió: «Sube, porque sin duda entregaré a los filisteos en tus manos».
5:20 David llegó a Baal-perazim y allí los derrotó. Dijo: «El SEÑOR ha abierto una brecha entre mis enemigos delante de mí, como irrumpen las aguas». Por eso llamó a aquel lugar Baal-perazim.
5:21 Los filisteos abandonaron allí sus ídolos, y David y sus hombres se los llevaron.
David consulta de nuevo ante otra campaña filistea
5:22 Los filisteos volvieron a subir y se desplegaron en el valle de Refaim.
5:23 David consultó al SEÑOR, y él le respondió: «No subas. Rodéalos por detrás y acércate a ellos frente a las balsameras.
5:24 Cuando oigas ruido de pasos en las copas de las balsameras, actúa con decisión, porque entonces el SEÑOR habrá salido delante de ti para atacar el campamento de los filisteos».
5:25 David hizo tal como el SEÑOR le había ordenado y derrotó a los filisteos desde Geba hasta llegar a Gezer.

Capítulo 6
David intenta llevar el arca a Jerusalén
Texto relacionado: 1 Crónicas 13:5–14
6:1 David volvió a reunir a todos los hombres escogidos de Israel: treinta mil.
6:2 David y todo el pueblo que estaba con él se pusieron en marcha desde Baale de Judá para hacer subir de allí el arca de Dios. Sobre ella se invoca el Nombre, el nombre del SEÑOR de los ejércitos, que está entronizado sobre los querubines.
6:3 Pusieron el arca de Dios en una carreta nueva y la llevaron de la casa de Abinadab, que estaba en la colina. Uza y Ahío, hijos de Abinadab, guiaban la carreta nueva.
6:4 La llevaron de la casa de Abinadab, que estaba en la colina, con el arca de Dios. Ahío caminaba delante del arca.
6:5 David y toda la casa de Israel celebraban delante del SEÑOR con toda clase de instrumentos de madera de ciprés: liras, arpas, panderos, sonajas y címbalos.
Uza toca el arca y muere
6:6 Cuando llegaron a la era de Nacón, Uza extendió la mano hacia el arca de Dios y la sujetó, porque los bueyes tropezaban.
6:7 La ira del SEÑOR se encendió contra Uza, y Dios lo hirió allí por su irreverencia. Murió allí, junto al arca de Dios.
6:8 David se enojó porque el SEÑOR había irrumpido contra Uza. Llamó a aquel lugar Pérez-uza, nombre que conserva hasta hoy.
6:9 Aquel día David tuvo miedo del SEÑOR y dijo: «¿Cómo podrá venir a mí el arca del SEÑOR?».
El arca permanece en casa de Obed-edom
6:10 David no quiso llevar consigo el arca del SEÑOR a la Ciudad de David. La desvió hacia la casa de Obed-edom, el geteo.
6:11 El arca del SEÑOR permaneció tres meses en la casa de Obed-edom, el geteo, y el SEÑOR bendijo a Obed-edom y a toda su familia.
David trae el arca a Jerusalén
Texto relacionado: 1 Crónicas 15:1–16:6
6:12 Le informaron al rey David: «El SEÑOR ha bendecido a la familia de Obed-edom y todo lo que tiene por causa del arca de Dios». Entonces David fue e hizo subir con alegría el arca de Dios de la casa de Obed-edom a la Ciudad de David.
6:13 Cuando los que llevaban el arca del SEÑOR habían dado seis pasos, sacrificó un toro y un animal engordado.
6:14 David danzaba con todas sus fuerzas delante del SEÑOR. David llevaba ceñido un efod de lino.
6:15 David y toda la casa de Israel hacían subir el arca del SEÑOR entre gritos de júbilo y sonidos de cuerno.
6:16 Cuando el arca del SEÑOR entraba en la Ciudad de David, Mical, hija de Saúl, miró por la ventana. Vio al rey David saltando y danzando delante del SEÑOR, y lo despreció en su corazón.
6:17 Introdujeron el arca del SEÑOR y la pusieron en su lugar, dentro de la tienda que David había levantado para ella. David ofreció holocaustos y ofrendas de paz delante del SEÑOR.
6:18 Cuando David terminó de ofrecer el holocausto y las ofrendas de paz, bendijo al pueblo en el nombre del SEÑOR de los ejércitos.
6:19 Repartió a todo el pueblo, a toda la multitud de Israel, hombres y mujeres, un pan, una porción de carne y una torta de pasas a cada uno. Después todo el pueblo se fue, cada uno a su casa.
David y Mical discuten al regresar a casa
6:20 David regresó para bendecir a su familia. Mical, hija de Saúl, salió a su encuentro y le dijo: «¡Qué honrado ha quedado hoy el rey de Israel, descubriéndose delante de las siervas de sus servidores, como se descubre sin vergüenza un cualquiera!».
6:21 David le respondió a Mical: «Fue delante del SEÑOR, que me escogió a mí en lugar de tu padre y de toda su familia para designarme gobernante del pueblo del SEÑOR, de Israel. Por eso celebraré delante del SEÑOR.
6:22 Me haré aún más despreciable que esto y seré humilde a mis propios ojos. Pero entre las siervas de quienes has hablado, entre ellas seré honrado».
6:23 Mical, hija de Saúl, no tuvo hijos hasta el día de su muerte.

Capítulo 7
Pacto de Dios con David
Texto relacionado: 1 Crónicas 17:1–27
7:1 Cuando el rey se había establecido en su casa y el SEÑOR le había dado descanso de todos los enemigos que lo rodeaban,
7:2 el rey le dijo al profeta Natán: «Mira, yo vivo en una casa de cedro, mientras el arca de Dios está dentro de una cortina de tienda».
7:3 Natán le respondió al rey: «Ve y haz todo lo que tienes en tu corazón, porque el SEÑOR está contigo».
El SEÑOR dirige la respuesta de Natán a David
7:4 Pero aquella misma noche vino a Natán la palabra del SEÑOR:
7:5 «Ve y dile a mi servidor David: “Así dice el SEÑOR: ¿Vas a edificarme tú una casa para que yo habite en ella?
7:6 No he habitado en una casa desde el día en que saqué a los israelitas de Egipto hasta hoy. He andado de un lugar a otro en una tienda y en un tabernáculo.
7:7 En todo mi andar con todos los israelitas, ¿le dije alguna vez a alguna de las tribus de Israel, a la que encargué pastorear a mi pueblo Israel: ‘¿Por qué no me han edificado una casa de cedro?’?”.
7:8 Ahora dile a mi servidor David: “Así dice el SEÑOR de los ejércitos: Yo te tomé del pastizal, de detrás de las ovejas, para que fueras gobernante de mi pueblo Israel.
7:9 He estado contigo por dondequiera que has andado y he eliminado de delante de ti a todos tus enemigos. Haré grande tu nombre, como el nombre de los grandes de la tierra.
7:10 Asignaré un lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré para que habite en su propio lugar sin volver a ser perturbado. Los malvados no volverán a oprimirlo como antes,
El SEÑOR promete establecer la casa de David
7:11 desde el día en que designé jueces sobre mi pueblo Israel. Te daré descanso de todos tus enemigos. Además, el SEÑOR te anuncia que el SEÑOR te hará una casa.
7:12 Cuando se cumplan tus días y descanses con tus antepasados, levantaré después de ti a tu descendiente, que saldrá de tus entrañas, y estableceré su reino.
7:13 Él edificará una casa a mi nombre, y yo estableceré para siempre el trono de su reino.
7:14 Yo seré su padre y él será mi hijo. Cuando haga el mal, lo corregiré con vara de hombres y con azotes de seres humanos.
7:15 Pero mi amor fiel no se apartará de él como lo aparté de Saúl, a quien quité de delante de ti.
7:16 Tu casa y tu reino permanecerán firmes para siempre delante de ti. Tu trono estará establecido para siempre”».
7:17 Natán le comunicó a David todas estas palabras y toda esta visión.
David agradece y ora por su casa
7:18 El rey David entró, se sentó delante del SEÑOR y dijo: «¿Quién soy yo, Señor DIOS, y qué es mi casa, para que me hayas traído hasta aquí?
7:19 Y aun esto te ha parecido poco, Señor DIOS, pues también has hablado del futuro lejano de la casa de tu servidor. Esta es la instrucción para el ser humano, Señor DIOS.
7:20 ¿Qué más puede decirte David? Tú conoces a tu servidor, Señor DIOS.
7:21 Por causa de tu palabra y conforme a tu corazón has hecho toda esta grandeza, para dársela a conocer a tu servidor.
7:22 Por eso eres grande, Señor DIOS. No hay nadie como tú ni hay Dios fuera de ti, conforme a todo lo que hemos oído con nuestros oídos.
7:23 ¿Qué nación en la tierra es como tu pueblo Israel, a quien Dios fue a rescatar para hacerlo pueblo suyo, hacerse un nombre y realizar para ustedes grandes cosas y hechos temibles por tu tierra, ante tu pueblo, al que rescataste para ti de Egipto, de las naciones y de sus dioses?
7:24 Estableciste a tu pueblo Israel como pueblo tuyo para siempre, y tú, SEÑOR, llegaste a ser su Dios.
7:25 Ahora, SEÑOR Dios, confirma para siempre la palabra que has hablado sobre tu servidor y sobre su casa. Haz como has dicho.
7:26 Que tu nombre sea engrandecido para siempre, y que se diga: “El SEÑOR de los ejércitos es Dios sobre Israel”. Que la casa de tu servidor David esté establecida delante de ti.
7:27 Porque tú, SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel, has revelado a tu servidor: “Te edificaré una casa”. Por eso tu servidor ha encontrado ánimo para dirigirte esta oración.
7:28 Ahora, Señor DIOS, tú eres Dios y tus palabras son verdad. Has prometido este bien a tu servidor.
7:29 Ten ahora a bien bendecir la casa de tu servidor para que permanezca para siempre delante de ti. Porque tú, Señor DIOS, has hablado, y con tu bendición será bendecida para siempre la casa de tu servidor».

Capítulo 8
David extiende sus dominios
Texto relacionado: 1 Crónicas 18:1–13
8:1 Después de esto, David derrotó a los filisteos y los sometió. Les quitó Meteg-ama de sus manos.
8:2 También derrotó a Moab. Los hizo tenderse en tierra y los midió con un cordel: dos medidas de cordel para darles muerte y una medida completa para dejarlos con vida. Los moabitas se convirtieron en servidores de David y le pagaban tributo.
8:3 David también derrotó a Hadad-ezer, hijo de Rehob, rey de Soba, cuando este iba a restablecer su dominio junto al río Éufrates.
8:4 David le capturó mil setecientos jinetes y veinte mil soldados de infantería. Desjarretó los caballos de todos los carros, pero dejó suficientes para cien carros.
8:5 Los arameos de Damasco vinieron a ayudar a Hadad-ezer, rey de Soba, y David mató a veintidós mil de ellos.
8:6 David puso guarniciones en Aram de Damasco. Los arameos se convirtieron en servidores de David y le pagaban tributo. El SEÑOR le daba la victoria a David por dondequiera que iba.
8:7 David tomó los escudos de oro de los servidores de Hadad-ezer y los llevó a Jerusalén.
8:8 De Beta y Berotai, ciudades de Hadad-ezer, el rey David tomó una enorme cantidad de bronce.
Toi envía una embajada a David
8:9 Toi, rey de Hamat, oyó que David había derrotado a todo el ejército de Hadad-ezer.
8:10 Entonces Toi envió a su hijo Joram al rey David para saludarlo y felicitarlo por haber combatido contra Hadad-ezer y haberlo derrotado, porque Hadad-ezer había estado en guerra con Toi. Joram llevaba objetos de plata, de oro y de bronce.
8:11 El rey David también los consagró al SEÑOR, junto con la plata y el oro que había consagrado de todas las naciones que había sometido:
8:12 de Aram, de Moab, de los amonitas, de los filisteos, de Amalec y del botín de Hadad-ezer, hijo de Rehob, rey de Soba.
8:13 David se hizo famoso al regresar de derrotar a dieciocho mil arameos en el valle de la Sal.
8:14 Puso guarniciones en Edom. Por todo Edom puso guarniciones, y todos los edomitas se convirtieron en servidores de David. El SEÑOR le daba la victoria a David por dondequiera que iba.
David administra justicia y organiza su gobierno
Textos relacionados: 2 Samuel 20:23–26; 1 Crónicas 18:14–17
8:15 David reinó sobre todo Israel. Administraba justicia y rectitud a todo su pueblo.
8:16 Joab, hijo de Sarvia, estaba al frente del ejército. Josafat, hijo de Ahilud, era cronista.
8:17 Sadoc, hijo de Ahitob, y Ahimelec, hijo de Abiatar, eran sacerdotes. Seraías era escriba.
8:18 Benaía, hijo de Joiada, estaba al frente de los cereteos y los peleteos. Los hijos de David eran sacerdotes.

Capítulo 9
Bondad de David hacia Mefi-boset
9:1 David preguntó: «¿Queda todavía alguien de la casa de Saúl a quien pueda mostrar amor fiel por causa de Jonatán?».
9:2 Había un servidor de la casa de Saúl llamado Siba. Lo llamaron ante David, y el rey le preguntó: «¿Eres tú Siba?». Él respondió: «Tu servidor».
9:3 El rey dijo: «¿No queda nadie de la casa de Saúl a quien pueda mostrar la bondad de Dios?». Siba le respondió al rey: «Todavía queda un hijo de Jonatán, lisiado de los pies».
9:4 El rey le preguntó: «¿Dónde está?». Siba le respondió: «Está en la casa de Maquir, hijo de Amiel, en Lodebar».
9:5 El rey David mandó a buscarlo y lo hizo traer de la casa de Maquir, hijo de Amiel, en Lodebar.
9:6 Mefi-boset, hijo de Jonatán, hijo de Saúl, llegó ante David, cayó rostro en tierra y se postró. David dijo: «Mefi-boset». Él respondió: «Aquí está tu servidor».
David devuelve las tierras y ofrece un lugar en su mesa
9:7 David le dijo: «No tengas miedo. Sin duda te mostraré amor fiel por causa de tu padre Jonatán. Te devolveré todas las tierras de tu abuelo Saúl, y tú comerás siempre a mi mesa».
9:8 Él se postró y dijo: «¿Qué es tu servidor para que te fijes en un perro muerto como yo?».
9:9 El rey llamó a Siba, servidor de Saúl, y le dijo: «Todo lo que pertenecía a Saúl y a toda su familia se lo he dado al descendiente de tu señor.
9:10 Tú, tus hijos y tus servidores cultivarán para él la tierra y recogerán la cosecha, para que el descendiente de tu señor tenga alimento para comer. Pero Mefi-boset, el descendiente de tu señor, comerá siempre a mi mesa». Siba tenía quince hijos y veinte servidores.
9:11 Siba le respondió al rey: «Tu servidor hará todo lo que mi señor el rey le ordene». El rey añadió: «Mefi-boset comerá a mi mesa como uno de los hijos del rey».
9:12 Mefi-boset tenía un hijo pequeño llamado Mica. Todos los que vivían en la casa de Siba eran servidores de Mefi-boset.
9:13 Mefi-boset vivía en Jerusalén, porque comía siempre a la mesa del rey. Estaba cojo de ambos pies.

Capítulo 10
Hanún humilla a los enviados de David
Texto relacionado: 1 Crónicas 19:1–19
10:1 Después de esto murió el rey de los amonitas, y su hijo Hanún reinó en su lugar.
10:2 David dijo: «Mostraré amor fiel a Hanún, hijo de Nahas, como su padre me lo mostró a mí». David envió a sus servidores para consolarlo por la muerte de su padre. Los servidores de David llegaron a la tierra de los amonitas.
10:3 Los jefes amonitas le dijeron a Hanún, su señor: «¿Crees que David honra a tu padre enviándote quienes te consuelen? ¿No ha enviado a sus servidores para explorar la ciudad, espiarla y destruirla?».
10:4 Hanún tomó a los servidores de David, les afeitó la mitad de la barba, les cortó la ropa por la mitad hasta las nalgas y los despidió.
10:5 Se lo contaron a David, y él envió a recibirlos, porque los hombres estaban muy avergonzados. El rey dijo: «Quédense en Jericó hasta que les crezca la barba; después regresen».
Los amonitas se preparan para la guerra
10:6 Los amonitas vieron que se habían hecho odiosos a David. Enviaron a contratar a los arameos de Bet-rehob y de Soba, veinte mil soldados de infantería; al rey de Maaca, con mil hombres, y a doce mil hombres de Tob.
10:7 Cuando David lo oyó, envió a Joab y a todo el ejército de valientes.
10:8 Los amonitas salieron y se formaron para la batalla a la entrada de la puerta. Los arameos de Soba y de Rehob, y los hombres de Tob y de Maaca, estaban aparte en el campo.
Joab y Abisai combaten en dos frentes
10:9 Joab vio que tenía el frente de batalla delante y detrás de él. Escogió a algunos de los mejores hombres de Israel y los formó frente a los arameos.
10:10 Puso al resto del pueblo bajo el mando de su hermano Abisai, quien los formó frente a los amonitas.
10:11 Joab dijo: «Si los arameos son más fuertes que yo, vendrás a ayudarme. Y si los amonitas son más fuertes que tú, yo iré a ayudarte.
10:12 Sé fuerte, y seamos valientes por nuestro pueblo y por las ciudades de nuestro Dios. Que el SEÑOR haga lo que le parezca bien».
10:13 Joab y los hombres que estaban con él avanzaron para combatir contra los arameos, y estos huyeron de él.
10:14 Cuando los amonitas vieron que los arameos huían, también ellos huyeron de Abisai y entraron en la ciudad. Entonces Joab dejó de combatir contra los amonitas y regresó a Jerusalén.
David enfrenta una nueva coalición aramea
10:15 Los arameos, al ver que habían sido derrotados por Israel, volvieron a reunirse.
10:16 Hadad-ezer mandó traer a los arameos que estaban al otro lado del río. Llegaron a Helam, dirigidos por Sobac, jefe del ejército de Hadad-ezer.
10:17 Cuando se lo comunicaron a David, reunió a todo Israel, cruzó el Jordán y llegó a Helam. Los arameos se formaron frente a David y combatieron contra él.
10:18 Los arameos huyeron de Israel. David mató a setecientos hombres de los carros y a cuarenta mil jinetes arameos. También hirió a Sobac, jefe de su ejército, quien murió allí.
10:19 Todos los reyes sometidos a Hadad-ezer vieron que habían sido derrotados por Israel. Hicieron la paz con Israel y se sometieron a ellos. Los arameos tuvieron miedo de volver a ayudar a los amonitas.

Capítulo 11
David y Betsabé
11:1 Al volver el año, en la época en que los reyes salen a la guerra, David envió a Joab, a sus servidores con él y a todo Israel. Devastaron a los amonitas y sitiaron Rabá, pero David permaneció en Jerusalén.
11:2 Una tarde David se levantó de su cama y paseaba por la azotea de la casa del rey. Desde allí vio a una mujer que se bañaba. La mujer era muy hermosa.
11:3 David mandó a preguntar por ella. Le dijeron: «¿No es esta Betsabé, hija de Eliam y esposa de Urías, el hitita?».
11:4 David envió mensajeros y la hizo traer. Ella vino a él y él se acostó con ella. Ella se estaba purificando de su impureza. Después regresó a su casa.
11:5 La mujer quedó embarazada y envió a decírselo a David: «Estoy embarazada».
David llama a Urías para encubrir su pecado
11:6 David envió este mensaje a Joab: «Envíame a Urías, el hitita». Joab envió a Urías a David.
11:7 Cuando Urías llegó ante él, David le preguntó cómo estaba Joab, cómo estaba el pueblo y cómo iba la guerra.
11:8 David le dijo a Urías: «Baja a tu casa y lávate los pies». Urías salió de la casa del rey, y detrás de él fue enviado un regalo del rey.
11:9 Pero Urías durmió a la entrada de la casa del rey con todos los servidores de su señor y no bajó a su casa.
11:10 Le informaron a David: «Urías no ha bajado a su casa». David le preguntó a Urías: «¿No acabas de llegar de viaje? ¿Por qué no has bajado a tu casa?».
11:11 Urías le respondió a David: «El arca, Israel y Judá están alojados en tiendas. Mi señor Joab y los servidores de mi señor acampan a cielo abierto. ¿Voy yo a entrar en mi casa para comer, beber y acostarme con mi esposa? ¡Por tu vida y por tu propia alma, que no haré tal cosa!».
11:12 David le dijo a Urías: «Quédate aquí también hoy, y mañana te despediré». Urías permaneció en Jerusalén aquel día y el siguiente.
11:13 David lo invitó, y Urías comió y bebió delante de él hasta que David lo emborrachó. Al anochecer salió a acostarse en su lecho con los servidores de su señor, pero no bajó a su casa.
David dispone la muerte de Urías
11:14 Por la mañana David escribió una carta a Joab y la envió por medio de Urías.
11:15 En la carta escribió: «Pongan a Urías al frente, donde la batalla sea más dura. Después retírense de él para que sea herido y muera».
11:16 Mientras Joab vigilaba la ciudad, puso a Urías en el lugar donde sabía que había hombres valientes.
11:17 Los hombres de la ciudad salieron y combatieron contra Joab. Cayeron algunos del pueblo, de los servidores de David, y también murió Urías, el hitita.
Joab informa de la muerte de Urías
11:18 Joab envió un informe a David de todo lo sucedido en la batalla.
11:19 Le dio esta orden al mensajero: «Cuando termines de contarle al rey todo lo sucedido en la batalla,
11:20 si el rey se enfurece y te dice: “¿Por qué se acercaron tanto a la ciudad para combatir? ¿No sabían que dispararían desde la muralla?
11:21 ¿Quién mató a Abimelec, hijo de Jerubeset? ¿No fue una mujer la que le arrojó desde la muralla un trozo de la piedra superior de molino, y murió en Tebes? ¿Por qué se acercaron a la muralla?”, entonces le dirás: “También ha muerto tu servidor Urías, el hitita”».
11:22 El mensajero se fue, llegó y le contó a David todo lo que Joab le había encargado.
11:23 El mensajero le dijo a David: «Los hombres fueron más fuertes que nosotros y salieron al campo contra nosotros, pero los hicimos retroceder hasta la entrada de la puerta.
11:24 Entonces los arqueros dispararon contra tus servidores desde la muralla. Murieron algunos de los servidores del rey, y también murió tu servidor Urías, el hitita».
11:25 David le dijo al mensajero: «Dile a Joab: “No te aflijas por este asunto, porque la espada devora a uno y a otro. Refuerza tu ataque contra la ciudad y destrúyela”. Así le darás ánimo».
11:26 Cuando la esposa de Urías oyó que su marido Urías había muerto, hizo duelo por su esposo.
11:27 Una vez pasado el duelo, David mandó a buscarla y la recibió en su casa. Ella se convirtió en su esposa y le dio un hijo. Pero lo que David había hecho fue malo a los ojos del SEÑOR.

Capítulo 12
Natán amonesta a David
12:1 El SEÑOR envió a Natán a David. Natán llegó ante él y le dijo: «Había dos hombres en una ciudad: uno rico y otro pobre.
12:2 El rico tenía muchísimas ovejas y reses.
12:3 Pero el pobre no tenía nada, salvo una corderita que había comprado y criado. Creció con él y con sus hijos, comía de su pan, bebía de su copa y dormía en su regazo. Era para él como una hija.
12:4 Llegó un viajero a donde estaba el hombre rico. Este no quiso tomar de sus ovejas ni de sus reses para preparar comida al huésped que había llegado. En cambio, tomó la corderita del hombre pobre y la preparó para el hombre que lo visitaba».
12:5 David se enfureció mucho contra aquel hombre y le dijo a Natán: «¡Vive el SEÑOR, que el hombre que ha hecho esto merece morir!
12:6 Deberá devolver cuatro corderas por aquella, porque ha hecho esto y no tuvo compasión».
Natán confronta a David: «Tú eres ese hombre»
12:7 Natán le dijo a David: «¡Tú eres ese hombre! Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: “Yo te ungí rey sobre Israel y te libré de manos de Saúl.
12:8 Te di la casa de tu señor y las esposas de tu señor en tu regazo. Te di la casa de Israel y de Judá. Si esto hubiera sido poco, te habría añadido mucho más.
12:9 ¿Por qué has despreciado la palabra del SEÑOR haciendo lo malo a sus ojos? Heriste a espada a Urías, el hitita, y tomaste a su esposa por esposa tuya. A él lo mataste con la espada de los amonitas.
12:10 Por eso la espada nunca se apartará de tu casa, porque me despreciaste y tomaste a la esposa de Urías, el hitita, para hacerla tu esposa”.
12:11 Así dice el SEÑOR: “Voy a levantar contra ti una desgracia desde tu propia casa. Tomaré a tus esposas delante de tus ojos y se las daré a tu prójimo, quien se acostará con ellas a la vista de este sol.
12:12 Tú lo hiciste en secreto, pero yo haré esto delante de todo Israel y delante del sol”».
David confiesa y recibe el anuncio del perdón
12:13 David le dijo a Natán: «He pecado contra el SEÑOR». Natán le respondió a David: «El SEÑOR también ha quitado tu pecado. No morirás.
12:14 Sin embargo, como con este acto has dado a los enemigos del SEÑOR ocasión de blasfemar, el hijo que te ha nacido ciertamente morirá».
David ruega por la vida del niño
12:15 Natán regresó a su casa. El SEÑOR hirió al niño que la esposa de Urías le había dado a David, y enfermó gravemente.
12:16 David buscó a Dios por el niño. Ayunó, entró y pasó la noche acostado en el suelo.
12:17 Los ancianos de su casa se acercaron para levantarlo del suelo, pero él no quiso ni comió pan con ellos.
12:18 Al séptimo día murió el niño. Los servidores de David tenían miedo de decirle que había muerto. Pensaban: «Cuando el niño vivía, le hablábamos y no nos escuchaba. ¿Cómo vamos a decirle que el niño ha muerto? Podría hacerse daño».
12:19 David vio que sus servidores susurraban entre sí y comprendió que el niño había muerto. Les preguntó: «¿Ha muerto el niño?». Ellos respondieron: «Ha muerto».
12:20 David se levantó del suelo, se lavó, se ungió con aceite y se cambió de ropa. Entró en la casa del SEÑOR y adoró. Después fue a su casa, pidió comida, se la sirvieron y comió.
12:21 Sus servidores le preguntaron: «¿Qué es esto que has hecho? Mientras el niño vivía, ayunabas y llorabas, pero cuando murió te levantaste y comiste».
12:22 Él respondió: «Mientras el niño vivía, ayuné y lloré, porque pensaba: “¿Quién sabe? Quizá el SEÑOR tenga compasión de mí y el niño viva”.
12:23 Pero ahora ha muerto. ¿Para qué voy a ayunar? ¿Podré hacerlo volver? Yo iré a él, pero él no volverá a mí».
Nace Salomón, a quien el SEÑOR ama
12:24 David consoló a su esposa Betsabé, se llegó a ella y se acostó con ella. Ella dio a luz un hijo y lo llamó Salomón. El SEÑOR lo amó
12:25 y envió un mensaje por medio del profeta Natán, que le puso por nombre Jedidías por causa del SEÑOR.
Joab llama a David para completar la conquista de Rabá
Texto relacionado: 1 Crónicas 20:1–3
12:26 Joab combatió contra Rabá de los amonitas y tomó la ciudad real.
12:27 Envió mensajeros a David y le dijo: «He combatido contra Rabá y he tomado la ciudad de las aguas.
12:28 Ahora reúne al resto del pueblo, acampa contra la ciudad y tómala, no sea que la tome yo y se le dé mi nombre».
12:29 David reunió a todo el pueblo, fue a Rabá, combatió contra ella y la tomó.
12:30 Quitó de la cabeza de su rey la corona, que pesaba unos treinta y cuatro kilos de oro y tenía una piedra preciosa. La pusieron sobre la cabeza de David. También sacó de la ciudad una enorme cantidad de botín.
12:31 Sacó a la gente que había allí y la puso a trabajar con sierras, con herramientas de hierro para trillar y con hachas de hierro. También la hizo trabajar en los hornos de ladrillos. Así hizo con todas las ciudades de los amonitas. Después David y todo el pueblo regresaron a Jerusalén.

Capítulo 13
La violencia de Amnón contra Tamar
13:1 Después de esto, Absalón, hijo de David, tenía una hermana hermosa llamada Tamar. Amnón, hijo de David, se enamoró de ella.
13:2 Amnón se angustiaba tanto por su hermana Tamar que llegó a enfermar. Ella era virgen, y a Amnón le parecía imposible acercarse a ella.
13:3 Amnón tenía un amigo llamado Jonadab, hijo de Simea, hermano de David. Jonadab era un hombre muy astuto.
13:4 Le preguntó: «¿Por qué tú, hijo del rey, estás tan demacrado cada mañana? ¿No me lo vas a contar?». Amnón respondió: «Estoy enamorado de Tamar, la hermana de mi hermano Absalón».
13:5 Jonadab le dijo: «Acuéstate en tu cama y finge estar enfermo. Cuando tu padre venga a verte, dile: “Te ruego que venga mi hermana Tamar a darme de comer. Que prepare la comida delante de mí, para que yo la vea y coma de su mano”».
13:6 Amnón se acostó y fingió estar enfermo. El rey fue a verlo, y Amnón le dijo: «Te ruego que venga mi hermana Tamar y prepare delante de mí dos tortas, para que yo coma de su mano».
13:7 David envió a decir a Tamar a su casa: «Ve, por favor, a la casa de tu hermano Amnón y prepárale comida».
13:8 Tamar fue a la casa de su hermano Amnón, que estaba acostado. Tomó la masa, la amasó, preparó las tortas delante de él y las coció.
13:9 Tomó la sartén y las sirvió delante de él, pero él se negó a comer. Amnón dijo: «Hagan salir a todos de aquí». Y todos salieron.
13:10 Amnón le dijo a Tamar: «Trae la comida al dormitorio para que yo coma de tu mano». Tamar tomó las tortas que había preparado y se las llevó a su hermano Amnón al dormitorio.
13:11 Cuando se las acercó para que comiera, él la agarró y le dijo: «Ven, acuéstate conmigo, hermana mía».
13:12 Ella respondió: «¡No, hermano mío! ¡No me fuerces! Esto no se hace en Israel. No cometas esta infamia.
13:13 ¿Adónde iría yo con mi deshonra? Y tú serías como uno de los perversos de Israel. Te ruego que hables con el rey, porque no me negará a ti».
13:14 Pero él no quiso escucharla. Como era más fuerte que ella, la forzó y se acostó con ella.
13:15 Después Amnón sintió un odio inmenso por ella. El odio con que la odiaba era mayor que el amor con que la había amado. Amnón le dijo: «Levántate y vete».
13:16 Ella respondió: «¡No! Echarme sería un mal mayor que el otro que me has hecho». Pero él no quiso escucharla.
13:17 Llamó al joven que lo servía y le dijo: «Echen a esta de aquí. Tú, cierra la puerta detrás de ella».
13:18 Ella llevaba una túnica de mangas largas, porque así se vestían las hijas vírgenes del rey. Su servidor la sacó y cerró la puerta detrás de ella.
13:19 Tamar se echó ceniza sobre la cabeza y rasgó la túnica de mangas largas que llevaba. Se puso la mano sobre la cabeza y se fue gritando.
Venganza y huida de Absalón
13:20 Su hermano Absalón le preguntó: «¿Ha estado contigo tu hermano Amnón? Por ahora guarda silencio, hermana mía. Es tu hermano. No te atormentes por este asunto». Tamar quedó desolada en la casa de su hermano Absalón.
13:21 Cuando el rey David oyó todo esto, se enojó mucho.
13:22 Absalón no le hablaba a Amnón ni para mal ni para bien. Absalón odiaba a Amnón porque había violado a su hermana Tamar.
Absalón prepara la muerte de Amnón
13:23 Dos años después, Absalón tenía esquiladores en Baal-hazor, cerca de Efraín, e invitó a todos los hijos del rey.
13:24 Absalón fue ante el rey y le dijo: «Tu servidor tiene ahora esquiladores. Te ruego que el rey y sus servidores vengan con tu servidor».
13:25 El rey le respondió a Absalón: «No, hijo mío. No iremos todos para no serte una carga». Aunque Absalón insistió, el rey no quiso ir, pero lo bendijo.
13:26 Absalón dijo: «Si no vienes, te ruego que venga con nosotros mi hermano Amnón». El rey preguntó: «¿Por qué ha de ir contigo?».
13:27 Absalón insistió, y el rey dejó ir con él a Amnón y a todos los hijos del rey.
13:28 Absalón les dio esta orden a sus jóvenes: «Estén atentos. Cuando el corazón de Amnón esté alegre por el vino y yo les diga: “¡Ataquen a Amnón!”, mátenlo. No tengan miedo. ¿No soy yo quien se lo ordena? Sean fuertes y valientes».
13:29 Los jóvenes de Absalón hicieron con Amnón lo que Absalón les había ordenado. Entonces todos los hijos del rey se levantaron, montaron cada uno en su mula y huyeron.
Una noticia falsa alarma a David
13:30 Mientras iban de camino, llegó a David esta noticia: «Absalón ha matado a todos los hijos del rey. No ha quedado ninguno».
13:31 El rey se levantó, rasgó su ropa y se tendió en el suelo. Todos sus servidores estaban de pie con la ropa rasgada.
13:32 Pero Jonadab, hijo de Simea, hermano de David, respondió: «Que mi señor no piense que han matado a todos los jóvenes hijos del rey. Solo ha muerto Amnón. Absalón lo tenía decidido desde el día en que Amnón violó a su hermana Tamar.
13:33 Que mi señor el rey no tome a pecho la noticia de que todos los hijos del rey han muerto. Solo ha muerto Amnón».
13:34 Absalón había huido. El joven centinela alzó los ojos y vio que mucha gente venía por el camino a sus espaldas, por la ladera del monte.
13:35 Jonadab le dijo al rey: «Mira, vienen los hijos del rey. Ha sucedido tal como dijo tu servidor».
13:36 Apenas terminó de hablar, llegaron los hijos del rey. Alzaron la voz y lloraron. También el rey y todos sus servidores lloraron con un llanto muy grande.
Absalón se refugia en Gesur
13:37 Absalón huyó y fue a donde estaba Talmai, hijo de Amiud, rey de Gesur. David hacía duelo por su hijo todos los días.
13:38 Absalón había huido a Gesur y permaneció allí tres años.
13:39 El rey David anhelaba ir a ver a Absalón, porque ya se había consolado por la muerte de Amnón.

Capítulo 14
Joab procura el regreso de Absalón
14:1 Joab, hijo de Sarvia, comprendió que el corazón del rey estaba inclinado hacia Absalón.
14:2 Joab mandó a buscar a una mujer sabia de Tecoa y le dijo: «Finge estar de duelo. Ponte ropa de luto y no te unjas con aceite. Preséntate como una mujer que lleva muchos días llorando a un muerto.
14:3 Ve ante el rey y háblale de esta manera». Joab le puso las palabras en la boca.
14:4 La mujer de Tecoa le habló al rey, cayó rostro en tierra, se postró y dijo: «¡Ayúdame, oh rey!».
14:5 El rey le preguntó: «¿Qué te pasa?». Ella respondió: «Soy una mujer viuda. Mi marido ha muerto.
14:6 Tu sierva tenía dos hijos. Los dos riñeron en el campo y no había nadie que los separara. Uno hirió al otro y lo mató.
14:7 Ahora toda la familia se ha levantado contra tu sierva y dice: “Entrega al que mató a su hermano, para que le demos muerte por la vida del hermano al que mató, y eliminemos también al heredero”. Así apagarán la única brasa que me queda y no dejarán a mi marido nombre ni descendencia sobre la faz de la tierra».
14:8 El rey le dijo a la mujer: «Vete a tu casa. Yo daré órdenes acerca de ti».
14:9 La mujer de Tecoa le dijo al rey: «Señor mío el rey, que la culpa recaiga sobre mí y sobre la familia de mi padre. Que el rey y su trono queden sin culpa».
14:10 El rey dijo: «Al que te amenace, tráemelo, y no volverá a tocarte».
14:11 Ella dijo: «Te ruego que el rey recuerde al SEÑOR tu Dios, para que el vengador de la sangre no aumente la destrucción y no maten a mi hijo». Él respondió: «¡Vive el SEÑOR, que no caerá a tierra ni un cabello de tu hijo!».
14:12 La mujer dijo: «Permite, por favor, que tu sierva le diga algo a mi señor el rey». Él respondió: «Habla».
La mujer aplica su petición al regreso de Absalón
14:13 La mujer dijo: «¿Por qué has pensado algo semejante contra el pueblo de Dios? Al pronunciar esta decisión, el rey se declara culpable, porque no hace volver al que ha desterrado.
14:14 Todos moriremos. Somos como agua derramada en tierra que no puede volver a recogerse. Pero Dios no quita la vida, sino que idea medios para que el desterrado no permanezca apartado de él.
14:15 He venido ahora a decirle esto a mi señor el rey porque el pueblo me ha atemorizado. Tu sierva pensó: “Hablaré al rey. Quizá el rey haga lo que pide su sierva.
14:16 El rey escuchará y librará a su sierva de la mano del hombre que quiere eliminarnos a mí y a mi hijo de la heredad de Dios”.
14:17 Tu sierva también pensó: “Que la palabra de mi señor el rey me dé descanso, porque mi señor el rey es como un ángel de Dios para discernir el bien y el mal”. Que el SEÑOR tu Dios esté contigo».
14:18 El rey le respondió a la mujer: «No me ocultes nada de lo que voy a preguntarte». La mujer dijo: «Hable mi señor el rey».
14:19 El rey preguntó: «¿Está la mano de Joab contigo en todo esto?». La mujer respondió: «¡Por tu vida, mi señor el rey! No es posible desviarse ni a la derecha ni a la izquierda de lo que ha dicho mi señor el rey. Tu servidor Joab me lo ordenó y puso todas estas palabras en boca de tu sierva.
14:20 Tu servidor Joab hizo esto para cambiar el curso del asunto. Pero mi señor tiene la sabiduría de un ángel de Dios para conocer todo lo que sucede en la tierra».
David permite el regreso de Absalón
14:21 El rey le dijo a Joab: «Está bien, concedo esta petición. Ve y haz volver al joven Absalón».
14:22 Joab cayó rostro en tierra, se postró y bendijo al rey. Dijo: «Hoy tu servidor sabe que he encontrado favor ante ti, mi señor el rey, porque el rey ha hecho lo que pidió tu servidor».
14:23 Joab se levantó, fue a Gesur y trajo a Absalón a Jerusalén.
14:24 Pero el rey dijo: «Que se retire a su casa y no vea mi rostro». Absalón se retiró a su casa y no vio el rostro del rey.
El prestigio de Absalón y su distancia del rey
14:25 En todo Israel no había un hombre tan elogiado por su hermosura como Absalón. Desde la planta del pie hasta la coronilla no tenía defecto.
14:26 Cuando se cortaba el cabello, lo cual hacía al final de cada año porque le pesaba demasiado, pesaba el cabello cortado: más de dos kilos según el patrón de peso del rey.
14:27 A Absalón le nacieron tres hijos y una hija llamada Tamar, que era una mujer de hermosa apariencia.
Absalón presiona para ser recibido por David
14:28 Absalón permaneció dos años en Jerusalén sin ver el rostro del rey.
14:29 Absalón mandó llamar a Joab para enviarlo al rey, pero él no quiso venir. Volvió a llamarlo por segunda vez y él no quiso venir.
14:30 Entonces les dijo a sus servidores: «Miren, el campo de Joab está junto al mío y tiene cebada. Vayan y préndanle fuego». Los servidores de Absalón prendieron fuego al campo.
14:31 Joab se levantó, fue a la casa de Absalón y le preguntó: «¿Por qué tus servidores le han prendido fuego a mi campo?».
14:32 Absalón le respondió a Joab: «Te mandé decir: “Ven aquí, para que te envíe al rey a preguntarle: ‘¿Para qué he venido de Gesur? Mejor habría sido quedarme allí’”. Ahora quiero ver el rostro del rey. Si hay culpa en mí, que me mate».
14:33 Joab fue ante el rey y se lo comunicó. El rey llamó a Absalón, quien llegó ante él y se postró rostro en tierra delante del rey. El rey besó a Absalón.

Capítulo 15
Absalón se subleva contra David
15:1 Después de esto, Absalón se preparó un carro, caballos y cincuenta hombres que corrieran delante de él.
15:2 Absalón se levantaba temprano y se situaba junto al camino de la puerta. Cuando alguien tenía un pleito y venía al rey para que lo juzgara, Absalón lo llamaba y preguntaba: «¿De qué ciudad eres?». Él respondía: «Tu servidor es de una de las tribus de Israel».
15:3 Absalón le decía: «Mira, tus argumentos son buenos y justos, pero no tienes a nadie de parte del rey que te escuche».
15:4 Absalón añadía: «¡Quién me pusiera como juez en el país! Vendrían a mí todos los que tuvieran un pleito o una causa, y yo les haría justicia».
15:5 Cuando alguien se acercaba para postrarse ante él, Absalón extendía la mano, lo tomaba y lo besaba.
15:6 Así hacía Absalón con todos los israelitas que venían al rey para recibir justicia. De esta manera Absalón robaba el corazón de los hombres de Israel.
Absalón prepara su proclamación en Hebrón
15:7 Al cabo de cuarenta años, Absalón le dijo al rey: «Te ruego que me dejes ir a Hebrón para cumplir el voto que hice al SEÑOR.
15:8 Tu servidor hizo un voto cuando vivía en Gesur de Aram, diciendo: “Si el SEÑOR me hace regresar a Jerusalén, serviré al SEÑOR”».
15:9 El rey le respondió: «Ve en paz». Absalón se levantó y fue a Hebrón.
15:10 Absalón envió agentes secretos por todas las tribus de Israel, diciendo: «Cuando oigan el sonido del cuerno, dirán: “Absalón reina en Hebrón”».
15:11 Con Absalón fueron doscientos hombres de Jerusalén, invitados por él. Iban de buena fe, sin saber nada del asunto.
15:12 Mientras ofrecía los sacrificios, Absalón mandó a buscar a Ahitofel, el gilonita, consejero de David, desde su ciudad de Gilo. La conspiración se fortalecía y cada vez más gente se unía a Absalón.
David abandona Jerusalén ante la rebelión
15:13 Un mensajero llegó a David y le dijo: «El corazón de los hombres de Israel sigue a Absalón».
15:14 David les dijo a todos sus servidores que estaban con él en Jerusalén: «¡Levántense y huyamos! No podremos escapar de Absalón. Apresúrense a salir, no sea que se apresure él, nos alcance, traiga sobre nosotros la desgracia y hiera la ciudad a filo de espada».
15:15 Los servidores del rey le respondieron: «Aquí están tus servidores para todo lo que decida mi señor el rey».
15:16 El rey salió con toda su familia siguiéndolo. Dejó a diez concubinas para que cuidaran la casa.
15:17 El rey salió con todo el pueblo siguiéndolo, y se detuvieron en la casa más alejada.
15:18 Todos sus servidores pasaban a su lado: todos los cereteos, todos los peleteos y todos los geteos, seiscientos hombres que lo habían seguido desde Gat. Pasaban delante del rey.
Itai decide acompañar a David
15:19 El rey le dijo a Itai, el geteo: «¿Por qué vienes también tú con nosotros? Regresa y quédate con el rey, porque eres extranjero y además estás desterrado de tu tierra.
15:20 Llegaste ayer, ¿y hoy voy a hacerte vagar con nosotros, cuando yo mismo voy adonde pueda ir? Regresa y haz que tus hermanos vuelvan contigo. Que el amor fiel y la fidelidad te acompañen».
15:21 Itai le respondió al rey: «¡Vive el SEÑOR y vive mi señor el rey, que donde esté mi señor el rey, sea para muerte o para vida, allí estará tu servidor!».
15:22 David le dijo a Itai: «Adelante, pasa». Pasó Itai, el geteo, con todos sus hombres y con todos los pequeños que estaban con él.
15:23 Todo el país lloraba en alta voz mientras todo el pueblo pasaba. El rey cruzó el torrente de Cedrón, y todo el pueblo siguió por el camino hacia el desierto.
David devuelve el arca y confía su regreso al SEÑOR
15:24 También estaba allí Sadoc con todos los levitas, que llevaban el arca del pacto de Dios. Depositaron el arca de Dios, y Abiatar subió mientras todo el pueblo terminaba de salir de la ciudad.
15:25 El rey le dijo a Sadoc: «Devuelve el arca de Dios a la ciudad. Si encuentro favor ante el SEÑOR, él me hará volver y me permitirá verla, a ella y a su morada.
15:26 Pero si dice: “No me agradas”, aquí estoy. Que haga conmigo lo que le parezca bien».
15:27 El rey también le dijo al sacerdote Sadoc: «¿No eres tú un vidente? Regresa en paz a la ciudad. Que vayan con ustedes sus dos hijos: tu hijo Ahimaas y Jonatán, hijo de Abiatar.
15:28 Miren, yo esperaré en las llanuras del desierto hasta que llegue de ustedes alguna noticia que me informe».
15:29 Sadoc y Abiatar devolvieron el arca de Dios a Jerusalén y permanecieron allí.
15:30 David subía por la cuesta de los Olivos, llorando mientras subía, con la cabeza cubierta y descalzo. Todos los que estaban con él se cubrieron cada uno la cabeza y subían llorando.
David ora y envía a Husai a Jerusalén
15:31 Le comunicaron a David: «Ahitofel está entre los conspiradores con Absalón». David dijo: «Te ruego, SEÑOR, que conviertas en necedad el consejo de Ahitofel».
15:32 Cuando David llegó a la cumbre, donde se adoraba a Dios, Husai, el arquita, salió a su encuentro con la túnica rasgada y tierra sobre la cabeza.
15:33 David le dijo: «Si pasas conmigo, serás una carga para mí.
15:34 Pero si regresas a la ciudad y le dices a Absalón: “Seré tu servidor, oh rey. Antes fui servidor de tu padre, y ahora seré servidor tuyo”, podrás frustrar para mí el consejo de Ahitofel.
15:35 ¿No estarán allí contigo los sacerdotes Sadoc y Abiatar? Todo lo que oigas en la casa del rey se lo comunicarás a los sacerdotes Sadoc y Abiatar.
15:36 Allí estarán con ellos sus dos hijos: Ahimaas, de Sadoc, y Jonatán, de Abiatar. Por medio de ellos me enviarán todo lo que oigan».
15:37 Husai, amigo de David, entró en la ciudad cuando Absalón llegaba a Jerusalén.

Capítulo 16
Siba acusa a Mefi-boset ante David
16:1 David había pasado un poco más allá de la cumbre cuando Siba, servidor de Mefi-boset, salió a su encuentro con dos asnos ensillados. Llevaban doscientos panes, cien racimos de pasas, cien porciones de fruta de verano y un odre de vino.
16:2 El rey le preguntó a Siba: «¿Para qué traes esto?». Siba respondió: «Los asnos son para que monte la familia del rey; el pan y la fruta de verano, para que coman los jóvenes; y el vino, para que beban los agotados en el desierto».
16:3 El rey preguntó: «¿Dónde está el descendiente de tu señor?». Siba le respondió al rey: «Se ha quedado en Jerusalén, porque ha dicho: “Hoy la casa de Israel me devolverá el reino de mi abuelo”».
16:4 El rey le dijo a Siba: «Todo lo que pertenece a Mefi-boset es tuyo». Siba respondió: «Me postro ante ti. Que encuentre favor ante ti, mi señor el rey».
Simei maldice y agrede a David
16:5 Cuando el rey David llegó a Bahurim, salió de allí un hombre de la familia de la casa de Saúl. Se llamaba Simei, hijo de Gera, y salía maldiciendo.
16:6 Arrojaba piedras contra David y contra todos los servidores del rey David, mientras todo el pueblo y todos los valientes estaban a su derecha y a su izquierda.
16:7 Simei decía al maldecirlo: «¡Fuera, fuera, hombre sanguinario y perverso!
16:8 El SEÑOR ha hecho recaer sobre ti toda la sangre de la casa de Saúl, en cuyo lugar has reinado. El SEÑOR ha entregado el reino en manos de tu hijo Absalón. Ahora estás en tu propia desgracia, porque eres un hombre sanguinario».
16:9 Abisai, hijo de Sarvia, le dijo al rey: «¿Por qué ha de maldecir este perro muerto a mi señor el rey? Déjame pasar y cortarle la cabeza».
16:10 El rey respondió: «¿Qué tengo que ver con ustedes, hijos de Sarvia? Que maldiga así, porque el SEÑOR le ha dicho: “Maldice a David”. ¿Quién le preguntará: “¿Por qué has hecho esto?”?».
16:11 David les dijo a Abisai y a todos sus servidores: «Mi propio hijo, que salió de mis entrañas, busca quitarme la vida. ¡Cuánto más este benjaminita! Déjenlo que maldiga, porque el SEÑOR se lo ha dicho.
16:12 Quizá el SEÑOR mire mi culpa y el SEÑOR me devuelva bien por su maldición de hoy».
16:13 David y sus hombres siguieron por el camino, mientras Simei iba por la ladera del monte frente a él. Caminaba maldiciendo, le arrojaba piedras y levantaba polvo.
16:14 El rey y todo el pueblo que estaba con él llegaron agotados y descansaron allí.
Absalón entra en Jerusalén con sus consejeros
16:15 Absalón y todo el pueblo, los hombres de Israel, entraron en Jerusalén. Ahitofel estaba con él.
16:16 Cuando Husai, el arquita, amigo de David, llegó ante Absalón, le dijo: «¡Viva el rey! ¡Viva el rey!».
16:17 Absalón le preguntó a Husai: «¿Es esta tu lealtad a tu amigo? ¿Por qué no has ido con tu amigo?».
16:18 Husai le respondió a Absalón: «No. Yo perteneceré al que hayan escogido el SEÑOR, este pueblo y todos los hombres de Israel, y con él me quedaré.
16:19 Además, ¿a quién debo servir? ¿No ha de ser a su hijo? Así como serví delante de tu padre, serviré delante de ti».
Ahitofel aconseja una ruptura pública con David
16:20 Absalón le dijo a Ahitofel: «Den su consejo. ¿Qué debemos hacer?».
16:21 Ahitofel le respondió a Absalón: «Acuéstate con las concubinas de tu padre, que él dejó para cuidar la casa. Todo Israel oirá que te has hecho odioso a tu padre, y se fortalecerán las manos de todos los que están contigo».
16:22 Le levantaron a Absalón una tienda en la azotea, y Absalón se acostó con las concubinas de su padre a la vista de todo Israel.
16:23 En aquellos días el consejo que daba Ahitofel era como si alguien consultara la palabra de Dios. Así se consideraba todo consejo de Ahitofel, tanto por David como por Absalón.

Capítulo 17
Ahitofel propone atacar a David esa misma noche
17:1 Ahitofel le dijo a Absalón: «Déjame escoger a doce mil hombres. Me levantaré y perseguiré a David esta noche.
17:2 Caeré sobre él cuando esté cansado y sin fuerzas, lo aterrorizaré y huirá todo el pueblo que está con él. Mataré solo al rey
17:3 y haré volver a ti a todo el pueblo. El regreso de todos depende del hombre que buscas. Todo el pueblo estará en paz».
17:4 El consejo les pareció bien a Absalón y a todos los ancianos de Israel.
Husai desaconseja la persecución inmediata
17:5 Pero Absalón dijo: «Llama también a Husai, el arquita. Oigamos lo que él tiene que decir».
17:6 Husai llegó ante Absalón, y este le dijo: «Esto es lo que ha dicho Ahitofel. ¿Debemos seguir su consejo? Si no, habla tú».
17:7 Husai le respondió a Absalón: «Esta vez el consejo que ha dado Ahitofel no es bueno».
17:8 Husai añadió: «Conoces a tu padre y a sus hombres. Son valientes y están enfurecidos, como una osa en el campo a la que le han quitado sus crías. Tu padre es un hombre de guerra y no pasará la noche con el pueblo.
17:9 Ahora estará escondido en alguno de los hoyos o en otro lugar. Si algunos de los tuyos caen al principio, quien lo oiga dirá: “Ha habido una matanza entre el pueblo que sigue a Absalón”.
17:10 Entonces hasta el más valiente, aunque tenga un corazón como de león, se desanimará por completo. Todo Israel sabe que tu padre es valiente y que los hombres que están con él son hombres de valor.
17:11 Mi consejo es que se reúna contigo todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, tan numeroso como la arena junto al mar, y que tú mismo vayas a la batalla.
17:12 Iremos contra él al lugar donde lo encontremos y caeremos sobre él como cae el rocío sobre la tierra. Ni él ni uno solo de los hombres que están con él quedarán con vida.
17:13 Si se refugia en una ciudad, todo Israel llevará cuerdas a esa ciudad y la arrastraremos hasta el torrente, hasta que no quede allí ni una piedrecita».
17:14 Absalón y todos los hombres de Israel dijeron: «El consejo de Husai, el arquita, es mejor que el de Ahitofel». El SEÑOR había dispuesto frustrar el buen consejo de Ahitofel para que el SEÑOR trajera la desgracia sobre Absalón.
Los mensajeros llevan a David una advertencia urgente
17:15 Husai les dijo a los sacerdotes Sadoc y Abiatar: «Esto y esto aconsejó Ahitofel a Absalón y a los ancianos de Israel, y esto y esto aconsejé yo.
17:16 Envíen ahora de prisa un mensaje a David: “No pases esta noche en las llanuras del desierto. Cruza sin falta, no sea que el rey y todo el pueblo que está con él sean destruidos”».
17:17 Jonatán y Ahimaas estaban en En-rogel. Una sierva iba a informarles, y ellos iban a comunicárselo al rey David, porque no podían dejarse ver entrando en la ciudad.
17:18 Pero un joven los vio y se lo contó a Absalón. Los dos se apresuraron y fueron a la casa de un hombre en Bahurim que tenía un pozo en el patio. Bajaron al pozo.
17:19 La mujer tomó una manta y la extendió sobre la boca del pozo. Esparció encima grano triturado, y nada se supo del asunto.
17:20 Los servidores de Absalón llegaron a la casa de la mujer y preguntaron: «¿Dónde están Ahimaas y Jonatán?». La mujer les respondió: «Han cruzado el curso de agua». Ellos los buscaron, no los encontraron y regresaron a Jerusalén.
17:21 Después de que se fueron, los dos subieron del pozo y fueron a informar al rey David. Le dijeron: «Levántense y crucen de prisa las aguas, porque Ahitofel ha aconsejado esto contra ustedes».
17:22 David y todo el pueblo que estaba con él se levantaron y cruzaron el Jordán. Al amanecer no faltaba ni uno por cruzar el Jordán.
La muerte del consejero de Absalón
17:23 Cuando Ahitofel vio que no se había seguido su consejo, ensilló el asno, se levantó y fue a su casa, a su ciudad. Puso en orden los asuntos de su casa y se ahorcó. Murió y fue sepultado en la tumba de su padre.
David encuentra apoyo al este del Jordán
17:24 David llegó a Mahanaim, y Absalón cruzó el Jordán con todos los hombres de Israel.
17:25 Absalón había puesto a Amasa al frente del ejército en lugar de Joab. Amasa era hijo de un hombre llamado Itra, el israelita, que se había unido a Abigail, hija de Nahas y hermana de Sarvia, madre de Joab.
17:26 Israel y Absalón acamparon en la tierra de Galaad.
Tres hombres sostienen a David y a su pueblo
17:27 Cuando David llegó a Mahanaim, Sobi, hijo de Nahas, de Rabá de los amonitas; Maquir, hijo de Amiel, de Lodebar, y Barzilai, el galaadita, de Rogelim,
17:28 trajeron camas, recipientes, vasijas de barro, trigo, cebada, harina y grano tostado, habas, lentejas y grano tostado,
17:29 miel, mantequilla, ovejas y queso de vaca. Los ofrecieron a David y al pueblo que estaba con él para que comieran, porque decían: «El pueblo está hambriento, cansado y sediento en el desierto».

Capítulo 18
David organiza sus fuerzas antes de la batalla
18:1 David pasó revista al pueblo que estaba con él y puso al frente jefes de mil y de cien hombres.
18:2 Envió al pueblo, una tercera parte bajo el mando de Joab, una tercera parte bajo el mando de Abisai, hijo de Sarvia y hermano de Joab, y una tercera parte bajo el mando de Itai, el geteo. El rey les dijo: «Yo también saldré con ustedes».
18:3 Pero el pueblo respondió: «No debes salir. Si huimos, no se preocuparán por nosotros. Si muere la mitad de nosotros, tampoco se preocuparán por nosotros, porque ahora hay diez mil como nosotros. Será mejor que nos ayudes desde la ciudad».
18:4 El rey les dijo: «Haré lo que les parezca bien». El rey se quedó junto a la puerta mientras todo el pueblo salía en grupos de cien y de mil.
18:5 El rey les ordenó a Joab, a Abisai y a Itai: «Por consideración a mí, traten con bondad al joven Absalón». Todo el pueblo oyó cuando el rey dio a todos los jefes esta orden acerca de Absalón.
Los hombres de David vencen en el bosque de Efraín
18:6 El pueblo salió al campo al encuentro de Israel, y la batalla se libró en el bosque de Efraín.
18:7 Allí los servidores de David derrotaron al pueblo de Israel. Aquel día hubo una gran matanza de veinte mil hombres.
18:8 La batalla se extendió por toda la región. Aquel día el bosque devoró a más gente que la espada.
Absalón queda atrapado y Joab decide matarlo
18:9 Absalón se encontró con los servidores de David. Iba montado en un mulo, y el mulo pasó bajo las ramas espesas de una gran encina. La cabeza de Absalón quedó atrapada en la encina, y él quedó suspendido entre el cielo y la tierra mientras el mulo en que iba siguió adelante.
18:10 Un hombre lo vio y le informó a Joab: «He visto a Absalón colgado de una encina».
18:11 Joab le dijo al hombre que le traía la noticia: «Si lo viste, ¿por qué no lo derribaste allí mismo? Yo te habría dado unos ciento catorce gramos de plata y un cinturón».
18:12 El hombre le respondió a Joab: «Aunque pesaran en mis manos unos once kilos y cuatrocientos gramos de plata, no extendería la mano contra el hijo del rey. Todos oímos al rey ordenarles a ti, a Abisai y a Itai: “Tengan cuidado con el joven Absalón”.
18:13 Si yo hubiera actuado con traición contra mi propia vida, nada se le habría ocultado al rey, y tú mismo te habrías mantenido al margen».
18:14 Joab respondió: «No seguiré perdiendo el tiempo contigo». Tomó tres dardos en la mano y los clavó en el corazón de Absalón, que todavía estaba vivo en medio de la encina.
18:15 Diez jóvenes que llevaban las armas de Joab rodearon a Absalón, lo hirieron y lo mataron.
18:16 Joab tocó el cuerno, y el pueblo dejó de perseguir a Israel, porque Joab lo contuvo.
18:17 Tomaron a Absalón y lo arrojaron a un gran hoyo en el bosque. Levantaron sobre él un montón de piedras muy grande. Todo Israel huyó, cada uno a sus tiendas.
El monumento que Absalón había levantado para sí
18:18 Durante su vida, Absalón había levantado para sí la columna que está en el valle del Rey, porque había dicho: «No tengo un hijo que conserve la memoria de mi nombre». Le puso a la columna su propio nombre. Hasta hoy se la llama Monumento de Absalón.
Los mensajeros llevan al rey la noticia de la victoria
18:19 Ahimaas, hijo de Sadoc, dijo: «Déjame correr y anunciarle al rey que el SEÑOR le ha hecho justicia, librándolo de sus enemigos».
18:20 Joab le respondió: «Hoy no serás portador de buenas noticias. Las llevarás otro día, pero hoy no, porque ha muerto el hijo del rey».
18:21 Joab le dijo al cusita: «Ve y cuéntale al rey lo que has visto». El cusita se postró ante Joab y salió corriendo.
18:22 Ahimaas, hijo de Sadoc, volvió a decirle a Joab: «Pase lo que pase, déjame correr también detrás del cusita». Joab respondió: «¿Para qué vas a correr, hijo mío, si no habrá recompensa por la noticia?».
18:23 Él insistió: «Pase lo que pase, correré». Joab le dijo: «Corre». Ahimaas corrió por el camino de la llanura y adelantó al cusita.
David espera noticias a la puerta de la ciudad
18:24 David estaba sentado entre las dos puertas. El centinela subió al techo de la puerta, en la muralla, alzó los ojos y vio a un hombre que corría solo.
18:25 El centinela gritó y se lo comunicó al rey. El rey dijo: «Si viene solo, trae buenas noticias». El hombre se acercaba cada vez más.
18:26 El centinela vio a otro hombre que corría y llamó al portero: «Viene otro hombre corriendo solo». El rey dijo: «También este trae noticias».
18:27 El centinela dijo: «Veo que el primero corre como Ahimaas, hijo de Sadoc». El rey respondió: «Es un hombre bueno y viene con buenas noticias».
18:28 Ahimaas gritó al rey: «¡Paz!». Se postró ante el rey rostro en tierra y dijo: «Bendito sea el SEÑOR tu Dios, que ha entregado a los hombres que levantaron la mano contra mi señor el rey».
18:29 El rey preguntó: «¿Está bien el joven Absalón?». Ahimaas respondió: «Vi un gran alboroto cuando Joab envió al servidor del rey y a tu servidor, pero no sé qué era».
18:30 El rey dijo: «Hazte a un lado y quédate aquí». Él se apartó y se quedó de pie.
18:31 Entonces llegó el cusita y dijo: «¡Buenas noticias para mi señor el rey! Hoy el SEÑOR te ha hecho justicia, librándote de todos los que se levantaron contra ti».
18:32 El rey le preguntó al cusita: «¿Está bien el joven Absalón?». El cusita respondió: «Que los enemigos de mi señor el rey y todos los que se levantan contra ti para hacerte daño sean como ese joven».
David llora la muerte de su hijo
18:33 El rey se estremeció, subió al aposento que había sobre la puerta y lloró. Mientras subía decía: «¡Hijo mío Absalón! ¡Hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera haber muerto yo en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!».

Capítulo 19
Joab reclama la atención del rey para sus servidores
19:1 Le informaron a Joab: «El rey está llorando y haciendo duelo por Absalón».
19:2 Aquel día la victoria se convirtió en luto para todo el pueblo, porque todos oyeron decir que el rey estaba afligido por su hijo.
19:3 Aquel día el pueblo entró a escondidas en la ciudad, como entra a escondidas la gente avergonzada que ha huido de la batalla.
19:4 El rey se cubría el rostro y gritaba en alta voz: «¡Hijo mío Absalón! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!».
19:5 Joab entró en la casa donde estaba el rey y dijo: «Hoy has avergonzado a todos tus servidores, que hoy han salvado tu vida, la vida de tus hijos y de tus hijas, la vida de tus esposas y la vida de tus concubinas.
19:6 Amas a los que te odian y odias a los que te aman. Hoy has declarado que tus jefes y tus servidores no te importan. Hoy he comprendido que, si Absalón viviera y todos nosotros hubiéramos muerto, estarías contento.
19:7 Ahora levántate, sal y habla al corazón de tus servidores. Juro por el SEÑOR que, si no sales, no quedará ni un hombre contigo esta noche. Esto será para ti peor que todas las desgracias que te han sobrevenido desde tu juventud hasta ahora».
19:8 El rey se levantó y se sentó a la puerta. Le anunciaron a todo el pueblo: «El rey está sentado a la puerta». Todo el pueblo acudió ante el rey. Israel había huido, cada uno a sus tiendas.
Israel debate cómo hacer volver a David
19:9 En todas las tribus de Israel, todo el pueblo discutía, diciendo: «El rey nos libró de manos de nuestros enemigos y nos salvó de los filisteos. Pero ahora ha huido del país por causa de Absalón.
19:10 Absalón, a quien ungimos sobre nosotros, ha muerto en la batalla. ¿Por qué guardan silencio sobre hacer volver al rey?».
David busca el apoyo de Judá para su regreso
19:11 El rey David envió a decir a los sacerdotes Sadoc y Abiatar: «Hablen con los ancianos de Judá y díganles: “¿Por qué han de ser los últimos en hacer volver al rey a su casa, cuando las palabras de todo Israel han llegado hasta el rey, a su casa?
19:12 Ustedes son mis hermanos, mi hueso y mi carne. ¿Por qué han de ser los últimos en hacer volver al rey?”.
19:13 Díganle también a Amasa: “¿No eres tú mi hueso y mi carne? Que Dios me castigue con toda severidad si no eres jefe de mi ejército para siempre en lugar de Joab”».
19:14 Así inclinó el corazón de todos los hombres de Judá como el de un solo hombre. Ellos enviaron a decir al rey: «Regresa tú con todos tus servidores».
Judá recibe al rey junto al Jordán
19:15 El rey emprendió el regreso y llegó al Jordán. Judá fue a Gilgal para recibir al rey y ayudarlo a cruzar el Jordán.
Simei reconoce su culpa y pide clemencia
19:16 Simei, hijo de Gera, el benjaminita de Bahurim, se apresuró y bajó con los hombres de Judá para recibir al rey David.
19:17 Con él venían mil hombres de Benjamín. También Siba, servidor de la casa de Saúl, con sus quince hijos y sus veinte servidores. Cruzaron el Jordán delante del rey.
19:18 Cruzaban el vado para hacer pasar a la familia del rey y hacer lo que le pareciera bien. Simei, hijo de Gera, se postró ante el rey cuando este cruzaba el Jordán.
19:19 Le dijo al rey: «Que mi señor no me impute culpa ni recuerde el mal que hizo tu servidor el día que mi señor el rey salió de Jerusalén. Que el rey no lo guarde en su corazón.
19:20 Tu servidor sabe que ha pecado. Por eso hoy he venido, el primero de toda la casa de José, a bajar al encuentro de mi señor el rey».
19:21 Abisai, hijo de Sarvia, respondió: «¿No debe morir Simei por esto, ya que maldijo al ungido del SEÑOR?».
19:22 David dijo: «¿Qué tengo que ver con ustedes, hijos de Sarvia, para que hoy se conviertan en mis adversarios? ¿Ha de morir hoy alguien en Israel? ¿Acaso no sé que hoy soy rey sobre Israel?».
19:23 El rey le dijo a Simei: «No morirás». Y el rey se lo juró.
Mefi-boset responde a la acusación de Siba
19:24 Mefi-boset, descendiente de Saúl, también bajó a recibir al rey. No se había cuidado los pies, ni recortado el bigote, ni lavado la ropa desde el día que el rey se fue hasta el día que regresó en paz.
19:25 Cuando llegó a Jerusalén al encuentro del rey, este le preguntó: «¿Por qué no fuiste conmigo, Mefi-boset?».
19:26 Él respondió: «Mi señor el rey, mi servidor me engañó. Tu servidor había dicho: “Ensillaré para mí el asno, montaré en él e iré con el rey”, porque tu servidor es cojo.
19:27 Pero él ha calumniado a tu servidor ante mi señor el rey. Mi señor el rey es como un ángel de Dios. Haz lo que te parezca bien.
19:28 Toda la familia de mi padre no era sino gente digna de muerte ante mi señor el rey. Sin embargo, pusiste a tu servidor entre los que comen a tu mesa. ¿Qué derecho tengo todavía para seguir apelando al rey?».
19:29 El rey le dijo: «¿Para qué seguir hablando de tu asunto? He decidido que tú y Siba se repartan las tierras».
19:30 Mefi-boset le respondió al rey: «Que él lo tome todo, puesto que mi señor el rey ha vuelto en paz a su casa».
David agradece el apoyo de Barzilai
19:31 Barzilai, el galaadita, bajó de Rogelim y cruzó el Jordán con el rey para acompañarlo al otro lado del Jordán.
19:32 Barzilai era muy anciano. Tenía ochenta años. Había sostenido al rey durante su estancia en Mahanaim, porque era un hombre muy rico.
19:33 El rey le dijo a Barzilai: «Cruza conmigo, y yo te sostendré a mi lado en Jerusalén».
19:34 Barzilai le respondió al rey: «¿Cuántos años de vida me quedan para subir con el rey a Jerusalén?
19:35 Hoy tengo ochenta años. ¿Puedo distinguir entre lo agradable y lo desagradable? ¿Puede tu servidor saborear lo que come o bebe? ¿Puedo oír todavía la voz de los cantores y las cantoras? ¿Por qué ha de ser tu servidor una carga más para mi señor el rey?
19:36 Tu servidor cruzará un poco más allá del Jordán con el rey. ¿Por qué ha de darme el rey esta recompensa?
19:37 Te ruego que dejes volver a tu servidor para que muera en su ciudad, junto a la tumba de su padre y de su madre. Aquí está tu servidor Quimam. Que cruce con mi señor el rey, y haz por él lo que te parezca bien».
19:38 El rey respondió: «Quimam cruzará conmigo y yo haré por él lo que te parezca bien. Todo lo que me pidas, lo haré por ti».
19:39 Todo el pueblo cruzó el Jordán y el rey también cruzó. El rey besó a Barzilai y lo bendijo, y él regresó a su lugar.
19:40 El rey pasó a Gilgal, y Quimán pasó con él. Todo el pueblo de Judá acompañaba al rey, y también la mitad del pueblo de Israel.
Judá e Israel disputan por su relación con el rey
19:41 Todos los hombres de Israel llegaron al rey y le dijeron: «¿Por qué nuestros hermanos, los hombres de Judá, te han robado y han hecho cruzar el Jordán al rey y a su familia, junto con todos los hombres de David?».
19:42 Todos los hombres de Judá les respondieron a los hombres de Israel: «Porque el rey es nuestro pariente. ¿Por qué se enojan por esto? ¿Acaso hemos comido a costa del rey? ¿Hemos recibido algún regalo?».
19:43 Los hombres de Israel les respondieron a los hombres de Judá: «Tenemos diez partes en el rey, y también tenemos más derecho sobre David que ustedes. ¿Por qué nos han despreciado? ¿No fuimos los primeros en hablar de hacer volver a nuestro rey?». Pero las palabras de los hombres de Judá fueron más duras que las de los hombres de Israel.

Capítulo 20
Sublevación de Seba
20:1 Se encontraba allí un hombre perverso llamado Seba, hijo de Bicri, un benjaminita. Tocó el cuerno y dijo: «No tenemos parte en David ni heredad en el hijo de Isaí. ¡Cada uno a sus tiendas, Israel!».
20:2 Todos los hombres de Israel dejaron de seguir a David y siguieron a Seba, hijo de Bicri. Pero los hombres de Judá permanecieron unidos a su rey desde el Jordán hasta Jerusalén.
Las concubinas quedan recluidas después de la crisis
20:3 David llegó a su casa en Jerusalén. El rey tomó a las diez concubinas que había dejado para cuidar la casa, las puso bajo custodia y las sostuvo, pero no volvió a acostarse con ellas. Permanecieron recluidas hasta el día de su muerte, viviendo como viudas.
David moviliza a sus hombres contra Seba
20:4 El rey le dijo a Amasa: «Convócame a los hombres de Judá dentro de tres días y preséntate tú también aquí».
20:5 Amasa fue a convocar a Judá, pero tardó más del plazo que el rey le había fijado.
20:6 David le dijo a Abisai: «Ahora Seba, hijo de Bicri, nos hará más daño que Absalón. Toma a los servidores de tu señor y persíguelo, no sea que encuentre ciudades fortificadas y se nos escape de la vista».
20:7 Salieron tras él los hombres de Joab, los cereteos, los peleteos y todos los valientes. Salieron de Jerusalén para perseguir a Seba, hijo de Bicri.
Joab asesina a Amasa durante la persecución
20:8 Estaban junto a la gran piedra de Gabaón cuando Amasa salió a su encuentro. Joab llevaba ceñida su ropa, y sobre ella un cinturón con la espada envainada a la cintura. Cuando avanzó, la espada se le cayó.
20:9 Joab le dijo a Amasa: «¿Estás bien, hermano mío?». Con la mano derecha lo tomó de la barba para besarlo.
20:10 Amasa no se cuidó de la espada que Joab tenía en la mano. Joab lo hirió con ella en el vientre y le derramó las entrañas en tierra. No le dio un segundo golpe, y Amasa murió. Joab y su hermano Abisai continuaron persiguiendo a Seba, hijo de Bicri.
20:11 Uno de los jóvenes de Joab se quedó junto a Amasa y dijo: «¡El que esté a favor de Joab y el que pertenezca a David, que siga a Joab!».
20:12 Amasa yacía revolcado en su sangre en medio del camino. El hombre vio que todo el pueblo se detenía. Apartó a Amasa del camino hacia el campo y le echó una prenda encima, porque veía que todos los que llegaban se detenían.
20:13 Una vez retirado del camino, todos siguieron tras Joab para perseguir a Seba, hijo de Bicri.
La persecución llega hasta Abel-bet-maaca
20:14 Seba pasó por todas las tribus de Israel hasta Abel y Bet-maaca. Todos los beritas se reunieron y también lo siguieron.
20:15 Llegaron y lo sitiaron en Abel-bet-maaca. Levantaron una rampa contra la ciudad, que alcanzó la fortificación. Todos los hombres que estaban con Joab golpeaban para derribar la muralla.
Una mujer negocia el fin del asedio
20:16 Entonces una mujer sabia gritó desde la ciudad: «¡Escuchen, escuchen! Díganle a Joab: “Acércate aquí para que hable contigo”».
20:17 Él se acercó y la mujer preguntó: «¿Eres tú Joab?». Él respondió: «Soy yo». Ella dijo: «Escucha las palabras de tu sierva». Él respondió: «Estoy escuchando».
20:18 Ella dijo: «Antiguamente se decía: “Que consulten en Abel”, y así se resolvía el asunto.
20:19 Yo soy de los pacíficos y fieles de Israel. Tú intentas destruir una ciudad que es madre en Israel. ¿Por qué has de devorar la heredad del SEÑOR?».
20:20 Joab respondió: «¡Lejos de mí, lejos de mí devorar o destruir!
20:21 No es así el asunto. Un hombre de la región montañosa de Efraín, llamado Seba, hijo de Bicri, ha levantado la mano contra el rey David. Entréguenme solo a él y me retiraré de la ciudad». La mujer le dijo a Joab: «Su cabeza te será arrojada por encima de la muralla».
20:22 La mujer fue a hablar con todo el pueblo con su sabiduría. Cortaron la cabeza de Seba, hijo de Bicri, y se la arrojaron a Joab. Él tocó el cuerno, y se retiraron de la ciudad, cada uno a sus tiendas. Joab regresó a Jerusalén, al rey.
Oficiales de David
Textos relacionados: 2 Samuel 8:15–18; 1 Crónicas 18:14–17
20:23 Joab estaba al frente de todo el ejército de Israel. Benaía, hijo de Joiada, estaba al frente de los cereteos y los peleteos.
20:24 Adoram estaba al frente del trabajo obligatorio. Josafat, hijo de Ahilud, era cronista.
20:25 Seva era escriba. Sadoc y Abiatar eran sacerdotes.
20:26 También Ira, el jaireo, era sacerdote de David.

Capítulo 21
El hambre y el juramento quebrantado a los gabaonitas
21:1 En los días de David hubo hambre durante tres años, año tras año. David buscó el rostro del SEÑOR, y el SEÑOR dijo: «Es por Saúl y por su casa sanguinaria, porque mató a los gabaonitas».
21:2 El rey llamó a los gabaonitas y les habló. Los gabaonitas no eran israelitas, sino un resto de los amorreos. Los israelitas les habían hecho un juramento, pero Saúl había intentado matarlos por su celo a favor de Israel y de Judá.
21:3 David les preguntó a los gabaonitas: «¿Qué puedo hacer por ustedes? ¿Con qué puedo reparar el daño, para que bendigan la heredad del SEÑOR?».
21:4 Los gabaonitas le respondieron: «Nuestro asunto con Saúl y con su casa no se resuelve con plata ni oro, ni nos corresponde dar muerte a nadie en Israel». Él dijo: «Lo que ustedes digan, lo haré por ustedes».
21:5 Ellos le respondieron al rey: «De aquel hombre que nos consumió y planeó exterminarnos para que no quedáramos en ningún territorio de Israel,
21:6 que nos entreguen siete hombres de sus descendientes. Los colgaremos delante del SEÑOR en Gabaa de Saúl, el escogido del SEÑOR». El rey respondió: «Yo los entregaré».
21:7 Pero el rey perdonó a Mefi-boset, hijo de Jonatán, hijo de Saúl, por el juramento ante el SEÑOR que había entre David y Jonatán, hijo de Saúl.
Los descendientes de Saúl que David entrega
21:8 El rey tomó a los dos hijos de Rizpa, hija de Aja, que le había dado a Saúl: Armoni y Mefi-boset. También tomó a los cinco hijos de Mical, hija de Saúl, que ella le había dado a Adriel, hijo de Barzilai, el meholatita.
21:9 Los entregó en manos de los gabaonitas, que los colgaron en el monte delante del SEÑOR. Los siete cayeron juntos. Les dieron muerte en los primeros días de la cosecha, al comenzar la cosecha de la cebada.
Rizpa vela por los cuerpos de los ejecutados
21:10 Rizpa, hija de Aja, tomó una tela de duelo y la extendió para sí sobre la roca. Desde el comienzo de la cosecha hasta que cayó sobre ellos agua del cielo, no dejó que las aves del cielo se posaran sobre ellos de día ni que las fieras del campo se acercaran de noche.
21:11 Le contaron a David lo que había hecho Rizpa, hija de Aja, concubina de Saúl.
David reúne los restos de Saúl y de su familia para sepultarlos
21:12 David fue y tomó los huesos de Saúl y los huesos de su hijo Jonatán de los habitantes de Jabes de Galaad. Estos los habían sacado a escondidas de la plaza de Bet-sán, donde los filisteos los habían colgado el día que derrotaron a Saúl en Gilboa.
21:13 Hizo subir de allí los huesos de Saúl y los huesos de su hijo Jonatán. También recogieron los huesos de los que habían sido colgados.
21:14 Sepultaron los huesos de Saúl y de su hijo Jonatán en la tierra de Benjamín, en Zela, en la tumba de Cis, padre de Saúl. Hicieron todo lo que el rey había ordenado. Después de esto, Dios atendió las súplicas por la tierra.
Abisai libra a David del gigante
21:15 Volvió a haber guerra de los filisteos contra Israel. David bajó con sus servidores y combatieron contra los filisteos. David se agotó.
21:16 Isbi-benob, uno de los descendientes de los gigantes, tenía una lanza cuya punta de bronce pesaba más de tres kilos. Llevaba una espada nueva y se propuso matar a David.
21:17 Pero Abisai, hijo de Sarvia, lo ayudó, hirió al filisteo y lo mató. Entonces los hombres de David le juraron: «No volverás a salir con nosotros a la batalla, para que no apagues la lámpara de Israel».
Los hombres de David matan a los gigantes
Texto relacionado: 1 Crónicas 20:4–8
21:18 Después hubo otra batalla contra los filisteos en Gob. Allí Sibecai, el husatita, mató a Saf, uno de los descendientes de los gigantes.
21:19 Hubo otra batalla contra los filisteos en Gob. Elhanán, hijo de Jaare-oregim, el de Belén, mató a Goliat, el geteo, cuya asta de lanza era como un rodillo de telar.
21:20 Hubo otra batalla en Gat. Allí había un hombre de gran estatura, con seis dedos en cada mano y seis en cada pie, veinticuatro en total. También él descendía de los gigantes.
21:21 Desafió a Israel, y Jonatán, hijo de Simea, hermano de David, lo mató.
21:22 Estos cuatro descendían de los gigantes en Gat y cayeron por mano de David y por mano de sus servidores.

Capítulo 22
Cántico de liberación de David
Texto relacionado: Salmos 18:1–50 y su inscripción
22:1 David dirigió al SEÑOR las palabras de este cántico el día que el SEÑOR lo libró de manos de todos sus enemigos y de manos de Saúl.
22:2 Dijo: «El SEÑOR es mi peña, mi fortaleza y mi libertador;
22:3 mi Dios, mi roca en quien me refugio, mi escudo y el cuerno de mi salvación, mi altura segura y mi refugio.
   Salvador mío, tú me salvas de la violencia.
22:4 Invoco al SEÑOR, digno de alabanza, y soy salvo de mis enemigos.
David clama a Dios desde el peligro de muerte

22:5 Las olas de la muerte me rodeaban y torrentes de destrucción me aterrorizaban.
22:6 Las cuerdas del Seol me envolvían;
   las trampas de la muerte me salían al encuentro.
22:7 En mi angustia invoqué al SEÑOR y clamé a mi Dios.
   Desde su templo oyó mi voz, y mi clamor llegó a sus oídos.
El SEÑOR manifiesta su poder para librar a David

22:8 La tierra se sacudió y tembló.
   Los cimientos de los cielos se estremecieron y se sacudieron porque él se había indignado.
22:9 De su nariz subía humo y de su boca salía fuego devorador;
   carbones ardían por él.
22:10 Inclinó los cielos y descendió, con densas tinieblas debajo de sus pies.
22:11 Montó sobre un querubín y voló;
   apareció sobre las alas del viento.
22:12 Puso a su alrededor tinieblas como tiendas: acumulación de aguas y espesas nubes del cielo.
22:13 Del resplandor delante de él se encendieron carbones ardientes.
22:14 El SEÑOR tronó desde los cielos y el Altísimo hizo oír su voz.
22:15 Envió flechas y los dispersó;
   lanzó un relámpago y los confundió.
22:16 Aparecieron los cauces del mar y quedaron al descubierto los cimientos del mundo ante la reprensión del SEÑOR, ante el soplo del aliento de su nariz.
Dios rescata a David de enemigos más fuertes que él

22:17 Extendió su mano desde lo alto y me tomó;
   me sacó de las aguas abundantes.
22:18 Me libró de mi enemigo poderoso y de quienes me odiaban, porque eran más fuertes que yo.
22:19 Me salieron al encuentro el día de mi desgracia, pero el SEÑOR fue mi apoyo.
22:20 Me sacó a un lugar espacioso;
   me rescató porque se agradó de mí.
La justicia de David y la respuesta fiel de Dios

22:21 El SEÑOR me recompensó conforme a mi justicia;
   me pagó conforme a la limpieza de mis manos.
22:22 Porque he guardado los caminos del SEÑOR y no me he apartado de mi Dios con maldad.
22:23 Todos sus decretos están delante de mí y no me aparto de sus estatutos.
22:24 He sido íntegro ante él y me he guardado de mi maldad.
22:25 El SEÑOR me recompensó conforme a mi justicia, conforme a mi pureza delante de sus ojos.
22:26 Con el fiel te muestras fiel;
   con el hombre íntegro te muestras íntegro.
22:27 Con el puro te muestras puro y con el torcido te muestras sagaz.
22:28 Tú salvas al pueblo afligido, pero tus ojos están sobre los altivos para humillarlos.
El SEÑOR ilumina y fortalece el camino de su siervo

22:29 Tú eres mi lámpara, SEÑOR;
   el SEÑOR ilumina mi oscuridad.
22:30 Contigo puedo acometer una tropa;
   con mi Dios puedo saltar una muralla.
22:31 El camino de Dios es perfecto;
   la palabra del SEÑOR es refinada.
   Él es escudo para todos los que se refugian en él.
22:32 Porque ¿quién es Dios fuera del SEÑOR?
   ¿Quién es roca fuera de nuestro Dios?
22:33 Dios es mi fortaleza poderosa y despeja mi camino.
22:34 Hace mis pies como los de las ciervas y me mantiene firme sobre mis alturas.
22:35 Adiestra mis manos para la guerra, de modo que mis brazos tensan un arco de bronce.
22:36 Me diste el escudo de tu salvación, y tu respuesta me engrandece.
22:37 Ensanchaste el lugar de mis pasos y mis tobillos no vacilaron.
David atribuye a Dios la derrota de sus enemigos

22:38 Perseguí a mis enemigos y los destruí;
   no regresé hasta acabarlos.
22:39 Los consumí y los aplasté, y no se levantaron.
   Cayeron debajo de mis pies.
22:40 Me ceñiste de fuerza para la batalla;
   sometiste debajo de mí a los que se levantaban contra mí.
22:41 Hiciste que mis enemigos me volvieran la espalda y destruí a quienes me odiaban.
22:42 Buscaron ayuda, pero no hubo quien los salvara;
   acudieron al SEÑOR, pero no les respondió.
22:43 Los trituré como el polvo de la tierra;
   como el lodo de las calles los aplasté y los pisoteé.
22:44 Me libraste de las contiendas de mi pueblo y me guardaste como cabeza de naciones.
   Un pueblo que no conocía me sirve.
22:45 Los extranjeros se someten a mí;
   apenas me oyen, me obedecen.
22:46 Los extranjeros desfallecen y se ciñen al salir de sus fortalezas.
Alabanza al Dios que salva y guarda su promesa

22:47 ¡Vive el SEÑOR!
   ¡Bendita sea mi roca!
   ¡Exaltado sea Dios, la roca de mi salvación!
22:48 Él es el Dios que me concede venganza y somete pueblos debajo de mí;
22:49 el que me saca de entre mis enemigos.
   Tú me exaltas sobre quienes se levantan contra mí y me libras del hombre violento.
22:50 Por eso te daré gracias entre las naciones, SEÑOR, y cantaré alabanzas a tu nombre.
22:51 Él es torre de salvación para su rey y muestra amor fiel a su ungido, a David y a su descendencia para siempre».

Capítulo 23
Últimas palabras de David
23:1 Estas son las últimas palabras de David:
 «Declaración de David, hijo de Isaí;
   declaración del hombre levantado en alto, del ungido del Dios de Jacob, del agradable cantor de Israel:
23:2 El Espíritu del SEÑOR habló por mí, y su palabra estuvo en mi lengua.
23:3 El Dios de Israel habló;
   la Roca de Israel me dijo: “Quien gobierna a los seres humanos con justicia, quien gobierna en el temor de Dios,
23:4 es como la luz de la mañana al salir el sol, como una mañana sin nubes, como el resplandor después de la lluvia que hace brotar la hierba de la tierra”.
23:5 ¿No es así mi casa ante Dios?
   Porque ha establecido conmigo un pacto eterno, ordenado en todo y asegurado.
   ¿No hará brotar toda mi salvación y todo mi deseo?
23:6 Pero los malvados son todos como espinos que se desechan, pues no se pueden recoger con la mano.
23:7 Quien los toca se arma de hierro y del asta de una lanza, y son quemados por completo en su lugar».
Los valientes de David
Texto relacionado: 1 Crónicas 11:10–47
23:8 Estos son los nombres de los guerreros valientes de David: Joseb-basebet, el tacmonita, jefe de los Tres. Este era Adino, el eznita, que mató a ochocientos hombres de una sola vez.
23:9 Después de él estaba Eleazar, hijo de Dodo, hijo de un ahohíta. Era uno de los tres valientes que estaban con David cuando desafiaron a los filisteos que se habían reunido allí para la batalla, mientras los hombres de Israel se retiraban.
23:10 Él se mantuvo firme e hirió a los filisteos hasta que se le cansó la mano y esta quedó aferrada a la espada. El SEÑOR dio una gran victoria aquel día. El pueblo volvió tras él únicamente para recoger el botín.
23:11 Después de él estaba Sama, hijo de Age, el ararita. Los filisteos se habían reunido en una tropa donde había un campo lleno de lentejas, y el pueblo huyó de los filisteos.
23:12 Pero él se plantó en medio del campo, lo defendió e hirió a los filisteos. Así el SEÑOR dio una gran victoria.
Los valientes llevan a David agua de Belén
23:13 Tres de los treinta jefes bajaron durante la cosecha y fueron adonde estaba David, a la cueva de Adulam, mientras una tropa filistea acampaba en el valle de Refaim.
23:14 David estaba entonces en la fortaleza, y una guarnición filistea estaba en Belén.
23:15 David expresó este deseo: «¡Quién me diera beber agua del pozo de Belén que está junto a la puerta!».
23:16 Los tres valientes atravesaron el campamento filisteo, sacaron agua del pozo de Belén que está junto a la puerta y se la llevaron a David. Pero él no quiso beberla, sino que la derramó como ofrenda al SEÑOR.
23:17 Dijo: «¡Que el SEÑOR me libre de hacer esto! ¿He de beber la sangre de los hombres que fueron arriesgando la vida?». Y no quiso beberla. Estas cosas hicieron los tres valientes.
Abisai y Benaía, guerreros distinguidos de David
23:18 Abisai, hermano de Joab e hijo de Sarvia, era jefe de los tres. Blandió su lanza contra trescientos hombres, a quienes mató, y ganó renombre entre los tres.
23:19 Fue el más honrado de los tres y llegó a ser su jefe, aunque no igualó a los Tres.
23:20 Benaía, hijo de Joiada, hijo de un hombre valiente, era de Cabseel y realizó grandes hazañas. Mató a dos campeones de Moab. También bajó a un foso y mató allí a un león un día de nieve.
23:21 Además mató a un egipcio de aspecto imponente. El egipcio llevaba una lanza en la mano, pero Benaía bajó contra él con un bastón, le arrebató la lanza y lo mató con su propia lanza.
23:22 Estas cosas hizo Benaía, hijo de Joiada, y ganó renombre entre los tres valientes.
23:23 Era más honrado que los Treinta, aunque no igualó a los Tres. David lo puso al frente de su guardia personal.
Los Treinta y los demás guerreros de David
23:24 Asael, hermano de Joab, era uno de los Treinta; también estaban Elhanán, hijo de Dodo, de Belén;
23:25 Sama, el harodita; Elica, el harodita;
23:26 Heles, el paltita; Ira, hijo de Iques, el tecoíta;
23:27 Abiezer, el anatotita; Mebunai, el husatita;
23:28 Salmón, el ahohíta; Maharai, el netofatita;
23:29 Heleb, hijo de Baana, el netofatita; Itai, hijo de Ribai, de Gabaa de los benjaminitas;
23:30 Benaía, el piratonita; Hidai, de los arroyos de Gaas;
23:31 Abi-albón, el arbatita; Azmavet, el barhumita;
23:32 Eliaba, el saalbonita; los hijos de Jasén; Jonatán;
23:33 Sama, el ararita; Ahíam, hijo de Sarar, el ararita;
23:34 Elifelet, hijo de Ahasbai, descendiente de un maacatita; Eliam, hijo de Ahitofel, el gilonita;
23:35 Hezrai, el carmelita; Paarai, el arbita;
23:36 Igal, hijo de Natán, de Soba; Bani, el gadita;
23:37 Selec, el amonita; Naharai, el beerotita, escudero de Joab, hijo de Sarvia;
23:38 Ira, el itrita; Gareb, el itrita;
23:39 Urías, el hitita. Eran treinta y siete en total.

Capítulo 24
David censa al pueblo
Texto relacionado: 1 Crónicas 21:1–27
24:1 La ira del SEÑOR volvió a encenderse contra Israel, e incitó a David contra ellos, diciendo: «Ve y haz un censo de Israel y de Judá».
24:2 El rey le dijo a Joab, comandante del ejército que estaba con él: «Recorre, por favor, todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Beerseba; hagan un censo del pueblo, para que yo conozca el número del pueblo».
24:3 Joab le respondió al rey: «Que el SEÑOR su Dios multiplique al pueblo cien veces más de lo que es ahora, y que los ojos de mi señor el rey lo vean. Pero ¿por qué desea esto mi señor el rey?».
24:4 Sin embargo, la orden del rey prevaleció sobre Joab y sobre los comandantes del ejército. Entonces Joab y los comandantes del ejército salieron de la presencia del rey para hacer el censo del pueblo de Israel.
24:5 Cruzaron el Jordán y acamparon en Aroer, al sur de la ciudad que está en medio del valle de Gad, en dirección a Jazer.
24:6 Llegaron a Galaad y a la tierra de Tahtim-hodsi. Luego fueron a Danjaán y a los alrededores de Sidón.
24:7 Llegaron a la fortaleza de Tiro y a todas las ciudades de los heveos y de los cananeos. Después salieron hacia el Neguev de Judá, a Beerseba.
24:8 Recorrieron toda la tierra y, al cabo de nueve meses y veinte días, regresaron a Jerusalén.
24:9 Joab le entregó al rey el resultado del censo del pueblo. En Israel había ochocientos mil hombres de guerra que manejaban la espada, y en Judá, quinientos mil hombres.
David confiesa su pecado y recibe el anuncio del juicio
24:10 Después de haber contado al pueblo, a David le remordió la conciencia. David le dijo al SEÑOR: «He pecado gravemente en lo que he hecho. Ahora, SEÑOR, te ruego que perdones la culpa de tu siervo, porque he actuado con mucha necedad».
24:11 David se levantó por la mañana, y la palabra del SEÑOR vino al profeta Gad, vidente de David, diciendo:
24:12 «Ve y dile a David: “Así dice el SEÑOR: Te propongo tres cosas; escoge una de ellas, y yo te la haré”».
24:13 Gad fue a David, le comunicó el mensaje y le dijo: «¿Quieres que vengan siete años de hambre en tu tierra, o huir durante tres meses ante tus enemigos mientras te persiguen, o que haya tres días de peste en tu tierra? Ahora piensa y considera qué respuesta debo dar al que me envió».
24:14 David le respondió a Gad: «Estoy muy angustiado. Caigamos ahora en manos del SEÑOR, porque sus misericordias son muchas; pero no caiga yo en manos humanas».
24:15 El SEÑOR envió una peste sobre Israel desde la mañana hasta el tiempo señalado, y murieron setenta mil hombres del pueblo, desde Dan hasta Beerseba.
24:16 Cuando el ángel extendió su mano hacia Jerusalén para destruirla, el SEÑOR desistió de aquel castigo y le dijo al ángel que destruía al pueblo: «¡Basta! Ahora retira tu mano». El ángel del SEÑOR estaba junto a la era de Arauna el jebuseo.
24:17 Al ver al ángel que hería al pueblo, David habló al SEÑOR y dijo: «Mira, yo he pecado y yo he hecho el mal. Pero estas ovejas, ¿qué han hecho? Te ruego que tu mano caiga sobre mí y sobre la casa de mi padre».
David levanta un altar y el SEÑOR atiende al pueblo
24:18 Aquel día Gad fue a David y le dijo: «Sube y levanta un altar al SEÑOR en la era de Arauna el jebuseo».
24:19 David subió conforme a la palabra de Gad, como el SEÑOR había mandado.
24:20 Arauna miró y vio que el rey y sus siervos venían hacia él. Entonces Arauna salió y se inclinó ante el rey, con el rostro en tierra.
24:21 Arauna preguntó: «¿Por qué viene mi señor el rey a su siervo?». David respondió: «Para comprarte la era y edificar un altar al SEÑOR, a fin de que cese la plaga sobre el pueblo».
24:22 Arauna le dijo a David: «Tome mi señor el rey lo que le parezca bien y ofrézcalo. Aquí están los bueyes para el holocausto, y los trillos y los yugos de los bueyes para leña.
24:23 Todo esto, oh rey, Arauna lo da al rey». Y Arauna le dijo al rey: «Que el SEÑOR su Dios lo acepte».
24:24 Pero el rey le respondió a Arauna: «No. Te lo compraré por su precio, pues no ofreceré al SEÑOR mi Dios holocaustos que no me cuesten nada». Así que David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata, unos quinientos setenta gramos.
24:25 David edificó allí un altar al SEÑOR y ofreció holocaustos y sacrificios de paz. El SEÑOR atendió las súplicas a favor de la tierra, y la plaga se detuvo en Israel.

1 REYES

Capítulo 1
La vejez de David y el cuidado de Abisag
1:1 El rey David era anciano, de edad avanzada. Lo cubrían con mantas, pero no entraba en calor.
1:2 Sus servidores le dijeron: «Que busquen para mi señor el rey una joven virgen que te atienda y te cuide. Ella se acostará en tus brazos y mi señor el rey entrará en calor».
1:3 Buscaron una joven hermosa por todo el territorio de Israel, encontraron a Abisag, la sunamita, y se la llevaron al rey.
1:4 La joven era muy hermosa; cuidaba al rey y lo atendía, pero el rey no tuvo relaciones sexuales con ella.
La pretensión de Adonías al trono
1:5 Adonías, hijo de Haguit, se exaltaba diciendo: «Yo seré rey». Se consiguió un carro, jinetes y cincuenta hombres que corrieran delante de él.
1:6 Su padre nunca lo había reprendido preguntándole: «¿Por qué has hecho esto?». Además, era muy apuesto y había nacido después de Absalón.
1:7 Adonías habló con Joab, hijo de Sarvia, y con el sacerdote Abiatar, y ellos se pusieron de su parte y lo apoyaron.
1:8 Pero el sacerdote Sadoc, Benaía, hijo de Joiada, el profeta Natán, Simei, Rei y los guerreros valientes de David no estaban con Adonías.
1:9 Adonías sacrificó ovejas, ganado y animales engordados junto a la peña de Zohelet, que está cerca de En-rogel. Invitó a todos sus hermanos, los hijos del rey, y a todos los hombres de Judá que servían al rey.
1:10 Pero no invitó al profeta Natán, a Benaía, a los guerreros valientes ni a su hermano Salomón.
Natán y Betsabé apelan al rey David
1:11 Entonces Natán le dijo a Betsabé, madre de Salomón: «¿No has oído que Adonías, hijo de Haguit, se ha hecho rey sin que nuestro señor David lo sepa?
1:12 Ahora ven, déjame darte un consejo para que salves tu vida y la de tu hijo Salomón.
1:13 Ve a ver al rey David y dile: “Mi señor el rey, ¿no le juraste a tu sierva: ‘Tu hijo Salomón reinará después de mí y se sentará en mi trono’? ¿Por qué, entonces, se ha hecho rey Adonías?”.
1:14 Mientras todavía estés allí hablando con el rey, yo entraré detrás de ti y confirmaré tus palabras».
1:15 Betsabé entró en la habitación del rey. El rey era muy anciano y Abisag, la sunamita, lo atendía.
1:16 Betsabé se inclinó y se postró ante el rey. Él le preguntó: «¿Qué deseas?».
1:17 Ella le respondió: «Señor mío, le juraste a tu sierva por el SEÑOR tu Dios: “Tu hijo Salomón reinará después de mí y se sentará en mi trono”.
1:18 Pero ahora Adonías se ha hecho rey y tú, mi señor el rey, no lo sabes.
1:19 Ha sacrificado muchos toros, animales engordados y ovejas, y ha invitado a todos los hijos del rey, al sacerdote Abiatar y a Joab, jefe del ejército; pero no ha invitado a tu servidor Salomón.
1:20 Mi señor el rey, los ojos de todo Israel están puestos en ti para que les anuncies quién se sentará después de ti en el trono de mi señor el rey.
1:21 De lo contrario, cuando mi señor el rey descanse con sus antepasados, mi hijo Salomón y yo seremos considerados culpables».
1:22 Mientras ella todavía hablaba con el rey, llegó el profeta Natán.
1:23 Le anunciaron al rey: «Aquí está el profeta Natán». Él entró ante el rey y se postró con el rostro en tierra.
1:24 Natán dijo: «Mi señor el rey, ¿has dicho tú: “Adonías reinará después de mí y se sentará en mi trono”?
1:25 Porque hoy ha bajado y ha sacrificado muchos toros, animales engordados y ovejas. Ha invitado a todos los hijos del rey, a los jefes del ejército y al sacerdote Abiatar. Ahora están comiendo y bebiendo en su presencia y diciendo: “¡Viva el rey Adonías!”.
1:26 Pero no me ha invitado a mí, tu servidor, ni al sacerdote Sadoc, ni a Benaía, hijo de Joiada, ni a tu servidor Salomón.
1:27 ¿Ha sucedido esto por orden de mi señor el rey sin que le hayas dado a conocer a tu servidor quién se sentará después de ti en el trono de mi señor el rey?».
David proclama rey a Salomón
1:28 El rey David respondió: «Llámenme a Betsabé». Ella entró ante el rey y se quedó de pie en su presencia.
1:29 El rey juró: «¡Vive el SEÑOR, que me ha rescatado de toda angustia!
1:30 Tal como te juré por el SEÑOR, el Dios de Israel, diciendo: “Tu hijo Salomón reinará después de mí y se sentará en mi trono en mi lugar”, así lo haré hoy mismo».
1:31 Betsabé se inclinó con el rostro en tierra y se postró ante el rey. Dijo: «¡Viva para siempre mi señor, el rey David!».
1:32 El rey David dijo: «Llámenme al sacerdote Sadoc, al profeta Natán y a Benaía, hijo de Joiada». Ellos se presentaron ante el rey.
1:33 El rey les dijo: «Lleven con ustedes a los servidores de su señor, monten a mi hijo Salomón en mi mula y háganlo bajar a Gihón.
1:34 Allí el sacerdote Sadoc y el profeta Natán lo ungirán como rey de Israel. Toquen el cuerno y digan: “¡Viva el rey Salomón!”.
1:35 Después suban tras él; él vendrá y se sentará en mi trono y reinará en mi lugar. Lo he designado para que sea gobernante de Israel y de Judá».
1:36 Benaía, hijo de Joiada, le respondió al rey: «¡Amén! Que así lo disponga el SEÑOR, el Dios de mi señor el rey.
1:37 Como el SEÑOR ha estado con mi señor el rey, así esté con Salomón, y engrandezca su trono más que el trono de mi señor, el rey David».
1:38 El sacerdote Sadoc, el profeta Natán, Benaía, hijo de Joiada, los cereteos y los peleteos bajaron, montaron a Salomón en la mula del rey David y lo llevaron a Gihón.
1:39 El sacerdote Sadoc tomó de la tienda el cuerno con aceite y ungió a Salomón. Tocaron el cuerno y todo el pueblo gritó: «¡Viva el rey Salomón!».
1:40 Todo el pueblo subió tras él, tocando flautas y celebrando con gran alegría, hasta que la tierra se estremecía con sus voces.
Adonías conoce la proclamación de Salomón
1:41 Adonías y todos sus invitados lo oyeron cuando acababan de comer. Al oír el sonido del cuerno, Joab preguntó: «¿Por qué se oye tanto alboroto en la ciudad?».
1:42 Todavía estaba hablando cuando llegó Jonatán, hijo del sacerdote Abiatar. Adonías le dijo: «Entra, porque eres un hombre de valor y traerás buenas noticias».
1:43 Jonatán le respondió a Adonías: «¡Al contrario! Nuestro señor, el rey David, ha hecho rey a Salomón.
1:44 El rey envió con él al sacerdote Sadoc, al profeta Natán, a Benaía, hijo de Joiada, a los cereteos y a los peleteos. Lo montaron en la mula del rey,
1:45 y el sacerdote Sadoc y el profeta Natán lo ungieron como rey en Gihón. De allí han subido con alegría y la ciudad está alborotada. Ese es el ruido que han oído.
1:46 Además, Salomón se ha sentado en el trono real.
1:47 También los servidores del rey han venido a bendecir a nuestro señor, el rey David, diciendo: “Que Dios haga el nombre de Salomón más ilustre que el tuyo y engrandezca su trono más que el tuyo”. Y el rey se postró sobre su cama.
1:48 El rey también dijo: “Bendito sea el SEÑOR, el Dios de Israel, que hoy ha dado quien se siente en mi trono, y mis ojos lo ven”».
1:49 Todos los invitados de Adonías se llenaron de miedo, se levantaron y se fue cada uno por su camino.
Salomón concede la vida a Adonías
1:50 Adonías tuvo miedo de Salomón; se levantó, fue y se aferró a los cuernos del altar.
1:51 Le informaron a Salomón: «Adonías tiene miedo del rey Salomón y se ha aferrado a los cuernos del altar, diciendo: “Que el rey Salomón me jure hoy que no matará a espada a su servidor”».
1:52 Salomón dijo: «Si demuestra ser un hombre digno, ni uno de sus cabellos caerá a tierra; pero si se encuentra maldad en él, morirá».
1:53 El rey Salomón envió a buscarlo y lo hicieron bajar del altar. Él fue y se postró ante el rey Salomón, quien le dijo: «Vete a tu casa».

Capítulo 2
El encargo final de David a Salomón
2:1 Cuando se acercaba el momento de su muerte, David le dio estas instrucciones a su hijo Salomón:
2:2 «Voy por el camino de todos los de la tierra. Sé fuerte y compórtate como un hombre.
2:3 Cumple lo que el SEÑOR tu Dios te ha encargado: anda en sus caminos y guarda sus estatutos, sus mandamientos, sus decretos y sus testimonios, tal como está escrito en la ley de Moisés, para que actúes con sabiduría en todo lo que hagas y dondequiera que vayas.
2:4 Así el SEÑOR cumplirá la palabra que me dio: “Si tus hijos cuidan su conducta y andan fielmente delante de mí, con todo su corazón y con toda su alma, nunca te faltará un hombre en el trono de Israel”.
2:5 Tú también sabes lo que me hizo Joab, hijo de Sarvia: lo que hizo a dos jefes de los ejércitos de Israel, Abner, hijo de Ner, y Amasa, hijo de Jeter. Los mató, derramando sangre de guerra en tiempo de paz, y manchó con sangre de guerra el cinturón que llevaba a la cintura y las sandalias de sus pies.
2:6 Actúa según tu sabiduría y no dejes que su cabeza canosa baje en paz al Seol.
2:7 Pero muestra amor fiel a los hijos de Barzilai, el galaadita, y que estén entre los que comen a tu mesa, pues así acudieron a mí cuando huía de tu hermano Absalón.
2:8 También tienes contigo a Simei, hijo de Gera, el benjaminita de Bahurim. Él me maldijo con una maldición terrible el día que yo iba a Mahanaim. Pero bajó a recibirme al Jordán y le juré por el SEÑOR: “No te mataré a espada”.
2:9 Ahora no lo tengas por inocente. Tú eres un hombre sabio y sabrás lo que debes hacer con él; harás que su cabeza canosa baje ensangrentada al Seol».
La muerte de David y la continuidad del reino
Texto relacionado: 1 Crónicas 29:26–30.
2:10 David descansó con sus antepasados y fue sepultado en la Ciudad de David.
2:11 David reinó sobre Israel cuarenta años: siete años en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén.
2:12 Salomón se sentó en el trono de su padre David y su reino quedó firmemente establecido.
La petición de Adonías por Abisag
2:13 Adonías, hijo de Haguit, fue a ver a Betsabé, madre de Salomón. Ella le preguntó: «¿Vienes en paz?». Él respondió: «En paz».
2:14 Luego dijo: «Tengo algo que decirte». Ella respondió: «Habla».
2:15 Él dijo: «Tú sabes que el reino me correspondía y que todo Israel tenía los ojos puestos en mí para que reinara. Pero el reino cambió de manos y pasó a mi hermano, porque el SEÑOR se lo dio.
2:16 Ahora te hago una sola petición; no me la niegues». Ella le dijo: «Habla».
2:17 Él dijo: «Por favor, habla con el rey Salomón, pues a ti no te lo negará, para que me dé como esposa a Abisag, la sunamita».
2:18 Betsabé respondió: «Está bien; yo hablaré al rey por ti».
2:19 Betsabé fue a ver al rey Salomón para hablarle por Adonías. El rey se levantó a recibirla, se inclinó ante ella y se sentó en su trono. Hizo poner un trono para la madre del rey y ella se sentó a su derecha.
2:20 Ella dijo: «Tengo una pequeña petición que hacerte; no me la niegues». El rey le respondió: «Pide, madre mía, porque no te la negaré».
2:21 Ella dijo: «Que Abisag, la sunamita, sea dada como esposa a tu hermano Adonías».
2:22 El rey Salomón le respondió a su madre: «¿Por qué pides a Abisag, la sunamita, para Adonías? ¡Pide también para él el reino, puesto que es mi hermano mayor y cuenta con el sacerdote Abiatar y con Joab, hijo de Sarvia!».
2:23 El rey Salomón juró por el SEÑOR: «Que Dios me castigue con toda severidad, porque Adonías ha hecho esta petición al precio de su vida.
2:24 Ahora, ¡vive el SEÑOR, que me ha establecido y me ha sentado en el trono de mi padre David, y que me ha formado una dinastía, tal como lo prometió! Adonías morirá hoy mismo».
2:25 El rey Salomón envió a Benaía, hijo de Joiada, quien atacó a Adonías y lo mató.
Abiatar es apartado del sacerdocio
2:26 Al sacerdote Abiatar el rey le dijo: «Vete a tus campos en Anatot. Mereces morir, pero hoy no te mataré, porque llevaste el arca del Señor DIOS delante de mi padre David y compartiste todas sus aflicciones».
2:27 Salomón destituyó a Abiatar del sacerdocio del SEÑOR. Así se cumplió la palabra que el SEÑOR había pronunciado en Silo acerca de la casa de Elí.
Joab responde por la sangre derramada
2:28 La noticia llegó a Joab, pues Joab se había puesto de parte de Adonías, aunque no se había puesto de parte de Absalón. Joab huyó a la tienda del SEÑOR y se aferró a los cuernos del altar.
2:29 Le informaron al rey Salomón que Joab había huido a la tienda del SEÑOR y que estaba junto al altar. Entonces Salomón envió a Benaía, hijo de Joiada, diciéndole: «Ve y mátalo».
2:30 Benaía fue a la tienda del SEÑOR y le dijo a Joab: «El rey dice: “Sal”». Pero él respondió: «No; aquí moriré». Benaía llevó la respuesta al rey: «Esto dijo Joab y así me respondió».
2:31 El rey le dijo: «Haz como ha dicho: mátalo y entiérralo. Así quitarás de mí y de la casa de mi padre la culpa por la sangre que Joab derramó sin causa.
2:32 El SEÑOR hará que su sangre recaiga sobre su propia cabeza, porque atacó a dos hombres más justos y mejores que él y los mató a espada sin que mi padre David lo supiera: Abner, hijo de Ner, jefe del ejército de Israel, y Amasa, hijo de Jeter, jefe del ejército de Judá.
2:33 La sangre de ellos recaerá sobre la cabeza de Joab y sobre la de sus descendientes para siempre. Pero David, sus descendientes, su casa y su trono tendrán paz de parte del SEÑOR para siempre».
2:34 Benaía, hijo de Joiada, subió, atacó a Joab y lo mató. Fue sepultado en su casa, en el desierto.
2:35 El rey puso a Benaía, hijo de Joiada, al frente del ejército en lugar de Joab, y al sacerdote Sadoc en lugar de Abiatar.
La condición impuesta a Simei y su desenlace
2:36 El rey mandó llamar a Simei y le dijo: «Constrúyete una casa en Jerusalén y vive allí; no salgas de allí a ninguna parte.
2:37 Ten por seguro que el día que salgas y cruces el torrente de Cedrón morirás sin falta. Tu sangre recaerá sobre tu propia cabeza».
2:38 Simei le respondió al rey: «La orden es buena. Tu servidor hará tal como ha dicho mi señor el rey». Y Simei vivió en Jerusalén mucho tiempo.
2:39 Al cabo de tres años, dos esclavos de Simei huyeron adonde estaba Aquis, hijo de Maaca, rey de Gat. Le informaron a Simei: «Tus esclavos están en Gat».
2:40 Simei se levantó, ensilló su asno y fue a Gat a ver a Aquis para buscar a sus esclavos. Fue y los trajo de Gat.
2:41 Le informaron a Salomón que Simei había ido de Jerusalén a Gat y había regresado.
2:42 El rey mandó llamar a Simei y le dijo: «¿No te hice jurar por el SEÑOR y te advertí: “Ten por seguro que el día que salgas y vayas a cualquier parte morirás sin falta”? Tú me respondiste: “La orden es buena; la obedeceré”.
2:43 ¿Por qué no has cumplido el juramento del SEÑOR ni la orden que te di?».
2:44 El rey también le dijo a Simei: «Tú sabes todo el mal que hiciste a mi padre David; tu corazón lo sabe bien. El SEÑOR hará que tu maldad recaiga sobre tu propia cabeza.
2:45 Pero el rey Salomón será bendecido y el trono de David permanecerá firme delante del SEÑOR para siempre».
2:46 El rey dio la orden a Benaía, hijo de Joiada, quien salió, atacó a Simei y lo mató. Así el reino quedó afianzado en manos de Salomón.

Capítulo 3
La alianza de Salomón con Egipto
3:1 Salomón emparentó con el faraón, rey de Egipto: se casó con la hija del faraón y la llevó a la Ciudad de David, hasta que terminó de construir su palacio, la casa del SEÑOR y la muralla que rodeaba Jerusalén.
3:2 Sin embargo, el pueblo ofrecía sacrificios en los santuarios de las alturas, porque hasta entonces no se había construido una casa para el nombre del SEÑOR.
Salomón pide sabiduría
Texto relacionado: 2 Crónicas 1:1–13.
3:3 Salomón amaba al SEÑOR y seguía los estatutos de su padre David; sin embargo, ofrecía sacrificios y quemaba incienso en los santuarios de las alturas.
3:4 El rey fue a Gabaón para ofrecer sacrificios allí, porque ese era el santuario principal de las alturas. Sobre aquel altar Salomón ofreció mil holocaustos.
3:5 En Gabaón, el SEÑOR se le apareció a Salomón de noche, en un sueño. Dios le dijo: «Pide lo que quieras que te dé».
3:6 Salomón respondió: «Has mostrado un gran amor fiel a tu servidor David, mi padre, porque anduvo delante de ti con fidelidad, justicia y rectitud de corazón. Has conservado para él este gran amor fiel al darle un hijo que se sienta en su trono, como sucede hoy.
3:7 Ahora, SEÑOR, Dios mío, has hecho rey a tu servidor en lugar de mi padre David. Pero soy apenas un muchacho y no sé cómo desenvolverme.
3:8 Tu servidor está en medio del pueblo que escogiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni enumerar.
3:9 Dale a tu servidor un corazón que escuche para juzgar a tu pueblo y distinguir entre el bien y el mal. Porque ¿quién puede juzgar a este pueblo tuyo tan numeroso?».
3:10 Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido esto.
3:11 Dios le dijo: «Como has pedido esto y no has pedido para ti una larga vida, ni has pedido riquezas, ni has pedido la vida de tus enemigos, sino entendimiento para escuchar y hacer justicia,
3:12 haré lo que has dicho. Te doy un corazón sabio y entendido: no ha habido antes de ti nadie como tú ni surgirá después de ti nadie como tú.
3:13 También te doy lo que no pediste: riquezas y honra, de modo que durante toda tu vida no habrá entre los reyes otro como tú.
3:14 Y si andas en mis caminos, guardando mis estatutos y mis mandamientos como lo hizo tu padre David, prolongaré tu vida».
3:15 Salomón despertó y se dio cuenta de que había sido un sueño. Fue a Jerusalén, se presentó delante del arca del pacto del Señor y ofreció holocaustos y sacrificios de paz. También celebró un banquete para todos sus servidores.
El juicio sobre el niño disputado
3:16 Entonces dos mujeres prostitutas fueron a ver al rey y se presentaron ante él.
3:17 Una de las mujeres dijo: «Por favor, señor mío, esta mujer y yo vivimos en la misma casa. Yo di a luz estando con ella en la casa.
3:18 Al tercer día de haber dado a luz yo, esta mujer también dio a luz. Estábamos juntas; no había ningún extraño con nosotras en la casa, sino únicamente nosotras dos.
3:19 Una noche murió el hijo de esta mujer, porque ella se acostó encima de él.
3:20 Ella se levantó a medianoche y tomó a mi hijo de mi lado mientras yo, tu sierva, dormía. Lo acostó en sus brazos y acostó en los míos a su hijo muerto.
3:21 Por la mañana me levanté para amamantar a mi hijo y lo encontré muerto. Pero cuando lo observé bien a la luz de la mañana, vi que no era el hijo que yo había dado a luz».
3:22 La otra mujer dijo: «¡No! Mi hijo es el que está vivo y el tuyo es el muerto». Pero la primera decía: «¡No! Tu hijo es el muerto y el mío es el que está vivo». Así discutían delante del rey.
3:23 El rey dijo: «Una dice: “Este es mi hijo, el que está vivo, y tu hijo es el muerto”; y la otra dice: “¡No! Tu hijo es el muerto y el mío es el que está vivo”».
3:24 Luego el rey dijo: «Tráiganme una espada». Le llevaron una espada al rey.
3:25 El rey ordenó: «Partan en dos al niño vivo y den la mitad a una y la mitad a la otra».
3:26 La mujer cuyo hijo era el que estaba vivo, conmovida profundamente por su hijo, le dijo al rey: «¡Por favor, señor mío! ¡Denle a ella el niño vivo y de ningún modo lo maten!». Pero la otra decía: «No será ni mío ni tuyo. ¡Pártanlo!».
3:27 Entonces el rey respondió: «Denle el niño vivo a la mujer que quiere salvarlo y de ningún modo lo maten. Ella es su madre».
3:28 Todo Israel oyó el juicio que había dictado el rey y sintió temor ante él, porque vieron que tenía sabiduría de Dios para hacer justicia.

Capítulo 4
Los funcionarios principales de Salomón
4:1 El rey Salomón reinaba sobre todo Israel.
4:2 Estos eran sus principales funcionarios: Azarías, hijo de Sadoc, era el sacerdote;
4:3 Elihoref y Ahías, hijos de Sisa, eran secretarios; Josafat, hijo de Ahilud, era el cronista;
4:4 Benaía, hijo de Joiada, estaba al frente del ejército; Sadoc y Abiatar eran sacerdotes;
4:5 Azarías, hijo de Natán, estaba al frente de los gobernadores; Zabud, hijo de Natán, era sacerdote y amigo del rey;
4:6 Ahisar estaba al frente del palacio, y Adoniram, hijo de Abda, estaba al frente del trabajo forzado.
Los gobernadores y la provisión de la corte
4:7 Salomón tenía doce gobernadores sobre todo Israel. Ellos abastecían al rey y a su casa; a cada uno le correspondía proveer los alimentos durante un mes del año.
4:8 Estos eran sus nombres: Ben-hur, en la región montañosa de Efraín;
4:9 Ben-decar, en Macaz, Saalbim, Bet-semes y Elón-bet-hanán;
4:10 Ben-hesed, en Arubot; le correspondían Soco y toda la tierra de Hefer;
4:11 Ben-abinadab, en toda la región de Dor; Tafat, hija de Salomón, era su esposa;
4:12 Baana, hijo de Ahilud, en Taanac, Meguido y toda Bet-seán, que está junto a Saretán, más abajo de Jezreel, desde Bet-seán hasta Abel-mehola y hasta más allá de Jocmeam;
4:13 Ben-geber, en Ramot de Galaad; le correspondían las aldeas de Jair, hijo de Manasés, en Galaad, y la región de Argob, en Basán: sesenta ciudades grandes con murallas y barras de bronce;
4:14 Ahinadab, hijo de Iddo, en Mahanaim;
4:15 Ahimaas, en Neftalí; también él se había casado con una hija de Salomón, Basemat;
4:16 Baana, hijo de Husai, en Aser y Alot;
4:17 Josafat, hijo de Parúa, en Isacar;
4:18 Simei, hijo de Ela, en Benjamín;
4:19 Geber, hijo de Uri, en la tierra de Galaad, territorio de Sehón, rey de los amorreos, y de Og, rey de Basán. Había un solo gobernador en aquella tierra.
La prosperidad y la provisión del reino
4:20 Judá e Israel eran tan numerosos como la arena a la orilla del mar; comían, bebían y se alegraban.
4:21 Salomón gobernaba todos los reinos desde el río Éufrates hasta la tierra de los filisteos y la frontera de Egipto. Le llevaban tributo y sirvieron a Salomón durante toda su vida.
4:22 La provisión diaria de Salomón era de unos seis mil seiscientos litros de harina fina y trece mil doscientos litros de harina común;
4:23 diez reses engordadas, veinte reses de pasto y cien ovejas y cabras, además de ciervos, gacelas, corzos y aves engordadas.
4:24 Él dominaba toda la región al oeste del río Éufrates, desde Tifsa hasta Gaza, y a todos los reyes de aquella región. Tenía paz por todos lados.
4:25 Judá e Israel vivían seguros, cada uno bajo su vid y bajo su higuera, desde Dan hasta Beerseba, durante toda la vida de Salomón.
4:26 Salomón tenía cuarenta mil pesebres para los caballos de sus carros y doce mil jinetes.
4:27 Aquellos gobernadores abastecían al rey Salomón y a todos los que acudían a su mesa. A cada uno le correspondía un mes y no dejaban que faltara nada.
4:28 También llevaban cebada y paja para los caballos y los corceles al lugar donde se necesitaban, cada uno según lo que tenía asignado.
La sabiduría de Salomón y su fama
4:29 Dios le dio a Salomón muchísima sabiduría y entendimiento, y una amplitud de conocimiento como la arena a la orilla del mar.
4:30 La sabiduría de Salomón superaba la sabiduría de todos los del oriente y toda la sabiduría de Egipto.
4:31 Era más sabio que cualquier otro: más que Etán, el ezraíta, y que Hemán, Calcol y Darda, hijos de Mahol. Su fama se extendía por todas las naciones vecinas.
4:32 Pronunció tres mil proverbios y sus canciones fueron mil cinco.
4:33 Hablaba de los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que crece en la pared. También hablaba de los animales, las aves, los reptiles y los peces.
4:34 De todos los pueblos venían a escuchar la sabiduría de Salomón, enviados por todos los reyes de la tierra que habían oído hablar de su sabiduría.

Capítulo 5
Pacto de Salomón con Hiram
Texto relacionado: 2 Crónicas 2:1–18.
5:1 Hiram, rey de Tiro, envió a sus servidores a Salomón cuando oyó que lo habían ungido como rey en lugar de su padre, pues Hiram siempre había sido amigo de David.
5:2 Salomón envió este mensaje a Hiram:
5:3 «Tú sabes que mi padre David no pudo construir una casa para el nombre del SEÑOR su Dios debido a las guerras que lo rodeaban, hasta que el SEÑOR puso a sus enemigos bajo las plantas de sus pies.
5:4 Pero ahora el SEÑOR mi Dios me ha dado descanso por todas partes. No hay adversario ni calamidad.
5:5 He decidido construir una casa para el nombre del SEÑOR mi Dios, tal como el SEÑOR le dijo a mi padre David: “Tu hijo, a quien pondré en tu lugar sobre tu trono, construirá la casa para mi nombre”.
5:6 Por eso, ordena que me corten cedros del Líbano. Mis servidores trabajarán con los tuyos y yo te pagaré el salario que me indiques para tus servidores, pues sabes que entre nosotros no hay nadie que sepa cortar madera como los sidonios».
5:7 Cuando Hiram oyó las palabras de Salomón, se alegró mucho y dijo: «¡Bendito sea hoy el SEÑOR, que le ha dado a David un hijo sabio para gobernar a este pueblo tan numeroso!».
5:8 Hiram envió este mensaje a Salomón: «He recibido tu mensaje. Haré todo lo que deseas en cuanto a la madera de cedro y de ciprés.
5:9 Mis servidores la bajarán del Líbano al mar. Yo formaré balsas con ella y las llevaré por mar hasta el lugar que me indiques; allí las desataré y tú te llevarás la madera. Por tu parte, cumplirás mi deseo de proporcionar alimentos para mi casa».
5:10 Hiram le proporcionó a Salomón toda la madera de cedro y de ciprés que deseaba.
5:11 Salomón le daba a Hiram unos cuatro millones cuatrocientos mil litros de trigo para alimentar a su casa, y cuatro mil cuatrocientos litros de aceite de oliva obtenido por machacado. Esto le daba Salomón a Hiram año tras año.
5:12 El SEÑOR le dio sabiduría a Salomón, tal como se lo había prometido. Hubo paz entre Hiram y Salomón, y ambos hicieron un pacto.
La organización del trabajo para el templo
5:13 El rey Salomón reclutó trabajadores para el servicio obligatorio de todo Israel. Los reclutados fueron treinta mil hombres.
5:14 Los enviaba al Líbano por turnos de diez mil cada mes. Pasaban un mes en el Líbano y dos meses en sus casas. Adoniram estaba al frente de los trabajadores reclutados.
5:15 Salomón tenía setenta mil cargadores y ochenta mil canteros en la región montañosa,
5:16 además de los tres mil trescientos funcionarios de Salomón encargados de la obra, que supervisaban a los trabajadores.
5:17 Por orden del rey extrajeron piedras grandes y de gran valor, piedras labradas para poner los cimientos de la casa.
5:18 Los constructores de Salomón, los de Hiram y los hombres de Gebal labraron y prepararon la madera y las piedras para construir la casa.

Capítulo 6
Salomón edifica el templo
Texto relacionado: 2 Crónicas 3:1–14.
6:1 En el año cuatrocientos ochenta después de la salida de los israelitas de Egipto, en el cuarto año del reinado de Salomón sobre Israel, en el mes de Zif, que es el segundo mes, comenzó a construir la casa del SEÑOR.
6:2 La casa que el rey Salomón construyó para el SEÑOR tenía unos veintisiete metros y medio de largo, nueve de ancho y catorce de alto.
6:3 El pórtico delante del salón principal de la casa tenía unos nueve metros de largo, a lo ancho de la casa, y se extendía unos cuatro metros y medio hacia el frente de la casa.
6:4 Hizo para la casa ventanas con marcos empotrados.
6:5 Construyó un edificio adosado alrededor de los muros de la casa, junto al salón principal y al santuario interior, con habitaciones laterales alrededor.
6:6 El piso inferior de las habitaciones tenía unos dos metros con treinta centímetros de ancho; el de en medio, dos metros con ochenta centímetros; y el tercero, tres metros con veinte centímetros. Había hecho salientes por fuera, alrededor de la casa, para que las vigas no se empotraran en sus muros.
6:7 La casa se construyó con piedras terminadas en la cantera. Durante la construcción no se oyó en la casa ningún martillo, hacha ni otra herramienta de hierro.
6:8 La entrada a las habitaciones del piso de en medio estaba al lado derecho de la casa. Por escaleras de caracol se subía al piso de en medio, y de este al tercero.
6:9 Construyó la casa, la terminó y la techó con vigas y tablas de cedro.
6:10 Construyó las habitaciones adosadas alrededor de toda la casa, cada piso de unos dos metros con treinta centímetros de alto, y las unió a la casa con vigas de cedro.
La promesa del SEÑOR y la obediencia del rey
6:11 La palabra del SEÑOR llegó a Salomón:
6:12 «En cuanto a esta casa que estás construyendo, si sigues mis estatutos, cumples mis decretos y guardas todos mis mandamientos para andar conforme a ellos, cumpliré contigo la palabra que le di a tu padre David.
6:13 Habitaré en medio de los israelitas y no abandonaré a mi pueblo Israel».
El santuario interior y sus revestimientos
6:14 Salomón construyó la casa y la terminó.
6:15 Revistió los muros interiores de la casa con tablas de cedro, desde el suelo hasta las vigas del techo; cubrió de madera el interior y recubrió el suelo de la casa con tablas de ciprés.
6:16 Separó unos nueve metros al fondo de la casa con tablas de cedro, desde el suelo hasta lo alto de las paredes. Así preparó dentro de ella el santuario interior, el Lugar Santísimo.
6:17 La parte delantera de la casa, es decir, el salón principal, tenía unos dieciocho metros de largo.
6:18 El cedro del interior de la casa tenía tallas de calabazas y flores abiertas. Todo era cedro; no se veía ninguna piedra.
6:19 Preparó el santuario interior dentro de la casa para poner allí el arca del pacto del SEÑOR.
6:20 El santuario interior tenía unos nueve metros de largo, nueve de ancho y nueve de alto. Lo revistió de oro puro y revistió el altar con cedro.
6:21 Salomón revistió de oro puro el interior de la casa. Extendió cadenas de oro delante del santuario interior y lo revistió de oro.
6:22 Revistió de oro toda la casa hasta cubrirla por completo; también revistió de oro todo el altar que pertenecía al santuario interior.
Los querubines y la ornamentación de la casa
6:23 Dentro del santuario interior hizo dos querubines de madera de olivo, cada uno de unos cuatro metros con sesenta centímetros de alto.
6:24 Un ala del querubín tenía unos dos metros con treinta centímetros y la otra ala otros dos metros con treinta centímetros: unos cuatro metros con sesenta centímetros de una punta a la otra de sus alas.
6:25 El segundo querubín también tenía unos cuatro metros con sesenta centímetros de una punta a la otra de sus alas. Ambos querubines tenían las mismas medidas y la misma forma.
6:26 La altura de un querubín era de unos cuatro metros con sesenta centímetros, y la del segundo era igual.
6:27 Puso los querubines dentro de la parte interior de la casa, con las alas extendidas. El ala de uno tocaba una pared y el ala del otro tocaba la otra pared; sus otras alas se tocaban una a otra en medio de la casa.
6:28 Revistió de oro los querubines.
6:29 Talló figuras de querubines, palmeras y flores abiertas en todos los muros de la casa, alrededor, tanto en el santuario interior como en el salón exterior.
6:30 Revistió de oro el suelo de la casa, tanto en la parte interior como en la exterior.
Las puertas del santuario y del salón principal
6:31 Para la entrada del santuario interior hizo puertas de madera de olivo. El dintel y las jambas formaban un marco de cinco lados.
6:32 En las dos puertas de madera de olivo talló figuras de querubines, palmeras y flores abiertas, y las revistió de oro, ajustando el oro sobre los querubines y las palmeras.
6:33 Asimismo, para la entrada del salón principal hizo jambas de madera de olivo que formaban un marco de cuatro lados.
6:34 Hizo dos puertas de madera de ciprés; cada puerta tenía dos hojas que giraban.
6:35 Talló en ellas querubines, palmeras y flores abiertas, y las revistió de oro ajustado a las tallas.
El patio y la conclusión de las obras
6:36 Construyó el patio interior con tres hileras de piedra labrada y una hilera de vigas de cedro.
6:37 En el cuarto año, en el mes de Zif, se pusieron los cimientos de la casa del SEÑOR.
6:38 En el año once, en el mes de Bul, que es el octavo mes, la casa quedó terminada en todos sus detalles y conforme a todas sus especificaciones. La construyó en siete años.

Capítulo 7
Otros edificios de Salomón
7:1 Salomón construyó su propio palacio durante trece años y lo terminó por completo.
7:2 Construyó la Casa del Bosque del Líbano, de unos cuarenta y seis metros de largo, veintitrés de ancho y catorce de alto. Tenía cuatro filas de columnas de cedro, con vigas de cedro sobre las columnas.
7:3 Por encima de las vigas que descansaban sobre las columnas había un techo de cedro. Eran cuarenta y cinco vigas, quince por fila.
7:4 Había tres filas de ventanas, unas frente a otras en tres niveles.
7:5 Todas las entradas y las jambas tenían marcos rectangulares, y las ventanas estaban unas frente a otras en tres niveles.
7:6 También hizo el Pórtico de las Columnas, de unos veintitrés metros de largo y catorce de ancho. Delante de ellas había otro pórtico con columnas y una cubierta al frente.
7:7 Hizo el Pórtico del Trono, donde impartía justicia, el Pórtico del Juicio. Estaba revestido de cedro desde el pie de una pared hasta el pie de la pared opuesta.
7:8 Su propia residencia estaba en otro patio, detrás del pórtico, y tenía la misma construcción. También hizo una casa como aquel pórtico para la hija del faraón, con quien Salomón se había casado.
7:9 Todas estas construcciones eran de piedras de gran valor, labradas a medida y aserradas por dentro y por fuera, desde los cimientos hasta los remates, y por fuera hasta el gran patio.
7:10 Los cimientos eran de piedras grandes y de gran valor, unas de unos cuatro metros y medio y otras de unos tres metros y medio.
7:11 Por encima había piedras de gran valor, labradas a medida, y madera de cedro.
7:12 El gran patio tenía alrededor tres hileras de piedra labrada y una hilera de vigas de cedro, al igual que el patio interior de la casa del SEÑOR y el pórtico de la casa.
Hiram y las columnas de bronce del templo
Textos relacionados: 2 Crónicas 2:13–14; 2 Crónicas 3:15–17.
7:13 El rey Salomón mandó traer de Tiro a Hiram.
7:14 Era hijo de una viuda de la tribu de Neftalí. Su padre era de Tiro y trabajaba el bronce. Hiram tenía gran sabiduría, entendimiento y conocimiento para hacer toda clase de trabajos en bronce. Fue a ver al rey Salomón y realizó toda su obra.
7:15 Fundió las dos columnas de bronce. Una columna tenía unos ocho metros con treinta centímetros de alto, y un cordón de unos cinco metros y medio rodeaba la otra.
7:16 Hizo dos capiteles de bronce fundido para colocarlos sobre las columnas. La altura de un capitel era de unos dos metros con treinta centímetros, y la del segundo también era de unos dos metros con treinta centímetros.
7:17 Los capiteles que estaban sobre las columnas tenían redes entrelazadas y cordones en forma de cadenas: siete para un capitel y siete para el otro.
7:18 Hizo las columnas y puso dos hileras alrededor de una red para cubrir los capiteles que estaban sobre las granadas. Lo mismo hizo con el segundo capitel.
7:19 Los capiteles que estaban sobre las columnas del pórtico tenían forma de lirio y medían aproximadamente un metro con ochenta centímetros.
7:20 Los capiteles de las dos columnas estaban arriba, junto a la parte abultada que quedaba al lado de la red. Había doscientas granadas en hileras alrededor del segundo capitel.
7:21 Levantó las columnas en el pórtico del salón principal. Levantó la columna derecha y la llamó Jaquín; levantó la columna izquierda y la llamó Boaz.
7:22 En lo alto de las columnas había un diseño en forma de lirio. Así se terminó el trabajo de las columnas.
Mobiliario del templo
Texto relacionado: 2 Crónicas 4:1–5:1.
7:23 Hizo el Mar de metal fundido, redondo, de unos cuatro metros con sesenta centímetros de un borde al otro, dos metros con treinta centímetros de alto y trece metros con ochenta centímetros de circunferencia.
7:24 Por debajo de su borde lo rodeaban figuras de calabazas, unas veinte por metro, alrededor de todo el Mar. Las calabazas estaban en dos hileras y fueron fundidas junto con él.
7:25 Descansaba sobre doce bueyes: tres miraban al norte, tres al oeste, tres al sur y tres al este. El Mar estaba encima de ellos, y todas sus partes traseras miraban hacia dentro.
7:26 Su espesor era de unos ocho centímetros. Su borde tenía la forma del borde de una copa, como una flor de lirio. Su capacidad era de unos cuarenta y dos mil litros.
Las bases móviles y las pilas de bronce
7:27 Hizo diez bases de bronce, cada una de aproximadamente un metro con ochenta centímetros de largo, un metro con ochenta centímetros de ancho y un metro con cuarenta centímetros de alto.
7:28 Esta era la construcción de las bases: tenían paneles colocados entre travesaños.
7:29 En los paneles que estaban entre los travesaños había leones, bueyes y querubines. Sobre los travesaños había un soporte, y debajo de los leones y los bueyes había guirnaldas en relieve.
7:30 Cada base tenía cuatro ruedas de bronce y ejes de bronce. En sus cuatro esquinas había soportes fundidos debajo de la pila, cada uno junto a las guirnaldas.
7:31 La abertura dentro del remate se elevaba unos cuarenta y seis centímetros. Su abertura era redonda, en forma de pedestal, de unos sesenta y nueve centímetros de diámetro. También había tallas alrededor de su abertura; sus paneles eran cuadrados, no redondos.
7:32 Las cuatro ruedas estaban debajo de los paneles y sus ejes estaban unidos a la base. Cada rueda tenía unos sesenta y nueve centímetros de alto.
7:33 Las ruedas estaban hechas como las de un carro. Sus ejes, llantas, radios y cubos eran todos de metal fundido.
7:34 Cada base tenía cuatro soportes en sus cuatro esquinas; los soportes formaban parte de la propia base.
7:35 En la parte superior de la base había una pieza redonda de unos veintitrés centímetros de alto. Sus soportes y sus paneles superiores formaban parte de ella.
7:36 En las superficies de sus soportes y en sus paneles talló querubines, leones y palmeras, según el espacio disponible, con guirnaldas alrededor.
7:37 Así hizo las diez bases: todas con la misma fundición, las mismas medidas y la misma forma.
7:38 Hizo diez pilas de bronce. Cada pila tenía capacidad para unos ochocientos cuarenta litros y medía aproximadamente un metro con ochenta centímetros de diámetro. Colocó una pila sobre cada una de las diez bases.
7:39 Puso cinco bases al lado derecho de la casa y cinco al lado izquierdo. Colocó el Mar al lado derecho de la casa, hacia el este, mirando al sur.
Inventario de las obras de bronce
7:40 Hiram hizo las pilas, las palas y los tazones. Así terminó Hiram toda la obra que hizo para el rey Salomón en la casa del SEÑOR:
7:41 las dos columnas, los dos capiteles redondeados que estaban sobre las columnas y las dos redes que cubrían los dos capiteles redondeados sobre las columnas;
7:42 las cuatrocientas granadas para las dos redes, dos hileras de granadas para cada red, que cubrían los dos capiteles redondeados situados sobre las columnas;
7:43 las diez bases y las diez pilas sobre las bases;
7:44 el Mar y los doce bueyes debajo del Mar;
7:45 las ollas, las palas y los tazones. Todos estos utensilios que Hiram hizo para el rey Salomón en la casa del SEÑOR eran de bronce bruñido.
7:46 El rey los hizo fundir en la llanura del Jordán, en tierra arcillosa, entre Sucot y Saretán.
7:47 Salomón dejó todos los utensilios sin pesar porque eran muchísimos; no se determinó el peso del bronce.
Los utensilios de oro y los bienes consagrados
7:48 Salomón hizo todos los utensilios que había en la casa del SEÑOR: el altar de oro y la mesa de oro sobre la que se ponía el pan de la Presencia;
7:49 los candelabros de oro puro, cinco a la derecha y cinco a la izquierda, delante del santuario interior; las flores, las lámparas y las tenazas de oro;
7:50 los recipientes, las tijeras para las mechas, los tazones, las cucharas y los braseros de oro puro; también eran de oro las piezas donde giraban las puertas del santuario interior, el Lugar Santísimo, y las de las puertas del salón principal de la casa.
7:51 Así terminó toda la obra que el rey Salomón hizo para la casa del SEÑOR. Salomón llevó las cosas que su padre David había consagrado: la plata, el oro y los utensilios, y las depositó en los tesoros de la casa del SEÑOR.

Capítulo 8
Salomón traslada el arca al templo
Texto relacionado: 2 Crónicas 5:2–14.
8:1 Entonces Salomón reunió en Jerusalén, ante el rey Salomón, a los ancianos de Israel, a todos los jefes de las tribus y a los principales de las familias de los israelitas, para trasladar el arca del pacto del SEÑOR desde la Ciudad de David, es decir, Sion.
8:2 Todos los hombres de Israel se reunieron ante el rey Salomón durante la fiesta, en el mes de Etanim, que es el séptimo mes.
8:3 Llegaron todos los ancianos de Israel y los sacerdotes levantaron el arca.
8:4 Trasladaron el arca del SEÑOR, la tienda de reunión y todos los utensilios sagrados que había en la tienda. Los sacerdotes y los levitas los trasladaron.
8:5 El rey Salomón y toda la comunidad de Israel que se había reunido con él estaban delante del arca, sacrificando tantas ovejas y reses que no se podían contar ni enumerar.
8:6 Los sacerdotes llevaron el arca del pacto del SEÑOR a su lugar, al santuario interior de la casa, el Lugar Santísimo, debajo de las alas de los querubines.
8:7 Los querubines extendían sus alas sobre el lugar del arca y cubrían desde arriba el arca y sus varas.
8:8 Las varas se extendían tanto que sus extremos se veían desde el Lugar Santo, delante del santuario interior, pero no se veían desde fuera. Allí han permanecido hasta hoy.
8:9 Dentro del arca solo estaban las dos tablas de piedra que Moisés había puesto allí en Horeb, donde el SEÑOR hizo un pacto con los israelitas cuando salieron de Egipto.
8:10 Cuando los sacerdotes salieron del Lugar Santo, la nube llenó la casa del SEÑOR.
8:11 Los sacerdotes no pudieron permanecer allí para servir a causa de la nube, porque la gloria del SEÑOR había llenado la casa del SEÑOR.
Dedicación del templo
Texto relacionado: 2 Crónicas 6:1–7:10.

8:12 Entonces Salomón dijo:
 «El SEÑOR ha dicho que habitaría en la densa oscuridad.
8:13 Yo te he construido una casa como morada, un lugar donde habites para siempre».
8:14 El rey se volvió y bendijo a toda la asamblea de Israel, mientras toda la asamblea de Israel permanecía de pie.
8:15 Dijo: «Bendito sea el SEÑOR, el Dios de Israel, que habló con su boca a mi padre David y con su mano ha cumplido lo que dijo:
8:16 “Desde el día que saqué de Egipto a mi pueblo Israel no escogí ninguna ciudad entre todas las tribus de Israel para construir una casa donde estuviera mi nombre, pero escogí a David para que gobernara a mi pueblo Israel”.
8:17 Mi padre David tuvo en su corazón construir una casa para el nombre del SEÑOR, el Dios de Israel.
8:18 Pero el SEÑOR le dijo a mi padre David: “Has tenido en tu corazón construir una casa para mi nombre; has hecho bien en tenerlo en tu corazón.
8:19 Sin embargo, tú no construirás la casa, sino tu hijo, nacido de ti: él construirá la casa para mi nombre”.
8:20 El SEÑOR ha cumplido la palabra que pronunció. He sucedido a mi padre David y me he sentado en el trono de Israel, tal como el SEÑOR lo prometió. He construido la casa para el nombre del SEÑOR, el Dios de Israel.
8:21 He preparado allí un lugar para el arca, en la que está el pacto del SEÑOR que él hizo con nuestros antepasados cuando los sacó de Egipto».
La oración de Salomón por el pueblo
8:22 Salomón se puso delante del altar del SEÑOR, frente a toda la asamblea de Israel, y extendió las manos hacia el cielo.
8:23 Dijo: «SEÑOR, Dios de Israel, no hay Dios como tú arriba en los cielos ni abajo en la tierra. Tú guardas el pacto y el amor fiel a tus servidores que andan delante de ti con todo su corazón.
8:24 Has cumplido con tu servidor David, mi padre, lo que le prometiste. Lo dijiste con tu boca y lo has cumplido con tu mano, como sucede hoy.
8:25 Ahora, SEÑOR, Dios de Israel, cumple con tu servidor David, mi padre, lo que le prometiste: “Nunca te faltará delante de mí un hombre que se siente en el trono de Israel, con tal que tus hijos cuiden su conducta y anden delante de mí como tú has andado delante de mí”.
8:26 Ahora, Dios de Israel, que se confirme la palabra que le diste a tu servidor David, mi padre.
8:27 Pero ¿habitará Dios realmente en la tierra? Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte; ¡cuánto menos esta casa que he construido!
8:28 Atiende a la oración de tu servidor y a su súplica, SEÑOR, Dios mío. Escucha el clamor y la oración que tu servidor presenta hoy delante de ti.
8:29 Que tus ojos estén abiertos noche y día hacia esta casa, hacia el lugar del que dijiste: “Mi nombre estará allí”. Escucha la oración que tu servidor haga hacia este lugar.
8:30 Escucha la súplica de tu servidor y de tu pueblo Israel cuando oren hacia este lugar. Escúchalos desde los cielos, el lugar donde habitas; escucha y perdona.
Oración por justicia, perdón y restauración
8:31 Si alguien peca contra su prójimo y se le exige un juramento para hacerlo jurar, y ese juramento se pronuncia ante tu altar en esta casa,
8:32 escucha tú desde los cielos, actúa y juzga a tus servidores. Condena al culpable haciendo recaer su conducta sobre su propia cabeza, y declara justo al inocente, dándole conforme a su justicia.
8:33 Si tu pueblo Israel es derrotado por el enemigo por haber pecado contra ti, pero se vuelve a ti, reconoce tu nombre, ora y te suplica en esta casa,
8:34 escucha tú desde los cielos, perdona el pecado de tu pueblo Israel y hazlos volver a la tierra que diste a sus antepasados.
8:35 Si los cielos se cierran y no hay lluvia porque han pecado contra ti, y ellos oran hacia este lugar, reconocen tu nombre y se apartan de su pecado porque los has afligido,
8:36 escucha tú desde los cielos y perdona el pecado de tus servidores y de tu pueblo Israel. Enséñales el buen camino por el que deben andar y envía lluvia sobre tu tierra, la que diste a tu pueblo como herencia.
8:37 Si hay hambre en la tierra, peste, tizón o moho en los cultivos, langostas o insectos devoradores; si el enemigo los sitia en las ciudades de su tierra, o si hay cualquier plaga o enfermedad,
8:38 cualquiera que sea la oración o la súplica que presente una persona o todo tu pueblo Israel, cuando cada uno reconozca la aflicción de su propio corazón y extienda sus manos hacia esta casa,
8:39 escucha tú desde los cielos, el lugar donde habitas; perdona, actúa y dale a cada uno según toda su conducta, pues conoces su corazón. Porque solo tú conoces el corazón de todos los seres humanos.
8:40 Así te temerán todos los días que vivan en la tierra que diste a nuestros antepasados.
La casa de oración y los pueblos de la tierra
8:41 También en cuanto al extranjero, que no pertenece a tu pueblo Israel, pero viene de una tierra lejana por causa de tu nombre,
8:42 pues oirán de tu gran nombre, de tu mano poderosa y de tu brazo extendido, cuando venga y ore hacia esta casa,
8:43 escucha tú desde los cielos, el lugar donde habitas, y haz todo lo que el extranjero te pida. Así todos los pueblos de la tierra conocerán tu nombre y te temerán como tu pueblo Israel, y sabrán que esta casa que he construido lleva tu nombre.
Oración por Israel en la guerra y el cautiverio
8:44 Si tu pueblo sale a la guerra contra su enemigo por el camino por donde lo envíes, y oran al SEÑOR en dirección a la ciudad que escogiste y a la casa que he construido para tu nombre,
8:45 escucha desde los cielos su oración y su súplica, y hazles justicia.
8:46 Si pecan contra ti, porque no hay ser humano que no peque, y te enojas con ellos y los entregas al enemigo, y sus captores los llevan cautivos a la tierra del enemigo, lejana o cercana,
8:47 pero recapacitan en la tierra donde están cautivos, se vuelven a ti y te suplican en la tierra de sus captores diciendo: “Hemos pecado, hemos cometido injusticias y hemos actuado con maldad”,
8:48 si se vuelven a ti con todo su corazón y con toda su alma en la tierra de los enemigos que los llevaron cautivos, y oran a ti en dirección a la tierra que diste a sus antepasados, a la ciudad que escogiste y a la casa que he construido para tu nombre,
8:49 escucha desde los cielos, el lugar donde habitas, su oración y su súplica, y hazles justicia.
8:50 Perdona a tu pueblo que ha pecado contra ti y todas las rebeliones con que se ha rebelado contra ti. Haz que encuentren compasión ante sus captores, para que estos tengan compasión de ellos.
8:51 Porque son tu pueblo y tu herencia, los que sacaste de Egipto, de en medio del horno de hierro.
8:52 Que tus ojos estén abiertos a la súplica de tu servidor y a la súplica de tu pueblo Israel, para escucharlos siempre que clamen a ti.
8:53 Porque los separaste para ti como herencia de entre todos los pueblos de la tierra, tal como lo dijiste por medio de Moisés, tu servidor, cuando sacaste de Egipto a nuestros antepasados, Señor DIOS».
La bendición final y el llamado a la fidelidad
8:54 Cuando Salomón terminó de presentar al SEÑOR toda esta oración y súplica, se levantó de delante del altar del SEÑOR, donde había estado de rodillas con las manos extendidas hacia el cielo.
8:55 Se puso de pie y bendijo a toda la asamblea de Israel, diciendo en voz alta:
8:56 «Bendito sea el SEÑOR, que ha dado descanso a su pueblo Israel tal como lo prometió. No ha quedado sin cumplir ni una sola palabra de todas las buenas promesas que hizo por medio de Moisés, su servidor.
8:57 Que el SEÑOR nuestro Dios esté con nosotros como estuvo con nuestros antepasados. Que no nos deje ni nos abandone.
8:58 Que incline nuestro corazón hacia él para que andemos en todos sus caminos y guardemos sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos, los que dio a nuestros antepasados.
8:59 Que estas palabras mías, con las que he suplicado delante del SEÑOR, estén cerca del SEÑOR nuestro Dios día y noche, para que haga justicia a su servidor y a su pueblo Israel, según lo que requiera cada día.
8:60 Así todos los pueblos de la tierra sabrán que el SEÑOR es Dios y que no hay otro.
8:61 Que el corazón de ustedes sea íntegro con el SEÑOR nuestro Dios, siguiendo sus estatutos y guardando sus mandamientos, como hoy».
Los sacrificios y la celebración de la dedicación
8:62 El rey y todo Israel con él ofrecieron sacrificios delante del SEÑOR.
8:63 Salomón ofreció al SEÑOR como sacrificios de paz veintidós mil reses y ciento veinte mil cabezas de ganado menor. Así el rey y todos los israelitas dedicaron la casa del SEÑOR.
8:64 Aquel día el rey consagró el centro del patio que estaba delante de la casa del SEÑOR, porque allí ofreció los holocaustos, la ofrenda de cereal y la grasa de los sacrificios de paz. El altar de bronce que estaba delante del SEÑOR era demasiado pequeño para contener los holocaustos, la ofrenda de cereal y la grasa de los sacrificios de paz.
8:65 En aquel tiempo Salomón celebró la fiesta y todo Israel con él, una gran asamblea, desde Lebo-hamat hasta el arroyo de Egipto, delante del SEÑOR nuestro Dios: siete días y otros siete días, catorce días en total.
8:66 Al octavo día despidió al pueblo. Ellos bendijeron al rey y se fueron a sus tiendas, alegres y contentos de corazón por todo el bien que el SEÑOR había hecho a su servidor David y a su pueblo Israel.

Capítulo 9
La respuesta del SEÑOR y el llamado a la fidelidad
Texto relacionado: 2 Crónicas 7:11–22.
9:1 Cuando Salomón terminó de construir la casa del SEÑOR, el palacio real y todo lo que había deseado hacer,
9:2 el SEÑOR se le apareció por segunda vez, como se le había aparecido en Gabaón.
9:3 El SEÑOR le dijo: «He escuchado tu oración y la súplica que presentaste delante de mí. He consagrado esta casa que has construido para poner allí mi nombre para siempre. Mis ojos y mi corazón estarán allí todos los días.
9:4 En cuanto a ti, si andas delante de mí como anduvo tu padre David, con integridad de corazón y rectitud, haciendo todo lo que te he mandado y guardando mis estatutos y mis decretos,
9:5 estableceré para siempre el trono de tu reino sobre Israel, tal como le prometí a tu padre David: “Nunca te faltará un hombre en el trono de Israel”.
9:6 Pero si ustedes y sus hijos se apartan de mí y no guardan mis mandamientos y mis estatutos que puse delante de ustedes, sino que van a servir a otros dioses y se postran ante ellos,
9:7 arrancaré a Israel de la tierra que les di y rechazaré de mi presencia esta casa que consagré para mi nombre. Israel será objeto de proverbios y burlas entre todos los pueblos.
9:8 Ante esta casa, por imponente que sea, todo el que pase quedará horrorizado y silbará. Preguntarán: “¿Por qué ha hecho el SEÑOR esto a esta tierra y a esta casa?”.
9:9 Y responderán: “Porque abandonaron al SEÑOR su Dios, que sacó a sus antepasados de Egipto, y se aferraron a otros dioses, se postraron ante ellos y les sirvieron. Por eso el SEÑOR trajo sobre ellos toda esta calamidad”».
El acuerdo con Hiram y las ciudades de Galilea
Texto relacionado: 2 Crónicas 8:1–18.
9:10 Al cabo de los veinte años en que Salomón construyó las dos casas, la casa del SEÑOR y el palacio real,
9:11 el rey Salomón le dio a Hiram veinte ciudades en la tierra de Galilea. Hiram, rey de Tiro, le había proporcionado toda la madera de cedro y de ciprés y todo el oro que deseaba.
9:12 Hiram salió de Tiro para ver las ciudades que Salomón le había dado, pero no le gustaron.
9:13 Dijo: «¿Qué ciudades son estas que me has dado, hermano mío?». Y las llamó tierra de Cabul, nombre que conservan hasta hoy.
9:14 Hiram le había enviado al rey unos cuatro mil kilogramos de oro.
Las obras del reino y el trabajo obligatorio
9:15 Este es el relato del trabajo obligatorio que impuso el rey Salomón para construir la casa del SEÑOR, su propio palacio, el Milo, la muralla de Jerusalén, Hazor, Meguido y Gezer.
9:16 El faraón, rey de Egipto, había subido, conquistado Gezer e incendiado la ciudad. Mató a los cananeos que vivían en ella y se la dio como regalo de bodas a su hija, la esposa de Salomón.
9:17 Salomón reconstruyó Gezer y Bet-horón de abajo,
9:18 Baalat y Tadmor, en el desierto, dentro del país;
9:19 también todas las ciudades de almacenamiento que tenía Salomón, las ciudades para los carros y las ciudades para los jinetes, y todo lo que Salomón deseó construir en Jerusalén, en el Líbano y en toda la tierra que gobernaba.
9:20 En cuanto a todos los que quedaban de los amorreos, hititas, ferezeos, heveos y jebuseos, que no eran israelitas,
9:21 a sus descendientes que habían quedado en la tierra y a quienes los israelitas no habían podido exterminar, Salomón los sometió a trabajo forzado, y así continúan hasta hoy.
9:22 Pero Salomón no hizo esclavo a ningún israelita. Ellos eran sus hombres de guerra, sus servidores, sus oficiales, sus capitanes y los jefes de sus carros y de sus jinetes.
9:23 Los principales funcionarios de Salomón a cargo de las obras eran quinientos cincuenta, y supervisaban a la gente que realizaba el trabajo.
La residencia real y el culto del templo
9:24 La hija del faraón subió de la Ciudad de David a la casa que Salomón había construido para ella. Entonces él construyó el Milo.
9:25 Tres veces al año Salomón ofrecía holocaustos y sacrificios de paz en el altar que había construido para el SEÑOR, y quemaba incienso en el que estaba delante del SEÑOR. Así terminó la casa.
La flota de Salomón y el oro de Ofir
9:26 El rey Salomón construyó una flota en Ezión-geber, junto a Elot, a la orilla del mar Rojo, en la tierra de Edom.
9:27 Hiram envió en la flota a sus servidores, marineros que conocían el mar, junto con los servidores de Salomón.
9:28 Fueron a Ofir, recogieron de allí unas catorce toneladas de oro y las llevaron al rey Salomón.

Capítulo 10
La reina de Sabá visita a Salomón
Texto relacionado: 2 Crónicas 9:1–12.
10:1 La reina de Sabá oyó la fama de Salomón en relación con el nombre del SEÑOR y fue a ponerlo a prueba con preguntas difíciles.
10:2 Llegó a Jerusalén con un séquito muy numeroso y con camellos cargados de especias aromáticas, muchísimo oro y piedras preciosas. Fue a ver a Salomón y le habló de todo lo que tenía en su corazón.
10:3 Salomón respondió a todas sus preguntas. No hubo ningún asunto oculto para el rey que no pudiera explicarle.
10:4 Cuando la reina de Sabá vio toda la sabiduría de Salomón, el palacio que había construido,
10:5 la comida de su mesa, la disposición de sus servidores, el servicio de sus asistentes y sus vestiduras, sus coperos y los holocaustos que ofrecía en la casa del SEÑOR, se quedó sin aliento.
10:6 Le dijo al rey: «Era verdad lo que oí en mi tierra acerca de tus palabras y tu sabiduría.
10:7 No creía lo que decían hasta que vine y lo vi con mis propios ojos. ¡Ni siquiera me habían contado la mitad! Tu sabiduría y tu prosperidad superan la fama que había oído.
10:8 ¡Dichosos tus hombres! ¡Dichosos estos servidores tuyos que están siempre delante de ti y escuchan tu sabiduría!
10:9 Bendito sea el SEÑOR tu Dios, que se agradó de ti y te puso en el trono de Israel. Por su amor eterno a Israel, el SEÑOR te ha hecho rey para que practiques el derecho y la justicia».
10:10 Ella le dio al rey unos cuatro mil kilogramos de oro, muchísimas especias aromáticas y piedras preciosas. Nunca más llegó una cantidad de especias aromáticas tan grande como la que la reina de Sabá le dio al rey Salomón.
10:11 La flota de Hiram, que transportaba oro de Ofir, también trajo de Ofir muchísima madera de sándalo y piedras preciosas.
10:12 Con la madera de sándalo el rey hizo soportes para la casa del SEÑOR y para el palacio real, además de liras y arpas para los cantores. Nunca había llegado semejante madera de sándalo ni se ha vuelto a ver hasta hoy.
10:13 El rey Salomón le dio a la reina de Sabá todo lo que ella deseaba y pidió, además de lo que le dio con la generosidad del rey Salomón. Después ella regresó a su tierra con sus servidores.
Riquezas y fama de Salomón
Texto relacionado: 2 Crónicas 9:13–24.
10:14 El peso del oro que llegaba a Salomón en un año era de unas veintitrés toneladas,
10:15 sin contar lo que provenía de los comerciantes viajeros, del negocio de los mercaderes, de todos los reyes árabes y de los gobernadores de la tierra.
10:16 El rey Salomón hizo doscientos escudos grandes de oro batido. Para cada escudo se emplearon casi siete kilogramos de oro.
10:17 También hizo trescientos escudos pequeños de oro batido. Para cada escudo se emplearon casi dos kilogramos de oro. El rey los puso en la Casa del Bosque del Líbano.
10:18 El rey hizo un gran trono de marfil y lo revistió de oro fino.
10:19 El trono tenía seis escalones y un respaldo de remate redondeado. A ambos lados del asiento había apoyabrazos, y junto a ellos había dos leones de pie.
10:20 Otros doce leones estaban de pie a ambos lados de los seis escalones. No se había hecho algo semejante en ningún reino.
10:21 Todas las copas del rey Salomón eran de oro y todos los utensilios de la Casa del Bosque del Líbano eran de oro puro. Ninguno era de plata, porque en los días de Salomón la plata no se consideraba de ningún valor.
10:22 El rey tenía en el mar una flota de Tarsis junto con la flota de Hiram. Una vez cada tres años llegaba la flota de Tarsis, cargada de oro, plata, marfil, monos y pavos reales.
10:23 El rey Salomón superaba a todos los reyes de la tierra en riqueza y sabiduría.
10:24 Toda la tierra buscaba presentarse ante Salomón para escuchar la sabiduría que Dios había puesto en su corazón.
10:25 Cada uno llevaba su regalo: objetos de plata y de oro, vestidos, armas, especias aromáticas, caballos y mulos, año tras año.
Salomón comercia en caballos y en carros
Textos relacionados: 2 Crónicas 1:14–17; 2 Crónicas 9:25–28.
10:26 Salomón reunió carros y jinetes. Tenía mil cuatrocientos carros y doce mil jinetes, que distribuyó en las ciudades de los carros y junto al rey en Jerusalén.
10:27 El rey hizo que en Jerusalén la plata fuera tan abundante como las piedras, y los cedros tan numerosos como los sicómoros de la Sefela.
10:28 Los caballos de Salomón procedían de Egipto y de Coa. Los comerciantes del rey los adquirían en Coa, pagando su precio.
10:29 Un carro se importaba de Egipto por seiscientas piezas de plata, y un caballo por ciento cincuenta. Por medio de ellos también se exportaban a todos los reyes de los hititas y a los reyes de Aram.

Capítulo 11
La infidelidad de Salomón y el juicio sobre el reino
11:1 El rey Salomón amó a muchas mujeres extranjeras, además de la hija del faraón: moabitas, amonitas, edomitas, sidonias e hititas.
11:2 Pertenecían a las naciones acerca de las cuales el SEÑOR había dicho a los israelitas: «No se unan a ellas ni ellas se unan a ustedes, porque sin duda desviarán el corazón de ustedes hacia sus dioses». Pero Salomón se aferró a ellas por amor.
11:3 Tuvo setecientas esposas de rango principesco y trescientas concubinas. Sus esposas desviaron su corazón.
11:4 Cuando Salomón envejeció, sus esposas inclinaron su corazón hacia otros dioses. Su corazón no fue íntegro con el SEÑOR su Dios, como lo había sido el corazón de su padre David.
11:5 Salomón siguió a Astoret, diosa de los sidonios, y a Milcom, la abominación de los amonitas.
11:6 Salomón hizo lo malo ante los ojos del SEÑOR y no siguió plenamente al SEÑOR como su padre David.
11:7 Entonces Salomón construyó un santuario en las alturas para Quemos, la abominación de Moab, en el monte que está frente a Jerusalén, y para Moloc, la abominación de los amonitas.
11:8 Hizo lo mismo para todas sus esposas extranjeras, que quemaban incienso y ofrecían sacrificios a sus dioses.
11:9 El SEÑOR se enojó con Salomón porque su corazón se había apartado del SEÑOR, el Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces
11:10 y le había ordenado que no siguiera a otros dioses. Pero él no guardó lo que el SEÑOR le había mandado.
11:11 El SEÑOR le dijo a Salomón: «Ya que has hecho esto y no has guardado mi pacto ni los estatutos que te mandé, te arrancaré el reino sin falta y se lo daré a tu servidor.
11:12 Sin embargo, no lo haré durante tu vida por causa de tu padre David; lo arrancaré de manos de tu hijo.
11:13 Tampoco arrancaré todo el reino: le daré una tribu a tu hijo por causa de David, mi servidor, y por causa de Jerusalén, la ciudad que escogí».
Hadad y Rezón, adversarios de Salomón
11:14 El SEÑOR levantó un adversario contra Salomón: Hadad, el edomita, de la familia real de Edom.
11:15 Cuando David estaba en Edom, Joab, jefe del ejército, subió a enterrar a los muertos y mató a todos los varones de Edom.
11:16 Joab y todo Israel permanecieron allí seis meses, hasta exterminar a todos los varones de Edom.
11:17 Pero Hadad huyó a Egipto junto con algunos hombres edomitas, servidores de su padre. Hadad era entonces un niño pequeño.
11:18 Salieron de Madián y fueron a Parán. Tomaron consigo a algunos hombres de Parán y llegaron a Egipto, ante el faraón, rey de Egipto. Él le dio a Hadad una casa, le asignó alimentos y le dio tierras.
11:19 Hadad encontró mucho favor ante el faraón, quien le dio como esposa a la hermana de su propia esposa, la hermana de la reina Tahpenes.
11:20 La hermana de Tahpenes le dio a luz a su hijo Genubat. Tahpenes lo destetó dentro del palacio del faraón, y Genubat vivió en el palacio entre los hijos del faraón.
11:21 En Egipto, Hadad oyó que David había descansado con sus antepasados y que Joab, jefe del ejército, había muerto. Entonces le dijo al faraón: «Déjame ir para que vuelva a mi tierra».
11:22 El faraón le preguntó: «¿Qué te falta conmigo para que quieras volver a tu tierra?». Él respondió: «Nada; pero te ruego que me dejes ir».
11:23 Dios también levantó otro adversario contra Salomón: Rezón, hijo de Eliada, quien había huido de su señor Hadad-ezer, rey de Soba.
11:24 Reunió a un grupo de hombres y llegó a ser jefe de una tropa cuando David mató a los de Soba. Fueron a Damasco, se establecieron allí y reinaron en Damasco.
11:25 Fue adversario de Israel durante toda la vida de Salomón, además del mal que hacía Hadad. Aborrecía a Israel y reinaba sobre Aram.
Jeroboam y el anuncio de la división del reino
11:26 También Jeroboam, hijo de Nabat, un efraimita de Sereda, servidor de Salomón, se rebeló contra el rey. Su madre se llamaba Zerúa y era viuda.
11:27 Esta fue la razón por la que se rebeló contra el rey: Salomón construía el Milo y cerraba la brecha de la ciudad de su padre David.
11:28 Jeroboam era un hombre capaz. Salomón vio que el joven era trabajador y lo puso al frente de todo el trabajo obligatorio de la casa de José.
11:29 Por aquel tiempo, Jeroboam salió de Jerusalén y el profeta Ahías, de Silo, lo encontró en el camino. Ahías llevaba un manto nuevo, y los dos estaban solos en el campo.
11:30 Ahías tomó el manto nuevo que llevaba puesto y lo rasgó en doce pedazos.
11:31 Le dijo a Jeroboam: «Toma para ti diez pedazos, porque así dice el SEÑOR, el Dios de Israel: “Voy a arrancar el reino de manos de Salomón y te daré diez tribus.
11:32 Él tendrá una tribu por causa de David, mi servidor, y por causa de Jerusalén, la ciudad que escogí entre todas las tribus de Israel.
11:33 Esto será porque me abandonaron y se postraron ante Astoret, diosa de los sidonios, ante Quemos, dios de Moab, y ante Milcom, dios de los amonitas. No anduvieron en mis caminos para hacer lo recto ante mis ojos ni guardaron mis estatutos y mis decretos, como David, el padre de Salomón.
11:34 Pero no quitaré de sus manos todo el reino; lo mantendré como gobernante durante toda su vida por causa de David, mi servidor, a quien escogí y quien guardó mis mandamientos y mis estatutos.
11:35 Quitaré el reino de manos de su hijo y te daré a ti las diez tribus.
11:36 A su hijo le daré una tribu para que David, mi servidor, tenga siempre una lámpara delante de mí en Jerusalén, la ciudad que escogí para poner allí mi nombre.
11:37 Te tomaré a ti y reinarás sobre todo lo que desees; serás rey de Israel.
11:38 Si escuchas todo lo que te mande, andas en mis caminos y haces lo recto ante mis ojos, guardando mis estatutos y mis mandamientos como lo hizo David, mi servidor, estaré contigo. Te edificaré una dinastía firme como la que edifiqué para David y te daré Israel.
11:39 Por esto afligiré a la descendencia de David, pero no para siempre”».
11:40 Salomón procuró matar a Jeroboam, pero Jeroboam se levantó y huyó a Egipto, adonde estaba Sisac, rey de Egipto. Permaneció en Egipto hasta la muerte de Salomón.
Muerte de Salomón
Texto relacionado: 2 Crónicas 9:29–31.
11:41 Los demás hechos de Salomón, todo lo que hizo y su sabiduría, ¿no están escritos en el libro de los hechos de Salomón?
11:42 Salomón reinó en Jerusalén sobre todo Israel durante cuarenta años.
11:43 Salomón descansó con sus antepasados y fue sepultado en la ciudad de su padre David. Su hijo Roboam reinó en su lugar.

Capítulo 12
La división del reino bajo Roboam
Texto relacionado: 2 Crónicas 10:1–11:4.
12:1 Roboam fue a Siquem, porque todo Israel había ido a Siquem para hacerlo rey.
12:2 Jeroboam, hijo de Nabat, lo oyó mientras todavía estaba en Egipto, adonde había huido del rey Salomón. Jeroboam permanecía en Egipto.
12:3 Enviaron a llamarlo, y Jeroboam llegó con toda la asamblea de Israel. Le dijeron a Roboam:
12:4 «Tu padre hizo pesado nuestro yugo. Ahora alivia el duro servicio y el pesado yugo que tu padre nos impuso, y te serviremos».
12:5 Él les respondió: «Váyanse por tres días y luego vuelvan a mí». Y el pueblo se fue.
12:6 El rey Roboam consultó a los ancianos que habían servido a su padre Salomón mientras vivía. Les preguntó: «¿Qué me aconsejan que responda a este pueblo?».
12:7 Ellos le respondieron: «Si hoy te haces servidor de este pueblo, lo sirves y le respondes con buenas palabras, ellos serán tus servidores para siempre».
12:8 Pero él rechazó el consejo que le habían dado los ancianos y consultó a los jóvenes que se habían criado con él y estaban a su servicio.
12:9 Les preguntó: «¿Qué aconsejan que respondamos a este pueblo que me ha dicho: “Alivia el yugo que tu padre nos impuso”?».
12:10 Los jóvenes que se habían criado con él le dijeron: «Así debes responder a este pueblo que te ha dicho: “Tu padre hizo pesado nuestro yugo, pero tú alívialo”. Diles esto: “Mi dedo meñique es más grueso que la cintura de mi padre.
12:11 Mi padre los cargó con un yugo pesado, pero yo haré aún más pesado su yugo. Mi padre los castigó con látigos, pero yo los castigaré con escorpiones”».
12:12 Jeroboam y todo el pueblo fueron a Roboam al tercer día, tal como el rey había dicho: «Vuelvan a mí al tercer día».
12:13 El rey respondió al pueblo con dureza y rechazó el consejo que le habían dado los ancianos.
12:14 Les habló según el consejo de los jóvenes: «Mi padre hizo pesado el yugo de ustedes, pero yo lo haré aún más pesado. Mi padre los castigó con látigos, pero yo los castigaré con escorpiones».
12:15 El rey no escuchó al pueblo, porque este giro de los acontecimientos venía del SEÑOR, para cumplir la palabra que el SEÑOR había dado a Jeroboam, hijo de Nabat, por medio de Ahías, de Silo.
12:16 Cuando todo Israel vio que el rey no los escuchaba, el pueblo le respondió: «¿Qué parte tenemos en David? ¡No tenemos herencia en el hijo de Isaí! ¡A tus tiendas, Israel! ¡Ahora cuida de tu propia casa, David!». E Israel se fue a sus tiendas.
12:17 Pero Roboam reinó sobre los israelitas que vivían en las ciudades de Judá.
12:18 El rey Roboam envió a Adoram, encargado del trabajo obligatorio, pero todo Israel lo apedreó y murió. El rey Roboam se apresuró a subir a su carro para huir a Jerusalén.
12:19 Así Israel se rebeló contra la casa de David y continúa así hasta hoy.
12:20 Cuando todo Israel oyó que Jeroboam había vuelto, enviaron a llamarlo a la asamblea y lo hicieron rey de todo Israel. Solo la tribu de Judá siguió a la casa de David.
El SEÑOR detiene la guerra entre hermanos
12:21 Roboam llegó a Jerusalén y reunió a toda la casa de Judá y a la tribu de Benjamín: ciento ochenta mil guerreros escogidos, para luchar contra la casa de Israel y devolver el reino a Roboam, hijo de Salomón.
12:22 Pero la palabra de Dios llegó a Semaías, hombre de Dios:
12:23 «Dile a Roboam, hijo de Salomón, rey de Judá, a toda la casa de Judá y de Benjamín y al resto del pueblo:
12:24 “Así dice el SEÑOR: ‘No suban ni peleen contra sus hermanos, los israelitas. Vuelva cada uno a su casa, porque esto ha sucedido por mi voluntad’”». Ellos escucharon la palabra del SEÑOR, regresaron y se fueron conforme a la palabra del SEÑOR.
Jeroboam establece el culto de los becerros
12:25 Jeroboam reconstruyó Siquem, en la región montañosa de Efraín, y vivió allí. Luego salió de allí y reconstruyó Penuel.
12:26 Jeroboam pensó en su corazón: «Ahora el reino volverá a la casa de David.
12:27 Si este pueblo sube a ofrecer sacrificios en la casa del SEÑOR en Jerusalén, su corazón volverá a su señor Roboam, rey de Judá. Me matarán y volverán a Roboam, rey de Judá».
12:28 El rey pidió consejo e hizo dos becerros de oro. Les dijo: «¡Basta de subir a Jerusalén! Aquí están tus dioses, Israel, que te hicieron subir de Egipto».
12:29 Puso uno en Betel y el otro en Dan.
12:30 Esto se convirtió en pecado, pues el pueblo iba hasta Dan para presentarse ante uno de ellos.
12:31 Hizo un templo para el culto de las alturas y nombró sacerdotes de entre toda clase de gente que no pertenecía a los descendientes de Leví.
12:32 Jeroboam instituyó una fiesta el día quince del octavo mes, semejante a la fiesta que había en Judá, y subió al altar. Así lo hizo en Betel, ofreciendo sacrificios a los becerros que había hecho. También estableció en Betel a los sacerdotes de los santuarios de las alturas que había construido.
12:33 Subió al altar que había hecho en Betel el día quince del octavo mes, el mes que había ideado en su propio corazón. Instituyó una fiesta para los israelitas y subió al altar para quemar incienso.

Capítulo 13
Un profeta de Judá amonesta a Jeroboam
13:1 Un hombre de Dios llegó de Judá a Bet-el por palabra del SEÑOR, mientras Jeroboam estaba de pie junto al altar para quemar incienso.
13:2 Proclamó contra el altar, por palabra del SEÑOR: «¡Altar, altar! Así dice el SEÑOR: “Nacerá un hijo a la casa de David, llamado Josías. Él sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los lugares altos que queman incienso sobre ti, y sobre ti quemarán huesos humanos”».
13:3 Aquel mismo día dio una señal, diciendo: «Esta es la señal que el SEÑOR ha anunciado: el altar se partirá y las cenizas que hay sobre él se derramarán».
13:4 Cuando el rey oyó las palabras del hombre de Dios, que había proclamado contra el altar en Bet-el, Jeroboam extendió la mano desde el altar y dijo: «¡Aprésenlo!». Pero la mano que había extendido contra él se le secó, y no pudo volverla hacia sí.
13:5 El altar se partió y las cenizas se derramaron del altar, conforme a la señal que el hombre de Dios había dado por palabra del SEÑOR.
13:6 Entonces el rey le dijo al hombre de Dios: «Ruega, por favor, el favor del SEÑOR tu Dios y ora por mí, para que mi mano se restaure». El hombre de Dios rogó el favor del SEÑOR, y la mano del rey se restauró y quedó como antes.
13:7 El rey le dijo al hombre de Dios: «Ven conmigo a casa y repón tus fuerzas; te daré un regalo».
13:8 Pero el hombre de Dios le respondió al rey: «Aunque me dieras la mitad de tu casa, no iría contigo, ni comería pan ni bebería agua en este lugar,
13:9 porque así se me ordenó por palabra del SEÑOR: “No comas pan ni bebas agua, ni regreses por el camino por el que fuiste”».
13:10 Entonces se fue por otro camino y no regresó por el camino por el que había venido a Bet-el.
El engaño del profeta anciano
13:11 En Bet-el vivía un profeta anciano. Su hijo vino y le contó todo lo que el hombre de Dios había hecho aquel día en Bet-el. También le contaron a su padre las palabras que había dicho al rey.
13:12 Su padre les preguntó: «¿Por qué camino se fue?». Sus hijos habían visto el camino por el que se había ido el hombre de Dios que vino de Judá.
13:13 Él les dijo a sus hijos: «Ensíllenme el burro». Le ensillaron el burro, y él lo montó.
13:14 Fue tras el hombre de Dios y lo encontró sentado debajo del terebinto. Le preguntó: «¿Eres tú el hombre de Dios que vino de Judá?». Él respondió: «Yo soy».
13:15 Entonces le dijo: «Ven conmigo a casa y come pan».
13:16 Pero él respondió: «No puedo volver contigo ni entrar contigo. Tampoco comeré pan ni beberé agua contigo en este lugar,
13:17 porque se me dijo por palabra del SEÑOR: “No comas pan ni bebas agua allí; no regreses por el camino por el que fuiste”».
13:18 El otro le dijo: «Yo también soy profeta como tú, y un ángel me habló por palabra del SEÑOR, diciendo: “Hazlo volver contigo a tu casa, para que coma pan y beba agua”». Pero le estaba mintiendo.
13:19 Entonces el hombre de Dios volvió con él, comió pan en su casa y bebió agua.
Muerte y sepultura del mensajero de Judá
13:20 Mientras estaban sentados a la mesa, la palabra del SEÑOR vino al profeta que lo había hecho volver.
13:21 Este proclamó al hombre de Dios que había venido de Judá: «Así dice el SEÑOR: “Por cuanto has desobedecido la voz del SEÑOR y no has guardado el mandamiento que el SEÑOR tu Dios te ordenó,
13:22 sino que regresaste y comiste pan y bebiste agua en el lugar donde te dijo: ‘No comas pan ni bebas agua’, tu cadáver no entrará en el sepulcro de tus padres”».
13:23 Cuando terminó de comer pan y de beber, el anciano le ensilló el burro al profeta que había hecho volver.
13:24 El hombre de Dios se fue, y un león lo encontró en el camino y lo mató. Su cadáver quedó tendido en el camino, y el burro estaba de pie junto a él; también el león estaba de pie junto al cadáver.
13:25 Unos hombres que pasaban vieron el cadáver tendido en el camino y al león de pie junto al cadáver. Fueron y lo contaron en la ciudad donde vivía el profeta anciano.
13:26 Cuando lo oyó el profeta que lo había hecho volver del camino, dijo: «Es el hombre de Dios que desobedeció la voz del SEÑOR. El SEÑOR lo entregó al león, que lo despedazó y lo mató, conforme a la palabra del SEÑOR que le había dicho».
13:27 Luego les dijo a sus hijos: «Ensíllenme el burro». Y se lo ensillaron.
13:28 Él fue y encontró el cadáver tendido en el camino, y al burro y al león de pie junto al cadáver. El león no había comido el cadáver ni había despedazado al burro.
13:29 El profeta levantó el cadáver del hombre de Dios, lo puso sobre el burro y lo llevó de vuelta. El profeta anciano llegó a la ciudad para hacer duelo por él y enterrarlo.
13:30 Puso el cadáver en su propio sepulcro e hicieron duelo por él, diciendo: «¡Ay, hermano mío!».
13:31 Después de enterrarlo, les dijo a sus hijos: «Cuando yo muera, entiérrenme en el sepulcro donde está enterrado el hombre de Dios. Pongan mis huesos junto a sus huesos,
13:32 porque sin duda se cumplirá la palabra que proclamó por palabra del SEÑOR contra el altar que está en Bet-el y contra todos los santuarios de los lugares altos que están en las ciudades de Samaria».
Jeroboam mantiene el culto condenado
13:33 Después de esto, Jeroboam no se apartó de su mal camino, sino que volvió a nombrar sacerdotes de los lugares altos de entre el pueblo. Consagraba a cualquiera que quisiera serlo, y así pasaba a ser sacerdote de los lugares altos.
13:34 Esto se convirtió en pecado para la casa de Jeroboam y llevó a su eliminación y destrucción de la faz de la tierra.

Capítulo 14
Profecía de Ahías contra Jeroboam
14:1 Por aquel tiempo enfermó Abías, hijo de Jeroboam.
14:2 Jeroboam le dijo a su esposa: «Levántate y disfrázate para que no reconozcan que eres la esposa de Jeroboam. Ve a Silo; allí está el profeta Ahías, quien me anunció que sería rey de este pueblo.
14:3 Lleva contigo diez panes, unas tortas y un frasco de miel, y ve a verlo. Él te dirá lo que le sucederá al niño».
14:4 La esposa de Jeroboam hizo así: se levantó, fue a Silo y entró en la casa de Ahías. Ahías ya no podía ver, porque sus ojos se habían apagado a causa de su vejez.
14:5 El SEÑOR le había dicho a Ahías: «La esposa de Jeroboam viene a consultarte por su hijo, que está enfermo. Le responderás de esta y de aquella manera». Al llegar, ella se hacía pasar por otra persona.
14:6 Cuando Ahías oyó el sonido de sus pasos al entrar por la puerta, le dijo: «Entra, esposa de Jeroboam. ¿Por qué te haces pasar por otra persona? He sido enviado a ti con un mensaje duro.
14:7 Ve y dile a Jeroboam: “Así dice el SEÑOR, el Dios de Israel: Te levanté de en medio del pueblo y te hice gobernante de mi pueblo Israel.
14:8 Arranqué el reino de la casa de David y te lo di. Pero no has sido como David, mi servidor, que guardó mis mandamientos y me siguió con todo su corazón, haciendo únicamente lo recto ante mis ojos.
14:9 Has hecho más mal que todos los que te precedieron. Fuiste y te hiciste otros dioses e imágenes de metal fundido para provocarme a ira, y a mí me arrojaste detrás de tu espalda.
14:10 Por eso traeré calamidad sobre la casa de Jeroboam. Exterminaré de Jeroboam a todo varón, tanto esclavo como libre, en Israel. Barreré hasta el último resto de la casa de Jeroboam, como se barre el estiércol hasta que no queda nada.
14:11 Al que muera de los de Jeroboam en la ciudad lo comerán los perros, y al que muera en el campo lo comerán las aves del cielo, porque el SEÑOR lo ha dicho”.
14:12 Ahora levántate y vete a tu casa. Cuando tus pies entren en la ciudad, el niño morirá.
14:13 Todo Israel lo llorará y lo enterrarán. De la casa de Jeroboam, solo él recibirá sepultura, porque en él se ha encontrado algo bueno hacia el SEÑOR, el Dios de Israel, dentro de la casa de Jeroboam.
14:14 El SEÑOR levantará para sí un rey sobre Israel que exterminará a la casa de Jeroboam. Eso será hoy. ¡Qué digo! ¡Ahora mismo!
14:15 El SEÑOR golpeará a Israel, que se agitará como una caña en el agua. Arrancará a Israel de esta buena tierra que dio a sus antepasados y los esparcirá más allá del río Éufrates, porque se hicieron postes de Asera, provocando al SEÑOR a ira.
14:16 Entregará a Israel por los pecados que Jeroboam cometió y con los que hizo pecar a Israel».
14:17 La esposa de Jeroboam se levantó, se fue y llegó a Tirsa. Cuando cruzaba el umbral de la casa, el niño murió.
14:18 Lo enterraron y todo Israel lo lloró, conforme a la palabra del SEÑOR que había pronunciado por medio de su servidor, el profeta Ahías.
Final del reinado de Jeroboam
14:19 Los demás hechos de Jeroboam, sus guerras y cómo reinó, están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel.
14:20 Jeroboam reinó veintidós años. Descansó con sus antepasados y su hijo Nadab reinó en su lugar.
Reinado de Roboam
Texto relacionado: 2 Crónicas 12:1–16.
14:21 Roboam, hijo de Salomón, reinó en Judá. Tenía cuarenta y un años cuando comenzó a reinar y reinó diecisiete años en Jerusalén, la ciudad que el SEÑOR escogió entre todas las tribus de Israel para poner allí su nombre. Su madre se llamaba Naama, la amonita.
14:22 Judá hizo lo malo ante los ojos del SEÑOR. Con los pecados que cometieron provocaron sus celos más de lo que habían hecho sus antepasados.
14:23 También ellos construyeron santuarios de las alturas, columnas sagradas y postes de Asera sobre toda colina alta y debajo de todo árbol frondoso.
14:24 También había hombres dedicados a la prostitución ritual en la tierra. Practicaron todas las abominaciones de las naciones que el SEÑOR había expulsado de delante de los israelitas.
El saqueo de Jerusalén y los escudos de bronce
14:25 En el quinto año del rey Roboam, Sisac, rey de Egipto, subió contra Jerusalén.
14:26 Se llevó los tesoros de la casa del SEÑOR y los tesoros del palacio real. Se lo llevó todo; también se llevó todos los escudos de oro que Salomón había hecho.
14:27 El rey Roboam hizo escudos de bronce para sustituirlos y los confió a los jefes de los guardias que custodiaban la entrada del palacio real.
14:28 Cada vez que el rey entraba en la casa del SEÑOR, los guardias llevaban los escudos y después los devolvían al cuarto de guardia.
Final del reinado de Roboam
14:29 Los demás hechos de Roboam y todo lo que hizo, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?
14:30 Hubo guerra entre Roboam y Jeroboam durante toda su vida.
14:31 Roboam descansó con sus antepasados y fue sepultado con ellos en la Ciudad de David. Su madre se llamaba Naama, la amonita. Su hijo Abiam reinó en su lugar.

Capítulo 15
Reinado de Abiam
Texto relacionado: 2 Crónicas 13:1–22.
15:1 En el año dieciocho del rey Jeroboam, hijo de Nabat, Abiam comenzó a reinar sobre Judá.
15:2 Reinó tres años en Jerusalén. Su madre se llamaba Maaca, hija de Abisalom.
15:3 Siguió todos los pecados que su padre había cometido antes de él. Su corazón no fue íntegro con el SEÑOR su Dios, como lo había sido el corazón de David, su antepasado.
15:4 Pero por causa de David, el SEÑOR su Dios le dio una lámpara en Jerusalén, levantando a su hijo después de él y manteniendo firme a Jerusalén.
15:5 Porque David había hecho lo recto ante los ojos del SEÑOR y durante toda su vida no se había apartado de nada de lo que él le había mandado, salvo en el asunto de Urías, el hitita.
15:6 Hubo guerra entre Roboam y Jeroboam durante toda su vida.
15:7 Los demás hechos de Abiam y todo lo que hizo, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Judá? Hubo guerra entre Abiam y Jeroboam.
15:8 Abiam descansó con sus antepasados y lo sepultaron en la Ciudad de David. Su hijo Asa reinó en su lugar.
Reinado de Asa
Textos relacionados: 2 Crónicas 14:1–5; 2 Crónicas 15:16–19.
15:9 En el año veinte de Jeroboam, rey de Israel, Asa comenzó a reinar como rey de Judá.
15:10 Reinó cuarenta y un años en Jerusalén. Su abuela se llamaba Maaca, hija de Abisalom.
15:11 Asa hizo lo recto ante los ojos del SEÑOR, como David, su antepasado.
15:12 Expulsó de la tierra a los hombres dedicados a la prostitución ritual y quitó todos los ídolos que habían hecho sus antepasados.
15:13 También destituyó a su abuela Maaca de su cargo de reina madre, porque había hecho una imagen abominable para Asera. Asa cortó su imagen abominable y la quemó junto al torrente de Cedrón.
15:14 Sin embargo, los santuarios de las alturas no fueron eliminados. Con todo, el corazón de Asa fue íntegro con el SEÑOR durante toda su vida.
15:15 Llevó a la casa del SEÑOR lo que su padre había consagrado y lo que él mismo había consagrado: plata, oro y utensilios.
Alianza de Asa con Ben-adad
Texto relacionado: 2 Crónicas 16:1–10.
15:16 Hubo guerra entre Asa y Baasa, rey de Israel, durante toda la vida de ambos.
15:17 Baasa, rey de Israel, subió contra Judá y fortificó Ramá para impedir que nadie saliera del territorio de Asa, rey de Judá, ni entrara en él.
15:18 Asa tomó toda la plata y el oro que quedaban en los tesoros de la casa del SEÑOR y en los tesoros del palacio real, y los entregó a sus servidores. El rey Asa los envió a Ben-adad, hijo de Tabrimón, hijo de Hezión, rey de Aram, que residía en Damasco, con este mensaje:
15:19 «Hay un pacto entre tú y yo, entre mi padre y el tuyo. Te he enviado un regalo de plata y oro. Ve y rompe tu pacto con Baasa, rey de Israel, para que se retire de mí».
15:20 Ben-adad escuchó al rey Asa y envió a los jefes de sus tropas contra las ciudades de Israel. Atacó Ijón, Dan, Abel-bet-maaca y toda Cinerot, junto con toda la tierra de Neftalí.
15:21 Cuando Baasa lo oyó, dejó de fortificar Ramá y permaneció en Tirsa.
15:22 El rey Asa convocó a todo Judá, sin excepción. Se llevaron las piedras y la madera con que Baasa fortificaba Ramá, y con ellas el rey Asa fortificó Geba de Benjamín y Mizpa.
Muerte de Asa
Texto relacionado: 2 Crónicas 16:11–14.
15:23 Los demás hechos de Asa, todas sus proezas, todo lo que hizo y las ciudades que construyó, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Judá? En su vejez enfermó de los pies.
15:24 Asa descansó con sus antepasados y fue sepultado con ellos en la ciudad de David, su antepasado. Su hijo Josafat reinó en su lugar.
Reinado de Nadab
15:25 Nadab, hijo de Jeroboam, comenzó a reinar sobre Israel en el segundo año de Asa, rey de Judá, y reinó sobre Israel dos años.
15:26 Hizo lo malo ante los ojos del SEÑOR y siguió el camino de su padre y el pecado con el que este había hecho pecar a Israel.
15:27 Baasa, hijo de Ahías, de la casa de Isacar, conspiró contra él. Baasa lo hirió en Gibetón, que pertenecía a los filisteos, mientras Nadab y todo Israel sitiaban Gibetón.
15:28 Baasa lo mató en el tercer año de Asa, rey de Judá, y reinó en su lugar.
15:29 En cuanto comenzó a reinar, mató a toda la casa de Jeroboam. No dejó con vida a nadie de los de Jeroboam, hasta exterminarlos, conforme a la palabra del SEÑOR que había pronunciado por medio de su servidor Ahías, de Silo.
15:30 Esto ocurrió por los pecados que Jeroboam había cometido y con los que había hecho pecar a Israel, y por la provocación con que había provocado a ira al SEÑOR, el Dios de Israel.
15:31 Los demás hechos de Nadab y todo lo que hizo, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel?
15:32 Hubo guerra entre Asa y Baasa, rey de Israel, durante toda la vida de ambos.
Reinado de Baasa
15:33 En el tercer año de Asa, rey de Judá, Baasa, hijo de Ahías, comenzó a reinar sobre todo Israel en Tirsa. Reinó veinticuatro años.
15:34 Hizo lo malo ante los ojos del SEÑOR y siguió el camino de Jeroboam y el pecado con el que este había hecho pecar a Israel.

Capítulo 16
Juicio sobre la casa de Baasa
16:1 La palabra del SEÑOR llegó a Jehú, hijo de Hananí, contra Baasa:
16:2 «Te levanté del polvo y te hice gobernante de mi pueblo Israel, pero has seguido el camino de Jeroboam y has hecho pecar a mi pueblo Israel, provocándome a ira con los pecados de ellos.
16:3 Por eso barreré hasta el último resto de Baasa y de su casa. Haré que tu casa sea como la casa de Jeroboam, hijo de Nabat.
16:4 Al que muera de los de Baasa en la ciudad lo comerán los perros, y al que muera en el campo lo comerán las aves del cielo».
16:5 Los demás hechos de Baasa, lo que hizo y sus proezas, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel?
16:6 Baasa descansó con sus antepasados y fue sepultado en Tirsa. Su hijo Ela reinó en su lugar.
16:7 La palabra del SEÑOR también llegó por medio del profeta Jehú, hijo de Hananí, contra Baasa y su casa, por todo el mal que había hecho ante los ojos del SEÑOR, provocándolo a ira con las obras de sus manos y haciéndose como la casa de Jeroboam, y también porque había destruido aquella casa.
Reinado de Ela
16:8 En el año veintiséis de Asa, rey de Judá, Ela, hijo de Baasa, comenzó a reinar sobre Israel en Tirsa. Reinó dos años.
16:9 Su servidor Zimri, jefe de la mitad de los carros, conspiró contra él. Ela estaba en Tirsa, bebiendo hasta embriagarse en la casa de Arsa, encargado del palacio en Tirsa.
16:10 Zimri entró, lo hirió y lo mató en el año veintisiete de Asa, rey de Judá, y reinó en su lugar.
16:11 En cuanto comenzó a reinar y se sentó en su trono, mató a toda la casa de Baasa. No dejó con vida a ningún varón suyo, ni a sus parientes ni a sus amigos.
16:12 Así Zimri exterminó a toda la casa de Baasa, conforme a la palabra que el SEÑOR había pronunciado contra Baasa por medio del profeta Jehú,
16:13 por todos los pecados de Baasa y de su hijo Ela, los que habían cometido y con los que habían hecho pecar a Israel, provocando a ira al SEÑOR, el Dios de Israel, con sus ídolos inútiles.
16:14 Los demás hechos de Ela y todo lo que hizo, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel?
El breve reinado de Zimri
16:15 En el año veintisiete de Asa, rey de Judá, Zimri reinó siete días en Tirsa. El pueblo estaba acampado contra Gibetón, que pertenecía a los filisteos.
16:16 La gente que estaba en el campamento oyó decir: «Zimri ha conspirado y ha matado al rey». Entonces todo Israel hizo rey sobre Israel a Omri, jefe del ejército, aquel mismo día en el campamento.
16:17 Omri subió desde Gibetón con todo Israel y sitiaron Tirsa.
16:18 Cuando Zimri vio que la ciudad había sido tomada, entró en la fortaleza del palacio real y prendió fuego al palacio estando él dentro. Así murió,
16:19 por los pecados que había cometido, haciendo lo malo ante los ojos del SEÑOR, siguiendo el camino de Jeroboam y el pecado que este había cometido, haciendo pecar a Israel.
16:20 Los demás hechos de Zimri y la conspiración que tramó, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel?
Reinado de Omri
16:21 Entonces el pueblo de Israel se dividió en dos: la mitad seguía a Tibni, hijo de Ginat, para hacerlo rey, y la otra mitad seguía a Omri.
16:22 Los que seguían a Omri fueron más fuertes que los que seguían a Tibni, hijo de Ginat. Tibni murió y Omri reinó.
16:23 En el año treinta y uno de Asa, rey de Judá, Omri comenzó a reinar sobre Israel. Reinó doce años, seis de ellos en Tirsa.
16:24 Compró a Semer el monte de Samaria por unos sesenta y ocho kilogramos de plata y construyó sobre el monte. A la ciudad que construyó la llamó Samaria, por el nombre de Semer, dueño del monte.
16:25 Omri hizo lo malo ante los ojos del SEÑOR; hizo más mal que todos los que lo precedieron.
16:26 Siguió en todo el camino de Jeroboam, hijo de Nabat, y el pecado con que este había hecho pecar a Israel, provocando a ira al SEÑOR, el Dios de Israel, con sus ídolos inútiles.
16:27 Los demás hechos de Omri, lo que hizo y las proezas que realizó, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel?
16:28 Omri descansó con sus antepasados y fue sepultado en Samaria. Su hijo Acab reinó en su lugar.
Reinado de Acab
16:29 Acab, hijo de Omri, comenzó a reinar sobre Israel en el año treinta y ocho de Asa, rey de Judá. Acab, hijo de Omri, reinó sobre Israel en Samaria veintidós años.
16:30 Acab, hijo de Omri, hizo lo malo ante los ojos del SEÑOR más que todos los que lo precedieron.
16:31 Como si fuera poca cosa seguir los pecados de Jeroboam, hijo de Nabat, tomó como esposa a Jezabel, hija de Et-baal, rey de los sidonios. Fue a servir a Baal y se postró ante él.
16:32 Levantó un altar a Baal en el templo de Baal que había construido en Samaria.
16:33 Acab hizo un poste de Asera. Acab hizo más para provocar a ira al SEÑOR, el Dios de Israel, que todos los reyes de Israel que lo habían precedido.
La reconstrucción de Jericó
16:34 En sus días, Hiel, de Betel, reconstruyó Jericó. Puso sus cimientos a costa de la vida de Abiram, su primogénito, y colocó sus puertas a costa de la vida de Segub, su hijo menor, conforme a la palabra que el SEÑOR había pronunciado por medio de Josué, hijo de Nun.

Capítulo 17
Elías predice la sequía
17:1 Elías, el tisbita, uno de los habitantes de Galaad, le dijo a Acab: «¡Vive el SEÑOR, el Dios de Israel, en cuya presencia estoy! No habrá rocío ni lluvia durante estos años, excepto por mi palabra».
El retiro de Elías junto al arroyo de Querit
17:2 La palabra del SEÑOR llegó a él:
17:3 «Vete de aquí, dirígete al este y escóndete junto al arroyo de Querit, que está frente al Jordán.
17:4 Beberás del arroyo; he ordenado a los cuervos que te alimenten allí».
17:5 Él fue e hizo conforme a la palabra del SEÑOR. Se fue y vivió junto al arroyo de Querit, que está frente al Jordán.
17:6 Los cuervos le llevaban pan y carne por la mañana, y pan y carne al atardecer, y él bebía del arroyo.
17:7 Al cabo de un tiempo, el arroyo se secó porque no había llovido en la tierra.
Elías y la viuda de Sarepta
17:8 La palabra del SEÑOR llegó a él:
17:9 «Levántate, ve a Sarepta, que pertenece a Sidón, y vive allí. He ordenado a una viuda de allí que te alimente».
17:10 Él se levantó y fue a Sarepta. Cuando llegó a la puerta de la ciudad, una viuda estaba allí recogiendo leña. La llamó y le dijo: «Por favor, tráeme un poco de agua en un recipiente para que beba».
17:11 Cuando ella iba a buscarla, él la llamó y le dijo: «Por favor, tráeme también un bocado de pan».
17:12 Ella respondió: «¡Vive el SEÑOR tu Dios, que no tengo ninguna torta de pan! Solo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la vasija. Estoy recogiendo dos leños para ir a prepararlo para mí y para mi hijo. Lo comeremos y después moriremos».
17:13 Elías le dijo: «No tengas miedo. Ve y haz lo que has dicho, pero primero hazme con eso una pequeña torta de pan y tráemela. Después prepara para ti y para tu hijo.
17:14 Porque así dice el SEÑOR, el Dios de Israel: “La harina de la tinaja no se agotará ni el aceite de la vasija faltará, hasta el día en que el SEÑOR dé lluvia sobre la tierra”».
17:15 Ella fue e hizo conforme a la palabra de Elías. Ella, su familia y Elías comieron durante días.
17:16 La harina de la tinaja no se agotó ni el aceite de la vasija faltó, conforme a la palabra que el SEÑOR había pronunciado por medio de Elías.
La muerte y restauración del hijo de la viuda
17:17 Después de estas cosas enfermó el hijo de la mujer, la dueña de la casa. Su enfermedad fue tan grave que no le quedó aliento.
17:18 Ella le dijo a Elías: «¿Qué tengo yo que ver contigo, hombre de Dios? ¿Has venido a mí para recordar mi culpa y hacer morir a mi hijo?».
17:19 Él le respondió: «Dame a tu hijo». Lo tomó de sus brazos, lo subió a la habitación de arriba donde se alojaba y lo acostó sobre su cama.
17:20 Clamó al SEÑOR: «SEÑOR, Dios mío, ¿también has traído desgracia a la viuda con quien me alojo, haciendo morir a su hijo?».
17:21 Se tendió sobre el niño tres veces y clamó al SEÑOR: «SEÑOR, Dios mío, te ruego que la vida de este niño vuelva a él».
17:22 El SEÑOR escuchó la voz de Elías; la vida del niño volvió a él y revivió.
17:23 Elías tomó al niño, lo bajó de la habitación de arriba a la casa y se lo entregó a su madre. Elías le dijo: «Mira, tu hijo vive».
17:24 La mujer le dijo a Elías: «Ahora sé que eres un hombre de Dios y que la palabra del SEÑOR en tu boca es verdad».

Capítulo 18
Elías regresa a ver a Acab
18:1 Pasó mucho tiempo, y en el tercer año la palabra del SEÑOR vino a Elías, diciendo: «Ve y preséntate ante Acab, y yo enviaré lluvia sobre la faz de la tierra».
18:2 Elías fue a presentarse ante Acab. El hambre era muy intensa en Samaria.
18:3 Acab llamó a Abdías, que estaba a cargo del palacio. Abdías temía mucho al SEÑOR.
18:4 Cuando Jezabel exterminaba a los profetas del SEÑOR, Abdías había tomado a cien profetas y los había escondido en cuevas, cincuenta en cada una, y los había mantenido con pan y agua.
18:5 Acab le dijo a Abdías: «Recorre el país y ve a todos los manantiales de agua y a todos los arroyos. Quizá encontremos pasto para mantener vivos a los caballos y las mulas y no perder el ganado».
18:6 Se repartieron el país para recorrerlo. Acab fue solo por un camino, y Abdías fue solo por otro.
El encuentro de Elías y Abdías
18:7 Mientras Abdías iba por el camino, Elías salió a su encuentro. Abdías lo reconoció, cayó rostro en tierra y dijo: «¿Eres tú, mi señor Elías?».
18:8 Él respondió: «Yo soy. Ve y dile a tu amo: “Aquí está Elías”».
18:9 Pero él dijo: «¿En qué he pecado para que entregues a tu siervo en manos de Acab para que me mate?
18:10 ¡Vive el SEÑOR tu Dios que no hay nación ni reino adonde mi señor no haya enviado a buscarte! Cuando decían: “No está aquí”, hacía jurar al reino y a la nación que no te habían encontrado.
18:11 Y ahora tú dices: “Ve y dile a tu amo: ‘Aquí está Elías’”.
18:12 Cuando yo me aleje de ti, el Espíritu del SEÑOR te llevará adonde yo no sepa. Entonces iré a informar a Acab, y al no encontrarte, me matará. Pero tu siervo teme al SEÑOR desde su juventud.
18:13 ¿No le han contado a mi señor lo que hice cuando Jezabel mataba a los profetas del SEÑOR? Escondí a cien hombres de los profetas del SEÑOR en cuevas, cincuenta en cada una, y los mantuve con pan y agua.
18:14 Y ahora tú dices: “Ve y dile a tu amo: ‘Aquí está Elías’”. ¡Él me matará!».
18:15 Elías respondió: «Vive el SEÑOR de los ejércitos, en cuya presencia estoy, que hoy me presentaré ante él».
18:16 Abdías fue al encuentro de Acab y le informó. Entonces Acab fue al encuentro de Elías.
18:17 Cuando Acab vio a Elías, Acab le dijo: «¿Eres tú el que trae desgracias a Israel?».
18:18 Él respondió: «No soy yo quien ha traído desgracias a Israel, sino tú y la casa de tu padre, pues han abandonado los mandamientos del SEÑOR y tú has seguido a los baales.
18:19 Ahora manda reunir ante mí a todo Israel en el monte Carmelo, a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal y a los cuatrocientos profetas de Asera que comen a la mesa de Jezabel».
Elías y los profetas de Baal
18:20 Acab envió mensajeros por todos los hijos de Israel y reunió a los profetas en el monte Carmelo.
18:21 Elías se acercó a todo el pueblo y dijo: «¿Hasta cuándo seguirán titubeando entre dos opiniones? Si el SEÑOR es Dios, síganlo; y si es Baal, síganlo a él». Pero el pueblo no le respondió ni una palabra.
18:22 Elías le dijo al pueblo: «Solo yo he quedado como profeta del SEÑOR, pero los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta hombres.
18:23 Que nos den dos toros. Que ellos escojan uno, lo corten en pedazos y lo pongan sobre la leña, pero sin ponerle fuego. Yo prepararé el otro toro y lo pondré sobre la leña, pero no le pondré fuego.
18:24 Ustedes invoquen el nombre de su dios, y yo invocaré el nombre del SEÑOR. El Dios que responda con fuego, ese es Dios». Todo el pueblo respondió: «La propuesta es buena».
18:25 Entonces Elías les dijo a los profetas de Baal: «Escojan uno de los toros y prepárenlo ustedes primero, porque son muchos. Invoquen el nombre de su dios, pero no le pongan fuego».
18:26 Tomaron el toro que se les había dado, lo prepararon e invocaron el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo: «¡Baal, respóndenos!». Pero no hubo voz ni quien respondiera. Saltaban alrededor del altar que se había construido.
18:27 Al mediodía, Elías se burlaba de ellos y decía: «¡Griten más fuerte, porque es un dios! Tal vez esté meditando, o esté ocupado, o esté de viaje. Quizá esté dormido y haya que despertarlo».
18:28 Entonces gritaron a grandes voces y, según su costumbre, se hicieron cortes con espadas y lanzas hasta que la sangre corría sobre ellos.
18:29 Pasado el mediodía, siguieron profetizando hasta la hora de ofrecer la ofrenda. Pero no hubo voz, ni quien respondiera, ni quien prestara atención.
El altar del SEÑOR y la respuesta de fuego
18:30 Elías le dijo a todo el pueblo: «Acérquense a mí». Todo el pueblo se acercó a él, y él reparó el altar del SEÑOR que estaba derribado.
18:31 Elías tomó doce piedras, conforme al número de las tribus de los hijos de Jacob, a quien había venido la palabra del SEÑOR, diciendo: «Israel será tu nombre».
18:32 Con las piedras edificó un altar en el nombre del SEÑOR e hizo alrededor del altar una zanja con capacidad para unos quince litros de grano.
18:33 Acomodó la leña, cortó el toro en pedazos y lo puso sobre la leña.
18:34 Luego dijo: «Llenen cuatro cántaros de agua y derrámenla sobre el holocausto y sobre la leña». Después dijo: «Háganlo por segunda vez», y lo hicieron por segunda vez. Dijo: «Háganlo por tercera vez», y lo hicieron por tercera vez.
18:35 El agua corrió alrededor del altar; también llenó de agua la zanja.
18:36 A la hora de ofrecer la ofrenda, el profeta Elías se acercó y dijo: «SEÑOR, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que se sepa hoy que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu siervo y que por tu palabra he hecho todas estas cosas.
18:37 Respóndeme, SEÑOR, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú, SEÑOR, eres Dios, y que tú has hecho volver su corazón».
18:38 Entonces cayó el fuego del SEÑOR y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo; también lamió el agua que había en la zanja.
18:39 Al verlo, todo el pueblo cayó rostro en tierra y dijo: «¡El SEÑOR, él es Dios! ¡El SEÑOR, él es Dios!».
18:40 Elías les dijo: «¡Apresen a los profetas de Baal! ¡Que no escape ninguno!». Ellos los apresaron, y Elías los hizo bajar al arroyo de Cisón y allí los degolló.
Elías ora por lluvia
18:41 Luego Elías le dijo a Acab: «Sube, come y bebe, porque se oye el estruendo de una fuerte lluvia».
18:42 Acab subió a comer y beber. Elías subió a la cumbre del Carmelo, se inclinó hacia el suelo y puso el rostro entre sus rodillas.
18:43 Le dijo a su criado: «Sube, por favor, y mira hacia el mar». Él subió, miró y dijo: «No hay nada». Siete veces le dijo: «Vuelve».
18:44 A la séptima vez dijo: «Se ve una pequeña nube, como la palma de la mano de un hombre, que sube del mar». Entonces le dijo: «Sube y dile a Acab: “Engancha el carro y baja, para que la lluvia no te detenga”».
18:45 Mientras tanto, el cielo se oscureció con nubes y viento, y hubo una fuerte lluvia. Acab subió a su carro y se fue a Jezreel.
18:46 La mano del SEÑOR estuvo sobre Elías, quien se ajustó la ropa a la cintura y corrió delante de Acab hasta la entrada de Jezreel.

Capítulo 19
Elías huye a Horeb
19:1 Acab le contó a Jezabel todo lo que Elías había hecho y cómo había matado a espada a todos los profetas.
19:2 Jezabel envió un mensajero a Elías para decirle: «Que los dioses me castiguen con toda severidad si mañana a estas horas no he hecho con tu vida lo mismo que con la vida de uno de ellos».
19:3 Al ver esto, se levantó y se fue para salvar su vida. Llegó a Beerseba, que pertenece a Judá, y dejó allí a su servidor.
19:4 Él se internó en el desierto un día de camino, llegó y se sentó bajo una retama. Pidió morir y dijo: «¡Basta ya, SEÑOR! Quítame la vida, porque no soy mejor que mis antepasados».
19:5 Se acostó y se durmió bajo una retama. Entonces un ángel lo tocó y le dijo: «Levántate y come».
19:6 Miró y encontró junto a su cabeza una torta de pan cocida sobre piedras calientes y una vasija de agua. Comió, bebió y volvió a acostarse.
19:7 El ángel del SEÑOR volvió por segunda vez, lo tocó y le dijo: «Levántate y come, porque el camino es demasiado para ti».
19:8 Él se levantó, comió y bebió. Con las fuerzas de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios.
El encuentro de Elías con el SEÑOR en Horeb
19:9 Allí entró en la cueva y pasó la noche. La palabra del SEÑOR llegó a él y le dijo: «¿Qué haces aquí, Elías?».
19:10 Él respondió: «He sentido un gran celo por el SEÑOR, el Dios de los ejércitos, porque los israelitas han abandonado tu pacto, han derribado tus altares y han matado a espada a tus profetas. Solo yo he quedado y buscan quitarme la vida».
19:11 El Señor dijo: «Sal y ponte en el monte delante del SEÑOR». Entonces el SEÑOR pasaba. Un viento grande y fuerte desgarraba los montes y quebraba las rocas delante del SEÑOR, pero el SEÑOR no estaba en el viento. Después del viento hubo un terremoto, pero el SEÑOR no estaba en el terremoto.
19:12 Después del terremoto hubo fuego, pero el SEÑOR no estaba en el fuego. Después del fuego hubo un suave susurro.
19:13 Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con su manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Una voz le dijo: «¿Qué haces aquí, Elías?».
19:14 Él respondió: «He sentido un gran celo por el SEÑOR, el Dios de los ejércitos, porque los israelitas han abandonado tu pacto, han derribado tus altares y han matado a espada a tus profetas. Solo yo he quedado y buscan quitarme la vida».
19:15 El SEÑOR le dijo: «Ve, regresa por tu camino hacia el desierto de Damasco. Cuando llegues, unge a Hazael como rey de Aram.
19:16 Unge a Jehú, hijo de Nimsi, como rey de Israel, y unge a Eliseo, hijo de Safat, de Abel-mehola, como profeta en tu lugar.
19:17 Al que escape de la espada de Hazael lo matará Jehú, y al que escape de la espada de Jehú lo matará Eliseo.
19:18 Dejaré en Israel siete mil personas cuyas rodillas no se han doblado ante Baal y cuyas bocas no lo han besado».
Llamamiento de Eliseo
19:19 Partió de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, que estaba arando. Delante de él había doce yuntas de bueyes, y él iba con la duodécima. Elías pasó junto a él y echó su manto sobre él.
19:20 Eliseo dejó los bueyes, corrió detrás de Elías y le dijo: «Por favor, déjame besar a mi padre y a mi madre, y después te seguiré». Él le respondió: «Ve, vuelve; ¿qué te he hecho yo?».
19:21 Eliseo se apartó de él, tomó la yunta de bueyes y los sacrificó. Con los aperos de los bueyes coció la carne y se la dio al pueblo, y comieron. Después se levantó, siguió a Elías y se puso a su servicio.

Capítulo 20
El sitio de Samaria y las exigencias de Ben-adad
20:1 Ben-adad, rey de Aram, reunió a todo su ejército. Con él iban treinta y dos reyes, con caballos y carros. Subió, sitió Samaria y luchó contra ella.
20:2 Envió mensajeros a la ciudad, a Acab, rey de Israel.
20:3 Le dijo: «Así dice Ben-adad: Tu plata y tu oro son míos; también tus esposas y tus mejores hijos son míos».
20:4 El rey de Israel respondió: «Tal como dices, mi señor el rey: yo y todo lo que tengo somos tuyos».
20:5 Los mensajeros regresaron y dijeron: «Así dice Ben-adad: Te envié a decir: “Me darás tu plata, tu oro, tus esposas y tus hijos”.
20:6 Pero mañana a estas horas enviaré a mis servidores a registrar tu casa y las casas de tus servidores. Tomarán en sus manos y se llevarán todo lo que sea precioso a tus ojos».
20:7 El rey de Israel llamó a todos los ancianos del país y les dijo: «Fíjense bien y vean que este hombre busca hacernos daño. Ha enviado a pedirme mis esposas, mis hijos, mi plata y mi oro, y yo no se lo he negado».
20:8 Todos los ancianos y todo el pueblo le dijeron: «No lo escuches ni aceptes».
20:9 Él les dijo a los mensajeros de Ben-adad: «Díganle a mi señor el rey: “Haré todo lo que le pediste a tu servidor la primera vez, pero esto no lo puedo hacer”». Los mensajeros se fueron y le llevaron la respuesta.
20:10 Ben-adad le envió este mensaje: «Que los dioses me castiguen con toda severidad si el polvo de Samaria alcanza para dar un puñado a cada uno de los que me siguen».
20:11 El rey de Israel respondió: «Díganle: “No debe jactarse el que se pone las armas como el que se las quita”».
20:12 Cuando Ben-adad oyó estas palabras, estaba bebiendo con los reyes en las tiendas. Les dijo a sus servidores: «¡Prepárense!». Y se prepararon contra la ciudad.
Israel vence al ejército de Aram
20:13 Entonces un profeta se acercó a Acab, rey de Israel, y le dijo: «Así dice el SEÑOR: “¿Has visto toda esta gran multitud? Hoy la entregaré en tus manos y sabrás que yo soy el SEÑOR”».
20:14 Acab preguntó: «¿Por medio de quién?». Él respondió: «Así dice el SEÑOR: “Por medio de los jóvenes asistentes de los jefes provinciales”». Acab preguntó: «¿Quién comenzará la batalla?». Él respondió: «Tú».
20:15 Pasó revista a los jóvenes asistentes de los jefes provinciales: eran doscientos treinta y dos. Después pasó revista a todo el pueblo, a todos los israelitas: siete mil.
20:16 Salieron al mediodía, mientras Ben-adad estaba en las tiendas bebiendo hasta embriagarse con los treinta y dos reyes que lo ayudaban.
20:17 Los jóvenes asistentes de los jefes provinciales salieron primero. Ben-adad había enviado exploradores y le informaron: «Han salido hombres de Samaria».
20:18 Él dijo: «Si han salido en son de paz, captúrenlos vivos; y si han salido para la guerra, captúrenlos vivos».
20:19 Salieron de la ciudad los jóvenes asistentes de los jefes provinciales y el ejército que iba detrás de ellos.
20:20 Cada uno mató a su adversario. Los arameos huyeron e Israel los persiguió. Ben-adad, rey de Aram, escapó a caballo con algunos jinetes.
20:21 El rey de Israel salió y atacó los caballos y los carros, y causó una gran derrota a los arameos.
Segunda campaña de Aram contra Israel
20:22 El profeta se acercó al rey de Israel y le dijo: «Ve, fortalécete y considera bien lo que debes hacer, porque al comenzar el año entrante el rey de Aram subirá contra ti».
20:23 Los servidores del rey de Aram le dijeron: «Sus dioses son dioses de los montes; por eso fueron más fuertes que nosotros. Pero luchemos contra ellos en la llanura y sin duda seremos más fuertes que ellos.
20:24 Haz esto: retira a cada rey de su puesto y pon oficiales en su lugar.
20:25 Reúne un ejército como el que perdiste, caballo por caballo y carro por carro. Lucharemos contra ellos en la llanura y sin duda seremos más fuertes que ellos». Él los escuchó e hizo así.
20:26 Al comenzar el nuevo año, Ben-adad pasó revista a los arameos y subió a Afec para luchar contra Israel.
20:27 Los israelitas fueron movilizados y recibieron provisiones, y salieron a su encuentro. Acamparon frente a ellos como dos pequeños rebaños de cabras, mientras los arameos llenaban la tierra.
20:28 El hombre de Dios se acercó al rey de Israel y le dijo: «Así dice el SEÑOR: “Porque los arameos han dicho: ‘El SEÑOR es Dios de los montes y no Dios de los valles’, entregaré toda esta gran multitud en tus manos y ustedes sabrán que yo soy el SEÑOR”».
20:29 Permanecieron acampados unos frente a otros durante siete días. Al séptimo día comenzó la batalla, y los israelitas mataron en un solo día a cien mil soldados de infantería de los arameos.
20:30 Los que quedaban huyeron a la ciudad de Afec, y la muralla cayó sobre los veintisiete mil hombres que habían quedado. Ben-adad también huyó, entró en la ciudad y se metió en una habitación interior.
El pacto de Acab con Ben-adad
20:31 Sus servidores le dijeron: «Hemos oído que los reyes de la casa de Israel son reyes compasivos. Pongámonos tela áspera a la cintura y sogas en la cabeza, y salgamos al rey de Israel. Quizá te perdone la vida».
20:32 Se ciñeron tela áspera a la cintura y pusieron sogas en sus cabezas. Fueron al rey de Israel y le dijeron: «Tu servidor Ben-adad dice: “Por favor, perdóname la vida”». Él respondió: «¿Todavía vive? ¡Él es mi hermano!».
20:33 Los hombres, que aguardaban una buena señal, se apresuraron a tomarle la palabra y dijeron: «¡Tu hermano Ben-adad!». Él respondió: «Vayan a traerlo». Ben-adad salió a su encuentro y Acab lo hizo subir al carro.
20:34 Ben-adad le dijo: «Devolveré las ciudades que mi padre le quitó a tu padre, y podrás establecer mercados en Damasco como mi padre los estableció en Samaria». Acab respondió: «Yo te dejaré ir mediante un pacto». Hizo un pacto con él y lo dejó ir.
Un profeta anuncia el juicio sobre Acab
20:35 Uno de los miembros de la comunidad de profetas le dijo a su compañero por palabra del SEÑOR: «Por favor, golpéame». Pero el hombre se negó a golpearlo.
20:36 Él le dijo: «Como no has escuchado la voz del SEÑOR, en cuanto te apartes de mí un león te matará». Cuando se apartó de él, un león lo encontró y lo mató.
20:37 El profeta encontró a otro hombre y le dijo: «Por favor, golpéame». El hombre lo golpeó y lo hirió.
20:38 El profeta fue y esperó al rey junto al camino. Se disfrazó con una venda sobre los ojos.
20:39 Cuando el rey pasaba, él le gritó: «Tu servidor salió al centro de la batalla. Un hombre se me acercó y me trajo a otro, diciéndome: “Vigila a este hombre. Si desaparece, tu vida responderá por la suya o pagarás unos treinta y cuatro kilogramos de plata”.
20:40 Pero mientras tu servidor estaba ocupado aquí y allá, el hombre desapareció». El rey de Israel le dijo: «Esa es tu sentencia; tú mismo la has decidido».
20:41 Él se apresuró a quitarse la venda de los ojos, y el rey de Israel lo reconoció como uno de los profetas.
20:42 Le dijo: «Así dice el SEÑOR: “Porque dejaste escapar de tus manos al hombre que yo había destinado a la destrucción, tu vida responderá por la suya y tu pueblo por el suyo”».
20:43 El rey de Israel se fue a su casa disgustado y enojado, y llegó a Samaria.

Capítulo 21
Acab y la viña de Nabot
21:1 Después de estas cosas, Nabot, el jezreelita, tenía una viña en Jezreel, junto al palacio de Acab, rey de Samaria.
21:2 Acab le dijo a Nabot: «Dame tu viña para hacerme un huerto de hortalizas, porque está cerca de mi casa. Te daré a cambio una viña mejor; o, si te parece bien, te pagaré su valor en dinero».
21:3 Nabot le respondió a Acab: «¡El SEÑOR me libre de darte la herencia de mis antepasados!».
21:4 Acab volvió a su casa disgustado y enojado por las palabras de Nabot, el jezreelita, que le había dicho: «No te daré la herencia de mis antepasados». Se acostó en su cama, apartó el rostro y no comió.
21:5 Su esposa Jezabel fue a verlo y le preguntó: «¿Por qué estás tan disgustado y no comes?».
21:6 Él le respondió: «Porque hablé con Nabot, el jezreelita, y le dije: “Dame tu viña por dinero o, si prefieres, te daré otra viña a cambio”. Pero él respondió: “No te daré mi viña”».
21:7 Su esposa Jezabel le dijo: «¿Eres tú ahora rey de Israel? Levántate, come y alégrate. Yo te daré la viña de Nabot, el jezreelita».
La conspiración de Jezabel y la muerte de Nabot
21:8 Ella escribió cartas en nombre de Acab, las selló con su sello y las envió a los ancianos y a los nobles de la ciudad donde vivía Nabot.
21:9 En las cartas escribió: «Proclamen un ayuno y sienten a Nabot al frente del pueblo.
21:10 Sienten frente a él a dos hombres perversos que testifiquen contra él diciendo: “Has maldecido a Dios y al rey”. Después sáquenlo y apedréenlo hasta que muera».
21:11 Los hombres de su ciudad, los ancianos y los nobles que vivían en ella, hicieron como Jezabel les había mandado, conforme a lo escrito en las cartas que les había enviado.
21:12 Proclamaron un ayuno y sentaron a Nabot al frente del pueblo.
21:13 Llegaron los dos hombres perversos y se sentaron frente a él. Aquellos hombres perversos testificaron contra Nabot delante del pueblo diciendo: «Nabot ha maldecido a Dios y al rey». Lo sacaron fuera de la ciudad, lo apedrearon y murió.
21:14 Enviaron este mensaje a Jezabel: «Nabot ha sido apedreado y ha muerto».
21:15 Cuando Jezabel oyó que Nabot había sido apedreado y había muerto, le dijo a Acab: «Levántate y toma posesión de la viña de Nabot, el jezreelita, que se negó a dártela por dinero. Nabot ya no vive, sino que ha muerto».
21:16 Cuando Acab oyó que Nabot había muerto, se levantó para bajar a la viña de Nabot, el jezreelita, y tomar posesión de ella.
El juicio del SEÑOR sobre Acab y su casa
21:17 La palabra del SEÑOR llegó a Elías, el tisbita:
21:18 «Levántate, baja a encontrarte con Acab, rey de Israel, que reside en Samaria. Ahora está en la viña de Nabot, adonde ha bajado para tomar posesión de ella.
21:19 Dile: “Así dice el SEÑOR: ¿Has asesinado y además has tomado posesión?”. También le dirás: “Así dice el SEÑOR: En el lugar donde los perros lamieron la sangre de Nabot, los perros lamerán también tu propia sangre”».
21:20 Acab le dijo a Elías: «¿Me has encontrado, enemigo mío?». Él respondió: «Te he encontrado, porque te has vendido para hacer lo malo ante los ojos del SEÑOR.
21:21 “Voy a traer calamidad sobre ti y barreré tu descendencia. Exterminaré de Acab a todo varón, tanto esclavo como libre, en Israel.
21:22 Haré que tu casa sea como la casa de Jeroboam, hijo de Nabat, y como la casa de Baasa, hijo de Ahías, por la provocación con que me has provocado a ira y porque has hecho pecar a Israel”.
21:23 También acerca de Jezabel ha hablado el SEÑOR: “Los perros comerán a Jezabel junto a la muralla de Jezreel”.
21:24 Al que muera de los de Acab en la ciudad lo comerán los perros, y al que muera en el campo lo comerán las aves del cielo».
21:25 Nunca hubo nadie como Acab, que se vendió para hacer lo malo ante los ojos del SEÑOR, incitado por su esposa Jezabel.
21:26 Cometió grandes abominaciones al seguir a los ídolos, conforme a todo lo que habían hecho los amorreos, a quienes el SEÑOR había expulsado de delante de los israelitas.
Acab se humilla y el juicio sobre su casa se aplaza
21:27 Cuando Acab oyó estas palabras, rasgó sus vestidos, se cubrió el cuerpo con tela áspera y ayunó. Dormía sobre la tela áspera y caminaba despacio.
21:28 La palabra del SEÑOR llegó a Elías, el tisbita:
21:29 «¿Has visto cómo Acab se ha humillado delante de mí? Como se ha humillado delante de mí, no traeré la calamidad durante su vida. En los días de su hijo traeré la calamidad sobre su casa».

Capítulo 22
Micaías profetiza la derrota de Acab
Texto relacionado: 2 Crónicas 18:1–34
22:1 Pasaron tres años sin guerra entre Aram e Israel.
22:2 En el tercer año, Josafat, rey de Judá, bajó a visitar al rey de Israel.
22:3 El rey de Israel les dijo a sus servidores: «¿Saben que Ramot de Galaad nos pertenece y que no hacemos nada para recuperarla de manos del rey de Aram?».
22:4 Le preguntó a Josafat: «¿Vendrás conmigo a luchar contra Ramot de Galaad?». Josafat le respondió al rey de Israel: «Yo soy como tú, mi pueblo como tu pueblo y mis caballos como tus caballos».
22:5 Josafat le dijo al rey de Israel: «Por favor, consulta hoy la palabra del SEÑOR».
22:6 El rey de Israel reunió a los profetas, unos cuatrocientos hombres, y les preguntó: «¿Debo subir a luchar contra Ramot de Galaad o desistir?». Ellos respondieron: «Sube; el Señor la entregará en manos del rey».
22:7 Pero Josafat preguntó: «¿No hay aquí algún otro profeta del SEÑOR por medio de quien podamos consultar?».
22:8 El rey de Israel le respondió a Josafat: «Todavía hay un hombre por medio de quien podemos consultar al SEÑOR, pero lo odio, porque no profetiza nada bueno acerca de mí, sino solo calamidades. Es Micaías, hijo de Imla». Josafat respondió: «No hable el rey así».
22:9 El rey de Israel llamó a un funcionario y le dijo: «Trae enseguida a Micaías, hijo de Imla».
22:10 El rey de Israel y Josafat, rey de Judá, estaban sentados cada uno en su trono, vestidos con sus ropas reales, en el lugar de trillar junto a la entrada de la puerta de Samaria. Todos los profetas profetizaban delante de ellos.
22:11 Sedequías, hijo de Quenaana, se había hecho unos cuernos de hierro y dijo: «Así dice el SEÑOR: “Con estos cornearás a los arameos hasta exterminarlos”».
22:12 Todos los profetas profetizaban lo mismo: «Sube a Ramot de Galaad y triunfa, porque el SEÑOR la entregará en manos del rey».
22:13 El mensajero que había ido a llamar a Micaías le dijo: «Mira, las palabras de los profetas anuncian a una sola voz cosas buenas al rey. Por favor, que tu palabra sea como la de uno de ellos y anuncia algo bueno».
22:14 Micaías respondió: «¡Vive el SEÑOR, que diré lo que el SEÑOR me diga!».
22:15 Se presentó ante el rey y este le preguntó: «Micaías, ¿debemos ir a luchar contra Ramot de Galaad o desistir?». Él respondió: «Sube y triunfa; el SEÑOR la entregará en manos del rey».
22:16 El rey le dijo: «¿Cuántas veces tengo que hacerte jurar que me digas solamente la verdad en el nombre del SEÑOR?».
22:17 Él dijo: «Vi a todo Israel disperso por los montes, como ovejas sin pastor. El SEÑOR dijo: “Esta gente no tiene señor. Que cada uno vuelva a su casa en paz”».
22:18 El rey de Israel le dijo a Josafat: «¿No te dije que no profetizaría nada bueno acerca de mí, sino solo calamidades?».
La visión del trono del SEÑOR y el juicio sobre Acab
22:19 Micaías dijo: «Por lo tanto, escucha la palabra del SEÑOR. Vi al SEÑOR sentado en su trono y a todo el ejército de los cielos de pie junto a él, a su derecha y a su izquierda.
22:20 El SEÑOR preguntó: “¿Quién engañará a Acab para que suba y caiga en Ramot de Galaad?”. Uno proponía una cosa y otro proponía otra.
22:21 Un espíritu salió, se puso delante del SEÑOR y dijo: “Yo lo engañaré”. El SEÑOR le preguntó: “¿De qué manera?”.
22:22 El espíritu respondió: “Saldré y seré un espíritu de mentira en boca de todos sus profetas”. Y el Señor le dijo: “Lo engañarás y lo lograrás. Ve y hazlo así”.
22:23 Ahora el SEÑOR ha puesto un espíritu de mentira en boca de todos estos profetas tuyos. El SEÑOR ha anunciado calamidad contra ti».
22:24 Sedequías, hijo de Quenaana, se acercó, golpeó a Micaías en la mejilla y le dijo: «¿Por dónde se fue de mí el Espíritu del SEÑOR para hablar contigo?».
22:25 Micaías respondió: «Lo verás el día que entres en una habitación interior para esconderte».
22:26 El rey de Israel dijo: «Toma a Micaías y llévalo de vuelta a Amón, gobernador de la ciudad, y a Joás, hijo del rey.
22:27 Diles: “Así dice el rey: Metan a este hombre en la cárcel y aliméntenlo con poco pan y poca agua hasta que yo regrese en paz”».
22:28 Micaías dijo: «Si realmente regresas en paz, el SEÑOR no ha hablado por mí». También dijo: «¡Escuchen, todos los pueblos!».
La batalla de Ramot de Galaad y la muerte de Acab
22:29 El rey de Israel y Josafat, rey de Judá, subieron a Ramot de Galaad.
22:30 El rey de Israel le dijo a Josafat: «Yo me disfrazaré y entraré en la batalla, pero tú ponte tus vestiduras». El rey de Israel se disfrazó y entró en la batalla.
22:31 El rey de Aram les había ordenado a sus treinta y dos jefes de carros: «No luchen con nadie, ni pequeño ni grande, sino solo con el rey de Israel».
22:32 Cuando los jefes de carros vieron a Josafat, dijeron: «Sin duda este es el rey de Israel». Se volvieron contra él para luchar, pero Josafat gritó.
22:33 Cuando los jefes de carros vieron que no era el rey de Israel, dejaron de perseguirlo.
22:34 Un hombre disparó su arco al azar e hirió al rey de Israel por una juntura de la armadura. El rey le dijo al conductor de su carro: «Da la vuelta y sácame del campo de batalla, porque estoy herido».
22:35 La batalla arreció aquel día. El rey estaba sostenido de pie en el carro frente a los arameos. Murió al atardecer, y la sangre de la herida corría hacia el fondo del carro.
22:36 Al ponerse el sol, un pregón recorrió el campamento: «¡Cada uno a su ciudad y cada uno a su tierra!».
22:37 El rey murió y fue llevado a Samaria. Allí sepultaron al rey.
22:38 El carro fue lavado junto al estanque de Samaria. Los perros lamieron su sangre y las prostitutas se bañaron allí, conforme a la palabra que el SEÑOR había pronunciado.
22:39 Los demás hechos de Acab, todo lo que hizo, el palacio de marfil que construyó y todas las ciudades que edificó, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel?
22:40 Acab descansó con sus antepasados y su hijo Ocozías reinó en su lugar.
Reinado de Josafat
Texto relacionado: 2 Crónicas 20:31–37
22:41 Josafat, hijo de Asa, comenzó a reinar sobre Judá en el cuarto año de Acab, rey de Israel.
22:42 Josafat tenía treinta y cinco años cuando comenzó a reinar y reinó veinticinco años en Jerusalén. Su madre se llamaba Azuba, hija de Silhi.
22:43 Siguió en todo el camino de su padre Asa, sin apartarse de él, haciendo lo recto ante los ojos del SEÑOR. Sin embargo, no se eliminaron los santuarios de las alturas; el pueblo todavía ofrecía sacrificios y quemaba incienso en ellos.
22:44 Josafat hizo la paz con el rey de Israel.
22:45 Los demás hechos de Josafat, las proezas que realizó y sus guerras, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?
22:46 Expulsó de la tierra al resto de los hombres dedicados a la prostitución ritual, que habían quedado desde los días de su padre Asa.
22:47 No había rey en Edom; un gobernador ejercía como rey.
22:48 Josafat construyó naves de Tarsis para ir a Ofir en busca de oro, pero no fueron, porque las naves se rompieron en Ezión-geber.
22:49 Entonces Ocozías, hijo de Acab, le dijo a Josafat: «Que mis servidores vayan con los tuyos en las naves». Pero Josafat no quiso.
22:50 Josafat descansó con sus antepasados y fue sepultado con ellos en la ciudad de David, su antepasado. Su hijo Joram reinó en su lugar.
Reinado de Ocozías de Israel
22:51 Ocozías, hijo de Acab, comenzó a reinar sobre Israel en Samaria en el año diecisiete de Josafat, rey de Judá. Reinó dos años sobre Israel.
22:52 Hizo lo malo ante los ojos del SEÑOR. Siguió el camino de su padre, el camino de su madre y el camino de Jeroboam, hijo de Nabat, que había hecho pecar a Israel.
22:53 Sirvió a Baal y se postró ante él, y provocó a ira al SEÑOR, el Dios de Israel, conforme a todo lo que había hecho su padre.

2 REYES

Capítulo 1
Muerte de Ocozías
1:1 Después de la muerte de Acab, Moab se rebeló contra Israel.
1:2 Ocozías cayó a través de la reja de su habitación superior en Samaria y quedó enfermo. Envió mensajeros y les dijo: «Vayan a consultar a Baal-zebub, dios de Ecrón, si me recuperaré de esta enfermedad».
1:3 Pero el ángel del SEÑOR dijo a Elías el tisbita: «Levántate, sube al encuentro de los mensajeros del rey de Samaria y diles: “¿Acaso no hay Dios en Israel, para que ustedes vayan a consultar a Baal-zebub, dios de Ecrón?
1:4 Por eso, así dice el SEÑOR: De la cama donde te has acostado no volverás a levantarte; ciertamente morirás”». Entonces Elías se fue.
1:5 Cuando los mensajeros regresaron a él, el rey les preguntó: «¿Por qué han vuelto?».
1:6 Ellos le respondieron: «Un hombre subió a nuestro encuentro y nos dijo: “Vuelvan al rey que los envió y díganle: Así dice el SEÑOR: ¿Acaso no hay Dios en Israel, para que envíes a consultar a Baal-zebub, dios de Ecrón? Por eso, de la cama donde te has acostado no volverás a levantarte; ciertamente morirás”».
1:7 Él les preguntó: «¿Qué aspecto tenía el hombre que subió a su encuentro y les dijo estas palabras?».
1:8 Ellos le respondieron: «Era un hombre velludo, con un cinturón de cuero ceñido a la cintura». Entonces él dijo: «Es Elías el tisbita».
Elías y los capitanes enviados por el rey
1:9 El rey envió a buscarlo a un capitán con sus cincuenta hombres. El capitán subió hasta él, que estaba sentado en la cima del monte, y le dijo: «Hombre de Dios, el rey dice: “Baja”».
1:10 Elías respondió al capitán de los cincuenta: «Si soy hombre de Dios, que baje fuego del cielo y te consuma a ti y a tus cincuenta hombres». Entonces bajó fuego del cielo y lo consumió a él y a sus cincuenta hombres.
1:11 El rey volvió a enviar a otro capitán con sus cincuenta hombres. Este le dijo: «Hombre de Dios, así dice el rey: “Baja enseguida”».
1:12 Elías les respondió: «Si soy hombre de Dios, que baje fuego del cielo y te consuma a ti y a tus cincuenta hombres». Entonces bajó del cielo fuego de Dios y lo consumió a él y a sus cincuenta hombres.
1:13 El rey envió por tercera vez a un capitán con sus cincuenta hombres. El tercer capitán subió, se acercó, se arrodilló ante Elías y le suplicó: «Hombre de Dios, te ruego que mi vida y la vida de estos cincuenta siervos tuyos sean valiosas a tus ojos.
1:14 Mira, fuego ha bajado del cielo y ha consumido a los dos primeros capitanes con sus cincuenta hombres. Ahora, que mi vida sea valiosa a tus ojos».
1:15 Entonces el ángel del SEÑOR dijo a Elías: «Baja con él; no le tengas miedo». Elías se levantó y bajó con él a ver al rey.
La sentencia del SEÑOR y la muerte de Ocozías
1:16 Le dijo: «Así dice el SEÑOR: Porque enviaste mensajeros a consultar a Baal-zebub, dios de Ecrón —¿acaso no hay Dios en Israel para consultar su palabra?—, de la cama donde te has acostado no volverás a levantarte; ciertamente morirás».
1:17 Y Ocozías murió conforme a la palabra del SEÑOR que Elías había pronunciado. Como no tenía hijo, Joram reinó en su lugar, en el segundo año de Joram hijo de Josafat, rey de Judá.
1:18 Los demás hechos de Ocozías y lo que hizo, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel?

Capítulo 2
Eliseo sucede a Elías
2:1 Cuando el SEÑOR iba a hacer subir a Elías al cielo en un torbellino, Elías y Eliseo salieron de Gilgal.
2:2 Elías dijo a Eliseo: «Quédate aquí, por favor, porque el SEÑOR me ha enviado a Betel». Pero Eliseo respondió: «Vive el SEÑOR y vives tú, que no te dejaré». Así que bajaron a Betel.
2:3 Los hijos de los profetas que estaban en Betel salieron al encuentro de Eliseo y le dijeron: «¿Sabes que hoy el SEÑOR te quitará a tu señor?». Él respondió: «También yo lo sé; guarden silencio».
2:4 Elías le dijo: «Eliseo, quédate aquí, por favor, porque el SEÑOR me ha enviado a Jericó». Pero él respondió: «Vive el SEÑOR y vives tú, que no te dejaré». Así que llegaron a Jericó.
2:5 Los hijos de los profetas que estaban en Jericó se acercaron a Eliseo y le dijeron: «¿Sabes que hoy el SEÑOR te quitará a tu señor?». Él respondió: «También yo lo sé; guarden silencio».
2:6 Elías le dijo: «Quédate aquí, por favor, porque el SEÑOR me ha enviado al Jordán». Pero él respondió: «Vive el SEÑOR y vives tú, que no te dejaré». Y los dos siguieron su camino.
2:7 Cincuenta de los hijos de los profetas fueron y se detuvieron enfrente, a cierta distancia, mientras ellos dos se detenían junto al Jordán.
2:8 Elías tomó su manto, lo enrolló y golpeó el agua. Las aguas se dividieron hacia un lado y hacia el otro, y ambos cruzaron por tierra seca.
2:9 Después de cruzar, Elías dijo a Eliseo: «Pide lo que quieras que haga por ti antes de que sea llevado de tu lado». Eliseo respondió: «Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea para mí».
2:10 Él dijo: «Has pedido algo difícil. Si me ves cuando sea llevado de tu lado, así será para ti; pero si no me ves, no lo será».
2:11 Mientras seguían caminando y hablando, apareció un carro de fuego con caballos de fuego que los separó, y Elías subió al cielo en un torbellino.
2:12 Eliseo lo veía y gritaba: «¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y sus jinetes!». Cuando ya no lo vio más, agarró su ropa y la rasgó en dos.
Eliseo regresa y es reconocido por los profetas
2:13 Recogió el manto que se le había caído a Elías, regresó y se detuvo a la orilla del Jordán.
2:14 Tomó el manto que se le había caído a Elías, golpeó el agua y dijo: «¿Dónde está el SEÑOR, el Dios de Elías?». También él golpeó el agua, las aguas se dividieron hacia un lado y hacia el otro, y Eliseo cruzó.
2:15 Cuando los hijos de los profetas de Jericó lo vieron desde enfrente, dijeron: «El espíritu de Elías reposa sobre Eliseo». Salieron a recibirlo y se inclinaron hasta el suelo ante él.
2:16 Le dijeron: «Mira, entre tus siervos hay cincuenta hombres fuertes. Permite que vayan a buscar a tu señor; quizá el Espíritu del SEÑOR lo levantó y lo arrojó en alguna montaña o en algún valle». Él respondió: «No los envíen».
2:17 Pero insistieron hasta avergonzarlo, y él dijo: «Envíenlos». Enviaron a cincuenta hombres, que lo buscaron durante tres días sin encontrarlo.
2:18 Cuando regresaron a él, que se había quedado en Jericó, les dijo: «¿No les dije que no fueran?».
Eliseo y la sanidad de las aguas de Jericó
2:19 Los hombres de la ciudad dijeron a Eliseo: «Como mi señor puede ver, la ciudad está bien situada, pero el agua es mala y la tierra es estéril».
2:20 Él dijo: «Tráiganme una vasija nueva y pongan sal en ella». Y se la llevaron.
2:21 Él salió al manantial, echó allí la sal y dijo: «Así dice el SEÑOR: He sanado estas aguas; ya no causarán muerte ni esterilidad».
2:22 Y las aguas han quedado sanas hasta el día de hoy, conforme a la palabra que pronunció Eliseo.
La burla contra Eliseo y el juicio en el camino a Betel
2:23 De allí subió a Betel. Mientras subía por el camino, unos muchachos pequeños salieron de la ciudad y se burlaron de él, diciendo: «¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!».
2:24 Él se volvió, los vio y los maldijo en el nombre del SEÑOR. Entonces salieron del bosque dos osas que desgarraron a cuarenta y dos de los muchachos.
2:25 De allí fue al monte Carmelo y luego regresó a Samaria.

Capítulo 3
Reinado de Joram de Israel
3:1 Joram hijo de Acab comenzó a reinar sobre Israel en Samaria en el año dieciocho de Josafat, rey de Judá, y reinó doce años.
3:2 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR, aunque no como su padre y su madre, pues retiró la columna sagrada de Baal que su padre había hecho.
3:3 Sin embargo, se aferró a los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, con los que había hecho pecar a Israel, y no se apartó de ellos.
La rebelión de Moab y la alianza de los tres reyes
3:4 Mesa, rey de Moab, era criador de ovejas y entregaba al rey de Israel cien mil corderos y la lana de cien mil carneros.
3:5 Pero, al morir Acab, el rey de Moab se rebeló contra el rey de Israel.
3:6 En aquel tiempo, el rey Joram salió de Samaria y pasó revista a todo Israel.
3:7 Fue y envió este mensaje a Josafat, rey de Judá: «El rey de Moab se ha rebelado contra mí. ¿Irás conmigo a luchar contra Moab?». Él respondió: «Iré. Yo soy como tú, mi pueblo como tu pueblo y mis caballos como tus caballos».
3:8 Preguntó: «¿Por qué camino subiremos?». Y él respondió: «Por el camino del desierto de Edom».
3:9 Partieron el rey de Israel, el rey de Judá y el rey de Edom. Después de dar un rodeo de siete días, no había agua para el ejército ni para los animales que lo seguían.
3:10 El rey de Israel dijo: «¡Ay! El SEÑOR ha reunido a estos tres reyes para entregarlos en manos de Moab».
Los reyes consultan a Eliseo
3:11 Pero Josafat preguntó: «¿No hay aquí un profeta del SEÑOR para que consultemos al SEÑOR por medio de él?». Uno de los siervos del rey de Israel respondió: «Aquí está Eliseo hijo de Safat, que vertía agua sobre las manos de Elías».
3:12 Josafat dijo: «La palabra del SEÑOR está con él». Entonces el rey de Israel, Josafat y el rey de Edom bajaron a verlo.
3:13 Eliseo dijo al rey de Israel: «¿Qué tengo yo que ver contigo? Ve a los profetas de tu padre y a los profetas de tu madre». Pero el rey de Israel respondió: «No, porque el SEÑOR ha reunido a estos tres reyes para entregarlos en manos de Moab».
3:14 Eliseo dijo: «Vive el SEÑOR de los ejércitos, en cuya presencia estoy, que, si no fuera por el respeto que tengo a Josafat, rey de Judá, no te miraría ni te prestaría atención.
3:15 Pero ahora tráiganme un músico». Mientras el músico tocaba, la mano del SEÑOR vino sobre Eliseo,
La promesa de agua y de victoria
3:16 y él dijo: «Así dice el SEÑOR: Hagan muchas zanjas en este valle.
3:17 Porque así dice el SEÑOR: No verán viento ni verán lluvia, pero este valle se llenará de agua, y beberán ustedes, sus rebaños y sus animales.
3:18 Esto es poca cosa a los ojos del SEÑOR; también entregará a Moab en sus manos.
3:19 Derribarán toda ciudad fortificada y toda ciudad importante, talarán todo árbol bueno, taparán todos los manantiales y arruinarán con piedras todo terreno fértil».
El agua y la derrota de Moab
3:20 A la mañana siguiente, a la hora de presentar la ofrenda, comenzó a llegar agua desde Edom, y la tierra se llenó de agua.
3:21 Todos los moabitas oyeron que los reyes habían subido a luchar contra ellos. Convocaron a todos los que tenían edad para ceñirse las armas, y a los mayores, y se apostaron en la frontera.
3:22 Se levantaron temprano por la mañana. El sol brillaba sobre el agua, y los moabitas vieron desde enfrente las aguas rojas como sangre.
3:23 Dijeron: «¡Es sangre! Sin duda, los reyes se han destruido y se han matado unos a otros. ¡Ahora, Moab, al botín!».
3:24 Pero cuando llegaron al campamento de Israel, los israelitas se levantaron y atacaron a los moabitas, que huyeron ante ellos. Los israelitas penetraron en el país y siguieron atacando a Moab.
3:25 Demolieron las ciudades. Cada uno arrojó su piedra en todo terreno fértil, hasta llenarlo de piedras; taparon todos los manantiales y talaron todo árbol bueno. Solo quedaron las piedras de Kir-hareset, pero los honderos la rodearon y la atacaron.
El sacrificio del heredero de Moab y la retirada de Israel
3:26 Cuando el rey de Moab vio que la batalla lo superaba, tomó consigo setecientos hombres armados de espada para abrirse paso hacia el rey de Edom, pero no pudieron.
3:27 Entonces tomó a su hijo primogénito, que iba a reinar en su lugar, y lo ofreció en holocausto sobre la muralla. Hubo gran ira contra Israel, y los israelitas se retiraron de allí y regresaron a su tierra.

Capítulo 4
El aceite de la viuda
4:1 Una de las mujeres de los hijos de los profetas clamó a Eliseo: «Tu siervo, mi esposo, ha muerto. Tú sabes que tu siervo temía al SEÑOR, pero el acreedor ha venido a llevarse a mis dos hijos como esclavos».
4:2 Eliseo le preguntó: «¿Qué puedo hacer por ti? Dime qué tienes en casa». Ella respondió: «Tu sierva no tiene nada en casa, salvo un frasco de aceite».
4:3 Él dijo: «Ve a pedir vasijas prestadas a todos tus vecinos, vasijas vacías; no pidas pocas.
4:4 Luego entra, cierra la puerta tras de ti y de tus hijos, y vierte el aceite en todas esas vasijas. Ve apartando las que estén llenas».
4:5 Ella se fue de su presencia y cerró la puerta tras de sí y de sus hijos. Ellos le acercaban las vasijas y ella vertía el aceite.
4:6 Cuando las vasijas estuvieron llenas, dijo a su hijo: «Acércame otra vasija». Él respondió: «No hay más vasijas». Entonces el aceite dejó de fluir.
4:7 Ella fue a contárselo al hombre de Dios, y él dijo: «Ve, vende el aceite y paga a tus acreedores. Tú y tus hijos podrán vivir de lo que quede».
Eliseo y la sunamita
4:8 Un día, Eliseo pasó por Sunem. Allí había una mujer de buena posición que le insistió en que se quedara a comer. Desde entonces, cada vez que pasaba por allí, se desviaba a comer en su casa.
4:9 Ella dijo a su esposo: «Mira, sé que este hombre que pasa siempre por aquí es un santo hombre de Dios.
4:10 Hagamos una pequeña habitación con paredes en el piso superior y pongamos allí para él una cama, una mesa, una silla y una lámpara. Así podrá quedarse allí cuando venga a vernos».
4:11 Un día llegó él por allí, se retiró a la habitación superior y se acostó.
4:12 Dijo a su criado Giezi: «Llama a esta sunamita». La llamó y ella se presentó ante él.
4:13 Eliseo le dijo a Giezi: «Dile, por favor: “Te has tomado todas estas molestias por nosotros. ¿Qué se puede hacer por ti? ¿Quieres que hable por ti al rey o al jefe del ejército?”». Ella respondió: «Vivo en medio de mi pueblo».
4:14 Él preguntó: «¿Qué se puede hacer por ella?». Giezi respondió: «Pues no tiene hijo, y su esposo es anciano».
4:15 Eliseo dijo: «Llámala». Él la llamó y ella se quedó en la entrada.
4:16 Eliseo le dijo: «Por este tiempo, el año próximo, abrazarás a un hijo». Ella respondió: «No, señor mío, hombre de Dios; no engañes a tu sierva».
4:17 La mujer concibió y dio a luz un hijo por ese tiempo, al año siguiente, tal como Eliseo le había dicho.
La muerte del hijo y la búsqueda de Eliseo
4:18 El niño creció. Un día salió a donde estaba su padre con los segadores,
4:19 y le dijo: «¡Mi cabeza, mi cabeza!». Su padre dijo a un criado: «Llévalo a su madre».
4:20 El criado lo tomó y lo llevó a su madre. El niño estuvo sentado en sus rodillas hasta el mediodía, y murió.
4:21 Ella subió, lo acostó sobre la cama del hombre de Dios, cerró la puerta tras él y salió.
4:22 Llamó a su esposo y le dijo: «Envíame, por favor, a uno de los criados y una de las burras, para que vaya de prisa a ver al hombre de Dios y regrese».
4:23 Él preguntó: «¿Por qué vas a verlo hoy? No es luna nueva ni sábado». Ella respondió: «Todo está bien».
4:24 Ensilló la burra y dijo a su criado: «Guía y sigue adelante; no reduzcas el paso por mí, a menos que te lo diga».
4:25 Partió y llegó hasta el hombre de Dios en el monte Carmelo. Cuando el hombre de Dios la vio desde lejos, dijo a su criado Giezi: «Allí está la sunamita.
4:26 Corre a recibirla y pregúntale: “¿Estás bien? ¿Está bien tu esposo? ¿Está bien el niño?”». Ella respondió: «Todo está bien».
4:27 Cuando llegó hasta el hombre de Dios en el monte, se aferró a sus pies. Giezi se acercó para apartarla, pero el hombre de Dios dijo: «Déjala, porque su alma está llena de amargura. El SEÑOR me lo ha ocultado y no me lo ha dado a conocer».
4:28 Ella dijo: «¿Acaso le pedí un hijo a mi señor? ¿No te dije que no me engañaras?».
4:29 Entonces Eliseo dijo a Giezi: «Cíñete la cintura, toma mi bastón y vete. Si encuentras a alguien, no lo saludes, y si alguien te saluda, no le respondas. Pon mi bastón sobre el rostro del niño».
4:30 Pero la madre del niño dijo: «Vive el SEÑOR y vives tú, que no te dejaré». Entonces él se levantó y fue tras ella.
4:31 Giezi se había adelantado y había puesto el bastón sobre el rostro del niño, pero no hubo voz ni respuesta. Volvió al encuentro de Eliseo y le dijo: «El niño no ha despertado».
Eliseo ora y el niño vuelve a la vida
4:32 Cuando Eliseo llegó a la casa, el niño estaba muerto, acostado sobre la cama de Eliseo.
4:33 Entró, cerró la puerta tras los dos y oró al SEÑOR.
4:34 Luego subió y se tendió sobre el niño, poniendo su boca sobre la boca de él, sus ojos sobre los ojos de él y sus manos sobre las manos de él. Se inclinó sobre él, y el cuerpo del niño entró en calor.
4:35 Eliseo se levantó y caminó por la casa de un lado a otro. Después subió y volvió a inclinarse sobre él. El niño estornudó siete veces y abrió los ojos.
4:36 Entonces llamó a Giezi y le dijo: «Llama a esta sunamita». Él la llamó, y cuando ella entró, Eliseo le dijo: «Toma a tu hijo».
4:37 Ella entró, cayó a sus pies y se inclinó hasta el suelo. Luego tomó a su hijo y salió.
El guiso dañino y el cuidado de los profetas
4:38 Eliseo regresó a Gilgal cuando había hambre en el país. Los hijos de los profetas estaban sentados ante él, y dijo a su criado: «Pon la olla grande al fuego y prepara un guiso para los hijos de los profetas».
4:39 Uno de ellos salió al campo a recoger hierbas. Encontró una enredadera silvestre y recogió de ella calabazas silvestres hasta llenar el pliegue de su ropa. Regresó y las cortó dentro de la olla del guiso, sin que supieran qué eran.
4:40 Sirvieron a los hombres para que comieran, pero, al probar el guiso, gritaron: «¡Hombre de Dios, hay muerte en la olla!». Y no pudieron comerlo.
4:41 Él dijo: «Traigan harina». La echó en la olla y dijo: «Sirve a la gente para que coma». Y ya no había nada dañino en la olla.
Veinte panes alimentan a cien hombres
4:42 Un hombre llegó de Baal-salisa y llevó al hombre de Dios panes de las primicias: veinte panes de cebada y grano fresco en su alforja. Eliseo dijo: «Dáselo a la gente para que coma».
4:43 Su sirviente preguntó: «¿Cómo voy a poner esto ante cien hombres?». Pero él dijo: «Dáselo a la gente para que coma, porque así dice el SEÑOR: Comerán y sobrará».
4:44 Lo puso ante ellos, y comieron y les sobró, conforme a la palabra del SEÑOR.

Capítulo 5
Eliseo y Naamán
5:1 Naamán, jefe del ejército del rey de Aram, era un hombre importante y muy estimado por su señor, porque por medio de él el SEÑOR había dado la victoria a Aram. Era un guerrero valiente, pero padecía lepra.
5:2 Unas bandas de arameos habían salido y se habían llevado cautiva de la tierra de Israel a una muchacha muy joven, que quedó al servicio de la esposa de Naamán.
5:3 Ella dijo a su señora: «¡Ojalá mi señor estuviera con el profeta que hay en Samaria! Él lo libraría de su lepra».
5:4 Naamán fue y se lo contó a su señor, diciendo: «Esto y aquello ha dicho la muchacha de la tierra de Israel».
5:5 El rey de Aram respondió: «Ve, y yo enviaré una carta al rey de Israel». Naamán partió llevando consigo unos trescientos cuarenta kilos de plata, sesenta y ocho kilos de oro y diez mudas de ropa.
5:6 Entregó al rey de Israel la carta, que decía: «Al llegarte esta carta, sabrás que te he enviado a mi siervo Naamán para que lo libres de su lepra».
5:7 Cuando el rey de Israel leyó la carta, rasgó su ropa y dijo: «¿Acaso soy Dios para dar muerte y dar vida, para que este me envíe a un hombre a fin de librarlo de su lepra? Fíjense bien y vean cómo está buscando un pretexto contra mí».
Naamán recibe la palabra de Eliseo
5:8 Cuando Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado su ropa, le envió este mensaje: «¿Por qué has rasgado tu ropa? Que venga a mí y sabrá que hay profeta en Israel».
5:9 Naamán llegó con sus caballos y su carro, y se detuvo a la entrada de la casa de Eliseo.
5:10 Eliseo le envió un mensajero que le dijo: «Ve y lávate siete veces en el Jordán; tu carne se restaurará y quedarás limpio».
5:11 Pero Naamán se enojó y se fue, diciendo: «Yo pensaba: “Sin duda saldrá a recibirme, se pondrá de pie, invocará el nombre del SEÑOR su Dios, moverá su mano sobre la parte afectada y me librará de la lepra”.
5:12 ¿No son el Abaná y el Farfar, los ríos de Damasco, mejores que todas las aguas de Israel? ¿No podría lavarme en ellos y quedar limpio?». Dio media vuelta y se marchó furioso.
5:13 Sus siervos se acercaron y le dijeron: «Padre mío, si el profeta te hubiera pedido algo difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: “Lávate y quedarás limpio”!».
5:14 Entonces bajó y se sumergió siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios. Su carne se restauró como la de un niño pequeño, y quedó limpio.
Naamán reconoce al Dios de Israel
5:15 Regresó con toda su comitiva al hombre de Dios, se presentó ante él y dijo: «Ahora sé que no hay Dios en toda la tierra, salvo en Israel. Te ruego que aceptes un regalo de tu siervo».
5:16 Pero él respondió: «Vive el SEÑOR, en cuya presencia estoy, que no lo aceptaré». Naamán insistió en que lo aceptara, pero él se negó.
5:17 Naamán dijo: «Si no lo aceptas, permite que se le dé a tu siervo tanta tierra como puedan cargar dos mulas, porque tu siervo ya no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses, sino al SEÑOR.
5:18 Que el SEÑOR perdone a tu siervo en esto: cuando mi señor entre al templo de Rimón para postrarse allí y se apoye en mi brazo, y yo me incline en el templo de Rimón, que el SEÑOR perdone a tu siervo cuando me incline en el templo de Rimón».
5:19 Eliseo le dijo: «Ve en paz». Cuando se había alejado cierta distancia,
El engaño de Giezi y su castigo
5:20 Giezi, criado de Eliseo, el hombre de Dios, se dijo: «Mi señor ha dejado ir a este Naamán arameo sin aceptar de su mano lo que había traído. Vive el SEÑOR, que correré tras él y conseguiré algo».
5:21 Giezi corrió tras Naamán. Cuando Naamán vio que corría detrás de él, bajó del carro a recibirlo y preguntó: «¿Todo está bien?».
5:22 Él respondió: «Todo está bien. Mi señor me ha enviado a decir: “Acaban de llegar a verme dos jóvenes de los hijos de los profetas de la región montañosa de Efraín. Te ruego que les des unos treinta y cuatro kilos de plata y dos mudas de ropa”».
5:23 Naamán dijo: «Ten la bondad de aceptar el doble». Le insistió, ató los sesenta y ocho kilos de plata en dos bolsas y, junto con dos mudas de ropa, se los entregó a dos de sus criados, que los llevaron delante de Giezi.
5:24 Cuando llegó a la colina, Giezi tomó las cosas de sus manos y las guardó en la casa. Despidió a los hombres y ellos se fueron.
5:25 Luego entró y se presentó ante su señor. Eliseo le preguntó: «¿De dónde vienes, Giezi?». Él respondió: «Tu siervo no ha ido a ninguna parte».
5:26 Eliseo le dijo: «¿No iba contigo mi corazón cuando el hombre bajó de su carro para recibirte? ¿Es este el momento de aceptar plata y ropa, olivares y viñedos, ovejas y ganado, siervos y siervas?
5:27 La lepra de Naamán se te pegará a ti y a tu descendencia para siempre». Y Giezi salió de su presencia leproso, blanco como la nieve.

Capítulo 6
Eliseo hace flotar el hacha
6:1 Los hijos de los profetas dijeron a Eliseo: «Mira, el lugar donde habitamos contigo es demasiado estrecho para nosotros.
6:2 Permítenos ir al Jordán; que cada uno tome de allí una viga y construyamos un lugar donde habitar». Él respondió: «Vayan».
6:3 Uno de ellos dijo: «Ten la bondad de venir con tus siervos». Él respondió: «Iré».
6:4 Fue con ellos y, al llegar al Jordán, se pusieron a cortar árboles.
6:5 Mientras uno derribaba un tronco, el hierro del hacha cayó al agua. Él gritó: «¡Ay, señor mío! ¡Era prestado!».
6:6 El hombre de Dios preguntó: «¿Dónde cayó?». Cuando le mostró el lugar, cortó un palo, lo arrojó allí e hizo flotar el hierro.
6:7 Luego dijo: «Recógelo». Él extendió la mano y lo tomó.
Eliseo y los sirios
6:8 El rey de Aram estaba en guerra con Israel. Consultó con sus servidores y dijo: «Pondré mi campamento en tal lugar».
6:9 Pero el hombre de Dios envió este aviso al rey de Israel: «Ten cuidado de no pasar por ese lugar, porque los arameos van a bajar allí».
6:10 El rey de Israel envió gente al lugar que le había señalado el hombre de Dios. Así, advertido por él, se mantenía en guardia allí. Esto sucedió más de una o dos veces.
6:11 El rey de Aram se inquietó mucho por este asunto. Llamó a sus servidores y les dijo: «¿No me dirán quién de los nuestros está de parte del rey de Israel?».
6:12 Uno de sus servidores respondió: «Ninguno, mi señor el rey. Es Eliseo, el profeta que hay en Israel, quien comunica al rey de Israel las palabras que pronuncias en tu dormitorio».
6:13 Él dijo: «Vayan a averiguar dónde está, para que envíe a capturarlo». Le informaron: «Está en Dotán».
6:14 Entonces envió allí caballos, carros y un ejército numeroso. Llegaron de noche y rodearon la ciudad.
El SEÑOR protege a Eliseo y los arameos son llevados a Samaria
6:15 El servidor del hombre de Dios se levantó temprano y salió. Vio un ejército que rodeaba la ciudad con caballos y carros. El criado le dijo: «¡Ay, señor mío! ¿Qué haremos?».
6:16 Él respondió: «No tengas miedo, porque los que están con nosotros son más que los que están con ellos».
6:17 Eliseo oró: «SEÑOR, te ruego que abras sus ojos para que vea». El SEÑOR abrió los ojos del criado, y él vio que el monte estaba lleno de caballos y carros de fuego alrededor de Eliseo.
6:18 Cuando los arameos bajaron hacia él, Eliseo oró al SEÑOR: «Te ruego que hieras de ceguera a esta gente». Y él los hirió de ceguera conforme a la palabra de Eliseo.
6:19 Entonces Eliseo les dijo: «Este no es el camino ni esta es la ciudad. Síganme y los llevaré hasta el hombre que buscan». Y los llevó a Samaria.
6:20 Cuando llegaron a Samaria, Eliseo dijo: «SEÑOR, abre los ojos de estos hombres para que vean». El SEÑOR les abrió los ojos, y vieron que estaban en medio de Samaria.
6:21 Al verlos, el rey de Israel preguntó a Eliseo: «¿Los mato? ¿Los mato, padre mío?».
6:22 Él respondió: «No los mates. ¿Matarías a los que has capturado con tu espada y con tu arco? Pon ante ellos pan y agua, para que coman y beban y regresen a su señor».
6:23 Les preparó un gran banquete. Comieron y bebieron; luego los despidió y regresaron a su señor. Las bandas de arameos no volvieron a entrar en la tierra de Israel.
Eliseo y el sitio de Samaria
6:24 Tiempo después, Ben-adad, rey de Aram, reunió a todo su ejército, subió y puso sitio a Samaria.
6:25 Hubo una gran hambre en Samaria. El sitio fue tal que una cabeza de burro llegó a venderse por unos novecientos gramos de plata, y trescientos mililitros de estiércol de paloma por unos cincuenta y siete gramos de plata.
El clamor de una mujer durante el hambre
6:26 Mientras el rey de Israel pasaba por la muralla, una mujer le gritó: «¡Ayúdame, mi señor el rey!».
6:27 Él respondió: «Si el SEÑOR no te ayuda, ¿de dónde sacaré yo ayuda para ti? ¿De la era o del lagar?».
6:28 El rey le preguntó: «¿Qué te ocurre?». Ella respondió: «Esta mujer me dijo: “Entrega a tu hijo para que lo comamos hoy, y mañana comeremos al mío”.
6:29 Cocinamos a mi hijo y nos lo comimos. Al día siguiente le dije: “Entrega a tu hijo para que lo comamos”, pero ella ha escondido a su hijo».
6:30 Cuando el rey oyó las palabras de la mujer, rasgó su ropa. Al pasar por la muralla, la gente vio que llevaba tela de saco sobre el cuerpo, debajo de la ropa.
El rey amenaza de muerte a Eliseo
6:31 Y dijo: «Que Dios me haga esto y mucho más si hoy la cabeza de Eliseo hijo de Safat permanece sobre sus hombros».
6:32 Eliseo estaba sentado en su casa, y los ancianos estaban sentados con él. El rey envió a un hombre de su presencia, pero, antes de que llegara el mensajero, Eliseo dijo a los ancianos: «¿Ven cómo este hijo de asesino ha enviado a cortarme la cabeza? Cuando llegue el mensajero, cierren la puerta y manténganla cerrada contra él. ¿No se oye detrás de él el ruido de los pasos de su señor?».
6:33 Todavía hablaba con ellos cuando el mensajero bajó hasta él. Y dijo: «Mira, esta desgracia viene del SEÑOR. ¿Para qué seguir esperando al SEÑOR?».

Capítulo 7
El SEÑOR anuncia el fin del hambre
7:1 Eliseo dijo: «Escuchen la palabra del SEÑOR. Así dice el SEÑOR: Mañana, a esta hora, a la puerta de Samaria se venderán unos siete litros de harina fina por once gramos de plata, y unos catorce litros de cebada por once gramos de plata».
7:2 El oficial en cuyo brazo se apoyaba el rey respondió al hombre de Dios: «Aunque el SEÑOR abriera ventanas en el cielo, ¿podría suceder eso?». Él respondió: «Lo verás con tus propios ojos, pero no comerás de ello».
Cuatro leprosos hallan el campamento abandonado
7:3 Había cuatro hombres leprosos a la entrada de la puerta. Se dijeron unos a otros: «¿Por qué quedarnos aquí hasta morir?
7:4 Si decidimos entrar en la ciudad, moriremos allí, porque hay hambre en la ciudad. Si nos quedamos aquí, también moriremos. Vamos a entregarnos al campamento de Aram. Si nos dejan con vida, viviremos; y si nos matan, moriremos».
7:5 Al anochecer se levantaron para ir al campamento de Aram. Cuando llegaron a las afueras del campamento de Aram, no había nadie.
7:6 El Señor había hecho oír al campamento de Aram ruido de carros, ruido de caballos y ruido de un gran ejército. Se dijeron unos a otros: «El rey de Israel ha contratado contra nosotros a los reyes de los hititas y a los reyes de Egipto para atacarnos».
7:7 Así que se levantaron y huyeron al anochecer, dejando sus tiendas, sus caballos, sus burros y el campamento tal como estaba. Huyeron para salvar la vida.
7:8 Cuando aquellos leprosos llegaron a las afueras del campamento, entraron en una tienda, comieron y bebieron. Se llevaron de allí plata, oro y ropa, y fueron a esconderlo. Regresaron, entraron en otra tienda, se llevaron cosas de allí y fueron a esconderlas.
Las buenas noticias llegan a Samaria
7:9 Luego se dijeron unos a otros: «No estamos haciendo bien. Hoy es un día de buenas noticias y nosotros callamos. Si esperamos hasta el amanecer, nos alcanzará el castigo. Vamos ahora a dar la noticia en el palacio del rey».
7:10 Fueron, llamaron a los porteros de la ciudad y les informaron: «Llegamos al campamento de Aram y no había allí nadie, ni se oía voz humana. Solo había caballos atados, burros atados y las tiendas tal como estaban».
7:11 Llamaron a los porteros, y estos llevaron la noticia al interior del palacio del rey.
7:12 El rey se levantó de noche y dijo a sus servidores: «Les explicaré lo que nos han hecho los arameos. Saben que tenemos hambre, por eso han salido del campamento a esconderse en el campo, pensando: “Cuando salgan de la ciudad, los capturaremos vivos y entraremos en la ciudad”».
7:13 Uno de sus servidores respondió: «Que tomen cinco de los caballos que quedan en la ciudad. Al fin y al cabo, les espera lo mismo que a toda la multitud de Israel que queda aquí, lo mismo que a toda la multitud de Israel que ha perecido. Enviémoslos para ver qué ocurre».
7:14 Tomaron dos carros con caballos, y el rey los envió tras el ejército de Aram, diciendo: «Vayan y vean».
7:15 Los siguieron hasta el Jordán. Todo el camino estaba lleno de ropa y objetos que los arameos habían arrojado en su huida precipitada. Los mensajeros regresaron e informaron al rey.
Se cumple la palabra del SEÑOR
7:16 Entonces la gente salió y saqueó el campamento de Aram. Se vendieron unos siete litros de harina fina por once gramos de plata y unos catorce litros de cebada por once gramos de plata, conforme a la palabra del SEÑOR.
7:17 El rey había puesto a cargo de la puerta al oficial en cuyo brazo se apoyaba. La gente lo pisoteó a la entrada y murió, tal como había dicho el hombre de Dios cuando el rey bajó a verlo.
7:18 Sucedió tal como el hombre de Dios había dicho al rey: «Mañana, a esta hora, a la puerta de Samaria se venderán unos catorce litros de cebada por once gramos de plata y unos siete litros de harina fina por once gramos de plata».
7:19 El oficial había respondido al hombre de Dios: «Aunque el SEÑOR abriera ventanas en el cielo, ¿podría suceder eso?». Y él le había dicho: «Lo verás con tus propios ojos, pero no comerás de ello».
7:20 Y así le sucedió: la gente lo pisoteó a la entrada y murió.

Capítulo 8
Los bienes de la sunamita devueltos
8:1 Eliseo había dicho a la mujer a cuyo hijo había devuelto la vida: «Levántate y vete con tu familia a residir donde puedas, porque el SEÑOR ha llamado al hambre, y vendrá sobre el país durante siete años».
8:2 La mujer se levantó e hizo conforme a la palabra del hombre de Dios. Se fue con su familia y residió en la tierra de los filisteos durante siete años.
8:3 Al terminar los siete años, la mujer regresó de la tierra de los filisteos y fue a implorar al rey por su casa y su campo.
8:4 El rey estaba hablando con Giezi, criado del hombre de Dios, y le decía: «Cuéntame, por favor, todas las grandes cosas que ha hecho Eliseo».
8:5 Mientras Giezi contaba al rey cómo Eliseo había devuelto la vida a un muerto, llegó la mujer a cuyo hijo Eliseo había devuelto la vida, implorando al rey por su casa y su campo. Giezi dijo: «Mi señor el rey, esta es la mujer, y este es su hijo, al que Eliseo devolvió la vida».
8:6 El rey preguntó a la mujer y ella se lo contó. Entonces el rey le asignó un funcionario y dijo: «Devuélvele todo lo que le pertenece, y toda la producción del campo desde el día en que dejó el país hasta ahora».
Hazael reina en Siria
8:7 Eliseo llegó a Damasco cuando Ben-adad, rey de Aram, estaba enfermo. Le avisaron al rey: «El hombre de Dios ha venido hasta aquí».
8:8 El rey dijo a Hazael: «Toma un regalo y ve al encuentro del hombre de Dios. Consulta por medio de él al SEÑOR, preguntando: “¿Me recuperaré de esta enfermedad?”».
8:9 Hazael fue a su encuentro llevando un regalo de todos los buenos productos de Damasco: la carga de cuarenta camellos. Se presentó ante él y dijo: «Tu hijo Ben-adad, rey de Aram, me ha enviado a preguntarte: “¿Me recuperaré de esta enfermedad?”».
8:10 Eliseo le respondió: «Ve y dile: “Sin duda te recuperarás”. Sin embargo, el SEÑOR me ha mostrado que ciertamente morirá».
8:11 Fijó la mirada en él hasta hacerlo sentir avergonzado. Entonces el hombre de Dios se puso a llorar.
8:12 Hazael preguntó: «¿Por qué llora mi señor?». Él respondió: «Porque sé el mal que harás a los hijos de Israel. Incendiarás sus fortalezas, matarás a espada a sus jóvenes, estrellarás a sus niños y abrirás el vientre a sus mujeres embarazadas».
8:13 Hazael dijo: «¿Qué es tu siervo, este perro, para hacer algo tan grande?». Eliseo respondió: «El SEÑOR me ha mostrado que serás rey de Aram».
8:14 Hazael dejó a Eliseo y regresó a su señor, quien le preguntó: «¿Qué te dijo Eliseo?». Él respondió: «Me dijo que sin duda te recuperarás».
8:15 Al día siguiente tomó una manta, la empapó en agua y la extendió sobre el rostro del rey, y este murió. Hazael reinó en su lugar.
Reinado de Joram de Judá
Texto relacionado: 2 Crónicas 21:1–20
8:16 En el quinto año de Joram hijo de Acab, rey de Israel, cuando Josafat era rey de Judá, comenzó a reinar Joram hijo de Josafat, rey de Judá.
8:17 Tenía treinta y dos años cuando comenzó a reinar y reinó ocho años en Jerusalén.
8:18 Siguió el camino de los reyes de Israel, como había hecho la casa de Acab, pues estaba casado con una hija de Acab. Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR.
8:19 Sin embargo, el SEÑOR no quiso destruir a Judá por amor a su siervo David, pues le había prometido darle una lámpara para sus hijos por siempre.
8:20 En sus días, Edom se rebeló contra el dominio de Judá y puso un rey sobre sí.
8:21 Joram marchó a Zair con todos sus carros. Se levantó de noche y atacó a los edomitas que lo tenían cercado a él y a los jefes de los carros, pero el ejército huyó a sus tiendas.
8:22 Así Edom se libró del dominio de Judá hasta el día de hoy. También Libna se rebeló por aquel tiempo.
8:23 Los demás hechos de Joram y todo lo que hizo, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?
8:24 Joram descansó con sus padres y fue sepultado con ellos en la ciudad de David. Su hijo Ocozías reinó en su lugar.
Reinado de Ocozías de Judá
Texto relacionado: 2 Crónicas 22:1–6
8:25 En el año doce de Joram hijo de Acab, rey de Israel, comenzó a reinar Ocozías hijo de Joram, rey de Judá.
8:26 Ocozías tenía veintidós años cuando comenzó a reinar y reinó un año en Jerusalén. Su madre se llamaba Atalía, nieta de Omri, rey de Israel.
8:27 Siguió el camino de la casa de Acab e hizo lo malo a los ojos del SEÑOR, como la casa de Acab, porque estaba emparentado por matrimonio con la casa de Acab.
8:28 Fue con Joram hijo de Acab a la guerra contra Hazael, rey de Aram, en Ramot de Galaad. Los arameos hirieron a Joram.
8:29 El rey Joram regresó a Jezreel para recuperarse de las heridas que los arameos le habían causado en Ramot cuando luchaba contra Hazael, rey de Aram. Ocozías hijo de Joram, rey de Judá, bajó a Jezreel para visitar a Joram hijo de Acab, porque estaba enfermo.

Capítulo 9
Jehú es ungido rey de Israel
9:1 El profeta Eliseo llamó a uno de los hijos de los profetas y le dijo: «Cíñete la cintura, toma este frasco de aceite y ve a Ramot de Galaad.
9:2 Cuando llegues, busca a Jehú hijo de Josafat, hijo de Nimsi. Entra, haz que se levante de entre sus compañeros y llévalo a una habitación interior.
9:3 Toma el frasco de aceite, derrámalo sobre su cabeza y di: “Así dice el SEÑOR: Te he ungido rey sobre Israel”. Después abre la puerta y huye sin esperar».
9:4 El joven, que era profeta, fue a Ramot de Galaad.
9:5 Al entrar, encontró sentados a los jefes del ejército y dijo: «Tengo un mensaje para ti, comandante». Jehú preguntó: «¿Para cuál de nosotros?». Él respondió: «Para ti, comandante».
9:6 Jehú se levantó y entró en la casa. El joven derramó el aceite sobre su cabeza y le dijo: «Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: Te he ungido rey sobre el pueblo del SEÑOR, sobre Israel.
9:7 Herirás a la casa de Acab, tu señor, y yo vengaré en Jezabel la sangre de mis siervos los profetas y la sangre de todos los siervos del SEÑOR.
9:8 Toda la casa de Acab perecerá. Exterminaré de la casa de Acab a todo varón en Israel, tanto esclavo como libre.
9:9 Haré que la casa de Acab sea como la casa de Jeroboam hijo de Nabat y como la casa de Baasa hijo de Ahías.
9:10 Los perros devorarán a Jezabel en el terreno de Jezreel y no habrá quien la sepulte». Entonces abrió la puerta y huyó.
Los comandantes proclaman rey a Jehú
9:11 Jehú salió a donde estaban los servidores de su señor. Uno le preguntó: «¿Todo está bien? ¿Por qué vino ese loco a verte?». Él respondió: «Ustedes conocen a ese hombre y su manera de hablar».
9:12 Ellos dijeron: «¡Eso es mentira! Dínoslo». Él respondió: «Me dijo esto y aquello, y añadió: “Así dice el SEÑOR: Te he ungido rey sobre Israel”».
9:13 Enseguida cada uno tomó su manto y lo extendió debajo de él, sobre las gradas. Tocaron el cuerno y proclamaron: «¡Jehú es rey!».
Jehú mata a Joram
9:14 Así Jehú hijo de Josafat, hijo de Nimsi, conspiró contra Joram. Joram y todo Israel habían estado defendiendo Ramot de Galaad contra Hazael, rey de Aram.
9:15 Pero el rey Joram había regresado a Jezreel para curarse de las heridas que los arameos le habían causado cuando luchaba contra Hazael, rey de Aram. Jehú dijo: «Si están de acuerdo, no dejen que nadie escape de la ciudad para ir a dar aviso a Jezreel».
9:16 Jehú subió a su carro y fue a Jezreel, porque Joram estaba allí acostado. Ocozías, rey de Judá, también había bajado a visitar a Joram.
9:17 El centinela que estaba en la torre de Jezreel vio llegar a la tropa de Jehú y dijo: «Veo una tropa». Joram ordenó: «Toma un jinete y envíalo a su encuentro para que pregunte: “¿Vienen en paz?”».
9:18 El jinete salió a su encuentro y dijo: «Así dice el rey: “¿Vienes en paz?”». Jehú respondió: «¿Qué tienes tú que ver con la paz? Ponte detrás de mí». El centinela informó: «El mensajero ha llegado hasta ellos, pero no regresa».
9:19 Envió a un segundo jinete, que llegó hasta ellos y dijo: «Así dice el rey: “¿Hay paz?”». Jehú respondió: «¿Qué tienes tú que ver con la paz? Ponte detrás de mí».
9:20 El centinela informó: «Ha llegado hasta ellos, pero no regresa. La manera de conducir es la de Jehú hijo de Nimsi, porque conduce como un loco».
9:21 Joram ordenó: «Engancha el carro». Cuando engancharon su carro, Joram, rey de Israel, y Ocozías, rey de Judá, salieron cada uno en su carro al encuentro de Jehú. Lo encontraron en el terreno de Nabot de Jezreel.
9:22 Al ver a Jehú, Joram preguntó: «¿Vienes en paz, Jehú?». Él respondió: «¿Cómo puede haber paz mientras continúen las prostituciones de tu madre Jezabel y sus muchas hechicerías?».
9:23 Joram dio vuelta a las riendas y huyó, diciendo a Ocozías: «¡Traición, Ocozías!».
9:24 Jehú tensó el arco con toda su fuerza e hirió a Joram entre los hombros. La flecha le atravesó el corazón, y él se desplomó en su carro.
La sentencia contra Acab y el terreno de Nabot
9:25 Jehú dijo a su oficial Bidcar: «Tómalo y arrójalo en el terreno de Nabot de Jezreel. Recuerda que tú y yo cabalgábamos juntos detrás de Acab, su padre, cuando el SEÑOR pronunció contra él esta sentencia:
9:26 “Ciertamente ayer vi la sangre de Nabot y la sangre de sus hijos —declara el SEÑOR—, y te daré tu paga en este mismo terreno —declara el SEÑOR—”. Ahora tómalo y arrójalo en ese terreno, conforme a la palabra del SEÑOR».
Jehú mata a Ocozías
Texto relacionado: 2 Crónicas 22:7–9
9:27 Al ver esto, Ocozías, rey de Judá, huyó por el camino de Bet-hagán. Jehú lo persiguió y dijo: «¡Hiéranlo también a él en su carro, en la subida de Gur, junto a Ibleam!». Ocozías huyó a Meguido y murió allí.
9:28 Sus servidores lo llevaron en un carro a Jerusalén y lo sepultaron en su tumba, con sus padres, en la ciudad de David.
9:29 Ocozías había comenzado a reinar sobre Judá en el año once de Joram hijo de Acab.
Muerte de Jezabel
9:30 Jehú llegó a Jezreel. Cuando Jezabel se enteró, se pintó los ojos, se arregló el cabello y se asomó a la ventana.
9:31 Al entrar Jehú por la puerta, ella dijo: «¿Vienes en paz, Zimri, asesino de tu señor?».
9:32 Él levantó el rostro hacia la ventana y preguntó: «¿Quién está conmigo? ¿Quién?». Dos o tres eunucos se asomaron hacia él.
9:33 Él dijo: «¡Arrójenla abajo!». La arrojaron, y su sangre salpicó la pared y los caballos, y él la pisoteó.
9:34 Entró, comió y bebió. Después dijo: «Encárguense de esa maldita y sepúltenla, porque es hija de rey».
9:35 Fueron a sepultarla, pero solo encontraron el cráneo, los pies y las palmas de las manos.
9:36 Regresaron y se lo contaron. Él dijo: «Esta es la palabra del SEÑOR que habló por medio de su siervo Elías el tisbita: “En el terreno de Jezreel los perros devorarán la carne de Jezabel.
9:37 El cadáver de Jezabel será como estiércol sobre la superficie del campo en el terreno de Jezreel, de modo que nadie podrá decir: Esta es Jezabel”».

Capítulo 10
Jehú extermina la casa de Acab
10:1 Acab tenía setenta hijos en Samaria. Jehú escribió cartas y las envió a Samaria, a los jefes de Jezreel, a los ancianos y a los tutores de los hijos de Acab, diciendo:
10:2 «Cuando reciban esta carta, ustedes que tienen consigo a los hijos de su señor, carros, caballos, una ciudad fortificada y armas,
10:3 escojan al mejor y más apto de los hijos de su señor, pónganlo en el trono de su padre y luchen por la casa de su señor».
10:4 Pero ellos tuvieron muchísimo miedo y dijeron: «Dos reyes no pudieron hacerle frente; ¿cómo podremos nosotros?».
10:5 El encargado del palacio, el gobernador de la ciudad, los ancianos y los tutores enviaron este mensaje a Jehú: «Somos tus siervos y haremos todo lo que nos digas. No proclamaremos rey a nadie. Haz lo que te parezca bien».
10:6 Él les escribió una segunda carta: «Si están de mi parte y me obedecen, tomen las cabezas de los hijos de su señor y vengan a verme a Jezreel mañana a esta hora». Los setenta hijos del rey estaban con los principales de la ciudad, que los criaban.
10:7 Cuando les llegó la carta, tomaron a los setenta hijos del rey y los degollaron. Pusieron sus cabezas en cestos y se las enviaron a Jehú a Jezreel.
10:8 Llegó un mensajero y le informó: «Han traído las cabezas de los hijos del rey». Él ordenó: «Pónganlas en dos montones a la entrada de la puerta hasta la mañana».
10:9 Por la mañana salió, se puso de pie y dijo a todo el pueblo: «Ustedes son inocentes. Yo conspiré contra mi señor y lo maté, pero ¿quién mató a todos estos?
10:10 Sepan, pues, que no caerá a tierra ninguna palabra del SEÑOR de las que pronunció el SEÑOR contra la casa de Acab. El SEÑOR ha hecho lo que dijo por medio de su siervo Elías».
10:11 Jehú mató a todos los que quedaban de la casa de Acab en Jezreel, a todos sus principales, sus allegados y sus sacerdotes, hasta no dejarle ningún sobreviviente.
Jehú se dirige a Samaria
10:12 Luego partió y se dirigió a Samaria. En el camino, estando en Bet-equed de los Pastores,
10:13 Jehú encontró a unos parientes de Ocozías, rey de Judá, y preguntó: «¿Quiénes son ustedes?». Ellos respondieron: «Somos parientes de Ocozías y bajamos a saludar a los hijos del rey y a los hijos de la reina madre».
10:14 Él ordenó: «¡Captúrenlos vivos!». Los capturaron vivos y los degollaron junto a la cisterna de Bet-equed: cuarenta y dos hombres. No dejó con vida a ninguno.
10:15 Al salir de allí, encontró a Jonadab hijo de Recab, que venía a recibirlo. Lo saludó y le preguntó: «¿Es tu corazón sincero conmigo como el mío lo es contigo?». Jonadab respondió: «Lo es». «Si lo es, dame la mano». Le dio la mano, y Jehú lo hizo subir con él al carro.
10:16 Le dijo: «Ven conmigo y verás mi celo por el SEÑOR». Y lo llevaron en su carro.
10:17 Cuando Jehú llegó a Samaria, mató a todos los que quedaban de Acab en Samaria hasta exterminarlos, conforme a la palabra que el SEÑOR había dicho a Elías.
Jehú extermina el culto de Baal
10:18 Jehú reunió a todo el pueblo y les dijo: «Acab sirvió poco a Baal; Jehú lo servirá mucho.
10:19 Ahora convoquen a todos los profetas de Baal, a todos sus servidores y a todos sus sacerdotes. Que no falte nadie, porque tengo un gran sacrificio para Baal. El que falte no vivirá». Pero Jehú actuaba con engaño para exterminar a los servidores de Baal.
10:20 Jehú dijo: «Consagren una asamblea solemne para Baal». Y la proclamaron.
10:21 Jehú envió aviso por todo Israel. Llegaron todos los servidores de Baal; no quedó nadie sin venir. Entraron en el templo de Baal, que se llenó de un extremo al otro.
10:22 Dijo al encargado del guardarropa: «Saca vestiduras para todos los servidores de Baal». Y les sacó las vestiduras.
10:23 Jehú y Jonadab hijo de Recab entraron en el templo de Baal. Jehú dijo a los servidores de Baal: «Revisen bien que no haya aquí entre ustedes ningún siervo del SEÑOR, sino únicamente servidores de Baal».
10:24 Entraron para ofrecer sacrificios y holocaustos. Jehú había puesto afuera a ochenta hombres y les había dicho: «Si escapa alguno de los hombres que pongo en sus manos, quien lo deje escapar pagará con su vida».
10:25 Cuando terminó de ofrecer el holocausto, Jehú dijo a los guardias y a los oficiales: «¡Entren y mátenlos! ¡Que no salga nadie!». Los mataron a filo de espada. Los guardias y los oficiales arrojaron los cuerpos y penetraron hasta el recinto del templo de Baal.
10:26 Sacaron las columnas sagradas del templo de Baal y las quemaron.
10:27 Derribaron la columna de Baal, demolieron el templo de Baal y lo convirtieron en letrinas, que permanecen hasta el día de hoy.
10:28 Así Jehú eliminó a Baal de Israel.
El balance del reinado de Jehú
10:29 Sin embargo, Jehú no se apartó de los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, con los que había hecho pecar a Israel: los becerros de oro de Betel y de Dan.
10:30 El SEÑOR dijo a Jehú: «Porque has obrado bien al hacer lo recto a mis ojos y has hecho a la casa de Acab todo lo que estaba en mi corazón, tus hijos se sentarán en el trono de Israel hasta la cuarta generación».
10:31 Pero Jehú no se cuidó de seguir con todo su corazón la ley del SEÑOR, Dios de Israel. No se apartó de los pecados de Jeroboam, con los que había hecho pecar a Israel.
Hazael reduce el territorio de Israel
10:32 En aquellos días, el SEÑOR comenzó a recortar el territorio de Israel. Hazael los derrotó por todo el territorio de Israel:
10:33 al este del Jordán, toda la tierra de Galaad, la de Gad, Rubén y Manasés, desde Aroer, junto al torrente Arnón, tanto Galaad como Basán.
10:34 Los demás hechos de Jehú, todo lo que hizo y todas sus proezas, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel?
10:35 Jehú descansó con sus padres y lo sepultaron en Samaria. Su hijo Joacaz reinó en su lugar.
10:36 Jehú reinó sobre Israel en Samaria durante veintiocho años.

Capítulo 11
Atalía usurpa el trono
Texto relacionado: 2 Crónicas 22:10–23:21
11:1 Cuando Atalía, madre de Ocozías, vio que su hijo había muerto, se levantó y destruyó a toda la descendencia real.
11:2 Pero Josaba, hija del rey Joram y hermana de Ocozías, tomó a Joás hijo de Ocozías y lo sacó a escondidas de entre los hijos del rey a quienes estaban matando. Lo puso con su nodriza en el dormitorio. Lo ocultaron de Atalía, y así no fue muerto.
11:3 Permaneció escondido con ella en la casa del SEÑOR durante seis años, mientras Atalía reinaba sobre el país.
Joiada prepara la proclamación de Joás
11:4 En el séptimo año, Joiada mandó llamar a los jefes de cien de los carios y de la guardia, y los hizo venir a él a la casa del SEÑOR. Hizo un pacto con ellos, les tomó juramento en la casa del SEÑOR y les mostró al hijo del rey.
11:5 Les dio estas órdenes: «Esto es lo que harán: la tercera parte de ustedes que entra de servicio el sábado hará guardia en el palacio del rey;
11:6 otra tercera parte estará en la puerta de Sur, y la otra tercera parte en la puerta detrás de la guardia. Así protegerán el palacio para impedir que irrumpan en él.
11:7 Las otras dos secciones de ustedes, todos los que salen de servicio el sábado, harán guardia en la casa del SEÑOR junto al rey.
11:8 Rodearán al rey por todos lados, cada uno con sus armas en la mano. El que penetre en las filas será muerto. Estén con el rey cuando salga y cuando entre».
11:9 Los jefes de cien hicieron todo lo que les había ordenado el sacerdote Joiada. Cada uno tomó a sus hombres, tanto a los que entraban de servicio el sábado como a los que salían, y fueron al sacerdote Joiada.
11:10 El sacerdote dio a los jefes de cien las lanzas y los escudos del rey David que estaban en la casa del SEÑOR.
11:11 Los guardias se apostaron, cada uno con sus armas en la mano, desde el lado derecho de la casa hasta el lado izquierdo, junto al altar y la casa, rodeando al rey.
Joás es proclamado rey
11:12 Joiada sacó al hijo del rey, le puso la corona y le entregó el testimonio. Lo proclamaron rey y lo ungieron. Dieron palmadas y dijeron: «¡Viva el rey!».
11:13 Atalía oyó el ruido de los guardias y del pueblo, y fue a donde estaba la gente en la casa del SEÑOR.
11:14 Vio al rey de pie junto a la columna, según la costumbre, con los jefes y los trompeteros junto a él. Todo el pueblo del país estaba alegre y tocaban las trompetas. Atalía rasgó su ropa y gritó: «¡Traición, traición!».
11:15 El sacerdote Joiada dio órdenes a los jefes de cien que estaban al mando del ejército: «Sáquenla fuera entre las filas, y maten a espada al que la siga». Porque el sacerdote había dicho: «Que no sea muerta en la casa del SEÑOR».
11:16 Le echaron mano y la llevaron por el camino de la entrada de los caballos al palacio del rey, y allí la mataron.
El pacto y la renovación de Judá
11:17 Joiada hizo un pacto entre el SEÑOR, el rey y el pueblo, para que fueran pueblo del SEÑOR; también hizo un pacto entre el rey y el pueblo.
11:18 Todo el pueblo del país entró en el templo de Baal y lo demolió. Hicieron pedazos sus altares y sus imágenes, y mataron a Matán, sacerdote de Baal, ante los altares. El sacerdote puso guardias en la casa del SEÑOR.
11:19 Tomó a los jefes de cien, a los carios, a la guardia y a todo el pueblo del país. Bajaron al rey desde la casa del SEÑOR y entraron en el palacio por la puerta de la guardia. El rey se sentó en el trono real.
11:20 Todo el pueblo del país se alegró y la ciudad quedó tranquila, pues habían matado a espada a Atalía en el palacio del rey.
11:21 Joás tenía siete años cuando comenzó a reinar.

Capítulo 12
Reinado de Joás de Judá
Texto relacionado: 2 Crónicas 24:1–27
12:1 Joás comenzó a reinar en el séptimo año de Jehú y reinó cuarenta años en Jerusalén. Su madre se llamaba Sibia y era de Beerseba.
12:2 Joás hizo lo recto a los ojos del SEÑOR todos los días en que lo instruyó el sacerdote Joiada.
12:3 Sin embargo, no se quitaron los lugares altos; el pueblo seguía ofreciendo sacrificios y quemando incienso en los lugares altos.
La reparación del templo
12:4 Joás dijo a los sacerdotes: «Todo el dinero de las cosas consagradas que se trae a la casa del SEÑOR, el dinero del censo, el dinero de la valoración de las personas y todo el dinero que cada uno decida de corazón traer a la casa del SEÑOR,
12:5 recíbanlo los sacerdotes de sus respectivos conocidos y reparen los daños de la casa dondequiera que se encuentren».
12:6 Pero en el año veintitrés del rey Joás, los sacerdotes aún no habían reparado los daños de la casa.
12:7 El rey Joás llamó al sacerdote Joiada y a los demás sacerdotes, y les preguntó: «¿Por qué no reparan los daños de la casa? Dejen de recibir dinero de sus conocidos y entréguenlo para reparar la casa».
12:8 Los sacerdotes aceptaron no seguir recibiendo dinero del pueblo ni encargarse de reparar los daños de la casa.
La nueva administración de las ofrendas
12:9 El sacerdote Joiada tomó un cofre, hizo un agujero en su tapa y lo colocó junto al altar, a la derecha de quien entra en la casa del SEÑOR. Los sacerdotes que guardaban la entrada depositaban allí todo el dinero que se traía a la casa del SEÑOR.
12:10 Cuando veían que había mucho dinero en el cofre, subían el secretario del rey y el sumo sacerdote, y embolsaban y contaban el dinero que se encontraba en la casa del SEÑOR.
12:11 Entregaban el dinero pesado a los encargados de supervisar la obra de la casa del SEÑOR. Estos lo empleaban en pagar a los carpinteros y a los constructores que trabajaban en la casa del SEÑOR,
12:12 a los albañiles y a los canteros, y en comprar madera y piedra labrada para reparar los daños de la casa del SEÑOR, así como en todos los gastos de su reparación.
12:13 Pero con el dinero que se traía a la casa del SEÑOR no se hacían copas de plata, despabiladeras, tazones, trompetas ni utensilios de oro o de plata para la casa del SEÑOR.
12:14 Se lo entregaban a los que hacían la obra, y con él reparaban la casa del SEÑOR.
12:15 No pedían cuentas a los hombres en cuyas manos entregaban el dinero para pagar a los trabajadores, porque actuaban con fidelidad.
12:16 El dinero de las ofrendas por la culpa y de las ofrendas por el pecado no se llevaba a la casa del SEÑOR; pertenecía a los sacerdotes.
Hazael amenaza Jerusalén
12:17 Por entonces, Hazael, rey de Aram, subió a luchar contra Gat y la capturó. Después se dispuso a subir contra Jerusalén.
12:18 Joás, rey de Judá, tomó todas las cosas que habían consagrado sus padres Josafat, Joram y Ocozías, reyes de Judá, las que él mismo había consagrado y todo el oro que había en los tesoros de la casa del SEÑOR y del palacio del rey. Se lo envió a Hazael, rey de Aram, y este se retiró de Jerusalén.
12:19 Los demás hechos de Joás y todo lo que hizo, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?
La muerte de Joás
12:20 Sus servidores se levantaron, tramaron una conspiración y mataron a Joás en Bet-milo, en la bajada a Sila.
12:21 Sus servidores Jozabad hijo de Simeat y Jozabad hijo de Somer lo hirieron, y murió. Lo sepultaron con sus padres en la ciudad de David, y su hijo Amasías reinó en su lugar.

Capítulo 13
Reinado de Joacaz
13:1 En el año veintitrés de Joás hijo de Ocozías, rey de Judá, Joacaz hijo de Jehú comenzó a reinar sobre Israel en Samaria, y reinó diecisiete años.
13:2 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR y siguió los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, con los que había hecho pecar a Israel. No se apartó de ellos.
13:3 La ira del SEÑOR se encendió contra Israel, y los entregó en manos de Hazael, rey de Aram, y de Ben-adad hijo de Hazael durante todo aquel tiempo.
13:4 Pero Joacaz suplicó al SEÑOR, y el SEÑOR lo escuchó, porque vio cómo el rey de Aram oprimía a Israel.
13:5 El SEÑOR dio a Israel un libertador, y salieron del dominio de Aram. Los hijos de Israel volvieron a habitar en sus tiendas como antes.
13:6 Sin embargo, no se apartaron de los pecados de la casa de Jeroboam, con los que había hecho pecar a Israel, sino que siguieron en ellos. También el poste de Asera permaneció en Samaria.
13:7 A Joacaz no le habían quedado más que cincuenta jinetes, diez carros y diez mil soldados de infantería, porque el rey de Aram los había destruido y los había dejado como polvo al trillar.
13:8 Los demás hechos de Joacaz, todo lo que hizo y sus proezas, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel?
13:9 Joacaz descansó con sus padres y lo sepultaron en Samaria. Su hijo Joás reinó en su lugar.
Reinado de Joás de Israel
13:10 En el año treinta y siete de Joás, rey de Judá, Joás hijo de Joacaz comenzó a reinar sobre Israel en Samaria, y reinó dieciséis años.
13:11 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR. No se apartó de ninguno de los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, con los que había hecho pecar a Israel, sino que siguió en ellos.
13:12 Los demás hechos de Joás, todo lo que hizo y las proezas con que luchó contra Amasías, rey de Judá, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel?
13:13 Joás descansó con sus padres y Jeroboam se sentó en su trono. Joás fue sepultado en Samaria con los reyes de Israel.
Profecía final y muerte de Eliseo
13:14 Eliseo había enfermado de la enfermedad de la que moriría. Joás, rey de Israel, bajó a verlo y lloró sobre él, diciendo: «¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y sus jinetes!».
13:15 Eliseo le dijo: «Toma un arco y unas flechas». Él tomó un arco y unas flechas.
13:16 Entonces dijo al rey de Israel: «Pon la mano sobre el arco». Él puso la mano, y Eliseo colocó sus manos sobre las manos del rey.
13:17 Le dijo: «Abre la ventana hacia el este». Él la abrió, y Eliseo dijo: «¡Dispara!». Él disparó, y Eliseo declaró: «¡Flecha de victoria del SEÑOR, flecha de victoria contra Aram! Derrotarás a Aram en Afec hasta acabar con él».
13:18 Luego dijo: «Toma las flechas». Él las tomó, y Eliseo dijo al rey de Israel: «Golpea la tierra». Él golpeó tres veces y se detuvo.
13:19 El hombre de Dios se enojó con él y dijo: «Debiste golpear cinco o seis veces; entonces habrías derrotado a Aram hasta acabar con él. Pero ahora solo derrotarás a Aram tres veces».
13:20 Eliseo murió y lo sepultaron. Al comenzar el año, bandas de moabitas solían invadir el país.
13:21 Unos hombres estaban sepultando a un hombre cuando vieron una de esas bandas. Arrojaron al muerto en la tumba de Eliseo. Al llegar a tocar los huesos de Eliseo, el hombre revivió y se puso de pie.
La recuperación de las ciudades de Israel
13:22 Hazael, rey de Aram, había oprimido a Israel durante todos los días de Joacaz.
13:23 Pero el SEÑOR les mostró su favor, tuvo compasión de ellos y se volvió hacia ellos a causa de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. No quiso destruirlos ni los había arrojado de su presencia hasta entonces.
13:24 Hazael, rey de Aram, murió y su hijo Ben-adad reinó en su lugar.
13:25 Joás hijo de Joacaz recuperó de manos de Ben-adad hijo de Hazael las ciudades que Hazael había tomado en la guerra a Joacaz, el padre de Joás. Joás lo derrotó tres veces y recuperó las ciudades de Israel.

Capítulo 14
Reinado de Amasías
Texto relacionado: 2 Crónicas 25:1–28
14:1 En el segundo año de Joás hijo de Joacaz, rey de Israel, comenzó a reinar Amasías hijo de Joás, rey de Judá.
14:2 Tenía veinticinco años cuando comenzó a reinar y reinó veintinueve años en Jerusalén. Su madre se llamaba Joadán y era de Jerusalén.
14:3 Hizo lo recto a los ojos del SEÑOR, aunque no como David su padre. Hizo todo como lo había hecho su padre Joás.
14:4 Sin embargo, no se quitaron los lugares altos; el pueblo seguía ofreciendo sacrificios y quemando incienso en los lugares altos.
El castigo de los asesinos de Joás
14:5 Cuando el reino quedó firme en sus manos, mató a los servidores que habían matado al rey, su padre.
14:6 Pero no dio muerte a los hijos de los asesinos, conforme a lo escrito en el libro de la ley de Moisés, donde el SEÑOR había ordenado: «No se dará muerte a los padres por los hijos, ni a los hijos por los padres; cada uno será muerto por su propio pecado».
Amasías derrota a Edom
14:7 Derrotó a diez mil edomitas en el valle de la Sal y tomó Sela en batalla. La llamó Jocteel, nombre que conserva hasta el día de hoy.
La guerra entre Amasías y Joás
14:8 Entonces Amasías envió mensajeros a Joás hijo de Joacaz, hijo de Jehú, rey de Israel, diciendo: «Ven, enfrentémonos cara a cara».
14:9 Joás, rey de Israel, envió esta respuesta a Amasías, rey de Judá: «El cardo del Líbano envió a decir al cedro del Líbano: “Da tu hija por esposa a mi hijo”. Pero pasó un animal salvaje del Líbano y pisoteó el cardo.
14:10 Es cierto que has derrotado a Edom y tu corazón se ha llenado de orgullo. Disfruta de tu gloria y quédate en casa. ¿Para qué provocar una desgracia y caer tú y Judá contigo?».
14:11 Pero Amasías no escuchó. Joás, rey de Israel, subió, y él y Amasías, rey de Judá, se enfrentaron cara a cara en Bet-semes, que pertenece a Judá.
14:12 Judá fue derrotado por Israel y cada uno huyó a su tienda.
14:13 Joás, rey de Israel, capturó en Bet-semes a Amasías, rey de Judá, hijo de Joás, hijo de Ocozías. Fue a Jerusalén y abrió una brecha de unos ciento ochenta metros en su muralla, desde la puerta de Efraín hasta la puerta de la Esquina.
14:14 Se llevó todo el oro, la plata y los utensilios que había en la casa del SEÑOR y en los tesoros del palacio del rey. Tomó también rehenes y regresó a Samaria.
14:15 Los demás hechos de Joás, lo que hizo, sus proezas y cómo luchó contra Amasías, rey de Judá, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel?
14:16 Joás descansó con sus padres y fue sepultado en Samaria con los reyes de Israel. Su hijo Jeroboam reinó en su lugar.
El final de Amasías y la sucesión en Judá
14:17 Amasías hijo de Joás, rey de Judá, vivió quince años después de la muerte de Joás hijo de Joacaz, rey de Israel.
14:18 Los demás hechos de Amasías, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?
14:19 Tramaron una conspiración contra él en Jerusalén, y huyó a Laquis. Pero enviaron hombres tras él a Laquis y allí lo mataron.
14:20 Lo trajeron sobre caballos y fue sepultado en Jerusalén con sus padres, en la ciudad de David.
14:21 Todo el pueblo de Judá tomó a Azarías, que tenía dieciséis años, y lo proclamó rey en lugar de su padre Amasías.
14:22 Azarías reconstruyó Elat y la restituyó a Judá después de que el rey Amasías descansó con sus padres.
Reinado de Jeroboam II
14:23 En el año quince de Amasías hijo de Joás, rey de Judá, Jeroboam hijo de Joás comenzó a reinar sobre Israel en Samaria, y reinó cuarenta y un años.
14:24 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR y no se apartó de ninguno de los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, con los que había hecho pecar a Israel.
14:25 Restauró los límites de Israel desde la entrada de Hamat hasta el mar del Arabá, conforme a la palabra que el SEÑOR, Dios de Israel, había pronunciado por medio de su siervo el profeta Jonás hijo de Amitai, de Gat-hefer.
14:26 Porque el SEÑOR vio la aflicción de Israel, que era muy amarga; no quedaba esclavo ni libre, y nadie ayudaba a Israel.
14:27 El SEÑOR no había dicho que borraría el nombre de Israel de debajo del cielo, y los salvó por medio de Jeroboam hijo de Joás.
14:28 Los demás hechos de Jeroboam, todo lo que hizo, sus proezas en la guerra y cómo recuperó para Israel Damasco y Hamat, que habían pertenecido a Judá, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel?
14:29 Jeroboam descansó con sus padres, los reyes de Israel, y su hijo Zacarías reinó en su lugar.

Capítulo 15
Reinado de Azarías
Textos relacionados: 2 Crónicas 26:3–5; 2 Crónicas 26:16–23
15:1 En el año veintisiete de Jeroboam, rey de Israel, comenzó a reinar Azarías hijo de Amasías, rey de Judá.
15:2 Tenía dieciséis años cuando comenzó a reinar y reinó cincuenta y dos años en Jerusalén. Su madre se llamaba Jecolías y era de Jerusalén.
15:3 Hizo lo recto a los ojos del SEÑOR, conforme a todo lo que había hecho su padre Amasías.
15:4 Sin embargo, no se quitaron los lugares altos; el pueblo seguía ofreciendo sacrificios y quemando incienso en los lugares altos.
15:5 El SEÑOR hirió al rey, que permaneció leproso hasta el día de su muerte y vivió en una casa separada. Jotam, hijo del rey, estaba al frente del palacio y gobernaba al pueblo del país.
15:6 Los demás hechos de Azarías y todo lo que hizo, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?
15:7 Azarías descansó con sus padres y lo sepultaron con ellos en la ciudad de David. Su hijo Jotam reinó en su lugar.
Reinado de Zacarías
15:8 En el año treinta y ocho de Azarías, rey de Judá, Zacarías hijo de Jeroboam comenzó a reinar sobre Israel en Samaria, y reinó seis meses.
15:9 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR, como lo habían hecho sus padres. No se apartó de los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, con los que había hecho pecar a Israel.
15:10 Salum hijo de Jabes conspiró contra él, lo hirió ante el pueblo y lo mató. Luego reinó en su lugar.
15:11 Los demás hechos de Zacarías están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel.
15:12 Esta fue la palabra que el SEÑOR había dicho a Jehú: «Tus hijos se sentarán en el trono de Israel hasta la cuarta generación». Y así sucedió.
Reinado de Salum
15:13 Salum hijo de Jabes comenzó a reinar en el año treinta y nueve de Uzías, rey de Judá, y reinó un mes en Samaria.
15:14 Manahem hijo de Gadi subió de Tirsa, llegó a Samaria e hirió allí a Salum hijo de Jabes. Lo mató y reinó en su lugar.
15:15 Los demás hechos de Salum y la conspiración que tramó están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel.
Reinado de Manahem
15:16 Entonces Manahem atacó Tifsa, a todos sus habitantes y su territorio desde Tirsa. La atacó porque no le habían abierto las puertas, y abrió el vientre a todas sus mujeres embarazadas.
15:17 En el año treinta y nueve de Azarías, rey de Judá, Manahem hijo de Gadi comenzó a reinar sobre Israel en Samaria, y reinó diez años.
15:18 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR. Durante todos sus días no se apartó de los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, con los que había hecho pecar a Israel.
15:19 Pul, rey de Asiria, invadió el país. Manahem le entregó unas treinta y cuatro toneladas de plata para obtener su apoyo y afianzar el reino en sus manos.
15:20 Manahem recaudó la plata de Israel, de todos los hombres ricos, para dársela al rey de Asiria: unos quinientos setenta gramos de plata por cada uno. El rey de Asiria se retiró y no permaneció en el país.
15:21 Los demás hechos de Manahem y todo lo que hizo, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel?
15:22 Manahem descansó con sus padres y su hijo Pekaía reinó en su lugar.
Reinado de Pekaía
15:23 En el año cincuenta de Azarías, rey de Judá, Pekaía hijo de Manahem comenzó a reinar sobre Israel en Samaria, y reinó dos años.
15:24 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR. No se apartó de los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, con los que había hecho pecar a Israel.
15:25 Su oficial Peka hijo de Remalías conspiró contra él y lo hirió en Samaria, en la ciudadela del palacio del rey, y también a Argob y a Arie. Con Peka iban cincuenta hombres de Galaad. Mató a Pekaía y reinó en su lugar.
15:26 Los demás hechos de Pekaía y todo lo que hizo están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel.
Reinado de Peka
15:27 En el año cincuenta y dos de Azarías, rey de Judá, Peka hijo de Remalías comenzó a reinar sobre Israel en Samaria, y reinó veinte años.
15:28 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR. No se apartó de los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, con los que había hecho pecar a Israel.
15:29 En los días de Peka, rey de Israel, llegó Tiglat-pileser, rey de Asiria, y tomó Ijón, Abel-bet-maaca, Janoa, Cedes, Hazor, Galaad, Galilea y toda la tierra de Neftalí. Deportó a sus habitantes a Asiria.
15:30 Oseas hijo de Ela tramó una conspiración contra Peka hijo de Remalías, lo hirió y lo mató. Reinó en su lugar en el año veinte de Jotam hijo de Uzías.
15:31 Los demás hechos de Peka y todo lo que hizo están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel.
Reinado de Jotam
Texto relacionado: 2 Crónicas 27:1–9
15:32 En el segundo año de Peka hijo de Remalías, rey de Israel, comenzó a reinar Jotam hijo de Uzías, rey de Judá.
15:33 Tenía veinticinco años cuando comenzó a reinar y reinó dieciséis años en Jerusalén. Su madre se llamaba Jerusa, hija de Sadoc.
15:34 Hizo lo recto a los ojos del SEÑOR. Hizo todo como lo había hecho su padre Uzías.
15:35 Sin embargo, no se quitaron los lugares altos; el pueblo seguía ofreciendo sacrificios y quemando incienso en los lugares altos. Jotam construyó la puerta superior de la casa del SEÑOR.
15:36 Los demás hechos de Jotam y lo que hizo, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?
15:37 En aquellos días, el SEÑOR comenzó a enviar contra Judá a Rezín, rey de Aram, y a Peka hijo de Remalías.
15:38 Jotam descansó con sus padres y fue sepultado con ellos en la ciudad de David, su padre. Su hijo Acaz reinó en su lugar.

Capítulo 16
Reinado de Acaz
Texto relacionado: 2 Crónicas 28:1–27
16:1 En el año diecisiete de Peka hijo de Remalías, comenzó a reinar Acaz hijo de Jotam, rey de Judá.
16:2 Acaz tenía veinte años cuando comenzó a reinar y reinó dieciséis años en Jerusalén. No hizo lo recto a los ojos del SEÑOR su Dios, como David su padre.
16:3 Siguió el camino de los reyes de Israel e incluso hizo pasar por el fuego a su hijo, conforme a las prácticas detestables de las naciones que el SEÑOR había expulsado de delante de los hijos de Israel.
16:4 Ofreció sacrificios y quemó incienso en los lugares altos, en las colinas y debajo de todo árbol frondoso.
Acaz busca el apoyo de Asiria
16:5 Entonces Rezín, rey de Aram, y Peka hijo de Remalías, rey de Israel, subieron a Jerusalén para combatir. Sitiaron a Acaz, pero no pudieron vencerlo.
16:6 Por aquel tiempo, Rezín, rey de Aram, recuperó Elat para Aram y expulsó de Elat a los de Judá. Los edomitas llegaron a Elat y habitaron allí hasta el día de hoy.
16:7 Acaz envió mensajeros a Tiglat-pileser, rey de Asiria, diciendo: «Soy tu siervo y tu hijo. Sube y sálvame de manos del rey de Aram y del rey de Israel, que se han levantado contra mí».
16:8 Acaz tomó la plata y el oro que había en la casa del SEÑOR y en los tesoros del palacio del rey, y los envió como soborno al rey de Asiria.
16:9 El rey de Asiria lo escuchó. Subió contra Damasco y la capturó, deportó a sus habitantes a Kir y dio muerte a Rezín.
El altar de Damasco en Jerusalén
16:10 El rey Acaz fue a Damasco a encontrarse con Tiglat-pileser, rey de Asiria. Vio el altar que había en Damasco y envió al sacerdote Urías una reproducción del altar y el diseño con todos los detalles de su construcción.
16:11 El sacerdote Urías construyó el altar según todo lo que el rey Acaz había enviado desde Damasco. Así lo hizo el sacerdote Urías antes de que el rey Acaz regresara de Damasco.
16:12 Cuando el rey llegó de Damasco, vio el altar, se acercó a él y ofreció sacrificios sobre él.
16:13 Quemó su holocausto y su ofrenda de cereal, derramó su libación y roció sobre el altar la sangre de sus sacrificios de paz.
16:14 Retiró el altar de bronce que estaba ante el SEÑOR, frente a la casa, entre el nuevo altar y la casa del SEÑOR, y lo puso al lado norte del nuevo altar.
16:15 El rey Acaz ordenó al sacerdote Urías: «En el altar grande quema el holocausto de la mañana, la ofrenda de cereal de la tarde, el holocausto del rey y su ofrenda de cereal, y el holocausto de todo el pueblo del país con su ofrenda de cereal y sus libaciones. Rocía sobre él toda la sangre de los holocaustos y toda la sangre de los sacrificios. El altar de bronce quedará para que yo consulte en él».
16:16 El sacerdote Urías hizo todo lo que le había ordenado el rey Acaz.
Los cambios en el mobiliario y los accesos del templo
16:17 El rey Acaz cortó los paneles de los soportes y quitó las fuentes de encima de ellos. También bajó el Mar de los bueyes de bronce que había debajo y lo puso sobre un pavimento de piedra.
16:18 Por causa del rey de Asiria, modificó en la casa del SEÑOR el pórtico del sábado que habían construido en la casa y la entrada exterior del rey.
16:19 Los demás hechos de Acaz y lo que hizo, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?
16:20 Acaz descansó con sus padres y fue sepultado con ellos en la ciudad de David. Su hijo Ezequías reinó en su lugar.

Capítulo 17
Caída de Samaria y cautiverio de Israel
17:1 En el año doce de Acaz, rey de Judá, Oseas hijo de Ela comenzó a reinar en Samaria sobre Israel, y reinó nueve años.
17:2 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR, aunque no como los reyes de Israel que lo habían precedido.
17:3 Salmanasar, rey de Asiria, subió contra él. Oseas se hizo su servidor y le pagaba tributo.
17:4 Pero el rey de Asiria descubrió una conspiración de Oseas: había enviado mensajeros a So, rey de Egipto, y había dejado de entregar al rey de Asiria el tributo que pagaba año tras año. El rey de Asiria lo detuvo y lo encerró en prisión.
17:5 El rey de Asiria invadió todo el país, subió contra Samaria y la sitió durante tres años.
17:6 En el noveno año de Oseas, el rey de Asiria capturó Samaria y deportó a Israel a Asiria. Los estableció en Halah, junto al Habor, el río de Gozán, y en las ciudades de Media.
Por qué cayó el reino de Israel
17:7 Esto sucedió porque los hijos de Israel habían pecado contra el SEÑOR su Dios, que los había sacado de la tierra de Egipto, del poder del faraón, rey de Egipto, y habían temido a otros dioses.
17:8 Habían seguido las costumbres de las naciones que el SEÑOR había expulsado de delante de los hijos de Israel, y las que habían establecido los reyes de Israel.
17:9 Los hijos de Israel habían cometido en secreto cosas indebidas contra el SEÑOR su Dios. Se construyeron lugares altos en todas sus ciudades, desde las torres de vigilancia hasta las ciudades fortificadas.
17:10 Levantaron columnas sagradas y postes de Asera en toda colina alta y debajo de todo árbol frondoso.
17:11 Quemaron incienso en todos los lugares altos, como las naciones que el SEÑOR había expulsado de delante de ellos. Hicieron cosas malas, provocando a ira al SEÑOR.
17:12 Sirvieron a los ídolos, aunque el SEÑOR les había dicho: «No hagan esto».
Las advertencias rechazadas y el juicio
17:13 El SEÑOR había advertido a Israel y a Judá por medio de todos los profetas y de todos los videntes: «Vuélvanse de sus malos caminos y guarden mis mandamientos y mis estatutos, conforme a toda la ley que ordené a sus padres y que les envié por medio de mis siervos los profetas».
17:14 Pero no escucharon, sino que endurecieron la nuca como sus padres, que no habían creído en el SEÑOR su Dios.
17:15 Rechazaron sus estatutos, el pacto que había hecho con sus padres y las advertencias que les había dado. Siguieron la vanidad y se hicieron vanos; siguieron a las naciones de su alrededor, a las que el SEÑOR les había ordenado no imitar.
17:16 Abandonaron todos los mandamientos del SEÑOR su Dios. Se hicieron dos becerros de metal fundido y un poste de Asera, se inclinaron ante todo el ejército del cielo y sirvieron a Baal.
17:17 Hicieron pasar por el fuego a sus hijos y a sus hijas, practicaron adivinaciones y buscaron presagios. Se vendieron para hacer lo malo a los ojos del SEÑOR, provocándolo a ira.
17:18 El SEÑOR se enojó mucho contra Israel y los apartó de su presencia. Solo quedó la tribu de Judá.
17:19 Tampoco Judá guardó los mandamientos del SEÑOR su Dios, sino que siguió las costumbres que Israel había establecido.
17:20 El SEÑOR rechazó a toda la descendencia de Israel, los afligió y los entregó en manos de saqueadores hasta arrojarlos de su presencia.
17:21 Porque había separado a Israel de la casa de David, y ellos habían proclamado rey a Jeroboam hijo de Nabat. Jeroboam apartó a Israel de seguir al SEÑOR y les hizo cometer un gran pecado.
17:22 Los hijos de Israel siguieron todos los pecados que había cometido Jeroboam, sin apartarse de ellos,
17:23 hasta que el SEÑOR apartó a Israel de su presencia, como había dicho por medio de todos sus siervos los profetas. Israel fue deportado de su tierra a Asiria, donde permanece hasta el día de hoy.
Asiria puebla de nuevo a Samaria
17:24 El rey de Asiria trajo gente de Babilonia, Cuta, Ava, Hamat y Sefarvaim, y la estableció en las ciudades de Samaria en lugar de los hijos de Israel. Tomaron posesión de Samaria y habitaron en sus ciudades.
17:25 Al comenzar a vivir allí, no temían al SEÑOR. Entonces el SEÑOR envió contra ellos leones que los mataban.
17:26 Informaron al rey de Asiria: «Las naciones que deportaste y estableciste en las ciudades de Samaria no conocen el culto del Dios del país. Él ha enviado leones contra ellos, que los están matando porque no conocen el culto del Dios del país».
17:27 El rey de Asiria ordenó: «Lleven allí a uno de los sacerdotes que deportaron de aquel lugar. Que vayan a vivir allí y que él les enseñe el culto del Dios del país».
17:28 Fue uno de los sacerdotes que habían deportado de Samaria, se estableció en Betel y les enseñaba cómo debían temer al SEÑOR.
El culto al SEÑOR se mezcla con otros dioses
17:29 Pero cada nación se hizo sus propios dioses y los puso en los templos de los lugares altos que los samaritanos habían construido, cada nación en las ciudades donde habitaba.
17:30 Los hombres de Babilonia hicieron a Sucot-benot; los de Cuta hicieron a Nergal, y los de Hamat hicieron a Asima.
17:31 Los de Ava hicieron a Nibhaz y a Tartac. Los de Sefarvaim quemaban a sus hijos en el fuego para Adramelec y Anamelec, dioses de Sefarvaim.
17:32 También temían al SEÑOR y nombraron de entre ellos sacerdotes de los lugares altos, que oficiaban por ellos en los templos de los lugares altos.
17:33 Temían al SEÑOR y, a la vez, servían a sus propios dioses, según las costumbres de las naciones de donde habían sido deportados.
El pacto exige fidelidad al SEÑOR
17:34 Hasta el día de hoy siguen sus antiguas costumbres. No temen al SEÑOR ni cumplen los estatutos, las ordenanzas, la ley y el mandamiento que el SEÑOR ordenó a los hijos de Jacob, a quien puso por nombre Israel.
17:35 El SEÑOR había hecho un pacto con ellos y les había ordenado: «No teman a otros dioses, ni se inclinen ante ellos, ni los sirvan, ni les ofrezcan sacrificios.
17:36 Al SEÑOR, que los sacó de la tierra de Egipto con gran poder y brazo extendido, a él temerán, ante él se inclinarán y a él ofrecerán sacrificios.
17:37 Cuiden de cumplir siempre los estatutos, las ordenanzas, la ley y el mandamiento que él les dio por escrito. No teman a otros dioses.
17:38 No olviden el pacto que hice con ustedes ni teman a otros dioses.
17:39 Teman al SEÑOR su Dios, y él los librará de manos de todos sus enemigos».
17:40 Pero no escucharon, sino que siguieron practicando sus antiguas costumbres.
17:41 Así aquellas naciones temían al SEÑOR y, a la vez, servían a sus imágenes. También sus hijos y los hijos de sus hijos siguen haciendo hasta el día de hoy lo que hicieron sus padres.

Capítulo 18
Reinado de Ezequías
Texto relacionado: 2 Crónicas 29:1–2
18:1 En el tercer año de Oseas hijo de Ela, rey de Israel, comenzó a reinar Ezequías hijo de Acaz, rey de Judá.
18:2 Tenía veinticinco años cuando comenzó a reinar y reinó veintinueve años en Jerusalén. Su madre se llamaba Abi, hija de Zacarías.
18:3 Hizo lo recto a los ojos del SEÑOR, conforme a todo lo que había hecho David su padre.
18:4 Quitó los lugares altos, hizo pedazos las columnas sagradas y cortó el poste de Asera. También destrozó la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque hasta entonces los hijos de Israel le quemaban incienso. La llamó Nehustán.
18:5 Confió en el SEÑOR, Dios de Israel. No hubo otro como él entre todos los reyes de Judá, ni después ni antes de él.
18:6 Se mantuvo unido al SEÑOR y no dejó de seguirlo. Guardó los mandamientos que el SEÑOR había ordenado a Moisés.
18:7 El SEÑOR estaba con él y tenía éxito adondequiera que salía. Se rebeló contra el rey de Asiria y no lo sirvió.
18:8 Derrotó a los filisteos hasta Gaza y su territorio, desde las torres de vigilancia hasta las ciudades fortificadas.
Caída de Samaria
18:9 En el cuarto año del rey Ezequías, que era el séptimo año de Oseas hijo de Ela, rey de Israel, Salmanasar, rey de Asiria, subió contra Samaria y la sitió.
18:10 La capturaron al cabo de tres años. Samaria fue tomada en el sexto año de Ezequías, que era el noveno año de Oseas, rey de Israel.
18:11 El rey de Asiria deportó a Israel a Asiria y los estableció en Halah, junto al Habor, el río de Gozán, y en las ciudades de Media.
18:12 Esto sucedió porque no habían obedecido la voz del SEÑOR su Dios, sino que habían quebrantado su pacto, todo lo que Moisés, siervo del SEÑOR, había ordenado. No lo habían escuchado ni cumplido.
Senaquerib invade a Judá
Textos relacionados: 2 Crónicas 32:1–19; Isaías 36:1–22
18:13 En el año catorce del rey Ezequías, Senaquerib, rey de Asiria, subió contra todas las ciudades fortificadas de Judá y las tomó.
18:14 Ezequías, rey de Judá, envió este mensaje al rey de Asiria en Laquis: «He obrado mal. Retírate de mí; pagaré lo que me impongas». El rey de Asiria impuso a Ezequías, rey de Judá, más de diez toneladas de plata y alrededor de una tonelada de oro.
18:15 Ezequías entregó toda la plata que había en la casa del SEÑOR y en los tesoros del palacio del rey.
18:16 Por aquel tiempo, Ezequías quitó el revestimiento de las puertas del templo del SEÑOR y de los marcos que él mismo, Ezequías, rey de Judá, había recubierto, y lo entregó al rey de Asiria.
El desafío asirio ante Jerusalén
18:17 El rey de Asiria envió desde Laquis al Tartán, al Rabsaris y al Rabsaces con un gran ejército contra el rey Ezequías en Jerusalén. Subieron y llegaron a Jerusalén; al subir y llegar, se apostaron junto al acueducto del estanque superior, en el camino del campo del Lavador.
18:18 Llamaron al rey, y salieron a recibirlos Eliaquim hijo de Hilcías, encargado del palacio; Sebna, el secretario; y Joa hijo de Asaf, el cronista.
18:19 El Rabsaces les dijo: «Digan a Ezequías: Así dice el gran rey, el rey de Asiria: ¿Qué confianza es esa en la que te apoyas?
18:20 Dices que tienes estrategia y fuerza para la guerra, pero eso no es más que palabras. ¿En quién confías para haberte rebelado contra mí?
18:21 Mira, confías en Egipto, ese bastón de caña quebrada que, cuando alguien se apoya en él, se le clava en la mano y la traspasa. Así es el faraón, rey de Egipto, para todos los que confían en él.
18:22 Y si me dicen: “Confiamos en el SEÑOR nuestro Dios”, ¿no es él aquel cuyos lugares altos y altares ha quitado Ezequías, diciendo a Judá y a Jerusalén: “Ante este altar adorarán en Jerusalén”?
18:23 Ahora haz una apuesta con mi señor, el rey de Asiria: te daré dos mil caballos si puedes encontrar jinetes para montarlos.
18:24 ¿Cómo vas a hacer retroceder a un solo gobernador, al menor de los servidores de mi señor, si dependes de Egipto para obtener carros y jinetes?
18:25 Y ahora, ¿acaso he subido sin el SEÑOR contra este lugar para destruirlo? El SEÑOR me dijo: “Sube contra esta tierra y destrúyela”».
El Rabsaces se dirige al pueblo
18:26 Eliaquim hijo de Hilcías, Sebna y Joa dijeron al Rabsaces: «Por favor, habla a tus siervos en arameo, porque lo entendemos. No nos hables en la lengua de Judá a oídos del pueblo que está sobre la muralla».
18:27 Pero el Rabsaces les respondió: «¿Me ha enviado mi señor a decir estas palabras solo a tu señor y a ti? ¿No me ha enviado también a los hombres sentados sobre la muralla, que tendrán que comer su propio excremento y beber su propia orina junto con ustedes?».
18:28 El Rabsaces se puso de pie y gritó en voz alta en la lengua de Judá: «Escuchen la palabra del gran rey, el rey de Asiria.
18:29 Así dice el rey: No dejen que Ezequías los engañe, porque no podrá librarlos del poder del rey de Asiria.
18:30 No dejen que Ezequías los haga confiar en el SEÑOR, diciendo: “Sin duda el SEÑOR nos librará y esta ciudad no será entregada en manos del rey de Asiria”.
18:31 No escuchen a Ezequías, porque así dice el rey de Asiria: Hagan las paces conmigo y salgan a entregarse a mí. Cada uno comerá de su vid y de su higuera, y beberá el agua de su cisterna,
18:32 hasta que yo venga y los lleve a una tierra como la de ustedes, tierra de cereal y vino nuevo, tierra de pan y viñedos, tierra de olivos, aceite y miel. Así vivirán y no morirán. No escuchen a Ezequías cuando los incita diciendo: “El SEÑOR nos librará”.
18:33 ¿Acaso los dioses de las naciones han librado cada uno su tierra de manos del rey de Asiria?
18:34 ¿Dónde están los dioses de Hamat y de Arfad? ¿Dónde están los dioses de Sefarvaim, Hena e Iva? ¿Acaso libraron a Samaria de mis manos?
18:35 ¿Quién de todos los dioses de esas tierras ha librado su tierra de mis manos, para que el SEÑOR libre a Jerusalén de mis manos?».
18:36 El pueblo guardó silencio y no le respondió una palabra, porque el rey había ordenado: «No le respondan».
18:37 Eliaquim hijo de Hilcías, encargado del palacio; Sebna, el secretario; y Joa hijo de Asaf, el cronista, fueron a Ezequías con la ropa rasgada y le comunicaron las palabras del Rabsaces.

Capítulo 19
Judá es librado de Senaquerib
Textos relacionados: 2 Crónicas 32:20–23; Isaías 37:1–38
19:1 Cuando el rey Ezequías lo oyó, rasgó su ropa, se cubrió de tela de saco y entró en la casa del SEÑOR.
19:2 Envió a Eliaquim, encargado del palacio; a Sebna, el secretario; y a los ancianos de los sacerdotes, cubiertos de tela de saco, al profeta Isaías hijo de Amoz.
19:3 Le dijeron: «Así dice Ezequías: Hoy es un día de angustia, de reprensión y de afrenta, porque los hijos están a punto de nacer, pero no hay fuerzas para dar a luz.
19:4 Quizá el SEÑOR tu Dios escuche todas las palabras del Rabsaces, a quien su señor, el rey de Asiria, ha enviado a insultar al Dios viviente, y lo reprenda por las palabras que el SEÑOR tu Dios ha oído. Eleva una oración por el remanente que aún queda».
19:5 Los servidores del rey Ezequías fueron a Isaías,
19:6 e Isaías les dijo: «Digan a su señor: Así dice el SEÑOR: No tengas miedo de las palabras que has oído, con las que los servidores del rey de Asiria me han blasfemado.
19:7 Mira, pondré en él un espíritu; oirá una noticia y regresará a su tierra. Allí haré que caiga a espada».
Senaquerib renueva su amenaza
19:8 El Rabsaces regresó y encontró al rey de Asiria combatiendo contra Libna, pues había oído que se había retirado de Laquis.
19:9 El rey oyó decir acerca de Tirhaca, rey de Cus: «Ha salido a luchar contra ti». Entonces volvió a enviar mensajeros a Ezequías, diciendo:
19:10 «Así dirán a Ezequías, rey de Judá: No dejes que tu Dios, en quien confías, te engañe diciendo: “Jerusalén no será entregada en manos del rey de Asiria”.
19:11 Tú has oído lo que los reyes de Asiria han hecho a todas las tierras, destruyéndolas por completo. ¿Y tú te librarás?
19:12 ¿Acaso sus dioses libraron a las naciones que mis padres destruyeron: Gozán, Harán, Resef y los hijos de Edén que estaban en Telasar?
19:13 ¿Dónde está el rey de Hamat, el rey de Arfad y el rey de la ciudad de Sefarvaim, de Hena y de Iva?».
La oración de Ezequías
19:14 Ezequías recibió las cartas de manos de los mensajeros y las leyó. Subió a la casa del SEÑOR y las extendió ante el SEÑOR.
19:15 Ezequías oró ante el SEÑOR: «SEÑOR, Dios de Israel, entronizado entre los querubines, solo tú eres Dios de todos los reinos de la tierra. Tú hiciste los cielos y la tierra.
19:16 Inclina, SEÑOR, tu oído y escucha; abre, SEÑOR, tus ojos y mira. Escucha las palabras que Senaquerib ha enviado para insultar al Dios viviente.
19:17 Es verdad, SEÑOR, que los reyes de Asiria han devastado las naciones y sus tierras,
19:18 y han arrojado sus dioses al fuego. Porque no eran dioses, sino obra de manos humanas, madera y piedra; por eso los destruyeron.
19:19 Ahora, SEÑOR nuestro Dios, sálvanos de sus manos, te lo ruego, para que todos los reinos de la tierra sepan que solo tú, SEÑOR, eres Dios».
La respuesta del SEÑOR por medio de Isaías
19:20 Isaías hijo de Amoz envió este mensaje a Ezequías: «Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: He escuchado tu oración acerca de Senaquerib, rey de Asiria.
19:21 Esta es la palabra que el SEÑOR ha pronunciado contra él:
 La virgen hija de Sion te desprecia y se burla de ti;
   a tus espaldas, la hija de Jerusalén mueve la cabeza.
19:22 ¿A quién has insultado y blasfemado?
   ¿Contra quién has alzado la voz y levantado altivos tus ojos?
   ¡Contra el Santo de Israel!
19:23 Por medio de tus mensajeros has insultado al Señor, y has dicho: “Con mis numerosos carros he subido a las cumbres de los montes, a los rincones más remotos del Líbano.
   He talado sus cedros más altos y sus mejores cipreses;
   he entrado en su refugio más lejano, en su bosque más frondoso.
19:24 He cavado y bebido aguas extranjeras;
   con la planta de mis pies he secado todos los canales de Egipto”.
19:25 ¿No has oído que desde hace mucho lo dispuse, que desde la antigüedad lo planeé?
   Ahora lo he llevado a cabo, para que reduzcas las ciudades fortificadas a montones de ruinas.
19:26 Sus habitantes, sin fuerzas, quedaron aterrados y avergonzados.
   Fueron como hierba del campo, como brotes verdes, como hierba de los tejados, quemada antes de crecer.
19:27 Conozco tu sentarte, tu salir y tu entrar, y tu furia contra mí.
19:28 Porque te has enfurecido contra mí y tu arrogancia ha llegado a mis oídos, pondré mi gancho en tu nariz y mi freno en tus labios, y te haré volver por el camino por donde viniste.
La señal de la restauración de Judá
19:29 Esta será la señal para ti, Ezequías: Este año comerán lo que crezca por sí solo; el segundo año, lo que vuelva a brotar. El tercer año sembrarán y cosecharán, plantarán viñedos y comerán su fruto.
19:30 El remanente que haya escapado de la casa de Judá volverá a echar raíces abajo y a dar fruto arriba.
19:31 Porque de Jerusalén saldrá un remanente, y del monte Sion, un grupo de sobrevivientes. El celo del SEÑOR de los ejércitos hará esto.
19:32 Por eso, así dice el SEÑOR acerca del rey de Asiria: No entrará en esta ciudad, ni disparará allí una flecha, ni se acercará a ella con escudo, ni levantará contra ella un terraplén.
19:33 Volverá por el camino por donde vino y no entrará en esta ciudad, declara el SEÑOR.
19:34 Defenderé esta ciudad para salvarla, por mí mismo y por mi siervo David».
La retirada asiria y la muerte de Senaquerib
19:35 Aquella noche salió el ángel del SEÑOR e hirió a ciento ochenta y cinco mil en el campamento de Asiria. Cuando la gente se levantó por la mañana, vio que todos aquellos eran cadáveres.
19:36 Entonces Senaquerib, rey de Asiria, levantó el campamento, se fue y regresó a Nínive, donde se quedó.
19:37 Mientras se inclinaba en el templo de Nisroc, su dios, sus hijos Adramelec y Sarezer lo hirieron a espada. Ellos escaparon a la tierra de Ararat, y su hijo Esar-hadón reinó en su lugar.

Capítulo 20
Enfermedad de Ezequías
Textos relacionados: 2 Crónicas 32:24–26; Isaías 38:1–22
20:1 En aquellos días Ezequías enfermó de muerte. El profeta Isaías hijo de Amoz fue a verlo y le dijo: «Así dice el SEÑOR: Pon en orden tu casa, porque vas a morir; no vivirás».
20:2 Ezequías volvió el rostro hacia la pared y oró al SEÑOR:
20:3 «Oh SEÑOR, recuerda, te lo ruego, que he andado ante ti con fidelidad y con un corazón íntegro, y que he hecho lo bueno a tus ojos». Y Ezequías lloró amargamente.
20:4 Antes de que Isaías saliera del patio central, le llegó la palabra del SEÑOR:
20:5 «Vuelve y di a Ezequías, jefe de mi pueblo: Así dice el SEÑOR, Dios de David tu padre: He oído tu oración y he visto tus lágrimas. Voy a sanarte; al tercer día subirás a la casa del SEÑOR.
20:6 Añadiré quince años a tu vida. Te libraré a ti y a esta ciudad de manos del rey de Asiria, y defenderé esta ciudad por mí mismo y por mi siervo David».
20:7 Isaías dijo: «Tomen una torta de higos». La tomaron, la pusieron sobre la llaga y él se recuperó.
La señal de la sombra en las gradas de Acaz
20:8 Ezequías había preguntado a Isaías: «¿Cuál será la señal de que el SEÑOR me sanará y de que al tercer día subiré a la casa del SEÑOR?».
20:9 Isaías respondió: «Esta será para ti la señal de parte del SEÑOR de que el SEÑOR hará lo que ha dicho: ¿Avanzará la sombra diez gradas o retrocederá diez gradas?».
20:10 Ezequías respondió: «Es fácil que la sombra avance diez gradas. No; que la sombra retroceda diez gradas».
20:11 El profeta Isaías clamó al SEÑOR, y él hizo retroceder diez gradas la sombra que había descendido por las gradas de Acaz.
Ezequías recibe a los enviados de Babilonia
Textos relacionados: 2 Crónicas 32:27–31; Isaías 39:1–8
20:12 Por aquel tiempo, Berodac-baladán hijo de Baladán, rey de Babilonia, envió cartas y un regalo a Ezequías, porque había oído que Ezequías había estado enfermo.
20:13 Ezequías los escuchó y les mostró toda su casa del tesoro: la plata, el oro, las especias, el aceite fino, su arsenal y todo lo que había en sus tesoros. No hubo nada en su palacio ni en todo su dominio que Ezequías no les mostrara.
20:14 Entonces el profeta Isaías fue al rey Ezequías y le preguntó: «¿Qué dijeron esos hombres y de dónde vinieron a verte?». Ezequías respondió: «Vinieron de una tierra lejana, de Babilonia».
20:15 Isaías preguntó: «¿Qué vieron en tu palacio?». Ezequías respondió: «Vieron todo lo que hay en mi palacio. No hubo nada en mis tesoros que no les mostrara».
Isaías anuncia el futuro destierro a Babilonia
20:16 Isaías dijo a Ezequías: «Escucha la palabra del SEÑOR:
20:17 Vienen días en que todo lo que hay en tu palacio, y lo que tus padres han atesorado hasta el día de hoy, será llevado a Babilonia. No quedará nada, dice el SEÑOR.
20:18 También se llevarán a algunos de tus hijos, que saldrán de ti, a quienes engendrarás, y serán eunucos en el palacio del rey de Babilonia».
20:19 Ezequías dijo a Isaías: «Es buena la palabra del SEÑOR que has pronunciado». Y añadió: «Es bueno, si hay paz y seguridad en mis días».
Muerte de Ezequías
Texto relacionado: 2 Crónicas 32:32–33
20:20 Los demás hechos de Ezequías, todas sus proezas y cómo construyó el estanque y el conducto para llevar agua a la ciudad, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?
20:21 Ezequías descansó con sus padres y su hijo Manasés reinó en su lugar.

Capítulo 21
Reinado de Manasés
Texto relacionado: 2 Crónicas 33:1–20
21:1 Manasés tenía doce años cuando comenzó a reinar y reinó cincuenta y cinco años en Jerusalén. Su madre se llamaba Hepsiba.
21:2 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR, conforme a las prácticas detestables de las naciones que el SEÑOR había expulsado de delante de los hijos de Israel.
21:3 Volvió a construir los lugares altos que su padre Ezequías había destruido. Levantó altares a Baal e hizo un poste de Asera, como había hecho Acab, rey de Israel. Se inclinó ante todo el ejército del cielo y lo sirvió.
21:4 Construyó altares en la casa del SEÑOR, de la cual el SEÑOR había dicho: «En Jerusalén pondré mi nombre».
21:5 Construyó altares a todo el ejército del cielo en los dos atrios de la casa del SEÑOR.
21:6 Hizo pasar por el fuego a su hijo, practicó la magia y buscó presagios; recurrió a los que evocaban a los muertos y a los adivinos. Hizo mucho mal a los ojos del SEÑOR, provocándolo a ira.
21:7 Puso la imagen tallada de Asera que había hecho en la casa de la cual el SEÑOR había dicho a David y a su hijo Salomón: «En esta casa y en Jerusalén, que escogí de entre todas las tribus de Israel, pondré mi nombre para siempre.
21:8 No volveré a hacer que Israel deje la tierra que di a sus padres, con tal de que cuiden de cumplir todo lo que les he ordenado y toda la ley que les ordenó mi siervo Moisés».
21:9 Pero no escucharon, y Manasés los extravió para que hicieran más mal que las naciones que el SEÑOR había destruido de delante de los hijos de Israel.
El SEÑOR anuncia juicio contra Jerusalén
21:10 Entonces el SEÑOR habló por medio de sus siervos los profetas:
21:11 «Porque Manasés, rey de Judá, ha hecho estas cosas detestables, ha obrado peor que todos los amorreos que lo precedieron y también ha hecho pecar a Judá con sus ídolos,
21:12 así dice el SEÑOR, Dios de Israel: Voy a traer sobre Jerusalén y Judá una desgracia que hará zumbar los dos oídos de todo el que la oiga.
21:13 Extenderé sobre Jerusalén el cordel de Samaria y la plomada de la casa de Acab. Limpiaré a Jerusalén como se limpia un plato: se lo limpia y se lo pone boca abajo.
21:14 Abandonaré al remanente de mi heredad y lo entregaré en manos de sus enemigos. Serán presa y botín para todos sus enemigos,
21:15 porque han hecho lo malo a mis ojos y me han provocado a ira desde el día en que sus padres salieron de Egipto hasta el día de hoy».
La violencia de Manasés y el final de su reinado
21:16 Además, Manasés derramó muchísima sangre inocente, hasta llenar Jerusalén de un extremo al otro. Esto se sumó al pecado con que hizo pecar a Judá para que hiciera lo malo a los ojos del SEÑOR.
21:17 Los demás hechos de Manasés, todo lo que hizo y el pecado que cometió, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?
21:18 Manasés descansó con sus padres y fue sepultado en el jardín de su palacio, en el jardín de Uza. Su hijo Amón reinó en su lugar.
Reinado de Amón
Texto relacionado: 2 Crónicas 33:21–25
21:19 Amón tenía veintidós años cuando comenzó a reinar y reinó dos años en Jerusalén. Su madre se llamaba Mesulemet, hija de Haruz, de Jotba.
21:20 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR, como había hecho su padre Manasés.
21:21 Siguió todos los caminos que había seguido su padre, sirvió a los ídolos que su padre había servido y se inclinó ante ellos.
21:22 Abandonó al SEÑOR, Dios de sus padres, y no siguió el camino del SEÑOR.
La conspiración contra Amón y la sucesión de Josías
21:23 Los servidores de Amón conspiraron contra él y mataron al rey en su palacio.
21:24 El pueblo del país mató a todos los que habían conspirado contra el rey Amón, y el pueblo del país proclamó rey a su hijo Josías en su lugar.
21:25 Los demás hechos de Amón y lo que hizo, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?
21:26 Lo sepultaron en su tumba en el jardín de Uza, y su hijo Josías reinó en su lugar.

Capítulo 22
Reinado de Josías
Texto relacionado: 2 Crónicas 34:1–2
22:1 Josías tenía ocho años cuando comenzó a reinar y reinó treinta y un años en Jerusalén. Su madre se llamaba Jedida, hija de Adaía, de Boscat.
22:2 Hizo lo recto a los ojos del SEÑOR y siguió todo el camino de David su padre, sin apartarse a la derecha ni a la izquierda.
Hallazgo del libro de la ley
Texto relacionado: 2 Crónicas 34:8–33
22:3 En el año dieciocho del rey Josías, el rey envió al secretario Safán hijo de Azalía, hijo de Mesulam, a la casa del SEÑOR, diciendo:
22:4 «Sube al sumo sacerdote Hilcías y que cuente el dinero traído a la casa del SEÑOR, el que los guardianes de la entrada han recogido del pueblo.
22:5 Que lo entreguen a los encargados de supervisar la obra de la casa del SEÑOR, y que ellos lo den a los trabajadores que están en la casa del SEÑOR para reparar los daños de la casa:
22:6 a los carpinteros, a los constructores y a los albañiles, y para comprar madera y piedra labrada con que reparar la casa.
22:7 Pero no les pidan cuentas del dinero que se entregue en sus manos, porque actúan con fidelidad».
22:8 El sumo sacerdote Hilcías dijo al secretario Safán: «He encontrado el libro de la ley en la casa del SEÑOR». Hilcías entregó el libro a Safán, y él lo leyó.
22:9 El secretario Safán fue al rey y le informó: «Tus servidores han sacado el dinero que había en la casa y lo han entregado a los encargados de supervisar la obra de la casa del SEÑOR».
22:10 El secretario Safán también informó al rey: «El sacerdote Hilcías me ha dado un libro». Y Safán lo leyó ante el rey.
22:11 Cuando el rey oyó las palabras del libro de la ley, rasgó su ropa.
Josías consulta al SEÑOR por medio de Hulda
22:12 El rey dio esta orden al sacerdote Hilcías, a Ahicam hijo de Safán, a Acbor hijo de Micaías, al secretario Safán y a Asaías, servidor del rey:
22:13 «Vayan a consultar al SEÑOR por mí, por el pueblo y por todo Judá acerca de las palabras de este libro que ha sido hallado. Grande es la ira del SEÑOR que se ha encendido contra nosotros, porque nuestros padres no obedecieron las palabras de este libro ni cumplieron todo lo escrito para nosotros».
22:14 El sacerdote Hilcías, Ahicam, Acbor, Safán y Asaías fueron a hablar con la profetisa Hulda, esposa de Salum hijo de Ticva, hijo de Harhas, encargado del guardarropa. Ella vivía en el Segundo Barrio de Jerusalén.
22:15 Ella les dijo: «Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: Digan al hombre que los envió a mí:
22:16 Así dice el SEÑOR: Voy a traer una desgracia sobre este lugar y sus habitantes, conforme a todas las palabras del libro que ha leído el rey de Judá.
22:17 Porque me han abandonado y han quemado incienso a otros dioses, provocándome a ira con toda la obra de sus manos, mi ira se ha encendido contra este lugar y no se apagará.
La respuesta del SEÑOR a la humillación de Josías
22:18 Pero al rey de Judá, que los envió a consultar al SEÑOR, díganle: Así dice el SEÑOR, Dios de Israel, acerca de las palabras que has oído:
22:19 Porque tu corazón se ablandó y te humillaste ante el SEÑOR al oír lo que pronuncié contra este lugar y sus habitantes, que serían desolación y maldición, y porque rasgaste tu ropa y lloraste ante mí, también yo te he escuchado, declara el SEÑOR.
22:20 Por eso voy a reunirte con tus padres; serás recogido en paz en tu sepultura, y tus ojos no verán toda la desgracia que traeré sobre este lugar». Y llevaron la respuesta al rey.

Capítulo 23
Josías renueva el compromiso con el pacto
23:1 El rey envió a reunir ante él a todos los ancianos de Judá y de Jerusalén.
23:2 El rey subió a la casa del SEÑOR con todos los hombres de Judá y todos los habitantes de Jerusalén, los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo, desde el menor hasta el mayor. Leyó a sus oídos todas las palabras del libro del pacto que se había encontrado en la casa del SEÑOR.
23:3 El rey se puso de pie junto a la columna e hizo un pacto ante el SEÑOR: seguir al SEÑOR, guardar sus mandamientos, sus testimonios y sus estatutos con todo el corazón y con toda el alma, y cumplir las palabras de este pacto escritas en este libro. Todo el pueblo se comprometió con el pacto.
Reformas de Josías
Texto relacionado: 2 Crónicas 34:3–7
23:4 El rey ordenó al sumo sacerdote Hilcías, a los sacerdotes de segundo rango y a los guardianes de la entrada que sacaran del templo del SEÑOR todos los utensilios hechos para Baal, para Asera y para todo el ejército del cielo. Los quemó fuera de Jerusalén, en los campos del Cedrón, y llevó sus cenizas a Betel.
23:5 Destituyó a los sacerdotes idólatras que los reyes de Judá habían nombrado para quemar incienso en los lugares altos de las ciudades de Judá y de los alrededores de Jerusalén. También destituyó a los que quemaban incienso a Baal, al sol, a la luna, a las constelaciones y a todo el ejército del cielo.
23:6 Sacó el poste de Asera de la casa del SEÑOR y lo llevó fuera de Jerusalén, al torrente Cedrón. Lo quemó junto al torrente Cedrón, lo redujo a polvo y arrojó su polvo sobre las tumbas de la gente del pueblo.
23:7 Derribó las dependencias de los prostitutos de culto que había en la casa del SEÑOR, donde las mujeres tejían tiendas para Asera.
23:8 Hizo venir a todos los sacerdotes de las ciudades de Judá y profanó los lugares altos donde los sacerdotes quemaban incienso, desde Geba hasta Beerseba. Derribó los lugares altos de las puertas, a la entrada de la puerta de Josué, gobernador de la ciudad, situados a la izquierda de quien entra por la puerta de la ciudad.
23:9 Sin embargo, los sacerdotes de los lugares altos no subían al altar del SEÑOR en Jerusalén, aunque comían panes sin levadura entre sus hermanos.
23:10 Profanó Tofet, en el valle del hijo de Hinom, para que nadie hiciera pasar por el fuego a su hijo o a su hija para Moloc.
23:11 Retiró los caballos que los reyes de Judá habían dedicado al sol, a la entrada de la casa del SEÑOR, junto a la habitación del eunuco Natán-melec, en los recintos exteriores. Quemó en el fuego los carros del sol.
23:12 El rey derribó los altares que los reyes de Judá habían hecho en la azotea de la habitación superior de Acaz, y los altares que Manasés había hecho en los dos atrios de la casa del SEÑOR. Los retiró de allí y arrojó su polvo al torrente Cedrón.
23:13 El rey profanó los lugares altos que estaban frente a Jerusalén, al sur del monte de la Destrucción, los que Salomón, rey de Israel, había construido para Astoret, abominación de los sidonios; para Quemos, abominación de Moab; y para Milcom, abominación de los hijos de Amón.
23:14 Hizo pedazos las columnas sagradas, cortó los postes de Asera y llenó sus lugares de huesos humanos.
La reforma llega a Betel y Samaria
23:15 También derribó el altar de Betel y el lugar alto que había hecho Jeroboam hijo de Nabat, el que había hecho pecar a Israel. Derribó aquel altar y el lugar alto, quemó el lugar alto, lo redujo a polvo y quemó el poste de Asera.
23:16 Josías se volvió y vio las tumbas que había allí en el monte. Mandó sacar los huesos de las tumbas y los quemó sobre el altar para profanarlo, conforme a la palabra del SEÑOR que había proclamado el hombre de Dios, el que había anunciado estas cosas.
23:17 Preguntó: «¿Qué es ese monumento que veo?». Los hombres de la ciudad le respondieron: «Es la tumba del hombre de Dios que vino de Judá y anunció estas cosas que has hecho al altar de Betel».
23:18 Él dijo: «Déjenlo; que nadie mueva sus huesos». Así dejaron intactos sus huesos y los del profeta que había venido de Samaria.
23:19 Josías quitó también todos los templos de los lugares altos de las ciudades de Samaria que los reyes de Israel habían hecho para provocar a ira. Hizo con ellos todo lo que había hecho en Betel.
23:20 Mató sobre los altares a todos los sacerdotes de los lugares altos que había allí, y quemó huesos humanos sobre ellos. Luego regresó a Jerusalén.
Josías celebra la Pascua
Texto relacionado: 2 Crónicas 35:1–19
23:21 El rey ordenó a todo el pueblo: «Celebren la Pascua al SEÑOR su Dios, conforme a lo escrito en este libro del pacto».
23:22 No se había celebrado una Pascua como aquella desde los días de los jueces que gobernaban a Israel, ni durante todos los días de los reyes de Israel y de los reyes de Judá.
23:23 Fue en el año dieciocho del rey Josías cuando se celebró aquella Pascua al SEÑOR en Jerusalén.
La fidelidad de Josías y el juicio sobre Judá
23:24 Josías eliminó también a los que evocaban a los muertos y a los adivinos, los ídolos domésticos, los demás ídolos y todas las cosas detestables que se veían en la tierra de Judá y en Jerusalén. Lo hizo para cumplir las palabras de la ley escritas en el libro que el sacerdote Hilcías había encontrado en la casa del SEÑOR.
23:25 Antes de él no hubo un rey como él, que se volviera al SEÑOR con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas, conforme a toda la ley de Moisés. Tampoco después de él se levantó otro como él.
23:26 Sin embargo, el SEÑOR no se apartó del ardor de su gran ira, que se había encendido contra Judá por todas las provocaciones con que Manasés lo había provocado.
23:27 El SEÑOR dijo: «También apartaré a Judá de mi presencia, como aparté a Israel. Rechazaré esta ciudad que escogí, Jerusalén, y la casa de la cual dije: “Allí estará mi nombre”».
Muerte de Josías
Texto relacionado: 2 Crónicas 35:20–27
23:28 Los demás hechos de Josías y todo lo que hizo, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?
23:29 En sus días, el faraón Necao, rey de Egipto, subió hacia el rey de Asiria, al río Éufrates. El rey Josías salió a su encuentro, y Necao lo mató en Meguido cuando se encontraron.
23:30 Sus servidores lo llevaron muerto en un carro desde Meguido a Jerusalén y lo sepultaron en su tumba. El pueblo del país tomó a Joacaz hijo de Josías, lo ungió y lo proclamó rey en lugar de su padre.
Reinado y destronamiento de Joacaz
Texto relacionado: 2 Crónicas 36:1–4
23:31 Joacaz tenía veintitrés años cuando comenzó a reinar y reinó tres meses en Jerusalén. Su madre se llamaba Hamutal, hija de Jeremías, de Libna.
23:32 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR, conforme a todo lo que habían hecho sus padres.
23:33 El faraón Necao lo aprisionó en Ribla, en la tierra de Hamat, para impedir que reinara en Jerusalén. Impuso al país una multa de unos tres mil cuatrocientos kilos de plata y treinta y cuatro kilos de oro.
23:34 El faraón Necao proclamó rey a Eliaquim hijo de Josías en lugar de su padre Josías, y le cambió el nombre a Joacim. Tomó a Joacaz y lo llevó a Egipto, donde murió.
23:35 Joacim entregó la plata y el oro al faraón, pero impuso un tributo al país para pagar el dinero exigido por el faraón. Cobró la plata y el oro al pueblo del país, a cada uno según su valoración, para entregarlos al faraón Necao.
Reinado de Joacim
Texto relacionado: 2 Crónicas 36:5–8
23:36 Joacim tenía veinticinco años cuando comenzó a reinar y reinó once años en Jerusalén. Su madre se llamaba Zebuda, hija de Pedaías, de Ruma.
23:37 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR, conforme a todo lo que habían hecho sus padres.

Capítulo 24
Joacim se rebela contra Babilonia
24:1 En sus días subió Nabucodonosor, rey de Babilonia. Joacim fue su servidor durante tres años, pero después se rebeló contra él.
24:2 El SEÑOR envió contra él bandas de caldeos, bandas de arameos, bandas de moabitas y bandas de los hijos de Amón. Las envió contra Judá para destruirlo, conforme a la palabra que el SEÑOR había pronunciado por medio de sus siervos los profetas.
24:3 Ciertamente, esto sucedió a Judá por mandato del SEÑOR, para apartarlo de su presencia a causa de los pecados de Manasés y de todo lo que había hecho,
24:4 y también por la sangre inocente que había derramado, pues había llenado Jerusalén de sangre inocente. El SEÑOR no quiso perdonar.
24:5 Los demás hechos de Joacim y todo lo que hizo, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?
24:6 Joacim descansó con sus padres y su hijo Joaquín reinó en su lugar.
24:7 El rey de Egipto no volvió a salir de su tierra, porque el rey de Babilonia había tomado todo lo que pertenecía al rey de Egipto, desde el torrente de Egipto hasta el río Éufrates.
Joaquín y los nobles son llevados cautivos a Babilonia
Texto relacionado: 2 Crónicas 36:9–10
24:8 Joaquín tenía dieciocho años cuando comenzó a reinar y reinó tres meses en Jerusalén. Su madre se llamaba Nehusta, hija de Elnatán, de Jerusalén.
24:9 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR, conforme a todo lo que había hecho su padre.
24:10 Por aquel tiempo, los servidores de Nabucodonosor, rey de Babilonia, subieron a Jerusalén, y la ciudad quedó sitiada.
24:11 Nabucodonosor, rey de Babilonia, llegó contra la ciudad mientras sus servidores la sitiaban.
24:12 Joaquín, rey de Judá, salió a entregarse al rey de Babilonia con su madre, sus servidores, sus jefes y sus funcionarios. El rey de Babilonia lo tomó prisionero en el octavo año de su reinado.
24:13 Sacó de allí todos los tesoros de la casa del SEÑOR y los tesoros del palacio del rey. Hizo pedazos todos los utensilios de oro que Salomón, rey de Israel, había hecho para el templo del SEÑOR, tal como el SEÑOR había dicho.
24:14 Deportó a toda Jerusalén, a todos los jefes y a todos los guerreros valientes, diez mil deportados, y a todos los artesanos y herreros. Solo quedó la gente pobre del país.
24:15 Deportó a Joaquín a Babilonia. A la madre del rey, a las esposas del rey, a sus funcionarios y a los notables del país los llevó deportados de Jerusalén a Babilonia.
24:16 El rey de Babilonia llevó deportados a Babilonia a todos los hombres de guerra, siete mil, y a los artesanos y herreros, mil; todos eran hombres valientes, aptos para la guerra.
24:17 El rey de Babilonia proclamó rey a Matanías, tío de Joaquín, en su lugar, y le cambió el nombre a Sedequías.
Reinado de Sedequías
Textos relacionados: 2 Crónicas 36:11–16; Jeremías 52:1–3
24:18 Sedequías tenía veintiún años cuando comenzó a reinar y reinó once años en Jerusalén. Su madre se llamaba Hamutal, hija de Jeremías, de Libna.
24:19 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR, conforme a todo lo que había hecho Joacim.
24:20 Esto sucedió en Jerusalén y en Judá por la ira del SEÑOR, hasta que los arrojó de su presencia. Sedequías se rebeló contra el rey de Babilonia.

Capítulo 25
Caída de Jerusalén
Textos relacionados: Jeremías 39:1–7; Jeremías 52:3–11
25:1 En el noveno año de su reinado, el día diez del décimo mes, Nabucodonosor, rey de Babilonia, llegó con todo su ejército contra Jerusalén. Acampó frente a ella y construyeron obras de asedio a su alrededor.
25:2 La ciudad permaneció sitiada hasta el año once del rey Sedequías.
25:3 El día nueve del mes, el hambre se había agravado en la ciudad y no había pan para la gente del país.
25:4 Se abrió una brecha en la ciudad. Todos los hombres de guerra salieron de noche por la puerta entre las dos murallas, junto al jardín del rey, mientras los caldeos rodeaban la ciudad. El rey tomó el camino del Arabá.
25:5 El ejército de los caldeos persiguió al rey y lo alcanzó en las llanuras de Jericó. Todo su ejército se había dispersado, apartándose de él.
25:6 Capturaron al rey y lo llevaron al rey de Babilonia en Ribla, donde pronunciaron sentencia contra él.
25:7 Degollaron a los hijos de Sedequías ante sus ojos. Luego le sacaron los ojos a Sedequías, lo ataron con cadenas de bronce y lo llevaron a Babilonia.
Destrucción de Jerusalén y deportación de Judá
Textos relacionados: 2 Crónicas 36:17–21; Jeremías 39:8–10; Jeremías 52:12–30
25:8 El día siete del quinto mes, en el año diecinueve de Nabucodonosor, rey de Babilonia, llegó a Jerusalén Nabuzaradán, capitán de la guardia y servidor del rey de Babilonia.
25:9 Quemó la casa del SEÑOR, el palacio del rey y todas las casas de Jerusalén; incendió todas las casas grandes.
25:10 Todo el ejército de los caldeos que estaba con el capitán de la guardia derribó las murallas que rodeaban Jerusalén.
25:11 Nabuzaradán, capitán de la guardia, deportó al resto de la gente que había quedado en la ciudad, a los desertores que se habían pasado al rey de Babilonia y al resto de la población.
25:12 Pero el capitán de la guardia dejó a algunos de los pobres del país como viñadores y labradores.
25:13 Los caldeos hicieron pedazos las columnas de bronce de la casa del SEÑOR, los soportes y el Mar de bronce que estaba en la casa del SEÑOR, y llevaron el bronce a Babilonia.
25:14 Se llevaron también las ollas, las palas, las despabiladeras, los cucharones y todos los utensilios de bronce que se usaban en el servicio.
25:15 El capitán de la guardia tomó los incensarios y los tazones: todo lo que era de oro y todo lo que era de plata.
25:16 No se podía pesar el bronce de todos aquellos objetos: las dos columnas, el Mar y los soportes que Salomón había hecho para la casa del SEÑOR.
25:17 Una columna tenía unos ocho metros con treinta centímetros de altura y, encima, un capitel de bronce de aproximadamente un metro con cuarenta centímetros. Alrededor del capitel había una red y granadas, todo de bronce. La segunda columna tenía lo mismo, incluida la red.
Los dirigentes son ejecutados en Ribla
25:18 El capitán de la guardia tomó al sumo sacerdote Seraías, al sacerdote de segundo rango Sofonías y a los tres guardianes de la entrada.
25:19 De la ciudad tomó a un funcionario que estaba al mando de los hombres de guerra, a cinco hombres del círculo cercano del rey que se encontraban en la ciudad, al secretario del jefe del ejército encargado de reclutar a la gente del país y a sesenta hombres de la gente del país que se encontraban en la ciudad.
25:20 Nabuzaradán, capitán de la guardia, los tomó y los llevó al rey de Babilonia en Ribla.
25:21 El rey de Babilonia los hirió y los hizo morir en Ribla, en la tierra de Hamat. Así Judá fue deportado de su tierra.
El remanente huye a Egipto
25:22 Sobre la gente que Nabucodonosor, rey de Babilonia, había dejado en la tierra de Judá, puso a Gedalías hijo de Ahicam, hijo de Safán.
25:23 Cuando todos los jefes de las tropas y sus hombres oyeron que el rey de Babilonia había nombrado a Gedalías, fueron a verlo a Mizpa: Ismael hijo de Netanías, Johanán hijo de Carea, Seraías hijo de Tanhumet, el netofatita, y Jaazanías hijo del maacateo, ellos con sus hombres.
25:24 Gedalías les juró a ellos y a sus hombres: «No tengan miedo de los servidores de los caldeos. Habiten en el país y sirvan al rey de Babilonia, y les irá bien».
25:25 Pero en el séptimo mes llegó Ismael hijo de Netanías, hijo de Elisama, de la descendencia real, acompañado de diez hombres. Hirieron a Gedalías y murió; también mataron a los judíos y a los caldeos que estaban con él en Mizpa.
25:26 Todo el pueblo, desde el menor hasta el mayor, y los jefes de las tropas se levantaron y fueron a Egipto, porque tenían miedo de los caldeos.
Joaquín es libertado y recibe honores en Babilonia
Texto relacionado: Jeremías 52:31–34
25:27 En el año treinta y siete del destierro de Joaquín, rey de Judá, el día veintisiete del duodécimo mes, Evil-merodac, rey de Babilonia, en el año en que comenzó a reinar, favoreció a Joaquín, rey de Judá, y lo liberó de la prisión.
25:28 Le habló con bondad y puso su trono por encima de los tronos de los reyes que estaban con él en Babilonia.
25:29 Le cambió la ropa de prisionero, y Joaquín comió siempre ante él durante todos los días de su vida.
25:30 El rey le daba una ración continua, la porción de cada día en su día, durante todos los días de su vida.

1 CRÓNICAS

Capítulo 1
Descendientes de Adán
Texto relacionado: Génesis 5:1–32.
1:1 Adán, Set, Enós,
1:2 Cainán, Mahalaleel, Jared,
1:3 Enoc, Matusalén, Lamec,
1:4 Noé, Sem, Cam y Jafet.
Los pueblos de Jafet
Texto relacionado: Génesis 10:2–5.
1:5 Los hijos de Jafet fueron Gomer, Magog, Madai, Javán, Tubal, Mesec y Tiras.
1:6 Los hijos de Gomer fueron Askenaz, Difat y Togarma.
1:7 Los hijos de Javán fueron Elisa, Tarsis, Quitim y Rodanim.
Los pueblos de Cam
Texto relacionado: Génesis 10:6–20.
1:8 Los hijos de Cam fueron Cus, Mizraim, Fut y Canaán.
1:9 Los hijos de Cus fueron Seba, Havila, Sabta, Raama y Sabteca. Los hijos de Raama fueron Seba y Dedán.
1:10 Cus engendró a Nimrod, que comenzó a ser un guerrero poderoso en la tierra.
1:11 Mizraim engendró a Ludim, Anamim, Lehabim y Naftuhim,
1:12 a Patrusim y a Casluhim, de quienes salieron los filisteos, y a Caftorim.
Los pueblos de Canaán
Texto relacionado: Génesis 10:15–19.
1:13 Canaán engendró a Sidón, su primogénito, y a Het,
1:14 al jebuseo, al amorreo y al gergeseo,
1:15 al heveo, al araceo y al sineo,
1:16 al arvadeo, al zemareo y al hamateo.
Los pueblos de Sem
Texto relacionado: Génesis 10:21–31.
1:17 Los hijos de Sem fueron Elam, Asur, Arfaxad, Lud, Aram, Uz, Hul, Geter y Mesec.
1:18 Arfaxad engendró a Sela, y Sela engendró a Heber.
1:19 A Heber le nacieron dos hijos. Uno se llamó Peleg, porque en sus días fue dividida la tierra; su hermano se llamó Joctán.
1:20 Joctán engendró a Almodad, Selef, Hazar-mavet y Jera,
1:21 a Adoram, Uzal y Dicla,
1:22 a Ebal, Abimael y Seba,
1:23 a Ofir, Havila y Jobab. Todos estos fueron hijos de Joctán.
La línea que conduce a Abraham
Texto relacionado: Génesis 11:10–26.
1:24 Sem, Arfaxad, Sela,
1:25 Heber, Peleg, Reu,
1:26 Serug, Nacor, Taré,
1:27 Abram, que es Abraham.
La familia de Abraham
Textos relacionados: Génesis 25:1–6; Génesis 25:12–18.
1:28 Los hijos de Abraham fueron Isaac e Ismael.
1:29 Estas fueron sus generaciones: el primogénito de Ismael fue Nebaiot; después, Cedar, Adbeel, Mibsam,
1:30 Misma, Duma, Massa, Hadad y Tema,
1:31 Jetur, Nafis y Cedema. Estos fueron los hijos de Ismael.
1:32 Los hijos de Cetura, concubina de Abraham, fueron los que ella dio a luz: Zimram, Jocsán, Medán, Madián, Isbac y Súa. Los hijos de Jocsán fueron Seba y Dedán.
1:33 Los hijos de Madián fueron Efa, Efer, Hanoc, Abida y Elda. Todos estos fueron hijos de Cetura.
Esaú y los orígenes de Edom
Texto relacionado: Génesis 36:1–19.
1:34 Abraham engendró a Isaac. Los hijos de Isaac fueron Esaú e Israel.
1:35 Los hijos de Esaú fueron Elifaz, Reuel, Jeús, Jaalam y Coré.
1:36 Los hijos de Elifaz fueron Temán, Omar, Zefi, Gatam, Cenaz, Timna y Amalec.
1:37 Los hijos de Reuel fueron Nahat, Zera, Sama y Miza.
Las familias de Seir
Texto relacionado: Génesis 36:20–30.
1:38 Los hijos de Seir fueron Lotán, Sobal, Zibeón, Aná, Disón, Ezer y Disán.
1:39 Los hijos de Lotán fueron Hori y Homam. La hermana de Lotán fue Timna.
1:40 Los hijos de Sobal fueron Alián, Manahat, Ebal, Sefi y Onam. Los hijos de Zibeón fueron Aja y Aná.
1:41 El hijo de Aná fue Disón. Los hijos de Disón fueron Hamrán, Esbán, Itrán y Querán.
1:42 Los hijos de Ezer fueron Bilhán, Zaaván y Jaacán. Los hijos de Disón fueron Uz y Arán.
Los reyes de Edom
Texto relacionado: Génesis 36:31–39.
1:43 Estos fueron los reyes que reinaron en la tierra de Edom antes de que reinara un rey sobre los hijos de Israel: Bela hijo de Beor; su ciudad se llamaba Dinaba.
1:44 Bela murió y reinó en su lugar Jobab hijo de Zera, de Bosra.
1:45 Jobab murió y reinó en su lugar Husam, de la tierra de los temanitas.
1:46 Husam murió y reinó en su lugar Hadad hijo de Bedad, que derrotó a Madián en el campo de Moab. Su ciudad se llamaba Avit.
1:47 Hadad murió y reinó en su lugar Samla, de Masreca.
1:48 Samla murió y reinó en su lugar Saúl, de Rehobot del Río.
1:49 Saúl murió y reinó en su lugar Baal-hanán hijo de Acbor.
1:50 Baal-hanán murió y reinó en su lugar Hadad. Su ciudad se llamaba Pai, y su esposa se llamaba Mehetabel, hija de Matred, hija de Mezaab.
Los jefes de Edom
Texto relacionado: Génesis 36:40–43.
1:51 Hadad murió. Los jefes de Edom fueron el jefe Timna, el jefe Alva y el jefe Jetet,
1:52 el jefe Aholibama, el jefe Ela y el jefe Pinón,
1:53 el jefe Cenaz, el jefe Temán y el jefe Mibzar,
1:54 el jefe Magdiel y el jefe Iram. Estos fueron los jefes de Edom.

Capítulo 2
Los hijos de Israel
Texto relacionado: Génesis 35:22–26.
2:1 Estos fueron los hijos de Israel: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar y Zabulón,
2:2 Dan, José y Benjamín, Neftalí, Gad y Aser.
Descendientes de Judá
2:3 Los hijos de Judá fueron Er, Onán y Sela. Estos tres le nacieron de la hija de Súa, la cananea. Er, primogénito de Judá, fue malo a los ojos del SEÑOR, y él le dio muerte.
2:4 Tamar, su nuera, le dio a luz a Fares y a Zera. Los hijos de Judá fueron cinco en total.
2:5 Los hijos de Fares fueron Hezrón y Hamul.
2:6 Los hijos de Zera fueron Zimri, Etán, Hemán, Calcol y Dara, cinco en total.
2:7 El hijo de Carmi fue Acar, que trajo desgracia a Israel al ser infiel en lo consagrado a la destrucción.
2:8 El hijo de Etán fue Azarías.
De Hezrón a la familia de David
Texto relacionado: Rut 4:18–22.
2:9 Los hijos que le nacieron a Hezrón fueron Jerameel, Ram y Quelubai.
2:10 Ram engendró a Aminadab, y Aminadab engendró a Naasón, jefe de los hijos de Judá.
2:11 Naasón engendró a Salma, y Salma engendró a Booz.
2:12 Booz engendró a Obed, y Obed engendró a Isaí.
2:13 Isaí engendró a Eliab, su primogénito; a Abinadab, el segundo; a Simea, el tercero;
2:14 a Natanael, el cuarto; a Radai, el quinto;
2:15 a Ozem, el sexto; y a David, el séptimo.
2:16 Sus hermanas fueron Sarvia y Abigail. Los hijos de Sarvia fueron tres: Abisai, Joab y Asael.
2:17 Abigail dio a luz a Amasa. El padre de Amasa fue Jeter, el ismaelita.
La familia de Caleb y el origen de Bezaleel
2:18 Caleb hijo de Hezrón tuvo hijos con Azuba, su esposa, y con Jeriot. Estos fueron los hijos de ella: Jeser, Sobab y Ardón.
2:19 Azuba murió, y Caleb tomó por esposa a Efrata, que le dio a luz a Hur.
2:20 Hur engendró a Uri, y Uri engendró a Bezaleel.
Hezrón y las familias de Galaad
Textos relacionados: Números 32:39–42; Deuteronomio 3:13–15.
2:21 Después, Hezrón se unió a la hija de Maquir, padre de Galaad. La había tomado por esposa cuando tenía sesenta años, y ella le dio a luz a Segub.
2:22 Segub engendró a Jair, que tuvo veintitrés ciudades en la tierra de Galaad.
2:23 Pero Gesur y Aram les quitaron las aldeas de Jair, Kenat y sus aldeas: sesenta ciudades. Todos estos fueron hijos de Maquir, padre de Galaad.
2:24 Después de que Hezrón murió en Caleb-efrata, Abías, esposa de Hezrón, le dio a luz a Asur, padre de Tecoa.
Los clanes de Jerameel
2:25 Los hijos de Jerameel, primogénito de Hezrón, fueron Ram, el primogénito, Buna, Orén, Ozem y Ahías.
2:26 Jerameel tuvo otra esposa, llamada Atara, que fue la madre de Onam.
2:27 Los hijos de Ram, primogénito de Jerameel, fueron Maaz, Jamín y Equer.
2:28 Los hijos de Onam fueron Samai y Jada. Los hijos de Samai fueron Nadab y Abisur.
2:29 La esposa de Abisur se llamaba Abihail, y le dio a luz a Ahbán y a Molid.
2:30 Los hijos de Nadab fueron Seled y Apaim. Seled murió sin hijos.
2:31 El hijo de Apaim fue Isi, el hijo de Isi fue Sesán, y la descendencia de Sesán fue Ahlai.
2:32 Los hijos de Jada, hermano de Samai, fueron Jeter y Jonatán. Jeter murió sin hijos.
2:33 Los hijos de Jonatán fueron Pelet y Zaza. Estos fueron los hijos de Jerameel.
La hija de Sesán y la descendencia de Jarha
2:34 Sesán no tuvo hijos varones, sino hijas. Tenía un siervo egipcio llamado Jarha.
2:35 Sesán dio su hija por esposa a su siervo Jarha, y ella le dio a luz a Atai.
2:36 Atai engendró a Natán, y Natán engendró a Zabad.
2:37 Zabad engendró a Eflal, y Eflal engendró a Obed.
2:38 Obed engendró a Jehú, y Jehú engendró a Azarías.
2:39 Azarías engendró a Heles, y Heles engendró a Elasa.
2:40 Elasa engendró a Sismai, y Sismai engendró a Salum.
2:41 Salum engendró a Jecamías, y Jecamías engendró a Elisama.
Las familias de Caleb y sus ciudades
2:42 Los hijos de Caleb, hermano de Jerameel, fueron Mesa, su primogénito, padre de Zif, y los hijos de Maresa, padre de Hebrón.
2:43 Los hijos de Hebrón fueron Coré, Tapúa, Requem y Sema.
2:44 Sema engendró a Raham, padre de Jorcoam, y Requem engendró a Samai.
2:45 El hijo de Samai fue Maón, y Maón fue padre de Bet-sur.
2:46 Efa, concubina de Caleb, dio a luz a Harán, a Mosa y a Gazez. Harán engendró a Gazez.
2:47 Los hijos de Jahdai fueron Regem, Jotam, Gesam, Pelet, Efa y Saaf.
2:48 Maaca, concubina de Caleb, dio a luz a Seber y a Tirhana.
2:49 También dio a luz a Saaf, padre de Madmana, y a Seva, padre de Macbena y padre de Gibea. La hija de Caleb fue Acsa.
Las familias de Quiriat-jearim y Belén
2:50 Estos fueron los hijos de Caleb, hijo de Hur, primogénito de Efrata: Sobal, padre de Quiriat-jearim;
2:51 Salma, padre de Belén; y Haref, padre de Bet-gader.
2:52 Los hijos de Sobal, padre de Quiriat-jearim, fueron Haroe y la mitad de los manahetitas.
2:53 Las familias de Quiriat-jearim fueron los itritas, los futitas, los sumatitas y los misraítas. De ellos salieron los zoratitas y los estaolitas.
2:54 Los hijos de Salma fueron Belén, los netofatitas, Atrot-bet-joab, la mitad de los manahetitas y los zoraítas.
Los escribas de Jabes
Textos relacionados: Jueces 1:16; Jeremías 35:1–19.
2:55 Las familias de escribas que habitaban en Jabes fueron los tirateos, los simeateos y los sucateos. Estos fueron los ceneos que procedían de Hamat, padre de la casa de Recab.

Capítulo 3
La familia de David en Hebrón y Jerusalén
Textos relacionados: 2 Samuel 3:2–5; 2 Samuel 5:13–16; 1 Crónicas 14:3–7.
3:1 Estos fueron los hijos de David que le nacieron en Hebrón: el primogénito, Amnón, de Ahinoam, la jezreelita; el segundo, Daniel, de Abigail, la de Carmel;
3:2 el tercero, Absalón, hijo de Maaca, hija de Talmai, rey de Gesur; el cuarto, Adonías, hijo de Haguit;
3:3 el quinto, Sefatías, de Abital; el sexto, Itream, de su esposa Egla.
3:4 Seis le nacieron en Hebrón, donde reinó siete años y seis meses. En Jerusalén reinó treinta y tres años.
3:5 Estos le nacieron en Jerusalén: Simea, Sobab, Natán y Salomón, cuatro de Bet-súa, hija de Amiel;
3:6 Ibhar, Elisama y Elifelet,
3:7 Noga, Nefeg y Jafía,
3:8 Elisama, Eliada y Elifelet, nueve.
3:9 Todos estos fueron hijos de David, sin contar los hijos de las concubinas. Tamar fue su hermana.
La línea de los reyes de Judá
3:10 El hijo de Salomón fue Roboam; Abías, su hijo; Asa, su hijo; Josafat, su hijo;
3:11 Joram, su hijo; Ocozías, su hijo; Joás, su hijo;
3:12 Amasías, su hijo; Azarías, su hijo; Jotam, su hijo;
3:13 Acaz, su hijo; Ezequías, su hijo; Manasés, su hijo;
3:14 Amón, su hijo; Josías, su hijo.
3:15 Los hijos de Josías fueron Johanán, el primogénito; Joacim, el segundo; Sedequías, el tercero; y Salum, el cuarto.
3:16 Los hijos de Joacim fueron Jeconías, su hijo, y Sedequías, su hijo.
La casa de David después del destierro
3:17 Los hijos de Jeconías, el cautivo, fueron Salatiel, su hijo,
3:18 Malquiram, Pedaías, Senazar, Jecamías, Hosama y Nedabías.
3:19 Los hijos de Pedaías fueron Zorobabel y Simei. Los hijos de Zorobabel fueron Mesulam y Hananías, y Selomit fue su hermana;
3:20 también Hasuba, Ohel, Berequías, Hasadías y Jusab-hesed, cinco.
3:21 Los hijos de Hananías fueron Pelatías y Jesaías; los hijos de Refaías, los hijos de Arnán, los hijos de Abdías y los hijos de Secanías.
3:22 El hijo de Secanías fue Semaías. Los hijos de Semaías fueron Hatús, Igal, Barías, Nearías y Safat; seis.
3:23 Los hijos de Nearías fueron Elioenai, Ezequías y Azricam; tres.
3:24 Los hijos de Elioenai fueron Hodavías, Eliasib, Pelaías, Acub, Johanán, Dalaías y Anani; siete.

Capítulo 4
Clanes y poblaciones de Judá
4:1 Los hijos de Judá fueron Fares, Hezrón, Carmi, Hur y Sobal.
4:2 Reaía hijo de Sobal engendró a Jahat, y Jahat engendró a Ahumai y a Lahad. Estas fueron las familias de los zoratitas.
4:3 Estos fueron los del padre de Etam: Jezreel, Isma e Ibdas. Su hermana se llamaba Haze-lelponi.
4:4 Penuel fue padre de Gedor, y Ezer fue padre de Husa. Estos fueron los hijos de Hur, primogénito de Efrata y padre de Belén.
4:5 Asur, padre de Tecoa, tuvo dos esposas: Hela y Naara.
4:6 Naara le dio a luz a Ahuzam, a Hefer, a Temeni y a Ahastari. Estos fueron los hijos de Naara.
4:7 Los hijos de Hela fueron Zeret, Zohar y Etnán.
4:8 Cos engendró a Anub, a Zobeba y a las familias de Aharhel hijo de Harum.
Jabes pide la ayuda de Dios
4:9 Jabes fue más honrado que sus hermanos. Su madre lo llamó Jabes, diciendo: «Porque lo di a luz con dolor».
4:10 Jabes invocó al Dios de Israel: «¡Oh, si me bendijeras y ensancharas mi territorio! Que tu mano esté conmigo y me libres del mal, para que no me cause dolor». Y Dios le concedió lo que pidió.
4:11 Quelub, hermano de Súa, engendró a Mehir, que fue padre de Estón.
4:12 Estón engendró a Bet-rafa, a Paseah y a Tehina, padre de Ir-nahas. Estos fueron los hombres de Reca.
Las familias de Cenaz y Caleb
Textos relacionados: Josué 14:6–14; Josué 15:16–19; Jueces 3:7–11.
4:13 Los hijos de Cenaz fueron Otoniel y Seraías. El hijo de Otoniel fue Hatat.
4:14 Meonotai engendró a Ofra, y Seraías engendró a Joab, padre del valle de los Artesanos, porque eran artesanos.
4:15 Los hijos de Caleb hijo de Jefone fueron Iru, Ela y Naam. El hijo de Ela fue Cenaz.
4:16 Los hijos de Jehalelel fueron Zif, Zifa, Tirías y Asareel.
Las familias de Esdras y Mered
4:17 Los hijos de Esdras fueron Jeter, Mered, Efer y Jalón. Ella concibió a Miriam, a Samai y a Isba, padre de Estemoa.
4:18 Su esposa judía dio a luz a Jered, padre de Gedor; a Heber, padre de Soco; y a Jecutiel, padre de Zanoa. Estos fueron los hijos de Bitia, hija del faraón, a quien Mered tomó por esposa.
4:19 Los hijos de la esposa de Hodías, hermana de Naham, fueron el padre de Keila, el garmita, y Estemoa, el maacateo.
4:20 Los hijos de Simón fueron Amnón, Rina, Ben-hanán y Tilón. Los hijos de Isi fueron Zohet y Benzohet.
Los oficios de los descendientes de Sela
4:21 Los hijos de Sela hijo de Judá fueron Er, padre de Leca; Laada, padre de Maresa; las familias de los que trabajaban el lino fino en la casa de Asbea;
4:22 Joacim, los hombres de Cozeba, Joás y Saraf, que dominaron en Moab, y Jasubi-lehem. Estos son datos antiguos.
4:23 Ellos eran los alfareros y los habitantes de Netaim y Gedera. Habitaban allí con el rey, ocupados en su trabajo.
Descendientes de Simeón
Textos relacionados: Génesis 46:10; Éxodo 6:15; Números 26:12–14.
4:24 Los hijos de Simeón fueron Nemuel, Jamín, Jarib, Zera y Saúl;
4:25 Salum, su hijo; Mibsam, su hijo; Misma, su hijo.
4:26 Los descendientes de Misma fueron Hamuel, su hijo; Zacur, su hijo; Simei, su hijo.
4:27 Simei tuvo dieciséis hijos y seis hijas, pero sus hermanos no tuvieron muchos hijos. Toda su familia no llegó a multiplicarse tanto como los hijos de Judá.
Los asentamientos de Simeón
Texto relacionado: Josué 19:1–9.
4:28 Habitaron en Beerseba, Molada y Hazar-sual,
4:29 en Bilha, Ezem y Tolad,
4:30 en Betuel, Horma y Siclag,
4:31 en Bet-marcabot, Hazar-susim, Bet-birai y Saaraim. Estas fueron sus ciudades hasta el reinado de David.
4:32 Sus aldeas fueron Etam, Aín, Rimón, Toquén y Asán, cinco ciudades,
4:33 con todas las aldeas de los alrededores de estas ciudades, hasta Baal. Estos fueron sus lugares de residencia, y tenían su registro genealógico.
Los jefes de las familias de Simeón
4:34 Mesobab, Jamlec, Josías hijo de Amasías,
4:35 Joel, Jehú hijo de Josibías, hijo de Seraías, hijo de Asiel,
4:36 Elioenai, Jaacoba, Jesohaía, Asaías, Adiel, Jesimiel, Benaía,
4:37 y Ziza hijo de Sifi, hijo de Alón, hijo de Jedaías, hijo de Simri, hijo de Semaías:
4:38 estos, mencionados por sus nombres, fueron jefes de sus familias, y sus casas paternas se multiplicaron mucho.
La búsqueda de pastos y el asentamiento
4:39 Fueron hasta la entrada de Gedor, al este del valle, buscando pastos para sus rebaños.
4:40 Encontraron pastos abundantes y buenos, y la tierra era espaciosa, tranquila y apacible, pues antes la habían habitado los descendientes de Cam.
4:41 Estos que están registrados por sus nombres llegaron en los días de Ezequías, rey de Judá. Atacaron sus tiendas y a los meunitas que encontraron allí, los exterminaron hasta el día de hoy y habitaron en su lugar, porque allí había pastos para sus rebaños.
Un grupo de Simeón se establece en Seir
4:42 Quinientos hombres de ellos, de los hijos de Simeón, fueron al monte Seir, con Pelatías, Nearías, Refaías y Uziel, hijos de Isi, al frente.
4:43 Derrotaron al remanente de los amalecitas que había escapado y habitaron allí hasta el día de hoy.

Capítulo 5
Descendientes de Rubén
Textos relacionados: Génesis 35:22; Génesis 48:5–6; Génesis 49:3–4.
5:1 Los hijos de Rubén, primogénito de Israel —pues él era el primogénito, pero, por haber profanado el lecho de su padre, su derecho de primogenitura fue dado a los hijos de José, hijo de Israel, y no fue registrado según la primogenitura;
5:2 aunque Judá prevaleció sobre sus hermanos y de él procedió un gobernante, el derecho de primogenitura perteneció a José—,
5:3 los hijos de Rubén, primogénito de Israel, fueron Hanoc, Falú, Hezrón y Carmi.
Una familia de Rubén y el destierro
5:4 Los descendientes de Joel fueron Semaías, su hijo; Gog, su hijo; Simei, su hijo;
5:5 Micaía, su hijo; Reaía, su hijo; Baal, su hijo;
5:6 Beera, su hijo, a quien deportó Tiglat-pileser, rey de Asiria. Beera era jefe de los rubenitas.
5:7 Sus hermanos, según sus familias, registrados por sus generaciones, fueron Jeiel, el jefe, y Zacarías,
5:8 y Bela hijo de Azaz, hijo de Sema, hijo de Joel. Él habitaba en Aroer y hasta Nebo y Baal-meón.
5:9 Hacia el este habitó hasta la entrada del desierto que se extiende desde el río Éufrates, porque sus ganados se habían multiplicado en la tierra de Galaad.
Una guerra en Galaad en tiempos de Saúl
5:10 En los días de Saúl hicieron guerra contra los agarenos, que cayeron en sus manos. Habitaron en sus tiendas por toda la región oriental de Galaad.
Descendientes de Gad
5:11 Los hijos de Gad habitaban frente a ellos, en la tierra de Basán hasta Salca.
5:12 Joel era el jefe; Safán, el segundo; también Jaanai y Safat, en Basán.
5:13 Sus hermanos, según sus casas paternas, fueron Micael, Mesulam, Seba, Jorai, Jacán, Zía y Heber, siete.
5:14 Estos fueron hijos de Abihail hijo de Huri, hijo de Jaroa, hijo de Galaad, hijo de Micael, hijo de Jesisai, hijo de Jahdo, hijo de Buz.
5:15 Ahí hijo de Abdiel, hijo de Guni, era jefe de sus casas paternas.
5:16 Habitaron en Galaad, en Basán y sus aldeas, y en todos los pastizales de Sarón hasta sus límites.
5:17 Todos fueron registrados por sus genealogías en los días de Jotam, rey de Judá, y en los días de Jeroboam, rey de Israel.
Victoria de las tribus de Transjordania
5:18 Los hijos de Rubén, los gaditas y la media tribu de Manasés contaban con cuarenta y cuatro mil setecientos sesenta hombres valientes aptos para la guerra, que llevaban escudo y espada, manejaban el arco y estaban adiestrados en combate.
5:19 Hicieron guerra contra los agarenos, Jetur, Nafis y Nodab.
5:20 Recibieron ayuda contra ellos, y los agarenos y todos los que estaban con ellos fueron entregados en sus manos. Porque clamaron a Dios en la batalla y él atendió su súplica, pues habían confiado en él.
5:21 Capturaron su ganado: cincuenta mil camellos, doscientas cincuenta mil ovejas y dos mil burros, y también cien mil personas.
5:22 Muchos cayeron muertos, porque la guerra era de Dios. Habitaron en su lugar hasta el destierro.
La media tribu de Manasés y el destierro
5:23 Los hijos de la media tribu de Manasés habitaban en la tierra desde Basán hasta Baal-hermón, Senir y el monte Hermón. Eran numerosos.
5:24 Estos fueron los jefes de sus casas paternas: Efer, Isi, Eliel, Azriel, Jeremías, Hodavías y Jahdiel; hombres valientes, hombres de renombre, jefes de sus casas paternas.
5:25 Pero fueron infieles al Dios de sus padres y se prostituyeron siguiendo a los dioses de los pueblos del país, a los que Dios había destruido de delante de ellos.
5:26 Entonces el Dios de Israel despertó el espíritu de Pul, rey de Asiria, y el espíritu de Tiglat-pileser, rey de Asiria. Este deportó a los rubenitas, a los gaditas y a la media tribu de Manasés, y los llevó a Halah, Habor, Hara y al río Gozán, donde permanecen hasta el día de hoy.

Capítulo 6
Las familias de Leví y la línea sacerdotal
6:1 Los hijos de Leví fueron Gersón, Coat y Merari.
6:2 Los hijos de Coat fueron Amram, Izhar, Hebrón y Uziel.
6:3 Los hijos de Amram fueron Aarón, Moisés y Miriam. Los hijos de Aarón fueron Nadab, Abiú, Eleazar e Itamar.
6:4 Eleazar engendró a Finees, y Finees engendró a Abisúa.
6:5 Abisúa engendró a Buqui, y Buqui engendró a Uzi.
6:6 Uzi engendró a Zeraías, y Zeraías engendró a Meraiot.
6:7 Meraiot engendró a Amarías, y Amarías engendró a Ahitob.
6:8 Ahitob engendró a Sadoc, y Sadoc engendró a Ahimaas.
6:9 Ahimaas engendró a Azarías, y Azarías engendró a Johanán.
6:10 Johanán engendró a Azarías, que ejerció el sacerdocio en la casa que Salomón construyó en Jerusalén.
6:11 Azarías engendró a Amarías, y Amarías engendró a Ahitob.
6:12 Ahitob engendró a Sadoc, y Sadoc engendró a Salum.
6:13 Salum engendró a Hilcías, y Hilcías engendró a Azarías.
6:14 Azarías engendró a Seraías, y Seraías engendró a Josadac.
6:15 Josadac fue al destierro cuando el SEÑOR deportó a Judá y a Jerusalén por medio de Nabucodonosor.
Las ramas de las familias levíticas
6:16 Los hijos de Leví fueron Gersom, Coat y Merari.
6:17 Estos fueron los nombres de los hijos de Gersom: Libni y Simei.
6:18 Los hijos de Coat fueron Amram, Izhar, Hebrón y Uziel.
6:19 Los hijos de Merari fueron Mahli y Musi. Estas fueron las familias de los levitas según sus casas paternas.
6:20 De Gersom: Libni, su hijo; Jahat, su hijo; Zima, su hijo;
6:21 Joa, su hijo; Iddo, su hijo; Zera, su hijo; Jeatrai, su hijo.
6:22 Los descendientes de Coat fueron Aminadab, su hijo; Coré, su hijo; Asir, su hijo;
6:23 Elcana, su hijo; Ebiasaf, su hijo; Asir, su hijo;
6:24 Tahat, su hijo; Uriel, su hijo; Uzías, su hijo; Saúl, su hijo.
6:25 Los hijos de Elcana fueron Amasai y Ahimot;
6:26 Elcana. Los descendientes de Elcana fueron Zofai, su hijo, y Nahat, su hijo;
6:27 Eliab, su hijo; Jeroham, su hijo; Elcana, su hijo.
6:28 Los hijos de Samuel fueron Vasni, el primogénito, y Abías.
6:29 Los descendientes de Merari fueron Mahli; Libni, su hijo; Simei, su hijo; Uza, su hijo;
6:30 Simea, su hijo; Haguía, su hijo; Asaías, su hijo.
Los cantores del santuario y sus familias
6:31 Estos fueron los que David puso a cargo del canto en la casa del SEÑOR después de que el arca tuvo reposo.
6:32 Servían con el canto ante el tabernáculo, la tienda de reunión, hasta que Salomón construyó la casa del SEÑOR en Jerusalén. Cumplían su servicio conforme al orden establecido.
6:33 Estos fueron los que servían con sus hijos: de los coatitas, Hemán, el cantor, hijo de Joel, hijo de Samuel,
6:34 hijo de Elcana, hijo de Jeroham, hijo de Eliel, hijo de Toa,
6:35 hijo de Zuf, hijo de Elcana, hijo de Mahat, hijo de Amasai,
6:36 hijo de Elcana, hijo de Joel, hijo de Azarías, hijo de Sofonías,
6:37 hijo de Tahat, hijo de Asir, hijo de Ebiasaf, hijo de Coré,
6:38 hijo de Izhar, hijo de Coat, hijo de Leví, hijo de Israel.
6:39 Su hermano Asaf estaba a su derecha: Asaf hijo de Berequías, hijo de Simea,
6:40 hijo de Micael, hijo de Baasías, hijo de Malquías,
6:41 hijo de Etni, hijo de Zera, hijo de Adaía,
6:42 hijo de Etán, hijo de Zima, hijo de Simei,
6:43 hijo de Jahat, hijo de Gersom, hijo de Leví.
6:44 A la izquierda estaban sus hermanos, los hijos de Merari: Etán hijo de Quisi, hijo de Abdi, hijo de Maluc,
6:45 hijo de Hasabías, hijo de Amasías, hijo de Hilcías,
6:46 hijo de Amsi, hijo de Bani, hijo de Semer,
6:47 hijo de Mahli, hijo de Musi, hijo de Merari, hijo de Leví.
6:48 Sus hermanos, los levitas, estaban destinados a todo el servicio del tabernáculo de la casa de Dios.
Descendientes de Aarón
6:49 Pero Aarón y sus hijos quemaban las ofrendas en el altar del holocausto y en el altar del incienso. Se encargaban de todo el trabajo del Lugar Santísimo y hacían expiación por Israel, conforme a todo lo que había ordenado Moisés, siervo de Dios.
6:50 Estos fueron los descendientes de Aarón: Eleazar, su hijo; Finees, su hijo; Abisúa, su hijo;
6:51 Buqui, su hijo; Uzi, su hijo; Zeraías, su hijo;
6:52 Meraiot, su hijo; Amarías, su hijo; Ahitob, su hijo;
6:53 Sadoc, su hijo; Ahimaas, su hijo.
Las ciudades de los levitas
Texto relacionado: Josué 21:1–42.
6:54 Estos fueron sus lugares de residencia, según sus asentamientos dentro de sus territorios: a los hijos de Aarón, de la familia de los coatitas, les correspondió la asignación por sorteo.
6:55 Les dieron Hebrón, en la tierra de Judá, con los pastizales de sus alrededores.
6:56 Pero el campo de la ciudad y sus aldeas los dieron a Caleb hijo de Jefone.
6:57 A los hijos de Aarón les dieron las ciudades de refugio: Hebrón, Libna con sus pastizales, Jatir y Estemoa con sus pastizales,
6:58 Hilez con sus pastizales, Debir con sus pastizales,
6:59 Asán con sus pastizales y Bet-semes con sus pastizales.
6:60 De la tribu de Benjamín: Geba con sus pastizales, Alemet con sus pastizales y Anatot con sus pastizales. Todas sus ciudades fueron trece, repartidas entre sus familias.
6:61 A los demás hijos de Coat, de las familias de la tribu, les correspondieron por sorteo diez ciudades de la media tribu de Manasés.
6:62 A los hijos de Gersom, según sus familias, les dieron trece ciudades de la tribu de Isacar, de la tribu de Aser, de la tribu de Neftalí y de la tribu de Manasés en Basán.
6:63 A los hijos de Merari, según sus familias, les correspondieron por sorteo doce ciudades de la tribu de Rubén, de la tribu de Gad y de la tribu de Zabulón.
6:64 Los hijos de Israel dieron a los levitas las ciudades con sus pastizales.
6:65 Les dieron por sorteo, de la tribu de los hijos de Judá, de la tribu de los hijos de Simeón y de la tribu de los hijos de Benjamín, estas ciudades que fueron mencionadas por sus nombres.
6:66 Algunas familias de los hijos de Coat tuvieron ciudades de su territorio en la tribu de Efraín.
6:67 Les dieron las ciudades de refugio: Siquem con sus pastizales, en la región montañosa de Efraín, y Gezer con sus pastizales,
6:68 Jocmeam con sus pastizales, Bet-horón con sus pastizales,
6:69 Ajalón con sus pastizales y Gat-rimón con sus pastizales.
6:70 De la media tribu de Manasés: Aner con sus pastizales y Bileam con sus pastizales, para las demás familias de los hijos de Coat.
6:71 A los hijos de Gersom les dieron de las familias de la media tribu de Manasés: Golán, en Basán, con sus pastizales, y Astarot con sus pastizales.
6:72 De la tribu de Isacar: Cedes con sus pastizales, Daberat con sus pastizales,
6:73 Ramot con sus pastizales y Anem con sus pastizales.
6:74 De la tribu de Aser: Masal con sus pastizales, Abdón con sus pastizales,
6:75 Hucoc con sus pastizales y Rehob con sus pastizales.
6:76 De la tribu de Neftalí: Cedes, en Galilea, con sus pastizales, Hamón con sus pastizales y Quiriataim con sus pastizales.
6:77 A los demás hijos de Merari les dieron de la tribu de Zabulón: Rimono con sus pastizales y Tabor con sus pastizales.
6:78 Al otro lado del Jordán, frente a Jericó, al este del Jordán, de la tribu de Rubén: Beser, en el desierto, con sus pastizales, Jaza con sus pastizales,
6:79 Cademot con sus pastizales y Mefaat con sus pastizales.
6:80 De la tribu de Gad: Ramot, en Galaad, con sus pastizales, Mahanaim con sus pastizales,
6:81 Hesbón con sus pastizales y Jazer con sus pastizales.

Capítulo 7
Descendientes de Isacar
7:1 Los cuatro hijos de Isacar fueron Tola, Fúa, Jasub y Simrón.
7:2 Los hijos de Tola fueron Uzi, Refaías, Jeriel, Jahmai, Jibsam y Semuel. Eran jefes de sus familias paternas, descendientes de Tola, y guerreros valientes según sus genealogías. En tiempos de David sumaban veintidós mil seiscientos.
7:3 El hijo de Uzi fue Israhías. Los hijos de Israhías fueron Micael, Obadías, Joel e Isías: cinco, todos ellos jefes.
7:4 Con ellos, según sus genealogías y sus familias paternas, había treinta y seis mil hombres en tropas de combate, pues habían tenido muchas esposas e hijos.
7:5 Sus hermanos de todas las familias de Isacar eran guerreros valientes. El total de los registrados en sus genealogías era de ochenta y siete mil.
Descendientes de Benjamín
7:6 Los hijos de Benjamín fueron Bela, Bequer y Jediael: tres.
7:7 Los hijos de Bela fueron Ezbón, Uzi, Uziel, Jerimot e Iri: cinco. Eran jefes de familias paternas y guerreros valientes. Sus registros genealógicos sumaban veintidós mil treinta y cuatro.
7:8 Los hijos de Bequer fueron Zemira, Joás, Eliezer, Elioenai, Omri, Jerimot, Abías, Anatot y Alamet. Todos estos fueron hijos de Bequer.
7:9 Su registro genealógico por generaciones, bajo los jefes de sus familias paternas, contaba veinte mil doscientos guerreros valientes.
7:10 El hijo de Jediael fue Bilhán. Los hijos de Bilhán fueron Jeús, Benjamín, Aod, Quenaana, Zetán, Tarsis y Ahisahar.
7:11 Todos estos fueron descendientes de Jediael y jefes de familias paternas. Sus guerreros valientes, aptos para salir a la guerra, sumaban diecisiete mil doscientos.
7:12 Supim y Hupim fueron hijos de Ir; Husim fue hijo de Aher.
Descendientes de Neftalí
7:13 Los hijos de Neftalí fueron Jahziel, Guni, Jezer y Salum. Estos eran descendientes de Bilha.
Descendientes de Manasés
7:14 Los hijos de Manasés fueron Asriel, a quien dio a luz su concubina aramea; ella también dio a luz a Maquir, padre de Galaad.
7:15 Maquir tomó por esposa a una mujer de Hupim y Supim. Su hermana se llamaba Maaca. El segundo se llamaba Zelofehad, y Zelofehad tuvo hijas.
7:16 Maaca, esposa de Maquir, dio a luz un hijo y lo llamó Peres. Su hermano se llamaba Seres, y sus hijos fueron Ulam y Requem.
7:17 El hijo de Ulam fue Bedán. Estos fueron los descendientes de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés.
7:18 Su hermana Hamolequet dio a luz a Isod, Abiezer y Mahala.
7:19 Los hijos de Semida fueron Ahián, Siquem, Likhi y Aniam.
Descendientes de Efraín
7:20 Los descendientes de Efraín fueron Sutela, Bered, su hijo; Tahat, su hijo; Elada, su hijo; Tahat, su hijo;
7:21 Zabad, su hijo; Sutela, su hijo; Ezer y Elad. Los hombres de Gat, nacidos en aquella tierra, los mataron porque habían bajado a apoderarse de sus ganados.
7:22 Efraín, su padre, estuvo de duelo muchos días, y sus hermanos vinieron a consolarlo.
7:23 Después se unió a su esposa, y ella concibió y dio a luz un hijo. Lo llamó Bería, porque la desgracia había llegado a su casa.
7:24 Su hija Seera construyó Bet-horón de Abajo, Bet-horón de Arriba y Uzen-seera.
7:25 Refa fue su hijo, y Resef; Tela, su hijo; Tahán, su hijo;
7:26 Laadán, su hijo; Amiud, su hijo; Elisama, su hijo;
7:27 Nun, su hijo; Josué, su hijo.
Los asentamientos de los hijos de José
7:28 Sus posesiones y lugares de residencia fueron Betel y sus aldeas; al este, Naarán; al oeste, Gezer y sus aldeas, y Siquem y sus aldeas, hasta Aya y sus aldeas.
7:29 Junto al territorio de los descendientes de Manasés estaban Bet-seán y sus aldeas, Taanac y sus aldeas, Meguido y sus aldeas, Dor y sus aldeas. En estos lugares vivían los descendientes de José, hijo de Israel.
Descendientes de Aser
7:30 Los hijos de Aser fueron Imna, Isúa, Isúi y Bería; Sera fue su hermana.
7:31 Los hijos de Bería fueron Heber y Malquiel. Este fue padre de Birzait.
7:32 Heber fue padre de Jaflet, Somer, Hotam y Súa, hermana de ellos.
7:33 Los hijos de Jaflet fueron Pasac, Bimhal y Asvat. Estos fueron los hijos de Jaflet.
7:34 Los hijos de Semer fueron Ahí, Rahga, Huba y Aram.
7:35 Los hijos de Helem, su hermano, fueron Zofa, Imna, Seles y Amal.
7:36 Los hijos de Zofa fueron Súa, Harnefer, Súal, Beri, Imra,
7:37 Beser, Hod, Sama, Silsa, Itrán y Beera.
7:38 Los hijos de Jeter fueron Jefone, Pispa y Ara.
7:39 Los hijos de Ula fueron Arah, Haniel y Rezia.
7:40 Todos estos fueron descendientes de Aser, jefes de familias paternas, hombres escogidos, guerreros valientes y principales entre los jefes. El número de hombres registrados para el servicio militar en la guerra era de veintiséis mil.

Capítulo 8
Descendientes de Benjamín
8:1 Benjamín fue padre de Bela, su primogénito; Asbel, el segundo; Ahara, el tercero;
8:2 Noha, el cuarto; y Rafa, el quinto.
8:3 Los hijos de Bela fueron Adar, Gera, Abiud,
8:4 Abisúa, Naamán, Ahoa,
8:5 Gera, Sefufán y Huram.
El traslado de una familia de Geba
8:6 Estos fueron los hijos de Aod, jefes de familias paternas de los habitantes de Geba, a quienes deportaron a Manahat:
8:7 Naamán, Ahías y Gera. Este los deportó y fue padre de Uza y Ahiud.
Una familia benjaminita en Moab
8:8 Saharaim tuvo hijos en el territorio de Moab después de despedir a sus esposas Husim y Baara.
8:9 Con Hodes, su esposa, tuvo a Jobab, Sibia, Mesa, Malcam,
8:10 Jeúz, Saquías y Mirma. Estos fueron sus hijos, jefes de familias paternas.
8:11 Con Husim tuvo a Abitob y Elpaal.
8:12 Los hijos de Elpaal fueron Heber, Misam y Semed. Este construyó Ono, Lod y sus aldeas.
Casas de Benjamín en Ajalón y Jerusalén
8:13 Bería y Sema eran jefes de familias paternas de los habitantes de Ajalón. Ellos hicieron huir a los habitantes de Gat.
8:14 Ahío, Sasac, Jeremot,
8:15 Zebadías, Arad, Ader,
8:16 Micael, Ispa y Joha fueron hijos de Bería.
8:17 Zebadías, Mesulam, Hizqui, Heber,
8:18 Ismerai, Jezlías y Jobab fueron hijos de Elpaal.
8:19 Jaquim, Zicri, Zabdi,
8:20 Elienai, Ziletai, Eliel,
8:21 Adaías, Beraías y Simrat fueron hijos de Simei.
8:22 Ispán, Heber, Eliel,
8:23 Abdón, Zicri, Hanán,
8:24 Hananías, Elam, Anatotías,
8:25 Ifdaías y Penuel fueron hijos de Sasac.
8:26 Samserai, Seharías, Atalías,
8:27 Jaresías, Elías y Zicri fueron hijos de Jeroham.
8:28 Estos fueron jefes de familias paternas, jefes según sus genealogías. Ellos vivían en Jerusalén.
La familia de Saúl
8:29 En Gabaón vivía el padre de Gabaón. Su esposa se llamaba Maaca.
8:30 Su hijo primogénito fue Abdón; después, Zur, Cis, Baal, Nadab,
8:31 Gedor, Ahío y Zequer.
8:32 Miclot fue padre de Simea. También ellos vivían en Jerusalén, frente a sus hermanos, junto con sus hermanos.
8:33 Ner fue padre de Cis, Cis fue padre de Saúl, y Saúl fue padre de Jonatán, Malquisúa, Abinadab y Es-baal.
8:34 El hijo de Jonatán fue Merib-baal, y Merib-baal fue padre de Micaía.
8:35 Los hijos de Micaía fueron Pitón, Melec, Tarea y Acaz.
8:36 Acaz fue padre de Joada, y Joada fue padre de Alemet, Azmavet y Zimri. Zimri fue padre de Mosa.
8:37 Mosa fue padre de Bina; Rafa fue su hijo; Elasa, su hijo; Azel, su hijo.
8:38 Azel tuvo seis hijos, y estos fueron sus nombres: Azricam, Bocru, Ismael, Searías, Obadías y Hanán. Todos estos fueron hijos de Azel.
8:39 Los hijos de Esec, su hermano, fueron Ulam, su primogénito; Jeús, el segundo; y Elifelet, el tercero.
8:40 Los hijos de Ulam eran guerreros valientes, arqueros, y tuvieron muchos hijos y nietos: ciento cincuenta. Todos estos eran descendientes de Benjamín.

Capítulo 9
Los que regresaron de Babilonia
Texto relacionado: Nehemías 11:1–24.
9:1 Todo Israel fue registrado por genealogías, y sus nombres están escritos en el libro de los reyes de Israel. Los de Judá fueron desterrados a Babilonia por su infidelidad.
9:2 Los primeros que volvieron a habitar en sus propiedades, en sus ciudades, fueron israelitas, sacerdotes, levitas y servidores del templo.
9:3 En Jerusalén vivían descendientes de Judá, de Benjamín, de Efraín y de Manasés:
9:4 Utai, hijo de Amiud, hijo de Omri, hijo de Imri, hijo de Bani, de los descendientes de Fares, hijo de Judá.
9:5 De los silonitas estaban Asaías, el primogénito, y sus hijos.
9:6 De los descendientes de Zera estaban Jeuel y sus hermanos: seiscientos noventa.
9:7 De los descendientes de Benjamín estaban Salú, hijo de Mesulam, hijo de Hodavías, hijo de Asenúa;
9:8 Ibneías, hijo de Jeroham; Ela, hijo de Uzi, hijo de Micri; y Mesulam, hijo de Sefatías, hijo de Reuel, hijo de Ibnías.
9:9 Sus hermanos, según sus genealogías, sumaban novecientos cincuenta y seis. Todos estos hombres eran jefes de familias paternas en sus respectivas casas.
Las familias sacerdotales de Jerusalén
9:10 De los sacerdotes estaban Jedaías, Joiarib, Jaquín,
9:11 y Azarías, hijo de Hilcías, hijo de Mesulam, hijo de Sadoc, hijo de Meraiot, hijo de Ahitob, encargado de la casa de Dios;
9:12 Adaías, hijo de Jeroham, hijo de Pasur, hijo de Malquías; y Masai, hijo de Adiel, hijo de Jazera, hijo de Mesulam, hijo de Mesilemit, hijo de Imer.
9:13 Sus hermanos, jefes de familias paternas, sumaban mil setecientos sesenta. Eran hombres capaces para la obra del servicio de la casa de Dios.
Las familias de los levitas
9:14 De los levitas estaban Semaías, hijo de Hasub, hijo de Azricam, hijo de Hasabías, de los descendientes de Merari;
9:15 Bacbacar, Heres, Galal y Matanías, hijo de Micaía, hijo de Zicri, hijo de Asaf;
9:16 Obadías, hijo de Semaías, hijo de Galal, hijo de Jedutún; y Berequías, hijo de Asa, hijo de Elcana, que vivía en las aldeas de los netofatitas.
Los encargos de la casa de Dios
9:17 Los porteros eran Salum, Acub, Talmón, Ahimán y sus hermanos. Salum era el jefe.
9:18 Hasta hoy han servido en la puerta del Rey, al este. Son los porteros de los campamentos de los descendientes de Leví.
9:19 Salum, hijo de Coré, hijo de Ebiasaf, hijo de Coré, y sus hermanos de su familia paterna, los coreítas, tenían a su cargo el servicio de guardar los umbrales de la tienda. Sus antepasados habían tenido a su cargo guardar la entrada del campamento del SEÑOR.
9:20 Finees, hijo de Eleazar, había estado antes al frente de ellos, y el SEÑOR estaba con él.
9:21 Zacarías, hijo de Meselemías, era portero de la entrada de la tienda de reunión.
9:22 Todos los escogidos para ser porteros en los umbrales eran doscientos doce. Estaban registrados por genealogías en sus aldeas. David y Samuel, el vidente, los habían establecido en esos puestos de confianza.
9:23 Ellos y sus hijos tenían a su cargo las puertas de la casa del SEÑOR, la casa de la tienda, por turnos de guardia.
9:24 Los porteros estaban en los cuatro lados: al este, al oeste, al norte y al sur.
9:25 Sus hermanos, que vivían en sus aldeas, debían venir de tiempo en tiempo a estar con ellos durante siete días.
9:26 Los cuatro porteros principales eran levitas y tenían puestos de confianza. Estaban a cargo de las habitaciones y de los tesoros de la casa de Dios.
9:27 Pasaban la noche alrededor de la casa de Dios, porque debían custodiarla y abrirla cada mañana.
9:28 Algunos de ellos estaban a cargo de los utensilios del servicio; los contaban cuando los introducían y cuando los sacaban.
9:29 Otros estaban encargados de los utensilios, de todos los objetos del santuario, de la harina fina, del vino, del aceite, del incienso y de las especias.
9:30 Algunos de los sacerdotes preparaban la mezcla de las especias aromáticas.
9:31 Matatías, uno de los levitas, primogénito de Salum, el coreíta, tenía la responsabilidad de preparar lo que se cocía en sartén.
9:32 Algunos de sus hermanos, de los descendientes de Coat, estaban a cargo de los panes dispuestos ante Dios, para prepararlos cada sábado.
9:33 Los cantores, jefes de familias paternas de los levitas, vivían en las habitaciones y estaban exentos de otras tareas, porque de día y de noche debían ocuparse de su trabajo.
9:34 Estos eran jefes de familias paternas de los levitas, jefes según sus genealogías. Ellos vivían en Jerusalén.
Genealogía de Saúl
9:35 En Gabaón vivía Jeiel, padre de Gabaón. Su esposa se llamaba Maaca.
9:36 Su hijo primogénito fue Abdón; después, Zur, Cis, Baal, Ner, Nadab,
9:37 Gedor, Ahío, Zacarías y Miclot.
9:38 Miclot fue padre de Simeam. También ellos vivían en Jerusalén, frente a sus hermanos, junto con sus hermanos.
9:39 Ner fue padre de Cis, Cis fue padre de Saúl, y Saúl fue padre de Jonatán, Malquisúa, Abinadab y Es-baal.
9:40 El hijo de Jonatán fue Merib-baal, y Merib-baal fue padre de Micaía.
9:41 Los hijos de Micaía fueron Pitón, Melec y Tajrea.
9:42 Acaz fue padre de Jara, y Jara fue padre de Alemet, Azmavet y Zimri. Zimri fue padre de Mosa.
9:43 Mosa fue padre de Bina; Refaías fue su hijo; Elasa, su hijo; Azel, su hijo.
9:44 Azel tuvo seis hijos, y estos fueron sus nombres: Azricam, Bocru, Ismael, Searías, Obadías y Hanán. Estos fueron los hijos de Azel.

Capítulo 10
Muerte de Saúl y de sus hijos
Texto relacionado: 1 Samuel 31:1–13.
10:1 Los filisteos combatieron contra Israel. Los hombres de Israel huyeron ante los filisteos y cayeron muertos en el monte Gilboa.
10:2 Los filisteos persiguieron de cerca a Saúl y a sus hijos, y mataron a Jonatán, Abinadab y Malquisúa, hijos de Saúl.
10:3 La batalla arreció contra Saúl. Los arqueros lo alcanzaron, y él sufrió a causa de los arqueros.
10:4 Saúl dijo a su escudero: «Saca tu espada y atraviésame con ella, para que no vengan estos incircuncisos y me maltraten». Pero su escudero no quiso, porque tenía mucho miedo. Entonces Saúl tomó la espada y se dejó caer sobre ella.
10:5 Cuando su escudero vio que Saúl había muerto, también él se dejó caer sobre su espada y murió.
10:6 Así murieron Saúl y sus tres hijos; toda su casa murió con él.
10:7 Todos los israelitas que estaban en el valle, al ver que el ejército había huido y que Saúl y sus hijos habían muerto, abandonaron sus ciudades y huyeron. Entonces vinieron los filisteos y se establecieron en ellas.
10:8 Al día siguiente, cuando los filisteos vinieron a despojar a los muertos, encontraron a Saúl y a sus hijos caídos en el monte Gilboa.
10:9 Lo despojaron, tomaron su cabeza y sus armas, y enviaron mensajeros por todo el territorio de los filisteos para anunciar la noticia a sus ídolos y al pueblo.
10:10 Pusieron sus armas en el templo de sus dioses y clavaron su cráneo en el templo de Dagón.
La respuesta de Jabes de Galaad
10:11 Cuando todos los de Jabes de Galaad oyeron todo lo que los filisteos habían hecho a Saúl,
10:12 todos los hombres valientes se levantaron, tomaron el cuerpo de Saúl y los cuerpos de sus hijos, y los llevaron a Jabes. Enterraron sus huesos debajo del terebinto que había en Jabes y ayunaron siete días.
Por qué Saúl perdió el reino
10:13 Saúl murió por la infidelidad que cometió contra el SEÑOR, porque no obedeció la palabra del SEÑOR y también porque consultó a un médium para buscar orientación.
10:14 No consultó al SEÑOR; por eso el Señor le dio muerte y entregó el reino a David, hijo de Isaí.

Capítulo 11
David es proclamado rey de Israel
Texto relacionado: 2 Samuel 5:1–5.
11:1 Todo Israel se reunió con David en Hebrón y le dijo: «Somos hueso tuyo y carne tuya.
11:2 Desde antes, incluso cuando Saúl era rey, tú eras quien sacaba a Israel a campaña y lo hacía volver. El SEÑOR, tu Dios, te dijo: “Tú pastorearás a mi pueblo Israel y serás gobernante de mi pueblo Israel”».
11:3 Todos los ancianos de Israel fueron a ver al rey en Hebrón. En Hebrón David hizo un pacto con ellos ante el SEÑOR, y ungieron a David como rey de Israel, conforme a la palabra que el SEÑOR había dado por medio de Samuel.
David toma la fortaleza de Sion
Texto relacionado: 2 Samuel 5:6–10.
11:4 David y todo Israel marcharon a Jerusalén, es decir, Jebús. Allí vivían los jebuseos, habitantes de aquella tierra.
11:5 Los habitantes de Jebús dijeron a David: «No entrarás aquí». Pero David tomó la fortaleza de Sion, que es la Ciudad de David.
11:6 David había dicho: «El primero que ataque a los jebuseos será jefe y comandante». Joab, hijo de Sarvia, subió primero y llegó a ser el jefe.
11:7 David se estableció en la fortaleza; por eso la llamaron Ciudad de David.
11:8 Construyó la ciudad a su alrededor, desde el Milo y por todo el contorno, mientras Joab restauraba el resto de la ciudad.
11:9 David se hacía cada vez más grande, y el SEÑOR de los ejércitos estaba con él.
Los valientes de David
Texto relacionado: 2 Samuel 23:8–39.
11:10 Estos son los jefes de los guerreros valientes de David, que lo apoyaron en su reino, junto con todo Israel, para hacerlo rey, conforme a la palabra del SEÑOR acerca de Israel.
11:11 Esta es la lista de los guerreros valientes de David: Jasobeam, hijo de Hacmoni, jefe de los Treinta. Él blandió su lanza contra trescientos y los mató de una sola vez.
11:12 Después de él estaba Eleazar, hijo de Dodo, el ahohíta, uno de los tres guerreros valientes.
11:13 Él estaba con David en Pasdamim, donde los filisteos se habían reunido para la batalla. Había allí un terreno lleno de cebada, y el pueblo huyó ante los filisteos.
11:14 Pero ellos se plantaron en medio del terreno, lo defendieron y derrotaron a los filisteos. El SEÑOR les dio una gran victoria.
11:15 Tres de los treinta jefes bajaron a la peña donde estaba David, a la cueva de Adulam, mientras el ejército filisteo acampaba en el valle de Refaim.
11:16 David estaba entonces en la fortaleza, y había una guarnición filistea en Belén.
11:17 David sintió un gran deseo y dijo: «¡Quién me diera de beber agua del pozo de Belén, que está junto a la puerta!».
11:18 Los tres se abrieron paso por el campamento filisteo, sacaron agua del pozo de Belén, que estaba junto a la puerta, y la llevaron a David. Pero David no quiso beberla, sino que la derramó como ofrenda al SEÑOR.
11:19 Dijo: «¡Que mi Dios me libre de hacer tal cosa! ¿Voy a beber la sangre de estos hombres, que arriesgaron sus vidas? Porque arriesgando sus vidas la trajeron». Y no quiso beberla. Estas hazañas hicieron los tres guerreros valientes.
11:20 Abisai, hermano de Joab, era jefe de los tres. Blandió su lanza contra trescientos y los mató, y tuvo renombre entre los Tres.
11:21 De los tres, fue más honrado que los otros dos y llegó a ser su jefe, pero no alcanzó a los Tres.
11:22 Benaía, hijo de Joiada, hijo de un hombre valiente de Cabseel, realizó grandes hazañas. Mató a los dos campeones de Moab; también bajó a un foso y mató a un león un día de nieve.
11:23 También mató a un egipcio de unos dos metros y medio de estatura. El egipcio llevaba en la mano una lanza como un rodillo de telar. Benaía bajó contra él con un bastón, le arrebató la lanza de la mano y lo mató con su propia lanza.
11:24 Estas hazañas hizo Benaía, hijo de Joiada, y tuvo renombre entre los tres guerreros valientes.
11:25 Era más honrado que los Treinta, pero no alcanzó a los Tres. David lo puso al frente de su guardia personal.
11:26 Los guerreros valientes eran Asael, hermano de Joab; Elhanán, hijo de Dodo, de Belén;
11:27 Samot, el harorita; Heles, el pelonita;
11:28 Ira, hijo de Iques, el tecoíta; Abiezer, el anatotita;
11:29 Sibecai, el husatita; Ilai, el ahohíta;
11:30 Maharai, el netofatita; Heled, hijo de Baana, el netofatita;
11:31 Itai, hijo de Ribai, de Gabaa de los descendientes de Benjamín; Benaía, el piratonita;
11:32 Hurai, de los barrancos de Gaas; Abiel, el arbatita;
11:33 Azmavet, el bajrumita; Eliaba, el saalbonita;
11:34 los hijos de Hasem, el gizonita; Jonatán, hijo de Sage, el ararita;
11:35 Ahíam, hijo de Sacar, el ararita; Elifal, hijo de Ur;
11:36 Hefer, el mequeratita; Ahías, el pelonita;
11:37 Hezro, el carmelita; Naarai, hijo de Ezbai;
11:38 Joel, hermano de Natán; Mibhar, hijo de Hagri;
11:39 Selec, el amonita; Naharai, el beerotita, escudero de Joab, hijo de Sarvia;
11:40 Ira, el itrita; Gareb, el itrita;
11:41 Urías, el hitita; Zabad, hijo de Ahlai;
11:42 Adina, hijo de Siza, el rubenita, jefe de los rubenitas, que tenía consigo treinta hombres;
11:43 Hanán, hijo de Maaca; Josafat, el mitnita;
11:44 Uzías, el astarotita; Sama y Jeiel, hijos de Hotam, el aroerita;
11:45 Jediael, hijo de Simri, y su hermano Joha, el tizita;
11:46 Eliel, el mahavita; Jerebai y Josavía, hijos de Elnaam; Itma, el moabita;
11:47 Eliel, Obed y Jaasiel, el mesobaíta.

Capítulo 12
Guerreros que acudieron a David
12:1 Estos son los que fueron a David en Siclag cuando todavía estaba apartado por causa de Saúl, hijo de Cis. Eran guerreros valientes que lo ayudaban en la guerra.
12:2 Estaban armados con arcos y podían usar la mano derecha y la izquierda para lanzar piedras y disparar flechas con el arco. Eran hermanos de Saúl, de Benjamín:
12:3 Ahiezer, el jefe, y Joás, hijos de Semaa, el gabaatita; Jeziel y Pelet, hijos de Azmavet; Beraca; Jehú, el anatotita;
12:4 Ismaías, el gabaonita, guerrero valiente de los Treinta y jefe de los Treinta; Jeremías, Jahaziel, Johanán, Jozabad, el gederatita;
12:5 Eluzai, Jerimot, Bealías, Semarías, Sefatías, el harufita;
12:6 Elcana, Isías, Azareel, Joezer y Jasobeam, los coreítas;
12:7 y Joela y Zebadías, hijos de Jeroham, de Gedor.
Los gaditas que se unieron a David
12:8 De los gaditas se separaron algunos para unirse a David en la fortaleza del desierto. Eran guerreros valientes, hombres preparados para la guerra, diestros con el escudo y la lanza. Sus rostros eran como rostros de león, y eran veloces como gacelas en las montañas.
12:9 Ezer era el jefe; Obadías, el segundo; Eliab, el tercero;
12:10 Mismana, el cuarto; Jeremías, el quinto;
12:11 Atai, el sexto; Eliel, el séptimo;
12:12 Johanán, el octavo; Elzabad, el noveno;
12:13 Jeremías, el décimo; y Macbanai, el undécimo.
12:14 Estos descendientes de Gad eran jefes del ejército. El menor de ellos valía por cien hombres, y el mayor, por mil.
12:15 Ellos cruzaron el Jordán en el primer mes, cuando el río se desbordaba por todas sus riberas, e hicieron huir a todos los de los valles, tanto al este como al oeste.
Un compromiso de lealtad a David
12:16 También algunos descendientes de Benjamín y de Judá fueron a David en la fortaleza.
12:17 David salió a su encuentro y les dijo: «Si han venido a mí en paz para ayudarme, mi corazón estará unido al de ustedes. Pero si han venido a traicionarme y entregarme a mis enemigos, aunque no hay violencia en mis manos, que el Dios de nuestros padres lo vea y lo juzgue».
12:18 Entonces el Espíritu revistió a Amasai, jefe de los Treinta, y él dijo: «¡Tuyos somos, David, y contigo estamos, hijo de Isaí! ¡Paz, paz para ti, y paz para quienes te ayudan, porque tu Dios te ayuda!». David los recibió y los puso entre los jefes de las tropas.
Los guerreros de Manasés
12:19 Algunos de Manasés se pasaron a David cuando él marchaba con los filisteos a la guerra contra Saúl. Pero no ayudaron a los filisteos, porque sus gobernantes, después de deliberar, lo despidieron diciendo: «A costa de nuestras cabezas se pasará a su señor Saúl».
12:20 Cuando David iba a Siclag, se pasaron a él, de Manasés, Adna, Jozabad, Jediael, Micael, Jozabad, Eliú y Ziletai, jefes de millares de Manasés.
12:21 Ellos ayudaron a David contra la banda de saqueadores, porque todos eran guerreros valientes, y llegaron a ser jefes del ejército.
12:22 Día tras día acudían hombres a David para ayudarlo, hasta que hubo un gran ejército, como un ejército de Dios.
Los contingentes que acudieron a Hebrón
12:23 Estas son las cifras de los hombres armados para la guerra que acudieron a David en Hebrón, para traspasarle el reino de Saúl, conforme a lo que el SEÑOR había dicho:
12:24 De los descendientes de Judá, seis mil ochocientos, armados con escudo y lanza, preparados para la guerra.
12:25 De los descendientes de Simeón, siete mil cien guerreros valientes para la guerra.
12:26 De los descendientes de Leví, cuatro mil seiscientos.
12:27 También Joiada, jefe de los descendientes de Aarón, y con él tres mil setecientos;
12:28 y Sadoc, joven guerrero valiente, con veintidós jefes de su familia paterna.
12:29 De los descendientes de Benjamín, hermanos de Saúl, tres mil; hasta entonces la mayoría de ellos había mantenido su lealtad a la casa de Saúl.
12:30 De los descendientes de Efraín, veinte mil ochocientos guerreros valientes, hombres de renombre en sus familias paternas.
12:31 De la media tribu de Manasés, dieciocho mil, designados por nombre para ir a hacer rey a David.
12:32 De los descendientes de Isacar, hombres que sabían discernir los tiempos para conocer lo que Israel debía hacer, doscientos jefes; todos sus hermanos estaban a sus órdenes.
12:33 De Zabulón, cincuenta mil hombres aptos para el servicio militar, preparados para la batalla con toda clase de armas de guerra, dispuestos a formar filas sin doblez de corazón.
12:34 De Neftalí, mil jefes, y con ellos treinta y siete mil hombres con escudo y lanza.
12:35 De los danitas, veintiocho mil seiscientos, preparados para la batalla.
12:36 De Aser, cuarenta mil hombres aptos para el servicio militar y preparados para la batalla.
12:37 Del otro lado del Jordán, de los rubenitas, de los gaditas y de la media tribu de Manasés, ciento veinte mil hombres con toda clase de armas de guerra.
12:38 Todos estos hombres de guerra, preparados para formar filas, fueron a Hebrón de todo corazón para hacer rey a David sobre todo Israel. También todo el resto de Israel tenía un solo propósito: hacer rey a David.
Israel celebra en Hebrón
12:39 Estuvieron allí con David tres días, comiendo y bebiendo, porque sus hermanos les habían preparado provisiones.
12:40 También sus vecinos, hasta Isacar, Zabulón y Neftalí, llevaron alimentos en asnos, camellos, mulos y bueyes: provisiones de harina, tortas de higos, pasas, vino, aceite, y ganado vacuno y ganado menor en abundancia, porque había alegría en Israel.

Capítulo 13
David propone trasladar el arca a Jerusalén
13:1 David consultó con los jefes de millares y de centenas, con todos los dirigentes.
13:2 Luego David dijo a toda la asamblea de Israel: «Si les parece bien y esto viene del SEÑOR, nuestro Dios, enviemos mensajeros por todas partes a nuestros hermanos que quedan en todos los territorios de Israel, y a los sacerdotes y levitas que están con ellos en sus ciudades y pastizales, para que se reúnan con nosotros.
13:3 Traigamos a nosotros el arca de nuestro Dios, pues en tiempos de Saúl no nos ocupamos de ella».
13:4 Toda la asamblea dijo que se hiciera así, porque la propuesta pareció bien a todo el pueblo.
David intenta traer el arca
Texto relacionado: 2 Samuel 6:1–11.
13:5 David reunió a todo Israel, desde Sihor de Egipto hasta la entrada de Hamat, para traer el arca de Dios desde Quiriat-jearim.
13:6 David y todo Israel subieron a Baala, es decir, Quiriat-jearim, que pertenece a Judá, para traer de allí el arca de Dios, el SEÑOR, que está entronizado sobre los querubines y cuyo nombre se invoca sobre ella.
13:7 Transportaron el arca de Dios en una carreta nueva desde la casa de Abinadab. Uza y Ahío guiaban la carreta.
13:8 David y todo Israel celebraban ante Dios con todas sus fuerzas, con cantos, liras, arpas, panderetas, címbalos y trompetas.
13:9 Cuando llegaron a la era de Quidón, Uza extendió la mano para sujetar el arca, porque los bueyes la hacían tambalear.
13:10 La ira del SEÑOR se encendió contra Uza, y el Señor lo hirió porque había extendido la mano sobre el arca. Murió allí ante Dios.
13:11 David se enojó porque el SEÑOR había irrumpido contra Uza. Llamó a aquel lugar Pérez-uza, nombre que conserva hasta hoy.
13:12 Aquel día David tuvo miedo de Dios y dijo: «¿Cómo voy a traer a mí el arca de Dios?».
13:13 David no llevó el arca consigo a la Ciudad de David, sino que la desvió a la casa de Obed-edom, el geteo.
13:14 El arca de Dios permaneció tres meses con la familia de Obed-edom, en su casa. El SEÑOR bendijo a la familia de Obed-edom y todo lo que tenía.

Capítulo 14
Huram ayuda a construir la casa de David
Texto relacionado: 2 Samuel 5:11–12.
14:1 Huram, rey de Tiro, envió mensajeros a David, junto con madera de cedro, albañiles y carpinteros, para construirle una casa.
14:2 David comprendió que el SEÑOR lo había establecido como rey de Israel y que había engrandecido mucho su reino por amor a su pueblo Israel.
Hijos de David nacidos en Jerusalén
Textos relacionados: 2 Samuel 5:13–16; 1 Crónicas 3:5–9.
14:3 David tomó más esposas en Jerusalén, y David tuvo más hijos e hijas.
14:4 Estos son los nombres de los que le nacieron en Jerusalén: Samúa, Sobab, Natán, Salomón,
14:5 Ibhar, Elisúa, Elpelet,
14:6 Noga, Nefeg, Jafía,
14:7 Elisama, Beeliada y Elifelet.
David derrota a los filisteos
Texto relacionado: 2 Samuel 5:17–25.
14:8 Cuando los filisteos oyeron que David había sido ungido rey de todo Israel, todos los filisteos subieron en busca de David. Al enterarse David, salió a su encuentro.
14:9 Los filisteos llegaron y saquearon el valle de Refaim.
14:10 David consultó a Dios: «¿Subiré contra los filisteos? ¿Los entregarás en mis manos?». El SEÑOR le respondió: «Sube, y los entregaré en tus manos».
14:11 Subieron a Baal-perazim, y David los derrotó allí. David dijo: «Dios ha abierto una brecha entre mis enemigos por mi mano, como las aguas que se abren paso». Por eso llamaron a aquel lugar Baal-perazim.
14:12 Los filisteos abandonaron allí a sus dioses. David dio la orden, y fueron quemados en el fuego.
Segunda victoria sobre los filisteos
14:13 Los filisteos volvieron a saquear el valle.
14:14 David consultó otra vez a Dios, y Dios le dijo: «No subas detrás de ellos. Rodéalos y atácalos frente a las balsameras.
14:15 Cuando oigas un ruido de pasos en las copas de las balsameras, sal a la batalla, porque Dios habrá salido delante de ti para derrotar al ejército filisteo».
14:16 David hizo tal como Dios le había ordenado, y derrotaron al ejército filisteo desde Gabaón hasta Gezer.
14:17 La fama de David se extendió por todas las tierras, y el SEÑOR hizo que todas las naciones le tuvieran miedo.

Capítulo 15
David organiza el traslado del arca
Texto relacionado: 2 Samuel 6:12–23.
15:1 David construyó casas para sí en la Ciudad de David, preparó un lugar para el arca de Dios y levantó una tienda para ella.
15:2 Entonces David dijo: «Solo los levitas deben llevar el arca de Dios, porque el SEÑOR los eligió para llevar el arca del SEÑOR y para servirle para siempre».
15:3 David reunió a todo Israel en Jerusalén para subir el arca del SEÑOR al lugar que le había preparado.
Los levitas convocados para el traslado
15:4 David reunió a los descendientes de Aarón y a los levitas:
15:5 de los descendientes de Coat, Uriel, el jefe, y sus hermanos, ciento veinte;
15:6 de los descendientes de Merari, Asaías, el jefe, y sus hermanos, doscientos veinte;
15:7 de los descendientes de Gersom, Joel, el jefe, y sus hermanos, ciento treinta;
15:8 de los descendientes de Elizafán, Semaías, el jefe, y sus hermanos, doscientos;
15:9 de los descendientes de Hebrón, Eliel, el jefe, y sus hermanos, ochenta;
15:10 de los descendientes de Uziel, Aminadab, el jefe, y sus hermanos, ciento doce.
15:11 David llamó a los sacerdotes Sadoc y Abiatar, y a los levitas Uriel, Asaías, Joel, Semaías, Eliel y Aminadab.
15:12 Les dijo: «Ustedes son los jefes de las familias paternas de los levitas. Santifíquense, ustedes y sus hermanos, y suban el arca del SEÑOR, Dios de Israel, al lugar que le he preparado.
15:13 Como la primera vez no lo hicieron ustedes, el SEÑOR, nuestro Dios, irrumpió contra nosotros, porque no lo buscamos conforme a lo establecido».
15:14 Los sacerdotes y los levitas se santificaron para subir el arca del SEÑOR, Dios de Israel.
15:15 Los levitas llevaron el arca de Dios sobre sus hombros, con las varas, como Moisés había mandado conforme a la palabra del SEÑOR.
Los músicos y guardianes del arca
15:16 David dijo a los jefes de los levitas que designaran a sus hermanos, los cantores, con instrumentos musicales, arpas, liras y címbalos, para que los hicieran resonar y elevaran la voz con alegría.
15:17 Los levitas designaron a Hemán, hijo de Joel; de sus hermanos, a Asaf, hijo de Berequías; y de sus hermanos descendientes de Merari, a Etán, hijo de Cusaías.
15:18 Con ellos estaban sus hermanos de segundo rango: Zacarías, Ben, Jaaziel, Semiramot, Jehiel, Uni, Eliab, Benaía, Maasías, Matatías, Elifelehu, Micnías, Obed-edom y Jeiel, los porteros.
15:19 Los cantores Hemán, Asaf y Etán hacían resonar los címbalos de bronce.
15:20 Zacarías, Aziel, Semiramot, Jehiel, Uni, Eliab, Maasías y Benaía tocaban las arpas según alamot.
15:21 Matatías, Elifelehu, Micnías, Obed-edom, Jeiel y Azazías tocaban las liras según seminit, para dirigir.
15:22 Quenanías, jefe de los levitas, estaba a cargo del canto. Instruía en el canto porque era experto.
15:23 Berequías y Elcana eran porteros del arca.
15:24 Los sacerdotes Sebanías, Josafat, Natanael, Amasai, Zacarías, Benaía y Eliezer tocaban las trompetas delante del arca de Dios. Obed-edom y Jehías eran también porteros del arca.
El arca es llevada a Jerusalén
15:25 David, los ancianos de Israel y los jefes de millares fueron con alegría a subir el arca del pacto del SEÑOR desde la casa de Obed-edom.
15:26 Como Dios ayudaba a los levitas que llevaban el arca del pacto del SEÑOR, sacrificaron siete novillos y siete carneros.
15:27 David iba vestido con un manto de lino fino, al igual que todos los levitas que llevaban el arca, los cantores y Quenanías, encargado del canto de los cantores. David llevaba además un efod de lino.
15:28 Todo Israel subía el arca del pacto del SEÑOR con gritos de alegría, al sonido del cuerno, de trompetas y de címbalos, haciendo resonar arpas y liras.
15:29 Cuando el arca del pacto del SEÑOR llegó a la Ciudad de David, Mical, hija de Saúl, se asomó por la ventana. Vio al rey David danzando y celebrando, y lo despreció en su corazón.

Capítulo 16
El arca queda instalada en Jerusalén
16:1 Trajeron el arca de Dios y la colocaron dentro de la tienda que David había levantado para ella. Luego ofrecieron holocaustos y sacrificios de paz ante Dios.
16:2 Cuando David terminó de ofrecer el holocausto y los sacrificios de paz, bendijo al pueblo en el nombre del SEÑOR.
16:3 Repartió a todos los israelitas, tanto hombres como mujeres, una hogaza de pan, una porción de carne y una torta de pasas a cada uno.
16:4 Designó a algunos levitas para servir ante el arca del SEÑOR, para invocar, dar gracias y alabar al SEÑOR, Dios de Israel.
16:5 Asaf era el jefe, y Zacarías, su segundo; después estaban Jeiel, Semiramot, Jehiel, Matatías, Eliab, Benaía, Obed-edom y Jeiel, que tocaban arpas y liras. Asaf hacía resonar los címbalos.
16:6 Los sacerdotes Benaía y Jahaziel tocaban las trompetas continuamente ante el arca del pacto de Dios.
Un canto de gratitud al SEÑOR
Textos relacionados: Salmos 105:1–15; Salmos 96:1–13; Salmos 106:1; Salmos 106:47–48.
16:7 Aquel día David encargó por primera vez a Asaf y a sus hermanos dar gracias al SEÑOR:

16:8 Den gracias al SEÑOR, invoquen su nombre;
   den a conocer entre los pueblos sus obras.
16:9 Cántenle, cántenle salmos;
   hablen de todas sus maravillas.
16:10 Gloríense en su santo nombre;
   alégrese el corazón de quienes buscan al SEÑOR.
16:11 Busquen al SEÑOR y su poder;
   busquen siempre su rostro.
16:12 Recuerden las maravillas que ha hecho, sus prodigios y los juicios de su boca,
16:13 ustedes, descendientes de Israel, su siervo, hijos de Jacob, sus escogidos.
16:14 Él es el SEÑOR, nuestro Dios;
   sus juicios alcanzan toda la tierra.
16:15 Recuerden para siempre su pacto, la palabra que ordenó para mil generaciones,
16:16 el pacto que hizo con Abraham y su juramento a Isaac.
16:17 Lo confirmó a Jacob como estatuto, a Israel como pacto eterno,
16:18 al decir: «A ti te daré la tierra de Canaán, la porción de la herencia de ustedes».
16:19 Cuando ustedes eran pocos en número, muy pocos y extranjeros en ella,
16:20 andaban de nación en nación, de un reino a otro pueblo.
16:21 No permitió que nadie los oprimiera, y por ellos reprendió a reyes:
16:22 «No toquen a mis ungidos ni hagan daño a mis profetas».
La adoración al Creador y Rey

16:23 Canten al SEÑOR, toda la tierra;
   anuncien día tras día su salvación.
16:24 Cuenten entre las naciones su gloria, entre todos los pueblos sus maravillas.
16:25 Porque grande es el SEÑOR y muy digno de alabanza;
   es más temible que todos los dioses.
16:26 Todos los dioses de los pueblos son ídolos, pero el SEÑOR hizo los cielos.
16:27 Esplendor y majestad están ante él;
   poder y alegría, en su morada.
16:28 Den al SEÑOR, familias de los pueblos, den al SEÑOR gloria y poder.
16:29 Den al SEÑOR la gloria debida a su nombre;
   traigan una ofrenda y vengan ante él.
   Póstrense ante el SEÑOR en el esplendor de la santidad.
16:30 Tiemble ante él toda la tierra.
   El mundo está firme y no será sacudido.
16:31 Alégrense los cielos y regocíjese la tierra;
   digan entre las naciones: «¡El SEÑOR reina!».
16:32 Ruja el mar y todo lo que contiene;
   alégrese el campo y todo lo que hay en él.
16:33 Entonces los árboles del bosque cantarán de alegría ante el SEÑOR, porque viene a juzgar la tierra.
Gratitud y petición de salvación

16:34 Den gracias al SEÑOR, porque es bueno, porque su amor fiel permanece para siempre.
16:35 Digan: «Sálvanos, Dios de nuestra salvación;
   reúnenos y líbranos de las naciones, para dar gracias a tu santo nombre y gloriarnos en tu alabanza».
16:36 ¡Bendito sea el SEÑOR, Dios de Israel, desde la eternidad y hasta la eternidad!
   Todo el pueblo dijo: «Amén», y alabó al SEÑOR.
El servicio diario en Jerusalén y Gabaón
16:37 David dejó allí, ante el arca del pacto del SEÑOR, a Asaf y a sus hermanos, para que sirvieran continuamente ante el arca y cumplieran cada día con lo que correspondía.
16:38 También dejó a Obed-edom y a sus hermanos, sesenta y ocho; y a Obed-edom, hijo de Jedutún, y a Hosa como porteros.
16:39 Al sacerdote Sadoc y a sus hermanos, los sacerdotes, los dejó ante el tabernáculo del SEÑOR, en el lugar alto que había en Gabaón,
16:40 para ofrecer holocaustos al SEÑOR en el altar del holocausto continuamente, por la mañana y por la tarde, conforme a todo lo escrito en la ley del SEÑOR que él había ordenado a Israel.
16:41 Con ellos estaban Hemán, Jedutún y los demás escogidos, designados por nombre, para dar gracias al SEÑOR, porque su amor fiel permanece para siempre.
16:42 Con ellos, Hemán y Jedutún tenían trompetas y címbalos para hacerlos resonar, e instrumentos para el canto a Dios. Los hijos de Jedutún estaban a cargo de la puerta.
16:43 Todo el pueblo se fue, cada uno a su casa, y David volvió para bendecir a su familia.

Capítulo 17
Pacto de Dios con David
Texto relacionado: 2 Samuel 7:1–29.
17:1 Cuando David se estableció en su casa, David dijo al profeta Natán: «Yo vivo en una casa de cedro, pero el arca del pacto del SEÑOR está bajo cortinas de tienda».
17:2 Natán dijo a David: «Haz todo lo que tienes en tu corazón, porque Dios está contigo».
17:3 Pero aquella noche vino la palabra de Dios a Natán:
17:4 «Ve y di a David, mi siervo: “Así dice el SEÑOR: Tú no me construirás una casa para que yo habite en ella.
17:5 Porque no he habitado en una casa desde el día en que hice subir a Israel hasta hoy. He ido de tienda en tienda y de un tabernáculo a otro.
17:6 En todo lo que he recorrido con todo Israel, ¿acaso dije una palabra a alguno de los jueces de Israel, a quienes mandé pastorear a mi pueblo, para preguntarles: ‘¿Por qué no me han construido una casa de cedro?’”.
17:7 Ahora dirás a mi siervo David: “Así dice el SEÑOR de los ejércitos: Yo te tomé del pastizal, de detrás del rebaño, para que fueras gobernante de mi pueblo Israel.
17:8 He estado contigo por dondequiera que has ido y he eliminado de delante de ti a todos tus enemigos. Te haré un nombre como el de los grandes de la tierra.
17:9 Estableceré un lugar para mi pueblo Israel y lo plantaré, para que habite en su propio lugar y no vuelva a ser perturbado. Los malvados no volverán a desgastarlo como antes,
17:10 como en los días en que designé jueces sobre mi pueblo Israel. Humillaré a todos tus enemigos. Te anuncio que el SEÑOR te edificará una casa.
17:11 Cuando se cumplan tus días y vayas a reunirte con tus padres, levantaré después de ti a tu descendiente, que será uno de tus hijos, y estableceré su reino.
17:12 Él me construirá una casa, y yo afirmaré su trono para siempre.
17:13 Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo. No retiraré de él mi amor fiel, como lo retiré del que estuvo antes de ti.
17:14 Lo estableceré en mi casa y en mi reino para siempre, y su trono estará firme para siempre”».
17:15 Natán comunicó a David todas estas palabras y toda esta visión.
David agradece la promesa de Dios
17:16 Entonces el rey David entró, se sentó ante el SEÑOR y dijo: «¿Quién soy yo, SEÑOR Dios, y qué es mi casa, para que me hayas traído hasta aquí?
17:17 Y esto te ha parecido poco, Dios, pues también has hablado de la casa de tu siervo para un futuro lejano. Me has considerado como a un hombre de alto rango, SEÑOR Dios.
17:18 ¿Qué más puede decirte David sobre la honra que has dado a tu siervo? Tú conoces a tu siervo.
17:19 SEÑOR, por amor a tu siervo y conforme a tu corazón has hecho toda esta grandeza, para dar a conocer todas estas grandes cosas.
17:20 SEÑOR, no hay nadie como tú ni hay Dios fuera de ti, conforme a todo lo que hemos oído con nuestros oídos.
17:21 ¿Qué nación es como tu pueblo Israel, nación única en la tierra, a la que Dios fue a rescatar para sí como pueblo, para hacerte un nombre con hechos grandes y temibles, expulsando naciones de delante de tu pueblo, al que rescataste de Egipto?
17:22 Estableciste a tu pueblo Israel como pueblo tuyo para siempre, y tú, SEÑOR, llegaste a ser su Dios.
17:23 Ahora, SEÑOR, que la palabra que has hablado acerca de tu siervo y de su casa se mantenga firme para siempre. Haz tal como has dicho.
17:24 Que permanezca firme y que tu nombre sea engrandecido para siempre, de modo que se diga: “El SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel, es Dios para Israel”. Que la casa de David, tu siervo, esté firme ante ti.
17:25 Porque tú, Dios mío, has revelado a tu siervo que le edificarás una casa. Por eso tu siervo ha hallado valor para orar ante ti.
17:26 Ahora, SEÑOR, tú eres Dios y has prometido este bien a tu siervo.
17:27 Ahora has tenido a bien bendecir la casa de tu siervo para que permanezca ante ti para siempre. Porque tú, SEÑOR, la has bendecido, y será bendita para siempre».

Capítulo 18
David extiende sus dominios
Texto relacionado: 2 Samuel 8:1–14.
18:1 Después de esto, David derrotó a los filisteos y los sometió. Les arrebató Gat y sus aldeas.
18:2 También derrotó a Moab, y los moabitas quedaron sujetos a David y le pagaban tributo.
18:3 David derrotó también a Hadad-ezer, rey de Soba, hacia Hamat, cuando este iba a establecer su dominio junto al río Éufrates.
18:4 David le capturó mil carros, siete mil jinetes y veinte mil soldados de infantería. David cortó los tendones de los caballos de todos los carros, pero dejó los necesarios para cien carros.
18:5 Cuando los arameos de Damasco vinieron a ayudar a Hadad-ezer, rey de Soba, David mató a veintidós mil arameos.
18:6 David estableció su dominio en Aram de Damasco, y los arameos quedaron sujetos a David y le pagaban tributo. El SEÑOR daba la victoria a David por dondequiera que iba.
18:7 David tomó los escudos de oro que llevaban los servidores de Hadad-ezer y los llevó a Jerusalén.
18:8 De Tibhat y de Cun, ciudades de Hadad-ezer, David tomó muchísimo bronce. Con él Salomón hizo el Mar de bronce, las columnas y los utensilios de bronce.
18:9 Tou, rey de Hamat, oyó que David había derrotado a todo el ejército de Hadad-ezer, rey de Soba.
18:10 Envió a su hijo Adoram al rey David para saludarlo y felicitarlo por haber combatido contra Hadad-ezer y haberlo derrotado, pues Hadad-ezer había estado en guerra con Tou. Le llevó toda clase de objetos de oro, plata y bronce.
18:11 El rey David también los consagró al SEÑOR, junto con la plata y el oro que había tomado de todas las naciones: Edom, Moab, los amonitas, los filisteos y Amalec.
18:12 Abisai, hijo de Sarvia, mató a dieciocho mil edomitas en el valle de la Sal.
18:13 Estableció guarniciones en Edom, y todos los edomitas quedaron sujetos a David. El SEÑOR daba la victoria a David por dondequiera que iba.
Oficiales de David
Textos relacionados: 2 Samuel 8:15–18; 2 Samuel 20:23–26.
18:14 David reinó sobre todo Israel y administraba el derecho y la justicia a todo su pueblo.
18:15 Joab, hijo de Sarvia, estaba al frente del ejército; Josafat, hijo de Ahilud, era cronista;
18:16 Sadoc, hijo de Ahitob, y Abimelec, hijo de Abiatar, eran sacerdotes; Savsa era secretario;
18:17 Benaía, hijo de Joiada, estaba al frente de los cereteos y peleteos; y los hijos de David eran los principales junto al rey.

Capítulo 19
El agravio a la embajada de David
Texto relacionado: 2 Samuel 10:1–5.
19:1 Después de esto murió Nahas, rey de los amonitas, y su hijo reinó en su lugar.
19:2 David dijo: «Mostraré bondad a Hanún, hijo de Nahas, porque su padre mostró bondad conmigo». David envió mensajeros para consolarlo por la muerte de su padre. Los servidores de David llegaron a la tierra de los amonitas, a Hanún, para consolarlo.
19:3 Pero los jefes amonitas dijeron a Hanún: «¿Crees que David está honrando a tu padre porque te ha enviado quienes te consuelen? ¿No han venido sus servidores a ti para explorar, destruir y espiar el país?».
19:4 Hanún tomó a los servidores de David, los afeitó, les cortó las vestiduras por la mitad, hasta las nalgas, y los despidió.
19:5 Fueron a informar a David de lo sucedido a aquellos hombres, y él envió mensajeros a su encuentro, porque los hombres estaban muy avergonzados. El rey les dijo: «Quédense en Jericó hasta que les crezca la barba; después regresen».
Joab afronta la coalición contra Israel
Texto relacionado: 2 Samuel 10:6–14.
19:6 Los amonitas vieron que se habían hecho odiosos a David. Hanún y los amonitas enviaron unas treinta y cuatro toneladas de plata para contratar carros y jinetes de Aram-naharaim, de Aram-maaca y de Soba.
19:7 Contrataron treinta y dos mil carros, al rey de Maaca y a su ejército. Estos vinieron y acamparon frente a Medeba. Los amonitas se reunieron desde sus ciudades y acudieron a la guerra.
19:8 Cuando David lo oyó, envió a Joab y a todo el ejército de los guerreros valientes.
19:9 Los amonitas salieron y se dispusieron para la batalla a la entrada de la ciudad, mientras los reyes que habían venido estaban aparte, en el campo.
19:10 Joab vio que tenía un frente de batalla por delante y por detrás. Escogió a hombres de entre los mejores de Israel y los dispuso contra los arameos.
19:11 Al resto del pueblo lo puso bajo el mando de su hermano Abisai, y se dispusieron contra los amonitas.
19:12 Joab dijo: «Si los arameos son más fuertes que yo, vendrás a ayudarme; y si los amonitas son más fuertes que tú, yo te ayudaré.
19:13 Sé fuerte y esforcémonos por nuestro pueblo y por las ciudades de nuestro Dios. Que el SEÑOR haga lo que bien le parezca».
19:14 Joab y los hombres que estaban con él avanzaron para combatir contra los arameos, y estos huyeron ante él.
19:15 Cuando los amonitas vieron que los arameos huían, también ellos huyeron ante Abisai, hermano de Joab, y entraron en la ciudad. Entonces Joab regresó a Jerusalén.
David vence a los refuerzos arameos
Texto relacionado: 2 Samuel 10:15–19.
19:16 Los arameos, al ver que habían sido derrotados ante Israel, enviaron mensajeros e hicieron venir a los arameos del otro lado del río. Sofac, jefe del ejército de Hadad-ezer, iba al frente de ellos.
19:17 Cuando informaron a David, él reunió a todo Israel, cruzó el Jordán, llegó hasta ellos y se dispuso contra ellos. David formó sus tropas para combatir contra los arameos, y ellos lucharon contra él.
19:18 Los arameos huyeron ante Israel. David mató a siete mil hombres de los carros y a cuarenta mil soldados de infantería de los arameos; también dio muerte a Sofac, jefe del ejército.
19:19 Los servidores de Hadad-ezer, al ver que habían sido derrotados ante Israel, hicieron la paz con David y quedaron a su servicio. Los arameos no quisieron volver a ayudar a los amonitas.

Capítulo 20
David captura a Rabá
Texto relacionado: 2 Samuel 12:26–31.
20:1 Al volver el año, en la época en que los reyes salen a campaña, Joab condujo las fuerzas del ejército, devastó la tierra de los amonitas y fue a sitiar Rabá. David permanecía en Jerusalén. Joab atacó Rabá y la destruyó.
20:2 David quitó la corona de la cabeza de su rey y comprobó que pesaba unos treinta y cuatro kilos de oro. Tenía una piedra preciosa, y fue puesta sobre la cabeza de David. Además, sacó de la ciudad un botín muy abundante.
20:3 Sacó a los habitantes que había en ella y los cortó con una sierra, con trillos de hierro y con sierras. Así hacía David con todas las ciudades de los amonitas. Después David y todo el pueblo regresaron a Jerusalén.
Los hombres de David matan a los gigantes
Texto relacionado: 2 Samuel 21:18–22.
20:4 Después de esto hubo guerra en Gezer contra los filisteos. Sibecai, el husatita, mató a Sipai, uno de los descendientes de los refaítas, y los filisteos fueron sometidos.
20:5 Hubo otra guerra contra los filisteos. Elhanán, hijo de Jair, mató a Lahmi, hermano de Goliat, el geteo. El asta de su lanza era como un rodillo de telar.
20:6 Hubo otra guerra en Gat. Allí había un hombre de gran estatura con seis dedos en cada mano y en cada pie, veinticuatro en total. También él era descendiente de Rafa.
20:7 Insultó a Israel, y Jonatán, hijo de Simea, hermano de David, lo mató.
20:8 Estos eran descendientes de Rafa en Gat, y cayeron a manos de David y de sus servidores.

Capítulo 21
David censa al pueblo
Texto relacionado: 2 Samuel 24:1–9.
21:1 Satanás se levantó contra Israel e incitó a David a hacer un censo de Israel.
21:2 David dijo a Joab y a los jefes del pueblo: «Vayan, cuenten a Israel desde Beerseba hasta Dan y tráiganme el resultado, para que sepa cuántos son».
21:3 Joab respondió: «¡Que el SEÑOR multiplique a su pueblo cien veces más! Mi señor el rey, ¿no son todos ellos servidores de mi señor? ¿Por qué quiere mi señor hacer esto? ¿Por qué ha de traer culpa sobre Israel?».
21:4 Pero la orden del rey prevaleció sobre Joab. Joab salió, recorrió todo Israel y volvió a Jerusalén.
21:5 Joab entregó a David el número del censo del pueblo. En todo Israel había un millón cien mil hombres que manejaban la espada; en Judá, cuatrocientos setenta mil hombres que manejaban la espada.
21:6 No contó entre ellos a Leví ni a Benjamín, porque la orden del rey le resultaba repugnante a Joab.
David confiesa su pecado y recibe el juicio
Texto relacionado: 2 Samuel 24:10–17.
21:7 Esto desagradó a Dios, y Dios castigó a Israel.
21:8 David dijo a Dios: «He pecado gravemente al hacer esto. Ahora, te ruego que quites la culpa de tu siervo, porque he actuado con mucha necedad».
21:9 El SEÑOR habló a Gad, el vidente de David:
21:10 «Ve y habla a David: “Así dice el SEÑOR: Te propongo tres cosas. Escoge una de ellas y te la impondré”».
21:11 Gad fue a David y le dijo: «Así dice el SEÑOR: “Escoge:
21:12 tres años de hambre; o tres meses de derrota ante tus adversarios, mientras te alcanza la espada de tus enemigos; o tres días de la espada del SEÑOR, una peste en el país, con el ángel del SEÑOR causando destrucción por todo el territorio de Israel”. Ahora decide qué respuesta he de llevar al que me envió».
21:13 David dijo a Gad: «Estoy muy angustiado. Caiga yo en manos del SEÑOR, porque su compasión es inmensa; pero que no caiga en manos humanas».
21:14 El SEÑOR envió una peste sobre Israel, y murieron setenta mil hombres de Israel.
21:15 Dios envió un ángel a Jerusalén para destruirla. Mientras destruía, el SEÑOR miró, desistió de aquella calamidad y dijo al ángel que destruía: «¡Basta! Ahora detén tu mano». El ángel del SEÑOR estaba junto a la era de Ornán, el jebuseo.
21:16 David levantó los ojos y vio al ángel del SEÑOR de pie entre la tierra y el cielo, con su espada desenvainada en la mano, extendida sobre Jerusalén. David y los ancianos, cubiertos de tela de saco, cayeron rostro en tierra.
21:17 David dijo a Dios: «¿No fui yo quien mandó contar al pueblo? Yo soy el que pecó e hizo mucho mal. Pero estas ovejas, ¿qué han hecho? SEÑOR, Dios mío, que tu mano caiga sobre mí y sobre la casa de mi padre, pero que no caiga la plaga sobre tu pueblo».
David levanta un altar en la era de Ornán
Texto relacionado: 2 Samuel 24:18–25.
21:18 El ángel del SEÑOR dijo a Gad que ordenara a David subir y levantar un altar al SEÑOR en la era de Ornán, el jebuseo.
21:19 David subió conforme a la palabra que Gad había hablado en el nombre del SEÑOR.
21:20 Ornán se volvió y vio al ángel. Sus cuatro hijos, que estaban con él, se escondieron. Ornán estaba trillando trigo.
21:21 David llegó hasta Ornán. Ornán miró, vio a David, salió de la era y se postró ante David rostro en tierra.
21:22 David dijo a Ornán: «Dame el terreno de la era para que construya en él un altar al SEÑOR. Dámelo por su precio completo, para que se detenga la plaga que está sobre el pueblo».
21:23 Ornán dijo a David: «Tómalo para ti, y que mi señor el rey haga lo que bien le parezca. Mira, doy los bueyes para los holocaustos, los trillos para la leña y el trigo para la ofrenda. Lo doy todo».
21:24 El rey David dijo a Ornán: «No; lo compraré por su precio completo. No tomaré lo que es tuyo para ofrecérselo al SEÑOR, ni ofreceré un holocausto que no me cueste nada».
21:25 David dio a Ornán por aquel lugar unos seis kilos y ochocientos gramos de oro.
21:26 David construyó allí un altar al SEÑOR y ofreció holocaustos y sacrificios de paz. Invocó al SEÑOR, y él le respondió con fuego desde los cielos sobre el altar del holocausto.
21:27 El SEÑOR habló al ángel, y este devolvió su espada a la vaina.
El lugar para el templo
21:28 En aquel tiempo, al ver David que el SEÑOR le había respondido en la era de Ornán, el jebuseo, ofreció sacrificios allí.
21:29 El tabernáculo del SEÑOR que Moisés había hecho en el desierto y el altar del holocausto estaban entonces en el lugar alto de Gabaón.
21:30 Pero David no podía ir allí a consultar a Dios, porque estaba aterrorizado ante la espada del ángel del SEÑOR.

Capítulo 22
22:1 David dijo: «Aquí estará la casa del SEÑOR Dios, y aquí el altar del holocausto para Israel».
Preparativos para el templo
22:2 David ordenó reunir a los extranjeros que vivían en la tierra de Israel y designó canteros para labrar las piedras con las que se construiría la casa de Dios.
22:3 David preparó hierro en abundancia para los clavos de las hojas de las puertas y para las junturas; también bronce en cantidades imposibles de pesar.
22:4 Preparó también madera de cedro sin cuenta, porque los sidonios y los tirios habían llevado a David madera de cedro en abundancia.
22:5 David dijo: «Mi hijo Salomón es joven e inexperto, y la casa que se ha de construir para el SEÑOR debe ser extraordinariamente grande, de renombre y esplendor en todas las tierras. Prepararé lo necesario para ella». Así David hizo abundantes preparativos antes de su muerte.
David prepara a Salomón para construir el templo
22:6 Llamó a su hijo Salomón y le encargó construir una casa para el SEÑOR, Dios de Israel.
22:7 David dijo a Salomón: «Hijo mío, yo tenía en mi corazón construir una casa para el nombre del SEÑOR, mi Dios.
22:8 Pero vino a mí la palabra del SEÑOR: “Has derramado mucha sangre y has librado grandes guerras. No construirás una casa para mi nombre, porque has derramado mucha sangre en la tierra delante de mí.
22:9 Te nacerá un hijo que será un hombre de reposo. Le daré reposo de todos sus enemigos de alrededor. Su nombre será Salomón, y daré paz y tranquilidad a Israel en sus días.
22:10 Él construirá una casa para mi nombre. Él será para mí un hijo, y yo seré para él un padre. Estableceré el trono de su reino sobre Israel para siempre”.
22:11 Ahora, hijo mío, que el SEÑOR esté contigo, que tengas éxito y construyas la casa del SEÑOR, tu Dios, tal como él ha dicho de ti.
22:12 Que el SEÑOR te dé prudencia y entendimiento cuando te ponga al frente de Israel, para que guardes la ley del SEÑOR, tu Dios.
22:13 Entonces tendrás éxito si te cuidas de cumplir los estatutos y las ordenanzas que el SEÑOR mandó a Moisés para Israel. Sé fuerte y valiente; no tengas miedo ni te desanimes.
22:14 Con grandes esfuerzos he preparado para la casa del SEÑOR unas tres mil cuatrocientas toneladas de oro y unas treinta y cuatro mil toneladas de plata. El bronce y el hierro no se pueden pesar, porque son muy abundantes. También he preparado madera y piedras, y tú añadirás a todo ello.
22:15 Tienes contigo muchos trabajadores: canteros, artesanos de la piedra y de la madera, y expertos en toda clase de trabajo.
22:16 Son innumerables los que trabajan el oro, la plata, el bronce y el hierro. ¡Levántate y ponte a trabajar! Que el SEÑOR esté contigo».
La colaboración de los jefes de Israel
22:17 David ordenó a todos los jefes de Israel que ayudaran a su hijo Salomón:
22:18 «¿No está con ustedes el SEÑOR, su Dios, y les ha dado reposo por todas partes? Él ha entregado en mis manos a los habitantes de la tierra, y la tierra ha sido sometida ante el SEÑOR y ante su pueblo.
22:19 Ahora dediquen su corazón y su alma a buscar al SEÑOR, su Dios. Levántense y construyan el santuario del SEÑOR Dios, para llevar el arca del pacto del SEÑOR y los utensilios consagrados a Dios a la casa construida para el nombre del SEÑOR».

Capítulo 23
Distribución y deberes de los levitas
23:1 David, ya anciano y lleno de días, hizo rey de Israel a su hijo Salomón.
23:2 Reunió a todos los jefes de Israel, a los sacerdotes y a los levitas.
23:3 Fueron contados los levitas de treinta años en adelante. El número de varones, contados uno por uno, fue de treinta y ocho mil.
23:4 De ellos, veinticuatro mil debían supervisar el trabajo de la casa del SEÑOR, y seis mil debían servir como funcionarios y jueces.
23:5 Cuatro mil eran porteros, y cuatro mil alababan al SEÑOR «con los instrumentos que hice para alabar».
23:6 David los distribuyó en divisiones según los hijos de Leví: Gersón, Coat y Merari.
Las familias gersonitas
23:7 De los gersonitas estaban Laadán y Simei.
23:8 Los hijos de Laadán fueron Jehiel, el jefe; Zetam y Joel: tres.
23:9 Los hijos de Simei fueron Selomit, Haziel y Harán: tres. Estos fueron los jefes de las familias paternas de Laadán.
23:10 Los hijos de Simei fueron Jahat, Zina, Jeús y Bería. Estos cuatro fueron hijos de Simei.
23:11 Jahat era el jefe, y Ziza, el segundo. Jeús y Bería no tuvieron muchos hijos, por lo que fueron registrados como una sola familia paterna.
Las familias coatitas
23:12 Los cuatro hijos de Coat fueron Amram, Izhar, Hebrón y Uziel.
23:13 Los hijos de Amram fueron Aarón y Moisés. Aarón fue apartado para ser consagrado como santísimo, él y sus hijos para siempre, para quemar incienso ante el SEÑOR, servirle y bendecir en su nombre para siempre.
23:14 Los hijos de Moisés, el hombre de Dios, fueron contados dentro de la tribu de Leví.
23:15 Los hijos de Moisés fueron Gersom y Eliezer.
23:16 De los hijos de Gersom estaba Sebuel, el jefe.
23:17 De los hijos de Eliezer estaba Rehabías, el jefe. Eliezer no tuvo otros hijos, pero los descendientes de Rehabías fueron muy numerosos.
23:18 De los hijos de Izhar estaba Selomit, el jefe.
23:19 Los hijos de Hebrón fueron Jerías, el jefe; Amarías, el segundo; Jahaziel, el tercero; y Jecamán, el cuarto.
23:20 Los hijos de Uziel fueron Micaía, el jefe, e Isías, el segundo.
Las familias meraritas
23:21 Los hijos de Merari fueron Mahli y Musi. Los hijos de Mahli fueron Eleazar y Cis.
23:22 Eleazar murió sin tener hijos varones, sino solo hijas. Los hijos de Cis, sus parientes, se casaron con ellas.
23:23 Los tres hijos de Musi fueron Mahli, Eder y Jeremot.
El servicio levítico en la casa del SEÑOR
23:24 Estos fueron los descendientes de Leví según sus familias paternas, los jefes de familias registrados por nombre y contados uno por uno, de veinte años en adelante, que realizaban el trabajo del servicio de la casa del SEÑOR.
23:25 Porque David dijo: «El SEÑOR, Dios de Israel, ha dado reposo a su pueblo y habitará en Jerusalén para siempre.
23:26 Los levitas ya no tendrán que transportar el tabernáculo ni todos los utensilios de su servicio».
23:27 Conforme a las últimas instrucciones de David, se contó a los descendientes de Leví de veinte años en adelante.
23:28 Su puesto era estar junto a los descendientes de Aarón en el servicio de la casa del SEÑOR, a cargo de los patios, de las habitaciones, de la purificación de todas las cosas sagradas y del trabajo del servicio de la casa de Dios.
23:29 También estaban a cargo de los panes dispuestos ante Dios, de la harina fina para la ofrenda, de las tortas delgadas sin levadura, de lo preparado en sartén, de lo escaldado y de todas las medidas de capacidad y de longitud.
23:30 Debían presentarse cada mañana para dar gracias y alabar al SEÑOR, y lo mismo por la tarde,
23:31 y en todas las ocasiones en que se ofrecían holocaustos al SEÑOR, los sábados, las lunas nuevas y las fiestas señaladas, según el número y las normas establecidas para ellos, continuamente ante el SEÑOR.
23:32 Debían cumplir las responsabilidades de la tienda de reunión, del santuario y de los descendientes de Aarón, sus hermanos, en el servicio de la casa del SEÑOR.

Capítulo 24
Los turnos de las familias sacerdotales
24:1 Estas fueron las divisiones de los descendientes de Aarón. Los hijos de Aarón fueron Nadab, Abiú, Eleazar e Itamar.
24:2 Nadab y Abiú murieron antes que su padre y no tuvieron hijos. Eleazar e Itamar ejercieron el sacerdocio.
24:3 David, junto con Sadoc, de los descendientes de Eleazar, y Ahimelec, de los descendientes de Itamar, los distribuyó según sus responsabilidades en el servicio.
24:4 Se halló que había más jefes de familias entre los descendientes de Eleazar que entre los descendientes de Itamar. Los distribuyeron así: dieciséis jefes de familias paternas de los descendientes de Eleazar y ocho de los descendientes de Itamar.
24:5 Los distribuyeron por sorteo, unos junto con otros, porque había jefes del santuario y jefes al servicio de Dios tanto entre los descendientes de Eleazar como entre los descendientes de Itamar.
24:6 El escriba Semaías, hijo de Natanael, uno de los levitas, los registró ante el rey, los jefes, el sacerdote Sadoc, Ahimelec, hijo de Abiatar, y los jefes de las familias paternas de los sacerdotes y de los levitas. Se tomaba una familia paterna de Eleazar y se tomaba otra de Itamar.
24:7 La primera suerte le tocó a Joiarib; la segunda, a Jedaías;
24:8 la tercera, a Harim; la cuarta, a Seorim;
24:9 la quinta, a Malquías; la sexta, a Mijamín;
24:10 la séptima, a Cos; la octava, a Abías;
24:11 la novena, a Jesúa; la décima, a Secanías;
24:12 la undécima, a Eliasib; la duodécima, a Jaquim;
24:13 la decimotercera, a Hupa; la decimocuarta, a Jesebeab;
24:14 la decimoquinta, a Bilga; la decimosexta, a Imer;
24:15 la decimoséptima, a Hezir; la decimoctava, a Afses;
24:16 la decimonovena, a Petaías; la vigésima, a Hezequiel;
24:17 la vigesimoprimera, a Jaquín; la vigesimosegunda, a Gamul;
24:18 la vigesimotercera, a Delaías; la vigesimocuarta, a Maazías.
24:19 Estas fueron sus responsabilidades en el servicio para entrar en la casa del SEÑOR, según las normas dadas por Aarón, su padre, conforme a lo que le había mandado el SEÑOR, Dios de Israel.
Los jefes de las familias levíticas
24:20 En cuanto a los demás descendientes de Leví: de los hijos de Amram estaba Subael; de los hijos de Subael, Jehedías.
24:21 En cuanto a Rehabías, de los hijos de Rehabías estaba Isías, el jefe.
24:22 De los izharitas estaba Selomot; de los hijos de Selomot, Jahat.
24:23 Los hijos de Jerías fueron Amarías, el segundo; Jahaziel, el tercero; y Jecamán, el cuarto.
24:24 De los hijos de Uziel estaba Micaía; de los hijos de Micaía, Samir.
24:25 El hermano de Micaía era Isías; de los hijos de Isías estaba Zacarías.
24:26 Los hijos de Merari fueron Mahli y Musi. De los hijos de Jaazías estaba Beno.
24:27 Los hijos de Merari por Jaazías fueron Beno, Soham, Zacur e Ibri.
24:28 De Mahli estaba Eleazar, que no tuvo hijos varones.
24:29 En cuanto a Cis, el hijo de Cis fue Jerameel.
24:30 Los hijos de Musi fueron Mahli, Eder y Jerimot. Estos fueron los descendientes de los levitas según sus familias paternas.
24:31 También ellos echaron suertes, al igual que sus hermanos, los descendientes de Aarón, ante el rey David, Sadoc, Ahimelec y los jefes de las familias paternas de los sacerdotes y de los levitas. El jefe de familia participaba igual que el menor de sus hermanos.

Capítulo 25
Los músicos y sus turnos de servicio
25:1 David y los jefes del ejército apartaron para el servicio a los hijos de Asaf, de Hemán y de Jedutún, que profetizaban con liras, arpas y címbalos. Esta es la lista de los hombres que realizaban ese servicio:
25:2 De los hijos de Asaf: Zacur, José, Netanías y Asarela, hijos de Asaf, bajo la dirección de Asaf, que profetizaba bajo la dirección del rey.
25:3 De Jedutún: los hijos de Jedutún eran Gedalías, Zeri, Jesaías, Hasabías y Matatías, seis, bajo la dirección de su padre Jedutún, que profetizaba con la lira para dar gracias y alabar al SEÑOR.
25:4 De Hemán: los hijos de Hemán eran Buquías, Matanías, Uziel, Sebuel, Jerimot, Hananías, Hananí, Eliata, Gidalti, Romanti-ezer, Josbecasa, Maloti, Hotir y Mahaziot.
25:5 Todos estos fueron hijos de Hemán, vidente del rey en los asuntos de Dios, para enaltecer su poder. Dios dio a Hemán catorce hijos y tres hijas.
25:6 Todos ellos estaban bajo la dirección de su padre en el canto de la casa del SEÑOR, con címbalos, arpas y liras, para el servicio de la casa de Dios. Asaf, Jedutún y Hemán estaban bajo la dirección del rey.
25:7 Su número, junto con sus hermanos instruidos en el canto al SEÑOR, todos expertos, era de doscientos ochenta y ocho.
25:8 Echaron suertes para los turnos de servicio, por igual el pequeño y el grande, el maestro y el discípulo.
Las veinticuatro suertes de los músicos
25:9 La primera suerte le tocó a José, de Asaf; la segunda, a Gedalías: él, sus hermanos y sus hijos sumaban doce;
25:10 la tercera, a Zacur: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:11 la cuarta, a Izri: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:12 la quinta, a Netanías: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:13 la sexta, a Buquías: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:14 la séptima, a Jesarela: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:15 la octava, a Jesaías: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:16 la novena, a Matanías: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:17 la décima, a Simei: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:18 la undécima, a Azareel: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:19 la duodécima, a Hasabías: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:20 la decimotercera, a Subael: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:21 la decimocuarta, a Matatías: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:22 la decimoquinta, a Jeremot: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:23 la decimosexta, a Hananías: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:24 la decimoséptima, a Josbecasa: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:25 la decimoctava, a Hananí: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:26 la decimonovena, a Maloti: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:27 la vigésima, a Eliata: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:28 la vigesimoprimera, a Hotir: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:29 la vigesimosegunda, a Gidalti: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:30 la vigesimotercera, a Mahaziot: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce;
25:31 la vigesimocuarta, a Romanti-ezer: él, sus hijos y sus hermanos sumaban doce.

Capítulo 26
Las familias y divisiones de los porteros
26:1 Estas fueron las divisiones de los porteros: de los coreítas, Meselemías, hijo de Coré, de los descendientes de Asaf.
26:2 Los hijos de Meselemías fueron Zacarías, el primogénito; Jediael, el segundo; Zebadías, el tercero; Jatniel, el cuarto;
26:3 Elam, el quinto; Johanán, el sexto; y Elioenai, el séptimo.
26:4 Los hijos de Obed-edom fueron Semaías, el primogénito; Jozabad, el segundo; Joa, el tercero; Sacar, el cuarto; Natanael, el quinto;
26:5 Amiel, el sexto; Isacar, el séptimo; y Peultai, el octavo, porque Dios lo había bendecido.
26:6 A su hijo Semaías le nacieron hijos que gobernaban en su familia paterna, porque eran hombres valientes y capaces.
26:7 Los hijos de Semaías fueron Otni, Rafael, Obed y Elzabad; sus hermanos, hombres capaces, fueron Eliú y Samaquías.
26:8 Todos estos eran descendientes de Obed-edom. Ellos, sus hijos y sus hermanos eran hombres capaces y fuertes para el servicio: sesenta y dos de Obed-edom.
26:9 Los hijos y hermanos de Meselemías eran dieciocho hombres capaces.
26:10 Hosa, de los descendientes de Merari, tuvo estos hijos: Simri, el jefe, pues, aunque no era el primogénito, su padre lo puso como jefe;
26:11 Hilcías, el segundo; Tebalías, el tercero; Zacarías, el cuarto. Todos los hijos y hermanos de Hosa sumaban trece.
26:12 Estas divisiones de porteros, con sus jefes, tenían turnos de guardia al igual que sus hermanos, para servir en la casa del SEÑOR.
26:13 Echaron suertes por familias paternas, por igual el pequeño y el grande, para cada puerta.
26:14 La suerte del lado este le tocó a Selemías. También echaron suertes por su hijo Zacarías, consejero prudente, y su suerte salió para el lado norte.
26:15 A Obed-edom le tocó el lado sur, y a sus hijos, el almacén.
26:16 A Supim y a Hosa les tocó el lado oeste, junto a la puerta de Salequet, en el camino de subida, guardia frente a guardia.
26:17 Al este había seis levitas; al norte, cuatro por día; al sur, cuatro por día; y en los almacenes, dos y dos.
26:18 En cuanto al atrio del oeste, había cuatro en el camino y dos en el atrio.
26:19 Estas fueron las divisiones de los porteros, de los descendientes de los coreítas y de los descendientes de Merari.
Los responsables de los tesoros y de las cosas consagradas
26:20 De los levitas, Ahías estaba a cargo de los tesoros de la casa de Dios y de los tesoros de las cosas consagradas.
26:21 De los hijos de Laadán, los descendientes gersonitas de Laadán, entre los jefes de las familias paternas de Laadán, el gersonita, estaba Jehieli.
26:22 Los hijos de Jehieli, Zetam y su hermano Joel, estaban a cargo de los tesoros de la casa del SEÑOR.
26:23 De los amramitas, de los izharitas, de los hebronitas y de los uzielitas:
26:24 Sebuel, hijo de Gersom, hijo de Moisés, era el encargado principal de los tesoros.
26:25 Sus hermanos por parte de Eliezer fueron Rehabías, su hijo; Jesaías, su hijo; Joram, su hijo; Zicri, su hijo; y Selomit, su hijo.
26:26 Este Selomot y sus hermanos estaban a cargo de todos los tesoros de las cosas consagradas que habían dedicado el rey David, los jefes de las familias paternas, los jefes de millares y de centenas, y los jefes del ejército.
26:27 De las guerras y del botín habían consagrado parte para el mantenimiento de la casa del SEÑOR.
26:28 Todo lo que habían consagrado Samuel, el vidente; Saúl, hijo de Cis; Abner, hijo de Ner; y Joab, hijo de Sarvia, y todo lo que cualquiera consagraba estaba bajo la responsabilidad de Selomit y de sus hermanos.
Los levitas en funciones públicas fuera del santuario
26:29 De los izharitas, Quenanías y sus hijos estaban a cargo de las tareas fuera del santuario, como funcionarios y jueces de Israel.
26:30 De los hebronitas, Hasabías y sus hermanos, mil setecientos hombres capaces, tenían a su cargo la administración de Israel al oeste del Jordán, en todo el trabajo del SEÑOR y en el servicio del rey.
26:31 De los hebronitas, Jerías era el jefe, según sus genealogías por familias paternas. En el año cuarenta del reinado de David fueron investigados, y entre ellos se hallaron guerreros valientes en Jazer de Galaad.
26:32 Sus hermanos, hombres capaces y jefes de familias paternas, sumaban dos mil setecientos. El rey David los puso al frente de los rubenitas, los gaditas y la media tribu de Manasés, en todos los asuntos de Dios y los asuntos del rey.

Capítulo 27
Las divisiones militares y sus meses de servicio
27:1 Esta es la relación de los israelitas, jefes de familias paternas, jefes de millares y de centenas y sus oficiales, que servían al rey en todo lo referente a las divisiones que entraban y salían de servicio mes a mes, durante todos los meses del año. Cada división tenía veinticuatro mil hombres.
27:2 Al frente de la primera división, para el primer mes, estaba Jasobeam, hijo de Zabdiel. Su división tenía veinticuatro mil hombres.
27:3 Era descendiente de Fares y jefe de todos los comandantes del ejército del primer mes.
27:4 Al frente de la división del segundo mes estaba Dodai, el ahohíta. Miclot era el dirigente de su división, que tenía veinticuatro mil hombres.
27:5 El tercer jefe del ejército, para el tercer mes, era Benaía, hijo del sacerdote Joiada. Estaba al frente de una división de veinticuatro mil hombres.
27:6 Este Benaía era uno de los guerreros valientes de los Treinta y jefe de los Treinta. Su hijo Amisabad estaba en su división.
27:7 El cuarto, para el cuarto mes, era Asael, hermano de Joab, y después de él, su hijo Zebadías. Su división tenía veinticuatro mil hombres.
27:8 El quinto, para el quinto mes, era el jefe Samhut, el izraíta. Su división tenía veinticuatro mil hombres.
27:9 El sexto, para el sexto mes, era Ira, hijo de Iques, el tecoíta. Su división tenía veinticuatro mil hombres.
27:10 El séptimo, para el séptimo mes, era Heles, el pelonita, de los descendientes de Efraín. Su división tenía veinticuatro mil hombres.
27:11 El octavo, para el octavo mes, era Sibecai, el husatita, de los zeraítas. Su división tenía veinticuatro mil hombres.
27:12 El noveno, para el noveno mes, era Abiezer, el anatotita, de los benjaminitas. Su división tenía veinticuatro mil hombres.
27:13 El décimo, para el décimo mes, era Maharai, el netofatita, de los zeraítas. Su división tenía veinticuatro mil hombres.
27:14 El undécimo, para el undécimo mes, era Benaía, el piratonita, de los descendientes de Efraín. Su división tenía veinticuatro mil hombres.
27:15 El duodécimo, para el duodécimo mes, era Heldai, el netofatita, de Otoniel. Su división tenía veinticuatro mil hombres.
Los dirigentes de las tribus de Israel
27:16 Estos eran los encargados de las tribus de Israel: de los rubenitas, el dirigente era Eliezer, hijo de Zicri; de los simeonitas, Sefatías, hijo de Maaca;
27:17 de Leví, Hasabías, hijo de Kemuel; de Aarón, Sadoc;
27:18 de Judá, Eliú, uno de los hermanos de David; de Isacar, Omri, hijo de Micael;
27:19 de Zabulón, Ismaías, hijo de Obadías; de Neftalí, Jerimot, hijo de Azriel;
27:20 de los descendientes de Efraín, Oseas, hijo de Azazías; de la media tribu de Manasés, Joel, hijo de Pedaías;
27:21 de la media tribu de Manasés en Galaad, Iddo, hijo de Zacarías; de Benjamín, Jaasiel, hijo de Abner;
27:22 de Dan, Azareel, hijo de Jeroham. Estos eran los jefes de las tribus de Israel.
El censo incompleto y la promesa de Dios
27:23 David no contó a los que tenían veinte años o menos, porque el SEÑOR había dicho que multiplicaría a Israel como las estrellas de los cielos.
27:24 Joab, hijo de Sarvia, había comenzado a contar, pero no terminó. Por esto vino la ira sobre Israel, y el número no quedó incluido en el registro de las crónicas del rey David.
Los administradores de los bienes del rey
27:25 Azmavet, hijo de Adiel, estaba a cargo de los tesoros del rey; Jonatán, hijo de Uzías, estaba a cargo de los depósitos en los campos, las ciudades, las aldeas y las torres.
27:26 Ezri, hijo de Quelub, estaba a cargo de los trabajadores del campo que cultivaban la tierra.
27:27 Simei, el ramatita, estaba a cargo de las viñas; Zabdi, el sifmita, estaba a cargo de lo que producían las viñas para las reservas de vino.
27:28 Baal-hanán, el gederita, estaba a cargo de los olivos y los sicómoros de la Sefela; Joás estaba a cargo de las reservas de aceite.
27:29 Sirtai, el saronita, estaba a cargo del ganado que pastaba en Sarón; Safat, hijo de Adlai, estaba a cargo del ganado de los valles.
27:30 Obil, el ismaelita, estaba a cargo de los camellos; Jehedías, el meronotita, de las asnas;
27:31 y Jaziz, el agareno, de los rebaños de ganado menor. Todos estos eran administradores de los bienes del rey David.
Los consejeros y colaboradores de la corte
27:32 Jonatán, tío de David, era consejero, hombre entendido y escriba. Jehiel, hijo de Hacmoni, estaba con los hijos del rey.
27:33 Ahitofel era consejero del rey, y Husai, el arquita, era amigo del rey.
27:34 Después de Ahitofel estaban Joiada, hijo de Benaía, y Abiatar. Joab era el jefe del ejército del rey.

Capítulo 28
David encarga a Salomón la construcción del templo
28:1 David reunió en Jerusalén a todos los jefes de Israel: los jefes de las tribus, los jefes de las divisiones que servían al rey, los jefes de millares y de centenas, los administradores de todos los bienes y ganados del rey y de sus hijos, los funcionarios del palacio, los hombres poderosos y todos los guerreros valientes.
28:2 El rey David se puso de pie y dijo: «Escúchenme, hermanos míos y pueblo mío. Yo tenía en mi corazón construir una casa de reposo para el arca del pacto del SEÑOR y para el estrado de los pies de nuestro Dios, y había hecho preparativos para construirla.
28:3 Pero Dios me dijo: “No construirás una casa para mi nombre, porque eres hombre de guerras y has derramado sangre”.
28:4 El SEÑOR, Dios de Israel, me escogió de entre toda la casa de mi padre para ser rey de Israel para siempre. Porque escogió a Judá como gobernante, y de la casa de Judá escogió la casa de mi padre; de entre los hijos de mi padre se complació en mí para hacerme rey de todo Israel.
28:5 De entre todos mis hijos, pues el SEÑOR me ha dado muchos hijos, escogió a mi hijo Salomón para sentarse en el trono del reino del SEÑOR sobre Israel.
28:6 Me dijo: “Tu hijo Salomón construirá mi casa y mis patios, porque lo escogí para que sea mi hijo, y yo seré su padre.
28:7 Estableceré su reino para siempre si se mantiene firme en cumplir mis mandamientos y mis ordenanzas, como hoy”.
28:8 Ahora, a la vista de todo Israel, asamblea del SEÑOR, y a oídos de nuestro Dios, guarden y busquen todos los mandamientos del SEÑOR, su Dios, para que posean esta buena tierra y la dejen como herencia a sus hijos después de ustedes para siempre.
28:9 Y tú, Salomón, hijo mío, conoce al Dios de tu padre y sírvele con un corazón íntegro y un alma dispuesta, porque el SEÑOR examina todos los corazones y entiende toda intención de los pensamientos. Si lo buscas, se dejará hallar por ti; pero si lo abandonas, te rechazará para siempre.
28:10 Mira ahora que el SEÑOR te ha escogido para construir una casa como santuario. Sé fuerte y hazlo».
Los planos y materiales para la casa del SEÑOR
28:11 David dio a su hijo Salomón el plano del pórtico, de sus edificios, de sus depósitos, de sus habitaciones superiores, de sus habitaciones interiores y de la cámara del propiciatorio.
28:12 También le dio el plano de todo lo que tenía en mente para los patios de la casa del SEÑOR, todas las habitaciones de alrededor, los tesoros de la casa de Dios y los tesoros de las cosas consagradas;
28:13 para las divisiones de los sacerdotes y de los levitas, para todo el trabajo del servicio de la casa del SEÑOR y para todos los utensilios del servicio de la casa del SEÑOR.
28:14 Especificó el peso del oro para los objetos de oro de cada servicio y el peso de la plata para todos los objetos de plata de cada servicio;
28:15 el peso del oro para los candelabros de oro y sus lámparas, el peso de cada candelabro y sus lámparas; también el peso para los candelabros de plata, cada candelabro y sus lámparas, conforme al servicio de cada candelabro;
28:16 el peso del oro para las mesas de los panes dispuestos ante Dios, para cada mesa, y la plata para las mesas de plata;
28:17 el oro puro para los tenedores, los tazones y las jarras; el peso del oro para las copas de oro, para cada copa, y el peso de la plata para las copas de plata, para cada copa;
28:18 el peso del oro refinado para el altar del incienso y el plano del carro: los querubines de oro, que extendían sus alas y cubrían el arca del pacto del SEÑOR.
28:19 «Todo esto está por escrito, por la mano del SEÑOR sobre mí. Él me hizo entender todos los trabajos del plano».
28:20 David dijo a su hijo Salomón: «Sé fuerte y valiente, y ponte a trabajar. No tengas miedo ni te desanimes, porque el SEÑOR Dios, mi Dios, está contigo. No te dejará ni te abandonará hasta que se termine todo el trabajo del servicio de la casa del SEÑOR.
28:21 Aquí están las divisiones de los sacerdotes y de los levitas para todo el servicio de la casa de Dios. Para toda la obra estarán contigo todos los dispuestos y hábiles en cada servicio; los jefes y todo el pueblo estarán a tus órdenes».

Capítulo 29
Las ofrendas voluntarias para la construcción
29:1 El rey David dijo a toda la asamblea: «Mi hijo Salomón, el único a quien Dios ha escogido, es joven e inexperto, y la obra es grande, porque el palacio no es para un ser humano, sino para el SEÑOR Dios.
29:2 Con todas mis fuerzas he preparado para la casa de mi Dios oro para los objetos de oro, plata para los de plata, bronce para los de bronce, hierro para los de hierro y madera para los de madera; piedras de ónice y piedras para engastes, piedras oscuras y de diversos colores, toda clase de piedras preciosas y mármol en abundancia.
29:3 Además, por mi amor a la casa de mi Dios, doy mi tesoro personal de oro y plata para la casa de mi Dios, aparte de todo lo que he preparado para la casa del santuario:
29:4 unas ciento dos toneladas de oro, de oro de Ofir, y unas doscientas treinta y ocho toneladas de plata refinada para recubrir las paredes de los edificios;
29:5 oro para lo de oro, plata para lo de plata y para todo el trabajo de las manos de los artesanos. ¿Quién está dispuesto a consagrarse hoy voluntariamente al SEÑOR?».
29:6 Los jefes de las familias paternas, los jefes de las tribus de Israel, los jefes de millares y de centenas y los encargados del trabajo del rey dieron ofrendas voluntarias.
29:7 Dieron para el servicio de la casa de Dios unas ciento setenta toneladas de oro y diez mil monedas de oro, unas trescientas cuarenta toneladas de plata, unas seiscientas doce toneladas de bronce y unas tres mil cuatrocientas toneladas de hierro.
29:8 Los que tenían piedras preciosas las entregaron para el tesoro de la casa del SEÑOR, bajo el cuidado de Jehiel, el gersonita.
29:9 El pueblo se alegró por sus ofrendas voluntarias, porque habían dado voluntariamente al SEÑOR de todo corazón. También el rey David se alegró mucho.
La oración de gratitud y entrega de David
29:10 David bendijo al SEÑOR ante toda la asamblea y dijo: «Bendito seas tú, SEÑOR, Dios de nuestro padre Israel, desde la eternidad y hasta la eternidad.
29:11 Tuyos son, SEÑOR, la grandeza, el poder, la gloria, la victoria y la majestad, porque todo lo que hay en los cielos y en la tierra es tuyo. Tuyo es el reino, SEÑOR, y tú te elevas como cabeza sobre todo.
29:12 La riqueza y la honra proceden de ti, y tú gobiernas sobre todo. En tu mano están la fuerza y el poder; en tu mano está engrandecer y fortalecer a todos.
29:13 Ahora, Dios nuestro, te damos gracias y alabamos tu nombre glorioso.
29:14 Porque ¿quién soy yo y quién es mi pueblo para que tengamos fuerzas de dar voluntariamente de esta manera? Todo viene de ti, y de lo que recibimos de tu mano te hemos dado.
29:15 Somos extranjeros y residentes temporales ante ti, como todos nuestros padres. Nuestros días en la tierra son como una sombra, sin esperanza de permanecer.
29:16 SEÑOR, Dios nuestro, toda esta abundancia que hemos preparado para construirte una casa para tu santo nombre viene de tu mano, y todo es tuyo.
29:17 Yo sé, Dios mío, que tú pruebas el corazón y te agrada la rectitud. Con rectitud de corazón he dado voluntariamente todo esto, y ahora he visto con alegría que tu pueblo aquí presente te da ofrendas voluntarias.
29:18 SEÑOR, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, nuestros padres, conserva esto para siempre en la intención de los pensamientos del corazón de tu pueblo, y dirige su corazón hacia ti.
29:19 Da a mi hijo Salomón un corazón íntegro para guardar tus mandamientos, tus testimonios y tus estatutos, para cumplirlo todo y para construir el palacio para el que he hecho preparativos».
La celebración y la confirmación de Salomón como rey
29:20 David dijo a toda la asamblea: «Bendigan ahora al SEÑOR, su Dios». Toda la asamblea bendijo al SEÑOR, Dios de sus padres, y se inclinó y se postró ante el SEÑOR y ante el rey.
29:21 Ofrecieron sacrificios al SEÑOR y, al día siguiente, ofrecieron holocaustos al SEÑOR: mil novillos, mil carneros y mil corderos, con sus ofrendas líquidas, y sacrificios en abundancia para todo Israel.
29:22 Aquel día comieron y bebieron ante el SEÑOR con gran alegría. Por segunda vez hicieron rey a Salomón, hijo de David, y lo ungieron para el SEÑOR como gobernante, y a Sadoc como sacerdote.
29:23 Salomón se sentó en el trono del SEÑOR como rey en lugar de su padre David, tuvo éxito y todo Israel le obedeció.
29:24 Todos los jefes, los guerreros valientes y también todos los hijos del rey David se sometieron al rey Salomón.
29:25 El SEÑOR engrandeció mucho a Salomón a los ojos de todo Israel y le dio un esplendor real que no había tenido ningún rey de Israel antes de él.
Muerte de David
Texto relacionado: 1 Reyes 2:10–12.
29:26 David, hijo de Isaí, reinó sobre todo Israel.
29:27 El tiempo que reinó sobre Israel fue de cuarenta años: reinó siete años en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén.
29:28 Murió en buena vejez, lleno de días, de riquezas y de honra. Su hijo Salomón reinó en su lugar.
29:29 Los hechos del rey David, de principio a fin, están escritos en las crónicas de Samuel, el vidente, en las crónicas de Natán, el profeta, y en las crónicas de Gad, el vidente,
29:30 con todo su reinado y su poder, y los acontecimientos que pasaron sobre él, sobre Israel y sobre todos los reinos de aquellas tierras.

2 CRÓNICAS

Capítulo 1
Salomón pide sabiduría
Texto relacionado: 1 Reyes 3:3–15.
1:1 Salomón, hijo de David, se afianzó en su reino. El SEÑOR, su Dios, estaba con él y lo engrandeció mucho.
1:2 Salomón habló a todo Israel: a los jefes de millares y de centenas, a los jueces y a todos los dirigentes de todo Israel, jefes de familias paternas.
1:3 Salomón y toda la asamblea que estaba con él fueron al lugar alto de Gabaón, porque allí estaba la tienda de reunión de Dios, que Moisés, siervo del SEÑOR, había hecho en el desierto.
1:4 David había subido el arca de Dios desde Quiriat-jearim al lugar que David le había preparado, pues le había levantado una tienda en Jerusalén.
1:5 El altar de bronce que había hecho Bezaleel, hijo de Uri, hijo de Hur, había sido colocado delante del tabernáculo del SEÑOR. Salomón y la asamblea acudieron allí para consultarlo.
1:6 Salomón subió allí, ante el SEÑOR, al altar de bronce de la tienda de reunión y ofreció sobre él mil holocaustos.
1:7 Aquella noche Dios se apareció a Salomón y le dijo: «Pide lo que quieras que te dé».
1:8 Salomón dijo a Dios: «Tú has mostrado gran amor fiel a mi padre David y me has hecho rey en su lugar.
1:9 Ahora, SEÑOR Dios, que se confirme tu palabra dada a mi padre David, porque tú me has hecho rey de un pueblo tan numeroso como el polvo de la tierra.
1:10 Dame ahora sabiduría y conocimiento para salir y entrar al frente de este pueblo, porque ¿quién puede gobernar a este gran pueblo tuyo?».
1:11 Dios dijo a Salomón: «Porque esto estaba en tu corazón y no has pedido riqueza, bienes ni honra, ni la vida de quienes te odian, y tampoco has pedido una larga vida, sino sabiduría y conocimiento para gobernar a mi pueblo, sobre el que te he hecho rey,
1:12 se te dan la sabiduría y el conocimiento. También te daré riqueza, bienes y honra como no los tuvieron los reyes que hubo antes de ti ni los tendrán los que vengan después de ti».
1:13 Salomón volvió a Jerusalén desde el lugar alto de Gabaón, de delante de la tienda de reunión, y reinó sobre Israel.
Salomón comercia en caballos y en carros
Textos relacionados: 1 Reyes 10:26–29; 2 Crónicas 9:25–28.
1:14 Salomón reunió carros y jinetes. Llegó a tener mil cuatrocientos carros y doce mil jinetes, que colocó en las ciudades de los carros y junto al rey en Jerusalén.
1:15 El rey hizo que en Jerusalén la plata y el oro fueran tan abundantes como las piedras, y los cedros, tan abundantes como los sicómoros de la Sefela.
1:16 Los caballos de Salomón se importaban de Egipto y de Coa. Los mercaderes del rey los compraban en Coa por su precio.
1:17 Importaban de Egipto un carro por seiscientas piezas de plata y un caballo por ciento cincuenta. Por su mediación se exportaban también a todos los reyes hititas y a los reyes de Aram.

Capítulo 2
Los preparativos y la colaboración de Tiro
Textos relacionados: 1 Reyes 5:1–18; 1 Reyes 7:13–14.
2:1 Salomón decidió construir una casa para el nombre del SEÑOR y una casa para su reino.
2:2 Salomón designó a setenta mil hombres para llevar cargas, ochenta mil canteros en la montaña y tres mil seiscientos supervisores sobre ellos.
2:3 Salomón envió a decir a Huram, rey de Tiro: «Haz conmigo como hiciste con mi padre David, cuando le enviaste cedros para que construyera una casa donde vivir.
2:4 Voy a construir una casa para el nombre del SEÑOR, mi Dios, y a consagrársela, para quemar incienso aromático ante él, disponer continuamente los panes y ofrecer holocaustos por la mañana y por la tarde, los sábados, las lunas nuevas y las fiestas señaladas del SEÑOR, nuestro Dios. Esto le corresponde a Israel para siempre.
2:5 La casa que voy a construir será grande, porque nuestro Dios es más grande que todos los dioses.
2:6 Pero ¿quién tiene capacidad para construirle una casa, si los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerlo? ¿Quién soy yo para construirle una casa, excepto para quemar incienso ante él?
2:7 Envíame ahora un hombre hábil para trabajar el oro, la plata, el bronce, el hierro y las telas de púrpura, carmesí y azul, que sepa hacer grabados junto con los artesanos que tengo en Judá y en Jerusalén, a quienes preparó mi padre David.
2:8 Envíame también madera de cedro, ciprés y sándalo del Líbano, porque sé que tus servidores saben cortar la madera del Líbano. Mis servidores estarán con los tuyos,
2:9 para prepararme madera en abundancia, porque la casa que voy a construir será grande y admirable.
2:10 He asignado a tus servidores, los leñadores que cortan la madera, cien mil canastas de trigo molido, cien mil canastas de cebada, cuatrocientos veinte mil litros de vino y cuatrocientos veinte mil litros de aceite».
2:11 Huram, rey de Tiro, respondió por escrito y envió a Salomón este mensaje: «Porque el SEÑOR ama a su pueblo, te ha puesto como rey sobre ellos».
2:12 Huram dijo también: «Bendito sea el SEÑOR, Dios de Israel, que hizo los cielos y la tierra y dio al rey David un hijo sabio, dotado de prudencia y entendimiento, para que construya una casa para el SEÑOR y una casa para su reino.
2:13 Ahora te envío un hombre hábil y entendido, Huram-abí,
2:14 hijo de una mujer de las hijas de Dan y de un hombre de Tiro. Sabe trabajar el oro, la plata, el bronce, el hierro, la piedra, la madera, las telas de púrpura y azul, el lino fino y el carmesí. También sabe hacer toda clase de grabados y concebir cualquier diseño que se le encargue, junto con tus artesanos y los artesanos de mi señor David, tu padre.
2:15 Ahora, que mi señor envíe a sus servidores el trigo, la cebada, el aceite y el vino que ha prometido.
2:16 Nosotros cortaremos en el Líbano toda la madera que necesites y te la llevaremos en balsas por el mar hasta Jope. Tú la harás subir a Jerusalén».
2:17 Salomón contó a todos los hombres extranjeros que vivían en la tierra de Israel, después del censo que había hecho su padre David. Se hallaron ciento cincuenta y tres mil seiscientos.
2:18 De ellos asignó a setenta mil para llevar cargas, ochenta mil como canteros en la montaña y tres mil seiscientos como supervisores para dirigir el trabajo del pueblo.

Capítulo 3
Salomón edifica el templo
Texto relacionado: 1 Reyes 6:1–38.
3:1 Salomón comenzó a construir la casa del SEÑOR en Jerusalén, en el monte Moriah, que había sido mostrado a su padre David, en el lugar que David había preparado en la era de Ornán, el jebuseo.
3:2 Comenzó a construir el segundo día del segundo mes, en el cuarto año de su reinado.
3:3 Estas eran las medidas de los cimientos que Salomón puso para construir la casa de Dios, según la medida antigua: unos veintisiete metros y medio de largo y nueve metros de ancho.
3:4 El pórtico que estaba al frente tenía unos nueve metros de largo, igual que el ancho de la casa, y unos cincuenta y cinco metros de alto. Revistió su interior de oro puro.
3:5 Recubrió el salón principal con madera de ciprés y luego lo revistió de oro fino. Hizo resaltar en él palmeras y cadenas.
3:6 Adornó la casa con piedras preciosas, y el oro era oro de Parvaim.
3:7 Revistió de oro la casa, sus vigas, sus umbrales, sus paredes y sus puertas, y grabó querubines en las paredes.
3:8 Hizo el Lugar Santísimo, cuyo largo era igual al ancho de la casa, unos nueve metros, y cuyo ancho era también de unos nueve metros. Lo revistió con unas veinte toneladas de oro fino.
3:9 El peso de los clavos era de unos quinientos setenta gramos de oro. También revistió de oro las habitaciones superiores.
3:10 Dentro del Lugar Santísimo hizo dos querubines esculpidos, y los recubrieron de oro.
3:11 Las alas de los querubines tenían en conjunto unos nueve metros de longitud. Una de las alas del primer querubín medía unos dos metros y treinta centímetros y tocaba la pared de la casa; su otra ala medía unos dos metros y treinta centímetros y tocaba el ala del otro querubín.
3:12 Una de las alas del otro querubín medía unos dos metros y treinta centímetros y tocaba la pared de la casa; su otra ala medía unos dos metros y treinta centímetros y estaba unida al ala del primer querubín.
3:13 Las alas extendidas de estos querubines abarcaban unos nueve metros. Estaban de pie sobre sus pies, con los rostros hacia la casa.
3:14 Hizo el velo de azul, púrpura, carmesí y lino fino, y bordó querubines en él.
Las dos columnas
Texto relacionado: 1 Reyes 7:15–22.
3:15 Delante de la casa hizo dos columnas de unos dieciséis metros y medio de altura; el capitel que estaba encima medía unos dos metros y treinta centímetros.
3:16 Hizo cadenas en el santuario interior y las puso sobre las cabezas de las columnas. Hizo cien granadas y las puso en las cadenas.
3:17 Levantó las columnas delante del templo, una a la derecha y otra a la izquierda. Llamó Jaquín a la de la derecha y Boaz a la de la izquierda.

Capítulo 4
Mobiliario del templo
Texto relacionado: 1 Reyes 7:23–51.
4:1 Hizo un altar de bronce de unos nueve metros de largo, nueve metros de ancho y cuatro metros y medio de alto.
4:2 Hizo el Mar de metal fundido, completamente redondo, de unos cuatro metros y sesenta centímetros de borde a borde y dos metros y treinta centímetros de alto. Un cordón de unos trece metros y ochenta centímetros lo rodeaba.
4:3 Debajo de él había figuras de bueyes que lo rodeaban por todos lados, unas veinte por metro, alrededor del Mar. Los bueyes estaban dispuestos en dos hileras y habían sido fundidos en una sola pieza con él.
4:4 Descansaba sobre doce bueyes: tres miraban al norte, tres al oeste, tres al sur y tres al este. El Mar estaba encima de ellos, y todas sus partes traseras miraban hacia dentro.
4:5 Su grosor era de unos ocho centímetros, y su borde estaba hecho como el borde de una copa, como una flor de lirio. Tenía capacidad para unos sesenta y tres mil litros.
4:6 Hizo diez pilas y colocó cinco a la derecha y cinco a la izquierda, para lavar en ellas lo que se preparaba para el holocausto. El Mar era para que los sacerdotes se lavaran en él.
4:7 Hizo diez candelabros de oro según lo establecido y los puso en el templo, cinco a la derecha y cinco a la izquierda.
4:8 Hizo diez mesas y las colocó en el templo, cinco a la derecha y cinco a la izquierda. También hizo cien tazones de oro.
4:9 Hizo el patio de los sacerdotes, el gran patio y las puertas del patio, y revistió sus puertas de bronce.
4:10 Colocó el Mar en el lado derecho, hacia el sureste.
4:11 Huram hizo los calderos, las palas y los tazones. Huram terminó todo el trabajo que realizaba para el rey Salomón en la casa de Dios:
4:12 las dos columnas, las dos esferas de los capiteles sobre las cabezas de las columnas y las dos redes para cubrir las dos esferas de los capiteles que estaban sobre las cabezas de las columnas;
4:13 las cuatrocientas granadas para las dos redes, dos hileras de granadas para cada red, para cubrir las dos esferas de los capiteles que estaban sobre las columnas.
4:14 Hizo las bases e hizo las pilas que estaban sobre las bases;
4:15 el único Mar y los doce bueyes que estaban debajo de él;
4:16 los calderos, las palas, los tenedores y todos sus utensilios. Huram-abí los hizo de bronce bruñido para el rey Salomón, para la casa del SEÑOR.
4:17 El rey los fundió en la llanura del Jordán, en tierra arcillosa, entre Sucot y Seredata.
4:18 Salomón hizo todos estos utensilios en tal abundancia que no se determinó el peso del bronce.
4:19 Salomón hizo todos los utensilios de la casa de Dios: el altar de oro y las mesas sobre las que se colocaban los panes de la Presencia;
4:20 los candelabros y sus lámparas de oro puro, para que ardieran ante el santuario interior según lo establecido;
4:21 las flores, las lámparas y las tenazas, de oro, del oro más puro;
4:22 las despabiladeras, los tazones, los cucharones y los incensarios, de oro puro. En cuanto a la entrada de la casa, sus puertas interiores para el Lugar Santísimo y sus puertas para el salón principal eran de oro.

Capítulo 5
5:1 Terminó todo el trabajo que Salomón había hecho para la casa del SEÑOR. Salomón llevó las cosas que su padre David había consagrado y puso la plata, el oro y todos los utensilios en los tesoros de la casa de Dios.
Salomón traslada el arca al templo
Texto relacionado: 1 Reyes 8:1–11.
5:2 Entonces Salomón reunió en Jerusalén a los ancianos de Israel, a todos los jefes de las tribus y a los jefes de las familias paternas de los israelitas, para subir el arca del pacto del SEÑOR desde la Ciudad de David, es decir, Sion.
5:3 Todos los hombres de Israel se reunieron con el rey durante la fiesta del séptimo mes.
5:4 Llegaron todos los ancianos de Israel, y los levitas levantaron el arca.
5:5 Subieron el arca, la tienda de reunión y todos los utensilios sagrados que estaban en la tienda. Los sacerdotes levitas los subieron.
5:6 El rey Salomón y toda la comunidad de Israel reunida con él ante el arca sacrificaban ganado menor y vacuno, en tal abundancia que no se podía contar ni enumerar.
5:7 Los sacerdotes llevaron el arca del pacto del SEÑOR a su lugar, al santuario interior de la casa, al Lugar Santísimo, debajo de las alas de los querubines.
5:8 Los querubines extendían sus alas sobre el lugar del arca, y los querubines cubrían por encima el arca y sus varas.
5:9 Las varas eran tan largas que sus extremos se veían sobresaliendo del arca, delante del santuario interior, pero no se veían desde fuera. Allí permanece hasta el día de hoy.
5:10 En el arca solo estaban las dos tablas que Moisés había puesto en Horeb, donde el SEÑOR hizo un pacto con los israelitas cuando salieron de Egipto.
5:11 Cuando los sacerdotes salieron del santuario, todos los sacerdotes presentes se habían santificado, sin tener en cuenta sus divisiones.
5:12 Todos los levitas cantores, Asaf, Hemán y Jedutún, con sus hijos y sus hermanos, vestidos de lino fino, estaban al este del altar, con címbalos, arpas y liras. Con ellos había ciento veinte sacerdotes que tocaban trompetas.
5:13 Los trompetistas y los cantores se unieron para hacer oír una sola voz al alabar y dar gracias al SEÑOR. Cuando elevaron el sonido de las trompetas, los címbalos y los instrumentos musicales, y alababan al SEÑOR diciendo: «Porque es bueno, porque su amor fiel permanece para siempre», la casa, la casa del SEÑOR, se llenó de una nube.
5:14 Los sacerdotes no podían permanecer allí para servir a causa de la nube, porque la gloria del SEÑOR había llenado la casa de Dios.

Capítulo 6
Dedicación del templo
Texto relacionado: 1 Reyes 8:12–66.
6:1 Entonces Salomón dijo:
 «El SEÑOR ha dicho que habitaría en la densa oscuridad.
6:2 Yo te he construido una casa para tu morada, un lugar para que habites para siempre».
6:3 El rey se volvió y bendijo a toda la asamblea de Israel. Toda la asamblea de Israel estaba de pie.
6:4 Dijo: «Bendito sea el SEÑOR, Dios de Israel, que con sus manos ha cumplido lo que con su boca habló a mi padre David:
6:5 “Desde el día en que saqué a mi pueblo de la tierra de Egipto, no había escogido una ciudad de entre todas las tribus de Israel para construir una casa donde estuviera mi nombre, ni había escogido a un hombre para gobernar a mi pueblo Israel.
6:6 Pero escogí a Jerusalén para que mi nombre estuviera allí, y escogí a David para que estuviera al frente de mi pueblo Israel”.
6:7 Mi padre David tenía en su corazón construir una casa para el nombre del SEÑOR, Dios de Israel.
6:8 Pero el SEÑOR dijo a mi padre David: “Por cuanto has tenido en tu corazón construir una casa para mi nombre, has hecho bien en tenerlo en tu corazón.
6:9 Sin embargo, tú no construirás la casa. Tu hijo, que saldrá de tus entrañas, será quien construya la casa para mi nombre”.
6:10 El SEÑOR ha cumplido la palabra que había hablado. Yo he sucedido a mi padre David, me he sentado en el trono de Israel, como el SEÑOR había dicho, y he construido la casa para el nombre del SEÑOR, Dios de Israel.
6:11 Allí he puesto el arca, en la que está el pacto del SEÑOR que hizo con los israelitas».
Oración de Salomón
6:12 Salomón se puso de pie ante el altar del SEÑOR, frente a toda la asamblea de Israel, y extendió las manos.
6:13 Salomón había hecho una plataforma de bronce de unos dos metros y treinta centímetros de largo, dos metros y treinta centímetros de ancho y un metro y cuarenta centímetros de alto. La había colocado en medio del patio. Se puso de pie sobre ella, se arrodilló frente a toda la asamblea de Israel y extendió las manos hacia los cielos.
6:14 Y dijo: «SEÑOR, Dios de Israel, no hay Dios como tú en los cielos ni en la tierra. Tú guardas el pacto y el amor fiel con tus siervos que caminan ante ti de todo corazón.
6:15 Has cumplido a tu siervo David, mi padre, lo que le prometiste. Lo hablaste con tu boca y lo has cumplido con tu mano, como hoy se ve.
6:16 Ahora, SEÑOR, Dios de Israel, cumple a tu siervo David, mi padre, lo que le prometiste al decir: “No te faltará ante mí un hombre que se siente en el trono de Israel, con tal que tus hijos cuiden su conducta y caminen en mi ley como tú has caminado ante mí”.
6:17 Ahora, SEÑOR, Dios de Israel, que se confirme la palabra que hablaste a tu siervo David.
6:18 Pero ¿habitará de verdad Dios con los seres humanos en la tierra? Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos esta casa que he construido!
6:19 Atiende, sin embargo, a la oración de tu siervo y a su súplica, SEÑOR, Dios mío. Escucha el clamor y la oración que tu siervo hace ante ti.
6:20 Que tus ojos estén abiertos de día y de noche sobre esta casa, sobre el lugar donde dijiste que pondrías tu nombre. Escucha la oración que tu siervo haga hacia este lugar.
6:21 Escucha las súplicas de tu siervo y de tu pueblo Israel cuando oren hacia este lugar. Tú escucha desde el lugar de tu morada, desde los cielos; escucha y perdona.
6:22 Si un hombre peca contra su prójimo y se le impone un juramento, y viene a jurar ante tu altar en esta casa,
6:23 escucha tú desde los cielos, actúa y juzga a tus siervos. Haz recaer sobre la cabeza del culpable su propia conducta, y declara justo al inocente, dándole conforme a su justicia.
6:24 Si tu pueblo Israel es derrotado ante un enemigo porque ha pecado contra ti, y se vuelve, reconoce tu nombre, ora y presenta sus súplicas ante ti en esta casa,
6:25 escucha tú desde los cielos, perdona el pecado de tu pueblo Israel y hazlos volver a la tierra que diste a ellos y a sus padres.
6:26 Cuando los cielos se cierren y no haya lluvia porque hayan pecado contra ti, si oran hacia este lugar, reconocen tu nombre y se vuelven de su pecado porque los has afligido,
6:27 escucha tú desde los cielos y perdona el pecado de tus siervos y de tu pueblo Israel. Enséñales el buen camino por el que deben andar y da lluvia sobre tu tierra, que diste a tu pueblo como herencia.
6:28 Si hay hambre en la tierra, si hay peste, si hay tizón o añublo, langostas u orugas, si sus enemigos los sitian en las ciudades de su tierra, si hay cualquier plaga o enfermedad,
6:29 cualquiera que sea la oración o la súplica que haga una persona o todo tu pueblo Israel, cuando cada uno reconozca su propia aflicción y su dolor y extienda las manos hacia esta casa,
6:30 escucha tú desde los cielos, desde el lugar de tu morada, perdona y da a cada uno conforme a todos sus caminos, pues conoces su corazón. Porque solo tú conoces el corazón de los seres humanos,
6:31 para que te teman y caminen en tus caminos todos los días que vivan en la tierra que diste a nuestros padres.
6:32 También al extranjero que no pertenece a tu pueblo Israel y que venga de una tierra lejana por causa de tu gran nombre, tu mano poderosa y tu brazo extendido, cuando vengan y oren hacia esta casa,
6:33 escucha tú desde los cielos, desde el lugar de tu morada, y haz todo lo que el extranjero te pida. Así todos los pueblos de la tierra conocerán tu nombre y te temerán como tu pueblo Israel, y sabrán que tu nombre se invoca sobre esta casa que he construido.
6:34 Si tu pueblo sale a la guerra contra sus enemigos por el camino que tú les indiques, y oran a ti hacia esta ciudad que has escogido y hacia la casa que he construido para tu nombre,
6:35 escucha desde los cielos su oración y su súplica, y defiende su causa.
6:36 Si pecan contra ti, porque no hay ser humano que no peque, y te enojas con ellos y los entregas ante un enemigo, y sus captores los llevan cautivos a una tierra lejana o cercana,
6:37 si recapacitan en la tierra donde fueron llevados cautivos, se vuelven y te suplican en la tierra de su cautiverio diciendo: “Hemos pecado, hemos actuado perversamente y hemos obrado con maldad”,
6:38 si se vuelven a ti de todo su corazón y de toda su alma en la tierra de su cautiverio, donde los llevaron cautivos, y oran hacia su tierra, que diste a sus padres, hacia la ciudad que escogiste y hacia la casa que he construido para tu nombre,
6:39 escucha desde los cielos, desde el lugar de tu morada, su oración y sus súplicas, defiende su causa y perdona a tu pueblo que ha pecado contra ti.
6:40 Ahora, Dios mío, que tus ojos estén abiertos y tus oídos atentos a la oración de este lugar.
6:41 Ahora levántate, SEÑOR Dios, hacia tu lugar de reposo, tú y el arca de tu poder. Que tus sacerdotes, SEÑOR Dios, se vistan de salvación, y que tus fieles se alegren en el bien.
6:42 SEÑOR Dios, no rechaces a tu ungido. Recuerda las muestras de tu amor fiel hacia David, tu siervo».

Capítulo 7
El pueblo celebra la dedicación del templo
7:1 Cuando Salomón terminó de orar, descendió fuego de los cielos y consumió el holocausto y los sacrificios. La gloria del SEÑOR llenó la casa.
7:2 Los sacerdotes no podían entrar en la casa del SEÑOR, porque la gloria del SEÑOR había llenado la casa del SEÑOR.
7:3 Todos los israelitas vieron descender el fuego y la gloria del SEÑOR sobre la casa. Se arrodillaron rostro en tierra sobre el pavimento, se postraron y dieron gracias al SEÑOR diciendo: «Porque es bueno, porque su amor fiel permanece para siempre».
7:4 El rey y todo el pueblo ofrecieron sacrificios ante el SEÑOR.
7:5 El rey Salomón ofreció en sacrificio veintidós mil cabezas de ganado vacuno y ciento veinte mil de ganado menor. Así el rey y todo el pueblo dedicaron la casa de Dios.
7:6 Los sacerdotes estaban en sus puestos, y los levitas, con los instrumentos musicales del SEÑOR que el rey David había hecho para dar gracias al SEÑOR, «porque su amor fiel permanece para siempre», cuando David alababa por medio de ellos. Los sacerdotes tocaban trompetas frente a ellos, y todo Israel estaba de pie.
7:7 Salomón consagró la parte central del patio que estaba delante de la casa del SEÑOR, porque allí ofreció los holocaustos y la grasa de los sacrificios de paz. El altar de bronce que Salomón había hecho no podía contener los holocaustos, las ofrendas de cereal y la grasa.
7:8 Salomón celebró la fiesta en aquel tiempo durante siete días, y todo Israel con él, una asamblea muy grande, desde la entrada de Hamat hasta el arroyo de Egipto.
7:9 Al octavo día hicieron una asamblea solemne, porque habían celebrado la dedicación del altar durante siete días y la fiesta durante siete días.
7:10 El día veintitrés del séptimo mes despidió al pueblo a sus tiendas, alegres y de buen ánimo por el bien que el SEÑOR había hecho a David, a Salomón y a su pueblo Israel.
La respuesta del SEÑOR a Salomón
Texto relacionado: 1 Reyes 9:1–9.
7:11 Salomón terminó la casa del SEÑOR y la casa del rey. Logró todo lo que se había propuesto hacer en la casa del SEÑOR y en su propia casa.
7:12 El SEÑOR se apareció a Salomón de noche y le dijo: «He escuchado tu oración y he escogido para mí este lugar como casa de sacrificio.
7:13 Si cierro los cielos y no hay lluvia, si mando a las langostas que devoren la tierra o si envío una peste entre mi pueblo,
7:14 si se humilla mi pueblo, sobre el que se invoca mi nombre, y ora y busca mi rostro y se vuelve de sus malos caminos, yo escucharé desde los cielos, perdonaré su pecado y sanaré su tierra.
7:15 Ahora mis ojos estarán abiertos y mis oídos atentos a la oración de este lugar.
7:16 He escogido y consagrado esta casa para que mi nombre esté allí para siempre. Mis ojos y mi corazón estarán allí todos los días.
7:17 Y tú, si caminas ante mí como caminó tu padre David, haces todo lo que te he mandado y guardas mis estatutos y mis ordenanzas,
7:18 estableceré el trono de tu reino, como pacté con tu padre David al decir: “No te faltará un hombre que gobierne en Israel”.
7:19 Pero si ustedes se apartan y abandonan mis estatutos y mis mandamientos, que he puesto ante ustedes, y van a servir a otros dioses y se postran ante ellos,
7:20 los arrancaré de mi tierra, que les he dado. Esta casa que he consagrado para mi nombre la arrojaré de mi presencia y la convertiré en motivo de burla y escarnio entre todos los pueblos.
7:21 Todo el que pase junto a esta casa, que ha sido tan elevada, quedará atónito y dirá: “¿Por qué ha hecho el SEÑOR esto a esta tierra y a esta casa?”.
7:22 Responderán: “Porque abandonaron al SEÑOR, Dios de sus padres, que los sacó de la tierra de Egipto, y se aferraron a otros dioses, se postraron ante ellos y les sirvieron. Por eso él ha traído sobre ellos toda esta calamidad”».

Capítulo 8
Las ciudades y la organización del reino
Texto relacionado: 1 Reyes 9:10–28.
8:1 Al cabo de los veinte años durante los que Salomón había construido la casa del SEÑOR y su propia casa,
8:2 Salomón reconstruyó las ciudades que Huram le había dado y estableció en ellas a los israelitas.
8:3 Salomón marchó a Hamat de Soba y se apoderó de ella.
8:4 Construyó Tadmor en el desierto y todas las ciudades de almacenamiento que construyó en Hamat.
8:5 Reconstruyó Bet-horón de Arriba y Bet-horón de Abajo como ciudades fortificadas, con murallas, puertas y barras;
8:6 también Baalat y todas las ciudades de almacenamiento de Salomón, todas las ciudades de los carros y las ciudades de los jinetes, y todo lo que Salomón quiso construir en Jerusalén, en el Líbano y en todo el territorio de su dominio.
8:7 A toda la población que quedaba de los hititas, amorreos, ferezeos, heveos y jebuseos, que no eran israelitas,
8:8 a sus descendientes que quedaron después de ellos en la tierra y que los israelitas no habían exterminado, Salomón los sometió a trabajos forzados hasta el día de hoy.
8:9 Pero Salomón no destinó a los israelitas como esclavos para sus trabajos. Ellos eran sus hombres de guerra, sus oficiales, sus capitanes y los jefes de sus carros y de sus jinetes.
8:10 Los jefes de los supervisores del rey Salomón eran doscientos cincuenta, que dirigían al pueblo.
8:11 Salomón trasladó a la hija del faraón de la Ciudad de David a la casa que le había construido, porque dijo: «Mi esposa no vivirá en la casa de David, rey de Israel, porque son santos los lugares adonde ha entrado el arca del SEÑOR».
El servicio del templo
8:12 Salomón ofrecía holocaustos al SEÑOR sobre el altar del SEÑOR que había construido delante del pórtico,
8:13 según lo que correspondía cada día, para ofrecer conforme al mandamiento de Moisés los sábados, las lunas nuevas y las fiestas señaladas, tres veces al año: la fiesta de los Panes sin Levadura, la fiesta de las Semanas y la fiesta de las Cabañas.
8:14 Conforme a las normas de su padre David, estableció las divisiones de los sacerdotes en su servicio, a los levitas en sus puestos para alabar y servir frente a los sacerdotes según las necesidades de cada día, y a los porteros por divisiones en cada puerta, porque así lo había mandado David, el hombre de Dios.
8:15 No se apartaron del mandamiento del rey acerca de los sacerdotes y los levitas en ningún asunto, ni en lo relativo a los tesoros.
8:16 Así quedó dispuesto todo el trabajo de Salomón, desde el día en que se pusieron los cimientos de la casa del SEÑOR hasta su terminación. La casa del SEÑOR quedó completa.
La expedición a Ofir
8:17 Entonces Salomón fue a Ezión-geber y a Elot, a la orilla del mar, en la tierra de Edom.
8:18 Huram le envió, por medio de sus servidores, barcos y servidores expertos en navegación. Fueron con los servidores de Salomón a Ofir, tomaron de allí unas quince toneladas de oro y las llevaron al rey Salomón.

Capítulo 9
La reina de Sabá visita a Salomón
Texto relacionado: 1 Reyes 10:1–13.
9:1 La reina de Sabá oyó la fama de Salomón y fue a Jerusalén para poner a prueba a Salomón con enigmas. Llegó con un séquito muy grande y camellos cargados de especias, oro en abundancia y piedras preciosas. Fue a Salomón y habló con él de todo lo que tenía en su corazón.
9:2 Salomón respondió a todas sus preguntas. No hubo nada oculto para Salomón que no pudiera explicarle.
9:3 Cuando la reina de Sabá vio la sabiduría de Salomón, la casa que había construido,
9:4 los alimentos de su mesa, los asientos de sus servidores, los puestos de sus asistentes y su ropa, sus coperos y su ropa, y la escalinata por la que subía a la casa del SEÑOR, se quedó sin aliento.
9:5 Dijo al rey: «Era verdad lo que oí en mi tierra acerca de tus palabras y de tu sabiduría.
9:6 No creía lo que decían hasta que vine y mis ojos lo vieron. No me habían contado ni la mitad de la grandeza de tu sabiduría. Superas la fama que había oído.
9:7 ¡Dichosos tus hombres y dichosos estos servidores tuyos que están siempre ante ti y escuchan tu sabiduría!
9:8 ¡Bendito sea el SEÑOR, tu Dios, que se ha complacido en ti y te ha puesto sobre su trono como rey para el SEÑOR, tu Dios! Porque tu Dios ama a Israel para establecerlo para siempre, te puso como rey sobre ellos para administrar el derecho y la justicia».
9:9 Dio al rey unos cuatro mil kilos de oro, muchísimas especias y piedras preciosas. Nunca hubo especias como las que la reina de Sabá dio al rey Salomón.
9:10 Los servidores de Huram y los servidores de Salomón que habían traído oro de Ofir trajeron también madera de sándalo y piedras preciosas.
9:11 Con la madera de sándalo el rey hizo escalinatas para la casa del SEÑOR y para la casa del rey, y liras y arpas para los cantores. Nunca antes se habían visto cosas semejantes en la tierra de Judá.
9:12 El rey Salomón dio a la reina de Sabá todo lo que deseó y pidió, aparte de lo que ella había llevado al rey. Después ella se volvió y regresó a su tierra con sus servidores.
Riquezas y fama de Salomón
Textos relacionados: 1 Reyes 10:14–29; 2 Crónicas 1:14–17.
9:13 El oro que llegaba a Salomón en un año pesaba unas veintitrés toneladas,
9:14 sin contar lo que traían los mercaderes y los comerciantes. Todos los reyes de Arabia y los gobernadores del país llevaban oro y plata a Salomón.
9:15 El rey Salomón hizo doscientos escudos grandes de oro batido, con casi siete kilos de oro batido en cada escudo.
9:16 También hizo trescientos escudos pequeños de oro batido, con unos tres kilos y medio de oro en cada escudo. El rey los puso en la Casa del Bosque del Líbano.
9:17 El rey hizo un gran trono de marfil y lo revistió de oro puro.
9:18 El trono tenía seis escalones y un estrado de oro sujeto al trono. Había apoyabrazos a ambos lados del asiento, y dos leones de pie junto a los apoyabrazos.
9:19 Había doce leones de pie sobre los seis escalones, a uno y otro lado. No se había hecho algo semejante en ningún reino.
9:20 Todos los vasos para beber del rey Salomón eran de oro, y todos los utensilios de la Casa del Bosque del Líbano eran de oro puro. La plata no se consideraba de valor en tiempos de Salomón.
9:21 El rey tenía barcos que iban a Tarsis con los servidores de Huram. Una vez cada tres años llegaban los barcos de Tarsis cargados de oro, plata, marfil, monos y pavos reales.
9:22 El rey Salomón superó a todos los reyes de la tierra en riqueza y sabiduría.
9:23 Todos los reyes de la tierra buscaban estar ante Salomón para escuchar la sabiduría que Dios había puesto en su corazón.
9:24 Cada uno llevaba su regalo: objetos de plata, objetos de oro, ropa, armas, especias, caballos y mulos, año tras año.
9:25 Salomón tenía cuatro mil establos para caballos y carros, y doce mil jinetes. Los colocó en las ciudades de los carros y junto al rey en Jerusalén.
9:26 Dominaba sobre todos los reyes desde el río hasta la tierra de los filisteos y hasta la frontera de Egipto.
9:27 El rey hizo que en Jerusalén la plata fuera tan abundante como las piedras, y los cedros, tan abundantes como los sicómoros de la Sefela.
9:28 Traían caballos para Salomón desde Egipto y desde todas las tierras.
Muerte de Salomón
Texto relacionado: 1 Reyes 11:41–43.
9:29 Los demás hechos de Salomón, de principio a fin, ¿no están escritos en las crónicas de Natán, el profeta, en la profecía de Ahías, el silonita, y en las visiones de Yedó, el vidente, acerca de Jeroboam, hijo de Nabat?
9:30 Salomón reinó en Jerusalén sobre todo Israel durante cuarenta años.
9:31 Salomón descansó con sus padres y lo sepultaron en la Ciudad de David, su padre. Su hijo Roboam reinó en su lugar.

Capítulo 10
División del reino bajo Roboam
Texto relacionado: 1 Reyes 12:1–24.
10:1 Roboam fue a Siquem, porque todo Israel había ido a Siquem para hacerlo rey.
10:2 Cuando Jeroboam, hijo de Nabat, lo oyó, estaba en Egipto, adonde había huido del rey Salomón. Jeroboam regresó de Egipto.
10:3 Enviaron a llamarlo. Jeroboam y todo Israel fueron y hablaron a Roboam:
10:4 «Tu padre hizo duro nuestro yugo. Ahora alivia el duro servicio de tu padre y el pesado yugo que puso sobre nosotros, y te serviremos».
10:5 Él les dijo: «Vuelvan a mí dentro de tres días». Y el pueblo se fue.
Los dos consejos que recibió Roboam
10:6 El rey Roboam consultó a los ancianos que habían servido ante su padre Salomón mientras vivía, y les dijo: «¿Cómo aconsejan ustedes responder a este pueblo?».
10:7 Ellos le dijeron: «Si eres bueno con este pueblo, los complaces y les hablas con buenas palabras, serán tus servidores todos los días».
10:8 Pero abandonó el consejo que le habían dado los ancianos y consultó a los jóvenes que habían crecido con él y estaban a su servicio.
10:9 Les dijo: «¿Qué aconsejan ustedes que respondamos a este pueblo, que me ha dicho: “Alivia el yugo que tu padre puso sobre nosotros”?».
10:10 Los jóvenes que habían crecido con él le dijeron: «Así dirás al pueblo que te ha dicho: “Tu padre hizo pesado nuestro yugo, pero tú alívianos la carga”. Así les dirás: “Mi meñique es más grueso que la cintura de mi padre.
10:11 Mi padre les impuso un yugo pesado, pero yo añadiré a su yugo. Mi padre los castigó con látigos, pero yo los castigaré con escorpiones”».
La respuesta que rompe la unidad
10:12 Jeroboam y todo el pueblo fueron a Roboam al tercer día, conforme a lo que el rey había dicho: «Vuelvan a mí al tercer día».
10:13 El rey les respondió con dureza. El rey Roboam había abandonado el consejo de los ancianos
10:14 y les habló conforme al consejo de los jóvenes: «Haré pesado su yugo y yo le añadiré más. Mi padre los castigó con látigos, pero yo los castigaré con escorpiones».
10:15 El rey no escuchó al pueblo, porque este giro de los acontecimientos venía de Dios, para que el SEÑOR confirmara la palabra que había hablado por medio de Ahías, el silonita, a Jeroboam, hijo de Nabat.
10:16 Como el rey no escuchó a todo Israel, el pueblo respondió al rey: «¿Qué parte tenemos en David? No tenemos herencia en el hijo de Isaí. ¡Cada uno a sus tiendas, Israel! ¡Ahora cuida de tu casa, David!». Todo Israel se fue a sus tiendas.
10:17 Roboam reinó sobre los israelitas que vivían en las ciudades de Judá.
10:18 El rey Roboam envió a Adoram, encargado de los trabajos forzados, pero los israelitas lo apedrearon y murió. El rey Roboam se apresuró a subir a su carro para huir a Jerusalén.
10:19 Así Israel se rebeló contra la casa de David hasta el día de hoy.

Capítulo 11
La palabra del SEÑOR detiene la guerra
11:1 Roboam llegó a Jerusalén y reunió de la casa de Judá y de Benjamín a ciento ochenta mil guerreros escogidos, para combatir contra Israel y devolver el reino a Roboam.
11:2 Pero vino la palabra del SEÑOR a Semaías, el hombre de Dios:
11:3 «Habla a Roboam, hijo de Salomón, rey de Judá, y a todo Israel en Judá y Benjamín:
11:4 “Así dice el SEÑOR: No suban ni combatan contra sus hermanos. Regrese cada uno a su casa, porque esto ha sucedido de parte mía”». Escucharon las palabras del SEÑOR y desistieron de marchar contra Jeroboam.
Las ciudades fortificadas de Roboam
11:5 Roboam vivió en Jerusalén y construyó ciudades fortificadas en Judá.
11:6 Construyó Belén, Etam, Tecoa,
11:7 Bet-sur, Soco, Adulam,
11:8 Gat, Maresa, Zif,
11:9 Adoraim, Laquis, Azeca,
11:10 Zora, Ajalón y Hebrón, ciudades fortificadas de Judá y Benjamín.
11:11 Reforzó las fortalezas y puso en ellas dirigentes y depósitos de alimentos, aceite y vino.
11:12 En cada ciudad puso escudos y lanzas, y las fortaleció mucho. Judá y Benjamín estaban bajo su dominio.
Sacerdotes y fieles se reúnen en Jerusalén
11:13 Los sacerdotes y levitas de todo Israel se pusieron de su parte desde todos sus territorios.
11:14 Los levitas abandonaron sus pastizales y sus propiedades y fueron a Judá y a Jerusalén, porque Jeroboam y sus hijos los habían excluido de ejercer el sacerdocio para el SEÑOR.
11:15 Jeroboam nombró sus propios sacerdotes para los lugares altos y para los ídolos de machos cabríos y los becerros que había hecho.
11:16 Tras ellos llegaron a Jerusalén personas de todas las tribus de Israel que habían dispuesto su corazón a buscar al SEÑOR, Dios de Israel, para ofrecer sacrificios al SEÑOR, Dios de sus padres.
11:17 Fortalecieron el reino de Judá y apoyaron a Roboam, hijo de Salomón, durante tres años, porque durante tres años caminaron en el camino de David y de Salomón.
La familia de Roboam y su heredero
11:18 Roboam tomó por esposa a Mahalat, hija de Jerimot, hijo de David, y de Abihail, hija de Eliab, hijo de Isaí.
11:19 Ella le dio a luz hijos: Jeús, Semarías y Zaham.
11:20 Después de ella tomó a Maaca, hija de Absalón, que le dio a luz a Abías, Atai, Ziza y Selomit.
11:21 Roboam amó a Maaca, hija de Absalón, más que a todas sus esposas y concubinas. Había tomado dieciocho esposas y sesenta concubinas, y tuvo veintiocho hijos y sesenta hijas.
11:22 Roboam puso a Abías, hijo de Maaca, como jefe y gobernante entre sus hermanos, porque quería hacerlo rey.
11:23 Actuó con prudencia y distribuyó a algunos de sus hijos por todos los territorios de Judá y Benjamín, por todas las ciudades fortificadas. Les dio abundantes provisiones y buscó muchas esposas.

Capítulo 12
Sisac invade Judá
Texto relacionado: 1 Reyes 14:21–31.
12:1 Cuando el reino de Roboam quedó establecido y él se hizo fuerte, abandonó la ley del SEÑOR, y todo Israel con él.
12:2 En el quinto año del rey Roboam, Sisac, rey de Egipto, subió contra Jerusalén, porque habían sido infieles al SEÑOR.
12:3 Llegó con mil doscientos carros y sesenta mil jinetes. Eran incontables las tropas que venían con él de Egipto: libios, suquienos y cusitas.
12:4 Tomó las ciudades fortificadas de Judá y llegó hasta Jerusalén.
12:5 El profeta Semaías fue a Roboam y a los jefes de Judá que se habían reunido en Jerusalén a causa de Sisac, y les dijo: «Así dice el SEÑOR: Ustedes me han abandonado, y yo también los he abandonado en manos de Sisac».
12:6 Los jefes de Israel y el rey se humillaron y dijeron: «El SEÑOR es justo».
12:7 Cuando el SEÑOR vio que se habían humillado, vino la palabra del SEÑOR a Semaías: «Se han humillado; no los destruiré, sino que les daré pronto un alivio. Mi ira no se derramará sobre Jerusalén por medio de Sisac.
12:8 Pero serán sus servidores, para que conozcan lo que es servirme a mí y servir a los reinos de las tierras».
12:9 Sisac, rey de Egipto, subió contra Jerusalén y tomó los tesoros de la casa del SEÑOR y los tesoros de la casa del rey. Se lo llevó todo; tomó también los escudos de oro que Salomón había hecho.
12:10 El rey Roboam hizo en su lugar escudos de bronce y los confió a los jefes de la guardia que custodiaban la entrada de la casa del rey.
12:11 Cada vez que el rey iba a la casa del SEÑOR, los guardias iban y llevaban los escudos; después los devolvían a la habitación de la guardia.
12:12 Cuando Roboam se humilló, la ira del SEÑOR se apartó de él y no lo destruyó por completo. También en Judá había cosas buenas.
12:13 El rey Roboam se afianzó en Jerusalén y reinó. Tenía cuarenta y un años cuando comenzó a reinar y reinó diecisiete años en Jerusalén, la ciudad que el SEÑOR había escogido de entre todas las tribus de Israel para poner allí su nombre. Su madre se llamaba Naama, la amonita.
12:14 Hizo lo malo, porque no dispuso su corazón a buscar al SEÑOR.
12:15 Los hechos de Roboam, de principio a fin, ¿no están escritos en las crónicas de Semaías, el profeta, y de Iddo, el vidente, en los registros genealógicos? Hubo guerras entre Roboam y Jeroboam todos los días.
12:16 Roboam descansó con sus padres y fue sepultado en la Ciudad de David. Su hijo Abías reinó en su lugar.

Capítulo 13
Reinado de Abías
Texto relacionado: 1 Reyes 15:1–8.
13:1 En el año dieciocho del rey Jeroboam, Abías comenzó a reinar sobre Judá.
13:2 Reinó tres años en Jerusalén. Su madre se llamaba Micaías, hija de Uriel, de Gabaa. Hubo guerra entre Abías y Jeroboam.
13:3 Abías entró en batalla con un ejército de cuatrocientos mil guerreros escogidos y valientes. Jeroboam se dispuso a combatir contra él con ochocientos mil hombres escogidos, guerreros valientes.
Abías y Jeroboam: el pacto, el culto y la batalla
13:4 Abías se puso de pie sobre el monte Zemaraim, en la región montañosa de Efraín, y dijo: «Escúchenme, Jeroboam y todo Israel.
13:5 ¿No saben que el SEÑOR, Dios de Israel, dio a David el reino sobre Israel para siempre, a él y a sus hijos, mediante un pacto de sal?
13:6 Pero Jeroboam, hijo de Nabat, servidor de Salomón, hijo de David, se levantó y se rebeló contra su señor.
13:7 Se reunieron con él hombres sin valor y perversos, y se impusieron a Roboam, hijo de Salomón, cuando Roboam era joven y débil de corazón, y no pudo hacerles frente.
13:8 Ahora ustedes piensan resistir al reino del SEÑOR, que está en manos de los hijos de David. Son una gran multitud y tienen con ustedes los becerros de oro que Jeroboam les hizo como dioses.
13:9 ¿No han expulsado a los sacerdotes del SEÑOR, a los hijos de Aarón y a los levitas, y se han hecho sacerdotes como los pueblos de las otras tierras? Cualquiera que viene para consagrarse con un novillo y siete carneros se hace sacerdote de los que no son dioses.
13:10 En cuanto a nosotros, el SEÑOR es nuestro Dios y no lo hemos abandonado. Los sacerdotes que sirven al SEÑOR son hijos de Aarón, y los levitas están en su trabajo.
13:11 Cada mañana y cada tarde queman holocaustos e incienso aromático para el SEÑOR. Disponen los panes sobre la mesa pura y encienden el candelabro de oro con sus lámparas cada tarde. Nosotros guardamos lo que el SEÑOR, nuestro Dios, nos ha encargado, pero ustedes lo han abandonado.
13:12 Dios está con nosotros al frente, y sus sacerdotes tienen las trompetas de alarma para hacerlas sonar contra ustedes. Israelitas, no combatan contra el SEÑOR, Dios de sus padres, porque no tendrán éxito».
13:13 Jeroboam hizo dar un rodeo a los que estaban emboscados, para que llegaran por detrás de ellos. Sus tropas estaban delante de Judá, y la emboscada, detrás.
13:14 Judá se volvió y vio que tenía la batalla por delante y por detrás. Clamaron al SEÑOR, y los sacerdotes tocaron las trompetas.
13:15 Los hombres de Judá dieron un grito. Cuando los hombres de Judá gritaron, Dios derrotó a Jeroboam y a todo Israel ante Abías y Judá.
13:16 Los israelitas huyeron ante Judá, y Dios los entregó en sus manos.
13:17 Abías y su pueblo les infligieron una gran derrota, y cayeron muertos quinientos mil hombres escogidos de Israel.
13:18 En aquel tiempo los israelitas fueron humillados y los de Judá se fortalecieron, porque se apoyaron en el SEÑOR, Dios de sus padres.
13:19 Abías persiguió a Jeroboam y le tomó ciudades: Betel y sus aldeas, Jesana y sus aldeas, Efraín y sus aldeas.
13:20 Jeroboam no volvió a recuperar su fuerza durante los días de Abías. El SEÑOR lo hirió y murió.
13:21 Abías se hizo fuerte, tomó catorce esposas y tuvo veintidós hijos y dieciséis hijas.
13:22 Los demás hechos de Abías, su conducta y sus palabras están escritos en el comentario del profeta Iddo.

Capítulo 14
Reinado de Asa
Texto relacionado: 1 Reyes 15:9–12.
14:1 Abías descansó con sus padres y lo sepultaron en la Ciudad de David. Su hijo Asa reinó en su lugar. En sus días la tierra estuvo en paz durante diez años.
14:2 Asa hizo lo bueno y lo recto a los ojos del SEÑOR, su Dios.
14:3 Quitó los altares extranjeros y los lugares altos, rompió las piedras sagradas y cortó los postes de Asera.
14:4 Mandó a Judá que buscara al SEÑOR, Dios de sus padres, y cumpliera la ley y el mandamiento.
14:5 Quitó de todas las ciudades de Judá los lugares altos y los altares de incienso, y el reino estuvo en paz bajo él.
14:6 Construyó ciudades fortificadas en Judá, porque la tierra estaba en paz y no tuvo guerra durante aquellos años, pues el SEÑOR le había dado reposo.
14:7 Dijo a Judá: «Construyamos estas ciudades y rodeémoslas de murallas, torres, puertas y barras, mientras la tierra sigue a nuestra disposición. Porque hemos buscado al SEÑOR, nuestro Dios; lo hemos buscado, y él nos ha dado reposo por todas partes». Construyeron y tuvieron éxito.
14:8 Asa tenía un ejército de trescientos mil hombres de Judá armados con escudos grandes y lanzas, y doscientos ochenta mil de Benjamín que llevaban escudos pequeños y tensaban el arco. Todos eran guerreros valientes.
Asa clama al SEÑOR ante la invasión de Zera
14:9 Zera, el cusita, salió contra ellos con un ejército de un millón de hombres y trescientos carros, y llegó hasta Maresa.
14:10 Asa salió a su encuentro, y se dispusieron para la batalla en el valle de Sefata, junto a Maresa.
14:11 Asa clamó al SEÑOR, su Dios, y dijo: «SEÑOR, para ti es lo mismo ayudar al poderoso que al que no tiene fuerzas. Ayúdanos, SEÑOR, Dios nuestro, porque en ti nos apoyamos y en tu nombre hemos venido contra esta multitud. SEÑOR, tú eres nuestro Dios; que ningún ser humano prevalezca contra ti».
14:12 El SEÑOR derrotó a los cusitas ante Asa y ante Judá, y los cusitas huyeron.
14:13 Asa y el pueblo que estaba con él los persiguieron hasta Gerar. Cayeron tantos cusitas que no pudieron recuperarse, porque fueron quebrantados ante el SEÑOR y ante su ejército. Se llevaron un botín muy abundante.
14:14 Atacaron todas las ciudades alrededor de Gerar, porque el terror del SEÑOR había caído sobre ellas. Saquearon todas las ciudades, porque había mucho botín en ellas.
14:15 También atacaron los campamentos del ganado y capturaron mucho ganado menor y camellos. Después regresaron a Jerusalén.

Capítulo 15
El llamado profético y la renovación del pacto
Texto relacionado: 1 Reyes 15:13–15.
15:1 El Espíritu de Dios vino sobre Azarías, hijo de Oded.
15:2 Salió al encuentro de Asa y le dijo: «Escúchenme, Asa y todo Judá y Benjamín. El SEÑOR estará con ustedes mientras ustedes estén con él. Si lo buscan, se dejará hallar por ustedes; pero si lo abandonan, él los abandonará.
15:3 Durante mucho tiempo Israel estuvo sin el Dios verdadero, sin sacerdote que enseñara y sin ley.
15:4 Pero en su angustia se volvió al SEÑOR, Dios de Israel. Lo buscaron, y él se dejó hallar por ellos.
15:5 En aquellos tiempos no había paz para el que salía ni para el que entraba, porque grandes perturbaciones afligían a todos los habitantes de las tierras.
15:6 Una nación era destrozada por otra nación, y una ciudad por otra ciudad, porque Dios los afligía con toda clase de dificultades.
15:7 Pero ustedes, sean fuertes y no dejen caer las manos, porque hay recompensa para su trabajo».
15:8 Cuando Asa oyó estas palabras y la profecía de Oded, el profeta, cobró fuerzas y quitó los ídolos abominables de toda la tierra de Judá y Benjamín, y de las ciudades que había tomado en la región montañosa de Efraín. Renovó el altar del SEÑOR que estaba delante del pórtico del SEÑOR.
15:9 Reunió a todo Judá y Benjamín, y a los que residían con ellos, procedentes de Efraín, Manasés y Simeón. Muchos de Israel se habían pasado a él al ver que el SEÑOR, su Dios, estaba con él.
15:10 Se reunieron en Jerusalén en el tercer mes del año quince del reinado de Asa.
15:11 Aquel día sacrificaron al SEÑOR, del botín que habían traído, setecientas cabezas de ganado vacuno y siete mil de ganado menor.
15:12 Entraron en un pacto de buscar al SEÑOR, Dios de sus padres, de todo su corazón y de toda su alma.
15:13 Todo el que no buscara al SEÑOR, Dios de Israel, sería ejecutado, desde el pequeño hasta el grande, tanto hombre como mujer.
15:14 Juraron al SEÑOR en voz alta y con gritos de alegría, con trompetas y cuernos.
15:15 Todo Judá se alegró por el juramento, porque habían jurado de todo corazón y lo habían buscado con toda su voluntad. Él se dejó hallar por ellos, y el SEÑOR les dio reposo por todas partes.
15:16 También depuso a Maaca, madre del rey Asa, de su puesto de reina madre, porque había hecho una imagen abominable de Asera. Asa cortó su imagen abominable, la hizo pedazos y la quemó en el torrente Cedrón.
15:17 Sin embargo, los lugares altos no fueron quitados de Israel, aunque el corazón de Asa fue íntegro todos sus días.
15:18 Llevó a la casa de Dios las cosas consagradas por su padre y las consagradas por él: plata, oro y utensilios.
15:19 No hubo guerra hasta el año treinta y cinco del reinado de Asa.

Capítulo 16
Alianza de Asa con Ben-adad
Texto relacionado: 1 Reyes 15:16–22.
16:1 En el año treinta y seis del reinado de Asa, Baasa, rey de Israel, subió contra Judá y fortificó Ramá para impedir la entrada y la salida del territorio de Asa, rey de Judá.
16:2 Asa sacó plata y oro de los tesoros de la casa del SEÑOR y de la casa del rey, y los envió a Ben-adad, rey de Aram, que vivía en Damasco, diciendo:
16:3 «Hay una alianza entre tú y yo, y entre mi padre y tu padre. Te he enviado plata y oro. Ve, rompe tu alianza con Baasa, rey de Israel, para que se retire de mí».
16:4 Ben-adad escuchó al rey Asa y envió a los jefes de sus ejércitos contra las ciudades de Israel. Atacaron Ijón, Dan, Abel-maim y todos los depósitos de las ciudades de Neftalí.
16:5 Cuando Baasa lo oyó, dejó de fortificar Ramá y suspendió su trabajo.
16:6 El rey Asa movilizó a todo Judá y se llevaron las piedras de Ramá y la madera con las que Baasa construía. Con ellas construyó Geba y Mizpa.
Hananí reprende la falta de confianza de Asa
16:7 En aquel tiempo el vidente Hananí fue a Asa, rey de Judá, y le dijo: «Porque te has apoyado en el rey de Aram y no te has apoyado en el SEÑOR, tu Dios, el ejército del rey de Aram ha escapado de tus manos.
16:8 ¿No eran los cusitas y los libios un ejército muy grande, con muchísimos carros y jinetes? Sin embargo, porque te apoyaste en el SEÑOR, él los entregó en tus manos.
16:9 Los ojos del SEÑOR recorren toda la tierra para mostrar su poder a favor de quienes tienen un corazón íntegro hacia él. Has actuado neciamente en esto; desde ahora tendrás guerras».
16:10 Asa se enojó contra el vidente y lo encerró en la cárcel, porque estaba furioso con él por esto. En aquel tiempo Asa también oprimió a algunos del pueblo.
Muerte de Asa
Texto relacionado: 1 Reyes 15:23–24.
16:11 Los hechos de Asa, de principio a fin, están escritos en el libro de los reyes de Judá e Israel.
16:12 En el año treinta y nueve de su reinado, Asa enfermó de los pies y su enfermedad se agravó mucho. Aun en su enfermedad no buscó al SEÑOR, sino a los médicos.
16:13 Asa descansó con sus padres y murió en el año cuarenta y uno de su reinado.
16:14 Lo sepultaron en los sepulcros que había excavado para sí en la Ciudad de David. Lo colocaron sobre un lecho lleno de aromas y diversas especias preparadas con arte de perfumista, y encendieron en su honor una hoguera muy grande.

Capítulo 17
Reinado de Josafat
17:1 Su hijo Josafat reinó en su lugar y se hizo fuerte contra Israel.
17:2 Puso tropas en todas las ciudades fortificadas de Judá y guarniciones en la tierra de Judá y en las ciudades de Efraín que su padre Asa había conquistado.
17:3 El SEÑOR estaba con Josafat, porque siguió los caminos que su antepasado David había seguido al principio y no buscó a los baales.
17:4 Buscó al Dios de su padre y caminó en sus mandamientos, sin seguir las prácticas de Israel.
17:5 El SEÑOR estableció el reino en sus manos. Todo Judá llevaba regalos a Josafat, y tuvo riqueza y honra en abundancia.
17:6 Su corazón cobró ánimo en los caminos del SEÑOR. También quitó de Judá los lugares altos y los postes de Asera.
La enseñanza de la ley en las ciudades
17:7 En el tercer año de su reinado envió a sus jefes Ben-hail, Obadías, Zacarías, Natanael y Micaías para enseñar en las ciudades de Judá.
17:8 Con ellos fueron los levitas Semaías, Netanías, Zebadías, Asael, Semiramot, Jonatán, Adonías, Tobías y Tobadonías, los levitas; y con ellos los sacerdotes Elisama y Joram.
17:9 Enseñaron en Judá, llevando consigo el libro de la ley del SEÑOR. Recorrieron todas las ciudades de Judá y enseñaron al pueblo.
17:10 El terror del SEÑOR cayó sobre todos los reinos de las tierras que rodeaban Judá, y no hicieron guerra contra Josafat.
17:11 Algunos de los filisteos llevaban regalos a Josafat y plata como tributo. También los árabes le llevaban ganado menor: siete mil setecientos carneros y siete mil setecientos machos cabríos.
17:12 Josafat se hacía cada vez más grande. Construyó fortalezas y ciudades de almacenamiento en Judá.
17:13 Tenía grandes obras en las ciudades de Judá y guerreros valientes en Jerusalén.
17:14 Esta era su relación según sus familias paternas: de Judá, entre los jefes de millares, estaba Adna, el jefe, con trescientos mil guerreros valientes.
17:15 Junto a él estaba Johanán, el jefe, con doscientos ochenta mil.
17:16 Junto a él estaba Amasías, hijo de Zicri, que se había ofrecido voluntariamente al SEÑOR, con doscientos mil guerreros valientes.
17:17 De Benjamín estaba Eliada, guerrero valiente, con doscientos mil hombres armados con arco y escudo.
17:18 Junto a él estaba Jozabad, con ciento ochenta mil hombres preparados para el servicio militar.
17:19 Estos servían al rey, aparte de los que el rey había puesto en las ciudades fortificadas de todo Judá.

Capítulo 18
Micaías profetiza la derrota de Acab
Texto relacionado: 1 Reyes 22:1–40.
18:1 Josafat tenía riqueza y honra en abundancia y se emparentó por matrimonio con Acab.
18:2 Al cabo de algunos años bajó a Samaria a ver a Acab. Acab sacrificó mucho ganado menor y vacuno para él y para el pueblo que estaba con él, y lo incitó a subir contra Ramot de Galaad.
18:3 Acab, rey de Israel, dijo a Josafat, rey de Judá: «¿Irás conmigo a Ramot de Galaad?». Él respondió: «Yo soy como tú, mi pueblo como tu pueblo, y estaré contigo en la batalla».
La consulta profética sobre Ramot de Galaad
18:4 Josafat dijo al rey de Israel: «Consulta hoy, por favor, la palabra del SEÑOR».
18:5 El rey de Israel reunió a los profetas, cuatrocientos hombres, y les preguntó: «¿Iremos a combatir contra Ramot de Galaad o debo desistir?». Respondieron: «Sube, y Dios la entregará en manos del rey».
18:6 Josafat dijo: «¿No hay aquí todavía un profeta del SEÑOR para que consultemos por medio de él?».
18:7 El rey de Israel respondió a Josafat: «Todavía hay un hombre por medio del cual podemos consultar al SEÑOR, pero yo lo odio, porque no profetiza para mí nada bueno, sino siempre mal. Es Micaías, hijo de Imla». Josafat respondió: «No hable así el rey».
18:8 El rey de Israel llamó a un funcionario y le dijo: «Trae pronto a Micaías, hijo de Imla».
18:9 El rey de Israel y Josafat, rey de Judá, estaban sentados, cada uno en su trono, vestidos con sus ropas reales. Estaban sentados en una era a la entrada de la puerta de Samaria, y todos los profetas profetizaban ante ellos.
18:10 Sedequías, hijo de Quenaana, se había hecho cuernos de hierro y decía: «Así dice el SEÑOR: Con estos cornearás a Aram hasta acabar con ellos».
18:11 Todos los profetas profetizaban de la misma manera: «Sube a Ramot de Galaad y tendrás éxito. El SEÑOR la entregará en manos del rey».
18:12 El mensajero que había ido a llamar a Micaías le dijo: «Las palabras de los profetas anuncian a una sola voz el bien para el rey. Te ruego que tu palabra sea como la de uno de ellos y anuncies el bien».
18:13 Micaías respondió: «¡Vive el SEÑOR! Lo que mi Dios me diga, eso hablaré».
18:14 Y fue al rey. El rey le preguntó: «Micaías, ¿iremos a combatir contra Ramot de Galaad o debo desistir?». Él respondió: «Suban y tengan éxito; serán entregados en sus manos».
18:15 El rey le dijo: «¿Cuántas veces tendré que hacerte jurar que solo me dirás la verdad en el nombre del SEÑOR?».
18:16 Él dijo: «He visto a todo Israel disperso por los montes como ovejas sin pastor. El SEÑOR dijo: “Estos no tienen señor. Regrese cada uno en paz a su casa”».
18:17 El rey de Israel dijo a Josafat: «¿No te dije que no profetizaría para mí el bien, sino el mal?».
La visión de Micaías y el juicio de Acab
18:18 Micaías dijo: «Por eso, escuchen la palabra del SEÑOR: Vi al SEÑOR sentado en su trono y a todo el ejército de los cielos de pie a su derecha y a su izquierda.
18:19 El SEÑOR dijo: “¿Quién inducirá a Acab, rey de Israel, a subir y caer en Ramot de Galaad?”. Uno decía una cosa y otro decía otra.
18:20 Entonces salió el espíritu, se puso de pie ante el SEÑOR y dijo: “Yo lo induciré”. El SEÑOR le preguntó: “¿Cómo?”.
18:21 Respondió: “Saldré y seré un espíritu de mentira en la boca de todos sus profetas”. Dios le dijo: “Lo inducirás y lo lograrás. Sal y hazlo así”.
18:22 Ahora el SEÑOR ha puesto un espíritu de mentira en la boca de estos profetas tuyos, y el SEÑOR ha anunciado una calamidad contra ti».
18:23 Sedequías, hijo de Quenaana, se acercó y golpeó a Micaías en la mejilla. Dijo: «¿Por qué camino se fue de mí el Espíritu del SEÑOR para hablar contigo?».
18:24 Micaías respondió: «Lo verás aquel día, cuando entres de habitación en habitación para esconderte».
18:25 El rey de Israel dijo: «Tomen a Micaías y llévenlo de regreso a Amón, el gobernador de la ciudad, y a Joás, hijo del rey.
18:26 Díganles: “Así dice el rey: Pongan a este en la cárcel y denle poco pan y poca agua hasta que yo vuelva en paz”».
18:27 Micaías dijo: «Si de verdad vuelves en paz, el SEÑOR no ha hablado por mí». Y añadió: «¡Escuchen, pueblos todos!».
La batalla de Ramot y la muerte de Acab
18:28 El rey de Israel y Josafat, rey de Judá, subieron contra Ramot de Galaad.
18:29 El rey de Israel dijo a Josafat: «Yo me disfrazaré y entraré en la batalla, pero tú ponte tus ropas reales». El rey de Israel se disfrazó y entraron en la batalla.
18:30 El rey de Aram había mandado a los jefes de sus carros: «No combatan contra el pequeño ni contra el grande, sino solo contra el rey de Israel».
18:31 Cuando los jefes de los carros vieron a Josafat, dijeron: «Es el rey de Israel». Lo rodearon para combatir contra él. Pero Josafat clamó, el SEÑOR lo ayudó y Dios los apartó de él.
18:32 Cuando los jefes de los carros vieron que no era el rey de Israel, dejaron de perseguirlo.
18:33 Un hombre disparó el arco al azar e hirió al rey de Israel entre las junturas y la coraza. El rey dijo al conductor del carro: «Da la vuelta y sácame del combate, porque estoy herido».
18:34 La batalla arreció aquel día. El rey de Israel se mantuvo de pie en el carro frente a los arameos hasta la tarde, y murió al ponerse el sol.

Capítulo 19
El profeta Jehú amonesta a Josafat
19:1 Josafat, rey de Judá, volvió en paz a su casa en Jerusalén.
19:2 El vidente Jehú, hijo de Hananí, salió a su encuentro y dijo al rey Josafat: «¿Ayudas al malvado y amas a los que odian al SEÑOR? Por esto hay ira contra ti de parte del SEÑOR.
19:3 Sin embargo, se han hallado cosas buenas en ti, porque quitaste las imágenes de Asera de la tierra y dispusiste tu corazón a buscar a Dios».
Josafat nombra jueces
19:4 Josafat vivía en Jerusalén. Volvió a salir entre el pueblo, desde Beerseba hasta la región montañosa de Efraín, y los hizo volver al SEÑOR, Dios de sus padres.
19:5 Estableció jueces en la tierra, en todas las ciudades fortificadas de Judá, ciudad por ciudad.
19:6 Dijo a los jueces: «Tengan cuidado con lo que hacen, porque no juzgan para los seres humanos, sino para el SEÑOR. Él está con ustedes cuando juzgan.
19:7 Que el temor del SEÑOR esté sobre ustedes. Actúen con cuidado, porque en el SEÑOR, nuestro Dios, no hay injusticia, parcialidad ni aceptación de sobornos».
19:8 También en Jerusalén Josafat designó a algunos de los levitas, sacerdotes y jefes de las familias paternas de Israel para administrar el juicio del SEÑOR y resolver los pleitos. Regresaron a Jerusalén.
19:9 Les dio esta orden: «Así deben actuar: con temor del SEÑOR, con fidelidad y con corazón íntegro.
19:10 En todo pleito que les llegue de sus hermanos que viven en sus ciudades, ya sea sobre derramamiento de sangre o sobre ley, mandamiento, estatutos y ordenanzas, deben advertirles que no se hagan culpables ante el SEÑOR, para que no venga ira sobre ustedes y sobre sus hermanos. Actúen así y no serán culpables.
19:11 El sumo sacerdote Amarías estará al frente de ustedes en todo asunto del SEÑOR; Zebadías, hijo de Ismael, gobernante de la casa de Judá, en todo asunto del rey. Los levitas estarán ante ustedes como oficiales. Sean fuertes y actúen; que el SEÑOR esté con quien hace el bien».

Capítulo 20
Victoria sobre Moab y Amón
20:1 Después de esto, los moabitas y los amonitas, y con ellos otros amonitas, vinieron a combatir contra Josafat.
20:2 Fueron a informar a Josafat: «Viene contra ti una gran multitud del otro lado del mar, desde Aram. Ya están en Hazezon-tamar, es decir, En-gadi».
20:3 Josafat tuvo miedo y se dispuso a buscar al SEÑOR. Proclamó un ayuno para todo Judá.
20:4 Judá se reunió para buscar ayuda del SEÑOR. De todas las ciudades de Judá vinieron también a buscar al SEÑOR.
20:5 Josafat se puso de pie en la asamblea de Judá y Jerusalén, en la casa del SEÑOR, delante del patio nuevo,
20:6 y dijo: «SEÑOR, Dios de nuestros padres, ¿no eres tú Dios en los cielos? Tú gobiernas todos los reinos de las naciones. En tu mano hay fuerza y poder, y nadie puede hacerte frente.
20:7 Dios nuestro, ¿no expulsaste a los habitantes de esta tierra de delante de tu pueblo Israel y la diste para siempre a los descendientes de Abraham, tu amigo?
20:8 Habitaron en ella y te construyeron en ella un santuario para tu nombre, diciendo:
20:9 “Si viene sobre nosotros una calamidad, la espada de juicio, la peste o el hambre, nos presentaremos ante esta casa y ante ti, porque tu nombre está en esta casa. Clamaremos a ti en nuestra angustia, y tú escucharás y salvarás”.
20:10 Ahora los amonitas, Moab y los del monte Seir, a quienes no permitiste que Israel invadiera cuando venía de la tierra de Egipto, por lo que se apartaron de ellos y no los destruyeron,
20:11 así nos pagan: vienen a expulsarnos de la posesión que tú nos diste como herencia.
20:12 Dios nuestro, ¿no los juzgarás? No tenemos fuerza frente a esta gran multitud que viene contra nosotros. No sabemos qué hacer, pero nuestros ojos están puestos en ti».
20:13 Todo Judá estaba de pie ante el SEÑOR, con sus niños pequeños, sus esposas y sus hijos.
20:14 En medio de la asamblea, el Espíritu del SEÑOR vino sobre Jahaziel, hijo de Zacarías, hijo de Benaía, hijo de Jeiel, hijo de Matanías, levita de los descendientes de Asaf.
20:15 Dijo: «Escuchen, todo Judá, habitantes de Jerusalén y rey Josafat. Así les dice el SEÑOR: “No tengan miedo ni se desanimen ante esta gran multitud, porque la batalla no es de ustedes, sino de Dios.
20:16 Mañana bajen contra ellos. Están subiendo por la cuesta de Sis, y los encontrarán al final del valle, frente al desierto de Jeruel.
20:17 En esta ocasión no tendrán que combatir. Tomen sus posiciones, permanezcan firmes y vean la salvación del SEÑOR con ustedes, Judá y Jerusalén. No tengan miedo ni se desanimen. Mañana salgan a su encuentro, y el SEÑOR estará con ustedes”».
20:18 Josafat se inclinó rostro en tierra. Todo Judá y los habitantes de Jerusalén cayeron ante el SEÑOR para postrarse ante el SEÑOR.
20:19 Los levitas descendientes de Coat y de Coré se levantaron para alabar al SEÑOR, Dios de Israel, con voz muy fuerte.
20:20 Madrugaron y salieron al desierto de Tecoa. Mientras salían, Josafat se puso de pie y dijo: «Escúchenme, Judá y habitantes de Jerusalén. Confíen en el SEÑOR, su Dios, y permanecerán firmes. Confíen en sus profetas y tendrán éxito».
20:21 Después de consultar al pueblo, designó cantores que cantaran al SEÑOR y alabaran el esplendor de la santidad, marchando delante de los hombres armados y diciendo: «Den gracias al SEÑOR, porque su amor fiel permanece para siempre».
20:22 Cuando comenzaron los cantos de alegría y la alabanza, el SEÑOR dispuso emboscadas contra los amonitas, Moab y los del monte Seir que venían contra Judá, y fueron derrotados.
20:23 Los amonitas y Moab se levantaron contra los habitantes del monte Seir para exterminarlos y destruirlos. Cuando acabaron con los habitantes de Seir, cada uno ayudó a destruir a su compañero.
20:24 Judá llegó al puesto de observación del desierto. Miraron hacia la multitud y vieron cadáveres tendidos por tierra; nadie había escapado.
20:25 Josafat y su pueblo fueron a recoger el botín. Encontraron entre los cadáveres abundantes bienes y objetos valiosos, y tomaron para sí más de lo que podían cargar. Estuvieron tres días recogiendo el botín, porque era mucho.
20:26 El cuarto día se reunieron en el valle de Beraca, porque allí bendijeron al SEÑOR. Por eso llamaron a aquel lugar valle de Beraca, hasta el día de hoy.
20:27 Todos los hombres de Judá y de Jerusalén, con Josafat a la cabeza, regresaron a Jerusalén con alegría, porque el SEÑOR les había dado alegría por la derrota de sus enemigos.
20:28 Entraron en Jerusalén con arpas, liras y trompetas, a la casa del SEÑOR.
20:29 El terror de Dios cayó sobre todos los reinos de las tierras cuando oyeron que el SEÑOR había combatido contra los enemigos de Israel.
20:30 El reino de Josafat estuvo en paz, porque su Dios le dio reposo por todas partes.
Resumen del reinado de Josafat
Texto relacionado: 1 Reyes 22:41–50.
20:31 Josafat reinó sobre Judá. Tenía treinta y cinco años cuando comenzó a reinar y reinó veinticinco años en Jerusalén. Su madre se llamaba Azuba, hija de Silhi.
20:32 Caminó en el camino de su padre Asa y no se apartó de él, haciendo lo recto a los ojos del SEÑOR.
20:33 Sin embargo, los lugares altos no fueron quitados, y el pueblo todavía no había dispuesto su corazón hacia el Dios de sus padres.
20:34 Los demás hechos de Josafat, de principio a fin, están escritos en las crónicas de Jehú, hijo de Hananí, que fueron incorporadas al libro de los reyes de Israel.
La alianza naval con Ocozías y su fracaso
20:35 Después de esto, Josafat, rey de Judá, se alió con Ocozías, rey de Israel, que actuaba con maldad.
20:36 Se asoció con él para construir barcos que fueran a Tarsis. Construyeron los barcos en Ezión-geber.
20:37 Eliezer, hijo de Dodava, de Maresa, profetizó contra Josafat: «Por haberte asociado con Ocozías, el SEÑOR ha destruido tus obras». Los barcos se destrozaron y no pudieron ir a Tarsis.

Capítulo 21
Reinado de Joram de Judá
Texto relacionado: 2 Reyes 8:16–24.
21:1 Josafat descansó con sus padres y fue sepultado con ellos en la Ciudad de David. Su hijo Joram reinó en su lugar.
21:2 Los hermanos de Joram, hijos de Josafat, eran Azarías, Jehiel, Zacarías, Azarías, Micael y Sefatías. Todos ellos eran hijos de Josafat, rey de Israel.
21:3 Su padre les había dado muchos regalos de plata, oro y objetos preciosos, además de ciudades fortificadas en Judá; pero entregó el reino a Joram porque era el primogénito.
21:4 Cuando Joram asumió el reino de su padre y consolidó su poder, mató a espada a todos sus hermanos y también a algunos de los jefes de Israel.
21:5 Joram tenía treinta y dos años cuando comenzó a reinar, y reinó ocho años en Jerusalén.
21:6 Siguió el camino de los reyes de Israel, como había hecho la casa de Acab, pues tenía por esposa a una hija de Acab. Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR.
21:7 Sin embargo, el SEÑOR no quiso destruir la casa de David, por el pacto que había hecho con él y porque había prometido darle una lámpara a él y a sus hijos para siempre.
21:8 En sus días, Edom se rebeló contra el dominio de Judá y puso un rey sobre sí.
21:9 Joram marchó con sus jefes y todos sus carros. Se levantó de noche y atacó a los edomitas que lo rodeaban a él y a los jefes de los carros.
21:10 Así Edom se rebeló contra el dominio de Judá hasta el día de hoy. En aquel tiempo también Libna se rebeló contra su dominio, porque Joram había abandonado al SEÑOR, el Dios de sus padres.
21:11 Él también construyó lugares altos en los montes de Judá, hizo que los habitantes de Jerusalén se prostituyeran y descarrió a Judá.
La carta de Elías anuncia juicio sobre Joram
21:12 Le llegó una carta del profeta Elías que decía: «Así dice el SEÑOR, el Dios de David, tu antepasado: Por cuanto no has seguido los caminos de tu padre Josafat ni los de Asa, rey de Judá,
21:13 sino que has seguido el camino de los reyes de Israel y has hecho que Judá y los habitantes de Jerusalén se prostituyan, como hizo la casa de Acab, y además has matado a tus hermanos de la familia de tu padre, que eran mejores que tú,
21:14 el SEÑOR herirá con una gran plaga a tu pueblo, a tus hijos, a tus esposas y a todos tus bienes.
21:15 Y tú padecerás día tras día muchas dolencias por una enfermedad en los intestinos, hasta que estos se te salgan por la enfermedad».
21:16 El SEÑOR despertó contra Joram el ánimo de los filisteos y de los árabes que vivían junto a los cusitas.
21:17 Subieron contra Judá, lo invadieron y se llevaron todos los bienes que encontraron en el palacio del rey, así como a sus hijos y a sus esposas. No le quedó ningún hijo, salvo Joacaz, el menor de ellos.
21:18 Después de todo esto, el SEÑOR lo hirió con una enfermedad incurable en los intestinos.
21:19 Con el paso de los días, al cabo de dos años, se le salieron los intestinos a causa de la enfermedad y murió entre terribles dolores. Su pueblo no encendió una hoguera en su honor como las que había encendido por sus padres.
21:20 Tenía treinta y dos años cuando comenzó a reinar y reinó ocho años en Jerusalén. Murió sin que lo lamentaran. Lo sepultaron en la Ciudad de David, pero no en los sepulcros de los reyes.

Capítulo 22
Reinado de Ocozías de Judá
Texto relacionado: 2 Reyes 8:25–29.
22:1 Los habitantes de Jerusalén hicieron rey en su lugar a Ocozías, su hijo menor, porque la banda que había venido con los árabes al campamento había matado a todos los mayores. Así reinó Ocozías, hijo de Joram, rey de Judá.
22:2 Ocozías tenía cuarenta y dos años cuando comenzó a reinar y reinó un año en Jerusalén. Su madre se llamaba Atalía, hija de Omri.
22:3 Él también siguió los caminos de la casa de Acab, porque su madre lo aconsejaba para hacer el mal.
22:4 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR, como la casa de Acab, pues después de la muerte de su padre ellos fueron sus consejeros, para su ruina.
22:5 También siguió su consejo y fue con Joram, hijo de Acab, rey de Israel, a la guerra contra Hazael, rey de Aram, en Ramot de Galaad. Los arameos hirieron a Joram,
22:6 y este regresó a Jezreel para curarse de las heridas que le habían causado en Ramá al combatir contra Hazael, rey de Aram. Azarías, hijo de Joram, rey de Judá, bajó a Jezreel a visitar a Joram, hijo de Acab, porque estaba enfermo.
Jehú mata a Ocozías
Texto relacionado: 2 Reyes 9:27–29.
22:7 Pero Dios dispuso la ruina de Ocozías mediante su visita a Joram. Al llegar, salió con Joram al encuentro de Jehú, hijo de Nimsi, a quien el SEÑOR había ungido para exterminar la casa de Acab.
22:8 Mientras Jehú ejecutaba juicio contra la casa de Acab, encontró a los jefes de Judá y a los hijos de los hermanos de Ocozías, que servían a Ocozías, y los mató.
22:9 Después buscó a Ocozías. Lo capturaron mientras estaba escondido en Samaria, lo llevaron ante Jehú y lo mataron. Le dieron sepultura, pues dijeron: «Es hijo de Josafat, quien buscó al SEÑOR con todo su corazón». Así no quedó nadie de la casa de Ocozías con fuerzas para retener el reino.
Atalía usurpa el trono
Texto relacionado: 2 Reyes 11:1–21.
22:10 Cuando Atalía, madre de Ocozías, vio que su hijo había muerto, se levantó y exterminó a toda la descendencia real de la casa de Judá.
22:11 Pero Josabet, hija del rey, tomó a Joás, hijo de Ocozías, y lo sacó de entre los hijos del rey a quienes estaban matando. Lo puso con su nodriza en el dormitorio. Así Josabet, hija del rey Joram, esposa del sacerdote Joiada y hermana de Ocozías, lo escondió de Atalía, y ella no lo mató.
22:12 Él estuvo escondido con ellos en la casa de Dios durante seis años, mientras Atalía reinaba sobre el país.

Capítulo 23
Joiada organiza la proclamación de Joás
23:1 En el séptimo año, Joiada cobró ánimo y pactó con los jefes de centenas: Azarías, hijo de Jeroham; Ismael, hijo de Johanán; Azarías, hijo de Obed; Maasías, hijo de Adaías, y Elisafat, hijo de Zicri.
23:2 Recorrieron Judá y reunieron a los levitas de todas las ciudades de Judá y a los jefes de las familias de Israel, y llegaron a Jerusalén.
23:3 Toda la asamblea hizo un pacto con el rey en la casa de Dios. Joiada les dijo: «El hijo del rey reinará, conforme a lo que el SEÑOR prometió acerca de los hijos de David.
23:4 Esto es lo que harán: una tercera parte de ustedes, los sacerdotes y levitas que entran de servicio el sábado, vigilará los umbrales de las puertas;
23:5 otra tercera parte estará en el palacio del rey, y otra tercera parte en la puerta del Cimiento. Todo el pueblo permanecerá en los patios de la casa del SEÑOR.
23:6 Nadie entrará en la casa del SEÑOR, salvo los sacerdotes y los levitas que estén de servicio. Ellos podrán entrar porque están consagrados, y todo el pueblo cumplirá lo que el SEÑOR ha ordenado.
23:7 Los levitas rodearán al rey por todos lados, cada uno con sus armas en la mano. A cualquiera que entre en la casa se le dará muerte. Estén con el rey cuando entre y cuando salga».
23:8 Los levitas y todo Judá hicieron tal como había ordenado el sacerdote Joiada. Cada uno tomó a sus hombres, tanto a los que entraban de servicio el sábado como a los que salían, porque el sacerdote Joiada no había dado descanso a las divisiones.
23:9 El sacerdote Joiada entregó a los jefes de centenas las lanzas, los escudos grandes y los pequeños que habían pertenecido al rey David y que estaban en la casa de Dios.
23:10 Colocó a todo el pueblo, cada uno con su arma en la mano, desde el lado derecho de la casa hasta el lado izquierdo, junto al altar y a la casa, alrededor del rey.
La coronación de Joás
23:11 Sacaron al hijo del rey, le pusieron la corona y le entregaron el testimonio, y lo hicieron rey. Joiada y sus hijos lo ungieron y dijeron: «¡Viva el rey!».
23:12 Cuando Atalía oyó el ruido del pueblo que corría y aclamaba al rey, se dirigió hacia el pueblo en la casa del SEÑOR.
23:13 Miró y vio al rey de pie junto a su columna, a la entrada, y a los jefes y los trompeteros junto al rey. Todo el pueblo del país se alegraba y tocaba las trompetas, mientras los cantores, con instrumentos musicales, dirigían la alabanza. Atalía se rasgó la ropa y gritó: «¡Traición! ¡Traición!».
23:14 El sacerdote Joiada hizo salir a los jefes de centenas que estaban al mando del ejército y les dijo: «Sáquenla de entre las filas, y a cualquiera que la siga se le dará muerte a espada». Pues el sacerdote había dicho: «No la maten en la casa del SEÑOR».
23:15 Le echaron mano y, cuando llegó a la entrada de la puerta de los Caballos del palacio del rey, la mataron allí.
El pacto y la restauración del culto
23:16 Joiada hizo un pacto entre él, todo el pueblo y el rey, para que fueran el pueblo del SEÑOR.
23:17 Entonces todo el pueblo fue al templo de Baal y lo demolió. Destrozaron sus altares y sus imágenes, y mataron a Matán, sacerdote de Baal, delante de los altares.
23:18 Joiada puso los oficios de la casa del SEÑOR a cargo de los sacerdotes levitas, a quienes David había distribuido en la casa del SEÑOR, para ofrecer al SEÑOR los holocaustos según lo escrito en la ley de Moisés, con alegría y canto, conforme a las disposiciones de David.
23:19 Colocó porteros en las puertas de la casa del SEÑOR para que no entrara nadie que estuviera impuro por cualquier causa.
23:20 Tomó a los jefes de centenas, a los nobles, a los gobernantes del pueblo y a todo el pueblo del país, y bajaron al rey de la casa del SEÑOR. Entraron por la puerta Superior al palacio del rey y lo sentaron en el trono real.
23:21 Todo el pueblo del país se alegró y la ciudad quedó tranquila. A Atalía la habían matado a espada.

Capítulo 24
Reinado de Joás de Judá
Texto relacionado: 2 Reyes 12:1–21.
24:1 Joás tenía siete años cuando comenzó a reinar, y reinó cuarenta años en Jerusalén. Su madre se llamaba Sibia y era de Beerseba.
24:2 Joás hizo lo recto a los ojos del SEÑOR durante toda la vida del sacerdote Joiada.
24:3 Joiada le consiguió dos esposas, y Joás tuvo hijos e hijas.
Joás impulsa la reparación del templo
24:4 Después de esto, Joás decidió restaurar la casa del SEÑOR.
24:5 Reunió a los sacerdotes y a los levitas y les dijo: «Salgan a las ciudades de Judá y recojan dinero de todo Israel para reparar cada año la casa de su Dios. Apresúrense a hacerlo». Pero los levitas no se apresuraron.
24:6 El rey llamó a Joiada, el principal sacerdote, y le dijo: «¿Por qué no has exigido a los levitas que traigan de Judá y de Jerusalén la contribución dispuesta por Moisés, siervo del SEÑOR, y por la asamblea de Israel para la Tienda del Testimonio?».
24:7 Pues los hijos de la perversa Atalía habían abierto brechas en la casa de Dios y habían usado para los baales todas las cosas consagradas de la casa del SEÑOR.
24:8 Por orden del rey hicieron un cofre y lo colocaron afuera, junto a la puerta de la casa del SEÑOR.
24:9 Proclamaron en Judá y en Jerusalén que llevaran al SEÑOR la contribución que Moisés, siervo de Dios, había impuesto a Israel en el desierto.
24:10 Todos los jefes y todo el pueblo se alegraron y llevaron sus contribuciones y las echaron en el cofre hasta completar la entrega.
24:11 Cuando los levitas llevaban el cofre a los funcionarios del rey y veían que había mucho dinero, venían el secretario del rey y el encargado del principal sacerdote, vaciaban el cofre, se lo llevaban y lo devolvían a su lugar. Así lo hacían día tras día, y recogían dinero en abundancia.
24:12 El rey y Joiada lo entregaban a los encargados de las obras de la casa del SEÑOR. Estos contrataban canteros y carpinteros para restaurar la casa del SEÑOR, y también artesanos del hierro y del bronce para reforzar la casa del SEÑOR.
24:13 Los obreros realizaban el trabajo, y la restauración avanzaba en sus manos. Dejaron la casa de Dios conforme a su diseño y la reforzaron.
24:14 Cuando terminaron, llevaron al rey y a Joiada el dinero sobrante, y con él se hicieron utensilios para la casa del SEÑOR: utensilios para el servicio y para ofrecer holocaustos, cucharones y objetos de oro y plata. Durante toda la vida de Joiada se ofrecieron holocaustos continuamente en la casa del SEÑOR.
La muerte de Joiada
24:15 Joiada envejeció y murió lleno de días. Tenía ciento treinta años cuando murió.
24:16 Lo sepultaron en la Ciudad de David, junto a los reyes, porque había hecho bien en Israel, a Dios y a su casa.
Joás abandona la fidelidad al SEÑOR
24:17 Después de la muerte de Joiada, los jefes de Judá fueron y se inclinaron ante el rey, y este los escuchó.
24:18 Abandonaron la casa del SEÑOR, el Dios de sus padres, y sirvieron a los postes de Asera y a los ídolos. Por esta culpa vino la ira sobre Judá y Jerusalén.
24:19 Dios les envió profetas para hacerlos volver al SEÑOR. Estos los amonestaron, pero ellos no escucharon.
24:20 Entonces el Espíritu de Dios revistió a Zacarías, hijo del sacerdote Joiada. Se puso de pie por encima del pueblo y les dijo: «Así dice Dios: ¿Por qué quebrantan los mandamientos del SEÑOR? No prosperarán. Por cuanto han abandonado al SEÑOR, él también los ha abandonado».
24:21 Conspiraron contra él y, por orden del rey, lo apedrearon en el patio de la casa del SEÑOR.
24:22 El rey Joás no recordó la bondad que Joiada, padre de Zacarías, había tenido con él, sino que mató a su hijo. Al morir, Zacarías dijo: «¡Que el SEÑOR lo vea y pida cuentas!».
La derrota y el final de Joás
24:23 Al comenzar el año, el ejército de Aram subió contra Joás. Llegaron a Judá y a Jerusalén, eliminaron de entre el pueblo a todos sus jefes y enviaron todo su botín al rey de Damasco.
24:24 Aunque el ejército de Aram había venido con pocos hombres, el SEÑOR entregó en sus manos un ejército muy numeroso, porque habían abandonado al SEÑOR, el Dios de sus padres. Así ejecutaron juicio contra Joás.
24:25 Cuando se retiraron, dejándolo con graves dolencias, sus siervos conspiraron contra él por la sangre de los hijos del sacerdote Joiada. Lo mataron en su cama, y murió. Lo sepultaron en la Ciudad de David, pero no lo sepultaron en los sepulcros de los reyes.
24:26 Los que conspiraron contra él fueron Zabad, hijo de Simeat, la amonita, y Jozabad, hijo de Simrit, la moabita.
24:27 Lo referente a sus hijos, los numerosos pronunciamientos contra él y la restauración de la casa de Dios está escrito en el comentario del libro de los reyes. Su hijo Amasías reinó en su lugar.

Capítulo 25
Reinado de Amasías
Texto relacionado: 2 Reyes 14:1–22.
25:1 Amasías tenía veinticinco años cuando comenzó a reinar y reinó veintinueve años en Jerusalén. Su madre se llamaba Joadán y era de Jerusalén.
25:2 Hizo lo recto a los ojos del SEÑOR, aunque no con un corazón íntegro.
25:3 Cuando su poder real quedó afianzado, mató a los siervos que habían matado a su padre, el rey.
25:4 Pero no dio muerte a los hijos de ellos, conforme a lo escrito en la ley, en el libro de Moisés, donde el SEÑOR mandó: «Los padres no morirán por los hijos ni los hijos por los padres; cada uno morirá por su propio pecado».
La campaña de Amasías contra Edom
25:5 Amasías reunió a Judá y los organizó por familias bajo jefes de millares y de centenas, en todo Judá y Benjamín. Contó a los de veinte años en adelante y encontró trescientos mil hombres escogidos, aptos para salir a la guerra, que manejaban la lanza y el escudo grande.
25:6 También contrató de Israel a cien mil guerreros valientes por unos tres mil cuatrocientos kilos de plata.
25:7 Pero un hombre de Dios fue a decirle: «Rey, que el ejército de Israel no vaya contigo, porque el SEÑOR no está con Israel, con todos esos hijos de Efraín.
25:8 Si vas con ellos, por más que actúes y te esfuerces para la batalla, Dios te hará caer ante el enemigo, porque Dios tiene poder para ayudar y para hacer caer».
25:9 Amasías le preguntó al hombre de Dios: «¿Y qué haré con los cerca de tres mil cuatrocientos kilos de plata que entregué a las tropas de Israel?». El hombre de Dios respondió: «El SEÑOR puede darte mucho más que eso».
25:10 Entonces Amasías separó a las tropas que habían venido a él de Efraín para que regresaran a su lugar. Ellos se enojaron mucho contra Judá y regresaron a su lugar llenos de ira.
25:11 Amasías cobró ánimo, condujo a su pueblo al valle de la Sal y mató a diez mil de los hijos de Seir.
25:12 Los hijos de Judá capturaron vivos a otros diez mil. Los llevaron a la cumbre de un peñasco y los arrojaron desde allí, y todos se hicieron pedazos.
25:13 Pero los hombres de las tropas que Amasías había hecho regresar para que no fueran con él a la guerra hicieron incursiones en las ciudades de Judá, desde Samaria hasta Bet-horón. Mataron a tres mil de sus habitantes y tomaron un gran botín.
La idolatría y el rechazo de la corrección
25:14 Cuando Amasías regresó de derrotar a los edomitas, trajo a los dioses de los hijos de Seir, los puso como sus propios dioses, se postró ante ellos y les quemó incienso.
25:15 La ira del SEÑOR se encendió contra Amasías, y le envió un profeta que le dijo: «¿Por qué has buscado a los dioses de un pueblo que no pudieron librar a su propio pueblo de tus manos?».
25:16 Mientras él hablaba, el rey le dijo: «¿Acaso te hemos nombrado consejero del rey? ¡Detente! ¿Por qué han de matarte?». El profeta dejó de insistir, pero dijo: «Sé que Dios ha decidido destruirte, porque has hecho esto y no has escuchado mi consejo».
Amasías desafía al rey de Israel
25:17 Después de consultar, Amasías, rey de Judá, envió este mensaje a Joás, hijo de Joacaz, hijo de Jehú, rey de Israel: «Ven, veámonos cara a cara».
25:18 Joás, rey de Israel, envió esta respuesta a Amasías, rey de Judá: «El cardo del Líbano envió a decir al cedro del Líbano: “Da tu hija a mi hijo por esposa”. Pero pasó una bestia del campo del Líbano y pisoteó el cardo.
25:19 Dices que has derrotado a Edom, y tu corazón se ha enaltecido para gloriarte. Ahora quédate en tu casa. ¿Por qué provocas un mal que te hará caer a ti y a Judá contigo?».
25:20 Pero Amasías no escuchó, porque esto venía de Dios, para entregarlos en manos del enemigo, pues habían buscado a los dioses de Edom.
25:21 Entonces Joás, rey de Israel, subió y se enfrentó cara a cara con Amasías, rey de Judá, en Bet-semes, que pertenece a Judá.
25:22 Judá fue derrotado ante Israel, y cada uno huyó a su tienda.
25:23 Joás, rey de Israel, capturó en Bet-semes a Amasías, rey de Judá, hijo de Joás, hijo de Joacaz. Lo llevó a Jerusalén y abrió una brecha de ciento ochenta metros en su muralla, desde la puerta de Efraín hasta la puerta de la Esquina.
25:24 Tomó todo el oro, la plata y todos los utensilios que se encontraban en la casa de Dios, al cuidado de Obed-edom, y los tesoros del palacio del rey, además de rehenes, y regresó a Samaria.
25:25 Amasías, hijo de Joás, rey de Judá, vivió quince años después de la muerte de Joás, hijo de Joacaz, rey de Israel.
25:26 Los demás hechos de Amasías, los primeros y los últimos, ¿no están escritos en el libro de los reyes de Judá y de Israel?
25:27 Desde que Amasías se apartó del SEÑOR, tramaron una conspiración contra él en Jerusalén. Huyó a Laquis, pero enviaron tras él a Laquis y lo mataron allí.
25:28 Lo llevaron sobre caballos y lo sepultaron con sus padres en la ciudad de Judá.

Capítulo 26
Reinado de Uzías
Texto relacionado: 2 Reyes 15:1–7.
26:1 Todo el pueblo de Judá tomó a Uzías, que tenía dieciséis años, y lo hizo rey en lugar de su padre Amasías.
26:2 Él reconstruyó Elot y la restituyó a Judá después de que el rey descansó con sus padres.
26:3 Uzías tenía dieciséis años cuando comenzó a reinar, y reinó cincuenta y dos años en Jerusalén. Su madre se llamaba Jecolías y era de Jerusalén.
26:4 Hizo lo recto a los ojos del SEÑOR, conforme a todo lo que había hecho su padre Amasías.
26:5 Se dedicó a buscar a Dios durante los días de Zacarías, entendido en las visiones de Dios. Mientras buscó al SEÑOR, Dios lo hizo prosperar.
La fortaleza y las obras de Uzías
26:6 Salió a combatir contra los filisteos y abrió brechas en las murallas de Gat, Jabnia y Asdod. Construyó ciudades en la región de Asdod y entre los filisteos.
26:7 Dios lo ayudó contra los filisteos, contra los árabes que habitaban en Gur-baal y contra los meunitas.
26:8 Los amonitas daban tributo a Uzías, y su fama llegó hasta la entrada de Egipto, porque se había hecho muy poderoso.
26:9 Uzías construyó torres en Jerusalén, junto a la puerta de la Esquina, junto a la puerta del Valle y junto al ángulo de la muralla, y las fortificó.
26:10 También construyó torres en el desierto y excavó muchas cisternas, porque tenía mucho ganado en la Sefela y en la llanura. Tenía labradores y viñadores en los montes y en los campos fértiles, pues amaba la tierra.
26:11 Uzías tenía un ejército de guerreros que salían al combate por divisiones, según el censo realizado por el secretario Jeiel y el oficial Maasías, bajo la dirección de Hananías, uno de los jefes del rey.
26:12 El número total de los jefes de familia, guerreros valientes, era de dos mil seiscientos.
26:13 Bajo su mando había un ejército de trescientos siete mil quinientos hombres, que combatían con gran fuerza para ayudar al rey contra el enemigo.
26:14 Uzías proveyó a todo el ejército de escudos, lanzas, cascos, corazas, arcos y piedras para hondas.
26:15 Hizo en Jerusalén máquinas diseñadas por un experto para colocarlas en las torres y en las esquinas y disparar flechas y grandes piedras. Su fama se extendió muy lejos, pues recibió una ayuda extraordinaria hasta hacerse poderoso.
El orgullo de Uzías y su transgresión en el templo
26:16 Pero cuando se hizo poderoso, su corazón se enalteció para su ruina. Fue infiel al SEÑOR, su Dios, y entró en el templo del SEÑOR para quemar incienso sobre el altar del incienso.
26:17 El sacerdote Azarías entró tras él, acompañado de ochenta sacerdotes del SEÑOR, hombres valientes.
26:18 Se enfrentaron al rey Uzías y le dijeron: «A ti, Uzías, no te corresponde quemar incienso al SEÑOR, sino a los sacerdotes, los hijos de Aarón, que están consagrados para quemarlo. Sal del santuario, porque has sido infiel, y esto no te traerá honra de parte del SEÑOR Dios».
26:19 Uzías se enfureció, teniendo en la mano un incensario para quemar incienso. Mientras se enfurecía contra los sacerdotes, le brotó lepra en la frente, delante de los sacerdotes, en la casa del SEÑOR, junto al altar del incienso.
26:20 El principal sacerdote Azarías y todos los sacerdotes lo miraron y vieron la lepra en su frente. Lo sacaron de allí a toda prisa, y él mismo se apresuró a salir porque el SEÑOR lo había herido.
26:21 El rey Uzías fue leproso hasta el día de su muerte. Vivió leproso en una casa apartada, porque había sido excluido de la casa del SEÑOR. Su hijo Jotam quedó a cargo del palacio del rey y gobernaba al pueblo del país.
26:22 Los demás hechos de Uzías, los primeros y los últimos, los escribió el profeta Isaías, hijo de Amoz.
26:23 Uzías descansó con sus padres y lo sepultaron con ellos en el campo de sepultura de los reyes, pues dijeron: «Es leproso». Su hijo Jotam reinó en su lugar.

Capítulo 27
Reinado de Jotam
Texto relacionado: 2 Reyes 15:32–38.
27:1 Jotam tenía veinticinco años cuando comenzó a reinar, y reinó dieciséis años en Jerusalén. Su madre se llamaba Jerusa, hija de Sadoc.
27:2 Hizo lo recto a los ojos del SEÑOR, conforme a todo lo que había hecho su padre Uzías, salvo que no entró en el templo del SEÑOR. Pero el pueblo seguía corrompiéndose.
27:3 Él construyó la puerta Superior de la casa del SEÑOR e hizo muchas obras en la muralla de Ofel.
27:4 Construyó ciudades en la región montañosa de Judá, y fortalezas y torres en los bosques.
27:5 Combatió contra el rey de los amonitas y los venció. Aquel año los amonitas le entregaron unos tres mil cuatrocientos kilos de plata, cincuenta mil canastas de trigo y cincuenta mil de cebada. Lo mismo le entregaron los amonitas el segundo año y el tercero.
27:6 Jotam se hizo fuerte porque ordenó sus caminos delante del SEÑOR, su Dios.
27:7 Los demás hechos de Jotam, todas sus guerras y sus caminos están escritos en el libro de los reyes de Israel y de Judá.
27:8 Tenía veinticinco años cuando comenzó a reinar y reinó dieciséis años en Jerusalén.
27:9 Jotam descansó con sus padres y lo sepultaron en la Ciudad de David. Su hijo Acaz reinó en su lugar.

Capítulo 28
Reinado de Acaz
Texto relacionado: 2 Reyes 16:1–20.
28:1 Acaz tenía veinte años cuando comenzó a reinar, y reinó dieciséis años en Jerusalén. No hizo lo recto a los ojos del SEÑOR, como David, su antepasado.
28:2 Siguió los caminos de los reyes de Israel e hizo también imágenes fundidas para los baales.
28:3 Quemó incienso en el valle de Ben-hinom y quemó a sus hijos en el fuego, conforme a las prácticas abominables de las naciones que el SEÑOR había expulsado de delante de los hijos de Israel.
28:4 Ofreció sacrificios y quemó incienso en los lugares altos, en las colinas y debajo de todo árbol frondoso.
Las derrotas de Judá y sus cautivos
28:5 Por eso el SEÑOR, su Dios, lo entregó en manos del rey de Aram. Los arameos lo derrotaron, tomaron de su pueblo un gran número de cautivos y los llevaron a Damasco. También fue entregado en manos del rey de Israel, quien le causó una gran derrota.
28:6 Peka, hijo de Remalías, mató en Judá a ciento veinte mil hombres en un solo día, todos ellos guerreros valientes, porque habían abandonado al SEÑOR, el Dios de sus padres.
28:7 Zicri, un guerrero de Efraín, mató a Maasías, hijo del rey; a Azricam, encargado del palacio, y a Elcana, el segundo después del rey.
28:8 Los hijos de Israel tomaron cautivos de entre sus hermanos a doscientas mil personas: mujeres, hijos e hijas. También les quitaron un gran botín y lo llevaron a Samaria.
Oded exige la liberación de los cautivos
28:9 Allí había un profeta del SEÑOR llamado Oded. Salió al encuentro del ejército que llegaba a Samaria y les dijo: «Por la ira del SEÑOR, el Dios de sus padres, contra Judá, él los entregó en manos de ustedes. Pero ustedes los han matado con una furia que ha llegado hasta los cielos.
28:10 Y ahora piensan someter a los hijos de Judá y de Jerusalén como esclavos y esclavas suyos. ¿Acaso no tienen ustedes mismos culpas contra el SEÑOR, su Dios?
28:11 Ahora escúchenme y devuelvan a los cautivos que han tomado de entre sus hermanos, porque el ardor de la ira del SEÑOR está sobre ustedes».
28:12 Entonces algunos de los jefes de los hijos de Efraín se levantaron contra los que volvían de la guerra: Azarías, hijo de Johanán; Berequías, hijo de Mesilemot; Ezequías, hijo de Salum, y Amasa, hijo de Hadlai.
28:13 Les dijeron: «No traigan aquí a los cautivos. Ustedes piensan añadir a nuestros pecados y a nuestras culpas, haciéndonos culpables ante el SEÑOR. Ya es grande nuestra culpa, y el ardor de la ira está sobre Israel».
28:14 Los hombres armados dejaron a los cautivos y el botín delante de los jefes y de toda la asamblea.
28:15 Los hombres designados por nombre se hicieron cargo de los cautivos. Con el botín vistieron a todos los que estaban desnudos; los vistieron, los calzaron, les dieron comida y bebida y los ungieron con aceite. Condujeron en burros a todos los débiles y los llevaron junto a sus hermanos a Jericó, la ciudad de las Palmeras. Después regresaron a Samaria.
La ayuda de Asiria que no sostuvo a Acaz
28:16 En aquel tiempo, el rey Acaz envió a pedir ayuda a los reyes de Asiria.
28:17 Los edomitas habían vuelto a invadir Judá, habían atacado a su gente y se habían llevado cautivos.
28:18 También los filisteos habían hecho incursiones en las ciudades de la Sefela y del Neguev de Judá. Tomaron Bet-semes, Ajalón, Gederot, Soco y sus aldeas, Timna y sus aldeas, y Gimzo y sus aldeas, y se establecieron allí.
28:19 El SEÑOR humilló a Judá por causa de Acaz, rey de Israel, porque había fomentado el desenfreno en Judá y había sido gravemente infiel al SEÑOR.
28:20 Tilgat-pilneser, rey de Asiria, vino contra él y lo afligió en vez de fortalecerlo.
28:21 Aunque Acaz había despojado la casa del SEÑOR, el palacio del rey y las casas de los jefes, y había entregado lo tomado al rey de Asiria, esto no le sirvió de ayuda.
Acaz cierra el templo y extiende la idolatría
28:22 En el tiempo de su angustia, este mismo rey Acaz fue aún más infiel al SEÑOR.
28:23 Ofreció sacrificios a los dioses de Damasco, que lo habían derrotado, y dijo: «Como los dioses de los reyes de Aram los ayudan, les ofreceré sacrificios para que también me ayuden». Pero ellos fueron su ruina y la de todo Israel.
28:24 Acaz reunió los utensilios de la casa de Dios e hizo pedazos los utensilios de la casa de Dios. Cerró las puertas de la casa del SEÑOR y se hizo altares en cada rincón de Jerusalén.
28:25 En todas y cada una de las ciudades de Judá construyó lugares altos para quemar incienso a otros dioses. Así provocó a ira al SEÑOR, el Dios de sus padres.
28:26 Los demás hechos de Acaz y todos sus caminos, los primeros y los últimos, están escritos en el libro de los reyes de Judá y de Israel.
28:27 Acaz descansó con sus padres y lo sepultaron en la ciudad, en Jerusalén, pues no lo llevaron a los sepulcros de los reyes de Israel. Su hijo Ezequías reinó en su lugar.

Capítulo 29
Reinado de Ezequías
Texto relacionado: 2 Reyes 18:1–3.
29:1 Ezequías tenía veinticinco años cuando comenzó a reinar, y reinó veintinueve años en Jerusalén. Su madre se llamaba Abías, hija de Zacarías.
29:2 Hizo lo recto a los ojos del SEÑOR, conforme a todo lo que había hecho David, su antepasado.
Ezequías restablece el culto del templo
29:3 En el primer año de su reinado, en el primer mes, abrió las puertas de la casa del SEÑOR y las reparó.
29:4 Hizo venir a los sacerdotes y a los levitas y los reunió en la plaza oriental.
29:5 Les dijo: «Escúchenme, levitas. Ahora conságrense ustedes y consagren la casa del SEÑOR, el Dios de sus padres. Saquen del santuario toda impureza.
29:6 Nuestros padres fueron infieles e hicieron lo malo a los ojos del SEÑOR, nuestro Dios. Lo abandonaron, apartaron su rostro de la morada del SEÑOR y le dieron la espalda.
29:7 También cerraron las puertas del pórtico y apagaron las lámparas. No quemaron incienso ni ofrecieron holocaustos en el santuario al Dios de Israel.
29:8 Por eso la ira del SEÑOR vino sobre Judá y Jerusalén, y él los convirtió en objeto de espanto, de horror y de burla, como ustedes ven con sus propios ojos.
29:9 Por esto nuestros padres han caído a espada, y nuestros hijos, nuestras hijas y nuestras esposas están en cautiverio.
29:10 Ahora tengo en mi corazón hacer un pacto con el SEÑOR, el Dios de Israel, para que el ardor de su ira se aparte de nosotros.
29:11 Hijos míos, no sean negligentes ahora, porque el SEÑOR los ha escogido para estar delante de él y servirle, para ser sus ministros y quemar incienso».
29:12 Entonces se levantaron los levitas: de los hijos de Coat, Mahat, hijo de Amasai, y Joel, hijo de Azarías; de los hijos de Merari, Cis, hijo de Abdi, y Azarías, hijo de Jehalelel; de los gersonitas, Joa, hijo de Zima, y Edén, hijo de Joa;
29:13 de los hijos de Elizafán, Simri y Jeiel; de los hijos de Asaf, Zacarías y Matanías;
29:14 de los hijos de Hemán, Jehiel y Simei; y de los hijos de Jedutún, Semaías y Uziel.
29:15 Reunieron a sus hermanos, se consagraron y fueron a purificar la casa del SEÑOR, conforme al mandato del rey, según las palabras del SEÑOR.
29:16 Los sacerdotes entraron en el interior de la casa del SEÑOR para purificarla. Sacaron al patio de la casa del SEÑOR toda la impureza que encontraron en el templo del SEÑOR, y los levitas la recibieron para llevarla afuera, al torrente Cedrón.
29:17 Comenzaron la consagración el primer día del primer mes. El día ocho del mes llegaron al pórtico del SEÑOR y consagraron la casa del SEÑOR durante ocho días. Terminaron el día dieciséis del primer mes.
29:18 Entraron a ver al rey Ezequías y le dijeron: «Hemos purificado toda la casa del SEÑOR, el altar del holocausto con todos sus utensilios y la mesa del pan de la Presencia con todos sus utensilios.
29:19 También hemos preparado y consagrado todos los utensilios que el rey Acaz había desechado durante su reinado, en su infidelidad. Ahora están delante del altar del SEÑOR».
Las ofrendas y la alabanza en el templo restaurado
29:20 El rey Ezequías madrugó, reunió a los jefes de la ciudad y subió a la casa del SEÑOR.
29:21 Llevaron siete novillos, siete carneros, siete corderos y siete machos cabríos como ofrenda por el pecado, por el reino, por el santuario y por Judá. El rey ordenó a los sacerdotes, hijos de Aarón, que los ofrecieran sobre el altar del SEÑOR.
29:22 Degollaron los novillos, y los sacerdotes recibieron la sangre y la rociaron sobre el altar. Degollaron los carneros y rociaron la sangre sobre el altar. Degollaron también los corderos y rociaron la sangre sobre el altar.
29:23 Acercaron los machos cabríos de la ofrenda por el pecado delante del rey y de la asamblea, y estos pusieron sus manos sobre ellos.
29:24 Los sacerdotes los degollaron y ofrecieron su sangre sobre el altar para hacer expiación por todo Israel, porque el rey había ordenado que el holocausto y la ofrenda por el pecado fueran por todo Israel.
29:25 Colocó a los levitas en la casa del SEÑOR con címbalos, arpas y liras, conforme al mandato de David, de Gad, vidente del rey, y del profeta Natán, porque el mandato venía del SEÑOR por medio de sus profetas.
29:26 Los levitas estaban en sus puestos con los instrumentos de David, y los sacerdotes con las trompetas.
29:27 Ezequías ordenó ofrecer el holocausto sobre el altar. Cuando comenzó el holocausto, comenzó también el canto al SEÑOR, al son de las trompetas y con el acompañamiento de los instrumentos de David, rey de Israel.
29:28 Toda la asamblea se postraba, los cantores cantaban y las trompetas sonaban. Todo esto duró hasta que terminó el holocausto.
29:29 Cuando acabaron de ofrecerlo, el rey y todos los que estaban con él se arrodillaron y se postraron.
29:30 El rey Ezequías y los jefes mandaron a los levitas que alabaran al SEÑOR con las palabras de David y del vidente Asaf. Ellos alabaron con alegría y se inclinaron y se postraron.
29:31 Ezequías tomó la palabra y dijo: «Ahora se han consagrado al SEÑOR. Acérquense y lleven sacrificios y ofrendas de gratitud a la casa del SEÑOR». La asamblea llevó sacrificios y ofrendas de gratitud, y todos los de corazón dispuesto llevaron holocaustos.
29:32 El número de los animales que la asamblea llevó como holocaustos fue de setenta bueyes, cien carneros y doscientos corderos. Todos estos eran para holocausto al SEÑOR.
29:33 Las ofrendas consagradas fueron seiscientos bueyes y tres mil ovejas y cabras.
29:34 Pero los sacerdotes eran pocos y no podían desollar todos los holocaustos. Por eso sus hermanos los levitas los ayudaron hasta que se terminó el trabajo y hasta que los sacerdotes se consagraron, pues los levitas fueron más rectos de corazón para consagrarse que los sacerdotes.
29:35 Hubo también holocaustos en abundancia, junto con la grasa de los sacrificios de paz y las libaciones para los holocaustos. Así quedó restablecido el servicio de la casa del SEÑOR.
29:36 Ezequías y todo el pueblo se alegraron por lo que Dios había preparado para el pueblo, porque aquello había sucedido de repente.

Capítulo 30
Ezequías convoca a Israel para la Pascua
30:1 Ezequías envió mensajes por todo Israel y Judá, y escribió también cartas a Efraín y a Manasés, para que fueran a la casa del SEÑOR en Jerusalén a celebrar la Pascua al SEÑOR, el Dios de Israel.
30:2 El rey, sus jefes y toda la asamblea de Jerusalén habían acordado celebrar la Pascua en el segundo mes.
30:3 No habían podido celebrarla a su debido tiempo, porque no se habían consagrado suficientes sacerdotes y el pueblo no se había reunido en Jerusalén.
30:4 La decisión pareció bien al rey y a toda la asamblea.
30:5 Determinaron proclamar por todo Israel, desde Beerseba hasta Dan, que fueran a Jerusalén a celebrar la Pascua al SEÑOR, el Dios de Israel, porque no la habían celebrado en gran número conforme a lo escrito.
30:6 Los mensajeros recorrieron todo Israel y Judá con las cartas del rey y de sus jefes. Conforme al mandato del rey, decían: «Hijos de Israel, vuelvan al SEÑOR, el Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, para que él se vuelva al remanente de ustedes que ha escapado de las manos de los reyes de Asiria.
30:7 No sean como sus padres y sus hermanos, que fueron infieles al SEÑOR, el Dios de sus padres, y él los entregó a la desolación, como ustedes ven.
30:8 Ahora no endurezcan su cuello como sus padres. Sométanse al SEÑOR y vengan a su santuario, que él ha consagrado para siempre. Sirvan al SEÑOR, su Dios, para que el ardor de su ira se aparte de ustedes.
30:9 Porque si vuelven al SEÑOR, sus hermanos y sus hijos hallarán compasión ante sus captores y regresarán a esta tierra. El SEÑOR, su Dios, es clemente y compasivo, y no apartará su rostro de ustedes si vuelven a él».
30:10 Los mensajeros pasaban de ciudad en ciudad por la tierra de Efraín y de Manasés, hasta Zabulón, pero la gente se reía y se burlaba de ellos.
30:11 Sin embargo, algunos hombres de Aser, de Manasés y de Zabulón se humillaron y fueron a Jerusalén.
30:12 También en Judá estuvo la mano de Dios para darles un solo corazón, a fin de cumplir el mandato del rey y de los jefes, conforme a la palabra del SEÑOR.
La Pascua y la intercesión de Ezequías
30:13 Se reunió en Jerusalén mucha gente para celebrar la fiesta de los Panes sin Levadura en el segundo mes. Era una asamblea muy numerosa.
30:14 Se levantaron y quitaron los altares que había en Jerusalén. También quitaron todos los altares de incienso y los arrojaron al torrente Cedrón.
30:15 Sacrificaron la Pascua el día catorce del segundo mes. Los sacerdotes y los levitas se avergonzaron, se consagraron y llevaron holocaustos a la casa del SEÑOR.
30:16 Ocuparon sus puestos conforme a lo establecido para ellos en la ley de Moisés, hombre de Dios. Los sacerdotes rociaban la sangre que recibían de manos de los levitas.
30:17 Como muchos de la asamblea no se habían consagrado, los levitas se encargaron de sacrificar los animales de la Pascua por todos los que no estaban puros, para consagrarlos al SEÑOR.
30:18 Una gran multitud del pueblo de Efraín, Manasés, Isacar y Zabulón no se había purificado, y comieron la Pascua sin ajustarse a lo escrito. Pero Ezequías oró por ellos: «Que el SEÑOR, que es bueno, perdone
30:19 a todo aquel que ha preparado su corazón para buscar a Dios, al SEÑOR, el Dios de sus padres, aunque no esté conforme a la purificación del santuario».
30:20 El SEÑOR escuchó a Ezequías y sanó al pueblo.
30:21 Los hijos de Israel que estaban en Jerusalén celebraron la fiesta de los Panes sin Levadura durante siete días con gran alegría. Día tras día los levitas y los sacerdotes alababan al SEÑOR con instrumentos resonantes para el SEÑOR.
30:22 Ezequías habló al corazón de todos los levitas que demostraban buen entendimiento en el servicio del SEÑOR. Comieron de lo ofrecido en la fiesta durante los siete días, ofreciendo sacrificios de paz y dando gracias al SEÑOR, el Dios de sus padres.
La alegría de una celebración prolongada
30:23 Toda la asamblea acordó celebrarla otros siete días, y celebraron esos siete días con alegría.
30:24 Ezequías, rey de Judá, había dado a la asamblea mil novillos y siete mil ovejas y cabras. Los jefes dieron a la asamblea mil novillos y diez mil ovejas y cabras. Muchos sacerdotes se habían consagrado.
30:25 Se alegraron toda la asamblea de Judá, los sacerdotes, los levitas, toda la asamblea que había venido de Israel y los extranjeros que habían venido de la tierra de Israel y los que habitaban en Judá.
30:26 Hubo gran alegría en Jerusalén, porque desde los días de Salomón, hijo de David, rey de Israel, no había habido algo semejante en Jerusalén.
30:27 Los sacerdotes levitas se pusieron de pie y bendijeron al pueblo. Su voz fue escuchada y su oración llegó a la santa morada de Dios, a los cielos.

Capítulo 31
La reforma alcanza las ciudades de Israel
31:1 Cuando terminó todo esto, todos los israelitas que estaban presentes salieron a las ciudades de Judá. Destrozaron las piedras sagradas, talaron los postes de Asera y derribaron los lugares altos y los altares por todo Judá y Benjamín, y por Efraín y Manasés, hasta acabar con todos ellos. Después todos los hijos de Israel regresaron a sus ciudades, cada uno a su propiedad.
Ezequías reorganiza el servicio de los sacerdotes y levitas
31:2 Ezequías organizó las divisiones de los sacerdotes y de los levitas según sus turnos, cada uno conforme a su servicio. A los sacerdotes y a los levitas les correspondía ofrecer los holocaustos y los sacrificios de paz, servir, dar gracias y alabar en las puertas de los campamentos del SEÑOR.
31:3 El rey destinó parte de sus propios bienes para los holocaustos: los holocaustos de la mañana y de la tarde, y los de los sábados, las lunas nuevas y las fiestas señaladas, conforme a lo escrito en la ley del SEÑOR.
31:4 Mandó al pueblo que habitaba en Jerusalén que diera la porción correspondiente a los sacerdotes y a los levitas, para que pudieran dedicarse a la ley del SEÑOR.
31:5 Cuando se difundió la orden, los hijos de Israel llevaron abundantemente las primicias del grano, del vino nuevo, del aceite, de la miel y de todos los productos del campo. Llevaron también en abundancia el diezmo de todo.
31:6 Los hijos de Israel y de Judá que habitaban en las ciudades de Judá llevaron también el diezmo del ganado vacuno, de las ovejas y de las cabras, y el diezmo de las cosas consagradas al SEÑOR, su Dios. Los depositaron en montones y montones.
31:7 En el tercer mes comenzaron a formar los montones y terminaron en el séptimo mes.
31:8 Ezequías y los jefes fueron a ver los montones y bendijeron al SEÑOR y a su pueblo Israel.
31:9 Ezequías preguntó a los sacerdotes y a los levitas acerca de los montones.
31:10 Azarías, el principal sacerdote, de la casa de Sadoc, le respondió: «Desde que comenzaron a traer la contribución a la casa del SEÑOR, hemos comido y nos hemos saciado, y ha sobrado en abundancia. El SEÑOR ha bendecido a su pueblo, y ha quedado toda esta cantidad».
El cuidado y la distribución de las contribuciones
31:11 Ezequías mandó preparar depósitos en la casa del SEÑOR, y los prepararon.
31:12 Llevaron fielmente la contribución, el diezmo y las cosas consagradas. El levita Conanías estaba a cargo de ellas, y su hermano Simei era el segundo.
31:13 Jehiel, Azazías, Nahat, Asael, Jerimot, Jozabad, Eliel, Ismaquías, Mahat y Benaía eran supervisores bajo la autoridad de Conanías y de su hermano Simei, por nombramiento del rey Ezequías y de Azarías, encargado de la casa de Dios.
31:14 El levita Coré, hijo de Imna, portero del lado oriental, estaba a cargo de las ofrendas voluntarias para Dios y de distribuir las contribuciones para el SEÑOR y las cosas santísimas.
31:15 Bajo su autoridad estaban Edén, Miniamín, Jesúa, Semaías, Amarías y Secanías. En las ciudades de los sacerdotes distribuían fielmente las porciones a sus hermanos según sus divisiones, tanto al grande como al pequeño.
31:16 Esto era aparte de los varones inscritos en los registros genealógicos, de tres años en adelante, de todos los que entraban en la casa del SEÑOR para cumplir su servicio diario según sus tareas y sus divisiones.
31:17 Los sacerdotes estaban registrados según sus familias paternas, y los levitas de veinte años en adelante, según sus tareas y sus divisiones.
31:18 En los registros estaban incluidos todos sus niños pequeños, sus esposas, sus hijos y sus hijas, toda la comunidad, porque con fidelidad se consagraban a lo santo.
31:19 Para los hijos de Aarón, los sacerdotes que estaban en los campos de pastoreo de sus ciudades, había en cada ciudad hombres designados por nombre para repartir las porciones a todos los varones de entre los sacerdotes y a todos los levitas registrados por genealogía.
31:20 Así actuó Ezequías en todo Judá. Hizo lo bueno, lo recto y lo fiel delante del SEÑOR, su Dios.
31:21 En toda obra que emprendió en el servicio de la casa de Dios, en la ley y en los mandamientos, buscando a su Dios, lo hizo de todo corazón y prosperó.

Capítulo 32
Senaquerib invade a Judá
Textos relacionados: 2 Reyes 18:13–37; Isaías 36:1–22.
32:1 Después de estos hechos y de esta fidelidad, Senaquerib, rey de Asiria, vino e invadió Judá. Acampó contra las ciudades fortificadas con la intención de conquistarlas para sí.
32:2 Cuando Ezequías vio que Senaquerib había venido y que se proponía combatir contra Jerusalén,
32:3 consultó con sus jefes y sus guerreros sobre cegar las aguas de los manantiales que estaban fuera de la ciudad, y ellos lo ayudaron.
32:4 Se reunió mucha gente y cegaron todos los manantiales y el arroyo que corría por en medio del territorio, pues decían: «¿Por qué han de venir los reyes de Asiria y encontrar tanta agua?».
32:5 Ezequías cobró ánimo y reconstruyó toda la muralla derribada, levantó torres sobre ella e hizo otra muralla por fuera. Reforzó también el Milo de la Ciudad de David e hizo muchas armas y escudos.
32:6 Puso jefes de guerra al frente del pueblo, los reunió a su lado en la plaza de la puerta de la ciudad y les habló al corazón, diciendo:
32:7 «Sean fuertes y valientes. No teman ni se acobarden ante el rey de Asiria ni ante toda la multitud que está con él, porque con nosotros hay más que con él.
32:8 Con él está un brazo de carne, pero con nosotros está el SEÑOR, nuestro Dios, para ayudarnos y pelear nuestras batallas». El pueblo se apoyó en las palabras de Ezequías, rey de Judá.
Las amenazas de Senaquerib contra Jerusalén
32:9 Después de esto, Senaquerib, rey de Asiria, mientras estaba frente a Laquis con todas sus fuerzas, envió a sus siervos a Jerusalén con este mensaje para Ezequías, rey de Judá, y para todos los de Judá que estaban en Jerusalén:
32:10 «Así dice Senaquerib, rey de Asiria: ¿En qué confían ustedes para permanecer sitiados en Jerusalén?
32:11 ¿No los está engañando Ezequías para entregarlos a morir de hambre y de sed, al decir: “El SEÑOR, nuestro Dios, nos librará de las manos del rey de Asiria”?
32:12 ¿No fue este mismo Ezequías quien quitó sus lugares altos y sus altares, y dijo a Judá y a Jerusalén: “Ante un solo altar se postrarán y sobre él quemarán incienso”?
32:13 ¿No saben lo que yo y mis padres hemos hecho a todos los pueblos de las tierras? ¿Acaso los dioses de las naciones de esas tierras pudieron librar sus tierras de mis manos?
32:14 ¿Cuál de todos los dioses de aquellas naciones que mis padres destruyeron pudo librar a su pueblo de mis manos? ¿Cómo podrá el Dios de ustedes librarlos de mis manos?
32:15 Ahora, no dejen que Ezequías los engañe ni los extravíe de este modo. No le crean, porque ningún dios de ninguna nación o reino ha podido librar a su pueblo de mis manos ni de las manos de mis padres. ¡Mucho menos podrá el Dios de ustedes librarlos de mis manos!».
32:16 Sus siervos siguieron hablando contra el SEÑOR Dios y contra Ezequías, su siervo.
32:17 También escribió cartas para insultar al SEÑOR, el Dios de Israel, y hablar contra él, diciendo: «Así como los dioses de las naciones de las tierras no libraron a su pueblo de mis manos, tampoco el Dios de Ezequías librará a su pueblo de mis manos».
32:18 Gritaron a gran voz en la lengua de Judá al pueblo de Jerusalén que estaba sobre la muralla, para atemorizarlo y aterrorizarlo, a fin de conquistar la ciudad.
32:19 Hablaron del Dios de Jerusalén como de los dioses de los pueblos de la tierra, que son obra de manos humanas.
El SEÑOR libra a Ezequías
Textos relacionados: 2 Reyes 19:1–37; Isaías 37:1–38.
32:20 El rey Ezequías y el profeta Isaías, hijo de Amoz, oraron por esto y clamaron a los cielos.
32:21 El SEÑOR envió un ángel que exterminó a todos los guerreros valientes, a los jefes y a los comandantes del campamento del rey de Asiria. Este regresó avergonzado a su tierra. Entró en la casa de su dios, y allí algunos de sus propios hijos lo abatieron a espada.
32:22 Así el SEÑOR salvó a Ezequías y a los habitantes de Jerusalén de las manos de Senaquerib, rey de Asiria, y de las manos de todos, y los condujo por todos lados.
32:23 Muchos llevaban ofrendas al SEÑOR en Jerusalén y regalos preciosos a Ezequías, rey de Judá. Desde entonces él fue exaltado a los ojos de todas las naciones.
Enfermedad de Ezequías
Textos relacionados: 2 Reyes 20:1–11; Isaías 38:1–22.
32:24 En aquellos días Ezequías enfermó de muerte y oró al SEÑOR. Él le respondió y le dio una señal.
32:25 Pero Ezequías no correspondió al bien que había recibido, porque su corazón se enalteció. Por eso vino la ira sobre él, sobre Judá y sobre Jerusalén.
32:26 Entonces Ezequías se humilló por el orgullo de su corazón, él y los habitantes de Jerusalén, y la ira del SEÑOR no vino sobre ellos durante los días de Ezequías.
Las riquezas y las obras de Ezequías
32:27 Ezequías tuvo muchísimas riquezas y honra. Se hizo depósitos para la plata, el oro, las piedras preciosas, las especias aromáticas, los escudos y todos los objetos de valor.
32:28 También hizo almacenes para los productos del grano, del vino nuevo y del aceite; establos para toda clase de ganado, y apriscos para los rebaños.
32:29 Se hizo ciudades y tuvo abundancia de ovejas, cabras y ganado vacuno, porque Dios le había dado muchísimos bienes.
32:30 Este mismo Ezequías cegó la salida superior de las aguas de Gihón y las condujo hacia abajo, al oeste de la Ciudad de David. Ezequías prosperó en todo lo que hizo.
La prueba ante los enviados de Babilonia
Textos relacionados: 2 Reyes 20:12–19; Isaías 39:1–8.
32:31 Pero en el asunto de los enviados de los jefes de Babilonia, que mandaron a preguntarle por el prodigio ocurrido en la tierra, Dios lo dejó para ponerlo a prueba y conocer todo lo que había en su corazón.
Muerte de Ezequías
Texto relacionado: 2 Reyes 20:20–21.
32:32 Los demás hechos de Ezequías y sus actos de bondad están escritos en la visión del profeta Isaías, hijo de Amoz, en el libro de los reyes de Judá y de Israel.
32:33 Ezequías descansó con sus padres y lo sepultaron en la parte alta de los sepulcros de los hijos de David. Todo Judá y los habitantes de Jerusalén le rindieron honores cuando murió. Su hijo Manasés reinó en su lugar.

Capítulo 33
Reinado de Manasés
Texto relacionado: 2 Reyes 21:1–18.
33:1 Manasés tenía doce años cuando comenzó a reinar, y reinó cincuenta y cinco años en Jerusalén.
33:2 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR, conforme a las prácticas abominables de las naciones que el SEÑOR había expulsado de delante de los hijos de Israel.
33:3 Reconstruyó los lugares altos que su padre Ezequías había derribado, levantó altares a los baales e hizo postes de Asera. Se postró ante todo el ejército de los cielos y le rindió culto.
33:4 Construyó altares en la casa del SEÑOR, de la cual el SEÑOR había dicho: «En Jerusalén estará mi nombre para siempre».
33:5 Construyó altares a todo el ejército de los cielos en los dos patios de la casa del SEÑOR.
33:6 Hizo pasar a sus hijos por el fuego en el valle de Ben-hinom. Practicó los presagios, los augurios y la hechicería, y recurrió a evocadores de muertos y a adivinos. Hizo mucho mal a los ojos del SEÑOR, provocándolo a ira.
33:7 Puso la imagen tallada que había hecho en la casa de Dios, de la cual Dios había dicho a David y a su hijo Salomón: «En esta casa y en Jerusalén, que he escogido de entre todas las tribus de Israel, pondré mi nombre para siempre.
33:8 No volveré a apartar el pie de Israel de la tierra que asigné a los padres de ustedes, con tal de que cuiden de cumplir todo lo que les he mandado: toda la ley, los estatutos y las ordenanzas dadas por medio de Moisés».
33:9 Pero Manasés extravió a Judá y a los habitantes de Jerusalén, de modo que hicieron más mal que las naciones que el SEÑOR había destruido de delante de los hijos de Israel.
33:10 El SEÑOR habló a Manasés y a su pueblo, pero ellos no escucharon.
El cautiverio y el regreso de Manasés al SEÑOR
33:11 Entonces el SEÑOR trajo contra ellos a los jefes del ejército del rey de Asiria. Capturaron a Manasés con garfios, lo ataron con cadenas de bronce y lo llevaron a Babilonia.
33:12 En su angustia, él imploró el favor del SEÑOR, su Dios, y se humilló profundamente delante del Dios de sus padres.
33:13 Oró a él, y Dios atendió su ruego, escuchó su súplica y lo hizo volver a Jerusalén, a su reino. Entonces Manasés reconoció que el SEÑOR es Dios.
33:14 Después de esto, construyó una muralla exterior para la Ciudad de David, al oeste de Gihón, en el valle, hasta la entrada de la puerta del Pescado. Rodeó Ofel con ella y la levantó muy alta. También puso jefes del ejército en todas las ciudades fortificadas de Judá.
33:15 Quitó de la casa del SEÑOR los dioses extranjeros y el ídolo, y todos los altares que había construido en el monte de la casa del SEÑOR y en Jerusalén, y los arrojó fuera de la ciudad.
33:16 Reconstruyó el altar del SEÑOR y ofreció sobre él sacrificios de paz y de gratitud. Mandó a Judá que sirviera al SEÑOR, el Dios de Israel.
33:17 Sin embargo, el pueblo seguía sacrificando en los lugares altos, aunque solamente al SEÑOR, su Dios.
33:18 Los demás hechos de Manasés, su oración a su Dios y las palabras de los videntes que le hablaron en nombre del SEÑOR, el Dios de Israel, están en los registros de los reyes de Israel.
33:19 Su oración y cómo fue atendido, todos sus pecados y su infidelidad, y los lugares donde construyó lugares altos y erigió postes de Asera e imágenes talladas antes de humillarse están escritos en los registros de Hozai.
33:20 Manasés descansó con sus padres y lo sepultaron en su casa. Su hijo Amón reinó en su lugar.
Reinado de Amón
Texto relacionado: 2 Reyes 21:19–26.
33:21 Amón tenía veintidós años cuando comenzó a reinar, y reinó dos años en Jerusalén.
33:22 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR, como había hecho su padre Manasés. Amón ofreció sacrificios a todas las imágenes talladas que había hecho su padre Manasés y les rindió culto.
33:23 No se humilló delante del SEÑOR como se había humillado su padre Manasés, sino que este Amón multiplicó su culpa.
33:24 Sus siervos conspiraron contra él y lo mataron en su casa.
33:25 El pueblo del país mató a todos los que habían conspirado contra el rey Amón, y el pueblo del país hizo rey en su lugar a su hijo Josías.

Capítulo 34
Reinado de Josías
Texto relacionado: 2 Reyes 22:1–2.
34:1 Josías tenía ocho años cuando comenzó a reinar, y reinó treinta y un años en Jerusalén.
34:2 Hizo lo recto a los ojos del SEÑOR y siguió los caminos de David, su antepasado, sin desviarse a la derecha ni a la izquierda.
Reformas de Josías
Texto relacionado: 2 Reyes 23:4–20.
34:3 En el octavo año de su reinado, siendo todavía joven, comenzó a buscar al Dios de David, su antepasado. En el año doce comenzó a purificar Judá y Jerusalén de los lugares altos, los postes de Asera, las imágenes talladas y las imágenes fundidas.
34:4 Derribaron en su presencia los altares de los baales, y él cortó los altares de incienso que había encima de ellos. Destrozó los postes de Asera, las imágenes talladas y las imágenes fundidas, los redujo a polvo y lo esparció sobre las tumbas de los que les habían ofrecido sacrificios.
34:5 Quemó los huesos de los sacerdotes sobre sus altares y purificó Judá y Jerusalén.
34:6 Lo hizo también en las ciudades de Manasés, Efraín y Simeón, hasta Neftalí, en sus ruinas de alrededor.
34:7 Derribó los altares y los postes de Asera, destrozó las imágenes talladas hasta reducirlas a polvo y cortó todos los altares de incienso por toda la tierra de Israel. Después regresó a Jerusalén.
La reparación del templo
Texto relacionado: 2 Reyes 22:3–23:3.
34:8 En el año dieciocho de su reinado, al purificar la tierra y la casa, envió a Safán, hijo de Azalía; a Maasías, gobernador de la ciudad, y a Joa, hijo de Joacaz, el cronista, para reparar la casa del SEÑOR, su Dios.
34:9 Fueron al sumo sacerdote Hilcías y le entregaron el dinero que había sido llevado a la casa de Dios. Los levitas que guardaban los umbrales lo habían recogido de Manasés, de Efraín, de todo el remanente de Israel y de todo Judá y Benjamín. Luego regresaron a Jerusalén.
34:10 Lo entregaron a los encargados de las obras de la casa del SEÑOR, y estos lo dieron a los obreros que trabajaban en la casa del SEÑOR para reparar y reforzar la casa.
34:11 Se lo daban a los carpinteros y a los constructores para comprar piedras de cantera y madera para los armazones y para techar los edificios que los reyes de Judá habían arruinado.
34:12 Los hombres trabajaban con fidelidad. Los supervisaban los levitas Jahat y Abdías, de los hijos de Merari, y Zacarías y Mesulam, de los hijos de Coat. También los levitas diestros en instrumentos musicales
34:13 estaban al frente de los cargadores y dirigían a todos los obreros en cada clase de trabajo. Entre los levitas había secretarios, oficiales y porteros.
El hallazgo de la ley y la respuesta de Josías
34:14 Al sacar el dinero que había sido llevado a la casa del SEÑOR, el sacerdote Hilcías encontró el libro de la ley del SEÑOR dada por medio de Moisés.
34:15 Hilcías tomó la palabra y dijo al secretario Safán: «He encontrado el libro de la ley en la casa del SEÑOR». Y Hilcías entregó el libro a Safán.
34:16 Safán llevó el libro al rey y le informó además: «Tus siervos están haciendo todo lo que les fue encomendado.
34:17 Han sacado el dinero que se encontraba en la casa del SEÑOR y lo han entregado a los supervisores y a los obreros».
34:18 El secretario Safán le dijo también al rey: «El sacerdote Hilcías me ha dado un libro». Y Safán lo leyó delante del rey.
34:19 Cuando el rey oyó las palabras de la ley, se rasgó la ropa.
34:20 El rey dio esta orden a Hilcías; a Ahicam, hijo de Safán; a Abdón, hijo de Micaía; al secretario Safán, y a Asaías, siervo del rey:
34:21 «Vayan y consulten al SEÑOR por mí y por el remanente de Israel y de Judá acerca de las palabras del libro que se ha encontrado. Grande es la ira del SEÑOR que se ha derramado sobre nosotros, porque nuestros padres no guardaron la palabra del SEÑOR ni cumplieron todo lo escrito en este libro».
La respuesta del SEÑOR por medio de Hulda
34:22 Hilcías y los enviados del rey fueron a ver a la profetisa Hulda, esposa de Salum, hijo de Tacat, hijo de Hasra, encargado de las vestiduras. Ella vivía en Jerusalén, en el Segundo Barrio. Le hablaron de este asunto.
34:23 Ella les dijo: «Así dice el SEÑOR, el Dios de Israel: Díganle al hombre que los envió a mí:
34:24 Así dice el SEÑOR: Yo voy a traer calamidad sobre este lugar y sobre sus habitantes, todas las maldiciones escritas en el libro que leyeron delante del rey de Judá.
34:25 Porque me han abandonado y han quemado incienso a otros dioses, provocándome a ira con todas las obras de sus manos, mi ira se derramará sobre este lugar y no se apagará.
34:26 Pero al rey de Judá, que los envió a consultar al SEÑOR, le dirán: Así dice el SEÑOR, el Dios de Israel, acerca de las palabras que has oído:
34:27 Porque tu corazón se enterneció y te humillaste delante de Dios al escuchar sus palabras contra este lugar y sus habitantes, y te humillaste delante de mí, te rasgaste la ropa y lloraste en mi presencia, yo también te he escuchado, declara el SEÑOR.
34:28 Yo te reuniré con tus padres y serás recogido en tus sepulcros en paz. Tus ojos no verán toda la calamidad que voy a traer sobre este lugar y sobre sus habitantes». Ellos llevaron la respuesta al rey.
La renovación pública del pacto
34:29 Entonces el rey mandó reunir a todos los ancianos de Judá y de Jerusalén.
34:30 El rey subió a la casa del SEÑOR con todos los hombres de Judá, los habitantes de Jerusalén, los sacerdotes, los levitas y todo el pueblo, desde el grande hasta el pequeño. Leyó a oídos de ellos todas las palabras del libro del pacto que había sido encontrado en la casa del SEÑOR.
34:31 El rey se puso de pie en su lugar e hizo el pacto delante del SEÑOR: seguir al SEÑOR y guardar sus mandamientos, sus testimonios y sus estatutos con todo su corazón y con toda su alma, cumpliendo las palabras del pacto escritas en este libro.
34:32 Hizo que todos los que estaban en Jerusalén y en Benjamín se comprometieran al pacto. Los habitantes de Jerusalén actuaron conforme al pacto de Dios, el Dios de sus padres.
34:33 Josías quitó todas las cosas abominables de todas las tierras que pertenecían a los hijos de Israel e hizo que todos los que se encontraban en Israel sirvieran al SEÑOR, su Dios. Durante toda su vida no se apartaron de seguir al SEÑOR, el Dios de sus padres.

Capítulo 35
Josías celebra la pascua
Texto relacionado: 2 Reyes 23:21–23.
35:1 Josías celebró en Jerusalén la Pascua al SEÑOR. Sacrificaron la Pascua el día catorce del primer mes.
35:2 Colocó a los sacerdotes en sus puestos y los animó para el servicio de la casa del SEÑOR.
35:3 Dijo a los levitas que enseñaban a todo Israel y que estaban consagrados al SEÑOR: «Pongan el arca santa en la casa que construyó Salomón, hijo de David, rey de Israel. Ya no tendrán que llevarla sobre los hombros. Ahora sirvan al SEÑOR, su Dios, y a su pueblo Israel.
35:4 Prepárense según sus familias paternas y sus divisiones, conforme a lo escrito por David, rey de Israel, y por su hijo Salomón.
35:5 Ocupen su lugar en el santuario según las divisiones de las familias de sus hermanos del pueblo y según la división de las familias de los levitas.
35:6 Sacrifiquen la Pascua, conságrense y preparen lo necesario para sus hermanos, para cumplir la palabra del SEÑOR dada por medio de Moisés».
35:7 Josías dio a la gente del pueblo treinta mil corderos y cabritos, todos para los sacrificios de la Pascua de los que estaban presentes, y tres mil bueyes. Todo esto era de los bienes del rey.
35:8 Sus jefes dieron ofrendas voluntarias al pueblo, a los sacerdotes y a los levitas. Hilcías, Zacarías y Jehiel, encargados de la casa de Dios, dieron a los sacerdotes dos mil seiscientos animales para los sacrificios de la Pascua y trescientos bueyes.
35:9 Conanías y sus hermanos Semaías y Natanael, junto con Hasabías, Jeiel y Jozabad, jefes de los levitas, dieron a los levitas cinco mil animales para los sacrificios de la Pascua y quinientos bueyes.
35:10 Así quedó preparado el servicio. Los sacerdotes ocuparon sus puestos y los levitas sus divisiones, conforme al mandato del rey.
35:11 Sacrificaron la Pascua, y los sacerdotes rociaban la sangre recibida de sus manos, mientras los levitas desollaban los animales.
35:12 Apartaron lo destinado al holocausto para darlo a las divisiones de las familias del pueblo, a fin de ofrecerlo al SEÑOR, conforme a lo escrito en el libro de Moisés. Lo mismo hicieron con los bueyes.
35:13 Asaron la Pascua al fuego conforme a la ordenanza. Cocieron las ofrendas consagradas en ollas, calderos y sartenes, y las llevaron rápidamente a toda la gente del pueblo.
35:14 Después prepararon para sí mismos y para los sacerdotes, porque los sacerdotes, hijos de Aarón, estuvieron ocupados ofreciendo los holocaustos y la grasa hasta la noche. Por eso los levitas prepararon para sí mismos y para los sacerdotes, hijos de Aarón.
35:15 Los cantores, hijos de Asaf, estaban en sus puestos, conforme al mandato de David, de Asaf, de Hemán y de Jedutún, vidente del rey. Los porteros estaban en cada puerta y no tenían que apartarse de su servicio, porque sus hermanos los levitas preparaban para ellos.
35:16 Así quedó preparado aquel día todo el servicio del SEÑOR para celebrar la Pascua y ofrecer holocaustos sobre el altar del SEÑOR, conforme al mandato del rey Josías.
35:17 Los hijos de Israel que estaban presentes celebraron en aquel tiempo la Pascua y la fiesta de los Panes sin Levadura durante siete días.
35:18 No se había celebrado en Israel una Pascua como esta desde los días del profeta Samuel. Ninguno de los reyes de Israel había celebrado una Pascua como la que celebraron Josías, los sacerdotes, los levitas, todo Judá e Israel que estaban presentes y los habitantes de Jerusalén.
35:19 Esta Pascua se celebró en el año dieciocho del reinado de Josías.
Muerte de Josías
Texto relacionado: 2 Reyes 23:28–30.
35:20 Después de todo esto, cuando Josías había preparado la casa, Necao, rey de Egipto, subió a combatir en Carquemis, junto al Éufrates. Josías salió a su encuentro.
35:21 Necao le envió mensajeros para decirle: «¿Qué hay entre tú y yo, rey de Judá? Hoy no vengo contra ti, sino contra la casa con la que estoy en guerra. Dios me ha dicho que me apresure. Deja de oponerte a Dios, que está conmigo, para que no te destruya».
35:22 Pero Josías no se apartó de él, sino que se disfrazó para combatir contra él. No escuchó las palabras de Necao, que venían de boca de Dios, y fue a combatir en la llanura de Meguido.
35:23 Los arqueros dispararon contra el rey Josías. Entonces el rey dijo a sus siervos: «Sáquenme de aquí, porque estoy gravemente herido».
35:24 Sus siervos lo sacaron del carro y lo subieron al segundo carro que tenía. Lo llevaron a Jerusalén, y murió. Fue sepultado en los sepulcros de sus padres. Todo Judá y Jerusalén hicieron duelo por Josías.
35:25 Jeremías entonó un lamento por Josías. Todos los cantores y las cantoras han hablado de Josías en sus lamentaciones hasta el día de hoy. Las establecieron como costumbre en Israel, y están escritas en los lamentos.
35:26 Los demás hechos de Josías y sus actos de fidelidad, conforme a lo escrito en la ley del SEÑOR,
35:27 y sus hechos, los primeros y los últimos, están escritos en el libro de los reyes de Israel y de Judá.

Capítulo 36
Reinado y destronamiento de Joacaz
Texto relacionado: 2 Reyes 23:31–35.
36:1 El pueblo del país tomó a Joacaz, hijo de Josías, y lo hizo rey en Jerusalén en lugar de su padre.
36:2 Joacaz tenía veintitrés años cuando comenzó a reinar, y reinó tres meses en Jerusalén.
36:3 El rey de Egipto lo destituyó en Jerusalén e impuso al país una multa de unos tres mil cuatrocientos kilos de plata y treinta y cuatro kilos de oro.
36:4 El rey de Egipto hizo rey a Eliaquim, hermano de Joacaz, sobre Judá y Jerusalén, y le cambió el nombre a Joacim. Necao tomó a Joacaz, hermano de Eliaquim, y lo llevó a Egipto.
Reinado de Joacim
Texto relacionado: 2 Reyes 23:36–24:7.
36:5 Joacim tenía veinticinco años cuando comenzó a reinar, y reinó once años en Jerusalén. Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR, su Dios.
36:6 Nabucodonosor, rey de Babilonia, subió contra él y lo ató con cadenas de bronce para llevarlo a Babilonia.
36:7 Nabucodonosor llevó también a Babilonia algunos de los utensilios de la casa del SEÑOR y los puso en su templo en Babilonia.
36:8 Los demás hechos de Joacim, las abominaciones que cometió y lo que se halló contra él están escritos en el libro de los reyes de Israel y de Judá. Su hijo Joaquín reinó en su lugar.
Joaquín es llevado cautivo a Babilonia
Texto relacionado: 2 Reyes 24:8–17.
36:9 Joaquín tenía ocho años cuando comenzó a reinar, y reinó tres meses y diez días en Jerusalén. Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR.
36:10 Al comenzar el año, el rey Nabucodonosor mandó llevarlo a Babilonia con los objetos preciosos de la casa del SEÑOR. Hizo rey a su hermano Sedequías sobre Judá y Jerusalén.
Reinado de Sedequías
Textos relacionados: 2 Reyes 24:18–20; Jeremías 52:1–3.
36:11 Sedequías tenía veintiún años cuando comenzó a reinar, y reinó once años en Jerusalén.
36:12 Hizo lo malo a los ojos del SEÑOR, su Dios. No se humilló delante del profeta Jeremías, que hablaba de parte del SEÑOR.
36:13 También se rebeló contra el rey Nabucodonosor, quien le había hecho jurar por Dios. Endureció su cuello y obstinó su corazón para no volverse al SEÑOR, el Dios de Israel.
La infidelidad de Judá y el rechazo de los mensajeros
36:14 Todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, conforme a todas las prácticas abominables de las naciones. Contaminaron la casa del SEÑOR, que él había consagrado en Jerusalén.
36:15 El SEÑOR, el Dios de sus padres, les envió mensajes por medio de sus mensajeros una y otra vez, porque tenía compasión de su pueblo y de su morada.
36:16 Pero ellos se burlaban de los mensajeros de Dios, despreciaban sus palabras y se mofaban de sus profetas, hasta que la ira del SEÑOR subió contra su pueblo y ya no hubo remedio.
Cautividad de Judá
Textos relacionados: 2 Reyes 25:8–21; Jeremías 39:8–10; Jeremías 52:12–30.
36:17 Entonces hizo subir contra ellos al rey de los caldeos, quien mató a espada a sus jóvenes en la casa de su santuario. No tuvo compasión del joven ni de la doncella, del anciano ni del decrépito. Dios los entregó a todos en sus manos.
36:18 Todos los utensilios de la casa de Dios, grandes y pequeños, los tesoros de la casa del SEÑOR y los tesoros del rey y de sus jefes, todo lo llevó a Babilonia.
36:19 Quemaron la casa de Dios, derribaron la muralla de Jerusalén, incendiaron todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos.
36:20 Llevó desterrados a Babilonia a los que habían escapado de la espada, y fueron siervos suyos y de sus hijos hasta que comenzó a reinar el reino de Persia,
36:21 para cumplir la palabra del SEÑOR por boca de Jeremías, hasta que la tierra disfrutó de sus sábados. Durante todos los días de su desolación reposó, hasta cumplirse setenta años.
El decreto de Ciro
Texto relacionado: Esdras 1:1–4.
36:22 En el primer año de Ciro, rey de Persia, para cumplir la palabra del SEÑOR por boca de Jeremías, el SEÑOR despertó el espíritu de Ciro, rey de Persia. Él hizo proclamar por todo su reino, también por escrito:
36:23 «Así dice Ciro, rey de Persia: El SEÑOR, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encargado que le construya una casa en Jerusalén, que está en Judá. Quien de ustedes pertenezca a su pueblo, que el SEÑOR, su Dios, esté con él, y que suba».

ESDRAS

Capítulo 1
El decreto de Ciro
Texto relacionado: 2 Crónicas 36:22–23.
1:1 En el primer año de Ciro, rey de Persia, para cumplir la palabra del SEÑOR por boca de Jeremías, el SEÑOR despertó el espíritu de Ciro, rey de Persia. Él hizo proclamar por todo su reino, también por escrito:
1:2 «Así dice Ciro, rey de Persia: El SEÑOR, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encargado que le construya una casa en Jerusalén, que está en Judá.
1:3 Quien de ustedes pertenezca a su pueblo, que su Dios esté con él y que suba a Jerusalén, que está en Judá, y construya la casa del SEÑOR, el Dios de Israel. Él es el Dios que está en Jerusalén.
1:4 A todo el que haya quedado, en cualquier lugar donde resida como extranjero, que la gente de su lugar lo ayude con plata, oro, bienes y ganado, además de la ofrenda voluntaria para la casa de Dios que está en Jerusalén».
El regreso a Jerusalén
1:5 Entonces se levantaron los jefes de las familias de Judá y de Benjamín, los sacerdotes y los levitas, todos aquellos cuyo espíritu Dios había despertado para subir a construir la casa del SEÑOR que está en Jerusalén.
1:6 Todos sus vecinos los ayudaron con objetos de plata, oro, bienes, ganado y cosas preciosas, además de todo lo que ofrecieron voluntariamente.
La devolución de los utensilios del templo
1:7 El rey Ciro sacó los utensilios de la casa del SEÑOR que Nabucodonosor se había llevado de Jerusalén y había puesto en la casa de sus dioses.
1:8 Ciro, rey de Persia, los sacó por medio del tesorero Mitrídates, quien los contó y los entregó a Sesbasar, príncipe de Judá.
1:9 Esta era su cuenta: treinta tazones de oro, mil tazones de plata, veintinueve cuchillos,
1:10 treinta copas de oro, cuatrocientas diez copas de plata de segunda clase y mil utensilios más.
1:11 El total de los utensilios de oro y plata era de cinco mil cuatrocientos. Sesbasar los llevó todos cuando los desterrados subieron de Babilonia a Jerusalén.

Capítulo 2
Los que volvieron con Zorobabel
Texto relacionado: Nehemías 7:5–73.
2:1 Estos son los habitantes de la provincia que subieron del cautiverio, de los desterrados que Nabucodonosor, rey de Babilonia, había llevado a Babilonia. Regresaron a Jerusalén y a Judá, cada uno a su ciudad.
2:2 Vinieron con Zorobabel, Jesúa, Nehemías, Seraías, Reelaías, Mardoqueo, Bilsán, Mispar, Bigvai, Rehum y Baana. Este es el número de los hombres del pueblo de Israel:
2:3 Los descendientes de Paros: dos mil ciento setenta y dos.
2:4 Los descendientes de Sefatías: trescientos setenta y dos.
2:5 Los descendientes de Ara: setecientos setenta y cinco.
2:6 Los descendientes de Pahat-moab, de los hijos de Jesúa y de Joab: dos mil ochocientos doce.
2:7 Los descendientes de Elam: mil doscientos cincuenta y cuatro.
2:8 Los descendientes de Zatu: novecientos cuarenta y cinco.
2:9 Los descendientes de Zacai: setecientos sesenta.
2:10 Los descendientes de Bani: seiscientos cuarenta y dos.
2:11 Los descendientes de Bebai: seiscientos veintitrés.
2:12 Los descendientes de Azgad: mil doscientos veintidós.
2:13 Los descendientes de Adonicam: seiscientos sesenta y seis.
2:14 Los descendientes de Bigvai: dos mil cincuenta y seis.
2:15 Los descendientes de Adín: cuatrocientos cincuenta y cuatro.
2:16 Los descendientes de Ater, de Ezequías: noventa y ocho.
2:17 Los descendientes de Bezai: trescientos veintitrés.
2:18 Los descendientes de Jora: ciento doce.
2:19 Los descendientes de Hasum: doscientos veintitrés.
2:20 Los descendientes de Gibar: noventa y cinco.
Las poblaciones de los que regresaron
2:21 Los de Belén: ciento veintitrés.
2:22 Los hombres de Netofa: cincuenta y seis.
2:23 Los hombres de Anatot: ciento veintiocho.
2:24 Los de Azmavet: cuarenta y dos.
2:25 Los de Quiriat-arim, Cafira y Beerot: setecientos cuarenta y tres.
2:26 Los de Ramá y Geba: seiscientos veintiuno.
2:27 Los hombres de Micmas: ciento veintidós.
2:28 Los hombres de Bet-el y Hai: doscientos veintitrés.
2:29 Los de Nebo: cincuenta y dos.
2:30 Los de Magbis: ciento cincuenta y seis.
2:31 Los del otro Elam: mil doscientos cincuenta y cuatro.
2:32 Los de Harim: trescientos veinte.
2:33 Los de Lod, Hadid y Ono: setecientos veinticinco.
2:34 Los de Jericó: trescientos cuarenta y cinco.
2:35 Los de Senaa: tres mil seiscientos treinta.
Los sacerdotes que regresaron
2:36 Los sacerdotes: los descendientes de Jedaías, de la casa de Jesúa, novecientos setenta y tres.
2:37 Los descendientes de Imer: mil cincuenta y dos.
2:38 Los descendientes de Pasur: mil doscientos cuarenta y siete.
2:39 Los descendientes de Harim: mil diecisiete.
Los levitas, cantores y porteros
2:40 Los levitas: los descendientes de Jesúa y de Cadmiel, de los hijos de Hodavías, setenta y cuatro.
2:41 Los cantores: los descendientes de Asaf, ciento veintiocho.
2:42 Los descendientes de los porteros: los de Salum, los de Ater, los de Talmón, los de Acub, los de Hatita y los de Sobai; en total, ciento treinta y nueve.
Las familias de servidores del templo
2:43 Los servidores del templo: los descendientes de Ziha, los de Hasufa, los de Tabaot,
2:44 los de Queros, los de Siaha, los de Padón,
2:45 los de Lebana, los de Hagaba, los de Acub,
2:46 los de Hagab, los de Salmai, los de Hanán,
2:47 los de Gidel, los de Gahar, los de Reaía,
2:48 los de Rezín, los de Necoda, los de Gazam,
2:49 los de Uza, los de Paseah, los de Besai,
2:50 los de Asena, los de Meunim, los de Nefusim,
2:51 los de Bacbuc, los de Hacufa, los de Harhur,
2:52 los de Bazlut, los de Mehída, los de Harsa,
2:53 los de Barcos, los de Sísara, los de Tema,
2:54 los de Nezía y los de Hatifa.
Los descendientes de los siervos de Salomón
2:55 Los descendientes de los siervos de Salomón: los de Sotai, los de Hasoferet, los de Peruda,
2:56 los de Jaala, los de Darcón, los de Gidel,
2:57 los de Sefatías, los de Hatil, los de Poqueret-hazebaim y los de Ami.
2:58 Todos los servidores del templo y los descendientes de los siervos de Salomón sumaban trescientos noventa y dos.
Las familias que no pudieron acreditar su linaje
2:59 Estos son los que subieron de Tel-mela, Tel-harsa, Querub, Addán e Imer, pero no pudieron demostrar su familia paterna ni su linaje, si eran de Israel:
2:60 los descendientes de Delaía, los de Tobías y los de Necoda; en total, seiscientos cincuenta y dos.
2:61 De los descendientes de los sacerdotes: los de Habaía, los de Cos y los de Barzilai, quien había tomado por esposa a una de las hijas de Barzilai, el galaadita, y había sido llamado por el nombre de esa familia.
2:62 Estos buscaron su inscripción en los registros genealógicos, pero no fue encontrada, y fueron excluidos del sacerdocio como impuros.
2:63 El gobernador les dijo que no comieran de las cosas santísimas hasta que se presentara un sacerdote con el Urim y el Tumim.
El total de la comunidad y sus recursos
2:64 Toda la asamblea en conjunto era de cuarenta y dos mil trescientos sesenta,
2:65 sin contar a sus siervos y a sus siervas, que eran siete mil trescientos treinta y siete. Tenían además doscientos cantores y cantoras.
2:66 Sus caballos eran setecientos treinta y seis, y sus mulas, doscientas cuarenta y cinco.
2:67 Sus camellos eran cuatrocientos treinta y cinco, y sus burros, seis mil setecientos veinte.
Las ofrendas para reconstruir el templo
2:68 Al llegar a la casa del SEÑOR que está en Jerusalén, algunos jefes de familia dieron ofrendas voluntarias para la casa de Dios, para levantarla en su sitio.
2:69 Según sus posibilidades, dieron al tesoro de la obra sesenta y un mil monedas de oro, unos tres mil kilos de plata y cien túnicas sacerdotales.
2:70 Los sacerdotes, los levitas, algunos del pueblo, los cantores, los porteros y los servidores del templo se establecieron en sus ciudades; y todo Israel en sus ciudades.

Capítulo 3
Restauración del altar y del culto
3:1 Cuando llegó el séptimo mes y los hijos de Israel estaban en sus ciudades, el pueblo se reunió como un solo hombre en Jerusalén.
3:2 Se levantaron Jesúa, hijo de Josadac, y sus hermanos los sacerdotes, junto con Zorobabel, hijo de Salatiel, y sus hermanos, y construyeron el altar del Dios de Israel para ofrecer sobre él holocaustos, conforme a lo escrito en la ley de Moisés, hombre de Dios.
3:3 Asentaron el altar sobre sus bases, porque tenían miedo de los pueblos de las tierras. Ofrecieron sobre él holocaustos al SEÑOR, holocaustos por la mañana y por la tarde.
3:4 Celebraron la fiesta de las Enramadas conforme a lo escrito y ofrecieron los holocaustos de cada día en el número establecido, según lo requerido para cada día.
3:5 Después ofrecieron el holocausto continuo, los de las lunas nuevas y los de todas las fiestas consagradas al SEÑOR, además de las ofrendas de todo el que ofrecía voluntariamente una ofrenda al SEÑOR.
3:6 Desde el primer día del séptimo mes comenzaron a ofrecer holocaustos al SEÑOR, aunque todavía no se habían echado los cimientos del templo del SEÑOR.
3:7 Dieron dinero a los canteros y a los carpinteros, y comida, bebida y aceite a los sidonios y a los tirios para que llevaran madera de cedro del Líbano por mar hasta Jope, conforme a la autorización que les había dado Ciro, rey de Persia.
Colocación de los cimientos del templo
3:8 En el segundo año de su llegada a la casa de Dios en Jerusalén, en el segundo mes, comenzaron Zorobabel, hijo de Salatiel; Jesúa, hijo de Josadac; el resto de sus hermanos, los sacerdotes y los levitas, y todos los que habían venido del cautiverio a Jerusalén. Designaron a los levitas de veinte años en adelante para dirigir las obras de la casa del SEÑOR.
3:9 Jesúa, sus hijos y sus hermanos, y Cadmiel y sus hijos, los hijos de Judá, se unieron para dirigir a los que trabajaban en la casa de Dios, junto con los hijos de Henadad, sus hijos y sus hermanos los levitas.
3:10 Cuando los constructores echaron los cimientos del templo del SEÑOR, colocaron a los sacerdotes, vestidos con sus ropas, con las trompetas, y a los levitas, hijos de Asaf, con los címbalos, para alabar al SEÑOR conforme a las disposiciones de David, rey de Israel.
3:11 Cantaban respondiéndose, alabando y dando gracias al SEÑOR: «Porque él es bueno, porque para siempre es su amor fiel hacia Israel». Todo el pueblo daba grandes gritos de júbilo, alabando al SEÑOR porque se habían echado los cimientos de la casa del SEÑOR.
3:12 Pero muchos de los sacerdotes, levitas y jefes de familia, los ancianos que habían visto la primera casa, lloraban en voz alta al ver con sus ojos que se echaban los cimientos de esta casa. Muchos otros levantaban la voz con gritos de alegría.
3:13 El pueblo no podía distinguir el sonido de los gritos de alegría del sonido del llanto del pueblo, porque el pueblo daba grandes gritos y el sonido se oía desde lejos.

Capítulo 4
Los adversarios detienen la obra
4:1 Los adversarios de Judá y de Benjamín oyeron que los desterrados estaban construyendo un templo al SEÑOR, el Dios de Israel.
4:2 Se acercaron a Zorobabel y a los jefes de familia y les dijeron: «Construyamos con ustedes, porque, como ustedes, buscamos a su Dios y le ofrecemos sacrificios desde los días de Esar-hadón, rey de Asiria, quien nos hizo venir aquí».
4:3 Zorobabel, Jesúa y los demás jefes de las familias de Israel les respondieron: «No nos corresponde construir juntos, ustedes y nosotros, una casa para nuestro Dios. Nosotros solos la construiremos al SEÑOR, el Dios de Israel, como nos lo mandó el rey Ciro, rey de Persia».
4:4 Entonces la gente de la tierra desanimaba al pueblo de Judá y lo atemorizaba para impedirle construir.
4:5 Contrataban consejeros contra ellos para frustrar sus planes, durante todos los días de Ciro, rey de Persia, y hasta el reinado de Darío, rey de Persia.
Acusaciones posteriores contra Jerusalén
4:6 Durante el reinado de Asuero, al comienzo de su reinado, escribieron una acusación contra los habitantes de Judá y de Jerusalén.
4:7 En los días de Artajerjes, Bislam, Mitrídates, Tabeel y el resto de sus compañeros escribieron a Artajerjes, rey de Persia. La carta estaba en escritura aramea y traducida al arameo.
La carta contra la reconstrucción de Jerusalén
4:8 El gobernador Rehum y el secretario Simsai escribieron al rey Artajerjes una carta contra Jerusalén en estos términos:
4:9 El gobernador Rehum, el secretario Simsai y el resto de sus compañeros: los jueces, los magistrados, los oficiales, los persas, los de Erec, los babilonios y los de Susa, es decir, los elamitas,
4:10 y los demás pueblos que el grande y noble Asnapar había deportado y establecido en la ciudad de Samaria y en el resto del territorio del otro lado del río, y demás.
4:11 Esta es la copia de la carta que enviaron al rey Artajerjes: «Tus siervos, los hombres del otro lado del río. Y ahora:
4:12 Sepa el rey que los judíos que subieron de tu lado al nuestro han llegado a Jerusalén. Están reconstruyendo la ciudad rebelde y malvada, levantando las murallas y reparando los cimientos.
4:13 Ahora sepa el rey que, si esta ciudad es reconstruida y sus murallas son terminadas, no pagarán tributo, impuesto ni peaje, y esto perjudicará los ingresos de los reyes.
4:14 Como comemos la sal del palacio y no nos parece justo ver la deshonra del rey, hemos enviado esta información al rey,
4:15 para que se investigue en el libro de las memorias de tus padres. En el libro de las memorias encontrarás y sabrás que esta ciudad es rebelde, perjudicial para los reyes y las provincias, y que desde tiempos antiguos se han promovido rebeliones en ella. Por eso esta ciudad fue destruida.
4:16 Hacemos saber al rey que, si esta ciudad es reconstruida y sus murallas son terminadas, no tendrás posesión en el territorio del otro lado del río».
La respuesta de Artajerjes
4:17 El rey envió esta respuesta: «Al gobernador Rehum, al secretario Simsai y al resto de sus compañeros que habitan en Samaria y en el resto del territorio del otro lado del río: Paz. Y ahora:
4:18 La carta que nos enviaron fue leída claramente en mi presencia.
4:19 Di orden de investigar, y se encontró que esta ciudad se ha levantado contra los reyes desde tiempos antiguos, y que en ella se han cometido rebelión y sedición.
4:20 Hubo reyes poderosos sobre Jerusalén que gobernaron todo el territorio del otro lado del río, y se les pagaban tributos, impuestos y peajes.
4:21 Ahora den orden de que esos hombres cesen, y que esta ciudad no sea reconstruida hasta que yo dé la orden.
4:22 Tengan cuidado de no ser negligentes en esto. ¿Por qué ha de aumentar el daño en perjuicio de los reyes?».
4:23 Cuando la copia de la carta del rey Artajerjes fue leída delante de Rehum, del secretario Simsai y de sus compañeros, fueron apresuradamente a Jerusalén, a los judíos, y los hicieron cesar por la fuerza y el poder.
La suspensión del templo hasta tiempos de Darío
4:24 Entonces cesó la obra de la casa de Dios que está en Jerusalén y quedó suspendida hasta el segundo año del reinado de Darío, rey de Persia.

Capítulo 5
Reedificación del templo
5:1 El profeta Hageo y Zacarías, hijo de Iddo, ambos profetas, profetizaron a los judíos que estaban en Judá y en Jerusalén, en nombre del Dios de Israel, que estaba sobre ellos.
5:2 Entonces Zorobabel, hijo de Salatiel, y Jesúa, hijo de Josadac, se levantaron y comenzaron a construir la casa de Dios que está en Jerusalén. Los profetas de Dios estaban con ellos, ayudándolos.
5:3 En aquel tiempo vinieron a ellos Tatnai, gobernador del otro lado del río, Setar-boznai y sus compañeros, y les dijeron: «¿Quién les dio autorización para construir esta casa y completar esta estructura?».
5:4 Entonces les dijimos: «¿Cuáles son los nombres de los hombres que están construyendo este edificio?».
5:5 Pero el ojo de su Dios estaba sobre los ancianos de los judíos, y no los hicieron cesar hasta que el asunto llegara a Darío y luego se enviara una respuesta por carta sobre ello.
El informe enviado a Darío
5:6 Esta es la copia de la carta que Tatnai, gobernador del otro lado del río, Setar-boznai y sus compañeros, los oficiales del otro lado del río, enviaron al rey Darío.
5:7 Le enviaron un informe en el que estaba escrito: «Al rey Darío: Toda paz.
5:8 Sepa el rey que fuimos a la provincia de Judá, a la casa del gran Dios. Se está construyendo con piedras grandes y se está colocando madera en las paredes. Esta obra se realiza con diligencia y prospera en sus manos.
5:9 Preguntamos a esos ancianos: “¿Quién les dio autorización para construir esta casa y completar esta estructura?”.
5:10 También les preguntamos sus nombres para informarte y escribir los nombres de los hombres que están al frente de ellos.
La explicación de los ancianos sobre la obra
5:11 Ellos nos respondieron así: “Somos siervos del Dios de los cielos y de la tierra, y estamos reconstruyendo la casa que había sido construida hace muchos años. Un gran rey de Israel la construyó y la terminó.
5:12 Pero como nuestros padres provocaron a ira al Dios de los cielos, él los entregó en manos de Nabucodonosor, el caldeo, rey de Babilonia. Nabucodonosor destruyó esta casa y desterró al pueblo a Babilonia.
5:13 Sin embargo, en el primer año de Ciro, rey de Babilonia, el rey Ciro dio orden de reconstruir esta casa de Dios.
5:14 El rey Ciro sacó también del templo de Babilonia los utensilios de oro y plata de la casa de Dios, que Nabucodonosor había sacado del templo de Jerusalén y llevado al templo de Babilonia. Fueron entregados a uno llamado Sesbasar, a quien había nombrado gobernador.
5:15 Le dijo: ‘Toma estos utensilios, ve y deposítalos en el templo que está en Jerusalén, y que la casa de Dios sea reconstruida en su sitio’.
5:16 Entonces este Sesbasar vino y puso los cimientos de la casa de Dios que está en Jerusalén. Desde entonces hasta ahora está en construcción y no ha sido terminada”.
5:17 Ahora, si al rey le parece bien, que se investigue allí, en la casa de los tesoros del rey en Babilonia, si el rey Ciro dio orden de construir esta casa de Dios en Jerusalén. Que el rey nos envíe su decisión sobre este asunto».

Capítulo 6
El decreto de Ciro hallado en los archivos
6:1 Entonces el rey Darío dio orden de investigar en la casa de los archivos, donde se guardaban los tesoros, allí en Babilonia.
6:2 En Acmeta, en la fortaleza que está en la provincia de Media, se encontró un rollo en el que estaba escrito lo siguiente: «Memoria:
6:3 En el primer año del rey Ciro, el rey Ciro dio esta orden acerca de la casa de Dios en Jerusalén: Que la casa sea reconstruida como lugar donde se ofrecen sacrificios y que sus cimientos queden firmemente asentados. Su altura será de unos veintisiete metros y su anchura de unos veintisiete metros,
6:4 con tres hileras de piedras grandes y una hilera de madera nueva. Los gastos se pagarán de la casa del rey.
6:5 Además, que sean devueltos los utensilios de oro y plata de la casa de Dios que Nabucodonosor sacó del templo de Jerusalén y llevó a Babilonia. Que vuelvan a su lugar en el templo de Jerusalén, y los colocarás en la casa de Dios».
Darío protege y financia la reconstrucción
6:6 «Ahora, Tatnai, gobernador del otro lado del río, Setar-boznai y sus compañeros, los oficiales del otro lado del río, manténganse lejos de allí.
6:7 Dejen que se haga la obra de esta casa de Dios. Que el gobernador de los judíos y los ancianos de los judíos construyan esta casa de Dios en su sitio.
6:8 Además, doy orden acerca de lo que han de hacer por esos ancianos de los judíos para construir esta casa de Dios: de los bienes del rey, del tributo del otro lado del río, se pagarán puntualmente los gastos a esos hombres, para que la obra no se detenga.
6:9 Lo que necesiten, novillos, carneros y corderos para holocaustos al Dios de los cielos, así como trigo, sal, vino y aceite, según lo que pidan los sacerdotes de Jerusalén, se les dará día tras día, sin falta,
6:10 para que ofrezcan sacrificios de aroma grato al Dios de los cielos y oren por la vida del rey y de sus hijos.
6:11 También doy orden de que, a cualquiera que altere este decreto, se le arranque una viga de su casa y sea levantado y empalado en ella. Por esto, su casa será convertida en un montón de estiércol.
6:12 Que el Dios que ha hecho habitar allí su nombre derribe a todo rey y pueblo que extienda su mano para alterar o destruir esta casa de Dios que está en Jerusalén. Yo, Darío, he dado la orden. Que se cumpla con diligencia».
La terminación y dedicación del templo
6:13 Entonces Tatnai, gobernador del otro lado del río, Setar-boznai y sus compañeros actuaron con diligencia conforme a lo que el rey Darío había enviado a decir.
6:14 Los ancianos de los judíos construían y prosperaban mediante la profecía del profeta Hageo y de Zacarías, hijo de Iddo. Construyeron y terminaron conforme al mandato del Dios de Israel y a los decretos de Ciro, de Darío y de Artajerjes, rey de Persia.
6:15 Esta casa fue terminada el tercer día del mes de Adar, en el sexto año del reinado del rey Darío.
6:16 Los hijos de Israel, los sacerdotes, los levitas y el resto de los desterrados celebraron con alegría la dedicación de esta casa de Dios.
6:17 Para la dedicación de esta casa de Dios ofrecieron cien novillos, doscientos carneros y cuatrocientos corderos. También ofrecieron doce machos cabríos como ofrenda por el pecado por todo Israel, conforme al número de las tribus de Israel.
6:18 Establecieron a los sacerdotes según sus divisiones y a los levitas según sus grupos para el servicio de Dios en Jerusalén, conforme a lo escrito en el libro de Moisés.
La Pascua de la comunidad restaurada
6:19 Los desterrados celebraron la Pascua el día catorce del primer mes.
6:20 Los sacerdotes y los levitas se habían purificado juntos; todos estaban puros. Los levitas sacrificaron la Pascua por todos los desterrados, por sus hermanos los sacerdotes y por sí mismos.
6:21 Comieron los hijos de Israel que habían regresado del destierro y todos los que se habían apartado de la impureza de las naciones de la tierra para unirse a ellos y buscar al SEÑOR, el Dios de Israel.
6:22 Celebraron la fiesta de los Panes sin Levadura durante siete días con alegría, porque el SEÑOR los había alegrado y había vuelto hacia ellos el corazón del rey de Asiria, para fortalecer sus manos en la obra de la casa de Dios, el Dios de Israel.

Capítulo 7
Esdras y sus compañeros llegan a Jerusalén
7:1 Después de estos hechos, durante el reinado de Artajerjes, rey de Persia, Esdras, hijo de Seraías, hijo de Azarías, hijo de Hilcías,
7:2 hijo de Salum, hijo de Sadoc, hijo de Ahitob,
7:3 hijo de Amarías, hijo de Azarías, hijo de Meraiot,
7:4 hijo de Zeraías, hijo de Uzi, hijo de Buqui,
7:5 hijo de Abisúa, hijo de Finees, hijo de Eleazar, hijo de Aarón, el principal sacerdote,
7:6 este Esdras subió de Babilonia. Era un escriba experto en la ley de Moisés, que el SEÑOR, el Dios de Israel, había dado. El rey le concedió todo lo que pidió, porque la mano del SEÑOR, su Dios, estaba sobre él.
7:7 En el séptimo año del rey Artajerjes subieron a Jerusalén algunos de los hijos de Israel, de los sacerdotes, de los levitas, de los cantores, de los porteros y de los servidores del templo.
7:8 Esdras llegó a Jerusalén en el quinto mes del séptimo año del rey.
7:9 El primer día del primer mes había comenzado la subida desde Babilonia, y el primer día del quinto mes llegó a Jerusalén, porque la buena mano de su Dios estaba sobre él.
7:10 Esdras había dispuesto su corazón para estudiar la ley del SEÑOR y cumplirla, y para enseñar en Israel los estatutos y las ordenanzas.
La carta real que respalda la misión de Esdras
7:11 Esta es la copia de la carta que el rey Artajerjes dio al sacerdote Esdras, el escriba, versado en las palabras de los mandamientos del SEÑOR y sus estatutos para Israel:
7:12 «Artajerjes, rey de reyes, a Esdras, sacerdote y escriba de la ley del Dios de los cielos: Paz perfecta. Y ahora:
7:13 Doy orden de que cualquiera del pueblo de Israel, de sus sacerdotes y de sus levitas que esté en mi reino y quiera ir contigo a Jerusalén, vaya.
7:14 Eres enviado por el rey y sus siete consejeros para investigar acerca de Judá y de Jerusalén conforme a la ley de tu Dios que está en tu mano,
7:15 y para llevar la plata y el oro que el rey y sus consejeros han ofrecido voluntariamente al Dios de Israel, cuya morada está en Jerusalén,
7:16 y toda la plata y el oro que encuentres en toda la provincia de Babilonia, junto con las ofrendas voluntarias del pueblo y de los sacerdotes que ofrezcan voluntariamente para la casa de su Dios que está en Jerusalén.
7:17 Por eso comprarás con diligencia, con este dinero, novillos, carneros y corderos, con sus ofrendas de cereal y sus libaciones, y los ofrecerás sobre el altar de la casa del Dios de ustedes que está en Jerusalén.
7:18 Lo que a ti y a tus hermanos les parezca bien hacer con el resto de la plata y del oro, háganlo conforme a la voluntad de su Dios.
7:19 Los utensilios que se te entregan para el servicio de la casa de tu Dios, entrégalos delante del Dios de Jerusalén.
7:20 Y lo demás que se necesite para la casa de tu Dios y que te corresponda dar, dalo de la casa de los tesoros del rey.
Provisión real y responsabilidades de los tesoreros
7:21 Yo, el rey Artajerjes, doy orden a todos los tesoreros del otro lado del río de que se haga con diligencia todo lo que les pida el sacerdote Esdras, escriba de la ley del Dios de los cielos,
7:22 hasta unos tres mil cuatrocientos kilos de plata, hasta quinientas canastas de trigo, hasta dos mil cien litros de vino, hasta dos mil cien litros de aceite y sal sin límite.
7:23 Todo lo ordenado por el Dios de los cielos se hará con esmero para la casa del Dios de los cielos. ¿Por qué ha de haber ira contra el reino del rey y de sus hijos?
7:24 Les hacemos saber que no está permitido imponer tributo, impuesto ni peaje a ninguno de los sacerdotes, levitas, cantores, porteros, servidores del templo o ministros de esta casa de Dios.
El encargo de administrar justicia y enseñar la ley
7:25 Y tú, Esdras, conforme a la sabiduría de tu Dios que está en tu mano, nombra magistrados y jueces que juzguen a todo el pueblo del otro lado del río, a todos los que conocen las leyes de tu Dios. A quien no las conozca, enséñenselas.
7:26 A cualquiera que no cumpla la ley de tu Dios y la ley del rey se le hará juicio con diligencia, sea a muerte, a destierro, a confiscación de bienes o a prisión».
Esdras bendice a Dios por el favor recibido
7:27 ¡Bendito sea el SEÑOR, el Dios de nuestros padres, que puso esto en el corazón del rey para embellecer la casa del SEÑOR que está en Jerusalén,
7:28 y extendió hacia mí su amor fiel delante del rey, de sus consejeros y de todos los jefes poderosos del rey! Yo cobré ánimo porque la mano del SEÑOR, mi Dios, estaba sobre mí, y reuní a algunos de los jefes de Israel para que subieran conmigo.

Capítulo 8
Las familias que acompañaron a Esdras
8:1 Estos son los jefes de las familias y el registro genealógico de los que subieron conmigo de Babilonia durante el reinado del rey Artajerjes:
8:2 De los hijos de Finees, Gersom; de los hijos de Itamar, Daniel; de los hijos de David, Hatús,
8:3 de los hijos de Secanías. De los hijos de Paros, Zacarías, y con él ciento cincuenta varones registrados por genealogía.
8:4 De los hijos de Pahat-moab, Elioenai, hijo de Zeraías, y con él doscientos hombres.
8:5 De los hijos de Secanías, el hijo de Jahaziel, y con él trescientos hombres.
8:6 De los hijos de Adín, Ebed, hijo de Jonatán, y con él cincuenta hombres.
8:7 De los hijos de Elam, Jesaías, hijo de Atalías, y con él setenta hombres.
8:8 De los hijos de Sefatías, Zebadías, hijo de Micael, y con él ochenta hombres.
8:9 De los hijos de Joab, Obadías, hijo de Jehiel, y con él doscientos dieciocho hombres.
8:10 De los hijos de Selomit, el hijo de Josifías, y con él ciento sesenta hombres.
8:11 De los hijos de Bebai, Zacarías, hijo de Bebai, y con él veintiocho hombres.
8:12 De los hijos de Azgad, Johanán, hijo de Hacatán, y con él ciento diez hombres.
8:13 De los hijos de Adonicam, los últimos, cuyos nombres eran Elifelet, Jeiel y Semaías, y con ellos sesenta hombres.
8:14 De los hijos de Bigvai, Utai y Zacur, y con él setenta hombres.
Esdras reúne levitas para el servicio del templo
8:15 Los reuní junto al río que corre hacia Ahava, y acampamos allí tres días. Examiné al pueblo y a los sacerdotes, pero no encontré allí a ninguno de los hijos de Leví.
8:16 Mandé llamar a Eliezer, Ariel, Semaías, Elnatán, Jarib, Elnatán, Natán, Zacarías y Mesulam, que eran jefes, y a Joiarib y Elnatán, hombres entendidos.
8:17 Les di instrucciones para ir a Iddo, jefe en el lugar llamado Casifia, y puse en sus bocas las palabras que habían de decir a Iddo y a sus hermanos, los servidores del templo en Casifia, para que nos trajeran ministros para la casa de nuestro Dios.
8:18 Por la buena mano de nuestro Dios sobre nosotros, nos trajeron a un hombre entendido de los hijos de Mahli, hijo de Leví, hijo de Israel: Serebías, con sus hijos y sus hermanos, dieciocho en total;
8:19 y a Hasabías y, con él, Jesaías, de los hijos de Merari, sus hermanos y los hijos de ellos, veinte en total.
8:20 De los servidores del templo que David y los jefes habían destinado al servicio de los levitas, vinieron doscientos veinte servidores del templo. Todos fueron designados por nombre.
Ayuno y oración por el camino
8:21 Proclamé allí un ayuno, junto al río Ahava, para humillarnos delante de nuestro Dios y pedirle un camino seguro para nosotros, para nuestros niños y para todos nuestros bienes.
8:22 Me había dado vergüenza pedir al rey tropas y jinetes que nos defendieran del enemigo en el camino, porque le habíamos dicho al rey: «La mano de nuestro Dios está para bien sobre todos los que lo buscan, pero su poder y su ira están sobre todos los que lo abandonan».
8:23 Ayunamos y pedimos a nuestro Dios por este asunto, y él atendió nuestro ruego.
La custodia de las ofrendas para Jerusalén
8:24 Separé a doce de los jefes de los sacerdotes: a Serebías, a Hasabías y, con ellos, a diez de sus hermanos.
8:25 Les pesé la plata, el oro y los utensilios, la contribución para la casa de nuestro Dios que habían dado el rey, sus consejeros, sus jefes y todos los israelitas allí presentes.
8:26 Pesé y entregué en sus manos unas veintidós toneladas de plata, utensilios de plata que pesaban unos tres mil cuatrocientos kilos, unos tres mil cuatrocientos kilos de oro,
8:27 veinte tazones de oro cuyo valor era de mil monedas de oro, y dos utensilios de bronce brillante de buena calidad, tan preciosos como el oro.
8:28 Les dije: «Ustedes están consagrados al SEÑOR, y los utensilios están consagrados. La plata y el oro son una ofrenda voluntaria al SEÑOR, el Dios de sus padres.
8:29 Vigilen y guárdenlos hasta que los pesen delante de los jefes de los sacerdotes, de los levitas y de los jefes de las familias de Israel en Jerusalén, en los aposentos de la casa del SEÑOR».
8:30 Los sacerdotes y los levitas recibieron la plata, el oro y los utensilios pesados para llevarlos a Jerusalén, a la casa de nuestro Dios.
La llegada y la entrega en el templo
8:31 Partimos del río Ahava el día doce del primer mes para ir a Jerusalén. La mano de nuestro Dios estaba sobre nosotros, y nos libró de las manos del enemigo y del que acechaba en el camino.
8:32 Llegamos a Jerusalén y permanecimos allí tres días.
8:33 El cuarto día se pesaron la plata, el oro y los utensilios en la casa de nuestro Dios y se entregaron al sacerdote Meremot, hijo de Urías. Con él estaba Eleazar, hijo de Finees, y con ellos los levitas Jozabad, hijo de Jesúa, y Noadías, hijo de Binúi.
8:34 Todo se contó y se pesó, y en aquel momento se registró todo el peso.
Los sacrificios y el apoyo de las autoridades
8:35 Los desterrados que habían regresado del cautiverio ofrecieron holocaustos al Dios de Israel: doce novillos por todo Israel, noventa y seis carneros, setenta y siete corderos y doce machos cabríos como ofrenda por el pecado. Todo fue un holocausto al SEÑOR.
8:36 Entregaron los decretos del rey a los sátrapas del rey y a los gobernadores del otro lado del río, quienes apoyaron al pueblo y a la casa de Dios.

Capítulo 9
Oración de confesión de Esdras
9:1 Cuando terminaron estas cosas, los jefes se acercaron a mí y dijeron: «El pueblo de Israel, los sacerdotes y los levitas no se han separado de los pueblos de las tierras y han seguido sus prácticas abominables: las de los cananeos, hititas, ferezeos, jebuseos, amonitas, moabitas, egipcios y amorreos.
9:2 Han tomado de sus hijas por esposas para sí y para sus hijos, y el linaje santo se ha mezclado con los pueblos de las tierras. Los jefes y los oficiales han sido los primeros en esta infidelidad».
9:3 Cuando oí esto, rasgué mi vestido y mi manto, me arranqué pelo de la cabeza y de la barba, y me senté consternado.
9:4 Se reunieron conmigo todos los que temblaban ante las palabras del Dios de Israel a causa de la infidelidad de los desterrados. Yo permanecí sentado, consternado, hasta la ofrenda de la tarde.
9:5 A la hora de la ofrenda de la tarde me levanté de mi humillación, con mi vestido y mi manto rasgados. Caí de rodillas y extendí mis manos hacia el SEÑOR, mi Dios,
9:6 y dije: «Dios mío, estoy demasiado avergonzado y humillado para levantar mi rostro hacia ti, Dios mío, porque nuestras iniquidades se han multiplicado por encima de nuestra cabeza y nuestra culpa ha crecido hasta los cielos.
9:7 Desde los días de nuestros padres hasta el día de hoy hemos vivido con gran culpa. Por nuestras iniquidades, nosotros, nuestros reyes y nuestros sacerdotes hemos sido entregados en manos de los reyes de las tierras, a espada, a cautiverio, a saqueo y a vergüenza de rostro, como sucede hoy.
9:8 Ahora, por un breve momento, ha habido favor de parte del SEÑOR, nuestro Dios, para dejarnos un remanente que ha escapado y darnos una estaca en su lugar santo, a fin de que nuestro Dios ilumine nuestros ojos y nos dé un poco de vida en nuestra esclavitud.
9:9 Porque somos esclavos, pero nuestro Dios no nos ha abandonado en nuestra esclavitud. Ha extendido hacia nosotros su amor fiel delante de los reyes de Persia, para darnos vida, levantar la casa de nuestro Dios, restaurar sus ruinas y darnos un muro en Judá y en Jerusalén.
9:10 Y ahora, Dios nuestro, ¿qué diremos después de esto? Hemos abandonado tus mandamientos,
9:11 que ordenaste por medio de tus siervos los profetas, diciendo: “La tierra en la que entran para poseerla es una tierra impura por la impureza de los pueblos de las tierras, por sus prácticas abominables, con las que la han llenado de un extremo al otro con su impureza.
9:12 Ahora no den sus hijas a los hijos de ellos ni tomen las hijas de ellos para sus hijos. Jamás busquen su paz ni su bienestar, para que sean fuertes, coman lo bueno de la tierra y la dejen en herencia a sus hijos para siempre”.
9:13 Después de todo lo que nos ha sobrevenido por nuestras malas obras y por nuestra gran culpa, tú, Dios nuestro, nos has castigado menos de lo que merecían nuestras iniquidades y nos has dado un remanente que ha escapado como este.
9:14 ¿Volveremos a quebrantar tus mandamientos y a emparentar con los pueblos de estas prácticas abominables? ¿No te enojarías contra nosotros hasta consumirnos, sin que quedara remanente ni quien escape?
9:15 SEÑOR, Dios de Israel, tú eres justo, pues hemos quedado como un remanente que ha escapado, como sucede hoy. Aquí estamos delante de ti con nuestra culpa, porque a causa de esto nadie puede permanecer delante de ti».

Capítulo 10
Expulsión de las mujeres extranjeras
10:1 Mientras Esdras oraba y hacía confesión, llorando y postrándose delante de la casa de Dios, se reunió con él una gran asamblea de Israel, de hombres, mujeres y niños, porque el pueblo lloraba intensamente.
10:2 Secanías, hijo de Jehiel, de los hijos de Elam, tomó la palabra y dijo a Esdras: «Hemos sido infieles a nuestro Dios y hemos tomado mujeres extranjeras de los pueblos de la tierra. Pero aun ahora hay esperanza para Israel en este asunto.
10:3 Hagamos ahora un pacto con nuestro Dios para despedir a todas estas mujeres y a los nacidos de ellas, conforme al consejo de mi señor y de los que tiemblan ante el mandamiento de nuestro Dios. Que se haga conforme a la ley.
10:4 Levántate, porque este asunto te corresponde a ti, y nosotros estamos contigo. Sé fuerte y actúa».
10:5 Entonces Esdras se levantó e hizo jurar a los jefes de los sacerdotes, a los levitas y a todo Israel que harían conforme a esta palabra, y ellos juraron.
10:6 Esdras se levantó de delante de la casa de Dios y fue al aposento de Johanán, hijo de Eliasib. Cuando fue allí, no comió pan ni bebió agua, porque hacía duelo por la infidelidad de los desterrados.
Convocatoria y respuesta de la asamblea
10:7 Hicieron proclamar en Judá y en Jerusalén que todos los desterrados se reunieran en Jerusalén.
10:8 Conforme al acuerdo de los jefes y de los ancianos, a cualquiera que no acudiera dentro de tres días se le confiscarían todos sus bienes y sería separado de la asamblea de los desterrados.
10:9 Todos los hombres de Judá y de Benjamín se reunieron en Jerusalén dentro de los tres días. Era el día veinte del noveno mes. Todo el pueblo estaba sentado en la plaza de la casa de Dios, temblando por el asunto y por las lluvias.
10:10 El sacerdote Esdras se levantó y les dijo: «Ustedes han sido infieles al tomar mujeres extranjeras, añadiendo así a la culpa de Israel.
10:11 Ahora hagan confesión ante el SEÑOR, el Dios de sus padres, y hagan su voluntad. Sepárense de los pueblos de la tierra y de las mujeres extranjeras».
10:12 Toda la asamblea respondió a gran voz: «Sí, nos corresponde hacer conforme a tu palabra.
10:13 Pero el pueblo es numeroso y es tiempo de lluvias; no podemos permanecer afuera. Este trabajo no es de un día ni de dos, porque hemos transgredido mucho en este asunto.
10:14 Que nuestros jefes representen a toda la asamblea. Que todos los que en nuestras ciudades han tomado mujeres extranjeras vengan en tiempos señalados, acompañados de los ancianos y de los jueces de cada ciudad, hasta que apartemos de nosotros el ardor de la ira de nuestro Dios por este asunto».
10:15 Solo Jonatán, hijo de Asael, y Jahazías, hijo de Ticva, se opusieron a esto, y Mesulam y el levita Sabetai los apoyaron.
La investigación de los casos y su conclusión
10:16 Así hicieron los desterrados. Fueron apartados el sacerdote Esdras y algunos hombres, jefes de familias, según sus familias paternas, todos designados por nombre. Se sentaron el primer día del décimo mes para investigar el asunto.
10:17 Terminaron de examinar a todos los hombres que habían tomado mujeres extranjeras el primer día del primer mes.
Los sacerdotes y servidores implicados
10:18 Entre los hijos de los sacerdotes que habían tomado mujeres extranjeras se encontraron estos: de los hijos de Jesúa, hijo de Josadac, y de sus hermanos, Maasías, Eliezer, Jarib y Gedalías.
10:19 Dieron su mano en promesa de despedir a sus esposas y, por ser culpables, ofrecieron un carnero del rebaño por su culpa.
10:20 De los hijos de Imer: Hananí y Zebadías.
10:21 De los hijos de Harim: Maasías, Elías, Semaías, Jehiel y Uzías.
10:22 De los hijos de Pasur: Elioenai, Maasías, Ismael, Natanael, Jozabad y Elasa.
10:23 De los levitas: Jozabad, Simei, Kelaía, que es Kelita, Petaías, Judá y Eliezer.
10:24 De los cantores: Eliasib. De los porteros: Salum, Telem y Uri.
Las familias de Israel incluidas en el registro
10:25 De Israel, de los hijos de Paros: Ramía, Jezías, Malquías, Mijamín, Eleazar, Malquías y Benaía.
10:26 De los hijos de Elam: Matanías, Zacarías, Jehiel, Abdi, Jeremot y Elías.
10:27 De los hijos de Zatu: Elioenai, Eliasib, Matanías, Jeremot, Zabad y Aziza.
10:28 De los hijos de Bebai: Johanán, Hananías, Zabai y Atlai.
10:29 De los hijos de Bani: Mesulam, Maluc, Adaía, Jasub, Seal y Ramot.
10:30 De los hijos de Pahat-moab: Adna, Quelal, Benaía, Maasías, Matanías, Bezaleel, Binúi y Manasés.
10:31 De los hijos de Harim: Eliezer, Isías, Malquías, Semaías, Simeón,
10:32 Benjamín, Maluc y Semarías.
10:33 De los hijos de Hasum: Matenai, Matata, Zabad, Elifelet, Jeremai, Manasés y Simei.
10:34 De los hijos de Bani: Madai, Amram, Uel,
10:35 Benaía, Bedías, Quelúhu,
10:36 Vanías, Meremot, Eliasib,
10:37 Matanías, Matenai, Jaasai,
10:38 Bani, Binúi, Simei,
10:39 Selemías, Natán, Adaía,
10:40 Macnadebai, Sasai, Sarai,
10:41 Azareel, Selemías, Semarías,
10:42 Salum, Amarías y José.
10:43 De los hijos de Nebo: Jeiel, Matatías, Zabad, Zebina, Jadai, Joel y Benaía.
10:44 Todos estos habían tomado mujeres extranjeras, y algunas de estas mujeres habían tenido hijos.

NEHEMÍAS

Capítulo 1
Oración de Nehemías sobre Jerusalén
1:1 Palabras de Nehemías, hijo de Hacalías. En el mes de Quisleu, en el año veinte, yo estaba en la fortaleza de Susa.
1:2 Vino Hananí, uno de mis hermanos, con algunos hombres de Judá. Les pregunté por los judíos que habían escapado, los que habían quedado del cautiverio, y por Jerusalén.
1:3 Me dijeron: «Los que han quedado del cautiverio, allí en la provincia, están en gran calamidad y deshonra. La muralla de Jerusalén está derribada y sus puertas han sido quemadas».
1:4 Cuando oí estas palabras, me senté y lloré. Estuve de duelo durante varios días, ayunando y orando delante del Dios de los cielos.
1:5 Dije: «Te ruego, SEÑOR, Dios de los cielos, Dios grande y temible, que guardas el pacto y el amor fiel con los que te aman y guardan tus mandamientos,
1:6 esté atento tu oído y abiertos tus ojos para escuchar la oración de tu siervo, que hoy hago delante de ti día y noche por los hijos de Israel, tus siervos. Confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti. Yo y la casa de mi padre hemos pecado.
1:7 Hemos actuado muy corruptamente contra ti y no hemos guardado los mandamientos, los estatutos y las ordenanzas que mandaste a tu siervo Moisés.
1:8 Recuerda, por favor, la palabra que mandaste a tu siervo Moisés, diciendo: “Si ustedes son infieles, yo los dispersaré entre los pueblos.
1:9 Pero si vuelven a mí, guardan mis mandamientos y los cumplen, aunque sus desterrados estén en los confines de los cielos, de allí los reuniré y los llevaré al lugar que escogí para hacer habitar allí mi nombre”.
1:10 Ellos son tus siervos y tu pueblo, a quienes redimiste con tu gran poder y con tu mano fuerte.
1:11 Te ruego, Señor, que esté atento tu oído a la oración de tu siervo y a la oración de tus siervos, que se deleitan en temer tu nombre. Concede hoy éxito a tu siervo y haz que encuentre compasión delante de este hombre». Yo era copero del rey.

Capítulo 2
Artajerjes envía a Nehemías a Jerusalén
2:1 En el mes de Nisán, en el año veinte del rey Artajerjes, había vino delante de él. Tomé el vino y se lo di al rey. Yo no había estado triste en su presencia.
2:2 El rey me dijo: «¿Por qué está triste tu rostro si no estás enfermo? Esto solo puede ser tristeza de corazón». Entonces tuve muchísimo miedo.
2:3 Le dije al rey: «¡Viva el rey para siempre! ¿Cómo no estará triste mi rostro, cuando la ciudad donde están los sepulcros de mis padres está en ruinas y sus puertas han sido consumidas por el fuego?».
2:4 El rey me preguntó: «¿Qué pides?». Entonces oré al Dios de los cielos
2:5 y le dije al rey: «Si al rey le parece bien y si tu siervo te agrada, envíame a Judá, a la ciudad de los sepulcros de mis padres, para que la reconstruya».
2:6 El rey, con la reina sentada a su lado, me dijo: «¿Cuánto durará tu viaje y cuándo volverás?». Al rey le pareció bien enviarme, y le indiqué un plazo.
2:7 Dije también al rey: «Si al rey le parece bien, que se me den cartas para los gobernadores del otro lado del río, a fin de que me permitan pasar hasta que llegue a Judá,
2:8 y una carta para Asaf, encargado del bosque del rey, para que me dé madera para las vigas de las puertas de la fortaleza del templo, para la muralla de la ciudad y para la casa en la que viviré». El rey me lo concedió porque la buena mano de mi Dios estaba sobre mí.
2:9 Fui a los gobernadores del otro lado del río y les entregué las cartas del rey. El rey había enviado conmigo jefes del ejército y jinetes.
2:10 Cuando Sanbalat, el horonita, y Tobías, el siervo amonita, lo oyeron, les disgustó mucho que hubiera venido alguien a procurar el bien de los hijos de Israel.
La inspección nocturna de Jerusalén
2:11 Llegué a Jerusalén y estuve allí tres días.
2:12 Me levanté de noche con unos pocos hombres. No había dicho a nadie lo que mi Dios había puesto en mi corazón que hiciera por Jerusalén. No llevaba conmigo ningún animal, salvo la cabalgadura en la que iba montado.
2:13 Salí de noche por la puerta del Valle, hacia la fuente del Dragón y la puerta del Estiércol. Examiné las murallas de Jerusalén, que estaban derribadas, y sus puertas, que habían sido consumidas por el fuego.
2:14 Pasé a la puerta de la Fuente y al estanque del Rey, pero no había lugar por donde pasara la cabalgadura en la que iba montado.
2:15 Subí de noche por el torrente y examiné la muralla. Luego di la vuelta, entré por la puerta del Valle y regresé.
2:16 Los oficiales no sabían adónde había ido ni lo que estaba haciendo. Hasta entonces no lo había comunicado a los judíos, a los sacerdotes, a los nobles, a los oficiales ni a los demás que hacían la obra.
El pueblo acepta reconstruir la muralla
2:17 Les dije: «Ustedes ven la calamidad en la que estamos: Jerusalén está en ruinas y sus puertas han sido quemadas. Vengan, reconstruyamos la muralla de Jerusalén y dejemos de ser una deshonra».
2:18 Les conté cómo la mano de mi Dios había sido buena sobre mí y también las palabras que el rey me había dicho. Ellos respondieron: «Levantémonos y construyamos». Así fortalecieron sus manos para el bien.
2:19 Cuando Sanbalat, el horonita, Tobías, el siervo amonita, y Gesem, el árabe, lo oyeron, se burlaron de nosotros y nos despreciaron, diciendo: «¿Qué es esto que están haciendo? ¿Se están rebelando contra el rey?».
2:20 Les respondí: «El Dios de los cielos nos hará prosperar. Nosotros, sus siervos, nos levantaremos y construiremos. Pero ustedes no tienen parte ni derecho ni memoria en Jerusalén».

Capítulo 3
Reparto del trabajo de reedificación
3:1 El sumo sacerdote Eliasib se levantó con sus hermanos los sacerdotes y construyeron la puerta de las Ovejas. La consagraron y colocaron sus hojas; consagraron hasta la torre de los Cien, hasta la torre de Hananeel.
3:2 A su lado construyeron los hombres de Jericó, y a su lado construyó Zacur, hijo de Imri.
3:3 Los hijos de Senaa construyeron la puerta del Pescado. Colocaron sus vigas y levantaron sus hojas, sus cerraduras y sus barras.
3:4 A su lado reparó Meremot, hijo de Urías, hijo de Cos. A su lado reparó Mesulam, hijo de Berequías, hijo de Mesezabeel. A su lado reparó Sadoc, hijo de Baana.
3:5 A su lado repararon los tecoítas, pero sus nobles no inclinaron su cuello al servicio de sus señores.
3:6 Joiada, hijo de Paseah, y Mesulam, hijo de Besodías, repararon la puerta Vieja. Colocaron sus vigas y levantaron sus hojas, sus cerraduras y sus barras.
3:7 A su lado repararon Melatías, el gabaonita, y Jadón, el meronotita, hombres de Gabaón y de Mizpa, bajo la autoridad del gobernador del otro lado del río.
3:8 A su lado reparó Uziel, hijo de Harhaía, de los orfebres. A su lado reparó Hananías, de los perfumistas. Dejaron intacta Jerusalén hasta la Muralla Ancha.
3:9 A su lado reparó Refaías, hijo de Hur, jefe de la mitad del distrito de Jerusalén.
3:10 A su lado reparó Jedaías, hijo de Harumaf, frente a su casa. A su lado reparó Hatús, hijo de Hasabnías.
3:11 Malquías, hijo de Harim, y Hasub, hijo de Pahat-moab, repararon otro tramo y la torre de los Hornos.
3:12 A su lado reparó Salum, hijo de Halohes, jefe de la mitad del distrito de Jerusalén, él y sus hijas.
3:13 Hanún y los habitantes de Zanoa repararon la puerta del Valle. La reconstruyeron y levantaron sus hojas, sus cerraduras y sus barras. También repararon cuatrocientos sesenta metros de muralla, hasta la puerta del Estiércol.
3:14 Malquías, hijo de Recab, jefe del distrito de Bet-haquerem, reparó la puerta del Estiércol. La reconstruyó y levantó sus hojas, sus cerraduras y sus barras.
3:15 Salún, hijo de Col-hoze, jefe del distrito de Mizpa, reparó la puerta de la Fuente. La reconstruyó, la techó y levantó sus hojas, sus cerraduras y sus barras. Reparó también la muralla del estanque de Sela, junto al jardín del rey, hasta las escaleras que bajan de la Ciudad de David.
3:16 Después de él reparó Nehemías, hijo de Azbuc, jefe de la mitad del distrito de Bet-sur, hasta enfrente de los sepulcros de David, hasta el estanque construido y hasta la casa de los Guerreros.
3:17 Después de él repararon los levitas: Rehum, hijo de Bani, y, a su lado, Hasabías, jefe de la mitad del distrito de Keila, en nombre de su distrito.
3:18 Después de él repararon sus hermanos: Bavai, hijo de Henadad, jefe de la mitad del distrito de Keila.
3:19 A su lado reparó Ezer, hijo de Jesúa, jefe de Mizpa, otro tramo frente a la subida del arsenal, en el ángulo.
3:20 Después de él, Baruc, hijo de Zacai, reparó con fervor otro tramo, desde el ángulo hasta la entrada de la casa de Eliasib, el sumo sacerdote.
3:21 Después de él reparó Meremot, hijo de Urías, hijo de Cos, otro tramo, desde la entrada de la casa de Eliasib hasta el extremo de la casa de Eliasib.
3:22 Después de él repararon los sacerdotes, hombres de la llanura.
3:23 Después de él repararon Benjamín y Hasub, frente a su casa. Después de él reparó Azarías, hijo de Maasías, hijo de Ananías, junto a su casa.
3:24 Después de él reparó Binúi, hijo de Henadad, otro tramo, desde la casa de Azarías hasta el ángulo y hasta la esquina.
3:25 Palal, hijo de Uzai, reparó frente al ángulo y a la torre que sobresale de la casa superior del rey, junto al patio de la guardia. Después de él reparó Pedaías, hijo de Paros.
3:26 Los servidores del templo habitaban en Ofel, hasta enfrente de la puerta de las Aguas al oriente y de la torre saliente.
3:27 Después de él repararon los tecoítas otro tramo, desde enfrente de la gran torre saliente hasta la muralla de Ofel.
3:28 Por encima de la puerta de los Caballos repararon los sacerdotes, cada uno frente a su casa.
3:29 Después de él reparó Sadoc, hijo de Imer, frente a su casa. Después de él reparó Semaías, hijo de Secanías, guardián de la puerta Oriental.
3:30 Después de él repararon Hananías, hijo de Selemías, y Hanún, sexto hijo de Salaf, otro tramo. Después de él reparó Mesulam, hijo de Berequías, frente a su aposento.
3:31 Después de él reparó Malquías, hijo del orfebre, hasta la casa de los servidores del templo y de los comerciantes, frente a la puerta de la Inspección y hasta la sala alta de la esquina.
3:32 Entre la sala alta de la esquina y la puerta de las Ovejas repararon los orfebres y los comerciantes.

Capítulo 4
Precauciones contra los enemigos
4:1 Cuando Sanbalat oyó que estábamos construyendo la muralla, se enojó y se enfureció mucho, y se burló de los judíos.
4:2 Delante de sus hermanos y del ejército de Samaria dijo: «¿Qué hacen estos débiles judíos? ¿Se les dejará hacerlo? ¿Ofrecerán sacrificios? ¿Terminarán en un día? ¿Harán revivir las piedras de los montones de polvo, cuando están quemadas?».
4:3 Tobías, el amonita, estaba a su lado y dijo: «Lo que ellos construyen, si un zorro sube sobre ello, derribará su muralla de piedra».
4:4 «Escucha, Dios nuestro, porque somos despreciados. Haz volver su afrenta sobre sus cabezas y entrégalos al saqueo en una tierra de cautiverio.
4:5 No cubras su iniquidad ni sea borrado su pecado de delante de ti, porque han provocado ira delante de los constructores».
4:6 Así construimos la muralla, y toda la muralla quedó unida hasta la mitad de su altura, porque el pueblo tenía ánimo para trabajar.
4:7 Cuando Sanbalat, Tobías, los árabes, los amonitas y los de Asdod oyeron que avanzaba la reparación de las murallas de Jerusalén y que las brechas comenzaban a cerrarse, se enojaron mucho.
4:8 Todos conspiraron juntos para venir a combatir contra Jerusalén y causar confusión en ella.
4:9 Oramos a nuestro Dios y pusimos una guardia contra ellos de día y de noche, por causa de ellos.
4:10 Judá dijo: «La fuerza de los cargadores flaquea y hay muchos escombros. No podemos construir la muralla».
4:11 Nuestros adversarios dijeron: «No lo sabrán ni lo verán hasta que entremos en medio de ellos, los matemos y hagamos cesar la obra».
4:12 Cuando venían los judíos que habitaban junto a ellos, nos dijeron diez veces: «Desde todos los lugares, vuelvan a nosotros».
4:13 Entonces coloqué gente en las partes bajas, detrás de la muralla, en los lugares descubiertos. Coloqué al pueblo por familias con sus espadas, sus lanzas y sus arcos.
4:14 Miré, me levanté y dije a los nobles, a los oficiales y al resto del pueblo: «No les tengan miedo. Recuerden al Señor, grande y temible, y combatan por sus hermanos, sus hijos, sus hijas, sus esposas y sus casas».
4:15 Cuando nuestros enemigos oyeron que lo sabíamos y que Dios había frustrado su plan, todos regresamos a la muralla, cada uno a su trabajo.
4:16 Desde aquel día la mitad de mis siervos trabajaba en la obra y la otra mitad sostenía las lanzas, los escudos, los arcos y las corazas. Los jefes estaban detrás de toda la casa de Judá.
4:17 Los que construían la muralla y los que llevaban las cargas trabajaban con una mano y con la otra sostenían un arma.
4:18 Cada uno de los constructores tenía su espada ceñida a la cintura mientras construía, y el que tocaba el cuerno estaba junto a mí.
4:19 Dije a los nobles, a los oficiales y al resto del pueblo: «La obra es grande y extensa, y estamos separados en la muralla, lejos unos de otros.
4:20 Donde oigan el sonido del cuerno, reúnanse allí con nosotros. Nuestro Dios peleará por nosotros».
4:21 Trabajábamos en la obra, y la mitad de ellos sostenía las lanzas desde que despuntaba el alba hasta que salían las estrellas.
4:22 En aquel tiempo también dije al pueblo: «Cada uno con su siervo pase la noche dentro de Jerusalén, para que nos sirvan de guardia por la noche y trabajen de día».
4:23 Ni yo ni mis hermanos ni mis siervos ni los hombres de la guardia que me seguían nos quitábamos la ropa; cada uno llevaba su arma al ir por agua.

Capítulo 5
Abolición de la usura
5:1 Hubo un gran clamor del pueblo y de sus esposas contra sus hermanos judíos.
5:2 Algunos decían: «Nosotros, nuestros hijos y nuestras hijas somos muchos. Necesitamos conseguir grano para comer y vivir».
5:3 Otros decían: «Estamos empeñando nuestros campos, nuestros viñedos y nuestras casas para conseguir grano por causa del hambre».
5:4 Otros decían: «Hemos pedido dinero prestado para el tributo del rey, sobre nuestros campos y nuestros viñedos.
5:5 Nuestra carne es como la carne de nuestros hermanos, y nuestros hijos como sus hijos. Sin embargo, estamos sometiendo a nuestros hijos y a nuestras hijas a la esclavitud, y algunas de nuestras hijas ya están sometidas. No está en nuestras manos remediarlo, porque nuestros campos y nuestros viñedos son de otros».
5:6 Me enojé mucho cuando oí su clamor y estas palabras.
5:7 Después de meditarlo en mi corazón, reprendí a los nobles y a los oficiales, y les dije: «Ustedes están cobrando intereses, cada uno a su hermano». Convoqué contra ellos una gran asamblea
5:8 y les dije: «Nosotros, según nuestras posibilidades, hemos rescatado a nuestros hermanos judíos vendidos a las naciones. ¿Y ustedes van a vender a sus hermanos, para que vuelvan a ser vendidos a nosotros?». Ellos guardaron silencio y no encontraron qué responder.
5:9 Dije: «No está bien lo que hacen. ¿No deben andar en el temor de nuestro Dios, para evitar la afrenta de las naciones, nuestros enemigos?
5:10 También yo, mis hermanos y mis siervos les hemos prestado dinero y grano. Abandonemos, por favor, este cobro de intereses.
5:11 Devuélvanles hoy mismo sus campos, sus viñedos, sus olivares y sus casas, y la centésima parte del dinero, del grano, del vino nuevo y del aceite que les están cobrando».
5:12 Respondieron: «Lo devolveremos y no les exigiremos nada. Haremos tal como dices». Entonces llamé a los sacerdotes e hice jurar a los nobles y a los oficiales que cumplirían esta palabra.
5:13 También sacudí los pliegues de mi vestido y dije: «Así sacuda Dios de su casa y del fruto de su trabajo a todo el que no cumpla esta palabra, y así quede sacudido y vacío». Toda la asamblea respondió: «¡Amén!». Alabaron al SEÑOR, y el pueblo cumplió esta palabra.
Nehemías renuncia a la provisión del gobernador
5:14 Desde el día en que el rey me nombró gobernador de ellos en la tierra de Judá, desde el año veinte hasta el año treinta y dos del rey Artajerjes, durante doce años, ni yo ni mis hermanos comimos el pan del gobernador.
5:15 Los gobernadores que me precedieron habían impuesto cargas al pueblo y tomaban de ellos pan y vino, además de unos cuatrocientos cincuenta y seis gramos de plata. También sus siervos dominaban al pueblo. Pero yo no hice así por temor a Dios.
5:16 También me dediqué a la obra de esta muralla. No compramos campos, y todos mis siervos estaban reunidos allí para la obra.
5:17 A mi mesa había ciento cincuenta judíos y oficiales, además de los que venían a nosotros de las naciones de nuestro alrededor.
5:18 Cada día se preparaban un buey y seis ovejas escogidas, y también se preparaban aves para mí. Cada diez días había en abundancia toda clase de vino. Aun con esto, no exigí el pan del gobernador, porque la carga de servicio sobre este pueblo era pesada.
5:19 Acuérdate de mí para bien, Dios mío, por todo lo que he hecho por este pueblo.

Capítulo 6
Maquinaciones de los adversarios
6:1 Cuando Sanbalat, Tobías, Gesem, el árabe, y el resto de nuestros enemigos oyeron que yo había construido la muralla y que no quedaba en ella ninguna brecha, aunque hasta entonces no había colocado las hojas en las puertas,
6:2 Sanbalat y Gesem enviaron a decirme: «Ven, reunámonos en Quefirim, en la llanura de Ono». Pero ellos tramaban hacerme daño.
6:3 Les envié mensajeros para decirles: «Estoy realizando una gran obra y no puedo bajar. ¿Por qué ha de cesar la obra mientras la abandono para bajar a ustedes?».
6:4 Cuatro veces me enviaron este mismo mensaje, y yo les respondí de la misma manera.
6:5 Por quinta vez Sanbalat me envió a su siervo con el mismo mensaje y con una carta abierta en la mano.
6:6 En ella estaba escrito: «Se ha oído entre las naciones, y Gasmu lo dice, que tú y los judíos están planeando rebelarse. Por eso construyes la muralla, y, según estos informes, tú vas a ser su rey.
6:7 También has nombrado profetas para que proclamen acerca de ti en Jerusalén: “¡Hay un rey en Judá!”. Ahora estos informes llegarán a oídos del rey. Ven, pues, y consultemos juntos».
6:8 Le envié esta respuesta: «No ha sucedido nada de lo que dices, sino que tú lo inventas de tu propio corazón».
6:9 Todos ellos trataban de atemorizarnos, diciendo: «Sus manos se debilitarán en la obra y no será realizada». «Ahora, fortalece mis manos».
6:10 Fui a casa de Semaías, hijo de Delaía, hijo de Mehetabel, que estaba recluido. Me dijo: «Reunámonos en la casa de Dios, dentro del templo, y cerremos las puertas del templo, porque vienen a matarte. De noche vienen a matarte».
6:11 Respondí: «¿Ha de huir un hombre como yo? ¿Y quién, siendo como yo, entraría en el templo y viviría? No entraré».
6:12 Comprendí que Dios no lo había enviado, sino que había pronunciado aquella profecía contra mí porque Tobías y Sanbalat lo habían contratado.
6:13 Lo habían contratado para que yo tuviera miedo, actuara así y pecara, y para que ellos tuvieran con qué darme mala fama y afrentarme.
6:14 Acuérdate, Dios mío, de Tobías y de Sanbalat según estos hechos suyos, y también de la profetisa Noadías y de los demás profetas que trataban de atemorizarme.
La muralla queda terminada
6:15 La muralla quedó terminada el día veinticinco de Elul, en cincuenta y dos días.
6:16 Cuando todos nuestros enemigos lo oyeron y todas las naciones de nuestro alrededor lo vieron, se sintieron muy humillados. Reconocieron que esta obra se había realizado de parte de nuestro Dios.
6:17 En aquellos días los nobles de Judá enviaban muchas cartas a Tobías, y las de Tobías llegaban a ellos.
6:18 Muchos en Judá estaban ligados a él por juramento, porque era yerno de Secanías, hijo de Ara, y Johanán, hijo de Tobías, había tomado por esposa a la hija de Mesulam, hijo de Berequías.
6:19 También hablaban de sus buenas obras delante de mí y le comunicaban mis palabras. Tobías enviaba cartas para atemorizarme.

Capítulo 7
Nehemías designa dirigentes
7:1 Cuando la muralla quedó construida, coloqué las hojas de las puertas y fueron nombrados los porteros, los cantores y los levitas.
7:2 Puse al frente de Jerusalén a mi hermano Hananí y a Hananías, jefe de la fortaleza, porque este era un hombre fiel y temía a Dios más que muchos.
7:3 Les dije: «No se abran las puertas de Jerusalén hasta que caliente el sol. Mientras los guardias estén en sus puestos, cierren las hojas de las puertas y atránquenlas. Asignen guardias de entre los habitantes de Jerusalén, cada uno en su puesto y cada uno frente a su casa».
7:4 La ciudad era espaciosa y grande, pero había poca gente en ella y no había casas reconstruidas.
Los que volvieron con Zorobabel
Texto relacionado: Esdras 2:1–70.
7:5 Mi Dios puso en mi corazón que reuniera a los nobles, a los oficiales y al pueblo para registrarlos por genealogía. Encontré el libro del registro genealógico de los que habían subido primero, y encontré escrito en él:
7:6 Estos son los habitantes de la provincia que subieron del cautiverio, de los desterrados que Nabucodonosor, rey de Babilonia, había llevado cautivos. Regresaron a Jerusalén y a Judá, cada uno a su ciudad.
7:7 Vinieron con Zorobabel, Jesúa, Nehemías, Azarías, Raamías, Nahamani, Mardoqueo, Bilsán, Misperet, Bigvai, Nehum y Baana. Este es el número de los hombres del pueblo de Israel:
7:8 Los descendientes de Paros: dos mil ciento setenta y dos.
7:9 Los descendientes de Sefatías: trescientos setenta y dos.
7:10 Los descendientes de Ara: seiscientos cincuenta y dos.
7:11 Los descendientes de Pahat-moab, de los hijos de Jesúa y de Joab: dos mil ochocientos dieciocho.
7:12 Los descendientes de Elam: mil doscientos cincuenta y cuatro.
7:13 Los descendientes de Zatu: ochocientos cuarenta y cinco.
7:14 Los descendientes de Zacai: setecientos sesenta.
7:15 Los descendientes de Binúi: seiscientos cuarenta y ocho.
7:16 Los descendientes de Bebai: seiscientos veintiocho.
7:17 Los descendientes de Azgad: dos mil trescientos veintidós.
7:18 Los descendientes de Adonicam: seiscientos sesenta y siete.
7:19 Los descendientes de Bigvai: dos mil sesenta y siete.
7:20 Los descendientes de Adín: seiscientos cincuenta y cinco.
7:21 Los descendientes de Ater, de Ezequías: noventa y ocho.
7:22 Los descendientes de Hasum: trescientos veintiocho.
7:23 Los descendientes de Bezai: trescientos veinticuatro.
7:24 Los descendientes de Harif: ciento doce.
7:25 Los de Gabaón: noventa y cinco.
7:26 Los hombres de Belén y de Netofa: ciento ochenta y ocho.
7:27 Los hombres de Anatot: ciento veintiocho.
7:28 Los hombres de Bet-azmavet: cuarenta y dos.
7:29 Los hombres de Quiriat-jearim, Cafira y Beerot: setecientos cuarenta y tres.
7:30 Los hombres de Ramá y de Geba: seiscientos veintiuno.
7:31 Los hombres de Micmas: ciento veintidós.
7:32 Los hombres de Bet-el y de Hai: ciento veintitrés.
7:33 Los hombres del otro Nebo: cincuenta y dos.
7:34 Los del otro Elam: mil doscientos cincuenta y cuatro.
7:35 Los de Harim: trescientos veinte.
7:36 Los de Jericó: trescientos cuarenta y cinco.
7:37 Los de Lod, Hadid y Ono: setecientos veintiuno.
7:38 Los de Senaa: tres mil novecientos treinta.
7:39 Los sacerdotes: los descendientes de Jedaías, de la casa de Jesúa, novecientos setenta y tres.
7:40 Los descendientes de Imer: mil cincuenta y dos.
7:41 Los descendientes de Pasur: mil doscientos cuarenta y siete.
7:42 Los descendientes de Harim: mil diecisiete.
7:43 Los levitas: los descendientes de Jesúa, de Cadmiel, de los hijos de Hodeva, setenta y cuatro.
7:44 Los cantores: los descendientes de Asaf, ciento cuarenta y ocho.
7:45 Los porteros: los descendientes de Salum, los de Ater, los de Talmón, los de Acub, los de Hatita y los de Sobai; ciento treinta y ocho.
7:46 Los servidores del templo: los descendientes de Ziha, los de Hasufa, los de Tabaot,
7:47 los de Queros, los de Sia, los de Padón,
7:48 los de Lebana, los de Hagaba, los de Salmai,
7:49 los de Hanán, los de Gidel, los de Gahar,
7:50 los de Reaía, los de Rezín, los de Necoda,
7:51 los de Gazam, los de Uza, los de Paseah,
7:52 los de Besai, los de Meunim, los de Nefisesim,
7:53 los de Bacbuc, los de Hacufa, los de Harhur,
7:54 los de Bazlit, los de Mehída, los de Harsa,
7:55 los de Barcos, los de Sísara, los de Tema,
7:56 los de Nezía y los de Hatifa.
7:57 Los descendientes de los siervos de Salomón: los de Sotai, los de Soferet, los de Perida,
7:58 los de Jaala, los de Darcón, los de Gidel,
7:59 los de Sefatías, los de Hatil, los de Poqueret-hazebaim y los de Amón.
7:60 Todos los servidores del templo y los descendientes de los siervos de Salomón sumaban trescientos noventa y dos.
7:61 Estos son los que subieron de Tel-mela, Tel-harsa, Querub, Adón e Imer, pero no pudieron demostrar su familia paterna ni su linaje, si eran de Israel:
7:62 los descendientes de Delaía, los de Tobías y los de Necoda; seiscientos cuarenta y dos.
7:63 De los sacerdotes: los descendientes de Habaía, los de Cos y los de Barzilai, quien había tomado por esposa a una de las hijas de Barzilai, el galaadita, y recibió el nombre de esa familia.
7:64 Estos buscaron su inscripción en los registros genealógicos, pero no fue encontrada, y fueron excluidos del sacerdocio como impuros.
7:65 El gobernador les dijo que no comieran de las cosas santísimas hasta que se presentara el sacerdote con el Urim y el Tumim.
7:66 Toda la asamblea en conjunto era de cuarenta y dos mil trescientos sesenta,
7:67 sin contar a sus siervos y a sus siervas, que eran siete mil trescientos treinta y siete. Tenían además doscientos cuarenta y cinco cantores y cantoras.
7:68 [Sus caballos eran setecientos treinta y seis, y sus mulas, doscientas cuarenta y cinco.]
7:69 Sus camellos eran cuatrocientos treinta y cinco, y sus burros, seis mil setecientos veinte.
Aportaciones para la obra
7:70 Algunos jefes de familia dieron para la obra. El gobernador entregó al tesoro mil monedas de oro, cincuenta tazones y quinientas treinta túnicas sacerdotales.
7:71 Algunos de los jefes de familia dieron al tesoro de la obra veinte mil monedas de oro y unos mil trescientos kilos de plata.
7:72 El resto del pueblo dio veinte mil monedas de oro, unos mil doscientos kilos de plata y sesenta y siete túnicas sacerdotales.
7:73 Los sacerdotes, los levitas, los porteros, los cantores, algunos del pueblo, los servidores del templo y todo Israel se establecieron en sus ciudades. Cuando llegó el séptimo mes, los hijos de Israel estaban en sus ciudades.

Capítulo 8
El pueblo escucha y comprende la Ley
8:1 Todo el pueblo se reunió como un solo hombre en la plaza que está delante de la puerta de las Aguas. Pidieron al escriba Esdras que trajera el libro de la ley de Moisés, que el SEÑOR había mandado a Israel.
8:2 El sacerdote Esdras llevó la ley delante de la asamblea, de hombres, mujeres y todos los que podían entender lo que oían, el primer día del séptimo mes.
8:3 Leyó en él frente a la plaza que está delante de la puerta de las Aguas, desde el alba hasta el mediodía, en presencia de los hombres, las mujeres y los que podían entender. Los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la ley.
8:4 El escriba Esdras estaba de pie sobre una plataforma de madera que habían hecho para la ocasión. A su derecha estaban Matatías, Sema, Anías, Urías, Hilcías y Maasías; y a su izquierda, Pedaías, Misael, Malquías, Hasum, Hasbadana, Zacarías y Mesulam.
8:5 Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo, porque estaba por encima de todo el pueblo. Cuando lo abrió, todo el pueblo se puso de pie.
8:6 Esdras bendijo al SEÑOR, el gran Dios, y todo el pueblo respondió: «¡Amén! ¡Amén!», levantando las manos. Se inclinaron y se postraron ante el SEÑOR, rostro a tierra.
8:7 Jesúa, Bani, Serebías, Jamín, Acub, Sabetai, Hodías, Maasías, Kelita, Azarías, Jozabad, Hanán, Pelaía y los levitas hacían entender al pueblo la ley, mientras el pueblo permanecía en su lugar.
8:8 Leían en el libro de la ley de Dios con claridad, explicaban el sentido y hacían entender la lectura.
8:9 Nehemías, el gobernador, el sacerdote y escriba Esdras, y los levitas que instruían al pueblo dijeron a todo el pueblo: «Este día es santo para el SEÑOR, su Dios. No hagan duelo ni lloren». Pues todo el pueblo lloraba al escuchar las palabras de la ley.
8:10 Les dijo: «Vayan, coman manjares y beban bebidas dulces, y envíen porciones a quien no tenga nada preparado, porque este día es santo para nuestro Señor. No se entristezcan, porque el gozo del SEÑOR es su fortaleza».
8:11 Los levitas hacían callar a todo el pueblo, diciendo: «Guarden silencio, porque este día es santo. No se entristezcan».
8:12 Todo el pueblo se fue a comer, a beber, a enviar porciones y a celebrar con gran alegría, porque habían entendido las palabras que les habían dado a conocer.
La celebración de las Enramadas
8:13 El segundo día se reunieron los jefes de las familias de todo el pueblo, los sacerdotes y los levitas con el escriba Esdras, para comprender las palabras de la ley.
8:14 Encontraron escrito en la ley que el SEÑOR había mandado por medio de Moisés que los hijos de Israel habitaran en enramadas durante la fiesta del séptimo mes,
8:15 y que anunciaran y proclamaran en todas sus ciudades y en Jerusalén: «Salgan al monte y traigan ramas de olivo, de olivo silvestre, de mirto, de palmeras y de árboles frondosos, para hacer enramadas conforme a lo escrito».
8:16 El pueblo salió, trajo las ramas y se hizo enramadas, cada uno en su azotea y en sus patios, en los patios de la casa de Dios, en la plaza de la puerta de las Aguas y en la plaza de la puerta de Efraín.
8:17 Toda la asamblea de los que habían regresado del cautiverio hizo enramadas y habitó en ellas. Desde los días de Jesúa, hijo de Nun, hasta aquel día, los hijos de Israel no habían hecho así. Hubo una alegría muy grande.
8:18 Esdras leía día tras día en el libro de la ley de Dios, desde el primer día hasta el último. Celebraron la fiesta durante siete días, y el octavo día hubo una asamblea solemne conforme a la ordenanza.

Capítulo 9
El pueblo confiesa sus pecados ante Dios
9:1 El día veinticuatro de ese mismo mes, los hijos de Israel se reunieron en ayuno, vestidos de tela de saco y con tierra sobre sí.
9:2 Los descendientes de Israel se separaron de todos los extranjeros. Se pusieron de pie y confesaron sus pecados y las iniquidades de sus padres.
9:3 Estuvieron de pie en su lugar y leyeron en el libro de la ley del SEÑOR, su Dios, durante tres horas. Durante otras tres horas confesaron sus pecados y se postraron ante el SEÑOR, su Dios.
9:4 Jesúa, Bani, Cadmiel, Sebanías, Buni, Serebías, Bani y Quenani se pusieron de pie en la escalinata de los levitas y clamaron a gran voz al SEÑOR, su Dios.
9:5 Los levitas Jesúa, Cadmiel, Bani, Hasabnías, Serebías, Hodías, Sebanías y Petaías dijeron: «Levántense y bendigan al SEÑOR, su Dios, desde la eternidad hasta la eternidad. Que bendigan tu glorioso nombre, exaltado por encima de toda bendición y alabanza.
9:6 Tú solo eres el SEÑOR.
   Tú hiciste los cielos, los cielos de los cielos y todo su ejército, la tierra y todo lo que está sobre ella, los mares y todo lo que hay en ellos.
   Tú das vida a todos ellos, y el ejército de los cielos se postra ante ti.
9:7 Tú eres el SEÑOR Dios, que escogiste a Abram, lo sacaste de Ur de los caldeos y le diste el nombre de Abraham.
9:8 Encontraste su corazón fiel delante de ti e hiciste con él el pacto de dar la tierra del cananeo, del hitita, del amorreo, del ferezeo, del jebuseo y del gergeseo, de darla a su descendencia.
   Cumpliste tus palabras, porque eres justo.
9:9 Viste la aflicción de nuestros padres en Egipto y escuchaste su clamor junto al mar Rojo.
9:10 Hiciste señales y prodigios contra el faraón, contra todos sus siervos y contra todo el pueblo de su tierra, porque sabías que habían actuado con soberbia contra ellos.
   Te hiciste un nombre que permanece hasta el día de hoy.
9:11 Dividiste el mar delante de ellos y cruzaron por en medio del mar sobre tierra seca.
   Arrojaste a sus perseguidores a las profundidades, como una piedra en aguas poderosas.
9:12 Los guiaste de día con una columna de nube y de noche con una columna de fuego, para alumbrarles el camino por el que debían andar.
9:13 Descendiste sobre el monte Sinaí y les hablaste desde los cielos.
   Les diste ordenanzas rectas, leyes verdaderas, estatutos y mandamientos buenos.
9:14 Les diste a conocer tu santo sábado y les mandaste mandamientos, estatutos y una ley por medio de tu siervo Moisés.
9:15 Les diste pan de los cielos para su hambre y les sacaste agua de la roca para su sed.
   Les dijiste que entraran a poseer la tierra que habías jurado darles al levantar tu mano.
9:16 Pero ellos y nuestros padres actuaron con soberbia, endurecieron su cuello y no escucharon tus mandamientos.
9:17 Se negaron a escuchar y no recordaron los prodigios que habías hecho entre ellos.
   Endurecieron su cuello y, en su rebelión, nombraron un jefe para volver a su esclavitud.
   Pero tú eres un Dios de perdón, clemente y compasivo, lento para la ira y abundante en amor fiel, y no los abandonaste.
9:18 Aun cuando se hicieron un becerro fundido y dijeron: “Este es tu dios, que te hizo subir de Egipto”, y cometieron grandes blasfemias,
9:19 tú, por tus muchas compasiones, no los abandonaste en el desierto.
   La columna de nube no se apartó de ellos de día para guiarlos por el camino, ni la columna de fuego de noche para alumbrarles el camino por el que debían andar.
9:20 Diste tu buen Espíritu para instruirlos.
   No retiraste tu maná de su boca y les diste agua para su sed.
9:21 Durante cuarenta años los sustentaste en el desierto y nada les faltó.
   Sus ropas no se desgastaron ni se hincharon sus pies.
9:22 Les diste reinos y pueblos y se los repartiste por regiones.
   Poseyeron la tierra de Sehón, es decir, la tierra del rey de Hesbón, y la tierra de Og, rey de Basán.
9:23 Multiplicaste a sus hijos como las estrellas de los cielos y los llevaste a la tierra de la que habías dicho a sus padres que entrarían a poseerla.
9:24 Sus hijos entraron y poseyeron la tierra.
   Sometiste delante de ellos a los habitantes de la tierra, los cananeos, y los entregaste en sus manos, junto con sus reyes y los pueblos de la tierra, para que hicieran con ellos según su voluntad.
9:25 Tomaron ciudades fortificadas y tierra fértil.
   Poseyeron casas llenas de toda cosa buena, cisternas excavadas, viñedos, olivares y árboles frutales en abundancia.
   Comieron, se saciaron, engordaron y se deleitaron en tu gran bondad.
9:26 Pero fueron desobedientes y se rebelaron contra ti.
   Echaron tu ley detrás de sus espaldas, mataron a tus profetas que los amonestaban para hacerlos volver a ti y cometieron grandes blasfemias.
9:27 Los entregaste en manos de sus adversarios, que los afligieron.
   En el tiempo de su angustia clamaban a ti, y tú los escuchabas desde los cielos.
   Por tus muchas compasiones les dabas salvadores que los salvaban de las manos de sus adversarios.
9:28 Pero cuando tenían descanso volvían a hacer lo malo delante de ti.
   Los abandonabas en manos de sus enemigos, que los dominaban.
   Volvían a clamar a ti, y tú escuchabas desde los cielos y los librabas muchas veces conforme a tus compasiones.
9:29 Los amonestaste para hacerlos volver a tu ley, pero ellos actuaron con soberbia y no escucharon tus mandamientos.
   Pecaron contra tus ordenanzas, por las cuales vivirá el hombre que las cumpla.
   Volvieron el hombro con rebeldía, endurecieron su cuello y no escucharon.
9:30 Tuviste paciencia con ellos durante muchos años y los amonestaste por tu Espíritu, por medio de tus profetas, pero no prestaron oído.
   Los entregaste en manos de los pueblos de las tierras.
9:31 Por tus muchas compasiones no los exterminaste ni los abandonaste, porque eres un Dios clemente y compasivo.
9:32 Ahora, Dios nuestro, Dios grande, poderoso y temible, que guardas el pacto y el amor fiel, no tengas en poco todo el sufrimiento que nos ha alcanzado a nosotros, a nuestros reyes, a nuestros jefes, a nuestros sacerdotes, a nuestros profetas, a nuestros padres y a todo tu pueblo, desde los días de los reyes de Asiria hasta el día de hoy.
9:33 Tú eres justo en todo lo que nos ha sobrevenido, porque has actuado con fidelidad, pero nosotros hemos obrado perversamente.
9:34 Nuestros reyes, nuestros jefes, nuestros sacerdotes y nuestros padres no cumplieron tu ley ni atendieron a tus mandamientos ni a tus testimonios con los que los amonestaste.
9:35 En su reino y en la abundante bondad que les diste, en la tierra espaciosa y fértil que pusiste delante de ellos, no te sirvieron ni se apartaron de sus malas obras.
9:36 Hoy somos esclavos.
   En la tierra que diste a nuestros padres para que comieran su fruto y sus bienes, aquí estamos, esclavos en ella.
9:37 Su abundante producto es para los reyes que has puesto sobre nosotros por nuestros pecados.
   Ellos dominan nuestros cuerpos y nuestro ganado según su voluntad, y estamos en gran angustia».
Pacto del pueblo, de guardar la ley
9:38 Por todo esto hacemos un compromiso firme y lo ponemos por escrito. En el documento sellado figuran nuestros jefes, nuestros levitas y nuestros sacerdotes.

Capítulo 10
Los responsables del compromiso
10:1 Los que pusieron su sello fueron: Nehemías, el gobernador, hijo de Hacalías, y Sedequías,
10:2 Seraías, Azarías, Jeremías,
10:3 Pasur, Amarías, Malquías,
10:4 Hatús, Sebanías, Maluc,
10:5 Harim, Meremot, Obadías,
10:6 Daniel, Ginetón, Baruc,
10:7 Mesulam, Abías, Mijamín,
10:8 Maazías, Bilgai y Semaías. Estos eran los sacerdotes.
10:9 Los levitas: Jesúa, hijo de Azanías, Binúi, de los hijos de Henadad, Cadmiel,
10:10 y sus hermanos Sebanías, Hodías, Kelita, Pelaía, Hanán,
10:11 Micaía, Rehob, Hasabías,
10:12 Zacur, Serebías, Sebanías,
10:13 Hodías, Bani y Beninu.
10:14 Los jefes del pueblo: Paros, Pahat-moab, Elam, Zatu, Bani,
10:15 Buni, Azgad, Bebai,
10:16 Adonías, Bigvai, Adín,
10:17 Ater, Ezequías, Azur,
10:18 Hodías, Hasum, Bezai,
10:19 Harif, Anatot, Nebai,
10:20 Magpías, Mesulam, Hezir,
10:21 Mesezabeel, Sadoc, Jadúa,
10:22 Pelatías, Hanán, Anaías,
10:23 Oseas, Hananías, Hasub,
10:24 Halohes, Pilha, Sobec,
10:25 Rehum, Hasabna, Maasías,
10:26 Ahías, Hanán, Anán,
10:27 Maluc, Harim y Baana.
Los compromisos de la comunidad
10:28 El resto del pueblo, los sacerdotes, los levitas, los porteros, los cantores, los servidores del templo y todos los que se habían separado de los pueblos de las tierras para seguir la ley de Dios, con sus esposas, sus hijos y sus hijas, todos los que tenían conocimiento y entendimiento,
10:29 se unieron a sus hermanos, sus nobles, y se comprometieron bajo maldición y juramento a andar en la ley de Dios, dada por medio de Moisés, siervo de Dios, y a guardar y cumplir todos los mandamientos del SEÑOR, nuestro Señor, sus ordenanzas y sus estatutos:
10:30 «No daremos nuestras hijas a los pueblos de la tierra ni tomaremos las hijas de ellos para nuestros hijos.
10:31 Si los pueblos de la tierra traen mercancías o cualquier clase de grano para vender en sábado, no compraremos de ellos en sábado ni en día santo. En el séptimo año dejaremos descansar la tierra y renunciaremos a toda deuda.
10:32 Nos hemos impuesto también la obligación de dar cada año unos cuatro gramos de plata para el servicio de la casa de nuestro Dios:
10:33 para el pan de la Presencia, para la ofrenda continua de cereal, para el holocausto continuo, para los sábados, las lunas nuevas y las fiestas señaladas, para las ofrendas consagradas y para las ofrendas por el pecado que hacen expiación por Israel, y para toda la obra de la casa de nuestro Dios.
10:34 Los sacerdotes, los levitas y el pueblo echamos suertes acerca de la ofrenda de leña, para llevarla a la casa de nuestro Dios según nuestras familias paternas, en tiempos señalados, año tras año, para quemarla sobre el altar del SEÑOR, nuestro Dios, conforme a lo escrito en la ley.
10:35 Llevaremos año tras año a la casa del SEÑOR las primicias de nuestra tierra y las primicias de todo fruto de todo árbol.
10:36 También llevaremos a la casa de nuestro Dios los primogénitos de nuestros hijos y de nuestros animales, conforme a lo escrito en la ley, y los primogénitos de nuestras vacas, ovejas y cabras, a los sacerdotes que sirven en la casa de nuestro Dios.
10:37 Llevaremos a los sacerdotes, a los aposentos de la casa de nuestro Dios, las primicias de nuestras masas, nuestras contribuciones, el fruto de todo árbol, el vino nuevo y el aceite. Llevaremos el diezmo de nuestra tierra a los levitas, pues ellos, los levitas, reciben los diezmos en todas las ciudades donde trabajamos.
10:38 Un sacerdote, hijo de Aarón, estará con los levitas cuando los levitas reciban los diezmos. Los levitas llevarán el diezmo del diezmo a la casa de nuestro Dios, a los aposentos de la casa del tesoro.
10:39 Los hijos de Israel y los hijos de Leví llevarán a los aposentos la contribución del grano, del vino nuevo y del aceite. Allí están los utensilios del santuario, los sacerdotes que sirven, los porteros y los cantores. No abandonaremos la casa de nuestro Dios».

Capítulo 11
Los habitantes de Jerusalén
Texto relacionado: 1 Crónicas 9:1–34.
11:1 Los jefes del pueblo se establecieron en Jerusalén. El resto del pueblo echó suertes para llevar a uno de cada diez a vivir en Jerusalén, la ciudad santa, mientras las otras nueve partes vivían en las demás ciudades.
11:2 El pueblo bendijo a todos los hombres que se ofrecieron voluntariamente a vivir en Jerusalén.
11:3 Estos son los jefes de la provincia que vivían en Jerusalén. En las ciudades de Judá vivían los israelitas, los sacerdotes, los levitas, los servidores del templo y los descendientes de los siervos de Salomón, cada uno en su propiedad, en sus ciudades.
11:4 En Jerusalén vivían algunos de los descendientes de Judá y de Benjamín. De los descendientes de Judá: Ataías, hijo de Uzías, hijo de Zacarías, hijo de Amarías, hijo de Sefatías, hijo de Mahalaleel, de los descendientes de Fares;
11:5 y Maasías, hijo de Baruc, hijo de Col-hoze, hijo de Hazaías, hijo de Adaías, hijo de Joiarib, hijo de Zacarías, hijo del silonita.
11:6 Todos los descendientes de Fares que vivían en Jerusalén eran cuatrocientos sesenta y ocho hombres valientes.
11:7 Estos son los descendientes de Benjamín: Salú, hijo de Mesulam, hijo de Joed, hijo de Pedaías, hijo de Colaías, hijo de Maasías, hijo de Itiel, hijo de Jesaías;
11:8 y después de él, Gabai y Salai: novecientos veintiocho en total.
11:9 Joel, hijo de Zicri, estaba al frente de ellos, y Judá, hijo de Senúa, era el segundo al mando de la ciudad.
11:10 De los sacerdotes: Jedaías, hijo de Joiarib; Jaquín;
11:11 Seraías, hijo de Hilcías, hijo de Mesulam, hijo de Sadoc, hijo de Meraiot, hijo de Ahitob, encargado de la casa de Dios;
11:12 y sus hermanos, que hacían el trabajo de la casa, ochocientos veintidós. También Adaías, hijo de Jeroham, hijo de Pelalías, hijo de Amsi, hijo de Zacarías, hijo de Pasur, hijo de Malquías;
11:13 y sus hermanos, jefes de familias, doscientos cuarenta y dos. También Amasai, hijo de Azareel, hijo de Azai, hijo de Mesilemot, hijo de Imer;
11:14 y sus hermanos, hombres valientes, ciento veintiocho. Zabdiel, de familia noble, estaba al frente de ellos.
11:15 De los levitas: Semaías, hijo de Hasub, hijo de Azricam, hijo de Hasabías, hijo de Buni;
11:16 Sabetai y Jozabad, de los jefes de los levitas, encargados del trabajo exterior de la casa de Dios;
11:17 Matanías, hijo de Micaía, hijo de Zabdi, hijo de Asaf, el jefe que iniciaba la acción de gracias durante la oración; Bacbuquías, el segundo entre sus hermanos; y Abda, hijo de Samúa, hijo de Galal, hijo de Jedutún.
11:18 Todos los levitas que vivían en la ciudad santa eran doscientos ochenta y cuatro.
11:19 Los porteros, Acub, Talmón y sus hermanos, que vigilaban las puertas, eran ciento setenta y dos.
11:20 El resto de Israel, los sacerdotes y los levitas vivían en todas las ciudades de Judá, cada uno en su heredad.
11:21 Los servidores del templo vivían en Ofel. Ziha y Gispa estaban al frente de los servidores del templo.
11:22 El encargado de los levitas en Jerusalén era Uzi, hijo de Bani, hijo de Hasabías, hijo de Matanías, hijo de Micaía, de los descendientes de Asaf, los cantores encargados del servicio de la casa de Dios.
11:23 Pues había un mandato del rey acerca de ellos y una provisión establecida para los cantores, para cada día.
11:24 Petaías, hijo de Mesezabeel, de los descendientes de Zera, hijo de Judá, estaba al servicio del rey en todos los asuntos del pueblo.
Lugares habitados fuera de Jerusalén
11:25 En cuanto a las aldeas y sus campos, algunos de los descendientes de Judá vivían en Quiriat-arba y sus poblaciones, en Dibón y sus poblaciones, en Jecabseel y sus aldeas,
11:26 en Jesúa, en Molada, en Bet-pelet,
11:27 en Hazar-sual, en Beerseba y sus poblaciones,
11:28 en Siclag, en Mecona y sus poblaciones,
11:29 en En-rimón, en Zora, en Jarmut,
11:30 en Zanoa, en Adulam y sus aldeas, en Laquis y sus campos, y en Azeca y sus poblaciones. Se establecieron desde Beerseba hasta el valle de Hinom.
11:31 Los descendientes de Benjamín vivían desde Geba, en Micmas, en Aía, en Bet-el y sus poblaciones,
11:32 en Anatot, en Nob, en Ananías,
11:33 en Hazor, en Ramá, en Gitaim,
11:34 en Hadid, en Seboim, en Nebalat,
11:35 en Lod y en Ono, el valle de los Artesanos.
11:36 Algunas divisiones de los levitas de Judá se establecieron en Benjamín.

Capítulo 12
Sacerdotes y levitas
12:1 Estos son los sacerdotes y los levitas que subieron con Zorobabel, hijo de Salatiel, y con Jesúa: Seraías, Jeremías, Esdras,
12:2 Amarías, Maluc, Hatús,
12:3 Secanías, Rehum, Meremot,
12:4 Iddo, Gineto, Abías,
12:5 Mijamín, Maadías, Bilga,
12:6 Semaías, Joiarib, Jedaías,
12:7 Salú, Amoc, Hilcías y Jedaías. Estos eran los jefes de los sacerdotes y sus hermanos en los días de Jesúa.
12:8 Los levitas eran Jesúa, Binúi, Cadmiel, Serebías, Judá y Matanías. Este último y sus hermanos estaban a cargo de los cantos de acción de gracias.
12:9 Bacbuquías y Uni, sus hermanos, estaban frente a ellos en sus turnos de servicio.
La sucesión sacerdotal
12:10 Jesúa fue padre de Joiacim, Joiacim fue padre de Eliasib y Eliasib fue padre de Joiada.
12:11 Joiada fue padre de Jonatán, y Jonatán fue padre de Jadúa.
Las familias sacerdotales en tiempos de Joiacim
12:12 En los días de Joiacim, los sacerdotes que eran jefes de familias fueron estos: de la familia de Seraías, Meraías; de la de Jeremías, Hananías;
12:13 de la de Esdras, Mesulam; de la de Amarías, Johanán;
12:14 de la de Melicú, Jonatán; de la de Sebanías, José;
12:15 de la de Harim, Adna; de la de Meraiot, Helcai;
12:16 de la de Iddo, Zacarías; de la de Ginetón, Mesulam;
12:17 de la de Abías, Zicri; de la de Miniamín; de la de Moadías, Piltai;
12:18 de la de Bilga, Samúa; de la de Semaías, Jonatán;
12:19 de la de Joiarib, Matenai; de la de Jedaías, Uzi;
12:20 de la de Salai, Calai; de la de Amoc, Eber;
12:21 de la de Hilcías, Hasabías; de la de Jedaías, Natanael.
Registros y servicio de los levitas
12:22 En los días de Eliasib, Joiada, Johanán y Jadúa fueron registrados los jefes de las familias levitas; también los sacerdotes durante el reinado de Darío el persa.
12:23 Los descendientes de Leví que eran jefes de familias fueron registrados en el libro de las crónicas hasta los días de Johanán, hijo de Eliasib.
12:24 Los jefes de los levitas eran Hasabías, Serebías y Jesúa, hijo de Cadmiel. Sus hermanos estaban frente a ellos para alabar y dar gracias, conforme al mandato de David, hombre de Dios, un turno frente a otro.
12:25 Matanías, Bacbuquías, Obadías, Mesulam, Talmón y Acub eran los porteros que montaban guardia en los depósitos de las puertas.
12:26 Estos sirvieron en los días de Joiacim, hijo de Jesúa, hijo de Josadac, y en los días del gobernador Nehemías y de Esdras, el sacerdote y escriba.
Dedicación del muro
12:27 Para la dedicación de la muralla de Jerusalén buscaron a los levitas de todos los lugares donde vivían, para llevarlos a Jerusalén y celebrar la dedicación con alegría, con acciones de gracias y cantos, con címbalos, arpas y liras.
12:28 Se reunieron los descendientes de los cantores, tanto de la región que rodea Jerusalén como de las aldeas de los netofatitas,
12:29 de Bet-gilgal y de los campos de Geba y Azmavet, pues los cantores se habían construido aldeas alrededor de Jerusalén.
12:30 Los sacerdotes y los levitas se purificaron, y purificaron al pueblo, las puertas y la muralla.
12:31 Hice subir a los jefes de Judá sobre la muralla y organicé dos grandes coros de acción de gracias. Uno fue en procesión hacia la derecha, por encima de la muralla, hacia la puerta del Estiércol.
12:32 Detrás de ellos iban Osaías y la mitad de los jefes de Judá,
12:33 Azarías, Esdras, Mesulam,
12:34 Judá, Benjamín, Semaías y Jeremías;
12:35 y algunos de los descendientes de los sacerdotes con trompetas. También Zacarías, hijo de Jonatán, hijo de Semaías, hijo de Matanías, hijo de Micaías, hijo de Zacur, hijo de Asaf,
12:36 y sus hermanos Semaías, Azareel, Milalai, Gilalai, Maai, Natanael, Judá y Hanani, con los instrumentos musicales de David, hombre de Dios. Esdras, el escriba, iba delante de ellos.
12:37 En la puerta de la Fuente subieron por las escaleras de la Ciudad de David que tenían delante, por la subida a la muralla, por encima de la casa de David, hasta la puerta de las Aguas, al oriente.
12:38 El segundo coro de acción de gracias iba en dirección opuesta. Yo iba detrás de él con la mitad del pueblo, por encima de la muralla, pasando por la torre de los Hornos hasta la Muralla Ancha,
12:39 por encima de la puerta de Efraín, pasando por la puerta Vieja, la puerta del Pescado, la torre de Hananeel y la torre de los Cien, hasta la puerta de las Ovejas. Se detuvieron en la puerta de la Guardia.
12:40 Los dos coros de acción de gracias se detuvieron en la casa de Dios, y también yo, con la mitad de los oficiales que estaban conmigo,
12:41 y los sacerdotes Eliacim, Maasías, Miniamín, Micaías, Elioenai, Zacarías y Hananías, con trompetas;
12:42 y Maasías, Semaías, Eleazar, Uzi, Johanán, Malquías, Elam y Ezer. Los cantores hicieron oír sus voces bajo la dirección de Izrahías.
12:43 Aquel día ofrecieron grandes sacrificios y se alegraron, porque Dios les había dado una gran alegría. También las mujeres y los niños se alegraron, y la alegría de Jerusalén se oía desde lejos.
Porciones para sacerdotes y levitas
12:44 Aquel día se nombraron hombres a cargo de las cámaras de los tesoros, las ofrendas, las primicias y los diezmos, para recoger en ellas, de los campos de las ciudades, las porciones que la ley asignaba a los sacerdotes y a los levitas, pues Judá se alegraba por los sacerdotes y los levitas que servían.
12:45 Ellos cumplían el servicio de su Dios y el servicio de la purificación, al igual que los cantores y los porteros, conforme al mandato de David y de su hijo Salomón.
12:46 Pues ya desde los días de David y de Asaf, en tiempos antiguos, había jefes de los cantores y cantos de alabanza y de acción de gracias a Dios.
12:47 En los días de Zorobabel y en los días de Nehemías, todo Israel daba a los cantores y a los porteros sus porciones para cada día. También consagraban porciones para los levitas, y los levitas consagraban porciones para los descendientes de Aarón.

Capítulo 13
Reformas de Nehemías
13:1 Aquel día se leyó el libro de Moisés a oídos del pueblo, y se encontró escrito en él que ningún amonita ni moabita debía entrar jamás en la asamblea de Dios,
13:2 porque no salieron a recibir con pan y agua a los israelitas, y Balaam fue contratado contra Israel para maldecirlo. Pero nuestro Dios convirtió la maldición en bendición.
13:3 Cuando oyeron la ley, separaron de Israel a toda la gente extranjera.
La recuperación de las cámaras del templo
13:4 Antes de esto, el sacerdote Eliasib, encargado de la cámara de la casa de nuestro Dios, era pariente de Tobías.
13:5 Le había preparado una cámara grande, donde antes se guardaban la ofrenda de cereal, el incienso, los utensilios, el diezmo del grano, del vino nuevo y del aceite, que estaba mandado dar a los levitas, a los cantores y a los porteros, y la ofrenda para los sacerdotes.
13:6 Durante todo esto yo no estaba en Jerusalén, pues en el año treinta y dos de Artajerjes, rey de Babilonia, había ido a ver al rey. Al cabo de un tiempo, pedí permiso al rey
13:7 y regresé a Jerusalén. Entonces me enteré del mal que Eliasib había hecho a favor de Tobías, al prepararle una cámara en los atrios de la casa de Dios.
13:8 Esto me disgustó mucho, y arrojé fuera de la cámara todos los muebles de la casa de Tobías.
13:9 Di la orden, y purificaron las cámaras. Entonces volví a llevar allí los utensilios de la casa de Dios, la ofrenda de cereal y el incienso.
La provisión para los servidores del templo
13:10 También supe que no se habían dado las porciones de los levitas, y que los levitas y los cantores que prestaban el servicio habían huido, cada uno a su campo.
13:11 Reprendí a los oficiales y les dije: «¿Por qué se ha abandonado la casa de Dios?». Luego reuní a los levitas y los restablecí en sus puestos.
13:12 Todo Judá llevó a los depósitos el diezmo del grano, del vino nuevo y del aceite.
13:13 Puse a cargo de los depósitos al sacerdote Selemías, al escriba Sadoc y a Pedaías, de los levitas. Como ayudante de ellos nombré a Hanán, hijo de Zacur, hijo de Matanías, porque eran considerados fieles. A ellos les correspondía distribuir las porciones entre sus hermanos.
13:14 Recuerda esto a mi favor, Dios mío, y no borres los actos de fidelidad que he hecho por la casa de mi Dios y por su servicio.
La reforma del sábado
13:15 En aquellos días vi en Judá a gente que pisaba uvas en los lagares en sábado, que llevaba montones de cereal y los cargaba sobre asnos, junto con vino, uvas, higos y toda clase de cargas, y que los traía a Jerusalén en sábado. Los amonesté el día en que vendían provisiones.
13:16 También los tirios que vivían allí traían pescado y toda clase de mercancías, y las vendían en sábado a los habitantes de Judá, en la misma Jerusalén.
13:17 Reprendí a los nobles de Judá y les dije: «¿Qué maldad es esta que están haciendo, profanando el sábado?
13:18 ¿No hicieron lo mismo sus padres, y nuestro Dios trajo toda esta desgracia sobre nosotros y sobre esta ciudad? ¡Y ustedes añaden ira contra Israel al profanar el sábado!».
13:19 Cuando las puertas de Jerusalén comenzaban a quedar en sombras antes del sábado, di la orden y se cerraron sus hojas. Mandé que no se abrieran hasta después del sábado. Puse junto a las puertas a algunos de mis servidores para que no entrara ninguna carga en sábado.
13:20 Los comerciantes y vendedores de toda clase de mercancías pasaron la noche fuera de Jerusalén una o dos veces.
13:21 Les advertí y les dije: «¿Por qué pasan la noche frente a la muralla? Si vuelven a hacerlo, les echaré mano». Desde entonces dejaron de venir en sábado.
13:22 Ordené a los levitas que se purificaran y vinieran a vigilar las puertas para santificar el sábado. Recuerda también esto a mi favor, Dios mío, y ten compasión de mí conforme a tu gran misericordia.
La fidelidad de las familias al pacto
13:23 En aquellos días también vi a judíos que se habían casado con mujeres de Asdod, amonitas y moabitas.
13:24 La mitad de sus hijos hablaba la lengua de Asdod; no sabían hablar la lengua de Judá, sino la lengua de cada pueblo.
13:25 Reprendí a esos hombres, los maldije, golpeé a algunos de ellos y les arranqué el cabello. Los hice jurar por Dios, diciendo: «No darán sus hijas a los hijos de ellos ni tomarán a las hijas de ellos para sus hijos ni para ustedes mismos».
13:26 «¿No pecó por estas cosas Salomón, rey de Israel? Entre muchas naciones no hubo rey como él. Su Dios lo amaba y lo había puesto como rey sobre todo Israel. Sin embargo, incluso a él lo hicieron pecar las mujeres extranjeras.
13:27 ¿Vamos, pues, a escucharlos a ustedes y cometer todo este gran mal, siendo infieles a nuestro Dios al casarnos con mujeres extranjeras?».
13:28 Uno de los hijos de Joiada, hijo del sumo sacerdote Eliasib, era yerno de Sanbalat, el horonita, y lo eché de mi presencia.
13:29 Acuérdate de ellos, Dios mío, por haber profanado el sacerdocio y el pacto del sacerdocio y de los levitas.
La continuidad del servicio ante Dios
13:30 Los purifiqué de todo lo extranjero y establecí los turnos de servicio de los sacerdotes y de los levitas, cada uno en su trabajo,
13:31 y dispuse lo necesario para la ofrenda de leña en los tiempos señalados y para las primicias. Acuérdate de mí, Dios mío, para bien.

ESTER

Capítulo 1
Los banquetes de la corte persa
1:1 Esto sucedió en los días de Asuero, el Asuero que reinaba sobre ciento veintisiete provincias, desde la India hasta Cus.
1:2 En aquellos días, cuando el rey Asuero se sentaba en su trono real en la fortaleza de Susa,
1:3 en el tercer año de su reinado celebró un banquete para todos sus jefes y servidores. Tenía ante él a las fuerzas de Persia y Media, a los nobles y a los gobernadores de las provincias,
1:4 mientras mostraba las riquezas de su glorioso reino y el esplendor de su majestuosa grandeza durante muchos días: ciento ochenta días.
1:5 Al terminar esos días, el rey celebró un banquete de siete días para todo el pueblo que se encontraba en la fortaleza de Susa, desde el mayor hasta el menor, en el patio del jardín del palacio real.
1:6 Había cortinas blancas de algodón y de tela azul, sujetas con cordones de lino fino y púrpura a anillos de plata y columnas de mármol. Los divanes de oro y plata estaban sobre un pavimento de pórfido, mármol, nácar y piedras de colores.
1:7 Se servía la bebida en copas de oro, cada una diferente de las demás. Había vino real en abundancia, conforme a la generosidad del rey.
1:8 Según la norma, nadie era obligado a beber, pues el rey había ordenado a todos los mayordomos de su casa que hicieran según el deseo de cada uno.
1:9 También la reina Vasti celebró un banquete para las mujeres en el palacio real del rey Asuero.
Vasti rechaza la orden del rey
1:10 El séptimo día, cuando el corazón del rey estaba alegre por el vino, ordenó a Mehumán, Bizta, Harbona, Bigta, Abagta, Zetar y Carcas, los siete eunucos que servían ante el rey Asuero,
1:11 que llevaran a la reina Vasti ante el rey con la corona real, para mostrar su belleza a los pueblos y a los jefes, pues era hermosa.
1:12 Pero la reina Vasti se negó a ir por orden del rey, transmitida por medio de los eunucos. El rey se enojó mucho, y su ira ardía en él.
El consejo y el decreto contra Vasti
1:13 El rey habló con los sabios conocedores de los tiempos, pues era su costumbre presentar los asuntos ante todos los expertos en la ley y el derecho.
1:14 Los más cercanos a él eran Carsena, Setar, Admata, Tarsis, Meres, Marsena y Memucán, los siete jefes de Persia y Media que tenían acceso a la presencia del rey y ocupaban los primeros puestos del reino.
1:15 El rey preguntó: «Según la ley, ¿qué se debe hacer con la reina Vasti por no haber cumplido la orden del rey Asuero, transmitida por medio de los eunucos?».
1:16 Memucán dijo ante el rey y los jefes: «La reina Vasti ha ofendido no solo al rey, sino a todos los jefes y a todos los pueblos de todas las provincias del rey Asuero.
1:17 Porque lo que ha hecho la reina llegará a oídos de todas las mujeres y hará que desprecien a sus maridos, cuando digan: “El rey Asuero mandó llevar ante él a la reina Vasti, pero ella no fue”.
1:18 Hoy mismo las damas de Persia y Media que hayan oído lo que hizo la reina dirán lo mismo a todos los jefes del rey, y habrá desprecio y enojo en abundancia.
1:19 Si al rey le parece bien, que emita un decreto real y que se escriba entre las leyes de Persia y Media, para que no pueda revocarse: que Vasti no vuelva a presentarse ante el rey Asuero, y que el rey dé su dignidad de reina a otra que sea mejor que ella.
1:20 Cuando el decreto que dicte el rey se oiga en todo su reino, aunque es grande, todas las mujeres honrarán a sus maridos, desde el mayor hasta el menor».
1:21 La propuesta agradó al rey y a los jefes, y el rey hizo lo que había dicho Memucán.
1:22 Envió cartas a todas las provincias del rey, a cada provincia en su escritura y a cada pueblo en su lengua, para que todo hombre gobernara en su casa y hablara la lengua de su pueblo.

Capítulo 2
La búsqueda de una nueva reina
2:1 Después de estas cosas, cuando se calmó la ira del rey Asuero, recordó a Vasti, lo que ella había hecho y lo que se había decretado contra ella.
2:2 Los jóvenes servidores que atendían al rey dijeron: «Que se busquen para el rey jóvenes vírgenes y hermosas.
2:3 Que el rey nombre encargados en todas las provincias de su reino, y que reúnan a todas las jóvenes vírgenes y hermosas en la fortaleza de Susa, en la casa de las mujeres, bajo el cuidado de Hegué, eunuco del rey y guardián de las mujeres. Que se les den sus tratamientos de belleza,
2:4 y que la joven que agrade al rey reine en lugar de Vasti». La propuesta agradó al rey, y así lo hizo.
Los orígenes de Ester y Mardoqueo
2:5 En la fortaleza de Susa había un judío llamado Mardoqueo, hijo de Jair, hijo de Simei, hijo de Cis, benjaminita,
2:6 que había sido deportado de Jerusalén entre los cautivos deportados con Jeconías, rey de Judá, a quien Nabucodonosor, rey de Babilonia, había llevado al destierro.
2:7 Él criaba a Hadasa, es decir, Ester, hija de su tío, pues ella no tenía padre ni madre. La joven era de hermosa figura y de buen parecer. Al morir su padre y su madre, Mardoqueo la había tomado como hija suya.
2:8 Cuando se dio a conocer la orden y el decreto del rey, y muchas jóvenes fueron reunidas en la fortaleza de Susa bajo el cuidado de Hegai, también Ester fue llevada a la casa del rey, bajo el cuidado de Hegai, guardián de las mujeres.
2:9 La joven le agradó y se ganó su favor. Él se apresuró a darle sus tratamientos de belleza y sus porciones de alimento, y le asignó las siete doncellas escogidas de la casa del rey que debían darse a ella. A ella y a sus doncellas las trasladó al mejor lugar de la casa de las mujeres.
2:10 Ester no había revelado su pueblo ni su origen familiar, porque Mardoqueo le había mandado que no los revelara.
2:11 Cada día Mardoqueo se paseaba frente al patio de la casa de las mujeres, para saber cómo estaba Ester y qué le sucedía.
Ester es elegida reina
2:12 Cuando llegaba el turno de cada joven de presentarse ante el rey Asuero, después de cumplir los doce meses prescritos para las mujeres —pues así se completaba el tiempo de sus tratamientos: seis meses con aceite de mirra y seis meses con perfumes y cosméticos para mujeres—,
2:13 la joven se presentaba así ante el rey. Se le daba todo lo que pidiera para llevarlo consigo desde la casa de las mujeres hasta la casa del rey.
2:14 Por la tarde iba y por la mañana regresaba a la segunda casa de las mujeres, bajo el cuidado de Saasgaz, eunuco del rey y guardián de las concubinas. No volvía a presentarse ante el rey, a menos que el rey se complaciera en ella y fuera llamada por su nombre.
2:15 Cuando llegó el turno de Ester de presentarse ante el rey, no pidió nada excepto lo que le indicó Hegai, eunuco del rey y guardián de las mujeres. Ella era hija de Abihail, tío de Mardoqueo, quien la había tomado como hija suya. Ester se ganaba el favor de todos los que la veían.
2:16 Ester fue llevada ante el rey Asuero, a su palacio real, en el mes décimo, que es el mes de Tebet, en el séptimo año de su reinado.
2:17 El rey amó a Ester más que a todas las demás mujeres, y ella se ganó su gracia y su favor más que todas las demás vírgenes. Él puso la corona real sobre su cabeza y la hizo reina en lugar de Vasti.
2:18 El rey celebró un gran banquete para todos sus jefes y servidores, el banquete de Ester. Concedió un descanso a las provincias y dio regalos conforme a la generosidad real.
Mardoqueo denuncia una conspiración contra el rey
2:19 Cuando las vírgenes fueron reunidas por segunda vez, Mardoqueo estaba sentado a la puerta del rey.
2:20 Ester no revelaba su origen familiar ni su pueblo, tal como Mardoqueo le había mandado. Ester obedecía lo que Mardoqueo decía, como cuando él la criaba.
2:21 En aquellos días, mientras Mardoqueo estaba sentado a la puerta del rey, Bigtán y Teres, dos eunucos del rey que guardaban la entrada, se enojaron y buscaron matar al rey Asuero.
2:22 Mardoqueo se enteró del asunto y se lo comunicó a la reina Ester. Ester lo dijo al rey en nombre de Mardoqueo.
2:23 Se investigó el asunto y se comprobó que era cierto. Ambos fueron colgados de un madero, y el hecho quedó escrito en el libro de las crónicas, en presencia del rey.

Capítulo 3
El conflicto entre Amán y Mardoqueo
3:1 Después de estas cosas, el rey Asuero engrandeció a Amán, hijo de Hamedata, el agagueo, lo elevó y puso su asiento por encima de todos los jefes que estaban con él.
3:2 Todos los servidores del rey que estaban a la puerta del rey se arrodillaban y se postraban ante Amán, porque así lo había mandado el rey respecto a él. Pero Mardoqueo no se arrodillaba ni se postraba.
3:3 Los servidores del rey que estaban a la puerta del rey le preguntaron a Mardoqueo: «¿Por qué desobedeces la orden del rey?».
3:4 Le hablaban día tras día, pero él no los escuchaba. Entonces se lo comunicaron a Amán, para ver si se sostendría lo que decía Mardoqueo, pues él les había dicho que era judío.
3:5 Amán vio que Mardoqueo no se arrodillaba ni se postraba ante él, y Amán se llenó de ira.
3:6 Le pareció poca cosa matar solo a Mardoqueo, pues le habían informado cuál era el pueblo de Mardoqueo. Por eso Amán procuró exterminar a todos los judíos que había en todo el reino de Asuero, al pueblo de Mardoqueo.
El decreto de exterminio contra los judíos
3:7 En el mes primero, que es el mes de Nisán, en el año doce del rey Asuero, se echó el pur, es decir, la suerte, ante Amán, para cada día y cada mes. Salió el mes duodécimo, que es el mes de Adar.
3:8 Amán dijo al rey Asuero: «Hay un pueblo disperso y separado entre los pueblos de todas las provincias de tu reino. Sus leyes son diferentes de las de todos los demás pueblos, y no cumplen las leyes del rey. No conviene al rey dejarlos en paz.
3:9 Si al rey le parece bien, que se decrete su destrucción. Yo entregaré, por peso, unas trescientas cuarenta toneladas de plata a los encargados del trabajo, para que las lleven a los tesoros del rey».
3:10 El rey se quitó el anillo de la mano y se lo dio a Amán, hijo de Hamedata, el agagueo, enemigo de los judíos.
3:11 El rey dijo a Amán: «La plata te es dada, y también el pueblo, para que hagas con él lo que te parezca bien».
3:12 El día trece del mes primero fueron convocados los escribas del rey. Se escribió, conforme a todo lo que Amán había ordenado, a los sátrapas del rey, a los gobernadores de cada provincia y a los jefes de cada pueblo, a cada provincia en su escritura y a cada pueblo en su lengua. Se escribió en nombre del rey Asuero y se selló con el anillo del rey.
3:13 Se enviaron cartas por medio de mensajeros a todas las provincias del rey, para destruir, matar y exterminar a todos los judíos, desde el joven hasta el anciano, niños y mujeres, en un solo día: el día trece del mes duodécimo, que es el mes de Adar, y para saquear sus bienes.
3:14 Una copia del escrito debía darse como ley en cada provincia y hacerse pública a todos los pueblos, para que estuvieran preparados para aquel día.
3:15 Los mensajeros salieron apresurados por orden del rey, y el decreto se promulgó en la fortaleza de Susa. El rey y Amán se sentaron a beber, mientras la ciudad de Susa estaba desconcertada.

Capítulo 4
El duelo de los judíos
4:1 Mardoqueo supo todo lo que se había hecho. Mardoqueo rasgó sus ropas, se vistió de tela de saco y se cubrió de ceniza. Salió por la ciudad y lanzó un clamor grande y amargo.
4:2 Llegó hasta delante de la puerta del rey, pues nadie podía entrar por la puerta del rey vestido de tela de saco.
4:3 En cada provincia, en todo lugar adonde llegaban la orden del rey y su decreto, había gran duelo entre los judíos, con ayuno, llanto y lamento. Muchos tenían por lecho tela de saco y ceniza.
El llamado a Ester para que interceda
4:4 Las doncellas de Ester y sus eunucos fueron a contárselo, y la reina se angustió mucho. Envió ropas para vestir a Mardoqueo y quitarle la tela de saco, pero él no las aceptó.
4:5 Entonces Ester llamó a Hatac, uno de los eunucos del rey que este había puesto a su servicio, y le encargó que averiguara qué le sucedía a Mardoqueo y por qué.
4:6 Hatac salió a ver a Mardoqueo, a la plaza de la ciudad que estaba delante de la puerta del rey.
4:7 Mardoqueo le contó todo lo que le había sucedido y la cantidad exacta de plata que Amán había prometido entregar por peso a los tesoros del rey por la destrucción de los judíos.
4:8 También le dio una copia del texto del decreto promulgado en Susa para exterminarlos, para que se la mostrara a Ester, la informara y le mandara presentarse ante el rey a suplicarle e interceder ante él por su pueblo.
4:9 Hatac regresó y comunicó a Ester las palabras de Mardoqueo.
4:10 Ester habló con Hatac y le mandó que dijera a Mardoqueo:
4:11 «Todos los servidores del rey y la gente de las provincias del rey saben que cualquier hombre o mujer que entre a ver al rey en el patio interior sin haber sido llamado está sujeto a una sola ley: debe morir. Solo vivirá aquel a quien el rey extienda el cetro de oro. Y yo no he sido llamada a presentarme ante el rey desde hace treinta días».
4:12 Comunicaron a Mardoqueo las palabras de Ester.
4:13 Mardoqueo mandó responder a Ester: «No pienses que, por estar en la casa del rey, tú serás la única de todos los judíos que escape.
4:14 Porque si guardas absoluto silencio en este momento, alivio y liberación surgirán para los judíos de otro lugar, pero tú y la casa de tu padre perecerán. ¿Y quién sabe si has llegado a ser reina para un momento como este?».
Ester decide interceder por su pueblo
4:15 Ester mandó responder a Mardoqueo:
4:16 «Ve, reúne a todos los judíos que se encuentran en Susa y ayunen por mí. No coman ni beban durante tres días, ni de noche ni de día. Mis doncellas y yo también ayunaremos de la misma manera. Entonces entraré a ver al rey, aunque sea contrario a la ley. Y si perezco, que perezca».
4:17 Mardoqueo se fue e hizo todo lo que Ester le había mandado.

Capítulo 5
Ester se presenta ante el rey y prepara su petición
5:1 Al tercer día, Ester se puso sus ropas reales y se colocó en el patio interior de la casa del rey, frente a la sala del rey. El rey estaba sentado en su trono real, en la sala real, frente a la entrada de la sala.
5:2 Cuando el rey vio a la reina Ester de pie en el patio, ella halló favor ante sus ojos. El rey extendió hacia Ester el cetro de oro que tenía en la mano. Ester se acercó y tocó la punta del cetro.
5:3 El rey le preguntó: «¿Qué te sucede, reina Ester? ¿Cuál es tu petición? Hasta la mitad del reino se te dará».
5:4 Ester respondió: «Si al rey le parece bien, que vengan hoy el rey y Amán al banquete que he preparado para el rey».
5:5 El rey dijo: «Hagan venir de prisa a Amán para cumplir lo que Ester ha dicho». El rey y Amán fueron al banquete que Ester había preparado.
5:6 Mientras bebían vino en el banquete, el rey dijo a Ester: «¿Cuál es tu petición? Se te dará. ¿Y cuál es tu ruego? Aunque sea hasta la mitad del reino, se te concederá».
5:7 Ester respondió: «Mi petición y mi ruego son estos:
5:8 si he hallado favor ante los ojos del rey, y si al rey le parece bien otorgar mi petición y cumplir mi ruego, que vengan el rey y Amán al banquete que les prepararé. Mañana haré lo que el rey ha dicho».
Amán prepara la muerte de Mardoqueo
5:9 Amán salió aquel día alegre y contento de corazón. Pero cuando Amán vio a Mardoqueo a la puerta del rey, y que no se levantaba ni temblaba ante él, Amán se llenó de ira contra Mardoqueo.
5:10 Sin embargo, Amán se contuvo y se fue a su casa. Mandó llamar a sus amigos y a Zeres, su esposa.
5:11 Amán les habló del esplendor de sus riquezas, de sus muchos hijos, de todo lo que el rey había hecho para engrandecerlo y de cómo lo había elevado por encima de los jefes y servidores del rey.
5:12 Amán dijo: «Además, la reina Ester no llevó a nadie más que a mí con el rey al banquete que preparó. También para mañana estoy invitado por ella junto con el rey.
5:13 Pero todo esto de nada me sirve cada vez que veo al judío Mardoqueo sentado a la puerta del rey».
5:14 Zeres, su esposa, y todos sus amigos le dijeron: «Que preparen un madero de unos veintitrés metros de altura. Por la mañana, dile al rey que cuelguen a Mardoqueo de él. Después entra alegre al banquete con el rey». La propuesta agradó a Amán, e hizo preparar el madero.

Capítulo 6
El rey recuerda el servicio de Mardoqueo
6:1 Aquella noche se le fue el sueño al rey. Mandó traer el libro de las memorias, las crónicas, y las leyeron ante el rey.
6:2 Se encontró escrito que Mardoqueo había informado acerca de Bigtana y Teres, dos eunucos del rey que guardaban la entrada y que habían intentado matar al rey Asuero.
6:3 El rey preguntó: «¿Qué honor y distinción se le ha dado a Mardoqueo por esto?». Los jóvenes servidores que atendían al rey respondieron: «No se ha hecho nada por él».
6:4 El rey preguntó: «¿Quién está en el patio?». Amán había llegado al patio exterior de la casa del rey para hablar al rey de colgar a Mardoqueo del madero que le había preparado.
6:5 Los servidores del rey le dijeron: «Amán está de pie en el patio». El rey dijo: «Que entre».
Amán debe honrar a Mardoqueo
6:6 Amán entró, y el rey le preguntó: «¿Qué se debe hacer por el hombre a quien el rey desea honrar?». Amán dijo en su corazón: «¿A quién deseará el rey honrar más que a mí?».
6:7 Amán respondió al rey: «Para el hombre a quien el rey desea honrar,
6:8 que traigan un ropaje real que el rey haya usado y un caballo que el rey haya montado, en cuya cabeza se haya puesto una corona real.
6:9 Que se entreguen el ropaje y el caballo en manos de uno de los jefes más nobles del rey; que vistan al hombre a quien el rey desea honrar y lo paseen sobre el caballo por la plaza de la ciudad, proclamando ante él: “Así se hará al hombre a quien el rey desea honrar”».
6:10 El rey dijo a Amán: «Date prisa, toma el ropaje y el caballo, tal como has dicho, y hazlo así con el judío Mardoqueo, que está sentado a la puerta del rey. No omitas nada de todo lo que has dicho».
6:11 Amán tomó el ropaje y el caballo, vistió a Mardoqueo y lo paseó a caballo por la plaza de la ciudad, proclamando ante él: «Así se hará al hombre a quien el rey desea honrar».
La humillación de Amán
6:12 Mardoqueo regresó a la puerta del rey, mientras Amán se apresuró a ir a su casa, de duelo y con la cabeza cubierta.
6:13 Amán contó a Zeres, su esposa, y a todos sus amigos todo lo que le había sucedido. Sus sabios y Zeres, su esposa, le dijeron: «Si Mardoqueo, ante quien has comenzado a caer, es del linaje de los judíos, no podrás contra él, sino que ciertamente caerás ante él».
6:14 Todavía estaban hablando con él cuando llegaron los eunucos del rey y se apresuraron a llevar a Amán al banquete que Ester había preparado.

Capítulo 7
Ester denuncia el plan de Amán
7:1 El rey y Amán fueron a beber con la reina Ester.
7:2 También el segundo día, mientras bebían vino en el banquete, el rey dijo a Ester: «¿Cuál es tu petición, reina Ester? Se te dará. ¿Y cuál es tu ruego? Aunque sea hasta la mitad del reino, se te concederá».
7:3 La reina Ester respondió: «Si he hallado favor ante tus ojos, oh rey, y si al rey le parece bien, que se me conceda mi vida por mi petición y la vida de mi pueblo por mi ruego.
7:4 Porque hemos sido vendidos, yo y mi pueblo, para ser destruidos, muertos y exterminados. Si hubiéramos sido vendidos como esclavos y esclavas, me habría callado, pues el adversario no puede compensar el daño al rey».
7:5 El rey Asuero respondió y dijo a la reina Ester: «¿Quién es y dónde está el que ha tenido la osadía de hacer esto?».
7:6 Ester respondió: «El adversario y enemigo es este malvado Amán». Amán quedó aterrorizado ante el rey y la reina.
La condena y muerte de Amán
7:7 El rey se levantó enfurecido del banquete de vino y salió al jardín del palacio. Amán se quedó para suplicar por su vida a la reina Ester, pues vio que el rey había decidido su desgracia.
7:8 El rey regresó del jardín del palacio a la sala del banquete de vino, y Amán había caído sobre el diván donde estaba Ester. El rey dijo: «¿Acaso pretende también violar a la reina estando yo en la casa?». Apenas salieron estas palabras de la boca del rey, le cubrieron el rostro a Amán.
7:9 Harbona, uno de los eunucos que estaban ante el rey, dijo: «Además, el madero que Amán hizo para Mardoqueo, quien habló en favor del rey, está levantado en la casa de Amán; tiene unos veintitrés metros de altura». El rey dijo: «¡Cuélguenlo de él!».
7:10 Colgaron a Amán del madero que había preparado para Mardoqueo, y la ira del rey se calmó.

Capítulo 8
El ascenso de Mardoqueo
8:1 Aquel día, el rey Asuero dio a la reina Ester la casa de Amán, enemigo de los judíos. Mardoqueo se presentó ante el rey, pues Ester había explicado qué relación tenía con ella.
8:2 El rey se quitó el anillo que había recuperado de Amán y se lo dio a Mardoqueo. Ester puso a Mardoqueo a cargo de la casa de Amán.
Ester pide protección para su pueblo
8:3 Ester volvió a hablar ante el rey. Cayó a sus pies, lloró y le suplicó que apartara la maldad de Amán, el agagueo, y el plan que había tramado contra los judíos.
8:4 El rey extendió hacia Ester el cetro de oro, y Ester se levantó y quedó de pie ante el rey.
8:5 Ella dijo: «Si al rey le parece bien, si he hallado favor ante él, si el asunto le parece correcto al rey y si soy agradable a sus ojos, que se dé orden escrita para revocar las cartas del plan de Amán, hijo de Hamedata, el agagueo, que él escribió para destruir a los judíos de todas las provincias del rey.
8:6 Porque ¿cómo podré soportar ver la desgracia que alcanzará a mi pueblo? ¿Y cómo podré soportar ver la destrucción de mi familia?».
8:7 El rey Asuero dijo a la reina Ester y al judío Mardoqueo: «He dado a Ester la casa de Amán, y a él lo han colgado del madero por haber extendido su mano contra los judíos.
8:8 Escriban ustedes acerca de los judíos lo que mejor les parezca, en nombre del rey, y séllenlo con el anillo del rey. Porque un escrito redactado en nombre del rey y sellado con el anillo del rey no puede revocarse».
El decreto para la defensa de los judíos
8:9 En aquel momento fueron convocados los escribas del rey, el día veintitrés del mes tercero, que es el mes de Siván. Se escribió, conforme a todo lo que Mardoqueo había ordenado, a los judíos, a los sátrapas, a los gobernadores y a los jefes de las provincias, desde la India hasta Cus, ciento veintisiete provincias, a cada provincia en su escritura y a cada pueblo en su lengua, y a los judíos en su escritura y en su lengua.
8:10 Escribió en nombre del rey Asuero y selló con el anillo del rey. Envió cartas por medio de mensajeros a caballo, montados en corceles del servicio real, nacidos de yeguas de cría.
8:11 En ellas, el rey concedía a los judíos de cada ciudad reunirse y defender sus vidas, destruir, matar y exterminar a toda fuerza armada de cualquier pueblo o provincia que los atacara, incluidos niños y mujeres, y saquear sus bienes,
8:12 en un solo día, en todas las provincias del rey Asuero: el día trece del mes duodécimo, que es el mes de Adar.
8:13 Una copia del escrito debía darse como ley en cada provincia y hacerse pública a todos los pueblos, para que los judíos estuvieran preparados para aquel día y se vengaran de sus enemigos.
8:14 Los mensajeros, montados en corceles del servicio real, salieron con premura y a toda prisa por orden del rey. El decreto se promulgó en la fortaleza de Susa.
La alegría por la protección recibida
8:15 Mardoqueo salió de la presencia del rey con ropas reales azules y blancas, una gran corona de oro y un manto de lino fino y púrpura. La ciudad de Susa gritó de júbilo y se alegró.
8:16 Para los judíos hubo luz, alegría, gozo y honra.
8:17 En cada provincia y en cada ciudad, en todo lugar adonde llegaban la orden del rey y su decreto, había alegría y gozo para los judíos, banquetes y día de fiesta. Muchos de entre los pueblos de la tierra se hacían judíos, porque el temor a los judíos había caído sobre ellos.

Capítulo 9
Los judíos destruyen a sus enemigos
9:1 El día trece del mes duodécimo, que es el mes de Adar, cuando llegó el momento de ejecutar la orden del rey y su decreto, el día en que los enemigos de los judíos esperaban dominarlos, sucedió lo contrario: fueron los judíos quienes dominaron a los que los odiaban.
9:2 Los judíos se reunieron en sus ciudades, en todas las provincias del rey Asuero, para atacar a los que buscaban hacerles daño. Nadie pudo hacerles frente, porque el temor a ellos había caído sobre todos los pueblos.
9:3 Todos los jefes de las provincias, los sátrapas, los gobernadores y los encargados del trabajo del rey apoyaban a los judíos, porque el temor a Mardoqueo había caído sobre ellos.
9:4 Pues Mardoqueo era grande en la casa del rey, y su fama se extendía por todas las provincias, porque Mardoqueo se hacía cada vez más grande.
9:5 Los judíos hirieron a todos sus enemigos a filo de espada, con matanza y destrucción, e hicieron con los que los odiaban lo que quisieron.
El enfrentamiento en Susa
9:6 En la fortaleza de Susa, los judíos mataron y exterminaron a quinientos hombres.
9:7 Y a Parsandata, a Dalfón y a Aspata,
9:8 a Porata, a Adalía y a Aridata,
9:9 a Parmasta, a Arisai, a Aridai y a Vaizata,
9:10 los diez hijos de Amán, hijo de Hamedata, enemigo de los judíos, los mataron. Pero no pusieron la mano en el botín.
9:11 Aquel día se informó al rey del número de muertos en la fortaleza de Susa.
9:12 El rey dijo a la reina Ester: «En la fortaleza de Susa, los judíos han matado y exterminado a quinientos hombres y a los diez hijos de Amán. ¿Qué habrán hecho en las demás provincias del rey? ¿Cuál es tu petición? Se te dará. ¿Qué otro ruego tienes? Se cumplirá».
9:13 Ester respondió: «Si al rey le parece bien, que a los judíos de Susa se les conceda también mañana hacer conforme al decreto de hoy, y que cuelguen del madero a los diez hijos de Amán».
9:14 El rey ordenó que así se hiciera. Se promulgó un decreto en Susa, y colgaron a los diez hijos de Amán.
9:15 Los judíos que estaban en Susa se reunieron también el día catorce del mes de Adar y mataron en Susa a trescientos hombres. Pero no pusieron la mano en el botín.
El descanso después de la defensa
9:16 Los demás judíos que estaban en las provincias del rey se reunieron, defendieron sus vidas y descansaron de sus enemigos. Mataron a setenta y cinco mil de los que los odiaban. Pero no pusieron la mano en el botín.
9:17 Esto ocurrió el día trece del mes de Adar. Descansaron el día catorce del mismo mes y lo hicieron día de banquete y de alegría.
9:18 Pero los judíos que estaban en Susa se reunieron el día trece y el día catorce del mes. Descansaron el día quince del mismo mes y lo hicieron día de banquete y de alegría.
9:19 Por eso los judíos del campo, que habitan en ciudades sin murallas, celebran el día catorce del mes de Adar como día de alegría, banquete y fiesta, y se envían porciones de comida unos a otros.
La institución de Purim
9:20 Mardoqueo escribió estas cosas y envió cartas a todos los judíos que había en todas las provincias del rey Asuero, tanto cercanos como lejanos,
9:21 para disponer que celebraran cada año el día catorce del mes de Adar y el día quince del mismo mes.
9:22 Esos días correspondían a aquellos en que los judíos descansaron de sus enemigos, y ese era el mes en que su tristeza se convirtió en alegría y su duelo en fiesta. Debían hacer de ellos días de banquete y de alegría, enviarse porciones de comida unos a otros y dar regalos a los pobres.
9:23 Los judíos aceptaron como norma lo que habían comenzado a hacer y lo que Mardoqueo les había escrito.
9:24 Porque Amán, hijo de Hamedata, el agagueo, enemigo de todos los judíos, había tramado contra los judíos para destruirlos. Había echado el pur, es decir, la suerte, para aterrorizarlos y destruirlos.
9:25 Pero cuando Ester se presentó ante el rey, este ordenó por escrito que el perverso plan que Amán había tramado contra los judíos recayera sobre su propia cabeza. Lo colgaron a él y a sus hijos del madero.
9:26 Por eso llamaron a estos días Purim, por el nombre pur. Por tanto, debido a todas las palabras de esta carta, a lo que habían visto acerca de este asunto y a lo que les había sucedido,
9:27 los judíos establecieron y aceptaron para sí mismos, para sus descendientes y para todos los que se unieran a ellos la obligación de no dejar de celebrar cada año estos dos días, según lo escrito acerca de ellos y en sus fechas señaladas.
9:28 Estos días se recordarían y celebrarían en cada generación, en cada familia, en cada provincia y en cada ciudad. Estos días de Purim no desaparecerían de entre los judíos, ni su recuerdo se extinguiría entre sus descendientes.
La confirmación de Purim
9:29 La reina Ester, hija de Abihail, y el judío Mardoqueo escribieron con plena autoridad para confirmar esta segunda carta acerca de Purim.
9:30 Él envió cartas a todos los judíos de las ciento veintisiete provincias del reino de Asuero, con palabras de paz y de verdad,
9:31 para confirmar estos días de Purim en sus fechas señaladas, tal como les habían prescrito el judío Mardoqueo y la reina Ester, y tal como ellos habían establecido para sí mismos y para sus descendientes lo relativo a los ayunos y a su clamor.
9:32 La orden de Ester confirmó estas disposiciones acerca de Purim, y quedó escrito en el libro.

Capítulo 10
Grandeza de Mardoqueo
10:1 El rey Asuero impuso un tributo sobre la tierra y las islas del mar.
10:2 Todos los hechos de su poder y su fuerza, y el relato detallado de la grandeza de Mardoqueo, a quien el rey engrandeció, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Media y Persia?
10:3 Pues el judío Mardoqueo era el segundo después del rey Asuero, grande entre los judíos y estimado por la multitud de sus hermanos. Procuraba el bien de su pueblo y abogaba por la paz de toda su descendencia.

JOB

Capítulo 1
Job y su familia
1:1 En la tierra de Uz había un hombre llamado Job. Aquel hombre era íntegro y recto, temía a Dios y se apartaba del mal.
1:2 Le nacieron siete hijos y tres hijas.
1:3 Poseía siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas y muchísimos sirvientes. Aquel hombre era el más importante de todos los habitantes del oriente.
1:4 Sus hijos solían celebrar banquetes en sus casas, cada uno por turno, e invitaban a sus tres hermanas a comer y beber con ellos.
1:5 Cuando terminaba el ciclo de los banquetes, Job mandaba llamar a sus hijos y los consagraba. Se levantaba temprano y ofrecía un holocausto por cada uno, porque decía: «Quizá mis hijos hayan pecado y maldecido a Dios en su corazón». Job hacía esto habitualmente.
La acusación contra Job
1:6 Un día los hijos de Dios vinieron a presentarse ante el SEÑOR, y también Satanás vino entre ellos.
1:7 El SEÑOR le preguntó a Satanás: «¿De dónde vienes?». Satanás le respondió al SEÑOR: «De recorrer la tierra y andar por ella».
1:8 Entonces el SEÑOR le dijo a Satanás: «¿Te has fijado en mi siervo Job? No hay nadie como él en la tierra: es un hombre íntegro y recto, que teme a Dios y se aparta del mal».
1:9 Satanás le respondió al SEÑOR: «¿Acaso Job teme a Dios sin recibir nada a cambio?
1:10 ¿No has puesto un cerco alrededor de él, de su familia y de todo lo que tiene? Has bendecido el trabajo de sus manos, y sus rebaños se han extendido por la tierra.
1:11 Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene. ¡Verás si no te maldice en tu misma cara!».
1:12 El SEÑOR le dijo a Satanás: «Mira, todo lo que tiene está en tus manos; solo que no extiendas tu mano contra él». Entonces Satanás salió de la presencia del SEÑOR.
Las pérdidas de Job
1:13 Un día, mientras sus hijos y sus hijas comían y bebían vino en casa de su hermano mayor,
1:14 llegó un mensajero y le dijo a Job: «Los bueyes estaban arando y las asnas pastaban cerca de ellos,
1:15 cuando los sabeos atacaron y se los llevaron. Mataron a los sirvientes a filo de espada, y solo yo escapé para contártelo».
1:16 Mientras este aún hablaba, llegó otro y dijo: «Fuego de Dios cayó del cielo, quemó las ovejas y a los sirvientes, y los consumió. Solo yo escapé para contártelo».
1:17 Mientras este aún hablaba, llegó otro y dijo: «Los caldeos formaron tres bandas, se lanzaron contra los camellos y se los llevaron. Mataron a los sirvientes a filo de espada, y solo yo escapé para contártelo».
1:18 Mientras este aún hablaba, llegó otro y dijo: «Tus hijos y tus hijas estaban comiendo y bebiendo vino en casa de su hermano mayor,
1:19 cuando de pronto llegó un fuerte viento del otro lado del desierto y golpeó las cuatro esquinas de la casa. La casa cayó sobre los jóvenes, y murieron. Solo yo escapé para contártelo».
Job responde con dolor y adoración
1:20 Entonces Job se levantó, rasgó su manto y se afeitó la cabeza. Se postró en tierra y adoró,
1:21 diciendo: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. El SEÑOR dio y el SEÑOR quitó; bendito sea el nombre del SEÑOR».
1:22 En todo esto Job no pecó ni atribuyó a Dios ningún despropósito.

Capítulo 2
Una nueva acusación contra Job
2:1 Un día los hijos de Dios vinieron a presentarse ante el SEÑOR, y también Satanás vino entre ellos para presentarse ante el SEÑOR.
2:2 El SEÑOR le preguntó a Satanás: «¿De dónde vienes?». Satanás le respondió al SEÑOR: «De recorrer la tierra y andar por ella».
2:3 Entonces el SEÑOR le dijo a Satanás: «¿Te has fijado en mi siervo Job? No hay nadie como él en la tierra: es un hombre íntegro y recto, que teme a Dios y se aparta del mal. Todavía se aferra a su integridad, aunque tú me incitaste contra él para arruinarlo sin motivo».
2:4 Satanás le respondió al SEÑOR: «¡Piel por piel! El hombre dará todo lo que tiene por su vida.
2:5 Pero extiende ahora tu mano y toca sus huesos y su carne. ¡Verás si no te maldice en tu misma cara!».
2:6 El SEÑOR le dijo a Satanás: «Mira, está en tus manos; solo respeta su vida».
El sufrimiento físico de Job
2:7 Entonces Satanás salió de la presencia del SEÑOR e hirió a Job con llagas malignas desde la planta del pie hasta la coronilla.
2:8 Job tomó un trozo de vasija para rascarse con él; estaba sentado entre las cenizas.
2:9 Su esposa le dijo: «¿Todavía te aferras a tu integridad? ¡Maldice a Dios y muérete!».
2:10 Él le respondió: «Hablas como una de las mujeres necias. Si recibimos de Dios el bien, ¿no recibiremos también el mal?». En todo esto Job no pecó con sus labios.
La llegada de los amigos
2:11 Tres amigos de Job —Elifaz el temanita, Bildad el suhita y Zofar el naamatita— se enteraron de todo el mal que le había sobrevenido. Vinieron cada uno de su lugar, pues habían acordado ir juntos a compartir su dolor y consolarlo.
2:12 Cuando lo vieron desde lejos, no lo reconocieron. Se pusieron a llorar a gritos, cada uno rasgó su manto y lanzaron polvo hacia el cielo sobre sus cabezas.
2:13 Se sentaron con él en el suelo durante siete días y siete noches. Ninguno le decía una palabra, porque veían que su dolor era muy grande.

Capítulo 3
Job maldice el día en que nació
3:1 Después de esto, Job abrió la boca y maldijo el día de su nacimiento.
3:2 Job tomó la palabra y dijo:
3:3 «¡Perezca el día en que nací y la noche que anunció: “Ha sido concebido un varón”!
3:4 Que aquel día se vuelva oscuridad;
   que Dios no se ocupe de él desde lo alto ni brille sobre él la luz.
3:5 Que lo reclamen las tinieblas y la sombra de muerte;
   que una nube se pose sobre él y lo aterrorice la oscuridad del día.
3:6 Que de aquella noche se apoderen las tinieblas;
   que no se una a los días del año ni se cuente entre los meses.
3:7 ¡Que aquella noche sea estéril y no se oiga en ella un grito de alegría!
3:8 Que la maldigan los que maldicen el día, los que están preparados para despertar a Leviatán.
3:9 Que se oscurezcan las estrellas de su alba;
   que espere la luz sin que llegue y no vea los párpados de la aurora.
3:10 Porque no cerró las puertas del vientre de mi madre ni ocultó la aflicción de mis ojos.
Job anhela el descanso de la muerte

3:11 ¿Por qué no morí al nacer?
   ¿Por qué no expiré al salir del vientre?
3:12 ¿Por qué hubo rodillas que me recibieran y pechos de los que pudiera mamar?
3:13 Ahora estaría acostado y tranquilo;
   dormiría y tendría descanso,
3:14 junto a reyes y consejeros de la tierra que reconstruyeron ruinas para sí,
3:15 o junto a príncipes que poseían oro y llenaban sus casas de plata.
3:16 ¿Por qué no fui como un aborto oculto, como los niños que nunca vieron la luz?
3:17 Allí los malvados dejan de perturbar y allí descansan los que han agotado sus fuerzas.
3:18 Allí los cautivos reposan juntos y no oyen la voz del capataz.
3:19 Allí están el pequeño y el grande, y el esclavo queda libre de su amo.
La pregunta por una vida sin alivio

3:20 ¿Por qué se da luz al que sufre y vida a los amargados de alma,
3:21 a los que esperan la muerte y no llega, y la buscan más que a tesoros escondidos,
3:22 a los que se llenan de alegría y se regocijan cuando encuentran una tumba?
3:23 ¿Por qué se da vida al hombre cuyo camino está oculto y a quien Dios ha cercado?
3:24 Porque mis suspiros llegan antes que mi pan y mis gemidos se derraman como agua.
3:25 Lo que tanto temía me ha sobrevenido;
   lo que me aterraba me ha sucedido.
3:26 No tengo paz ni tranquilidad ni descanso;
   solo me llega la agitación».

Capítulo 4
Elifaz reprende a Job
4:1 Entonces Elifaz el temanita respondió:
4:2 «Si intentamos hablarte, ¿te impacientarás?
   Pero ¿quién puede contener las palabras?
4:3 Mira, tú has instruido a muchos y has fortalecido las manos débiles.
4:4 Tus palabras levantaban al que tropezaba y fortalecías las rodillas que flaqueaban.
4:5 Pero ahora que te llega a ti, te desalientas;
   te toca a ti y te llenas de espanto.
4:6 ¿No es tu reverencia tu confianza, y la integridad de tus caminos tu esperanza?
La desgracia y la culpa

4:7 Recuerda: ¿qué inocente ha perecido?
   ¿Dónde han sido destruidos los rectos?
4:8 Por lo que he visto, quienes aran maldad y siembran aflicción eso mismo cosechan.
4:9 Perecen por el aliento de Dios;
   el soplo de su ira los consume.
4:10 Se apagan el rugido del león y el bramido de la fiera;
   los dientes de los leones jóvenes se quiebran.
4:11 El león perece por falta de presa y los cachorros de la leona se dispersan.
La experiencia nocturna de Elifaz

4:12 Una palabra me llegó en secreto y mi oído captó un susurro de ella.
4:13 Entre pensamientos inquietantes de visiones nocturnas, cuando el sueño profundo cae sobre los hombres,
4:14 me sobrevinieron el miedo y el temblor, y todos mis huesos se estremecieron.
4:15 Un espíritu pasó ante mi rostro y se me erizó el vello del cuerpo.
4:16 Se detuvo, pero no pude reconocer su aspecto.
   Había una figura ante mis ojos;
   hubo silencio y oí una voz:
4:17 “¿Puede un mortal ser más justo que Dios?
   ¿Puede un hombre ser más puro que su Hacedor?
4:18 Si ni siquiera confía en sus siervos y a sus ángeles les atribuye errores,
4:19 ¡cuánto menos en quienes habitan en casas de barro, cimentadas en el polvo, que son aplastados como una polilla!
4:20 De la mañana a la tarde son hechos pedazos;
   perecen para siempre sin que nadie se dé cuenta.
4:21 ¿No les arrancan la cuerda de su tienda?
   Mueren sin haber alcanzado sabiduría”».

Capítulo 5
La necedad y sus consecuencias
5:1 «¡Clama ahora!
   ¿Habrá alguien que te responda?
   ¿A cuál de los santos te volverás?
5:2 Porque el enojo mata al necio y la envidia da muerte al ingenuo.
5:3 Yo he visto al necio echar raíces, pero al instante maldije su morada.
5:4 Sus hijos quedan lejos de la seguridad;
   son aplastados en la puerta de la ciudad sin que nadie los libre.
5:5 Los hambrientos devoran su cosecha y la sacan aun de entre los espinos;
   los ávidos se apoderan de sus riquezas.
5:6 Porque la desgracia no sale del polvo ni la aflicción brota de la tierra.
5:7 Pero el hombre nace para la aflicción, como las chispas vuelan hacia lo alto.
Elifaz aconseja buscar a Dios

5:8 Yo, en cambio, buscaría a Dios y ante Dios presentaría mi causa.
5:9 Él hace cosas grandes e insondables, maravillas innumerables.
5:10 Da lluvia sobre la tierra y envía agua sobre los campos.
5:11 Pone en alto a los humildes y levanta a los que lloran hasta un lugar seguro.
5:12 Frustra los planes de los astutos, de modo que sus manos no alcanzan el éxito.
5:13 Atrapa a los sabios en su propia astucia y precipita los planes de los taimados.
5:14 De día se encuentran con la oscuridad y al mediodía andan a tientas como de noche.
5:15 Pero él salva al necesitado de la espada de sus bocas y de la mano del poderoso.
5:16 Así el pobre tiene esperanza y la injusticia cierra la boca.
Elifaz promete seguridad y restauración

5:17 ¡Dichoso el hombre a quien Dios corrige!
   No desprecies la disciplina del Todopoderoso.
5:18 Porque él hiere y venda la herida;
   él golpea y sus manos sanan.
5:19 De seis aflicciones te librará y en siete no te tocará el mal.
5:20 En el hambre te rescatará de la muerte y en la guerra, del poder de la espada.
5:21 Estarás protegido del azote de la lengua y no temerás la devastación cuando llegue.
5:22 Te reirás de la devastación y del hambre, y no temerás a las fieras de la tierra.
5:23 Porque tendrás un pacto con las piedras del campo y las fieras del campo estarán en paz contigo.
5:24 Sabrás que tu tienda está segura;
   revisarás tu morada y nada echarás en falta.
5:25 Sabrás que tu descendencia es numerosa y tus vástagos, como la hierba de la tierra.
5:26 Llegarás a la tumba en plena madurez, como una gavilla que se recoge a su tiempo.
5:27 Mira, esto lo hemos investigado y así es.
   Escúchalo y reconócelo para tu propio bien».

Capítulo 6
Job explica el peso de su sufrimiento
6:1 Entonces Job respondió:
6:2 «¡Si pudiera pesarse mi angustia y ponerse junto con mi desgracia en la balanza!
6:3 Ahora pesarían más que la arena de los mares;
   por eso mis palabras han sido precipitadas.
6:4 Las flechas del Todopoderoso están clavadas en mí y mi espíritu bebe su veneno;
   los terrores de Dios se alinean contra mí.
6:5 ¿Rebuzna el asno salvaje cuando tiene hierba?
   ¿Muge el buey junto a su alimento?
6:6 ¿Se come lo insípido sin sal?
   ¿Tiene sabor la clara de un huevo?
6:7 Mi alma se niega a tocar esas cosas;
   son para mí un alimento repugnante.
La petición de Job ante su dolor

6:8 ¡Si se cumpliera mi petición y Dios me concediera lo que espero!
6:9 ¡Si Dios quisiera aplastarme, soltar su mano y acabar conmigo!
6:10 Todavía tendría este consuelo, y aun en un dolor sin tregua saltaría de alegría: no he negado las palabras del Santo.
6:11 ¿Qué fuerzas tengo para seguir esperando?
   ¿Qué fin me aguarda para que tenga paciencia?
6:12 ¿Es mi fuerza la de las piedras?
   ¿Es mi carne de bronce?
6:13 ¿No me he quedado sin ayuda en mí mismo?
   ¿No se ha alejado de mí toda posibilidad de salir adelante?
La amistad que Job necesitaba

6:14 El abatido debe recibir lealtad de su amigo, aunque haya abandonado el temor del Todopoderoso.
6:15 Mis hermanos han sido desleales como un torrente, como el cauce de arroyos que desaparecen,
6:16 turbios por el hielo, donde la nieve se oculta.
6:17 Cuando llega el calor se secan;
   al calentarse, desaparecen de su lugar.
6:18 Las caravanas se apartan de su camino, se internan en el desierto y perecen.
6:19 Las caravanas de Tema buscan esos arroyos;
   los viajeros de Sabá ponen en ellos su esperanza.
6:20 Quedan avergonzados por haber confiado;
   llegan allí y sufren decepción.
6:21 Ahora ustedes tampoco me sirven de ayuda;
   ven mi desgracia y sienten miedo.
6:22 ¿Acaso les he dicho: “Denme algo;
   paguen por mí con sus riquezas,
6:23 líbrenme de la mano del enemigo y rescátenme del poder de los violentos”?
Job pide una corrección justa

6:24 Instrúyanme y me quedaré callado;
   háganme entender en qué me he equivocado.
6:25 ¡Qué contundentes son las palabras sinceras!
   Pero ¿qué demuestran sus reproches?
6:26 ¿Piensan censurar mis palabras y tratar como viento lo que dice un desesperado?
6:27 Hasta echarían suertes sobre un huérfano y negociarían el precio de su propio amigo.
6:28 Ahora, por favor, mírenme: ¿les mentiría en su propia cara?
6:29 ¡Reconsidérenlo, no cometan una injusticia!
   Reconsidérenlo: mi justicia sigue en juego.
6:30 ¿Hay injusticia en mi lengua?
   ¿Acaso mi paladar no distingue la maldad?».

Capítulo 7
Una vida de fatiga y espera
7:1 «¿No tiene el mortal una dura tarea en la tierra?
   ¿No son sus días como los de un jornalero?
7:2 Como el esclavo que anhela la sombra y el jornalero que espera su paga,
7:3 así me han tocado meses vacíos y me han sido asignadas noches de aflicción.
7:4 Cuando me acuesto, digo: “¿Cuándo me levantaré?”.
   La noche se alarga y me canso de dar vueltas hasta el alba.
7:5 Mi carne está cubierta de gusanos y costras de polvo;
   mi piel se agrieta y supura.
7:6 Mis días pasan más veloces que la lanzadera del tejedor y se acaban sin esperanza.
La vida breve que Job presenta ante Dios

7:7 Recuerda que mi vida es un soplo;
   mis ojos no volverán a ver el bien.
7:8 Los ojos que me ven ya no me verán;
   pondrás tus ojos en mí, pero ya no estaré.
7:9 Como una nube que se desvanece y pasa, así el que baja al Seol no vuelve a subir.
7:10 No volverá más a su casa ni su lugar volverá a reconocerlo.
La queja de Job ante Dios

7:11 Por eso yo tampoco refrenaré mi boca: hablaré en la angustia de mi espíritu, me quejaré en la amargura de mi alma.
7:12 ¿Soy acaso el mar o un monstruo marino para que me pongas bajo vigilancia?
7:13 Cuando digo: “Mi lecho me consolará, mi cama aliviará mi queja”,
7:14 entonces me asustas con sueños y me aterras con visiones.
7:15 Mi alma prefiere la estrangulación, la muerte antes que estos huesos míos.
7:16 Aborrezco mi vida;
   no he de vivir para siempre.
   Déjame, pues mis días son un soplo.
La atención divina que Job siente como vigilancia

7:17 ¿Qué es el mortal para que le des tanta importancia, para que fijes tu atención en él,
7:18 lo examines cada mañana y lo pongas a prueba a cada instante?
7:19 ¿Hasta cuándo no apartarás de mí la mirada?
   ¿No me dejarás siquiera tragar mi saliva?
7:20 Si he pecado, ¿qué te he hecho, guardián de los seres humanos?
   ¿Por qué me has convertido en tu blanco, hasta hacerme una carga para mí mismo?
7:21 ¿Por qué no perdonas mi rebelión y quitas mi culpa?
   Pues pronto me acostaré en el polvo;
   me buscarás, pero ya no estaré».

Capítulo 8
Bildad proclama la justicia de Dios
8:1 Entonces Bildad el suhita respondió:
8:2 «¿Hasta cuándo dirás estas cosas?
   Las palabras de tu boca son un viento impetuoso.
8:3 ¿Acaso Dios tuerce el derecho?
   ¿Tuerce el Todopoderoso la justicia?
8:4 Si tus hijos pecaron contra él, los entregó al poder de su rebelión.
8:5 Pero si tú buscas a Dios con empeño e imploras al Todopoderoso,
8:6 si eres puro y recto, sin duda él se levantará por ti y restaurará tu justa morada.
8:7 Tu principio parecerá pequeño, pero tu futuro será muy próspero.
Bildad apela a la sabiduría de los antepasados

8:8 Pregunta a la generación pasada y presta atención a lo que investigaron sus padres.
8:9 Porque nosotros somos de ayer y nada sabemos;
   nuestros días en la tierra son una sombra.
8:10 ¿No te instruirán ellos y te hablarán?
   ¿No sacarán palabras de su corazón?
Imágenes de una confianza que se derrumba

8:11 ¿Puede crecer el papiro sin pantano?
   ¿Puede crecer el junco sin agua?
8:12 Aun en pleno verdor, sin haber sido cortado, se seca antes que toda hierba.
8:13 Así son los caminos de todos los que olvidan a Dios;
   la esperanza del impío perecerá.
8:14 Su confianza se quiebra y su seguridad es una tela de araña.
8:15 Se apoya en su casa, pero no se sostiene;
   se aferra a ella, pero no queda en pie.
8:16 Está lleno de savia bajo el sol y sus brotes se extienden por su jardín.
8:17 Sus raíces se enredan sobre un montón de piedras y se abre paso entre las rocas.
8:18 Pero si lo arrancan de su lugar, este lo niega: “Nunca te he visto”.
8:19 ¡Mira, ese es el gozo de su camino!
   Del polvo brotarán otros.
La restauración que Bildad anuncia a Job

8:20 Dios no rechaza al íntegro ni toma de la mano a los malhechores.
8:21 Todavía llenará de risa tu boca y de gritos de alegría tus labios.
8:22 Los que te odian se vestirán de vergüenza y la tienda de los malvados dejará de existir».

Capítulo 9
Incapacidad de Job para responder a Dios
9:1 Entonces Job respondió:
9:2 «Ciertamente sé que es así.
   Pero ¿cómo puede un mortal tener razón ante Dios?
9:3 Si quisiera disputar con él, no podría responderle ni una vez entre mil.
9:4 Él es sabio de corazón y poderoso en fuerza.
   ¿Quién lo ha desafiado y ha salido ileso?
El poder de Dios sobre la creación

9:5 Él mueve las montañas sin que lo sepan, cuando en su ira las vuelca.
9:6 Sacude la tierra de su lugar y sus columnas se estremecen.
9:7 Le ordena al sol que no salga y pone un sello sobre las estrellas.
9:8 Él solo extiende los cielos y camina sobre las olas del mar.
9:9 Hizo la Osa, Orión y las Pléyades, y las cámaras del sur.
9:10 Hace cosas grandes e insondables, maravillas innumerables.
9:11 Pasa junto a mí y no lo veo;
   sigue adelante y no lo percibo.
9:12 Si arrebata algo, ¿quién lo hará devolverlo?
   ¿Quién le dirá: “¿Qué haces?”?
9:13 Dios no retira su ira;
   bajo él se encorvan los ayudantes de Rahab.
Job teme no poder defender su inocencia

9:14 ¡Cuánto menos podría yo responderle y escoger mis palabras ante él!
9:15 Aunque tuviera razón, no podría responder;
   tendría que suplicar a mi juez.
9:16 Si lo llamara y me respondiera, no creería que hubiera escuchado mi voz.
9:17 Porque me aplasta con una tempestad y multiplica mis heridas sin motivo.
9:18 No me deja recobrar el aliento, sino que me llena de amarguras.
9:19 Si se trata de fuerza, él es el poderoso;
   si se trata de un juicio, ¿quién me citará?
9:20 Aunque tenga razón, mi boca me condenaría;
   aunque sea íntegro, me declararía culpable.
9:21 Soy íntegro, pero ya no me importa mi propia persona;
   desprecio mi vida.
9:22 Todo es lo mismo.
   Por eso digo: él acaba tanto con el íntegro como con el malvado.
9:23 Si un azote mata de repente, se burla de la desesperación de los inocentes.
9:24 La tierra ha sido entregada en manos del malvado;
   Dios cubre el rostro de sus jueces.
   Si no es él, ¿quién es entonces?
La vida breve y la defensa que parece inútil

9:25 Mis días corren más veloces que un mensajero;
   huyen sin ver el bien.
9:26 Pasan como barcos de papiro, como el águila que se precipita sobre su presa.
9:27 Si digo: “Olvidaré mi queja, cambiaré mi semblante y me alegraré”,
9:28 todavía me aterrorizan todos mis dolores: sé que no me tendrás por inocente.
9:29 Si he de ser declarado culpable, ¿para qué esforzarme en vano?
9:30 Aunque me lavara con agua de nieve y limpiara mis manos con lejía,
9:31 aun así me hundirías en el fango, y hasta mis propias ropas me aborrecerían.
Job desea un árbitro para su causa

9:32 Porque él no es un hombre como yo para que pueda responderle y comparezcamos juntos a juicio.
9:33 No hay entre nosotros un árbitro que ponga su mano sobre los dos.
9:34 Que retire de mí su vara y no me aterrorice con su espanto.
9:35 Entonces hablaría sin tenerle miedo, pero en mi situación no puedo hacerlo».

Capítulo 10
Job pide conocer la causa de su aflicción
10:1 «Mi alma está harta de mi vida.
   Daré rienda suelta a mi queja;
   hablaré en la amargura de mi alma.
10:2 Le diré a Dios: “No me condenes;
   hazme saber por qué contiendes conmigo.
10:3 ¿Te parece bien oprimir, rechazar la obra de tus manos y mirar con favor los planes de los malvados?
10:4 ¿Tienes ojos de carne?
   ¿Ves como ve un mortal?
10:5 ¿Son tus días como los días de un mortal y tus años como los de un hombre,
10:6 para que investigues mi culpa y busques mi pecado,
10:7 aunque sabes que no soy culpable y que nadie puede librarme de tu mano?
El Creador y la vida que Job siente amenazada

10:8 Tus manos me formaron y me hicieron por entero;
   ¿y ahora me destruyes?
10:9 Recuerda que me formaste como al barro.
   ¿Vas a hacerme volver al polvo?
10:10 ¿No me derramaste como leche y me cuajaste como queso?
10:11 Me vestiste de piel y carne y me entretejiste con huesos y tendones.
10:12 Me concediste vida y amor leal;
   tu cuidado preservó mi espíritu.
El propósito que Job atribuye a Dios

10:13 Pero estas cosas ocultabas en tu corazón;
   sé que esta era tu intención:
10:14 si yo pecaba, me vigilarías y no me absolverías de mi culpa.
10:15 Si soy malvado, ¡ay de mí!
   Y si soy justo, no puedo levantar la cabeza, colmado de vergüenza.
   ¡Mira mi aflicción!
10:16 Si levanto la cabeza, me cazas como un león y de nuevo muestras tu poder asombroso contra mí.
10:17 Renuevas tus testigos contra mí y aumentas tu enojo conmigo;
   tus tropas se relevan contra mí.
Job lamenta su nacimiento y pide alivio

10:18 ¿Por qué me sacaste del vientre?
   ¡Ojalá hubiera expirado sin que ningún ojo me viera!
10:19 Habría sido como si nunca hubiera existido, llevado del vientre a la tumba.
10:20 ¿No son pocos mis días?
   Cesa, pues, y déjame, para que tenga un poco de alegría,
10:21 antes de irme, para no volver, a la tierra de tinieblas y sombra de muerte,
10:22 a una tierra de oscuridad profunda, de sombra de muerte y de desorden, donde aun la luz es como las tinieblas”».

Capítulo 11
Zofar acusa de maldad a Job
11:1 Entonces Zofar el naamatita respondió:
11:2 «¿Ha de quedar sin respuesta tanta palabrería?
   ¿Se le dará la razón a alguien por hablar mucho?
11:3 ¿Tus palabras vacías harán callar a los hombres?
   ¿Te burlarás sin que nadie te avergüence?
11:4 Tú dices: “Mi enseñanza es pura y estoy limpio ante tus ojos”.
11:5 ¡Ojalá Dios hablara y abriera sus labios para responderte!
11:6 ¡Que te revelara los secretos de la sabiduría, pues el buen juicio tiene un doble alcance!
   Ten presente que Dios pasa por alto parte de tu culpa.
Zofar destaca la grandeza de Dios

11:7 ¿Puedes descubrir las profundidades de Dios?
   ¿Puedes alcanzar los límites del Todopoderoso?
11:8 Son más altos que los cielos: ¿qué puedes hacer?
   Son más profundos que el Seol: ¿qué puedes saber?
11:9 Su medida es más larga que la tierra y más ancha que el mar.
11:10 Si él pasa, aprisiona y convoca a juicio, ¿quién puede detenerlo?
11:11 Porque él conoce a los hombres falsos;
   cuando ve la maldad, ¿no va a tomarla en cuenta?
11:12 El hombre de cabeza vacía llegará a ser sabio cuando un pollino de asno salvaje nazca hombre.
El cambio y la seguridad que Zofar propone

11:13 Si preparas tu corazón y extiendes hacia él las manos,
11:14 si hay maldad en tu mano, aléjala y no dejes que la injusticia habite en tus tiendas.
11:15 Entonces podrás levantar el rostro sin mancha;
   estarás firme y no tendrás miedo.
11:16 Olvidarás tu aflicción;
   la recordarás como aguas que ya pasaron.
11:17 Tu vida será más luminosa que el mediodía;
   aun la oscuridad será como la mañana.
11:18 Tendrás confianza, porque habrá esperanza;
   mirarás alrededor y te acostarás seguro.
11:19 Descansarás sin que nadie te espante, y muchos buscarán tu favor.
11:20 Pero los ojos de los malvados se consumirán;
   no tendrán escapatoria y su esperanza será dar el último suspiro».

Capítulo 12
Job cuestiona la sabiduría de sus amigos
12:1 Entonces Job respondió:
12:2 «¡Ciertamente ustedes son el pueblo, y con ustedes morirá la sabiduría!
12:3 Pero yo también tengo entendimiento como ustedes;
   no soy inferior a ustedes.
   ¿Quién no sabe estas cosas?
12:4 Soy el hazmerreír de mi amigo, yo, que invocaba a Dios y él me respondía.
   ¡El justo e íntegro es motivo de risa!
12:5 Quien vive tranquilo desprecia la desgracia;
   tiene preparado un empujón para aquellos cuyos pies resbalan.
12:6 Las tiendas de los saqueadores están tranquilas, y seguros los que provocan a Dios, los que llevan a su dios en la mano.
El Creador y la vida de sus criaturas

12:7 Pero pregunta a los animales y te instruirán, a las aves del cielo y te lo dirán.
12:8 O habla a la tierra y te instruirá;
   los peces del mar te lo contarán.
12:9 ¿Quién de todos ellos no sabe que la mano del SEÑOR ha hecho esto?
12:10 En su mano está la vida de todo ser viviente y el aliento de todo ser humano.
Escuchar y discernir las palabras

12:11 ¿No examina el oído las palabras como el paladar prueba los alimentos?
12:12 En los ancianos hay sabiduría, y en una larga vida, entendimiento.
La sabiduría y el poder que pertenecen a Dios

12:13 Con él están la sabiduría y el poder;
   suyos son el consejo y el entendimiento.
12:14 Si él derriba, no se reconstruye;
   si encierra a alguien, nadie puede abrir.
12:15 Si retiene las aguas, se secan;
   si las suelta, devastan la tierra.
12:16 Con él están la fuerza y el buen juicio;
   suyos son el engañado y el que engaña.
La autoridad de Dios sobre los poderosos

12:17 Se lleva despojados a los consejeros y vuelve necios a los jueces.
12:18 Desata las cadenas de los reyes y les ata una cuerda a la cintura.
12:19 Se lleva despojados a los sacerdotes y derriba a los poderosos.
12:20 Quita la palabra a los hombres de confianza y priva de discernimiento a los ancianos.
12:21 Derrama desprecio sobre los nobles y afloja el cinturón de los fuertes.
12:22 Descubre las profundidades de las tinieblas y saca a la luz la sombra de muerte.
12:23 Engrandece las naciones y las destruye;
   extiende las naciones y se las lleva.
12:24 Priva de entendimiento a los jefes de los pueblos de la tierra y los hace vagar por un desierto sin caminos.
12:25 Andan a tientas en la oscuridad, sin luz, y él los hace tambalearse como borrachos».

Capítulo 13
Job defiende su integridad
13:1 «Miren, mis ojos han visto todo esto;
   mis oídos lo han escuchado y entendido.
13:2 Lo que ustedes saben también lo sé yo;
   no soy inferior a ustedes.
El deseo de hablar con Dios y el fracaso del consejo

13:3 Pero yo quiero hablar con el Todopoderoso y deseo defender mi causa ante Dios.
13:4 Ustedes, en cambio, recubren todo de mentiras;
   todos son médicos inútiles.
13:5 ¡Ojalá guardaran completo silencio!
   Eso les serviría de sabiduría.
13:6 Escuchen ahora mi argumento y presten atención a la defensa de mis labios.
Hablar por Dios exige verdad e imparcialidad

13:7 ¿Hablarán injustamente en favor de Dios?
   ¿Dirán mentiras por él?
13:8 ¿Mostrarán parcialidad en su favor?
   ¿Defenderán la causa de Dios?
13:9 ¿Les irá bien cuando él los examine?
   ¿Acaso lo engañarán como se engaña a un mortal?
13:10 Sin duda los reprenderá si muestran parcialidad, aunque sea en secreto.
13:11 ¿No los aterrorizará su majestad?
   ¿No caerá sobre ustedes su espanto?
13:12 Sus máximas son proverbios de ceniza;
   sus defensas son defensas de barro.
Job decide presentar su causa ante Dios

13:13 Cállense y déjenme hablar;
   que luego me suceda lo que tenga que suceder.
13:14 ¿Por qué he de tomar mi carne entre los dientes y poner mi vida en mis manos?
13:15 Aunque él me mate, en él esperaré;
   aun así defenderé mis caminos ante él.
13:16 Esto también será mi salvación, porque un impío no se presentaría ante él.
13:17 Escuchen con atención mis palabras;
   que mi declaración llegue a sus oídos.
13:18 Miren, ya he preparado mi causa;
   sé que se me dará la razón.
13:19 ¿Quién va a contender conmigo?
   Si lo hubiera, callaría y moriría.
Job pide una audiencia libre de terror

13:20 Solo dos cosas no hagas conmigo;
   entonces no me esconderé de tu rostro:
13:21 aparta de mí tu mano y no me abrumes con tu terror.
13:22 Llama y yo responderé, o déjame hablar y respóndeme tú.
13:23 ¿Cuántas culpas y pecados tengo?
   Hazme conocer mi rebelión y mi pecado.
13:24 ¿Por qué escondes tu rostro y me consideras tu enemigo?
13:25 ¿Vas a aterrorizar a una hoja arrastrada por el viento y a perseguir la paja seca?
13:26 Porque escribes amargas acusaciones contra mí y me haces cargar con las culpas de mi juventud.
13:27 Pones mis pies en el cepo, vigilas todos mis caminos y trazas un límite para las plantas de mis pies.
13:28 El hombre se consume como algo podrido, como una prenda devorada por la polilla».

Capítulo 14
Job discurre sobre la brevedad de la vida
14:1 «El hombre nacido de mujer tiene pocos días y está lleno de inquietudes.
14:2 Brota como una flor y se marchita;
   huye como una sombra y no permanece.
14:3 ¿Y en alguien así fijas tus ojos, y a mí me haces comparecer a juicio contigo?
14:4 ¿Quién puede sacar lo puro de lo impuro? ¡Nadie!
14:5 Si sus días están determinados, si tú conoces el número de sus meses y le has fijado límites que no puede rebasar,
14:6 aparta de él la mirada y déjalo descansar, hasta que termine su jornada como un jornalero.
El contraste entre el árbol y el ser humano

14:7 Porque el árbol tiene esperanza: aunque lo corten, volverá a brotar y no dejará de echar retoños.
14:8 Aunque su raíz envejezca en la tierra y su tronco muera en el polvo,
14:9 al olor del agua reverdecerá y echará ramas como una planta nueva.
14:10 Pero el hombre muere y queda sin fuerzas;
   el ser humano expira, ¿y dónde está?
14:11 Como desaparecen las aguas del mar y un río se agota y se seca,
14:12 así el hombre se acuesta y no se levanta.
   Hasta que dejen de existir los cielos no despertarán ni serán despertados de su sueño.
El anhelo de ser llamado de nuevo por Dios

14:13 ¡Ojalá me escondieras en el Seol y me ocultaras hasta que pasara tu ira, que me fijaras un plazo y te acordaras de mí!
14:14 Si un hombre muere, ¿volverá a vivir?
   Todos los días de mi dura tarea esperaría hasta que llegara mi relevo.
14:15 Me llamarías y yo te respondería;
   añorarías la obra de tus manos.
14:16 Entonces contarías mis pasos;
   no vigilarías mi pecado.
14:17 Mi rebelión estaría sellada en una bolsa y cubrirías mi culpa.
Las imágenes de una esperanza desgastada

14:18 Pero una montaña cae y se desmorona;
   una roca es desplazada de su lugar.
14:19 El agua desgasta las piedras;
   sus torrentes arrastran el polvo de la tierra.
   Así destruyes la esperanza del mortal.
14:20 Lo dominas para siempre y se va;
   cambias su rostro y lo despides.
14:21 Sus hijos alcanzan honores, pero él no lo sabe;
   son humillados, pero él no lo percibe.
14:22 Solo siente el dolor de su propia carne y su alma se lamenta por sí misma».

Capítulo 15
Elifaz reprende a Job
15:1 Entonces Elifaz el temanita respondió:
15:2 «¿Responde un sabio con conocimiento vacío y llena su vientre del viento del este?
15:3 ¿Discute con palabras inútiles y con argumentos que no sirven de nada?
15:4 Pero tú anulas el temor de Dios y menoscabas la meditación ante él.
15:5 Porque tu culpa instruye a tu boca y escoges el lenguaje de los astutos.
15:6 Tu propia boca te condena, no yo;
   tus labios testifican contra ti.
Elifaz cuestiona la sabiduría y la actitud de Job

15:7 ¿Fuiste tú el primer hombre en nacer?
   ¿Fuiste dado a luz antes que las colinas?
15:8 ¿Has escuchado en el consejo secreto de Dios?
   ¿Reservas la sabiduría solo para ti?
15:9 ¿Qué sabes tú que nosotros no sepamos?
   ¿Qué entiendes que nosotros no entendamos?
15:10 Entre nosotros hay hombres de canas y ancianos de muchos más días que tu padre.
15:11 ¿Te parecen poca cosa los consuelos de Dios y las palabras que se te dicen con dulzura?
15:12 ¿Por qué te arrebata tu corazón?
   ¿Por qué centellean tus ojos,
15:13 para que vuelvas tu espíritu contra Dios y dejes salir de tu boca tales palabras?
La impureza humana en el argumento de Elifaz

15:14 ¿Qué es el mortal para que sea puro, y el nacido de mujer para que sea justo?
15:15 Si él no confía ni en sus santos, y ni siquiera los cielos son puros ante sus ojos,
15:16 ¡cuánto menos un hombre abominable y corrompido, que bebe la injusticia como agua!
Elifaz apela a la experiencia y la tradición

15:17 Te lo explicaré;
   escúchame.
   Te contaré lo que he visto,
15:18 lo que los sabios han transmitido sin ocultar lo recibido de sus padres,
15:19 a quienes solamente se les dio la tierra, sin que ningún extranjero pasara entre ellos.
El destino angustioso que Elifaz atribuye al malvado

15:20 El malvado se retuerce de dolor todos sus días, durante los años reservados al violento.
15:21 Sonidos de terror resuenan en sus oídos;
   cuando está en paz, lo ataca el destructor.
15:22 No cree que pueda regresar de las tinieblas;
   está destinado a la espada.
15:23 Vaga buscando pan: “¿Dónde está?”.
   Sabe que el día de las tinieblas está cerca.
15:24 La aflicción y la angustia lo aterrorizan;
   lo dominan como un rey preparado para la batalla.
La rebelión y la falsa seguridad del poderoso

15:25 Porque extendió su mano contra Dios y se mostró desafiante contra el Todopoderoso.
15:26 Se lanzó contra él con el cuello erguido, tras la gruesa barrera de sus escudos.
15:27 Aunque cubrió su rostro de gordura y acumuló grasa en sus costados,
15:28 habita ciudades desoladas, casas donde nadie vive, destinadas a convertirse en montones de escombros.
15:29 No se enriquecerá ni durarán sus bienes;
   sus posesiones no se extenderán por la tierra.
15:30 No escapará de las tinieblas;
   una llama secará sus brotes y desaparecerá al soplo de la boca de Dios.
La confianza vacía y el fruto que no madura

15:31 Que no se engañe confiando en lo vacío, porque lo vacío será su recompensa.
15:32 Esta se cumplirá antes de tiempo y su rama no reverdecerá.
15:33 Dejará caer sus uvas sin madurar, como la vid, y perderá sus flores, como el olivo.
15:34 Porque la comunidad de los impíos será estéril y el fuego consumirá las tiendas del soborno.
15:35 Conciben aflicción y dan a luz maldad;
   sus entrañas preparan engaño».

Capítulo 16
Job denuncia un consuelo que aumenta el dolor
16:1 Entonces Job respondió:
16:2 «He oído muchas cosas como estas;
   todos ustedes son consoladores que aumentan el dolor.
16:3 ¿Se acabarán las palabras vacías?
   ¿Qué te impulsa a seguir respondiendo?
16:4 Yo también podría hablar como ustedes si estuvieran en mi lugar.
   Podría hilvanar palabras contra ustedes y sacudir la cabeza al verlos.
16:5 Pero los fortalecería con mi boca y el consuelo de mis labios aliviaría su dolor.
16:6 Si hablo, mi dolor no disminuye;
   si callo, ¿qué se aparta de mí?
Job describe su aflicción como un ataque

16:7 Ahora él me ha dejado exhausto;
   tú has devastado toda mi familia.
16:8 Me has consumido, y esto se ha vuelto testigo contra mí;
   mi delgadez se levanta y me acusa a la cara.
16:9 Su ira me desgarra y me persigue;
   rechina los dientes contra mí.
   Mi enemigo me clava la mirada.
16:10 Abren la boca contra mí;
   con desprecio me golpean las mejillas y todos se juntan contra mí.
16:11 Dios me entrega a gente perversa y me arroja en manos de los malvados.
16:12 Yo estaba tranquilo, pero él me sacudió;
   me agarró por la nuca y me hizo pedazos.
   Me puso como su blanco.
16:13 Sus arqueros me rodean;
   me atraviesa los riñones sin compasión y derrama mi hiel por el suelo.
16:14 Me abre brecha tras brecha;
   se lanza contra mí como un guerrero.
El duelo de Job y su defensa de integridad

16:15 He cosido tela de duelo sobre mi piel y he hundido mi honor en el polvo.
16:16 Mi rostro está enrojecido de tanto llorar y sobre mis párpados hay sombra de muerte,
16:17 aunque no hay violencia en mis manos y mi oración es pura.
El clamor por un testigo en los cielos

16:18 ¡Tierra, no cubras mi sangre!
   ¡Que mi clamor no encuentre reposo!
16:19 Aun ahora, mi testigo está en los cielos;
   el que testifica por mí está en las alturas.
16:20 Mis amigos se burlan de mí;
   mis ojos derraman lágrimas ante Dios.
16:21 ¡Que él defienda al hombre ante Dios, como un ser humano defiende a su amigo!
16:22 Porque pasarán unos pocos años y tomaré el camino por el que no volveré».

Capítulo 17
La súplica de un hombre sin apoyo humano
17:1 «Mi espíritu está quebrantado, mis días se apagan y la tumba me espera.
17:2 Solo tengo burlones a mi lado;
   mis ojos no dejan de ver sus provocaciones.
17:3 Deposita tú mismo mi garantía;
   sé mi fiador ante ti.
   ¿Quién más estrechará mi mano?
17:4 Porque les has cerrado el corazón al entendimiento;
   por eso no los dejarás triunfar.
17:5 Al que denuncia a sus amigos por una recompensa se le consumirán los ojos de sus hijos.
La humillación de Job y la firmeza del justo

17:6 Me ha convertido en refrán entre los pueblos;
   soy alguien a quien escupen en la cara.
17:7 Mis ojos se apagan de dolor y todos mis miembros son como una sombra.
17:8 Los rectos quedan horrorizados ante esto y el inocente se indigna contra el impío.
17:9 Pero el justo se aferra a su camino y el limpio de manos se hace más fuerte.
Los planes rotos y la esperanza ante la muerte

17:10 Vuelvan, pues, todos ustedes;
   vengan de nuevo.
   No encontraré entre ustedes a un sabio.
17:11 Mis días han pasado;
   se han roto mis planes, los deseos de mi corazón.
17:12 Ellos convierten la noche en día;
   dicen que la luz está cerca cuando hay tinieblas.
17:13 Si espero que el Seol sea mi casa, si extiendo mi lecho en las tinieblas,
17:14 si le digo a la fosa: “Tú eres mi padre”, y al gusano: “Mi madre y mi hermana”,
17:15 ¿dónde está entonces mi esperanza?
   Y mi esperanza, ¿quién la verá?
17:16 Bajará a las puertas del Seol, cuando juntos descansemos en el polvo».

Capítulo 18
Bildad describe la suerte de los malos
18:1 Entonces Bildad el suhita respondió:
18:2 «¿Hasta cuándo seguirán poniendo trabas a las palabras?
   Entren en razón y después hablaremos.
18:3 ¿Por qué se nos considera animales?
   ¿Por qué somos estúpidos a sus ojos?
18:4 Tú, que te desgarras en tu furor, ¿será abandonada la tierra por tu causa?
   ¿Se moverá una roca de su lugar?
La seguridad del malvado se apaga

18:5 Ciertamente se apagará la luz de los malvados y no brillará la llama de su fuego.
18:6 La luz de su tienda se oscurecerá y la lámpara que está sobre él se apagará.
Los pasos y planes que terminan en una trampa

18:7 Sus pasos vigorosos se acortarán y sus propios planes lo harán caer.
18:8 Porque sus pies lo llevan a una red y camina sobre una malla.
18:9 Un lazo lo agarra por el talón y una trampa se cierra sobre él.
18:10 Su cuerda está escondida en el suelo y su trampa, sobre el sendero.
El terror y la muerte alcanzan al injusto

18:11 Lo aterrorizan espantos por todas partes y lo persiguen a cada paso.
18:12 El hambre consumirá sus fuerzas y la calamidad estará preparada a su lado.
18:13 La enfermedad devorará partes de su piel;
   el primogénito de la muerte devorará sus miembros.
18:14 Será arrancado de la seguridad de su tienda y conducido ante el rey de los terrores.
18:15 En su tienda habitará quien no es de los suyos;
   sobre su morada se esparcirá azufre.
La pérdida de raíces, nombre y descendencia

18:16 Abajo se secarán sus raíces y arriba se marchitarán sus ramas.
18:17 Su recuerdo desaparecerá de la tierra y su nombre no se oirá en las calles.
18:18 Lo empujarán de la luz a las tinieblas y lo expulsarán del mundo.
18:19 No tendrá hijos ni nietos entre su pueblo, ni sobreviviente donde habitaba.
18:20 Los de occidente se horrorizarán de su destino y los de oriente quedarán sobrecogidos de espanto.
18:21 Así son las moradas del injusto;
   este es el lugar del que no conoce a Dios».

Capítulo 19
Job denuncia el daño causado por sus amigos
19:1 Job respondió y dijo:
19:2 «¿Hasta cuándo angustiarán mi alma y me aplastarán con palabras?
19:3 Ya me han humillado diez veces;
   no se avergüenzan de maltratarme.
19:4 Y aun si en verdad me he equivocado, mi error permanece conmigo.
19:5 Si en verdad se enaltecen sobre mí y alegan contra mí mi humillación,
19:6 sepan entonces que Dios me ha agraviado y me ha encerrado en su red.
Job describe su aflicción y su aislamiento

19:7 Clamo: “¡Violencia!”, pero nadie me responde;
   pido auxilio, pero no hay justicia.
19:8 Ha cerrado mi camino, y no puedo pasar;
   ha puesto oscuridad sobre mis senderos.
19:9 Me ha despojado de mi gloria y ha quitado la corona de mi cabeza.
19:10 Me ha demolido por todos lados, y perezco;
   ha arrancado mi esperanza como un árbol.
19:11 Ha encendido su ira contra mí y me ha contado entre sus adversarios.
19:12 Sus tropas vienen juntas, preparan contra mí su camino de asalto y acampan alrededor de mi tienda.
El abandono de quienes eran cercanos

19:13 Ha alejado de mí a mis hermanos, y mis conocidos se han vuelto extraños para mí.
19:14 Mis parientes se han apartado, y mis amigos íntimos se han olvidado de mí.
19:15 Los que habitan en mi casa y mis criadas me consideran un extraño;
   he llegado a ser un extranjero a sus ojos.
19:16 Llamo a mi siervo y no responde;
   con mi propia boca le suplico.
19:17 Mi aliento es repugnante para mi esposa, y soy odioso para los de mi propia sangre.
19:18 Hasta los niños me desprecian;
   cuando me levanto, hablan contra mí.
19:19 Todos mis amigos íntimos me aborrecen, y aquellos a quienes amaba se han vuelto contra mí.
19:20 Mis huesos se han pegado a mi piel y a mi carne;
   he escapado solo con la piel de mis dientes.
Job pide compasión a sus amigos

19:21 ¡Tengan compasión de mí, tengan compasión de mí, ustedes, amigos míos, porque la mano de Dios me ha tocado!
19:22 ¿Por qué me persiguen como Dios y no se sacian de mi carne?
El testimonio que Job desea conservar

19:23 ¡Ojalá se escribieran mis palabras!
   ¡Ojalá quedaran inscritas en un libro!
19:24 ¡Que, con cincel de hierro y con plomo, quedaran grabadas en la roca para siempre!
El Redentor vivo y el encuentro esperado con Dios

19:25 Yo sé que mi Redentor vive, y al final se levantará sobre el polvo.
19:26 Después de que esta piel mía sea destruida, en mi carne veré a Dios.
19:27 Yo mismo lo contemplaré;
   lo verán mis ojos, y no los de otro.
   Mis entrañas desfallecen dentro de mí.
La advertencia de juicio para los acusadores

19:28 Si ustedes dicen: “¿Cómo lo perseguiremos?”, y afirman que la raíz del problema está en mí,
19:29 teman ustedes la espada, porque el furor trae el castigo de la espada, para que sepan que hay juicio».

Capítulo 20
Zofar describe las calamidades de los malos
20:1 Entonces Zofar el naamatita respondió:
20:2 «Mis pensamientos me impulsan a responder, pues estoy lleno de agitación.
20:3 He oído una reprensión que me afrenta, y mi espíritu, con su entendimiento, me hace responder.
La brevedad del éxito en el argumento de Zofar

20:4 ¿No sabes esto desde siempre, desde que el hombre fue puesto sobre la tierra:
20:5 que el júbilo de los malvados es breve y la alegría del impío dura un instante?
20:6 Aunque su altura llegue al cielo y su cabeza toque las nubes,
20:7 perecerá para siempre como su propio estiércol;
   quienes lo veían preguntarán: “¿Dónde está?”.
20:8 Volará como un sueño y no lo encontrarán;
   se desvanecerá como una visión nocturna.
20:9 El ojo que lo veía no volverá a verlo ni su lugar volverá a contemplarlo.
20:10 Sus hijos tendrán que buscar el favor de los pobres y sus manos devolverán sus riquezas.
20:11 Sus huesos están llenos de vigor juvenil, pero con él yacerá ese vigor en el polvo.
El mal saboreado se convierte en veneno

20:12 Aunque la maldad sea dulce en su boca y la esconda bajo su lengua,
20:13 aunque la conserve sin soltarla y la retenga en su paladar,
20:14 su alimento se transformará en sus entrañas;
   será veneno de cobras en su interior.
20:15 Se ha tragado riquezas, pero las vomitará;
   Dios se las sacará del vientre.
20:16 Chupará veneno de cobras;
   la lengua de una víbora lo matará.
20:17 No verá los arroyos, los ríos, los torrentes de miel y de cuajada.
20:18 Devolverá el fruto de su trabajo sin poder tragarlo;
   no disfrutará de las ganancias de su comercio.
La codicia y el daño causado a los pobres

20:19 Porque oprimió y abandonó a los pobres;
   se apoderó de una casa que no había construido.
20:20 Porque su vientre no conoció sosiego, no podrá salvar nada de lo que codiciaba.
20:21 Nada escapaba de su voracidad;
   por eso su prosperidad no durará.
20:22 En plena abundancia sufrirá estrechez;
   la mano de todos los desdichados vendrá contra él.
Zofar presenta un castigo del que no hay escape

20:23 Cuando esté por llenarse el vientre, Dios enviará contra él el ardor de su ira y lo hará llover sobre él mientras coma.
20:24 Huirá de un arma de hierro, pero un arco de bronce lo atravesará.
20:25 Se arrancará la flecha y saldrá de su espalda;
   la punta reluciente saldrá de su hiel.
   Lo invadirán los terrores.
20:26 Todas las tinieblas están reservadas para sus tesoros.
   Lo consumirá un fuego que nadie ha avivado y devorará lo que quede en su tienda.
La creación como testigo de la culpa

20:27 Los cielos pondrán al descubierto su culpa y la tierra se levantará contra él.
20:28 Los bienes de su casa serán arrastrados por torrentes en el día de su ira.
20:29 Esta es la porción que el hombre malvado recibe de Dios, la herencia que Dios le ha decretado».

Capítulo 21
Job afirma que los malos prosperan
21:1 Entonces Job respondió:
21:2 «Escuchen con atención mis palabras;
   que ese sea el consuelo que me den.
21:3 Ténganme paciencia y déjenme hablar;
   después de que yo hable, puedes seguir burlándote.
21:4 ¿Acaso mi queja se dirige a un hombre?
   ¿Por qué no habría de impacientarse mi espíritu?
21:5 Mírenme y queden horrorizados;
   pónganse la mano sobre la boca.
21:6 Cuando lo recuerdo, me lleno de espanto y un temblor se apodera de mi cuerpo.
Job cuestiona el castigo inmediato de los malvados

21:7 ¿Por qué siguen vivos los malvados, llegan a viejos y aumentan su poder?
21:8 Sus descendientes se afianzan delante de ellos, a su lado;
   sus vástagos están ante sus ojos.
21:9 Sus casas están en paz, sin temor, y la vara de Dios no cae sobre ellos.
21:10 Su toro fecunda sin fallar;
   su vaca pare sin abortar.
21:11 Dejan salir a sus pequeños como un rebaño y sus niños andan brincando.
21:12 Cantan al son de la pandereta y la lira, y se alegran al sonido de la flauta.
21:13 Pasan sus días en prosperidad y en un instante bajan al Seol.
Prosperidad y rechazo de Dios

21:14 Y le dicen a Dios: “Apártate de nosotros;
   no queremos conocer tus caminos.
21:15 ¿Qué es el Todopoderoso para que le sirvamos?
   ¿Qué ganamos con suplicarle?”.
21:16 Pero su prosperidad no está en sus propias manos.
   ¡Lejos de mí el consejo de los malvados!
Las preguntas sobre el castigo y la responsabilidad

21:17 ¿Cuántas veces se apaga la lámpara de los malvados?
   ¿Cuántas les llega la calamidad y él les reparte dolores en su ira?
21:18 ¿Cuántas veces son como paja ante el viento, como tamo que arrebata la tormenta?
21:19 “Dios reserva para sus hijos el castigo de su maldad”.
   ¡Que se lo pague a él mismo, para que aprenda!
21:20 ¡Que sus propios ojos vean su ruina y beba de la ira del Todopoderoso!
21:21 Porque ¿qué le importa su casa después de su muerte, cuando se ha cortado el número de sus meses?
Vidas distintas ante una muerte compartida

21:22 ¿Puede alguien enseñarle conocimiento a Dios, que juzga a los encumbrados?
21:23 Uno muere en pleno vigor, completamente tranquilo y seguro.
21:24 Sus vasijas están llenas de leche y la médula de sus huesos está bien nutrida.
21:25 Otro muere con el alma amargada, sin haber disfrutado del bien.
21:26 Ambos yacen juntos en el polvo y los gusanos los cubren.
Job denuncia las acusaciones veladas de sus amigos

21:27 Miren, conozco sus pensamientos y los planes con que quieren hacerme daño.
21:28 Porque ustedes dicen: “¿Dónde está la casa del noble?
   ¿Dónde la tienda donde habitaban los malvados?”.
Lo que cuentan los viajeros sobre el malvado

21:29 ¿No han preguntado a los viajeros?
   ¿No han tomado en cuenta sus testimonios,
21:30 que el malvado es preservado en el día de la calamidad y se lo lleva lejos en el día de la ira?
21:31 ¿Quién le reprocha en su cara su conducta?
   ¿Quién le paga por lo que ha hecho?
21:32 Lo llevan a la sepultura y sobre su tumba se mantiene vigilancia.
21:33 Le son dulces los terrones del valle;
   todo hombre lo sigue, e innumerables han ido antes que él.
21:34 ¿Cómo, pues, me consuelan con palabras vacías, si de sus respuestas solo queda falsedad?».

Capítulo 22
Elifaz acusa a Job de gran maldad
22:1 Entonces Elifaz el temanita respondió:
22:2 «¿Puede un hombre serle útil a Dios?
   El prudente se beneficia a sí mismo.
22:3 ¿Le complace al Todopoderoso que seas justo?
   ¿Obtiene alguna ganancia si tus caminos son íntegros?
22:4 ¿Es por tu reverencia que te reprende y entra en juicio contigo?
Las acusaciones sobre el trato a los vulnerables

22:5 ¿No es grande tu maldad?
   Tus culpas no tienen fin.
22:6 Porque exigiste prendas a tus hermanos sin motivo y despojaste de sus ropas a los que apenas tenían con qué cubrirse.
22:7 No diste agua al cansado y negaste pan al hambriento.
22:8 La tierra pertenecía al hombre poderoso y en ella habitaba el privilegiado.
22:9 Despediste a las viudas con las manos vacías y los brazos de los huérfanos fueron quebrados.
Elifaz interpreta el sufrimiento como castigo

22:10 Por eso te rodean trampas y te aterroriza un espanto repentino,
22:11 o te envuelven tinieblas que no te dejan ver y te cubre una inundación de aguas.
La acusación sobre la manera de pensar de Job

22:12 ¿No está Dios en lo alto de los cielos?
   ¡Mira las estrellas más altas, cuán elevadas están!
22:13 Pero tú dices: “¿Qué sabe Dios?
   ¿Puede juzgar a través de la espesa oscuridad?
22:14 Las nubes lo ocultan y no ve;
   se pasea por la bóveda del cielo”.
La advertencia basada en el destino de los antiguos

22:15 ¿Seguirás la antigua senda que pisaron los hombres malvados,
22:16 que fueron arrebatados antes de tiempo y cuyos cimientos arrasó un río?
22:17 Ellos le decían a Dios: “Apártate de nosotros”.
   ¿Qué podía hacerles el Todopoderoso?
22:18 Sin embargo, él había llenado sus casas de bienes.
   ¡Lejos de mí el consejo de los malvados!
22:19 Los justos lo ven y se alegran;
   los inocentes se burlan de ellos:
22:20 “¡Ciertamente nuestros adversarios han sido destruidos y el fuego ha consumido lo que les quedaba!”.
Elifaz llama a Job a volver al Todopoderoso

22:21 Reconcíliate con él y ten paz;
   así te vendrá el bien.
22:22 Recibe la instrucción de su boca y guarda sus palabras en tu corazón.
22:23 Si vuelves al Todopoderoso, serás restaurado;
   aleja la injusticia de tu tienda.
La riqueza y el deleite en Dios

22:24 Pon el oro en el polvo y el oro de Ofir entre las piedras del arroyo.
22:25 Entonces el Todopoderoso será tu oro y tu plata preciosa.
22:26 Porque entonces te deleitarás en el Todopoderoso y levantarás tu rostro hacia Dios.
Las promesas de restauración en el discurso de Elifaz

22:27 Le suplicarás y él te escuchará, y cumplirás tus votos.
22:28 Lo que decidas se cumplirá para ti y la luz brillará sobre tus caminos.
22:29 Cuando otros sean abatidos, tú dirás: “¡Arriba!”.
   Él salvará al de mirada humilde.
22:30 Él librará aun al que no es inocente;
   será librado por la pureza de tus manos».

Capítulo 23
Job busca a Dios para presentar su causa
23:1 Entonces Job respondió:
23:2 «Aun hoy mi queja es rebelde;
   mi mano pesa sobre mis gemidos.
23:3 ¡Si supiera dónde encontrarlo!
   Llegaría hasta su morada.
23:4 Expondría mi causa ante él y llenaría mi boca de argumentos.
23:5 Sabría qué palabras me responde y entendería lo que me dijera.
23:6 ¿Contendería conmigo con todo su poder?
   No;
   más bien me prestaría atención.
23:7 Allí un hombre recto podría razonar con él, y yo quedaría libre para siempre de mi juez.
Dios no aparece en la búsqueda de Job

23:8 Pero voy al oriente y no está allí;
   al occidente y no lo percibo.
23:9 Cuando actúa al norte, no lo veo;
   se oculta al sur y no alcanzo a verlo.
Job afirma que ha guardado el camino de Dios

23:10 Pero él conoce el camino que sigo;
   cuando me ponga a prueba, saldré como el oro.
23:11 Mis pies se han aferrado a sus pasos;
   he guardado su camino sin desviarme.
23:12 No me he apartado del mandamiento de sus labios;
   he atesorado las palabras de su boca más que mi alimento diario.
La decisión de Dios provoca temor en Job

23:13 Pero él mantiene su decisión: ¿quién lo hará cambiar?
   Lo que desea, lo hace.
23:14 Porque cumplirá lo que ha dispuesto para mí, y tiene muchas cosas como estas.
23:15 Por eso me aterro en su presencia;
   cuando lo considero, siento miedo de él.
23:16 Dios ha debilitado mi corazón;
   el Todopoderoso me ha llenado de espanto.
23:17 Porque no me han hecho callar las tinieblas ni la oscuridad que cubre mi rostro».

Capítulo 24
Job pregunta por el juicio que tarda en hacerse visible
24:1 «¿Por qué el Todopoderoso no fija tiempos para juzgar?
   ¿Por qué los que lo conocen no ven sus días?
Despojo y miseria entre los vulnerables

24:2 Hay quienes desplazan los linderos, roban rebaños y los apacientan.
24:3 Se llevan el asno de los huérfanos y toman en prenda el buey de la viuda.
24:4 Apartan del camino a los necesitados;
   los pobres de la tierra se esconden juntos.
24:5 Como asnos salvajes en el desierto, salen a su trabajo en busca de alimento;
   la estepa les da pan para sus hijos.
24:6 Cosechan forraje en el campo y recogen las últimas uvas en la viña del malvado.
24:7 Pasan la noche desnudos, sin ropa, sin nada con qué cubrirse del frío.
24:8 Las lluvias de las montañas los empapan y, por falta de refugio, se abrazan a las rocas.
Trabajo, hambre y clamor sin respuesta visible

24:9 Los malvados arrancan al huérfano del pecho y toman en prenda lo que lleva el pobre.
24:10 Los pobres andan desnudos, sin ropa;
   hambrientos, cargan las gavillas.
24:11 Entre los muros exprimen aceite;
   pisan los lagares, pero pasan sed.
24:12 Desde la ciudad gimen los hombres y clama el alma de los heridos;
   pero Dios no toma en cuenta la injusticia.
La maldad que busca amparo en la oscuridad

24:13 Hay quienes se rebelan contra la luz;
   no conocen sus caminos ni permanecen en sus sendas.
24:14 Al alba se levanta el asesino y mata al pobre y al necesitado;
   de noche actúa como un ladrón.
24:15 Los ojos del adúltero esperan el anochecer.
   Dice: “Ningún ojo me verá”, y se cubre el rostro.
24:16 En las tinieblas perforan las casas;
   de día se encierran.
   No conocen la luz.
24:17 Para todos ellos la mañana es sombra de muerte, pues conocen bien los terrores de la sombra de muerte.
Las imágenes del fin del malvado

24:18 Es ligero sobre la superficie del agua;
   su porción en la tierra es maldita y no se dirige por el camino de las viñas.
24:19 La sequía y el calor arrebatan el agua de la nieve;
   así el Seol arrebata a los que han pecado.
24:20 El vientre que lo llevó lo olvida;
   el gusano lo encuentra dulce.
   No volverá a ser recordado, y la injusticia será quebrada como un árbol.
24:21 Maltrata a la estéril que no ha dado a luz y no hace bien a la viuda.
24:22 Arrastra con su fuerza a los poderosos;
   se levanta y nadie tiene segura la vida.
24:23 Dios les concede seguridad y se apoyan en ella;
   pero sus ojos vigilan sus caminos.
24:24 Son elevados por un momento y desaparecen;
   son abatidos y recogidos como todos, cortados como las cabezas de las espigas.
24:25 Si no es así, ¿quién me desmentirá y reducirá a nada mis palabras?».

Capítulo 25
Bildad: la majestad de Dios y la pequeñez humana
25:1 Entonces Bildad el suhita respondió:
25:2 «El dominio y el temor le pertenecen;
   él establece la paz en sus alturas.
25:3 ¿Se pueden contar sus ejércitos?
   ¿Sobre quién no se levanta su luz?
La pregunta por la justicia humana ante Dios

25:4 ¿Cómo puede un mortal ser justo ante Dios?
   ¿Cómo puede ser puro el nacido de mujer?
25:5 Si ni siquiera la luna brilla y las estrellas no son puras ante sus ojos,
25:6 ¡cuánto menos el mortal, que es un gusano, y el ser humano, que es una lombriz!».

Capítulo 26
Job cuestiona el consejo y contempla la grandeza de Dios
26:1 Entonces Job respondió:
26:2 «¡Cómo has ayudado al que no tiene fuerzas!
   ¡Cómo has salvado al brazo sin vigor!
26:3 ¡Qué consejo has dado al que no tiene sabiduría!
   ¡Cuánto buen juicio has dado a conocer!
26:4 ¿A quién has dirigido esas palabras?
   ¿De quién es el aliento que ha salido de ti?
De las profundidades a los cielos: el poder de Dios

26:5 Las sombras de los muertos tiemblan bajo las aguas y sus habitantes.
26:6 El Seol está desnudo ante él y el Abadón no tiene cobertura.
26:7 Extiende el norte sobre el vacío y cuelga la tierra sobre la nada.
26:8 Encierra las aguas en sus nubes y las nubes no se rompen bajo ellas.
26:9 Cubre el rostro de su trono y extiende sobre él su nube.
26:10 Ha trazado un círculo sobre la superficie de las aguas, en el límite entre la luz y las tinieblas.
26:11 Las columnas del cielo se estremecen y quedan atónitas ante su reprensión.
26:12 Con su poder agita el mar y con su entendimiento aplasta a Rahab.
26:13 Con su aliento despeja los cielos;
   su mano atraviesa a la serpiente fugitiva.
Los bordes de sus caminos y el límite de nuestro conocimiento

26:14 Estos son apenas los bordes de sus caminos.
   ¡Qué tenue susurro hemos oído de él!
   Pero el trueno de su poder, ¿quién puede comprenderlo?».

Capítulo 27
Job jura mantener la verdad y su integridad
27:1 Job prosiguió su discurso y dijo:
27:2 «¡Vive Dios, que me ha privado de mi derecho, y el Todopoderoso, que ha amargado mi alma!
27:3 Mientras tenga aliento en mí y el soplo de Dios esté en mis narices,
27:4 mis labios no hablarán injusticia ni mi lengua pronunciará engaño.
27:5 ¡Lejos de mí darles la razón!
   Hasta que muera no renunciaré a mi integridad.
27:6 Me aferro a mi justicia y no la soltaré;
   mi corazón no me reprocha ninguno de mis días.
La esperanza del impío y la relación con Dios

27:7 Que mi enemigo sea como el malvado y mi adversario como el injusto.
27:8 Porque ¿qué esperanza tiene el impío cuando es cortado, cuando Dios le quita la vida?
27:9 ¿Escuchará Dios su clamor cuando la angustia venga sobre él?
27:10 ¿Se deleitará en el Todopoderoso?
   ¿Invocará a Dios en todo tiempo?
Job anuncia su enseñanza sobre la mano de Dios

27:11 Les enseñaré acerca de la mano de Dios;
   no ocultaré lo que hay en el Todopoderoso.
27:12 Todos ustedes lo han visto.
   ¿Por qué, entonces, hablan tantas cosas vacías?
La porción del malvado ante el Todopoderoso

27:13 Esta es la porción del hombre malvado ante Dios, la herencia que los violentos reciben del Todopoderoso:
27:14 aunque tenga muchos hijos, serán para la espada, y sus descendientes no se saciarán de pan.
27:15 A los que le sobrevivan los sepultará la muerte y sus viudas no llorarán.
La riqueza acumulada no garantiza su posesión

27:16 Aunque amontone plata como polvo y acumule ropa como barro,
27:17 él la acumulará, pero el justo se vestirá con ella y el inocente repartirá la plata.
27:18 Construye su casa como la polilla, como una choza hecha por un vigilante.
27:19 El rico se acuesta, pero no será recogido;
   abre los ojos y ya no está.
La ruina que arranca al malvado de su lugar

27:20 Los terrores lo alcanzan como aguas;
   de noche lo arrebata una tormenta.
27:21 El viento del este lo levanta y se lo lleva;
   lo arranca de su lugar.
27:22 Se lanza contra él sin compasión;
   él intenta huir de su poder.
27:23 Baten palmas contra él y lo echan de su lugar entre silbidos».

Capítulo 28
La búsqueda humana de riquezas y la sabiduría de Dios
28:1 «Ciertamente, hay una mina para la plata y un lugar donde se refina el oro.
28:2 El hierro se extrae de la tierra, y el cobre se obtiene de la piedra por fundición.
28:3 El hombre pone fin a la oscuridad y explora hasta el último límite la piedra entre tinieblas y sombras de muerte.
28:4 Abre un pozo lejos de donde habita la gente;
   en lugares olvidados por el pie, los hombres cuelgan y se balancean, lejos de los demás.
28:5 De la tierra sale el pan, pero sus profundidades son trastornadas como por fuego.
28:6 En sus piedras hay zafiros, y su polvo contiene oro.
Una senda que la mirada y la fuerza animal no alcanzan

28:7 Hay una senda que no conoce el ave de rapiña ni ha visto el ojo del halcón.
28:8 No la han pisado las fieras ni ha pasado por ella el león.
28:9 El hombre extiende su mano contra el pedernal y trastorna los montes desde la raíz.
28:10 Abre canales en las rocas, y su ojo ve todo lo valioso.
28:11 Detiene los ríos para que no fluyan y saca a la luz lo escondido.
La sabiduría no se localiza ni se compra como un tesoro

28:12 Pero ¿dónde se hallará la sabiduría?
   ¿Dónde está el lugar del entendimiento?
28:13 El ser humano no conoce su valor, ni se la encuentra en la tierra de los vivientes.
28:14 El abismo dice: “No está en mí”, y el mar dice: “No está conmigo”.
28:15 No se puede comprar con oro fino, ni pesar plata para pagar su precio.
28:16 No se la puede tasar con oro de Ofir, ni con ónice precioso ni con zafiro.
28:17 No la igualan el oro ni el vidrio, ni se la puede cambiar por objetos de oro puro.
28:18 Ni siquiera se mencionen el coral y el cristal;
   adquirir sabiduría vale más que las perlas.
28:19 No la iguala el topacio de Cus, ni se la puede tasar con oro puro.
Solo Dios conoce el camino de la sabiduría

28:20 ¿De dónde vendrá, pues, la sabiduría?
   ¿Dónde está el lugar del entendimiento?
28:21 Está escondida de los ojos de todo ser viviente y oculta a las aves del cielo.
28:22 El Abadón y la Muerte dicen: “Con nuestros oídos hemos oído hablar de ella”.
28:23 Dios entiende su camino y conoce su lugar,
28:24 pues él mira hasta los confines de la tierra y ve cuanto hay bajo todos los cielos.
28:25 Cuando dio peso al viento y dispuso las aguas por medida,
28:26 cuando estableció una ley para la lluvia y un camino para el relámpago de los truenos,
28:27 entonces la vio y la proclamó;
   la estableció y también la examinó.
El temor del Señor y apartarse del mal

28:28 Y le dijo al ser humano: “Mira, el temor del Señor es sabiduría, y apartarse del mal es entendimiento”».

Capítulo 29
Job recuerda el cuidado de Dios y su servicio a los demás
29:1 Job prosiguió su discurso y dijo:
29:2 «¡Ojalá volviera a los meses de antes, a los días en que Dios me guardaba,
29:3 cuando su lámpara brillaba sobre mi cabeza y a su luz caminaba por las tinieblas!
29:4 ¡Como en los días de mi plenitud, cuando la amistad de Dios reposaba sobre mi tienda,
29:5 cuando el Todopoderoso aún estaba conmigo y mis hijos me rodeaban,
29:6 cuando mis pasos se bañaban en cuajada y la roca derramaba para mí arroyos de aceite!
El respeto público y la responsabilidad de Job

29:7 Cuando salía a la puerta de la ciudad y preparaba mi asiento en la plaza,
29:8 los jóvenes me veían y se retiraban, y los ancianos se levantaban y permanecían de pie.
29:9 Los príncipes dejaban de hablar y se ponían la mano sobre la boca.
29:10 La voz de los nobles se apagaba y su lengua se pegaba al paladar.
29:11 El oído que me escuchaba me llamaba dichoso y el ojo que me veía daba testimonio a mi favor,
La defensa del pobre, del huérfano y de la viuda

29:12 porque yo rescataba al pobre que clamaba y al huérfano que no tenía quien lo ayudara.
29:13 La bendición del que estaba a punto de perecer venía sobre mí;
   yo hacía cantar de alegría el corazón de la viuda.
29:14 Me vestía de justicia y ella me cubría;
   mi derecho era como un manto y un turbante.
29:15 Yo era ojos para el ciego y pies para el cojo.
29:16 Era padre para los necesitados e investigaba la causa que no conocía.
29:17 Rompía los colmillos del injusto y le arrancaba la presa de los dientes.
El futuro tranquilo que Job había esperado

29:18 Yo decía: “Moriré en mi nido y multiplicaré mis días como la arena.
29:19 Mi raíz se extiende hacia las aguas y el rocío pasa la noche en mis ramas.
29:20 Mi honra se renueva conmigo y mi arco cobra nuevas fuerzas en mi mano”.
La palabra escuchada y la autoridad que consuela

29:21 Me escuchaban y esperaban;
   guardaban silencio ante mi consejo.
29:22 Después de mis palabras no replicaban;
   mi discurso caía suavemente sobre ellos.
29:23 Me esperaban como a la lluvia;
   abrían la boca como para recibir la lluvia tardía.
29:24 Les sonreía y no podían creerlo;
   no hacían decaer la luz de mi rostro.
29:25 Escogía el camino para ellos y me sentaba como jefe;
   vivía como un rey entre sus tropas, como quien consuela a los que están de duelo».

Capítulo 30
La humillación presente de Job
30:1 «Pero ahora se burlan de mí los que son más jóvenes que yo, a cuyos padres habría desdeñado poner junto a los perros de mi rebaño.
30:2 ¿De qué me servía la fuerza de sus manos?
   Su vigor se había agotado.
30:3 Consumidos por la pobreza y el hambre, roían la tierra seca, en la oscuridad de lugares desolados y desiertos.
30:4 Recogían plantas salobres entre los arbustos, y las raíces de retama eran su alimento.
30:5 Eran expulsados de la comunidad;
   les gritaban como a un ladrón.
30:6 Vivían en barrancos de arroyos, en agujeros de la tierra y entre las rocas.
30:7 Rebuznaban entre los arbustos y se apiñaban bajo las ortigas.
30:8 Hijos de necios, gente sin nombre, echados de la tierra a latigazos.
Job convertido en objeto de burla y ataque

30:9 Y ahora me he convertido en su canción;
   soy para ellos un refrán.
30:10 Me aborrecen y se alejan de mí;
   no se abstienen de escupirme a la cara.
30:11 Porque Dios ha soltado la cuerda de mi arco y me ha humillado, ellos se han quitado el freno en mi presencia.
30:12 A mi derecha se levanta esa turba;
   me hace tropezar y construye contra mí caminos de destrucción.
30:13 Desbaratan mi sendero y contribuyen a mi ruina, sin que nadie los ayude.
30:14 Irrumpen como por una brecha ancha;
   se precipitan entre los escombros.
30:15 Los terrores se vuelven contra mí;
   mi honor es perseguido como por el viento y mi bienestar pasa como una nube.
El dolor que alcanza el cuerpo y la vida interior

30:16 Ahora mi alma se derrama dentro de mí;
   los días de aflicción se apoderan de mí.
30:17 De noche mis huesos son taladrados y los dolores que me roen no descansan.
30:18 Con gran violencia mi ropa se deforma;
   me aprieta como el cuello de mi túnica.
30:19 Él me ha arrojado al lodo y he quedado como polvo y ceniza.
El clamor de Job ante Dios

30:20 Clamo a ti y no me respondes;
   me pongo de pie y te limitas a mirarme.
30:21 Te has vuelto cruel conmigo;
   con la fuerza de tu mano me persigues.
30:22 Me levantas sobre el viento, me haces cabalgar en él y me deshaces en la tormenta.
30:23 Porque sé que me conduces a la muerte, a la casa destinada a todo ser viviente.
El clamor de auxilio y la compasión que Job esperaba

30:24 ¿No extiende uno la mano en medio de la ruina?
   ¿No clama por ayuda en su desgracia?
30:25 ¿No lloré por quien pasaba días difíciles?
   ¿No se entristeció mi alma por el necesitado?
30:26 Pero cuando esperaba el bien, vino el mal;
   cuando aguardaba la luz, llegó la oscuridad.
30:27 Mis entrañas hierven sin descanso;
   los días de aflicción me salen al encuentro.
El clamor público y la música convertida en duelo

30:28 Ando ennegrecido, pero no por el sol;
   me levanto en la asamblea y clamo por ayuda.
30:29 Me he convertido en hermano de los chacales y compañero de los avestruces.
30:30 Mi piel se ennegrece sobre mí y mis huesos arden de calor.
30:31 Mi lira se ha convertido en duelo y mi flauta, en la voz de los que lloran».

Capítulo 31
La integridad de Job bajo el examen de Dios
31:1 «Hice un pacto con mis ojos;
   ¿cómo iba a fijar mi mirada en una virgen?
31:2 Porque ¿qué porción me corresponde de Dios desde lo alto, y qué herencia del Todopoderoso desde las alturas?
31:3 ¿No hay calamidad para el injusto y desastre para los que hacen el mal?
31:4 ¿No ve él mis caminos y cuenta todos mis pasos?
Falsedad, codicia y balanzas justas

31:5 Si he caminado con falsedad y mi pie se ha apresurado al engaño,
31:6 que me pese en balanzas justas y Dios conocerá mi integridad.
31:7 Si mi paso se ha apartado del camino, si mi corazón ha seguido a mis ojos y una mancha se ha pegado a mis manos,

31:8 que yo siembre y otro coma, y que mis brotes sean arrancados.
La fidelidad matrimonial y la gravedad del adulterio

31:9 Si mi corazón ha sido seducido por una mujer y he acechado a la puerta de mi prójimo,
31:10 que mi mujer muela para otro y otros se inclinen sobre ella.
31:11 Porque eso es una infamia, una culpa que deben castigar los jueces.
31:12 Es un fuego que devora hasta el Abadón y arrancaría de raíz toda mi cosecha.
El derecho del siervo ante el mismo Creador

31:13 Si he despreciado el derecho de mi siervo o de mi sierva cuando tenían una queja contra mí,
31:14 ¿qué haré cuando Dios se levante?
   Cuando pida cuentas, ¿qué le responderé?
31:15 El que me hizo en el vientre, ¿no lo hizo también a él?
   ¿No fue el mismo quien nos formó en la matriz?
Alimento, abrigo y protección para los vulnerables

31:16 Si he negado a los pobres lo que deseaban y he hecho desfallecer los ojos de la viuda,
31:17 si he comido mi bocado a solas sin que el huérfano comiera de él
31:18 —pues desde mi juventud creció conmigo como con un padre, y desde el vientre de mi madre fui guía de la viuda—,
31:19 si he visto a alguien perecer por falta de ropa y a un necesitado sin abrigo,
31:20 si sus lomos no me han bendecido al calentarse con el vellón de mis ovejas,
31:21 si he levantado mi mano contra el huérfano porque sabía que tenía apoyo en la puerta de la ciudad,
31:22 ¡que mi hombro se desprenda de la espalda y mi brazo se quiebre en su articulación!
31:23 Porque temía la calamidad que viene de Dios y no podría resistir ante su majestad.
La confianza en las riquezas y la adoración de los astros

31:24 Si he puesto en el oro mi confianza y le he dicho al oro puro: “Tú eres mi seguridad”,
31:25 si me he alegrado de tener grandes riquezas y de que mi mano haya conseguido mucho,
31:26 si al ver el sol resplandeciente y la luna avanzar en su esplendor,
31:27 mi corazón se ha dejado seducir en secreto y he llevado la mano a mis labios para besarla,
31:28 también eso sería una culpa que deben castigar los jueces, porque habría negado al Dios de lo alto.
La respuesta al enemigo y la hospitalidad

31:29 ¿Me he alegrado de la ruina del que me odiaba?
   ¿He saltado de gozo cuando le llegó el mal?
31:30 No he dejado que mi boca peque pidiendo su muerte con una maldición.
31:31 ¿No decían los hombres de mi tienda: “¿Quién no se ha saciado de la carne que él da?”?
31:32 El extranjero no pasaba la noche en la calle;
   yo abría mis puertas al viajero.
La culpa encubierta y el temor a la opinión ajena

31:33 Si he encubierto mis rebeliones como hacen los hombres, ocultando mi culpa en mi seno,
31:34 porque temía a la gran multitud y me aterraba el desprecio de las familias, de modo que callaba y no salía de mi puerta...
La firma de Job y su petición de una respuesta

31:35 ¡Ojalá tuviera alguien que me escuchara!
   ¡Aquí está mi firma!
   ¡Que el Todopoderoso me responda!
   ¡Que mi adversario escriba su acusación!
31:36 Ciertamente la llevaría sobre mi hombro y me la ceñiría como una corona.
31:37 Le daría cuenta de todos mis pasos;
   me acercaría a él como un príncipe.
La tierra, sus dueños y la cosecha bajo juramento

31:38 Si mi tierra clama contra mí y todos sus surcos lloran juntos,
31:39 si he comido su producto sin pagarlo y he hecho expirar el alma de sus dueños,
31:40 ¡que en vez de trigo broten espinos y en vez de cebada, hierba maloliente!».
   Aquí terminan las palabras de Job.

Capítulo 32
Eliú entra en la discusión con Job y sus amigos
32:1 Estos tres hombres dejaron de responder a Job, porque él se consideraba justo.
32:2 Entonces se encendió la ira de Eliú, hijo de Baraquel el buzita, de la familia de Ram. Se encendió su ira contra Job porque se justificaba a sí mismo en vez de justificar a Dios.
32:3 También se encendió su ira contra los tres amigos de Job, porque no habían encontrado una respuesta y, sin embargo, habían condenado a Job.
32:4 Eliú había esperado antes de hablarle a Job, porque ellos eran mayores que él.
32:5 Pero cuando vio que no había respuesta en la boca de los tres hombres, se encendió su ira.
La edad, el entendimiento y el derecho a ser oído

32:6 Entonces Eliú, hijo de Baraquel el buzita, tomó la palabra y dijo:
 «Yo soy joven y ustedes son ancianos;
   por eso me contuve y tuve miedo de exponerles mi parecer.
32:7 Pensaba: “Que hablen los muchos días y que los numerosos años den a conocer la sabiduría”.
32:8 Pero es el espíritu que hay en el mortal, el soplo del Todopoderoso, lo que le da entendimiento.
32:9 No siempre los de mucha edad son sabios ni los ancianos comprenden el derecho.
32:10 Por eso digo: escúchenme;
   yo también expondré mi parecer.
32:11 Miren, he esperado sus palabras;
   he prestado oído a sus razonamientos mientras buscaban qué decir.
32:12 Les he prestado atención, pero ninguno de ustedes ha refutado a Job ni ha respondido a sus argumentos.
El fracaso de los argumentos y una respuesta distinta

32:13 No digan: “Hemos encontrado la sabiduría;
   Dios lo vencerá, no un hombre”.
32:14 Él no ha dirigido sus palabras contra mí, y yo no le responderé con los argumentos de ustedes.
32:15 Están desconcertados y ya no responden;
   se han quedado sin palabras.
32:16 ¿He de seguir esperando porque no hablan, porque se han detenido y ya no responden?
El impulso de hablar y la responsabilidad de la palabra

32:17 Yo también responderé por mi parte;
   yo también expondré mi parecer.
32:18 Porque estoy lleno de palabras y el espíritu dentro de mí me apremia.
32:19 Mi interior es como vino sin respiradero, como odres nuevos a punto de reventar.
32:20 Hablaré para desahogarme;
   abriré mis labios y responderé.
Imparcialidad y verdad delante del Hacedor

32:21 No mostraré parcialidad hacia nadie ni adularé a ningún hombre.
32:22 Porque no sé adular;
   si lo hiciera, mi Hacedor pronto me quitaría de en medio».

Capítulo 33
Eliú se dirige a Job como un hombre formado por Dios
33:1 «Ahora, Job, escucha mis palabras;
   presta oído a todo lo que digo.
33:2 Mira, ya he abierto la boca y mi lengua habla en mi paladar.
33:3 Mis palabras expresan la rectitud de mi corazón;
   mis labios declaran con sinceridad lo que saben.
33:4 El Espíritu de Dios me hizo y el soplo del Todopoderoso me da vida.
33:5 Respóndeme si puedes;
   ordena tu causa ante mí y ponte en pie.
33:6 Ante Dios soy igual que tú;
   yo también fui formado del barro.
33:7 No tendrás que aterrorizarte ante mí ni mi presión pesará sobre ti.
La defensa de Job según el resumen de Eliú

33:8 Ciertamente has hablado a mis oídos y he escuchado el sonido de tus palabras:
33:9 “Soy puro, sin rebelión;
   estoy limpio y no hay culpa en mí.
33:10 Pero él encuentra pretextos contra mí y me considera su enemigo.
33:11 Pone mis pies en el cepo y vigila todos mis caminos”.
La grandeza de Dios y los límites del juicio humano

33:12 Te respondo que en esto no tienes razón, porque Dios es mayor que el mortal.
33:13 ¿Por qué le reclamas que no rinda cuentas de ninguno de sus asuntos?
Dios habla para advertir y preservar al hombre

33:14 Porque Dios habla una vez y otra, aunque el hombre no lo perciba.
33:15 En un sueño, en una visión nocturna, cuando el sueño profundo cae sobre los hombres, cuando dormitan en sus camas,
33:16 entonces abre los oídos de los hombres y sella su instrucción,
33:17 para apartar al hombre de su proceder y alejar de él el orgullo.
33:18 Así preserva su alma de la fosa y su vida de perecer a espada.
El sufrimiento y la cercanía de la muerte

33:19 También es corregido con dolor en su cama y con una lucha incesante en sus huesos.
33:20 Su vida aborrece el pan y su alma, los alimentos que antes deseaba.
33:21 Su carne se consume hasta desaparecer de la vista y quedan al descubierto sus huesos, que antes no se veían.
33:22 Su alma se acerca a la fosa y su vida, a los que causan la muerte.
El mediador, el rescate y la vida restaurada

33:23 Pero si hay junto a él un ángel mediador, uno entre mil, para mostrarle al hombre lo recto,
33:24 y se apiada de él y dice: “Líbralo de bajar a la fosa;
   he encontrado un rescate”,
33:25 su carne se volverá más tierna que en la juventud;
   volverá a los días de su vigor juvenil.
33:26 Orará a Dios y él lo aceptará;
   verá su rostro con alegría y Dios devolverá al hombre su justicia.
33:27 Cantará ante los hombres y dirá: “He pecado y he torcido lo recto, pero no he recibido lo que merecía.
33:28 Él ha rescatado mi alma para que no baje a la fosa y mi vida verá la luz”.
El propósito de la acción reiterada de Dios

33:29 Mira, todo esto lo hace Dios dos y tres veces con el hombre,
33:30 para hacer volver su alma de la fosa e iluminarlo con la luz de los vivientes.
Escuchar, responder y aprender sabiduría

33:31 Presta atención, Job;
   escúchame.
   Calla y yo hablaré.
33:32 Si tienes algo que decir, respóndeme;
   habla, porque deseo darte la razón.
33:33 Si no, escúchame tú a mí;
   calla y te enseñaré sabiduría».

Capítulo 34
Eliú defiende la justicia de Dios y cuestiona a Job
34:1 Eliú continuó diciendo:
34:2 «Escuchen mis palabras, sabios;
   préstenme atención, ustedes que tienen conocimiento.
34:3 Porque el oído examina las palabras como el paladar prueba los alimentos.
34:4 Escojamos para nosotros lo justo;
   reconozcamos entre todos lo que es bueno.
34:5 Porque Job ha dicho: “Soy justo y Dios me ha quitado mi derecho.
34:6 ¿He de mentir contra mi derecho?
   Mi herida es incurable, aunque no he cometido rebelión”.
34:7 ¿Qué hombre hay como Job, que bebe la burla como agua,
34:8 que anda en compañía de los que hacen el mal y camina con hombres malvados?
34:9 Porque ha dicho: “De nada le sirve al hombre deleitarse en Dios”.
La justicia de Dios y la dependencia de toda criatura

34:10 Por eso, hombres de entendimiento, escúchenme: ¡lejos de Dios la maldad y del Todopoderoso la injusticia!
34:11 Él paga al hombre según sus obras y hace que cada uno reciba conforme a su conducta.
34:12 Ciertamente Dios no hace el mal y el Todopoderoso no tuerce el derecho.
34:13 ¿Quién le encargó la tierra?
   ¿Quién puso en orden el mundo entero?
34:14 Si fijara en sí mismo su atención y recogiera para sí su espíritu y su aliento,
34:15 toda carne perecería a la vez y el hombre volvería al polvo.
El gobierno de Dios y los límites del poder humano

34:16 Si tienes entendimiento, escucha esto;
   presta oído al sonido de mis palabras.
34:17 ¿Puede gobernar el que odia el derecho?
   ¿Vas a condenar al Justo y Poderoso?
34:18 ¿Se le dirá a un rey: “¡Inútil!”, y a los nobles: “¡Malvados!”?
34:19 Él no muestra parcialidad hacia los príncipes ni favorece al rico por encima del pobre, porque todos son obra de sus manos.
34:20 En un instante mueren;
   a medianoche los pueblos se estremecen y desaparecen.
   El poderoso es quitado sin intervención de mano humana.
Dios conoce las obras y escucha al oprimido

34:21 Porque sus ojos están sobre los caminos del hombre y ve todos sus pasos.
34:22 No hay tinieblas ni sombra de muerte donde puedan esconderse los que hacen el mal.
34:23 No necesita examinar de nuevo al hombre para que comparezca ante Dios a juicio.
34:24 Quebranta a los poderosos sin investigación y coloca a otros en su lugar.
34:25 Por eso conoce sus obras;
   los derriba de noche y quedan aplastados.
34:26 Los azota como a malvados en un lugar donde todos pueden verlos,
34:27 porque se apartaron de seguirlo y no prestaron atención a ninguno de sus caminos.
34:28 Hicieron llegar a él el clamor del pobre, y él escuchó el clamor de los afligidos.
34:29 Si él guarda silencio, ¿quién lo condenará?
   Si esconde el rostro, ¿quién podrá verlo?
   Lo mismo sucede con una nación que con un hombre,
34:30 para que no reine un hombre impío y no haya trampas para el pueblo.
La respuesta humana ante la corrección de Dios

34:31 ¿Le ha dicho alguien a Dios: “He soportado el castigo;
   no volveré a hacer el mal.
34:32 Enséñame lo que no veo;
   si he cometido injusticia, no volveré a hacerlo”?
34:33 ¿Ha de retribuir él según tu parecer porque has rechazado su juicio?
   Tú debes escoger, no yo;
   di lo que sabes.
El juicio severo de Eliú sobre Job

34:34 Los hombres de entendimiento me dirán, y el sabio que me escucha:
34:35 “Job habla sin conocimiento y sus palabras carecen de discernimiento”.
34:36 ¡Que Job sea probado hasta el final, porque responde como los hombres malvados!
34:37 Porque añade rebelión a su pecado;
   bate palmas entre nosotros y multiplica sus palabras contra Dios».

Capítulo 35
La justicia humana ante el Dios que no necesita nada
35:1 Eliú continuó diciendo:
35:2 «¿Te parece justo decir: “Mi justicia es mayor que la de Dios”?
35:3 Porque dices: “¿Qué te aprovecha?
   ¿Qué gano yo con no pecar?”.
35:4 Yo te responderé, y también a tus amigos.
35:5 Mira los cielos y observa;
   contempla las nubes, más altas que tú.
35:6 Si pecas, ¿qué le haces a él?
   Si se multiplican tus rebeliones, ¿qué daño le causas?
35:7 Si eres justo, ¿qué le das?
   ¿Qué recibe de tu mano?
35:8 Tu maldad afecta a un hombre como tú, y tu justicia, a otro ser humano.
El clamor del oprimido y la búsqueda de Dios

35:9 Claman por las muchas opresiones;
   piden auxilio contra el brazo de los poderosos.
35:10 Pero nadie dice: “¿Dónde está Dios, mi Hacedor, que da cánticos en la noche,
35:11 que nos enseña más que a los animales de la tierra y nos hace más sabios que las aves del cielo?”.
35:12 Allí claman, pero él no responde, a causa del orgullo de los malvados.
35:13 Ciertamente Dios no escucha lo vacío ni el Todopoderoso le presta atención.
La causa de Job y la espera delante de Dios

35:14 ¡Cuánto menos cuando dices que no lo ves!
   Tu causa está ante él;
   espéralo.
35:15 Ahora, porque su ira no ha castigado ni ha tomado muy en cuenta la insolencia,
35:16 Job abre la boca con palabras vacías y multiplica sus palabras sin conocimiento».

Capítulo 36
Eliú exalta la grandeza de Dios
36:1 Eliú prosiguió y dijo:
36:2 «Tenme un poco más de paciencia y te lo mostraré, porque todavía tengo palabras en favor de Dios.
36:3 Traeré mi conocimiento desde lejos y atribuiré justicia a mi Hacedor.
36:4 Porque en verdad mis palabras no son falsas;
   está contigo alguien de conocimiento cabal.
La justicia de Dios y la corrección del afligido

36:5 Dios es poderoso, pero no desprecia a nadie;
   es poderoso en la fuerza de su entendimiento.
36:6 No mantiene con vida al malvado, pero hace justicia a los afligidos.
36:7 No aparta sus ojos del justo;
   lo sienta con los reyes en el trono para siempre, y es exaltado.
36:8 Si están sujetos con grilletes, atrapados en cuerdas de aflicción,
36:9 les da a conocer sus obras y sus rebeliones, porque se han enorgullecido.
36:10 Abre sus oídos a la corrección y les dice que se aparten de la maldad.
36:11 Si escuchan y le sirven, acabarán sus días en bienestar y sus años en dicha.
36:12 Pero si no escuchan, perecerán a espada y morirán sin conocimiento.
Dos respuestas ante la aflicción

36:13 Los impíos de corazón acumulan ira;
   no claman por ayuda cuando él los ata.
36:14 Su alma muere en la juventud y su vida termina entre los prostitutos de los santuarios.
36:15 Libra al afligido mediante su aflicción y abre sus oídos mediante la opresión.
Advertencias de Eliú a Job en su angustia

36:16 También a ti te atrae fuera de las fauces de la angustia, a un lugar amplio sin estrechez, y lo que pone en tu mesa está lleno de abundancia.
36:17 Pero estás lleno del juicio del malvado;
   el juicio y la justicia se apoderan de ti.
36:18 Cuida que el furor no te lleve a burlarte y que un gran rescate no te desvíe.
36:19 ¿Podrán librarte de la angustia tus clamores y todos tus esfuerzos de fuerza?
36:20 No anheles la noche en que los pueblos son arrancados de su lugar.
36:21 Ten cuidado, no te vuelvas a la maldad, pues la has preferido a la aflicción.
El poder y la enseñanza del Creador

36:22 Dios es excelso en su poder.
   ¿Qué maestro hay como él?
36:23 ¿Quién le ha señalado su camino?
   ¿Quién le ha dicho: “Has obrado injustamente”?
36:24 Recuerda engrandecer su obra, que los hombres han celebrado con cánticos.
36:25 Todos los hombres la han visto;
   el mortal la contempla desde lejos.
La grandeza de Dios en la lluvia y la tormenta

36:26 Dios es grande y no lo comprendemos;
   el número de sus años es insondable.
36:27 Él atrae las gotas de agua, que destilan lluvia de su vapor.
36:28 Las nubes la derraman;
   cae sobre los hombres en abundancia.
36:29 ¿Puede alguien comprender cómo se extienden las nubes y cómo retumba su pabellón?
36:30 Extiende a su alrededor su luz y cubre las profundidades del mar.
36:31 Por estos medios juzga a los pueblos y les da alimento en abundancia.
36:32 Cubre sus manos con el relámpago y le ordena dar en el blanco.
36:33 Su trueno lo anuncia;
   también el ganado anuncia la tormenta que llega».

Capítulo 37
Eliú contempla la majestad de Dios en la tormenta
37:1 «Ante esto también tiembla mi corazón y salta de su lugar.
37:2 Escuchen con atención el estruendo de su voz, el retumbo que sale de su boca.
37:3 Lo suelta bajo todos los cielos y su relámpago llega hasta los confines de la tierra.
37:4 Detrás de él ruge una voz;
   truena con su voz majestuosa.
   No retiene los relámpagos cuando se oye su voz.
37:5 Dios truena maravillosamente con su voz;
   hace cosas grandes que no comprendemos.
Las obras de Dios ante la fragilidad humana

37:6 Porque a la nieve le dice: “Cae sobre la tierra”, y lo mismo al aguacero, a sus lluvias torrenciales.
37:7 Pone un sello sobre la mano de todo hombre, para que todos reconozcan su obra.
37:8 Los animales entran en sus escondites y permanecen en sus guaridas.
37:9 De su cámara viene la tormenta y de los vientos del norte, el frío.
37:10 El soplo de Dios produce el hielo y las grandes extensiones de agua se congelan.
37:11 Carga de humedad la nube y dispersa sus nubes con relámpagos.
37:12 Ellas giran y dan vueltas bajo su dirección, para hacer todo lo que les manda sobre la superficie del mundo.
37:13 Ya sea para castigo, para su tierra o por amor leal, él las hace llegar.
Job ante las maravillas del Creador

37:14 Escucha esto, Job;
   detente y contempla las maravillas de Dios.
37:15 ¿Sabes cómo Dios les da órdenes y hace brillar el relámpago de su nube?
37:16 ¿Sabes cómo se sostienen las nubes, las maravillas del que es perfecto en conocimiento?
37:17 Tú, cuyos vestidos se calientan cuando la tierra queda en calma bajo el viento del sur,
37:18 ¿puedes extender con él los cielos, duros como un espejo de metal fundido?
37:19 Haznos saber qué debemos decirle;
   por causa de las tinieblas no podemos ordenar nuestros argumentos.
37:20 ¿Habrá que decirle que quiero hablar?
   ¿Pediría un hombre ser devorado?
La majestad y la justicia del Todopoderoso

37:21 Ahora no se puede mirar la luz que brilla en los cielos, cuando pasa el viento y los despeja.
37:22 Del norte viene un resplandor dorado;
   sobre Dios reposa una majestad temible.
37:23 No podemos alcanzar al Todopoderoso: es grande en poder, en derecho y en abundante justicia;
   él no oprime.
37:24 Por eso los hombres le temen;
   él no tiene miramientos con los sabios de corazón».

Capítulo 38
El SEÑOR interroga a Job sobre el gobierno de la creación
38:1 Entonces el SEÑOR respondió a Job desde el torbellino y dijo:
38:2 «¿Quién es este que oscurece el consejo con palabras sin conocimiento?
38:3 Cíñete la cintura como un hombre;
   yo te preguntaré y tú me instruirás.
La tierra como obra del Creador

38:4 ¿Dónde estabas cuando puse los cimientos de la tierra?
   Dímelo, si tienes entendimiento.
38:5 ¿Quién fijó sus medidas?
   ¡Seguro que lo sabes!
   ¿Quién extendió sobre ella el cordel?
38:6 ¿Sobre qué se asentaron sus bases?
   ¿Quién colocó su piedra angular,
38:7 mientras las estrellas de la mañana cantaban juntas y todos los hijos de Dios gritaban de alegría?
Dios gobierna la fuerza del mar

38:8 ¿Quién encerró el mar con puertas cuando brotó saliendo del vientre,
38:9 cuando le puse las nubes por vestido y la espesa oscuridad por pañales,
38:10 cuando le fijé mi límite y puse cerrojos y puertas,
38:11 y le dije: “Hasta aquí llegarás y no pasarás;
   aquí se detendrá el orgullo de tus olas”?
La llegada del alba y el límite de la maldad

38:12 ¿Has dado alguna vez órdenes a la mañana o le has mostrado al alba su lugar,
38:13 para que agarre los extremos de la tierra y sacuda de ella a los malvados?
38:14 La tierra cambia como el barro bajo un sello y se muestra como una vestidura.
38:15 A los malvados se les quita su luz y el brazo levantado es quebrado.
El mar profundo y los límites del conocimiento humano

38:16 ¿Has entrado hasta los manantiales del mar?
   ¿Has recorrido el fondo del abismo?
38:17 ¿Te han sido reveladas las puertas de la muerte?
   ¿Has visto las puertas de la sombra de muerte?
38:18 ¿Has comprendido la amplitud de la tierra?
   Dímelo, si la conoces toda.
38:19 ¿Dónde está el camino hacia la morada de la luz?
   Y las tinieblas, ¿dónde tienen su lugar,
38:20 para que las lleves a su territorio y conozcas los senderos hacia su casa?
38:21 ¡Lo sabes, porque ya habías nacido y es grande el número de tus días!
Dios dirige la nieve, la lluvia y el hielo

38:22 ¿Has entrado en los depósitos de la nieve o has visto los depósitos del granizo,
38:23 que tengo reservados para el tiempo de angustia, para el día de la batalla y de la guerra?
38:24 ¿Por qué camino se distribuye la luz y se esparce el viento del este sobre la tierra?
38:25 ¿Quién abrió un canal para el aguacero y un camino para el relámpago del trueno,
38:26 para hacer llover sobre una tierra sin habitantes, sobre un desierto donde no hay hombre,
38:27 para saciar la tierra desolada y desierta y hacer brotar la hierba?
38:28 ¿Tiene padre la lluvia?
   ¿Quién engendró las gotas del rocío?
38:29 ¿Del vientre de quién salió el hielo?
   ¿Quién dio a luz la escarcha del cielo?
38:30 Las aguas se endurecen como piedra y se congela la superficie del abismo.
El orden de las estrellas

38:31 ¿Puedes atar los lazos de las Pléyades o desatar las cuerdas de Orión?
38:32 ¿Puedes sacar las constelaciones a su tiempo o guiar a la Osa con sus crías?
38:33 ¿Conoces las leyes de los cielos?
   ¿Puedes establecer su dominio en la tierra?
Las nubes y la sabiduría que Dios da

38:34 ¿Puedes alzar tu voz a las nubes para que te cubra una inundación de agua?
38:35 ¿Puedes enviar los relámpagos para que vayan y te digan: “Aquí estamos”?
38:36 ¿Quién puso sabiduría en el interior del hombre?
   ¿Quién dio entendimiento a la mente?
38:37 ¿Quién puede contar las nubes con sabiduría?
   ¿Quién puede inclinar los odres del cielo,
38:38 cuando el polvo se endurece en una masa y los terrones se pegan unos a otros?
El alimento de los animales salvajes

38:39 ¿Cazas tú la presa para la leona y sacias el apetito de sus cachorros,
38:40 cuando se agazapan en sus guaridas y se echan al acecho en la espesura?
38:41 ¿Quién prepara el alimento del cuervo cuando sus crías claman a Dios y vagan por falta de comida?».

Capítulo 39
El nacimiento y crecimiento de los animales monteses
39:1 «¿Sabes cuándo dan a luz las cabras monteses?
   ¿Observas el parto de las ciervas?
39:2 ¿Cuentas los meses de su gestación y sabes cuándo deben parir?
39:3 Se agachan, dan a luz sus crías y se libran de sus dolores de parto.
39:4 Sus crías se fortalecen y crecen en campo abierto;
   se van y no vuelven a ellas.
El asno salvaje fuera del dominio humano

39:5 ¿Quién dejó libre al asno salvaje?
   ¿Quién soltó las ataduras del asno de la estepa,
39:6 al que le di el desierto por casa y la tierra salada por morada?
39:7 Se ríe del tumulto de la ciudad y no escucha los gritos del arriero.
39:8 Recorre las montañas en busca de pasto y busca todo lo que está verde.
La fuerza indómita del toro salvaje

39:9 ¿Querrá el toro salvaje servirte?
   ¿Pasará la noche junto a tu pesebre?
39:10 ¿Puedes atar al toro salvaje con cuerdas para que abra surcos?
   ¿Rastrillará los valles detrás de ti?
39:11 ¿Confiarás en él porque su fuerza es grande?
   ¿Le encomendarás tu trabajo?
39:12 ¿Contarás con él para que traiga tu grano y lo reúna en tu era?
El avestruz: vulnerabilidad y velocidad

39:13 El ala del avestruz bate alegremente;
   ¿son su ala y su plumaje como los de la cigüeña?
39:14 Porque deja sus huevos en la tierra y los calienta sobre el polvo.
39:15 Olvida que un pie puede aplastarlos y que una fiera del campo puede pisotearlos.
39:16 Trata con dureza a sus crías, como si no fueran suyas;
   no le preocupa que su trabajo resulte inútil.
39:17 Porque Dios lo privó de sabiduría y no le dio una parte de entendimiento.
39:18 Pero cuando se levanta para correr, se ríe del caballo y de su jinete.
El vigor del caballo ante la batalla

39:19 ¿Le das tú al caballo su fuerza?
   ¿Revistes de crines su cuello?
39:20 ¿Lo haces saltar como una langosta?
   Su majestuoso resoplido es aterrador.
39:21 Escarba en el valle y se alegra de su fuerza;
   sale al encuentro de las armas.
39:22 Se ríe del miedo y no se acobarda;
   no retrocede ante la espada.
39:23 Sobre él resuena la aljaba;
   relucen la lanza y la jabalina.
39:24 Con ímpetu y furor devora el terreno;
   no se queda quieto cuando suena el cuerno.
39:25 Cada vez que suena el cuerno, dice: “¡Adelante!”.
   Desde lejos huele la batalla, el grito atronador de los capitanes y el clamor de combate.
El vuelo y el sustento de las aves rapaces

39:26 ¿Es por tu entendimiento que vuela el gavilán y extiende sus alas hacia el sur?
39:27 ¿Es por tu orden que el águila se remonta y pone su nido en lo alto?
39:28 Habita y pasa la noche en la roca, sobre un peñasco escarpado e inaccesible.
39:29 Desde allí busca alimento;
   sus ojos lo divisan desde lejos.
39:30 Sus polluelos chupan sangre, y donde hay cadáveres, allí está ella».

Capítulo 40
El SEÑOR exige una respuesta a Job
40:1 El SEÑOR continuó respondiendo a Job:
40:2 «¿Contenderá el que censura con el Todopoderoso?
   ¡Que el que reprende a Dios responda a esto!».
Job reconoce sus límites ante el SEÑOR
40:3 Entonces Job respondió al SEÑOR:
40:4 «Soy insignificante;
   ¿qué te responderé?
   Me pongo la mano sobre la boca.
40:5 He hablado una vez y no responderé;
   dos veces, y no añadiré nada más».
El SEÑOR cuestiona a Job sobre la justicia y el poder
40:6 El SEÑOR respondió a Job desde el torbellino y dijo:
40:7 «Cíñete la cintura como un hombre;
   yo te preguntaré y tú me instruirás.
40:8 ¿Vas a invalidar mi justicia?
   ¿Me condenarás para darte tú la razón?
40:9 ¿Tienes un brazo como el de Dios?
   ¿Truenas con una voz como la suya?
40:10 Adórnate de majestad y grandeza;
   vístete de gloria y esplendor.
40:11 Derrama los torrentes de tu ira;
   mira a todo orgulloso y humíllalo.
40:12 Mira a todo orgulloso y abátelo;
   aplasta a los malvados donde están.
40:13 Escóndelos juntos en el polvo;
   encierra sus rostros en lo oculto.
40:14 Entonces yo también reconoceré que tu propia mano derecha puede salvarte.
Behemot ante su Creador

40:15 Mira a Behemot, al que hice igual que a ti;
   come hierba como un buey.
40:16 Mira su fuerza en los lomos y su vigor en los músculos del vientre.
40:17 Endereza la cola como un cedro;
   los tendones de sus muslos están entrelazados.
40:18 Sus huesos son tubos de bronce;
   sus miembros, como barras de hierro.
40:19 Es la primera de las obras de Dios;
   su Hacedor puede acercarle su espada.
40:20 Las montañas le producen alimento, donde juegan todas las fieras del campo.
40:21 Se echa bajo los lotos, oculto entre los juncos y el pantano.
40:22 Los lotos lo cubren con su sombra;
   los sauces del arroyo lo rodean.
40:23 Aunque el río se desborde, no se alarma;
   está tranquilo aunque el Jordán se precipite contra su boca.
40:24 ¿Puede alguien capturarlo mientras está alerta y perforarle la nariz con trampas?».

Capítulo 41
Leviatán y los límites del poder humano
41:1 «¿Puedes sacar a Leviatán con un anzuelo o sujetarle la lengua con una cuerda?
41:2 ¿Puedes ponerle un junco en la nariz o atravesarle la quijada con un gancho?
41:3 ¿Te hará muchas súplicas?
   ¿Te hablará con suavidad?
41:4 ¿Hará un pacto contigo para que lo tomes como siervo para siempre?
41:5 ¿Jugarás con él como con un pájaro?
   ¿Lo atarás para tus niñas?
41:6 ¿Negociarán por él los grupos de pescadores?
   ¿Lo repartirán entre los comerciantes?
41:7 ¿Puedes llenar de arpones su piel y de lanzas de pesca su cabeza?
41:8 Pon tu mano sobre él;
   recuerda la batalla y no volverás a hacerlo.
El Creador no está en deuda con sus criaturas

41:9 Mira, la esperanza de capturarlo resulta falsa;
   solo verlo basta para caer derribado.
41:10 Nadie es tan feroz que se atreva a despertarlo.
   ¿Quién, entonces, podrá mantenerse en pie ante mí?
41:11 ¿Quién me ha dado primero para que yo deba pagarle?
   Todo lo que hay bajo los cielos es mío.
El cuerpo de Leviatán como una fortaleza

41:12 No guardaré silencio sobre sus miembros, sobre su fuerza y la gracia de su figura.
41:13 ¿Quién puede quitarle su cubierta exterior?
   ¿Quién puede entrar entre su doble brida?
41:14 ¿Quién abre las puertas de sus fauces?
   Alrededor de sus dientes hay terror.
41:15 Su orgullo son las hileras de escudos, cerradas con un sello apretado.
41:16 Se juntan unas con otras sin que el aire pueda pasar entre ellas.
41:17 Están pegadas unas a otras;
   se traban y no pueden separarse.
El resplandor y la fuerza de Leviatán

41:18 Sus estornudos lanzan destellos de luz y sus ojos son como los párpados del alba.
41:19 De su boca salen antorchas y escapan chispas de fuego.
41:20 De sus narices sale humo, como de una olla calentada sobre juncos.
41:21 Su aliento enciende carbones y de su boca sale una llama.
41:22 En su cuello habita la fuerza y delante de él salta el espanto.
41:23 Los pliegues de su carne están unidos;
   firmes sobre él, no se mueven.
41:24 Su corazón es duro como piedra, duro como la piedra inferior de un molino.
La impotencia de las armas ante Leviatán

41:25 Cuando se levanta, los poderosos tienen miedo;
   ante sus embates buscan purificarse.
41:26 La espada que lo alcanza no resiste, ni la lanza, ni el dardo, ni la coraza.
41:27 Considera el hierro como paja y el bronce como madera podrida.
41:28 La flecha no lo hace huir;
   las piedras de honda se le vuelven hojarasca.
41:29 Considera los garrotes como paja y se ríe del blandir de la jabalina.
El paso de Leviatán y su poder imponente

41:30 Por debajo tiene puntas como fragmentos de cerámica;
   se extiende sobre el lodo como un trillo.
41:31 Hace hervir las profundidades como una olla;
   convierte el mar en una vasija de ungüento.
41:32 Deja detrás de sí una estela brillante;
   parece que el abismo tiene canas.
41:33 No hay sobre la tierra quien sea como él, criatura hecha sin temor.
41:34 Mira de frente a todo lo altivo;
   es rey sobre todos los hijos del orgullo».

Capítulo 42
Job reconoce su error ante el SEÑOR
42:1 Entonces Job respondió al SEÑOR:
42:2 «Sé que todo lo puedes y que ninguno de tus propósitos puede ser impedido.
42:3 “¿Quién es este que oculta el consejo sin conocimiento?”.
   Por eso hablé de lo que no entendía, de cosas demasiado maravillosas para mí, que no conocía.
42:4 “Escucha, por favor, y yo hablaré;
   yo te preguntaré y tú me instruirás”.
42:5 De oídas te había oído, pero ahora mis ojos te han visto.
42:6 Por eso me retracto y me arrepiento en polvo y ceniza».
El SEÑOR corrige a los amigos de Job
42:7 Después de que el SEÑOR le dijo estas palabras a Job, el SEÑOR le dijo a Elifaz el temanita: «Mi ira se ha encendido contra ti y contra tus dos amigos, porque no han hablado de mí lo que es recto, como mi siervo Job.
42:8 Ahora tomen siete toros y siete carneros, vayan a mi siervo Job y ofrezcan un holocausto por ustedes. Mi siervo Job orará por ustedes, y a él atenderé para no tratarlos según su necedad, porque no han hablado de mí lo que es recto, como mi siervo Job».
42:9 Elifaz el temanita, Bildad el suhita y Zofar el naamatita fueron e hicieron lo que el SEÑOR les había dicho, y el SEÑOR aceptó a Job.
Restauración de la prosperidad de Job
42:10 El SEÑOR restauró el bienestar de Job cuando oró por sus amigos, y el SEÑOR le dio el doble de todo lo que había tenido.
42:11 Todos sus hermanos, todas sus hermanas y todos sus antiguos conocidos vinieron y comieron con él en su casa. Compartieron su dolor y lo consolaron por todo el mal que el SEÑOR había traído sobre él. Cada uno le dio una pieza de dinero y un anillo de oro.
42:12 El SEÑOR bendijo los últimos días de Job más que los primeros. Llegó a tener catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil asnas.
Una nueva etapa en la familia de Job
42:13 También tuvo siete hijos y tres hijas.
42:14 Llamó a la primera Jemima, a la segunda Cesia y a la tercera Keren-hapuc.
42:15 En toda la tierra no se encontraban mujeres tan hermosas como las hijas de Job. Su padre les dio herencia junto con sus hermanos.
42:16 Después de esto Job vivió ciento cuarenta años, y vio a sus hijos y a los hijos de sus hijos, hasta cuatro generaciones.
42:17 Job murió anciano y lleno de días.

SALMOS

Capítulo 1
LIBRO I · Salmos 1–41
Dos caminos y sus destinos
1:1 Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los burladores,
1:2 sino que se deleita en la ley del SEÑOR, y en su ley medita de día y de noche.
1:3 Será como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo y cuya hoja no se marchita.
   Todo lo que hace prospera.
1:4 No son así los malvados, sino como el tamo que arrebata el viento.
1:5 Por eso, los malvados no se mantendrán en pie en el juicio, ni los pecadores en la asamblea de los justos.
1:6 Porque el SEÑOR conoce el camino de los justos, pero el camino de los malvados perecerá.

Capítulo 2
El reino del ungido del SEÑOR
2:1 ¿Por qué se agitan las naciones y los pueblos traman cosas vanas?
2:2 Los reyes de la tierra se levantan y los gobernantes conspiran juntos contra el SEÑOR y contra su ungido:
2:3 «Rompamos sus ataduras y arrojemos lejos de nosotros sus cuerdas».
2:4 El que está sentado en los cielos se ríe;
   el Señor se burla de ellos.
2:5 Entonces les habla en su ira y con su furor los aterroriza:
2:6 «Yo he establecido a mi rey sobre Sión, mi monte santo».
2:7 Proclamaré el decreto: El SEÑOR me dijo: «Tú eres mi Hijo;
   yo te he engendrado hoy.
2:8 Pídeme y te daré las naciones como herencia, y los confines de la tierra como posesión.
2:9 Las quebrantarás con vara de hierro;
   las harás pedazos como una vasija de alfarero».
2:10 Ahora, reyes, actúen con prudencia;
   reciban corrección, jueces de la tierra.
2:11 Sirvan al SEÑOR con temor y alégrense con temblor.
2:12 Besen al Hijo, no sea que se enoje y ustedes perezcan en el camino, porque su ira se enciende en un instante.
   ¡Dichosos todos los que se refugian en él!

Capítulo 3
Oración matutina de confianza en Dios
Salmo de David, cuando huía de su hijo Absalón.
3:1 ¡SEÑOR, cómo se han multiplicado mis adversarios!
   Muchos se levantan contra mí.
3:2 Muchos dicen de mí: «No tiene salvación en Dios». Selah.

3:3 Pero tú, SEÑOR, eres un escudo a mi alrededor, mi gloria y el que levanta mi cabeza.
3:4 Con mi voz clamo al SEÑOR y él me responde desde su monte santo. Selah.

3:5 Me acosté y dormí;
   desperté, porque el SEÑOR me sostiene.
3:6 No temeré a las decenas de millares de gente que se han apostado contra mí por todas partes.
3:7 ¡Levántate, SEÑOR!
   ¡Sálvame, Dios mío!
   Porque has golpeado en la mejilla a todos mis enemigos y has quebrado los dientes de los malvados.
3:8 La salvación pertenece al SEÑOR.
   ¡Sea tu bendición sobre tu pueblo! Selah.

Capítulo 4
Oración vespertina de confianza en Dios
Al músico principal; sobre Neginot. Salmo de David.
4:1 Respóndeme cuando clamo, Dios de mi justicia.
   En la angustia me abriste un espacio;
   ten piedad de mí y escucha mi oración.
4:2 Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo convertirán mi honra en vergüenza?
   ¿Hasta cuándo amarán lo vano y buscarán la mentira? Selah.

4:3 Sepan que el SEÑOR ha apartado para sí al que le es fiel;
   el SEÑOR escucha cuando clamo a él.
4:4 Tiemblen y no pequen;
   mediten en su corazón sobre sus camas y guarden silencio. Selah.

4:5 Ofrezcan sacrificios justos y confíen en el SEÑOR.
4:6 Muchos dicen: «¿Quién nos mostrará el bien?».
   Alza sobre nosotros la luz de tu rostro, SEÑOR.
4:7 Has puesto en mi corazón más alegría que la de ellos cuando abundan su grano y su vino nuevo.
4:8 En paz me acostaré y dormiré, porque solo tú, SEÑOR, me haces vivir seguro.

Capítulo 5
Plegaria pidiendo protección
Al músico principal; sobre Nehilot. Salmo de David.
5:1 Presta oído a mis palabras, SEÑOR;
   considera mi gemido.
5:2 Atiende a la voz de mi clamor, mi Rey y mi Dios, porque a ti dirijo mi oración.
5:3 SEÑOR, por la mañana oirás mi voz;
   por la mañana presentaré ante ti mi oración y quedaré a la espera.
5:4 Porque tú no eres un Dios que se complace en la maldad;
   el mal no habita junto a ti.
5:5 Los arrogantes no se mantienen ante tus ojos;
   aborreces a todos los que hacen el mal.
5:6 Destruyes a los que hablan mentira;
   el SEÑOR aborrece al hombre sanguinario y engañador.
5:7 Pero yo, por la abundancia de tu amor leal, entraré en tu casa;
   me postraré hacia tu santo templo con temor de ti.
5:8 SEÑOR, guíame en tu justicia a causa de los que me acechan;
   allana delante de mí tu camino.
5:9 Porque no hay sinceridad en su boca;
   en su interior hay destrucción.
   Su garganta es una tumba abierta;
   con su lengua adulan.
5:10 Decláralos culpables, Dios;
   que caigan por sus propios planes.
   Expúlsalos por sus muchas rebeliones, porque se han rebelado contra ti.
5:11 Que se alegren todos los que se refugian en ti;
   que canten de alegría para siempre.
   Extiende tu protección sobre ellos;
   que se regocijen en ti los que aman tu nombre.
5:12 Porque tú bendices al justo, SEÑOR;
   lo rodeas de favor como con un escudo.

Capítulo 6
Oración pidiendo misericordia en tiempo de prueba
Al músico principal; en Neginot, sobre Seminit. Salmo de David.
6:1 SEÑOR, no me reprendas en tu ira ni me disciplines en tu furor.
6:2 Ten piedad de mí, SEÑOR, porque estoy sin fuerzas;
   sáname, SEÑOR, porque mis huesos se estremecen.
6:3 También mi alma está profundamente turbada.
   Y tú, SEÑOR, ¿hasta cuándo?
6:4 Vuélvete, SEÑOR;
   libra mi alma.
   Sálvame por tu amor leal.
6:5 Porque en la muerte no hay recuerdo de ti;
   en el Seol, ¿quién te alabará?
6:6 Estoy agotado de gemir;
   cada noche inundo mi lecho y empapo mi cama con mis lágrimas.
6:7 Mis ojos se consumen de dolor;
   envejecen por causa de todos mis adversarios.
6:8 Apártense de mí, todos los que hacen el mal, porque el SEÑOR ha oído la voz de mi llanto.
6:9 El SEÑOR ha escuchado mi súplica;
   el SEÑOR acoge mi oración.
6:10 Todos mis enemigos serán avergonzados y profundamente turbados;
   retrocederán, avergonzados de repente.

Capítulo 7
Plegaria pidiendo vindicación
Sigaión de David, que cantó al SEÑOR acerca de las palabras de Cus hijo de Benjamín.
7:1 SEÑOR, Dios mío, en ti me refugio;
   sálvame de todos los que me persiguen y líbrame,
7:2 no sea que desgarren mi alma como un león y me despedacen sin que nadie me rescate.
7:3 SEÑOR, Dios mío, si he hecho esto, si hay injusticia en mis manos,
7:4 si he pagado con mal al que estaba en paz conmigo o he despojado a mi enemigo sin motivo,
7:5 que el enemigo persiga mi alma y me alcance;
   que pisotee mi vida en la tierra y haga yacer mi honra en el polvo. Selah.

7:6 ¡Levántate, SEÑOR, en tu ira!
   ¡Álzate contra la furia de mis adversarios!
   ¡Despierta en mi favor, pues has dispuesto el juicio!
7:7 Que la asamblea de los pueblos te rodee;
   vuelve a lo alto sobre ella.
7:8 El SEÑOR juzga a los pueblos.
   Júzgame, SEÑOR, conforme a mi justicia y a la integridad que hay en mí.
7:9 ¡Que termine la maldad de los malvados y quede firme el justo!
   Tú examinas el corazón y lo más profundo del ser, Dios justo.
7:10 Mi escudo está en Dios, que salva a los rectos de corazón.
7:11 Dios es un juez justo, un Dios que se indigna cada día.
7:12 Si el hombre no se vuelve, Dios afilará su espada;
   ya ha tensado su arco y lo tiene preparado.
7:13 Ha preparado armas de muerte;
   hace de sus flechas saetas encendidas.
7:14 Miren, el malvado está de parto con la maldad;
   concibe aflicción y da a luz mentira.
7:15 Cava una fosa y la ahonda, pero cae en el hoyo que ha hecho.
7:16 El daño que causa vuelve sobre su cabeza y su violencia cae sobre su propia coronilla.
7:17 Daré gracias al SEÑOR por su justicia y cantaré alabanzas al nombre del SEÑOR, el Altísimo.

Capítulo 8
La gloria de Dios y la honra del hombre
Al músico principal; sobre Gitit. Salmo de David.
8:1 ¡SEÑOR, Señor nuestro, qué majestuoso es tu nombre en toda la tierra!
   Has puesto tu gloria sobre los cielos.
8:2 De la boca de los niños y de los que maman has establecido fortaleza por causa de tus adversarios, para hacer callar al enemigo y al vengativo.
8:3 Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has establecido,
8:4 ¿qué es el mortal para que te acuerdes de él, y el ser humano para que lo cuides?
8:5 Lo hiciste un poco menor que Dios y lo coronaste de gloria y esplendor.
8:6 Le diste dominio sobre las obras de tus manos;
   todo lo pusiste bajo sus pies:
8:7 ovejas y bueyes, todos ellos, y también los animales del campo,
8:8 las aves del cielo y los peces del mar, todo lo que recorre los senderos de los mares.
8:9 ¡SEÑOR, Señor nuestro, qué majestuoso es tu nombre en toda la tierra!

Capítulo 9
Acción de gracias por la justicia de Dios
Al músico principal; sobre Mut-labén. Salmo de David.
9:1 Te daré gracias, SEÑOR, con todo mi corazón;
   contaré todas tus maravillas.
9:2 Me alegraré y me regocijaré en ti;
   cantaré alabanzas a tu nombre, Altísimo.
9:3 Cuando mis enemigos retroceden, tropiezan y perecen ante tu presencia.
9:4 Porque has defendido mi derecho y mi causa;
   te has sentado en el trono como juez justo.
9:5 Has reprendido a las naciones y destruido al malvado;
   has borrado su nombre por siempre jamás.
9:6 El enemigo ha acabado en ruinas eternas;
   arrancaste sus ciudades y hasta su recuerdo ha desaparecido.
9:7 Pero el SEÑOR está entronizado para siempre;
   ha establecido su trono para el juicio.
9:8 Él juzgará al mundo con justicia y a los pueblos con equidad.
9:9 El SEÑOR será una fortaleza para el oprimido, una fortaleza en tiempos de angustia.
9:10 En ti confían los que conocen tu nombre, porque no abandonas a los que te buscan, SEÑOR.
9:11 Canten alabanzas al SEÑOR, que habita en Sión;
   anuncien entre los pueblos sus hechos.
9:12 Porque el que pide cuentas de la sangre derramada se acuerda de ellos;
   no olvida el clamor de los afligidos.
9:13 Ten piedad de mí, SEÑOR;
   mira mi aflicción por causa de los que me odian, tú que me levantas de las puertas de la muerte,
9:14 para que cuente todas tus alabanzas en las puertas de la hija de Sión y me alegre en tu salvación.
9:15 Las naciones se han hundido en la fosa que hicieron;
   su pie ha quedado atrapado en la red que escondieron.
9:16 El SEÑOR se ha dado a conocer al hacer justicia;
   el malvado queda atrapado en la obra de sus propias manos.
   Higaión. Selah.

9:17 Los malvados volverán al Seol, todas las naciones que se olvidan de Dios.
9:18 Porque el necesitado no será olvidado para siempre ni la esperanza de los pobres perecerá eternamente.
9:19 ¡Levántate, SEÑOR!
   ¡Que no prevalezca el mortal!
   ¡Que las naciones sean juzgadas ante ti!
9:20 Infúndeles temor, SEÑOR;
   que las naciones sepan que son mortales. Selah.

Capítulo 10
El clamor del oprimido y la justicia de Dios
10:1 ¿Por qué, SEÑOR, te mantienes lejos y te escondes en tiempos de angustia?
10:2 Con arrogancia el malvado persigue al pobre;
   que queden atrapados en los planes que han tramado.
10:3 Porque el malvado se jacta de los deseos de su alma, bendice al codicioso y desprecia al SEÑOR.
10:4 El malvado, en su altivez, no lo busca;
   todos sus pensamientos son: «No hay Dios».
10:5 Sus caminos prosperan en todo tiempo;
   tus juicios quedan muy por encima de su vista.
   Desprecia a todos sus adversarios.
10:6 Dice en su corazón: «No seré sacudido;
   por todas las generaciones estaré libre de desgracia».
10:7 Su boca está llena de maldición, engaño y opresión;
   bajo su lengua hay aflicción y maldad.
10:8 Se sienta al acecho en las aldeas;
   mata al inocente en escondites.
   Sus ojos espían al desvalido.
10:9 Acecha a escondidas como un león en su guarida;
   acecha para atrapar al pobre.
   Lo atrapa y lo arrastra a su red.
10:10 Se agacha y se encoge;
   los indefensos caen bajo su fuerza.
10:11 Dice en su corazón: «Dios lo ha olvidado;
   ha escondido su rostro y nunca lo verá».
10:12 ¡Levántate, SEÑOR!
   ¡Dios, alza tu mano!
   ¡No te olvides de los afligidos!
10:13 ¿Por qué el malvado desprecia a Dios?
   Dice en su corazón: «No pedirás cuentas».
10:14 Pero tú lo has visto;
   observas la aflicción y el dolor para tomarlos en tus manos.
   A ti se entrega el desvalido;
   tú has sido la ayuda del huérfano.
10:15 Quiebra el brazo del malvado y del perverso;
   pide cuentas de su maldad hasta que no quede ninguna.
10:16 El SEÑOR es Rey por siempre jamás;
   las naciones han desaparecido de su tierra.
10:17 Has oído el deseo de los humildes, SEÑOR;
   fortaleces su corazón y prestas oído,
10:18 para hacer justicia al huérfano y al oprimido, de modo que el mortal de la tierra no vuelva a infundir terror.

Capítulo 11
El refugio del justo
Al músico principal. Salmo de David.
11:1 En el SEÑOR me refugio.
   ¿Cómo pueden decirme: «Huye como un pájaro a tu montaña»?
11:2 Porque los malvados tensan el arco, preparan su flecha sobre la cuerda para disparar en la oscuridad contra los rectos de corazón.
11:3 Si los cimientos son destruidos, ¿qué puede hacer el justo?
11:4 El SEÑOR está en su santo templo;
   el SEÑOR tiene su trono en los cielos.
   Sus ojos contemplan, sus párpados examinan a los seres humanos.
11:5 El SEÑOR pone a prueba al justo, pero su alma aborrece al malvado y al que ama la violencia.
11:6 Hará llover trampas sobre los malvados;
   fuego, azufre y un viento abrasador serán la porción de su copa.
11:7 Porque el SEÑOR es justo y ama las obras justas;
   los rectos contemplarán su rostro.

Capítulo 12
La palabra de Dios frente al engaño
Al músico principal; sobre Seminit. Salmo de David.
12:1 ¡Salva, SEÑOR, porque se ha acabado el fiel!
   Han desaparecido los leales de entre los seres humanos.
12:2 Cada uno habla falsedad a su prójimo;
   hablan con labios aduladores y con doble corazón.
12:3 ¡Que el SEÑOR corte todos los labios aduladores y la lengua que habla con arrogancia!
12:4 Ellos dicen: «Con nuestra lengua venceremos;
   nuestros labios son nuestros.
   ¿Quién es nuestro señor?».
12:5 «Por la opresión de los pobres y el gemido de los necesitados, ahora me levantaré —dice el SEÑOR—;
   pondré a salvo al que suspira por ello».
12:6 Las palabras del SEÑOR son palabras puras, como plata refinada en un horno de tierra, purificada siete veces.
12:7 Tú, SEÑOR, los guardarás;
   nos protegerás para siempre de esta generación.
12:8 Los malvados andan por todas partes cuando se exalta la vileza entre los seres humanos.

Capítulo 13
Del lamento a la confianza
Al músico principal. Salmo de David.
13:1 ¿Hasta cuándo, SEÑOR?
   ¿Me olvidarás para siempre?
   ¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro?
13:2 ¿Hasta cuándo debatiré en mi alma, con tristeza en mi corazón cada día?
   ¿Hasta cuándo se alzará mi enemigo sobre mí?
13:3 Mira y respóndeme, SEÑOR, Dios mío;
   ilumina mis ojos, no sea que duerma el sueño de la muerte.
13:4 No sea que mi enemigo diga: «Lo he vencido», y mis adversarios se alegren de mi caída.
13:5 Pero yo he confiado en tu amor leal;
   mi corazón se alegrará en tu salvación.
13:6 Cantaré al SEÑOR, porque me ha tratado con bondad.

Capítulo 14
Necedad y corrupción del hombre
Al músico principal. Salmo de David.
Texto relacionado: Salmos 53:1–6
14:1 El necio dice en su corazón: «No hay Dios».
   Se han corrompido y han cometido hechos abominables;
   no hay quien haga el bien.
14:2 El SEÑOR mira desde los cielos a los seres humanos para ver si hay alguno que entienda, alguno que busque a Dios.
14:3 Todos se han desviado;
   juntos se han corrompido.
   No hay quien haga el bien, ni siquiera uno.
14:4 ¿No entienden todos los que hacen el mal, los que devoran a mi pueblo como quien come pan y no invocan al SEÑOR?
14:5 Allí se llenan de espanto, porque Dios está con la generación de los justos.
14:6 Ustedes frustran los planes del pobre, pero el SEÑOR es su refugio.
14:7 ¡Ojalá venga de Sión la salvación de Israel!
   Cuando el SEÑOR restaure el bienestar de su pueblo, se regocijará Jacob y se alegrará Israel.

Capítulo 15
Los que habitarán en el monte santo de Dios
Salmo de David.
15:1 SEÑOR, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?
   ¿Quién puede habitar en tu monte santo?
15:2 El que camina con integridad, practica la justicia y dice la verdad de corazón;
15:3 el que no calumnia con su lengua, no hace mal a su prójimo ni levanta una afrenta contra su vecino;
15:4 el que desprecia al vil, pero honra a los que temen al SEÑOR;
   el que cumple su juramento aunque resulte perjudicado;
15:5 el que no presta su dinero con interés ni acepta soborno contra el inocente.
   El que hace estas cosas no será sacudido jamás.

Capítulo 16
Una herencia escogida
Mictam de David.
16:1 Guárdame, Dios, porque en ti me refugio.
16:2 Alma mía, le has dicho al SEÑOR: «Tú eres mi Señor;
   no tengo ningún bien fuera de ti».
16:3 En cuanto a los santos que hay en la tierra, ellos son los nobles en quienes tengo todo mi deleite.
16:4 Se multiplican los dolores de quienes corren tras otro dios.
   No derramaré sus libaciones de sangre ni tomaré sus nombres en mis labios.
16:5 El SEÑOR es la porción de mi herencia y de mi copa;
   tú sostienes mi suerte.
16:6 Las cuerdas me cayeron en lugares agradables;
   hermosa es la herencia que me ha tocado.
16:7 Bendeciré al SEÑOR, que me aconseja;
   aun de noche me instruye mi conciencia.
16:8 He puesto al SEÑOR siempre delante de mí;
   porque está a mi derecha, no seré sacudido.
16:9 Por eso se alegra mi corazón y se regocija mi gloria;
   también mi carne habitará segura.
16:10 Porque no abandonarás mi alma al Seol ni permitirás que tu fiel vea la fosa.
16:11 Me darás a conocer la senda de la vida;
   en tu presencia hay plenitud de alegría, a tu derecha, deleites para siempre.

Capítulo 17
Plegaria pidiendo protección contra los opresores
Oración de David.
17:1 Escucha, SEÑOR, una causa justa;
   atiende a mi clamor.
   Presta oído a mi oración, que sale de labios sin engaño.
17:2 Que de tu presencia venga mi vindicación;
   que tus ojos vean lo recto.
17:3 Has examinado mi corazón, me has visitado de noche y me has puesto a prueba sin encontrar maldad.
   He resuelto que mi boca no cometa transgresión.
17:4 En cuanto a las acciones humanas, por la palabra de tus labios me he guardado de las sendas del violento.
17:5 Mis pasos se han aferrado a tus caminos;
   mis pies no han resbalado.
17:6 Te invoco, porque tú me responderás, Dios;
   inclina hacia mí tu oído y escucha mis palabras.
17:7 Muestra las maravillas de tu amor leal, tú que con tu mano derecha salvas de sus adversarios a los que se refugian en ti.
17:8 Guárdame como a la niña del ojo;
   escóndeme a la sombra de tus alas,
17:9 de los malvados que me asaltan, de mis enemigos mortales que me rodean.
17:10 Han cerrado su corazón insensible;
   con su boca hablan con arrogancia.
17:11 Ahora nos rodean a cada paso;
   fijan sus ojos en echarnos por tierra.
17:12 Es como un león que ansía despedazar, como un león joven que acecha a escondidas.
17:13 ¡Levántate, SEÑOR, sal a su encuentro y abátelo!
   ¡Libra mi alma del malvado con tu espada!
17:14 Con tu mano, SEÑOR, líbrame de los hombres, de los hombres del mundo cuya porción está en esta vida.
   Llenas su vientre con tus tesoros;
   sus hijos se sacian y dejan lo que les sobra a sus pequeños.
17:15 Pero yo contemplaré tu rostro en justicia;
   al despertar me saciaré de tu imagen.

Capítulo 18
Acción de gracias por la victoria
Al músico principal. De David, siervo del SEÑOR, quien dirigió al SEÑOR las palabras de este cántico el día en que el SEÑOR lo libró de manos de todos sus enemigos y de la mano de Saúl.
Texto relacionado: 2 Samuel 22:1–51
18:1 Y dijo: «Te amo, SEÑOR, fortaleza mía.
18:2 El SEÑOR es mi peña, mi fortaleza y mi libertador;
   mi Dios es mi roca, en quien me refugio, mi escudo y la fuerza de mi salvación, mi refugio en lo alto.
18:3 Invoco al SEÑOR, digno de alabanza, y soy salvado de mis enemigos.
El peligro de muerte y el clamor

18:4 Me envolvieron las cuerdas de la muerte y me aterrorizaron los torrentes de la destrucción.
18:5 Las cuerdas del Seol me rodearon y las trampas de la muerte me salieron al encuentro.
18:6 En mi angustia invoqué al SEÑOR y clamé por ayuda a mi Dios.
   Desde su templo escuchó mi voz;
   mi clamor llegó ante él, a sus oídos.
Dios se manifiesta para rescatar

18:7 Entonces la tierra se estremeció y tembló;
   los cimientos de las montañas se sacudieron y estremecieron, porque él se había indignado.
18:8 Subió humo de sus narices y de su boca salió fuego devorador;
   de él salieron carbones encendidos.
18:9 Inclinó los cielos y descendió, con espesa oscuridad bajo sus pies.
18:10 Cabalgó sobre un querubín y voló;
   se deslizó sobre las alas del viento.
18:11 Hizo de las tinieblas su escondite;
   a su alrededor puso su pabellón: oscuras aguas y densas nubes.
18:12 Del resplandor que estaba ante él pasaron sus nubes, con granizo y carbones de fuego.
18:13 El SEÑOR tronó en los cielos;
   el Altísimo hizo resonar su voz, con granizo y carbones de fuego.
18:14 Envió sus flechas y los dispersó;
   lanzó muchos relámpagos y los llenó de confusión.
18:15 Quedaron a la vista los cauces de las aguas y al descubierto los cimientos del mundo, ante tu reprensión, SEÑOR, ante el soplo del aliento de tus narices.
El rescate que supera la fuerza enemiga

18:16 Extendió su mano desde lo alto y me tomó;
   me sacó de las muchas aguas.
18:17 Me libró de mi enemigo poderoso y de quienes me odiaban, porque eran más fuertes que yo.
18:18 Me salieron al encuentro en el día de mi desgracia, pero el SEÑOR fue mi apoyo.
18:19 Me sacó a un lugar espacioso;
   me rescató porque se complacía en mí.
La justicia reconocida por el SEÑOR

18:20 El SEÑOR me recompensó conforme a mi justicia;
   me retribuyó conforme a la pureza de mis manos.
18:21 Porque he guardado los caminos del SEÑOR y no me he apartado malvadamente de mi Dios.
18:22 Todos sus juicios están delante de mí y no he apartado de mí sus estatutos.
18:23 He sido íntegro ante él y me he guardado de mi culpa.
18:24 Por eso el SEÑOR me recompensó conforme a mi justicia, conforme a la pureza de mis manos ante sus ojos.
La fidelidad de Dios y la confianza del justo

18:25 Con el fiel te muestras fiel;
   con el hombre íntegro te muestras íntegro.
18:26 Con el puro te muestras puro;
   con el torcido te muestras sagaz.
18:27 Porque tú salvas al pueblo afligido, pero humillas los ojos altivos.
18:28 Tú enciendes mi lámpara;
   el SEÑOR, mi Dios, ilumina mis tinieblas.
18:29 Contigo puedo lanzarme contra una tropa y con mi Dios puedo saltar un muro.
18:30 El camino de Dios es perfecto;
   la palabra del SEÑOR ha sido refinada.
   Él es un escudo para todos los que se refugian en él.
La fuerza recibida para vencer

18:31 Porque ¿quién es Dios fuera del SEÑOR?
   ¿Qué roca hay aparte de nuestro Dios?
18:32 Dios me ciñe de fuerza y hace perfecto mi camino.
18:33 Hace mis pies como los de las ciervas y me mantiene firme en mis alturas.
18:34 Adiestra mis manos para la guerra, de modo que mis brazos tensan un arco de bronce.
18:35 Me has dado el escudo de tu salvación;
   tu mano derecha me sostiene y tu humildad me engrandece.
18:36 Has ensanchado el camino bajo mis pasos y mis tobillos no han vacilado.
La derrota de los adversarios del rey

18:37 Perseguí a mis enemigos y los alcancé;
   no volví hasta acabar con ellos.
18:38 Los aplasté y no pudieron levantarse;
   cayeron bajo mis pies.
18:39 Me ceñiste de fuerza para la guerra;
   sometiste bajo mí a los que se levantaban contra mí.
18:40 Hiciste que mis enemigos me dieran la espalda y destruí a los que me odiaban.
18:41 Clamaron por ayuda, pero no hubo quien los salvara;
   clamaron al SEÑOR, pero no les respondió.
18:42 Los trituré como polvo ante el viento;
   los arrojé como lodo de las calles.
18:43 Me libraste de las contiendas del pueblo y me pusiste por cabeza de naciones;
   un pueblo que no conocía me sirve.
18:44 En cuanto oyen hablar de mí, me obedecen;
   los extranjeros fingen someterse a mí.
18:45 Los extranjeros desfallecen y salen temblando de sus fortalezas.
Alabanza por el rescate y la promesa real

18:46 ¡Vive el SEÑOR!
   ¡Bendita sea mi roca!
   ¡Sea exaltado el Dios de mi salvación!
18:47 Él es el Dios que me concede venganza y somete pueblos bajo mí,
18:48 el que me libra de mis enemigos.
   Me levantas por encima de mis adversarios;
   me rescatas del hombre violento.
18:49 Por eso te daré gracias entre las naciones, SEÑOR, y cantaré alabanzas a tu nombre.
18:50 Él concede grandes victorias a su rey y muestra amor leal a su ungido, a David y a su descendencia para siempre».

Capítulo 19
Las obras y la palabra de Dios
Al músico principal. Salmo de David.
19:1 Los cielos proclaman la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.
19:2 Un día comunica su mensaje a otro día, y una noche transmite su saber a otra noche.
19:3 No hay mensaje ni palabras;
   no se oye su voz.
19:4 Por toda la tierra se extiende su trazo, y hasta el confín del mundo, sus palabras.
   En ellos ha puesto una tienda para el sol.
19:5 Este es como un novio que sale de su cámara nupcial;
   se alegra como un hombre fuerte al correr su carrera.
19:6 Sale de un extremo de los cielos y su recorrido llega hasta sus confines;
   nada se oculta de su calor.
La enseñanza del SEÑOR da vida

19:7 La ley del SEÑOR es perfecta y restaura el alma;
   el testimonio del SEÑOR es fiel y hace sabio al sencillo.
19:8 Los preceptos del SEÑOR son rectos y alegran el corazón;
   el mandamiento del SEÑOR es puro y alumbra los ojos.
19:9 El temor del SEÑOR es puro y permanece para siempre;
   los juicios del SEÑOR son verdad y todos ellos son justos.
19:10 Son más deseables que el oro, más que mucho oro fino;
   más dulces que la miel y que la miel que destila de los panales.
19:11 También tu siervo es advertido por ellos;
   en guardarlos hay gran recompensa.
La oración de un siervo que necesita gracia

19:12 ¿Quién puede discernir sus errores?
   Absuélveme de las faltas ocultas.
19:13 Preserva también a tu siervo de los pecados de soberbia;
   que no me dominen.
   Entonces seré íntegro y quedaré libre de gran rebelión.
19:14 Sean aceptables ante ti las palabras de mi boca y la meditación de mi corazón, SEÑOR, roca mía y redentor mío.

Capítulo 20
Oración pidiendo la victoria
Al músico principal. Salmo de David.
20:1 Que el SEÑOR te responda en el día de angustia;
   que el nombre del Dios de Jacob te ponga a salvo.
20:2 Que te envíe ayuda desde el santuario y te sostenga desde Sión.
20:3 Que recuerde todas tus ofrendas y acepte tu holocausto. Selah.

20:4 Que te conceda lo que desea tu corazón y cumpla todos tus planes.
20:5 Gritaremos de alegría por tu salvación y alzaremos banderas en el nombre de nuestro Dios.
   ¡Que el SEÑOR cumpla todas tus peticiones!
Confianza en el Dios que salva

20:6 Ahora sé que el SEÑOR salva a su ungido;
   le responderá desde sus santos cielos con el poder salvador de su mano derecha.
20:7 Unos se apoyan en carros y otros en caballos, pero nosotros recordamos el nombre del SEÑOR, nuestro Dios.
20:8 Ellos se doblegan y caen, pero nosotros nos levantamos y permanecemos firmes.
20:9 ¡SEÑOR, salva!
   ¡Que el Rey nos responda el día que clamamos!

Capítulo 21
Alabanza por haber sido librado del enemigo
Al músico principal. Salmo de David.
21:1 SEÑOR, el rey se alegra en tu fuerza;
   ¡cuánto se regocija en tu salvación!
21:2 Le has concedido el deseo de su corazón y no has negado la petición de sus labios. Selah.

21:3 Le sales al encuentro con buenas bendiciones y pones en su cabeza una corona de oro puro.
21:4 Te pidió vida y se la diste: largos días por siempre jamás.
21:5 Grande es su gloria por tu salvación;
   lo revistes de esplendor y majestad.
21:6 Lo haces bendición para siempre;
   lo llenas de alegría en tu presencia.
21:7 Porque el rey confía en el SEÑOR y, por el amor leal del Altísimo, no será sacudido.
La justicia frente a los adversarios

21:8 Tu mano alcanzará a todos tus enemigos;
   tu mano derecha alcanzará a los que te odian.
21:9 Los harás como un horno de fuego cuando te manifiestes.
   El SEÑOR los devorará en su ira y el fuego los consumirá.
21:10 Destruirás su fruto de la tierra y su descendencia de entre los seres humanos.
21:11 Aunque intenten hacerte mal y tracen planes, no podrán llevarlos a cabo.
21:12 Porque los harás volver la espalda cuando apuntes tu arco contra sus rostros.
21:13 ¡Álzate, SEÑOR, en tu fuerza!
   Cantaremos y celebraremos tu poder con alabanzas.

Capítulo 22
Un grito de angustia y un canto de alabanza
Al músico principal; sobre Ajelet-sahar. Salmo de David.
22:1 Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
   Lejos de mi salvación están las palabras de mi gemido.
22:2 Dios mío, clamo de día y no respondes;
   de noche tampoco tengo reposo.
22:3 Pero tú eres santo, entronizado entre las alabanzas de Israel.
22:4 En ti confiaron nuestros padres;
   confiaron y tú los libraste.
22:5 A ti clamaron y fueron rescatados;
   en ti confiaron y no fueron avergonzados.
22:6 Pero yo soy un gusano, no un hombre;
   vergüenza de los hombres y despreciado por el pueblo.
22:7 Todos los que me ven se burlan de mí;
   hacen muecas con los labios y sacuden la cabeza:
22:8 «Que se encomiende al SEÑOR;
   que él lo libre y lo rescate, pues se complace en él».
22:9 Tú me sacaste del vientre y me hiciste confiar desde los pechos de mi madre.
22:10 A ti fui confiado desde la matriz;
   desde el vientre de mi madre tú eres mi Dios.
22:11 No te alejes de mí, porque la angustia está cerca y no hay quien ayude.
El peligro que rodea al afligido

22:12 Muchos toros me rodean;
   los fuertes toros de Basán me cercan.
22:13 Abren contra mí sus fauces, como un león que desgarra y ruge.
22:14 Me derramo como agua y todos mis huesos se descoyuntan.
   Mi corazón se ha vuelto como cera;
   se derrite en mis entrañas.
22:15 Mi fuerza se seca como un trozo de cerámica y mi lengua se pega al paladar;
   me has puesto en el polvo de la muerte.
22:16 Porque perros me rodean y una cuadrilla de malhechores me cerca;
   como un león, cercan mis manos y mis pies.
22:17 Puedo contar todos mis huesos;
   ellos me miran y me observan.
22:18 Se reparten mis vestidos y echan suertes por mi ropa.
Una súplica urgente de rescate

22:19 Pero tú, SEÑOR, no te alejes;
   fuerza mía, apresúrate a ayudarme.
22:20 Libra mi alma de la espada, mi única vida del poder del perro.
22:21 ¡Sálvame de las fauces del león!
   Desde los cuernos de los toros salvajes me has respondido.
Del clamor a la alabanza

22:22 Anunciaré tu nombre a mis hermanos;
   en medio de la asamblea te alabaré.
22:23 Los que temen al SEÑOR, ¡alábenlo!
   Toda la descendencia de Jacob, ¡hónrenlo!
   Toda la descendencia de Israel, ¡témanle!
22:24 Porque no ha despreciado ni aborrecido la aflicción del afligido, ni le ha escondido el rostro;
   cuando clamó por ayuda, lo escuchó.
22:25 De ti viene mi alabanza en la gran asamblea;
   cumpliré mis votos delante de los que le temen.
22:26 Los humildes comerán y quedarán saciados;
   alabarán al SEÑOR los que lo buscan.
   ¡Que su corazón viva para siempre!
La adoración se extiende a los pueblos

22:27 Todos los confines de la tierra se acordarán y volverán al SEÑOR;
   todas las familias de las naciones se postrarán ante ti.
22:28 Porque el reino pertenece al SEÑOR y él gobierna sobre las naciones.
22:29 Todos los prósperos de la tierra comerán y se postrarán;
   ante él se inclinarán todos los que bajan al polvo, aun quien no puede conservar su propia vida.
22:30 Una descendencia le servirá;
   se hablará del Señor a la generación venidera.
22:31 Vendrán y anunciarán su justicia al pueblo que nacerá: ¡él lo ha hecho!

Capítulo 23
El cuidado fiel del SEÑOR
Salmo de David.
23:1 El SEÑOR es mi pastor;
   nada me faltará.
23:2 En verdes praderas me hace descansar;
   junto a aguas tranquilas me conduce.
23:3 Restaura mi alma y me guía por sendas de justicia por amor de su nombre.
La presencia de Dios en el valle oscuro

23:4 Aunque camine por un valle de sombra de muerte, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo;
   tu vara y tu cayado me consuelan.
La mesa generosa del Señor

23:5 Preparas una mesa ante mí en presencia de mis adversarios;
   unges mi cabeza con aceite y mi copa rebosa.
23:6 Ciertamente el bien y el amor leal me seguirán todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del SEÑOR por largos días.

Capítulo 24
El rey de gloria
Salmo de David.
24:1 Del SEÑOR es la tierra y todo lo que contiene, el mundo y quienes lo habitan.
24:2 Porque él la fundó sobre los mares y la estableció sobre los ríos.
Una vida íntegra ante el Dios santo

24:3 ¿Quién subirá al monte del SEÑOR?
   ¿Quién podrá permanecer en su lugar santo?
24:4 El de manos limpias y corazón puro, que no ha invocado mi vida en vano ni ha jurado con engaño.
24:5 Recibirá bendición del SEÑOR y justicia del Dios de su salvación.
24:6 Así es la generación de los que lo buscan, de los que buscan tu rostro: Jacob. Selah.
La entrada del Rey de gloria

24:7 ¡Puertas, alcen sus cabezas!
   ¡Álcense, entradas eternas, para que entre el Rey de gloria!
24:8 ¿Quién es este Rey de gloria?
   El SEÑOR, fuerte y poderoso;
   el SEÑOR, poderoso en batalla.
24:9 ¡Puertas, alcen sus cabezas!
   ¡Álcense, entradas eternas, para que entre el Rey de gloria!
24:10 ¿Quién es este Rey de gloria?
   El SEÑOR de los ejércitos: él es el Rey de gloria. Selah.

Capítulo 25
David implora dirección, perdón y protección
Salmo de David.
25:1 A ti, SEÑOR, elevo mi alma.
25:2 Dios mío, en ti confío;
   no dejes que sea avergonzado ni que mis enemigos se alegren de mi derrota.
25:3 Ninguno de los que esperan en ti será avergonzado;
   serán avergonzados los que traicionan sin motivo.
Aprender el camino del SEÑOR

25:4 Hazme conocer tus caminos, SEÑOR;
   enséñame tus sendas.
25:5 Guíame en tu verdad y enséñame, porque tú eres el Dios de mi salvación;
   en ti espero todo el día.
25:6 Recuerda, SEÑOR, tu compasión y tu amor leal, porque son desde la antigüedad.
25:7 No recuerdes los pecados de mi juventud ni mis rebeliones;
   recuérdame según tu amor leal, por tu bondad, SEÑOR.
La bondad de Dios y el camino de su pueblo

25:8 Bueno y recto es el SEÑOR;
   por eso instruye a los pecadores en el camino.
25:9 Guía a los humildes en la justicia y enseña a los humildes su camino.
25:10 Todas las sendas del SEÑOR son amor leal y verdad para los que guardan su pacto y sus testimonios.
Perdón y comunión con el SEÑOR

25:11 Por amor de tu nombre, SEÑOR, perdona mi culpa, porque es grande.
25:12 ¿Quién es el hombre que teme al SEÑOR?
   Él le enseñará el camino que debe escoger.
25:13 Su alma habitará en el bienestar y su descendencia heredará la tierra.
25:14 El SEÑOR comparte su intimidad con los que le temen y les da a conocer su pacto.
25:15 Mis ojos están siempre vueltos hacia el SEÑOR, porque él sacará mis pies de la red.
La súplica de un corazón afligido

25:16 Vuélvete a mí y ten piedad de mí, porque estoy solo y afligido.
25:17 Han aumentado las angustias de mi corazón;
   sácame de mis aflicciones.
25:18 Mira mi aflicción y mi sufrimiento, y perdona todos mis pecados.
25:19 Mira cuántos son mis enemigos y con qué odio violento me odian.
25:20 Guarda mi alma y líbrame;
   no dejes que sea avergonzado, porque en ti me refugio.
25:21 Que la integridad y la rectitud me protejan, porque espero en ti.
25:22 Rescata, Dios, a Israel de todas sus angustias.

Capítulo 26
Declaración de integridad
Salmo de David.
26:1 Hazme justicia, SEÑOR, porque he caminado en mi integridad y he confiado en el SEÑOR sin vacilar.
26:2 Examíname, SEÑOR, y ponme a prueba;
   refina mis pensamientos más íntimos y mi corazón.
26:3 Porque tu amor leal está ante mis ojos y he caminado en tu verdad.
El rechazo de la complicidad con el mal

26:4 No me he sentado con hombres falsos ni me junto con quienes ocultan lo que son.
26:5 Aborrezco la asamblea de los malhechores y no me siento con los malvados.
La gratitud ante el altar del SEÑOR

26:6 Lavo mis manos en inocencia y camino alrededor de tu altar, SEÑOR,
26:7 para proclamar con voz de gratitud y contar todas tus maravillas.
26:8 SEÑOR, amo la morada de tu casa y el lugar donde habita tu gloria.
El ruego por una vida guardada de la violencia

26:9 No recojas mi alma con los pecadores ni mi vida con los hombres sanguinarios,
26:10 que tienen maldad en sus manos y su mano derecha llena de sobornos.
26:11 Pero yo caminaré en mi integridad;
   rescátame y ten piedad de mí.
26:12 Mi pie se mantiene en terreno firme;
   en las asambleas bendeciré al SEÑOR.

Capítulo 27
Confianza en Dios durante la adversidad
Salmo de David.
27:1 El SEÑOR es mi luz y mi salvación;
   ¿a quién temeré?
   El SEÑOR es la fortaleza de mi vida;
   ¿de quién tendré miedo?
27:2 Cuando los malhechores se acercaron para devorar mi carne, mis adversarios y enemigos tropezaron y cayeron.
27:3 Aunque un ejército acampe contra mí, mi corazón no temerá;
   aunque se levante guerra contra mí, aun así confiaré.
El deseo de vivir en la presencia del SEÑOR

27:4 Una cosa he pedido al SEÑOR y esa buscaré: habitar en la casa del SEÑOR todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del SEÑOR y meditar en su templo.
27:5 Porque él me esconderá en su pabellón en el día de la desgracia;
   me ocultará en lo secreto de su tienda y me levantará sobre una roca.
27:6 Ahora mi cabeza se alzará sobre los enemigos que me rodean;
   ofreceré en su tienda sacrificios con gritos de alegría.
   Cantaré y entonaré alabanzas al SEÑOR.
El clamor de quien busca el rostro de Dios

27:7 Escucha, SEÑOR, mi voz cuando clamo;
   ten piedad de mí y respóndeme.
27:8 De ti dice mi corazón: «Busquen mi rostro».
   Tu rostro, SEÑOR, buscaré.
27:9 No escondas de mí tu rostro;
   no rechaces con ira a tu siervo.
   Tú has sido mi ayuda;
   no me deseches ni me abandones, Dios de mi salvación.
27:10 Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el SEÑOR me acogerá.
Guía y firmeza durante la espera

27:11 Enséñame tu camino, SEÑOR, y guíame por una senda llana a causa de los que me acechan.
27:12 No me entregues a la voluntad de mis adversarios, porque se han levantado contra mí testigos falsos que respiran violencia.
27:13 ¡Si no hubiera creído que vería la bondad del SEÑOR en la tierra de los vivientes...!
27:14 Espera en el SEÑOR;
   sé fuerte y cobre ánimo tu corazón.
   ¡Sí, espera en el SEÑOR!

Capítulo 28
Plegaria pidiendo ayuda, y alabanza por la respuesta
Salmo de David.
28:1 A ti clamo, SEÑOR;
   roca mía, no te hagas sordo conmigo.
   Si guardas silencio, seré como los que bajan a la fosa.
28:2 Escucha la voz de mis súplicas cuando clamo a ti por ayuda, cuando alzo mis manos hacia tu santuario más santo.
28:3 No me arrastres con los malvados ni con los que hacen el mal, que hablan de paz con sus vecinos mientras hay maldad en su corazón.
28:4 Dales conforme a sus obras y a la maldad de sus hechos;
   dales conforme a la obra de sus manos.
   Devuélveles su merecido.
28:5 Porque no prestan atención a las obras del SEÑOR ni a la obra de sus manos, él los derribará y no los edificará.
La gratitud de quien ha sido escuchado

28:6 ¡Bendito sea el SEÑOR, porque ha escuchado la voz de mis súplicas!
28:7 El SEÑOR es mi fuerza y mi escudo;
   mi corazón confió en él y recibí ayuda.
   Mi corazón salta de alegría y le doy gracias con mi canto.
La fuerza de Dios para el rey y el pueblo

28:8 El SEÑOR es la fuerza de ellos;
   es la fortaleza salvadora de su ungido.
28:9 Salva a tu pueblo y bendice a tu heredad;
   pastoréalos y llévalos para siempre.

Capítulo 29
Poder y gloria del SEÑOR
Salmo de David.
29:1 Hijos de los poderosos, den al SEÑOR, den al SEÑOR gloria y fuerza.
29:2 Den al SEÑOR la gloria debida a su nombre;
   adoren al SEÑOR en el esplendor de la santidad.
La voz del SEÑOR sobre la creación

29:3 La voz del SEÑOR está sobre las aguas;
   truena el Dios de gloria.
   El SEÑOR está sobre las muchas aguas.
29:4 La voz del SEÑOR es poderosa;
   la voz del SEÑOR es majestuosa.
29:5 La voz del SEÑOR quiebra los cedros;
   el SEÑOR quiebra los cedros del Líbano.
29:6 Hace saltar al Líbano como un ternero, y al Sirión como una cría de toro salvaje.
29:7 La voz del SEÑOR abre paso a las llamas de fuego.
29:8 La voz del SEÑOR hace temblar el desierto;
   el SEÑOR hace temblar el desierto de Cades.
29:9 La voz del SEÑOR hace parir a las ciervas y desnuda los bosques.
   En su templo todo dice: «¡Gloria!».
El Rey que fortalece y da paz

29:10 El SEÑOR se sentó sobre el diluvio;
   el SEÑOR se sienta como Rey para siempre.
29:11 El SEÑOR dará fuerza a su pueblo;
   el SEÑOR bendecirá a su pueblo con paz.

Capítulo 30
Acción de gracias por haber sido librado de la muerte
Salmo de David.
30:1 Te exaltaré, SEÑOR, porque me has levantado y no has dejado que mis enemigos se alegren a costa mía.
30:2 SEÑOR, Dios mío, clamé a ti por ayuda y me sanaste.
30:3 SEÑOR, hiciste subir mi alma del Seol;
   me mantuviste con vida, lejos de los que bajan a la fosa.
La comunidad comparte la alabanza

30:4 Canten alabanzas al SEÑOR, sus fieles;
   den gracias al recordar su santidad.
30:5 Porque su ira dura un instante, pero su favor, toda una vida.
   El llanto pasa la noche, pero por la mañana llega la alegría.
De la seguridad propia a la súplica

30:6 Yo decía en mi tranquilidad: «No seré sacudido jamás».
30:7 SEÑOR, con tu favor habías afirmado mi montaña;
   escondiste tu rostro y quedé aterrorizado.
30:8 A ti clamaba, SEÑOR, y al Señor dirigía mi súplica:
30:9 «¿Qué provecho hay en mi sangre, en que baje a la fosa?
   ¿Te alabará el polvo?
   ¿Proclamará tu fidelidad?
30:10 Escucha, SEÑOR, y ten piedad de mí;
   SEÑOR, sé mi ayuda».
El duelo transformado en gratitud

30:11 Has cambiado mi duelo en danza;
   desataste mi ropa de luto y me ceñiste de alegría,
30:12 para que mi gloria te cante y no calle.
   SEÑOR, Dios mío, te daré gracias para siempre.

Capítulo 31
Confianza en Dios en medio de la persecución
Al músico principal. Salmo de David.
31:1 En ti me refugio, SEÑOR;
   que nunca sea avergonzado.
   Líbrame por tu justicia.
31:2 Inclina hacia mí tu oído;
   rescátame pronto.
   Sé para mí una roca de refugio, una fortaleza que me salve.
31:3 Porque tú eres mi peña y mi fortaleza;
   por amor de tu nombre me conducirás y me guiarás.
31:4 Sácame de la red que han escondido para mí, porque tú eres mi refugio.
31:5 En tu mano encomiendo mi espíritu;
   tú me has rescatado, SEÑOR, Dios fiel.
31:6 Aborrezco a los que se aferran a ídolos vanos;
   yo confío en el SEÑOR.
31:7 Me regocijaré y me alegraré en tu amor leal, porque has visto mi aflicción y has conocido las angustias de mi alma.
31:8 No me has entregado en manos del enemigo;
   has puesto mis pies en un lugar espacioso.
Un lamento desde el desgaste y la soledad

31:9 Ten piedad de mí, SEÑOR, porque estoy angustiado;
   se consumen de dolor mis ojos, mi alma y mi cuerpo.
31:10 Mi vida se agota en tristeza y mis años en suspiros;
   mi fuerza desfallece por mi culpa y mis huesos se consumen.
31:11 Soy objeto de desprecio para todos mis adversarios, y más aún para mis vecinos;
   soy un espanto para mis conocidos.
   Los que me ven en la calle huyen de mí.
31:12 Me han olvidado como a un muerto;
   he quedado como una vasija perdida.
31:13 Oigo las calumnias de muchos: ¡terror por todas partes!
   Se reúnen para conspirar contra mí y planean quitarme la vida.
La vida encomendada al cuidado de Dios

31:14 Pero yo confío en ti, SEÑOR;
   digo: «Tú eres mi Dios».
31:15 Mis tiempos están en tu mano;
   líbrame de las manos de mis enemigos y de mis perseguidores.
31:16 Haz brillar tu rostro sobre tu siervo;
   sálvame por tu amor leal.
31:17 SEÑOR, que no sea avergonzado, porque te he invocado.
   Que sean avergonzados los malvados y queden en silencio en el Seol.
31:18 Que enmudezcan los labios mentirosos, que hablan con arrogancia contra el justo, con orgullo y desprecio.
La bondad que sostiene la esperanza

31:19 ¡Qué grande es tu bondad, que has reservado para los que te temen y has mostrado a los que se refugian en ti, a la vista de los seres humanos!
31:20 Los escondes en el refugio de tu presencia, lejos de las conspiraciones humanas;
   los ocultas en tu pabellón, lejos de la contienda de las lenguas.
31:21 ¡Bendito sea el SEÑOR, porque me ha mostrado maravillosamente su amor leal en una ciudad sitiada!
31:22 Yo decía en mi alarma: «He sido cortado de delante de tus ojos».
   Pero escuchaste la voz de mis súplicas cuando clamé a ti por ayuda.
Un llamado al amor y a la perseverancia

31:23 Amen al SEÑOR, todos sus fieles.
   El SEÑOR guarda a los leales y paga con creces al que actúa con orgullo.
31:24 Sean fuertes y cobre ánimo su corazón, todos los que esperan en el SEÑOR.

Capítulo 32
La dicha del perdón
Salmo de David. Masquil.
32:1 ¡Dichoso aquel cuya rebelión ha sido perdonada y cuyo pecado ha sido cubierto!
32:2 ¡Dichoso el hombre a quien el SEÑOR no le cuenta la culpa y en cuyo espíritu no hay engaño!
Del ocultamiento a la confesión

32:3 Mientras guardé silencio, mis huesos se consumían con mis gemidos todo el día.
32:4 Porque de día y de noche tu mano pesaba sobre mí;
   mi vigor se secaba con los ardores del verano. Selah.

32:5 Te di a conocer mi pecado y no oculté mi culpa.
   Dije: «Confesaré mis rebeliones al SEÑOR», y tú perdonaste la culpa de mi pecado. Selah.
El perdón anima a buscar refugio

32:6 Por eso, que todo fiel ore a ti mientras puedas ser hallado;
   cuando desborden las muchas aguas, no lo alcanzarán.
32:7 Tú eres mi escondite;
   me guardas de la angustia y me rodeas de cantos de liberación. Selah.
La sabiduría de un corazón dispuesto a aprender

32:8 Te instruiré y te mostraré el camino que debes seguir;
   te aconsejaré con mis ojos puestos en ti.
32:9 No sean como el caballo o el mulo, sin entendimiento, que necesitan freno y brida para sujetarlos;
   de otro modo no se acercan a ti.
32:10 Muchos dolores tiene el malvado, pero el amor leal rodea al que confía en el SEÑOR.
32:11 ¡Alégrense en el SEÑOR y regocíjense, justos!
   ¡Griten de alegría todos los rectos de corazón!

Capítulo 33
Alabanzas al Creador y Preservador
33:1 Canten de alegría en el SEÑOR, justos;
   la alabanza es apropiada para los rectos.
33:2 Den gracias al SEÑOR con la lira;
   cántenle alabanzas con el arpa de diez cuerdas.
33:3 Cántenle un cántico nuevo;
   toquen con destreza y con gritos de alegría.
La palabra fiel que sostiene la creación

33:4 Porque la palabra del SEÑOR es recta y toda su obra se hace con fidelidad.
33:5 Él ama la justicia y el derecho;
   la tierra está llena del amor leal del SEÑOR.
33:6 Por la palabra del SEÑOR fueron hechos los cielos y por el aliento de su boca, todo su ejército.
33:7 Reúne las aguas del mar como un montón y guarda los abismos en depósitos.
33:8 Que toda la tierra tema al SEÑOR;
   que todos los habitantes del mundo tiemblen ante él.
33:9 Porque él habló y todo llegó a ser;
   él mandó y todo quedó firme.
Los planes humanos y el propósito de Dios

33:10 El SEÑOR frustra el consejo de las naciones y anula los planes de los pueblos.
33:11 El consejo del SEÑOR permanece para siempre, los propósitos de su corazón, de generación en generación.
33:12 ¡Dichosa la nación cuyo Dios es el SEÑOR, el pueblo que escogió como heredad suya!
La mirada que conoce a todos

33:13 El SEÑOR mira desde los cielos y ve a todos los seres humanos.
33:14 Desde el lugar donde está sentado observa a todos los habitantes de la tierra.
33:15 Él forma el corazón de todos ellos y comprende todas sus obras.
La fuerza humana ante el cuidado del SEÑOR

33:16 El rey no se salva por su gran ejército ni el guerrero se libra por su mucha fuerza.
33:17 El caballo es una falsa esperanza para la salvación;
   su gran vigor no puede librar.
33:18 Los ojos del SEÑOR están sobre los que le temen, sobre los que esperan en su amor leal,
33:19 para librar su alma de la muerte y mantenerlos con vida durante el hambre.
Una comunidad que espera en Dios

33:20 Nuestra alma espera en el SEÑOR;
   él es nuestra ayuda y nuestro escudo.
33:21 En él se alegra nuestro corazón, porque en su santo nombre confiamos.
33:22 Sea tu amor leal sobre nosotros, SEÑOR, así como esperamos en ti.

Capítulo 34
Gratitud y enseñanza sobre el temor del SEÑOR
Salmo de David, cuando mudó su semblante delante de Abimelec, y él lo echó, y se fue.
34:1 Bendeciré al SEÑOR en todo tiempo;
   su alabanza estará siempre en mi boca.
34:2 Mi alma se gloriará en el SEÑOR;
   lo oirán los humildes y se alegrarán.
34:3 Engrandezcan al SEÑOR conmigo;
   exaltemos juntos su nombre.
El testimonio de un afligido escuchado

34:4 Busqué al SEÑOR, y él me respondió;
   me libró de todos mis temores.
34:5 Los que miran hacia él quedan radiantes, y sus rostros no se cubren de vergüenza.
34:6 Este pobre clamó, y el SEÑOR escuchó;
   lo salvó de todas sus angustias.
34:7 El ángel del SEÑOR acampa alrededor de quienes lo temen y los rescata.
Conocer la bondad de Dios y vivir en reverencia

34:8 Prueben y vean que el SEÑOR es bueno.
   ¡Dichoso el hombre que se refugia en él!
34:9 Teman al SEÑOR, ustedes, sus santos, pues nada les falta a los que lo temen.
34:10 Los leones jóvenes padecen necesidad y hambre, pero a quienes buscan al SEÑOR no les falta ningún bien.
El temor de Dios en palabras y acciones

34:11 Vengan, hijos, escúchenme;
   les enseñaré el temor del SEÑOR.
34:12 ¿Quién es el hombre que desea vivir y anhela días para ver el bien?
34:13 Guarda tu lengua del mal y tus labios de hablar engaño.
34:14 Apártate del mal y haz el bien;
   busca la paz y persíguela.
La cercanía del SEÑOR al justo afligido

34:15 Los ojos del SEÑOR están sobre los justos, y sus oídos, atentos a su clamor.
34:16 El rostro del SEÑOR está contra los que hacen el mal, para borrar de la tierra su recuerdo.
34:17 Claman los justos, y el SEÑOR escucha y los libra de todas sus angustias.
34:18 El SEÑOR está cerca de los quebrantados de corazón y salva a los de espíritu abatido.
34:19 Muchas son las aflicciones del justo, pero el SEÑOR lo librará de todas ellas.
34:20 Él guarda todos sus huesos;
   ni uno de ellos será quebrado.
El juicio del mal y el rescate de los siervos

34:21 El mal hará morir al malvado, y quienes odian al justo serán condenados.
34:22 El SEÑOR redime la vida de sus siervos;
   ninguno de los que se refugian en él será condenado.

Capítulo 35
Plegaria pidiendo ser librado de los enemigos
Salmo de David.
35:1 Defiende mi causa, SEÑOR, contra los que me acusan;
   combate a los que me combaten.
35:2 Toma el escudo y el gran escudo, y levántate en mi ayuda.
35:3 Saca la lanza y cierra el paso a mis perseguidores.
   Dile a mi alma: «Yo soy tu salvación».
35:4 Que sean avergonzados y humillados los que buscan mi vida;
   que retrocedan y queden confundidos los que traman mi mal.
35:5 Que sean como tamo ante el viento, mientras el ángel del SEÑOR los empuja.
35:6 Que su camino sea oscuro y resbaladizo, mientras el ángel del SEÑOR los persigue.
35:7 Porque sin motivo escondieron su red para mí en una fosa;
   sin motivo cavaron para quitarme la vida.
35:8 Que la ruina lo sorprenda sin saberlo;
   que lo atrape la red que escondió y caiga en ella para su destrucción.
35:9 Entonces mi alma se alegrará en el SEÑOR y se regocijará en su salvación.
35:10 Todos mis huesos dirán: «SEÑOR, ¿quién es como tú, que libras al afligido del más fuerte que él, al pobre y al necesitado de quien los despoja?».
El dolor de una bondad traicionada

35:11 Se levantan testigos violentos;
   me interrogan sobre cosas que desconozco.
35:12 Me pagan mal por bien y dejan mi alma desolada.
35:13 Pero cuando ellos enfermaban, yo me vestía de tela de duelo y humillaba mi alma con ayuno;
   mi oración volvía a mi pecho.
35:14 Me comportaba como por un amigo o un hermano;
   me encorvaba de dolor, como quien guarda luto por su madre.
35:15 Pero al tropezar yo, se alegraron y se reunieron;
   se reunieron contra mí agresores que no conocía.
   Me desgarraban sin descanso.
35:16 Como burlones impíos en un banquete, rechinan sus dientes contra mí.
35:17 Señor, ¿hasta cuándo seguirás mirando?
   Rescata mi alma de sus estragos, mi única vida de los leones.
35:18 Te daré gracias en la gran asamblea y te alabaré entre un pueblo numeroso.
La mentira ante la mirada del SEÑOR

35:19 No dejes que mis enemigos falsos se alegren a costa mía ni que los que me odian sin motivo se guiñen el ojo.
35:20 Porque no hablan de paz;
   contra los que viven tranquilos en la tierra traman palabras engañosas.
35:21 Abren de par en par su boca contra mí y dicen: «¡Ajá, ajá!
   ¡Nuestros ojos lo han visto!».
35:22 Tú lo has visto, SEÑOR;
   no calles.
   Señor, no te alejes de mí.
35:23 ¡Despierta y levántate para hacerme justicia, Dios mío y Señor mío, para defender mi causa!
35:24 Júzgame conforme a tu justicia, SEÑOR, Dios mío;
   no dejes que se alegren a costa mía.
35:25 No permitas que digan en su corazón: «¡Ajá, esto queríamos!».
   No permitas que digan: «¡Lo hemos devorado!».
35:26 Que sean avergonzados y humillados juntos los que se alegran de mi desgracia;
   que se vistan de vergüenza y deshonra los que se engrandecen contra mí.
La alegría de quienes esperan justicia

35:27 Que griten de alegría y se regocijen los que desean mi vindicación;
   que digan siempre: «¡Sea engrandecido el SEÑOR, que se complace en el bienestar de su siervo!».
35:28 Mi lengua hablará de tu justicia y de tu alabanza todo el día.

Capítulo 36
La misericordia de Dios
Al músico principal. Salmo de David, siervo del SEÑOR.
36:1 La rebelión del malvado me habla en lo profundo del corazón: no hay temor de Dios ante sus ojos.
36:2 Se adula tanto a sí mismo que no descubre ni aborrece su culpa.
36:3 Las palabras de su boca son maldad y engaño;
   ha dejado de actuar con sensatez y de hacer el bien.
36:4 Trama maldad en su cama, se obstina en un camino que no es bueno y no rechaza el mal.
La amplitud del amor fiel de Dios

36:5 SEÑOR, tu amor leal alcanza los cielos y tu fidelidad llega hasta las nubes.
36:6 Tu justicia es como los montes de Dios;
   tus juicios, como un gran abismo.
   Tú salvas a los hombres y a los animales, SEÑOR.
36:7 ¡Qué precioso es tu amor leal, Dios!
   Los seres humanos se refugian a la sombra de tus alas.
36:8 Se sacian de la abundancia de tu casa y les das a beber del río de tus delicias.
36:9 Porque contigo está la fuente de la vida;
   en tu luz vemos la luz.
Refugio frente a la arrogancia

36:10 Extiende tu amor leal a los que te conocen y tu justicia a los rectos de corazón.
36:11 Que no me alcance el pie del orgulloso ni me expulse la mano de los malvados.
36:12 Allí han caído los que hacen el mal;
   han sido derribados y no pueden levantarse.

Capítulo 37
Confianza en Dios ante la prosperidad del malvado
Salmo de David.
37:1 No te irrites por causa de los malhechores ni envidies a los que cometen injusticia.
37:2 Porque pronto se secarán como la hierba y se marchitarán como el pasto verde.
37:3 Confía en el SEÑOR y haz el bien;
   habita en la tierra y aliméntate de fidelidad.
37:4 Deléitate en el SEÑOR y él te concederá los deseos de tu corazón.
37:5 Encomienda tu camino al SEÑOR;
   confía en él y él actuará.
37:6 Hará brillar tu justicia como la luz y tu derecho como el mediodía.
37:7 Guarda silencio ante el SEÑOR y espéralo con paciencia.
   No te irrites por el que prospera en su camino, por el hombre que lleva a cabo sus intrigas.
37:8 Deja la ira y abandona el furor;
   no te irrites, pues eso solo lleva al mal.
37:9 Porque los malhechores serán destruidos, pero los que esperan en el SEÑOR heredarán la tierra.
37:10 Dentro de poco el malvado ya no existirá;
   mirarás su lugar y no estará allí.
37:11 Pero los humildes heredarán la tierra y se deleitarán en abundante paz.
El límite de la violencia

37:12 El malvado conspira contra el justo y rechina los dientes contra él.
37:13 El Señor se ríe de él, porque ve que llega su día.
37:14 Los malvados desenvainan la espada y tensan su arco para derribar al pobre y al necesitado, para matar a los de conducta recta.
37:15 Su espada entrará en su propio corazón y sus arcos serán quebrados.
Lo que sostiene al justo

37:16 Más vale lo poco del justo que la abundancia de muchos malvados.
37:17 Porque los brazos de los malvados serán quebrados, pero el SEÑOR sostiene a los justos.
37:18 El SEÑOR conoce los días de los íntegros y su herencia permanecerá para siempre.
37:19 No serán avergonzados en tiempos de desgracia y en los días de hambre quedarán saciados.
37:20 Pero los malvados perecerán;
   los enemigos del SEÑOR, como la hermosura de los prados, se desvanecerán;
   como humo se desvanecerán.
37:21 El malvado pide prestado y no paga, pero el justo es compasivo y da.
37:22 Los bendecidos por el Señor heredarán la tierra y los maldecidos por él serán destruidos.
37:23 El SEÑOR afirma los pasos del hombre y se complace en su camino.
37:24 Aunque caiga, no quedará tendido, porque el SEÑOR lo sostiene de la mano.
37:25 Fui joven y he envejecido, pero no he visto al justo abandonado ni a su descendencia mendigando pan.
37:26 Siempre es compasivo y presta, y su descendencia es una bendición.
Una vida formada por la justicia

37:27 Apártate del mal y haz el bien, y tendrás morada para siempre.
37:28 Porque el SEÑOR ama el derecho y no abandona a sus fieles.
   Serán guardados para siempre, pero la descendencia de los malvados será destruida.
37:29 Los justos heredarán la tierra y habitarán en ella para siempre.
37:30 La boca del justo expresa sabiduría y su lengua habla justicia.
37:31 La ley de su Dios está en su corazón;
   sus pasos no vacilan.
37:32 El malvado acecha al justo y busca matarlo.
37:33 El SEÑOR no lo dejará en su mano ni lo condenará cuando sea juzgado.
37:34 Espera en el SEÑOR y guarda su camino;
   él te exaltará para heredar la tierra.
   Verás cuando sean destruidos los malvados.
Dos caminos y su desenlace

37:35 He visto al malvado violento extenderse como un árbol frondoso en su propia tierra.
37:36 Pero pasó y ya no estaba;
   lo busqué y no lo encontré.
37:37 Observa al íntegro y mira al recto, porque hay futuro para el hombre de paz.
37:38 Pero los rebeldes serán destruidos juntos;
   el futuro de los malvados será cortado.
37:39 La salvación de los justos viene del SEÑOR;
   él es su fortaleza en tiempos de angustia.
37:40 El SEÑOR los ayuda y los libra;
   los libra de los malvados y los salva, porque se han refugiado en él.

Capítulo 38
Oración de un penitente
Salmo de David, para recordar.
38:1 SEÑOR, no me reprendas en tu indignación ni me disciplines en tu furor.
38:2 Porque tus flechas se han clavado en mí y tu mano ha descendido sobre mí.
38:3 No hay parte sana en mi carne a causa de tu ira, ni hay paz en mis huesos a causa de mi pecado.
38:4 Porque mis culpas sobrepasan mi cabeza;
   como una carga pesada, pesan demasiado para mí.
38:5 Mis heridas hieden y supuran a causa de mi necedad.
38:6 Estoy encorvado y profundamente abatido;
   todo el día ando de duelo.
38:7 Porque mis lomos están llenos de ardor y no hay parte sana en mi carne.
38:8 Estoy entumecido y completamente aplastado;
   rujo por la agitación de mi corazón.
La soledad del afligido ante Dios

38:9 Señor, ante ti está todo mi anhelo y mis suspiros no te están ocultos.
38:10 Mi corazón palpita, mis fuerzas me abandonan y hasta la luz de mis ojos se ha ido.
38:11 Mis amigos y compañeros se mantienen lejos de mi llaga;
   mis allegados permanecen a distancia.
38:12 Los que buscan mi vida tienden trampas;
   los que desean mi mal hablan de destrucción y traman engaños todo el día.
38:13 Pero yo, como un sordo, no oigo;
   como un mudo, no abro la boca.
38:14 Soy como un hombre que no escucha y en cuya boca no hay respuesta.
Esperanza y confesión en medio del peligro

38:15 Porque en ti espero, SEÑOR;
   tú responderás, Señor, Dios mío.
38:16 Pues dije: «Que no se alegren a costa mía;
   cuando mi pie resbale, que no se engrandezcan contra mí».
38:17 Porque estoy a punto de caer y mi dolor está siempre delante de mí.
38:18 Confieso mi culpa y me angustio por mi pecado.
38:19 Mis enemigos están vivos y fuertes;
   se han multiplicado los que me odian sin motivo.
38:20 Los que pagan mal por bien se me oponen porque sigo lo bueno.
38:21 No me abandones, SEÑOR;
   Dios mío, no te alejes de mí.
38:22 Apresúrate a ayudarme, Señor, salvación mía.

Capítulo 39
El carácter transitorio de la vida
Al músico principal; a Jedutún. Salmo de David.
39:1 Dije: «Vigilaré mis caminos para no pecar con mi lengua;
   pondré una mordaza a mi boca mientras el malvado esté delante de mí».
39:2 Me quedé mudo y en silencio;
   callé aun respecto de lo bueno, pero mi dolor se agravó.
39:3 Mi corazón ardía dentro de mí;
   mientras meditaba, se encendió un fuego.
   Entonces hablé con mi lengua:
Oración por sabiduría ante una vida breve

39:4 «Hazme conocer, SEÑOR, mi fin y cuál es la medida de mis días, para que sepa cuán pasajero soy.
39:5 Has dado a mis días apenas el ancho de una mano y mi vida es como nada ante ti.
   Ciertamente todo hombre, aun cuando está firme, es solo un soplo. Selah.

39:6 El hombre camina como una sombra;
   en vano se agita.
   Acumula sin saber quién recogerá lo que amontona.
Esperanza en Dios y clamor por alivio

39:7 Y ahora, Señor, ¿qué espero?
   Mi esperanza está en ti.
39:8 Líbrame de todas mis rebeliones;
   no me conviertas en objeto de burla del necio.
39:9 Me he quedado mudo y no abro la boca, porque tú lo has hecho.
39:10 Aparta de mí tu golpe;
   me consumo bajo el ataque de tu mano.
39:11 Con reprensiones por la culpa disciplinas al hombre;
   consumes como una polilla lo que le es precioso.
   Ciertamente todo hombre es un soplo. Selah.
Un peregrino que pide alivio

39:12 Escucha mi oración, SEÑOR, y presta oído a mi clamor;
   no guardes silencio ante mis lágrimas.
   Porque soy un extranjero junto a ti, un residente de paso, como todos mis padres.
39:13 Aparta de mí tu mirada para que recobre el ánimo, antes de irme y dejar de estar».

Capítulo 40
Alabanza por la liberación divina
Al músico principal. Salmo de David.
40:1 Con paciencia esperé al SEÑOR;
   él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor.
40:2 Me sacó de un pozo tumultuoso, del lodo cenagoso;
   asentó mis pies sobre una roca y afirmó mis pasos.
40:3 Puso en mi boca un cántico nuevo, una alabanza a nuestro Dios.
   Muchos verán y temerán, y confiarán en el SEÑOR.
40:4 ¡Dichoso el hombre que pone su confianza en el SEÑOR y no se vuelve a los arrogantes ni a quienes se desvían tras la mentira!
40:5 Muchas son las maravillas que has hecho, SEÑOR, Dios mío, y tus planes para nosotros;
   nadie es comparable a ti.
   Quisiera anunciarlos y contarlos, pero son demasiados para enumerarlos.
La obediencia como respuesta a Dios

40:6 No has deseado sacrificios ni ofrendas;
   me has abierto los oídos.
   No has pedido holocaustos ni ofrendas por el pecado.
40:7 Entonces dije: «Aquí vengo;
   en el rollo del libro está escrito acerca de mí.
40:8 Me complace hacer tu voluntad, Dios mío, y tu ley está en lo profundo de mi ser».
40:9 He anunciado justicia en la gran asamblea;
   no he refrenado mis labios, SEÑOR, tú lo sabes.
40:10 No he escondido tu justicia dentro de mi corazón;
   he proclamado tu fidelidad y tu salvación.
   No he ocultado tu amor leal ni tu verdad a la gran asamblea.
Una nueva súplica por misericordia
Texto relacionado: Salmos 70:1–5

40:11 Tú, SEÑOR, no retengas de mí tu compasión;
   que tu amor leal y tu verdad me guarden siempre.
40:12 Porque me rodean males innumerables;
   mis culpas me han alcanzado y no puedo ver.
   Son más que los cabellos de mi cabeza y mi corazón me falla.
40:13 Quieras, SEÑOR, librarme;
   SEÑOR, apresúrate a ayudarme.
40:14 Que sean avergonzados y humillados juntos los que buscan destruir mi vida;
   que retrocedan y queden deshonrados los que desean mi mal.
40:15 Que queden desolados por su vergüenza los que me dicen: «¡Ajá, ajá!».
40:16 Que se regocijen y se alegren en ti todos los que te buscan;
   que los que aman tu salvación digan siempre: «¡Sea engrandecido el SEÑOR!».
40:17 Yo soy pobre y necesitado, pero el Señor piensa en mí.
   Tú eres mi ayuda y mi libertador;
   Dios mío, no te demores.

Capítulo 41
Oración pidiendo salud
Al músico principal. Salmo de David.
41:1 ¡Dichoso el que considera al pobre!
   El SEÑOR lo librará en el día de la desgracia.
41:2 El SEÑOR lo guardará y lo mantendrá con vida;
   será llamado dichoso en la tierra.
   No lo entregues a la voluntad de sus enemigos.
41:3 El SEÑOR lo sostendrá en el lecho de dolor;
   en su enfermedad aliviarás toda su postración.
Clamor entre la enfermedad y la traición

41:4 Yo dije: «SEÑOR, ten piedad de mí;
   sana mi alma, porque he pecado contra ti».
41:5 Mis enemigos hablan mal de mí: «¿Cuándo morirá y desaparecerá su nombre?».
41:6 Si alguno viene a verme, habla falsedad;
   su corazón recoge maldad y, cuando sale, la divulga.
41:7 Todos los que me odian murmuran juntos contra mí;
   traman mi desgracia:
41:8 «Una calamidad mortal se ha apoderado de él;
   ahora que está acostado, no volverá a levantarse».
41:9 Hasta el hombre que estaba en paz conmigo, en quien confiaba y que comía mi pan, ha levantado su talón contra mí.
La esperanza de ser levantado

41:10 Pero tú, SEÑOR, ten piedad de mí y levántame, para que pueda darles su pago.
41:11 En esto sé que te complaces en mí: mi enemigo no grita victoria sobre mí.
41:12 En cuanto a mí, me sostienes en mi integridad y me estableces ante ti para siempre.
41:13 ¡Bendito sea el SEÑOR, Dios de Israel, desde la eternidad hasta la eternidad!
   ¡Amén y amén!

Capítulo 42
LIBRO II · Salmos 42–72
Mi alma tiene sed de Dios
Al músico principal. Masquil de los hijos de Coré.
42:1 Como el ciervo anhela las corrientes de agua, así mi alma te anhela a ti, Dios.
42:2 Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo.
   ¿Cuándo vendré y me presentaré ante Dios?
42:3 Mis lágrimas han sido mi pan de día y de noche, mientras me dicen todo el día: «¿Dónde está tu Dios?».
42:4 Recuerdo estas cosas y derramo mi alma dentro de mí: cómo pasaba entre la multitud y la conducía hasta la casa de Dios, con voces de alegría y gratitud, una multitud que celebraba.
42:5 ¿Por qué estás abatida, alma mía, y gimes dentro de mí?
   Espera en Dios, porque aún lo alabaré por la salvación que viene de su presencia.
Esperanza desde la aflicción

42:6 Dios mío, mi alma está abatida dentro de mí;
   por eso me acuerdo de ti desde la tierra del Jordán y de los Hermones, desde el monte Mizar.
42:7 Un abismo llama a otro abismo al estruendo de tus cascadas;
   todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí.
42:8 De día el SEÑOR envía su amor leal y de noche su cántico está conmigo: una oración al Dios de mi vida.
42:9 Le digo a Dios, mi roca: «¿Por qué me has olvidado?
   ¿Por qué debo andar de duelo bajo la opresión del enemigo?».
42:10 Como una herida mortal en mis huesos, mis adversarios me insultan, diciéndome todo el día: «¿Dónde está tu Dios?».
42:11 ¿Por qué estás abatida, alma mía, y por qué gimes dentro de mí?
   Espera en Dios, porque aún lo alabaré, salvación mía y Dios mío.

Capítulo 43
Plegaria pidiendo vindicación y liberación
43:1 Hazme justicia, Dios, y defiende mi causa contra una nación sin lealtad;
   líbrame del hombre engañoso e injusto.
43:2 Porque tú eres el Dios de mi refugio, ¿por qué me has rechazado?
   ¿Por qué debo andar de duelo bajo la opresión del enemigo?
43:3 Envía tu luz y tu verdad;
   que ellas me guíen y me lleven a tu monte santo y a tus moradas.
43:4 Entonces llegaré al altar de Dios, al Dios que es mi mayor alegría, y te daré gracias con la lira, Dios, Dios mío.
43:5 ¿Por qué estás abatida, alma mía, y por qué gimes dentro de mí?
   Espera en Dios, porque aún lo alabaré, salvación mía y Dios mío.

Capítulo 44
Liberaciones pasadas y pruebas presentes
Al músico principal. Masquil de los hijos de Coré.
44:1 Dios, lo hemos oído con nuestros propios oídos;
   nuestros padres nos han contado la obra que hiciste en sus días, en los días antiguos.
44:2 Con tu mano expulsaste a las naciones y plantaste a nuestros padres;
   quebrantaste a los pueblos e hiciste extenderse a los nuestros.
44:3 Porque no conquistaron la tierra con su espada ni su brazo los salvó, sino tu mano derecha, tu brazo y la luz de tu rostro, porque te complacías en ellos.
44:4 Tú eres mi Rey, Dios;
   ordena salvaciones para Jacob.
44:5 Por medio de ti hacemos retroceder a nuestros adversarios;
   en tu nombre pisoteamos a los que se levantan contra nosotros.
44:6 No confío en mi arco ni mi espada me salva.
44:7 Tú nos has salvado de nuestros adversarios y has avergonzado a los que nos odian.
44:8 En Dios nos gloriamos todo el día y daremos gracias a tu nombre para siempre. Selah.
Una derrota que reclama respuesta

44:9 Pero nos has rechazado y humillado;
   ya no sales con nuestros ejércitos.
44:10 Nos haces retroceder ante el adversario y los que nos odian nos saquean.
44:11 Nos entregas como ovejas para ser comidas y nos has dispersado entre las naciones.
44:12 Vendes a tu pueblo por casi nada y no obtienes ganancia con su precio.
44:13 Nos conviertes en afrenta para nuestros vecinos, en burla y escarnio para quienes nos rodean.
44:14 Nos haces proverbio entre las naciones;
   los pueblos sacuden la cabeza al vernos.
44:15 Mi deshonra está ante mí todo el día y la vergüenza cubre mi rostro,
44:16 por la voz del que insulta y blasfema, por causa del enemigo y del vengativo.
La lealtad afirmada en medio del desastre

44:17 Todo esto nos ha sobrevenido, pero no te hemos olvidado ni hemos sido infieles a tu pacto.
44:18 Nuestro corazón no ha retrocedido ni nuestros pasos se han desviado de tu senda,
44:19 aunque nos has aplastado en un lugar de chacales y nos has cubierto con sombra de muerte.
44:20 Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios o extendido nuestras manos hacia un dios extraño,
44:21 ¿no lo habría descubierto Dios?
   Porque él conoce los secretos del corazón.
44:22 Pero por tu causa nos matan todo el día;
   somos considerados ovejas para el matadero.
Clamor por el amor leal de Dios

44:23 ¡Despierta!
   ¿Por qué duermes, Señor?
   ¡Levántate, no nos rechaces para siempre!
44:24 ¿Por qué escondes tu rostro y olvidas nuestra aflicción y nuestra opresión?
44:25 Porque nuestra alma se ha hundido en el polvo y nuestro vientre se ha pegado a la tierra.
44:26 ¡Levántate a ayudarnos!
   ¡Rescátanos por tu amor leal!

Capítulo 45
Cántico de las bodas del rey
Al músico principal; sobre Lirios. Masquil de los hijos de Coré. Canción de amores.
45:1 Mi corazón rebosa de un hermoso tema;
   dedico mi obra al rey.
   Mi lengua es pluma de un escriba hábil.
45:2 Eres el más hermoso de los seres humanos;
   la gracia se ha derramado en tus labios.
   Por eso Dios te ha bendecido para siempre.
45:3 Ciñe tu espada sobre el muslo, guerrero poderoso, con tu esplendor y tu majestad.
45:4 En tu majestad cabalga hacia la victoria por la verdad, la humildad y la justicia;
   que tu mano derecha te enseñe hechos temibles.
45:5 Tus flechas son agudas;
   los pueblos caen bajo ti.
   Penetran en el corazón de los enemigos del rey.
El trono y la justicia del rey

45:6 Tu trono, Dios, es por siempre jamás;
   el cetro de tu reino es un cetro de equidad.
45:7 Has amado la justicia y aborrecido la maldad;
   por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con aceite de alegría más que a tus compañeros.
45:8 Todos tus vestidos huelen a mirra, áloe y casia;
   desde palacios de marfil te alegran instrumentos de cuerda.
45:9 Entre tus damas distinguidas hay hijas de reyes;
   a tu derecha está la reina, adornada con oro de Ofir.
La novia recibida en la casa real

45:10 Escucha, hija, mira e inclina tu oído;
   olvida tu pueblo y la casa de tu padre.
45:11 El rey deseará tu hermosura;
   él es tu señor, inclínate ante él.
45:12 La hija de Tiro vendrá con un regalo;
   los ricos del pueblo buscarán tu favor.
45:13 Dentro del palacio, la hija del rey está radiante;
   su vestido está tejido con oro.
45:14 Con vestidos bordados es conducida al rey;
   detrás de ella, las vírgenes, sus compañeras, son llevadas a ti.
45:15 Son conducidas con alegría y regocijo;
   entran en el palacio del rey.
La continuidad de la casa real

45:16 En lugar de tus padres estarán tus hijos;
   los pondrás como príncipes en toda la tierra.
45:17 Haré recordar tu nombre por todas las generaciones;
   por eso los pueblos te alabarán por siempre jamás.

Capítulo 46
La presencia de Dios en medio del tumulto
Al músico principal; de los hijos de Coré. Salmo sobre Alamot.
46:1 Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, una ayuda siempre presente en la angustia.
46:2 Por eso no temeremos aunque cambie la tierra y las montañas se deslicen al corazón de los mares,
46:3 aunque sus aguas rujan y se agiten, y las montañas tiemblen ante su furia. Selah.
La ciudad sostenida por Dios

46:4 Hay un río cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios, la santa morada del Altísimo.
46:5 Dios está en medio de ella y no será sacudida;
   Dios la ayudará al despuntar la mañana.
46:6 Rugen las naciones y se tambalean los reinos;
   él hace oír su voz y la tierra se derrite.
46:7 El SEÑOR de los ejércitos está con nosotros;
   el Dios de Jacob es nuestra fortaleza. Selah.
La paz del soberano de la tierra

46:8 Vengan y contemplen las obras del SEÑOR, las desolaciones que ha hecho en la tierra.
46:9 Hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra;
   quiebra el arco, corta la lanza y quema los carros en el fuego.
46:10 «Cesen y sepan que yo soy Dios;
   seré exaltado entre las naciones, seré exaltado en la tierra».
46:11 El SEÑOR de los ejércitos está con nosotros;
   el Dios de Jacob es nuestra fortaleza. Selah.

Capítulo 47
Dios, el Rey de toda la tierra
Al músico principal. Salmo de los hijos de Coré.
47:1 ¡Todos los pueblos, aplaudan!
   ¡Aclamen a Dios con gritos de alegría!
47:2 Porque el SEÑOR, el Altísimo, es temible, gran Rey sobre toda la tierra.
47:3 Él somete a los pueblos bajo nosotros y a las naciones bajo nuestros pies.
47:4 Escoge para nosotros nuestra herencia, el orgullo de Jacob, a quien ama. Selah.
La alabanza al Rey exaltado

47:5 Dios ha subido entre aclamaciones;
   el SEÑOR, al sonido del cuerno.
47:6 ¡Canten a Dios, canten!
   ¡Canten a nuestro Rey, canten!
47:7 Porque Dios es Rey de toda la tierra;
   canten alabanzas con entendimiento.
Los pueblos reunidos bajo su reinado

47:8 Dios reina sobre las naciones;
   Dios se ha sentado en su santo trono.
47:9 Los nobles de los pueblos se han reunido como pueblo del Dios de Abraham.
  47:10 Porque a Dios pertenecen los escudos de la tierra;
   él es muy exaltado.

Capítulo 48
Hermosura y gloria de Sion
Cántico. Salmo de los hijos de Coré.
48:1 Grande es el SEÑOR y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo.
48:2 Hermoso en su elevación, alegría de toda la tierra, es el monte Sión, en los confines del norte, la ciudad del gran Rey.
48:3 En sus palacios Dios se ha dado a conocer como fortaleza.
Los reyes que retroceden ante Dios

48:4 Porque los reyes se reunieron y avanzaron juntos.
48:5 Al verla quedaron atónitos, se aterrorizaron y huyeron apresurados.
48:6 Allí se apoderó de ellos el temblor, un dolor como el de una mujer que da a luz.
48:7 Con el viento del este destrozas las naves de Tarsis.
48:8 Como habíamos oído, así hemos visto en la ciudad del SEÑOR de los ejércitos, en la ciudad de nuestro Dios.
   Dios la afirmará para siempre. Selah.
La gratitud por el amor y la justicia de Dios

48:9 Meditamos, Dios, en tu amor leal en medio de tu templo.
48:10 Como tu nombre, Dios, así tu alabanza alcanza los confines de la tierra;
   tu mano derecha está llena de justicia.
48:11 Que se alegre el monte Sión y se regocijen las hijas de Judá por tus juicios.
Una memoria para la siguiente generación

48:12 Recorran Sión y den la vuelta a su alrededor;
   cuenten sus torres.
48:13 Fijen su atención en sus murallas y examinen sus palacios, para contarlo a la generación venidera.
48:14 Porque este es Dios, nuestro Dios por siempre jamás;
   él nos guiará hasta la muerte.

Capítulo 49
La insensatez de confiar en las riquezas
Al músico principal. Salmo de los hijos de Coré.
49:1 Escuchen esto, todos los pueblos;
   presten oído, todos los habitantes del mundo,
49:2 tanto la gente común como los nobles, el rico y el pobre juntos.
49:3 Mi boca hablará sabiduría y la meditación de mi corazón expresará entendimiento.
49:4 Inclinaré mi oído al proverbio y expondré mi enigma al son de la lira.
La riqueza frente al límite de la muerte

49:5 ¿Por qué he de temer en los días malos, cuando me rodea la maldad de los que me acechan,
49:6 los que confían en sus bienes y se jactan de sus muchas riquezas?
49:7 Ningún hombre puede rescatar a su hermano ni darle a Dios el precio de su rescate
49:8 —el rescate de su vida es demasiado costoso;
   tiene que renunciar a él para siempre—,
49:9 para que viva eternamente y no vea la fosa.
49:10 Porque ve que los sabios mueren, y que juntos perecen el necio y el insensato, dejando sus bienes a otros.
49:11 Piensan que sus casas durarán para siempre, sus moradas de generación en generación;
   dan sus nombres a sus tierras.
49:12 Pero el hombre no permanece en su esplendor;
   es como los animales que perecen.
La muerte y la esperanza de rescate

49:13 Este es el camino de los que confían neciamente en sí mismos y de quienes después aprueban sus palabras. Selah.

49:14 Como ovejas están destinados al Seol;
   la muerte los pastoreará.
   Por la mañana los rectos dominarán sobre ellos;
   el Seol consumirá su figura, lejos de su morada.
49:15 Pero Dios rescatará mi alma del poder del Seol, porque me tomará consigo. Selah.
La fragilidad del esplendor humano

49:16 No temas cuando un hombre se enriquece, cuando aumenta el esplendor de su casa.
49:17 Porque al morir no se llevará nada;
   su gloria no bajará tras él.
49:18 Aunque en vida se felicite a sí mismo, y te alaben cuando prosperas,
49:19 irá a la generación de sus padres, que jamás volverán a ver la luz.
49:20 El hombre que vive en esplendor y no entiende es como los animales que perecen.

Capítulo 50
Dios examina la adoración de su pueblo
Salmo de Asaf.
50:1 El Poderoso, Dios, el SEÑOR, ha hablado y ha convocado a la tierra, desde la salida del sol hasta su puesta.
50:2 Desde Sión, perfección de hermosura, Dios resplandece.
50:3 Viene nuestro Dios y no guarda silencio;
   un fuego devora ante él y una fuerte tormenta lo rodea.
50:4 Convoca a los cielos de arriba y a la tierra para juzgar a su pueblo:
50:5 «Reúnan junto a mí a mis fieles, los que hicieron mi pacto mediante un sacrificio».
50:6 Los cielos proclaman su justicia, porque Dios mismo es el juez. Selah.
Gratitud y confianza ante el Dios suficiente

50:7 «Escucha, pueblo mío, y hablaré;
   Israel, testificaré contra ti.
   Yo soy Dios, tu Dios.
50:8 No te reprendo por tus sacrificios;
   tus holocaustos están siempre delante de mí.
50:9 No tomaré toros de tu casa ni machos cabríos de tus corrales,
50:10 porque todos los animales del bosque son míos, el ganado de mil colinas.
50:11 Conozco a todas las aves de las montañas y todo lo que se mueve en el campo me pertenece.
50:12 Si tuviera hambre, no te lo diría, porque mío es el mundo y todo lo que contiene.
50:13 ¿Acaso como carne de toros o bebo sangre de machos cabríos?
50:14 Ofrece a Dios un sacrificio de gratitud y cumple tus votos al Altísimo.
50:15 Invócame en el día de angustia;
   te libraré y tú me honrarás».
La vida que contradice las palabras del pacto

50:16 Pero al malvado Dios le dice: «¿Qué derecho tienes a recitar mis estatutos y a llevar mi pacto en tu boca,
50:17 si aborreces la disciplina y echas mis palabras a tus espaldas?
50:18 Cuando ves a un ladrón, te complaces con él, y tienes tu parte con los adúlteros.
50:19 Sueltas tu boca para el mal y tu lengua teje engaños.
50:20 Te sientas a hablar contra tu hermano;
   calumnias al hijo de tu madre.
50:21 Has hecho estas cosas y yo he guardado silencio;
   pensabas que yo era como tú.
   Pero te reprenderé y las pondré ante tus ojos.
El llamado a una respuesta fiel

50:22 Entiendan esto, ustedes que se olvidan de Dios, no sea que los despedace sin que nadie los libre.
50:23 El que ofrece gratitud como sacrificio me honra;
   al que ordena su camino le mostraré la salvación de Dios».

Capítulo 51
Confesión y restauración ante Dios
Al músico principal. Salmo de David, cuando el profeta Natán fue a verlo, después de que David se había unido a Betsabé.
51:1 Ten piedad de mí, Dios, conforme a tu amor leal;
   por tu gran compasión, borra mis rebeliones.
51:2 Lávame por completo de mi culpa y límpiame de mi pecado.
51:3 Porque reconozco mis rebeliones y mi pecado está siempre delante de mí.
51:4 Contra ti, contra ti solo he pecado y he hecho lo malo ante tus ojos, de modo que eres justo cuando hablas y puro cuando juzgas.
51:5 En culpa fui dado a luz y en pecado me concibió mi madre.
51:6 Tú deseas verdad en lo más íntimo y en lo secreto me haces conocer sabiduría.
La limpieza que solo Dios puede dar

51:7 Purifícame con hisopo y quedaré limpio;
   lávame y quedaré más blanco que la nieve.
51:8 Hazme oír gozo y alegría;
   que se regocijen los huesos que has quebrantado.
51:9 Esconde tu rostro de mis pecados y borra todas mis culpas.
La renovación del corazón y la alegría

51:10 Crea en mí un corazón puro, Dios, y renueva dentro de mí un espíritu firme.
51:11 No me eches de tu presencia ni me quites tu santo Espíritu.
51:12 Devuélveme la alegría de tu salvación y que un espíritu dispuesto me sostenga.
El testimonio de una vida perdonada

51:13 Enseñaré tus caminos a los rebeldes y los pecadores volverán a ti.
51:14 Líbrame de la culpa por derramar sangre, Dios, Dios de mi salvación, y mi lengua cantará con alegría tu justicia.
51:15 Señor, abre mis labios y mi boca proclamará tu alabanza.
51:16 Porque no deseas sacrificio, que yo te ofrecería;
   no te complaces en holocaustos.
51:17 Los sacrificios de Dios son un espíritu quebrantado;
   al corazón quebrantado y humillado no lo despreciarás, Dios.
El bien de Sión y el culto de la comunidad

51:18 Haz bien a Sión con tu favor;
   edifica las murallas de Jerusalén.
51:19 Entonces te complacerás en sacrificios justos, holocaustos y ofrendas enteramente quemadas;
   entonces ofrecerán toros sobre tu altar.

Capítulo 52
Futilidad de la jactancia del malo
Al músico principal. Masquil de David, cuando vino Doeg edomita y dio cuenta a Saúl diciéndole: David ha venido a casa de Ahimelec.
52:1 ¿Por qué te jactas de la maldad, poderoso?
   El amor leal de Dios permanece todo el día.
52:2 Tu lengua trama destrucción;
   como navaja afilada, actúa con engaño.
52:3 Amas el mal más que el bien, la mentira más que hablar con justicia. Selah.

52:4 Amas toda palabra que devora, lengua engañosa.
La seguridad que Dios derriba

52:5 Pero Dios te derribará para siempre;
   te arrebatará, te arrancará de tu tienda y te desarraigará de la tierra de los vivientes. Selah.

52:6 Los justos lo verán y temerán;
   se reirán de él:
52:7 «¡Miren al hombre que no hizo de Dios su fortaleza, sino que confió en sus muchas riquezas y se hizo fuerte en su destrucción!».
La confianza que sostiene la vida

52:8 Pero yo soy como un olivo frondoso en la casa de Dios;
   confío en el amor leal de Dios por siempre jamás.
52:9 Te daré gracias para siempre, porque lo has hecho;
   esperaré en tu nombre, porque es bueno, delante de tus fieles.

Capítulo 53
Insensatez y maldad de los hombres
Al músico principal; sobre Mahalat. Masquil de David.
Texto relacionado: Salmos 14:1–7
53:1 El necio dice en su corazón: «No hay Dios».
   Se han corrompido y cometen injusticias abominables;
   no hay quien haga el bien.
53:2 Dios mira desde los cielos a los seres humanos para ver si hay alguno que entienda, alguno que busque a Dios.
53:3 Todos se han apartado;
   juntos se han corrompido.
   No hay quien haga el bien, ni siquiera uno.
El daño al pueblo y la respuesta de Dios

53:4 ¿No entienden los que hacen el mal, que devoran a mi pueblo como si comieran pan y no invocan a Dios?
53:5 Allí los invadió un gran terror, donde nada había que temer, porque Dios esparció los huesos de quienes acampaban contra ti.
   Los has avergonzado, porque Dios los rechazó.
La esperanza de restauración y alegría

53:6 ¡Que venga de Sión la salvación de Israel!
   Cuando Dios restaure el bienestar de su pueblo, se alegrará Jacob y se regocijará Israel.

Capítulo 54
Plegaria pidiendo protección contra los enemigos
Al músico principal; en Neginot. Masquil de David, cuando vinieron los zifeos y dijeron a Saúl: ¿No está David escondido en nuestra tierra?
54:1 Oh Dios, sálvame por tu nombre y hazme justicia con tu poder.
54:2 Oh Dios, escucha mi oración;
   presta oído a las palabras de mi boca.
54:3 Porque extraños se han levantado contra mí, y hombres violentos buscan mi vida;
   no tienen a Dios presente. Selah.
La ayuda que sostiene al perseguido

54:4 Mira, Dios es quien me ayuda;
   el Señor está entre quienes sostienen mi vida.
54:5 Que el mal recaiga sobre quienes me acechan;
   por tu verdad, acaba con ellos.
Gratitud por la liberación recibida

54:6 De buena voluntad te ofreceré sacrificios;
   daré gracias a tu nombre, SEÑOR, porque es bueno.
54:7 Porque me has librado de toda angustia, y mis ojos han visto la derrota de mis enemigos.

Capítulo 55
La traición y la confianza en Dios
Al músico principal; en Neginot. Masquil de David.
55:1 Oh Dios, escucha mi oración y no te escondas de mi súplica.
55:2 Atiéndeme y respóndeme;
   me agito en mi queja y gimo
55:3 por la voz del enemigo y la opresión del malvado.
   Descargan su maldad sobre mí y me persiguen con furia.
55:4 Mi corazón se retuerce dentro de mí, y los terrores de la muerte han caído sobre mí.
55:5 El temor y el temblor me invaden, y el horror me cubre.
55:6 Y digo: «¡Quién me diera alas como de paloma!
   Volaría y encontraría descanso.
55:7 Me iría lejos y pasaría la noche en el desierto. Selah.

55:8 Me apresuraría a buscar refugio del viento impetuoso y de la tempestad».
La violencia que domina la ciudad

55:9 Señor, destrúyelos y confunde sus lenguas, porque veo violencia y discordia en la ciudad.
55:10 Día y noche recorren sus murallas;
   dentro de ella hay maldad y desgracia.
55:11 La destrucción está en medio de ella, y la opresión y el engaño no se apartan de sus plazas.
La herida de una traición cercana

55:12 Porque no es un enemigo quien me insulta;
   eso podría soportarlo.
   No es alguien que me odia quien se alza contra mí;
   de él podría esconderme.
55:13 Sino tú, un hombre como yo, mi compañero y mi amigo íntimo.
55:14 Juntos disfrutábamos de dulces conversaciones y caminábamos hacia la casa de Dios entre la multitud.
55:15 ¡Que la muerte los sorprenda!
   ¡Que bajen vivos al Seol!
   Porque la maldad habita en sus casas y en su interior.
La oración y el Dios que escucha

55:16 Yo clamaré a Dios, y el SEÑOR me salvará.
55:17 Por la tarde, por la mañana y al mediodía me quejo y gimo, y él escucha mi voz.
55:18 Me ha rescatado y me ha dado paz en la batalla que libraban contra mí, aunque eran muchos los que me combatían.
55:19 Dios, que está entronizado desde antiguo, escuchará y los humillará.
   Selah.
   Porque no cambian ni temen a Dios.
Palabras suaves que encubren deslealtad

55:20 Mi compañero extendió sus manos contra quienes estaban en paz con él;
   quebrantó su pacto.
55:21 Su boca era más suave que la mantequilla, pero en su corazón había guerra.
   Sus palabras eran más suaves que el aceite, pero eran espadas desenvainadas.
La carga puesta en manos del Señor

55:22 Echa tu carga sobre el SEÑOR, y él te sostendrá;
   jamás permitirá que el justo se tambalee.
55:23 Pero tú, oh Dios, los harás bajar al pozo de la destrucción.
   Los hombres sanguinarios y engañosos no llegarán a la mitad de sus días;
   yo, en cambio, confío en ti.

Capítulo 56
Confianza en Dios en el día del temor
Al músico principal; según «Yonat élem rejokim». Mictam de David, cuando los filisteos lo capturaron en Gat.
56:1 Ten piedad de mí, oh Dios, porque el hombre me pisotea;
   todo el día me combate y me oprime.
56:2 Mis adversarios me pisotean todo el día, porque son muchos los que me combaten con altivez.
56:3 El día que siento temor, en ti confío.
56:4 En Dios, cuya palabra alabo, en Dios confío y no temeré.
   ¿Qué puede hacerme un ser mortal?
La amenaza de las palabras y el acecho

56:5 Todo el día tuercen mis palabras;
   todos sus planes contra mí buscan mi mal.
56:6 Se reúnen, se esconden y vigilan mis pasos, esperando quitarme la vida.
56:7 ¿Escaparán a pesar de su maldad?
   Oh Dios, derriba a los pueblos en tu ira.
Las lágrimas conocidas por Dios

56:8 Tú has contado mis andanzas;
   pon mis lágrimas en tu odre.
   ¿Acaso no están anotadas en tu libro?
56:9 Entonces mis enemigos retrocederán el día en que te invoque.
   Esto sé: Dios está de mi parte.
56:10 En Dios alabaré su palabra;
   en el SEÑOR alabaré su palabra.
56:11 En Dios confío y no temeré.
   ¿Qué puede hacerme el hombre?
La vida rescatada responde con gratitud

56:12 Oh Dios, debo cumplir los votos que te hice;
   te presentaré ofrendas de gratitud.
56:13 Porque has rescatado mi vida de la muerte y mis pies de la caída, para que camine delante de Dios en la luz de los vivientes.

Capítulo 57
Refugio y alabanza bajo el cuidado de Dios
Al músico principal; sobre No destruyas. Mictam de David, cuando huyó de delante de Saúl a la cueva.
57:1 Ten piedad de mí, oh Dios, ten piedad de mí, porque en ti se refugia mi alma.
   A la sombra de tus alas me refugiaré hasta que pase la desgracia.
57:2 Clamaré a Dios Altísimo, al Dios que lleva a cabo sus propósitos para mí.
57:3 Él enviará ayuda desde los cielos y me salvará;
   avergonzará a quien me pisotea.
   Selah.
   Dios enviará su amor leal y su verdad.
57:4 Mi alma está entre leones;
   me acuesto entre quienes escupen fuego, entre hombres cuyos dientes son lanzas y flechas, y cuya lengua es una espada afilada.
57:5 Sé exaltado por encima de los cielos, oh Dios;
   sea tu gloria sobre toda la tierra.
57:6 Tendieron una red para mis pasos, y mi alma se doblegó.
   Cavaron una fosa delante de mí, pero ellos mismos cayeron en ella. Selah.
El corazón firme despierta a la alabanza
Texto relacionado: Salmos 108:1–5

57:7 Firme está mi corazón, oh Dios;
   firme está mi corazón.
   Cantaré y entonaré alabanzas.
57:8 Despierta, gloria mía;
   despierten, arpa y lira.
   ¡Despertaré el alba!
57:9 Te daré gracias entre los pueblos, Señor;
   te cantaré alabanzas entre las naciones.
57:10 Porque tu amor leal es grande hasta los cielos, y tu verdad alcanza las nubes.
57:11 Sé exaltado por encima de los cielos, oh Dios;
   sea tu gloria sobre toda la tierra.

Capítulo 58
La injusticia ante el Juez de la tierra
Al músico principal; sobre No destruyas. Mictam de David.
58:1 Ustedes que callan, ¿de veras pronuncian justicia?
   ¿Juzgan con rectitud, seres humanos?
58:2 Más bien, en su corazón cometen injusticias;
   en la tierra reparten la violencia de sus manos.
58:3 Los malvados se apartan desde el vientre;
   los que dicen mentiras se extravían desde que nacen.
58:4 Tienen veneno como el de una serpiente, como el de una cobra sorda que se tapa el oído
58:5 y no escucha la voz de los encantadores, por más diestro que sea el que pronuncia los conjuros.
La petición de que cese el poder del mal

58:6 Oh Dios, rómpeles los dientes en la boca;
   SEÑOR, quiebra los colmillos de esos leones jóvenes.
58:7 Que se desvanezcan como agua que corre;
   cuando disparen sus flechas, que estas se hagan pedazos.
58:8 Que sean como el caracol que se disuelve al avanzar;
   como el niño que nace muerto, que no vean el sol.
58:9 Antes de que sus ollas sientan el calor de los espinos, él los barrerá con un torbellino, tanto los verdes como los que arden.
El reconocimiento de la justicia de Dios

58:10 El justo se alegrará al ver la venganza;
   lavará sus pies en la sangre del malvado.
58:11 Entonces el ser humano dirá: «Ciertamente hay recompensa para el justo;
   ciertamente hay un Dios que juzga en la tierra».

Capítulo 59
Refugio ante quienes buscan la vida de David
Al músico principal; sobre No destruyas. Mictam de David, cuando Saúl ordenó que vigilaran la casa de David para matarlo.
59:1 Líbrame de mis enemigos, Dios mío;
   ponme a salvo de quienes se levantan contra mí.
59:2 Líbrame de los que hacen el mal y sálvame de los hombres sanguinarios.
59:3 Mira cómo acechan mi vida;
   hombres feroces se reúnen contra mí, aunque no he cometido rebelión ni pecado, SEÑOR.
59:4 Sin que yo tenga culpa, corren y se preparan.
   ¡Despierta, ven a mi encuentro y mira!
59:5 Tú, SEÑOR, Dios de los ejércitos, Dios de Israel, despierta para castigar a todas las naciones;
   no tengas piedad de ningún traidor malvado. Selah.
La ciudad bajo la amenaza de los agresores

59:6 Regresan al atardecer, gruñen como perros y rondan la ciudad.
59:7 Mira lo que brota de sus bocas;
   hay espadas en sus labios, porque dicen: «¿Quién oye?».
59:8 Pero tú, SEÑOR, te ríes de ellos;
   te burlas de todas las naciones.
La espera en Dios y su amor leal

59:9 Ante su fuerza, esperaré en ti, porque Dios es mi fortaleza.
59:10 El Dios que me muestra amor leal saldrá a mi encuentro;
   Dios me hará ver la derrota de mis adversarios.
El juicio y la memoria del pueblo

59:11 No los mates, para que mi pueblo no olvide.
   Dispérsalos con tu poder y derríbalos, Señor, escudo nuestro.
59:12 Por el pecado de su boca y las palabras de sus labios, que queden atrapados en su orgullo, por las maldiciones y mentiras que cuentan.
59:13 Acaba con ellos en tu furor;
   acaba con ellos, para que dejen de existir.
   Que se sepa que Dios gobierna en Jacob hasta los confines de la tierra. Selah.

59:14 Que regresen al atardecer, gruñan como perros y ronden la ciudad.
59:15 Que anden vagando en busca de comida y, si no se sacian, pasen la noche quejándose.
Al amanecer, la alabanza del refugiado

59:16 Pero yo cantaré de tu fuerza;
   al amanecer celebraré con alegría tu amor leal, porque has sido para mí una fortaleza y un refugio en el día de mi angustia.
59:17 Fuerza mía, te cantaré alabanzas, porque Dios es mi fortaleza, el Dios que me muestra amor leal.

Capítulo 60
El pueblo quebrantado pide la ayuda de Dios
Al músico principal; sobre Lirios. Testimonio. Mictam de David, para enseñar, cuando tuvo guerra contra Aram-Naharaim y contra Aram de Soba, y volvió Joab, y destrozó a doce mil de Edom en el valle de la Sal.
60:1 Oh Dios, nos has rechazado y quebrantado;
   te has enojado.
   ¡Restáuranos!
60:2 Has hecho temblar la tierra y la has agrietado;
   sana sus grietas, porque se tambalea.
60:3 Has hecho pasar a tu pueblo por cosas duras;
   nos has dado a beber un vino que nos hace tambalear.
El estandarte y el rescate de los amados
Texto relacionado: Salmos 108:6–13

60:4 Has dado un estandarte a quienes te temen, para que sea alzado por causa de la verdad. Selah.

60:5 Para que tus amados sean librados, salva con tu mano derecha y respóndeme.
Dios afirma su autoridad sobre la tierra

60:6 Dios ha hablado en su santidad: «Me alegraré;
   repartiré Siquem y mediré el valle de Sucot.
60:7 Mío es Galaad y mío es Manasés;
   Efraín es el casco de mi cabeza y Judá es mi cetro.
60:8 Moab es la vasija en que me lavo;
   sobre Edom arrojaré mi sandalia.
   ¡Filistea, grita a causa de mí!».
La necesidad de la ayuda divina

60:9 ¿Quién me llevará a la ciudad fortificada?
   ¿Quién me guiará hasta Edom?
60:10 ¿No has sido tú, oh Dios, quien nos ha rechazado?
   Ya no sales, oh Dios, con nuestros ejércitos.
60:11 Danos ayuda contra el adversario, porque inútil es la salvación que ofrece el hombre.
60:12 Con Dios haremos proezas, y él pisoteará a nuestros adversarios.

Capítulo 61
Confianza en la protección de Dios
Al músico principal; sobre Neginot. Salmo de David.
61:1 Escucha mi clamor, oh Dios;
   atiende a mi oración.
61:2 Desde los confines de la tierra clamo a ti cuando mi corazón desfallece.
   Guíame a una roca más alta que yo.
61:3 Porque has sido mi refugio, una torre fuerte frente al enemigo.
61:4 Que yo habite en tu tienda para siempre y me refugie al abrigo de tus alas. Selah.
La gratitud y la oración por el rey

61:5 Porque tú, oh Dios, has escuchado mis votos;
   me has dado la heredad de quienes temen tu nombre.
61:6 Añade días a los días del rey;
   que sus años se extiendan de generación en generación.
61:7 Que permanezca entronizado para siempre delante de Dios;
   dispón que el amor leal y la verdad lo protejan.
61:8 Así cantaré alabanzas a tu nombre para siempre y cumpliré mis votos día tras día.

Capítulo 62
Dios, el único refugio
Al músico principal; a Jedutún. Salmo de David.
62:1 Solo en Dios espera en silencio mi alma;
   de él viene mi salvación.
62:2 Solo él es mi roca y mi salvación, mi fortaleza;
   no seré sacudido en gran manera.
62:3 ¿Hasta cuándo atacarán a un hombre, tratando todos ustedes de derribarlo como una pared inclinada, como una cerca a punto de caer?
62:4 Solo planean derribarlo de su altura.
   Se complacen en la mentira;
   con la boca bendicen, pero por dentro maldicen. Selah.
La confianza personal se abre al pueblo

62:5 Alma mía, espera en silencio solo en Dios, porque de él viene mi esperanza.
62:6 Solo él es mi roca y mi salvación, mi fortaleza;
   no seré sacudido.
62:7 De Dios dependen mi salvación y mi gloria;
   en Dios están mi roca fuerte y mi refugio.
62:8 Pueblo, confíen en él en todo momento;
   derramen su corazón delante de él.
   Dios es nuestro refugio. Selah.
Las seguridades falsas y el juicio de Dios

62:9 La gente humilde es solo un soplo, y los poderosos, una mentira;
   puestos juntos en la balanza, suben, pues pesan menos que un soplo.
62:10 No confíen en la extorsión ni se ilusionen con el robo;
   si aumentan las riquezas, no pongan en ellas el corazón.
62:11 Una vez ha hablado Dios;
   dos veces he oído esto: que el poder pertenece a Dios,
62:12 y a ti, Señor, pertenece el amor leal, porque tú pagas a cada uno conforme a sus obras.

Capítulo 63
Dios, satisfacción del alma
Salmo de David, cuando estaba en el desierto de Judá.
63:1 Oh Dios, tú eres mi Dios;
   te busco con afán.
   Mi alma tiene sed de ti, mi cuerpo te anhela en una tierra seca, agotada y sin agua.
63:2 Así te he contemplado en el santuario, para ver tu poder y tu gloria.
63:3 Porque tu amor leal es mejor que la vida;
   mis labios te alabarán.
63:4 Así te bendeciré mientras viva;
   en tu nombre levantaré mis manos.
La satisfacción y el cuidado recibidos

63:5 Mi alma quedará satisfecha como con los manjares más sustanciosos, y mi boca te alabará con labios llenos de alegría.
63:6 Cuando te recuerdo en mi cama, medito en ti durante las vigilias de la noche.
63:7 Porque has sido mi ayuda, canto con alegría a la sombra de tus alas.
63:8 Mi alma se aferra a ti;
   tu mano derecha me sostiene.
El juicio y la alegría del rey

63:9 Pero quienes buscan destruir mi vida bajarán a las profundidades de la tierra.
63:10 Serán entregados al poder de la espada y servirán de alimento a los chacales.
63:11 Pero el rey se alegrará en Dios;
   todos los que juran por él se gloriarán, porque será cerrada la boca de los mentirosos.

Capítulo 64
Plegaria pidiendo protección contra enemigos ocultos
Al músico principal. Salmo de David.
64:1 Escucha, oh Dios, mi voz cuando me quejo;
   protege mi vida del terror del enemigo.
64:2 Escóndeme de la conspiración de los malvados, del tumulto de quienes hacen el mal.
64:3 Afilan su lengua como una espada y preparan como flecha una palabra amarga,
64:4 para disparar a escondidas contra el íntegro;
   le disparan de repente, sin ningún temor.
64:5 Se animan unos a otros en sus planes malvados;
   hablan de ocultar trampas y dicen: «¿Quién las verá?».
64:6 Maquinan injusticias: «Hemos terminado un plan bien trazado».
   ¡Profundos son el interior y el corazón del ser humano!
La conspiración queda bajo el juicio de Dios

64:7 Pero Dios les disparará una flecha;
   de repente quedarán heridos.
64:8 Su propia lengua los hará tropezar;
   todos los que los vean menearán la cabeza.
64:9 Entonces todos sentirán temor, contarán la obra de Dios y comprenderán lo que él ha hecho.
64:10 El justo se alegrará en el SEÑOR y se refugiará en él;
   todos los rectos de corazón se gloriarán.

Capítulo 65
El Dios que perdona y cuida la tierra
Al músico principal. Salmo. Cántico de David.
65:1 Oh Dios, en Sión la alabanza te espera en silencio, y a ti se cumplirán los votos.
65:2 Tú que escuchas la oración, a ti acudirá todo ser humano.
65:3 Las culpas me abruman, pero tú expías nuestras rebeliones.
65:4 Dichoso aquel a quien eliges y acercas a ti para que habite en tus atrios.
   Quedaremos satisfechos con los bienes de tu casa, de tu santo templo.
El poder de Dios alcanza toda la tierra

65:5 Con obras temibles nos respondes en justicia, Dios de nuestra salvación, confianza de todos los confines de la tierra y de los mares lejanos.
65:6 Tú afirmas las montañas con tu fuerza y estás ceñido de poder.
65:7 Calmas el rugido de los mares, el rugido de sus olas y el tumulto de los pueblos.
65:8 Los habitantes de los confines de la tierra temen ante tus señales;
   haces que el amanecer y el atardecer canten de alegría.
La tierra responde a la bondad de Dios

65:9 Cuidas de la tierra y la riegas;
   la enriqueces abundantemente.
   El río de Dios está lleno de agua;
   preparas el grano para ellos, porque así dispones la tierra.
65:10 Empapas sus surcos y allanas sus terrones;
   la ablandas con aguaceros y bendices lo que en ella brota.
65:11 Coronas el año con tu bondad, y tus senderos rebosan de abundancia.
65:12 Los pastizales del desierto rebosan, y las colinas se visten de alegría.
65:13 Los prados se cubren de rebaños y los valles se revisten de grano;
   dan gritos de alegría y cantan.

Capítulo 66
Alabanza por los hechos poderosos de Dios
Al músico principal. Cántico. Salmo.
66:1 ¡Aclamen con alegría a Dios, habitantes de toda la tierra!
66:2 Canten la gloria de su nombre;
   denle una alabanza gloriosa.
66:3 Díganle a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!
   Por la grandeza de tu fuerza, tus enemigos te rinden una obediencia fingida.
66:4 Toda la tierra se postrará ante ti y te cantará alabanzas;
   cantará alabanzas a tu nombre». Selah.
Las obras de Dios en la memoria del pueblo

66:5 Vengan y vean las obras de Dios;
   temible es lo que hace entre los seres humanos.
66:6 Transformó el mar en tierra seca;
   atravesaron el río a pie.
   Allí nos alegramos en él.
66:7 Él gobierna con su poder para siempre;
   sus ojos vigilan a las naciones.
   ¡Que los rebeldes no se enaltezcan! Selah.
La vida guardada a través de la prueba

66:8 Bendigan a nuestro Dios, pueblos;
   hagan resonar su alabanza.
66:9 Él nos ha conservado la vida y no ha permitido que nuestros pies resbalen.
66:10 Porque nos has puesto a prueba, oh Dios;
   nos has refinado como se refina la plata.
66:11 Nos hiciste entrar en la red y pusiste una pesada carga sobre nuestra espalda.
66:12 Hiciste que hombres cabalgaran sobre nuestras cabezas.
   Pasamos por el fuego y por el agua, pero nos sacaste a un lugar de abundancia.
La gratitud del que hizo votos en la angustia

66:13 Entraré en tu casa con holocaustos y cumpliré los votos que te hice,
66:14 los que pronunciaron mis labios y declaró mi boca cuando estaba angustiado.
66:15 Te ofreceré holocaustos de animales engordados, con el humo de carneros;
   sacrificaré toros y machos cabríos. Selah.
El testimonio de la oración escuchada

66:16 Vengan, escuchen, todos los que temen a Dios, y les contaré lo que ha hecho por mi vida.
66:17 A él clamé con mi boca, y mi lengua lo exaltó.
66:18 Si hubiera albergado maldad en mi corazón, el Señor no me habría escuchado.
66:19 Pero Dios ciertamente me ha escuchado;
   ha atendido a la voz de mi oración.
66:20 ¡Bendito sea Dios, que no ha rechazado mi oración ni ha apartado de mí su amor leal!

Capítulo 67
Exhortación a las naciones, para que alaben a Dios
Al músico principal; en Neginot. Salmo. Cántico.
67:1 Que Dios tenga piedad de nosotros y nos bendiga;
   que haga resplandecer su rostro sobre nosotros. Selah.

67:2 Así se conocerá tu camino en la tierra y tu salvación entre todas las naciones.
67:3 Te alaben los pueblos, oh Dios;
   todos los pueblos te alaben.
67:4 Que las naciones se alegren y canten de júbilo, porque juzgas a los pueblos con equidad y guías a las naciones en la tierra. Selah.

67:5 Te alaben los pueblos, oh Dios;
   todos los pueblos te alaben.
La cosecha y la bendición de Dios

67:6 La tierra ha dado su cosecha;
   Dios, nuestro Dios, nos bendecirá.
67:7 Dios nos bendecirá, y le temerán todos los confines de la tierra.

Capítulo 68
El Dios del Sinaí y del santuario
Al músico principal. Salmo de David. Cántico.
68:1 Que Dios se levante y sus enemigos se dispersen;
   que quienes lo odian huyan de su presencia.
68:2 Como se disipa el humo, disípalos;
   como se derrite la cera ante el fuego, que los malvados perezcan ante Dios.
68:3 Pero que los justos se alegren, se regocijen delante de Dios y rebosen de alegría.
68:4 Canten a Dios, canten alabanzas a su nombre;
   preparen el camino al que cabalga por los desiertos.
   Jah es su nombre;
   alégrense delante de él.
68:5 Dios, en su santa morada, es padre de los huérfanos y defensor de las viudas.
68:6 Dios da un hogar a los solitarios y saca a los cautivos hacia la prosperidad;
   pero los rebeldes habitan en tierra reseca.
La presencia y la provisión en el desierto

68:7 Oh Dios, cuando saliste al frente de tu pueblo, cuando marchaste por el desierto, Selah,
68:8 la tierra tembló y los cielos derramaron lluvia ante Dios;
   el mismo Sinaí tembló ante Dios, el Dios de Israel.
68:9 Oh Dios, esparciste lluvia generosa;
   cuando tu heredad estaba agotada, tú la restauraste.
68:10 Tu comunidad habitó en ella;
   en tu bondad, oh Dios, proveíste para el pobre.
La victoria anunciada y sus dones

68:11 El Señor da la palabra;
   las mujeres que anuncian las buenas noticias son una gran multitud:
68:12 «¡Los reyes de los ejércitos huyen, huyen!».
   Y la mujer que queda en casa reparte el botín.
68:13 Aunque ustedes descansen entre los rediles, las alas de la paloma están recubiertas de plata y sus plumas tienen un resplandor de oro.
68:14 Cuando el Todopoderoso dispersó allí a los reyes, cayó nieve en Salmón.
El monte escogido y la entrada del vencedor

68:15 Monte de Dios es el monte de Basán;
   monte de muchas cumbres es el monte de Basán.
68:16 Montañas de muchas cumbres, ¿por qué miran con envidia al monte que Dios deseó para habitar?
   Sí, el SEÑOR morará allí para siempre.
68:17 Los carros de Dios son veinte mil, millares y millares;
   el Señor está entre ellos;
   el Sinaí está en el santuario.
68:18 Subiste a lo alto, llevaste cautivos y recibiste regalos de los hombres, incluso de los rebeldes, para que habites allí, Jah Dios.
El Dios que sostiene y libra

68:19 Bendito sea el Señor, que día tras día lleva nuestras cargas;
   él es el Dios de nuestra salvación. Selah.

68:20 Nuestro Dios es un Dios de salvaciones;
   al Señor DIOS le pertenece el librar de la muerte.
68:21 Ciertamente Dios aplastará la cabeza de sus enemigos, la coronilla cabelluda de quien persiste en sus culpas.
68:22 El Señor ha dicho: «Los haré volver de Basán;
   los haré volver de las profundidades del mar,
68:23 para que aplastes a tus enemigos con el pie en su sangre y la lengua de tus perros reciba de ellos su parte».
La procesión del pueblo ante su Rey

68:24 Han visto tus procesiones, oh Dios, las procesiones de mi Dios y mi Rey en el santuario.
68:25 Los cantores van delante y los músicos detrás;
   en medio van las jóvenes que tocan panderetas.
68:26 En las asambleas bendigan a Dios;
   bendigan al SEÑOR, ustedes que proceden del linaje de Israel.
68:27 Allí está Benjamín, el menor, que los dirige;
   los jefes de Judá con su multitud, los jefes de Zabulón y los jefes de Neftalí.
El poder de Dios y la respuesta de las naciones

68:28 Tu Dios ha dispuesto tu fuerza.
   Fortalece, oh Dios, lo que has hecho por nosotros.
68:29 Por causa de tu templo en Jerusalén, los reyes te traerán regalos.
68:30 Reprende a la bestia de los juncos, a la manada de toros entre los becerros de los pueblos, hasta que se sometan con barras de plata.
   Dispersa a los pueblos que se complacen en las guerras.
68:31 Vendrán dignatarios de Egipto;
   Cus se apresurará a extender sus manos hacia Dios.
La alabanza de toda la tierra

68:32 Reinos de la tierra, canten a Dios;
   canten alabanzas al Señor. Selah.

68:33 Él cabalga por los cielos de los cielos antiguos;
   miren, hace resonar su voz, una voz poderosa.
68:34 Reconozcan el poder de Dios;
   su majestad está sobre Israel, y su fuerza, en las nubes.
68:35 Temible eres, oh Dios, desde tus santuarios.
   El Dios de Israel da fuerza y vigor a su pueblo.
   ¡Bendito sea Dios!

Capítulo 69
Un grito de angustia
Al músico principal; sobre Lirios. Salmo de David.
69:1 Sálvame, oh Dios, porque las aguas me llegan al cuello.
69:2 Me hundo en un lodo profundo donde no puedo hacer pie;
   he entrado en aguas hondas y la corriente me arrastra.
69:3 Estoy agotado de tanto clamar;
   mi garganta está reseca.
   Mis ojos desfallecen de esperar a mi Dios.
69:4 Más numerosos que los cabellos de mi cabeza son quienes me odian sin motivo;
   poderosos son los que quieren acabar conmigo, mis enemigos sin razón.
   Tengo que devolver lo que no robé.
69:5 Oh Dios, tú conoces mi necedad;
   mis culpas no están ocultas para ti.
69:6 Que por mi causa no queden avergonzados quienes esperan en ti, Señor DIOS de los ejércitos;
   que por mi causa no sean humillados quienes te buscan, Dios de Israel.
El costo de la fidelidad

69:7 Porque por ti he soportado insultos, y la vergüenza ha cubierto mi rostro.
69:8 Me he vuelto un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre.
69:9 Porque el celo por tu casa me consume, y los insultos de quienes te insultan han caído sobre mí.
69:10 Lloré y ayuné, y eso se convirtió en motivo de burla contra mí.
69:11 Me vestí de tela de saco, y para ellos me convertí en un dicho de burla.
69:12 Los que se sientan a la puerta hablan de mí, y los bebedores me hacen tema de sus canciones.
La súplica por el rescate

69:13 Pero yo dirijo mi oración a ti, SEÑOR, en el tiempo de tu favor.
   Oh Dios, por la abundancia de tu amor leal, respóndeme con tu salvación fiel.
69:14 Líbrame del lodo y no dejes que me hunda;
   que sea rescatado de quienes me odian y de las aguas profundas.
69:15 Que no me arrastre la corriente, que no me trague el abismo ni el pozo cierre su boca sobre mí.
69:16 Respóndeme, SEÑOR, porque tu amor leal es bueno;
   vuélvete hacia mí por tu abundante compasión.
69:17 No escondas tu rostro de tu siervo, porque estoy angustiado;
   ¡apresúrate a responderme!
69:18 Acércate a mi alma y redímela;
   rescátame a causa de mis enemigos.
El dolor sin consuelo y el juicio pedido

69:19 Tú conoces los insultos, la vergüenza y la deshonra que sufro;
   todos mis adversarios están delante de ti.
69:20 Los insultos me han roto el corazón y estoy muy abatido.
   Esperé compasión, pero no la hubo;
   busqué consoladores, pero no encontré ninguno.
69:21 Pusieron veneno en mi comida y, cuando tuve sed, me dieron a beber vinagre.
69:22 Que su mesa se convierta ante ellos en una trampa;
   que, cuando estén seguros, sea una red que los atrape.
69:23 Que sus ojos se oscurezcan y no vean;
   haz que sus lomos tiemblen continuamente.
69:24 Derrama sobre ellos tu indignación, y que el ardor de tu ira los alcance.
69:25 Que su campamento quede desolado y que nadie habite en sus tiendas.
69:26 Porque persiguen al que tú has herido y cuentan el dolor de quienes tú has traspasado.
69:27 Añade culpa a su culpa y no les permitas participar de tu justicia.
69:28 Que sean borrados del libro de los vivientes y no sean inscritos entre los justos.
La gratitud y la esperanza compartida

69:29 Pero yo estoy afligido y dolorido;
   que tu salvación, oh Dios, me ponga a salvo en lo alto.
69:30 Alabaré el nombre de Dios con un canto y lo engrandeceré con acciones de gracias.
69:31 Eso agradará al SEÑOR más que un toro, más que un novillo con cuernos y pezuñas.
69:32 Los humildes lo verán y se alegrarán.
   Ustedes que buscan a Dios, ¡que reviva su corazón!
69:33 Porque el SEÑOR escucha a los necesitados y no desprecia a los suyos que están cautivos.
La restauración del pueblo y de sus ciudades

69:34 Que lo alaben los cielos y la tierra, los mares y todo lo que se mueve en ellos.
69:35 Porque Dios salvará a Sión y reconstruirá las ciudades de Judá;
   allí habitarán y tomarán posesión de ella.
69:36 La descendencia de sus siervos la heredará, y quienes aman su nombre habitarán en ella.

Capítulo 70
Súplica por la liberación
Al músico principal. Salmo de David, para conmemorar.
Texto relacionado: Salmos 40:13–17
70:1 Oh Dios, ven a librarme;
   SEÑOR, apresúrate a ayudarme.
70:2 Que sean avergonzados y humillados quienes buscan quitarme la vida;
   que retrocedan cubiertos de vergüenza quienes desean mi mal.
70:3 Que retrocedan por su vergüenza quienes dicen: «¡Ajá, ajá!».
70:4 Que todos los que te buscan se regocijen y se alegren en ti;
   que quienes aman tu salvación digan siempre: «¡Sea engrandecido Dios!».
70:5 Pero yo estoy afligido y necesitado;
   oh Dios, ven pronto a mí.
   Tú eres mi ayuda y mi libertador;
   SEÑOR, no tardes.

Capítulo 71
Oración de un anciano
71:1 En ti me he refugiado, SEÑOR;
   que nunca quede avergonzado.
71:2 Por tu justicia, líbrame y rescátame;
   inclina hacia mí tu oído y sálvame.
71:3 Sé para mí una roca donde habitar, a la que siempre pueda acudir.
   Has dado la orden de salvarme, porque tú eres mi peña y mi fortaleza.
71:4 Dios mío, rescátame de la mano del malvado, de las garras del injusto y del cruel.
71:5 Porque tú eres mi esperanza, Señor DIOS, mi confianza desde mi juventud.
71:6 En ti me he apoyado desde el vientre;
   tú me sacaste de las entrañas de mi madre.
   Mi alabanza es siempre para ti.
71:7 Para muchos me he vuelto motivo de asombro, pero tú eres mi refugio fuerte.
71:8 Que mi boca se llene de tu alabanza y de tu gloria durante todo el día.
El amparo frente al rechazo y la amenaza

71:9 No me rechaces en el tiempo de la vejez;
   no me abandones cuando se agoten mis fuerzas.
71:10 Porque mis enemigos hablan contra mí, y quienes acechan mi vida conspiran juntos.
71:11 Dicen: «Dios lo ha abandonado;
   persíganlo y atrápenlo, porque no hay quien lo libre».
71:12 Oh Dios, no te alejes de mí;
   Dios mío, apresúrate a ayudarme.
71:13 Que sean avergonzados y consumidos los adversarios de mi vida;
   que se cubran de deshonra y humillación quienes buscan mi mal.
Un testimonio para otras generaciones

71:14 Pero yo seguiré esperando siempre y añadiré más alabanzas a todas las que te doy.
71:15 Mi boca contará tu justicia y tu salvación durante todo el día, aunque no puedo contar todos tus hechos.
71:16 Vendré proclamando las hazañas del Señor DIOS;
   recordaré tu justicia, solamente la tuya.
71:17 Oh Dios, me has enseñado desde mi juventud, y hasta ahora anuncio tus maravillas.
71:18 Aun en la vejez y con canas, oh Dios, no me abandones hasta que anuncie tu brazo poderoso a la próxima generación, tu fuerza a todos los que vendrán.
La confianza en la restauración y el canto final

71:19 Tu justicia, oh Dios, alcanza las alturas.
   Tú has hecho grandes cosas;
   oh Dios, ¿quién es como tú?
71:20 Tú, que me has hecho pasar por muchas angustias y desgracias, volverás a darme vida;
   volverás a levantarme de las profundidades de la tierra.
71:21 Aumentarás mi honor y volverás a consolarme.
71:22 También yo te daré gracias con el arpa por tu verdad, Dios mío;
   te cantaré alabanzas con la lira, Santo de Israel.
71:23 Mis labios gritarán de alegría cuando te cante, y también mi alma, que tú has rescatado.
71:24 Mi lengua hablará de tu justicia durante todo el día, porque han quedado avergonzados y humillados quienes buscaban mi mal.

Capítulo 72
El reino de un rey justo
Para Salomón.
72:1 Oh Dios, da al rey tus juicios y al hijo del rey tu justicia.
72:2 Que juzgue a tu pueblo con justicia y a tus afligidos con equidad.
72:3 Que las montañas lleven paz al pueblo, y las colinas, justicia.
72:4 Que haga justicia a los afligidos del pueblo, salve a los hijos del necesitado y aplaste al opresor.
Un reinado que favorece la vida

72:5 Que te teman mientras duren el sol y la luna, de generación en generación.
72:6 Que descienda como lluvia sobre la hierba cortada, como aguaceros que riegan la tierra.
72:7 Que en sus días florezca el justo y abunde la paz hasta que la luna deje de existir.
El alcance del gobierno del rey

72:8 Que domine de mar a mar y desde el río hasta los confines de la tierra.
72:9 Que los habitantes del desierto se inclinen ante él y sus enemigos laman el polvo.
72:10 Que los reyes de Tarsis y de las costas traigan tributo;
   que los reyes de Sabá y de Seba presenten regalos.
72:11 Que todos los reyes se postren ante él y todas las naciones lo sirvan.
El valor de la vida del necesitado

72:12 Porque él librará al necesitado que clama y al afligido que no tiene quien lo ayude.
72:13 Tendrá compasión del débil y del necesitado, y salvará la vida de los necesitados.
72:14 Rescatará sus vidas de la opresión y de la violencia;
   su sangre será preciosa a sus ojos.
La prosperidad y la bendición del reinado

72:15 ¡Que viva!
   Que se le dé oro de Sabá;
   que se ore por él continuamente y lo bendigan todo el día.
72:16 Que haya abundancia de grano en la tierra, aun en las cumbres de las montañas;
   que su fruto se meza como el Líbano, y los habitantes de las ciudades florezcan como la hierba del campo.
72:17 Que su nombre permanezca para siempre;
   que se perpetúe mientras dure el sol.
   Que en él sean bendecidas todas las naciones y lo llamen dichoso.
La gloria del Dios de Israel

72:18 Bendito sea el SEÑOR Dios, el Dios de Israel, el único que hace maravillas.
72:19 Bendito sea su nombre glorioso para siempre;
   que toda la tierra se llene de su gloria.
   Amén y amén.
72:20 Han terminado las oraciones de David, hijo de Isaí.

Capítulo 73
LIBRO III · Salmos 73–89
La envidia y la cercanía de Dios
Salmo de Asaf.
73:1 Ciertamente Dios es bueno con Israel, con los puros de corazón.
73:2 Pero mis pies estuvieron a punto de desviarse;
   poco faltó para que mis pasos resbalaran.
73:3 Porque tuve envidia de los arrogantes al ver la prosperidad de los malvados.
73:4 Pues no sufren tormentos al morir y sus cuerpos están bien alimentados.
73:5 No pasan por las penas de los demás mortales ni son golpeados como el resto de la humanidad.
73:6 Por eso el orgullo les sirve de collar, y la violencia los cubre como un vestido.
73:7 Sus ojos sobresalen de gordura;
   los deseos de su corazón se desbordan.
La palabra arrogante y la duda que provoca

73:8 Se burlan y hablan con maldad de oprimir;
   hablan desde su altivez.
73:9 Ponen su boca contra los cielos, y su lengua recorre la tierra.
73:10 Por eso su pueblo vuelve aquí, y ellos beben aguas en abundancia.
73:11 Y dicen: «¿Cómo lo sabrá Dios?
   ¿Acaso hay conocimiento en el Altísimo?».
73:12 Miren, así son los malvados: siempre tranquilos, aumentan sus riquezas.
La crisis de la fidelidad y el cuidado de la comunidad

73:13 En verdad, en vano he purificado mi corazón y he lavado mis manos en inocencia,
73:14 pues soy golpeado todo el día y corregido cada mañana.
73:15 Si hubiera dicho: «Hablaré así», habría traicionado a la generación de tus hijos.
73:16 Cuando traté de comprender esto, me resultó una tarea penosa,
El desenlace visto ante Dios

73:17 hasta que entré en los santuarios de Dios y comprendí cuál sería el final de ellos.
73:18 Ciertamente los colocas en terreno resbaladizo y los haces caer en la ruina.
73:19 ¡Cómo quedan desolados en un instante!
   Los terrores los consumen y acaban con ellos.
73:20 Como un sueño al despertar, Señor, cuando te levantes despreciarás su imagen.
La confesión y la mano que sostiene

73:21 Cuando mi corazón se amargaba y sentía punzadas en lo más íntimo,
73:22 yo era torpe y no entendía;
   era como un animal delante de ti.
73:23 Pero yo estoy siempre contigo;
   tú me has tomado de la mano derecha.
73:24 Me guiarás con tu consejo y después me recibirás en gloria.
Dios como el bien duradero

73:25 ¿A quién tengo en los cielos sino a ti?
   Y fuera de ti, nada deseo en la tierra.
73:26 Mi cuerpo y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la roca de mi corazón y mi porción para siempre.
73:27 Porque quienes se alejan de ti perecerán;
   tú acabas con todos los que se apartan de ti para serte infieles.
73:28 Pero para mí, estar cerca de Dios es el bien.
   He hecho del Señor DIOS mi refugio, para contar todas tus obras.

Capítulo 74
Apelación a Dios en contra del enemigo
Masquil de Asaf.
74:1 Oh Dios, ¿por qué nos has rechazado para siempre?
   ¿Por qué humea tu ira contra las ovejas de tu prado?
74:2 Recuerda a tu comunidad, que adquiriste desde antiguo, a la tribu que rescataste para que fuera tu heredad;
   recuerda este monte Sión, donde has habitado.
74:3 Dirige tus pasos hacia estas ruinas perpetuas, hacia todo lo que el enemigo ha destruido en el santuario.
74:4 Tus adversarios rugieron dentro de tu lugar de reunión y pusieron sus estandartes como señales.
El santuario bajo la violencia

74:5 Se parecían a hombres que levantan hachas en lo espeso de un bosque.
74:6 Ahora destrozan todos sus tallados con hachas y martillos.
74:7 Prendieron fuego a tu santuario;
   profanaron la morada de tu nombre, derribándola hasta el suelo.
74:8 Dijeron en su corazón: «Acabemos con ellos de una vez».
   Quemaron todos los lugares de reunión de Dios en la tierra.
La espera sin una respuesta visible

74:9 No vemos nuestras señales;
   ya no hay profeta, y entre nosotros nadie sabe hasta cuándo durará esto.
74:10 ¿Hasta cuándo, oh Dios, insultará el adversario?
   ¿Despreciará el enemigo tu nombre para siempre?
74:11 ¿Por qué retiras tu mano, tu mano derecha?
   ¡Sácala de tu pecho y acaba con ellos!
El Rey de la creación y de la salvación

74:12 Pero Dios es mi Rey desde antiguo, el que realiza actos de salvación en medio de la tierra.
74:13 Tú dividiste el mar con tu fuerza y rompiste las cabezas de los monstruos en las aguas.
74:14 Tú aplastaste las cabezas de Leviatán y lo diste como alimento a los habitantes del desierto.
74:15 Tú abriste fuentes y arroyos;
   tú secaste ríos de corriente permanente.
74:16 Tuyo es el día y tuya también la noche;
   tú estableciste la lumbrera y el sol.
74:17 Tú fijaste todos los límites de la tierra;
   tú formaste el verano y el invierno.
La memoria del pacto frente a la violencia

74:18 Recuerda esto: el enemigo te ha insultado, SEÑOR, y un pueblo necio ha despreciado tu nombre.
74:19 No entregues a la fiera la vida de tu tórtola;
   no olvides para siempre la vida de tus afligidos.
74:20 Ten presente el pacto, porque los rincones oscuros de la tierra están llenos de moradas de violencia.
74:21 Que el oprimido no regrese avergonzado;
   que el afligido y el necesitado alaben tu nombre.
74:22 ¡Levántate, oh Dios, defiende tu causa!
   Recuerda cómo el necio te insulta todo el día.
74:23 No olvides el griterío de tus adversarios;
   el tumulto de quienes se levantan contra ti sube sin cesar.

Capítulo 75
Dios abate al malo y exalta al justo
Al músico principal; sobre No destruyas. Salmo de Asaf. Cántico.
75:1 Te damos gracias, oh Dios, te damos gracias;
   cercano está tu nombre, y se cuentan tus maravillas.
La palabra del Juez y el límite de la arrogancia

75:2 «Cuando yo señale el momento, juzgaré con equidad.
75:3 Aunque la tierra y todos sus habitantes se disuelvan, yo mantengo firmes sus columnas. Selah.

75:4 A los arrogantes les digo que no se jacten, y a los malvados, que no hagan alarde de su poder.
75:5 No levanten en alto su poder ni hablen con el cuello erguido por la arrogancia».
La humillación y la honra bajo el juicio de Dios

75:6 Porque el enaltecimiento no viene del oriente ni del occidente ni del desierto.
75:7 Es Dios quien juzga: a uno lo humilla y a otro lo enaltece.
75:8 Porque en la mano del SEÑOR hay una copa de vino espumoso, lleno de mezcla;
   él lo derrama, y todos los malvados de la tierra lo beberán y lo apurarán hasta los sedimentos.
La alabanza y el futuro del justo

75:9 Pero yo lo anunciaré para siempre;
   cantaré alabanzas al Dios de Jacob.
75:10 «Quebraré todo el poder de los malvados, pero el poder del justo será levantado».

Capítulo 76
El Dios de la victoria y del juicio
Al músico principal; sobre Neginot. Salmo de Asaf. Cántico.
76:1 Dios es conocido en Judá;
   grande es su nombre en Israel.
76:2 En Salem está su tienda, y en Sión, su morada.
76:3 Allí rompió las flechas ardientes del arco, el escudo, la espada y las armas de guerra. Selah.

76:4 Tú eres resplandeciente, más majestuoso que las montañas llenas de presas.
El derrumbe de la fuerza armada

76:5 Los valientes fueron despojados y durmieron su sueño;
   ninguno de los guerreros pudo mover las manos.
76:6 Ante tu reprensión, Dios de Jacob, carro y caballo quedaron sumidos en un sueño profundo.
El juicio que ampara al humilde

76:7 Tú eres temible, sí, tú.
   ¿Quién puede mantenerse en pie delante de ti cuando estalla tu ira?
76:8 Desde los cielos hiciste oír tu sentencia;
   la tierra sintió temor y quedó en silencio
76:9 cuando Dios se levantó para juzgar, para salvar a todos los humildes de la tierra. Selah.
El homenaje al Señor de toda autoridad

76:10 Ciertamente la ira humana te dará alabanza;
   con el resto de esa ira te ceñirás.
76:11 Hagan votos al SEÑOR su Dios y cúmplanlos;
   que todos los que lo rodean traigan regalos al Temible.
76:12 Él corta el aliento de los gobernantes;
   es temible para los reyes de la tierra.

Capítulo 77
Meditación sobre los hechos poderosos de Dios
Al músico principal; para Jedutún. Salmo de Asaf.
77:1 Con mi voz clamo a Dios;
   con mi voz clamo a Dios, y él me escucha.
77:2 En el día de mi angustia busqué al Señor;
   durante la noche extendí mi mano sin descanso, y mi alma rechazó todo consuelo.
77:3 Me acuerdo de Dios y gimo;
   medito, y mi espíritu desfallece. Selah.

77:4 Mantienes abiertos mis párpados;
   estoy tan turbado que no puedo hablar.
77:5 Pienso en los días antiguos, en los años de tiempos lejanos.
77:6 Recuerdo mi canción durante la noche;
   medito en mi corazón, y mi espíritu busca una respuesta:
Las preguntas sobre la fidelidad divina

77:7 «¿Nos rechazará el Señor para siempre?
   ¿Nunca volverá a mostrarnos su favor?
77:8 ¿Se ha acabado para siempre su amor leal?
   ¿Ha dejado de cumplirse su promesa por todas las generaciones?
77:9 ¿Se ha olvidado Dios de tener piedad?
   ¿Ha encerrado su compasión en su ira?». Selah.

77:10 Entonces dije: «Esta es mi aflicción: que haya cambiado la mano derecha del Altísimo».
La memoria de la redención

77:11 Recordaré las obras de Jah;
   sí, recordaré tus maravillas de la antigüedad.
77:12 Meditaré en toda tu obra y reflexionaré sobre tus hechos.
77:13 Oh Dios, tu camino es santo.
   ¿Qué dios es tan grande como Dios?
77:14 Tú eres el Dios que hace maravillas;
   has dado a conocer tu fuerza entre los pueblos.
77:15 Con tu brazo rescataste a tu pueblo, a los hijos de Jacob y de José. Selah.
El camino de Dios a través del mar

77:16 Te vieron las aguas, oh Dios;
   te vieron las aguas y se retorcieron;
   hasta los abismos se estremecieron.
77:17 Las nubes derramaron agua, los cielos hicieron resonar su voz y tus flechas surcaron el espacio.
77:18 Tu trueno resonó en el torbellino;
   los relámpagos iluminaron el mundo, y la tierra se estremeció y tembló.
77:19 Tu camino pasó por el mar, y tu sendero, por las aguas caudalosas;
   tus huellas no fueron reconocidas.
77:20 Guiaste a tu pueblo como a un rebaño por medio de Moisés y Aarón.

Capítulo 78
Fidelidad de Dios hacia su pueblo infiel
Masquil de Asaf.
78:1 Escucha mi enseñanza, pueblo mío;
   inclinen sus oídos a las palabras de mi boca.
78:2 Abriré mi boca con una parábola;
   expondré enigmas de la antigüedad,
78:3 cosas que hemos oído y conocido, que nuestros padres nos han contado.
78:4 No las ocultaremos a sus hijos;
   contaremos a la generación venidera las alabanzas del SEÑOR, su fuerza y las maravillas que ha hecho.
78:5 Él estableció un testimonio en Jacob y puso una ley en Israel;
   ordenó a nuestros padres que la dieran a conocer a sus hijos,
78:6 para que la conociera la generación venidera, los hijos que aún nacerían, y estos, al crecer, la contaran a sus propios hijos.
78:7 Así pondrían su confianza en Dios, no olvidarían las obras de Dios y guardarían sus mandamientos.
78:8 No serían como sus padres, una generación obstinada y rebelde, una generación que no afirmó su corazón y cuyo espíritu no fue fiel a Dios.
78:9 Los hijos de Efraín, equipados con arcos, dieron la espalda el día de la batalla.
78:10 No guardaron el pacto de Dios y se negaron a andar en su ley.
78:11 Olvidaron sus hechos y las maravillas que les había mostrado.
78:12 Delante de sus padres hizo maravillas en la tierra de Egipto, en los campos de Zoán.
78:13 Dividió el mar y los hizo cruzar;
   mantuvo las aguas como un montón.
78:14 Los guio de día con una nube, y toda la noche, con la luz del fuego.
78:15 Partió rocas en el desierto y les dio agua abundante para beber, como de grandes profundidades.
78:16 Hizo brotar corrientes de la peña y bajar las aguas como ríos.
78:17 Pero siguieron pecando contra él, rebelándose contra el Altísimo en la tierra reseca.
78:18 Pusieron a prueba a Dios en su corazón, pidiendo comida para satisfacer su apetito.
78:19 Hablaron contra Dios y dijeron: «¿Podrá Dios preparar una mesa en el desierto?
78:20 Sí, golpeó la roca y brotó agua, y los arroyos se desbordaron;
   pero ¿podrá también dar pan?
   ¿Proveerá carne para su pueblo?».
78:21 Por eso el SEÑOR los oyó y se indignó;
   un fuego se encendió contra Jacob, y también la ira se levantó contra Israel,
78:22 porque no creyeron en Dios ni confiaron en su salvación.
78:23 Sin embargo, dio órdenes a las nubes de arriba y abrió las puertas de los cielos.
78:24 Hizo llover maná sobre ellos para que comieran y les dio grano de los cielos.
78:25 El hombre comió pan de los poderosos;
   les envió provisiones hasta saciarlos.
78:26 Hizo soplar en los cielos el viento del este y condujo con su fuerza el viento del sur.
78:27 Hizo llover carne sobre ellos como polvo, aves aladas como la arena de los mares.
78:28 Las hizo caer en medio de su campamento, alrededor de sus moradas.
78:29 Comieron hasta quedar completamente satisfechos;
   él les trajo lo que deseaban.
78:30 Pero aún no habían abandonado su ansia, todavía tenían la comida en la boca,
78:31 cuando la ira de Dios se levantó contra ellos.
   Mató a los más robustos y derribó a los jóvenes de Israel.
78:32 A pesar de todo, siguieron pecando y no creyeron en sus maravillas.
78:33 Por eso consumió sus días en un soplo y sus años en el terror.
78:34 Cuando los hacía morir, lo buscaban;
   volvían y buscaban a Dios con afán.
78:35 Recordaban que Dios era su roca y que el Dios Altísimo era su redentor.
78:36 Pero lo adulaban con la boca y le mentían con la lengua.
78:37 Su corazón no era firme para con él ni eran fieles a su pacto.
78:38 Pero él era compasivo: expiaba su culpa y no los destruía.
   Muchas veces apartó su ira y no despertó todo su furor.
78:39 Recordó que eran carne, un viento que pasa y no vuelve.
78:40 ¡Cuántas veces se rebelaron contra él en el desierto y lo entristecieron en la tierra desolada!
78:41 Una y otra vez pusieron a prueba a Dios y afligieron al Santo de Israel.
78:42 No recordaron su mano poderosa ni el día en que los rescató del adversario,
78:43 cuando realizó sus señales en Egipto y sus prodigios en los campos de Zoán.
78:44 Convirtió sus canales en sangre, y no pudieron beber de sus corrientes.
78:45 Envió contra ellos enjambres de moscas que los devoraban y ranas que los arruinaban.
78:46 Entregó sus cosechas a la langosta devoradora y el fruto de su trabajo a los enjambres de langostas.
78:47 Destruyó sus vides con granizo y sus sicómoros con escarcha.
78:48 Entregó su ganado al granizo y sus rebaños a los rayos.
78:49 Envió contra ellos el ardor de su ira, furia, indignación y angustia: una comitiva de mensajeros de calamidad.
78:50 Abrió un camino a su ira;
   no libró sus vidas de la muerte, sino que las entregó a la peste.
78:51 Hirió a todos los primogénitos de Egipto, las primicias de su vigor en las tiendas de Cam.
78:52 Pero sacó a su pueblo como a ovejas y lo condujo como a un rebaño por el desierto.
78:53 Los guio con seguridad y no tuvieron miedo;
   el mar cubrió a sus enemigos.
78:54 Los llevó a su territorio santo, a este monte que su mano derecha había adquirido.
78:55 Expulsó a las naciones delante de ellos, repartió sus tierras en heredad con el cordel e hizo habitar a las tribus de Israel en sus tiendas.
78:56 Pero pusieron a prueba al Dios Altísimo y se rebelaron contra él;
   no guardaron sus testimonios.
78:57 Se volvieron atrás y fueron desleales como sus padres;
   se desviaron como un arco engañoso.
78:58 Lo irritaron con sus lugares altos y provocaron sus celos con sus imágenes talladas.
78:59 Dios lo oyó y se indignó;
   rechazó a Israel con gran disgusto.
78:60 Abandonó la morada de Silo, la tienda que había establecido entre los seres humanos.
78:61 Entregó su poder al cautiverio y su esplendor a manos del adversario.
78:62 Entregó a su pueblo a la espada y se enfureció contra su heredad.
78:63 El fuego devoró a sus jóvenes, y para sus vírgenes no hubo cantos de boda.
78:64 Sus sacerdotes cayeron a espada, y sus viudas no lloraron.
78:65 Entonces el Señor despertó como quien duerme, como un guerrero que grita animado por el vino.
78:66 Golpeó a sus adversarios por detrás y les impuso una vergüenza perpetua.
78:67 Rechazó la tienda de José y no escogió a la tribu de Efraín.
78:68 Eligió a la tribu de Judá, al monte Sión, que él amaba.
78:69 Edificó su santuario como las alturas, como la tierra que cimentó para siempre.
78:70 Eligió a David, su siervo, y lo tomó de los rediles de las ovejas.
78:71 Lo trajo de seguir a las ovejas que amamantaban para que pastoreara a Jacob, su pueblo, y a Israel, su heredad.
78:72 Los pastoreó con un corazón íntegro y los guio con manos diestras.

Capítulo 79
Lamento por la destrucción de Jerusalén
Salmo de Asaf.
79:1 Oh Dios, las naciones han invadido tu heredad, han profanado tu santo templo y han convertido Jerusalén en montones de ruinas.
79:2 Han dado los cadáveres de tus siervos como alimento a las aves del cielo, y la carne de tus fieles, a las fieras de la tierra.
79:3 Han derramado su sangre como agua alrededor de Jerusalén, y no hay quien los entierre.
79:4 Nos hemos vuelto motivo de insulto para nuestros vecinos, de burla y escarnio para quienes nos rodean.
79:5 ¿Hasta cuándo, SEÑOR?
   ¿Estarás enojado para siempre?
   ¿Arderá tu celo como el fuego?
79:6 Derrama tu furor sobre las naciones que no te conocen y sobre los reinos que no invocan tu nombre.
79:7 Porque han devorado a Jacob y han dejado desolada su morada.
79:8 No recuerdes contra nosotros las culpas de nuestros antepasados;
   que tu compasión salga pronto a nuestro encuentro, porque estamos muy abatidos.
79:9 Ayúdanos, Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre;
   líbranos y expía nuestros pecados por causa de tu nombre.
79:10 ¿Por qué han de decir las naciones: «¿Dónde está su Dios?»?
   Que ante nuestros ojos se conozca entre las naciones la venganza por la sangre derramada de tus siervos.
79:11 Que llegue delante de ti el gemido del cautivo;
   con la grandeza de tu brazo, conserva la vida de los condenados a muerte.
79:12 Devuelve a nuestros vecinos siete veces, en su propio pecho, los insultos con que te han insultado, Señor.
79:13 Entonces nosotros, tu pueblo y ovejas de tu prado, te daremos gracias para siempre;
   de generación en generación contaremos tu alabanza.

Capítulo 80
Súplica por la restauración
Al músico principal; sobre Lirios. Testimonio. Salmo de Asaf.
80:1 Escucha, Pastor de Israel, tú que conduces a José como a un rebaño;
   tú que estás entronizado sobre los querubines, ¡resplandece!
80:2 Ante Efraín, Benjamín y Manasés, despierta tu poder y ven a salvarnos.
80:3 Oh Dios, restáuranos;
   haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.
80:4 SEÑOR, Dios de los ejércitos, ¿hasta cuándo humeará tu ira contra la oración de tu pueblo?
80:5 Les has dado a comer pan de lágrimas y les has dado a beber lágrimas en abundancia.
80:6 Nos has hecho motivo de contienda para nuestros vecinos, y nuestros enemigos se ríen entre sí.
80:7 Oh Dios de los ejércitos, restáuranos;
   haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.
80:8 Sacaste una vid de Egipto;
   expulsaste a las naciones y la plantaste.
80:9 Despejaste el terreno delante de ella;
   echó raíces y llenó la tierra.
80:10 Las montañas quedaron cubiertas por su sombra, y los poderosos cedros, por sus ramas.
80:11 Extendió sus ramas hasta el mar y sus brotes hasta el río.
80:12 ¿Por qué has derribado sus cercas, de modo que todos los que pasan por el camino arrancan su fruto?
80:13 El jabalí del bosque la destroza, y los animales del campo se alimentan de ella.
80:14 Oh Dios de los ejércitos, vuelve, por favor;
   mira desde los cielos, observa y cuida de esta vid,
80:15 de la cepa que plantó tu mano derecha y del hijo que fortaleciste para ti.
80:16 Está quemada por el fuego y cortada.
   ¡Que perezcan ante la reprensión de tu rostro!
80:17 Que tu mano esté sobre el hombre de tu derecha, sobre el hijo de hombre que fortaleciste para ti.
80:18 Entonces no nos apartaremos de ti;
   danos vida, e invocaremos tu nombre.
80:19 SEÑOR, Dios de los ejércitos, restáuranos;
   haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.

Capítulo 81
Bondad de Dios y perversidad de Israel
Al músico principal; sobre Gitit. Salmo de Asaf.
81:1 Canten con alegría a Dios, nuestra fuerza;
   aclamen al Dios de Jacob.
81:2 Entonen un canto y toquen la pandereta, la dulce lira junto con el arpa.
81:3 Toquen el cuerno en la luna nueva y en la luna llena, el día de nuestra fiesta.
81:4 Porque es un estatuto para Israel, una ordenanza del Dios de Jacob.
81:5 Él lo estableció como testimonio en José cuando salió contra la tierra de Egipto.
   Oí un lenguaje que no conocía:
81:6 «Liberé su hombro de la carga;
   sus manos quedaron libres del cesto.
81:7 En la angustia me llamaste, y te rescaté;
   te respondí desde el escondite del trueno y te probé junto a las aguas de Meriba. Selah.

81:8 Escucha, pueblo mío, y te advertiré.
   ¡Israel, si tan solo me escucharas!
81:9 No haya en ti ningún dios extraño, ni te postres ante un dios extranjero.
81:10 Yo soy el SEÑOR tu Dios, que te hice subir de la tierra de Egipto.
   Abre bien tu boca, y yo la llenaré.
81:11 Pero mi pueblo no escuchó mi voz, e Israel no quiso obedecerme.
81:12 Por eso lo dejé a la obstinación de su corazón, para que anduviera según sus propios planes.
81:13 ¡Si mi pueblo me escuchara, si Israel anduviera en mis caminos!
81:14 Pronto sometería a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios.
81:15 Quienes odian al SEÑOR le rendirían una obediencia fingida, y su tiempo duraría para siempre.
81:16 Él lo alimentaría con lo mejor del trigo;
   y yo te saciaría con miel de la roca».

Capítulo 82
Amonestación contra los juicios injustos
Salmo de Asaf.
82:1 Dios se yergue en la asamblea de Dios;
   en medio de los dioses dicta juicio:
82:2 «¿Hasta cuándo juzgarán injustamente y favorecerán a los malvados? Selah.

82:3 Defiendan al débil y al huérfano;
   hagan justicia al afligido y al pobre.
82:4 Rescaten al débil y al necesitado;
   líbrenlos de la mano de los malvados.
82:5 No saben ni entienden;
   andan en la oscuridad.
   Todos los cimientos de la tierra se tambalean.
82:6 Yo dije: “Ustedes son dioses;
   todos ustedes son hijos del Altísimo”.
82:7 Sin embargo, morirán como los hombres y caerán como cualquiera de los gobernantes».
82:8 Levántate, oh Dios, juzga la tierra, porque tú tendrás por heredad a todas las naciones.

Capítulo 83
Plegaria pidiendo la destrucción de los enemigos de Israel
Cántico. Salmo de Asaf.
83:1 Oh Dios, no permanezcas en silencio;
   no calles ni te quedes quieto, oh Dios.
83:2 Mira, tus enemigos hacen tumulto, y quienes te odian levantan la cabeza.
83:3 Traman con astucia contra tu pueblo y conspiran contra tus protegidos.
83:4 Dicen: «Vengan, acabemos con ellos como nación, para que el nombre de Israel no vuelva a recordarse».
83:5 Porque conspiran de común acuerdo;
   han hecho un pacto contra ti:
83:6 las tiendas de Edom y los ismaelitas, Moab y los agarenos,
83:7 Gebal, Amón y Amalec, Filistea y los habitantes de Tiro.
83:8 También Asiria se ha unido a ellos;
   han prestado su fuerza a los hijos de Lot. Selah.

83:9 Haz con ellos como con Madián, como con Sísara y con Jabín junto al arroyo Cisón.
83:10 Fueron destruidos en Endor y se convirtieron en estiércol para el suelo.
83:11 Haz que sus nobles sean como Oreb y Zeeb, y todos sus príncipes, como Zeba y Zalmuna,
83:12 que dijeron: «Tomemos para nosotros los pastizales de Dios».
83:13 Dios mío, hazlos como cardos que ruedan, como paja delante del viento.
83:14 Como el fuego que consume un bosque y como la llama que incendia las montañas,
83:15 así persíguelos con tu tempestad y aterrorízalos con tu torbellino.
83:16 Llena sus rostros de deshonra, para que busquen tu nombre, SEÑOR.
83:17 Que sean avergonzados y aterrados para siempre;
   que sean humillados y perezcan.
83:18 Que sepan que tú, cuyo nombre es el SEÑOR, solo tú eres el Altísimo sobre toda la tierra.

Capítulo 84
Anhelo por la casa de Dios
Al músico principal; sobre Gitit. Salmo para los hijos de Coré.
84:1 ¡Qué amadas son tus moradas, SEÑOR de los ejércitos!
84:2 Mi alma anhela y hasta desfallece por los atrios del SEÑOR;
   mi corazón y mi cuerpo cantan de alegría al Dios vivo.
84:3 Hasta el gorrión ha encontrado una casa, y la golondrina, un nido donde poner a sus polluelos junto a tus altares, SEÑOR de los ejércitos, mi Rey y mi Dios.
84:4 Dichosos los que habitan en tu casa;
   te alaban sin cesar. Selah.

84:5 Dichosos los que encuentran su fuerza en ti y llevan en el corazón los caminos hacia tu presencia.
84:6 Al pasar por el valle de Baca, lo convierten en un lugar de manantiales;
   también la lluvia temprana lo cubre de bendiciones.
84:7 Van de fuerza en fuerza;
   cada uno se presenta ante Dios en Sión.
84:8 SEÑOR, Dios de los ejércitos, escucha mi oración;
   presta oído, Dios de Jacob. Selah.

84:9 Mira a nuestro escudo, oh Dios;
   contempla el rostro de tu ungido.
84:10 Porque un día en tus atrios es mejor que mil.
   Prefiero estar en el umbral de la casa de mi Dios antes que habitar en las tiendas de la maldad.
84:11 Porque el SEÑOR Dios es sol y escudo;
   el SEÑOR concede gracia y gloria.
   No niega ningún bien a quienes andan con integridad.
84:12 SEÑOR de los ejércitos, ¡dichoso el ser humano que confía en ti!

Capítulo 85
Súplica por la misericordia de Dios sobre Israel
Al músico principal. Salmo para los hijos de Coré.
85:1 SEÑOR, has mostrado favor a tu tierra;
   has restaurado el bienestar de Jacob.
85:2 Has perdonado la culpa de tu pueblo y has cubierto todos sus pecados. Selah.

85:3 Has contenido todo tu furor y te has apartado del ardor de tu ira.
85:4 Restáuranos, Dios de nuestra salvación;
   pon fin a tu enojo contra nosotros.
85:5 ¿Estarás enojado con nosotros para siempre?
   ¿Prolongarás tu ira de generación en generación?
85:6 ¿No volverás a darnos vida, para que tu pueblo se alegre en ti?
85:7 Muéstranos tu amor leal, SEÑOR, y concédenos tu salvación.
85:8 Escucharé lo que diga Dios, el SEÑOR, porque hablará paz a su pueblo y a sus fieles.
   Pero que no vuelvan a la necedad.
85:9 Ciertamente su salvación está cerca de quienes le temen, para que la gloria habite en nuestra tierra.
85:10 El amor leal y la verdad se han encontrado;
   la justicia y la paz se han besado.
85:11 La verdad brota de la tierra, y la justicia mira desde los cielos.
85:12 El SEÑOR también dará lo bueno, y nuestra tierra dará su cosecha.
85:13 La justicia irá delante de él y preparará un camino para sus pasos.

Capítulo 86
Oración al Dios compasivo
Oración de David.
86:1 Inclina tu oído, SEÑOR, y respóndeme, porque estoy afligido y necesitado.
86:2 Protege mi vida, porque soy fiel a ti;
   tú eres mi Dios, salva a tu siervo que confía en ti.
86:3 Ten piedad de mí, Señor, porque a ti clamo todo el día.
86:4 Alegra el alma de tu siervo, porque a ti, Señor, elevo mi alma.
86:5 Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, abundante en amor leal para todos los que te invocan.
86:6 Escucha mi oración, SEÑOR, y atiende a la voz de mis súplicas.
86:7 En el día de mi angustia te invocaré, porque tú me responderás.
86:8 Entre los dioses no hay nadie como tú, Señor, ni hay obras como las tuyas.
86:9 Todas las naciones que has hecho vendrán y se postrarán delante de ti, Señor, y glorificarán tu nombre.
86:10 Porque eres grande y haces maravillas;
   solo tú eres Dios.
86:11 Enséñame tu camino, SEÑOR, y andaré en tu verdad;
   dame un corazón sin divisiones para temer tu nombre.
86:12 Te daré gracias con todo mi corazón, Señor, Dios mío, y glorificaré tu nombre para siempre.
86:13 Porque grande es tu amor leal hacia mí, y has rescatado mi vida del Seol más profundo.
86:14 Oh Dios, los arrogantes se han levantado contra mí;
   una banda de violentos busca mi vida y no te tiene presente.
86:15 Pero tú, Señor, eres un Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en amor leal y verdad.
86:16 Vuélvete hacia mí y ten piedad de mí;
   da tu fuerza a tu siervo y salva al hijo de tu sierva.
86:17 Dame una señal de tu favor, para que quienes me odian la vean y se avergüencen, porque tú, SEÑOR, me has ayudado y consolado.

Capítulo 87
El privilegio de morar en Sion
A los hijos de Coré. Salmo. Cántico.
87:1 Su cimiento está en las montañas santas.
87:2 El SEÑOR ama las puertas de Sión más que todas las moradas de Jacob.
87:3 Se dicen cosas gloriosas de ti, ciudad de Dios. Selah.

87:4 «Mencionaré a Rahab y a Babilonia entre quienes me conocen;
   miren a Filistea y a Tiro, junto con Cus: este nació allí».
87:5 De Sión se dirá: «Este y aquel nacieron en ella», y el Altísimo mismo la establecerá.
87:6 El SEÑOR contará al inscribir a los pueblos: «Este nació allí». Selah.

87:7 Y cantarán y danzarán diciendo: «Todas mis fuentes están en ti».

Capítulo 88
Súplica por la liberación de la muerte
Cántico. Salmo para los hijos de Coré. Al músico principal; según «Mahalat le-anot». Masquil de Hemán el ezraíta.
88:1 SEÑOR, Dios de mi salvación, día y noche clamo delante de ti.
88:2 Que mi oración llegue a tu presencia;
   inclina tu oído a mi clamor.
88:3 Porque mi alma está colmada de males y mi vida se acerca al Seol.
88:4 Me cuentan entre quienes bajan a la fosa;
   soy como un hombre sin fuerzas,
88:5 abandonado entre los muertos, como los caídos que yacen en la tumba, a quienes ya no recuerdas y que han sido separados de tu mano.
88:6 Me has puesto en la fosa más profunda, en lugares oscuros, en los abismos.
88:7 Tu furor pesa sobre mí, y me has afligido con todas tus olas. Selah.

88:8 Has alejado de mí a mis conocidos;
   me has hecho repugnante para ellos.
   Estoy encerrado y no puedo salir.
88:9 Mis ojos se consumen por la aflicción.
   Cada día te invoco, SEÑOR;
   hacia ti extiendo mis manos.
88:10 ¿Harás maravillas por los muertos?
   ¿Se levantarán las sombras para darte gracias? Selah.

88:11 ¿Se contará en la tumba tu amor leal, o tu fidelidad en Abadón?
88:12 ¿Se conocerán tus maravillas en la oscuridad, o tu justicia en la tierra del olvido?
88:13 Pero yo clamo a ti, SEÑOR;
   por la mañana mi oración sale a tu encuentro.
88:14 ¿Por qué, SEÑOR, rechazas mi alma?
   ¿Por qué escondes de mí tu rostro?
88:15 Estoy afligido y al borde de la muerte desde mi juventud;
   he soportado tus terrores y estoy desconcertado.
88:16 Tu ardiente ira ha pasado sobre mí;
   tus terrores han acabado conmigo.
88:17 Me rodean como agua todo el día;
   todos juntos me cercan.
88:18 Has alejado de mí al amado y al amigo;
   mis conocidos son las tinieblas.

Capítulo 89
Pacto de Dios con David
Masquil de Etán ezraíta.
89:1 Cantaré para siempre los actos de amor leal del SEÑOR;
   con mi boca daré a conocer tu fidelidad de generación en generación.
89:2 Porque he dicho: «El amor leal será edificado para siempre;
   en los cielos afirmarás tu fidelidad».
89:3 «He hecho un pacto con mi elegido;
   he jurado a David, mi siervo:
89:4 “Estableceré tu descendencia para siempre y edificaré tu trono de generación en generación”». Selah.

89:5 Los cielos celebrarán tus maravillas, SEÑOR, y tu fidelidad en la asamblea de los santos.
89:6 Porque ¿quién en las alturas puede compararse con el SEÑOR?
   ¿Quién entre los hijos de los poderosos es semejante al SEÑOR?
89:7 Dios es muy temible en el consejo de los santos, más imponente que todos los que lo rodean.
89:8 SEÑOR, Dios de los ejércitos, ¿quién es poderoso como tú, Jah?
   Tu fidelidad te rodea.
89:9 Tú dominas la arrogancia del mar;
   cuando se levantan sus olas, tú las calmas.
89:10 Tú aplastaste a Rahab como a uno herido de muerte;
   con tu brazo fuerte dispersaste a tus enemigos.
89:11 Tuyos son los cielos, y tuya también la tierra;
   tú fundaste el mundo y todo lo que lo llena.
89:12 Tú creaste el norte y el sur;
   Tabor y Hermón cantan con alegría a tu nombre.
89:13 Tuyo es el brazo poderoso;
   fuerte es tu mano y elevada tu mano derecha.
89:14 La justicia y el derecho son la base de tu trono;
   el amor leal y la verdad van delante de ti.
89:15 Dichoso el pueblo que sabe aclamarte;
   andará, SEÑOR, a la luz de tu rostro.
89:16 En tu nombre se alegran todo el día y por tu justicia son enaltecidos.
89:17 Porque tú eres la gloria de su fuerza, y por tu favor se levanta nuestro poder.
89:18 Porque al SEÑOR pertenece nuestro escudo, y al Santo de Israel, nuestro rey.
89:19 Entonces hablaste en una visión a tus fieles y dijiste: «He puesto la ayuda sobre un guerrero;
   he levantado a un elegido de entre el pueblo.
89:20 He encontrado a David, mi siervo;
   con mi aceite santo lo he ungido.
89:21 Mi mano permanecerá firme con él, y mi brazo lo fortalecerá.
89:22 No lo oprimirá el enemigo ni lo afligirá el malvado.
89:23 Aplastaré a sus adversarios delante de él y golpearé a quienes lo odian.
89:24 Mi fidelidad y mi amor leal estarán con él, y por mi nombre se levantará su poder.
89:25 Pondré su mano sobre el mar y su mano derecha sobre los ríos.
89:26 Él me invocará: “Tú eres mi padre, mi Dios y la roca de mi salvación”.
89:27 También yo lo haré primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra.
89:28 Le conservaré mi amor leal para siempre, y mi pacto con él permanecerá firme.
89:29 Estableceré su descendencia para siempre y su trono mientras duren los cielos.
89:30 Si sus hijos abandonan mi ley y no andan según mis juicios,
89:31 si profanan mis estatutos y no guardan mis mandamientos,
89:32 castigaré su rebelión con vara y su culpa con azotes.
89:33 Pero no apartaré de él mi amor leal ni faltaré a mi fidelidad.
89:34 No profanaré mi pacto ni cambiaré lo que ha salido de mis labios.
89:35 Una vez he jurado por mi santidad;
   no le mentiré a David.
89:36 Su descendencia permanecerá para siempre, y su trono será como el sol delante de mí.
89:37 Como la luna, estará firme para siempre, un testigo fiel en las alturas». Selah.

89:38 Pero tú has rechazado y desechado a tu ungido;
   te has enfurecido contra él.
89:39 Has repudiado el pacto de tu siervo y has profanado su corona, arrojándola al suelo.
89:40 Has abierto brechas en todas sus cercas y has convertido sus fortalezas en ruinas.
89:41 Lo saquean todos los que pasan por el camino;
   se ha vuelto motivo de insulto para sus vecinos.
89:42 Has levantado la mano derecha de sus adversarios y has alegrado a todos sus enemigos.
89:43 También has vuelto atrás el filo de su espada y no lo has mantenido firme en la batalla.
89:44 Has puesto fin a su esplendor y has derribado su trono por tierra.
89:45 Has acortado los días de su juventud y lo has cubierto de vergüenza. Selah.

89:46 ¿Hasta cuándo, SEÑOR?
   ¿Te esconderás para siempre?
   ¿Arderá tu furor como el fuego?
89:47 Recuerda qué breve es mi vida.
   ¿Para qué has creado en vano a todos los seres humanos?
89:48 ¿Qué hombre vivirá sin ver la muerte?
   ¿Podrá rescatar su vida de la mano del Seol? Selah.

89:49 ¿Dónde están, Señor, tus antiguos actos de amor leal, que juraste a David por tu fidelidad?
89:50 Recuerda, Señor, la deshonra de tus siervos;
   llevo en mi pecho los insultos de todos los numerosos pueblos,
89:51 los insultos que han lanzado tus enemigos, SEÑOR, los insultos contra los pasos de tu ungido.
89:52 ¡Bendito sea el SEÑOR para siempre!
   Amén y amén.

Capítulo 90
LIBRO IV · Salmos 90–106
La eternidad de Dios y la transitoriedad del hombre
Oración de Moisés, varón de Dios.
90:1 Señor, tú has sido nuestra morada de generación en generación.
90:2 Antes de que nacieran las montañas y dieras a luz la tierra y el mundo, desde la eternidad y hasta la eternidad, tú eres Dios.
90:3 Haces volver al mortal al polvo y dices: «Vuelvan, seres humanos».
90:4 Porque mil años a tus ojos son como el día de ayer, que ya pasó, como una vigilia de la noche.
90:5 Arrastras a los mortales como una corriente;
   son como un sueño, como la hierba que brota por la mañana.
90:6 Por la mañana florece y crece;
   al atardecer se marchita y se seca.
90:7 Porque tu ira nos consume y tu furor nos aterra.
90:8 Has puesto nuestras culpas delante de ti, nuestros secretos a la luz de tu rostro.
90:9 Todos nuestros días pasan bajo tu indignación;
   terminamos nuestros años como un suspiro.
90:10 Los días de nuestra vida suman setenta años y, si hay fuerzas, ochenta;
   aun lo mejor de ellos es trabajo y dolor, porque pronto pasan, y volamos.
90:11 ¿Quién conoce el poder de tu ira y tu indignación conforme al temor que mereces?
90:12 Enséñanos a contar así nuestros días, para que alcancemos un corazón sabio.
90:13 ¡Vuelve, SEÑOR!
   ¿Hasta cuándo?
   Ten compasión de tus siervos.
90:14 Sácianos por la mañana con tu amor leal, para que cantemos con alegría y nos regocijemos todos nuestros días.
90:15 Danos alegría por tantos días como nos has afligido, por tantos años como hemos visto el mal.
90:16 Que tus siervos vean tu obra, y sus hijos, tu majestad.
90:17 Que el favor del Señor nuestro Dios esté sobre nosotros.
   Afirma para nosotros la obra de nuestras manos;
   sí, afirma la obra de nuestras manos.

Capítulo 91
Morando bajo la sombra del Omnipotente
91:1 El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Todopoderoso.
91:2 Diré al SEÑOR: «Mi refugio y mi fortaleza, mi Dios, en quien confío».
91:3 Porque él te librará de la trampa del cazador y de la peste destructora.
91:4 Con sus plumas te cubrirá, y bajo sus alas hallarás refugio.
   Su fidelidad es escudo y baluarte.
91:5 No temerás el terror de la noche ni la flecha que vuela de día,
91:6 ni la peste que anda en la oscuridad ni la destrucción que devasta al mediodía.
91:7 Caerán mil a tu lado y diez mil a tu derecha, pero a ti no se acercará.
91:8 Solo mirarás con tus ojos y verás la retribución de los malvados.
91:9 Porque al SEÑOR, mi refugio, al Altísimo, lo has hecho tu morada,
91:10 no te sobrevendrá ningún mal ni se acercará la plaga a tu tienda.
91:11 Porque a sus ángeles les dará órdenes acerca de ti, para que te guarden en todos tus caminos.
91:12 En sus manos te llevarán, para que tu pie no tropiece con una piedra.
91:13 Pisarás sobre el león y la cobra;
   aplastarás al león joven y a la serpiente.
91:14 «Porque en mí ha puesto su amor, yo lo libraré;
   lo pondré en alto, porque conoce mi nombre.
91:15 Me invocará, y yo le responderé;
   estaré con él en la angustia, lo rescataré y lo honraré.
91:16 Lo saciaré de larga vida y le mostraré mi salvación».

Capítulo 92
Alabanza por la bondad de Dios
Salmo. Cántico para el día de reposo.
92:1 Bueno es alabarte, oh SEÑOR, Y cantar salmos a tu nombre, oh Altísimo;
92:2 anunciar por la mañana tu misericordia y por las noches tu fidelidad,
92:3 con el instrumento de diez cuerdas y con el arpa, con la melodía de la lira.
92:4 Porque tú, SEÑOR, me has alegrado con tu obra;
   cantaré de júbilo por las obras de tus manos.
92:5 ¡Qué grandes son tus obras, SEÑOR!
   ¡Tus pensamientos son muy profundos!
92:6 El hombre insensato no sabe, y el necio no entiende esto:
92:7 cuando los malvados brotan como la hierba y florecen todos los que practican la maldad, es para que sean destruidos para siempre.
92:8 Pero tú, SEÑOR, eres excelso para siempre.
92:9 Porque he aquí tus enemigos, SEÑOR;
   porque he aquí tus enemigos perecerán.
   Todos los que practican la maldad serán dispersados.
92:10 Has levantado mi cuerno como el del toro salvaje;
   he sido ungido con aceite fresco.
92:11 Mi ojo ha visto a quienes me acechan;
   mis oídos oirán a los malvados que se levantan contra mí.
92:12 El justo florecerá como la palmera y crecerá como un cedro en el Líbano.
92:13 Plantados en la casa del SEÑOR, florecerán en los atrios de nuestro Dios.
92:14 Aun en la vejez darán fruto;
   estarán vigorosos y verdes,
92:15 para anunciar que el SEÑOR es recto;
   él es mi roca y no hay injusticia en él.

Capítulo 93
La majestad del SEÑOR
93:1 El SEÑOR reina, vestido de majestad;
   el SEÑOR se ha vestido de fuerza y se ha ceñido de poder.
   El mundo está firme y no será sacudido.
93:2 Tu trono está firme desde antiguo;
   tú existes desde la eternidad.
93:3 Los ríos han levantado, SEÑOR, los ríos han levantado su voz;
   los ríos levantan sus olas.
93:4 Más poderoso que el estruendo de aguas caudalosas, más poderoso que las olas del mar, es el SEÑOR en las alturas.
93:5 Tus testimonios son muy firmes;
   la santidad adorna tu casa, SEÑOR, por largos días.

Capítulo 94
Oración clamando por venganza
94:1 SEÑOR, Dios de las venganzas, Dios de las venganzas, ¡resplandece!
94:2 Levántate, Juez de la tierra;
   devuelve a los orgullosos su merecido.
94:3 ¿Hasta cuándo los malvados, SEÑOR, hasta cuándo los malvados se alegrarán?
94:4 Brota de ellos un hablar insolente;
   todos los que hacen el mal se jactan.
94:5 Aplastan a tu pueblo, SEÑOR, y afligen a tu heredad.
94:6 Matan a la viuda y al extranjero, y asesinan a los huérfanos.
94:7 Dicen: «Jah no ve, y el Dios de Jacob no se da cuenta».
94:8 Entiendan, necios del pueblo;
   insensatos, ¿cuándo actuarán con sabiduría?
94:9 El que hizo el oído, ¿no escuchará?
   El que formó el ojo, ¿no verá?
94:10 El que disciplina a las naciones, ¿no corregirá, él que enseña al ser humano el conocimiento?
94:11 El SEÑOR conoce los pensamientos humanos: son solo un soplo.
94:12 Dichoso el hombre a quien corriges, Jah, y a quien instruyes en tu ley,
94:13 para darle descanso de los días de aflicción, hasta que se cave una fosa para el malvado.
94:14 Porque el SEÑOR no rechazará a su pueblo ni abandonará su heredad.
94:15 El juicio volverá a la justicia, y todos los rectos de corazón lo seguirán.
94:16 ¿Quién se levantará por mí contra los malvados?
   ¿Quién se pondrá de mi parte contra quienes hacen el mal?
94:17 Si el SEÑOR no hubiera sido mi ayuda, pronto mi alma habría habitado en el silencio.
94:18 Cuando digo: «Mi pie resbala», tu amor leal, SEÑOR, me sostiene.
94:19 Cuando se multiplican las inquietudes en mi interior, tus consuelos alegran mi alma.
94:20 ¿Puede aliarse contigo un trono corrupto que causa daño amparándose en la ley?
94:21 Se unen contra la vida del justo y condenan a muerte al inocente.
94:22 Pero el SEÑOR se ha vuelto mi fortaleza, y mi Dios, la roca de mi refugio.
94:23 Él hará recaer sobre ellos su maldad y los destruirá por su propio mal;
   el SEÑOR nuestro Dios los destruirá.

Capítulo 95
Alabanza y llamado a escuchar a Dios
95:1 Vengan, cantemos con alegría al SEÑOR;
   aclamemos a la roca de nuestra salvación.
95:2 Vayamos a su presencia con acciones de gracias;
   aclamémoslo con cantos.
95:3 Porque el SEÑOR es un gran Dios, un gran Rey sobre todos los dioses.
95:4 En su mano están las profundidades de la tierra, y suyas son las cumbres de las montañas.
95:5 Suyo es el mar, porque él lo hizo;
   sus manos formaron la tierra firme.
95:6 Vengan, postrémonos e inclinémonos;
   arrodillémonos delante del SEÑOR, nuestro Hacedor.
95:7 Porque él es nuestro Dios, y nosotros, el pueblo de su prado, el rebaño de su mano.
   ¡Si hoy escucharan su voz!
95:8 «No endurezcan su corazón como en Meriba, como el día de Masah en el desierto,
95:9 donde sus padres me tentaron y me pusieron a prueba, aunque habían visto mi obra.
95:10 Durante cuarenta años sentí disgusto por aquella generación y dije: “Son un pueblo que se extravía de corazón y no ha conocido mis caminos”.
95:11 Por eso juré en mi ira que no entrarían en mi reposo».

Capítulo 96
Alabanza al Rey de toda la tierra
Texto relacionado: 1 Crónicas 16:23–33
96:1 Canten al SEÑOR un canto nuevo;
   canten al SEÑOR, habitantes de toda la tierra.
96:2 Canten al SEÑOR y bendigan su nombre;
   anuncien día tras día las buenas noticias de su salvación.
96:3 Cuenten su gloria entre las naciones y sus maravillas entre todos los pueblos.
96:4 Porque el SEÑOR es grande y muy digno de alabanza;
   es más temible que todos los dioses.
96:5 Todos los dioses de los pueblos son ídolos, pero el SEÑOR hizo los cielos.
96:6 El esplendor y la majestad están delante de él;
   la fuerza y la belleza están en su santuario.
96:7 Den al SEÑOR, familias de los pueblos, den al SEÑOR gloria y fuerza.
96:8 Den al SEÑOR la gloria de su nombre;
   traigan una ofrenda y entren en sus atrios.
96:9 Póstrense ante el SEÑOR en el esplendor de la santidad;
   tiemble ante él toda la tierra.
96:10 Digan entre las naciones: «El SEÑOR reina».
   El mundo está firme y no será sacudido;
   él juzgará a los pueblos con equidad.
96:11 Que se alegren los cielos y se regocije la tierra;
   que ruja el mar y todo lo que lo llena.
96:12 Que se alegre el campo y todo lo que hay en él;
   entonces todos los árboles del bosque cantarán de alegría
96:13 delante del SEÑOR, porque viene, porque viene a juzgar la tierra.
   Juzgará al mundo con justicia y a los pueblos con su fidelidad.

Capítulo 97
El dominio y el poder del SEÑOR
97:1 El SEÑOR reina;
   que se regocije la tierra y se alegren las numerosas costas.
97:2 Nubes y densa oscuridad lo rodean;
   la justicia y el derecho son la base de su trono.
97:3 El fuego va delante de él y abrasa a sus adversarios alrededor.
97:4 Sus relámpagos iluminaron el mundo;
   la tierra lo vio y tembló.
97:5 Las montañas se derritieron como cera ante el SEÑOR, ante el Señor de toda la tierra.
97:6 Los cielos anunciaron su justicia, y todos los pueblos vieron su gloria.
97:7 Que se avergüencen todos los que sirven a imágenes talladas y se jactan de los ídolos.
   ¡Póstrense ante él, todos los dioses!
97:8 Sión oyó y se alegró;
   las hijas de Judá se regocijaron por tus juicios, SEÑOR.
97:9 Porque tú, SEÑOR, eres el Altísimo sobre toda la tierra;
   estás muy exaltado sobre todos los dioses.
97:10 Ustedes que aman al SEÑOR, odien el mal.
   Él guarda la vida de sus fieles y los libra de la mano de los malvados.
97:11 La luz está sembrada para el justo, y la alegría, para los rectos de corazón.
97:12 Alégrense en el SEÑOR, justos, y den gracias al recordar su santidad.

Capítulo 98
Alabanza por la justicia de Dios
Salmo.
98:1 Canten al SEÑOR un canto nuevo, porque ha hecho maravillas;
   su mano derecha y su brazo santo le han dado la victoria.
98:2 El SEÑOR ha dado a conocer su salvación;
   ha revelado su justicia ante los ojos de las naciones.
98:3 Ha recordado su amor leal y su fidelidad hacia la casa de Israel;
   todos los confines de la tierra han visto la salvación de nuestro Dios.
98:4 Aclamen con alegría al SEÑOR, habitantes de toda la tierra;
   prorrumpan en gritos de gozo y canten alabanzas.
98:5 Canten alabanzas al SEÑOR con la lira, con la lira y con voz de canto.
98:6 Con trompetas y el sonido del cuerno, aclamen delante del Rey, el SEÑOR.
98:7 Que ruja el mar y todo lo que lo llena, el mundo y quienes habitan en él.
98:8 Que los ríos aplaudan y las montañas canten juntas de alegría
98:9 delante del SEÑOR, porque viene a juzgar la tierra.
   Juzgará al mundo con justicia y a los pueblos con equidad.

Capítulo 99
El Rey santo que ama la justicia
99:1 El SEÑOR reina;
   que tiemblen los pueblos.
   Está entronizado sobre los querubines;
   que se estremezca la tierra.
99:2 El SEÑOR es grande en Sión y está por encima de todos los pueblos.
99:3 Que den gracias a tu nombre grande y temible.
   ¡Él es santo!
99:4 El poder es del Rey que ama el derecho.
   Tú has establecido la equidad;
   tú has hecho justicia y derecho en Jacob.
99:5 Exalten al SEÑOR nuestro Dios y póstrense ante el estrado de sus pies.
   ¡Él es santo!
99:6 Moisés y Aarón estaban entre sus sacerdotes, y Samuel, entre quienes invocaban su nombre.
   Invocaban al SEÑOR, y él les respondía.
99:7 Les hablaba desde la columna de nube;
   guardaban sus testimonios y el estatuto que les había dado.
99:8 SEÑOR nuestro Dios, tú les respondías;
   fuiste para ellos un Dios perdonador, aunque castigabas sus acciones.
99:9 Exalten al SEÑOR nuestro Dios y póstrense ante su monte santo, porque el SEÑOR nuestro Dios es santo.

Capítulo 100
Exhortación a la gratitud
Salmo de alabanza.
100:1 Aclamen con alegría al SEÑOR, habitantes de toda la tierra.
100:2 Sirvan al SEÑOR con alegría;
   vengan a su presencia con cantos de gozo.
100:3 Sepan que el SEÑOR es Dios;
   él nos hizo, y le pertenecemos.
   Somos su pueblo, el rebaño de su prado.
100:4 Entren por sus puertas con acciones de gracias y por sus atrios con alabanza;
   denle gracias y bendigan su nombre.
100:5 Porque el SEÑOR es bueno;
   su amor leal permanece para siempre y su fidelidad, de generación en generación.

Capítulo 101
Promesa de vivir rectamente
Salmo de David.
101:1 Cantaré del amor leal y del derecho;
   a ti, SEÑOR, cantaré alabanzas.
101:2 Prestaré atención al camino íntegro.
   ¿Cuándo vendrás a mí?
   Dentro de mi casa andaré con un corazón íntegro.
101:3 No pondré delante de mis ojos ninguna cosa indigna;
   odio la conducta de quienes se desvían, y no se pegará a mí.
101:4 El corazón perverso se apartará de mí;
   no tendré trato con el mal.
101:5 Al que calumnia en secreto a su prójimo lo destruiré;
   no soportaré al de mirada altiva y corazón arrogante.
101:6 Mis ojos buscarán a los fieles de la tierra para que habiten conmigo;
   el que ande por un camino íntegro me servirá.
101:7 No habitará dentro de mi casa quien practique el engaño;
   el que diga mentiras no permanecerá delante de mis ojos.
101:8 Cada mañana destruiré a todos los malvados de la tierra, para eliminar de la ciudad del SEÑOR a todos los que hacen el mal.

Capítulo 102
Oración de un afligido
Oración de un afligido, cuando desfallece y derrama su lamento ante el SEÑOR.
102:1 SEÑOR, escucha mi oración;
   que mi clamor llegue hasta ti.
102:2 No escondas de mí tu rostro en el día de mi angustia;
   inclina hacia mí tu oído.
   El día que te invoque, apresúrate a responderme.
102:3 Porque mis días se desvanecen como humo y mis huesos arden como un fogón.
102:4 Mi corazón está herido y marchito como la hierba;
   hasta me olvido de comer mi pan.
102:5 Por tanto gemir, mis huesos se han pegado a mi carne.
102:6 Me parezco al pelícano del desierto;
   soy como un búho entre las ruinas.
102:7 Paso la noche en vela;
   soy como un pájaro solitario sobre el tejado.
102:8 Todo el día me insultan mis enemigos;
   los que se enfurecen contra mí usan mi nombre para maldecir.
102:9 Porque he comido ceniza como si fuera pan y he mezclado mi bebida con lágrimas,
102:10 a causa de tu indignación y tu furor, pues me has levantado y luego me has arrojado lejos.
102:11 Mis días son como una sombra que se alarga, y yo me seco como la hierba.
102:12 Pero tú, SEÑOR, permaneces entronizado para siempre;
   tu nombre será recordado de generación en generación.
102:13 Tú te levantarás y tendrás compasión de Sión, porque es tiempo de mostrarle favor;
   ha llegado el momento señalado.
102:14 Porque tus siervos aman sus piedras y sienten compasión por su polvo.
102:15 Las naciones temerán el nombre del SEÑOR, y todos los reyes de la tierra, tu gloria.
102:16 Porque el SEÑOR habrá reconstruido Sión y se habrá mostrado en su gloria.
102:17 Se habrá vuelto hacia la oración del desamparado y no habrá despreciado sus oraciones.
102:18 Que esto quede escrito para la generación venidera, y un pueblo aún por ser creado alabará a Jah.
102:19 Porque miró desde la altura de su santuario;
   el SEÑOR contempló desde los cielos la tierra,
102:20 para escuchar el gemido del cautivo y liberar a los condenados a muerte,
102:21 para que se proclame en Sión el nombre del SEÑOR y su alabanza en Jerusalén,
102:22 cuando los pueblos y los reinos se reúnan para servir al SEÑOR.
102:23 Él debilitó mi fuerza en el camino y acortó mis días.
102:24 Dije: «Dios mío, no me lleves en la mitad de mis días;
   tus años duran de generación en generación.
102:25 Desde antiguo fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos.
102:26 Ellos perecerán, pero tú permanecerás;
   todos se desgastarán como una prenda.
   Como un vestido los cambiarás, y serán cambiados.
102:27 Pero tú eres el mismo, y tus años no tendrán fin.
102:28 Los hijos de tus siervos habitarán seguros, y su descendencia quedará establecida delante de ti».

Capítulo 103
Alabanza por las bendiciones de Dios
Salmo de David.
103:1 Bendice al SEÑOR, alma mía;
   que todo mi interior bendiga su santo nombre.
103:2 Bendice al SEÑOR, alma mía, y no olvides ninguno de sus beneficios.
103:3 Él perdona todas tus culpas y sana todas tus enfermedades.
103:4 Rescata tu vida de la fosa y te corona de amor leal y compasión.
103:5 Te colma de bienes, y tu juventud se renueva como la del águila.
103:6 El SEÑOR realiza actos de justicia y defiende el derecho de todos los oprimidos.
103:7 Dio a conocer sus caminos a Moisés y sus hechos a los hijos de Israel.
103:8 El SEÑOR es compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en amor leal.
103:9 No acusará para siempre ni guardará su enojo eternamente.
103:10 No nos ha tratado conforme a nuestros pecados ni nos ha pagado conforme a nuestras culpas.
103:11 Porque tan alto como están los cielos sobre la tierra, así de grande es su amor leal hacia quienes le temen.
103:12 Tan lejos como está el este del oeste, así ha alejado de nosotros nuestras rebeliones.
103:13 Como un padre se compadece de sus hijos, el SEÑOR se compadece de quienes le temen.
103:14 Porque él conoce de qué estamos hechos;
   recuerda que somos polvo.
103:15 Los días del mortal son como la hierba;
   florece como una flor del campo.
103:16 El viento pasa sobre ella y desaparece;
   su lugar ya no la reconoce.
103:17 Pero el amor leal del SEÑOR está desde la eternidad y hasta la eternidad sobre quienes le temen, y su justicia alcanza a los hijos de sus hijos,
103:18 a los que guardan su pacto y recuerdan sus preceptos para cumplirlos.
103:19 El SEÑOR ha establecido su trono en los cielos, y su reino gobierna sobre todo.
103:20 Bendigan al SEÑOR, sus ángeles, poderosos en fuerza, que cumplen su palabra y obedecen la voz de su palabra.
103:21 Bendigan al SEÑOR, todos sus ejércitos, servidores suyos que hacen su voluntad.
103:22 Bendigan al SEÑOR, todas sus obras, en todos los lugares de su dominio.
   ¡Bendice al SEÑOR, alma mía!

Capítulo 104
Dios cuida de su creación
104:1 Bendice al SEÑOR, alma mía.
   SEÑOR, Dios mío, eres inmensamente grande;
   te has vestido de esplendor y majestad.
104:2 Él se envuelve de luz como de un manto y extiende los cielos como una cortina.
104:3 Coloca entre las aguas las vigas de sus aposentos altos;
   hace de las nubes su carro y camina sobre las alas del viento.
104:4 Hace de los vientos sus mensajeros y del fuego llameante sus servidores.
104:5 Fundó la tierra sobre sus bases;
   no será sacudida jamás.
104:6 La cubriste con el abismo como con un vestido;
   las aguas estaban por encima de las montañas.
104:7 Ante tu reprensión huyeron;
   al sonido de tu trueno se apresuraron.
104:8 Las montañas se elevaron y los valles descendieron al lugar que habías dispuesto para ellos.
104:9 Pusiste un límite que las aguas no cruzarán;
   no volverán a cubrir la tierra.
104:10 Él hace salir manantiales por los barrancos, y sus aguas corren entre las montañas.
104:11 Dan de beber a todos los animales del campo;
   los asnos salvajes sacian su sed.
104:12 Junto a ellos habitan las aves del cielo;
   hacen oír su canto entre las ramas.
104:13 Riega las montañas desde sus aposentos altos;
   la tierra se sacia del fruto de tus obras.
104:14 Hace brotar hierba para el ganado y plantas para el cultivo del ser humano, a fin de sacar alimento de la tierra:
104:15 vino que alegra el corazón del mortal, aceite que hace brillar el rostro y pan que fortalece su corazón.
104:16 Los árboles del SEÑOR quedan saciados, los cedros del Líbano que él plantó.
104:17 Allí anidan los pájaros;
   la cigüeña tiene su casa en los cipreses.
104:18 Las montañas altas son para las cabras monteses;
   las rocas son refugio para los damanes.
104:19 Hizo la luna para marcar los tiempos señalados;
   el sol conoce su ocaso.
104:20 Pones la oscuridad y llega la noche;
   en ella se mueven todos los animales del bosque.
104:21 Los leones jóvenes rugen por la presa y buscan de Dios su alimento.
104:22 Cuando sale el sol, se retiran y se echan en sus guaridas.
104:23 El ser humano sale a su trabajo, a sus labores hasta el atardecer.
104:24 ¡Qué numerosas son tus obras, SEÑOR!
   Todas las has hecho con sabiduría;
   la tierra está llena de tus criaturas.
104:25 Allí está el mar, grande y espacioso;
   en él se mueven seres sin número, animales pequeños y grandes.
104:26 Por él navegan los barcos, y allí está Leviatán, que formaste para que jugara en él.
104:27 Todos ellos esperan en ti para que les des su alimento a su debido tiempo.
104:28 Tú les das, y ellos recogen;
   abres tu mano, y quedan satisfechos de bienes.
104:29 Escondes tu rostro y se aterran;
   les retiras el aliento, mueren y vuelven a su polvo.
104:30 Envías tu Espíritu y son creados;
   renuevas la faz de la tierra.
104:31 Que la gloria del SEÑOR permanezca para siempre;
   que el SEÑOR se alegre en sus obras.
104:32 Él mira la tierra y ella tiembla;
   toca las montañas y humean.
104:33 Cantaré al SEÑOR mientras viva;
   cantaré alabanzas a mi Dios mientras exista.
104:34 Que mi meditación le sea agradable;
   yo me alegraré en el SEÑOR.
104:35 Que los pecadores desaparezcan de la tierra y los malvados dejen de existir.
   ¡Bendice al SEÑOR, alma mía!
   ¡Aleluya!

Capítulo 105
Maravillas del SEÑOR a favor de Israel
Texto relacionado: 1 Crónicas 16:7–22
105:1 Den gracias al SEÑOR e invoquen su nombre;
   den a conocer sus hechos entre los pueblos.
105:2 Cántenle, entonen alabanzas para él;
   hablen de todas sus maravillas.
105:3 Gloríense en su santo nombre;
   que se alegre el corazón de quienes buscan al SEÑOR.
105:4 Busquen al SEÑOR y su fuerza;
   busquen siempre su rostro.
105:5 Recuerden las maravillas que ha hecho, sus prodigios y los juicios de su boca,
105:6 ustedes, descendencia de Abraham, su siervo, hijos de Jacob, sus elegidos.
105:7 Él es el SEÑOR nuestro Dios;
   sus juicios alcanzan toda la tierra.
105:8 Recuerda para siempre su pacto, la palabra que ordenó para mil generaciones,
105:9 el pacto que hizo con Abraham y el juramento que hizo a Isaac.
105:10 Lo confirmó a Jacob como estatuto, a Israel como pacto eterno,
105:11 diciendo: «A ti te daré la tierra de Canaán como porción de la heredad de ustedes».
105:12 Cuando eran pocos en número, muy pocos, y extranjeros en ella,
105:13 anduvieron de nación en nación, de un reino a otro pueblo.
105:14 No permitió que nadie los oprimiera;
   por causa de ellos reprendió a reyes:
105:15 «No toquen a mis ungidos ni hagan daño a mis profetas».
105:16 Llamó al hambre sobre la tierra y quebró todo sustento de pan.
105:17 Envió delante de ellos a un hombre: José, que fue vendido como esclavo.
105:18 Le lastimaron los pies con grilletes y pusieron su cuello entre hierros,
105:19 hasta que llegó el momento de cumplirse su palabra;
   la declaración del SEÑOR lo puso a prueba.
105:20 El rey mandó soltarlo;
   el gobernante de los pueblos lo dejó en libertad.
105:21 Lo puso como señor de su casa y administrador de todas sus posesiones,
105:22 para encarcelar a sus funcionarios según su voluntad y enseñar sabiduría a sus ancianos.
105:23 Israel entró en Egipto;
   Jacob vivió como extranjero en la tierra de Cam.
105:24 Hizo a su pueblo muy fecundo y lo hizo más fuerte que sus adversarios.
105:25 Cambió el corazón de ellos para que odiaran a su pueblo y tramaran engaños contra sus siervos.
105:26 Envió a Moisés, su siervo, y a Aarón, a quien había elegido.
105:27 Ellos realizaron entre los egipcios las señales que él había ordenado y prodigios en la tierra de Cam.
105:28 Envió oscuridad, y todo se oscureció;
   no se rebelaron contra sus palabras.
105:29 Convirtió sus aguas en sangre e hizo morir sus peces.
105:30 Su tierra se llenó de ranas, hasta las habitaciones de sus reyes.
105:31 Habló, y llegaron enjambres de moscas y mosquitos por todo su territorio.
105:32 Les dio granizo en lugar de lluvia, llamas de fuego por su tierra.
105:33 Golpeó sus vides y sus higueras, y rompió los árboles de su territorio.
105:34 Habló, y llegaron langostas, langostas jóvenes sin número.
105:35 Devoraron toda planta de su tierra y comieron el fruto de su suelo.
105:36 Hirió a todos los primogénitos de su tierra, las primicias de todo su vigor.
105:37 Pero a ellos los sacó con plata y oro;
   entre sus tribus no hubo quien tropezara.
105:38 Egipto se alegró cuando salieron, porque el terror a ellos había caído sobre los egipcios.
105:39 Extendió una nube como cubierta y un fuego para alumbrar la noche.
105:40 El pueblo pidió, y él trajo codornices;
   los sació con pan del cielo.
105:41 Abrió una roca y brotó agua, que corrió como un río por los lugares resecos.
105:42 Porque recordó su palabra santa, dada a Abraham, su siervo.
105:43 Sacó a su pueblo con alegría, a sus elegidos con cantos de júbilo.
105:44 Les dio las tierras de las naciones, y heredaron el fruto del trabajo de los pueblos,
105:45 para que guardaran sus estatutos y observaran sus leyes.
   ¡Aleluya!

Capítulo 106
Confesión de Israel y misericordia de Dios
106:1 ¡Aleluya! Den gracias al SEÑOR, porque es bueno, porque su amor leal permanece para siempre.
106:2 ¿Quién puede expresar las hazañas del SEÑOR y hacer oír toda su alabanza?
106:3 Dichosos los que guardan el derecho, los que hacen justicia en todo momento.
106:4 Acuérdate de mí, SEÑOR, cuando muestres favor a tu pueblo;
   visítame con tu salvación,
106:5 para que vea el bienestar de tus elegidos, me alegre con la alegría de tu nación y me gloríe junto con tu heredad.
106:6 Hemos pecado como nuestros padres;
   hemos cometido injusticia y hemos actuado con maldad.
106:7 Nuestros padres en Egipto no comprendieron tus maravillas;
   no recordaron tus numerosos actos de amor leal y se rebelaron junto al mar, en el mar Rojo.
106:8 Pero él los salvó por causa de su nombre, para dar a conocer su poder.
106:9 Reprendió al mar Rojo y este se secó;
   los condujo por las profundidades como por un desierto.
106:10 Los salvó de la mano de quien los odiaba y los rescató de la mano del enemigo.
106:11 Las aguas cubrieron a sus adversarios;
   no quedó ni uno de ellos.
106:12 Entonces creyeron en sus palabras y cantaron su alabanza.
106:13 Pero pronto olvidaron sus obras;
   no esperaron su consejo.
106:14 Se entregaron a un deseo voraz en el desierto y pusieron a prueba a Dios en la tierra desolada.
106:15 Él les dio lo que pidieron, pero envió extenuación a sus vidas.
106:16 En el campamento tuvieron envidia de Moisés y de Aarón, el santo del SEÑOR.
106:17 La tierra se abrió y se tragó a Datán;
   se cerró sobre la compañía de Abiram.
106:18 Se encendió fuego entre su grupo, y la llama consumió a los malvados.
106:19 Hicieron un becerro en Horeb y se postraron ante una imagen de metal fundido.
106:20 Cambiaron su gloria por la figura de un buey que come hierba.
106:21 Olvidaron a Dios, su Salvador, que había hecho grandes cosas en Egipto,
106:22 maravillas en la tierra de Cam y hechos temibles junto al mar Rojo.
106:23 Él dijo que los destruiría;
   pero Moisés, su elegido, se puso en la brecha delante de él para apartar su furor y evitar que los destruyera.
106:24 Despreciaron la tierra deseable y no creyeron en su palabra.
106:25 Murmuraron en sus tiendas y no escucharon la voz del SEÑOR.
106:26 Entonces levantó su mano y juró que los haría caer en el desierto,
106:27 que haría caer a sus descendientes entre las naciones y los dispersaría por las tierras.
106:28 Se unieron a Baal-peor y comieron sacrificios ofrecidos a los muertos.
106:29 Lo irritaron con sus acciones, y una plaga irrumpió entre ellos.
106:30 Entonces Finees se levantó e intervino, y la plaga se detuvo.
106:31 Eso le fue contado como justicia, de generación en generación, para siempre.
106:32 También lo enojaron junto a las aguas de Meriba, y por causa de ellos le fue mal a Moisés.
106:33 Porque amargaron su espíritu, y él habló precipitadamente con sus labios.
106:34 No destruyeron a los pueblos que el SEÑOR les había indicado,
106:35 sino que se mezclaron con las naciones y aprendieron sus prácticas.
106:36 Sirvieron a sus ídolos, que se convirtieron en una trampa para ellos.
106:37 Sacrificaron a sus hijos y a sus hijas a los demonios.
106:38 Derramaron sangre inocente, la sangre de sus hijos y de sus hijas, a quienes sacrificaron a los ídolos de Canaán;
   la tierra quedó contaminada con sangre.
106:39 Se hicieron impuros con sus obras y se prostituyeron con sus acciones.
106:40 Entonces se encendió la ira del SEÑOR contra su pueblo, y aborreció su heredad.
106:41 Los entregó en manos de las naciones, y quienes los odiaban dominaron sobre ellos.
106:42 Sus enemigos los oprimieron y quedaron sometidos bajo su mano.
106:43 Muchas veces los libró, pero ellos persistieron en sus planes rebeldes y se hundieron por su culpa.
106:44 Sin embargo, vio su angustia cuando escuchó su clamor.
106:45 Recordó su pacto a favor de ellos y desistió conforme a la abundancia de su amor leal.
106:46 Hizo que todos los que los tenían cautivos sintieran compasión por ellos.
106:47 Sálvanos, SEÑOR nuestro Dios, y reúnenos de entre las naciones, para dar gracias a tu santo nombre y gloriarnos en tu alabanza.
106:48 ¡Bendito sea el SEÑOR, Dios de Israel, desde la eternidad y hasta la eternidad!
   Que todo el pueblo diga: «¡Amén!».
   ¡Aleluya!

Capítulo 107
LIBRO V · Salmos 107–150
Dios libra de la aflicción
107:1 Den gracias al SEÑOR, porque es bueno, porque su amor leal permanece para siempre.
107:2 Que lo digan los rescatados del SEÑOR, a quienes rescató de la mano del adversario
107:3 y reunió de las tierras, del este y del oeste, del norte y del mar.
107:4 Vagaron por el desierto, por un camino desolado;
   no encontraron una ciudad donde habitar.
107:5 Tenían hambre y sed;
   su alma desfallecía dentro de ellos.
107:6 Entonces clamaron al SEÑOR en su angustia, y él los libró de sus aflicciones.
107:7 Los condujo por un camino recto para llegar a una ciudad donde habitar.
107:8 Que den gracias al SEÑOR por su amor leal y por sus maravillas a favor de los seres humanos.
107:9 Porque ha saciado al alma sedienta y ha llenado de bienes al alma hambrienta.
107:10 Otros habitaban en oscuridad y sombra de muerte, prisioneros de la aflicción y del hierro,
107:11 porque se habían rebelado contra las palabras de Dios y habían despreciado el consejo del Altísimo.
107:12 Él humilló su corazón con trabajos penosos;
   tropezaron y no hubo quien los ayudara.
107:13 Entonces clamaron al SEÑOR en su angustia, y él los salvó de sus aflicciones.
107:14 Los sacó de la oscuridad y de la sombra de muerte, y rompió sus cadenas.
107:15 Que den gracias al SEÑOR por su amor leal y por sus maravillas a favor de los seres humanos.
107:16 Porque rompió las puertas de bronce e hizo pedazos las barras de hierro.
107:17 Los necios fueron afligidos por su conducta rebelde y por sus culpas.
107:18 Su alma rechazaba todo alimento, y se acercaron a las puertas de la muerte.
107:19 Entonces clamaron al SEÑOR en su angustia, y él los salvó de sus aflicciones.
107:20 Envió su palabra y los sanó;
   los rescató de sus fosas.
107:21 Que den gracias al SEÑOR por su amor leal y por sus maravillas a favor de los seres humanos.
107:22 Que ofrezcan sacrificios de gratitud y cuenten sus obras con cantos de alegría.
107:23 Los que se hacen a la mar en barcos y comercian en aguas caudalosas
107:24 han visto las obras del SEÑOR y sus maravillas en las profundidades.
107:25 Él habló y levantó un viento de tormenta que alzó las olas.
107:26 Subían a los cielos y bajaban a los abismos;
   su alma se derretía por la calamidad.
107:27 Daban tumbos y se tambaleaban como un borracho;
   toda su pericia se desvanecía.
107:28 Entonces clamaron al SEÑOR en su angustia, y él los sacó de sus aflicciones.
107:29 Transformó la tormenta en calma, y las olas se aquietaron.
107:30 Se alegraron de que todo estuviera en calma, y él los guio al puerto que deseaban.
107:31 Que den gracias al SEÑOR por su amor leal y por sus maravillas a favor de los seres humanos.
107:32 Que lo exalten en la asamblea del pueblo y lo alaben en la reunión de los ancianos.
107:33 Él convierte los ríos en desierto y los manantiales en tierra sedienta,
107:34 la tierra fértil en terreno salado, por la maldad de quienes la habitan.
107:35 Convierte el desierto en estanques de agua y la tierra reseca en manantiales.
107:36 Establece allí a los hambrientos, y fundan una ciudad donde habitar.
107:37 Siembran campos y plantan viñas que producen cosechas de fruto.
107:38 Él los bendice, se multiplican mucho y no deja disminuir su ganado.
107:39 Después menguan y son abatidos por la opresión, la desgracia y el dolor.
107:40 Él derrama desprecio sobre los nobles y los hace vagar por un yermo sin caminos.
107:41 Pero levanta al necesitado por encima de su aflicción y hace que las familias sean como rebaños.
107:42 Los rectos lo ven y se alegran;
   toda maldad cierra la boca.
107:43 ¿Quién es sabio?
   Que preste atención a estas cosas y considere los actos de amor leal del SEÑOR.

Capítulo 108
Petición de ayuda contra el enemigo
Cántico. Salmo de David.
Textos relacionados: Salmos 57:7–11; Salmos 60:5–12
108:1 Firme está mi corazón, oh Dios;
   cantaré y entonaré alabanzas con todo mi ser.
108:2 Despierten, arpa y lira;
   ¡despertaré el alba!
108:3 Te daré gracias entre los pueblos, SEÑOR, y te cantaré alabanzas entre las naciones.
108:4 Porque tu amor leal es grande por encima de los cielos, y tu verdad alcanza las nubes.
108:5 Sé exaltado por encima de los cielos, oh Dios;
   sea tu gloria sobre toda la tierra.
108:6 Para que tus amados sean librados, salva con tu mano derecha y respóndeme.
108:7 Dios ha hablado en su santidad: «Me alegraré;
   repartiré Siquem y mediré el valle de Sucot.
108:8 Mío es Galaad, mío es Manasés;
   Efraín es el casco de mi cabeza y Judá es mi cetro.
108:9 Moab es la vasija en que me lavo;
   sobre Edom arrojaré mi sandalia y sobre Filistea gritaré de triunfo».
108:10 ¿Quién me llevará a la ciudad fortificada?
   ¿Quién me guiará hasta Edom?
108:11 Oh Dios, ¿no nos has rechazado?
   Ya no sales, oh Dios, con nuestros ejércitos.
108:12 Danos ayuda contra el adversario, porque inútil es la salvación que ofrece el hombre.
108:13 Con Dios haremos proezas, y él pisoteará a nuestros adversarios.

Capítulo 109
Clamor de venganza
Al músico principal. Salmo de David.
109:1 Oh Dios, a quien alabo, no guardes silencio.
109:2 Porque han abierto contra mí una boca malvada y una boca engañosa;
   me han hablado con lengua mentirosa.
109:3 Me rodean con palabras de odio y me combaten sin motivo.
109:4 A cambio de mi amor me acusan, pero yo me entrego a la oración.
109:5 Me devuelven mal por bien y odio a cambio de mi amor.
109:6 Pon a un malvado sobre él, y que un acusador se coloque a su derecha.
109:7 Cuando sea juzgado, que salga culpable;
   que hasta su oración sea considerada pecado.
109:8 Que sus días sean pocos y otro tome su cargo.
109:9 Que sus hijos queden huérfanos y su mujer, viuda.
109:10 Que sus hijos anden vagando y mendiguen;
   que busquen sustento lejos de sus hogares en ruinas.
109:11 Que el acreedor se apodere de todo lo que tiene y extraños saqueen el fruto de su trabajo.
109:12 Que no tenga quien le muestre amor leal ni quien se compadezca de sus huérfanos.
109:13 Que su descendencia sea exterminada;
   que en la generación siguiente sea borrado su nombre.
109:14 Que la culpa de sus padres sea recordada ante el SEÑOR y no sea borrado el pecado de su madre.
109:15 Que estén siempre delante del SEÑOR y que él elimine de la tierra su recuerdo.
109:16 Porque no recordó mostrar amor leal, sino que persiguió al afligido, al necesitado y al quebrantado de corazón para darles muerte.
109:17 Amó la maldición, y esta vino sobre él;
   no quiso la bendición, y esta se alejó de él.
109:18 Se vistió de maldición como de una túnica;
   entró como agua en su interior y como aceite en sus huesos.
109:19 Que sea para él como un vestido que lo cubra, como un cinturón que lleve siempre ceñido.
109:20 Que este sea el pago del SEÑOR a mis acusadores y a quienes hablan mal contra mi vida.
109:21 Pero tú, Señor DIOS, actúa a mi favor por causa de tu nombre;
   líbrame, porque tu amor leal es bueno.
109:22 Porque estoy afligido y necesitado, y mi corazón está herido dentro de mí.
109:23 Me voy como una sombra que se alarga;
   soy sacudido como una langosta.
109:24 Mis rodillas flaquean por el ayuno, y mi cuerpo ha perdido su gordura.
109:25 Me he vuelto motivo de insulto para ellos;
   al verme, menean la cabeza.
109:26 Ayúdame, SEÑOR, Dios mío;
   sálvame conforme a tu amor leal.
109:27 Que sepan que esta es tu mano, que tú, SEÑOR, lo has hecho.
109:28 Que ellos maldigan, pero tú bendice;
   que se levanten y queden avergonzados, mientras tu siervo se alegra.
109:29 Que mis acusadores se vistan de deshonra y se cubran de vergüenza como de un manto.
109:30 Con mi boca daré muchas gracias al SEÑOR y lo alabaré en medio de la multitud.
109:31 Porque él se coloca a la derecha del necesitado para salvarlo de quienes condenan su vida.

Capítulo 110
El Rey y Sacerdote a la derecha de Dios
Salmo de David.
110:1 Declaración del SEÑOR a mi Señor: «Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos como estrado de tus pies».
110:2 El SEÑOR extenderá desde Sión el cetro de tu fuerza: ¡Domina en medio de tus enemigos!
110:3 Tu pueblo se ofrecerá voluntariamente el día de tu poder, en esplendores de santidad;
   desde el seno del alba tienes el rocío de tu juventud.
110:4 El SEÑOR ha jurado y no se retractará: «Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec».
110:5 El Señor está a tu derecha;
   aplastará reyes el día de su ira.
110:6 Juzgará entre las naciones y llenará la tierra de cadáveres;
   aplastará cabezas a lo largo de una vasta tierra.
110:7 Beberá del arroyo en el camino;
   por eso levantará la cabeza.

Capítulo 111
Dios cuida de su pueblo
Aleluya.
111:1 ¡Aleluya! Daré gracias al SEÑOR con todo el corazón, en el consejo de los rectos y en la asamblea.
111:2 Grandes son las obras del SEÑOR;
   las estudian todos los que se deleitan en ellas.
111:3 Su obra es esplendor y majestad, y su justicia permanece para siempre.
111:4 Ha hecho que sus maravillas sean recordadas;
   el SEÑOR es clemente y compasivo.
111:5 Da alimento a quienes le temen;
   recuerda su pacto para siempre.
111:6 Ha mostrado a su pueblo el poder de sus obras, al darle la heredad de las naciones.
111:7 Las obras de sus manos son verdad y derecho;
   todos sus preceptos son firmes,
111:8 sostenidos por siempre y para siempre, establecidos con verdad y rectitud.
111:9 Ha enviado redención a su pueblo y ha dispuesto su pacto para siempre;
   santo y temible es su nombre.
111:10 El temor del SEÑOR es el principio de la sabiduría;
   tienen buen entendimiento todos los que cumplen sus preceptos.
   Su alabanza permanece para siempre.

Capítulo 112
La dicha de quien teme al SEÑOR
Aleluya.
112:1 ¡Aleluya! Dichoso el hombre que teme al SEÑOR y se deleita mucho en sus mandamientos.
112:2 Su descendencia será poderosa en la tierra;
   la generación de los rectos será bendecida.
112:3 En su casa hay bienes y riquezas, y su justicia permanece para siempre.
112:4 En la oscuridad amanece luz para los rectos;
   él es clemente, compasivo y justo.
112:5 Le va bien al hombre que muestra favor y presta, que administra sus asuntos con justicia.
112:6 Porque jamás será sacudido;
   el justo será recordado para siempre.
112:7 No temerá las malas noticias;
   su corazón está firme, confiado en el SEÑOR.
112:8 Su corazón está seguro y no temerá, hasta que vea la derrota de sus adversarios.
112:9 Reparte y da a los necesitados;
   su justicia permanece para siempre, y su poder será levantado con honor.
112:10 El malvado lo verá y se irritará;
   rechinará los dientes y se consumirá.
   El deseo de los malvados perecerá.

Capítulo 113
Dios levanta al pobre
Aleluya.
113:1 ¡Aleluya! Alaben, siervos del SEÑOR;
   alaben el nombre del SEÑOR.
113:2 Que el nombre del SEÑOR sea bendecido desde ahora y para siempre.
113:3 Desde la salida del sol hasta su ocaso, sea alabado el nombre del SEÑOR.
113:4 El SEÑOR está por encima de todas las naciones;
   su gloria está por encima de los cielos.
113:5 ¿Quién es como el SEÑOR nuestro Dios, que se sienta en las alturas
113:6 y se inclina para mirar en los cielos y en la tierra?
113:7 Él levanta del polvo al débil y alza del basurero al necesitado,
113:8 para sentarlos con los nobles, con los nobles de su pueblo.
113:9 Hace que la estéril viva en su hogar como madre feliz de hijos.
   ¡Aleluya!

Capítulo 114
Las maravillas del éxodo
114:1 Cuando Israel salió de Egipto, la casa de Jacob de un pueblo de lengua extraña,
114:2 Judá se convirtió en su santuario, e Israel, en su dominio.
114:3 El mar lo vio y huyó;
   el Jordán se volvió atrás.
114:4 Las montañas saltaron como carneros, y las colinas, como corderos.
114:5 ¿Qué te sucede, mar, que huyes?
   ¿Y a ti, Jordán, que te vuelves atrás?
114:6 ¿Y a ustedes, montañas, que saltan como carneros, y a ustedes, colinas, como corderos?
114:7 ¡Tiembla, tierra, ante el Señor, ante el Dios de Jacob,
114:8 que convierte la roca en un estanque de agua y el pedernal en un manantial!

Capítulo 115
Dios y los ídolos
115:1 No a nosotros, SEÑOR, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu amor leal y por tu verdad.
115:2 ¿Por qué han de decir las naciones: «¿Dónde está ahora su Dios?»?
115:3 Nuestro Dios está en los cielos;
   ha hecho todo lo que ha querido.
115:4 Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de manos humanas.
115:5 Tienen boca, pero no hablan;
   tienen ojos, pero no ven.
115:6 Tienen oídos, pero no oyen;
   tienen nariz, pero no huelen.
115:7 Tienen manos, pero no palpan;
   tienen pies, pero no caminan;
   no emiten sonido con su garganta.
115:8 Como ellos serán quienes los hacen y todos los que confían en ellos.
115:9 Israel, confía en el SEÑOR;
   él es su ayuda y su escudo.
115:10 Casa de Aarón, confíen en el SEÑOR;
   él es su ayuda y su escudo.
115:11 Ustedes que temen al SEÑOR, confíen en el SEÑOR;
   él es su ayuda y su escudo.
115:12 El SEÑOR nos ha recordado y nos bendecirá;
   bendecirá a la casa de Israel y bendecirá a la casa de Aarón.
115:13 Bendecirá a quienes temen al SEÑOR, a pequeños y grandes.
115:14 Que el SEÑOR los haga crecer, a ustedes y a sus hijos.
115:15 Sean bendecidos por el SEÑOR, Hacedor de los cielos y de la tierra.
115:16 Los cielos son los cielos del SEÑOR, pero la tierra la ha dado a los seres humanos.
115:17 Los muertos no alaban a Jah, ni ninguno de los que bajan al silencio.
115:18 Pero nosotros bendeciremos a Jah desde ahora y para siempre.
   ¡Aleluya!

Capítulo 116
Acción de gracias por haber sido librado de la muerte
116:1 Amo al SEÑOR, porque escucha mi voz y mis súplicas.
116:2 Porque ha inclinado su oído hacia mí, lo invocaré mientras viva.
116:3 Me rodearon los lazos de la muerte y me alcanzaron las angustias del Seol;
   encontré aflicción y dolor.
116:4 Entonces invoqué el nombre del SEÑOR: «¡Por favor, SEÑOR, rescata mi vida!».
116:5 El SEÑOR es clemente y justo;
   nuestro Dios es compasivo.
116:6 El SEÑOR protege a los sencillos;
   yo estaba abatido y él me salvó.
116:7 Vuelve a tu descanso, alma mía, porque el SEÑOR ha sido bueno contigo.
116:8 Porque has rescatado mi vida de la muerte, mis ojos de las lágrimas y mis pies de la caída.
116:9 Caminaré delante del SEÑOR en las tierras de los vivientes.
116:10 Mantuve la fe cuando dije: «Estoy muy afligido».
116:11 Yo dije en mi alarma: «Todo ser humano es mentiroso».
116:12 ¿Qué devolveré al SEÑOR por todos sus beneficios hacia mí?
116:13 Levantaré la copa de la salvación e invocaré el nombre del SEÑOR.
116:14 Cumpliré ahora mis votos al SEÑOR delante de todo su pueblo.
116:15 Preciosa es a los ojos del SEÑOR la muerte de sus fieles.
116:16 Oh SEÑOR, ciertamente soy tu siervo;
   soy tu siervo, hijo de tu sierva.
   Tú has soltado mis ataduras.
116:17 Te ofreceré un sacrificio de gratitud e invocaré el nombre del SEÑOR.
116:18 Cumpliré ahora mis votos al SEÑOR delante de todo su pueblo,
116:19 en los atrios de la casa del SEÑOR, en medio de ti, Jerusalén.
   ¡Aleluya!

Capítulo 117
Todas las naciones alaben al SEÑOR
117:1 Alaben al SEÑOR, todas las naciones;
   exáltenlo, todos los pueblos.
117:2 Porque poderoso es su amor leal hacia nosotros, y la verdad del SEÑOR permanece para siempre.
   ¡Aleluya!

Capítulo 118
Acción de gracias por la salvación recibida del SEÑOR
118:1 Den gracias al SEÑOR, porque es bueno, porque su amor leal permanece para siempre.
118:2 Que Israel diga ahora: «Su amor leal permanece para siempre».
118:3 Que la casa de Aarón diga ahora: «Su amor leal permanece para siempre».
118:4 Que quienes temen al SEÑOR digan ahora: «Su amor leal permanece para siempre».
118:5 Desde la angustia invoqué a Jah;
   Jah me respondió y me puso en un lugar espacioso.
118:6 El SEÑOR está de mi parte;
   no temeré.
   ¿Qué puede hacerme el ser humano?
118:7 El SEÑOR está de mi parte entre quienes me ayudan;
   veré la derrota de quienes me odian.
118:8 Es mejor refugiarse en el SEÑOR que confiar en el ser humano.
118:9 Es mejor refugiarse en el SEÑOR que confiar en los nobles.
118:10 Todas las naciones me rodearon;
   en el nombre del SEÑOR las destruiré.
118:11 Me rodearon, sí, me rodearon;
   en el nombre del SEÑOR las destruiré.
118:12 Me rodearon como abejas, se apagaron como un fuego de espinos;
   en el nombre del SEÑOR las destruiré.
118:13 Me empujaste con fuerza para hacerme caer, pero el SEÑOR me ayudó.
118:14 Jah es mi fuerza y mi canto;
   él ha sido mi salvación.
118:15 Hay voz de alegría y de salvación en las tiendas de los justos: «La mano derecha del SEÑOR hace proezas.
118:16 La mano derecha del SEÑOR está en alto;
   la mano derecha del SEÑOR hace proezas».
118:17 No moriré, sino que viviré y contaré las obras de Jah.
118:18 Jah me ha disciplinado severamente, pero no me ha entregado a la muerte.
118:19 Ábranme las puertas de la justicia;
   entraré por ellas y daré gracias a Jah.
118:20 Esta es la puerta del SEÑOR;
   los justos entrarán por ella.
118:21 Te daré gracias porque me has respondido y has sido mi salvación.
118:22 La piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en la piedra angular.
118:23 Esto ha venido del SEÑOR y es maravilloso a nuestros ojos.
118:24 Este es el día que ha hecho el SEÑOR;
   regocijémonos y alegrémonos en él.
118:25 ¡Por favor, SEÑOR, salva ahora!
   ¡Por favor, SEÑOR, danos prosperidad ahora!
118:26 Bendito el que viene en el nombre del SEÑOR;
   desde la casa del SEÑOR los bendecimos.
118:27 El SEÑOR es Dios y nos ha dado luz.
   Aten el sacrificio de la fiesta con cuerdas hasta los cuernos del altar.
118:28 Tú eres mi Dios y te daré gracias;
   Dios mío, te exaltaré.
118:29 Den gracias al SEÑOR, porque es bueno, porque su amor leal permanece para siempre.

Capítulo 119
Excelencias de la ley de Dios
Alef
119:1 Dichosos los de conducta íntegra, los que andan en la ley del SEÑOR.
119:2 Dichosos los que guardan sus testimonios y lo buscan con todo el corazón.
119:3 Tampoco practican la maldad;
   andan en sus caminos.
119:4 Tú has ordenado que se guarden cuidadosamente tus preceptos.
119:5 ¡Ojalá mis caminos se afirmaran para guardar tus estatutos!
119:6 Entonces no me avergonzaría al prestar atención a todos tus mandamientos.
119:7 Te daré gracias con rectitud de corazón al aprender tus justos juicios.
119:8 Guardaré tus estatutos;
   no me abandones por completo.
Bet

119:9 ¿Cómo mantendrá puro su camino el joven?
   Guardándolo conforme a tu palabra.
119:10 Con todo mi corazón te he buscado;
   no me dejes desviarme de tus mandamientos.
119:11 En mi corazón he guardado tu palabra, para no pecar contra ti.
119:12 Bendito eres tú, SEÑOR;
   enséñame tus estatutos.
119:13 Con mis labios he relatado todos los juicios de tu boca.
119:14 Me he alegrado en el camino de tus testimonios como en toda riqueza.
119:15 Meditaré en tus preceptos y consideraré tus senderos.
119:16 Me deleitaré en tus estatutos;
   no olvidaré tu palabra.
Guímel

119:17 Trata con bondad a tu siervo, para que viva y guarde tu palabra.
119:18 Abre mis ojos para que contemple las maravillas de tu ley.
119:19 Soy forastero en la tierra;
   no me ocultes tus mandamientos.
119:20 Mi alma se consume anhelando tus juicios en todo tiempo.
119:21 Has reprendido a los soberbios, los malditos que se desvían de tus mandamientos.
119:22 Aparta de mí la deshonra y el desprecio, porque he guardado tus testimonios.
119:23 Hasta los príncipes se sentaron y hablaron contra mí, pero tu siervo medita en tus estatutos.
119:24 También tus testimonios son mi deleite y mis consejeros.
Dálet

119:25 Mi alma está pegada al polvo;
   dame vida conforme a tu palabra.
119:26 Te he contado mis caminos, y me has respondido;
   enséñame tus estatutos.
119:27 Hazme entender el camino de tus preceptos, y meditaré en tus maravillas.
119:28 Mi alma se deshace de tristeza;
   sostenme conforme a tu palabra.
119:29 Aparta de mí el camino de la mentira y concédeme por tu gracia tu ley.
119:30 He escogido el camino de la fidelidad;
   he puesto tus juicios delante de mí.
119:31 Me he aferrado a tus testimonios, SEÑOR;
   no me avergüences.
119:32 Correré por el camino de tus mandamientos, porque ensanchas mi corazón.
He

119:33 Enséñame, SEÑOR, el camino de tus estatutos, y lo guardaré hasta el fin.
119:34 Dame entendimiento, y guardaré tu ley;
   la cumpliré con todo el corazón.
119:35 Guíame por la senda de tus mandamientos, porque en ella me deleito.
119:36 Inclina mi corazón a tus testimonios y no a la ganancia deshonesta.
119:37 Aparta mis ojos de mirar lo vano;
   dame vida en tus caminos.
119:38 Confirma a tu siervo tu palabra, que lleva a temerte.
119:39 Aparta la deshonra que temo, porque tus juicios son buenos.
119:40 Mira cómo anhelo tus preceptos;
   dame vida por tu justicia.
Vau

119:41 Vengan a mí tus misericordias, SEÑOR, tu salvación conforme a tu palabra.
119:42 Así tendré qué responder al que me insulta, porque he confiado en tu palabra.
119:43 No quites por completo de mi boca la palabra de verdad, porque he esperado en tu juicio.
119:44 Guardaré tu ley siempre, por los siglos de los siglos.
119:45 Andaré en un lugar espacioso, porque he buscado tus preceptos.
119:46 Hablaré de tus testimonios delante de reyes y no me avergonzaré.
119:47 Me deleitaré en tus mandamientos, que he amado.
119:48 Alzaré mis manos hacia tus mandamientos, que he amado, y meditaré en tus estatutos.
Zain

119:49 Recuerda la palabra dada a tu siervo, en la que me has hecho esperar.
119:50 Este es mi consuelo en mi aflicción: que tu palabra me ha dado vida.
119:51 Los soberbios se han burlado mucho de mí, pero no me he apartado de tu ley.
119:52 He recordado tus juicios antiguos, SEÑOR, y he hallado consuelo.
119:53 La indignación se ha apoderado de mí a causa de los malvados que abandonan tu ley.
119:54 Tus estatutos han sido mis cánticos en la casa donde vivo como extranjero.
119:55 De noche he recordado tu nombre, SEÑOR, y he guardado tu ley.
119:56 Esto me ha sucedido porque he guardado tus preceptos.
Chet

119:57 Tú eres mi porción, SEÑOR;
   he dicho que guardaré tus palabras.
119:58 He suplicado tu favor con todo el corazón;
   ten misericordia de mí conforme a tu palabra.
119:59 He considerado mis caminos y he vuelto mis pies a tus testimonios.
119:60 Me apresuré y no tardé en guardar tus mandamientos.
119:61 Las cuerdas de los malvados me han rodeado, pero no he olvidado tu ley.
119:62 Me levanto a medianoche para darte gracias por tus justos juicios.
119:63 Soy compañero de todos los que te temen y de quienes guardan tus preceptos.
119:64 La tierra está llena de tu misericordia, SEÑOR;
   enséñame tus estatutos.
Tet

119:65 Has tratado bien a tu siervo, SEÑOR, conforme a tu palabra.
119:66 Enséñame buen juicio y conocimiento, porque he creído en tus mandamientos.
119:67 Antes de ser afligido, andaba extraviado;
   pero ahora guardo tu palabra.
119:68 Tú eres bueno y haces el bien;
   enséñame tus estatutos.
119:69 Los soberbios han forjado mentiras contra mí, pero yo guardaré tus preceptos con todo el corazón.
119:70 Su corazón se ha engrosado como la grasa, pero yo me deleito en tu ley.
119:71 Me ha hecho bien ser afligido, para que aprenda tus estatutos.
119:72 La ley de tu boca es mejor para mí que millones en oro y plata.
Yod

119:73 Tus manos me hicieron y me formaron;
   dame entendimiento para aprender tus mandamientos.
119:74 Los que te temen me verán y se alegrarán, porque he esperado en tu palabra.
119:75 Sé, SEÑOR, que tus juicios son justos y que con fidelidad me has afligido.
119:76 Que tu misericordia me consuele, conforme a la palabra dada a tu siervo.
119:77 Vengan a mí tus misericordias para que viva, porque tu ley es mi deleite.
119:78 Que se avergüencen los soberbios, porque me han agraviado con falsedad;
   yo meditaré en tus preceptos.
119:79 Vuelvan a mí los que te temen y los que conocen tus testimonios.
119:80 Sea íntegro mi corazón en tus estatutos, para que no me avergüence.
Caf

119:81 Mi alma desfallece esperando tu salvación;
   he puesto mi esperanza en tu palabra.
119:82 Mis ojos desfallecen por tu palabra;
   digo: «¿Cuándo me consolarás?».
119:83 Aunque estoy como un odre al humo, no he olvidado tus estatutos.
119:84 ¿Cuántos son los días de tu siervo?
   ¿Cuándo ejecutarás juicio contra quienes me persiguen?
119:85 Los soberbios me han cavado fosas;
   no proceden conforme a tu ley.
119:86 Todos tus mandamientos son dignos de confianza.
   Con falsedad me persiguen;
   ¡ayúdame!
119:87 Casi acabaron conmigo en la tierra, pero yo no abandoné tus preceptos.
119:88 Dame vida conforme a tu misericordia, y guardaré el testimonio de tu boca.
Lámed

119:89 Tu palabra, SEÑOR, permanece firme para siempre en los cielos.
119:90 De generación en generación es tu fidelidad;
   estableciste la tierra, y ella permanece.
119:91 Por tus juicios permanecen hasta hoy, porque todas las cosas son tus siervas.
119:92 Si tu ley no hubiera sido mi deleite, habría perecido en mi aflicción.
119:93 Jamás olvidaré tus preceptos, porque con ellos me has dado vida.
119:94 Tuyo soy; sálvame, porque he buscado tus preceptos.
119:95 Los malvados me han esperado para destruirme, pero yo consideraré tus testimonios.
119:96 He visto un límite a toda perfección;
   tu mandamiento es muy amplio.
Mem

119:97 ¡Cuánto amo tu ley!
   Todo el día es mi meditación.
119:98 Tus mandamientos me hacen más sabio que mis enemigos, porque siempre están conmigo.
119:99 He llegado a entender más que todos mis maestros, porque tus testimonios son mi meditación.
119:100 Tengo más entendimiento que los ancianos, porque he guardado tus preceptos.
119:101 He contenido mis pies de todo mal camino, para guardar tu palabra.
119:102 No me he apartado de tus juicios, porque tú me has enseñado.
119:103 ¡Qué dulce es tu palabra a mi paladar, más que la miel a mi boca!
119:104 De tus preceptos adquiero entendimiento;
   por eso aborrezco todo camino de mentira.
Nun

119:105 Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.
119:106 He jurado guardar tus justos juicios y lo cumpliré.
119:107 Estoy muy afligido;
   SEÑOR, dame vida conforme a tu palabra.
119:108 Acepta, por favor, SEÑOR, las ofrendas voluntarias de mi boca y enséñame tus juicios.
119:109 Mi vida está siempre en peligro, pero no he olvidado tu ley.
119:110 Los malvados me han tendido una trampa, pero no me he desviado de tus preceptos.
119:111 He tomado tus testimonios como herencia para siempre, porque son el gozo de mi corazón.
119:112 He inclinado mi corazón a cumplir tus estatutos para siempre, hasta el fin.
Sámec

119:113 Aborrezco a los de doble ánimo, pero amo tu ley.
119:114 Tú eres mi refugio y mi escudo;
   he esperado en tu palabra.
119:115 Apártense de mí, malhechores, y guardaré los mandamientos de mi Dios.
119:116 Sostenme conforme a tu palabra, y viviré;
   no me dejes avergonzado por mi esperanza.
119:117 Sostenme y seré salvo;
   prestaré siempre atención a tus estatutos.
119:118 Has rechazado a todos los que se desvían de tus estatutos, porque su astucia es falsedad.
119:119 Has eliminado como escoria a todos los malvados de la tierra;
   por eso amo tus testimonios.
119:120 Mi piel se eriza por temor de ti, y temo tus juicios.
Ayin

119:121 He practicado el derecho y la justicia;
   no me abandones a mis opresores.
119:122 Sé fiador de tu siervo para bien;
   no dejes que los soberbios me opriman.
119:123 Mis ojos desfallecen esperando tu salvación y tu justa palabra.
119:124 Trata a tu siervo conforme a tu misericordia y enséñame tus estatutos.
119:125 Soy tu siervo;
   dame entendimiento para que conozca tus testimonios.
119:126 Es tiempo de actuar, SEÑOR, pues han quebrantado tu ley.
119:127 Por eso amo tus mandamientos más que el oro, más que el oro fino.
119:128 Por eso considero rectos todos tus preceptos sobre todas las cosas, y aborrezco todo camino de mentira.
Pe

119:129 Tus testimonios son maravillosos;
   por eso mi alma los ha guardado.
119:130 La exposición de tus palabras ilumina y da entendimiento a los sencillos.
119:131 Abro la boca y jadeo, porque anhelo tus mandamientos.
119:132 Vuélvete a mí y ten misericordia de mí, como acostumbras con los que aman tu nombre.
119:133 Afirma mis pasos conforme a tu palabra y no dejes que ninguna maldad me domine.
119:134 Redímeme de la opresión humana, y guardaré tus preceptos.
119:135 Haz resplandecer tu rostro sobre tu siervo y enséñame tus estatutos.
119:136 Ríos de agua descienden de mis ojos, porque no guardan tu ley.
Tsade

119:137 Tú eres justo, SEÑOR, y rectos son tus juicios.
119:138 Has ordenado tus testimonios con justicia y gran fidelidad.
119:139 Mi celo me ha consumido, porque mis adversarios han olvidado tus palabras.
119:140 Tu palabra es sumamente pura, y tu siervo la ama.
119:141 Soy pequeño y despreciado, pero no he olvidado tus preceptos.
119:142 Tu justicia es justicia eterna, y tu ley es verdad.
119:143 La aflicción y la angustia me han alcanzado, pero tus mandamientos son mi deleite.
119:144 La justicia de tus testimonios es eterna;
   dame entendimiento y viviré.
Cof

119:145 He clamado con todo el corazón.
   Respóndeme, SEÑOR;
   guardaré tus estatutos.
119:146 A ti he clamado;
   sálvame, y guardaré tus testimonios.
119:147 Me anticipé al alba y clamé;
   he esperado en tu palabra.
119:148 Mis ojos se anticipan a las vigilias para meditar en tu palabra.
119:149 Escucha mi voz conforme a tu misericordia;
   SEÑOR, dame vida conforme a tu juicio.
119:150 Se acercan los que van tras la maldad;
   están lejos de tu ley.
119:151 Tú estás cerca, SEÑOR, y todos tus mandamientos son verdad.
119:152 Desde antiguo he sabido por tus testimonios que los has establecido para siempre.
Resh

119:153 Mira mi aflicción y líbrame, porque no he olvidado tu ley.
119:154 Defiende mi causa y redímeme;
   dame vida conforme a tu palabra.
119:155 Lejos de los malvados está la salvación, porque no han buscado tus estatutos.
119:156 Muchas son tus misericordias, SEÑOR;
   dame vida conforme a tus juicios.
119:157 Muchos son mis perseguidores y mis adversarios, pero no me he apartado de tus testimonios.
119:158 He visto a los desleales y he sentido repugnancia, porque no guardan tu palabra.
119:159 Mira que amo tus preceptos;
   SEÑOR, dame vida conforme a tu misericordia.
119:160 La suma de tu palabra es verdad, y cada uno de tus justos juicios es eterno.
Sin

119:161 Príncipes me han perseguido sin causa, pero mi corazón tiembla ante tu palabra.
119:162 Me alegro en tu palabra como quien halla un gran botín.
119:163 Aborrezco y detesto la mentira, pero amo tu ley.
119:164 Siete veces al día te alabo por tus justos juicios.
119:165 Gran paz tienen los que aman tu ley, y no hay tropiezo para ellos.
119:166 He esperado tu salvación, SEÑOR, y he cumplido tus mandamientos.
119:167 Mi alma ha guardado tus testimonios y los amo mucho.
119:168 He guardado tus preceptos y tus testimonios, porque todos mis caminos están delante de ti.
Tau

119:169 Llegue mi clamor ante ti, SEÑOR;
   dame entendimiento conforme a tu palabra.
119:170 Llegue mi súplica ante ti;
   líbrame conforme a tu palabra.
119:171 Mis labios rebosarán alabanza, porque me enseñas tus estatutos.
119:172 Mi lengua cantará tu palabra, porque todos tus mandamientos son justicia.
119:173 Que tu mano me ayude, porque he escogido tus preceptos.
119:174 He anhelado tu salvación, SEÑOR, y tu ley es mi deleite.
119:175 Que viva mi alma y te alabe;
   que tu juicio me ayude.
119:176 Me he extraviado como una oveja perdida;
   busca a tu siervo, porque no he olvidado tus mandamientos.

Capítulo 120
Plegaria ante el peligro de la lengua engañosa
Cántico gradual.
120:1 En mi angustia clamé al SEÑOR, y él me respondió.
120:2 SEÑOR, libra mi vida de los labios mentirosos y de la lengua engañosa.
120:3 ¿Qué recibirás y qué más se te dará, lengua engañosa?
120:4 Flechas afiladas de un guerrero y brasas de retama.
120:5 ¡Ay de mí, que vivo como extranjero en Mesec y habito entre las tiendas de Cedar!
120:6 Demasiado tiempo ha habitado mi alma con quienes odian la paz.
120:7 Yo busco la paz, pero cuando hablo, ellos quieren guerra.

Capítulo 121
El SEÑOR es tu guardador
Cántico gradual.
121:1 Alzaré mis ojos a los montes.
   ¿De dónde vendrá mi socorro?
121:2 Mi socorro viene del SEÑOR, Hacedor de los cielos y de la tierra.
121:3 No permitirá que tu pie resbale;
   no se adormecerá el que te guarda.
121:4 Mira, no se adormece ni duerme el que guarda a Israel.
121:5 El SEÑOR es quien te guarda;
   el SEÑOR es tu sombra a tu mano derecha.
121:6 El sol no te herirá de día ni la luna de noche.
121:7 El SEÑOR te guardará de todo mal;
   él guardará tu vida.
121:8 El SEÑOR guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre.

Capítulo 122
Oración por la paz de Jerusalén
Cántico gradual; de David.
122:1 Me alegré cuando me dijeron: «Vayamos a la casa del SEÑOR».
122:2 Nuestros pies están dentro de tus puertas, Jerusalén.
122:3 Jerusalén, edificada como una ciudad bien unida en todas sus partes,
122:4 adonde suben las tribus, las tribus de Jah, conforme al testimonio dado a Israel, para dar gracias al nombre del SEÑOR.
122:5 Porque allí están los tronos para el juicio, los tronos de la casa de David.
122:6 Pidan por la paz de Jerusalén;
   que vivan tranquilos quienes te aman.
122:7 Que haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios.
122:8 Por causa de mis hermanos y mis compañeros, diré: «Que haya paz en ti».
122:9 Por causa de la casa del SEÑOR nuestro Dios, buscaré tu bien.

Capítulo 123
Plegaria pidiendo misericordia
Cántico gradual.
123:1 Hacia ti levanto mis ojos, tú que estás entronizado en los cielos.
123:2 Como los ojos de los siervos miran la mano de sus señores, y los ojos de la sierva miran la mano de su señora, así nuestros ojos miran al SEÑOR nuestro Dios, hasta que tenga piedad de nosotros.
123:3 Ten piedad de nosotros, SEÑOR, ten piedad de nosotros, porque estamos colmados de desprecio.
123:4 Nuestra alma está demasiado harta de las burlas de quienes viven cómodamente y del desprecio de los arrogantes.

Capítulo 124
Alabanza por haber sido librado de los enemigos
Cántico gradual; de David.
124:1 Que Israel diga ahora: «Si el SEÑOR no hubiera estado de nuestra parte,
124:2 si el SEÑOR no hubiera estado de nuestra parte cuando los hombres se levantaron contra nosotros,
124:3 nos habrían tragado vivos al encenderse su ira contra nosotros.
124:4 Las aguas nos habrían arrastrado;
   el torrente habría pasado sobre nuestra vida.
124:5 Habrían pasado sobre nuestra vida las aguas impetuosas».
124:6 ¡Bendito sea el SEÑOR, que no nos entregó como presa a sus dientes!
124:7 Nuestra vida escapó como un pájaro de la trampa de los cazadores;
   la trampa se rompió y nosotros escapamos.
124:8 Nuestra ayuda está en el nombre del SEÑOR, Hacedor de los cielos y de la tierra.

Capítulo 125
Dios protege a su pueblo
Cántico gradual.
125:1 Los que confían en el SEÑOR son como el monte Sión, que no será sacudido y permanece para siempre.
125:2 Como las montañas rodean a Jerusalén, así el SEÑOR rodea a su pueblo desde ahora y para siempre.
125:3 Porque el cetro de la maldad no permanecerá sobre la heredad de los justos, para que los justos no extiendan sus manos a la injusticia.
125:4 Haz bien, SEÑOR, a los buenos y a los rectos de corazón.
125:5 Pero a quienes se desvían por sus caminos torcidos, el SEÑOR los llevará junto con los que hacen el mal.
   ¡Paz sobre Israel!

Capítulo 126
Oración por la restauración
Cántico gradual.
126:1 Cuando el SEÑOR restauró el bienestar de Sión, éramos como quienes sueñan.
126:2 Entonces nuestra boca se llenó de risa y nuestra lengua de cantos de alegría.
   Entonces se decía entre las naciones: «El SEÑOR ha hecho grandes cosas por ellos».
126:3 El SEÑOR ha hecho grandes cosas por nosotros;
   estamos alegres.
126:4 Restaura nuestro bienestar, SEÑOR, como los arroyos del Néguev.
126:5 Los que siembran con lágrimas cosecharán con cantos de alegría.
126:6 El que sale llorando, llevando la bolsa de semilla, volverá con cantos de alegría, llevando sus gavillas.

Capítulo 127
El cuidado de Dios en el trabajo y la familia
Cántico gradual; para Salomón.
127:1 Si el SEÑOR no construye la casa, en vano trabajan sus constructores;
   si el SEÑOR no guarda la ciudad, en vano vigila el guardián.
127:2 En vano se levantan temprano y se acuestan tarde, comiendo el pan de penosos esfuerzos;
   él da sueño a su amado.
127:3 Miren, los hijos son una heredad del SEÑOR;
   el fruto del vientre es una recompensa.
127:4 Como flechas en la mano de un guerrero son los hijos nacidos en la juventud.
127:5 Dichoso el hombre que llena de ellos su aljaba;
   no quedarán avergonzados cuando hablen con sus enemigos a la puerta.

Capítulo 128
La bendición de Dios en la familia y el pueblo
Cántico gradual.
128:1 Dichoso todo el que teme al SEÑOR y anda en sus caminos.
128:2 Comerás del trabajo de tus manos;
   serás dichoso y te irá bien.
128:3 Tu esposa será como una vid fecunda en el interior de tu casa;
   tus hijos, como brotes de olivo alrededor de tu mesa.
128:4 Mira, así será bendecido el hombre que teme al SEÑOR.
128:5 Que el SEÑOR te bendiga desde Sión;
   que veas el bienestar de Jerusalén todos los días de tu vida
128:6 y veas a los hijos de tus hijos.
   ¡Paz sobre Israel!

Capítulo 129
Plegaria pidiendo la destrucción de los enemigos de Sion
Cántico gradual.
129:1 Que Israel diga ahora: «Mucho me han oprimido desde mi juventud.
129:2 Mucho me han oprimido desde mi juventud, pero no han podido vencerme.
129:3 Sobre mi espalda araron los aradores;
   hicieron largos sus surcos.
129:4 El SEÑOR es justo;
   ha cortado las cuerdas de los malvados».
129:5 Que se avergüencen y retrocedan todos los que odian a Sión.
129:6 Que sean como la hierba de los tejados, que se seca antes de ser arrancada,
129:7 con la que el segador no llena su mano ni el que ata las gavillas llena sus brazos.
129:8 Que los que pasan no digan: «La bendición del SEÑOR sea sobre ustedes;
   los bendecimos en el nombre del SEÑOR».

Capítulo 130
Esperanza en que el SEÑOR dará redención
Cántico gradual.
130:1 Desde las profundidades he clamado a ti, SEÑOR.
130:2 Señor, escucha mi voz;
   que tus oídos estén atentos a la voz de mis súplicas.
130:3 Si tuvieras en cuenta las culpas, Jah, ¿quién, Señor, podría mantenerse en pie?
130:4 Pero en ti está el perdón, para que seas temido.
130:5 Espero en el SEÑOR;
   mi alma espera, y en su palabra he puesto mi esperanza.
130:6 Mi alma espera al Señor más que los centinelas al amanecer, más que los centinelas al amanecer.
130:7 Israel, espera en el SEÑOR, porque en el SEÑOR está el amor leal y en él hay abundante redención.
130:8 Él mismo redimirá a Israel de todas sus culpas.

Capítulo 131
Confiando en Dios como un niño
Cántico gradual; de David.
131:1 SEÑOR, mi corazón no es orgulloso ni mis ojos altivos;
   no ando tras grandezas ni tras cosas demasiado maravillosas para mí,
131:2 sino que he calmado y aquietado mi alma;
   como un niño destetado junto a su madre, como un niño destetado está mi alma dentro de mí.
131:3 Israel, espera en el SEÑOR desde ahora y para siempre.

Capítulo 132
La promesa a David y la elección de Sión
Cántico gradual.
132:1 Recuerda, SEÑOR, a David y todas sus aflicciones,
132:2 cómo juró al SEÑOR e hizo este voto al Poderoso de Jacob:
132:3 «No entraré en la tienda de mi casa ni subiré a mi cama;
132:4 no daré sueño a mis ojos ni descanso a mis párpados,
132:5 hasta que encuentre un lugar para el SEÑOR, una morada para el Poderoso de Jacob».
132:6 Miren, oímos de ella en Efrata;
   la encontramos en los campos del bosque.
132:7 Entremos en sus moradas;
   postrémonos ante el estrado de sus pies.
132:8 Levántate, SEÑOR, hacia tu lugar de descanso, tú y el arca de tu fuerza.
132:9 Que tus sacerdotes se vistan de justicia y tus fieles canten de alegría.
132:10 Por causa de David, tu siervo, no rechaces a tu ungido.
132:11 El SEÑOR juró a David una verdad de la que no se retractará: «Pondré en tu trono a uno del fruto de tu vientre.
132:12 Si tus hijos guardan mi pacto y los testimonios que les enseñaré, también sus hijos se sentarán en tu trono para siempre».
132:13 Porque el SEÑOR ha elegido a Sión;
   la ha deseado como morada suya:
132:14 «Este es mi lugar de descanso para siempre;
   aquí habitaré, porque la he deseado.
132:15 Bendeciré abundantemente sus provisiones;
   saciaré de pan a sus necesitados.
132:16 Vestiré de salvación a sus sacerdotes, y sus fieles cantarán con gran alegría.
132:17 Allí haré brotar el poder de David;
   he preparado una lámpara para mi ungido.
132:18 Vestiré de vergüenza a sus enemigos, pero sobre él resplandecerá su corona».

Capítulo 133
La bienaventuranza del amor fraternal
Cántico gradual; de David.
133:1 ¡Miren qué bueno y qué agradable es que los hermanos habiten juntos!
133:2 Es como el buen aceite sobre la cabeza, que baja por la barba, la barba de Aarón, y desciende hasta el cuello de sus vestiduras.
133:3 Es como el rocío de Hermón, que desciende sobre las montañas de Sión;
   porque allí el SEÑOR ha dispuesto la bendición: vida para siempre.

Capítulo 134
Alabanza nocturna y bendición desde Sión
Cántico gradual.
134:1 ¡Miren, bendigan al SEÑOR, todos los siervos del SEÑOR que permanecen de noche en la casa del SEÑOR!
134:2 Levanten sus manos hacia el santuario y bendigan al SEÑOR.
134:3 Que el SEÑOR te bendiga desde Sión, él que hizo los cielos y la tierra.

Capítulo 135
La grandeza del Señor y la vanidad de los ídolos
Aleluya.
135:1 ¡Aleluya! Alaben el nombre del SEÑOR;
   alaben, siervos del SEÑOR,
135:2 los que permanecen en la casa del SEÑOR, en los atrios de la casa de nuestro Dios.
135:3 ¡Aleluya! Porque el SEÑOR es bueno;
   canten alabanzas a su nombre, porque es agradable.
135:4 Porque Jah ha elegido para sí a Jacob, a Israel como su tesoro especial.
135:5 Yo sé que el SEÑOR es grande y que nuestro Señor está por encima de todos los dioses.
135:6 El SEÑOR ha hecho todo lo que ha querido, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos.
135:7 Hace subir las nubes desde los confines de la tierra;
   hace los relámpagos para la lluvia y saca el viento de sus depósitos.
135:8 Él hirió a los primogénitos de Egipto, tanto de los seres humanos como de los animales.
135:9 Envió señales y prodigios en medio de ti, Egipto, contra el faraón y todos sus siervos.
135:10 Hirió a muchas naciones y mató a reyes poderosos:
135:11 a Sehón, rey de los amorreos, a Og, rey de Basán, y a todos los reinos de Canaán.
135:12 Dio sus tierras como heredad, como heredad a Israel, su pueblo.
135:13 SEÑOR, tu nombre permanece para siempre;
   SEÑOR, tu recuerdo, de generación en generación.
135:14 Porque el SEÑOR hará justicia a su pueblo y tendrá compasión de sus siervos.
135:15 Los ídolos de las naciones son plata y oro, obra de manos humanas.
135:16 Tienen boca, pero no hablan;
   tienen ojos, pero no ven.
135:17 Tienen oídos, pero no escuchan;
   tampoco hay aliento en su boca.
135:18 Como ellos serán quienes los hacen y todos los que confían en ellos.
135:19 Casa de Israel, bendigan al SEÑOR;
   casa de Aarón, bendigan al SEÑOR.
135:20 Casa de Leví, bendigan al SEÑOR;
   ustedes que temen al SEÑOR, bendigan al SEÑOR.
135:21 Bendito sea desde Sión el SEÑOR, que habita en Jerusalén.
   ¡Aleluya!

Capítulo 136
Alabanza por la misericordia eterna del SEÑOR
136:1 Den gracias al SEÑOR, porque es bueno, porque su amor leal permanece para siempre.
136:2 Den gracias al Dios de los dioses, porque su amor leal permanece para siempre.
136:3 Den gracias al Señor de los señores, porque su amor leal permanece para siempre.
136:4 Al único que hace grandes maravillas, porque su amor leal permanece para siempre.
136:5 Al que hizo los cielos con sabiduría, porque su amor leal permanece para siempre.
136:6 Al que extendió la tierra sobre las aguas, porque su amor leal permanece para siempre.
136:7 Al que hizo las grandes lumbreras, porque su amor leal permanece para siempre.
136:8 El sol para gobernar el día, porque su amor leal permanece para siempre.
136:9 La luna y las estrellas para gobernar la noche, porque su amor leal permanece para siempre.
136:10 Al que hirió a Egipto en sus primogénitos, porque su amor leal permanece para siempre.
136:11 Y sacó a Israel de en medio de ellos, porque su amor leal permanece para siempre.
136:12 Con mano fuerte y brazo extendido, porque su amor leal permanece para siempre.
136:13 Al que dividió el mar Rojo en partes, porque su amor leal permanece para siempre.
136:14 E hizo pasar a Israel por en medio de él, porque su amor leal permanece para siempre.
136:15 Y arrojó al faraón y a su ejército en el mar Rojo, porque su amor leal permanece para siempre.
136:16 Al que condujo a su pueblo por el desierto, porque su amor leal permanece para siempre.
136:17 Al que hirió a grandes reyes, porque su amor leal permanece para siempre.
136:18 Y mató a reyes poderosos, porque su amor leal permanece para siempre.
136:19 A Sehón, rey de los amorreos, porque su amor leal permanece para siempre.
136:20 Y a Og, rey de Basán, porque su amor leal permanece para siempre.
136:21 Y dio sus tierras como heredad, porque su amor leal permanece para siempre.
136:22 Como heredad a Israel, su siervo, porque su amor leal permanece para siempre.
136:23 Él nos recordó en nuestro abatimiento, porque su amor leal permanece para siempre.
136:24 Y nos rescató de nuestros adversarios, porque su amor leal permanece para siempre.
136:25 Él da alimento a todo ser viviente, porque su amor leal permanece para siempre.
136:26 Den gracias al Dios de los cielos, porque su amor leal permanece para siempre.

Capítulo 137
Lamento de los cautivos en Babilonia
137:1 Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos y llorábamos al recordar a Sión.
137:2 En los sauces que había en medio de ella colgamos nuestras liras.
137:3 Porque allí nuestros captores nos pedían cantos, y quienes nos atormentaban nos pedían alegría: «¡Cántennos alguno de los cantos de Sión!».
137:4 ¿Cómo cantaremos el canto del SEÑOR en tierra extranjera?
137:5 Si te olvido, Jerusalén, que mi mano derecha olvide su destreza.
137:6 Que mi lengua se pegue al paladar si no te recuerdo, si no pongo a Jerusalén por encima de mi mayor alegría.
137:7 Recuerda, SEÑOR, contra los hijos de Edom el día de Jerusalén, cuando decían: «¡Arrásenla, arrásenla hasta sus cimientos!».
137:8 Hija de Babilonia, que serás devastada, dichoso quien te devuelva lo que tú nos has hecho.
137:9 Dichoso quien tome a tus pequeños y los estrelle contra la roca.

Capítulo 138
Acción de gracias por el favor del SEÑOR
Salmo de David.
138:1 Te daré gracias con todo mi corazón;
   delante de los dioses te cantaré alabanzas.
138:2 Me postraré hacia tu santo templo y daré gracias a tu nombre por tu amor leal y tu verdad, porque has engrandecido tu palabra por encima de todo tu nombre.
138:3 El día que clamé, me respondiste;
   me hiciste valiente y diste fuerza a mi alma.
138:4 Todos los reyes de la tierra te darán gracias, SEÑOR, porque habrán oído las palabras de tu boca.
138:5 Cantarán de los caminos del SEÑOR, porque grande es la gloria del SEÑOR.
138:6 Aunque el SEÑOR es excelso, mira al humilde y conoce de lejos al orgulloso.
138:7 Aunque camine en medio de la angustia, tú me darás vida;
   extenderás tu mano contra la ira de mis enemigos, y tu mano derecha me salvará.
138:8 El SEÑOR completará lo que hace por mí.
   SEÑOR, tu amor leal permanece para siempre;
   no abandones las obras de tus manos.

Capítulo 139
Omnipresencia y omnisciencia de Dios
Al músico principal. Salmo de David.
139:1 SEÑOR, me has examinado y me conoces.
139:2 Tú sabes cuándo me siento y cuándo me levanto;
   desde lejos entiendes mi pensamiento.
139:3 Examinas mi caminar y mi descanso, y conoces bien todos mis caminos.
139:4 Aún no está la palabra en mi lengua, y tú, SEÑOR, ya la conoces por completo.
139:5 Me rodeas por detrás y por delante, y has puesto tu mano sobre mí.
139:6 Este conocimiento es demasiado maravilloso para mí;
   es tan elevado que no puedo alcanzarlo.
139:7 ¿Adónde me iré de tu Espíritu?
   ¿Adónde huiré de tu presencia?
139:8 Si subo a los cielos, allí estás tú;
   si preparo mi lecho en el Seol, allí estás.
139:9 Si tomo las alas del alba y habito en el extremo del mar,
139:10 aun allí tu mano me guiará y tu mano derecha me sujetará.
139:11 Si digo: «Ciertamente la oscuridad me cubrirá y la luz a mi alrededor se volverá noche»,
139:12 ni siquiera la oscuridad será oscura para ti;
   la noche brillará como el día, pues la oscuridad es para ti como la luz.
139:13 Porque tú formaste mis entrañas y me tejiste en el vientre de mi madre.
139:14 Te daré gracias porque fui hecho de manera asombrosa y maravillosa;
   maravillosas son tus obras, y mi alma lo sabe muy bien.
139:15 Mi estructura no estaba oculta para ti cuando fui hecho en secreto y entretejido en las profundidades de la tierra.
139:16 Tus ojos vieron mi cuerpo aún sin formar;
   en tu libro estaban escritos todos los días que fueron formados, cuando aún no existía uno solo de ellos.
139:17 ¡Qué preciosos son para mí tus pensamientos, oh Dios!
   ¡Qué inmensa es su suma!
139:18 Si los contara, serían más que la arena;
   al despertar, todavía estoy contigo.
139:19 ¡Oh Dios, si dieras muerte al malvado!
   ¡Apártense de mí, hombres sanguinarios!
139:20 Hablan de ti con malicia;
   tus adversarios toman tu nombre en vano.
139:21 SEÑOR, ¿no odio a quienes te odian y siento repugnancia por quienes se levantan contra ti?
139:22 Los odio con odio completo;
   se han convertido en mis enemigos.
139:23 Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón;
   ponme a prueba y conoce mis inquietudes.
139:24 Mira si hay en mí un camino de perversidad y guíame por el camino eterno.

Capítulo 140
Súplica de protección contra los perseguidores
Al músico principal. Salmo de David.
140:1 Rescátame, SEÑOR, del hombre malvado;
   protégeme del hombre violento,
140:2 de quienes planean males en su corazón y cada día provocan guerras.
140:3 Afilan su lengua como serpientes;
   bajo sus labios hay veneno de víbora. Selah.

140:4 Guárdame, SEÑOR, de las manos del malvado;
   protégeme de los hombres violentos que planean hacer tropezar mis pasos.
140:5 Los orgullosos han ocultado una trampa para mí;
   han tendido cuerdas y una red al borde del sendero, y me han puesto lazos. Selah.

140:6 He dicho al SEÑOR: «Tú eres mi Dios;
   escucha, SEÑOR, la voz de mis súplicas».
140:7 Señor DIOS, fuerza de mi salvación, tú cubriste mi cabeza el día de la batalla.
140:8 No concedas, SEÑOR, los deseos del malvado;
   no hagas prosperar sus planes, para que no se enaltezcan. Selah.

140:9 Que la malicia de los labios de quienes me rodean cubra sus propias cabezas.
140:10 Que caigan sobre ellos brasas encendidas;
   que él los arroje al fuego, a fosas profundas de las que no se levanten.
140:11 Que el calumniador no se afirme en la tierra;
   que el mal persiga al hombre violento hasta derribarlo.
140:12 Sé que el SEÑOR defenderá la causa del afligido y hará justicia a los necesitados.
140:13 Ciertamente los justos darán gracias a tu nombre, y los rectos habitarán en tu presencia.

Capítulo 141
Oración a fin de ser guardado del mal
Salmo de David.
141:1 SEÑOR, te he invocado;
   apresúrate a venir a mí.
   Escucha mi voz cuando te invoco.
141:2 Que mi oración quede dispuesta como incienso delante de ti, y el alzar de mis manos, como la ofrenda de la tarde.
141:3 Pon, SEÑOR, una guardia a mi boca;
   vigila la puerta de mis labios.
141:4 No inclines mi corazón hacia nada malo, a practicar actos malvados con quienes hacen el mal;
   que no coma yo de sus manjares.
141:5 Que me golpee el justo: será amor leal;
   que me corrija: será aceite para mi cabeza, que mi cabeza no rechazará.
   Porque mi oración seguirá contra las maldades de ellos.
141:6 Cuando sus jueces sean arrojados por las laderas de la roca, escucharán mis palabras, porque son agradables.
141:7 Como cuando se ara y se abre la tierra, nuestros huesos han sido esparcidos a la boca del Seol.
141:8 Pero hacia ti miran mis ojos, Señor DIOS;
   en ti me he refugiado.
   No derrames mi vida.
141:9 Guárdame de la trampa que me han tendido y de los lazos de quienes hacen el mal.
141:10 Que los malvados caigan juntos en sus propias redes, mientras yo paso a salvo.

Capítulo 142
Súplica de un perseguido que busca refugio
Masquil de David. Oración que hizo cuando estaba en la cueva.
142:1 Con mi voz clamo al SEÑOR;
   con mi voz suplico al SEÑOR.
142:2 Derramo ante él mi queja;
   delante de él expongo mi angustia.
142:3 Cuando mi espíritu desfallece dentro de mí, tú conoces mi sendero.
   En el camino por donde ando han ocultado una trampa para mí.
142:4 Mira a mi derecha y observa: no hay quien se interese por mí.
   No me queda refugio;
   nadie cuida de mi vida.
142:5 He clamado a ti, SEÑOR;
   he dicho: «Tú eres mi refugio, mi porción en la tierra de los vivientes».
142:6 Atiende a mi clamor, porque estoy muy abatido;
   líbrame de mis perseguidores, porque son más fuertes que yo.
142:7 Saca mi vida de la prisión, para que dé gracias a tu nombre.
   Los justos me rodearán, porque tú me tratarás con bondad.

Capítulo 143
Súplica de liberación y dirección
Salmo de David.
143:1 SEÑOR, escucha mi oración y presta oído a mis súplicas;
   por tu fidelidad y tu justicia, respóndeme.
143:2 No entres en juicio con tu siervo, porque ningún ser viviente es justo delante de ti.
143:3 Porque el enemigo persigue mi vida;
   la ha aplastado contra el suelo y me ha hecho habitar en lugares oscuros, como los muertos de hace mucho tiempo.
143:4 Mi espíritu desfallece dentro de mí;
   en mi interior mi corazón está consternado.
143:5 Recuerdo los días antiguos;
   medito en toda tu obra y reflexiono en lo que han hecho tus manos.
143:6 Extiendo mis manos hacia ti;
   mi alma te anhela como tierra reseca. Selah.

143:7 Apresúrate a responderme, SEÑOR, porque mi espíritu se consume.
   No escondas de mí tu rostro, para que no sea como quienes bajan a la fosa.
143:8 Hazme oír por la mañana tu amor leal, porque en ti he confiado.
   Hazme conocer el camino por donde debo andar, porque hacia ti elevo mi alma.
143:9 Líbrame de mis enemigos, SEÑOR;
   en ti me escondo.
143:10 Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios;
   que tu buen Espíritu me guíe por tierra llana.
143:11 Por causa de tu nombre, SEÑOR, dame vida;
   por tu justicia, saca mi alma de la angustia.
143:12 Por tu amor leal, acaba con mis enemigos y destruye a todos los adversarios de mi vida, porque soy tu siervo.

Capítulo 144
Oración pidiendo socorro y prosperidad
Salmo de David.
144:1 Bendito sea el SEÑOR, mi roca, que adiestra mis manos para la batalla y mis dedos para la guerra.
144:2 Él es quien me muestra amor leal;
   es mi fortaleza, mi refugio elevado y mi libertador, mi escudo en quien me refugio;
   él somete a mi pueblo debajo de mí.
144:3 SEÑOR, ¿qué es el ser humano para que lo conozcas, el hijo del mortal para que lo tengas en cuenta?
144:4 El ser humano es como un soplo;
   sus días son como una sombra que pasa.
144:5 SEÑOR, inclina tus cielos y desciende;
   toca las montañas para que humeen.
144:6 Haz brillar relámpagos y dispérsalos;
   envía tus flechas y confúndelos.
144:7 Extiende tus manos desde lo alto;
   rescátame y líbrame de las aguas caudalosas, de la mano de los extranjeros,
144:8 cuya boca habla falsedad y cuya mano derecha es una mano de mentira.
144:9 Oh Dios, te cantaré un canto nuevo;
   con un arpa de diez cuerdas te cantaré alabanzas.
144:10 Tú das salvación a los reyes y rescatas a David, tu siervo, de la espada maligna.
144:11 Rescátame y líbrame de la mano de los extranjeros, cuya boca habla falsedad y cuya mano derecha es una mano de mentira.
144:12 Que nuestros hijos sean como plantas crecidas desde su juventud;
   nuestras hijas, como columnas de esquina talladas para un palacio.
144:13 Que nuestros graneros estén llenos y surtan toda clase de productos;
   que nuestros rebaños se multipliquen por millares y decenas de millares en nuestros campos.
144:14 Que nuestros bueyes estén bien cargados;
   que no haya brechas ni cautiverio ni gritos de alarma en nuestras plazas.
144:15 Dichoso el pueblo que vive así;
   dichoso el pueblo cuyo Dios es el SEÑOR.

Capítulo 145
Alabanza por la bondad y el poder de Dios
Salmo de alabanza; de David.
145:1 Te exaltaré, mi Dios y Rey, y bendeciré tu nombre por siempre y para siempre.
145:2 Cada día te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre y para siempre.
145:3 Grande es el SEÑOR y muy digno de alabanza;
   su grandeza es inescrutable.
145:4 Una generación celebrará tus obras ante otra y anunciará tus hazañas.
145:5 Meditaré en el esplendor glorioso de tu majestad y en tus obras maravillosas.
145:6 Hablarán de la fuerza de tus hechos temibles, y yo contaré tu grandeza.
145:7 Proclamarán el recuerdo de tu abundante bondad y cantarán con alegría tu justicia.
145:8 El SEÑOR es clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor leal.
145:9 El SEÑOR es bueno con todos, y su compasión está sobre todas sus obras.
145:10 Todas tus obras te darán gracias, SEÑOR, y tus fieles te bendecirán.
145:11 Hablarán de la gloria de tu reino y contarán tu poder,
145:12 para dar a conocer a los seres humanos sus hazañas y el esplendor glorioso de su reino.
145:13 Tu reino es un reino por todos los siglos, y tu dominio permanece de generación en generación.
145:14 El SEÑOR sostiene a todos los que caen y levanta a todos los encorvados.
145:15 Los ojos de todos esperan en ti, y tú les das su alimento a su debido tiempo.
145:16 Abres tu mano y satisfaces el deseo de todo ser viviente.
145:17 El SEÑOR es justo en todos sus caminos y leal en todas sus obras.
145:18 El SEÑOR está cerca de todos los que lo invocan, de todos los que lo invocan de verdad.
145:19 Cumple el deseo de quienes le temen;
   escucha su clamor y los salva.
145:20 El SEÑOR guarda a todos los que lo aman, pero destruirá a todos los malvados.
145:21 Mi boca proclamará la alabanza del SEÑOR;
   que todo ser humano bendiga su santo nombre por siempre y para siempre.

Capítulo 146
Alabanza por la justicia de Dios
Aleluya.
146:1 ¡Aleluya! Alaba al SEÑOR, alma mía.
146:2 Alabaré al SEÑOR mientras viva;
   cantaré alabanzas a mi Dios mientras exista.
146:3 No confíen en los nobles ni en el ser humano, en quien no hay salvación.
146:4 Exhala su aliento y vuelve a su tierra;
   ese mismo día perecen sus planes.
146:5 Dichoso quien tiene al Dios de Jacob como ayuda, cuya esperanza está en el SEÑOR su Dios,
146:6 que hizo los cielos y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y guarda la verdad para siempre.
146:7 Él hace justicia a los oprimidos y da pan a los hambrientos.
   El SEÑOR libera a los cautivos.
146:8 El SEÑOR abre los ojos de los ciegos;
   el SEÑOR levanta a los encorvados;
   el SEÑOR ama a los justos.
146:9 El SEÑOR guarda a los extranjeros, sostiene al huérfano y a la viuda, pero trastorna el camino de los malvados.
146:10 El SEÑOR reinará para siempre, tu Dios, Sión, de generación en generación.
   ¡Aleluya!

Capítulo 147
Alabanza por el favor de Dios hacia Jerusalén
147:1 ¡Aleluya! Porque es bueno cantar alabanzas a nuestro Dios;
   la alabanza es agradable y apropiada.
147:2 El SEÑOR reconstruye Jerusalén y reúne a los desterrados de Israel.
147:3 Sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas.
147:4 Determina el número de las estrellas y llama a todas por su nombre.
147:5 Grande es nuestro Señor y abundante en poder;
   su entendimiento no tiene límite.
147:6 El SEÑOR sostiene a los humildes y humilla a los malvados hasta el suelo.
147:7 Canten al SEÑOR con acciones de gracias;
   canten alabanzas a nuestro Dios con la lira.
147:8 Él cubre los cielos con nubes, prepara lluvia para la tierra y hace brotar hierba en las montañas.
147:9 Da su alimento a los animales y a las crías de los cuervos que claman.
147:10 No se deleita en la fuerza del caballo ni se complace en las piernas del hombre.
147:11 El SEÑOR se complace en quienes le temen, en quienes esperan en su amor leal.
147:12 Exalta al SEÑOR, Jerusalén;
   alaba a tu Dios, Sión.
147:13 Porque ha reforzado los cerrojos de tus puertas y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.
147:14 Da paz a tu territorio y te sacia con lo mejor del trigo.
147:15 Envía su mandato a la tierra;
   su palabra corre velozmente.
147:16 Da la nieve como lana y esparce la escarcha como ceniza.
147:17 Arroja su hielo como migas.
   ¿Quién puede mantenerse en pie ante su frío?
147:18 Envía su palabra y los derrite;
   hace soplar su viento y las aguas fluyen.
147:19 Declara su palabra a Jacob, sus estatutos y sus juicios a Israel.
147:20 No ha hecho así con ninguna otra nación;
   sus juicios no los han conocido.
   ¡Aleluya!

Capítulo 148
Exhortación a la creación, para que alabe al SEÑOR
Aleluya.
148:1 ¡Aleluya! Alaben al SEÑOR desde los cielos;
   alábenlo en las alturas.
148:2 Alábenlo, todos sus ángeles;
   alábenlo, todos sus ejércitos.
148:3 Alábenlo, sol y luna;
   alábenlo, todas las estrellas luminosas.
148:4 Alábenlo, cielos de los cielos, y aguas que están por encima de los cielos.
148:5 Que alaben el nombre del SEÑOR, porque él dio la orden y fueron creados.
148:6 Los estableció por siempre y para siempre;
   dio un decreto que no será quebrantado.
148:7 Alaben al SEÑOR desde la tierra, monstruos marinos y todos los abismos,
148:8 fuego y granizo, nieve y neblina, viento de tormenta que cumple su palabra,
148:9 montañas y todas las colinas, árboles frutales y todos los cedros,
148:10 animales salvajes y todo el ganado, seres que se arrastran y aves aladas,
148:11 reyes de la tierra y todos los pueblos, gobernantes y todos los jueces de la tierra,
148:12 jóvenes y también doncellas, ancianos junto con niños.
148:13 Que alaben el nombre del SEÑOR, porque solo su nombre es excelso;
   su esplendor está por encima de la tierra y de los cielos.
148:14 Él ha levantado el poder de su pueblo, motivo de alabanza para todos sus fieles, para los hijos de Israel, el pueblo cercano a él.
   ¡Aleluya!

Capítulo 149
Alabanza y juicio en la asamblea de los fieles
Aleluya.
149:1 ¡Aleluya! Canten al SEÑOR un canto nuevo;
   entonen su alabanza en la asamblea de sus fieles.
149:2 Que Israel se alegre en su Hacedor;
   que los hijos de Sión se regocijen en su Rey.
149:3 Que alaben su nombre con danza y le canten alabanzas con pandereta y lira.
149:4 Porque el SEÑOR se complace en su pueblo;
   adorna a los humildes con salvación.
149:5 Que sus fieles se regocijen con gloria y canten de alegría sobre sus camas.
149:6 Que las alabanzas de Dios estén en su garganta y una espada de dos filos en su mano,
149:7 para ejecutar venganza entre las naciones y castigos entre los pueblos,
149:8 para atar a sus reyes con cadenas y a sus nobles con grilletes de hierro,
149:9 para ejecutar en ellos el juicio escrito.
   Esto es un honor para todos sus fieles.
   ¡Aleluya!

Capítulo 150
Exhortación a alabar a Dios con instrumentos de música
Aleluya.
150:1 ¡Aleluya! Alaben a Dios en su santuario;
   alábenlo en el firmamento de su poder.
150:2 Alábenlo por sus hazañas;
   alábenlo conforme a su inmensa grandeza.
150:3 Alábenlo con el sonido del cuerno;
   alábenlo con arpa y lira.
150:4 Alábenlo con pandereta y danza;
   alábenlo con instrumentos de cuerda y flauta.
150:5 Alábenlo con címbalos sonoros;
   alábenlo con címbalos resonantes.
150:6 ¡Que todo lo que respira alabe a Jah!
   ¡Aleluya!

PROVERBIOS

Capítulo 1
Propósito y fundamento de la sabiduría
1:1 Proverbios de Salomón, hijo de David, rey de Israel:
1:2 para conocer la sabiduría y la disciplina, para comprender palabras de discernimiento;
1:3 para recibir instrucción en una conducta prudente, en justicia, derecho y equidad;
1:4 para dar prudencia a los ingenuos, conocimiento y discreción al joven.
1:5 Que el sabio escuche y aumente su saber, y el entendido adquiera dirección,
1:6 para comprender proverbios y figuras, las palabras de los sabios y sus enigmas.
1:7 El temor del SEÑOR es el principio del conocimiento;
   los necios desprecian la sabiduría y la disciplina.
El valor de la enseñanza de los padres

1:8 Escucha, hijo mío, la instrucción de tu padre y no abandones la enseñanza de tu madre,
1:9 porque serán una hermosa guirnalda para tu cabeza y collares para tu cuello.
Advertencia contra la violencia y la ganancia injusta

1:10 Hijo mío, si los pecadores quieren seducirte, no consientas.
1:11 Si dicen: «Ven con nosotros;
   tendamos una emboscada para derramar sangre, acechemos sin motivo al inocente;
1:12 devorémoslos vivos, como el Seol, enteros, como los que bajan a la fosa.
1:13 Encontraremos toda clase de riquezas preciosas y llenaremos nuestras casas de botín.
1:14 Echa tu suerte con nosotros;
   tendremos todos una sola bolsa»,
1:15 hijo mío, no sigas su camino;
   aparta tu pie de su senda,
1:16 porque sus pies corren hacia el mal y se apresuran a derramar sangre.
1:17 De nada sirve tender una red a la vista de cualquier ave;
1:18 pero ellos acechan su propia sangre y tienden una emboscada contra su propia vida.
1:19 Así son los caminos de todo el que busca ganancias injustas: estas les quitan la vida a quienes las poseen.
El llamado de la sabiduría y el peligro de rechazarlo

1:20 La sabiduría clama en las calles, alza su voz en las plazas;
1:21 llama en las esquinas bulliciosas y pronuncia sus palabras a la entrada de las puertas de la ciudad:
1:22 «¿Hasta cuándo, ingenuos, amarán la ingenuidad, los burladores se complacerán en la burla y los necios odiarán el conocimiento?
1:23 Vuélvanse ante mi corrección;
   entonces derramaré mi espíritu sobre ustedes y les daré a conocer mis palabras.
1:24 Porque llamé y se negaron a escuchar, extendí mi mano y nadie prestó atención;
1:25 desatendieron todos mis consejos y no quisieron mi corrección.
1:26 También yo me reiré de su desgracia, me burlaré cuando llegue lo que temen,
1:27 cuando lo que temen venga como una tormenta y su desgracia llegue como un torbellino, cuando caigan sobre ustedes angustia y aflicción.
1:28 Entonces me llamarán y no responderé;
   me buscarán con empeño y no me encontrarán.
1:29 Porque odiaron el conocimiento y no escogieron el temor del SEÑOR,
1:30 no quisieron mis consejos y despreciaron toda mi corrección,
1:31 comerán del fruto de su camino y se saciarán de sus propias intrigas.
1:32 Porque el extravío de los ingenuos los matará y la despreocupación de los necios los destruirá;
1:33 pero quien me escuche vivirá seguro, tranquilo y sin temor al mal».

Capítulo 2
La sabiduría forma y guarda el camino
2:1 Hijo mío, si recibes mis palabras y atesoras mis mandamientos contigo,
2:2 si prestas oído a la sabiduría e inclinas tu corazón al entendimiento;
2:3 si clamas por discernimiento y alzas tu voz por entendimiento,
2:4 si lo buscas como a la plata y lo procuras como a tesoros escondidos,
2:5 entonces comprenderás el temor del SEÑOR y encontrarás el conocimiento de Dios.
2:6 Porque el SEÑOR da sabiduría;
   de su boca vienen el conocimiento y el entendimiento.
2:7 Él reserva la sabiduría eficaz para los rectos;
   es escudo para quienes caminan con integridad,
2:8 pues guarda las sendas de la justicia y protege el camino de sus fieles.
2:9 Entonces comprenderás la justicia, el derecho y la equidad: todo buen camino.
2:10 Porque la sabiduría entrará en tu corazón y el conocimiento será grato a tu alma.
2:11 La discreción velará por ti y el entendimiento te protegerá,
Protección frente a las palabras y los caminos perversos

2:12 para librarte del mal camino, del hombre que habla perversidades,
2:13 de los que abandonan las sendas rectas para andar por caminos oscuros,
2:14 de los que se alegran de hacer el mal y se deleitan en la perversidad del mal,
2:15 cuyas sendas son torcidas y cuyos caminos se desvían.
La protección frente a la infidelidad

2:16 También te librarán de la mujer ajena, de la extraña que seduce con sus palabras,
2:17 que abandona al compañero de su juventud y olvida el pacto de su Dios.
2:18 Porque su casa se hunde hacia la muerte y sus caminos llevan a los muertos.
2:19 Ninguno de los que van a ella regresa ni vuelve a alcanzar las sendas de la vida.
El camino de los justos y su desenlace

2:20 Así andarás por el camino de los buenos y seguirás las sendas de los justos.
2:21 Porque los rectos habitarán la tierra y los íntegros permanecerán en ella;
2:22 pero los malvados serán eliminados de la tierra y los traidores serán arrancados de ella.

Capítulo 3
La confianza en Dios en cada aspecto de la vida
3:1 Hijo mío, no olvides mi enseñanza;
   que tu corazón guarde mis mandamientos,
3:2 porque te añadirán largos días, años de vida y paz.
3:3 Que el amor leal y la fidelidad no te abandonen;
   átalos a tu cuello, escríbelos en la tabla de tu corazón.
3:4 Así hallarás favor y buena estima ante Dios y ante los seres humanos.

3:5 Confía en el SEÑOR con todo tu corazón y no te apoyes en tu propio entendimiento.
3:6 Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus sendas.
3:7 No te consideres sabio a tus propios ojos;
   teme al SEÑOR y apártate del mal.
3:8 Esto será salud para tu cuerpo y alivio para tus huesos.
3:9 Honra al SEÑOR con tus bienes y con los primeros frutos de todas tus cosechas;
3:10 entonces tus graneros se llenarán de abundancia y tus lagares rebosarán de vino nuevo.

3:11 Hijo mío, no rechaces la disciplina del SEÑOR ni aborrezcas su corrección,
3:12 porque el SEÑOR corrige a quien ama, como un padre al hijo en quien se complace.
El valor incomparable de la sabiduría

3:13 Dichoso el que encuentra sabiduría, el que adquiere entendimiento,
3:14 porque su ganancia es mejor que la ganancia de la plata y su fruto es mejor que el oro fino.
3:15 Es más valiosa que las piedras preciosas;
   nada de lo que deseas se compara con ella.
3:16 En su mano derecha hay larga vida;
   en su izquierda, riquezas y honor.
3:17 Sus caminos son caminos agradables y todas sus sendas son paz.
3:18 Es árbol de vida para quienes se aferran a ella;
   dichosos los que la retienen.

3:19 El SEÑOR fundó la tierra con sabiduría;
   estableció los cielos con entendimiento.
3:20 Por su conocimiento se abrieron los abismos y las nubes destilan rocío.
Seguridad y descanso bajo el cuidado de Dios

3:21 Hijo mío, no pierdas de vista estas cosas;
   conserva la sabiduría eficaz y la discreción.
3:22 Serán vida para tu alma y adorno para tu cuello.
3:23 Entonces andarás seguro por tu camino y tu pie no tropezará.
3:24 Cuando te acuestes, no tendrás miedo;
   te acostarás y tu sueño será dulce.
3:25 No temas el terror repentino ni la devastación de los malvados cuando llegue,
3:26 porque el SEÑOR será tu confianza y evitará que tu pie quede atrapado.
La justicia en el trato con el prójimo

3:27 No niegues el bien a quien se le debe cuando esté en tu mano hacerlo.
3:28 No digas a tu prójimo: «Vete y vuelve;
   mañana te daré», cuando tienes contigo qué darle.
3:29 No trames el mal contra tu prójimo mientras vive confiado a tu lado.
3:30 No pleitees con nadie sin motivo, si no te ha hecho ningún daño.
3:31 No envidies al hombre violento ni escojas ninguno de sus caminos,
3:32 porque el SEÑOR detesta al perverso, pero comparte su intimidad con los rectos.
3:33 La maldición del SEÑOR está sobre la casa del malvado, pero él bendice el hogar de los justos.
3:34 Él se burla de los burladores, pero concede gracia a los humildes.
3:35 Los sabios heredarán honor, pero los necios recibirán deshonra.

Capítulo 4
La sabiduría transmitida de padres a hijos
4:1 Escuchen, hijos, la instrucción de un padre;
   presten atención para adquirir entendimiento,
4:2 porque les doy una buena enseñanza.
   No abandonen mi instrucción.
4:3 Cuando yo era hijo en casa de mi padre, tierno y único a los ojos de mi madre,
4:4 él me enseñaba y me decía: «Que tu corazón retenga mis palabras;
   guarda mis mandamientos y vivirás.
4:5 Adquiere sabiduría, adquiere entendimiento;
   no olvides las palabras de mi boca ni te apartes de ellas.
4:6 No abandones la sabiduría y ella te cuidará;
   ámala y ella te protegerá.
4:7 El comienzo de la sabiduría es este: adquiere sabiduría;
   y con todo lo que adquieras, adquiere entendimiento.
4:8 Tenla en alta estima y ella te enaltecerá;
   te honrará cuando la abraces.
4:9 Pondrá una hermosa guirnalda sobre tu cabeza y te entregará una corona espléndida».
Dos caminos y dos desenlaces

4:10 Escucha, hijo mío, y recibe mis palabras;
   así se multiplicarán los años de tu vida.
4:11 Te he enseñado el camino de la sabiduría y te he guiado por sendas rectas.
4:12 Cuando camines, tus pasos no tendrán obstáculos;
   si corres, no tropezarás.
4:13 Aférrate a la instrucción, no la sueltes;
   protégela, porque ella es tu vida.
4:14 No entres en la senda de los malvados ni avances por el camino de los malos.
4:15 Evítalo, no pases por él;
   apártate y sigue adelante.
4:16 Porque no duermen si no han hecho el mal;
   pierden el sueño si no han hecho caer a alguien.
4:17 Comen el pan de la maldad y beben el vino de la violencia.
4:18 Pero la senda de los justos es como la luz del amanecer, que brilla cada vez más hasta el pleno día.
4:19 El camino de los malvados es como la oscuridad;
   no saben con qué tropiezan.
El cuidado del corazón y la dirección de la vida

4:20 Hijo mío, presta atención a mis palabras;
   inclina tu oído a mis dichos.
4:21 No los pierdas de vista;
   guárdalos en lo profundo de tu corazón.
4:22 Porque son vida para quienes los encuentran y salud para todo su cuerpo.
4:23 Por encima de todo, guarda tu corazón, porque de él brota la vida.
4:24 Aparta de ti las palabras torcidas y aleja de tus labios la perversidad.
4:25 Que tus ojos miren de frente y tu mirada se dirija hacia lo que tienes delante.
4:26 Considera bien la senda de tus pies y que todos tus caminos sean firmes.
4:27 No te desvíes a la derecha ni a la izquierda;
   aparta tu pie del mal.

Capítulo 5
La seducción y el costo de la infidelidad
5:1 Hijo mío, presta atención a mi sabiduría;
   inclina tu oído a mi entendimiento,
5:2 para que conserves la discreción y tus labios guarden el conocimiento.
5:3 Porque los labios de la mujer ajena destilan miel y su paladar es más suave que el aceite;
5:4 pero al final es amarga como el ajenjo, afilada como una espada de dos filos.
5:5 Sus pies bajan hacia la muerte y sus pasos conducen al Seol.
5:6 No considera el sendero de la vida;
   sus caminos son inestables y ella no lo sabe.

5:7 Ahora, pues, hijos, escúchenme y no se aparten de las palabras de mi boca.
5:8 Mantén tu camino lejos de ella y no te acerques a la puerta de su casa,
5:9 para que no entregues a otros tu vigor ni tus años a alguien cruel;
5:10 para que los extraños no se sacien del fruto de tu fuerza ni tu esfuerzo vaya a la casa de un desconocido,
5:11 para que no gimas al final, cuando se consuman tu carne y tu cuerpo,
5:12 ni digas: «¡Cómo odié la disciplina y mi corazón despreció la corrección!
5:13 No escuché la voz de mis maestros ni presté oído a quienes me instruían.
5:14 Estuve al borde de la ruina total, en medio de la asamblea y de la congregación».
La alegría y la fidelidad del matrimonio

5:15 Bebe el agua de tu propia cisterna, el agua que fluye de tu propio pozo.
5:16 ¿Han de derramarse tus manantiales por fuera, tus corrientes de agua por las plazas?
5:17 Que sean solo para ti, sin compartirlas con extraños.
5:18 Que tu fuente sea bendita y alégrate con la esposa de tu juventud,
5:19 cierva amorosa y gacela graciosa.
   Que sus pechos te satisfagan en todo tiempo;
   embriágate siempre de su amor.
5:20 ¿Por qué, hijo mío, has de embriagarte con una mujer ajena y abrazar el seno de una extraña?
La responsabilidad delante de Dios

5:21 Porque los caminos del hombre están ante los ojos del SEÑOR y él examina todas sus sendas.
5:22 Al malvado lo atrapan sus propias maldades;
   queda sujeto por las cuerdas de su pecado.
5:23 Morirá por falta de disciplina;
   se extraviará por su enorme necedad.

Capítulo 6
Cómo afrontar una garantía imprudente
6:1 Hijo mío, si has salido fiador por tu prójimo, si has dado tu mano en garantía a un extraño,
6:2 si te has enredado con las palabras de tu boca, si has quedado atrapado con las palabras de tu boca,
6:3 haz esto, hijo mío, y líbrate, pues has caído en manos de tu prójimo: ve, humíllate e insiste ante él.
6:4 No concedas sueño a tus ojos ni descanso a tus párpados.
6:5 Escapa como la gacela de la mano del cazador, como el ave de la mano de quien tiende trampas.
Diligencia y previsión frente a la pereza

6:6 Ve a la hormiga, perezoso;
   observa sus caminos y hazte sabio.
6:7 Aunque no tiene jefe, ni supervisor ni gobernante,
6:8 prepara en el verano su alimento y reúne durante la cosecha su comida.
6:9 ¿Hasta cuándo seguirás acostado, perezoso?
   ¿Cuándo te levantarás de tu sueño?
6:10 Un poco de dormir, un poco de dormitar, un poco de cruzar las manos para descansar,
6:11 y tu pobreza llegará como un asaltante, y tu escasez, como un hombre armado.
El engaño que destruye la convivencia

6:12 El hombre vil, el hombre malvado, anda con palabras torcidas;
6:13 guiña los ojos, hace señas con los pies e indica con los dedos.
6:14 Hay perversidad en su corazón;
   trama el mal en todo momento y siembra discordia.
6:15 Por eso le llegará la desgracia de repente;
   en un instante será quebrantado, sin remedio.
Siete conductas que corrompen la convivencia

6:16 Seis cosas odia el SEÑOR, y siete le resultan abominables:
6:17 los ojos arrogantes, la lengua mentirosa, las manos que derraman sangre inocente,
6:18 el corazón que trama planes perversos, los pies que se apresuran a correr hacia el mal,
6:19 el testigo falso que exhala mentiras y el que siembra discordia entre hermanos.
La enseñanza que protege la fidelidad matrimonial

6:20 Hijo mío, guarda el mandamiento de tu padre y no abandones la enseñanza de tu madre.
6:21 Átalos siempre a tu corazón;
   enlázalos a tu cuello.
6:22 Cuando camines, te guiarán;
   cuando te acuestes, velarán por ti;
   cuando despiertes, hablarán contigo.
6:23 Porque el mandamiento es lámpara y la enseñanza es luz;
   las correcciones de la disciplina son camino de vida,
6:24 para guardarte de la mujer malvada, de la lengua seductora de la extraña.
6:25 No codicies su belleza en tu corazón ni dejes que te cautive con sus miradas.
6:26 Porque por una prostituta uno queda reducido a un pedazo de pan, pero la mujer casada va a la caza de una vida preciosa.

6:27 ¿Puede un hombre recoger fuego contra su pecho sin que se le queme la ropa?
6:28 ¿Puede un hombre caminar sobre brasas sin quemarse los pies?
6:29 Así le sucede al que se acuesta con la esposa de su prójimo: ninguno que la toque quedará sin castigo.
6:30 No se desprecia al ladrón que roba para saciar su apetito cuando tiene hambre;
6:31 pero, si lo descubren, deberá devolver siete veces lo robado, aunque entregue todos los bienes de su casa.
6:32 El que comete adulterio con una mujer carece de juicio;
   quien lo hace se destruye a sí mismo.
6:33 Heridas y deshonra encontrará, y su vergüenza no se borrará.
6:34 Porque los celos encienden la furia del marido y no tendrá compasión el día de la venganza.
6:35 No aceptará compensación alguna ni consentirá, aunque multipliques los regalos.

Capítulo 7
La sabiduría frente a la seducción
7:1 Hijo mío, guarda mis palabras y atesora mis mandamientos contigo.
7:2 Guarda mis mandamientos y vivirás;
   guarda mi enseñanza como a la niña de tus ojos.
7:3 Átalos a tus dedos;
   escríbelos en la tabla de tu corazón.
7:4 Di a la sabiduría: «Tú eres mi hermana», y llama al entendimiento tu pariente,
7:5 para que te guarden de la mujer ajena, de la extraña que seduce con sus palabras.
El joven que se acerca a una relación infiel

7:6 Porque desde la ventana de mi casa miraba a través de la celosía,
7:7 y vi entre los ingenuos, distinguí entre los muchachos, a un joven falto de juicio.
7:8 Pasaba por la calle, cerca de la esquina de ella, y caminaba hacia su casa,
7:9 al atardecer, al caer el día, en la oscuridad profunda de la noche.
7:10 Entonces le salió al encuentro una mujer, vestida de prostituta y de corazón astuto.
7:11 Era bulliciosa y rebelde;
   sus pies no permanecían en su casa.
7:12 Ya en la calle, ya en las plazas, acechaba en cada esquina.
La promesa engañosa de una noche sin peligro

7:13 Lo agarró, lo besó y con descaro le dijo:
7:14 «Tenía que ofrecer sacrificios de paz;
   hoy he cumplido mis votos.
7:15 Por eso he salido a encontrarte;
   te he buscado con empeño y te he encontrado.
7:16 He cubierto mi lecho con colchas, con telas labradas de lino de Egipto.
7:17 He perfumado mi cama con mirra, áloes y canela.
7:18 Ven, embriaguémonos de amor hasta la mañana;
   disfrutemos de las caricias.
7:19 Porque mi marido no está en casa;
   se ha ido de viaje lejos.
7:20 Se llevó una bolsa de dinero y volverá a casa para la luna llena».
7:21 Lo convenció con su mucha persuasión, lo sedujo con la suavidad de sus labios.
7:22 De inmediato él la siguió, como un buey que va al matadero, como un necio encadenado que va al castigo,
7:23 hasta que una flecha le atraviesa el hígado;
   como un ave que se precipita a la trampa sin saber que le costará la vida.
Una advertencia para guardar el corazón

7:24 Ahora, pues, hijos, escúchenme;
   presten atención a las palabras de mi boca.
7:25 No se desvíe tu corazón hacia sus caminos;
   no te extravíes por sus sendas.
7:26 Porque a muchos ha hecho caer muertos, y son numerosos todos los que ha matado.
7:27 Su casa es camino al Seol;
   desciende a las cámaras de la muerte.

Capítulo 8
El llamado público y verdadero de la sabiduría
8:1 ¿No llama la sabiduría y alza su voz el entendimiento?
8:2 Se sitúa en la cima de las alturas, junto al camino, donde se cruzan las sendas.
8:3 Junto a las puertas, a la entrada de la ciudad, en el acceso a sus puertas, clama:
8:4 «A ustedes, hombres, los llamo;
   mi voz se dirige a los hijos de los hombres.
8:5 Aprendan prudencia, ingenuos;
   y ustedes, necios, aprendan a tener juicio.
8:6 Escuchen, porque hablaré cosas nobles;
   al abrir mis labios diré lo que es recto.
8:7 Mi boca pronuncia la verdad y mis labios detestan la maldad.
8:8 Todas las palabras de mi boca son justas;
   no hay en ellas nada torcido ni perverso.
8:9 Todas son claras para el entendido y rectas para quienes encuentran conocimiento.
8:10 Reciban mi instrucción en vez de plata, y conocimiento antes que oro escogido.
8:11 Porque la sabiduría es mejor que las piedras preciosas;
   nada de lo deseable se compara con ella.
Sabiduría para vivir y gobernar con justicia

8:12 Yo, la sabiduría, habito con la prudencia y encuentro conocimiento y discreción.
8:13 El temor del SEÑOR es odiar el mal.
   Odio el orgullo y la arrogancia, el mal camino y la boca perversa.
8:14 Míos son el consejo y la sabiduría eficaz;
   yo soy el entendimiento y mío es el poder.
8:15 Por mí reinan los reyes y los gobernantes dictan lo que es justo.
8:16 Por mí gobiernan los príncipes y los nobles, todos los que juzgan con justicia.
8:17 Yo amo a quienes me aman, y quienes me buscan con empeño me encontrarán.
La riqueza que sigue caminos justos

8:18 Conmigo están las riquezas y el honor, la fortuna duradera y la justicia.
8:19 Mi fruto es mejor que el oro, que el oro puro;
   mi ganancia, mejor que la plata escogida.
8:20 Ando por la senda de la justicia, por en medio de los caminos del derecho,
8:21 para dar bienes en herencia a quienes me aman y llenar sus tesoros.
La sabiduría y el gozo de la creación

8:22 El SEÑOR me poseyó al principio de su camino, antes de sus obras de antaño.
8:23 Desde la eternidad fui establecida, desde el principio, antes de los orígenes de la tierra.
8:24 Cuando no había abismos, fui dada a luz;
   cuando no había manantiales abundantes en agua.
8:25 Antes de que se asentaran los montes, antes de las colinas, fui dada a luz,
8:26 cuando aún no había hecho la tierra ni los campos, ni el primer polvo del mundo.
8:27 Cuando él estableció los cielos, allí estaba yo;
   cuando trazó un círculo sobre la superficie del abismo,
8:28 cuando afirmó las nubes en lo alto, cuando se afianzaron las fuentes del abismo,
8:29 cuando puso al mar su límite para que las aguas no traspasaran su mandato, cuando señaló los cimientos de la tierra,
8:30 yo estaba junto a él como artífice;
   era su deleite día tras día, regocijándome siempre en su presencia,
8:31 regocijándome en su mundo habitado;
   mi deleite estaba con los hijos de los hombres.
La respuesta que conduce a la vida

8:32 Ahora, pues, hijos, escúchenme: dichosos los que guardan mis caminos.
8:33 Escuchen la instrucción y sean sabios;
   no la desatiendan.
8:34 Dichoso el que me escucha, velando día tras día a mis puertas, esperando junto a los postes de mi entrada.
8:35 Porque quien me encuentra halla la vida y obtiene el favor del SEÑOR.
8:36 Pero quien peca contra mí daña su propia vida;
   todos los que me odian aman la muerte».

Capítulo 9
Dos invitaciones y dos destinos
9:1 La sabiduría ha construido su casa;
   ha labrado sus siete columnas.
9:2 Ha sacrificado sus animales, ha mezclado su vino y también ha preparado su mesa.
9:3 Ha enviado a sus criadas y clama desde los lugares más altos de la ciudad:
9:4 «Quien sea ingenuo, que entre aquí».
   Al falto de juicio le dice:
9:5 «Vengan, coman de mi pan y beban del vino que he mezclado.
9:6 Abandonen la ingenuidad y vivan;
   avancen por el camino del entendimiento».
La corrección revela la actitud del corazón

9:7 Quien corrige al burlador se atrae deshonra;
   quien reprende al malvado recibe afrenta.
9:8 No reprendas al burlador, para que no te odie;
   reprende al sabio y te amará.
9:9 Instruye al sabio y se hará más sabio;
   enseña al justo y aumentará su saber.

9:10 El principio de la sabiduría es el temor del SEÑOR, y el conocimiento del Santo es entendimiento.
9:11 Porque por mí se multiplicarán tus días y se añadirán años a tu vida.
9:12 Si eres sabio, eres sabio para tu provecho;
   si te burlas, tú solo cargarás con ello.
El atractivo engañoso de la insensatez

9:13 La insensatez es una mujer bulliciosa;
   es ingenua y no sabe nada.
9:14 Se sienta a la puerta de su casa, en un asiento en las alturas de la ciudad,
9:15 para llamar a quienes pasan por el camino, a quienes siguen derechas sus sendas:
9:16 «Quien sea ingenuo, que entre aquí».
   Y al falto de juicio le dice:
9:17 «Las aguas robadas son dulces y el pan comido en secreto es sabroso».
9:18 Pero él no sabe que allí están los muertos, que sus invitados están en las profundidades del Seol.

Capítulo 10
Contraste entre el justo y el malvado
10:1 Proverbios de Salomón.
   El hijo sabio alegra a su padre, pero el hijo necio causa tristeza a su madre.

10:2 Los tesoros adquiridos con maldad no sirven de nada, pero la justicia libra de la muerte.
10:3 El SEÑOR no deja pasar hambre al justo, pero frustra la avidez de los malvados.
10:4 La mano perezosa empobrece, pero la mano de los diligentes enriquece.
10:5 Quien recoge en verano es hijo prudente;
   quien duerme durante la cosecha es hijo que avergüenza.
10:6 Hay bendiciones sobre la cabeza del justo, pero la boca de los malvados encubre violencia.
10:7 El recuerdo del justo es una bendición, pero el nombre de los malvados se pudrirá.
10:8 El sabio de corazón acepta mandamientos, pero el necio de labios se arruina.
10:9 Quien camina con integridad anda seguro, pero quien tuerce sus caminos será descubierto.
10:10 Quien guiña el ojo causa dolor, y el necio de labios se arruina.
10:11 La boca del justo es fuente de vida, pero la boca de los malvados encubre violencia.
10:12 El odio provoca disputas, pero el amor cubre todas las ofensas.
10:13 En los labios del entendido se encuentra sabiduría, pero la vara es para la espalda del falto de juicio.
10:14 Los sabios atesoran conocimiento, pero la boca del necio acerca la ruina.
10:15 La riqueza del rico es su ciudad fortificada;
   la pobreza de los pobres es su ruina.
10:16 El salario del justo conduce a la vida;
   la ganancia del malvado, al pecado.
10:17 Quien guarda la disciplina va por camino de vida, pero quien rechaza la corrección se extravía.
10:18 Quien oculta el odio tiene labios mentirosos, y quien propaga calumnias es necio.
10:19 En las muchas palabras no falta la transgresión, pero quien refrena sus labios es prudente.
10:20 La lengua del justo es plata escogida;
   el corazón de los malvados vale muy poco.
10:21 Los labios del justo alimentan a muchos, pero los necios mueren por falta de juicio.
10:22 La bendición del SEÑOR es la que enriquece, y él no añade tristeza con ella.
10:23 Hacer el mal es diversión para el necio;
   la sabiduría lo es para el hombre entendido.
10:24 Al malvado le llegará lo que teme, pero a los justos se les concederá lo que desean.
10:25 Cuando pasa el torbellino, el malvado desaparece;
   pero el justo tiene cimiento eterno.
10:26 Como el vinagre para los dientes y el humo para los ojos, así es el perezoso para quienes lo envían.
10:27 El temor del SEÑOR prolonga los días, pero los años de los malvados serán acortados.
10:28 La esperanza de los justos es alegría, pero la expectativa de los malvados perecerá.
10:29 El camino del SEÑOR es refugio para el íntegro, pero ruina para quienes practican el mal.
10:30 El justo nunca será sacudido, pero los malvados no habitarán la tierra.
10:31 La boca del justo hace brotar sabiduría, pero la lengua perversa será cortada.
10:32 Los labios del justo saben lo que agrada, pero la boca de los malvados habla perversidades.

Capítulo 11
Integridad y consecuencias de cada camino
11:1 El SEÑOR detesta la balanza falsa, pero se complace en la pesa exacta.
11:2 Cuando llega la soberbia, llega también la deshonra;
   pero con los humildes está la sabiduría.
11:3 La integridad de los rectos los guía, pero la perversidad de los traidores los destruye.
11:4 Las riquezas no sirven de nada el día de la ira, pero la justicia libra de la muerte.
11:5 La justicia del íntegro endereza su camino, pero el malvado cae por su propia maldad.
11:6 La justicia de los rectos los libra, pero los traidores quedan atrapados en su codicia.
11:7 Cuando muere el hombre malvado, perece su esperanza;
   la expectativa puesta en sus fuerzas se acaba.
11:8 El justo es librado de la angustia, y el malvado ocupa su lugar.
Palabras y decisiones que afectan al prójimo

11:9 Con su boca el impío destruye a su prójimo, pero el conocimiento libra a los justos.
11:10 Cuando les va bien a los justos, la ciudad se alegra;
   cuando perecen los malvados, hay gritos de júbilo.
11:11 La bendición de los rectos enaltece a la ciudad, pero la boca de los malvados la derriba.
11:12 Quien desprecia a su prójimo carece de juicio, pero el hombre entendido guarda silencio.
11:13 El que anda con chismes revela secretos, pero el de espíritu fiel guarda el asunto.
11:14 Sin dirección sabia cae el pueblo, pero en la abundancia de consejeros hay salvación.
11:15 Sufrirá mucho quien salga fiador por un extraño, pero quien rechaza dar garantías vive seguro.
El valor del carácter y de sus frutos

11:16 La mujer agraciada obtiene honor, y los hombres despiadados obtienen riquezas.
11:17 El hombre bondadoso se hace bien a sí mismo, pero el cruel se hace daño.
11:18 El malvado obtiene una paga engañosa, pero quien siembra justicia obtiene una recompensa verdadera.
11:19 La justicia firme conduce a la vida, pero quien persigue el mal va hacia su propia muerte.
11:20 El SEÑOR detesta a los de corazón perverso, pero se complace en los de conducta íntegra.
11:21 Sin duda, el malo no quedará sin castigo, pero la descendencia de los justos será librada.
11:22 Como un anillo de oro en el hocico de un cerdo es una mujer hermosa que carece de discreción.
11:23 El deseo de los justos es solo el bien;
   la expectativa de los malvados es la ira.
Generosidad y confianza en Dios

11:24 Hay quien reparte y recibe aún más, y hay quien retiene más de lo justo y acaba en la escasez.
11:25 La persona generosa prosperará, y quien da de beber también recibirá agua.
11:26 El pueblo maldice a quien acapara el grano, pero bendice la cabeza de quien lo vende.
11:27 Quien procura el bien busca el favor, pero a quien busca el mal le llegará el mal.
11:28 Quien confía en sus riquezas caerá, pero los justos florecerán como la hoja verde.
11:29 Quien perturba su casa heredará viento, y el necio será siervo del sabio de corazón.
11:30 El fruto del justo es árbol de vida, y quien gana almas es sabio.
11:31 Si el justo recibe su merecido en la tierra, ¡cuánto más el malvado y el pecador!

Capítulo 12
La formación y el fruto del carácter
12:1 Quien ama la disciplina ama el conocimiento, pero quien odia la corrección es un ignorante.
12:2 El bueno obtiene el favor del SEÑOR, pero él condena al hombre de malas intenciones.
12:3 Nadie se afianza por medio de la maldad, pero la raíz de los justos no será sacudida.
12:4 La esposa virtuosa es corona de su marido, pero la que lo avergüenza es como podredumbre en sus huesos.
12:5 Los pensamientos de los justos son rectos;
   los planes de los malvados son engaño.
12:6 Las palabras de los malvados son una emboscada para derramar sangre, pero la boca de los rectos los libra.
12:7 Los malvados son derribados y desaparecen, pero la casa de los justos permanecerá firme.
12:8 Se alaba al hombre por su buen juicio, pero el de corazón perverso será despreciado.
Trabajo, cuidado y recursos para la vida

12:9 Mejor es ser poco estimado y tener un siervo que darse importancia y carecer de pan.
12:10 El justo atiende las necesidades de su animal, pero la compasión de los malvados es cruel.
12:11 Quien cultiva su tierra tendrá pan en abundancia, pero quien persigue cosas vanas carece de juicio.
12:12 El malvado codicia el botín de los malos, pero la raíz de los justos da fruto.
12:13 El malo queda atrapado por la transgresión de sus labios, pero el justo sale de la angustia.
12:14 Del fruto de su boca el hombre se sacia de bien, y el trabajo de sus manos vuelve a él como recompensa.
Prudencia para escuchar y hablar

12:15 Al necio su camino le parece recto, pero quien escucha consejos es sabio.
12:16 El necio muestra su enojo de inmediato, pero el prudente pasa por alto el insulto.
12:17 Quien dice la verdad declara lo que es justo, pero el testigo falso declara engaños.
12:18 Hay quien habla sin pensar y hiere como una espada, pero la lengua de los sabios sana.
12:19 El labio veraz permanece para siempre;
   la lengua mentirosa, solo por un instante.
12:20 Hay engaño en el corazón de quienes traman el mal, pero alegría para quienes aconsejan la paz.
12:21 Ningún daño le sobrevendrá al justo, pero los malvados se llenarán de males.
12:22 El SEÑOR detesta los labios mentirosos, pero se complace en quienes actúan con fidelidad.
12:23 El hombre prudente reserva su conocimiento, pero el corazón de los necios proclama su necedad.
Diligencia y ayuda al prójimo

12:24 La mano de los diligentes gobernará, pero la pereza acabará en trabajos forzados.
12:25 La ansiedad en el corazón del hombre lo abate, pero una buena palabra lo alegra.
12:26 El justo sirve de guía a su prójimo, pero el camino de los malvados los extravía.
12:27 El perezoso no asa su presa, pero la diligencia es un bien precioso para el hombre.
12:28 En la senda de la justicia hay vida;
   en su camino no hay muerte.

Capítulo 13
El carácter del aprendiz y el uso de la palabra
13:1 El hijo sabio acepta la disciplina de su padre, pero el burlador no escucha la reprensión.
13:2 Del fruto de su boca el hombre come lo bueno, pero el apetito de los traidores es la violencia.
13:3 Quien guarda su boca protege su vida;
   quien abre demasiado sus labios se arruina.
13:4 El perezoso desea y nada consigue, pero el deseo de los diligentes queda satisfecho.
13:5 El justo odia la mentira, pero el malvado causa repugnancia y vergüenza.
13:6 La justicia guarda al de conducta íntegra, pero la maldad trastorna al pecador.
Recursos, reputación y esperanza

13:7 Hay quien aparenta ser rico y no tiene nada, y quien aparenta ser pobre y tiene muchas riquezas.
13:8 Las riquezas de un hombre son el rescate de su vida, pero el pobre no oye amenazas.
13:9 La luz de los justos brilla con alegría, pero la lámpara de los malvados se apaga.
13:10 De la soberbia solo nace la disputa, pero con quienes aceptan consejo está la sabiduría.
13:11 La riqueza fácil disminuye, pero quien la reúne poco a poco la aumenta.
13:12 La esperanza que se demora enferma el corazón, pero el deseo cumplido es árbol de vida.
Aprender a discernir y elegir el camino

13:13 Quien desprecia la palabra pagará por ello, pero quien respeta el mandamiento será recompensado.
13:14 La enseñanza del sabio es fuente de vida para apartarse de las trampas de la muerte.
13:15 El buen juicio obtiene favor, pero el camino de los traidores es duro.
13:16 Todo prudente actúa con conocimiento, pero el necio exhibe su necedad.
13:17 El mensajero malvado cae en la desgracia, pero el enviado fiel trae sanidad.
13:18 Pobreza y deshonra le esperan a quien desatiende la disciplina, pero quien acepta la corrección será honrado.
13:19 El deseo cumplido es dulce al alma, pero los necios detestan apartarse del mal.
13:20 Quien camina con sabios se hará sabio, pero el compañero de los necios sufrirá daño.
La conducta y el cuidado de las familias

13:21 El mal persigue a los pecadores, pero los justos serán recompensados con el bien.
13:22 El bueno deja herencia a los hijos de sus hijos, pero la riqueza del pecador está reservada para el justo.
13:23 El terreno de los pobres produce mucho alimento, pero la injusticia lo arrasa.
13:24 Quien escatima la vara odia a su hijo, pero quien lo ama lo disciplina con diligencia.
13:25 El justo come hasta saciarse, pero el vientre de los malvados pasa necesidad.

Capítulo 14
La sabiduría en las responsabilidades cotidianas
14:1 La mujer sabia edifica su casa, pero la necia la derriba con sus propias manos.
14:2 Quien camina en rectitud teme al SEÑOR, pero quien sigue caminos torcidos lo desprecia.
14:3 En la boca del necio hay una vara de soberbia, pero los labios de los sabios los protegen.
14:4 Donde no hay bueyes, el pesebre está limpio;
   pero la fuerza del buey da una cosecha abundante.
14:5 El testigo fiel no miente, pero el testigo falso exhala mentiras.
14:6 El burlador busca sabiduría y no la encuentra, pero el conocimiento es fácil para el entendido.
14:7 Aléjate del hombre necio, porque no encontrarás conocimiento en sus labios.
14:8 La sabiduría del prudente es comprender su camino;
   la necedad de los necios es engaño.
14:9 Los necios se burlan de la culpa, pero entre los rectos hay buena voluntad.
El corazón y el discernimiento del camino

14:10 El corazón conoce la amargura de su alma, y un extraño no comparte su alegría.
14:11 La casa de los malvados será destruida, pero la tienda de los rectos florecerá.
14:12 Hay un camino que al hombre le parece recto, pero al final conduce por caminos de muerte.
14:13 Aun entre risas puede doler el corazón, y la alegría puede terminar en tristeza.
14:14 El de corazón descarriado se saciará de sus caminos, y el hombre bueno, de los suyos.
14:15 El ingenuo cree todo lo que se dice, pero el prudente considera bien sus pasos.
14:16 El sabio teme y se aparta del mal, pero el necio es insolente y confiado.
14:17 Quien se enoja pronto comete necedades, y el hombre que trama el mal es odiado.
14:18 Los ingenuos heredan necedad, pero los prudentes se coronan de conocimiento.
El trato al prójimo y la responsabilidad social

14:19 Los malos se inclinarán ante los buenos, y los malvados, a las puertas del justo.
14:20 Al pobre lo odia incluso su vecino, pero son muchos los que aman al rico.
14:21 Quien desprecia a su prójimo peca, pero dichoso quien se apiada de los pobres.
14:22 ¿No se extravían quienes traman el mal?
   Pero quienes planean el bien encuentran amor leal y fidelidad.
14:23 En todo trabajo hay ganancia, pero hablar solamente lleva a la escasez.
14:24 La corona de los sabios es su riqueza;
   la necedad de los necios es necedad.
14:25 El testigo veraz salva vidas, pero quien exhala mentiras es engañoso.
La confianza en Dios y la vida pública

14:26 En el temor del SEÑOR hay confianza firme, y sus hijos tendrán refugio.
14:27 El temor del SEÑOR es fuente de vida para apartarse de las trampas de la muerte.
14:28 Un pueblo numeroso es la gloria del rey;
   la falta de pueblo es la ruina del gobernante.
14:29 Quien tarda en enojarse tiene gran entendimiento, pero el impaciente exhibe su necedad.
14:30 Un corazón tranquilo da vida al cuerpo, pero la envidia pudre los huesos.
14:31 Quien oprime al pobre insulta a su Creador, pero quien se apiada del necesitado lo honra.
14:32 El malvado es derribado por su maldad, pero el justo tiene refugio aun en su muerte.
14:33 La sabiduría reposa en el corazón del entendido y se da a conocer en medio de los necios.
14:34 La justicia enaltece a una nación, pero el pecado es deshonra de los pueblos.
14:35 El favor del rey es para el siervo prudente, pero su ira es para quien causa vergüenza.

Capítulo 15
El habla y el corazón ante Dios
15:1 La respuesta amable calma el furor, pero la palabra hiriente aviva la ira.
15:2 La lengua de los sabios presenta bien el conocimiento, pero la boca de los necios derrama necedades.
15:3 Los ojos del SEÑOR están en todo lugar, observando a los malos y a los buenos.
15:4 La lengua que sana es árbol de vida, pero la perversidad en ella quebranta el espíritu.
15:5 El necio desprecia la disciplina de su padre, pero quien acepta la corrección se hace prudente.
15:6 En la casa del justo hay gran riqueza, pero en las ganancias del malvado hay inquietud.
15:7 Los labios de los sabios esparcen conocimiento;
   el corazón de los necios no hace lo mismo.
Adoración, corrección y búsqueda de sabiduría

15:8 El SEÑOR detesta el sacrificio de los malvados, pero se complace en la oración de los rectos.
15:9 El SEÑOR detesta el camino del malvado, pero ama a quien persigue la justicia.
15:10 Hay disciplina severa para quien abandona el camino;
   quien odia la corrección morirá.
15:11 El Seol y el Abadón están ante el SEÑOR;
   ¡cuánto más los corazones de los hijos de los hombres!
15:12 El burlador no ama a quien lo corrige ni acude a los sabios.
15:13 El corazón alegre hermosea el rostro, pero el dolor del corazón quebranta el espíritu.
15:14 El corazón del entendido busca conocimiento, pero la boca de los necios se alimenta de necedad.
Los bienes de una vida en paz

15:15 Todos los días del afligido son malos, pero el de corazón contento tiene un banquete continuo.
15:16 Mejor es tener poco con el temor del SEÑOR que un gran tesoro con inquietud.
15:17 Mejor es un plato de verduras donde hay amor que un buey engordado donde hay odio.
15:18 El hombre iracundo provoca disputas, pero quien tarda en enojarse calma la pelea.
15:19 El camino del perezoso es como un cerco de espinos, pero la senda de los rectos es una calzada.
15:20 El hijo sabio alegra a su padre, pero el hombre necio desprecia a su madre.
15:21 La necedad alegra al falto de juicio, pero el hombre entendido camina rectamente.
15:22 Sin consulta los planes fracasan, pero con muchos consejeros se afirman.
15:23 El hombre se alegra por la respuesta de su boca;
   ¡qué buena es una palabra a tiempo!
El cuidado del Señor y una vida recta

15:24 La senda de la vida lleva al prudente hacia arriba, para apartarlo del Seol que está abajo.
15:25 El SEÑOR derriba la casa de los soberbios, pero afianza los linderos de la viuda.
15:26 El SEÑOR detesta los planes malvados, pero las palabras agradables son puras.
15:27 Quien busca ganancias injustas perjudica a su casa, pero quien odia el soborno vivirá.
15:28 El corazón del justo medita antes de responder, pero la boca de los malvados derrama maldades.
15:29 El SEÑOR está lejos de los malvados, pero escucha la oración de los justos.
15:30 La luz de los ojos alegra el corazón, y una buena noticia fortalece los huesos.
15:31 Quien presta oído a la corrección que da vida habitará entre los sabios.
15:32 Quien rechaza la disciplina desprecia su propia vida, pero quien escucha la corrección adquiere entendimiento.
15:33 El temor del SEÑOR enseña sabiduría, y la humildad precede al honor.

Capítulo 16
Los planes humanos ante la soberanía de Dios
16:1 Al hombre le corresponden los planes del corazón, pero del SEÑOR viene la respuesta de la lengua.
16:2 Todos los caminos del hombre son puros a sus propios ojos, pero el SEÑOR pesa los espíritus.
16:3 Encomienda al SEÑOR tus obras y tus planes se afianzarán.
16:4 El SEÑOR ha hecho todo con un propósito, incluso al malvado para el día de la calamidad.
16:5 El SEÑOR detesta a todo altivo de corazón;
   sin duda, no quedará sin castigo.
16:6 Con amor leal y fidelidad se expía la culpa, y por el temor del SEÑOR uno se aparta del mal.
16:7 Cuando los caminos del hombre agradan al SEÑOR, él hace que hasta sus enemigos estén en paz con él.
16:8 Mejor es poco con justicia que muchas ganancias sin derecho.
16:9 El corazón del hombre planea su camino, pero el SEÑOR afirma sus pasos.
La responsabilidad de los reyes ante la justicia

16:10 Hay un oráculo en los labios del rey;
   su boca no debe ser infiel al juzgar.
16:11 La balanza y los platillos justos pertenecen al SEÑOR;
   todas las pesas de la bolsa son obra suya.
16:12 Cometer maldad es abominable para los reyes, porque el trono se afianza con la justicia.
16:13 Los labios justos agradan a los reyes, y ellos aman a quien habla con rectitud.
16:14 La furia del rey es mensajera de muerte, pero el hombre sabio la aplaca.
16:15 En la luz del rostro del rey hay vida, y su favor es como nube de lluvia tardía.
La sabiduría forma el corazón y las palabras

16:16 ¡Cuánto mejor es adquirir sabiduría que oro!
   Adquirir entendimiento es preferible a la plata.
16:17 La calzada de los rectos es apartarse del mal;
   quien cuida su camino protege su vida.
16:18 El orgullo precede a la destrucción, y la altivez de espíritu, a la caída.
16:19 Mejor es ser humilde de espíritu con los humildes que repartir botín con los soberbios.
16:20 Quien atiende a la palabra encontrará el bien;
   dichoso quien confía en el SEÑOR.
16:21 Al sabio de corazón se le llama entendido, y la dulzura de labios aumenta la persuasión.
16:22 El buen juicio es fuente de vida para quien lo posee, pero la disciplina de los necios es necedad.
16:23 El corazón del sabio instruye a su boca y añade persuasión a sus labios.
16:24 Las palabras agradables son un panal de miel, dulces al alma y sanadoras para los huesos.
El discernimiento en la conducta y las relaciones

16:25 Hay un camino que al hombre le parece recto, pero al final conduce por caminos de muerte.
16:26 El apetito del trabajador trabaja para él, porque su boca lo impulsa.
16:27 El hombre vil cava en busca del mal;
   en sus labios hay como un fuego abrasador.
16:28 El hombre perverso siembra discordia, y el chismoso separa a los amigos íntimos.
16:29 El hombre violento seduce a su prójimo y lo conduce por un camino que no es bueno.
16:30 Quien entrecierra los ojos trama perversidades;
   quien aprieta los labios lleva a cabo el mal.
16:31 Las canas son corona de gloria;
   se encuentran en el camino de la justicia.
16:32 Mejor es quien tarda en enojarse que un guerrero, y quien domina su espíritu que quien conquista una ciudad.
16:33 La suerte se echa en el regazo, pero toda su decisión viene del SEÑOR.

Capítulo 17
El carácter y la convivencia en la casa
17:1 Mejor es un bocado seco con tranquilidad que una casa llena de banquetes con disputas.
17:2 El siervo prudente gobernará sobre el hijo que avergüenza y compartirá la herencia entre los hermanos.
17:3 El crisol es para la plata y el horno para el oro, pero el SEÑOR prueba los corazones.
17:4 El malhechor escucha los labios perversos;
   el mentiroso presta oído a la lengua maliciosa.
17:5 Quien se burla del pobre insulta a su Creador;
   quien se alegra de la desgracia no quedará sin castigo.
17:6 Los hijos de los hijos son corona de los ancianos, y los padres son la gloria de sus hijos.
La verdad, la corrección y la justicia

17:7 No le conviene al necio un lenguaje elevado;
   mucho menos al noble unos labios mentirosos.
17:8 El soborno es una piedra mágica a los ojos de su dueño: adondequiera que se vuelve, prospera.
17:9 Quien cubre una ofensa busca amor, pero quien vuelve sobre el asunto separa a los amigos íntimos.
17:10 Una reprensión penetra más en el entendido que cien golpes en el necio.
17:11 El malvado solo busca rebelión, y un mensajero cruel será enviado contra él.
17:12 Mejor encontrarse con una osa privada de sus crías que con un necio en su necedad.
17:13 A quien devuelve mal por bien, el mal no se le apartará de su casa.
17:14 Comenzar una disputa es como soltar las aguas;
   abandona la pelea antes de que estalle.
17:15 Quien absuelve al malvado y quien condena al justo son igualmente detestables para el SEÑOR.
17:16 ¿De qué sirve el dinero en manos del necio para comprar sabiduría, si carece de juicio?
La lealtad y el cuidado de las relaciones

17:17 En todo tiempo ama el amigo, y el hermano nace para la angustia.
17:18 El hombre falto de juicio da su mano en garantía y sale fiador en presencia de su prójimo.
17:19 Quien ama la disputa ama la transgresión;
   quien eleva su puerta busca la ruina.
17:20 El de corazón perverso no encuentra el bien, y el de lengua torcida cae en el mal.
17:21 Quien engendra a un necio tiene tristeza, y el padre del insensato no tiene alegría.
17:22 El corazón alegre es buena medicina, pero el espíritu quebrantado seca los huesos.
17:23 El malvado acepta un soborno a escondidas para torcer las sendas de la justicia.
17:24 La sabiduría está ante el entendido, pero los ojos del necio están en los confines de la tierra.
17:25 El hijo necio causa pesar a su padre y amargura a quien lo dio a luz.
17:26 No es bueno castigar al justo ni golpear a los nobles por su rectitud.
La serenidad y el uso de las palabras

17:27 Quien refrena sus palabras tiene conocimiento;
   el de espíritu sereno es hombre entendido.
17:28 Hasta el necio que calla es tenido por sabio;
   quien cierra los labios, por entendido.

Capítulo 18
La escucha y las consecuencias de las palabras
18:1 Quien se aísla busca su propio deseo y se rebela contra todo buen juicio.
18:2 El necio no se complace en el entendimiento, sino en expresar lo que hay en su corazón.
18:3 Cuando llega el malvado, llega también el desprecio, y con la deshonra viene la afrenta.
18:4 Las palabras de la boca del hombre son aguas profundas;
   la fuente de la sabiduría es un arroyo que fluye.
18:5 No es bueno favorecer al malvado para privar al justo de su derecho en el juicio.
18:6 Los labios del necio se meten en disputas y su boca llama a los golpes.
18:7 La boca del necio es su ruina y sus labios son una trampa para su vida.
18:8 Las palabras del chismoso son como bocados deliciosos que bajan hasta lo profundo de las entrañas.
18:9 Quien es negligente en su trabajo es hermano del que destruye.
La seguridad en Dios y los límites humanos

18:10 El nombre del SEÑOR es una torre fuerte;
   a ella corre el justo y queda a salvo.
18:11 La riqueza del rico es su ciudad fortificada, una muralla alta en su imaginación.
18:12 Antes de la ruina se ensoberbece el corazón del hombre, pero la humildad precede al honor.
18:13 Responder antes de escuchar es necedad y vergüenza para quien lo hace.
18:14 El espíritu del hombre lo sostiene en su enfermedad, pero ¿quién puede soportar un espíritu quebrantado?
18:15 El corazón del entendido adquiere conocimiento y el oído de los sabios busca conocimiento.
Discernimiento en los conflictos y las relaciones

18:16 El regalo de un hombre le abre camino y lo lleva ante los grandes.
18:17 El primero que expone su causa parece justo, hasta que llega su adversario y lo examina.
18:18 Echar suertes pone fin a las disputas y decide entre los poderosos.
18:19 Un hermano ofendido es más difícil de ganar que una ciudad fortificada, y las disputas son como cerrojos de una fortaleza.
El fruto de la palabra y el valor de los vínculos

18:20 Del fruto de la boca del hombre se sacia su vientre;
   se sacia de la cosecha de sus labios.
18:21 La muerte y la vida están en poder de la lengua, y quienes la aman comerán de su fruto.
18:22 Quien encuentra esposa encuentra el bien y obtiene el favor del SEÑOR.
18:23 El pobre habla con súplicas, pero el rico responde con dureza.
18:24 El hombre de muchos amigos se arruina, pero hay un amigo más unido que un hermano.

Capítulo 19
Integridad, conocimiento y trato al pobre
19:1 Mejor es el pobre que camina con integridad que quien tiene labios perversos y es necio.
19:2 El afán sin conocimiento no es bueno, y quien apresura sus pies yerra.
19:3 La necedad del hombre tuerce su camino, y su corazón se enfurece contra el SEÑOR.
19:4 La riqueza añade muchos amigos, pero al pobre lo separan de su amigo.
19:5 El testigo falso no quedará sin castigo, y quien exhala mentiras no escapará.
19:6 Muchos buscan el favor del generoso, y todos son amigos de quien da regalos.
19:7 Todos los hermanos del pobre lo odian;
   ¡cuánto más se alejan de él sus amigos!
   Los persigue con palabras, pero ya no están.
19:8 Quien adquiere juicio ama su propia vida;
   quien conserva el entendimiento encontrará el bien.
19:9 El testigo falso no quedará sin castigo, y quien exhala mentiras perecerá.
La prudencia en la autoridad y la casa

19:10 No le conviene al necio vivir con lujos;
   mucho menos a un siervo gobernar sobre príncipes.
19:11 El buen juicio del hombre lo hace lento para la ira, y su gloria es pasar por alto una ofensa.
19:12 La ira del rey es como rugido de león joven, y su favor, como rocío sobre la hierba.
19:13 El hijo necio es ruina para su padre, y las disputas de una esposa son gotera continua.
19:14 La casa y la riqueza se heredan de los padres, pero la esposa prudente viene del SEÑOR.
19:15 La pereza hace caer en un sueño profundo, y la persona ociosa pasará hambre.
19:16 Quien guarda el mandamiento guarda su vida, pero quien descuida su conducta morirá.
19:17 Quien se apiada del pobre presta al SEÑOR, y él le pagará su buena obra.
19:18 Disciplina a tu hijo mientras hay esperanza, pero no desees causarle la muerte.
19:19 El hombre de gran ira llevará el castigo;
   si lo libras, tendrás que volver a hacerlo.
La formación del carácter ante el SEÑOR

19:20 Escucha el consejo y acepta la disciplina, para que seas sabio en tus años venideros.
19:21 Muchos planes hay en el corazón del hombre, pero el propósito del SEÑOR permanecerá firme.
19:22 Lo deseable en el hombre es su amor leal;
   mejor es un pobre que un mentiroso.
19:23 El temor del SEÑOR conduce a la vida;
   uno descansa satisfecho y no lo visita el mal.
19:24 El perezoso hunde su mano en el plato y ni siquiera se la lleva de nuevo a la boca.
19:25 Golpea al burlador y el ingenuo aprenderá prudencia;
   corrige al entendido y adquirirá conocimiento.
19:26 Quien despoja a su padre y expulsa a su madre es un hijo que causa vergüenza y deshonra.
19:27 Deja de escuchar la instrucción, hijo mío, y te desviarás de las palabras de conocimiento.
19:28 El testigo vil se burla de la justicia y la boca de los malvados devora maldad.
19:29 Hay castigos preparados para los burladores y golpes para la espalda de los necios.

Capítulo 20
El dominio propio y el discernimiento
20:1 El vino es burlador y la bebida fuerte es alborotadora;
   quien se extravía por ellos no es sabio.
20:2 El terror que inspira el rey es como rugido de león joven;
   quien lo enfurece atenta contra su propia vida.
20:3 Es honra del hombre evitar la disputa, pero todo necio se enreda en ella.
20:4 El perezoso no ara en la estación fría;
   pedirá en la cosecha y no habrá nada.
20:5 El consejo en el corazón del hombre es agua profunda, pero el hombre entendido lo extrae.
20:6 Muchos hombres proclaman su propia lealtad, pero un hombre fiel, ¿quién lo encontrará?
20:7 El justo camina con integridad;
   dichosos sus hijos después de él.
20:8 El rey que se sienta en el trono del juicio disipa con su mirada todo mal.
20:9 ¿Quién puede decir: «He limpiado mi corazón;
   estoy puro de mi pecado»?
La integridad en la vida cotidiana

20:10 Pesas desiguales y medidas desiguales: El SEÑOR detesta ambas cosas.
20:11 Hasta el muchacho se da a conocer por sus hechos, que muestran si su conducta es pura y recta.
20:12 El oído que oye y el ojo que ve: El SEÑOR ha hecho ambos.
20:13 No ames el sueño, para que no te empobrezcas;
   abre los ojos y tendrás pan en abundancia.
20:14 «¡Es malo, es malo!», dice el comprador;
   pero cuando se marcha, se jacta.
20:15 Hay oro y abundancia de piedras preciosas, pero los labios con conocimiento son una joya valiosa.
20:16 Toma la ropa de quien salió fiador por un extraño;
   tómale una prenda por la mujer ajena.
20:17 El pan del engaño es dulce al hombre, pero después su boca se llena de grava.
20:18 Los planes se afirman con el consejo;
   haz la guerra con dirección sabia.
20:19 Quien anda con chismes revela secretos;
   no te asocies con quien habla sin reserva.
La responsabilidad ante Dios y el prójimo

20:20 A quien maldice a su padre o a su madre se le apagará la lámpara en la más densa oscuridad.
20:21 La herencia adquirida con prisa al principio no será bendecida al final.
20:22 No digas: «Devolveré el mal».
   Espera en el SEÑOR y él te salvará.
20:23 El SEÑOR detesta las pesas desiguales, y la balanza falsa no es buena.
20:24 Del SEÑOR vienen los pasos del hombre;
   ¿cómo puede el hombre comprender su camino?
20:25 Es una trampa para el hombre decir a la ligera: «Es sagrado», y reflexionar después de hacer los votos.
20:26 El rey sabio avienta a los malvados y hace pasar sobre ellos la rueda de trillar.
20:27 El espíritu del hombre es lámpara del SEÑOR;
   escudriña lo más profundo de las entrañas.
20:28 El amor leal y la fidelidad protegen al rey;
   con amor leal sostiene su trono.
20:29 La fuerza es la gloria de los jóvenes, y las canas, el esplendor de los ancianos.
20:30 Los golpes que hieren limpian del mal, y los azotes limpian lo más profundo de las entrañas.

Capítulo 21
La conducta bajo la mirada del SEÑOR
21:1 El corazón del rey es como canales de agua en la mano del SEÑOR;
   él lo dirige adonde quiere.
21:2 Todo camino del hombre es recto a sus propios ojos, pero el SEÑOR pesa los corazones.
21:3 Practicar la justicia y el derecho es para el SEÑOR preferible al sacrificio.
21:4 Los ojos altivos y el corazón arrogante, lámpara de los malvados, son pecado.
21:5 Los planes del diligente llevan a la abundancia, pero todo el que se precipita va a la escasez.
21:6 Obtener tesoros con lengua mentirosa es un vapor que se disipa: quienes lo hacen buscan la muerte.
21:7 La violencia de los malvados los arrastrará, porque se niegan a practicar la justicia.
21:8 Torcido es el camino del hombre culpable, pero la conducta del puro es recta.
La convivencia y la respuesta al prójimo

21:9 Mejor es vivir en un rincón de la azotea que compartir la casa con una mujer pendenciera.
21:10 El alma del malvado desea el mal;
   su prójimo no encuentra compasión a sus ojos.
21:11 Cuando se castiga al burlador, el ingenuo se hace sabio;
   cuando se instruye al sabio, adquiere conocimiento.
21:12 El Justo observa la casa del malvado y precipita a los malvados en la desgracia.
21:13 Quien cierra su oído al clamor del pobre también clamará y no recibirá respuesta.
21:14 El regalo en secreto calma la ira, y el soborno bajo el manto, el furor violento.
21:15 Practicar la justicia es alegría para el justo, pero terror para quienes hacen el mal.
21:16 El hombre que se aparta del camino de la prudencia descansará en la asamblea de los muertos.
21:17 Quien ama el placer pasará necesidad;
   quien ama el vino y el aceite no se enriquecerá.
21:18 El malvado es rescate por el justo, y el traidor ocupa el lugar de los rectos.
21:19 Mejor es habitar en tierra desierta que con una mujer pendenciera e irritable.
La prudencia en los deseos y las decisiones

21:20 En la morada del sabio hay tesoro precioso y aceite, pero el hombre necio lo devora todo.
21:21 Quien sigue la justicia y el amor leal encontrará vida, justicia y honor.
21:22 El sabio escala la ciudad de los guerreros y derriba la fortaleza en la que esa ciudad confiaba.
21:23 Quien guarda su boca y su lengua guarda su vida de angustias.
21:24 Burlador se llama al orgulloso y arrogante, al que actúa con insolente soberbia.
21:25 El deseo del perezoso lo mata, porque sus manos se niegan a trabajar.
21:26 Todo el día desea con avidez, pero el justo da sin retener.
21:27 El sacrificio de los malvados es detestable;
   ¡cuánto más si lo ofrecen con malas intenciones!
21:28 El testigo mentiroso perecerá, pero el hombre que escucha hablará siempre.
21:29 El hombre malvado muestra un rostro descarado, pero el recto comprende su camino.
21:30 No hay sabiduría, no hay entendimiento y no hay consejo contra el SEÑOR.

21:31 Se prepara el caballo para el día de la batalla, pero la victoria pertenece al SEÑOR.

Capítulo 22
22:1 Es preferible un buen nombre a grandes riquezas, y la buena estima a la plata y al oro.
22:2 El rico y el pobre se encuentran: El SEÑOR es el Creador de todos ellos.
22:3 El prudente ve el peligro y se esconde, pero los ingenuos siguen adelante y sufren las consecuencias.
22:4 La recompensa de la humildad y del temor del SEÑOR es riqueza, honor y vida.
22:5 Hay espinos y trampas en el camino del perverso;
   quien cuida su vida se aleja de ellos.
22:6 Instruye al niño en su camino, y ni aun cuando envejezca se apartará de él.
22:7 El rico domina a los pobres, y quien toma prestado es siervo de quien presta.
22:8 Quien siembra injusticia cosechará desgracia, y la vara de su furor se acabará.
22:9 El generoso será bendecido, porque comparte su pan con el pobre.
22:10 Expulsa al burlador y se irá la discordia;
   cesarán las disputas y las afrentas.
22:11 Quien ama la pureza de corazón y tiene gracia en sus labios tendrá al rey por amigo.
22:12 Los ojos del SEÑOR protegen el conocimiento, pero él trastorna las palabras del traidor.
22:13 El perezoso dice: «¡Hay un león afuera!
   ¡Me matarán en medio de las plazas!».
22:14 La boca de las mujeres ajenas es una fosa profunda;
   aquel contra quien el SEÑOR está airado caerá allí.
22:15 La necedad está atada al corazón del muchacho, pero la vara de la disciplina la aleja de él.
22:16 Quien oprime al pobre para enriquecerse y quien da al rico acabarán en la escasez.
Palabras de los sabios: escuchar, confiar y actuar

22:17 Inclina tu oído y escucha las palabras de los sabios;
   aplica tu corazón a mi conocimiento.
22:18 Será agradable que las guardes dentro de ti y que todas estén listas en tus labios.
22:19 Para que tu confianza esté en el SEÑOR, hoy te las he dado a conocer a ti también.
22:20 ¿No te he escrito dichos excelentes, con consejos y conocimiento,
22:21 para enseñarte la certeza de las palabras verdaderas, a fin de que respondas con palabras verdaderas a quienes te enviaron?

22:22 No robes al pobre porque es pobre ni aplastes al afligido a la puerta de la ciudad,
22:23 porque el SEÑOR defenderá su causa y quitará la vida a quienes los despojan.
22:24 No te hagas amigo del iracundo ni vayas con el hombre furioso,
22:25 para que no aprendas sus caminos ni caigas tú mismo en una trampa.
22:26 No estés entre quienes dan su mano en garantía, entre quienes salen fiadores de deudas.
22:27 Si no tienes con qué pagar, ¿por qué han de quitarte la cama de debajo de ti?
22:28 No muevas el lindero antiguo que colocaron tus padres.
22:29 ¿Has visto a un hombre hábil en su trabajo?
   Estará ante reyes;
   no estará ante hombres de poca importancia.

Capítulo 23
23:1 Cuando te sientes a comer con un gobernante, considera bien lo que tienes delante.
23:2 Pon un cuchillo a tu garganta si eres de mucho apetito.
23:3 No desees sus manjares, porque son alimento engañoso.
23:4 No te fatigues por hacerte rico;
   ten el juicio de desistir.
23:5 ¿Fijas tus ojos en las riquezas?
   Ya no están, porque sin falta les salen alas y vuelan hacia el cielo como un águila.

23:6 No comas el pan del tacaño ni desees sus manjares,
23:7 porque tal como calcula en su interior, así es él.
   Te dice: «Come y bebe», pero su corazón no está contigo.
23:8 Vomitarás el bocado que comiste y habrás desperdiciado tus palabras amables.
23:9 No hables a oídos del necio, porque despreciará el buen juicio de tus palabras.
23:10 No muevas el lindero antiguo ni invadas los campos de los huérfanos,
23:11 porque su Redentor es fuerte;
   él defenderá su causa contra ti.
23:12 Aplica tu corazón a la disciplina y tus oídos a las palabras de conocimiento.
23:13 No niegues la disciplina al muchacho;
   si lo golpeas con la vara, no morirá.
23:14 Lo golpearás con la vara y librarás su vida del Seol.
23:15 Hijo mío, si tu corazón es sabio, también se alegrará mi corazón;
23:16 mis entrañas se regocijarán cuando tus labios hablen con rectitud.
23:17 Que tu corazón no envidie a los pecadores;
   más bien, permanece todo el día en el temor del SEÑOR.
23:18 Porque ciertamente hay un futuro y tu esperanza no será cortada.
23:19 Escucha tú, hijo mío, y sé sabio;
   dirige tu corazón por el camino.
23:20 No estés entre los bebedores de vino ni entre los que se atiborran de carne,
23:21 porque el borracho y el glotón se empobrecerán, y la somnolencia los vestirá de harapos.
23:22 Escucha a tu padre, que te engendró, y no desprecies a tu madre cuando envejezca.
23:23 Compra la verdad y no la vendas;
   adquiere sabiduría, disciplina y entendimiento.
23:24 El padre del justo se regocijará mucho;
   quien engendra a un sabio se alegrará por él.
23:25 Que se alegren tu padre y tu madre;
   que se regocije quien te dio a luz.
23:26 Dame, hijo mío, tu corazón, y que tus ojos observen mis caminos.
23:27 Porque la prostituta es una fosa profunda, y la mujer ajena, un pozo estrecho.
23:28 También ella acecha como un ladrón y aumenta los infieles entre los hombres.
El engaño y las heridas de la embriaguez

23:29 ¿De quién son los lamentos?
   ¿De quién las penas?
   ¿De quién las disputas?
   ¿De quién las quejas?
   ¿De quién las heridas sin motivo?
   ¿De quién los ojos enrojecidos?
23:30 De quienes se demoran con el vino, de quienes van a probar vinos mezclados.
23:31 No mires el vino cuando enrojece, cuando brilla en la copa y se desliza suavemente.
23:32 Al final muerde como una serpiente y pica como una víbora.
23:33 Tus ojos verán cosas extrañas y tu corazón hablará perversidades.
23:34 Serás como quien se acuesta en medio del mar, como quien se acuesta en lo alto de un mástil.
23:35 «Me golpearon, pero no me dolió;
   me apalearon, pero no lo sentí.
   ¿Cuándo despertaré?
   Volveré a buscarlo otra vez».

Capítulo 24
24:1 No envidies a los malvados ni desees estar con ellos.
24:2 Porque su corazón trama violencia y sus labios hablan de causar daño.
24:3 Con sabiduría se edifica una casa y con entendimiento se afirma.
24:4 Con conocimiento se llenan sus habitaciones de toda clase de riquezas preciosas y agradables.
24:5 El hombre sabio es fuerte, y el que tiene conocimiento aumenta su fuerza.
24:6 Porque con buenos consejos harás la guerra, y en la abundancia de consejeros está la victoria.
24:7 La sabiduría es demasiado elevada para el necio;
   en la puerta de la ciudad no abre la boca.
24:8 Al que planea hacer el mal lo llamarán maestro de intrigas.
24:9 Las intrigas del necio son pecado, y el burlón es detestable para la gente.
24:10 Si desfalleces en el día de la angustia, escasa es tu fuerza.
24:11 Rescata a los que son llevados a la muerte;
   detén a los que van tambaleándose hacia la matanza.
24:12 Si dices: «No lo sabíamos», ¿acaso no lo entenderá el que pesa los corazones?
   El que guarda tu vida lo sabe y dará a cada uno según sus obras.
24:13 Come miel, hijo mío, porque es buena;
   la miel que destila del panal es dulce a tu paladar.
24:14 Aprende que así es la sabiduría para tu vida: si la encuentras, tendrás futuro y tu esperanza no se frustrará.

24:15 Malvado, no aceches la casa del justo ni saquees su lugar de descanso.
24:16 Porque siete veces cae el justo y vuelve a levantarse, pero los malvados tropiezan en la desgracia.
24:17 No te alegres cuando caiga tu enemigo ni se regocije tu corazón cuando tropiece.
24:18 No sea que el SEÑOR lo vea, le desagrade y aparte de él su ira.
24:19 No te irrites por los malhechores ni envidies a los malvados.
24:20 Porque no hay futuro para el que hace el mal, y la lámpara de los malvados se apagará.
24:21 Hijo mío, teme al SEÑOR y al rey;
   no te mezcles con los rebeldes.
24:22 Porque su desgracia surgirá de repente;
   ¿quién sabe qué destrucción vendrá de ambos?
Más palabras de los sabios: justicia, verdad y diligencia

24:23 También estos son dichos de los sabios: no es bueno mostrar parcialidad en el juicio.
24:24 Al que diga al malvado: «Eres inocente», lo maldecirán los pueblos y lo detestarán las naciones.
24:25 Pero a los que lo reprendan les irá bien y recibirán una buena bendición.
24:26 Quien responde con palabras rectas da un beso en los labios.
24:27 Prepara tu trabajo afuera y déjalo listo en el campo;
   después edifica tu casa.

24:28 No seas testigo sin motivo contra tu prójimo ni engañes con tus labios.
24:29 No digas: «Como él me hizo, así le haré;
   le pagaré según sus obras».
La lección del campo descuidado

24:30 Pasé junto al campo del perezoso y junto a la viña del hombre falto de entendimiento.
24:31 Estaba todo cubierto de espinos;
   las ortigas cubrían el terreno y el muro de piedra estaba derribado.
24:32 Al verlo, lo tomé en cuenta;
   lo observé y aprendí la lección.
24:33 Un poco de sueño, un poco de dormitar, un poco de cruzar las manos para descansar,
24:34 y tu pobreza llegará como un caminante y tu escasez como un hombre armado.

Capítulo 25
Proverbios de Salomón copiados en tiempos de Ezequías
25:1 También estos son proverbios de Salomón, que copiaron los hombres de Ezequías, rey de Judá.
25:2 La gloria de Dios es ocultar un asunto;
   la gloria de los reyes es investigarlo.
25:3 Como la altura de los cielos y la profundidad de la tierra, así es insondable el corazón de los reyes.
25:4 Quita las impurezas de la plata y saldrá una vasija para el orfebre.
25:5 Quita al malvado de la presencia del rey y su trono se afianzará en la justicia.
25:6 No te engrandezcas ante el rey ni ocupes el lugar de los grandes,
25:7 porque es mejor que te digan: «Sube aquí», a que te humillen ante un noble a quien tus ojos han visto.
25:8 No te apresures a entablar un pleito, pues ¿qué harás al final, cuando tu prójimo te deje en vergüenza?
25:9 Discute tu causa con tu prójimo, pero no reveles el secreto de otro,
25:10 no sea que quien lo oiga te reproche y tu mala fama no se borre.
25:11 La palabra dicha a su debido tiempo es como manzanas de oro en adornos de plata.
25:12 Como un pendiente de oro y una joya de oro fino es el sabio que corrige a un oído atento.
25:13 Como frescura de nieve en tiempo de cosecha es el mensajero fiel para quienes lo envían: reanima el alma de sus señores.

25:14 Como nubes y viento sin lluvia es el hombre que presume de regalos que no da.
25:15 Con paciencia se persuade al gobernante, y una lengua suave quiebra huesos.
25:16 ¿Has encontrado miel?
   Come lo suficiente, no sea que te hartes y la vomites.
25:17 Visita poco la casa de tu prójimo, no sea que se canse de ti y te odie.
25:18 Maza, espada y flecha afilada es el hombre que da falso testimonio contra su prójimo.
25:19 Como un diente malo y un pie que resbala es confiar en el traidor el día de la angustia.
25:20 Como quitar la ropa un día de frío o echar vinagre sobre la sosa es cantar canciones a un corazón afligido.

25:21 Si tu enemigo tiene hambre, dale pan para comer;
   si tiene sed, dale agua para beber,
25:22 porque así amontonarás brasas sobre su cabeza, y el SEÑOR te recompensará.
25:23 El viento del norte trae lluvia, y la lengua que murmura a escondidas provoca rostros airados.
25:24 Mejor es vivir en un rincón de la azotea que compartir la casa con una mujer pendenciera.
25:25 Como agua fría para el alma sedienta es una buena noticia de tierra lejana.
25:26 Como manantial enturbiado y fuente contaminada es el justo que cede ante el malvado.
25:27 Comer mucha miel no es bueno, ni es honroso buscar la propia gloria.
25:28 Como ciudad abierta y sin murallas es el hombre que no domina su espíritu.

Capítulo 26
26:1 Como la nieve en verano y la lluvia en la cosecha, así de impropio es el honor para el necio.
26:2 Como el gorrión que revolotea y la golondrina que vuela, así la maldición sin motivo no llega a posarse.
26:3 El látigo es para el caballo, la brida para el asno y la vara para la espalda de los necios.
26:4 No respondas al necio según su necedad, para que tú tampoco te vuelvas como él.
26:5 Responde al necio según su necedad, para que no se considere sabio a sus propios ojos.
26:6 Quien envía un mensaje por medio de un necio se corta los pies y bebe violencia.
26:7 Como las piernas que cuelgan sin fuerza de un cojo es un proverbio en boca de los necios.
26:8 Como atar una piedra a la honda es dar honor a un necio.
26:9 Como una espina que entra en la mano de un borracho es un proverbio en boca de los necios.
26:10 Como un arquero que hiere a todos es quien contrata a un necio y quien contrata a los que pasan.
26:11 Como un perro que vuelve a su vómito es el necio que repite su necedad.
26:12 ¿Has visto a un hombre sabio a sus propios ojos?
   Hay más esperanza para un necio que para él.
26:13 El perezoso dice: «¡Hay un león en el camino!
   ¡Un león en medio de las plazas!».
26:14 La puerta gira sobre sus bisagras, y el perezoso, sobre su cama.
26:15 El perezoso hunde su mano en el plato;
   le fatiga llevársela de nuevo a la boca.
26:16 El perezoso se considera más sabio que siete que responden con buen juicio.
26:17 Como agarrar a un perro por las orejas es pasar y entrometerse en una disputa ajena.
26:18 Como un loco que lanza antorchas encendidas, flechas y muerte,
26:19 así es quien engaña a su prójimo y luego dice: «¿Acaso no estaba bromeando?».
26:20 Sin leña se apaga el fuego, y sin chismoso se calma la disputa.
26:21 El carbón es para las brasas y la leña para el fuego, y el hombre pendenciero para encender disputas.

26:22 Las palabras del chismoso son como bocados deliciosos que bajan hasta lo profundo de las entrañas.
26:23 Como escoria de plata que recubre una vasija de barro son los labios ardientes con un corazón malvado.
26:24 Quien odia disimula con sus labios, pero guarda engaño en su interior.
26:25 Aunque su voz sea amable, no le creas, porque hay siete abominaciones en su corazón.
26:26 Aunque su odio se oculte con engaño, su maldad será descubierta en la asamblea.
26:27 Quien cava una fosa caerá en ella, y la piedra volverá sobre quien la echa a rodar.
26:28 La lengua mentirosa odia a sus víctimas y la boca aduladora causa ruina.

Capítulo 27
27:1 No te jactes del día de mañana, porque no sabes qué traerá el día.
27:2 Que te alabe otro y no tu boca, un extraño y no tus labios.
27:3 Pesada es la piedra y pesada la arena, pero la provocación del necio pesa más que ambas.
27:4 El furor es cruel y la ira es una inundación, pero ¿quién puede mantenerse ante los celos?
27:5 Mejor es una reprensión abierta que un amor escondido.
27:6 Fieles son las heridas del que ama, pero abundantes los besos del que odia.
27:7 El satisfecho desprecia la miel, pero para el hambriento todo lo amargo es dulce.
27:8 Como un ave que vaga lejos de su nido es el hombre que vaga lejos de su hogar.
27:9 El aceite y el incienso alegran el corazón, y la dulzura del amigo viene del consejo sincero.
27:10 No abandones a tu amigo ni al amigo de tu padre;
   no vayas a casa de tu hermano el día de tu desgracia.
   Mejor un vecino cercano que un hermano lejano.
27:11 Sé sabio, hijo mío, y alegra mi corazón, para que pueda responder a quien me insulta.
27:12 El prudente ve el peligro y se esconde;
   los ingenuos siguen adelante y sufren las consecuencias.
27:13 Toma la ropa de quien salió fiador por un extraño;
   tómale una prenda por la mujer ajena.
27:14 A quien bendice a su prójimo en voz alta muy de mañana, se le contará como maldición.
27:15 Una gotera continua en día de lluvia y una mujer pendenciera se parecen.
27:16 Quien intenta contenerla intenta contener el viento y sujetar aceite con su mano derecha.
27:17 El hierro se afila con hierro, y el hombre afila a su amigo.
27:18 Quien cuida la higuera comerá su fruto, y quien atiende a su señor recibirá honor.
27:19 Como en el agua el rostro refleja el rostro, así el corazón del hombre refleja al hombre.
27:20 El Seol y el Abadón no se sacian;
   tampoco se sacian los ojos del hombre.
27:21 El crisol es para la plata y el horno para el oro, y el hombre es probado por la alabanza que recibe.
27:22 Aunque machaques al necio en un mortero, entre granos, con un mazo, no se apartará de él su necedad.
El cuidado del rebaño y el sustento de la casa

27:23 Conoce bien el estado de tus ovejas;
   presta atención a tus rebaños,
27:24 porque las riquezas no duran para siempre;
   ¿dura la corona de generación en generación?
27:25 Se retira el heno, aparece la hierba nueva y se recogen las hierbas de los montes.
27:26 Los corderos te darán vestido y los machos cabríos, el precio de un campo.
27:27 Habrá suficiente leche de cabra para tu alimento, para el alimento de tu casa y para el sustento de tus criadas.

Capítulo 28
La justicia frente a la codicia y la opresión
28:1 El malvado huye aunque nadie lo persiga, pero los justos están confiados como un león.
28:2 Por la rebelión de una tierra se multiplican sus gobernantes, pero con un hombre entendido y conocedor se mantiene la estabilidad.
28:3 El pobre que oprime a los débiles es como lluvia torrencial que no deja pan.
28:4 Quienes abandonan la ley alaban al malvado, pero quienes guardan la ley se enfrentan a ellos.

28:5 Los hombres malos no comprenden la justicia, pero quienes buscan al SEÑOR lo comprenden todo.
28:6 Mejor es el pobre que camina con integridad que quien sigue caminos perversos, aunque sea rico.
28:7 Quien guarda la ley es un hijo entendido, pero el compañero de glotones avergüenza a su padre.
28:8 Quien aumenta su riqueza con intereses y usura la acumula para quien se apiada de los pobres.
28:9 Quien aparta su oído para no escuchar la ley, hasta su oración es detestable.
28:10 Quien desvía a los rectos hacia un mal camino caerá en su propia fosa, pero los íntegros heredarán el bien.
28:11 El hombre rico se considera sabio, pero el pobre entendido lo examina.
28:12 Cuando triunfan los justos hay gran esplendor, pero cuando se alzan los malvados, la gente se esconde.
28:13 Quien encubre sus transgresiones no prosperará, pero quien las confiesa y abandona recibirá misericordia.
28:14 Dichoso el hombre que siempre teme, pero quien endurece su corazón caerá en la desgracia.
28:15 Como león rugiente y oso que ataca es un gobernante malvado sobre un pueblo pobre.
28:16 El gobernante falto de entendimiento multiplica las opresiones, pero quien odia las ganancias injustas prolongará sus días.

28:17 El hombre cargado con sangre humana huirá hasta la fosa;
   que nadie lo sostenga.
28:18 Quien camina con integridad será librado, pero quien sigue caminos torcidos caerá de repente.
28:19 Quien cultiva su tierra se saciará de pan, pero quien persigue cosas vanas se saciará de pobreza.
28:20 El hombre fiel tendrá abundantes bendiciones, pero quien se apresura a enriquecerse no quedará sin castigo.
28:21 No es bueno mostrar favoritismo, pero por un bocado de pan el hombre transgrede.
28:22 El avaro corre tras la riqueza y no sabe que le llegará la escasez.
28:23 Quien reprende a un hombre encontrará después más favor que quien adula con la lengua.
28:24 Quien roba a su padre o a su madre y dice: «No es una transgresión», es compañero del destructor.
28:25 El codicioso provoca disputas, pero quien confía en el SEÑOR prosperará.
28:26 Quien confía en su propio corazón es necio, pero quien camina con sabiduría será librado.
28:27 Quien da al pobre no pasará necesidad, pero quien cierra sus ojos recibirá muchas maldiciones.
28:28 Cuando se alzan los malvados, la gente se esconde;
   cuando perecen, los justos se multiplican.

Capítulo 29
29:1 El hombre que, pese a las reprensiones, endurece el cuello será quebrantado de repente, sin remedio.
29:2 Cuando aumentan los justos, el pueblo se alegra;
   cuando gobierna el malvado, el pueblo gime.
29:3 El hombre que ama la sabiduría alegra a su padre, pero quien frecuenta prostitutas malgasta su riqueza.
29:4 Con la justicia el rey da estabilidad a la tierra, pero quien exige sobornos la destruye.
29:5 El hombre que adula a su prójimo tiende una red ante sus pasos.
29:6 En la transgresión del hombre malo hay una trampa, pero el justo canta y se alegra.
29:7 El justo conoce la causa de los pobres, pero el malvado no entiende tal conocimiento.
29:8 Los burladores ponen en llamas la ciudad, pero los sabios calman la ira.
29:9 Cuando un hombre sabio entra en juicio con un necio, haya enojo o risas, no hay sosiego.
29:10 Los sanguinarios odian al íntegro, pero los rectos se interesan por su vida.
29:11 El necio da salida a toda su ira, pero el sabio la contiene y la calma.
29:12 Si un gobernante presta atención a las mentiras, todos sus servidores se vuelven malvados.
29:13 El pobre y el opresor se encuentran: El SEÑOR da luz a los ojos de ambos.
29:14 El rey que juzga a los pobres con fidelidad tendrá su trono firme para siempre.
29:15 La vara y la corrección dan sabiduría, pero el muchacho dejado a sí mismo avergüenza a su madre.
29:16 Cuando aumentan los malvados, aumenta la transgresión;
   pero los justos verán su caída.
29:17 Disciplina a tu hijo y te dará descanso;
   traerá deleite a tu alma.

29:18 Sin visión profética el pueblo se desenfrena, pero dichoso quien guarda la ley.
29:19 Al siervo no se lo corrige solo con palabras;
   aunque entienda, no responde.
29:20 ¿Has visto a un hombre precipitado en sus palabras?
   Hay más esperanza para un necio que para él.
29:21 Quien mima a su siervo desde la niñez al final lo tendrá por heredero.
29:22 El hombre iracundo provoca disputas, y el furioso abunda en transgresiones.
29:23 La soberbia del hombre lo humillará, pero el humilde de espíritu obtendrá honor.
29:24 Quien comparte con el ladrón odia su propia vida: oye la maldición del juramento y no declara nada.
29:25 El temor al hombre tiende una trampa, pero quien confía en el SEÑOR queda a salvo.
29:26 Muchos buscan el favor del gobernante, pero del SEÑOR viene la justicia para el hombre.
29:27 Los justos detestan al hombre injusto, y el malvado detesta a quien sigue un camino recto.

Capítulo 30
Las palabras de Agur
30:1 Palabras de Agur, hijo de Jaqué: el oráculo. Declaración del hombre a Itiel, a Itiel y a Ucal.
30:2 Ciertamente soy más torpe que ningún hombre;
   no tengo entendimiento humano.
30:3 No he aprendido sabiduría ni tengo conocimiento del Santo.
30:4 ¿Quién ha subido al cielo y ha descendido?
   ¿Quién ha recogido el viento en sus puños?
   ¿Quién ha envuelto las aguas en un manto?
   ¿Quién ha establecido todos los confines de la tierra?
   ¿Cuál es su nombre y cuál el nombre de su hijo, si lo sabes?
30:5 Toda palabra de Dios es limpia;
   él es escudo para quienes se refugian en él.
30:6 No añadas a sus palabras, para que no te reprenda y resultes mentiroso.

30:7 Dos cosas te he pedido;
   no me las niegues antes de que muera:
30:8 aleja de mí la falsedad y la palabra mentirosa;
   no me des pobreza ni riqueza;
   aliméntame con mi porción de pan,
30:9 no sea que, al saciarme, te niegue y diga: «¿Quién es el SEÑOR?», o que, al empobrecerme, robe y profane el nombre de mi Dios.

30:10 No difames al siervo ante su señor, para que no te maldiga y cargues con la culpa.
30:11 Hay una generación que maldice a su padre y no bendice a su madre.
30:12 Hay una generación pura a sus propios ojos que no se ha lavado de su suciedad.
30:13 Hay una generación, ¡qué altivos son sus ojos, qué elevados sus párpados!
30:14 Hay una generación cuyos dientes son espadas y cuyas muelas son cuchillos, para devorar a los pobres de la tierra y a los necesitados de entre los hombres.

30:15 La sanguijuela tiene dos hijas que dicen: «¡Dame, dame!».
   Tres cosas no se sacian, cuatro no dicen: «¡Basta!»:
30:16 el Seol, la matriz estéril, la tierra que no se sacia de agua y el fuego que no dice: «¡Basta!».
30:17 El ojo que se burla de su padre y desprecia la obediencia a su madre lo arrancarán los cuervos del valle y lo devorarán las crías del águila.

30:18 Tres cosas son demasiado asombrosas para mí, cuatro no comprendo:
30:19 el camino del águila en el cielo, el camino de la serpiente sobre la roca, el camino del barco en medio del mar y el camino del hombre con una joven.
30:20 Así es el camino de la mujer adúltera: come, se limpia la boca y dice: «No he hecho nada malo».

30:21 Por tres cosas tiembla la tierra, y cuatro no puede soportar:
30:22 al siervo cuando llega a ser rey, al necio cuando se sacia de pan,
30:23 a la mujer odiada cuando se casa y a la criada cuando ocupa el lugar de su señora.

30:24 Cuatro cosas son pequeñas en la tierra, pero extraordinariamente sabias:
30:25 las hormigas, pueblo sin fuerza que prepara su alimento en verano;
30:26 los damanes, pueblo sin poder que pone su casa entre las rocas;
30:27 las langostas, que no tienen rey, pero salen todas en escuadrones;
30:28 la lagartija, que puedes atrapar con las manos, pero está en los palacios del rey.

30:29 Tres cosas tienen un paso majestuoso, cuatro andan con elegancia:
30:30 el león, poderoso entre las fieras, que no retrocede ante nada;
30:31 el de lomos ceñidos, el macho cabrío y el rey con su ejército.
30:32 Si has actuado como necio al enaltecerte, o si has tramado el mal, pon la mano sobre tu boca.
30:33 Porque al batir la leche se obtiene mantequilla, al apretar la nariz se saca sangre y al provocar la ira se produce una disputa.

Capítulo 31
La madre de Lemuel enseña dominio propio y justicia
31:1 Palabras del rey Lemuel, oráculo que su madre le enseñó:
31:2 «¿Qué decirte, hijo mío?
   ¿Qué, hijo de mi vientre?
   ¿Qué, hijo de mis votos?
31:3 No entregues tu vigor a las mujeres ni tus caminos a lo que destruye a los reyes.
31:4 No es para los reyes, Lemuel, no es para los reyes beber vino, ni para los gobernantes decir: “¿Dónde hay bebida fuerte?”,
31:5 no sea que beban y olviden lo decretado, y perviertan el derecho de todos los afligidos.
31:6 Den bebida fuerte al que perece y vino a los amargados de alma.
31:7 Que beba y olvide su pobreza, y no recuerde más su aflicción.
31:8 Abre tu boca por quien no puede hablar, por la causa de todos los desamparados.
31:9 Abre tu boca, juzga con justicia y defiende la causa del pobre y del necesitado».
La mujer virtuosa: sabiduría que trabaja y hace el bien

31:10 Mujer virtuosa, ¿quién la hallará?
   Su precio supera con mucho el de las piedras preciosas.
31:11 El corazón de su marido confía en ella, y a él no le faltarán ganancias.
31:12 Ella le hace bien y no mal todos los días de su vida.
31:13 Busca lana y lino, y trabaja con gusto con sus manos.
31:14 Es como las naves mercantes: trae su alimento desde lejos.
31:15 Se levanta cuando aún es de noche, da alimento a los de su casa y una ración a sus criadas.
31:16 Considera un campo y lo compra;
   con el fruto de sus manos planta una viña.
31:17 Se ciñe la cintura de fuerza y fortalece sus brazos.
31:18 Percibe que su ganancia es buena;
   por la noche no se apaga su lámpara.
31:19 Extiende sus manos a la rueca y sus palmas sostienen el huso.
31:20 Abre su palma al pobre y tiende sus manos al necesitado.
31:21 No teme la nieve por los de su casa, porque todos los de su casa están vestidos de escarlata.
31:22 Se hace colchas;
   su vestido es de lino fino y púrpura.
31:23 Su marido es conocido a las puertas de la ciudad, cuando se sienta con los ancianos de la tierra.
31:24 Hace ropa de lino y la vende;
   provee cinturones al mercader.
31:25 Fuerza y dignidad son su vestidura, y se ríe del día venidero.
31:26 Abre su boca con sabiduría, y la enseñanza de la bondad está en su lengua.
31:27 Vigila la marcha de su casa y no come el pan de la ociosidad.
31:28 Sus hijos se levantan y la llaman dichosa;
   su marido también la alaba:
31:29 «Muchas mujeres han actuado con valor, pero tú las superas a todas».
31:30 Engañoso es el encanto y fugaz la belleza;
   la mujer que teme al SEÑOR, esa será alabada.
31:31 Denle del fruto de sus manos y que sus obras la alaben a las puertas de la ciudad.

ECLESIASTÉS

Capítulo 1
La vida examinada desde sus límites
1:1 Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén.
1:2 «Vanidad de vanidades», dice el Predicador, «vanidad de vanidades;
   todo es vanidad».
1:3 ¿Qué provecho obtiene el hombre de todo el trabajo con que se afana bajo el sol?
1:4 Una generación se va y otra generación viene, pero la tierra permanece para siempre.
1:5 Sale el sol y se pone el sol, y se apresura hacia el lugar donde vuelve a salir.
1:6 El viento va hacia el sur y gira hacia el norte;
   gira y gira el viento y vuelve sobre sus giros.
1:7 Todos los ríos van al mar, pero el mar no se llena;
   al lugar hacia donde van los ríos, allí vuelven a ir.
1:8 Todas las cosas son fatigosas, más de lo que el hombre puede expresar.
   El ojo no se sacia de ver y el oído no se llena de oír.
1:9 Lo que fue es lo que será, y lo que se hizo es lo que se hará;
   no hay nada nuevo bajo el sol.
1:10 ¿Hay algo de lo que se diga: «Mira, esto es nuevo»?
   Ya existió en los tiempos que nos precedieron.
1:11 No se recuerda a los de antes, y tampoco se recordará a los que vendrán entre quienes vengan después de ellos.
La experiencia del Predicador
1:12 Yo, el Predicador, fui rey sobre Israel en Jerusalén.
1:13 Dediqué mi corazón a buscar e investigar con sabiduría todo lo que se hace bajo los cielos. Es una tarea penosa que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en ella.
1:14 He visto todas las obras que se hacen bajo el sol: todo es vanidad y perseguir el viento.
1:15 Lo torcido no puede enderezarse, y lo que falta no puede contarse.
1:16 Hablé con mi corazón y dije: «He crecido y aumentado en sabiduría más que todos los que estuvieron antes de mí sobre Jerusalén; mi corazón ha visto mucha sabiduría y conocimiento».
1:17 Dediqué mi corazón a conocer la sabiduría y a conocer la locura y la necedad. Comprendí que también esto es perseguir el viento.
1:18 Porque donde hay mucha sabiduría hay mucho pesar;
   quien aumenta el conocimiento aumenta el dolor.

Capítulo 2
La prueba del placer y las grandes obras
2:1 Dije en mi corazón: «Ven, te probaré con la alegría; disfruta de lo bueno». Pero también esto era vanidad.
2:2 De la risa dije: «Es locura», y de la alegría: «¿Qué logra?».
2:3 Busqué en mi corazón cómo estimular mi cuerpo con vino, mientras mi corazón me guiaba con sabiduría, y cómo asirme de la necedad, hasta ver qué es bueno que hagan los hijos de los hombres bajo los cielos durante los contados días de su vida.
2:4 Engrandecí mis obras: construí casas para mí y planté viñas para mí.
2:5 Hice jardines y parques para mí, y planté en ellos árboles de toda clase de fruto.
2:6 Hice estanques de agua para mí, para regar con ellos un bosque de árboles en crecimiento.
2:7 Compré esclavos y esclavas, y tuve esclavos nacidos en mi casa. También tuve grandes posesiones de ganado vacuno y de ovejas, más que todos los que estuvieron antes de mí en Jerusalén.
2:8 También reuní para mí plata y oro, tesoros de reyes y provincias. Me procuré cantores y cantoras, y los deleites de los hijos de los hombres: concubinas en abundancia.
2:9 Me engrandecí y superé a todos los que estuvieron antes de mí en Jerusalén; además, mi sabiduría permaneció conmigo.
2:10 No negué a mis ojos nada de lo que pedían ni privé a mi corazón de alegría alguna, porque mi corazón se alegraba de todo mi trabajo; esa fue mi porción de todo mi trabajo.
2:11 Después consideré todas las obras que habían hecho mis manos y el trabajo con que me había afanado en hacerlas: todo era vanidad y perseguir el viento; no había provecho bajo el sol.
Sabiduría y necedad ante la muerte
2:12 Me volví a considerar la sabiduría, la locura y la necedad. Porque ¿qué puede hacer el hombre que venga después del rey? Lo que ya se ha hecho.
2:13 Vi que la sabiduría aventaja a la necedad, como la luz aventaja a la oscuridad.
2:14 El sabio tiene los ojos en su cabeza, pero el necio camina en la oscuridad. Sin embargo, también comprendí que a todos les sucede lo mismo.
2:15 Entonces dije en mi corazón: «Lo que le sucede al necio también me sucederá a mí. ¿Para qué, pues, he sido tan sabio?». Y dije en mi corazón: «También esto es vanidad».
2:16 Porque no habrá recuerdo eterno del sabio ni del necio; en los días venideros todos habrán sido olvidados. ¡Y cómo muere el sabio igual que el necio!
2:17 Odié la vida, porque me resultaba penosa la obra que se hace bajo el sol; todo es vanidad y perseguir el viento.
El destino incierto del fruto del trabajo
2:18 Odié también todo el trabajo con que me afano bajo el sol, porque tendré que dejárselo al hombre que vendrá después de mí.
2:19 ¿Quién sabe si será sabio o necio? Sin embargo, dominará sobre todo el fruto de mi trabajo, en el que me afané y obré con sabiduría bajo el sol. También esto es vanidad.
2:20 Así llegué a desesperarme por todo el trabajo con que me había afanado bajo el sol.
2:21 Porque hay quien trabaja con sabiduría, conocimiento y destreza, y tiene que dejar su porción a otro que no trabajó por ella. También esto es vanidad y un gran mal.
2:22 Pues ¿qué obtiene el hombre de todo su trabajo y del afán de su corazón con que se esfuerza bajo el sol?
2:23 Todos sus días son dolor y su ocupación es pesar; ni siquiera de noche descansa su corazón. También esto es vanidad.
El disfrute recibido de Dios
2:24 No hay nada mejor para el hombre que comer, beber y disfrutar del bien de su trabajo. He visto que también esto viene de la mano de Dios.
2:25 Porque ¿quién puede comer y quién disfrutar más que yo?
2:26 Porque al hombre que le agrada, Dios le da sabiduría, conocimiento y alegría; pero al pecador le da la tarea de reunir y acumular, para entregarlo al que agrada a Dios. También esto es vanidad y perseguir el viento.

Capítulo 3
Los tiempos de la vida y el obrar de Dios
3:1 Todo tiene su tiempo, y hay un tiempo para cada asunto bajo los cielos:

3:2 tiempo de nacer y tiempo de morir, tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado;
3:3 tiempo de matar y tiempo de sanar, tiempo de derribar y tiempo de construir;
3:4 tiempo de llorar y tiempo de reír, tiempo de hacer duelo y tiempo de bailar;
3:5 tiempo de arrojar piedras y tiempo de reunir piedras, tiempo de abrazar y tiempo de abstenerse de abrazar;
3:6 tiempo de buscar y tiempo de dar por perdido, tiempo de guardar y tiempo de desechar;
3:7 tiempo de rasgar y tiempo de coser, tiempo de callar y tiempo de hablar;
3:8 tiempo de amar y tiempo de odiar, tiempo de guerra y tiempo de paz.
3:9 ¿Qué provecho obtiene quien trabaja de aquello en que se afana?
3:10 He visto la tarea que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en ella.
3:11 Todo lo hizo hermoso en su tiempo. También puso la eternidad en sus corazones, sin que el hombre pueda descubrir la obra que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin.
3:12 Comprendí que no hay nada mejor para ellos que alegrarse y hacer el bien durante su vida;
3:13 y que todo hombre coma, beba y disfrute del bien de todo su trabajo es un don de Dios.
3:14 Comprendí que todo lo que Dios hace permanece para siempre; nada se le puede añadir y nada se le puede quitar. Dios ha obrado así para que teman ante él.
3:15 Lo que es ya fue, y lo que será ya ha sido; Dios busca lo que se ha ido.
Injusticias de la vida
3:16 Vi además bajo el sol que en el lugar del derecho había maldad, y en el lugar de la justicia había maldad.
3:17 Dije en mi corazón: «Dios juzgará al justo y al malvado, porque allí hay un tiempo para cada asunto y para toda obra».
3:18 Dije en mi corazón acerca de los hijos de los hombres: «Dios los prueba para que vean que, por sí mismos, son como los animales».
3:19 Porque lo que les sucede a los hijos de los hombres y lo que les sucede a los animales es lo mismo: como muere uno, muere el otro; todos tienen un mismo aliento. El hombre no tiene ventaja sobre el animal, porque todo es vanidad.
3:20 Todos van al mismo lugar; todos vienen del polvo y todos vuelven al polvo.
3:21 ¿Quién sabe si el espíritu de los hijos de los hombres sube hacia arriba y si el espíritu del animal baja hacia la tierra?
3:22 Vi que no hay nada mejor que alegrarse el hombre en sus obras, porque esa es su porción. Pues ¿quién lo llevará a ver lo que sucederá después de él?

Capítulo 4
La opresión y el abandono de quienes la sufren
4:1 Volví a contemplar todas las opresiones que se cometen bajo el sol: allí estaban las lágrimas de los oprimidos, sin nadie que los consolara. El poder estaba en manos de sus opresores, y no había nadie que los consolara.
4:2 Consideré más dichosos a los muertos, que ya murieron, que a los vivos, que aún viven.
4:3 Pero mejor que ambos está quien todavía no ha existido, que no ha visto las malas obras que se hacen bajo el sol.
Rivalidad, pereza y descanso
4:4 Vi que todo trabajo y toda destreza en las obras nacen de la rivalidad del hombre con su prójimo. También esto es vanidad y perseguir el viento.
4:5 El necio se cruza de manos y devora su propia carne.
4:6 Mejor un puñado con descanso que dos puñados con trabajo y perseguir el viento.
La soledad del que acumula
4:7 Volví a ver otra vanidad bajo el sol:
4:8 hay quien está solo, sin nadie más; no tiene hijo ni hermano, pero su trabajo no tiene fin y sus ojos no se sacian de riquezas. «¿Para quién trabajo y privo a mi alma del bien?». También esto es vanidad y una tarea penosa.
La fuerza de la compañía

4:9 Mejores son dos que uno, porque tienen buena recompensa por su trabajo.
4:10 Si caen, uno levanta a su compañero.
   Pero ¡ay del que está solo cuando cae, sin otro que lo levante!
4:11 Además, si dos se acuestan juntos, se dan calor;
   pero uno solo, ¿cómo se calentará?
4:12 Si alguien domina al que está solo, dos podrán resistirle;
   una cuerda de tres hilos no se rompe fácilmente.
La sabiduría y la fragilidad del poder
4:13 Mejor es un muchacho pobre y sabio que un rey viejo y necio que ya no sabe aceptar advertencias.
4:14 Porque el muchacho salió de la cárcel para reinar, aunque nació pobre en su reino.
4:15 Vi a todos los vivos que caminan bajo el sol junto al segundo muchacho, el que ocuparía su lugar.
4:16 Era incontable todo el pueblo a cuya cabeza estaba; sin embargo, los que vengan después no se alegrarán de él. También esto es vanidad y perseguir el viento.

Capítulo 5
Escuchar a Dios y cuidar lo que prometemos
5:1 Cuida tus pasos cuando vayas a la casa de Dios. Acercarse para escuchar es mejor que ofrecer el sacrificio de los necios, porque no saben que hacen el mal.
5:2 No te precipites con tu boca ni se apresure tu corazón a pronunciar palabras ante Dios, porque Dios está en los cielos y tú en la tierra. Por eso, que tus palabras sean pocas.
5:3 Porque el sueño viene de la mucha ocupación, y la voz del necio, de las muchas palabras.
5:4 Cuando hagas un voto a Dios, no tardes en cumplirlo, porque él no se complace en los necios. Cumple lo que prometes.
5:5 Es mejor no hacer un voto que hacerlo y no cumplirlo.
5:6 No permitas que tu boca te haga pecar, ni digas ante el mensajero: «Fue un error». ¿Por qué ha de enojarse Dios por tus palabras y destruir la obra de tus manos?
5:7 Porque en los muchos sueños y en las muchas palabras hay vanidad; pero tú teme a Dios.
El poder y los límites de la riqueza
5:8 Si ves en una provincia opresión del pobre y violación del derecho y de la justicia, no te asombres del asunto: un superior vigila a otro superior, y hay superiores sobre ellos.
5:9 El provecho de la tierra es para todos; hasta el rey depende del campo cultivado.
El dinero y la insatisfacción
5:10 Quien ama el dinero no se sacia de dinero; quien ama la abundancia no se sacia de ganancias. También esto es vanidad.
5:11 Cuando aumentan los bienes, aumentan quienes los consumen. ¿Qué provecho tiene su dueño, aparte de contemplarlos con sus ojos?
5:12 Dulce es el sueño del trabajador, coma poco o mucho, pero la abundancia del rico no lo deja dormir.
Riquezas que se convierten en pérdida
5:13 Hay un mal doloroso que he visto bajo el sol: riquezas guardadas por su dueño para su propio daño.
5:14 Esas riquezas se pierden en un mal negocio; engendra un hijo y no le queda nada en la mano.
5:15 Como salió del vientre de su madre, desnudo, así se irá de nuevo, tal como vino. No se llevará nada de su trabajo que pueda cargar en su mano.
5:16 También esto es un mal doloroso: tal como vino, así se irá. ¿Qué provecho obtiene de trabajar para el viento?
5:17 Además, todos sus días come en la oscuridad, con mucho pesar, enfermedad e ira.
Recibir y disfrutar los dones de Dios
5:18 Esto es lo que he visto que es bueno y conveniente: comer, beber y disfrutar del bien de todo el trabajo con que uno se afana bajo el sol durante los contados días de vida que Dios le ha dado, porque esa es su porción.
5:19 También, cuando Dios da a un hombre riquezas y bienes, y le permite disfrutar de ellos, recibir su porción y alegrarse de su trabajo, eso es un don de Dios.
5:20 Porque no recuerda mucho los días de su vida, pues Dios lo mantiene ocupado con la alegría de su corazón.

Capítulo 6
La riqueza que no alcanza a disfrutarse
6:1 Hay un mal que he visto bajo el sol y que pesa mucho sobre el hombre:
6:2 un hombre a quien Dios da riquezas, bienes y honor, y nada le falta de todo lo que desea su alma, pero Dios no le permite disfrutarlo; un extraño lo disfruta. Esto es vanidad y una aflicción dolorosa.
6:3 Aunque un hombre engendre cien hijos y viva muchos años, por numerosos que sean los días de sus años, si su alma no se sacia del bien y ni siquiera recibe sepultura, digo que un nacido sin vida está mejor que él.
6:4 Porque en vanidad viene y en la oscuridad se va, y en la oscuridad queda cubierto su nombre.
6:5 Aunque no ha visto el sol ni ha conocido nada, tiene más descanso que aquel.
6:6 Aunque aquel viviera dos veces mil años sin disfrutar del bien, ¿no van todos al mismo lugar?
El deseo y los límites del conocimiento
6:7 Todo el trabajo del hombre es para su boca, pero su apetito no se sacia.
6:8 Pues ¿qué ventaja tiene el sabio sobre el necio? ¿Qué ventaja tiene el pobre que sabe conducirse entre los vivos?
6:9 Mejor es lo que ven los ojos que el vagar del deseo. También esto es vanidad y perseguir el viento.
6:10 A lo que existe ya se le ha dado nombre, y se sabe lo que es el hombre: no puede contender con quien es más poderoso que él.
6:11 Cuantas más palabras hay, más aumenta la vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre?
6:12 Pues ¿quién sabe qué es bueno para el hombre en su vida, en los contados días de su vida fugaz, que pasa como una sombra? ¿Quién le dirá al hombre lo que sucederá después de él bajo el sol?

Capítulo 7
Contraste entre la sabiduría y la insensatez
7:1 Mejor es un buen nombre que un buen perfume, y el día de la muerte que el día del nacimiento.
7:2 Mejor es ir a una casa de duelo que a una casa de banquete, porque ese es el fin de todo hombre, y el que vive lo toma a pecho.
7:3 Mejor es el pesar que la risa, porque la tristeza del rostro mejora el corazón.
7:4 El corazón de los sabios está en la casa de duelo, pero el corazón de los necios, en la casa de alegría.
7:5 Mejor es escuchar la reprensión de un sabio que escuchar la canción de los necios.
7:6 Porque como el crepitar de los espinos bajo la olla es la risa del necio.
   También esto es vanidad.
7:7 La opresión enloquece al sabio y el soborno corrompe el corazón.
Paciencia y discernimiento en el presente

7:8 Mejor es el fin de un asunto que su comienzo;
   mejor el paciente de espíritu que el altivo de espíritu.
7:9 No te apresures en tu espíritu a enojarte, porque el enojo se aloja en el pecho de los necios.
7:10 No digas: «¿Por qué los días pasados fueron mejores que estos?», porque no es por sabiduría que preguntas eso.
La protección y los límites de la sabiduría

7:11 Buena es la sabiduría junto con una herencia, y provechosa para quienes ven el sol.
7:12 Porque la sabiduría da protección, como el dinero da protección;
   pero la ventaja del conocimiento es que la sabiduría preserva la vida de quien la posee.
7:13 Considera la obra de Dios: ¿quién puede enderezar lo que él ha torcido?
7:14 En el día del bien disfruta del bien, y en el día de la adversidad considera que Dios ha hecho tanto el uno como el otro, para que el hombre no descubra nada de lo que vendrá después de él.
Justicia, sufrimiento y temor de Dios
7:15 Todo lo he visto durante los días de mi vida fugaz: hay un justo que perece en su justicia y hay un malvado que prolonga su vida en su maldad.
7:16 No seas justo en exceso ni te hagas demasiado sabio. ¿Por qué habrías de destruirte?
7:17 No seas malvado en exceso ni seas necio. ¿Por qué habrías de morir antes de tu tiempo?
7:18 Es bueno que te aferres a esto sin soltar aquello de tu mano, porque quien teme a Dios saldrá adelante en todo ello.
7:19 La sabiduría hace al sabio más fuerte que diez gobernantes de una ciudad.
7:20 Porque no hay hombre justo en la tierra que haga el bien y nunca peque.
7:21 Tampoco tomes a pecho todas las palabras que se dicen, para que no oigas a tu siervo maldecirte.
7:22 Porque tu corazón sabe que muchas veces tú también has maldecido a otros.
La búsqueda y la condición humana
7:23 Todo esto lo probé con sabiduría. Dije: «Seré sabio», pero la sabiduría estaba lejos de mí.
7:24 Lejos está lo que existe, y es profundo, muy profundo. ¿Quién lo descubrirá?
7:25 Volví mi corazón a conocer, investigar y buscar sabiduría y la razón de las cosas, y a comprender que la maldad es necedad y que la insensatez es locura.
7:26 Encuentro más amarga que la muerte a la mujer que es una trampa, cuyo corazón es una red y cuyas manos son cadenas. Quien agrada a Dios escapará de ella, pero el pecador quedará atrapado por ella.
7:27 «Mira, esto he encontrado», dice el Predicador, «añadiendo una cosa a otra para hallar la razón,
7:28 que mi alma sigue buscando sin haberla hallado: he encontrado a un hombre entre mil, pero no he encontrado a una mujer entre todas estas.
7:29 Mira, solo esto he encontrado: Dios hizo recto al hombre, pero ellos buscaron muchas artimañas».

Capítulo 8
La sabiduría frente al poder del rey
8:1 ¿Quién es como el sabio? ¿Quién conoce la explicación de un asunto? La sabiduría del hombre ilumina su rostro y cambia la dureza de su semblante.
8:2 Yo digo: «Guarda el mandato del rey por causa del juramento ante Dios.
8:3 No te apresures a irte de su presencia ni persistas en un mal asunto, porque él hace todo lo que quiere».
8:4 Porque la palabra del rey tiene autoridad, y ¿quién le dirá: «¿Qué haces?»?
8:5 Quien guarda el mandato no experimentará ningún mal, y el corazón del sabio conoce el tiempo y el juicio.
8:6 Porque para todo asunto hay tiempo y juicio, aunque la aflicción del hombre pese mucho sobre él.
8:7 No sabe lo que sucederá; ¿quién le anunciará cómo sucederá?
8:8 Ningún hombre tiene poder sobre el viento para retener el viento, ni poder sobre el día de la muerte. No hay licencia en la guerra, y la maldad no librará a quienes la practican.
8:9 Todo esto he visto al dedicar mi corazón a toda obra que se hace bajo el sol, cuando el hombre domina a otro hombre para su mal.
Desigualdades de la vida
8:10 Vi también a malvados sepultados, que habían entrado y salido del lugar santo, y que fueron olvidados en la ciudad donde así habían actuado. También esto es vanidad.
8:11 Porque la sentencia contra una mala obra no se ejecuta pronto, el corazón de los hijos de los hombres se llena de determinación para hacer el mal.
8:12 Aunque el pecador haga el mal cien veces y prolongue su vida, sé que les irá bien a quienes temen a Dios, a quienes temen ante su presencia.
8:13 Pero no le irá bien al malvado ni prolongará sus días, que son como una sombra, porque no teme ante la presencia de Dios.
Cuando los resultados no reflejan la justicia
8:14 Hay una vanidad que ocurre en la tierra: hay justos que reciben lo que corresponde a las obras de los malvados, y hay malvados que reciben lo que corresponde a las obras de los justos. Digo que también esto es vanidad.
8:15 Alabé la alegría, porque no hay nada mejor para el hombre bajo el sol que comer, beber y alegrarse. Eso lo acompañará en su trabajo durante los días de vida que Dios le ha dado bajo el sol.
8:16 Cuando dediqué mi corazón a conocer la sabiduría y a observar la ocupación que se lleva a cabo en la tierra —pues hay quien no duerme ni de día ni de noche—,
8:17 vi toda la obra de Dios: el hombre no puede descubrir la obra que se hace bajo el sol. Por mucho que el hombre se esfuerce en buscarla, no la descubrirá; y aunque el sabio diga que la conoce, no podrá descubrirla.

Capítulo 9
La vida ante Dios y el límite de la muerte
9:1 Todo esto lo puse en mi corazón para examinarlo: los justos, los sabios y sus obras están en la mano de Dios. Los hombres no saben si les espera amor u odio; todo está por delante de ellos.
9:2 Todo les sucede por igual a todos: un mismo destino alcanza al justo y al malvado, al bueno, al puro y al impuro, al que ofrece sacrificios y al que no los ofrece. Al bueno le sucede como al pecador, y al que jura, como al que teme jurar.
9:3 Este es el mal que hay en todo lo que se hace bajo el sol: un mismo destino alcanza a todos. Además, el corazón de los hijos de los hombres está lleno de maldad, y hay locura en su corazón durante su vida; después van a los muertos.
9:4 Para quien está unido a los vivos hay esperanza, porque vale más un perro vivo que un león muerto.
9:5 Los vivos saben que morirán, pero los muertos no saben nada; ya no tienen recompensa, porque su recuerdo ha sido olvidado.
9:6 Su amor, su odio y sus celos ya perecieron; nunca más tendrán parte en todo lo que se hace bajo el sol.
Recibir el bien y actuar durante la vida
9:7 Ve, come tu pan con alegría y bebe tu vino con corazón contento, porque Dios ya ha aceptado tus obras.
9:8 Que tus vestidos sean blancos en todo tiempo y no falte aceite sobre tu cabeza.
9:9 Disfruta de la vida con la mujer que amas todos los días de tu vida fugaz que él te ha dado bajo el sol, todos los días de tu vida fugaz, porque esa es tu porción en la vida y en el trabajo con que te afanas bajo el sol.
9:10 Todo lo que tu mano encuentre para hacer, hazlo con tus fuerzas, porque en el Seol, adonde vas, no hay obra ni planes ni conocimiento ni sabiduría.
9:11 Volví a ver bajo el sol que la carrera no es de los veloces, ni la batalla de los fuertes, ni el pan de los sabios, ni las riquezas de los entendidos, ni el favor de los hábiles; el tiempo y la ocasión les llegan a todos.
9:12 El hombre tampoco conoce su hora. Como peces atrapados en una red fatal y como aves apresadas en una trampa, así quedan atrapados los hijos de los hombres en el tiempo de la desgracia, cuando cae de repente sobre ellos.
Una ciudad salvada por un sabio olvidado
9:13 También vi esta sabiduría bajo el sol, y me pareció grande:
9:14 había una ciudad pequeña con pocos hombres en ella. Un gran rey vino contra ella, la rodeó y levantó grandes obras de asedio contra ella.
9:15 En ella se encontró a un hombre pobre y sabio, y él libró la ciudad con su sabiduría; sin embargo, nadie se acordó de aquel hombre pobre.
9:16 Entonces dije: «Mejor es la sabiduría que la fuerza». Pero se desprecia la sabiduría del pobre y no se escuchan sus palabras.
9:17 Las palabras de los sabios escuchadas en calma son mejores que los gritos de quien gobierna entre los necios.
9:18 Mejor es la sabiduría que las armas de guerra, pero un solo pecador destruye mucho bien.

Capítulo 10
El daño de la necedad y el valor del discernimiento
10:1 Las moscas muertas hacen apestar y fermentar el aceite del perfumista;
   un poco de necedad pesa más que la sabiduría y el honor.
10:2 El corazón del sabio se inclina a su derecha, y el corazón del necio, a su izquierda.
10:3 Aun cuando el necio va por el camino le falta juicio y muestra a todos que es necio.
La prudencia ante la autoridad

10:4 Si la ira del gobernante se levanta contra ti, no abandones tu puesto, porque la serenidad calma grandes ofensas.
El desorden que nace de un gobierno necio

10:5 Hay un mal que he visto bajo el sol, como un error que procede del gobernante:
10:6 la necedad es colocada en puestos muy elevados, mientras los ricos se sientan en lugares bajos.
10:7 He visto siervos a caballo y príncipes que caminan a pie como siervos.
Los riesgos del trabajo y la ventaja de la destreza

10:8 Quien cava una fosa caerá en ella, y a quien abre una brecha en un muro lo morderá una serpiente.
10:9 Quien extrae piedras se lastimará con ellas, y quien parte leña corre peligro con ella.
10:10 Si el hierro está desafilado y no se le saca filo, hay que emplear más fuerza;
   pero la sabiduría tiene la ventaja de dar buen resultado.
10:11 Si la serpiente muerde antes de ser encantada, el encantador no obtiene provecho.
Las palabras y la conducta del necio

10:12 Las palabras de la boca del sabio tienen gracia, pero los labios del necio lo devoran.
10:13 El comienzo de las palabras de su boca es necedad, y el fin de su hablar es locura malvada.
10:14 El necio multiplica las palabras, pero el hombre no sabe lo que sucederá.
   ¿Quién le anunciará lo que vendrá después de él?
10:15 El trabajo de los necios los agota, pues no saben ir a la ciudad.
El gobierno que sirve y el que se entrega al exceso

10:16 ¡Ay de ti, tierra, cuyo rey es un muchacho y cuyos príncipes banquetean por la mañana!
10:17 ¡Dichosa tú, tierra, cuyo rey es hijo de nobles y cuyos príncipes comen a su hora, para fortalecerse y no para embriagarse!
10:18 Por la pereza se hunde el techo, y por la dejadez de las manos la casa tiene goteras.
10:19 Para la alegría se prepara el banquete, el vino alegra la vida y el dinero responde a todo.
10:20 No maldigas al rey ni siquiera en tu pensamiento, ni maldigas al rico en lo íntimo de tu dormitorio, porque un ave del cielo llevará tu voz y un ser alado hará saber tus palabras.

Capítulo 11
Actuar con generosidad y constancia ante la incertidumbre
11:1 Echa tu pan sobre las aguas, porque después de muchos días lo encontrarás.
11:2 Reparte una porción a siete, y aun a ocho, porque no sabes qué calamidad vendrá sobre la tierra.
11:3 Si las nubes se llenan de lluvia, la derraman sobre la tierra;
   y si un árbol cae hacia el sur o hacia el norte, donde el árbol caiga, allí quedará.
11:4 El que observa el viento no sembrará, y el que mira las nubes no cosechará.
11:5 Así como no sabes cuál es el camino del viento ni cómo se forman los huesos en el vientre de una mujer embarazada, tampoco conoces la obra de Dios, que hace todas las cosas.
11:6 Por la mañana siembra tu semilla y por la tarde no des reposo a tu mano, porque no sabes qué prosperará, si esto o aquello, o si ambas cosas serán igualmente buenas.
Alegrarse de la vida sin olvidar su límite

11:7 Dulce es la luz, y es bueno para los ojos ver el sol.
11:8 Si una persona vive muchos años, que se alegre en todos ellos, pero que recuerde que los días de oscuridad serán muchos.
   Todo lo que está por venir es vanidad.
Consejos para la juventud

11:9 Alégrate, joven, en tu juventud, y que tu corazón disfrute en los días de tu juventud.
   Anda por los caminos de tu corazón y por lo que ven tus ojos, pero sabe que por todas estas cosas Dios te llevará a juicio.
11:10 Aparta de tu corazón la congoja y aleja el sufrimiento de tu cuerpo, porque la juventud y la flor de la vida son vanidad.

Capítulo 12
Recordar al Creador antes de la vejez y la muerte
12:1 Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes de que lleguen los días malos y se acerquen los años en que digas: «No encuentro placer en ellos»;
12:2 antes de que se oscurezcan el sol y la luz, la luna y las estrellas, y vuelvan las nubes después de la lluvia;
12:3 el día en que tiemblen los guardianes de la casa y se encorven los hombres fuertes, dejen de trabajar las que muelen, porque son pocas, y se oscurezcan las que miran por las ventanas;
12:4 cuando se cierren las puertas de la calle al bajar el sonido del molino, uno se levante al canto del ave y todas las hijas del canto sean abatidas;
12:5 cuando se tema a las alturas y haya terrores en el camino, florezca el almendro, se arrastre la langosta y la alcaparra pierda su efecto.
   Porque el ser humano va a su morada eterna, y los que hacen duelo recorren las calles.
12:6 Antes de que se rompa el cordón de plata, se quiebre el cuenco de oro, se rompa el cántaro junto a la fuente y se haga pedazos la rueda junto al pozo;
12:7 y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios, que lo dio.
12:8 «Vanidad de vanidades —dice el Predicador—, todo es vanidad».
La enseñanza del Predicador y la conclusión del libro
12:9 Además de ser sabio, el Predicador también enseñó conocimiento al pueblo. Reflexionó, investigó y puso en orden muchos proverbios.
12:10 El Predicador procuró encontrar palabras agradables y escribir con rectitud palabras de verdad.
12:11 Las palabras de los sabios son como aguijones, y las de los maestros de estas colecciones, como clavos bien hincados; han sido dadas por un solo Pastor.
12:12 Además de esto, hijo mío, queda advertido: hacer muchos libros no tiene fin, y mucho estudio fatiga el cuerpo.
La vida entera delante de Dios
12:13 La conclusión de todo lo oído es esta: teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto concierne a todo ser humano.
12:14 Porque Dios llevará a juicio toda obra, junto con todo lo oculto, sea bueno o malo.

CANTARES

Capítulo 1
El deseo de encontrarse con el amado
1:1 Cantar de los cantares, de Salomón.
1:2 «¡Que me bese con los besos de su boca!
   Porque tus amores son mejores que el vino.
1:3 Tus perfumes tienen una fragancia agradable;
   tu nombre es perfume derramado.
   Por eso te aman las jóvenes.
1:4 Atráeme tras de ti;
   corramos.
   El rey me ha llevado a sus habitaciones.
   Nos gozaremos y nos alegraremos en ti;
   celebraremos tus amores más que el vino.
   ¡Con razón te aman!».

1:5 «Soy morena y hermosa, hijas de Jerusalén, como las tiendas de Cedar, como las cortinas de Salomón.
1:6 No me miren por ser morena, porque el sol me ha quemado.
   Los hijos de mi madre se enojaron conmigo;
   me pusieron a cuidar las viñas, pero mi propia viña no cuidé.
1:7 Dime, tú a quien ama mi alma: ¿dónde apacientas el rebaño?
   ¿Dónde lo haces descansar al mediodía?
   ¿Por qué he de ser como una mujer cubierta con un velo junto a los rebaños de tus compañeros?».
1:8 «Si no lo sabes, hermosa entre las mujeres, sigue las huellas del rebaño y apacienta tus cabritas junto a las cabañas de los pastores».
Los amados celebran su belleza

1:9 «A mi yegua entre los carros del faraón te comparo, amada mía.
1:10 Hermosas son tus mejillas entre los adornos, y tu cuello entre los collares».
1:11 «Te haremos adornos de oro con cuentas de plata».
1:12 «Mientras el rey estaba en su diván, mi nardo esparció su fragancia.
1:13 Mi amado es para mí una bolsita de mirra que pasa la noche entre mis pechos.
1:14 Mi amado es para mí un racimo de flores de alheña en las viñas de En-gadi».

1:15 «¡Qué hermosa eres, amada mía!
   ¡Qué hermosa eres!
   Tus ojos son palomas».
1:16 «¡Qué hermoso eres, amado mío, y qué agradable!
   Nuestro lecho es de lozano verdor.
1:17 Las vigas de nuestras casas son cedros, y nuestros artesonados, cipreses».

Capítulo 2
2:1 «Yo soy el azafrán de Sarón, el lirio de los valles».
2:2 «Como un lirio entre los espinos, así es mi amada entre las jóvenes».
2:3 «Como un manzano entre los árboles del bosque, así es mi amado entre los jóvenes.
   Con deleite me senté a su sombra, y su fruto fue dulce a mi paladar.
2:4 Me llevó a la casa del banquete, y su estandarte sobre mí es amor.
2:5 Sosténganme con tortas de pasas, reanímenme con manzanas, porque estoy enferma de amor.
2:6 Que su izquierda esté debajo de mi cabeza y su derecha me abrace.
2:7 Hijas de Jerusalén, les hago jurar por las gacelas o por las ciervas del campo que no despierten ni provoquen al amor hasta que quiera».
La llegada del amado y la invitación de la primavera

2:8 «¡La voz de mi amado!
   ¡Miren, ya viene, saltando sobre los montes, brincando sobre las colinas!
2:9 Mi amado es como una gacela o un cervatillo.
   Miren, está detrás de nuestro muro, mirando por las ventanas, asomándose por las celosías».
2:10 Mi amado habló y me dijo: «Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven.
2:11 Porque mira, el invierno ha pasado;
   la lluvia ha cesado y se ha ido.
2:12 Las flores aparecen en la tierra, ha llegado el tiempo del canto y se oye la voz de la tórtola en nuestra tierra.
2:13 La higuera madura sus primeros higos, y las vides en flor esparcen su fragancia.
   Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven.

2:14 Paloma mía, que estás en las grietas de la roca, en lo escondido del acantilado, déjame ver tu rostro, déjame oír tu voz, porque tu voz es dulce y tu rostro hermoso».

2:15 «Atrapen para nosotros las zorras, las zorras pequeñas que arruinan las viñas, pues nuestras viñas están en flor».
2:16 «Mi amado es mío y yo soy suya;
   él apacienta entre los lirios.
2:17 Hasta que sople la brisa del día y huyan las sombras, vuélvete, amado mío;
   sé como una gacela o un cervatillo sobre los montes de Beter».

Capítulo 3
La búsqueda nocturna del amado
3:1 «Por las noches, en mi lecho, busqué al que ama mi alma;
   lo busqué, pero no lo encontré.
3:2 “Me levantaré ahora y recorreré la ciudad;
   por las calles y las plazas buscaré al que ama mi alma”.
   Lo busqué, pero no lo encontré.
3:3 Me encontraron los guardias que rondan la ciudad.
   “¿Han visto al que ama mi alma?”.
3:4 Apenas los había dejado atrás, encontré al que ama mi alma.
   Lo sujeté y no lo solté hasta llevarlo a la casa de mi madre, a la habitación de la que me concibió.
3:5 Hijas de Jerusalén, les hago jurar por las gacelas o por las ciervas del campo que no despierten ni provoquen al amor hasta que quiera».
El cortejo de bodas

3:6 «¿Quién es esta que sube del desierto como columnas de humo, perfumada con mirra e incienso y con todos los polvos aromáticos del mercader?
3:7 Miren, es la litera de Salomón;
   la rodean sesenta valientes de entre los valientes de Israel.
3:8 Todos empuñan la espada, expertos en la guerra;
   cada uno lleva su espada al muslo contra los terrores de la noche.

3:9 El rey Salomón se hizo un palanquín de maderas del Líbano.
3:10 Hizo sus columnas de plata, su respaldo de oro y su asiento de púrpura;
   su interior fue tapizado con amor por las hijas de Jerusalén.
3:11 Salgan, hijas de Sión, y contemplen al rey Salomón con la corona con que lo coronó su madre el día de su boda, el día de la alegría de su corazón».

Capítulo 4
El esposo alaba a la esposa
4:1 «¡Qué hermosa eres, amada mía!
   ¡Qué hermosa eres!
   Tus ojos son palomas detrás de tu velo;
   tu cabello es como un rebaño de cabras que descienden del monte Galaad.
4:2 Tus dientes son como un rebaño de ovejas esquiladas que suben del lavadero;
   todas tienen crías gemelas y ninguna ha perdido su cría.
4:3 Tus labios son como un hilo escarlata, y tu hablar es hermoso;
   tus sienes son como mitades de granada detrás de tu velo.
4:4 Tu cuello es como la torre de David, construida para armería;
   de ella cuelgan mil escudos, todos escudos de valientes.
4:5 Tus dos pechos son como dos cervatillos, gemelos de una gacela, que pacen entre los lirios.
4:6 Hasta que sople la brisa del día y huyan las sombras, me iré al monte de la mirra y a la colina del incienso.
4:7 Toda tú eres hermosa, amada mía, y no hay defecto en ti.
La esposa amada y el jardín reservado

4:8 Ven conmigo desde el Líbano, esposa mía, ven conmigo desde el Líbano.
   Mira desde la cumbre del Amana, desde la cumbre del Senir y del Hermón, desde las guaridas de los leones, desde los montes de los leopardos.
4:9 Has cautivado mi corazón, hermana mía, esposa mía;
   has cautivado mi corazón con una sola mirada de tus ojos, con una sola joya de tu collar.
4:10 ¡Qué hermosos son tus amores, hermana mía, esposa mía!
   ¡Cuánto mejores son tus amores que el vino, y la fragancia de tus perfumes que todas las especias aromáticas!
4:11 Tus labios destilan miel del panal, esposa mía;
   miel y leche hay debajo de tu lengua, y la fragancia de tus vestidos es como la fragancia del Líbano.

4:12 Eres un huerto cerrado, hermana mía, esposa mía, un manantial cerrado, una fuente sellada.
4:13 Tus brotes son un vergel de granados con frutos exquisitos, de alheña junto con nardos;
4:14 nardo y azafrán, caña aromática y canela, con todos los árboles de incienso, mirra y áloes, con las mejores especias aromáticas.
4:15 Eres una fuente de huertos, un pozo de aguas vivas y corrientes que fluyen del Líbano».
4:16 «¡Despierta, viento del norte, y ven, viento del sur!
   Soplen sobre mi huerto para que se esparzan sus aromas.
   Que mi amado entre en su huerto y coma sus frutos exquisitos».

Capítulo 5
5:1 «He entrado en mi huerto, hermana mía, esposa mía;
   he recogido mi mirra con mis aromas, he comido mi panal con mi miel, he bebido mi vino con mi leche.
   Coman, amigos;
   beban y embriáguense, amados».
El tormento de la separación

5:2 «Yo dormía, pero mi corazón estaba despierto.
   ¡La voz de mi amado que llama a la puerta!
   “Ábreme, hermana mía, amada mía, paloma mía, perfecta mía, porque mi cabeza está llena de rocío, mis cabellos, de las gotas de la noche”.
5:3 “Me he quitado la túnica, ¿cómo he de ponérmela de nuevo?
   Me he lavado los pies, ¿cómo he de ensuciarlos?”.
5:4 Mi amado metió su mano por la abertura, y mis entrañas se estremecieron por él.
5:5 Me levanté para abrir a mi amado;
   mis manos destilaban mirra y mis dedos, mirra líquida sobre las manecillas del cerrojo.
5:6 Abrí a mi amado, pero mi amado se había retirado, se había ido.
   Mi alma desfalleció cuando él habló.
   Lo busqué, pero no lo encontré;
   lo llamé, pero no me respondió.
5:7 Me encontraron los guardias que rondan la ciudad;
   me golpearon, me hirieron.
   Los guardias de las murallas me quitaron el manto que llevaba.
5:8 Hijas de Jerusalén, les hago jurar: si encuentran a mi amado, ¿qué le dirán?
   Que estoy enferma de amor».
La esposa alaba al esposo

5:9 «¿Qué tiene tu amado más que otro amado, hermosa entre las mujeres?
   ¿Qué tiene tu amado más que otro amado para que nos hagas jurar así?».
5:10 «Mi amado es radiante y sonrosado, distinguido entre diez mil.
5:11 Su cabeza es oro, oro puro;
   sus cabellos son rizados, negros como el cuervo.
5:12 Sus ojos son como palomas junto a corrientes de agua, bañadas en leche, colocadas en su engaste.
5:13 Sus mejillas son como canteros de especias aromáticas, como lechos de plantas perfumadas;
   sus labios son lirios que destilan mirra líquida.
5:14 Sus manos son barras de oro engastadas de berilo;
   su vientre es marfil tallado, recubierto de zafiros.
5:15 Sus piernas son columnas de mármol asentadas sobre bases de oro puro;
   su aspecto es como el Líbano, selecto como los cedros.
5:16 Su paladar es dulzura, y todo él es deseable.
   Este es mi amado y este es mi amigo, hijas de Jerusalén».

Capítulo 6
La búsqueda compartida y el vínculo de los amados
6:1 «¿Adónde se ha ido tu amado, hermosa entre las mujeres?
   ¿Adónde se ha dirigido tu amado, para que lo busquemos contigo?».
6:2 «Mi amado ha bajado a su huerto, a los canteros de especias aromáticas, para apacentar en los huertos y recoger lirios.
6:3 Yo soy de mi amado y mi amado es mío;
   él apacienta entre los lirios».
La belleza singular de la amada

6:4 «Eres hermosa como Tirsa, amada mía, encantadora como Jerusalén, imponente como ejércitos con estandartes.
6:5 Aparta de mí tus ojos, porque me abruman.
   Tu cabello es como un rebaño de cabras que descienden de Galaad.
6:6 Tus dientes son como un rebaño de ovejas que suben del lavadero;
   todas tienen crías gemelas y ninguna ha perdido su cría.
6:7 Tus sienes son como mitades de granada detrás de tu velo.
6:8 Sesenta son las reinas, ochenta las concubinas y las jóvenes, innumerables.
6:9 Pero una sola es mi paloma, mi perfecta;
   única es para su madre, la preferida de la que la dio a luz.
   Las jóvenes la vieron y la llamaron dichosa;
   las reinas y las concubinas la alabaron».

6:10 «¿Quién es esta que se asoma como el alba, hermosa como la luna, resplandeciente como el sol, imponente como ejércitos con estandartes?».
El jardín y la llamada a la sulamita

6:11 «Bajé al huerto de los nogales para ver el verdor del valle, para ver si había brotado la vid y si habían florecido los granados.
6:12 Sin darme cuenta, mi alma me puso entre los carros de mi noble pueblo».
6:13 «¡Vuelve, vuelve, sulamita!
   ¡Vuelve, vuelve, para que te contemplemos!».
   «¿Qué contemplan en la sulamita, como en la danza de dos campamentos?».

Capítulo 7
La belleza de la amada en movimiento
7:1 «¡Qué hermosos son tus pasos con sandalias, hija de príncipe!
   Las curvas de tus caderas son como joyas, obra de manos de un artesano.
7:2 Tu ombligo es una copa redonda: que no le falte vino mezclado.
   Tu vientre es un montón de trigo rodeado de lirios.
7:3 Tus dos pechos son como dos cervatillos, gemelos de una gacela.
7:4 Tu cuello es como una torre de marfil;
   tus ojos, como los estanques de Hesbón junto a la puerta de Bat-rabim;
   tu nariz, como la torre del Líbano que mira hacia Damasco.
7:5 Tu cabeza se eleva como el Carmelo, y el cabello de tu cabeza es como la púrpura;
   un rey está cautivo en tus trenzas.
7:6 ¡Qué hermosa y qué agradable eres, amor mío, con tus delicias!
7:7 Tu estatura se parece a una palmera, y tus pechos, a sus racimos.
7:8 Dije: “Subiré a la palmera y me aferraré a sus ramas”.
   Sean tus pechos como racimos de la vid, y el aroma de tu aliento, como manzanas;
7:9 y tu paladar, como el buen vino».
   «Que fluya suavemente hacia mi amado, haciendo mover los labios de los que duermen.
7:10 Yo soy de mi amado, y hacia mí se dirige su deseo.
La invitación de la amada a compartir el encuentro

7:11 Ven, amado mío, salgamos al campo;
   pasemos la noche en las aldeas.
7:12 Madruguemos para ir a las viñas;
   veamos si la vid ha brotado, si se han abierto sus flores y si han florecido los granados.
   Allí te daré mis amores.
7:13 Las mandrágoras esparcen su fragancia, y a nuestras puertas hay toda clase de frutos exquisitos, nuevos y añejos, que he guardado para ti, amado mío».

Capítulo 8
El deseo de expresar el amor sin desprecio
8:1 «¡Si fueras como un hermano mío que hubiera mamado de los pechos de mi madre!
   Si te encontrara afuera, te besaría, y no me despreciarían.
8:2 Te guiaría y te llevaría a la casa de mi madre, la que me enseñaba;
   te daría a beber vino con especias, el jugo de mis granadas.
8:3 Que su izquierda esté debajo de mi cabeza y su derecha me abrace.
8:4 Hijas de Jerusalén, les hago jurar que no despierten ni provoquen al amor hasta que quiera».
El poder del amor

8:5 «¿Quién es esta que sube del desierto, apoyada en su amado?».
   «Debajo del manzano te desperté;
   allí tu madre tuvo dolores de parto por ti, allí tuvo dolores la que te dio a luz.
8:6 Ponme como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu brazo, porque el amor es fuerte como la muerte, los celos son inexorables como el Seol.
   Sus destellos son destellos de fuego, una llama de Jah.
8:7 Las muchas aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos lo anegarán.
   Si un hombre diera toda la riqueza de su casa a cambio del amor, sería totalmente despreciado».
La hermana pequeña y la voz de la mujer adulta

8:8 «Tenemos una hermana pequeña que aún no tiene pechos.
   ¿Qué haremos por nuestra hermana el día en que la pidan?
8:9 Si ella es una muralla, edificaremos sobre ella un baluarte de plata;
   y si es una puerta, la reforzaremos con una tabla de cedro».
8:10 «Yo soy una muralla, y mis pechos son como torres;
   entonces fui a sus ojos como quien encuentra paz.
La viña propia y las riquezas de Salomón

8:11 Salomón tenía una viña en Baal-hamón;
   entregó la viña a sus cuidadores, y cada uno debía traer mil monedas de plata por su fruto.
8:12 Mi viña, que es mía, está a mi disposición.
   Las mil monedas son para ti, Salomón, y doscientas para los que cuidan su fruto».
8:13 «Tú, que habitas en los huertos, los compañeros están atentos a tu voz;
   déjame oírla».
8:14 «Huye, amado mío, y sé como una gacela o un cervatillo sobre los montes de las especias aromáticas».

ISAÍAS

Capítulo 1
Una nación pecadora
1:1 Visión de Isaías, hijo de Amoz, que vio acerca de Judá y Jerusalén en los días de Uzías, Jotam, Acaz y Ezequías, reyes de Judá.
1:2 Escuchen, cielos, y presta oído, tierra, porque el SEÑOR ha hablado: «Crié hijos y los hice crecer, pero ellos se rebelaron contra mí.
1:3 El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no conoce;
   mi pueblo no comprende».
1:4 ¡Ay, nación pecadora, pueblo cargado de culpa, descendencia de malvados, hijos corrompidos!
   Han abandonado al SEÑOR, han despreciado al Santo de Israel y le han dado la espalda.
1:5 ¿Por qué han de recibir más golpes?
   ¿Seguirán rebelándose?
   Toda cabeza está enferma y todo corazón desfallecido.
1:6 Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay parte sana: solo heridas, moretones y llagas recientes, que no han sido limpiadas ni vendadas ni aliviadas con aceite.
1:7 Su tierra está desolada, sus ciudades quemadas por el fuego;
   extranjeros devoran sus campos delante de ustedes, y todo está desolado, como arrasado por extranjeros.
1:8 La hija de Sión ha quedado como una cabaña en una viña, como una choza en un campo de pepinos, como una ciudad sitiada.
1:9 Si el SEÑOR de los ejércitos no nos hubiera dejado unos pocos sobrevivientes, habríamos sido como Sodoma, nos habríamos parecido a Gomorra.
Llamamiento al arrepentimiento verdadero

1:10 Escuchen la palabra del SEÑOR, gobernantes de Sodoma;
   presten oído a la ley de nuestro Dios, pueblo de Gomorra.
1:11 «¿Para qué me sirve la multitud de sus sacrificios?
   —dice el SEÑOR—.
   Estoy harto de holocaustos de carneros y de la grasa de animales engordados;
   no me agrada la sangre de toros, corderos y machos cabríos.
1:12 Cuando vienen a presentarse ante mí, ¿quién les ha pedido que pisoteen mis atrios?
1:13 No sigan trayendo ofrendas vanas;
   el incienso me resulta abominable.
   Luna nueva, sábado y convocatoria de asambleas: no soporto la maldad junto con la reunión solemne.
1:14 Mi alma aborrece sus lunas nuevas y sus fiestas señaladas;
   se han convertido en una carga para mí, estoy cansado de soportarlas.
1:15 Cuando extiendan sus manos, esconderé de ustedes mis ojos;
   aunque multipliquen las oraciones, no escucharé.
   Sus manos están llenas de sangre.
1:16 Lávense, límpiense;
   quiten de delante de mis ojos la maldad de sus acciones.
   Dejen de hacer el mal;
1:17 aprendan a hacer el bien, busquen la justicia, corrijan al opresor, hagan justicia al huérfano, defiendan la causa de la viuda.

1:18 Vengan ahora y razonemos juntos —dice el SEÑOR—.
   Aunque sus pecados sean como la escarlata, quedarán blancos como la nieve;
   aunque sean rojos como el carmesí, serán como la lana.
1:19 Si están dispuestos y obedecen, comerán lo mejor de la tierra;
1:20 pero si se niegan y se rebelan, la espada los devorará».
   Porque la boca del SEÑOR ha hablado.
Juicio y redención de Jerusalén

1:21 ¡Cómo se ha convertido en prostituta la ciudad fiel!
   Estaba llena de justicia, la rectitud habitaba en ella, pero ahora hay asesinos.
1:22 Tu plata se ha vuelto escoria;
   tu vino selecto está diluido con agua.
1:23 Tus gobernantes son rebeldes y compañeros de ladrones;
   todos aman el soborno y persiguen recompensas.
   No hacen justicia al huérfano, y la causa de la viuda no llega ante ellos.

1:24 Por eso declara el Señor, el SEÑOR de los ejércitos, el Poderoso de Israel: «¡Ah, me desquitaré de mis adversarios y me vengaré de mis enemigos!
1:25 Volveré mi mano contra ti, quitaré tu escoria como con lejía y eliminaré todas tus impurezas.
1:26 Restauraré tus jueces como antes y tus consejeros como al principio.
   Después te llamarán Ciudad de Justicia, Ciudad Fiel».
1:27 Sión será rescatada mediante la justicia, y los de ella que se arrepientan, mediante la rectitud.
1:28 Pero los rebeldes y los pecadores serán quebrantados juntos, y los que abandonan al SEÑOR perecerán.
1:29 Porque se avergonzarán de las encinas que ustedes desearon, y ustedes quedarán abochornados por los jardines que escogieron.
1:30 Porque serán como una encina cuyas hojas se marchitan y como un jardín que no tiene agua.
1:31 El fuerte será como estopa, y su obra, como una chispa;
   ambos arderán juntos y no habrá quien los apague.

Capítulo 2
Reinado universal del SEÑOR
Texto relacionado: Miqueas 4:1–3
2:1 Palabra que vio Isaías, hijo de Amoz, acerca de Judá y Jerusalén.
2:2 En los últimos días, el monte de la casa del SEÑOR quedará establecido a la cabeza de los montes y se elevará sobre las colinas;
   todas las naciones afluirán a él.
2:3 Muchos pueblos vendrán y dirán: «Vengan, subamos al monte del SEÑOR, a la casa del Dios de Jacob, para que nos enseñe sus caminos y andemos por sus sendas».
   Porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del SEÑOR.
2:4 Él juzgará entre las naciones y resolverá las disputas de muchos pueblos.
   Forjarán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en podaderas;
   no alzará espada una nación contra otra, ni volverán a adiestrarse para la guerra.

2:5 Casa de Jacob, vengan y caminemos a la luz del SEÑOR.
El día del SEÑOR humilla la soberbia

2:6 Porque has abandonado a tu pueblo, la casa de Jacob, pues están llenos de prácticas del oriente y de adivinos como los filisteos, y estrechan la mano de los hijos de extranjeros.
2:7 Su tierra está llena de plata y oro, y sus tesoros no tienen fin;
   su tierra está llena de caballos, y sus carros no tienen fin.
2:8 Su tierra está llena de ídolos;
   se postran ante la obra de sus manos, ante lo que hicieron sus dedos.
2:9 El ser humano se ha doblegado y el hombre se ha rebajado;
   no los perdones.
2:10 Entra en la roca y escóndete en el polvo ante el terror del SEÑOR y el esplendor de su majestad.
2:11 La mirada altiva del ser humano será abatida y la soberbia de los hombres será humillada;
   solo el SEÑOR será exaltado en aquel día.

2:12 Porque el SEÑOR de los ejércitos tiene un día contra todo el que es soberbio y altivo, contra todo el que se ensalza, y será abatido;
2:13 contra todos los cedros del Líbano, altos y erguidos, y contra todas las encinas de Basán;
2:14 contra todos los montes altos y contra todas las colinas elevadas;
2:15 contra toda torre alta y contra toda muralla fortificada;
2:16 contra todas las naves de Tarsis y contra todas las naves espléndidas.
2:17 La altivez del ser humano será abatida y la soberbia de los hombres será humillada;
   solo el SEÑOR será exaltado en aquel día.
2:18 Los ídolos desaparecerán por completo.
2:19 Entrarán en las cuevas de las rocas y en los agujeros de la tierra, ante el terror del SEÑOR y el esplendor de su majestad, cuando se levante para hacer temblar la tierra.
2:20 En aquel día el ser humano arrojará a los topos y a los murciélagos sus ídolos de plata y sus ídolos de oro, que le hicieron para que los adorara,
2:21 para entrar en las grietas de las rocas y en las hendiduras de las peñas, ante el terror del SEÑOR y el esplendor de su majestad, cuando se levante para hacer temblar la tierra.
2:22 Dejen de apoyarse en el ser humano, cuyo aliento está en su nariz;
   porque ¿qué valor tiene?

Capítulo 3
Juicio del SEÑOR contra Judá y Jerusalén
3:1 Porque miren, el Señor, el SEÑOR de los ejércitos, quita de Jerusalén y de Judá sustento y apoyo: todo sustento de pan y todo sustento de agua;
3:2 al valiente y al guerrero, al juez y al profeta, al adivino y al anciano;
3:3 al capitán de cincuenta y al hombre respetado, al consejero, al experto artesano y al hábil encantador.
3:4 «Les pondré muchachos por gobernantes, y niños caprichosos los dominarán».
3:5 En el pueblo, unos oprimirán a otros, cada cual a su prójimo;
   el joven se insolentará contra el anciano, y el despreciable contra el honorable.
3:6 Cuando un hombre agarre a su hermano en la casa de su padre y le diga: «Tú tienes un manto, sé nuestro jefe;
   hazte cargo de estas ruinas»,
3:7 aquel día el otro alzará la voz y dirá: «No seré quien los cure;
   en mi casa no hay pan ni manto.
   No me pongan por jefe del pueblo».
3:8 Porque Jerusalén ha tropezado y Judá ha caído, pues su lengua y sus acciones están contra el SEÑOR, desafiando su mirada gloriosa.
3:9 La expresión de sus rostros testifica contra ellos;
   como Sodoma, proclaman su pecado, no lo ocultan.
   ¡Ay de ellos, porque han traído el mal sobre sí mismos!
3:10 Digan a los justos que les irá bien, porque comerán el fruto de sus acciones.
3:11 ¡Ay del malvado!
   Le irá mal, porque recibirá la paga de lo que hicieron sus manos.
3:12 Mi pueblo tiene muchachos por opresores, y mujeres lo gobiernan.
   Pueblo mío, los que te guían te hacen extraviar y confunden el curso de tus sendas.

3:13 El SEÑOR se levanta para presentar su causa y está en pie para juzgar a los pueblos.
3:14 El SEÑOR entra en juicio contra los ancianos de su pueblo y sus gobernantes: «Ustedes han devorado la viña;
   lo robado al pobre está en sus casas.
3:15 ¿Qué se proponen al aplastar a mi pueblo y moler el rostro de los pobres?», declara el Señor DIOS de los ejércitos.
Juicio contra las hijas de Sión

3:16 El SEÑOR dice: «Por cuanto las hijas de Sión son altivas y andan con el cuello erguido y miradas seductoras, caminan a pasitos y hacen tintinear los adornos de sus pies,
3:17 el Señor cubrirá de sarna la cabeza de las hijas de Sión, y el SEÑOR dejará al descubierto sus vergüenzas».

3:18 En aquel día el Señor quitará los adornos: las pulseras de los tobillos, las diademas y los colgantes en forma de luna;
3:19 los pendientes, los brazaletes y los velos;
3:20 los tocados, las cadenillas de los pies, las cintas, los frascos de perfume y los amuletos;
3:21 los anillos y las joyas de la nariz;
3:22 los vestidos de gala, los mantos, los chales y los bolsos;
3:23 los espejos, las prendas de lino, los turbantes y las mantillas.
3:24 En lugar de perfume habrá hedor;
   en lugar de cinturón, una cuerda;
   en lugar de un peinado elaborado, calvicie;
   en lugar de ropa fina, un ceñidor de tela de saco;
   una marca de quemadura en lugar de belleza.
3:25 Tus hombres caerán a espada y tus guerreros en la batalla.
3:26 Sus puertas se lamentarán y estarán de luto;
   ella, despojada, se sentará en el suelo.

Capítulo 4
4:1 En aquel día siete mujeres se aferrarán a un solo hombre y dirán: «Comeremos nuestro propio pan y nos vestiremos con nuestra propia ropa;
   solo permítenos llevar tu nombre.
   ¡Quita nuestra deshonra!».
Dios purifica y protege a Sión

4:2 En aquel día el renuevo del SEÑOR será hermosura y gloria, y el fruto de la tierra será orgullo y esplendor para los sobrevivientes de Israel.
4:3 El que quede en Sión y el que permanezca en Jerusalén será llamado santo: todo el que esté inscrito entre los vivos en Jerusalén,
4:4 cuando el Señor lave la inmundicia de las hijas de Sión y limpie de en medio de Jerusalén la sangre derramada, con espíritu de juicio y con espíritu abrasador.
4:5 Entonces el SEÑOR creará sobre todo lugar del monte Sión y sobre sus asambleas una nube y humo durante el día, y un resplandor de fuego llameante por la noche;
   porque sobre toda la gloria habrá un dosel.
4:6 Habrá una enramada que dé sombra contra el calor del día, y refugio y protección contra la tormenta y la lluvia.

Capítulo 5
Parábola de la viña
5:1 Cantaré ahora para mi amado el canto de mi amado acerca de su viña.
   Mi amado tenía una viña en una colina fértil.
5:2 La cavó, le quitó las piedras y la plantó de vides escogidas;
   construyó una torre en medio de ella y también excavó un lagar.
   Esperaba que produjera uvas, pero produjo uvas malas.
5:3 «Ahora, habitantes de Jerusalén y hombres de Judá, juzguen entre mí y mi viña.
5:4 ¿Qué más se podía hacer por mi viña que yo no haya hecho en ella?
   ¿Por qué, cuando esperaba que produjera uvas, produjo uvas malas?
5:5 Ahora les daré a conocer lo que voy a hacer con mi viña: quitaré su vallado y será devorada;
   derribaré su muro y será pisoteada.
5:6 La convertiré en un terreno desolado;
   no será podada ni labrada, y crecerán cardos y espinos.
   También mandaré a las nubes que no derramen lluvia sobre ella».
5:7 Porque la viña del SEÑOR de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantío predilecto.
   Esperaba justicia, pero hubo derramamiento de sangre;
   rectitud, pero hubo gritos de angustia.
La codicia y la corrupción de Judá

5:8 ¡Ay de los que juntan casa con casa y añaden campo a campo, hasta que no queda espacio y habitan ustedes solos en medio de la tierra!
5:9 El SEÑOR de los ejércitos ha dicho a mis oídos: «Ciertamente muchas casas quedarán desoladas, grandes y hermosas, pero sin habitantes.
5:10 Unas cuatro hectáreas de viña producirán apenas unos veintiún litros de vino, y diez canastas de semilla producirán solo una canasta de grano».
Los banquetes que ignoran a Dios

5:11 ¡Ay de los que madrugan para ir tras la bebida fuerte, de los que se quedan hasta tarde en la noche, hasta que el vino los enciende!
5:12 En sus banquetes hay lira y arpa, pandero y flauta, y vino;
   pero no contemplan la obra del SEÑOR ni ven lo que hacen sus manos.
5:13 Por eso mi pueblo irá al destierro por falta de conocimiento;
   sus notables morirán de hambre y su multitud se secará de sed.
5:14 Por eso el Seol ha ensanchado su garganta y ha abierto su boca sin medida;
   a él bajarán el esplendor de la ciudad, su multitud, su bullicio y el que se divierte en ella.
5:15 El ser humano será abatido, el hombre será humillado y la mirada de los altivos será rebajada.
5:16 Pero el SEÑOR de los ejércitos será exaltado por su juicio, y el Dios santo mostrará su santidad mediante la justicia.
5:17 Los corderos pastarán como en sus praderas, y los forasteros comerán en las ruinas de los ricos.
La rebelión que se burla de Dios

5:18 ¡Ay de los que arrastran la culpa con cuerdas de falsedad y el pecado como con sogas de carreta!
5:19 Dicen: «Que se dé prisa, que apresure su obra, para que la veamos;
   que se acerque y llegue el propósito del Santo de Israel, para que lo conozcamos».

5:20 ¡Ay de los que llaman bueno a lo malo y malo a lo bueno, de los que ponen la oscuridad por luz y la luz por oscuridad, de los que ponen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!

5:21 ¡Ay de los sabios a sus propios ojos y de los que se consideran entendidos!
5:22 ¡Ay de los valientes para beber vino y de los hombres fuertes para mezclar bebida fuerte,
5:23 de los que absuelven al malvado por un soborno y quitan al justo su derecho!
El juicio contra una sociedad corrompida

5:24 Por eso, como una lengua de fuego consume el rastrojo y la hierba seca cae ante la llama, así su raíz se pudrirá y su flor se levantará como polvo;
   porque rechazaron la ley del SEÑOR de los ejércitos y despreciaron la palabra del Santo de Israel.
5:25 Por eso se ha encendido la ira del SEÑOR contra su pueblo;
   ha extendido su mano contra él y lo ha golpeado.
   Los montes temblaron y sus cadáveres quedaron como basura en medio de las calles.
   Con todo esto, su ira no se ha apartado, y su mano sigue extendida.
5:26 Alzará un estandarte a las naciones lejanas y silbará al que está en el confín de la tierra.
   ¡Miren, vendrá pronto y veloz!
5:27 Ninguno está cansado ni tropieza;
   ninguno dormita ni duerme.
   A ninguno se le desata el cinturón de la cintura ni se le rompe la correa de sus sandalias.
5:28 Sus flechas están afiladas y todos sus arcos tensados;
   los cascos de sus caballos parecen pedernal, y las ruedas de sus carros, un torbellino.
5:29 Su rugido es como el de un león, ruge como leoncillos;
   gruñe, atrapa la presa y se la lleva, sin que nadie la rescate.
5:30 En aquel día rugirá contra él como el rugido del mar.
   Si se mira hacia la tierra, solo habrá oscuridad y angustia;
   aun la luz será oscurecida por sus nubes.

Capítulo 6
Visión y llamamiento de Isaías
6:1 En el año en que murió el rey Uzías vi al Señor sentado sobre un trono alto y elevado; los bordes de su manto llenaban el templo.
6:2 Por encima de él estaban los serafines. Seis alas, seis alas tenía cada uno: con dos se cubría el rostro, con dos se cubría los pies y con dos volaba.
6:3 Se llamaban unos a otros diciendo:
 «¡Santo, santo, santo es el SEÑOR de los ejércitos!
   ¡Toda la tierra está llena de su gloria!».
6:4 Los cimientos de los umbrales temblaron a la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo.
6:5 Entonces dije: «¡Ay de mí, estoy perdido! Porque soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios impuros, y mis ojos han visto al Rey, el SEÑOR de los ejércitos».
6:6 Uno de los serafines voló hacia mí con una brasa en la mano, que había tomado del altar con unas tenazas.
6:7 Con ella tocó mi boca y dijo: «Mira, esto ha tocado tus labios; tu culpa ha sido quitada y tu pecado ha sido expiado».
6:8 Oí la voz del Señor, que decía: «¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?». Yo respondí: «Heme aquí, envíame a mí».
6:9 Él dijo: «Ve y dile a este pueblo: “Escuchen bien, pero no entiendan; miren bien, pero no comprendan”.
6:10 Haz insensible el corazón de este pueblo, endurece sus oídos y cierra sus ojos, no sea que vea con sus ojos, oiga con sus oídos, entienda con su corazón, se vuelva y sea sanado».
6:11 Yo pregunté: «¿Hasta cuándo, Señor?». Él respondió: «Hasta que las ciudades queden desoladas y sin habitantes, las casas sin gente y la tierra completamente devastada;
6:12 hasta que el SEÑOR haya alejado a los seres humanos y sean muchos los lugares abandonados en medio de la tierra.
6:13 Aunque quede en ella una décima parte, volverá a ser consumida, como el terebinto y el roble, de los que queda un tocón cuando son talados. La descendencia santa será su tocón».

Capítulo 7
Mensaje de Isaías a Acaz
7:1 En los días de Acaz, hijo de Jotam, hijo de Uzías, rey de Judá, Rezín, rey de Aram, y Peka, hijo de Remalías, rey de Israel, subieron a Jerusalén para combatir contra ella, pero no pudieron tomarla.
7:2 Se avisó a la casa de David: «Aram ha acampado en Efraín». El corazón del rey y el corazón de su pueblo se estremecieron como se estremecen los árboles del bosque ante el viento.
7:3 El SEÑOR dijo a Isaías: «Sal ahora al encuentro de Acaz, tú y tu hijo Sear-jasub, al extremo del acueducto del estanque superior, en el camino del campo del Lavador,
7:4 y dile: “Ten cuidado y mantén la calma. No temas ni desfallezca tu corazón por estos dos restos de tizones humeantes, por la ira ardiente de Rezín y Aram y del hijo de Remalías.
7:5 Porque Aram ha tramado el mal contra ti, junto con Efraín y el hijo de Remalías, diciendo:
7:6 ‘Subamos contra Judá, aterroricémosla, abramos una brecha en ella y pongamos por rey en medio de ella al hijo de Tabeel’.

7:7 Así dice el Señor DIOS:
 ‘No se mantendrá ni sucederá.
7:8 Porque la cabeza de Aram es Damasco y la cabeza de Damasco es Rezín;
   dentro de sesenta y cinco años Efraín será quebrantado y dejará de ser pueblo.
7:9 La cabeza de Efraín es Samaria y la cabeza de Samaria es el hijo de Remalías.
   Si no creen, ciertamente no permanecerán firmes’”».
La señal ofrecida a la casa de David
7:10 El SEÑOR volvió a hablar a Acaz y dijo:
7:11 «Pide para ti una señal del SEÑOR tu Dios, ya sea en lo profundo del Seol o en lo alto de los cielos».
7:12 Acaz respondió: «No pediré ni pondré a prueba al SEÑOR».
7:13 Entonces dijo: «Escuchen ahora, casa de David: ¿no les basta con cansar a los hombres, que también cansan a mi Dios?
7:14 Por eso el Señor mismo les dará una señal: miren, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel.
7:15 Comerá cuajada y miel cuando sepa rechazar lo malo y escoger lo bueno.
7:16 Porque antes de que el niño sepa rechazar lo malo y escoger lo bueno, será abandonada la tierra cuyos dos reyes tú temes.
7:17 El SEÑOR traerá sobre ti, sobre tu pueblo y sobre la casa de tu padre días como no han llegado desde que Efraín se apartó de Judá: traerá al rey de Asiria».
La devastación anunciada a Judá
7:18 En aquel día el SEÑOR silbará a la mosca que está en el extremo de los ríos de Egipto y a la abeja que está en la tierra de Asiria.
7:19 Todas vendrán y se posarán en los valles escarpados, en las hendiduras de las rocas, en todos los zarzales y en todos los matorrales.
7:20 En aquel día el Señor afeitará con una navaja alquilada al otro lado del Río, con el rey de Asiria, la cabeza y el vello de las piernas; también quitará la barba.
7:21 En aquel día un hombre criará una novilla y dos ovejas.
7:22 Por la abundancia de leche que darán, comerá cuajada; porque cuajada y miel comerá todo el que quede en medio de la tierra.
7:23 En aquel día todo lugar donde hubiera mil vides, valoradas en mil piezas de plata, se convertirá en cardos y espinos.
7:24 Se irá allí con flechas y arco, porque toda la tierra será cardos y espinos.
7:25 No irás a ninguno de los montes que se cultivaban con azada, por temor a los cardos y espinos; serán lugares donde se suelten los bueyes y que pisen las ovejas.

Capítulo 8
El hijo que anuncia el despojo de los reinos
8:1 El SEÑOR me dijo: «Toma una tablilla grande y escribe en ella con caracteres comunes: “Maher-salal-hasbaz”.
8:2 Tomaré para mí testigos fieles: al sacerdote Urías y a Zacarías, hijo de Jeberequías».
8:3 Me acerqué a la profetisa, y ella concibió y dio a luz un hijo. El SEÑOR me dijo: «Ponle por nombre Maher-salal-hasbaz,
8:4 porque antes de que el niño sepa decir “padre mío” y “madre mía”, la riqueza de Damasco y el botín de Samaria serán llevados ante el rey de Asiria».
La crecida asiria y la tierra de Emanuel
8:5 El SEÑOR volvió a hablarme y dijo:
8:6 «Por cuanto este pueblo ha rechazado las aguas de Siloé, que corren suavemente, y se alegra con Rezín y el hijo de Remalías,
8:7 el Señor hará subir contra ellos las aguas impetuosas y abundantes del Río: al rey de Asiria con toda su gloria. Se saldrá de todos sus cauces y desbordará todas sus riberas;
8:8 pasará por Judá, inundará y seguirá adelante, hasta llegar al cuello. La extensión de sus alas llenará toda la anchura de tu tierra, Emanuel».

8:9 Reúnanse, pueblos, y serán quebrantados;
   escuchen, todos los confines de la tierra.
   Prepárense, y serán quebrantados;
   prepárense, y serán quebrantados.
8:10 Tracen un plan, y será frustrado;
   pronuncien una palabra, y no se mantendrá, porque Dios está con nosotros.
Confiar en el SEÑOR ante la presión del pueblo
8:11 Porque así me habló el SEÑOR con mano fuerte y me advirtió que no anduviera por el camino de este pueblo. Dijo:
8:12 «No llamen conspiración a todo lo que este pueblo llama conspiración; no teman lo que ellos temen ni se aterroricen.
8:13 Al SEÑOR de los ejércitos, a él tengan por santo; que él sea su temor y él sea su terror.
8:14 Él será un santuario, pero también piedra de tropiezo y roca de caída para las dos casas de Israel, trampa y lazo para los habitantes de Jerusalén.
8:15 Muchos tropezarán en ellas, caerán y serán quebrantados, quedarán atrapados y serán capturados».
8:16 «Ata el testimonio, sella la ley entre mis discípulos».
8:17 Esperaré al SEÑOR, que esconde su rostro de la casa de Jacob; pondré en él mi esperanza.
8:18 Aquí estamos yo y los hijos que el SEÑOR me ha dado, como señales y prodigios en Israel de parte del SEÑOR de los ejércitos, que habita en el monte Sión.
La instrucción de Dios frente a la adivinación
8:19 Cuando les digan: «Consulten a los médiums y a los adivinos que susurran y murmuran», ¿no debe un pueblo consultar a su Dios? ¿Acaso se consultará a los muertos por los vivos?
8:20 ¡A la ley y al testimonio! Si no hablan conforme a esta palabra, no hay amanecer para ellos.
8:21 Pasará por la tierra afligido y hambriento; cuando tenga hambre, se enfurecerá y maldecirá a su rey y a su Dios, volviendo el rostro hacia arriba.
8:22 Mirará hacia la tierra y solo habrá tribulación y oscuridad, tinieblas de angustia; será arrojado a la oscuridad.

Capítulo 9
Nacimiento y reinado del Mesías
9:1 Pero no habrá oscuridad para la que estaba en angustia. En tiempos pasados humilló la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, pero en el futuro dará gloria al camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de las naciones.
9:2 El pueblo que caminaba en oscuridad ha visto una gran luz;
   sobre los que habitaban en tierra de sombra de muerte ha resplandecido una luz.
9:3 Has multiplicado la nación y has aumentado su alegría.
   Se alegran delante de ti como con la alegría de la cosecha, como se regocijan al repartirse el botín.
9:4 Porque has quebrado el yugo de su carga, la vara sobre su hombro y el bastón de su opresor, como en el día de Madián.
9:5 Porque toda bota que marcha con estruendo y todo manto revolcado en sangre serán quemados, serán alimento del fuego.
9:6 Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado;
   el gobierno estará sobre su hombro y se le dará por nombre Admirable Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.
9:7 El crecimiento de su gobierno y la paz no tendrán fin, sobre el trono de David y sobre su reino, para establecerlo y sostenerlo con justicia y rectitud desde ahora y para siempre.
   El celo del SEÑOR de los ejércitos hará esto.
La ira del SEÑOR contra Israel

9:8 El Señor ha enviado una palabra contra Jacob, y ha caído sobre Israel.
9:9 Lo sabrá todo el pueblo, Efraín y los habitantes de Samaria, que dicen con soberbia y altivez de corazón:
9:10 «Los ladrillos han caído, pero construiremos con piedra labrada;
   los sicómoros han sido talados, pero los reemplazaremos con cedros».
9:11 El SEÑOR levantará contra él a los adversarios de Rezín e incitará a sus enemigos:
9:12 a los arameos por el oriente y a los filisteos por el occidente;
   devorarán a Israel a boca llena.
   Con todo esto, su ira no se ha apartado, y su mano sigue extendida.
Los dirigentes que extravían al pueblo

9:13 Pero el pueblo no ha vuelto al que lo golpeaba ni ha buscado al SEÑOR de los ejércitos.

9:14 Por eso el SEÑOR cortará de Israel cabeza y cola, rama de palmera y junco, en un solo día.
9:15 El anciano y el hombre respetado son la cabeza;
   el profeta que enseña mentiras es la cola.
9:16 Los que guían a este pueblo lo hacen extraviar, y los que son guiados por ellos quedan confundidos.
9:17 Por eso el Señor no se complace en sus jóvenes ni se compadece de sus huérfanos y viudas, porque todos son impíos y malhechores, y toda boca habla necedades.
   Con todo esto, su ira no se ha apartado, y su mano sigue extendida.
La violencia que consume a los hermanos

9:18 Porque la maldad arde como fuego: consume cardos y espinos y prende la espesura del bosque, que se levanta en columnas de humo.
9:19 Por la furia del SEÑOR de los ejércitos la tierra queda ennegrecida, y el pueblo es alimento del fuego;
   nadie se compadece de su hermano.
9:20 Arranca a la derecha, pero sigue hambriento;
   come a la izquierda, pero no se sacian.
   Cada uno come la carne de su propio brazo:
9:21 Manasés a Efraín, y Efraín a Manasés, y ambos juntos contra Judá.
   Con todo esto, su ira no se ha apartado, y su mano sigue extendida.

Capítulo 10
Las leyes que despojan a los indefensos
10:1 ¡Ay de los que decretan leyes injustas y de los escribientes que redactan opresión,
10:2 para apartar del juicio a los necesitados y robar sus derechos a los pobres de mi pueblo, para hacer de las viudas su botín y despojar a los huérfanos!
10:3 ¿Qué harán en el día del castigo, ante la devastación que vendrá de lejos?
   ¿A quién huirán en busca de ayuda?
   ¿Dónde dejarán sus riquezas?
10:4 Solo quedará agacharse entre los cautivos o caer entre los muertos.
   Con todo esto, su ira no se ha apartado, y su mano sigue extendida.
Dios juzga el orgullo de Asiria

10:5 «¡Ay, Asiria, vara de mi ira!
   El bastón que está en sus manos es mi furor.
10:6 La envío contra una nación impía y la mando contra el pueblo de mi indignación, para saquear el botín y arrebatar los despojos, y pisotearlo como el barro de las calles.
10:7 Pero ella no lo piensa así, ni su corazón lo considera de ese modo;
   en su corazón está destruir y exterminar no pocas naciones.
10:8 Porque dice: “¿No son todos mis gobernantes reyes?
10:9 ¿No es Calno como Carquemis?
   ¿No es Hamat como Arfad?
   ¿No es Samaria como Damasco?
10:10 Así como mi mano alcanzó los reinos de los ídolos, cuyas imágenes superaban a las de Jerusalén y Samaria,
10:11 ¿no haré con Jerusalén y sus imágenes lo que hice con Samaria y sus ídolos?”.

10:12 Cuando el Señor haya terminado toda su obra en el monte Sión y en Jerusalén, castigaré el fruto del corazón arrogante del rey de Asiria y la ostentación de su mirada altiva».
10:13 Porque ha dicho: «Con el poder de mi mano lo he hecho y con mi sabiduría, porque tengo entendimiento.
   He quitado las fronteras de los pueblos, he saqueado sus tesoros y, como un hombre fuerte, he abatido a sus habitantes.
10:14 Mi mano ha alcanzado como un nido las riquezas de los pueblos;
   como quien recoge huevos abandonados, he recogido toda la tierra.
   No hubo quien moviera un ala, abriera la boca o piara».
10:15 ¿Se jactará el hacha por encima del que corta con ella?
   ¿Se engrandecerá la sierra sobre el que la maneja?
   ¡Como si la vara manejara a los que la levantan, como si un bastón levantara al que no es madera!
La caída de la fuerza asiria

10:16 Por eso el Señor, el SEÑOR de los ejércitos, enviará debilidad entre sus robustos;
   debajo de su gloria arderá una hoguera como fuego abrasador.
10:17 La Luz de Israel será un fuego y su Santo una llama;
   quemará y consumirá sus espinos y sus cardos en un solo día.
10:18 Consumirá la gloria de su bosque y de su campo fértil, alma y cuerpo, y será como cuando un enfermo desfallece.
10:19 Los árboles que queden de su bosque serán tan pocos que un niño podrá anotarlos.
El remanente vuelve a confiar en el SEÑOR

10:20 En aquel día el remanente de Israel y los sobrevivientes de la casa de Jacob ya no se apoyarán en el que los golpeó;
   se apoyarán de verdad en el SEÑOR, el Santo de Israel.
10:21 Un remanente volverá, el remanente de Jacob, al Dios Poderoso.
10:22 Aunque tu pueblo, Israel, sea como la arena del mar, solo un remanente de él volverá.
   Una destrucción ha sido decretada, rebosante de justicia.
10:23 Porque el Señor DIOS de los ejércitos, ejecutará la destrucción decretada en medio de toda la tierra.
El fin del dominio asirio

10:24 Por eso, así dice el Señor DIOS de los ejércitos: «Pueblo mío que habitas en Sión, no temas a Asiria, que te golpea con vara y levanta su bastón contra ti a la manera de Egipto.
10:25 Porque dentro de muy poco terminará mi indignación, y mi ira se dirigirá a destruirlos».
10:26 El SEÑOR de los ejércitos levantará un látigo contra él, como en la derrota de Madián en la roca de Oreb;
   su vara estará sobre el mar y la alzará como lo hizo en Egipto.
10:27 En aquel día su carga será quitada de tu hombro y su yugo de tu cuello;
   el yugo se romperá por la gordura.
La marcha contra Jerusalén y su límite

10:28 Ha llegado a Ajat, ha pasado por Migrón;
   en Micmas deposita su equipo.
10:29 Han atravesado el paso: «Geba será nuestro alojamiento».
   Ramá tiembla;
   Gabaa de Saúl ha huido.
10:30 ¡Grita a voz en cuello, hija de Galim!
   ¡Presta atención, Lais!
   ¡Pobre Anatot!
10:31 Madmena ha huido;
   los habitantes de Gebim buscan refugio.
10:32 Hoy mismo se detendrá en Nob;
   agitará su mano contra el monte de la hija de Sión, la colina de Jerusalén.

10:33 Miren, el Señor, el SEÑOR de los ejércitos, desgaja el ramaje con terrible fuerza;
   los árboles de gran altura son talados y los elevados serán abatidos.
10:34 Cortará con hierro la espesura del bosque, y el Líbano caerá ante el Poderoso.

Capítulo 11
Reinado justo del Mesías
11:1 Saldrá un brote del tronco de Isaí, y un renuevo de sus raíces dará fruto.
11:2 Sobre él reposará el Espíritu del SEÑOR: Espíritu de sabiduría y entendimiento, Espíritu de consejo y poder, Espíritu de conocimiento y temor del SEÑOR.
11:3 Se deleitará en el temor del SEÑOR.
   No juzgará por lo que vean sus ojos ni decidirá por lo que oigan sus oídos;
11:4 juzgará con justicia a los pobres y decidirá con equidad a favor de los humildes de la tierra.
   Golpeará la tierra con la vara de su boca y con el aliento de sus labios matará al malvado.
11:5 La justicia será el cinturón de sus lomos y la fidelidad el cinturón de su cintura.
11:6 El lobo vivirá con el cordero y el leopardo se acostará con el cabrito;
   el ternero, el leoncillo y el animal engordado estarán juntos, y un niño pequeño los guiará.
11:7 La vaca y la osa pastarán;
   sus crías se acostarán juntas, y el león comerá paja como el buey.
11:8 El niño de pecho jugará junto a la cueva de la cobra, y el niño destetado extenderá su mano sobre la guarida de la víbora.
11:9 «No harán daño ni destruirán en todo mi monte santo, porque la tierra estará llena del conocimiento del SEÑOR como las aguas cubren el mar».
Esperanza para las naciones y reunión del remanente

11:10 En aquel día la raíz de Isaí, que se levantará como estandarte para los pueblos, será buscada por las naciones;
   su lugar de reposo será glorioso.

11:11 En aquel día el Señor volverá a extender su mano, por segunda vez, para recobrar el remanente de su pueblo que quede en Asiria, Egipto, Patros, Cus, Elam, Sinar, Hamat y las islas del mar.
11:12 Alzará un estandarte a las naciones, reunirá a los desterrados de Israel y juntará a los dispersos de Judá desde los cuatro confines de la tierra.
11:13 Desaparecerá la envidia de Efraín y serán exterminados los adversarios de Judá;
   Efraín no envidiará a Judá, ni Judá hostigará a Efraín.
11:14 Se lanzarán sobre el costado de los filisteos al occidente;
   juntos saquearán a los hijos del oriente.
   Edom y Moab estarán bajo su mano, y los hijos de Amón les obedecerán.
11:15 El SEÑOR destruirá la lengua del mar de Egipto;
   agitará su mano sobre el Río con su viento abrasador, lo dividirá en siete arroyos y hará que se pueda cruzar en sandalias.
11:16 Habrá una calzada para el remanente de su pueblo que quede en Asiria, como la hubo para Israel el día en que subió de la tierra de Egipto.

Capítulo 12
Cántico de acción de gracias
12:1 En aquel día dirás: «Te alabaré, SEÑOR, porque aunque te enojaste conmigo, tu ira se ha apartado y me has consolado.
12:2 Miren, Dios es mi salvación;
   confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi canción es Jah, el SEÑOR;
   él ha sido mi salvación».
12:3 Con gozo sacarán agua de los manantiales de la salvación.
12:4 En aquel día dirán: «Den gracias al SEÑOR, invoquen su nombre, den a conocer sus obras entre los pueblos;
   proclamen que su nombre es exaltado.
12:5 Canten al SEÑOR, porque ha hecho cosas magníficas;
   que esto se sepa en toda la tierra.
12:6 ¡Clama y grita de alegría, habitante de Sión, porque grande es en medio de ti el Santo de Israel!».

Capítulo 13
Profecía sobre Babilonia
13:1 Profecía sobre Babilonia que vio Isaías, hijo de Amoz.
13:2 «Levanten un estandarte sobre un monte pelado, alcen la voz hacia ellos y hagan señas con la mano, para que entren por las puertas de los nobles.
13:3 Yo he dado órdenes a mis consagrados;
   también he llamado a mis valientes para ejecutar mi ira, a los que se alegran en mi grandeza».
13:4 ¡Ruido de una multitud en los montes, como de un pueblo numeroso!
   ¡Estruendo de reinos, de naciones reunidas!
   El SEÑOR de los ejércitos pasa revista al ejército para la batalla.
13:5 Vienen de una tierra lejana, del extremo de los cielos: El SEÑOR y los instrumentos de su indignación, para devastar toda la tierra.
13:6 ¡Giman, porque está cerca el día del SEÑOR!
   Vendrá como destrucción del Todopoderoso.
13:7 Por eso todas las manos desfallecerán y todo corazón humano se derretirá.
13:8 Se llenarán de terror;
   dolores y angustias se apoderarán de ellos, se retorcerán como una mujer de parto.
   Se mirarán unos a otros con asombro;
   sus rostros serán rostros en llamas.
13:9 Miren, viene el día del SEÑOR, cruel, con furia y ardiente ira, para dejar la tierra desolada y exterminar de ella a sus pecadores.
13:10 Porque las estrellas de los cielos y sus constelaciones no darán su luz;
   el sol se oscurecerá al salir y la luna no dará su resplandor.
13:11 «Castigaré al mundo por su maldad y a los malvados por su culpa;
   pondré fin a la arrogancia de los soberbios y abatiré el orgullo de los tiranos.
13:12 Haré al mortal más escaso que el oro puro, al ser humano más escaso que el oro de Ofir.
13:13 Por eso haré temblar los cielos, y la tierra será sacudida de su lugar por la furia del SEÑOR de los ejércitos, en el día de su ardiente ira».
13:14 Como una gacela perseguida y como un rebaño que nadie reúne, cada uno volverá a su pueblo y cada uno huirá a su tierra.
13:15 Todo el que sea hallado será atravesado, y todo el que sea capturado caerá a espada.
13:16 Sus pequeños serán estrellados ante sus ojos, sus casas serán saqueadas y sus mujeres serán violadas.
13:17 «Miren, yo incito contra ellos a los medos, que no estiman la plata ni se complacen en el oro.
13:18 Sus arcos destrozarán a los jóvenes;
   no tendrán compasión del fruto del vientre ni sus ojos tendrán piedad de los niños».
13:19 Babilonia, la hermosura de los reinos, el esplendor del orgullo de los caldeos, será como Sodoma y Gomorra cuando Dios las destruyó.
13:20 Nunca más será habitada ni poblada de generación en generación;
   ningún árabe plantará allí su tienda, ni los pastores harán descansar allí sus rebaños.
13:21 Allí se acostarán las fieras del desierto, y sus casas se llenarán de criaturas aullantes;
   allí habitarán avestruces y allí saltarán las cabras peludas.
13:22 Las hienas aullarán en sus fortalezas y los chacales en sus palacios de lujo.
   Su tiempo está por llegar y sus días no se prolongarán.

Capítulo 14
Restauración de Israel después de la opresión
14:1 Porque el SEÑOR tendrá compasión de Jacob, volverá a escoger a Israel y los establecerá en su tierra. Los extranjeros se unirán a ellos y se incorporarán a la casa de Jacob.
14:2 Los pueblos los tomarán y los llevarán a su lugar, y la casa de Israel los poseerá como esclavos y esclavas en la tierra del SEÑOR. Tomarán cautivos a los que los habían llevado cautivos y dominarán a sus opresores.
14:3 El día en que el SEÑOR te dé descanso de tu dolor, de tu angustia y de la dura servidumbre a la que fuiste sometido,
Sátira contra el rey de Babilonia

14:4 pronunciarás esta sátira contra el rey de Babilonia y dirás:
 «¡Cómo ha cesado el opresor, cómo ha terminado la tiranía!
14:5 El SEÑOR ha quebrado el bastón de los malvados, el cetro de los gobernantes,
14:6 que golpeaba a los pueblos con furia, con golpes incesantes, que sometía a las naciones con ira, con persecución sin freno.
14:7 Toda la tierra está en reposo y en calma;
   prorrumpen en cantos de alegría.
14:8 Hasta los cipreses se alegran por ti, los cedros del Líbano: “Desde que yaces derribado, ya no sube el talador contra nosotros”.
14:9 El Seol, allá abajo, se agita para recibirte cuando llegues;
   despierta por ti a los espíritus de los muertos, a todos los jefes de la tierra;
   levanta de sus tronos a todos los reyes de las naciones.
14:10 Todos te responderán y te dirán: “También tú te has debilitado como nosotros, te has vuelto semejante a nosotros.
14:11 Tu esplendor y el sonido de tus arpas han bajado al Seol.
   Debajo de ti se extienden larvas, y los gusanos son tu cubierta”.
14:12 ¡Cómo has caído del cielo, lucero, hijo del alba!
   ¡Has sido derribado a tierra, tú que debilitabas a las naciones!
14:13 Tú decías en tu corazón: “Subiré a los cielos;
   por encima de las estrellas de Dios levantaré mi trono.
   Me sentaré en el monte de la asamblea, en los confines del norte.
14:14 Subiré sobre las alturas de las nubes, me haré semejante al Altísimo”.
14:15 Pero al Seol serás bajado, a las profundidades de la fosa.
14:16 Los que te vean te observarán, te contemplarán: “¿Es este el hombre que hacía temblar la tierra, que sacudía los reinos,
14:17 que convirtió el mundo en un desierto, que derribó sus ciudades y no dejó volver a casa a sus cautivos?”.
14:18 Todos los reyes de las naciones, todos ellos, yacen con honra, cada uno en su morada.
14:19 Pero tú has sido arrojado fuera de tu sepulcro como un brote abominable, cubierto de muertos atravesados por la espada, de los que bajan a las piedras de la fosa, como un cadáver pisoteado.
14:20 No te unirás a ellos en la sepultura, porque destruiste tu tierra y mataste a tu pueblo.
   ¡Que nunca vuelva a nombrarse la descendencia de los malhechores!
14:21 Preparen para sus hijos el matadero por la culpa de sus padres, para que no se levanten, tomen posesión de la tierra y llenen de ciudades la faz del mundo».
14:22 «Me levantaré contra ellos —declara el SEÑOR de los ejércitos— y eliminaré de Babilonia nombre y remanente, hijos y nietos —declara el SEÑOR—.
14:23 La convertiré en posesión de erizos y en lagunas de agua;
   la barreré con la escoba de la destrucción», declara el SEÑOR de los ejércitos.
Asiria será destruida

14:24 El SEÑOR de los ejércitos ha jurado: «Ciertamente, como lo he pensado, así sucederá, y como lo he determinado, así se cumplirá:
14:25 quebrantaré a Asiria en mi tierra y la pisotearé sobre mis montes.
   Su yugo será quitado de encima de ellos, y su carga será quitada de su hombro».
14:26 Este es el propósito determinado sobre toda la tierra y esta es la mano extendida sobre todas las naciones.
14:27 Porque el SEÑOR de los ejércitos lo ha determinado, ¿quién lo frustrará?
   Su mano está extendida, ¿quién la hará retroceder?
Profecía sobre Filistea
14:28 En el año en que murió el rey Acaz vino esta profecía:
14:29 «No te alegres, Filistea toda, porque se ha quebrado la vara del que te golpeaba;
   porque de la raíz de la serpiente saldrá una víbora, y su fruto será una serpiente ardiente que vuela.
14:30 Los más pobres pastarán y los necesitados se acostarán seguros;
   pero haré morir de hambre tu raíz, y matará a los que queden de ti.
14:31 ¡Gime, puerta!
   ¡Clama, ciudad!
   ¡Desfallece, Filistea toda!
   Porque del norte viene humo, y nadie queda rezagado en sus filas».
14:32 ¿Qué se responderá a los mensajeros de la nación?
   Que el SEÑOR ha fundado a Sión y en ella buscarán refugio los afligidos de su pueblo.

Capítulo 15
Profecía sobre Moab
15:1 Profecía sobre Moab.
   Ciertamente, en una noche Ar de Moab ha sido devastada, reducida al silencio;
   ciertamente, en una noche Kir de Moab ha sido devastada, reducida al silencio.
15:2 Sube al templo y a Dibón, a los lugares altos, para llorar.
   Moab gime por Nebo y por Medeba;
   todas las cabezas están rapadas y toda barba está cortada.
15:3 En sus calles se ciñen de tela de saco;
   en sus azoteas y en sus plazas todos gimen, deshechos en llanto.
15:4 Hesbón y Eleale claman, su voz se oye hasta Jahaza;
   por eso gritan los guerreros de Moab, su alma tiembla dentro de él.
15:5 Mi corazón clama por Moab;
   sus fugitivos llegan hasta Zoar y Eglat-selisiya.
   Suben llorando por la cuesta de Luhit;
   por el camino de Horonaim levantan gritos de quebranto.
15:6 Porque las aguas de Nimrim quedarán desoladas;
   se ha secado la hierba, ha desaparecido la vegetación tierna, no queda nada verde.
15:7 Por eso llevan al otro lado del torrente de los Sauces las riquezas que han adquirido y lo que han guardado.
15:8 El clamor ha recorrido el territorio de Moab;
   hasta Eglaim llega su lamento, hasta Beer-elim llega su lamento.
15:9 Porque las aguas de Dimón están llenas de sangre.
   «Añadiré más males sobre Dimón: un león contra los fugitivos de Moab y contra los que queden de la tierra».

Capítulo 16
Refugio para los desterrados y un trono justo
16:1 Envíen un cordero al gobernante de la tierra, desde Sela, a través del desierto, al monte de la hija de Sión.
16:2 Como aves fugitivas, como una nidada dispersa, así estarán las hijas de Moab en los vados del Arnón.
16:3 «Da consejo, ejerzan justicia;
   haz tu sombra como la noche en pleno mediodía.
   Esconde a los desterrados, no descubras al fugitivo.
16:4 Que mis desterrados habiten contigo, Moab;
   sé para ellos un refugio ante el devastador.
   Porque el opresor llegará a su fin, cesará la devastación y desaparecerán de la tierra los que la pisotean».
16:5 Un trono será establecido en amor leal, y sobre él se sentará con fidelidad, en la tienda de David, un juez que buscará el derecho y se apresurará a hacer justicia.
El orgullo de Moab y el dolor de su ruina

16:6 Hemos oído del orgullo de Moab, de su enorme orgullo, de su arrogancia, su soberbia y su furia;
   sus jactancias son falsas.

16:7 Por eso Moab gemirá por Moab, todo él gemirá.
   Por las tortas de pasas de Kir-hareset se lamentarán, completamente abatidos.
16:8 Porque se han marchitado los campos de Hesbón y la vid de Sibma;
   los señores de las naciones han golpeado sus vides escogidas, que llegaban hasta Jazer y se extendían por el desierto.
   Sus sarmientos se esparcían y pasaban el mar.
16:9 Por eso lloraré con el llanto de Jazer por la vid de Sibma.
   Te regaré con mis lágrimas, Hesbón y Eleale, porque sobre tus frutos de verano y sobre tu cosecha ha caído el grito de guerra.
16:10 Se han retirado la alegría y el regocijo del campo fértil;
   en las viñas no se canta ni se grita de alegría;
   el pisador no pisa vino en los lagares.
   «He hecho cesar el clamor».
16:11 Por eso mis entrañas vibran como una lira por Moab, y mi interior por Kir-heres.
16:12 Cuando Moab se presente y se fatigue en el lugar alto, y vaya a su santuario para orar, no logrará nada.
El plazo del juicio sobre Moab

16:13 Esta es la palabra que el SEÑOR habló antes acerca de Moab.
16:14 Pero ahora el SEÑOR ha hablado y ha dicho: «Dentro de tres años, como los cuenta un jornalero, la gloria de Moab será despreciada con toda su gran multitud, y el remanente será muy pequeño y débil».

Capítulo 17
Profecía sobre Damasco
17:1 Profecía sobre Damasco.
   «Miren, Damasco dejará de ser ciudad y se convertirá en un montón de ruinas.
17:2 Las ciudades de Aroer estarán abandonadas;
   serán para los rebaños, que se acostarán allí sin que nadie los espante.
17:3 Desaparecerán la fortaleza de Efraín y el reino de Damasco;
   lo que quede de Aram será como la gloria de los hijos de Israel», declara el SEÑOR de los ejércitos.
Juicio sobre Israel

17:4 «En aquel día disminuirá la gloria de Jacob y su cuerpo perderá su gordura.
17:5 Será como cuando el segador recoge la mies y su brazo siega las espigas;
   será como el que recoge espigas en el valle de Refaim.
17:6 Quedarán en él rebuscos, como cuando se sacude un olivo: dos o tres aceitunas en la rama más alta, cuatro o cinco en las ramas fructíferas», declara el SEÑOR, Dios de Israel.
La mirada vuelve al Hacedor

17:7 En aquel día el ser humano mirará a su Hacedor, y sus ojos contemplarán al Santo de Israel.
17:8 No mirará a los altares, obra de sus manos, ni contemplará lo que hicieron sus dedos: los postes de Asera y los altares de incienso.
El refugio olvidado y la cosecha perdida

17:9 En aquel día sus ciudades fortificadas serán como lo abandonado del bosque y de las ramas más altas, que dejaron ante los hijos de Israel;
   y habrá desolación.
17:10 Porque has olvidado al Dios de tu salvación y no te has acordado de la Roca de tu refugio.
   Por eso plantas plantas agradables y siembras sarmientos extranjeros.
17:11 El día en que plantas las haces crecer, y por la mañana haces florecer tu semilla;
   pero la cosecha desaparecerá en un día de enfermedad y dolor incurable.
El estruendo de las naciones y su derrota

17:12 ¡Ay, el tumulto de muchos pueblos, que braman como el bramido de los mares!
   ¡El estruendo de las naciones, que rugen como el rugido de aguas impetuosas!
17:13 Las naciones rugen como el rugido de muchas aguas, pero él las reprende y huyen lejos, perseguidas como la paja de los montes ante el viento, como un cardo rodante ante el vendaval.
17:14 Al atardecer hay terror;
   antes de la mañana ya no existe.
   Esta es la parte de los que nos despojan y la suerte de los que nos saquean.

Capítulo 18
Los mensajeros de Cus ante el Señor
18:1 ¡Ay de la tierra del zumbido de alas que está más allá de los ríos de Cus,
18:2 la que envía embajadores por el mar, en embarcaciones de papiro sobre las aguas!
   Vayan, mensajeros veloces, a una nación de gente alta y de piel lisa, a un pueblo temido por todas partes, una nación poderosa y conquistadora, cuya tierra surcan los ríos.
18:3 Todos los habitantes del mundo y moradores de la tierra, cuando se alce un estandarte sobre los montes, miren;
   cuando se toque la trompeta, escuchen.

18:4 Porque así me ha dicho el SEÑOR: «Me quedaré quieto y miraré desde mi morada, como el calor resplandeciente al sol, como una nube de rocío en el calor de la cosecha».
18:5 Porque antes de la cosecha, cuando haya terminado la floración y la flor se convierta en uva que madura, cortará los brotes con podaderas, quitará y cortará los sarmientos.
18:6 Serán dejados todos juntos para las aves de rapiña de los montes y para las bestias de la tierra;
   las aves de rapiña pasarán el verano sobre ellos y todas las bestias de la tierra pasarán allí el invierno.
18:7 En aquel tiempo se llevará un obsequio al SEÑOR de los ejércitos de parte de un pueblo de gente alta y de piel lisa, de un pueblo temido por todas partes, una nación poderosa y conquistadora, cuya tierra surcan los ríos, al lugar del nombre del SEÑOR de los ejércitos, al monte Sión.

Capítulo 19
Profecía sobre Egipto
19:1 Profecía sobre Egipto.
   Miren, el SEÑOR cabalga sobre una nube veloz y viene a Egipto;
   los ídolos de Egipto temblarán ante él y el corazón de Egipto se derretirá en su interior.
19:2 «Incitaré a egipcios contra egipcios;
   peleará cada uno contra su hermano y cada cual contra su prójimo, ciudad contra ciudad y reino contra reino.
19:3 El espíritu de Egipto se desvanecerá dentro de él y confundiré sus planes.
   Consultarán a los ídolos, a los espíritus de los muertos, a los médiums y a los adivinos.
19:4 Entregaré a Egipto en manos de un amo cruel, y un rey feroz los gobernará», declara el Señor, el SEÑOR de los ejércitos.
Egipto pierde sus fuentes de sustento

19:5 Las aguas del mar se agotarán y el río se secará, quedará reseco.
19:6 Los canales olerán mal, disminuirán y se secarán las corrientes de Egipto;
   las cañas y los juncos se marchitarán.
19:7 Las praderas junto al Nilo, a orillas del Nilo, y todos los sembrados del Nilo se secarán, serán dispersados y dejarán de existir.
19:8 Los pescadores gemirán;
   se lamentarán todos los que echan anzuelo en el Nilo y desfallecerán los que extienden redes sobre las aguas.
19:9 Quedarán avergonzados los que trabajan el lino peinado y los tejedores de tela blanca.
19:10 Sus pilares serán quebrantados y todos los asalariados tendrán el alma angustiada.
El fracaso de los consejeros del faraón

19:11 Ciertamente los gobernantes de Zoán son necios;
   el consejo de los sabios consejeros del faraón se ha vuelto insensato.
   ¿Cómo pueden decir al faraón: «Soy hijo de sabios, hijo de reyes antiguos»?
19:12 ¿Dónde están, pues, tus sabios?
   Que te digan ahora y te hagan saber lo que el SEÑOR de los ejércitos ha determinado contra Egipto.
19:13 Los gobernantes de Zoán se han vuelto necios;
   los gobernantes de Menfis han sido engañados.
   Han extraviado a Egipto los que son la piedra angular de sus tribus.
19:14 El SEÑOR ha mezclado en su interior un espíritu de confusión, y ellos han hecho tambalear a Egipto en todas sus obras, como se tambalea un borracho en su vómito.
19:15 No habrá para Egipto obra que puedan hacer la cabeza o la cola, la rama de palmera o el junco.
Egipto ante la autoridad del SEÑOR

19:16 En aquel día los egipcios serán como mujeres;
   temblarán y tendrán miedo ante la mano que el SEÑOR de los ejércitos agita contra ellos.
19:17 La tierra de Judá será un terror para Egipto;
   todo aquel a quien se la mencionen tendrá miedo, a causa del propósito que el SEÑOR de los ejércitos ha determinado contra él.

19:18 En aquel día habrá cinco ciudades en la tierra de Egipto que hablarán la lengua de Canaán y jurarán por el SEÑOR de los ejércitos.
   Una de ellas será llamada Ciudad de Destrucción.

19:19 En aquel día habrá un altar al SEÑOR en medio de la tierra de Egipto y un monumento al SEÑOR junto a su frontera.
19:20 Será una señal y un testimonio para el SEÑOR de los ejércitos en la tierra de Egipto;
   porque clamarán al SEÑOR a causa de sus opresores, y él les enviará un salvador y defensor que los librará.
19:21 El SEÑOR se dará a conocer a Egipto y los egipcios conocerán al SEÑOR en aquel día.
   Adorarán con sacrificios y ofrendas, harán votos al SEÑOR y los cumplirán.
19:22 El SEÑOR golpeará a Egipto;
   golpeará y sanará.
   Ellos volverán al SEÑOR, y él escuchará sus súplicas y los sanará.
Egipto, Asiria e Israel reciben bendición

19:23 En aquel día habrá una calzada desde Egipto hasta Asiria;
   los asirios entrarán en Egipto y los egipcios en Asiria, y los egipcios adorarán junto con los asirios.

19:24 En aquel día Israel será un tercero junto con Egipto y Asiria, una bendición en medio de la tierra,
19:25 porque el SEÑOR de los ejércitos los bendecirá diciendo: «Bendito sea Egipto, mi pueblo, y Asiria, obra de mis manos, e Israel, mi heredad».

Capítulo 20
Isaías como señal del cautiverio de Egipto y Cus
20:1 En el año en que el comandante en jefe vino a Asdod, enviado por Sargón, rey de Asiria, combatió contra Asdod y la tomó.
20:2 En aquel tiempo el SEÑOR habló por medio de Isaías, hijo de Amoz: «Ve, quítate la tela de saco de la cintura y las sandalias de los pies». Él lo hizo así y anduvo desnudo y descalzo.
20:3 El SEÑOR dijo: «Así como mi siervo Isaías ha andado desnudo y descalzo durante tres años, como señal y presagio contra Egipto y contra Cus,
20:4 así el rey de Asiria llevará a los cautivos de Egipto y a los desterrados de Cus, jóvenes y ancianos, desnudos y descalzos, con las nalgas descubiertas, para vergüenza de Egipto.
20:5 Quedarán aterrados y avergonzados por Cus, su esperanza, y por Egipto, su jactancia.
20:6 En aquel día los habitantes de esta costa dirán: “¡Miren en qué ha quedado nuestra esperanza, adonde huimos en busca de ayuda para librarnos del rey de Asiria! ¿Cómo escaparemos nosotros?”».

Capítulo 21
Visión de la caída de Babilonia
21:1 Profecía sobre el desierto del mar.
   Como los torbellinos que pasan por el Neguev, viene del desierto, de una tierra temible.
21:2 Una visión dura me ha sido anunciada: el traidor traiciona y el saqueador saquea.
   «¡Sube, Elam!
   ¡Sitia, Media!
   He hecho cesar todos los gemidos que ella ha causado».
21:3 Por eso mis lomos están llenos de angustia;
   dolores se han apoderado de mí, como dolores de mujer de parto.
   Me retuerzo por lo que oigo y me aterra lo que veo.
21:4 Mi corazón se agita, el espanto me sobrecoge;
   el anochecer que anhelaba se me ha convertido en terror.
21:5 Preparan la mesa, extienden las alfombras, comen y beben.
   «¡Levántense, gobernantes, engrasen los escudos!».
La vigilancia y el anuncio del centinela

21:6 Porque así me ha dicho el Señor: «Ve, coloca un centinela que anuncie lo que vea.
21:7 Cuando vea jinetes de dos en dos, jinetes en asnos y jinetes en camellos, que preste atención, mucha atención».
21:8 Clamó como un león: «Señor, permanezco continuamente en la atalaya durante el día, y en mi puesto de guardia estoy todas las noches.
21:9 Mira, aquí vienen hombres montados, jinetes de dos en dos».
   Entonces respondió y dijo: «¡Cayó, cayó Babilonia!
   Todas las imágenes de sus dioses han sido quebradas contra el suelo».
21:10 ¡Pueblo mío trillado, grano de mi era!
   Lo que he oído del SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel, se lo he anunciado a ustedes.
Profecía sobre Duma

21:11 Profecía sobre Duma.
   Alguien me llama desde Seir: «Centinela, ¿qué queda de la noche?
   Centinela, ¿qué queda de la noche?».
21:12 El centinela responde: «Viene la mañana y también la noche.
   Si quieren preguntar, pregunten;
   vuelvan, vengan».
Profecía sobre Arabia

21:13 Profecía sobre Arabia.
   En las espesuras de Arabia pasarán la noche, caravanas de dedanitas.
21:14 Lleven agua al encuentro del sediento, habitantes de la tierra de Tema;
   salgan con pan a recibir al fugitivo.
21:15 Porque han huido ante las espadas, ante la espada desenvainada, ante el arco tensado y ante el peso de la batalla.

21:16 Porque así me ha dicho el Señor: «Dentro de un año, como lo cuenta un jornalero, terminará toda la gloria de Cedar,
21:17 y quedarán pocos del número de los arqueros, los valientes de los hijos de Cedar;
   porque el SEÑOR, Dios de Israel, ha hablado».

Capítulo 22
Jerusalén desoye el llamado al arrepentimiento
22:1 Profecía sobre el valle de la visión.
   ¿Qué te pasa ahora, que has subido toda entera a las azoteas?
22:2 Tú, llena de alboroto, ciudad bulliciosa, ciudad alegre: tus muertos no fueron muertos a espada ni murieron en batalla.
22:3 Todos tus gobernantes huyeron juntos;
   sin disparar el arco fueron capturados.
   Todos los tuyos que fueron hallados quedaron presos juntos, aunque habían huido lejos.
22:4 Por eso dije: «Aparten de mí la mirada, déjenme llorar amargamente;
   no se afanen en consolarme por la devastación de la hija de mi pueblo».
22:5 Porque es un día de tumulto, de pisoteo y de confusión, de parte del Señor DIOS de los ejércitos, en el valle de la visión: un derribo de murallas y un clamor hacia el monte.
22:6 Elam lleva la aljaba, con carros de hombres y jinetes, y Kir descubre el escudo.
22:7 Tus mejores valles se llenaron de carros, y los jinetes tomaron posiciones a la puerta.
Las defensas y la confianza de Jerusalén

22:8 Quitó la protección de Judá, y en aquel día miraste a las armas de la Casa del Bosque.
22:9 Vieron que eran muchas las brechas de la Ciudad de David y reunieron las aguas del estanque inferior.
22:10 Contaron las casas de Jerusalén y derribaron casas para reforzar la muralla.
22:11 Hicieron un depósito entre las dos murallas para las aguas del estanque viejo, pero no miraron al que lo hizo ni consideraron al que lo formó desde antiguo.
El llamado al arrepentimiento es rechazado

22:12 En aquel día el Señor DIOS de los ejércitos, llamó al llanto y al lamento, a raparse la cabeza y a ceñirse de tela de saco.
22:13 Pero miren, hay gozo y alegría, matanza de reses y degüello de ovejas, comer carne y beber vino: «¡Comamos y bebamos, porque mañana moriremos!».
22:14 El SEÑOR de los ejércitos lo reveló a mis oídos: «Ciertamente esta culpa no les será expiada hasta que mueran», dice el Señor DIOS de los ejércitos.
Sebna será sustituido por Eliaquim

22:15 Así dice el Señor DIOS de los ejércitos: «Ve, entra a ver a este administrador, a Sebna, que está a cargo del palacio:
22:16 “¿Qué tienes aquí y a quién tienes aquí, para que te hayas excavado aquí una tumba, como el que excava su tumba en lo alto, como el que se talla una morada en la roca?
22:17 Mira, el SEÑOR te arrojará con violencia, hombre fuerte;
   te sujetará firmemente,
22:18 te enrollará bien como una pelota y te lanzará a una tierra espaciosa.
   Allí morirás y allí quedarán tus carros gloriosos, tú, vergüenza de la casa de tu señor”.
22:19 Te expulsaré de tu cargo, y de tu puesto te derribará.
22:20 En aquel día llamaré a mi siervo Eliaquim, hijo de Hilcías.
22:21 Lo vestiré con tu túnica, lo ceñiré con tu cinturón y pondré tu autoridad en su mano.
   Será un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá.
22:22 Pondré sobre su hombro la llave de la casa de David;
   abrirá y nadie cerrará, cerrará y nadie abrirá.
22:23 Lo fijaré como una clavija en lugar firme, y será un trono de honra para la casa de su padre.
22:24 De él colgarán toda la honra de la casa de su padre, la descendencia y los vástagos, todas las vasijas pequeñas, desde los tazones hasta toda clase de cántaros».
22:25 «En aquel día —declara el SEÑOR de los ejércitos— la clavija fijada en lugar firme cederá, será quebrada y caerá;
   la carga que cuelga de ella será destruida, porque el SEÑOR ha hablado».

Capítulo 23
Profecía sobre Tiro
23:1 Profecía sobre Tiro.
   ¡Giman, naves de Tarsis, porque ha sido devastada, sin casas y sin entrada!
   Desde la tierra de Quitim les ha sido revelado.
23:2 Callen, habitantes de la costa;
   los mercaderes de Sidón que cruzan el mar te han abastecido.
23:3 Por las muchas aguas, el grano de Sihor, la cosecha del Nilo, era su ingreso;
   ella era el mercado de las naciones.
23:4 Avergüénzate, Sidón, porque ha hablado el mar, la fortaleza del mar: «No he tenido dolores de parto ni he dado a luz;
   no he criado jóvenes ni he hecho crecer vírgenes».
23:5 Cuando la noticia llegue a Egipto, se retorcerán de angustia al oír las noticias de Tiro.
23:6 Pasen a Tarsis;
   giman, habitantes de la costa.
23:7 ¿Es esta su ciudad alegre, cuyos orígenes se remontan a la antigüedad, cuyos pies la llevaban a habitar lejos?
23:8 ¿Quién ha determinado esto contra Tiro, la que repartía coronas, cuyos mercaderes eran príncipes y cuyos comerciantes eran los nobles de la tierra?
23:9 El SEÑOR de los ejércitos lo ha determinado, para profanar el orgullo de toda hermosura y humillar a todos los nobles de la tierra.
23:10 Recorre tu tierra como el Nilo, hija de Tarsis;
   ya no hay restricción.
23:11 Ha extendido su mano sobre el mar y ha hecho temblar los reinos;
   el SEÑOR ha dado orden contra Canaán para destruir sus fortalezas.
23:12 Dijo: «No volverás a regocijarte, virgen oprimida, hija de Sidón.
   Levántate, pasa a Quitim;
   tampoco allí tendrás descanso».
23:13 Mira la tierra de los caldeos: ese pueblo ya no existe.
   Asiria la destinó a las fieras del desierto;
   levantaron sus torres de asedio, desmantelaron sus palacios y la convirtieron en ruinas.
23:14 ¡Giman, naves de Tarsis, porque su fortaleza ha sido devastada!
La visita del Señor y el nuevo destino de las ganancias
23:15 En aquel día Tiro será olvidada durante setenta años, como los días de un solo rey. Al cabo de los setenta años le sucederá a Tiro como en la canción de la prostituta:
23:16 «Toma una lira, recorre la ciudad, prostituta olvidada;
   toca bien, multiplica tus canciones, para que vuelvan a recordarte».
23:17 Al cabo de los setenta años el SEÑOR visitará a Tiro; ella volverá a su paga de prostituta y se prostituirá con todos los reinos de la tierra sobre la faz del mundo.
23:18 Pero sus ganancias comerciales y su paga serán consagradas al SEÑOR. No serán almacenadas ni atesoradas, porque sus ganancias serán para los que habiten ante el SEÑOR, para comer hasta saciarse y vestirse con ropa selecta.

Capítulo 24
El juicio del SEÑOR sobre la tierra
24:1 Miren, el SEÑOR vacía la tierra y la devasta, trastorna su superficie y dispersa a sus habitantes.
24:2 Lo mismo le sucederá al pueblo que al sacerdote, al esclavo que a su amo, a la esclava que a su ama, al comprador que al vendedor, al que presta que al que toma prestado, al acreedor que al deudor.
24:3 La tierra será completamente vaciada y enteramente saqueada, porque el SEÑOR ha pronunciado esta palabra.
24:4 La tierra está de duelo y se marchita;
   el mundo desfallece y se marchita;
   desfallecen los grandes del pueblo de la tierra.
24:5 La tierra está contaminada por sus habitantes, porque han transgredido las leyes, han violado el estatuto y han quebrantado el pacto eterno.
24:6 Por eso una maldición devora la tierra, y sus habitantes cargan con su culpa;
   por eso los habitantes de la tierra son consumidos y quedan muy pocos seres humanos.
El silencio de la ciudad y de sus fiestas

24:7 El vino nuevo está de duelo, la vid desfallece y suspiran todos los de corazón alegre.
24:8 Ha cesado el regocijo de los panderos, ha terminado el bullicio de los que se divierten, ha cesado el regocijo de la lira.
24:9 Ya no beben vino con canciones;
   la bebida fuerte resulta amarga a los que la beben.
24:10 La ciudad del caos está quebrantada;
   toda casa está cerrada para que nadie entre.
24:11 Hay clamor por el vino en las calles;
   toda alegría se ha oscurecido, el regocijo ha sido desterrado de la tierra.
24:12 En la ciudad queda desolación, y la puerta ha sido golpeada hasta quedar en ruinas.
Los sobrevivientes y las voces de alabanza

24:13 Porque así será en medio de la tierra, entre los pueblos: como cuando se sacude un olivo, como los rebuscos cuando termina la vendimia.
24:14 Ellos alzan su voz y gritan de alegría;
   desde el mar aclaman la majestad del SEÑOR.
24:15 Por eso, glorifiquen al SEÑOR en el oriente, y en las costas del mar el nombre del SEÑOR, Dios de Israel.

24:16 Desde los confines de la tierra oímos canciones: «¡Gloria al justo!».
   Pero yo digo: «¡Me consumo, me consumo!
   ¡Ay de mí!
   Los traidores han traicionado, y con traición han traicionado los traidores».
La tierra sacudida por el juicio

24:17 Terror, foso y trampa están sobre ti, habitante de la tierra.
24:18 El que huya del sonido del terror caerá en el foso, y el que suba del foso quedará atrapado en la trampa;
   porque las compuertas de lo alto se han abierto y tiemblan los cimientos de la tierra.
24:19 La tierra está totalmente quebrantada, la tierra está enteramente agrietada, la tierra es sacudida con violencia.
24:20 La tierra se tambalea como un borracho, se balancea como una choza;
   su rebelión pesa sobre ella, y caerá y no volverá a levantarse.
El reinado del Señor sobre todos los poderes

24:21 En aquel día el SEÑOR castigará al ejército de las alturas en las alturas y a los reyes de la tierra sobre la tierra.
24:22 Serán reunidos como se reúne a los prisioneros en una fosa;
   serán encerrados en prisión y después de muchos días serán castigados.
24:23 La luna se abochornará y el sol se avergonzará, porque el SEÑOR de los ejércitos reinará en el monte Sión y en Jerusalén, y delante de sus ancianos habrá gloria.

Capítulo 25
Cántico de alabanza por el favor del SEÑOR
25:1 SEÑOR, tú eres mi Dios;
   te exaltaré y alabaré tu nombre, porque has hecho maravillas, cumpliendo planes de antiguo con plena fidelidad.
25:2 Porque has convertido la ciudad en un montón de escombros, la ciudad fortificada en ruinas;
   el palacio de los extranjeros ha dejado de ser ciudad y nunca será reconstruido.
25:3 Por eso te honrará un pueblo fuerte;
   la ciudad de naciones crueles te temerá.
25:4 Porque has sido fortaleza para el pobre, fortaleza para el necesitado en su angustia, refugio contra la tormenta y sombra contra el calor;
   porque el aliento de los tiranos es como una tormenta contra el muro.
25:5 Como el calor en una tierra seca, acallas el estruendo de los extranjeros;
   como el calor bajo la sombra de una nube, se acalla el canto de los tiranos.
El banquete y la victoria sobre la muerte

25:6 El SEÑOR de los ejércitos preparará en este monte para todos los pueblos un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejos: manjares llenos de tuétano, vinos añejos bien filtrados.
25:7 Devorará en este monte la cubierta que cubre a todos los pueblos, el velo extendido sobre todas las naciones.
25:8 Devorará la muerte para siempre;
   el Señor DIOS enjugará las lágrimas de todos los rostros y quitará de toda la tierra la deshonra de su pueblo, porque el SEÑOR ha hablado.

25:9 En aquel día se dirá: «Miren, este es nuestro Dios;
   lo hemos esperado y nos salvará.
   Este es el SEÑOR, a quien hemos esperado;
   gocémonos y alegrémonos en su salvación».
La caída del orgullo de Moab

25:10 Porque la mano del SEÑOR reposará en este monte, pero Moab será pisoteado en su lugar, como se pisotea la paja en el estiércol.
25:11 Extenderá allí sus manos, como las extiende el nadador para nadar;
   pero abatirá su orgullo junto con la destreza de sus manos.
25:12 La fortaleza de tus altas murallas la derribará, la abatirá y la hará llegar al suelo, hasta el polvo.

Capítulo 26
Cántico de confianza en la protección del SEÑOR
26:1 En aquel día se cantará este cántico en la tierra de Judá: «Tenemos una ciudad fuerte;
   él pone la salvación por murallas y baluartes.
26:2 Abran las puertas para que entre la nación justa, la que guarda la fidelidad.
26:3 Al de pensamiento firme lo guardarás en paz, en paz, porque confía en ti.
26:4 Confíen en el SEÑOR para siempre, porque Jah, el SEÑOR, es una Roca eterna.
26:5 Porque ha abatido a los que habitan en lo alto, a la ciudad encumbrada;
   la humilla, la humilla hasta el suelo, la hace llegar hasta el polvo.
26:6 La pisoteará el pie, los pies del afligido, los pasos de los necesitados».
El justo anhela y espera al Señor

26:7 La senda del justo es recta;
   tú, que eres recto, allanas el sendero del justo.
26:8 También en la senda de tus juicios te hemos esperado, SEÑOR;
   tu nombre y tu memoria son el anhelo del alma.
26:9 Mi alma te desea por la noche;
   también mi espíritu dentro de mí te busca con afán.
   Porque cuando tus juicios llegan a la tierra, los habitantes del mundo aprenden justicia.
26:10 Aunque se muestre favor al malvado, no aprende justicia;
   en tierra de rectitud obra injustamente y no contempla la majestad del SEÑOR.

26:11 SEÑOR, tu mano está alzada, pero ellos no la ven.
   Que vean tu celo por el pueblo y se avergüencen;
   que el fuego destinado a tus adversarios los devore.
La paz y el reconocimiento de la obra de Dios

26:12 SEÑOR, tú establecerás paz para nosotros, porque también todas nuestras obras las has hecho por nosotros.
26:13 SEÑOR, Dios nuestro, otros señores fuera de ti nos han dominado, pero solo por ti recordamos tu nombre.
26:14 Los muertos no vivirán, los espíritus de los muertos no se levantarán;
   porque los castigaste y los destruiste, y borraste todo recuerdo de ellos.
26:15 Has aumentado la nación, SEÑOR, has aumentado la nación;
   te has glorificado, has ensanchado todos los límites de la tierra.
La debilidad del pueblo y la promesa de vida

26:16 SEÑOR, en la angustia te buscaron;
   derramaron una oración susurrada cuando tu disciplina estaba sobre ellos.
26:17 Como una embarazada que está por dar a luz se retuerce y grita en sus dolores, así hemos estado delante de ti, SEÑOR.
26:18 Concebimos, tuvimos dolores de parto, pero dimos a luz como si fuera viento.
   No logramos liberación para la tierra ni nacieron habitantes del mundo.
26:19 Tus muertos vivirán;
   mi cadáver se levantará.
   ¡Despierten y griten de alegría, habitantes del polvo!
   Porque tu rocío es rocío de luz, y la tierra dará a luz a los muertos.
El refugio del pueblo ante el juicio

26:20 «Ve, pueblo mío, entra en tus habitaciones y cierra tus puertas detrás de ti;
   escóndete por un breve momento, hasta que pase la indignación».
26:21 Porque miren, el SEÑOR sale de su lugar para castigar la culpa de los habitantes de la tierra;
   la tierra pondrá al descubierto su sangre derramada y ya no ocultará a sus muertos.

Capítulo 27
Liberación y regreso de Israel
27:1 En aquel día el SEÑOR castigará con su espada dura, grande y fuerte a Leviatán, la serpiente huidiza, a Leviatán, la serpiente tortuosa, y matará al monstruo que está en el mar.
El cuidado del Señor por su viña

27:2 En aquel día: «¡Una viña preciosa!
   ¡Canten acerca de ella!
27:3 Yo, el SEÑOR, la guardo;
   a cada momento la riego.
   Para que nadie la dañe, la guardo de noche y de día.
27:4 No tengo furor.
   ¡Si alguien pusiera contra mí cardos y espinos en batalla!
   Los pisotearía y los quemaría juntos.
27:5 O que se acoja a mi protección, que haga la paz conmigo;
   que conmigo haga la paz».
27:6 En los días venideros Jacob echará raíces, Israel brotará y florecerá, y llenarán de fruto la faz del mundo.
La disciplina y el abandono de la idolatría

27:7 ¿Acaso lo hirió como hirió al que lo hería, o fue muerto con una matanza como la de sus muertos?
27:8 Con medida, al desterrarla, contiendes con ella;
   la expulsó con su viento recio, en el día del viento del oriente.
27:9 Por eso, con esto será expiada la culpa de Jacob, y este será todo el fruto de quitar su pecado: cuando haga todas las piedras del altar como piedras de cal pulverizadas y no queden en pie los postes de Asera ni los altares de incienso.
27:10 Porque la ciudad fortificada está solitaria, una morada desamparada y abandonada como el desierto.
   Allí pastará el ternero, allí se acostará y consumirá sus ramas.
27:11 Cuando se sequen sus ramas, serán quebradas;
   vendrán mujeres y les prenderán fuego.
   Porque es un pueblo sin entendimiento;
   por eso su Hacedor no tendrá compasión de él y el que lo formó no le mostrará favor.
La reunión de los dispersos

27:12 En aquel día el SEÑOR trillará desde la corriente del Río hasta el torrente de Egipto, y ustedes, hijos de Israel, serán recogidos uno a uno.

27:13 En aquel día se tocará una gran trompeta, y vendrán los que perecían en la tierra de Asiria y los desterrados en la tierra de Egipto, y se postrarán ante el SEÑOR en el monte santo, en Jerusalén.

Capítulo 28
Condenación de Efraín
28:1 ¡Ay de la corona orgullosa de los borrachos de Efraín, de la flor marchita de su gloriosa hermosura, que está en la cabeza del valle fértil de los vencidos por el vino!
28:2 Miren, el Señor tiene a uno fuerte y poderoso;
   como una tormenta de granizo, una tempestad destructora, como una inundación de aguas impetuosas y desbordadas, la derribará a tierra con su mano.
28:3 Será pisoteada bajo los pies la corona orgullosa de los borrachos de Efraín.
28:4 La flor marchita de su gloriosa hermosura, que está en la cabeza del valle fértil, será como un higo temprano antes del verano: el que lo ve se lo traga apenas lo tiene en la mano.
El Señor, gloria y fuerza de su remanente

28:5 En aquel día el SEÑOR de los ejércitos será una corona de hermosura y una diadema de esplendor para el remanente de su pueblo;
28:6 será espíritu de justicia para el que se sienta a juzgar y fuerza para los que rechazan el asalto a la puerta.
La embriaguez y la burla contra el mensaje

28:7 También estos se tambalean por el vino y dan traspiés por la bebida fuerte.
   El sacerdote y el profeta se tambalean por la bebida fuerte, están dominados por el vino, dan traspiés por la bebida fuerte;
   se equivocan en la visión y tropiezan al juzgar.
28:8 Porque todas las mesas están llenas de vómito e inmundicia;
   no queda un lugar limpio.

28:9 «¿A quién enseñará conocimiento y a quién hará entender el mensaje?
   ¿A los recién destetados, a los recién apartados de los pechos?
28:10 Porque es mandato sobre mandato, mandato sobre mandato, línea sobre línea, línea sobre línea, un poco allí, un poco allí».
28:11 Ciertamente, con labios balbucientes y en lengua extranjera hablará a este pueblo,
28:12 al que había dicho: «Este es el reposo;
   den reposo al cansado, y este es el descanso».
   Pero no quisieron escuchar.
28:13 La palabra del SEÑOR será para ellos: «Mandato sobre mandato, mandato sobre mandato, línea sobre línea, línea sobre línea, un poco allí, un poco allí», para que vayan, tropiecen hacia atrás, sean quebrantados, atrapados y capturados.
Amonestación a Jerusalén

28:14 Por eso escuchen la palabra del SEÑOR, hombres burlones que gobiernan a este pueblo que está en Jerusalén.
28:15 Porque han dicho: «Hemos hecho un pacto con la muerte y un acuerdo con el Seol;
   cuando pase el azote arrollador no nos alcanzará, porque hemos hecho de la mentira nuestro refugio y en la falsedad nos hemos escondido».

28:16 Por eso, así dice el Señor DIOS: «Miren, pongo en Sión una piedra por fundamento, una piedra probada, angular, preciosa, de cimiento firme.
   El que cree no se apresurará.
28:17 Pondré la justicia por cordel y la rectitud por plomada;
   el granizo barrerá el refugio de la mentira y las aguas inundarán el escondite.
28:18 Su pacto con la muerte será anulado y su acuerdo con el Seol no se mantendrá;
   cuando pase el azote arrollador, serán pisoteados por él.
28:19 Cada vez que pase los arrebatará, porque pasará mañana tras mañana, de día y de noche;
   solo terror traerá comprender el mensaje».
28:20 Porque la cama es demasiado corta para estirarse y la manta demasiado estrecha para envolverse.
28:21 Porque el SEÑOR se levantará como en el monte Perazim, se agitará como en el valle de Gabaón, para hacer su obra, su extraña obra, y realizar su labor, su insólita labor.
28:22 Ahora no se burlen, no sea que se aprieten más sus ataduras;
   porque he oído de parte del Señor DIOS de los ejércitos, una destrucción decretada sobre toda la tierra.
La sabiduría de Dios en la labor del campo

28:23 Presten oído y escuchen mi voz;
   presten atención y escuchen mis palabras.
28:24 ¿Acaso el que ara para sembrar ara todo el día?
   ¿Abre y rastrilla su terreno continuamente?
28:25 Cuando ha nivelado su superficie, ¿no esparce el comino negro y siembra el comino, pone el trigo en hileras, la cebada en su lugar señalado y la espelta en sus bordes?
28:26 Su Dios lo instruye en lo correcto y le enseña.
28:27 Porque el comino negro no se trilla con trillo ni se hace pasar la rueda de una carreta sobre el comino;
   el comino negro se golpea con un palo y el comino con una vara.
28:28 El grano para el pan se muele, pero no se lo trilla para siempre;
   aunque pase sobre él la rueda de su carreta y sus caballos, no lo pulveriza.
28:29 También esto procede del SEÑOR de los ejércitos, maravilloso en consejo y grande en sabiduría eficaz.

Capítulo 29
Ariel y sus enemigos
29:1 «¡Ay, Ariel, Ariel, ciudad donde acampó David!
   Añadan año tras año, que las fiestas sigan su ciclo.
29:2 Pero yo traeré angustia sobre Ariel;
   habrá lamento y duelo, y será para mí como Ariel.
29:3 Acamparé en círculo contra ti, te rodearé con puestos de asedio y levantaré baluartes contra ti.
29:4 Serás abatida y hablarás desde el suelo;
   tus palabras saldrán bajas desde el polvo.
   Tu voz será como la de un espíritu desde la tierra, y tus palabras susurrarán desde el polvo».
El límite de la amenaza contra Jerusalén

29:5 Pero la multitud de tus extranjeros será como polvo fino, y la multitud de los tiranos, como paja que se va volando.
   Sucederá en un instante, de repente.
29:6 Serás visitada por el SEÑOR de los ejércitos con truenos, terremotos y gran estruendo, con torbellino, tempestad y llama de fuego devorador.
29:7 Como un sueño, una visión nocturna, será la multitud de todas las naciones que combaten contra Ariel, todos los que combaten contra ella y su fortaleza, y los que la afligen.
29:8 Como el hambriento sueña que come y despierta con el estómago vacío, o el sediento sueña que bebe y despierta desfallecido y todavía sediento, así será la multitud de todas las naciones que combaten contra el monte Sión.
Ceguera e hipocresía de Israel

29:9 ¡Deténganse y asómbrense!
   ¡Ciéguense y queden ciegos!
   Están borrachos, pero no de vino;
   se tambalean, pero no por bebida fuerte.
29:10 Porque el SEÑOR ha derramado sobre ustedes un espíritu de sueño profundo;
   ha cerrado sus ojos, los profetas, y ha cubierto sus cabezas, los videntes.
29:11 Toda la visión será para ustedes como las palabras de un rollo sellado que se entrega al que sabe leer, diciéndole: «Lee esto, por favor».
   Él responde: «No puedo, porque está sellado».
29:12 Si el rollo se entrega al que no sabe leer, diciéndole: «Lee esto, por favor», él responde: «No sé leer».
El culto de labios y la sabiduría puesta en juicio

29:13 El Señor dijo: «Por cuanto este pueblo se acerca con su boca y me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí es un mandamiento humano que le ha sido enseñado,
29:14 volveré a hacer maravillas con este pueblo, maravilla tras maravilla;
   perecerá la sabiduría de sus sabios y se ocultará el entendimiento de sus entendidos».
Los planes ocultos ante el Creador

29:15 ¡Ay de los que se ocultan en lo profundo para esconder sus planes del SEÑOR, cuyas obras están en la oscuridad y que dicen: «¿Quién nos ve y quién nos conoce?»!
29:16 ¡Qué trastorno el suyo!
   ¿Acaso se considerará al alfarero como el barro?
   ¿Dirá la obra de su hacedor: «No me hizo», o lo formado del que lo formó: «No tiene entendimiento»?
Redención de Israel

29:17 ¿No falta ya muy poco para que el Líbano se convierta en campo fértil y el campo fértil sea considerado un bosque?
29:18 En aquel día los sordos oirán las palabras de un rollo, y desde las tinieblas y la oscuridad verán los ojos de los ciegos.
29:19 Los humildes aumentarán su alegría en el SEÑOR, y los más necesitados de la humanidad se regocijarán en el Santo de Israel.
29:20 Porque el tirano llegará a su fin, el burlón desaparecerá y serán exterminados todos los que se desvelan por hacer el mal:
29:21 los que hacen culpable a un hombre por una palabra, tienden lazos al que defiende la causa en la puerta y con argumentos vacíos privan al justo de su derecho.

29:22 Por eso, así dice el SEÑOR, que redimió a Abraham, acerca de la casa de Jacob: «Ahora Jacob no será avergonzado ni ahora palidecerá su rostro.
29:23 Porque cuando vea a sus hijos, obra de mis manos, en medio suyo, ellos santificarán mi nombre;
   santificarán al Santo de Jacob y tendrán temor reverente al Dios de Israel.
29:24 Los extraviados de espíritu adquirirán entendimiento y los murmuradores aprenderán instrucción».

Capítulo 30
La futilidad de confiar en Egipto
30:1 «¡Ay de los hijos rebeldes —declara el SEÑOR—, que ejecutan planes que no proceden de mí y sellan alianzas que no son según mi Espíritu, para añadir pecado sobre pecado!
30:2 Bajan a Egipto sin consultar mi boca, para buscar protección al amparo del faraón y refugiarse a la sombra de Egipto.
30:3 Pero el amparo del faraón será su vergüenza, y el refugio a la sombra de Egipto, su humillación.
30:4 Porque sus gobernantes están en Zoán y sus mensajeros llegan a Hanes.
30:5 Todos quedarán avergonzados por un pueblo que no les sirve de provecho, que no les trae ayuda ni utilidad, sino vergüenza y deshonra».
La carga del viaje a Egipto

30:6 Profecía sobre las bestias del Neguev.
   Por una tierra de tribulación y angustia, de donde salen la leona y el león, la víbora y la serpiente ardiente que vuela, llevan sobre los lomos de asnos sus riquezas y sobre las jorobas de camellos sus tesoros, a un pueblo que no les será de provecho.
30:7 La ayuda de Egipto es vana y vacía;
   por eso lo he llamado Rahab, el que se queda quieto.
El testimonio de la palabra rechazada

30:8 «Ahora ve, escríbelo en una tablilla delante de ellos y grábalo en un rollo, para que quede para el día venidero, para siempre, por la eternidad.
30:9 Porque son un pueblo rebelde, hijos mentirosos, hijos que no quieren escuchar la ley del SEÑOR.
30:10 Dicen a los videntes: “No vean”, y a los que reciben visiones: “No nos anuncien lo recto;
   háblennos de cosas halagüeñas, anuncien ilusiones.
30:11 Apártense del camino, desvíense de la senda;
   quiten de nuestra presencia al Santo de Israel”».

30:12 Por eso, así dice el Santo de Israel: «Por cuanto han rechazado esta palabra y han confiado en la opresión y la perversidad, apoyándose en ellas,
30:13 esta culpa será para ustedes como una grieta que amenaza derrumbarse, un abultamiento en una muralla alta cuya caída llega de repente, en un instante.
30:14 La quebrará como una vasija de alfarero destrozada sin piedad;
   entre sus pedazos no se hallará un tiesto para tomar fuego del hogar ni para sacar agua de una cisterna».
El camino del arrepentimiento y la confianza

30:15 Porque así ha dicho el Señor DIOS, el Santo de Israel: «En arrepentimiento y reposo serán salvos;
   en quietud y confianza estará su fuerza.
   Pero no quisieron,
30:16 sino que dijeron: “No, huiremos a caballo”.
   Por eso huirán.
   “Sobre corceles veloces cabalgaremos”.
   Por eso serán veloces sus perseguidores.
30:17 Mil huirán ante la amenaza de uno solo;
   ante la amenaza de cinco huirán, hasta que queden como un mástil en la cima de un monte y como un estandarte sobre una colina».
Promesa de la gracia de Dios a Israel

30:18 Por eso el SEÑOR espera para mostrarles favor, y por eso se levantará para tener compasión de ustedes;
   porque el SEÑOR es un Dios de justicia.
   ¡Dichosos todos los que esperan en él!

30:19 Porque el pueblo habitará en Sión, en Jerusalén.
   No llorarás más;
   ciertamente él te mostrará favor al oír tu clamor.
   En cuanto lo oiga, te responderá.
El pueblo vuelve a recibir instrucción

30:20 Aunque el Señor les dé pan de adversidad y agua de opresión, tus maestros ya no se ocultarán;
   tus ojos verán a tus maestros.
30:21 Tus oídos oirán detrás de ti una palabra que diga: «Este es el camino, anden por él», cuando vayan a la derecha o cuando vayan a la izquierda.
30:22 Profanarán el recubrimiento de plata de tus imágenes talladas y el revestimiento de oro de tus imágenes fundidas.
   Las arrojarás como un trapo impuro;
   les dirás: «¡Fuera!».
Provisión y sanidad para el pueblo

30:23 Él dará lluvia para la semilla que siembres en la tierra, y el pan del producto de la tierra será rico y abundante.
   En aquel día tu ganado pastará en espaciosos pastizales.
30:24 Los bueyes y los asnos que labran la tierra comerán forraje sazonado, aventado con pala y con bieldo.
30:25 Sobre todo monte alto y sobre toda colina elevada habrá arroyos, corrientes de agua, en el día de la gran matanza, cuando caigan las torres.
30:26 La luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol será siete veces mayor, como la luz de siete días, el día en que el SEÑOR vende la fractura de su pueblo y cure la herida que le ha causado.
El juicio del SEÑOR sobre Asiria

30:27 Miren, el nombre del SEÑOR viene de lejos, con su ira ardiente y denso humo;
   sus labios están llenos de indignación y su lengua es como fuego devorador.
30:28 Su aliento es como un torrente desbordado que llega hasta el cuello, para zarandear a las naciones en una criba de destrucción;
   sobre las mandíbulas de los pueblos hay una brida que los hace extraviar.
30:29 Ustedes tendrán un cántico como en la noche en que se celebra una fiesta sagrada, y alegría de corazón como el que marcha al son de la flauta para ir al monte del SEÑOR, a la Roca de Israel.
30:30 El SEÑOR hará oír la majestad de su voz y dejará ver la descarga de su brazo, con ira ardiente y llama de fuego devorador, con estruendo, aguacero y piedras de granizo.
30:31 Porque ante la voz del SEÑOR Asiria quedará aterrada;
   él la golpeará con la vara.
30:32 Cada golpe de la vara dispuesta que el SEÑOR descargue sobre él será al son de panderos y liras;
   en batallas, blandiendo su brazo, combatirá contra ellos.
30:33 Porque Tofet está preparado desde hace tiempo;
   también ha sido dispuesto para el rey.
   Lo ha hecho profundo y ancho;
   su hoguera tiene fuego y mucha leña.
   El aliento del SEÑOR, como un torrente de azufre, lo enciende.

Capítulo 31
Los egipcios son hombres y no dioses
31:1 ¡Ay de los que bajan a Egipto en busca de ayuda, se apoyan en caballos y confían en carros porque son muchos, y en jinetes porque son muy fuertes, pero no miran al Santo de Israel ni buscan al SEÑOR!
31:2 Pero él también es sabio;
   traerá calamidad y no retirará sus palabras.
   Se levantará contra la casa de los malhechores y contra la ayuda de los que practican la maldad.
31:3 Los egipcios son seres humanos y no Dios;
   sus caballos son carne y no espíritu.
   Cuando el SEÑOR extienda su mano, tropezará el que ayuda y caerá el ayudado;
   todos ellos perecerán juntos.
El Señor viene a proteger Jerusalén

31:4 Porque así me ha dicho el SEÑOR: «Como el león y el leoncillo gruñen sobre su presa, y aunque se reúna contra él una multitud de pastores no se atemoriza por sus voces ni se acobarda por su tumulto, así el SEÑOR de los ejércitos bajará para combatir sobre el monte Sión y sobre su colina.
31:5 Como aves que vuelan, así el SEÑOR de los ejércitos protegerá a Jerusalén;
   la protegerá y la librará, pasará sobre ella y la rescatará».
El regreso al Señor y el abandono de los ídolos

31:6 Vuelvan a aquel contra quien se han rebelado profundamente los hijos de Israel.
31:7 Porque en aquel día cada uno rechazará sus ídolos de plata y sus ídolos de oro, que sus manos hicieron para ustedes como pecado.
El fin del poder asirio

31:8 «Asiria caerá por una espada que no es de hombre, y una espada que no es humana la devorará.
   Huirá ante la espada y sus jóvenes serán sometidos a trabajos forzados.
31:9 Su fortaleza desaparecerá de terror y sus gobernantes se espantarán ante el estandarte», declara el SEÑOR, cuyo fuego está en Sión y cuyo horno está en Jerusalén.

Capítulo 32
El Rey justo
32:1 Miren, un rey reinará con justicia y los príncipes gobernarán con derecho.
32:2 Cada uno será como un refugio contra el viento y un abrigo contra la tormenta, como corrientes de agua en tierra seca, como la sombra de una gran roca en tierra reseca.
32:3 Los ojos de los que ven no se cerrarán y los oídos de los que oyen escucharán con atención.
32:4 El corazón de los precipitados comprenderá para conocer, y la lengua de los tartamudos se apresurará a hablar con claridad.
La nobleza que se reconoce por la conducta

32:5 Ya no se llamará noble al necio ni se dirá generoso al canalla.
32:6 Porque el necio habla necedades y su corazón trama maldad, para practicar la impiedad y hablar falsedad acerca del SEÑOR, para dejar vacío al hambriento y privar de bebida al sediento.
32:7 Los medios del canalla son malos;
   trama intrigas para destruir a los pobres con palabras mentirosas, aun cuando el necesitado exponga una causa justa.
32:8 Pero el noble traza planes nobles y se mantiene firme en las cosas nobles.
Advertencia a las mujeres de Jerusalén

32:9 Mujeres despreocupadas, levántense y escuchen mi voz;
   hijas confiadas, presten oído a mis palabras.
32:10 Dentro de un año y algunos días temblarán, ustedes que están confiadas, porque faltará la vendimia y no llegará la cosecha.
32:11 Tiemblen, despreocupadas;
   estremézcanse, confiadas.
   Quítense la ropa, desnúdense y cíñanse la cintura con tela de saco.
32:12 Se golpearán el pecho en duelo por los campos agradables, por la vid fructífera.
32:13 Sobre la tierra de mi pueblo crecerán espinos y cardos, también sobre todas las casas alegres de la ciudad alegre.
32:14 Porque el palacio será abandonado y la ciudad bulliciosa quedará desierta;
   el Ofel y la atalaya se convertirán en cuevas para siempre, deleite de asnos salvajes, pastizal de rebaños,
El Espíritu restaura la vida y la justicia

32:15 hasta que se derrame sobre nosotros el Espíritu desde lo alto y el desierto se convierta en campo fértil, y el campo fértil sea considerado un bosque.
32:16 El derecho habitará en el desierto y la justicia morará en el campo fértil.
32:17 El fruto de la justicia será paz, y la obra de la justicia, quietud y seguridad para siempre.
32:18 Mi pueblo habitará en una morada de paz, en viviendas seguras y en lugares de descanso tranquilos.
32:19 Caerá granizo cuando caiga el bosque, y la ciudad será abatida por completo.
32:20 ¡Dichosos ustedes, los que siembran junto a todas las aguas y dejan sueltos al buey y al asno!

Capítulo 33
El SEÑOR traerá salvación
33:1 ¡Ay de ti, saqueador, que no has sido saqueado, y traidor a quien no han traicionado!
   Cuando acabes de saquear, serás saqueado;
   cuando termines de traicionar, te traicionarán.

33:2 SEÑOR, ten piedad de nosotros;
   en ti hemos esperado.
   Sé el brazo de ellos cada mañana, y también nuestra salvación en tiempo de angustia.
33:3 Al estruendo del tumulto huyen los pueblos;
   cuando te levantas, se dispersan las naciones.
33:4 Su botín será recogido como recoge la oruga;
   se lanzarán sobre él como se lanzan las langostas.
33:5 El SEÑOR es exaltado, porque habita en las alturas;
   ha llenado a Sion de derecho y de justicia.
33:6 Él será la seguridad de tus tiempos, abundancia de salvación, sabiduría y conocimiento;
   el temor del SEÑOR es su tesoro.
El fracaso de la paz ante el traidor

33:7 Miren, sus valientes claman afuera;
   los mensajeros de paz lloran amargamente.
33:8 Las calzadas están desoladas;
   ya no transita el viajero.
   Ha quebrantado el pacto, ha despreciado las ciudades y no tiene en cuenta al ser humano.
33:9 La tierra está de duelo y desfallece;
   el Líbano está avergonzado y se marchita.
   Sarón se ha vuelto como el desierto, y Basán y el Carmelo pierden su follaje.
La intervención del Señor

33:10 «Ahora me levantaré —dice el SEÑOR—;
   ahora seré exaltado, ahora seré ensalzado.
33:11 Ustedes concebirán hierba seca y darán a luz rastrojo;
   su propio aliento será un fuego que los consumirá.
33:12 Los pueblos serán calcinados como la cal;
   como espinos cortados, arderán en el fuego.

33:13 Escuchen, ustedes que están lejos, lo que he hecho;
   reconozcan, ustedes que están cerca, mi poder».
La vida ante la santidad de Dios

33:14 Los pecadores en Sion tienen miedo;
   el temblor se apodera de los impíos: «¿Quién de nosotros habitará con el fuego devorador?
   ¿Quién de nosotros habitará con las llamas eternas?».
33:15 El que camina en justicia y habla con rectitud, el que rechaza la ganancia de la extorsión, el que sacude sus manos para no aceptar soborno, el que se tapa los oídos para no oír de derramamiento de sangre y cierra los ojos para no ver el mal,
33:16 ese habitará en las alturas;
   las fortalezas de las rocas serán su refugio.
   Se le dará su pan, y sus aguas estarán aseguradas.
El rey y la seguridad de Sion

33:17 Tus ojos verán al rey en su hermosura;
   contemplarán una tierra que se extiende a lo lejos.
33:18 Tu corazón meditará en el terror: «¿Dónde está el que contaba?
   ¿Dónde está el que pesaba?
   ¿Dónde está el que contaba las torres?».
33:19 Ya no verás a aquel pueblo feroz, pueblo de habla tan difícil de entender, de lengua tartamuda que no se comprende.
33:20 Contempla a Sion, ciudad de nuestras fiestas solemnes.
   Tus ojos verán a Jerusalén, morada tranquila, tienda que no será desarmada: nunca serán arrancadas sus estacas ni se romperá ninguna de sus cuerdas.
33:21 Porque allí el SEÑOR será majestuoso para nosotros, un lugar de ríos y de anchos canales.
   Por él no navegará ninguna embarcación de remos ni lo cruzará ningún navío poderoso.
33:22 Porque el SEÑOR es nuestro juez, el SEÑOR es nuestro legislador, el SEÑOR es nuestro rey;
   él nos salvará.
33:23 Tus cuerdas se han aflojado;
   no mantienen firme la base de su mástil ni han desplegado la vela.
   Entonces se repartirá abundante botín;
   hasta los cojos saquearán los despojos.
33:24 Ningún habitante dirá: «Estoy enfermo».
   Al pueblo que habita en ella se le habrá perdonado su culpa.

Capítulo 34
La ira del SEÑOR contra las naciones
34:1 Acérquense, naciones, para oír;
   presten atención, pueblos.
   Que escuche la tierra y cuanto la llena, el mundo y todo lo que de él brota.
34:2 Porque el SEÑOR está indignado contra todas las naciones y tiene furor contra todos sus ejércitos;
   los ha destinado a la destrucción, los ha entregado a la matanza.
34:3 Sus muertos serán arrojados, y de sus cadáveres subirá el hedor;
   los montes se derretirán con su sangre.
34:4 Todo el ejército de los cielos se consumirá;
   los cielos se enrollarán como un rollo, y todo su ejército caerá como cae la hoja de la vid y como la hoja marchita de la higuera.
El juicio sobre Edom

34:5 «Porque mi espada se ha embriagado en los cielos;
   miren, descenderá sobre Edom y sobre el pueblo que he destinado a la destrucción, para juzgarlo».
34:6 La espada del SEÑOR está llena de sangre, cubierta de grasa, de sangre de corderos y de machos cabríos, de grasa de los riñones de carneros.
   Porque el SEÑOR tiene un sacrificio en Bosra y una gran matanza en la tierra de Edom.
34:7 Con ellos caerán los bueyes salvajes, los novillos junto con los toros.
   Su tierra se embriagará de sangre, y su polvo quedará cubierto de grasa.
El día en que Dios defiende la causa de Sion

34:8 Porque es día de venganza del SEÑOR, año de retribución por la causa de Sion.
34:9 Sus arroyos se convertirán en brea y su polvo en azufre;
   su tierra se convertirá en brea ardiente.
34:10 No se apagará ni de noche ni de día;
   su humo subirá para siempre.
   De generación en generación quedará desolada;
   nunca jamás pasará nadie por ella.
La tierra entregada a la desolación

34:11 El pelícano y el erizo tomarán posesión de ella;
   la lechuza y el cuervo habitarán allí.
   Extenderá sobre ella el cordel del caos y las plomadas del vacío.
34:12 No habrá allí nobles a quienes proclamar reyes;
   todos sus príncipes quedarán en nada.
34:13 En sus palacios crecerán espinos;
   en sus fortalezas, ortigas y cardos.
   Será guarida de chacales y morada de avestruces.
34:14 Las fieras del desierto se encontrarán con las hienas, y la cabra salvaje llamará a su compañera.
   También allí reposará la criatura nocturna y encontrará un lugar de descanso.
34:15 Allí anidará el búho, pondrá sus huevos, los hará abrirse y cobijará sus crías bajo su sombra.
   También allí se reunirán los buitres, cada uno con su compañera.
La palabra del SEÑOR asegura el anuncio

34:16 Busquen en el libro del SEÑOR y lean: ninguna de ellas faltará, ninguna carecerá de su compañera.
   Porque mi boca lo ha mandado, y su Espíritu las ha reunido.
34:17 Él les ha echado suertes, y su mano les ha repartido la tierra con el cordel.
   La poseerán para siempre;
   de generación en generación habitarán en ella.

Capítulo 35
Futuro glorioso de Sion
35:1 Se alegrarán el desierto y la tierra seca;
   se regocijará el páramo y florecerá como el azafrán.
35:2 Florecerá abundantemente y se regocijará con alegría y cantos de júbilo.
   Se le dará la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y de Sarón.
   Ellos verán la gloria del SEÑOR, el esplendor de nuestro Dios.
Ánimo para los débiles ante la venida de Dios

35:3 Fortalezcan las manos débiles y afiancen las rodillas vacilantes.
35:4 Digan a los de corazón angustiado: «Sean fuertes, no teman.
   Miren, su Dios viene con venganza, con la retribución de Dios;
   él vendrá y los salvará».
Señales de la restauración

35:5 Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos.
35:6 Entonces el cojo saltará como un ciervo y la lengua del mudo cantará de júbilo.
   Porque brotarán aguas en el desierto y arroyos en el páramo.
35:7 La tierra abrasada se convertirá en estanque y el suelo sediento en manantiales de agua.
   En la guarida de los chacales, su lugar de descanso, la hierba se convertirá en cañas y juncos.
Un camino santo para los rescatados

35:8 Allí habrá una calzada, un camino, que será llamado Camino de Santidad.
   Ningún impuro pasará por él, sino que será para ellos;
   quienes recorran el camino, aunque sean necios, no se extraviarán.
35:9 Allí no habrá león ni subirá por él ninguna bestia feroz;
   ninguna se encontrará allí.
   Por él caminarán los redimidos.
35:10 Los rescatados del SEÑOR volverán y entrarán en Sion con cantos de júbilo;
   habrá alegría eterna sobre sus cabezas.
   Alcanzarán gozo y alegría, y huirán la tristeza y el gemido.

Capítulo 36
La invasión de Senaquerib
Textos relacionados: 2 Reyes 18:13–37; 2 Crónicas 32:1–19
36:1 En el año catorce del rey Ezequías, Senaquerib, rey de Asiria, subió contra todas las ciudades fortificadas de Judá y las conquistó.
36:2 El rey de Asiria envió al Rabsaces con un gran ejército desde Laquis a Jerusalén, contra el rey Ezequías. Se detuvo junto al acueducto del estanque superior, en el camino del campo del Lavador.
36:3 Salieron a su encuentro Eliaquim, hijo de Hilcías, administrador del palacio; Sebna, el escriba; y Joá, hijo de Asaf, el cronista.
El emisario cuestiona la confianza de Judá
36:4 El Rabsaces les dijo: «Díganle, por favor, a Ezequías: “Así dice el gran rey, el rey de Asiria: ¿Qué confianza es esa en la que te apoyas?
36:5 Yo digo: tu consejo y tu fuerza para la guerra son solo palabras. Ahora, ¿en quién confías, para que te hayas rebelado contra mí?
36:6 Mira, confías en el apoyo de esta caña quebrada, en Egipto; si alguien se apoya en ella, se le clavará en la mano y se la atravesará. Así es el faraón, rey de Egipto, para todos los que confían en él.
36:7 Y si me dices: ‘Confiamos en el SEÑOR nuestro Dios’, ¿no es él aquel cuyos lugares altos y altares ha quitado Ezequías, que dijo a Judá y a Jerusalén: ‘Ante este altar adorarán’?
36:8 Ahora, por favor, haz una apuesta con mi señor, el rey de Asiria: yo te daré dos mil caballos, si puedes conseguir jinetes para montarlos.
36:9 ¿Cómo podrás rechazar a un solo gobernador de entre los servidores de menor rango de mi señor? Sin embargo, confías en Egipto para conseguir carros y jinetes.
36:10 ¿Acaso he subido ahora contra esta tierra para destruirla sin el SEÑOR? El SEÑOR me dijo: ‘Sube contra esta tierra y destrúyela’”».
La amenaza se dirige al pueblo de la muralla
36:11 Entonces Eliaquim, Sebna y Joá dijeron al Rabsaces: «Por favor, habla a tus siervos en arameo, porque lo entendemos; no nos hables en la lengua de Judá a oídos del pueblo que está sobre la muralla».
36:12 Pero el Rabsaces respondió: «¿Acaso mi señor me ha enviado a decir estas palabras solo a tu señor y a ti? ¿No me ha enviado a los hombres que están sentados sobre la muralla, que habrán de comer sus propios excrementos y beber su propia orina junto con ustedes?».
36:13 El Rabsaces se puso de pie y gritó a gran voz en la lengua de Judá: «¡Escuchen las palabras del gran rey, el rey de Asiria!
36:14 Así dice el rey: “No dejen que Ezequías los engañe, porque no podrá librarlos.
36:15 Tampoco dejen que Ezequías los haga confiar en el SEÑOR, diciendo: ‘Sin falta el SEÑOR nos librará; esta ciudad no será entregada en manos del rey de Asiria’”.
La oferta de paz encubre el traslado del pueblo
36:16 No escuchen a Ezequías, porque así dice el rey de Asiria: “Hagan las paces conmigo y salgan a mí. Que cada uno coma de su vid y de su higuera, y beba cada uno el agua de su cisterna,
36:17 hasta que yo venga y los lleve a una tierra como la de ustedes, una tierra de grano y de vino nuevo, una tierra de pan y de viñedos.
El desafío contra el Dios de Jerusalén
36:18 No dejen que Ezequías los seduzca diciendo: ‘El SEÑOR nos librará’. ¿Acaso alguno de los dioses de las naciones ha librado su tierra de manos del rey de Asiria?
36:19 ¿Dónde están los dioses de Hamat y de Arfad? ¿Dónde están los dioses de Sefarvaim? ¿Acaso han librado a Samaria de mi mano?
36:20 ¿Quién de entre todos los dioses de estas tierras ha librado su tierra de mi mano, para que el SEÑOR libre a Jerusalén de mi mano?”».
El silencio y el informe de los representantes
36:21 Pero ellos guardaron silencio y no le respondieron ni una palabra, porque el rey había ordenado: «No le respondan».
36:22 Entonces Eliaquim, hijo de Hilcías, administrador del palacio; Sebna, el escriba; y Joá, hijo de Asaf, el cronista, fueron a Ezequías con sus ropas rasgadas y le contaron las palabras del Rabsaces.

Capítulo 37
Judá es librado de Senaquerib
Textos relacionados: 2 Reyes 19:1–37; 2 Crónicas 32:20–23
37:1 Cuando el rey Ezequías lo oyó, rasgó sus ropas, se cubrió de tela áspera y entró en la casa del SEÑOR.
37:2 Envió a Eliaquim, administrador del palacio, a Sebna, el escriba, y a los ancianos de los sacerdotes, cubiertos de tela áspera, al profeta Isaías, hijo de Amoz.
37:3 Le dijeron: «Así dice Ezequías: Este día es día de angustia, de reprensión y de desprecio; los hijos han llegado al momento de nacer, pero no hay fuerzas para dar a luz.
37:4 Quizá el SEÑOR tu Dios oiga las palabras del Rabsaces, a quien su señor, el rey de Asiria, ha enviado para insultar al Dios vivo, y lo reprenda por las palabras que el SEÑOR tu Dios ha oído. Eleva, pues, una oración por el remanente que aún queda».
37:5 Los siervos del rey Ezequías llegaron a Isaías,
El SEÑOR responde a la amenaza asiria
37:6 y él les dijo: «Así dirán a su señor: Así dice el SEÑOR: No temas por las palabras que has oído, con las que los servidores del rey de Asiria han blasfemado contra mí.
37:7 Mira, pondré en él un espíritu, oirá un rumor y volverá a su tierra; allí lo haré caer a espada».
El rey asirio renueva sus amenazas
37:8 El Rabsaces regresó y encontró al rey de Asiria combatiendo contra Libna, porque había oído que había partido de Laquis.
37:9 El rey oyó decir acerca de Tirhaca, rey de Cus: «Ha salido a combatir contra ti». Al oírlo, envió mensajeros a Ezequías, diciendo:
37:10 «Así dirán a Ezequías, rey de Judá: No dejes que tu Dios, en quien confías, te engañe diciendo: “Jerusalén no será entregada en manos del rey de Asiria”.
37:11 Mira, tú has oído lo que los reyes de Asiria han hecho a todas las tierras, destinándolas a la destrucción. ¿Y tú serás librado?
37:12 ¿Acaso sus dioses libraron a las naciones que mis antepasados destruyeron: Gozán, Harán, Resef y los hijos de Edén que estaban en Telasar?
37:13 ¿Dónde está el rey de Hamat, el rey de Arfad y el rey de la ciudad de Sefarvaim, de Hena y de Iva?».
Ezequías presenta la amenaza ante el SEÑOR
37:14 Ezequías tomó las cartas de manos de los mensajeros y las leyó. Luego subió a la casa del SEÑOR y las extendió delante del SEÑOR.
37:15 Ezequías oró al SEÑOR, diciendo:
37:16 «SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel, que estás entronizado sobre los querubines: solo tú eres Dios de todos los reinos de la tierra; tú hiciste los cielos y la tierra.
37:17 Inclina, SEÑOR, tu oído y escucha; abre, SEÑOR, tus ojos y mira. Escucha todas las palabras que Senaquerib ha enviado para insultar al Dios vivo.
37:18 Es verdad, SEÑOR, que los reyes de Asiria han devastado todas las tierras y sus territorios,
37:19 y han echado sus dioses al fuego, porque no eran dioses, sino obra de manos humanas, madera y piedra; por eso los destruyeron.
37:20 Ahora, SEÑOR nuestro Dios, sálvanos de su mano, para que todos los reinos de la tierra sepan que solo tú eres el SEÑOR».
La palabra del SEÑOR contra la arrogancia asiria
37:21 Entonces Isaías, hijo de Amoz, envió a decir a Ezequías: «Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: En cuanto a lo que me has rogado acerca de Senaquerib, rey de Asiria,
37:22 esta es la palabra que el SEÑOR ha pronunciado contra él:
 Te desprecia, se burla de ti la virgen hija de Sion;
   a tus espaldas menea la cabeza la hija de Jerusalén.
37:23 ¿A quién has insultado y contra quién has blasfemado?
   ¿Contra quién has alzado la voz y levantado tus ojos con altivez?
   ¡Contra el Santo de Israel!
37:24 Por medio de tus siervos has insultado al Señor y has dicho: “Con mis numerosos carros he subido a las cumbres de los montes, a los rincones del Líbano;
   cortaré sus cedros más altos y sus cipreses escogidos;
   llegaré a su cima más lejana, a su bosque frondoso.
37:25 Yo cavé y bebí agua, y con la planta de mis pies sequé todos los ríos de Egipto”.
37:26 ¿No has oído que desde hace mucho lo hice, que desde tiempos antiguos lo planeé?
   Ahora he hecho que suceda, para que conviertas las ciudades fortificadas en montones de ruinas.
37:27 Sus habitantes, faltos de fuerzas, quedaron acobardados y avergonzados.
   Fueron como la hierba del campo, como los brotes verdes, como la hierba de los tejados y como un sembrado antes de que el grano se alce.
37:28 Conozco tu sentarte, tu salir y tu entrar, y tu furor contra mí.
37:29 Porque te has enfurecido contra mí y tu arrogancia ha llegado a mis oídos, pondré mi garfio en tu nariz y mi freno en tus labios;
   te haré regresar por el camino por donde viniste.
Una señal de sustento y recuperación para Judá

37:30 Esta será la señal para ti: este año comerán lo que crezca por sí mismo;
   el segundo año, lo que vuelva a brotar;
   y el tercer año siembren, cosechen, planten viñedos y coman su fruto.
37:31 El remanente de la casa de Judá que haya escapado volverá a echar raíces por abajo y dará fruto por arriba.
37:32 Porque de Jerusalén saldrá un remanente, y del monte Sion, sobrevivientes.
   El celo del SEÑOR de los ejércitos hará esto».
El SEÑOR defenderá Jerusalén

37:33 Por eso, así dice el SEÑOR acerca del rey de Asiria: «No entrará en esta ciudad ni disparará allí una flecha;
   no se presentará ante ella con escudo ni levantará contra ella una rampa de asedio.
37:34 Por el camino por donde vino regresará, y no entrará en esta ciudad —declara el SEÑOR—.
37:35 Defenderé esta ciudad para salvarla, por mí mismo y por David, mi siervo».
La derrota del campamento asirio
37:36 El ángel del SEÑOR salió e hirió a ciento ochenta y cinco mil en el campamento de Asiria. Cuando se levantaron temprano por la mañana, vieron que todos eran cadáveres.
37:37 Entonces Senaquerib, rey de Asiria, levantó el campamento, se marchó y regresó; se quedó a vivir en Nínive.
37:38 Mientras adoraba en el templo de Nisroc, su dios, sus hijos Adramelec y Sarezer lo mataron a espada. Ellos escaparon a la tierra de Ararat, y su hijo Esar-hadón reinó en su lugar.

Capítulo 38
Enfermedad de Ezequías
Textos relacionados: 2 Reyes 20:1–11; 2 Crónicas 32:24–26
38:1 En aquellos días Ezequías enfermó de muerte. El profeta Isaías, hijo de Amoz, fue a verlo y le dijo: «Así dice el SEÑOR: Pon tu casa en orden, porque vas a morir y no vivirás».
38:2 Entonces Ezequías volvió su rostro hacia la pared y oró al SEÑOR.
38:3 Dijo: «Te ruego, SEÑOR, que recuerdes cómo he caminado delante de ti con fidelidad y con corazón íntegro, y he hecho lo bueno ante tus ojos». Y Ezequías lloró amargamente.
38:4 Entonces vino la palabra del SEÑOR a Isaías, diciendo:
El SEÑOR oye la oración y promete vida
38:5 «Ve y dile a Ezequías: Así dice el SEÑOR, Dios de David, tu padre: He oído tu oración y he visto tus lágrimas. Mira, añadiré quince años a tus días.
38:6 Te libraré a ti y a esta ciudad de manos del rey de Asiria, y defenderé esta ciudad».
La señal confirma la palabra del Señor
38:7 Esta será para ti la señal de parte del SEÑOR de que el SEÑOR cumplirá esta palabra que ha dicho:
38:8 «Mira, haré retroceder diez gradas la sombra que ha descendido con el sol por las gradas de Acaz». Y el sol retrocedió diez gradas por las gradas por las que había descendido.
El cántico de Ezequías
38:9 Escrito de Ezequías, rey de Judá, cuando enfermó y se recuperó de su enfermedad:
38:10 «Yo dije: A la mitad de mis días he de ir a las puertas del Seol;
   se me priva del resto de mis años.
38:11 Dije: No veré a Jah, a Jah en la tierra de los vivos;
   ya no contemplaré a ningún ser humano entre los habitantes del mundo.
38:12 Mi morada ha sido arrancada y alejada de mí como una tienda de pastor.
   Como un tejedor he enrollado mi vida;
   él me cortará del telar.
   Del día a la noche acabas conmigo.
38:13 Me mantuve en calma hasta la mañana;
   como un león, él quiebra todos mis huesos.
   Del día a la noche acabas conmigo.
38:14 Como una golondrina, como una grulla, así gorjeo;
   gimo como una paloma.
   Mis ojos se debilitan de mirar a las alturas.
   Señor, estoy oprimido;
   ¡sé mi fiador!
38:15 ¿Qué diré?
   Él me ha hablado y él mismo lo ha hecho.
   Caminaré humildemente todos mis años por la amargura de mi alma.
38:16 Señor, por estas cosas se vive, y en todas ellas está la vida de mi espíritu.
   Restabléceme y hazme vivir.
Dios rescata la vida y perdona

38:17 Mira, para mi bienestar tuve amargura, gran amargura;
   pero tú, por amor, has librado mi vida del hoyo de la destrucción, porque has echado detrás de tu espalda todos mis pecados.
38:18 Porque el Seol no te da gracias ni la muerte te alaba;
   los que descienden a la fosa no esperan en tu fidelidad.
38:19 El que vive, el que vive, ese te da gracias, como yo hoy;
   el padre da a conocer a sus hijos tu fidelidad.
38:20 El SEÑOR me salvará, y tocaremos mis canciones con instrumentos de cuerda todos los días de nuestra vida en la casa del SEÑOR».
38:21 Isaías había dicho: «Que tomen una masa de higos y la apliquen sobre la llaga, y vivirá».
38:22 Y Ezequías había preguntado: «¿Cuál será la señal de que subiré a la casa del SEÑOR?».

Capítulo 39
Ezequías recibe a los enviados de Babilonia
Textos relacionados: 2 Reyes 20:12–19; 2 Crónicas 32:27–31
39:1 En aquel tiempo Merodac-baladán, hijo de Baladán, rey de Babilonia, envió cartas y un regalo a Ezequías, porque había oído que había estado enfermo y se había recuperado.
39:2 Ezequías se alegró por ellos y les mostró la casa de su tesoro: la plata, el oro, las especias, el aceite precioso, todo su arsenal y cuanto se encontraba en sus depósitos. No hubo nada en su casa ni en todos sus dominios que Ezequías no les mostrara.
39:3 Entonces el profeta Isaías fue al rey Ezequías y le preguntó: «¿Qué han dicho esos hombres y de dónde han venido a ti?». Ezequías respondió: «Han venido a mí de una tierra lejana, de Babilonia».
39:4 Isaías preguntó: «¿Qué han visto en tu casa?». Ezequías contestó: «Han visto todo lo que hay en mi casa; no hay nada en mis tesoros que no les haya mostrado».
El anuncio de pérdida y destierro a Babilonia
39:5 Entonces Isaías dijo a Ezequías: «Escucha la palabra del SEÑOR de los ejércitos:
39:6 Mira, vienen días en que todo lo que hay en tu casa y lo que tus padres han atesorado hasta hoy será llevado a Babilonia; no quedará nada —dice el SEÑOR—.
39:7 Se llevarán a algunos de tus hijos que saldrán de ti, los que engendrarás, y serán eunucos en el palacio del rey de Babilonia».
39:8 Ezequías dijo a Isaías: «Es buena la palabra del SEÑOR que has pronunciado». Y añadió: «Porque habrá paz y seguridad en mis días».

Capítulo 40
El SEÑOR consuela a Sion
40:1 «Consuelen, consuelen a mi pueblo —dice su Dios—.
40:2 Hablen al corazón de Jerusalén y proclámenle que ha terminado su servicio, que su culpa ha sido perdonada, que ha recibido de manos del SEÑOR el doble por todos sus pecados».
Preparen el camino del SEÑOR

40:3 Una voz clama: «Preparen en el desierto el camino del SEÑOR;
   enderecen en el páramo una calzada para nuestro Dios.
40:4 Todo valle será elevado, y todo monte y colina serán rebajados;
   el terreno escabroso se volverá llano, y las alturas abruptas, una llanura.
40:5 Se revelará la gloria del SEÑOR, y toda carne la verá juntamente, porque la boca del SEÑOR ha hablado».
La palabra de Dios permanece

40:6 Una voz dice: «¡Proclama!».
   Y él responde: «¿Qué he de proclamar?».
   Toda carne es hierba, y todo su esplendor es como la flor del campo.
40:7 La hierba se seca, la flor se marchita, porque el aliento del SEÑOR sopla sobre ella.
   Ciertamente el pueblo es hierba.
40:8 La hierba se seca, la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre.
Buenas noticias: el Señor viene a su pueblo

40:9 Sube a un monte alto, Sion, portadora de buenas noticias;
   levanta con fuerza tu voz, Jerusalén, portadora de buenas noticias.
   Levántala, no temas;
   di a las ciudades de Judá: «¡Aquí está su Dios!».
40:10 Miren, el Señor DIOS viene con poder, y su brazo gobierna por él.
   Miren, su recompensa está con él y su retribución delante de él.
40:11 Como un pastor apacentará su rebaño;
   con su brazo reunirá a los corderos y los llevará en su pecho;
   guiará con cuidado a las ovejas que crían.
El incomparable Dios de Israel

40:12 ¿Quién midió las aguas en el hueco de su mano y calculó los cielos con su palmo, recogió el polvo de la tierra en un tercio de medida y pesó los montes en una báscula y las colinas en una balanza?
40:13 ¿Quién ha guiado al Espíritu del SEÑOR, o quién, siendo su consejero, le ha enseñado?
40:14 ¿A quién consultó para que le diera entendimiento, le enseñara la senda de la justicia, le enseñara conocimiento y le diera a conocer el camino del discernimiento?
40:15 Miren, las naciones son como una gota de un cubo;
   son consideradas como polvo fino en una balanza.
   Miren, él levanta las islas como un polvillo.
40:16 El Líbano no bastaría para el fuego ni sus animales bastarían para el holocausto.

40:17 Todas las naciones son como nada delante de él;
   para él cuentan menos que nada y que el vacío.
El Creador no es comparable con un ídolo

40:18 ¿A quién, entonces, compararán con Dios?
   ¿Qué semejanza pondrán a su lado?
40:19 El artesano funde el ídolo, el orfebre lo recubre de oro y le funde cadenas de plata.
40:20 El que es demasiado pobre para esa ofrenda escoge madera que no se pudra;
   se busca un artesano hábil para erigir un ídolo que no se tambalee.
El Señor gobierna la creación y los poderes

40:21 ¿No lo saben?
   ¿No lo han oído?
   ¿No se lo han contado desde el principio?
   ¿No han comprendido los fundamentos de la tierra?
40:22 Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos habitantes son como langostas.
   Extiende los cielos como una cortina y los despliega como una tienda para habitar.
40:23 Él reduce a la nada a los gobernantes y convierte en vacío a los jueces de la tierra.
40:24 Apenas han sido plantados, apenas han sido sembrados, apenas ha echado raíces su tronco en la tierra, cuando él sopla sobre ellos y se secan;
   la tempestad los arrastra como paja.

40:25 «¿A quién me compararán, para que yo sea su igual?», dice el Santo.
40:26 Levanten sus ojos a lo alto y miren: ¿quién creó estas cosas?
   El que hace salir por número a su ejército, a todos llama por su nombre;
   por la grandeza de su vigor y la fuerza de su poder, no falta ninguno.
El Señor sostiene a los que esperan en él

40:27 ¿Por qué dices, Jacob, y afirmas, Israel: «Mi camino está escondido del SEÑOR, y mi derecho pasa inadvertido a mi Dios»?
40:28 ¿No lo sabes?
   ¿No lo has oído?
   El SEÑOR es el Dios eterno, el creador de los confines de la tierra.
   No se cansa ni se fatiga;
   su entendimiento es insondable.
40:29 Da fuerzas al cansado y aumenta el vigor del que no tiene fuerzas.
40:30 Los muchachos se cansan y se fatigan;
   los jóvenes tropiezan y caen.
40:31 Pero los que esperan en el SEÑOR renovarán sus fuerzas;
   se elevarán con alas como las águilas.
   Correrán y no se fatigarán;
   caminarán y no se cansarán.

Capítulo 41
Seguridad de Dios para Israel
41:1 «Guarden silencio ante mí, islas, y renueven sus fuerzas los pueblos.
   Que se acerquen y entonces hablen;
   acerquémonos juntos al juicio.
41:2 ¿Quién ha levantado del oriente a aquel a quien llama en justicia a sus pies?
   Entrega naciones delante de él y somete reyes;
   los deja como polvo ante su espada, como paja arrastrada ante su arco.
41:3 Los persigue y avanza en paz por un camino que sus pies no habían recorrido.
41:4 ¿Quién ha obrado y hecho esto, llamando a las generaciones desde el principio?
   Yo, el SEÑOR, el primero;
   y con los últimos, yo soy el mismo».
41:5 Las islas lo han visto y temen;
   tiemblan los confines de la tierra.
   Se acercan y vienen.
41:6 Cada uno ayuda a su prójimo y dice a su hermano: «¡Sé fuerte!».
41:7 El artesano anima al orfebre, y el que alisa con el martillo, al que golpea el yunque.
   Dice de la soldadura: «Está bien», y lo asegura con clavos para que no se tambalee.
Israel, siervo escogido y sostenido por Dios

41:8 «Pero tú, Israel, siervo mío, Jacob, a quien he escogido, descendencia de Abraham, mi amigo,
41:9 a quien tomé de los confines de la tierra y llamé desde sus rincones más lejanos, te dije: “Tú eres mi siervo;
   te he escogido y no te he rechazado”.
No temas: el Señor está contigo

41:10 No temas, porque yo estoy contigo;
   no te angusties, porque yo soy tu Dios.
   Te fortaleceré, ciertamente te ayudaré, ciertamente te sostendré con la diestra de mi justicia.
41:11 Mira, todos los que se enfurecen contra ti serán avergonzados y humillados;
   los que contienden contigo quedarán en nada y perecerán.
41:12 Buscarás a los que riñen contigo y no los encontrarás;
   los que te hacen la guerra quedarán en nada y dejarán de existir.
41:13 Porque yo soy el SEÑOR tu Dios, el que te sostiene de la mano derecha, el que te dice: “No temas, yo te ayudaré”.
El Redentor ayuda al débil

41:14 No temas, gusano de Jacob, hombres de Israel.
   Yo te ayudaré —declara el SEÑOR—;
   tu Redentor es el Santo de Israel.
41:15 Mira, te he convertido en un trillo nuevo, afilado y lleno de dientes.
   Trillarás los montes y los pulverizarás;
   convertirás las colinas en paja.
41:16 Los aventarás, el viento se los llevará y la tempestad los dispersará.
   Pero tú te regocijarás en el SEÑOR y te gloriarás en el Santo de Israel.
Dios responde a los pobres y necesitados

41:17 Los pobres y los necesitados buscan agua, pero no la hay;
   su lengua está reseca de sed.
   Yo, el SEÑOR, les responderé;
   yo, el Dios de Israel, no los abandonaré.
41:18 Abriré ríos en las alturas desoladas y manantiales en medio de los valles.
   Convertiré el desierto en un estanque de agua y la tierra seca en fuentes de agua.
41:19 Pondré en el desierto cedros, acacias, mirtos y olivos;
   pondré en el páramo cipreses, olmos y bojes juntos,
41:20 para que vean y sepan, consideren y comprendan juntos que la mano del SEÑOR ha hecho esto y que el Santo de Israel lo ha creado.
Dios reta a los falsos dioses

41:21 Presenten su causa —dice el SEÑOR—;
   expongan sus argumentos —dice el Rey de Jacob—.
41:22 Que los presenten y nos anuncien lo que ha de suceder.
   Declaren cuáles fueron las cosas anteriores, para que las consideremos y conozcamos su desenlace;
   o hágannos oír lo que ha de venir.
41:23 Anuncien lo que ha de suceder después, para que sepamos que ustedes son dioses.
   Hagan algo bueno o malo, para que nos asombremos y lo veamos juntos.
41:24 Miren, ustedes son menos que nada, y su obra, menos que vacío;
   abominación es el que los escoge.
41:25 He levantado a uno del norte, y ha venido;
   desde donde sale el sol invocará mi nombre.
   Pasará sobre los gobernantes como sobre lodo, como el alfarero que pisa el barro.
41:26 ¿Quién lo anunció desde el principio, para que lo supiéramos, o desde antes, para que dijéramos: “Tiene razón”?
   Ciertamente no hay quien anuncie, ciertamente no hay quien proclame, ciertamente no hay quien oiga sus palabras.
41:27 Yo fui el primero en decir a Sion: “Mira, aquí están”, y daré a Jerusalén un mensajero de buenas noticias.
41:28 Miro, pero no hay nadie;
   entre ellos no hay consejero a quien yo pueda preguntar y que responda una palabra.
41:29 Miren, todos ellos son falsedad, sus obras son nada;
   sus imágenes fundidas son viento y vacío».

Capítulo 42
El Siervo del SEÑOR
42:1 «Miren a mi siervo, a quien sostengo, mi escogido, en quien se complace mi alma.
   He puesto mi Espíritu sobre él;
   traerá justicia a las naciones.
42:2 No gritará ni alzará la voz ni la hará oír en la calle.
42:3 No quebrará la caña cascada ni apagará la mecha que apenas arde;
   con fidelidad traerá justicia.
42:4 No se debilitará ni será quebrantado hasta establecer la justicia en la tierra;
   las islas esperarán su ley».

42:5 Así dice Dios, el SEÑOR, que crea los cielos y los extiende, que despliega la tierra y lo que brota de ella, que da aliento al pueblo que está sobre ella y espíritu a los que por ella caminan:
La misión del siervo: restauración y luz para los pueblos

42:6 «Yo, el SEÑOR, te he llamado en justicia;
   te sostendré de la mano, te guardaré y te daré como pacto para el pueblo, como luz para las naciones,
42:7 para abrir los ojos ciegos, sacar de la cárcel al cautivo y de la prisión a los que habitan en tinieblas.
42:8 Yo soy el SEÑOR;
   ese es mi nombre.
   No daré mi gloria a otro ni mi alabanza a imágenes talladas.
42:9 Miren, las cosas anteriores se han cumplido;
   ahora anuncio cosas nuevas.
   Antes de que broten, se las hago oír».
Alabanza por la liberación poderosa del SEÑOR

42:10 Canten al SEÑOR un cántico nuevo, su alabanza desde los confines de la tierra, ustedes que descienden al mar y cuanto lo llena, las islas y sus habitantes.
42:11 Que alcen la voz el desierto y sus ciudades, las aldeas donde habita Cedar.
   Que canten de júbilo los habitantes de Sela;
   que griten desde las cumbres de los montes.
42:12 Que den gloria al SEÑOR y proclamen su alabanza en las islas.
42:13 El SEÑOR saldrá como un guerrero;
   como un hombre de guerra despertará su celo.
   Gritará, lanzará un clamor y prevalecerá contra sus enemigos.
La intervención de Dios pone fin a la espera

42:14 «Por mucho tiempo he callado, he guardado silencio y me he contenido.
   Ahora gritaré como una mujer de parto;
   resollaré y jadearé a la vez.
42:15 Asolaré montes y colinas y secaré toda su vegetación;
   convertiré los ríos en islas y secaré los estanques.
42:16 Guiaré a los ciegos por un camino que no conocen;
   por sendas que no conocen los conduciré.
   Delante de ellos convertiré las tinieblas en luz y el terreno escabroso en llanura.
   Estas cosas haré, y no los abandonaré.
42:17 Retrocederán, quedarán completamente avergonzados los que confían en imágenes talladas, los que dicen a las imágenes fundidas: “Ustedes son nuestros dioses”.
Israel no aprende de la disciplina

42:18 ¡Sordos, escuchen!
   ¡Ciegos, miren para ver!
42:19 ¿Quién es ciego sino mi siervo, o sordo como mi mensajero a quien envío?
   ¿Quién es tan ciego como el que está en paz conmigo, tan ciego como el siervo del SEÑOR?
42:20 Ves muchas cosas, pero no prestas atención;
   tiene los oídos abiertos, pero no oye».
42:21 El SEÑOR se complació, por causa de su justicia, en engrandecer la ley y hacerla gloriosa.
42:22 Pero este es un pueblo saqueado y despojado, todos atrapados en cuevas y escondidos en prisiones.
   Se han convertido en presa sin que nadie los libre, en botín sin que nadie diga: «¡Devuélvelos!».
42:23 ¿Quién de ustedes prestará oído a esto, atenderá y escuchará de aquí en adelante?
42:24 ¿Quién entregó a Jacob como botín y a Israel a los saqueadores?
   ¿No fue el SEÑOR, contra quien pecamos?
   No quisieron caminar por sus caminos ni obedecieron su ley.
42:25 Por eso derramó sobre él el ardor de su ira y la violencia de la guerra.
   Lo envolvió en llamas por todas partes, pero no comprendió;
   ardió en él, pero no lo tomó a pecho.

Capítulo 43
El SEÑOR es el único Redentor
43:1 Pero ahora, así dice el SEÑOR, tu creador, Jacob, y el que te formó, Israel: «No temas, porque te he redimido;
   te he llamado por tu nombre;
   tú eres mío.
43:2 Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo;
   y por los ríos, no te arrastrarán.
   Cuando camines por el fuego, no te quemarás ni la llama te abrasará.
43:3 Porque yo soy el SEÑOR tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador.
   He dado a Egipto por tu rescate, a Cus y a Seba en tu lugar.
43:4 Porque eres precioso ante mis ojos, eres honrado y yo te amo, daré seres humanos en tu lugar y pueblos a cambio de tu vida.
43:5 No temas, porque yo estoy contigo;
   del oriente traeré a tu descendencia y del occidente te reuniré.
43:6 Diré al norte: “¡Entrégalos!”, y al sur: “¡No los retengas!”.
   Trae a mis hijos desde lejos y a mis hijas desde los confines de la tierra,
43:7 a todo el que es llamado por mi nombre, a quien he creado para mi gloria, a quien he formado y también he hecho».
Israel, testigo del único Dios

43:8 Haz salir al pueblo ciego, aunque tiene ojos, y a los sordos, aunque tienen oídos.
43:9 Todas las naciones se reúnen juntas y los pueblos se congregan.
   ¿Quién entre ellos anunciará esto y nos hará oír las cosas anteriores?
   Que presenten sus testigos y se justifiquen;
   que escuchen y digan: «Es verdad».
43:10 «Ustedes son mis testigos —declara el SEÑOR— y mi siervo, a quien he escogido, para que sepan y crean en mí, y comprendan que yo soy.
   Antes de mí no fue formado ningún dios ni lo habrá después de mí.

43:11 Yo, yo soy el SEÑOR, y fuera de mí no hay salvador.
43:12 Yo he anunciado, he salvado y he proclamado, y no había entre ustedes ningún dios extranjero.
   Ustedes son mis testigos —declara el SEÑOR—, y yo soy Dios.
43:13 Desde siempre yo soy el mismo, y no hay quien libre de mi mano.
   Yo actúo, ¿y quién lo revertirá?».
La liberación de Israel y la derrota de Babilonia

43:14 Así dice el SEÑOR, su Redentor, el Santo de Israel: «Por ustedes he enviado a Babilonia y haré descender como fugitivos a todos ellos, a los caldeos en las naves de las que se gloriaban.
43:15 Yo soy el SEÑOR, su Santo, el creador de Israel, su Rey».

43:16 Así dice el SEÑOR, el que abre un camino en el mar y una senda en las aguas impetuosas,
43:17 el que hace salir carro y caballo, ejército y fuerza;
   juntos yacen, no se levantarán;
   se han extinguido, como una mecha se han apagado:
43:18 «No recuerden las cosas anteriores ni se detengan a pensar en las antiguas.
43:19 Miren, hago algo nuevo;
   ahora brota, ¿no lo perciben?
   También abriré un camino en el desierto y ríos en el páramo.
43:20 Me honrarán las fieras del campo, los chacales y los avestruces, porque he puesto agua en el desierto y ríos en el páramo para dar de beber a mi pueblo, mi escogido.
43:21 El pueblo que formé para mí proclamará mi alabanza.
La infidelidad de Israel y la gracia del perdón

43:22 Pero no me has invocado, Jacob, sino que te has cansado de mí, Israel.
43:23 No me has traído las ovejas de tus holocaustos ni me has honrado con tus sacrificios.
   No te he abrumado con ofrendas de cereal ni te he cansado con incienso.
43:24 No me has comprado con dinero caña aromática ni me has saciado con la grasa de tus sacrificios.
   En cambio, me has abrumado con tus pecados y me has cansado con tus iniquidades.

43:25 Yo, yo soy el que borra tus rebeliones por mí mismo, y no recordaré tus pecados.
43:26 Hazme recordar;
   entremos juntos en juicio.
   Habla tú, para que seas declarado justo.
43:27 Tu primer padre pecó, y tus portavoces se rebelaron contra mí.
43:28 Por eso profané a los jefes del santuario y entregué a Jacob a la destrucción total y a Israel a los insultos».

Capítulo 44
El SEÑOR es el único Dios
44:1 «Ahora escucha, Jacob, siervo mío, Israel, a quien he escogido.
44:2 Así dice el SEÑOR, el que te hizo y te formó desde el vientre, el que te ayudará: No temas, Jacob, siervo mío, Jesurún, a quien he escogido.
44:3 Porque derramaré agua sobre la tierra sedienta y corrientes sobre el suelo seco;
   derramaré mi Espíritu sobre tu descendencia y mi bendición sobre tus brotes.
44:4 Brotarán entre la hierba como sauces junto a corrientes de agua.
44:5 Uno dirá: “Yo soy del SEÑOR”;
   otro tomará el nombre de Jacob;
   otro escribirá en su mano: “Del SEÑOR”, y llevará el nombre de Israel».
La fidelidad del único Dios

44:6 Así dice el SEÑOR, Rey de Israel, y su Redentor, el SEÑOR de los ejércitos: «Yo soy el primero y yo soy el último;
   fuera de mí no hay Dios.
44:7 ¿Quién es como yo?
   Que lo proclame, lo declare y lo exponga en orden ante mí, desde que establecí al pueblo antiguo.
   Que les anuncien las cosas venideras y lo que ha de suceder.
44:8 No tiemblen ni tengan miedo.
   ¿No te lo hice oír y lo anuncié desde hace tiempo?
   Ustedes son mis testigos.
   ¿Hay algún Dios fuera de mí?
   No hay otra Roca;
   no conozco ninguna».
La insensatez de la idolatría

44:9 Todos los que forman ídolos son vacío, y sus objetos más preciados de nada sirven.
   Sus propios testigos no ven ni entienden, por lo que serán avergonzados.
44:10 ¿Quién forma un dios o funde un ídolo que no sirve para nada?
44:11 Miren, todos sus compañeros serán avergonzados;
   los artesanos no son más que seres humanos.
   Que se reúnan todos y se presenten;
   temblarán y serán avergonzados juntos.
44:12 El herrero prepara una herramienta y la trabaja sobre las brasas;
   le da forma con martillos y la forja con la fuerza de su brazo.
   Luego tiene hambre y le faltan las fuerzas;
   no bebe agua y desfallece.
44:13 El carpintero extiende un cordel, traza el diseño con tiza roja, lo labra con cepillos y lo marca con el compás.
   Le da forma de varón, con belleza humana, para que habite en una casa.
44:14 Corta cedros para sí, toma un ciprés y un roble, y los deja crecer fuertes entre los árboles del bosque.
   Planta un pino, y la lluvia lo hace crecer.
44:15 Sirve al ser humano para hacer fuego: toma de ellos y se calienta;
   también enciende un fuego y cuece pan.
   Además fabrica un dios y lo adora;
   hace de él un ídolo y se postra ante él.
44:16 Quema la mitad en el fuego;
   sobre esa mitad come carne, prepara un asado y se sacia.
   También se calienta y dice: «¡Ah, me he calentado, he visto el fuego!».
44:17 Con el resto hace un dios, su ídolo;
   se postra ante él, lo adora y le ora, diciendo: «¡Líbrame, porque tú eres mi dios!».
44:18 No saben ni entienden, porque ha cubierto sus ojos para que no vean y sus corazones para que no comprendan.
44:19 Ninguno reflexiona ni tiene conocimiento ni discernimiento para decir: «La mitad la he quemado en el fuego;
   sobre sus brasas también he cocido pan, he asado carne y la he comido.
   ¿Haré del resto una abominación?
   ¿Me postraré ante un pedazo de madera?».
44:20 Se alimenta de ceniza;
   un corazón engañado lo ha extraviado.
   No libra su vida ni dice: «¿No es una mentira lo que tengo en mi mano derecha?».
El SEÑOR es el Redentor de Israel

44:21 «Recuerda estas cosas, Jacob, Israel, porque tú eres mi siervo.
   Yo te he formado;
   tú eres mi siervo.
   Israel, no te olvidaré.
44:22 He borrado como una nube tus rebeliones y como niebla tus pecados.
   Vuelve a mí, porque te he redimido».
44:23 ¡Canten de júbilo, cielos, porque el SEÑOR lo ha hecho!
   ¡Griten, profundidades de la tierra!
   ¡Estallen en cantos, montes, bosque y todos sus árboles!
   Porque el SEÑOR ha redimido a Jacob y mostrará su gloria en Israel.
El Creador confirma la restauración de Judá

44:24 Así dice el SEÑOR, tu Redentor, el que te formó desde el vientre: «Yo soy el SEÑOR, el que hace todas las cosas, el que extiende los cielos yo solo y despliega la tierra por mí mismo,
44:25 el que frustra las señales de los impostores y enloquece a los adivinos, el que hace retroceder a los sabios y convierte su conocimiento en necedad,
44:26 el que confirma la palabra de su siervo y cumple el consejo de sus mensajeros, el que dice a Jerusalén: “Serás habitada”, y a las ciudades de Judá: “Serán reconstruidas, y levantaré sus ruinas”,
44:27 el que dice a la profundidad del mar: “¡Sécate!
   Yo secaré tus ríos”,
44:28 el que dice de Ciro: “Es mi pastor y cumplirá todo mi deseo”, y dice a Jerusalén: “Serás reconstruida”, y al templo: “Serán puestos tus cimientos”».

Capítulo 45
Encargo de Dios para Ciro
45:1 Así dice el SEÑOR a su ungido, a Ciro, a quien he tomado de la mano derecha para someter naciones delante de él y desatar los lomos de los reyes, para abrir ante él puertas, y las entradas no quedarán cerradas:
45:2 «Yo iré delante de ti y allanaré los lugares escabrosos;
   romperé puertas de bronce y haré pedazos barras de hierro.
45:3 Te daré tesoros de las tinieblas y riquezas de lugares secretos, para que sepas que yo soy el SEÑOR, el Dios de Israel, el que te llama por tu nombre.
45:4 Por causa de Jacob, mi siervo, y de Israel, mi escogido, te he llamado por tu nombre;
   te he dado un sobrenombre, aunque no me conocías.
45:5 Yo soy el SEÑOR, y no hay otro;
   fuera de mí no hay Dios.
   Te ceñiré, aunque no me conocías,
45:6 para que sepan, desde donde sale el sol hasta donde se pone, que no hay nadie fuera de mí.
   Yo soy el SEÑOR, y no hay otro.
45:7 Yo formo la luz y creo las tinieblas, hago la paz y creo la adversidad.
   Yo, el SEÑOR, hago todas estas cosas.
El SEÑOR, el Creador

45:8 Destilen, cielos, desde lo alto, y derramen justicia las nubes.
   Que se abra la tierra y produzca salvación, y que haga brotar juntamente la justicia.
   Yo, el SEÑOR, lo he creado.

45:9 ¡Ay del que contiende con su hacedor, un tiesto entre los tiestos de la tierra!
   ¿Dirá el barro al que lo forma: “¿Qué haces?”, o tu obra: “Él no tiene manos”?

45:10 ¡Ay del que dice a un padre: “¿Qué engendras?”, y a una mujer: “¿Qué das a luz?”!».

45:11 Así dice el SEÑOR, el Santo de Israel y su hacedor: «Pregúntenme acerca de las cosas por venir;
   denme órdenes sobre mis hijos y sobre la obra de mis manos.
45:12 Yo hice la tierra y creé al ser humano sobre ella.
   Yo, con mis manos, extendí los cielos y di órdenes a todo su ejército.
45:13 Yo lo he levantado en justicia y allanaré todos sus caminos.
   Él reconstruirá mi ciudad y dejará libres a mis desterrados, sin pago ni soborno», dice el SEÑOR de los ejércitos.
Las naciones reconocerán al Dios de Israel

45:14 Así dice el SEÑOR: «El producto del trabajo de Egipto, la mercancía de Cus y los sabeos, hombres de gran estatura, pasarán a ti y serán tuyos.
   Caminarán detrás de ti, pasarán encadenados, se postrarán ante ti y te suplicarán: “Ciertamente Dios está contigo, y no hay otro;
   no hay otro Dios”».
45:15 Verdaderamente tú eres un Dios que se oculta, Dios de Israel, Salvador.
45:16 Todos ellos serán avergonzados y humillados;
   juntos se irán con vergüenza los fabricantes de ídolos.
45:17 Israel será salvado por el SEÑOR con salvación eterna.
   Ustedes no serán avergonzados ni humillados por toda la eternidad.

45:18 Porque así dice el SEÑOR, creador de los cielos —él es Dios—, el que formó la tierra y la hizo, el que la estableció;
   no la creó como un vacío, sino que la formó para ser habitada: «Yo soy el SEÑOR, y no hay otro.
45:19 No he hablado en secreto, en un lugar de una tierra de tinieblas;
   no dije a la descendencia de Jacob: “Búsquenme en vano”.
   Yo, el SEÑOR, hablo justicia y declaro lo recto.
El único Salvador llama a las naciones

45:20 Reúnanse y vengan;
   acérquense juntos, sobrevivientes de las naciones.
   No tienen conocimiento los que cargan con la madera de su ídolo y oran a un dios que no salva.
45:21 Declaren y presenten su causa;
   que deliberen juntos.
   ¿Quién hizo oír esto desde tiempos antiguos y lo anunció desde entonces?
   ¿No fui yo, el SEÑOR?
   No hay otro Dios fuera de mí, un Dios justo y Salvador;
   no hay ninguno aparte de mí.
45:22 Vuélvanse a mí y sean salvos, todos los confines de la tierra, porque yo soy Dios y no hay otro.
45:23 Por mí mismo he jurado;
   de mi boca ha salido en justicia una palabra que no será revocada: ante mí se doblará toda rodilla y jurará toda lengua.
45:24 De mí se dirá: “Solo en el SEÑOR hay justicia y fuerza”.
   A él vendrán y serán avergonzados todos los que se enfurecen contra él.
45:25 En el SEÑOR será justificada y se gloriará toda la descendencia de Israel».

Capítulo 46
El Señor sostiene a Israel
46:1 Bel se ha postrado, Nebo se derrumba;
   sus imágenes han sido puestas sobre bestias y animales de carga.
   Lo que ustedes llevaban es carga pesada, un peso para la bestia fatigada.
46:2 Se derrumban, se postran juntos;
   no han podido salvar la carga, y ellos mismos han ido al cautiverio.

46:3 «Escúchenme, casa de Jacob y todo el remanente de la casa de Israel, ustedes que han sido cargados desde el vientre, llevados desde la matriz.
46:4 Hasta su vejez yo seré el mismo, y hasta las canas yo los sostendré.
   Yo los hice y yo los llevaré;
   yo los sostendré y los libraré.

46:5 ¿A quién me asemejarán, me igualarán o me compararán, para que seamos semejantes?
46:6 Sacan el oro de la bolsa y pesan la plata en la balanza;
   contratan a un orfebre para que haga con ello un dios, se postran y lo adoran.
46:7 Lo levantan sobre el hombro, lo cargan y lo colocan en su sitio;
   allí se queda, no se mueve de su lugar.
   Aunque alguien clame a él, no responde ni lo salva de su angustia.
La firmeza del propósito de Dios

46:8 Recuerden esto y manténganse firmes;
   rebeldes, ténganlo presente.
46:9 Recuerden las cosas anteriores, desde tiempos antiguos;
   porque yo soy Dios, y no hay otro;
   soy Dios, y no hay nadie como yo.
46:10 Yo anuncio el fin desde el principio y desde la antigüedad lo que aún no se ha hecho.
   Digo: “Mi propósito permanecerá, y haré todo lo que deseo”.
46:11 Llamo del oriente a un ave de presa y de una tierra lejana al hombre de mi propósito.
   Lo he dicho, y ciertamente haré que suceda;
   lo he planeado, y ciertamente lo haré.

46:12 Escúchenme, duros de corazón, que están lejos de la justicia.
46:13 He acercado mi justicia, no está lejos;
   mi salvación no tardará.
   Pondré salvación en Sion y, para Israel, mi gloria».

Capítulo 47
Juicio sobre Babilonia
47:1 «Baja y siéntate en el polvo, virgen hija de Babilonia;
   siéntate en la tierra, sin trono, hija de los caldeos.
   Porque nunca más te llamarán tierna y delicada.
47:2 Toma las piedras de molino y muele harina.
   Quítate el velo, levanta la falda, descubre las piernas y cruza los ríos.
47:3 Tu desnudez será descubierta y tu vergüenza será vista.
   Tomaré venganza y no perdonaré a nadie».

47:4 Nuestro Redentor, el SEÑOR de los ejércitos es su nombre, es el Santo de Israel.
47:5 «Siéntate en silencio y entra en las tinieblas, hija de los caldeos, porque nunca más te llamarán señora de reinos.
La crueldad y la soberbia de Babilonia

47:6 Me enojé contra mi pueblo, profané mi heredad y los entregué en tu mano.
   No les mostraste compasión;
   sobre el anciano hiciste muy pesado tu yugo.
47:7 Dijiste: “Seré señora para siempre”.
   No tomaste estas cosas a pecho ni recordaste su desenlace.

47:8 Ahora escucha esto, amante de los placeres, que vives confiada y dices en tu corazón: “Yo, y nadie más;
   no quedaré viuda ni conoceré la pérdida de hijos”.
47:9 Pero estas dos cosas vendrán sobre ti en un instante, en un solo día: pérdida de hijos y viudez.
   Vendrán sobre ti en toda su plenitud, a pesar de tus muchas hechicerías y de la gran fuerza de tus encantamientos.
47:10 Confiaste en tu maldad y dijiste: “Nadie me ve”.
   Tu sabiduría y tu conocimiento te han extraviado, y dijiste en tu corazón: “Yo, y nadie más”.
47:11 Vendrá sobre ti un mal que no sabrás conjurar;
   caerá sobre ti una calamidad que no podrás remediar;
   vendrá de repente sobre ti una catástrofe que no conoces.
El fracaso de la hechicería y los augurios

47:12 Persiste, pues, en tus encantamientos y en tus muchas hechicerías, en las que te has fatigado desde tu juventud.
   Quizá puedas sacar provecho, quizá puedas causar temor.
47:13 Te has cansado con tus muchos consejos.
   Que se presenten ahora y te salven los que dividen los cielos, los que observan las estrellas, los que anuncian cada mes lo que ha de venir sobre ti.
47:14 Mira, son como paja;
   el fuego los quemará.
   No librarán su vida del poder de la llama.
   No habrá brasa para calentarse ni fuego ante el que sentarse.
47:15 Así serán para ti aquellos con quienes te has fatigado, tus comerciantes desde tu juventud.
   Cada uno vaga por su lado;
   no hay quien te salve».

Capítulo 48
Dios reprende la infidelidad de Israel
48:1 «Escuchen esto, casa de Jacob, ustedes que llevan el nombre de Israel y han salido de las aguas de Judá, los que juran por el nombre del SEÑOR y hacen mención del Dios de Israel, pero sin verdad ni justicia.
48:2 Porque se llaman de la ciudad santa y se apoyan en el Dios de Israel;
   el SEÑOR de los ejércitos es su nombre.

48:3 Las cosas anteriores las anuncié desde hace tiempo;
   salieron de mi boca y las hice oír.
   De repente actué, y sucedieron.
48:4 Porque sabía que eres obstinado, que tu cuello es un tendón de hierro y tu frente es de bronce,
48:5 te las anuncié desde hace tiempo;
   antes de que sucedieran, te las hice oír, para que no dijeras: “Mi ídolo las ha hecho;
   mi imagen tallada y mi imagen fundida las han ordenado”.
48:6 Lo has oído;
   míralo todo.
   Y ustedes, ¿no lo anunciarán?
   Desde ahora te hago oír cosas nuevas, cosas ocultas que no conocías.
48:7 Ahora han sido creadas, y no desde antes;
   antes de hoy no las habías oído, para que no digas: “Mira, yo las sabía”.
48:8 No las habías oído, no las habías conocido;
   tampoco desde antes se había abierto tu oído.
   Porque sabía que actuarías con gran deslealtad y que se te había llamado rebelde desde el vientre.
La misericordia de Dios preserva a su pueblo

48:9 Por causa de mi nombre aplazaré mi ira, y por mi alabanza la contendré contra ti, para no destruirte.
48:10 Mira, te he refinado, pero no como a la plata;
   te he escogido en el horno de la aflicción.
48:11 Por mí mismo, por mí mismo actuaré, porque ¿cómo podría ser profanado mi nombre?
   No daré mi gloria a otro.
El Señor confirma su propósito de liberación

48:12 Escúchame, Jacob, Israel, a quien he llamado.
   Yo soy el mismo;
   yo soy el primero, y también yo soy el último.
48:13 Mi mano fundó la tierra y mi mano derecha extendió los cielos.
   Cuando los llamo, comparecen juntos.
48:14 Reúnanse todos y escuchen.
   ¿Quién entre ellos ha anunciado estas cosas?
   El SEÑOR lo ama;
   él cumplirá su propósito contra Babilonia y su brazo estará contra los caldeos.
48:15 Yo, yo he hablado, también lo he llamado;
   lo he traído, y su camino prosperará.
48:16 Acérquense a mí y escuchen esto: Desde el principio no he hablado en secreto;
   desde que eso sucedió, allí estaba yo».
   Y ahora el Señor DIOS me ha enviado, y su Espíritu.
La paz que Israel desatendió

48:17 Así dice el SEÑOR, tu Redentor, el Santo de Israel: «Yo soy el SEÑOR tu Dios, el que te enseña para tu provecho, el que te guía por el camino que debes seguir.
48:18 ¡Si hubieras prestado atención a mis mandamientos!
   Tu paz habría sido como un río y tu justicia como las olas del mar.
48:19 Tu descendencia habría sido como la arena y los brotes de tus entrañas como sus granos;
   su nombre no habría sido cortado ni borrado de mi presencia».
La salida de Babilonia y el anuncio del rescate

48:20 ¡Salgan de Babilonia, huyan de los caldeos!
   Con voz de júbilo anúncienlo, hagan oír esto, llévenlo hasta los confines de la tierra.
   Digan: «El SEÑOR ha redimido a su siervo Jacob».
48:21 No tuvieron sed cuando los condujo por los desiertos;
   hizo brotar para ellos agua de la roca.
   Partió la roca y corrieron las aguas.
48:22 «No hay paz para los malvados», dice el SEÑOR.

Capítulo 49
El siervo y su misión entre las naciones
49:1 Escúchenme, islas;
   presten atención, pueblos lejanos.
   El SEÑOR me llamó desde el vientre;
   desde las entrañas de mi madre mencionó mi nombre.
49:2 Hizo mi boca como una espada afilada;
   me escondió a la sombra de su mano.
   Me hizo una flecha pulida;
   me ocultó en su carcaj.
49:3 Me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel, en quien mostraré mi gloria».
49:4 Pero yo dije: «En vano he trabajado;
   en vacío y vanidad he gastado mis fuerzas.
   Sin embargo, mi causa está con el SEÑOR y mi recompensa con mi Dios».
49:5 Y ahora habla el SEÑOR, el que me formó desde el vientre para ser su siervo, para hacer volver a él a Jacob y reunir a Israel junto a él;
   soy honrado a los ojos del SEÑOR, y mi Dios ha sido mi fuerza.
49:6 Él dice: «Es poca cosa que seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob y hacer volver a los preservados de Israel.
   También te daré como luz de las naciones, para ser mi salvación hasta los confines de la tierra».

49:7 Así dice el SEÑOR, Redentor de Israel, su Santo, al despreciado, al aborrecido de la nación, al siervo de gobernantes: «Reyes verán y se levantarán;
   príncipes se postrarán, por causa del SEÑOR, que es fiel, del Santo de Israel, que te ha escogido».
Dios promete restaurar a Sion

49:8 Así dice el SEÑOR: «En tiempo favorable te respondí y en día de salvación te ayudé.
   Te guardaré y te daré como pacto para el pueblo, para restaurar la tierra y repartir las heredades desoladas,
49:9 para decir a los presos: “¡Salgan!”, y a los que están en tinieblas: “¡Muéstrense!”.
   Pastarán junto a los caminos y en todas las alturas desoladas tendrán sus pastos.
49:10 No tendrán hambre ni sed;
   no los herirá el calor abrasador ni el sol, porque el que tiene compasión de ellos los guiará y los conducirá junto a manantiales de agua.
49:11 Convertiré todos mis montes en un camino y mis calzadas serán levantadas.
49:12 Miren, estos vendrán de lejos;
   miren, aquellos del norte y del occidente, y estos de la tierra de Sinim».
49:13 ¡Canten de júbilo, cielos, y alégrate, tierra!
   ¡Estallen en cantos, montes!
   Porque el SEÑOR ha consolado a su pueblo y tendrá compasión de sus afligidos.
La fidelidad de Dios ante el lamento de Sion

49:14 Pero Sion dijo: «El SEÑOR me ha abandonado, el Señor me ha olvidado».
49:15 «¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho y dejar de compadecerse del hijo de su vientre?
   Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré.
49:16 Mira, te he grabado en las palmas de mis manos;
   tus muros están siempre delante de mí.
49:17 Tus hijos se apresuran;
   tus destructores y tus devastadores saldrán de ti.
49:18 Levanta tus ojos alrededor y mira: todos se reúnen y vienen a ti.
   Vivo yo —declara el SEÑOR—, que a todos te los pondrás como joyas y te adornarás con ellos como una novia.
49:19 En cuanto a tus ruinas, tus lugares desolados y tu tierra destruida, ahora serás demasiado estrecha para tus habitantes, y tus devoradores estarán lejos.
49:20 Todavía te dirán al oído los hijos de los que habías sido privada: “Este lugar es demasiado estrecho para mí;
   hazme sitio para que yo habite”.
49:21 Dirás en tu corazón: “¿Quién me ha engendrado a estos?
   Yo estaba privada de hijos y sola, desterrada y apartada.
   A estos, ¿quién los ha criado?
   Mira, yo había quedado sola;
   estos, ¿dónde estaban?”».
Las naciones ayudan al regreso de Sion

49:22 Así dice el Señor DIOS: «Mira, alzaré mi mano hacia las naciones y levantaré mi estandarte hacia los pueblos.
   Traerán a tus hijos en brazos y llevarán a tus hijas sobre los hombros.
49:23 Reyes serán tus tutores y sus princesas tus nodrizas.
   Se postrarán ante ti rostro en tierra y lamerán el polvo de tus pies.
   Sabrás que yo soy el SEÑOR y que no serán avergonzados los que esperan en mí».
El Señor rescata a los cautivos de Sion

49:24 ¿Se le podrá quitar el botín a un guerrero?
   ¿Podrá escapar el cautivo del justo?
49:25 Pues así dice el SEÑOR: «Aun los cautivos del guerrero serán recobrados y el botín del tirano será rescatado.
   Yo contenderé con quien contienda contigo, y yo salvaré a tus hijos.
49:26 Haré comer a tus opresores su propia carne, y se embriagarán con su sangre como con vino dulce.
   Toda carne sabrá que yo, el SEÑOR, soy tu Salvador y tu Redentor, el Poderoso de Jacob».

Capítulo 50
El pecado de Israel y el poder de su Redentor
50:1 Así dice el SEÑOR: «¿Dónde está la carta de divorcio de su madre, con la que la despedí?
   ¿O a cuál de mis acreedores los he vendido?
   Miren, por sus iniquidades fueron vendidos, y por sus rebeliones fue despedida su madre.
50:2 ¿Por qué, cuando vine, no había nadie, y cuando llamé, nadie respondió?
   ¿Se ha acortado tanto mi mano que no puede rescatar?
   ¿O no tengo poder para librar?
   Miren, con mi reprensión seco el mar y convierto los ríos en desierto;
   sus peces se pudren por falta de agua y mueren de sed.
50:3 Visto los cielos de oscuridad y hago de tela áspera su cubierta».
El siervo obedece y confía ante el sufrimiento

50:4 El Señor DIOS me ha dado lengua de discípulo, para que sepa sostener con una palabra al cansado.
   Mañana tras mañana me despierta;
   despierta mi oído para escuchar como los discípulos.
50:5 El Señor DIOS me ha abierto el oído;
   no me rebelé ni retrocedí.
50:6 Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas a los que me arrancaban la barba;
   no escondí mi rostro de los insultos y los salivazos.
50:7 El Señor DIOS me ayuda;
   por eso no he sido humillado.
   Por eso he puesto mi rostro como un pedernal, y sé que no seré avergonzado.
50:8 Cerca está el que me justifica.
   ¿Quién contenderá conmigo?
   Comparezcamos juntos.
   ¿Quién es el adversario de mi causa?
   Que se acerque a mí.
50:9 Miren, el Señor DIOS me ayuda;
   ¿quién es el que me condenará?
   Miren, todos ellos se gastarán como una vestidura;
   la polilla se los comerá.
Confiar en Dios en medio de la oscuridad

50:10 ¿Quién entre ustedes teme al SEÑOR y obedece la voz de su siervo?
   El que camina en tinieblas y no tiene luz, que confíe en el nombre del SEÑOR y se apoye en su Dios.
50:11 «Miren, todos ustedes que encienden fuego y se rodean de antorchas: caminen a la luz de su fuego y de las antorchas que han encendido.
   Esto les vendrá de mi mano: yacerán en dolor».

Capítulo 51
Palabras de consuelo para Sion
51:1 «Escúchenme, los que siguen la justicia, los que buscan al SEÑOR.
   Miren la roca de la que fueron tallados y el hueco de la cantera de la que fueron extraídos.
51:2 Miren a Abraham, su padre, y a Sara, que los dio a luz.
   Porque cuando era uno solo lo llamé, lo bendije y lo multipliqué».

51:3 Porque el SEÑOR consolará a Sion, consolará todas sus ruinas;
   convertirá su desierto en Edén y su páramo en huerto del SEÑOR.
   En ella se encontrarán gozo y alegría, acción de gracias y voz de canto.
La justicia y la salvación de Dios para los pueblos

51:4 «Préstenme atención, pueblo mío;
   óiganme, nación mía.
   Porque de mí saldrá la ley y estableceré mi justicia como luz para los pueblos.
51:5 Mi justicia está cerca, mi salvación ha salido y mis brazos juzgarán a los pueblos.
   Las islas esperan en mí y ponen su esperanza en mi brazo.
51:6 Levanten sus ojos hacia los cielos y miren la tierra abajo.
   Porque los cielos se desvanecerán como humo y la tierra se gastará como una vestidura;
   sus habitantes morirán de la misma manera.
   Pero mi salvación será para siempre y mi justicia no será quebrantada.
La fidelidad de Dios vence el temor a los hombres

51:7 Escúchenme, los que conocen la justicia, pueblo en cuyo corazón está mi ley.
   No teman los insultos del ser humano ni se asusten por sus ultrajes.
51:8 Porque la polilla se los comerá como a una vestidura y el gusano como a la lana.
   Pero mi justicia será para siempre y mi salvación de generación en generación».
La súplica por una nueva obra de rescate

51:9 ¡Despierta, despierta, vístete de poder, brazo del SEÑOR!
   Despierta como en los días antiguos, en las generaciones de antaño.
   ¿No eres tú el que despedazó a Rahab y traspasó al dragón?
51:10 ¿No eres tú el que secó el mar, las aguas del gran abismo, el que convirtió las profundidades del mar en un camino para que pasaran los redimidos?
51:11 Los rescatados del SEÑOR volverán y entrarán en Sion con cantos de júbilo;
   habrá alegría eterna sobre sus cabezas.
   Alcanzarán gozo y alegría;
   huirán la tristeza y el gemido.
El Creador consuela y sostiene a su pueblo

51:12 «Yo, yo soy el que los consuela.
   ¿Quién eres tú para temer al ser humano que muere, al hijo de hombre que será como hierba?
51:13 Te has olvidado del SEÑOR, tu hacedor, que extendió los cielos y fundó la tierra.
   Temes continuamente, todo el día, ante el furor del opresor cuando se prepara para destruir.
   Pero ¿dónde está el furor del opresor?
51:14 El cautivo encorvado será liberado pronto;
   no morirá en la fosa ni le faltará su pan.
51:15 Yo soy el SEÑOR tu Dios, el que agita el mar y hace rugir sus olas;
   el SEÑOR de los ejércitos es su nombre.
51:16 He puesto mis palabras en tu boca y te he cubierto con la sombra de mi mano, para plantar los cielos, fundar la tierra y decir a Sion: “Tú eres mi pueblo”».
Jerusalén se levanta después de la copa del juicio

51:17 ¡Despierta, despierta, levántate, Jerusalén!
   Tú que has bebido de manos del SEÑOR la copa de su furor, has bebido el cáliz, la copa del aturdimiento, y la has vaciado.
51:18 De todos los hijos que dio a luz, no hay quien la guíe;
   de todos los hijos que crio, no hay quien la tome de la mano.
51:19 Estas dos cosas te han sucedido: ¿quién se compadecerá de ti?
   Desolación y ruina, hambre y espada: ¿cómo te consolaré?
51:20 Tus hijos han desfallecido;
   yacen en las esquinas de todas las calles como un antílope en una red, llenos del furor del SEÑOR, de la reprensión de tu Dios.
Dios retira la copa del juicio de Sion

51:21 Por eso, escucha ahora esto, afligida, embriagada, pero no de vino:

51:22 Así dice tu Señor, el SEÑOR, y tu Dios, que defiende a su pueblo: «Mira, he quitado de tu mano la copa del aturdimiento, el cáliz, la copa de mi furor;
   nunca más volverás a beberla.
51:23 La pondré en manos de quienes te atormentan, los que te dijeron: “¡Inclínate para que pasemos por encima!”.
   Y tú pusiste tu espalda como suelo, como una calle para los que pasaban».

Capítulo 52
Dios librará del cautiverio a Sion
52:1 ¡Despierta, despierta, vístete de tu fuerza, Sion!
   ¡Ponte tus hermosas vestiduras, Jerusalén, ciudad santa!
   Porque nunca más entrarán en ti el incircunciso y el impuro.
52:2 Sacúdete el polvo, levántate y siéntate, Jerusalén.
   Líbrate de las ataduras de tu cuello, cautiva hija de Sion.

52:3 Porque así dice el SEÑOR: «Por nada fueron vendidos, y sin dinero serán redimidos».
52:4 Porque así dice el Señor DIOS: «Al principio mi pueblo descendió a Egipto para residir allí, y Asiria lo oprimió sin motivo.
52:5 Y ahora, ¿qué hago aquí —declara el SEÑOR—, ya que mi pueblo ha sido llevado sin pago?
   Sus dominadores aúllan —declara el SEÑOR—, y continuamente, todo el día, mi nombre es blasfemado.
52:6 Por eso mi pueblo conocerá mi nombre;
   por eso, en aquel día sabrá que yo soy el que habla: “¡Aquí estoy!”».
El gozo de Sion por el reinado de Dios

52:7 ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas noticias, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que anuncia salvación, del que dice a Sion: «¡Tu Dios reina!»!
52:8 ¡La voz de tus centinelas!
   Alzan la voz, juntos cantan de júbilo, porque con sus propios ojos verán cuando el SEÑOR vuelva a Sion.
52:9 ¡Estallen en cantos, canten juntas, ruinas de Jerusalén!
   Porque el SEÑOR ha consolado a su pueblo, ha redimido a Jerusalén.
52:10 El SEÑOR ha desnudado su santo brazo ante los ojos de todas las naciones;
   todos los confines de la tierra verán la salvación de nuestro Dios.
El regreso santo bajo la protección del SEÑOR

52:11 ¡Apártense, apártense, salgan de allí!
   No toquen nada impuro.
   Salgan de en medio de ella;
   purifíquense, ustedes que llevan los utensilios del SEÑOR.
52:12 Porque no saldrán con prisa ni se marcharán huyendo, pues el SEÑOR irá delante de ustedes y el Dios de Israel será su retaguardia.
La humillación y la exaltación del siervo del SEÑOR

52:13 «Miren, mi siervo actuará con sabiduría;
   será enaltecido, levantado y puesto muy en alto.
52:14 Así como muchos se asombraron de ti, tan desfigurada estaba su apariencia, más que la de cualquier hombre, y su aspecto, más que el de los hijos de hombre,
52:15 así rociará a muchas naciones.
   Los reyes cerrarán la boca ante él, porque verán lo que no les había sido contado y comprenderán lo que no habían oído».

Capítulo 53
El rechazo del siervo del SEÑOR
53:1 ¿Quién ha creído a nuestro mensaje?
   ¿A quién se ha revelado el brazo del SEÑOR?
53:2 Creció delante de él como un brote tierno, como una raíz de tierra seca.
   No tenía belleza ni esplendor para que lo miráramos, ni apariencia para que lo deseáramos.
53:3 Fue despreciado y rechazado por los hombres, hombre de dolores y familiarizado con la enfermedad.
   Como uno ante quien se esconde el rostro, fue despreciado y no lo estimamos.
El siervo lleva la culpa y el dolor de su pueblo

53:4 Ciertamente él llevó nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores;
   pero nosotros lo consideramos azotado, herido por Dios y afligido.
53:5 Pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, molido por nuestras iniquidades.
   Sobre él cayó el castigo que nos trae paz, y por su herida fuimos sanados.
53:6 Todos nosotros nos extraviamos como ovejas;
   cada uno se volvió por su propio camino.
   Pero el SEÑOR hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros.
La muerte y la sepultura del siervo inocente

53:7 Fue oprimido y afligido, pero no abrió su boca.
   Como un cordero fue llevado al matadero, y como una oveja que permanece muda ante sus esquiladores, no abrió su boca.
53:8 Por opresión y juicio fue quitado;
   y su generación, ¿quién la considerará?
   Porque fue cortado de la tierra de los vivos;
   por la rebelión de mi pueblo fue herido.
53:9 Se dispuso su sepultura con los malvados, y con un rico estuvo en su muerte, aunque no había hecho violencia ni hubo engaño en su boca.
La entrega del siervo y el fruto de su victoria

53:10 Pero el SEÑOR quiso quebrantarlo y lo sometió a enfermedad.
   Si su vida es puesta como ofrenda por la culpa, verá descendencia y prolongará sus días;
   la voluntad del SEÑOR prosperará en su mano.
53:11 Después de la aflicción de su alma, verá y quedará satisfecho.
   Por su conocimiento, mi siervo justo justificará a muchos, y él cargará con sus iniquidades.
53:12 Por eso le daré parte entre los grandes y repartirá el botín con los fuertes, porque derramó su vida hasta la muerte y fue contado entre los rebeldes;
   él llevó el pecado de muchos e intercedió por los rebeldes.

Capítulo 54
El amor eterno del SEÑOR hacia Israel
54:1 «Canta de júbilo, estéril, tú que no has dado a luz;
   estalla en cantos y grita de alegría, tú que no has estado de parto.
   Porque más son los hijos de la desolada que los de la casada —dice el SEÑOR—.
54:2 Ensancha el lugar de tu tienda;
   que extiendan las cortinas de tus moradas.
   No escatimes;
   alarga tus cuerdas y refuerza tus estacas.
54:3 Porque te extenderás a derecha e izquierda;
   tu descendencia poseerá naciones y poblará ciudades desoladas.
El Redentor vence la vergüenza y el abandono

54:4 No temas, porque no serás avergonzada;
   no te sientas humillada, porque no serás deshonrada.
   Olvidarás la vergüenza de tu juventud y no recordarás más la afrenta de tu viudez.
54:5 Porque tu esposo es tu hacedor;
   el SEÑOR de los ejércitos es su nombre.
   Tu Redentor es el Santo de Israel;
   será llamado Dios de toda la tierra.
54:6 Porque el SEÑOR te ha llamado como a una mujer abandonada y afligida de espíritu, como a una esposa de la juventud que ha sido rechazada —dice tu Dios—.
54:7 Por un breve momento te abandoné, pero con gran compasión te reuniré.
54:8 En un desbordamiento de ira escondí mi rostro de ti por un momento;
   pero con amor eterno tendré compasión de ti —dice el SEÑOR, tu Redentor—.

54:9 Porque esto es para mí como las aguas de Noé: así como juré que las aguas de Noé no volverían a pasar sobre la tierra, así he jurado que no me enojaré contra ti ni te reprenderé.
54:10 Aunque los montes se aparten y las colinas se tambaleen, mi amor fiel no se apartará de ti ni mi pacto de paz se tambaleará —dice el SEÑOR, el que tiene compasión de ti—.
La ciudad restaurada y sus hijos

54:11 Afligida, azotada por la tempestad, sin consuelo: mira, asentaré tus piedras con antimonio y pondré tus cimientos con zafiros.
54:12 Haré tus almenas de rubíes, tus puertas de piedras resplandecientes y toda tu muralla de piedras preciosas.
54:13 Todos tus hijos serán enseñados por el SEÑOR, y grande será la paz de tus hijos.
El Señor establece y defiende a sus siervos

54:14 En justicia serás establecida.
   Aléjate de la opresión, porque no temerás, y del terror, porque no se acercará a ti.
54:15 Mira, si alguno conspira contra ti, no será de mi parte;
   quien conspire contra ti caerá por causa tuya.
54:16 Mira, yo he creado al herrero que sopla las brasas en el fuego y produce una herramienta para su trabajo;
   yo he creado al devastador para destruir.
54:17 Ningún arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio.
   Esta es la herencia de los siervos del SEÑOR, y su justificación procede de mí —declara el SEÑOR—».

Capítulo 55
Misericordia gratuita para todos
55:1 «¡Todos los sedientos, vengan a las aguas!
   Los que no tienen dinero, vengan, compren y coman.
   Vengan, compren vino y leche sin dinero y sin precio.
55:2 ¿Por qué gastan dinero en lo que no es pan, y su trabajo en lo que no sacia?
   Escúchenme atentamente y coman lo bueno;
   que su alma se deleite en abundancia.
55:3 Inclinen su oído y vengan a mí;
   escuchen, y vivirá su alma.
   Haré con ustedes un pacto eterno, las misericordias firmes prometidas a David.
55:4 Miren, lo he puesto como testigo para los pueblos, como jefe y comandante de los pueblos.
55:5 Mira, llamarás a una nación que no conocías, y una nación que no te conocía correrá a ti por causa del SEÑOR tu Dios y del Santo de Israel, porque te ha glorificado».
Volver al Señor y recibir su perdón

55:6 Busquen al SEÑOR mientras puede ser hallado;
   llámenlo mientras está cerca.
55:7 Que el malvado abandone su camino y el hombre inicuo sus pensamientos;
   que vuelva al SEÑOR, y él tendrá compasión de él, a nuestro Dios, porque perdonará abundantemente.
55:8 «Porque mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos son mis caminos —declara el SEÑOR—.
55:9 Como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que sus caminos, y mis pensamientos, más que sus pensamientos.
La palabra de Dios cumple su propósito

55:10 Porque así como la lluvia y la nieve descienden de los cielos y no vuelven allá sin regar la tierra, hacerla producir y germinar, y dar semilla al sembrador y pan al que come,
55:11 así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará lo que deseo y prosperará en aquello para lo que la envié.
El regreso gozoso del pueblo restaurado

55:12 Porque con alegría saldrán y en paz serán conducidos;
   los montes y las colinas estallarán en cantos delante de ustedes, y todos los árboles del campo aplaudirán.
55:13 En lugar de la zarza crecerá el ciprés y en lugar de la ortiga crecerá el mirto.
   Esto dará renombre al SEÑOR y será una señal eterna que nunca será destruida».

Capítulo 56
Justicia y fidelidad ante la salvación del Señor
56:1 Así dice el SEÑOR: «Guarden el derecho y practiquen la justicia, porque mi salvación está cerca de llegar y mi justicia de ser revelada.
56:2 Dichoso el ser humano que hace esto y el hijo de hombre que se aferra a ello: el que guarda el sábado sin profanarlo y guarda su mano de hacer cualquier mal».
Extranjeros y eunucos acogidos por el Señor

56:3 Que el extranjero que se ha unido al SEÑOR no diga: «Sin falta el SEÑOR me separará de su pueblo».
   Ni diga el eunuco: «Mira, soy un árbol seco».

56:4 Porque así dice el SEÑOR: «A los eunucos que guardan mis sábados, escogen lo que me agrada y se aferran a mi pacto,
56:5 les daré en mi casa y dentro de mis muros un memorial y un nombre mejor que hijos e hijas;
   a cada uno le daré un nombre eterno que nunca será borrado.

56:6 Y a los extranjeros que se unen al SEÑOR para servirle, para amar el nombre del SEÑOR y ser sus siervos, a todo el que guarda el sábado sin profanarlo y se aferra a mi pacto,
56:7 los llevaré a mi santo monte y los alegraré en mi casa de oración.
   Sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptados sobre mi altar, porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos».
56:8 Declara el Señor DIOS, el que reúne a los dispersos de Israel: «Todavía reuniré a otros junto a él, además de los que ya se han reunido».
La negligencia de los dirigentes

56:9 Todas las fieras del campo, vengan a devorar, todas las fieras del bosque.

56:10 Sus centinelas son ciegos, ninguno sabe nada.
   Todos son perros mudos, no pueden ladrar;
   sueñan, están echados, aman dormir.
56:11 Son perros voraces, no conocen la saciedad;
   son pastores que no saben comprender.
   Todos se han vuelto por su propio camino, cada uno busca su ganancia, hasta el último.
56:12 «Vengan, conseguiré vino, y nos embriagaremos de bebida fuerte;
   mañana será como hoy, mucho más grandioso».

Capítulo 57
El destino del justo en una sociedad indiferente
57:1 El justo perece, y nadie lo toma a pecho;
   los hombres piadosos son arrebatados, sin que nadie comprenda que el justo es quitado de delante del mal.
57:2 Entrará en paz;
   descansarán en sus lechos los que caminan con rectitud.
Condenación de la idolatría de Israel

57:3 «Pero ustedes, acérquense aquí, hijos de hechicera, descendencia de adúltero y prostituta.
57:4 ¿De quién se burlan?
   ¿Contra quién abren la boca y sacan la lengua?
   ¿No son ustedes hijos de rebelión, descendencia de mentira,
57:5 los que arden de pasión entre los robles, debajo de todo árbol frondoso, los que sacrifican niños en las quebradas, debajo de los salientes de las rocas?
57:6 Entre las piedras lisas del torrente está tu porción;
   ellas, ellas son tu suerte.
   También para ellas has derramado libaciones y ofrecido ofrendas de cereal.
   ¿He de aplacarme con estas cosas?
57:7 Sobre un monte alto y elevado pusiste tu lecho;
   también allí subiste para ofrecer sacrificios.
57:8 Detrás de la puerta y del marco pusiste tu memorial;
   apartándote de mí, te desnudaste y subiste.
   Ensanchaste tu lecho e hiciste un pacto con ellos;
   amaste su lecho y contemplaste su virilidad.
57:9 Fuiste al rey con aceite y multiplicaste tus perfumes;
   enviaste tus emisarios lejos y descendiste hasta el Seol.
57:10 Te cansaste por lo largo de tu camino, pero no dijiste: “No hay esperanza”.
   Encontraste nuevo vigor en tu mano;
   por eso no desfalleciste.
57:11 ¿A quién temiste y de quién te asustaste, para que mintieras y no te acordaras de mí ni me tomaras a pecho?
   ¿No es porque he guardado silencio desde hace mucho que no me temes?
57:12 Yo declararé tu justicia y tus obras, pero no te aprovecharán.
57:13 Cuando clames, que te libren tus ídolos reunidos;
   pero a todos se los llevará el viento, un soplo los arrebatará.
   En cambio, el que se refugia en mí heredará la tierra y poseerá mi santo monte».
Consuelo y paz para los humildes

57:14 Y dirá: «Construyan, construyan, preparen el camino;
   quiten los obstáculos del camino de mi pueblo».

57:15 Porque así dice el Alto y Sublime, el que habita la eternidad y cuyo nombre es Santo: «Habito en lo alto y santo, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para reavivar el espíritu de los humildes y reavivar el corazón de los quebrantados.
57:16 Porque no contenderé para siempre ni estaré enojado eternamente, pues desfallecería ante mí el espíritu y las almas que yo he hecho.
57:17 Por la iniquidad de su codicia me enojé y lo herí;
   me oculté y me indigné, pero él siguió rebelde por el camino de su corazón.
57:18 He visto sus caminos, pero lo sanaré;
   lo guiaré y le restauraré el consuelo a él y a quienes lloran por él,
57:19 creando el fruto de los labios.
   Paz, paz al que está lejos y al que está cerca —dice el SEÑOR—, y lo sanaré».
57:20 Pero los malvados son como el mar agitado, que no puede estar quieto y cuyas aguas arrojan cieno y lodo.
57:21 «No hay paz para los malvados», dice mi Dios.

Capítulo 58
El verdadero ayuno
58:1 «Clama a plena voz, no te contengas;
   alza tu voz como una trompeta.
   Declara a mi pueblo su rebelión y a la casa de Jacob sus pecados.
58:2 Me buscan día tras día y se deleitan en conocer mis caminos, como una nación que hubiera practicado la justicia y no hubiera abandonado el derecho de su Dios.
   Me piden juicios justos y se deleitan en acercarse a Dios.
58:3 “¿Por qué hemos ayunado y no lo has visto, hemos afligido nuestra alma y no lo has tenido en cuenta?”.
   Miren, en el día de su ayuno buscan su propio placer y oprimen a todos sus trabajadores.
58:4 Miren, ayunan para contender y pelear, y para golpear con puño malvado.
   No ayunen como hoy para hacerse oír en las alturas.
58:5 ¿Es este el ayuno que escojo, un día en que el ser humano aflija su alma?
   ¿Inclinar su cabeza como un junco y extender tela áspera y ceniza como lecho?
   ¿Llamarás a esto ayuno y día agradable al SEÑOR?
Libertad y ayuda para el necesitado

58:6 ¿No es este el ayuno que escojo: desatar las ataduras de maldad, soltar las cuerdas del yugo, dejar libres a los oprimidos y romper todo yugo?
58:7 ¿No es compartir tu pan con el hambriento y recibir en casa a los pobres sin hogar;
   cuando veas al desnudo, cubrirlo, y no esconderte de tu propia carne?
58:8 Entonces tu luz despuntará como el amanecer y tu recuperación brotará pronto.
   Tu justicia irá delante de ti, y la gloria del SEÑOR será tu retaguardia.
58:9 Entonces llamarás, y el SEÑOR responderá;
   clamarás por ayuda, y dirá: “Aquí estoy”.
   Si quitas de en medio de ti el yugo, el señalar con el dedo y el hablar maldad,
58:10 si te entregas al hambriento y sacias el alma afligida, tu luz brillará en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía.
58:11 El SEÑOR te guiará continuamente, saciará tu alma en los lugares áridos y dará vigor a tus huesos.
   Serás como un huerto regado y como un manantial cuyas aguas nunca faltan.
58:12 Los tuyos reconstruirán las ruinas antiguas;
   levantarás los cimientos de generación en generación.
   Te llamarán reparador de brechas, restaurador de caminos para habitar.
La observancia del día de reposo

58:13 Si en el sábado refrenas tu pie de hacer tu voluntad en mi día santo, si llamas al sábado delicia y al día santo del SEÑOR honorable, y lo honras sin seguir tus propios caminos, sin buscar tu propio placer ni hablar de tus propios asuntos,
58:14 entonces te deleitarás en el SEÑOR.
   Te haré cabalgar sobre las alturas de la tierra y te alimentaré con la heredad de Jacob, tu padre, porque la boca del SEÑOR ha hablado».

Capítulo 59
El pecado y la separación de Dios
59:1 Miren, la mano del SEÑOR no se ha acortado para salvar, ni su oído se ha endurecido para oír.
59:2 Son sus iniquidades las que han hecho separación entre ustedes y su Dios;
   sus pecados han hecho que esconda su rostro de ustedes para no escucharlos.
59:3 Porque sus manos están manchadas de sangre y sus dedos de iniquidad;
   sus labios han hablado mentira y su lengua murmura maldad.
59:4 Nadie clama con justicia ni litiga con honestidad.
   Confían en el vacío y hablan falsedad;
   conciben malicia y dan a luz iniquidad.
59:5 Incuban huevos de víbora y tejen telas de araña.
   El que come de sus huevos muere, y del huevo aplastado sale una víbora.
59:6 Sus telas no servirán como vestiduras ni se cubrirán con sus obras.
   Sus obras son obras de iniquidad y hay actos de violencia en sus manos.
59:7 Sus pies corren al mal y se apresuran a derramar sangre inocente.
   Sus pensamientos son pensamientos de iniquidad;
   desolación y ruina hay en sus caminos.
59:8 No conocen el camino de la paz y no hay derecho en sus senderos.
   Han torcido sus propias sendas;
   quien camina por ellas no conoce la paz.
Confesión del pecado de Israel

59:9 Por eso el derecho está lejos de nosotros y la justicia no nos alcanza.
   Esperamos luz, pero hay tinieblas;
   claridad, pero caminamos en oscuridad.
59:10 Palpamos la pared como ciegos;
   andamos a tientas como quienes no tienen ojos.
   Tropezamos al mediodía como al anochecer;
   entre los robustos somos como muertos.
59:11 Todos gruñimos como osos y gemimos lastimeramente como palomas.
   Esperamos el derecho, pero no lo hay;
   la salvación, pero está lejos de nosotros.
59:12 Porque nuestras rebeliones se han multiplicado delante de ti y nuestros pecados testifican contra nosotros.
   Nuestras rebeliones están con nosotros y conocemos nuestras iniquidades:
59:13 rebelarnos y negar al SEÑOR, apartarnos de nuestro Dios, hablar opresión y rebelión, concebir y pronunciar desde el corazón palabras de mentira.
59:14 El derecho ha sido hecho retroceder y la justicia permanece lejos, porque la verdad ha tropezado en la plaza y la rectitud no puede entrar.
59:15 La verdad está ausente, y el que se aparta del mal se convierte en presa.
   El SEÑOR lo vio y le desagradó que no hubiera derecho.
La intervención salvadora del Señor

59:16 Vio que no había nadie y se asombró de que no hubiera quien intercediera.
   Su propio brazo le trajo salvación y su justicia lo sostuvo.
59:17 Se vistió de justicia como de una coraza y puso el casco de salvación en su cabeza.
   Se vistió con ropas de venganza y se envolvió de celo como de un manto.
59:18 Según las obras, así pagará: furor a sus adversarios, retribución a sus enemigos;
   a las islas dará su retribución.
59:19 Desde el occidente temerán el nombre del SEÑOR y desde el nacimiento del sol su gloria, porque vendrá como un torrente impetuoso que el viento del SEÑOR impulsa.
El Redentor y el pacto duradero

59:20 «Vendrá un Redentor a Sion y a los que se apartan de la rebelión en Jacob», declara el SEÑOR.
59:21 «En cuanto a mí, este es mi pacto con ellos —dice el SEÑOR—: Mi Espíritu que está sobre ti y mis palabras que he puesto en tu boca no se apartarán de tu boca, ni de la boca de tu descendencia, ni de la boca de la descendencia de tu descendencia —dice el SEÑOR—, desde ahora y para siempre».

Capítulo 60
La futura gloria de Sion
60:1 Levántate, resplandece, porque ha llegado tu luz y la gloria del SEÑOR ha amanecido sobre ti.
60:2 Mira, las tinieblas cubrirán la tierra y la densa oscuridad a los pueblos;
   pero sobre ti amanecerá el SEÑOR y sobre ti será vista su gloria.
60:3 Las naciones caminarán hacia tu luz y los reyes hacia el resplandor de tu amanecer.
60:4 Levanta tus ojos alrededor y mira: todos se reúnen y vienen a ti.
   Tus hijos vendrán de lejos y tus hijas serán llevadas sobre la cadera.
60:5 Entonces verás y resplandecerás;
   tu corazón se estremecerá y se ensanchará, porque la abundancia del mar se volverá hacia ti y las riquezas de las naciones vendrán a ti.
60:6 Una multitud de camellos te cubrirá, camellos jóvenes de Madián y de Efa.
   Todos vendrán de Sabá, traerán oro e incienso y anunciarán las alabanzas del SEÑOR.
60:7 «Todos los rebaños de Cedar serán reunidos para ti;
   los carneros de Nebaiot te servirán.
   Subirán como ofrenda agradable sobre mi altar y glorificaré la casa de mi gloria.
60:8 ¿Quiénes son estos que vuelan como una nube, como palomas hacia sus palomares?
60:9 Porque las islas esperan en mí, y las naves de Tarsis van a la cabeza, para traer de lejos a tus hijos con su plata y su oro, por el nombre del SEÑOR tu Dios y por el Santo de Israel, porque te ha glorificado.
La reconstrucción y la paz de Sion

60:10 Extranjeros reconstruirán tus muros y sus reyes te servirán.
   Porque en mi ira te herí, pero en mi favor he tenido compasión de ti.
60:11 Tus puertas estarán siempre abiertas;
   no se cerrarán ni de día ni de noche, para que te traigan las riquezas de las naciones y sean conducidos sus reyes.
60:12 Porque la nación y el reino que no te sirvan perecerán, y esas naciones serán completamente desoladas.
60:13 La gloria del Líbano vendrá a ti, el ciprés, el olmo y el boj juntos, para embellecer el lugar de mi santuario;
   yo honraré el lugar de mis pies.
60:14 Vendrán a ti inclinados los hijos de quienes te afligieron, y todos los que te despreciaban se postrarán a las plantas de tus pies.
   Te llamarán Ciudad del SEÑOR, Sion del Santo de Israel.
60:15 En lugar de estar abandonada y aborrecida, sin que nadie pasara por ti, te convertiré en gloria eterna, en alegría de generación en generación.
60:16 Mamarás la leche de las naciones, mamarás del pecho de los reyes.
   Sabrás que yo, el SEÑOR, soy tu Salvador y tu Redentor, el Poderoso de Jacob.
60:17 En lugar de bronce traeré oro y en lugar de hierro traeré plata;
   en lugar de madera, bronce, y en lugar de piedras, hierro.
   Pondré a la paz como tu supervisora y a la justicia como tus gobernantes.
60:18 No se oirá más violencia en tu tierra, ni desolación ni ruina dentro de tus fronteras.
   Llamarás a tus muros Salvación y a tus puertas Alabanza.
La plenitud de la presencia divina

60:19 El sol ya no será tu luz de día ni el resplandor de la luna te alumbrará;
   el SEÑOR será para ti luz eterna y tu Dios será tu gloria.
60:20 Tu sol no volverá a ponerse ni tu luna desaparecerá, porque el SEÑOR será para ti luz eterna y terminarán los días de tu duelo.
60:21 Todos los de tu pueblo serán justos y poseerán la tierra para siempre: renuevo de mis plantíos, obra de mis manos, para mostrar mi gloria.
60:22 El más pequeño llegará a ser un millar y el menor una nación poderosa.
   Yo, el SEÑOR, a su tiempo lo apresuraré».

Capítulo 61
Buenas nuevas de salvación para Sion
61:1 El Espíritu del Señor DIOS está sobre mí, porque el SEÑOR me ha ungido para anunciar buenas noticias a los pobres.
   Me ha enviado a vendar a los quebrantados de corazón, a proclamar libertad a los cautivos y apertura de la prisión a los presos,
61:2 a proclamar el año del favor del SEÑOR y el día de venganza de nuestro Dios, a consolar a todos los que están de duelo,
61:3 a conceder a los afligidos de Sion una diadema en lugar de ceniza, aceite de gozo en lugar de duelo, manto de alabanza en lugar de un espíritu abatido.
   Serán llamados robles de justicia, plantío del SEÑOR para mostrar su gloria.
Reconstrucción y honra para el pueblo restaurado

61:4 Reconstruirán las ruinas antiguas, levantarán los lugares desolados de antaño y renovarán las ciudades arruinadas, desoladas de generación en generación.
61:5 Se presentarán extranjeros y apacentarán los rebaños de ustedes;
   los forasteros serán sus labradores y sus viñadores.
61:6 Ustedes serán llamados sacerdotes del SEÑOR;
   se les dirá ministros de nuestro Dios.
   Comerán las riquezas de las naciones y se gloriarán en su gloria.
61:7 En lugar de la vergüenza de ustedes habrá doble porción;
   en lugar de humillación, cantarán de júbilo por su porción.
   Por eso en su tierra poseerán el doble y tendrán alegría eterna.
61:8 «Porque yo, el SEÑOR, amo el derecho y aborrezco el robo en el holocausto.
   Les daré fielmente su recompensa y haré con ellos un pacto eterno.
61:9 Su descendencia será conocida entre las naciones y sus brotes en medio de los pueblos.
   Todos los que los vean reconocerán que son descendencia que el SEÑOR ha bendecido».
La alegría de la salvación recibida

61:10 Me gozaré grandemente en el SEÑOR;
   mi alma se alegrará en mi Dios.
   Porque me ha vestido con ropas de salvación y me ha envuelto en un manto de justicia, como novio que se ciñe un turbante sacerdotal y como novia que se adorna con sus joyas.
61:11 Porque así como la tierra produce sus brotes y el huerto hace germinar sus semillas, así el Señor DIOS hará brotar justicia y alabanza delante de todas las naciones.

Capítulo 62
La restauración y el nuevo nombre de Sion
62:1 Por causa de Sion no callaré y por causa de Jerusalén no descansaré, hasta que su justicia salga como un resplandor y su salvación arda como una antorcha.
62:2 Las naciones verán tu justicia y todos los reyes tu gloria.
   Serás llamada con un nombre nuevo que la boca del SEÑOR determinará.
62:3 Serás una corona de esplendor en la mano del SEÑOR, una diadema real en la palma de tu Dios.
62:4 Ya no te llamarán Abandonada ni llamarán más a tu tierra Desolada, sino que a ti te llamarán Mi deleite está en ella, y a tu tierra, Casada.
   Porque el SEÑOR se deleita en ti y tu tierra será desposada.
62:5 Como un joven se desposa con una virgen, tus hijos se desposarán contigo;
   como el novio se regocija por la novia, tu Dios se regocijará por ti.
Centinelas y oración perseverante

62:6 Sobre tus muros, Jerusalén, he puesto centinelas;
   todo el día y toda la noche, jamás callarán.
   Ustedes que hacen que el SEÑOR recuerde, no se den descanso,
62:7 ni le den descanso hasta que la establezca, hasta que haga de Jerusalén una alabanza en la tierra.
62:8 El SEÑOR ha jurado por su mano derecha y por su brazo poderoso: «Nunca más daré tu grano como alimento a tus enemigos ni beberán los extranjeros tu vino nuevo, por el que has trabajado.
62:9 Los que lo cosechen lo comerán y alabarán al SEÑOR;
   los que lo recojan lo beberán en los atrios de mi santuario».
La llegada del Salvador y el pueblo redimido

62:10 ¡Pasen, pasen por las puertas, preparen el camino del pueblo!
   ¡Construyan, construyan la calzada, quiten las piedras, alcen un estandarte sobre los pueblos!
62:11 Miren, el SEÑOR ha hecho oír hasta los confines de la tierra: «Digan a la hija de Sion: “Mira, viene tu Salvador;
   mira, su recompensa está con él y su retribución delante de él”».
62:12 Los llamarán Pueblo Santo, Redimidos del SEÑOR;
   y a ti te llamarán Buscada, Ciudad no abandonada.

Capítulo 63
El día de la venganza del SEÑOR
63:1 ¿Quién es este que viene de Edom, de Bosra, con ropas teñidas de rojo, este majestuoso en su vestido, que marcha con la grandeza de su fuerza?
   «Soy yo, el que habla en justicia, poderoso para salvar».
63:2 ¿Por qué es rojo tu vestido y tus ropas como las del que pisa en el lagar?
63:3 «He pisado el lagar yo solo;
   de los pueblos no había nadie conmigo.
   Los pisé en mi ira y los aplasté en mi furor;
   su sangre salpicó mis vestidos y manché todas mis ropas.
63:4 Porque el día de venganza estaba en mi corazón y ha llegado el año de mis redimidos.
63:5 Miré, y no había quien ayudara;
   me asombré de que no hubiera quien sostuviera.
   Mi propio brazo me trajo salvación y mi furor me sostuvo.
63:6 Pisoteé a los pueblos en mi ira, los embriagué en mi furor y derramé su sangre sobre la tierra».
Bondad del SEÑOR hacia Israel

63:7 Recordaré las misericordias del SEÑOR, las alabanzas del SEÑOR, conforme a todo lo que el SEÑOR nos ha otorgado, y la gran bondad hacia la casa de Israel que les ha otorgado según su compasión y la abundancia de sus misericordias.
63:8 Él dijo: «Ciertamente ellos son mi pueblo, hijos que no engañarán».
   Y fue su Salvador.
63:9 En todas sus angustias él estuvo angustiado, y el ángel de su presencia los salvó.
   En su amor y en su compasión los redimió;
   los levantó y los llevó todos los días de antaño.
63:10 Pero ellos se rebelaron y entristecieron a su Espíritu Santo;
   por eso se volvió su enemigo y él mismo luchó contra ellos.
63:11 Entonces su pueblo recordó los días antiguos, los de Moisés: «¿Dónde está el que los hizo subir del mar con los pastores de su rebaño?
   ¿Dónde está el que puso en medio de él su Espíritu Santo,
63:12 el que hizo marchar su brazo glorioso a la derecha de Moisés, el que dividió las aguas delante de ellos para hacerse un nombre eterno,
63:13 el que los condujo por los abismos?
   Como un caballo en el desierto, no tropezaron.
63:14 Como ganado que desciende al valle, el Espíritu del SEÑOR le dio descanso.
   Así guiaste a tu pueblo para hacerte un nombre glorioso.
Plegaria pidiendo misericordia y ayuda

63:15 Mira desde los cielos y contempla desde tu santa y gloriosa morada.
   ¿Dónde están tu celo y tus proezas?
   Tu ternura entrañable y tu compasión se han contenido para conmigo.
63:16 Porque tú eres nuestro Padre, aunque Abraham no nos conoce e Israel no nos reconoce.
   Tú, SEÑOR, eres nuestro Padre;
   Nuestro Redentor desde la antigüedad es tu nombre.
63:17 ¿Por qué, SEÑOR, nos haces errar de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te temamos?
   Vuelve por causa de tus siervos, las tribus de tu heredad.
63:18 Por poco tiempo lo poseyó tu pueblo santo;
   nuestros adversarios han pisoteado tu santuario.
63:19 Hemos llegado a ser como aquellos sobre los que nunca gobernaste, sobre los que nunca fue invocado tu nombre».

Capítulo 64
64:1 ¡Si rasgaras los cielos y descendieras, si los montes se derritieran ante tu presencia,
64:2 como el fuego enciende la leña, como el fuego hace hervir el agua, para dar a conocer tu nombre a tus adversarios y hacer temblar a las naciones ante tu presencia!
64:3 Cuando hiciste cosas temibles que no esperábamos, descendiste y los montes se derritieron ante tu presencia.
64:4 Desde la antigüedad no se ha oído ni percibido, ni ojo ha visto a un Dios fuera de ti que actúe a favor del que espera en él.
64:5 Sales al encuentro del que se alegra y practica la justicia, de los que te recuerdan en tus caminos.
   Mira, tú te enojaste y nosotros pecamos;
   persistimos en ellos durante mucho tiempo, ¿y seremos salvos?
64:6 Todos nosotros hemos llegado a ser como el impuro, y todas nuestras obras justas como un paño menstrual.
   Todos nos marchitamos como una hoja, y nuestras iniquidades nos arrastran como el viento.
64:7 No hay quien invoque tu nombre ni quien se despierte para aferrarse a ti, porque has escondido tu rostro de nosotros y nos has derretido bajo el poder de nuestras iniquidades.
Dependencia y petición de perdón

64:8 Pero ahora, SEÑOR, tú eres nuestro Padre;
   nosotros somos el barro y tú nuestro alfarero;
   todos somos obra de tu mano.
64:9 No te enojes en exceso, SEÑOR, ni recuerdes para siempre la iniquidad.
   Mira, te rogamos, todos nosotros somos tu pueblo.
64:10 Tus ciudades santas se han convertido en desierto;
   Sion se ha vuelto un desierto y Jerusalén una desolación.
64:11 Nuestra casa santa y gloriosa, donde te alabaron nuestros padres, ha sido quemada por el fuego;
   todas nuestras cosas preciosas se han convertido en ruinas.
64:12 Ante estas cosas, ¿te contendrás, SEÑOR?
   ¿Guardarás silencio y nos afligirás en exceso?

Capítulo 65
Castigo de los rebeldes
65:1 «Me dejé buscar por los que no preguntaban por mí;
   me dejé hallar por los que no me buscaban.
   Dije: “Aquí estoy, aquí estoy”, a una nación que no llevaba mi nombre.
65:2 Extendí mis manos todo el día hacia un pueblo rebelde, que camina por un camino que no es bueno, siguiendo sus propios pensamientos.
65:3 Un pueblo que continuamente me provoca en mi propio rostro, que ofrece sacrificios en los huertos y quema incienso sobre ladrillos,
65:4 que se sienta entre los sepulcros y pasa la noche en lugares secretos, que come carne de cerdo y tiene caldo de cosas inmundas en sus vasijas,
65:5 que dice: “Quédate donde estás, no te acerques a mí, porque soy más santo que tú”.
   Estos son humo en mi nariz, un fuego que arde todo el día.
65:6 Miren, está escrito delante de mí: no guardaré silencio, sino que retribuiré;
   retribuiré en su regazo
65:7 las iniquidades de ustedes y las iniquidades de sus padres juntas —dice el SEÑOR—, porque quemaron incienso en los montes y me insultaron en las colinas.
   Mediré en su regazo la retribución de sus obras antiguas».
La preservación de los siervos del Señor

65:8 Así dice el SEÑOR: «Como cuando se halla vino nuevo en un racimo y alguien dice: “No lo destruyas, porque hay bendición en él”, así haré por causa de mis siervos, para no destruirlo todo.
65:9 Haré salir descendencia de Jacob y de Judá un heredero de mis montes.
   Mis escogidos la heredarán y mis siervos habitarán allí.
65:10 Sarón será pastizal de ovejas y el valle de Acor lugar de descanso para el ganado, para mi pueblo que me busca.
65:11 Pero ustedes, los que abandonan al SEÑOR y olvidan mi santo monte, los que preparan una mesa para la Fortuna y llenan vasijas de vino mezclado para el Destino,
65:12 los destinaré a la espada y todos se inclinarán para la matanza.
   Porque llamé y no respondieron;
   hablé y no escucharon, sino que hicieron lo malo ante mis ojos y escogieron lo que no me agradaba».
El destino de los siervos y de los rebeldes

65:13 Por eso, así dice el Señor DIOS: «Miren, mis siervos comerán, pero ustedes tendrán hambre;
   miren, mis siervos beberán, pero ustedes tendrán sed;
   miren, mis siervos se alegrarán, pero ustedes serán avergonzados.
65:14 Miren, mis siervos cantarán de júbilo por la alegría del corazón, pero ustedes gritarán por el dolor del corazón y aullarán por el quebranto del espíritu.
65:15 Dejarán su nombre como maldición a mis escogidos;
   el Señor DIOS te matará, pero a sus siervos los llamará por otro nombre.
65:16 El que se bendiga en la tierra se bendecirá por el Dios de la verdad, y el que jure en la tierra jurará por el Dios de la verdad.
   Porque las angustias anteriores han sido olvidadas y se han ocultado de mis ojos.
Cielos nuevos y tierra nueva

65:17 Porque miren, yo creo cielos nuevos y una tierra nueva;
   no serán recordadas las cosas anteriores ni vendrán al corazón.
65:18 Más bien, alégrense y regocíjense para siempre en lo que yo creo.
   Porque miren, creo a Jerusalén para alegría y a su pueblo para gozo.
65:19 Me alegraré en Jerusalén y me gozaré en mi pueblo;
   ya no se oirá en ella voz de llanto ni voz de clamor.
65:20 No habrá más allí un niño que viva pocos días ni un anciano que no complete sus días.
   Porque el joven morirá a los cien años y el pecador de cien años será maldito.
65:21 Construirán casas y las habitarán;
   plantarán viñedos y comerán su fruto.
65:22 No construirán para que otro habite ni plantarán para que otro coma, porque como los días de un árbol serán los días de mi pueblo;
   mis escogidos disfrutarán largamente de la obra de sus manos.
65:23 No trabajarán en vano ni darán a luz para la desgracia, porque son descendencia de los benditos del SEÑOR, y sus descendientes con ellos.
65:24 Antes de que clamen, yo responderé;
   mientras todavía estén hablando, yo escucharé.
65:25 El lobo y el cordero pastarán juntos;
   el león comerá paja como el buey, y el polvo será el alimento de la serpiente.
   No harán mal ni destruirán en todo mi santo monte —dice el SEÑOR—».

Capítulo 66
Los juicios del SEÑOR y la futura prosperidad de Sion
66:1 Así dice el SEÑOR: «Los cielos son mi trono y la tierra el estrado de mis pies.
   ¿Dónde está la casa que me construirán?
   ¿Dónde está el lugar de mi reposo?
66:2 Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas ellas llegaron a existir —declara el SEÑOR—.
   Pero miraré a este: al humilde y quebrantado de espíritu, al que tiembla ante mi palabra.
66:3 El que degüella un buey es como quien mata a un hombre;
   el que sacrifica un cordero, como quien le rompe el cuello a un perro;
   el que presenta una ofrenda de cereal, como quien ofrece sangre de cerdo;
   el que hace memorial con incienso, como quien bendice a un ídolo.
   Así como ellos escogieron sus propios caminos y su alma se deleita en sus abominaciones,
66:4 también yo escogeré sus castigos y traeré sobre ellos lo que temen.
   Porque llamé y nadie respondió;
   hablé y no escucharon, sino que hicieron lo malo ante mis ojos y escogieron lo que no me agradaba».

66:5 Escuchen la palabra del SEÑOR, ustedes que tiemblan ante su palabra: «Sus hermanos que los odian y los excluyen por causa de mi nombre han dicho: “Que el SEÑOR sea glorificado, para que veamos la alegría de ustedes”.
   Pero ellos serán avergonzados».
66:6 ¡Un estruendo de la ciudad, una voz del templo!
   Es la voz del SEÑOR, que da la retribución a sus enemigos.
El nacimiento y el consuelo de Sion

66:7 Antes de estar de parto, ella dio a luz;
   antes de que le viniera el dolor, dio a luz un varón.
66:8 ¿Quién ha oído cosa semejante?
   ¿Quién ha visto tales cosas?
   ¿Se da a luz una tierra en un solo día?
   ¿Nace una nación de una sola vez?
   Pues Sion, apenas estuvo de parto, dio a luz a sus hijos.
66:9 «¿Llevaré al momento de dar a luz y no haré nacer?
   —dice el SEÑOR—.
   ¿Yo, que hago nacer, cerraré la matriz?», dice tu Dios.

66:10 Alégrense con Jerusalén y regocíjense por ella, todos los que la aman.
   Rebosen de alegría con ella, todos los que hacen duelo por ella,
66:11 para que mamen y se sacien del pecho de sus consuelos, para que beban profundamente y se deleiten en la abundancia de su gloria.

66:12 Porque así dice el SEÑOR: «Miren, extiendo hacia ella paz como un río y la gloria de las naciones como un torrente desbordado.
   Mamarán, serán llevados sobre la cadera y serán acariciados sobre las rodillas.
66:13 Como alguien a quien consuela su madre, así yo los consolaré;
   en Jerusalén serán consolados».
66:14 Lo verán y su corazón se alegrará;
   sus huesos florecerán como la hierba.
   La mano del SEÑOR se dará a conocer a sus siervos, y él mostrará su indignación contra sus enemigos.
El juicio contra la rebeldía

66:15 Porque miren, el SEÑOR vendrá con fuego y sus carros como un torbellino, para descargar su ira con furor y su reprensión con llamas de fuego.
66:16 Con fuego y con su espada el SEÑOR juzgará a toda carne, y serán muchos los muertos por el SEÑOR.
66:17 «Los que se santifican y se purifican para ir a los huertos, detrás de una que está en medio, los que comen carne de cerdo, cosas detestables y ratones, todos juntos perecerán —declara el SEÑOR—.
Las naciones ante la gloria del Señor

66:18 Pero yo conozco sus obras y sus pensamientos;
   llega el tiempo de reunir a todas las naciones y lenguas.
   Vendrán y verán mi gloria.
66:19 Pondré una señal entre ellos y enviaré sobrevivientes de entre ellos a las naciones: a Tarsis, a Pul y a Lud, los que tienden el arco, a Tubal y a Javán, a las islas lejanas que no han oído mi fama ni han visto mi gloria.
   Anunciarán mi gloria entre las naciones.
66:20 Traerán a todos los hermanos de ustedes de entre todas las naciones como ofrenda al SEÑOR, en caballos, carros, literas, mulos y camellos, a mi santo monte, Jerusalén —dice el SEÑOR—, como los hijos de Israel traen la ofrenda en vasijas limpias a la casa del SEÑOR.
66:21 También tomaré de ellos para sacerdotes y levitas —dice el SEÑOR—.
66:22 Porque así como los cielos nuevos y la tierra nueva que yo hago permanecen delante de mí —declara el SEÑOR—, así permanecerán la descendencia y el nombre de ustedes.
66:23 De luna nueva en luna nueva y de sábado en sábado, toda carne vendrá a postrarse delante de mí —dice el SEÑOR—.
66:24 Saldrán y verán los cadáveres de los hombres que se rebelaron contra mí, porque su gusano no morirá y su fuego no se apagará;
   serán un horror para toda carne».

JEREMÍAS

Capítulo 1
Llamamiento y misión de Jeremías
1:1 Palabras de Jeremías, hijo de Hilcías, uno de los sacerdotes de Anatot, en la tierra de Benjamín.
1:2 A él le llegó la palabra del SEÑOR en los días de Josías, hijo de Amón, rey de Judá, en el año trece de su reinado.
1:3 También le llegó en los días de Joacim, hijo de Josías, rey de Judá, hasta el fin del año once de Sedequías, hijo de Josías, rey de Judá, hasta el destierro de Jerusalén en el quinto mes.
1:4 La palabra del SEÑOR me llegó, diciendo:
1:5 «Antes de formarte en el vientre, te conocí;
   antes de que salieras del seno materno, te consagré.
   Te designé profeta para las naciones».
1:6 Yo respondí: «¡Ah, Señor DIOS! Mira, no sé hablar, porque soy un muchacho».
1:7 Pero el SEÑOR me dijo: «No digas: “Soy un muchacho”, porque irás adondequiera que te envíe y dirás todo lo que te ordene.
1:8 No les tengas miedo, porque yo estoy contigo para librarte —declara el SEÑOR—».
1:9 Entonces el SEÑOR extendió su mano y tocó mi boca. Y el SEÑOR me dijo: «Mira, he puesto mis palabras en tu boca.
1:10 Mira, hoy te he puesto sobre las naciones y sobre los reinos para arrancar y derribar, para destruir y demoler, para edificar y plantar».
Dos visiones que confirman la palabra del Señor
1:11 La palabra del SEÑOR me llegó, diciendo: «¿Qué ves, Jeremías?». Respondí: «Veo una rama de almendro».
1:12 El SEÑOR me dijo: «Has visto bien, porque yo vigilo mi palabra para cumplirla».
1:13 La palabra del SEÑOR me llegó por segunda vez, diciendo: «¿Qué ves?». Respondí: «Veo una olla hirviendo, inclinada desde el norte».
1:14 El SEÑOR me dijo: «Desde el norte se desatará la calamidad sobre todos los habitantes de esta tierra.
1:15 Porque voy a convocar a todas las familias de los reinos del norte —declara el SEÑOR—. Vendrán, y cada uno pondrá su trono a la entrada de las puertas de Jerusalén, contra todos sus muros alrededor y contra todas las ciudades de Judá.
1:16 Pronunciaré mis juicios contra ellos por toda su maldad, porque me abandonaron, quemaron incienso a otros dioses y se postraron ante las obras de sus manos.
Firmeza para cumplir la misión
1:17 Pero tú, cíñete la cintura, levántate y diles todo lo que yo te ordene. No te acobardes ante ellos, no sea que yo te haga acobardarte delante de ellos.
1:18 Mira, hoy te he hecho ciudad fortificada, columna de hierro y muros de bronce contra toda esta tierra: contra los reyes de Judá, contra sus jefes, contra sus sacerdotes y contra el pueblo de la tierra.
1:19 Pelearán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo —declara el SEÑOR— para librarte».

Capítulo 2
El SEÑOR y la apostasía de Israel
2:1 La palabra del SEÑOR me llegó, diciendo:
2:2 «Ve y proclama a oídos de Jerusalén: “Así dice el SEÑOR: recuerdo de ti la fidelidad de tu juventud, el amor de cuando eras novia, cuando me seguías por el desierto, por una tierra sin sembrar.
2:3 Israel estaba consagrado al SEÑOR, era las primicias de su cosecha.
   Todos los que lo devoraban se hacían culpables;
   la calamidad venía sobre ellos —declara el SEÑOR—”».
La infidelidad ante el Dios que liberó a su pueblo

2:4 Escuchen la palabra del SEÑOR, casa de Jacob y todas las familias de la casa de Israel.
2:5 Así dice el SEÑOR: «¿Qué injusticia encontraron en mí sus antepasados para alejarse de mí?
   Siguieron lo vano y se volvieron vanos.
2:6 No dijeron: “¿Dónde está el SEÑOR, que nos hizo subir de la tierra de Egipto, que nos condujo por el desierto, por una tierra de soledad y barrancos, por una tierra de sequía y densas tinieblas, por una tierra por donde nadie pasaba ni nadie habitaba?”.
2:7 Yo los llevé a una tierra fértil para que comieran sus frutos y sus bienes;
   pero ustedes entraron y contaminaron mi tierra, e hicieron de mi heredad una abominación.
2:8 Los sacerdotes no dijeron: “¿Dónde está el SEÑOR?”.
   Los que se ocupaban de la ley no me conocieron;
   los pastores se rebelaron contra mí, y los profetas profetizaron por Baal y siguieron lo que no sirve de nada.
2:9 Por eso todavía presentaré mi causa contra ustedes —declara el SEÑOR—, y contra los hijos de sus hijos presentaré mi causa.
2:10 Pasen a las costas de Quitim y miren;
   envíen gente a Cedar y examinen con atención.
   Vean si ha sucedido algo semejante.
2:11 ¿Ha cambiado alguna nación sus dioses, aunque esos no son dioses?
   Sin embargo, mi pueblo ha cambiado su gloria por lo que no sirve de nada.
2:12 ¡Espántense por esto, cielos!
   ¡Estremézcanse, queden completamente desolados!
   —declara el SEÑOR—.
2:13 Porque mi pueblo ha cometido dos males: me han abandonado a mí, la fuente de aguas vivas, para cavarse cisternas, cisternas agrietadas que no pueden retener el agua.
Las consecuencias de buscar otros protectores

2:14 ¿Es Israel un esclavo?
   ¿Es un siervo nacido en casa?
   ¿Por qué se ha convertido en botín?
2:15 Contra él rugieron leones jóvenes, hicieron oír su voz y dejaron su tierra desolada.
   Sus ciudades están quemadas, sin habitantes.
2:16 Hasta los hombres de Menfis y de Tafnes te han rapado la coronilla.
2:17 ¿No te ha sucedido esto por haber abandonado al SEÑOR tu Dios cuando él te guiaba por el camino?
2:18 Y ahora, ¿qué haces en el camino de Egipto para beber las aguas del Sihor?
   ¿Qué haces en el camino de Asiria para beber las aguas del Río?
2:19 Tu maldad te castigará y tus infidelidades te reprenderán.
   Reconoce y ve qué malo y amargo es abandonar al SEÑOR tu Dios y no tener temor de mí —declara el Señor DIOS de los ejércitos—.
Una lealtad negada por los hechos

2:20 Porque hace mucho rompí tu yugo y arranqué tus ataduras, pero dijiste: “No serviré”.
   Sobre toda colina alta y debajo de todo árbol frondoso te echabas como prostituta.
2:21 Yo te planté como vid selecta, toda ella de semilla genuina.
   ¿Cómo te has convertido para mí en sarmientos degenerados de una vid extraña?
2:22 Aunque te laves con lejía y uses mucho jabón, la mancha de tu culpa sigue delante de mí —declara el Señor DIOS—.
2:23 ¿Cómo puedes decir: “No me he contaminado, no he seguido a los baales”?
   Mira tu conducta en el valle;
   reconoce lo que has hecho.
   Eres una camella joven y veloz que enreda sus pasos;
2:24 asna salvaje acostumbrada al desierto, que en su ardor olfatea el viento.
   En su celo, ¿quién la puede detener?
   Ninguno de los que la buscan tendrá que fatigarse: en su mes la encontrarán.
2:25 Evita que tus pies anden descalzos y que tu garganta tenga sed.
   Pero dijiste: “¡Es inútil!
   ¡No!
   Porque amo a los extraños y tras ellos iré”.
2:26 Como se avergüenza un ladrón al ser descubierto, así ha quedado avergonzada la casa de Israel: ellos, sus reyes, sus jefes, sus sacerdotes y sus profetas.
2:27 Le dicen a un leño: “Tú eres mi padre”, y a una piedra: “Tú me has dado a luz”.
   Me han vuelto la espalda y no el rostro;
   pero en el tiempo de su calamidad dicen: “¡Levántate y sálvanos!”.
2:28 ¿Dónde están tus dioses, los que te hiciste?
   Que se levanten, a ver si pueden salvarte en el tiempo de tu calamidad.
   Porque tantos como tus ciudades son tus dioses, Judá.
La resistencia a reconocer la culpa

2:29 ¿Por qué presentan su causa contra mí?
   Todos ustedes se han rebelado contra mí —declara el SEÑOR—.
2:30 En vano he golpeado a sus hijos: no aceptaron corrección.
   La espada de ustedes devoró a sus profetas como un león destructor.
2:31 ¡Ustedes, los de esta generación, atiendan a la palabra del SEÑOR!
   ¿He sido un desierto para Israel, o una tierra de densas tinieblas?
   ¿Por qué dice mi pueblo: “Somos libres, ya no volveremos a ti”?
2:32 ¿Se olvida una virgen de sus adornos, o una novia de su atavío?
   Pero mi pueblo se ha olvidado de mí por días sin número.
2:33 ¡Qué bien preparas tu camino para buscar amor!
   Por eso, hasta a las malvadas les has enseñado tus caminos.
2:34 También en los bordes de tu vestido se ha encontrado la sangre de pobres inocentes.
   No los sorprendiste forzando una entrada.
   Pero, a pesar de todo esto,
2:35 dices: “Soy inocente;
   sin duda su ira se ha apartado de mí”.
   Mira, entraré en juicio contigo por haber dicho: “No he pecado”.
El fracaso de las seguridades elegidas

2:36 ¿Por qué andas de un lado a otro cambiando de camino?
   También por Egipto quedarás avergonzada, como quedaste avergonzada por Asiria.
2:37 También de allí saldrás con las manos sobre la cabeza, porque el SEÑOR ha rechazado a aquellos en quienes confías, y con ellos no prosperarás».

Capítulo 3
3:1 Se dice: «Si un hombre despide a su mujer, y ella se aparta de él y se casa con otro hombre, ¿volverá él a ella?
   ¿No quedaría aquella tierra completamente contaminada?
   Tú te has prostituido con muchos amantes, ¿y vas a volver a mí?
   —declara el SEÑOR—.
3:2 Levanta los ojos hacia las alturas desoladas y mira: ¿dónde no te has prostituido?
   Te sentabas junto a los caminos para esperarlos, como un árabe en el desierto.
   Con tus prostituciones y tu maldad has contaminado la tierra.
3:3 Por eso se retuvieron los aguaceros y no hubo lluvia tardía.
   Pero tú tienes frente de prostituta;
   te niegas a sentir vergüenza.
3:4 ¿No acabas de llamarme: “Padre mío, tú eres el compañero de mi juventud”?
3:5 “¿Guardará él rencor para siempre?
   ¿Lo mantendrá eternamente?”.
   Mira, así has hablado, pero has hecho todo el mal que pudiste».
El SEÑOR exhorta a Israel y a Judá al arrepentimiento

3:6 En los días del rey Josías, el SEÑOR me dijo: «¿Has visto lo que ha hecho la infiel Israel?
   Iba a todo monte alto y debajo de todo árbol frondoso, y allí se prostituía.
3:7 Yo dije: “Después de hacer todo esto, volverá a mí”.
   Pero no volvió, y su hermana, la desleal Judá, lo vio.
3:8 Y vi que, por todos los adulterios de la infiel Israel, yo la había despedido y le había dado su carta de divorcio;
   sin embargo, su hermana, la desleal Judá, no tuvo temor, sino que también fue y se prostituyó.
3:9 Por la ligereza con que se prostituía, contaminó la tierra y cometió adulterio con la piedra y con la madera.
3:10 A pesar de todo esto, su hermana, la desleal Judá, no volvió a mí de todo corazón, sino con fingimiento —declara el SEÑOR—».

3:11 El SEÑOR me dijo: «La infiel Israel ha resultado más justa que la desleal Judá.
La misericordia que llama a volver

3:12 Ve y proclama estas palabras hacia el norte.
   Di: “Vuelve, infiel Israel —declara el SEÑOR—.
   No los miraré con ira, porque soy misericordioso —declara el SEÑOR—;
   no guardaré rencor para siempre.
3:13 Solo reconoce tu culpa: te has rebelado contra el SEÑOR tu Dios, has repartido tus favores entre extraños debajo de todo árbol frondoso y no han escuchado mi voz —declara el SEÑOR—.
El pueblo reunido bajo el cuidado del Señor

3:14 Vuelvan, hijos infieles —declara el SEÑOR—, porque yo soy su esposo.
   Los tomaré, uno de cada ciudad y dos de cada familia, y los llevaré a Sion.
3:15 Les daré pastores conforme a mi corazón, que los apacentarán con conocimiento y entendimiento.
3:16 Cuando se multipliquen y sean fecundos en la tierra, en aquellos días —declara el SEÑOR—, ya no dirán: ‘El arca del pacto del SEÑOR’.
   No les vendrá a la mente, no la recordarán ni la echarán de menos, y no se hará otra.
3:17 En aquel tiempo llamarán a Jerusalén ‘Trono del SEÑOR’, y todas las naciones se reunirán en ella, en Jerusalén, por el nombre del SEÑOR.
   Ya no seguirán la terquedad de su malvado corazón.

3:18 En aquellos días la casa de Judá caminará junto con la casa de Israel, y juntas vendrán de la tierra del norte a la tierra que di en herencia a sus antepasados”».
3:19 «Yo decía: “¡Cómo quisiera ponerte entre mis hijos y darte una tierra deseable, la herencia más hermosa de las naciones!”.
   Y dije: “Me llamarán ‘Padre mío’ y no se apartarán de seguirme”.
3:20 Pero, como una mujer es desleal a su compañero, así ustedes me han sido desleales, casa de Israel —declara el SEÑOR—».
La confesión y la sanidad del pueblo

3:21 En las alturas desoladas se oye una voz: el llanto y las súplicas de los hijos de Israel, porque han torcido su camino y han olvidado al SEÑOR su Dios.
3:22 «Vuelvan, hijos infieles;
   sanaré su infidelidad».
   «Aquí estamos, venimos a ti, porque tú eres el SEÑOR nuestro Dios.
3:23 Ciertamente son un engaño las colinas y el tumulto de los montes;
   ciertamente en el SEÑOR nuestro Dios está la salvación de Israel.
3:24 Lo vergonzoso ha devorado el fruto del trabajo de nuestros antepasados desde nuestra juventud: sus ovejas y sus vacas, sus hijos y sus hijas.
3:25 Acostémonos en nuestra vergüenza, y que nuestra deshonra nos cubra, porque hemos pecado contra el SEÑOR nuestro Dios, nosotros y nuestros antepasados, desde nuestra juventud hasta el día de hoy, y no hemos escuchado la voz del SEÑOR nuestro Dios».

Capítulo 4
4:1 «Si vuelves, Israel —declara el SEÑOR—, vuelve a mí.
   Si apartas de mi presencia tus abominaciones y no vuelves a desviarte,
4:2 si juras: “¡Vive el SEÑOR!”, con verdad, justicia y rectitud, entonces las naciones se bendecirán en él y en él se gloriarán».

4:3 Porque así dice el SEÑOR a los hombres de Judá y a Jerusalén: «Aren su tierra sin cultivar y no siembren entre espinos.
4:4 Circuncídense para el SEÑOR y quiten el prepucio de sus corazones, hombres de Judá y habitantes de Jerusalén, no sea que mi furor salga como fuego y arda sin que nadie pueda apagarlo, por la maldad de sus acciones».
Judá es amenazada de invasión

4:5 Anuncien en Judá, proclamen en Jerusalén y digan: «¡Toquen la trompeta en la tierra!
   Griten con fuerza y digan: “¡Reúnanse y entremos en las ciudades fortificadas!”».
4:6 «Levanten una bandera hacia Sion;
   busquen refugio, no se detengan, porque traigo del norte una calamidad y una gran destrucción.
4:7 El león ha salido de su espesura;
   el destructor de naciones se ha puesto en marcha.
   Ha salido de su lugar para dejar tu tierra desolada.
   Tus ciudades quedarán en ruinas, sin habitantes».
4:8 Por eso, vístanse de tela de saco, laméntense y giman, porque la ardiente ira del SEÑOR no se ha apartado de nosotros.

4:9 «En aquel día —declara el SEÑOR—, el rey perderá el valor, y también los jefes.
   Los sacerdotes quedarán horrorizados, y los profetas, atónitos».
4:10 Yo dije: «¡Ah, Señor DIOS!
   Ciertamente has engañado por completo a este pueblo y a Jerusalén al decir: “Tendrán paz”, cuando la espada llega hasta la vida misma».
4:11 En aquel tiempo se dirá a este pueblo y a Jerusalén: «Un viento abrasador de las alturas desoladas del desierto viene hacia la hija de mi pueblo, no para aventar ni para limpiar.
4:12 Un viento demasiado fuerte para eso vendrá a mi mandato.
   Ahora también yo pronunciaré juicios contra ellos».
4:13 Miren, sube como las nubes;
   sus carros son como un torbellino y sus caballos, más veloces que las águilas.
   ¡Ay de nosotros, porque hemos sido saqueados!
4:14 Lava de maldad tu corazón, Jerusalén, para que seas salvada.
   ¿Hasta cuándo se alojarán dentro de ti tus pensamientos perversos?
4:15 Porque una voz lo anuncia desde Dan y proclama la calamidad desde los montes de Efraín.
4:16 Háganlo saber a las naciones;
   proclamen acerca de Jerusalén: «Vienen sitiadores de una tierra lejana, que alzan su voz contra las ciudades de Judá.
4:17 La rodean como los guardianes de un campo, porque se ha rebelado contra mí —declara el SEÑOR—.
4:18 Tu conducta y tus acciones te han traído estas cosas.
   Esta es tu desgracia: ¡qué amarga es, cómo te llega hasta el corazón!».
El dolor ante la devastación anunciada

4:19 ¡Mis entrañas, mis entrañas!
   ¡Me retuerzo de dolor en lo profundo del corazón!
   Mi corazón se agita dentro de mí;
   no puedo callar, porque has oído, alma mía, el sonido de la trompeta, el grito de guerra.
4:20 Se anuncia desastre tras desastre, porque toda la tierra ha sido devastada.
   De repente han sido destruidas mis tiendas;
   en un instante, mis cortinas.
4:21 ¿Hasta cuándo tendré que ver la bandera y oír el sonido de la trompeta?

4:22 «Porque mi pueblo es necio, no me conoce.
   Son hijos insensatos, sin entendimiento.
   Son sabios para hacer el mal, pero no saben hacer el bien».
Una visión de la tierra desolada

4:23 Miré la tierra, y estaba desordenada y vacía;
   miré los cielos, y no tenían luz.
4:24 Miré los montes, y temblaban;
   todas las colinas se estremecían.
4:25 Miré, y no había ningún ser humano;
   todas las aves de los cielos habían huido.
4:26 Miré, y la tierra fértil era un desierto;
   todas sus ciudades habían sido derribadas ante el SEÑOR, ante el ardor de su ira.

4:27 Porque así dice el SEÑOR: «Toda la tierra quedará desolada, pero no la destruiré por completo.
4:28 Por eso la tierra estará de luto y los cielos se oscurecerán arriba, porque lo he dicho, lo he decidido;
   no he cambiado de parecer ni desistiré de ello».
4:29 Al ruido de los jinetes y los arqueros huye toda la ciudad.
   Entran en las espesuras y trepan por los peñascos.
   Todas las ciudades están abandonadas, y no queda nadie que habite en ellas.
4:30 Y tú, devastada, ¿qué harás?
   Aunque te vistas de escarlata, te adornes con joyas de oro y te agrandes los ojos con pintura, en vano te embelleces.
   Tus amantes te desprecian;
   buscan quitarte la vida.
4:31 Porque he oído un grito como de mujer de parto, la angustia de una primeriza: es la voz de la hija de Sion, que jadea y extiende las manos: «¡Ay de mí, porque mi vida desfallece ante los asesinos!».

Capítulo 5
Impiedad de Jerusalén y de Judá
5:1 «Recorran las calles de Jerusalén;
   miren, examinen y busquen en sus plazas.
   Si encuentran a alguien que practique la justicia y busque la fidelidad, yo perdonaré a la ciudad.
5:2 Aunque dicen: “¡Vive el SEÑOR!”, en realidad juran en falso».
5:3 SEÑOR, ¿no buscan tus ojos la fidelidad?
   Los golpeaste, pero no les dolió;
   los consumiste, pero se negaron a aceptar la corrección.
   Endurecieron su rostro más que una roca;
   se negaron a volver.
5:4 Yo dije: «Sin duda son solo los pobres;
   actúan neciamente porque no conocen el camino del SEÑOR ni el derecho de su Dios.
5:5 Iré a los grandes y hablaré con ellos, porque ellos sí conocen el camino del SEÑOR y el derecho de su Dios».
   Pero también ellos, todos juntos, habían quebrado el yugo y roto las ataduras.
5:6 Por eso los herirá un león del bosque, un lobo del desierto los devastará y un leopardo acechará junto a sus ciudades.
   Todo el que salga de ellas será despedazado, porque sus transgresiones se han multiplicado y sus infidelidades son numerosas.
5:7 «¿Cómo he de perdonarte por esto?
   Tus hijos me han abandonado y juran por los que no son dioses.
   Yo los sacié, pero cometieron adulterio y fueron en tropel a casa de una prostituta.
5:8 Eran caballos bien alimentados y fogosos;
   cada uno relinchaba por la mujer de su prójimo.
5:9 ¿No los castigaré por estas cosas?
   —declara el SEÑOR—.
   ¿No me vengaré de una nación como esta?
El juicio que desmiente la falsa seguridad

5:10 Suban por las hileras de sus viñas y destruyan, pero no hagan una destrucción total.
   Arranquen sus sarmientos, porque no pertenecen al SEÑOR.
5:11 Porque la casa de Israel y la casa de Judá me han sido completamente desleales —declara el SEÑOR—».
5:12 Han renegado del SEÑOR y han dicho: «No es él.
   No vendrá sobre nosotros ninguna calamidad, ni veremos espada ni hambre.
5:13 Los profetas serán como el viento;
   la palabra no está en ellos.
   ¡Que así les suceda a ellos!».

5:14 Por eso, así dice el SEÑOR, Dios de los ejércitos: «Por haber dicho ustedes estas palabras, voy a convertir mis palabras en fuego en tu boca, y a este pueblo en leña;
   el fuego los devorará.
5:15 Voy a traer contra ustedes una nación de lejos, casa de Israel —declara el SEÑOR—.
   Es una nación poderosa, una nación antigua, una nación cuya lengua no conoces y cuyo hablar no entiendes.
5:16 Su aljaba es como un sepulcro abierto;
   todos ellos son guerreros valientes.
5:17 Devorará tu cosecha y tu pan;
   devorarán a tus hijos y a tus hijas.
   Devorará tus ovejas y tus vacas;
   devorará tus viñas y tus higueras.
   Destruirá a espada las ciudades fortificadas en las que confías.
5:18 Sin embargo, aun en aquellos días —declara el SEÑOR—, no los destruiré por completo.
5:19 Cuando ustedes digan: “¿Por qué el SEÑOR nuestro Dios nos ha hecho todo esto?”, tú les responderás: “Así como me abandonaron y sirvieron a dioses extranjeros en su tierra, así servirán a extranjeros en una tierra que no les pertenece”.
La rebeldía del pueblo ante su Creador

5:20 Anuncien esto en la casa de Jacob y proclámenlo en Judá, diciendo:
5:21 “Escuchen esto, pueblo necio y sin entendimiento, que tiene ojos pero no ve, que tiene oídos pero no oye.
5:22 ¿No me temen a mí?
   —declara el SEÑOR—.
   ¿No tiemblan ante mí, que puse la arena como límite al mar, frontera perpetua que no puede traspasar?
   Aunque sus olas se agiten, no podrán vencerla;
   aunque rujan, no podrán traspasarla.
5:23 Pero este pueblo tiene un corazón obstinado y rebelde.
   Se han apartado y se han ido.
5:24 No han dicho en su corazón: ‘Temamos al SEÑOR nuestro Dios, que da la lluvia a su tiempo, la temprana y la tardía, y nos reserva las semanas señaladas de la cosecha’.
5:25 Sus culpas han alejado estas cosas, y sus pecados los han privado del bien.
La riqueza injusta y el abandono de los indefensos

5:26 Porque entre mi pueblo se encuentran malvados: acechan como cazadores de aves agazapados, ponen trampas y atrapan personas.
5:27 Como una jaula llena de aves, así están sus casas llenas de engaño;
   por eso se han hecho grandes y ricos.
5:28 Han engordado y se han puesto lustrosos;
   han sobrepasado todo límite de maldad.
   No juzgan la causa, la causa del huérfano;
   aun así prosperan, y no hacen justicia a los pobres.
5:29 ¿No los castigaré por estas cosas?
   —declara el SEÑOR—.
   ¿No me vengaré de una nación como esta?”.
El engaño de los dirigentes y el consentimiento del pueblo

5:30 Algo espantoso y horrible ha sucedido en la tierra:
5:31 los profetas profetizan con mentira y los sacerdotes gobiernan con su apoyo, y a mi pueblo le gusta que sea así.
   Pero ¿qué harán cuando llegue el fin de todo esto?».

Capítulo 6
El juicio contra Jerusalén y Judá
6:1 ¡Busquen refugio, hijos de Benjamín, fuera de Jerusalén!
   Toquen la trompeta en Tecoa y alcen una señal sobre Bet-haquerem, porque desde el norte se asoma una calamidad y una gran destrucción.
6:2 «Voy a destruir a la hermosa y delicada hija de Sion.
6:3 Contra ella vendrán pastores con sus rebaños;
   levantarán sus tiendas alrededor de ella y cada uno apacentará en su lugar».
6:4 «¡Consagren la guerra contra ella!
   ¡Levántense y ataquemos al mediodía!
   ¡Ay de nosotros, porque el día declina y se alargan las sombras de la tarde!
6:5 ¡Levántense y ataquemos de noche, y destruyamos sus palacios!».

6:6 Porque así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Corten árboles y levanten una rampa de asedio contra Jerusalén.
   Esta es la ciudad que debe ser castigada;
   todo dentro de ella es opresión.
6:7 Como un pozo hace brotar sus aguas, así ella hace brotar su maldad.
   En ella se oyen violencia y destrucción;
   ante mí hay continuamente enfermedad y heridas.
6:8 Acepta la corrección, Jerusalén, no sea que me aparte de ti, no sea que te convierta en desolación, en tierra deshabitada».
La palabra rechazada y la paz engañosa

6:9 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Rebuscarán a fondo al resto de Israel, como a una vid.
   Vuelve a pasar la mano por los sarmientos, como un vendimiador».
6:10 ¿A quién hablaré y advertiré para que escuche?
   Sus oídos están incircuncisos y no pueden prestar atención.
   La palabra del SEÑOR les resulta ofensiva;
   no encuentran deleite en ella.
6:11 Estoy lleno del furor del SEÑOR;
   estoy cansado de contenerlo.
   «Derrámalo sobre los niños en la calle y sobre los jóvenes reunidos, porque serán apresados el marido junto con la mujer, el anciano junto con el muy anciano.
6:12 Sus casas pasarán a otros, junto con sus campos y sus mujeres, porque extenderé mi mano contra los habitantes de esta tierra —declara el SEÑOR—.
6:13 Porque desde el menor hasta el mayor, todos buscan ganancias injustas;
   desde el profeta hasta el sacerdote, todos practican el engaño.
6:14 Curan a la ligera la herida de mi pueblo, diciendo: “¡Paz, paz!”, cuando no hay paz.
6:15 ¿Se avergonzaron de haber cometido abominaciones?
   No se avergüenzan en absoluto;
   ni siquiera saben sonrojarse.
   Por eso caerán entre los que caigan;
   cuando los castigue, serán derribados —dice el SEÑOR—».
La negativa a escuchar y el culto sin obediencia

6:16 Así dice el SEÑOR: «Deténganse en los caminos y miren;
   pregunten por las sendas antiguas, dónde está el buen camino, y anden por él.
   Así encontrarán descanso para sus almas.
   Pero dijeron: “No andaremos por él”.
6:17 Puse centinelas sobre ustedes: “¡Presten atención al sonido de la trompeta!”.
   Pero dijeron: “No prestaremos atención”.
6:18 Por eso, escuchen, naciones;
   conoce, congregación, lo que les sucederá.
6:19 Escucha, tierra: voy a traer sobre este pueblo una calamidad, el fruto de sus pensamientos, porque no prestaron atención a mis palabras y rechazaron mi ley.
6:20 ¿Para qué me traen incienso de Sabá y caña aromática de una tierra lejana?
   Sus holocaustos no son aceptables y sus sacrificios no me agradan».

6:21 Por eso, así dice el SEÑOR: «Voy a poner obstáculos delante de este pueblo.
   Tropezarán con ellos padres e hijos juntos;
   el vecino y su compañero perecerán».
La llegada del invasor y el lamento de Jerusalén

6:22 Así dice el SEÑOR: «Miren, viene un pueblo de la tierra del norte;
   una gran nación se levanta desde los confines de la tierra.
6:23 Empuñan arco y jabalina;
   son crueles y no tienen compasión.
   Su voz brama como el mar.
   Montan a caballo, formados como hombres para la guerra contra ti, hija de Sion».
6:24 Hemos oído las noticias de ellos y nos flaquean las manos.
   La angustia se ha apoderado de nosotros, dolores como los de una mujer de parto.
6:25 No salgas al campo ni andes por el camino, porque el enemigo tiene espada;
   hay terror por todas partes.
6:26 Hija de mi pueblo, vístete de tela de saco y revuélcate en ceniza.
   Haz duelo como por un hijo único, con amargo lamento, porque de repente vendrá sobre nosotros el destructor.
El examen de un pueblo que resiste la corrección

6:27 «Te he puesto como examinador entre mi pueblo, como una fortaleza, para que conozcas y examines su conducta.
6:28 Todos ellos son rebeldes obstinados, que andan calumniando;
   son bronce y hierro, todos ellos son corruptores.
6:29 El fuelle sopla con fuerza;
   el plomo se consume en el fuego.
   Refina y refina en vano el fundidor: los malvados no son separados.
6:30 Los llaman plata rechazada, porque el SEÑOR los ha rechazado».

Capítulo 7
La falsa seguridad del templo
7:1 Esta es la palabra que llegó a Jeremías de parte del SEÑOR:
7:2 «Ponte a la puerta de la casa del SEÑOR y proclama allí estas palabras. Di: “Escuchen la palabra del SEÑOR, todos los de Judá que entran por estas puertas para postrarse ante el SEÑOR”».
7:3 Así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel: «Enmienden sus caminos y sus acciones, y los dejaré habitar en este lugar.
7:4 No confíen en palabras engañosas que dicen: “¡Templo del SEÑOR, templo del SEÑOR, templo del SEÑOR es este!”.
7:5 Porque si de veras enmiendan sus caminos y sus acciones, si de veras hacen justicia entre una persona y su prójimo,
7:6 si no oprimen al extranjero, al huérfano y a la viuda, si no derraman sangre inocente en este lugar ni siguen a otros dioses para su propia ruina,
7:7 entonces los dejaré habitar en este lugar, en la tierra que di a sus antepasados desde siempre y para siempre.
7:8 Pero ustedes confían en palabras engañosas que no sirven de nada.
7:9 ¿Roban, asesinan, cometen adulterio, juran en falso, queman incienso a Baal y siguen a otros dioses que no conocían,
7:10 y luego vienen y se presentan ante mí en esta casa que lleva mi nombre y dicen: “¡Estamos a salvo!”, para seguir cometiendo todas estas abominaciones?
7:11 ¿Se ha convertido a sus ojos en una cueva de ladrones esta casa que lleva mi nombre? Yo también lo he visto —declara el SEÑOR—.
7:12 Vayan ahora a mi lugar en Silo, donde hice habitar mi nombre al principio, y vean lo que le hice por la maldad de mi pueblo Israel.
7:13 Ahora, por haber hecho ustedes todas estas cosas —declara el SEÑOR—, y porque les hablé desde temprano y sin cesar, pero no escucharon, y los llamé, pero no respondieron,
7:14 haré con esta casa que lleva mi nombre, en la que ustedes confían, y con este lugar que les di a ustedes y a sus antepasados, lo mismo que hice con Silo.
7:15 Los arrojaré de mi presencia, como arrojé a todos sus hermanos, a toda la descendencia de Efraín.
La idolatría del pueblo y el límite de la intercesión
7:16 Y tú, no ores por este pueblo, no eleves por ellos clamor ni oración ni intercedas ante mí, porque no te escucharé.
7:17 ¿No ves lo que hacen en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén?
7:18 Los hijos recogen leña, los padres encienden el fuego y las mujeres amasan para hacer tortas a la reina del cielo. Derraman ofrendas de bebida a otros dioses para provocarme a ira.
7:19 ¿Es a mí a quien provocan? —declara el SEÑOR—. ¿No es a sí mismos, para su propia vergüenza?».
7:20 Por eso, así dice el Señor DIOS: «Mi ira y mi furor se derramarán sobre este lugar, sobre los seres humanos y los animales, sobre los árboles del campo y el fruto de la tierra. Arderán y no se apagarán».
El culto que rechaza la voz de Dios
7:21 Así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel: «Añadan sus holocaustos a sus sacrificios y coman la carne.
7:22 Porque el día que saqué a sus antepasados de la tierra de Egipto no les hablé ni les di órdenes acerca de holocaustos y sacrificios.
7:23 Lo que les ordené fue esto: “Escuchen mi voz, y yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo. Anden por todo el camino que les ordeno, para que les vaya bien”.
7:24 Pero no escucharon ni inclinaron el oído; siguieron sus propios consejos, la terquedad de su malvado corazón. Fueron hacia atrás y no hacia adelante.
7:25 Desde el día que sus antepasados salieron de la tierra de Egipto hasta hoy, les envié a todos mis siervos los profetas, día tras día, desde temprano y sin cesar.
7:26 Pero no me escucharon ni inclinaron el oído; endurecieron su cuello e hicieron más mal que sus antepasados.
7:27 Tú les dirás todas estas palabras, pero no te escucharán; los llamarás, pero no te responderán.
7:28 Les dirás: “Esta es la nación que no escuchó la voz del SEÑOR su Dios ni aceptó corrección. La fidelidad ha perecido; ha desaparecido de su boca”.
El lamento por la profanación y la violencia de Judá

7:29 Córtate la cabellera y tírala;
   entona un lamento en las alturas desoladas, porque el SEÑOR ha rechazado y abandonado a la generación que es objeto de su furor.
7:30 Porque los hijos de Judá han hecho lo malo a mis ojos —declara el SEÑOR—. Han puesto sus abominaciones en la casa que lleva mi nombre, para contaminarla.
7:31 Han construido los lugares altos de Tofet, en el valle del hijo de Hinom, para quemar en el fuego a sus hijos y a sus hijas, cosa que yo no ordené ni me pasó por la mente.
7:32 Por eso vienen días —declara el SEÑOR— en que ya no se llamará Tofet ni valle del hijo de Hinom, sino Valle de la Matanza. Enterrarán en Tofet por falta de lugar.
7:33 Los cadáveres de este pueblo serán alimento para las aves de los cielos y los animales de la tierra, sin que nadie los espante.
7:34 Haré cesar en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén la voz de gozo y la voz de alegría, la voz del novio y la voz de la novia, porque la tierra quedará en ruinas».

Capítulo 8
La humillación de Jerusalén y sus dirigentes
8:1 «En aquel tiempo —declara el SEÑOR— sacarán de sus sepulcros los huesos de los reyes de Judá, los huesos de sus jefes, los huesos de los sacerdotes, los huesos de los profetas y los huesos de los habitantes de Jerusalén.
8:2 Los esparcirán ante el sol, la luna y todo el ejército de los cielos, a los que amaron, a los que sirvieron, a los que siguieron, a los que consultaron y ante los que se postraron. No los recogerán ni los enterrarán; serán como estiércol sobre la superficie de la tierra.
8:3 Todos los supervivientes que queden de este linaje malvado preferirán la muerte a la vida, en todos los lugares adonde yo haya arrojado a los que queden —declara el SEÑOR de los ejércitos—».
La negativa de Jerusalén a volver al Señor

8:4 «Les dirás: “Así dice el SEÑOR: ¿Acaso los que caen no se levantan?
   ¿El que se desvía no vuelve?
8:5 ¿Por qué este pueblo, Jerusalén, persiste en su infidelidad?
   Se aferran al engaño y se niegan a volver.
8:6 He prestado atención y he escuchado: no hablan con rectitud.
   Nadie se arrepiente de su maldad, diciendo: ‘¿Qué he hecho?’.
   Cada uno vuelve a su carrera, como un caballo que se lanza a la batalla.
8:7 Hasta la cigüeña en los cielos conoce sus estaciones;
   la tórtola, la golondrina y la grulla observan el tiempo de su llegada.
   Pero mi pueblo no conoce el derecho del SEÑOR.
La falsa sabiduría y la paz engañosa

8:8 ¿Cómo pueden decir: ‘Somos sabios y tenemos la ley del SEÑOR’, cuando la pluma mentirosa de los escribas la ha convertido en mentira?
8:9 Los sabios quedan avergonzados, aterrados y atrapados.
   Han rechazado la palabra del SEÑOR;
   ¿qué sabiduría tienen?

8:10 Por eso daré sus mujeres a otros y sus campos a quienes los posean, porque desde el menor hasta el mayor todos buscan ganancias injustas;
   desde el profeta hasta el sacerdote todos practican el engaño.
8:11 Curan a la ligera la herida de la hija de mi pueblo, diciendo: ‘¡Paz, paz!’, cuando no hay paz.
8:12 ¿Se avergonzaron de haber cometido abominaciones?
   No se avergüenzan en absoluto ni saben sonrojarse.
   Por eso caerán entre los que caigan;
   cuando llegue su castigo, serán derribados —dice el SEÑOR—.
El avance del juicio y la pérdida del bienestar

8:13 Los consumiré por completo —declara el SEÑOR—.
   No habrá uvas en la vid ni higos en la higuera, y la hoja se marchitará.
   Lo que les he dado les será quitado”».
8:14 «¿Por qué seguimos sentados?
   Reúnanse y entremos en las ciudades fortificadas para perecer allí, porque el SEÑOR nuestro Dios nos ha destinado a perecer y nos ha dado a beber agua envenenada, porque hemos pecado contra el SEÑOR.
8:15 Esperábamos paz, pero no llega ningún bien;
   un tiempo de curación, pero solo hay terror».
8:16 Desde Dan se oye el resoplido de sus caballos;
   al sonido del relincho de sus corceles tiembla toda la tierra.
   Vienen y devoran la tierra y cuanto hay en ella, la ciudad y sus habitantes.

8:17 «Voy a enviar entre ustedes serpientes, víboras contra las que no hay encantamiento, y los morderán —declara el SEÑOR—».
Lamento sobre Judá y Jerusalén

8:18 ¡Quisiera consuelo en mi tristeza!
   Mi corazón desfallece en mí.
8:19 Se oye el clamor de la hija de mi pueblo desde una tierra lejana: «¿No está el SEÑOR en Sion?
   ¿No está su rey en ella?».
   «¿Por qué me han provocado a ira con sus imágenes talladas, con sus ídolos extranjeros?».
8:20 «Pasó la cosecha, terminó el verano, y nosotros no hemos sido salvados».
8:21 Estoy quebrantado por el quebranto de la hija de mi pueblo;
   estoy de luto, el horror se ha apoderado de mí.
8:22 ¿No hay bálsamo en Galaad?
   ¿No hay allí médico?
   ¿Por qué, entonces, no se ha restablecido la salud de la hija de mi pueblo?

Capítulo 9
Dolor y denuncia ante la infidelidad de Judá
9:1 ¡Quién diera que mi cabeza fuera agua y mis ojos una fuente de lágrimas!
   Lloraría día y noche por los muertos de la hija de mi pueblo.
9:2 ¡Quién me diera en el desierto un albergue de viajeros para dejar a mi pueblo y alejarme de ellos!
   Porque todos son adúlteros, una asamblea de traidores.
La mentira que destruye la confianza del pueblo

9:3 «Tensan su lengua como un arco para la mentira.
   Se han hecho fuertes en la tierra, pero no por la fidelidad.
   Van de maldad en maldad y no me conocen —declara el SEÑOR—.

9:4 Cuídese cada uno de su prójimo;
   no confíen en ningún hermano, porque todo hermano no hace más que engañar y todo prójimo anda calumniando.
9:5 Cada uno engaña a su prójimo y no hablan la verdad.
   Han enseñado a su lengua a decir mentiras;
   se fatigan haciendo el mal.
9:6 Tu morada está en medio del engaño;
   por causa del engaño se niegan a conocerme —declara el SEÑOR—».

9:7 Por eso, así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Voy a refinarlos y a ponerlos a prueba, porque ¿qué más puedo hacer por la hija de mi pueblo?
9:8 Su lengua es una flecha mortífera: habla engaño.
   Con la boca cada uno habla de paz a su prójimo, pero en su interior le tiende una emboscada.
9:9 ¿No los castigaré por estas cosas?
   —declara el SEÑOR—.
   ¿No me vengaré de una nación como esta?».
Duelo por la tierra devastada

9:10 Por los montes elevaré llanto y lamentación, y por los pastizales del desierto un canto de duelo, porque han sido quemados, nadie pasa por ellos y no se oye el bramido del ganado.
   Desde las aves de los cielos hasta los animales han huido, se han ido.
9:11 «Haré de Jerusalén un montón de ruinas, una guarida de chacales, y convertiré las ciudades de Judá en desolación, sin habitantes».
Amenaza de ruina y exilio

9:12 ¿Quién es sabio para entender esto?
   ¿A quién ha hablado la boca del SEÑOR para que pueda explicarlo?
   ¿Por qué ha perecido la tierra, quemada como un desierto por donde nadie pasa?

9:13 El SEÑOR respondió: «Porque abandonaron mi ley, que puse delante de ellos;
   no escucharon mi voz ni caminaron conforme a ella.
9:14 Siguieron la terquedad de su corazón y a los baales, como les enseñaron sus antepasados».

9:15 Por eso, así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel: «Voy a dar de comer ajenjo a este pueblo y a darles de beber agua envenenada.
9:16 Los dispersaré entre naciones que ni ellos ni sus antepasados conocieron, y enviaré tras ellos la espada hasta acabar con ellos».
El duelo que alcanzará a las familias de Judá

9:17 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Presten atención y llamen a las plañideras, para que vengan;
   envíen por las mujeres hábiles, para que vengan.
9:18 Que se apresuren y eleven un lamento por nosotros, para que nuestros ojos derramen lágrimas y nuestros párpados destilen agua.
9:19 Porque desde Sion se oye una voz de lamento: “¡Cómo hemos sido devastados!
   ¡Qué grande es nuestra vergüenza!
   Hemos tenido que dejar la tierra, porque han derribado nuestras viviendas”».

9:20 Escuchen, mujeres, la palabra del SEÑOR;
   que sus oídos reciban la palabra de su boca.
   Enseñen a sus hijas a lamentarse, y cada una enseñe a su compañera un canto de duelo.
9:21 Porque la muerte ha subido por nuestras ventanas, ha entrado en nuestros palacios para eliminar a los niños de las calles y a los jóvenes de las plazas.
9:22 Di: «Así declara el SEÑOR: los cadáveres humanos caerán como estiércol sobre la superficie del campo, como gavillas detrás del segador, sin que nadie las recoja».
El conocimiento de Dios es la gloria del hombre

9:23 Así dice el SEÑOR: «Que no se gloríe el sabio de su sabiduría, que no se gloríe el poderoso de su poder, que no se gloríe el rico de su riqueza.
9:24 El que se gloríe, que se gloríe de esto: de entenderme y conocerme, de que yo soy el SEÑOR, que practico el amor fiel, el derecho y la justicia en la tierra.
   Porque en estas cosas me deleito —declara el SEÑOR—.
El juicio sobre una señal externa sin fidelidad
9:25 Vienen días —declara el SEÑOR— en que castigaré a todos los circuncidados solo en la carne:
9:26 a Egipto, a Judá, a Edom, a los hijos de Amón, a Moab y a todos los que se rapan las sienes y habitan en el desierto. Porque todas las naciones son incircuncisas, y toda la casa de Israel es incircuncisa de corazón».

Capítulo 10
Los falsos dioses y el Dios verdadero
10:1 Escuchen la palabra que el SEÑOR ha pronunciado acerca de ustedes, casa de Israel.
10:2 Así dice el SEÑOR: «No aprendan el camino de las naciones ni se aterroricen por las señales de los cielos, aunque las naciones se aterroricen por ellas.
10:3 Porque las costumbres de los pueblos son vanidad: cortan un árbol del bosque y las manos de un artesano lo trabajan con una azuela.
10:4 Lo adornan con plata y oro;
   con clavos y martillos lo aseguran para que no se mueva.
10:5 Son como espantapájaros en un campo de pepinos y no hablan.
   Tienen que llevarlos, porque no pueden caminar.
   No les tengan miedo: no pueden hacer el mal ni tienen poder para hacer el bien».

10:6 No hay nadie como tú, SEÑOR.
   Tú eres grande, y grande es tu nombre en poder.
10:7 ¿Quién no te temerá, Rey de las naciones?
   A ti te corresponde el temor, porque entre todos los sabios de las naciones y en todos sus reinos no hay nadie como tú.
10:8 Todos juntos son torpes y necios;
   la enseñanza de los ídolos viene de un leño.
10:9 De Tarsis traen plata laminada, y de Ufaz, oro: obra del artesano y de las manos del orfebre.
   Sus vestidos son de azul y púrpura;
   todo es obra de expertos.
El Dios vivo y Creador frente a las imágenes

10:10 Pero el SEÑOR es el Dios verdadero;
   él es el Dios vivo y el Rey eterno.
   Ante su ira tiembla la tierra, y las naciones no pueden soportar su indignación.
10:11 Así les dirán: «Los dioses que no hicieron los cielos ni la tierra perecerán de la tierra y de debajo de estos cielos».

10:12 Él hizo la tierra con su poder, estableció el mundo con su sabiduría y extendió los cielos con su entendimiento.
10:13 Cuando deja oír su voz, retumban las aguas en los cielos;
   hace subir las nubes desde los confines de la tierra, hace relámpagos para la lluvia y saca el viento de sus depósitos.
10:14 Todo ser humano es torpe y carece de conocimiento;
   todo orfebre queda avergonzado por su ídolo, porque su imagen fundida es mentira y no hay aliento en ellas.
10:15 Son vanidad, una obra de engaño;
   cuando llegue su castigo, perecerán.
10:16 La Porción de Jacob no es como ellos, porque él es quien formó todas las cosas, e Israel es la tribu de su heredad.
   El SEÑOR de los ejércitos es su nombre.
Asolamiento de Judá

10:17 Recoge del suelo tus pertenencias, tú que estás sitiada.

10:18 Porque así dice el SEÑOR: «Esta vez arrojaré con honda a los habitantes de la tierra y los afligiré para que lo sientan».

10:19 ¡Ay de mí por mi quebranto!
   Mi herida es dolorosa.
   Pero dije: «Ciertamente esta es mi enfermedad y debo soportarla».
10:20 Mi tienda ha sido destruida y todas mis cuerdas están rotas.
   Mis hijos se han ido de mi lado y ya no están.
   No hay quien vuelva a extender mi tienda ni quien levante sus cortinas.
10:21 Porque los pastores se han vuelto necios y no han buscado al SEÑOR;
   por eso no han prosperado y todo su rebaño se ha dispersado.

10:22 ¡Se oye una noticia!
   Llega un gran estruendo desde la tierra del norte para convertir las ciudades de Judá en desolación, en guarida de chacales.
Oración por dirección, corrección y justicia

10:23 Sé, SEÑOR, que el ser humano no es dueño de su camino, que no le corresponde a quien camina dirigir sus pasos.
10:24 Corrígeme, SEÑOR, pero con justicia;
   no con tu ira, no sea que me reduzcas a nada.
10:25 Derrama tu furor sobre las naciones que no te conocen y sobre los linajes que no invocan tu nombre, porque han devorado a Jacob, lo han devorado y lo han consumido, y han dejado desolada su morada.

Capítulo 11
El pacto violado
11:1 Esta es la palabra que llegó a Jeremías de parte del SEÑOR:
11:2 «Escuchen las palabras de este pacto y tú comunícalas a los hombres de Judá y a los habitantes de Jerusalén.
11:3 Tú les dirás: “Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: maldito el hombre que no obedezca las palabras de este pacto,
11:4 que mandé a sus antepasados el día que los saqué de la tierra de Egipto, del horno de hierro, diciendo: ‘Escuchen mi voz y hagan todo lo que les ordeno. Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios’,
11:5 para cumplir el juramento que hice a sus antepasados de darles una tierra que mana leche y miel, como sucede hoy”». Yo respondí: «Amén, SEÑOR».
11:6 El SEÑOR me dijo: «Proclama todas estas palabras en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén. Di: “Escuchen las palabras de este pacto y cúmplanlas.
11:7 Porque advertí solemnemente a sus antepasados desde el día que los hice subir de la tierra de Egipto hasta hoy, advirtiéndoles desde temprano y sin cesar: ‘Escuchen mi voz’.
11:8 Pero no escucharon ni inclinaron el oído; cada uno siguió la terquedad de su malvado corazón. Por eso hice caer sobre ellos todas las palabras de este pacto que les ordené cumplir y no cumplieron”».
11:9 El SEÑOR me dijo: «Se ha descubierto una conspiración entre los hombres de Judá y los habitantes de Jerusalén.
11:10 Han vuelto a las culpas de sus primeros antepasados, que se negaron a escuchar mis palabras, y han seguido a otros dioses para servirlos. La casa de Israel y la casa de Judá han quebrantado mi pacto, el que hice con sus antepasados».
11:11 Por eso, así dice el SEÑOR: «Voy a traer sobre ellos una calamidad de la que no podrán escapar. Clamarán a mí, pero no los escucharé.
11:12 Las ciudades de Judá y los habitantes de Jerusalén irán y clamarán a los dioses a los que queman incienso, pero estos de ningún modo los salvarán en el tiempo de su calamidad.
11:13 Porque tantos como tus ciudades son tus dioses, Judá, y tantos como las calles de Jerusalén son los altares que han puesto a lo vergonzoso, altares para quemar incienso a Baal.
11:14 Y tú, no ores por este pueblo ni eleves por ellos clamor ni oración, porque no escucharé cuando clamen a mí por su calamidad.

11:15 ¿Qué hace mi amada en mi casa, después de sus muchos actos infames?
   La carne consagrada se apartará de ti, porque te regocijas en tu maldad.
11:16 El SEÑOR te puso por nombre: “Olivo frondoso, hermoso en fruto y en apariencia”.
   Con un gran estruendo ha prendido fuego en él, y sus ramas han sido quebradas.
11:17 El SEÑOR de los ejércitos, que te plantó, ha decretado una calamidad contra ti por la maldad que la casa de Israel y la casa de Judá han cometido para su propio daño, provocándome a ira al quemar incienso a Baal».
Complot contra Jeremías

11:18 El SEÑOR me lo hizo saber, y lo supe;
   entonces tú me mostraste sus acciones.
11:19 Yo era como un cordero manso llevado al matadero.
   No sabía que tramaban planes contra mí: «Destruyamos el árbol con su fruto;
   cortémoslo de la tierra de los vivos, para que su nombre no se recuerde más».
11:20 Pero tú, SEÑOR de los ejércitos, que juzgas con justicia y examinas los sentimientos y el corazón, déjame ver tu venganza contra ellos, porque ante ti he expuesto mi causa.
11:21 Por eso, así dice el SEÑOR acerca de los hombres de Anatot que buscan quitarte la vida y dicen: «No profetices en el nombre del SEÑOR, para que no mueras a nuestras manos».
11:22 Por eso, así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Voy a castigarlos. Los jóvenes morirán a espada; sus hijos y sus hijas morirán de hambre.
11:23 No quedará de ellos ningún superviviente, porque traeré una calamidad sobre los hombres de Anatot en el año de su castigo».

Capítulo 12
Queja de Jeremías y respuesta de Dios
12:1 Justo eres tú, SEÑOR, cuando presento mi causa ante ti.
   Sin embargo, quiero hablar contigo de justicia: ¿por qué prospera el camino de los malvados?
   ¿Por qué viven tranquilos todos los que actúan con deslealtad?
12:2 Tú los plantaste y echaron raíces;
   crecen y dan fruto.
   Estás cerca de sus bocas, pero lejos de su interior.
12:3 Pero tú, SEÑOR, me conoces;
   me ves y examinas mi corazón para contigo.
   Arrástralos como ovejas al matadero y apártalos para el día de la matanza.

12:4 ¿Hasta cuándo estará de luto la tierra y se secará la hierba de todos los campos?
   Por la maldad de sus habitantes han perecido los animales y las aves, porque dicen: «Él no verá nuestro fin».
12:5 «Si has corrido con los de a pie y te han cansado, ¿cómo competirás con los caballos?
   Si te sientes seguro en una tierra de paz, ¿qué harás en la espesura del Jordán?
12:6 Porque incluso tus hermanos y la casa de tu padre, incluso ellos te han traicionado;
   incluso ellos han gritado con fuerza tras de ti.
   No les creas aunque te hablen con buenas palabras.

12:7 He dejado mi casa, he abandonado mi heredad;
   he entregado a la amada de mi alma en manos de sus enemigos.
12:8 Mi heredad se ha vuelto para mí como un león en el bosque: ha rugido contra mí;
   por eso la he aborrecido.
12:9 ¿Es mi heredad para mí un ave de rapiña moteada?
   ¿La rodean otras aves de rapiña?
   Vayan, reúnan a todos los animales salvajes;
   tráiganlos para que la devoren.
12:10 Muchos pastores han destruido mi viña, han pisoteado mi parcela;
   han convertido mi parcela deseable en un desierto desolado.
12:11 La han convertido en desolación;
   desolada, se lamenta ante mí.
   Toda la tierra ha quedado desolada, porque nadie lo toma en serio.
12:12 Sobre todas las alturas desiertas han venido saqueadores, porque la espada del SEÑOR devora de un extremo de la tierra al otro.
   No hay paz para nadie.

12:13 Han sembrado trigo y han cosechado espinos;
   se han fatigado sin provecho.
   Avergüéncense de sus cosechas por la ardiente ira del SEÑOR».
12:14 Así dice el SEÑOR acerca de todos mis malos vecinos que atacan la heredad que di a mi pueblo Israel: «Voy a arrancarlos de su tierra, y arrancaré a la casa de Judá de en medio de ellos.
12:15 Después de arrancarlos, volveré a tener compasión de ellos y los haré regresar, cada uno a su heredad y cada uno a su tierra.
12:16 Si de veras aprenden los caminos de mi pueblo y juran por mi nombre: “¡Vive el SEÑOR!”, así como enseñaron a mi pueblo a jurar por Baal, serán establecidos en medio de mi pueblo.
12:17 Pero si no escuchan, arrancaré a esa nación, la arrancaré y la destruiré —declara el SEÑOR—».

Capítulo 13
La señal del cinto podrido
13:1 Así me dijo el SEÑOR: «Ve y cómprate un cinturón de lino, póntelo en la cintura y no lo metas en agua».
13:2 Compré el cinturón conforme a la palabra del SEÑOR y me lo puse en la cintura.
13:3 La palabra del SEÑOR me llegó por segunda vez, diciendo:
13:4 «Toma el cinturón que compraste, el que llevas a la cintura; levántate, ve al Éufrates y escóndelo allí en una hendidura de la roca».
13:5 Fui y lo escondí junto al Éufrates, como el SEÑOR me había ordenado.
13:6 Después de muchos días, el SEÑOR me dijo: «Levántate, ve al Éufrates y toma de allí el cinturón que te ordené esconder».
13:7 Fui al Éufrates, cavé y saqué el cinturón del lugar donde lo había escondido. El cinturón estaba arruinado; no servía para nada.
13:8 La palabra del SEÑOR me llegó, diciendo:
13:9 «Así dice el SEÑOR: de esta misma manera arruinaré el orgullo de Judá y el gran orgullo de Jerusalén.
13:10 Este pueblo malvado, que se niega a escuchar mis palabras, que sigue la terquedad de su corazón y va tras otros dioses para servirlos y postrarse ante ellos, será como este cinturón que no sirve para nada.
13:11 Porque, así como el cinturón se adhiere a la cintura del hombre, así hice que se adhirieran a mí toda la casa de Israel y toda la casa de Judá —declara el SEÑOR—, para que fueran mi pueblo, mi renombre, mi alabanza y mi gloria. Pero no escucharon.
La señal de las tinajas llenas
13:12 Les dirás estas palabras: “Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: toda tinaja se llenará de vino”. Ellos te dirán: “¿Acaso no sabemos bien que toda tinaja se llenará de vino?”.
13:13 Tú les responderás: “Así dice el SEÑOR: voy a llenar de embriaguez a todos los habitantes de esta tierra, a los reyes que suceden a David en su trono, a los sacerdotes, a los profetas y a todos los habitantes de Jerusalén.
13:14 Los estrellaré unos contra otros, a los padres y a los hijos juntos —declara el SEÑOR—. No les tendré lástima ni piedad ni compasión que me impida destruirlos”».
Judá será llevada en cautiverio

13:15 Escuchen y presten atención;
   no sean orgullosos, porque el SEÑOR ha hablado.
13:16 Den gloria al SEÑOR su Dios antes de que traiga oscuridad, antes de que sus pies tropiecen en los montes envueltos en penumbra.
   Mientras esperan la luz, él la convertirá en profundas tinieblas, la transformará en densa oscuridad.
13:17 Pero si no escuchan, mi alma llorará en secreto por su orgullo;
   mis ojos llorarán amargamente y derramarán lágrimas, porque el rebaño del SEÑOR ha sido llevado cautivo.

13:18 Di al rey y a la reina madre: «Humíllense, siéntense en el suelo, porque ha caído de sus cabezas su gloriosa corona».
13:19 Las ciudades del Neguev están cerradas y no hay quien las abra.
   Toda Judá ha sido llevada al destierro, llevada cautiva por completo.

13:20 Alcen los ojos y miren a los que vienen del norte.
   ¿Dónde está el rebaño que te fue confiado, tus hermosas ovejas?
13:21 ¿Qué dirás cuando ponga como jefes sobre ti a los que tú misma acostumbraste a ser tus aliados?
   ¿No se apoderarán de ti dolores como los de una mujer de parto?
13:22 Si dices en tu corazón: «¿Por qué me ha sucedido esto?», por la enormidad de tu culpa te han levantado las faldas y has sufrido violencia.
13:23 ¿Puede el cusita cambiar su piel o el leopardo sus manchas?
   Así también ustedes, acostumbrados a hacer el mal, ¿podrán hacer el bien?
13:24 «Los dispersaré como paja que arrastra el viento del desierto.
13:25 Esta es tu suerte, la porción que yo he medido para ti —declara el SEÑOR—, porque me has olvidado y has confiado en la mentira.
13:26 Yo también te levantaré las faldas sobre el rostro, y se verá tu vergüenza.
13:27 Tus adulterios, tus relinchos, la infamia de tu prostitución: en las colinas, en el campo, he visto tus abominaciones.
   ¡Ay de ti, Jerusalén!
   ¿Hasta cuándo seguirás sin purificarte?».

Capítulo 14
Mensaje con motivo de la sequía
14:1 Esta es la palabra del SEÑOR que llegó a Jeremías acerca de las sequías:
14:2 Judá está de luto y sus puertas desfallecen;
   están por tierra, enlutadas, y se eleva el clamor de Jerusalén.
14:3 Sus nobles envían a sus criados por agua;
   llegan a las cisternas y no encuentran agua.
   Regresan con sus vasijas vacías, avergonzados y humillados, y se cubren la cabeza.
14:4 El suelo está agrietado porque no ha llovido en la tierra.
   Los agricultores, avergonzados, se cubren la cabeza.
14:5 Hasta la cierva en el campo da a luz y abandona su cría, porque no hay hierba.
14:6 Los asnos salvajes se paran en las alturas desoladas y jadean como chacales;
   sus ojos desfallecen porque no hay vegetación.
14:7 Aunque nuestras culpas testifiquen contra nosotros, SEÑOR, actúa por amor de tu nombre.
   Porque nuestras infidelidades son muchas;
   contra ti hemos pecado.
14:8 Esperanza de Israel, su Salvador en tiempo de angustia, ¿por qué eres como un extranjero en la tierra, como un viajero que se detiene a pasar la noche?
14:9 ¿Por qué eres como un hombre aturdido, como un guerrero incapaz de salvar?
   Tú estás en medio de nosotros, SEÑOR, y llevamos tu nombre.
   ¡No nos abandones!

14:10 Así dice el SEÑOR acerca de este pueblo: «Les ha gustado vagar;
   no han refrenado sus pies.
   El SEÑOR no los acepta;
   ahora recordará su culpa y castigará sus pecados».

14:11 El SEÑOR me dijo: «No ores por el bienestar de este pueblo.
14:12 Aunque ayunen, no escucharé su clamor;
   aunque ofrezcan holocausto y ofrenda de cereal, no los aceptaré.
   Los consumiré con la espada, el hambre y la peste».

14:13 Yo dije: «¡Ah, Señor DIOS!
   Los profetas les dicen: “No verán espada ni tendrán hambre, sino que les daré paz verdadera en este lugar”».

14:14 El SEÑOR me dijo: «Los profetas profetizan mentira en mi nombre.
   No los envié, no les di órdenes ni les hablé.
   Les profetizan visiones falsas, adivinación, vanidad y engaños de su corazón.

14:15 Por eso, así dice el SEÑOR acerca de los profetas que profetizan en mi nombre sin que yo los haya enviado y dicen: “No habrá espada ni hambre en esta tierra”: a espada y de hambre perecerán esos profetas.
14:16 El pueblo al que profetizan quedará arrojado por las calles de Jerusalén a causa del hambre y de la espada.
   No habrá quien los entierre a ellos, a sus mujeres, a sus hijos ni a sus hijas.
   Derramaré sobre ellos su propia maldad.
14:17 Les dirás estas palabras: “Que mis ojos derramen lágrimas noche y día, sin cesar, porque la virgen hija de mi pueblo ha sido quebrantada con un gran quebranto, con una herida muy dolorosa.
14:18 Si salgo al campo, veo muertos a espada;
   si entro en la ciudad, veo enfermos de hambre.
   Porque tanto el profeta como el sacerdote vagan por la tierra sin entender”».

14:19 ¿Has rechazado por completo a Judá?
   ¿Aborrece tu alma a Sion?
   ¿Por qué nos has herido sin que haya curación para nosotros?
   Esperábamos paz, pero no llega ningún bien;
   un tiempo de curación, pero solo hay terror.
14:20 Reconocemos, SEÑOR, nuestra maldad y la culpa de nuestros antepasados, porque hemos pecado contra ti.
14:21 Por amor de tu nombre, no nos desprecies;
   no deshonres tu trono glorioso.
   Recuerda tu pacto con nosotros;
   no lo quebrantes.
14:22 ¿Hay entre los ídolos de las naciones alguno que haga llover?
   ¿Pueden los cielos dar aguaceros?
   ¿No eres tú, SEÑOR nuestro Dios?
   En ti esperamos, porque tú has hecho todas estas cosas.

Capítulo 15
La implacable ira de Dios contra Judá
15:1 El SEÑOR me dijo: «Aunque Moisés y Samuel se presentaran ante mí, mi alma no se inclinaría hacia este pueblo. Échalos de mi presencia; que se vayan.
15:2 Y cuando te pregunten: “¿Adónde iremos?”, les dirás: “Así dice el SEÑOR: los destinados a la muerte, a la muerte; los destinados a la espada, a la espada; los destinados al hambre, al hambre; los destinados al cautiverio, al cautiverio”.
15:3 Enviaré contra ellos cuatro clases de destructores —declara el SEÑOR—: la espada para matar, los perros para arrastrar, las aves de los cielos y los animales de la tierra para devorar y destruir.
15:4 Los convertiré en motivo de horror para todos los reinos de la tierra a causa de Manasés, hijo de Ezequías, rey de Judá, por lo que hizo en Jerusalén.
15:5 ¿Quién tendrá compasión de ti, Jerusalén?
   ¿Quién se lamentará por ti?
   ¿Quién se desviará de su camino para preguntar por tu bienestar?
15:6 Tú me has abandonado —declara el SEÑOR—, sigues retrocediendo.
   Por eso extenderé mi mano contra ti y te destruiré;
   estoy cansado de desistir del castigo.
15:7 Los aventaré con una horquilla de aventar a las puertas del país.
   Dejaré sin hijos a mi pueblo y lo destruiré, porque no se han apartado de sus caminos.
15:8 Sus viudas serán ante mí más numerosas que la arena de los mares.
   Traeré contra la madre de los jóvenes un destructor al mediodía;
   haré caer de repente sobre ella angustia y terrores.
15:9 La que dio a luz a siete hijos desfallece, exhala su alma;
   su sol se ha puesto cuando aún es de día.
   Ha quedado avergonzada y humillada.
   A los que queden los entregaré a la espada delante de sus enemigos —declara el SEÑOR—».

15:10 ¡Ay de mí, madre mía, porque me diste a luz como hombre de pleito y hombre de discordia para toda la tierra!
   No he prestado ni me han prestado, y todos me maldicen.

15:11 El SEÑOR dijo: «Ciertamente te libraré para bien;
   ciertamente haré que el enemigo te suplique en el tiempo de calamidad y en el tiempo de angustia.
15:12 ¿Puede el hierro romper el hierro del norte o el bronce?
15:13 Entregaré al saqueo tus riquezas y tus tesoros, sin precio alguno, por todos tus pecados en todo tu territorio.
15:14 Te haré pasar con tus enemigos a una tierra que no conoces, porque en mi ira se ha encendido un fuego que arderá contra ustedes».
El SEÑOR reanima a Jeremías

15:15 Tú lo sabes, SEÑOR.
   Acuérdate de mí, atiéndeme y véngame de mis perseguidores.
   Que tu paciencia no permita que yo sea arrebatado;
   reconoce que por ti sufro afrenta.
15:16 Encontré tus palabras y las comí;
   tus palabras fueron para mí gozo y alegría de mi corazón, porque llevo tu nombre, SEÑOR, Dios de los ejércitos.

15:17 No me senté en la reunión de los que se divierten ni me regocijé con ellos.
   A causa de tu mano me senté solo, porque me llenaste de indignación.

15:18 ¿Por qué es perpetuo mi dolor y es incurable mi herida, que se niega a sanar?
   ¿Serás para mí como una corriente engañosa, como aguas en las que no se puede confiar?

15:19 Por eso, así dice el SEÑOR: «Si vuelves, te restauraré y estarás en mi presencia.
   Si separas lo precioso de lo vil, serás como mi boca.
   Que ellos se vuelvan a ti, pero tú no te vuelvas a ellos.
15:20 Te haré para este pueblo una muralla fortificada de bronce.
   Lucharán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo para salvarte y librarte —declara el SEÑOR—.
15:21 Te libraré de la mano de los malvados y te rescataré de la mano de los violentos».

Capítulo 16
Juicio del SEÑOR contra Judá
16:1 La palabra del SEÑOR me llegó, diciendo:
16:2 «No tomes esposa ni tengas hijos ni hijas en este lugar».
16:3 Porque así dice el SEÑOR acerca de los hijos y las hijas que nazcan en este lugar, de sus madres que los den a luz y de sus padres que los engendren en esta tierra:
16:4 «Morirán de enfermedades dolorosas. No serán llorados ni enterrados; serán como estiércol sobre la superficie de la tierra. Perecerán por la espada y por el hambre, y sus cadáveres serán alimento para las aves de los cielos y los animales de la tierra».
16:5 Así dice el SEÑOR: «No entres en una casa de duelo, no vayas a lamentarte ni a consolarlos, porque he retirado de este pueblo mi paz —declara el SEÑOR—, mi amor fiel y mi compasión.
16:6 Grandes y pequeños morirán en esta tierra. No serán enterrados ni llorados; nadie se hará cortes ni se rapará por ellos.
16:7 No partirán pan para consolar a los que están de duelo por un muerto, ni les darán a beber la copa de consuelo por su padre o por su madre.
16:8 Tampoco entres en una casa de banquete para sentarte con ellos a comer y beber».
16:9 Porque así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel: «Voy a hacer cesar en este lugar, ante sus ojos y en sus días, la voz de gozo y la voz de alegría, la voz del novio y la voz de la novia.
16:10 Cuando anuncies todas estas palabras a este pueblo, te dirán: “¿Por qué ha pronunciado el SEÑOR contra nosotros toda esta gran calamidad? ¿Cuál es nuestra culpa y cuál es el pecado que hemos cometido contra el SEÑOR nuestro Dios?”.
16:11 Les responderás: “Porque sus antepasados me abandonaron —declara el SEÑOR—, siguieron a otros dioses, los sirvieron y se postraron ante ellos. Me abandonaron y no guardaron mi ley.
16:12 Ustedes han hecho peor que sus antepasados. Cada uno sigue la terquedad de su malvado corazón, sin escucharme.
16:13 Por eso los arrojaré de esta tierra a una tierra que ni ustedes ni sus antepasados conocieron. Allí servirán a otros dioses día y noche, porque no les mostraré clemencia”.
16:14 Sin embargo, vienen días —declara el SEÑOR— en que ya no se dirá: “¡Vive el SEÑOR, que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra de Egipto!”,
16:15 sino: “¡Vive el SEÑOR, que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra del norte y de todos los países adonde los había arrojado!”. Los haré volver a su tierra, la que di a sus antepasados.
16:16 Voy a enviar muchos pescadores —declara el SEÑOR—, y los pescarán. Después enviaré muchos cazadores, y los cazarán por todo monte, por toda colina y por las hendiduras de las rocas.
16:17 Porque mis ojos están sobre todos sus caminos; no se ocultan de mi presencia ni su culpa queda escondida ante mis ojos.
16:18 Primero les pagaré el doble por su culpa y su pecado, porque han contaminado mi tierra con los cadáveres de sus ídolos detestables y han llenado mi heredad de sus abominaciones».

16:19 SEÑOR, mi fuerza y mi fortaleza, mi refugio en el día de angustia, a ti vendrán las naciones desde los confines de la tierra y dirán: «Nuestros antepasados solo heredaron mentira, vanidad y cosas que no sirven de nada».
16:20 ¿Puede un ser humano hacerse dioses?
   ¡Esos no son dioses!
16:21 «Por eso, voy a darles a conocer, esta vez les daré a conocer mi mano y mi poder.
   Sabrán que mi nombre es el SEÑOR».

Capítulo 17
El pecado escrito en el corazón de Judá
17:1 «El pecado de Judá está escrito con cincel de hierro y punta de piedra dura;
   está grabado en la tabla de su corazón y en los cuernos de sus altares.
17:2 Sus hijos recuerdan sus altares y sus imágenes de Asera junto a los árboles frondosos, sobre las colinas altas.
17:3 Monte mío en el campo, entregaré al saqueo tus riquezas, todos tus tesoros y tus lugares altos, por el pecado en todo tu territorio.
17:4 Por tu propia culpa perderás la heredad que te di.
   Te haré servir a tus enemigos en una tierra que no conoces, porque han encendido en mi ira un fuego que arderá para siempre».

17:5 Así dice el SEÑOR: «Maldito el hombre que confía en el ser humano, hace de la carne su fuerza y aparta su corazón del SEÑOR.
17:6 Será como un arbusto en el desierto y no verá cuando llegue el bien.
   Habitará en los lugares resecos del desierto, en tierra salada y deshabitada.

17:7 Bendito el hombre que confía en el SEÑOR y cuya confianza es el SEÑOR.
17:8 Será como un árbol plantado junto a las aguas, que extiende sus raíces hacia la corriente.
   No verá llegar el calor y sus hojas estarán verdes;
   en el año de sequía no se angustiará ni dejará de dar fruto.
17:9 Más engañoso que todo es el corazón, y está incurablemente enfermo.
   ¿Quién puede conocerlo?
17:10 Yo, el SEÑOR, examino el corazón y pongo a prueba los sentimientos, para dar a cada uno según sus caminos, según el fruto de sus acciones.

17:11 Como la perdiz que empolla huevos que no puso, así es el que acumula riquezas injustamente: a la mitad de sus días lo abandonarán, y al final será un necio».
17:12 Un trono de gloria, elevado desde el principio, es el lugar de nuestro santuario.
17:13 SEÑOR, esperanza de Israel, todos los que te abandonan quedarán avergonzados.
   «Los que se apartan de mí serán escritos en la tierra, porque abandonaron al SEÑOR, fuente de aguas vivas».

17:14 Sáname, SEÑOR, y seré sano;
   sálvame y seré salvo, porque tú eres mi alabanza.
17:15 Mira, ellos me dicen: «¿Dónde está la palabra del SEÑOR?
   ¡Que se cumpla ahora!».
17:16 Yo no me he apresurado a dejar de ser pastor en pos de ti ni he deseado el día de calamidad.
   Tú lo sabes;
   lo que salió de mis labios estuvo ante tu presencia.
17:17 No seas para mí motivo de terror;
   tú eres mi refugio en el día de calamidad.
17:18 Que se avergüencen mis perseguidores y no me avergüence yo;
   que se aterroricen ellos y no me aterrorice yo.
   Trae sobre ellos el día de calamidad y quebrántalos con doble quebranto.
Observancia del día de reposo
17:19 Así me dijo el SEÑOR: «Ve y ponte a la puerta de los hijos del pueblo, por donde entran y salen los reyes de Judá, y en todas las puertas de Jerusalén.
17:20 Diles: “Escuchen la palabra del SEÑOR, reyes de Judá, todo Judá y todos los habitantes de Jerusalén que entran por estas puertas.
17:21 Así dice el SEÑOR: cuídense, por su propia vida, de no llevar cargas en el día de reposo ni introducirlas por las puertas de Jerusalén.
17:22 No saquen cargas de sus casas en el día de reposo ni hagan ningún trabajo. Santifiquen el día de reposo, como ordené a sus antepasados.
17:23 Pero no escucharon ni inclinaron el oído; endurecieron su cuello para no escuchar ni aceptar corrección.
17:24 Si me escuchan de veras —declara el SEÑOR— y no introducen cargas por las puertas de esta ciudad en el día de reposo, sino que santifican el día de reposo sin hacer en él ningún trabajo,
17:25 entrarán por las puertas de esta ciudad reyes y jefes que se sienten en el trono de David, montados en carros y caballos, ellos y sus jefes, los hombres de Judá y los habitantes de Jerusalén. Esta ciudad será habitada para siempre.
17:26 Vendrán de las ciudades de Judá, de los alrededores de Jerusalén, de la tierra de Benjamín, de la Sefela, de la región montañosa y del Neguev, trayendo holocaustos, sacrificios, ofrendas de cereal e incienso, y trayendo ofrendas de acción de gracias a la casa del SEÑOR.
17:27 Pero si no me escuchan para santificar el día de reposo y dejar de llevar cargas por las puertas de Jerusalén en el día de reposo, prenderé fuego a sus puertas; consumirá los palacios de Jerusalén y no se apagará”».

Capítulo 18
La señal del alfarero y el barro
18:1 Esta es la palabra que llegó a Jeremías de parte del SEÑOR:
18:2 «Levántate y baja a la casa del alfarero; allí te haré oír mis palabras».
18:3 Bajé a la casa del alfarero, y él estaba trabajando en el torno.
18:4 La vasija de barro que hacía se echó a perder en la mano del alfarero. Entonces volvió a hacer con ella otra vasija, como al alfarero le pareció mejor hacerla.
18:5 La palabra del SEÑOR me llegó, diciendo:
18:6 «¿No puedo hacer con ustedes como este alfarero, casa de Israel? —declara el SEÑOR—. Como el barro en la mano del alfarero, así están ustedes en mi mano, casa de Israel.
18:7 En un momento anuncio contra una nación o un reino que lo arrancaré, lo derribaré y lo destruiré;
18:8 pero si esa nación contra la que hablé se vuelve de su maldad, desistiré de la calamidad que había pensado traer sobre ella.
18:9 En otro momento anuncio acerca de una nación o un reino que lo edificaré y lo plantaré;
18:10 pero si hace lo malo a mis ojos y no escucha mi voz, desistiré del bien que había dicho que le haría.
18:11 Ahora di a los hombres de Judá y a los habitantes de Jerusalén: “Así dice el SEÑOR: estoy moldeando una calamidad contra ustedes y trazando un plan contra ustedes. Vuélvanse, cada uno de su mal camino; enmienden sus caminos y sus acciones”.
18:12 Pero dirán: “¡Es inútil! Seguiremos nuestros propios planes, y cada uno actuará conforme a la terquedad de su malvado corazón”».

18:13 Por eso, así dice el SEÑOR: «Pregunten entre las naciones: ¿quién ha oído algo semejante?
   La virgen de Israel ha hecho algo sumamente horrible.
18:14 ¿Abandona la nieve del Líbano las rocas agrestes?
   ¿Se agotan las aguas frías que fluyen de lejos?
18:15 Pero mi pueblo me ha olvidado;
   queman incienso a lo que es vanidad.
   Los han hecho tropezar en sus caminos, en las sendas antiguas, para que anden por senderos, por un camino sin preparar,
18:16 y conviertan su tierra en desolación, en objeto de burla perpetua.
   Todo el que pase por ella se horrorizará y moverá la cabeza.
18:17 Como viento del este los dispersaré delante del enemigo;
   les mostraré la espalda y no el rostro en el día de su calamidad».
Conspiración del pueblo y oración de Jeremías
18:18 Entonces dijeron: «Vengan, tramemos planes contra Jeremías, porque no faltará la instrucción al sacerdote, ni el consejo al sabio, ni la palabra al profeta. Vengan, ataquémoslo con la lengua y no prestemos atención a ninguna de sus palabras».
18:19 Préstame atención, SEÑOR, y escucha la voz de mis adversarios.
18:20 ¿Se pagará el bien con el mal?
   Han cavado una fosa para quitarme la vida.
   Recuerda que me presenté ante ti para hablar a favor de ellos, para apartar de ellos tu furor.
18:21 Por eso entrega sus hijos al hambre y abandónalos al poder de la espada.
   Que sus mujeres queden sin hijos y viudas;
   que sus hombres sean muertos y sus jóvenes caigan a espada en la batalla.
18:22 Que se oigan gritos en sus casas cuando traigas de repente contra ellos una banda de saqueadores, porque han cavado una fosa para atraparme y han escondido trampas a mis pies.
18:23 Pero tú, SEÑOR, conoces todos sus planes para matarme.
   No perdones su culpa ni borres de tu presencia su pecado.
   Que sean derribados delante de ti;
   actúa contra ellos en el tiempo de tu ira.

Capítulo 19
La señal de la vasija rota
19:1 Así dice el SEÑOR: «Ve y compra una vasija de barro de alfarero. Lleva contigo a algunos de los ancianos del pueblo y de los ancianos de los sacerdotes.
19:2 Sal al valle del hijo de Hinom, junto a la entrada de la puerta de los Tiestos, y proclama allí las palabras que yo te diga.
19:3 Dirás: “Escuchen la palabra del SEÑOR, reyes de Judá y habitantes de Jerusalén. Así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel: voy a traer sobre este lugar una calamidad tal que a todo el que la oiga le zumbarán los oídos.
19:4 Porque me abandonaron, hicieron de este un lugar extraño y quemaron en él incienso a otros dioses que ni ellos, ni sus antepasados, ni los reyes de Judá habían conocido. Llenaron este lugar de sangre de inocentes.
19:5 Construyeron los lugares altos de Baal para quemar a sus hijos en el fuego como holocaustos a Baal, cosa que yo no ordené, ni dije, ni me pasó por la mente.
19:6 Por eso vienen días —declara el SEÑOR— en que este lugar ya no se llamará Tofet ni valle del hijo de Hinom, sino Valle de la Matanza.
19:7 En este lugar frustraré los planes de Judá y de Jerusalén. Los haré caer a espada delante de sus enemigos y en manos de los que buscan quitarles la vida. Daré sus cadáveres como alimento a las aves de los cielos y a los animales de la tierra.
19:8 Convertiré esta ciudad en desolación y en objeto de burla. Todo el que pase por ella quedará horrorizado y silbará por todas sus heridas.
19:9 Les haré comer la carne de sus hijos y la carne de sus hijas; cada uno comerá la carne de su prójimo durante el asedio y la angustia con que los oprimirán sus enemigos y los que buscan quitarles la vida”.
19:10 Entonces romperás la vasija a la vista de los hombres que te acompañan.
19:11 Les dirás: “Así dice el SEÑOR de los ejércitos: de esta manera romperé a este pueblo y a esta ciudad, como se rompe una vasija de alfarero que ya no puede repararse. Enterrarán en Tofet porque no habrá otro lugar donde enterrar.
19:12 Así haré con este lugar y con sus habitantes —declara el SEÑOR—, y convertiré esta ciudad en un Tofet.
19:13 Las casas de Jerusalén y las casas de los reyes de Judá quedarán inmundas como el lugar de Tofet: todas las casas en cuyos techos quemaron incienso a todo el ejército de los cielos y derramaron ofrendas de bebida a otros dioses”».
El anuncio del juicio en el templo
19:14 Jeremías volvió de Tofet, adonde el SEÑOR lo había enviado a profetizar. Se puso en pie en el atrio de la casa del SEÑOR y dijo a todo el pueblo:
19:15 «Así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel: voy a traer sobre esta ciudad y sobre todas sus aldeas toda la calamidad que he anunciado contra ella, porque endurecieron su cuello para no escuchar mis palabras».

Capítulo 20
Profecía contra Pasur
20:1 El sacerdote Pasur, hijo de Imer, oficial principal de la casa del SEÑOR, oyó a Jeremías profetizar estas palabras.
20:2 Pasur golpeó al profeta Jeremías y lo puso en el cepo que había en la puerta superior de Benjamín, en la casa del SEÑOR.
20:3 Al día siguiente, Pasur sacó a Jeremías del cepo. Jeremías le dijo: «El SEÑOR no te llama Pasur, sino Magor-misabib.
20:4 Porque así dice el SEÑOR: “Voy a convertirte en terror para ti mismo y para todos tus amigos. Caerán por la espada de sus enemigos, y tus ojos lo verán. Entregaré a todo Judá en manos del rey de Babilonia, que los llevará cautivos a Babilonia y los matará a espada.
20:5 Entregaré todas las riquezas de esta ciudad, todos sus productos y todas sus cosas preciosas; entregaré todos los tesoros de los reyes de Judá en manos de sus enemigos, que los saquearán, los tomarán y los llevarán a Babilonia.
20:6 Y tú, Pasur, junto con todos los que habitan en tu casa, irás al cautiverio. Llegarás a Babilonia, allí morirás y allí serás enterrado, tú y todos tus amigos a quienes profetizaste mentira”».
Lamento de Jeremías

20:7 Me sedujiste, SEÑOR, y me dejé seducir;
   fuiste más fuerte que yo y prevaleciste.
   Soy motivo de risa todo el día;
   todos se burlan de mí.
20:8 Cada vez que hablo, grito;
   proclamo: «¡Violencia y destrucción!».
   La palabra del SEÑOR se ha convertido para mí en afrenta y burla todo el día.
20:9 Si digo: «No lo mencionaré ni hablaré más en su nombre», hay en mi corazón como un fuego ardiente encerrado en mis huesos.
   Me fatigo tratando de contenerlo y no puedo.
20:10 He oído las murmuraciones de muchos: «¡Terror por todas partes!
   ¡Denúncienlo, vamos a denunciarlo!».
   Todos mis amigos vigilan mis tropiezos: «Quizá se deje seducir;
   prevaleceremos contra él y nos vengaremos de él».
20:11 Pero el SEÑOR está conmigo como un guerrero temible.
   Por eso mis perseguidores tropezarán y no prevalecerán.
   Quedarán muy avergonzados porque no tendrán éxito;
   su deshonra será eterna, no se olvidará.
20:12 SEÑOR de los ejércitos, que pruebas al justo, que ves los sentimientos y el corazón, déjame ver tu venganza contra ellos, porque ante ti he expuesto mi causa.

20:13 ¡Canten al SEÑOR, alaben al SEÑOR, porque ha librado la vida del pobre de manos de los malvados!
El dolor de haber nacido

20:14 Maldito el día en que nací;
   que no sea bendito el día en que mi madre me dio a luz.
20:15 Maldito el hombre que anunció a mi padre: «¡Te ha nacido un hijo varón!», llenándolo de alegría.
20:16 Que ese hombre sea como las ciudades que el SEÑOR derribó sin desistir.
   Que oiga gritos por la mañana y alaridos de guerra al mediodía,
20:17 porque no me mató en el vientre;
   así mi madre habría sido mi sepulcro y su vientre habría quedado embarazado para siempre.
20:18 ¿Por qué salí del vientre para ver fatiga y dolor, y que mis días se consuman en vergüenza?

Capítulo 21
Jerusalén será destruida
21:1 Esta es la palabra que llegó a Jeremías de parte del SEÑOR cuando el rey Sedequías le envió a Pasur, hijo de Malquías, y al sacerdote Sofonías, hijo de Maasías, para decirle:
21:2 «Consulta al SEÑOR por nosotros, porque Nabucodonosor, rey de Babilonia, nos hace la guerra. Quizá el SEÑOR actúe con nosotros conforme a todas sus maravillas y aquel se retire de nosotros».
21:3 Jeremías les respondió: «Así dirán a Sedequías:
21:4 “Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: voy a hacer retroceder las armas de guerra que tienen en las manos, con las que combaten fuera de la muralla contra el rey de Babilonia y los caldeos que los sitian; las reuniré dentro de esta ciudad.
21:5 Yo mismo lucharé contra ustedes con mano extendida y brazo poderoso, con ira, furor y gran indignación.
21:6 Heriré a los habitantes de esta ciudad, tanto a los seres humanos como a los animales; morirán de una gran peste.
21:7 Después de esto —declara el SEÑOR—, entregaré a Sedequías, rey de Judá, a sus servidores, al pueblo y a los que en esta ciudad sobrevivan a la peste, la espada y el hambre, en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, en manos de sus enemigos y en manos de los que buscan quitarles la vida. Los matará a filo de espada, sin perdonarlos, sin tenerles piedad ni compasión”.
La salida para conservar la vida
21:8 A este pueblo le dirás: “Así dice el SEÑOR: pongo delante de ustedes el camino de la vida y el camino de la muerte.
21:9 El que se quede en esta ciudad morirá por la espada, el hambre y la peste; pero el que salga y se entregue a los caldeos que los sitian vivirá y tendrá su vida como botín.
21:10 Porque he vuelto mi rostro contra esta ciudad para mal y no para bien —declara el SEÑOR—. Será entregada en manos del rey de Babilonia, que la quemará con fuego”.
El deber de justicia de la casa de David

21:11 A la casa del rey de Judá: “Escuchen la palabra del SEÑOR.
21:12 Casa de David, así dice el SEÑOR: hagan justicia cada mañana y libren al despojado de manos del opresor, no sea que mi furor salga como fuego y arda sin que nadie pueda apagarlo, por la maldad de sus acciones.
21:13 Estoy contra ti, habitante del valle, roca de la llanura —declara el SEÑOR—, ustedes que dicen: ‘¿Quién bajará contra nosotros?
   ¿Quién entrará en nuestras viviendas?’.
21:14 Los castigaré según el fruto de sus acciones —declara el SEÑOR—.
   Prenderé fuego a su bosque y consumirá todo lo que lo rodea”».

Capítulo 22
Profecías contra los reyes de Judá
22:1 Así dice el SEÑOR: «Baja a la casa del rey de Judá y proclama allí estas palabras.
22:2 Di: “Escucha la palabra del SEÑOR, rey de Judá que te sientas en el trono de David, tú, tus servidores y tu pueblo que entran por estas puertas.
22:3 Así dice el SEÑOR: practiquen el derecho y la justicia; libren al despojado de manos del opresor. No maltraten ni hagan violencia al extranjero, al huérfano y a la viuda, ni derramen sangre inocente en este lugar.
22:4 Si de veras cumplen esta palabra, entrarán por las puertas de esta casa reyes que sucedan a David en su trono, montados en carros y caballos, cada uno con sus servidores y su pueblo.
22:5 Pero si no escuchan estas palabras, por mí mismo he jurado —declara el SEÑOR— que esta casa quedará en ruinas”».

22:6 Porque así dice el SEÑOR acerca de la casa del rey de Judá: «Eres para mí Galaad, la cumbre del Líbano;
   sin embargo, te convertiré en un desierto, en ciudades deshabitadas.
22:7 Consagraré contra ti destructores, cada uno con sus armas;
   cortarán tus cedros escogidos y los echarán al fuego.
22:8 Muchas naciones pasarán junto a esta ciudad, y cada uno dirá a su prójimo: “¿Por qué ha hecho el SEÑOR esto con esta gran ciudad?”.
22:9 Y responderán: “Porque abandonaron el pacto del SEÑOR su Dios, se postraron ante otros dioses y los sirvieron”».
El exilio sin regreso de Salum

22:10 No lloren por el muerto ni se lamenten por él;
   lloren amargamente por el que se va, porque no volverá ni verá de nuevo su tierra natal.

22:11 Porque así dice el SEÑOR acerca de Salum, hijo de Josías, rey de Judá, que reinó en lugar de su padre Josías y salió de este lugar: «No volverá más aquí.
22:12 Morirá en el lugar adonde lo llevaron cautivo y no verá de nuevo esta tierra.
La injusticia del rey Joacim

22:13 ¡Ay del que edifica su casa sin justicia y sus habitaciones altas sin derecho, que hace trabajar a su prójimo sin pagarle y no le da su salario!
22:14 Dice: “Me construiré una casa espaciosa, con amplias habitaciones altas”.
   Le abre ventanas, la reviste de cedro y la pinta de bermellón.
22:15 ¿Acaso eres rey porque compites en cedro?
   ¿No comía y bebía tu padre y practicaba el derecho y la justicia?
   Por eso le iba bien.
22:16 Defendía la causa del pobre y del necesitado;
   por eso le iba bien.
   ¿No es esto conocerme?
   —declara el SEÑOR—.
22:17 Pero tus ojos y tu corazón solo buscan tus ganancias injustas, derramar sangre inocente y practicar la opresión y la violencia».

22:18 Por eso, así dice el SEÑOR acerca de Joacim, hijo de Josías, rey de Judá: «No se lamentarán por él diciendo: “¡Ay, hermano mío!
   ¡Ay, hermana!”.
   No se lamentarán por él diciendo: “¡Ay, señor!
   ¡Ay, su majestad!”.
22:19 Tendrá el entierro de un asno: será arrastrado y arrojado fuera de las puertas de Jerusalén.
El fracaso de los apoyos de Jerusalén

22:20 Sube al Líbano y clama;
   alza tu voz en Basán y grita desde Abarim, porque todos tus amantes han sido quebrantados.
22:21 Te hablé en tu prosperidad, pero dijiste: “No escucharé”.
   Esta ha sido tu conducta desde tu juventud: no has escuchado mi voz.
22:22 El viento pastoreará a todos tus pastores y tus amantes irán al cautiverio.
   Entonces quedarás avergonzada y humillada por toda tu maldad.
22:23 Tú que habitas en el Líbano y anidas entre los cedros, ¡cómo gemirás cuando te sobrevengan dolores, dolores como los de una mujer de parto!
Conías y el futuro de su dinastía

22:24 ¡Vivo yo! —declara el SEÑOR—.
   Aunque Conías, hijo de Joacim, rey de Judá, fuera el anillo de sello de mi mano derecha, aun de allí te arrancaría.
22:25 Te entregaré en manos de los que buscan quitarte la vida, en manos de los que temes, en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y en manos de los caldeos.
22:26 Te arrojaré a ti y a tu madre, la que te dio a luz, a otra tierra donde no nacieron, y allí morirán.
22:27 A la tierra a la que anhelan volver, no volverán».

22:28 ¿Es este hombre Conías una vasija despreciada y rota?
   ¿Es un objeto que nadie quiere?
   ¿Por qué han sido arrojados él y su descendencia, echados a una tierra que no conocían?
22:29 ¡Tierra, tierra, tierra, escucha la palabra del SEÑOR!

22:30 Así dice el SEÑOR: «Inscriban a este hombre como sin hijos, un hombre que no prosperará en sus días, porque ninguno de sus descendientes logrará sentarse en el trono de David ni gobernar de nuevo en Judá».

Capítulo 23
Regreso del remanente
23:1 «¡Ay de los pastores que destruyen y dispersan las ovejas de mi prado! —declara el SEÑOR—.
23:2 Por eso, así dice el SEÑOR, Dios de Israel, acerca de los pastores que apacientan a mi pueblo: ustedes dispersaron mis ovejas, las ahuyentaron y no se ocuparon de ellas. Ahora me ocuparé de ustedes por la maldad de sus acciones —declara el SEÑOR—.
23:3 Yo mismo reuniré al resto de mis ovejas de todos los países adonde las arrojé y las haré volver a sus pastos. Serán fecundas y se multiplicarán.
23:4 Pondré sobre ellas pastores que las apacienten. Ya no tendrán miedo ni se aterrorizarán, y no faltará ninguna —declara el SEÑOR—.
El Rey justo prometido a David
23:5 Vienen días —declara el SEÑOR— en que levantaré para David un Renuevo justo. Reinará como rey, actuará con sabiduría y practicará el derecho y la justicia en la tierra.
23:6 En sus días Judá será salvada e Israel habitará seguro. Este es el nombre con que será llamado: “El SEÑOR, nuestra justicia”.
23:7 Por eso vienen días —declara el SEÑOR— en que ya no dirán: “¡Vive el SEÑOR, que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra de Egipto!”,
23:8 sino: “¡Vive el SEÑOR, que hizo subir y trajo a la descendencia de la casa de Israel de la tierra del norte y de todos los países adonde yo los había arrojado!”. Y habitarán en su propia tierra».
Denunciación de los falsos profetas

23:9 Acerca de los profetas: mi corazón está quebrantado dentro de mí y tiemblan todos mis huesos.
   Estoy como un borracho, como un hombre dominado por el vino, a causa del SEÑOR y de sus santas palabras.
23:10 Porque la tierra está llena de adúlteros;
   a causa de la maldición la tierra está de luto y se han secado los pastizales del desierto.
   La carrera de ellos es mala y su poder no se ejerce con rectitud.
23:11 «Tanto el profeta como el sacerdote se han corrompido;
   hasta en mi casa he encontrado su maldad —declara el SEÑOR—.
23:12 Por eso su camino será para ellos como lugares resbaladizos en la oscuridad.
   Serán empujados y caerán en él, porque traeré sobre ellos una calamidad en el año de su castigo —declara el SEÑOR—.
23:13 Entre los profetas de Samaria vi una insensatez: profetizaban por Baal y extraviaban a mi pueblo Israel.

23:14 Entre los profetas de Jerusalén he visto algo horrible: cometen adulterio, andan en mentira y fortalecen las manos de los malvados, de modo que nadie se vuelve de su maldad.
   Todos ellos son para mí como Sodoma, y sus habitantes como Gomorra.

23:15 Por eso, así dice el SEÑOR de los ejércitos acerca de los profetas: voy a darles de comer ajenjo y de beber agua envenenada, porque de los profetas de Jerusalén ha salido la corrupción a toda la tierra».
Los mensajes de falsa paz

23:16 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «No escuchen las palabras de los profetas que les profetizan.
   Los llenan de vanas esperanzas;
   hablan visiones de su propio corazón, que no salen de la boca del SEÑOR.
23:17 Dicen sin cesar a los que me desprecian: “El SEÑOR ha dicho: ‘Tendrán paz’”.
   Y a todos los que siguen la terquedad de su corazón les dicen: “No vendrá sobre ustedes ninguna calamidad”.
23:18 ¿Quién ha estado en el consejo del SEÑOR para ver y oír su palabra?
   ¿Quién ha prestado atención a su palabra y la ha escuchado?

23:19 Miren, la tempestad del SEÑOR ha salido con furor;
   un torbellino se arremolina sobre la cabeza de los malvados.
23:20 La ira del SEÑOR no se apartará hasta que haya realizado y cumplido los propósitos de su corazón.
   En los días venideros lo comprenderán plenamente.
23:21 Yo no envié a esos profetas, pero ellos corrieron;
   no les hablé, pero ellos profetizaron.
23:22 Si hubieran estado en mi consejo, habrían hecho oír mis palabras a mi pueblo y lo habrían hecho volver de su mal camino y de la maldad de sus acciones.
La palabra de Dios y los sueños falsos

23:23 ¿Soy un Dios solo de cerca —declara el SEÑOR— y no un Dios de lejos?
23:24 ¿Puede alguien esconderse en escondites sin que yo lo vea?
   —declara el SEÑOR—.
   ¿No lleno yo los cielos y la tierra?
   —declara el SEÑOR—.
23:25 He oído lo que dicen los profetas que profetizan mentira en mi nombre: “¡He soñado, he soñado!”.
23:26 ¿Hasta cuándo estará esto en el corazón de los profetas que profetizan mentira, que profetizan el engaño de su propio corazón,
23:27 que piensan hacer que mi pueblo olvide mi nombre con los sueños que se cuentan unos a otros, como sus antepasados olvidaron mi nombre por Baal?
23:28 El profeta que tenga un sueño, que cuente el sueño; pero el que tenga mi palabra, que hable mi palabra con fidelidad. ¿Qué tiene que ver la paja con el grano? —declara el SEÑOR—.
23:29 ¿No es mi palabra como fuego —declara el SEÑOR— y como un martillo que hace pedazos la roca?
23:30 Por eso estoy contra los profetas —declara el SEÑOR— que se roban mis palabras unos a otros.
23:31 Estoy contra los profetas —declara el SEÑOR— que usan su lengua y dicen: “¡Oráculo!”.
23:32 Estoy contra los que profetizan sueños falsos —declara el SEÑOR— y los cuentan, extraviando a mi pueblo con sus mentiras y su temeridad. Yo no los envié ni les di órdenes, y de ningún modo son de provecho para este pueblo —declara el SEÑOR—.
El abuso de «oráculo del SEÑOR»
23:33 Cuando este pueblo, un profeta o un sacerdote te pregunte: “¿Cuál es el oráculo del SEÑOR?”, les dirás: “¿Cuál oráculo? Los abandonaré —declara el SEÑOR—”.
23:34 Al profeta, al sacerdote o a cualquiera del pueblo que diga: “Oráculo del SEÑOR”, lo castigaré a él y a su casa.
23:35 Así se dirán unos a otros, cada uno a su prójimo y a su hermano: “¿Qué ha respondido el SEÑOR? ¿Qué ha dicho el SEÑOR?”.
23:36 No vuelvan a mencionar el oráculo del SEÑOR, porque la palabra de cada uno será su propia carga. Han tergiversado las palabras del Dios vivo, del SEÑOR de los ejércitos, nuestro Dios.
23:37 Así le dirás al profeta: “¿Qué te ha respondido el SEÑOR? ¿Qué ha dicho el SEÑOR?”.
23:38 Pero si dicen: “Oráculo del SEÑOR”, entonces así dice el SEÑOR: por haber dicho estas palabras, “Oráculo del SEÑOR”, cuando yo les envié a decir que no dijeran: “Oráculo del SEÑOR”,
23:39 voy a olvidarlos por completo y a arrojarlos de mi presencia, a ustedes y a la ciudad que les di a ustedes y a sus antepasados.
23:40 Pondré sobre ustedes una afrenta eterna y una humillación eterna que no se olvidará».

Capítulo 24
La señal de los higos buenos y malos
24:1 El SEÑOR me mostró dos cestas de higos colocadas delante del templo del SEÑOR, después de que Nabucodonosor, rey de Babilonia, llevó al destierro desde Jerusalén a Jeconías, hijo de Joacim, rey de Judá, a los jefes de Judá y a los artesanos y herreros, y los trasladó a Babilonia.
24:2 Una cesta tenía higos muy buenos, como los primeros higos maduros; la otra tenía higos muy malos, tan malos que no se podían comer.
24:3 El SEÑOR me preguntó: «¿Qué ves, Jeremías?». Respondí: «Higos. Los higos buenos son muy buenos, y los malos son muy malos, tan malos que no se pueden comer».
24:4 La palabra del SEÑOR me llegó, diciendo:
El favor de Dios hacia los desterrados
24:5 «Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: como a estos higos buenos, así miraré con favor a los desterrados de Judá que envié de este lugar a la tierra de los caldeos.
24:6 Pondré mis ojos sobre ellos para bien y los haré volver a esta tierra. Los edificaré y no los derribaré; los plantaré y no los arrancaré.
24:7 Les daré un corazón para que me conozcan, pues yo soy el SEÑOR. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, porque volverán a mí de todo corazón.
La advertencia a Sedequías y a los que quedaron
24:8 Pero como a los higos malos, tan malos que no se pueden comer —así dice el SEÑOR—, así trataré a Sedequías, rey de Judá, a sus jefes y al resto de Jerusalén que queda en esta tierra, y a los que habitan en la tierra de Egipto.
24:9 Los convertiré en motivo de horror y de calamidad para todos los reinos de la tierra, en afrenta y refrán, en burla y maldición en todos los lugares adonde los disperse.
24:10 Enviaré contra ellos la espada, el hambre y la peste, hasta que sean exterminados de la tierra que les di a ellos y a sus antepasados».

Capítulo 25
Setenta años de desolación
25:1 Esta es la palabra que llegó a Jeremías acerca de todo el pueblo de Judá, en el cuarto año de Joacim, hijo de Josías, rey de Judá, que era el primer año de Nabucodonosor, rey de Babilonia.
25:2 El profeta Jeremías la proclamó a todo el pueblo de Judá y a todos los habitantes de Jerusalén, diciendo:
25:3 «Desde el año trece de Josías, hijo de Amón, rey de Judá, hasta hoy, durante estos veintitrés años, me ha llegado la palabra del SEÑOR. Les he hablado desde temprano y sin cesar, pero no han escuchado.
25:4 El SEÑOR les ha enviado a todos sus siervos los profetas, desde temprano y sin cesar, pero no han escuchado ni han inclinado el oído para oír».
25:5 Decían: «Vuélvanse, cada uno de su mal camino y de la maldad de sus acciones, y habiten en la tierra que el SEÑOR les dio a ustedes y a sus antepasados desde siempre y para siempre.
25:6 No sigan a otros dioses para servirlos y postrarse ante ellos. No me provoquen a ira con las obras de sus manos, y no les haré mal».
25:7 «Pero no me han escuchado —declara el SEÑOR—, y me han provocado a ira con las obras de sus manos, para su propio mal».
El juicio anunciado mediante Babilonia
25:8 Por eso, así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Por no haber escuchado mis palabras,
25:9 voy a mandar a buscar a todas las familias del norte —declara el SEÑOR— y a Nabucodonosor, rey de Babilonia, mi siervo. Los traeré contra esta tierra, contra sus habitantes y contra todas estas naciones vecinas. Los destruiré por completo y los convertiré en motivo de horror, de burla y de ruina perpetua.
25:10 Haré desaparecer de entre ellos la voz de gozo y la voz de alegría, la voz del novio y la voz de la novia, el sonido del molino y la luz de la lámpara.
25:11 Toda esta tierra será ruina y desolación, y estas naciones servirán al rey de Babilonia durante setenta años.
Babilonia responderá por su culpa
25:12 Cuando se cumplan los setenta años, castigaré por su culpa al rey de Babilonia y a esa nación —declara el SEÑOR—, y a la tierra de los caldeos la convertiré en desolación perpetua.
25:13 Haré caer sobre aquella tierra todas las palabras que he pronunciado contra ella, todo lo escrito en este libro que Jeremías profetizó contra todas las naciones.
25:14 Porque también a ellos los someterán muchas naciones y grandes reyes. Les pagaré según sus hechos y según las obras de sus manos».
La copa de ira para las naciones
25:15 Así me dijo el SEÑOR, Dios de Israel: «Toma de mi mano esta copa del vino del furor y haz que beban de ella todas las naciones a las que te envío.
25:16 Beberán, se tambalearán y enloquecerán a causa de la espada que enviaré en medio de ellas».
25:17 Tomé la copa de la mano del SEÑOR e hice beber a todas las naciones a las que el SEÑOR me había enviado:
25:18 a Jerusalén y a las ciudades de Judá, a sus reyes y a sus jefes, para convertirlos en ruina, horror, burla y maldición, como sucede hoy;
25:19 al faraón, rey de Egipto, a sus servidores, a sus jefes y a todo su pueblo;
25:20 a todos los extranjeros, a todos los reyes de la tierra de Uz, a todos los reyes de la tierra de los filisteos, a Ascalón, a Gaza, a Ecrón y al resto de Asdod;
25:21 a Edom, a Moab y a los hijos de Amón;
25:22 a todos los reyes de Tiro, a todos los reyes de Sidón y a los reyes de las costas que están más allá del mar;
25:23 a Dedán, a Tema, a Buz y a todos los que se rapan las sienes;
25:24 a todos los reyes de Arabia y a todos los reyes de los pueblos mezclados que habitan en el desierto;
25:25 a todos los reyes de Zimri, a todos los reyes de Elam y a todos los reyes de Media;
25:26 a todos los reyes del norte, los cercanos y los lejanos, unos tras otros, y a todos los reinos del mundo que están sobre la superficie de la tierra. El rey de Sesac beberá después de ellos.
25:27 «Les dirás: “Así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel: beban, embriáguense, vomiten, caigan y no se levanten, a causa de la espada que enviaré en medio de ustedes”.
25:28 Si se niegan a tomar la copa de tu mano para beber, les dirás: “Así dice el SEÑOR de los ejércitos: ciertamente beberán.
25:29 Porque comienzo a traer calamidad sobre la ciudad que lleva mi nombre, ¿y ustedes quedarán sin castigo? No quedarán sin castigo, porque llamo a la espada contra todos los habitantes de la tierra —declara el SEÑOR de los ejércitos—”.
El juicio del SEÑOR alcanza a las naciones

25:30 Tú profetizarás contra ellos todas estas palabras. Les dirás:
 “El SEÑOR rugirá desde lo alto, hará oír su voz desde su santa morada.
   Rugirá con fuerza contra su redil;
   lanzará un grito como los que pisan las uvas contra todos los habitantes de la tierra.
25:31 El estruendo llegará hasta los confines de la tierra, porque el SEÑOR tiene un pleito con las naciones;
   él entra en juicio con todo ser humano.
   Entregará a los malvados a la espada —declara el SEÑOR—”».

25:32 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «La calamidad pasa de nación en nación;
   una gran tempestad se levanta desde los confines de la tierra.
25:33 En aquel día los muertos por el SEÑOR estarán de un extremo de la tierra al otro.
   No los llorarán, no los recogerán ni los enterrarán;
   serán como estiércol sobre la superficie de la tierra.
El lamento de los dirigentes del rebaño

25:34 ¡Giman, pastores, y griten!
   ¡Revuélquense en el polvo, jefes del rebaño!
   Ha llegado el tiempo de su matanza y su dispersión;
   caerán como una vasija preciosa.
25:35 No habrá huida para los pastores ni escape para los jefes del rebaño.
25:36 Se oye el clamor de los pastores y el gemido de los jefes del rebaño, porque el SEÑOR está devastando sus pastos.
25:37 Los prados apacibles quedan desolados por la ardiente ira del SEÑOR.
25:38 Como un león ha abandonado su guarida, porque su tierra ha quedado desolada por el furor del opresor y por el ardor de su ira».

Capítulo 26
Jeremías es amenazado de muerte
26:1 Al comienzo del reinado de Joacim, hijo de Josías, rey de Judá, llegó esta palabra de parte del SEÑOR:
26:2 Así dice el SEÑOR: «Ponte en el atrio de la casa del SEÑOR y di a los habitantes de todas las ciudades de Judá que vienen a postrarse en la casa del SEÑOR todas las palabras que te ordené decirles. No omitas una palabra.
26:3 Quizá escuchen y se vuelva cada uno de su mal camino; entonces desistiré de la calamidad que pienso traer sobre ellos por la maldad de sus acciones.
26:4 Les dirás: “Así dice el SEÑOR: si no me escuchan para andar conforme a mi ley, que he puesto delante de ustedes,
26:5 para escuchar las palabras de mis siervos los profetas, que les envío desde temprano y sin cesar, pero que no han escuchado,
26:6 haré de esta casa otro Silo y convertiré esta ciudad en maldición para todas las naciones de la tierra”».
26:7 Los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo oyeron a Jeremías decir estas palabras en la casa del SEÑOR.
El arresto de Jeremías
26:8 Cuando Jeremías terminó de decir a todo el pueblo todo lo que el SEÑOR le había ordenado, los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo lo apresaron, diciendo: «¡Ciertamente morirás!
26:9 ¿Por qué has profetizado en el nombre del SEÑOR: “Esta casa será como Silo y esta ciudad quedará en ruinas, sin habitantes”?». Todo el pueblo se congregó contra Jeremías en la casa del SEÑOR.
El proceso ante los jefes de Judá
26:10 Cuando los jefes de Judá oyeron estas cosas, subieron de la casa del rey a la casa del SEÑOR y se sentaron a la entrada de la puerta Nueva del SEÑOR.
26:11 Los sacerdotes y los profetas dijeron a los jefes y a todo el pueblo: «Este hombre merece la muerte, porque ha profetizado contra esta ciudad, como han oído con sus propios oídos».
La defensa y el llamado de Jeremías
26:12 Jeremías respondió a todos los jefes y a todo el pueblo: «El SEÑOR me envió a profetizar contra esta casa y contra esta ciudad todas las palabras que han oído.
26:13 Ahora enmienden sus caminos y sus acciones, y escuchen la voz del SEÑOR su Dios. Entonces el SEÑOR desistirá de la calamidad que ha anunciado contra ustedes.
26:14 En cuanto a mí, estoy en sus manos; hagan conmigo lo que les parezca bueno y recto.
26:15 Pero sepan bien que, si me matan, echarán sangre inocente sobre ustedes, sobre esta ciudad y sobre sus habitantes, porque verdaderamente el SEÑOR me ha enviado a ustedes para decirles al oído todas estas palabras».
26:16 Los jefes y todo el pueblo dijeron a los sacerdotes y a los profetas: «Este hombre no merece la muerte, porque nos ha hablado en el nombre del SEÑOR nuestro Dios».
El precedente de Miqueas
26:17 Entonces se levantaron algunos de los ancianos del país y dijeron a toda la asamblea del pueblo:
26:18 «Miqueas de Moreset profetizó en los días de Ezequías, rey de Judá. Dijo a todo el pueblo de Judá: “Así dice el SEÑOR de los ejércitos: Sion será arada como un campo, Jerusalén será un montón de ruinas y el monte de la casa será como las alturas de un bosque”.
26:19 ¿Acaso lo mataron Ezequías, rey de Judá, y todo Judá? ¿No temió al SEÑOR y suplicó el favor del SEÑOR, y el SEÑOR desistió de la calamidad que había anunciado contra ellos? Nosotros estamos a punto de traer un gran mal sobre nuestras propias vidas».
La persecución y muerte de Urías
26:20 También hubo un hombre que profetizaba en el nombre del SEÑOR: Urías, hijo de Semaías, de Quiriat-jearim. Profetizó contra esta ciudad y contra esta tierra conforme a todas las palabras de Jeremías.
26:21 El rey Joacim, todos sus guerreros y todos los jefes oyeron sus palabras, y el rey intentó matarlo. Urías se enteró, tuvo miedo, huyó y se fue a Egipto.
26:22 El rey Joacim envió hombres a Egipto: a Elnatán, hijo de Acbor, y a otros hombres con él, a Egipto.
26:23 Sacaron a Urías de Egipto y lo llevaron al rey Joacim, que lo mató a espada y arrojó su cadáver en los sepulcros de la gente del pueblo.
Ahicam protege a Jeremías
26:24 Pero Ahicam, hijo de Safán, apoyó a Jeremías para que no lo entregaran en manos del pueblo para matarlo.

Capítulo 27
La señal de los yugos
27:1 Al comienzo del reinado de Joacim, hijo de Josías, rey de Judá, llegó esta palabra a Jeremías de parte del SEÑOR:
27:2 Así me dijo el SEÑOR: «Hazte correas y yugos, y póntelos al cuello.
27:3 Envíalos al rey de Edom, al rey de Moab, al rey de los hijos de Amón, al rey de Tiro y al rey de Sidón, por medio de los mensajeros que vienen a Jerusalén a ver a Sedequías, rey de Judá.
27:4 Dales este encargo para sus señores: “Así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel: esto dirán a sus señores:
27:5 yo hice la tierra, a los seres humanos y a los animales que hay sobre la superficie de la tierra, con mi gran poder y mi brazo extendido, y la doy a quien me parece bien.
27:6 Ahora he entregado todas estas tierras en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, mi siervo; también le he dado los animales salvajes para que le sirvan.
27:7 Todas las naciones le servirán a él, a su hijo y al hijo de su hijo, hasta que también llegue la hora de su propia tierra. Entonces muchas naciones y grandes reyes lo someterán a servidumbre.
27:8 A la nación y al reino que no sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y que no pongan el cuello bajo el yugo del rey de Babilonia, los castigaré con la espada, el hambre y la peste —declara el SEÑOR—, hasta que los haya destruido por su mano.
Las promesas falsas de independencia
27:9 Ustedes no escuchen a sus profetas, a sus adivinos, a sus sueños, a sus agoreros ni a sus hechiceros que les dicen: ‘No servirán al rey de Babilonia’.
27:10 Porque les profetizan mentira, para alejarlos de su tierra, para que yo los expulse y ustedes perezcan.
27:11 Pero a la nación que ponga su cuello bajo el yugo del rey de Babilonia y le sirva la dejaré en su tierra —declara el SEÑOR—; la cultivará y habitará en ella”».
La exhortación a Sedequías
27:12 También hablé a Sedequías, rey de Judá, conforme a todas estas palabras: «Pongan su cuello bajo el yugo del rey de Babilonia, sírvanle a él y a su pueblo, y vivan.
27:13 ¿Por qué han de morir tú y tu pueblo por la espada, el hambre y la peste, como ha dicho el SEÑOR de la nación que no sirva al rey de Babilonia?
27:14 No escuchen las palabras de los profetas que les dicen: “No servirán al rey de Babilonia”, porque les profetizan mentira.
27:15 “Yo no los envié —declara el SEÑOR—, pero profetizan mentira en mi nombre, para que yo los expulse y perezcan ustedes y los profetas que les profetizan”».
Los utensilios del templo y la promesa de regreso
27:16 También hablé a los sacerdotes y a todo este pueblo: «Así dice el SEÑOR: no escuchen las palabras de sus profetas que les profetizan: “Los utensilios de la casa del SEÑOR volverán pronto de Babilonia”, porque les profetizan mentira.
27:17 No los escuchen; sirvan al rey de Babilonia y vivan. ¿Por qué ha de quedar en ruinas esta ciudad?
27:18 Si son profetas y tienen la palabra del SEÑOR, que intercedan ante el SEÑOR de los ejércitos para que los utensilios que quedan en la casa del SEÑOR, en la casa del rey de Judá y en Jerusalén no sean llevados a Babilonia.
El destino de los utensilios que quedan
27:19 Porque así dice el SEÑOR de los ejércitos acerca de las columnas, del Mar, de las bases y del resto de los utensilios que quedan en esta ciudad,
27:20 los que no tomó Nabucodonosor, rey de Babilonia, cuando llevó al destierro desde Jerusalén a Babilonia a Jeconías, hijo de Joacim, rey de Judá, y a todos los nobles de Judá y de Jerusalén:
27:21 así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel, acerca de los utensilios que quedan en la casa del SEÑOR, en la casa del rey de Judá y en Jerusalén:
27:22 “Serán llevados a Babilonia y allí permanecerán hasta el día en que me ocupe de ellos —declara el SEÑOR—. Entonces los traeré y los restituiré a este lugar”».

Capítulo 28
Falsa profecía de Hananías
28:1 Ese mismo año, al comienzo del reinado de Sedequías, rey de Judá, en el cuarto año, en el quinto mes, el profeta Hananías, hijo de Azur, de Gabaón, me habló en la casa del SEÑOR, ante los sacerdotes y todo el pueblo:
28:2 «Así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel: he quebrado el yugo del rey de Babilonia.
28:3 Dentro de dos años completos haré volver a este lugar todos los utensilios de la casa del SEÑOR que Nabucodonosor, rey de Babilonia, tomó de este lugar y llevó a Babilonia.
28:4 También haré volver a este lugar a Jeconías, hijo de Joacim, rey de Judá, y a todos los desterrados de Judá que fueron a Babilonia —declara el SEÑOR—, porque quebraré el yugo del rey de Babilonia».
La respuesta de Jeremías
28:5 El profeta Jeremías respondió al profeta Hananías ante los sacerdotes y ante todo el pueblo que estaba de pie en la casa del SEÑOR.
28:6 El profeta Jeremías dijo: «¡Amén! ¡Así lo haga el SEÑOR! Que el SEÑOR cumpla las palabras que has profetizado, haciendo volver de Babilonia a este lugar los utensilios de la casa del SEÑOR y a todos los desterrados.
28:7 Pero escucha esta palabra que digo a tus oídos y a oídos de todo el pueblo:
28:8 los profetas que nos precedieron a ti y a mí desde la antigüedad profetizaron guerra, calamidad y peste contra muchas tierras y grandes reinos.
28:9 En cuanto al profeta que profetiza paz, cuando se cumpla su palabra se sabrá que verdaderamente el SEÑOR ha enviado a ese profeta».
Hananías rompe el yugo
28:10 Entonces el profeta Hananías tomó el yugo del cuello del profeta Jeremías y lo rompió.
28:11 Hananías dijo ante todo el pueblo: «Así dice el SEÑOR: de esta manera, dentro de dos años completos, romperé del cuello de todas las naciones el yugo de Nabucodonosor, rey de Babilonia». El profeta Jeremías siguió su camino.
El SEÑOR reafirma su palabra
28:12 Después de que el profeta Hananías rompió el yugo del cuello del profeta Jeremías, la palabra del SEÑOR llegó a Jeremías, diciendo:
28:13 «Ve y dile a Hananías: “Así dice el SEÑOR: has roto yugos de madera, pero en su lugar harás yugos de hierro.
28:14 Porque así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel: he puesto un yugo de hierro sobre el cuello de todas estas naciones para que sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y le servirán. También le he dado los animales salvajes”».
La sentencia contra Hananías
28:15 El profeta Jeremías dijo al profeta Hananías: «Escucha, Hananías: El SEÑOR no te ha enviado, y tú has hecho que este pueblo confíe en una mentira.
28:16 Por eso, así dice el SEÑOR: “Voy a quitarte de la superficie de la tierra. Este año morirás, porque has predicado rebelión contra el SEÑOR”».
28:17 El profeta Hananías murió aquel mismo año, en el séptimo mes.

Capítulo 29
Carta de Jeremías a los cautivos
29:1 Estas son las palabras de la carta que el profeta Jeremías envió desde Jerusalén al resto de los ancianos del destierro, a los sacerdotes, a los profetas y a todo el pueblo que Nabucodonosor había llevado al destierro de Jerusalén a Babilonia.
29:2 Esto fue después de que salieron de Jerusalén el rey Jeconías, la reina madre, los funcionarios del palacio, los jefes de Judá y de Jerusalén, los artesanos y los herreros.
29:3 La envió por medio de Elasa, hijo de Safán, y de Gemarías, hijo de Hilcías, a quienes Sedequías, rey de Judá, envió a Babilonia a ver a Nabucodonosor, rey de Babilonia. Decía:
29:4 «Así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel, a todos los desterrados que envié de Jerusalén a Babilonia:
La vida fiel durante el destierro
29:5 Construyan casas y habítenlas; planten huertos y coman de sus frutos.
29:6 Tomen esposas y tengan hijos e hijas. Busquen esposas para sus hijos y den sus hijas en matrimonio, para que tengan hijos e hijas. Multiplíquense allí y no disminuyan.
29:7 Busquen la paz de la ciudad adonde los he desterrado y oren por ella al SEÑOR, porque en su paz ustedes tendrán paz.
El discernimiento y la esperanza del regreso
29:8 Porque así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel: no se dejen engañar por sus profetas que están entre ustedes ni por sus adivinos. No escuchen los sueños que ustedes mismos provocan.
29:9 Porque les profetizan mentira en mi nombre; yo no los envié —declara el SEÑOR—.
29:10 Así dice el SEÑOR: cuando se cumplan para Babilonia setenta años, me ocuparé de ustedes y cumpliré mi buena palabra de hacerlos volver a este lugar.
29:11 Porque yo conozco los planes que tengo para ustedes —declara el SEÑOR—: planes de paz y no de calamidad, para darles un futuro y una esperanza.
29:12 Me invocarán, vendrán y orarán a mí, y yo los escucharé.
29:13 Me buscarán y me encontrarán cuando me busquen de todo corazón.
29:14 Me dejaré encontrar por ustedes —declara el SEÑOR—. Restauraré su bienestar y los reuniré de todas las naciones y de todos los lugares adonde los expulsé —declara el SEÑOR—. Los haré volver al lugar de donde los envié al destierro».
29:15 Ustedes han dicho: «El SEÑOR nos ha levantado profetas en Babilonia».
Advertencia sobre los que quedaron en Jerusalén
29:16 Pero así dice el SEÑOR acerca del rey que se sienta en el trono de David y de todo el pueblo que habita en esta ciudad, sus hermanos que no salieron con ustedes al destierro:
29:17 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Voy a enviar contra ellos la espada, el hambre y la peste. Los haré como higos podridos, tan malos que no se pueden comer.
29:18 Los perseguiré con la espada, el hambre y la peste. Los convertiré en motivo de horror para todos los reinos de la tierra, en maldición, espanto, burla y afrenta entre todas las naciones adonde los he arrojado.
29:19 Porque no escucharon mis palabras —declara el SEÑOR—, las que les envié por medio de mis siervos los profetas, desde temprano y sin cesar; y ustedes no han escuchado —declara el SEÑOR—.
29:20 Pero ustedes, todos los desterrados que envié de Jerusalén a Babilonia, escuchen la palabra del SEÑOR».
La sentencia contra Acab y Sedequías
29:21 Así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel, acerca de Acab, hijo de Colaías, y de Sedequías, hijo de Maasías, que les profetizan mentira en mi nombre: «Voy a entregarlos en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, que los matará ante sus ojos.
29:22 Todos los desterrados de Judá que están en Babilonia usarán sus nombres como maldición: “Que el SEÑOR te haga como a Sedequías y a Acab, a quienes el rey de Babilonia asó en el fuego”.
29:23 Porque cometieron una infamia en Israel, cometieron adulterio con las mujeres de sus prójimos y hablaron en mi nombre palabras falsas que no les ordené. Yo soy el que sabe y soy testigo —declara el SEÑOR—».
Las cartas de Semaías
29:24 A Semaías, el nehelamita, le dirás:
29:25 «Así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel: tú enviaste cartas en tu nombre a todo el pueblo que está en Jerusalén, al sacerdote Sofonías, hijo de Maasías, y a todos los sacerdotes, diciendo:
29:26 “El SEÑOR te ha puesto como sacerdote en lugar del sacerdote Joiada, para que estés a cargo en la casa del SEÑOR de todo loco que profetice, y lo pongas en el cepo y la argolla.
29:27 ¿Por qué, entonces, no has reprendido a Jeremías de Anatot, que les profetiza?
29:28 Porque nos ha enviado a decir a Babilonia: ‘El destierro será largo. Construyan casas y habítenlas; planten huertos y coman de sus frutos’”».
29:29 El sacerdote Sofonías leyó esta carta a oídos del profeta Jeremías.
La respuesta del SEÑOR sobre Semaías
29:30 La palabra del SEÑOR llegó a Jeremías, diciendo:
29:31 «Envía este mensaje a todos los desterrados: “Así dice el SEÑOR acerca de Semaías, el nehelamita: puesto que Semaías les ha profetizado sin que yo lo haya enviado y les ha hecho confiar en una mentira,
29:32 por eso, así dice el SEÑOR: voy a castigar a Semaías, el nehelamita, y a su descendencia. No tendrá a nadie que habite en medio de este pueblo ni verá el bien que voy a hacer a mi pueblo —declara el SEÑOR—, porque ha predicado rebelión contra el SEÑOR”».

Capítulo 30
Dios promete que los cautivos volverán
30:1 Esta es la palabra que llegó a Jeremías de parte del SEÑOR:
30:2 «Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: escribe en un libro todas las palabras que te he hablado.
30:3 Porque vienen días —declara el SEÑOR— en que restauraré el bienestar de mi pueblo Israel y Judá —dice el SEÑOR—. Los haré volver a la tierra que di a sus antepasados y la poseerán».
30:4 Estas son las palabras que el SEÑOR habló acerca de Israel y de Judá:
La angustia de Jacob y su liberación

30:5 Así dice el SEÑOR: «Hemos oído gritos de terror;
   hay espanto y no hay paz.
30:6 Pregunten y vean: ¿acaso un varón da a luz?
   ¿Por qué veo a todos los hombres con las manos en las caderas, como una mujer de parto?
   ¿Por qué todos los rostros se han puesto pálidos?
30:7 ¡Ay, qué grande es aquel día!
   No hay otro como él.
   Es un tiempo de angustia para Jacob, pero será salvado de ella.
30:8 En aquel día —declara el SEÑOR de los ejércitos—, romperé su yugo de tu cuello y arrancaré tus ataduras.
   Los extranjeros no volverán a esclavizarlo,
30:9 sino que servirán al SEÑOR su Dios y a David su rey, a quien levantaré para ellos.

30:10 No temas, Jacob, siervo mío —declara el SEÑOR—;
   no te aterrorices, Israel.
   Voy a salvarte de una tierra lejana y a tu descendencia de la tierra de su cautiverio.
   Jacob volverá, estará tranquilo y seguro, sin que nadie lo atemorice.
30:11 Porque yo estoy contigo para salvarte —declara el SEÑOR—.
   Aunque acabe con todas las naciones entre las que te dispersé, no acabaré contigo.
   Te disciplinaré con justicia, pero de ningún modo te dejaré sin castigo».
La herida de Sion y la curación prometida

30:12 Así dice el SEÑOR: «Tu quebranto es incurable y tu herida es grave.
30:13 No hay quien defienda tu causa;
   para tu herida no hay remedios ni curación.
30:14 Todos tus amantes te han olvidado, no se interesan por ti.
   Porque te he herido como hiere un enemigo, con un castigo cruel, por lo grande de tu culpa y lo numerosos que son tus pecados.
30:15 ¿Por qué gritas por tu quebranto?
   Tu dolor es incurable.
   Por lo grande de tu culpa y lo numerosos que son tus pecados te he hecho estas cosas.
30:16 Pero todos los que te devoran serán devorados;
   todos tus adversarios, todos ellos, irán al cautiverio.
   Los que te despojan serán despojados, y a todos los que te saquean los entregaré al saqueo.
30:17 Porque te devolveré la salud y sanaré tus heridas —declara el SEÑOR—, porque te han llamado la Desechada: “Esta es Sion, de la que nadie se preocupa”».
La comunidad restaurada ante el SEÑOR

30:18 Así dice el SEÑOR: «Voy a restaurar el bienestar de las tiendas de Jacob;
   tendré compasión de sus viviendas.
   La ciudad será reconstruida sobre sus ruinas y el palacio se asentará en su lugar.
30:19 De ellos saldrán acciones de gracias y voces de alegría.
   Los multiplicaré y no disminuirán;
   les daré honor y no serán tenidos en poco.
30:20 Sus hijos serán como antes, su congregación quedará establecida ante mí y castigaré a todos sus opresores.
30:21 Su príncipe será uno de ellos y su gobernante saldrá de en medio de ellos.
   Lo haré acercarse y él se acercará a mí;
   porque ¿quién es el que arriesga su vida para acercarse a mí?
   —declara el SEÑOR—.
30:22 Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios».
La tempestad del SEÑOR y sus propósitos

30:23 Miren, la tempestad del SEÑOR ha salido con furor;
   una tempestad devastadora se arremolina sobre la cabeza de los malvados.
30:24 La ardiente ira del SEÑOR no se apartará hasta que haya realizado y cumplido los propósitos de su corazón.
   En los días venideros comprenderán esto.

Capítulo 31
El amor fiel del SEÑOR y el regreso de Israel
31:1 «En aquel tiempo —declara el SEÑOR— seré el Dios de todas las familias de Israel, y ellas serán mi pueblo».

31:2 Así dice el SEÑOR: «El pueblo que sobrevivió a la espada halló gracia en el desierto, cuando yo iba a dar descanso a Israel».
31:3 Desde lejos se me apareció el SEÑOR: «Con amor eterno te he amado;
   por eso te he atraído con amor fiel.
31:4 Volveré a edificarte y serás reedificada, virgen de Israel.
   Volverás a adornarte con tus panderos y saldrás en las danzas de los que se alegran.
31:5 Volverás a plantar viñas en los montes de Samaria;
   los plantadores las plantarán y disfrutarán de sus frutos.
31:6 Porque habrá un día en que los centinelas clamarán en los montes de Efraín: “¡Levántense y subamos a Sion, al SEÑOR nuestro Dios!”».
El SEÑOR reúne y rescata a su pueblo

31:7 Así dice el SEÑOR: «Canten con alegría por Jacob, aclamen a la primera de las naciones.
   Proclamen, alaben y digan: “¡Salva, SEÑOR, a tu pueblo, al resto de Israel!”.
31:8 Voy a traerlos de la tierra del norte y a reunirlos de los confines de la tierra.
   Entre ellos estarán el ciego y el cojo, la embarazada y la mujer de parto, juntos.
   Una gran multitud volverá aquí.
31:9 Vendrán con llanto y entre súplicas los guiaré.
   Los conduciré junto a corrientes de agua, por un camino recto en el que no tropezarán, porque soy un padre para Israel y Efraín es mi primogénito».

31:10 Escuchen la palabra del SEÑOR, naciones;
   anúncienla en las costas lejanas.
   Digan: «El que dispersó a Israel lo reunirá y lo guardará como un pastor a su rebaño».
31:11 Porque el SEÑOR ha rescatado a Jacob y lo ha redimido de manos de uno más fuerte que él.
31:12 «Vendrán y cantarán de alegría en lo alto de Sion;
   estarán radiantes por los bienes del SEÑOR: por el grano, el vino nuevo, el aceite y las crías de las ovejas y las vacas.
   Su vida será como un huerto regado y ya no volverán a languidecer.
31:13 Entonces la virgen se alegrará en la danza, y los jóvenes y los ancianos juntos.
   Convertiré su duelo en gozo, los consolaré y les daré alegría en lugar de tristeza.
31:14 Saciaré con abundancia la vida de los sacerdotes y mi pueblo se llenará de mis bienes —declara el SEÑOR—».
El llanto de Raquel y la esperanza del regreso

31:15 Así dice el SEÑOR: «Se oye una voz en Ramá, lamento y llanto amargo.
   Raquel llora por sus hijos;
   se niega a ser consolada por sus hijos, porque ya no están».

31:16 Así dice el SEÑOR: «Reprime tu voz del llanto y tus ojos de las lágrimas, porque hay recompensa para tu trabajo —declara el SEÑOR—;
   volverán de la tierra del enemigo.
31:17 Hay esperanza para tu porvenir —declara el SEÑOR—;
   los hijos volverán a su territorio.
El arrepentimiento de Efraín y la compasión del SEÑOR

31:18 He oído claramente a Efraín lamentarse: “Me disciplinaste y fui disciplinado como un novillo sin domar.
   Hazme volver y volveré, porque tú eres el SEÑOR mi Dios.
31:19 Después de volver, me arrepentí;
   después de comprender, me golpeé el muslo.
   Me avergoncé y quedé humillado, porque llevaba la afrenta de mi juventud”.
31:20 ¿No es Efraín un hijo precioso para mí, un niño en quien me deleito?
   Siempre que hablo de él, sigo recordándolo.
   Por eso mis entrañas se conmueven por él;
   ciertamente tendré compasión de él —declara el SEÑOR—.
La invitación del SEÑOR a volver

31:21 Levanta señales, coloca postes indicadores;
   presta atención a la calzada, al camino que recorriste.
   Vuelve, virgen de Israel, vuelve a estas ciudades tuyas.
31:22 ¿Hasta cuándo andarás de un lado a otro, hija infiel?
   Porque el SEÑOR ha creado algo nuevo en la tierra: una mujer rodeará a un hombre».
La restauración de Judá y el descanso del pueblo
31:23 Así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel: «Cuando restaure su bienestar, volverán a decir en la tierra de Judá y en sus ciudades: “¡El SEÑOR te bendiga, morada de justicia, monte santo!”.
31:24 En ella habitarán juntos Judá y todas sus ciudades, los agricultores y los que van con los rebaños.
31:25 Porque daré descanso al alma cansada y saciaré a toda alma desfallecida».
31:26 En esto me desperté y miré; mi sueño me había resultado agradable.
El nuevo pacto
31:27 «Vienen días —declara el SEÑOR— en que sembraré la casa de Israel y la casa de Judá de simiente humana y de simiente animal.
31:28 Así como velé sobre ellos para arrancar, derribar, demoler, destruir y traer calamidad, así velaré sobre ellos para edificar y plantar —declara el SEÑOR—.
31:29 En aquellos días ya no dirán: “Los padres comieron uvas agrias y los dientes de los hijos tienen dentera”.
31:30 Cada uno morirá por su propia culpa; al que coma uvas agrias se le destemplarán sus propios dientes.
31:31 Vienen días —declara el SEÑOR— en que haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá.
31:32 No será como el pacto que hice con sus antepasados el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto, mi pacto que ellos quebrantaron aunque yo era su esposo —declara el SEÑOR—.
31:33 Este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días —declara el SEÑOR—: pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.
31:34 Ya no enseñará cada uno a su prójimo ni cada uno a su hermano, diciendo: “Conozcan al SEÑOR”, porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor —declara el SEÑOR—. Perdonaré su culpa y no volveré a recordar su pecado».
La fidelidad del SEÑOR a Israel

31:35 Así dice el SEÑOR, el que da el sol para alumbrar el día, las leyes de la luna y de las estrellas para alumbrar la noche, el que agita el mar y hace bramar sus olas;
   el SEÑOR de los ejércitos es su nombre:
31:36 «Si estas leyes se apartan de mi presencia —declara el SEÑOR—, también la descendencia de Israel dejará de ser nación ante mí para siempre».

31:37 Así dice el SEÑOR: «Si se pueden medir los cielos arriba y explorar los cimientos de la tierra abajo, también yo rechazaré a toda la descendencia de Israel por todo lo que hicieron —declara el SEÑOR—.
Jerusalén será reconstruida para el SEÑOR
31:38 Vienen días —declara el SEÑOR— en que la ciudad será reconstruida para el SEÑOR, desde la torre de Hananeel hasta la puerta del Ángulo.
31:39 El cordel de medir se extenderá más allá, hasta la colina de Gareb, y girará hacia Goa.
31:40 Todo el valle de los cadáveres y de las cenizas, y todos los campos hasta el torrente Cedrón, hasta la esquina de la puerta de los Caballos, hacia el este, serán santos para el SEÑOR. La ciudad no volverá a ser arrancada ni derribada jamás».

Capítulo 32
Jeremías compra la heredad de Hanameel
32:1 La palabra del SEÑOR llegó a Jeremías en el décimo año de Sedequías, rey de Judá, que era el año dieciocho de Nabucodonosor.
32:2 En aquel tiempo, el ejército del rey de Babilonia sitiaba Jerusalén, y el profeta Jeremías estaba encerrado en el patio de la guardia del palacio del rey de Judá.
32:3 Sedequías, rey de Judá, lo había encerrado y le había dicho: «¿Por qué profetizas diciendo: “Así dice el SEÑOR: ‘Voy a entregar esta ciudad en manos del rey de Babilonia, y él la conquistará;
32:4 Sedequías, rey de Judá, no escapará de las manos de los caldeos, sino que será entregado sin falta en manos del rey de Babilonia; hablará con él cara a cara y sus ojos verán los ojos de él.
32:5 Lo llevará a Babilonia, y allí permanecerá hasta que yo me ocupe de él —declara el SEÑOR—. Aunque ustedes luchen contra los caldeos, no tendrán éxito’”?».
32:6 Jeremías dijo: «La palabra del SEÑOR me llegó en estos términos:
32:7 “Mira, Hanameel, hijo de tu tío Salum, viene a decirte: ‘Cómprate el campo que tengo en Anatot, porque te corresponde el derecho de rescate para comprarlo’”.
32:8 Y Hanameel, hijo de mi tío, vino a verme al patio de la guardia, tal como había dicho el SEÑOR, y me dijo: “Por favor, compra el campo que tengo en Anatot, en la tierra de Benjamín, porque tienes el derecho de posesión y te corresponde el rescate. Cómpralo para ti”. Entonces supe que era palabra del SEÑOR.
32:9 Así que compré a Hanameel, hijo de mi tío, el campo de Anatot, y le pesé la plata: aproximadamente 194 gramos.
32:10 Escribí la escritura y la sellé, llamé a testigos y pesé la plata en una balanza.
32:11 Después tomé la escritura de compra, tanto la sellada, con sus términos y condiciones, como la abierta,
32:12 y entregué la escritura de compra a Baruc, hijo de Nerías, hijo de Maasías, en presencia de Hanameel, mi tío, de los testigos que habían firmado la escritura de compra y de todos los judíos que estaban sentados en el patio de la guardia.
32:13 En presencia de ellos, le ordené a Baruc:
32:14 “Así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: Toma estas escrituras, esta escritura de compra sellada y esta escritura abierta, y colócalas en una vasija de barro para que se conserven mucho tiempo.
32:15 Porque así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: En esta tierra volverán a comprarse casas, campos y viñas”.
La oración de Jeremías después de la compra
32:16 Después de entregar la escritura de compra a Baruc, hijo de Nerías, oré al SEÑOR:
32:17 “¡Ah, Señor DIOS! Tú hiciste los cielos y la tierra con tu gran poder y tu brazo extendido. Nada es demasiado difícil para ti.
32:18 Muestras amor fiel a miles y haces recaer la culpa de los padres sobre sus hijos después de ellos. ¡Dios grande y poderoso, cuyo nombre es el SEÑOR de los ejércitos!
32:19 Eres grande en consejo y poderoso en obras; tus ojos están abiertos a todos los caminos de los seres humanos para dar a cada uno según su conducta y el fruto de sus acciones.
32:20 Hiciste señales y prodigios en la tierra de Egipto, y hasta el día de hoy en Israel y entre los seres humanos; así te has hecho un nombre, como se ve hoy.
32:21 Sacaste a tu pueblo Israel de la tierra de Egipto con señales y prodigios, con mano fuerte, brazo extendido y gran terror.
32:22 Les diste esta tierra, que habías jurado dar a sus padres, una tierra que fluye leche y miel.
32:23 Entraron y tomaron posesión de ella, pero no obedecieron tu voz ni siguieron tu ley. No hicieron nada de lo que les mandaste hacer; por eso hiciste que les sobreviniera toda esta calamidad.
32:24 Mira, las rampas de asedio han llegado hasta la ciudad para conquistarla, y la ciudad está siendo entregada en manos de los caldeos que la atacan, a causa de la espada, el hambre y la peste. Lo que dijiste ha sucedido, y tú mismo lo ves.
32:25 Sin embargo, Señor DIOS, tú me has dicho: ‘Cómprate el campo por plata y llama a testigos’, aunque la ciudad está siendo entregada en manos de los caldeos”».
La respuesta del SEÑOR a Jeremías
32:26 La palabra del SEÑOR llegó a Jeremías en estos términos:
32:27 «Yo soy el SEÑOR, el Dios de toda carne. ¿Hay algo demasiado difícil para mí?
32:28 Por eso, así dice el SEÑOR: Voy a entregar esta ciudad en manos de los caldeos y en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y él la conquistará.
32:29 Los caldeos que atacan esta ciudad entrarán, le prenderán fuego y la quemarán, junto con las casas en cuyas azoteas quemaron incienso a Baal y derramaron ofrendas líquidas a otros dioses para provocarme a ira.
32:30 Porque los hijos de Israel y los hijos de Judá solo han hecho lo malo ante mis ojos desde su juventud; los hijos de Israel solo han conseguido provocarme a ira con la obra de sus manos —declara el SEÑOR—.
32:31 Esta ciudad ha provocado mi ira y mi furor desde el día en que la construyeron hasta hoy, de modo que la quitaré de mi presencia
32:32 por toda la maldad que los hijos de Israel y los hijos de Judá han cometido para provocarme a ira: ellos, sus reyes, sus jefes, sus sacerdotes, sus profetas, los hombres de Judá y los habitantes de Jerusalén.
32:33 Me dieron la espalda y no el rostro. Aunque les enseñaba una y otra vez, no escuchaban para aceptar la corrección.
32:34 Colocaron sus ídolos abominables en la casa sobre la que se invoca mi nombre y la profanaron.
32:35 Construyeron los lugares altos de Baal en el valle del hijo de Hinom para entregar a sus hijos y a sus hijas a Moloc. Yo no les ordené semejante cosa, ni me pasó por la mente que cometieran esta abominación e hicieran pecar a Judá.
El SEÑOR promete reunir y renovar a su pueblo
32:36 Ahora, pues, así dice el SEÑOR, el Dios de Israel, acerca de esta ciudad de la que ustedes dicen: “Será entregada en manos del rey de Babilonia por la espada, el hambre y la peste”:
32:37 Voy a reunirlos de todas las tierras adonde los arrojé con mi ira, mi furor y mi gran indignación. Los haré volver a este lugar y los haré vivir seguros.
32:38 Ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios.
32:39 Les daré un solo corazón y un solo camino, para que me teman siempre, para bien de ellos y de sus hijos después de ellos.
32:40 Haré con ellos un pacto eterno: no me apartaré de ellos para dejar de hacerles bien. Pondré mi temor en su corazón para que no se aparten de mí.
32:41 Me alegraré en ellos haciéndoles bien, y los plantaré fielmente en esta tierra, con todo mi corazón y con toda mi alma.
Volverán a comprarse campos en Judá
32:42 Porque así dice el SEÑOR: Tal como he traído sobre este pueblo toda esta gran calamidad, así traeré sobre ellos todo el bien que les estoy prometiendo.
32:43 Se comprarán campos en esta tierra de la que ustedes dicen: “Es una desolación, sin seres humanos ni animales, entregada en manos de los caldeos”.
32:44 Comprarán campos por plata, escribirán y sellarán escrituras y llamarán a testigos en la tierra de Benjamín, en los alrededores de Jerusalén, en las ciudades de Judá, en las ciudades de la región montañosa, en las de la Sefela y en las del Neguev; porque restauraré su bienestar —declara el SEÑOR—».

Capítulo 33
Restauración de la prosperidad de Jerusalén
33:1 La palabra del SEÑOR vino por segunda vez a Jeremías, mientras seguía recluido en el patio de la guardia:
33:2 «Así dice el SEÑOR, que hizo la tierra; el SEÑOR, que la formó para establecerla; el SEÑOR es su nombre:
33:3 Clama a mí y te responderé; te enseñaré cosas grandes y ocultas que no conoces.
33:4 Porque así dice el SEÑOR, Dios de Israel, acerca de las casas de esta ciudad y de las casas de los reyes de Judá, derribadas para hacer defensas contra las rampas de asalto y la espada:
33:5 Vienen a luchar contra los caldeos, pero acabarán llenando las casas con los cadáveres de los hombres a quienes herí en mi ira y mi furor. He escondido mi rostro de esta ciudad a causa de toda su maldad.
Sanidad y perdón para el pueblo restaurado
33:6 Pero yo le traeré salud y sanidad; los sanaré y les daré a conocer abundancia de paz y fidelidad.
33:7 Restauraré el bienestar de Judá y de Israel y los reedificaré como al principio.
33:8 Los limpiaré de toda la maldad con que pecaron contra mí y perdonaré todas las iniquidades con que pecaron contra mí y se rebelaron contra mí.
33:9 Esta ciudad será para mí motivo de alegría, alabanza y gloria ante todas las naciones de la tierra. Oirán todo el bien que yo les hago, y temerán y temblarán por todo el bien y toda la paz que le concederé».
La alegría y la gratitud volverán a Jerusalén
33:10 Así dice el SEÑOR: «En este lugar, del que ustedes dicen: “Está desolado, sin personas ni animales”, en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén, desiertas, sin personas, sin habitantes ni animales, volverán a oírse
33:11 la voz del gozo y la voz de la alegría, la voz del novio y la voz de la novia, y la voz de quienes dicen: “Den gracias al SEÑOR de los ejércitos, porque el SEÑOR es bueno, porque su amor fiel perdura para siempre”, mientras llevan ofrendas de acción de gracias a la casa del SEÑOR. Porque restauraré el bienestar de esta tierra como al principio —dice el SEÑOR—».
Los rebaños volverán a las ciudades de Judá
33:12 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «En este lugar desolado, sin personas ni animales, y en todas sus ciudades volverá a haber lugares donde los pastores hagan descansar a sus rebaños.
33:13 En las ciudades de la región montañosa, en las de la Sefela, en las del Neguev, en la tierra de Benjamín, en los alrededores de Jerusalén y en las ciudades de Judá, los rebaños volverán a pasar bajo la mano de quien los cuenta —dice el SEÑOR—.
La buena promesa a David y a los sacerdotes
33:14 Vienen días —declara el SEÑOR— en que cumpliré la buena promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá.
33:15 En aquellos días y en aquel tiempo haré brotar para David un retoño justo, que practicará el derecho y la justicia en la tierra.
33:16 En aquellos días Judá será salvada y Jerusalén vivirá segura. Este será el nombre con que la llamarán: “El SEÑOR es nuestra justicia”.
33:17 Porque así dice el SEÑOR: a David nunca le faltará un hombre que se siente en el trono de la casa de Israel.
33:18 Y a los sacerdotes levitas nunca les faltará un hombre que esté delante de mí para ofrecer holocaustos, quemar ofrendas de cereal y presentar sacrificios todos los días».
La firmeza de las promesas del SEÑOR
33:19 La palabra del SEÑOR vino a Jeremías:
33:20 «Así dice el SEÑOR: si ustedes pudieran romper mi pacto con el día y mi pacto con la noche, de manera que el día y la noche dejaran de llegar a su debido tiempo,
33:21 también podría romperse mi pacto con mi siervo David, de manera que no tuviera un hijo que reinara en su trono, y mi pacto con los sacerdotes levitas, mis servidores.
33:22 Así como no se puede contar el ejército del cielo ni medir la arena del mar, así multiplicaré la descendencia de mi siervo David y a los levitas que me sirven».
El SEÑOR confirma su compasión por su pueblo
33:23 La palabra del SEÑOR vino a Jeremías:
33:24 «¿No has visto lo que dice este pueblo? Dicen: “El SEÑOR ha rechazado a las dos familias que había escogido”. Desprecian a mi pueblo y ya no lo consideran una nación».
33:25 Así dice el SEÑOR: «Si no permanece mi pacto con el día y la noche y si no he establecido las leyes del cielo y de la tierra,
33:26 entonces también rechazaré a la descendencia de Jacob y de mi siervo David, dejando de tomar de su linaje gobernantes para la descendencia de Abraham, Isaac y Jacob. Pero restauraré su bienestar y tendré compasión de ellos».

Capítulo 34
Jeremías amonesta a Sedequías
34:1 La palabra del SEÑOR llegó a Jeremías cuando Nabucodonosor, rey de Babilonia, todo su ejército, todos los reinos de la tierra sometidos a su dominio y todos los pueblos luchaban contra Jerusalén y contra todas sus ciudades:
34:2 Así dice el SEÑOR, el Dios de Israel: «Ve a hablar con Sedequías, rey de Judá, y dile: “Así dice el SEÑOR: Voy a entregar esta ciudad en manos del rey de Babilonia, y él la quemará.
34:3 Tú no escaparás de sus manos; serás capturado sin falta y entregado en su poder. Tus ojos verán los ojos del rey de Babilonia, él hablará contigo cara a cara y tú irás a Babilonia.
34:4 Sin embargo, escucha la palabra del SEÑOR, Sedequías, rey de Judá. Así dice el SEÑOR acerca de ti: No morirás a espada.
34:5 Morirás en paz. Así como quemaron aromas por tus padres, los reyes anteriores que te precedieron, también los quemarán por ti, y se lamentarán por ti diciendo: ‘¡Ay, señor!’. Porque yo he pronunciado esta palabra —declara el SEÑOR—”».
34:6 El profeta Jeremías comunicó todas estas palabras a Sedequías, rey de Judá, en Jerusalén,
34:7 mientras el ejército del rey de Babilonia luchaba contra Jerusalén y contra las ciudades que aún quedaban en Judá, Laquis y Azeca, pues eran las únicas ciudades fortificadas de Judá que quedaban.
Violación del pacto de libertar a los siervos hebreos
34:8 La palabra del SEÑOR llegó a Jeremías después de que el rey Sedequías hizo un pacto con todo el pueblo de Jerusalén para proclamarles libertad:
34:9 cada uno debía dejar libres a su esclavo hebreo y a su esclava hebrea, para que nadie mantuviera en esclavitud a un judío, hermano suyo.
34:10 Todos los jefes y todo el pueblo que habían participado en el pacto aceptaron dejar libres a sus esclavos y esclavas y no mantenerlos más en esclavitud; obedecieron y los dejaron libres.
34:11 Pero después cambiaron de parecer, hicieron volver a los esclavos y esclavas que habían dejado libres y los sometieron de nuevo a esclavitud.
El pacto del éxodo y la libertad quebrantada
34:12 Entonces la palabra del SEÑOR llegó a Jeremías de parte del SEÑOR:
34:13 Así dice el SEÑOR, el Dios de Israel: «Yo hice un pacto con sus padres el día que los saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, y les dije:
34:14 “Al cumplirse siete años, cada uno dejará libre a su hermano hebreo que le haya sido vendido y le haya servido seis años; lo dejarás ir libre de tu servicio”. Pero sus padres no me escucharon ni prestaron atención.
34:15 Ustedes se habían vuelto recientemente y habían hecho lo recto ante mis ojos, proclamando cada uno la libertad de su prójimo; habían hecho un pacto en mi presencia, en la casa sobre la que se invoca mi nombre.
34:16 Pero se volvieron atrás y profanaron mi nombre. Cada uno hizo volver a su esclavo y a su esclava, a quienes habían dejado libres para vivir por su cuenta, y los sometieron para que volvieran a ser sus esclavos y esclavas.
La libertad rechazada y el juicio anunciado
34:17 Por eso, así dice el SEÑOR: Ustedes no me obedecieron proclamando cada uno la libertad de su hermano y de su prójimo. Ahora yo proclamo para ustedes libertad —declara el SEÑOR—: libertad para la espada, la peste y el hambre. Los convertiré en motivo de horror para todos los reinos de la tierra.
34:18 Entregaré a los hombres que quebrantaron mi pacto y no cumplieron las palabras del pacto que hicieron ante mí cuando partieron el becerro en dos y pasaron entre sus mitades:
34:19 los jefes de Judá, los jefes de Jerusalén, los eunucos, los sacerdotes y todo el pueblo de la tierra que pasó entre las mitades del becerro.
34:20 Los entregaré en manos de sus enemigos y de quienes buscan quitarles la vida; sus cadáveres serán alimento para las aves del cielo y los animales de la tierra.
El regreso del ejército babilónico
34:21 También entregaré a Sedequías, rey de Judá, y a sus jefes en manos de sus enemigos y de quienes buscan quitarles la vida, y en manos del ejército del rey de Babilonia, que se ha retirado de ustedes.
34:22 Yo daré la orden —declara el SEÑOR— y los haré volver a esta ciudad. La atacarán, la conquistarán y la quemarán; convertiré las ciudades de Judá en una desolación sin habitantes».

Capítulo 35
Obediencia de los recabitas
35:1 La palabra del SEÑOR llegó a Jeremías en los días de Joacim, hijo de Josías, rey de Judá:
35:2 «Ve a la familia de los recabitas y habla con ellos. Llévalos a la casa del SEÑOR, a una de las habitaciones, y dales vino para beber».
35:3 Entonces tomé a Jaazanías, hijo de Jeremías, hijo de Habasinías, a sus hermanos, a todos sus hijos y a toda la familia de los recabitas,
35:4 y los llevé a la casa del SEÑOR, a la habitación de los hijos de Hanán, hijo de Igdalías, hombre de Dios. Estaba junto a la habitación de los jefes, encima de la habitación de Maasías, hijo de Salum, el guardián del umbral.
35:5 Puse ante los miembros de la familia de los recabitas jarras llenas de vino y copas, y les dije: «Beban vino».
El compromiso recibido de Jonadab
35:6 Pero respondieron: «No beberemos vino, porque Jonadab, hijo de Recab, nuestro antepasado, nos ordenó: “Jamás beberán vino, ni ustedes ni sus hijos.
35:7 No construirán casas, no sembrarán semillas ni plantarán viñas, ni las poseerán; vivirán en tiendas todos sus días, para que vivan mucho tiempo en la tierra donde residen como extranjeros”.
35:8 Hemos obedecido a Jonadab, hijo de Recab, nuestro antepasado, en todo lo que nos mandó: no hemos bebido vino en toda nuestra vida, ni nosotros, ni nuestras esposas, ni nuestros hijos, ni nuestras hijas;
35:9 no hemos construido casas para vivir, ni hemos tenido viñas, campos o sembrados.
35:10 Hemos vivido en tiendas y hemos obedecido y hecho todo lo que nos ordenó Jonadab, nuestro antepasado.
La guerra los llevó a refugiarse en Jerusalén
35:11 Pero cuando Nabucodonosor, rey de Babilonia, subió contra esta tierra, dijimos: “Vengan, entremos en Jerusalén para escapar del ejército de los caldeos y del ejército de Aram”. Por eso vivimos en Jerusalén».
La lección de los recabitas para Judá
35:12 La palabra del SEÑOR llegó a Jeremías en estos términos:
35:13 Así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: «Ve a decirles a los hombres de Judá y a los habitantes de Jerusalén: “¿No aceptarán la corrección para obedecer mis palabras? —declara el SEÑOR—.
35:14 Se han cumplido las palabras de Jonadab, hijo de Recab, que ordenó a sus hijos que no bebieran vino. No lo han bebido hasta el día de hoy, porque obedecen la orden de su padre. Yo, en cambio, les he hablado a ustedes una y otra vez, pero no me han escuchado.
35:15 Les envié a todos mis siervos los profetas, enviándolos una y otra vez, para decirles: ‘Vuélvase cada uno de su mal camino, mejoren su conducta y no sigan a otros dioses para servirles; así habitarán en la tierra que les di a ustedes y a sus padres’. Pero no prestaron atención ni me escucharon.
35:16 Los hijos de Jonadab, hijo de Recab, han cumplido la orden que les dio su padre, pero este pueblo no me ha obedecido”.
El juicio anunciado contra la desobediencia de Judá
35:17 Por eso, así dice el SEÑOR, el Dios de los ejércitos, el Dios de Israel: “Voy a traer sobre Judá y sobre todos los habitantes de Jerusalén toda la calamidad que he anunciado contra ellos, porque les hablé y no escucharon; los llamé y no respondieron”».
La promesa del SEÑOR para los recabitas
35:18 Y Jeremías dijo a la familia de los recabitas: «Así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: Ustedes han obedecido la orden de Jonadab, su antepasado, han guardado todos sus mandatos y han hecho todo lo que les ordenó.
35:19 Por eso, así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: A Jonadab, hijo de Recab, nunca le faltará un hombre que esté en mi presencia».

Capítulo 36
El rey quema el rollo
36:1 En el cuarto año de Joacim, hijo de Josías, rey de Judá, llegó a Jeremías esta palabra de parte del SEÑOR:
36:2 «Toma un rollo y escribe en él todas las palabras que te he comunicado acerca de Israel, de Judá y de todas las naciones, desde el día en que comencé a hablarte, en los días de Josías, hasta hoy.
36:3 Tal vez la casa de Judá oiga toda la calamidad que pienso traer sobre ellos y cada uno se vuelva de su mal camino. Entonces perdonaré su culpa y su pecado».
36:4 Jeremías llamó a Baruc, hijo de Nerías, y Baruc escribió en un rollo, al dictado de Jeremías, todas las palabras que el SEÑOR le había comunicado.
36:5 Después Jeremías le ordenó a Baruc: «Estoy impedido y no puedo entrar en la casa del SEÑOR.
36:6 Ve tú y, en un día de ayuno, lee en la casa del SEÑOR las palabras del SEÑOR que escribiste en el rollo al dictado mío, para que las oiga el pueblo. Léelas también para que las oigan todos los de Judá que vengan de sus ciudades.
36:7 Tal vez presenten su súplica ante el SEÑOR y cada uno se vuelva de su mal camino, porque grande es la ira y el furor que el SEÑOR ha anunciado contra este pueblo».
36:8 Baruc, hijo de Nerías, hizo todo lo que le había ordenado el profeta Jeremías y leyó en el rollo las palabras del SEÑOR en la casa del SEÑOR.
El rollo es leído durante el ayuno
36:9 En el quinto año de Joacim, hijo de Josías, rey de Judá, en el mes noveno, todo el pueblo de Jerusalén y todos los que habían venido de las ciudades de Judá a Jerusalén proclamaron un ayuno delante del SEÑOR.
36:10 Baruc leyó en el rollo las palabras de Jeremías en la casa del SEÑOR, para que las oyera todo el pueblo, desde la habitación de Gemarías, hijo del escriba Safán, en el patio superior, a la entrada de la puerta Nueva de la casa del SEÑOR.
36:11 Micaías, hijo de Gemarías, hijo de Safán, oyó todas las palabras del SEÑOR que se leían del rollo.
Los jefes escuchan el informe y piden el rollo
36:12 Entonces bajó al palacio del rey, a la habitación del escriba. Allí estaban sentados todos los jefes: el escriba Elisama, Delaía, hijo de Semaías, Elnatán, hijo de Acbor, Gemarías, hijo de Safán, Sedequías, hijo de Ananías, y todos los demás jefes.
36:13 Micaías les contó todas las palabras que había oído cuando Baruc leyó el rollo para que lo escuchara el pueblo.
36:14 Todos los jefes enviaron a Jehudí, hijo de Netanías, hijo de Selemías, hijo de Cusi, a decirle a Baruc: «Toma en tu mano el rollo que leíste ante el pueblo y ven». Baruc, hijo de Nerías, tomó el rollo en su mano y fue a verlos.
36:15 Le dijeron: «Siéntate, por favor, y léenoslo». Y Baruc se lo leyó.
36:16 Al oír todas aquellas palabras, se miraron unos a otros atemorizados y le dijeron a Baruc: «Sin falta comunicaremos al rey todas estas palabras».
36:17 También le preguntaron a Baruc: «Dinos, por favor, cómo escribiste todas estas palabras al dictado suyo».
36:18 Baruc les respondió: «Él me dictaba todas estas palabras, y yo las escribía con tinta en el rollo».
36:19 Entonces los jefes le dijeron a Baruc: «Ve a esconderte, tú y Jeremías, y que nadie sepa dónde están».
36:20 Dejaron el rollo en la habitación del escriba Elisama y entraron al patio donde estaba el rey; allí le comunicaron todas aquellas palabras.
La lectura del rollo ante Joacim
36:21 El rey envió a Jehudí a buscar el rollo. Este lo tomó de la habitación del escriba Elisama y lo leyó ante el rey y todos los jefes que estaban junto a él.
36:22 El rey estaba sentado en la casa de invierno, en el mes noveno, con un brasero encendido delante de él.
36:23 Cada vez que Jehudí leía tres o cuatro columnas, el rey las cortaba con el cuchillo del escriba y las arrojaba al fuego del brasero, hasta que todo el rollo se consumió en el fuego del brasero.
36:24 Ni el rey ni ninguno de sus servidores que oyeron todas estas palabras tuvieron miedo ni rasgaron sus vestiduras.
36:25 Aunque Elnatán, Delaía y Gemarías suplicaron al rey que no quemara el rollo, él no los escuchó.
36:26 El rey ordenó a Jerameel, hijo del rey, a Seraías, hijo de Azriel, y a Selemías, hijo de Abdeel, que detuvieran al escriba Baruc y al profeta Jeremías. Pero el SEÑOR los escondió.
El SEÑOR ordena escribir de nuevo sus palabras
36:27 Después de que el rey quemó el rollo con las palabras que Baruc había escrito al dictado de Jeremías, la palabra del SEÑOR llegó a Jeremías:
36:28 «Vuelve a tomar otro rollo y escribe en él todas las palabras anteriores que estaban en el primer rollo, el que quemó Joacim, rey de Judá.
36:29 Y acerca de Joacim, rey de Judá, dirás: “Así dice el SEÑOR: Tú quemaste este rollo diciendo: ‘¿Por qué escribiste en él que el rey de Babilonia vendrá sin falta, destruirá esta tierra y hará desaparecer de ella a los seres humanos y a los animales?’.
La sentencia sobre Joacim y su casa
36:30 Por eso, así dice el SEÑOR acerca de Joacim, rey de Judá: No tendrá quien se siente en el trono de David; su cadáver quedará arrojado al calor del día y a la helada de la noche.
36:31 Castigaré su culpa en él, en su descendencia y en sus servidores. Traeré sobre ellos, sobre los habitantes de Jerusalén y sobre los hombres de Judá toda la calamidad que les anuncié, porque no escucharon”».
36:32 Jeremías tomó otro rollo y se lo dio al escriba Baruc, hijo de Nerías. Este escribió en él, al dictado de Jeremías, todas las palabras del rollo que Joacim, rey de Judá, había quemado en el fuego; además se añadieron muchas otras palabras semejantes.

Capítulo 37
Encarcelamiento de Jeremías
37:1 Sedequías, hijo de Josías, reinó en lugar de Conías, hijo de Joacim. Nabucodonosor, rey de Babilonia, lo había hecho rey en la tierra de Judá.
37:2 Pero ni él, ni sus servidores, ni el pueblo de la tierra obedecieron las palabras que el SEÑOR había comunicado por medio del profeta Jeremías.
37:3 El rey Sedequías envió a Jucal, hijo de Selemías, y al sacerdote Sofonías, hijo de Maasías, a decirle al profeta Jeremías: «Por favor, ora por nosotros al SEÑOR, nuestro Dios».
37:4 Jeremías todavía entraba y salía entre el pueblo, pues aún no lo habían puesto en la cárcel.
37:5 El ejército del faraón había salido de Egipto. Cuando los caldeos que sitiaban Jerusalén oyeron la noticia, se retiraron de Jerusalén.
37:6 Entonces la palabra del SEÑOR llegó al profeta Jeremías:
La retirada de los caldeos será temporal
37:7 Así dice el SEÑOR, el Dios de Israel: «Díganle al rey de Judá, que los envió a consultarme: “El ejército del faraón, que salió para ayudarlos, regresará a su tierra, a Egipto.
37:8 Los caldeos volverán, atacarán esta ciudad, la conquistarán y la quemarán”.
37:9 Así dice el SEÑOR: No se engañen a ustedes mismos diciendo: “Los caldeos se alejarán de nosotros para siempre”, porque no se alejarán.
37:10 Aunque ustedes derrotaran a todo el ejército de los caldeos que lucha contra ustedes y solo quedaran entre ellos hombres heridos, cada uno se levantaría en su tienda y quemarían esta ciudad».
La detención de Jeremías en la puerta de Benjamín
37:11 Cuando el ejército de los caldeos se retiró de Jerusalén a causa del ejército del faraón,
37:12 Jeremías salió de Jerusalén para ir a la tierra de Benjamín y recibir allí su parte entre el pueblo.
37:13 Al llegar a la puerta de Benjamín, había allí un capitán de la guardia llamado Irías, hijo de Selemías, hijo de Hananías. Detuvo al profeta Jeremías diciendo: «¡Tú te pasas a los caldeos!».
37:14 Jeremías respondió: «¡Es falso! No me paso a los caldeos». Pero Irías no lo escuchó; detuvo a Jeremías y lo llevó ante los jefes.
37:15 Los jefes se enfurecieron contra Jeremías, lo golpearon y lo encarcelaron en la casa del escriba Jonatán, pues la habían convertido en prisión.
37:16 Así Jeremías entró en el calabozo y en las celdas, y permaneció allí muchos días.
La consulta secreta de Sedequías
37:17 El rey Sedequías mandó sacarlo y, en secreto, le preguntó en su palacio: «¿Hay alguna palabra de parte del SEÑOR?». Jeremías respondió: «Sí, la hay». Y añadió: «Serás entregado en manos del rey de Babilonia».
37:18 Jeremías también le dijo al rey Sedequías: «¿En qué he pecado contra ti, contra tus servidores o contra este pueblo para que me hayan puesto en la cárcel?
37:19 ¿Dónde están sus profetas, que les profetizaban diciendo: “El rey de Babilonia no vendrá contra ustedes ni contra esta tierra”?
37:20 Ahora, mi señor el rey, escucha, por favor; acepta mi súplica y no me hagas volver a la casa del escriba Jonatán, para que no muera allí».
37:21 Entonces el rey Sedequías ordenó que custodiaran a Jeremías en el patio de la guardia y que le dieran cada día un pan de la calle de los Panaderos, hasta que se acabara todo el pan de la ciudad. Y Jeremías permaneció en el patio de la guardia.

Capítulo 38
Jeremías en la cisterna
38:1 Sefatías, hijo de Matán, Gedalías, hijo de Pasur, Jucal, hijo de Selemías, y Pasur, hijo de Malquías, oyeron las palabras que Jeremías decía a todo el pueblo:
38:2 «Así dice el SEÑOR: Quien permanezca en esta ciudad morirá por la espada, el hambre o la peste; pero quien salga a entregarse a los caldeos vivirá. Tendrá su vida como botín y seguirá viviendo.
38:3 Así dice el SEÑOR: Esta ciudad será entregada sin falta en manos del ejército del rey de Babilonia, y él la conquistará».
38:4 Entonces los jefes le dijeron al rey: «Que se dé muerte a este hombre, porque con esas palabras desanima a los hombres de guerra que quedan en esta ciudad y a todo el pueblo. Este hombre no busca el bienestar de este pueblo, sino su desgracia».
38:5 El rey Sedequías respondió: «Está en sus manos, porque el rey no puede hacer nada contra ustedes».
38:6 Tomaron a Jeremías y lo echaron en la cisterna de Malquías, hijo del rey, que estaba en el patio de la guardia. Bajaron a Jeremías con cuerdas. En la cisterna no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo.
Ebed-melec interviene por Jeremías
38:7 Ebed-melec el cusita, un eunuco que estaba en el palacio del rey, oyó que habían echado a Jeremías en la cisterna. El rey estaba sentado en la puerta de Benjamín.
38:8 Ebed-melec salió del palacio y le dijo al rey:
38:9 «Mi señor el rey, estos hombres han obrado mal en todo lo que han hecho al profeta Jeremías, al echarlo en la cisterna. Allí morirá de hambre, porque ya no hay pan en la ciudad».
38:10 Entonces el rey le ordenó a Ebed-melec el cusita: «Toma bajo tu mando treinta hombres de aquí y saca al profeta Jeremías de la cisterna antes de que muera».
38:11 Ebed-melec tomó a los hombres bajo su mando y entró en el palacio, al lugar que estaba debajo de la tesorería. Tomó de allí trapos viejos y ropas gastadas y los bajó con cuerdas a Jeremías, a la cisterna.
38:12 Ebed-melec el cusita le dijo a Jeremías: «Ponte estos trapos viejos y ropas gastadas bajo las axilas, debajo de las cuerdas». Jeremías lo hizo así.
38:13 Tiraron de Jeremías con las cuerdas y lo sacaron de la cisterna. Y Jeremías permaneció en el patio de la guardia.
Sedequías consulta secretamente a Jeremías
38:14 El rey Sedequías mandó traer al profeta Jeremías a su presencia, a la tercera entrada de la casa del SEÑOR. El rey le dijo a Jeremías: «Voy a preguntarte una cosa; no me ocultes nada».
38:15 Jeremías le respondió a Sedequías: «Si te lo digo, ¿no me harás matar sin falta? Y si te doy un consejo, no me escucharás».
38:16 El rey Sedequías le juró en secreto a Jeremías: «¡Vive el SEÑOR, que nos dio esta vida, que no te mataré ni te entregaré en manos de estos hombres que buscan quitarte la vida!».
La condición ofrecida a Sedequías
38:17 Entonces Jeremías le dijo a Sedequías: «Así dice el SEÑOR, el Dios de los ejércitos, el Dios de Israel: Si de veras sales a entregarte a los jefes del rey de Babilonia, conservarás la vida, esta ciudad no será quemada, y vivirán tú y tu familia.
38:18 Pero si no sales a entregarte a los jefes del rey de Babilonia, esta ciudad será entregada en manos de los caldeos y la quemarán; tú tampoco escaparás de sus manos».
38:19 El rey Sedequías le dijo a Jeremías: «Tengo miedo de los judíos que se han pasado a los caldeos, no sea que me entreguen en sus manos y me maltraten».
38:20 Jeremías respondió: «No te entregarán. Por favor, obedece la voz del SEÑOR en lo que te estoy diciendo; te irá bien y conservarás la vida.
38:21 Pero si te niegas a salir a entregarte, esto es lo que el SEÑOR me ha mostrado:
38:22 Todas las mujeres que quedan en el palacio del rey de Judá serán llevadas ante los jefes del rey de Babilonia, y ellas dirán: “Tus amigos de confianza te engañaron y te dominaron; cuando tus pies se hundieron en el lodo, ellos retrocedieron”.
38:23 Llevarán a todas tus esposas y a tus hijos ante los caldeos. Tú no escaparás de sus manos, sino que serás capturado por el rey de Babilonia, y harás que esta ciudad arda en el fuego».
La conversación queda reservada
38:24 Sedequías le dijo a Jeremías: «Que nadie se entere de estas palabras, y no morirás.
38:25 Si los jefes oyen que he hablado contigo, vienen a verte y te dicen: “Dinos, por favor, qué le dijiste al rey y qué te dijo el rey. No nos ocultes nada y no te mataremos”,
38:26 les responderás: “Presentaba mi súplica ante el rey para que no me hiciera volver a la casa de Jonatán a morir allí”».
38:27 Todos los jefes fueron a interrogar a Jeremías, y él les respondió conforme a todo lo que le había ordenado el rey. Entonces dejaron de interrogarlo, porque nadie había oído la conversación.
38:28 Jeremías permaneció en el patio de la guardia hasta el día en que Jerusalén fue conquistada. Esto fue lo que sucedió cuando Jerusalén fue conquistada:

Capítulo 39
Caída de Jerusalén
Textos relacionados: 2 Reyes 24:20–25:21; 2 Crónicas 36:17–21; Jeremías 52:3–30
39:1 En el noveno año de Sedequías, rey de Judá, en el mes décimo, Nabucodonosor, rey de Babilonia, llegó con todo su ejército contra Jerusalén y la sitiaron.
39:2 En el año once de Sedequías, el día nueve del mes cuarto, se abrió una brecha en la ciudad.
39:3 Todos los jefes del rey de Babilonia entraron y se sentaron en la puerta Central: Nergal-sarezer, Samgar-nebo, Sarsequim el Rabsaris, Nergal-sarezer el Rabmag y todos los demás jefes del rey de Babilonia.
La captura y el castigo de Sedequías
39:4 Cuando los vieron Sedequías, rey de Judá, y todos los hombres de guerra, huyeron. Salieron de noche de la ciudad por el camino del jardín del rey, por la puerta entre las dos murallas, y el rey tomó el camino del Arabá.
39:5 El ejército de los caldeos los persiguió y alcanzó a Sedequías en las llanuras de Jericó. Lo capturaron y lo llevaron a Ribla, en la tierra de Hamat, ante Nabucodonosor, rey de Babilonia, quien dictó sentencia contra él.
39:6 El rey de Babilonia degolló a los hijos de Sedequías ante sus ojos en Ribla; el rey de Babilonia también degolló a todos los nobles de Judá.
39:7 Después dejó ciego a Sedequías y lo ató con grilletes de bronce para llevarlo a Babilonia.
Jerusalén devastada y el pueblo desterrado
39:8 Los caldeos quemaron el palacio del rey y las casas del pueblo, y derribaron las murallas de Jerusalén.
39:9 Nabuzaradán, capitán de la guardia, llevó al destierro a Babilonia al resto del pueblo que quedaba en la ciudad, a los desertores que se habían pasado a él y a todos los demás que quedaban del pueblo.
39:10 Pero Nabuzaradán, capitán de la guardia, dejó en la tierra de Judá a algunos de los más pobres del pueblo, que no tenían nada, y aquel día les dio viñas y campos.
Nabucodonosor cuida de Jeremías
39:11 Nabucodonosor, rey de Babilonia, había dado a Nabuzaradán, capitán de la guardia, estas órdenes acerca de Jeremías:
39:12 «Tómalo y cuida de él. No le hagas ningún daño; haz con él lo que él te diga».
39:13 Entonces Nabuzaradán, capitán de la guardia, Nabusazbán el Rabsaris, Nergal-sarezer el Rabmag y todos los altos oficiales del rey de Babilonia dieron órdenes
39:14 y mandaron sacar a Jeremías del patio de la guardia. Lo entregaron a Gedalías, hijo de Ahicam, hijo de Safán, para que lo llevara a casa. Así Jeremías vivió entre el pueblo.
Dios promete librar a Ebed-melec
39:15 Mientras Jeremías estaba detenido en el patio de la guardia, le había llegado la palabra del SEÑOR:
39:16 «Ve a decirle a Ebed-melec el cusita: “Así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: Voy a cumplir mis palabras contra esta ciudad para desgracia y no para bien; aquel día se cumplirán ante tus ojos.
39:17 Pero aquel día yo te libraré —declara el SEÑOR—, y no serás entregado en manos de los hombres a quienes temes.
39:18 Te rescataré sin falta; no caerás a espada, sino que tendrás tu vida como botín, porque confiaste en mí —declara el SEÑOR—”».

Capítulo 40
Jeremías y el remanente con Gedalías
40:1 La palabra del SEÑOR llegó a Jeremías después de que Nabuzaradán, capitán de la guardia, lo dejó libre en Ramá. Lo había tomado cuando estaba atado con cadenas entre todos los desterrados de Jerusalén y de Judá que eran llevados a Babilonia.
40:2 El capitán de la guardia tomó a Jeremías y le dijo: «El SEÑOR, tu Dios, anunció esta calamidad contra este lugar.
40:3 Y el SEÑOR la ha traído y ha hecho lo que había dicho. Como ustedes pecaron contra el SEÑOR y no obedecieron su voz, les ha sucedido esto.
40:4 Ahora te libero hoy de las cadenas que tienes en las manos. Si te parece bien venir conmigo a Babilonia, ven, y yo cuidaré de ti. Pero si no te parece bien venir conmigo a Babilonia, no vengas. Mira, toda la tierra está delante de ti; ve adonde te parezca bueno y conveniente ir».
40:5 Como Jeremías aún no se volvía, añadió: «Vuelve a Gedalías, hijo de Ahicam, hijo de Safán, a quien el rey de Babilonia ha puesto al frente de las ciudades de Judá, y vive con él entre el pueblo. O ve adonde te parezca conveniente ir». El capitán de la guardia le dio provisiones y un regalo, y lo dejó marchar.
40:6 Jeremías fue a Gedalías, hijo de Ahicam, en Mizpa, y vivió con él entre el pueblo que había quedado en la tierra.
La reorganización del pueblo en Judá
40:7 Todos los jefes de las tropas que estaban en el campo, ellos y sus hombres, oyeron que el rey de Babilonia había puesto a Gedalías, hijo de Ahicam, al frente de la tierra y le había encomendado a los hombres, las mujeres, los niños y los pobres de la tierra que no habían sido deportados a Babilonia.
40:8 Fueron a ver a Gedalías en Mizpa: Ismael, hijo de Netanías, Johanán y Jonatán, hijos de Carea, Seraías, hijo de Tanhumet, los hijos de Efai el netofatita y Jezanías, hijo del maacateo; ellos y sus hombres.
40:9 Gedalías, hijo de Ahicam, hijo de Safán, les juró a ellos y a sus hombres: «No tengan miedo de servir a los caldeos. Quédense en la tierra, sirvan al rey de Babilonia y les irá bien.
40:10 Yo me quedaré en Mizpa para presentarme ante los caldeos que vengan a nosotros. Ustedes recojan vino, frutos de verano y aceite, guárdenlos en sus vasijas y vivan en las ciudades que han ocupado».
El regreso de los refugiados
40:11 También todos los judíos que estaban en Moab, entre los amonitas, en Edom y en todos los demás países oyeron que el rey de Babilonia había dejado un remanente en Judá y había puesto sobre ellos a Gedalías, hijo de Ahicam, hijo de Safán.
40:12 Todos esos judíos regresaron de los lugares adonde habían sido dispersados y vinieron a la tierra de Judá, a Gedalías en Mizpa. Recogieron vino y frutos de verano en gran abundancia.
Conspiración de Ismael contra Gedalías
40:13 Johanán, hijo de Carea, y todos los jefes de las tropas que estaban en el campo fueron a Gedalías en Mizpa
40:14 y le dijeron: «¿Sabes que Baalis, rey de los amonitas, ha enviado a Ismael, hijo de Netanías, para quitarte la vida?». Pero Gedalías, hijo de Ahicam, no les creyó.
40:15 Entonces Johanán, hijo de Carea, le dijo en secreto a Gedalías en Mizpa: «Déjame ir a matar a Ismael, hijo de Netanías, y nadie lo sabrá. ¿Por qué habría de quitarte la vida, haciendo que se dispersen todos los judíos reunidos contigo y perezca el remanente de Judá?».
40:16 Pero Gedalías, hijo de Ahicam, le respondió a Johanán, hijo de Carea: «No hagas eso, porque es falso lo que dices acerca de Ismael».

Capítulo 41
El asesinato de Gedalías
41:1 En el mes séptimo, Ismael, hijo de Netanías, hijo de Elisama, de linaje real y uno de los altos oficiales del rey, fue con diez hombres a ver a Gedalías, hijo de Ahicam, en Mizpa. Allí, en Mizpa, comieron juntos.
41:2 Ismael, hijo de Netanías, y los diez hombres que lo acompañaban se levantaron e hirieron a espada a Gedalías, hijo de Ahicam, hijo de Safán. Así mataron al que el rey de Babilonia había puesto al frente de la tierra.
41:3 Ismael también mató a todos los judíos que estaban con Gedalías en Mizpa y a los soldados caldeos que se encontraban allí.
La matanza de los peregrinos
41:4 Al día siguiente del asesinato de Gedalías, cuando todavía nadie lo sabía,
41:5 llegaron ochenta hombres de Siquem, Silo y Samaria, con las barbas afeitadas, las ropas rasgadas y el cuerpo cubierto de cortaduras. Traían en sus manos ofrendas de cereal e incienso para llevarlos a la casa del SEÑOR.
41:6 Ismael, hijo de Netanías, salió de Mizpa a su encuentro y caminaba llorando. Cuando se encontró con ellos, les dijo: «Vengan a ver a Gedalías, hijo de Ahicam».
41:7 Cuando entraron en la ciudad, Ismael, hijo de Netanías, y los hombres que lo acompañaban los degollaron y los echaron en la cisterna.
41:8 Pero había entre ellos diez hombres que le dijeron a Ismael: «No nos mates, porque tenemos escondidas en el campo reservas de trigo, cebada, aceite y miel». Entonces se contuvo y no los mató con sus compañeros.
41:9 La cisterna donde Ismael echó todos los cadáveres de los hombres que había matado a causa de Gedalías era la que el rey Asa había hecho por causa de Baasa, rey de Israel. Ismael, hijo de Netanías, la llenó de muertos.
41:10 Ismael tomó cautivo a todo el resto del pueblo que estaba en Mizpa: las hijas del rey y todo el pueblo que quedaba en Mizpa, al que Nabuzaradán, capitán de la guardia, había puesto al cuidado de Gedalías, hijo de Ahicam. Ismael, hijo de Netanías, los tomó cautivos y partió para pasar al territorio de los amonitas.
El rescate de los cautivos
41:11 Johanán, hijo de Carea, y todos los jefes de las tropas que estaban con él oyeron todo el mal que había hecho Ismael, hijo de Netanías.
41:12 Tomaron a todos sus hombres y fueron a luchar contra Ismael, hijo de Netanías. Lo encontraron junto a las grandes aguas de Gabaón.
41:13 Cuando todo el pueblo que estaba con Ismael vio a Johanán, hijo de Carea, y a todos los jefes de las tropas que lo acompañaban, se alegró.
41:14 Todo el pueblo que Ismael había llevado cautivo de Mizpa dio la vuelta y regresó para unirse a Johanán, hijo de Carea.
41:15 Pero Ismael, hijo de Netanías, escapó de Johanán con ocho hombres y se fue a los amonitas.
Los sobrevivientes toman rumbo a Egipto
41:16 Johanán, hijo de Carea, y todos los jefes de las tropas que estaban con él tomaron a todo el remanente del pueblo que Johanán había recuperado de manos de Ismael, hijo de Netanías. Ismael lo había sacado de Mizpa después de matar a Gedalías, hijo de Ahicam. Eran hombres de guerra, mujeres, niños y eunucos, a los que Johanán había traído de Gabaón.
41:17 Partieron y se quedaron en Gerut-quimam, cerca de Belén, con la intención de entrar en Egipto,
41:18 por causa de los caldeos, a quienes temían, porque Ismael, hijo de Netanías, había matado a Gedalías, hijo de Ahicam, a quien el rey de Babilonia había puesto al frente de la tierra.

Capítulo 42
El pueblo pide dirección a Jeremías
42:1 Se acercaron todos los jefes de las tropas, Johanán, hijo de Carea, Jezanías, hijo de Osaías, y todo el pueblo, desde el menor hasta el mayor,
42:2 y le dijeron al profeta Jeremías: «Acepta, por favor, nuestra súplica y ora por nosotros al SEÑOR, tu Dios, por todo este remanente. De muchos que éramos hemos quedado pocos, como tus propios ojos nos ven.
42:3 Que el SEÑOR, tu Dios, nos indique el camino que debemos seguir y lo que debemos hacer».
42:4 El profeta Jeremías les respondió: «Los he oído. Voy a orar al SEÑOR, su Dios, como me lo han pedido. Les comunicaré todo lo que el SEÑOR les responda; no les ocultaré ninguna palabra».
42:5 Ellos le dijeron a Jeremías: «Que el SEÑOR sea testigo veraz y fiel contra nosotros si no hacemos todo lo que el SEÑOR, tu Dios, te envíe a decirnos.
42:6 Nos resulte bueno o malo, obedeceremos la voz del SEÑOR, nuestro Dios, a quien te enviamos, para que nos vaya bien al obedecer la voz del SEÑOR, nuestro Dios».
La respuesta de Dios: permanecer en Judá
42:7 Al cabo de diez días, la palabra del SEÑOR llegó a Jeremías.
42:8 Él llamó a Johanán, hijo de Carea, a todos los jefes de las tropas que lo acompañaban y a todo el pueblo, desde el menor hasta el mayor,
42:9 y les dijo: «Así dice el SEÑOR, el Dios de Israel, a quien me enviaron para presentar su súplica ante él:
42:10 “Si de veras se quedan en esta tierra, los edificaré y no los derribaré; los plantaré y no los arrancaré, porque lamento la calamidad que les he causado.
42:11 No teman al rey de Babilonia, a quien tanto temen. No le tengan miedo —declara el SEÑOR—, porque yo estoy con ustedes para salvarlos y librarlos de su poder.
42:12 Les concederé compasión, y él se compadecerá de ustedes y los hará volver a su tierra”.
La advertencia contra el refugio en Egipto
42:13 Pero si ustedes dicen: “No nos quedaremos en esta tierra”, desobedeciendo así la voz del SEÑOR, su Dios,
42:14 y dicen: “No; entraremos en la tierra de Egipto, donde no veremos guerra ni oiremos el sonido de la trompeta, ni nos faltará pan; allí viviremos”,
42:15 entonces escuchen la palabra del SEÑOR, remanente de Judá. Así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: “Si se empeñan en entrar en Egipto y van a residir allí,
42:16 la espada que ustedes temen los alcanzará allí, en la tierra de Egipto; el hambre que tanto les preocupa los seguirá de cerca allí, en Egipto, y allí morirán.
42:17 Todos los hombres que se empeñen en entrar en Egipto para residir allí morirán por la espada, el hambre y la peste. No les quedará sobreviviente ni quien escape de la calamidad que yo traeré sobre ellos”.
42:18 Porque así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: “Como mi ira y mi furor se derramaron sobre los habitantes de Jerusalén, así mi furor se derramará sobre ustedes cuando entren en Egipto. Serán objeto de imprecación, de horror, de maldición y de deshonra, y nunca volverán a ver este lugar”.
Jeremías denuncia la desobediencia
42:19 El SEÑOR les ha dicho, remanente de Judá: “No entren en Egipto”. Sepan bien que hoy se lo he advertido.
42:20 Ustedes se han engañado a sí mismos, pues me enviaron al SEÑOR, su Dios, diciendo: “Ora por nosotros al SEÑOR, nuestro Dios; comunícanos todo lo que el SEÑOR, nuestro Dios, diga, y lo haremos”.
42:21 Hoy se lo he comunicado, pero no han obedecido la voz del SEÑOR, su Dios, ni nada de lo que me ha enviado a decirles.
42:22 Sepan ahora con certeza que morirán por la espada, el hambre y la peste en el lugar adonde desean ir a residir».

Capítulo 43
La emigración a Egipto
43:1 Cuando Jeremías terminó de comunicar a todo el pueblo todas las palabras del SEÑOR, su Dios, todas estas palabras que el SEÑOR, su Dios, lo había enviado a decirles,
43:2 Azarías, hijo de Osaías, Johanán, hijo de Carea, y todos los hombres arrogantes le dijeron a Jeremías: «¡Dices mentiras! El SEÑOR, nuestro Dios, no te ha enviado a decirnos: “No entren en Egipto para residir allí”.
43:3 Es Baruc, hijo de Nerías, quien te incita contra nosotros para entregarnos en manos de los caldeos, para que nos maten o nos destierren a Babilonia».
43:4 Así que Johanán, hijo de Carea, todos los jefes de las tropas y todo el pueblo desobedecieron la voz del SEÑOR, que les mandaba permanecer en la tierra de Judá.
43:5 Johanán, hijo de Carea, y todos los jefes de las tropas tomaron a todo el remanente de Judá que había regresado de todas las naciones adonde había sido dispersado para residir en la tierra de Judá:
43:6 los hombres, las mujeres, los niños, las hijas del rey y todas las personas que Nabuzaradán, capitán de la guardia, había dejado con Gedalías, hijo de Ahicam, hijo de Safán; también al profeta Jeremías y a Baruc, hijo de Nerías.
43:7 Entraron en la tierra de Egipto, porque no obedecieron la voz del SEÑOR, y llegaron hasta Tafnes.
La señal de las piedras en Tafnes
43:8 En Tafnes, la palabra del SEÑOR llegó a Jeremías:
43:9 «Toma en tus manos piedras grandes y, a la vista de los hombres de Judá, escóndelas en la mezcla del pavimento de ladrillos que está a la entrada del palacio del faraón, en Tafnes.
43:10 Diles: “Así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: Voy a mandar traer a Nabucodonosor, rey de Babilonia, mi siervo. Pondré su trono sobre estas piedras que he escondido, y él extenderá su dosel sobre ellas.
43:11 Vendrá y atacará la tierra de Egipto: los destinados a la muerte, a la muerte; los destinados al cautiverio, al cautiverio; y los destinados a la espada, a la espada.
43:12 Yo prenderé fuego a los templos de los dioses de Egipto; él los quemará y se llevará cautivos a los dioses. Se envolverá en la tierra de Egipto como el pastor se envuelve en su manto y saldrá de allí en paz.
43:13 Destrozará los pilares sagrados de Bet-semes, en la tierra de Egipto, y quemará los templos de los dioses de Egipto”».

Capítulo 44
Jeremías profetiza a los judíos en Egipto
44:1 La palabra llegó a Jeremías para todos los judíos que vivían en la tierra de Egipto, en Migdol, Tafnes, Menfis y la tierra de Patros:
44:2 Así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: «Ustedes han visto toda la calamidad que traje sobre Jerusalén y todas las ciudades de Judá. Hoy están en ruinas y no hay habitantes en ellas,
44:3 a causa de la maldad que cometieron para provocarme a ira, yendo a quemar incienso y a servir a otros dioses que no habían conocido ni ellos, ni ustedes, ni sus padres.
44:4 Les envié a todos mis siervos los profetas una y otra vez, para decirles: “Por favor, no hagan esta cosa abominable que yo aborrezco”.
44:5 Pero no escucharon ni prestaron atención para volverse de su maldad y dejar de quemar incienso a otros dioses.
44:6 Por eso mi furor y mi ira se derramaron y ardieron en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén, que quedaron en ruinas y desoladas, como están hoy.
El remanente repite la desobediencia de Judá
44:7 Ahora, así dice el SEÑOR, el Dios de los ejércitos, el Dios de Israel: ¿Por qué se hacen un daño tan grande a ustedes mismos, exterminando de en medio de Judá a hombres y mujeres, niños y lactantes, sin dejarles un remanente,
44:8 provocándome a ira con la obra de sus manos, al quemar incienso a otros dioses en la tierra de Egipto, adonde han venido a residir? ¿Por qué se exponen al exterminio y se convierten en objeto de maldición y deshonra entre todas las naciones de la tierra?
44:9 ¿Han olvidado las maldades de sus padres, las maldades de los reyes de Judá y las maldades de sus esposas, las maldades de ustedes y las de sus esposas, que cometieron en la tierra de Judá y en las calles de Jerusalén?
44:10 Hasta hoy no se han humillado ni han tenido temor, ni han seguido mi ley ni mis estatutos, que puse delante de ustedes y de sus padres.
El juicio alcanzará a los que huyeron a Egipto
44:11 Por eso, así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: Voy a volver mi rostro contra ustedes para desgracia y para exterminar a todo Judá.
44:12 Tomaré al remanente de Judá que se empeñó en entrar en la tierra de Egipto para residir allí, y todos perecerán en la tierra de Egipto. Caerán a espada y serán consumidos por el hambre; desde el menor hasta el mayor morirán por la espada y el hambre. Serán objeto de imprecación, de horror, de maldición y de deshonra.
44:13 Castigaré a los que viven en la tierra de Egipto como castigué a Jerusalén: con la espada, el hambre y la peste.
44:14 Del remanente de Judá que ha venido a residir en la tierra de Egipto no quedará quien escape ni sobreviva para volver a la tierra de Judá, adonde anhelan regresar para vivir allí. Porque no regresarán, salvo algunos fugitivos».
El pueblo defiende su culto a la reina del cielo
44:15 Entonces respondieron a Jeremías todos los hombres que sabían que sus esposas quemaban incienso a otros dioses, todas las mujeres presentes, una gran asamblea, y todo el pueblo que vivía en la tierra de Egipto, en Patros:
44:16 «En cuanto a la palabra que nos has comunicado en nombre del SEÑOR, no vamos a escucharte.
44:17 Cumpliremos sin falta todo lo que hemos prometido con nuestra boca: quemar incienso a la reina del cielo y derramarle ofrendas líquidas, como hacíamos nosotros, nuestros padres, nuestros reyes y nuestros jefes en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén. Entonces teníamos pan en abundancia, nos iba bien y no veíamos desgracia alguna.
44:18 Pero desde que dejamos de quemar incienso a la reina del cielo y de derramarle ofrendas líquidas, nos ha faltado todo y hemos sido consumidos por la espada y el hambre.
44:19 Y cuando nosotras quemábamos incienso a la reina del cielo y le derramábamos ofrendas líquidas, ¿acaso lo hacíamos sin nuestros maridos cuando preparábamos tortas con su imagen y le derramábamos ofrendas líquidas?».
Jeremías explica la causa de la ruina
44:20 Jeremías respondió a todo el pueblo, a los hombres, a las mujeres y a todos los que le habían contestado así:
44:21 «El incienso que quemaron en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén, ustedes, sus padres, sus reyes, sus jefes y el pueblo de la tierra, ¿no lo recordó el SEÑOR y lo tuvo presente?
44:22 El SEÑOR ya no pudo soportar la maldad de sus acciones ni las abominaciones que cometieron. Por eso su tierra quedó en ruinas, como motivo de horror y maldición, sin habitantes, tal como está hoy.
44:23 Porque quemaron incienso, pecaron contra el SEÑOR, no obedecieron la voz del SEÑOR ni siguieron su ley, sus estatutos y sus testimonios, les ha sobrevenido esta calamidad, como se ve hoy».
Los votos del pueblo y el juramento del SEÑOR
44:24 Jeremías les dijo a todo el pueblo y a todas las mujeres: «Escuchen la palabra del SEÑOR, todos los de Judá que están en la tierra de Egipto:
44:25 Así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: Ustedes y sus esposas han hablado con su boca y lo han cumplido con sus manos, diciendo: “Cumpliremos sin falta los votos que hicimos de quemar incienso a la reina del cielo y derramarle ofrendas líquidas”. ¡Confirmen, pues, sus votos! ¡Cumplan sus votos!
44:26 Por eso escuchen la palabra del SEÑOR, todos los de Judá que viven en la tierra de Egipto: He jurado por mi gran nombre —dice el SEÑOR— que mi nombre no volverá a ser invocado por boca de ningún hombre de Judá en toda la tierra de Egipto, diciendo: “¡Vive el Señor DIOS!”.
44:27 Voy a velar sobre ellos para desgracia y no para bien; todos los hombres de Judá que están en la tierra de Egipto serán consumidos por la espada y el hambre hasta perecer por completo.
44:28 Los que escapen de la espada volverán de la tierra de Egipto a la tierra de Judá, pocos en número. Así sabrá todo el remanente de Judá que ha venido a residir en la tierra de Egipto cuál palabra se cumple: la mía o la de ellos.
La caída del faraón Hofra será una señal
44:29 Esta será la señal para ustedes —declara el SEÑOR— de que voy a castigarlos en este lugar, para que sepan que mis palabras contra ustedes se cumplirán sin falta para su desgracia.
44:30 Así dice el SEÑOR: Voy a entregar al faraón Hofra, rey de Egipto, en manos de sus enemigos y de quienes buscan quitarle la vida, así como entregué a Sedequías, rey de Judá, en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, su enemigo, que buscaba quitarle la vida».

Capítulo 45
Mensaje a Baruc
45:1 Esta es la palabra que el profeta Jeremías comunicó a Baruc, hijo de Nerías, cuando este escribía en un rollo estas palabras al dictado de Jeremías, en el cuarto año de Joacim, hijo de Josías, rey de Judá:
45:2 «Así dice el SEÑOR, el Dios de Israel, acerca de ti, Baruc:
45:3 Tú dijiste: “¡Ay de mí! El SEÑOR ha añadido tristeza a mi dolor. Estoy cansado de gemir y no he encontrado descanso”».
Dios corrige y sostiene a Baruc
45:4 Así le dirás: «Así dice el SEÑOR: Voy a derribar lo que edifiqué y a arrancar lo que planté, es decir, toda esta tierra.
45:5 ¿Y tú buscas grandes cosas para ti? No las busques, porque voy a traer calamidad sobre toda carne —declara el SEÑOR—. Pero a ti te daré tu vida como botín en todos los lugares adonde vayas».

Capítulo 46
Mensajes del SEÑOR acerca de las naciones
46:1 La palabra del SEÑOR llegó al profeta Jeremías acerca de las naciones.
La derrota de Egipto en Carquemis
46:2 Acerca de Egipto: sobre el ejército del faraón Necao, rey de Egipto, que estaba junto al río Éufrates, en Carquemis, al que derrotó Nabucodonosor, rey de Babilonia, en el cuarto año de Joacim, hijo de Josías, rey de Judá:
46:3 «¡Preparen los escudos pequeños y los grandes, y avancen a la batalla!
46:4 ¡Enganchen los caballos!
   ¡Monten, jinetes!
   ¡Tomen sus posiciones con los cascos puestos!
   ¡Pulan las lanzas y pónganse las corazas!
46:5 ¿Qué es lo que veo?
   Están aterrados y retroceden;
   sus guerreros están derrotados, huyen a toda prisa y no miran atrás.
   ¡Terror por todas partes!
   —declara el SEÑOR—.
46:6 Que no huya el veloz ni escape el guerrero.
   En el norte, junto al río Éufrates, han tropezado y caído.
46:7 ¿Quién es este que sube como el Nilo, cuyas aguas se agitan como ríos?
46:8 Es Egipto, que sube como el Nilo;
   sus aguas se agitan como ríos.
   Dice: “Subiré y cubriré la tierra;
   destruiré la ciudad y a sus habitantes”.
46:9 ¡A la carga, caballos!
   ¡Corran furiosos, carros!
   ¡Que salgan los guerreros de Cus y de Put, que manejan el escudo, y los de Lud, que manejan y tensan el arco!
46:10 Pero aquel día pertenece al Señor DIOS de los ejércitos, día de venganza para vengarse de sus adversarios.
   La espada devorará y se saciará, se empapará de su sangre;
   porque el Señor DIOS de los ejércitos tendrá un sacrificio en la tierra del norte, junto al río Éufrates.
46:11 Sube a Galaad y consigue bálsamo, virgen hija de Egipto.
   En vano multiplicas los remedios;
   no hay curación para ti.
46:12 Las naciones han oído tu deshonra y tu grito ha llenado la tierra, porque un guerrero ha tropezado con otro, y ambos han caído juntos».
Nabucodonosor atacará la tierra de Egipto
46:13 Esta es la palabra que el SEÑOR comunicó al profeta Jeremías acerca de la venida de Nabucodonosor, rey de Babilonia, para atacar la tierra de Egipto:
46:14 «Anúncienlo en Egipto, háganlo oír en Migdol, en Menfis y en Tafnes.
   Digan: “¡Toma tu posición y prepárate, porque la espada ha devorado tus alrededores!”.
46:15 ¿Por qué han sido arrasados tus valientes?
   No se mantuvieron en pie, porque el SEÑOR los derribó.
46:16 Él multiplicó los tropiezos;
   unos cayeron sobre otros y dijeron: “¡Levántate!
   Regresemos a nuestro pueblo y a nuestra tierra natal, lejos de la espada opresora”.
46:17 Allí gritaron: “¡El faraón, rey de Egipto, es puro ruido!
   ¡Dejó pasar el momento señalado!”.
46:18 ¡Vivo yo! —declara el Rey, cuyo nombre es el SEÑOR de los ejércitos—.
   Como el Tabor entre los montes y el Carmelo junto al mar, así vendrá.
46:19 Prepara tu equipaje para el destierro, hija que habitas en Egipto, porque Menfis quedará desolada, arrasada y sin habitantes.

46:20 Egipto es una hermosa novilla, pero del norte viene un tábano;
   ¡viene, ya viene!
46:21 También los mercenarios que hay en ella son como becerros engordados.
   Ellos también se dan la vuelta y huyen juntos, sin resistir, porque les ha llegado el día de su desastre, el tiempo de su castigo.
46:22 Su voz suena como una serpiente que se desliza, porque avanzan con fuerza contra ella y llegan con hachas, como leñadores.
46:23 Talarán su bosque —declara el SEÑOR—, aunque sea impenetrable, porque son más numerosos que las langostas y no se los puede contar.
46:24 La hija de Egipto será avergonzada, entregada en manos del pueblo del norte».
El juicio sobre Egipto y sus refugios

46:25 El SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel, dice: «Voy a castigar a Amón de Tebas, al faraón, a Egipto, a sus dioses y a sus reyes;
   al faraón y a los que confían en él.
46:26 Los entregaré en manos de quienes buscan quitarles la vida, en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y de sus servidores.
   Pero después Egipto volverá a ser habitado como en los días antiguos —declara el SEÑOR—.
Dios preservará y restaurará a Israel

46:27 Pero tú no temas, Jacob, mi siervo;
   no te aterres, Israel.
   Voy a salvarte de tierras lejanas, y a tu descendencia de la tierra de su cautiverio.
   Jacob regresará y estará tranquilo y seguro, sin que nadie lo atemorice.

46:28 No temas, Jacob, mi siervo —declara el SEÑOR—, porque yo estoy contigo.
   Acabaré con todas las naciones adonde te he arrojado, pero contigo no acabaré.
   Te disciplinaré con justicia y de ningún modo te dejaré sin castigo».

Capítulo 47
Profecía sobre los filisteos
47:1 La palabra del SEÑOR llegó al profeta Jeremías acerca de los filisteos, antes de que el faraón atacara Gaza.

47:2 Así dice el SEÑOR: «Miren, del norte suben aguas que se convertirán en un torrente desbordado.
   Inundarán la tierra y cuanto hay en ella, la ciudad y sus habitantes.
   La gente gritará y todos los habitantes de la tierra gemirán
47:3 ante el estruendo del galope de sus corceles, el retumbar de sus carros y el fragor de sus ruedas.
   Los padres no se volverán hacia sus hijos, porque les faltarán las fuerzas,
47:4 por el día que viene a destruir a todos los filisteos y a acabar con todo aliado que aún les quede a Tiro y a Sidón.
   Porque el SEÑOR está destruyendo a los filisteos, al remanente de la costa de Caftor.
47:5 Gaza se ha rapado la cabeza;
   Ascalón ha quedado en silencio.
   Remanente de su valle, ¿hasta cuándo te harás cortaduras?
El clamor para que cese la espada

47:6 ¡Ay, espada del SEÑOR!
   ¿Hasta cuándo seguirás sin descanso?
   ¡Vuelve a tu vaina, reposa y quédate quieta!
47:7 ¿Cómo podrás descansar?
   El SEÑOR le ha dado órdenes contra Ascalón y contra la costa del mar;
   allí la ha destinado».

Capítulo 48
Profecía sobre Moab
48:1 Acerca de Moab, así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: «¡Ay de Nebo, porque ha sido devastada!
   Quiriataim ha sido avergonzada y conquistada;
   la fortaleza ha sido avergonzada y destrozada.
48:2 Ya no hay alabanza para Moab.
   En Hesbón han tramado su desgracia: “Vengan, acabemos con ella como nación”.
   También tú, Madmena, serás silenciada;
   la espada te perseguirá.
48:3 ¡Se oye un grito desde Horonaim: devastación y gran destrucción!
48:4 Moab ha sido quebrantado;
   sus pequeños hacen oír sus gritos.
48:5 Por la cuesta de Luhit suben llorando sin cesar;
   en la bajada de Horonaim se oyen gritos angustiosos de destrucción.
48:6 ¡Huyan, salven sus vidas!
   Sean como un arbusto en el desierto.
Los refugios de Moab no podrán salvarlo

48:7 Porque confiaste en tus obras y en tus tesoros, tú también serás conquistada.
   Quemos irá al destierro, junto con sus sacerdotes y sus jefes.
48:8 El devastador vendrá contra cada ciudad y ninguna escapará.
   El valle quedará arruinado y la meseta será destruida, tal como ha dicho el SEÑOR.
48:9 Den alas a Moab para que salga volando, porque sus ciudades quedarán desoladas, sin que nadie viva en ellas.
48:10 ¡Maldito quien hace con negligencia la obra del SEÑOR!
   ¡Maldito quien retiene su espada de la sangre!
La tranquilidad de Moab llegará a su fin

48:11 Moab ha vivido tranquilo desde su juventud;
   ha reposado sobre sus posos, no ha sido trasvasado de vasija en vasija ni ha ido al destierro.
   Por eso conserva su sabor y su aroma no ha cambiado.

48:12 Por eso vienen días —declara el SEÑOR— en que le enviaré trasvasadores que lo trasvasarán;
   vaciarán sus vasijas y harán pedazos sus cántaros.
48:13 Moab se avergonzará de Quemos como la casa de Israel se avergonzó de Betel, en quien confiaba.
La fuerza de los guerreros no evitará la derrota

48:14 ¿Cómo pueden decir: “Somos guerreros valientes, hombres fuertes para la batalla”?
48:15 Moab ha sido devastado;
   el devastador ha subido contra sus ciudades, y sus jóvenes escogidos han bajado a la matanza —declara el Rey, cuyo nombre es el SEÑOR de los ejércitos—.
48:16 La ruina de Moab está cerca de llegar;
   su calamidad se apresura mucho.
48:17 Lamenten por él todos sus vecinos y todos los que conocen su nombre.
   Digan: “¡Cómo se ha quebrado el cetro poderoso, el bastón glorioso!”.
48:18 Baja de tu gloria y siéntate en tierra reseca, hija que habitas en Dibón, porque el devastador de Moab ha subido contra ti y ha destruido tus fortalezas.
48:19 Ponte junto al camino y vigila, habitante de Aroer.
   Pregunta al que huye y a la que escapa;
   di: “¿Qué ha sucedido?”.
48:20 Moab ha sido avergonzado, porque está destrozado.
   ¡Giman y griten!
   Anuncien en Arnón que Moab ha sido devastado.
El juicio alcanzará todas las ciudades de Moab

48:21 El juicio ha llegado a la tierra de la meseta, sobre Holón, Jahaza y Mefaat,
48:22 sobre Dibón, Nebo y Bet-diblataim,
48:23 sobre Quiriataim, Bet-gamul y Bet-meón,
48:24 sobre Queriot, Bosra y todas las ciudades de la tierra de Moab, las lejanas y las cercanas.
48:25 El cuerno de Moab ha sido cortado y su brazo ha sido quebrado —declara el SEÑOR—.
La soberbia y la burla de Moab serán humilladas

48:26 Embriáguenlo, porque se engrandeció contra el SEÑOR.
   Moab se revolcará en su vómito y también será objeto de burla.
48:27 ¿No fue Israel motivo de burla para ti?
   ¿Acaso fue sorprendido entre ladrones, para que cada vez que hablaras de él sacudieras la cabeza?
48:28 Abandonen las ciudades y habiten entre las rocas, habitantes de Moab.
   Sean como la paloma que anida en los bordes de la boca de una caverna.
48:29 Hemos oído del orgullo de Moab, de lo orgulloso que es: su soberbia, su arrogancia, su altivez y la presunción de su corazón.
48:30 Yo conozco su insolencia —declara el SEÑOR—, pero es vana;
   sus jactancias no consiguen nada.
Lamento por las pérdidas de Moab

48:31 Por eso gemiré por Moab y clamaré por todo Moab;
   por los hombres de Kir-hares se gemirá.
48:32 Lloraré por ti más de lo que se llora por Jazer, vid de Sibma.
   Tus sarmientos cruzaron el mar, llegaron hasta el mar de Jazer;
   el devastador ha caído sobre tus frutos de verano y sobre tu vendimia.
48:33 La alegría y el regocijo han desaparecido del campo fértil y de la tierra de Moab.
   He hecho que falte el vino en los lagares;
   nadie pisa las uvas con gritos de alegría.
   Hay gritos, pero no son gritos de alegría.
48:34 Sus gritos se oyen desde Hesbón hasta Eleale y Jahaza, desde Zoar hasta Horonaim y Eglat-selisiya, porque también las aguas de Nimrim quedarán desoladas.
48:35 Haré desaparecer de Moab —declara el SEÑOR— al que ofrece sacrificios en los lugares altos y al que quema incienso a sus dioses.
48:36 Por eso mi corazón gime por Moab como flautas;
   mi corazón gime como flautas por los hombres de Kir-hares, porque las riquezas que habían adquirido se han perdido.
48:37 Toda cabeza está rapada y toda barba afeitada;
   en todas las manos hay cortaduras y en las cinturas, tela de luto.
48:38 Sobre todas las azoteas de Moab y en sus plazas, todo es lamentación, porque he hecho pedazos a Moab como una vasija que nadie quiere —declara el SEÑOR—.
48:39 ¡Cómo ha sido destrozado!
   ¡Giman!
   ¡Cómo ha vuelto Moab la espalda, avergonzado!
   Moab se ha convertido en motivo de burla y de terror para todos sus vecinos.
El enemigo caerá sobre Moab y la huida no lo librará

48:40 Porque así dice el SEÑOR: Miren, uno se lanza como águila y extiende sus alas sobre Moab.
48:41 Las ciudades han sido conquistadas y las fortalezas tomadas.
   Aquel día el corazón de los guerreros de Moab será como el corazón de una mujer con dolores de parto.
48:42 Moab será destruido y dejará de ser pueblo, porque se engrandeció contra el SEÑOR.
48:43 Terror, foso y trampa vienen sobre ti, habitante de Moab —declara el SEÑOR—.
48:44 Quien huya del terror caerá en el foso, y quien salga del foso quedará atrapado en la trampa.
   Porque traeré sobre Moab el año de su castigo —declara el SEÑOR—.
48:45 A la sombra de Hesbón se detienen sin fuerzas los fugitivos.
   Pero de Hesbón ha salido fuego y una llama de en medio de Sehón, que ha devorado las sienes de Moab y la coronilla de los hijos del tumulto.
48:46 ¡Ay de ti, Moab!
   Ha perecido el pueblo de Quemos, porque tus hijos han sido llevados cautivos y tus hijas al cautiverio.
El SEÑOR promete restaurar el bienestar de Moab

48:47 Pero restauraré el bienestar de Moab al final de los días —declara el SEÑOR—».
   Hasta aquí el juicio de Moab.

Capítulo 49
Profecía sobre los amonitas
49:1 Acerca de los amonitas, así dice el SEÑOR: «¿No tiene hijos Israel?
   ¿No tiene heredero?
   ¿Por qué Milcom se ha apoderado de Gad y su pueblo vive en sus ciudades?
49:2 Por eso vienen días —declara el SEÑOR— en que haré oír el grito de guerra contra Rabá de los amonitas.
   Se convertirá en un montón de ruinas y sus poblaciones serán quemadas.
   Entonces Israel desposeerá a quienes lo desposeyeron —dice el SEÑOR—.
49:3 ¡Gime, Hesbón, porque Hai ha sido devastada!
   ¡Griten, hijas de Rabá!
   ¡Vístanse de tela de luto, laméntense y corran de un lado a otro entre los vallados!
   Porque Milcom irá al destierro, junto con sus sacerdotes y sus jefes.
49:4 ¿Por qué te jactas de tus valles, de tu valle rebosante, hija rebelde, que confías en tus tesoros y dices: “¿Quién vendrá contra mí?”?
49:5 Voy a traer terror sobre ti desde todos tus alrededores —declara el Señor DIOS de los ejércitos—.
   Serán arrojados cada uno por su lado, sin que nadie reúna a los fugitivos.
El SEÑOR promete restaurar a los amonitas

49:6 Pero después de esto restauraré el bienestar de los amonitas —declara el SEÑOR—».
Profecía sobre Edom

49:7 Acerca de Edom, así dice el SEÑOR de los ejércitos: «¿Ya no hay sabiduría en Temán?
   ¿Se ha perdido el consejo de los entendidos?
   ¿Se ha desvanecido su sabiduría?
49:8 ¡Huyan, retrocedan, busquen refugio en lugares profundos, habitantes de Dedán!
   Porque traeré sobre Esaú su ruina, el tiempo de su castigo.
49:9 Si vinieran a ti vendimiadores, ¿no dejarían algunos racimos?
   Si vinieran ladrones de noche, destruirían solo lo que les bastara.
49:10 Pero yo he desnudado a Esaú y he descubierto sus escondites;
   no podrá ocultarse.
   Su descendencia, sus hermanos y sus vecinos han sido devastados, y él ya no existe.
49:11 Deja a tus huérfanos;
   yo los mantendré con vida.
   Que tus viudas confíen en mí.

49:12 Porque así dice el SEÑOR: Los que no estaban condenados a beber la copa tendrán que beberla.
   ¿Y tú quedarás completamente impune?
   No quedarás impune;
   tendrás que beberla.
49:13 He jurado por mí mismo —declara el SEÑOR— que Bosra será motivo de horror, de deshonra, de ruina y de maldición;
   todas sus ciudades quedarán en ruinas para siempre».
El SEÑOR abatirá la soberbia de Edom

49:14 He oído un mensaje de parte del SEÑOR;
   un mensajero ha sido enviado a las naciones: «¡Reúnanse y vengan contra ella!
   ¡Levántense para la guerra!».
49:15 «Voy a hacerte pequeño entre las naciones, despreciado entre los seres humanos.
49:16 Te han engañado el terror que infundes y la soberbia de tu corazón, tú que vives en las hendiduras de las rocas y ocupas las cumbres de las colinas.
   Aunque pongas tu nido tan alto como el águila, de allí te haré bajar —declara el SEÑOR—.
49:17 Edom se convertirá en motivo de horror;
   todo el que pase por ella quedará horrorizado y silbará por todas sus heridas.
49:18 Como en la destrucción de Sodoma, Gomorra y sus vecinas —dice el SEÑOR—, nadie vivirá allí, ningún ser humano residirá en ella.
Edom no podrá resistir el plan del SEÑOR

49:19 Miren, uno subirá como león de la espesura del Jordán contra un pastizal perenne.
   En un instante haré huir de allí a Edom y pondré al frente de ella a quien yo escoja.
   Porque ¿quién es como yo?
   ¿Quién me citará a juicio?
   ¿Qué pastor podrá resistirme?».

49:20 Por eso, escuchen el plan que el SEÑOR ha trazado contra Edom y los propósitos que ha concebido contra los habitantes de Temán: arrastrarán sin falta hasta a los más pequeños del rebaño;
   sin falta su pastizal quedará desolado por causa de ellos.
49:21 La tierra tiembla ante el estruendo de su caída;
   se oye un clamor, cuyo sonido llega hasta el mar Rojo.
49:22 Miren, uno se eleva y se lanza como águila, y extiende sus alas sobre Bosra.
   Aquel día el corazón de los guerreros de Edom será como el corazón de una mujer con dolores de parto.
Profecía sobre Damasco

49:23 Acerca de Damasco: «Hamat y Arfad están avergonzadas, porque han oído malas noticias;
   se han desalentado.
   Hay inquietud en el mar, que no puede calmarse.
49:24 Damasco ha perdido las fuerzas;
   se vuelve para huir y el temblor se apodera de ella.
   La angustia y los dolores la han atrapado como a una mujer de parto.
49:25 ¿Cómo es que no ha sido abandonada la ciudad alabada, la ciudad de mi alegría?
49:26 Por eso sus jóvenes caerán en sus plazas y todos sus hombres de guerra quedarán silenciados aquel día —declara el SEÑOR de los ejércitos—.
49:27 Prenderé fuego a la muralla de Damasco, y consumirá los palacios de Ben-adad».
Profecía sobre Cedar y Hazor

49:28 Acerca de Cedar y de los reinos de Hazor, que atacó Nabucodonosor, rey de Babilonia, así dice el SEÑOR: «¡Levántense, suban contra Cedar y devasten a los pueblos de oriente!
49:29 Tomarán sus tiendas y sus rebaños, se llevarán las cortinas de sus tiendas, todos sus enseres y sus camellos, y gritarán contra ellos: “¡Terror por todas partes!”.
49:30 ¡Huyan, aléjense mucho, busquen refugio en lugares profundos, habitantes de Hazor!
   —declara el SEÑOR—.
   Porque Nabucodonosor, rey de Babilonia, ha trazado un plan contra ustedes y ha concebido un propósito contra ellos.
49:31 ¡Levántense, suban contra una nación tranquila que vive segura!
   —declara el SEÑOR—.
   No tiene puertas ni cerrojos;
   viven apartados.
49:32 Sus camellos serán botín y la multitud de sus ganados será despojo.
   Esparciré a todos los vientos a los que se rapan las sienes;
   de todos sus alrededores traeré su ruina —declara el SEÑOR—.
49:33 Hazor se convertirá en guarida de chacales, una desolación para siempre.
   Nadie vivirá allí, ningún ser humano residirá en ella».
Profecía sobre Elam
49:34 La palabra del SEÑOR llegó al profeta Jeremías acerca de Elam al comienzo del reinado de Sedequías, rey de Judá:
49:35 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Voy a quebrar el arco de Elam, lo principal de su poder.
49:36 Traeré contra Elam los cuatro vientos desde los cuatro extremos del cielo y los esparciré a todos esos vientos.
   No habrá nación adonde no lleguen los desterrados de Elam.
49:37 Aterrorizaré a Elam ante sus enemigos y ante quienes buscan quitarles la vida.
   Traeré sobre ellos calamidad, el ardor de mi ira —declara el SEÑOR—.
   Enviaré tras ellos la espada hasta acabar con ellos.
49:38 Pondré mi trono en Elam y haré desaparecer de allí al rey y a los jefes —declara el SEÑOR—.
El SEÑOR restaurará el bienestar de Elam

49:39 Pero al final de los días restauraré el bienestar de Elam —declara el SEÑOR—».

Capítulo 50
Profecía sobre Babilonia
50:1 Esta es la palabra que el SEÑOR comunicó contra Babilonia, contra la tierra de los caldeos, por medio del profeta Jeremías:
50:2 «Anúncienlo entre las naciones, háganlo oír y levanten una bandera.
   Háganlo oír, no lo oculten.
   Digan: “¡Babilonia ha sido conquistada!
   Bel ha sido avergonzado y Merodac destrozado;
   sus imágenes han sido avergonzadas y sus ídolos destrozados”.
50:3 Porque una nación ha subido contra ella desde el norte;
   convertirá su tierra en una desolación, sin que nadie viva en ella.
   Tanto los seres humanos como los animales han huido, se han marchado.
Israel y Judá volverán a buscar al SEÑOR

50:4 En aquellos días y en aquel tiempo —declara el SEÑOR— vendrán los hijos de Israel junto con los hijos de Judá.
   Caminarán llorando y buscarán al SEÑOR, su Dios.
50:5 Preguntarán por el camino de Sion, con el rostro vuelto hacia ella: “¡Vengan y únanse al SEÑOR en un pacto eterno que no será olvidado!”.

50:6 Mi pueblo ha sido ovejas perdidas;
   sus pastores las han extraviado, haciéndolas vagar por los montes.
   Han ido de monte en colina y han olvidado su lugar de descanso.
50:7 Todos los que las encontraban las devoraban.
   Sus adversarios decían: “No somos culpables, porque ellos pecaron contra el SEÑOR, morada de justicia, contra el SEÑOR, esperanza de sus padres”.
Salgan de Babilonia ante el juicio anunciado

50:8 ¡Huyan de en medio de Babilonia, salgan de la tierra de los caldeos!
   Sean como machos cabríos que van al frente del rebaño.
50:9 Porque voy a despertar y hacer subir contra Babilonia una asamblea de grandes naciones de la tierra del norte.
   Se alinearán contra ella y desde allí será conquistada.
   Sus flechas serán como las de un guerrero diestro que no regresa con las manos vacías.
50:10 Caldea se convertirá en botín;
   todos los que la saqueen se saciarán —declara el SEÑOR—.
El SEÑOR juzgará a quienes saquearon su heredad

50:11 Porque ustedes se alegran y se regocijan, saqueadores de mi heredad, porque saltan como novilla que trilla y relinchan como sementales,
50:12 su madre será profundamente avergonzada;
   será humillada la que los dio a luz.
   Será la última de las naciones: un desierto, un sequedal y una llanura desolada.
50:13 A causa de la indignación del SEÑOR, no será habitada y quedará enteramente desolada.
   Todo el que pase por Babilonia quedará horrorizado y silbará por todas sus heridas.
El asedio de Babilonia ejecutará la sentencia del SEÑOR

50:14 ¡Alinéense alrededor de Babilonia, todos los que tensan el arco!
   ¡Disparen contra ella, no escatimen flechas, porque ha pecado contra el SEÑOR!
50:15 ¡Lancen el grito de guerra contra ella por todos lados!
   Se ha rendido, sus torres han caído y sus murallas han sido demolidas.
   Es la venganza del SEÑOR.
   ¡Vénguense de ella!
   ¡Háganle como ella hizo!
50:16 Exterminen de Babilonia al sembrador y al que maneja la hoz en tiempo de cosecha.
   Ante la espada opresora, cada uno volverá a su pueblo y cada uno huirá a su tierra.
El SEÑOR reunirá y perdonará a su pueblo

50:17 Israel es una oveja dispersa que los leones han ahuyentado.
   Primero la devoró el rey de Asiria, y después Nabucodonosor, rey de Babilonia, le quebró los huesos.

50:18 Por eso, así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: Voy a castigar al rey de Babilonia y a su tierra, como castigué al rey de Asiria.
50:19 Haré volver a Israel a su pastizal;
   pastará en el Carmelo y en Basán, y se saciará en la región montañosa de Efraín y en Galaad.
50:20 En aquellos días y en aquel tiempo —declara el SEÑOR— se buscará la culpa de Israel, pero no la habrá, y los pecados de Judá, pero no se encontrarán, porque perdonaré a los que deje como remanente.
Babilonia no escapará de la sentencia del SEÑOR

50:21 ¡Sube contra la tierra de Merataim y contra los habitantes de Pecod!
   ¡Persíguelos, pásalos a espada y destrúyelos por completo!
   —declara el SEÑOR—.
   ¡Haz todo lo que te he ordenado!

50:22 ¡Hay estruendo de guerra en la tierra y gran destrucción!
50:23 ¡Cómo ha sido cortado y quebrado el martillo de toda la tierra!
   ¡Cómo se ha convertido Babilonia en motivo de horror entre las naciones!
50:24 Te tendí una trampa, Babilonia, y quedaste atrapada sin darte cuenta.
   Fuiste hallada y capturada, porque te enfrentaste al SEÑOR.
50:25 El SEÑOR ha abierto su arsenal y ha sacado las armas de su indignación, porque el Señor DIOS de los ejércitos tiene una obra que realizar en la tierra de los caldeos.
50:26 ¡Vengan contra ella desde los confines!
   ¡Abran sus graneros, amontónenla como el grano y destrúyanla por completo!
   ¡Que no le quede ningún remanente!
50:27 ¡Pasen a espada todos sus novillos, que bajen al matadero!
   ¡Ay de ellos, porque ha llegado su día, el tiempo de su castigo!

50:28 Se oye la voz de los que huyen y escapan de la tierra de Babilonia para anunciar en Sion la venganza del SEÑOR, nuestro Dios, la venganza por su templo.
La arrogancia de Babilonia recibirá su castigo

50:29 ¡Convoquen contra Babilonia a los arqueros, a todos los que tensan el arco!
   ¡Acampen a su alrededor, que nadie escape!
   Páguenle según sus obras;
   háganle todo lo que ella hizo, porque se ha mostrado arrogante contra el SEÑOR, contra el Santo de Israel.
50:30 Por eso sus jóvenes caerán en sus plazas y todos sus hombres de guerra quedarán silenciados aquel día —declara el SEÑOR—.

50:31 Estoy contra ti, arrogante —declara el Señor DIOS de los ejércitos—, porque ha llegado tu día, el tiempo en que te castigaré.
50:32 El arrogante tropezará y caerá, sin que nadie lo levante.
   Prenderé fuego a sus ciudades y consumirá todos sus alrededores.
El Redentor de Israel y Judá es fuerte

50:33 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: Los hijos de Israel y los hijos de Judá están oprimidos;
   todos sus captores los retienen y se niegan a soltarlos.
50:34 Pero su Redentor es fuerte;
   su nombre es el SEÑOR de los ejércitos.
   Defenderá sin falta su causa para dar descanso a la tierra y traer inquietud a los habitantes de Babilonia.
Espada contra las seguridades de Babilonia

50:35 ¡Espada contra los caldeos!
   —declara el SEÑOR—.
   ¡Contra los habitantes de Babilonia, contra sus jefes y contra sus sabios!
50:36 ¡Espada contra los impostores, que se volverán necios!
   ¡Espada contra sus guerreros, que quedarán aterrados!
50:37 ¡Espada contra sus caballos, sus carros y todos los extranjeros que están en ella, que se volverán como mujeres!
   ¡Espada contra sus tesoros, que serán saqueados!
50:38 ¡Sequía sobre sus aguas, que se secarán!
   Porque es una tierra de imágenes talladas, y enloquecen por sus ídolos terroríficos.
50:39 Por eso vivirán allí las fieras del desierto y los chacales;
   también las avestruces vivirán en ella.
   Nunca más será habitada ni poblada por generación tras generación.
50:40 Como cuando Dios destruyó Sodoma, Gomorra y sus vecinas —declara el SEÑOR—, nadie vivirá allí, ningún ser humano residirá en ella.
El ejército del norte se acerca a Babilonia

50:41 Miren, un pueblo viene del norte;
   una gran nación y muchos reyes se despiertan desde los confines de la tierra.
50:42 Empuñan el arco y la jabalina, son crueles y no tienen compasión.
   Su voz ruge como el mar;
   montan a caballo, alineados como un solo hombre para la batalla contra ti, hija de Babilonia.
50:43 El rey de Babilonia ha oído noticias de ellos y sus manos han perdido las fuerzas.
   La angustia se ha apoderado de él, el dolor como de mujer de parto.
50:44 Miren, uno subirá como león de la espesura del Jordán contra un pastizal perenne.
   En un instante haré huir de allí a sus habitantes y pondré al frente de ella a quien yo escoja.
   Porque ¿quién es como yo?
   ¿Quién me citará a juicio?
   ¿Qué pastor podrá resistirme?
50:45 Por eso, escuchen el plan que el SEÑOR ha trazado contra Babilonia y los propósitos que ha concebido contra la tierra de los caldeos: arrastrarán sin falta hasta a los más pequeños del rebaño;
   sin falta su pastizal quedará desolado por causa de ellos.
50:46 Al estruendo de la conquista de Babilonia, la tierra tiembla y se oye un clamor entre las naciones».

Capítulo 51
Juicios del SEÑOR contra Babilonia
51:1 Así dice el SEÑOR: «Voy a levantar un viento destructor contra Babilonia y contra los habitantes de Leb-camay.
51:2 Enviaré extranjeros a Babilonia;
   la aventarán y vaciarán su tierra, porque estarán contra ella por todos lados en el día de la calamidad.
51:3 ¡Que el arquero tense su arco contra el que tensa el suyo y contra el que se alza con su coraza!
   No tengan compasión de sus jóvenes;
   destruyan por completo todo su ejército.
51:4 Caerán muertos en la tierra de los caldeos y traspasados en sus calles».
Israel y Judá no han sido abandonados por su Dios

51:5 Porque ni Israel ni Judá han quedado viudos de su Dios, el SEÑOR de los ejércitos, aunque su tierra está llena de culpa contra el Santo de Israel.
Huyan de Babilonia antes de que llegue su castigo

51:6 ¡Huyan de en medio de Babilonia y salve cada uno su vida!
   No perezcan por su culpa, porque es el tiempo de la venganza del SEÑOR;
   él le está dando su pago.
51:7 Babilonia ha sido una copa de oro en la mano del SEÑOR, que embriagaba a toda la tierra.
   Las naciones bebieron de su vino;
   por eso las naciones enloquecieron.
51:8 De repente Babilonia ha caído y se ha hecho pedazos.
   ¡Giman por ella!
   Traigan bálsamo para su dolor;
   tal vez sane.
51:9 «Quisimos curar a Babilonia, pero no ha sanado.
   Déjenla y vámonos cada uno a su tierra, porque su juicio ha llegado hasta el cielo y se ha elevado hasta las nubes».
51:10 «El SEÑOR ha sacado a la luz nuestra justicia.
   Vengan, contemos en Sion la obra del SEÑOR, nuestro Dios».
El SEÑOR moviliza a los reyes de Media contra Babilonia

51:11 ¡Afilen las flechas, tomen los escudos!
   El SEÑOR ha despertado el espíritu de los reyes de Media, porque su propósito contra Babilonia es destruirla.
   Es la venganza del SEÑOR, la venganza por su templo.
51:12 ¡Levanten una bandera contra las murallas de Babilonia!
   ¡Refuercen la guardia, pongan centinelas y preparen emboscadas!
   Porque el SEÑOR ha decidido y cumplirá lo que anunció contra los habitantes de Babilonia.
51:13 Tú que habitas junto a muchas aguas, rica en tesoros, ha llegado tu fin, el límite de tu codicia.
51:14 El SEÑOR de los ejércitos ha jurado por sí mismo: «Te llenaré de hombres como langostas, y lanzarán contra ti gritos de victoria».
El SEÑOR, el Creador, supera a todos los ídolos

51:15 Él hizo la tierra con su poder, estableció el mundo con su sabiduría y extendió los cielos con su inteligencia.
51:16 Cuando da su voz, hay un estruendo de aguas en los cielos.
   Hace subir las nubes desde los confines de la tierra, produce relámpagos para la lluvia y saca el viento de sus depósitos.
51:17 Todo ser humano es insensato, sin conocimiento;
   todo orfebre queda avergonzado por la imagen tallada, porque sus imágenes fundidas son mentira y no hay aliento en ellas.
51:18 Son vanidad, una obra ridícula;
   en el tiempo de su castigo perecerán.
51:19 No es como ellos la porción de Jacob, porque él es quien formó todo, también la tribu de su heredad.
   Su nombre es el SEÑOR de los ejércitos.
El instrumento de guerra permanece bajo la autoridad del SEÑOR

51:20 «Tú eres mi mazo, mi arma de guerra.
   Contigo destrozaré naciones y contigo destruiré reinos.
51:21 Contigo destrozaré al caballo y a su jinete;
   contigo destrozaré al carro y a su conductor.
51:22 Contigo destrozaré al hombre y a la mujer;
   contigo destrozaré al anciano y al muchacho;
   contigo destrozaré al joven y a la virgen.
51:23 Contigo destrozaré al pastor y a su rebaño;
   contigo destrozaré al labrador y a su yunta;
   contigo destrozaré a gobernadores y magistrados.
El SEÑOR pagará a Babilonia el mal que hizo en Sion

51:24 Pagaré a Babilonia y a todos los habitantes de Caldea todo el mal que hicieron en Sion ante los ojos de ustedes —declara el SEÑOR—.

51:25 Estoy contra ti, monte destructor, que destruyes toda la tierra —declara el SEÑOR—.
   Extenderé mi mano contra ti, te haré rodar desde las rocas y te convertiré en un monte quemado.
51:26 No tomarán de ti piedra angular ni piedra para cimientos, porque serás una desolación para siempre —declara el SEÑOR—».
Las naciones son convocadas contra Babilonia

51:27 ¡Levanten una bandera en la tierra, toquen la trompeta entre las naciones!
   ¡Consagren a las naciones contra ella, convoquen contra ella a los reinos de Ararat, Mini y Askenaz!
   ¡Nombren un comandante contra ella y hagan subir caballos como langostas erizadas!
51:28 ¡Consagren contra ella a las naciones, a los reyes de Media, a sus gobernadores, a todos sus magistrados y a toda la tierra de su dominio!
51:29 La tierra tiembla y se retuerce, porque se cumplen los propósitos del SEÑOR contra Babilonia, para convertir la tierra de Babilonia en una desolación sin habitantes.
51:30 Los guerreros de Babilonia han dejado de luchar;
   permanecen en las fortalezas.
   Sus fuerzas se han agotado y se han vuelto como mujeres.
   Sus viviendas han sido incendiadas y sus cerrojos han sido rotos.
51:31 Un correo corre al encuentro de otro y un mensajero al encuentro de otro para anunciar al rey de Babilonia que su ciudad ha sido conquistada de un extremo al otro.
51:32 Los vados han sido ocupados, los cañaverales han sido quemados y los hombres de guerra están aterrados.

51:33 Porque así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: «La hija de Babilonia es como una era cuando llega el tiempo de pisarla;
   dentro de poco le llegará el tiempo de la cosecha».
Jerusalén presenta su causa ante el SEÑOR

51:34 «Nabucodonosor, rey de Babilonia, me ha devorado y me ha sumido en confusión.
   Me ha dejado como una vasija vacía, me ha tragado como un monstruo, ha llenado su vientre con mis delicias y me ha vaciado por completo».
51:35 «¡Caiga sobre Babilonia la violencia hecha contra mí y contra mi carne!», dirá la habitante de Sion.
   «¡Caiga mi sangre sobre los habitantes de Caldea!», dirá Jerusalén.
El SEÑOR defenderá la causa de Jerusalén

51:36 Por eso, así dice el SEÑOR: «Voy a defender tu causa y a vengarte.
   Secaré su mar y haré que se seque su manantial.
51:37 Babilonia se convertirá en montones de ruinas, en guarida de chacales, en motivo de horror y de silbidos, sin habitantes.
Los rugidos de Babilonia terminarán en juicio

51:38 Rugirán juntos como leones jóvenes y gruñirán como cachorros de león.
51:39 Cuando entren en calor, les prepararé su banquete y los embriagaré para que se regocijen, duerman un sueño eterno y no despierten —declara el SEÑOR—.
51:40 Los haré bajar como corderos al matadero, como carneros y machos cabríos.
Babilonia pasará de la admiración al horror

51:41 ¡Cómo ha sido conquistada Sesac y capturada la alabanza de toda la tierra!
   ¡Cómo se ha convertido Babilonia en motivo de horror entre las naciones!
51:42 El mar ha subido sobre Babilonia;
   la multitud de sus olas la ha cubierto.
51:43 Sus ciudades han quedado desoladas, una tierra reseca y desierta, una tierra donde nadie habita y por donde no pasa ningún ser humano.
51:44 Castigaré a Bel en Babilonia y sacaré de su boca lo que se ha tragado.
   Las naciones ya no acudirán en tropel a él;
   también la muralla de Babilonia ha caído.
El pueblo del SEÑOR debe salir sin ceder al temor

51:45 ¡Salgan de en medio de ella, pueblo mío, y salve cada uno su vida del ardor de la ira del SEÑOR!
51:46 No desfallezca su corazón ni tengan miedo por las noticias que se oigan en la tierra.
   Un año vendrá una noticia y al siguiente año otra noticia;
   habrá violencia en la tierra y gobernante contra gobernante.
El SEÑOR juzgará los ídolos y la violencia de Babilonia

51:47 Por eso vienen días en que castigaré las imágenes talladas de Babilonia.
   Toda su tierra será avergonzada y todos sus muertos caerán en medio de ella.
51:48 Los cielos, la tierra y todo lo que hay en ellos gritarán de alegría por Babilonia, porque del norte vendrán contra ella los devastadores —declara el SEÑOR—».
51:49 Babilonia caerá por los muertos de Israel, como por Babilonia cayeron los muertos de toda la tierra.
Los sobrevivientes deben recordar al SEÑOR y Jerusalén

51:50 Ustedes que han escapado de la espada, ¡caminen, no se detengan!
   Acuérdense del SEÑOR desde lejos y tengan presente a Jerusalén.
51:51 «Estamos avergonzados, porque hemos oído insultos;
   la deshonra ha cubierto nuestros rostros, porque extranjeros han entrado en los santuarios de la casa del SEÑOR».

51:52 «Por eso vienen días —declara el SEÑOR— en que castigaré sus imágenes talladas, y por toda su tierra gemirán los heridos de muerte.
51:53 Aunque Babilonia suba hasta los cielos y fortifique en lo alto su baluarte, de mi parte llegarán devastadores contra ella —declara el SEÑOR—.
Babilonia oirá el estruendo de su ruina

51:54 ¡Se oye un grito desde Babilonia, y gran destrucción desde la tierra de los caldeos!
51:55 Porque el SEÑOR está devastando Babilonia y hará desaparecer de ella su gran bullicio.
   Sus olas braman como muchas aguas;
   resuena el estruendo de sus voces.
51:56 Un devastador ha venido contra ella, contra Babilonia;
   sus guerreros han sido capturados y sus arcos quebrados.
   Porque el SEÑOR es un Dios de retribución;
   pagará sin falta.
51:57 Embriagaré a sus jefes y a sus sabios, a sus gobernadores, a sus magistrados y a sus guerreros.
   Dormirán un sueño eterno y no despertarán —declara el Rey, cuyo nombre es el SEÑOR de los ejércitos—».

51:58 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «La ancha muralla de Babilonia será arrasada por completo y sus altas puertas serán quemadas.
   Los pueblos habrán trabajado en vano y las naciones se habrán fatigado solo para el fuego».
La señal del rollo hundido en el Éufrates
51:59 Esta es la orden que el profeta Jeremías dio a Seraías, hijo de Nerías, hijo de Maasías, cuando este iba con Sedequías, rey de Judá, a Babilonia, en el cuarto año de su reinado. Seraías era el encargado del alojamiento.
51:60 Jeremías escribió en un solo rollo toda la calamidad que vendría sobre Babilonia, todas estas palabras escritas contra Babilonia.
51:61 Jeremías le dijo a Seraías: «Cuando llegues a Babilonia, asegúrate de leer todas estas palabras.
51:62 Dirás: “SEÑOR, tú has anunciado que destruirás este lugar, para que no haya en él ningún habitante, ni ser humano ni animal, sino que quede desolado para siempre”.
51:63 Cuando termines de leer este rollo, átale una piedra y arrójalo en medio del Éufrates.
51:64 Y dirás: “Así se hundirá Babilonia y no volverá a levantarse, por la calamidad que yo traeré sobre ella; y quedarán agotados”». Hasta aquí las palabras de Jeremías.

Capítulo 52
Reinado de Sedequías
Textos relacionados: 2 Reyes 24:18–20; 2 Crónicas 36:11–16
52:1 Sedequías tenía veintiún años cuando comenzó a reinar, y reinó once años en Jerusalén. Su madre se llamaba Hamutal, hija de Jeremías, de Libna.
52:2 Hizo lo malo ante los ojos del SEÑOR, tal como había hecho Joacim.
52:3 Esto sucedió en Jerusalén y en Judá por la ira del SEÑOR, hasta que los arrojó de su presencia. Sedequías se rebeló contra el rey de Babilonia.
Caída de Jerusalén
Textos relacionados: 2 Reyes 24:20–25:7; Jeremías 39:1–7
52:4 En el noveno año de su reinado, el día diez del mes décimo, Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino con todo su ejército contra Jerusalén. Acamparon contra ella y construyeron un muro de asedio a su alrededor.
52:5 La ciudad permaneció sitiada hasta el año once del rey Sedequías.
52:6 El día nueve del mes cuarto, el hambre se había agravado en la ciudad y no había pan para el pueblo de la tierra.
52:7 Se abrió una brecha en la ciudad, y todos los hombres de guerra huyeron. Salieron de noche de la ciudad por la puerta entre las dos murallas, junto al jardín del rey, aunque los caldeos rodeaban la ciudad; tomaron el camino del Arabá.
Sedequías es capturado y pierde su reino
52:8 El ejército de los caldeos persiguió al rey y alcanzó a Sedequías en las llanuras de Jericó. Todo su ejército se había dispersado, abandonándolo.
52:9 Capturaron al rey y lo llevaron ante el rey de Babilonia, a Ribla, en la tierra de Hamat, donde dictó sentencia contra él.
52:10 El rey de Babilonia degolló a los hijos de Sedequías ante sus ojos; también degolló a todos los jefes de Judá en Ribla.
52:11 Después dejó ciego a Sedequías y lo ató con grilletes de bronce. El rey de Babilonia lo llevó a Babilonia y lo puso en prisión hasta el día de su muerte.
Cautividad de Judá
Textos relacionados: 2 Reyes 25:8–21; 2 Crónicas 36:17–21; Jeremías 39:8–10
52:12 El día diez del mes quinto, en el año diecinueve de Nabucodonosor, rey de Babilonia, Nabuzaradán, capitán de la guardia, que estaba al servicio del rey de Babilonia, llegó a Jerusalén.
52:13 Quemó la casa del SEÑOR, el palacio del rey y todas las casas de Jerusalén; quemó todos los edificios grandes.
52:14 Todo el ejército de los caldeos que acompañaba al capitán de la guardia derribó todas las murallas que rodeaban Jerusalén.
52:15 Nabuzaradán, capitán de la guardia, llevó al destierro a algunos de los pobres del pueblo, al resto del pueblo que quedaba en la ciudad, a los desertores que se habían pasado al rey de Babilonia y al resto de los artesanos.
52:16 Pero Nabuzaradán, capitán de la guardia, dejó a algunos de los pobres de la tierra como viñadores y labradores.
El saqueo de los objetos del templo
52:17 Los caldeos hicieron pedazos las columnas de bronce de la casa del SEÑOR, las bases y el mar de bronce que estaba en la casa del SEÑOR, y llevaron todo su bronce a Babilonia.
52:18 También tomaron los calderos, las palas, las despabiladeras, los tazones, los cucharones y todos los utensilios de bronce con los que se realizaba el servicio.
52:19 El capitán de la guardia se llevó los cuencos, los braseros, los tazones, los calderos, los candelabros, los cucharones y las copas para las ofrendas líquidas: todo lo que era de oro y todo lo que era de plata.
52:20 Las dos columnas, el único mar y los doce bueyes de bronce que estaban debajo de las bases, que el rey Salomón había hecho para la casa del SEÑOR, contenían una cantidad de bronce imposible de pesar.
52:21 Cada columna tenía unos 8,30 metros de alto, y un cordón de unos 5,50 metros la rodeaba. Su grosor era de unos 8 centímetros y era hueca.
52:22 Encima tenía un capitel de bronce de unos 2,30 metros de alto, con una malla y granadas alrededor del capitel, todo de bronce. La segunda columna era igual, con sus granadas.
52:23 Había noventa y seis granadas a los lados; en total eran cien granadas alrededor de la malla.
Los dirigentes de Judá son llevados a Ribla
Texto relacionado: 2 Reyes 25:18–21
52:24 El capitán de la guardia tomó a Seraías, el sacerdote principal, a Sofonías, el segundo sacerdote, y a los tres guardianes del umbral.
52:25 De la ciudad tomó a un funcionario que estaba al frente de los hombres de guerra, a siete hombres que tenían acceso a la presencia del rey y que se hallaban en la ciudad, al escriba del comandante del ejército que reclutaba al pueblo de la tierra y a sesenta hombres del pueblo de la tierra que se encontraban en la ciudad.
52:26 Nabuzaradán, capitán de la guardia, los tomó y los llevó ante el rey de Babilonia, a Ribla.
52:27 El rey de Babilonia los hirió y les dio muerte en Ribla, en la tierra de Hamat. Así Judá fue llevada al destierro, lejos de su tierra.
El recuento de los deportados
52:28 Este es el pueblo que Nabucodonosor llevó al destierro: en el año séptimo, tres mil veintitrés judíos;
52:29 en el año dieciocho de Nabucodonosor, ochocientas treinta y dos personas de Jerusalén;
52:30 en el año veintitrés de Nabucodonosor, Nabuzaradán, capitán de la guardia, llevó al destierro a setecientos cuarenta y cinco judíos. En total fueron cuatro mil seiscientas personas.
Joaquín es libertado y recibe honores en Babilonia
Texto relacionado: 2 Reyes 25:27–30
52:31 En el año treinta y siete del destierro de Joaquín, rey de Judá, el día veinticinco del mes doce, Evil-merodac, rey de Babilonia, en el año en que comenzó a reinar, levantó la cabeza de Joaquín, rey de Judá, y lo sacó de la cárcel.
52:32 Le habló con bondad y puso su trono por encima de los tronos de los reyes que estaban con él en Babilonia.
52:33 Joaquín cambió su ropa de prisión y comió pan regularmente en presencia del rey durante todos los días de su vida.
52:34 Para su sustento, el rey de Babilonia le daba una ración continua, la porción de cada día, hasta el día de su muerte, durante todos los días de su vida.

LAMENTACIONES

Capítulo 1
Jerusalén llora su ruina y clama al SEÑOR
1:1 ¡Cómo ha quedado sola la ciudad que estaba llena de gente!
   La que era grande entre las naciones se ha vuelto como viuda;
   la princesa entre las provincias ha quedado sometida a trabajos forzados.

1:2 Llora amargamente de noche y sus lágrimas corren por sus mejillas.
   Ninguno de sus amantes la consuela;
   todos sus amigos la han traicionado y se han convertido en sus enemigos.

1:3 Judá ha ido al destierro, afligida y sometida a dura servidumbre.
   Habita entre las naciones sin hallar descanso;
   todos sus perseguidores la alcanzaron entre las estrechuras.

1:4 Los caminos de Sion están de luto, porque nadie viene a las fiestas solemnes.
   Todas sus puertas están desoladas;
   sus sacerdotes gimen, sus vírgenes están afligidas y ella sufre amargamente.

1:5 Sus adversarios se han convertido en sus amos y sus enemigos prosperan, porque el SEÑOR la ha afligido por sus muchas rebeliones.
   Sus pequeños han ido al cautiverio delante del adversario.

1:6 Todo el esplendor se ha ido de la hija de Sion.
   Sus jefes son como ciervos que no encuentran pasto;
   caminan sin fuerzas delante del perseguidor.

1:7 En los días de su aflicción y de su vagar, Jerusalén recuerda todos los tesoros que tenía desde los tiempos antiguos.
   Cuando su pueblo cayó en manos del adversario, nadie la ayudó.
   Sus adversarios la vieron y se burlaron de su ruina.

1:8 Jerusalén ha pecado gravemente;
   por eso se ha vuelto impura.
   Todos los que la honraban la desprecian, porque han visto su desnudez.
   Ella misma gime y se vuelve de espaldas.

1:9 Lleva su impureza en sus faldas y no pensó en su fin.
   Ha caído de manera sorprendente y nadie la consuela.
   «Mira, SEÑOR, mi aflicción, porque el enemigo se ha engrandecido».

1:10 El adversario ha extendido su mano sobre todos sus tesoros.
   Ella ha visto a las naciones entrar en su santuario, a aquellas a las que tú habías ordenado que no entraran en tu asamblea.

1:11 Todo su pueblo gime en busca de pan;
   han entregado sus tesoros a cambio de comida para mantenerse con vida.
   «Mira, SEÑOR, y observa cómo soy despreciada.
Jerusalén pide que se mire su dolor

1:12 ¿No les importa, a todos ustedes que pasan por el camino?
   Miren y vean si hay dolor como mi dolor, el que me ha sido infligido, con el que el SEÑOR me afligió el día de su ardiente ira.

1:13 Desde lo alto envió fuego que dominó mis huesos.
   Tendió una red a mis pies y me hizo retroceder;
   me dejó desolada y desfallecida todo el día.

1:14 Con su mano ha atado el yugo de mis rebeliones;
   estas se entretejen y suben sobre mi cuello.
   Ha debilitado mis fuerzas;
   el Señor me ha entregado en manos contra las que no puedo resistir.

1:15 El Señor ha rechazado a todos mis guerreros en medio de mí;
   ha convocado contra mí una asamblea para quebrantar a mis jóvenes.
   El Señor ha pisoteado a la virgen hija de Judá como en un lagar.

1:16 Por estas cosas lloro;
   mis ojos, mis ojos derraman lágrimas, porque está lejos de mí quien me consuele y reanime mi alma.
   Mis hijos están desolados, porque el enemigo ha prevalecido».

1:17 Sion extiende sus manos y nadie la consuela.
   El SEÑOR ha ordenado contra Jacob que sus vecinos sean sus adversarios;
   Jerusalén se ha vuelto impura en medio de ellos.
Jerusalén reconoce su rebeldía y presenta su dolor

1:18 «El SEÑOR es justo, porque me rebelé contra su palabra.
   Escuchen, por favor, todos los pueblos, y vean mi dolor: mis vírgenes y mis jóvenes han ido al cautiverio.

1:19 Llamé a mis amantes, pero ellos me engañaron.
   Mis sacerdotes y mis ancianos murieron en la ciudad mientras buscaban alimento para mantenerse con vida.

1:20 Mira, SEÑOR, estoy angustiada;
   mis entrañas hierven y mi corazón se revuelve dentro de mí, porque he sido muy rebelde.
   Afuera, la espada me deja sin hijos;
   dentro de la casa, es como la muerte.

1:21 Han oído mis gemidos, pero nadie me consuela.
   Todos mis enemigos han oído mi desgracia y se alegran de que tú lo hayas hecho.
   ¡Trae el día que has anunciado, para que sean como yo!

1:22 Que toda su maldad llegue a tu presencia;
   trátalos como me has tratado por todas mis rebeliones.
   Porque son muchos mis gemidos y mi corazón desfallece».

Capítulo 2
Jerusalén bajo el juicio del SEÑOR
2:1 ¡Cómo ha cubierto el Señor con una nube a la hija de Sion en su ira!
   Ha arrojado del cielo a la tierra el esplendor de Israel;
   no se acordó del estrado de sus pies en el día de su ira.

2:2 El Señor ha devorado sin compasión todas las moradas de Jacob.
   En su furor ha derribado las fortalezas de la hija de Judá y las ha echado por tierra;
   ha deshonrado al reino y a sus jefes.

2:3 En el ardor de su ira ha cortado todo cuerno de Israel.
   Ha retirado su mano derecha ante el enemigo y ha ardido en Jacob como una llama de fuego que devora cuanto la rodea.

2:4 Ha tensado su arco como un enemigo y ha afirmado su mano derecha como un adversario.
   Ha matado todo lo agradable a la vista;
   en la tienda de la hija de Sion ha derramado su furor como fuego.

2:5 El Señor se ha vuelto como un enemigo;
   ha devorado a Israel, ha devorado todos sus palacios y ha destruido sus fortalezas.
   Ha multiplicado en la hija de Judá el lamento y el duelo.

2:6 Ha destrozado su tienda como una enramada de huerto y ha destruido su lugar de reunión.
   El SEÑOR ha hecho olvidar en Sion la fiesta solemne y el sábado;
   en el ardor de su ira ha rechazado al rey y al sacerdote.

2:7 El Señor ha rechazado su altar y ha despreciado su santuario.
   Ha entregado en manos del enemigo las murallas de sus palacios.
   Han hecho resonar gritos en la casa del SEÑOR como en un día de fiesta solemne.

2:8 El SEÑOR ha decidido destruir la muralla de la hija de Sion.
   Ha extendido el cordel y no ha retirado su mano de la destrucción.
   Ha hecho que se lamenten el antemuro y la muralla;
   juntos desfallecen.

2:9 Sus puertas se han hundido en la tierra;
   él ha destruido y quebrado sus cerrojos.
   Su rey y sus jefes están entre las naciones;
   ya no hay ley.
   Sus profetas tampoco reciben visión de parte del SEÑOR.

2:10 Los ancianos de la hija de Sion están sentados en el suelo, en silencio.
   Han echado polvo sobre sus cabezas y se han vestido de tela de luto.
   Las vírgenes de Jerusalén han inclinado sus cabezas hasta el suelo.
El llanto por una ciudad sin consuelo

2:11 Mis ojos se consumen de llorar, mis entrañas hierven y mi hígado se derrama por tierra por el quebranto de la hija de mi pueblo, mientras niños y lactantes desfallecen en las plazas de la ciudad.

2:12 Les dicen a sus madres: «¿Dónde están el grano y el vino?», mientras desfallecen como heridos en las plazas de la ciudad, mientras su vida se derrama en el regazo de sus madres.

2:13 ¿Qué testimonio puedo darte?
   ¿Con qué te compararé, hija de Jerusalén?
   ¿A qué te igualaré para consolarte, virgen hija de Sion?
   Porque tu quebranto es tan grande como el mar.
   ¿Quién podrá sanarte?

2:14 Tus profetas tuvieron para ti visiones falsas y necias;
   no expusieron tu culpa para restaurar tu bienestar, sino que vieron para ti oráculos falsos y engañosos.

2:15 Todos los que pasan por el camino baten las palmas contra ti.
   Silban y sacuden la cabeza ante la hija de Jerusalén: «¿Es esta la ciudad de la que decían: “La perfección de la hermosura, la alegría de toda la tierra”?».

2:16 Todos tus enemigos abren la boca contra ti, silban y rechinan los dientes.
   Dicen: «¡La hemos devorado!
   Este es el día que esperábamos;
   ¡lo hemos alcanzado, lo hemos visto!».

2:17 El SEÑOR ha hecho lo que se propuso;
   ha cumplido la palabra que ordenó desde los tiempos antiguos.
   Ha derribado sin compasión, ha hecho que el enemigo se alegre a costa tuya y ha enaltecido el cuerno de tus adversarios.
El clamor de Sion por sus hijos

2:18 Su corazón clama al Señor.
   Muralla de la hija de Sion, deja correr tus lágrimas como un torrente día y noche.
   No te des descanso, no deje de llorar la niña de tu ojo.

2:19 Levántate y clama de noche, al comenzar las vigilias.
   Derrama como agua tu corazón ante la presencia del Señor.
   Levanta tus manos hacia él por la vida de tus pequeños, que desfallecen de hambre en las esquinas de todas las calles.

2:20 «Mira, SEÑOR, y considera a quién has tratado así.
   ¿Han de comerse las mujeres el fruto de sus entrañas, a los pequeños que criaron con cariño?
   ¿Han de ser muertos en el santuario del Señor el sacerdote y el profeta?

2:21 Jóvenes y ancianos yacen en el suelo de las calles;
   mis vírgenes y mis jóvenes han caído a espada.
   Tú has matado en el día de tu ira;
   has hecho matanza sin compasión.

2:22 Como en un día de fiesta solemne, has convocado mis terrores desde todos los lados.
   En el día de la ira del SEÑOR no hubo quien escapara ni sobreviviera.
   A los que acaricié y crié, mi enemigo los ha exterminado».

Capítulo 3
Una vida cercada por la aflicción
3:1 Yo soy el hombre que ha visto la aflicción bajo la vara de su furor.
3:2 Él me ha conducido y me ha hecho andar en tinieblas, sin luz.
3:3 Contra mí ha vuelto su mano una y otra vez, todo el día.

3:4 Ha consumido mi carne y mi piel;
   ha quebrado mis huesos.
3:5 Ha levantado un cerco contra mí y me ha rodeado de amargura y fatiga.
3:6 Me ha hecho vivir en lugares oscuros, como los muertos de hace mucho tiempo.

3:7 Me ha cercado con un muro y no puedo salir;
   ha hecho pesadas mis cadenas.
3:8 Aunque grito y pido auxilio, cierra el paso a mi oración.
3:9 Ha cerrado mis caminos con piedras labradas y ha torcido mis senderos.

3:10 Es para mí como un oso al acecho, como un león en su escondite.
3:11 Me ha apartado del camino y me ha despedazado;
   me ha dejado desolado.
3:12 Ha tensado su arco y me ha puesto como blanco de la flecha.

3:13 Ha hecho penetrar en mis riñones las flechas de su aljaba.
3:14 Soy objeto de burla de todo mi pueblo, su canción todo el día.
3:15 Me ha llenado de hierbas amargas y me ha embriagado con ajenjo.

3:16 Ha quebrado mis dientes con grava y me ha hundido en la ceniza.
3:17 Mi alma ha sido apartada de la paz;
   he olvidado el bienestar.
3:18 Y dije: «Se han acabado mis fuerzas y mi esperanza en el SEÑOR».

3:19 Recuerda mi aflicción y mi vagar, el ajenjo y la hiel.
3:20 Mi alma lo recuerda sin cesar y se abate dentro de mí.
Recordar la fidelidad del SEÑOR para esperar

3:21 Pero esto traigo a mi corazón, y por eso tengo esperanza:

3:22 Por las misericordias del SEÑOR no hemos perecido, porque no se han agotado sus compasiones.
3:23 Son nuevas cada mañana;
   ¡grande es tu fidelidad!
3:24 «El SEÑOR es mi porción —dice mi alma—;
   por eso esperaré en él».

3:25 El SEÑOR es bueno con quienes esperan en él, con el alma que lo busca.
3:26 Bueno es esperar en silencio la salvación del SEÑOR.
3:27 Bueno es para el hombre llevar el yugo en su juventud.

3:28 Que se siente solo y guarde silencio, porque él se lo ha impuesto.
3:29 Que ponga su boca en el polvo;
   quizá haya esperanza.
3:30 Que ofrezca la mejilla a quien lo golpea y se llene de afrentas.

3:31 Porque el Señor no rechaza para siempre.
3:32 Aunque aflige, también se compadece conforme a la abundancia de su amor fiel.
3:33 Porque no aflige de corazón ni entristece a los seres humanos.
El Señor rechaza la opresión y la injusticia

3:34 Aplastar bajo sus pies a todos los prisioneros de la tierra,
3:35 torcer el derecho de un hombre en presencia del Altísimo,
3:36 defraudar a una persona en su litigio: el Señor no lo aprueba.

3:37 ¿Quién puede decir algo y que suceda, si el Señor no lo ha ordenado?
3:38 ¿No salen de la boca del Altísimo las calamidades y el bien?
3:39 ¿Por qué se queja el ser humano que vive, el hombre por el castigo de sus pecados?
Examen y confesión delante del SEÑOR

3:40 Examinemos nuestros caminos, investiguémoslos y volvamos al SEÑOR.
3:41 Alcemos nuestro corazón y nuestras manos hacia Dios en los cielos:
3:42 «Nosotros hemos pecado y nos hemos rebelado;
   tú no has perdonado.

3:43 Te has cubierto de ira y nos has perseguido;
   has matado sin compasión.
3:44 Te has envuelto en una nube para que no pase la oración.
3:45 Nos has convertido en basura y escoria en medio de los pueblos.

3:46 Todos nuestros enemigos han abierto la boca contra nosotros.
3:47 Nos han sobrevenido el terror y el foso, la desolación y el quebranto».
Lágrimas y súplica por el pueblo

3:48 Mis ojos derraman corrientes de agua por el quebranto de la hija de mi pueblo.

3:49 Mis ojos lloran sin cesar, sin darse descanso,
3:50 hasta que el SEÑOR mire y vea desde los cielos.
3:51 Lo que ven mis ojos aflige mi alma por todas las hijas de mi ciudad.

3:52 Mis enemigos me dieron caza como a un pájaro, sin motivo.
3:53 Silenciaron mi vida en la fosa y arrojaron una piedra contra mí.
3:54 Las aguas cubrieron mi cabeza y dije: «¡Estoy perdido!».
Recordar la respuesta del Señor

3:55 Invoqué tu nombre, SEÑOR, desde lo más profundo de la fosa.
3:56 Tú oíste mi voz: «No cierres tu oído a mis suspiros, a mi grito de auxilio».
3:57 Te acercaste el día en que te invoqué y dijiste: «No temas».

3:58 Señor, has defendido la causa de mi alma;
   has redimido mi vida.
3:59 Has visto, SEÑOR, el agravio que he sufrido;
   juzga mi causa.
3:60 Has visto toda su venganza, todas sus maquinaciones contra mí.

3:61 Has oído sus insultos, SEÑOR, todas sus maquinaciones contra mí,
3:62 las palabras de mis adversarios y sus murmuraciones contra mí todo el día.
3:63 Míralos cuando se sientan y cuando se levantan;
   yo soy su canción.
La causa confiada al juicio del SEÑOR

3:64 Dales su pago, SEÑOR, según la obra de sus manos.
3:65 Dales dureza de corazón;
   ¡caiga sobre ellos tu maldición!
3:66 Persíguelos en tu ira y extermínalos debajo de los cielos del SEÑOR.

Capítulo 4
El hambre y la ruina de Jerusalén
4:1 ¡Cómo se ha oscurecido el oro, cómo ha cambiado el oro fino!
   Las piedras sagradas están esparcidas en las esquinas de todas las calles.

4:2 Los preciados hijos de Sion, que valían su peso en oro puro, ¡cómo son considerados vasijas de barro, obra de manos de alfarero!

4:3 Hasta los chacales ofrecen el pecho y amamantan a sus crías, pero la hija de mi pueblo se ha vuelto cruel como las avestruces del desierto.

4:4 La lengua del lactante se le pega al paladar por la sed.
   Los pequeños piden pan y nadie se lo reparte.

4:5 Los que comían manjares están desolados en las calles;
   los que fueron criados entre telas escarlatas abrazan los basureros.

4:6 El castigo de la hija de mi pueblo es mayor que el de Sodoma, que fue derribada en un instante, sin que manos actuaran contra ella.

4:7 Sus consagrados eran más puros que la nieve, más blancos que la leche, más rojizos de cuerpo que los corales;
   su figura era como el lapislázuli.

4:8 Ahora su aspecto es más negro que el hollín;
   no se los reconoce por las calles.
   La piel se les pega a los huesos;
   se ha secado y se ha vuelto como madera.

4:9 Más dichosos son los muertos por la espada que los muertos por el hambre, que se consumen, traspasados por la falta de los frutos del campo.

4:10 Las manos de mujeres compasivas cocinaron a sus propios hijos;
   les sirvieron de alimento durante el quebranto de la hija de mi pueblo.

4:11 El SEÑOR ha agotado su furor y ha derramado el ardor de su ira.
   Ha prendido en Sion un fuego que ha consumido sus cimientos.
Las falsas seguridades y la culpa de los dirigentes

4:12 Ni los reyes de la tierra ni ninguno de los habitantes del mundo creían que el adversario y el enemigo entrarían por las puertas de Jerusalén.

4:13 Esto sucedió por los pecados de sus profetas y las culpas de sus sacerdotes, que derramaron en medio de ella la sangre de los justos.

4:14 Vagan como ciegos por las calles, manchados de sangre, de modo que nadie puede tocar sus vestidos.

4:15 «¡Apártense!
   ¡Impuros!», les gritan.
   «¡Apártense, apártense, no toquen!».
   Así huyeron y vagaron, y entre las naciones se decía: «No volverán a residir aquí».

4:16 El rostro del SEÑOR los ha dispersado;
   no volverá a mirarlos.
   No honraron a los sacerdotes ni tuvieron compasión de los ancianos.
Se derrumban las esperanzas en aliados y reyes

4:17 Nuestros ojos aún desfallecían esperando en vano nuestra ayuda.
   Desde nuestro puesto de vigilancia esperábamos a una nación incapaz de salvar.

4:18 Acechaban nuestros pasos para que no anduviéramos por nuestras plazas.
   Nuestro fin se acercaba, nuestros días se habían cumplido, porque había llegado nuestro fin.

4:19 Nuestros perseguidores eran más veloces que las águilas del cielo.
   Nos persiguieron por los montes y nos tendieron emboscadas en el desierto.

4:20 El aliento que respiramos, el ungido del SEÑOR, fue atrapado en sus fosos, aquel de quien decíamos: «A su sombra viviremos entre las naciones».
Juicio de Edom y esperanza de Sion

4:21 ¡Regocíjate y alégrate, hija de Edom, que habitas en la tierra de Uz!
   También a ti te llegará la copa;
   te embriagarás y quedarás desnuda.

4:22 Se ha cumplido tu castigo, hija de Sion;
   él no volverá a desterrarte.
   Castigará tu culpa, hija de Edom, y pondrá al descubierto tus pecados.

Capítulo 5
Oración del pueblo afligido
5:1 Recuerda, SEÑOR, lo que nos ha sucedido;
   mira y ve nuestra deshonra.
5:2 Nuestra heredad ha pasado a extraños y nuestras casas a extranjeros.
5:3 Hemos quedado huérfanos, sin padre;
   nuestras madres son como viudas.
5:4 Tenemos que pagar por nuestra propia agua para beber, y nuestra leña solo llega a cambio de un precio.
5:5 Nuestros perseguidores están sobre nuestro cuello;
   estamos agotados y no nos dejan descansar.
5:6 Nos hemos sometido a Egipto y a Asiria para saciarnos de pan.
5:7 Nuestros padres pecaron y ya no están, pero nosotros cargamos con sus culpas.
5:8 Esclavos dominan sobre nosotros;
   nadie nos libra de sus manos.
5:9 Con peligro de nuestras vidas conseguimos nuestro pan, por la espada del desierto.
5:10 Nuestra piel arde como un horno, a causa del ardor del hambre.
La violencia deshace la vida de la comunidad

5:11 Han violado a las mujeres en Sion y a las vírgenes en las ciudades de Judá.
5:12 Los jefes han sido colgados de las manos y no se ha respetado el rostro de los ancianos.
5:13 Los jóvenes cargan con el trabajo de moler, y los muchachos tropiezan bajo la leña.
5:14 Los ancianos han dejado de reunirse en la puerta, y los jóvenes han dejado su música.
5:15 La alegría de nuestro corazón ha cesado;
   nuestra danza se ha convertido en duelo.
5:16 La corona ha caído de nuestra cabeza.
   ¡Ay de nosotros, porque hemos pecado!
5:17 Por esto nuestro corazón está abatido;
   por estas cosas se oscurecen nuestros ojos,
5:18 por el monte Sion, que está desolado;
   los zorros merodean por él.
La súplica ante el Rey que permanece

5:19 Pero tú, SEÑOR, permaneces entronizado para siempre;
   tu trono, de generación en generación.
5:20 ¿Por qué nos olvidas para siempre y nos abandonas por tanto tiempo?
5:21 Haznos volver a ti, SEÑOR, y volveremos.
   Renueva nuestros días como antiguamente,
5:22 a no ser que nos hayas rechazado por completo y te hayas airado contra nosotros en extremo.

EZEQUIEL

Capítulo 1
La visión de la gloria divina
1:1 En el año treinta, el día cinco del mes cuarto, mientras estaba entre los desterrados junto al río Quebar, los cielos se abrieron y vi visiones de Dios.
1:2 El día cinco del mes, en el quinto año del destierro del rey Joaquín,
1:3 la palabra del SEÑOR llegó al sacerdote Ezequiel, hijo de Buzi, en la tierra de los caldeos, junto al río Quebar. Allí vino sobre él la mano del SEÑOR.
1:4 Miré y vi un viento tempestuoso que venía del norte, una gran nube con fuego que fulguraba y un resplandor a su alrededor. En medio de ella, en medio del fuego, había algo con aspecto de metal reluciente.
1:5 En su centro había algo semejante a cuatro seres vivientes. Este era su aspecto: tenían forma humana.
1:6 Cada uno tenía cuatro caras y cada uno tenía cuatro alas.
1:7 Sus piernas eran rectas y la planta de sus pies era como la pezuña de un ternero; brillaban como bronce bruñido.
1:8 Debajo de sus alas, a sus cuatro lados, tenían manos humanas. Los cuatro tenían caras y alas.
1:9 Sus alas se tocaban unas a otras. No giraban al avanzar; cada uno iba de frente hacia adelante.
1:10 En cuanto a la forma de sus caras, tenían cara humana; los cuatro tenían cara de león a la derecha y cara de buey a la izquierda, y los cuatro tenían cara de águila.
1:11 Así eran sus caras. Sus alas estaban desplegadas hacia arriba; cada uno tenía dos que se tocaban con las de otro y dos que cubrían sus cuerpos.
1:12 Cada uno avanzaba de frente hacia adelante. Iban adonde el espíritu quería ir, sin girar al avanzar.
1:13 El aspecto de los seres vivientes era como brasas de fuego encendidas, como antorchas. El fuego se movía entre los seres vivientes; resplandecía y de él salían relámpagos.
1:14 Los seres vivientes iban y venían como el fulgor del relámpago.
1:15 Mientras miraba a los seres vivientes, vi una rueda en el suelo junto a cada uno de aquellos seres de cuatro caras.
1:16 El aspecto de las ruedas y su hechura eran como el brillo del crisólito. Las cuatro tenían la misma forma; por su aspecto y su hechura parecían una rueda dentro de otra rueda.
1:17 Al avanzar podían moverse hacia sus cuatro lados, sin cambiar de orientación.
1:18 Sus aros eran altos y sobrecogedores; los aros de las cuatro estaban llenos de ojos alrededor.
1:19 Cuando los seres vivientes avanzaban, las ruedas avanzaban junto a ellos; cuando los seres vivientes se levantaban de la tierra, las ruedas se levantaban.
1:20 Iban adonde el espíritu quería ir; allí quería ir el espíritu. Las ruedas se levantaban junto a ellos, porque el espíritu del ser viviente estaba en las ruedas.
1:21 Cuando ellos avanzaban, ellas avanzaban; cuando ellos se detenían, ellas se detenían. Cuando ellos se levantaban de la tierra, las ruedas se levantaban junto a ellos, porque el espíritu del ser viviente estaba en las ruedas.
1:22 Sobre las cabezas de los seres vivientes había algo semejante a una expansión, con el brillo sobrecogedor del hielo, extendida por encima de sus cabezas.
1:23 Debajo de la expansión, sus alas estaban extendidas derechas unas hacia otras. Cada uno tenía dos que lo cubrían, y cada uno tenía dos que cubrían su cuerpo.
1:24 Oí el sonido de sus alas cuando avanzaban, como el estruendo de muchas aguas, como la voz del Todopoderoso, un ruido de tumulto como el de un ejército. Cuando se detenían, bajaban las alas.
1:25 Se oyó una voz por encima de la expansión que estaba sobre sus cabezas. Cuando se detenían, bajaban las alas.
1:26 Por encima de la expansión que estaba sobre sus cabezas había algo semejante a un trono, con aspecto de piedra de lapislázuli. Y sobre lo que parecía un trono, en lo alto, había una figura con apariencia humana.
1:27 Desde lo que parecían sus lomos hacia arriba, vi algo como metal reluciente, como fuego por dentro y alrededor. Desde lo que parecían sus lomos hacia abajo, vi algo como fuego, con un resplandor a su alrededor.
1:28 Como el aspecto del arco que aparece en la nube en un día de lluvia, así era el resplandor a su alrededor. Este era el aspecto de la semejanza de la gloria del SEÑOR. Cuando lo vi, caí rostro en tierra y oí una voz que hablaba.

Capítulo 2
Llamamiento de Ezequiel
2:1 Me dijo: «Hijo de hombre, ponte de pie y hablaré contigo».
2:2 Mientras me hablaba, el Espíritu entró en mí y me puso de pie, y oí al que me hablaba.
2:3 Me dijo: «Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel, a naciones rebeldes que se han rebelado contra mí. Ellos y sus padres se han levantado contra mí hasta este mismo día.
2:4 Los hijos a quienes te envío son de rostro endurecido y de corazón obstinado. Les dirás: “Así dice el Señor DIOS”.
2:5 Escuchen o dejen de escuchar, porque son una casa rebelde, sabrán que un profeta ha estado entre ellos.
2:6 Y tú, hijo de hombre, no les temas y no tengas miedo de sus palabras, aunque haya zarzas y espinos contigo y vivas entre escorpiones. No tengas miedo de sus palabras ni te aterres ante ellos, porque son una casa rebelde.
2:7 Les comunicarás mis palabras, escuchen o dejen de escuchar, porque son rebeldes.
2:8 Pero tú, hijo de hombre, escucha lo que te digo. No seas rebelde como esa casa rebelde. Abre tu boca y come lo que te doy».
2:9 Miré y vi una mano extendida hacia mí, y en ella había un rollo escrito.
2:10 Lo desenrolló delante de mí. Estaba escrito por delante y por detrás, y en él estaban escritas lamentaciones, gemidos y ayes.

Capítulo 3
3:1 Me dijo: «Hijo de hombre, come lo que encuentres; come este rollo y ve a hablar a la casa de Israel».
3:2 Abrí la boca y me dio a comer aquel rollo.
3:3 Luego me dijo: «Hijo de hombre, alimenta tu vientre y llena tus entrañas con este rollo que te doy». Lo comí y en mi boca fue dulce como la miel.
3:4 Me dijo: «Hijo de hombre, ve a la casa de Israel y comunícales mis palabras.
3:5 No eres enviado a un pueblo de habla oscura y lengua difícil, sino a la casa de Israel;
3:6 ni a muchos pueblos de habla oscura y lengua difícil, cuyas palabras no entiendes. Si te hubiera enviado a ellos, te escucharían.
3:7 Pero la casa de Israel no querrá escucharte, porque no quiere escucharme a mí. Toda la casa de Israel tiene la frente obstinada y el corazón duro.
3:8 Mira, he hecho tu rostro firme frente al de ellos y tu frente dura frente a la suya.
3:9 He hecho tu frente como una piedra de esmeril, más dura que el pedernal. No les temas ni te acobardes ante ellos, porque son una casa rebelde».
3:10 También me dijo: «Hijo de hombre, guarda en tu corazón todas las palabras que te hable y escúchalas con tus oídos.
3:11 Ve a los desterrados, a los hijos de tu pueblo; háblales y diles: “Así dice el Señor DIOS”, ya sea que escuchen o que se nieguen a hacerlo».
3:12 Entonces el Espíritu me levantó y oí detrás de mí un gran estruendo: «¡Bendita sea la gloria del SEÑOR desde su lugar!».
3:13 Oí el sonido de las alas de los seres vivientes al rozarse unas con otras, el sonido de las ruedas junto a ellos y un gran estruendo.
3:14 El Espíritu me levantó y me llevó. Me fui con amargura e indignación en mi espíritu, mientras la mano del SEÑOR era fuerte sobre mí.
3:15 Llegué a los desterrados de Tel-abib, que vivían junto al río Quebar. Me senté donde ellos vivían y permanecí allí siete días, atónito, en medio de ellos.
Ezequiel, centinela de Israel
Texto relacionado: Ezequiel 33:1–9.
3:16 Al cabo de los siete días, la palabra del SEÑOR vino a mí:
3:17 «Hijo de hombre, te he puesto como centinela para la casa de Israel. Escucharás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte.
3:18 Cuando yo diga al malvado: “Ciertamente morirás”, si no le adviertes ni le hablas para advertirle de su mal camino, a fin de que viva, ese malvado morirá por su iniquidad; pero a ti te pediré cuentas de su sangre.
3:19 Pero si le adviertes al malvado y él no se aparta de su maldad y de su mal camino, morirá por su iniquidad, pero tú habrás salvado tu vida.
3:20 Si un justo se aparta de su justicia y comete maldad, y yo pongo ante él un tropiezo, morirá. Como no le advertiste, morirá en su pecado y no se recordarán las obras justas que hizo; pero a ti te pediré cuentas de su sangre.
3:21 Pero si le adviertes al justo para que no peque y él no peca, ciertamente vivirá porque aceptó la advertencia, y tú habrás salvado tu vida».
El aislamiento y el silencio de Ezequiel
3:22 Allí la mano del SEÑOR vino sobre mí, y él me dijo: «Levántate, sal al valle y allí hablaré contigo».
3:23 Me levanté y salí al valle. Allí estaba la gloria del SEÑOR, como la gloria que había visto junto al río Quebar, y caí rostro en tierra.
3:24 Entonces el Espíritu entró en mí y me puso de pie. Me habló y me dijo: «Ve a encerrarte en tu casa.
3:25 Mira, hijo de hombre, te pondrán cuerdas, te atarán con ellas y no podrás salir entre ellos.
3:26 Yo haré que tu lengua se pegue a tu paladar, quedarás mudo y no podrás reprenderlos, porque son una casa rebelde.
3:27 Pero cuando hable contigo, abriré tu boca y les dirás: “Así dice el Señor DIOS”. El que escuche, que escuche; y el que se niegue, que se niegue, porque son una casa rebelde».

Capítulo 4
Predicción del sitio de Jerusalén
4:1 «Y tú, hijo de hombre, toma un ladrillo, ponlo delante de ti y graba en él una ciudad: Jerusalén.
4:2 Ponla bajo sitio: construye contra ella un muro de asedio, levanta una rampa contra ella, establece campamentos y coloca arietes a su alrededor.
4:3 Toma también una sartén de hierro y colócala como muro de hierro entre tú y la ciudad. Dirige tu rostro hacia ella; quedará sitiada y tú la sitiarás. Esta será una señal para la casa de Israel.
4:4 Acuéstate sobre tu lado izquierdo y pon sobre él la culpa de la casa de Israel. Cargarás con su culpa durante el número de días que permanezcas acostado sobre ese lado.
4:5 Yo te he asignado un número de días por los años de su culpa: trescientos noventa días. Así cargarás con la culpa de la casa de Israel.
4:6 Cuando los cumplas, volverás a acostarte, esta vez sobre tu lado derecho, y cargarás con la culpa de la casa de Judá durante cuarenta días. Un día por cada año, un día por cada año te he asignado.
4:7 Dirige tu rostro hacia el asedio de Jerusalén y, con el brazo descubierto, profetiza contra ella.
4:8 Voy a ponerte cuerdas, para que no te vuelvas de un lado al otro hasta que cumplas los días de tu asedio.
4:9 Toma trigo, cebada, habas, lentejas, mijo y espelta; ponlos en una sola vasija y hazte pan con ellos. Lo comerás durante los días que permanezcas acostado sobre tu lado: trescientos noventa días.
4:10 La ración de alimento que comas pesará unos 228 gramos al día; la comerás a intervalos.
4:11 Beberás el agua por medida: aproximadamente 0,6 litros. La beberás a intervalos.
4:12 Lo comerás como una torta de cebada; la cocerás a la vista de ellos sobre un fuego de excrementos humanos».
4:13 El SEÑOR dijo: «Así comerán los hijos de Israel su pan impuro entre las naciones adonde los arrojaré».
4:14 Yo dije: «¡Ah, Señor DIOS! Nunca me he contaminado. Desde mi juventud hasta ahora no he comido un animal muerto por sí mismo ni despedazado por una fiera, y nunca ha entrado carne impura en mi boca».
4:15 Él me respondió: «Mira, te concedo estiércol de ganado en lugar de excrementos humanos; sobre él prepararás tu pan».
4:16 También me dijo: «Hijo de hombre, voy a cortar el suministro de pan en Jerusalén. Comerán pan pesado por raciones y con angustia; beberán agua por medida y con espanto.
4:17 Les faltarán el pan y el agua, se mirarán aterrados unos a otros y se consumirán por su culpa».

Capítulo 5
La señal del cabello y el juicio sobre Jerusalén
5:1 «Y tú, hijo de hombre, toma una espada afilada y úsala como navaja de barbero; pásala por tu cabeza y por tu barba. Luego toma una balanza para pesar y divide el pelo.
5:2 Quemarás una tercera parte en medio de la ciudad cuando se cumplan los días del asedio. Tomarás otra tercera parte y la golpearás con la espada alrededor de la ciudad. La otra tercera parte la esparcirás al viento, y yo desenvainaré la espada tras ellos.
5:3 Toma de allí unos pocos pelos y átalos en los pliegues de tu manto.
5:4 Vuelve a tomar algunos de esos, arrójalos en medio del fuego y quémalos. De allí saldrá fuego hacia toda la casa de Israel.
Por qué será juzgada Jerusalén
5:5 Así dice el Señor DIOS: Esta es Jerusalén. Yo la puse en medio de las naciones, rodeada de países.
5:6 Pero ella se ha rebelado contra mis ordenanzas con más maldad que las naciones, y contra mis estatutos más que los países que la rodean. Porque han despreciado mis ordenanzas y no han seguido mis estatutos.
5:7 Por eso, así dice el Señor DIOS: Ustedes han sido más rebeldes que las naciones que los rodean, no han seguido mis estatutos ni cumplido mis ordenanzas; ni siquiera han cumplido las ordenanzas de las naciones que los rodean.
5:8 Por eso, así dice el Señor DIOS: Yo, yo mismo, estoy contra ti y ejecutaré juicios en medio de ti, a la vista de las naciones.
5:9 Por todas tus abominaciones haré contigo lo que nunca he hecho y lo que nunca volveré a hacer de la misma manera.
5:10 Por eso, en medio de ti los padres se comerán a sus hijos y los hijos se comerán a sus padres. Ejecutaré juicios en ti y esparciré a todos los que te queden a todos los vientos.
5:11 Por tanto, ¡vivo yo! —declara el Señor DIOS—, por haber contaminado mi santuario con todos tus ídolos detestables y todas tus abominaciones, yo también te reduciré. Mi ojo no tendrá piedad y yo tampoco tendré compasión.
5:12 Una tercera parte de ti morirá de peste y será consumida por el hambre en medio de ti; otra tercera parte caerá a espada a tu alrededor; y la otra tercera parte la esparciré a todos los vientos y desenvainaré la espada tras ellos.
5:13 Mi ira se agotará, desahogaré mi furor contra ellos y quedaré satisfecho. Cuando haya desahogado mi furor contra ellos, sabrán que yo, el SEÑOR, he hablado en mi celo.
5:14 Te convertiré en ruina y deshonra entre las naciones que te rodean, a la vista de todos los que pasen.
5:15 Será motivo de deshonra, escarnio, advertencia y horror para las naciones que te rodean, cuando ejecute juicios contra ti con ira, con furor y con reprensiones de furor. Yo, el SEÑOR, he hablado.
5:16 Cuando lance contra ellos las flechas mortales del hambre para destruir, las que enviaré para destruirlos a ustedes, aumentaré el hambre sobre ustedes y les cortaré el suministro de pan.
5:17 Enviaré contra ustedes hambre y fieras que te dejarán sin hijos. La peste y la sangre pasarán por ti; traeré la espada contra ti. Yo, el SEÑOR, he hablado».

Capítulo 6
Profecía contra los montes de Israel
6:1 La palabra del SEÑOR me llegó en estos términos:
6:2 «Hijo de hombre, dirige tu rostro hacia los montes de Israel y profetiza contra ellos.
6:3 Dirás: “Montes de Israel, escuchen la palabra del Señor DIOS. Así dice el Señor DIOS a los montes y a las colinas, a los barrancos y a los valles: Yo, yo mismo, traeré contra ustedes la espada y destruiré sus lugares altos.
6:4 Sus altares quedarán devastados, sus altares de incienso serán destrozados y haré caer a sus muertos delante de sus ídolos.
6:5 Pondré los cadáveres de los hijos de Israel delante de sus ídolos y esparciré los huesos de ustedes alrededor de sus altares.
6:6 En todos los lugares donde habiten, las ciudades quedarán en ruinas y los lugares altos serán devastados, para que sus altares queden en ruinas y desolados, sus ídolos sean destrozados y eliminados, sus altares de incienso sean derribados y sus obras sean borradas.
6:7 Los muertos caerán en medio de ustedes y sabrán que yo soy el SEÑOR.
Un remanente recordará al Señor
6:8 Pero dejaré un remanente, de modo que algunos de ustedes escapen de la espada entre las naciones, cuando sean esparcidos por los países.
6:9 Los que escapen de ustedes se acordarán de mí entre las naciones adonde hayan sido llevados cautivos: de cómo he quedado quebrantado por su corazón adúltero que se apartó de mí y por sus ojos que se prostituyeron tras sus ídolos. Se aborrecerán a sí mismos por los males que hicieron, por todas sus abominaciones.
6:10 Sabrán que yo soy el SEÑOR; no hablé en vano al decir que les haría esta calamidad”.
El juicio contra los centros de idolatría
6:11 Así dice el Señor DIOS: “Golpea las palmas, da golpes con el pie y di: ‘¡Ay, por todas las malvadas abominaciones de la casa de Israel!’. Porque caerán por la espada, el hambre y la peste.
6:12 El que esté lejos morirá de peste; el que esté cerca caerá a espada; el que quede y esté sitiado morirá de hambre. Así desahogaré mi furor contra ellos.
6:13 Sabrán que yo soy el SEÑOR cuando sus muertos estén entre sus ídolos, alrededor de sus altares, en cada colina elevada, en todas las cumbres de los montes, debajo de todo árbol frondoso y de cada encina espesa, en los lugares donde ofrecían aromas agradables a todos sus ídolos.
6:14 Extenderé mi mano contra ellos y, en todos los lugares donde habitan, haré la tierra más desolada y devastada que el desierto hacia Diblat. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR”».

Capítulo 7
El fin viene
7:1 La palabra del SEÑOR me llegó en estos términos:
7:2 «Y tú, hijo de hombre, así dice el Señor DIOS a la tierra de Israel: ¡El fin! ¡Ha llegado el fin sobre los cuatro extremos de la tierra!
7:3 Ahora el fin está sobre ti. Enviaré mi ira contra ti, te juzgaré conforme a tus caminos y haré recaer sobre ti todas tus abominaciones.
7:4 Mi ojo no tendrá piedad de ti ni yo tendré compasión. Haré recaer sobre ti tus caminos y tus abominaciones quedarán en medio de ti. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR.
7:5 Así dice el Señor DIOS: ¡Una calamidad, una sola calamidad! ¡Ya viene!
7:6 ¡Ha llegado el fin, ha llegado el fin! Se ha despertado contra ti. ¡Ya viene!
7:7 Te ha llegado la condena, habitante de la tierra. Ha llegado el tiempo, el día está cerca: habrá tumulto, y no gritos de alegría en los montes.
7:8 Ahora, dentro de poco, derramaré mi furor sobre ti y desahogaré mi ira contra ti. Te juzgaré conforme a tus caminos y haré recaer sobre ti todas tus abominaciones.
7:9 Mi ojo no tendrá piedad ni yo tendré compasión. Te daré el pago conforme a tus caminos y tus abominaciones quedarán en medio de ti. Entonces sabrán que yo, el SEÑOR, soy el que hiere.
7:10 ¡Mira el día! ¡Ya viene! Ha salido la condena, ha florecido la vara y ha brotado la arrogancia.
7:11 La violencia se ha levantado como vara de maldad. No quedará nada de ellos, ni de su multitud, ni de sus riquezas, ni habrá esplendor entre ellos.
La compraventa ante la calamidad
7:12 Ha llegado el tiempo, ha llegado el día. Que no se alegre el comprador ni se lamente el vendedor, porque la ira está contra toda su multitud.
7:13 El vendedor no recuperará lo vendido, aunque sigan vivos, porque la visión contra toda su multitud no será revocada. A causa de su culpa, nadie podrá conservar su vida.
La defensa quebrada y el duelo del pueblo
7:14 Han tocado la trompeta y lo han preparado todo, pero nadie sale a la batalla, porque mi furor está contra toda su multitud.
7:15 Afuera está la espada; dentro, la peste y el hambre. Quien esté en el campo morirá a espada; a quien esté en la ciudad lo devorarán el hambre y la peste.
7:16 Los que escapen estarán en los montes como palomas de los valles, gimiendo todos, cada uno por su culpa.
7:17 Todas las manos se debilitarán y todas las rodillas se volverán agua.
7:18 Se vestirán de tela de luto y el terror los cubrirá. En todos los rostros habrá vergüenza y todas las cabezas estarán rapadas.
Los bienes y el santuario no impedirán el juicio
7:19 Arrojarán su plata por las calles y su oro se volverá impuro. Ni su plata ni su oro podrán librarlos en el día del furor del SEÑOR; no saciarán su apetito ni llenarán sus estómagos, porque han sido ocasión de tropiezo para su culpa.
7:20 Convirtieron la belleza de su adorno en orgullo e hicieron con él imágenes de sus abominaciones, sus ídolos detestables. Por eso lo convertiré para ellos en algo impuro.
7:21 Lo entregaré como presa en manos de extraños y como botín a los malvados de la tierra, y lo profanarán.
7:22 Apartaré de ellos mi rostro y profanarán mi lugar secreto. Entrarán en él hombres violentos y lo profanarán.
Violencia, cautiverio y pérdida de dirección
7:23 ¡Prepara la cadena! Porque la tierra está llena de delitos de sangre y la ciudad está llena de violencia.
7:24 Traeré a las naciones más perversas, que se apoderarán de sus casas. Haré cesar el orgullo de los poderosos y sus santuarios serán profanados.
7:25 Viene la angustia; buscarán la paz, pero no la habrá.
7:26 Vendrá calamidad tras calamidad y noticia tras noticia. Buscarán una visión del profeta, pero la instrucción desaparecerá del sacerdote y el consejo de los ancianos.
7:27 El rey hará duelo, el príncipe se vestirá de desolación y las manos del pueblo de la tierra temblarán. Los trataré conforme a sus caminos y los juzgaré según sus propios juicios. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR».

Capítulo 8
Visión de las abominaciones en Jerusalén
8:1 En el sexto año, el día cinco del mes sexto, estaba sentado en mi casa, con los ancianos de Judá sentados delante de mí, cuando allí cayó sobre mí la mano del Señor DIOS.
8:2 Miré y vi una figura con apariencia de fuego. Desde lo que parecían sus lomos hacia abajo era fuego, y desde sus lomos hacia arriba tenía aspecto de resplandor, como metal reluciente.
8:3 Extendió algo semejante a una mano y me tomó por un mechón de mi cabello. El Espíritu me levantó entre la tierra y los cielos y me llevó a Jerusalén en visiones de Dios, a la entrada de la puerta interior que mira al norte. Allí estaba colocada la imagen de los celos, la que provoca a celos.
8:4 Allí estaba la gloria del Dios de Israel, como la visión que yo había visto en la llanura.
8:5 Me dijo: «Hijo de hombre, levanta ahora tus ojos hacia el norte». Levanté mis ojos hacia el norte y vi aquella imagen de los celos al norte de la puerta del altar, en la entrada.
8:6 Me dijo: «Hijo de hombre, ¿ves lo que hacen, las grandes abominaciones que la casa de Israel comete aquí para alejarme de mi santuario? Aún volverás a ver grandes abominaciones».
La idolatría oculta de los ancianos
8:7 Me llevó a la entrada del patio. Miré y vi un agujero en la pared.
8:8 Me dijo: «Hijo de hombre, cava ahora en la pared». Cavé en la pared y apareció una entrada.
8:9 Entonces me dijo: «Entra y mira las malvadas abominaciones que están cometiendo aquí».
8:10 Entré y miré: había toda clase de representaciones de reptiles y animales detestables, y todos los ídolos de la casa de Israel, grabados en la pared por todas partes.
8:11 Delante de ellos estaban de pie setenta hombres de los ancianos de la casa de Israel, con Jaazanías, hijo de Safán, entre ellos. Cada uno tenía su incensario en la mano y subía una espesa nube de incienso.
8:12 Me dijo: «Hijo de hombre, ¿has visto lo que hacen en la oscuridad los ancianos de la casa de Israel, cada uno en sus habitaciones de imágenes? Porque dicen: “El SEÑOR no nos ve; el SEÑOR ha abandonado la tierra”».
8:13 Y me dijo: «Aún volverás a ver grandes abominaciones que ellos cometen».
El duelo por Tamuz junto al templo
8:14 Me llevó a la entrada de la puerta de la casa del SEÑOR que está al norte. Allí había mujeres sentadas llorando por Tamuz.
8:15 Me dijo: «¿Has visto, hijo de hombre? Aún volverás a ver abominaciones mayores que estas».
La adoración del sol y la violencia de Judá
8:16 Me llevó al patio interior de la casa del SEÑOR. A la entrada del templo del SEÑOR, entre el pórtico y el altar, había unos veinticinco hombres, de espaldas al templo del SEÑOR y con el rostro hacia el oriente; se postraban hacia el oriente ante el sol.
8:17 Me dijo: «¿Has visto, hijo de hombre? ¿Le parece poco a la casa de Judá cometer las abominaciones que han cometido aquí? Han llenado la tierra de violencia y han vuelto a provocarme a ira. ¡Mira cómo acercan la rama a sus narices!
8:18 Por eso yo también actuaré con furor. Mi ojo no tendrá piedad ni yo tendré compasión. Aunque griten a mis oídos con gran voz, no los escucharé».

Capítulo 9
El juicio de Jerusalén y la protección del remanente
9:1 Entonces gritó a mis oídos con gran voz: «¡Acérquense, encargados del castigo de la ciudad, cada uno con su arma destructora en la mano!».
9:2 Vi a seis hombres que venían por el camino de la puerta superior que mira al norte, cada uno con su arma para destrozar en la mano. Los acompañaba un hombre vestido de lino, con un estuche de escriba a la cintura. Entraron y se pusieron junto al altar de bronce.
9:3 La gloria del Dios de Israel se elevó del querubín sobre el que había estado, hacia el umbral de la casa. Entonces llamó al hombre vestido de lino que tenía el estuche de escriba a la cintura.
9:4 El SEÑOR le dijo: «Recorre la ciudad, recorre Jerusalén, y pon una marca en la frente de los hombres que gimen y se lamentan por todas las abominaciones que se cometen en medio de ella».
9:5 A los otros les dijo, mientras yo escuchaba: «Pasen por la ciudad detrás de él y hieran. Que su ojo no tenga piedad ni tengan compasión.
9:6 Maten hasta el exterminio a ancianos, jóvenes, vírgenes, niños y mujeres, pero no se acerquen a ningún hombre que lleve la marca. Comiencen por mi santuario». Y comenzaron por los ancianos que estaban delante de la casa.
9:7 Les dijo: «Profanen la casa y llenen los patios de muertos. ¡Salgan!». Salieron y fueron matando por la ciudad.
El clamor de Ezequiel por el remanente
9:8 Mientras ellos mataban y yo quedaba solo, caí rostro en tierra y grité: «¡Ah, Señor DIOS! ¿Vas a destruir a todo el remanente de Israel al derramar tu furor sobre Jerusalén?».
9:9 Me respondió: «La culpa de la casa de Israel y de Judá es muy, muy grande. La tierra está llena de sangre y la ciudad está llena de injusticia, porque dicen: “El SEÑOR ha abandonado la tierra; el SEÑOR no ve”.
9:10 Por eso tampoco mi ojo tendrá piedad ni yo tendré compasión. Haré recaer sus caminos sobre sus propias cabezas».
9:11 Entonces el hombre vestido de lino, que tenía el estuche a la cintura, informó: «He hecho todo lo que me ordenaste».

Capítulo 10
La gloria de Dios abandona el templo
10:1 Miré y vi sobre la expansión que estaba encima de las cabezas de los querubines algo como piedra de lapislázuli, con apariencia semejante a un trono, que apareció sobre ellos.
10:2 Le habló al hombre vestido de lino y le dijo: «Entra entre las ruedas, debajo del querubín; llena tus manos de brasas encendidas de entre los querubines y espárcelas sobre la ciudad». Y entró ante mis ojos.
10:3 Los querubines estaban a la derecha de la casa cuando entró el hombre, y la nube llenaba el patio interior.
10:4 La gloria del SEÑOR se elevó del querubín hacia el umbral de la casa. La casa se llenó de la nube y el patio se llenó del resplandor de la gloria del SEÑOR.
10:5 El sonido de las alas de los querubines se oía hasta el patio exterior, como la voz del Dios Todopoderoso cuando habla.
10:6 Cuando le ordenó al hombre vestido de lino: «Toma fuego de entre las ruedas, de entre los querubines», él entró y se puso junto a la rueda.
10:7 El querubín extendió su mano de entre los querubines hacia el fuego que había entre ellos. Lo tomó y lo puso en las manos del que estaba vestido de lino, quien lo recibió y salió.
10:8 Debajo de las alas de los querubines se veía algo semejante a una mano humana.
Los querubines y las ruedas de la visión
10:9 Miré y vi cuatro ruedas junto a los querubines: una rueda junto a un querubín y otra rueda junto a otro querubín. El aspecto de las ruedas era como el brillo de una piedra de crisólito.
10:10 Las cuatro tenían la misma apariencia, como si una rueda estuviera dentro de otra rueda.
10:11 Al avanzar, se movían hacia sus cuatro lados sin cambiar de orientación, pues iban hacia el lugar al que se dirigía la cabeza, sin cambiar de orientación al avanzar.
10:12 Todo su cuerpo, sus espaldas, sus manos, sus alas y las ruedas estaban llenos de ojos alrededor; los cuatro tenían sus ruedas.
10:13 Oí que a las ruedas se las llamaba «Ruedas giratorias».
10:14 Cada uno tenía cuatro caras. La primera era cara de querubín, la segunda cara humana, la tercera cara de león y la cuarta cara de águila.
10:15 Los querubines se elevaron. Este era el ser viviente que yo había visto junto al río Quebar.
10:16 Cuando los querubines avanzaban, las ruedas avanzaban a su lado. Cuando los querubines levantaban las alas para elevarse de la tierra, las ruedas tampoco se apartaban de su lado.
10:17 Cuando ellos se detenían, ellas se detenían; cuando ellos se elevaban, ellas se elevaban con ellos, porque el espíritu del ser viviente estaba en ellas.
La gloria del Señor se dirige a la puerta oriental
10:18 La gloria del SEÑOR salió de sobre el umbral de la casa y se puso sobre los querubines.
10:19 Los querubines levantaron las alas y se elevaron de la tierra ante mis ojos, al salir, con las ruedas a su lado. Se detuvieron a la entrada de la puerta oriental de la casa del SEÑOR, y la gloria del Dios de Israel estaba por encima de ellos.
10:20 Este era el ser viviente que había visto debajo del Dios de Israel junto al río Quebar; entonces supe que eran querubines.
10:21 Cada uno tenía cuatro caras y cada uno tenía cuatro alas, con algo semejante a manos humanas debajo de las alas.
10:22 El aspecto de sus caras era el de las mismas caras que había visto junto al río Quebar; tenían el mismo aspecto y eran ellos mismos. Cada uno avanzaba de frente hacia adelante.

Capítulo 11
Reprensión de los príncipes malvados
11:1 El Espíritu me levantó y me llevó a la puerta oriental de la casa del SEÑOR, que mira hacia el oriente. A la entrada de la puerta había veinticinco hombres. Entre ellos vi a Jaazanías, hijo de Azur, y a Pelatías, hijo de Benaía, jefes del pueblo.
11:2 Me dijo: «Hijo de hombre, estos son los hombres que traman maldad y dan malos consejos en esta ciudad.
11:3 Dicen: “No está cerca el tiempo de construir casas. Esta ciudad es la olla y nosotros somos la carne”.
11:4 Por eso profetiza contra ellos; ¡profetiza, hijo de hombre!».
11:5 El Espíritu del SEÑOR cayó sobre mí y me dijo: «Di: Así dice el SEÑOR: Así han hablado ustedes, casa de Israel. Yo conozco lo que sube a su espíritu.
11:6 Han multiplicado sus muertos en esta ciudad y han llenado sus calles de cadáveres.
11:7 Por eso, así dice el Señor DIOS: Los muertos que han puesto en medio de ella son la carne, y ella es la olla. Pero a ustedes él los ha sacado de en medio de ella.
11:8 Han temido la espada, y espada traeré contra ustedes —declara el Señor DIOS—.
11:9 Los sacaré de en medio de ella, los entregaré en manos de extraños y ejecutaré juicios contra ustedes.
11:10 Caerán a espada; en la frontera de Israel los juzgaré. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR.
11:11 Ella no será una olla para ustedes, ni ustedes serán la carne dentro de ella. En la frontera de Israel los juzgaré.
11:12 Sabrán que yo soy el SEÑOR, porque no han seguido mis estatutos ni cumplido mis ordenanzas, sino que han actuado según las costumbres de las naciones que los rodean».
La muerte de Pelatías y el clamor del profeta
11:13 Mientras yo profetizaba, murió Pelatías, hijo de Benaía. Caí rostro en tierra y grité con gran voz: «¡Ah, Señor DIOS! ¿Vas a acabar por completo con el remanente de Israel?».
Promesa de restauración y renovación
11:14 La palabra del SEÑOR me llegó en estos términos:
11:15 «Hijo de hombre, tus hermanos, tus hermanos, los hombres de tu parentela y toda la casa de Israel, toda ella, son aquellos a quienes los habitantes de Jerusalén han dicho: “Aléjense del SEÑOR; a nosotros se nos ha dado la tierra en posesión”.
11:16 Por eso di: “Así dice el Señor DIOS: Aunque los he enviado lejos entre las naciones y los he dispersado por los países, he sido para ellos un pequeño santuario en los países adonde han ido”.
11:17 Por eso di: “Así dice el Señor DIOS: Los recogeré de entre los pueblos y los reuniré de los países por los que han sido dispersados, y les daré la tierra de Israel”.
11:18 Ellos llegarán allí y quitarán de ella todos sus ídolos detestables y todas sus abominaciones.
11:19 Les daré un solo corazón y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes. Quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne,
11:20 para que sigan mis estatutos, guarden mis ordenanzas y las cumplan. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios.
11:21 Pero a aquellos cuyo corazón va tras el deseo de sus ídolos detestables y de sus abominaciones, les haré recaer su camino sobre sus propias cabezas —declara el Señor DIOS—».
La gloria sale de Jerusalén y la visión concluye
11:22 Los querubines levantaron las alas, con las ruedas a su lado, y la gloria del Dios de Israel estaba por encima de ellos.
11:23 La gloria del SEÑOR se elevó de en medio de la ciudad y se detuvo sobre el monte que está al oriente de la ciudad.
11:24 El Espíritu me levantó y me llevó a Caldea, a los desterrados, en una visión por el Espíritu de Dios. Entonces se alejó de mí la visión que había visto.
11:25 Comuniqué a los desterrados todas las palabras del SEÑOR que él me había mostrado.

Capítulo 12
Salida de Ezequiel en señal de la cautividad
12:1 La palabra del SEÑOR vino a mí:
12:2 «Hijo de hombre, habitas en medio de una casa rebelde. Tienen ojos para ver, pero no ven; tienen oídos para oír, pero no oyen, porque son una casa rebelde.
12:3 En cuanto a ti, hijo de hombre, prepara un equipaje de desterrado y sal al destierro de día, ante sus ojos. Trasládate de tu lugar a otro lugar ante sus ojos; quizá vean, aunque son una casa rebelde.
12:4 Saca tu equipaje de día, ante sus ojos, como equipaje de destierro. Tú sal al atardecer, ante sus ojos, como salen los desterrados.
12:5 Ante sus ojos, abre un agujero en el muro y saca el equipaje por él.
12:6 Ante sus ojos, cárgalo sobre el hombro y sácalo en la oscuridad. Cúbrete el rostro para no ver la tierra, porque te he puesto como señal para la casa de Israel».
12:7 Hice tal como se me había ordenado: saqué de día mi equipaje, como equipaje de destierro; al atardecer abrí con la mano un agujero en el muro. Lo saqué en la oscuridad y lo cargué sobre el hombro ante sus ojos.
La explicación de la señal del destierro
12:8 Por la mañana, la palabra del SEÑOR vino a mí:
12:9 «Hijo de hombre, ¿no te ha preguntado la casa de Israel, esa casa rebelde: “¿Qué estás haciendo?”?
12:10 Diles: “Así dice el Señor DIOS: Este anuncio se refiere al príncipe que está en Jerusalén y a toda la casa de Israel que se encuentra en medio de ellos”.
12:11 Di: “Yo soy una señal para ustedes. Tal como he hecho, así se hará con ellos: irán al destierro, al cautiverio”.
12:12 El príncipe que está en medio de ellos cargará su equipaje sobre el hombro y saldrá en la oscuridad. Abrirán un agujero en el muro para sacarlo por él. Se cubrirá el rostro para no ver la tierra con sus propios ojos.
12:13 Extenderé mi red sobre él y quedará atrapado en mi trampa. Lo llevaré a Babilonia, a la tierra de los caldeos, pero no la verá, y allí morirá.
12:14 Dispersaré a todos los vientos a cuantos lo rodean, a sus ayudantes y a todas sus tropas, y desenvainaré la espada tras ellos.
12:15 Sabrán que yo soy el SEÑOR cuando los disperse entre las naciones y los esparza por los países.
12:16 Pero dejaré que unos pocos de ellos sobrevivan a la espada, al hambre y a la peste, para que cuenten todas sus abominaciones entre las naciones adonde vayan. Así sabrán que yo soy el SEÑOR».
La señal de comer y beber con angustia
12:17 La palabra del SEÑOR vino a mí:
12:18 «Hijo de hombre, come tu pan temblando y bebe tu agua con estremecimiento y angustia.
12:19 Dile al pueblo de la tierra: “Así dice el Señor DIOS acerca de los habitantes de Jerusalén en la tierra de Israel: Comerán su pan con angustia y beberán su agua con terror, porque su tierra quedará despojada de todo cuanto contiene, a causa de la violencia de todos los que habitan en ella.
12:20 Las ciudades habitadas quedarán devastadas y la tierra se convertirá en una desolación. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR”».
La palabra de Dios frente al refrán de la demora
12:21 La palabra del SEÑOR vino a mí:
12:22 «Hijo de hombre, ¿qué significa ese refrán que ustedes repiten en la tierra de Israel: “Los días se alargan y toda visión queda en nada”?
12:23 Por eso, diles: “Así dice el Señor DIOS: Pondré fin a ese refrán; ya no lo repetirán en Israel”. Diles, en cambio: “Se acercan los días y el cumplimiento de toda visión”.
12:24 Porque ya no habrá ninguna visión falsa ni adivinación aduladora en medio de la casa de Israel.
12:25 Porque yo, el SEÑOR, hablaré; la palabra que diga se cumplirá y no volverá a demorarse. En los días de ustedes, casa rebelde, pronunciaré la palabra y la cumpliré, declara el Señor DIOS».
La respuesta a quienes aplazan el juicio
12:26 La palabra del SEÑOR vino a mí:
12:27 «Hijo de hombre, la casa de Israel dice: “La visión que él ve es para dentro de muchos días; profetiza para tiempos lejanos”.
12:28 Por eso, diles: “Así dice el Señor DIOS: Ninguna de mis palabras volverá a demorarse. Toda palabra que diga se cumplirá, declara el Señor DIOS”».

Capítulo 13
Condenación de los falsos profetas
13:1 La palabra del SEÑOR vino a mí:
13:2 «Hijo de hombre, profetiza contra los profetas de Israel que andan profetizando. Diles a los que profetizan de su propio corazón: “¡Escuchen la palabra del SEÑOR!”.
13:3 Así dice el Señor DIOS: ¡Ay de los profetas necios que siguen su propio espíritu sin haber visto nada!
13:4 ¡Como zorros entre ruinas han sido tus profetas, Israel!
13:5 No han subido a las brechas ni han levantado un muro en torno a la casa de Israel para que resista en la batalla, en el día del SEÑOR.
13:6 Han visto falsedad y adivinación mentirosa. Dicen: “El SEÑOR declara”, aunque el SEÑOR no los ha enviado, y esperan que se cumpla la palabra.
13:7 ¿No han visto una visión falsa y pronunciado una adivinación mentirosa cuando dicen: “El SEÑOR declara”, aunque yo no he hablado?
El juicio sobre los profetas mentirosos
13:8 Por eso, así dice el Señor DIOS: Puesto que han hablado falsedad y han visto mentira, aquí estoy contra ustedes, declara el Señor DIOS.
13:9 Mi mano estará contra los profetas que ven falsedad y adivinan mentira. No estarán en el consejo de mi pueblo, no serán inscritos en el registro de la casa de Israel ni entrarán en la tierra de Israel. Entonces sabrán que yo soy el Señor DIOS.
La falsa paz y el muro que caerá
13:10 Porque, sí, porque han extraviado a mi pueblo diciendo: “¡Paz!”, cuando no hay paz. Uno levanta un muro y ellos lo recubren con un revoque que no resiste.
13:11 Diles a los que lo recubren con ese revoque que caerá. Vendrá una lluvia torrencial; ustedes, piedras de granizo, caerán, y un viento de tormenta lo desgarrará.
13:12 Cuando caiga el muro, ¿no les dirán: “¿Dónde está el revoque con que lo recubrieron?”?
13:13 Por eso, así dice el Señor DIOS: Desataré un viento de tormenta en mi furor; habrá lluvia torrencial en mi ira y piedras de granizo en mi furor, para destruir.
13:14 Derribaré el muro que han recubierto con ese revoque y lo echaré a tierra, dejando al descubierto sus cimientos. Caerá y ustedes perecerán en medio de él. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR.
13:15 Desahogaré mi furor contra el muro y contra quienes lo recubrieron con ese revoque. Les diré: “Ya no existe el muro ni quienes lo recubrieron:
13:16 los profetas de Israel que profetizan acerca de Jerusalén y ven para ella visiones de paz cuando no hay paz”, declara el Señor DIOS.
La denuncia contra las falsas profetisas
13:17 En cuanto a ti, hijo de hombre, dirige tu rostro contra las hijas de tu pueblo que profetizan de su propio corazón. Profetiza contra ellas
13:18 y di: Así dice el Señor DIOS: ¡Ay de las que cosen cintas sobre todas las articulaciones de mis manos y hacen velos para las cabezas de personas de toda talla, con el fin de cazar vidas! ¿Cazarán las vidas de mi pueblo y mantendrán con vida las suyas?
13:19 Me han profanado ante mi pueblo por puñados de cebada y pedazos de pan, dando muerte a quienes no deben morir y manteniendo con vida a quienes no deben vivir, al mentirle a mi pueblo que escucha la mentira.
13:20 Por eso, así dice el Señor DIOS: Aquí estoy contra sus cintas, con las que cazan allí vidas como aves. Las arrancaré de sus brazos y dejaré libres las vidas, las vidas que ustedes cazan como aves.
13:21 También rasgaré sus velos y rescataré a mi pueblo de sus manos. Ya no serán presa en sus manos. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR.
13:22 Por haber afligido con mentiras el corazón del justo, a quien yo no he afligido, y por haber fortalecido las manos del malvado, impidiendo que se aparte de su mal camino y conserve la vida,
13:23 por eso ya no verán falsedad ni practicarán más la adivinación. Rescataré a mi pueblo de sus manos y sabrán que yo soy el SEÑOR».

Capítulo 14
Juicio contra los idólatras que consultan al profeta
14:1 Vinieron a mí algunos de los ancianos de Israel y se sentaron delante de mí.
14:2 La palabra del SEÑOR vino a mí:
14:3 «Hijo de hombre, estos hombres han alzado sus ídolos en su corazón y han puesto ante su rostro aquello que los hace caer en la maldad. ¿Acaso voy a dejar que me consulten?
14:4 Por eso, háblales y diles: Así dice el Señor DIOS: A cualquier hombre de la casa de Israel que alce sus ídolos en su corazón, ponga ante su rostro aquello que lo hace caer en la maldad y venga al profeta, yo, el SEÑOR, responderé al que venga conforme a la multitud de sus ídolos,
14:5 para atrapar por el corazón a la casa de Israel, pues todos se han apartado de mí por sus ídolos.
El llamado a abandonar los ídolos
14:6 Por eso, dile a la casa de Israel: Así dice el Señor DIOS: ¡Vuelvan y apártense de sus ídolos! ¡Aparten su rostro de todas sus abominaciones!
14:7 Porque a cualquier hombre de la casa de Israel, o a cualquier extranjero que resida en Israel, que se aparte de seguirme, alce sus ídolos en su corazón, ponga ante su rostro aquello que lo hace caer en la maldad y venga al profeta para consultarme por medio de él, yo, el SEÑOR, le responderé personalmente.
14:8 Dirigiré mi rostro contra ese hombre, lo convertiré en señal y en motivo de refranes, y lo eliminaré de en medio de mi pueblo. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR.
14:9 Si un profeta es engañado y pronuncia una palabra, yo, el SEÑOR, he engañado a ese profeta. Extenderé mi mano contra él y lo destruiré de en medio de mi pueblo Israel.
14:10 Ambos cargarán con su culpa: la culpa del profeta será igual que la de quien lo consulte,
14:11 para que la casa de Israel no vuelva a apartarse de seguirme ni vuelva a contaminarse con todas sus rebeliones. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, declara el Señor DIOS».
Justicia del castigo de Jerusalén
14:12 La palabra del SEÑOR vino a mí:
14:13 «Hijo de hombre, si una tierra peca contra mí cometiendo infidelidad, y yo extiendo mi mano contra ella, le corto el sustento de pan, envío hambre sobre ella y elimino de ella a seres humanos y animales,
14:14 aunque estuvieran en medio de ella estos tres hombres, Noé, Daniel y Job, ellos, por su justicia, salvarían sus propias vidas, declara el Señor DIOS.
14:15 Si hiciera pasar fieras por la tierra y la despoblaran, de modo que quedara desolada y nadie pasara por ella a causa de las fieras,
14:16 aunque estos tres hombres estuvieran en medio de ella, tan cierto como que vivo yo, declara el Señor DIOS, no salvarían a hijos ni a hijas. Solo ellos se salvarían, y la tierra quedaría desolada.
14:17 O si trajera la espada contra esa tierra y dijera: “¡Espada, recorre la tierra!”, y eliminara de ella a seres humanos y animales,
14:18 aunque esos tres hombres estuvieran en medio de ella, tan cierto como que vivo yo, declara el Señor DIOS, no salvarían a hijos ni a hijas. Solo ellos se salvarían.
14:19 O si enviara peste contra esa tierra y derramara sobre ella mi furor con sangre, para eliminar de ella a seres humanos y animales,
14:20 aunque Noé, Daniel y Job estuvieran en medio de ella, tan cierto como que vivo yo, declara el Señor DIOS, no salvarían a hijo ni a hija. Por su justicia salvarían sus propias vidas.
El juicio de Jerusalén y los supervivientes
14:21 Porque así dice el Señor DIOS: ¡Cuánto más cuando envíe contra Jerusalén mis cuatro juicios terribles —espada, hambre, fieras y peste— para eliminar de ella a seres humanos y animales!
14:22 Sin embargo, quedarán en ella sobrevivientes, hijos e hijas que serán sacados. Ellos vendrán a ustedes, y ustedes verán su conducta y sus acciones. Entonces encontrarán consuelo respecto a la calamidad que he traído sobre Jerusalén, respecto a todo lo que he traído sobre ella.
14:23 Ellos los consolarán cuando vean su conducta y sus acciones. Sabrán que no he hecho sin motivo todo lo que hice en ella, declara el Señor DIOS».

Capítulo 15
Jerusalén es como una vid inútil
15:1 La palabra del SEÑOR vino a mí:
15:2 «Hijo de hombre, ¿en qué supera a cualquier otra madera la madera de la vid, el sarmiento que está entre los árboles del bosque?
15:3 ¿Se toma de ella madera para hacer algún trabajo? ¿Se toma de ella siquiera una estaca para colgar algún utensilio?
15:4 Mira, se la entrega al fuego como combustible. Si el fuego ha consumido sus dos extremos y el centro está chamuscado, ¿servirá para algún trabajo?
15:5 Si cuando estaba intacta no se hacía con ella ningún trabajo, ¡cuánto menos podrá hacerse algo con ella cuando el fuego la haya consumido y esté chamuscada!
La aplicación de la comparación a Jerusalén
15:6 Por eso, así dice el Señor DIOS: Como la madera de la vid entre los árboles del bosque, que he entregado al fuego como combustible, así he entregado a los habitantes de Jerusalén.
15:7 Dirigiré mi rostro contra ellos. Han salido del fuego, pero el fuego los consumirá. Sabrán que yo soy el SEÑOR cuando dirija mi rostro contra ellos.
15:8 Convertiré la tierra en una desolación porque han cometido infidelidad, declara el Señor DIOS».

Capítulo 16
Infidelidad de Jerusalén
16:1 La palabra del SEÑOR vino a mí:
16:2 «Hijo de hombre, haz que Jerusalén conozca sus abominaciones
16:3 y di: Así dice el Señor DIOS a Jerusalén: Por tu origen y tu nacimiento eres de la tierra del cananeo. Tu padre era amorreo y tu madre hitita.
16:4 En cuanto a tu nacimiento, el día en que naciste no te cortaron el cordón umbilical, no te lavaron con agua para limpiarte, no te frotaron con sal ni te envolvieron en pañales.
16:5 Ningún ojo tuvo compasión de ti para hacer por ti alguna de estas cosas, para apiadarse de ti. Al contrario, te arrojaron al campo abierto, despreciando tu vida, el día en que naciste.
El Señor da vida y cuida de Jerusalén
16:6 Yo pasé junto a ti y te vi revolcándote en tu sangre. Mientras estabas en tu sangre, te dije: “¡Vive!”. Sí, mientras estabas en tu sangre, te dije: “¡Vive!”.
16:7 Te hice multiplicarte como las plantas del campo. Creciste, te desarrollaste y alcanzaste la plenitud de la hermosura. Se formaron tus pechos y te creció el vello, pero estabas desnuda y descubierta.
16:8 Pasé junto a ti y te vi: había llegado tu tiempo, el tiempo del amor. Extendí sobre ti el borde de mi manto y cubrí tu desnudez. Te hice un juramento y entré en pacto contigo, declara el Señor DIOS, y fuiste mía.
16:9 Te bañé con agua, te limpié la sangre y te ungí con aceite.
16:10 Te vestí con telas bordadas, te calcé con sandalias de cuero fino, te envolví en lino fino y te cubrí de seda.
16:11 Te adorné con joyas; puse brazaletes en tus manos y un collar en tu cuello.
16:12 Puse un anillo en tu nariz, pendientes en tus orejas y una hermosa corona sobre tu cabeza.
16:13 Así te adornaste de oro y plata; tu ropa era de lino fino, seda y telas bordadas. Comías harina selecta, miel y aceite. Llegaste a ser sumamente hermosa y alcanzaste la realeza.
16:14 Tu fama se extendió entre las naciones por tu hermosura, porque era perfecta gracias al esplendor que yo había puesto sobre ti, declara el Señor DIOS.
Jerusalén desvía los dones hacia la idolatría
16:15 Pero confiaste en tu hermosura y te prostituiste por tu fama. Derrochaste tus prostituciones con todo el que pasaba; eras suya.
16:16 Tomaste algunas de tus ropas, te hiciste lugares altos de varios colores y te prostituiste sobre ellos. Cosas así no habían ocurrido ni volverán a ocurrir.
16:17 Tomaste también tus hermosas joyas de mi oro y de mi plata, que yo te había dado. Te hiciste imágenes de varones y te prostituiste con ellas.
16:18 Tomaste tus ropas bordadas y cubriste las imágenes; pusiste mi aceite y mi incienso delante de ellas.
16:19 También mi pan, que yo te había dado —la harina selecta, el aceite y la miel con que te alimentaba—, lo pusiste delante de ellas como aroma agradable. Así sucedió, declara el Señor DIOS.
16:20 Tomaste a tus hijos y a tus hijas, los que habías dado a luz para mí, y se los sacrificaste como alimento. ¿Acaso eran poca cosa tus prostituciones,
16:21 para que degollaras a mis hijos y se los entregaras como ofrenda?
16:22 En medio de todas tus abominaciones y tus prostituciones, no recordaste los días de tu juventud, cuando estabas desnuda y descubierta, revolcándote en tu sangre.
La infidelidad pública y las alianzas con las naciones
16:23 Y después de toda tu maldad —¡ay, ay de ti!, declara el Señor DIOS—,
16:24 te construiste un santuario y te hiciste un lugar elevado en cada plaza.
16:25 En cada cruce de caminos construiste tu lugar elevado. Hiciste abominable tu hermosura, abriste las piernas a todo el que pasaba y multiplicaste tus prostituciones.
16:26 Te prostituiste con los egipcios, tus vecinos de grandes miembros. Multiplicaste tus prostituciones para provocarme a ira.
16:27 Por eso extendí mi mano contra ti y reduje tu ración. Te entregué al deseo de las que te odian, las hijas de los filisteos, que se avergonzaban de tu conducta depravada.
16:28 Te prostituiste con los asirios porque no estabas satisfecha. Te prostituiste con ellos y tampoco quedaste satisfecha.
16:29 Multiplicaste tu prostitución en la tierra de Canaán, hasta Caldea, y ni aun con esto quedaste satisfecha.
16:30 ¡Qué débil es tu corazón, declara el Señor DIOS, cuando haces todas estas cosas, obras de una prostituta desvergonzada!
16:31 Al construir tu santuario en cada cruce de caminos y hacer tu lugar elevado en cada plaza, no eras como una prostituta, pues despreciabas la paga.
16:32 ¡Mujer adúltera, que recibe a extraños en lugar de su marido!
16:33 A todas las prostitutas les dan regalos, pero tú dabas tus regalos a todos tus amantes y los sobornabas para que vinieran a ti de todas partes para tus prostituciones.
16:34 En tus prostituciones te ocurrió lo contrario que a las demás mujeres: nadie te solicitaba para prostituirte; tú dabas la paga y a ti no te daban paga. ¡Eras lo contrario!
La sentencia del Señor contra Jerusalén
16:35 Por eso, prostituta, escucha la palabra del SEÑOR.
16:36 Así dice el Señor DIOS: Por haber derramado tu lascivia y haber quedado expuesta tu desnudez en tus prostituciones con tus amantes y con todos tus ídolos abominables, y por la sangre de tus hijos que les entregaste,
16:37 por eso voy a reunir a todos tus amantes con quienes te complaciste, a todos los que amaste junto con todos los que odiaste. Los reuniré de todas partes contra ti, descubriré tu desnudez ante ellos y verán toda tu desnudez.
16:38 Te juzgaré con las sentencias que se dictan contra las adúlteras y las que derraman sangre. Traeré sobre ti sangre de furor y de celos.
16:39 Te entregaré en sus manos. Derribarán tu santuario, destruirán tus lugares elevados, te quitarán la ropa, se llevarán tus hermosas joyas y te dejarán desnuda y descubierta.
16:40 Harán subir una multitud contra ti, te apedrearán y te despedazarán con sus espadas.
16:41 Quemarán tus casas con fuego y ejecutarán sentencias contra ti ante los ojos de muchas mujeres. Pondré fin a tu prostitución y no volverás a dar paga.
16:42 Desahogaré mi furor contra ti y mis celos se apartarán de ti. Me calmaré y no volveré a enojarme.
16:43 Porque no recordaste los días de tu juventud y me irritaste con todas estas cosas, yo también haré recaer tu conducta sobre tu cabeza, declara el Señor DIOS. ¿No has añadido depravación a todas tus abominaciones?
Jerusalén ante Samaria y Sodoma
16:44 Mira, todo el que usa refranes te aplicará este refrán: “De tal madre, tal hija”.
16:45 Eres hija de tu madre, que despreciaba a su marido y a sus hijos; eres hermana de tus hermanas, que despreciaban a sus maridos y a sus hijos. La madre de ustedes era hitita y su padre, amorreo.
16:46 Tu hermana mayor es Samaria, que habita con sus hijas a tu izquierda; tu hermana menor es Sodoma, que habita con sus hijas a tu derecha.
16:47 No solo seguiste sus caminos e hiciste conforme a sus abominaciones; como si eso fuera muy poca cosa, te corrompiste más que ellas en todos tus caminos.
16:48 Tan cierto como que vivo yo, declara el Señor DIOS, tu hermana Sodoma y sus hijas no han hecho lo que tú y tus hijas han hecho.
16:49 Esta fue la culpa de tu hermana Sodoma: ella y sus hijas tenían soberbia, abundancia de pan y una tranquilidad despreocupada, pero no sostenían la mano del pobre ni del necesitado.
16:50 Se enorgullecieron y cometieron abominaciones delante de mí, y las hice desaparecer cuando lo vi.
16:51 Samaria no cometió ni la mitad de tus pecados. Multiplicaste tus abominaciones más que ellas y, con todas las abominaciones que cometiste, hiciste parecer justas a tus hermanas.
16:52 Tú también carga con tu humillación, pues has favorecido la causa de tus hermanas. Por tus pecados, con los que has actuado de manera más abominable que ellas, ellas resultan más justas que tú. Avergüénzate tú también y carga con tu humillación, pues has hecho parecer justas a tus hermanas.
La restauración de Jerusalén junto a sus hermanas
16:53 Restauraré su bienestar, el bienestar de Sodoma y de sus hijas, y el bienestar de Samaria y de sus hijas; también restauraré tu bienestar en medio de ellas,
16:54 para que cargues con tu humillación y te avergüences de todo lo que has hecho, al servirles de consuelo.
16:55 Tus hermanas, Sodoma y sus hijas, volverán a su estado anterior; Samaria y sus hijas volverán a su estado anterior. También tú y tus hijas volverán a su estado anterior.
16:56 Tu hermana Sodoma no era mencionada en tu boca en los días de tu soberbia,
16:57 antes de que se descubriera tu maldad, como ahora, en el tiempo de los insultos de las hijas de Aram y de todas sus vecinas, de las hijas de los filisteos que te desprecian por todas partes.
16:58 Tú cargas con tu depravación y tus abominaciones, declara el SEÑOR.
16:59 Porque así dice el Señor DIOS: Haré contigo como has hecho tú, que despreciaste el juramento al quebrantar el pacto.
El pacto eterno y el perdón del Señor
16:60 Pero yo recordaré mi pacto contigo en los días de tu juventud y estableceré contigo un pacto eterno.
16:61 Recordarás tu conducta y te avergonzarás cuando recibas a tus hermanas, las mayores y las menores que tú. Te las daré por hijas, aunque no por causa de tu pacto.
16:62 Yo estableceré mi pacto contigo y sabrás que yo soy el SEÑOR,
16:63 para que recuerdes y te avergüences, y no vuelvas a abrir la boca a causa de tu humillación, cuando yo te perdone todo lo que has hecho, declara el Señor DIOS».

Capítulo 17
Parábola de las águilas y la vid
17:1 La palabra del SEÑOR vino a mí:
17:2 «Hijo de hombre, plantea un enigma y cuenta una parábola a la casa de Israel.
17:3 Di: Así dice el Señor DIOS: Una gran águila, de grandes alas y largas plumas, cubierta de espeso plumaje de variados colores, llegó al Líbano y tomó la copa del cedro.
17:4 Arrancó la punta de sus renuevos, la llevó a una tierra de mercaderes y la puso en una ciudad de comerciantes.
17:5 Tomó también semilla de la tierra y la puso en un campo de siembra. La colocó junto a aguas abundantes, la plantó como un sauce.
17:6 Brotó y se convirtió en una vid extendida, de poca altura, cuyas ramas se volvían hacia el águila y cuyas raíces quedaban debajo de ella. Se convirtió en una vid, produjo sarmientos y echó renuevos.
17:7 Había otra gran águila, de grandes alas y abundante plumaje. Y esta vid dirigió sus raíces hacia ella y extendió hacia ella sus ramas, desde los surcos donde estaba plantada, para que la regara.
17:8 Estaba plantada en un buen campo, junto a aguas abundantes, para echar ramas, dar fruto y convertirse en una vid espléndida.
17:9 Di: Así dice el Señor DIOS: ¿Prosperará? ¿No arrancará el águila sus raíces y cortará su fruto, de modo que se seque? Todas sus hojas tiernas se secarán. No hará falta un brazo poderoso ni mucha gente para arrancarla de raíz.
17:10 Ahí está plantada: ¿prosperará? ¿No se secará por completo cuando la toque el viento del este? En los mismos surcos donde creció se secará».
La explicación del enigma y el juramento quebrantado
17:11 La palabra del SEÑOR vino a mí:
17:12 «Dile ahora a la casa rebelde: “¿No saben qué significan estas cosas?”. Di: El rey de Babilonia vino a Jerusalén, tomó a su rey y a sus príncipes y se los llevó consigo a Babilonia.
17:13 Tomó a uno de la descendencia real, hizo un pacto con él y lo puso bajo juramento. También se llevó a los poderosos de la tierra,
17:14 para que el reino quedara sometido y no se levantara, y para que, guardando su pacto, pudiera mantenerse.
17:15 Pero él se rebeló contra el rey de Babilonia y envió sus mensajeros a Egipto para que le dieran caballos y mucha gente. ¿Prosperará? ¿Escapará el que hace tales cosas? ¿Romperá el pacto y escapará?
17:16 Tan cierto como que vivo yo, declara el Señor DIOS, morirá en medio de Babilonia, junto al rey que lo puso en el trono, cuyo juramento despreció y cuyo pacto quebrantó.
17:17 El faraón no lo ayudará en la guerra con un gran ejército ni con una multitud numerosa, cuando se levanten terraplenes y se construyan obras de asedio para acabar con muchas vidas.
17:18 Despreció el juramento y quebrantó el pacto, aunque había dado su mano. Hizo todas estas cosas: no escapará.
17:19 Por eso, así dice el Señor DIOS: Tan cierto como que vivo yo, haré recaer sobre su cabeza mi juramento, que él despreció, y mi pacto, que él quebrantó.
17:20 Extenderé mi red sobre él y quedará atrapado en mi trampa. Lo llevaré a Babilonia y allí entraré en juicio con él por la infidelidad que cometió contra mí.
17:21 Todos sus fugitivos, con todas sus tropas, caerán a espada, y los que queden serán dispersados a todos los vientos. Entonces sabrán que yo, el SEÑOR, he hablado.
El renuevo que el Señor plantará
17:22 Así dice el Señor DIOS: Yo mismo tomaré un renuevo de la copa del alto cedro y lo plantaré. Arrancaré uno tierno de la punta de sus brotes y yo mismo lo plantaré en un monte alto y elevado.
17:23 En el alto monte de Israel lo plantaré. Echará ramas, dará fruto y se convertirá en un cedro majestuoso. Debajo de él habitarán todas las aves, todos los seres alados; a la sombra de sus ramas habitarán.
17:24 Todos los árboles del campo sabrán que yo, el SEÑOR, he abatido al árbol alto y he elevado al árbol bajo; he secado al árbol verde y he hecho florecer al árbol seco. Yo, el SEÑOR, he hablado y lo haré».

Capítulo 18
La responsabilidad personal y el llamado a vivir
18:1 La palabra del SEÑOR vino a mí:
18:2 «¿Por qué repiten ustedes este refrán acerca de la tierra de Israel: “Los padres comen uvas agrias y los dientes de los hijos se destemplan”?
18:3 Tan cierto como que vivo yo, declara el Señor DIOS, no volverán a repetir este refrán en Israel.
18:4 Todas las vidas me pertenecen: tanto la vida del padre como la vida del hijo son mías. La persona que peque, esa morirá.
La vida justa del padre
18:5 Si un hombre es justo y practica el derecho y la justicia,
18:6 no come en los montes ni alza los ojos hacia los ídolos de la casa de Israel, no deshonra a la mujer de su prójimo ni se acerca a una mujer durante su menstruación,
18:7 no oprime a nadie, devuelve al deudor su prenda, no comete robos, da su pan al hambriento y cubre con ropa al desnudo,
18:8 no presta a interés ni cobra recargos, aparta su mano de la injusticia y juzga con verdad entre una persona y otra,
18:9 anda conforme a mis estatutos y guarda mis decretos para actuar con fidelidad, ese hombre es justo. Ciertamente vivirá, declara el Señor DIOS.
El hijo violento responde por sus actos
18:10 Pero si engendra un hijo violento, que derrama sangre y comete contra un hermano alguna de estas cosas,
18:11 aunque su padre no haya hecho ninguna de ellas; si el hijo come en los montes y deshonra a la mujer de su prójimo,
18:12 oprime al pobre y al necesitado, comete robos, no devuelve la prenda, alza los ojos hacia los ídolos, comete abominaciones,
18:13 presta a interés y cobra recargos, ¿vivirá? ¡No vivirá! Ha cometido todas estas abominaciones: ciertamente se le dará muerte; su sangre recaerá sobre él.
El hijo que rechaza el mal de su padre
18:14 Pero si este engendra un hijo que ve todos los pecados cometidos por su padre y, al verlos, no hace lo mismo,
18:15 no come en los montes ni alza los ojos hacia los ídolos de la casa de Israel, no deshonra a la mujer de su prójimo,
18:16 no oprime a nadie, no toma nada en prenda ni comete robos, da su pan al hambriento y cubre con ropa al desnudo,
18:17 se abstiene de oprimir al pobre, no cobra interés ni recargos, cumple mis decretos y anda conforme a mis estatutos, ese no morirá por la culpa de su padre; ciertamente vivirá.
18:18 Su padre, por haber practicado la extorsión, robado a su hermano y hecho lo que no es bueno en medio de su pueblo, morirá por su propia culpa.
Cada persona responde ante Dios
18:19 Pero ustedes dicen: “¿Por qué no carga el hijo con la culpa del padre?”. Porque el hijo ha practicado el derecho y la justicia, ha guardado todos mis estatutos y los ha cumplido: ciertamente vivirá.
18:20 La persona que peque, esa morirá. El hijo no cargará con la culpa del padre ni el padre cargará con la culpa del hijo. La justicia del justo recaerá sobre él y la maldad del malvado recaerá sobre él.
El camino de Dios es justo
Texto relacionado: Ezequiel 33:10–20.
18:21 Pero si el malvado se aparta de todos los pecados que ha cometido, guarda todos mis estatutos y practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá; no morirá.
18:22 No se le recordará ninguna de las rebeliones que haya cometido. Por la justicia que haya practicado vivirá.
18:23 ¿Acaso me complazco en la muerte del malvado?, declara el Señor DIOS. ¿No me complazco más bien en que se aparte de sus caminos y viva?
18:24 Pero si el justo se aparta de su justicia y comete injusticia, si hace todas las abominaciones que hace el malvado, ¿vivirá? No se recordará ninguna de las acciones justas que haya practicado. Por la infidelidad que haya cometido y por el pecado con que haya pecado, por ellos morirá.
18:25 Pero ustedes dicen: “El camino del Señor no es justo”. Escuchen ahora, casa de Israel: ¿No es justo mi camino? ¿No son sus caminos los que no son justos?
18:26 Cuando el justo se aparta de su justicia, comete injusticia y muere por ello, muere por la injusticia que ha cometido.
18:27 Y cuando el malvado se aparta de la maldad que ha cometido y practica el derecho y la justicia, conservará su vida.
18:28 Porque ha reflexionado y se ha apartado de todas las rebeliones que había cometido, ciertamente vivirá; no morirá.
18:29 Pero la casa de Israel dice: “El camino del Señor no es justo”. ¿No son justos mis caminos, casa de Israel? ¿No son sus caminos los que no son justos?
El llamado a volver al Señor
18:30 Por eso los juzgaré a ustedes, casa de Israel, a cada uno conforme a su conducta, declara el Señor DIOS. Vuelvan y apártense de todas sus rebeliones, para que la culpa no les haga tropezar.
18:31 Arrojen lejos de ustedes todas las rebeliones con que se han rebelado. Háganse un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué han de morir, casa de Israel?
18:32 Porque no me complazco en la muerte del que muere, declara el Señor DIOS. ¡Vuelvan y vivan!».

Capítulo 19
Lamentación sobre los príncipes de Israel
19:1 «En cuanto a ti, entona un lamento por los príncipes de Israel
19:2 y di: ¿Qué era tu madre?
   Una leona.
   Se recostaba entre leones;
   en medio de leones jóvenes criaba a sus cachorros.
19:3 Crió a uno de sus cachorros y este se convirtió en un león joven.
   Aprendió a desgarrar la presa y devoró seres humanos.
19:4 Las naciones oyeron hablar de él;
   quedó atrapado en el foso de ellas y lo llevaron con garfios a la tierra de Egipto.
19:5 Cuando ella vio que su espera era en vano y que su esperanza se había perdido, tomó otro de sus cachorros y lo hizo un león joven.
19:6 Este anduvo entre leones y se convirtió en un león joven.
   Aprendió a desgarrar la presa y devoró seres humanos.
19:7 Conoció a sus viudas y devastó las ciudades de ellos.
   La tierra y todo cuanto contenía quedaron aterrados por el estruendo de sus rugidos.
19:8 Las naciones de las provincias de alrededor se lanzaron contra él y extendieron sobre él su red.
   Quedó atrapado en el foso de ellas.
19:9 Lo pusieron en una jaula, sujeto con garfios, y lo llevaron al rey de Babilonia.
   Lo llevaron a fortalezas para que su voz no volviera a oírse en los montes de Israel.
La vid real arrancada y consumida

19:10 Tu madre era como una vid en tu sangre, plantada junto al agua.
   Era fructífera y frondosa por la abundancia de agua.
19:11 Tenía ramas fuertes, propias para cetros de gobernantes.
   Su altura se elevó entre el espeso ramaje y se destacaba por su altura y sus numerosos sarmientos.
19:12 Pero fue arrancada con furor y arrojada a tierra.
   El viento del este secó su fruto;
   su rama fuerte fue desgajada y se secó, y el fuego la consumió.
19:13 Ahora está plantada en el desierto, en una tierra de sequedad y de sed.
19:14 De una vara de sus ramas salió fuego que consumió su fruto.
   No quedó en ella ninguna vara fuerte, ningún cetro para gobernar.
   Este es un lamento y como lamento ha quedado».

Capítulo 20
Modo de proceder de Dios con Israel
20:1 En el año séptimo, el día diez del quinto mes, vinieron algunos de los ancianos de Israel a consultar al SEÑOR y se sentaron delante de mí.
20:2 La palabra del SEÑOR vino a mí:
20:3 «Hijo de hombre, habla a los ancianos de Israel y diles: Así dice el Señor DIOS: ¿Vienen ustedes a consultarme? Tan cierto como que vivo yo, no me dejaré consultar por ustedes, declara el Señor DIOS.
20:4 ¿Los juzgarás? ¿Los juzgarás, hijo de hombre? Hazles conocer las abominaciones de sus padres.
20:5 Diles: Así dice el Señor DIOS: El día en que escogí a Israel, alcé mi mano ante los descendientes de la casa de Jacob y me di a conocer a ellos en la tierra de Egipto. Alcé mi mano ante ellos y dije: “Yo soy el SEÑOR, su Dios”.
20:6 Aquel día alcé mi mano ante ellos, jurando sacarlos de la tierra de Egipto a una tierra que había explorado para ellos, una tierra que fluye leche y miel, la más hermosa de todas las tierras.
20:7 Les dije: “Que cada uno arroje las cosas detestables que tiene ante sus ojos. No se contaminen con los ídolos de Egipto. Yo soy el SEÑOR, su Dios”.
20:8 Pero se rebelaron contra mí y no quisieron escucharme. Ninguno arrojó las cosas detestables que tenía ante sus ojos ni abandonaron los ídolos de Egipto. Entonces dije que derramaría mi furor sobre ellos y desahogaría mi ira contra ellos en medio de la tierra de Egipto.
20:9 Pero actué por causa de mi nombre, para que no fuera profanado ante los ojos de las naciones en medio de las cuales estaban, ante cuya vista me había dado a conocer a ellos al sacarlos de la tierra de Egipto.
La liberación, la ley y la rebelión en el desierto
20:10 Los saqué de la tierra de Egipto y los llevé al desierto.
20:11 Les di mis estatutos y les hice conocer mis decretos, por los cuales vivirá la persona que los cumpla.
20:12 También les di mis días de reposo como señal entre mí y ellos, para que supieran que yo soy el SEÑOR, el que los santifica.
20:13 Pero la casa de Israel se rebeló contra mí en el desierto. No anduvieron conforme a mis estatutos y rechazaron mis decretos, por los cuales vivirá la persona que los cumpla. Profanaron en gran manera mis días de reposo. Entonces dije que derramaría mi furor sobre ellos en el desierto para exterminarlos.
20:14 Pero actué por causa de mi nombre, para que no fuera profanado ante los ojos de las naciones a cuya vista los había sacado.
20:15 También alcé mi mano ante ellos en el desierto, jurando no llevarlos a la tierra que les había dado, que fluye leche y miel, la más hermosa de todas las tierras,
20:16 porque rechazaron mis decretos, no anduvieron conforme a mis estatutos y profanaron mis días de reposo, pues su corazón seguía a sus ídolos.
20:17 Sin embargo, mi ojo se apiadó de ellos para no destruirlos, y no acabé con ellos en el desierto.
El llamado a los hijos y su nueva rebelión
20:18 Les dije a sus hijos en el desierto: “No anden conforme a los estatutos de sus padres, no guarden sus decretos ni se contaminen con sus ídolos.
20:19 Yo soy el SEÑOR, su Dios. Anden conforme a mis estatutos, guarden mis decretos y cúmplanlos.
20:20 Santifiquen mis días de reposo y que sean señal entre mí y ustedes, para que sepan que yo soy el SEÑOR, su Dios”.
20:21 Pero los hijos se rebelaron contra mí. No anduvieron conforme a mis estatutos ni guardaron mis decretos para cumplirlos, por los cuales vivirá la persona que los cumpla. Profanaron mis días de reposo. Entonces dije que derramaría mi furor sobre ellos para desahogar mi ira contra ellos en el desierto.
20:22 Pero retiré mi mano y actué por causa de mi nombre, para que no fuera profanado ante los ojos de las naciones a cuya vista los había sacado.
20:23 También alcé mi mano ante ellos en el desierto, jurando dispersarlos entre las naciones y esparcirlos por los países,
20:24 porque no cumplieron mis decretos, rechazaron mis estatutos y profanaron mis días de reposo. Sus ojos seguían a los ídolos de sus padres.
20:25 Yo también les di estatutos que no eran buenos y decretos por los cuales no podían vivir.
20:26 Los contaminé con sus ofrendas, al ofrecer ellos a todo primogénito del vientre, para dejarlos desolados, para que supieran que yo soy el SEÑOR.
La infidelidad en la tierra y en la generación presente
20:27 Por eso, hijo de hombre, habla a la casa de Israel y diles: Así dice el Señor DIOS: También en esto me ultrajaron sus padres, al cometer infidelidad contra mí.
20:28 Los llevé a la tierra que había jurado darles alzando mi mano. Pero miraron toda colina alta y todo árbol frondoso, y allí ofrecieron sus sacrificios, allí presentaron sus ofrendas provocadoras, allí pusieron sus aromas agradables y allí derramaron sus ofrendas líquidas.
20:29 Les dije: “¿Qué es ese lugar alto adonde van?”. Y se le ha llamado Bama hasta el día de hoy.
20:30 Por eso, dile a la casa de Israel: Así dice el Señor DIOS: ¿Se contaminan siguiendo el camino de sus padres y se prostituyen tras sus cosas detestables?
20:31 Al presentar sus ofrendas y hacer pasar por el fuego a sus hijos, se contaminan con todos sus ídolos hasta el día de hoy. ¿Y voy a dejar que ustedes me consulten, casa de Israel? Tan cierto como que vivo yo, declara el Señor DIOS, no me dejaré consultar por ustedes.
El reinado de Dios, el juicio y la restauración
20:32 Lo que se les ha ocurrido no sucederá de ninguna manera, eso de que dicen: “Seremos como las naciones, como las familias de los países, que sirven a la madera y a la piedra”.
20:33 Tan cierto como que vivo yo, declara el Señor DIOS, reinaré sobre ustedes con mano fuerte, con brazo extendido y con furor derramado.
20:34 Los sacaré de entre los pueblos y los reuniré de los países por donde han sido dispersados, con mano fuerte, con brazo extendido y con furor derramado.
20:35 Los llevaré al desierto de los pueblos y allí entraré en juicio con ustedes cara a cara.
20:36 Como entré en juicio con sus padres en el desierto de la tierra de Egipto, así entraré en juicio con ustedes, declara el Señor DIOS.
20:37 Los haré pasar bajo la vara y los haré entrar en el vínculo del pacto.
20:38 Separaré de entre ustedes a los rebeldes y a los que se sublevan contra mí. Los sacaré de la tierra donde residen, pero no entrarán en la tierra de Israel. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR.
20:39 En cuanto a ustedes, casa de Israel, así dice el Señor DIOS: Vayan, cada uno a servir a sus ídolos, también en adelante, si no me escuchan. Pero no profanen más mi santo nombre con sus ofrendas y sus ídolos.
La aceptación y el arrepentimiento del pueblo restaurado
20:40 Porque en mi monte santo, en el alto monte de Israel, declara el Señor DIOS, allí me servirá toda la casa de Israel, toda ella, en la tierra. Allí los aceptaré y allí reclamaré sus ofrendas y las primicias de sus dones, con todas sus cosas consagradas.
20:41 Los aceptaré como aroma agradable cuando los saque de entre los pueblos y los reúna de los países por donde han sido dispersados. Mostraré mi santidad en ustedes ante los ojos de las naciones.
20:42 Sabrán que yo soy el SEÑOR cuando los lleve a la tierra de Israel, a la tierra que juré dar a sus padres alzando mi mano.
20:43 Allí recordarán su conducta y todas las acciones con las que se contaminaron. Se aborrecerán a ustedes mismos por todas las maldades que cometieron.
20:44 Sabrán que yo soy el SEÑOR cuando trate con ustedes por causa de mi nombre, y no conforme a sus malos caminos ni a sus acciones corruptas, casa de Israel, declara el Señor DIOS».
Profecía contra el Neguev
20:45 La palabra del SEÑOR vino a mí:
20:46 «Hijo de hombre, dirige tu rostro hacia el sur y proclama tu palabra contra el sur. Profetiza contra el bosque de la región del Neguev.
20:47 Dile al bosque del Neguev: Escucha la palabra del SEÑOR. Así dice el Señor DIOS: Voy a encender en ti un fuego que consumirá todo árbol verde y todo árbol seco que haya en ti. La llama abrasadora no se apagará y en ella se quemarán todos los rostros, desde el sur hasta el norte.
20:48 Todo ser humano verá que yo, el SEÑOR, lo he encendido. No se apagará».
20:49 Entonces dije: «¡Ah, Señor DIOS! Ellos dicen de mí: “¿No es este uno que cuenta parábolas?”».

Capítulo 21
La espada afilada del SEÑOR
21:1 La palabra del SEÑOR vino a mí:
21:2 «Hijo de hombre, dirige tu rostro contra Jerusalén, proclama tu palabra contra los santuarios y profetiza contra la tierra de Israel.
21:3 Dile a la tierra de Israel: Así dice el SEÑOR: Aquí estoy contra ti. Sacaré mi espada de su vaina y eliminaré de ti al justo y al malvado.
21:4 Porque voy a eliminar de ti al justo y al malvado, mi espada saldrá de su vaina contra todo ser humano, desde el sur hasta el norte.
21:5 Todo ser humano sabrá que yo, el SEÑOR, he sacado mi espada de su vaina. No volverá más a ella.
21:6 En cuanto a ti, hijo de hombre, gime con los lomos quebrantados; gime con amargura ante sus ojos.
21:7 Cuando te pregunten: “¿Por qué gimes?”, dirás: “Por la noticia que viene. Todo corazón se derretirá, todas las manos se debilitarán, todo espíritu desfallecerá y todas las rodillas se volverán agua. Ya viene y sucederá, declara el Señor DIOS”».
El canto de la espada preparada
21:8 La palabra del SEÑOR vino a mí:
21:9 «Hijo de hombre, profetiza y di: Así dice el Señor. Di: ¡Una espada, una espada, afilada y también pulida!
21:10 Está afilada para la matanza, pulida para destellar como un rayo. ¿O hemos de alegrarnos? Desprecia el cetro de mi hijo como cualquier madero.
21:11 La entregó a pulir para que fuera empuñada. La espada está afilada y está pulida para entregarla en la mano del que mata.
21:12 ¡Grita y laméntate, hijo de hombre! Porque está contra mi pueblo, contra todos los príncipes de Israel. Ellos han sido entregados a la espada junto con mi pueblo. Por eso, golpéate el muslo.
21:13 Porque habrá una prueba. ¿Y qué, si aun el cetro que la espada desprecia deja de existir?, declara el Señor DIOS.
21:14 En cuanto a ti, hijo de hombre, profetiza y golpea una palma contra la otra. ¡Que la espada se duplique y se triplique! Es la espada de los muertos, la espada de la gran víctima, que los rodea.
21:15 Para que el corazón se derrita y se multipliquen los tropiezos, he puesto en todas sus puertas el terror de la espada. ¡Ah, está hecha para destellar como un rayo, preparada para la matanza!
21:16 ¡Ataca a la derecha! ¡Dirígete a la izquierda, adonde esté dirigido tu filo!
21:17 Yo también golpearé una palma contra la otra y aplacaré mi furor. Yo, el SEÑOR, he hablado».
Los dos caminos del rey de Babilonia
21:18 La palabra del SEÑOR vino a mí:
21:19 «En cuanto a ti, hijo de hombre, traza dos caminos por donde venga la espada del rey de Babilonia. Ambos saldrán de una misma tierra. Haz una señal; hazla en la cabecera del camino hacia la ciudad.
21:20 Traza un camino para que la espada llegue a Rabá de los hijos de Amón y a Judá, contra Jerusalén, la ciudad fortificada.
21:21 Porque el rey de Babilonia se ha detenido en la bifurcación del camino, al comienzo de los dos caminos, para practicar la adivinación. Sacude las flechas, consulta a los ídolos domésticos y observa el hígado.
21:22 En su mano derecha está la adivinación: “Jerusalén”, para colocar arietes, abrir la boca clamando por la matanza, alzar la voz en grito de guerra, colocar arietes contra las puertas, levantar terraplenes y construir obras de asedio.
21:23 A ellos les parecerá una adivinación falsa; tienen juramentos solemnes. Pero él les recordará su culpa, para que sean apresados.
21:24 Por eso, así dice el Señor DIOS: Por haber hecho que se recuerde su culpa al poner al descubierto sus rebeliones y dejar que se vean sus pecados en todas sus acciones, por haber sido recordados, serán apresados por la mano.
La caída del príncipe y de la corona
21:25 Y tú, herido de muerte, malvado príncipe de Israel, cuyo día ha llegado, la hora del castigo final,
21:26 así dice el Señor DIOS: ¡Quítate el turbante y retira la corona! Esto ya no será lo mismo. ¡Eleva lo bajo y abate lo alto!
21:27 ¡A ruina, a ruina, a ruina la reduciré! Esto ya no existirá hasta que venga aquel a quien pertenece el derecho, y yo se lo entregaré.
Juicio contra los amonitas
21:28 En cuanto a ti, hijo de hombre, profetiza y di: Así dice el Señor DIOS acerca de los hijos de Amón y de sus insultos. Di: ¡Una espada, una espada está desenvainada para la matanza, pulida para consumir, para destellar como un rayo!
21:29 Mientras ven falsedad para ti y te adivinan mentira, serás puesta sobre los cuellos de los malvados heridos de muerte, cuyo día ha llegado, la hora del castigo final.
21:30 ¡Devuélvela a su vaina! En el lugar donde fuiste creada, en tu tierra de origen, te juzgaré.
21:31 Derramaré sobre ti mi indignación; soplaré sobre ti con el fuego de mi furor y te entregaré en manos de hombres brutales, expertos en destrucción.
21:32 Serás combustible para el fuego; tu sangre quedará en medio de la tierra. No serás recordada, porque yo, el SEÑOR, he hablado».

Capítulo 22
Los pecados de Jerusalén
22:1 La palabra del SEÑOR vino a mí:
22:2 «En cuanto a ti, hijo de hombre, ¿juzgarás? ¿Juzgarás a la ciudad sanguinaria? Hazle conocer todas sus abominaciones.
22:3 Di: Así dice el Señor DIOS: ¡Ciudad que derrama sangre en medio de sí misma, haciendo que llegue su hora, y que se hace ídolos para contaminarse!
22:4 Por la sangre que has derramado te has hecho culpable; con los ídolos que has fabricado te has contaminado. Has acercado tus días y has llegado al término de tus años. Por eso te he convertido en vergüenza para las naciones y en motivo de burla para todos los países.
22:5 Las que están cerca de ti y las que están lejos se burlarán de ti, ciudad de nombre impuro, llena de confusión.
22:6 Los príncipes de Israel, cada uno según su poder, han estado en ti para derramar sangre.
22:7 En ti despreciaron al padre y a la madre; en medio de ti extorsionaron al extranjero; en ti oprimieron al huérfano y a la viuda.
22:8 Has despreciado mis cosas sagradas y has profanado mis días de reposo.
22:9 En ti ha habido calumniadores para derramar sangre; en ti han comido en los montes; en medio de ti han cometido depravaciones.
22:10 En ti se ha descubierto la desnudez del padre; en ti han violado a la mujer impura por su menstruación.
22:11 Uno ha cometido abominación con la mujer de su prójimo; otro ha deshonrado a su nuera con depravación; y en ti otro ha violado a su hermana, la hija de su padre.
22:12 En ti han aceptado sobornos para derramar sangre. Has cobrado interés y recargos, has obtenido ganancias de tus prójimos mediante la extorsión y te has olvidado de mí, declara el Señor DIOS.
22:13 Por eso he golpeado mi palma a causa de las ganancias injustas que has obtenido y de la sangre derramada en medio de ti.
22:14 ¿Resistirá tu corazón? ¿Conservarán tus manos su fuerza en los días en que yo actúe contra ti? Yo, el SEÑOR, he hablado y lo haré.
22:15 Te dispersaré entre las naciones y te esparciré por los países. Haré desaparecer de ti tu impureza.
22:16 Quedarás profanada por ti misma ante los ojos de las naciones y sabrás que yo soy el SEÑOR».
Jerusalén como horno de fundición
22:17 La palabra del SEÑOR vino a mí:
22:18 «Hijo de hombre, la casa de Israel se ha convertido para mí en escoria. Todos son cobre, estaño, hierro y plomo en medio del horno; se han convertido en escoria de plata.
22:19 Por eso, así dice el Señor DIOS: Puesto que todos ustedes se han convertido en escoria, voy a reunirlos en medio de Jerusalén.
22:20 Como se junta plata, cobre, hierro, plomo y estaño en medio del horno para soplar sobre ellos el fuego y fundirlos, así los reuniré en mi ira y en mi furor. Los pondré allí y los fundiré.
22:21 Los reuniré y soplaré sobre ustedes con el fuego de mi furor, y serán fundidos en medio de ella.
22:22 Como se funde la plata en medio del horno, así serán fundidos ustedes en medio de ella. Entonces sabrán que yo, el SEÑOR, he derramado mi furor sobre ustedes».
La corrupción de los dirigentes y del pueblo
22:23 La palabra del SEÑOR vino a mí:
22:24 «Hijo de hombre, dile: Tú eres una tierra que no ha sido purificada ni ha recibido lluvia en el día de la indignación.
22:25 Hay una conspiración de sus profetas en medio de ella, como un león rugiente que desgarra la presa. Han devorado vidas, se han apoderado de riquezas y cosas preciosas, y han multiplicado las viudas en medio de ella.
22:26 Sus sacerdotes han violentado mi ley y profanado mis cosas sagradas. No han distinguido entre lo santo y lo profano ni han enseñado a distinguir entre lo impuro y lo puro. Han cerrado los ojos a mis días de reposo, y he sido profanado en medio de ellos.
22:27 Sus príncipes en medio de ella son como lobos que desgarran la presa, derramando sangre y destruyendo vidas para obtener ganancias injustas.
22:28 Sus profetas los han recubierto con un revoque que no resiste, viendo falsedad y adivinándoles mentira. Dicen: “Así dice el Señor DIOS”, aunque el SEÑOR no ha hablado.
22:29 El pueblo de la tierra ha practicado la extorsión y cometido robos. Han oprimido al pobre y al necesitado y han extorsionado al extranjero, sin justicia.
22:30 Busqué entre ellos a un hombre que levantara un muro y se pusiera en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyera, pero no lo encontré.
22:31 Por eso derramé sobre ellos mi indignación; con el fuego de mi furor los consumí. Hice recaer su conducta sobre sus cabezas, declara el Señor DIOS».

Capítulo 23
Las dos hermanas
23:1 La palabra del SEÑOR vino a mí:
23:2 «Hijo de hombre, hubo dos mujeres, hijas de una misma madre.
23:3 Se prostituyeron en Egipto; desde su juventud se prostituyeron. Allí fueron apretados sus pechos y allí manosearon sus senos virginales.
23:4 Sus nombres eran Aholá, la mayor, y Aholibá, su hermana. Llegaron a ser mías y dieron a luz hijos e hijas. En cuanto a sus nombres, Aholá es Samaria y Aholibá es Jerusalén.
23:5 Aholá se prostituyó cuando era mía y se apasionó por sus amantes, los asirios, vecinos suyos,
23:6 vestidos de azul, gobernadores y oficiales, todos ellos jóvenes apuestos, jinetes montados a caballo.
23:7 Se entregó a sus prostituciones con ellos, todos hombres escogidos de Asiria. Con todos aquellos por quienes se apasionó, con todos sus ídolos, se contaminó.
23:8 No abandonó sus prostituciones de Egipto, pues se habían acostado con ella en su juventud, habían manoseado sus senos virginales y derramado sobre ella sus prostituciones.
23:9 Por eso la entregué en manos de sus amantes, en manos de los asirios por quienes se había apasionado.
23:10 Ellos descubrieron su desnudez, se llevaron a sus hijos y a sus hijas, y a ella la mataron a espada. Se hizo famosa entre las mujeres, pues ejecutaron sentencias contra ella.
Jerusalén no aprende de la caída de su hermana
23:11 Su hermana Aholibá lo vio, pero se corrompió en su pasión más que ella, y sus prostituciones superaron las prostituciones de su hermana.
23:12 Se apasionó por los asirios, gobernadores y oficiales, vecinos suyos, lujosamente vestidos, jinetes montados a caballo, todos ellos jóvenes apuestos.
23:13 Vi que se había contaminado; las dos seguían un mismo camino.
23:14 Pero aumentó sus prostituciones. Vio hombres dibujados en la pared, imágenes de caldeos pintadas de bermellón,
23:15 con cinturones ceñidos a la cintura y amplios turbantes sobre la cabeza, todos con apariencia de oficiales, semejantes a los babilonios, cuya tierra natal es Caldea.
23:16 Se apasionó por ellos en cuanto los vio y les envió mensajeros a Caldea.
23:17 Los babilonios vinieron a ella, al lecho de amores, y la contaminaron con sus prostituciones. Se contaminó con ellos y luego su alma se apartó de ellos con asco.
23:18 Expuso sus prostituciones y descubrió su desnudez. Entonces mi alma se apartó de ella con asco, como mi alma se había apartado de su hermana.
23:19 Pero multiplicó sus prostituciones, recordando los días de su juventud, cuando se prostituía en la tierra de Egipto.
23:20 Se apasionó por sus amantes, cuyos miembros eran como los de los asnos y cuyo flujo era como el de los caballos.
23:21 Así añoraste la depravación de tu juventud, cuando los egipcios manoseaban tus senos, los pechos de tu juventud.
Los antiguos amantes se vuelven contra Jerusalén
23:22 Por eso, Aholibá, así dice el Señor DIOS: Voy a levantar contra ti a tus amantes, de quienes tu alma se apartó con asco, y los traeré contra ti de todas partes:
23:23 los babilonios y todos los caldeos, los de Pecod, Soa y Coa, y con ellos todos los asirios, jóvenes apuestos, todos gobernadores y oficiales, capitanes y hombres de renombre, todos montados a caballo.
23:24 Vendrán contra ti con armamento, carros y ruedas, con una multitud de pueblos. Se apostarán a tu alrededor con grandes escudos, escudos pequeños y cascos. Les encargaré el juicio y te juzgarán conforme a sus leyes.
23:25 Dirigiré mis celos contra ti y te tratarán con furor. Te cortarán la nariz y las orejas, y tus sobrevivientes caerán a espada. Se llevarán a tus hijos y a tus hijas, y lo que quede de ti será consumido por el fuego.
23:26 Te quitarán la ropa y se llevarán tus hermosas joyas.
23:27 Pondré fin a tu depravación y a tus prostituciones desde la tierra de Egipto. No volverás a alzar los ojos hacia ellos ni volverás a recordar a Egipto.
23:28 Porque así dice el Señor DIOS: Voy a entregarte en manos de quienes odias, en manos de aquellos de quienes tu alma se apartó con asco.
23:29 Te tratarán con odio, se llevarán todo el fruto de tu trabajo y te dejarán desnuda y descubierta. Quedará expuesta la desnudez de tus prostituciones, tu depravación y tus prostituciones.
23:30 Se te harán estas cosas porque te prostituiste tras las naciones y te contaminaste con sus ídolos.
La copa de Samaria pasa a Jerusalén
23:31 Seguiste el camino de tu hermana, y yo pondré su copa en tu mano.
23:32 Así dice el Señor DIOS: Beberás la copa de tu hermana, honda y ancha. Será motivo de risa y de burla; es de gran capacidad.
23:33 Te llenarás de embriaguez y de dolor. Es la copa de horror y desolación, la copa de tu hermana Samaria.
23:34 La beberás y la vaciarás; roerás sus pedazos y te desgarrarás los pechos, porque yo he hablado, declara el Señor DIOS.
23:35 Por eso, así dice el Señor DIOS: Porque te olvidaste de mí y me arrojaste detrás de tu espalda, carga tú también con tu depravación y tus prostituciones».
La acusación y la sentencia contra las dos ciudades
23:36 El SEÑOR me dijo: «Hijo de hombre, ¿juzgarás a Aholá y a Aholibá? Declárales sus abominaciones.
23:37 Porque han cometido adulterio y hay sangre en sus manos. Han cometido adulterio con sus ídolos y aun a sus hijos, los que dieron a luz para mí, se los ofrecieron como alimento.
23:38 También me hicieron esto: contaminaron mi santuario aquel día y profanaron mis días de reposo.
23:39 Después de degollar a sus hijos para sus ídolos, entraron en mi santuario aquel mismo día para profanarlo. Eso fue lo que hicieron en medio de mi casa.
23:40 Además, mandaron a buscar hombres que vinieran de lejos. Se les envió un mensajero y ellos vinieron. Para ellos te bañaste, te pintaste los ojos y te adornaste con joyas.
23:41 Te sentaste en un lecho suntuoso, ante el cual había una mesa preparada, y pusiste sobre ella mi incienso y mi aceite.
23:42 En ella se oía el ruido de una multitud despreocupada. Con hombres de la multitud fueron traídos borrachos del desierto, que pusieron brazaletes en las manos de las mujeres y hermosas coronas sobre sus cabezas.
23:43 Entonces dije acerca de la que estaba consumida por los adulterios: “¿Ahora se prostituirán con ella, y ella con ellos?”.
23:44 Entraron a ella como se entra a una prostituta. Así entraron a Aholá y a Aholibá, mujeres depravadas.
23:45 Pero hombres justos las juzgarán con la sentencia de las adúlteras y con la sentencia de las que derraman sangre, porque son adúlteras y hay sangre en sus manos.
23:46 Porque así dice el Señor DIOS: Haz subir una multitud contra ellas y entrégalas al terror y al saqueo.
23:47 La multitud las apedreará y las despedazará con sus espadas. Matarán a sus hijos y a sus hijas, y quemarán sus casas con fuego.
23:48 Pondré fin a la depravación en la tierra. Todas las mujeres recibirán una advertencia y no imitarán la depravación de ustedes.
23:49 Harán recaer sobre ustedes su depravación, y cargarán con los pecados de sus ídolos. Entonces sabrán que yo soy el Señor DIOS».

Capítulo 24
Parábola de la olla hirviente
24:1 La palabra del SEÑOR vino a mí en el año noveno, el día diez del décimo mes:
24:2 «Hijo de hombre, anota la fecha de este día, de este mismo día. El rey de Babilonia ha puesto sitio a Jerusalén este mismo día.
24:3 Cuenta una parábola a la casa rebelde y diles: Así dice el Señor DIOS: ¡Pon la olla, ponla, y echa también agua en ella!
24:4 Pon en ella sus trozos, todos los trozos buenos, pierna y paletilla; llénala de huesos escogidos.
24:5 Toma lo mejor del rebaño y apila también los huesos debajo de ella. Hazla hervir a borbotones; que se cuezan también sus huesos dentro de ella.
24:6 Por eso, así dice el Señor DIOS: ¡Ay de la ciudad sanguinaria, de la olla que tiene óxido y de la que no ha salido su óxido! Vacíala trozo por trozo, trozo por trozo, sin echar suertes sobre ella.
24:7 Porque su sangre estaba en medio de ella. La puso sobre una roca desnuda; no la derramó en la tierra para cubrirla con polvo.
24:8 Para avivar el furor y tomar venganza, he puesto su sangre sobre una roca desnuda, para que no sea cubierta.
24:9 Por eso, así dice el Señor DIOS: ¡Ay de la ciudad sanguinaria! Yo también haré grande la hoguera.
24:10 Amontona la leña, enciende el fuego, cuece bien la carne, prepara la mezcla de especias y que se quemen los huesos.
24:11 Luego pon la olla vacía sobre sus brasas, para que se caliente, se ponga al rojo su cobre, se funda en ella su impureza y se consuma su óxido.
24:12 Ha agotado los esfuerzos, pero su abundante óxido no sale de ella. ¡Al fuego su óxido!
24:13 En tu impureza hay depravación. Porque te purifiqué, pero tú no quedaste limpia, no volverás a quedar limpia de tu impureza hasta que yo haya aplacado mi furor contra ti.
24:14 Yo, el SEÑOR, he hablado. Esto viene y yo actuaré. No me contendré, no tendré compasión ni cambiaré de parecer. Conforme a tu conducta y a tus acciones te juzgarán, declara el Señor DIOS».
Muerte de la esposa de Ezequiel
24:15 La palabra del SEÑOR vino a mí:
24:16 «Hijo de hombre, voy a quitarte de golpe el deleite de tus ojos. No te lamentes ni llores; que no corran tus lágrimas.
24:17 Gime en silencio; no hagas duelo por los muertos. Átate el turbante y ponte las sandalias en los pies. No te cubras el labio superior ni comas el pan que otros te traigan».
24:18 Hablé al pueblo por la mañana, y al atardecer murió mi esposa. A la mañana siguiente hice como se me había ordenado.
24:19 El pueblo me preguntó: «¿No nos explicarás qué significan para nosotros estas cosas que estás haciendo?».
24:20 Les respondí: «La palabra del SEÑOR vino a mí:
24:21 “Dile a la casa de Israel: Así dice el Señor DIOS: Voy a profanar mi santuario, orgullo de su fuerza, deleite de sus ojos y anhelo de su alma. Sus hijos y sus hijas que dejaron atrás caerán a espada”.
24:22 Ustedes harán como yo hice: no se cubrirán el labio superior ni comerán el pan que otros les traigan.
24:23 Llevarán sus turbantes sobre la cabeza y sus sandalias en los pies. No se lamentarán ni llorarán; se consumirán por sus culpas y gemirán unos con otros.
24:24 “Ezequiel será una señal para ustedes. Harán todo lo que él hizo, y cuando esto suceda sabrán que yo soy el Señor DIOS.
La noticia que abrirá la boca del profeta
24:25 En cuanto a ti, hijo de hombre, ¿no es cierto que el día en que les quite su fortaleza, el gozo de su esplendor, el deleite de sus ojos y el anhelo de su alma, a sus hijos y a sus hijas,
24:26 ese día llegará a ti un sobreviviente para traer noticias a tus oídos?
24:27 Ese día se abrirá tu boca para hablar con el sobreviviente; hablarás y no volverás a estar mudo. Serás una señal para ellos y sabrán que yo soy el SEÑOR”».

Capítulo 25
Profecía contra Amón
25:1 La palabra del SEÑOR vino a mí:
25:2 «Hijo de hombre, dirige tu rostro hacia los hijos de Amón y profetiza contra ellos.
25:3 Diles a los hijos de Amón: Escuchen la palabra del Señor DIOS. Así dice el Señor DIOS: Porque dijiste: “¡Ajá!” acerca de mi santuario cuando fue profanado, de la tierra de Israel cuando quedó desolada y de la casa de Judá cuando fue al destierro,
25:4 por eso voy a entregarte en posesión a los hijos del oriente. Establecerán en ti sus campamentos y pondrán en ti sus moradas. Ellos comerán tus frutos y beberán tu leche.
25:5 Convertiré a Rabá en un pastizal para camellos y a los hijos de Amón en un lugar de descanso para rebaños. Entonces ustedes sabrán que yo soy el SEÑOR.
25:6 Porque así dice el Señor DIOS: Por haber aplaudido y golpeado con el pie, y por haberte alegrado con todo el desprecio de tu alma contra la tierra de Israel,
25:7 por eso he extendido mi mano contra ti. Te entregaré como botín a las naciones, te eliminaré de entre los pueblos y te haré desaparecer de entre los países. Te destruiré y sabrás que yo soy el SEÑOR.
Profecía contra Moab
25:8 Así dice el Señor DIOS: Porque Moab y Seir dijeron: “La casa de Judá es como todas las naciones”,
25:9 por eso voy a abrir el flanco de Moab desde las ciudades, desde sus ciudades fronterizas, gloria de la tierra: Bet-jesimot, Baal-meón y Quiriataim,
25:10 a los hijos del oriente, junto con los hijos de Amón. La entregaré en posesión, para que los hijos de Amón no vuelvan a ser recordados entre las naciones.
25:11 Ejecutaré juicios contra Moab y sabrán que yo soy el SEÑOR.
Profecía contra Edom
25:12 Así dice el Señor DIOS: Porque Edom ha actuado vengándose de la casa de Judá, y se ha hecho gravemente culpable al vengarse de ellos,
25:13 por eso, así dice el Señor DIOS: Extenderé mi mano contra Edom y eliminaré de ella a seres humanos y animales. La convertiré en una desolación; desde Temán hasta Dedán caerán a espada.
25:14 Pondré mi venganza contra Edom en manos de mi pueblo Israel. Actuarán contra Edom conforme a mi ira y a mi furor, y conocerán mi venganza, declara el Señor DIOS.
Profecía contra los filisteos
25:15 Así dice el Señor DIOS: Porque los filisteos han actuado vengativamente y han tomado venganza con desprecio en el alma, destruyendo por una enemistad perpetua,
25:16 por eso, así dice el Señor DIOS: Voy a extender mi mano contra los filisteos, eliminaré a los cereteos y destruiré al remanente de la costa del mar.
25:17 Ejecutaré contra ellos grandes venganzas con castigos de furor. Sabrán que yo soy el SEÑOR cuando descargue sobre ellos mi venganza».

Capítulo 26
Profecía contra Tiro
26:1 En el año undécimo, el primer día del mes, la palabra del SEÑOR vino a mí:
26:2 «Hijo de hombre, porque Tiro dijo acerca de Jerusalén: “¡Ajá! Se ha roto la puerta de los pueblos; se ha vuelto hacia mí. Yo me llenaré, pues ella ha quedado devastada”,
26:3 por eso, así dice el Señor DIOS: Aquí estoy contra ti, Tiro. Haré subir muchas naciones contra ti, como el mar hace subir sus olas.
26:4 Destruirán las murallas de Tiro y derribarán sus torres. Barreré de ella su polvo y la convertiré en una roca desnuda.
26:5 Será un tendedero de redes en medio del mar, porque yo he hablado, declara el Señor DIOS. Se convertirá en botín de las naciones.
26:6 Sus hijas que están en el campo serán muertas a espada. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR.
Nabucodonosor y el asedio de Tiro
26:7 Porque así dice el Señor DIOS: Voy a traer contra Tiro, desde el norte, a Nabucodonosor, rey de Babilonia, rey de reyes, con caballos, carros, jinetes, tropas y mucha gente.
26:8 Matará a espada a tus hijas que están en el campo; levantará contra ti obras de asedio, amontonará contra ti un terraplén y alzará contra ti un gran escudo.
26:9 Dirigirá el golpe de sus arietes contra tus murallas y derribará tus torres con sus espadas.
26:10 La abundancia de sus caballos hará que su polvo te cubra. Tus murallas temblarán con el estruendo de los jinetes, las ruedas y los carros, cuando entre por tus puertas como se entra en una ciudad en la que se ha abierto una brecha.
26:11 Con los cascos de sus caballos pisoteará todas tus calles. Matará a espada a tu pueblo y tus fuertes columnas caerán a tierra.
26:12 Saquearán tus riquezas, robarán tus mercancías, derribarán tus murallas y destruirán tus hermosas casas. Arrojarán al agua tus piedras, tus maderas y tu polvo.
26:13 Pondré fin al estruendo de tus canciones y no volverá a oírse el sonido de tus liras.
26:14 Te convertiré en una roca desnuda. Serás un tendedero de redes y no volverás a ser edificada, porque yo, el SEÑOR, he hablado, declara el Señor DIOS.
Lamento de los pueblos del mar
26:15 Así dice el Señor DIOS a Tiro: ¿No se estremecerán las costas por el estruendo de tu caída, cuando giman los heridos y se haga la matanza en medio de ti?
26:16 Todos los príncipes del mar bajarán de sus tronos, se quitarán sus mantos y se despojarán de sus ropas bordadas. Se vestirán de terror, se sentarán en tierra, temblarán a cada momento y quedarán horrorizados por ti.
26:17 Entonarán un lamento por ti y te dirán: “¡Cómo has perecido, tú, poblada por gentes de los mares, ciudad alabada, que era poderosa en el mar! Ella y sus habitantes infundían terror a todos los que habitaban en ella.
26:18 Ahora temblarán las islas en el día de tu caída; las islas del mar quedarán aterradas por tu desaparición”.
Tiro desciende al lugar de los muertos
26:19 Porque así dice el Señor DIOS: Cuando te convierta en una ciudad devastada, como las ciudades deshabitadas, cuando haga subir sobre ti el abismo y te cubran las aguas abundantes,
26:20 te haré bajar con los que bajan a la fosa, con el pueblo de antaño. Te haré habitar en las profundidades de la tierra, como las ruinas de la antigüedad, con los que bajan a la fosa, para que no seas habitada. Y daré esplendor en la tierra de los vivientes.
26:21 Te convertiré en un espanto y dejarás de existir. Aunque te busquen, nunca más te encontrarán, declara el Señor DIOS».

Capítulo 27
Lamento por el esplendor y la ruina de Tiro
27:1 La palabra del SEÑOR vino a mí:
27:2 «En cuanto a ti, hijo de hombre, entona un lamento por Tiro.
27:3 Dile a Tiro, la que habita en las entradas del mar, la que comercia con los pueblos de muchas costas: Así dice el Señor DIOS:
 Tiro, tú has dicho: “Mi hermosura es perfecta”.
27:4 Tus fronteras están en el corazón de los mares;
   tus constructores perfeccionaron tu hermosura.
27:5 Con cipreses de Senir hicieron todas tus tablas;
   tomaron un cedro del Líbano para hacerte un mástil.
27:6 Con encinas de Basán hicieron tus remos.
   Una compañía de asuritas hizo tu cubierta de marfil procedente de las costas de Quitim.
27:7 Tu vela era de lino fino bordado de Egipto, para servirte de estandarte;
   tu toldo era de azul y púrpura de las costas de Elisa.
27:8 Los habitantes de Sidón y de Arvad eran tus remeros.
   Tus sabios, Tiro, estaban en ti;
   ellos eran tus pilotos.
27:9 Los ancianos de Gebal y sus expertos estaban en ti, reparando tus junturas.
   Todas las naves del mar y sus marineros estaban en ti para intercambiar tus mercancías.
27:10 Persia, Lud y Fut estaban en tu ejército, eran tus hombres de guerra. Colgaban en ti escudos y cascos; ellos te daban esplendor.
27:11 Los hijos de Arvad y tu ejército estaban sobre tus murallas, todo alrededor, y los gamadeos estaban en tus torres. Colgaban sus escudos en tus murallas, todo alrededor; ellos perfeccionaban tu hermosura.
La red comercial de Tiro
27:12 Tarsis comerciaba contigo por la abundancia de toda tu riqueza; te daba plata, hierro, estaño y plomo a cambio de tus mercancías.
27:13 Javán, Tubal y Mesec comerciaban contigo. Te daban seres humanos y utensilios de cobre a cambio de tus productos.
27:14 Los de la casa de Togarmá daban caballos, corceles y mulos a cambio de tus mercancías.
27:15 Los hijos de Dedán comerciaban contigo. Muchas costas eran clientes tuyas; te traían colmillos de marfil y ébano como pago.
27:16 Aram comerciaba contigo por la abundancia de tus productos. Te daban turquesas, púrpura, bordados, lino fino, corales y rubíes a cambio de tus mercancías.
27:17 Judá y la tierra de Israel comerciaban contigo. Te daban trigo de Minit, panag, miel, aceite y bálsamo a cambio de tus productos.
27:18 Damasco comerciaba contigo por la abundancia de tus productos, por la abundancia de toda tu riqueza, con vino de Helbón y lana blanca.
27:19 Vedán y Javán, desde Uzal, daban a cambio de tus mercancías hierro forjado, casia y caña aromática; estaban entre tus productos.
27:20 Dedán comerciaba contigo en mantas para montar.
27:21 Arabia y todos los príncipes de Cedar eran clientes tuyos. Comerciaban contigo en corderos, carneros y machos cabríos; en estas cosas eran tus clientes.
27:22 Los comerciantes de Sabá y de Raama comerciaban contigo. Te daban lo mejor de todas las especias, toda clase de piedras preciosas y oro a cambio de tus mercancías.
27:23 Harán, Cane y Edén, los comerciantes de Sabá, Asiria y Quilmad comerciaban contigo.
27:24 Comerciaban contigo en prendas lujosas, mantos de azul y bordados, y tapices multicolores, atados con cordeles y bien sujetos, entre tus mercancías.
27:25 Las naves de Tarsis transportaban tus productos. Te llenaste y llegaste a estar muy cargada en el corazón de los mares.
La nave de Tiro naufraga

27:26 Tus remeros te llevaron a aguas abundantes.
   El viento del este te destrozó en el corazón de los mares.
27:27 Tus riquezas, tus mercancías, tus productos, tus marineros, tus pilotos, los que reparan tus junturas, los que intercambian tus productos y todos los hombres de guerra que hay en ti, con toda la multitud que está en medio de ti, caerán en el corazón de los mares el día de tu caída.
27:28 Al sonido de los gritos de tus pilotos se estremecerán los campos abiertos.
Los navegantes lloran la caída de Tiro

27:29 Bajarán de sus naves todos los que empuñan el remo.
   Los marineros y todos los pilotos del mar se quedarán en tierra.
27:30 Harán oír su voz por ti y gritarán amargamente.
   Echarán polvo sobre sus cabezas y se revolcarán en ceniza.
27:31 Se raparán la cabeza por ti y se ceñirán de tela de luto.
   Llorarán por ti con amargura de alma, con amargo duelo.
27:32 En sus gemidos entonarán un lamento por ti y se lamentarán por ti: “¿Quién como Tiro, enmudecida en medio del mar?
27:33 Cuando tus mercancías salían por los mares, saciabas a muchos pueblos.
   Con la abundancia de tus riquezas y tus productos enriquecías a los reyes de la tierra.
27:34 Ahora que has sido destrozada por los mares, en las profundidades de las aguas, tus productos y toda tu multitud han caído en medio de ti.
27:35 Todos los habitantes de las costas han quedado horrorizados por ti.
   Sus reyes se han estremecido de terror, con los rostros demudados.
27:36 Los comerciantes entre los pueblos te silban.
   Te has convertido en un espanto y has dejado de existir para siempre”».

Capítulo 28
El orgullo del príncipe de Tiro
28:1 La palabra del SEÑOR vino a mí:
28:2 «Hijo de hombre, dile al príncipe de Tiro: Así dice el Señor DIOS:
 Porque tu corazón se ha enaltecido y has dicho: “Soy un dios;
   estoy sentado en el trono de los dioses, en el corazón de los mares”, aunque eres un ser humano y no un dios, has puesto tu corazón como el corazón de un dios.
28:3 ¡Eres más sabio que Daniel!
   Ningún secreto te es oculto.
28:4 Con tu sabiduría y tu entendimiento has adquirido riquezas;
   has acumulado oro y plata en tus tesoros.
28:5 Con tu gran sabiduría en el comercio has multiplicado tus riquezas, y tu corazón se ha enaltecido a causa de tus riquezas.

28:6 Por eso, así dice el Señor DIOS: Porque has puesto tu corazón como el corazón de un dios,
28:7 voy a traer contra ti extranjeros, los despiadados de las naciones.
   Desenvainarán sus espadas contra la hermosura de tu sabiduría y profanarán tu esplendor.
28:8 Te harán bajar a la fosa y morirás de muerte violenta en el corazón de los mares.
28:9 ¿Seguirás diciendo: “Soy un dios”, delante del que te mate?
   Eres un ser humano y no un dios en manos de los que te traspasan.
28:10 Morirás con la muerte de los incircuncisos, a manos de extranjeros, porque yo he hablado, declara el Señor DIOS».
Lamento por la caída del rey de Tiro
28:11 La palabra del SEÑOR vino a mí:
28:12 «Hijo de hombre, entona un lamento por el rey de Tiro y dile: Así dice el Señor DIOS:
 Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría y de perfecta hermosura.
28:13 Estabas en Edén, el jardín de Dios.
   Te cubría toda piedra preciosa: cornalina, topacio y diamante;
   crisólito, ónice y jaspe;
   lapislázuli, turquesa y esmeralda, y oro.
   La hechura de tus engastes y encajes estaba en ti;
   fueron preparados el día en que fuiste creado.
28:14 Tú eras un querubín ungido, protector, y yo te había establecido.
   Estabas en el monte santo de Dios y caminabas entre piedras de fuego.
28:15 Eras íntegro en tus caminos desde el día en que fuiste creado, hasta que se encontró injusticia en ti.
28:16 Por la abundancia de tu comercio llenaron tu interior de violencia y pecaste.
   Te expulsé como profano del monte de Dios y te eliminé, querubín protector, de entre las piedras de fuego.
28:17 Tu corazón se enalteció a causa de tu hermosura;
   corrompiste tu sabiduría por tu esplendor.
   Te arrojé a tierra y te puse delante de los reyes, para que te contemplaran.
28:18 Con la multitud de tus culpas y la injusticia de tu comercio profanaste tus santuarios.
   Hice salir fuego de tu interior y te consumió;
   te reduje a ceniza sobre la tierra, ante los ojos de todos los que te veían.
28:19 Todos los que te conocen entre los pueblos han quedado horrorizados por ti.
   Te has convertido en un espanto y has dejado de existir para siempre».
Profecía contra Sidón
28:20 La palabra del SEÑOR vino a mí:
28:21 «Hijo de hombre, dirige tu rostro hacia Sidón y profetiza contra ella.
28:22 Di: Así dice el Señor DIOS: Aquí estoy contra ti, Sidón, y seré glorificado en medio de ti. Sabrán que yo soy el SEÑOR cuando ejecute juicios en ella y muestre en ella mi santidad.
28:23 Enviaré peste sobre ella y sangre a sus calles. Caerán muertos en medio de ella por la espada que la ataca por todos lados. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR.
28:24 Ya no habrá para la casa de Israel zarza que desgarre ni espina que cause dolor de parte de todos los que la rodean y la desprecian. Entonces sabrán que yo soy el Señor DIOS.
La reunión de Israel y la seguridad prometida
28:25 Así dice el Señor DIOS: Cuando reúna a la casa de Israel de entre los pueblos por donde fueron dispersados y muestre mi santidad en ellos ante los ojos de las naciones, habitarán en su tierra, la que di a mi siervo Jacob.
28:26 Habitarán seguros en ella, construirán casas y plantarán viñedos. Habitarán seguros cuando yo ejecute juicios contra todos los que los desprecian a su alrededor. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR, su Dios».

Capítulo 29
Profecías contra Egipto
29:1 En el año décimo, el día doce del décimo mes, la palabra del SEÑOR vino a mí:
29:2 «Hijo de hombre, dirige tu rostro contra el faraón, rey de Egipto, y profetiza contra él y contra todo Egipto.
29:3 Habla y di: Así dice el Señor DIOS: Aquí estoy contra ti, faraón, rey de Egipto, gran monstruo que yace en medio de sus ríos, que ha dicho: “Mi Nilo es mío; yo lo hice para mí”.
29:4 Pondré garfios en tus mandíbulas y haré que los peces de tus ríos se peguen a tus escamas. Te sacaré de en medio de tus ríos y todos los peces de tus ríos quedarán pegados a tus escamas.
29:5 Te abandonaré en el desierto, a ti y a todos los peces de tus ríos. Caerás en campo abierto; no serás recogido ni reunido. Te he dado como alimento a las fieras de la tierra y a las aves del cielo.
29:6 Todos los habitantes de Egipto sabrán que yo soy el SEÑOR, porque han sido un bastón de caña para la casa de Israel.
29:7 Cuando te tomaron con la mano, te astillaste y les desgarraste todos los hombros. Cuando se apoyaron en ti, te quebraste y les hiciste enderezar todos los lomos.
29:8 Por eso, así dice el Señor DIOS: Voy a traer la espada contra ti y eliminaré de ti a seres humanos y animales.
29:9 La tierra de Egipto se convertirá en desolación y ruina, y sabrán que yo soy el SEÑOR. Porque él dijo: “El Nilo es mío y yo lo hice”,
29:10 por eso aquí estoy contra ti y contra tus ríos. Convertiré la tierra de Egipto en ruinas, sequedad y desolación, desde Migdol hasta Sevene y hasta la frontera de Cus.
29:11 No pasará por ella pie humano ni pasará por ella pie de animal. No será habitada durante cuarenta años.
29:12 Convertiré la tierra de Egipto en una desolación en medio de tierras desoladas. Sus ciudades, en medio de ciudades devastadas, quedarán desoladas durante cuarenta años. Dispersaré a los egipcios entre las naciones y los esparciré por los países.
La restauración limitada de Egipto
29:13 Porque así dice el Señor DIOS: Al cabo de cuarenta años reuniré a los egipcios de entre los pueblos por donde fueron dispersados.
29:14 Restauraré el bienestar de Egipto y los haré volver a la tierra de Patros, a su tierra de origen. Allí serán un reino humilde.
29:15 Será el más humilde de los reinos y no volverá a alzarse sobre las naciones. Los reduciré para que no dominen a las naciones.
29:16 Ya no será motivo de confianza para la casa de Israel, recordándole la culpa de haberse vuelto hacia ellos. Entonces sabrán que yo soy el Señor DIOS».
Egipto y la paga del ejército de Babilonia
29:17 En el año veintisiete, el primer día del primer mes, la palabra del SEÑOR vino a mí:
29:18 «Hijo de hombre, Nabucodonosor, rey de Babilonia, hizo que su ejército realizara un arduo trabajo contra Tiro. Todas las cabezas quedaron calvas y todos los hombros, desollados. Pero ni él ni su ejército recibieron paga de Tiro por el trabajo que realizaron contra ella.
29:19 Por eso, así dice el Señor DIOS: Voy a darle la tierra de Egipto a Nabucodonosor, rey de Babilonia. Se llevará sus riquezas, capturará su botín y saqueará sus despojos. Será la paga de su ejército.
29:20 Como pago por el trabajo que realizó contra ella, le he dado la tierra de Egipto, porque trabajaron para mí, declara el Señor DIOS.
29:21 Aquel día haré brotar un cuerno para la casa de Israel y a ti te concederé abrir la boca en medio de ellos. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR».

Capítulo 30
El día del SEÑOR contra Egipto y sus aliados
30:1 La palabra del SEÑOR vino a mí:
30:2 «Hijo de hombre, profetiza y di: Así dice el Señor DIOS: Laméntense: “¡Ay de aquel día!”.
30:3 Porque está cerca el día, está cerca el día del SEÑOR. Será un día de nubes, la hora de las naciones.
30:4 La espada vendrá contra Egipto y habrá angustia en Cus cuando caigan muertos en Egipto, se lleven sus riquezas y sean derribados sus cimientos.
30:5 Cus, Fut, Lud, toda la población mixta, Cub y los hijos de la tierra del pacto caerán a espada con ellos.
30:6 Así dice el SEÑOR: Caerán los que sostienen a Egipto y se vendrá abajo el orgullo de su poder. Desde Migdol hasta Sevene caerán a espada en ella, declara el Señor DIOS.
30:7 Quedarán desolados en medio de tierras desoladas, y sus ciudades estarán en medio de ciudades devastadas.
30:8 Sabrán que yo soy el SEÑOR cuando prenda fuego a Egipto y sean quebrantados todos los que lo ayudan.
30:9 Aquel día saldrán de mi presencia mensajeros en naves para aterrorizar a la confiada Cus. Habrá angustia entre ellos en el día de Egipto, porque ya viene.
La campaña de Babilonia contra Egipto
30:10 Así dice el Señor DIOS: Pondré fin a la multitud de Egipto por mano de Nabucodonosor, rey de Babilonia.
30:11 Él y su pueblo con él, los despiadados de las naciones, serán traídos para destruir la tierra. Desenvainarán sus espadas contra Egipto y llenarán la tierra de muertos.
30:12 Secaré los ríos y venderé la tierra en manos de malvados. Devastaré la tierra y todo cuanto contiene por mano de extranjeros. Yo, el SEÑOR, he hablado.
El juicio sobre las ciudades de Egipto
30:13 Así dice el Señor DIOS: Destruiré los ídolos y pondré fin a las imágenes de Menfis. No volverá a haber un príncipe de la tierra de Egipto, y pondré temor en la tierra de Egipto.
30:14 Devastaré Patros, prenderé fuego a Zoán y ejecutaré juicios contra Tebas.
30:15 Derramaré mi furor sobre Sin, fortaleza de Egipto, y eliminaré a la multitud de Tebas.
30:16 Prenderé fuego a Egipto. Sin se retorcerá de dolor, Tebas será abierta por una brecha y Menfis se enfrentará a enemigos de día.
30:17 Los jóvenes de Avén y de Pibeset caerán a espada y ellas irán al cautiverio.
30:18 En Tafnes se oscurecerá el día cuando yo quiebre allí los yugos de Egipto y cese en ella el orgullo de su poder. Una nube la cubrirá y sus hijas irán al cautiverio.
30:19 Ejecutaré juicios contra Egipto y sabrán que yo soy el SEÑOR».
El poder del faraón queda quebrantado
30:20 En el año undécimo, el día siete del primer mes, la palabra del SEÑOR vino a mí:
30:21 «Hijo de hombre, he quebrado el brazo del faraón, rey de Egipto. No ha sido vendado para curarlo ni envuelto con una venda para ligarlo y fortalecerlo, a fin de que pueda empuñar la espada.
30:22 Por eso, así dice el Señor DIOS: Aquí estoy contra el faraón, rey de Egipto. Le quebraré los brazos, el fuerte y el quebrado, y haré caer la espada de su mano.
30:23 Dispersaré a los egipcios entre las naciones y los esparciré por los países.
30:24 Fortaleceré los brazos del rey de Babilonia y pondré mi espada en su mano. Quebraré los brazos del faraón, y este gemirá delante de él con gemidos de herido de muerte.
30:25 Fortaleceré los brazos del rey de Babilonia, pero los brazos del faraón caerán. Sabrán que yo soy el SEÑOR cuando ponga mi espada en la mano del rey de Babilonia y él la extienda contra la tierra de Egipto.
30:26 Dispersaré a los egipcios entre las naciones y los esparciré por los países. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR».

Capítulo 31
La caída de Asiria como advertencia para Egipto
31:1 En el año undécimo, el primer día del tercer mes, la palabra del SEÑOR vino a mí:
31:2 «Hijo de hombre, dile al faraón, rey de Egipto, y a su multitud:
 ¿A quién te pareces en tu grandeza?
31:3 Mira, Asiria era un cedro en el Líbano, de hermosas ramas, de espeso follaje que daba sombra y de elevada altura.
   Su copa estaba entre el espeso ramaje.
31:4 Las aguas lo hicieron crecer y el abismo lo encumbró.
   Sus ríos corrían alrededor del lugar donde estaba plantado, y enviaba sus canales a todos los árboles del campo.
31:5 Por eso su altura superó a la de todos los árboles del campo.
   Sus ramas se multiplicaron y su ramaje se alargó por las aguas abundantes, mientras se extendía.
31:6 En sus ramas anidaban todas las aves del cielo;
   bajo su ramaje parían todas las fieras del campo y a su sombra habitaban todas las numerosas naciones.
31:7 Era hermoso por su grandeza y por la extensión de sus ramas, porque su raíz estaba junto a aguas abundantes.
31:8 Los cedros del jardín de Dios no podían hacerle sombra;
   los cipreses no se comparaban con sus ramas ni los plátanos orientales con su ramaje.
   Ningún árbol del jardín de Dios lo igualaba en hermosura.
31:9 Yo lo hice hermoso con la abundancia de sus ramas.
   Todos los árboles de Edén que estaban en el jardín de Dios lo envidiaban.
El orgullo y el derribo del gran cedro
31:10 Por eso, así dice el Señor DIOS: Porque te elevaste en altura, y él puso su copa entre el espeso ramaje y su corazón se enalteció por su altura,
31:11 lo entregué en manos del poderoso de las naciones, quien ciertamente actuará contra él. Conforme a su maldad lo expulsé.
31:12 Lo talaron extranjeros, los despiadados de las naciones, y lo abandonaron. Sus ramas cayeron sobre los montes y en todos los valles; su ramaje se quebró en todos los cauces de la tierra. Todos los pueblos de la tierra se retiraron de su sombra y lo abandonaron.
31:13 Sobre su tronco caído habitarán todas las aves del cielo y entre sus ramas estarán todas las fieras del campo,
31:14 para que ningún árbol junto al agua se exalte por su altura ni levante su copa entre el espeso ramaje, y para que ninguno de los que beben agua confíe en su altura. Porque todos han sido entregados a la muerte, a las profundidades de la tierra, entre los seres humanos, con los que bajan a la fosa.
El duelo por la potencia caída
31:15 Así dice el Señor DIOS: El día en que bajó al Seol hice que hubiera duelo. Cubrí de luto por él el abismo y detuve sus ríos; las aguas abundantes quedaron retenidas. Oscurecí por él el Líbano y todos los árboles del campo desfallecieron por él.
31:16 Con el estruendo de su caída hice temblar a las naciones, cuando lo hice bajar al Seol con los que bajan a la fosa. Todos los árboles de Edén, los escogidos y los mejores del Líbano, todos los que beben agua, se consolaron en las profundidades de la tierra.
31:17 También ellos bajaron con él al Seol, con los muertos a espada, y los que eran su brazo habitaban a su sombra en medio de las naciones.
31:18 ¿A quién te pareces así en gloria y grandeza entre los árboles de Edén? Serás derribado con los árboles de Edén a las profundidades de la tierra. Yacerás entre los incircuncisos, con los muertos a espada. Este es el faraón y toda su multitud, declara el Señor DIOS».

Capítulo 32
Lamento por la caída del faraón y de Egipto
32:1 En el año duodécimo, el primer día del duodécimo mes, la palabra del SEÑOR vino a mí:
32:2 «Hijo de hombre, entona un lamento por el faraón, rey de Egipto, y dile:
 Has sido comparado con un león joven entre las naciones, pero eres como un monstruo en los mares.
   Irrumpías en tus ríos, enturbiabas las aguas con tus pies y enfangabas los ríos de ellos.
32:3 Así dice el Señor DIOS: Extenderé mi red sobre ti con una multitud de muchos pueblos, y ellos te sacarán en mi red.
32:4 Te abandonaré en tierra, te arrojaré al campo abierto.
   Haré que todas las aves del cielo se posen sobre ti y saciaré de ti a las fieras de toda la tierra.
32:5 Pondré tu carne sobre los montes y llenaré los valles con tu mole.
32:6 Empaparé de tu sangre la tierra donde nadas, hasta los montes, y los cauces se llenarán de ti.
32:7 Cuando seas apagado, cubriré los cielos y oscureceré sus estrellas.
   Cubriré el sol con una nube y la luna no dará su luz.
32:8 Oscureceré sobre ti todos los astros brillantes del cielo y pondré tinieblas sobre tu tierra, declara el Señor DIOS.
32:9 Turbaré el corazón de muchos pueblos cuando haga llegar tu destrucción entre las naciones, a tierras que no conociste.
32:10 Haré que muchos pueblos queden horrorizados por ti, y sus reyes se estremecerán de terror por ti cuando yo blanda mi espada ante sus rostros.
   Temblarán a cada momento, cada uno por su propia vida, en el día de tu caída.

32:11 Porque así dice el Señor DIOS: La espada del rey de Babilonia vendrá contra ti.
32:12 Con las espadas de guerreros haré caer a tu multitud, todos ellos despiadados de las naciones.
   Devastarán el orgullo de Egipto y toda su multitud será destruida.
32:13 Destruiré todo su ganado junto a las aguas abundantes.
   Ningún pie humano volverá a enturbiarlas ni las enturbiarán pezuñas de animales.
32:14 Entonces dejaré que se asienten sus aguas y haré correr sus ríos como aceite, declara el Señor DIOS.
32:15 Cuando convierta la tierra de Egipto en una desolación y la tierra quede despojada de todo cuanto la llenaba, cuando hiera a todos sus habitantes, sabrán que yo soy el SEÑOR.
32:16 Este es un lamento y lo entonarán. Las hijas de las naciones lo entonarán; lo entonarán por Egipto y por toda su multitud, declara el Señor DIOS».
Egipto entre las naciones que bajan a la fosa
32:17 En el año duodécimo, el día quince del mes, la palabra del SEÑOR vino a mí:
32:18 «Hijo de hombre, laméntate por la multitud de Egipto y hazla bajar, a ella y a las hijas de las naciones poderosas, a las profundidades de la tierra, con los que bajan a la fosa.
32:19 ¿A quién superas en hermosura?
   ¡Baja y yace con los incircuncisos!
32:20 Caerán entre los muertos a espada.
   La espada ha sido entregada.
   ¡Arrástrenla, a ella y a todas sus multitudes!
32:21 Los poderosos entre los guerreros le hablarán desde el Seol, junto con los que lo ayudaban: “Han bajado, yacen los incircuncisos, muertos a espada”.
Los poderes que ya no infunden terror

32:22 Allí está Asiria con toda su multitud;
   sus tumbas la rodean.
   Todos ellos están muertos, caídos a espada.
32:23 Sus tumbas fueron puestas en lo más hondo de la fosa y su multitud está alrededor de su sepulcro.
   Todos ellos están muertos, caídos a espada, los que infundían terror en la tierra de los vivientes.
32:24 Allí está Elam con toda su multitud alrededor de su sepulcro.
   Todos ellos están muertos, caídos a espada, los que bajaron incircuncisos a las profundidades de la tierra.
   Infundían su terror en la tierra de los vivientes y cargan con su humillación junto a los que bajan a la fosa.
32:25 Le han puesto un lecho entre los muertos, con toda su multitud;
   sus tumbas lo rodean.
   Todos son incircuncisos, muertos a espada.
   Porque infundían su terror en la tierra de los vivientes, cargan con su humillación junto a los que bajan a la fosa.
   Fue puesto entre los muertos.
32:26 Allí están Mesec, Tubal y toda su multitud;
   sus tumbas los rodean.
   Todos son incircuncisos, muertos a espada, porque infundían su terror en la tierra de los vivientes.
32:27 No yacerán con los guerreros caídos de entre los incircuncisos, los que bajaron al Seol con sus armas de guerra y pusieron sus espadas debajo de sus cabezas.
   Sus culpas estarán sobre sus huesos, porque el terror de los guerreros estaba en la tierra de los vivientes.
32:28 Tú también serás quebrantado entre los incircuncisos y yacerás con los muertos a espada.
32:29 Allí está Edom, sus reyes y todos sus príncipes, que con todo su poder fueron puestos con los muertos a espada.
   Ellos yacerán con los incircuncisos y con los que bajan a la fosa.
32:30 Allí están todos los príncipes del norte y todos los sidonios.
   Bajaron con los muertos, avergonzados a pesar del terror que causaba su poder.
   Yacen incircuncisos con los muertos a espada y cargan con su humillación junto a los que bajan a la fosa.
32:31 El faraón los verá y se consolará respecto a toda su multitud: muertos a espada, el faraón y todo su ejército, declara el Señor DIOS.
32:32 Porque yo infundí mi terror en la tierra de los vivientes, será puesto entre los incircuncisos, con los muertos a espada, el faraón y toda su multitud, declara el Señor DIOS».

Capítulo 33
El deber del atalaya
Texto relacionado: Ezequiel 3:16–21.
33:1 La palabra del SEÑOR vino a mí:
33:2 «Hijo de hombre, habla a los hijos de tu pueblo y diles: Si yo traigo la espada contra una tierra y los habitantes de esa tierra escogen a uno de entre ellos y lo ponen como su centinela,
33:3 y él ve venir la espada contra la tierra, toca la trompeta y advierte al pueblo,
33:4 pero alguien oye el sonido de la trompeta y no atiende la advertencia, y la espada viene y se lo lleva, su sangre recaerá sobre su cabeza.
33:5 Oyó el sonido de la trompeta y no atendió la advertencia; su sangre recaerá sobre él. Pero si hubiera atendido la advertencia, habría salvado su vida.
33:6 En cambio, si el centinela ve venir la espada y no toca la trompeta, y el pueblo no recibe advertencia, y la espada viene y se lleva a una persona de entre ellos, esa persona será arrebatada por su culpa, pero yo exigiré su sangre de la mano del centinela.
33:7 En cuanto a ti, hijo de hombre, te he puesto como centinela para la casa de Israel. Escucharás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte.
33:8 Cuando yo le diga al malvado: “Malvado, ciertamente morirás”, si tú no hablas para advertirle al malvado que abandone su camino, ese malvado morirá por su culpa, pero yo exigiré su sangre de tu mano.
33:9 Pero si tú adviertes al malvado para que se aparte de su camino y él no se aparta de su camino, morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida.
El camino de Dios es justo
Texto relacionado: Ezequiel 18:21–32.
33:10 En cuanto a ti, hijo de hombre, dile a la casa de Israel: Así han dicho ustedes: “Nuestras rebeliones y nuestros pecados pesan sobre nosotros y por ellos nos consumimos. ¿Cómo podremos vivir?”.
33:11 Diles: Tan cierto como que vivo yo, declara el Señor DIOS, no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se aparte de su camino y viva. ¡Apártense, apártense de sus malos caminos! ¿Por qué han de morir, casa de Israel?
33:12 En cuanto a ti, hijo de hombre, dile a los hijos de tu pueblo: La justicia del justo no lo salvará el día en que se rebele. La maldad del malvado no lo hará tropezar el día en que se aparte de su maldad. El justo no podrá vivir por su justicia el día en que peque.
33:13 Cuando yo le diga al justo que ciertamente vivirá, si él confía en su justicia y comete injusticia, no se recordará ninguna de sus acciones justas. Por la injusticia que haya cometido, por ella morirá.
33:14 Y cuando yo le diga al malvado: “Ciertamente morirás”, si se aparta de su pecado y practica el derecho y la justicia,
33:15 si el malvado devuelve la prenda, restituye lo robado y anda conforme a los estatutos de vida, sin cometer injusticia, ciertamente vivirá; no morirá.
33:16 No se le recordará ninguno de los pecados que haya cometido. Ha practicado el derecho y la justicia; ciertamente vivirá.
33:17 Pero los hijos de tu pueblo dicen: “El camino del Señor no es justo”. Es el camino de ellos el que no es justo.
33:18 Cuando el justo se aparta de su justicia y comete injusticia, morirá por ello.
33:19 Y cuando el malvado se aparta de su maldad y practica el derecho y la justicia, vivirá por ello.
33:20 Pero ustedes dicen: “El camino del Señor no es justo”. Yo los juzgaré, casa de Israel, a cada uno conforme a su conducta».
Nuevas de la caída de Jerusalén
33:21 En el año duodécimo de nuestro destierro, el día cinco del décimo mes, llegó a mí un sobreviviente de Jerusalén y dijo: «La ciudad ha sido tomada».
33:22 La mano del SEÑOR había venido sobre mí la tarde anterior a la llegada del sobreviviente, y había abierto mi boca para cuando él llegó a mí por la mañana. Mi boca se abrió y no volví a estar mudo.
La falsa confianza de quienes viven entre las ruinas
33:23 La palabra del SEÑOR vino a mí:
33:24 «Hijo de hombre, los que habitan estas ruinas en la tierra de Israel dicen: “Abraham era uno solo y tomó posesión de la tierra. Nosotros somos muchos; a nosotros nos ha sido dada la tierra en posesión”.
33:25 Por eso, diles: Así dice el Señor DIOS: Ustedes comen con sangre, alzan los ojos hacia sus ídolos y derraman sangre. ¿Y van a tomar posesión de la tierra?
33:26 Se apoyan en sus espadas, cometen abominaciones y cada uno deshonra a la mujer de su prójimo. ¿Y van a tomar posesión de la tierra?
33:27 Así les dirás: Así dice el Señor DIOS: Tan cierto como que vivo yo, los que están entre las ruinas caerán a espada. Al que esté en campo abierto lo entregaré a las fieras para que lo devoren, y los que estén en fortalezas y cuevas morirán de peste.
33:28 Convertiré la tierra en desolación y devastación; cesará el orgullo de su poder. Los montes de Israel quedarán desolados y nadie pasará por ellos.
33:29 Sabrán que yo soy el SEÑOR cuando convierta la tierra en desolación y devastación por todas las abominaciones que han cometido.
Escuchar la palabra sin ponerla en práctica
33:30 En cuanto a ti, hijo de hombre, los hijos de tu pueblo hablan de ti junto a los muros y en las entradas de las casas. Hablan unos con otros, cada uno con su hermano, y dicen: “Vengan ahora y escuchen cuál es la palabra que viene del SEÑOR”.
33:31 Vienen a ti como viene el pueblo, y los de mi pueblo se sientan delante de ti. Escuchan tus palabras, pero no las cumplen, porque con la boca dan muestras de amor, pero su corazón va tras sus ganancias.
33:32 Para ellos eres como una canción de amor de alguien con hermosa voz que toca bien un instrumento. Escuchan tus palabras, pero no las ponen en práctica.
33:33 Cuando esto suceda —y ya viene— sabrán que hubo un profeta en medio de ellos».

Capítulo 34
Profecía contra los pastores de Israel
34:1 La palabra del SEÑOR vino a mí:
34:2 «Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel. Profetiza y diles a los pastores: Así dice el Señor DIOS: ¡Ay de los pastores de Israel que se pastorean a sí mismos! ¿No deben los pastores pastorear al rebaño?
34:3 Comen la grasa, se visten con la lana y degüellan a la oveja engordada, pero no pastorean al rebaño.
34:4 No han fortalecido a las débiles, no han curado a la enferma, no han vendado a la que tenía una fractura, no han hecho volver a la descarriada ni han buscado a la perdida. Las han dominado con dureza y crueldad.
34:5 Se dispersaron por falta de pastor y se convirtieron en alimento para todas las fieras del campo. ¡Se dispersaron!
34:6 Mis ovejas andan extraviadas por todos los montes y por toda colina alta. Mis ovejas han sido dispersadas por toda la superficie de la tierra, y nadie pregunta por ellas ni las busca.
34:7 Por eso, pastores, escuchen la palabra del SEÑOR.
34:8 Tan cierto como que vivo yo, declara el Señor DIOS, porque mis ovejas se han convertido en botín y mis ovejas se han convertido en alimento para todas las fieras del campo por falta de pastor, porque mis pastores no han buscado a mis ovejas, sino que los pastores se han pastoreado a sí mismos y no han pastoreado a mis ovejas,
34:9 por eso, pastores, escuchen la palabra del SEÑOR.
34:10 Así dice el Señor DIOS: Aquí estoy contra los pastores. Exigiré mis ovejas de sus manos y haré que dejen de pastorear al rebaño. Los pastores no volverán a pastorearse a sí mismos. Rescataré a mis ovejas de sus bocas y ya no les servirán de alimento.
El SEÑOR mismo buscará a sus ovejas
34:11 Porque así dice el Señor DIOS: Yo mismo buscaré a mis ovejas y velaré por ellas.
34:12 Como un pastor vela por su rebaño el día en que se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré por mis ovejas. Las rescataré de todos los lugares por donde fueron dispersadas el día de nubes y oscuridad.
34:13 Las sacaré de entre los pueblos, las reuniré de los países y las llevaré a su tierra. Las pastorearé en los montes de Israel, en los cauces y en todos los lugares habitados de la tierra.
34:14 Las pastorearé en buenos pastos y su morada estará en los altos montes de Israel. Allí se recostarán en un buen lugar y pacerán en pastos abundantes, en los montes de Israel.
34:15 Yo pastorearé a mis ovejas y yo las haré recostarse, declara el Señor DIOS.
34:16 Buscaré a la perdida, haré volver a la descarriada, vendaré a la que tenga una fractura y fortaleceré a la enferma. Pero destruiré a la engordada y a la fuerte. Las pastorearé con justicia.
Dios juzgará entre las ovejas
34:17 En cuanto a ustedes, mis ovejas, así dice el Señor DIOS: Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos.
34:18 ¿No les basta pacer en buenos pastos, que además pisotean con sus pies lo que queda de sus pastos? ¿No les basta beber aguas claras, que además enfangan con sus pies las que quedan?
34:19 Mis ovejas comen lo que ustedes pisotean con sus pies y beben lo que ustedes enfangan con sus pies.
34:20 Por eso, así les dice el Señor DIOS: Yo mismo juzgaré entre la oveja engordada y la oveja flaca.
34:21 Porque empujan con el costado y con el hombro, y embisten con sus cuernos a todas las débiles, hasta dispersarlas fuera,
34:22 salvaré a mis ovejas y no volverán a ser botín. Juzgaré entre oveja y oveja.
Un solo pastor: mi siervo David
34:23 Estableceré sobre ellas un solo pastor que las pastoreará: mi siervo David. Él las pastoreará y él será su pastor.
34:24 Yo, el SEÑOR, seré su Dios y mi siervo David será príncipe en medio de ellos. Yo, el SEÑOR, he hablado.
Un pacto de paz para su pueblo
34:25 Haré con ellos un pacto de paz y eliminaré de la tierra las fieras. Habitarán seguros en el desierto y dormirán en los bosques.
34:26 Haré de ellos y de los alrededores de mi colina una bendición. Haré bajar la lluvia a su tiempo; serán lluvias de bendición.
34:27 El árbol del campo dará su fruto y la tierra dará su cosecha. Estarán seguros en su tierra y sabrán que yo soy el SEÑOR cuando rompa las varas de su yugo y los rescate de la mano de quienes los esclavizan.
34:28 No volverán a ser botín de las naciones ni los devorarán las fieras de la tierra. Habitarán seguros y nadie los atemorizará.
34:29 Estableceré para ellos un plantío de renombre. Ya no serán consumidos por el hambre en la tierra ni cargarán más con la humillación de las naciones.
34:30 Sabrán que yo, el SEÑOR, su Dios, estoy con ellos, y que ellos, la casa de Israel, son mi pueblo, declara el Señor DIOS.
34:31 Ustedes, mis ovejas, ovejas de mi pasto, son seres humanos, y yo soy su Dios, declara el Señor DIOS».

Capítulo 35
Profecía contra el monte de Seir
35:1 La palabra del SEÑOR vino a mí:
35:2 «Hijo de hombre, dirige tu rostro contra el monte Seir y profetiza contra él.
35:3 Dile: Así dice el Señor DIOS: Aquí estoy contra ti, monte Seir. Extenderé mi mano contra ti y te convertiré en desolación y devastación.
35:4 Dejaré tus ciudades en ruinas y tú quedarás desolado. Entonces sabrás que yo soy el SEÑOR.
35:5 Porque has mantenido una enemistad perpetua y has entregado a los hijos de Israel al poder de la espada en el tiempo de su calamidad, en el tiempo del castigo final,
35:6 por eso, tan cierto como que vivo yo, declara el Señor DIOS, te destinaré a la sangre y la sangre te perseguirá. Porque no aborreciste la sangre, la sangre te perseguirá.
35:7 Convertiré el monte Seir en desolación y devastación, y eliminaré de él al que vaya y al que venga.
35:8 Llenaré sus montes de sus muertos. En tus colinas, en tus valles y en todos tus cauces caerán muertos a espada.
35:9 Te convertiré en desolaciones perpetuas y tus ciudades no se restablecerán. Entonces ustedes sabrán que yo soy el SEÑOR.
La ambición de poseer la tierra de Israel
35:10 Porque dijiste: “Las dos naciones y las dos tierras serán mías y las tomaremos en posesión”. Y el SEÑOR estaba allí.
35:11 Por eso, tan cierto como que vivo yo, declara el Señor DIOS, actuaré conforme a la ira y los celos que mostraste por tu odio contra ellos. Me daré a conocer entre ellos cuando te juzgue.
35:12 Sabrás que yo, el SEÑOR, he oído todas tus injurias contra los montes de Israel, cuando dijiste: “Han quedado desolados; nos han sido dados para que los devoremos”.
35:13 Ustedes se han engrandecido contra mí con su boca y han multiplicado sus palabras contra mí. Yo lo he oído.
La alegría ante la desgracia ajena queda juzgada
35:14 Así dice el Señor DIOS: Mientras toda la tierra se alegra, yo te convertiré en una desolación.
35:15 Como te alegraste de que la heredad de la casa de Israel quedara desolada, así haré contigo. Serás una desolación, monte Seir, y todo Edom, todo él. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR».

Capítulo 36
Restauración futura de Israel
36:1 «Tú, hijo de hombre, profetiza a los montes de Israel y di: Montes de Israel, escuchen la palabra del SEÑOR.
36:2 Así dice el Señor DIOS: Porque el enemigo dijo de ustedes: “¡Ajá! Las alturas antiguas han pasado a ser posesión nuestra”,
36:3 por eso, profetiza y di: Así dice el Señor DIOS: Precisamente porque los han asolado y acosado por todas partes, hasta convertirse en posesión de las demás naciones, y por haber llegado a ser tema de habladurías y calumnias de la gente,
36:4 por eso, montes de Israel, escuchen la palabra del Señor DIOS. Así dice el Señor DIOS a los montes y a las colinas, a los cauces y a los valles, a las ruinas desoladas y a las ciudades abandonadas, que se han convertido en botín y burla de las demás naciones que los rodean:
36:5 Por eso, así dice el Señor DIOS: Ciertamente, en el fuego de mi celo he hablado contra las demás naciones y contra todo Edom, que se han apropiado de mi tierra, con alegría de todo corazón y con desprecio, para saquear sus pastizales.
36:6 Por eso, profetiza acerca de la tierra de Israel y di a los montes y a las colinas, a los cauces y a los valles: Así dice el Señor DIOS: He hablado en mi celo y en mi furor, porque han soportado la humillación de las naciones.
36:7 Por eso, así dice el Señor DIOS: He alzado mi mano: ciertamente las naciones que los rodean cargarán con su propia humillación.
Los montes darán fruto para el pueblo
36:8 Pero ustedes, montes de Israel, echarán sus ramas y darán su fruto para mi pueblo Israel, porque está cerca de venir.
36:9 Pues aquí estoy a favor de ustedes; me volveré hacia ustedes, y serán labrados y sembrados.
36:10 Multiplicaré sobre ustedes a los seres humanos, a toda la casa de Israel, toda ella. Las ciudades serán habitadas y las ruinas serán reconstruidas.
36:11 Multiplicaré sobre ustedes a seres humanos y animales; se multiplicarán y serán fecundos. Haré que vuelvan a ser habitados como antes y les haré más bien que en sus comienzos. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR.
36:12 Haré que anden sobre ustedes seres humanos, mi pueblo Israel. Tomarán posesión de ti y serás su heredad; nunca más los dejarás sin hijos.
36:13 Así dice el Señor DIOS: Porque dicen de ustedes: “Eres devoradora de seres humanos y has dejado sin hijos a tus naciones”,
36:14 por eso, ya no devorarás seres humanos ni volverás a dejar sin hijos a tus naciones, declara el Señor DIOS.
36:15 Ya no te haré oír las injurias de las naciones; no volverás a cargar con los insultos de los pueblos ni volverás a hacer tropezar a tus naciones, declara el Señor DIOS».
Israel profanó el nombre del SEÑOR
36:16 La palabra del SEÑOR vino a mí:
36:17 «Hijo de hombre, cuando la casa de Israel habitaba en su tierra, la contaminó con su conducta y con sus acciones. Su conducta ante mí era como la impureza de una mujer durante su menstruación.
36:18 Derramé mi furor sobre ellos por la sangre que habían derramado en la tierra y porque la habían contaminado con sus ídolos.
36:19 Los dispersé entre las naciones y fueron esparcidos por los países. Los juzgué conforme a su conducta y a sus acciones.
36:20 Cuando llegaron a las naciones adonde fueron, profanaron mi santo nombre, pues se decía de ellos: “Estos son el pueblo del SEÑOR, y han salido de su tierra”.
36:21 Me preocupé por mi santo nombre, que la casa de Israel había profanado entre las naciones adonde fue.
Dios limpiará y renovará a su pueblo
36:22 Por eso, di a la casa de Israel: Así dice el Señor DIOS: No actúo por ustedes, casa de Israel, sino por mi santo nombre, que ustedes han profanado entre las naciones adonde fueron.
36:23 Mostraré la santidad de mi gran nombre, profanado entre las naciones, que ustedes han profanado en medio de ellas. Las naciones sabrán que yo soy el SEÑOR, declara el Señor DIOS, cuando muestre mi santidad en ustedes ante sus ojos.
36:24 Los tomaré de entre las naciones, los reuniré de todos los países y los llevaré a su tierra.
36:25 Rociaré sobre ustedes agua limpia y quedarán limpios; los limpiaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos.
36:26 Les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes. Quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne.
36:27 Pondré mi Espíritu dentro de ustedes y haré que sigan mis estatutos, guarden mis preceptos y los cumplan.
36:28 Habitarán en la tierra que di a sus padres. Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios.
36:29 Los salvaré de todas sus impurezas. Llamaré al grano y lo multiplicaré; no traeré hambre sobre ustedes.
36:30 Multiplicaré el fruto de los árboles y la cosecha del campo, para que no vuelvan a sufrir la humillación del hambre entre las naciones.
36:31 Recordarán su mala conducta y sus acciones, que no fueron buenas, y se aborrecerán a ustedes mismos por sus culpas y por sus abominaciones.
36:32 No actúo por ustedes, declara el Señor DIOS; sépanlo bien. Avergüéncense y sientan humillación por su conducta, casa de Israel.
Reedificación y multiplicación de Israel
36:33 Así dice el Señor DIOS: El día en que los limpie de todas sus culpas, haré que las ciudades vuelvan a ser habitadas y las ruinas sean reconstruidas.
36:34 La tierra desolada será cultivada, en lugar de quedar desierta a la vista de todos los que pasan.
36:35 Dirán: “Esta tierra desolada se ha vuelto como el jardín de Edén, y las ciudades en ruinas, desoladas y derribadas están fortificadas y habitadas”.
36:36 Las naciones que queden a su alrededor sabrán que yo, el SEÑOR, he reconstruido lo derribado y he plantado lo desolado. Yo, el SEÑOR, he hablado y lo haré.
36:37 Así dice el Señor DIOS: Aún permitiré que la casa de Israel me pida hacer esto por ellos: multiplicaré a su gente como a un rebaño.
36:38 Como los rebaños consagrados, como los rebaños de Jerusalén en sus fiestas señaladas, así las ciudades en ruinas se llenarán de rebaños humanos. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR».

Capítulo 37
El valle de los huesos secos
37:1 La mano del SEÑOR vino sobre mí. Me sacó por el Espíritu del SEÑOR y me dejó en medio del valle, que estaba lleno de huesos.
37:2 Me hizo pasar junto a ellos por todos lados. Había muchísimos sobre la superficie del valle, y estaban muy secos.
37:3 Me preguntó: «Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos?». Respondí: «Señor DIOS, tú lo sabes».
37:4 Entonces me dijo: «Profetiza sobre estos huesos y diles: “Huesos secos, escuchen la palabra del SEÑOR.
37:5 Así dice el Señor DIOS a estos huesos: Voy a hacer entrar aliento en ustedes, y vivirán.
37:6 Pondré tendones sobre ustedes, haré crecer carne sobre ustedes y los cubriré de piel. Pondré aliento en ustedes, y vivirán. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR”».
37:7 Profeticé como se me había ordenado. Mientras profetizaba, hubo un ruido, luego un estremecimiento, y los huesos se acercaron, cada hueso a su hueso.
37:8 Miré y vi que había tendones sobre ellos; había crecido carne y la piel los había recubierto, pero no había aliento en ellos.
37:9 Me dijo: «Profetiza al aliento; profetiza, hijo de hombre, y dile al aliento: Así dice el Señor DIOS: “Aliento, ven de los cuatro vientos y sopla en estos muertos para que vivan”».
37:10 Profeticé como me había ordenado. El aliento entró en ellos, vivieron y se pusieron de pie: un ejército inmenso, muy numeroso.
La promesa de vida para Israel
37:11 Entonces me dijo: «Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. Ellos dicen: “Se han secado nuestros huesos y ha perecido nuestra esperanza. ¡Estamos completamente perdidos!”.
37:12 Por eso, profetiza y diles: Así dice el Señor DIOS: “Voy a abrir sus sepulcros y los haré subir de sus sepulcros, pueblo mío, y los llevaré a la tierra de Israel.
37:13 Sabrán que yo soy el SEÑOR cuando abra sus sepulcros y los haga subir de sus sepulcros, pueblo mío.
37:14 Pondré mi Espíritu en ustedes, y vivirán; los estableceré en su tierra. Entonces sabrán que yo, el SEÑOR, he hablado y lo he hecho, declara el SEÑOR”».
La reunión de Judá e Israel
37:15 La palabra del SEÑOR vino a mí:
37:16 «Tú, hijo de hombre, toma un palo y escribe en él: “Para Judá y para los hijos de Israel, sus compañeros”. Luego toma otro palo y escribe en él: “Para José, palo de Efraín, y para toda la casa de Israel, sus compañeros”.
37:17 Acércalos el uno al otro para que formen un solo palo, y serán uno solo en tu mano.
37:18 Cuando los hijos de tu pueblo te pregunten: “¿No nos explicarás qué significan para ti estas cosas?”,
37:19 diles: Así dice el Señor DIOS: “Voy a tomar el palo de José, que está en la mano de Efraín, y a las tribus de Israel, sus compañeros. Los pondré con el palo de Judá y haré de ellos un solo palo; serán uno solo en mi mano”.
37:20 Los palos sobre los que escribas estarán en tu mano, a la vista de ellos.
37:21 Diles: Así dice el Señor DIOS: “Voy a tomar a los hijos de Israel de entre las naciones adonde fueron; los reuniré de todas partes y los llevaré a su tierra.
37:22 Haré de ellos una sola nación en la tierra, en los montes de Israel, y un solo rey será rey de todos ellos. Ya no serán dos naciones ni volverán a dividirse en dos reinos, nunca más.
37:23 No volverán a contaminarse con sus ídolos, con sus cosas detestables ni con ninguna de sus rebeliones. Los salvaré de todas sus moradas en las que han pecado y los limpiaré. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios.
Un solo pastor y un pacto eterno
37:24 Mi siervo David será rey sobre ellos y todos tendrán un solo pastor. Seguirán mis preceptos, guardarán mis estatutos y los cumplirán.
37:25 Habitarán en la tierra que di a mi siervo Jacob, donde habitaron los padres de ustedes. Ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos habitarán en ella para siempre, y mi siervo David será su príncipe para siempre.
37:26 Haré con ellos un pacto de paz; será un pacto eterno con ellos. Los estableceré y los multiplicaré; pondré mi santuario en medio de ellos para siempre.
37:27 Mi morada estará sobre ellos. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.
37:28 Las naciones sabrán que yo soy el SEÑOR, el que santifica a Israel, cuando mi santuario esté en medio de ellos para siempre”».

Capítulo 38
Profecía contra Gog
38:1 La palabra del SEÑOR vino a mí:
38:2 «Hijo de hombre, dirige tu rostro contra Gog, de la tierra de Magog, príncipe supremo de Mesec y Tubal, y profetiza contra él.
38:3 Di: Así dice el Señor DIOS: Aquí estoy contra ti, Gog, príncipe supremo de Mesec y Tubal.
38:4 Te haré dar la vuelta, pondré garfios en tus mandíbulas y te sacaré a ti y a todo tu ejército: caballos y jinetes, todos vestidos espléndidamente; una gran multitud con escudos grandes y pequeños, todos empuñando espadas.
38:5 Persia, Cus y Fut estarán con ellos, todos con escudo y casco;
38:6 Gomer y todas sus tropas, la casa de Togarma, de los confines del norte, con todas sus tropas: muchos pueblos estarán contigo.
38:7 Prepárate y alístate, tú y toda la multitud que se ha reunido a tu alrededor, y sé su guarda.
38:8 Después de muchos días recibirás órdenes. Al final de los años vendrás a una tierra recuperada de la espada, cuya gente ha sido reunida de entre muchos pueblos, a los montes de Israel, que habían sido una desolación continua. Su gente fue sacada de entre los pueblos y todos habitan seguros.
38:9 Subirás y vendrás como una tempestad. Serás como una nube que cubre la tierra, tú y todas tus tropas y muchos pueblos contigo.
El plan de saqueo de Gog
38:10 Así dice el Señor DIOS: Aquel día te vendrán pensamientos al corazón y concebirás un plan malvado.
38:11 Dirás: “Subiré contra una tierra de aldeas sin murallas; iré contra gente tranquila, que habita segura. Todos viven sin murallas y no tienen cerrojos ni puertas”.
38:12 Será para tomar despojos y apoderarte del botín, para volver tu mano contra ruinas habitadas y contra un pueblo reunido de entre las naciones, que ha adquirido ganado y bienes, y habita en el centro de la tierra.
38:13 Sabá y Dedán, los mercaderes de Tarsis y todos sus leones jóvenes te dirán: “¿Vienes a tomar despojos? ¿Has reunido a tu multitud para apoderarte del botín, para llevarte plata y oro, para tomar ganado y bienes, para tomar grandes despojos?”.
38:14 Por eso, profetiza, hijo de hombre, y dile a Gog: Así dice el Señor DIOS: Aquel día, cuando mi pueblo Israel habite seguro, ¿no lo sabrás?
38:15 Vendrás de tu lugar, de los confines del norte, tú y muchos pueblos contigo, todos montados a caballo, una gran multitud y un ejército poderoso.
38:16 Subirás contra mi pueblo Israel como una nube que cubre la tierra. Esto sucederá al final de los días. Te llevaré contra mi tierra para que las naciones me conozcan, cuando muestre mi santidad por medio de ti ante sus ojos, Gog.
38:17 Así dice el Señor DIOS: ¿Eres tú aquel de quien hablé en tiempos antiguos por medio de mis siervos, los profetas de Israel, que profetizaron en aquellos días, durante años, que yo te traería contra ellos?
El SEÑOR juzgará la invasión
38:18 Aquel día, el día en que Gog venga contra la tierra de Israel, declara el Señor DIOS, se alzará mi furor en mi ira.
38:19 En mi celo y en el fuego de mi ira he hablado: ciertamente, aquel día habrá un gran terremoto en la tierra de Israel.
38:20 Los peces del mar, las aves del cielo, las fieras del campo, todos los animales que se arrastran por el suelo y todos los seres humanos sobre la superficie de la tierra temblarán ante mí. Los montes se derrumbarán, los precipicios caerán y toda muralla se vendrá al suelo.
38:21 Llamaré contra él a la espada en todos mis montes, declara el Señor DIOS. La espada de cada uno se volverá contra su hermano.
38:22 Lo juzgaré con peste y con sangre. Haré llover una lluvia torrencial, piedras de granizo, fuego y azufre sobre él, sobre sus tropas y sobre los muchos pueblos que están con él.
38:23 Mostraré mi grandeza y mi santidad; me daré a conocer a la vista de muchas naciones. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR».

Capítulo 39
La derrota de Gog
39:1 «Tú, hijo de hombre, profetiza contra Gog y di: Así dice el Señor DIOS: Aquí estoy contra ti, Gog, príncipe supremo de Mesec y Tubal.
39:2 Te haré dar la vuelta y te conduciré; te haré subir de los confines del norte y te llevaré contra los montes de Israel.
39:3 Haré caer de un golpe el arco de tu mano izquierda y derribaré las flechas de tu mano derecha.
39:4 En los montes de Israel caerás, tú y todas tus tropas y los pueblos que están contigo. Te daré como alimento a las aves de rapiña de toda clase y a las fieras del campo.
39:5 Caerás en campo abierto, porque yo he hablado, declara el Señor DIOS.
39:6 Enviaré fuego sobre Magog y sobre los que habitan seguros en las costas. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR.
39:7 Daré a conocer mi santo nombre en medio de mi pueblo Israel y no volveré a permitir que mi santo nombre sea profanado. Las naciones sabrán que yo soy el SEÑOR, el Santo en Israel.
39:8 Ya viene y se cumplirá, declara el Señor DIOS. Este es el día del que he hablado.
Las armas se convertirán en combustible
39:9 Los habitantes de las ciudades de Israel saldrán, encenderán fuego y quemarán las armas: escudos pequeños y grandes, arcos y flechas, mazas y lanzas. Harán fuego con ellas durante siete años.
39:10 No recogerán leña del campo ni la cortarán de los bosques, porque harán fuego con las armas. Despojarán a sus despojadores y saquearán a sus saqueadores, declara el Señor DIOS.
La sepultura de Gog y la limpieza de la tierra
39:11 Aquel día daré a Gog un lugar para sepultura allí en Israel: el valle de los que pasan, al este del mar. Este obstruirá el paso a los viajeros. Allí enterrarán a Gog y a toda su multitud, y lo llamarán valle de Hamón-gog.
39:12 La casa de Israel los enterrará durante siete meses para limpiar la tierra.
39:13 Todo el pueblo de la tierra los enterrará, y esto les dará renombre el día en que yo muestre mi gloria, declara el Señor DIOS.
39:14 Nombrarán hombres para una labor permanente: recorrer la tierra y enterrar a los que pasaron por ella y cuyos cuerpos queden sobre la superficie de la tierra, para limpiarla. Al cabo de siete meses harán una búsqueda.
39:15 Los que recorran la tierra pasarán por ella, y cuando alguno vea un hueso humano, pondrá una señal junto a él, hasta que los sepultureros lo entierren en el valle de Hamón-gog.
39:16 También habrá una ciudad llamada Hamona. Así limpiarán la tierra.
El banquete del juicio sobre los invasores
39:17 Tú, hijo de hombre, así dice el Señor DIOS: Di a las aves de toda clase y a todas las fieras del campo: “Reúnanse y vengan; júntense de todas partes al sacrificio que voy a ofrecer para ustedes, un gran sacrificio en los montes de Israel. Comerán carne y beberán sangre.
39:18 Comerán carne de guerreros y beberán sangre de los príncipes de la tierra: carneros, corderos, machos cabríos y toros, todos engordados de Basán.
39:19 Comerán grasa hasta saciarse y beberán sangre hasta embriagarse, del sacrificio que he ofrecido para ustedes.
39:20 En mi mesa se saciarán de caballos y jinetes, de guerreros poderosos y de todos los hombres de guerra, declara el Señor DIOS”.
La gloria del SEÑOR ante las naciones
39:21 Pondré mi gloria entre las naciones. Todas las naciones verán el juicio que he ejecutado y la mano que he puesto sobre ellos.
39:22 Desde aquel día en adelante, la casa de Israel sabrá que yo soy el SEÑOR, su Dios.
39:23 Las naciones sabrán que la casa de Israel fue al destierro por su culpa, porque me fueron infieles. Les oculté mi rostro y los entregué en manos de sus adversarios; todos cayeron a espada.
39:24 Los traté conforme a su impureza y a sus rebeliones, y les oculté mi rostro.
La compasión del SEÑOR restaurará a Israel
39:25 Por eso, así dice el Señor DIOS: Ahora restauraré el bienestar de Jacob, tendré compasión de toda la casa de Israel y velaré con celo por mi santo nombre.
39:26 Cargarán con su humillación y con toda la infidelidad con que me fueron infieles, cuando habiten seguros en su tierra, sin que nadie los atemorice.
39:27 Cuando los haga volver de entre los pueblos y los reúna de las tierras de sus enemigos, mostraré mi santidad en ellos a la vista de muchas naciones.
39:28 Sabrán que yo soy el SEÑOR, su Dios, porque, después de haberlos llevado al destierro entre las naciones, los reuniré en su tierra sin dejar allí a ninguno de ellos.
39:29 No volveré a ocultarles mi rostro, porque habré derramado mi Espíritu sobre la casa de Israel, declara el Señor DIOS».

Capítulo 40
La visión del templo
40:1 En el año veinticinco de nuestro destierro, al principio del año, el día diez del mes, catorce años después de que la ciudad fuera conquistada, aquel mismo día la mano del SEÑOR vino sobre mí y me llevó allá.
40:2 En visiones de Dios me llevó a la tierra de Israel y me dejó sobre un monte muy alto. Sobre él, hacia el sur, había una construcción parecida a una ciudad.
40:3 Me llevó allí y vi a un hombre cuyo aspecto era como el bronce. Tenía en la mano un cordel de lino y una caña de medir, y estaba de pie en la puerta.
40:4 El hombre me dijo: «Hijo de hombre, mira con tus ojos, escucha con tus oídos y presta atención a todo lo que te muestro, porque has sido traído aquí para que te lo muestre. Cuenta a la casa de Israel todo lo que ves».
El muro exterior y la entrada oriental
40:5 Había un muro por fuera del templo, a todo su alrededor. El hombre tenía en la mano una caña de medir de seis codos, cada uno de un codo más un palmo menor: unos tres metros con veinte centímetros en total. Midió el espesor del muro: unos tres metros con veinte centímetros; y su altura: unos tres metros con veinte centímetros.
40:6 Llegó a la puerta que miraba hacia el este, subió por sus escalones y midió el umbral de la puerta: unos tres metros con veinte centímetros de ancho; y el otro umbral: unos tres metros con veinte centímetros de ancho.
40:7 Cada cámara medía unos tres metros con veinte centímetros de largo y unos tres metros con veinte centímetros de ancho. Entre las cámaras había unos dos metros con setenta centímetros. El umbral de la puerta, junto al pórtico de la puerta por el lado del templo, medía unos tres metros con veinte centímetros.
40:8 Midió el pórtico de la puerta por el lado del templo: unos tres metros con veinte centímetros.
40:9 Midió el pórtico de la puerta: unos cuatro metros con veinte centímetros; y sus pilares: aproximadamente un metro con diez centímetros. El pórtico de la puerta estaba por el lado del templo.
40:10 La puerta que miraba hacia el este tenía tres cámaras a un lado y tres al otro. Las tres tenían la misma medida, y los pilares a un lado y al otro también tenían la misma medida.
40:11 Midió el ancho de la abertura de la puerta: unos cinco metros con treinta centímetros; y la longitud de la puerta: unos seis metros con noventa centímetros.
40:12 Delante de las cámaras había una barrera de unos cincuenta y tres centímetros a un lado y una barrera de unos cincuenta y tres centímetros al otro. Cada cámara medía unos tres metros con veinte centímetros por un lado y unos tres metros con veinte centímetros por el otro.
40:13 Midió la puerta desde el techo de una cámara hasta el techo de la otra: unos trece metros con treinta centímetros de ancho, con una abertura frente a la otra.
40:14 Calculó la medida de los pilares: unos treinta y un metros con ochenta centímetros; la puerta se extendía por todo alrededor hasta el pilar del atrio.
40:15 Desde el frente de la puerta de entrada hasta el frente del pórtico interior de la puerta había unos veintiséis metros con cincuenta centímetros.
40:16 Las cámaras y sus pilares tenían ventanas estrechas hacia el interior de la puerta, por todo alrededor. Lo mismo ocurría en los pórticos: había ventanas hacia el interior, por todo alrededor, y figuras de palmeras en los pilares.
El atrio exterior y sus habitaciones
40:17 Me llevó al atrio exterior. Había habitaciones y un pavimento construido por todo alrededor del atrio; treinta habitaciones daban al pavimento.
40:18 El pavimento estaba a los lados de las puertas y correspondía a la longitud de las puertas. Este era el pavimento inferior.
40:19 Midió el ancho desde el frente de la puerta inferior hasta el frente exterior del atrio interior: unos cincuenta y tres metros, hacia el este y hacia el norte.
Las puertas exteriores del norte y del sur
40:20 Midió el largo y el ancho de la puerta del atrio exterior que miraba hacia el norte.
40:21 Tenía tres cámaras a un lado y tres al otro. Sus pilares y sus pórticos tenían las mismas medidas que los de la primera puerta: unos veintiséis metros con cincuenta centímetros de largo y unos trece metros con treinta centímetros de ancho.
40:22 Sus ventanas, sus pórticos y sus figuras de palmeras tenían las mismas medidas que los de la puerta que miraba hacia el este. Se subía a ella por siete escalones y sus pórticos estaban delante de ellos.
40:23 Había una puerta del atrio interior frente a la puerta del norte y a la del este. Midió de puerta a puerta: unos cincuenta y tres metros.
40:24 Me llevó hacia el sur y vi una puerta que miraba hacia el sur. Midió sus pilares y sus pórticos, que tenían aquellas mismas medidas.
40:25 La puerta y sus pórticos tenían ventanas por todo alrededor, como las otras ventanas. Medía unos veintiséis metros con cincuenta centímetros de largo y unos trece metros con treinta centímetros de ancho.
40:26 Se subía a ella por siete escalones y sus pórticos estaban delante de ellos. Tenía figuras de palmeras en sus pilares, una a un lado y otra al otro.
40:27 Había una puerta del atrio interior hacia el sur. Midió de puerta a puerta hacia el sur: unos cincuenta y tres metros.
Las puertas del atrio interior
40:28 Me llevó al atrio interior por la puerta del sur y midió la puerta del sur, que tenía aquellas mismas medidas.
40:29 Sus cámaras, sus pilares y sus pórticos tenían aquellas mismas medidas. La puerta y sus pórticos tenían ventanas por todo alrededor. Medía unos veintiséis metros con cincuenta centímetros de largo y unos trece metros con treinta centímetros de ancho.
40:30 Había pórticos por todo alrededor, de unos trece metros con treinta centímetros de largo y unos dos metros con setenta centímetros de ancho.
40:31 Sus pórticos daban al atrio exterior y había figuras de palmeras en sus pilares. Se subía a ella por ocho escalones.
40:32 Me llevó al atrio interior hacia el este y midió la puerta, que tenía aquellas mismas medidas.
40:33 Sus cámaras, sus pilares y sus pórticos tenían aquellas mismas medidas. La puerta y sus pórticos tenían ventanas por todo alrededor. Medía unos veintiséis metros con cincuenta centímetros de largo y unos trece metros con treinta centímetros de ancho.
40:34 Sus pórticos daban al atrio exterior y había figuras de palmeras en sus pilares, a un lado y al otro. Se subía a ella por ocho escalones.
40:35 Me llevó a la puerta del norte y la midió; tenía aquellas mismas medidas:
40:36 sus cámaras, sus pilares y sus pórticos, y ventanas por todo alrededor. Medía unos veintiséis metros con cincuenta centímetros de largo y unos trece metros con treinta centímetros de ancho.
40:37 Sus pilares daban al atrio exterior y había figuras de palmeras en sus pilares, a un lado y al otro. Se subía a ella por ocho escalones.
Preparación y mesas para los sacrificios
40:38 Había una habitación con su entrada junto a los pilares de las puertas; allí lavaban el holocausto.
40:39 En el pórtico de la puerta había dos mesas a un lado y dos mesas al otro, para degollar sobre ellas el holocausto, la ofrenda por el pecado y la ofrenda por la culpa.
40:40 Por el lado exterior, al subir a la entrada de la puerta del norte, había dos mesas; y al otro lado del pórtico de la puerta, otras dos mesas.
40:41 Había cuatro mesas a un lado y cuatro al otro, junto a la puerta: ocho mesas sobre las que degollaban las víctimas.
40:42 Había cuatro mesas de piedra labrada para el holocausto, de unos ochenta centímetros de largo, unos ochenta centímetros de ancho y unos cincuenta y tres centímetros de alto. Sobre ellas colocaban los utensilios con los que degollaban el holocausto y el sacrificio.
40:43 Había ganchos dobles de unos ocho centímetros, fijados por todo alrededor, dentro del edificio. Sobre las mesas estaba la carne de la ofrenda.
Habitaciones para el servicio del templo
40:44 Fuera de la puerta interior, en el atrio interior, estaban las habitaciones de los cantores, junto al costado de la puerta del norte y mirando hacia el sur. Había otra junto al costado de la puerta del este, mirando hacia el norte.
40:45 Me dijo: «Esta habitación que mira hacia el sur es para los sacerdotes encargados del servicio del templo.
40:46 La habitación que mira hacia el norte es para los sacerdotes encargados del servicio del altar. Estos son los hijos de Sadoc, que, de entre los hijos de Leví, se acercan al SEÑOR para servirle».
40:47 Midió el atrio: unos cincuenta y tres metros de largo y unos cincuenta y tres metros de ancho; era cuadrado. El altar estaba delante del templo.
El acceso al edificio principal del templo
40:48 Me llevó al pórtico del templo y midió los pilares del pórtico: unos dos metros con setenta centímetros a un lado y unos dos metros con setenta centímetros al otro. El ancho de la puerta era de aproximadamente un metro con sesenta centímetros a un lado y aproximadamente un metro con sesenta centímetros al otro.
40:49 El pórtico medía unos diez metros con sesenta centímetros de largo y once codos de ancho. Se subía a él por escalones, y junto a los pilares había columnas, una a un lado y otra al otro.

Capítulo 41
La nave y el Lugar Santísimo
41:1 Me llevó a la nave y midió los pilares: unos tres metros con veinte centímetros de ancho a un lado y unos tres metros con veinte centímetros al otro; esa era la anchura de la tienda.
41:2 La abertura medía unos cinco metros con treinta centímetros de ancho, y los costados de la entrada, unos dos metros con setenta centímetros a un lado y unos dos metros con setenta centímetros al otro. Midió su largo: unos veintiún metros con veinte centímetros; y su ancho: unos diez metros con sesenta centímetros.
41:3 Entró al interior y midió el pilar de la entrada: aproximadamente un metro con diez centímetros; la entrada: unos tres metros con veinte centímetros; y el ancho de la entrada: unos tres metros con setenta centímetros.
41:4 Midió su largo: unos diez metros con sesenta centímetros; y su ancho: unos diez metros con sesenta centímetros, frente a la nave. Me dijo: «Este es el Lugar Santísimo».
Las cámaras laterales y sus apoyos
41:5 Midió el muro del templo: unos tres metros con veinte centímetros. Las cámaras laterales tenían unos dos metros con diez centímetros de ancho y rodeaban todo el templo.
41:6 Las cámaras laterales estaban unas sobre otras en tres pisos, treinta en cada piso. Llegaban hasta el muro del templo dispuesto para sostenerlas por todo alrededor; así quedaban sostenidas sin estar empotradas en el muro del templo.
41:7 Las cámaras laterales se ensanchaban cada vez más hacia arriba, porque la estructura que rodeaba el templo se ampliaba hacia arriba por todo alrededor. Por eso el templo tenía mayor anchura arriba. Se subía del piso inferior al superior pasando por el intermedio.
41:8 Vi que el templo tenía una plataforma elevada por todo alrededor. Los cimientos de las cámaras laterales medían una caña entera, unos tres metros con veinte centímetros.
41:9 El muro exterior de las cámaras laterales tenía unos dos metros con setenta centímetros de espesor. Había un espacio libre entre las cámaras laterales del templo
41:10 y las habitaciones, de unos diez metros con sesenta centímetros de ancho, por todos los lados alrededor del templo.
41:11 Las entradas de las cámaras laterales daban al espacio libre: una entrada hacia el norte y otra hacia el sur. El espacio libre tenía unos dos metros con setenta centímetros de ancho por todo alrededor.
El edificio occidental y las medidas generales
41:12 El edificio que estaba frente a la zona separada, hacia el oeste, medía unos treinta y siete metros con diez centímetros de ancho. El muro del edificio tenía unos dos metros con setenta centímetros de espesor por todo alrededor, y su largo era de unos cuarenta y siete metros con setenta centímetros.
41:13 Midió el templo: unos cincuenta y tres metros de largo. La zona separada, el edificio y sus muros medían unos cincuenta y tres metros de largo.
41:14 El ancho del frente del templo y de la zona separada hacia el este era de unos cincuenta y tres metros.
41:15 Midió el largo del edificio que estaba frente a la zona separada, detrás de ella, con sus galerías a un lado y al otro: unos cincuenta y tres metros. En cuanto a la nave interior y los pórticos del atrio,
41:16 los umbrales, las ventanas estrechas y las galerías alrededor de los tres pisos, frente al umbral, estaban revestidos de madera por todo alrededor, desde el suelo hasta las ventanas. Las ventanas estaban cubiertas.
41:17 Por encima de la entrada, hasta el interior del templo y por fuera, y en todo el muro por todo alrededor, por dentro y por fuera, todo estaba hecho según sus medidas.
Querubines y palmeras en el interior del templo
41:18 Había querubines y palmeras tallados, con una palmera entre querubín y querubín. Cada querubín tenía dos rostros:
41:19 un rostro humano hacia la palmera de un lado y un rostro de león joven hacia la palmera del otro. Así estaba tallado todo el templo por todo alrededor.
41:20 Los querubines y las palmeras estaban tallados desde el suelo hasta encima de la entrada, en el muro de la nave.
41:21 La nave tenía postes cuadrados, y el frente del santuario tenía el mismo aspecto.
La mesa delante del SEÑOR y las puertas del santuario
41:22 El altar era de madera, de aproximadamente un metro con sesenta centímetros de alto y aproximadamente un metro con diez centímetros de largo. En toda su longitud, sus esquinas y sus paredes eran de madera. Me dijo: «Esta es la mesa que está delante del SEÑOR».
41:23 La nave y el santuario tenían puertas dobles.
41:24 Las puertas tenían dos hojas, dos hojas giratorias: dos hojas en una puerta y dos hojas en la otra.
41:25 En ellas, en las puertas de la nave, había querubines y palmeras tallados como los tallados en los muros. Había una viga de madera en el frente exterior del pórtico.
41:26 Había ventanas estrechas y figuras de palmeras a un lado y al otro, en los costados del pórtico, así como las cámaras laterales del templo y las vigas.

Capítulo 42
Las habitaciones para el servicio sacerdotal
42:1 Me sacó al atrio exterior en dirección al norte y me llevó a las habitaciones que estaban frente a la zona separada y frente al edificio, hacia el norte.
42:2 Frente al lado de unos cincuenta y tres metros de largo estaba la entrada del norte; el ancho era de unos veintiséis metros con cincuenta centímetros.
42:3 Frente al espacio de unos diez metros con sesenta centímetros del atrio interior y frente al pavimento del atrio exterior había una galería frente a otra, en tres pisos.
42:4 Delante de las habitaciones había un corredor interior de unos cinco metros con treinta centímetros de ancho y un pasillo de unos cincuenta y tres centímetros. Sus entradas daban al norte.
42:5 Las habitaciones superiores eran más estrechas, porque las galerías les quitaban más espacio que a las inferiores y a las intermedias del edificio.
42:6 Estaban en tres pisos y no tenían columnas como las columnas de los atrios. Por eso, a partir del suelo, las superiores se estrechaban más que las inferiores y las intermedias.
42:7 El muro exterior que corría frente a las habitaciones, hacia el atrio exterior, delante de las habitaciones, medía unos veintiséis metros con cincuenta centímetros de largo.
42:8 Las habitaciones que daban al atrio exterior medían unos veintiséis metros con cincuenta centímetros de largo, mientras que las que estaban frente a la nave medían unos cincuenta y tres metros.
42:9 Debajo de estas habitaciones estaba el acceso por el este, para entrar en ellas desde el atrio exterior.
La correspondencia entre los conjuntos de habitaciones
42:10 A lo ancho del muro del atrio, hacia el este, frente a la zona separada y frente al edificio, había habitaciones.
42:11 Delante de ellas había un corredor. Eran semejantes a las habitaciones que daban al norte: tenían la misma longitud y anchura, y las mismas salidas, distribución y entradas.
42:12 Una entrada semejante a las de las habitaciones del sur estaba al principio del corredor, el corredor frente al muro correspondiente hacia el este, por donde se entraba en ellas.
El uso santo de las habitaciones sacerdotales
42:13 Me dijo: «Las habitaciones del norte y las habitaciones del sur, que están frente a la zona separada, son las habitaciones santas donde los sacerdotes que se acercan al SEÑOR comerán las cosas santísimas. Allí pondrán las cosas santísimas: la ofrenda de grano, la ofrenda por el pecado y la ofrenda por la culpa, porque el lugar es santo.
42:14 Cuando los sacerdotes entren allí, no saldrán del santuario al atrio exterior sin dejar allí las vestiduras con las que sirven, porque son santas. Se pondrán otras vestiduras y entonces se acercarán a los lugares destinados al pueblo».
El perímetro que distingue lo santo de lo común
42:15 Cuando terminó de medir el interior del templo, me sacó por la puerta que miraba hacia el este y lo midió por todo alrededor.
42:16 Midió el lado este con la caña de medir: quinientas cañas, unos mil quinientos noventa metros, medidas con la caña de medir, por todo ese lado.
42:17 Midió el lado norte: quinientas cañas, unos mil quinientos noventa metros, medidas con la caña de medir, por todo ese lado.
42:18 Midió el lado sur: quinientas cañas, unos mil quinientos noventa metros, medidas con la caña de medir.
42:19 Se volvió hacia el lado oeste y midió quinientas cañas, unos mil quinientos noventa metros, con la caña de medir.
42:20 Lo midió por sus cuatro lados. Tenía un muro por todo alrededor, de unos mil quinientos noventa metros de largo y unos mil quinientos noventa metros de ancho, para separar lo santo de lo común.

Capítulo 43
La gloria del SEÑOR llena el templo
43:1 Me llevó a la puerta, a la puerta que mira hacia el este.
43:2 Vi que la gloria del Dios de Israel venía del este. Su voz era como el estruendo de muchas aguas y la tierra resplandecía con su gloria.
43:3 El aspecto de la visión que vi era como el de la visión que había visto cuando yo vine a destruir la ciudad. Las visiones eran como la visión que había visto junto al río Quebar. Caí rostro en tierra.
43:4 La gloria del SEÑOR entró en el templo por la puerta que miraba hacia el este.
43:5 El Espíritu me levantó y me llevó al atrio interior. La gloria del SEÑOR llenaba el templo.
Leyes del templo
43:6 Oí a alguien que me hablaba desde el templo, mientras un hombre estaba de pie junto a mí.
43:7 Me dijo: «Hijo de hombre, este es el lugar de mi trono y el lugar de las plantas de mis pies, donde habitaré en medio de los hijos de Israel para siempre. La casa de Israel no volverá a profanar mi santo nombre, ni ellos ni sus reyes, con su prostitución ni con los cadáveres de sus reyes en sus lugares altos.
43:8 Al poner su umbral junto a mi umbral y su poste junto a mi poste, con solo un muro entre ellos y yo, profanaron mi santo nombre con las abominaciones que cometieron. Por eso los consumí en mi ira.
43:9 Ahora, que alejen de mí su prostitución y los cadáveres de sus reyes, y habitaré en medio de ellos para siempre.
43:10 Tú, hijo de hombre, describe el templo a la casa de Israel, para que se avergüencen de sus culpas y midan su diseño.
43:11 Si se avergüenzan de todo lo que han hecho, dales a conocer la forma del templo, su disposición, sus salidas y sus entradas, todas sus formas, todos sus estatutos, todas sus formas y todas sus leyes. Escríbelo ante sus ojos para que observen toda su forma y todos sus estatutos, y los cumplan.
43:12 Esta es la ley del templo: en la cumbre del monte, todo su territorio por todo alrededor será santísimo. Esta es la ley del templo.
Las medidas del altar de los sacrificios
43:13 Estas son las medidas del altar en codos, cada uno de un codo más un palmo menor. El canal tendrá unos cincuenta y tres centímetros de profundidad y unos cincuenta y tres centímetros de ancho; el reborde en su orilla, por todo alrededor, será de unos veintitrés centímetros. Esta es la base del altar.
43:14 Desde el canal al nivel del suelo hasta la plataforma inferior habrá aproximadamente un metro con diez centímetros, y esta tendrá unos cincuenta y tres centímetros de ancho. Desde la plataforma menor hasta la mayor habrá unos dos metros con diez centímetros, y esta tendrá unos cincuenta y tres centímetros de ancho.
43:15 El hogar del altar tendrá unos dos metros con diez centímetros de alto, y desde el hogar se alzarán cuatro cuernos.
43:16 El hogar del altar tendrá unos seis metros con cuarenta centímetros de largo por unos seis metros con cuarenta centímetros de ancho; será cuadrado en sus cuatro lados.
43:17 La plataforma tendrá unos siete metros con cuarenta centímetros de largo por unos siete metros con cuarenta centímetros de ancho, en sus cuatro lados. El borde que la rodea será de unos veintisiete centímetros y su canal de unos cincuenta y tres centímetros por todo alrededor. Sus escalones mirarán hacia el este».
La purificación y consagración del altar
43:18 Me dijo: «Hijo de hombre, así dice el Señor DIOS: Estos son los estatutos del altar para el día en que sea construido, para ofrecer sobre él holocaustos y rociar sobre él sangre.
43:19 Darás a los sacerdotes levitas de la descendencia de Sadoc, que se acercan a mí para servirme, declara el Señor DIOS, un novillo de la vacada para la ofrenda por el pecado.
43:20 Tomarás de su sangre y la pondrás en sus cuatro cuernos, en las cuatro esquinas de la plataforma y en el borde por todo alrededor. Así lo purificarás y harás expiación por él.
43:21 Tomarás el novillo de la ofrenda por el pecado, y será quemado en el lugar señalado del templo, fuera del santuario.
43:22 El segundo día ofrecerás un macho cabrío sin defecto como ofrenda por el pecado. Purificarán el altar como lo purificaron con el novillo.
43:23 Cuando termines de purificarlo, ofrecerás un novillo sin defecto de la vacada y un carnero sin defecto del rebaño.
43:24 Los presentarás delante del SEÑOR. Los sacerdotes echarán sal sobre ellos y los ofrecerán como holocausto al SEÑOR.
43:25 Durante siete días prepararás cada día un macho cabrío como ofrenda por el pecado. También prepararán un novillo de la vacada y un carnero del rebaño, ambos sin defecto.
43:26 Durante siete días harán expiación por el altar y lo purificarán; así lo consagrarán.
43:27 Cuando terminen estos días, desde el octavo día en adelante los sacerdotes ofrecerán sobre el altar los holocaustos y las ofrendas de paz de ustedes. Entonces los aceptaré, declara el Señor DIOS».

Capítulo 44
La puerta oriental y el lugar del príncipe
44:1 Me hizo volver por el camino de la puerta exterior del santuario que miraba hacia el este. Estaba cerrada.
44:2 El SEÑOR me dijo: «Esta puerta permanecerá cerrada. No se abrirá y nadie entrará por ella, porque el SEÑOR, el Dios de Israel, ha entrado por ella. Permanecerá cerrada.
44:3 En cuanto al príncipe, por ser príncipe se sentará allí para comer pan delante del SEÑOR. Entrará por el camino del pórtico de la puerta y saldrá por ese mismo camino».
El acceso al santuario y la fidelidad al pacto
44:4 Me llevó por el camino de la puerta del norte al frente del templo. Miré y vi que la gloria del SEÑOR llenaba el templo del SEÑOR. Caí rostro en tierra.
44:5 El SEÑOR me dijo: «Hijo de hombre, presta atención, mira con tus ojos y escucha con tus oídos todo lo que te digo acerca de todos los estatutos del templo del SEÑOR y de todas sus leyes. Presta atención a la entrada del templo y a todas las salidas del santuario.
44:6 Di a los rebeldes, a la casa de Israel: Así dice el Señor DIOS: ¡Basta ya de todas sus abominaciones, casa de Israel!
44:7 Ustedes han introducido extranjeros, incircuncisos de corazón e incircuncisos de carne, para que estén en mi santuario y profanen mi templo mientras ustedes ofrecen mi alimento, la grasa y la sangre. Ellos han quebrantado mi pacto, además de todas las abominaciones de ustedes.
44:8 No han custodiado mis cosas santas, sino que han puesto a otros para que cumplan por ustedes los deberes que les encargué en mi santuario.
44:9 Así dice el Señor DIOS: Ningún extranjero incircunciso de corazón e incircunciso de carne entrará en mi santuario, ninguno de los extranjeros que están en medio de los hijos de Israel.
Las responsabilidades de los levitas que se apartaron
44:10 Pero los levitas que se alejaron de mí cuando Israel se descarrió, y que se extraviaron lejos de mí tras sus ídolos, cargarán con su culpa.
44:11 Serán servidores en mi santuario, encargados de las puertas del templo y del servicio del templo. Ellos degollarán el holocausto y el sacrificio para el pueblo, y ellos estarán delante de él para servirle.
44:12 Porque les sirvieron delante de sus ídolos y fueron para la casa de Israel una causa de tropiezo que la llevó al pecado, por eso he alzado mi mano contra ellos, declara el Señor DIOS, y cargarán con su culpa.
44:13 No se acercarán a mí para servirme como sacerdotes ni se acercarán a ninguna de mis cosas santas, a las cosas santísimas. Cargarán con su humillación y con las abominaciones que cometieron.
44:14 Los pondré a cargo de la custodia del templo, de todo su servicio y de todo lo que se deba hacer en él.
El servicio de los sacerdotes de Sadoc
44:15 Pero los sacerdotes levitas, hijos de Sadoc, que mantuvieron la custodia de mi santuario cuando los hijos de Israel se extraviaron lejos de mí, ellos se acercarán a mí para servirme. Estarán delante de mí para ofrecerme la grasa y la sangre, declara el Señor DIOS.
44:16 Ellos entrarán en mi santuario y ellos se acercarán a mi mesa para servirme. Cumplirán los deberes que les he encargado.
Las vestiduras y la conducta de los sacerdotes
44:17 Cuando entren por las puertas del atrio interior, se pondrán vestiduras de lino. No llevarán lana al servir en las puertas del atrio interior ni dentro del templo.
44:18 Llevarán turbantes de lino sobre la cabeza y calzoncillos de lino sobre los lomos. No se ceñirán nada que los haga sudar.
44:19 Cuando salgan al atrio exterior, al atrio exterior donde está el pueblo, se quitarán las vestiduras con las que sirven y las dejarán en las habitaciones santas. Se pondrán otras vestiduras para no santificar al pueblo con sus vestiduras.
44:20 No se raparán la cabeza ni se dejarán crecer el cabello sin recortarlo; deberán recortarse el cabello.
44:21 Ningún sacerdote beberá vino al entrar en el atrio interior.
44:22 No tomarán por esposas a viudas ni a divorciadas, sino a vírgenes de la descendencia de la casa de Israel. También podrán tomar a una viuda que sea viuda de un sacerdote.
La enseñanza y el discernimiento de los sacerdotes
44:23 Enseñarán a mi pueblo la diferencia entre lo santo y lo común, y les harán conocer la diferencia entre lo impuro y lo puro.
44:24 En las disputas actuarán como jueces y juzgarán conforme a mis preceptos. Guardarán mis leyes y mis estatutos en todas mis fiestas señaladas y santificarán mis días de reposo.
44:25 Un sacerdote no se acercará a un cadáver humano para contaminarse. Pero por su padre, su madre, su hijo, su hija, su hermano o su hermana que no haya tenido marido sí podrán contaminarse.
44:26 Después de su purificación le contarán siete días.
44:27 El día que entre en el santuario, en el atrio interior, para servir en el santuario, ofrecerá su ofrenda por el pecado, declara el Señor DIOS.
El sustento del sacerdocio
44:28 Tendrán una heredad: yo soy su heredad. No les darán posesión en Israel; yo soy su posesión.
44:29 Ellos comerán la ofrenda de grano, la ofrenda por el pecado y la ofrenda por la culpa. Todo lo consagrado por completo en Israel será de ellos.
44:30 Lo mejor de todas las primicias de todo, y toda ofrenda de todo lo que presenten entre todas sus ofrendas, será para los sacerdotes. Darán al sacerdote la primera porción de sus masas, para que repose una bendición en tu casa.
44:31 Los sacerdotes no comerán ninguna ave ni animal que haya muerto por sí mismo o haya sido despedazado».

Capítulo 45
La porción consagrada y el reparto de la tierra
45:1 «Cuando repartan por sorteo la tierra en heredad, apartarán para el SEÑOR una porción santa de la tierra, de unos trece kilómetros con trescientos metros de largo y unos cinco kilómetros con trescientos metros de ancho. Será santa en toda su extensión, por todo alrededor.
45:2 De ella se destinará al santuario un cuadrado de unos doscientos sesenta y cinco metros por unos doscientos sesenta y cinco metros, con un espacio libre de unos veintiséis metros con cincuenta centímetros por todo alrededor.
45:3 De esta área medirás una longitud de unos trece kilómetros con trescientos metros y una anchura de unos cinco kilómetros con trescientos metros. Allí estará el santuario, que es santísimo.
45:4 Esta porción santa de la tierra será para los sacerdotes que sirven en el santuario y se acercan para servir al SEÑOR. Tendrán allí un lugar para sus casas y un recinto sagrado para el santuario.
45:5 Un área de unos trece kilómetros con trescientos metros de largo y unos cinco kilómetros con trescientos metros de ancho será para los levitas que sirven en el templo, como posesión suya, con veinte habitaciones.
45:6 Como propiedad de la ciudad darán un área de unos dos kilómetros con seiscientos cincuenta metros de ancho y unos trece kilómetros con trescientos metros de largo, junto a la porción santa. Será para toda la casa de Israel.
45:7 El príncipe tendrá tierra a un lado y al otro de la porción santa y de la propiedad de la ciudad, frente a la porción santa y frente a la propiedad de la ciudad: por el lado oeste hacia el oeste y por el lado este hacia el este. Su longitud corresponderá a una de las porciones, desde el límite oeste hasta el límite este.
45:8 Esta será su posesión de tierra en Israel. Mis príncipes no volverán a oprimir a mi pueblo, sino que darán la tierra a la casa de Israel según sus tribus.
Justicia de los gobernantes y medidas honestas
45:9 Así dice el Señor DIOS: ¡Basta ya, príncipes de Israel! Abandonen la violencia y el saqueo; practiquen el derecho y la justicia. Dejen de expulsar a mi pueblo, declara el Señor DIOS.
45:10 Tendrán balanzas justas, un efa justo y un bato justo.
45:11 El efa y el bato tendrán la misma capacidad: el bato contendrá la décima parte de un homer y el efa la décima parte de un homer. Su medida se basará en el homer, de unos doscientos veinte litros.
45:12 El siclo, de unos once gramos, será de veinte geras. Veinte siclos, veinticinco siclos y quince siclos constituirán una mina para ustedes.
Las contribuciones para el culto de Israel
45:13 Esta es la contribución que ofrecerán: la sexta parte de un efa por cada homer de trigo y la sexta parte de un efa por cada homer de cebada.
45:14 La porción prescrita de aceite, medida en batos, será la décima parte de un bato por cada coro. Diez batos hacen un homer, porque diez batos son un homer.
45:15 También una oveja o cabra por cada doscientas del rebaño, de los pastos bien regados de Israel, para la ofrenda de grano, para el holocausto y para las ofrendas de paz, a fin de hacer expiación por ellos, declara el Señor DIOS.
45:16 Todo el pueblo de la tierra contribuirá a esta ofrenda para el príncipe en Israel.
45:17 Al príncipe le corresponderá proveer los holocaustos, la ofrenda de grano y la libación en las fiestas, en las lunas nuevas y en los días de reposo, en todas las fiestas señaladas de la casa de Israel. Él preparará la ofrenda por el pecado, la ofrenda de grano, el holocausto y las ofrendas de paz para hacer expiación por la casa de Israel.
La purificación del santuario
45:18 Así dice el Señor DIOS: En el primer mes, el primer día del mes, tomarás un novillo sin defecto de la vacada y purificarás el santuario.
45:19 El sacerdote tomará de la sangre de la ofrenda por el pecado y la pondrá en el poste de la entrada del templo, en las cuatro esquinas de la plataforma del altar y en el poste de la puerta del atrio interior.
45:20 Harás lo mismo el día siete del mes por quien peque por error o por ignorancia. Así harán expiación por el templo.
La Pascua y las ofrendas de las fiestas
45:21 En el primer mes, el día catorce del mes, celebrarán la Pascua, fiesta de siete días en la que se comerán panes sin levadura.
45:22 Aquel día el príncipe preparará un novillo como ofrenda por el pecado, por sí mismo y por todo el pueblo de la tierra.
45:23 Durante los siete días de la fiesta ofrecerá como holocausto al SEÑOR siete novillos y siete carneros sin defecto, cada día de los siete días, y un macho cabrío cada día como ofrenda por el pecado.
45:24 Preparará una ofrenda de grano de unos veintidós litros por cada novillo y unos veintidós litros por cada carnero, y unos cuatro litros de aceite por cada veintidós litros de grano.
45:25 En el séptimo mes, el día quince del mes, durante la fiesta, hará lo mismo durante los siete días en cuanto a la ofrenda por el pecado, el holocausto, la ofrenda de grano y el aceite».

Capítulo 46
El culto del príncipe y del pueblo
46:1 «Así dice el Señor DIOS: La puerta del atrio interior que mira hacia el este permanecerá cerrada los seis días de trabajo. Se abrirá el día de reposo y se abrirá el día de luna nueva.
46:2 El príncipe entrará desde fuera por el camino del pórtico de la puerta y se detendrá junto al poste de la puerta. Los sacerdotes ofrecerán su holocausto y sus ofrendas de paz. Él se postrará en el umbral de la puerta y saldrá; la puerta no se cerrará hasta la tarde.
46:3 El pueblo de la tierra se postrará delante del SEÑOR a la entrada de esa puerta, en los días de reposo y en las lunas nuevas.
46:4 El holocausto que el príncipe ofrecerá al SEÑOR el día de reposo será de seis corderos sin defecto y un carnero sin defecto.
46:5 La ofrenda de grano será de unos veintidós litros por el carnero y, por los corderos, una ofrenda según lo que pueda dar, con unos cuatro litros de aceite por cada veintidós litros de grano.
46:6 El día de luna nueva ofrecerá un novillo sin defecto de la vacada, seis corderos y un carnero; serán sin defecto.
46:7 Preparará como ofrenda de grano unos veintidós litros por el novillo y unos veintidós litros por el carnero; por los corderos, según lo que alcance su mano, con unos cuatro litros de aceite por cada veintidós litros de grano.
46:8 Cuando entre el príncipe, entrará por el camino del pórtico de la puerta y saldrá por ese mismo camino.
46:9 Cuando el pueblo de la tierra venga delante del SEÑOR en las fiestas señaladas, el que entre por la puerta del norte para postrarse saldrá por la puerta del sur, y el que entre por la puerta del sur saldrá por la puerta del norte. No volverá por la puerta por la que entró, sino que saldrá por la de enfrente.
46:10 El príncipe estará en medio de ellos: cuando ellos entren, él entrará, y cuando ellos salgan, saldrán.
46:11 En las fiestas y en las ocasiones señaladas, la ofrenda de grano será de unos veintidós litros por el novillo, unos veintidós litros por el carnero y, por los corderos, según lo que pueda dar, con unos cuatro litros de aceite por cada veintidós litros de grano.
46:12 Cuando el príncipe prepare una ofrenda voluntaria, un holocausto u ofrendas de paz como ofrenda voluntaria al SEÑOR, alguien le abrirá la puerta que mira hacia el este. Ofrecerá su holocausto y sus ofrendas de paz como lo hace el día de reposo; saldrá y alguien cerrará la puerta después de su salida.
La ofrenda de cada mañana
46:13 Cada día ofrecerás como holocausto al SEÑOR un cordero de un año sin defecto. Lo ofrecerás mañana tras mañana.
46:14 Con él prepararás mañana tras mañana una ofrenda de grano de unos tres litros y un litro y tercio de aceite para humedecer la harina selecta. Será una ofrenda de grano para el SEÑOR, como estatuto perpetuo y continuo.
46:15 Prepararán el cordero, la ofrenda de grano y el aceite mañana tras mañana, como holocausto continuo.
La herencia del príncipe y la protección del pueblo
46:16 Así dice el Señor DIOS: Si el príncipe hace un regalo a uno de sus hijos, será parte de su heredad y pertenecerá a sus hijos; será posesión de ellos por herencia.
46:17 Pero si hace un regalo de su heredad a uno de sus siervos, será de él hasta el año de liberación y después volverá al príncipe. Su heredad pertenecerá solo a sus hijos.
46:18 El príncipe no tomará nada de la heredad del pueblo, despojándolos de su posesión. Dará herencia a sus hijos de su propia posesión, para que ninguno de mi pueblo sea expulsado de su posesión».
Las cocinas de los sacerdotes y del pueblo
46:19 Me llevó por el acceso que estaba al costado de la puerta a las habitaciones santas de los sacerdotes, que miraban hacia el norte. Allí había un lugar al fondo, hacia el oeste.
46:20 Me dijo: «Este es el lugar donde los sacerdotes cocerán la ofrenda por la culpa y la ofrenda por el pecado, y donde hornearán la ofrenda de grano, para no sacarlas al atrio exterior y santificar así al pueblo».
46:21 Me sacó al atrio exterior y me hizo pasar por los cuatro rincones del atrio. Vi un patio en un rincón del atrio y un patio en otro rincón del atrio.
46:22 En los cuatro rincones del atrio había patios cercados de unos veintiún metros con veinte centímetros de largo y unos quince metros con noventa centímetros de ancho. Los cuatro patios de las esquinas tenían la misma medida.
46:23 En ellos había un reborde por todo alrededor, alrededor de los cuatro, y debajo de los rebordes había fogones construidos por todo alrededor.
46:24 Me dijo: «Estas son las cocinas donde los servidores del templo cocerán los sacrificios del pueblo».

Capítulo 47
El río del santuario que da vida
47:1 Me hizo volver a la entrada del templo. Vi que salían aguas de debajo del umbral del templo hacia el este, porque la fachada del templo daba al este. Las aguas descendían de debajo del lado derecho del templo, al sur del altar.
47:2 Me sacó por la puerta del norte y me hizo dar la vuelta por fuera hasta la puerta exterior que miraba hacia el este. Vi que el agua fluía del lado derecho.
47:3 El hombre salió hacia el este con un cordel en la mano. Midió unos quinientos treinta metros y me hizo pasar por el agua; el agua me llegaba a los tobillos.
47:4 Midió otros quinientos treinta metros y me hizo pasar por el agua; el agua me llegaba a las rodillas. Midió otros quinientos treinta metros y me hizo pasar; el agua me llegaba a la cintura.
47:5 Midió otros quinientos treinta metros y ya era un río que yo no podía vadear, porque las aguas habían crecido. Eran aguas para nadar, un río que no se podía vadear.
47:6 Me preguntó: «¿Has visto, hijo de hombre?». Después me llevó y me hizo volver a la orilla del río.
47:7 Al volver, vi que en la orilla del río había muchísimos árboles a un lado y al otro.
47:8 Me dijo: «Estas aguas salen hacia la región del este, descienden al Arabá y entran en el mar. Al desembocar en el mar, las aguas serán saneadas.
47:9 Por dondequiera que lleguen los dos ríos, todo ser viviente que se mueva vivirá. Habrá muchísimos peces, porque estas aguas llegarán allí y las aguas serán saneadas. Todo vivirá por donde llegue el río.
47:10 Habrá pescadores junto a él. Desde En-gadi hasta En-eglaim habrá lugares para tender las redes. Sus peces serán de muchas especies, tan numerosos como los peces del mar Grande.
47:11 Pero sus pantanos y sus lagunas no serán saneados; quedarán para salinas.
47:12 Junto al río, en sus orillas, a un lado y al otro, crecerá toda clase de árboles frutales. Sus hojas no se marchitarán ni se agotará su fruto. Cada mes darán frutos nuevos, porque sus aguas salen del santuario. Su fruto será para alimento y sus hojas para curación».
Límites y repartición de la tierra
47:13 Así dice el Señor DIOS: «Este será el límite según el cual repartirán la tierra en heredad entre las doce tribus de Israel. José tendrá dos porciones.
47:14 La heredarán en partes iguales, cada uno como su hermano. Alcé mi mano para darla a sus padres, y esta tierra les tocará en heredad.
47:15 Este será el límite de la tierra por el lado norte: desde el mar Grande, por el camino de Hetlón, hasta llegar a Zedad;
47:16 Hamat, Berota y Sibraim, que está entre el límite de Damasco y el límite de Hamat; Hazar-haticón, que está en el límite de Haurán.
47:17 El límite irá desde el mar hasta Hazar-enón, en el límite de Damasco; al norte, hacia el norte, estará el límite de Hamat. Este será el lado norte.
47:18 Por el lado este, entre Haurán y Damasco, y entre Galaad y la tierra de Israel, el límite seguirá el Jordán. Medirán desde el límite hasta el mar oriental. Este será el lado este.
47:19 Por el lado sur, hacia el sur, desde Tamar hasta las aguas de Meriba-cades y hacia el torrente, hasta el mar Grande. Este será el lado sur, hacia el sur.
47:20 El lado oeste será el mar Grande, desde el límite hasta enfrente de la entrada de Hamat. Este será el lado oeste.
47:21 Repartirán esta tierra entre ustedes según las tribus de Israel.
47:22 La sortearán como heredad para ustedes y para los extranjeros que residen entre ustedes y que han tenido hijos entre ustedes. Los tendrán como nativos entre los hijos de Israel; junto con ustedes recibirán heredad entre las tribus de Israel.
47:23 En la tribu donde resida el extranjero, allí le darán su heredad, declara el Señor DIOS».

Capítulo 48
Las porciones de las tribus al norte del santuario
48:1 «Estos son los nombres de las tribus: desde el extremo norte, junto al camino de Hetlón hacia la entrada de Hamat, hasta Hazar-enán, en el límite de Damasco, al norte, junto a Hamat, desde el lado este hasta el oeste, Dan tendrá una porción.
48:2 Junto al límite de Dan, desde el lado este hasta el lado oeste, Aser tendrá una porción.
48:3 Junto al límite de Aser, desde el lado este hasta el lado oeste, Neftalí tendrá una porción.
48:4 Junto al límite de Neftalí, desde el lado este hasta el lado oeste, Manasés tendrá una porción.
48:5 Junto al límite de Manasés, desde el lado este hasta el lado oeste, Efraín tendrá una porción.
48:6 Junto al límite de Efraín, desde el lado este hasta el lado oeste, Rubén tendrá una porción.
48:7 Junto al límite de Rubén, desde el lado este hasta el lado oeste, Judá tendrá una porción.
La porción central y el santuario
48:8 Junto al límite de Judá, desde el lado este hasta el lado oeste, estará la porción que apartarán, de unos trece kilómetros con trescientos metros de ancho. Su longitud será como la de una de las otras porciones, desde el lado este hasta el lado oeste, y el santuario estará en medio de ella.
48:9 La porción que apartarán para el SEÑOR tendrá unos trece kilómetros con trescientos metros de largo y unos cinco kilómetros con trescientos metros de ancho.
48:10 La porción santa será para estos, para los sacerdotes: al norte, unos trece kilómetros con trescientos metros; al oeste, unos cinco kilómetros con trescientos metros de ancho; al este, unos cinco kilómetros con trescientos metros de ancho; y al sur, unos trece kilómetros con trescientos metros de largo. El santuario del SEÑOR estará en medio de ella.
48:11 Será para los sacerdotes consagrados de entre los hijos de Sadoc, que cumplieron los deberes que les encargué y no se descarriaron cuando los hijos de Israel se descarriaron, como se descarriaron los levitas.
48:12 Ellos tendrán una porción santísima de la tierra apartada, junto al límite de los levitas.
48:13 Los levitas tendrán, junto al límite de los sacerdotes, unos trece kilómetros con trescientos metros de largo y unos cinco kilómetros con trescientos metros de ancho. La longitud total será de unos trece kilómetros con trescientos metros y la anchura de unos cinco kilómetros con trescientos metros.
48:14 No venderán nada de ella; nadie cambiará ni traspasará lo mejor de la tierra, porque es santo para el SEÑOR.
48:15 Lo que quede, unos dos kilómetros con seiscientos cincuenta metros de ancho a lo largo de los trece kilómetros con trescientos metros, será para uso común de la ciudad, para viviendas y espacios abiertos. La ciudad estará en medio de ello.
48:16 Estas serán sus medidas: el lado norte, unos dos kilómetros con cuatrocientos metros; el lado sur, unos dos kilómetros con cuatrocientos metros; el lado este, unos dos kilómetros con cuatrocientos metros; y el lado oeste, unos dos kilómetros con cuatrocientos metros.
48:17 La ciudad tendrá espacios abiertos: al norte, unos ciento treinta y tres metros; al sur, unos ciento treinta y tres metros; al este, unos ciento treinta y tres metros; y al oeste, unos ciento treinta y tres metros.
48:18 Lo que quede de longitud junto a la porción santa será de unos cinco kilómetros con trescientos metros al este y unos cinco kilómetros con trescientos metros al oeste. Estará junto a la porción santa y su cosecha servirá de alimento para los trabajadores de la ciudad.
48:19 Los trabajadores de la ciudad, de todas las tribus de Israel, cultivarán ese terreno.
48:20 Toda la porción será de unos trece kilómetros con trescientos metros por unos trece kilómetros con trescientos metros. Apartarán la porción santa en un cuadrado, junto con la propiedad de la ciudad.
48:21 Lo que quede será para el príncipe, a un lado y al otro de la porción santa y de la propiedad de la ciudad: a lo largo de los trece kilómetros con trescientos metros de la porción hasta el límite este, y hacia el oeste, a lo largo de los trece kilómetros con trescientos metros hasta el límite oeste, junto a las porciones de las tribus, será para el príncipe. La porción santa y el santuario del templo estarán en medio de ello.
48:22 Excluyendo la propiedad de los levitas y la propiedad de la ciudad, que estarán en medio de lo que pertenece al príncipe, lo que haya entre el límite de Judá y el límite de Benjamín será para el príncipe.
Las porciones de las tribus al sur del santuario
48:23 En cuanto a las demás tribus, desde el lado este hasta el lado oeste, Benjamín tendrá una porción.
48:24 Junto al límite de Benjamín, desde el lado este hasta el lado oeste, Simeón tendrá una porción.
48:25 Junto al límite de Simeón, desde el lado este hasta el lado oeste, Isacar tendrá una porción.
48:26 Junto al límite de Isacar, desde el lado este hasta el lado oeste, Zabulón tendrá una porción.
48:27 Junto al límite de Zabulón, desde el lado este hasta el lado oeste, Gad tendrá una porción.
48:28 Junto al límite de Gad, por el lado sur, hacia el sur, el límite irá desde Tamar hasta las aguas de Meriba-cades y hacia el torrente, hasta el mar Grande.
48:29 Esta es la tierra que sortearán como heredad para las tribus de Israel, y estas son sus porciones, declara el Señor DIOS.
Las doce puertas y el nombre de la ciudad
48:30 Estas serán las salidas de la ciudad: por el lado norte, unos dos kilómetros con cuatrocientos metros de medida.
48:31 Las puertas de la ciudad llevarán los nombres de las tribus de Israel. Habrá tres puertas al norte: una puerta de Rubén, una puerta de Judá y una puerta de Leví.
48:32 Por el lado este, unos dos kilómetros con cuatrocientos metros y tres puertas: una puerta de José, una puerta de Benjamín y una puerta de Dan.
48:33 Por el lado sur, unos dos kilómetros con cuatrocientos metros de medida y tres puertas: una puerta de Simeón, una puerta de Isacar y una puerta de Zabulón.
48:34 Por el lado oeste, unos dos kilómetros con cuatrocientos metros y sus tres puertas: una puerta de Gad, una puerta de Aser y una puerta de Neftalí.
48:35 Su perímetro será de unos nueve kilómetros con seiscientos metros. Desde aquel día el nombre de la ciudad será: “El SEÑOR está allí”».

DANIEL

Capítulo 1
Daniel y sus compañeros en Babilonia
1:1 En el tercer año del reinado de Joacim, rey de Judá, Nabucodonosor, rey de Babilonia, llegó a Jerusalén y la sitió.
1:2 El Señor entregó en sus manos a Joacim, rey de Judá, y parte de los utensilios del templo de Dios. El rey los llevó a la tierra de Sinar, al templo de su dios, y los utensilios los llevó a la casa del tesoro de su dios.
1:3 El rey ordenó a Aspenaz, jefe de sus eunucos, que trajera de entre los hijos de Israel a algunos de la descendencia real y de los nobles:
1:4 jóvenes sin ningún defecto, de buen aspecto, entendidos en toda sabiduría, dotados de conocimiento y capaces de discernir, y que tuvieran aptitud para servir en el palacio del rey. Debía enseñarles la literatura y la lengua de los caldeos.
1:5 El rey les asignó una ración diaria de la comida del rey y del vino que bebía. Debían recibir formación durante tres años; al final de ellos entrarían al servicio del rey.
1:6 Entre ellos estaban Daniel, Ananías, Misael y Azarías, de los hijos de Judá.
1:7 El jefe de los eunucos les puso nombres: a Daniel le puso Beltsasar; a Ananías, Sadrac; a Misael, Mesac; y a Azarías, Abed-nego.
Fidelidad a Dios ante la mesa del rey
1:8 Daniel decidió en su corazón no contaminarse con la comida del rey ni con el vino que el rey bebía. Pidió al jefe de los eunucos que le permitiera no contaminarse.
1:9 Dios hizo que Daniel hallara favor y compasión ante el jefe de los eunucos.
1:10 El jefe de los eunucos le dijo a Daniel: «Temo a mi señor el rey, que ha asignado la comida y la bebida de ustedes. ¿Por qué habría de ver sus rostros más demacrados que los de los jóvenes de su edad? Así pondrían en peligro mi cabeza ante el rey».
1:11 Daniel dijo al encargado que el jefe de los eunucos había puesto sobre Daniel, Ananías, Misael y Azarías:
1:12 «Por favor, pon a prueba a tus siervos durante diez días. Que nos den alimentos vegetales para comer y agua para beber.
1:13 Después, que se examinen ante ti nuestro aspecto y el aspecto de los jóvenes que comen la comida del rey. Trata a tus siervos según lo que veas».
1:14 Él aceptó esta propuesta y los puso a prueba durante diez días.
1:15 Al cabo de los diez días, su aspecto era mejor y estaban más robustos que todos los jóvenes que comían la comida del rey.
1:16 El encargado retiraba su comida y el vino que debían beber, y les daba alimentos vegetales.
Dios concede sabiduría para servir
1:17 Dios dio a estos cuatro jóvenes conocimiento e inteligencia en toda clase de literatura y sabiduría. Daniel entendía toda clase de visiones y sueños.
1:18 Al cumplirse el plazo fijado por el rey para presentarlos, el jefe de los eunucos los llevó ante Nabucodonosor.
1:19 El rey habló con ellos y, entre todos, no se halló a ninguno como Daniel, Ananías, Misael y Azarías. Así entraron al servicio del rey.
1:20 En todo asunto de sabiduría y discernimiento que el rey les consultó, los encontró diez veces superiores a todos los magos y encantadores que había en todo su reino.
1:21 Daniel permaneció hasta el primer año del rey Ciro.

Capítulo 2
Daniel interpreta el sueño de Nabucodonosor
2:1 En el segundo año del reinado de Nabucodonosor, Nabucodonosor tuvo sueños. Su espíritu se turbó y perdió el sueño.
2:2 El rey mandó llamar a los magos, los encantadores, los hechiceros y los caldeos, para que dieran a conocer al rey sus sueños. Vinieron y se presentaron ante el rey.
2:3 El rey les dijo: «He tenido un sueño y mi espíritu se ha turbado por saber el sueño».
2:4 Los caldeos hablaron al rey en arameo: «¡Rey, vive para siempre! Cuenta el sueño a tus siervos y te daremos a conocer la interpretación».
2:5 El rey respondió a los caldeos: «Mi decisión es firme. Si no me dan a conocer el sueño y su interpretación, serán despedazados y sus casas se convertirán en basureros.
2:6 Pero si me dan a conocer el sueño y su interpretación, recibirán de mí regalos, recompensas y grandes honores. Por eso, denme a conocer el sueño y su interpretación».
2:7 Respondieron por segunda vez: «Que el rey cuente el sueño a sus siervos y daremos a conocer su interpretación».
2:8 El rey respondió: «Sé con certeza que quieren ganar tiempo, porque ven que mi decisión es firme.
2:9 Si no me dan a conocer el sueño, una sola sentencia habrá para ustedes. Se han puesto de acuerdo para decirme palabras falsas y perversas hasta que cambie la situación. Por eso, díganme el sueño y sabré que pueden darme a conocer su interpretación».
2:10 Los caldeos respondieron ante el rey: «No hay nadie en la tierra que pueda dar a conocer el asunto del rey, pues ningún rey, por grande y poderoso que sea, ha pedido algo semejante a ningún mago, encantador o caldeo.
2:11 Lo que el rey pide es difícil y no hay nadie que pueda darlo a conocer al rey, salvo los dioses, cuya morada no está entre los seres humanos».
2:12 Por esto el rey se indignó y se enfureció mucho, y ordenó ejecutar a todos los sabios de Babilonia.
2:13 Se publicó el decreto: los sabios debían ser ejecutados. Buscaron a Daniel y a sus compañeros para matarlos.
Daniel y sus compañeros buscan la misericordia de Dios
2:14 Entonces Daniel habló con prudencia y sensatez a Arioc, jefe de la guardia del rey, que había salido para matar a los sabios de Babilonia.
2:15 Preguntó a Arioc, oficial del rey: «¿Por qué es tan severo el decreto del rey?». Entonces Arioc informó a Daniel sobre el asunto.
2:16 Daniel entró y pidió al rey que le diera tiempo para dar a conocer la interpretación al rey.
2:17 Después Daniel fue a su casa e informó del asunto a sus compañeros Ananías, Misael y Azarías,
2:18 para que pidieran misericordia al Dios del cielo acerca de este misterio, a fin de que Daniel y sus compañeros no perecieran con el resto de los sabios de Babilonia.
2:19 Entonces el misterio le fue revelado a Daniel en una visión nocturna. Entonces Daniel bendijo al Dios del cielo.
Alabanza al Dios que gobierna y revela

2:20 Daniel dijo:
 «Sea bendito el nombre de Dios desde siempre y para siempre, porque suyas son la sabiduría y la fuerza.
2:21 Él cambia los tiempos y las épocas;
   quita reyes y establece reyes.
   Da sabiduría a los sabios y conocimiento a los que tienen discernimiento.
2:22 Él revela lo profundo y lo escondido;
   conoce lo que está en la oscuridad y la luz habita con él.
2:23 A ti, Dios de mis padres, te doy gracias y te alabo, porque me has dado sabiduría y fuerza.
   Ahora me has dado a conocer lo que te pedimos, pues nos has dado a conocer el asunto del rey».
El misterio revelado ante Nabucodonosor
2:24 Por eso Daniel fue a ver a Arioc, a quien el rey había encargado ejecutar a los sabios de Babilonia. Fue y le dijo: «No mates a los sabios de Babilonia. Llévame ante el rey y daré a conocer al rey la interpretación».
2:25 Entonces Arioc llevó rápidamente a Daniel ante el rey y le dijo: «He encontrado a un hombre entre los desterrados de Judá que dará a conocer al rey la interpretación».
2:26 El rey preguntó a Daniel, cuyo nombre era Beltsasar: «¿Puedes darme a conocer el sueño que vi y su interpretación?».
2:27 Daniel respondió ante el rey: «El misterio que el rey pide no pueden darlo a conocer al rey ni sabios, ni encantadores, ni magos, ni adivinos.
2:28 Pero hay un Dios en el cielo que revela misterios. Él ha dado a conocer al rey Nabucodonosor lo que sucederá al final de los días. Tu sueño y las visiones de tu mente mientras estabas en tu cama son estos:
2:29 A ti, rey, mientras estabas en tu cama, te vinieron pensamientos sobre lo que sucedería después de esto. El que revela los misterios te dio a conocer lo que sucederá.
2:30 En cuanto a mí, este misterio no me ha sido revelado porque yo tenga más sabiduría que cualquier otro ser viviente, sino para que den a conocer al rey la interpretación y para que conozcas los pensamientos de tu corazón.
La estatua y la piedra en el sueño del rey
2:31 Tú, rey, estabas mirando y viste una gran estatua. Aquella estatua era enorme y su resplandor extraordinario. Estaba de pie delante de ti y su aspecto era aterrador.
2:32 La cabeza de aquella estatua era de oro puro; su pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus muslos, de bronce;
2:33 sus piernas, de hierro; y sus pies, en parte de hierro y en parte de barro cocido.
2:34 Mientras mirabas, una piedra fue cortada sin intervención de manos humanas. Golpeó la estatua en sus pies de hierro y barro cocido, y los desmenuzó.
2:35 Entonces el hierro, el barro cocido, el bronce, la plata y el oro quedaron desmenuzados a la vez. Fueron como la paja de las eras en verano, y el viento se los llevó sin que quedara rastro de ellos. La piedra que había golpeado la estatua se convirtió en un gran monte y llenó toda la tierra.
2:36 Este es el sueño; ahora diremos su interpretación ante el rey.
2:37 Tú, rey, eres rey de reyes, a quien el Dios del cielo ha dado el reino, el poder, la fuerza y el honor.
2:38 Dondequiera que habitan los seres humanos, las fieras del campo y las aves del cielo, él los ha entregado en tus manos y te ha hecho gobernar sobre todos ellos. Tú eres la cabeza de oro.
2:39 Después de ti se levantará otro reino, inferior a ti, y luego un tercer reino, de bronce, que gobernará sobre toda la tierra.
2:40 El cuarto reino será fuerte como el hierro. Así como el hierro desmenuza y destroza todo, y como el hierro que quiebra, ese reino desmenuzará y quebrará a todos estos.
2:41 Los pies y los dedos que viste, en parte de barro cocido de alfarero y en parte de hierro, serán un reino dividido. Tendrá algo de la solidez del hierro, tal como viste el hierro mezclado con el barro arcilloso.
2:42 Como los dedos de los pies eran en parte de hierro y en parte de barro cocido, el reino será en parte fuerte y en parte frágil.
2:43 En cuanto al hierro que viste mezclado con barro arcilloso, se mezclarán mediante descendencia humana, pero no se unirán el uno con el otro, así como el hierro no se mezcla con el barro cocido.
2:44 En los días de esos reyes, el Dios del cielo establecerá un reino que jamás será destruido, y ese reino no será entregado a otro pueblo. Desmenuzará y pondrá fin a todos esos reinos, pero él permanecerá para siempre.
2:45 Tal como viste que una piedra fue cortada del monte sin intervención de manos humanas y desmenuzó el hierro, el bronce, el barro cocido, la plata y el oro, el gran Dios ha dado a conocer al rey lo que sucederá después de esto. El sueño es verdadero y su interpretación es digna de confianza».
El rey reconoce al Dios que revela
2:46 Entonces el rey Nabucodonosor cayó rostro en tierra y se postró ante Daniel. Ordenó que le presentaran ofrendas e incienso.
2:47 El rey le dijo a Daniel: «En verdad, el Dios de ustedes es Dios de dioses, Señor de reyes y revelador de misterios, pues tú has podido revelar este misterio».
2:48 Entonces el rey engrandeció a Daniel, le dio muchos y grandes regalos y lo hizo gobernador de toda la provincia de Babilonia y jefe supremo de todos los sabios de Babilonia.
2:49 A petición de Daniel, el rey puso a Sadrac, Mesac y Abed-nego a cargo de la administración de la provincia de Babilonia. Daniel permaneció en la corte del rey.

Capítulo 3
Rescatados del horno de fuego
3:1 El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro de unos veintisiete metros de alto y unos dos metros y medio de ancho. La levantó en la llanura de Dura, en la provincia de Babilonia.
3:2 El rey Nabucodonosor mandó reunir a los sátrapas, los prefectos, los gobernadores, los consejeros, los tesoreros, los jueces, los magistrados y todos los gobernantes de las provincias, para que vinieran a la dedicación de la estatua que el rey Nabucodonosor había levantado.
3:3 Entonces se reunieron los sátrapas, los prefectos, los gobernadores, los consejeros, los tesoreros, los jueces, los magistrados y todos los gobernantes de las provincias para la dedicación de la estatua que el rey Nabucodonosor había levantado. Se pusieron de pie delante de la estatua que Nabucodonosor había levantado.
3:4 El pregonero proclamó en voz alta: «Se les ordena a ustedes, pueblos, naciones y lenguas:
3:5 cuando oigan el sonido del cuerno, la flauta, la cítara, el arpa, el salterio, la gaita y toda clase de música, se postrarán y adorarán la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha levantado.
3:6 Quien no se postre y adore será arrojado inmediatamente a un horno de fuego ardiente».
3:7 Por eso, en cuanto todos los pueblos oyeron el sonido del cuerno, la flauta, la cítara, el arpa, el salterio y toda clase de música, todos los pueblos, naciones y lenguas se postraron y adoraron la estatua de oro que el rey Nabucodonosor había levantado.
La acusación contra los tres funcionarios judíos
3:8 En aquel momento se acercaron algunos caldeos y acusaron maliciosamente a los judíos.
3:9 Dijeron al rey Nabucodonosor: «¡Rey, vive para siempre!
3:10 Tú, rey, has emitido un decreto: todo el que oiga el sonido del cuerno, la flauta, la cítara, el arpa, el salterio, la gaita y toda clase de música deberá postrarse y adorar la estatua de oro.
3:11 Quien no se postre y adore será arrojado a un horno de fuego ardiente.
3:12 Hay unos judíos a quienes has puesto a cargo de la administración de la provincia de Babilonia: Sadrac, Mesac y Abed-nego. Estos hombres, rey, no te hacen caso. No sirven a tus dioses ni adoran la estatua de oro que has levantado».
3:13 Entonces Nabucodonosor, lleno de ira y furor, ordenó traer a Sadrac, Mesac y Abed-nego. Entonces estos hombres fueron llevados ante el rey.
3:14 Nabucodonosor les dijo: «¿Es verdad, Sadrac, Mesac y Abed-nego, que no sirven a mis dioses ni adoran la estatua de oro que he levantado?
3:15 Ahora, si están dispuestos, cuando oigan el sonido del cuerno, la flauta, la cítara, el arpa, el salterio, la gaita y toda clase de música, se postrarán y adorarán la estatua que he hecho. Pero si no la adoran, serán arrojados inmediatamente a un horno de fuego ardiente. ¿Qué dios podrá librarlos de mis manos?».
Una fe que no negocia la adoración
3:16 Sadrac, Mesac y Abed-nego respondieron al rey: «Nabucodonosor, no necesitamos darte una respuesta sobre este asunto.
3:17 Si es así, nuestro Dios, a quien servimos, puede librarnos del horno de fuego ardiente, y de tu mano, rey, nos librará.
3:18 Y si no, debes saber, rey, que no serviremos a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que has levantado».
La condena al horno y la presencia que preserva
3:19 Entonces Nabucodonosor se llenó de furor y la expresión de su rostro se alteró contra Sadrac, Mesac y Abed-nego. Ordenó que calentaran el horno siete veces más de lo que se acostumbraba calentarlo.
3:20 Mandó a hombres fuertes y valientes de su ejército que ataran a Sadrac, Mesac y Abed-nego y los arrojaran al horno de fuego ardiente.
3:21 Entonces aquellos hombres fueron atados con sus mantos, sus pantalones, sus turbantes y sus otras ropas, y fueron arrojados al horno de fuego ardiente.
3:22 Como la orden del rey era apremiante y el horno estaba sumamente caliente, la llama del fuego mató a los hombres que habían alzado a Sadrac, Mesac y Abed-nego.
3:23 Los tres hombres, Sadrac, Mesac y Abed-nego, cayeron atados dentro del horno de fuego ardiente.
El rey presencia una liberación que no puede controlar
3:24 Entonces el rey Nabucodonosor se asombró, se levantó apresuradamente y preguntó a sus consejeros: «¿No arrojamos a tres hombres atados dentro del fuego?». Ellos respondieron al rey: «Así es, rey».
3:25 Él dijo: «Veo a cuatro hombres desatados, que caminan en medio del fuego sin sufrir daño alguno. El aspecto del cuarto es semejante al de un hijo de los dioses».
3:26 Entonces Nabucodonosor se acercó a la puerta del horno de fuego ardiente y dijo: «Sadrac, Mesac y Abed-nego, siervos del Dios Altísimo, salgan y vengan». Entonces Sadrac, Mesac y Abed-nego salieron de en medio del fuego.
3:27 Se reunieron los sátrapas, los prefectos, los gobernadores y los consejeros del rey. Vieron que el fuego no había tenido poder sobre los cuerpos de aquellos hombres: el cabello de sus cabezas no se había chamuscado, sus mantos no habían sufrido cambio y ni siquiera tenían olor a fuego.
3:28 Nabucodonosor dijo: «¡Bendito sea el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que envió a su ángel y libró a sus siervos que confiaron en él! Desobedecieron la orden del rey y entregaron sus cuerpos antes que servir y adorar a cualquier dios excepto a su Dios.
3:29 Por eso emito este decreto: todo pueblo, nación o lengua que hable con irreverencia contra el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego será despedazado y su casa se convertirá en un basurero, porque no hay otro dios que pueda librar de esta manera».
3:30 Entonces el rey hizo prosperar a Sadrac, Mesac y Abed-nego en la provincia de Babilonia.

Capítulo 4
La humillación y restauración de Nabucodonosor
4:1 El rey Nabucodonosor, a todos los pueblos, naciones y lenguas que habitan en toda la tierra: «¡Que abunde la paz de ustedes!
4:2 Me ha parecido bien dar a conocer las señales y maravillas que el Dios Altísimo ha hecho conmigo.
4:3 ¡Qué grandes son sus señales y qué poderosas sus maravillas!
   Su reino es un reino eterno y su dominio dura de generación en generación.
Un sueño interrumpe la seguridad del rey
4:4 Yo, Nabucodonosor, estaba tranquilo en mi casa y próspero en mi palacio.
4:5 Tuve un sueño que me asustó. Las imágenes que me vinieron mientras estaba en mi cama y las visiones de mi mente me aterraron.
4:6 Emití una orden para que trajeran ante mí a todos los sabios de Babilonia, a fin de que me dieran a conocer la interpretación del sueño.
4:7 Entonces vinieron los magos, los encantadores, los caldeos y los adivinos. Les conté el sueño, pero no me dieron a conocer su interpretación.
4:8 Por último se presentó ante mí Daniel, cuyo nombre era Beltsasar, según el nombre de mi dios, y en quien estaba el espíritu de los dioses santos. Le conté el sueño:
4:9 “Beltsasar, jefe de los magos, sé que en ti está el espíritu de los dioses santos y que ningún misterio te resulta difícil. Dime las visiones del sueño que vi y su interpretación.
El árbol y la sentencia del cielo
4:10 Estas fueron las visiones de mi mente mientras estaba en mi cama: estaba mirando y vi un árbol en medio de la tierra, de gran altura.
4:11 El árbol creció y se hizo fuerte; su altura alcanzaba el cielo y se lo veía hasta los confines de toda la tierra.
4:12 Su follaje era hermoso y su fruto abundante; había en él alimento para todos. Las fieras del campo hallaban sombra debajo de él y las aves del cielo habitaban en sus ramas. Todos los seres vivientes se alimentaban de él.
4:13 Mientras miraba las visiones de mi mente, estando en mi cama, vi que un vigilante santo descendía del cielo.
4:14 Proclamó en voz alta: ‘Derriben el árbol y corten sus ramas; arranquen su follaje y esparzan su fruto. Que huyan las fieras de debajo de él y las aves de sus ramas.
4:15 Pero dejen en la tierra el tocón con sus raíces, con una atadura de hierro y de bronce, entre la hierba del campo. Que se empape con el rocío del cielo y que comparta con las fieras la hierba de la tierra.
4:16 Que cambien su corazón humano y le sea dado un corazón de animal; que pasen sobre él siete períodos de tiempo.
4:17 La sentencia es por decreto de los vigilantes y la resolución por palabra de los santos, para que los vivientes sepan que el Altísimo gobierna el reino de los hombres, se lo da a quien quiere y pone sobre él al de más baja condición entre los hombres’.
4:18 Este es el sueño que yo, el rey Nabucodonosor, he visto. Tú, Beltsasar, dime su interpretación, porque ninguno de los sabios de mi reino ha podido darme a conocer la interpretación. Pero tú puedes, porque el espíritu de los dioses santos está en ti”.
Daniel interpreta el sueño y llama al rey a cambiar
4:19 Entonces Daniel, cuyo nombre era Beltsasar, quedó atónito por un rato y sus pensamientos lo aterrorizaron. El rey dijo: “Beltsasar, que no te aterroricen el sueño ni su interpretación”. Beltsasar respondió: “¡Señor mío, que el sueño sea para los que te odian y su interpretación para tus adversarios!
4:20 El árbol que viste, que creció y se hizo fuerte, cuya altura alcanzaba el cielo y que se veía en toda la tierra,
4:21 cuyo follaje era hermoso y su fruto abundante, que tenía alimento para todos, bajo el cual habitaban las fieras del campo y en cuyas ramas anidaban las aves del cielo,
4:22 eres tú, rey, que has crecido y te has hecho fuerte. Tu grandeza ha crecido y ha alcanzado el cielo, y tu dominio llega hasta los confines de la tierra.
4:23 En cuanto al vigilante santo que el rey vio descender del cielo y decir: ‘Derriben el árbol y destrúyanlo, pero dejen en la tierra el tocón con sus raíces, con una atadura de hierro y de bronce, entre la hierba del campo; que se empape con el rocío del cielo y comparta con las fieras del campo hasta que pasen sobre él siete períodos de tiempo’,
4:24 esta es la interpretación, rey, y este es el decreto del Altísimo que ha venido sobre mi señor el rey:
4:25 Te expulsarán de entre los hombres y tu morada estará con las fieras del campo. Te darán hierba para comer como a los bueyes y te empaparán con el rocío del cielo. Pasarán sobre ti siete períodos de tiempo, hasta que reconozcas que el Altísimo gobierna el reino de los hombres y se lo da a quien quiere.
4:26 En cuanto a la orden de dejar el tocón con las raíces del árbol, tu reino te quedará asegurado después de que reconozcas que los cielos gobiernan.
4:27 Por eso, rey, que mi consejo te sea grato: rompe con tus pecados practicando la justicia y con tus culpas mostrando compasión a los pobres. Tal vez así se prolongue tu tranquilidad”.
El orgullo del rey y el cumplimiento de la advertencia
4:28 Todo esto le sucedió al rey Nabucodonosor.
4:29 Al cabo de doce meses, estaba paseando por la azotea del palacio real de Babilonia.
4:30 El rey dijo: “¿No es esta la gran Babilonia que yo he edificado como residencia real, con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad?”.
4:31 Aún estaba la palabra en la boca del rey cuando vino una voz del cielo: “A ti se te declara, rey Nabucodonosor: El reino te ha sido quitado.
4:32 Te expulsarán de entre los hombres y tu morada estará con las fieras del campo. Te darán hierba para comer como a los bueyes y pasarán sobre ti siete períodos de tiempo, hasta que reconozcas que el Altísimo gobierna el reino de los hombres y se lo da a quien quiere”.
4:33 En aquel mismo momento se cumplió la palabra sobre Nabucodonosor. Fue expulsado de entre los hombres, comía hierba como los bueyes y su cuerpo se empapaba con el rocío del cielo, hasta que su cabello creció como las plumas de las águilas y sus uñas como las de las aves.
La restauración conduce a una alabanza humilde

4:34 Al final de aquellos días, yo, Nabucodonosor, alcé mis ojos al cielo y la razón volvió a mí. Bendije al Altísimo, y alabé y honré al que vive para siempre,
 porque su dominio es un dominio eterno y su reino dura de generación en generación.
4:35 Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada.
   Él hace según su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra.
   No hay quien detenga su mano y le diga: “¿Qué has hecho?”.
4:36 En aquel momento la razón volvió a mí, y mi majestad y mi esplendor me fueron devueltos para honra de mi reino. Mis consejeros y mis nobles me buscaron. Fui restablecido en mi reino y me fue añadida mayor grandeza.
4:37 Ahora yo, Nabucodonosor, alabo, exalto y honro al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdad y sus caminos son justicia. Él puede humillar a los que andan con soberbia».

Capítulo 5
La escritura en la pared
5:1 El rey Belsasar ofreció un gran banquete a mil de sus nobles y bebía vino delante de los mil.
5:2 Mientras probaba el vino, Belsasar mandó traer los vasos de oro y plata que Nabucodonosor, su padre, había sacado del templo de Jerusalén, para que bebieran en ellos el rey, sus nobles, sus esposas y sus concubinas.
5:3 Entonces trajeron los vasos de oro que habían sacado del templo, la casa de Dios en Jerusalén, y bebieron en ellos el rey, sus nobles, sus esposas y sus concubinas.
5:4 Bebieron vino y alabaron a los dioses de oro, plata, bronce, hierro, madera y piedra.
Una inscripción interrumpe el banquete
5:5 En aquel mismo momento aparecieron los dedos de una mano humana y escribían frente al candelabro, sobre el yeso de la pared del palacio real. El rey veía el dorso de la mano que escribía.
5:6 Entonces el rey palideció y sus pensamientos lo aterrorizaron. Se le aflojaron las articulaciones de las caderas y sus rodillas chocaban una contra otra.
5:7 El rey gritó con fuerza que hicieran entrar a los encantadores, los caldeos y los adivinos. El rey dijo a los sabios de Babilonia: «Quien lea esta inscripción y me dé a conocer su interpretación será vestido de púrpura, llevará un collar de oro al cuello y gobernará como tercero en el reino».
5:8 Entonces entraron todos los sabios del rey, pero no pudieron leer la inscripción ni dar a conocer al rey su interpretación.
5:9 El rey Belsasar se aterró mucho y palideció, y sus nobles estaban perplejos.
5:10 La reina, al oír las palabras del rey y de sus nobles, entró en la sala del banquete y dijo: «¡Rey, vive para siempre! Que no te aterroricen tus pensamientos ni palidezca tu rostro.
5:11 Hay un hombre en tu reino que tiene el espíritu de los dioses santos. En los días de tu padre se hallaron en él luz, inteligencia y sabiduría como la sabiduría de los dioses. El rey Nabucodonosor, tu padre, lo nombró jefe de los magos, los encantadores, los caldeos y los adivinos: tu padre, el rey.
5:12 Porque en Daniel, a quien el rey puso por nombre Beltsasar, se hallaron un espíritu extraordinario, conocimiento e inteligencia para interpretar sueños, explicar enigmas y resolver dificultades. Que llamen ahora a Daniel, y él dará a conocer la interpretación».
Daniel confronta al rey con lo que ya sabía
5:13 Entonces Daniel fue llevado ante el rey. El rey le dijo a Daniel: «¿Eres tú Daniel, uno de los exiliados de Judá que el rey, mi padre, trajo de Judá?
5:14 He oído de ti que tienes el espíritu de los dioses y que en ti se hallaron luz, inteligencia y sabiduría extraordinaria.
5:15 Ahora han traído ante mí a los sabios y los encantadores para que lean esta inscripción y me den a conocer su interpretación, pero no han podido explicar lo que significa.
5:16 Yo he oído de ti que puedes dar interpretaciones y resolver dificultades. Si ahora puedes leer la inscripción y darme a conocer su interpretación, serás vestido de púrpura, llevarás un collar de oro al cuello y gobernarás como tercero en el reino».
5:17 Entonces Daniel respondió ante el rey: «Quédate con tus regalos y da tus recompensas a otro. Sin embargo, leeré la inscripción al rey y le daré a conocer su interpretación.
5:18 Rey, el Dios Altísimo dio a Nabucodonosor, tu padre, el reino, la grandeza, la gloria y el esplendor.
5:19 Por la grandeza que le dio, todos los pueblos, naciones y lenguas temblaban y temían ante él. A quien quería, mataba; a quien quería, dejaba con vida; a quien quería, exaltaba, y a quien quería, humillaba.
5:20 Pero cuando su corazón se ensoberbeció y su espíritu se endureció en la arrogancia, fue depuesto de su trono real y le quitaron su gloria.
5:21 Fue expulsado de entre los hombres y su corazón se hizo semejante al de los animales. Vivió entre los asnos salvajes, le daban de comer hierba como a los bueyes y su cuerpo se empapaba con el rocío del cielo, hasta que reconoció que el Dios Altísimo gobierna el reino de los hombres y pone sobre él a quien quiere.
5:22 Y tú, su hijo Belsasar, no humillaste tu corazón, aunque sabías todo esto.
5:23 Te has exaltado contra el Señor del cielo. Trajeron ante ti los vasos de su casa, y tú, tus nobles, tus esposas y tus concubinas bebían vino en ellos. Alabaste a los dioses de plata, oro, bronce, hierro, madera y piedra, que no ven, ni oyen, ni saben; pero no honraste al Dios en cuya mano está tu aliento y a quien pertenecen todos tus caminos.
5:24 Por eso fue enviada desde su presencia la mano y fue trazada esta inscripción.
El reino es contado, pesado y entregado
5:25 Esta es la inscripción que fue trazada: “Mené, Mené, Tequel y Parsín”.
5:26 Esta es la interpretación del asunto: Mené: Dios ha contado tu reino y le ha puesto fin.
5:27 Tequel: has sido pesado en la balanza y hallado falto.
5:28 Perés: tu reino ha sido dividido y entregado a los medos y a los persas».
5:29 Entonces Belsasar dio la orden, y vistieron a Daniel de púrpura, le pusieron un collar de oro al cuello y proclamaron que gobernaría como tercero en el reino.
5:30 Aquella misma noche fue asesinado Belsasar, rey de los caldeos.
5:31 Darío el medo recibió el reino cuando tenía unos sesenta y dos años.

Capítulo 6
Daniel en el foso de los leones
6:1 Le pareció bien a Darío nombrar sobre el reino a ciento veinte sátrapas, que gobernaran en todo el reino.
6:2 Sobre ellos puso a tres administradores, uno de los cuales era Daniel. Estos sátrapas debían rendirles cuentas, para que el rey no sufriera perjuicio.
6:3 Este Daniel sobresalía entre los administradores y los sátrapas, porque había en él un espíritu extraordinario, y el rey pensaba ponerlo al frente de todo el reino.
6:4 Entonces los administradores y los sátrapas buscaban un motivo para acusar a Daniel en los asuntos del reino, pero no podían hallar ningún motivo de acusación ni corrupción, porque era fiel. No se hallaba en él negligencia ni corrupción alguna.
6:5 Entonces aquellos hombres dijeron: «No hallaremos ningún motivo para acusar a este Daniel, a menos que lo hallemos en relación con la ley de su Dios».
Un decreto convierte la oración en motivo de condena
6:6 Entonces estos administradores y sátrapas se presentaron en grupo ante el rey y le dijeron: «¡Rey Darío, vive para siempre!
6:7 Todos los administradores del reino, los prefectos, los sátrapas, los consejeros y los gobernadores han acordado que el rey establezca un edicto real y ponga en vigor esta prohibición: que cualquiera que durante treinta días haga una petición a cualquier dios u hombre, excepto a ti, rey, sea arrojado al foso de los leones.
6:8 Ahora, rey, establece la prohibición y firma el documento, para que no se pueda cambiar, conforme a la ley de los medos y los persas, que no puede ser revocada».
6:9 Por eso el rey Darío firmó el documento y la prohibición.
Daniel persevera en la oración
6:10 Cuando Daniel supo que el documento había sido firmado, entró en su casa. En su habitación superior tenía las ventanas abiertas hacia Jerusalén. Tres veces al día se arrodillaba, oraba y daba gracias ante su Dios, como lo hacía antes.
6:11 Entonces aquellos hombres se reunieron y encontraron a Daniel haciendo peticiones y súplicas ante su Dios.
6:12 Entonces se acercaron al rey y le hablaron de la prohibición real: «¿No firmaste una prohibición según la cual cualquiera que durante treinta días haga una petición a cualquier dios u hombre, excepto a ti, rey, debe ser arrojado al foso de los leones?». El rey respondió: «La disposición es firme, conforme a la ley de los medos y los persas, que no puede ser revocada».
6:13 Entonces dijeron ante el rey: «Daniel, uno de los exiliados de Judá, no te hace caso, rey, ni hace caso de la prohibición que firmaste, sino que tres veces al día hace su petición».
6:14 Cuando el rey oyó esto, se angustió mucho y se propuso librar a Daniel. Hasta la puesta del sol estuvo esforzándose por rescatarlo.
6:15 Entonces aquellos hombres se presentaron en grupo ante el rey y le dijeron: «Debes saber, rey, que es ley de los medos y los persas que ninguna prohibición ni edicto que el rey establezca puede cambiarse».
Daniel es condenado y el rey espera en Dios
6:16 Entonces el rey dio la orden, y trajeron a Daniel y lo arrojaron al foso de los leones. El rey le dijo a Daniel: «Tu Dios, a quien sirves continuamente, él te librará».
6:17 Trajeron una piedra y la pusieron sobre la boca del foso. El rey la selló con su anillo y con los anillos de sus nobles, para que no se cambiara lo dispuesto acerca de Daniel.
6:18 Después el rey se fue a su palacio y pasó la noche en ayunas. No hizo traer diversiones ante él y se le fue el sueño.
6:19 Al amanecer, al rayar el alba, el rey se levantó y fue apresuradamente al foso de los leones.
6:20 Al acercarse al foso, llamó a Daniel con voz angustiada. El rey le dijo a Daniel: «Daniel, siervo del Dios viviente, tu Dios, a quien sirves continuamente, ¿ha podido librarte de los leones?».
Dios preserva y vindica a su siervo
6:21 Entonces Daniel respondió al rey: «¡Rey, vive para siempre!
6:22 Mi Dios envió a su ángel, que cerró la boca de los leones, y no me hicieron daño, porque ante él fui hallado inocente. Tampoco ante ti, rey, he hecho nada malo».
6:23 Entonces el rey se alegró mucho por él y mandó sacar a Daniel del foso. Daniel fue sacado del foso y no se halló en él ninguna lesión, porque había confiado en su Dios.
6:24 El rey dio la orden, y trajeron a aquellos hombres que habían acusado a Daniel y los arrojaron al foso de los leones, a ellos, a sus hijos y a sus esposas. Antes de que llegaran al fondo del foso, los leones se apoderaron de ellos y les trituraron todos los huesos.
Darío proclama el poder del Dios viviente
6:25 Entonces el rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas que habitan en toda la tierra: «¡Que abunde la paz de ustedes!
6:26 De mi parte se establece este decreto: que en todo el dominio de mi reino tiemblen y teman ante el Dios de Daniel.
 Porque él es el Dios viviente y permanece para siempre;
   su reino no será destruido y su dominio durará hasta el fin.
6:27 Él libra y salva, y hace señales y maravillas en los cielos y en la tierra.
   Él libró a Daniel del poder de los leones».
6:28 Este Daniel prosperó durante el reinado de Darío y durante el reinado de Ciro el persa.

Capítulo 7
Visión de las cuatro bestias
7:1 En el primer año de Belsasar, rey de Babilonia, Daniel tuvo un sueño y visiones en su mente mientras estaba en su cama. Entonces escribió el sueño y relató lo principal del asunto.
7:2 Daniel dijo: «En mi visión nocturna estaba mirando, y vi que los cuatro vientos del cielo agitaban el gran mar.
7:3 Cuatro grandes bestias subían del mar, diferentes unas de otras.
7:4 La primera era como un león y tenía alas de águila. Seguí mirando hasta que le arrancaron las alas. Fue levantada del suelo y puesta sobre dos pies, como un hombre, y se le dio un corazón humano.
7:5 Vi otra bestia, una segunda, semejante a un oso. Estaba levantada de un costado y tenía tres costillas en la boca, entre los dientes. Le decían: “¡Levántate y devora mucha carne!”.
7:6 Después de esto seguí mirando y vi otra, como un leopardo, que tenía cuatro alas de ave sobre el lomo. La bestia tenía cuatro cabezas y se le dio dominio.
7:7 Después de esto seguí mirando en las visiones nocturnas y vi una cuarta bestia, aterradora, espantosa y muy fuerte. Tenía grandes dientes de hierro; devoraba y trituraba, y pisoteaba con sus patas lo que quedaba. Era diferente de todas las bestias que la habían precedido y tenía diez cuernos.
7:8 Estaba observando los cuernos, cuando surgió entre ellos otro cuerno, pequeño. Delante de él fueron arrancados tres de los primeros cuernos. Este cuerno tenía ojos como ojos humanos y una boca que hablaba con arrogancia.
El tribunal del cielo y el reino eterno

7:9 Seguí mirando hasta que fueron colocados unos tronos y se sentó el Anciano de Días.
   Su vestidura era blanca como la nieve y el cabello de su cabeza, como lana pura.
   Su trono era de llamas de fuego y sus ruedas, de fuego ardiente.
7:10 Un río de fuego fluía y salía de su presencia.
   Mil veces mil le servían, y diez mil veces diez mil estaban de pie ante él.
   El tribunal se sentó y los libros fueron abiertos.
7:11 Yo seguía mirando a causa del sonido de las palabras arrogantes que decía el cuerno. Seguí mirando hasta que la bestia fue muerta, su cuerpo fue destruido y ella fue entregada al fuego para ser quemada.
7:12 A las demás bestias les quitaron el dominio, pero les fue concedida una prolongación de la vida por una temporada y un tiempo.
7:13 Seguí mirando en las visiones nocturnas y vi que con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre.
   Llegó hasta el Anciano de Días y lo hicieron acercarse ante él.
7:14 Se le dieron dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran.
   Su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su reino no será destruido.
La interpretación anuncia conflicto y victoria para los santos
7:15 A mí, Daniel, se me angustió el espíritu dentro del cuerpo, y las visiones de mi mente me aterraban.
7:16 Me acerqué a uno de los que estaban allí de pie y le pedí la verdad acerca de todo esto. Él me habló y me dio a conocer la interpretación del asunto:
7:17 “Estas grandes bestias, que son cuatro, son cuatro reyes que surgirán de la tierra.
7:18 Pero los santos del Altísimo recibirán el reino y poseerán el reino para siempre, por los siglos de los siglos”.
7:19 Entonces quise saber la verdad acerca de la cuarta bestia, que era diferente de todas las demás, sumamente aterradora, con dientes de hierro y garras de bronce. Devoraba y trituraba, y pisoteaba con sus patas lo que quedaba.
7:20 También acerca de los diez cuernos de su cabeza y del otro que había surgido, delante del cual habían caído tres. Ese cuerno tenía ojos y una boca que hablaba con arrogancia, y su aspecto era más imponente que el de sus compañeros.
7:21 Yo miraba, y aquel cuerno hacía guerra contra los santos y los vencía,
7:22 hasta que llegó el Anciano de Días y se dictó sentencia a favor de los santos del Altísimo. Llegó el tiempo y los santos tomaron posesión del reino.
7:23 Él dijo así: “La cuarta bestia será un cuarto reino en la tierra, diferente de todos los otros reinos. Devorará toda la tierra, la pisoteará y la triturará.
7:24 Los diez cuernos son diez reyes que surgirán de aquel reino. Después de ellos surgirá otro, que será diferente de los anteriores y someterá a tres reyes.
7:25 Hablará palabras contra el Altísimo, oprimirá a los santos del Altísimo e intentará cambiar los tiempos y la ley. Serán entregados en su mano por un tiempo, tiempos y medio tiempo.
7:26 Pero el tribunal se sentará y le quitarán el dominio, para aniquilarlo y destruirlo por completo.
7:27 El reino, el dominio y la grandeza de los reinos bajo todo el cielo serán entregados al pueblo de los santos del Altísimo. Su reino es un reino eterno, y todos los dominios le servirán y le obedecerán”.
7:28 Aquí termina el asunto. A mí, Daniel, mis pensamientos me aterrorizaron mucho y mi rostro palideció, pero guardé el asunto en mi corazón».

Capítulo 8
Visión del carnero y del macho cabrío
8:1 En el tercer año del reinado del rey Belsasar se me apareció una visión a mí, Daniel, después de la que se me había aparecido al principio.
8:2 Miraba en la visión y, mientras miraba, me encontraba en la ciudadela de Susa, en la provincia de Elam. Vi en la visión que estaba junto al canal del Ulai.
8:3 Alcé la vista y vi un carnero de pie frente al canal. Tenía dos cuernos altos, uno más alto que el otro, y el más alto había crecido después.
8:4 Vi al carnero dando cornadas hacia el oeste, el norte y el sur. Ningún animal podía hacerle frente ni había quien lo librara de su poder. Hacía lo que quería y se engrandecía.
8:5 Mientras yo lo consideraba, vi un macho cabrío que venía del oeste sobre la superficie de toda la tierra, sin tocar el suelo. El macho cabrío tenía un cuerno prominente entre los ojos.
8:6 Llegó hasta el carnero de dos cuernos, que yo había visto de pie frente al canal, y corrió contra él con la furia de su fuerza.
8:7 Lo vi acercarse al carnero, enfurecerse contra él y golpearlo, rompiéndole los dos cuernos. El carnero no tenía fuerzas para hacerle frente. Lo arrojó al suelo y lo pisoteó, y no hubo quien librara al carnero de su poder.
8:8 El macho cabrío se engrandeció muchísimo, pero cuando llegó a ser fuerte, el gran cuerno se quebró. En su lugar surgieron cuatro cuernos prominentes hacia los cuatro vientos del cielo.
Un poder hostil ataca al pueblo y al santuario
8:9 De uno de ellos salió un cuerno pequeño, que creció mucho hacia el sur, hacia el este y hacia la tierra hermosa.
8:10 Creció hasta el ejército del cielo e hizo caer al suelo a parte del ejército y de las estrellas, y los pisoteó.
8:11 Se engrandeció incluso contra el príncipe del ejército. A este le fue quitado el sacrificio continuo y fue derribado el lugar de su santuario.
8:12 A causa de la rebelión, el ejército será entregado junto con el sacrificio continuo. El cuerno arrojará la verdad al suelo; actuará y prosperará.
8:13 Oí a un santo que hablaba, y otro santo preguntó al que hablaba: «¿Hasta cuándo durará la visión del sacrificio continuo, de la rebelión desoladora y de la entrega del santuario y del ejército para ser pisoteados?».
8:14 Él me dijo: «Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; entonces el santuario será restaurado».
Gabriel explica la visión
8:15 Mientras yo, Daniel, miraba la visión y procuraba comprenderla, vi de pie ante mí a alguien con apariencia de hombre.
8:16 Oí una voz humana desde entre las orillas del Ulai, que llamó y dijo: «Gabriel, haz que este entienda la visión».
8:17 Él se acercó al lugar donde yo estaba. Cuando llegó, me aterroricé y caí rostro en tierra. Me dijo: «Entiende, hijo de hombre, que la visión se refiere al tiempo del fin».
8:18 Mientras hablaba conmigo, caí en un sueño profundo, rostro en tierra. Él me tocó y me puso de pie.
8:19 Me dijo: «Voy a darte a conocer lo que sucederá al final de la ira, porque se refiere al tiempo señalado del fin.
8:20 El carnero que viste, con los dos cuernos, representa a los reyes de Media y de Persia.
8:21 El macho cabrío peludo es el rey de Grecia, y el gran cuerno que tenía entre los ojos es el primer rey.
8:22 El cuerno que se quebró y los cuatro que surgieron en su lugar significan que de esa nación surgirán cuatro reinos, pero sin el poder de aquel.
8:23 Al final de su reinado, cuando los rebeldes lleguen al colmo, surgirá un rey de rostro feroz y entendido en enigmas.
8:24 Su poder se fortalecerá, pero no por su propia fuerza. Causará una destrucción asombrosa, prosperará y actuará; destruirá a los poderosos y al pueblo de los santos.
8:25 Por su astucia hará prosperar el engaño en su mano y se engrandecerá en su corazón. En tiempo de tranquilidad destruirá a muchos. Se levantará contra el Príncipe de príncipes, pero será quebrantado sin intervención de mano humana.
8:26 La visión de las tardes y las mañanas que se ha relatado es verdadera. Pero tú guarda en secreto la visión, porque se refiere a muchos días aún lejanos».
8:27 Yo, Daniel, quedé agotado y estuve enfermo varios días. Después me levanté y atendí los asuntos del rey. Estaba espantado por la visión y no había quien la entendiera.

Capítulo 9
Oración de Daniel por su pueblo
9:1 En el primer año de Darío, hijo de Asuero, del linaje de los medos, que había sido hecho rey sobre el reino de los caldeos,
9:2 en el primer año de su reinado, yo, Daniel, entendí por los libros el número de años que, según la palabra del SEÑOR al profeta Jeremías, debían cumplirse para las desolaciones de Jerusalén: setenta años.
9:3 Dirigí mi rostro hacia el Señor Dios para buscarlo con oración y súplicas, en ayuno, ropa de saco y ceniza.
9:4 Oré al SEÑOR mi Dios e hice confesión, diciendo: «¡Ah, Señor, Dios grande y temible, que guarda el pacto y el amor fiel con quienes lo aman y guardan sus mandamientos!
9:5 Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos actuado con maldad, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas.
9:6 No hemos escuchado a tus siervos los profetas, que hablaron en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra.
9:7 A ti, Señor, te pertenece la justicia; a nosotros, la vergüenza del rostro, como sucede hoy: a los hombres de Judá, a los habitantes de Jerusalén y a todo Israel, a los que están cerca y a los que están lejos, en todos los países adonde los has expulsado por la infidelidad con que te fueron infieles.
9:8 SEÑOR, nuestra es la vergüenza del rostro, de nuestros reyes, de nuestros príncipes y de nuestros padres, porque hemos pecado contra ti.
9:9 Al Señor nuestro Dios pertenecen la compasión y el perdón, aunque nos hemos rebelado contra él
9:10 y no hemos obedecido la voz del SEÑOR nuestro Dios para seguir sus leyes, que puso ante nosotros por medio de sus siervos los profetas.
9:11 Todo Israel ha transgredido tu ley y se ha apartado para no obedecer tu voz. Por eso se han derramado sobre nosotros la maldición y el juramento escritos en la ley de Moisés, siervo de Dios, porque hemos pecado contra él.
9:12 Él ha cumplido las palabras que pronunció contra nosotros y contra nuestros jueces, que nos juzgaron, trayendo sobre nosotros una gran calamidad. Bajo todo el cielo no se ha hecho nada semejante a lo que se ha hecho en Jerusalén.
9:13 Como está escrito en la ley de Moisés, toda esta calamidad ha venido sobre nosotros; pero no hemos buscado el favor del SEÑOR nuestro Dios, apartándonos de nuestra iniquidad y atendiendo a tu verdad.
9:14 El SEÑOR veló sobre la calamidad y la trajo sobre nosotros, porque el SEÑOR nuestro Dios es justo en todas las obras que ha hecho, pero no hemos obedecido su voz.
La súplica apela a la misericordia y al nombre de Dios
9:15 Ahora, Señor nuestro Dios, que sacaste a tu pueblo de la tierra de Egipto con mano poderosa y te hiciste un nombre como el que tienes hoy: hemos pecado y hemos actuado con maldad.
9:16 Señor, conforme a todos tus actos de justicia, que se aparten, por favor, tu ira y tu furor de tu ciudad Jerusalén, tu monte santo. Porque por nuestros pecados y por las iniquidades de nuestros padres, Jerusalén y tu pueblo son motivo de burla para todos los que nos rodean.
9:17 Ahora, Dios nuestro, escucha la oración de tu siervo y sus súplicas. Haz resplandecer tu rostro sobre tu santuario desolado, por amor al Señor.
9:18 Dios mío, inclina tu oído y escucha; abre tus ojos y mira nuestras desolaciones y la ciudad sobre la que se invoca tu nombre. No presentamos nuestras súplicas ante ti por nuestras obras de justicia, sino por tus muchas misericordias.
9:19 ¡Señor, escucha! ¡Señor, perdona! ¡Señor, atiende y actúa! No tardes, por amor de ti mismo, Dios mío, porque tu nombre se invoca sobre tu ciudad y sobre tu pueblo».
Profecía de las setenta semanas
9:20 Aún estaba hablando, orando y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y presentando mi súplica ante el SEÑOR mi Dios por el monte santo de mi Dios.
9:21 Todavía estaba hablando en oración cuando el hombre Gabriel, a quien había visto en la visión al principio, vino volando rápidamente y me tocó, hacia la hora de la ofrenda de la tarde.
9:22 Me instruyó y habló conmigo, diciendo: «Daniel, ahora he salido para darte comprensión y entendimiento.
9:23 Al comenzar tus súplicas salió una palabra, y yo he venido a comunicártela, porque eres muy amado. Presta atención a la palabra y entiende la visión.
Las setenta semanas y el propósito de la restauración
9:24 Setenta semanas han sido decretadas sobre tu pueblo y sobre tu ciudad santa para poner fin a la rebelión, sellar los pecados, expiar la culpa, traer justicia eterna, sellar la visión y al profeta y ungir el Lugar Santísimo.
9:25 Sabe y entiende: desde la salida de la orden para restaurar y edificar Jerusalén hasta un príncipe ungido habrá siete semanas. Y durante sesenta y dos semanas volverá a ser edificada, con plaza y foso, pero en tiempos de angustia.
9:26 Después de las sesenta y dos semanas, un ungido será eliminado y no tendrá nada. El pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario. Su fin será con una inundación, y hasta el fin de la guerra han sido decretadas desolaciones.
9:27 Él hará firme un pacto con muchos por una semana, y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda de cereal. Sobre un ala de abominaciones habrá un desolador, hasta que la destrucción total decretada se derrame sobre el desolador».

Capítulo 10
Visión de Daniel junto al río
10:1 En el tercer año de Ciro, rey de Persia, fue revelado un mensaje a Daniel, llamado Beltsasar. El mensaje era verdadero y se refería a un gran conflicto. Él comprendió el mensaje y tuvo entendimiento de la visión.
10:2 En aquellos días, yo, Daniel, estuve de duelo durante tres semanas completas.
10:3 No comí alimentos delicados; ni carne ni vino entraron en mi boca, ni me ungí con aceite, hasta que se cumplieron las tres semanas completas.
10:4 El día veinticuatro del primer mes, mientras estaba a la orilla del gran río, el Tigris,
La aparición celestial y la debilidad de Daniel
10:5 alcé la vista y vi a un hombre vestido de lino, con la cintura ceñida de oro fino de Ufaz.
10:6 Su cuerpo era como crisólito; su rostro, como el aspecto de un relámpago; sus ojos, como antorchas de fuego; sus brazos y sus pies, como el brillo del bronce pulido, y el sonido de sus palabras, como el estruendo de una multitud.
10:7 Solo yo, Daniel, vi la visión. Los hombres que estaban conmigo no vieron la visión, pero un gran terror se apoderó de ellos y huyeron a esconderse.
10:8 Quedé solo y vi esta gran visión. No me quedaron fuerzas, mi aspecto se desfiguró y no conservé fuerza alguna.
10:9 Oí el sonido de sus palabras y, al oír el sonido de sus palabras, caí en un sueño profundo sobre mi rostro, con el rostro en tierra.
El mensajero fortalece a Daniel y explica su misión
10:10 Entonces una mano me tocó y me hizo incorporarme, temblando, sobre las rodillas y las palmas de las manos.
10:11 Me dijo: «Daniel, hombre muy amado, entiende las palabras que te digo y ponte de pie, porque ahora he sido enviado a ti». Mientras me decía estas palabras, me puse de pie temblando.
10:12 Me dijo: «No temas, Daniel, porque desde el primer día en que dispusiste tu corazón a entender y a humillarte ante tu Dios, fueron escuchadas tus palabras. Yo he venido a causa de tus palabras.
10:13 El príncipe del reino de Persia se me opuso durante veintiún días, pero Miguel, uno de los príncipes principales, vino a ayudarme, y yo quedé allí junto a los reyes de Persia.
10:14 He venido para hacerte entender lo que sucederá a tu pueblo al final de los días, porque la visión se refiere a días aún por venir».
10:15 Mientras me decía estas palabras, volví mi rostro hacia el suelo y enmudecí.
10:16 Entonces alguien de aspecto humano tocó mis labios. Abrí la boca y hablé, diciendo al que estaba de pie ante mí: «Mi señor, a causa de la visión me han sobrevenido dolores y me he quedado sin fuerzas.
10:17 ¿Cómo podrá este siervo de mi señor hablar con este señor mío? Ahora no queda fuerza en mí ni me queda aliento».
10:18 El que tenía apariencia de hombre volvió a tocarme y me fortaleció.
10:19 Me dijo: «No temas, hombre muy amado. La paz sea contigo. ¡Sé fuerte, sé fuerte!». Mientras hablaba conmigo, recobré las fuerzas y dije: «Hable mi señor, porque me has fortalecido».
10:20 Él dijo: «¿Sabes por qué he venido a ti? Ahora volveré a luchar contra el príncipe de Persia; y cuando yo salga, vendrá el príncipe de Grecia.
10:21 Pero te daré a conocer lo que está escrito en el libro de la verdad. No hay nadie que me apoye contra estos, excepto Miguel, el príncipe de ustedes».

Capítulo 11
11:1 «Yo, en el primer año de Darío el medo, me mantuve a su lado para fortalecerlo y protegerlo.
Los reyes del norte y del sur
11:2 Ahora te daré a conocer la verdad: todavía surgirán tres reyes en Persia. Un cuarto acumulará muchas más riquezas que todos ellos y, cuando se haya fortalecido con sus riquezas, incitará a todos contra el reino de Grecia.
11:3 Entonces surgirá un rey poderoso, que gobernará con gran dominio y hará lo que quiera.
11:4 Pero cuando se haya levantado, su reino será quebrantado y repartido hacia los cuatro vientos del cielo. No será para sus descendientes ni tendrá el dominio con que él gobernó, porque su reino será arrancado y entregado a otros, fuera de aquellos.
Dinastías rivales alrededor de la tierra de Israel
11:5 El rey del sur se hará fuerte, pero uno de sus príncipes se hará más fuerte que él y gobernará; su dominio será un gran dominio.
11:6 Al cabo de unos años harán una alianza. La hija del rey del sur irá al rey del norte para establecer un acuerdo. Pero ella no conservará la fuerza de su brazo, ni permanecerán él y su brazo. Ella será entregada, junto con los que la trajeron, el que la engendró y el que la sostenía en aquellos tiempos.
11:7 Un retoño de sus raíces se levantará en su lugar. Avanzará contra el ejército, entrará en la fortaleza del rey del norte, actuará contra ellos y prevalecerá.
11:8 También llevará cautivos a Egipto a sus dioses, junto con sus imágenes fundidas y sus objetos preciosos de plata y oro. Durante unos años se mantendrá apartado del rey del norte.
11:9 Este entrará en el reino del rey del sur y volverá a su propia tierra.
Las campañas vuelven a encender la guerra
11:10 Sus hijos se movilizarán y reunirán una multitud de grandes ejércitos. Avanzará sin falta, inundará y atravesará; volverá y hará guerra hasta su fortaleza.
11:11 El rey del sur se enfurecerá, saldrá y luchará contra él, contra el rey del norte. Este pondrá en campaña una gran multitud, pero esa multitud será entregada en manos de aquel.
11:12 Cuando la multitud sea llevada, su corazón se enaltecerá y hará caer a decenas de miles, pero no prevalecerá.
11:13 El rey del norte volverá a poner en campaña una multitud mayor que la primera. Al cabo de un tiempo, después de unos años, vendrá sin falta con un gran ejército y abundantes recursos.
El pueblo de Daniel en medio de las disputas imperiales
11:14 En aquellos tiempos muchos se levantarán contra el rey del sur. Los violentos de tu pueblo también se alzarán para hacer que se cumpla la visión, pero caerán.
11:15 Vendrá el rey del norte, levantará una rampa de asedio y tomará una ciudad fortificada. Las fuerzas del sur no podrán resistir, ni siquiera sus tropas escogidas; no habrá fuerzas para resistir.
11:16 El que venga contra él hará lo que quiera y no habrá quien le haga frente. Se establecerá en la tierra hermosa, con la destrucción en su mano.
11:17 Se propondrá venir con el poder de todo su reino, trayendo condiciones equitativas que pondrá en práctica. Le dará una mujer para destruir el reino, pero ella no lo apoyará ni estará de su parte.
11:18 Volverá su rostro hacia las costas y conquistará muchas. Pero un comandante pondrá fin a su afrenta; más aún, hará recaer sobre él su propia afrenta.
11:19 Después volverá su rostro hacia las fortalezas de su tierra, pero tropezará y caerá, y no será hallado.
11:20 En su lugar surgirá uno que hará pasar un recaudador de tributos por el esplendor del reino. En pocos días será quebrantado, pero no por ira ni en batalla.
El ascenso del rey que perseguirá al pueblo
11:21 En su lugar surgirá un hombre despreciable, a quien no habrán concedido la honra real. Vendrá en tiempo de tranquilidad y se apoderará del reino mediante intrigas.
11:22 Las fuerzas que irrumpen como una inundación serán barridas ante él y quebrantadas, y también el príncipe del pacto.
11:23 Después de que hagan alianza con él, actuará con engaño. Ascenderá y se hará fuerte con poca gente.
11:24 En tiempo de tranquilidad entrará en los lugares más ricos de la provincia y hará lo que no hicieron sus padres ni los padres de sus padres. Repartirá entre ellos despojos, botín y riquezas, y tramará sus planes contra las fortalezas, pero solo por un tiempo.
11:25 Movilizará su fuerza y su ánimo contra el rey del sur con un gran ejército. El rey del sur se preparará para la guerra con un ejército grande y sumamente poderoso, pero no podrá resistir, porque tramarán planes contra él.
11:26 Los que comen de sus manjares lo quebrantarán. Su ejército se desbordará y caerán muchos muertos.
11:27 Los dos reyes tendrán el corazón dispuesto al mal y en una misma mesa hablarán mentiras. Pero esto no prosperará, porque el fin aún está reservado para el tiempo señalado.
11:28 Volverá a su tierra con grandes riquezas y su corazón estará contra el pacto santo. Actuará y volverá a su tierra.
11:29 En el tiempo señalado volverá y entrará en el sur, pero esta vez no sucederá como la primera.
11:30 Vendrán contra él naves de Quitim y se desanimará. Volverá, se enfurecerá contra el pacto santo y actuará. Volverá y prestará atención a los que abandonen el pacto santo.
Profanación del santuario y perseverancia de los fieles
11:31 Se levantarán fuerzas de su parte, profanarán el santuario, la fortaleza, quitarán el sacrificio continuo y establecerán la abominación desoladora.
11:32 Corromperá con adulaciones a los que violan el pacto, pero el pueblo que conoce a su Dios se mantendrá fuerte y actuará.
11:33 Los entendidos del pueblo instruirán a muchos, pero durante algunos días caerán por la espada, por las llamas, por el cautiverio y por el saqueo.
11:34 Cuando caigan, recibirán un poco de ayuda, y muchos se unirán a ellos con adulaciones.
11:35 Algunos de los entendidos caerán para ser refinados, purificados y emblanquecidos hasta el tiempo del fin, porque aún falta para el tiempo señalado.
La exaltación del rey y el límite de su dominio
11:36 El rey hará lo que quiera; se exaltará y se engrandecerá sobre todo dios. Contra el Dios de dioses dirá cosas asombrosas y prosperará hasta que se complete la ira, porque lo decretado se cumplirá.
11:37 No hará caso de los dioses de sus padres ni de lo que desean las mujeres, ni hará caso de dios alguno, porque se engrandecerá sobre todos.
11:38 En su lugar honrará al dios de las fortalezas. A un dios que sus padres no conocieron lo honrará con oro, plata, piedras preciosas y objetos de gran valor.
11:39 Actuará contra las fortalezas más poderosas con un dios extranjero. A quienes ha reconocido los colmará de honores, los hará gobernar sobre muchos y repartirá la tierra por un precio.
La última campaña y el fin del rey
11:40 En el tiempo del fin, el rey del sur arremeterá contra él. El rey del norte se lanzará contra él como una tempestad, con carros, jinetes y muchas naves. Entrará en los países, inundará y atravesará.
11:41 Entrará en la tierra hermosa y muchos caerán. Pero estos escaparán de su mano: Edom, Moab y la parte principal de los amonitas.
11:42 Extenderá su mano contra los países y la tierra de Egipto no escapará.
11:43 Dominará los tesoros ocultos de oro y plata y todos los objetos preciosos de Egipto. Los libios y los cusitas seguirán sus pasos.
11:44 Pero noticias del este y del norte lo aterrorizarán, y saldrá con gran furia para destruir y aniquilar a muchos.
11:45 Plantará las tiendas de su palacio entre los mares y el monte hermoso y santo. Llegará a su fin y no habrá quien lo ayude».

Capítulo 12
El tiempo del fin
12:1 «En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está de parte de los hijos de tu pueblo. Habrá un tiempo de angustia como no lo ha habido desde que hubo nación hasta aquel tiempo. Pero en aquel tiempo será librado tu pueblo: todos los que se encuentren escritos en el libro.
12:2 Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán, unos para vida eterna y otros para vergüenza y desprecio eterno.
12:3 Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que conduzcan a muchos a la justicia, como las estrellas, para siempre y siempre.
12:4 Pero tú, Daniel, cierra estas palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de aquí para allá y aumentará el conocimiento».
La pregunta por el desenlace y el llamado a perseverar
12:5 Yo, Daniel, miré y vi a otros dos de pie: uno a este lado del río y el otro al otro lado del río.
12:6 Uno de ellos preguntó al hombre vestido de lino, que estaba por encima de las aguas del río: «¿Cuándo llegará el fin de estas maravillas?».
12:7 Oí al hombre vestido de lino, que estaba por encima de las aguas del río. Levantó la mano derecha y la izquierda hacia el cielo y juró por el que vive para siempre: «Durará un tiempo, tiempos y medio tiempo. Cuando haya terminado el quebrantamiento del poder del pueblo santo, todas estas cosas llegarán a su fin».
12:8 Yo oí, pero no entendí. Entonces dije: «Mi señor, ¿cuál será el desenlace de estas cosas?».
12:9 Él dijo: «Sigue tu camino, Daniel, porque estas palabras están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin.
12:10 Muchos serán purificados, emblanquecidos y refinados. Los malvados actuarán con maldad y ninguno de los malvados entenderá, pero los entendidos comprenderán.
12:11 Desde el tiempo en que sea quitado el sacrificio continuo y se establezca la abominación desoladora, habrá mil doscientos noventa días.
12:12 Dichoso el que espere y llegue a los mil trescientos treinta y cinco días.
12:13 Tú, sigue hasta el fin. Descansarás y te levantarás para recibir tu porción al fin de los días».

OSEAS

Capítulo 1
La familia de Oseas como señal para Israel
1:1 Palabra del SEÑOR que vino a Oseas, hijo de Beeri, en los días de Uzías, Jotam, Acaz y Ezequías, reyes de Judá, y en los días de Jeroboam, hijo de Joás, rey de Israel.
1:2 Cuando el SEÑOR comenzó a hablar por medio de Oseas, el SEÑOR le dijo a Oseas: «Ve, toma para ti una mujer que se prostituye y ten hijos de prostitución, porque la tierra se prostituye gravemente, apartándose del SEÑOR».
1:3 Él fue y tomó a Gomer, hija de Diblaim; ella concibió y le dio a luz un hijo.
1:4 El SEÑOR le dijo: «Ponle por nombre Jezreel, porque dentro de poco castigaré a la casa de Jehú por la sangre derramada en Jezreel y pondré fin al reino de la casa de Israel.
1:5 En aquel día quebraré el arco de Israel en el valle de Jezreel».
1:6 Ella volvió a concebir y dio a luz una hija. Él le dijo: «Ponle por nombre Lo-ruhama, porque no volveré a compadecerme de la casa de Israel; de ningún modo los perdonaré.
1:7 Pero tendré compasión de la casa de Judá y los salvaré por el SEÑOR, su Dios. No los salvaré con arco, espada, guerra, caballos ni jinetes».
1:8 Después de destetar a Lo-ruhama, concibió y dio a luz un hijo.
1:9 Él dijo: «Ponle por nombre Lo-ammi, porque ustedes no son mi pueblo y yo no seré para ustedes».
La restauración de un pueblo dividido

1:10 Pero el número de los hijos de Israel será como la arena del mar, que no se puede medir ni contar.
   En el lugar donde se les decía: «Ustedes no son mi pueblo», se les dirá: «Hijos del Dios vivo».
1:11 Los hijos de Judá y los hijos de Israel se reunirán juntos, nombrarán para sí un solo jefe y subirán de la tierra, porque grande será el día de Jezreel.

Capítulo 2
2:1 Digan a sus hermanos: «Ammi», y a sus hermanas: «Ruhama».
El SEÑOR denuncia la infidelidad de Israel

2:2 «Contiendan con su madre, contiendan, porque ella no es mi esposa ni yo soy su esposo.
   Que aparte de su rostro sus prostituciones y sus adulterios de entre sus pechos,
2:3 no sea que yo la desnude y la deje como el día en que nació, la convierta en un desierto, la reduzca a tierra seca y la haga morir de sed.
2:4 No tendré compasión de sus hijos, porque son hijos de prostitución.
2:5 Porque su madre se prostituyó;
   la que los concibió actuó vergonzosamente.
   Dijo: “Iré tras mis amantes, los que me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mis bebidas”.
2:6 Por eso, mira, cercaré tu camino con espinos;
   la cercaré con un muro y no encontrará sus senderos.
2:7 Perseguirá a sus amantes, pero no los alcanzará;
   los buscará, pero no los encontrará.
   Entonces dirá: “Iré y volveré a mi primer esposo, porque entonces me iba mejor que ahora”.
2:8 Ella no reconoció que yo le daba el grano, el vino nuevo y el aceite, y que le multipliqué la plata y el oro que ellos usaron para Baal.
2:9 Por eso volveré a tomar mi grano a su tiempo y mi vino nuevo en su estación;
   retiraré mi lana y mi lino, que cubrían su desnudez.
2:10 Ahora descubriré su vergüenza ante los ojos de sus amantes, y nadie la librará de mi mano.
2:11 Haré cesar todo su regocijo, sus fiestas, sus lunas nuevas, sus sábados y todas sus celebraciones señaladas.
2:12 Devastaré sus vides y sus higueras, de las que dijo: “Son la paga que me han dado mis amantes”.
   Las convertiré en un matorral y las devorarán las fieras del campo.
2:13 La castigaré por los días de los baales, cuando les quemaba incienso, se adornaba con su anillo y sus adornos, seguía a sus amantes y se olvidaba de mí —declara el SEÑOR—.
El SEÑOR promete renovar su relación con Israel

2:14 Por eso, mira, yo la atraeré, la llevaré al desierto y hablaré a su corazón.
2:15 Desde allí le daré sus viñedos y el valle de Acor como puerta de esperanza.
   Allí responderá como en los días de su juventud, como el día en que subió de la tierra de Egipto.

2:16 En aquel día —declara el SEÑOR— me llamarás “Mi esposo”, y no me llamarás más “Mi Baal”.
2:17 Quitaré de su boca los nombres de los baales y no serán recordados más por su nombre.
2:18 En aquel día haré para ellos un pacto con las fieras del campo, las aves de los cielos y los reptiles de la tierra.
   Quitaré de la tierra el arco, la espada y la guerra, y los haré dormir seguros.
2:19 Te desposaré conmigo para siempre;
   te desposaré conmigo en justicia y derecho, en amor fiel y compasión.
2:20 Te desposaré conmigo en fidelidad, y conocerás al SEÑOR.

2:21 En aquel día responderé —declara el SEÑOR—;
   responderé a los cielos y ellos responderán a la tierra.
2:22 La tierra responderá al grano, al vino nuevo y al aceite, y ellos responderán a Jezreel.
2:23 La sembraré para mí en la tierra;
   tendré compasión de Lo-ruhama y diré a Lo-ammi: “Tú eres mi pueblo”.
   Y él dirá: “Dios mío”».

Capítulo 3
El amor que busca restaurar al pueblo infiel
3:1 El SEÑOR me dijo otra vez: «Ve y ama a una mujer amada por un compañero, pero adúltera, como el SEÑOR ama a los hijos de Israel, aunque ellos se vuelven a otros dioses y aman las tortas de pasas».
3:2 La compré para mí por unos ciento setenta y un gramos de plata, unos doscientos veinte litros de cebada y unos ciento diez litros de cebada.
3:3 Y le dije: «Permanecerás conmigo muchos días; no te prostituirás ni serás de ningún hombre, y también yo seré para ti».
3:4 Porque los hijos de Israel permanecerán muchos días sin rey, sin príncipe, sin sacrificio, sin piedra sagrada, sin efod y sin ídolos domésticos.
3:5 Después, los hijos de Israel volverán y buscarán al SEÑOR su Dios y a David su rey; en los últimos días acudirán temblorosos al SEÑOR y a su bondad.

Capítulo 4
Controversia del SEÑOR con Israel
4:1 Escuchen la palabra del SEÑOR, hijos de Israel, porque el SEÑOR tiene una querella contra los habitantes de la tierra: «No hay verdad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra.
4:2 El juramento falso, la mentira, el asesinato, el robo y el adulterio se han desbordado;
   un derramamiento de sangre sigue a otro.
4:3 Por eso la tierra está de duelo y desfallece todo el que habita en ella, junto con los animales del campo y las aves del cielo;
   hasta los peces del mar desaparecen.
4:4 Pero que nadie contienda ni reprenda a otro, pues tu pueblo es como quienes contienden con un sacerdote.
4:5 Tropezarás de día, y también el profeta tropezará contigo de noche;
   y destruiré a tu madre.
El conocimiento rechazado por los sacerdotes

4:6 Mi pueblo es destruido por falta de conocimiento.
   Porque tú rechazaste el conocimiento, yo te rechazaré para que no me sirvas como sacerdote.
   Como olvidaste la ley de tu Dios, también yo olvidaré a tus hijos.
4:7 Cuanto más se multiplicaban, más pecaban contra mí;
   cambiaré su gloria por vergüenza.
4:8 Se alimentan del pecado de mi pueblo, y cada uno ansía su iniquidad.
4:9 Lo que le suceda al pueblo le sucederá también al sacerdote: lo castigaré por sus caminos y le retribuiré sus obras.
4:10 Comerán, pero no se saciarán;
   se prostituirán, pero no se multiplicarán, porque dejaron de hacer caso al SEÑOR.
4:11 La prostitución, el vino y el vino nuevo quitan el juicio.
4:12 Mi pueblo consulta a su madero, y su vara le responde, porque un espíritu de prostitución los ha extraviado y se han prostituido, apartándose de su Dios.
4:13 Sacrifican en las cumbres de los montes y queman incienso en las colinas, bajo robles, álamos y terebintos, porque su sombra es buena.
   Por eso sus hijas se prostituyen y sus nueras cometen adulterio.
4:14 No castigaré a sus hijas cuando se prostituyan ni a sus nueras cuando cometan adulterio, porque ellos mismos se apartan con prostitutas y sacrifican con prostitutas de culto.
   El pueblo que no tiene entendimiento caerá.
Judá debe apartarse de la idolatría de Israel

4:15 Aunque tú te prostituyas, Israel, que Judá no incurra en culpa.
   No vayan a Gilgal ni suban a Bet-avén, ni juren: “¡Vive el SEÑOR!”.
4:16 Porque Israel es terco como una novilla indómita.
   ¿Ahora los pastoreará el SEÑOR como a un cordero en un campo espacioso?
4:17 Efraín está unido a los ídolos; déjalo.
4:18 Cuando se acaba su bebida, se entregan por completo a la prostitución;
   sus gobernantes aman profundamente la deshonra.
4:19 El viento la ha envuelto en sus alas, y ellos serán avergonzados por sus sacrificios».

Capítulo 5
Castigo de la apostasía de Israel
5:1 «Escuchen esto, sacerdotes;
   presten atención, casa de Israel;
   escuchen, casa del rey, porque el juicio es contra ustedes.
   Han sido una trampa en Mizpa y una red extendida sobre Tabor.
5:2 Los rebeldes se han hundido en la matanza, pero yo los disciplinaré a todos.
5:3 Yo conozco a Efraín, e Israel no se me oculta.
   Ahora te has prostituido, Efraín;
   Israel se ha contaminado.
5:4 Sus obras no les permiten volver a su Dios, porque un espíritu de prostitución está en su interior, y no conocen al SEÑOR.
5:5 La soberbia de Israel testifica en su contra;
   Israel y Efraín tropezarán por su iniquidad, y también Judá ha tropezado con ellos.
5:6 Con sus ovejas y sus vacas irán a buscar al SEÑOR, pero no lo encontrarán;
   se ha apartado de ellos.
5:7 Han sido infieles al SEÑOR, pues han engendrado hijos ilegítimos.
   Ahora la luna nueva los devorará junto con sus heredades.
La alarma del juicio sobre Israel y Judá

5:8 Toquen el cuerno en Gabaa y la trompeta en Ramá;
   den la alarma en Bet-avén: “¡Detrás de ti, Benjamín!”.
5:9 Efraín quedará desolado en el día del castigo;
   entre las tribus de Israel he dado a conocer lo que es cierto.
5:10 Los príncipes de Judá se han vuelto como quienes desplazan los linderos;
   sobre ellos derramaré mi furor como agua.
5:11 Efraín está oprimido, quebrantado por el juicio, porque se empeñó en seguir un mandato.
5:12 Yo soy como polilla para Efraín y como carcoma para la casa de Judá.
5:13 Cuando Efraín vio su enfermedad y Judá su llaga, Efraín fue a Asiria y envió un mensaje al rey Jareb.
   Pero él no podrá sanarlos ni curarles la llaga.
5:14 Porque yo seré como león para Efraín y como león joven para la casa de Judá.
   Yo, yo desgarraré y me iré;
   me llevaré la presa, y no habrá quien la libre.
5:15 Me iré y volveré a mi lugar hasta que reconozcan su culpa y busquen mi rostro;
   en su angustia me buscarán con empeño».

Capítulo 6
Volver al SEÑOR y perseverar en su conocimiento
6:1 «Vengan, volvamos al SEÑOR, porque él nos ha desgarrado, pero nos sanará;
   nos ha herido, pero vendará nuestras heridas.
6:2 Nos dará vida después de dos días;
   al tercer día nos levantará, y viviremos en su presencia.
6:3 Conozcamos, esforcémonos por conocer al SEÑOR.
   Su salida es tan cierta como el amanecer;
   vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia tardía que riega la tierra».
La fidelidad que Dios busca en su pueblo

6:4 «¿Qué haré contigo, Efraín?
   ¿Qué haré contigo, Judá?
   Su amor es como la nube de la mañana, como el rocío que desaparece temprano.
6:5 Por eso los he despedazado por medio de los profetas, los he matado con las palabras de mi boca;
   los juicios sobre ti salen como la luz.
6:6 Porque misericordia deseo y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos.
6:7 Pero ellos, como Adán, quebrantaron el pacto;
   allí me fueron infieles.
6:8 Galaad es una ciudad de malhechores, marcada con huellas de sangre.
6:9 Como bandas de asaltantes que acechan a un hombre, una banda de sacerdotes asesina en el camino a Siquem;
   ciertamente han cometido infamia.
6:10 En la casa de Israel he visto algo horrible: allí está la prostitución de Efraín;
   Israel se ha contaminado.
6:11 También para ti, Judá, está fijada una cosecha, cuando yo restaure el bienestar de mi pueblo».

Capítulo 7
Iniquidad y rebelión de Israel
7:1 «Cuando yo sanaba a Israel, quedaron al descubierto la iniquidad de Efraín y las maldades de Samaria, porque practican el engaño: entra el ladrón y una banda saquea afuera.
7:2 No consideran en su corazón que recuerdo toda su maldad.
   Ahora sus obras los rodean;
   están ante mi rostro.
7:3 Con su maldad alegran al rey, y con sus mentiras a los príncipes.
7:4 Todos ellos son adúlteros, como un horno encendido por el panadero, que deja de avivar el fuego desde el amasado hasta que la masa fermenta.
7:5 En el día de nuestro rey, los príncipes se enfermaron con el ardor del vino;
   él tendió la mano a los burladores.
7:6 Han preparado su corazón como un horno mientras acechan;
   su panadero duerme toda la noche, y por la mañana arde como fuego llameante.
7:7 Todos arden como un horno y devoran a sus jueces.
   Todos sus reyes han caído;
   no hay entre ellos quien me invoque.
Efraín busca seguridad entre las naciones

7:8 Efraín se mezcla con los pueblos;
   Efraín se ha vuelto una torta que no se ha volteado.
7:9 Los extranjeros han devorado su fuerza, y él no lo sabe;
   también las canas se han extendido sobre él, y él no lo sabe.
7:10 La soberbia de Israel testifica en su contra;
   a pesar de todo esto, no han vuelto al SEÑOR su Dios ni lo han buscado.
7:11 Efraín se ha vuelto como una paloma incauta, sin entendimiento;
   llaman a Egipto, acuden a Asiria.
7:12 Cuando vayan, extenderé mi red sobre ellos;
   los haré bajar como a las aves del cielo.
   Los disciplinaré conforme a lo anunciado a su congregación.

7:13 ¡Ay de ellos, porque se han alejado de mí!
   ¡Destrucción sobre ellos, porque se han rebelado contra mí!
   Yo los redimiría, pero ellos han hablado mentiras contra mí.
7:14 No han clamado a mí de corazón, sino que gimen sobre sus lechos;
   se reúnen por el grano y el vino nuevo, y se apartan de mí.
7:15 Yo los adiestré y fortalecí sus brazos, pero ellos traman el mal contra mí.
7:16 Se vuelven, pero no hacia lo alto;
   son como un arco defectuoso.
   Sus príncipes caerán a espada por la insolencia de su lengua;
   por esto serán objeto de burla en la tierra de Egipto».

Capítulo 8
Reprensión de la idolatría de Israel
8:1 «¡El cuerno a tus labios!
   Como un águila se abalanza contra la casa del SEÑOR, porque han quebrantado mi pacto y se han rebelado contra mi ley.
8:2 Los de Israel claman a mí: “¡Dios mío, te conocemos!”.
8:3 Israel ha rechazado el bien;
   un enemigo lo perseguirá.
8:4 Ellos han puesto reyes, pero sin proceder de mí;
   han nombrado príncipes, pero sin que yo lo supiera.
   Con su plata y su oro se han hecho ídolos, para su propia destrucción.
8:5 Él ha rechazado tu becerro, Samaria;
   mi ira arde contra ellos.
   ¿Hasta cuándo serán incapaces de ser inocentes?
8:6 Porque también este procede de Israel: lo hizo un artesano, y no es Dios.
   El becerro de Samaria será hecho pedazos.
8:7 Porque siembran viento y cosecharán torbellino.
   No tendrá mies;
   el brote no producirá harina, y si llegara a producirla, los extranjeros la devorarían.
8:8 Israel ha sido devorado;
   ahora están entre las naciones como una vasija que nadie quiere.
8:9 Porque ellos han subido a Asiria, como un asno montés solitario;
   Efraín ha contratado amantes.
8:10 Aunque contraten amantes entre las naciones, ahora los reuniré, y comenzarán a menguar bajo la carga del rey de príncipes.
8:11 Porque Efraín ha multiplicado altares para pecar;
   en altares para pecar se le han convertido.
8:12 Le escribo las numerosas enseñanzas de mi ley, pero son consideradas algo extraño.
8:13 En cuanto a mis ofrendas de sacrificio, sacrifican carne y se la comen, pero el SEÑOR no se complace en ellos.
   Ahora recordará su iniquidad y castigará sus pecados;
   ellos volverán a Egipto.
8:14 Israel olvidó a su Hacedor y edificó palacios;
   Judá multiplicó sus ciudades fortificadas.
   Pero enviaré fuego a sus ciudades, y consumirá sus fortalezas».

Capítulo 9
Castigo de la persistente infidelidad de Israel
9:1 No te alegres, Israel, con júbilo como los pueblos, porque te has prostituido, apartándote de tu Dios;
   has amado el salario de prostituta en todas las eras de grano.
9:2 La era y el lagar no los alimentarán, y el vino nuevo le fallará.
9:3 No permanecerán en la tierra del SEÑOR;
   Efraín volverá a Egipto, y en Asiria comerán alimentos impuros.
9:4 No derramarán vino como ofrenda al SEÑOR ni le serán gratos sus sacrificios.
   Les serán como pan de enlutados: todos los que lo coman se contaminarán.
   Su pan será solo para ellos;
   no entrará en la casa del SEÑOR.
9:5 ¿Qué harán en el día de la celebración señalada y en el día de la fiesta del SEÑOR?
9:6 Miren, se han ido a causa de la destrucción;
   Egipto los recogerá, Menfis los sepultará.
   Las ortigas se apoderarán de sus tesoros de plata, y los espinos crecerán en sus tiendas.
9:7 Han llegado los días del castigo, han llegado los días de la retribución;
   Israel lo sabrá.
   El profeta es un necio, el hombre inspirado es un loco, por la magnitud de tu iniquidad y la abundancia de hostilidad.
9:8 El profeta es centinela de Efraín junto a mi Dios;
   en todos sus caminos hay una trampa de cazador, y hostilidad en la casa de su Dios.
9:9 Se han corrompido profundamente, como en los días de Gabaa;
   él recordará su iniquidad y castigará sus pecados.
La fecundidad perdida por la infidelidad

9:10 «Como uvas en el desierto encontré a Israel;
   como el primer higo de una higuera en su primera cosecha vi a sus padres.
   Pero ellos fueron a Baal-peor, se consagraron a la vergüenza y se volvieron abominables como aquello que amaban.
9:11 Efraín: su gloria volará como un ave;
   no habrá nacimiento, ni embarazo, ni concepción.
9:12 Aunque críen a sus hijos, se los quitaré hasta que no quede hombre alguno.
   ¡Ay de ellos también cuando me aparte de ellos!
9:13 Efraín, según lo he visto, está como Tiro, plantado en una pradera;
   pero Efraín sacará a sus hijos hacia el verdugo».
9:14 Dales, SEÑOR;
   ¿qué les darás?
   Dales un vientre que aborte y pechos secos.
9:15 «Toda su maldad está en Gilgal;
   allí los aborrecí.
   Por la maldad de sus obras los expulsaré de mi casa;
   no los amaré más.
   Todos sus príncipes son rebeldes.
9:16 Efraín ha sido herido;
   su raíz se ha secado, no producirán fruto.
   Aunque den a luz, mataré a los hijos amados de su vientre».

9:17 Mi Dios los rechazará porque no lo han escuchado, y andarán errantes entre las naciones.

Capítulo 10
La prosperidad desviada hacia la idolatría
10:1 Israel es una vid frondosa que produce fruto para sí.
   Cuanto más abundaba su fruto, más multiplicaba los altares;
   cuanto más prosperaba su tierra, más hermosas hacían sus piedras sagradas.
10:2 Su corazón está dividido;
   ahora cargarán con su culpa.
   Él derribará sus altares y destruirá sus piedras sagradas.
10:3 Ahora dirán: «No tenemos rey porque no hemos temido al SEÑOR;
   y el rey, ¿qué podría hacer por nosotros?».
10:4 Hablan palabras, juran en falso y hacen pactos;
   el juicio brota como hierba venenosa en los surcos del campo.
10:5 Por las becerras de Bet-avén tiemblan los habitantes de Samaria, pues su pueblo hará duelo por él;
   y sus sacerdotes idólatras, que se regocijaban por él, harán duelo por su gloria, porque ha partido de él.
10:6 También él será llevado a Asiria como tributo al rey Jareb.
   Efraín recibirá vergüenza, e Israel se avergonzará de su consejo.
10:7 El rey de Samaria desaparecerá como una astilla sobre la superficie del agua.
10:8 Serán destruidos los lugares altos de Avén, el pecado de Israel.
   Espinos y cardos crecerán sobre sus altares.
   Dirán a los montes: «¡Cúbrannos!», y a las colinas: «¡Caigan sobre nosotros!».

10:9 «Desde los días de Gabaa has pecado, Israel;
   allí se han quedado.
   ¿No los alcanzará en Gabaa la guerra contra los hijos de la iniquidad?
10:10 Cuando yo lo desee, los disciplinaré;
   los pueblos se reunirán contra ellos cuando sean atados por sus dos iniquidades.
El llamado a buscar al SEÑOR y sembrar justicia

10:11 Efraín es una novilla adiestrada a la que le gusta trillar, pero yo pasaré un yugo sobre su hermoso cuello.
   Unciré a Efraín;
   Judá arará y Jacob rastrillará para él.
10:12 Siembren para ustedes en justicia, cosechen conforme a la misericordia;
   abran para ustedes tierra sin labrar.
   Es tiempo de buscar al SEÑOR hasta que venga y haga llover justicia sobre ustedes.
10:13 Ustedes han arado maldad, han cosechado injusticia y han comido fruto de mentira, porque tú has confiado en tu camino, en la multitud de tus guerreros.
10:14 Se levantará un tumulto entre tu pueblo, y todas tus fortalezas serán devastadas, como Salmán devastó Bet-arbel en el día de la batalla, cuando la madre fue despedazada junto con sus hijos.
10:15 Así les hará Betel a causa de su enorme maldad;
   al amanecer será destruido por completo el rey de Israel».

Capítulo 11
Dios se compadece de su pueblo obstinado
11:1 «Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo.
11:2 Cuanto más los llamaban, más se alejaban de ellos;
   sacrificaban a los baales y quemaban incienso a las imágenes talladas.
11:3 Yo enseñé a Efraín a andar, tomándolos por los brazos, pero no sabían que yo los sanaba.
11:4 Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor;
   fui para ellos como quienes levantan el yugo de sobre sus quijadas.
   Me incliné hacia él y le di de comer.
11:5 No volverá a la tierra de Egipto, sino que Asiria será su rey, porque se negaron a volver.
11:6 La espada girará contra sus ciudades, acabará con sus cerrojos y los devorará a causa de sus planes.
11:7 Mi pueblo está aferrado a apartarse de mí;
   aunque lo llaman a volver al Altísimo, nadie lo enaltece.
La compasión del SEÑOR abre un futuro

11:8 ¿Cómo podré entregarte, Efraín?
   ¿Abandonarte, Israel?
   ¿Cómo podré hacerte como Adma, ponerte como Zeboim?
   Mi corazón se conmueve dentro de mí;
   toda mi compasión se enciende.
11:9 No ejecutaré el ardor de mi ira, no volveré a destruir a Efraín, porque yo soy Dios y no hombre, el Santo en medio de ti;
   no entraré en la ciudad.
11:10 Caminarán tras el SEÑOR;
   él rugirá como león.
   Cuando él ruja, los hijos vendrán temblando desde el occidente.
11:11 Vendrán temblando como un pájaro desde Egipto y como una paloma desde la tierra de Asiria;
   los haré habitar en sus casas», declara el SEÑOR.
La infidelidad del pueblo y la memoria de Jacob

11:12 «Efraín me ha rodeado de mentira, y la casa de Israel de engaño;
   Judá todavía es indócil ante Dios, ante el Santo fiel».

Capítulo 12
Efraín reprendido por su falsedad y opresión
12:1 Efraín se alimenta de viento y persigue al viento del este;
   todo el día multiplica la mentira y la violencia.
   Hacen un pacto con Asiria, y el aceite es llevado a Egipto.
12:2 El SEÑOR tiene una querella contra Judá y castigará a Jacob conforme a sus caminos;
   le retribuirá conforme a sus obras.
12:3 En el vientre tomó a su hermano por el talón, y en su vigor luchó con Dios.
12:4 Luchó con el ángel y prevaleció;
   lloró y le suplicó.
   Lo encontró en Betel, y allí habló con nosotros.
12:5 El SEÑOR es el Dios de los ejércitos;
   el SEÑOR es su nombre.
12:6 Tú, pues, vuelve a tu Dios;
   guarda misericordia y justicia, y espera siempre en tu Dios.
La riqueza no encubre el engaño

12:7 El mercader tiene balanzas engañosas en la mano y ama la opresión.
12:8 Efraín dice: «Ciertamente me he enriquecido;
   he adquirido riqueza para mí.
   En todos mis trabajos no me hallarán culpa que sea pecado».
12:9 «Pero yo soy el SEÑOR tu Dios desde la tierra de Egipto;
   de nuevo te haré vivir en tiendas, como en los días de la fiesta señalada.
12:10 He hablado a los profetas;
   yo he multiplicado las visiones, y por medio de los profetas he usado parábolas».
12:11 Si en Galaad hay iniquidad, ciertamente no son más que vanidad.
   En Gilgal sacrifican toros;
   también sus altares son como montones de piedras en los surcos del campo.
La dependencia de Jacob y el cuidado del éxodo

12:12 Jacob huyó al campo de Aram;
   Israel sirvió por una mujer, y por una mujer cuidó rebaños.
12:13 Por un profeta el SEÑOR hizo subir a Israel de Egipto, y por un profeta fue protegido.
12:14 Efraín ha irritado amargamente;
   su Señor dejará sobre él su culpa de sangre y le devolverá su oprobio.

Capítulo 13
El juicio sobre Efraín y sus falsas seguridades
13:1 Cuando Efraín hablaba, había temblor;
   él se había exaltado en Israel.
   Pero se hizo culpable por Baal y murió.
13:2 Ahora siguen pecando: con su plata se han hecho una imagen fundida, ídolos según su ingenio, todos obra de artesanos.
   De ellos dicen: «Que los hombres que sacrifican besen los becerros».
13:3 Por eso serán como la nube de la mañana, como el rocío que desaparece temprano, como la paja que el torbellino se lleva de la era y como el humo que sale por una abertura.
El único Salvador frente al olvido de Israel

13:4 «Pero yo soy el SEÑOR tu Dios desde la tierra de Egipto.
   No reconocerás otro dios fuera de mí, y no hay salvador aparte de mí.
13:5 Yo te conocí en el desierto, en tierra de sequedad.
13:6 Con sus pastos se saciaron;
   se saciaron y su corazón se enalteció;
   por eso me olvidaron.
13:7 Fui para ellos como un león;
   como un leopardo acecharé junto al camino.
13:8 Les saldré al encuentro como una osa privada de sus cachorros y les desgarraré el pecho;
   allí los devoraré como una leona.
   Una fiera del campo los despedazará.
13:9 Tu destrucción, Israel, viene de estar contra mí, contra tu ayuda.
La impotencia del rey y la llegada del juicio

13:10 ¿Dónde está ahora tu rey para que te salve en todas tus ciudades?
   ¿Y tus jueces, de quienes dijiste: “Dame un rey y príncipes”?
13:11 Te di un rey en mi ira y te lo quité en mi furor.

13:12 La iniquidad de Efraín está atada;
   su pecado está guardado.
13:13 Le vendrán dolores de parto;
   es un hijo sin sabiduría, porque, llegado el momento, no se presenta en la abertura por donde nacen los hijos.
13:14 ¿Los rescataré del poder del Seol?
   ¿Los redimiré de la muerte?
   ¿Dónde están tus plagas, muerte?
   ¿Dónde está tu destrucción, Seol?
   La compasión quedará oculta a mis ojos.
13:15 Aunque él fructifique entre sus hermanos, vendrá el viento del este, viento del SEÑOR que sube del desierto;
   su manantial se secará y su fuente se agotará.
   Él saqueará el tesoro de todo objeto precioso.
13:16 Samaria cargará con su culpa porque se rebeló contra su Dios.
   Caerán a espada;
   sus pequeños serán estrellados y sus embarazadas serán abiertas».

Capítulo 14
Súplica a Israel para que vuelva al SEÑOR
14:1 Vuelve, Israel, al SEÑOR tu Dios, porque has tropezado por tu iniquidad.
14:2 Lleven con ustedes palabras y vuelvan al SEÑOR.
   Díganle: «Quita toda iniquidad y acepta el bien;
   te ofreceremos las palabras de nuestros labios en lugar de toros.
14:3 Asiria no nos salvará, no montaremos a caballo, ni volveremos a decir: “Dios nuestro” a la obra de nuestras manos, porque en ti el huérfano encuentra misericordia».
El SEÑOR promete sanar y dar vida a Israel

14:4 «Sanaré su apostasía y los amaré libremente, porque mi ira se ha apartado de él.
14:5 Seré como rocío para Israel;
   florecerá como el lirio y extenderá sus raíces como el Líbano.
14:6 Sus brotes se extenderán;
   su esplendor será como el del olivo, y su fragancia, como la del Líbano.
14:7 Volverán los que habitaban a su sombra;
   harán brotar de nuevo el grano y florecerán como la vid.
   Su renombre será como el del vino del Líbano.

14:8 Efraín, ¿qué tengo ya que ver con los ídolos?
   Yo respondo y cuido de él;
   yo soy como un ciprés frondoso.
   De mí procede tu fruto».
La sabiduría que escucha y camina

14:9 ¿Quién es sabio para entender estas cosas y prudente para conocerlas?
   Porque los caminos del SEÑOR son rectos: los justos caminarán por ellos, pero los rebeldes tropezarán en ellos.

JOEL

Capítulo 1
Devastación de la tierra por la langosta
1:1 Palabra del SEÑOR que vino a Joel, hijo de Petuel.
1:2 Escuchen esto, ancianos;
   presten atención, todos los habitantes de la tierra.
   ¿Ha ocurrido algo así en los días de ustedes o en los días de sus padres?
1:3 Cuéntenlo a sus hijos, y sus hijos a sus hijos, y los hijos de estos a la siguiente generación.
1:4 Lo que dejó la oruga lo comió la langosta;
   lo que dejó la langosta lo comió el saltón, y lo que dejó el saltón lo comió la langosta devoradora.
1:5 ¡Despierten, borrachos, y lloren!
   ¡Giman, todos los que beben vino, por el vino dulce, porque se lo han quitado de la boca!
1:6 Porque una nación ha subido contra mi tierra, poderosa e innumerable;
   sus dientes son dientes de león y tiene colmillos de leona.
1:7 Ha devastado mi vid y hecho astillas mi higuera;
   la ha despojado por completo de su corteza y la ha arrojado.
   Sus ramas han quedado blancas.
1:8 Laméntate como una virgen ceñida de cilicio por el esposo de su juventud.
1:9 Han cesado la ofrenda de cereal y la libación en la casa del SEÑOR;
   están de duelo los sacerdotes, los ministros del SEÑOR.
1:10 El campo ha sido devastado, la tierra está de duelo, porque el grano ha sido destruido, el vino nuevo se ha secado y el aceite se ha perdido.
1:11 ¡Avergüéncense, labradores!
   ¡Giman, viñadores, por el trigo y la cebada, porque se ha perdido la cosecha del campo!
1:12 La vid se ha secado, la higuera se ha marchitado;
   también el granado, la palmera y el manzano, todos los árboles del campo, se han secado.
   Se ha secado la alegría entre los hijos de los hombres.
Ayuno y clamor ante la devastación

1:13 Cíñanse de cilicio y hagan duelo, sacerdotes;
   giman, ministros del altar.
   Vengan, pasen la noche vestidos de cilicio, ministros de mi Dios, porque han faltado de la casa de su Dios la ofrenda de cereal y la libación.
1:14 Consagren un ayuno, convoquen una asamblea;
   reúnan a los ancianos, a todos los habitantes de la tierra, en la casa del SEÑOR su Dios, y clamen al SEÑOR.
1:15 ¡Ay de ese día!
   Porque está cerca el día del SEÑOR y vendrá como destrucción de parte del Todopoderoso.
1:16 ¿No ha sido quitado el alimento ante nuestros ojos, y la alegría y el júbilo de la casa de nuestro Dios?
1:17 Las semillas se han secado bajo sus terrones;
   los almacenes han sido devastados, los graneros han sido derribados, porque el grano se ha secado.
1:18 ¡Cómo gime el ganado!
   Las manadas de vacas vagan desorientadas porque no tienen pastos;
   también los rebaños de ovejas sufren.
1:19 A ti clamo, SEÑOR, porque el fuego ha consumido los pastos del desierto y la llama ha abrasado todos los árboles del campo.
1:20 También las bestias del campo braman por ti, porque se han secado los cauces de agua y el fuego ha consumido los pastos del desierto.

Capítulo 2
La llegada del día del SEÑOR
2:1 Toquen el cuerno en Sión y den la alarma en mi monte santo.
   Tiemblen todos los habitantes de la tierra, porque viene el día del SEÑOR, porque está cerca.
2:2 Día de oscuridad y tinieblas, día de nubes y densa negrura.
   Como el amanecer extendido sobre los montes, un pueblo numeroso y poderoso;
   nunca ha habido otro como él, ni después de él lo habrá por los años de generación en generación.
2:3 Delante de él devora el fuego y detrás de él abrasa la llama.
   Delante de él la tierra es como el jardín del Edén;
   detrás de él, un desierto desolado.
   Nada escapa de él.
2:4 Su aspecto es como el aspecto de caballos, y como jinetes corren.
2:5 Con estruendo como de carros saltan sobre las cumbres de los montes, con crepitar como de llama de fuego que consume rastrojo, como un pueblo poderoso preparado para la batalla.
2:6 Ante él se angustian los pueblos y todos los rostros palidecen.
2:7 Corren como guerreros, escalan la muralla como hombres de guerra;
   cada uno marcha por su camino y no se desvían de sus sendas.
2:8 No se empujan unos a otros;
   cada uno marcha por su calzada.
   Irrumpen entre las armas sin romper filas.
2:9 Se lanzan contra la ciudad, corren por la muralla, suben a las casas y entran por las ventanas como un ladrón.
2:10 Ante él tiembla la tierra y se estremecen los cielos;
   el sol y la luna se oscurecen, y las estrellas retiran su resplandor.
2:11 El SEÑOR da su voz delante de su ejército, porque su campamento es muy grande y poderoso es el que cumple su palabra.
   Grande y muy terrible es el día del SEÑOR;
   ¿quién podrá soportarlo?
La misericordia del SEÑOR

2:12 «Aun ahora —declara el SEÑOR—, vuelvan a mí con todo su corazón, con ayuno, llanto y lamento.
2:13 Rasguen su corazón y no sus vestidos».
   Vuelvan al SEÑOR su Dios, porque él es bondadoso y compasivo, lento para la ira y abundante en misericordia, y desiste del castigo.
2:14 ¿Quién sabe si volverá y desistirá, y dejará tras de sí una bendición, ofrenda de cereal y libación para el SEÑOR su Dios?

2:15 Toquen el cuerno en Sión, consagren un ayuno, convoquen una asamblea.
2:16 Reúnan al pueblo, santifiquen la congregación, junten a los ancianos, reúnan a los pequeños y a los niños de pecho.
   Salga el novio de su habitación y la novia de su alcoba.
2:17 Entre el pórtico y el altar lloren los sacerdotes, los ministros del SEÑOR, y digan: «Ten piedad de tu pueblo, SEÑOR;
   no entregues tu heredad al oprobio, para que las naciones la dominen.
   ¿Por qué han de decir entre los pueblos: “¿Dónde está su Dios?”?».
El SEÑOR restaura la tierra y a su pueblo

2:18 Entonces el SEÑOR tendrá celo por su tierra y se compadecerá de su pueblo.
2:19 El SEÑOR responderá y dirá a su pueblo: «Miren, yo les envío el grano, el vino nuevo y el aceite, y se saciarán de ello.
   No volveré a entregarlos al oprobio entre las naciones.
2:20 Alejaré de ustedes al ejército del norte y lo arrojaré a una tierra árida y desolada, su vanguardia hacia el mar oriental y su retaguardia hacia el mar occidental.
   Subirá su hedor y subirá su fetidez, porque ha hecho grandes cosas».
2:21 No temas, tierra;
   regocíjate y alégrate, porque el SEÑOR ha hecho grandes cosas.
2:22 No teman, bestias del campo, porque los pastos del desierto han reverdecido, porque el árbol ha dado su fruto;
   la higuera y la vid han dado su abundancia.
2:23 Hijos de Sión, regocíjense y alégrense en el SEÑOR su Dios, porque les ha dado en justicia la lluvia temprana y ha hecho descender para ustedes lluvia, la lluvia temprana y la tardía, como al principio.
2:24 Las eras se llenarán de grano y los lagares rebosarán de vino nuevo y aceite.
2:25 «Les restituiré los años que devoraron la langosta, el saltón, la langosta devoradora y la oruga, mi gran ejército que envié contra ustedes.
2:26 Comerán en abundancia y se saciarán, y alabarán el nombre del SEÑOR su Dios, que ha obrado maravillas con ustedes.
   Mi pueblo nunca jamás será avergonzado.
2:27 Sabrán que yo estoy en medio de Israel y que yo soy el SEÑOR su Dios, y no hay otro.
   Mi pueblo nunca jamás será avergonzado.
Derramamiento del Espíritu de Dios
Hechos 2:16–21

2:28 Después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne;
   sus hijos y sus hijas profetizarán, sus ancianos soñarán sueños y sus jóvenes verán visiones.
2:29 También sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días.
2:30 Haré prodigios en los cielos y en la tierra: sangre, fuego y columnas de humo.
2:31 El sol se convertirá en oscuridad y la luna en sangre, antes de que venga el día del SEÑOR, grande y terrible.
2:32 Todo el que invoque el nombre del SEÑOR será salvo, porque en el monte Sión y en Jerusalén habrá liberación, como ha dicho el SEÑOR, y entre los sobrevivientes estarán los que el SEÑOR llame».

Capítulo 3
Juicio del SEÑOR sobre las naciones
3:1 «Miren, en aquellos días y en aquel tiempo, cuando restaure el bienestar de Judá y de Jerusalén,
3:2 reuniré a todas las naciones y las haré bajar al valle de Josafat.
   Allí entraré en juicio con ellas por mi pueblo y mi heredad, Israel, al que dispersaron entre las naciones;
   también se repartieron mi tierra.
3:3 Echaron suertes sobre mi pueblo, entregaron un niño por una prostituta y vendieron una niña por vino, y bebieron.
3:4 ¿Qué tienen ustedes contra mí, Tiro y Sidón y todas las regiones de Filistea?
   ¿Me están dando una retribución?
   Y si me la dan, pronto, muy pronto haré recaer su retribución sobre su cabeza.
3:5 Porque tomaron mi plata y mi oro, y llevaron mis valiosos tesoros a sus templos.
3:6 Vendieron a los hijos de Judá y a los hijos de Jerusalén a los hijos de los griegos para alejarlos de su territorio.
3:7 Miren, yo los levantaré del lugar donde los vendieron y haré recaer su retribución sobre su cabeza.
3:8 Venderé a sus hijos y a sus hijas en manos de los hijos de Judá, y ellos los venderán a los sabeos, a una nación lejana, porque el SEÑOR ha hablado».
Las naciones comparecen ante el Juez

3:9 Proclamen esto entre las naciones: consagren la guerra, despierten a los guerreros;
   acérquense y suban todos los hombres de guerra.
3:10 Forjen sus rejas de arado en espadas y sus podaderas en lanzas.
   Que el débil diga: «Soy fuerte».
3:11 Apresúrense y vengan, todas las naciones de alrededor, y reúnanse.
   Allí haz bajar, SEÑOR, a tus guerreros.
3:12 «Despiértense las naciones y suban al valle de Josafat, porque allí me sentaré para juzgar a todas las naciones de alrededor.
3:13 Metan la hoz, porque la cosecha está madura;
   vengan, pisen, porque el lagar está lleno.
   Las cubas rebosan, porque grande es su maldad».
3:14 ¡Multitudes, multitudes en el valle de la decisión!
   Porque está cerca el día del SEÑOR en el valle de la decisión.
3:15 El sol y la luna se oscurecen, y las estrellas retiran su resplandor.
Liberación de Judá

3:16 El SEÑOR rugirá desde Sión y dará su voz desde Jerusalén;
   los cielos y la tierra se estremecerán.
   Pero el SEÑOR será refugio para su pueblo y fortaleza para los hijos de Israel.
3:17 «Sabrán que yo soy el SEÑOR su Dios, que habito en Sión, mi monte santo.
   Jerusalén será santa, y los extranjeros no volverán a pasar por ella.

3:18 En aquel día los montes destilarán vino dulce, las colinas fluirán leche y por todos los cauces de Judá correrá agua.
   Un manantial saldrá de la casa del SEÑOR y regará el valle de Sitim.
3:19 Egipto quedará desolado y Edom se volverá un desierto desolado, por la violencia contra los hijos de Judá, porque derramaron sangre inocente en su tierra.
3:20 Pero Judá será habitada para siempre, y Jerusalén de generación en generación.
3:21 Limpiaré su sangre, que no había limpiado;
   y el SEÑOR habita en Sión».

AMÓS

Capítulo 1
Amós y el anuncio del juicio
1:1 Palabras de Amós, que era uno de los pastores de Tecoa, sobre lo que vio acerca de Israel en los días de Uzías, rey de Judá, y en los días de Jeroboam, hijo de Joás, rey de Israel, dos años antes del terremoto.
1:2 Dijo:
 «El SEÑOR rugirá desde Sión y dará su voz desde Jerusalén;
   los pastos de los pastores estarán de duelo y se secará la cumbre del Carmelo».
Juicio contra Damasco

1:3 Así dice el SEÑOR: «Por tres transgresiones de Damasco y por cuatro, no revocaré su castigo, porque trillaron a Galaad con trillos de hierro.
1:4 Enviaré fuego a la casa de Hazael, y consumirá los palacios de Ben-adad.
1:5 Romperé el cerrojo de Damasco y exterminaré al habitante del valle de Avén y al que empuña el cetro en Bet-edén;
   el pueblo de Aram irá al destierro a Kir», dice el SEÑOR.
Juicio contra las ciudades filisteas

1:6 Así dice el SEÑOR: «Por tres transgresiones de Gaza y por cuatro, no revocaré su castigo, porque deportaron a una población entera para entregarla a Edom.
1:7 Enviaré fuego a la muralla de Gaza, y consumirá sus palacios.
1:8 Exterminaré al habitante de Asdod y al que empuña el cetro en Ascalón;
   volveré mi mano contra Ecrón, y el resto de los filisteos perecerá», dice el Señor DIOS.
Juicio contra Tiro

1:9 Así dice el SEÑOR: «Por tres transgresiones de Tiro y por cuatro, no revocaré su castigo, porque entregaron una población entera cautiva a Edom y no recordaron el pacto de hermanos.
1:10 Enviaré fuego a la muralla de Tiro, y consumirá sus palacios».
Juicio contra Edom

1:11 Así dice el SEÑOR: «Por tres transgresiones de Edom y por cuatro, no revocaré su castigo, porque persiguió con espada a su hermano y suprimió su compasión;
   su ira desgarraba sin cesar y su furor se mantuvo para siempre.
1:12 Enviaré fuego a Temán, y consumirá los palacios de Bosra».
Juicio contra Amón

1:13 Así dice el SEÑOR: «Por tres transgresiones de los hijos de Amón y por cuatro, no revocaré su castigo, porque abrieron a las mujeres embarazadas de Galaad para ensanchar su territorio.
1:14 Encenderé fuego en la muralla de Rabá, y consumirá sus palacios, en medio de gritos de guerra en el día de la batalla, en medio de una tempestad en el día de la tormenta.
1:15 Su rey irá al destierro, él y sus príncipes juntos», dice el SEÑOR.

Capítulo 2
Juicio contra Moab
2:1 Así dice el SEÑOR: «Por tres transgresiones de Moab y por cuatro, no revocaré su castigo, porque quemó los huesos del rey de Edom hasta convertirlos en cal.
2:2 Enviaré fuego a Moab, y consumirá los palacios de Queriot;
   Moab morirá entre el tumulto, los gritos de guerra y el sonido del cuerno.
2:3 Exterminaré al juez de su medio y mataré con él a todos sus príncipes», dice el SEÑOR.
Juicio contra Judá

2:4 Así dice el SEÑOR: «Por tres transgresiones de Judá y por cuatro, no revocaré su castigo, porque rechazaron la ley del SEÑOR y no guardaron sus estatutos;
   sus mentiras los extraviaron, las mismas que siguieron sus padres.
2:5 Enviaré fuego a Judá, y consumirá los palacios de Jerusalén».
Juicio contra Israel

2:6 Así dice el SEÑOR: «Por tres transgresiones de Israel y por cuatro, no revocaré su castigo, porque venden al justo por dinero y al necesitado por un par de sandalias.
2:7 Pisotean en el polvo de la tierra la cabeza de los débiles y tuercen el camino de los humildes;
   un hombre y su padre van a la misma joven para profanar mi santo nombre.
2:8 Se tienden sobre prendas tomadas en garantía junto a todo altar y beben el vino de los multados en la casa de su Dios.
2:9 Yo destruí delante de ellos al amorreo, cuya altura era como la altura de los cedros y que era fuerte como los robles;
   destruí su fruto arriba y sus raíces abajo.
2:10 Yo los hice subir de la tierra de Egipto y los conduje por el desierto cuarenta años, para que tomaran posesión de la tierra del amorreo.
2:11 Levanté profetas de entre sus hijos y nazareos de entre sus jóvenes.
   ¿No es así, hijos de Israel?
   —declara el SEÑOR—.
2:12 Pero ustedes dieron de beber vino a los nazareos y ordenaron a los profetas: “No profeticen”.
El juicio hará inútil la fuerza de Israel

2:13 Miren, yo los aplastaré donde están, como aplasta una carreta llena de gavillas.
2:14 El veloz no tendrá escape, el fuerte no podrá hacer valer su fuerza y el guerrero no salvará su vida.
2:15 El que empuña el arco no resistirá, el ligero de pies no escapará y el que monta a caballo no salvará su vida.
2:16 Hasta el de corazón valiente entre los guerreros huirá desnudo aquel día», declara el SEÑOR.

Capítulo 3
El rugido del león
3:1 Escuchen esta palabra que el SEÑOR ha pronunciado contra ustedes, hijos de Israel, contra toda la familia que hice subir de la tierra de Egipto, diciendo:
3:2 «Solo a ustedes he conocido de entre todas las familias de la tierra;
   por eso los castigaré por todas sus iniquidades».
3:3 ¿Caminan dos juntos si no se han puesto de acuerdo?
3:4 ¿Ruge un león en el bosque sin tener presa?
   ¿Da su voz un león joven desde su guarida si no ha capturado algo?
3:5 ¿Cae un ave en una trampa en la tierra si no hay cebo para ella?
   ¿Se levanta una trampa del suelo sin haber atrapado nada?
3:6 Si se toca el cuerno en una ciudad, ¿no temblará el pueblo?
   Si sucede una desgracia en una ciudad, ¿no la ha causado el SEÑOR?
3:7 Porque el Señor DIOS no hace nada sin revelar su secreto a sus siervos los profetas.
3:8 Un león ha rugido;
   ¿quién no temerá?
   El Señor DIOS ha hablado;
   ¿quién no profetizará?
Destrucción de Samaria

3:9 Proclamen en los palacios de Asdod y en los palacios de la tierra de Egipto, y digan: «Reúnanse en los montes de Samaria y vean los grandes tumultos dentro de ella y las opresiones en medio de ella».
3:10 «No saben hacer lo recto —declara el SEÑOR— los que acumulan violencia y despojo en sus palacios».

3:11 Por eso, así dice el Señor DIOS: «Un enemigo rodeará la tierra, derribará tu poder y serán saqueados tus palacios».
3:12 Así dice el SEÑOR: «Como un pastor rescata de la boca del león dos patas o un trozo de oreja, así serán rescatados los hijos de Israel que se sientan en Samaria, en el rincón de una cama, y en Damasco, en un diván.
Juicio contra los altares y los palacios

3:13 Escuchen y testifiquen contra la casa de Jacob —declara el Señor DIOS, Dios de los ejércitos—.
3:14 Porque el día que castigue a Israel por sus transgresiones, castigaré también los altares de Betel;
   los cuernos del altar serán cortados y caerán a tierra.
3:15 Derribaré la casa de invierno junto con la casa de verano;
   perecerán las casas de marfil y muchas casas desaparecerán», declara el SEÑOR.

Capítulo 4
La opresión detrás del lujo de Samaria
4:1 Escuchen esta palabra, vacas de Basán que están en el monte de Samaria, que oprimen a los débiles y aplastan a los necesitados, que dicen a sus señores: «Trae, y bebamos».
4:2 El Señor DIOS ha jurado por su santidad: «Miren, vienen días sobre ustedes en que las llevarán con garfios, y hasta a la última de ustedes con anzuelos de pesca.
4:3 Saldrán por las brechas, cada una derecho hacia delante, y se arrojarán hacia Harmón», declara el SEÑOR.
El culto abundante que no produce retorno a Dios

4:4 «Vayan a Betel y transgredan;
   multipliquen las transgresiones en Gilgal.
   Traigan sus sacrificios cada mañana y sus diezmos cada tres días.
4:5 Quemen pan con levadura como ofrenda de gratitud;
   proclamen ofrendas voluntarias, denlas a conocer, porque eso es lo que aman, hijos de Israel —declara el Señor DIOS—.
Las advertencias que Israel no atendió

4:6 Yo también los dejé a diente limpio en todas sus ciudades y sin pan en todos sus lugares;
   pero no volvieron a mí —declara el SEÑOR—.
4:7 Yo también les retuve la lluvia cuando aún faltaban tres meses para la cosecha.
   Hice llover sobre una ciudad y sobre otra ciudad no hice llover;
   una parcela recibía lluvia, y la parcela sobre la que no llovía se secaba.
4:8 De dos o tres ciudades iban tambaleándose a una ciudad para beber agua y no se saciaban;
   pero no volvieron a mí —declara el SEÑOR—.
4:9 Los herí con tizón y con añublo;
   la oruga devoró sus muchos huertos y viñedos, sus higueras y sus olivos;
   pero no volvieron a mí —declara el SEÑOR—.

4:10 Envié entre ustedes una peste como la de Egipto;
   maté a espada a sus jóvenes mientras sus caballos eran llevados cautivos, e hice subir el hedor de sus campamentos hasta sus narices;
   pero no volvieron a mí —declara el SEÑOR—.
4:11 Causé destrucción entre ustedes como Dios destruyó a Sodoma y a Gomorra, y fueron como un tizón rescatado del incendio;
   pero no volvieron a mí —declara el SEÑOR—.
El encuentro con el Dios soberano

4:12 Por eso, así haré contigo, Israel;
   y porque esto haré contigo, prepárate para encontrarte con tu Dios, Israel».
4:13 Porque, miren, el que forma los montes y crea el viento, el que declara al hombre cuál es su pensamiento, el que convierte el amanecer en oscuridad y camina sobre las alturas de la tierra: El SEÑOR, Dios de los ejércitos, es su nombre.

Capítulo 5
Llamamiento al arrepentimiento
5:1 Escuchen esta palabra que levanto como lamento sobre ustedes, casa de Israel:
5:2 «Ha caído, no volverá a levantarse la virgen de Israel;
   yace abandonada en su tierra, no hay quien la levante».
5:3 Porque así dice el Señor DIOS: «La ciudad que salga con mil quedará con cien, y la que salga con cien quedará con diez, para la casa de Israel».
Buscar al SEÑOR para vivir

5:4 Porque así dice el SEÑOR a la casa de Israel: «Búsquenme y vivan.
5:5 No busquen a Betel, no entren en Gilgal ni pasen a Beerseba, porque Gilgal irá sin falta al destierro y Betel será reducida a nada».
5:6 Busquen al SEÑOR y vivan, no sea que se lance como fuego contra la casa de José y la devore, sin que haya quien lo apague en Betel.
5:7 Ellos convierten el juicio en ajenjo y echan por tierra la justicia.
El Creador derriba las falsas seguridades

5:8 El que hizo las Pléyades y Orión, el que transforma las densas tinieblas en amanecer y oscurece el día hasta hacerlo noche, el que llama a las aguas del mar y las derrama sobre la superficie de la tierra: El SEÑOR es su nombre.

5:9 Él hace irrumpir la destrucción sobre el fuerte, y la destrucción viene sobre la fortaleza.
La corrupción de la justicia en la puerta

5:10 Odian al que reprende en la puerta y aborrecen al que habla con integridad.
5:11 Por eso, porque pisotean al pobre y le toman un tributo de grano, han edificado casas de piedra labrada, pero no las habitarán;
   han plantado viñas hermosas, pero no beberán su vino.
5:12 «Porque yo conozco sus muchas transgresiones y sus graves pecados: oprimen al justo, aceptan soborno y apartan a los necesitados en la puerta».
5:13 Por eso el prudente calla en ese tiempo, porque es un tiempo malo.
El retorno que busca el bien y espera misericordia

5:14 Busquen el bien y no el mal para que vivan;
   así el SEÑOR, Dios de los ejércitos, estará con ustedes, como han dicho.
5:15 Aborrezcan el mal, amen el bien y establezcan el juicio en la puerta.
   Quizá el SEÑOR, Dios de los ejércitos, se compadezca del remanente de José.
El duelo alcanzará ciudades y campos

5:16 Por eso, así dice el SEÑOR, Dios de los ejércitos, el Señor: «En todas las plazas habrá lamento y en todas las calles dirán: “¡Ay!
   ¡Ay!”.
   Llamarán al labrador al duelo y a los que saben lamentarse a la lamentación.
5:17 En todos los viñedos habrá lamento, porque pasaré en medio de ti», dice el SEÑOR.
El día del SEÑOR y la falsa seguridad

5:18 ¡Ay de los que desean el día del SEÑOR!
   ¿De qué les servirá el día del SEÑOR?
   Será oscuridad y no luz.
5:19 Como un hombre que huye de un león y se encuentra con un oso, y entra en casa, apoya la mano en la pared y una serpiente lo muerde.
5:20 ¿No será el día del SEÑOR oscuridad y no luz, negrura sin resplandor?
El culto que el SEÑOR rechaza

5:21 «Aborrezco, rechazo sus fiestas;
   no me complaceré en sus asambleas.
5:22 Aunque me ofrezcan holocaustos y sus ofrendas de cereal, no los aceptaré, ni miraré las ofrendas de paz de sus animales engordados.
5:23 Aparta de mí el ruido de tus cánticos;
   no escucharé la música de tus arpas.
5:24 Pero corra el juicio como las aguas y la justicia como un torrente inagotable.
La idolatría que desemboca en destierro

5:25 ¿Me ofrecieron sacrificios y ofrendas de cereal en el desierto durante cuarenta años, casa de Israel?
5:26 Cargaron con Sicut, su rey, y con Quiyún, la estrella de su dios, las imágenes que se hicieron para ustedes mismos.
5:27 Los llevaré al destierro más allá de Damasco», dice el SEÑOR, cuyo nombre es Dios de los ejércitos.

Capítulo 6
Destrucción de Israel
6:1 ¡Ay de los que viven tranquilos en Sión y se sienten seguros en el monte de Samaria, los notables de la primera de las naciones, a quienes acude la casa de Israel!
6:2 Pasen a Calne y miren;
   de allí vayan a Hamat la grande y bajen a Gat de los filisteos.
   ¿Son mejores que estos reinos, o es su territorio mayor que el territorio de ustedes?
6:3 Alejan el día de la desgracia, pero acercan el trono de la violencia.
6:4 Se acuestan en camas de marfil y se tienden sobre sus divanes;
   comen corderos del rebaño y terneros del engordadero.
6:5 Improvisan al son del arpa e inventan para sí instrumentos musicales, como David.
6:6 Beben vino en tazones y se ungen con los mejores aceites, pero no se afligen por la ruina de José.
6:7 Por eso ahora irán al destierro a la cabeza de los desterrados, y cesará el banquete de los que se tienden.
El juramento contra la soberbia y los palacios

6:8 El Señor DIOS ha jurado por sí mismo —declara el SEÑOR, Dios de los ejércitos—: «Aborrezco la soberbia de Jacob y odio sus palacios;
   entregaré la ciudad y cuanto hay en ella».
6:9 Si quedan diez hombres en una casa, morirán.
6:10 Su tío, el que ha de quemarlo, lo llevará para sacar los huesos de la casa.
   Dirá al que esté al fondo de la casa: «¿Hay alguien más contigo?».
   Este dirá: «Nadie».
   Entonces aquel dirá: «¡Silencio!, porque no se debe mencionar el nombre del SEÑOR».
6:11 Porque, miren, el SEÑOR da la orden: hará añicos la casa grande y abrirá grietas en la casa pequeña.
La justicia pervertida y las victorias engañosas

6:12 ¿Corren los caballos por la roca?
   ¿Se ara en ella con bueyes?
   Pues ustedes han convertido el juicio en veneno y el fruto de la justicia en ajenjo.
6:13 Se alegran por Lo-debar y dicen: «¿No hemos tomado Carnáyim para nosotros con nuestra fuerza?».
6:14 «Miren, yo levantaré contra ustedes, casa de Israel —declara el SEÑOR, Dios de los ejércitos—, una nación que los oprimirá desde la entrada de Hamat hasta el arroyo del Arabá».

Capítulo 7
La visión de las langostas y la intercesión
7:1 Esto me mostró el Señor DIOS: él formaba langostas cuando comenzaba a brotar el pasto tardío; era el pasto tardío después de las siegas del rey.
7:2 Cuando terminaron de devorar la hierba de la tierra, dije: «Señor DIOS, perdona, por favor. ¿Cómo se sostendrá Jacob? Pues es pequeño».
7:3 El SEÑOR desistió de esto. «No sucederá», dijo el SEÑOR.
La visión del fuego y una nueva súplica
7:4 Esto me mostró el Señor DIOS: el Señor DIOS llamaba a juicio con fuego; el fuego consumió el gran abismo y consumió la porción de tierra.
7:5 Entonces dije: «Señor DIOS, detente, por favor. ¿Cómo se sostendrá Jacob? Pues es pequeño».
7:6 El SEÑOR desistió de esto. «Esto tampoco sucederá», dijo el Señor DIOS.
La visión de la plomada y el juicio decidido
7:7 Esto me mostró: el Señor estaba en pie junto a un muro hecho a plomo, con una plomada en la mano.
7:8 El SEÑOR me dijo: «¿Qué ves, Amós?». Respondí: «Una plomada». Y el Señor dijo: «Mira, yo pongo una plomada en medio de mi pueblo Israel; ya no volveré a dejarlo sin castigo.
7:9 Los lugares altos de Isaac quedarán desolados, los santuarios de Israel serán arrasados y me levantaré con espada contra la casa de Jeroboam».
Amós y Amasías
7:10 Amasías, sacerdote de Betel, envió a decir a Jeroboam, rey de Israel: «Amós ha conspirado contra ti en medio de la casa de Israel; la tierra no puede soportar todas sus palabras.
7:11 Porque así dice Amós: “Jeroboam morirá a espada, e Israel irá sin falta al destierro, lejos de su tierra”».
7:12 Amasías dijo a Amós: «Vidente, vete, huye a la tierra de Judá; come pan allí y profetiza allí.
7:13 Pero no vuelvas a profetizar en Betel, porque es santuario del rey y templo del reino».
7:14 Amós respondió y dijo a Amasías: «Yo no soy profeta ni hijo de profeta; soy boyero y cultivador de sicómoros.
7:15 El SEÑOR me tomó de detrás del rebaño, y el SEÑOR me dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo Israel”.
7:16 Ahora escucha la palabra del SEÑOR. Tú dices: “No profetices contra Israel ni prediques contra la casa de Isaac”.
7:17 Por eso, así dice el SEÑOR: “Tu mujer se prostituirá en la ciudad, tus hijos y tus hijas caerán a espada y tu tierra será dividida a cordel. Tú morirás en una tierra impura, e Israel irá sin falta al destierro, lejos de su tierra”».

Capítulo 8
El canastillo de fruta de verano
8:1 Esto me mostró el Señor DIOS: una cesta de fruta de verano.
8:2 Dijo: «¿Qué ves, Amós?». Respondí: «Una cesta de fruta de verano». Y el SEÑOR me dijo: «Ha llegado el fin para mi pueblo Israel; ya no volveré a dejarlo sin castigo.
8:3 Los cánticos del templo serán lamentos aquel día —declara el Señor DIOS—. Habrá muchos cadáveres; los arrojarán por todas partes. ¡Silencio!».
Fraude comercial y opresión del pobre

8:4 Escuchen esto, los que pisotean al necesitado y hacen desaparecer a los pobres de la tierra.
8:5 Dicen: «¿Cuándo pasará la luna nueva para que vendamos grano, y el sábado para que pongamos el trigo a la venta, para achicar la medida de grano, aumentar el peso de la plata y falsear las balanzas con engaño,
8:6 para comprar por dinero a los débiles y al necesitado por un par de sandalias, y vender los desechos del trigo?».
El juramento que anuncia duelo sobre la tierra

8:7 El SEÑOR ha jurado por el orgullo de Jacob: «Nunca olvidaré ninguna de sus obras.
8:8 ¿No temblará por esto la tierra y hará duelo todo el que habita en ella?
   Toda ella subirá como el Nilo, se agitará y se hundirá como el Nilo de Egipto.

8:9 En aquel día —declara el Señor DIOS— haré que el sol se ponga al mediodía y oscureceré la tierra en pleno día.
8:10 Convertiré sus fiestas en duelo y todos sus cánticos en lamento;
   pondré cilicio sobre todos los lomos y calvicie sobre toda cabeza.
   Haré que sea como duelo por un hijo único, y su final, como un día amargo.
El hambre de oír la palabra del SEÑOR

8:11 Miren, vienen días —declara el Señor DIOS— en que enviaré hambre a la tierra;
   no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír las palabras del SEÑOR.
8:12 Vagarán de mar a mar y del norte hasta el oriente;
   andarán de un lado a otro buscando la palabra del SEÑOR, pero no la encontrarán.
8:13 Aquel día las vírgenes hermosas y los jóvenes desfallecerán de sed.
Los juramentos idolátricos no evitarán la caída

8:14 Los que juran por el pecado de Samaria y dicen: “¡Vive tu dios, Dan!”, y: “¡Vive el camino de Beerseba!”, caerán y no volverán a levantarse».

Capítulo 9
Los juicios del SEÑOR son ineludibles
9:1 Vi al Señor en pie junto al altar, y dijo: «Golpea el capitel y que tiemblen los umbrales;
   hazlos pedazos sobre la cabeza de todos ellos.
   Al resto de ellos lo mataré a espada;
   ninguno de ellos logrará huir, ningún fugitivo escapará.
9:2 Aunque caven hasta el Seol, de allí los tomará mi mano;
   aunque suban a los cielos, de allí los haré bajar.
9:3 Aunque se escondan en la cumbre del Carmelo, allí los buscaré y los tomaré;
   aunque se oculten de mis ojos en el fondo del mar, allí ordenaré a la serpiente que los muerda.
9:4 Aunque vayan al cautiverio delante de sus enemigos, allí ordenaré a la espada que los mate.
   Pondré mi ojo sobre ellos para mal y no para bien».
El Señor de la creación tiene poder para juzgar

9:5 El Señor DIOS de los ejércitos toca la tierra y esta se derrite;
   todos sus habitantes hacen duelo.
   Toda ella sube como el Nilo y se hunde como el Nilo de Egipto.
9:6 El que edifica en los cielos sus altos aposentos y establece su bóveda sobre la tierra, el que llama a las aguas del mar y las derrama sobre la superficie de la tierra: El SEÑOR es su nombre.
El juicio y la preservación de la casa de Jacob

9:7 «¿No son ustedes para mí como los hijos de los cusitas, hijos de Israel?
   —declara el SEÑOR—.
   ¿No hice subir a Israel de la tierra de Egipto, a los filisteos de Caftor y a Aram de Kir?
9:8 Miren, los ojos del Señor DIOS están sobre el reino pecador y lo destruiré de la superficie de la tierra.
   Sin embargo, no destruiré por completo la casa de Jacob —declara el SEÑOR—.
9:9 Porque, miren, yo doy la orden y zarandearé la casa de Israel entre todas las naciones, como se zarandea el grano en una criba, sin que caiga ni una piedrecita a tierra.
9:10 A espada morirán todos los pecadores de mi pueblo, los que dicen: “La desgracia no se acercará ni nos alcanzará”.
Restauración futura de Israel

9:11 En aquel día levantaré la cabaña caída de David, cerraré sus brechas, levantaré sus ruinas y la reconstruiré como en los días antiguos,
9:12 para que posean el remanente de Edom y todas las naciones sobre las que es invocado mi nombre —declara el SEÑOR, que hace esto—.
La abundancia y la permanencia que el SEÑOR dará

9:13 Miren, vienen días —declara el SEÑOR— en que el arador alcanzará al segador y el que pisa las uvas al que siembra la semilla.
   Los montes destilarán vino dulce y todas las colinas se derretirán.
9:14 Restauraré el bienestar de mi pueblo Israel;
   reconstruirán las ciudades desoladas y las habitarán, plantarán viñedos y beberán su vino, cultivarán huertos y comerán su fruto.
9:15 Los plantaré en su tierra, y no volverán a ser arrancados de su tierra, que les he dado», dice el SEÑOR tu Dios.

ABDÍAS

Capítulo 1
La humillación de Edom
Jeremías 49:14–16
1:1 Visión de Abdías.
   Así dice el Señor DIOS acerca de Edom: Hemos oído un mensaje del SEÑOR, y un mensajero ha sido enviado entre las naciones: «¡Levántense y levantémonos contra ella para la guerra!».
1:2 «Mira, te he hecho pequeño entre las naciones;
   eres muy despreciado.
1:3 La soberbia de tu corazón te ha engañado, habitante de las hendiduras de la roca, cuya morada está en lo alto, que dice en su corazón: “¿Quién me hará bajar a tierra?”.
1:4 Aunque te eleves como el águila y aunque pongas tu nido entre las estrellas, de allí te haré bajar —declara el SEÑOR—.
1:5 Si vinieran a ti ladrones, si vinieran salteadores de noche —¡cómo has sido destruido!—, ¿no robarían solo lo que les bastara?
   Si vinieran a ti vendimiadores, ¿no dejarían algunos racimos para el rebusco?
1:6 ¡Cómo ha sido registrado Esaú!
   ¡Cómo han sido buscados sus tesoros escondidos!
1:7 Todos tus aliados te han expulsado hasta la frontera;
   los que estaban en paz contigo te han engañado y han prevalecido contra ti.
   Los que comían tu pan han puesto una trampa debajo de ti.
   No hay entendimiento en él.
1:8 ¿No destruiré en aquel día —declara el SEÑOR— a los sabios de Edom y el entendimiento del monte de Esaú?
1:9 Tus guerreros serán aterrorizados, Temán, para que todo hombre sea exterminado del monte de Esaú por la matanza.
La traición contra un pueblo hermano

1:10 Por la violencia contra tu hermano Jacob te cubrirá la vergüenza y serás eliminado para siempre.
1:11 El día que te mantuviste al margen, el día que extranjeros se llevaban su riqueza, que forasteros entraban por sus puertas y echaban suertes sobre Jerusalén, también tú eras como uno de ellos.
1:12 No mires con satisfacción el día de tu hermano, el día de su infortunio;
   no te alegres por los hijos de Judá en el día de su destrucción ni te jactes en el día de la angustia.
1:13 No entres por la puerta de mi pueblo en el día de su calamidad;
   no mires tú también con satisfacción su desgracia en el día de su calamidad, ni extiendas tu mano a sus riquezas en el día de su calamidad.
1:14 No te sitúes en la encrucijada para exterminar a sus fugitivos ni entregues a sus sobrevivientes en el día de la angustia.
El juicio de todas las naciones

1:15 Porque está cerca el día del SEÑOR sobre todas las naciones.
   Como tú hiciste, se hará contigo;
   tu retribución volverá sobre tu cabeza.
1:16 Porque, así como ustedes bebieron en mi monte santo, todas las naciones beberán continuamente;
   beberán y tragarán, y serán como si nunca hubieran existido.
La restauración de Sión y el reinado del SEÑOR

1:17 Pero en el monte Sión habrá liberación y será santo;
   la casa de Jacob poseerá sus heredades.
1:18 La casa de Jacob será fuego, la casa de José será llama y la casa de Esaú será rastrojo.
   Los incendiarán y los consumirán, y no quedará sobreviviente de la casa de Esaú, porque el SEÑOR ha hablado.
1:19 Los del Neguev poseerán el monte de Esaú y los de la Sefela a los filisteos;
   poseerán los campos de Efraín y los campos de Samaria, y Benjamín poseerá Galaad.
1:20 Los desterrados de este ejército de los hijos de Israel poseerán la tierra de los cananeos hasta Sarepta;
   los desterrados de Jerusalén que están en Sefarad poseerán las ciudades del Neguev.
1:21 Subirán libertadores al monte Sión para juzgar el monte de Esaú, y el reino será del SEÑOR».

JONÁS

Capítulo 1
Jonás huye del SEÑOR
1:1 La palabra del SEÑOR vino a Jonás, hijo de Amitai, diciendo:
1:2 «Levántate, ve a Nínive, la gran ciudad, y proclama contra ella, porque su maldad ha subido ante mí».
1:3 Pero Jonás se levantó para huir a Tarsis, lejos de la presencia del SEÑOR. Bajó a Jope y encontró un barco que iba a Tarsis; pagó el pasaje y bajó a él para ir con ellos a Tarsis, lejos de la presencia del SEÑOR.
Jonás y los marineros ante la tormenta
1:4 El SEÑOR arrojó un gran viento sobre el mar, y hubo una gran tempestad en el mar; el barco amenazaba con romperse.
1:5 Los marineros tuvieron miedo y cada uno clamó a su dios. Arrojaron al mar la carga que había en el barco para quitarse peso de encima. Pero Jonás había bajado al fondo del barco, se había acostado y dormía profundamente.
1:6 El capitán se le acercó y le dijo: «¿Qué haces dormido? Levántate, invoca a tu Dios; quizá Dios se ocupe de nosotros y no perezcamos».
1:7 Se dijeron unos a otros: «Vengan, echemos suertes y sepamos por causa de quién nos ha venido esta desgracia». Echaron suertes, y la suerte cayó sobre Jonás.
1:8 Le dijeron: «Dinos, por favor, por causa de quién nos ha venido esta desgracia. ¿Cuál es tu oficio? ¿De dónde vienes? ¿Cuál es tu tierra y de qué pueblo eres?».
1:9 Él les dijo: «Soy hebreo y temo al SEÑOR, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra seca».
1:10 Los hombres sintieron un gran temor y le dijeron: «¿Qué es esto que has hecho?». Porque los hombres sabían que él huía de la presencia del SEÑOR, pues se lo había contado.
1:11 Le dijeron: «¿Qué haremos contigo para que el mar se nos calme?». Porque el mar se embravecía cada vez más.
1:12 Él les dijo: «Levántenme y arrójenme al mar, y el mar se les calmará, porque sé que por mi causa ha venido sobre ustedes esta gran tempestad».
1:13 Los hombres remaron con fuerza para volver a tierra firme, pero no pudieron, porque el mar se embravecía cada vez más contra ellos.
1:14 Clamaron al SEÑOR y dijeron: «Te rogamos, SEÑOR, que no perezcamos por la vida de este hombre ni pongas sobre nosotros sangre inocente, porque tú, SEÑOR, has hecho como has querido».
1:15 Levantaron a Jonás y lo arrojaron al mar, y el mar cesó en su furia.
1:16 Los hombres sintieron un gran temor al SEÑOR, ofrecieron un sacrificio al SEÑOR e hicieron votos.
Dios preserva a Jonás en el mar
Mateo 12:39–41
1:17 El SEÑOR dispuso un gran pez para que se tragara a Jonás, y Jonás estuvo en el vientre del pez tres días y tres noches.

Capítulo 2
Oración de Jonás
2:1 Jonás oró al SEÑOR su Dios desde el vientre del pez,
2:2 y dijo: «Clamé al SEÑOR en mi angustia y él me respondió;
   desde el vientre del Seol pedí auxilio, y tú oíste mi voz.
2:3 Me arrojaste a lo profundo, al corazón de los mares, y la corriente me rodeó;
   todas tus rompientes y tus olas pasaron sobre mí.
2:4 Yo dije: “He sido expulsado de delante de tus ojos;
   sin embargo, volveré a mirar hacia tu santo templo”.
2:5 Las aguas me rodearon hasta la garganta, el abismo me envolvió;
   las algas se enredaron en mi cabeza.
2:6 Descendí a las bases de los montes;
   la tierra echó sus cerrojos sobre mí para siempre.
   Pero tú hiciste subir mi vida de la fosa, SEÑOR, Dios mío.
2:7 Cuando mi alma desfallecía en mí, recordé al SEÑOR, y mi oración llegó a ti, a tu santo templo.
2:8 Los que se aferran a vanidades engañosas abandonan su misericordia.
2:9 Pero yo te ofreceré sacrificio con voz de gratitud;
   lo que prometí, lo cumpliré.
   La salvación es del SEÑOR».
El regreso del profeta a tierra firme
2:10 El SEÑOR dio orden al pez, y este vomitó a Jonás en tierra firme.

Capítulo 3
Nínive se arrepiente
3:1 La palabra del SEÑOR vino por segunda vez a Jonás:
3:2 «Levántate, ve a Nínive, la gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que yo te diga».
3:3 Jonás se levantó y fue a Nínive, conforme a la palabra del SEÑOR. Nínive era una ciudad grande a los ojos de Dios, de tres días de recorrido.
3:4 Jonás comenzó a entrar en la ciudad, recorriendo un día de camino, y proclamaba: «Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida».
El clamor de Nínive ante el juicio
3:5 Los habitantes de Nínive creyeron a Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron de tela áspera, desde el mayor hasta el menor.
3:6 La noticia llegó al rey de Nínive, quien se levantó de su trono, se quitó el manto, se cubrió de tela áspera y se sentó sobre ceniza.
3:7 Hizo proclamar en Nínive: «Por decreto del rey y de sus nobles: que ni las personas ni los animales, ni el ganado vacuno ni las ovejas, prueben nada; que no pasten ni beban agua.
3:8 Que las personas y los animales se cubran de tela áspera. Clamen a Dios con fuerza, y que cada uno abandone su mal camino y la violencia que hay en sus manos.
3:9 ¿Quién sabe si Dios se volverá y desistirá del castigo, si apartará su ardiente ira y no pereceremos?».
3:10 Dios vio lo que hicieron, que se habían apartado de su mal camino. Entonces Dios desistió de la calamidad que había dicho que les enviaría y no lo hizo.

Capítulo 4
El enojo de Jonás
4:1 Esto le desagradó muchísimo a Jonás y se enfureció.
4:2 Oró al SEÑOR y dijo: «¡Oh, SEÑOR! ¿No era esto lo que yo decía cuando aún estaba en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis, porque sabía que eres un Dios clemente y compasivo, lento para enojarte y de gran amor fiel, que desiste del castigo.
4:3 Ahora, SEÑOR, te ruego que me quites la vida, porque prefiero morir a vivir».
4:4 El SEÑOR le dijo: «¿Haces bien en enojarte?».
La planta y la pregunta por la compasión
4:5 Jonás salió de la ciudad y se sentó al este de la ciudad. Allí se hizo una enramada y se sentó a su sombra, a ver qué sucedería en la ciudad.
4:6 El SEÑOR Dios dispuso una planta, que creció por encima de Jonás para darle sombra en la cabeza y librarlo de su malestar. Jonás se alegró muchísimo por la planta.
4:7 Pero al amanecer del día siguiente, Dios dispuso un gusano que atacó la planta, y esta se secó.
4:8 Al salir el sol, Dios dispuso un viento abrasador del este. El sol golpeó la cabeza de Jonás, que empezó a desfallecer. Deseó morir y dijo: «Prefiero morir a vivir».
4:9 Dios dijo a Jonás: «¿Haces bien en enojarte por la planta?». Él respondió: «¡Sí, hago bien en enojarme hasta la muerte!».
4:10 El SEÑOR le dijo: «Te has compadecido de la planta, por la que no trabajaste y a la que no hiciste crecer, que nació en una noche y pereció en otra.
4:11 ¿Y yo no he de tener compasión de Nínive, la gran ciudad, donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben distinguir entre su derecha y su izquierda, además de muchos animales?».

MIQUEAS

Capítulo 1
Lamento sobre Samaria y Jerusalén
1:1 Palabra del SEÑOR que vino a Miqueas de Moréset en los días de Jotam, Acaz y Ezequías, reyes de Judá, sobre lo que vio acerca de Samaria y Jerusalén.
1:2 Escuchen, pueblos todos;
   presta atención, tierra y cuanto hay en ella.
   Sea el Señor DIOS testigo contra ustedes, el Señor desde su santo templo.
1:3 Porque, miren, el SEÑOR sale de su lugar;
   descenderá y pisará las alturas de la tierra.
1:4 Los montes se derretirán debajo de él y los valles se abrirán, como la cera ante el fuego, como aguas derramadas por una pendiente.
1:5 Todo esto por la rebelión de Jacob y por los pecados de la casa de Israel.
   ¿Cuál es la rebelión de Jacob?
   ¿No es Samaria?
   ¿Y cuáles son los lugares altos de Judá?
   ¿No es Jerusalén?
1:6 «Haré de Samaria un montón de ruinas en el campo, un lugar para plantar viñas;
   derramaré sus piedras por el valle y dejaré al descubierto sus cimientos.
1:7 Todas sus imágenes talladas serán hechas pedazos, todas sus ganancias de prostitución serán quemadas con fuego y todos sus ídolos los dejaré desolados.
   Porque los reunió con paga de prostituta, y a paga de prostituta volverán».
El duelo del profeta por las ciudades de Judá

1:8 Por eso haré duelo y gemiré;
   andaré descalzo y desnudo.
   Haré lamento como los chacales y duelo como los avestruces.
1:9 Porque sus heridas son incurables, pues ha llegado hasta Judá;
   ha alcanzado la puerta de mi pueblo, hasta Jerusalén.
1:10 No lo anuncien en Gat, no lloren en absoluto;
   en Bet-le-afrá revuélcate en el polvo.
1:11 Pasa, habitante de Safir, en vergonzosa desnudez;
   la habitante de Zaanán no ha salido.
   El lamento de Bet-esel les quitará su apoyo.
1:12 Porque la habitante de Marot se consume esperando el bien, pues la desgracia ha descendido de parte del SEÑOR hasta la puerta de Jerusalén.
1:13 Engancha el carro a los corceles, habitante de Laquis.
   Ella fue el comienzo del pecado para la hija de Sión, porque en ti se hallaron las transgresiones de Israel.
1:14 Por eso darás regalos de despedida a Moréset-gat;
   las casas de Aczib serán un engaño para los reyes de Israel.
1:15 «De nuevo traeré contra ti al conquistador, habitante de Maresa».
   Hasta Adulam llegará la gloria de Israel.
1:16 Rápate y córtate el cabello por los hijos de tu deleite;
   ensancha tu calva como la del buitre, porque han ido al destierro, lejos de ti.

Capítulo 2
¡Ay de los que oprimen a los pobres!
2:1 ¡Ay de los que planean iniquidad y traman el mal en sus camas!
   A la luz de la mañana lo ejecutan, porque tienen el poder en sus manos.
2:2 Codician campos y los roban, casas y se apoderan de ellas;
   oprimen al hombre y a su casa, al hombre y a su heredad.

2:3 Por eso, así dice el SEÑOR: «Miren, yo planeo contra esta familia una desgracia de la que no podrán sacar el cuello;
   no caminarán erguidos, porque será un tiempo malo.
2:4 Aquel día levantarán contra ustedes un dicho de burla y entonarán un lamento: “Hemos sido devastados por completo;
   él cambia la porción de mi pueblo.
   ¡Cómo me la quita!
   Reparte nuestros campos al infiel”.
2:5 Por eso no tendrás quien tienda el cordel por sorteo en la congregación del SEÑOR».
El pueblo rechaza la palabra que lo corrige

2:6 «No prediquen», predican.
   No predicarán acerca de estas cosas;
   las afrentas no se apartarán.
2:7 «¿Se dice, casa de Jacob: “¿Se ha vuelto impaciente el Espíritu del SEÑOR?
   ¿Son estas sus obras?”?
   ¿No hacen bien mis palabras al que camina rectamente?
2:8 Pero últimamente mi pueblo se ha levantado como enemigo;
   quitan el manto de sobre la ropa a los que pasan confiados, a los que vuelven de la guerra.
2:9 Expulsan a las mujeres de mi pueblo de la casa de su deleite;
   a sus pequeños les quitan mi gloria para siempre.
2:10 Levántense y márchense, porque este no es el lugar de descanso;
   por la impureza traerá destrucción, una destrucción terrible.
2:11 Si un hombre que anda tras el viento y el engaño miente, diciendo: “Te predicaré sobre el vino y la bebida embriagante”, ese sería el predicador de este pueblo.
El SEÑOR reúne a su pueblo y lo conduce

2:12 Te reuniré sin falta por entero, Jacob;
   recogeré sin falta al remanente de Israel.
   Lo pondré todo junto como ovejas en un redil, como un rebaño en medio de su pastizal;
   harán estruendo por la multitud de personas.
2:13 Subirá delante de ellos el que abre brecha;
   abrirán brecha, pasarán por la puerta y saldrán por ella.
   Su rey pasará delante de ellos, y el SEÑOR a su cabeza».

Capítulo 3
Acusación contra los dirigentes de Israel
3:1 Dije: «Escuchen ahora, jefes de Jacob y gobernantes de la casa de Israel: ¿no les corresponde conocer la justicia?
3:2 Ustedes odian el bien y aman el mal;
   les arrancan la piel y la carne de sobre sus huesos.
3:3 Han devorado la carne de mi pueblo, les han quitado la piel, han quebrado sus huesos y los han troceado como para la olla, como carne dentro del caldero».
3:4 Entonces clamarán al SEÑOR, pero no les responderá;
   ocultará de ellos su rostro en aquel tiempo, por la maldad de sus obras.
La profecía comprada y el mensajero fiel

3:5 Así dice el SEÑOR acerca de los profetas que extravían a mi pueblo, que muerden con sus dientes y proclaman: «Paz», pero contra quien no pone nada en su boca consagran la guerra:
3:6 «Por eso tendrán noche sin visión y oscuridad sin adivinación;
   el sol se pondrá sobre los profetas y el día se oscurecerá sobre ellos.
3:7 Los videntes serán avergonzados y los adivinos serán confundidos;
   todos se cubrirán el bigote, porque no hay respuesta de Dios».
3:8 Pero yo estoy lleno de poder, del Espíritu del SEÑOR, de juicio y de fuerza, para declarar a Jacob su rebelión y a Israel su pecado.
La corrupción que amenaza a Jerusalén

3:9 Escuchen ahora esto, jefes de la casa de Jacob y gobernantes de la casa de Israel, que aborrecen la justicia y tuercen todo lo recto.
3:10 Edifican Sión con sangre y Jerusalén con injusticia.
3:11 Sus jefes juzgan por soborno, sus sacerdotes enseñan por precio y sus profetas adivinan por dinero.
   Se apoyan en el SEÑOR, diciendo: «¿No está el SEÑOR en medio de nosotros?
   No nos sobrevendrá desgracia alguna».
3:12 Por eso, por causa de ustedes, Sión será arada como un campo, Jerusalén se convertirá en montones de ruinas y el monte del templo, en alturas boscosas.

Capítulo 4
Reinado universal del SEÑOR
( Is. 2.1-4 )
4:1 En los últimos días, el monte de la casa del SEÑOR será establecido como cabeza de los montes y será elevado sobre las colinas;
   a él afluirán los pueblos.
4:2 Vendrán muchas naciones y dirán: «Vengan, subamos al monte del SEÑOR, a la casa del Dios de Jacob;
   él nos enseñará sus caminos y andaremos por sus sendas».
   Porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del SEÑOR.
4:3 Juzgará entre muchos pueblos y arbitrará para naciones poderosas y lejanas.
   Forjarán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en podaderas;
   no alzará espada nación contra nación ni aprenderán más a guerrear.
4:4 Cada uno se sentará bajo su vid y bajo su higuera, y no habrá quien los atemorice, porque la boca del SEÑOR de los ejércitos ha hablado.
4:5 Pues todos los pueblos caminan, cada uno en el nombre de su dios, pero nosotros caminaremos en el nombre del SEÑOR nuestro Dios por siempre y para siempre.
El SEÑOR restaura a su pueblo herido

4:6 «En aquel día —declara el SEÑOR— reuniré a la que cojea y recogeré a la expulsada y a la que he afligido.
4:7 Haré de la que cojea un remanente y de la alejada una nación fuerte;
   el SEÑOR reinará sobre ellos en el monte Sión desde ahora y para siempre.

4:8 Y tú, torre del rebaño, colina de la hija de Sión, hasta ti vendrá, llegará el dominio de antes, el reino para la hija de Jerusalén.
4:9 Ahora, ¿por qué gritas tanto?
   ¿No hay rey en ti o ha perecido tu consejero, que el dolor te ha apresado como a una mujer de parto?
4:10 Retuércete y puja, hija de Sión, como una mujer de parto, porque ahora saldrás de la ciudad y habitarás en el campo;
   llegarás hasta Babilonia.
   Allí serás rescatada, allí te redimirá el SEÑOR de la mano de tus enemigos.
Los planes de las naciones y la victoria de Sión

4:11 Ahora se han reunido contra ti muchas naciones que dicen: “Que sea profanada y que nuestros ojos contemplen a Sión”.
4:12 Pero ellos no conocen los pensamientos del SEÑOR ni comprenden su propósito, porque los ha reunido como gavillas en la era.
4:13 Levántate y trilla, hija de Sión, porque haré tu cuerno de hierro y haré tus pezuñas de bronce;
   desmenuzarás a muchos pueblos.
   Consagraré al SEÑOR sus ganancias y sus riquezas al Señor de toda la tierra».

Capítulo 5
Humillación del gobernante de Israel
5:1 Reúne ahora tus tropas, hija de guerreros;
   han puesto sitio contra nosotros.
   Con vara golpearán en la mejilla al juez de Israel.
El gobernante prometido de Belén

5:2 «Pero tú, Belén Efrata, pequeña para figurar entre los clanes de Judá, de ti saldrá para mí uno que gobernará en Israel.
   Sus orígenes son desde la antigüedad, desde los días de la eternidad».
5:3 Por eso los entregará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz;
   entonces el resto de sus hermanos volverá junto a los hijos de Israel.
5:4 Se pondrá en pie y pastoreará con la fuerza del SEÑOR, con la majestad del nombre del SEÑOR su Dios.
   Y permanecerán, porque entonces él será grande hasta los confines de la tierra.
5:5 Él será la paz.
   Cuando Asiria entre en nuestra tierra y cuando pise nuestros palacios, levantaremos contra ella siete pastores y ocho hombres principales.
5:6 Pastorearán la tierra de Asiria con espada y la tierra de Nimrod en sus puertas.
   Él nos librará de Asiria cuando entre en nuestra tierra y cuando pise nuestro territorio.
El remanente entre las naciones

5:7 El remanente de Jacob será en medio de muchos pueblos como rocío que viene del SEÑOR, como lluvias sobre la hierba, que no espera al hombre ni aguarda a los hijos de los hombres.
5:8 El remanente de Jacob será entre las naciones, en medio de muchos pueblos, como un león entre los animales del bosque, como un león joven entre los rebaños de ovejas, que, si pasa, pisotea y desgarra, sin que haya quien libre.
5:9 Tu mano se alzará sobre tus adversarios y todos tus enemigos serán exterminados.
El SEÑOR elimina las falsas seguridades

5:10 «Aquel día —declara el SEÑOR— eliminaré tus caballos de en medio de ti y destruiré tus carros.
5:11 Eliminaré las ciudades de tu tierra y derribaré todas tus fortalezas.
5:12 Eliminaré de tu mano las hechicerías y no tendrás adivinos.
5:13 Eliminaré tus imágenes talladas y tus piedras sagradas de en medio de ti, y no volverás a postrarte ante la obra de tus manos.
5:14 Arrancaré tus postes de Asera de en medio de ti y destruiré tus ciudades.
5:15 Con ira y con furor tomaré venganza de las naciones que no obedecieron».

Capítulo 6
Controversia del SEÑOR contra Israel
6:1 Escuchen ahora lo que dice el SEÑOR: «Levántate, presenta tu querella ante los montes y que las colinas oigan tu voz».
6:2 Escuchen, montes, la querella del SEÑOR, y ustedes, perdurables cimientos de la tierra, porque el SEÑOR tiene una querella contra su pueblo y contenderá con Israel.
6:3 «Pueblo mío, ¿qué te he hecho?
   ¿En qué te he cansado?
   Responde contra mí.
6:4 Porque te hice subir de la tierra de Egipto y te redimí de la casa de esclavitud;
   envié delante de ti a Moisés, a Aarón y a Miriam.
6:5 Pueblo mío, recuerda ahora lo que tramó Balac, rey de Moab, y lo que le respondió Balaam, hijo de Beor, y lo ocurrido desde Sitim hasta Gilgal, para que conozcas las obras justas del SEÑOR».
Lo que pide el SEÑOR

6:6 ¿Con qué me presentaré ante el SEÑOR y me inclinaré ante el Dios de lo alto?
   ¿Me presentaré ante él con holocaustos, con becerros de un año?
6:7 ¿Se complacerá el SEÑOR en millares de carneros, en decenas de miles de ríos de aceite?
   ¿Daré mi primogénito por mi rebelión, el fruto de mi vientre por el pecado de mi alma?
6:8 Él te ha declarado, hombre, lo que es bueno.
   ¿Y qué requiere el SEÑOR de ti, sino practicar la justicia, amar la misericordia y andar humildemente con tu Dios?
El fraude y la violencia de la ciudad

6:9 La voz del SEÑOR clama a la ciudad;
   quien tiene sabiduría verá tu nombre.
   Escuchen a la vara y a quien la ha dispuesto.
6:10 ¿Todavía hay en casa del impío tesoros de impiedad y una medida de grano escasa, detestable?
6:11 ¿Seré inocente con balanzas injustas y una bolsa de pesas engañosas?
6:12 Sus ricos están llenos de violencia, sus habitantes hablan mentira y su lengua es engañosa en su boca.
6:13 «También yo te he hecho enfermar hiriéndote, dejándote desolado por tus pecados.
6:14 Tú comerás, pero no te saciarás, y el vacío estará en tu interior;
   apartarás, pero no salvarás, y lo que salves, yo lo entregaré a la espada.
6:15 Tú sembrarás, pero no cosecharás;
   tú pisarás aceitunas, pero no te ungirás con aceite, y uvas, pero no beberás vino.
6:16 Se han guardado los estatutos de Omri y todas las obras de la casa de Acab, y ustedes han seguido sus consejos, para que yo te entregue a la desolación y a sus habitantes a la burla.
   Ustedes cargarán con el oprobio de mi pueblo».

Capítulo 7
Corrupción moral de Israel
7:1 ¡Ay de mí!
   Porque soy como quienes recogen frutos de verano, como quienes rebuscan tras la vendimia: no hay racimo para comer;
   mi alma anhela un higo temprano.
7:2 El piadoso ha desaparecido de la tierra;
   no hay nadie recto entre los hombres.
   Todos acechan para derramar sangre;
   cada uno caza a su hermano con una red.
7:3 Ambas manos son hábiles para hacer el mal.
   El príncipe exige, el juez juzga por paga y el poderoso expresa el deseo de su alma;
   juntos lo traman.
7:4 El mejor de ellos es como un espino;
   el más recto, peor que un cerco de espinos.
   El día de tus centinelas, tu castigo, ha llegado;
   ahora llegará la confusión de ellos.
7:5 No se fíen del vecino ni confíen en el amigo.
   Guarda las puertas de tu boca ante la que se recuesta en tu seno.
7:6 Porque el hijo deshonra al padre, la hija se levanta contra su madre y la nuera contra su suegra;
   los enemigos del hombre son los de su casa.
La confianza que espera en el SEÑOR

7:7 Pero yo miraré al SEÑOR, esperaré en el Dios de mi salvación;
   mi Dios me oirá.
El SEÑOR trae luz y libertad

7:8 «No te alegres de mí, enemiga mía;
   aunque he caído, me levantaré.
   Aunque habite en tinieblas, el SEÑOR es luz para mí.

7:9 Soportaré la indignación del SEÑOR porque he pecado contra él, hasta que defienda mi causa y me haga justicia.
   Él me sacará a la luz y veré su justicia.
7:10 Mi enemiga lo verá y la cubrirá la vergüenza, la que me decía: “¿Dónde está el SEÑOR tu Dios?”.
   Mis ojos la verán;
   ahora será pisoteada como el barro de las calles».
7:11 Llegará el día de edificar tus muros;
   aquel día se extenderá el límite.
7:12 Aquel día vendrán hasta ti desde Asiria y las ciudades de Egipto, desde Egipto hasta el Río, de mar a mar y de monte a monte.
7:13 La tierra quedará desolada a causa de sus habitantes, por el fruto de sus obras.
Compasión del SEÑOR por Israel

7:14 Pastorea a tu pueblo con tu cayado, el rebaño de tu heredad, que habita solo en el bosque, en medio de un campo fértil.
   Que pasten en Basán y Galaad como en los días antiguos.
7:15 «Como en los días de tu salida de la tierra de Egipto, le mostraré maravillas».
7:16 Las naciones verán y se avergonzarán de todo su poderío;
   se pondrán la mano sobre la boca y sus oídos quedarán sordos.
7:17 Lamerán el polvo como la serpiente;
   como los reptiles de la tierra, saldrán temblando de sus encierros.
   Acudirán con temor al SEÑOR nuestro Dios y tendrán miedo de ti.
7:18 ¿Qué Dios hay como tú, que perdona la iniquidad y pasa por alto la rebelión del remanente de su heredad?
   No mantiene su ira para siempre, porque él se deleita en la misericordia.
7:19 Volverá a compadecerse de nosotros y someterá nuestras iniquidades;
   arrojarás a las profundidades del mar todos los pecados de ellos.
7:20 Otorgarás a Jacob fidelidad y a Abraham misericordia, como juraste a nuestros padres desde los días antiguos.

NAHÚM

Capítulo 1
La ira vengadora de Dios
1:1 Profecía sobre Nínive. Libro de la visión de Nahúm de Elcos.
El poder y la bondad del SEÑOR

1:2 El SEÑOR es un Dios celoso y vengador;
   el SEÑOR es vengador y está lleno de furor.
   El SEÑOR se venga de sus adversarios y reserva su ira para sus enemigos.
1:3 El SEÑOR es lento para la ira y grande en poder;
   de ningún modo deja sin castigo al culpable.
   El SEÑOR avanza en el torbellino y en la tempestad, y las nubes son el polvo de sus pies.
1:4 Reprende al mar y lo seca;
   deja secos todos los ríos.
   Basán y el Carmelo se marchitan;
   las flores del Líbano se marchitan.
1:5 Los montes tiemblan ante él y las colinas se derriten.
   La tierra se estremece en su presencia, el mundo y todos los que lo habitan.
1:6 ¿Quién puede mantenerse ante su indignación?
   ¿Quién puede resistir el ardor de su ira?
   Su furor se derrama como fuego y las rocas se hacen pedazos ante él.
1:7 Bueno es el SEÑOR, una fortaleza en el día de la angustia;
   conoce a quienes se refugian en él.
1:8 Pero con una inundación desbordante pondrá fin a su lugar, y las tinieblas perseguirán a sus enemigos.
El fin del opresor y la liberación de Judá

1:9 ¿Qué traman contra el SEÑOR?
   Él pondrá fin a todo;
   la angustia no surgirá dos veces.
1:10 Aunque estén enredados como espinos y embriagados con su bebida, serán consumidos como paja completamente seca.
1:11 De ti salió uno que trama el mal contra el SEÑOR, un consejero de perversidad.

1:12 Así dice el SEÑOR: «Aunque estén intactos y sean numerosos, aun así serán segados y desaparecerán.
   Aunque te he afligido, no volveré a afligirte.
1:13 Ahora quebraré el yugo que él te impuso y romperé tus ataduras».
1:14 El SEÑOR ha dado esta orden acerca de ti: «No habrá más descendencia que perpetúe tu nombre.
   Del templo de tus dioses eliminaré las imágenes talladas y las de metal fundido.
   Prepararé tu tumba, porque eres despreciable».
Judá celebra el fin de la opresión

1:15 ¡Mira sobre los montes los pies del que trae buenas noticias, del que anuncia la paz!
   Celebra tus fiestas, Judá;
   cumple tus votos, porque el malvado no volverá a pasar por ti: ha sido exterminado por completo.

Capítulo 2
El asedio y saqueo de Nínive
2:1 El destructor avanza contra ti.
   ¡Guarda la fortaleza!
   ¡Vigila el camino!
   ¡Afirma la cintura!
   ¡Reúne todas tus fuerzas!
2:2 Porque el SEÑOR restaurará el esplendor de Jacob, como el esplendor de Israel, aunque los saqueadores los saquearon y destruyeron los sarmientos de sus vides.
2:3 Los escudos de sus guerreros son rojos;
   sus hombres de guerra van vestidos de escarlata.
   El acero de los carros centellea como fuego el día de los preparativos, y se agitan las lanzas de ciprés.
2:4 Los carros se lanzan furiosos por las calles y se precipitan por las plazas.
   Parecen antorchas;
   corren como relámpagos.
2:5 Él convoca a sus nobles, que tropiezan al avanzar.
   Se apresuran hacia la muralla, y se prepara la cubierta protectora.
2:6 Las compuertas de los ríos se abren y el palacio se derrumba.
2:7 Está decretado: será desnudada y llevada al destierro.
   Sus sirvientas gimen como palomas y se golpean el pecho.
2:8 Nínive ha sido desde antiguo como un estanque de agua, pero ahora sus habitantes huyen.
   «¡Deténganse, deténganse!», pero nadie vuelve la vista.
2:9 ¡Saqueen la plata!
   ¡Saqueen el oro!
   No tienen fin los tesoros, la riqueza de toda clase de objetos preciosos.
2:10 ¡Vacía, devastada y desolada!
   Los corazones desfallecen y las rodillas tiemblan;
   todos sienten temblores en la cintura y todos los rostros palidecen.
El fin de la guarida de los leones

2:11 ¿Dónde está la guarida de los leones, el lugar donde se alimentaban los leoncillos, donde andaban el león, la leona y el cachorro, sin que nadie los asustara?
2:12 El león despedazaba presas suficientes para sus cachorros y las estrangulaba para sus leonas;
   llenaba sus cuevas de presas y sus guaridas de carne desgarrada.
Destrucción total de Nínive

2:13 «Aquí estoy contra ti —declara el SEÑOR de los ejércitos—.
   Quemaré sus carros hasta reducirlos a humo;
   la espada devorará a tus leoncillos.
   Eliminaré de la tierra tu presa y ya no se oirá la voz de tus mensajeros».

Capítulo 3
La culpa y el juicio de Nínive
3:1 ¡Ay de la ciudad sanguinaria, toda ella llena de mentira y pillaje, que nunca deja de apresar víctimas!
3:2 ¡Chasquido de látigos, estruendo de ruedas, caballos al galope y carros que saltan!
3:3 Jinetes que cargan, espadas que relucen y lanzas que centellean;
   multitud de muertos, montones de cadáveres, cuerpos sin fin.
   ¡Tropiezan con los cadáveres!
3:4 Todo por las muchas prostituciones de la prostituta de hermoso encanto, maestra de hechicerías, que vende naciones con sus prostituciones y pueblos con sus hechicerías.
3:5 «Aquí estoy contra ti —declara el SEÑOR de los ejércitos—.
   Levantaré tus faldas hasta tu rostro;
   mostraré a las naciones tu desnudez y a los reinos tu vergüenza.
3:6 Arrojaré inmundicias sobre ti, te humillaré y haré de ti un espectáculo.
3:7 Todos los que te vean huirán de ti y dirán: “¡Nínive está devastada!
   ¿Quién la lamentará?”.
   ¿Dónde encontraré quienes te consuelen?».
La caída de Tebas advierte a Nínive

3:8 ¿Eres mejor que Tebas, asentada entre los canales del Nilo, rodeada de agua, cuyo baluarte era el mar y cuya muralla era el agua?
3:9 Cus y Egipto eran su fuerza, sin límite;
   Fut y los libios acudían en tu ayuda.
3:10 Sin embargo, también ella marchó al destierro, llevada cautiva.
   También sus niños fueron estrellados en las esquinas de todas las calles.
   Echaron suertes sobre sus nobles y todos sus grandes fueron encadenados.
3:11 También tú te embriagarás y quedarás escondida;
   también tú buscarás refugio contra el enemigo.
3:12 Todas tus fortalezas son higueras con los primeros higos maduros: si las sacuden, los higos caen en la boca de quien los come.
3:13 ¡Mira, tu pueblo son mujeres en medio de ti!
   Las puertas de tu tierra se abren de par en par a tus enemigos;
   el fuego ha consumido tus cerrojos.
Los preparativos no detendrán la caída

3:14 ¡Saca agua para el asedio!
   ¡Refuerza tus fortalezas!
   ¡Métete en el lodo y pisa el barro!
   ¡Toma el molde de ladrillos!
3:15 Allí te consumirá el fuego, te exterminará la espada;
   te devorará como la langosta joven.
   ¡Multiplícate como la langosta joven!
   ¡Multiplícate como la langosta!
3:16 Has multiplicado tus comerciantes más que las estrellas del cielo;
   la langosta joven despoja y echa a volar.
3:17 Tus príncipes son como langostas y tus oficiales como enjambres de langostas que se posan en los cercos en un día frío.
   Sale el sol y se van;
   nadie sabe dónde están.
El reino queda sin quien lo reúna

3:18 Tus pastores duermen, rey de Asiria;
   tus nobles reposan.
   Tu pueblo está disperso por los montes y no hay quien lo reúna.
3:19 No hay alivio para tu quebranto;
   tu herida es incurable.
   Todos los que oigan noticias de ti aplaudirán por tu caída, pues ¿sobre quién no ha pasado sin cesar tu maldad?

HABACUC

Capítulo 1
Habacuc se queja de injusticia
1:1 Profecía que recibió en visión el profeta Habacuc.
1:2 ¿Hasta cuándo, SEÑOR, pediré ayuda sin que escuches?
   Clamo a ti: «¡Violencia!», pero no salvas.
1:3 ¿Por qué me haces ver la maldad y contemplas la opresión?
   Ante mí hay destrucción y violencia;
   surgen pleitos y se levanta la discordia.
1:4 Por eso la ley queda paralizada y nunca se hace justicia.
   El malvado acorrala al justo;
   por eso la justicia sale torcida.
Los caldeos castigarán a Judá

1:5 «Miren entre las naciones y observen;
   ¡asómbrense, quédense asombrados!
   Porque en sus días realizo una obra que no creerían aunque se la contaran.
1:6 Pues voy a levantar a los caldeos, esa nación cruel e impetuosa que recorre la anchura de la tierra para apoderarse de moradas ajenas.
1:7 Es temible y aterradora;
   de ella misma proceden su justicia y su autoridad.
1:8 Sus caballos son más veloces que leopardos y más feroces que lobos al anochecer.
   Sus jinetes avanzan al galope;
   sus jinetes vienen de lejos.
   Vuelan como el águila que se precipita a devorar.
1:9 Todos vienen para hacer violencia;
   sus rostros avanzan hacia el este y reúnen cautivos como arena.
1:10 Se burla de los reyes y los gobernantes son motivo de risa para ella.
   Se ríe de toda fortaleza: amontona tierra y la toma.
1:11 Luego pasa como el viento y sigue adelante;
   es culpable, pues hace de su fuerza su dios».
Protesta de Habacuc

1:12 ¿No eres tú desde la eternidad, SEÑOR, Dios mío, Santo mío?
   No moriremos.
   SEÑOR, lo has designado para ejecutar juicio;
   tú, Roca, lo has establecido para corregir.
1:13 Tus ojos son demasiado puros para mirar el mal y no puedes contemplar la opresión.
   ¿Por qué contemplas a los traidores y guardas silencio cuando el malvado devora a quien es más justo que él?
1:14 Haces a los seres humanos como los peces del mar, como los animales que se arrastran, sin quien los gobierne.
1:15 Él los saca a todos con el anzuelo, los arrastra en su red y los reúne en su malla;
   por eso se alegra y se regocija.
1:16 Por eso ofrece sacrificios a su red y quema incienso a su malla, porque gracias a ellas su porción es abundante y su comida suculenta.
1:17 ¿Seguirá, entonces, vaciando su red y matando sin piedad a las naciones continuamente?

Capítulo 2
2:1 Me mantendré en mi puesto de guardia, me situaré sobre la fortaleza y estaré atento para ver qué me dirá y qué responderé acerca de mi queja.
El SEÑOR responde a Habacuc

2:2 El SEÑOR me respondió: «Escribe la visión y grábala con claridad en tablas, para que corra quien la lea.
2:3 Porque la visión aguarda todavía el tiempo señalado;
   se apresura hacia el fin y no miente.
   Aunque tarde, espérala;
   sin falta llegará, no se retrasará.
2:4 Mira al orgulloso: su alma no es recta en él;
   pero el justo por su fe vivirá.
2:5 Además, el vino es traicionero;
   el hombre arrogante no encuentra reposo.
   Ensancha su apetito como el Seol y es como la muerte, que nunca se sacia.
   Reúne para sí a todas las naciones y congrega para sí a todos los pueblos.
Ayes contra los injustos
El saqueador será saqueado

2:6 ¿No entonarán todos ellos una sátira contra él, con burlas y enigmas a su costa?
   Dirán: “¡Ay del que acumula lo que no es suyo!
   ¿Hasta cuándo?
   ¡Ay del que se carga de prendas tomadas en garantía!
2:7 ¿No se levantarán de repente los que te muerden y despertarán los que te harán temblar?
   Entonces serás botín para ellos.
2:8 Porque tú saqueaste a muchas naciones, todos los pueblos que quedan te saquearán, por la sangre humana derramada y por la violencia contra la tierra, la ciudad y todos sus habitantes”.
La falsa seguridad de la riqueza injusta

2:9 ¡Ay del que obtiene ganancias injustas para su casa, para poner su nido en lo alto y librarse del poder de la desgracia!
2:10 Has tramado la vergüenza de tu casa;
   al exterminar a muchos pueblos, has pecado contra tu propia vida.
2:11 Porque la piedra clamará desde el muro y la viga de madera le responderá.
Ciudades levantadas sobre la sangre

2:12 ¡Ay del que construye una ciudad con sangre y funda una población con injusticia!
2:13 ¿No viene del SEÑOR de los ejércitos que los pueblos trabajen para el fuego y las naciones se agoten en vano?
2:14 Porque la tierra se llenará del conocimiento de la gloria del SEÑOR, como las aguas cubren el mar.
La humillación vuelve sobre el agresor

2:15 ¡Ay del que da de beber a su prójimo, mezclando tu veneno hasta embriagarlo, para contemplar su desnudez!
2:16 Te has saciado de deshonra en vez de gloria.
   ¡Bebe tú también y muestra tu desnudez!
   La copa de la mano derecha del SEÑOR se volverá contra ti, y una vergüenza repugnante cubrirá tu gloria.
2:17 Porque la violencia contra el Líbano te cubrirá, y la destrucción de sus animales los aterrorizará, por la sangre humana derramada y por la violencia contra la tierra, la ciudad y todos sus habitantes.
La impotencia de los ídolos

2:18 ¿De qué sirve la imagen tallada que esculpió su artífice, la imagen fundida que enseña mentira, para que su hacedor confíe en su propia obra al fabricar ídolos mudos?

2:19 ¡Ay del que dice al madero: “¡Despierta!”, y a la piedra muda: “¡Levántate!”.
   ¿Podrá eso enseñar?
   Mira, está recubierto de oro y plata, pero no tiene aliento alguno en su interior.
2:20 Pero el SEÑOR está en su santo templo.
   ¡Guarde silencio ante él toda la tierra!».

Capítulo 3
Oración de Habacuc
3:1 Oración del profeta Habacuc, según Sigionot.
3:2 SEÑOR, he oído lo que se dice de ti y he temido.
   SEÑOR, aviva tu obra en medio de los años;
   en medio de los años dala a conocer.
   En tu ira, acuérdate de tener compasión.
El Santo se manifiesta para salvar

3:3 Dios viene de Temán, el Santo del monte Parán.
   Selah.
   Su esplendor cubre los cielos y su alabanza llena la tierra.
3:4 Su resplandor es como la luz;
   rayos salen de su mano, y allí se oculta su poder.
3:5 Delante de él va la peste y la plaga sigue sus pasos.
3:6 Se detiene y mide la tierra;
   mira y hace estremecer a las naciones.
   Los montes perpetuos se despedazan y las colinas antiguas se hunden.
   Suyos son los caminos eternos.
3:7 Vi las tiendas de Cusán bajo la aflicción;
   temblaban las cortinas de la tierra de Madián.

3:8 ¿Se encendió el SEÑOR contra los ríos?
   ¿Fue tu ira contra los ríos, tu furor contra el mar, cuando montaste tus caballos, tus carros de salvación?
3:9 Dejaste tu arco completamente descubierto;
   con juramentos ordenaste tus flechas.
   Selah.
   Con ríos abriste la tierra.
3:10 Los montes te vieron y se retorcieron;
   pasó el torrente de agua.
   El abismo hizo oír su voz y levantó sus manos en alto.
3:11 El sol y la luna se detuvieron en su morada, ante la luz de tus flechas que avanzaban, ante el fulgor de tu lanza centelleante.
3:12 Con indignación marchaste por la tierra;
   con ira trillaste a las naciones.
3:13 Saliste para salvar a tu pueblo, para salvar a tu ungido.
   Aplastaste la cabeza de la casa del malvado, dejándola al descubierto desde el cimiento hasta el cuello. Selah.

3:14 Con sus propias lanzas atravesaste la cabeza de sus guerreros, que se lanzaban como una tempestad para dispersarme;
   se alegraban como quienes devoran al pobre a escondidas.
3:15 Pisaste el mar con tus caballos, el oleaje de las aguas inmensas.
Confianza en Dios ante la pérdida

3:16 Oí y se estremecieron mis entrañas;
   al sonido temblaron mis labios.
   La podredumbre entró en mis huesos y temblé donde estaba.
   Pero esperaré en calma el día de la angustia, cuando caiga sobre el pueblo que nos invade.
3:17 Aunque la higuera no florezca ni haya fruto en las vides, aunque falle la cosecha del olivo y los campos no produzcan alimento, aunque falten las ovejas del redil y no haya ganado en los establos,
3:18 con todo, yo me alegraré en el SEÑOR, me regocijaré en el Dios de mi salvación.
3:19 El Señor DIOS es mi fuerza;
   hace mis pies como los de las ciervas y me hace caminar por mis alturas.
   Para el director, con mis instrumentos de cuerda.

SOFONÍAS

Capítulo 1
El día de la ira del SEÑOR
1:1 Palabra del SEÑOR que vino a Sofonías, hijo de Cusi, hijo de Gedalías, hijo de Amarías, hijo de Ezequías, en los días de Josías, hijo de Amón, rey de Judá.
1:2 «Eliminaré por completo todo de la superficie de la tierra —declara el SEÑOR—.
1:3 Eliminaré a los seres humanos y a los animales;
   eliminaré las aves del cielo y los peces del mar, los motivos de tropiezo junto con los malvados.
   Exterminaré a la humanidad de la superficie de la tierra —declara el SEÑOR—.
La infidelidad religiosa de Judá

1:4 Extenderé mi mano contra Judá y contra todos los habitantes de Jerusalén.
   Eliminaré de este lugar lo que queda de Baal y el nombre de los sacerdotes idólatras junto con los sacerdotes;
1:5 a los que se postran en las azoteas ante el ejército del cielo;
   a los que se postran y juran lealtad al SEÑOR, pero también juran por Malcam;
1:6 a los que han dejado de seguir al SEÑOR y a los que no buscan al SEÑOR ni lo consultan».
El juicio alcanza a la corte y a la ciudad

1:7 ¡Silencio ante el Señor DIOS, porque el día del SEÑOR está cerca!
   El SEÑOR ha preparado un sacrificio y ha consagrado a sus invitados.
1:8 «El día del sacrificio del SEÑOR castigaré a los príncipes, a los hijos del rey y a todos los que se visten con ropa extranjera.
1:9 Aquel día castigaré a todos los que saltan sobre el umbral, a los que llenan la casa de sus señores de violencia y engaño.

1:10 Aquel día —declara el SEÑOR— se oirá un clamor desde la puerta del Pescado, un lamento desde el Segundo Barrio y un gran estruendo desde las colinas.
1:11 ¡Lamenten, habitantes de Mactes!
   Porque todo el pueblo de comerciantes ha sido aniquilado;
   han sido exterminados todos los que negocian con plata.
1:12 En aquel tiempo registraré Jerusalén con lámparas y castigaré a los hombres que reposan como vino sobre su sedimento, que dicen en su corazón: “El SEÑOR no hará ni bien ni mal”.
1:13 Sus riquezas serán saqueadas y sus casas quedarán desiertas.
   Construirán casas, pero no las habitarán;
   plantarán viñas, pero no beberán su vino».
Cuando ninguna defensa basta

1:14 El gran día del SEÑOR está cerca, está cerca y llega muy deprisa.
   ¡Amargo es el clamor del día del SEÑOR!
   Allí grita el guerrero.
1:15 Aquel día es día de ira, día de angustia y aflicción, día de ruina y devastación, día de oscuridad y tinieblas, día de nubes y densa negrura;
1:16 día de trompeta y grito de guerra contra las ciudades fortificadas y contra las altas torres.
1:17 «Traeré angustia sobre los seres humanos, y andarán como ciegos, porque han pecado contra el SEÑOR.
   Su sangre será derramada como polvo y su carne como estiércol».
1:18 Ni su plata ni su oro podrán librarlos el día de la ira del SEÑOR.
   Toda la tierra será consumida por el fuego de su celo, pues él dará un fin total y repentino a todos los habitantes de la tierra.

Capítulo 2
Buscar a Dios antes del juicio
2:1 Reúnanse, sí, reúnanse, nación sin vergüenza,
2:2 antes de que se cumpla el decreto —el día pasa como paja—, antes de que venga sobre ustedes el ardor de la ira del SEÑOR, antes de que venga sobre ustedes el día de la ira del SEÑOR.
2:3 Busquen al SEÑOR, todos los humildes de la tierra que cumplen sus preceptos.
   Busquen la justicia, busquen la humildad;
   quizá sean resguardados el día de la ira del SEÑOR.
El futuro de la costa filistea

2:4 Porque Gaza quedará abandonada y Ascalón desolada;
   expulsarán a Asdod al mediodía y Ecrón será arrancada de raíz.

2:5 ¡Ay de los habitantes de la costa del mar, nación de los cereteos!
   La palabra del SEÑOR está contra ustedes: «Canaán, tierra de los filisteos, te destruiré hasta que no quede habitante».
2:6 La costa del mar se convertirá en pastizales, en refugios de pastores y corrales de ovejas.
2:7 La costa pertenecerá al remanente de la casa de Judá;
   allí apacentarán sus rebaños y al atardecer reposarán en las casas de Ascalón, porque el SEÑOR su Dios los cuidará y restaurará su bienestar.
La soberbia de Moab y Amón

2:8 «He oído las afrentas de Moab y los insultos de los amonitas, con los que afrentaron a mi pueblo y se engrandecieron contra su territorio.
2:9 Por eso, tan cierto como que vivo —declara el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel—, Moab será como Sodoma y los amonitas como Gomorra: un lugar de ortigas, pozos de sal y desolación perpetua.
   El remanente de mi pueblo los saqueará y los que queden de mi nación los poseerán».
2:10 Este será el pago por su orgullo, porque afrentaron al pueblo del SEÑOR de los ejércitos y se engrandecieron contra él.
2:11 El SEÑOR será temible contra ellos, pues dejará sin fuerzas a todos los dioses de la tierra.
   Todas las costas de las naciones se postrarán ante él, cada una desde su lugar.
Cus ante la espada del juicio

2:12 «También ustedes, cusitas, caerán muertos por mi espada».
La caída de la autosuficiencia de Nínive

2:13 Él extenderá su mano contra el norte y destruirá a Asiria;
   convertirá a Nínive en una desolación, en un lugar seco como el desierto.
2:14 En medio de ella se echarán rebaños y animales de toda clase.
   El pelícano y el erizo pasarán la noche en sus capiteles;
   una voz cantará en la ventana y habrá desolación en el umbral, porque el entablado de cedro ha quedado al descubierto.
2:15 Esta es la ciudad alegre que vivía confiada y decía en su corazón: «Yo, y ninguna más».
   ¡Cómo ha quedado desolada, convertida en guarida de fieras!
   Todo el que pase junto a ella silbará y agitará la mano.

Capítulo 3
El pecado de Jerusalén, y su redención
3:1 ¡Ay de la rebelde y contaminada, la ciudad opresora!
3:2 No escuchó la voz, no aceptó corrección;
   no confió en el SEÑOR, no se acercó a su Dios.
3:3 Sus príncipes en medio de ella son leones rugientes;
   sus jueces son lobos al anochecer, que no dejan hueso para la mañana.
3:4 Sus profetas son temerarios, hombres traidores.
   Sus sacerdotes profanan el santuario y violan la ley.
3:5 El SEÑOR es justo en medio de ella;
   no comete injusticia.
   Mañana tras mañana saca a la luz su justicia, sin faltar;
   pero el injusto no conoce la vergüenza.
3:6 «He exterminado naciones;
   sus torres han quedado desoladas.
   Dejé desiertas sus calles, sin nadie que pase por ellas;
   sus ciudades quedaron destruidas, sin persona alguna, sin habitantes.
3:7 Dije: “Sin duda me temerás y aceptarás corrección”.
   Así no sería destruida su morada, a pesar de todo lo que determiné contra ella.
   Pero se apresuraron a corromper todas sus acciones.
Del juicio universal a una adoración renovada

3:8 Por eso, espérenme —declara el SEÑOR— hasta el día en que me levante para tomar botín.
   Porque he decidido reunir a las naciones, congregar a los reinos, para derramar sobre ellos mi indignación, todo el ardor de mi ira.
   Porque el fuego de mi celo consumirá toda la tierra.
3:9 Entonces daré a los pueblos labios puros, para que todos invoquen el nombre del SEÑOR y le sirvan hombro a hombro.
3:10 Desde más allá de los ríos de Cus, mis suplicantes, mi pueblo disperso, traerán mi ofrenda.
3:11 Aquel día no te avergonzarás de todas tus acciones con las que te rebelaste contra mí, porque entonces quitaré de en medio de ti a los que se regocijan en tu orgullo.
   Ya no volverás a enaltecerte en mi santo monte.
3:12 Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, que se refugiará en el nombre del SEÑOR.
3:13 El remanente de Israel no cometerá injusticia ni hablará mentira;
   no habrá en su boca lengua engañosa.
   Se alimentarán y reposarán, sin que nadie los atemorice».
La alegría de la presencia salvadora de Dios

3:14 ¡Canta de alegría, hija de Sion!
   ¡Grita de júbilo, Israel!
   ¡Alégrate y regocíjate con todo el corazón, hija de Jerusalén!
3:15 El SEÑOR ha retirado las sentencias contra ti y ha apartado a tu enemigo.
   El Rey de Israel, el SEÑOR, está en medio de ti;
   ya no temerás mal alguno.
3:16 Aquel día se dirá a Jerusalén: «No temas, Sion;
   que no desfallezcan tus manos.
3:17 El SEÑOR tu Dios está en medio de ti, guerrero poderoso que salva.
   Se deleitará en ti con alegría;
   en su amor guardará silencio;
   se regocijará por ti con cantos».
El regreso de los dispersos

3:18 «Reuniré a los que se afligen por las fiestas señaladas;
   de ti proceden, y para ellos la afrenta era una carga.
3:19 En aquel tiempo me ocuparé de todos tus opresores.
   Salvaré a la que cojea y reuniré a la expulsada;
   les daré alabanza y renombre en toda la tierra donde sufrieron vergüenza.
3:20 En aquel tiempo los traeré, en aquel tiempo los reuniré.
   Les daré renombre y alabanza entre todos los pueblos de la tierra, cuando restaure su bienestar ante sus propios ojos», dice el SEÑOR.

HAGEO

Capítulo 1
Exhortación a edificar el templo
1:1 En el segundo año del rey Darío, el primer día del sexto mes, vino la palabra del SEÑOR por medio del profeta Hageo a Zorobabel, hijo de Salatiel, gobernador de Judá, y a Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote:
1:2 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Este pueblo dice: “No ha llegado el tiempo, el tiempo de reconstruir la casa del SEÑOR”».
1:3 Entonces vino la palabra del SEÑOR por medio del profeta Hageo:
1:4 «¿Acaso es tiempo de que ustedes vivan en sus casas revestidas de madera, mientras esta casa está en ruinas?».
1:5 Ahora, pues, así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Consideren bien sus caminos.
1:6 Han sembrado mucho, pero recogen poco; comen, pero no se sacian; beben, pero no llegan a embriagarse; se visten, pero no consiguen calentarse. Quien gana un salario lo gana para echarlo en una bolsa agujereada».
1:7 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Consideren bien sus caminos.
1:8 Suban al monte, traigan madera y reconstruyan la casa. Me complaceré en ella y seré glorificado —dice el SEÑOR—.
1:9 Esperaban mucho, pero resultó poco; lo llevaron a casa y yo lo dispersé con un soplo. ¿Por qué? —declara el SEÑOR de los ejércitos—. Porque mi casa está en ruinas, mientras cada uno de ustedes corre a ocuparse de su propia casa.
1:10 Por eso, a causa de ustedes, los cielos han retenido el rocío y la tierra ha retenido su cosecha.
1:11 Llamé a la sequía sobre la tierra y sobre los montes, sobre el grano, el vino nuevo y el aceite, sobre todo lo que produce el suelo, sobre los seres humanos y los animales y sobre todo el trabajo de sus manos».
El pueblo responde a la palabra de Dios
1:12 Entonces Zorobabel, hijo de Salatiel, Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote, y todo el remanente del pueblo obedecieron la voz del SEÑOR su Dios y las palabras del profeta Hageo, a quien el SEÑOR su Dios había enviado. Y el pueblo temió ante el SEÑOR.
1:13 Hageo, mensajero del SEÑOR, comunicó al pueblo el mensaje del SEÑOR: «Yo estoy con ustedes», declara el SEÑOR.
1:14 El SEÑOR despertó el espíritu de Zorobabel, hijo de Salatiel, gobernador de Judá, el espíritu de Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote, y el espíritu de todo el remanente del pueblo. Vinieron y comenzaron a trabajar en la casa del SEÑOR de los ejércitos, su Dios,
1:15 el día veinticuatro del sexto mes, en el segundo año del rey Darío.

Capítulo 2
La gloria del nuevo templo
2:1 El día veintiuno del séptimo mes vino la palabra del SEÑOR por medio del profeta Hageo:
2:2 «Habla ahora a Zorobabel, hijo de Salatiel, gobernador de Judá, a Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote, y al remanente del pueblo, y diles:
2:3 “¿Quién queda entre ustedes que haya visto esta casa en su primera gloria? ¿Cómo la ven ahora? ¿No les parece como nada?
2:4 Pero ahora, sé fuerte, Zorobabel —declara el SEÑOR—. Sé fuerte, Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote. Sean fuertes, todos los habitantes de la tierra —declara el SEÑOR—, y trabajen, porque yo estoy con ustedes —declara el SEÑOR de los ejércitos—.
2:5 Conforme a la promesa que pacté con ustedes cuando salieron de Egipto, mi Espíritu permanece en medio de ustedes. ¡No teman!”.
2:6 Porque así dice el SEÑOR de los ejércitos: “Una vez más, dentro de poco, haré temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca.
2:7 Haré temblar a todas las naciones y vendrán los tesoros de todas las naciones. Llenaré de gloria esta casa —dice el SEÑOR de los ejércitos—.
2:8 Mía es la plata y mío es el oro —declara el SEÑOR de los ejércitos—.
2:9 La gloria final de esta casa será mayor que la primera —dice el SEÑOR de los ejércitos—. Y en este lugar daré paz —declara el SEÑOR de los ejércitos—”».
La pureza del pueblo y la promesa de bendición
2:10 El día veinticuatro del noveno mes, en el segundo año de Darío, vino la palabra del SEÑOR al profeta Hageo:
2:11 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Pide ahora a los sacerdotes instrucción sobre la ley:
2:12 “Si alguien lleva carne consagrada en el pliegue de su vestido y con ese pliegue toca pan, guiso, vino, aceite o cualquier otro alimento, ¿quedará consagrado?”». Los sacerdotes respondieron: «No».
2:13 Hageo preguntó: «Si alguien impuro por el contacto con un cadáver toca cualquiera de esas cosas, ¿quedará impura?». Los sacerdotes respondieron: «Quedará impura».
2:14 Entonces Hageo dijo: «Así es este pueblo y así es esta nación delante de mí —declara el SEÑOR—. Así es toda obra de sus manos: lo que ofrecen allí es impuro.
Recordar la escasez y confiar en la bendición
2:15 Ahora consideren bien, desde este día, lo que ocurría antes de que se pusiera piedra sobre piedra en el templo del SEÑOR.
2:16 Cuando alguien iba a un montón que debía rendir veinte medidas, solo había diez; cuando iba al lagar a sacar cincuenta litros, solo había veinte.
2:17 Los herí con tizón, añublo y granizo en toda la obra de sus manos; pero no se volvieron a mí —declara el SEÑOR—.
2:18 Consideren bien desde este día en adelante, desde el día veinticuatro del noveno mes, desde el día en que se echaron los cimientos del templo del SEÑOR; considérenlo bien.
2:19 ¿Queda todavía semilla en el granero? La vid, la higuera, el granado y el olivo aún no han dado fruto. Pero desde este día los bendeciré».
Promesa del SEÑOR a Zorobabel
2:20 La palabra del SEÑOR vino por segunda vez a Hageo el día veinticuatro del mes:
2:21 «Habla a Zorobabel, gobernador de Judá, y dile: “Voy a hacer temblar los cielos y la tierra.
2:22 Derribaré el trono de los reinos y destruiré el poder de los reinos de las naciones. Volcaré los carros y a quienes los conducen; caerán los caballos y sus jinetes, cada uno por la espada de su hermano.
2:23 Aquel día —declara el SEÑOR de los ejércitos— te tomaré, Zorobabel, hijo de Salatiel, siervo mío —declara el SEÑOR—, y te pondré como anillo de sellar, porque te he escogido —declara el SEÑOR de los ejércitos—”».

ZACARÍAS

Capítulo 1
Llamamiento a volver al SEÑOR
1:1 En el octavo mes del segundo año de Darío vino la palabra del SEÑOR al profeta Zacarías, hijo de Berequías, hijo de Iddo:
1:2 el SEÑOR se enojó mucho contra los antepasados de ustedes.
1:3 Diles: Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Vuélvanse a mí —declara el SEÑOR de los ejércitos—, y yo me volveré a ustedes —dice el SEÑOR de los ejércitos—.
1:4 No sean como sus antepasados, a quienes los antiguos profetas proclamaron: “Así dice el SEÑOR de los ejércitos: Apártense de sus malos caminos y de sus malas acciones”. Pero no escucharon ni me prestaron atención —declara el SEÑOR—.
1:5 Sus antepasados, ¿dónde están? Y los profetas, ¿viven para siempre?
1:6 Pero mis palabras y mis decretos, que encargué a mis siervos los profetas, ¿no alcanzaron a sus antepasados? Entonces se volvieron y dijeron: “Tal como el SEÑOR de los ejércitos había determinado tratarnos, conforme a nuestros caminos y nuestras acciones, así nos trató”».
La visión de los caballos
1:7 El día veinticuatro del undécimo mes, el mes de Sebat, en el segundo año de Darío, vino la palabra del SEÑOR al profeta Zacarías, hijo de Berequías, hijo de Iddo:
1:8 Aquella noche vi a un hombre montado en un caballo rojo. Estaba entre los mirtos de la hondonada, y detrás de él había caballos rojos, castaños y blancos.
1:9 Pregunté: «¿Qué son estos, señor mío?». El ángel que hablaba conmigo me dijo: «Te mostraré qué son».
1:10 El hombre que estaba entre los mirtos respondió: «Estos son los que el SEÑOR ha enviado a recorrer la tierra».
1:11 Ellos respondieron al ángel del SEÑOR que estaba entre los mirtos: «Hemos recorrido la tierra y toda la tierra está tranquila y en reposo».
1:12 Entonces el ángel del SEÑOR dijo: «SEÑOR de los ejércitos, ¿hasta cuándo no tendrás compasión de Jerusalén y de las ciudades de Judá, contra las que has estado indignado estos setenta años?».
1:13 El SEÑOR respondió al ángel que hablaba conmigo con palabras buenas, palabras de consuelo.
1:14 El ángel que hablaba conmigo me dijo: «Proclama: Así dice el SEÑOR de los ejércitos: “Siento un gran celo por Jerusalén y por Sion.
1:15 Estoy muy enojado con las naciones que viven confiadas, porque yo estaba un poco enojado, pero ellas agravaron el mal”.
1:16 Por eso, así dice el SEÑOR: “He vuelto a Jerusalén con compasión; mi casa será reconstruida en ella —declara el SEÑOR de los ejércitos— y se extenderá un cordel de medir sobre Jerusalén”.
1:17 Proclama también: Así dice el SEÑOR de los ejércitos: “Mis ciudades volverán a rebosar de prosperidad; el SEÑOR volverá a consolar a Sion y volverá a escoger a Jerusalén”».
Los poderes opresores y los artesanos que los derriban
1:18 Levanté los ojos y vi cuatro cuernos.
1:19 Pregunté al ángel que hablaba conmigo: «¿Qué son estos?». Me respondió: «Estos son los cuernos que dispersaron a Judá, a Israel y a Jerusalén».
1:20 Después el SEÑOR me mostró cuatro artesanos.
1:21 Pregunté: «¿Qué vienen a hacer estos?». Él respondió: «Aquellos son los cuernos que dispersaron a Judá, de modo que nadie podía levantar la cabeza. Pero estos han venido a aterrorizarlos, a derribar los cuernos de las naciones que alzaron su cuerno contra la tierra de Judá para dispersarla».

Capítulo 2
Jerusalén bajo la protección del SEÑOR
2:1 Levanté los ojos y vi a un hombre con un cordel de medir en la mano.
2:2 Le pregunté: «¿Adónde vas?». Me respondió: «A medir Jerusalén, para ver cuánto tiene de ancho y cuánto de largo».
2:3 Entonces el ángel que hablaba conmigo salió, y otro ángel salió a su encuentro.
2:4 Le dijo: «Corre, habla a ese joven y dile: “Jerusalén será habitada como una ciudad sin murallas, por la multitud de personas y animales que habrá en ella.
2:5 Yo seré para ella —declara el SEÑOR— una muralla de fuego a su alrededor y seré la gloria en medio de ella”».
Llamamiento a los desterrados
2:6 «¡Vamos, vamos! Huyan de la tierra del norte —declara el SEÑOR—, porque los dispersé como los cuatro vientos del cielo —declara el SEÑOR—.
2:7 ¡Vamos, Sion! Escapa, tú que habitas con la hija de Babilonia».
2:8 Porque así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Después de la gloria me envió a las naciones que los saquearon, porque quien los toca toca la niña de su ojo.
2:9 Voy a alzar mi mano contra ellas, y serán botín de sus propios esclavos. Entonces sabrán que el SEÑOR de los ejércitos me ha enviado.
2:10 ¡Canta y alégrate, hija de Sion! Porque vengo y habitaré en medio de ti —declara el SEÑOR—.
2:11 Muchas naciones se unirán al SEÑOR aquel día y serán mi pueblo. Habitaré en medio de ti y sabrás que el SEÑOR de los ejércitos me ha enviado a ti».
2:12 El SEÑOR poseerá a Judá como su porción en la tierra santa y volverá a escoger a Jerusalén.
2:13 ¡Guarde silencio todo ser humano ante el SEÑOR, porque se ha levantado de su santa morada!

Capítulo 3
Visión del sumo sacerdote Josué
3:1 Luego me mostró a Josué, el sumo sacerdote, de pie ante el ángel del SEÑOR; y Satanás estaba a su derecha para acusarlo.
3:2 El SEÑOR dijo a Satanás: «¡El SEÑOR te reprenda, Satanás! ¡El SEÑOR, que ha escogido a Jerusalén, te reprenda! ¿No es este un tizón rescatado del fuego?».
3:3 Josué estaba vestido con ropas sucias, de pie ante el ángel.
3:4 Él dijo a los que estaban delante de él: «Quítenle las ropas sucias». Y a Josué le dijo: «Mira, he quitado de ti tu culpa y te vestiré con ropas de gala».
3:5 Entonces dije: «Que le pongan un turbante limpio en la cabeza». Le pusieron un turbante limpio en la cabeza y lo vistieron, mientras el ángel del SEÑOR permanecía de pie.
3:6 El ángel del SEÑOR advirtió solemnemente a Josué:
3:7 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Si andas en mis caminos y cumples lo que te he encargado, gobernarás mi casa y guardarás mis atrios. Te daré acceso entre estos que están aquí de pie.
3:8 Escucha ahora, Josué, sumo sacerdote, junto con tus compañeros que se sientan delante de ti, porque ellos son hombres que sirven de señal: voy a traer a mi siervo, el Renuevo.
3:9 Mira la piedra que he puesto delante de Josué: sobre esta única piedra hay siete ojos. Yo grabaré su inscripción —declara el SEÑOR de los ejércitos— y quitaré la culpa de esta tierra en un solo día.
3:10 Aquel día —declara el SEÑOR de los ejércitos— cada uno invitará a su prójimo debajo de su vid y debajo de su higuera».

Capítulo 4
El candelabro de oro y los olivos
4:1 El ángel que hablaba conmigo volvió y me despertó, como se despierta a alguien de su sueño.
4:2 Me preguntó: «¿Qué ves?». Respondí: «Veo un candelabro todo de oro, con un depósito en la parte superior. Tiene siete lámparas arriba, con siete conductos para cada una de las lámparas.
4:3 Junto a él hay dos olivos, uno a la derecha del depósito y otro a su izquierda».
4:4 Pregunté al ángel que hablaba conmigo: «¿Qué son estos, señor mío?».
4:5 El ángel que hablaba conmigo me respondió: «¿No sabes qué son estos?». Contesté: «No, señor mío».
4:6 Entonces me dijo: «Esta es la palabra del SEÑOR a Zorobabel: “No por el poder ni por la fuerza, sino por mi Espíritu —dice el SEÑOR de los ejércitos—.
4:7 ¿Quién eres tú, gran monte? Ante Zorobabel te convertirás en llanura. Él sacará la piedra de remate entre aclamaciones: ¡Gracia, gracia sobre ella!”».
4:8 Vino a mí la palabra del SEÑOR:
4:9 «Las manos de Zorobabel pusieron los cimientos de esta casa y sus manos la terminarán. Entonces sabrás que el SEÑOR de los ejércitos me ha enviado a ustedes.
4:10 ¿Quién ha despreciado el día de las cosas pequeñas? Estos siete se alegrarán al ver la plomada en la mano de Zorobabel: son los ojos del SEÑOR que recorren toda la tierra».
4:11 Le pregunté: «¿Qué son estos dos olivos a la derecha y a la izquierda del candelabro?».
4:12 Volví a preguntarle: «¿Qué son las dos ramas de olivo que están junto a los dos conductos de oro por los que vierten el aceite dorado?».
4:13 Me respondió: «¿No sabes qué son estos?». Contesté: «No, señor mío».
4:14 Él dijo: «Estos son los dos ungidos que están ante el Señor de toda la tierra».

Capítulo 5
El rollo volante
5:1 Volví a levantar los ojos y vi un rollo que volaba.
5:2 Me preguntó: «¿Qué ves?». Respondí: «Veo un rollo que vuela, de unos diez metros de largo y cinco de ancho».
5:3 Me dijo: «Esta es la maldición que sale sobre la superficie de toda la tierra. Todo el que roba será eliminado conforme a lo escrito de un lado, y todo el que jura será eliminado conforme a lo escrito del otro lado.
5:4 La he hecho salir —declara el SEÑOR de los ejércitos— y entrará en la casa del ladrón y en la casa de quien jura falsamente por mi nombre. Permanecerá en su casa y la consumirá, junto con sus maderas y sus piedras».
La maldad encerrada y llevada a Sinar
5:5 El ángel que hablaba conmigo salió y me dijo: «Levanta los ojos y mira qué es esto que sale».
5:6 Pregunté: «¿Qué es?». Respondió: «Esta es la canasta para medir grano que sale». Y añadió: «Esta es su apariencia en toda la tierra».
5:7 Entonces se levantó una tapa de plomo, y allí había una mujer sentada dentro de la canasta.
5:8 Él dijo: «Esta es la Maldad». La arrojó dentro de la canasta y echó la tapa de plomo sobre su abertura.
5:9 Levanté los ojos y vi que salían dos mujeres, con viento en sus alas. Tenían alas como de cigüeña y levantaron la canasta entre la tierra y el cielo.
5:10 Pregunté al ángel que hablaba conmigo: «¿Adónde llevan la canasta?».
5:11 Me respondió: «A construirle una casa en la tierra de Sinar. Cuando esté preparada, la colocarán allí sobre su base».

Capítulo 6
Los cuatro carros
6:1 Volví a levantar los ojos y vi cuatro carros que salían de entre dos montes; los montes eran de bronce.
6:2 El primer carro tenía caballos rojos; el segundo carro, caballos negros;
6:3 el tercer carro, caballos blancos; y el cuarto carro, caballos tordos y fuertes.
6:4 Pregunté al ángel que hablaba conmigo: «¿Qué son estos, señor mío?».
6:5 El ángel me respondió: «Estos son los cuatro espíritus del cielo, que salen después de presentarse ante el Señor de toda la tierra.
6:6 El carro de los caballos negros sale hacia la tierra del norte; los blancos salen detrás de ellos y los tordos salen hacia la tierra del sur».
6:7 Los caballos fuertes salieron, deseosos de ir a recorrer la tierra. Él dijo: «¡Vayan, recorran la tierra!». Y recorrieron la tierra.
6:8 Entonces me llamó y me dijo: «Mira, los que salieron hacia la tierra del norte han dado reposo a mi Espíritu en la tierra del norte».
Coronación simbólica de Josué
6:9 Vino a mí la palabra del SEÑOR:
6:10 «Recibe las ofrendas de los desterrados, de Heldai, de Tobías y de Jedaías, que han venido de Babilonia. Ve tú ese mismo día a la casa de Josías, hijo de Sofonías.
6:11 Toma plata y oro, haz coronas y colócalas sobre la cabeza de Josué, hijo de Josadac, el sumo sacerdote.
6:12 Dile: Así dice el SEÑOR de los ejércitos: “Mira al hombre cuyo nombre es el Renuevo: brotará de su lugar y construirá el templo del SEÑOR.
6:13 Él construirá el templo del SEÑOR, llevará majestad y se sentará a gobernar en su trono. Habrá un sacerdote en su trono y habrá acuerdo de paz entre ambos”.
6:14 Las coronas quedarán en el templo del SEÑOR como recuerdo de Helem, de Tobías, de Jedaías y de Hen, hijo de Sofonías.
6:15 Los que están lejos vendrán y construirán en el templo del SEÑOR. Entonces sabrán que el SEÑOR de los ejércitos me ha enviado a ustedes. Esto sucederá si obedecen atentamente la voz del SEÑOR su Dios».

Capítulo 7
La consulta sobre el ayuno y la obediencia
7:1 En el cuarto año del rey Darío vino la palabra del SEÑOR a Zacarías, el día cuatro del noveno mes, Quisleu.
7:2 Betel había enviado a Sarezer, a Regem-melec y a sus hombres para implorar el favor del SEÑOR
7:3 y preguntar a los sacerdotes de la casa del SEÑOR de los ejércitos y a los profetas: «¿Debo seguir llorando en el quinto mes y absteniéndome, como he hecho durante tantos años?».
7:4 Vino a mí la palabra del SEÑOR de los ejércitos:
7:5 «Di a todo el pueblo de la tierra y a los sacerdotes: “Cuando ayunaron y guardaron luto en el quinto y en el séptimo mes durante estos setenta años, ¿de veras ayunaron para mí, para mí?
7:6 Y cuando comen y cuando beben, ¿no son ustedes mismos los que comen y los que beben?
7:7 ¿No son estas las palabras que el SEÑOR proclamó por medio de los antiguos profetas, cuando Jerusalén estaba habitada y en paz, lo mismo que las ciudades de sus alrededores, y estaban habitados el Neguev y la Sefela?”».
La desobediencia, causa del cautiverio
7:8 Vino la palabra del SEÑOR a Zacarías:
7:9 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Juzguen con verdadera justicia y practiquen la misericordia y la compasión, cada uno con su hermano.
7:10 No opriman a la viuda, al huérfano, al extranjero ni al pobre. No tramen en su corazón el mal contra su hermano.
7:11 Pero se negaron a prestar atención, volvieron tercamente la espalda y se taparon los oídos para no escuchar.
7:12 Endurecieron su corazón como el diamante, para no escuchar la ley ni las palabras que el SEÑOR de los ejércitos había enviado por su Espíritu mediante los antiguos profetas. Por eso vino una gran indignación de parte del SEÑOR de los ejércitos.
7:13 Así como él llamó y ellos no escucharon, ellos llamaron y yo no escuché —dice el SEÑOR de los ejércitos—.
7:14 Los dispersé como un torbellino entre todas las naciones que no conocían. La tierra quedó desolada tras ellos, sin nadie que fuera ni viniera. Así convirtieron la tierra deseable en una desolación».

Capítulo 8
Promesa de la restauración de Jerusalén
8:1 Vino la palabra del SEÑOR de los ejércitos:
8:2 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Siento un gran celo por Sion; con gran furor siento celo por ella».
8:3 Así dice el SEÑOR: «He vuelto a Sion y habitaré en medio de Jerusalén. Jerusalén se llamará Ciudad de la Verdad, y el monte del SEÑOR de los ejércitos, Monte Santo».
8:4 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Ancianos y ancianas volverán a sentarse en las plazas de Jerusalén, cada uno con su bastón en la mano por su avanzada edad.
8:5 Las plazas de la ciudad estarán llenas de niños y niñas que jugarán en ellas».
8:6 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Aunque esto parezca demasiado difícil a los ojos del remanente de este pueblo en aquellos días, ¿será también demasiado difícil a mis ojos?», declara el SEÑOR de los ejércitos.
8:7 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Voy a salvar a mi pueblo de la tierra del oriente y de la tierra donde se pone el sol.
8:8 Los traeré y habitarán en medio de Jerusalén. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, con fidelidad y justicia».
Ánimo para reconstruir y recibir la bendición
8:9 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Sean fuertes sus manos, ustedes que en estos días escuchan estas palabras de boca de los profetas que hablaron el día en que se pusieron los cimientos de la casa del SEÑOR de los ejércitos para reconstruir el templo.
8:10 Antes de aquellos días no había paga para el ser humano ni paga para el animal, y no había seguridad para el que salía ni para el que entraba, a causa del enemigo. Yo había puesto a todos unos contra otros.
8:11 Pero ahora no trataré al remanente de este pueblo como en los días pasados —declara el SEÑOR de los ejércitos—.
8:12 Habrá siembra de paz: la vid dará su fruto, la tierra dará su cosecha y los cielos darán su rocío. Haré que el remanente de este pueblo herede todas estas cosas.
8:13 Así como fueron maldición entre las naciones, casa de Judá y casa de Israel, así los salvaré y serán bendición. ¡No teman! ¡Sean fuertes sus manos!
Una comunidad guiada por la verdad y la paz
8:14 Porque así dice el SEÑOR de los ejércitos: Así como me propuse traerles desgracia cuando sus antepasados me provocaron a ira —dice el SEÑOR de los ejércitos—, y no cambié de parecer,
8:15 así en estos días me he propuesto volver a hacer bien a Jerusalén y a la casa de Judá. ¡No teman!
8:16 Estas son las cosas que deben hacer: díganse la verdad unos a otros; dicten en sus puertas sentencias verdaderas que conduzcan a la paz.
8:17 No tramen en su corazón el mal contra su prójimo ni amen el juramento falso, porque todas estas cosas las aborrezco», declara el SEÑOR.
Del ayuno a la fiesta
8:18 Vino a mí la palabra del SEÑOR de los ejércitos:
8:19 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «El ayuno del cuarto mes, el ayuno del quinto, el ayuno del séptimo y el ayuno del décimo serán para la casa de Judá gozo, alegría y fiestas felices. Amen, pues, la verdad y la paz».
Las naciones buscan al SEÑOR
8:20 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Todavía vendrán pueblos y habitantes de muchas ciudades.
8:21 Los habitantes de una ciudad irán a otra y dirán: “¡Vayamos sin falta a implorar el favor del SEÑOR y a buscar al SEÑOR de los ejércitos! Yo también iré”.
8:22 Muchos pueblos y naciones poderosas vendrán a buscar al SEÑOR de los ejércitos en Jerusalén y a implorar el favor del SEÑOR».
8:23 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «En aquellos días, diez hombres de todas las lenguas de las naciones se aferrarán al borde del manto de un judío y dirán: “Iremos con ustedes, porque hemos oído que Dios está con ustedes”».

Capítulo 9
Castigo de las naciones vecinas
9:1 Profecía de la palabra del SEÑOR contra la tierra de Hadrac, que reposará sobre Damasco;
   porque los ojos de la humanidad y de todas las tribus de Israel están puestos en el SEÑOR.
9:2 También contra Hamat, que limita con ella, y contra Tiro y Sidón, aunque sean muy sabias.
9:3 Tiro se construyó una fortaleza y amontonó plata como polvo y oro como el barro de las calles.
9:4 Pero el Señor la despojará, destruirá su poder en el mar y ella será consumida por el fuego.
9:5 Ascalón lo verá y tendrá miedo;
   Gaza se retorcerá de angustia, y también Ecrón, porque su esperanza quedará frustrada.
   Desaparecerá el rey de Gaza y Ascalón no será habitada.
9:6 «En Asdod habitará gente de origen mezclado, y acabaré con el orgullo de los filisteos.
9:7 Quitaré la sangre de su boca y sus abominaciones de entre sus dientes.
   También él quedará para nuestro Dios y será como un jefe en Judá;
   Ecrón será como el jebuseo.
9:8 Acamparé junto a mi casa para guardarla del ejército, del que va y del que viene.
   El opresor no volverá a pasar sobre ellos, porque ahora lo he visto con mis propios ojos».
El futuro rey de Sion

9:9 ¡Alégrate mucho, hija de Sion!
   ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén!
   Mira, tu rey viene a ti: justo y victorioso, humilde y montado en un burro, en un pollino, cría de una burra.
9:10 «Eliminaré los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén;
   el arco de guerra será eliminado.
   Él proclamará paz a las naciones y su dominio irá de mar a mar, desde el Río hasta los confines de la tierra.
Liberación y cuidado del pueblo de Dios

9:11 En cuanto a ti, por la sangre de tu pacto he liberado a tus prisioneros de la cisterna sin agua.
9:12 Vuelvan a la fortaleza, prisioneros de la esperanza.
   Hoy mismo te anuncio que te devolveré el doble.
9:13 Porque he tensado a Judá como mi arco y lo he cargado con Efraín.
   Levantaré a tus hijos, Sion, contra tus hijos, Grecia, y te haré como la espada de un guerrero».
9:14 El SEÑOR aparecerá sobre ellos y su flecha saldrá como un relámpago.
   El Señor DIOS tocará la trompeta y avanzará entre las tempestades del sur.
9:15 El SEÑOR de los ejércitos los protegerá;
   ellos devorarán y pisotearán las piedras de honda.
   Beberán y harán estrépito como por el vino;
   se llenarán como un tazón, como las esquinas del altar.
9:16 El SEÑOR su Dios los salvará aquel día como al rebaño de su pueblo, pues serán piedras de una corona que resplandecen sobre su tierra.
9:17 ¡Cuánta es su bondad y cuánta su hermosura!
   El grano hará florecer a los jóvenes y el vino nuevo a las muchachas.

Capítulo 10
El SEÑOR redimirá a su pueblo
10:1 Pidan al SEÑOR lluvia en el tiempo de la lluvia tardía.
   El SEÑOR hace las nubes de tormenta y les dará aguaceros, a cada uno vegetación en su campo.
10:2 Porque los ídolos domésticos hablan engaño;
   los adivinos ven mentira, cuentan sueños falsos y ofrecen un consuelo vacío.
   Por eso el pueblo vaga como ovejas y sufre por falta de pastor.

10:3 «Mi ira se enciende contra los pastores y castigaré a los machos cabríos.
   Porque el SEÑOR de los ejércitos cuida de su rebaño, la casa de Judá, y hará de ellos su majestuoso caballo de batalla.
10:4 De él saldrá la piedra angular, de él la estaca de la tienda, de él el arco de guerra;
   de él saldrán todos los gobernantes juntos.
10:5 Serán como guerreros que pisotean el barro de las calles en la batalla.
   Pelearán porque el SEÑOR está con ellos, y los jinetes quedarán avergonzados.
10:6 Fortaleceré a la casa de Judá y salvaré a la casa de José.
   Los restauraré porque tengo compasión de ellos.
   Serán como si nunca los hubiera rechazado, porque yo soy el SEÑOR su Dios y les responderé.
10:7 Efraín será como un guerrero y su corazón se alegrará como por el vino.
   Sus hijos lo verán y se alegrarán;
   su corazón se regocijará en el SEÑOR.
10:8 Los llamaré con un silbido y los reuniré, porque los he redimido.
   Serán tan numerosos como antes.
10:9 Aunque los disperse como semilla entre los pueblos, en tierras lejanas se acordarán de mí.
   Vivirán con sus hijos y volverán.
10:10 Los haré volver de la tierra de Egipto y los reuniré de Asiria.
   Los traeré a la tierra de Galaad y al Líbano, hasta que no haya espacio para ellos.
10:11 Atravesará el mar de angustia y golpeará las olas del mar;
   se secarán todas las profundidades del Nilo.
   El orgullo de Asiria será abatido y el cetro de Egipto desaparecerá.
10:12 Los fortaleceré en el SEÑOR y caminarán en su nombre», declara el SEÑOR.

Capítulo 11
Lamento por la devastación de la tierra
11:1 ¡Abre tus puertas, Líbano, para que el fuego consuma tus cedros!
11:2 ¡Lamenta, ciprés, porque ha caído el cedro, porque los árboles majestuosos han sido destruidos!
   ¡Lamenten, encinas de Basán, porque ha caído el bosque espeso!
11:3 ¡Se oye el lamento de los pastores, porque su esplendor ha sido devastado!
   ¡Se oye el rugido de los leoncillos, porque la frondosidad del Jordán ha sido destruida!
El pastor rechazado y el rebaño abandonado
11:4 Así dice el SEÑOR mi Dios: «Apacienta el rebaño destinado a la matanza,
11:5 cuyos compradores lo matan sin tenerse por culpables, y cuyos vendedores dicen: “¡Bendito sea el SEÑOR, porque me he enriquecido!”. Sus propios pastores no tienen compasión de él.
11:6 Porque ya no tendré compasión de los habitantes de la tierra —declara el SEÑOR—. Voy a entregar a cada uno en manos de su prójimo y en manos de su rey. Ellos destrozarán la tierra y yo no los libraré de sus manos».
11:7 Apacenté, pues, el rebaño destinado a la matanza, en particular a los pobres del rebaño. Tomé dos cayados: a uno lo llamé Favor y al otro Unión. Y apacenté el rebaño.
11:8 En un solo mes eliminé a los tres pastores. Perdí la paciencia con ellos, y ellos también me detestaron.
11:9 Dije: «No los apacentaré más. La que haya de morir, que muera; la que haya de perecer, que perezca. Y las que queden, que cada una coma la carne de su compañera».
11:10 Tomé mi cayado llamado Favor y lo quebré, para anular el pacto que había hecho con todos los pueblos.
11:11 Aquel día quedó anulado. Así los pobres del rebaño que me observaban supieron que aquella era palabra del SEÑOR.
11:12 Les dije: «Si les parece bien, denme mi paga; si no, déjenla». Entonces pesaron como paga mía treinta piezas de plata.
11:13 El SEÑOR me dijo: «Arrójalo al alfarero: ¡el magnífico precio con que me valoraron!». Tomé las treinta piezas de plata y las arrojé al alfarero en la casa del SEÑOR.
11:14 Después quebré mi segundo cayado, Unión, para romper la hermandad entre Judá e Israel.
El pastor insensato y su juicio
11:15 El SEÑOR me dijo: «Toma de nuevo los utensilios de un pastor insensato.
11:16 Porque voy a levantar en la tierra a un pastor que no cuidará de las que perecen, ni buscará a la joven, ni curará a la herida, ni alimentará a la sana. Al contrario, comerá la carne de la gorda y le arrancará las pezuñas.

11:17 ¡Ay del pastor inútil que abandona el rebaño!
   ¡Caiga la espada sobre su brazo y sobre su ojo derecho!
   ¡Que su brazo se seque por completo y su ojo derecho quede completamente ciego!».

Capítulo 12
Liberación futura de Jerusalén
12:1 Profecía de la palabra del SEÑOR acerca de Israel. Declara el SEÑOR, que extiende los cielos, pone los cimientos de la tierra y forma el espíritu del ser humano dentro de él:
12:2 «Voy a hacer de Jerusalén una copa que haga tambalear a todos los pueblos de alrededor. También sobre Judá recaerá cuando se sitie Jerusalén.
12:3 Aquel día haré de Jerusalén una piedra pesada para todos los pueblos. Todos los que intenten levantarla quedarán gravemente heridos; todas las naciones de la tierra se reunirán contra ella.
12:4 Aquel día —declara el SEÑOR— heriré de pánico a todo caballo y de locura a su jinete. Abriré mis ojos sobre la casa de Judá, pero heriré de ceguera a todos los caballos de los pueblos.
12:5 Los jefes de Judá dirán en su corazón: “Los habitantes de Jerusalén son mi fuerza por el SEÑOR de los ejércitos, su Dios”.
12:6 Aquel día haré de los jefes de Judá un brasero encendido entre la leña, una antorcha de fuego entre las gavillas. Consumirán a derecha e izquierda a todos los pueblos de alrededor; Jerusalén volverá a estar habitada en su lugar, en Jerusalén.
12:7 El SEÑOR salvará primero las tiendas de Judá, para que la gloria de la casa de David y la gloria de los habitantes de Jerusalén no se engrandezcan sobre Judá.
12:8 Aquel día el SEÑOR protegerá a los habitantes de Jerusalén. Aquel día el más débil entre ellos será como David, y la casa de David será como Dios, como el ángel del SEÑOR delante de ellos.
12:9 Aquel día procuraré destruir a todas las naciones que vengan contra Jerusalén.
Gracia y duelo por el que fue traspasado
12:10 Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de súplica. Mirarán a mí, a quien traspasaron, y harán duelo por él como se hace duelo por un hijo único; llorarán amargamente por él como se llora por el primogénito.
12:11 Aquel día será grande el duelo en Jerusalén, como el duelo de Hadad-rimón en el valle de Meguido.
12:12 La tierra hará duelo, cada familia por separado: la familia de la casa de David por separado y sus mujeres por separado; la familia de la casa de Natán por separado y sus mujeres por separado;
12:13 la familia de la casa de Leví por separado y sus mujeres por separado; la familia de Simei por separado y sus mujeres por separado;
12:14 todas las familias restantes, cada familia por separado y sus mujeres por separado».

Capítulo 13
La purificación del pueblo y el fin del engaño
13:1 Aquel día habrá un manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para limpiarlos del pecado y de la impureza.
13:2 «Aquel día —declara el SEÑOR de los ejércitos— eliminaré de la tierra los nombres de los ídolos y nunca más serán recordados. También quitaré de la tierra a los profetas y al espíritu de impureza.
13:3 Si alguien vuelve a profetizar, su padre y su madre, que lo engendraron, le dirán: “No vivirás, porque has hablado mentira en el nombre del SEÑOR”. Su padre y su madre, que lo engendraron, lo traspasarán cuando profetice.
13:4 Aquel día los profetas se avergonzarán, cada uno de su visión al profetizar. Ya no se vestirán con un manto de pelo para engañar.
13:5 Dirá: “No soy profeta; soy un hombre que trabaja la tierra, porque un hombre me compró cuando era joven”.
13:6 Si le preguntan: “¿Qué son esas heridas en tu pecho?”, responderá: “Me hirieron en casa de quienes me aman”.
El pastor del SEÑOR es herido

13:7 ¡Espada, despierta contra mi pastor, contra el hombre que es mi compañero!
   —declara el SEÑOR de los ejércitos—.
   ¡Hiere al pastor y que se dispersen las ovejas!
   Volveré mi mano contra los pequeños.
13:8 En toda la tierra —declara el SEÑOR— dos tercios serán exterminados y morirán;
   quedará en ella un tercio.
13:9 A ese tercio lo pasaré por el fuego;
   los refinaré como se refina la plata y los probaré como se prueba el oro.
   Él invocará mi nombre y yo le responderé.
   Diré: “Es mi pueblo”, y él dirá: “El SEÑOR es mi Dios”».

Capítulo 14
Jerusalén y las naciones
14:1 Mira, viene un día para el SEÑOR, y tu botín será repartido en medio de ti.
14:2 «Reuniré a todas las naciones para combatir contra Jerusalén. La ciudad será tomada, las casas saqueadas y las mujeres violadas. La mitad de la ciudad irá al destierro, pero el resto del pueblo no será eliminado de la ciudad».
14:3 Entonces el SEÑOR saldrá y combatirá contra aquellas naciones, como cuando combate en el día de la batalla.
14:4 Aquel día sus pies se afirmarán sobre el monte de los Olivos, que está frente a Jerusalén, al oriente. El monte de los Olivos se partirá por la mitad, de oriente a occidente, formando un valle muy grande. La mitad del monte se moverá hacia el norte y la otra mitad hacia el sur.
14:5 Huirán por el valle de mis montes, porque el valle de los montes llegará hasta Azal. Huirán como huyeron ante el terremoto en los días de Uzías, rey de Judá. Entonces vendrá el SEÑOR mi Dios, y todos los santos contigo.
La luz y las aguas del reinado del SEÑOR
14:6 Aquel día no habrá luz; las luminarias se apagarán.
14:7 Será un día único, conocido por el SEÑOR, sin día ni noche. Al atardecer habrá luz.
14:8 Aquel día saldrán de Jerusalén aguas vivas: la mitad hacia el mar oriental y la otra mitad hacia el mar occidental. Así será en verano y en invierno.
14:9 El SEÑOR será rey sobre toda la tierra. Aquel día el SEÑOR será uno y su nombre uno.
14:10 Toda la tierra se convertirá en llanura, desde Geba hasta Rimón, al sur de Jerusalén. Pero Jerusalén será levantada y permanecerá en su lugar, desde la puerta de Benjamín hasta el lugar de la primera puerta, hasta la puerta de la Esquina, y desde la torre de Hananeel hasta los lagares del rey.
14:11 Habitarán en ella y nunca más habrá exterminio. Jerusalén vivirá segura.
El juicio de los pueblos agresores
14:12 Esta será la plaga con la que el SEÑOR herirá a todos los pueblos que combatieron contra Jerusalén: su carne se pudrirá mientras aún estén de pie; sus ojos se pudrirán en sus cuencas y su lengua se pudrirá en su boca.
14:13 Aquel día habrá entre ellos un gran pánico enviado por el SEÑOR. Cada uno agarrará la mano de su prójimo y levantará su mano contra la mano de su prójimo.
14:14 Judá también combatirá en Jerusalén. Se reunirán las riquezas de todas las naciones de alrededor: oro, plata y vestidos en gran abundancia.
14:15 Una plaga semejante herirá a los caballos, los mulos, los camellos, los burros y todos los animales que haya en aquellos campamentos.
Las naciones adoran al Rey
14:16 Todos los que queden de todas las naciones que vinieron contra Jerusalén subirán año tras año a adorar al Rey, el SEÑOR de los ejércitos, y a celebrar la fiesta de las Enramadas.
14:17 Si alguna de las familias de la tierra no sube a Jerusalén a adorar al Rey, el SEÑOR de los ejércitos, no habrá lluvia sobre ella.
14:18 Si la familia de Egipto no sube ni viene, tampoco habrá lluvia sobre ellos; vendrá la plaga con la que el SEÑOR herirá a las naciones que no suban a celebrar la fiesta de las Enramadas.
14:19 Este será el castigo de Egipto y el castigo de todas las naciones que no suban a celebrar la fiesta de las Enramadas.
La santidad alcanza la vida cotidiana
14:20 Aquel día habrá sobre los cascabeles de los caballos esta inscripción: «Consagrado al SEÑOR». Las ollas de la casa del SEÑOR serán como los tazones que están delante del altar.
14:21 Toda olla en Jerusalén y en Judá estará consagrada al SEÑOR de los ejércitos. Todos los que ofrezcan sacrificios vendrán, las tomarán y cocinarán en ellas. Aquel día ya no habrá mercader en la casa del SEÑOR de los ejércitos.

MALAQUÍAS

Capítulo 1
Amor del SEÑOR por Jacob
1:1 Profecía de la palabra del SEÑOR a Israel por medio de Malaquías.
1:2 «Los he amado —dice el SEÑOR—. Pero ustedes preguntan: “¿En qué nos has amado?”. ¿No era Esaú hermano de Jacob? —declara el SEÑOR—. Sin embargo, amé a Jacob
1:3 y aborrecí a Esaú. Convertí sus montes en desolación y entregué su heredad a los chacales del desierto».
1:4 Aunque Edom diga: «Hemos sido destrozados, pero volveremos a reconstruir las ruinas», así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Ellos construirán, pero yo derribaré. Los llamarán Territorio de Maldad y Pueblo contra el que el SEÑOR está indignado para siempre.
1:5 Sus propios ojos lo verán y ustedes dirán: “¡Grande es el SEÑOR más allá de las fronteras de Israel!”.
El SEÑOR reprende a los sacerdotes
1:6 El hijo honra a su padre y el siervo a su señor. Si yo soy padre, ¿dónde está mi honra? Si yo soy señor, ¿dónde está el temor que me deben? —dice el SEÑOR de los ejércitos a ustedes, sacerdotes que desprecian mi nombre—. Pero preguntan: “¿En qué hemos despreciado tu nombre?”.
1:7 Ofrecen alimento impuro sobre mi altar y preguntan: “¿En qué te hemos contaminado?”. Al decir: “La mesa del SEÑOR es despreciable”.
1:8 Cuando ofrecen un animal ciego para el sacrificio, ¿no está mal? Cuando ofrecen uno cojo o enfermo, ¿no está mal? Preséntaselo a tu gobernador: ¿se complacerá en ti o te recibirá con favor? —dice el SEÑOR de los ejércitos—.
1:9 Ahora, pues, imploren el favor de Dios para que tenga compasión de nosotros. Esto ha salido de sus manos: ¿recibirá con favor a alguno de ustedes? —dice el SEÑOR de los ejércitos—.
1:10 ¡Ojalá alguno de ustedes cerrara las puertas, para que no encendieran mi altar en vano! No me complazco en ustedes —dice el SEÑOR de los ejércitos— ni aceptaré ofrenda de sus manos.
1:11 Porque desde donde sale el sol hasta donde se pone, mi nombre es grande entre las naciones. En todo lugar se ofrece incienso a mi nombre y una ofrenda pura, porque mi nombre es grande entre las naciones —dice el SEÑOR de los ejércitos—.
1:12 Pero ustedes lo profanan al decir: “La mesa del Señor está contaminada, y su fruto, su alimento, es despreciable”.
1:13 Dicen: “¡Qué fastidio!”, y lo desprecian con un resoplido —dice el SEÑOR de los ejércitos—. Traen lo robado, lo cojo y lo enfermo, y así presentan la ofrenda. ¿Voy a aceptarla de sus manos? —dice el SEÑOR—.
1:14 ¡Maldito sea el engañador que tiene un macho en su rebaño y hace un voto, pero sacrifica al Señor un animal defectuoso! Porque yo soy un gran Rey —dice el SEÑOR de los ejércitos— y mi nombre es temible entre las naciones».

Capítulo 2
La responsabilidad de los sacerdotes
2:1 «Ahora, sacerdotes, este mandamiento es para ustedes.
2:2 Si no escuchan y no toman a pecho dar gloria a mi nombre —dice el SEÑOR de los ejércitos—, enviaré sobre ustedes la maldición y maldeciré sus bendiciones. Ya las he maldecido, porque no lo toman a pecho.
2:3 Voy a reprender a su descendencia y les esparciré estiércol en el rostro, el estiércol de sus fiestas. Serán llevados junto con él.
2:4 Entonces sabrán que les envié este mandamiento para que permanezca mi pacto con Leví —dice el SEÑOR de los ejércitos—.
2:5 Mi pacto con él era de vida y de paz. Se las di para que me temiera; él me temió y tembló ante mi nombre.
2:6 La instrucción verdadera estaba en su boca y no se halló injusticia en sus labios. Anduvo conmigo en paz y rectitud, y apartó a muchos de la maldad.
2:7 Porque los labios del sacerdote deben guardar el conocimiento, y de su boca se debe buscar la instrucción, porque es mensajero del SEÑOR de los ejércitos.
2:8 Pero ustedes se han apartado del camino; con su enseñanza han hecho tropezar a muchos. Han corrompido el pacto de Leví —dice el SEÑOR de los ejércitos—.
2:9 Por eso yo también los he hecho despreciables y humillados ante todo el pueblo, porque no guardan mis caminos y muestran favoritismo al aplicar la ley».
La fidelidad en el pacto y el matrimonio
2:10 ¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos creó un mismo Dios? ¿Por qué nos traicionamos unos a otros, profanando el pacto de nuestros antepasados?
2:11 Judá ha sido infiel; se ha cometido una abominación en Israel y en Jerusalén. Judá ha profanado el santuario del SEÑOR, que él ama, y se ha casado con la hija de un dios extranjero.
2:12 ¡Que el SEÑOR elimine de las tiendas de Jacob al hombre que haga esto, al que vela y al que responde, aunque presente una ofrenda al SEÑOR de los ejércitos!
2:13 Y esto también hacen: cubren de lágrimas el altar del SEÑOR, de llanto y gemidos, porque él ya no presta atención a la ofrenda ni la acepta con agrado de sus manos.
2:14 Y preguntan: «¿Por qué?». Porque el SEÑOR ha sido testigo entre ti y la esposa de tu juventud, a la que has sido infiel, aunque es tu compañera y la esposa de tu pacto.
2:15 ¿No los hizo uno, aunque le quedaba espíritu? ¿Y qué buscaba ese uno? Una descendencia para Dios. Guarden, pues, su espíritu; que nadie sea infiel a la esposa de su juventud.
2:16 Porque quien odia y repudia a su esposa —dice el SEÑOR, Dios de Israel— cubre de violencia su vestido —dice el SEÑOR de los ejércitos—. Guarden su espíritu y no sean infieles.
El día del juicio se acerca
2:17 Han cansado al SEÑOR con sus palabras. Y preguntan: «¿En qué lo hemos cansado?». Al decir: «Todo el que hace el mal es bueno a los ojos del SEÑOR, y él se complace en ellos», o: «¿Dónde está el Dios de la justicia?».

Capítulo 3
3:1 «Voy a enviar a mi mensajero, y él despejará el camino delante de mí. De repente vendrá a su templo el Señor a quien ustedes buscan, el mensajero del pacto en quien se complacen. ¡Miren, viene! —dice el SEÑOR de los ejércitos—.
3:2 Pero ¿quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién podrá mantenerse en pie cuando él aparezca? Porque él es como fuego de refinador y como jabón de lavadores.
3:3 Se sentará como refinador y purificador de plata. Purificará a los hijos de Leví y los refinará como al oro y como a la plata, para que presenten al SEÑOR ofrendas con justicia.
3:4 Entonces la ofrenda de Judá y de Jerusalén será agradable al SEÑOR, como en los días antiguos, como en los años de antaño.
3:5 Me acercaré a ustedes para el juicio. Seré un testigo pronto contra los hechiceros, los adúlteros, los que juran falsamente, los que defraudan al jornalero en su salario, los que oprimen a la viuda y al huérfano y privan de justicia al extranjero, sin temerme —dice el SEÑOR de los ejércitos—.
El regreso a Dios y la fidelidad del pueblo
3:6 Porque yo, el SEÑOR, no cambio; por eso ustedes, hijos de Jacob, no han sido exterminados.
3:7 Desde los días de sus antepasados se han apartado de mis decretos y no los han guardado. Vuélvanse a mí y yo me volveré a ustedes —dice el SEÑOR de los ejércitos—. Pero ustedes preguntan: “¿Cómo hemos de volver?”.
3:8 ¿Robará el ser humano a Dios? Sin embargo, ustedes me roban y preguntan: “¿En qué te hemos robado?”. En los diezmos y en las ofrendas.
3:9 Están bajo maldición y me siguen robando, la nación entera.
3:10 Traigan el diezmo íntegro al depósito, para que haya alimento en mi casa. Pónganme a prueba en esto —dice el SEÑOR de los ejércitos—: verán si no les abro las ventanas de los cielos y derramo sobre ustedes bendición hasta que no haya espacio suficiente.
3:11 Reprenderé por ustedes al devorador, y no destruirá el fruto de su tierra ni la vid del campo perderá su fruto antes de tiempo —dice el SEÑOR de los ejércitos—.
3:12 Todas las naciones los llamarán dichosos, porque ustedes serán una tierra deseable —dice el SEÑOR de los ejércitos—.
Diferencia entre el justo y el malo
3:13 Sus palabras contra mí han sido duras —dice el SEÑOR—. Pero preguntan: “¿Qué hemos dicho contra ti?”.
3:14 Han dicho: “Es inútil servir a Dios. ¿Qué hemos ganado guardando lo que él manda y andando de luto ante el SEÑOR de los ejércitos?
3:15 Ahora llamamos dichosos a los arrogantes. Los que practican la maldad prosperan; hasta ponen a Dios a prueba y escapan”».
Dios recuerda a quienes lo honran
3:16 Entonces los que temen al SEÑOR hablaron unos con otros. El SEÑOR prestó atención y escuchó, y se escribió delante de él un libro de memoria para los que temen al SEÑOR y estiman su nombre.
3:17 «Ellos serán míos —dice el SEÑOR de los ejércitos—, mi posesión especial el día en que yo actúe. Tendré compasión de ellos como un hombre tiene compasión de su hijo que le sirve.
3:18 Entonces volverán a distinguir entre el justo y el malvado, entre quien sirve a Dios y quien no le sirve».

Capítulo 4
El advenimiento del día del SEÑOR
4:1 «Miren, viene el día ardiente como un horno. Todos los arrogantes y todos los que practican la maldad serán paja. El día que viene los abrasará —dice el SEÑOR de los ejércitos— y no les dejará ni raíz ni rama.
4:2 Pero para ustedes, los que temen mi nombre, se levantará el sol de justicia con sanidad en sus alas. Saldrán y saltarán como terneros del establo.
4:3 Pisotearán a los malvados, porque serán ceniza bajo las plantas de sus pies el día en que yo actúe —dice el SEÑOR de los ejércitos—.
La ley recibida y el llamado a la reconciliación
4:4 Recuerden la ley de Moisés, mi siervo, los decretos y las ordenanzas que le mandé en Horeb para todo Israel.
4:5 Voy a enviarles al profeta Elías antes de que venga el día del SEÑOR, grande y temible.
4:6 Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia sus padres, para que yo no venga y hiera la tierra con exterminio».

MATEO

Capítulo 1
Los antepasados de Jesús el Mesías
Genealogía relacionada: Lucas 3:23–38.
1:1 Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.
1:2 Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob y Jacob engendró a Judá y a sus hermanos.
1:3 Judá engendró a Fares y a Zara de Tamar; Fares engendró a Esrom y Esrom engendró a Aram.
1:4 Aram engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón y Naasón engendró a Salmón.
1:5 Salmón engendró a Booz de Rahab; Booz engendró a Obed de Rut y Obed engendró a Isaí.
1:6 Isaí engendró al rey David. David engendró a Salomón de la que había sido esposa de Urías.
1:7 Salomón engendró a Roboam, Roboam engendró a Abías y Abías engendró a Asaf.
1:8 Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Joram y Joram engendró a Uzías.
1:9 Uzías engendró a Jotam, Jotam engendró a Acaz y Acaz engendró a Ezequías.
1:10 Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amós y Amós engendró a Josías.
1:11 Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos en el tiempo de la deportación a Babilonia.
Del exilio al Mesías
1:12 Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel y Salatiel engendró a Zorobabel.
1:13 Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliaquim y Eliaquim engendró a Azor.
1:14 Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Aquim y Aquim engendró a Eliud.
1:15 Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán y Matán engendró a Jacob.
1:16 Jacob engendró a José, esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo.
1:17 Así, todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; y desde la deportación a Babilonia hasta el Cristo, catorce generaciones.
El nacimiento de Jesús por obra del Espíritu Santo
Relatos relacionados: Lucas 1:26–38 (anuncio a María); Lucas 2:1–7 (nacimiento).
1:18 El nacimiento de Jesucristo fue así: su madre, María, estaba comprometida con José y, antes de que se unieran, se halló que había concebido por obra del Espíritu Santo.
1:19 José, su esposo, era justo y no quería exponerla a la vergüenza pública; por eso decidió divorciarse de ella en secreto.
1:20 Mientras pensaba en esto, un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo.
1:21 Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
1:22 Todo esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por el Señor mediante el profeta:
1:23 «Mira, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamarán Emanuel», que significa: «Dios con nosotros».
1:24 Al despertar del sueño, José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado y recibió a su esposa.
1:25 Pero no tuvo relaciones con ella hasta que dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús.

Capítulo 2
La visita de los magos
2:1 Después de que Jesús nació en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, unos magos llegaron del oriente a Jerusalén
2:2 y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos salir su estrella y hemos venido a adorarlo».
2:3 Al oírlo, el rey Herodes se alarmó, y toda Jerusalén con él.
2:4 Reunió a todos los principales sacerdotes y a los escribas del pueblo y les preguntó dónde había de nacer el Cristo.
2:5 Ellos le respondieron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta:
2:6 “Y tú, Belén, tierra de Judá, de ningún modo eres la menor entre los gobernantes de Judá, porque de ti saldrá un gobernante que pastoreará a mi pueblo Israel”».
2:7 Entonces Herodes llamó en secreto a los magos y averiguó con exactitud cuándo había aparecido la estrella.
2:8 Los envió a Belén y les dijo: «Vayan e investiguen con cuidado acerca del niño. Cuando lo encuentren, avísenme, para que yo también vaya a adorarlo».
2:9 Después de escuchar al rey, ellos se fueron. La estrella que habían visto salir iba delante de ellos, hasta que se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño.
2:10 Al ver la estrella, se alegraron con una alegría inmensa.
2:11 Entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre. Se postraron y lo adoraron; luego abrieron sus tesoros y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
2:12 Advertidos en sueños de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
La huida a Egipto
2:13 Después de que ellos se fueron, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto. Quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».
2:14 Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y se marchó a Egipto.
2:15 Permaneció allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo dicho por el Señor mediante el profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».
La matanza de los niños de Belén
2:16 Entonces Herodes, al verse burlado por los magos, se enfureció mucho. Mandó matar a todos los niños de Belén y de todos sus alrededores, de dos años para abajo, conforme al tiempo que había averiguado por los magos.
2:17 Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:
2:18 «Una voz se oyó en Ramá, llanto y gran lamento: Raquel lloraba por sus hijos y no quería ser consolada, porque ya no están».
El regreso a Israel y la vida en Nazaret
2:19 Después de que Herodes murió, un ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto
2:20 y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y ve a la tierra de Israel, porque han muerto los que buscaban la vida del niño».
2:21 Él se levantó, tomó al niño y a su madre y entró en la tierra de Israel.
2:22 Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí. Advertido en sueños, se retiró a la región de Galilea.
2:23 Fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por medio de los profetas: «Será llamado nazareno».

Capítulo 3
Predicación de Juan el Bautista
Relatos relacionados: Marcos 1:1–8; Lucas 3:1–18; Juan 1:19–28.
3:1 En aquellos días apareció Juan el Bautista, predicando en el desierto de Judea
3:2 y diciendo: «Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado».
3:3 Él es aquel de quien se habló por medio del profeta Isaías: «Voz del que clama en el desierto: “Preparen el camino del Señor; enderecen sus senderos”».
3:4 Juan llevaba ropa de pelo de camello y un cinturón de cuero alrededor de la cintura. Su alimento eran langostas y miel silvestre.
3:5 Entonces acudían a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán,
3:6 y él los bautizaba en el río Jordán mientras confesaban sus pecados.
3:7 Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a su bautismo, les dijo: «¡Cría de víboras! ¿Quién les advirtió que huyeran de la ira que viene?
3:8 Den, pues, fruto digno del arrepentimiento.
3:9 No piensen decirse a sí mismos: “Tenemos a Abraham por padre”. Porque les digo que de estas piedras Dios puede levantar hijos a Abraham.
3:10 El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles. Por eso, todo árbol que no da buen fruto es cortado y arrojado al fuego.
3:11 Yo los bautizo en agua para arrepentimiento, pero el que viene detrás de mí es más poderoso que yo; no soy digno de llevarle las sandalias. Él los bautizará en el Espíritu Santo y en fuego.
3:12 Tiene en la mano su pala de aventar; limpiará por completo su era y recogerá su trigo en el granero, pero quemará la paja con fuego que no se apaga».
El bautismo de Jesús
Relatos paralelos: Marcos 1:9–11; Lucas 3:21–22. Testimonio relacionado: Juan 1:29–34.
3:13 Entonces Jesús vino de Galilea al Jordán, donde estaba Juan, para ser bautizado por él.
3:14 Pero Juan trataba de impedírselo, diciendo: «Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?».
3:15 Jesús le respondió: «Permítelo ahora, porque así nos corresponde cumplir toda justicia». Entonces Juan se lo permitió.
3:16 Después de ser bautizado, Jesús salió enseguida del agua. Los cielos se abrieron y vio al Espíritu de Dios que descendía como una paloma y venía sobre él.
3:17 Y una voz de los cielos dijo: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Capítulo 4
Tentación de Jesús
Relatos relacionados: Marcos 1:12–13; Lucas 4:1–13.
4:1 Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.
4:2 Después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.
4:3 El tentador se acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes».
4:4 Él respondió: «Está escrito: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
4:5 Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa y lo puso en la parte más alta del templo.
4:6 Le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Dará órdenes a sus ángeles acerca de ti”, y: “Te sostendrán en sus manos, para que no tropiece tu pie con una piedra”».
4:7 Jesús le dijo: «También está escrito: “No pondrás a prueba al Señor tu Dios”».
4:8 De nuevo el diablo lo llevó a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria.
4:9 Le dijo: «Todo esto te daré si te postras y me adoras».
4:10 Entonces Jesús le dijo: «¡Vete, Satanás! Porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y solo a él servirás”».
4:11 Entonces el diablo lo dejó, y unos ángeles se acercaron y le servían.
Jesús comienza su ministerio en Galilea
Relatos relacionados: Marcos 1:14–15; Lucas 4:14–15.
4:12 Al oír que Juan había sido encarcelado, Jesús se retiró a Galilea.
4:13 Dejó Nazaret y se estableció en Capernaúm, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí,
4:14 para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
4:15 «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles:
4:16 el pueblo que estaba sentado en tinieblas vio una gran luz, y a los que estaban sentados en región y sombra de muerte les amaneció una luz».
4:17 Desde entonces Jesús comenzó a predicar y a decir: «Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado».
Jesús llama a sus primeros discípulos
Relato paralelo: Marcos 1:16–20. Llamamiento relacionado: Lucas 5:1–11.
4:18 Mientras caminaba junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, que echaban una red al mar, pues eran pescadores.
4:19 Les dijo: «Síganme, y los haré pescadores de hombres».
4:20 Al instante dejaron las redes y lo siguieron.
4:21 Más adelante vio a otros dos hermanos, Jacobo, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan, en la barca con su padre Zebedeo, arreglando sus redes. Los llamó,
4:22 y al instante dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
La enseñanza y las sanidades de Jesús
Resumen relacionado: Lucas 6:17–19.
4:23 Recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia entre el pueblo.
4:24 Su fama se extendió por toda Siria. Le trajeron a todos los que estaban enfermos, aquejados de diversas enfermedades y dolores, a los endemoniados, a los que sufrían convulsiones y a los paralíticos; y los sanó.
4:25 Lo siguieron grandes multitudes de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado del Jordán.

Capítulo 5
El Sermón del monte: Las bienaventuranzas
Bienaventuranzas relacionadas: Lucas 6:20–23.
5:1 Al ver a las multitudes, subió al monte. Cuando se sentó, sus discípulos se acercaron a él.
5:2 Abrió la boca y les enseñaba, diciendo:

5:3 «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

5:4 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

5:5 Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

5:6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

5:7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos recibirán misericordia.

5:8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

5:9 Bienaventurados los que hacen la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

5:10 Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
5:11 Bienaventurados son ustedes cuando los insulten, los persigan y, mintiendo, digan toda clase de mal contra ustedes por causa de mí.
5:12 Alégrense y regocíjense, porque su recompensa es grande en los cielos; así persiguieron a los profetas que los precedieron.
Los discípulos deben conservar su fidelidad
5:13 Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada, excepto para ser arrojada fuera y pisoteada por la gente.
El testimonio que glorifica al Padre
5:14 Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad situada sobre un monte no puede quedar escondida.
5:15 Tampoco se enciende una lámpara para ponerla debajo de una canasta, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa.
5:16 Así brille su luz delante de la gente, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos.
Jesús y la ley
5:17 No piensen que he venido a abolir la ley o los profetas. No he venido a abolir, sino a cumplir.
5:18 Porque en verdad les digo: hasta que pasen el cielo y la tierra, no desaparecerá de la ley ni una jota ni un trazo, hasta que todo se cumpla.
5:19 Por eso, quien quebrante uno de estos mandamientos más pequeños y así enseñe a la gente será llamado el más pequeño en el reino de los cielos. Pero quien los practique y los enseñe será llamado grande en el reino de los cielos.
5:20 Porque les digo que, si su justicia no supera a la de los escribas y fariseos, de ningún modo entrarán en el reino de los cielos.
La ira y la reconciliación
Enseñanza relacionada con el acuerdo de 5:25–26: Lucas 12:57–59.
5:21 Han oído que se dijo a los antiguos: “No asesinarás”, y: “Quien asesine quedará sujeto a juicio”.
5:22 Pero yo les digo que todo el que se enoje con su hermano quedará sujeto a juicio. Quien diga a su hermano: “¡Cabeza hueca!” quedará sujeto al Sanedrín; y quien le diga: “¡Necio!” quedará expuesto al infierno de fuego.
5:23 Por tanto, si presentas tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti,
5:24 deja allí tu ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano. Después vuelve y presenta tu ofrenda.
5:25 Ponte pronto de acuerdo con tu adversario mientras vas con él por el camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al guardia, y seas arrojado a la cárcel.
5:26 En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
Jesús y el adulterio
5:27 Han oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
5:28 Pero yo les digo que todo el que mira a una mujer para codiciarla ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
5:29 Si tu ojo derecho te hace caer en pecado, arráncalo y échalo lejos de ti. Más te conviene que se pierda uno de tus miembros que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.
5:30 Y si tu mano derecha te hace caer en pecado, córtala y échala lejos de ti. Más te conviene que se pierda uno de tus miembros que todo tu cuerpo vaya al infierno.
Jesús y el divorcio
5:31 También se dijo: “Quien se divorcie de su esposa debe darle un certificado de divorcio”.
5:32 Pero yo les digo que todo el que se divorcia de su esposa, excepto por causa de inmoralidad sexual, hace que ella cometa adulterio; y quien se casa con una divorciada comete adulterio.
Jesús y los juramentos
5:33 También han oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso; cumplirás al Señor tus juramentos”.
5:34 Pero yo les digo que no juren de ninguna manera: ni por el cielo, porque es el trono de Dios;
5:35 ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey.
5:36 Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello.
5:37 Que su palabra sea: “Sí, sí; no, no”. Lo que pasa de esto procede del maligno.
La renuncia a la venganza
Enseñanza relacionada: Lucas 6:29–30.
5:38 Han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”.
5:39 Pero yo les digo que no resistan al malvado. Si alguien te golpea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra.
5:40 A quien quiera llevarte a juicio y quitarte la túnica, déjale también el manto.
5:41 Si alguien te obliga a ir un kilómetro, ve con él dos.
5:42 Da a quien te pida, y no vuelvas la espalda a quien quiera pedirte prestado.
El amor hacia los enemigos
Enseñanza relacionada: Lucas 6:27–36.
5:43 Han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”.
5:44 Pero yo les digo: amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen,
5:45 para que sean hijos de su Padre que está en los cielos. Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos.
5:46 Porque si aman a quienes los aman, ¿qué recompensa tienen? ¿No hacen lo mismo también los recaudadores de impuestos?
5:47 Y si saludan solo a sus hermanos, ¿qué hacen de más? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?
5:48 Sean, pues, perfectos, como su Padre celestial es perfecto».

Capítulo 6
Jesús y la limosna
6:1 «Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de la gente para que los vean; de lo contrario, no recibirán recompensa de su Padre que está en los cielos.
6:2 Así que, cuando des limosna, no toques trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para recibir la alabanza de la gente. Les aseguro que ya han recibido su recompensa.
6:3 Pero tú, cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha,
6:4 para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Jesús y la oración
Oración relacionada con 6:9–13: Lucas 11:1–4.
6:5 Cuando oren, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles para que la gente los vea. Les aseguro que ya han recibido su recompensa.
6:6 Pero tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
6:7 Al orar, no usen repeticiones vacías como los paganos, que piensan que serán escuchados por sus muchas palabras.
6:8 No sean como ellos, porque su Padre sabe lo que necesitan antes de que se lo pidan.
La oración que Jesús enseña

6:9 Ustedes oren así:
 “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
6:10 Venga tu reino.
   Hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra.
6:11 Danos hoy nuestro pan de cada día.
6:12 Perdona nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores.
6:13 No nos lleves a la tentación, sino líbranos del maligno”.
6:14 Porque si perdonan a los demás sus ofensas, su Padre celestial también los perdonará a ustedes.
6:15 Pero si ustedes no perdonan a los demás, tampoco su Padre perdonará sus ofensas.
Jesús y el ayuno
6:16 Cuando ayunen, no pongan cara triste como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que la gente vea que ayunan. Les aseguro que ya han recibido su recompensa.
6:17 Pero tú, cuando ayunes, úngete la cabeza y lávate el rostro,
6:18 para que no sea la gente quien vea que ayunas, sino tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Tesoros en el cielo
Enseñanza relacionada: Lucas 12:32–34.
6:19 No acumulen tesoros para ustedes en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen y donde los ladrones abren boquetes y roban.
6:20 Acumulen, más bien, tesoros para ustedes en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido destruyen y donde los ladrones no abren boquetes ni roban.
6:21 Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.
La mirada que orienta toda la vida
Enseñanza relacionada: Lucas 11:33–36.
6:22 La lámpara del cuerpo es el ojo. Así que, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz.
6:23 Pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo estará en oscuridad. Si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué grande es esa oscuridad!
Dios y las riquezas
Enseñanza paralela: Lucas 16:13.
6:24 Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No pueden servir a Dios y al dinero.
El afán y la ansiedad
Enseñanza relacionada: Lucas 12:22–31.
6:25 Por eso les digo: no se preocupen por su vida, por lo que comerán, ni por su cuerpo, por lo que vestirán. ¿No vale la vida más que el alimento, y el cuerpo más que la ropa?
6:26 Miren las aves del cielo: no siembran, no cosechan ni recogen en graneros, y su Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas?
6:27 ¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir un solo momento a su vida?
6:28 ¿Y por qué se preocupan por la ropa? Observen cómo crecen los lirios del campo: no trabajan ni hilan.
6:29 Pero les digo que ni Salomón, con toda su gloria, se vistió como uno de ellos.
6:30 Si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy existe y mañana se echa al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe?
6:31 Así que no se preocupen diciendo: “¿Qué comeremos?”, “¿qué beberemos?” o “¿con qué nos vestiremos?”.
6:32 Porque los paganos buscan todas estas cosas; su Padre celestial sabe que necesitan todas ellas.
6:33 Pero busquen primero su reino y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.
6:34 Así que no se preocupen por el mañana, porque el mañana se preocupará de sí mismo. Basta a cada día su propio mal».

Capítulo 7
La corrección libre de hipocresía
Enseñanza relacionada: Lucas 6:37–38; Lucas 6:41–42.
7:1 «No juzguen, para que no sean juzgados.
7:2 Porque serán juzgados con el mismo juicio con que juzgan, y con la medida con que midan se les medirá.
7:3 ¿Por qué miras la astilla que hay en el ojo de tu hermano y no te das cuenta de la viga que hay en tu propio ojo?
7:4 ¿O cómo le dirás a tu hermano: “Déjame sacarte la astilla del ojo”, cuando tienes una viga en tu propio ojo?
7:5 ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano.
El discernimiento ante el rechazo
7:6 No den lo santo a los perros ni echen sus perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas y se vuelvan contra ustedes y los despedacen.
La confianza en la bondad del Padre
Enseñanza relacionada: Lucas 11:9–13.
7:7 Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá.
7:8 Porque todo el que pide recibe; el que busca encuentra, y al que llama se le abrirá.
7:9 ¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le dará una piedra?
7:10 ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente?
7:11 Si ustedes, siendo malos, saben dar buenos regalos a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a quienes se las pidan!
El trato que debemos dar al prójimo
Enseñanza paralela: Lucas 6:31.
7:12 Así que, en todo, traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes, porque esto es la Ley y los Profetas.
La decisión que conduce a la vida
Enseñanza relacionada: Lucas 13:24.
7:13 Entren por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la destrucción, y muchos entran por ella.
7:14 Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo encuentran.
Cómo reconocer a los falsos profetas
Enseñanza relacionada: Lucas 6:43–45.
7:15 Cuídense de los falsos profetas, que vienen a ustedes vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos voraces.
7:16 Por sus frutos los reconocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos?
7:17 Así, todo árbol bueno produce frutos buenos, pero el árbol podrido produce frutos malos.
7:18 Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol podrido puede producir frutos buenos.
7:19 Todo árbol que no produce buen fruto es cortado y arrojado al fuego.
7:20 Así que por sus frutos los reconocerán.
El peligro de una confesión sin obediencia
Advertencia relacionada: Lucas 13:25–27.
7:21 No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
7:22 Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?”.
7:23 Entonces les declararé: “Nunca los conocí. Apártense de mí, ustedes que practican la maldad”.
Los dos cimientos
Enseñanza relacionada: Lucas 6:46–49.
7:24 Así que todo el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica será comparado con un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca.
7:25 Cayó la lluvia, vinieron los ríos, soplaron los vientos y golpearon contra aquella casa; pero no cayó, porque estaba cimentada sobre la roca.
7:26 Y todo el que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica será comparado con un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena.
7:27 Cayó la lluvia, vinieron los ríos, soplaron los vientos y chocaron contra aquella casa; y cayó, y su caída fue grande».
La reacción de los oyentes
7:28 Cuando Jesús terminó estas palabras, las multitudes estaban asombradas de su enseñanza,
7:29 porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas.

Capítulo 8
Jesús sana a un leproso
Relatos paralelos: Marcos 1:40–45; Lucas 5:12–16.
8:1 Cuando bajó del monte, lo siguieron grandes multitudes.
8:2 Un leproso se acercó y se postró ante él, diciendo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».
8:3 Extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero; queda limpio». Al instante quedó limpio de la lepra.
8:4 Jesús le dijo: «Cuida de no decírselo a nadie; ve, muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, como testimonio para ellos».
Jesús sana al siervo de un centurión
Relato paralelo: Lucas 7:1–10.
8:5 Cuando entró en Capernaúm, se le acercó un centurión que le rogaba:
8:6 «Señor, mi siervo está postrado en casa, paralizado y sufriendo terribles dolores».
8:7 Él le dijo: «Yo iré y lo sanaré».
8:8 El centurión respondió: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solo di la palabra, y mi siervo será sanado.
8:9 Porque yo también soy un hombre bajo autoridad y tengo soldados a mis órdenes. A uno le digo: “Ve”, y va; a otro: “Ven”, y viene; y a mi esclavo: “Haz esto”, y lo hace».
8:10 Al oírlo, Jesús se asombró y dijo a quienes lo seguían: «Les aseguro que en nadie de Israel he encontrado tanta fe.
8:11 Y les digo que muchos vendrán del oriente y del occidente y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos;
8:12 pero los hijos del reino serán arrojados a la oscuridad de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes».
8:13 Jesús le dijo al centurión: «Vete; que se haga contigo tal como has creído». Y el siervo fue sanado en aquella misma hora.
Jesús sana a la suegra de Pedro
Relatos paralelos: Marcos 1:29–34; Lucas 4:38–41.
8:14 Cuando Jesús llegó a la casa de Pedro, vio a la suegra de este acostada con fiebre.
8:15 Le tocó la mano y la fiebre la dejó. Ella se levantó y comenzó a servirle.
Sanidades y cumplimiento de Isaías
8:16 Al atardecer le llevaron muchos endemoniados. Con una palabra expulsó a los espíritus y sanó a todos los enfermos,
8:17 para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
 «Él tomó nuestras debilidades y cargó con nuestras enfermedades».
El costo de seguir a Jesús
Enseñanzas relacionadas: Lucas 9:57–62.
8:18 Al ver las grandes multitudes a su alrededor, Jesús mandó pasar a la otra orilla.
8:19 Un escriba se acercó y le dijo: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas».
8:20 Jesús le dijo: «Los zorros tienen madrigueras y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza».
8:21 Otro de los discípulos le dijo: «Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre».
8:22 Jesús le dijo: «Sígueme y deja que los muertos entierren a sus propios muertos».
Jesús calma la tempestad
Relatos paralelos: Marcos 4:35–41; Lucas 8:22–25.
8:23 Cuando subió a una barca, sus discípulos lo siguieron.
8:24 De pronto se desató en el mar una fuerte tempestad, de modo que las olas cubrían la barca; pero él dormía.
8:25 Se acercaron a él y lo despertaron, diciendo: «¡Señor, sálvanos! ¡Perecemos!».
8:26 Él les dijo: «¿Por qué tienen miedo, gente de poca fe?». Entonces se levantó y reprendió a los vientos y al mar, y hubo una gran calma.
8:27 Los hombres quedaron asombrados y dijeron: «¿Qué clase de hombre es este, que hasta los vientos y el mar le obedecen?».
Los endemoniados gadarenos
Relatos paralelos: Marcos 5:1–20; Lucas 8:26–39.
8:28 Cuando llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, le salieron al encuentro dos endemoniados que venían de las tumbas. Eran tan violentos que nadie podía pasar por aquel camino.
8:29 Gritaron: «¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?».
8:30 Lejos de ellos pastaba una gran piara de cerdos.
8:31 Los demonios le rogaban: «Si nos expulsas, envíanos a la piara de cerdos».
8:32 Él les dijo: «¡Vayan!». Ellos salieron y entraron en los cerdos. Entonces toda la piara se precipitó por el despeñadero al mar, y los cerdos murieron en las aguas.
8:33 Los que los cuidaban huyeron y fueron a la ciudad, donde contaron todo lo ocurrido, incluso lo de los endemoniados.
8:34 Todos los habitantes de la ciudad salieron al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio.

Capítulo 9
Jesús perdona y sana al paralítico
(Marcos 2:1–12; Lucas 5:17–26)
9:1 Subió a una barca, cruzó al otro lado y llegó a su propia ciudad.
9:2 Le trajeron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: «Ánimo, hijo; tus pecados son perdonados».
9:3 Entonces algunos escribas se dijeron a sí mismos: «Este blasfema».
9:4 Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo: «¿Por qué piensan mal en sus corazones?
9:5 ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados son perdonados”, o decir: “Levántate y camina”?
9:6 Pero para que sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados —dijo entonces al paralítico—, levántate, toma tu camilla y ve a tu casa».
9:7 Él se levantó y se fue a su casa.
9:8 Al verlo, las multitudes tuvieron miedo y glorificaron a Dios, que había dado tal autoridad a los seres humanos.
Llamamiento de Mateo
(Marcos 2:13–17; Lucas 5:27–32)
9:9 Al pasar de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado en el puesto de recaudación de impuestos. Le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió.
9:10 Mientras estaba a la mesa en la casa, llegaron muchos recaudadores de impuestos y pecadores y se sentaron a la mesa con Jesús y sus discípulos.
9:11 Al verlo, los fariseos preguntaban a sus discípulos: «¿Por qué su maestro come con recaudadores de impuestos y pecadores?».
9:12 Él los oyó y dijo: «Los sanos no necesitan médico, sino los enfermos.
9:13 Vayan y aprendan qué significa: “Misericordia quiero, y no sacrificio”. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».
La pregunta sobre el ayuno
(Marcos 2:18–22; Lucas 5:33–39)
9:14 Entonces se le acercaron los discípulos de Juan y le preguntaron: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo, pero tus discípulos no ayunan?».
9:15 Jesús les respondió: «¿Pueden los invitados a la boda estar de luto mientras el novio está con ellos? Vendrán días en que el novio les será quitado, y entonces ayunarán.
9:16 Nadie pone un remiendo de tela sin encoger en un vestido viejo, porque el remiendo tira del vestido y se hace una rotura peor.
9:17 Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; de lo contrario, los odres se revientan, el vino se derrama y los odres se arruinan. El vino nuevo se echa en odres nuevos, y ambos se conservan».
Jesús restaura a una mujer y devuelve la vida a una niña
(Marcos 5:21–43; Lucas 8:40–56)
9:18 Mientras les decía estas cosas, llegó un dirigente, se postró ante él y dijo: «Mi hija acaba de morir, pero ven, pon tu mano sobre ella y vivirá».
9:19 Jesús se levantó y lo siguió, junto con sus discípulos.
9:20 Una mujer que sufría hemorragias desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó el borde de su manto.
9:21 Porque se decía a sí misma: «Con solo tocar su manto quedaré sana».
9:22 Jesús se volvió y, al verla, dijo: «Ánimo, hija; tu fe te ha sanado». Y la mujer quedó sana desde aquel momento.
9:23 Cuando Jesús llegó a la casa del dirigente y vio a los flautistas y a la multitud alborotada,
9:24 dijo: «Retírense, porque la niña no ha muerto, sino que duerme». Y se burlaban de él.
9:25 Después de que echaron fuera a la multitud, entró y la tomó de la mano, y la niña se levantó.
9:26 La noticia se extendió por toda aquella región.
Dos ciegos reciben la vista
9:27 Al salir Jesús de allí, lo siguieron dos ciegos que gritaban: «¡Ten compasión de nosotros, Hijo de David!».
9:28 Cuando entró en la casa, los ciegos se le acercaron. Jesús les preguntó: «¿Creen que puedo hacer esto?». Ellos respondieron: «Sí, Señor».
9:29 Entonces les tocó los ojos y dijo: «Que les suceda conforme a su fe».
9:30 Y se abrieron sus ojos. Jesús les advirtió severamente: «Tengan cuidado de que nadie lo sepa».
9:31 Pero ellos salieron y divulgaron su fama por toda aquella región.
Un mudo habla
9:32 Mientras ellos salían, le trajeron a un hombre mudo, endemoniado.
9:33 Cuando el demonio fue expulsado, el mudo habló. Las multitudes quedaron asombradas y decían: «¡Nunca se ha visto algo así en Israel!».
9:34 Pero los fariseos decían: «Por el príncipe de los demonios expulsa a los demonios».
La compasión de Jesús y la necesidad de obreros
9:35 Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia.
9:36 Al ver a las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban acosadas y abatidas como ovejas sin pastor.
9:37 Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos.
9:38 Rueguen, pues, al Señor de la cosecha que envíe obreros a su cosecha».

Capítulo 10
Jesús da autoridad a los doce
(Marcos 3:13–19; Lucas 6:12–16)
10:1 Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad sobre los espíritus impuros para expulsarlos y para sanar toda enfermedad y toda dolencia.
10:2 Estos son los nombres de los doce apóstoles: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Jacobo, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan;
10:3 Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el recaudador de impuestos; Jacobo, hijo de Alfeo, y Tadeo;
10:4 Simón el Zelote y Judas Iscariote, el que lo entregó.
Misión de los doce
(Marcos 6:7–13; Lucas 9:1–6)
10:5 Jesús envió a estos doce con las siguientes instrucciones: «No vayan por camino de gentiles ni entren en ciudad de samaritanos.
10:6 Vayan más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
10:7 Por el camino proclamen: “El reino de los cielos se ha acercado”.
10:8 Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien a los leprosos y expulsen a los demonios. De gracia recibieron; den de gracia.
10:9 No se procuren monedas de oro, de plata ni de cobre para sus cinturones,
10:10 ni bolsa para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, porque el obrero merece su alimento.
10:11 En cualquier ciudad o aldea donde entren, averigüen quién es digno y quédense allí hasta que salgan.
10:12 Al entrar en la casa, salúdenla.
10:13 Si la casa es digna, que venga sobre ella su paz; si no es digna, que su paz vuelva a ustedes.
10:14 Si alguien no los recibe ni escucha sus palabras, al salir de aquella casa o ciudad sacúdanse el polvo de los pies.
10:15 En verdad les digo que el día del juicio será más tolerable para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad.
Persecuciones venideras
10:16 Miren, yo los envío como ovejas en medio de lobos. Sean, pues, prudentes como serpientes e inocentes como palomas.
10:17 Cuídense de la gente, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en sus sinagogas.
10:18 Por causa de mí serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio a ellos y a los gentiles.
10:19 Cuando los entreguen, no se preocupen por cómo hablarán ni por lo que dirán, porque en aquel momento se les dará lo que han de decir.
10:20 Porque no serán ustedes quienes hablen, sino el Espíritu de su Padre quien hable en ustedes.
10:21 El hermano entregará a la muerte al hermano y el padre al hijo. Los hijos se levantarán contra sus padres y los harán morir.
10:22 Todos los odiarán por causa de mi nombre, pero quien persevere hasta el fin será salvo.
10:23 Cuando los persigan en esta ciudad, huyan a otra. Porque en verdad les digo que no acabarán de recorrer las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre.
10:24 El discípulo no está por encima del maestro ni el siervo por encima de su señor.
10:25 Le basta al discípulo llegar a ser como su maestro y al siervo como su señor. Si al dueño de la casa lo llamaron Beelzebul, ¡cuánto más a los de su casa!
A quién se debe temer
(Lucas 12:2–9)
10:26 Por tanto, no les tengan miedo. No hay nada encubierto que no vaya a ser revelado, ni oculto que no vaya a saberse.
10:27 Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz; lo que oyen al oído, proclámenlo desde las azoteas.
10:28 No teman a quienes matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.
10:29 ¿No se venden dos gorriones por una moneda de cobre? Sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin su Padre.
10:30 En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están todos contados.
10:31 Así que no teman: ustedes valen más que muchos gorriones.
10:32 A todo el que me reconozca delante de la gente, yo también lo reconoceré delante de mi Padre que está en los cielos.
10:33 Pero a quien me niegue delante de la gente, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos.
Jesús, causa de división
(Lucas 12:49–53; Lucas 14:26–27)
10:34 No piensen que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada.
10:35 Porque he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra;
10:36 y los enemigos de una persona serán los de su propia casa.
10:37 Quien ama a padre o madre más que a mí no es digno de mí; quien ama a hijo o hija más que a mí no es digno de mí.
10:38 Quien no toma su cruz y me sigue no es digno de mí.
10:39 Quien encuentre su vida la perderá; quien pierda su vida por causa de mí la encontrará.
La acogida de quienes sirven a Jesús
(Marcos 9:41)
10:40 Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí recibe al que me envió.
10:41 Quien recibe a un profeta por ser profeta recibirá recompensa de profeta; quien recibe a un justo por ser justo recibirá recompensa de justo.
10:42 Y quien dé de beber a uno de estos pequeños siquiera un vaso de agua fría por ser discípulo, en verdad les digo que de ningún modo perderá su recompensa».

Capítulo 11
11:1 Cuando Jesús terminó de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.
Los mensajeros de Juan el Bautista
(Lucas 7:18–35)
11:2 Juan, que estaba en la cárcel, oyó hablar de las obras de Cristo y envió un mensaje por medio de sus discípulos.
11:3 Le preguntó: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?».
11:4 Jesús les respondió: «Vayan y cuéntenle a Juan lo que oyen y ven:
11:5 los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres se les anuncia el evangelio.
11:6 Dichoso el que no tropiece por causa de mí».
El testimonio de Jesús acerca de Juan
11:7 Mientras ellos se iban, Jesús comenzó a hablar a las multitudes acerca de Juan: «¿Qué salieron a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?
11:8 ¿O qué salieron a ver? ¿Un hombre vestido con ropas finas? Miren, los que llevan ropas finas están en los palacios de los reyes.
11:9 Entonces, ¿a qué salieron? ¿A ver a un profeta? Sí, les digo, y a más que un profeta.
11:10 Este es aquel de quien está escrito: “Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti, quien preparará tu camino delante de ti”.
11:11 Les aseguro que entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él.
11:12 Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.
11:13 Porque todos los profetas y la Ley profetizaron hasta Juan.
11:14 Y, si quieren aceptarlo, él es Elías, el que había de venir.
11:15 El que tenga oídos, que escuche.
El rechazo a Juan y a Jesús
11:16 ¿Con qué compararé a esta generación? Se parece a niños sentados en las plazas, que llaman a los otros
11:17 y dicen:
 “Les tocamos la flauta y no bailaron;
   entonamos lamentos y no hicieron duelo”.
11:18 Porque vino Juan sin comer ni beber, y dicen: “Tiene un demonio”.
11:19 Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: “¡Miren, un glotón y un borracho, amigo de recaudadores de impuestos y pecadores!”. Y la sabiduría queda justificada por sus obras».
Advertencia a Corazín, Betsaida y Capernaúm
(Lucas 10:13–16)
11:20 Entonces comenzó a reprender a las ciudades en las que había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se habían arrepentido:
11:21 «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y Sidón se hubieran hecho los milagros que se hicieron entre ustedes, hace tiempo se habrían arrepentido con tela áspera y ceniza.
11:22 Les digo que en el día del juicio será más soportable para Tiro y Sidón que para ustedes.
11:23 Y tú, Capernaúm, ¿acaso serás elevada hasta el cielo? Descenderás hasta el Hades. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se hicieron en ti, habría permanecido hasta el día de hoy.
11:24 Les digo que en el día del juicio será más soportable para la tierra de Sodoma que para ti».
El Hijo revela al Padre y ofrece descanso
(Lucas 10:21–22)
11:25 En aquel tiempo, Jesús dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos y se las revelaste a los niños.
11:26 Sí, Padre, porque así te agradó».
11:27 «Todo me ha sido entregado por mi Padre. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.
El descanso que Jesús ofrece
11:28 Vengan a mí todos los que están cansados y cargados, y yo les daré descanso.
11:29 Lleven mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas.
11:30 Porque mi yugo es llevadero y mi carga es ligera».

Capítulo 12
La autoridad de Jesús sobre el día de reposo
(Marcos 2:23–28; Lucas 6:1–5)
12:1 En aquel tiempo, Jesús atravesaba unos sembrados en un día de reposo. Sus discípulos tuvieron hambre y comenzaron a arrancar espigas y a comer.
12:2 Al verlo, los fariseos le dijeron: «Mira, tus discípulos hacen lo que no está permitido hacer en día de reposo».
12:3 Él les dijo: «¿No han leído lo que hizo David cuando él y sus acompañantes tuvieron hambre,
12:4 cómo entró en la casa de Dios y comieron los panes de la Presencia, que no les estaba permitido comer ni a él ni a sus acompañantes, sino solo a los sacerdotes?
12:5 ¿O no han leído en la Ley que, en los días de reposo, los sacerdotes en el templo profanan el día de reposo y, sin embargo, son inocentes?
12:6 Pero les digo que aquí hay algo mayor que el templo.
12:7 Si hubieran comprendido qué significa: “Misericordia quiero y no sacrificio”, no habrían condenado a los inocentes.
12:8 Porque el Hijo del Hombre es Señor del día de reposo».
Jesús restaura una mano en día de reposo
(Marcos 3:1–6; Lucas 6:6–11)
12:9 Se alejó de allí y fue a su sinagoga.
12:10 Había allí un hombre que tenía una mano atrofiada. Le preguntaron: «¿Está permitido sanar en el día de reposo?», para poder acusarlo.
12:11 Él les dijo: «¿Quién de ustedes, si tiene una oveja y esta cae en un hoyo en el día de reposo, no la sujetará y la levantará?
12:12 ¡Cuánto más vale una persona que una oveja! Por lo tanto, está permitido hacer el bien en día de reposo».
12:13 Entonces le dijo al hombre: «Extiende tu mano». Él la extendió y la mano quedó restaurada, sana como la otra.
12:14 Los fariseos salieron y se reunieron en consejo contra él para matarlo.
El siervo escogido
(Isaías 42:1–4)
12:15 Al saberlo, Jesús se retiró de allí. Muchos lo siguieron y los sanó a todos,
12:16 y les advirtió con firmeza que no lo dieran a conocer,
12:17 para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
12:18 «Miren a mi siervo, a quien escogí, mi amado, en quien mi alma se complace.
   Pondré mi Espíritu sobre él y anunciará la justicia a las naciones.
12:19 No discutirá ni gritará, y nadie oirá su voz en las calles.
12:20 No quebrará una caña resquebrajada ni apagará una mecha que humea, hasta que lleve la justicia a la victoria.
12:21 Y las naciones pondrán su esperanza en su nombre».
Jesús responde a la acusación sobre su poder
(Marcos 3:22–30; Lucas 11:14–23)
12:22 Entonces le llevaron un endemoniado ciego y mudo. Lo sanó, de modo que el mudo hablaba y veía.
12:23 Todas las multitudes estaban asombradas y decían: «¿Será este el Hijo de David?».
12:24 Pero los fariseos, al oírlo, dijeron: «Este no expulsa los demonios sino por Beelzebul, el príncipe de los demonios».
12:25 Pero él, que conocía sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda devastado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no permanecerá en pie.
12:26 Si Satanás expulsa a Satanás, está dividido contra sí mismo. ¿Cómo, entonces, permanecerá en pie su reino?
12:27 Y si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan sus hijos? Por eso, ellos serán sus jueces.
12:28 Pero si yo expulso los demonios por el Espíritu de Dios, entonces el reino de Dios ha llegado a ustedes.
12:29 ¿Cómo puede alguien entrar en la casa del hombre fuerte y saquear sus bienes si primero no ata al hombre fuerte? Entonces saqueará su casa.
12:30 El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama.
La blasfemia contra el Espíritu Santo
12:31 Por eso les digo: todo pecado y blasfemia se les perdonará a las personas, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada.
12:32 Al que diga una palabra contra el Hijo del Hombre se le perdonará; pero al que hable contra el Espíritu Santo no se le perdonará, ni en esta era ni en la venidera.
El corazón y la responsabilidad por las palabras
12:33 O hagan que el árbol sea bueno y su fruto bueno, o hagan que el árbol sea malo y su fruto malo, porque por el fruto se conoce el árbol.
12:34 ¡Camada de víboras! ¿Cómo pueden hablar cosas buenas siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca.
12:35 El hombre bueno saca cosas buenas del buen tesoro, y el hombre malo saca cosas malas del mal tesoro.
12:36 Pero les digo que de toda palabra inútil que hablen las personas rendirán cuentas en el día del juicio.
12:37 Porque por tus palabras serás declarado justo y por tus palabras serás condenado».
La señal de Jonás y la autoridad de Jesús
(Lucas 11:29–32)
12:38 Entonces algunos de los escribas y fariseos le respondieron: «Maestro, queremos ver una señal de tu parte».
12:39 Él les respondió: «Una generación malvada y adúltera busca una señal, pero no se le dará ninguna señal sino la del profeta Jonás.
12:40 Porque así como Jonás estuvo en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches.
12:41 Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación y la condenarán, porque se arrepintieron ante la predicación de Jonás. Y miren, aquí hay algo mayor que Jonás.
12:42 La reina del Sur se levantará en el juicio con esta generación y la condenará, porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón. Y miren, aquí hay algo mayor que Salomón.
El regreso del espíritu impuro
(Lucas 11:24–26)
12:43 Cuando el espíritu impuro sale de una persona, recorre lugares áridos en busca de descanso, pero no lo encuentra.
12:44 Entonces dice: “Volveré a mi casa, de donde salí”. Al regresar, la encuentra desocupada, barrida y arreglada.
12:45 Entonces va y toma consigo otros siete espíritus más malvados que él; entran y viven allí. Y la situación final de aquella persona resulta peor que la primera. Así le sucederá también a esta generación malvada».
La familia que Jesús reconoce
(Marcos 3:31–35; Lucas 8:19–21)
12:46 Mientras todavía hablaba a las multitudes, su madre y sus hermanos estaban afuera, queriendo hablar con él.
12:47 Alguien le dijo: «Mira, tu madre y tus hermanos están afuera y quieren hablar contigo».
12:48 Él respondió al que le hablaba: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».
12:49 Extendió su mano hacia sus discípulos y dijo: «Miren, aquí están mi madre y mis hermanos.
12:50 Porque quien hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».

Capítulo 13
Parábola del sembrador
(Marcos 4:1–9; Lucas 8:4–8)
13:1 Aquel día Jesús salió de la casa y se sentó junto al mar.
13:2 Se reunieron alrededor de él grandes multitudes, de modo que subió a una barca y se sentó; toda la multitud estaba de pie en la orilla.
13:3 Les habló de muchas cosas en parábolas, diciendo: «Miren, el sembrador salió a sembrar.
13:4 Mientras sembraba, unas semillas cayeron junto al camino; vinieron las aves y se las comieron.
13:5 Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron enseguida porque la tierra no tenía profundidad.
13:6 Pero cuando salió el sol, se quemaron y, por no tener raíz, se secaron.
13:7 Otras cayeron entre espinos; los espinos crecieron y las ahogaron.
13:8 Otras cayeron en la buena tierra y dieron fruto: unas a ciento, otras a sesenta y otras a treinta por uno.
13:9 El que tenga oídos, que escuche».
Propósito de las parábolas
(Marcos 4:10–12; Lucas 8:9–10)
13:10 Los discípulos se acercaron y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?».
13:11 Él les respondió: «Porque a ustedes se les ha dado conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no se les ha dado.
13:12 Porque a quien tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero a quien no tiene se le quitará incluso lo que tiene.
13:13 Por eso les hablo en parábolas: porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.
13:14 En ellos se cumple la profecía de Isaías, que dice:
 “Oirán y oirán, pero de ningún modo entenderán;
   mirarán y mirarán, pero de ningún modo verán.
13:15 Porque el corazón de este pueblo se ha vuelto insensible;
   con sus oídos oyen con dificultad y han cerrado sus ojos, para no ver con los ojos ni oír con los oídos ni entender con el corazón ni volverse, y que yo los sane”.
13:16 Pero dichosos sus ojos, porque ven, y sus oídos, porque oyen.
13:17 Porque en verdad les digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron.
Jesús explica la parábola del sembrador
(Marcos 4:13–20; Lucas 8:11–15)
13:18 Escuchen, pues, la parábola del sembrador.
13:19 Cuando alguien oye la palabra del reino y no la entiende, viene el maligno y arrebata lo sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino.
13:20 El que fue sembrado en terreno pedregoso es el que oye la palabra y enseguida la recibe con alegría,
13:21 pero no tiene raíz en sí mismo y dura poco. Cuando viene la aflicción o la persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza.
13:22 El que fue sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra y no da fruto.
13:23 El que fue sembrado en la buena tierra es el que oye la palabra y la entiende. Este sí da fruto y produce, uno a ciento, otro a sesenta y otro a treinta por uno».
Parábola del trigo y la cizaña
13:24 Les presentó otra parábola: «El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo.
13:25 Pero mientras la gente dormía, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue.
13:26 Cuando brotó la planta y dio fruto, apareció también la cizaña.
13:27 Los siervos del dueño se acercaron y le dijeron: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde viene, entonces, la cizaña?”.
13:28 Él les respondió: “Un enemigo ha hecho esto”. Los siervos le preguntaron: “¿Quieres que vayamos a recogerla?”.
13:29 Él dijo: “No, no sea que al recoger la cizaña arranquen con ella el trigo.
13:30 Dejen que ambos crezcan juntos hasta la cosecha. En el tiempo de la cosecha diré a los segadores: ‘Recojan primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla; pero reúnan el trigo en mi granero’”».
Parábola de la semilla de mostaza
(Marcos 4:30–32; Lucas 13:18–19)
13:31 Les presentó otra parábola: «El reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza que un hombre tomó y sembró en su campo.
13:32 Es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece es mayor que las hortalizas y se convierte en árbol, de modo que vienen las aves del cielo y anidan en sus ramas».
Parábola de la levadura
(Lucas 13:20–21)
13:33 Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos es semejante a la levadura que una mujer tomó y mezcló con tres medidas de harina, hasta que toda la masa fermentó».
El uso que Jesús hace de las parábolas
(Marcos 4:33–34; Salmos 78:2)
13:34 Jesús dijo todas estas cosas a las multitudes en parábolas; no les hablaba de nada sin parábolas,
13:35 para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta:
 «Abriré mi boca en parábolas;
   proclamaré cosas escondidas desde la creación».
Jesús explica la parábola de la cizaña
13:36 Entonces dejó a las multitudes y entró en la casa. Sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo».
13:37 Él respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre.
13:38 El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del maligno.
13:39 El enemigo que la sembró es el diablo; la cosecha es el fin de la era y los segadores son los ángeles.
13:40 Así como se recoge la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin de la era.
13:41 El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su reino todo lo que hace tropezar y a los que practican la maldad,
13:42 y los arrojarán al horno de fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
13:43 Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que escuche.
El tesoro escondido
13:44 El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, que un hombre encontró y volvió a esconder. Lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo.
La perla de gran precio
13:45 También el reino de los cielos es semejante a un comerciante que busca perlas finas.
13:46 Cuando encontró una perla de gran valor, fue, vendió todo lo que tenía y la compró.
La red y la separación final
13:47 También el reino de los cielos es semejante a una red echada al mar que recoge peces de toda clase.
13:48 Cuando está llena, la sacan a la orilla y, sentados, recogen los buenos en recipientes y arrojan fuera los malos.
13:49 Así será al fin de la era: saldrán los ángeles y separarán a los malvados de entre los justos,
13:50 y los arrojarán al horno de fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
Tesoros nuevos y viejos
13:51 ¿Han entendido todas estas cosas?». Le respondieron: «Sí».
13:52 Él les dijo: «Por eso, todo escriba instruido en el reino de los cielos es semejante al dueño de una casa que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas».
13:53 Cuando Jesús terminó estas parábolas, se fue de allí.
Jesús en Nazaret
(Marcos 6:1–6; Lucas 4:16–30)
13:54 Llegó a su tierra y les enseñaba en su sinagoga. Ellos estaban asombrados y decían: «¿De dónde le vienen esta sabiduría y estos milagros?
13:55 ¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Jacobo, José, Simón y Judas?
13:56 ¿No están todas sus hermanas entre nosotros? ¿De dónde le vienen, entonces, todas estas cosas?».
13:57 Y tropezaban por causa de él. Pero Jesús les dijo: «Un profeta no carece de honra sino en su tierra y en su casa».
13:58 Y no hizo allí muchos milagros por la incredulidad de ellos.

Capítulo 14
Herodes y la muerte de Juan el Bautista
(Marcos 6:14–29; Lucas 9:7–9)
14:1 En aquel tiempo Herodes el tetrarca oyó hablar de la fama de Jesús
14:2 y dijo a sus siervos: «Este es Juan el Bautista. Ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él los poderes milagrosos».
14:3 Porque Herodes había apresado a Juan, lo había atado y lo había puesto en la cárcel por causa de Herodías, la esposa de su hermano Felipe.
14:4 Juan le decía: «No te está permitido tenerla».
14:5 Herodes quería matarlo, pero temía a la multitud, porque lo consideraban un profeta.
14:6 Cuando se celebró el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías bailó en medio de los invitados y agradó a Herodes.
14:7 Por eso él prometió con juramento darle lo que pidiera.
14:8 Ella, instigada por su madre, dijo: «Dame aquí, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista».
14:9 El rey se entristeció, pero por sus juramentos y por los que estaban a la mesa con él ordenó que se la dieran.
14:10 Mandó decapitar a Juan en la cárcel.
14:11 Su cabeza fue traída en una bandeja y entregada a la muchacha, y ella se la llevó a su madre.
14:12 Sus discípulos vinieron, recogieron el cuerpo y lo enterraron. Después fueron a contárselo a Jesús.
Alimentación de los cinco mil
(Marcos 6:30–44; Lucas 9:10–17; Juan 6:1–14)
14:13 Al oírlo, Jesús se retiró de allí en una barca a un lugar despoblado, a solas. Las multitudes se enteraron y lo siguieron a pie desde las ciudades.
14:14 Cuando salió, vio una gran multitud, tuvo compasión de ellos y sanó a sus enfermos.
14:15 Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «El lugar está despoblado y ya es tarde. Despide a las multitudes para que vayan a las aldeas y se compren alimentos».
14:16 Jesús les dijo: «No necesitan irse. Denles ustedes de comer».
14:17 Ellos le respondieron: «Aquí solo tenemos cinco panes y dos peces».
14:18 Él dijo: «Tráiganmelos aquí».
14:19 Mandó a las multitudes recostarse sobre la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo y pronunció la bendición. Partió los panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos a las multitudes.
14:20 Todos comieron y quedaron saciados. Recogieron los pedazos sobrantes: doce canastas llenas.
14:21 Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.
Jesús anda sobre el mar
(Marcos 6:45–52; Juan 6:15–21)
14:22 Enseguida hizo que los discípulos subieran a una barca y se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a las multitudes.
14:23 Después de despedir a las multitudes, subió al monte a orar a solas. Al anochecer estaba allí solo.
14:24 La barca ya estaba lejos de tierra, azotada por las olas, porque el viento era contrario.
14:25 En la cuarta vigilia de la noche fue hacia ellos caminando sobre el mar.
14:26 Cuando los discípulos lo vieron caminando sobre el mar, se alarmaron y dijeron: «¡Es un fantasma!». Y gritaron de miedo.
14:27 Pero Jesús les habló enseguida: «¡Ánimo, soy yo! No tengan miedo».
14:28 Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas».
14:29 Él dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y caminó sobre las aguas hacia Jesús.
14:30 Pero al ver el fuerte viento tuvo miedo y, al comenzar a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!».
14:31 Al instante Jesús extendió la mano, lo sujetó y le dijo: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».
14:32 Cuando subieron a la barca, el viento se calmó.
14:33 Los que estaban en la barca lo adoraron y dijeron: «Verdaderamente eres Hijo de Dios».
Jesús sana a los enfermos en Genesaret
(Marcos 6:53–56)
14:34 Después de cruzar, llegaron a tierra, a Genesaret.
14:35 Los hombres de aquel lugar lo reconocieron y enviaron aviso por toda la región de alrededor. Le trajeron a todos los enfermos
14:36 y le rogaban que les permitiera tocar siquiera el borde de su manto. Y todos los que lo tocaron quedaron sanos.

Capítulo 15
La tradición y la verdadera pureza
(Marcos 7:1–23)
15:1 Entonces se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y le preguntaron:
15:2 «¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los ancianos? Porque no se lavan las manos cuando comen pan».
15:3 Él les respondió: «¿Por qué también ustedes quebrantan el mandamiento de Dios por su tradición?
15:4 Porque Dios dijo: “Honra a tu padre y a tu madre”, y: “Quien maldiga a su padre o a su madre debe morir”.
15:5 Pero ustedes dicen: “Quien diga a su padre o a su madre: ‘Es una ofrenda lo que de mí podrías recibir como ayuda’,
15:6 ya no tiene que honrar a su padre o a su madre”. Así han anulado la palabra de Dios por su tradición.
15:7 ¡Hipócritas! Bien profetizó Isaías acerca de ustedes al decir:
15:8 “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
15:9 En vano me adoran, enseñando como doctrinas mandamientos humanos”».
La contaminación que procede del corazón
15:10 Llamó a la multitud y les dijo: «Escuchen y entiendan:
15:11 no es lo que entra en la boca lo que contamina al ser humano; lo que sale de la boca, eso contamina al ser humano».
15:12 Entonces se acercaron los discípulos y le dijeron: «¿Sabes que los fariseos se ofendieron al oír estas palabras?».
15:13 Él respondió: «Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial será arrancada de raíz.
15:14 Déjenlos; son ciegos que guían a ciegos. Si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en un hoyo».
15:15 Pedro le dijo: «Explícanos esta parábola».
15:16 Él respondió: «¿También ustedes siguen sin entender?
15:17 ¿No comprenden que todo lo que entra en la boca pasa al vientre y se expulsa a la letrina?
15:18 Pero lo que sale de la boca procede del corazón, y eso contamina al ser humano.
15:19 Porque del corazón salen los malos pensamientos, los asesinatos, los adulterios, las inmoralidades sexuales, los robos, los falsos testimonios y las blasfemias.
15:20 Estas son las cosas que contaminan al ser humano; comer sin lavarse las manos no contamina al ser humano».
La fe de la mujer cananea
(Marcos 7:24–30)
15:21 Jesús salió de allí y se retiró a la región de Tiro y Sidón.
15:22 Una mujer cananea de aquella región salió gritando: «¡Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio».
15:23 Pero él no le respondió palabra. Sus discípulos se acercaron y le rogaban: «Despídela, porque viene gritando detrás de nosotros».
15:24 Él respondió: «Solo fui enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel».
15:25 Ella se acercó, se postró ante él y dijo: «¡Señor, ayúdame!».
15:26 Él respondió: «No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perritos».
15:27 Ella dijo: «Sí, Señor; pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».
15:28 Entonces Jesús le respondió: «Mujer, grande es tu fe. Que te suceda como deseas». Y su hija quedó sana desde aquel momento.
Jesús sana a muchos
15:29 Jesús se fue de allí y llegó junto al mar de Galilea. Subió al monte y se sentó allí.
15:30 Se le acercaron grandes multitudes, trayendo consigo a mudos, ciegos, cojos, lisiados y a muchos otros. Los pusieron a sus pies y él los sanó.
15:31 La multitud se asombraba al ver a los mudos hablar, a los lisiados sanos, a los cojos caminar y a los ciegos ver; y glorificaban al Dios de Israel.
Alimentación de los cuatro mil
(Marcos 8:1–10)
15:32 Jesús llamó a sus discípulos y dijo: «Tengo compasión de la multitud, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino».
15:33 Los discípulos le preguntaron: «¿De dónde conseguiremos en este lugar despoblado tantos panes para saciar a una multitud tan grande?».
15:34 Jesús les preguntó: «¿Cuántos panes tienen?». Ellos respondieron: «Siete, y unos pocos pececitos».
15:35 Mandó a la multitud recostarse en el suelo.
15:36 Tomó los siete panes y los peces, dio gracias, los partió y los iba dando a los discípulos, y los discípulos a las multitudes.
15:37 Todos comieron y quedaron saciados. Recogieron los pedazos sobrantes: siete canastas grandes llenas.
15:38 Los que comieron eran cuatro mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.
15:39 Después de despedir a las multitudes, subió a la barca y llegó a la región de Magadán.

Capítulo 16
La demanda de una señal
(Marcos 8:11–13; Lucas 12:54–56)
16:1 Los fariseos y los saduceos se acercaron y, para ponerlo a prueba, le pidieron que les mostrara una señal del cielo.
16:2 Él les respondió: «Al atardecer dicen: “Hará buen tiempo, porque el cielo está rojo”.
16:3 Y por la mañana: “Hoy habrá tormenta, porque el cielo está rojo y nublado”. Saben interpretar el aspecto del cielo, pero no pueden interpretar las señales de los tiempos.
16:4 Una generación malvada y adúltera busca una señal, pero no se le dará otra señal que la de Jonás». Y los dejó y se fue.
La levadura de los fariseos y saduceos
(Marcos 8:14–21)
16:5 Al llegar a la otra orilla, los discípulos habían olvidado llevar panes.
16:6 Jesús les dijo: «Estén atentos y cuídense de la levadura de los fariseos y saduceos».
16:7 Ellos discutían entre sí, diciendo: «No hemos traído panes».
16:8 Jesús lo supo y dijo: «Hombres de poca fe, ¿por qué discuten entre ustedes por no haber traído panes?
16:9 ¿Todavía no entienden? ¿No recuerdan los cinco panes para los cinco mil y cuántas canastas recogieron?
16:10 ¿Ni los siete panes para los cuatro mil y cuántas canastas grandes recogieron?
16:11 ¿Cómo no entienden que no les hablaba de panes? Cuídense de la levadura de los fariseos y saduceos».
16:12 Entonces comprendieron que no les había dicho que se cuidaran de la levadura de los panes, sino de la enseñanza de los fariseos y saduceos.
La confesión de Pedro
(Marcos 8:27–30; Lucas 9:18–21)
16:13 Cuando Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?».
16:14 Ellos respondieron: «Unos dicen que Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o uno de los profetas».
16:15 Él les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».
16:16 Simón Pedro respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente».
16:17 Jesús le respondió: «Dichoso eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo revelaron carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
16:18 Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.
16:19 Te daré las llaves del reino de los cielos. Lo que ates en la tierra estará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra estará desatado en los cielos».
16:20 Entonces mandó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.
Jesús anuncia su muerte y resurrección
(Marcos 8:31–38; Marcos 9:1; Lucas 9:22–27)
16:21 Desde entonces Jesús comenzó a mostrar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, ser muerto y resucitar al tercer día.
16:22 Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá esto!».
16:23 Pero él se volvió y dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres un tropiezo para mí, porque no piensas en las cosas de Dios, sino en las de los seres humanos».
Seguir a Jesús y tomar la cruz
16:24 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
16:25 Porque quien quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por causa de mí la encontrará.
16:26 ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? ¿O qué dará el hombre a cambio de su alma?
16:27 Porque el Hijo del Hombre va a venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus acciones.
16:28 En verdad les digo que algunos de los que están aquí no probarán la muerte antes de ver al Hijo del Hombre venir en su reino».

Capítulo 17
La transfiguración
(Marcos 9:2–13; Lucas 9:28–36)
17:1 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan, su hermano, y los llevó aparte a un monte alto.
17:2 Se transfiguró delante de ellos: su rostro resplandeció como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
17:3 Y se les aparecieron Moisés y Elías, conversando con él.
17:4 Pedro dijo a Jesús: «Señor, es bueno que estemos aquí. Si quieres, haré aquí tres enramadas: una para ti, una para Moisés y una para Elías».
17:5 Mientras aún hablaba, una nube luminosa los cubrió, y una voz desde la nube dijo: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. Escúchenlo a él».
17:6 Al oírlo, los discípulos cayeron rostro en tierra y tuvieron mucho miedo.
17:7 Jesús se acercó, los tocó y dijo: «Levántense y no tengan miedo».
17:8 Al levantar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.
17:9 Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No cuenten a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos».
Elías, Juan y el sufrimiento del Mesías
17:10 Los discípulos le preguntaron: «¿Por qué, entonces, dicen los escribas que Elías debe venir primero?».
17:11 Él respondió: «Elías viene y restaurará todas las cosas.
17:12 Pero les digo que Elías ya vino y no lo reconocieron, sino que hicieron con él cuanto quisieron. Así también el Hijo del Hombre va a sufrir a manos de ellos».
17:13 Entonces los discípulos comprendieron que les hablaba de Juan el Bautista.
Jesús libera y sana a un muchacho
(Marcos 9:14–29; Lucas 9:37–43)
17:14 Cuando llegaron a la multitud, se le acercó un hombre que se arrodilló ante él
17:15 y dijo: «Señor, ten compasión de mi hijo, porque sufre convulsiones y padece terriblemente. Muchas veces cae en el fuego y muchas veces en el agua.
17:16 Lo traje a tus discípulos, pero no pudieron sanarlo».
17:17 Jesús respondió: «¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo aquí».
17:18 Jesús lo reprendió y el demonio salió de él. El muchacho quedó sano desde aquel momento.
17:19 Entonces los discípulos se acercaron a Jesús en privado y preguntaron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?».
17:20 Él les dijo: «Por su poca fe. Porque en verdad les digo que, si tienen fe como un grano de mostaza, dirán a este monte: “Muévete de aquí para allá”, y se moverá. Nada les será imposible.
17:21 [Pero esta clase no sale sino con oración y ayuno».]
Jesús anuncia que será entregado y resucitará
(Marcos 9:30–32; Lucas 9:43–45)
17:22 Mientras se reunían en Galilea, Jesús les dijo: «El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los seres humanos.
17:23 Lo matarán, pero al tercer día resucitará». Y ellos se entristecieron mucho.
Pago del impuesto del templo
17:24 Cuando llegaron a Capernaúm, los cobradores del impuesto del templo se acercaron a Pedro y preguntaron: «¿Su maestro no paga el impuesto del templo?».
17:25 Él respondió: «Sí». Cuando entró en la casa, Jesús se le adelantó y dijo: «¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran tributos o impuestos: de sus hijos o de los extraños?».
17:26 Él respondió: «De los extraños». Jesús le dijo: «Entonces los hijos están exentos.
17:27 Pero para no hacerlos tropezar, ve al mar y echa un anzuelo. Toma el primer pez que salga; al abrirle la boca encontrarás una moneda grande de plata. Tómala y dásela por mí y por ti».

Capítulo 18
¿Quién es el mayor?
(Marcos 9:33–37; Lucas 9:46–48)
18:1 En aquella hora, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?».
18:2 Él llamó a un niño y lo puso en medio de ellos,
18:3 y dijo: «Les aseguro que, si no cambian y se hacen como los niños, de ningún modo entrarán en el reino de los cielos.
18:4 Así que el que se humille como este niño es el mayor en el reino de los cielos.
18:5 Y el que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe.
Ocasiones de caer
(Marcos 9:42–48; Lucas 17:1–2)
18:6 Pero al que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino movida por un asno y lo hundieran en lo profundo del mar.
18:7 ¡Ay del mundo por las ocasiones de tropiezo! Es inevitable que lleguen los tropiezos, pero ¡ay de la persona por quien viene el tropiezo!
18:8 Si tu mano o tu pie te hace tropezar, córtalo y arrójalo lejos de ti. Más te vale entrar en la vida manco o cojo que, teniendo dos manos o dos pies, ser arrojado al fuego eterno.
18:9 Y si tu ojo te hace tropezar, sácalo y arrójalo lejos de ti. Más te vale entrar en la vida con un solo ojo que, teniendo dos ojos, ser arrojado al infierno de fuego.
Los pequeños ante el Padre celestial
18:10 Cuídense de no despreciar a uno de estos pequeños, porque les digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.
18:11 [Porque el Hijo del Hombre vino a salvar lo perdido.]
Parábola de la oveja perdida
(Lucas 15:3–7)
18:12 ¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y una de ellas se extravía, ¿no dejará las noventa y nueve en los montes y saldrá a buscar la extraviada?
18:13 Y si logra encontrarla, les aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron.
18:14 Así, no es la voluntad de su Padre que está en los cielos que se pierda uno de estos pequeños.
La corrección y restauración del hermano
18:15 Si tu hermano peca contra ti, ve y hazle ver su falta, a solas tú y él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.
18:16 Pero si no te escucha, lleva contigo a uno o dos más, para que todo asunto quede establecido por boca de dos o tres testigos.
18:17 Si no los escucha, díselo a la iglesia; y si tampoco escucha a la iglesia, que sea para ti como un pagano y un recaudador de impuestos.
18:18 Les aseguro que todo lo que aten en la tierra estará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra estará desatado en el cielo.
18:19 De nuevo les aseguro que, si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidan, mi Padre que está en los cielos la hará por ellos.
18:20 Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
El perdón que supera la cuenta de las ofensas
18:21 Entonces Pedro se acercó y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces debo perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete veces?».
18:22 Jesús le dijo: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
El siervo que no quiso perdonar
18:23 Por eso, el reino de los cielos se compara con un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos.
18:24 Cuando comenzó a ajustar cuentas, le llevaron a uno que le debía millones de monedas de plata.
18:25 Como no tenía con qué pagar, su amo ordenó que lo vendieran, junto con su esposa, sus hijos y todo lo que tenía, para pagar la deuda.
18:26 Entonces el siervo se postró ante él y le suplicó: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
18:27 El amo de aquel siervo, movido a compasión, lo dejó libre y le perdonó la deuda.
18:28 Pero al salir, aquel siervo encontró a uno de sus compañeros, que le debía el equivalente a unos cien días de salario. Lo agarró y lo estrangulaba, diciendo: “¡Paga lo que debes!”.
18:29 Su compañero se postró y le rogaba: “Ten paciencia conmigo y te pagaré”.
18:30 Pero él no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel hasta que pagara la deuda.
18:31 Cuando sus compañeros vieron lo sucedido, se entristecieron mucho y fueron a contarle a su amo todo lo que había pasado.
18:32 Entonces su amo lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste.
18:33 ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.
18:34 Su amo, enojado, lo entregó a los torturadores hasta que pagara todo lo que debía.
18:35 Así también hará con ustedes mi Padre celestial si cada uno no perdona de corazón a su hermano».

Capítulo 19
Jesús enseña sobre el divorcio
(Marcos 10:1–12; Lucas 16:18)
19:1 Cuando Jesús terminó estas palabras, salió de Galilea y llegó a la región de Judea, al otro lado del Jordán.
19:2 Lo siguieron grandes multitudes, y allí los sanó.
19:3 Se le acercaron unos fariseos para ponerlo a prueba y le preguntaron: «¿Está permitido que un hombre se divorcie de su esposa por cualquier causa?».
19:4 Él respondió: «¿No han leído que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer,
19:5 y dijo: “Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su esposa, y los dos serán una sola carne”?
19:6 Así que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».
19:7 Le preguntaron: «¿Por qué, entonces, mandó Moisés darle un certificado de divorcio y despedirla?».
19:8 Él les dijo: «Por la dureza de su corazón, Moisés les permitió divorciarse de sus esposas, pero desde el principio no fue así.
19:9 Yo les digo que quien se divorcia de su esposa, excepto por inmoralidad sexual, y se casa con otra comete adulterio; y quien se casa con una divorciada comete adulterio».
Matrimonio y renuncia por causa del reino
19:10 Los discípulos le dijeron: «Si así es la situación del hombre con su esposa, no conviene casarse».
19:11 Él les respondió: «No todos aceptan esta palabra, sino aquellos a quienes se les ha concedido.
19:12 Porque hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; hay eunucos que fueron hechos eunucos por los seres humanos; y hay eunucos que se hicieron eunucos a sí mismos por causa del reino de los cielos. Quien pueda aceptarlo, que lo acepte».
Jesús bendice a los niños
(Marcos 10:13–16; Lucas 18:15–17)
19:13 Entonces le trajeron unos niños para que pusiera las manos sobre ellos y orara, pero los discípulos los reprendieron.
19:14 Jesús dijo: «Dejen a los niños venir a mí y no se lo impidan, porque de quienes son como ellos es el reino de los cielos».
19:15 Después de poner las manos sobre ellos, se fue de allí.
El joven rico
(Marcos 10:17–31; Lucas 18:18–30)
19:16 Se le acercó uno y le preguntó: «Maestro, ¿qué cosa buena debo hacer para tener vida eterna?».
19:17 Él le respondió: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es bueno. Pero si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos».
19:18 Él preguntó: «¿Cuáles?». Jesús respondió: «“No asesinarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio,
19:19 honra a tu padre y a tu madre”, y: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”».
19:20 El joven le dijo: «Todo esto lo he guardado. ¿Qué me falta todavía?».
19:21 Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, ve, vende tus bienes y da a los pobres; tendrás un tesoro en los cielos. Luego ven y sígueme».
19:22 Al oír esta palabra, el joven se fue triste, porque tenía muchas posesiones.
La riqueza y la salvación que Dios hace posible
19:23 Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad les digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos.
19:24 De nuevo les digo que es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios».
19:25 Al oírlo, los discípulos quedaron muy asombrados y preguntaron: «¿Quién, entonces, puede ser salvo?».
19:26 Jesús los miró y les dijo: «Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible».
La promesa a quienes siguen a Jesús
19:27 Entonces Pedro le dijo: «Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué tendremos, entonces?».
19:28 Jesús les respondió: «En verdad les digo que, en la renovación, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, ustedes que me han seguido también se sentarán en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
19:29 Todo el que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, esposa, hijos o campos por causa de mi nombre recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.
19:30 Pero muchos primeros serán últimos, y muchos últimos, primeros».

Capítulo 20
Los obreros de la viña
20:1 «Porque el reino de los cielos es como un propietario que salió al amanecer a contratar trabajadores para su viñedo.
20:2 Acordó con los trabajadores pagarles el salario habitual de un día y los envió a su viñedo.
20:3 Salió alrededor de las nueve de la mañana y vio a otros que estaban desocupados en la plaza.
20:4 Les dijo: “Vayan ustedes también al viñedo y les daré lo que sea justo”.
20:5 Ellos fueron. Volvió a salir alrededor del mediodía y de las tres de la tarde, e hizo lo mismo.
20:6 Alrededor de las cinco de la tarde salió y encontró a otros que estaban allí. Les dijo: “¿Por qué han estado aquí todo el día desocupados?”.
20:7 Le respondieron: “Porque nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Vayan ustedes también al viñedo”.
20:8 Al atardecer, el dueño del viñedo le dijo a su administrador: “Llama a los trabajadores y págales su salario, comenzando por los últimos hasta llegar a los primeros”.
20:9 Llegaron los que habían sido contratados alrededor de las cinco de la tarde y cada uno recibió la paga de una jornada completa.
20:10 Cuando llegaron los primeros, pensaron que recibirían más, pero también ellos recibieron cada uno la paga de una jornada.
20:11 Al recibirla, murmuraban contra el propietario,
20:12 diciendo: “Estos últimos trabajaron una sola hora y los has igualado a nosotros, que hemos soportado la carga del día y el calor abrasador”.
20:13 Él le respondió a uno de ellos: “Amigo, no estoy siendo injusto contigo. ¿No acordaste conmigo la paga de una jornada?
20:14 Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último lo mismo que a ti.
20:15 ¿No tengo derecho a hacer lo que quiero con lo que es mío? ¿O tienes envidia porque yo soy bueno?”.
20:16 Así, los últimos serán primeros y los primeros serán últimos».
Jesús anuncia su muerte y resurrección en Jerusalén
(Marcos 10:32–34; Lucas 18:31–34)
20:17 Mientras subía a Jerusalén, Jesús tomó aparte a los doce discípulos y, por el camino, les dijo:
20:18 «Miren, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte.
20:19 Lo entregarán a los gentiles para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; pero al tercer día será resucitado».
Petición de honor para los hijos de Zebedeo
(Marcos 10:35–45)
20:20 Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos; se postró ante él y le pidió algo.
20:21 Él le dijo: «¿Qué quieres?». Ella le respondió: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda».
20:22 Jesús respondió: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber la copa que yo estoy a punto de beber?». Le dijeron: «Podemos».
20:23 Él les dijo: «Mi copa ciertamente la beberán; pero sentarse a mi derecha y a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para aquellos para quienes lo ha preparado mi Padre».
20:24 Cuando los diez oyeron esto, se indignaron contra los dos hermanos.
La grandeza del servicio y la entrega de Jesús
20:25 Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que los gobernantes de las naciones las dominan y que los poderosos ejercen autoridad sobre ellas.
20:26 Entre ustedes no será así. El que quiera hacerse grande entre ustedes será su servidor,
20:27 y el que quiera ser el primero entre ustedes será su esclavo,
20:28 así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate por muchos».
Dos ciegos reciben la vista
(Marcos 10:46–52; Lucas 18:35–43)
20:29 Cuando ellos salían de Jericó, una gran multitud lo siguió.
20:30 Dos ciegos estaban sentados junto al camino. Al oír que pasaba Jesús, gritaron: «¡Señor, ten compasión de nosotros, Hijo de David!».
20:31 La multitud los reprendió para que se callaran, pero ellos gritaron aún más fuerte: «¡Señor, ten compasión de nosotros, Hijo de David!».
20:32 Jesús se detuvo, los llamó y les dijo: «¿Qué quieren que haga por ustedes?».
20:33 Le dijeron: «Señor, que se abran nuestros ojos».
20:34 Jesús, movido a compasión, les tocó los ojos. Al instante pudieron ver y lo siguieron.

Capítulo 21
La entrada triunfal en Jerusalén
(Marcos 11:1–11; Lucas 19:28–40; Juan 12:12–19)
21:1 Cuando se acercaron a Jerusalén y llegaron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos
21:2 y les dijo: «Vayan a la aldea que está frente a ustedes. Enseguida encontrarán una burra atada y un pollino con ella. Desátenlos y tráiganmelos.
21:3 Si alguien les dice algo, respondan: “El Señor los necesita”, y enseguida los enviará».
21:4 Esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta:
21:5 «Digan a la hija de Sion: “Mira, tu Rey viene a ti, manso y montado en una burra, en un pollino, cría de un animal de carga”».
21:6 Los discípulos fueron e hicieron como Jesús les había mandado.
21:7 Trajeron la burra y el pollino, pusieron sobre ellos los mantos y él se sentó encima.
21:8 La mayor parte de la multitud extendía sus mantos en el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las extendían en el camino.
21:9 Las multitudes que iban delante de él y las que lo seguían gritaban: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!».
21:10 Cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se estremeció y preguntaba: «¿Quién es este?».
21:11 Las multitudes respondían: «Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».
Purificación del templo
(Marcos 11:15–19; Lucas 19:45–48; Juan 2:13–22)
21:12 Jesús entró en el templo de Dios y expulsó a todos los que vendían y compraban en el templo. Volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas,
21:13 y les dijo: «Está escrito: “Mi casa será llamada casa de oración”, pero ustedes la convierten en cueva de ladrones».
21:14 En el templo se le acercaron ciegos y cojos, y él los sanó.
21:15 Pero los principales sacerdotes y los escribas, al ver las maravillas que hizo y a los niños que gritaban en el templo: «¡Hosanna al Hijo de David!», se indignaron
21:16 y le preguntaron: «¿Oyes lo que dicen estos?». Jesús les respondió: «Sí. ¿Nunca han leído: “De la boca de los niños y de los que aún maman preparaste alabanza”?».
21:17 Los dejó y salió de la ciudad hacia Betania, donde pasó la noche.
Maldición de la higuera estéril
(Marcos 11:12–14; Marcos 11:20–26)
21:18 Por la mañana, al regresar a la ciudad, tuvo hambre.
21:19 Vio una higuera junto al camino y se acercó a ella, pero no encontró más que hojas. Le dijo: «Nunca jamás vuelva a salir fruto de ti». Y al instante la higuera se secó.
21:20 Al verlo, los discípulos se asombraron y preguntaron: «¿Cómo se secó la higuera al instante?».
21:21 Jesús les respondió: «En verdad les digo que, si tienen fe y no dudan, no solo harán lo de la higuera; incluso si dicen a este monte: “Levántate y échate al mar”, sucederá.
21:22 Y todo lo que pidan en oración, creyendo, lo recibirán».
La autoridad de Jesús
(Marcos 11:27–33; Lucas 20:1–8)
21:23 Cuando entró en el templo, los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron mientras él enseñaba y le preguntaron: «¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio esta autoridad?».
21:24 Jesús les respondió: «Yo también les haré una pregunta. Si me la responden, también yo les diré con qué autoridad hago estas cosas.
21:25 El bautismo de Juan, ¿de dónde procedía: del cielo o de los seres humanos?». Ellos discutían entre sí: «Si decimos: “Del cielo”, nos dirá: “¿Por qué, entonces, no le creyeron?”.
21:26 Pero si decimos: “De los seres humanos”, tememos a la multitud, porque todos consideran a Juan un profeta».
21:27 Respondieron a Jesús: «No sabemos». Él les dijo: «Tampoco yo les digo con qué autoridad hago estas cosas.
Parábola de los dos hijos
21:28 ¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”.
21:29 Él respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue.
21:30 Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él respondió: “Sí, señor”, pero no fue.
21:31 ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». Respondieron: «El primero». Jesús les dijo: «En verdad les digo que los recaudadores de impuestos y las prostitutas van delante de ustedes al reino de Dios.
21:32 Porque Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no le creyeron, pero los recaudadores de impuestos y las prostitutas sí le creyeron. Ustedes, aun después de verlo, no se arrepintieron para creerle.
Los labradores malvados
(Marcos 12:1–12; Lucas 20:9–19)
21:33 Escuchen otra parábola. Había un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y construyó una torre. La arrendó a unos labradores y se fue de viaje.
21:34 Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos.
21:35 Los labradores agarraron a sus siervos: a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo apedrearon.
21:36 De nuevo envió a otros siervos, más numerosos que los primeros, y les hicieron lo mismo.
21:37 Finalmente les envió a su hijo, diciendo: “Respetarán a mi hijo”.
21:38 Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: “Este es el heredero. Vamos, matémoslo y quedémonos con su herencia”.
21:39 Lo agarraron, lo echaron fuera de la viña y lo mataron.
21:40 Cuando venga el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».
21:41 Le respondieron: «A esos malvados les dará una muerte terrible y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
21:42 Jesús les dijo: «¿Nunca han leído en las Escrituras:
 “La piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en la piedra angular.
   Esto vino del Señor y es maravilloso a nuestros ojos”?
21:43 Por eso les digo que el reino de Dios les será quitado y será dado a un pueblo que produzca sus frutos.
21:44 El que caiga sobre esta piedra se hará pedazos, y a aquel sobre quien ella caiga lo reducirá a polvo».
21:45 Al oír sus parábolas, los principales sacerdotes y los fariseos comprendieron que hablaba de ellos.
21:46 Querían apresarlo, pero tuvieron miedo de las multitudes, porque lo consideraban un profeta.

Capítulo 22
Parábola de la fiesta de bodas
22:1 Jesús volvió a hablarles en parábolas y dijo:
22:2 «El reino de los cielos es semejante a un rey que preparó la boda de su hijo.
22:3 Envió a sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero ellos no querían venir.
22:4 Volvió a enviar a otros siervos, diciendo: “Digan a los invitados: ‘Miren, he preparado mi comida; mis toros y mis animales engordados han sido sacrificados y todo está listo. Vengan a la boda’”.
22:5 Pero ellos no hicieron caso y se fueron: uno a su campo y otro a su negocio.
22:6 Los demás agarraron a sus siervos, los maltrataron y los mataron.
22:7 El rey se enfureció; envió a sus tropas, destruyó a aquellos asesinos e incendió su ciudad.
22:8 Entonces dijo a sus siervos: “La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos.
22:9 Vayan, pues, a los cruces de los caminos e inviten a la boda a cuantos encuentren”.
22:10 Aquellos siervos salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La boda se llenó de invitados.
El invitado sin traje de boda
22:11 Cuando el rey entró a ver a los invitados, vio allí a un hombre que no llevaba traje de boda.
22:12 Le preguntó: “Amigo, ¿cómo entraste aquí sin traje de boda?”. Él se quedó sin palabras.
22:13 Entonces el rey dijo a los servidores: “Átenlo de pies y manos y échenlo a las tinieblas de afuera. Allí habrá llanto y rechinar de dientes”.
22:14 Porque muchos son llamados, pero pocos escogidos».
La cuestión del tributo
Marcos 12:13–17; Lucas 20:20–26
22:15 Entonces los fariseos se fueron y se pusieron de acuerdo para atraparlo en alguna palabra.
22:16 Le enviaron a sus discípulos junto con los herodianos, que dijeron: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas con verdad el camino de Dios. No te dejas impresionar por nadie, porque no miras la apariencia de las personas.
22:17 Dinos, pues, qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?».
22:18 Jesús, conociendo su malicia, dijo: «¿Por qué me ponen a prueba, hipócritas?
22:19 Muéstrenme la moneda del impuesto». Ellos le trajeron una moneda romana.
22:20 Él les preguntó: «¿De quién son esta imagen y esta inscripción?».
22:21 Le respondieron: «Del César». Entonces les dijo: «Den, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
22:22 Al oírlo, quedaron asombrados; lo dejaron y se fueron.
La pregunta sobre la resurrección
Marcos 12:18–27; Lucas 20:27–40
22:23 Aquel día se le acercaron unos saduceos, que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron:
22:24 «Maestro, Moisés dijo: “Si alguien muere sin tener hijos, su hermano se casará con su esposa y dará descendencia a su hermano”.
22:25 Había entre nosotros siete hermanos. El primero se casó y murió; como no tenía descendencia, dejó su esposa a su hermano.
22:26 Lo mismo sucedió con el segundo, con el tercero y con los siete.
22:27 Después de todos murió la mujer.
22:28 En la resurrección, entonces, ¿de cuál de los siete será esposa? Porque todos la tuvieron».
22:29 Jesús les respondió: «Están equivocados, porque no conocen las Escrituras ni el poder de Dios.
22:30 Porque en la resurrección no se casan ni son dados en matrimonio, sino que son como los ángeles de Dios en el cielo.
22:31 En cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no han leído lo que Dios les dijo:
22:32 “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”? Él no es Dios de muertos, sino de vivos».
22:33 Al oírlo, las multitudes estaban asombradas de su enseñanza.
El gran mandamiento
Marcos 12:28–34
22:34 Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se reunieron.
22:35 Uno de ellos, experto en la ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
22:36 «Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la ley?».
22:37 Él le respondió: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”.
22:38 Este es el mandamiento más grande y el primero.
22:39 El segundo es semejante a este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
22:40 De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas».
¿De quién es hijo el Cristo?
Marcos 12:35–37; Lucas 20:41–44
22:41 Mientras los fariseos estaban reunidos, Jesús les preguntó:
22:42 «¿Qué piensan acerca del Cristo? ¿De quién es hijo?». Le respondieron: «De David».
22:43 Él les dijo: «¿Cómo, entonces, David lo llama Señor en el Espíritu, diciendo:
22:44 “El Señor dijo a mi Señor: ‘Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies’”?
22:45 Si David lo llama Señor, ¿cómo es su hijo?».
22:46 Nadie podía responderle una palabra y, desde aquel día, nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Capítulo 23
Jesús acusa a escribas y fariseos
Marcos 12:38–40; Lucas 11:37–54; Lucas 20:45–47
23:1 Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos,
23:2 diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos.
23:3 Por tanto, hagan y guarden todo lo que les digan, pero no actúen conforme a sus obras, porque dicen y no hacen.
23:4 Atan cargas pesadas y las ponen sobre los hombros de la gente, pero ellos no quieren moverlas ni con un dedo.
23:5 Todas sus obras las hacen para ser vistos por la gente. Ensanchan sus filacterias y alargan sus flecos.
23:6 Aman los primeros lugares en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas,
23:7 los saludos en las plazas y que la gente los llame “Rabí”.
La autoridad y el servicio entre los discípulos
23:8 Pero ustedes no se hagan llamar “Rabí”, porque uno solo es su Maestro y todos ustedes son hermanos.
23:9 No llamen padre suyo a nadie en la tierra, porque uno solo es su Padre, el celestial.
23:10 Tampoco se hagan llamar instructores, porque uno solo es su instructor, el Cristo.
23:11 El mayor entre ustedes será su servidor.
23:12 Quien se enaltezca será humillado y quien se humille será enaltecido.
Advertencias contra una religión hipócrita
23:13 ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Porque cierran el reino de los cielos delante de la gente. Ustedes no entran ni dejan entrar a los que están entrando.
23:14 [¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Porque devoran las casas de las viudas y, como pretexto, hacen largas oraciones. Por eso recibirán una condena mayor.]
23:15 ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Porque recorren mar y tierra para hacer un solo prosélito; y cuando lo consiguen, lo hacen hijo del infierno dos veces más que ustedes.
Los juramentos y la responsabilidad de decir la verdad
23:16 ¡Ay de ustedes, guías ciegos, que dicen: “Quien jure por el santuario no está obligado a nada, pero quien jure por el oro del santuario queda obligado”!
23:17 ¡Necios y ciegos! ¿Qué es mayor: el oro o el santuario que ha santificado el oro?
23:18 También dicen: “Quien jure por el altar no está obligado a nada, pero quien jure por la ofrenda que está sobre él queda obligado”.
23:19 ¡Ciegos! ¿Qué es mayor: la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda?
23:20 Por tanto, quien jura por el altar jura por él y por todo lo que está sobre él;
23:21 quien jura por el santuario jura por él y por quien lo habita;
23:22 y quien jura por el cielo jura por el trono de Dios y por quien está sentado en él.
23:23 ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Porque dan el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, pero han descuidado lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Debían practicar estas cosas sin descuidar aquellas.
23:24 ¡Guías ciegos, que cuelan el mosquito, pero se tragan el camello!
23:25 ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Porque limpian lo de fuera de la copa y del plato, pero por dentro están llenos de robo y desenfreno.
23:26 ¡Fariseo ciego! Limpia primero el interior de la copa y del plato, para que también su exterior quede limpio.
23:27 ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Porque se parecen a sepulcros blanqueados que por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda impureza.
23:28 Así también ustedes parecen justos por fuera ante la gente, pero por dentro están llenos de hipocresía y maldad.
23:29 ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Porque construyen las tumbas de los profetas y adornan los monumentos de los justos,
23:30 y dicen: “Si hubiéramos vivido en los días de nuestros antepasados, no habríamos sido sus cómplices en la sangre de los profetas”.
23:31 Así dan testimonio contra ustedes mismos de que son hijos de quienes asesinaron a los profetas.
23:32 ¡Llenen ustedes la medida de sus antepasados!
23:33 ¡Serpientes, cría de víboras! ¿Cómo escaparán de la condena del infierno?
23:34 Por eso voy a enviarles profetas, sabios y escribas. A unos los matarán y crucificarán; a otros los azotarán en sus sinagogas y los perseguirán de ciudad en ciudad,
23:35 para que venga sobre ustedes toda la sangre justa derramada sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías, hijo de Berequías, a quien asesinaron entre el santuario y el altar.
23:36 En verdad les digo que todo esto vendrá sobre esta generación.
Lamento de Jesús sobre Jerusalén
Lucas 13:34–35
23:37 ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y ustedes no quisieron!
23:38 Miren, su casa les queda desierta.
23:39 Porque les digo que desde ahora no me verán hasta que digan: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”».

Capítulo 24
Jesús predice la destrucción del templo
Marcos 13:1–2; Lucas 21:5–6
24:1 Jesús salió del templo y se alejaba cuando sus discípulos se acercaron para mostrarle los edificios del templo.
24:2 Él les respondió: «¿No ven todas estas cosas? Les aseguro que aquí no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada».
Señales antes del fin
Marcos 13:3–23; Lucas 21:7–24
24:3 Mientras estaba sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se acercaron a él en privado y le dijeron: «Dinos, ¿cuándo sucederán estas cosas y cuál será la señal de tu venida y del fin de la era?».
Advertencias contra el engaño
24:4 Jesús les respondió: «Cuídense de que nadie los engañe.
24:5 Porque muchos vendrán en mi nombre, diciendo: “Yo soy el Cristo”, y engañarán a muchos.
24:6 Oirán de guerras y rumores de guerras. Tengan cuidado de no alarmarse, porque es necesario que suceda, pero todavía no es el fin.
24:7 Porque se levantará nación contra nación y reino contra reino, y habrá hambres y terremotos en diversos lugares.
24:8 Todo esto es el comienzo de los dolores de parto.
La fidelidad en medio de la persecución
24:9 Entonces los entregarán a la tribulación y los matarán, y serán odiados por todas las naciones por causa de mi nombre.
24:10 Entonces muchos tropezarán, se entregarán unos a otros y se odiarán unos a otros.
24:11 Se levantarán muchos falsos profetas y engañarán a muchos.
24:12 Y al multiplicarse la maldad, se enfriará el amor de muchos.
24:13 Pero el que persevere hasta el fin será salvo.
24:14 Este evangelio del reino será predicado en todo el mundo habitado como testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin.
La huida ante la profanación del lugar santo
24:15 Por tanto, cuando vean colocada en el lugar santo la abominación desoladora de la que habló el profeta Daniel (el que lee, que entienda),
24:16 entonces los que estén en Judea huyan a los montes.
24:17 El que esté en la azotea no baje a recoger las cosas de su casa,
24:18 y el que esté en el campo no vuelva atrás para recoger su manto.
24:19 ¡Ay de las embarazadas y de las que estén amamantando en aquellos días!
24:20 Oren para que su huida no ocurra en invierno ni en día de reposo.
24:21 Porque entonces habrá una gran tribulación como no ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni jamás la habrá.
24:22 Si aquellos días no se acortaran, nadie sobreviviría; pero por causa de los escogidos aquellos días serán acortados.
Falsos mesías y venida del Hijo del Hombre
24:23 Entonces, si alguien les dice: “Miren, aquí está el Cristo”, o: “Aquí está”, no lo crean.
24:24 Porque se levantarán falsos cristos y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios para engañar, si fuera posible, aun a los escogidos.
24:25 Miren, se lo he dicho de antemano.
24:26 Así que, si les dicen: “Miren, está en el desierto”, no salgan; o: “Miren, está en los cuartos interiores”, no lo crean.
24:27 Porque así como el relámpago sale del oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del Hombre.
24:28 Donde esté el cadáver, allí se reunirán las águilas.
La venida del Hijo del Hombre
Marcos 13:24–37; Lucas 21:25–36; Lucas 17:25–36; Lucas 12:41–48
24:29 Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor; las estrellas caerán del cielo y los poderes de los cielos serán sacudidos.
24:30 Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo, y entonces se lamentarán todas las tribus de la tierra y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria.
24:31 Enviará a sus ángeles con un potente toque de trompeta y reunirán a sus escogidos de los cuatro vientos, desde un extremo de los cielos hasta el otro.
La cercanía y la certeza de su palabra
24:32 Aprendan la parábola de la higuera: cuando su rama ya está tierna y le brotan las hojas, saben que el verano está cerca.
24:33 Así también ustedes, cuando vean todas estas cosas, sepan que está cerca, a las puertas.
24:34 Les aseguro que no pasará esta generación hasta que todas estas cosas sucedan.
24:35 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán.
La vigilancia ante el día desconocido
24:36 En cuanto a aquel día y hora, nadie lo sabe, ni los ángeles de los cielos ni el Hijo, sino solo el Padre.
24:37 Porque como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre.
24:38 En los días anteriores al diluvio comían y bebían, se casaban y daban en matrimonio, hasta el día en que Noé entró en el arca,
24:39 y no se dieron cuenta hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Así será también la venida del Hijo del Hombre.
24:40 Entonces habrá dos en el campo: uno será llevado y el otro dejado.
24:41 Dos mujeres estarán moliendo en el molino: una será llevada y la otra dejada.
24:42 Así que manténganse en vela, porque no saben qué día vendrá su Señor.
24:43 Tengan esto en cuenta: si el dueño de la casa hubiera sabido a qué hora de la noche venía el ladrón, se habría mantenido en vela y no habría dejado que abrieran un boquete en su casa.
24:44 Por eso, también ustedes estén preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá a una hora que no esperan.
Parábola del siervo fiel y del siervo malvado
24:45 ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente a quien su amo puso al frente de su servidumbre para darles el alimento a su tiempo?
24:46 Dichoso aquel siervo al que su amo, al llegar, encuentre haciendo esto.
24:47 Les aseguro que lo pondrá a cargo de todos sus bienes.
24:48 Pero si aquel siervo malvado dice en su corazón: “Mi amo está tardando”,
24:49 y comienza a golpear a sus compañeros y come y bebe con los borrachos,
24:50 vendrá el amo de aquel siervo un día que no espera y a una hora que no conoce,
24:51 lo cortará en dos y le asignará su parte con los hipócritas; allí habrá llanto y rechinar de dientes».

Capítulo 25
Parábola de las diez vírgenes
25:1 «Entonces el reino de los cielos será comparado con diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del novio.
25:2 Cinco de ellas eran insensatas y cinco prudentes.
25:3 Las insensatas tomaron sus lámparas, pero no llevaron aceite consigo;
25:4 las prudentes, en cambio, llevaron aceite en recipientes junto con sus lámparas.
25:5 Como el novio se demoraba, a todas les dio sueño y se durmieron.
25:6 A medianoche se oyó un grito: “¡Miren, el novio! ¡Salgan a recibirlo!”.
25:7 Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y prepararon sus lámparas.
25:8 Las insensatas les dijeron a las prudentes: “Dennos de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando”.
25:9 Las prudentes respondieron: “Podría no alcanzar para nosotras y para ustedes; mejor vayan a los vendedores y compren para ustedes mismas”.
25:10 Mientras ellas iban a comprar, llegó el novio. Las que estaban preparadas entraron con él a la boda y se cerró la puerta.
25:11 Después llegaron también las demás vírgenes, diciendo: “¡Señor, señor, ábrenos!”.
25:12 Pero él respondió: “Les aseguro que no las conozco”.
25:13 Así que manténganse en vela, porque no saben el día ni la hora.
Parábola de los talentos
25:14 Porque es como un hombre que, al irse de viaje, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes.
25:15 A uno le dio cinco bolsas de plata, a otro dos y a otro una, a cada uno según su capacidad, y se fue de viaje. De inmediato,
25:16 el que había recibido las cinco bolsas de plata fue a trabajar con ellas y ganó otras cinco;
25:17 de igual manera, el que había recibido dos ganó otras dos.
25:18 Pero el que había recibido una se fue, cavó en la tierra y escondió el dinero de su amo.
25:19 Después de mucho tiempo, volvió el amo de aquellos siervos y ajustó cuentas con ellos.
25:20 Se acercó el que había recibido cinco bolsas de plata y presentó otras cinco bolsas de plata, diciendo: “Amo, me entregaste cinco bolsas de plata. Mira, he ganado otras cinco bolsas de plata”.
25:21 Su amo le dijo: “¡Bien hecho, siervo bueno y fiel! Has sido fiel en pocas cosas; te pondré a cargo de muchas. Entra en el gozo de tu amo”.
25:22 También se acercó el que había recibido dos bolsas de plata y dijo: “Amo, me entregaste dos bolsas de plata. Mira, he ganado otras dos bolsas de plata”.
25:23 Su amo le dijo: “¡Bien hecho, siervo bueno y fiel! Has sido fiel en pocas cosas; te pondré a cargo de muchas. Entra en el gozo de tu amo”.
25:24 Se acercó también el que había recibido una bolsa de plata y dijo: “Amo, sabía que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste.
25:25 Tuve miedo, fui y escondí tu bolsa de plata en la tierra. Mira, aquí tienes lo que es tuyo”.
25:26 Su amo le respondió: “¡Siervo malvado y perezoso! ¿Sabías que cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí?
25:27 Entonces debías haber dejado mi dinero con los banqueros, y al volver yo habría recibido lo mío con intereses.
25:28 Quítenle, pues, la bolsa de plata y dénsela al que tiene las diez bolsas de plata.
25:29 Porque a todo el que tiene se le dará y tendrá abundancia; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.
25:30 Y al siervo inútil arrójenlo a la oscuridad de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes”.
El juicio de las naciones
25:31 Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria.
25:32 Todas las naciones serán reunidas delante de él, y separará a unos de otros como el pastor separa las ovejas de los cabritos.
25:33 Pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda.
25:34 Entonces el Rey dirá a los de su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre; hereden el reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo.
25:35 Porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; fui forastero y me acogieron;
25:36 estuve desnudo y me vistieron; enfermo y me visitaron; en la cárcel y vinieron a verme”.
25:37 Entonces los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?
25:38 ¿Y cuándo te vimos forastero y te acogimos, o desnudo y te vestimos?
25:39 ¿Y cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”.
25:40 El Rey les responderá: “Les aseguro que, cuando lo hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron”.
25:41 Entonces dirá también a los de la izquierda: “Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.
25:42 Porque tuve hambre y no me dieron de comer; tuve sed y no me dieron de beber;
25:43 fui forastero y no me acogieron; estuve desnudo y no me vistieron; enfermo y en la cárcel y no me visitaron”.
25:44 Entonces también ellos responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te servimos?”.
25:45 Él les responderá: “Les aseguro que, cuando no lo hicieron a uno de estos más pequeños, tampoco a mí me lo hicieron”.
25:46 Y estos irán al castigo eterno, pero los justos a la vida eterna».

Capítulo 26
El complot para prender a Jesús
Paralelos: Marcos 14:1–2; Lucas 22:1–2. Antecedente relacionado: Juan 11:45–53.
26:1 Cuando Jesús terminó todas estas palabras, dijo a sus discípulos:
26:2 «Saben que dentro de dos días es la Pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado».
26:3 Entonces los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el patio del sumo sacerdote, llamado Caifás,
26:4 y acordaron apresar a Jesús con engaño y matarlo.
26:5 Pero decían: «Durante la fiesta no, para que no se produzca un alboroto en el pueblo».
Jesús es ungido en Betania
Paralelos: Marcos 14:3–9; Juan 12:1–8.
26:6 Mientras Jesús estaba en Betania, en casa de Simón el leproso,
26:7 se le acercó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume muy costoso y lo derramó sobre su cabeza mientras él estaba a la mesa.
26:8 Al verlo, los discípulos se indignaron y dijeron: «¿Para qué este desperdicio?
26:9 Esto se podía haber vendido por mucho dinero y habérselo dado a los pobres».
26:10 Jesús, al darse cuenta, les dijo: «¿Por qué molestan a esta mujer? Ha hecho una buena obra conmigo.
26:11 Porque a los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre.
26:12 Al derramar este perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho para preparar mi sepultura.
26:13 En verdad les digo: dondequiera que se proclame este evangelio en todo el mundo, también se contará lo que ella ha hecho, en memoria de ella».
Judas ofrece entregar a Jesús
Paralelos: Marcos 14:10–11; Lucas 22:3–6.
26:14 Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes
26:15 y les dijo: «¿Qué quieren darme para que yo se lo entregue?». Ellos le pesaron treinta piezas de plata.
26:16 Desde entonces buscaba una oportunidad para entregarlo.
Institución de la Cena del Señor
Preparativos y cena: Marcos 14:12–25; Lucas 22:7–23. Anuncio de la traición: Juan 13:21–30. Cena del Señor: 1 Corintios 11:23–26.
26:17 El primer día de los Panes sin Levadura, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
26:18 Él dijo: «Vayan a la ciudad, a cierto hombre, y díganle: “El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; celebraré la Pascua en tu casa con mis discípulos”».
26:19 Los discípulos hicieron lo que Jesús les había mandado y prepararon la Pascua.
El anuncio de la traición
26:20 Al atardecer, él se sentó a la mesa con los doce discípulos.
26:21 Mientras comían, dijo: «En verdad les digo que uno de ustedes me entregará».
26:22 Ellos, profundamente entristecidos, comenzaron a preguntarle uno por uno: «¿Acaso soy yo, Señor?».
26:23 Él respondió: «El que ha metido conmigo la mano en el plato, ese me entregará.
26:24 El Hijo del Hombre se va, tal como está escrito de él; pero ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido».
26:25 Judas, el que lo entregaba, preguntó: «¿Acaso soy yo, Rabí?». Jesús le dijo: «Tú lo has dicho».
El pan y la copa del pacto
26:26 Mientras comían, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a los discípulos, diciendo: «Tomen, coman; esto es mi cuerpo».
26:27 Luego tomó una copa, dio gracias y se la dio, diciendo: «Beban de ella todos,
26:28 porque esta es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados.
26:29 Les digo que desde ahora no beberé de este fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba nuevo con ustedes en el reino de mi Padre».
Jesús anuncia la negación de Pedro
Paralelo: Marcos 14:26–31. Anuncios relacionados: Lucas 22:31–34; Juan 13:36–38.
26:30 Después de cantar un himno, salieron al monte de los Olivos.

26:31 Entonces Jesús les dijo: «Todos ustedes tropezarán por causa de mí esta noche, porque está escrito:
 “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño”.
26:32 Pero después de resucitar, iré delante de ustedes a Galilea».
26:33 Pedro le respondió: «Aunque todos tropiecen por causa de ti, yo jamás tropezaré».
26:34 Jesús le dijo: «En verdad te digo que esta noche, antes de que cante el gallo, me negarás tres veces».
26:35 Pedro le dijo: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y todos los discípulos dijeron lo mismo.
Jesús ora en Getsemaní
Paralelos: Marcos 14:32–42; Lucas 22:39–46.
26:36 Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a los discípulos: «Siéntense aquí mientras voy allá a orar».
26:37 Se llevó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a entristecerse y a angustiarse.
26:38 Entonces les dijo: «Mi alma está profundamente triste, hasta la muerte. Quédense aquí y velen conmigo».
26:39 Se adelantó un poco, cayó rostro en tierra y oró: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa; pero que no sea como yo quiero, sino como tú».
26:40 Volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Le dijo a Pedro: «¿Así que no pudieron velar conmigo ni una hora?
26:41 Velen y oren para que no entren en tentación. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil».
26:42 Se alejó de nuevo, por segunda vez, y oró: «Padre mío, si esto no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
26:43 Volvió y los encontró dormidos otra vez, porque tenían los ojos cargados de sueño.
26:44 Los dejó y se alejó de nuevo para orar por tercera vez, diciendo las mismas palabras.
26:45 Entonces volvió a los discípulos y les dijo: «Duerman ya y descansen. Miren, ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores.
26:46 ¡Levántense, vamos! Miren, se acerca el que me entrega».
Arresto de Jesús
Paralelos: Marcos 14:43–50; Lucas 22:47–53; Juan 18:2–11.
26:47 Todavía estaba hablando cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una gran multitud con espadas y palos, enviada por los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo.
26:48 El que lo entregaba les había dado una señal: «Al que yo bese, ese es; aprésenlo».
26:49 Enseguida se acercó a Jesús y dijo: «¡Saludos, Rabí!». Y lo besó.
26:50 Jesús le dijo: «Amigo, haz lo que has venido a hacer». Entonces se acercaron, echaron mano a Jesús y lo apresaron.
26:51 En ese momento, uno de los que estaban con Jesús extendió la mano, sacó su espada e hirió al siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja.
26:52 Entonces Jesús le dijo: «Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman la espada, por la espada morirán.
26:53 ¿O piensas que no puedo pedir ayuda a mi Padre, y que ahora mismo pondría a mi disposición más de doce legiones de ángeles?
26:54 Pero, entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, que dicen que esto debe suceder así?».
26:55 En aquel momento Jesús dijo a las multitudes: «¿Han salido con espadas y palos para arrestarme, como si fuera un bandido? Cada día me sentaba a enseñar en el templo, y no me apresaron.
26:56 Pero todo esto ha sucedido para que se cumplan las Escrituras de los profetas». Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Jesús ante el concilio
Paralelo: Marcos 14:53–65. Relatos relacionados: Lucas 22:54; Lucas 22:63–71; Juan 18:12–14; Juan 18:19–24.
26:57 Los que habían apresado a Jesús lo llevaron ante Caifás, el sumo sacerdote, donde estaban reunidos los escribas y los ancianos.
26:58 Pedro lo seguía de lejos hasta el patio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los guardias para ver en qué terminaba todo.
26:59 Los principales sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un testimonio falso contra Jesús para darle muerte,
26:60 pero no lo encontraban, aunque se presentaron muchos testigos falsos. Finalmente se presentaron dos
26:61 que dijeron: «Este dijo: “Puedo destruir el santuario de Dios y reconstruirlo en tres días”».
26:62 El sumo sacerdote se levantó y le dijo: «¿No respondes nada? ¿Qué es esto que testifican contra ti?».
26:63 Pero Jesús guardaba silencio. El sumo sacerdote le dijo: «Te conjuro por el Dios viviente a que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios».
26:64 Jesús le dijo: «Tú lo has dicho. Además, les digo que desde ahora verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poder y viniendo sobre las nubes del cielo».
26:65 Entonces el sumo sacerdote se rasgó las vestiduras y dijo: «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acaban de oír la blasfemia.
26:66 ¿Qué les parece?». Ellos respondieron: «Merece la muerte».
26:67 Entonces le escupieron en el rostro y le dieron puñetazos; otros lo abofetearon,
26:68 diciendo: «Profetízanos, Cristo: ¿quién te ha golpeado?».
Pedro niega a Jesús
Paralelos: Marcos 14:66–72; Lucas 22:55–62; Juan 18:15–18; Juan 18:25–27.
26:69 Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una criada se le acercó y le dijo: «Tú también estabas con Jesús el galileo».
26:70 Pero él lo negó delante de todos, diciendo: «No sé de qué hablas».
26:71 Cuando salió al portal, lo vio otra criada y dijo a los que estaban allí: «Este estaba con Jesús el nazareno».
26:72 Él volvió a negarlo, con juramento: «No conozco a ese hombre».
26:73 Poco después se acercaron los que estaban allí y le dijeron a Pedro: «Sin duda tú también eres uno de ellos, porque hasta tu manera de hablar te delata».
26:74 Entonces comenzó a maldecir y a jurar: «¡No conozco a ese hombre!». Enseguida cantó un gallo.
26:75 Pedro se acordó de lo que Jesús había dicho: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces». Y salió afuera y lloró amargamente.

Capítulo 27
Jesús ante Pilato
Paralelos: Marcos 15:1; Lucas 23:1–2; Juan 18:28–32.
27:1 Al amanecer, todos los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo tomaron una decisión contra Jesús para darle muerte.
27:2 Lo ataron, se lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.
Muerte de Judas
27:3 Entonces Judas, el que lo había entregado, al ver que había sido condenado, sintió remordimiento y devolvió las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos,
27:4 diciendo: «He pecado al entregar sangre inocente». Ellos respondieron: «¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!».
27:5 Él arrojó las piezas de plata en el santuario y se retiró. Luego se fue y se ahorcó.
27:6 Los principales sacerdotes recogieron las piezas de plata y dijeron: «No está permitido echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque son precio de sangre».
27:7 Después de deliberar, compraron con ellas el campo del alfarero para sepultar a los extranjeros.
27:8 Por eso aquel campo se llama Campo de Sangre hasta el día de hoy.
27:9 Entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías: «Tomaron las treinta piezas de plata, el precio del que fue valorado, a quien pusieron precio los hijos de Israel,
27:10 y las dieron por el campo del alfarero, como me ordenó el Señor».
Pilato interroga a Jesús
Paralelos: Marcos 15:2–5; Lucas 23:3–5; Juan 18:33–38.
27:11 Jesús compareció ante el gobernador. El gobernador le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús respondió: «Tú lo dices».
27:12 Pero cuando los principales sacerdotes y los ancianos lo acusaban, no respondió nada.
27:13 Entonces Pilato le dijo: «¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti?».
27:14 Pero él no le respondió ni una sola palabra, de modo que el gobernador se asombraba mucho.
Jesús sentenciado a muerte
Paralelos: Marcos 15:6–20; Lucas 23:13–25; Juan 18:38–40; Juan 19:1–16.
27:15 Durante la fiesta, el gobernador acostumbraba poner en libertad para la multitud a un preso, el que ellos quisieran.
27:16 Tenían entonces a un preso conocido llamado Jesús Barrabás.
27:17 Así que, cuando estuvieron reunidos, Pilato les dijo: «¿A quién quieren que les ponga en libertad: a Jesús Barrabás o a Jesús, llamado el Cristo?».
27:18 Porque sabía que lo habían entregado por envidia.
27:19 Mientras estaba sentado en el tribunal, su esposa le mandó decir: «No tengas nada que ver con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por causa de él».
27:20 Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a las multitudes para que pidieran a Barrabás y dieran muerte a Jesús.
27:21 El gobernador les preguntó: «¿A cuál de los dos quieren que les ponga en libertad?». Ellos dijeron: «A Barrabás».
27:22 Pilato les dijo: «Entonces, ¿qué haré con Jesús, llamado el Cristo?». Todos respondieron: «¡Que sea crucificado!».
27:23 Él preguntó: «¿Pues qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban aún más: «¡Que sea crucificado!».
27:24 Cuando Pilato vio que no conseguía nada y que, más bien, se estaba formando un alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá ustedes!».
27:25 Todo el pueblo respondió: «¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».
27:26 Entonces les puso en libertad a Barrabás y, después de mandar azotar a Jesús, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados se burlan de la realeza de Jesús
27:27 Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía.
27:28 Lo desnudaron y le pusieron un manto escarlata.
27:29 Trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza, y una caña en la mano derecha. Luego se arrodillaban ante él y se burlaban, diciendo: «¡Saludos, rey de los judíos!».
27:30 Le escupían, tomaban la caña y lo golpeaban en la cabeza.
27:31 Después de burlarse de él, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y se lo llevaron para crucificarlo.
Crucifixión y muerte de Jesús
Marcos 15:21–41; Lucas 23:26–49; Juan 19:17–30
27:32 Al salir, encontraron a un hombre de Cirene llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.
27:33 Llegaron a un lugar llamado Gólgota, que significa Lugar de la Calavera.
27:34 Le dieron a beber vino mezclado con hiel; pero, después de probarlo, no quiso beber.
27:35 Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echando suertes.
27:36 Luego se sentaron e hicieron guardia allí.
27:37 Sobre su cabeza pusieron escrita la acusación contra él: «Este es Jesús, el rey de los judíos».
27:38 Entonces crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.
27:39 Los que pasaban lo insultaban, moviendo la cabeza
27:40 y diciendo: «Tú que destruyes el santuario y lo reconstruyes en tres días, ¡sálvate a ti mismo! Si eres Hijo de Dios, ¡baja de la cruz!».
27:41 De la misma manera, los principales sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban y decían:
27:42 «A otros salvó; a sí mismo no puede salvarse. Es el rey de Israel; que baje ahora de la cruz y creeremos en él.
27:43 Ha confiado en Dios; que ahora lo libre, si lo quiere, porque dijo: “Soy Hijo de Dios”».
27:44 También los bandidos crucificados con él lo insultaban de la misma manera.
La muerte de Jesús y las señales que la acompañan
27:45 Desde el mediodía hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta las tres de la tarde.
27:46 Cerca de las tres de la tarde, Jesús clamó con voz fuerte: «Elí, Elí, ¿lema sabactani?», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
27:47 Algunos de los que estaban allí, al oírlo, decían: «Este está llamando a Elías».
27:48 Enseguida uno de ellos corrió, tomó una esponja, la empapó de vinagre y, poniéndola en una caña, le daba de beber.
27:49 Pero los demás decían: «Espera, veamos si viene Elías a salvarlo».
27:50 Jesús volvió a clamar con voz fuerte y entregó el espíritu.
27:51 Y en ese momento la cortina del santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló y las rocas se partieron.
27:52 Los sepulcros se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron.
27:53 Después de la resurrección de Jesús, salieron de los sepulcros, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
27:54 El centurión y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y lo sucedido, tuvieron mucho miedo y dijeron: «Verdaderamente este era Hijo de Dios».
27:55 Había allí muchas mujeres mirando de lejos; habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle.
27:56 Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
Jesús es sepultado
Marcos 15:42–47; Lucas 23:50–56; Juan 19:38–42
27:57 Al atardecer llegó un hombre rico de Arimatea llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús.
27:58 Se presentó ante Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato ordenó que se lo entregaran.
27:59 José tomó el cuerpo, lo envolvió en un lienzo limpio
27:60 y lo puso en su propio sepulcro nuevo, que había excavado en la roca. Después hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se fue.
27:61 María Magdalena y la otra María estaban allí, sentadas frente a la tumba.
La guardia ante la tumba
27:62 Al día siguiente, después del día de la Preparación, los principales sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato
27:63 y le dijeron: «Señor, recordamos que aquel engañador dijo, cuando aún vivía: “Después de tres días resucitaré”.
27:64 Por eso, ordena que se asegure la tumba hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”. Así el último engaño sería peor que el primero».
27:65 Pilato les dijo: «Tienen una guardia. Vayan y asegúrenla lo mejor que sepan».
27:66 Ellos fueron y aseguraron la tumba, sellando la piedra y poniendo la guardia.

Capítulo 28
La resurrección
Marcos 16:1–8; Lucas 24:1–12; Juan 20:1–10
28:1 Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver la tumba.
28:2 Y hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor bajó del cielo, se acercó, hizo rodar la piedra y se sentó sobre ella.
28:3 Su aspecto era como un relámpago, y su ropa, blanca como la nieve.
28:4 Los guardias temblaron de miedo ante él y quedaron como muertos.
28:5 El ángel dijo a las mujeres: «Ustedes no tengan miedo, porque sé que buscan a Jesús, el que fue crucificado.
28:6 No está aquí, porque ha resucitado, como había dicho. Vengan y vean el lugar donde estaba.
28:7 Vayan pronto y digan a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos. Miren, va delante de ustedes a Galilea; allí lo verán. Ya se lo he dicho».
28:8 Ellas salieron rápidamente del sepulcro, con miedo y gran alegría, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos.
28:9 Y en ese momento Jesús les salió al encuentro, diciendo: «¡Saludos!». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron.
28:10 Entonces Jesús les dijo: «No tengan miedo. Vayan y avisen a mis hermanos que se dirijan a Galilea; allí me verán».
El informe de la guardia
28:11 Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad y contaron a los principales sacerdotes todo lo que había sucedido.
28:12 Estos se reunieron con los ancianos, deliberaron y dieron mucho dinero a los soldados,
28:13 diciendo: «Digan: “Sus discípulos vinieron de noche y lo robaron mientras nosotros dormíamos”.
28:14 Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros lo convenceremos y les evitaremos preocupaciones».
28:15 Ellos tomaron el dinero e hicieron lo que les habían indicado. Y esta historia se ha difundido entre los judíos hasta el día de hoy.
La gran comisión
Encargos relacionados del Resucitado: Marcos 16:14–18; Lucas 24:36–49; Juan 20:19–23
28:16 Los once discípulos fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
28:17 Cuando lo vieron, lo adoraron, aunque algunos dudaron.
28:18 Jesús se acercó y les habló, diciendo: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra.
28:19 Por eso, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
28:20 enseñándoles a cumplir todo lo que les he mandado. Y miren, yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin de esta era».

MARCOS

Capítulo 1
Predicación de Juan el Bautista
Mateo 3:1–12; Lucas 3:1–9, Lucas 3:15–17; Juan 1:19–28
1:1 Comienzo del evangelio de Jesucristo.
1:2 Como está escrito en el profeta Isaías:
 «Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti, quien preparará tu camino.
1:3 Una voz clama en el desierto: “Preparen el camino del Señor;
   hagan rectas sus sendas”».
1:4 Juan el Bautista apareció en el desierto, proclamando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados.
1:5 Toda la región de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él y, confesando sus pecados, eran bautizados por él en el río Jordán.
1:6 Juan vestía ropa de pelo de camello y llevaba un cinturón de cuero a la cintura; comía langostas y miel silvestre.
1:7 Y proclamaba: «Detrás de mí viene uno más poderoso que yo, ante quien no soy digno de agacharme a desatar la correa de sus sandalias.
1:8 Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo».
El bautismo de Jesús
Mateo 3:13–17; Lucas 3:21–22. Testimonio relacionado: Juan 1:29–34
1:9 En aquellos días, Jesús vino de Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.
1:10 Enseguida, mientras salía del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu descendía sobre él como una paloma.
1:11 Y vino una voz de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco».
Tentación de Jesús
Mateo 4:1–11; Lucas 4:1–13
1:12 Enseguida el Espíritu lo impulsó al desierto.
1:13 Estuvo en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba entre las fieras, y los ángeles le servían.
Jesús anuncia el reino de Dios en Galilea
Mateo 4:12–17; Lucas 4:14–15
1:14 Después de que Juan fue entregado, Jesús fue a Galilea proclamando el evangelio de Dios
1:15 y diciendo: «Se ha cumplido el tiempo y se ha acercado el reino de Dios. Arrepiéntanse y crean en el evangelio».
Jesús llama a cuatro pescadores
Mateo 4:18–22. Relato relacionado del llamado: Lucas 5:1–11
1:16 Mientras pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, hermano de Simón, echando las redes en el mar, porque eran pescadores.
1:17 Jesús les dijo: «Síganme, y haré que sean pescadores de hombres».
1:18 Enseguida dejaron las redes y lo siguieron.
1:19 Un poco más adelante vio a Jacobo, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que también estaban en una barca, reparando las redes.
1:20 Enseguida los llamó, y ellos dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se fueron detrás de él.
Un hombre que tenía un espíritu inmundo
Lucas 4:31–37
1:21 Entraron en Capernaúm, y enseguida, el sábado, Jesús enseñaba en la sinagoga.
1:22 Se asombraban de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.
1:23 En ese momento había en la sinagoga de ellos un hombre con un espíritu impuro, que gritó:
1:24 «¿Qué tienes que ver con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: el Santo de Dios».
1:25 Jesús lo reprendió, diciendo: «¡Cállate y sal de él!».
1:26 El espíritu impuro sacudió violentamente al hombre y, dando un fuerte grito, salió de él.
1:27 Todos quedaron asombrados y discutían entre sí: «¿Qué es esto? ¡Una enseñanza nueva! Con autoridad manda incluso a los espíritus impuros, y lo obedecen».
1:28 Y enseguida su fama se extendió por todas partes, por toda la región de Galilea.
Jesús sana a la suegra de Pedro
Mateo 8:14–15; Lucas 4:38–39
1:29 En cuanto salieron de la sinagoga, fueron a la casa de Simón y de Andrés, con Jacobo y Juan.
1:30 La suegra de Simón estaba acostada con fiebre, y enseguida le hablaron de ella.
1:31 Él se acercó, la tomó de la mano y la levantó. La fiebre la dejó, y ella se puso a servirles.
Muchos sanados al ponerse el sol
Mateo 8:16–17; Lucas 4:40–41
1:32 Al atardecer, cuando se puso el sol, le llevaban a todos los enfermos y a los endemoniados.
1:33 Toda la ciudad estaba reunida a la puerta.
1:34 Él sanó a muchos que padecían diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios; pero no dejaba hablar a los demonios, porque lo conocían.
Jesús recorre Galilea predicando
Lucas 4:42–44
1:35 Muy de madrugada, cuando aún estaba oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario; allí oraba.
1:36 Simón y los que estaban con él salieron a buscarlo.
1:37 Lo encontraron y le dijeron: «Todos te están buscando».
1:38 Él les dijo: «Vayamos a otro lugar, a los pueblos vecinos, para que también predique allí, porque para esto he salido».
1:39 Y fue por toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando demonios.
Jesús sana a un leproso
Mateo 8:1–4; Lucas 5:12–16
1:40 Un leproso se acercó a él, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme».
1:41 Indignado, extendió la mano, lo tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio».
1:42 Enseguida la lepra lo dejó y quedó limpio.
1:43 Jesús lo despidió de inmediato con una advertencia severa,
1:44 diciéndole: «Mira, no le digas nada a nadie; ve, preséntate ante el sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para testimonio ante ellos».
1:45 Pero él salió y comenzó a proclamarlo ampliamente y a difundir la noticia, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ninguna ciudad. Se quedaba afuera, en lugares solitarios, y acudían a él de todas partes.

Capítulo 2
Jesús perdona y sana a un paralítico
Mateo 9:1–8; Lucas 5:17–26
2:1 Después de algunos días, Jesús entró de nuevo en Capernaúm, y se supo que estaba en casa.
2:2 Se reunieron tantos que ya no había espacio, ni siquiera junto a la puerta, y él les anunciaba la palabra.
2:3 Llegaron unos hombres llevándole a un paralítico, cargado por cuatro.
2:4 Como no podían llevárselo por causa de la multitud, destaparon el techo encima de donde estaba Jesús y, después de abrir un hueco, bajaron la camilla en la que estaba acostado el paralítico.
2:5 Al ver la fe de ellos, Jesús le dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados son perdonados».
2:6 Allí estaban sentados algunos escribas, que pensaban en su corazón:
2:7 «¿Por qué habla este así? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?».
2:8 Enseguida Jesús percibió en su espíritu que ellos pensaban de esa manera y les dijo: «¿Por qué piensan estas cosas en su corazón?
2:9 ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico “Tus pecados son perdonados”, o decirle “Levántate, toma tu camilla y camina”?
2:10 Pero, para que sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados —dijo al paralítico—,
2:11 a ti te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa».
2:12 Él se levantó, tomó enseguida la camilla y salió delante de todos. Todos quedaron asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: «¡Nunca hemos visto algo así!».
Llamamiento de Leví
Mateo 9:9–13; Lucas 5:27–32
2:13 Jesús salió de nuevo a la orilla del mar. Toda la multitud acudía a él, y él les enseñaba.
2:14 Al pasar, vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado en el puesto de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió.
2:15 Mientras Jesús estaba a la mesa en casa de él, muchos recaudadores de impuestos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos, porque eran muchos los que lo seguían.
2:16 Los escribas de los fariseos, al verlo comer con los pecadores y los recaudadores de impuestos, decían a sus discípulos: «¿Por qué come y bebe con los recaudadores de impuestos y los pecadores?».
2:17 Al oírlo, Jesús les dijo: «Los sanos no necesitan médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».
La pregunta sobre el ayuno
Mateo 9:14–17; Lucas 5:33–39
2:18 Los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando. Se acercaron y le preguntaron: «¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, pero tus discípulos no ayunan?».
2:19 Jesús les dijo: «¿Acaso pueden ayunar los invitados de una boda mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos, no pueden ayunar.
2:20 Pero vendrán días en que les será quitado el novio; entonces, en aquel día, ayunarán.
2:21 Nadie cose un remiendo de tela sin encoger sobre una prenda vieja; de lo contrario, el remiendo nuevo tira de la tela vieja y la rotura se hace peor.
2:22 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de lo contrario, el vino revienta los odres, y se pierden tanto el vino como los odres. El vino nuevo se echa en odres nuevos».
Los discípulos recogen espigas en el día de reposo
Mateo 12:1–8; Lucas 6:1–5
2:23 Un sábado Jesús pasaba por los sembrados, y sus discípulos, mientras avanzaban, comenzaron a arrancar espigas.
2:24 Los fariseos le decían: «Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?».
2:25 Él les dijo: «¿Nunca han leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad y sintió hambre, él y los que estaban con él?
2:26 ¿Cómo entró en la casa de Dios, en tiempos del sumo sacerdote Abiatar, comió los panes de la Presencia, que solo los sacerdotes pueden comer, y también dio a los que estaban con él?».
2:27 Y les decía: «El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado.
2:28 Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor también del sábado».

Capítulo 3
El hombre de la mano seca
Mateo 12:9–14; Lucas 6:6–11
3:1 Jesús entró de nuevo en una sinagoga. Había allí un hombre que tenía una mano seca.
3:2 Lo vigilaban para ver si lo sanaba en sábado, a fin de acusarlo.
3:3 Él dijo al hombre que tenía la mano seca: «Levántate y ponte en medio».
3:4 Luego les preguntó: «¿Está permitido en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o matar?». Pero ellos guardaban silencio.
3:5 Los miró alrededor con enojo, entristecido por la dureza de su corazón, y dijo al hombre: «Extiende la mano». Él la extendió, y su mano quedó restaurada.
3:6 Los fariseos salieron y enseguida comenzaron a deliberar con los herodianos contra Jesús, para ver cómo matarlo.
La multitud a la orilla del mar
Resúmenes relacionados de su actividad: Mateo 12:15–21; Lucas 6:17–19
3:7 Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar, y una gran multitud de Galilea lo siguió. También de Judea,
3:8 de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán y de los alrededores de Tiro y Sidón acudió a él una gran multitud, al oír todo lo que hacía.
3:9 Dijo a sus discípulos que le tuvieran preparada una pequeña barca, para que la multitud no lo apretujara.
3:10 Porque había sanado a muchos, de modo que cuantos padecían enfermedades se le echaban encima para tocarlo.
3:11 Los espíritus impuros, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban: «¡Tú eres el Hijo de Dios!».
3:12 Pero él les ordenaba con firmeza que no lo dieran a conocer.
Elección de los doce apóstoles
Mateo 10:1–4; Lucas 6:12–16
3:13 Jesús subió al monte y llamó a los que él quiso; ellos se acercaron a él.
3:14 Designó a doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar
3:15 y para que tuvieran autoridad para expulsar demonios.
3:16 Designó a los Doce: a Simón, a quien puso el nombre de Pedro;
3:17 a Jacobo, hijo de Zebedeo, y a Juan, hermano de Jacobo, a quienes puso el nombre de Boanerges, que significa Hijos del Trueno;
3:18 a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el Zelote
3:19 y Judas Iscariote, el que lo entregó.
Los suyos intentan llevarse a Jesús
3:20 Jesús entró en una casa, y de nuevo se reunió la multitud, de modo que ni siquiera podían comer.
3:21 Cuando los suyos se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: «Está fuera de sí».
La acusación de los escribas y la respuesta de Jesús
Mateo 12:22–32; Lucas 11:14–23. Advertencia relacionada: Lucas 12:10
3:22 Los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Tiene a Beelzebul», y: «Expulsa los demonios por medio del príncipe de los demonios».
3:23 Jesús los llamó y les hablaba en parábolas: «¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás?
3:24 Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede mantenerse en pie.
3:25 Y si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá mantenerse en pie.
3:26 Si Satanás se ha levantado contra sí mismo y se ha dividido, no puede mantenerse en pie, sino que ha llegado su fin.
3:27 Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes si primero no ata al hombre fuerte. Entonces podrá saquear su casa.
El perdón y la blasfemia contra el Espíritu Santo
3:28 En verdad les digo que a los seres humanos se les perdonarán todos los pecados y todas las blasfemias que pronuncien.
3:29 Pero quien blasfeme contra el Espíritu Santo no tiene perdón jamás, sino que es culpable de un pecado eterno».
3:30 Esto lo dijo porque decían: «Tiene un espíritu impuro».
La madre y los hermanos de Jesús
Mateo 12:46–50; Lucas 8:19–21
3:31 Llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, mandaron a llamarlo.
3:32 Una multitud estaba sentada a su alrededor, y le dijeron: «Mira, tu madre y tus hermanos están afuera y te buscan».
3:33 Él les respondió: «¿Quién es mi madre, o quiénes son mis hermanos?».
3:34 Y, mirando a los que estaban sentados en círculo a su alrededor, dijo: «Aquí están mi madre y mis hermanos.
3:35 Porque quien hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».

Capítulo 4
Parábola del sembrador
Mateo 13:1–23; Lucas 8:4–15
4:1 De nuevo comenzó a enseñar junto al mar. Se reunió a su alrededor una multitud tan grande que él subió a una barca y se sentó en ella, en el mar, mientras toda la multitud permanecía en tierra, junto al mar.
4:2 Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas, y en su enseñanza les decía:
4:3 «¡Escuchen! Miren: el sembrador salió a sembrar.
4:4 Mientras sembraba, una parte de la semilla cayó junto al camino; vinieron las aves y se la comieron.
4:5 Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotó enseguida porque la tierra no era profunda.
4:6 Pero cuando salió el sol, se quemó y, como no tenía raíz, se secó.
4:7 Otra parte cayó entre los espinos. Los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto.
4:8 Pero otras semillas cayeron en buena tierra y fueron dando fruto: crecían y se desarrollaban, y producían treinta, sesenta y cien por uno».
4:9 Y decía: «El que tiene oídos para oír, que oiga».
La comprensión del reino y la respuesta de los oyentes
4:10 Cuando quedó a solas, los que estaban a su alrededor, junto con los Doce, le preguntaban acerca de las parábolas.
4:11 Él les decía: «A ustedes les ha sido dado el misterio del reino de Dios; pero para los de afuera todo se presenta en parábolas,
4:12 para que miren y miren, pero no perciban;
   oigan y oigan, pero no entiendan;
   no sea que se vuelvan y sean perdonados».
Jesús explica la parábola del sembrador
4:13 Y les dijo: «¿No comprenden esta parábola? ¿Cómo comprenderán entonces todas las parábolas?
4:14 El sembrador siembra la palabra.
4:15 Estos son los de junto al camino, donde se siembra la palabra: cuando la oyen, enseguida viene Satanás y quita la palabra sembrada en ellos.
4:16 Del mismo modo, estos son los sembrados en terreno pedregoso: cuando oyen la palabra, enseguida la reciben con alegría,
4:17 pero no tienen raíz en sí mismos y duran poco tiempo. Cuando llega la aflicción o la persecución por causa de la palabra, enseguida tropiezan.
4:18 Otros son los sembrados entre los espinos: estos son los que han oído la palabra,
4:19 pero las preocupaciones de esta era, el engaño de las riquezas y los deseos de las demás cosas entran y ahogan la palabra, y esta queda sin fruto.
4:20 Y estos son los sembrados en buena tierra: los que oyen la palabra, la aceptan y dan fruto, treinta, sesenta y cien por uno».
Nada oculto que no haya de ser manifestado
Lucas 8:16–18
4:21 También les decía: «¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de una canasta o debajo de la cama? ¿No es para ponerla sobre el candelero?
4:22 Pues nada está oculto sino para ser manifestado, ni se ha escondido nada sino para salir a la luz.
4:23 Si alguno tiene oídos para oír, que oiga».
4:24 Y les decía: «Presten atención a lo que oyen. Con la medida con que midan se les medirá, y se les añadirá aún más.
4:25 Porque al que tiene se le dará; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado».
Parábola del crecimiento de la semilla
4:26 También decía: «El reino de Dios es como cuando un hombre esparce la semilla en la tierra.
4:27 Duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo.
4:28 La tierra da fruto por sí sola: primero el brote, después la espiga y luego el grano maduro en la espiga.
4:29 Y cuando el fruto está listo, enseguida mete la hoz, porque ha llegado la cosecha».
Parábola de la semilla de mostaza
Mateo 13:31–32; Lucas 13:18–19.
4:30 También decía: «¿Con qué compararemos el reino de Dios? ¿Con qué parábola lo representaremos?
4:31 Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeño que todas las semillas que hay en la tierra;
4:32 pero, una vez sembrado, crece y se hace más grande que todas las plantas del huerto, y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar bajo su sombra».
El uso que Jesús hace de las parábolas
Mateo 13:34–35.
4:33 Con muchas parábolas como estas les hablaba la palabra, según lo que podían oír.
4:34 Sin parábolas no les hablaba, pero en privado les explicaba todo a sus propios discípulos.
Jesús calma la tempestad
Mateo 8:23–27; Lucas 8:22–25.
4:35 Ese mismo día, al atardecer, les dijo: «Pasemos al otro lado».
4:36 Dejaron a la multitud y se lo llevaron tal como estaba en la barca. También había otras barcas con él.
4:37 Se levantó una gran tempestad de viento, y las olas entraban en la barca, de modo que ya se estaba llenando.
4:38 Él estaba en la popa, durmiendo sobre una almohada. Lo despertaron y le dijeron: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».
4:39 Al despertar, reprendió al viento y dijo al mar: «¡Calla! ¡Enmudece!». El viento cesó y sobrevino una gran calma.
4:40 Entonces les dijo: «¿Por qué tienen miedo? ¿Todavía no tienen fe?».
4:41 Ellos sintieron un gran temor y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?».

Capítulo 5
Jesús libera a un hombre en la región de los gerasenos
Mateo 8:28–34; Lucas 8:26–39.
5:1 Llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos.
5:2 En cuanto él bajó de la barca, salió de entre los sepulcros a su encuentro un hombre con un espíritu inmundo.
5:3 Este vivía entre los sepulcros, y ya nadie podía atarlo, ni siquiera con una cadena.
5:4 Muchas veces lo habían atado con grilletes y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grilletes. Nadie tenía fuerza para dominarlo.
5:5 Continuamente, de noche y de día, estaba entre los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras.
5:6 Al ver a Jesús de lejos, corrió y se postró ante él.
5:7 Y gritó con voz fuerte: «¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te conjuro por Dios que no me atormentes!».
5:8 Pues le decía: «Espíritu inmundo, sal de este hombre».
5:9 Entonces le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Él respondió: «Me llamo Legión, porque somos muchos».
5:10 Y le rogaba insistentemente que no los enviara fuera de aquella región.
5:11 Había allí, junto al monte, una gran manada de cerdos que estaba pastando.
5:12 Le rogaron: «Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos».
5:13 Él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron y entraron en los cerdos; la manada, de unos dos mil cerdos, se precipitó por el despeñadero al mar. Allí se ahogaron.
5:14 Los que los cuidaban huyeron y lo contaron en la ciudad y en los campos. La gente fue a ver lo que había sucedido.
5:15 Llegaron a Jesús y vieron al que había estado endemoniado, al que había tenido la legión, sentado, vestido y en su sano juicio. Y tuvieron miedo.
5:16 Los que lo habían visto les contaron lo sucedido al endemoniado y lo de los cerdos.
5:17 Entonces comenzaron a rogarle que se fuera de su territorio.
5:18 Al subir él a la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que le permitiera estar con él.
5:19 Él no se lo permitió, sino que le dijo: «Ve a tu casa, a los tuyos, y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho por ti y cómo ha tenido misericordia de ti».
5:20 El hombre se fue y comenzó a proclamar en Decápolis todo lo que Jesús había hecho por él. Y todos se asombraban.
La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de Jesús
Mateo 9:18–26; Lucas 8:40–56.
5:21 Cuando Jesús cruzó de nuevo en la barca al otro lado, se reunió a su alrededor una gran multitud. Él estaba junto al mar.
5:22 Llegó uno de los dirigentes de la sinagoga, llamado Jairo. Al verlo, cayó a sus pies
5:23 y le rogaba insistentemente: «Mi hijita está agonizando. Ven y pon las manos sobre ella para que sea sanada y viva».
5:24 Se fue con él, y una gran multitud lo seguía y lo apretujaba.
5:25 Había una mujer que llevaba doce años padeciendo un flujo de sangre.
5:26 Había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todo lo que tenía, sin mejorar en nada; al contrario, había empeorado.
5:27 Al oír hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la multitud y tocó su manto.
5:28 Pues decía: «Si tan solo toco su ropa, quedaré sana».
5:29 Enseguida se detuvo su flujo de sangre y notó en su cuerpo que había sido sanada de aquel mal.
5:30 Al instante, Jesús percibió en sí mismo que había salido poder de él. Se volvió entre la multitud y preguntó: «¿Quién ha tocado mi ropa?».
5:31 Sus discípulos le decían: «Ves que la multitud te apretuja, y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”».
5:32 Pero él miraba a su alrededor para ver a la que lo había hecho.
5:33 Entonces la mujer, asustada y temblando, sabiendo lo que le había ocurrido, se acercó, se postró ante él y le contó toda la verdad.
5:34 Él le dijo: «Hija, tu fe te ha sanado. Ve en paz y queda sana de tu mal».
5:35 Mientras él aún hablaba, llegaron de casa del dirigente de la sinagoga y dijeron: «Tu hija ha muerto. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?».
5:36 Jesús, sin hacer caso de lo que se decía, le dijo al dirigente de la sinagoga: «No temas; solo cree».
5:37 Y no permitió que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Jacobo y Juan, el hermano de Jacobo.
5:38 Llegaron a la casa del dirigente de la sinagoga, y él vio el alboroto y a los que lloraban y daban grandes lamentos.
5:39 Entró y les dijo: «¿Por qué hacen alboroto y lloran? La niña no ha muerto, sino que duerme».
5:40 Y se burlaban de él. Pero él hizo salir a todos, tomó al padre y a la madre de la niña y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña.
5:41 La tomó de la mano y le dijo: «Talita cum», que traducido significa: «Niña, a ti te digo, levántate».
5:42 Enseguida la niña se levantó y comenzó a caminar, pues tenía doce años. Y al instante quedaron sobrecogidos de un gran asombro.
5:43 Él les ordenó con insistencia que nadie se enterara de esto, y dijo que le dieran de comer.

Capítulo 6
Jesús en Nazaret
Mateo 13:53–58. Relato relacionado en Nazaret: Lucas 4:16–30.
6:1 Jesús salió de allí y fue a su tierra, y sus discípulos lo seguían.
6:2 Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga. Muchos de los que lo escuchaban se asombraban y decían: «¿De dónde le vienen estas cosas? ¿Qué sabiduría es esta que se le ha dado? ¿Y estos milagros que se hacen por sus manos?
6:3 ¿No es este el carpintero, el hijo de María y hermano de Jacobo, de Josés, de Judas y de Simón? ¿No están aquí con nosotros sus hermanas?». Y tropezaban por causa de él.
6:4 Jesús les decía: «Un profeta recibe honra en todas partes, excepto en su propia tierra, entre sus parientes y en su casa».
6:5 No pudo hacer allí ningún milagro, salvo sanar a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos.
6:6 Y se asombraba de su incredulidad. Luego recorría las aldeas de alrededor enseñando.
Misión de los doce discípulos
Mateo 10:5–15; Lucas 9:1–6.
6:7 Llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus impuros.
6:8 Les mandó que no llevaran nada para el camino, excepto un bastón: ni pan, ni bolsa, ni dinero en el cinturón;
6:9 que calzaran sandalias, pero que no se pusieran dos túnicas.
6:10 Les decía: «Cuando entren en una casa, quédense allí hasta que se vayan de ese lugar.
6:11 Si algún lugar no los recibe ni los escucha, al salir de allí sacúdanse el polvo que tienen debajo de los pies, como testimonio ante ellos».
6:12 Ellos salieron y proclamaron que la gente se arrepintiera.
6:13 Expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los sanaban.
Muerte de Juan el Bautista
Mateo 14:1–12. Reacción de Herodes: Lucas 9:7–9.
6:14 El rey Herodes oyó hablar de Jesús, porque su nombre se había hecho conocido. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él estos poderes».
6:15 Otros decían: «Es Elías». Y otros: «Es un profeta como uno de los profetas».
6:16 Pero Herodes, al oírlo, decía: «Juan, a quien yo decapité, ha resucitado».
El encarcelamiento y la muerte de Juan
6:17 Porque el propio Herodes había mandado apresar a Juan y lo había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, esposa de su hermano Felipe, pues se había casado con ella.
6:18 Juan le decía a Herodes: «No te está permitido tener a la esposa de tu hermano».
6:19 Herodías le guardaba rencor y quería matarlo, pero no podía,
6:20 porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo protegía. Al escucharlo, quedaba muy perplejo, pero lo oía con gusto.
6:21 Llegó un día oportuno: Herodes, en su cumpleaños, ofreció una cena a sus altos funcionarios, a los comandantes militares y a los principales de Galilea.
6:22 Entró la hija de la propia Herodías y bailó, agradando a Herodes y a los que estaban con él a la mesa. El rey dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras, y te lo daré».
6:23 Y le juró: «Cualquier cosa que me pidas te la daré, hasta la mitad de mi reino».
6:24 Ella salió y preguntó a su madre: «¿Qué debo pedir?». Ella respondió: «La cabeza de Juan el Bautista».
6:25 Enseguida la muchacha entró de prisa ante el rey y pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
6:26 El rey se entristeció profundamente, pero, por los juramentos y por los que estaban a la mesa, no quiso negárselo.
6:27 Enseguida envió a un verdugo con la orden de traer la cabeza de Juan. Él fue y lo decapitó en la cárcel,
6:28 trajo su cabeza en una bandeja y se la dio a la muchacha; la muchacha se la dio a su madre.
6:29 Cuando sus discípulos se enteraron, fueron, recogieron su cadáver y lo pusieron en un sepulcro.
Alimentación de los cinco mil
Mateo 14:13–21; Lucas 9:10–17; Juan 6:1–14.
6:30 Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y todo lo que habían enseñado.
6:31 Él les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar solitario y descansen un poco». Porque eran tantos los que iban y venían que ni siquiera tenían tiempo para comer.
6:32 Se fueron en la barca a un lugar solitario, a solas.
6:33 Pero muchos los vieron irse y los reconocieron. De todas las ciudades corrieron juntos a pie hasta allí y llegaron antes que ellos.
6:34 Al desembarcar, Jesús vio una gran multitud y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas sin pastor. Y comenzó a enseñarles muchas cosas.
6:35 Como ya era muy tarde, sus discípulos se acercaron a él y le dijeron: «Este es un lugar solitario y ya es muy tarde.
6:36 Despídelos, para que vayan a los campos y aldeas de alrededor y compren algo de comer».
6:37 Él les respondió: «Denles ustedes de comer». Ellos le dijeron: «¿Vamos a comprar pan por el equivalente al salario de varios meses y darles de comer?».
6:38 Él les preguntó: «¿Cuántos panes tienen? Vayan a ver». Después de averiguarlo, le dijeron: «Cinco, y dos peces».
6:39 Entonces les mandó que hicieran sentar a todos por grupos sobre la hierba verde.
6:40 Se sentaron en grupos de cien y de cincuenta.
6:41 Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, levantó la mirada al cielo y pronunció la bendición. Luego partió los panes y se los iba dando a sus discípulos para que los sirvieran; también repartió los dos peces entre todos.
6:42 Todos comieron y quedaron satisfechos.
6:43 Recogieron doce canastas llenas de pedazos, y también lo que sobró de los peces.
6:44 Los que habían comido los panes eran cinco mil hombres.
Jesús anda sobre el mar
Mateo 14:22–33; Juan 6:15–21.
6:45 Enseguida hizo que sus discípulos subieran a la barca y fueran delante de él a la otra orilla, hacia Betsaida, mientras él despedía a la multitud.
6:46 Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar.
6:47 Al anochecer, la barca estaba en medio del mar, y él estaba solo en tierra.
6:48 Al verlos remar con dificultad, porque el viento les era contrario, cerca de las tres de la madrugada fue hacia ellos caminando sobre el mar. Y quería pasar de largo junto a ellos.
6:49 Ellos, al verlo caminar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y gritaron,
6:50 porque todos lo vieron y se asustaron. Pero enseguida él les habló y les dijo: «¡Tengan ánimo! Soy yo; no tengan miedo».
6:51 Subió con ellos a la barca, y el viento se calmó. Ellos estaban completamente asombrados,
6:52 porque no habían comprendido lo de los panes, sino que tenían el corazón endurecido.
Jesús sana a los enfermos en Genesaret
Mateo 14:34–36.
6:53 Después de cruzar, llegaron a tierra de Genesaret y amarraron la barca.
6:54 En cuanto bajaron de la barca, la gente lo reconoció
6:55 y recorrió de prisa toda aquella región. Comenzaron a llevar a los enfermos en camillas adonde oían que él estaba.
6:56 Dondequiera que entraba, en aldeas, ciudades o campos, ponían a los enfermos en las plazas y le rogaban que les permitiera tocar siquiera el borde de su manto. Y todos los que lo tocaban quedaban sanos.

Capítulo 7
Lo que contamina al hombre
Mateo 15:1–20.
7:1 Los fariseos y algunos escribas que habían venido de Jerusalén se reunieron alrededor de Jesús.
7:2 Vieron que algunos de sus discípulos comían pan con manos impuras, es decir, sin lavar.
7:3 Porque los fariseos y todos los judíos no comen sin lavarse cuidadosamente las manos, aferrándose a la tradición de los ancianos;
7:4 y, al volver del mercado, no comen sin lavarse. También han recibido muchas otras prácticas que observan, como lavar vasos, jarras, recipientes de bronce y divanes.
7:5 Los fariseos y los escribas le preguntaron: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen pan con manos impuras?».
7:6 Él les dijo: «Bien profetizó Isaías acerca de ustedes, hipócritas, como está escrito:
 “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
7:7 En vano me adoran, enseñando como doctrinas mandamientos humanos”.
7:8 Dejan el mandamiento de Dios y se aferran a la tradición humana».
7:9 También les decía: «¡Qué bien rechazan el mandamiento de Dios para conservar su tradición!
7:10 Porque Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre”, y: “El que maldiga a su padre o a su madre debe morir”.
7:11 Pero ustedes dicen que, si alguien declara a su padre o a su madre: “Es corbán —es decir, ofrenda— todo aquello con lo que yo pudiera ayudarte”,
7:12 ya no le permiten hacer nada por su padre o por su madre,
7:13 anulando la palabra de Dios por la tradición que han transmitido. Y hacen muchas cosas semejantes a estas».
La contaminación que procede del corazón
7:14 Jesús llamó de nuevo a la multitud y les dijo: «Escúchenme todos y entiendan.
7:15 Nada que entre en una persona desde afuera puede contaminarla; son las cosas que salen de la persona las que la contaminan.
7:16 [Si alguien tiene oídos para oír, que oiga».]
Jesús explica la enseñanza a sus discípulos
7:17 Cuando dejó a la multitud y entró en una casa, sus discípulos le preguntaron por la parábola.
7:18 Él les dijo: «¿También ustedes tienen tan poco entendimiento? ¿No comprenden que nada que entra en una persona desde afuera puede contaminarla,
7:19 porque no entra en su corazón, sino en su vientre, y sale a la letrina?». Con esto declaraba limpios todos los alimentos.
7:20 Y decía: «Lo que sale de la persona, eso es lo que la contamina.
7:21 Porque de adentro, del corazón de los seres humanos, salen los malos pensamientos, las inmoralidades sexuales, los robos, los homicidios,
7:22 los adulterios, las codicias, las maldades, el engaño, el desenfreno, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez.
7:23 Todas estas maldades salen de adentro y contaminan a la persona».
La fe de la mujer sirofenicia
Mateo 15:21–28.
7:24 Jesús salió de allí y se fue a la región de Tiro. Entró en una casa y no quería que nadie lo supiera, pero no pudo pasar inadvertido.
7:25 Enseguida una mujer cuya hijita tenía un espíritu impuro oyó hablar de él, vino y se postró a sus pies.
7:26 La mujer era griega, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba que expulsara al demonio de su hija.
7:27 Él le decía: «Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
7:28 Ella le respondió: «Sí, Señor; también los perritos debajo de la mesa comen de las migajas de los niños».
7:29 Él le dijo: «Por esta respuesta, vete; el demonio ha salido de tu hija».
7:30 Ella volvió a su casa y encontró a la niña acostada en la cama y al demonio fuera de ella.
Jesús sana a un hombre sordo con dificultad para hablar
Resumen de sanidades relacionado: Mateo 15:29–31.
7:31 Jesús salió de nuevo de la región de Tiro y fue por Sidón hasta el mar de Galilea, pasando por la región de Decápolis.
7:32 Le llevaron a un sordo que tenía dificultad para hablar y le rogaron que pusiera la mano sobre él.
7:33 Jesús lo apartó de la multitud, a solas, le metió los dedos en los oídos y, después de escupir, le tocó la lengua.
7:34 Levantó la mirada al cielo, suspiró y le dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete».
7:35 Sus oídos se abrieron, y enseguida se desató la atadura de su lengua y hablaba con claridad.
7:36 Jesús les ordenó que no se lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo ordenaba, mucho más lo proclamaban.
7:37 Quedaban completamente asombrados y decían: «Todo lo ha hecho bien. Hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Capítulo 8
Alimentación de los cuatro mil
Mateo 15:32–39.
8:1 En aquellos días volvió a reunirse una gran multitud, y no tenían qué comer. Jesús llamó a los discípulos y les dijo:
8:2 «Tengo compasión de esta gente, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer.
8:3 Si los mando a sus casas en ayunas, desfallecerán en el camino; algunos de ellos han venido de lejos».
8:4 Sus discípulos le respondieron: «¿De dónde podría alguien conseguir pan para saciar a estos aquí, en un lugar desierto?».
8:5 Él les preguntó: «¿Cuántos panes tienen?». Ellos respondieron: «Siete».
8:6 Mandó a la multitud que se sentara en el suelo. Tomó los siete panes, dio gracias, los partió y se los iba dando a sus discípulos para que los sirvieran; ellos los sirvieron a la multitud.
8:7 Tenían también unos pocos peces pequeños. Después de bendecirlos, dijo que también los sirvieran.
8:8 Comieron y quedaron satisfechos, y recogieron siete canastas grandes con los pedazos que sobraron.
8:9 Eran unos cuatro mil. Luego los despidió.
8:10 Enseguida subió a la barca con sus discípulos y fue a la región de Dalmanuta.
La demanda de una señal
Mateo 16:1–4. Enseñanza relacionada sobre discernir el tiempo: Lucas 12:54–56.
8:11 Los fariseos salieron y comenzaron a discutir con él. Para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo.
8:12 Él suspiró profundamente en su espíritu y dijo: «¿Por qué pide una señal esta generación? En verdad les digo que no se le dará ninguna señal a esta generación».
8:13 Los dejó, volvió a subir a la barca y se fue a la otra orilla.
La levadura de los fariseos y de Herodes
Mateo 16:5–12.
8:14 Los discípulos se habían olvidado de llevar panes y solo tenían uno consigo en la barca.
8:15 Jesús les advertía: «¡Estén atentos! Cuídense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes».
8:16 Ellos discutían entre sí porque no tenían pan.
8:17 Jesús, al darse cuenta, les dijo: «¿Por qué discuten porque no tienen pan? ¿Todavía no perciben ni entienden? ¿Aún tienen endurecido el corazón?
8:18 ¿Tienen ojos y no ven, y tienen oídos y no oyen? ¿No recuerdan
8:19 cuando partí los cinco panes para los cinco mil? ¿Cuántas canastas llenas de pedazos recogieron?». Le respondieron: «Doce».
8:20 «Y cuando partí los siete para los cuatro mil, ¿cuántas canastas grandes llenas de pedazos recogieron?». Le respondieron: «Siete».
8:21 Él les decía: «¿Todavía no entienden?».
Un ciego sanado en Betsaida
8:22 Llegaron a Betsaida. Le llevaron a un ciego y le rogaron que lo tocara.
8:23 Él tomó al ciego de la mano y lo sacó fuera de la aldea. Después de escupirle en los ojos y ponerle las manos encima, le preguntó: «¿Ves algo?».
8:24 Él levantó la mirada y dijo: «Veo a las personas; las veo como árboles que caminan».
8:25 Entonces Jesús volvió a poner las manos sobre sus ojos. El hombre miró fijamente, recuperó la vista y veía todo con claridad.
8:26 Jesús lo envió a su casa, diciéndole: «Ni siquiera entres en la aldea».
La confesión de Pedro
Mateo 16:13–20; Lucas 9:18–21
8:27 Jesús y sus discípulos salieron hacia las aldeas de Cesarea de Filipo. En el camino preguntaba a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?».
8:28 Ellos le respondieron: «Juan el Bautista; otros dicen Elías, y otros, uno de los profetas».
8:29 Él les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro le respondió: «Tú eres el Cristo».
8:30 Y les ordenó con firmeza que no hablaran de él a nadie.
Jesús anuncia su muerte y resurrección
Mateo 16:21–23; Lucas 9:22
8:31 Comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, ser muerto y resucitar después de tres días.
8:32 Les hablaba de esto abiertamente. Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo.
8:33 Pero él se volvió, miró a sus discípulos y reprendió a Pedro, diciendo: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Porque no piensas en las cosas de Dios, sino en las de los seres humanos».
El costo y la esperanza de seguir a Jesús
Mateo 16:24–28; Lucas 9:23–27
8:34 Llamó a la multitud junto con sus discípulos y les dijo: «Si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
8:35 Porque quien quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por causa de mí y del evangelio la salvará.
8:36 ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero y perder su alma?
8:37 Pues ¿qué podría dar el hombre a cambio de su alma?
8:38 Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles».

Capítulo 9
9:1 También les decía: «En verdad les digo que algunos de los que están aquí no probarán la muerte hasta que vean el reino de Dios llegado con poder».
La transfiguración
Mateo 17:1–13; Lucas 9:28–36
9:2 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan y los llevó aparte, solos, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos.
9:3 Su ropa se volvió resplandeciente, de una blancura que ningún lavandero en la tierra podría lograr.
9:4 Se les apareció Elías con Moisés, y estaban conversando con Jesús.
9:5 Pedro dijo a Jesús: «Rabí, qué bueno es que estemos aquí. Hagamos tres enramadas: una para ti, una para Moisés y una para Elías».
9:6 Porque no sabía qué responder, pues estaban aterrados.
9:7 Vino una nube que los cubrió con su sombra, y de la nube salió una voz: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo».
9:8 De pronto, al mirar alrededor, ya no vieron a nadie con ellos, excepto a Jesús solo.
9:9 Mientras bajaban del monte, les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos.
9:10 Ellos guardaron aquello entre sí, discutiendo qué significaba resucitar de entre los muertos.
9:11 Le preguntaron: «¿Por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero?».
9:12 Él les respondió: «Elías viene primero y restaura todas las cosas. ¿Y cómo está escrito del Hijo del Hombre que debe sufrir mucho y ser despreciado?
9:13 Pero les digo que Elías ya ha venido, y le hicieron cuanto quisieron, tal como está escrito de él».
Jesús sana a un muchacho endemoniado
Mateo 17:14–21; Lucas 9:37–43
9:14 Cuando llegaron adonde estaban los discípulos, vieron una gran multitud a su alrededor y a unos escribas discutiendo con ellos.
9:15 Enseguida, al verlo, toda la multitud quedó asombrada y corrió a saludarlo.
9:16 Él les preguntó: «¿Qué están discutiendo entre ustedes?».
9:17 Uno de la multitud le respondió: «Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu mudo.
9:18 Dondequiera que se apodera de él, lo tira al suelo; echa espuma, rechina los dientes y se queda rígido. Les dije a tus discípulos que lo expulsaran, pero no pudieron».
9:19 Él les respondió: «¡Generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo».
9:20 Se lo llevaron. Cuando el espíritu vio a Jesús, enseguida sacudió violentamente al muchacho, que cayó al suelo y se revolcaba echando espuma.
9:21 Jesús preguntó a su padre: «¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto?». Él respondió: «Desde niño.
9:22 Muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua para matarlo. Pero, si puedes hacer algo, ten compasión de nosotros y ayúdanos».
9:23 Jesús le dijo: «¿Eso de “si puedes”? Todo es posible para el que cree».
9:24 Enseguida el padre del niño gritó: «¡Creo! ¡Ayúdame en mi incredulidad!».
9:25 Al ver que la multitud acudía corriendo, Jesús reprendió al espíritu impuro, diciéndole: «Espíritu mudo y sordo, yo te ordeno: sal de él y no vuelvas a entrar en él».
9:26 El espíritu gritó, sacudió al muchacho con gran violencia y salió. El muchacho quedó como muerto, de modo que la mayoría decía: «Ha muerto».
9:27 Pero Jesús lo tomó de la mano, lo levantó, y él se puso de pie.
9:28 Cuando Jesús entró en una casa, sus discípulos le preguntaron en privado: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?».
9:29 Él les dijo: «Esta clase no puede salir con nada, sino con oración».
Jesús anuncia de nuevo su muerte y resurrección
Mateo 17:22–23; Lucas 9:43–45 (el anuncio después del asombro de la multitud).
9:30 Salieron de allí y atravesaban Galilea. Jesús no quería que nadie lo supiera,
9:31 porque estaba enseñando a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del Hombre es entregado en manos de hombres, y lo matarán; después de que lo maten, resucitará a los tres días».
9:32 Pero ellos no entendían esas palabras y tenían miedo de preguntarle.
¿Quién es el mayor?
Mateo 18:1–5; Lucas 9:46–48
9:33 Llegaron a Capernaúm. Cuando estuvo en casa, les preguntó: «¿Qué discutían en el camino?».
9:34 Ellos guardaban silencio, porque en el camino habían discutido entre sí quién era el mayor.
9:35 Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Si alguien quiere ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos».
9:36 Tomó a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo:
9:37 «Quien recibe en mi nombre a uno de estos niños, me recibe a mí; y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me envió».
Jesús corrige la exclusión de otro servidor
Lucas 9:49–50
9:38 Juan le dijo: «Maestro, vimos a alguien que expulsaba demonios en tu nombre, que no nos sigue, y tratábamos de impedírselo porque no nos seguía».
9:39 Pero Jesús dijo: «No se lo impidan, porque nadie que haga un milagro en mi nombre podrá enseguida hablar mal de mí.
9:40 Porque quien no está contra nosotros está a favor de nosotros.
9:41 Quien les dé a beber un vaso de agua en mi nombre, porque ustedes son de Cristo, en verdad les digo que no perderá su recompensa.
La gravedad de hacer tropezar y de ceder al pecado
Mateo 18:6–9; Lucas 17:1–2 (la advertencia sobre los pequeños).
9:42 Y a quien haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una piedra de molino movida por un asno y lo arrojaran al mar.
9:43 Si tu mano te hace tropezar, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga,
9:44 [donde su gusano no muere y el fuego no se apaga.]
9:45 Y si tu pie te hace tropezar, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida que ser arrojado con los dos pies al infierno,
9:46 [donde su gusano no muere y el fuego no se apaga.]
9:47 Y si tu ojo te hace tropezar, sácatelo. Más te vale entrar con un solo ojo en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al infierno,
9:48 donde su gusano no muere y el fuego no se apaga.
9:49 Porque todos serán salados con fuego.
9:50 La sal es buena; pero, si la sal se vuelve insípida, ¿con qué le devolverán el sabor? Tengan sal en ustedes mismos y vivan en paz unos con otros».

Capítulo 10
Jesús enseña sobre el divorcio
Paralelo: Mateo 19:1–12. Enseñanza relacionada: Lucas 16:18.
10:1 Jesús salió de allí y fue a la región de Judea y al otro lado del Jordán. Otra vez se reunieron multitudes a su alrededor y, como acostumbraba, les enseñaba.
10:2 Se acercaron unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaban si le estaba permitido a un hombre divorciarse de su esposa.
10:3 Él les respondió: «¿Qué les mandó Moisés?».
10:4 Ellos dijeron: «Moisés permitió escribir un certificado de divorcio y despedirla».
10:5 Jesús les dijo: «Por la dureza de su corazón les escribió este mandamiento.
10:6 Pero desde el principio de la creación, “los hizo hombre y mujer”.
10:7 “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su esposa,
10:8 y los dos serán una sola carne”. Así que ya no son dos, sino una sola carne.
10:9 Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».
10:10 En la casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre esto.
10:11 Él les dijo: «Quien se divorcia de su esposa y se casa con otra comete adulterio contra ella.
10:12 Y si ella se divorcia de su esposo y se casa con otro, comete adulterio».
Jesús bendice a los niños
Mateo 19:13–15; Lucas 18:15–17
10:13 Le llevaban niños para que los tocara, pero los discípulos reprendían a quienes los llevaban.
10:14 Al verlo, Jesús se indignó y les dijo: «Dejen a los niños venir a mí; no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el reino de Dios.
10:15 En verdad les digo: quien no reciba el reino de Dios como un niño jamás entrará en él».
10:16 Los abrazaba y los bendecía, poniendo las manos sobre ellos.
El joven rico
Mateo 19:16–30; Lucas 18:18–30
10:17 Cuando salía para seguir su camino, un hombre llegó corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?».
10:18 Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios.
10:19 Conoces los mandamientos: “No mates, no cometas adulterio, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre”».
10:20 Él le dijo: «Maestro, todo esto lo he cumplido desde mi juventud».
10:21 Jesús lo miró, lo amó y le dijo: «Una cosa te falta: ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme».
10:22 Pero él se entristeció por estas palabras y se fue afligido, porque tenía muchas posesiones.
Las riquezas y la entrada en el reino
Mateo 19:23–30; Lucas 18:24–30
10:23 Jesús miró alrededor y dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil será para los que tienen riquezas entrar en el reino de Dios!».
10:24 Los discípulos se asombraban de sus palabras. Pero Jesús volvió a decirles: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios!
10:25 Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios».
10:26 Ellos estaban aún más asombrados y se decían unos a otros: «Entonces, ¿quién puede salvarse?».
10:27 Jesús los miró y dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Dios todo es posible».
10:28 Pedro comenzó a decirle: «Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».
10:29 Jesús dijo: «En verdad les digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o campos por causa de mí y del evangelio,
10:30 que no reciba cien veces más ahora, en este tiempo: casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, junto con persecuciones; y en la era venidera, la vida eterna.
10:31 Pero muchos primeros serán últimos, y los últimos, primeros».
Jesús anuncia otra vez su muerte y resurrección
Mateo 20:17–19; Lucas 18:31–34
10:32 Iban por el camino subiendo a Jerusalén, y Jesús iba delante de ellos. Estaban asombrados, y los que lo seguían tenían miedo. Tomó de nuevo aparte a los Doce y comenzó a decirles lo que iba a sucederle:
10:33 «Miren, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas. Lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles.
10:34 Se burlarán de él, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán; y después de tres días resucitará».
La petición de Jacobo y Juan
Mateo 20:20–28
10:35 Jacobo y Juan, los hijos de Zebedeo, se le acercaron y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas por nosotros lo que te pidamos».
10:36 Él les dijo: «¿Qué quieren que haga por ustedes?».
10:37 Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda».
10:38 Jesús les dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber la copa que yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?».
10:39 Ellos le respondieron: «Podemos». Jesús les dijo: «Beberán la copa que yo bebo y serán bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado.
10:40 Pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo; está reservado para aquellos para quienes se ha preparado».
10:41 Cuando los otros diez lo oyeron, comenzaron a indignarse contra Jacobo y Juan.
10:42 Jesús los llamó y les dijo: «Saben que los que son considerados gobernantes de las naciones las dominan, y sus grandes ejercen autoridad sobre ellas.
10:43 Pero entre ustedes no es así; quien quiera hacerse grande entre ustedes será su servidor,
10:44 y quien quiera ser el primero entre ustedes será esclavo de todos.
10:45 Porque el Hijo del Hombre tampoco vino para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate por muchos».
El ciego Bartimeo recibe la vista
Mateo 20:29–34; Lucas 18:35–43
10:46 Llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, Bartimeo, hijo de Timeo, un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino.
10:47 Al oír que era Jesús el nazareno, comenzó a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!».
10:48 Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!».
10:49 Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo». Llamaron al ciego, diciéndole: «¡Ánimo! Levántate, te llama».
10:50 Él arrojó su manto, se levantó de un salto y fue a Jesús.
10:51 Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». El ciego le dijo: «Raboní, que recobre la vista».
10:52 Jesús le dijo: «Vete; tu fe te ha salvado». Enseguida recobró la vista y lo seguía por el camino.

Capítulo 11
La entrada triunfal en Jerusalén
Mateo 21:1–11; Lucas 19:28–40; Juan 12:12–19
11:1 Cuando se acercaban a Jerusalén, a Betfagé y a Betania, junto al monte de los Olivos, Jesús envió a dos de sus discípulos
11:2 y les dijo: «Vayan a la aldea que está frente a ustedes. En cuanto entren en ella, encontrarán un burrito atado, en el que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo.
11:3 Si alguien les pregunta: “¿Por qué hacen esto?”, digan: “El Señor lo necesita y enseguida lo devolverá aquí”».
11:4 Ellos fueron y encontraron un burrito atado junto a una puerta, afuera, en la calle, y lo desataron.
11:5 Algunos de los que estaban allí les decían: «¿Qué hacen desatando el burrito?».
11:6 Ellos les respondieron como Jesús les había dicho, y los dejaron ir.
11:7 Llevaron el burrito a Jesús, pusieron sobre él sus mantos, y Jesús se montó en él.
11:8 Muchos extendían sus mantos en el camino, y otros, ramas que habían cortado en los campos.
11:9 Los que iban delante y los que seguían detrás gritaban: «¡Hosanna!
   ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
11:10 ¡Bendito el reino que viene, el de nuestro padre David!
   ¡Hosanna en las alturas!».
11:11 Jesús entró en Jerusalén, en el templo, y lo observó todo alrededor. Como ya era tarde, salió hacia Betania con los Doce.
Maldición de la higuera estéril
Mateo 21:18–19
11:12 Al día siguiente, cuando salieron de Betania, tuvo hambre.
11:13 Vio de lejos una higuera con hojas y se acercó para ver si encontraba algo en ella. Cuando llegó, no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos.
11:14 Entonces le dijo: «¡Que nunca jamás vuelva nadie a comer fruto de ti!». Y sus discípulos lo oían.
Purificación del templo
Mateo 21:12–17; Lucas 19:45–48. Relación temática: Juan 2:13–22
11:15 Llegaron a Jerusalén. Jesús entró en el templo y comenzó a expulsar a los que vendían y a los que compraban en el templo. Volcó las mesas de los cambistas y los asientos de los vendedores de palomas,
11:16 y no permitía que nadie atravesara el templo llevando utensilio alguno.
11:17 Les enseñaba y les decía: «¿No está escrito: “Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones”? Pero ustedes la han convertido en cueva de bandidos».
11:18 Los principales sacerdotes y los escribas lo oyeron y buscaban cómo matarlo, porque le tenían miedo, pues toda la multitud se asombraba de su enseñanza.
11:19 Cuando llegaba el atardecer, salían de la ciudad.
La higuera maldecida se seca
Mateo 21:19–22
11:20 Por la mañana, al pasar, vieron que la higuera se había secado desde las raíces.
11:21 Pedro se acordó y le dijo: «Rabí, mira, la higuera que maldijiste se ha secado».
La fe, la oración y el perdón
Mateo 21:21–22
11:22 Jesús les respondió: «Tengan fe en Dios.
11:23 En verdad les digo que quien diga a este monte: “Levántate y arrójate al mar”, y no dude en su corazón, sino que crea que sucede lo que dice, lo obtendrá.
11:24 Por eso les digo: todo lo que pidan en oración, crean que lo han recibido, y lo tendrán.
11:25 Y cuando estén de pie orando, si tienen algo contra alguien, perdónenlo, para que también su Padre que está en los cielos les perdone sus ofensas.
11:26 [Pero si ustedes no perdonan, tampoco su Padre que está en los cielos perdonará sus ofensas».]
La autoridad de Jesús
Mateo 21:23–27; Lucas 20:1–8
11:27 Llegaron de nuevo a Jerusalén. Mientras Jesús caminaba por el templo, se le acercaron los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos
11:28 y le preguntaban: «¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿O quién te dio esta autoridad para hacerlas?».
11:29 Jesús les dijo: «Les haré una pregunta. Respóndanme, y les diré con qué autoridad hago estas cosas.
11:30 El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los seres humanos? Respóndanme».
11:31 Ellos discutían entre sí: «¿Qué diremos? Si decimos “Del cielo”, dirá: “Entonces, ¿por qué no le creyeron?”.
11:32 Pero ¿diremos “De los seres humanos”?». Temían a la multitud, porque todos consideraban que Juan había sido verdaderamente un profeta.
11:33 Así que respondieron a Jesús: «No sabemos». Jesús les dijo: «Tampoco yo les digo con qué autoridad hago estas cosas».

Capítulo 12
Los labradores malvados
Mateo 21:33–46; Lucas 20:9–19
12:1 Comenzó a hablarles en parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó una pileta para el lagar y construyó una torre. Luego la arrendó a unos labradores y se fue de viaje.
12:2 A su debido tiempo envió un esclavo a los labradores para recibir de ellos parte del fruto de la viña.
12:3 Pero ellos lo agarraron, lo golpearon y lo enviaron con las manos vacías.
12:4 De nuevo les envió otro esclavo, y a este lo hirieron en la cabeza y lo insultaron.
12:5 Envió a otro, y a este lo mataron. Envió también a muchos otros: a unos los golpearon y a otros los mataron.
12:6 Todavía le quedaba uno: un hijo amado. Por último se lo envió, diciendo: “Respetarán a mi hijo”.
12:7 Pero aquellos labradores se dijeron unos a otros: “Este es el heredero. Vengan, matémoslo, y la herencia será nuestra”.
12:8 Lo agarraron, lo mataron y lo echaron fuera de la viña.
12:9 ¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, destruirá a los labradores y dará la viña a otros.
12:10 ¿Ni siquiera han leído esta Escritura:
 “La piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en la piedra angular;
12:11 esto lo ha hecho el Señor, y es maravilloso a nuestros ojos”?».
12:12 Intentaban arrestarlo, pero temían a la multitud, pues habían comprendido que había dicho aquella parábola contra ellos. Así que lo dejaron y se fueron.
La cuestión del tributo
Mateo 22:15–22; Lucas 20:20–26
12:13 Le enviaron a algunos de los fariseos y de los herodianos para atraparlo en lo que dijera.
12:14 Llegaron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres veraz y no te dejas influir por nadie, pues no haces favoritismos, sino que enseñas con verdad el camino de Dios. ¿Es lícito pagar el impuesto al César o no? ¿Debemos pagarlo o no pagarlo?».
12:15 Él, conociendo su hipocresía, les dijo: «¿Por qué me ponen a prueba? Tráiganme una moneda romana para que la vea».
12:16 Se la trajeron, y él les preguntó: «¿De quién son esta imagen y la inscripción?». Ellos respondieron: «Del César».
12:17 Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Y se asombraban mucho de él.
La pregunta sobre la resurrección
Mateo 22:23–33; Lucas 20:27–40
12:18 Se le acercaron unos saduceos, que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron:
12:19 «Maestro, Moisés nos escribió que, si el hermano de alguien muere y deja esposa pero no deja ningún hijo, su hermano debe casarse con la mujer y dar descendencia a su hermano.
12:20 Había siete hermanos. El primero se casó y murió sin dejar descendencia.
12:21 El segundo se casó con ella y murió sin dejar descendencia; y lo mismo el tercero.
12:22 Ninguno de los siete dejó descendencia. Por último, después de todos, murió también la mujer.
12:23 En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será esposa? Porque los siete la tuvieron por esposa».
12:24 Jesús les dijo: «¿No están equivocados precisamente porque no conocen las Escrituras ni el poder de Dios?
12:25 Porque cuando resuciten de entre los muertos, ni se casarán ni serán dados en matrimonio, sino que serán como los ángeles en los cielos.
12:26 En cuanto a que los muertos resucitan, ¿no han leído en el libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, cómo Dios le dijo: “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”?
12:27 Él no es Dios de muertos, sino de vivos. Están muy equivocados».
El gran mandamiento
Mateo 22:34–40
12:28 Uno de los escribas que los había oído discutir se acercó y, viendo que les había respondido bien, le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?».
12:29 Jesús respondió: «El primero es: “Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor es uno;
12:30 y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”.
12:31 El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay otro mandamiento mayor que estos».
12:32 El escriba le dijo: «Bien, Maestro. Has dicho con verdad que él es uno y que no hay otro fuera de él,
12:33 y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
12:34 Jesús, al ver que había respondido con sensatez, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios». Y ya nadie se atrevía a preguntarle nada.
¿De quién es hijo el Cristo?
Mateo 22:41–46; Lucas 20:41–44
12:35 Mientras enseñaba en el templo, Jesús tomó la palabra y dijo: «¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David?
12:36 El mismo David dijo por el Espíritu Santo:
 “El Señor le dijo a mi Señor: ‘Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies’”.
12:37 David mismo lo llama Señor; ¿cómo, entonces, es su hijo?». Y la gran multitud lo escuchaba con agrado.
Jesús acusa a los escribas
Mateo 23:1–36; Lucas 20:45–47. Relación temática: Lucas 11:37–54
12:38 En su enseñanza decía: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas túnicas, recibir saludos en las plazas
12:39 y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los lugares de honor en los banquetes.
12:40 Devoran las casas de las viudas y hacen largas oraciones para aparentar. Estos recibirán una condenación más severa».
La ofrenda de la viuda
Lucas 21:1–4
12:41 Sentado frente a la caja de las ofrendas, observaba cómo la gente depositaba dinero en ella. Muchos ricos echaban grandes cantidades.
12:42 Llegó una viuda pobre y echó dos monedas pequeñas, equivalentes a un cuadrante.
12:43 Entonces llamó a sus discípulos y les dijo: «En verdad les digo que esta viuda pobre ha echado más que todos los que depositan en la caja de las ofrendas,
12:44 porque todos han dado de lo que les sobra, pero ella, de su pobreza, ha echado todo lo que tenía, todo su sustento».

Capítulo 13
Jesús predice la destrucción del templo
Mateo 24:1–2; Lucas 21:5–6
13:1 Cuando Jesús salía del templo, uno de sus discípulos le dijo: «Maestro, mira qué piedras y qué edificios».
13:2 Jesús le dijo: «¿Ves estos grandes edificios? No quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derribada».
Señales antes del fin
Mateo 24:3–28; Lucas 21:7–24. Relación temática: Lucas 17:22–24
13:3 Estaba sentado en el monte de los Olivos, frente al templo, cuando Pedro, Jacobo, Juan y Andrés le preguntaron en privado:
13:4 «Dinos, ¿cuándo sucederán estas cosas? ¿Y qué señal habrá cuando todo esto esté por cumplirse?».
13:5 Jesús comenzó a decirles: «Tengan cuidado de que nadie los engañe.
13:6 Muchos vendrán en mi nombre, diciendo: “Yo soy”, y engañarán a muchos.
13:7 Cuando oigan de guerras y rumores de guerras, no se alarmen; tiene que suceder, pero todavía no es el fin.
13:8 Porque se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá terremotos en diversos lugares y habrá hambres. Estas cosas son el comienzo de los dolores de parto.
Testimonio y perseverancia en la persecución
Lucas 21:12–19. Enseñanza relacionada: Mateo 10:17–22
13:9 Pero ustedes estén atentos a sí mismos. Los entregarán a los tribunales, serán golpeados en las sinagogas y comparecerán ante gobernadores y reyes por causa de mí, para dar testimonio ante ellos.
13:10 Y primero es necesario que el evangelio sea proclamado a todas las naciones.
13:11 Cuando los lleven para entregarlos, no se preocupen de antemano por lo que van a decir; digan lo que se les dé en aquella hora, porque no son ustedes los que hablan, sino el Espíritu Santo.
13:12 El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo; los hijos se levantarán contra sus padres y harán que los maten.
13:13 Todos los odiarán por causa de mi nombre, pero quien persevere hasta el fin será salvo.
13:14 Cuando vean la abominación desoladora de pie donde no debe estar —que el lector entienda—, entonces los que estén en Judea huyan a los montes.
13:15 El que esté en la azotea no baje ni entre a sacar nada de su casa,
13:16 y el que esté en el campo no vuelva atrás a recoger su manto.
13:17 ¡Ay de las que estén embarazadas y de las que estén amamantando en aquellos días!
13:18 Oren para que no suceda en invierno.
13:19 Porque aquellos días serán de una tribulación como no la ha habido desde el principio de la creación que Dios creó hasta ahora, ni jamás la habrá.
13:20 Si el Señor no hubiera acortado aquellos días, nadie se salvaría; pero, por causa de los elegidos que él escogió, ha acortado los días.
13:21 Entonces, si alguien les dice: “Miren, aquí está el Cristo”, o: “Miren, está allí”, no lo crean.
13:22 Porque surgirán falsos cristos y falsos profetas, y harán señales y prodigios para extraviar, si fuera posible, a los elegidos.
13:23 Pero ustedes estén atentos. Se lo he anunciado todo de antemano.
La venida del Hijo del Hombre
Mateo 24:29–44; Lucas 21:25–36
13:24 En aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá y la luna no dará su luz;
13:25 las estrellas caerán del cielo y los poderes que están en los cielos serán sacudidos.
13:26 Entonces verán al Hijo del Hombre venir en las nubes con gran poder y gloria.
13:27 Y entonces enviará a los ángeles y reunirá a los elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
13:28 Aprendan de la higuera esta parábola: cuando su rama ya se pone tierna y brotan las hojas, saben que el verano está cerca.
13:29 Así también ustedes, cuando vean suceder estas cosas, sepan que está cerca, a las puertas.
13:30 En verdad les digo que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda.
13:31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán.
La espera vigilante
Mateo 24:36–44. Enseñanza relacionada: Lucas 12:35–40
13:32 Pero acerca de aquel día o de la hora nadie sabe, ni los ángeles en el cielo ni el Hijo, sino el Padre.
13:33 Estén atentos y manténganse despiertos, porque no saben cuándo es el momento.
13:34 Es como un hombre que se va de viaje, deja su casa, da autoridad a sus esclavos, a cada uno su tarea, y manda al portero que esté vigilante.
13:35 Por eso velen, porque no saben cuándo viene el dueño de la casa: si al anochecer, a medianoche, al canto del gallo o al amanecer;
13:36 no sea que llegue de repente y los encuentre dormidos.
13:37 Lo que les digo a ustedes se lo digo a todos: ¡velen!».

Capítulo 14
El complot para prender a Jesús
Mateo 26:1–5; Lucas 22:1–2. Antecedente: Juan 11:45–53
14:1 Faltaban dos días para la Pascua y los Panes sin Levadura. Los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo apresar a Jesús con engaño y matarlo.
14:2 Porque decían: «Durante la fiesta no, para que no se produzca un alboroto en el pueblo».
Jesús es ungido en Betania
Mateo 26:6–13. Relato relacionado: Juan 12:1–8
14:3 Mientras Jesús estaba en Betania, en casa de Simón el leproso, sentado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de alabastro lleno de perfume de nardo puro, muy costoso. Rompió el frasco y derramó el perfume sobre su cabeza.
14:4 Algunos se indignaban entre sí: «¿Para qué se ha hecho este desperdicio de perfume?
14:5 Podía haberse vendido por más del salario de un año, aproximadamente, y haberse dado a los pobres». Y la reprendían severamente.
14:6 Pero Jesús dijo: «Déjenla. ¿Por qué la molestan? Ha hecho una buena obra conmigo.
14:7 Porque a los pobres los tienen siempre con ustedes, y pueden hacerles bien cuando quieran; pero a mí no me tendrán siempre.
14:8 Ella ha hecho lo que podía: se ha anticipado a perfumar mi cuerpo para la sepultura.
14:9 En verdad les digo que, dondequiera que se proclame el evangelio en todo el mundo, también se contará lo que ella ha hecho, en memoria de ella».
Judas ofrece entregar a Jesús
Mateo 26:14–16; Lucas 22:3–6
14:10 Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a los principales sacerdotes para entregarles a Jesús.
14:11 Ellos, al oírlo, se alegraron y prometieron darle dinero. Y él buscaba cómo entregarlo en el momento oportuno.
Institución de la Cena del Señor
Preparativos para la Pascua
Mateo 26:17–29; Lucas 22:7–23. Anuncio de la entrega: Juan 13:21–30. Enseñanza relacionada: 1 Corintios 11:23–26
14:12 El primer día de los Panes sin Levadura, cuando sacrificaban el cordero de la Pascua, sus discípulos le preguntaron: «¿Dónde quieres que vayamos a preparar para que comas la Pascua?».
14:13 Él envió a dos de sus discípulos y les dijo: «Vayan a la ciudad. Les saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo.
14:14 Donde entre, digan al dueño de la casa: “El Maestro dice: ¿Dónde está mi cuarto de huéspedes, donde he de comer la Pascua con mis discípulos?”.
14:15 Él les mostrará una sala grande en el piso de arriba, amueblada y preparada. Preparen allí para nosotros».
14:16 Los discípulos salieron, fueron a la ciudad y encontraron todo como él les había dicho; y prepararon la Pascua.
La traición anunciada
Mateo 26:20–25; Lucas 22:21–23; Juan 13:21–30
14:17 Al atardecer, Jesús llegó con los Doce.
14:18 Mientras estaban a la mesa y comían, Jesús dijo: «En verdad les digo que uno de ustedes, que come conmigo, me entregará».
14:19 Ellos comenzaron a entristecerse y a preguntarle uno por uno: «¿Acaso soy yo?».
14:20 Él les dijo: «Es uno de los Doce, el que moja conmigo en el plato.
14:21 Porque el Hijo del Hombre se va tal como está escrito de él; pero ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido».
El pan y la copa
Mateo 26:26–29; Lucas 22:14–20; 1 Corintios 11:23–26
14:22 Mientras comían, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: «Tomen; esto es mi cuerpo».
14:23 Luego tomó una copa, dio gracias y se la dio; y todos bebieron de ella.
14:24 Les dijo: «Esta es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos.
14:25 En verdad les digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba nuevo en el reino de Dios».
Jesús anuncia la negación de Pedro
Mateo 26:30–35; Lucas 22:31–34; Juan 13:36–38
14:26 Después de cantar un himno, salieron al monte de los Olivos.
14:27 Jesús les dijo: «Todos tropezarán, porque está escrito: “Heriré al pastor, y las ovejas serán dispersadas”.
14:28 Pero después de resucitar, iré delante de ustedes a Galilea».
14:29 Pedro le dijo: «Aunque todos tropiecen, yo no».
14:30 Jesús le dijo: «En verdad te digo que tú, hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces».
14:31 Pero él insistía con mayor fuerza: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y todos decían lo mismo.
Jesús ora en Getsemaní
Mateo 26:36–46; Lucas 22:39–46
14:32 Llegaron a un lugar llamado Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí mientras oro».
14:33 Se llevó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y comenzó a sentirse sobrecogido y angustiado.
14:34 Les dijo: «Mi alma está profundamente triste, hasta la muerte. Quédense aquí y velen».
14:35 Se adelantó un poco, cayó a tierra y oraba que, si fuera posible, pasara de él aquella hora.
14:36 Decía: «Abba, Padre, todo te es posible. Aparta de mí esta copa; pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieres».
14:37 Volvió y los encontró dormidos. Le dijo a Pedro: «Simón, ¿estás durmiendo? ¿No pudiste velar ni una hora?
14:38 Velen y oren para que no entren en tentación. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil».
14:39 Volvió a alejarse y oró diciendo las mismas palabras.
14:40 Cuando volvió, los encontró otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño, y no sabían qué responderle.
14:41 Vino por tercera vez y les dijo: «Duerman ya y descansen. ¡Basta! Ha llegado la hora. Miren, el Hijo del Hombre es entregado en manos de los pecadores.
14:42 ¡Levántense, vamos! Miren, el que me entrega está cerca».
Arresto de Jesús
Mateo 26:47–56; Lucas 22:47–53; Juan 18:2–11
14:43 Enseguida, mientras él todavía hablaba, llegó Judas, uno de los Doce, y con él una multitud con espadas y palos, enviada por los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos.
14:44 El que lo entregaba les había dado una señal: «Al que yo bese, ese es. Aprésenlo y llévenselo bien custodiado».
14:45 En cuanto llegó, se acercó a Jesús y le dijo: «¡Rabí!». Y lo besó.
14:46 Ellos le echaron mano y lo apresaron.
14:47 Pero uno de los que estaban allí sacó su espada, hirió al siervo del sumo sacerdote y le cortó la oreja.
14:48 Jesús les dijo: «¿Han salido con espadas y palos para apresarme, como si fuera un bandido?
14:49 Todos los días estaba con ustedes enseñando en el templo y no me apresaron. Pero esto sucede para que se cumplan las Escrituras».
14:50 Todos lo abandonaron y huyeron.
El joven que huyó
14:51 Un joven lo seguía, cubierto solo con un lienzo sobre el cuerpo desnudo, y lo apresaron.
14:52 Pero él dejó el lienzo y huyó desnudo.
Jesús ante el concilio
Mateo 26:57–68. Relatos relacionados: Lucas 22:54–55; Lucas 22:63–71; Juan 18:12–14; Juan 18:19–24
14:53 Llevaron a Jesús ante el sumo sacerdote, y se reunieron todos los principales sacerdotes, los ancianos y los escribas.
14:54 Pedro lo siguió de lejos hasta dentro del patio del sumo sacerdote y estaba sentado con los guardias, calentándose al fuego.
14:55 Los principales sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban testimonio contra Jesús para darle muerte, pero no lo encontraban.
14:56 Porque muchos daban falso testimonio contra él, pero sus testimonios no coincidían.
14:57 Algunos se levantaron y dieron falso testimonio contra él, diciendo:
14:58 «Nosotros lo oímos decir: “Yo destruiré este santuario hecho por manos humanas y en tres días construiré otro que no será hecho por manos humanas”».
14:59 Pero ni siquiera así coincidía su testimonio.
14:60 El sumo sacerdote se levantó en medio y preguntó a Jesús: «¿No respondes nada? ¿Qué es esto que testifican contra ti?».
14:61 Pero él guardaba silencio y no respondió nada. El sumo sacerdote volvió a preguntarle: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?».
14:62 Jesús dijo: «Yo soy. Y verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poder y viniendo con las nubes del cielo».
14:63 El sumo sacerdote se rasgó las túnicas y dijo: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?
14:64 Han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?». Todos lo condenaron como merecedor de muerte.
14:65 Algunos comenzaron a escupirle, a cubrirle el rostro y a darle puñetazos, diciéndole: «¡Profetiza!». Y los guardias lo recibieron a bofetadas.
Pedro niega a Jesús
Mateo 26:69–75; Lucas 22:55–62; Juan 18:15–18; Juan 18:25–27
14:66 Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las criadas del sumo sacerdote.
14:67 Al ver a Pedro calentándose, lo miró fijamente y dijo: «Tú también estabas con Jesús el nazareno».
14:68 Pero él lo negó, diciendo: «No sé ni entiendo de qué hablas». Salió afuera, al vestíbulo, y cantó un gallo.
14:69 La criada lo vio y comenzó otra vez a decir a los que estaban allí: «Este es uno de ellos».
14:70 Él lo negaba de nuevo. Poco después, los que estaban allí volvieron a decir a Pedro: «Sin duda eres uno de ellos, porque también eres galileo y tu manera de hablar es semejante».
14:71 Pero él comenzó a maldecir y a jurar: «No conozco a ese hombre de quien hablan».
14:72 Enseguida cantó un gallo por segunda vez. Pedro recordó lo que Jesús le había dicho: «Antes de que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces». Y se echó a llorar.

Capítulo 15
Jesús ante Pilato
Mateo 27:1–2; Mateo 27:11–14; Lucas 23:1–5; Juan 18:28–38
15:1 Muy de mañana, los principales sacerdotes, junto con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín, deliberaron, ataron a Jesús, se lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
15:2 Pilato le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Él le respondió: «Tú lo dices».
15:3 Los principales sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.
15:4 Pilato volvió a preguntarle: «¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan».
15:5 Pero Jesús ya no respondió nada, de modo que Pilato se asombraba.
Jesús sentenciado a muerte
Mateo 27:15–31; Lucas 23:13–25; Juan 18:38–40; Juan 19:1–16
15:6 Durante la fiesta, les ponía en libertad a un preso, el que ellos pidieran.
15:7 Había uno llamado Barrabás, encarcelado con los rebeldes que habían cometido un homicidio en la revuelta.
15:8 La multitud subió y comenzó a pedirle que hiciera lo que acostumbraba hacer por ellos.
15:9 Pilato les respondió: «¿Quieren que les ponga en libertad al rey de los judíos?».
15:10 Porque sabía que los principales sacerdotes lo habían entregado por envidia.
15:11 Pero los principales sacerdotes incitaron a la multitud para que les pusiera en libertad a Barrabás en lugar de Jesús.
15:12 Pilato volvió a preguntarles: «Entonces, ¿qué quieren que haga con el que llaman rey de los judíos?».
15:13 Ellos volvieron a gritar: «¡Crucifícalo!».
15:14 Pilato les decía: «¿Pues qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaron aún más: «¡Crucifícalo!».
15:15 Pilato, queriendo satisfacer a la multitud, les puso en libertad a Barrabás y, después de mandar azotar a Jesús, lo entregó para que fuera crucificado.
La burla de los soldados
Mateo 27:27–31; Juan 19:1–3
15:16 Los soldados lo llevaron al interior del patio, es decir, al pretorio, y convocaron a toda la compañía.
15:17 Lo vistieron de púrpura y le pusieron una corona que habían trenzado con espinas.
15:18 Comenzaron a saludarlo: «¡Saludos, rey de los judíos!».
15:19 Lo golpeaban en la cabeza con una caña, le escupían y, arrodillándose, le hacían reverencias.
15:20 Después de burlarse de él, le quitaron la púrpura, le pusieron su propia ropa y lo sacaron para crucificarlo.
Crucifixión y muerte de Jesús
Mateo 27:32–56; Lucas 23:26–49; Juan 19:17–30.
15:21 Obligaron a uno que pasaba, Simón de Cirene, que venía del campo y era padre de Alejandro y de Rufo, a llevar la cruz de Jesús.
15:22 Lo llevaron al lugar llamado Gólgota, que traducido significa Lugar de la Calavera.
15:23 Le ofrecían vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó.
15:24 Lo crucificaron y se repartieron su ropa, echando suertes para decidir qué se llevaría cada uno.
15:25 Eran las nueve de la mañana cuando lo crucificaron.
15:26 La inscripción que indicaba la acusación contra él decía: «El rey de los judíos».
15:27 Con él crucificaron a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.
15:28 [Y se cumplió la Escritura que dice: «Fue contado entre los transgresores».]
15:29 Los que pasaban lo insultaban, moviendo la cabeza y diciendo: «¡Eh, tú que destruyes el santuario y lo reconstruyes en tres días,
15:30 sálvate a ti mismo bajando de la cruz!».
15:31 También los principales sacerdotes, junto con los escribas, se burlaban y se decían unos a otros: «A otros salvó; a sí mismo no puede salvarse.
15:32 ¡Que el Cristo, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!». También los que estaban crucificados con él lo insultaban.
La muerte de Jesús
Mateo 27:45–56; Lucas 23:44–49; Juan 19:28–30.
15:33 Al mediodía hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta las tres de la tarde.
15:34 A las tres de la tarde, Jesús clamó con voz fuerte: «Eloí, Eloí, ¿lema sabactani?», que traducido significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
15:35 Algunos de los que estaban allí, al oírlo, decían: «Miren, está llamando a Elías».
15:36 Uno corrió, empapó una esponja de vinagre, la puso en una caña y le daba de beber, diciendo: «Esperen, veamos si viene Elías a bajarlo».
15:37 Jesús dio un fuerte grito y expiró.
15:38 La cortina del santuario se rasgó en dos, de arriba abajo.
15:39 El centurión que estaba frente a él, al ver cómo había expirado, dijo: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».
15:40 También había mujeres mirando de lejos, entre ellas María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de Josés, y Salomé.
15:41 Ellas lo seguían y le servían cuando estaba en Galilea; y había muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.
Jesús es sepultado
Mateo 27:57–61; Lucas 23:50–56; Juan 19:38–42.
15:42 Ya era el atardecer y, como era el día de la Preparación, es decir, la víspera del sábado,
15:43 José de Arimatea, un miembro respetado del consejo que también esperaba el reino de Dios, vino y se atrevió a presentarse ante Pilato para pedir el cuerpo de Jesús.
15:44 Pilato se sorprendió de que ya hubiera muerto. Llamó al centurión y le preguntó si hacía tiempo que había muerto.
15:45 Después de informarse por medio del centurión, concedió el cadáver a José.
15:46 José compró un lienzo, bajó a Jesús, lo envolvió en el lienzo y lo puso en un sepulcro excavado en la roca. Luego hizo rodar una piedra hasta la entrada del sepulcro.
15:47 María Magdalena y María la madre de Josés observaban dónde lo habían puesto.

Capítulo 16
La resurrección
Mateo 28:1–10; Lucas 24:1–12; Juan 20:1–10.
16:1 Pasado el sábado, María Magdalena, María la madre de Jacobo y Salomé compraron especias aromáticas para ir a ungirlo.
16:2 Muy de mañana, el primer día de la semana, fueron al sepulcro cuando ya había salido el sol.
16:3 Se decían unas a otras: «¿Quién nos apartará la piedra de la entrada del sepulcro?».
16:4 Pero al levantar la vista vieron que la piedra había sido apartada; era muy grande.
16:5 Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se alarmaron.
16:6 Él les dijo: «No se alarmen. Buscan a Jesús el Nazareno, el que fue crucificado. Ha resucitado; no está aquí. Miren el lugar donde lo pusieron.
16:7 Pero vayan y díganles a sus discípulos y a Pedro que él va delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán, tal como les dijo».
16:8 Ellas salieron y huyeron del sepulcro, pues el temblor y el asombro se habían apoderado de ellas. No dijeron nada a nadie, porque tenían miedo.
Jesús se aparece a María Magdalena
Juan 20:11–18.
16:9 [Después de resucitar muy de mañana, el primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de quien había expulsado siete demonios.]
16:10 [Ella fue y se lo contó a los que habían estado con él, que estaban de duelo y lloraban.]
16:11 [Cuando oyeron que estaba vivo y que ella lo había visto, no creyeron.]
Jesús se aparece a dos de sus discípulos
Lucas 24:13–35.
16:12 [Después de esto se manifestó en otra forma a dos de ellos que iban caminando al campo.]
16:13 [Ellos fueron y se lo contaron a los demás, pero tampoco les creyeron.]
Jesús comisiona a los apóstoles
Relatos relacionados: Mateo 28:16–20; Lucas 24:36–49; Juan 20:19–23.
16:14 [Más tarde se manifestó a los Once mientras estaban a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.]
El anuncio del evangelio a todas las naciones
16:15 [Y les dijo: «Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura.]
16:16 [El que crea y sea bautizado será salvo, pero el que no crea será condenado.]
16:17 [Estas señales acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios y hablarán nuevas lenguas;]
16:18 [tomarán serpientes, y aunque beban algo mortífero, no les hará daño; pondrán las manos sobre los enfermos, y estos sanarán».]
La ascensión
Lucas 24:50–53; Hechos 1:9–11.
16:19 [Después de hablar con ellos, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.]
16:20 [Ellos salieron y predicaron por todas partes, mientras el Señor obraba con ellos y confirmaba la palabra mediante las señales que la acompañaban.]

LUCAS

Capítulo 1
Dedicatoria a Teófilo
Relación con el segundo relato: Hechos 1:1–3.
1:1 Puesto que muchos han emprendido la tarea de ordenar un relato de los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros,
1:2 tal como nos los transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la palabra,
1:3 también a mí, después de investigar todo cuidadosamente desde sus comienzos, me pareció bien escribírtelo en orden, excelentísimo Teófilo,
1:4 para que conozcas la certeza de las enseñanzas que has recibido.
Anuncio del nacimiento de Juan
Antecedentes: 1 Crónicas 24:10; Malaquías 4:5–6.
1:5 En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, del grupo de Abías. Su esposa era descendiente de Aarón y se llamaba Elisabet.
1:6 Ambos eran justos delante de Dios y vivían de manera irreprochable conforme a todos los mandamientos y ordenanzas del Señor.
1:7 Pero no tenían hijos, porque Elisabet era estéril, y ambos eran de edad avanzada.
1:8 Mientras Zacarías ejercía el sacerdocio delante de Dios, según el turno de su grupo,
1:9 le tocó por sorteo, conforme a la costumbre del sacerdocio, entrar en el santuario del Señor para quemar incienso.
1:10 Toda la multitud del pueblo estaba afuera orando a la hora del incienso.
1:11 Se le apareció un ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso.
1:12 Zacarías se turbó al verlo y quedó sobrecogido de miedo.
1:13 Pero el ángel le dijo: «No tengas miedo, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada. Tu esposa Elisabet te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan.
1:14 Tendrás gozo y alegría, y muchos se alegrarán por su nacimiento,
1:15 porque será grande delante del Señor. No beberá vino ni bebida embriagante, y será lleno del Espíritu Santo ya desde el vientre de su madre.
1:16 Hará que muchos de los hijos de Israel vuelvan al Señor su Dios.
1:17 Irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver el corazón de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la prudencia de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto».
1:18 Zacarías dijo al ángel: «¿Cómo podré saber esto? Porque yo soy anciano y mi esposa es de edad avanzada».
1:19 El ángel le respondió: «Yo soy Gabriel, que estoy en la presencia de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte estas buenas noticias.
1:20 Mira, quedarás en silencio y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no creíste mis palabras, que se cumplirán a su debido tiempo».
1:21 El pueblo esperaba a Zacarías y se extrañaba de que tardara tanto en el santuario.
1:22 Cuando salió, no podía hablarles, y comprendieron que había visto una visión en el santuario. Él les hacía señas y permanecía mudo.
1:23 Al cumplirse los días de su servicio, se fue a su casa.
1:24 Después de aquellos días, su esposa Elisabet quedó embarazada y se mantuvo recluida durante cinco meses. Decía:
1:25 «Así ha obrado conmigo el Señor en estos días en que me ha mirado para quitar mi deshonra entre la gente».
Anuncio del nacimiento de Jesús
Relato relacionado: Mateo 1:18–25.
1:26 Al sexto mes, Dios envió al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret,
1:27 a una virgen comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la casa de David. La virgen se llamaba María.
1:28 El ángel entró adonde ella estaba y dijo: «¡Saludos, favorecida! El Señor está contigo».
1:29 Ella se turbó mucho por estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo.
1:30 El ángel le dijo: «No tengas miedo, María, porque has hallado gracia delante de Dios.
1:31 Mira, concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús.
1:32 Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su antepasado,
1:33 y reinará sobre la casa de Jacob para siempre; su reino no tendrá fin».
1:34 María dijo al ángel: «¿Cómo sucederá esto, puesto que no tengo relaciones con ningún hombre?».
1:35 El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el que nacerá será llamado santo, Hijo de Dios.
1:36 Mira, tu parienta Elisabet también ha concebido un hijo en su vejez, y este es el sexto mes de aquella a quien llamaban estéril.
1:37 Porque nada será imposible para Dios».
1:38 María dijo: «He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra». Y el ángel se fue de su presencia.
María visita a Elisabet
1:39 En aquellos días María se levantó y fue de prisa a la región montañosa, a una ciudad de Judá.
1:40 Entró en casa de Zacarías y saludó a Elisabet.
1:41 Cuando Elisabet oyó el saludo de María, el niño saltó en su vientre, y Elisabet fue llena del Espíritu Santo.
1:42 Exclamó con voz fuerte: «¡Bendita eres entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
1:43 ¿De dónde me viene esto, que la madre de mi Señor venga a mí?
1:44 Porque, en cuanto llegó a mis oídos la voz de tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre.
1:45 Dichosa la que creyó que se cumpliría lo que le fue dicho de parte del Señor».
Cántico de María
Relación temática: 1 Samuel 2:1–10.

1:46 María dijo:
 «Engrandece mi alma al Señor,
1:47 y mi espíritu se ha alegrado en Dios, mi Salvador,
1:48 porque ha mirado la humilde condición de su sierva.
   Miren, desde ahora todas las generaciones me llamarán dichosa,
1:49 porque el Poderoso ha hecho grandes cosas por mí;
   santo es su nombre.
1:50 Su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen.
1:51 Ha mostrado la fuerza de su brazo;
   ha dispersado a los soberbios en los pensamientos de su corazón.
1:52 Ha derribado de sus tronos a los poderosos y ha exaltado a los humildes.
1:53 Ha colmado de bienes a los hambrientos y ha despedido vacíos a los ricos.
1:54 Ha auxiliado a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia,
1:55 como lo había dicho a nuestros antepasados, a Abraham y a su descendencia para siempre».
1:56 María se quedó con ella unos tres meses y luego regresó a su casa.
Nacimiento de Juan el Bautista
1:57 A Elisabet se le cumplió el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo.
1:58 Sus vecinos y parientes oyeron que el Señor había mostrado gran misericordia con ella y se alegraban con ella.
1:59 Al octavo día vinieron a circuncidar al niño y querían llamarlo Zacarías, como su padre.
1:60 Pero su madre respondió: «No; se llamará Juan».
1:61 Le dijeron: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre».
1:62 Entonces preguntaban por señas a su padre cómo quería que se llamara.
1:63 Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos se asombraron.
1:64 Al instante se abrió su boca y se soltó su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios.
1:65 El temor se apoderó de todos sus vecinos, y en toda la región montañosa de Judea se comentaban todas estas cosas.
1:66 Todos los que las oían las guardaban en su corazón y decían: «¿Qué llegará a ser este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él.
Profecía de Zacarías
1:67 Zacarías, su padre, fue lleno del Espíritu Santo y profetizó, diciendo:
1:68 «Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo y le ha dado redención.
1:69 Ha levantado para nosotros un poder salvador en la casa de David, su siervo,
1:70 como habló desde antiguo por boca de sus santos profetas:
1:71 salvación de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian,
1:72 para mostrar misericordia a nuestros antepasados y acordarse de su santo pacto,
1:73 del juramento que hizo a Abraham, nuestro padre, de concedernos
1:74 que, librados de la mano de nuestros enemigos, le sirvamos sin temor
1:75 en santidad y justicia delante de él, todos nuestros días.
1:76 Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor para preparar sus caminos,
1:77 para dar a su pueblo conocimiento de salvación mediante el perdón de sus pecados,
1:78 por la entrañable misericordia de nuestro Dios, por la cual nos visitará la aurora desde lo alto,
1:79 para iluminar a los que están sentados en oscuridad y sombra de muerte, y encaminar nuestros pies por el camino de paz».
1:80 El niño crecía y se fortalecía en espíritu. Vivió en lugares desiertos hasta el día de su presentación ante Israel.

Capítulo 2
Nacimiento de Jesús
Relato relacionado: Mateo 1:18–25.
2:1 En aquellos días salió un decreto de César Augusto para que se inscribiera en un censo todo el mundo habitado.
2:2 Este primer censo se hizo cuando Cirenio gobernaba Siria.
2:3 Todos iban a inscribirse, cada uno a su propia ciudad.
2:4 También José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David llamada Belén, porque era de la casa y del linaje de David,
2:5 para inscribirse junto con María, que estaba comprometida en matrimonio con él y estaba embarazada.
2:6 Mientras estaban allí, se le cumplió el tiempo de dar a luz.
2:7 Dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el alojamiento.
Los ángeles y los pastores
2:8 En aquella misma región había pastores que pasaban la noche al aire libre y vigilaban su rebaño por turnos.
2:9 Se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor. Ellos tuvieron mucho miedo.
2:10 Pero el ángel les dijo: «No tengan miedo. Miren, les anuncio una gran alegría que será para todo el pueblo:
2:11 hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor.
2:12 Esta será la señal para ustedes: encontrarán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».
2:13 De pronto apareció con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios y decía:
2:14 «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes él se complace».
2:15 Cuando los ángeles se fueron de su presencia al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos a Belén y veamos esto que ha sucedido y que el Señor nos ha dado a conocer».
2:16 Fueron de prisa y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre.
2:17 Al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca de aquel niño.
2:18 Todos los que los oyeron se asombraron de lo que les contaban los pastores.
2:19 Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
2:20 Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había dicho.
Presentación de Jesús en el templo
2:21 Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarlo, le pusieron por nombre Jesús, el nombre que había dado el ángel antes de que fuera concebido en el vientre.
2:22 Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, conforme a la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor,
2:23 como está escrito en la ley del Señor: «Todo varón que abra el vientre será llamado santo para el Señor»,
2:24 y para ofrecer un sacrificio conforme a lo dicho en la ley del Señor: «Un par de tórtolas o dos pichones de paloma».
2:25 Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre era justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él.
2:26 El Espíritu Santo le había revelado que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor.
2:27 Movido por el Espíritu, fue al templo. Cuando los padres llevaron al niño Jesús para cumplir con él lo establecido por la ley,
2:28 Simeón lo recibió en sus brazos, bendijo a Dios y dijo:
2:29 «Ahora, Señor soberano, dejas ir en paz a tu siervo, conforme a tu palabra,
2:30 porque mis ojos han visto tu salvación,
2:31 la que has preparado ante todos los pueblos:
2:32 luz para revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».
2:33 Su padre y su madre estaban asombrados de lo que se decía acerca de él.
2:34 Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Mira, este está destinado a ser causa de caída y de levantamiento de muchos en Israel, y una señal a la que se opondrán
2:35 —y a ti misma una espada te atravesará el alma—, para que queden al descubierto los pensamientos de muchos corazones».
2:36 Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad muy avanzada; había vivido con su esposo siete años después de casarse,
2:37 y era una viuda de ochenta y cuatro años. No se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones.
2:38 Se presentó en aquel mismo momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
El regreso a Nazaret
2:39 Cuando cumplieron todo lo dispuesto en la ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
2:40 El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre él.
El niño Jesús en el templo
2:41 Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua.
2:42 Cuando tuvo doce años, subieron conforme a la costumbre de la fiesta.
2:43 Al terminar los días de la fiesta, cuando ellos regresaban, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran.
2:44 Pensando que estaba en la caravana, recorrieron una jornada de camino y lo buscaban entre sus parientes y conocidos.
2:45 Como no lo encontraron, regresaron a Jerusalén buscándolo.
2:46 Después de tres días lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas.
2:47 Todos los que lo oían se asombraban de su entendimiento y de sus respuestas.
2:48 Cuando lo vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo te buscábamos angustiados».
2:49 Él les dijo: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que debo estar en la casa de mi Padre?».
2:50 Pero ellos no comprendieron las palabras que les dijo.
2:51 Bajó con ellos y fue a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón.
2:52 Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres.

Capítulo 3
Predicación de Juan el Bautista
Relatos paralelos: Mateo 3:1–12; Marcos 1:1–8; Juan 1:19–28.
3:1 En el año quince del gobierno de Tiberio César, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la región de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia,
3:2 durante el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
3:3 Él recorrió toda la región del Jordán, proclamando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados,
3:4 como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías:
 «Una voz clama en el desierto: “Preparen el camino del Señor;
   hagan rectas sus sendas.
3:5 Todo barranco será rellenado, y todo monte y colina será rebajado.
   Los caminos torcidos se harán rectos, y los ásperos, llanos.
3:6 Y todos los seres humanos verán la salvación de Dios”».
3:7 Juan decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: «¡Camada de víboras! ¿Quién les advirtió que huyeran de la ira venidera?
3:8 Den, pues, frutos dignos de arrepentimiento y no comiencen a decirse: “Tenemos a Abraham por padre”. Porque les digo que Dios puede levantar de estas piedras hijos para Abraham.
3:9 El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y arrojado al fuego».
3:10 Las multitudes le preguntaban: «Entonces, ¿qué debemos hacer?».
3:11 Él les respondía: «El que tenga dos túnicas comparta con el que no tiene, y el que tenga alimentos haga lo mismo».
3:12 También vinieron recaudadores de impuestos para ser bautizados y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?».
3:13 Él les dijo: «No cobren más de lo que se les ha ordenado».
3:14 También unos soldados le preguntaban: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». Él les dijo: «No extorsionen a nadie ni hagan falsas acusaciones, y conténtense con su salario».
3:15 El pueblo estaba a la expectativa, y todos se preguntaban en su corazón si acaso Juan sería el Cristo.
3:16 Juan respondió a todos: «Yo los bautizo con agua; pero viene uno más poderoso que yo, ante quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego.
3:17 Tiene en la mano su pala de aventar para limpiar bien su era y recoger el trigo en su granero; pero quemará la paja con fuego que no se apaga».
3:18 Con muchas otras exhortaciones anunciaba las buenas noticias al pueblo.
3:19 Pero Herodes el tetrarca, reprendido por él a causa de Herodías, la esposa de su hermano, y de todas las maldades que Herodes había hecho,
3:20 añadió a todas ellas esta: encerró a Juan en la cárcel.
El bautismo de Jesús
Relatos paralelos: Mateo 3:13–17; Marcos 1:9–11.
3:21 Cuando todo el pueblo fue bautizado, también Jesús fue bautizado. Mientras oraba, se abrió el cielo
3:22 y descendió sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma. Y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco».
Genealogía de Jesús
Genealogía relacionada: Mateo 1:1–17.
3:23 Jesús tenía unos treinta años cuando comenzó su ministerio. Era hijo, según se creía, de José, hijo de Elí,
3:24 hijo de Matat, hijo de Leví, hijo de Melqui, hijo de Janai, hijo de José,
3:25 hijo de Matatías, hijo de Amós, hijo de Nahúm, hijo de Esli, hijo de Nagai,
3:26 hijo de Maat, hijo de Matatías, hijo de Semeín, hijo de Josec, hijo de Jodá,
3:27 hijo de Joanán, hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de Salatiel, hijo de Neri,
3:28 hijo de Melqui, hijo de Adi, hijo de Cosam, hijo de Elmadam, hijo de Er,
3:29 hijo de Josué, hijo de Eliezer, hijo de Jorim, hijo de Matat, hijo de Leví,
3:30 hijo de Simeón, hijo de Judá, hijo de José, hijo de Jonam, hijo de Eliaquim,
3:31 hijo de Melea, hijo de Mená, hijo de Matata, hijo de Natán, hijo de David,
3:32 hijo de Isaí, hijo de Obed, hijo de Booz, hijo de Sala, hijo de Naasón,
3:33 hijo de Aminadab, hijo de Admín, hijo de Arní, hijo de Esrom, hijo de Fares, hijo de Judá,
3:34 hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham, hijo de Taré, hijo de Nacor,
3:35 hijo de Serug, hijo de Ragáu, hijo de Peleg, hijo de Heber, hijo de Sala,
3:36 hijo de Cainam, hijo de Arfaxad, hijo de Sem, hijo de Noé, hijo de Lamec,
3:37 hijo de Matusalén, hijo de Enoc, hijo de Jared, hijo de Mahalaleel, hijo de Cainam,
3:38 hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios.

Capítulo 4
Tentación de Jesús
Relatos paralelos: Mateo 4:1–11; Marcos 1:12–13.
4:1 Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y era guiado por el Espíritu en el desierto
4:2 durante cuarenta días, siendo tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al terminar, tuvo hambre.
4:3 El diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan».
4:4 Jesús le respondió: «Está escrito: “No solo de pan vivirá el hombre”».
4:5 El diablo lo llevó a lo alto y le mostró en un instante todos los reinos del mundo habitado.
4:6 Le dijo: «Te daré toda esta autoridad y la gloria de ellos, porque me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero.
4:7 Por tanto, si te postras ante mí, toda será tuya».
4:8 Jesús le respondió: «Está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás, y solo a él servirás”».
4:9 Luego lo llevó a Jerusalén, lo puso en el punto más alto del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, arrójate de aquí abajo,
4:10 porque está escrito: “Dará órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te protejan”,
4:11 y: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con una piedra”».
4:12 Jesús le respondió: «Está dicho: “No pondrás a prueba al Señor tu Dios”».
4:13 Después de agotar toda tentación, el diablo se apartó de él hasta un momento oportuno.
Jesús principia su ministerio
Relatos paralelos: Mateo 4:12–17; Marcos 1:14–15.
4:14 Jesús regresó a Galilea con el poder del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región de alrededor.
4:15 Enseñaba en sus sinagogas y todos lo glorificaban.
Jesús en Nazaret
Relatos relacionados: Mateo 13:53–58; Marcos 6:1–6.
4:16 Fue a Nazaret, donde se había criado, y, conforme a su costumbre, entró en la sinagoga el sábado y se levantó para leer.
4:17 Le dieron el rollo del profeta Isaías. Lo desenrolló y encontró el lugar donde estaba escrito:
4:18 «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar buenas noticias a los pobres.
   Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y recuperación de la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos,
4:19 a proclamar el año del favor del Señor».
4:20 Enrolló el rollo, se lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.
4:21 Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que han oído».
4:22 Todos daban testimonio a su favor y se asombraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Decían: «¿No es este el hijo de José?».
4:23 Él les dijo: «Sin duda me dirán este refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”. “Haz también aquí, en tu tierra, cuanto hemos oído que ha sucedido en Capernaúm”».
4:24 Y añadió: «En verdad les digo que ningún profeta es bien recibido en su propia tierra.
4:25 Les digo con verdad que había muchas viudas en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado durante tres años y seis meses y hubo una gran hambre en toda la tierra.
4:26 Pero Elías no fue enviado a ninguna de ellas, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón.
4:27 También había muchos leprosos en Israel en tiempos del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio».
4:28 Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira.
4:29 Se levantaron, lo echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta el borde del monte sobre el que estaba edificada su ciudad, para despeñarlo.
4:30 Pero él pasó por en medio de ellos y siguió su camino.
Un hombre que tenía un espíritu inmundo
Relato paralelo: Marcos 1:21–28
4:31 Bajó a Capernaúm, una ciudad de Galilea, y les enseñaba los sábados.
4:32 Se asombraban de su enseñanza, porque su palabra tenía autoridad.
4:33 En la sinagoga había un hombre que tenía un espíritu de demonio impuro y gritó con voz fuerte:
4:34 «¡Ah! ¿Qué tienes que ver con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: el Santo de Dios».
4:35 Jesús lo reprendió, diciendo: «¡Cállate y sal de él!». El demonio arrojó al hombre en medio de ellos y salió de él sin hacerle ningún daño.
4:36 Todos quedaron sobrecogidos de asombro y se decían unos a otros: «¿Qué palabra es esta? ¡Con autoridad y poder manda a los espíritus impuros, y salen!».
4:37 Y las noticias acerca de él se difundían por todos los lugares de la región.
Jesús sana a la suegra de Pedro
Relatos paralelos: Mateo 8:14–15; Marcos 1:29–31
4:38 Jesús salió de la sinagoga y entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba aquejada de una fiebre alta, y le rogaron por ella.
4:39 Él se puso junto a ella, reprendió a la fiebre y esta la dejó. Ella se levantó al instante y comenzó a servirles.
Muchos sanados al ponerse el sol
Relatos paralelos: Mateo 8:16–17; Marcos 1:32–34
4:40 Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias los llevaban a él. Él imponía las manos sobre cada uno y los sanaba.
4:41 También salían demonios de muchos, gritando: «¡Tú eres el Hijo de Dios!». Pero él los reprendía y no los dejaba hablar, porque sabían que él era el Cristo.
Jesús anuncia el reino en otras ciudades
Relato relacionado: Marcos 1:35–39
4:42 Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar solitario. Las multitudes lo buscaban y, cuando llegaron adonde estaba, trataban de retenerlo para que no se alejara de ellos.
4:43 Pero él les dijo: «También a las otras ciudades debo anunciar las buenas noticias del reino de Dios, porque para esto he sido enviado».
4:44 Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Capítulo 5
La pesca milagrosa
Relatos relacionados: Mateo 4:18–22; Marcos 1:16–20
5:1 Mientras Jesús estaba de pie junto al lago de Genesaret, la multitud se agolpaba sobre él para escuchar la palabra de Dios.
5:2 Vio dos barcas a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y lavaban las redes.
5:3 Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Luego se sentó y enseñaba a las multitudes desde la barca.
5:4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «Lleva la barca a aguas profundas y echen sus redes para pescar».
5:5 Simón respondió: «Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».
5:6 Al hacerlo, encerraron una gran cantidad de peces, y sus redes comenzaban a romperse.
5:7 Hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Ellos vinieron, y llenaron ambas barcas hasta el punto de que se hundían.
5:8 Al verlo, Simón Pedro cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador».
5:9 Porque el asombro se había apoderado de él y de todos los que estaban con él por la pesca que habían hecho;
5:10 lo mismo les sucedía a Jacobo y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran socios de Simón. Jesús dijo a Simón: «No tengas miedo; desde ahora serás pescador de hombres».
5:11 Después de llevar las barcas a tierra, lo dejaron todo y lo siguieron.
Jesús sana a un leproso
Relatos paralelos: Mateo 8:1–4; Marcos 1:40–45
5:12 Mientras Jesús estaba en una de las ciudades, se presentó un hombre cubierto de lepra. Al ver a Jesús, cayó rostro en tierra y le suplicó: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».
5:13 Jesús extendió la mano, lo tocó y dijo: «Quiero; queda limpio». Enseguida la lepra lo dejó.
5:14 Le ordenó que no se lo dijera a nadie: «Ve, preséntate ante el sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para testimonio ante ellos».
5:15 Pero las noticias acerca de él se extendían cada vez más, y grandes multitudes se reunían para escucharlo y ser sanadas de sus enfermedades.
5:16 Él, sin embargo, se retiraba a lugares solitarios y oraba.
Jesús sana a un paralítico
Relatos paralelos: Mateo 9:1–8; Marcos 2:1–12
5:17 Un día, mientras enseñaba, estaban sentados allí fariseos y maestros de la ley que habían venido de todas las aldeas de Galilea y Judea, y de Jerusalén. El poder del Señor estaba con él para sanar.
5:18 Unos hombres llevaban en una camilla a un hombre paralítico y trataban de introducirlo y ponerlo delante de Jesús.
5:19 Como no encontraban por dónde introducirlo a causa de la multitud, subieron a la azotea y lo bajaron con la camilla a través de las tejas, hasta ponerlo en medio, delante de Jesús.
5:20 Al ver la fe de ellos, dijo: «Hombre, tus pecados te han sido perdonados».
5:21 Los escribas y los fariseos comenzaron a pensar: «¿Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?».
5:22 Jesús conoció sus pensamientos y les respondió: «¿Qué están pensando en su corazón?
5:23 ¿Qué es más fácil: decir “Tus pecados te han sido perdonados”, o decir “Levántate y camina”?
5:24 Pero, para que sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados —dijo al paralítico—, a ti te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa».
5:25 Al instante se levantó delante de ellos, tomó aquello en lo que había estado acostado y se fue a su casa glorificando a Dios.
5:26 El asombro se apoderó de todos y glorificaban a Dios. Llenos de temor, decían: «¡Hoy hemos visto cosas extraordinarias!».
Llamamiento de Leví
Relatos paralelos: Mateo 9:9–13; Marcos 2:13–17
5:27 Después de esto, Jesús salió y vio a un recaudador de impuestos llamado Leví, sentado en el puesto de recaudación. Le dijo: «Sígueme».
5:28 Él lo dejó todo, se levantó y lo seguía.
5:29 Leví le ofreció un gran banquete en su casa, y había una gran multitud de recaudadores de impuestos y de otros que estaban a la mesa con ellos.
5:30 Los fariseos y sus escribas murmuraban contra los discípulos de Jesús, diciendo: «¿Por qué comen y beben con recaudadores de impuestos y pecadores?».
5:31 Jesús les respondió: «Los sanos no necesitan médico, sino los enfermos.
5:32 No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento».
La pregunta sobre el ayuno
Relatos paralelos: Mateo 9:14–17; Marcos 2:18–22
5:33 Ellos le dijeron: «Los discípulos de Juan ayunan con frecuencia y hacen oraciones, y lo mismo los de los fariseos; pero los tuyos comen y beben».
5:34 Él les dijo: «¿Acaso pueden hacer ayunar a los invitados de una boda mientras el novio está con ellos?
5:35 Pero vendrán días en que les será quitado el novio; entonces, en aquellos días, ayunarán».
5:36 También les decía una parábola: «Nadie arranca un remiendo de una prenda nueva para ponerlo en una vieja; de lo contrario, rompe la nueva y el remiendo de la nueva no combina con la vieja.
5:37 Nadie echa vino nuevo en odres viejos; de lo contrario, el vino nuevo reventará los odres, se derramará y los odres se perderán.
5:38 El vino nuevo debe echarse en odres nuevos.
5:39 Y nadie que ha bebido vino añejo quiere nuevo, porque dice: “El añejo es bueno”».

Capítulo 6
Los discípulos recogen espigas en el día de reposo
Relatos paralelos: Mateo 12:1–8; Marcos 2:23–28
6:1 Un sábado Jesús atravesaba unos sembrados. Sus discípulos arrancaban espigas, las frotaban con las manos y comían.
6:2 Algunos de los fariseos dijeron: «¿Por qué hacen lo que no está permitido en sábado?».
6:3 Jesús les respondió: «¿Ni siquiera han leído lo que hizo David cuando tuvo hambre, él y los que estaban con él?
6:4 ¿Cómo entró en la casa de Dios, tomó los panes de la Presencia, comió y dio a los que estaban con él, aunque solo a los sacerdotes les está permitido comerlos?».
6:5 Y les decía: «El Hijo del Hombre es Señor también del sábado».
El hombre de la mano seca
Relatos paralelos: Mateo 12:9–14; Marcos 3:1–6
6:6 Otro sábado entró en la sinagoga y enseñaba. Había allí un hombre que tenía seca la mano derecha.
6:7 Los escribas y los fariseos lo vigilaban para ver si sanaba en sábado, a fin de encontrar de qué acusarlo.
6:8 Pero él conocía sus pensamientos y dijo al hombre que tenía la mano seca: «Levántate y ponte en medio». Él se levantó y se puso de pie.
6:9 Jesús les dijo: «Les pregunto: ¿está permitido en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o destruirla?».
6:10 Después de mirarlos a todos alrededor, dijo al hombre: «Extiende tu mano». Él lo hizo, y su mano quedó restaurada.
6:11 Pero ellos se llenaron de furor y discutían entre sí qué podrían hacer contra Jesús.
Elección de los doce apóstoles
Relatos paralelos: Mateo 10:1–4; Marcos 3:13–19
6:12 En aquellos días Jesús salió al monte a orar y pasó toda la noche orando a Dios.
6:13 Al hacerse de día, llamó a sus discípulos y escogió de entre ellos a doce, a quienes también llamó apóstoles:
6:14 Simón, a quien también llamó Pedro, Andrés su hermano, Jacobo, Juan, Felipe, Bartolomé,
6:15 Mateo, Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Simón llamado el Zelote,
6:16 Judas hijo de Jacobo y Judas Iscariote, que llegó a ser traidor.
Jesús atiende a una multitud
Relato relacionado: Mateo 4:23–25
6:17 Bajó con ellos y se detuvo en un lugar llano. Había una gran multitud de sus discípulos y una gran cantidad de gente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y Sidón,
6:18 que habían venido para escucharlo y ser sanados de sus enfermedades. También los atormentados por espíritus impuros eran sanados.
6:19 Toda la multitud procuraba tocarlo, porque de él salía poder y sanaba a todos.
Bienaventuranzas y ayes
Enseñanza relacionada: Mateo 5:1–12
6:20 Él levantó la mirada hacia sus discípulos y decía: «Bienaventurados ustedes los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.
6:21 Bienaventurados los que ahora tienen hambre, porque serán saciados. Bienaventurados los que ahora lloran, porque reirán.
6:22 Bienaventurados ustedes cuando la gente los odie, los excluya, los insulte y rechace su nombre como malo por causa del Hijo del Hombre.
6:23 Alégrense en aquel día y salten de gozo, porque su recompensa es grande en el cielo. Así trataban sus antepasados a los profetas.
6:24 Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya han recibido su consuelo!
6:25 ¡Ay de ustedes los que ahora están saciados, porque tendrán hambre! ¡Ay de los que ahora ríen, porque se lamentarán y llorarán!
6:26 ¡Ay cuando todos hablen bien de ustedes! Así trataban sus antepasados a los falsos profetas.
El amor hacia los enemigos, y la regla de oro
Enseñanzas relacionadas: Mateo 5:38–48; Mateo 7:12
6:27 Pero a ustedes que escuchan les digo: amen a sus enemigos; hagan bien a los que los odian;
6:28 bendigan a los que los maldicen y oren por los que los maltratan.
6:29 Al que te golpee en una mejilla, ofrécele también la otra; y al que te quite el manto, no le impidas llevarse también la túnica.
6:30 Da a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no le exijas que te lo devuelva.
6:31 Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes.
6:32 Si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque también los pecadores aman a los que los aman.
6:33 Y si hacen bien a los que les hacen bien, ¿qué mérito tienen? También los pecadores hacen lo mismo.
6:34 Si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto.
6:35 Pero amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio. Su recompensa será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bondadoso con los ingratos y los malvados.
6:36 Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso.
El juzgar a los demás
Enseñanza relacionada: Mateo 7:1–5
6:37 No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.
6:38 Den y se les dará: les echarán en el regazo una buena medida, apretada, sacudida y rebosante. Porque con la medida con que midan se les volverá a medir».
6:39 También les dijo una parábola: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en un hoyo?
6:40 El discípulo no es superior a su maestro, pero todo el que haya completado su formación será como su maestro.
6:41 ¿Por qué miras la astilla que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que tienes en tu propio ojo?
6:42 ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, déjame sacarte la astilla del ojo”, si tú mismo no ves la viga que tienes en tu ojo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano.
Por sus frutos los conoceréis
Enseñanza relacionada: Mateo 7:15–20
6:43 Porque no hay árbol bueno que dé fruto podrido, ni árbol podrido que dé fruto bueno.
6:44 Cada árbol se reconoce por su propio fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas.
6:45 La persona buena saca lo bueno del buen tesoro de su corazón, y la mala saca lo malo de su mal tesoro. Porque de la abundancia del corazón habla su boca.
Escuchar y obedecer a Jesús
Enseñanza relacionada: Mateo 7:24–27
6:46 ¿Por qué me llaman “Señor, Señor”, y no hacen lo que digo?
6:47 Les mostraré a quién se parece todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica.
6:48 Se parece a un hombre que, al construir una casa, cavó hondo y puso los cimientos sobre la roca. Cuando llegó una inundación, el río golpeó aquella casa, pero no pudo sacudirla, porque estaba bien construida.
6:49 Pero el que oye y no pone en práctica se parece a un hombre que construyó una casa sobre la tierra, sin cimientos. El río la golpeó y enseguida se derrumbó, y fue grande la ruina de aquella casa».

Capítulo 7
Jesús sana al siervo de un centurión
Relato paralelo: Mateo 8:5–13
7:1 Cuando Jesús terminó todas sus palabras ante el pueblo que escuchaba, entró en Capernaúm.
7:2 Un centurión tenía un esclavo muy estimado que estaba enfermo y a punto de morir.
7:3 Al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que viniera a sanar a su esclavo.
7:4 Ellos llegaron a Jesús y le suplicaban con insistencia: «Merece que le concedas esto,
7:5 porque ama a nuestra nación y él mismo nos construyó la sinagoga».
7:6 Jesús fue con ellos. Cuando ya no estaba lejos de la casa, el centurión envió a unos amigos para decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo.
7:7 Por eso ni siquiera me consideré digno de ir a ti. Pero di una palabra y que mi siervo sea sanado.
7:8 Porque también yo soy un hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes. Le digo a uno “Ve”, y va; a otro “Ven”, y viene; y a mi esclavo “Haz esto”, y lo hace».
7:9 Al oír esto, Jesús se asombró de él y, volviéndose hacia la multitud que lo seguía, dijo: «Les digo que ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande».
7:10 Cuando los enviados regresaron a la casa, encontraron sano al esclavo.
Jesús resucita al hijo de la viuda de Naín
7:11 Poco después, Jesús fue a una ciudad llamada Naín. Iban con él muchos de sus discípulos y una gran multitud.
7:12 Cuando se acercó a la puerta de la ciudad, sacaban a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda. La acompañaba mucha gente de la ciudad.
7:13 Al verla, el Señor tuvo compasión de ella y le dijo: «No llores».
7:14 Se acercó y tocó el féretro; los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: «Joven, a ti te digo: levántate».
7:15 El muerto se incorporó y comenzó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.
7:16 El temor se apoderó de todos y glorificaban a Dios, diciendo: «¡Un gran profeta se ha levantado entre nosotros!», y: «¡Dios ha visitado a su pueblo!».
7:17 Estas noticias acerca de él se extendieron por toda Judea y por toda la región de alrededor.
Los mensajeros de Juan el Bautista
Relato paralelo: Mateo 11:2–19
7:18 Los discípulos de Juan le contaron todas estas cosas. Entonces Juan llamó a dos de sus discípulos
7:19 y los envió al Señor a preguntarle: «¿Eres tú el que viene, o debemos esperar a otro?».
7:20 Cuando llegaron a él, los hombres dijeron: «Juan el Bautista nos ha enviado a ti para preguntarte: “¿Eres tú el que viene, o debemos esperar a otro?”».
7:21 En aquella misma hora sanó a muchos de enfermedades, dolencias y espíritus malos, y concedió la vista a muchos ciegos.
7:22 Les respondió: «Vayan y cuenten a Juan lo que han visto y oído: los ciegos recuperan la vista, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncian buenas noticias.
7:23 Y dichoso el que no tropieza por causa de mí».
7:24 Cuando se fueron los mensajeros de Juan, Jesús comenzó a hablar a las multitudes acerca de Juan: «¿Qué salieron a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?
7:25 Entonces, ¿qué salieron a ver? ¿Un hombre vestido con ropa delicada? Miren, los que llevan ropa espléndida y viven en el lujo están en los palacios.
7:26 Entonces, ¿qué salieron a ver? ¿Un profeta? Sí, les digo, y más que un profeta.
7:27 Este es de quien está escrito: “Mira, envío a mi mensajero delante de ti, quien preparará tu camino ante ti”.
7:28 Les digo que, entre los nacidos de mujer, no hay ningún profeta mayor que Juan; pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él».
7:29 Al oírlo, todo el pueblo, incluidos los recaudadores de impuestos, reconoció la justicia de Dios, pues habían recibido el bautismo de Juan.
7:30 Pero los fariseos y los expertos en la ley rechazaron el propósito de Dios para ellos, al no dejarse bautizar por Juan.
7:31 «¿A qué compararé, entonces, a la gente de esta generación? ¿A qué se parecen?
7:32 Se parecen a niños sentados en la plaza, que se llaman unos a otros y dicen:
 “Les tocamos la flauta y no bailaron;
   entonamos lamentos y no lloraron”.
7:33 Porque ha venido Juan el Bautista, que no come pan ni bebe vino, y ustedes dicen: “Tiene un demonio”.
7:34 Ha venido el Hijo del Hombre, que come y bebe, y ustedes dicen: “Miren, un glotón y un bebedor, amigo de recaudadores de impuestos y pecadores”.
7:35 Pero la sabiduría queda justificada por todos sus hijos».
Jesús en el hogar de Simón el fariseo
7:36 Uno de los fariseos le pidió que comiera con él. Jesús entró en casa del fariseo y se sentó a la mesa.
7:37 Una mujer de la ciudad, que era pecadora, supo que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo y llevó un frasco de alabastro con perfume.
7:38 Se puso detrás de él, a sus pies, llorando, y comenzó a mojárselos con sus lágrimas. Se los secaba con el cabello, le besaba los pies y se los ungía con el perfume.
7:39 Al verlo, el fariseo que lo había invitado pensó: «Si este fuera profeta, sabría quién es y qué clase de mujer es la que lo toca: es una pecadora».
7:40 Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él respondió: «Di, Maestro».
7:41 «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientas piezas de plata y el otro cincuenta.
7:42 Como no tenían con qué pagar, les perdonó la deuda a los dos. ¿Cuál de ellos, entonces, lo amará más?».
7:43 Simón respondió: «Supongo que aquel a quien más perdonó». Él le dijo: «Has juzgado correctamente».
7:44 Volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies, pero ella me ha mojado los pies con sus lágrimas y los ha secado con su cabello.
7:45 No me diste un beso, pero ella, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies.
7:46 No ungiste mi cabeza con aceite, pero ella ha ungido mis pies con perfume.
7:47 Por eso te digo: sus muchos pecados han sido perdonados, pues ha amado mucho; pero aquel a quien poco se le perdona, poco ama».
7:48 Luego le dijo a ella: «Tus pecados han sido perdonados».
7:49 Los que estaban con él a la mesa comenzaron a decirse: «¿Quién es este que hasta perdona pecados?».
7:50 Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado; vete en paz».

Capítulo 8
Mujeres que sirven a Jesús
8:1 Después de esto, Jesús recorría ciudades y aldeas, proclamando y anunciando las buenas noticias del reino de Dios. Lo acompañaban los Doce
8:2 y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de quien habían salido siete demonios;
8:3 Juana, esposa de Chuza, administrador de Herodes; Susana y muchas otras, que les servían con sus propios bienes.
Parábola del sembrador
Relatos paralelos: Mateo 13:1–23; Marcos 4:1–20
8:4 Cuando se reunió una gran multitud y acudía a él gente de cada ciudad, les habló por medio de una parábola:
8:5 «El sembrador salió a sembrar su semilla. Mientras sembraba, una parte cayó junto al camino; fue pisoteada y las aves del cielo se la comieron.
8:6 Otra parte cayó sobre la roca y, después de brotar, se secó por falta de humedad.
8:7 Otra cayó entre espinos; los espinos crecieron con ella y la ahogaron.
8:8 Y otra cayó en buena tierra; brotó y produjo fruto al ciento por uno». Al decir esto, exclamaba: «El que tenga oídos para oír, que oiga».
8:9 Sus discípulos le preguntaban qué significaba esta parábola.
8:10 Él dijo: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás se les habla en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan.
Explicación de la parábola del sembrador
8:11 La parábola es esta: la semilla es la palabra de Dios.
8:12 Los de junto al camino son los que han oído; luego viene el diablo y quita la palabra de su corazón, para que no crean ni se salven.
8:13 Los de sobre la roca son los que, cuando oyen, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz. Creen por un tiempo y, en el momento de la prueba, se apartan.
8:14 Lo que cayó entre espinos son los que han oído, pero, al seguir su camino, son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a dar fruto maduro.
8:15 Lo que cayó en buena tierra son los que oyen la palabra con corazón noble y bueno, la retienen y dan fruto con perseverancia.
Nada oculto que no haya de ser manifestado
Enseñanza relacionada: Marcos 4:21–25
8:16 Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija o la pone debajo de una cama; la pone en un candelero para que quienes entren vean la luz.
8:17 Porque nada hay oculto que no llegue a manifestarse, ni escondido que no llegue a conocerse y a salir a la luz.
8:18 Por eso, presten atención a cómo escuchan. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener».
La madre y los hermanos de Jesús
Relatos paralelos: Mateo 12:46–50; Marcos 3:31–35
8:19 Su madre y sus hermanos fueron a verlo, pero no podían llegar hasta él por causa de la multitud.
8:20 Le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están de pie afuera y quieren verte».
8:21 Él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica».
Jesús calma la tempestad
Relatos paralelos: Mateo 8:23–27; Marcos 4:35–41
8:22 Un día subió a una barca con sus discípulos y les dijo: «Crucemos a la otra orilla del lago». Y zarparon.
8:23 Mientras navegaban, él se durmió. Una tempestad de viento se abatió sobre el lago; la barca se llenaba de agua y estaban en peligro.
8:24 Se acercaron y lo despertaron, diciendo: «¡Maestro, Maestro, perecemos!». Él se despertó, reprendió al viento y al oleaje, y estos cesaron; y se hizo la calma.
8:25 Les dijo: «¿Dónde está su fe?». Ellos, llenos de miedo y asombro, se decían unos a otros: «¿Quién es este, que manda incluso a los vientos y al agua, y lo obedecen?».
Jesús libera a un hombre en la región de los gerasenos
Relatos paralelos: Mateo 8:28–34; Marcos 5:1–20
8:26 Navegaron hasta la región de los gerasenos, que está frente a Galilea.
8:27 Cuando Jesús bajó a tierra, le salió al encuentro un hombre de la ciudad que tenía demonios. Hacía mucho tiempo que no vestía ropa y no vivía en una casa, sino en los sepulcros.
8:28 Al ver a Jesús, gritó, se postró ante él y dijo con voz fuerte: «¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes».
8:29 Porque Jesús mandaba al espíritu impuro que saliera del hombre. Muchas veces se había apoderado de él, y lo sujetaban con cadenas y grilletes para custodiarlo; pero él rompía las ataduras y era llevado por el demonio a lugares desiertos.
8:30 Jesús le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Él respondió: «Legión», porque habían entrado en él muchos demonios.
8:31 Y le rogaban que no les ordenara irse al abismo.
8:32 Había allí una gran manada de cerdos que pastaba en el monte. Le rogaron que les permitiera entrar en ellos, y él se lo permitió.
8:33 Los demonios salieron del hombre y entraron en los cerdos. La manada se precipitó por el despeñadero al lago y se ahogó.
8:34 Cuando los que los cuidaban vieron lo sucedido, huyeron y lo contaron en la ciudad y en los campos.
8:35 La gente salió a ver lo que había sucedido. Llegaron a Jesús y encontraron al hombre de quien habían salido los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido y en su sano juicio; y tuvieron miedo.
8:36 Los que lo habían visto les contaron cómo había sido salvado el endemoniado.
8:37 Toda la gente de la región de los gerasenos le pidió que se alejara de ellos, porque estaban sobrecogidos de mucho miedo. Él subió a una barca y regresó.
8:38 El hombre de quien habían salido los demonios le rogaba que lo dejara estar con él, pero Jesús lo despidió, diciendo:
8:39 «Vuelve a tu casa y cuenta todo lo que Dios ha hecho por ti». Él se fue proclamando por toda la ciudad todo lo que Jesús había hecho por él.
La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de Jesús
Relatos paralelos: Mateo 9:18–26; Marcos 5:21–43
8:40 Cuando Jesús regresó, la multitud lo recibió, porque todos lo estaban esperando.
8:41 Llegó un hombre llamado Jairo, que era dirigente de la sinagoga. Cayó a los pies de Jesús y le rogaba que entrara en su casa,
8:42 porque tenía una hija única, de unos doce años, que se estaba muriendo. Mientras Jesús iba, las multitudes lo apretujaban.
8:43 Una mujer padecía de flujo de sangre desde hacía doce años. Aunque había gastado en médicos todos sus medios de vida, nadie había podido sanarla.
8:44 Se acercó por detrás y tocó el borde de su manto. Al instante se detuvo su flujo de sangre.
8:45 Jesús preguntó: «¿Quién me ha tocado?». Como todos lo negaban, Pedro y los que estaban con él dijeron: «Maestro, las multitudes te rodean y te aprietan».
8:46 Pero Jesús dijo: «Alguien me ha tocado, porque he percibido que ha salido poder de mí».
8:47 La mujer, al ver que no había pasado inadvertida, se acercó temblando y cayó ante él. Delante de todo el pueblo contó por qué lo había tocado y cómo había sido sanada al instante.
8:48 Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz».
8:49 Mientras todavía hablaba, llegó uno de casa del dirigente de la sinagoga, diciendo: «Tu hija ha muerto; no molestes más al Maestro».
8:50 Al oírlo, Jesús le respondió: «No temas; solo cree, y será salva».
8:51 Cuando llegó a la casa, no dejó entrar a nadie con él, excepto a Pedro, a Juan, a Jacobo y al padre y a la madre de la niña.
8:52 Todos lloraban y se lamentaban por ella. Él dijo: «No lloren, porque no ha muerto, sino que duerme».
8:53 Ellos se burlaban de él, porque sabían que había muerto.
8:54 Pero él la tomó de la mano y exclamó: «¡Niña, levántate!».
8:55 Su espíritu volvió y se levantó al instante. Jesús mandó que le dieran de comer.
8:56 Sus padres quedaron asombrados, pero él les ordenó que no contaran a nadie lo sucedido.

Capítulo 9
Misión de los doce discípulos
Relatos paralelos: Mateo 10:1–15; Marcos 6:7–13
9:1 Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre todos los demonios y para sanar enfermedades.
9:2 Los envió a proclamar el reino de Dios y a sanar a los enfermos.
9:3 Les dijo: «No lleven nada para el camino: ni bastón, ni bolsa, ni pan, ni dinero; tampoco tengan dos túnicas cada uno.
9:4 En cualquier casa donde entren, quédense allí y salgan desde allí.
9:5 A los que no los reciban, al salir de aquella ciudad sacúdanse el polvo de los pies, como testimonio contra ellos».
9:6 Ellos salieron y recorrían las aldeas, anunciando las buenas noticias y sanando por todas partes.
Herodes se pregunta quién es Jesús
Relatos relacionados: Mateo 14:1–12; Marcos 6:14–29
9:7 Herodes el tetrarca oyó todo lo que sucedía y estaba perplejo, porque algunos decían que Juan había resucitado de entre los muertos;
9:8 otros, que Elías había aparecido; y otros, que había resucitado uno de los antiguos profetas.
9:9 Herodes dijo: «A Juan lo decapité yo; ¿quién es, entonces, este de quien oigo tales cosas?». Y procuraba verlo.
Alimentación de los cinco mil
Relatos paralelos: Mateo 14:13–21; Marcos 6:30–44; Juan 6:1–14
9:10 Cuando los apóstoles regresaron, le contaron todo lo que habían hecho. Él los llevó consigo y se retiró a solas a una ciudad llamada Betsaida.
9:11 Las multitudes se enteraron y lo siguieron. Él las recibió, les hablaba del reino de Dios y sanaba a los que necesitaban curación.
9:12 El día comenzaba a declinar. Los Doce se acercaron y le dijeron: «Despide a la multitud para que vaya a las aldeas y campos de alrededor a alojarse y conseguir alimentos, porque aquí estamos en un lugar desierto».
9:13 Él les dijo: «Denles ustedes de comer». Ellos respondieron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces, a menos que vayamos nosotros a comprar comida para toda esta gente».
9:14 Porque había unos cinco mil hombres. Él dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de unos cincuenta».
9:15 Así lo hicieron y los sentaron a todos.
9:16 Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, levantó la mirada al cielo, los bendijo, los partió y se los iba dando a los discípulos para que los sirvieran a la multitud.
9:17 Todos comieron y quedaron satisfechos, y recogieron doce canastas de los pedazos que les sobraron.
La confesión de Pedro
Relatos paralelos: Mateo 16:13–20; Marcos 8:27–30
9:18 Un día, mientras Jesús oraba aparte, estaban con él los discípulos. Les preguntó: «¿Quién dicen las multitudes que soy yo?».
9:19 Ellos respondieron: «Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, que ha resucitado uno de los antiguos profetas».
9:20 Él les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro respondió: «El Cristo de Dios».
Jesús anuncia su muerte y resurrección
Relatos paralelos: Mateo 16:21–28; Marcos 8:31–38; Marcos 9:1
9:21 Pero él les ordenó con firmeza que no dijeran esto a nadie,
9:22 diciendo: «El Hijo del Hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, ser muerto y resucitar al tercer día».
El costo de seguir a Jesús
9:23 Y decía a todos: «Si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga.
9:24 Porque quien quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por causa de mí la salvará.
9:25 ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se destruye o se pierde a sí mismo?
9:26 Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras, de él se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria y en la del Padre y de los santos ángeles.
9:27 Les digo con verdad que algunos de los que están aquí no probarán la muerte hasta que vean el reino de Dios».
La transfiguración
Relatos paralelos: Mateo 17:1–8; Marcos 9:2–8
9:28 Unos ocho días después de estas palabras, tomó a Pedro, a Juan y a Jacobo y subió al monte a orar.
9:29 Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y su ropa se volvió blanca y resplandeciente.
9:30 Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías,
9:31 que aparecieron en gloria y hablaban de su partida, que él iba a cumplir en Jerusalén.
9:32 Pedro y los que estaban con él estaban cargados de sueño; pero, cuando estuvieron bien despiertos, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
9:33 Cuando ellos se separaban de Jesús, Pedro le dijo: «Maestro, qué bueno es que estemos aquí. Hagamos tres enramadas: una para ti, una para Moisés y una para Elías». No sabía lo que decía.
9:34 Mientras decía esto, vino una nube y los cubría con su sombra. Ellos tuvieron miedo al entrar en la nube.
9:35 De la nube salió una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido; escúchenlo».
9:36 Cuando vino la voz, Jesús quedó solo. Ellos guardaron silencio y, en aquellos días, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.
Jesús sana a un muchacho endemoniado
Relatos paralelos: Mateo 17:14–21; Marcos 9:14–29
9:37 Al día siguiente, cuando bajaron del monte, una gran multitud salió al encuentro de Jesús.
9:38 Un hombre de la multitud gritó: «Maestro, te ruego que mires a mi hijo, porque es el único que tengo.
9:39 Un espíritu se apodera de él y de repente grita; lo sacude con violencia, haciéndolo echar espuma, y apenas se aparta de él, dejándolo maltrecho.
9:40 Les rogué a tus discípulos que lo expulsaran, pero no pudieron».
9:41 Jesús respondió: «¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes y tendré que soportarlos? Trae aquí a tu hijo».
9:42 Mientras el muchacho todavía se acercaba, el demonio lo arrojó al suelo y lo sacudió violentamente. Pero Jesús reprendió al espíritu impuro, sanó al muchacho y se lo devolvió a su padre.
9:43 Todos se asombraban de la grandeza de Dios. Mientras todos se maravillaban de todo lo que hacía, dijo a sus discípulos:
Jesús anuncia otra vez su muerte
Relatos paralelos: Mateo 17:22–23; Marcos 9:30–32
9:44 «Presten mucha atención a estas palabras: el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de hombres».
9:45 Pero ellos no entendían estas palabras; su sentido les estaba oculto, para que no lo comprendieran, y tenían miedo de preguntarle acerca de ellas.
¿Quién es el mayor?
Relatos paralelos: Mateo 18:1–5; Marcos 9:33–37
9:46 Surgió entre ellos una discusión sobre quién de ellos sería el mayor.
9:47 Jesús, que conocía los pensamientos de su corazón, tomó a un niño, lo puso a su lado
9:48 y les dijo: «Quien reciba a este niño en mi nombre, me recibe a mí; y quien me reciba a mí, recibe al que me envió. Porque el más pequeño entre todos ustedes, ese es grande».
Jesús corrige a Juan
Relato paralelo: Marcos 9:38–40
9:49 Juan respondió: «Maestro, vimos a uno que expulsaba demonios en tu nombre y tratábamos de impedírselo, porque no sigue con nosotros».
9:50 Jesús le dijo: «No se lo impidan, porque quien no está contra ustedes está a favor de ustedes».
Jesús reprende a Jacobo y a Juan
9:51 Cuando se acercaba el tiempo en que sería llevado al cielo, Jesús tomó la firme decisión de ir a Jerusalén.
9:52 Envió mensajeros delante de él. Ellos fueron y entraron en una aldea de samaritanos para hacerle preparativos.
9:53 Pero no lo recibieron, porque iba camino de Jerusalén.
9:54 Al verlo, los discípulos Jacobo y Juan dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo para que los consuma?».
9:55 Él se volvió y los reprendió.
9:56 Y se fueron a otra aldea.
Los que querían seguir a Jesús
Mateo 8:18–22
9:57 Mientras iban por el camino, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas».
9:58 Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza».
9:59 Dijo a otro: «Sígueme». Él respondió: «Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre».
9:60 Él le dijo: «Deja que los muertos entierren a sus propios muertos; tú ve y anuncia el reino de Dios».
9:61 Otro dijo: «Te seguiré, Señor; pero permíteme despedirme primero de los de mi casa».
9:62 Jesús dijo: «Nadie que pone la mano en el arado y mira atrás es apto para el reino de Dios».

Capítulo 10
Misión de los setenta y dos
10:1 Después de esto, el Señor designó también a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él iba a ir.
10:2 Les decía: «La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al Señor de la cosecha que envíe obreros a su cosecha.
10:3 Vayan; miren que los envío como corderos en medio de lobos.
10:4 No lleven bolsa de dinero, ni bolsa de viaje, ni sandalias, y no saluden a nadie por el camino.
10:5 En cualquier casa donde entren, digan primero: “Paz a esta casa”.
10:6 Si hay allí un hijo de paz, la paz de ustedes reposará sobre él; si no, volverá a ustedes.
10:7 Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo lo que les den, porque el obrero es digno de su salario. No vayan de casa en casa.
10:8 En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les pongan delante.
10:9 Sanen a los enfermos que haya en ella y díganles: “El reino de Dios se ha acercado a ustedes”.
10:10 Pero en cualquier ciudad donde entren y no los reciban, salgan a sus calles y digan:
10:11 “Hasta el polvo de su ciudad que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos contra ustedes. Sin embargo, sepan esto: el reino de Dios se ha acercado”.
10:12 Les digo que en aquel día será más tolerable para Sodoma que para aquella ciudad.
Ayes sobre las ciudades impenitentes
Mateo 11:20–24
10:13 ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón hubieran ocurrido los milagros que han ocurrido entre ustedes, hace tiempo se habrían arrepentido, sentados en tela áspera y ceniza.
10:14 Sin embargo, en el juicio será más tolerable para Tiro y Sidón que para ustedes.
10:15 Y tú, Capernaúm, ¿acaso serás elevada hasta el cielo? Serás hundida hasta el Hades.
10:16 El que los escucha a ustedes me escucha a mí; el que los rechaza a ustedes me rechaza a mí; y el que me rechaza a mí rechaza al que me envió».
Regreso de los setenta y dos
10:17 Los setenta y dos regresaron con alegría y dijeron: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre».
10:18 Él les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un relámpago.
10:19 Miren, les he dado autoridad para pisar serpientes y escorpiones, y sobre todo el poder del enemigo; y nada les hará daño.
10:20 Pero no se alegren de que los espíritus se les sometan; alégrense de que sus nombres están escritos en los cielos».
Jesús se regocija
Mateo 11:25–27; Mateo 13:16–17
10:21 En esa misma hora se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó».
10:22 «Todo me ha sido entregado por mi Padre. Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo».
10:23 Volviéndose hacia los discípulos, les dijo en privado: «Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven,
10:24 porque les digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron».
El buen samaritano
10:25 Entonces un experto en la ley se levantó para ponerlo a prueba y preguntó: «Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?».
10:26 Él le dijo: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lo lees?».
10:27 Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo».
10:28 Él le dijo: «Has respondido correctamente. Haz esto y vivirás».
10:29 Pero él, queriendo justificarse, le preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?».
10:30 Jesús respondió: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones. Lo despojaron, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto.
10:31 Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, pasó de largo por el otro lado.
10:32 Del mismo modo, un levita llegó al lugar y, al verlo, pasó de largo por el otro lado.
10:33 Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde él estaba y, al verlo, se compadeció.
10:34 Se acercó y vendó sus heridas, echándoles aceite y vino. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él.
10:35 Al día siguiente sacó dos monedas de plata, se las dio al posadero y le dijo: “Cuida de él; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese”.
10:36 ¿Cuál de estos tres te parece que se hizo prójimo del que cayó en manos de los ladrones?».
10:37 Él respondió: «El que tuvo misericordia de él». Entonces Jesús le dijo: «Ve y haz tú lo mismo».
Jesús visita a Marta y a María
10:38 Mientras iban de camino, él entró en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió.
10:39 Ella tenía una hermana llamada María, que se sentó a los pies de Jesús y escuchaba su palabra.
10:40 Pero Marta estaba distraída con las muchas tareas del servicio. Se acercó y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile, pues, que me ayude».
10:41 El Señor le respondió: «Marta, Marta, te preocupas y te inquietas por muchas cosas,
10:42 pero se necesitan pocas cosas, o una sola. María ha escogido la buena parte, y no le será quitada».

Capítulo 11
Jesús y la oración
Mateo 6:9–15; Mateo 7:7–11
11:1 Jesús estaba orando en cierto lugar. Cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos».
11:2 Él les dijo: «Cuando oren, digan: “Padre, santificado sea tu nombre; venga tu reino.
11:3 Danos cada día nuestro pan necesario.
11:4 Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe; y no nos lleves a la tentación”».
11:5 También les dijo: «¿Quién de ustedes tiene un amigo y va a él a medianoche y le dice: “Amigo, préstame tres panes,
11:6 porque un amigo mío ha llegado de viaje y no tengo qué ofrecerle”,
11:7 y aquel le responde desde adentro: “No me molestes. La puerta ya está cerrada y mis niños están conmigo en la cama; no puedo levantarme a dártelos”?
11:8 Les digo que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, por su insistencia se levantará y le dará cuanto necesite.
11:9 Yo les digo: pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá.
11:10 Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra y al que llama se le abrirá.
11:11 ¿Qué padre de ustedes, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O, si le pide un pescado, le dará una serpiente en lugar del pescado?
11:12 ¿O, si le pide un huevo, le dará un escorpión?
11:13 Pues si ustedes, siendo malos, saben dar buenos regalos a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!».
Una casa dividida contra sí misma
Mateo 12:22–30; Marcos 3:20–27
11:14 Jesús estaba expulsando a un demonio mudo. Cuando el demonio salió, el mudo habló y las multitudes se asombraron.
11:15 Pero algunos de ellos dijeron: «Expulsa los demonios por medio de Beelzebul, el príncipe de los demonios».
11:16 Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo.
11:17 Él conocía sus pensamientos y les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda devastado, y una casa cae sobre otra.
11:18 Si también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá en pie su reino? Porque ustedes dicen que yo expulso los demonios por medio de Beelzebul.
11:19 Si yo expulso los demonios por medio de Beelzebul, ¿por medio de quién los expulsan sus hijos? Por eso ellos serán sus jueces.
11:20 Pero si yo expulso los demonios por el dedo de Dios, entonces el reino de Dios ha llegado a ustedes.
11:21 Cuando un hombre fuerte y bien armado custodia su residencia, sus bienes están seguros.
11:22 Pero cuando viene uno más fuerte que él y lo vence, le quita todas las armas en las que confiaba y reparte su botín.
11:23 El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.
El espíritu inmundo que vuelve
Mateo 12:43–45
11:24 Cuando el espíritu impuro sale de una persona, recorre lugares secos buscando descanso. Como no lo encuentra, dice: “Volveré a mi casa de donde salí”.
11:25 Cuando llega, la encuentra barrida y arreglada.
11:26 Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí, y el estado final de aquella persona resulta peor que el primero».
Los que en verdad son bienaventurados
11:27 Mientras decía estas cosas, una mujer de la multitud levantó la voz y le dijo: «¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que mamaste!».
11:28 Pero él dijo: «Más bien, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
La generación perversa demanda señal
Mateo 12:38–42
11:29 Mientras las multitudes se aglomeraban, comenzó a decir: «Esta generación es una generación malvada. Pide una señal, pero no se le dará otra señal que la de Jonás.
11:30 Porque así como Jonás fue una señal para los ninivitas, así también lo será el Hijo del Hombre para esta generación.
11:31 La reina del Sur se levantará en el juicio con los hombres de esta generación y los condenará, porque vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón. Y miren, aquí hay algo más que Salomón.
11:32 Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación y la condenarán, porque se arrepintieron ante la proclamación de Jonás. Y miren, aquí hay algo más que Jonás.
La lámpara del cuerpo
Mateo 6:22–23
11:33 Nadie enciende una lámpara y la pone en un lugar escondido o debajo de una canasta, sino sobre el candelero, para que quienes entren vean su luz.
11:34 La lámpara del cuerpo es tu ojo. Cuando tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado; pero cuando está enfermo, tu cuerpo está oscuro.
11:35 Por eso, cuida de que la luz que hay en ti no sea oscuridad.
11:36 Si todo tu cuerpo está iluminado y no tiene ninguna parte oscura, estará completamente iluminado, como cuando una lámpara te alumbra con su resplandor».
Jesús acusa a fariseos y a intérpretes de la ley
Enseñanzas relacionadas: Mateo 23:1–36; Marcos 12:38–40; Lucas 20:45–47
11:37 Cuando terminó de hablar, un fariseo lo invitó a comer con él. Jesús entró y se sentó a la mesa.
11:38 El fariseo se asombró al ver que no se había lavado antes de comer.
11:39 El Señor le dijo: «Ustedes, los fariseos, limpian por fuera el vaso y el plato, pero por dentro están llenos de rapiña y maldad.
11:40 ¡Insensatos! ¿Acaso el que hizo lo de afuera no hizo también lo de adentro?
11:41 Más bien, den como limosna lo que hay dentro, y miren, todo estará limpio para ustedes.
11:42 Pero ¡ay de ustedes, fariseos! Porque dan el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, pero pasan por alto la justicia y el amor de Dios. Debían practicar estas cosas sin descuidar aquellas.
11:43 ¡Ay de ustedes, fariseos! Porque aman los primeros asientos en las sinagogas y los saludos en las plazas.
11:44 ¡Ay de ustedes! Porque son como sepulcros que no se ven, y la gente camina sobre ellos sin saberlo».
11:45 Uno de los expertos en la ley le respondió: «Maestro, al decir estas cosas también nos insultas a nosotros».
11:46 Él dijo: «¡Ay también de ustedes, expertos en la ley! Porque cargan a la gente con cargas difíciles de llevar, pero ustedes no las tocan ni con uno de sus dedos.
11:47 ¡Ay de ustedes! Porque construyen los sepulcros de los profetas, pero sus antepasados los mataron.
11:48 Así que son testigos y aprueban las obras de sus antepasados: ellos los mataron y ustedes construyen.
11:49 Por eso también la sabiduría de Dios dijo: “Les enviaré profetas y apóstoles, y a unos matarán y a otros perseguirán”,
11:50 para que a esta generación se le pida cuenta de la sangre de todos los profetas derramada desde la fundación del mundo,
11:51 desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que murió entre el altar y el santuario. Sí, les digo que se le pedirá cuenta a esta generación.
11:52 ¡Ay de ustedes, expertos en la ley! Porque han quitado la llave del conocimiento; ustedes mismos no entraron y se lo impidieron a los que entraban».
11:53 Cuando Jesús salió de allí, los escribas y los fariseos comenzaron a acosarlo con dureza y a interrogarlo sobre muchas cosas,
11:54 acechándolo para atrapar alguna palabra de su boca.

Capítulo 12
La levadura de los fariseos
12:1 Entretanto, se había reunido una multitud de decenas de miles de personas, hasta el punto de pisotearse unos a otros. Comenzó a decir primero a sus discípulos: «Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.
12:2 Nada hay encubierto que no haya de ser revelado, ni oculto que no haya de ser conocido.
12:3 Por tanto, todo lo que hayan dicho en la oscuridad se oirá a la luz, y lo que hayan susurrado al oído en los cuartos interiores se proclamará desde las azoteas.
A quién se debe temer
Mateo 10:26–31
12:4 A ustedes, mis amigos, les digo: no teman a los que matan el cuerpo y después no pueden hacer nada más.
12:5 Les mostraré a quién deben temer: teman a aquel que, después de matar, tiene autoridad para arrojar a la Gehena. Sí, les digo, a ese deben temer.
12:6 ¿No se venden cinco gorriones por dos monedas de cobre? Sin embargo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios.
12:7 Incluso los cabellos de su cabeza están todos contados. No teman; ustedes valen más que muchos gorriones.
La fidelidad a Jesús ante la oposición
Enseñanzas relacionadas: Mateo 10:19–20; Mateo 10:32–33; Mateo 12:31–32
12:8 Les digo que a todo el que me reconozca delante de los hombres, también el Hijo del Hombre lo reconocerá delante de los ángeles de Dios.
12:9 Pero el que me niegue delante de los hombres será negado delante de los ángeles de Dios.
12:10 A todo el que diga una palabra contra el Hijo del Hombre se le perdonará, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.
12:11 Cuando los lleven a las sinagogas y ante los gobernantes y las autoridades, no se preocupen por cómo o con qué defenderse, ni por lo que deban decir,
12:12 porque el Espíritu Santo les enseñará en esa misma hora lo que deben decir».
El rico insensato
12:13 Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo».
12:14 Él le respondió: «Hombre, ¿quién me ha puesto como juez o repartidor sobre ustedes?».
12:15 Y les dijo: «Presten atención y guárdense de toda avaricia, porque la vida de una persona no depende de la abundancia de sus posesiones».
12:16 Les contó esta parábola: «La tierra de un hombre rico produjo una cosecha abundante.
12:17 Él pensaba para sí: “¿Qué haré? No tengo dónde guardar mis frutos”.
12:18 Y dijo: “Esto haré: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes; allí guardaré todo el trigo y mis bienes,
12:19 y le diré a mi alma: ‘Alma, tienes muchos bienes guardados para muchos años. Descansa, come, bebe y alégrate’”.
12:20 Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán tu alma; y lo que has preparado, ¿de quién será?”.
12:21 Así es el que acumula tesoros para sí y no es rico para con Dios».
El afán y la ansiedad
Mateo 6:25–34
12:22 Entonces les dijo a sus discípulos: «Por eso les digo: no se preocupen por su vida, por lo que comerán, ni por su cuerpo, por lo que vestirán.
12:23 Porque la vida es más que el alimento, y el cuerpo más que la ropa.
12:24 Consideren a los cuervos: no siembran ni cosechan, no tienen despensa ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valen ustedes que las aves!
12:25 ¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir un solo momento a su vida?
12:26 Si no pueden hacer ni siquiera lo más pequeño, ¿por qué se preocupan por lo demás?
12:27 Consideren cómo crecen los lirios: no trabajan ni hilan. Pero les digo que ni Salomón, con toda su gloria, se vistió como uno de ellos.
12:28 Y si Dios viste así la hierba que hoy está en el campo y mañana es echada al horno, ¡cuánto más a ustedes, gente de poca fe!
12:29 No anden buscando qué comerán ni qué beberán, ni se mantengan en ansiosa inquietud.
12:30 Porque los pueblos del mundo buscan todas estas cosas, pero su Padre sabe que ustedes las necesitan.
12:31 Más bien, busquen su reino, y estas cosas les serán añadidas.
Tesoro en el cielo
Mateo 6:19–21
12:32 No temas, pequeño rebaño, porque a su Padre le ha agradado darles el reino.
12:33 Vendan sus posesiones y den limosna. Háganse bolsas que no se desgasten, un tesoro inagotable en los cielos, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla.
12:34 Porque donde está su tesoro, allí estará también su corazón.
El siervo vigilante
Enseñanzas relacionadas: Mateo 24:42–44; Marcos 13:33–37
12:35 Tengan la cintura ceñida y las lámparas encendidas,
12:36 y sean como hombres que esperan a que su señor regrese de la boda, para abrirle enseguida cuando llegue y llame.
12:37 Dichosos aquellos esclavos a quienes el señor encuentre velando cuando llegue. En verdad les digo que él se ceñirá, los hará sentarse a la mesa y se acercará a servirles.
12:38 Y si viene en la segunda vigilia o en la tercera y los encuentra así, dichosos ellos.
12:39 Pero sepan esto: si el dueño de la casa supiera a qué hora viene el ladrón, no dejaría que forzara la entrada de su casa.
12:40 También ustedes estén preparados, porque el Hijo del Hombre viene a la hora que no esperan».
Responsabilidad de los siervos ante su señor
Mateo 24:45–51
12:41 Pedro preguntó: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o también para todos?».
12:42 El Señor respondió: «¿Quién es, entonces, el administrador fiel y prudente a quien su señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo la ración de alimento?
12:43 Dichoso aquel esclavo a quien su señor, al llegar, encuentre haciendo así.
12:44 En verdad les digo que lo pondrá a cargo de todos sus bienes.
12:45 Pero si aquel esclavo dice en su corazón: “Mi señor tarda en venir”, y comienza a golpear a los criados y a las criadas, a comer, a beber y a emborracharse,
12:46 el señor de aquel esclavo llegará un día en que este no lo espera y a una hora que no sabe; lo cortará en dos y le asignará su lugar con los infieles.
12:47 El esclavo que conocía la voluntad de su señor y no se preparó ni actuó conforme a su voluntad recibirá muchos azotes.
12:48 Pero el que no la conocía e hizo cosas dignas de azotes recibirá pocos. A todo aquel a quien se le dio mucho se le exigirá mucho; y a quien le confiaron mucho le pedirán más.
Jesús, causa de división
Mateo 10:34–36
12:49 He venido a echar fuego sobre la tierra, ¡y cuánto deseo que ya estuviera encendido!
12:50 Pero debo ser bautizado con un bautismo, y ¡cuánto me angustio hasta que se cumpla!
12:51 ¿Piensan que he venido a dar paz en la tierra? No, les digo, sino división.
12:52 Porque desde ahora habrá cinco en una misma casa divididos, tres contra dos y dos contra tres.
12:53 Estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra».
Discernir el tiempo de la visita de Jesús
Enseñanzas relacionadas: Mateo 16:1–4; Marcos 8:11–13
12:54 Decía también a las multitudes: «Cuando ven una nube que se levanta por el oeste, enseguida dicen: “Viene lluvia”, y así sucede.
12:55 Y cuando sopla el viento del sur, dicen: “Hará calor”, y así sucede.
12:56 ¡Hipócritas! Saben interpretar el aspecto de la tierra y del cielo; ¿cómo no saben interpretar este tiempo?
Arréglate con tu adversario
Mateo 5:25–26
12:57 ¿Por qué no juzgan también por ustedes mismos lo que es justo?
12:58 Cuando vayas con tu adversario ante el magistrado, esfuérzate por arreglarte con él en el camino, no sea que te arrastre ante el juez, el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel.
12:59 Te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado aun el último centavo».

Capítulo 13
Jesús llama al arrepentimiento ante la tragedia
13:1 En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con sus sacrificios.
13:2 Él les respondió: «¿Piensan que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos porque han sufrido estas cosas?
13:3 Les digo que no; pero, si no se arrepienten, todos perecerán igualmente.
13:4 O aquellos dieciocho sobre quienes cayó la torre de Siloé y los mató, ¿piensan que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén?
13:5 Les digo que no; pero, si no se arrepienten, todos perecerán de la misma manera».
Parábola de la higuera estéril
13:6 También les decía esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar fruto en ella, pero no lo encontró.
13:7 Entonces dijo al viñador: “Mira, hace tres años que vengo buscando fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué sigue inutilizando la tierra?”.
13:8 Él le respondió: “Señor, déjala también este año, hasta que cave a su alrededor y le eche estiércol.
13:9 Si en adelante da fruto, bien; y si no, la cortarás”».
Jesús sana a una mujer en el día de reposo
13:10 Jesús enseñaba en una de las sinagogas un sábado.
13:11 Había allí una mujer que desde hacía dieciocho años tenía un espíritu de enfermedad. Estaba encorvada y no podía enderezarse por completo.
13:12 Al verla, Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad».
13:13 Puso las manos sobre ella y al instante se enderezó y glorificaba a Dios.
13:14 Pero el dirigente de la sinagoga, indignado porque Jesús había sanado en sábado, decía a la multitud: «Hay seis días en los que se debe trabajar. Vengan en esos días para ser sanados, y no en el día del sábado».
13:15 El Señor le respondió: «¡Hipócritas! ¿Acaso cada uno de ustedes no desata en sábado su buey o su asno del pesebre y lo lleva a beber?
13:16 Y a esta, que es hija de Abraham, a quien Satanás ha tenido atada ya dieciocho años, ¿no se la debía liberar de esta atadura en el día del sábado?».
13:17 Cuando decía estas cosas, todos sus adversarios quedaban avergonzados, y toda la multitud se alegraba por todas las obras gloriosas que él hacía.
Parábola de la semilla de mostaza
Mateo 13:31–32; Marcos 4:30–32
13:18 Entonces decía: «¿A qué se parece el reino de Dios? ¿Con qué lo compararé?
13:19 Se parece a una semilla de mostaza que un hombre tomó y sembró en su huerto. Creció y se convirtió en un árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas».
Parábola de la levadura
Mateo 13:33
13:20 Y volvió a decir: «¿Con qué compararé el reino de Dios?
13:21 Se parece a la levadura que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó».
La puerta estrecha
Enseñanzas relacionadas: Mateo 7:13–14; Mateo 7:21–23
13:22 Jesús recorría ciudades y aldeas enseñando, mientras iba camino de Jerusalén.
13:23 Uno le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Él les dijo:
13:24 «Esfuércense por entrar por la puerta estrecha, porque les digo que muchos tratarán de entrar y no podrán.
13:25 Cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, ustedes comenzarán a quedarse afuera y a llamar a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”. Pero él les responderá: “No sé de dónde son”.
13:26 Entonces comenzarán a decir: “Comimos y bebimos delante de ti, y enseñaste en nuestras plazas”.
13:27 Pero él les dirá: “No sé de dónde son. Apártense de mí todos los que practican la injusticia”.
13:28 Allí habrá llanto y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, mientras ustedes son echados fuera.
13:29 Vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.
13:30 Y miren, hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos».
Jesús sigue su camino pese a la amenaza de Herodes
13:31 En aquella misma hora se acercaron unos fariseos y le dijeron: «Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte».
13:32 Él les dijo: «Vayan y digan a esa zorra: “Mira, expulso demonios y hago curaciones hoy y mañana, y al tercer día habré llegado a mi término”.
13:33 Sin embargo, debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado mañana, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén.
Jesús lamenta el rechazo de Jerusalén
Mateo 23:37–39
13:34 ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de sus alas, y ustedes no quisieron!
13:35 Miren, su casa les queda abandonada. Les digo que no me verán hasta que llegue el momento en que digan: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”».

Capítulo 14
Jesús sana en sábado a un hombre enfermo
14:1 Un sábado Jesús entró a comer pan en casa de uno de los dirigentes de los fariseos, y ellos lo vigilaban.
14:2 Había delante de él un hombre que padecía de hidropesía.
14:3 Jesús preguntó a los expertos en la ley y a los fariseos: «¿Está permitido sanar en sábado, o no?».
14:4 Ellos guardaron silencio. Él tomó al hombre, lo sanó y lo despidió.
14:5 Luego les dijo: «¿Quién de ustedes, si su hijo o su buey cae en un pozo, no lo sacará enseguida aunque sea sábado?».
14:6 Y no pudieron responder a estas cosas.
Humildad al recibir un lugar a la mesa
14:7 Al observar cómo los invitados escogían los primeros lugares, les decía una parábola:
14:8 «Cuando alguien te invite a una boda, no te sientes en el primer lugar, no sea que haya invitado a alguien más distinguido que tú,
14:9 y venga el que los invitó a ambos y te diga: “Cede el lugar a este”. Entonces, con vergüenza, tendrás que ocupar el último lugar.
14:10 Más bien, cuando te inviten, ve y siéntate en el último lugar, para que, cuando venga el que te invitó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces recibirás honra delante de todos los que estén contigo a la mesa.
14:11 Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Una mesa abierta a quienes no pueden corresponder
14:12 También decía al que lo había invitado: «Cuando ofrezcas un almuerzo o una cena, no llames a tus amigos, a tus hermanos, a tus parientes ni a tus vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez y recibas así tu recompensa.
14:13 Más bien, cuando ofrezcas un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos.
14:14 Serás dichoso porque ellos no tienen con qué recompensarte; pues se te recompensará en la resurrección de los justos».
Parábola de la gran cena
Parábola relacionada: Mateo 22:1–14
14:15 Al oír esto, uno de los que estaban a la mesa le dijo: «¡Dichoso el que coma pan en el reino de Dios!».
14:16 Él le dijo: «Un hombre preparaba una gran cena e invitó a muchos.
14:17 A la hora de la cena envió a su esclavo a decir a los invitados: “Vengan, porque ya está preparado”.
14:18 Pero todos, de común acuerdo, comenzaron a excusarse. El primero le dijo: “He comprado un campo y necesito salir a verlo. Te ruego que me excuses”.
14:19 Otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Te ruego que me excuses”.
14:20 Y otro dijo: “Me he casado y por eso no puedo ir”.
14:21 El esclavo volvió y contó estas cosas a su señor. Entonces el dueño de la casa se enojó y dijo a su esclavo: “Sal de prisa a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos”.
14:22 El esclavo dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste y todavía hay lugar”.
14:23 El señor dijo al esclavo: “Sal a los caminos y a los cercados, y oblígalos a entrar para que se llene mi casa.
14:24 Porque les digo que ninguno de aquellos hombres que fueron invitados probará mi cena”».
Lo que cuesta seguir a Cristo
14:25 Grandes multitudes iban con Jesús. Él se volvió y les dijo:
14:26 «Si alguien viene a mí y no aborrece a su propio padre, a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo.
14:27 Quien viene en pos de mí y no carga su propia cruz no puede ser mi discípulo.
14:28 Porque ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular el costo para ver si tiene con qué terminarla?
14:29 No sea que ponga los cimientos y no pueda terminar, y todos los que lo vean comiencen a burlarse de él,
14:30 diciendo: “Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar”.
14:31 ¿O qué rey, al salir a la guerra contra otro rey, no se sienta primero a considerar si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil?
14:32 Si no puede, cuando el otro aún está lejos, le envía una delegación para pedir condiciones de paz.
14:33 Así, pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee no puede ser mi discípulo.
Cuando la sal pierde su sabor
Enseñanzas relacionadas: Mateo 5:13; Marcos 9:50
14:34 La sal es buena; pero, si hasta la sal pierde su sabor, ¿con qué se la sazonará?
14:35 No sirve ni para la tierra ni para el montón de estiércol; la arrojan fuera. El que tenga oídos para oír, que oiga».

Capítulo 15
Parábola de la oveja perdida
Parábola relacionada: Mateo 18:10–14
15:1 Todos los cobradores de impuestos y los pecadores se acercaban a él para escucharlo.
15:2 Los fariseos y los escribas murmuraban: «Este recibe a pecadores y come con ellos».
15:3 Entonces les contó esta parábola:
15:4 «¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la perdida hasta encontrarla?
15:5 Cuando la encuentra, se la pone sobre los hombros con alegría
15:6 y, al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos y les dice: “Alégrense conmigo, porque he encontrado mi oveja perdida”.
15:7 Les digo que de la misma manera habrá más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse.
Parábola de la moneda perdida
15:8 ¿O qué mujer, si tiene diez monedas de plata y pierde una, no enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla?
15:9 Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: “Alégrense conmigo, porque he encontrado la moneda que había perdido”.
15:10 Del mismo modo, les digo, hay alegría delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente».
Parábola del hijo pródigo
15:11 También dijo: «Un hombre tenía dos hijos.
15:12 El menor le dijo a su padre: “Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde”. Y él les repartió sus bienes.
15:13 Pocos días después, el hijo menor reunió todo y se fue a un país lejano. Allí derrochó sus bienes viviendo desenfrenadamente.
15:14 Cuando lo había gastado todo, sobrevino una gran hambruna en aquel país, y él comenzó a padecer necesidad.
15:15 Fue a ponerse al servicio de un ciudadano de aquel país, quien lo envió a sus campos a cuidar cerdos.
15:16 Deseaba llenarse el vientre con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
15:17 Entonces, volviendo en sí, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, y yo aquí me muero de hambre!
15:18 Me levantaré, iré a mi padre y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y ante ti.
15:19 Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; trátame como a uno de tus jornaleros’”.
15:20 Se levantó y fue a su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se compadeció; corrió, se le echó al cuello y lo besó efusivamente.
15:21 El hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y ante ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo”.
15:22 Pero el padre les dijo a sus esclavos: “Traigan pronto la mejor túnica y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies.
15:23 Traigan el ternero engordado, mátenlo, y comamos y celebremos,
15:24 porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido encontrado”. Y comenzaron a celebrar.
El hermano mayor ante la alegría del padre
15:25 Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando regresó y se acercó a la casa, oyó música y danzas.
15:26 Llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba.
15:27 Él le respondió: “Tu hermano ha vuelto, y tu padre ha matado el ternero engordado porque lo ha recobrado sano”.
15:28 Él se enojó y no quería entrar. Su padre salió y le rogaba que entrara.
15:29 Pero él le respondió a su padre: “Mira, llevo tantos años sirviéndote como esclavo y nunca he desobedecido una orden tuya; sin embargo, nunca me has dado un cabrito para celebrar con mis amigos.
15:30 Pero cuando vino este hijo tuyo, que ha devorado tus bienes con prostitutas, mataste para él el ternero engordado”.
15:31 Él le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo.
15:32 Pero era necesario celebrar y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido encontrado”».

Capítulo 16
Parábola del mayordomo infiel
16:1 También decía a los discípulos: «Había un hombre rico que tenía un administrador. Este fue acusado ante él de malgastar sus bienes.
16:2 Lo llamó y le dijo: “¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Rinde cuentas de tu administración, porque ya no puedes seguir administrando”.
16:3 El administrador pensó: “¿Qué haré, puesto que mi amo me quita la administración? No tengo fuerzas para cavar y me da vergüenza mendigar.
16:4 Ya sé lo que haré para que, cuando me aparten de la administración, me reciban en sus casas”.
16:5 Llamó uno por uno a los deudores de su amo y preguntó al primero: “¿Cuánto le debes a mi amo?”.
16:6 Él respondió: “Cien medidas de aceite”. Le dijo: “Toma tu cuenta, siéntate enseguida y escribe cincuenta”.
16:7 Luego preguntó a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”. Él respondió: “Cien medidas de trigo”. Le dijo: “Toma tu cuenta y escribe ochenta”.
16:8 El amo elogió al administrador injusto porque había actuado con astucia. Porque los hijos de esta era son más astutos en el trato con los de su propia generación que los hijos de la luz.
Usar los bienes con fidelidad a Dios
16:9 Yo les digo: háganse amigos por medio de las riquezas injustas, para que, cuando estas falten, los reciban en las moradas eternas.
16:10 El que es fiel en lo muy poco también es fiel en lo mucho, y el que es injusto en lo muy poco también es injusto en lo mucho.
16:11 Si no han sido fieles en las riquezas injustas, ¿quién les confiará lo verdadero?
16:12 Y si no han sido fieles en lo ajeno, ¿quién les dará lo que es de ustedes?
16:13 Ningún criado puede servir a dos amos: porque odiará a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No pueden servir a Dios y a las riquezas».
El amor al dinero y la justicia aparente
16:14 Los fariseos, que amaban el dinero, escuchaban todas estas cosas y se burlaban de él.
16:15 Él les dijo: «Ustedes son los que se justifican delante de la gente, pero Dios conoce su corazón. Porque lo que la gente tiene por elevado es abominación delante de Dios.
La ley y el reino de Dios
16:16 La ley y los profetas llegaron hasta Juan. Desde entonces se anuncian las buenas noticias del reino de Dios, y todos se esfuerzan por entrar en él.
16:17 Pero es más fácil que pasen el cielo y la tierra que caiga un solo trazo de la ley.
Jesús enseña sobre el divorcio
Enseñanzas relacionadas: Mateo 19:1–12; Marcos 10:1–12.
16:18 Todo el que se divorcia de su esposa y se casa con otra comete adulterio, y el que se casa con una mujer divorciada de su esposo comete adulterio.
El rico y Lázaro
16:19 Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino fino y cada día celebraba espléndidamente.
16:20 Un pobre llamado Lázaro estaba echado junto a su puerta, cubierto de llagas,
16:21 y deseaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico. Hasta los perros venían y le lamían las llagas.
16:22 El pobre murió y fue llevado por los ángeles al regazo de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado.
16:23 En el Hades, en medio de tormentos, levantó la mirada y vio a Abraham a lo lejos y a Lázaro en su regazo.
16:24 Entonces gritó: “Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque sufro en esta llama”.
16:25 Pero Abraham dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida, y Lázaro, en cambio, males. Ahora él es consolado aquí y tú sufres.
16:26 Además de todo esto, hay un gran abismo establecido entre nosotros y ustedes, de modo que los que quieran pasar de aquí hacia ustedes no puedan, ni puedan cruzar de allá hacia nosotros”.
16:27 Él dijo: “Entonces te ruego, padre, que lo envíes a la casa de mi padre,
16:28 porque tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también ellos a este lugar de tormento”.
16:29 Abraham dijo: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen”.
16:30 Él respondió: “No, padre Abraham; pero si alguno de entre los muertos va a ellos, se arrepentirán”.
16:31 Abraham le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se dejarán convencer aunque alguien resucite de entre los muertos”».

Capítulo 17
El cuidado mutuo y el perdón
Enseñanzas relacionadas: Mateo 18:6–7; Mateo 18:21–22; Marcos 9:42.
17:1 Jesús dijo a sus discípulos: «Es inevitable que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel por quien vienen!
17:2 Más le valdría que le pusieran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar que hacer tropezar a uno de estos pequeños.
17:3 Cuídense de ustedes mismos. Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo.
17:4 Si peca contra ti siete veces al día y siete veces vuelve a ti diciendo: “Me arrepiento”, perdónalo».
La confianza en el poder de Dios
17:5 Los apóstoles dijeron al Señor: «Auméntanos la fe».
17:6 El Señor dijo: «Si tuvieran fe como una semilla de mostaza, dirían a esta morera: “Desarráigate y plántate en el mar”, y les obedecería.
Servir a Dios sin reclamar méritos
17:7 ¿Quién de ustedes, si tiene un esclavo arando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Pasa enseguida y siéntate a la mesa”?
17:8 ¿No le dirá más bien: “Prepárame la cena, cíñete y sírveme mientras como y bebo; después comerás y beberás tú”?
17:9 ¿Acaso le da las gracias al esclavo porque hizo lo que se le había mandado?
17:10 Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha mandado, digan: “Somos esclavos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer”».
Diez leprosos son limpiados
17:11 Mientras iba a Jerusalén, Jesús pasaba entre Samaria y Galilea.
17:12 Al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, que se quedaron a cierta distancia
17:13 y levantaron la voz, diciendo: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!».
17:14 Al verlos, les dijo: «Vayan y preséntense ante los sacerdotes». Y mientras iban quedaron limpios.
17:15 Uno de ellos, al ver que había sido sanado, volvió glorificando a Dios con voz fuerte.
17:16 Cayó rostro en tierra a los pies de Jesús y le daba gracias. Él era samaritano.
17:17 Jesús preguntó: «¿No quedaron limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve?
17:18 ¿No se encontró a nadie que volviera a dar gloria a Dios, sino a este extranjero?».
17:19 Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».
La venida del Reino
17:20 Los fariseos le preguntaron cuándo venía el reino de Dios. Él les respondió: «El reino de Dios no viene de un modo que pueda observarse.
17:21 Tampoco dirán: “Miren, aquí está”, o: “Allí está”. Porque miren, el reino de Dios está entre ustedes».
La manifestación del Hijo del Hombre
Enseñanzas relacionadas: Mateo 24:23–28; Mateo 24:36–41.
17:22 Dijo a los discípulos: «Vendrán días en que desearán ver uno de los días del Hijo del Hombre y no lo verán.
17:23 Les dirán: “Miren, allí está”, o: “Miren, aquí está”. No vayan ni los sigan.
17:24 Porque así como el relámpago, al destellar, ilumina desde un extremo del cielo hasta el otro, así será el Hijo del Hombre en su día.
17:25 Pero primero debe sufrir mucho y ser rechazado por esta generación.
17:26 Como sucedió en los días de Noé, así sucederá también en los días del Hijo del Hombre.
17:27 Comían, bebían, se casaban y eran dados en matrimonio, hasta el día en que Noé entró en el arca; llegó el diluvio y los destruyó a todos.
17:28 De la misma manera sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban y construían.
17:29 Pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y los destruyó a todos.
17:30 Así será el día en que el Hijo del Hombre sea revelado.
17:31 En aquel día, el que esté en la azotea y tenga sus bienes en la casa no baje a recogerlos. De igual manera, el que esté en el campo no vuelva atrás.
17:32 Acuérdense de la esposa de Lot.
17:33 El que procure conservar su vida la perderá; pero el que la pierda la mantendrá viva.
17:34 Les digo que aquella noche estarán dos en una misma cama: uno será llevado y el otro será dejado.
17:35 Dos mujeres estarán moliendo juntas: una será llevada y la otra será dejada.
17:36 [Dos estarán en el campo: uno será llevado y el otro será dejado».]
17:37 Ellos le preguntaron: «¿Dónde, Señor?». Él les dijo: «Donde esté el cadáver, allí también se reunirán las águilas».

Capítulo 18
Parábola de la viuda y el juez injusto
18:1 Les contó una parábola para enseñarles que debían orar siempre y no desanimarse.
18:2 Dijo: «En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a ningún hombre.
18:3 En aquella ciudad había también una viuda que acudía a él y le decía: “Hazme justicia frente a mi adversario”.
18:4 Durante algún tiempo él no quiso, pero después se dijo para sí: “Aunque no temo a Dios ni respeto a ningún hombre,
18:5 como esta viuda me está molestando, le haré justicia, para que no acabe agotándome con sus constantes visitas”».
18:6 Entonces el Señor dijo: «Escuchen lo que dice el juez injusto.
18:7 ¿Acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se demorará en responderles?
18:8 Les digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?».
El fariseo y el cobrador de impuestos
18:9 También contó esta parábola a unos que confiaban en sí mismos, considerándose justos, y despreciaban a los demás:
18:10 «Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro cobrador de impuestos.
18:11 El fariseo, de pie, oraba para sí de esta manera: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni siquiera como este cobrador de impuestos.
18:12 Ayuno dos veces por semana y doy el diezmo de todo lo que adquiero”.
18:13 Pero el cobrador de impuestos, de pie a cierta distancia, ni siquiera quería levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “¡Dios, ten misericordia de mí, pecador!”.
18:14 Les digo que este bajó a su casa justificado, y no el otro, porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Jesús bendice a los niños
Mateo 19:13–15; Marcos 10:13–16.
18:15 También le llevaban bebés para que los tocara. Al verlo, los discípulos reprendían a quienes los llevaban.
18:16 Pero Jesús llamó a los niños y dijo: «Dejen a los niños venir a mí y no se lo impidan, porque el reino de Dios es de los que son como ellos.
18:17 En verdad les digo que el que no reciba el reino de Dios como un niño jamás entrará en él».
Un dirigente rico ante el llamado de Jesús
Mateo 19:16–30; Marcos 10:17–31.
18:18 Un dirigente le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?».
18:19 Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno: Dios.
18:20 Conoces los mandamientos: “No cometas adulterio, no asesines, no robes, no des falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre”».
18:21 Él dijo: «Todo esto lo he guardado desde mi juventud».
18:22 Al oírlo, Jesús le dijo: «Todavía te falta una cosa: vende todo lo que tienes y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos. Luego ven y sígueme».
18:23 Al oír estas palabras se puso muy triste, porque era muy rico.
Las riquezas y la salvación
18:24 Jesús lo miró y dijo: «¡Qué difícil es para los que tienen riquezas entrar en el reino de Dios!
18:25 Porque es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios».
18:26 Los que lo oyeron preguntaron: «Entonces, ¿quién puede ser salvo?».
18:27 Él respondió: «Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios».
La promesa para quienes siguen a Jesús
18:28 Pedro dijo: «Mira, nosotros hemos dejado lo nuestro y te hemos seguido».
18:29 Él les dijo: «En verdad les digo que no hay nadie que haya dejado casa, esposa, hermanos, padres o hijos por causa del reino de Dios
18:30 que no reciba mucho más en este tiempo y, en la era venidera, la vida eterna».
Jesús anuncia su muerte y resurrección
Mateo 20:17–19; Marcos 10:32–34.
18:31 Tomó aparte a los Doce y les dijo: «Miren, subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo lo escrito por los profetas acerca del Hijo del Hombre.
18:32 Porque será entregado a los gentiles, se burlarán de él, lo insultarán y lo escupirán.
18:33 Después de azotarlo, lo matarán; y al tercer día resucitará».
18:34 Ellos no comprendieron nada de esto. Aquella palabra les estaba oculta, y no entendían lo que se les decía.
Un ciego de Jericó recibe la vista
Relatos relacionados: Mateo 20:29–34; Marcos 10:46–52.
18:35 Cuando él se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado junto al camino, mendigando.
18:36 Al oír que pasaba una multitud, preguntó qué sucedía.
18:37 Le dijeron que pasaba Jesús el Nazareno.
18:38 Entonces gritó: «¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!».
18:39 Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten misericordia de mí!».
18:40 Jesús se detuvo y ordenó que se lo trajeran. Cuando se acercó, le preguntó:
18:41 «¿Qué quieres que haga por ti?». Él respondió: «Señor, que reciba la vista».
18:42 Jesús le dijo: «Recibe la vista; tu fe te ha salvado».
18:43 Al instante recibió la vista y lo seguía glorificando a Dios. Todo el pueblo, al verlo, dio alabanza a Dios.

Capítulo 19
Jesús y Zaqueo
19:1 Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad.
19:2 Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los recaudadores de impuestos y era rico.
19:3 Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía por causa de la multitud, porque era de baja estatura.
19:4 Así que corrió hacia adelante y subió a un sicómoro para verlo, porque Jesús iba a pasar por allí.
19:5 Cuando Jesús llegó a aquel lugar, levantó la mirada y le dijo: «Zaqueo, baja de prisa, porque hoy debo alojarme en tu casa».
19:6 Él bajó de prisa y lo recibió con alegría.
19:7 Al verlo, todos murmuraban: «Ha entrado a alojarse con un hombre pecador».
19:8 Zaqueo se puso de pie y dijo al Señor: «Mira, Señor, doy a los pobres la mitad de mis bienes; y si he defraudado a alguien en algo, se lo devuelvo cuadruplicado».
19:9 Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque él también es hijo de Abraham.
19:10 Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido».
Parábola de las diez minas
Parábola relacionada: Mateo 25:14–30.
19:11 Mientras escuchaban estas cosas, añadió una parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y ellos pensaban que el reino de Dios iba a manifestarse de inmediato.
19:12 Dijo, pues: «Un hombre de noble nacimiento fue a un país lejano para recibir un reino y regresar.
19:13 Llamó a diez esclavos suyos, les dio unos cinco kilos de plata y les dijo: “Negocien con esto hasta que yo vuelva”.
19:14 Pero sus conciudadanos lo odiaban y enviaron una delegación tras él para decir: “No queremos que este reine sobre nosotros”.
19:15 Cuando regresó, después de recibir el reino, mandó llamar a los esclavos a quienes había dado el dinero para saber qué habían ganado.
19:16 Se presentó el primero y dijo: “Señor, tu dinero ha producido diez veces su valor”.
19:17 Él le dijo: “¡Bien hecho, buen esclavo! Puesto que has sido fiel en lo muy poco, ten autoridad sobre diez ciudades”.
19:18 Vino el segundo y dijo: “Tu dinero, señor, ha producido cinco veces su valor”.
19:19 También a este le dijo: “Tú también estarás al frente de cinco ciudades”.
19:20 Vino el otro y dijo: “Señor, aquí está tu dinero, que he tenido guardado en un pañuelo.
19:21 Porque te tenía miedo, pues eres un hombre severo: tomas lo que no depositaste y cosechas lo que no sembraste”.
19:22 Él le dijo: “Por tu propia boca te juzgo, esclavo malvado. ¿Sabías que soy un hombre severo, que tomo lo que no deposité y cosecho lo que no sembré?
19:23 Entonces, ¿por qué no pusiste mi dinero en un banco? Al volver yo, lo habría cobrado con intereses”.
19:24 Y dijo a los que estaban allí: “Quítenle el dinero y dénselo al que tiene unos cinco kilos de plata”.
19:25 Ellos le dijeron: “Señor, ya tiene unos cinco kilos”.
19:26 “Les digo que a todo el que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.
19:27 En cuanto a esos enemigos míos que no querían que reinara sobre ellos, tráiganlos aquí y ejecútenlos delante de mí”».
La entrada triunfal en Jerusalén
Mateo 21:1–11; Marcos 11:1–11; Juan 12:12–19.
19:28 Después de decir esto, Jesús iba delante de ellos, subiendo a Jerusalén.
19:29 Cuando se acercó a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos de los discípulos,
19:30 diciendo: «Vayan a la aldea de enfrente. Al entrar en ella, encontrarán un burrito atado, en el que nadie ha montado jamás. Desátenlo y tráiganlo.
19:31 Si alguien les pregunta: “¿Por qué lo desatan?”, respondan así: “El Señor lo necesita”».
19:32 Los enviados fueron y encontraron todo como él les había dicho.
19:33 Mientras desataban el burrito, sus dueños les preguntaron: «¿Por qué desatan el burrito?».
19:34 Ellos respondieron: «El Señor lo necesita».
19:35 Lo llevaron a Jesús, echaron sus mantos sobre el burrito e hicieron montar a Jesús.
19:36 Mientras avanzaba, extendían sus mantos en el camino.
19:37 Cuando ya se acercaba a la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos comenzó a alabar a Dios con alegría y con voz fuerte por todos los milagros que habían visto.
19:38 Decían: «¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor!
   ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!».
19:39 Algunos fariseos de la multitud le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos».
19:40 Él respondió: «Les digo que, si estos callan, las piedras clamarán».
El lamento de Jesús por Jerusalén
19:41 Cuando se acercó, al ver la ciudad, lloró por ella,
19:42 diciendo: «¡Si también tú hubieras conocido, al menos en este día tuyo, lo que conduce a tu paz! Pero ahora está oculto a tus ojos.
19:43 Porque vendrán días sobre ti en que tus enemigos levantarán una empalizada contra ti, te rodearán y te estrecharán por todas partes.
19:44 Te arrasarán a ti y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no reconociste el tiempo en que Dios te visitó».
Purificación del templo
Relatos relacionados: Mateo 21:12–17; Marcos 11:15–19. Véase también Juan 2:13–22.
19:45 Entró en el templo y comenzó a expulsar a los vendedores,
19:46 diciéndoles: «Está escrito: “Y mi casa será casa de oración”; pero ustedes la han convertido en cueva de bandidos».
19:47 Enseñaba cada día en el templo. Los principales sacerdotes, los escribas y los dirigentes del pueblo buscaban matarlo,
19:48 pero no encontraban qué hacer, porque todo el pueblo estaba pendiente de él, escuchándolo.

Capítulo 20
La autoridad de Jesús
Mateo 21:23–27; Marcos 11:27–33.
20:1 Un día, mientras Jesús enseñaba al pueblo en el templo y anunciaba las buenas noticias, se presentaron los principales sacerdotes y los escribas, junto con los ancianos,
20:2 y le preguntaron: «Dinos, ¿con qué autoridad haces estas cosas, o quién es el que te dio esta autoridad?».
20:3 Él les respondió: «Yo también les haré una pregunta; respóndanme:
20:4 el bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los seres humanos?».
20:5 Ellos discutieron entre sí: «Si decimos “Del cielo”, dirá: “¿Por qué no le creyeron?”.
20:6 Pero si decimos “De los seres humanos”, todo el pueblo nos apedreará, porque está convencido de que Juan era profeta».
20:7 Así que respondieron que no sabían de dónde era.
20:8 Jesús les dijo: «Tampoco yo les digo con qué autoridad hago estas cosas».
Los labradores malvados
Mateo 21:33–46; Marcos 12:1–12.
20:9 Comenzó a decir al pueblo esta parábola: «Un hombre plantó una viña, la arrendó a unos labradores y se ausentó por mucho tiempo.
20:10 A su debido tiempo envió a un esclavo a los labradores para que le dieran parte del fruto de la viña. Pero los labradores lo golpearon y lo despidieron con las manos vacías.
20:11 Volvió a enviar a otro esclavo, pero también a este lo golpearon, lo maltrataron y lo despidieron con las manos vacías.
20:12 Todavía envió a un tercero, pero también a este lo hirieron y lo echaron fuera.
20:13 Entonces el dueño de la viña dijo: “¿Qué haré? Enviaré a mi hijo amado; tal vez a él lo respeten”.
20:14 Pero, al verlo, los labradores discutían entre sí, diciendo: “Este es el heredero. Matémoslo para que la herencia sea nuestra”.
20:15 Lo echaron fuera de la viña y lo mataron. ¿Qué les hará, entonces, el dueño de la viña?
20:16 Vendrá, destruirá a esos labradores y dará la viña a otros». Al oírlo, dijeron: «¡Que no suceda eso!».
20:17 Él los miró y dijo: «Entonces, ¿qué significa esto que está escrito:
 “La piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en la piedra angular”?
20:18 Todo el que caiga sobre aquella piedra quedará hecho pedazos, y a aquel sobre quien ella caiga lo pulverizará».
20:19 Los escribas y los principales sacerdotes procuraron echarle mano en aquella misma hora, porque comprendieron que había dicho esta parábola contra ellos; pero tuvieron miedo del pueblo.
El tributo al César
Mateo 22:15–22; Marcos 12:13–17.
20:20 Lo vigilaban y enviaron espías que fingían ser justos para atraparlo en alguna palabra, a fin de entregarlo al poder y a la autoridad del gobernador.
20:21 Le preguntaron: «Maestro, sabemos que hablas y enseñas rectamente y que no haces distinción de personas, sino que enseñas con verdad el camino de Dios.
20:22 ¿Nos está permitido pagar tributo al César, o no?».
20:23 Él, al darse cuenta de su astucia, les dijo:
20:24 «Muéstrenme una moneda romana. ¿De quién tiene la imagen y la inscripción?». Ellos respondieron: «Del César».
20:25 Él les dijo: «Pues den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».
20:26 No pudieron atraparlo en ninguna palabra delante del pueblo. Asombrados por su respuesta, guardaron silencio.
La pregunta sobre la resurrección
Mateo 22:23–33; Marcos 12:18–27.
20:27 Se acercaron algunos saduceos, los que niegan que haya resurrección, y le preguntaron:
20:28 «Maestro, Moisés nos escribió que, si un hombre muere teniendo esposa, pero sin hijos, su hermano debe tomar a la mujer y dar descendencia a su hermano.
20:29 Había siete hermanos. El primero tomó esposa y murió sin hijos;
20:30 y el segundo
20:31 y el tercero se casaron con ella. Del mismo modo, los siete no dejaron hijos y murieron.
20:32 Por último murió también la mujer.
20:33 En la resurrección, pues, ¿de cuál de ellos será esposa? Porque los siete la tuvieron por esposa».
20:34 Jesús les dijo: «Los hijos de esta era se casan y son dados en matrimonio;
20:35 pero los considerados dignos de alcanzar aquella era y la resurrección de entre los muertos no se casan ni son dados en matrimonio.
20:36 Porque ya no pueden morir; son iguales a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.
20:37 Que los muertos resucitan, también Moisés lo mostró en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob”.
20:38 Él no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven».
20:39 Algunos escribas respondieron: «Maestro, has hablado bien».
20:40 Porque ya no se atrevían a preguntarle nada.
¿De quién es hijo el Cristo?
Mateo 22:41–46; Marcos 12:35–37.
20:41 Él les dijo: «¿Cómo dicen que el Cristo es hijo de David?
20:42 Porque el mismo David dice en el libro de los Salmos:
 “El Señor dijo a mi Señor: Siéntate a mi derecha,
20:43 hasta que ponga a tus enemigos como estrado de tus pies”.
20:44 David, entonces, lo llama Señor; ¿cómo es su hijo?».
Jesús acusa a los escribas
Enseñanzas relacionadas: Mateo 23:1–36; Marcos 12:38–40; Lucas 11:37–54.
20:45 Mientras todo el pueblo escuchaba, dijo a los discípulos:
20:46 «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta andar con túnicas largas y aman los saludos en las plazas, los primeros asientos en las sinagogas y los primeros lugares en los banquetes.
20:47 Devoran las casas de las viudas y, como pretexto, hacen largas oraciones. Estos recibirán una condena mayor».

Capítulo 21
La ofrenda de la viuda
Marcos 12:41–44.
21:1 Jesús levantó la mirada y vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el tesoro.
21:2 Vio también a una viuda pobre que echaba allí dos monedas pequeñas.
21:3 Y dijo: «Les digo con verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos.
21:4 Porque todos estos han dado para las ofrendas de lo que les sobra, pero ella, de su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir».
Jesús predice la destrucción del templo
Pasajes paralelos: Mateo 24:1–2; Marcos 13:1–2.
21:5 Algunos hablaban del templo, de cómo estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas dedicadas. Él dijo:
21:6 «En cuanto a estas cosas que contemplan, vendrán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada».
Jesús advierte contra el engaño y el temor
Pasajes paralelos: Mateo 24:3–8; Marcos 13:3–8.
21:7 Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederán estas cosas? ¿Y qué señal habrá cuando estén por suceder?».
21:8 Él dijo: «Tengan cuidado de que no los engañen. Porque muchos vendrán en mi nombre, diciendo: “Yo soy”, y: “El tiempo está cerca”. No vayan detrás de ellos.
21:9 Cuando oigan de guerras y revueltas, no se asusten. Porque estas cosas deben suceder primero, pero el fin no vendrá de inmediato».
21:10 Entonces les decía: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino.
21:11 Habrá grandes terremotos y, en diversos lugares, hambres y epidemias. Habrá sucesos aterradores y grandes señales del cielo.
El testimonio de los discípulos bajo persecución
Pasajes paralelos: Mateo 24:9–14; Marcos 13:9–13.
21:12 Pero antes de todo esto les echarán mano y los perseguirán; los entregarán a las sinagogas y a las cárceles, y los llevarán ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre.
21:13 Esto les servirá para dar testimonio.
21:14 Por eso, propónganse en su corazón no preparar de antemano su defensa,
21:15 porque yo les daré palabras y sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir.
21:16 Serán entregados incluso por sus padres, hermanos, parientes y amigos, y a algunos de ustedes los matarán.
21:17 Todos los odiarán por causa de mi nombre.
21:18 Pero ni un cabello de su cabeza se perderá.
21:19 Con su perseverancia ganen sus vidas.
Advertencia ante el asedio de Jerusalén
Enseñanzas relacionadas: Mateo 24:15–22; Marcos 13:14–20.
21:20 Cuando vean a Jerusalén rodeada de ejércitos, sepan entonces que su desolación está cerca.
21:21 Entonces los que estén en Judea huyan a los montes; los que estén dentro de ella salgan, y los que estén en los campos no entren en ella.
21:22 Porque estos son días de retribución, para que se cumpla todo lo que está escrito.
21:23 ¡Ay de las que estén embarazadas y de las que estén amamantando en aquellos días! Porque habrá gran angustia sobre la tierra e ira contra este pueblo.
21:24 Caerán a filo de espada y serán llevados cautivos a todas las naciones. Jerusalén será pisoteada por los gentiles hasta que se cumplan los tiempos de los gentiles.
La venida del Hijo del Hombre
Pasajes paralelos: Mateo 24:29–31; Marcos 13:24–27.
21:25 Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas; y en la tierra, angustia entre las naciones, perplejas ante el estruendo del mar y su agitación.
21:26 La gente desfallecerá de miedo y de expectación por lo que viene sobre el mundo habitado, porque los poderes de los cielos serán sacudidos.
21:27 Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube con poder y gran gloria.
21:28 Cuando estas cosas comiencen a suceder, enderécense y levanten la cabeza, porque su redención está cerca».
La cercanía del reino y la firmeza de la palabra de Jesús
Pasajes paralelos: Mateo 24:32–35; Marcos 13:28–31.
21:29 También les dijo una parábola: «Miren la higuera y todos los árboles.
21:30 Cuando ya brotan, al verlo, ustedes mismos saben que el verano ya está cerca.
21:31 Así también ustedes, cuando vean suceder estas cosas, sepan que el reino de Dios está cerca.
21:32 En verdad les digo que no pasará esta generación hasta que todo suceda.
21:33 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán.
Vigilancia y oración ante el día del Señor
Enseñanzas relacionadas: Mateo 24:42–44; Marcos 13:32–37.
21:34 Cuídense de ustedes mismos, no sea que su corazón se cargue de excesos, de embriaguez y de las preocupaciones de la vida, y aquel día caiga de repente sobre ustedes
21:35 como una trampa. Porque vendrá sobre todos los que habitan en toda la faz de la tierra.
21:36 Velen en todo momento, rogando para que tengan fuerzas para escapar de todas estas cosas que van a suceder y para estar de pie delante del Hijo del Hombre».
21:37 Durante el día enseñaba en el templo, y por las noches salía y se alojaba en el monte llamado de los Olivos.
21:38 Todo el pueblo acudía a él de madrugada para escucharlo en el templo.

Capítulo 22
El complot para matar a Jesús
Pasajes paralelos: Mateo 26:1–5; Mateo 26:14–16; Marcos 14:1–2; Marcos 14:10–11.
Antecedente relacionado: Juan 11:45–53.
22:1 Se acercaba la fiesta de los Panes sin Levadura, llamada Pascua.
22:2 Los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo matarlo, porque temían al pueblo.
22:3 Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era uno de los doce.
22:4 Él fue y habló con los principales sacerdotes y los jefes de la guardia sobre cómo entregárselo.
22:5 Ellos se alegraron y acordaron darle dinero.
22:6 Él aceptó y buscaba una oportunidad para entregárselo sin que estuviera la multitud.
La preparación de la Pascua
Pasajes paralelos: Mateo 26:17–19; Marcos 14:12–16.
22:7 Llegó el día de los Panes sin Levadura, en el que debía sacrificarse el cordero de la Pascua.
22:8 Jesús envió a Pedro y a Juan, diciéndoles: «Vayan y preparen la Pascua para que la comamos».
22:9 Ellos le preguntaron: «¿Dónde quieres que la preparemos?».
22:10 Él les dijo: «Al entrar en la ciudad, les saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo hasta la casa en la que entre,
22:11 y díganle al dueño de la casa: “El Maestro te pregunta: ¿Dónde está la sala en la que voy a comer la Pascua con mis discípulos?”.
22:12 Él les mostrará una sala grande, amueblada, en el piso de arriba. Preparen allí».
22:13 Ellos fueron, encontraron todo como les había dicho y prepararon la Pascua.
La Cena del Señor
Pasajes paralelos: Mateo 26:20–29; Marcos 14:17–25.
Institución y anuncio de la muerte del Señor: 1 Corintios 11:23–26. Relato relacionado de la entrega: Juan 13:21–30.
22:14 Cuando llegó la hora, se recostó a la mesa, y los apóstoles con él.
22:15 Les dijo: «He deseado intensamente comer esta Pascua con ustedes antes de sufrir,
22:16 porque les digo que no volveré a comerla hasta que se cumpla en el reino de Dios».
22:17 Luego tomó una copa, dio gracias y dijo: «Tomen esto y repártanlo entre ustedes,
22:18 porque les digo que desde ahora no beberé del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios».
22:19 Después tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: «Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes. Hagan esto en memoria de mí».
22:20 Del mismo modo, después de cenar, tomó la copa y dijo: «Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que es derramada por ustedes.
22:21 Pero miren, la mano del que me entrega está conmigo en la mesa.
22:22 Porque el Hijo del Hombre va según lo que se ha determinado, pero ¡ay de aquel hombre por medio del cual es entregado!».
22:23 Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros cuál de ellos sería el que iba a hacer eso.
La grandeza en el servicio
Enseñanzas relacionadas: Mateo 20:25–28; Marcos 10:42–45. El servicio del Señor en la cena: Juan 13:1–17.
22:24 También surgió entre ellos una disputa sobre cuál de ellos era considerado el mayor.
22:25 Él les dijo: «Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen autoridad sobre ellas son llamados bienhechores.
22:26 Pero ustedes no deben ser así. Al contrario, el mayor entre ustedes debe hacerse como el más joven, y el que dirige, como el que sirve.
22:27 Porque ¿quién es mayor: el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Sin embargo, yo estoy entre ustedes como el que sirve.
La promesa de participar en el reino
Enseñanza relacionada: Mateo 19:27–30.
22:28 Ustedes son los que han permanecido conmigo en mis pruebas.
22:29 Y yo les concedo un reino, como mi Padre me lo concedió a mí,
22:30 para que coman y beban a mi mesa en mi reino; y se sentarán en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
Jesús anuncia la negación de Pedro
Pasajes paralelos: Mateo 26:31–35; Marcos 14:27–31; Juan 13:36–38.
22:31 Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido zarandearlos a ustedes como al trigo.
22:32 Pero yo he rogado por ti para que tu fe no falle. Y tú, cuando hayas vuelto, fortalece a tus hermanos».
22:33 Él le dijo: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo tanto a la cárcel como a la muerte».
22:34 Pero Jesús respondió: «Te digo, Pedro, que hoy no cantará el gallo antes de que hayas negado tres veces que me conoces».
Bolsa, alforja y espada
22:35 Entonces les preguntó: «Cuando los envié sin bolsa de dinero, sin alforja y sin sandalias, ¿les faltó algo?». Ellos respondieron: «Nada».
22:36 Él les dijo: «Pero ahora, el que tenga una bolsa de dinero, que la lleve, y también una alforja. Y el que no tenga espada, que venda su manto y compre una.
22:37 Porque les digo que debe cumplirse en mí esto que está escrito: “Fue contado entre los transgresores”. Pues lo que se refiere a mí llega a su cumplimiento».
22:38 Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas». Él les respondió: «Basta».
Jesús ora en Getsemaní
Pasajes paralelos: Mateo 26:36–46; Marcos 14:32–42.
22:39 Luego salió y fue, como de costumbre, al monte de los Olivos; los discípulos también lo siguieron.
22:40 Cuando llegó al lugar, les dijo: «Oren para no entrar en tentación».
22:41 Se apartó de ellos como a un tiro de piedra, se puso de rodillas y oraba,
22:42 diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».
22:43 Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo fortalecía.
22:44 Y, estando en agonía, oraba con más intensidad. Su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre que caían al suelo.
22:45 Cuando se levantó de la oración y fue a los discípulos, los encontró dormidos a causa de la tristeza.
22:46 Les dijo: «¿Por qué duermen? Levántense y oren para no entrar en tentación».
Arresto de Jesús
Pasajes paralelos: Mateo 26:47–56; Marcos 14:43–50; Juan 18:2–11.
22:47 Mientras todavía hablaba, apareció una multitud. El llamado Judas, uno de los doce, iba al frente de ellos y se acercó a Jesús para besarlo.
22:48 Pero Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?».
22:49 Cuando los que estaban con él vieron lo que iba a suceder, preguntaron: «Señor, ¿herimos con la espada?».
22:50 Y uno de ellos hirió al esclavo del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha.
22:51 Pero Jesús respondió: «¡Basta ya!». Y, tocándole la oreja, lo sanó.
22:52 Entonces Jesús dijo a los principales sacerdotes, a los jefes de la guardia del templo y a los ancianos que habían venido contra él: «¿Han salido con espadas y palos como contra un bandido?
22:53 Cada día estaba con ustedes en el templo, y no extendieron las manos contra mí. Pero esta es su hora y el dominio de las tinieblas».
Pedro niega a Jesús
Pasajes paralelos: Mateo 26:57–58; Mateo 26:69–75; Marcos 14:53–54; Marcos 14:66–72; Juan 18:12–18; Juan 18:25–27.
22:54 Lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en la casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía de lejos.
22:55 Encendieron un fuego en medio del patio y se sentaron juntos; Pedro se sentó entre ellos.
22:56 Una criada lo vio sentado junto al fuego, lo miró fijamente y dijo: «Este también estaba con él».
22:57 Pero él lo negó, diciendo: «Mujer, no lo conozco».
22:58 Poco después, otro lo vio y dijo: «Tú también eres uno de ellos». Pero Pedro respondió: «Hombre, no lo soy».
22:59 Pasada cerca de una hora, otro insistía: «Sin duda, este también estaba con él, porque también es galileo».
22:60 Pero Pedro dijo: «Hombre, no sé de qué hablas». Y al instante, mientras todavía hablaba, cantó un gallo.
22:61 Entonces el Señor se volvió y miró fijamente a Pedro. Pedro recordó lo que el Señor le había dicho: «Hoy, antes de que cante el gallo, me negarás tres veces».
22:62 Y salió afuera y lloró amargamente.
Golpes y burlas contra Jesús
Pasajes paralelos: Mateo 26:67–68; Marcos 14:65.
22:63 Los hombres que custodiaban a Jesús se burlaban de él y lo golpeaban.
22:64 Le cubrieron el rostro y le preguntaban: «¡Profetiza! ¿Quién te golpeó?».
22:65 Y decían muchas otras cosas, insultándolo.
Jesús ante el concilio
Interrogatorios relacionados: Mateo 26:59–66; Marcos 14:55–64; Juan 18:19–24.
Reunión al amanecer y entrega a Pilato: Mateo 27:1–2; Marcos 15:1.
22:66 Cuando se hizo de día, se reunió el consejo de ancianos del pueblo, tanto los principales sacerdotes como los escribas, y lo llevaron ante su concilio,
22:67 diciendo: «Si tú eres el Cristo, dínoslo». Él les respondió: «Si se lo digo, no creerán;
22:68 y si les pregunto, no responderán.
22:69 Pero desde ahora el Hijo del Hombre estará sentado a la derecha del poder de Dios».
22:70 Entonces todos preguntaron: «¿Así que tú eres el Hijo de Dios?». Él les dijo: «Ustedes dicen que lo soy».
22:71 Ellos dijeron: «¿Qué necesidad tenemos ya de testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca».

Capítulo 23
Jesús ante Pilato
Pasajes paralelos: Mateo 27:1–2; Mateo 27:11–14; Marcos 15:1–5; Juan 18:28–38.
23:1 Entonces todos ellos se levantaron y lo llevaron ante Pilato.
23:2 Comenzaron a acusarlo, diciendo: «Hemos encontrado a este hombre extraviando a nuestra nación, prohibiendo pagar impuestos al César y diciendo que él es el Cristo, un rey».
23:3 Pilato le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Él le respondió: «Tú lo dices».
23:4 Entonces Pilato dijo a los principales sacerdotes y a la multitud: «No encuentro ningún delito en este hombre».
23:5 Pero ellos insistían: «Alborota al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí».
Jesús ante Herodes
23:6 Al oír esto, Pilato preguntó si el hombre era galileo.
23:7 Y, al saber que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió a Herodes, que también estaba en Jerusalén en aquellos días.
23:8 Herodes se alegró mucho al ver a Jesús, porque desde hacía bastante tiempo deseaba verlo por lo que había oído de él, y esperaba verlo realizar alguna señal.
23:9 Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada.
23:10 Los principales sacerdotes y los escribas estaban allí, acusándolo con vehemencia.
23:11 Entonces Herodes, junto con sus soldados, lo despreció y se burló de él; le puso un vestido espléndido y lo envió de regreso a Pilato.
23:12 Ese mismo día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes estaban enemistados.
Jesús sentenciado a muerte
Pasajes paralelos: Mateo 27:15–26; Marcos 15:6–15; Juan 18:38–40; Juan 19:1–16.
23:13 Pilato reunió a los principales sacerdotes, a los gobernantes y al pueblo,
23:14 y les dijo: «Me han traído a este hombre como a uno que extravía al pueblo. Pero lo he interrogado delante de ustedes y no he encontrado en él ningún delito de los que lo acusan.
23:15 Tampoco Herodes, pues nos lo ha devuelto. Como ven, no ha hecho nada que merezca la muerte.
23:16 Así que lo castigaré y lo dejaré libre».
23:17 [Él tenía la obligación de ponerles en libertad a un preso en cada fiesta.]
23:18 Pero todos gritaron a una: «¡Fuera con este! ¡Suéltanos a Barrabás!».
23:19 Este había sido encarcelado por una revuelta ocurrida en la ciudad y por un homicidio.
23:20 Pilato volvió a hablarles, queriendo dejar libre a Jesús.
23:21 Pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!».
23:22 Él les dijo por tercera vez: «¿Pues qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte. Así que lo castigaré y lo dejaré libre».
23:23 Pero ellos insistían a grandes voces, pidiendo que fuera crucificado, y sus gritos prevalecieron.
23:24 Entonces Pilato decidió que se hiciera lo que pedían.
23:25 Dejó libre al que había sido encarcelado por revuelta y homicidio, al que ellos pedían, y entregó a Jesús a la voluntad de ellos.
Crucifixión y muerte de Jesús
Pasajes paralelos: Mateo 27:32–56; Marcos 15:21–41; Juan 19:17–30.
23:26 Cuando se lo llevaban, agarraron a un hombre llamado Simón, de Cirene, que venía del campo, y le pusieron la cruz encima para que la llevara detrás de Jesús.
Jesús advierte a las mujeres de Jerusalén
23:27 Lo seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él.
23:28 Jesús se volvió hacia ellas y dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes mismas y por sus hijos.
23:29 Porque vienen días en que dirán: “Dichosas las estériles, los vientres que no dieron a luz y los pechos que no amamantaron”.
23:30 Entonces comenzarán a decir a los montes: “¡Caigan sobre nosotros!”, y a las colinas: “¡Cúbrannos!”.
23:31 Porque si hacen estas cosas con el árbol verde, ¿qué sucederá con el seco?».
23:32 También llevaban a otros dos, que eran malhechores, para ejecutarlos junto con él.
Jesús es crucificado entre malhechores
23:33 Cuando llegaron al lugar llamado la Calavera, lo crucificaron allí, junto con los malhechores, uno a su derecha y otro a su izquierda.
23:34 Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Y se repartieron su ropa echando suertes.
23:35 El pueblo permanecía allí mirando. También los gobernantes se burlaban, diciendo: «A otros salvó; que se salve a sí mismo, si él es el Cristo de Dios, el Elegido».
23:36 Los soldados también se burlaban de él; se acercaban, le ofrecían vino agrio
23:37 y decían: «Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».
23:38 También había sobre él una inscripción: «Este es el rey de los judíos».
Los dos malhechores y la promesa de Jesús
23:39 Uno de los malhechores colgados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!».
23:40 Pero el otro lo reprendió: «¿Ni siquiera temes a Dios, estando bajo la misma condena?
23:41 Nosotros estamos condenados justamente, porque recibimos lo que merecen nuestros hechos; pero este no ha hecho nada malo».
23:42 Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino».
23:43 Él le respondió: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».
La muerte de Jesús y las señales que la acompañan
23:44 Ya era cerca del mediodía, y hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta las tres de la tarde,
23:45 pues la luz del sol se apagó. Y el velo del santuario se rasgó por la mitad.
23:46 Entonces Jesús gritó con voz fuerte: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y, después de decir esto, expiró.
23:47 Al ver lo sucedido, el centurión glorificaba a Dios, diciendo: «Verdaderamente este hombre era justo».
23:48 Toda la multitud que se había reunido para ver aquel espectáculo, al contemplar lo ocurrido, regresaba golpeándose el pecho.
23:49 Pero todos sus conocidos permanecían a distancia, junto con las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, mirando estas cosas.
Jesús es sepultado
Pasajes paralelos: Mateo 27:57–61; Marcos 15:42–47; Juan 19:38–42.
23:50 Había un hombre llamado José, miembro del concilio, hombre bueno y justo.
23:51 Él no había estado de acuerdo con la decisión ni con las acciones de ellos. Era de Arimatea, ciudad de los judíos, y esperaba el reino de Dios.
23:52 Este fue ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús.
23:53 Después de bajarlo, lo envolvió en un lienzo de lino y lo puso en un sepulcro excavado en la roca, donde todavía no se había colocado a nadie.
23:54 Era el día de la Preparación, y el sábado estaba por comenzar.
23:55 Las mujeres que habían venido con él desde Galilea lo siguieron y vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo.
23:56 Luego regresaron y prepararon especias aromáticas y ungüentos. Y el sábado descansaron conforme al mandamiento.

Capítulo 24
La resurrección
Relatos de la visita al sepulcro y del anuncio: Mateo 28:1–10; Marcos 16:1–8; Juan 20:1–10.
24:1 El primer día de la semana, muy de madrugada, fueron al sepulcro llevando las especias aromáticas que habían preparado.
24:2 Encontraron que la piedra había sido apartada del sepulcro,
24:3 pero al entrar no encontraron el cuerpo.
24:4 Mientras estaban perplejas por esto, de pronto se presentaron junto a ellas dos hombres con ropa resplandeciente.
24:5 Ellas se asustaron e inclinaron el rostro hacia el suelo. Los hombres les dijeron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que vive?
24:6 No está aquí, sino que ha resucitado. Recuerden cómo les habló cuando aún estaba en Galilea,
24:7 diciendo que el Hijo del Hombre debía ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y resucitar al tercer día».
24:8 Entonces recordaron sus palabras
24:9 y, al regresar del sepulcro, contaron todo esto a los Once y a todos los demás.
24:10 Eran María Magdalena, Juana y María la madre de Jacobo, y las demás que estaban con ellas. Les contaban estas cosas a los apóstoles.
24:11 Pero estas palabras les parecían un disparate, y no les creían.
24:12 Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Al inclinarse para mirar, vio solo los lienzos; y se fue a su casa, asombrado por lo sucedido.
En el camino a Emaús
Relato relacionado: Marcos 16:12–13.
24:13 Ese mismo día, dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén.
24:14 Conversaban entre sí sobre todas las cosas que habían sucedido.
24:15 Mientras conversaban y discutían, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos.
24:16 Pero sus ojos estaban velados para que no lo reconocieran.
24:17 Él les preguntó: «¿Qué conversación es esta que llevan entre ustedes mientras caminan?». Ellos se detuvieron, tristes.
24:18 Uno de ellos, llamado Cleofas, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha sucedido allí en estos días?».
24:19 Él les preguntó: «¿Qué cosas?». Ellos respondieron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obra y palabra delante de Dios y de todo el pueblo;
24:20 cómo los principales sacerdotes y nuestros gobernantes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron.
24:21 Nosotros esperábamos que él fuera quien iba a redimir a Israel. Además de todo esto, hoy es ya el tercer día desde que estas cosas sucedieron.
24:22 También unas mujeres de nuestro grupo nos han asombrado. Fueron muy temprano al sepulcro
24:23 y, al no encontrar su cuerpo, regresaron diciendo que también habían visto una visión de ángeles, quienes dicen que él vive.
24:24 Algunos de los que estaban con nosotros fueron al sepulcro y lo encontraron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no lo vieron».
24:25 Entonces él les dijo: «¡Insensatos y lentos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas!
24:26 ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y entrara en su gloria?».
24:27 Comenzando por Moisés y por todos los profetas, les explicó en todas las Escrituras lo que se refería a él mismo.
24:28 Se acercaron a la aldea adonde iban, y él hizo como que seguiría más adelante.
24:29 Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Entró, pues, para quedarse con ellos.
24:30 Cuando se sentó a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.
24:31 Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista.
24:32 Se dijeron unos a otros: «¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el camino y nos abría las Escrituras?».
24:33 En esa misma hora se levantaron y regresaron a Jerusalén. Encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos,
24:34 que decían: «¡El Señor ha resucitado de verdad y se ha aparecido a Simón!».
24:35 Ellos, por su parte, contaban lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Jesús se aparece a los discípulos
Aparición a los discípulos en Jerusalén: Juan 20:19–23. Otras apariciones y la comisión del Resucitado: Mateo 28:16–20; Marcos 16:14–18.
24:36 Mientras hablaban de estas cosas, él mismo se puso en medio de ellos.
24:37 Sobresaltados y llenos de temor, pensaban que veían un espíritu.
24:38 Él les dijo: «¿Por qué están turbados? ¿Por qué surgen dudas en su corazón?
24:39 Miren mis manos y mis pies: soy yo mismo. Tóquenme y vean, porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo».
24:40 Dicho esto, les mostró las manos y los pies.
24:41 Como todavía no creían por la alegría y estaban asombrados, les preguntó: «¿Tienen aquí algo de comer?».
24:42 Le dieron un trozo de pescado asado,
24:43 y él lo tomó y lo comió delante de ellos.
Las Escrituras, el testimonio y la promesa del Padre
24:44 Les dijo: «Estas son las palabras que les dije cuando aún estaba con ustedes: debe cumplirse todo lo escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos».
24:45 Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras
24:46 y les dijo: «Así está escrito: el Cristo había de padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día,
24:47 y en su nombre habían de proclamarse el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén.
24:48 Ustedes son testigos de estas cosas.
24:49 Miren, yo envío sobre ustedes la promesa de mi Padre; pero ustedes permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos de poder desde lo alto».
La ascensión
La ascensión del Señor: Marcos 16:19–20; Hechos 1:9–11.
24:50 Los llevó hasta cerca de Betania y, levantando las manos, los bendijo.
24:51 Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.
24:52 Ellos lo adoraron y regresaron a Jerusalén con gran alegría,
24:53 y estaban continuamente en el templo, bendiciendo a Dios.

JUAN

Capítulo 1
El Verbo hecho carne
1:1 En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.
1:2 Él estaba en el principio con Dios.
1:3 Todo fue hecho por medio de él, y sin él no fue hecho nada de lo que ha sido hecho.
1:4 En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
1:5 La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.
Juan, testigo de la luz
1:6 Hubo un hombre enviado por Dios, llamado Juan.
1:7 Él vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por medio de él.
1:8 Él no era la luz, sino que vino para dar testimonio de la luz.
1:9 La luz verdadera, que ilumina a todo ser humano, venía al mundo.

1:10 Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de él, pero el mundo no lo conoció.
1:11 Vino a lo suyo, y los suyos no lo recibieron.
Hijos de Dios por la fe en Jesucristo

1:12 Pero a todos los que lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios.
1:13 Estos no nacieron de sangre, ni de voluntad de la carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.
El Verbo encarnado revela al Padre

1:14 Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
   Contemplamos su gloria, gloria como la del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
1:15 Juan da testimonio de él y ha proclamado: «Este era aquel de quien dije: “El que viene después de mí está por delante de mí, porque existía antes que yo”».
1:16 Porque de su plenitud todos hemos recibido, y gracia sobre gracia.
1:17 Pues la ley fue dada por medio de Moisés;
   la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
1:18 A Dios nadie lo ha visto jamás.
   El Unigénito, que es Dios y está en el seno del Padre, lo ha dado a conocer.
Testimonio de Juan el Bautista
Enseñanzas relacionadas sobre el testimonio de Juan y el que viene después de él: Mateo 3:11–12; Marcos 1:7–8; Lucas 3:15–17.
1:19 Este es el testimonio de Juan cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas para preguntarle: «¿Tú quién eres?».
1:20 Él confesó, y no lo negó, sino que confesó: «Yo no soy el Cristo».
1:21 Le preguntaron: «¿Qué, entonces? ¿Eres tú Elías?». Él dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el Profeta?». Respondió: «No».
1:22 Entonces le dijeron: «¿Quién eres? Tenemos que dar una respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?».
1:23 Él dijo: «Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: “Enderecen el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías».
1:24 Los enviados eran de los fariseos.
1:25 Y le preguntaron: «¿Por qué, entonces, bautizas, si no eres el Cristo, ni Elías, ni el Profeta?».
1:26 Juan les respondió: «Yo bautizo con agua. En medio de ustedes está uno a quien ustedes no conocen,
1:27 el que viene después de mí, a quien no soy digno de desatarle la correa de la sandalia».
1:28 Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.
El Cordero de Dios
1:29 Al día siguiente, vio a Jesús que venía hacia él y dijo: «¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!
1:30 Este es aquel de quien dije: “Después de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”.
1:31 Yo no lo conocía, pero por esto vine bautizando con agua: para que él fuera manifestado a Israel».
El Espíritu permanece sobre Jesús
1:32 Juan dio testimonio, diciendo: «He visto al Espíritu descender del cielo como una paloma y permanecer sobre él.
1:33 Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo”.
1:34 Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Elegido de Dios».
Los primeros discípulos
1:35 Al día siguiente, Juan estaba de nuevo allí con dos de sus discípulos.
1:36 Miró a Jesús que caminaba por allí y dijo: «¡He aquí el Cordero de Dios!».
1:37 Los dos discípulos lo oyeron hablar y siguieron a Jesús.
1:38 Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les preguntó: «¿Qué buscan?». Ellos le dijeron: «Rabí —que traducido significa Maestro—, ¿dónde te hospedas?».
1:39 Él les respondió: «Vengan y verán». Fueron, pues, y vieron dónde se hospedaba, y se quedaron con él aquel día. Eran cerca de las cuatro de la tarde.
1:40 Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús.
1:41 Primero encontró a su propio hermano Simón y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías» —que traducido significa Cristo—.
1:42 Lo llevó a Jesús. Jesús lo miró fijamente y dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan; tú serás llamado Cefas» —que se traduce Pedro—.
Jesús llama a Felipe y a Natanael
1:43 Al día siguiente, Jesús quiso salir hacia Galilea. Encontró a Felipe y le dijo: «Sígueme».
1:44 Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro.
1:45 Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas: Jesús, el hijo de José, de Nazaret».
1:46 Natanael le preguntó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?». Felipe le respondió: «Ven y ve».
1:47 Jesús vio a Natanael que venía hacia él y dijo de él: «¡Aquí hay un verdadero israelita, en quien no hay engaño!».
1:48 Natanael le preguntó: «¿De dónde me conoces?». Jesús le respondió: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».
1:49 Natanael le respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel».
1:50 Jesús le contestó: «¿Crees porque te dije que te vi debajo de la higuera? Verás cosas mayores que estas».
1:51 Y le dijo: «En verdad, en verdad les digo: verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre».

Capítulo 2
Las bodas de Caná
2:1 Al tercer día hubo una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí.
2:2 También Jesús y sus discípulos fueron invitados a la boda.
2:3 Cuando se acabó el vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino».
2:4 Jesús le respondió: «Mujer, ¿por qué me dices esto? Todavía no ha llegado mi hora».
2:5 Su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga».
2:6 Había allí seis tinajas de piedra para agua, destinadas a la purificación de los judíos. Cada una tenía una capacidad aproximada de entre setenta y cinco y ciento trece litros.
2:7 Jesús les dijo: «Llenen las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba.
2:8 Luego les dijo: «Saquen ahora y llévenselo al encargado del banquete». Y se lo llevaron.
2:9 Cuando el encargado del banquete probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde venía —aunque los sirvientes que habían sacado el agua sí lo sabían—, llamó al novio
2:10 y le dijo: «Todo el mundo sirve primero el buen vino y, cuando ya se han embriagado, el de menor calidad. Tú has guardado el buen vino hasta ahora».
2:11 Este fue el comienzo de las señales que Jesús hizo en Caná de Galilea. Manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.
2:12 Después de esto bajó a Capernaúm, él con su madre, sus hermanos y sus discípulos, y permanecieron allí pocos días.
Jesús purifica el templo
Relatos relacionados de la intervención de Jesús en el templo, situados en los días finales de su ministerio: Mateo 21:12–13; Marcos 11:15–18; Lucas 19:45–46.
2:13 Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
2:14 Encontró en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados.
2:15 Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del templo, tanto a las ovejas como a los bueyes. Esparció las monedas de los cambistas y volcó sus mesas.
2:16 A los que vendían palomas les dijo: «¡Saquen esto de aquí! ¡No hagan de la casa de mi Padre un mercado!».
2:17 Sus discípulos recordaron que está escrito: «El celo por tu casa me consumirá».
2:18 Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué señal nos muestras, ya que haces estas cosas?».
El anuncio de la muerte y resurrección de Jesús
2:19 Jesús les respondió: «Destruyan este santuario, y en tres días lo levantaré».
2:20 Los judíos dijeron: «Este santuario fue construido en cuarenta y seis años, ¿y tú lo levantarás en tres días?».
2:21 Pero él hablaba del santuario de su cuerpo.
2:22 Por eso, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos recordaron que había dicho esto y creyeron en la Escritura y en la palabra que Jesús había dicho.
Jesús conoce a todos los hombres
2:23 Mientras estaba en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver las señales que hacía.
2:24 Pero Jesús mismo no se confiaba a ellos, porque conocía a todos
2:25 y no necesitaba que nadie le diera testimonio acerca del ser humano, pues él sabía lo que había en el ser humano.

Capítulo 3
Jesús y Nicodemo
3:1 Había un hombre de los fariseos llamado Nicodemo, un dirigente de los judíos.
3:2 Este fue de noche a Jesús y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer estas señales que tú haces si Dios no está con él».
El nuevo nacimiento y la vida del Espíritu
3:3 Jesús le respondió: «En verdad, en verdad te digo: si alguien no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios».
3:4 Nicodemo le preguntó: «¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer?».
3:5 Jesús respondió: «En verdad, en verdad te digo: si alguien no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.
3:6 Lo que ha nacido de la carne es carne, y lo que ha nacido del Espíritu es espíritu.
3:7 No te sorprendas de que te haya dicho: “Ustedes deben nacer de nuevo”.
3:8 El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
3:9 Nicodemo le preguntó: «¿Cómo pueden suceder estas cosas?».
3:10 Jesús le respondió: «¿Tú eres el maestro de Israel y no entiendes estas cosas?
3:11 En verdad, en verdad te digo que hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no reciben nuestro testimonio.
3:12 Si les he hablado de las cosas terrenales y no creen, ¿cómo creerán si les hablo de las celestiales?
3:13 Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre, que está en el cielo.
El Hijo del Hombre levantado para dar vida
3:14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del Hombre,
3:15 para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
El amor de Dios y la vida eterna en su Hijo
3:16 Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna.
3:17 Pues Dios no envió al Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvado por medio de él.
3:18 El que cree en él no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios.
La respuesta a la luz
3:19 Y esta es la condena: la luz ha venido al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
3:20 Porque todo el que practica el mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean puestas al descubierto.
3:21 Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que se manifieste que sus obras han sido hechas en Dios».
El amigo del esposo
3:22 Después de esto, Jesús y sus discípulos fueron a la región de Judea; allí pasaba tiempo con ellos y bautizaba.
3:23 Juan también estaba bautizando en Enón, cerca de Salim, porque allí había mucha agua. La gente acudía y era bautizada,
3:24 pues Juan todavía no había sido encarcelado.
3:25 Entonces surgió una discusión entre los discípulos de Juan y un judío acerca de la purificación.
3:26 Fueron a Juan y le dijeron: «Rabí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú has dado testimonio, mira, está bautizando y todos van a él».
3:27 Juan respondió: «Nadie puede recibir nada si no le ha sido dado del cielo.
3:28 Ustedes mismos son testigos de que dije: “Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él”.
3:29 El que tiene a la novia es el novio. Pero el amigo del novio, que está allí y lo escucha, se alegra mucho al oír la voz del novio. Por eso, esta alegría mía ha llegado a su plenitud.
3:30 Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe.
La autoridad del Hijo y el don de la vida
3:31 El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos.
3:32 Da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio.
3:33 El que recibe su testimonio ha confirmado que Dios es veraz.
3:34 Porque aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios, pues da el Espíritu sin medida.
3:35 El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano.
3:36 El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que desobedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él».

Capítulo 4
Jesús y la mujer samaritana
4:1 Cuando Jesús supo que los fariseos habían oído que Jesús hacía y bautizaba más discípulos que Juan
4:2 —aunque no era Jesús mismo quien bautizaba, sino sus discípulos—,
4:3 dejó Judea y se fue de nuevo a Galilea.
4:4 Tenía que pasar por Samaria.
4:5 Llegó a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca del terreno que Jacob había dado a su hijo José.
4:6 Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del viaje, se sentó junto al pozo. Era cerca del mediodía.
4:7 Llegó una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dijo: «Dame de beber».
4:8 Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
4:9 La mujer samaritana le dijo: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?». Porque los judíos no tienen trato con los samaritanos.
El don de Dios y la promesa del agua viva
4:10 Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido y él te habría dado agua viva».
4:11 La mujer le dijo: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es profundo. ¿De dónde, entonces, tienes esa agua viva?
4:12 ¿Acaso eres mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo y bebió de él, lo mismo que sus hijos y sus ganados?».
4:13 Jesús le respondió: «Todo el que bebe de esta agua volverá a tener sed,
4:14 pero el que beba del agua que yo le daré jamás tendrá sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna».
4:15 La mujer le dijo: «Señor, dame esa agua, para que no tenga sed ni tenga que venir aquí a sacarla».
Jesús conoce la vida de la mujer
4:16 Él le dijo: «Ve, llama a tu marido y ven aquí».
4:17 La mujer le respondió: «No tengo marido». Jesús le dijo: «Has dicho bien: “No tengo marido”,
4:18 porque has tenido cinco maridos, y el que ahora tienes no es tu marido. En esto has dicho la verdad».
4:19 La mujer le dijo: «Señor, veo que eres profeta.
La adoración al Padre en espíritu y en verdad
4:20 Nuestros padres adoraron en este monte, pero ustedes dicen que en Jerusalén está el lugar donde se debe adorar».
4:21 Jesús le dijo: «Créeme, mujer: viene la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre.
4:22 Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.
4:23 Pero viene la hora, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque el Padre busca a quienes lo adoren así.
4:24 Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad».
4:25 La mujer le dijo: «Sé que viene el Mesías, llamado Cristo. Cuando él venga, nos anunciará todas las cosas».
4:26 Jesús le dijo: «Yo soy, el que habla contigo».
La mujer anuncia su encuentro con Jesús
4:27 En ese momento llegaron sus discípulos y se asombraron de que hablara con una mujer. Sin embargo, ninguno dijo: «¿Qué buscas?» o «¿Por qué hablas con ella?».
4:28 La mujer dejó su cántaro, fue a la ciudad y les dijo a los hombres:
4:29 «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será este el Cristo?».
4:30 Salieron de la ciudad y se dirigían hacia él.
La voluntad del Padre y los campos preparados
4:31 Mientras tanto, los discípulos le rogaban: «Rabí, come».
4:32 Él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen».
4:33 Entonces los discípulos se decían unos a otros: «¿Le habrá traído alguien de comer?».
4:34 Jesús les dijo: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.
4:35 ¿No dicen ustedes: “Aún faltan cuatro meses y llega la cosecha”? Pues yo les digo: levanten los ojos y miren los campos, que ya están blancos para la cosecha.
4:36 El que cosecha recibe salario y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra y el que cosecha se alegren juntos.
4:37 Porque en esto es verdadero el dicho: “Uno es el que siembra y otro el que cosecha”.
4:38 Yo los envié a cosechar aquello en lo que ustedes no han trabajado. Otros han trabajado, y ustedes se han incorporado a su trabajo».
Los samaritanos reconocen al Salvador del mundo
4:39 Muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio: «Me ha dicho todo lo que he hecho».
4:40 Cuando los samaritanos llegaron a él, le rogaban que se quedara con ellos, y permaneció allí dos días.
4:41 Muchos más creyeron por su palabra,
4:42 y le decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú has dicho, porque nosotros mismos hemos oído y sabemos que este es verdaderamente el Salvador del mundo».
Jesús sana al hijo de un funcionario del rey
4:43 Después de aquellos dos días salió de allí hacia Galilea.
4:44 Porque Jesús mismo había declarado que un profeta no recibe honra en su propia tierra.
4:45 Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron, pues habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, porque ellos también habían ido a la fiesta.
4:46 Fue de nuevo a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había un funcionario del rey cuyo hijo estaba enfermo en Capernaúm.
4:47 Al oír que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo y le rogaba que bajara y sanara a su hijo, porque estaba a punto de morir.
4:48 Jesús le dijo: «Si no ven señales y prodigios, jamás creerán».
4:49 El funcionario del rey le dijo: «Señor, baja antes de que muera mi niño».
4:50 Jesús le dijo: «Ve; tu hijo vive». El hombre creyó la palabra que Jesús le dijo y se fue.
4:51 Mientras él bajaba, sus esclavos salieron a su encuentro y le dijeron que su hijo vivía.
4:52 Él les preguntó a qué hora había comenzado a mejorar. Le respondieron: «Ayer, a la una de la tarde, lo dejó la fiebre».
4:53 El padre reconoció que esa era la hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y creyeron él y toda su casa.
4:54 Esta fue otra señal que hizo Jesús, la segunda, al venir de Judea a Galilea.

Capítulo 5
Jesús sana a un enfermo en Betesda
5:1 Después de esto hubo una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
5:2 Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las Ovejas, un estanque llamado en hebreo Betesda, que tiene cinco pórticos.
5:3 En ellos yacía una multitud de enfermos: ciegos, cojos y personas con miembros atrofiados.
5:4 [Porque un ángel bajaba de tiempo en tiempo al estanque y agitaba el agua. El primero que entraba después de agitarse el agua quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviera.]
5:5 Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
5:6 Cuando Jesús lo vio tendido y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le preguntó: «¿Quieres quedar sano?».
5:7 El enfermo le respondió: «Señor, no tengo a nadie que me meta en el estanque cuando se agita el agua. Mientras yo voy, otro baja antes que yo».
5:8 Jesús le dijo: «Levántate, toma tu camilla y anda».
5:9 Al instante, el hombre quedó sano, tomó su camilla y caminaba. Aquel día era sábado.
La controversia sobre el sábado y la autoridad de Jesús
5:10 Entonces los judíos decían al que había sido sanado: «Es sábado, y no te está permitido llevar la camilla».
5:11 Él les respondió: «El que me sanó me dijo: “Toma tu camilla y anda”».
5:12 Le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te dijo: “Tómala y anda”?».
5:13 Pero el que había sido sanado no sabía quién era, porque Jesús se había retirado entre la multitud que había en aquel lugar.
5:14 Después Jesús lo encontró en el templo y le dijo: «Mira, has quedado sano. No peques más, para que no te suceda algo peor».
5:15 El hombre se fue y anunció a los judíos que Jesús era quien lo había sanado.
5:16 Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.
5:17 Pero él les respondió: «Mi Padre sigue trabajando hasta ahora, y yo también trabajo».
5:18 Por esto los judíos buscaban aún más matarlo, porque no solo quebrantaba el sábado, sino que también llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose igual a Dios.
La autoridad del Hijo
5:19 Entonces Jesús les respondió: «En verdad, en verdad les digo: el Hijo no puede hacer nada por su propia cuenta, sino lo que ve hacer al Padre. Porque todo lo que aquel hace, también el Hijo lo hace de igual manera.
5:20 Pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace; y le mostrará obras mayores que estas, para que ustedes se asombren.
5:21 Porque así como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a quienes quiere.
5:22 El Padre no juzga a nadie, sino que ha entregado todo el juicio al Hijo,
5:23 para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió.
5:24 En verdad, en verdad les digo: el que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna y no entra en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida.
5:25 En verdad, en verdad les digo: viene la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán.
5:26 Porque así como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha concedido al Hijo tener vida en sí mismo.
5:27 Y le ha dado autoridad para ejercer juicio, porque es el Hijo del Hombre.
5:28 No se asombren de esto, porque viene la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz
5:29 y saldrán: los que hicieron el bien, a una resurrección de vida; y los que practicaron el mal, a una resurrección de juicio.
5:30 Yo no puedo hacer nada por mi propia cuenta. Juzgo según lo que oigo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.
Testigos de Cristo
5:31 Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero.
5:32 Otro es el que da testimonio de mí, y sé que es verdadero el testimonio que da de mí.
5:33 Ustedes enviaron mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad.
5:34 Pero yo no recibo testimonio de un ser humano; digo estas cosas para que ustedes sean salvados.
5:35 Él era la lámpara que ardía y brillaba, y ustedes quisieron alegrarse por un tiempo en su luz.
5:36 Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan, porque las obras que el Padre me ha dado para que las lleve a término, las mismas obras que hago, dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado.
5:37 Y el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han oído su voz ni han visto su aspecto,
5:38 y no tienen su palabra permaneciendo en ustedes, porque no creen al que él envió.
El testimonio de las Escrituras y el rechazo de Jesús
5:39 Ustedes escudriñan las Escrituras porque piensan que en ellas tienen vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.
5:40 Sin embargo, no quieren venir a mí para tener vida.
5:41 No recibo gloria de los seres humanos,
5:42 pero los conozco: no tienen el amor de Dios en ustedes mismos.
5:43 Yo he venido en el nombre de mi Padre y no me reciben. Si otro viene en su propio nombre, a ese lo recibirán.
5:44 ¿Cómo pueden creer ustedes, que reciben gloria unos de otros y no buscan la gloria que viene del único Dios?
5:45 No piensen que yo los acusaré ante el Padre. Quien los acusa es Moisés, en quien han puesto su esperanza.
5:46 Porque si creyeran a Moisés, me creerían a mí, pues él escribió acerca de mí.
5:47 Pero si no creen en sus escritos, ¿cómo creerán en mis palabras?».

Capítulo 6
Alimentación de los cinco mil
Acontecimiento paralelo: Mateo 14:13–21; Marcos 6:30–44; Lucas 9:10–17.
6:1 Después de esto, Jesús fue al otro lado del mar de Galilea, el de Tiberias.
6:2 Lo seguía una gran multitud, porque veían las señales que hacía en los enfermos.
6:3 Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos.
6:4 Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos.
6:5 Entonces Jesús levantó la mirada y, al ver que una gran multitud venía hacia él, dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para que coman estos?».
6:6 Decía esto para ponerlo a prueba, porque él sabía lo que iba a hacer.
6:7 Felipe le respondió: «Ni el pan comprado con meses enteros de salario alcanzaría para que cada uno recibiera un poco».
6:8 Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo:
6:9 «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescaditos; pero ¿qué es esto para tantos?».
6:10 Jesús dijo: «Hagan que la gente se recueste». Había mucha hierba en aquel lugar. Así que se recostaron los hombres, unos cinco mil.
6:11 Entonces Jesús tomó los panes, dio gracias y los repartió a los que estaban recostados; del mismo modo repartió de los pescados, todo lo que querían.
6:12 Cuando quedaron satisfechos, dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada».
6:13 Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada que habían sobrado a los que comieron.
6:14 Al ver la señal que había hecho, la gente decía: «Verdaderamente este es el Profeta que viene al mundo».
6:15 Jesús, sabiendo que iban a venir a apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró de nuevo al monte, él solo.
Jesús anda sobre el mar
Acontecimiento paralelo: Mateo 14:22–33; Marcos 6:45–52.
6:16 Al atardecer, sus discípulos bajaron al mar,
6:17 subieron a una barca y comenzaron a cruzar el mar hacia Capernaúm. Ya había oscurecido, y Jesús todavía no había llegado a ellos.
6:18 El mar se agitaba por un viento fuerte que soplaba.
6:19 Cuando habían remado unos cinco o seis kilómetros, vieron a Jesús caminando sobre el mar y acercándose a la barca, y tuvieron miedo.
6:20 Pero él les dijo: «Yo soy; no teman».
6:21 Entonces quisieron recibirlo en la barca, y al instante la barca llegó a la tierra adonde iban.
La gente busca a Jesús
6:22 Al día siguiente, la multitud que se había quedado al otro lado del mar vio que allí no había habido más que una barca, y que Jesús no había subido a ella con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían ido solos.
6:23 Pero llegaron barcas de Tiberias cerca del lugar donde habían comido el pan después de que el Señor dio gracias.
6:24 Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Capernaúm en busca de Jesús.
Jesús, el pan de vida
6:25 Al encontrarlo al otro lado del mar, le preguntaron: «Rabí, ¿cuándo llegaste aquí?».
6:26 Jesús les respondió: «En verdad, en verdad les digo: me buscan, no porque vieron señales, sino porque comieron de los panes y quedaron satisfechos.
6:27 Trabajen, no por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el cual les dará el Hijo del Hombre; porque a él Dios, el Padre, le ha puesto su sello».
6:28 Entonces le preguntaron: «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?».
6:29 Jesús les respondió: «Esta es la obra de Dios: que crean en aquel a quien él envió».
6:30 Ellos le preguntaron: «¿Qué señal haces tú, entonces, para que veamos y te creamos? ¿Qué obra realizas?
6:31 Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo”».
6:32 Jesús les dijo: «En verdad, en verdad les digo: no fue Moisés quien les dio el pan del cielo, sino que mi Padre les da el verdadero pan del cielo.
6:33 Porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da vida al mundo».
6:34 Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre este pan».
La vida que Jesús promete a quienes creen
6:35 Jesús les dijo: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre, y el que cree en mí jamás tendrá sed.
6:36 Pero les he dicho que me han visto y no creen.
6:37 Todo lo que el Padre me da vendrá a mí, y al que viene a mí jamás lo echaré fuera.
6:38 Porque he bajado del cielo, no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad del que me envió.
6:39 Y esta es la voluntad del que me envió: que de todo lo que me ha dado no pierda nada, sino que lo resucite en el día final.
6:40 Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna; y yo lo resucitaré en el día final».
La objeción sobre el origen de Jesús
6:41 Los judíos murmuraban de él porque había dicho: «Yo soy el pan que bajó del cielo».
6:42 Y decían: «¿No es este Jesús, el hijo de José, cuyo padre y cuya madre conocemos? ¿Cómo dice ahora: “He bajado del cielo”?».
6:43 Jesús les respondió: «No murmuren entre ustedes.
6:44 Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no lo atrae; y yo lo resucitaré en el día final.
6:45 Está escrito en los profetas: “Todos serán enseñados por Dios”. Todo el que ha oído al Padre y ha aprendido viene a mí.
6:46 No es que alguien haya visto al Padre, sino aquel que viene de Dios; ese ha visto al Padre.
6:47 En verdad, en verdad les digo: el que cree tiene vida eterna.
6:48 Yo soy el pan de vida.
6:49 Sus antepasados comieron el maná en el desierto y murieron.
6:50 Este es el pan que desciende del cielo, para que quien coma de él no muera.
La entrega de Jesús por la vida del mundo
6:51 Yo soy el pan vivo que bajó del cielo. Si alguien come de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, por la vida del mundo».
6:52 Entonces los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
6:53 Jesús les dijo: «En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del Hombre y beben su sangre, no tienen vida en ustedes mismos.
6:54 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final.
6:55 Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
6:56 El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él.
6:57 Así como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, así también el que se alimenta de mí vivirá por mí.
6:58 Este es el pan que bajó del cielo. No es como lo que comieron los antepasados, que murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
6:59 Dijo estas cosas mientras enseñaba en una sinagoga en Capernaúm.
Los discípulos ante la enseñanza de Jesús
6:60 Al oírlo, muchos de sus discípulos dijeron: «Dura es esta palabra. ¿Quién puede escucharla?».
6:61 Jesús, sabiendo en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: «¿Esto los hace tropezar?
6:62 ¿Y si ven al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes?
6:63 El Espíritu es el que da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que les he hablado son espíritu y son vida.
6:64 Pero hay algunos entre ustedes que no creen». Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.
6:65 Y decía: «Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí si no le ha sido concedido por el Padre».
6:66 Desde entonces, muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no caminaban con él.
La confesión de Pedro y la advertencia sobre Judas
6:67 Entonces Jesús preguntó a los doce: «¿También ustedes quieren irse?».
6:68 Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.
6:69 Y nosotros hemos creído y hemos llegado a conocer que tú eres el Santo de Dios».
6:70 Jesús les respondió: «¿No los he elegido yo a ustedes, los doce? Y uno de ustedes es un diablo».
6:71 Hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, porque este iba a entregarlo, siendo uno de los doce.

Capítulo 7
Incredulidad de los hermanos de Jesús
7:1 Después de esto, Jesús recorría Galilea. No quería recorrer Judea, porque los judíos buscaban matarlo.
7:2 Se acercaba la fiesta de los judíos, la de los Tabernáculos.
7:3 Sus hermanos le dijeron: «Sal de aquí y ve a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces.
7:4 Porque nadie hace algo en secreto mientras busca darse a conocer públicamente. Si haces estas cosas, muéstrate al mundo».
7:5 Pues ni siquiera sus hermanos creían en él.
7:6 Jesús les dijo: «Mi tiempo todavía no ha llegado, pero el de ustedes siempre es oportuno.
7:7 El mundo no puede odiarlos a ustedes, pero a mí me odia, porque doy testimonio de que sus obras son malas.
7:8 Suban ustedes a la fiesta. Yo no subo a esta fiesta, porque mi tiempo todavía no se ha cumplido».
7:9 Después de decir esto, se quedó en Galilea.
Jesús en la fiesta de los tabernáculos
7:10 Pero cuando sus hermanos subieron a la fiesta, entonces él también subió, sin hacerse ver, como en secreto.
7:11 Los judíos lo buscaban en la fiesta y decían: «¿Dónde está aquel?».
7:12 Había mucho murmullo acerca de él entre las multitudes. Unos decían: «Es bueno». Otros decían: «No, sino que engaña a la gente».
7:13 Sin embargo, nadie hablaba abiertamente de él por miedo a los judíos.
La autoridad de la enseñanza de Jesús
7:14 Cuando la fiesta iba ya por la mitad, Jesús subió al templo y enseñaba.
7:15 Los judíos se asombraban y decían: «¿Cómo sabe este de letras sin haber estudiado?».
7:16 Jesús les respondió: «Mi enseñanza no es mía, sino del que me envió.
7:17 Si alguien quiere hacer su voluntad, sabrá si la enseñanza viene de Dios o si yo hablo por mi propia cuenta.
7:18 El que habla por su propia cuenta busca su propia gloria. Pero el que busca la gloria del que lo envió es verdadero, y no hay injusticia en él.
7:19 ¿No les ha dado Moisés la ley? Sin embargo, ninguno de ustedes cumple la ley. ¿Por qué buscan matarme?».
7:20 La multitud respondió: «Tienes un demonio. ¿Quién busca matarte?».
7:21 Jesús les respondió: «Una obra hice, y todos se asombran.
7:22 Por esto Moisés les ha dado la circuncisión —que no procede de Moisés, sino de los antepasados—, y ustedes circuncidan a un hombre en sábado.
7:23 Si un hombre recibe la circuncisión en sábado para que no se quebrante la ley de Moisés, ¿se enojan conmigo porque sané por completo a un hombre en sábado?
7:24 No juzguen por las apariencias, sino juzguen con juicio justo».
¿Es este el Cristo?
7:25 Entonces algunos de los habitantes de Jerusalén decían: «¿No es este al que buscan matar?
7:26 Miren, habla abiertamente y no le dicen nada. ¿Será que los gobernantes han reconocido de verdad que este es el Cristo?
7:27 Pero de este sabemos de dónde es. En cambio, cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es».
7:28 Mientras enseñaba en el templo, Jesús alzó la voz y dijo: «Ustedes me conocen y saben de dónde soy. Sin embargo, no he venido por mi propia cuenta. El que me envió es verdadero, y ustedes no lo conocen.
7:29 Yo lo conozco, porque vengo de él, y él me envió».
7:30 Entonces buscaban prenderlo, pero nadie le puso la mano encima, porque todavía no había llegado su hora.
7:31 Muchos de la multitud creyeron en él y decían: «Cuando venga el Cristo, ¿acaso hará más señales de las que este ha hecho?».
La orden de detener a Jesús
7:32 Los fariseos oyeron a la multitud murmurar estas cosas acerca de él, y los principales sacerdotes y los fariseos enviaron guardias para prenderlo.
7:33 Entonces Jesús dijo: «Todavía estoy con ustedes un poco de tiempo, y voy al que me envió.
7:34 Me buscarán y no me encontrarán; y donde yo estoy, ustedes no pueden venir».
7:35 Los judíos se decían unos a otros: «¿Adónde piensa ir este, que nosotros no lo encontraremos? ¿Acaso piensa ir a los dispersos entre los griegos y enseñar a los griegos?
7:36 ¿Qué significa esto que dijo: “Me buscarán y no me encontrarán; y donde yo estoy, ustedes no pueden venir”?».
Ríos de agua viva
7:37 En el último día de la fiesta, el gran día, Jesús se puso de pie y alzó la voz, diciendo: «Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba.
7:38 El que cree en mí, como dijo la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva».
7:39 Dijo esto acerca del Espíritu que iban a recibir los que habían creído en él; pues todavía no había sido dado el Espíritu, porque Jesús aún no había sido glorificado.
División entre la gente
7:40 Entonces algunos de la multitud, al oír estas palabras, decían: «Verdaderamente este es el Profeta».
7:41 Otros decían: «Este es el Cristo». Pero algunos preguntaban: «¿Acaso el Cristo viene de Galilea?
7:42 ¿No ha dicho la Escritura que el Cristo viene de la descendencia de David y de Belén, la aldea donde vivió David?».
7:43 Así que hubo división entre la multitud a causa de él.
7:44 Algunos de ellos querían prenderlo, pero nadie le puso las manos encima.
Los guardias y Nicodemo ante las autoridades
7:45 Los guardias volvieron a los principales sacerdotes y a los fariseos, y estos les preguntaron: «¿Por qué no lo trajeron?».
7:46 Los guardias respondieron: «¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!».
7:47 Entonces los fariseos les respondieron: «¿También ustedes han sido engañados?
7:48 ¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes o de los fariseos?
7:49 Pero esta multitud que no conoce la ley es maldita».
Nicodemo reclama un juicio conforme a la ley
7:50 Nicodemo, el que antes había ido a Jesús y que era uno de ellos, les dijo:
7:51 «¿Acaso nuestra ley juzga a un hombre sin escucharlo primero y saber lo que hace?».
7:52 Ellos le respondieron: «¿También tú eres de Galilea? Examina y ve que de Galilea no surge ningún profeta».
La mujer adúltera
7:53 Y cada uno se fue a su casa.

Capítulo 8
8:1 Pero Jesús fue al monte de los Olivos.
8:2 Al amanecer volvió al templo, y todo el pueblo acudía. Él se sentó y les enseñaba.
8:3 Los escribas y los fariseos le llevaron una mujer sorprendida en adulterio y la pusieron en medio.
8:4 Para ponerlo a prueba, le dijeron: «Maestro, esta mujer fue sorprendida en el acto de adulterio.
8:5 En la ley, Moisés nos mandó apedrear a mujeres como esta. Tú, entonces, ¿qué dices?».
8:6 Decían esto para ponerlo a prueba y tener de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y escribía en el suelo con el dedo, sin hacerles caso.
8:7 Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que de ustedes esté sin pecado, que sea el primero en arrojar una piedra contra ella».
8:8 Y volvió a inclinarse y escribía en el suelo.
8:9 Al oírlo, acusados por su conciencia, fueron saliendo uno por uno, comenzando por los de más edad. Jesús quedó solo, y la mujer permanecía en medio.
8:10 Jesús se incorporó y, al no ver a nadie más que a la mujer, le dijo: «¿Dónde están esos acusadores tuyos? ¿Nadie te condenó?».
8:11 Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más».
Jesús, la luz del mundo
8:12 Jesús volvió a hablarles, diciendo: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue jamás andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida».
8:13 Entonces los fariseos le dijeron: «Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero».
8:14 Jesús les respondió: «Aunque yo dé testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde vine y adónde voy. Pero ustedes no saben de dónde vengo ni adónde voy.
8:15 Ustedes juzgan según la carne; yo no juzgo a nadie.
8:16 Pero aun si yo juzgo, mi juicio es verdadero, porque no estoy solo, sino yo y el Padre que me envió.
8:17 También en la ley de ustedes está escrito que el testimonio de dos personas es verdadero.
8:18 Yo soy el que da testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí».
8:19 Entonces le preguntaron: «¿Dónde está tu Padre?». Jesús respondió: «No me conocen ni a mí ni a mi Padre. Si me conocieran a mí, también conocerían a mi Padre».
8:20 Él dijo estas palabras en el lugar de las ofrendas, mientras enseñaba en el templo. Nadie lo prendió, porque todavía no había llegado su hora.
La partida de Jesús y la necesidad de creer
8:21 Volvió a decirles: «Yo me voy, y ustedes me buscarán, pero morirán en su pecado. Adonde yo voy, ustedes no pueden venir».
8:22 Los judíos decían: «¿Acaso se matará a sí mismo, puesto que dice: “Adonde yo voy, ustedes no pueden venir”?».
8:23 Él les decía: «Ustedes son de abajo; yo soy de arriba. Ustedes son de este mundo; yo no soy de este mundo.
8:24 Por eso les dije que morirán en sus pecados. Porque si no creen que yo soy, morirán en sus pecados».
8:25 Entonces le preguntaron: «¿Tú quién eres?». Jesús les respondió: «¿Por qué les hablo siquiera?
8:26 Tengo mucho que decir y juzgar acerca de ustedes. Pero el que me envió es verdadero, y lo que he oído de él, eso digo al mundo».
8:27 Ellos no entendieron que les hablaba del Padre.
8:28 Entonces Jesús dijo: «Cuando levanten al Hijo del Hombre, sabrán que yo soy y que no hago nada por mi propia cuenta, sino que hablo como el Padre me enseñó.
8:29 El que me envió está conmigo; no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada».
8:30 Mientras decía estas cosas, muchos creyeron en él.
La libertad que Jesús da a sus discípulos
8:31 Entonces Jesús decía a los judíos que le habían creído: «Si permanecen en mi palabra, son verdaderamente mis discípulos;
8:32 conocerán la verdad, y la verdad los hará libres».
8:33 Ellos le respondieron: «Somos descendientes de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: “Llegarán a ser libres”?».
8:34 Jesús les respondió: «En verdad, en verdad les digo: todo el que comete pecado es esclavo del pecado.
8:35 El esclavo no permanece en la casa para siempre; el hijo permanece para siempre.
8:36 Así que, si el Hijo los hace libres, serán verdaderamente libres.
8:37 Sé que son descendientes de Abraham, pero buscan matarme, porque mi palabra no tiene cabida en ustedes.
8:38 Yo hablo de lo que he visto junto al Padre; y ustedes hacen lo que han oído del padre».
La relación con Abraham y con Dios
8:39 Ellos le respondieron: «Nuestro padre es Abraham». Jesús les dijo: «Si fueran hijos de Abraham, harían las obras de Abraham.
8:40 Pero ahora buscan matarme, a mí, un hombre que les ha hablado la verdad que oí de Dios. Abraham no hizo esto.
8:41 Ustedes hacen las obras de su padre». Ellos le dijeron: «Nosotros no hemos nacido de inmoralidad sexual. Tenemos un solo Padre: Dios».
8:42 Jesús les respondió: «Si Dios fuera su Padre, me amarían, porque de Dios salí y he venido. No he venido por mi propia cuenta, sino que él me envió.
8:43 ¿Por qué no entienden mi lenguaje? Porque no pueden escuchar mi palabra.
8:44 Ustedes son de su padre, el diablo, y quieren cumplir los deseos de su padre. Él era homicida desde el principio y no se ha mantenido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando dice la mentira, habla de lo suyo, porque es mentiroso y padre de la mentira.
8:45 Pero a mí, porque digo la verdad, no me creen.
8:46 ¿Quién de ustedes puede demostrar que he pecado? Si digo la verdad, ¿por qué no me creen?
8:47 El que es de Dios escucha las palabras de Dios. Por eso ustedes no escuchan: porque no son de Dios».
La preexistencia de Cristo
8:48 Los judíos le respondieron: «¿No decimos con razón que eres samaritano y que tienes un demonio?».
8:49 Jesús respondió: «Yo no tengo un demonio, sino que honro a mi Padre, y ustedes me deshonran.
8:50 Yo no busco mi gloria; hay quien la busca y juzga.
8:51 En verdad, en verdad les digo: si alguien guarda mi palabra, jamás verá la muerte».
8:52 Los judíos le dijeron: «Ahora sabemos que tienes un demonio. Abraham murió, y también los profetas, y tú dices: “Si alguien guarda mi palabra, jamás probará la muerte”.
8:53 ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Abraham, que murió? También los profetas murieron. ¿Quién pretendes ser?».
8:54 Jesús respondió: «Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria no es nada. Mi Padre es el que me glorifica, aquel de quien ustedes dicen: “Es nuestro Dios”.
8:55 Ustedes no lo han conocido, pero yo lo conozco. Si dijera que no lo conozco, sería un mentiroso como ustedes. Pero lo conozco y guardo su palabra.
8:56 Abraham, el padre de ustedes, se alegró de que vería mi día; lo vio y se alegró».
8:57 Entonces los judíos le dijeron: «Todavía no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?».
8:58 Jesús les respondió: «En verdad, en verdad les digo: antes de que Abraham existiera, yo soy».
8:59 Entonces tomaron piedras para arrojárselas, pero Jesús se ocultó y salió del templo.

Capítulo 9
Jesús sana a un ciego de nacimiento
9:1 Al pasar, Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.
9:2 Sus discípulos le preguntaron: «Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?».
9:3 Jesús respondió: «No fue porque pecó este ni porque pecaron sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él.
9:4 Debemos hacer las obras del que me envió mientras es de día. Viene la noche, cuando nadie puede trabajar.
9:5 Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».
9:6 Después de decir esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva y untó el lodo en los ojos del hombre.
9:7 Le dijo: «Ve a lavarte en el estanque de Siloé» —que significa Enviado—. Él fue, se lavó y regresó viendo.
Los vecinos preguntan por la sanidad
9:8 Entonces los vecinos y los que antes lo habían visto como mendigo decían: «¿No es este el que se sentaba a mendigar?».
9:9 Unos decían: «Es él». Otros decían: «No, pero se le parece». Él decía: «Soy yo».
9:10 Entonces le preguntaron: «¿Cómo se te abrieron los ojos?».
9:11 Él respondió: «El hombre llamado Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: “Ve a Siloé y lávate”. Así que fui, me lavé y recibí la vista».
9:12 Le preguntaron: «¿Dónde está él?». Respondió: «No lo sé».
Los fariseos interrogan al ciego sanado
9:13 Llevaron ante los fariseos al que antes había sido ciego.
9:14 Era sábado el día en que Jesús había hecho el lodo y le había abierto los ojos.
9:15 Entonces los fariseos también le preguntaban cómo había recibido la vista. Él les dijo: «Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo».
9:16 Algunos de los fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros decían: «¿Cómo puede un hombre pecador hacer tales señales?». Y había división entre ellos.
9:17 Volvieron a preguntar al ciego: «¿Qué dices tú de él, puesto que te abrió los ojos?». Él respondió: «Es un profeta».
El testimonio de los padres y su temor
9:18 Los judíos no creyeron que hubiera sido ciego y hubiera recibido la vista hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista.
9:19 Les preguntaron: «¿Es este su hijo, del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?».
9:20 Sus padres respondieron: «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego.
9:21 Pero cómo ve ahora, no lo sabemos; ni sabemos quién le abrió los ojos. Pregúntenle a él; ya tiene edad. Él hablará por sí mismo».
9:22 Sus padres dijeron esto porque tenían miedo de los judíos, pues los judíos ya habían acordado que, si alguien lo reconocía como el Cristo, fuera expulsado de la sinagoga.
9:23 Por eso sus padres dijeron: «Ya tiene edad; pregúntenle a él».
El testimonio del hombre frente a sus interrogadores
9:24 Entonces llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que este hombre es pecador».
9:25 Él respondió: «Si es pecador, no lo sé. Una cosa sé: que yo era ciego y ahora veo».
9:26 Le preguntaron: «¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?».
9:27 Él les respondió: «Ya se lo he dicho y no escucharon. ¿Por qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse sus discípulos?».
9:28 Entonces lo insultaron y dijeron: «Tú eres discípulo de ese; nosotros somos discípulos de Moisés.
9:29 Sabemos que Dios ha hablado a Moisés, pero de este no sabemos de dónde es».
9:30 El hombre les respondió: «Pues esto es lo asombroso: que ustedes no saben de dónde es, y él me abrió los ojos.
9:31 Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; pero si alguien teme a Dios y hace su voluntad, a ese lo escucha.
9:32 Jamás se ha oído que alguien abriera los ojos de un ciego de nacimiento.
9:33 Si este no viniera de Dios, no podría hacer nada».
9:34 Ellos le respondieron: «Tú naciste por completo en pecados, ¿y nos enseñas a nosotros?». Y lo echaron fuera.
Jesús recibe al hombre expulsado
9:35 Jesús oyó que lo habían echado fuera y, al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees tú en el Hijo del Hombre?».
9:36 Él respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
9:37 Jesús le dijo: «Lo has visto, y el que habla contigo es él».
9:38 Entonces dijo: «Creo, Señor». Y lo adoró.
La luz de Jesús revela la ceguera espiritual
9:39 Jesús dijo: «Para juicio he venido a este mundo, para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos».
9:40 Algunos de los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos?».
9:41 Jesús les respondió: «Si fueran ciegos, no tendrían pecado. Pero ahora dicen: “Vemos”. Su pecado permanece».

Capítulo 10
El pastor y quienes amenazan al rebaño
10:1 «En verdad, en verdad les digo: el que no entra por la puerta al redil de las ovejas, sino que trepa por otra parte, es ladrón y bandido.
10:2 Pero el que entra por la puerta es el pastor de las ovejas.
10:3 A este le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz. Él llama por nombre a sus propias ovejas y las saca.
10:4 Cuando ha sacado a todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz.
10:5 Jamás seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
10:6 Jesús les dijo esta comparación, pero ellos no entendieron qué era lo que les decía.
Jesús es la puerta de salvación
10:7 Entonces Jesús volvió a decirles: «En verdad, en verdad les digo: yo soy la puerta de las ovejas.
10:8 Todos los que vinieron antes de mí son ladrones y bandidos, pero las ovejas no los escucharon.
10:9 Yo soy la puerta. Si alguien entra por mí, será salvado; entrará, saldrá y encontrará pasto.
10:10 El ladrón solo viene para robar, matar y destruir. Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia.
Jesús, el buen pastor
10:11 Yo soy el buen pastor. El buen pastor entrega su vida por las ovejas.
10:12 El asalariado, que no es pastor y a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye —y el lobo las arrebata y las dispersa—,
10:13 porque es asalariado y no le importan las ovejas.
10:14 Yo soy el buen pastor. Conozco a las mías, y las mías me conocen,
10:15 como el Padre me conoce y yo conozco al Padre; y entrego mi vida por las ovejas.
10:16 También tengo otras ovejas que no son de este redil. A ellas también debo traerlas, y escucharán mi voz; y formarán un solo rebaño, con un solo pastor.
El amor del Padre y la entrega del Hijo
10:17 Por esto me ama el Padre: porque yo entrego mi vida para volver a tomarla.
10:18 Nadie me la quita, sino que yo la entrego por mi propia voluntad. Tengo autoridad para entregarla y tengo autoridad para volver a tomarla. Este mandamiento recibí de mi Padre».
La discusión sobre la autoridad de Jesús
10:19 De nuevo hubo división entre los judíos por estas palabras.
10:20 Muchos de ellos decían: «Tiene un demonio y está fuera de sí. ¿Por qué lo escuchan?».
10:21 Otros decían: «Estas palabras no son de un endemoniado. ¿Acaso un demonio puede abrir los ojos de los ciegos?».
Jesús revela su unidad con el Padre
10:22 En aquel tiempo se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno,
10:23 y Jesús caminaba en el templo por el pórtico de Salomón.
10:24 Entonces los judíos lo rodearon y le preguntaron: «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente».
10:25 Jesús les respondió: «Se lo he dicho y no creen. Las obras que hago en el nombre de mi Padre dan testimonio de mí.
10:26 Pero ustedes no creen porque no son de mis ovejas.
10:27 Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen.
10:28 Yo les doy vida eterna, y jamás perecerán, ni nadie las arrebatará de mi mano.
10:29 Mi Padre, en cuanto a lo que me ha dado, es mayor que todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre.
10:30 Yo y el Padre somos uno».
10:31 Los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearlo.
10:32 Jesús les respondió: «Les he mostrado muchas buenas obras de parte del Padre. ¿Por cuál de ellas me apedrean?».
10:33 Los judíos le respondieron: «No te apedreamos por una buena obra, sino por blasfemia, porque tú, siendo hombre, te haces Dios».
10:34 Jesús les respondió: «¿No está escrito en la ley de ustedes: “Yo dije: ustedes son dioses”?
10:35 Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios —y la Escritura no puede ser quebrantada—,
10:36 ¿ustedes le dicen al que el Padre santificó y envió al mundo: “Blasfemas”, porque dije: “Soy Hijo de Dios”?
10:37 Si no hago las obras de mi Padre, no me crean.
10:38 Pero si las hago, aunque no me crean a mí, crean a las obras, para que conozcan y sigan conociendo que el Padre está en mí y yo en el Padre».
10:39 Entonces buscaban prenderlo otra vez, pero él escapó de sus manos.
Muchos creen al otro lado del Jordán
10:40 Se fue de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado bautizando al principio, y se quedó allí.
10:41 Muchos vinieron a él y decían: «Juan no hizo ninguna señal, pero todo lo que Juan dijo de este era verdad».
10:42 Y muchos creyeron en él allí.

Capítulo 11
La enfermedad de Lázaro y el regreso a Judea
11:1 Estaba enfermo un hombre llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y de su hermana Marta.
11:2 María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con su cabello. Su hermano Lázaro estaba enfermo.
11:3 Las hermanas enviaron a decirle: «Señor, mira, el que amas está enfermo».
11:4 Al oírlo, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por medio de ella».
11:5 Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.
11:6 Así que, cuando oyó que estaba enfermo, se quedó dos días en el lugar donde estaba.
El regreso a Judea y la luz para el camino
11:7 Después de esto, dijo a los discípulos: «Vayamos otra vez a Judea».
11:8 Los discípulos le dijeron: «Rabí, hace poco los judíos buscaban apedrearte, ¿y vuelves allá?».
11:9 Jesús respondió: «¿No tiene el día doce horas? Si alguien camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo.
11:10 Pero si alguien camina de noche, tropieza, porque la luz no está en él».
Jesús anuncia que despertará a Lázaro
11:11 Dijo esto, y después añadió: «Nuestro amigo Lázaro se ha dormido, pero voy a despertarlo».
11:12 Los discípulos le dijeron: «Señor, si se ha dormido, se recuperará».
11:13 Jesús había hablado de su muerte, pero ellos pensaron que hablaba del descanso del sueño.
11:14 Entonces Jesús les dijo claramente: «Lázaro ha muerto,
11:15 y por ustedes me alegro de no haber estado allí, para que crean. Pero vayamos a él».
11:16 Entonces Tomás, llamado Dídimo, dijo a sus compañeros discípulos: «Vayamos también nosotros para morir con él».
Jesús, la resurrección y la vida
11:17 Cuando Jesús llegó, encontró que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro.
11:18 Betania estaba cerca de Jerusalén, a unos pocos kilómetros,
11:19 y muchos de los judíos habían ido a Marta y a María para consolarlas por su hermano.
11:20 Cuando Marta oyó que Jesús venía, salió a su encuentro, mientras María permanecía sentada en casa.
11:21 Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.
11:22 Y aun ahora sé que todo lo que le pidas a Dios, Dios te lo dará».
11:23 Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará».
11:24 Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección, en el día final».
11:25 Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá.
11:26 Y todo el que vive y cree en mí jamás morirá. ¿Crees esto?».
11:27 Ella le respondió: «Sí, Señor. Yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que viene al mundo».
Jesús comparte el dolor de María y de quienes la acompañan
11:28 Después de decir esto, fue y llamó a su hermana María, diciéndole en secreto: «El Maestro está aquí y te llama».
11:29 Cuando ella lo oyó, se levantó de prisa y fue hacia él.
11:30 Jesús todavía no había entrado en la aldea, sino que seguía en el lugar donde Marta había salido a su encuentro.
11:31 Los judíos que estaban con María en la casa y la consolaban, al verla levantarse de prisa y salir, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí.
11:32 Cuando María llegó adonde estaba Jesús y lo vio, cayó a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto».
11:33 Jesús, al verla llorar y ver llorar a los judíos que habían venido con ella, se indignó en su espíritu y se turbó.
11:34 Preguntó: «¿Dónde lo han puesto?». Le respondieron: «Señor, ven y ve».
11:35 Jesús lloró.
11:36 Entonces los judíos decían: «¡Miren cuánto lo amaba!».
11:37 Pero algunos de ellos dijeron: «¿No podía este, que abrió los ojos del ciego, haber impedido también que este muriera?».
Resurrección de Lázaro
11:38 Jesús, de nuevo indignado en su interior, llegó al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta sobre ella.
11:39 Jesús dijo: «Quiten la piedra». Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días».
11:40 Jesús le respondió: «¿No te dije que, si crees, verás la gloria de Dios?».
La oración al Padre y la llamada que da vida
11:41 Entonces quitaron la piedra. Jesús levantó la mirada a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado.
11:42 Yo sabía que siempre me escuchas, pero lo dije por la multitud que está alrededor, para que crean que tú me enviaste».
11:43 Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven fuera!».
11:44 El muerto salió, con los pies y las manos atados con vendas y el rostro envuelto en un paño. Jesús les dijo: «Desátenlo y déjenlo ir».
El complot para matar a Jesús
Mateo 26:1–5; Marcos 14:1–2; Lucas 22:1–2
11:45 Muchos de los judíos que habían ido a María y vieron lo que hizo creyeron en él.
11:46 Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho.
11:47 Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron al concilio y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales.
11:48 Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, y los romanos vendrán y nos quitarán tanto nuestro lugar como nuestra nación».
El consejo de Caifás y el propósito de la muerte de Jesús
11:49 Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: «Ustedes no saben nada,
11:50 ni consideran que les conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca la nación entera».
11:51 No dijo esto por su propia cuenta, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación,
11:52 y no solo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos.
11:53 Así que desde aquel día decidieron matarlo.
Jesús se retira mientras se acerca la Pascua
11:54 Por eso Jesús ya no caminaba abiertamente entre los judíos, sino que se fue de allí a la región cercana al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y se quedó allí con los discípulos.
11:55 Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos subieron de la región a Jerusalén antes de la Pascua para purificarse.
11:56 Buscaban a Jesús y, mientras estaban en el templo, se decían unos a otros: «¿Qué les parece? ¿No vendrá a la fiesta?».
11:57 Los principales sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que, si alguien sabía dónde estaba, lo denunciara, para poder prenderlo.

Capítulo 12
Jesús es ungido en Betania
Mateo 26:6–13; Marcos 14:3–9
12:1 Seis días antes de la Pascua, Jesús fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos.
12:2 Allí le prepararon una cena. Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban recostados a la mesa con él.
12:3 Entonces María tomó casi medio litro de perfume de nardo puro, muy costoso, ungió los pies de Jesús y le secó los pies con su cabello. La casa se llenó de la fragancia del perfume.
12:4 Pero Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que iba a entregarlo, dijo:
12:5 «¿Por qué no se vendió este perfume por el equivalente aproximado al salario de un año y se dio a los pobres?».
12:6 Dijo esto, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón y, teniendo a su cargo la bolsa del dinero, se llevaba lo que depositaban en ella.
12:7 Entonces Jesús dijo: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura.
12:8 Porque a los pobres siempre los tienen con ustedes, pero a mí no siempre me tienen».
El complot contra Lázaro
12:9 Una gran multitud de los judíos supo que él estaba allí y vino, no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos.
12:10 Pero los principales sacerdotes decidieron matar también a Lázaro,
12:11 porque a causa de él muchos de los judíos se apartaban y creían en Jesús.
La entrada triunfal en Jerusalén
Mateo 21:1–11; Marcos 11:1–11; Lucas 19:28–40
12:12 Al día siguiente, la gran multitud que había venido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén,
12:13 tomó ramas de palmera y salió a su encuentro, gritando: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el rey de Israel!».
12:14 Jesús encontró un burrito y se montó en él, como está escrito:
12:15 «No temas, hija de Sion.
   Mira, tu rey viene, montado en la cría de una burra».
12:16 Al principio sus discípulos no entendieron estas cosas. Pero cuando Jesús fue glorificado, recordaron que estas cosas estaban escritas acerca de él y que se las habían hecho.
12:17 La multitud que estaba con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro y lo resucitó de entre los muertos daba testimonio.
12:18 Por eso también la multitud salió a su encuentro, porque había oído que él había realizado esta señal.
12:19 Entonces los fariseos se dijeron unos a otros: «Ven que no consiguen nada. Miren, el mundo se ha ido detrás de él».
Unos griegos buscan a Jesús
12:20 Había algunos griegos entre los que habían subido a adorar durante la fiesta.
12:21 Se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: «Señor, queremos ver a Jesús».
12:22 Felipe fue y se lo dijo a Andrés; Andrés y Felipe fueron y se lo dijeron a Jesús.
La hora del Hijo y el fruto de su entrega
12:23 Jesús les respondió: «Ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado.
12:24 En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto.
12:25 El que ama su vida la pierde, y el que aborrece su vida en este mundo la conservará para vida eterna.
12:26 Si alguien me sirve, que me siga; y donde yo estoy, allí estará también mi servidor. Si alguien me sirve, el Padre lo honrará.
Jesús anuncia su muerte
12:27 Ahora mi alma está turbada. ¿Y qué diré? Padre, sálvame de esta hora. Pero para esto he llegado a esta hora.
12:28 Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y lo glorificaré de nuevo».
12:29 La multitud que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno. Otros decían: «Un ángel le ha hablado».
12:30 Jesús respondió: «Esta voz no ha venido por mí, sino por ustedes.
El juicio del mundo y el Hijo levantado
12:31 Ahora es el juicio de este mundo; ahora el gobernante de este mundo será echado fuera.
12:32 Y yo, si soy levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí».
12:33 Decía esto para indicar de qué muerte iba a morir.
12:34 La multitud le respondió: «Hemos oído de la ley que el Cristo permanece para siempre. ¿Cómo dices tú que el Hijo del Hombre debe ser levantado? ¿Quién es este Hijo del Hombre?».
El llamado a creer en la luz
12:35 Jesús les dijo: «Todavía por un poco de tiempo está la luz entre ustedes. Caminen mientras tienen la luz, para que la oscuridad no los alcance. El que camina en la oscuridad no sabe adónde va.
12:36 Mientras tienen la luz, crean en la luz, para que lleguen a ser hijos de luz». Jesús dijo estas cosas y se fue y se ocultó de ellos.
La incredulidad y el temor ante las señales de Jesús
12:37 Aunque había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él,
12:38 para que se cumpliera la palabra del profeta Isaías, que dijo:
 «Señor, ¿quién ha creído nuestro anuncio?
   ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor?».
12:39 Por esto no podían creer, porque Isaías dijo también:
12:40 «Ha cegado sus ojos y ha endurecido su corazón, para que no vean con los ojos ni entiendan con el corazón ni se vuelvan y yo los sane».
12:41 Isaías dijo estas cosas porque vio su gloria y habló acerca de él.
La fe oculta por temor a la exclusión
12:42 Sin embargo, muchos, incluso de los gobernantes, creyeron en él. Pero por causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga,
12:43 porque amaron más la gloria de los seres humanos que la gloria de Dios.
Creer en Jesús y recibir la palabra del Padre
12:44 Jesús alzó la voz y dijo: «El que cree en mí no cree en mí, sino en el que me envió.
12:45 Y el que me ve, ve al que me envió.
12:46 Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que cree en mí no permanezca en la oscuridad.
12:47 Si alguien oye mis palabras y no las guarda, yo no lo juzgo, porque no vine para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo.
12:48 El que me rechaza y no recibe mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que he hablado lo juzgará en el día final.
12:49 Porque yo no he hablado por mi propia cuenta, sino que el Padre que me envió me ha dado un mandamiento sobre qué decir y qué hablar.
12:50 Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así que lo que hablo, lo hablo tal como el Padre me lo ha dicho».

Capítulo 13
Jesús lava los pies de sus discípulos
13:1 Antes de la fiesta de la Pascua, Jesús, sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.
13:2 Durante la cena, el diablo ya había puesto en el corazón la intención de que Judas, hijo de Simón Iscariote, lo entregara.
13:3 Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, y que había salido de Dios y a Dios iba,
13:4 se levantó de la cena, se quitó el manto y, tomando una toalla, se la ató a la cintura.
13:5 Luego echó agua en una palangana y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía atada.
Pedro aprende a recibir la limpieza del Señor
13:6 Llegó a Simón Pedro, quien le dijo: «Señor, ¿tú me lavas los pies a mí?».
13:7 Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo entenderás después».
13:8 Pedro le dijo: «Jamás me lavarás los pies». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo».
13:9 Simón Pedro le dijo: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza».
13:10 Jesús le respondió: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies; está completamente limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos».
13:11 Porque sabía quién lo entregaba; por eso dijo: «No todos están limpios».
El ejemplo del Maestro para el servicio mutuo
13:12 Después de lavarles los pies, tomar su manto y recostarse a la mesa, volvió a decirles: «¿Entienden lo que les he hecho?
13:13 Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy.
13:14 Así que, si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros.
13:15 Porque les di un ejemplo, para que, como yo he hecho con ustedes, también ustedes hagan.
13:16 En verdad, en verdad les digo: un esclavo no es mayor que su señor, ni un enviado es mayor que el que lo envió.
13:17 Si saben estas cosas, son dichosos si las ponen en práctica.
13:18 No hablo de todos ustedes. Yo sé a quiénes he elegido; pero es para que se cumpla la Escritura: “El que come mi pan levantó su talón contra mí”.
13:19 Desde ahora se lo digo, antes de que suceda, para que, cuando suceda, crean que yo soy.
13:20 En verdad, en verdad les digo: el que recibe a cualquiera que yo envíe me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me envió».
Jesús anuncia la traición de Judas
Mateo 26:20–25; Marcos 14:17–21; Lucas 22:21–23
13:21 Después de decir esto, Jesús se turbó en su espíritu y dio testimonio, diciendo: «En verdad, en verdad les digo: uno de ustedes me entregará».
13:22 Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba.
13:23 Uno de sus discípulos, a quien Jesús amaba, estaba recostado junto al pecho de Jesús.
13:24 Simón Pedro le hizo señas para que averiguara quién era aquel de quien hablaba.
13:25 Entonces ese discípulo se inclinó sobre el pecho de Jesús y le preguntó: «Señor, ¿quién es?».
13:26 Jesús respondió: «Es aquel a quien daré el bocado después de mojarlo». Así que mojó el bocado y se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote.
13:27 Después del bocado, Satanás entró en él. Entonces Jesús le dijo: «Lo que haces, hazlo pronto».
13:28 Pero ninguno de los que estaban a la mesa entendió por qué le había dicho esto.
13:29 Algunos pensaban que, como Judas tenía a su cargo la bolsa del dinero, Jesús le decía: «Compra lo que necesitamos para la fiesta», o que diera algo a los pobres.
13:30 Él tomó el bocado y salió de inmediato. Era de noche.
El nuevo mandamiento
13:31 Cuando salió, Jesús dijo: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre, y Dios ha sido glorificado en él.
13:32 Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también lo glorificará en sí mismo, y lo glorificará de inmediato.
13:33 Hijitos, todavía estoy con ustedes un poco de tiempo. Me buscarán, y como dije a los judíos, ahora les digo también a ustedes: “Adonde yo voy, ustedes no pueden venir”.
13:34 Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo los amé, que también ustedes se amen unos a otros.
13:35 En esto todos conocerán que son mis discípulos: si tienen amor unos por otros».
Jesús anuncia la negación de Pedro
Mateo 26:31–35; Marcos 14:27–31; Lucas 22:31–34
13:36 Simón Pedro le preguntó: «Señor, ¿adónde vas?». Jesús respondió: «Adonde voy no puedes seguirme ahora, pero me seguirás después».
13:37 Pedro le dijo: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Entregaré mi vida por ti».
13:38 Jesús respondió: «¿Entregarás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».

Capítulo 14
Jesús, el camino al Padre
14:1 «No se turbe su corazón. Crean en Dios y crean también en mí.
14:2 En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Si no fuera así, se lo habría dicho, porque voy a prepararles un lugar.
14:3 Y si me voy y les preparo un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo estoy, también ustedes estén.
14:4 Y adonde yo voy, ustedes conocen el camino».
14:5 Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas; ¿cómo podemos conocer el camino?».
14:6 Jesús le dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí.
14:7 Si me conocieran, también conocerían a mi Padre. Desde ahora lo conocen y lo han visto».
El Hijo revela al Padre
14:8 Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
14:9 Jesús le dijo: «¿Llevo tanto tiempo con ustedes y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”?
14:10 ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que les digo no las hablo por mi propia cuenta; el Padre, que permanece en mí, hace sus obras.
14:11 Créanme que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí; si no, crean por las obras mismas.
Las obras y la oración de quienes creen
14:12 En verdad, en verdad les digo: el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y hará mayores que estas, porque yo voy al Padre.
14:13 Y todo lo que pidan en mi nombre lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.
14:14 Si me piden algo en mi nombre, yo lo haré.
La promesa del Espíritu Santo
14:15 Si me aman, guardarán mis mandamientos.
14:16 Yo rogaré al Padre y él les dará otro Consolador, para que esté con ustedes para siempre:
14:17 el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes lo conocen, porque permanece con ustedes y estará en ustedes.
14:18 No los dejaré huérfanos; vendré a ustedes.
14:19 Dentro de poco, el mundo ya no me verá, pero ustedes me verán. Porque yo vivo, también ustedes vivirán.
14:20 En aquel día conocerán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes.
El amor, la obediencia y la morada del Padre y del Hijo
14:21 El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama. El que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él».
14:22 Judas, no el Iscariote, le dijo: «Señor, ¿qué ha sucedido para que vayas a manifestarte a nosotros y no al mundo?».
14:23 Jesús le respondió: «Si alguien me ama, guardará mi palabra; mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada con él.
14:24 El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que ustedes oyen no es mía, sino del Padre que me envió.
14:25 Les he hablado de estas cosas mientras permanezco con ustedes.
14:26 Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que les he dicho.
La paz de Jesús y su partida al Padre
14:27 La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy como la da el mundo. No se turbe su corazón ni tenga miedo.
14:28 Oyeron que les dije: “Me voy y vendré a ustedes”. Si me amaran, se habrían alegrado de que voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo.
14:29 Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda crean.
14:30 Ya no hablaré mucho con ustedes, porque viene el gobernante del mundo. Él no tiene nada en mí,
14:31 pero para que el mundo sepa que amo al Padre, hago tal como el Padre me lo mandó. Levántense; vámonos de aquí».

Capítulo 15
Jesús, la vid verdadera
15:1 «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador.
15:2 Toda rama que está en mí y no da fruto, él la quita; y toda la que da fruto, la poda para que dé más fruto.
15:3 Ustedes ya están limpios por la palabra que les he hablado.
15:4 Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Así como la rama no puede dar fruto por sí misma si no permanece en la vid, tampoco ustedes si no permanecen en mí.
15:5 Yo soy la vid; ustedes son las ramas. El que permanece en mí, y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí no pueden hacer nada.
15:6 Si alguien no permanece en mí, es echado fuera como la rama y se seca. Recogen esas ramas, las echan al fuego y arden.
La palabra, la oración y el fruto que glorifica al Padre
15:7 Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y les será hecho.
15:8 En esto es glorificado mi Padre: en que den mucho fruto y sean mis discípulos.
Permanecer en el amor de Jesús
15:9 Así como el Padre me ha amado, también yo los he amado. Permanezcan en mi amor.
15:10 Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
15:11 Les he hablado de estas cosas para que mi gozo esté en ustedes y su gozo sea completo.
15:12 Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.
15:13 Nadie tiene mayor amor que este: que alguien dé su vida por sus amigos.
15:14 Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.
15:15 Ya no los llamo esclavos, porque el esclavo no sabe lo que hace su amo. Los he llamado amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.
15:16 Ustedes no me eligieron a mí, sino que yo los elegí a ustedes y los designé para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca; para que todo lo que pidan al Padre en mi nombre, él se lo dé.
15:17 Esto les mando: que se amen unos a otros.
El rechazo del mundo y el testimonio de los discípulos
15:18 Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes.
15:19 Si fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí de entre el mundo, por eso el mundo los odia.
15:20 Recuerden la palabra que les dije: “Un esclavo no es mayor que su amo”. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si guardaron mi palabra, también guardarán la de ustedes.
15:21 Pero les harán todo esto por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió.
15:22 Si yo no hubiera venido ni les hubiera hablado, no tendrían pecado. Pero ahora no tienen excusa por su pecado.
15:23 El que me odia a mí también odia a mi Padre.
15:24 Si no hubiera hecho entre ellos las obras que ningún otro hizo, no tendrían pecado; pero ahora nos han visto y nos han odiado, tanto a mí como a mi Padre.
15:25 Pero esto es para que se cumpla la palabra escrita en su ley: “Me odiaron sin motivo”.
El testimonio del Espíritu Santo y de los discípulos
15:26 Cuando venga el Consolador, a quien yo les enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí.
15:27 Y ustedes también dan testimonio, porque han estado conmigo desde el principio».

Capítulo 16
Jesús prepara a sus discípulos para la persecución
16:1 «Les he hablado de estas cosas para que no tropiecen.
16:2 Los expulsarán de las sinagogas. Más aún, viene la hora en que todo el que los mate pensará que ofrece un servicio a Dios.
16:3 Harán estas cosas porque no han conocido al Padre ni a mí.
16:4 Pero les he hablado de estas cosas para que, cuando llegue su hora, recuerden que yo se las dije. No les dije estas cosas desde el principio porque estaba con ustedes.
La obra del Espíritu Santo
16:5 Ahora voy al que me envió, y ninguno de ustedes me pregunta: “¿Adónde vas?”.
16:6 Pero la tristeza ha llenado su corazón porque les he hablado de estas cosas.
16:7 Sin embargo, les digo la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes; pero si me voy, se lo enviaré.
16:8 Cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio:
16:9 de pecado, porque no creen en mí;
16:10 de justicia, porque voy al Padre y ya no me verán;
16:11 y de juicio, porque el gobernante de este mundo ha sido juzgado.
16:12 Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ahora no pueden soportarlas.
16:13 Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará en toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará lo que oiga y les anunciará las cosas que vienen.
16:14 Él me glorificará, porque tomará de lo mío y se lo anunciará.
16:15 Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso dije que toma de lo mío y se lo anunciará.
La tristeza se convertirá en gozo
16:16 Dentro de poco ya no me verán, y de nuevo, dentro de poco, me verán».
16:17 Algunos de sus discípulos se dijeron unos a otros: «¿Qué significa esto que nos dice: “Dentro de poco no me verán, y de nuevo, dentro de poco, me verán”, y: “Porque voy al Padre”?».
16:18 Y decían: «¿Qué significa eso que dice: “Dentro de poco”? No sabemos de qué habla».
16:19 Jesús supo que querían preguntarle y les dijo: «¿Se preguntan entre ustedes acerca de lo que dije: “Dentro de poco no me verán, y de nuevo, dentro de poco, me verán”?
16:20 En verdad, en verdad les digo que ustedes llorarán y se lamentarán, pero el mundo se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría.
16:21 La mujer, cuando da a luz, siente dolor porque ha llegado su hora. Pero después de dar a luz al niño, ya no recuerda la angustia, por la alegría de que un ser humano ha nacido en el mundo.
16:22 Así también ustedes ahora tienen tristeza, pero volveré a verlos y se alegrará su corazón; y su alegría nadie se la quita.
16:23 En aquel día no me preguntarán nada. En verdad, en verdad les digo: si le piden algo al Padre, él se lo dará en mi nombre.
16:24 Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa.
El amor del Padre y la confianza de los discípulos
16:25 Les he hablado de estas cosas en lenguaje figurado. Viene la hora en que ya no les hablaré en lenguaje figurado, sino que les hablaré claramente acerca del Padre.
16:26 En aquel día pedirán en mi nombre, y no les digo que yo rogaré al Padre por ustedes,
16:27 porque el Padre mismo los ama, pues ustedes me han amado y han creído que yo salí de Dios.
16:28 Salí del Padre y he venido al mundo. De nuevo dejo el mundo y voy al Padre».
16:29 Sus discípulos dijeron: «Mira, ahora hablas con claridad y no usas ningún lenguaje figurado.
16:30 Ahora sabemos que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios».
16:31 Jesús les respondió: «¿Ahora creen?
16:32 Miren, viene la hora, y ya ha llegado, en que serán dispersados, cada uno a lo suyo, y me dejarán solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo.
La paz de Jesús y su victoria
16:33 Les he hablado de estas cosas para que en mí tengan paz. En el mundo tienen aflicción; pero cobren ánimo: yo he vencido al mundo».

Capítulo 17
Jesús ora al Padre por su glorificación
17:1 Jesús dijo estas cosas y, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti,
17:2 así como le diste autoridad sobre toda la humanidad, para que dé vida eterna a todos los que le has dado.
17:3 Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien enviaste.
17:4 Yo te he glorificado en la tierra al completar la obra que me has dado para hacer.
17:5 Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti con la gloria que tenía junto a ti antes de que el mundo existiera.
Jesús ora por sus discípulos
17:6 He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de entre el mundo. Eran tuyos, me los diste y han guardado tu palabra.
17:7 Ahora han conocido que todo lo que me has dado procede de ti,
17:8 porque les he dado las palabras que me diste. Ellos las recibieron y conocieron verdaderamente que salí de ti, y creyeron que tú me enviaste.
17:9 Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me has dado, porque son tuyos.
17:10 Todo lo mío es tuyo y lo tuyo es mío, y he sido glorificado en ellos.
Protección y unidad en el nombre del Padre
17:11 Ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, guárdalos en tu nombre, el que me has dado, para que sean uno como nosotros.
17:12 Cuando estaba con ellos, yo los guardaba en tu nombre, el que me has dado. Los protegí, y ninguno de ellos se perdió, salvo el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura.
17:13 Pero ahora voy a ti y digo estas cosas en el mundo para que tengan mi gozo completo en sí mismos.
17:14 Yo les he dado tu palabra, y el mundo los odió porque no son del mundo, así como yo no soy del mundo.
17:15 No ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno.
17:16 No son del mundo, así como yo no soy del mundo.
Santificados en la verdad y enviados al mundo
17:17 Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad.
17:18 Así como tú me enviaste al mundo, también yo los envié al mundo.
17:19 Y por ellos me consagro a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.
Jesús ora por la unidad de todos los creyentes
17:20 Pero no ruego solo por estos, sino también por los que creen en mí por la palabra de ellos,
17:21 para que todos sean uno, así como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; para que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.
17:22 Yo les he dado la gloria que me has dado, para que sean uno como nosotros somos uno:
17:23 yo en ellos y tú en mí, para que sean perfeccionados en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste y que los amaste a ellos como me amaste a mí.
La comunión con Jesús y el amor del Padre
17:24 Padre, quiero que los que me has dado estén también conmigo donde yo estoy, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me amaste antes de la fundación del mundo.
17:25 Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste.
17:26 Les he dado a conocer tu nombre y lo daré a conocer, para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo en ellos».

Capítulo 18
Arresto de Jesús
Mateo 26:47–56; Marcos 14:43–50; Lucas 22:47–53
18:1 Después de decir estas cosas, Jesús salió con sus discípulos al otro lado del torrente de Cedrón. Allí había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos.
18:2 Judas, el que lo entregaba, también conocía el lugar, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos.
18:3 Entonces Judas, llevando consigo al destacamento y a unos guardias de los principales sacerdotes y de los fariseos, llegó allí con linternas, antorchas y armas.
18:4 Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, salió y les preguntó: «¿A quién buscan?».
18:5 Le respondieron: «A Jesús el Nazareno». Él les dijo: «Yo soy». Judas, el que lo entregaba, también estaba con ellos.
18:6 Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron al suelo.
18:7 Entonces volvió a preguntarles: «¿A quién buscan?». Ellos respondieron: «A Jesús el Nazareno».
18:8 Jesús respondió: «Les dije que yo soy. Así que, si me buscan a mí, dejen que estos se vayan».
18:9 Esto fue para que se cumpliera la palabra que había dicho: «De los que me has dado, no perdí a ninguno».
18:10 Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, hirió al esclavo del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. El esclavo se llamaba Malco.
18:11 Entonces Jesús dijo a Pedro: «Mete la espada en la vaina. ¿Acaso no he de beber la copa que el Padre me ha dado?».
Jesús es llevado ante Anás
Mateo 26:57–58; Marcos 14:53–54; Lucas 22:54
18:12 Entonces el destacamento, el comandante y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron
18:13 y lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año.
18:14 Caifás era el que había aconsejado a los judíos que convenía que un solo hombre muriera por el pueblo.
Pedro entra en el patio y niega a Jesús
Mateo 26:69–70; Marcos 14:66–68; Lucas 22:55–57
18:15 Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Aquel discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús al patio del sumo sacerdote.
18:16 Pero Pedro se quedó afuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló con la portera e hizo entrar a Pedro.
18:17 La criada que cuidaba la puerta preguntó a Pedro: «¿No eres tú también uno de los discípulos de este hombre?». Él respondió: «No lo soy».
18:18 Los esclavos y los guardias estaban de pie, calentándose junto a un fuego de carbón que habían encendido porque hacía frío. Pedro también estaba con ellos, de pie, calentándose.
Anás interroga a Jesús
Mateo 26:59–66; Marcos 14:55–64; Lucas 22:66–71
18:19 El sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza.
18:20 Jesús le respondió: «Yo he hablado abiertamente al mundo. Siempre enseñé en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto.
18:21 ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído qué les he dicho. Mira, ellos saben lo que yo dije».
18:22 Al decir esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús y le dijo: «¿Así respondes al sumo sacerdote?».
18:23 Jesús le respondió: «Si he hablado mal, da testimonio de lo malo. Pero si he hablado bien, ¿por qué me golpeas?».
18:24 Entonces Anás lo envió atado a Caifás, el sumo sacerdote.
Pedro niega de nuevo a Jesús
Mateo 26:71–75; Marcos 14:69–72; Lucas 22:58–62
18:25 Simón Pedro estaba de pie, calentándose. Le preguntaron: «¿No eres tú también uno de sus discípulos?». Él lo negó y dijo: «No lo soy».
18:26 Uno de los esclavos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le preguntó: «¿No te vi yo en el huerto con él?».
18:27 Pedro volvió a negarlo, y al instante cantó un gallo.
Jesús ante Pilato
Mateo 27:1–2; Mateo 27:11–31; Marcos 15:1–20; Lucas 23:1–5; Lucas 23:13–25
18:28 Llevaron a Jesús de Caifás al pretorio. Era de mañana. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder comer la Pascua.
18:29 Entonces Pilato salió adonde estaban y preguntó: «¿Qué acusación presentan contra este hombre?».
18:30 Le respondieron: «Si este no hiciera el mal, no te lo habríamos entregado».
18:31 Pilato les dijo: «Tómenlo ustedes y júzguenlo conforme a su ley». Los judíos le respondieron: «A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie».
18:32 Esto fue para que se cumpliera la palabra de Jesús, que había dicho para indicar de qué muerte iba a morir.
La realeza de Jesús y el testimonio de la verdad
18:33 Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?».
18:34 Jesús respondió: «¿Dices esto por tu propia cuenta, o te lo han dicho otros acerca de mí?».
18:35 Pilato respondió: «¿Acaso soy yo judío? Tu nación y los principales sacerdotes te entregaron a mí. ¿Qué has hecho?».
18:36 Jesús respondió: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero ahora mi reino no es de aquí».
18:37 Entonces Pilato le preguntó: «¿Así que tú eres rey?». Jesús respondió: «Tú dices que soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
18:38 Pilato le preguntó: «¿Qué es la verdad?». Después de decir esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo: «Yo no encuentro en él ningún delito.
El rechazo de Jesús y la petición de Barrabás
18:39 Pero ustedes tienen la costumbre de que les ponga en libertad a uno en la Pascua. ¿Quieren, entonces, que les deje libre al rey de los judíos?».
18:40 Ellos volvieron a gritar: «¡A este no, sino a Barrabás!». Barrabás era un bandido.

Capítulo 19
Jesús es azotado y presentado como rey
19:1 Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar.
19:2 Los soldados tejieron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y lo vistieron con un manto de púrpura.
19:3 Se acercaban a él y le decían: «¡Salve, rey de los judíos!». Y le daban bofetadas.
19:4 Pilato volvió a salir y les dijo: «Miren, lo traigo afuera para que sepan que no encuentro en él ningún delito».
19:5 Entonces Jesús salió llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Pilato les dijo: «¡He aquí el hombre!».
La exigencia de crucifixión y la acusación contra el Hijo
19:6 Cuando lo vieron los principales sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». Pilato les dijo: «Tómenlo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro en él ningún delito».
19:7 Los judíos le respondieron: «Nosotros tenemos una ley, y conforme a esa ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios».
19:8 Cuando Pilato oyó estas palabras, tuvo aún más miedo.
La autoridad recibida de lo alto
19:9 Volvió a entrar en el pretorio y preguntó a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta.
19:10 Entonces Pilato le dijo: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para dejarte libre y tengo autoridad para crucificarte?».
19:11 Jesús le respondió: «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te hubiera sido dada de arriba. Por eso, el que me entregó a ti tiene mayor pecado».
19:12 Desde entonces Pilato buscaba dejarlo libre, pero los judíos gritaron: «Si dejas libre a este, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey se opone al César».
La entrega de Jesús para la crucifixión
19:13 Cuando Pilato oyó estas palabras, sacó a Jesús y se sentó en el tribunal, en un lugar llamado el Empedrado, y en hebreo Gabata.
19:14 Era el día de la Preparación de la Pascua, cerca del mediodía. Pilato dijo a los judíos: «¡He aquí su rey!».
19:15 Ellos gritaron: «¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo!». Pilato les preguntó: «¿Voy a crucificar a su rey?». Los principales sacerdotes respondieron: «No tenemos más rey que el César».
19:16 Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Así que tomaron a Jesús.
Crucifixión y muerte de Jesús
Mateo 27:32–50; Marcos 15:21–37; Lucas 23:26–49
19:17 Él, cargando su propia cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, que en hebreo se llama Gólgota.
19:18 Allí lo crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.
La inscripción que anuncia la realeza de Jesús
19:19 Pilato también escribió una inscripción y la puso sobre la cruz. Estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el rey de los judíos».
19:20 Muchos de los judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad. Estaba escrita en hebreo, latín y griego.
19:21 Entonces los principales sacerdotes de los judíos decían a Pilato: «No escribas: “El rey de los judíos”, sino que él dijo: “Soy rey de los judíos”».
19:22 Pilato respondió: «Lo que he escrito, he escrito».
Las vestiduras y el cumplimiento de la Escritura
19:23 Cuando los soldados crucificaron a Jesús, tomaron su ropa y la dividieron en cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también la túnica, que no tenía costura, tejida de arriba abajo en una sola pieza.
19:24 Se dijeron unos a otros: «No la rasguemos, sino echemos suertes para ver de quién será». Esto fue para que se cumpliera la Escritura que dice: «Se repartieron mi ropa entre ellos y sobre mi vestidura echaron suertes». Así hicieron los soldados.
El cuidado de Jesús por su madre
19:25 Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María de Clopás y María Magdalena.
19:26 Jesús, al ver a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
19:27 Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.
La sed de Jesús y la obra consumada
19:28 Después de esto, Jesús, sabiendo que ya todo estaba cumplido, dijo, para que se cumpliera la Escritura: «Tengo sed».
19:29 Había allí una vasija llena de vino agrio. Entonces empaparon una esponja en el vino agrio, la pusieron en una rama de hisopo y se la acercaron a la boca.
19:30 Cuando Jesús tomó el vino agrio, dijo: «Consumado es». Inclinó la cabeza y entregó el espíritu.
El costado de Jesús traspasado
19:31 Como era el día de la Preparación, los judíos, para que los cuerpos no quedaran en la cruz durante el sábado —pues aquel sábado era un día de gran solemnidad—, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran.
19:32 Los soldados fueron y quebraron las piernas del primero y del otro que había sido crucificado con él.
19:33 Pero al llegar a Jesús, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas.
19:34 Sin embargo, uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua.
El testimonio y el cumplimiento de las Escrituras
19:35 El que lo ha visto ha dado testimonio, y su testimonio es verdadero. Él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean.
19:36 Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliera la Escritura: «No será quebrado ninguno de sus huesos».
19:37 Y también otra Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».
Jesús es sepultado
Mateo 27:57–61; Marcos 15:42–47; Lucas 23:50–56
19:38 Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato llevarse el cuerpo de Jesús. Pilato se lo permitió. Entonces fue y se llevó su cuerpo.
19:39 También vino Nicodemo, el que antes había ido a Jesús de noche, trayendo unos treinta y tres kilos de una mezcla de mirra y áloe.
19:40 Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con las especias aromáticas, conforme a la costumbre de los judíos para sepultar.
19:41 En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo en el que todavía no se había puesto a nadie.
19:42 Allí pusieron a Jesús por ser el día de la Preparación de los judíos y porque el sepulcro estaba cerca.

Capítulo 20
La resurrección
Mateo 28:1–10; Marcos 16:1–8; Lucas 24:1–12
20:1 El primer día de la semana, María Magdalena fue temprano al sepulcro, cuando todavía estaba oscuro, y vio que la piedra había sido quitada del sepulcro.
20:2 Entonces corrió y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado al Señor del sepulcro, y no sabemos dónde lo han puesto».
Pedro y el otro discípulo van al sepulcro
20:3 Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro.
20:4 Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más rápido que Pedro y llegó primero al sepulcro.
20:5 Se inclinó y vio los lienzos puestos allí, pero no entró.
20:6 Entonces llegó también Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro. Vio los lienzos puestos allí
20:7 y el paño que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto junto a los lienzos, sino enrollado aparte en un lugar.
Ver, creer y comprender la Escritura
20:8 Entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
20:9 Porque todavía no habían entendido la Escritura, que él debía resucitar de entre los muertos.
20:10 Entonces los discípulos regresaron a sus casas.
Jesús se aparece a María Magdalena
Marcos 16:9–11
20:11 Pero María estaba afuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro
20:12 y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies de donde había estado el cuerpo de Jesús.
20:13 Ellos le preguntaron: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto».
20:14 Después de decir esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús.
20:15 Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el jardinero, le dijo: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré».
María reconoce al Señor y es enviada a anunciarlo
20:16 Jesús le dijo: «¡María!». Ella se volvió y le dijo en hebreo: «¡Rabuní!» —que significa Maestro—.
20:17 Jesús le dijo: «No te aferres a mí, porque todavía no he subido al Padre. Pero ve a mis hermanos y diles: “Subo a mi Padre y Padre de ustedes, a mi Dios y Dios de ustedes”».
20:18 María Magdalena fue a anunciar a los discípulos: «He visto al Señor», y que él le había dicho estas cosas.
Jesús se aparece a los discípulos
Mateo 28:16–20; Marcos 16:14–18; Lucas 24:36–49
20:19 Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos por miedo a los judíos. Jesús vino, se puso en medio y les dijo: «Paz a ustedes».
20:20 Después de decir esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor.
El envío, el Espíritu Santo y el anuncio del perdón
20:21 Jesús les dijo otra vez: «Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, también yo los envío a ustedes».
20:22 Después de decir esto, sopló y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo.
20:23 A quienes perdonen los pecados, les han sido perdonados; a quienes se los retengan, les han sido retenidos».
Tomás reconoce al Señor resucitado
20:24 Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús.
20:25 Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les respondió: «Si no veo en sus manos la marca de los clavos, y meto mi dedo en la marca de los clavos, y meto mi mano en su costado, jamás creeré».
20:26 Ocho días después, sus discípulos estaban otra vez dentro, y Tomás con ellos. Jesús vino, estando las puertas cerradas, se puso en medio y dijo: «Paz a ustedes».
20:27 Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo aquí y mira mis manos. Trae tu mano y métela en mi costado. No seas incrédulo, sino creyente».
Señor mío y Dios mío
20:28 Tomás le respondió: «¡Señor mío y Dios mío!».
20:29 Jesús le dijo: «¿Has creído porque me has visto? Dichosos los que no vieron y creyeron».
El propósito del libro
20:30 Jesús hizo también, en presencia de los discípulos, muchas otras señales que no están escritas en este libro.
20:31 Pero estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.

Capítulo 21
Jesús se aparece a siete de sus discípulos
21:1 Después de esto, Jesús se manifestó de nuevo a los discípulos junto al mar de Tiberias. Se manifestó de esta manera:
21:2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado Dídimo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos de sus discípulos.
21:3 Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar». Ellos le dijeron: «También nosotros vamos contigo». Salieron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.
21:4 Cuando ya amanecía, Jesús estaba de pie en la playa, pero los discípulos no sabían que era Jesús.
21:5 Jesús les preguntó: «Muchachos, ¿tienen algo de comer?». Le respondieron: «No».
La pesca abundante y el reconocimiento del Señor
21:6 Él les dijo: «Echen la red al lado derecho de la barca, y encontrarán». La echaron y ya no podían arrastrarla por la cantidad de peces.
21:7 Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!». Al oír que era el Señor, Simón Pedro se ciñó la ropa, porque estaba desvestido, y se arrojó al mar.
21:8 Los otros discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red de peces, porque no estaban lejos de tierra, sino a unos noventa metros.
Jesús recibe a los discípulos con una comida
21:9 Cuando bajaron a tierra, vieron unas brasas con un pescado encima y pan.
21:10 Jesús les dijo: «Traigan de los pescados que acaban de pescar».
21:11 Simón Pedro subió y arrastró hasta tierra la red, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, la red no se rompió.
21:12 Jesús les dijo: «Vengan a desayunar». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Tú quién eres?», porque sabían que era el Señor.
21:13 Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio; y lo mismo hizo con el pescado.
21:14 Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a los discípulos después de haber resucitado de entre los muertos.
Jesús restaura a Pedro y le confía su rebaño
21:15 Después de desayunar, Jesús preguntó a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te amo». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos».
21:16 Volvió a preguntarle por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te amo». Jesús le dijo: «Pastorea mis ovejas».
21:17 Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Pedro se entristeció porque le había preguntado por tercera vez: «¿Me amas?», y le respondió: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.
La fidelidad de Pedro y su llamado al seguimiento
21:18 En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven, te ceñías tú mismo y caminabas adonde querías. Pero cuando envejezcas, extenderás las manos, y otro te ceñirá y te llevará adonde no quieres».
21:19 Dijo esto para indicar con qué muerte iba a glorificar a Dios. Después de decir esto, le dijo: «Sígueme».
El discípulo amado y el llamado a seguir a Jesús
21:20 Pedro se volvió y vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que durante la cena se había inclinado sobre su pecho y había dicho: «Señor, ¿quién es el que te entrega?».
21:21 Al verlo, Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿y este qué?».
21:22 Jesús le respondió: «Si quiero que él permanezca hasta que yo venga, ¿qué tiene eso que ver contigo? Tú sígueme».
21:23 Entonces se extendió entre los hermanos el dicho de que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: «Si quiero que él permanezca hasta que yo venga, ¿qué tiene eso que ver contigo?».
El testimonio verdadero sobre Jesús
21:24 Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que escribió estas cosas, y sabemos que su testimonio es verdadero.
21:25 Jesús hizo también muchas otras cosas. Si se escribieran una por una, creo que ni el mundo mismo podría contener los libros que se escribirían.

HECHOS

Capítulo 1
La promesa del Espíritu Santo
1:1 En mi primer relato, Teófilo, escribí acerca de todo lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar
1:2 hasta el día en que fue llevado al cielo, después de dar instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido.
1:3 A ellos se presentó vivo después de su sufrimiento, con muchas pruebas convincentes; se les apareció durante cuarenta días y les habló acerca del reino de Dios.
1:4 Mientras estaba reunido con ellos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino que esperaran la promesa del Padre: «La que oyeron de mí;
1:5 porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo dentro de pocos días».
La ascensión
1:6 Entonces, los que se habían reunido le preguntaban: «Señor, ¿vas a restaurar el reino a Israel en este tiempo?».
1:7 Él les dijo: «No les corresponde conocer los tiempos o las ocasiones que el Padre ha fijado con su propia autoridad;
1:8 pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra».
1:9 Después de decir esto, fue elevado mientras ellos miraban, y una nube lo ocultó de su vista.
1:10 Mientras miraban fijamente al cielo cuando él se iba, de pronto se presentaron junto a ellos dos hombres vestidos de blanco,
1:11 que les dijeron: «Hombres de Galilea, ¿por qué se quedan mirando al cielo? Este Jesús, que ha sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá de la misma manera en que lo vieron ir al cielo».
Elección del sucesor de Judas
1:12 Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que está cerca de Jerusalén, a un kilómetro de distancia.
1:13 Cuando entraron, subieron a la habitación de la planta alta donde se hospedaban: Pedro, Juan, Jacobo y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hijo de Jacobo.
1:14 Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con las mujeres, María la madre de Jesús y los hermanos de él.
1:15 En aquellos días, Pedro se puso de pie en medio de los hermanos —había unas ciento veinte personas reunidas— y dijo:
1:16 «Hermanos, tenía que cumplirse la Escritura que el Espíritu Santo anunció de antemano por boca de David acerca de Judas, que sirvió de guía a los que arrestaron a Jesús;
1:17 porque era uno de nosotros y le había correspondido una parte en este ministerio».
1:18 Este adquirió un terreno con la recompensa de su maldad; cayó de cabeza, se reventó por la mitad y se derramaron todas sus entrañas.
1:19 Esto llegó a ser conocido por todos los habitantes de Jerusalén, de modo que aquel terreno se llamó en su propia lengua Acéldama, es decir, Campo de Sangre.
1:20 «Porque está escrito en el libro de los Salmos:
 “Que su morada quede desierta y que no haya quien viva en ella”;
 y:
 “Que otro tome su cargo”.
1:21 Por tanto, es necesario que, de los hombres que nos acompañaron durante todo el tiempo en que el Señor Jesús vivió entre nosotros,
1:22 desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue llevado de entre nosotros, uno llegue a ser, junto con nosotros, testigo de su resurrección».
1:23 Así que presentaron a dos: José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre Justo, y Matías.
1:24 Y oraron diciendo: «Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra a cuál de estos dos has escogido
1:25 para ocupar el lugar en este ministerio y apostolado del que Judas se apartó para irse a su propio lugar».
1:26 Entonces echaron suertes sobre ellos; la suerte cayó en Matías, y fue contado con los once apóstoles.

Capítulo 2
La venida del Espíritu Santo
2:1 Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar.
2:2 De repente vino del cielo un estruendo como de un viento impetuoso, que llenó toda la casa donde estaban sentados.
2:3 Se les aparecieron lenguas como de fuego que se repartían, y una se posó sobre cada uno de ellos.
2:4 Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.
2:5 En Jerusalén vivían judíos, hombres piadosos de todas las naciones bajo el cielo.
2:6 Al oírse aquel estruendo, la multitud se reunió y quedó desconcertada, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua.
2:7 Estaban asombrados y maravillados, y decían: «Miren, ¿no son galileos todos estos que hablan?
2:8 ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua materna?
2:9 Partos, medos y elamitas; los que vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto y Asia,
2:10 Frigia, Panfilia, Egipto y las regiones de Libia cercanas a Cirene; los visitantes de Roma,
2:11 tanto judíos como convertidos al judaísmo; cretenses y árabes: los oímos hablar en nuestras lenguas de las grandezas de Dios».
2:12 Todos estaban asombrados y perplejos, y se decían unos a otros: «¿Qué significa esto?».
2:13 Pero otros se burlaban y decían: «Están llenos de vino dulce».
Primer discurso de Pedro
2:14 Entonces Pedro se puso de pie con los once, alzó la voz y les declaró: «Hombres judíos y todos los que viven en Jerusalén, sepan esto y escuchen mis palabras.
2:15 Estos no están borrachos, como ustedes suponen, pues son las nueve de la mañana.
2:16 Esto es lo que fue anunciado por medio del profeta Joel:
2:17 “En los últimos días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne.
   Sus hijos y sus hijas profetizarán;
   sus jóvenes verán visiones, y sus ancianos soñarán sueños.
2:18 Aun sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré de mi Espíritu en aquellos días, y profetizarán.
2:19 Haré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra: sangre, fuego y vapor de humo.
2:20 El sol se convertirá en oscuridad y la luna en sangre, antes de que llegue el día del Señor, grande y glorioso.
2:21 Y todo el que invoque el nombre del Señor será salvo”.
2:22 Hombres de Israel, escuchen estas palabras: Jesús el Nazareno fue un hombre acreditado por Dios ante ustedes con obras poderosas, prodigios y señales que Dios hizo por medio de él entre ustedes, como ustedes mismos saben.
2:23 A este, entregado según el plan determinado y el conocimiento anticipado de Dios, ustedes lo mataron clavándolo en una cruz por manos de hombres sin ley.
2:24 Pero Dios lo resucitó, liberándolo de los dolores de la muerte, porque era imposible que ella lo retuviera.
2:25 Pues David dice acerca de él:
 “Veía al Señor siempre delante de mí, porque está a mi derecha para que no sea sacudido.
2:26 Por eso se alegró mi corazón y se regocijó mi lengua;
   también mi cuerpo descansará en esperanza,
2:27 porque no abandonarás mi alma en el Hades ni permitirás que tu Santo vea corrupción.
2:28 Me has dado a conocer los caminos de la vida;
   me llenarás de alegría con tu presencia”.
2:29 Hermanos, puedo hablarles con franqueza del patriarca David: murió y fue sepultado, y su tumba está entre nosotros hasta el día de hoy.
2:30 Como era profeta y sabía que Dios le había jurado sentar en su trono a uno de sus descendientes,
2:31 previó la resurrección de Cristo y habló de ella: no fue abandonado en el Hades ni su cuerpo vio corrupción.
2:32 A este Jesús lo resucitó Dios, y de ello todos nosotros somos testigos.
2:33 Exaltado, pues, a la derecha de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que ustedes ven y oyen.
2:34 Porque David no subió a los cielos, pero él mismo dice:
 “El Señor dijo a mi Señor: ‘Siéntate a mi derecha
2:35 hasta que ponga a tus enemigos como estrado de tus pies’”.
2:36 Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que a este Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Cristo».
2:37 Al oír esto, sintieron el corazón traspasado y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: «Hermanos, ¿qué debemos hacer?».
2:38 Pedro les respondió: «Arrepiéntanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para el perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo.
2:39 Porque la promesa es para ustedes, para sus hijos y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor nuestro Dios».
2:40 Con muchas otras palabras daba testimonio y los exhortaba, diciendo: «Sálvense de esta generación perversa».
2:41 Así que los que recibieron su palabra fueron bautizados, y aquel día se añadieron unas tres mil personas.
La vida de los primeros cristianos
2:42 Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones.
2:43 El temor se apoderaba de todos, y por medio de los apóstoles se realizaban muchos prodigios y señales.
2:44 Todos los que creían estaban juntos y tenían todas las cosas en común.
2:45 Vendían sus propiedades y sus bienes, y los repartían entre todos según la necesidad de cada uno.
2:46 Día tras día perseveraban unánimes en el templo, partían el pan en las casas y compartían la comida con alegría y sencillez de corazón,
2:47 alabando a Dios y gozando del favor de todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la comunidad a los que iban siendo salvos.

Capítulo 3
Curación de un cojo
3:1 Pedro y Juan subían al templo a la hora de la oración, a las tres de la tarde.
3:2 Llevaban a un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día junto a la puerta del templo llamada Hermosa, para pedir limosna a los que entraban en el templo.
3:3 Al ver a Pedro y a Juan a punto de entrar en el templo, les pedía limosna.
3:4 Pedro, junto con Juan, lo miró fijamente y le dijo: «Míranos».
3:5 Él les prestó atención, esperando recibir algo de ellos.
3:6 Pero Pedro dijo: «No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: en el nombre de Jesucristo el Nazareno, anda».
3:7 Lo tomó de la mano derecha y lo levantó. Al instante, sus pies y tobillos cobraron fuerza;
3:8 de un salto se puso de pie y comenzó a caminar. Entró con ellos en el templo, caminando, saltando y alabando a Dios.
3:9 Todo el pueblo lo vio caminar y alabar a Dios.
3:10 Reconocieron que era el que se sentaba a pedir limosna en la puerta Hermosa del templo, y se llenaron de asombro y admiración por lo que le había sucedido.
Discurso de Pedro en el pórtico de Salomón
3:11 Mientras él se aferraba a Pedro y a Juan, todo el pueblo, lleno de asombro, corrió hacia ellos al pórtico llamado de Salomón.
3:12 Al verlo, Pedro se dirigió al pueblo: «Israelitas, ¿por qué se asombran de esto? ¿Por qué nos miran fijamente, como si por nuestro propio poder o devoción hubiéramos hecho caminar a este hombre?
3:13 El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, a quien ustedes entregaron y rechazaron ante Pilato, cuando él había decidido dejarlo en libertad.
3:14 Ustedes rechazaron al Santo y Justo, y pidieron que se les concediera la libertad de un asesino.
3:15 Mataron al Autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos; de esto nosotros somos testigos.
3:16 Por la fe en su nombre, su nombre ha fortalecido a este hombre que ustedes ven y conocen; y la fe que viene por medio de él le ha dado esta completa salud ante todos ustedes.
3:17 Ahora bien, hermanos, sé que actuaron por ignorancia, al igual que sus gobernantes.
3:18 Pero así Dios cumplió lo que había anunciado de antemano por boca de todos los profetas: que su Cristo sufriría.
3:19 Por tanto, arrepiéntanse y vuélvanse a Dios, para que sus pecados sean borrados,
3:20 a fin de que vengan tiempos de alivio de la presencia del Señor, y él envíe a Jesús, el Cristo designado de antemano para ustedes.
3:21 El cielo debe recibirlo hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de las que Dios habló desde la antigüedad por boca de sus santos profetas.
3:22 Moisés dijo: “El Señor Dios les levantará de entre sus hermanos un profeta como yo; escúchenlo en todo lo que les diga.
3:23 Y toda persona que no escuche a ese profeta será exterminada de entre el pueblo”.
3:24 También todos los profetas que hablaron, desde Samuel y sus sucesores en adelante, anunciaron estos días.
3:25 Ustedes son los hijos de los profetas y del pacto que Dios estableció con sus padres cuando dijo a Abraham: “En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra”.
3:26 Para ustedes primero, Dios levantó a su siervo y lo envió para bendecirlos, apartando a cada uno de ustedes de sus maldades».

Capítulo 4
Pedro y Juan ante el concilio
4:1 Mientras ellos hablaban al pueblo, se les acercaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos,
4:2 muy molestos porque enseñaban al pueblo y anunciaban en Jesús la resurrección de entre los muertos.
4:3 Los arrestaron y los pusieron bajo custodia hasta el día siguiente, pues ya era tarde.
4:4 Pero muchos de los que habían oído la palabra creyeron, y el número de hombres llegó a unos cinco mil.
4:5 Al día siguiente se reunieron en Jerusalén sus gobernantes, ancianos y escribas,
4:6 junto con el sumo sacerdote Anás, Caifás, Juan, Alejandro y todos los que pertenecían a la familia de los sumos sacerdotes.
4:7 Los hicieron ponerse en medio y les preguntaron: «¿Con qué poder o en qué nombre hicieron ustedes esto?».
4:8 Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: «Gobernantes del pueblo y ancianos,
4:9 si hoy se nos interroga por el bien hecho a un hombre enfermo y por cómo ha sido sanado,
4:10 sepan todos ustedes y todo el pueblo de Israel que es en el nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos, que este hombre está sano ante ustedes.
4:11 Él es la piedra despreciada por ustedes, los constructores, que se ha convertido en la piedra angular.
4:12 En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por el cual debamos ser salvos».
4:13 Al ver la valentía de Pedro y Juan, y darse cuenta de que eran hombres sin instrucción y gente común, se asombraban. También reconocían que habían estado con Jesús.
4:14 Pero, al ver de pie junto a ellos al hombre que había sido sanado, no tenían nada que oponer.
4:15 Les ordenaron salir del Concilio y deliberaban entre sí,
4:16 diciendo: «¿Qué haremos con estos hombres? Es evidente para todos los habitantes de Jerusalén que por medio de ellos se ha realizado una señal notoria, y no podemos negarlo.
4:17 Pero para que esto no se divulgue más entre el pueblo, amenacémoslos para que no vuelvan a hablar a nadie en este nombre».
4:18 Entonces los llamaron y les ordenaron que de ningún modo hablaran ni enseñaran en el nombre de Jesús.
4:19 Pero Pedro y Juan les respondieron: «Juzguen ustedes si es justo ante Dios obedecerlos a ustedes antes que a Dios,
4:20 porque nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído».
4:21 Después de amenazarlos de nuevo, los dejaron ir. No encontraban cómo castigarlos por causa del pueblo, pues todos glorificaban a Dios por lo sucedido.
4:22 Porque el hombre en quien se había realizado esta señal de sanidad tenía más de cuarenta años.
Los creyentes piden confianza y valor
4:23 Una vez en libertad, fueron a los suyos y les contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho.
4:24 Al oírlo, alzaron unánimes la voz a Dios y dijeron: «Soberano Señor, tú hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos.
4:25 Tú dijiste por el Espíritu Santo, por boca de nuestro padre David, tu siervo:
 “¿Por qué se enfurecieron las naciones y los pueblos tramaron cosas vanas?
4:26 Los reyes de la tierra se alzaron, y los gobernantes se reunieron contra el Señor y contra su Cristo”.
4:27 Porque en verdad se reunieron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato, junto con los gentiles y los pueblos de Israel, contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste,
4:28 para hacer cuanto tu mano y tu plan habían determinado de antemano que sucediera.
4:29 Y ahora, Señor, mira sus amenazas y concede a tus siervos hablar tu palabra con toda valentía,
4:30 mientras extiendes tu mano para sanar y se realizan señales y prodigios por medio del nombre de tu santo siervo Jesús».
4:31 Cuando terminaron de orar, tembló el lugar donde estaban reunidos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban la palabra de Dios con valentía.
Todas las cosas en común
4:32 La multitud de los que habían creído tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie decía que fuera suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común.
4:33 Con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia estaba sobre todos ellos.
4:34 No había ningún necesitado entre ellos, pues todos los que poseían terrenos o casas los vendían, llevaban el importe de lo vendido
4:35 y lo ponían a los pies de los apóstoles. Se repartía a cada uno según su necesidad.
4:36 José, a quien los apóstoles llamaron Bernabé, que significa «hijo de consolación», era levita y natural de Chipre.
4:37 Tenía un campo, lo vendió, llevó el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.

Capítulo 5
Ananías y Safira
5:1 Un hombre llamado Ananías, junto con Safira su esposa, vendió una propiedad
5:2 y se quedó con parte del precio, con conocimiento de su esposa. Llevó una parte y la puso a los pies de los apóstoles.
5:3 Entonces Pedro dijo: «Ananías, ¿por qué ha llenado Satanás tu corazón para que mientas al Espíritu Santo y te quedes con parte del precio del terreno?
5:4 Mientras lo conservabas, ¿no seguía siendo tuyo? Y una vez vendido, ¿no podías disponer de su precio? ¿Por qué concebiste en tu corazón este propósito? No has mentido a los hombres, sino a Dios».
5:5 Al oír estas palabras, Ananías cayó y murió. Un gran temor se apoderó de todos los que lo oyeron.
5:6 Los jóvenes se levantaron, envolvieron su cuerpo, lo sacaron y lo sepultaron.
5:7 Unas tres horas después entró su esposa, sin saber lo que había sucedido.
5:8 Pedro le preguntó: «Dime, ¿vendieron el terreno por esta cantidad?». Ella dijo: «Sí, por esa cantidad».
5:9 Entonces Pedro le dijo: «¿Por qué se pusieron de acuerdo para poner a prueba al Espíritu del Señor? Mira, a la puerta están los pies de los que sepultaron a tu esposo, y también te sacarán a ti».
5:10 Al instante, ella cayó a sus pies y murió. Cuando entraron los jóvenes, la encontraron muerta; la sacaron y la sepultaron junto a su esposo.
5:11 Un gran temor se apoderó de toda la iglesia y de todos los que oían estas cosas.
Muchas señales y maravillas
5:12 Por medio de las manos de los apóstoles se realizaban muchas señales y prodigios entre el pueblo. Todos estaban unidos en el pórtico de Salomón.
5:13 Ninguno de los demás se atrevía a unirse a ellos, aunque el pueblo los tenía en gran estima.
5:14 Y cada vez se añadían más creyentes en el Señor, multitudes de hombres y de mujeres,
5:15 hasta el punto de que sacaban a los enfermos a las calles y los colocaban en camas y camillas, para que, al pasar Pedro, al menos su sombra cubriera a alguno de ellos.
5:16 También acudía la multitud de las ciudades cercanas a Jerusalén, llevando enfermos y personas atormentadas por espíritus impuros, y todos eran sanados.
Los apóstoles son perseguidos
5:17 Entonces el sumo sacerdote y todos los que estaban con él, pertenecientes al grupo de los saduceos, se levantaron llenos de celos,
5:18 arrestaron a los apóstoles y los pusieron en la cárcel pública.
5:19 Pero durante la noche, un ángel del Señor abrió las puertas de la cárcel, los sacó y les dijo:
5:20 «Vayan, preséntense en el templo y anuncien al pueblo todas las palabras de esta vida».
5:21 Al oír esto, entraron al amanecer en el templo y comenzaron a enseñar. Cuando llegaron el sumo sacerdote y los que estaban con él, convocaron al Concilio y a toda la asamblea de ancianos de los hijos de Israel, y enviaron a la prisión para que los trajeran.
5:22 Pero los guardias que fueron no los encontraron en la cárcel. Regresaron e informaron:
5:23 «Encontramos la prisión cerrada con toda seguridad y a los guardianes de pie junto a las puertas; pero, cuando abrimos, no encontramos a nadie dentro».
5:24 Al oír estas palabras, el jefe de la guardia del templo y los principales sacerdotes quedaron perplejos acerca de ellos y se preguntaban en qué terminaría aquello.
5:25 Entonces llegó alguien y les informó: «¡Miren! Los hombres que metieron en la cárcel están en el templo, enseñando al pueblo».
5:26 El jefe fue con los guardias y los trajo, sin violencia, porque temían que el pueblo los apedreara.
5:27 Después de traerlos, los presentaron ante el Concilio, y el sumo sacerdote los interrogó:
5:28 «Les ordenamos estrictamente que no enseñaran en ese nombre, y miren: han llenado Jerusalén de su enseñanza y quieren hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre».
5:29 Pedro y los apóstoles respondieron: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.
5:30 El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes mataron colgándolo de un madero.
5:31 Dios lo exaltó a su derecha como Príncipe y Salvador, para conceder a Israel arrepentimiento y perdón de pecados.
5:32 Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, que Dios ha dado a quienes le obedecen».
5:33 Al oír esto, se enfurecían y querían matarlos.
La intervención de Gamaliel
5:34 Pero un fariseo llamado Gamaliel, maestro de la ley respetado por todo el pueblo, se levantó en el Concilio y ordenó que hicieran salir a los hombres por un momento.
5:35 Entonces les dijo: «Israelitas, tengan cuidado con lo que van a hacer a estos hombres.
5:36 Porque hace algún tiempo se levantó Teudas, que afirmaba ser alguien, y se le unieron unos cuatrocientos hombres. Lo mataron, y todos los que lo seguían se dispersaron y quedaron reducidos a nada.
5:37 Después de él se levantó Judas el Galileo en los días del censo y arrastró al pueblo tras él. También él pereció, y todos los que lo seguían fueron dispersados.
5:38 Ahora les digo: apártense de estos hombres y déjenlos; porque, si este propósito o esta obra procede de los hombres, será destruida;
5:39 pero, si procede de Dios, no podrán destruirlos. No sea que se encuentren luchando contra Dios». Ellos se dejaron convencer por él.
5:40 Llamaron a los apóstoles y, después de azotarlos, les ordenaron que no hablaran en el nombre de Jesús y los dejaron en libertad.
5:41 Ellos salieron de la presencia del Concilio, gozosos de haber sido considerados dignos de sufrir deshonra por el Nombre.
5:42 Y cada día, en el templo y por las casas, no dejaban de enseñar y anunciar la buena noticia de que Jesús es el Cristo.

Capítulo 6
Elección de siete servidores
6:1 En aquellos días, al multiplicarse los discípulos, surgió una queja de los judíos de habla griega contra los de habla hebrea, porque sus viudas eran desatendidas en la distribución diaria.
6:2 Los Doce convocaron a la multitud de los discípulos y dijeron: «No es apropiado que nosotros abandonemos la palabra de Dios para servir a las mesas.
6:3 Así que, hermanos, escojan de entre ustedes a siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu y de sabiduría, a quienes encargaremos esta tarea.
6:4 Nosotros perseveraremos en la oración y en el ministerio de la palabra».
6:5 La propuesta agradó a toda la multitud. Escogieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Parmenas y a Nicolás, un convertido al judaísmo de Antioquía.
6:6 Los presentaron ante los apóstoles, quienes oraron y les impusieron las manos.
6:7 La palabra de Dios seguía creciendo, y el número de los discípulos se multiplicaba mucho en Jerusalén. También un gran número de sacerdotes obedecía a la fe.
Arresto de Esteban
6:8 Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba grandes prodigios y señales entre el pueblo.
6:9 Pero se levantaron algunos de la sinagoga llamada de los Libertos, de los de Cirene y Alejandría y de los de Cilicia y Asia, y discutían con Esteban.
6:10 Sin embargo, no podían resistir la sabiduría y el Espíritu con que hablaba.
6:11 Entonces instigaron en secreto a unos hombres para que dijeran: «Lo hemos oído pronunciar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios».
6:12 Agitaron al pueblo, a los ancianos y a los escribas; se abalanzaron sobre él, lo arrestaron y lo llevaron ante el Concilio.
6:13 Presentaron testigos falsos que decían: «Este hombre no deja de hablar contra el lugar santo y contra la ley;
6:14 porque lo hemos oído decir que ese Jesús el Nazareno destruirá este lugar y cambiará las costumbres que Moisés nos transmitió».
6:15 Todos los que estaban sentados en el Concilio fijaron la mirada en él y vieron su rostro como el rostro de un ángel.

Capítulo 7
Defensa y muerte de Esteban
7:1 El sumo sacerdote preguntó: «¿Es esto así?».
7:2 Él respondió: «Hermanos y padres, escuchen: el Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abraham cuando estaba en Mesopotamia, antes de que viviera en Harán,
7:3 y le dijo: “Sal de tu tierra y de tu familia, y ven a la tierra que yo te mostraré”.
7:4 Entonces salió de la tierra de los caldeos y se estableció en Harán. Desde allí, después de morir su padre, Dios lo trasladó a esta tierra donde ustedes viven ahora.
7:5 No le dio ninguna herencia en ella, ni siquiera un metro cuadrado, pero prometió dársela en posesión a él y a su descendencia después de él, cuando aún no tenía ningún hijo.
7:6 Dios habló así: su descendencia viviría como extranjera en tierra ajena, y la esclavizarían y maltratarían durante cuatrocientos años.
7:7 “Pero yo juzgaré a la nación a la que sirvan como esclavos —dijo Dios—; después saldrán y me rendirán culto en este lugar”.
7:8 Y le dio el pacto de la circuncisión. Así Abraham engendró a Isaac y lo circuncidó al octavo día; Isaac engendró a Jacob, y Jacob a los doce patriarcas.
José y la preservación de su familia
7:9 Los patriarcas, por envidia de José, lo vendieron para que fuera llevado a Egipto. Pero Dios estaba con él
7:10 y lo libró de todas sus aflicciones. Le concedió favor y sabiduría ante el faraón, rey de Egipto, quien lo nombró gobernador sobre Egipto y sobre toda su casa.
7:11 Llegó entonces una hambruna a todo Egipto y Canaán, y hubo gran aflicción; nuestros padres no encontraban alimentos.
7:12 Al oír Jacob que había grano en Egipto, envió a nuestros padres por primera vez.
7:13 En la segunda ocasión, José se dio a conocer a sus hermanos, y el faraón supo de la familia de José.
7:14 José mandó llamar a Jacob, su padre, y a toda su familia: setenta y cinco personas.
7:15 Jacob bajó a Egipto, y allí murieron él y nuestros padres.
7:16 Fueron trasladados a Siquem y colocados en el sepulcro que Abraham había comprado por una suma de dinero a los hijos de Hamor en Siquem.
Moisés y la liberación de Israel
7:17 A medida que se acercaba el tiempo de la promesa que Dios había hecho a Abraham, el pueblo crecía y se multiplicaba en Egipto,
7:18 hasta que surgió otro rey sobre Egipto, que no conocía a José.
7:19 Este actuó con astucia contra nuestro pueblo y maltrató a nuestros padres, obligándolos a abandonar a sus recién nacidos para que no sobrevivieran.
7:20 En aquel tiempo nació Moisés, que era hermoso a los ojos de Dios. Fue criado durante tres meses en la casa de su padre.
7:21 Cuando fue abandonado, la hija del faraón lo recogió y lo crio como hijo suyo.
7:22 Moisés fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios y era poderoso en sus palabras y obras.
7:23 Cuando cumplió cuarenta años, le vino al corazón visitar a sus hermanos, los hijos de Israel.
7:24 Al ver que uno de ellos era maltratado, lo defendió y vengó al oprimido, matando al egipcio.
7:25 Pensaba que sus hermanos comprenderían que Dios les daba liberación por medio de él, pero ellos no lo comprendieron.
7:26 Al día siguiente se presentó ante unos que peleaban e intentó reconciliarlos, diciendo: “Hombres, ustedes son hermanos; ¿por qué se maltratan el uno al otro?”.
7:27 Pero el que maltrataba a su prójimo lo rechazó, diciendo: “¿Quién te nombró gobernante y juez sobre nosotros?
7:28 ¿Acaso quieres matarme como mataste ayer al egipcio?”.
7:29 Al oír estas palabras, Moisés huyó y vivió como extranjero en la tierra de Madián, donde engendró dos hijos.
Dios llama a Moisés en el desierto
7:30 Al cumplirse cuarenta años, un ángel se le apareció en el desierto del monte Sinaí, en la llama de fuego de una zarza.
7:31 Moisés se asombró al ver aquella visión. Mientras se acercaba para observarla, se oyó la voz del Señor:
7:32 “Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”. Moisés se puso a temblar y no se atrevía a mirar.
7:33 El Señor le dijo: “Quítate el calzado de los pies, porque el lugar donde estás es tierra santa.
7:34 Ciertamente he visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído su gemido; he descendido para librarlos. Ahora ven: te enviaré a Egipto”.
7:35 A este Moisés, a quien habían rechazado diciendo: “¿Quién te nombró gobernante y juez?”, a este mismo Dios lo envió como gobernante y libertador, con la ayuda del ángel que se le apareció en la zarza.
7:36 Él los sacó, realizando prodigios y señales en la tierra de Egipto, en el mar Rojo y en el desierto durante cuarenta años.
7:37 Este es el Moisés que dijo a los hijos de Israel: “Dios les levantará de entre sus hermanos un profeta como yo”.
7:38 Este es quien estuvo en la asamblea del desierto, con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí y con nuestros padres; él recibió palabras vivas para dárnoslas.
7:39 Nuestros padres no quisieron obedecerlo, sino que lo rechazaron y en sus corazones se volvieron a Egipto,
7:40 diciendo a Aarón: “Haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque no sabemos qué le ha sucedido a ese Moisés que nos sacó de la tierra de Egipto”.
7:41 En aquellos días hicieron un becerro, ofrecieron un sacrificio al ídolo y se alegraron por las obras de sus propias manos.
7:42 Pero Dios se apartó y los entregó a rendir culto al ejército del cielo, como está escrito en el libro de los profetas:
 “¿Acaso me ofrecieron víctimas y sacrificios durante cuarenta años en el desierto, casa de Israel?
7:43 Llevaron la tienda de Moloc y la estrella del dios Raifán, las imágenes que hicieron para adorarlas.
   Por eso los desterraré más allá de Babilonia”.
La tienda y el templo
7:44 Nuestros padres tenían la tienda del testimonio en el desierto, tal como había ordenado el que habló a Moisés, que la hiciera según el modelo que había visto.
7:45 Nuestros padres la recibieron y la llevaron con Josué al tomar posesión de las tierras de las naciones que Dios expulsó de delante de nuestros padres. Así fue hasta los días de David,
7:46 quien halló favor ante Dios y pidió encontrar una morada para el Dios de Jacob.
7:47 Pero fue Salomón quien le edificó una casa.
7:48 Sin embargo, el Altísimo no habita en lugares hechos por manos humanas, como dice el profeta:
7:49 “El cielo es mi trono y la tierra es el estrado de mis pies.
   ¿Qué casa me construirán?
   —dice el Señor—.
   ¿O cuál será el lugar de mi descanso?
7:50 ¿No hizo mi mano todas estas cosas?”.
7:51 ¡Duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos! Ustedes siempre se oponen al Espíritu Santo; como sus padres, así también ustedes.
7:52 ¿A cuál de los profetas no persiguieron sus padres? Mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo, de quien ahora ustedes se han hecho traidores y asesinos;
7:53 ustedes, que recibieron la ley por disposición de ángeles y no la guardaron».
El testimonio final de Esteban
7:54 Al oír estas cosas, se enfurecían en sus corazones y rechinaban los dientes contra él.
7:55 Pero él, lleno del Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios.
7:56 Y dijo: «¡Miren! Veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la derecha de Dios».
7:57 Entonces gritaron con fuerza, se taparon los oídos y se lanzaron todos juntos contra él.
7:58 Lo echaron fuera de la ciudad y comenzaron a apedrearlo. Los testigos pusieron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo.
7:59 Mientras apedreaban a Esteban, él invocaba al Señor y decía: «Señor Jesús, recibe mi espíritu».
7:60 Se puso de rodillas y clamó con fuerte voz: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado». Y, después de decir esto, se durmió.

Capítulo 8
Saulo persigue a la iglesia
8:1 Saulo aprobaba su muerte. Aquel día se desató una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén, y todos, excepto los apóstoles, fueron dispersados por las regiones de Judea y Samaria.
8:2 Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran lamentación por él.
8:3 Pero Saulo devastaba la iglesia: entraba casa por casa, sacaba a rastras a hombres y mujeres y los entregaba a la cárcel.
Predicación del evangelio en Samaria
8:4 Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro anunciando la buena noticia de la palabra.
8:5 Felipe bajó a la ciudad de Samaria y les proclamaba al Cristo.
8:6 Las multitudes prestaban atención unánimemente a lo que Felipe decía, al oírlo y ver las señales que hacía.
8:7 Porque de muchos que tenían espíritus impuros salían estos dando fuertes gritos, y muchos paralíticos y cojos fueron sanados.
8:8 Y hubo gran alegría en aquella ciudad.
Simón ante el evangelio y el don de Dios
8:9 Había en la ciudad un hombre llamado Simón, que practicaba la magia y asombraba al pueblo de Samaria, afirmando ser alguien grande.
8:10 Todos, desde el pequeño hasta el grande, le prestaban atención y decían: «Este es el poder de Dios llamado Grande».
8:11 Le prestaban atención porque durante mucho tiempo los había asombrado con sus artes mágicas.
8:12 Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba la buena noticia acerca del reino de Dios y del nombre de Jesucristo, se bautizaban tanto hombres como mujeres.
8:13 El mismo Simón también creyó y, después de ser bautizado, permanecía junto a Felipe. Al ver las señales y los grandes milagros que se realizaban, quedaba asombrado.
Pedro y Juan visitan Samaria
8:14 Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan.
8:15 Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo,
8:16 porque todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; solamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús.
8:17 Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.
8:18 Al ver Simón que el Espíritu se daba mediante la imposición de las manos de los apóstoles, les ofreció dinero
8:19 y dijo: «Denme también a mí esta autoridad, para que reciba el Espíritu Santo aquel a quien yo imponga las manos».
8:20 Pero Pedro le dijo: «¡Que tu dinero perezca contigo, porque pensaste que el don de Dios se podía adquirir con dinero!
8:21 No tienes parte ni participación en este asunto, porque tu corazón no es recto ante Dios.
8:22 Arrepiéntete, pues, de esta maldad tuya y ruega al Señor, por si te es perdonada la intención de tu corazón;
8:23 porque veo que estás en hiel de amargura y encadenado por la injusticia».
8:24 Simón respondió: «Rueguen ustedes al Señor por mí, para que no me suceda nada de lo que han dicho».
8:25 Después de dar testimonio y hablar la palabra del Señor, regresaban a Jerusalén y anunciaban la buena noticia en muchas aldeas de los samaritanos.
Felipe y el etíope
8:26 Un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo: «Levántate y ve hacia el sur, al camino que baja de Jerusalén a Gaza». Este es un camino desierto.
8:27 Él se levantó y fue. Había un hombre etíope, eunuco y alto funcionario de Candace, reina de los etíopes, encargado de todo su tesoro. Había venido a Jerusalén para adorar
8:28 y regresaba sentado en su carro, leyendo al profeta Isaías.
8:29 El Espíritu dijo a Felipe: «Acércate y ve junto a ese carro».
8:30 Felipe se acercó corriendo y lo oyó leer al profeta Isaías. Le preguntó: «¿Entiendes lo que lees?».
8:31 Él respondió: «¿Cómo podría, si nadie me guía?». E invitó a Felipe a subir y sentarse con él.
8:32 El pasaje de la Escritura que leía era este:
 «Como oveja fue llevado al matadero;
   y como cordero mudo ante quien lo trasquila, así no abre su boca.
8:33 En su humillación se le negó la justicia.
   ¿Quién contará su descendencia?
   Porque su vida es quitada de la tierra».
8:34 El eunuco preguntó a Felipe: «Te ruego que me digas: ¿de quién dice esto el profeta? ¿De sí mismo o de algún otro?».
8:35 Felipe tomó la palabra y, comenzando por esta Escritura, le anunció la buena noticia de Jesús.
8:36 Mientras avanzaban por el camino, llegaron a un lugar donde había agua. El eunuco dijo: «¡Mira, agua! ¿Qué impide que yo sea bautizado?».
8:37 [Felipe dijo: «Si crees con todo tu corazón, puedes». Él respondió: «Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios».]
8:38 Y mandó detener el carro. Ambos bajaron al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó.
8:39 Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, pues siguió su camino lleno de alegría.
8:40 Felipe se encontró en Azoto y, mientras recorría la región, anunciaba la buena noticia en todas las ciudades, hasta llegar a Cesarea.

Capítulo 9
Conversión de Saulo
Relatos relacionados: Hechos 22:6–16; Hechos 26:12–18.
9:1 Saulo, que todavía respiraba amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, fue al sumo sacerdote
9:2 y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de llevar atados a Jerusalén a cuantos encontrara que pertenecieran al Camino, tanto hombres como mujeres.
9:3 Mientras viajaba, al acercarse a Damasco, de pronto lo rodeó una luz del cielo.
9:4 Cayó a tierra y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?».
9:5 Él preguntó: «¿Quién eres, Señor?». Y la voz respondió: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues.
9:6 Pero levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer».
9:7 Los hombres que viajaban con él se quedaron de pie, sin poder hablar; oían la voz, pero no veían a nadie.
9:8 Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo llevaron de la mano y lo introdujeron en Damasco.
9:9 Estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió.
Ananías recibe un encargo para Saulo
9:10 En Damasco había un discípulo llamado Ananías. El Señor le dijo en una visión: «Ananías». Él respondió: «Aquí estoy, Señor».
9:11 El Señor le dijo: «Levántate, ve a la calle llamada Derecha y busca en casa de Judas a un hombre de Tarso llamado Saulo, porque está orando
9:12 y ha visto en una visión a un hombre llamado Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista».
9:13 Ananías respondió: «Señor, he oído a muchos hablar de este hombre y de todo el mal que ha hecho a tus santos en Jerusalén.
9:14 Y aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para arrestar a todos los que invocan tu nombre».
9:15 Pero el Señor le dijo: «Ve, porque este es mi instrumento escogido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel.
9:16 Yo le mostraré cuánto debe sufrir por mi nombre».
9:17 Ananías fue y entró en la casa. Le impuso las manos y dijo: «Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo».
9:18 Al instante cayó de sus ojos algo como escamas y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado;
9:19 después comió y recuperó las fuerzas. Permaneció algunos días con los discípulos que estaban en Damasco,
Saulo predica en Damasco
9:20 y enseguida proclamaba en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.
9:21 Todos los que lo oían quedaban asombrados y decían: «¿No es este el que perseguía con violencia en Jerusalén a los que invocan este nombre? ¿No había venido aquí precisamente para llevarlos atados ante los principales sacerdotes?».
9:22 Pero Saulo se fortalecía cada vez más y confundía a los judíos que vivían en Damasco, demostrando que Jesús es el Cristo.
Una conspiración contra Saulo en Damasco
9:23 Después de muchos días, los judíos se pusieron de acuerdo para matarlo;
9:24 pero Saulo se enteró de su conspiración. Vigilaban las puertas día y noche para matarlo;
9:25 sin embargo, sus discípulos lo tomaron de noche y lo bajaron por la muralla, descolgándolo en una canasta.
Saulo en Jerusalén
9:26 Cuando llegó a Jerusalén, intentaba unirse a los discípulos, pero todos le tenían miedo, porque no creían que fuera discípulo.
9:27 Entonces Bernabé lo tomó consigo y lo llevó ante los apóstoles. Les contó cómo había visto al Señor en el camino, cómo él le había hablado y cómo en Damasco había hablado con valentía en el nombre de Jesús.
9:28 Así andaba con ellos por Jerusalén, entrando y saliendo, y hablaba con valentía en el nombre del Señor.
9:29 Conversaba y discutía con los judíos de habla griega, pero ellos intentaban matarlo.
9:30 Al enterarse los hermanos, lo llevaron a Cesarea y lo enviaron a Tarso.
9:31 Así, la iglesia tenía paz por toda Judea, Galilea y Samaria; era edificada, vivía en el temor del Señor y crecía con el consuelo del Espíritu Santo.
Curación de Eneas
9:32 Mientras Pedro recorría todos aquellos lugares, bajó también a visitar a los santos que vivían en Lida.
9:33 Allí encontró a un hombre llamado Eneas, que llevaba ocho años postrado en una camilla, porque era paralítico.
9:34 Pedro le dijo: «Eneas, Jesucristo te sana. Levántate y arregla tu cama». Y al instante se levantó.
9:35 Todos los que vivían en Lida y Sarón lo vieron y se volvieron al Señor.
Dorcas es resucitada
9:36 En Jope había una discípula llamada Tabita, que traducido es Dorcas. Abundaba en buenas obras y en las limosnas que daba.
9:37 En aquellos días enfermó y murió. Después de lavar su cuerpo, lo colocaron en una habitación de la planta alta.
9:38 Como Lida estaba cerca de Jope, los discípulos, al oír que Pedro estaba allí, le enviaron dos hombres para rogarle: «No tardes en venir a nosotros».
9:39 Pedro se levantó y fue con ellos. Al llegar, lo llevaron a la habitación de la planta alta. Todas las viudas se acercaron a él llorando y mostrándole las túnicas y los mantos que Dorcas hacía cuando estaba con ellas.
9:40 Pedro hizo salir a todos, se arrodilló y oró. Luego se volvió hacia el cuerpo y dijo: «Tabita, levántate». Ella abrió los ojos y, al ver a Pedro, se incorporó.
9:41 Él le dio la mano y la levantó. Después llamó a los santos y a las viudas, y la presentó viva.
9:42 Esto se supo en toda Jope, y muchos creyeron en el Señor.
9:43 Pedro se quedó bastantes días en Jope, en casa de un hombre llamado Simón, curtidor.

Capítulo 10
Pedro y Cornelio
10:1 En Cesarea había un hombre llamado Cornelio, centurión de la compañía llamada Italiana.
10:2 Era piadoso y temía a Dios con toda su casa; daba muchas limosnas al pueblo y oraba a Dios continuamente.
10:3 Una tarde, como a las tres, vio claramente en una visión a un ángel de Dios que entraba donde él estaba y le decía: «Cornelio».
10:4 Él lo miró fijamente y, lleno de temor, preguntó: «¿Qué sucede, señor?». El ángel le dijo: «Tus oraciones y tus limosnas han subido ante Dios para ser recordadas.
10:5 Ahora envía hombres a Jope y manda llamar a un hombre llamado Simón, que tiene por sobrenombre Pedro.
10:6 Se hospeda en casa de otro Simón, curtidor, cuya casa está junto al mar».
10:7 Cuando se fue el ángel que le hablaba, llamó a dos de sus criados y a un soldado piadoso de los que lo atendían.
10:8 Les contó todo y los envió a Jope.
La visión de Pedro en Jope
10:9 Al día siguiente, mientras ellos viajaban y se acercaban a la ciudad, Pedro subió a la azotea para orar, cerca del mediodía.
10:10 Sintió hambre y quiso comer; pero, mientras preparaban la comida, le sobrevino un éxtasis.
10:11 Vio el cielo abierto y algo semejante a un gran lienzo que descendía a la tierra, sostenido por sus cuatro puntas.
10:12 En él había toda clase de cuadrúpedos, reptiles de la tierra y aves del cielo.
10:13 Y una voz le dijo: «Levántate, Pedro; mata y come».
10:14 Pero Pedro respondió: «De ningún modo, Señor; porque jamás he comido nada profano e impuro».
10:15 La voz le habló de nuevo por segunda vez: «Lo que Dios ha limpiado, no lo consideres tú profano».
10:16 Esto sucedió tres veces, y enseguida el lienzo fue llevado al cielo.
10:17 Mientras Pedro se preguntaba, perplejo, qué significaría la visión que había visto, los hombres enviados por Cornelio, después de preguntar por la casa de Simón, llegaron a la puerta.
10:18 Llamaron y preguntaron si allí se hospedaba Simón, llamado Pedro.
10:19 Mientras Pedro reflexionaba sobre la visión, el Espíritu le dijo: «Mira, unos hombres te buscan.
10:20 Levántate, baja y ve con ellos sin dudar, porque yo los he enviado».
10:21 Pedro bajó adonde estaban los hombres y dijo: «Aquí estoy; yo soy el que buscan. ¿Por qué han venido?».
10:22 Ellos respondieron: «El centurión Cornelio, hombre justo y temeroso de Dios, de quien da buen testimonio toda la nación judía, recibió instrucciones de un ángel santo para mandarte llamar a su casa y escuchar tus palabras».
10:23 Entonces los invitó a entrar y los hospedó. Al día siguiente se levantó y salió con ellos; algunos de los hermanos de Jope lo acompañaron.
Pedro llega a la casa de Cornelio
10:24 Al otro día entró en Cesarea. Cornelio los esperaba y había reunido a sus parientes y amigos íntimos.
10:25 Cuando Pedro iba a entrar, Cornelio salió a recibirlo, cayó a sus pies y se postró ante él.
10:26 Pero Pedro lo levantó y le dijo: «Levántate; yo también soy un hombre».
10:27 Mientras conversaba con él, entró y encontró a muchos reunidos.
10:28 Les dijo: «Ustedes saben que a un judío no le está permitido relacionarse con un extranjero o visitarlo; pero Dios me ha mostrado que no debo llamar profano o impuro a ningún ser humano.
10:29 Por eso, cuando me mandaron llamar, vine sin poner objeciones. Les pregunto, pues: ¿por qué me mandaron llamar?».
10:30 Cornelio respondió: «Hace cuatro días, a esta misma hora, las tres de la tarde, estaba orando en mi casa, y de pronto un hombre con ropa resplandeciente se presentó ante mí
10:31 y dijo: “Cornelio, tu oración ha sido escuchada y tus limosnas han sido recordadas ante Dios.
10:32 Envía, pues, a Jope y manda llamar a Simón, llamado Pedro. Se hospeda en casa de Simón, curtidor, junto al mar”.
10:33 Así que de inmediato envié por ti, y has hecho bien en venir. Ahora todos estamos aquí ante Dios para escuchar todo lo que el Señor te ha ordenado».
Pedro anuncia a Jesucristo a los gentiles
10:34 Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: «En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas,
10:35 sino que, en toda nación, le es grato quien lo teme y practica la justicia.
10:36 Él envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la buena noticia de la paz por medio de Jesucristo, que es Señor de todos.
10:37 Ustedes saben lo que sucedió por toda Judea, comenzando en Galilea después del bautismo que proclamó Juan:
10:38 cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder. Él pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.
10:39 Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A él lo mataron colgándolo de un madero,
10:40 pero Dios lo resucitó al tercer día e hizo que se manifestara,
10:41 no a todo el pueblo, sino a los testigos escogidos de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él después de que resucitó de entre los muertos.
10:42 Nos ordenó proclamar al pueblo y dar solemne testimonio de que él es el designado por Dios como Juez de vivos y muertos.
10:43 De él dan testimonio todos los profetas: todo el que cree en él recibe, por medio de su nombre, perdón de pecados».
El don del Espíritu Santo para los gentiles
10:44 Mientras Pedro todavía decía estas palabras, el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban el mensaje.
10:45 Los creyentes de la circuncisión que habían venido con Pedro quedaron asombrados de que también sobre los gentiles se hubiera derramado el don del Espíritu Santo,
10:46 pues los oían hablar en lenguas y engrandecer a Dios. Entonces Pedro dijo:
10:47 «¿Puede alguien negar el agua para que sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros?».
10:48 Y ordenó que fueran bautizados en el nombre de Jesucristo. Entonces le rogaron que se quedara algunos días.

Capítulo 11
Informe de Pedro a la iglesia de Jerusalén
11:1 Los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea oyeron que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios.
11:2 Cuando Pedro subió a Jerusalén, los de la circuncisión discutían con él
11:3 y decían: «Entraste en casa de hombres incircuncisos y comiste con ellos».
11:4 Pedro comenzó a explicarles lo sucedido por orden:
11:5 «Yo estaba orando en la ciudad de Jope y, en un éxtasis, vi una visión: algo semejante a un gran lienzo descendía del cielo, sostenido por sus cuatro puntas, y llegó hasta mí.
11:6 Lo miré fijamente y, al observarlo, vi cuadrúpedos de la tierra, fieras, reptiles y aves del cielo.
11:7 También oí una voz que me decía: “Levántate, Pedro; mata y come”.
11:8 Pero respondí: “De ningún modo, Señor; porque nunca ha entrado en mi boca nada profano o impuro”.
11:9 La voz respondió desde el cielo por segunda vez: “Lo que Dios ha limpiado, no lo consideres tú profano”.
11:10 Esto sucedió tres veces, y todo fue llevado de nuevo al cielo.
11:11 En ese mismo instante llegaron a la casa donde estábamos tres hombres enviados a mí desde Cesarea.
11:12 El Espíritu me dijo que fuera con ellos sin hacer distinciones. Estos seis hermanos también me acompañaron, y entramos en la casa de aquel hombre.
11:13 Él nos contó cómo había visto al ángel de pie en su casa, que le dijo: “Envía a Jope y manda llamar a Simón, llamado Pedro.
11:14 Él te hablará palabras por las cuales serán salvos tú y toda tu casa”.
11:15 Cuando comencé a hablar, el Espíritu Santo descendió sobre ellos, igual que sobre nosotros al principio.
11:16 Entonces recordé la palabra del Señor, que decía: “Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo”.
11:17 Así que, si Dios les dio el mismo don que a nosotros cuando creímos en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para poder estorbar a Dios?».
11:18 Al oír esto, se calmaron y glorificaron a Dios, diciendo: «¡Así que también a los gentiles Dios ha concedido el arrepentimiento que lleva a la vida!».
La iglesia en Antioquía
11:19 Los que habían sido dispersados por la persecución surgida con motivo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sin anunciar la palabra a nadie más que a los judíos.
11:20 Pero algunos de ellos, hombres de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, hablaban también a los de habla griega y les anunciaban la buena noticia del Señor Jesús.
11:21 La mano del Señor estaba con ellos, y un gran número creyó y se volvió al Señor.
11:22 La noticia acerca de ellos llegó a oídos de la iglesia que estaba en Jerusalén, y enviaron a Bernabé hasta Antioquía.
11:23 Cuando llegó y vio la gracia de Dios, se alegró y animaba a todos a permanecer unidos al Señor con firme propósito de corazón,
11:24 porque era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una gran multitud fue añadida al Señor.
11:25 Después salió hacia Tarso para buscar a Saulo,
11:26 y, cuando lo encontró, lo llevó a Antioquía. Durante todo un año se reunieron con la iglesia y enseñaron a mucha gente. Fue en Antioquía donde por primera vez se llamó cristianos a los discípulos.
Ayuda para los creyentes de Judea
11:27 En aquellos días bajaron unos profetas de Jerusalén a Antioquía.
11:28 Uno de ellos, llamado Ágabo, se levantó y anunció por medio del Espíritu que vendría una gran hambruna sobre toda la tierra habitada. Esta ocurrió en tiempos de Claudio.
11:29 Los discípulos decidieron enviar ayuda a los hermanos que vivían en Judea, cada uno según sus recursos.
11:30 Así lo hicieron, enviándola a los ancianos por medio de Bernabé y Saulo.

Capítulo 12
Jacobo, muerto; Pedro, encarcelado
12:1 Por aquel tiempo, el rey Herodes hizo arrestar a algunos de la iglesia para maltratarlos.
12:2 Mandó matar a espada a Jacobo, hermano de Juan.
12:3 Al ver que esto agradaba a los judíos, procedió a arrestar también a Pedro. Eran los días de los Panes sin Levadura.
12:4 Después de apresarlo, lo puso en la cárcel y lo entregó a cuatro grupos de cuatro soldados para que lo custodiaran. Tenía intención de presentarlo ante el pueblo después de la Pascua.
12:5 Así, Pedro estaba bajo custodia en la cárcel, pero la iglesia oraba fervientemente a Dios por él.
Pedro es librado de la cárcel
12:6 La noche anterior a que Herodes lo sacara, Pedro dormía entre dos soldados, sujeto con dos cadenas, mientras unos guardias vigilaban la cárcel delante de la puerta.
12:7 De pronto se presentó un ángel del Señor y una luz iluminó la celda. Golpeó a Pedro en el costado, lo despertó y dijo: «Levántate de prisa». Y las cadenas cayeron de sus manos.
12:8 El ángel le dijo: «Ajústate el cinturón y ponte las sandalias». Así lo hizo. Luego le dijo: «Envuélvete en tu manto y sígueme».
12:9 Pedro salió y lo seguía, sin saber que lo que sucedía por medio del ángel era real; pensaba que estaba viendo una visión.
12:10 Pasaron el primer puesto de guardia y el segundo, y llegaron a la puerta de hierro que daba a la ciudad. Esta se abrió sola ante ellos. Salieron y avanzaron por una calle, y enseguida el ángel se apartó de él.
12:11 Entonces Pedro volvió en sí y dijo: «Ahora sé de verdad que el Señor ha enviado a su ángel y me ha librado de la mano de Herodes y de todo lo que esperaba el pueblo judío».
12:12 Al darse cuenta de esto, fue a casa de María, madre de Juan, llamado Marcos, donde muchos estaban reunidos y orando.
12:13 Cuando llamó a la puerta de entrada, una criada llamada Rode se acercó para atender.
12:14 Al reconocer la voz de Pedro, fue tanta su alegría que no abrió la puerta, sino que corrió adentro y anunció que Pedro estaba a la entrada.
12:15 Ellos le dijeron: «Estás loca». Pero ella insistía en que era así. Entonces decían: «Es su ángel».
12:16 Pedro seguía llamando. Cuando abrieron y lo vieron, quedaron asombrados.
12:17 Él les hizo señas con la mano para que guardaran silencio y les contó cómo el Señor lo había sacado de la cárcel. Luego dijo: «Cuenten esto a Jacobo y a los hermanos». Después salió y se fue a otro lugar.
12:18 Al amanecer hubo un gran alboroto entre los soldados, que se preguntaban qué había sucedido con Pedro.
12:19 Herodes lo buscó y, al no encontrarlo, interrogó a los guardias y ordenó que fueran llevados a la muerte. Después bajó de Judea a Cesarea y se quedó allí.
Muerte de Herodes
12:20 Herodes estaba muy enojado con los habitantes de Tiro y Sidón. Ellos acudieron juntos a él y, tras ganarse el apoyo de Blasto, encargado de la cámara del rey, pidieron la paz, porque su región se abastecía de alimentos del territorio del rey.
12:21 El día señalado, Herodes se vistió con ropas reales, se sentó en el tribunal y les dirigió un discurso.
12:22 El pueblo aclamaba: «¡Es voz de un dios y no de un hombre!».
12:23 Al instante, un ángel del Señor lo hirió, porque no dio la gloria a Dios; y murió devorado por gusanos.
La continuidad de la misión
12:24 Pero la palabra de Dios crecía y se multiplicaba.
12:25 Bernabé y Saulo regresaron a Jerusalén después de cumplir su servicio, llevando consigo a Juan, llamado Marcos.

Capítulo 13
Bernabé y Saulo comienzan su primer viaje misionero
13:1 En la iglesia de Antioquía había profetas y maestros: Bernabé; Simeón, llamado Níger; Lucio de Cirene; Manaén, criado junto con Herodes el tetrarca; y Saulo.
13:2 Mientras servían al Señor y ayunaban, el Espíritu Santo dijo: «Apártenme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado».
13:3 Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los despidieron.
Los apóstoles predican en Chipre
13:4 Ellos, enviados por el Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y desde allí navegaron a Chipre.
13:5 Al llegar a Salamina, anunciaban la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos. También tenían a Juan como ayudante.
13:6 Recorrieron toda la isla hasta Pafos, donde encontraron a un mago judío, falso profeta, llamado Barjesús.
13:7 Estaba con el procónsul Sergio Paulo, hombre inteligente, que mandó llamar a Bernabé y a Saulo porque deseaba escuchar la palabra de Dios.
13:8 Pero Elimas el mago —pues así se traduce su nombre— se les oponía, intentando apartar al procónsul de la fe.
13:9 Entonces Saulo, llamado también Pablo, lleno del Espíritu Santo, lo miró fijamente
13:10 y dijo: «¡Tú, lleno de todo engaño y de toda malicia, hijo del diablo, enemigo de toda justicia! ¿No dejarás de torcer los caminos rectos del Señor?
13:11 Ahora la mano del Señor está sobre ti: quedarás ciego y no verás el sol por un tiempo». Al instante cayeron sobre él neblina y oscuridad, y andaba de un lado a otro buscando a alguien que lo llevara de la mano.
13:12 Al ver lo sucedido, el procónsul creyó, asombrado por la enseñanza del Señor.
Pablo y Bernabé en Antioquía de Pisidia
13:13 Pablo y sus compañeros zarparon de Pafos y llegaron a Perge de Panfilia. Pero Juan se separó de ellos y regresó a Jerusalén.
13:14 Ellos siguieron desde Perge y llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y se sentaron.
13:15 Después de la lectura de la Ley y los Profetas, los dirigentes de la sinagoga les mandaron decir: «Hermanos, si tienen alguna palabra de exhortación para el pueblo, hablen».
Pablo anuncia el cumplimiento de las promesas en Jesús
13:16 Pablo se puso de pie, hizo una señal con la mano y dijo: «Israelitas y ustedes que temen a Dios, escuchen.
13:17 El Dios de este pueblo de Israel escogió a nuestros padres y enalteció al pueblo durante su estancia como extranjeros en la tierra de Egipto. Con brazo levantado los sacó de ella
13:18 y durante unos cuarenta años soportó su conducta en el desierto.
13:19 Después de destruir siete naciones en la tierra de Canaán, les dio su tierra en herencia,
13:20 todo ello en unos cuatrocientos cincuenta años. Después les dio jueces hasta el profeta Samuel.
13:21 Luego pidieron un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Cis, hombre de la tribu de Benjamín, durante cuarenta años.
13:22 Después de quitarlo, les levantó por rey a David, de quien dio testimonio diciendo: “He encontrado a David, hijo de Isaí, un hombre conforme a mi corazón, que hará toda mi voluntad”.
13:23 De la descendencia de este, conforme a la promesa, Dios trajo a Israel un Salvador, Jesús.
13:24 Antes de su llegada, Juan proclamó un bautismo de arrepentimiento a todo el pueblo de Israel.
13:25 Cuando Juan terminaba su carrera, decía: “¿Quién piensan que soy? No soy yo. Pero detrás de mí viene uno a quien no soy digno de desatar el calzado de los pies”.
13:26 Hermanos, hijos del linaje de Abraham, y ustedes que temen a Dios: a nosotros se nos ha enviado el mensaje de esta salvación.
13:27 Porque los habitantes de Jerusalén y sus gobernantes no lo reconocieron a él ni las palabras de los profetas que se leen cada sábado; al condenarlo, las cumplieron.
13:28 Aunque no encontraron ningún motivo para darle muerte, pidieron a Pilato que lo matara.
13:29 Cuando cumplieron todo lo que estaba escrito acerca de él, lo bajaron del madero y lo pusieron en un sepulcro.
13:30 Pero Dios lo resucitó de entre los muertos.
13:31 Durante muchos días se apareció a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, quienes ahora son sus testigos ante el pueblo.
13:32 Y nosotros les anunciamos la buena noticia de la promesa hecha a los padres:
13:33 Dios la ha cumplido a nuestros hijos al resucitar a Jesús, como también está escrito en el salmo segundo: “Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy”.
13:34 En cuanto a que lo resucitó de entre los muertos para nunca más volver a la descomposición, lo dijo así: “Les daré las santas y fieles promesas hechas a David”.
13:35 Por eso dice también en otro lugar: “No permitirás que tu Santo vea descomposición”.
13:36 Porque David, después de servir a su propia generación conforme al propósito de Dios, se durmió, fue reunido con sus padres y vio descomposición.
13:37 Pero aquel a quien Dios resucitó no vio descomposición.
13:38 Sepan, pues, hermanos, que por medio de él se les anuncia el perdón de pecados; y de todo aquello de lo que no pudieron ser justificados por la ley de Moisés,
13:39 en él es justificado todo el que cree.
13:40 Tengan cuidado, pues, de que no les sobrevenga lo dicho en los profetas:
13:41 “Miren, despreciadores, asómbrense y desaparezcan;
   porque yo realizo una obra en sus días, una obra que no creerían aunque alguien se la contara”».
13:42 Cuando ellos salían, les rogaban que el sábado siguiente les hablaran de estas cosas.
13:43 Una vez disuelta la reunión, muchos de los judíos y de los devotos convertidos al judaísmo siguieron a Pablo y a Bernabé, quienes conversaban con ellos y los animaban a permanecer en la gracia de Dios.
La respuesta de los gentiles y la oposición al evangelio
13:44 El sábado siguiente se reunió casi toda la ciudad para escuchar la palabra del Señor.
13:45 Pero los judíos, al ver las multitudes, se llenaron de celos y contradecían lo que Pablo decía, profiriendo blasfemias.
13:46 Pablo y Bernabé hablaron con valentía: «Era necesario anunciarles primero a ustedes la palabra de Dios; pero, ya que la rechazan y no se consideran dignos de la vida eterna, nos volvemos a los gentiles.
13:47 Porque así nos lo ha ordenado el Señor: “Te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves salvación hasta los confines de la tierra”».
13:48 Al oír esto, los gentiles se alegraban y glorificaban la palabra del Señor; y creyeron todos los que estaban destinados a la vida eterna.
13:49 La palabra del Señor se difundía por toda la región.
13:50 Pero los judíos incitaron a las mujeres devotas y distinguidas y a los principales de la ciudad. Desataron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de su territorio.
13:51 Pablo y Bernabé se sacudieron contra ellos el polvo de los pies y fueron a Iconio.
13:52 Y los discípulos se llenaban de alegría y del Espíritu Santo.

Capítulo 14
Pablo y Bernabé en Iconio
14:1 En Iconio entraron juntos en la sinagoga de los judíos y hablaron de tal manera que creyó una gran multitud de judíos y de griegos.
14:2 Pero los judíos que se negaron a creer agitaron a los gentiles y los indispusieron contra los hermanos.
14:3 Permanecieron allí bastante tiempo, hablando con valentía, confiados en el Señor. Él daba testimonio de la palabra de su gracia, concediendo que se realizaran señales y prodigios por medio de sus manos.
14:4 La población de la ciudad estaba dividida: unos estaban con los judíos y otros con los apóstoles.
14:5 Cuando los gentiles y los judíos, junto con sus gobernantes, se dispusieron a maltratarlos y apedrearlos,
14:6 ellos se enteraron y huyeron a Listra y Derbe, ciudades de Licaonia, y a la región de alrededor.
14:7 Allí continuaban anunciando la buena noticia.
La sanidad y el intento de adorar a los mensajeros
14:8 En Listra había un hombre sentado que no tenía fuerza en los pies. Era cojo de nacimiento y nunca había caminado.
14:9 Este escuchó hablar a Pablo, quien lo miró fijamente y, al ver que tenía fe para ser sanado,
14:10 dijo con fuerte voz: «¡Levántate derecho sobre tus pies!». Él dio un salto y comenzó a caminar.
14:11 Al ver lo que Pablo había hecho, las multitudes alzaron la voz en lengua licaónica y dijeron: «¡Los dioses han tomado forma humana y han bajado a nosotros!».
14:12 Llamaban a Bernabé Zeus, y a Pablo Hermes, porque era el principal orador.
14:13 El sacerdote de Zeus, cuyo templo estaba a la entrada de la ciudad, llevó toros y guirnaldas a las puertas y, junto con las multitudes, quería ofrecer sacrificios.
14:14 Cuando los apóstoles Bernabé y Pablo lo oyeron, rasgaron sus mantos y se lanzaron entre la multitud, gritando
14:15 y diciendo: «Hombres, ¿por qué hacen esto? Nosotros también somos seres humanos de la misma condición que ustedes. Les anunciamos la buena noticia para que se aparten de estas cosas vanas y se vuelvan al Dios vivo, que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos.
14:16 En las generaciones pasadas permitió que todas las naciones siguieran sus propios caminos;
14:17 sin embargo, no se dejó sin testimonio: hizo el bien, les dio lluvias del cielo y temporadas fructíferas, y llenó sus corazones de alimento y alegría».
14:18 Aun diciendo estas cosas, apenas lograron impedir que las multitudes les ofrecieran sacrificios.
El apedreamiento de Pablo
14:19 Pero llegaron judíos de Antioquía y de Iconio que persuadieron a las multitudes. Apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto.
14:20 Cuando los discípulos lo rodearon, se levantó y entró en la ciudad. Al día siguiente salió con Bernabé hacia Derbe.
El cuidado de las nuevas iglesias
14:21 Después de anunciar la buena noticia en aquella ciudad y hacer muchos discípulos, regresaron a Listra, a Iconio y a Antioquía.
14:22 Fortalecían el ánimo de los discípulos, los exhortaban a permanecer en la fe y les decían: «Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios».
14:23 Nombraron ancianos para ellos en cada iglesia y, después de orar con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído.
El regreso a Antioquía de Siria
14:24 Luego atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia.
14:25 Tras anunciar la palabra en Perge, bajaron a Atalia,
14:26 y desde allí navegaron a Antioquía, donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para la obra que acababan de cumplir.
14:27 Al llegar, reunieron a la iglesia y contaron todo lo que Dios había hecho con ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.
14:28 Y permanecieron bastante tiempo con los discípulos.

Capítulo 15
El concilio en Jerusalén
15:1 Algunos hombres que bajaron de Judea enseñaban a los hermanos: «Si no se circuncidan conforme a la costumbre de Moisés, no pueden ser salvos».
15:2 Como Pablo y Bernabé tuvieron una fuerte disputa y discusión con ellos, se decidió que Pablo, Bernabé y algunos otros de entre ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los ancianos.
15:3 Enviados, pues, por la iglesia, atravesaban Fenicia y Samaria, contando detalladamente la conversión de los gentiles y llenando de gran alegría a todos los hermanos.
15:4 Al llegar a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia, los apóstoles y los ancianos, y contaron todo lo que Dios había hecho con ellos.
15:5 Pero algunos del grupo de los fariseos que habían creído se levantaron y dijeron: «Es necesario circuncidarlos y ordenarles que guarden la ley de Moisés».
15:6 Los apóstoles y los ancianos se reunieron para examinar este asunto.
El testimonio de Pedro sobre la gracia
15:7 Después de mucha discusión, Pedro se levantó y les dijo: «Hermanos, ustedes saben que desde hace tiempo Dios me escogió de entre ustedes para que los gentiles oyeran de mi boca la palabra de la buena noticia y creyeran.
15:8 Dios, que conoce los corazones, dio testimonio a favor de ellos, dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros.
15:9 No hizo ninguna distinción entre nosotros y ellos, pues purificó sus corazones por la fe.
15:10 Ahora, pues, ¿por qué ponen a prueba a Dios colocando sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar?
15:11 Más bien, creemos que somos salvos por la gracia del Señor Jesús, del mismo modo que ellos».
15:12 Toda la multitud guardó silencio y escuchaba a Bernabé y a Pablo, que contaban cuántas señales y prodigios había hecho Dios por medio de ellos entre los gentiles.
Jacobo relaciona el testimonio con las Escrituras
15:13 Cuando terminaron de hablar, Jacobo tomó la palabra y dijo: «Hermanos, escúchenme.
15:14 Simeón ha contado cómo Dios intervino por primera vez para tomar de entre los gentiles un pueblo para su nombre.
15:15 Con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito:
15:16 “Después de esto volveré y reconstruiré la tienda caída de David;
   reconstruiré sus ruinas y volveré a levantarla,
15:17 para que el resto de los seres humanos busque al Señor, y todas las naciones sobre las cuales es invocado mi nombre, dice el Señor, que hace estas cosas
15:18 conocidas desde la antigüedad”.
15:19 Por eso considero que no debemos poner dificultades a los gentiles que se vuelven a Dios,
15:20 sino escribirles que se abstengan de lo contaminado por los ídolos, de la inmoralidad sexual, de la carne de animales estrangulados y de la sangre.
15:21 Porque desde generaciones antiguas Moisés tiene en cada ciudad quienes lo proclaman, ya que es leído en las sinagogas cada sábado».
La carta a los creyentes de origen gentil
15:22 Entonces los apóstoles y los ancianos, junto con toda la iglesia, decidieron escoger hombres de entre ellos y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé: Judas, llamado Barsabás, y Silas, hombres que eran dirigentes entre los hermanos.
15:23 Por medio de ellos enviaron esta carta: «Los apóstoles y los ancianos, sus hermanos, a los hermanos de origen gentil que están en Antioquía, Siria y Cilicia: saludos.
15:24 Hemos oído que algunos salidos de entre nosotros, sin recibir instrucciones nuestras, los han inquietado con sus palabras y han perturbado sus almas.
15:25 Por eso, de común acuerdo, hemos decidido escoger hombres y enviarlos a ustedes con nuestros amados Bernabé y Pablo,
15:26 hombres que han entregado sus vidas por el nombre de nuestro Señor Jesucristo.
15:27 Así que hemos enviado a Judas y a Silas, quienes les comunicarán de palabra lo mismo.
15:28 Porque al Espíritu Santo y a nosotros nos ha parecido bien no imponerles ninguna carga más que estas cosas necesarias:
15:29 que se abstengan de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de la carne de animales estrangulados y de la inmoralidad sexual. Si se guardan de estas cosas, harán bien. Que les vaya bien».
15:30 Después de ser despedidos, bajaron a Antioquía, reunieron a la congregación y entregaron la carta.
15:31 Al leerla, se alegraron por el ánimo que les daba.
15:32 Judas y Silas, que también eran profetas, animaron y fortalecieron a los hermanos con muchas palabras.
15:33 Después de pasar allí algún tiempo, los hermanos los despidieron en paz para que regresaran a quienes los habían enviado.
15:34 [Pero a Silas le pareció bien quedarse allí.]
15:35 Pablo y Bernabé permanecieron en Antioquía, enseñando y anunciando, junto con muchos otros, la buena noticia de la palabra del Señor.
El desacuerdo por Marcos y el nuevo viaje
15:36 Después de algunos días, Pablo dijo a Bernabé: «Volvamos a visitar a los hermanos en todas las ciudades donde anunciamos la palabra del Señor, para ver cómo están».
15:37 Bernabé quería llevar también a Juan, llamado Marcos.
15:38 Pero Pablo consideraba que no debían llevar consigo al que se había separado de ellos en Panfilia y no los había acompañado en la obra.
15:39 Surgió un desacuerdo tan intenso que se separaron el uno del otro. Bernabé tomó a Marcos y navegó hacia Chipre.
15:40 Pablo escogió a Silas y salió, encomendado por los hermanos a la gracia del Señor.
15:41 Recorría Siria y Cilicia, fortaleciendo a las iglesias.

Capítulo 16
Timoteo acompaña a Pablo y a Silas
16:1 Llegó también a Derbe y a Listra. Allí había un discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer judía creyente y de padre griego.
16:2 Los hermanos de Listra y de Iconio daban buen testimonio de él.
16:3 Pablo quiso que lo acompañara y lo circuncidó por causa de los judíos de aquellos lugares, porque todos sabían que su padre era griego.
16:4 Al pasar por las ciudades, les entregaban para que las cumplieran las decisiones acordadas por los apóstoles y los ancianos de Jerusalén.
16:5 Así, las iglesias se fortalecían en la fe y aumentaban en número cada día.
La dirección del Espíritu hacia Macedonia
16:6 Atravesaron la región de Frigia y Galacia, porque el Espíritu Santo les había impedido anunciar la palabra en Asia.
16:7 Al llegar a los límites de Misia, intentaban dirigirse a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió.
16:8 Pasaron junto a Misia y bajaron a Troas.
16:9 Durante la noche, Pablo tuvo una visión: un hombre de Macedonia estaba de pie y le rogaba: «Pasa a Macedonia y ayúdanos».
16:10 Después de que vio la visión, enseguida procuramos salir hacia Macedonia, pues concluimos que Dios nos había llamado a anunciarles la buena noticia.
La llegada a Filipos y la fe de Lidia
16:11 Zarpamos de Troas y navegamos directamente a Samotracia; al día siguiente llegamos a Neápolis,
16:12 y de allí a Filipos, ciudad principal de esa región de Macedonia y colonia romana. Permanecimos algunos días en aquella ciudad.
16:13 El sábado salimos fuera de la puerta, junto al río, donde pensábamos que habría un lugar de oración. Nos sentamos y hablamos a las mujeres que se habían reunido.
16:14 Escuchaba una mujer llamada Lidia, vendedora de telas de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios. El Señor le abrió el corazón para que atendiera a lo que Pablo decía.
16:15 Después de ser bautizada junto con los de su casa, nos rogó: «Si consideran que soy fiel al Señor, vengan y quédense en mi casa». Y nos insistió hasta convencernos.
Una esclava es liberada del espíritu de adivinación
16:16 Mientras íbamos al lugar de oración, nos salió al encuentro una esclava que tenía un espíritu de adivinación y daba muchas ganancias a sus amos mediante sus adivinaciones.
16:17 Ella seguía a Pablo y a nosotros, gritando: «Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, que les anuncian el camino de salvación».
16:18 Hacía esto durante muchos días. Pablo, muy molesto, se volvió y dijo al espíritu: «Te ordeno en el nombre de Jesucristo que salgas de ella». Y salió en aquel mismo instante.
Pablo y Silas son encarcelados
16:19 Cuando sus amos vieron que se había ido la esperanza de sus ganancias, apresaron a Pablo y a Silas y los arrastraron a la plaza ante las autoridades.
16:20 Los presentaron ante los magistrados y dijeron: «Estos hombres son judíos y están alborotando nuestra ciudad;
16:21 anuncian costumbres que a nosotros, siendo romanos, no nos está permitido aceptar ni practicar».
16:22 La multitud se levantó contra ellos, y los magistrados les arrancaron las ropas y ordenaron golpearlos con varas.
16:23 Después de darles muchos golpes, los echaron en la cárcel y ordenaron al carcelero que los custodiara con seguridad.
16:24 Al recibir tal orden, él los metió en el calabozo más interior y les aseguró los pies en el cepo.
Oración y salvación en la cárcel
16:25 Hacia la medianoche, Pablo y Silas oraban y cantaban himnos a Dios, y los presos los escuchaban.
16:26 De repente hubo un gran terremoto que sacudió los cimientos de la prisión. Al instante se abrieron todas las puertas y se soltaron las cadenas de todos.
16:27 El carcelero despertó y, al ver abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada e iba a matarse, pensando que los presos habían escapado.
16:28 Pero Pablo gritó con fuerte voz: «¡No te hagas ningún daño, porque todos estamos aquí!».
16:29 Él pidió luces, entró corriendo y, temblando, se postró ante Pablo y Silas.
16:30 Después los sacó y preguntó: «Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?».
16:31 Ellos respondieron: «Cree en el Señor Jesús y serás salvo, tú y tu casa».
16:32 Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa.
16:33 A aquella misma hora de la noche los tomó consigo y les lavó las heridas. Enseguida fue bautizado él con todos los suyos.
16:34 Los llevó a su casa y les puso la mesa; y se alegró con toda su casa de haber creído en Dios.
La liberación de Pablo y Silas
16:35 Al amanecer, los magistrados enviaron a los alguaciles con esta orden: «Deja libres a esos hombres».
16:36 El carcelero comunicó estas palabras a Pablo: «Los magistrados han mandado decir que queden en libertad. Así que salgan y vayan en paz».
16:37 Pero Pablo les dijo: «Después de golpearnos públicamente sin condena, siendo ciudadanos romanos, nos echaron en la cárcel, ¿y ahora nos sacan a escondidas? ¡De ninguna manera! Que vengan ellos mismos a sacarnos».
16:38 Los alguaciles comunicaron estas palabras a los magistrados. Ellos tuvieron miedo al oír que eran ciudadanos romanos,
16:39 y fueron a rogarles; los sacaron y les pidieron que se fueran de la ciudad.
16:40 Después de salir de la cárcel, fueron a casa de Lidia. Vieron a los hermanos, los animaron y se marcharon.

Capítulo 17
El anuncio de Jesucristo en Tesalónica
17:1 Después de pasar por Anfípolis y Apolonia, llegaron a Tesalónica, donde había una sinagoga de los judíos.
17:2 Como era su costumbre, Pablo entró a reunirse con ellos y durante tres sábados razonó con ellos a partir de las Escrituras,
17:3 explicando y demostrando que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos. Decía: «Este Jesús, a quien yo les anuncio, es el Cristo».
17:4 Algunos de ellos fueron persuadidos y se unieron a Pablo y a Silas, junto con una gran multitud de griegos devotos y no pocas mujeres destacadas.
La acusación contra los misioneros y sus anfitriones
17:5 Pero los judíos, movidos por celos, tomaron consigo a algunos hombres malvados de la plaza, formaron una turba y alborotaron la ciudad. Asaltaron la casa de Jasón y buscaban a aquellos hombres para sacarlos ante el pueblo.
17:6 Como no los encontraron, arrastraron a Jasón y a algunos hermanos ante las autoridades de la ciudad, gritando: «Estos que han trastornado el mundo también han venido aquí,
17:7 y Jasón los ha recibido. Todos ellos actúan contra los decretos del César, diciendo que hay otro rey: Jesús».
17:8 Al oír estas cosas, la multitud y las autoridades de la ciudad se alarmaron.
17:9 Después de recibir una fianza de Jasón y de los demás, los dejaron en libertad.
Pablo y Silas en Berea
17:10 Los hermanos enviaron de inmediato a Pablo y a Silas de noche a Berea. Cuando llegaron, fueron a la sinagoga de los judíos.
17:11 Estos eran más nobles que los de Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda disposición y examinaban cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.
17:12 Así que muchos de ellos creyeron, y también no pocas mujeres griegas distinguidas y no pocos hombres.
17:13 Pero cuando los judíos de Tesalónica supieron que Pablo anunciaba también en Berea la palabra de Dios, fueron allí y agitaban y alborotaban a las multitudes.
17:14 Entonces los hermanos enviaron enseguida a Pablo hacia el mar, mientras Silas y Timoteo permanecieron allí.
17:15 Los que acompañaban a Pablo lo llevaron hasta Atenas. Tras recibir el encargo para Silas y Timoteo de que fueran a reunirse con él lo antes posible, se marcharon.
El anuncio de Jesús en Atenas
17:16 Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se indignaba al ver la ciudad llena de ídolos.
17:17 Por eso razonaba en la sinagoga con los judíos y los devotos, y cada día en la plaza con los que se encontraban allí.
17:18 También algunos filósofos epicúreos y estoicos debatían con él. Unos decían: «¿Qué querrá decir este charlatán?». Otros: «Parece ser un predicador de divinidades extranjeras», porque anunciaba la buena noticia de Jesús y de la resurrección.
17:19 Lo tomaron y lo llevaron al Areópago, diciendo: «¿Podemos saber qué es esta nueva enseñanza de la que hablas?
17:20 Pues traes a nuestros oídos cosas extrañas, y queremos saber qué significan».
17:21 Todos los atenienses y los extranjeros que estaban de visita no dedicaban su tiempo a otra cosa que a decir o escuchar alguna novedad.
El Dios creador y el llamado al arrepentimiento
17:22 Entonces Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo: «Hombres de Atenas, veo que en todo son muy religiosos.
17:23 Porque al pasar y observar sus objetos de culto, encontré también un altar con esta inscripción: “A un dios desconocido”. Pues bien, lo que ustedes adoran sin conocerlo es lo que yo les anuncio.
17:24 El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas,
17:25 ni es servido por manos humanas como si necesitara algo, pues él mismo da a todos vida, aliento y todas las cosas.
17:26 De uno solo hizo todas las naciones humanas para que habitaran sobre toda la faz de la tierra, y determinó los tiempos establecidos y los límites de sus territorios,
17:27 para que buscaran a Dios, y quizá, buscándolo a tientas, pudieran encontrarlo; aunque no está lejos de cada uno de nosotros.
17:28 Porque en él vivimos, nos movemos y somos, como también han dicho algunos de sus propios poetas: “Porque también somos linaje suyo”.
17:29 Por tanto, siendo linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea semejante al oro, la plata o la piedra, una imagen hecha por el arte y la imaginación del ser humano.
17:30 Así pues, Dios pasó por alto los tiempos de la ignorancia, pero ahora manda a todos los seres humanos, en todas partes, que se arrepientan,
17:31 porque ha establecido un día en el que juzgará al mundo con justicia por medio de un hombre a quien designó, y ha dado a todos una garantía de ello al resucitarlo de entre los muertos».
Respuestas al anuncio de la resurrección
17:32 Cuando oyeron hablar de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, pero otros dijeron: «Te volveremos a escuchar sobre esto».
17:33 Así salió Pablo de en medio de ellos.
17:34 Pero algunos se unieron a él y creyeron. Entre ellos estaban Dionisio, miembro del Areópago, una mujer llamada Dámaris y otros con ellos.

Capítulo 18
Pablo en Corinto
18:1 Después de esto salió de Atenas y llegó a Corinto.
18:2 Allí encontró a un judío llamado Aquila, natural del Ponto, recién llegado de Italia con Priscila, su esposa, porque Claudio había ordenado que todos los judíos salieran de Roma. Pablo fue a verlos
18:3 y, como tenía el mismo oficio, se quedó con ellos y trabajaba, pues eran fabricantes de tiendas.
18:4 Cada sábado dialogaba en la sinagoga y procuraba persuadir a judíos y griegos.
18:5 Cuando Silas y Timoteo bajaron de Macedonia, Pablo se dedicaba por entero a la palabra, dando solemne testimonio a los judíos de que Jesús es el Cristo.
18:6 Pero, como ellos se oponían y blasfemaban, se sacudió los mantos y les dijo: «Su sangre recaiga sobre sus propias cabezas; yo estoy limpio. Desde ahora iré a los gentiles».
18:7 Se fue de allí y entró en casa de un hombre llamado Ticio Justo, que adoraba a Dios y cuya casa estaba junto a la sinagoga.
18:8 Crispo, dirigente de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa. También muchos de los corintios, al oír, creían y eran bautizados.
El Señor anima a Pablo a seguir enseñando
18:9 Una noche, el Señor dijo a Pablo por medio de una visión: «No temas; sigue hablando y no calles,
18:10 porque yo estoy contigo y nadie te atacará para hacerte daño, pues tengo mucho pueblo en esta ciudad».
18:11 Así que se quedó un año y seis meses, enseñando entre ellos la palabra de Dios.
Pablo ante el tribunal de Galión
18:12 Cuando Galión era procónsul de Acaya, los judíos se levantaron juntos contra Pablo y lo llevaron ante el tribunal,
18:13 diciendo: «Este persuade a la gente a adorar a Dios de una manera contraria a la ley».
18:14 Cuando Pablo iba a tomar la palabra, Galión dijo a los judíos: «Si se tratara de alguna injusticia o de un delito grave, judíos, sería razonable que los escuchara.
18:15 Pero, si son disputas acerca de palabras, nombres y su propia ley, resuélvanlas ustedes. Yo no quiero ser juez de esas cosas».
18:16 Y los expulsó del tribunal.
18:17 Entonces todos se apoderaron de Sóstenes, dirigente de la sinagoga, y lo golpeaban delante del tribunal; pero a Galión nada de esto le importaba.
La despedida de Corinto y el viaje hacia Siria
18:18 Pablo permaneció todavía bastantes días. Después se despidió de los hermanos y navegó hacia Siria, acompañado de Priscila y Aquila. Se había cortado el cabello en Cencrea, porque tenía un voto.
18:19 Llegaron a Éfeso y los dejó allí. Él entró en la sinagoga y dialogó con los judíos.
18:20 Le pidieron que se quedara más tiempo, pero no aceptó.
18:21 Se despidió diciendo: «Volveré a ustedes, si Dios quiere». Y zarpó de Éfeso.
El regreso a Antioquía
18:22 Desembarcó en Cesarea, subió a saludar a la iglesia y luego bajó a Antioquía.
Pablo fortalece nuevamente a los discípulos
18:23 Después de pasar allí algún tiempo, salió y recorrió por orden la región de Galacia y Frigia, fortaleciendo a todos los discípulos.
Apolos predica en Éfeso
18:24 Llegó a Éfeso un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, hombre elocuente y poderoso en las Escrituras.
18:25 Había sido instruido en el camino del Señor y, con espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba con exactitud lo referente a Jesús, aunque solo conocía el bautismo de Juan.
18:26 Comenzó a hablar con valentía en la sinagoga. Cuando Priscila y Aquila lo oyeron, lo tomaron aparte y le explicaron con mayor exactitud el camino de Dios.
18:27 Cuando quiso pasar a Acaya, los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos para que lo recibieran. Al llegar, ayudó mucho a los que habían creído por la gracia,
18:28 porque refutaba enérgicamente a los judíos en público, demostrando por las Escrituras que Jesús es el Cristo.

Capítulo 19
Pablo y los discípulos vinculados al bautismo de Juan
19:1 Mientras Apolos estaba en Corinto, Pablo recorrió las regiones del interior y llegó a Éfeso, donde encontró a algunos discípulos.
19:2 Les preguntó: «¿Recibieron el Espíritu Santo cuando creyeron?». Ellos respondieron: «Ni siquiera hemos oído que haya Espíritu Santo».
19:3 Él preguntó: «Entonces, ¿en qué fueron bautizados?». Ellos dijeron: «En el bautismo de Juan».
19:4 Pablo dijo: «Juan bautizó con un bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyera en el que vendría después de él, es decir, en Jesús».
19:5 Al oír esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús.
19:6 Cuando Pablo les impuso las manos, el Espíritu Santo vino sobre ellos, y hablaban en lenguas y profetizaban.
19:7 Eran en total unos doce hombres.
La enseñanza en Éfeso y su alcance regional
19:8 Pablo entró en la sinagoga y habló con valentía durante tres meses, dialogando y tratando de persuadirlos acerca del reino de Dios.
19:9 Pero algunos se endurecían, se negaban a creer y hablaban mal del Camino ante la multitud. Él se apartó de ellos, separó a los discípulos y dialogaba diariamente en la escuela de Tirano.
19:10 Esto continuó durante dos años, de modo que todos los habitantes de Asia, tanto judíos como griegos, oyeron la palabra del Señor.
Los milagros y la autoridad del Señor Jesús
19:11 Dios realizaba milagros extraordinarios por medio de las manos de Pablo,
19:12 hasta el punto de que llevaban a los enfermos pañuelos o delantales que habían tocado su piel; las enfermedades se apartaban de ellos y los espíritus malignos salían.
El fracaso de quienes usan el nombre de Jesús como fórmula
19:13 Algunos de los exorcistas judíos ambulantes intentaron también invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malignos, diciendo: «Los conjuro por Jesús, a quien Pablo proclama».
19:14 Siete hijos de un tal Esceva, un sumo sacerdote judío, hacían esto.
19:15 Pero el espíritu maligno les respondió: «A Jesús lo conozco y sé quién es Pablo; pero ustedes, ¿quiénes son?».
19:16 El hombre en quien estaba el espíritu maligno se lanzó sobre ellos, dominó a ambos y se impuso sobre ellos, de modo que huyeron de aquella casa desnudos y heridos.
El reconocimiento del Señor y la renuncia a la magia
19:17 Esto llegó a ser conocido por todos los judíos y griegos que vivían en Éfeso. El temor se apoderó de todos ellos y el nombre del Señor Jesús era engrandecido.
19:18 Muchos de los que habían creído venían confesando y declarando sus prácticas.
19:19 Bastantes de los que habían practicado la magia reunieron sus libros y los quemaban delante de todos. Calcularon su valor y resultó ser de cincuenta mil monedas de plata.
19:20 Así crecía y prevalecía poderosamente la palabra del Señor.
Los planes de Pablo para continuar su viaje
19:21 Después de estas cosas, Pablo se propuso en su espíritu pasar por Macedonia y Acaya e ir a Jerusalén. Decía: «Después de estar allí, también debo ver Roma».
19:22 Envió a Macedonia a dos de sus ayudantes, Timoteo y Erasto, mientras él permaneció algún tiempo en Asia.
El alboroto en Éfeso
19:23 Por aquel tiempo surgió un gran alboroto a causa del Camino.
19:24 Un platero llamado Demetrio, que fabricaba templecillos de plata de Artemisa, proporcionaba grandes ganancias a los artesanos.
19:25 Los reunió, junto con los trabajadores de oficios semejantes, y dijo: «Hombres, ustedes saben que de este trabajo proviene nuestra prosperidad.
19:26 Y ven y oyen que este Pablo ha persuadido y apartado a mucha gente, no solo en Éfeso, sino en casi toda Asia, diciendo que los que se hacen con las manos no son dioses.
19:27 No solo está en peligro de caer en descrédito nuestro oficio, sino también de que el templo de la gran diosa Artemisa sea tenido en nada y de que ella sea despojada de su grandeza, a ella, a quien toda Asia y el mundo habitado adoran».
19:28 Al oír esto, se llenaron de ira y gritaban: «¡Grande es Artemisa de los efesios!».
19:29 La ciudad se llenó de confusión, y todos juntos se precipitaron al teatro, arrastrando a Gayo y a Aristarco, macedonios que acompañaban a Pablo en sus viajes.
19:30 Pablo quería entrar ante el pueblo, pero los discípulos no lo dejaban.
19:31 También algunos de los funcionarios de Asia, que eran amigos suyos, le enviaron un mensaje rogándole que no se presentara en el teatro.
19:32 Unos gritaban una cosa y otros otra, porque la asamblea estaba confusa y la mayoría no sabía por qué se había reunido.
19:33 Desde la multitud dieron instrucciones a Alejandro, a quien los judíos habían empujado al frente. Alejandro hizo una señal con la mano y quería presentar su defensa ante el pueblo.
19:34 Pero, al reconocer que era judío, todos gritaron a una sola voz durante unas dos horas: «¡Grande es Artemisa de los efesios!».
El secretario de la ciudad pone fin al tumulto
19:35 El secretario de la ciudad calmó a la multitud y dijo: «Efesios, ¿quién no sabe que la ciudad de los efesios es guardiana del templo de la gran Artemisa y de la imagen caída del cielo?
19:36 Puesto que estas cosas son indiscutibles, deben mantener la calma y no hacer nada precipitado.
19:37 Porque han traído a estos hombres, que ni roban templos ni blasfeman contra nuestra diosa.
19:38 Así que, si Demetrio y los artesanos que están con él tienen alguna acusación contra alguien, hay días de audiencia y hay procónsules; que presenten sus acusaciones unos contra otros.
19:39 Y, si buscan algo más, se resolverá en la asamblea legal.
19:40 Porque corremos el peligro de ser acusados de sedición por lo ocurrido hoy, sin que exista ningún motivo que nos permita dar razón de esta reunión tumultuosa».
19:41 Después de decir esto, disolvió la asamblea.

Capítulo 20
Viaje de Pablo a Macedonia y Grecia
20:1 Cuando cesó el alboroto, Pablo mandó llamar a los discípulos, los animó y se despidió de ellos. Después salió hacia Macedonia.
20:2 Recorrió aquellas regiones, animó a los hermanos con muchas palabras y llegó a Grecia,
20:3 donde pasó tres meses. Cuando estaba a punto de embarcarse hacia Siria, los judíos tramaron una conspiración contra él; por eso decidió regresar por Macedonia.
20:4 Lo acompañaban Sópater, hijo de Pirro, de Berea; Aristarco y Segundo, de Tesalónica; Gayo de Derbe y Timoteo; y Tíquico y Trófimo, de Asia.
20:5 Estos llegaron a Troas y allí nos esperaban.
20:6 Nosotros zarpamos de Filipos después de los días de los Panes sin Levadura y en cinco días llegamos adonde estaban, en Troas, donde permanecimos siete días.
Visita de despedida de Pablo en Troas
20:7 El primer día de la semana, cuando estábamos reunidos para partir el pan, Pablo les hablaba y, como iba a salir al día siguiente, prolongó su discurso hasta la medianoche.
20:8 Había muchas lámparas en la habitación de la planta alta donde estábamos reunidos.
20:9 Un joven llamado Eutico estaba sentado en la ventana. Mientras Pablo seguía hablando, lo vencía un sueño profundo; dominado por el sueño, cayó desde el tercer piso y lo recogieron muerto.
20:10 Pablo bajó, se echó sobre él y lo abrazó, diciendo: «No se alarmen, porque está vivo».
20:11 Después subió, partió el pan y comió. Siguió conversando largo tiempo, hasta el amanecer, y entonces se fue.
20:12 Llevaron al joven vivo y quedaron muy consolados.
Viaje de Troas a Mileto
20:13 Nosotros nos adelantamos al barco y zarpamos hacia Asón, donde íbamos a recoger a Pablo. Así lo había dispuesto él, pues pensaba ir por tierra.
20:14 Cuando se reunió con nosotros en Asón, lo tomamos a bordo y fuimos a Mitilene.
20:15 Zarpamos de allí y al día siguiente llegamos frente a Quío; al otro día arribamos a Samos y al siguiente llegamos a Mileto.
20:16 Pablo había decidido pasar de largo por Éfeso para no demorarse en Asia, pues se apresuraba a estar en Jerusalén el día de Pentecostés, si le era posible.
Discurso de despedida de Pablo en Mileto
20:17 Desde Mileto envió a Éfeso y mandó llamar a los ancianos de la iglesia.
20:18 Cuando llegaron, les dijo: «Ustedes saben cómo he vivido entre ustedes todo el tiempo, desde el primer día en que llegué a Asia,
20:19 sirviendo al Señor con toda humildad, con lágrimas y con las pruebas que me sobrevinieron por las conspiraciones de los judíos.
20:20 No dejé de anunciarles nada que fuera de provecho ni de enseñarles públicamente y por las casas,
20:21 dando solemne testimonio a judíos y a griegos del arrepentimiento para con Dios y de la fe en nuestro Señor Jesús.
20:22 Ahora voy a Jerusalén, atado por el Espíritu, sin saber lo que allí me sucederá,
20:23 salvo que el Espíritu Santo me da testimonio en cada ciudad de que me esperan cadenas y aflicciones.
La fidelidad al evangelio de la gracia
20:24 Pero no considero mi vida como algo precioso para mí mismo, con tal de terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús: dar solemne testimonio de la buena noticia de la gracia de Dios.
20:25 Ahora sé que ninguno de ustedes, entre quienes he pasado proclamando el reino, volverá a ver mi rostro.
20:26 Por eso les declaro hoy que estoy limpio de la sangre de todos,
20:27 porque no dejé de anunciarles todo el propósito de Dios.
El cuidado de la iglesia adquirida por Cristo
20:28 Cuídense a ustedes mismos y a todo el rebaño en el que el Espíritu Santo los ha puesto como supervisores, para pastorear la iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre.
20:29 Yo sé que después de mi partida entrarán entre ustedes lobos feroces que no tendrán piedad del rebaño.
20:30 Y de entre ustedes mismos se levantarán hombres que hablarán cosas torcidas para arrastrar a los discípulos tras ellos.
20:31 Por eso velen, recordando que durante tres años, noche y día, no dejé de amonestar con lágrimas a cada uno.
20:32 Ahora los encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que puede edificarlos y darles la herencia entre todos los santificados.
El ejemplo de trabajo y generosidad
20:33 No he codiciado la plata, el oro ni la ropa de nadie.
20:34 Ustedes mismos saben que estas manos han atendido mis necesidades y las de los que estaban conmigo.
20:35 En todo les he mostrado que, trabajando así, debemos ayudar a los débiles y recordar las palabras del Señor Jesús, que él mismo dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir”».
20:36 Después de decir esto, se puso de rodillas y oró con todos ellos.
20:37 Todos lloraron mucho, se echaron al cuello de Pablo y lo besaban,
20:38 dolidos sobre todo por lo que había dicho: que ya no volverían a ver su rostro. Y lo acompañaron hasta el barco.

Capítulo 21
Viaje de Pablo a Jerusalén
21:1 Después de separarnos de ellos, zarpamos y navegamos directamente a Cos; al día siguiente llegamos a Rodas y de allí a Pátara.
21:2 Encontramos un barco que cruzaba hacia Fenicia, subimos a bordo y zarpamos.
21:3 Al avistar Chipre, la dejamos a la izquierda y navegamos hacia Siria. Desembarcamos en Tiro, porque allí el barco debía descargar su mercancía.
21:4 Encontramos a los discípulos y permanecimos allí siete días. Ellos decían a Pablo, por medio del Espíritu, que no fuera a Jerusalén.
21:5 Cuando se cumplieron aquellos días, salimos y continuamos el viaje. Todos, con sus mujeres e hijos, nos acompañaron hasta fuera de la ciudad. Nos arrodillamos en la playa y oramos,
21:6 nos despedimos unos de otros y subimos al barco; ellos regresaron a sus casas.
21:7 Completamos la travesía desde Tiro y llegamos a Tolemaida. Saludamos a los hermanos y permanecimos con ellos un día.
21:8 Al día siguiente salimos y llegamos a Cesarea. Entramos en casa de Felipe el evangelista, que era uno de los Siete, y nos hospedamos con él.
21:9 Él tenía cuatro hijas vírgenes que profetizaban.
La advertencia de Ágabo y la decisión de Pablo
21:10 Mientras permanecíamos allí varios días, bajó de Judea un profeta llamado Ágabo.
21:11 Vino a nosotros, tomó el cinturón de Pablo, se ató los pies y las manos y dijo: «Esto dice el Espíritu Santo: “Así atarán los judíos en Jerusalén al hombre a quien pertenece este cinturón y lo entregarán en manos de los gentiles”».
21:12 Al oír esto, tanto nosotros como los de aquel lugar le rogábamos que no subiera a Jerusalén.
21:13 Entonces Pablo respondió: «¿Por qué lloran y me quebrantan el corazón? Yo estoy dispuesto no solo a ser atado, sino también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús».
21:14 Como no se dejaba persuadir, dejamos de insistir y dijimos: «Que se haga la voluntad del Señor».
21:15 Después de aquellos días hicimos los preparativos y subimos a Jerusalén.
21:16 También nos acompañaron algunos discípulos de Cesarea, que nos llevaron a Mnasón, un chipriota y discípulo desde los primeros tiempos, en cuya casa íbamos a hospedarnos.
Pablo se reúne con los ancianos de Jerusalén
21:17 Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con alegría.
21:18 Al día siguiente, Pablo fue con nosotros a visitar a Jacobo, y estaban presentes todos los ancianos.
21:19 Después de saludarlos, les contó una por una las cosas que Dios había hecho entre los gentiles por medio de su ministerio.
21:20 Al oírlo, glorificaban a Dios y le dijeron: «Hermano, ya ves cuántas decenas de miles de judíos han creído, y todos son celosos de la ley.
21:21 Pero les han informado de que enseñas a todos los judíos que viven entre los gentiles a abandonar a Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni sigan las costumbres.
21:22 ¿Qué hacer, entonces? Sin duda se enterarán de que has llegado.
21:23 Haz, pues, lo que te decimos. Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen un voto sobre sí.
21:24 Tómalos contigo, purifícate con ellos y paga sus gastos para que se rapen la cabeza. Así todos sabrán que no hay nada de cierto en lo que les han informado acerca de ti, sino que tú también vives guardando la ley.
21:25 En cuanto a los gentiles que han creído, ya les hemos comunicado nuestra decisión: que se abstengan de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de la carne de animales estrangulados y de la inmoralidad sexual».
21:26 Entonces Pablo tomó consigo a los hombres y, al día siguiente, después de purificarse con ellos, entró en el templo, anunciando cuándo se cumplirían los días de la purificación y se presentaría la ofrenda por cada uno de ellos.
La acusación contra Pablo en el templo
21:27 Cuando estaban por cumplirse los siete días, los judíos de Asia lo vieron en el templo, alborotaron a toda la multitud y lo apresaron,
21:28 gritando: «¡Israelitas, ayuden! Este es el hombre que enseña a todos en todas partes contra el pueblo, contra la ley y contra este lugar. Además, ha introducido griegos en el templo y ha profanado este lugar santo».
21:29 Porque antes habían visto con él en la ciudad a Trófimo el efesio y suponían que Pablo lo había introducido en el templo.
21:30 Toda la ciudad se agitó y el pueblo acudió corriendo. Se apoderaron de Pablo, lo arrastraron fuera del templo y enseguida se cerraron las puertas.
Pablo queda bajo custodia romana
21:31 Mientras intentaban matarlo, llegó al comandante de la compañía la noticia de que toda Jerusalén estaba alborotada.
21:32 Él tomó enseguida soldados y centuriones y corrió hacia ellos. Al ver al comandante y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo.
21:33 Entonces el comandante se acercó, lo arrestó y ordenó atarlo con dos cadenas. Preguntaba quién era y qué había hecho.
21:34 Entre la multitud unos gritaban una cosa y otros otra. Como no podía averiguar nada con certeza a causa del alboroto, ordenó que lo llevaran al cuartel.
21:35 Cuando llegó a las escaleras, los soldados tuvieron que llevarlo en brazos por la violencia de la multitud,
21:36 porque la muchedumbre del pueblo iba detrás gritando: «¡Acaben con él!».
Defensa de Pablo ante el pueblo
21:37 Cuando iban a introducir a Pablo en el cuartel, él dijo al comandante: «¿Me permite decirle algo?». Él preguntó: «¿Sabes griego?
21:38 ¿No eres entonces el egipcio que hace algún tiempo provocó una rebelión y llevó al desierto a los cuatro mil sicarios?».
21:39 Pablo respondió: «Soy judío de Tarso de Cilicia, ciudadano de una ciudad de importancia. Le ruego que me permita hablar al pueblo».
21:40 Cuando él se lo permitió, Pablo, de pie en las escaleras, hizo una señal con la mano al pueblo. Se hizo un gran silencio, y se dirigió a ellos en lengua hebrea, diciendo:

Capítulo 22
22:1 «Hermanos y padres, escuchen ahora la defensa que presento ante ustedes».
22:2 Al oír que se dirigía a ellos en lengua hebrea, guardaron aún más silencio. Entonces dijo:
22:3 «Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en esta ciudad. Fui instruido a los pies de Gamaliel conforme al rigor de la ley de nuestros padres, y era celoso de Dios, como todos ustedes lo son hoy.
22:4 Perseguí este Camino hasta la muerte, atando y entregando a las cárceles tanto a hombres como a mujeres,
22:5 como también pueden atestiguar el sumo sacerdote y todo el consejo de ancianos. De ellos recibí cartas para los hermanos y me dirigía a Damasco, a fin de llevar atados a Jerusalén también a los que estaban allí, para que fueran castigados.
Pablo relata su conversión
Relatos relacionados: Hechos 9:1–19; Hechos 26:12–18.
22:6 Mientras viajaba y me acercaba a Damasco, hacia el mediodía, de pronto una intensa luz del cielo brilló a mi alrededor.
22:7 Caí al suelo y oí una voz que me decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”.
22:8 Yo respondí: “¿Quién eres, Señor?”. Él me dijo: “Yo soy Jesús el Nazareno, a quien tú persigues”.
22:9 Los que estaban conmigo vieron la luz, pero no entendieron la voz del que me hablaba.
22:10 Entonces pregunté: “¿Qué debo hacer, Señor?”. El Señor me dijo: “Levántate y ve a Damasco; allí se te dirá todo lo que se te ha ordenado hacer”.
22:11 Como no podía ver a causa del resplandor de aquella luz, llegué a Damasco llevado de la mano por mis compañeros.
22:12 Un hombre llamado Ananías, piadoso conforme a la ley y de quien daban buen testimonio todos los judíos que vivían allí,
22:13 vino a mí, se puso a mi lado y me dijo: “Hermano Saulo, recobra la vista”. En aquel mismo instante recobré la vista y lo miré.
22:14 Él dijo: “El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad, veas al Justo y oigas la voz de su boca,
22:15 porque serás testigo suyo ante todos los seres humanos de lo que has visto y oído.
22:16 Ahora, ¿qué esperas? Levántate, bautízate y lava tus pecados, invocando su nombre”.
Pablo es enviado a los gentiles
22:17 Cuando regresé a Jerusalén, mientras oraba en el templo, me sobrevino un éxtasis
22:18 y lo vi diciéndome: “Date prisa y sal pronto de Jerusalén, porque no aceptarán tu testimonio acerca de mí”.
22:19 Yo dije: “Señor, ellos saben que yo encarcelaba y golpeaba en las sinagogas a quienes creían en ti.
22:20 Y cuando se derramaba la sangre de Esteban, tu testigo, yo mismo estaba presente, lo aprobaba y cuidaba los mantos de quienes lo mataban”.
22:21 Pero él me dijo: “Ve, porque yo te enviaré lejos, a los gentiles”».
La reacción al envío de Pablo a los gentiles
22:22 Lo escucharon hasta estas palabras. Entonces alzaron la voz y dijeron: «¡Quiten de la tierra a un hombre así, porque no debe vivir!».
22:23 Mientras gritaban, arrojaban sus mantos y lanzaban polvo al aire,
La ciudadanía romana de Pablo detiene los azotes
22:24 el comandante ordenó introducirlo en el cuartel y dijo que lo interrogaran con azotes, para averiguar por qué gritaban así contra él.
22:25 Cuando lo estiraron sujetándolo con correas, Pablo dijo al centurión que estaba presente: «¿Les está permitido azotar a un ciudadano romano sin haberlo condenado?».
22:26 Al oír esto, el centurión fue a informar al comandante y dijo: «¿Qué va a hacer? Este hombre es ciudadano romano».
22:27 El comandante se acercó y le preguntó: «Dime, ¿eres ciudadano romano?». Él respondió: «Sí».
22:28 El comandante dijo: «Yo adquirí esta ciudadanía por una gran suma de dinero». Pablo respondió: «Pues yo la tengo de nacimiento».
22:29 Enseguida se apartaron de él los que iban a interrogarlo. También el comandante tuvo miedo al saber que era ciudadano romano y que lo había encadenado.
Pablo ante el concilio
22:30 Al día siguiente, como quería saber con certeza de qué lo acusaban los judíos, lo desató y ordenó que se reunieran los principales sacerdotes y todo el Concilio. Hizo bajar a Pablo y lo presentó ante ellos.

Capítulo 23
23:1 Pablo miró fijamente al Concilio y dijo: «Hermanos, hasta el día de hoy he vivido ante Dios con una conciencia enteramente limpia».
23:2 El sumo sacerdote Ananías ordenó a los que estaban junto a él que lo golpearan en la boca.
23:3 Entonces Pablo le dijo: «¡Dios te va a golpear a ti, pared blanqueada! ¿Te sientas a juzgarme conforme a la ley y, violando la ley, ordenas que me golpeen?».
23:4 Los que estaban presentes dijeron: «¿Insultas al sumo sacerdote de Dios?».
23:5 Pablo respondió: «Hermanos, no sabía que era el sumo sacerdote; porque está escrito: “No hablarás mal de un gobernante de tu pueblo”».
La resurrección divide al Concilio
23:6 Pablo, al saber que una parte era de saduceos y la otra de fariseos, alzó la voz en el Concilio: «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos. Se me juzga por la esperanza y la resurrección de los muertos».
23:7 Cuando dijo esto, surgió una disputa entre los fariseos y los saduceos, y la asamblea se dividió.
23:8 Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu; pero los fariseos afirman ambas cosas.
23:9 Hubo un gran griterío. Algunos escribas del grupo de los fariseos se levantaron y discutían con fuerza, diciendo: «No encontramos ningún mal en este hombre. Pero si le ha hablado un espíritu o un ángel…».
23:10 Como la disputa se hacía muy violenta, el comandante temió que despedazaran a Pablo. Ordenó a la tropa bajar, sacarlo de en medio de ellos y llevarlo al cuartel.
El Señor confirma el testimonio de Pablo en Roma
23:11 La noche siguiente, el Señor se presentó a su lado y dijo: «Ten ánimo; porque, así como has dado solemne testimonio de mí en Jerusalén, también debes dar testimonio en Roma».
Complot contra Pablo
23:12 Al amanecer, los judíos tramaron una conspiración y se comprometieron bajo maldición a no comer ni beber hasta haber matado a Pablo.
23:13 Eran más de cuarenta los que habían hecho este juramento.
23:14 Se presentaron ante los principales sacerdotes y los ancianos y dijeron: «Nos hemos comprometido bajo solemne maldición a no probar nada hasta haber matado a Pablo.
23:15 Ahora ustedes, junto con el Concilio, pidan al comandante que lo haga bajar ante ustedes, como si quisieran examinar su caso con mayor exactitud. Nosotros estamos preparados para matarlo antes de que llegue».
Un familiar de Pablo informa de la emboscada
23:16 Pero el hijo de la hermana de Pablo se enteró de la emboscada, fue al cuartel, entró y se lo contó a Pablo.
23:17 Pablo llamó a uno de los centuriones y dijo: «Lleva a este joven ante el comandante, porque tiene algo que comunicarle».
23:18 Él lo tomó consigo, lo llevó ante el comandante y dijo: «El preso Pablo me llamó y me pidió que trajera ante usted a este joven, que tiene algo que decirle».
23:19 El comandante lo tomó de la mano, lo llevó aparte y le preguntó en privado: «¿Qué tienes que comunicarme?».
23:20 Él respondió: «Los judíos se han puesto de acuerdo para pedirle que mañana haga bajar a Pablo ante el Concilio, como si este quisiera examinar su caso con mayor exactitud.
23:21 Pero no se deje convencer por ellos, porque más de cuarenta hombres de entre ellos le tienden una emboscada. Se han comprometido bajo maldición a no comer ni beber hasta haberlo matado, y ahora están preparados, esperando que usted dé su consentimiento».
23:22 El comandante despidió al joven y le ordenó: «No digas a nadie que me has comunicado estas cosas».
Pablo es enviado a Félix el gobernador
23:23 Después llamó a dos de los centuriones y dijo: «Preparen doscientos soldados para ir a Cesarea, junto con setenta jinetes y doscientos lanceros, a las nueve de la noche.
23:24 Preparen también cabalgaduras para que Pablo monte y sea llevado a salvo ante el gobernador Félix».
23:25 Y escribió una carta en estos términos:
23:26 «Claudio Lisias al excelentísimo gobernador Félix: saludos.
23:27 Los judíos habían apresado a este hombre y estaban a punto de matarlo. Acudí con la tropa y lo rescaté, al saber que era ciudadano romano.
23:28 Como quería averiguar el motivo de las acusaciones contra él, lo hice bajar ante el Concilio de ellos.
23:29 Encontré que lo acusaban por cuestiones de su ley, pero que no había contra él ningún cargo que mereciera muerte o prisión.
23:30 Al ser informado de que se preparaba una conspiración contra este hombre, se lo envié de inmediato y ordené a sus acusadores que presentaran ante usted lo que tuvieran contra él».
23:31 Los soldados, conforme a las órdenes recibidas, tomaron a Pablo y lo llevaron de noche a Antípatris.
23:32 Al día siguiente dejaron que los jinetes siguieran con él y regresaron al cuartel.
23:33 Cuando aquellos llegaron a Cesarea, entregaron la carta al gobernador y le presentaron también a Pablo.
23:34 Después de leerla, preguntó de qué provincia era. Al enterarse de que era de Cilicia,
23:35 dijo: «Escucharé tu caso cuando lleguen también tus acusadores». Y ordenó que lo custodiaran en el pretorio de Herodes.

Capítulo 24
Los acusadores presentan su caso ante Félix
24:1 Cinco días después bajó el sumo sacerdote Ananías con algunos ancianos y un abogado llamado Tértulo. Ellos presentaron ante el gobernador sus acusaciones contra Pablo.
24:2 Cuando lo llamaron, Tértulo comenzó a acusarlo diciendo: «Gracias a usted gozamos de mucha paz, y por su previsión se realizan reformas para esta nación;
24:3 lo reconocemos en todo momento y en todo lugar con plena gratitud, excelentísimo Félix.
24:4 Pero, para no demorarlo más, le ruego que, con su amabilidad, nos escuche brevemente.
24:5 Hemos encontrado que este hombre es una plaga, promotor de rebeliones entre todos los judíos del mundo habitado y cabecilla de la secta de los nazarenos.
24:6 Incluso intentó profanar el templo, por lo que lo apresamos.
24:7 [Pero intervino el comandante Lisias y, con mucha violencia, se lo llevó de nuestras manos.]
24:8 Usted mismo, al interrogarlo, podrá enterarse de todas estas cosas de las que lo acusamos».
24:9 También los judíos se sumaron a la acusación, afirmando que todo era así.
Pablo responde a las acusaciones
24:10 Cuando el gobernador le hizo una señal para que hablara, Pablo respondió: «Sé que desde hace muchos años usted es juez de esta nación, y por eso presento mi defensa con confianza.
24:11 Puede comprobar que no han pasado más de doce días desde que subí a Jerusalén para adorar.
24:12 No me encontraron discutiendo con nadie ni provocando un tumulto, ni en el templo, ni en las sinagogas, ni en la ciudad.
24:13 Tampoco pueden demostrarle las cosas de las que ahora me acusan.
La fe en el Camino y la esperanza de resurrección
24:14 Pero esto le confieso: según el Camino que ellos llaman secta, así sirvo al Dios de nuestros padres, creyendo todo lo escrito en la Ley y en los Profetas.
24:15 Tengo puesta en Dios la esperanza, que ellos mismos también abrigan, de que habrá resurrección tanto de justos como de injustos.
24:16 Por eso también me esfuerzo por mantener siempre una conciencia sin reproche ante Dios y ante los seres humanos.
24:17 Después de varios años vine a traer limosnas a mi nación y a presentar ofrendas.
24:18 Mientras lo hacía, me encontraron purificado en el templo, sin multitud ni alboroto.
24:19 Pero algunos judíos de Asia deberían estar presentes ante usted y acusarme, si tienen algo contra mí.
24:20 O que estos mismos digan qué delito encontraron cuando comparecí ante el Concilio,
24:21 a no ser por esta única declaración que hice en voz alta mientras estaba entre ellos: “Por la resurrección de los muertos se me juzga hoy ante ustedes”».
Félix aplaza la resolución del caso
24:22 Félix, que conocía con bastante exactitud lo referente al Camino, aplazó el caso y dijo: «Cuando baje el comandante Lisias, resolveré su asunto».
24:23 Ordenó al centurión que lo mantuviera bajo custodia, pero le concediera cierta libertad y no impidiera a ninguno de los suyos atenderlo.
Félix escucha acerca de la fe en Jesucristo
24:24 Algunos días después, Félix llegó con Drusila, su esposa, que era judía. Mandó llamar a Pablo y lo escuchó hablar acerca de la fe en Cristo Jesús.
24:25 Pero, cuando él razonaba acerca de la justicia, el dominio propio y el juicio venidero, Félix se llenó de temor y respondió: «Por ahora vete; cuando tenga oportunidad, te mandaré llamar».
24:26 Al mismo tiempo esperaba que Pablo le diera dinero; por eso lo mandaba llamar con más frecuencia y conversaba con él.
24:27 Al cumplirse dos años, Félix tuvo como sucesor a Porcio Festo. Y, como quería ganarse el favor de los judíos, Félix dejó a Pablo preso.

Capítulo 25
La nueva acusación ante Festo
25:1 Tres días después de llegar a la provincia, Festo subió de Cesarea a Jerusalén.
25:2 Los principales sacerdotes y los dirigentes de los judíos le presentaron sus acusaciones contra Pablo y le rogaban,
25:3 pidiéndole como favor contra él que lo mandara traer a Jerusalén. Preparaban una emboscada para matarlo por el camino.
25:4 Festo respondió que Pablo estaba bajo custodia en Cesarea y que él mismo partiría pronto hacia allí.
25:5 «Así que los que tengan autoridad entre ustedes —dijo— bajen conmigo y, si hay algo malo en este hombre, presenten sus acusaciones contra él».
25:6 Después de pasar entre ellos no más de ocho o diez días, bajó a Cesarea. Al día siguiente se sentó en el tribunal y ordenó que trajeran a Pablo.
25:7 Cuando llegó, los judíos que habían bajado de Jerusalén lo rodearon y presentaron muchas acusaciones graves que no podían demostrar.
25:8 Pablo decía en su defensa: «No he cometido ninguna falta contra la ley de los judíos, ni contra el templo, ni contra el César».
25:9 Pero Festo, queriendo ganarse el favor de los judíos, preguntó a Pablo: «¿Quieres subir a Jerusalén y ser juzgado allí ante mí por estas cosas?».
La apelación de Pablo al César
25:10 Pablo respondió: «Estoy ante el tribunal del César, donde debo ser juzgado. No he hecho ningún daño a los judíos, como usted mismo sabe muy bien.
25:11 Si he cometido alguna injusticia o he hecho algo digno de muerte, no me niego a morir. Pero, si no hay nada de cierto en lo que estos me acusan, nadie puede entregarme a ellos para complacerlos. ¡Apelo al César!».
25:12 Entonces Festo, después de consultar con su consejo, respondió: «Has apelado al César; al César irás».
Festo consulta con el rey Agripa
25:13 Pasados algunos días, el rey Agripa y Berenice llegaron a Cesarea para saludar a Festo.
25:14 Como permanecieron allí varios días, Festo expuso al rey el caso de Pablo, diciendo: «Hay un hombre que Félix dejó preso.
25:15 Cuando estuve en Jerusalén, los principales sacerdotes y los ancianos de los judíos presentaron acusaciones contra él y pidieron que lo condenara.
25:16 Les respondí que no es costumbre de los romanos entregar a un hombre antes de que el acusado tenga frente a frente a sus acusadores y reciba oportunidad de defenderse de la acusación.
25:17 Así que, cuando se reunieron aquí, no hice ninguna demora: al día siguiente me senté en el tribunal y ordené que trajeran al hombre.
25:18 Cuando sus acusadores se presentaron, no alegaron ninguno de los delitos que yo sospechaba,
25:19 sino que tenían contra él ciertas disputas acerca de su propia religión y de un tal Jesús, ya muerto, de quien Pablo afirmaba que estaba vivo.
25:20 Yo no sabía cómo investigar estas cuestiones, así que le pregunté si quería ir a Jerusalén y ser juzgado allí por estas cosas.
25:21 Pero Pablo apeló para que lo mantuvieran bajo custodia hasta la decisión del emperador. Por eso ordené que lo custodiaran hasta enviarlo al César».
25:22 Agripa dijo a Festo: «Yo también quisiera escuchar a ese hombre». Él respondió: «Mañana lo escucharás».
Pablo comparece ante Agripa y Berenice
25:23 Al día siguiente llegaron Agripa y Berenice con gran pompa y entraron en la sala de audiencias con los comandantes y los hombres más distinguidos de la ciudad. Por orden de Festo, trajeron a Pablo.
25:24 Festo dijo: «Rey Agripa y todos los hombres aquí presentes con nosotros: ven a este hombre, por quien toda la multitud de los judíos ha acudido a mí, tanto en Jerusalén como aquí, gritando que ya no debe vivir.
25:25 Pero yo comprobé que no había hecho nada digno de muerte y, como él mismo apeló al emperador, decidí enviarlo.
25:26 No tengo nada concreto que escribir al soberano acerca de él. Por eso lo he presentado ante ustedes, y especialmente ante usted, rey Agripa, para que, después del interrogatorio, tenga algo que escribir.
25:27 Porque me parece absurdo enviar a un preso sin indicar también los cargos en su contra».

Capítulo 26
Defensa de Pablo ante Agripa
26:1 Agripa dijo a Pablo: «Se te permite hablar en tu defensa». Entonces Pablo extendió la mano y comenzó su defensa:
26:2 «Rey Agripa, me considero dichoso de poder presentar hoy ante usted mi defensa de todas las acusaciones que los judíos hacen contra mí,
26:3 sobre todo porque usted conoce bien todas las costumbres y controversias de los judíos. Por eso le ruego que me escuche con paciencia.
Vida anterior de Pablo
26:4 Todos los judíos conocen mi modo de vivir desde mi juventud, que transcurrió desde el principio entre mi pueblo y en Jerusalén.
26:5 Me conocen desde hace tiempo y, si quieren, pueden atestiguar que viví como fariseo, conforme al grupo más estricto de nuestra religión.
26:6 Ahora estoy siendo juzgado por la esperanza en la promesa que Dios hizo a nuestros padres,
26:7 cuyo cumplimiento esperan alcanzar nuestras doce tribus, rindiendo culto con fervor noche y día. Por esta esperanza me acusan los judíos, oh rey.
26:8 ¿Por qué consideran ustedes increíble que Dios resucite a los muertos?
Pablo el perseguidor
26:9 Yo mismo pensaba que debía hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús el Nazareno.
26:10 Así lo hice en Jerusalén: con autoridad recibida de los principales sacerdotes, encerré en cárceles a muchos de los santos y, cuando los mataban, daba mi voto contra ellos.
26:11 Los castigaba muchas veces en todas las sinagogas y trataba de obligarlos a blasfemar. En mi extrema furia contra ellos, los perseguía incluso en las ciudades extranjeras.
Pablo relata su conversión
Relatos relacionados: Hechos 9:1–19; Hechos 22:6–16.
26:12 Ocupado en esto, viajaba a Damasco con autoridad y comisión de los principales sacerdotes.
26:13 Al mediodía, oh rey, vi en el camino una luz del cielo, más resplandeciente que el sol, que brilló a mi alrededor y al de mis compañeros de viaje.
26:14 Todos caímos a tierra y oí una voz que me decía en lengua hebrea: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Duro te es dar coces contra los aguijones”.
26:15 Yo pregunté: “¿Quién eres, Señor?”. El Señor respondió: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues.
26:16 Pero levántate y ponte de pie, porque me he aparecido a ti para nombrarte servidor y testigo de lo que has visto de mí y de las cosas en que me apareceré a ti.
26:17 Te libraré del pueblo y de los gentiles, a quienes yo te envío
26:18 para abrirles los ojos, para que se vuelvan de las tinieblas a la luz y de la autoridad de Satanás a Dios, a fin de que reciban perdón de pecados y una herencia entre los santificados por la fe en mí”.
Pablo obedece a la visión
26:19 Por eso, rey Agripa, no fui desobediente a la visión celestial,
26:20 sino que anuncié primero a los de Damasco, luego a los de Jerusalén y de toda la región de Judea, y también a los gentiles, que se arrepintieran y se volvieran a Dios, realizando obras dignas del arrepentimiento.
26:21 Por esto los judíos me apresaron en el templo e intentaban matarme.
26:22 Pero, con la ayuda de Dios, sigo hasta este día dando testimonio a pequeños y grandes, sin decir nada fuera de lo que los profetas y Moisés anunciaron que había de suceder:
26:23 que el Cristo sufriría y que, siendo el primero en resucitar de entre los muertos, anunciaría luz tanto al pueblo como a los gentiles».
Las respuestas de Festo y Agripa al testimonio
26:24 Mientras decía estas cosas en su defensa, Festo exclamó con fuerte voz: «¡Estás loco, Pablo! Tanto estudio te está llevando a la locura».
26:25 Pero Pablo respondió: «No estoy loco, excelentísimo Festo; pronuncio palabras de verdad y de sensatez.
26:26 El rey conoce estas cosas, y por eso le hablo con confianza. Estoy convencido de que nada de esto le pasa inadvertido, porque no sucedió en un rincón.
26:27 Rey Agripa, ¿cree usted a los profetas? Yo sé que cree».
26:28 Agripa dijo a Pablo: «¿En tan poco tiempo me persuades a hacerme cristiano?».
26:29 Pablo respondió: «Quisiera Dios que, en poco tiempo o en mucho, no solo usted, sino también todos los que hoy me escuchan llegaran a ser como yo, excepto por estas cadenas».
26:30 Entonces se levantaron el rey, el gobernador, Berenice y los que estaban sentados con ellos.
26:31 Al retirarse, conversaban unos con otros y decían: «Este hombre no hace nada que merezca muerte o prisión».
26:32 Agripa dijo a Festo: «Este hombre podría haber sido puesto en libertad si no hubiera apelado al César».

Capítulo 27
Pablo es enviado a Roma
27:1 Cuando se decidió que navegáramos hacia Italia, entregaron a Pablo y a otros presos a un centurión llamado Julio, de la compañía Augusta.
27:2 Subimos a un barco de Adramitio que iba a navegar hacia los puertos de Asia y zarpamos. Nos acompañaba Aristarco, un macedonio de Tesalónica.
27:3 Al día siguiente llegamos a Sidón. Julio trató a Pablo con bondad y le permitió ir a sus amigos para recibir sus cuidados.
27:4 Zarpamos de allí y navegamos al resguardo de Chipre, porque los vientos eran contrarios.
27:5 Después de atravesar el mar frente a Cilicia y Panfilia, llegamos a Mira de Licia.
27:6 Allí el centurión encontró un barco de Alejandría que navegaba hacia Italia y nos hizo subir a bordo.
27:7 Durante muchos días navegamos lentamente y apenas logramos llegar frente a Gnido. Como el viento no nos permitía avanzar, navegamos al resguardo de Creta, frente a Salmón.
27:8 La costeamos con dificultad y llegamos a un lugar llamado Buenos Puertos, cerca del cual estaba la ciudad de Lasea.
La advertencia sobre la continuación del viaje
27:9 Había pasado bastante tiempo y la navegación ya era peligrosa, porque incluso había pasado el Ayuno. Pablo les advertía,
27:10 diciendo: «Hombres, veo que la travesía va a traer daños y grandes pérdidas, no solo para la carga y el barco, sino también para nuestras vidas».
27:11 Pero el centurión confiaba más en el piloto y en el dueño del barco que en lo que Pablo decía.
27:12 Como el puerto no era adecuado para pasar el invierno, la mayoría decidió zarpar de allí, por si lograban llegar a Fenice y pasar allí el invierno. Era un puerto de Creta orientado al suroeste y al noroeste.
La tempestad en el mar
27:13 Cuando comenzó a soplar suavemente un viento del sur, pensaron que habían logrado su propósito. Levaron anclas y navegaban cerca de la costa de Creta.
27:14 Pero poco después se precipitó desde la isla un viento huracanado llamado Euráquilo.
27:15 El barco fue arrastrado y no podía hacer frente al viento, así que cedimos y nos dejamos llevar.
27:16 Pasamos al resguardo de una pequeña isla llamada Cauda y apenas pudimos asegurar el bote.
27:17 Después de izarlo, utilizaron cuerdas de refuerzo para ceñir el barco. Como temían encallar en la Sirte, bajaron el aparejo y así se dejaban llevar.
27:18 La tormenta nos azotaba con tal fuerza que al día siguiente comenzaron a arrojar la carga al mar.
27:19 Al tercer día, con sus propias manos arrojaron el equipo del barco.
27:20 Durante muchos días no aparecieron ni el sol ni las estrellas, y nos acosaba una fuerte tempestad. Finalmente se iba perdiendo toda esperanza de salvarnos.
27:21 Llevaban mucho tiempo sin comer. Entonces Pablo se puso de pie en medio de ellos y dijo: «Hombres, debieron hacerme caso y no zarpar de Creta; así se habrían ahorrado estos daños y pérdidas.
La promesa de Dios en medio de la tormenta
27:22 Pero ahora les aconsejo que tengan ánimo, porque ninguno de ustedes perderá la vida; solo se perderá el barco.
27:23 Porque esta noche se presentó junto a mí un ángel del Dios a quien pertenezco y a quien sirvo,
27:24 y me dijo: “No temas, Pablo; debes comparecer ante el César. Mira, Dios te ha concedido a todos los que navegan contigo”.
27:25 Por eso, hombres, tengan ánimo, porque le creo a Dios: sucederá tal como se me ha dicho.
27:26 Pero tenemos que encallar en alguna isla».
27:27 Cuando llegó la decimocuarta noche, mientras éramos llevados de un lado a otro por el mar Adriático, hacia la medianoche los marineros sospecharon que se acercaban a tierra.
27:28 Echaron la sonda y encontraron unos treinta y siete metros de profundidad. Un poco más adelante volvieron a echarla y encontraron unos veintisiete metros.
27:29 Temiendo que fuéramos a dar contra las rocas, echaron cuatro anclas por la popa y rogaban que amaneciera.
27:30 Los marineros intentaban huir del barco y bajaron el bote al mar, con el pretexto de que iban a echar anclas desde la proa.
27:31 Pablo dijo al centurión y a los soldados: «Si estos no permanecen en el barco, ustedes no pueden salvarse».
27:32 Entonces los soldados cortaron las cuerdas del bote y lo dejaron caer.
27:33 Cuando estaba por amanecer, Pablo animaba a todos a comer, diciendo: «Hoy hace catorce días que permanecen a la espera y sin comer, sin haber tomado nada.
27:34 Por eso les ruego que coman, porque esto es necesario para su salvación; no se perderá ni un cabello de la cabeza de ninguno de ustedes».
27:35 Después de decir esto, tomó pan, dio gracias a Dios delante de todos, lo partió y comenzó a comer.
27:36 Entonces todos cobraron ánimo y también comieron.
27:37 Éramos en total doscientas setenta y seis personas en el barco.
27:38 Después de comer hasta quedar satisfechos, aligeraban el barco arrojando el trigo al mar.
El naufragio
27:39 Cuando se hizo de día, no reconocían la tierra, pero divisaban una bahía con una playa, en la que pensaban varar el barco si podían.
27:40 Soltaron las anclas y las dejaron en el mar; al mismo tiempo desataron las amarras de los timones, izaron la vela de proa al viento y se dirigieron hacia la playa.
27:41 Pero dieron en un lugar donde se encontraban dos corrientes y encallaron el barco. La proa quedó clavada e inmóvil, mientras la popa se deshacía por la violencia del mar.
27:42 Los soldados decidieron matar a los presos, para que ninguno escapara nadando.
27:43 Pero el centurión, que quería salvar a Pablo, les impidió llevar a cabo su propósito. Ordenó que los que sabían nadar se lanzaran primero al agua y salieran a tierra,
27:44 y que los demás lo hicieran unos sobre tablas y otros sobre restos del barco. Así todos llegaron a salvo a tierra.

Capítulo 28
Pablo en la isla de Malta
28:1 Cuando estuvimos a salvo, supimos que la isla se llamaba Malta.
28:2 Los habitantes de la isla nos mostraron una bondad extraordinaria. Encendieron una fogata y nos recibieron a todos, a causa de la lluvia que caía y del frío.
28:3 Pablo había recogido un manojo de ramas secas y lo echó al fuego. Una víbora salió por el calor y se le prendió de la mano.
28:4 Cuando los habitantes de la isla vieron el animal colgando de su mano, se decían unos a otros: «Sin duda este hombre es un asesino: aunque se ha salvado del mar, la justicia no le permite vivir».
28:5 Pero él sacudió el animal en el fuego y no sufrió ningún daño.
28:6 Ellos esperaban que se hinchara o que cayera muerto de repente. Después de esperar mucho y ver que no le sucedía nada malo, cambiaron de opinión y decían que era un dios.
28:7 Cerca de aquel lugar había propiedades del principal de la isla, llamado Publio. Él nos recibió y nos hospedó amablemente durante tres días.
28:8 El padre de Publio estaba postrado en cama, aquejado de fiebres y disentería. Pablo entró a verlo, oró, le impuso las manos y lo sanó.
28:9 Después de esto, también los demás enfermos de la isla acudían y eran sanados.
28:10 Nos honraron con muchas atenciones y, cuando zarpamos, nos proveyeron de lo necesario.
Pablo llega a Roma
28:11 Pasados tres meses, zarpamos en un barco de Alejandría que había pasado el invierno en la isla y que tenía como emblema a Cástor y Pólux.
28:12 Llegamos a Siracusa y permanecimos allí tres días.
28:13 Desde allí levamos anclas y llegamos a Regio. Un día después comenzó a soplar el viento del sur, y al segundo día llegamos a Puteoli.
28:14 Allí encontramos a unos hermanos que nos invitaron a permanecer con ellos siete días. Y así llegamos a Roma.
28:15 Los hermanos de allí, al enterarse de nosotros, salieron a nuestro encuentro hasta el Foro de Apio y las Tres Tabernas. Al verlos, Pablo dio gracias a Dios y cobró ánimo.
28:16 Cuando entramos en Roma, se permitió a Pablo vivir aparte, con el soldado que lo custodiaba.
Pablo predica en Roma
28:17 Tres días después convocó a los principales de los judíos. Cuando se reunieron, les dijo: «Hermanos, aunque no he hecho nada contra el pueblo ni contra las costumbres de nuestros padres, fui entregado preso desde Jerusalén en manos de los romanos.
28:18 Ellos me interrogaron y querían dejarme en libertad, porque no había en mí ningún motivo para darme muerte.
28:19 Pero, como los judíos se oponían, me vi obligado a apelar al César, sin que tenga nada de qué acusar a mi nación.
28:20 Por eso les he pedido verlos y hablar con ustedes, porque llevo esta cadena por la esperanza de Israel».
28:21 Ellos le respondieron: «No hemos recibido cartas de Judea acerca de ti, ni ha llegado ninguno de los hermanos para informar o decir algo malo de ti.
28:22 Pero queremos escuchar de ti lo que piensas, porque sabemos que en todas partes se habla contra esta secta».
El anuncio de Jesús y las respuestas en Roma
28:23 Fijaron un día con él y acudieron en mayor número al lugar donde se hospedaba. Desde la mañana hasta la tarde les exponía el reino de Dios y daba solemne testimonio de él, tratando de persuadirlos acerca de Jesús a partir de la ley de Moisés y de los Profetas.
28:24 Unos se dejaban persuadir por lo que decía, pero otros no creían.
28:25 Como no estaban de acuerdo entre sí, comenzaron a retirarse, después de que Pablo dijo estas palabras: «Bien habló el Espíritu Santo a sus padres por medio del profeta Isaías,
28:26 diciendo: “Ve a este pueblo y di: Oirán y oirán, pero no entenderán; mirarán y mirarán, pero no percibirán.
28:27 Porque el corazón de este pueblo se ha vuelto insensible; con los oídos han oído con dificultad y han cerrado sus ojos, para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni volverse, y que yo los sane”.
28:28 Sepan, pues, que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles; ellos sí escucharán».
28:29 [Después de que él dijo esto, los judíos se fueron, discutiendo mucho entre ellos.]
El evangelio continúa anunciándose en Roma
28:30 Permaneció dos años enteros en un alojamiento que él mismo alquilaba y recibía a todos los que venían a él,
28:31 proclamando el reino de Dios y enseñando lo referente al Señor Jesucristo, con toda valentía y sin impedimento.

ROMANOS

Capítulo 1
Pablo saluda a los creyentes de Roma
1:1 Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios,
1:2 que él había prometido de antemano por medio de sus profetas en las santas Escrituras,
1:3 acerca de su Hijo, que nació de la descendencia de David según la carne
1:4 y fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos: Jesucristo, nuestro Señor.
1:5 Por medio de él recibimos gracia y apostolado para la obediencia de la fe entre todas las naciones, por causa de su nombre;
1:6 entre ellas están también ustedes, llamados a pertenecer a Jesucristo.
1:7 A todos los que están en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos: gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Deseo de Pablo de visitar Roma
1:8 Ante todo doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo por todos ustedes, porque su fe se proclama en todo el mundo.
1:9 Dios, a quien sirvo en mi espíritu en el evangelio de su Hijo, es testigo de cómo los recuerdo sin cesar,
1:10 siempre en mis oraciones, rogando que al fin, de alguna manera, por la voluntad de Dios, logre ir a ustedes.
1:11 Porque anhelo verlos para compartir con ustedes algún don espiritual, a fin de que sean fortalecidos;
1:12 es decir, para que nos animemos mutuamente por la fe que compartimos ustedes y yo.
1:13 No quiero que ignoren, hermanos, que muchas veces me propuse ir a ustedes, pero hasta ahora me lo han impedido, para recoger algún fruto también entre ustedes, como entre los demás gentiles.
1:14 Tengo una deuda con griegos y no griegos, con sabios y con ignorantes.
1:15 Por eso, por mi parte, estoy dispuesto a anunciar el evangelio también a ustedes que están en Roma.
El poder del evangelio
1:16 Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es poder de Dios para salvación de todo el que cree: del judío primero y también del griego.
1:17 Porque en él se revela la justicia de Dios, por fe y para fe, como está escrito: «El justo vivirá por la fe».
El rechazo del Creador y sus consecuencias
1:18 La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los seres humanos que reprimen la verdad con su injusticia.
1:19 Porque lo que se puede conocer de Dios es evidente entre ellos, pues Dios se lo ha manifestado.
1:20 Desde la creación del mundo, sus cualidades invisibles, su poder eterno y su divinidad, se perciben claramente al comprenderlas por medio de lo creado, de modo que no tienen excusa.
1:21 Porque, aunque conocieron a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias. Al contrario, se volvieron vanos en sus razonamientos y su corazón insensato se oscureció.
1:22 Profesando ser sabios, se hicieron necios;
1:23 cambiaron la gloria del Dios incorruptible por imágenes semejantes al ser humano corruptible, a aves, a cuadrúpedos y a reptiles.
1:24 Por eso Dios los entregó a la impureza en los deseos de sus corazones, de modo que deshonraron sus cuerpos entre sí.
1:25 Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y veneraron y sirvieron a la creación en lugar de al Creador, que es bendito por los siglos. Amén.
1:26 Por esto Dios los entregó a pasiones deshonrosas. Sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que son contrarias a la naturaleza;
1:27 del mismo modo, también los hombres abandonaron las relaciones naturales con la mujer y ardieron en su deseo unos por otros. Hombres con hombres cometían actos vergonzosos y recibían en sí mismos la retribución debida a su extravío.
1:28 Y como no consideraron digno conservar el conocimiento de Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer lo que no conviene.
1:29 Están llenos de toda injusticia, perversidad, codicia y maldad; colmados de envidia, homicidio, rivalidad, engaño y malicia; son murmuradores,
1:30 calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios, arrogantes, inventores de males, desobedientes a sus padres,
1:31 insensatos, desleales, sin afecto natural y sin misericordia.
1:32 Aunque conocen el justo decreto de Dios, que quienes practican tales cosas merecen la muerte, no solo las hacen, sino que también aprueban a quienes las practican.

Capítulo 2
El justo juicio de Dios
2:1 Por tanto, no tienes excusa, quienquiera que seas tú que juzgas. Porque al juzgar a otro te condenas a ti mismo, pues tú que juzgas practicas las mismas cosas.
2:2 Sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es conforme a la verdad.
2:3 Y tú, que juzgas a los que practican esas cosas y las haces tú mismo, ¿piensas que escaparás del juicio de Dios?
2:4 ¿O desprecias la riqueza de su bondad, tolerancia y paciencia, sin reconocer que la bondad de Dios te guía al arrepentimiento?
2:5 Pero por tu dureza y tu corazón que no se arrepiente acumulas ira para ti mismo, para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios,
2:6 quien dará a cada uno según sus obras:
2:7 vida eterna a los que, perseverando en hacer el bien, buscan gloria, honor e inmortalidad;
2:8 pero ira y furor a los que actúan por egoísmo y desobedecen la verdad, mientras obedecen la injusticia.
2:9 Habrá aflicción y angustia para todo ser humano que hace el mal, para el judío primero y también para el griego;
2:10 pero gloria, honor y paz para todo el que hace el bien, para el judío primero y también para el griego.
2:11 Porque Dios no hace acepción de personas.
2:12 Todos los que pecaron sin la ley, sin la ley también perecerán; y todos los que pecaron bajo la ley serán juzgados por la ley
2:13 (pues no son justos ante Dios los que oyen la ley, sino que serán justificados los que la cumplen.
2:14 Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, hacen por naturaleza lo que la ley exige, ellos, aunque no tienen la ley, son ley para sí mismos.
2:15 Muestran que la obra de la ley está escrita en sus corazones; su conciencia da testimonio, y sus propios razonamientos los acusan o también los defienden)
2:16 en el día en que, conforme a mi evangelio, Dios juzgará por medio de Cristo Jesús los secretos de los seres humanos.
Los judíos y la ley
2:17 Pero si tú llevas el nombre de judío, te apoyas en la ley y te glorías en Dios,
2:18 conoces su voluntad y apruebas lo mejor, porque has sido instruido por la ley,
2:19 y estás convencido de ser guía de los ciegos, luz de los que están en oscuridad,
2:20 instructor de los necios y maestro de los niños, y tienes en la ley la expresión del conocimiento y de la verdad,
2:21 entonces tú, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú, que predicas que no se debe robar, ¿robas?
2:22 Tú, que dices que no se debe cometer adulterio, ¿cometes adulterio? Tú, que aborreces los ídolos, ¿saqueas templos?
2:23 Tú, que te glorías en la ley, ¿deshonras a Dios al transgredir la ley?
2:24 Porque, como está escrito, «el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de ustedes».
La circuncisión y el corazón
2:25 La circuncisión tiene valor si practicas la ley; pero si transgredes la ley, tu circuncisión se ha convertido en incircuncisión.
2:26 Por tanto, si el incircunciso guarda los preceptos de la ley, ¿no se le contará su incircuncisión como circuncisión?
2:27 Y el que es incircunciso por naturaleza y cumple la ley te juzgará a ti, que, a pesar de tener la letra y la circuncisión, transgredes la ley.
2:28 Porque no es judío el que lo es exteriormente, ni es circuncisión la que se hace exteriormente en la carne,
2:29 sino que es judío el que lo es interiormente, y la circuncisión es la del corazón, en el Espíritu y no en la letra. Su alabanza no procede de los seres humanos, sino de Dios.

Capítulo 3
El privilegio de Israel y la fidelidad de Dios
3:1 Entonces, ¿qué ventaja tiene el judío? ¿O cuál es el beneficio de la circuncisión?
3:2 Mucho, en todos los sentidos. En primer lugar, se les confiaron las palabras de Dios.
3:3 ¿Y qué si algunos fueron infieles? ¿Acaso su infidelidad anulará la fidelidad de Dios?
3:4 ¡De ningún modo! Sea Dios veraz y todo hombre mentiroso, como está escrito: «Para que seas reconocido justo en tus palabras y venzas cuando seas juzgado».
3:5 Pero, si nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios, ¿qué diremos? ¿Es injusto Dios cuando descarga su ira? Hablo en términos humanos.
3:6 ¡De ningún modo! De lo contrario, ¿cómo juzgará Dios al mundo?
3:7 Pero, si por mi mentira la verdad de Dios ha abundado para su gloria, ¿por qué todavía se me juzga como pecador?
3:8 ¿Y por qué no decir, como nos calumnian y algunos afirman que decimos: «Hagamos el mal para que venga el bien»? La condenación de ellos es justa.
La culpa humana a la luz de las Escrituras
3:9 Entonces, ¿qué? ¿Tenemos ventaja? De ninguna manera; porque ya hemos acusado a judíos y griegos de estar todos bajo el pecado,
3:10 como está escrito:
 «No hay justo, ni aun uno;
3:11 no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios.
3:12 Todos se desviaron, juntos se volvieron inútiles.
   No hay quien haga el bien, no hay ni aun uno.
3:13 Su garganta es un sepulcro abierto;
   con sus lenguas engañaban.
   Veneno de víboras hay bajo sus labios.
3:14 Su boca está llena de maldición y amargura.
3:15 Sus pies son veloces para derramar sangre;
3:16 destrucción y miseria hay en sus caminos,
3:17 y no han conocido el camino de la paz.
3:18 No hay temor de Dios delante de sus ojos».
3:19 Sabemos que todo lo que dice la ley, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca quede cerrada y todo el mundo quede sujeto al juicio de Dios.
3:20 Porque por las obras de la ley ningún ser humano será justificado ante él, pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado.
La justicia es por medio de la fe
3:21 Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, de la que dan testimonio la Ley y los Profetas:
3:22 la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo para todos los que creen. Porque no hay distinción:
3:23 todos pecaron y carecen de la gloria de Dios,
3:24 y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que hay en Cristo Jesús.
3:25 Dios lo presentó como sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre, para mostrar su justicia, porque había pasado por alto los pecados cometidos anteriormente,
3:26 en la paciencia de Dios, a fin de mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y el que justifica al que tiene fe en Jesús.
Una misma salvación para judíos y gentiles
3:27 ¿Dónde queda entonces la jactancia? Queda excluida. ¿Por qué ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe.
3:28 Porque consideramos que el ser humano es justificado por la fe, aparte de las obras de la ley.
3:29 ¿O es Dios solamente de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? Sí, también de los gentiles,
3:30 puesto que Dios es uno, y justificará a los circuncisos por la fe y a los incircuncisos mediante la fe.
3:31 Entonces, ¿anulamos la ley por medio de la fe? ¡De ningún modo! Más bien, confirmamos la ley.

Capítulo 4
El ejemplo de Abraham
4:1 ¿Qué diremos, entonces, que descubrió Abraham, nuestro antepasado según la carne?
4:2 Porque, si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué jactarse, pero no ante Dios.
4:3 Pues ¿qué dice la Escritura? «Abraham creyó a Dios, y le fue contado como justicia».
4:4 Al que trabaja, el salario no se le cuenta como un favor, sino como una deuda.
4:5 Pero al que no trabaja, sino que cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada como justicia.
David y la dicha del perdón
4:6 Así también David habla de la dicha del ser humano a quien Dios cuenta justicia aparte de las obras:
4:7 «Dichosos aquellos cuyas maldades fueron perdonadas y cuyos pecados fueron cubiertos.
4:8 Dichoso el hombre a quien el Señor no le tenga en cuenta el pecado».
La fe antes de la circuncisión
4:9 Entonces, ¿esta dicha es para los circuncisos o también para los incircuncisos? Porque decimos: «A Abraham la fe le fue contada como justicia».
4:10 ¿Cómo le fue contada? ¿Cuando estaba circuncidado o cuando era incircunciso? No estando circuncidado, sino siendo incircunciso.
4:11 Recibió la señal de la circuncisión como sello de la justicia de la fe que tuvo siendo incircunciso, para ser padre de todos los que creen sin estar circuncidados, a fin de que también a ellos se les cuente la justicia;
4:12 y padre de la circuncisión para los que no solo son circuncisos, sino que también siguen las huellas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado.
La promesa realizada mediante la fe
4:13 Porque la promesa de que sería heredero del mundo no llegó a Abraham ni a su descendencia por medio de la ley, sino por medio de la justicia de la fe.
4:14 Si los herederos son los que proceden de la ley, la fe queda vacía y la promesa queda anulada.
4:15 Porque la ley produce ira; pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión.
4:16 Por eso es por fe, para que sea conforme a la gracia y la promesa quede asegurada a toda la descendencia: no solo a la que procede de la ley, sino también a la que procede de la fe de Abraham, que es padre de todos nosotros,
4:17 como está escrito: «Te he puesto por padre de muchas naciones». Lo es ante Dios, en quien creyó, el que da vida a los muertos y llama a las cosas que no existen como si existieran.
Abraham confía en el Dios que cumple
4:18 Contra toda esperanza, creyó con esperanza, para llegar a ser padre de muchas naciones, conforme a lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia».
4:19 Sin debilitarse en la fe, consideró su propio cuerpo, ya como muerto, pues tenía unos cien años, y la falta de vida del vientre de Sara.
4:20 No vaciló por incredulidad ante la promesa de Dios, sino que fue fortalecido en la fe, dando gloria a Dios
4:21 y plenamente convencido de que él podía también cumplir lo que había prometido.
4:22 Por eso le fue contado como justicia.
La resurrección de Jesús y nuestra justificación
4:23 Pero no solo por él se escribió que le fue contado,
4:24 sino también por nosotros, a quienes se nos contará: a los que creemos en aquel que resucitó de entre los muertos a Jesús, nuestro Señor,
4:25 que fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación.

Capítulo 5
Resultados de la justificación
5:1 Justificados, pues, por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.
5:2 Por medio de él también hemos obtenido, por la fe, acceso a esta gracia en la que permanecemos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.
5:3 Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las aflicciones, sabiendo que la aflicción produce perseverancia;
5:4 la perseverancia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza.
5:5 La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado.
El amor de Dios hacia los pecadores
5:6 Porque, cuando todavía éramos débiles, Cristo murió a su debido tiempo por los impíos.
5:7 Apenas alguien moriría por un justo, aunque por una persona buena quizá alguien se atrevería a morir.
5:8 Pero Dios demuestra su propio amor por nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.
5:9 Con mucha más razón, ahora que hemos sido justificados por su sangre, seremos salvados de la ira por medio de él.
5:10 Porque, si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios mediante la muerte de su Hijo, con mucha más razón, estando reconciliados, seremos salvados por su vida.
5:11 Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien ahora hemos recibido la reconciliación.
Adán y Cristo
5:12 Por eso, así como por medio de un hombre entró el pecado en el mundo y, por medio del pecado, la muerte, así la muerte se extendió a todos los seres humanos, porque todos pecaron.
5:13 Pues antes de la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se toma en cuenta cuando no hay ley.
5:14 Sin embargo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado a semejanza de la transgresión de Adán, quien es figura del que había de venir.
5:15 Pero el don no es como la transgresión. Porque, si por la transgresión de uno murieron los muchos, con mucha más razón abundaron para los muchos la gracia de Dios y el regalo dado por la gracia de un solo hombre, Jesucristo.
5:16 Tampoco el regalo es como lo que vino por uno que pecó. Porque el juicio partió de una sola transgresión y llevó a condenación; pero el don partió de muchas transgresiones y llevó a justificación.
5:17 Porque, si por la transgresión de uno la muerte reinó por medio de ese uno, con mucha más razón reinarán en vida por medio de uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.
5:18 Así pues, como por una sola transgresión vino la condenación a todos los seres humanos, así también por un solo acto de justicia vino a todos los seres humanos la justificación que da vida.
5:19 Porque, así como por la desobediencia de un solo hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo los muchos serán constituidos justos.
5:20 La ley se introdujo para que aumentara la transgresión; pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia,
5:21 para que, así como el pecado reinó en la muerte, también la gracia reine mediante la justicia para vida eterna, por medio de Jesucristo nuestro Señor.

Capítulo 6
Muertos al pecado
6:1 ¿Qué diremos, entonces? ¿Seguiremos en el pecado para que abunde la gracia?
6:2 ¡De ningún modo! Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo seguiremos viviendo en él?
6:3 ¿O ignoran que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte?
6:4 Por tanto, fuimos sepultados con él mediante el bautismo en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, también nosotros andemos en vida nueva.
6:5 Porque, si hemos sido unidos a él en la semejanza de su muerte, también lo seremos en la de su resurrección.
6:6 Sabemos esto: nuestro viejo hombre fue crucificado con él, para que el cuerpo de pecado quede sin poder y ya no seamos esclavos del pecado;
6:7 porque el que ha muerto ha quedado absuelto del pecado.
6:8 Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él,
6:9 pues sabemos que Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte ya no tiene dominio sobre él.
6:10 Porque, en cuanto murió, murió al pecado una vez para siempre; pero, en cuanto vive, vive para Dios.
6:11 Así también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús.
El cuerpo al servicio de Dios
6:12 Por tanto, que el pecado no reine en su cuerpo mortal, de modo que obedezcan sus deseos.
6:13 Tampoco presenten sus miembros al pecado como armas de injusticia. Más bien, preséntense ustedes mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y sus miembros a Dios como armas de justicia.
6:14 Porque el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, pues no están bajo la ley, sino bajo la gracia.
Siervos de la justicia
6:15 ¿Qué, entonces? ¿Pecaremos porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? ¡De ningún modo!
6:16 ¿No saben que, cuando se presentan a alguien como esclavos para obedecerlo, son esclavos de aquel a quien obedecen, ya sea del pecado, que lleva a la muerte, o de la obediencia, que lleva a la justicia?
6:17 Pero gracias a Dios, porque, aunque eran esclavos del pecado, obedecieron de corazón a la forma de enseñanza a la que fueron entregados.
6:18 Liberados del pecado, fueron hechos esclavos de la justicia.
6:19 Hablo en términos humanos por la debilidad de su carne. Así como presentaron sus miembros como esclavos a la impureza y a la iniquidad para practicar la iniquidad, así ahora presenten sus miembros como esclavos a la justicia para santificación.
6:20 Porque, cuando eran esclavos del pecado, eran libres respecto de la justicia.
6:21 ¿Qué fruto obtenían entonces de las cosas de las que ahora se avergüenzan? Porque el fin de esas cosas es la muerte.
6:22 Pero ahora, liberados del pecado y hechos esclavos de Dios, tienen su fruto para santificación, y como fin, la vida eterna.
6:23 Porque la paga del pecado es muerte, pero el don de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor.

Capítulo 7
Analogía tomada del matrimonio
7:1 ¿O ignoran, hermanos —hablo a quienes conocen la ley—, que la ley tiene dominio sobre una persona mientras vive?
7:2 La mujer casada está ligada por la ley a su esposo mientras él vive; pero, si el esposo muere, queda libre de la ley que la unía a él.
7:3 Así que, si se une a otro hombre mientras vive su esposo, será llamada adúltera. Pero, si el esposo muere, queda libre de la ley y no es adúltera al unirse a otro hombre.
7:4 Así también ustedes, hermanos míos, han muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para pertenecer a otro, al que fue resucitado de entre los muertos, a fin de que demos fruto para Dios.
7:5 Porque, cuando estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que actuaban por medio de la ley obraban en nuestros miembros para dar fruto para la muerte.
7:6 Pero ahora hemos quedado libres de la ley, habiendo muerto a aquello que nos tenía sujetos, para que sirvamos de la manera nueva del Espíritu y no de la manera antigua de la letra.
La Ley revela el poder del pecado
7:7 ¿Qué diremos, entonces? ¿La ley es pecado? ¡De ningún modo! Sin embargo, no habría conocido el pecado sino por medio de la ley; tampoco habría conocido la codicia si la ley no dijera: «No codiciarás».
7:8 Pero el pecado aprovechó la ocasión por medio del mandamiento y produjo en mí toda clase de codicia. Porque, aparte de la ley, el pecado está muerto.
7:9 Yo vivía en otro tiempo aparte de la ley; pero, cuando vino el mandamiento, el pecado revivió
7:10 y yo morí. Así, el mandamiento que era para vida resultó para mí en muerte.
7:11 Porque el pecado aprovechó la ocasión por medio del mandamiento, me engañó y, por medio de él, me mató.
7:12 Así que la ley es santa, y el mandamiento es santo, justo y bueno.
7:13 Entonces, ¿lo que es bueno se convirtió en muerte para mí? ¡De ningún modo! Fue el pecado, para mostrarse como pecado, el que por medio de lo bueno produjo mi muerte, a fin de que por medio del mandamiento el pecado llegara a ser extremadamente pecaminoso.
La lucha entre querer el bien y hacerlo
7:14 Porque sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy de carne, vendido bajo el pecado.
7:15 No entiendo lo que hago, porque no practico lo que quiero, sino que hago lo que odio.
7:16 Si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la ley en que es buena.
7:17 Así que ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí.
7:18 Porque sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita el bien. Querer el bien está en mí, pero no el realizarlo.
7:19 Porque no hago el bien que quiero, sino que practico el mal que no quiero.
7:20 Si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí.
7:21 Encuentro, pues, esta ley: cuando quiero hacer el bien, el mal está presente en mí.
7:22 Porque en mi ser interior me deleito en la ley de Dios,
7:23 pero veo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi mente y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.
La liberación que viene de Jesucristo
7:24 ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?
7:25 ¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor! Así pues, yo mismo sirvo con la mente a la ley de Dios, pero con la carne a la ley del pecado.

Capítulo 8
Viviendo en el Espíritu
8:1 Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.
8:2 Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte.
8:3 Pues lo que la ley no podía hacer, debilitada por la carne, lo hizo Dios: al enviar a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne,
8:4 para que la justa exigencia de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
8:5 Porque los que viven conforme a la carne ponen su mente en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu.
8:6 La mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paz.
8:7 Porque la mente puesta en la carne es enemistad contra Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni siquiera puede hacerlo.
8:8 Y los que están en la carne no pueden agradar a Dios.
8:9 Pero ustedes no están en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en ustedes. Si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece.
8:10 Si Cristo está en ustedes, el cuerpo está muerto a causa del pecado, pero el espíritu tiene vida a causa de la justicia.
8:11 Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, aquel que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará vida también a sus cuerpos mortales, porque su Espíritu habita en ustedes.
8:12 Así pues, hermanos, somos deudores, pero no de la carne para vivir conforme a la carne.
8:13 Porque si viven conforme a la carne, morirán; pero si por el Espíritu hacen morir las obras del cuerpo, vivirán.
8:14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios.
Hijos y herederos de Dios
8:15 No recibieron un espíritu de esclavitud para volver al temor, sino que recibieron el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: «¡Abba, Padre!».
8:16 El Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.
8:17 Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos con él, para que también seamos glorificados con él.
El sufrimiento presente y la gloria futura
8:18 Considero que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que ha de revelarse en nosotros.
8:19 Porque la creación espera con profundo anhelo la revelación de los hijos de Dios.
8:20 La creación fue sometida a la vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sometió, con la esperanza
8:21 de que también la creación misma será liberada de la esclavitud de la corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.
8:22 Porque sabemos que toda la creación gime y sufre unida dolores de parto hasta ahora.
8:23 Y no solo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo.
8:24 Porque en esperanza fuimos salvos. Pero la esperanza que se ve no es esperanza, pues ¿quién espera lo que ve?
8:25 Pero si esperamos lo que no vemos, lo aguardamos con perseverancia.
El Espíritu intercede en nuestra debilidad
8:26 De igual manera, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. Porque no sabemos qué pedir en oración como conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inexpresables.
8:27 El que examina los corazones conoce el sentir del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios.
El propósito de Dios en Cristo
8:28 Sabemos que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, es decir, a los que son llamados conforme a su propósito.
8:29 Porque a los que conoció de antemano, también los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos.
8:30 A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó.
Dios está a favor de los suyos
8:31 ¿Qué diremos, entonces, ante estas cosas? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?
8:32 El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?
8:33 ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica.
8:34 ¿Quién es el que condena? Cristo es el que murió; más aún, el que fue resucitado, el que está a la derecha de Dios y también intercede por nosotros.
El amor de Cristo en toda adversidad
8:35 ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La aflicción, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro o la espada?
8:36 Como está escrito:
 «Por causa de ti se nos da muerte todo el día;
   somos considerados como ovejas para el matadero».
8:37 Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.
8:38 Porque estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes,
8:39 ni la altura ni la profundidad, ni ninguna otra cosa creada podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, nuestro Señor.

Capítulo 9
La tristeza de Pablo por Israel
9:1 Digo la verdad en Cristo, no miento; mi conciencia da testimonio conmigo en el Espíritu Santo
9:2 de que tengo gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón.
9:3 Porque desearía ser yo mismo maldito y separado de Cristo por mis hermanos, mis parientes según la carne.
9:4 Ellos son israelitas; a ellos pertenecen la adopción como hijos, la gloria, los pactos, la entrega de la ley, el culto y las promesas.
9:5 De ellos son los patriarcas, y de ellos procede el Cristo según la carne, el cual está sobre todo, Dios bendito por los siglos. Amén.
Los hijos de la promesa
9:6 Pero no es que haya fallado la palabra de Dios. Porque no todos los que proceden de Israel son Israel,
9:7 ni todos son hijos por ser descendencia de Abraham, sino: «Por medio de Isaac será reconocida tu descendencia».
9:8 Es decir, no son los hijos de la carne los que son hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa son contados como descendencia.
9:9 Porque esta es la palabra de la promesa: «Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo».
9:10 Y no solo esto, sino que también Rebeca concibió de un solo hombre, Isaac nuestro padre.
9:11 Pues, antes de que nacieran y de que hicieran algo bueno o malo, para que permaneciera el propósito de Dios conforme a la elección,
9:12 no por las obras, sino por el que llama, se le dijo: «El mayor servirá al menor».
9:13 Como está escrito: «A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí».
La misericordia y la justicia de Dios
9:14 ¿Qué diremos, entonces? ¿Hay injusticia en Dios? ¡De ningún modo!
9:15 Porque dice a Moisés: «Tendré misericordia de quien yo tenga misericordia y me compadeceré de quien yo me compadezca».
9:16 Así que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que tiene misericordia.
9:17 Porque la Escritura dice al faraón: «Precisamente para esto te levanté: para mostrar en ti mi poder y para que mi nombre sea proclamado en toda la tierra».
9:18 Así pues, tiene misericordia de quien quiere, y endurece a quien quiere.
La autoridad de Dios y su paciencia
9:19 Entonces me dirás: «¿Por qué todavía culpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad?».
9:20 Pero tú, hombre, ¿quién eres para replicar a Dios? ¿Acaso lo que ha sido formado dirá al que lo formó: «¿Por qué me hiciste así?»?
9:21 ¿O no tiene el alfarero autoridad sobre el barro para hacer de la misma masa una vasija para honra y otra para deshonra?
9:22 ¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia vasijas de ira preparadas para destrucción,
9:23 y para dar a conocer la riqueza de su gloria sobre vasijas de misericordia que preparó de antemano para gloria,
El llamamiento de judíos y gentiles
9:24 a quienes también llamó, a nosotros, no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles?
9:25 Como también dice en Oseas:
 «Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, y amada a la que no era amada».
9:26 «Y en el lugar donde se les dijo: “Ustedes no son mi pueblo”, allí serán llamados hijos del Dios vivo».

9:27 Isaías clama acerca de Israel:
 «Aunque el número de los hijos de Israel sea como la arena del mar, el remanente será salvo;
9:28 porque el Señor ejecutará su sentencia sobre la tierra de manera completa y sin demora».
9:29 Y como Isaías había dicho antes:
 «Si el Señor de los Ejércitos no nos hubiera dejado descendencia, habríamos llegado a ser como Sodoma y nos habríamos parecido a Gomorra».
La justicia que es por fe
9:30 ¿Qué diremos, entonces? Que los gentiles, que no perseguían la justicia, alcanzaron justicia, la justicia que procede de la fe;
9:31 pero Israel, que perseguía una ley de justicia, no alcanzó esa ley.
9:32 ¿Por qué? Porque no la buscaban por la fe, sino como si fuera por las obras. Tropezaron con la piedra de tropiezo,
9:33 como está escrito: «He aquí, pongo en Sion una piedra de tropiezo y una roca que hace caer; pero el que cree en él no será avergonzado».

Capítulo 10
El anhelo de Pablo por la salvación de Israel
10:1 Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por ellos es que sean salvos.
10:2 Porque doy testimonio a su favor de que tienen celo por Dios, pero no conforme a un pleno conocimiento.
10:3 Pues, al desconocer la justicia de Dios y procurar establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios.
10:4 Porque Cristo es el fin de la ley, para justicia de todo el que cree.
La justicia y la palabra de fe
10:5 Moisés escribe que el hombre que practique la justicia que procede de la ley vivirá por ella.
10:6 Pero la justicia que procede de la fe dice así: «No digas en tu corazón: “¿Quién subirá al cielo?”», es decir, para hacer bajar a Cristo;
10:7 o: «¿Quién bajará al abismo?», es decir, para hacer subir a Cristo de entre los muertos.
10:8 Pero ¿qué dice? «La palabra está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón», es decir, la palabra de fe que predicamos:
Jesús es el Señor
10:9 si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo.
10:10 Porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación.
10:11 Pues la Escritura dice: «Todo el que cree en él no será avergonzado».
10:12 No hay distinción entre judío y griego, porque el mismo Señor es Señor de todos y es rico para con todos los que lo invocan.
10:13 Porque «todo el que invoque el nombre del Señor será salvo».
El anuncio del evangelio
10:14 Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin alguien que predique?
10:15 ¿Y cómo predicarán si no son enviados? Como está escrito: «¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian buenas noticias!».
10:16 Sin embargo, no todos obedecieron al evangelio. Pues Isaías dice: «Señor, ¿quién ha creído nuestro anuncio?».
10:17 Así que la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo.
La respuesta de Israel a la palabra
10:18 Pero pregunto: ¿acaso no oyeron? Ciertamente que sí: «Por toda la tierra salió su voz, y hasta los confines del mundo sus palabras».
10:19 Y pregunto: ¿acaso Israel no entendió? Primero Moisés dice: «Yo los provocaré a celos con lo que no es una nación; con una nación sin entendimiento los provocaré a ira».
10:20 Isaías se atreve a decir: «Me encontraron los que no me buscaban; me manifesté a los que no preguntaban por mí».
10:21 Pero acerca de Israel dice: «Todo el día extendí mis manos hacia un pueblo que desobedece y se opone».

Capítulo 11
El remanente de Israel
11:1 Pregunto entonces: ¿acaso Dios rechazó a su pueblo? ¡De ningún modo! Porque yo también soy israelita, descendiente de Abraham, de la tribu de Benjamín.
11:2 Dios no ha rechazado a su pueblo, al que conoció de antemano. ¿O no saben lo que dice la Escritura en el pasaje de Elías, cómo suplica a Dios contra Israel?
11:3 «Señor, mataron a tus profetas y derribaron tus altares. Solo yo he quedado, y buscan quitarme la vida».
11:4 Pero ¿qué le dice la respuesta divina? «Me he reservado siete mil hombres que no doblaron la rodilla ante Baal».
11:5 Así también en el tiempo presente ha quedado un remanente elegido por gracia.
11:6 Y si es por gracia, ya no es por obras; de lo contrario, la gracia ya no sería gracia.
La elección y el endurecimiento
11:7 Entonces, ¿qué? Israel no alcanzó lo que busca, pero los elegidos sí lo alcanzaron; los demás fueron endurecidos,
11:8 como está escrito:
 «Dios les dio un espíritu de estupor, ojos para no ver y oídos para no oír, hasta el día de hoy».
11:9 Y David dice:
 «Que su mesa se convierta en lazo y trampa, en tropiezo y castigo para ellos.
11:10 Que sus ojos se oscurezcan para no ver, y dobla su espalda para siempre».
La salvación de los gentiles
11:11 Pregunto entonces: ¿acaso tropezaron para caer? ¡De ningún modo! Pero por su transgresión llegó la salvación a los gentiles, para provocarles celos.
11:12 Y si su transgresión es riqueza para el mundo y su fracaso es riqueza para los gentiles, ¡cuánto más lo será su plenitud!
11:13 A ustedes, los gentiles, les hablo. Puesto que soy apóstol de los gentiles, honro mi ministerio,
11:14 por si de algún modo puedo provocar celos a los de mi propia carne y salvar a algunos de ellos.
11:15 Porque si su exclusión es reconciliación para el mundo, ¿qué será su aceptación, sino vida de entre los muertos?
La raíz y las ramas del olivo
11:16 Si la primera porción de la masa es santa, también lo es toda la masa; y si la raíz es santa, también lo son las ramas.
11:17 Pero si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo un olivo silvestre, fuiste injertado entre ellas y llegaste a compartir con ellas la rica raíz del olivo,
11:18 no te jactes contra las ramas. Pero si te jactas, no eres tú quien sostiene a la raíz, sino la raíz a ti.
11:19 Dirás entonces: «Las ramas fueron desgajadas para que yo fuera injertado».
11:20 Es cierto: fueron desgajadas por su incredulidad, pero tú te mantienes en pie por la fe. No seas arrogante, sino teme.
11:21 Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, tampoco te perdonará a ti.
11:22 Considera, pues, la bondad y la severidad de Dios: severidad para con los que cayeron, pero bondad de Dios para contigo, si permaneces en su bondad. De lo contrario, tú también serás cortado.
11:23 Y ellos también, si no persisten en la incredulidad, serán injertados, pues Dios tiene poder para injertarlos de nuevo.
11:24 Porque si tú fuiste cortado de lo que por naturaleza es un olivo silvestre y, contra lo natural, fuiste injertado en un olivo cultivado, ¡cuánto más estas ramas naturales serán injertadas en su propio olivo!
La restauración de Israel
11:25 No quiero, hermanos, que ignoren este misterio, para que no se crean sabios en su propia opinión: a Israel le ha sobrevenido un endurecimiento parcial hasta que entre la plenitud de los gentiles.
11:26 Y así todo Israel será salvo, como está escrito:
 «De Sion vendrá el Libertador;
   apartará de Jacob las impiedades.
11:27 Y este es mi pacto con ellos cuando quite sus pecados».
11:28 En cuanto al evangelio, son enemigos por causa de ustedes; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres.
11:29 Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios.
11:30 Pues así como ustedes antes desobedecieron a Dios, pero ahora han recibido misericordia por la desobediencia de ellos,
11:31 así también ellos ahora han desobedecido, para que, por la misericordia mostrada a ustedes, ellos también reciban ahora misericordia.
11:32 Porque Dios encerró a todos en la desobediencia para tener misericordia de todos.
La sabiduría y la gloria de Dios

11:33 ¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y del conocimiento de Dios!
   ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!
11:34 Pues «¿quién ha conocido la mente del Señor?
   ¿O quién ha sido su consejero?».
11:35 «¿O quién le dio primero, para que se le recompense?».
11:36 Porque de él, y por él, y para él son todas las cosas.
   A él sea la gloria por los siglos. Amén.

Capítulo 12
Una vida ofrecida a Dios
12:1 Por tanto, hermanos, les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, que es su culto racional.
12:2 No se amolden a esta era, sino sean transformados mediante la renovación de su mente, para que comprueben cuál es la voluntad de Dios: buena, agradable y perfecta.
Un cuerpo y dones diversos
12:3 Por la gracia que me ha sido dada, digo a cada uno de ustedes que no piense de sí más de lo que debe pensar, sino que piense con sensatez, según la medida de fe que Dios ha repartido a cada uno.
12:4 Porque, así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función,
12:5 así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, e individualmente somos miembros unos de otros.
12:6 Tenemos dones diferentes según la gracia que se nos ha dado: si es profecía, úsese conforme a la proporción de la fe;
12:7 si es servicio, en servir; el que enseña, en la enseñanza;
12:8 el que exhorta, en la exhortación; el que comparte, con generosidad; el que dirige, con diligencia; el que muestra misericordia, con alegría.
El amor sincero en la comunidad
12:9 Que el amor sea sin hipocresía. Aborrezcan el mal y aférrense al bien.
12:10 Ámense entrañablemente unos a otros con amor fraternal; adelántense a honrarse unos a otros.
12:11 No sean perezosos en la diligencia; sean fervientes en espíritu, sirviendo al Señor.
12:12 Alégrense en la esperanza, perseveren en la aflicción, sean constantes en la oración.
12:13 Compartan para las necesidades de los santos y busquen practicar la hospitalidad.
Amor y paz ante el mal
12:14 Bendigan a los perseguidores; bendigan y no maldigan.
12:15 Alégrense con los que se alegran; lloren con los que lloran.
12:16 Tengan el mismo sentir unos hacia otros. No aspiren a lo elevado, sino relaciónense con los humildes. No se consideren sabios en su propia opinión.
12:17 No devuelvan a nadie mal por mal. Procuren lo bueno ante todos los hombres.
12:18 Si es posible, en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos los hombres.
12:19 Amados, no se venguen ustedes mismos, sino dejen lugar a la ira de Dios, porque está escrito: «Mía es la venganza; yo daré la retribución, dice el Señor».
12:20 Más bien, «si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Porque, al hacer esto, amontonarás carbones encendidos sobre su cabeza».
12:21 No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien.

Capítulo 13
La vida ante las autoridades
13:1 Que toda persona se someta a las autoridades superiores, porque no hay autoridad que no proceda de Dios, y las que existen han sido establecidas por Dios.
13:2 Por tanto, quien se opone a la autoridad resiste a lo establecido por Dios, y quienes resisten recibirán juicio contra sí mismos.
13:3 Porque los gobernantes no son motivo de temor para la buena conducta, sino para la mala. ¿Quieres no temer a la autoridad? Haz el bien y recibirás su reconocimiento,
13:4 porque es servidora de Dios para tu bien. Pero, si haces el mal, teme, porque no lleva la espada en vano: es servidora de Dios, que ejecuta el castigo contra quien practica el mal.
13:5 Por eso es necesario someterse, no solo por el castigo, sino también por la conciencia.
13:6 Por esta razón también pagan tributos, porque las autoridades son servidoras de Dios, dedicadas continuamente a esta tarea.
13:7 Den a todos lo que deben: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra.
El amor cumple la Ley
13:8 No deban nada a nadie, excepto amarse unos a otros; porque el que ama al otro ha cumplido la ley.
13:9 Porque «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás», y cualquier otro mandamiento, se resume en esta palabra: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
13:10 El amor no hace mal al prójimo; por tanto, el amor es el cumplimiento de la ley.
Vivir a la luz de la salvación
13:11 Hagan esto conociendo el tiempo: ya es hora de que despierten del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando creímos.
13:12 La noche está avanzada y el día se ha acercado. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas y vistámonos las armas de la luz.
13:13 Vivamos decorosamente, como de día: no en fiestas desenfrenadas y borracheras, no en inmoralidad sexual y libertinaje, no en rivalidades y celos.
13:14 Más bien, vístanse del Señor Jesucristo y no hagan provisión para satisfacer los deseos de la carne.

Capítulo 14
Recibir al débil en la fe
14:1 Reciban al débil en la fe, pero no para disputar sobre opiniones.
14:2 Uno cree que puede comer de todo, mientras que el débil come verduras.
14:3 El que come no desprecie al que no come, y el que no come no juzgue al que come, porque Dios lo ha recibido.
14:4 ¿Quién eres tú para juzgar al criado ajeno? Ante su propio señor está en pie o cae. Pero será sostenido, porque el Señor tiene poder para sostenerlo.
14:5 Uno considera un día superior a otro, mientras otro considera iguales todos los días. Que cada uno esté plenamente convencido en su propia mente.
14:6 El que tiene en cuenta el día, lo hace para el Señor. El que come, come para el Señor, porque da gracias a Dios; y el que no come, se abstiene para el Señor y da gracias a Dios.
Vivir y morir para el Señor
14:7 Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo.
14:8 Si vivimos, vivimos para el Señor; y, si morimos, morimos para el Señor. Así que, ya vivamos o muramos, del Señor somos.
14:9 Porque para esto Cristo murió y volvió a vivir: para ser Señor tanto de los muertos como de los vivos.
14:10 Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú, ¿por qué desprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Dios.
14:11 Pues está escrito: «Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla y toda lengua confesará a Dios».
14:12 Así que cada uno de nosotros dará cuenta de sí mismo.
La libertad al servicio del amor
14:13 Por tanto, ya no nos juzguemos unos a otros. Más bien, decidan no poner tropiezo ni ocasión de caer al hermano.
14:14 Sé y estoy convencido en el Señor Jesús de que nada es impuro en sí mismo; pero, para quien considera que algo es impuro, para él lo es.
14:15 Si por causa de la comida tu hermano se entristece, ya no vives conforme al amor. No destruyas con tu comida a aquel por quien Cristo murió.
14:16 Por tanto, no permitan que se hable mal de lo que es bueno para ustedes.
14:17 Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.
14:18 El que sirve a Cristo de esta manera agrada a Dios y es aprobado por los seres humanos.
14:19 Así pues, busquemos lo que contribuye a la paz y a la edificación mutua.
14:20 No destruyas la obra de Dios por causa de la comida. Todas las cosas son limpias, pero es malo que una persona coma causando tropiezo.
14:21 Es bueno no comer carne, ni beber vino, ni hacer nada en que tu hermano tropiece, se escandalice o se debilite.
14:22 La fe que tienes, consérvala para ti mismo ante Dios. Dichoso el que no se juzga a sí mismo en lo que aprueba.
14:23 Pero el que duda, si come, queda condenado, porque no lo hace por fe; y todo lo que no procede de la fe es pecado.

Capítulo 15
Sobrellevar las debilidades del hermano
15:1 Nosotros, los fuertes, debemos sobrellevar las debilidades de los que no son fuertes, y no agradarnos a nosotros mismos.
15:2 Que cada uno de nosotros agrade a su prójimo para su bien, para edificarlo.
15:3 Porque tampoco Cristo se agradó a sí mismo, sino que, como está escrito: «Los insultos de quienes te insultaban cayeron sobre mí».
15:4 Todo lo que se escribió antes fue escrito para nuestra enseñanza, a fin de que, por medio de la perseverancia y del consuelo de las Escrituras, tengamos esperanza.
15:5 Que el Dios de la perseverancia y del consuelo les conceda tener el mismo sentir unos con otros, conforme a Cristo Jesús,
15:6 para que, unánimes y a una sola voz, glorifiquen al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
La acogida de Cristo y la alabanza de las naciones
15:7 Por tanto, recíbanse unos a otros, como también Cristo los recibió, para gloria de Dios.
15:8 Porque digo que Cristo se ha hecho servidor de los circuncisos por causa de la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres,
15:9 y para que los gentiles glorifiquen a Dios por su misericordia, como está escrito:
 «Por eso te alabaré entre los gentiles y cantaré a tu nombre».
15:10 Y otra vez dice:
 «Alégrense, gentiles, con su pueblo».
15:11 Y otra vez:
 «Alaben al Señor, todas las naciones, y que todos los pueblos lo alaben».
15:12 Y otra vez Isaías dice:
 «Vendrá la raíz de Isaí, el que se levanta para gobernar a las naciones;
   en él pondrán su esperanza las naciones».
15:13 Que el Dios de la esperanza los llene de todo gozo y paz al creer, para que abunden en la esperanza por el poder del Espíritu Santo.
La misión de Pablo entre las naciones
15:14 Yo mismo, hermanos míos, estoy convencido acerca de ustedes de que están llenos de bondad, colmados de todo conocimiento y capacitados también para amonestarse unos a otros.
15:15 Sin embargo, les he escrito con mayor atrevimiento sobre algunos puntos, para recordárselos, por la gracia que Dios me ha dado
15:16 para ser ministro de Cristo Jesús a los gentiles, desempeñando el servicio sacerdotal del evangelio de Dios, a fin de que la ofrenda de los gentiles sea aceptable, santificada por el Espíritu Santo.
15:17 Por tanto, tengo motivo para gloriarme en Cristo Jesús en lo que se refiere a Dios.
15:18 Porque no me atreveré a hablar de nada que Cristo no haya realizado por medio de mí para llevar a los gentiles a la obediencia, por palabra y obra,
15:19 con poder de señales y prodigios, con poder del Espíritu. Así, desde Jerusalén y por los alrededores hasta Ilírico, he anunciado plenamente el evangelio de Cristo.
15:20 Y he tenido como aspiración anunciar el evangelio donde Cristo no había sido nombrado, para no edificar sobre fundamento ajeno,
15:21 sino como está escrito:
 «Los que no recibieron anuncio acerca de él verán, y los que no han oído entenderán».
Pablo se propone ir a Roma
15:22 Por esta razón muchas veces me he visto impedido de ir a ustedes.
15:23 Pero ahora ya no tengo campo en estas regiones, y desde hace bastantes años anhelo ir a ustedes.
15:24 Pues, cuando vaya a España, espero verlos al pasar y que ustedes me ayuden a continuar hacia allá, después de haber disfrutado un poco de su compañía.
15:25 Ahora, sin embargo, voy a Jerusalén para servir a los santos.
15:26 Porque Macedonia y Acaya decidieron con gusto hacer una contribución para los pobres que hay entre los santos de Jerusalén.
15:27 Lo decidieron con gusto y, además, son deudores de ellos. Porque, si los gentiles han participado de sus bienes espirituales, también deben servirles con los bienes materiales.
15:28 Así que, cuando haya cumplido esto y les haya entregado debidamente este fruto, iré a España pasando por ustedes.
15:29 Sé que, cuando vaya a ustedes, llegaré con la plenitud de la bendición de Cristo.
Oración por el viaje y el servicio
15:30 Les ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que luchen conmigo en sus oraciones a Dios por mí,
15:31 para que sea librado de los desobedientes de Judea y mi servicio destinado a Jerusalén sea bien recibido por los santos,
15:32 a fin de que llegue a ustedes con alegría, por la voluntad de Dios, y descanse juntamente con ustedes.
15:33 Que el Dios de la paz esté con todos ustedes. Amén.

Capítulo 16
Recomendación de Febe
16:1 Les recomiendo a Febe, nuestra hermana, que también es diaconisa de la iglesia de Cencrea,
16:2 para que la reciban en el Señor como corresponde a los santos y la ayuden en cualquier asunto en que los necesite, porque ella ha sido protectora de muchos y de mí mismo.
Saludos a los hermanos de Roma
16:3 Saluden a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús,
16:4 que arriesgaron su propio cuello por mi vida. No solo yo les doy gracias, sino también todas las iglesias de los gentiles.
16:5 Saluden también a la iglesia que se reúne en su casa. Saluden a mi amado Epeneto, que es el primer fruto de Asia para Cristo.
16:6 Saluden a María, que ha trabajado mucho por ustedes.
16:7 Saluden a Andrónico y a Junia, mis parientes y compañeros de prisión, que son notables entre los apóstoles y estuvieron en Cristo antes que yo.
16:8 Saluden a Ampliato, mi amado en el Señor.
16:9 Saluden a Urbano, nuestro colaborador en Cristo, y a mi amado Estaquis.
16:10 Saluden a Apeles, aprobado en Cristo. Saluden a los de la casa de Aristóbulo.
16:11 Saluden a Herodión, mi pariente. Saluden a los de la casa de Narciso que están en el Señor.
16:12 Saluden a Trifena y a Trifosa, que trabajan arduamente en el Señor. Saluden a la amada Pérsida, que ha trabajado mucho en el Señor.
16:13 Saluden a Rufo, escogido en el Señor, y a su madre, que también es madre para mí.
16:14 Saluden a Asíncrito, a Flegonte, a Hermes, a Patrobas, a Hermas y a los hermanos que están con ellos.
16:15 Saluden a Filólogo y a Julia, a Nereo y a su hermana, a Olimpas y a todos los santos que están con ellos.
16:16 Salúdense unos a otros con un beso santo. Todas las iglesias de Cristo los saludan.
Advertencia contra las divisiones y el engaño
16:17 Les ruego, hermanos, que se fijen en quienes causan divisiones y tropiezos contrarios a la enseñanza que ustedes aprendieron, y apártense de ellos.
16:18 Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Cristo, sino a su propio vientre, y con palabras suaves y halagos engañan los corazones de los ingenuos.
16:19 La noticia de su obediencia ha llegado a todos. Por eso me alegro por ustedes; pero quiero que sean sabios para el bien e inocentes para el mal.
16:20 El Dios de la paz aplastará pronto a Satanás bajo sus pies. Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con ustedes.
Saludos de quienes acompañan a Pablo
16:21 Los saluda Timoteo, mi colaborador, y también Lucio, Jasón y Sosípater, mis parientes.
16:22 Yo, Tercio, que escribí esta carta, los saludo en el Señor.
16:23 Los saluda Gayo, que me hospeda a mí y a toda la iglesia. Los saludan Erasto, administrador de la ciudad, y el hermano Cuarto.
16:24 Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos ustedes. Amén.
Doxología final
16:25 [Al que puede fortalecerlos según mi evangelio y la proclamación de Jesucristo, conforme a la revelación del misterio mantenido en silencio durante tiempos eternos,]
16:26 [pero manifestado ahora y dado a conocer mediante las Escrituras proféticas, por mandato del Dios eterno, a todas las naciones para la obediencia de la fe,]
16:27 [al único Dios sabio sea la gloria por medio de Jesucristo, por los siglos de los siglos. Amén.]

1 CORINTIOS

Capítulo 1
Saludo a la iglesia de Dios en Corinto
1:1 Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes,
1:2 a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, junto con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro:
1:3 Gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Gratitud por la gracia y la fidelidad de Dios
1:4 Siempre doy gracias a mi Dios por ustedes, por la gracia de Dios que les fue concedida en Cristo Jesús,
1:5 porque en él fueron enriquecidos en todo, en toda palabra y en todo conocimiento,
1:6 así como el testimonio acerca de Cristo quedó confirmado entre ustedes.
1:7 Por eso no les falta ningún don mientras esperan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.
1:8 Él también los mantendrá firmes hasta el fin, para que sean irreprochables en el día de nuestro Señor Jesucristo.
1:9 Fiel es Dios, quien los llamó a la comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor.
¿Está dividido Cristo?
1:10 Les ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos estén de acuerdo y que no haya divisiones entre ustedes, sino que estén unidos en una misma manera de pensar y en un mismo parecer.
1:11 Porque los de Cloé me han informado acerca de ustedes, hermanos míos, que hay rivalidades entre ustedes.
1:12 Me refiero a que cada uno de ustedes dice: «Yo soy de Pablo», «Yo, de Apolos», «Yo, de Cefas» o «Yo, de Cristo».
1:13 ¿Está dividido Cristo? ¿Acaso Pablo fue crucificado por ustedes? ¿O fueron bautizados en el nombre de Pablo?
1:14 Doy gracias porque no bauticé a ninguno de ustedes, excepto a Crispo y a Gayo,
1:15 para que nadie diga que fueron bautizados en mi nombre.
1:16 También bauticé a los de la casa de Estéfanas; fuera de ellos, no sé si bauticé a algún otro.
1:17 Pues Cristo no me envió a bautizar, sino a anunciar el evangelio, y eso sin sabiduría de palabras, para que la cruz de Cristo no quede sin efecto.
Cristo, poder y sabiduría de Dios
1:18 Porque la palabra de la cruz es locura para los que se pierden, pero para nosotros, los que somos salvados, es poder de Dios.
1:19 Pues está escrito:
 «Destruiré la sabiduría de los sabios y desecharé el entendimiento de los entendidos».
1:20 ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el que debate en esta era? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo?
1:21 Porque, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría; por eso a Dios le agradó salvar a los que creen mediante la locura de la predicación.
1:22 Los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría,
1:23 pero nosotros proclamamos a Cristo crucificado: motivo de tropiezo para los judíos y locura para los gentiles;
1:24 en cambio, para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios.
1:25 Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.
El llamamiento de Dios y el fin de la jactancia
1:26 Consideren, hermanos, su llamamiento: no muchos de ustedes eran sabios según los criterios humanos, ni muchos poderosos, ni muchos de noble nacimiento.
1:27 Pero lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios, y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte.
1:28 Dios escogió lo de origen humilde y lo despreciado del mundo, lo que no es, para anular lo que es,
1:29 a fin de que ningún ser humano se gloríe ante Dios.
1:30 Por él ustedes están en Cristo Jesús, quien se hizo para nosotros sabiduría de parte de Dios, así como justicia, santificación y redención,
1:31 para que, como está escrito: «El que se gloría, gloríese en el Señor».

Capítulo 2
Proclamando a Cristo crucificado
2:1 También yo, hermanos, cuando fui a ustedes, fui a anunciarles el testimonio de Dios sin alardes de elocuencia ni de sabiduría.
2:2 Porque decidí no saber entre ustedes cosa alguna, excepto a Jesucristo, y a él crucificado.
2:3 Me presenté entre ustedes con debilidad, con temor y con mucho temblor.
2:4 Mi mensaje y mi predicación no se apoyaron en la persuasión de la sabiduría, sino en la demostración del Espíritu y de poder,
2:5 para que la fe de ustedes no se fundara en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios.
La sabiduría de Dios revelada por el Espíritu
2:6 Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez; pero una sabiduría que no es de esta era ni de los gobernantes de esta era, que van desapareciendo.
2:7 Más bien, hablamos la sabiduría de Dios en misterio, la que estuvo oculta y que Dios destinó desde antes de los siglos para nuestra gloria.
2:8 Ninguno de los gobernantes de esta era la conoció, porque, si la hubieran conocido, no habrían crucificado al Señor de la gloria.
2:9 Pero, como está escrito:
 «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que lo aman».
2:10 Pues Dios nos lo reveló por medio del Espíritu, porque el Espíritu examina todas las cosas, incluso las profundidades de Dios.
2:11 Porque ¿quién entre los seres humanos conoce lo que hay en una persona, sino el espíritu de esa persona que está en ella? Así tampoco nadie conoce lo que hay en Dios, sino el Espíritu de Dios.
2:12 Nosotros no recibimos el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer lo que Dios nos ha concedido gratuitamente.
2:13 De eso también hablamos, con palabras que no enseña la sabiduría humana, sino el Espíritu, explicando lo espiritual con palabras espirituales.
2:14 Pero la persona natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para ella son locura, y no puede entenderlas, pues se disciernen espiritualmente.
2:15 En cambio, el que es espiritual discierne todas las cosas, pero él mismo no es juzgado por nadie.
2:16 Porque «¿Quién conoció la mente del Señor, para que pueda instruirlo?». Pero nosotros tenemos la mente de Cristo.

Capítulo 3
La inmadurez y las rivalidades
3:1 Y yo, hermanos, no pude hablarles como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo.
3:2 Les di a beber leche, no alimento sólido, porque todavía no podían recibirlo. Y ni siquiera ahora pueden,
3:3 porque aún son carnales. Pues, mientras hay entre ustedes celos y contiendas, ¿no son carnales y viven como meros seres humanos?
3:4 Porque cuando uno dice: «Yo soy de Pablo», y otro: «Yo soy de Apolos», ¿no son simples seres humanos?
Servidores de Dios para el crecimiento de la iglesia
3:5 ¿Qué es, pues, Apolos? ¿Y qué es Pablo? Servidores por medio de los cuales ustedes creyeron, según lo que el Señor concedió a cada uno.
3:6 Yo planté, Apolos regó, pero Dios hacía crecer.
3:7 Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento.
3:8 El que planta y el que riega son uno, pero cada uno recibirá su propia recompensa según su propio trabajo.
3:9 Porque nosotros somos colaboradores de Dios; ustedes son campo de cultivo de Dios, edificio de Dios.
Jesucristo, único fundamento
3:10 Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, puse el fundamento como un sabio maestro de obras, y otro construye sobre él. Pero cada uno mire cómo construye,
3:11 porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo.
3:12 Si alguien construye sobre este fundamento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno o paja,
3:13 la obra de cada uno se hará evidente, pues el día la dará a conocer, porque se revelará con fuego; y el fuego mismo probará la calidad de la obra de cada uno.
3:14 Si permanece la obra que alguien ha construido sobre él, recibirá recompensa.
3:15 Si la obra de alguien se quema, sufrirá pérdida; él mismo será salvo, pero como a través del fuego.
El templo de Dios y su santidad
3:16 ¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?
3:17 Si alguien destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo, y ese templo son ustedes.
La sabiduría de Dios excluye la jactancia
3:18 Nadie se engañe a sí mismo. Si alguien entre ustedes se cree sabio en esta era, hágase necio para llegar a ser sabio.
3:19 Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. Pues está escrito: «Él atrapa a los sabios en su propia astucia».
3:20 Y también: «El Señor conoce los razonamientos de los sabios y sabe que son vanos».
3:21 Por tanto, que nadie se jacte en los seres humanos, porque todo es de ustedes:
3:22 sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente o sea lo futuro; todo es de ustedes,
3:23 y ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios.

Capítulo 4
La fidelidad de los servidores de Cristo
4:1 Que todos nos consideren servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios.
4:2 Ahora bien, lo que se exige de los administradores es que cada uno sea hallado fiel.
4:3 A mí me importa muy poco ser juzgado por ustedes o por un tribunal humano; ni siquiera me juzgo a mí mismo.
4:4 Porque no tengo conciencia de nada contra mí, pero eso no me declara justo. Quien me juzga es el Señor.
4:5 Por tanto, no juzguen nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, quien sacará a la luz lo oculto en las tinieblas y manifestará las intenciones de los corazones. Entonces cada uno recibirá de Dios la alabanza que le corresponda.
4:6 Hermanos, por ustedes he aplicado estas cosas a mí y a Apolos como ejemplo, para que aprendan en nosotros aquello de «No ir más allá de lo que está escrito», y ninguno se llene de orgullo a favor de uno y en contra de otro.
4:7 Porque ¿quién te hace diferente? ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?
El orgullo y el costo del servicio apostólico
4:8 ¡Ya están saciados! ¡Ya se han enriquecido! ¡Han comenzado a reinar sin nosotros! ¡Ojalá de veras reinaran, para que también nosotros reináramos con ustedes!
4:9 Porque pienso que Dios nos ha exhibido a nosotros, los apóstoles, en último lugar, como condenados a muerte. Hemos llegado a ser un espectáculo para el mundo, tanto para los ángeles como para los seres humanos.
4:10 Nosotros somos necios por causa de Cristo, y ustedes, prudentes en Cristo; nosotros, débiles, y ustedes, fuertes; ustedes reciben honra, y nosotros, desprecio.
4:11 Hasta este momento pasamos hambre y sed, nos falta ropa, somos golpeados y andamos sin hogar.
4:12 Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos. Cuando nos insultan, bendecimos; cuando nos persiguen, lo soportamos;
4:13 cuando nos difaman, respondemos con amabilidad. Hasta ahora hemos llegado a ser como la basura del mundo, el desecho de todos.
El cuidado de un padre en la fe
4:14 No les escribo esto para avergonzarlos, sino para amonestarlos como a mis hijos amados.
4:15 Porque, aunque tengan diez mil tutores en Cristo, no tienen muchos padres, pues yo los engendré en Cristo Jesús por medio del evangelio.
4:16 Por eso les ruego que me imiten.
4:17 Por esta razón les envié a Timoteo, mi hijo amado y fiel en el Señor. Él les recordará mi manera de proceder en Cristo Jesús, tal como enseño en todas partes, en cada iglesia.
La visita y la autoridad del Señor
4:18 Algunos se han llenado de orgullo, como si yo no fuera a visitarlos.
4:19 Pero iré pronto a ustedes, si el Señor quiere, y conoceré no las palabras de los que se han llenado de orgullo, sino su poder.
4:20 Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder.
4:21 ¿Qué prefieren? ¿Que vaya a ustedes con vara, o con amor y espíritu de mansedumbre?

Capítulo 5
Un caso de inmoralidad juzgado
5:1 Se oye por todas partes que hay inmoralidad sexual entre ustedes, y de una clase que ni siquiera se da entre los gentiles: uno tiene a la esposa de su padre.
5:2 ¡Y ustedes están llenos de orgullo! ¿No debieron más bien lamentarse, para que fuera quitado de entre ustedes el que cometió tal acción?
5:3 Pues yo, aunque ausente en cuerpo, pero presente en espíritu, ya he juzgado, como si estuviera presente, al que ha hecho semejante cosa:
5:4 en el nombre de nuestro Señor Jesús, cuando estén reunidos ustedes y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesús,
5:5 entregar a ese hombre a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor.
Cristo, nuestra Pascua, y la vida nueva
5:6 No es buena la jactancia de ustedes. ¿No saben que un poco de levadura leuda toda la masa?
5:7 Eliminen la vieja levadura para ser una masa nueva, pues son sin levadura. Porque Cristo, nuestra Pascua, ya fue sacrificado.
5:8 Así que celebremos la fiesta, sin la vieja levadura ni la levadura de malicia y maldad, sino con los panes sin levadura de sinceridad y verdad.
La responsabilidad dentro de la comunidad
5:9 En mi carta les escribí que no se relacionaran con quienes practican la inmoralidad sexual.
5:10 No me refería de manera absoluta a los inmorales de este mundo, ni a los avaros y estafadores, ni a los idólatras, pues entonces tendrían que salir del mundo.
5:11 Más bien, les escribí que no se relacionen con quien, llamándose hermano, practica la inmoralidad sexual, o es avaro, idólatra, calumniador, borracho o estafador. Con alguien así, ni siquiera coman.
5:12 Porque ¿qué tengo yo que ver con juzgar a los de afuera? ¿No juzgan ustedes a los de adentro?
5:13 A los de afuera los juzga Dios. «Expulsen al malvado de entre ustedes».

Capítulo 6
Litigios delante de los incrédulos
6:1 ¿Se atreve alguno de ustedes, cuando tiene un pleito con otro, a acudir a juicio ante los injustos y no ante los santos?
6:2 ¿O no saben que los santos juzgarán al mundo? Y si el mundo será juzgado por ustedes, ¿son incapaces de juzgar asuntos de poca importancia?
6:3 ¿No saben que juzgaremos a los ángeles? ¡Cuánto más los asuntos de esta vida!
6:4 Por tanto, cuando tienen pleitos sobre asuntos de esta vida, ¿ponen como jueces a quienes no tienen estima en la iglesia?
6:5 Lo digo para vergüenza de ustedes. ¿Acaso no hay entre ustedes ni un solo sabio capaz de decidir entre sus hermanos,
6:6 sino que un hermano lleva a juicio a otro hermano, y eso ante incrédulos?
6:7 El solo hecho de que tengan pleitos entre ustedes ya es una derrota. ¿Por qué no prefieren sufrir la injusticia? ¿Por qué no prefieren ser defraudados?
6:8 Pero ustedes mismos cometen injusticias y defraudan, ¡y eso a sus hermanos!
El reino de Dios y la vida transformada
6:9 ¿O no saben que los injustos no heredarán el reino de Dios? No se engañen: ni los que practican la inmoralidad sexual, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los que se entregan pasivamente a relaciones sexuales con hombres, ni los hombres que se acuestan con hombres,
6:10 ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios.
6:11 Y eso eran algunos de ustedes. Pero fueron lavados, fueron santificados, fueron justificados en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de nuestro Dios.
Libertad y santidad en la vida corporal
6:12 Todo me es lícito, pero no todo conviene. Todo me es lícito, pero no me dejaré dominar por nada.
6:13 Los alimentos son para el estómago y el estómago para los alimentos, pero Dios pondrá fin a ambos. En cambio, el cuerpo no es para la inmoralidad sexual, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo.
6:14 Dios resucitó al Señor y también nos resucitará a nosotros mediante su poder.
6:15 ¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo? ¿Tomaré, entonces, los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una prostituta? ¡De ningún modo!
6:16 ¿O no saben que el que se une a una prostituta se hace un solo cuerpo con ella? Pues dice: «Los dos serán una sola carne».
6:17 Pero el que se une al Señor es un solo espíritu con él.
6:18 Huyan de la inmoralidad sexual. Cualquier otro pecado que una persona cometa está fuera del cuerpo, pero el que practica la inmoralidad sexual peca contra su propio cuerpo.
6:19 ¿O no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en ustedes y que han recibido de Dios? Ustedes no se pertenecen a sí mismos,
6:20 porque fueron comprados por un precio. Por tanto, glorifiquen a Dios en su cuerpo.

Capítulo 7
La vida íntima y el cuidado mutuo
7:1 En cuanto a lo que escribieron, es bueno para el hombre no tener relaciones sexuales con una mujer.
7:2 Pero, por causa de la inmoralidad sexual, cada hombre tenga su propia esposa y cada mujer su propio esposo.
7:3 El esposo cumpla su deber conyugal con la esposa, y del mismo modo la esposa con el esposo.
7:4 La esposa no tiene autoridad sobre su propio cuerpo, sino el esposo; de igual manera, el esposo no tiene autoridad sobre su propio cuerpo, sino la esposa.
7:5 No se priven el uno al otro, salvo de común acuerdo y por un tiempo, para dedicarse a la oración. Después vuelvan a unirse, para que Satanás no los tiente por su falta de dominio propio.
7:6 Esto lo digo como una concesión, no como un mandato.
7:7 Quisiera que todos fueran como yo, pero cada uno tiene su propio don de parte de Dios: uno de una manera y otro de otra.
Consejo para quienes no están casados
7:8 A los que no están casados y a las viudas les digo que es bueno que permanezcan como yo.
7:9 Pero, si no pueden dominarse, que se casen, porque es mejor casarse que arder de pasión.
La fidelidad en el matrimonio
7:10 A los casados les ordeno, no yo, sino el Señor, que la esposa no se separe de su esposo;
7:11 y si se separa, que permanezca sin casarse o se reconcilie con su esposo; y que el esposo no abandone a su esposa.
Cuando un cónyuge no es creyente
7:12 A los demás les digo yo, no el Señor: si un hermano tiene una esposa que no es creyente y ella está de acuerdo en vivir con él, no la abandone.
7:13 Y si una mujer tiene un esposo que no es creyente y él está de acuerdo en vivir con ella, no abandone a su esposo.
7:14 Porque el esposo incrédulo ha sido santificado por la esposa, y la esposa incrédula ha sido santificada por el hermano. De otro modo, los hijos de ustedes serían impuros; pero ahora son santos.
7:15 Pero, si el incrédulo se separa, que se separe. En tales casos el hermano o la hermana no están sujetos a servidumbre; Dios nos ha llamado a vivir en paz.
7:16 Porque ¿cómo sabes tú, esposa, si salvarás a tu esposo? ¿O cómo sabes tú, esposo, si salvarás a tu esposa?
Vivir para Dios en la condición recibida
7:17 En todo caso, que cada uno viva conforme a lo que el Señor le ha asignado y a la condición en que Dios lo ha llamado. Así lo dispongo en todas las iglesias.
7:18 ¿Fue llamado alguno estando circuncidado? No trate de borrar la señal de su circuncisión. ¿Fue llamado alguno sin estar circuncidado? No se circuncide.
7:19 La circuncisión no es nada y la incircuncisión no es nada; lo que importa es guardar los mandamientos de Dios.
7:20 Que cada uno permanezca en la condición en que fue llamado.
7:21 ¿Fuiste llamado siendo esclavo? No te preocupes por eso. Pero, si puedes llegar a ser libre, aprovecha la oportunidad.
7:22 Porque el que fue llamado en el Señor siendo esclavo es liberto del Señor; de igual manera, el que fue llamado siendo libre es esclavo de Cristo.
7:23 Ustedes fueron comprados por un precio; no se hagan esclavos de los seres humanos.
7:24 Hermanos, que cada uno permanezca ante Dios en la condición en que fue llamado.
Decidir sobre el matrimonio con fidelidad
7:25 En cuanto a las vírgenes, no tengo un mandato del Señor, pero doy mi parecer como alguien que ha recibido del Señor misericordia para ser fiel.
7:26 Pienso, pues, que, por la angustia presente, es bueno que cada uno permanezca como está.
7:27 ¿Estás unido a una esposa? No busques separarte. ¿Estás libre de esposa? No busques esposa.
7:28 Pero, si te casas, no pecas; y si la virgen se casa, tampoco peca. Sin embargo, quienes se casen tendrán aflicciones en esta vida, y yo quisiera ahorrárselas.
La vida presente ante la esperanza del Señor
7:29 Esto digo, hermanos: el tiempo se ha acortado. De ahora en adelante, los que tienen esposa vivan como si no la tuvieran;
7:30 los que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran;
7:31 y los que usan el mundo, como si no lo aprovecharan plenamente, porque la forma actual de este mundo está pasando.
Dedicación al Señor y vida familiar
7:32 Quiero que estén libres de preocupaciones. El que no está casado se preocupa por las cosas del Señor, por cómo agradar al Señor;
7:33 pero el casado se preocupa por las cosas del mundo, por cómo agradar a su esposa,
7:34 y está dividido. La mujer que no está casada y la virgen se preocupan por las cosas del Señor, por ser santas tanto en cuerpo como en espíritu; pero la casada se preocupa por las cosas del mundo, por cómo agradar a su esposo.
7:35 Esto lo digo para el provecho de ustedes, para que vivan de manera digna y se dediquen al Señor sin distracciones, sin pretender ponerles un lazo.
La decisión sobre la hija virgen
7:36 Pero, si alguno piensa que se comporta indebidamente con su hija virgen, si ella ya ha pasado la edad habitual de casarse y el matrimonio debe celebrarse, haga lo que quiera; no peca. Que se casen.
7:37 En cambio, el que se mantiene firme en su corazón, sin estar bajo necesidad y con autoridad sobre su propia voluntad, y ha resuelto en su corazón conservar a su hija virgen, hará bien.
7:38 Así que el que da a su hija virgen en matrimonio hace bien, y el que no la da en matrimonio hará mejor.
La viudez y la libertad de casarse
7:39 La esposa está ligada a su esposo mientras él viva. Pero, si el esposo muere, ella queda libre para casarse con quien quiera, con tal que sea en el Señor.
7:40 Sin embargo, según mi parecer, será más dichosa si permanece como está. Y pienso que también yo tengo el Espíritu de Dios.

Capítulo 8
Lo sacrificado a los ídolos
8:1 En cuanto a lo sacrificado a los ídolos, sabemos que todos tenemos conocimiento. El conocimiento envanece, pero el amor edifica.
8:2 Si alguno cree que sabe algo, todavía no lo conoce como debe conocerlo.
8:3 Pero, si alguno ama a Dios, es conocido por él.
8:4 Por tanto, en cuanto a comer lo sacrificado a los ídolos, sabemos que un ídolo no es nada en el mundo y que no hay más que un solo Dios.
8:5 Pues, aunque haya quienes son llamados dioses, ya sea en el cielo o en la tierra, como hay muchos dioses y muchos señores,
8:6 para nosotros hay un solo Dios, el Padre, de quien proceden todas las cosas y para quien existimos; y un solo Señor, Jesucristo, por medio de quien existen todas las cosas y por medio de quien existimos nosotros.
La libertad y el cuidado de la conciencia
8:7 Sin embargo, no todos tienen este conocimiento. Algunos, por estar acostumbrados hasta ahora al ídolo, comen el alimento como algo sacrificado a un ídolo; y su conciencia, por ser débil, se contamina.
8:8 Pero la comida no nos hará aceptables ante Dios: ni por comer ganamos algo, ni por no comer perdemos algo.
8:9 Pero cuiden que esta libertad de ustedes no llegue a ser motivo de tropiezo para los débiles.
8:10 Porque, si alguien te ve a ti, que tienes conocimiento, sentado a comer en el templo de un ídolo, ¿no se verá animada su débil conciencia a comer lo sacrificado a los ídolos?
8:11 Así, por tu conocimiento se pierde el débil, el hermano por quien Cristo murió.
8:12 De esa manera, al pecar contra los hermanos y herir su conciencia débil, pecan contra Cristo.
8:13 Por eso, si un alimento hace tropezar a mi hermano, jamás comeré carne, para no hacer tropezar a mi hermano.

Capítulo 9
Los derechos de un apóstol
9:1 ¿No soy libre? ¿No soy apóstol? ¿No he visto a Jesús, nuestro Señor? ¿No son ustedes mi obra en el Señor?
9:2 Si para otros no soy apóstol, al menos para ustedes sí lo soy, porque ustedes son el sello de mi apostolado en el Señor.
9:3 Esta es mi defensa ante los que me examinan:
9:4 ¿Acaso no tenemos derecho a comer y beber?
9:5 ¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una esposa creyente, como los demás apóstoles, los hermanos del Señor y Cefas?
9:6 ¿O solo Bernabé y yo no tenemos derecho a dejar de trabajar?
El sustento de quienes anuncian el evangelio
9:7 ¿Quién sirve alguna vez como soldado a sus propias expensas? ¿Quién planta un viñedo y no come de su fruto? ¿Quién cuida un rebaño y no se alimenta de la leche del rebaño?
9:8 ¿Digo estas cosas solo desde una perspectiva humana? ¿No dice también la ley estas mismas cosas?
9:9 Porque en la ley de Moisés está escrito: «No pondrás bozal al buey que trilla». ¿Acaso se preocupa Dios por los bueyes?
9:10 ¿O lo dice enteramente por nosotros? Sí, por nosotros fue escrito, porque el que ara debe arar con esperanza, y el que trilla, con esperanza de recibir su parte.
9:11 Si nosotros sembramos entre ustedes lo espiritual, ¿es demasiado que cosechemos de ustedes lo material?
9:12 Si otros participan de este derecho sobre ustedes, ¿no lo tenemos aún más nosotros? Pero no hemos usado este derecho, sino que lo soportamos todo para no poner ningún obstáculo al evangelio de Cristo.
9:13 ¿No saben que los que trabajan en las cosas sagradas comen de lo que hay en el templo, y que los que sirven al altar reciben su parte del altar?
9:14 Así también ordenó el Señor que los que anuncian el evangelio vivan del evangelio.
El anuncio gratuito del evangelio
9:15 Pero yo no he usado ninguno de estos derechos. Tampoco he escrito esto para que se haga así conmigo, pues preferiría morir antes que... ¡Nadie me quitará este motivo de orgullo!
9:16 Porque si anuncio el evangelio, no tengo motivo de orgullo, pues estoy bajo obligación. ¡Ay de mí si no anuncio el evangelio!
9:17 Porque si lo hago voluntariamente, tengo recompensa; pero si no lo hago voluntariamente, se me ha confiado un encargo.
9:18 ¿Cuál es, entonces, mi recompensa? Que al anunciar el evangelio lo ofrezca gratuitamente, sin hacer pleno uso de mi derecho en el evangelio.
La libertad puesta al servicio de otros
9:19 Porque, aunque soy libre de todos, me hice esclavo de todos para ganar al mayor número.
9:20 Con los judíos me hice como judío, para ganar a los judíos; con los que están bajo la ley, como si estuviera bajo la ley, aunque yo mismo no estoy bajo la ley, para ganar a los que están bajo la ley;
9:21 con los que están sin ley, como si estuviera sin ley, aunque no estoy sin la ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo, para ganar a los que están sin ley.
9:22 Me hice débil con los débiles para ganar a los débiles. Me he hecho todo para todos, para salvar a algunos por todos los medios.
9:23 Todo lo hago por el evangelio, para ser también partícipe de él.
La disciplina de una vida orientada al Señor
9:24 ¿No saben que los que corren en el estadio, todos corren, pero solo uno recibe el premio? Corran de tal modo que lo obtengan.
9:25 Todo el que compite ejerce dominio propio en todo. Ellos lo hacen para recibir una corona perecedera, pero nosotros, una imperecedera.
9:26 Por tanto, así corro: no sin meta; así boxeo: no como quien golpea el aire,
9:27 sino que golpeo mi cuerpo y lo hago mi esclavo, no sea que, después de haber predicado a otros, yo mismo quede descalificado.

Capítulo 10
Amonestaciones contra la idolatría
10:1 Porque no quiero que ignoren, hermanos, que todos nuestros padres estuvieron bajo la nube y todos atravesaron el mar.
10:2 Todos fueron bautizados en Moisés, en la nube y en el mar;
10:3 todos comieron el mismo alimento espiritual
10:4 y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de una roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo.
10:5 Sin embargo, Dios no se agradó de la mayoría de ellos, pues quedaron tendidos en el desierto.
Aprender de los juicios del desierto
10:6 Estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no deseemos cosas malas, como ellos las desearon.
10:7 No se hagan idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: «El pueblo se sentó a comer y beber, y se levantaron a divertirse».
10:8 Tampoco practiquemos la inmoralidad sexual, como algunos de ellos la practicaron, y en un solo día cayeron veintitrés mil.
10:9 No pongamos a prueba a Cristo, como algunos de ellos lo pusieron a prueba, y perecieron por las serpientes.
10:10 Ni murmuren, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor.
10:11 Estas cosas les sucedían como ejemplos y fueron escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes ha llegado el fin de los siglos.
10:12 Por tanto, el que cree estar firme tenga cuidado de no caer.
10:13 No les ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los seres humanos. Pero Dios es fiel y no permitirá que sean tentados más allá de lo que puedan resistir, sino que, junto con la tentación, dará también la salida, para que puedan soportarla.
Comunión con Cristo y rechazo de la idolatría
10:14 Por eso, amados míos, huyan de la idolatría.
10:15 Les hablo como a personas sensatas; juzguen ustedes lo que digo.
10:16 La copa de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?
10:17 Puesto que hay un solo pan, nosotros, aunque somos muchos, somos un solo cuerpo, porque todos participamos de ese único pan.
10:18 Consideren al Israel según la descendencia natural: los que comen de los sacrificios, ¿no participan del altar?
10:19 ¿Qué digo, entonces? ¿Que lo sacrificado a los ídolos es algo, o que un ídolo es algo?
10:20 Más bien, digo que lo que sacrifican, lo sacrifican a los demonios y no a Dios. Y no quiero que ustedes tengan comunión con los demonios.
10:21 No pueden beber la copa del Señor y la copa de los demonios; no pueden participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios.
10:22 ¿O provocamos a celos al Señor? ¿Acaso somos más fuertes que él?
Libertad y amor en la vida cotidiana
10:23 Todo es lícito, pero no todo conviene. Todo es lícito, pero no todo edifica.
10:24 Que nadie busque su propio bien, sino el del otro.
10:25 Coman de todo lo que se vende en el mercado de carne, sin hacer preguntas por motivos de conciencia,
10:26 porque «Del Señor es la tierra y todo lo que la llena».
10:27 Si alguno de los incrédulos los invita y ustedes quieren ir, coman de todo lo que les sirvan, sin hacer preguntas por motivos de conciencia.
10:28 Pero, si alguien les dice: «Esto fue ofrecido en sacrificio», no lo coman, por causa del que lo indicó y por motivos de conciencia.
10:29 Me refiero a la conciencia del otro, no a la tuya. Pues ¿por qué ha de ser juzgada mi libertad por la conciencia de otro?
10:30 Si participo con gratitud, ¿por qué se me critica por aquello por lo que doy gracias?
La gloria de Dios y el bien del prójimo
10:31 Así que, ya sea que coman, que beban o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios.
10:32 No sean motivo de tropiezo ni para los judíos ni para los griegos ni para la iglesia de Dios,
10:33 así como yo también procuro agradar a todos en todo, sin buscar mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos.

Capítulo 11
11:1 Imítenme a mí, como yo imito a Cristo.
La cabeza cubierta o descubierta en el culto
11:2 Los alabo porque se acuerdan de mí en todo y conservan las enseñanzas transmitidas, tal como se las entregué.
11:3 Pero quiero que sepan que Cristo es la cabeza de todo hombre, el hombre es la cabeza de la mujer, y Dios es la cabeza de Cristo.
11:4 Todo hombre que ora o profetiza con la cabeza cubierta deshonra su cabeza.
11:5 En cambio, toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta deshonra su cabeza, pues es lo mismo que si estuviera rapada.
11:6 Porque, si la mujer no se cubre, que también se corte el cabello; pero, si es vergonzoso para una mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra.
11:7 El hombre no debe cubrirse la cabeza, porque es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del hombre.
11:8 Porque el hombre no procede de la mujer, sino la mujer del hombre;
11:9 y el hombre no fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del hombre.
11:10 Por eso la mujer debe llevar una señal de autoridad sobre la cabeza, por causa de los ángeles.
11:11 Sin embargo, en el Señor, ni la mujer es independiente del hombre ni el hombre es independiente de la mujer.
11:12 Porque, así como la mujer procede del hombre, también el hombre nace por medio de la mujer; pero todo procede de Dios.
11:13 Juzguen ustedes mismos: ¿es apropiado que una mujer ore a Dios con la cabeza descubierta?
11:14 ¿No les enseña la naturaleza misma que es deshonroso para un hombre llevar el cabello largo,
11:15 pero que para una mujer es una gloria llevarlo largo? Porque el cabello le ha sido dado como cubierta.
11:16 Pero, si alguno quiere discutir, nosotros no tenemos tal costumbre, ni tampoco las iglesias de Dios.
Abusos en la Cena del Señor
11:17 Al darles estas instrucciones no los alabo, porque se reúnen para empeorar y no para mejorar.
11:18 En primer lugar, oigo que, cuando se reúnen como iglesia, hay divisiones entre ustedes, y en parte lo creo.
11:19 Porque también tiene que haber facciones entre ustedes, para que se manifiesten entre ustedes los que son aprobados.
11:20 Por tanto, cuando se reúnen en un mismo lugar, eso no es comer la Cena del Señor.
11:21 Porque, al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena, y uno se queda con hambre mientras otro se emborracha.
11:22 ¿Acaso no tienen casas para comer y beber? ¿O desprecian a la iglesia de Dios y avergüenzan a los que nada tienen? ¿Qué les diré? ¿Los alabaré? En esto no los alabo.
Institución de la Cena del Señor
Relatos paralelos: Mateo 26:26–29; Marcos 14:22–25; Lucas 22:14–20
11:23 Porque yo recibí del Señor lo que también les transmití: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan,
11:24 dio gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que es para ustedes. Hagan esto en memoria de mí».
11:25 De igual manera, después de cenar, tomó también la copa y dijo: «Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre. Hagan esto, cada vez que la beban, en memoria de mí».
11:26 Porque, cada vez que comen este pan y beben la copa, proclaman la muerte del Señor hasta que él venga.
El examen personal y la disciplina del Señor
11:27 Por tanto, el que coma el pan o beba la copa del Señor de manera indigna será culpable de pecar contra el cuerpo y la sangre del Señor.
11:28 Examínese cada uno a sí mismo, y así coma del pan y beba de la copa.
11:29 Porque el que come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe juicio para sí mismo.
11:30 Por eso hay entre ustedes muchos débiles y enfermos, y bastantes han muerto.
11:31 Pero, si nos examináramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados.
11:32 Sin embargo, cuando somos juzgados por el Señor, somos disciplinados para que no seamos condenados con el mundo.
11:33 Por tanto, hermanos míos, cuando se reúnan para comer, espérense unos a otros.
11:34 Si alguno tiene hambre, que coma en casa, para que no se reúnan para juicio. En cuanto a los demás asuntos, los ordenaré cuando vaya.

Capítulo 12
Dones espirituales
12:1 En cuanto a los dones espirituales, hermanos, no quiero que los desconozcan.
12:2 Saben que, cuando eran paganos, eran arrastrados hacia los ídolos mudos, según los llevaban.
12:3 Por eso les hago saber que nadie que habla por el Espíritu de Dios dice: «Jesús es maldito», y nadie puede decir: «Jesús es el Señor», sino por el Espíritu Santo.
12:4 Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo.
12:5 Hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo.
12:6 Hay diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios quien hace todas las cosas en todos.
12:7 A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común.
12:8 Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu;
12:9 a otro, fe por el mismo Espíritu; a otro, dones de sanidades por el único Espíritu;
12:10 a otro, obras de poder; a otro, profecía; a otro, discernimientos de espíritus; a otro, diversas clases de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas.
12:11 Todas estas cosas las realiza uno y el mismo Espíritu, que reparte a cada uno en particular según quiere.
La diversidad al servicio del cuerpo de Cristo
12:12 Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, aunque son muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo.
12:13 Porque por un solo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres, y a todos se nos dio a beber de un solo Espíritu.
12:14 Pues el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos.
12:15 Si el pie dijera: «Porque no soy mano, no pertenezco al cuerpo», no por eso deja de pertenecer al cuerpo.
12:16 Y si la oreja dijera: «Porque no soy ojo, no pertenezco al cuerpo», no por eso deja de pertenecer al cuerpo.
12:17 Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuera oído, ¿dónde estaría el olfato?
12:18 Pero Dios ha colocado a los miembros, a cada uno de ellos, en el cuerpo como quiso.
12:19 Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?
12:20 Ahora bien, hay muchos miembros, pero un solo cuerpo.
12:21 El ojo no puede decirle a la mano: «No te necesito», ni tampoco la cabeza a los pies: «No los necesito».
12:22 Al contrario, los miembros del cuerpo que parecen más débiles son indispensables,
12:23 y a los que consideramos menos honrosos en el cuerpo los revestimos de mayor honra. Nuestras partes menos decorosas reciben mayor decoro,
12:24 mientras que nuestras partes decorosas no lo necesitan. Pero Dios compuso el cuerpo dando mayor honra a la parte que carecía de ella,
12:25 para que no haya división en el cuerpo, sino que los miembros tengan el mismo cuidado unos por otros.
12:26 Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se alegran con él.
12:27 Ustedes son cuerpo de Cristo, y cada uno es miembro en particular.
12:28 En la iglesia Dios puso, en primer lugar, apóstoles; en segundo lugar, profetas; en tercer lugar, maestros; después, milagros; luego, dones de sanidades, ayudas, administraciones y diversas clases de lenguas.
12:29 ¿Acaso son todos apóstoles? ¿Acaso son todos profetas? ¿Acaso son todos maestros? ¿Acaso todos hacen milagros?
12:30 ¿Acaso todos tienen dones de sanidades? ¿Acaso todos hablan en lenguas? ¿Acaso todos interpretan?
12:31 Pero anhelen los dones mayores. Y les muestro un camino aún más excelente.

Capítulo 13
La preeminencia del amor
13:1 Si hablo las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, me he convertido en bronce que resuena o en címbalo que retiñe.
13:2 Y si tengo profecía, entiendo todos los misterios y poseo todo el conocimiento, y si tengo toda la fe como para mover montañas, pero no tengo amor, nada soy.
13:3 Y si reparto todos mis bienes para dar de comer, y si entrego mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me sirve.
La conducta que expresa el amor
13:4 El amor es paciente; el amor es bondadoso. El amor no tiene envidia, no se jacta, no se enorgullece;
13:5 no se comporta de manera indecorosa, no busca lo suyo, no se irrita, no lleva cuenta del mal recibido;
13:6 no se alegra de la injusticia, sino que se alegra con la verdad.
13:7 Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor y la plenitud futura
13:8 El amor nunca deja de ser. Pero las profecías se acabarán, las lenguas cesarán y el conocimiento se acabará.
13:9 Porque en parte conocemos y en parte profetizamos;
13:10 pero cuando venga lo perfecto, lo que es en parte se acabará.
13:11 Cuando era niño, hablaba como niño, pensaba como niño y razonaba como niño. Cuando llegué a ser hombre, dejé atrás las cosas de niño.
13:12 Porque ahora vemos por medio de un espejo, de manera enigmática; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte, pero entonces conoceré plenamente, como también fui conocido.
13:13 Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.

Capítulo 14
Lenguas y profecía al servicio de la iglesia
14:1 Sigan el amor y anhelen los dones espirituales, especialmente el de profetizar.
14:2 Porque el que habla en una lengua no habla a los seres humanos, sino a Dios; nadie lo entiende, y en espíritu habla misterios.
14:3 En cambio, el que profetiza habla a las personas para edificación, exhortación y consuelo.
14:4 El que habla en una lengua se edifica a sí mismo, pero el que profetiza edifica a la iglesia.
14:5 Quisiera que todos ustedes hablaran en lenguas, pero más aún que profetizaran. El que profetiza es mayor que el que habla en lenguas, a menos que interprete, para que la iglesia reciba edificación.
Palabras comprensibles para el bien de todos
14:6 Ahora bien, hermanos, si voy a ustedes hablando en lenguas, ¿de qué les servirá, si no les hablo con revelación, conocimiento, profecía o enseñanza?
14:7 Aun las cosas sin vida que producen sonido, ya sea una flauta o una cítara, si no distinguen las notas, ¿cómo se reconocerá lo que se toca en la flauta o en la cítara?
14:8 Y si la trompeta da un sonido confuso, ¿quién se preparará para la batalla?
14:9 Así también ustedes, si no pronuncian con la lengua palabras comprensibles, ¿cómo se entenderá lo que dicen? Estarán hablando al aire.
14:10 Hay, sin duda, muchas clases de idiomas en el mundo, y ninguno carece de significado.
14:11 Por tanto, si no entiendo el significado del idioma, seré un extranjero para el que habla, y el que habla será un extranjero para mí.
14:12 Así también ustedes, puesto que anhelan los dones espirituales, procuren abundar en ellos para la edificación de la iglesia.
Oración y canto con entendimiento
14:13 Por eso, el que habla en una lengua ore para poder interpretarla.
14:14 Porque, si oro en una lengua, mi espíritu ora, pero mi entendimiento queda sin fruto.
14:15 ¿Qué haré, entonces? Oraré con el espíritu, pero también oraré con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero también cantaré con el entendimiento.
14:16 Porque, si bendices en espíritu, ¿cómo dirá «Amén» a tu acción de gracias el que ocupa el lugar de quien no entiende, puesto que no sabe lo que dices?
14:17 Tú das gracias bien, pero el otro no es edificado.
14:18 Doy gracias a Dios porque hablo en lenguas más que todos ustedes.
14:19 Pero en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para instruir también a otros, que diez mil palabras en una lengua.
Madurez y testimonio ante quienes no creen
14:20 Hermanos, no sean niños en su manera de pensar. Sean niños pequeños en cuanto a la maldad, pero maduros en su manera de pensar.
14:21 En la Ley está escrito: «Por medio de otras lenguas y de labios de otros hablaré a este pueblo; y ni aun así me escucharán, dice el Señor».
14:22 Así que las lenguas son una señal para los incrédulos, no para los creyentes; en cambio, la profecía es para los creyentes, no para los incrédulos.
14:23 Por tanto, si toda la iglesia se reúne en un mismo lugar y todos hablan en lenguas, y entran personas que no entienden o incrédulos, ¿no dirán que están locos?
14:24 Pero, si todos profetizan y entra algún incrédulo o alguien que no entiende, es convencido por todos y examinado por todos.
14:25 Lo oculto de su corazón queda al descubierto, y así, cayendo rostro en tierra, adorará a Dios y declarará: «Verdaderamente Dios está entre ustedes».
La participación ordenada de la comunidad
14:26 ¿Qué hacer, entonces, hermanos? Cuando se reúnen, cada uno tiene un salmo, una enseñanza, una revelación, una lengua o una interpretación. Que todo se haga para edificación.
14:27 Si alguien habla en una lengua, que hablen dos, o a lo sumo tres, y por turno; y que uno interprete.
14:28 Pero, si no hay intérprete, que guarde silencio en la iglesia y hable para sí mismo y para Dios.
14:29 Que hablen dos o tres profetas, y que los demás disciernan lo que se dice.
14:30 Pero, si algo es revelado a otro que está sentado, que el primero guarde silencio.
14:31 Porque todos pueden profetizar uno por uno, para que todos aprendan y todos sean exhortados.
14:32 Los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas,
14:33 porque Dios no es Dios de desorden, sino de paz, como en todas las iglesias de los santos.
El aprendizaje y la sujeción en la reunión
14:34 Las mujeres guarden silencio en las iglesias, porque no se les permite hablar; más bien, estén sujetas, como también dice la Ley.
14:35 Si quieren aprender algo, que pregunten en casa a sus propios esposos, porque es vergonzoso que una mujer hable en la iglesia.
La autoridad del Señor en la vida comunitaria
14:36 ¿O acaso la palabra de Dios salió de ustedes? ¿O ha llegado solamente a ustedes?
14:37 Si alguno se considera profeta o espiritual, reconozca que lo que les escribo es del Señor.
14:38 Pero, si alguno no lo reconoce, él tampoco es reconocido.
14:39 Por tanto, hermanos míos, anhelen profetizar y no impidan que se hable en lenguas.
14:40 Pero que todo se haga decentemente y con orden.

Capítulo 15
La muerte y resurrección de Cristo
15:1 Les doy a conocer, hermanos, el evangelio que les anuncié, que también recibieron y en el cual se mantienen firmes,
15:2 por el cual también son salvos, si retienen la palabra que les anuncié, a menos que hayan creído en vano.
15:3 Porque les transmití, ante todo, lo que también recibí: que Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras;
15:4 que fue sepultado y que resucitó al tercer día conforme a las Escrituras;
15:5 y que se apareció a Cefas, después a los doce.
15:6 Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales la mayoría vive aún, aunque algunos se durmieron.
15:7 Después se apareció a Jacobo, luego a todos los apóstoles.
15:8 Por último, después de todos, se me apareció también a mí, como a un nacido a destiempo.
15:9 Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, pues perseguí a la iglesia de Dios.
15:10 Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia hacia mí no ha sido en vano. Al contrario, trabajé más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.
15:11 Así que, sea yo o sean ellos, así predicamos y así creyeron ustedes.
Lo que implica negar la resurrección
15:12 Pero si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos entre ustedes que no hay resurrección de muertos?
15:13 Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado.
15:14 Y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también la fe de ustedes.
15:15 Además, resultamos ser falsos testigos de Dios, porque dimos testimonio contra Dios de que resucitó a Cristo, a quien no resucitó si es que los muertos no resucitan.
15:16 Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado;
15:17 y si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes es inútil; todavía están en sus pecados.
15:18 Entonces también los que se durmieron en Cristo perecieron.
15:19 Si solo para esta vida hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, somos los más dignos de lástima de todos los seres humanos.
Cristo y la victoria sobre la muerte
15:20 Pero ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que se han dormido.
15:21 Pues ya que la muerte vino por medio de un hombre, también por medio de un hombre vino la resurrección de los muertos.
15:22 Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.
15:23 Pero cada uno en su propio orden: Cristo, la primicia; después, los que son de Cristo en su venida.
15:24 Luego el fin, cuando entregue el reino a Dios y Padre, cuando haya anulado todo dominio, toda autoridad y poder.
15:25 Porque es necesario que él reine hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies.
15:26 El último enemigo que será destruido es la muerte.
15:27 Porque «sometió todas las cosas bajo sus pies». Pero cuando dice que todas las cosas han sido sometidas, es evidente que se exceptúa aquel que le sometió todas las cosas.
15:28 Cuando todas las cosas le hayan sido sometidas, entonces el Hijo mismo quedará sometido al que le sometió todas las cosas, para que Dios sea todo en todos.
La esperanza futura y la conducta presente
15:29 De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos? Si los muertos no resucitan en absoluto, ¿por qué se bautizan por ellos?
15:30 ¿Y por qué nosotros corremos peligro a toda hora?
15:31 Cada día muero; lo aseguro por el orgullo que tengo de ustedes en Cristo Jesús, nuestro Señor.
15:32 Si desde una perspectiva humana luché contra fieras en Éfeso, ¿qué provecho tengo? Si los muertos no resucitan, «comamos y bebamos, porque mañana moriremos».
15:33 No se dejen engañar: «Las malas compañías corrompen las buenas costumbres».
15:34 Recobren la sensatez como es debido y no pequen, porque algunos no conocen a Dios. Lo digo para vergüenza de ustedes.
La transformación del cuerpo en la resurrección
15:35 Pero alguien dirá: «¿Cómo serán resucitados los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?».
15:36 ¡Necio! Lo que tú siembras no cobra vida si no muere.
15:37 Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de ser, sino un grano desnudo, ya sea de trigo o de alguna otra semilla.
15:38 Pero Dios le da un cuerpo como quiso, y a cada semilla su propio cuerpo.
15:39 No toda carne es la misma carne: una es la de los seres humanos, otra la carne de los animales, otra la carne de las aves y otra la de los peces.
15:40 Hay cuerpos celestiales y cuerpos terrenales; pero una es la gloria de los celestiales y otra la de los terrenales.
15:41 Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella difiere de otra en gloria.
15:42 Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción; se resucita en incorrupción.
15:43 Se siembra en deshonra; se resucita en gloria. Se siembra en debilidad; se resucita en poder.
15:44 Se siembra un cuerpo natural; se resucita un cuerpo espiritual. Si hay un cuerpo natural, también hay uno espiritual.
15:45 Así también está escrito: «El primer hombre, Adán, llegó a ser un ser viviente»; el último Adán, espíritu que da vida.
15:46 Pero no es primero lo espiritual, sino lo natural; después, lo espiritual.
15:47 El primer hombre es de la tierra, hecho de polvo; el segundo hombre es del cielo.
15:48 Tal como es el hombre de polvo, así son también los de polvo; y tal como es el celestial, así son también los celestiales.
15:49 Y así como hemos llevado la imagen del que es de polvo, también llevaremos la imagen del celestial.
15:50 Esto digo, hermanos: la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción.
La transformación final y la victoria de Cristo
15:51 Miren, les digo un misterio: no todos dormiremos, pero todos seremos transformados,
15:52 en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al sonar la última trompeta. Pues sonará la trompeta, los muertos serán resucitados incorruptibles y nosotros seremos transformados.
15:53 Porque es necesario que esto corruptible se revista de incorrupción y esto mortal se revista de inmortalidad.
15:54 Cuando esto corruptible se revista de incorrupción y esto mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita:
 «La muerte ha sido devorada en victoria».
15:55 «¿Dónde está, muerte, tu victoria?
   ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?».
15:56 El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley.
15:57 Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.
15:58 Por tanto, mis amados hermanos, manténganse firmes, inconmovibles, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que su trabajo no es en vano en el Señor.

Capítulo 16
Una colecta para los creyentes de Jerusalén
16:1 En cuanto a la colecta para los santos, hagan ustedes también como dispuse para las iglesias de Galacia.
16:2 El primer día de cada semana, cada uno de ustedes aparte y guarde algo según haya prosperado, para que no se hagan colectas cuando yo llegue.
16:3 Cuando llegue, enviaré con cartas a los que ustedes aprueben, para que lleven su donativo a Jerusalén.
16:4 Y si conviene que yo también vaya, irán conmigo.
Los viajes de Pablo y sus colaboradores
16:5 Iré a ustedes después de atravesar Macedonia, pues pasaré por Macedonia.
16:6 Tal vez me quede con ustedes, o incluso pase allí el invierno, para que me ayuden a continuar el viaje hacia donde deba ir.
16:7 Porque no quiero verlos ahora solo de paso; espero permanecer algún tiempo con ustedes, si el Señor lo permite.
16:8 Pero permaneceré en Éfeso hasta Pentecostés,
16:9 porque se me ha abierto una puerta grande y eficaz, y hay muchos adversarios.
16:10 Si llega Timoteo, procuren que esté entre ustedes sin temor, porque él trabaja en la obra del Señor, igual que yo.
16:11 Por tanto, que nadie lo desprecie. Ayúdenlo a continuar su viaje en paz para que venga a mí, pues lo espero con los hermanos.
16:12 En cuanto al hermano Apolos, le rogué mucho que fuera a ustedes con los hermanos; pero de ningún modo quiso ir ahora. Irá cuando tenga oportunidad.
Una fe firme que se expresa en amor
16:13 Estén alerta, permanezcan firmes en la fe, sean valientes y fuertes.
16:14 Todo lo que hagan, háganlo con amor.
Reconocimiento de quienes sirven
16:15 Les ruego, hermanos —ustedes conocen a los de la casa de Estéfanas, que son el primer fruto de Acaya y que se han dedicado al servicio de los santos—,
16:16 que también ustedes se sometan a personas como ellos y a todo el que colabora y trabaja con esfuerzo.
16:17 Me alegro de la llegada de Estéfanas, Fortunato y Acaico, porque ellos suplieron la ausencia de ustedes.
16:18 Porque han dado descanso a mi espíritu y al de ustedes. Reconozcan, por tanto, a personas como ellos.
Saludos y bendición final
16:19 Las iglesias de Asia los saludan. Aquila y Priscila, junto con la iglesia que se reúne en su casa, les envían muchos saludos en el Señor.
16:20 Todos los hermanos los saludan. Salúdense unos a otros con un beso santo.
16:21 Este saludo lo escribo yo, Pablo, de mi propia mano.
16:22 Si alguno no ama al Señor, sea anatema. ¡Señor nuestro, ven!
16:23 La gracia del Señor Jesús sea con ustedes.
16:24 Mi amor esté con todos ustedes en Cristo Jesús.

2 CORINTIOS

Capítulo 1
Saludo a los creyentes de Corinto y Acaya
1:1 Pablo, apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a la iglesia de Dios que está en Corinto, junto con todos los santos que están en toda Acaya:
1:2 Gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
El consuelo que se recibe y se comparte
1:3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de misericordias y Dios de todo consuelo,
1:4 quien nos consuela en toda nuestra aflicción, para que podamos consolar a los que están en cualquier aflicción mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios.
1:5 Porque, así como abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo.
1:6 Si somos afligidos, es para el consuelo y la salvación de ustedes; y si somos consolados, es para su consuelo, que les permite soportar con paciencia los mismos sufrimientos que también nosotros padecemos.
1:7 Nuestra esperanza respecto de ustedes es firme, porque sabemos que, así como participan de los sufrimientos, también participan del consuelo.
La liberación de un peligro de muerte
1:8 Porque no queremos que ignoren, hermanos, la aflicción que nos sobrevino en Asia: fuimos abrumados de manera extraordinaria, más allá de nuestras fuerzas, hasta el punto de perder incluso la esperanza de seguir con vida.
1:9 De hecho, sentimos en nosotros mismos la sentencia de muerte, para que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios, que resucita a los muertos.
1:10 Él nos libró de tan grande peligro de muerte y nos librará. En él hemos puesto nuestra esperanza de que aún seguirá librándonos,
1:11 mientras ustedes también colaboran por nosotros con la oración, para que muchas personas den gracias por nosotros por el don que nos fue concedido por medio de muchos.
La sinceridad de Pablo y sus planes de viaje
1:12 Porque nuestro motivo de gloria es este: el testimonio de nuestra conciencia de que nos hemos conducido en el mundo, y especialmente entre ustedes, con la santidad y la sinceridad que vienen de Dios, con la gracia de Dios y no con sabiduría carnal.
1:13 Pues no les escribimos nada distinto de lo que leen y entienden. Espero que lo entenderán plenamente,
1:14 así como ya nos han entendido en parte: somos motivo de gloria para ustedes, como ustedes también lo son para nosotros en el día de nuestro Señor Jesús.
1:15 Con esta confianza quería visitarlos primero, para que recibieran una segunda bendición,
1:16 pasar por donde ustedes están rumbo a Macedonia, volver desde Macedonia a ustedes y recibir su ayuda para continuar el viaje a Judea.
1:17 Al proponerme esto, ¿actué acaso con ligereza? ¿O hago mis planes según la carne, de modo que en mí haya un «Sí, sí» y un «No, no»?
Las promesas de Dios confirmadas en Cristo
1:18 Pero, tan cierto como que Dios es fiel, nuestra palabra a ustedes no es «Sí» y «No».
1:19 Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, que fue proclamado entre ustedes por nosotros —por mí, Silvano y Timoteo—, no fue «Sí» y «No», sino que en él se ha hecho realidad el «Sí».
1:20 Porque todas las promesas de Dios tienen en él su «Sí». Por eso también, mediante él, decimos «Amén» a Dios, para su gloria por medio de nosotros.
1:21 Dios es quien nos mantiene firmes con ustedes en Cristo y quien nos ungió.
1:22 Él también nos selló y puso en nuestros corazones la garantía del Espíritu.
La autoridad puesta al servicio de la alegría
1:23 Por mi vida, invoco a Dios como testigo de que fue por consideración a ustedes que no volví a Corinto.
1:24 No es que dominemos la fe de ustedes, sino que colaboramos para su alegría, porque por la fe se mantienen firmes.

Capítulo 2
2:1 Porque decidí esto para mí mismo: no volver a ustedes con tristeza.
2:2 Pues, si yo los entristezco, ¿quién me alegrará, sino aquel a quien yo he entristecido?
2:3 Y les escribí precisamente esto para que, al llegar, no reciba tristeza de aquellos que debían alegrarme. Tengo confianza en todos ustedes de que mi alegría es la de todos ustedes.
2:4 Porque les escribí con mucha aflicción y angustia de corazón, y con muchas lágrimas, para que conocieran el abundante amor que les tengo, sin pretender entristecerlos.
El perdón que busca restaurar al hermano
2:5 Si alguien ha causado tristeza, no me la ha causado solo a mí, sino, en cierta medida —para no exagerar—, a todos ustedes.
2:6 A tal persona le basta esta reprensión impuesta por la mayoría.
2:7 Así que ahora deben más bien perdonarlo y consolarlo, para que no sea consumido por una tristeza excesiva.
2:8 Por eso les ruego que reafirmen su amor por él.
2:9 Pues también les escribí para ponerlos a prueba y saber si son obedientes en todo.
2:10 Al que ustedes perdonan algo, yo también lo perdono. Porque lo que yo he perdonado, si algo he perdonado, lo he hecho por ustedes en presencia de Cristo,
2:11 para que Satanás no se aproveche de nosotros, pues no ignoramos sus maquinaciones.
El viaje de Pablo y su inquietud por Tito
2:12 Cuando llegué a Troas para anunciar el evangelio de Cristo, y se me había abierto una puerta en el Señor,
2:13 no tuve descanso en mi espíritu porque no encontré a Tito, mi hermano. Así que me despedí de ellos y partí para Macedonia.
El servicio que da a conocer a Cristo
2:14 Pero gracias a Dios, quien siempre nos lleva en su desfile triunfal en Cristo y manifiesta por medio de nosotros, en todo lugar, la fragancia de su conocimiento.
2:15 Porque somos para Dios el aroma de Cristo entre los que son salvados y entre los que se pierden:
2:16 para unos, olor de muerte que conduce a muerte; para otros, olor de vida que conduce a vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?
2:17 Porque no somos como tantos que comercian con la palabra de Dios. Más bien, hablamos con sinceridad, como de parte de Dios, delante de Dios y en Cristo.

Capítulo 3
La comunidad como carta de Cristo
3:1 ¿Comenzamos otra vez a recomendarnos a nosotros mismos? ¿O acaso necesitamos, como algunos, cartas de recomendación para ustedes o de parte de ustedes?
3:2 Ustedes son nuestra carta, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos.
3:3 Es evidente que son una carta de Cristo, realizada mediante nuestro servicio, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de corazones de carne.
La capacidad para servir viene de Dios
3:4 Tal confianza tenemos ante Dios por medio de Cristo.
3:5 No es que seamos capaces por nosotros mismos de considerar algo como procedente de nosotros; nuestra capacidad viene de Dios.
3:6 Él también nos capacitó como servidores de un nuevo pacto, no de la letra, sino del Espíritu, porque la letra mata, pero el Espíritu vivifica.
La gloria mayor del ministerio del Espíritu
3:7 Si el ministerio de muerte, grabado con letras en piedras, llegó con gloria, de modo que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés por la gloria de su rostro, que se desvanecía,
3:8 ¿cómo no tendrá aún más gloria el ministerio del Espíritu?
3:9 Porque, si el ministerio de condenación tuvo gloria, mucho más abunda en gloria el ministerio de justicia.
3:10 De hecho, en este aspecto, lo que tuvo gloria ya no tiene gloria en comparación con la gloria que lo sobrepasa.
3:11 Porque, si lo que desaparece vino con gloria, mucho más glorioso es lo que permanece.
La libertad de conocer a Cristo sin velo
3:12 Por tanto, teniendo tal esperanza, actuamos con mucha franqueza,
3:13 y no como Moisés, que se ponía un velo sobre el rostro para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que desaparecía.
3:14 Pero sus mentes se endurecieron. Hasta el día de hoy, al leer el antiguo pacto, permanece ese mismo velo sin ser levantado, porque en Cristo es quitado.
3:15 Sí, hasta hoy, cuando se lee a Moisés, un velo está puesto sobre su corazón.
3:16 Pero, cuando alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado.
3:17 El Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad.
3:18 Y todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, por la acción del Señor, que es el Espíritu.

Capítulo 4
Anunciar a Cristo con claridad y sinceridad
4:1 Por eso, teniendo este ministerio por la misericordia que hemos recibido, no nos desanimamos.
4:2 Al contrario, hemos renunciado a lo oculto y vergonzoso. No actuamos con astucia ni adulteramos la palabra de Dios, sino que, al manifestar la verdad, nos recomendamos a toda conciencia humana delante de Dios.
4:3 Y si nuestro evangelio está velado, está velado para los que se pierden,
4:4 en quienes el dios de esta era cegó las mentes de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, quien es imagen de Dios.
4:5 Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como esclavos de ustedes por causa de Jesús.
4:6 Pues Dios, que dijo: «De la oscuridad brillará la luz», es quien brilló en nuestros corazones para iluminar el conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo.
La fragilidad del mensajero y el poder de Dios
4:7 Pero tenemos este tesoro en vasijas de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros.
4:8 Estamos afligidos en todo, pero no aplastados; perplejos, pero no desesperados;
4:9 perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos.
4:10 Llevamos siempre en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.
4:11 Porque nosotros, los que vivimos, somos entregados continuamente a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.
4:12 De modo que la muerte actúa en nosotros, pero la vida en ustedes.
Una esperanza compartida de resurrección
4:13 Teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», nosotros también creemos y por eso también hablamos,
4:14 sabiendo que el que resucitó a Jesús también nos resucitará con Jesús y nos presentará junto con ustedes.
4:15 Porque todo es por ustedes, para que la gracia, al extenderse por medio de más personas, haga abundar la acción de gracias para la gloria de Dios.
La renovación presente y la gloria venidera
4:16 Por eso no nos desanimamos. Aunque nuestro ser exterior se desgasta, nuestro ser interior se renueva día tras día.
4:17 Porque nuestra aflicción momentánea y leve produce para nosotros un peso eterno de gloria que supera toda medida,
4:18 mientras no fijamos la mirada en las cosas que se ven, sino en las que no se ven. Pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.

Capítulo 5
La esperanza de vivir con el Señor
5:1 Porque sabemos que, si se deshace nuestra casa terrenal, esta tienda de campaña, tenemos un edificio que proviene de Dios, una casa no hecha por manos, eterna, en los cielos.
5:2 En esta gemimos, anhelando revestirnos de nuestra morada que viene del cielo,
5:3 si es que, una vez vestidos, no seremos hallados desnudos.
5:4 Porque los que estamos en esta tienda gemimos agobiados; no queremos desvestirnos, sino revestirnos, para que lo mortal sea devorado por la vida.
5:5 El que nos preparó para esto mismo es Dios, quien nos dio el Espíritu como garantía.
5:6 Así que siempre tenemos confianza, sabiendo que mientras habitamos en el cuerpo estamos ausentes del Señor,
5:7 porque andamos por fe, no por vista.
5:8 Tenemos confianza y preferimos estar ausentes del cuerpo y habitar con el Señor.
5:9 Por eso nos esforzamos por agradarle, ya sea presentes o ausentes.
5:10 Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que hizo por medio del cuerpo, sea bueno o malo.
El ministerio de la reconciliación
5:11 Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a las personas. Para Dios es manifiesto lo que somos, y espero que también lo sea para las conciencias de ustedes.
5:12 No nos recomendamos de nuevo a ustedes, sino que les damos motivo para que se enorgullezcan de nosotros, para que tengan con qué responder a los que se jactan de las apariencias y no del corazón.
5:13 Porque si hemos perdido el juicio, es para Dios; si estamos cuerdos, es para ustedes.
5:14 Porque el amor de Cristo nos impulsa, al haber llegado a esta conclusión: uno murió por todos; por tanto, todos murieron.
5:15 Y murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí mismos, sino para aquel que murió y fue resucitado por ellos.
5:16 De modo que, desde ahora, no conocemos a nadie según la carne. Aun si conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así.
5:17 Por tanto, si alguien está en Cristo, es una nueva criatura. Lo antiguo pasó; miren, ha surgido lo nuevo.
5:18 Todo esto proviene de Dios, que nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación:
5:19 Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, sin tomarles en cuenta sus transgresiones, y nos confió la palabra de la reconciliación.
5:20 Así que somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo les rogamos: «Reconcíliense con Dios».
5:21 Al que no conoció pecado lo hizo pecado por nosotros, para que en él llegáramos a ser justicia de Dios.

Capítulo 6
6:1 Como colaboradores, también los exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios.
6:2 Porque dice:
 «En tiempo favorable te escuché, y en día de salvación te ayudé».
 Miren, ahora es el tiempo favorable; miren, ahora es el día de salvación.
La fidelidad del servicio en la aflicción
6:3 No damos en nada motivo de tropiezo, para que no sea desacreditado el ministerio;
6:4 al contrario, nos recomendamos en todo como ministros de Dios: en mucha perseverancia, en aflicciones, en necesidades, en angustias,
6:5 en golpes, en cárceles, en disturbios, en trabajos, en desvelos, en ayunos,
6:6 en pureza, en conocimiento, en paciencia, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sin hipocresía,
6:7 en palabra de verdad, en poder de Dios; con las armas de la justicia a la derecha y a la izquierda;
6:8 por honra y deshonra, por mala fama y buena fama; como engañadores, pero veraces;
6:9 como desconocidos, pero bien conocidos; como moribundos, pero miren, vivimos; como castigados, pero no muertos;
6:10 como entristecidos, pero siempre gozosos; como pobres, pero enriqueciendo a muchos; como quienes no tienen nada, pero lo poseen todo.
El afecto de Pablo por los corintios
6:11 Nuestra boca se ha abierto a ustedes, corintios; nuestro corazón se ha ensanchado.
6:12 No están limitados por nosotros, sino que están limitados por sus propios afectos.
6:13 Para corresponder del mismo modo —les hablo como a hijos—, ensanchen también ustedes su corazón.
Somos templo del Dios viviente
6:14 No se unan en yugo desigual con los incrédulos. Pues ¿qué asociación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿O qué comunión hay entre la luz y las tinieblas?
6:15 ¿Qué armonía hay entre Cristo y Beliar? ¿O qué tiene en común un creyente con un incrédulo?
6:16 ¿Qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque nosotros somos templo del Dios viviente, como Dios dijo:
 «Habitaré en ellos y caminaré entre ellos;
   seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.
6:17 Por tanto, salgan de en medio de ellos y apártense —dice el Señor—.
   No toquen lo inmundo, y yo los recibiré,
6:18 y seré su Padre, y ustedes serán mis hijos e hijas», dice el Señor Todopoderoso.

Capítulo 7
7:1 Por tanto, amados, puesto que tenemos estas promesas, limpiémonos de toda contaminación del cuerpo y del espíritu, llevando la santidad a su plenitud en el temor de Dios.
La confianza de Pablo en la comunidad
7:2 Hágannos lugar en sus corazones. A nadie hemos tratado injustamente, a nadie hemos corrompido, de nadie nos hemos aprovechado.
7:3 No lo digo para condenarlos, porque ya he dicho que están en nuestros corazones para morir y vivir juntos.
7:4 Tengo mucha franqueza con ustedes y mucho me glorío por ustedes. Estoy lleno de consuelo y desbordo de alegría en toda nuestra aflicción.
El regreso de Tito y la alegría de Pablo
7:5 Porque, aun cuando llegamos a Macedonia, nuestro cuerpo no tuvo descanso, sino que fuimos afligidos de todas las maneras: conflictos por fuera, temores por dentro.
7:6 Pero Dios, que consuela a los abatidos, nos consoló con la llegada de Tito;
7:7 y no solo con su llegada, sino también con el consuelo que recibió de ustedes. Él nos contó el anhelo de ustedes, su llanto y su celo por mí, de modo que me alegré aún más.
7:8 Porque, aunque los entristecí con la carta, no lo lamento. Aunque entonces lo lamenté —pues veo que aquella carta los entristeció, aunque solo por un tiempo—,
7:9 ahora me alegro, porque su tristeza los llevó al arrepentimiento, y no por el hecho de que se entristecieran. Porque se entristecieron conforme a Dios, de modo que en nada sufrieron daño por causa nuestra.
7:10 Porque la tristeza conforme a Dios produce un arrepentimiento que lleva a la salvación y que no hay que lamentar; pero la tristeza del mundo produce muerte.
7:11 Miren cuánto empeño ha producido en ustedes esta misma tristeza conforme a Dios: ¡qué defensa, qué indignación, qué temor, qué anhelo, qué celo, qué disposición a hacer justicia! En todo han demostrado estar limpios en este asunto.
7:12 Así que, aunque les escribí, no fue por causa del que cometió el agravio ni del que lo sufrió, sino para que se les hiciera manifiesto ante Dios el empeño de ustedes por nosotros.
7:13 Por eso hemos sido consolados. Y además de nuestro consuelo, nos alegramos mucho más por la alegría de Tito, porque su espíritu ha recibido descanso de todos ustedes.
7:14 Porque, si me glorié de ustedes ante él en algo, no he quedado avergonzado. Así como les hemos hablado con verdad en todo, también nuestro motivo de gloria ante Tito resultó ser verdad.
7:15 Su cariño por ustedes es aún mayor cuando recuerda la obediencia de todos ustedes y cómo lo recibieron con temor y temblor.
7:16 Me alegro de tener confianza en ustedes en todo.

Capítulo 8
La ofrenda para los santos
8:1 Hermanos, les damos a conocer la gracia de Dios concedida a las iglesias de Macedonia:
8:2 en medio de una gran prueba de aflicción, su abundante alegría y su profunda pobreza se desbordaron en la riqueza de su generosidad.
8:3 Porque doy testimonio de que dieron conforme a sus posibilidades, e incluso más allá de ellas, por voluntad propia,
8:4 rogándonos con mucha insistencia el privilegio de participar en el servicio a los santos.
8:5 Y superaron lo que esperábamos: primero se entregaron ellos mismos al Señor y luego a nosotros, por la voluntad de Dios.
8:6 Por eso exhortamos a Tito a que, así como antes había comenzado, también completara entre ustedes esta obra de gracia.
8:7 Así como abundan en todo —en fe, palabra, conocimiento, todo empeño y en el amor que de nosotros ha llegado a ustedes—, abunden también en esta obra de gracia.
8:8 Lo digo para poner a prueba la autenticidad del amor de ustedes mediante el empeño de otros, sin darles una orden.
8:9 Porque conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo: aunque era rico, por ustedes se hizo pobre, para que mediante su pobreza ustedes fueran enriquecidos.
8:10 En este asunto doy mi parecer, porque esto les conviene a ustedes, que desde el año pasado fueron los primeros no solo en hacerlo, sino también en querer hacerlo.
8:11 Ahora completen también la obra, para que, así como hubo disposición para querer, haya también cumplimiento según lo que tienen.
8:12 Porque, si hay buena disposición, es aceptada según lo que uno tiene, y no según lo que no tiene.
8:13 Pues no se trata de que otros tengan alivio mientras ustedes sufren estrechez, sino de que haya igualdad:
8:14 en el momento presente, la abundancia de ustedes supla la necesidad de ellos, para que también la abundancia de ellos supla la necesidad de ustedes, de modo que haya igualdad,
8:15 como está escrito:
 «Al que recogió mucho no le sobró, y al que recogió poco no le faltó».
Tito y los hermanos encargados de la ofrenda
8:16 Pero gracias a Dios, que pone en el corazón de Tito el mismo empeño por ustedes.
8:17 Porque él aceptó la exhortación y, con un empeño aún mayor, partió hacia ustedes por voluntad propia.
8:18 Junto con él enviamos al hermano que es elogiado en todas las iglesias por su labor en el evangelio.
8:19 Y no solo eso: también fue elegido por las iglesias como compañero de nuestro viaje con esta ofrenda de gracia que administramos para la gloria del Señor mismo y para demostrar nuestra buena disposición.
8:20 Así evitamos que alguien nos reproche la manera en que administramos esta abundante ofrenda,
8:21 porque procuramos hacer lo honrado, tanto delante del Señor como delante de los seres humanos.
8:22 También enviamos con ellos a nuestro hermano, cuyo empeño hemos comprobado muchas veces y en muchas cosas, y que ahora tiene mucho más empeño por la gran confianza que tiene en ustedes.
8:23 En cuanto a Tito, es mi compañero y colaborador para con ustedes; en cuanto a nuestros hermanos, son mensajeros de las iglesias, gloria de Cristo.
8:24 Por tanto, demuéstrenles a ellos, delante de las iglesias, la prueba del amor de ustedes y del motivo que tenemos para gloriarnos de ustedes.

Capítulo 9
La preparación de la ofrenda prometida
9:1 En cuanto al servicio a los santos, no necesito escribirles,
9:2 porque conozco su buena disposición, de la cual me glorío ante los macedonios, diciendo que Acaya está preparada desde el año pasado; y el celo de ustedes ha estimulado a la mayoría.
9:3 Pero envié a los hermanos para que nuestro motivo de gloria por ustedes no resulte vacío en este asunto, y para que estén preparados, tal como les decía;
9:4 no sea que vengan conmigo algunos macedonios y los encuentren sin preparar, y quedemos avergonzados nosotros —por no decir ustedes— por esta confianza.
9:5 Por eso consideré necesario exhortar a los hermanos a que fueran a ustedes por adelantado y prepararan la generosa ofrenda que ya habían prometido. Así estará lista como un acto de generosidad y no como algo exigido.
Dar con alegría y confiar en la provisión de Dios
9:6 Esto digo: el que siembra escasamente también cosechará escasamente, y el que siembra generosamente también cosechará generosamente.
9:7 Cada uno dé como haya decidido en su corazón, sin tristeza ni obligación, porque Dios ama al dador alegre.
9:8 Y Dios puede hacer que abunde en ustedes toda gracia, para que, teniendo siempre en todo lo suficiente, abunden en toda buena obra,
9:9 como está escrito:
 «Repartió, dio a los pobres;
   su justicia permanece para siempre».
9:10 El que proporciona semilla al sembrador y pan para comer también proporcionará y multiplicará la semilla de ustedes y aumentará los frutos de su justicia.
9:11 Serán enriquecidos en todo para toda generosidad, la cual produce, por medio de nosotros, acción de gracias a Dios.
La ayuda compartida y la gratitud a Dios
9:12 Porque el desempeño de este servicio, además de suplir las necesidades de los santos, también desborda en muchas acciones de gracias a Dios.
9:13 Mediante la prueba que da este servicio, ellos glorifican a Dios por la obediencia de ustedes al evangelio de Cristo que profesan y por la generosidad con que comparten con ellos y con todos.
9:14 Y al orar por ustedes, los anhelan por causa de la sobreabundante gracia de Dios sobre ustedes.
9:15 ¡Gracias a Dios por su don indescriptible!

Capítulo 10
Pablo defiende su ministerio
10:1 Yo mismo, Pablo, les ruego por la mansedumbre y la bondad de Cristo; yo, que en persona soy humilde entre ustedes, pero ausente soy osado con ustedes.
10:2 Les ruego que, cuando esté presente, no tenga que mostrarme osado con la confianza con que pienso proceder resueltamente contra algunos que nos consideran como si anduviéramos conforme a la carne.
10:3 Porque, aunque andamos en la carne, no combatimos conforme a la carne.
10:4 Pues las armas de nuestra lucha no son carnales, sino poderosas en Dios para derribar fortalezas. Derribamos argumentos
10:5 y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.
10:6 Estamos preparados para castigar toda desobediencia cuando la obediencia de ustedes sea completa.
La autoridad para edificar la comunidad
10:7 Ustedes miran las cosas según la apariencia. Si alguien está convencido de que pertenece a Cristo, considere de nuevo esto por sí mismo: así como él pertenece a Cristo, también nosotros.
10:8 Porque, aunque me gloríe algo más de nuestra autoridad, que el Señor nos dio para edificación y no para destrucción de ustedes, no seré avergonzado,
10:9 para que no parezca que trato de atemorizarlos con mis cartas.
10:10 Porque alguien dice: «Sus cartas son severas y fuertes, pero su presencia física es débil y su palabra despreciable».
10:11 Que esa persona tenga en cuenta esto: lo que somos en palabra por medio de cartas estando ausentes, eso mismo somos en hechos estando presentes.
La medida del servicio y la aprobación del Señor
10:12 Porque no nos atrevemos a contarnos ni compararnos con algunos que se recomiendan a sí mismos. Pero ellos, al medirse a sí mismos por sí mismos y compararse consigo mismos, carecen de entendimiento.
10:13 Nosotros no nos gloriaremos más allá de los límites, sino conforme a la medida del campo que Dios nos asignó, que alcanza también hasta ustedes.
10:14 Porque no nos extralimitamos, como si no hubiéramos llegado hasta ustedes, pues llegamos hasta ustedes con el evangelio de Cristo.
10:15 No nos gloriamos más allá de los límites en trabajos ajenos, sino que esperamos que, al crecer la fe de ustedes, se amplíe abundantemente nuestra labor entre ustedes dentro de nuestro campo,
10:16 para anunciar el evangelio en las regiones más allá de ustedes, sin gloriarnos en lo que ya se ha hecho en el campo de otro.
10:17 Pero «el que se gloría, que se gloríe en el Señor».
10:18 Porque no es aprobado el que se recomienda a sí mismo, sino aquel a quien el Señor recomienda.

Capítulo 11
La fidelidad a Cristo frente al engaño
11:1 ¡Ojalá toleraran un poco de insensatez de mi parte! Sí, tolérenme.
11:2 Porque siento celos por ustedes con el celo de Dios, pues los desposé con un solo esposo, para presentarlos como una virgen pura a Cristo.
11:3 Pero temo que, así como la serpiente engañó a Eva con su astucia, sus mentes sean corrompidas y apartadas de la sencillez y pureza de su devoción a Cristo.
11:4 Porque si alguien viene y predica a otro Jesús que nosotros no predicamos, o reciben un espíritu diferente que no recibieron, o un evangelio diferente que no aceptaron, ¡bien lo toleran!
11:5 Pues considero que en nada he sido inferior a los apóstoles más eminentes.
11:6 Aunque soy inexperto en el hablar, no lo soy en el conocimiento; se lo hemos manifestado en todo y de todas las maneras.
El anuncio gratuito del evangelio y sus motivos
11:7 ¿O cometí un pecado al humillarme para que ustedes fueran exaltados, porque les anuncié gratuitamente el evangelio de Dios?
11:8 Despojé a otras iglesias, recibiendo de ellas sostenimiento para servirles a ustedes.
11:9 Cuando estaba entre ustedes y tuve necesidad, no fui una carga para nadie, pues los hermanos que vinieron de Macedonia suplieron lo que me faltaba. En todo me he guardado de serles una carga, y me seguiré guardando.
11:10 Por la verdad de Cristo que está en mí, no se me impedirá este motivo de gloria en las regiones de Acaya.
11:11 ¿Por qué? ¿Porque no los amo? Dios lo sabe.
11:12 Pero seguiré haciendo lo que hago, para quitar la oportunidad a los que buscan una oportunidad de ser considerados iguales a nosotros en aquello de lo que se glorían.
El engaño bajo una apariencia de justicia
11:13 Porque esos son falsos apóstoles, obreros engañosos que se disfrazan de apóstoles de Cristo.
11:14 Y no es de extrañar, porque Satanás mismo se disfraza de ángel de luz.
11:15 Por tanto, no es sorprendente que también sus servidores se disfracen de servidores de justicia. Su fin será conforme a sus obras.
La jactancia y el abuso que toleran los corintios
11:16 Lo digo de nuevo: que nadie me considere insensato. Pero si lo hacen, recíbanme aunque sea como insensato, para que yo también me gloríe un poco.
11:17 Lo que digo en esta confianza de gloriarme no lo digo conforme al Señor, sino como en insensatez.
11:18 Ya que muchos se glorían conforme a la carne, yo también me gloriaré.
11:19 Porque ustedes, siendo sabios, toleran con gusto a los insensatos.
11:20 Pues toleran si alguien los esclaviza, si alguien los devora, si alguien se aprovecha de ustedes, si alguien se enaltece, si alguien los golpea en el rostro.
11:21 Para vergüenza nuestra lo digo: hemos sido débiles. Pero en lo que alguien se atreva —hablo con insensatez—, yo también me atrevo.
La fragilidad y los costos del servicio a Cristo
11:22 ¿Son hebreos? Yo también. ¿Son israelitas? Yo también. ¿Son descendientes de Abraham? Yo también.
11:23 ¿Son servidores de Cristo? Hablo como si estuviera fuera de mí: yo más. En trabajos, más; en cárceles, más; en golpes, sin medida; en peligros de muerte, muchas veces.
11:24 Cinco veces recibí de los judíos treinta y nueve azotes.
11:25 Tres veces fui golpeado con varas, una vez apedreado, tres veces naufragué; he pasado una noche y un día en alta mar.
11:26 En viajes, muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de mis compatriotas, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos;
11:27 en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en frecuentes ayunos, en frío y desnudez.
11:28 Además de las otras cosas, está la presión diaria sobre mí: la preocupación por todas las iglesias.
11:29 ¿Quién es débil sin que yo sea débil? ¿A quién se le hace tropezar sin que yo arda de indignación?
11:30 Si es necesario gloriarse, me gloriaré en lo que muestra mi debilidad.
11:31 El Dios y Padre del Señor Jesús, que es bendito por los siglos, sabe que no miento.
11:32 En Damasco, el gobernador del rey Aretas vigilaba la ciudad de los damascenos para arrestarme,
11:33 pero fui bajado en un cesto por una ventana de la muralla, y escapé de sus manos.

Capítulo 12
Las revelaciones y el límite de la jactancia
12:1 Es necesario gloriarse, aunque no sea provechoso. Pasaré, pues, a las visiones y revelaciones del Señor.
12:2 Conozco a un hombre en Cristo que hace catorce años fue arrebatado hasta el tercer cielo —si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe—.
12:3 Y conozco a ese hombre —si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe—,
12:4 que fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inexpresables que a un ser humano no le está permitido decir.
12:5 De tal hombre me gloriaré; pero de mí mismo no me gloriaré, excepto en las debilidades.
12:6 Porque, si quisiera gloriarme, no sería necio, pues diría la verdad. Pero me abstengo, para que nadie piense de mí más de lo que ve en mí u oye de mí.
La gracia de Cristo en la debilidad
12:7 Por eso, debido a lo extraordinario de las revelaciones, para que no me enaltezca, me fue dado un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás que me golpee, para que no me enaltezca.
12:8 Acerca de esto, tres veces rogué al Señor que lo apartara de mí.
12:9 Y él me ha dicho: «Te basta mi gracia, porque el poder se perfecciona en la debilidad». Por tanto, con mucho gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo repose sobre mí.
12:10 Por eso me complazco en las debilidades, en los insultos, en las necesidades, en las persecuciones y en las angustias por causa de Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte.
Las señales del servicio apostólico
12:11 Me he vuelto necio; ustedes me obligaron. Yo debía haber sido recomendado por ustedes, porque en nada fui inferior a esos «superapóstoles», aunque no soy nada.
12:12 Las señales de un apóstol se realizaron entre ustedes con toda perseverancia, con señales, prodigios y milagros.
12:13 Porque ¿en qué fueron tratados peor que las demás iglesias, salvo en que yo mismo no les fui una carga? ¡Perdónenme esta injusticia!
Pablo anuncia su tercera visita
12:14 Miren, esta es la tercera vez que estoy preparado para ir a ustedes, y no les seré una carga. Porque no busco lo que tienen, sino a ustedes, pues no son los hijos quienes deben ahorrar para los padres, sino los padres para los hijos.
12:15 Yo, con mucho gusto, gastaré lo mío y me gastaré por completo por sus almas. Si los amo más, ¿soy amado menos?
12:16 Admitamos que yo no les fui una carga. Pero, como soy astuto, los atrapé con engaño.
12:17 ¿Acaso me aproveché de ustedes por medio de alguno de los que les envié?
12:18 Rogué a Tito que fuera y envié con él al hermano. ¿Acaso Tito se aprovechó de ustedes? ¿No procedimos con el mismo espíritu? ¿No seguimos las mismas pisadas?
La edificación y el arrepentimiento de la comunidad
12:19 ¿Todo este tiempo han pensado que nos estamos defendiendo ante ustedes? Hablamos en Cristo delante de Dios; y todo, amados, es para la edificación de ustedes.
12:20 Porque temo que, al llegar, no los encuentre como quisiera, y que ustedes me encuentren como no quisieran. Temo que haya rivalidad, celos, arrebatos de ira, ambiciones egoístas, calumnias, murmuraciones, arrogancia y desórdenes;
12:21 que, cuando vuelva, mi Dios me humille ante ustedes y tenga que lamentarme por muchos de los que antes pecaron y no se han arrepentido de la impureza, la inmoralidad sexual y el desenfreno que practicaron.

Capítulo 13
La visita y el examen de la fe
13:1 Esta es la tercera vez que voy a ustedes. «Por boca de dos o tres testigos se establecerá todo asunto».
13:2 Ya lo advertí cuando estuve presente por segunda vez, y ahora que estoy ausente vuelvo a advertir a los que pecaron antes y a todos los demás: si vuelvo, no seré indulgente,
13:3 puesto que buscan una prueba de que Cristo habla en mí. Él no es débil para con ustedes, sino poderoso entre ustedes.
13:4 Porque fue crucificado en debilidad, pero vive por el poder de Dios. También nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por el poder de Dios para con ustedes.
13:5 Examínense a ustedes mismos para ver si están en la fe; pónganse a prueba. ¿O no reconocen que Jesucristo está en ustedes? A menos que hayan quedado reprobados.
13:6 Pero espero que reconozcan que nosotros no estamos reprobados.
La verdad y la restauración de la iglesia
13:7 Oramos a Dios para que no hagan ningún mal; para que hagan lo bueno, y no para que nosotros aparezcamos aprobados, aunque nosotros quedemos como reprobados.
13:8 Porque nada podemos contra la verdad, sino a favor de la verdad.
13:9 Pues nos alegramos cuando nosotros somos débiles y ustedes son fuertes. Y también oramos por esto: por la plena restauración de ustedes.
13:10 Por eso escribo estas cosas estando ausente, para que, al estar presente, no tenga que actuar con severidad según la autoridad que el Señor me dio para edificación y no para destrucción.
Exhortaciones, saludos y bendición final
13:11 Por lo demás, hermanos, alégrense, sean restaurados, anímense, tengan un mismo sentir y vivan en paz. Y el Dios de amor y de paz estará con ustedes.
13:12 Salúdense unos a otros con un beso santo.
13:13 Todos los santos los saludan.
13:14 La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes.

GÁLATAS

Capítulo 1
El saludo y la obra salvadora de Cristo
1:1 Pablo, apóstol —no de parte de seres humanos ni por medio de un hombre, sino por medio de Jesucristo y de Dios Padre, quien lo resucitó de entre los muertos—,
1:2 y todos los hermanos que están conmigo, a las iglesias de Galacia:
1:3 Gracia y paz a ustedes de parte de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo,
1:4 quien se entregó a sí mismo por nuestros pecados para rescatarnos de esta era malvada, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre,
1:5 a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
No hay otro evangelio
1:6 Me asombra que tan pronto se estén apartando del que los llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente,
1:7 que en realidad no es otro evangelio. Lo que sucede es que algunos los perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo.
1:8 Pero, aun si nosotros o un ángel del cielo les anuncia un evangelio diferente del que les anunciamos, sea anatema.
1:9 Como ya hemos dicho, ahora lo repito: si alguno les anuncia un evangelio diferente del que recibieron, sea anatema.
1:10 Porque ¿busco ahora la aprobación de los seres humanos o la de Dios? ¿O procuro agradar a la gente? Si todavía agradara a la gente, no sería esclavo de Cristo.
El origen del evangelio anunciado por Pablo
1:11 Pues les hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí no es de origen humano.
1:12 Porque yo no lo recibí de un ser humano ni me fue enseñado por uno, sino por revelación de Jesucristo.
1:13 Ustedes han oído de mi antigua manera de vivir en el judaísmo, cómo perseguía sin medida a la iglesia de Dios y procuraba destruirla.
1:14 En el judaísmo aventajaba a muchos de mi edad entre mi pueblo, pues tenía un celo mucho mayor por las tradiciones de mis padres.
1:15 Pero, cuando el que me apartó desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia tuvo a bien
1:16 revelar a su Hijo en mí para que lo anunciara entre los gentiles, no consulté de inmediato con carne y sangre,
1:17 ni subí a Jerusalén a ver a los que eran apóstoles antes que yo; más bien, partí para Arabia y después regresé a Damasco.
Los primeros encuentros con los apóstoles
1:18 Luego, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí con él quince días.
1:19 No vi a ningún otro de los apóstoles, excepto a Jacobo, el hermano del Señor.
1:20 En cuanto a lo que les escribo, declaro delante de Dios que no miento.
1:21 Después fui a las regiones de Siria y Cilicia.
1:22 Pero las iglesias de Judea que están en Cristo no me conocían de vista.
1:23 Solo oían decir: «El que antes nos perseguía ahora anuncia la fe que antes procuraba destruir».
1:24 Y glorificaban a Dios por causa de mí.

Capítulo 2
La comunión apostólica y la libertad del evangelio
2:1 Después de catorce años subí de nuevo a Jerusalén con Bernabé, llevando también a Tito.
2:2 Subí por una revelación y les expuse el evangelio que predico entre los gentiles, pero en privado a los que tenían reputación, para no correr ni haber corrido en vano.
2:3 Pero ni siquiera Tito, que estaba conmigo, fue obligado a circuncidarse, aunque era griego.
2:4 Esto ocurrió por causa de los falsos hermanos introducidos a escondidas, que se infiltraron para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús y someternos a esclavitud.
2:5 No cedimos a someternos a ellos ni por un momento, para que la verdad del evangelio permaneciera con ustedes.
2:6 En cuanto a los que tenían reputación de ser algo —lo que fueran no me importa; Dios no hace distinción de personas—, los de reputación nada me añadieron.
2:7 Al contrario, vieron que se me había confiado el evangelio para los incircuncisos, como a Pedro para los circuncisos
2:8 (pues el que obró en Pedro para el apostolado entre los circuncisos también obró en mí para con los gentiles).
2:9 Y al reconocer la gracia que me había sido dada, Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la mano derecha en señal de comunión, para que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los circuncisos.
2:10 Solo nos pidieron que recordáramos a los pobres, lo mismo que yo me esforcé por hacer.
Pablo reprende a Pedro en Antioquía
2:11 Pero cuando Cefas vino a Antioquía, me opuse a él cara a cara, porque era censurable.
2:12 Pues antes de que llegaran algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero cuando llegaron, comenzó a retraerse y apartarse, por temor a los de la circuncisión.
2:13 Los demás judíos también participaron de su hipocresía, de modo que hasta Bernabé fue arrastrado por la hipocresía de ellos.
2:14 Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Cefas delante de todos: «Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿cómo obligas a los gentiles a vivir como judíos?
Justificación y vida por la fe en Cristo
2:15 Nosotros somos judíos de nacimiento y no pecadores de entre los gentiles;
2:16 pero, sabiendo que el ser humano no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo, también nosotros creímos en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo y no por las obras de la ley, porque por las obras de la ley nadie será justificado.
2:17 Pero si, al buscar ser justificados en Cristo, también nosotros resultamos ser pecadores, ¿es Cristo entonces servidor del pecado? ¡De ningún modo!
2:18 Porque si vuelvo a edificar lo que destruí, demuestro que yo mismo soy transgresor.
2:19 Pues mediante la ley morí a la ley, para vivir para Dios. Con Cristo estoy crucificado;
2:20 ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que ahora vivo en la carne la vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí.
2:21 No anulo la gracia de Dios, porque si la justicia viene por medio de la ley, entonces Cristo murió en vano».

Capítulo 3
El Espíritu se recibe por la fe
3:1 ¡Gálatas insensatos! ¿Quién los ha hechizado, a ustedes, ante cuyos ojos Jesucristo fue presentado claramente como crucificado?
3:2 Solo esto quiero saber de ustedes: ¿recibieron el Espíritu por las obras de la Ley o por oír con fe?
3:3 ¿Tan insensatos son? Habiendo comenzado por el Espíritu, ¿ahora van a alcanzar la plenitud por la carne?
3:4 ¿Han padecido tantas cosas en vano? ¡Si es que realmente fue en vano!
3:5 El que les proporciona el Espíritu y obra milagros entre ustedes, ¿lo hace por las obras de la Ley o por oír con fe?
Abraham y la bendición recibida por la fe
3:6 Así Abraham «creyó a Dios, y le fue contado por justicia».
3:7 Sepan, por tanto, que los que son de la fe son hijos de Abraham.
3:8 Y la Escritura, previendo que Dios justifica a los gentiles por la fe, anunció de antemano el evangelio a Abraham: «En ti serán bendecidas todas las naciones».
3:9 De modo que los que son de la fe son bendecidos junto con Abraham, el creyente.
3:10 Porque todos los que dependen de las obras de la Ley están bajo maldición, pues está escrito: «Maldito todo el que no permanece en todas las cosas escritas en el libro de la Ley para cumplirlas».
3:11 Es evidente que por la Ley nadie es justificado ante Dios, porque «El justo vivirá por la fe».
3:12 Pero la Ley no se basa en la fe, sino que dice: «El que cumpla estas cosas vivirá por ellas».
3:13 Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, haciéndose maldición por nosotros, porque está escrito: «Maldito todo el que es colgado de un madero»,
3:14 para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham llegara a los gentiles, a fin de que recibiéramos por la fe la promesa del Espíritu.
La promesa anterior a la Ley
3:15 Hermanos, hablo en términos humanos: aun un pacto humano, una vez ratificado, nadie lo anula ni le añade nada.
3:16 Ahora bien, las promesas fueron hechas a Abraham y a su descendiente. No dice «Y a los descendientes», como refiriéndose a muchos, sino a uno: «Y a tu descendiente», que es Cristo.
3:17 Esto es lo que digo: la Ley, que llegó cuatrocientos treinta años después, no invalida el pacto previamente ratificado por Dios, de modo que anule la promesa.
3:18 Porque, si la herencia depende de la Ley, ya no depende de la promesa; pero Dios se la concedió gratuitamente a Abraham mediante una promesa.
El propósito de la ley
3:19 Entonces, ¿para qué la Ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que llegara el descendiente a quien se había hecho la promesa. Fue dispuesta por medio de ángeles y por mano de un mediador.
3:20 Ahora bien, un mediador no interviene por una sola parte, pero Dios es uno.
3:21 ¿Es, entonces, la Ley contraria a las promesas de Dios? ¡De ningún modo! Porque, si se hubiera dado una ley capaz de dar vida, la justicia realmente vendría de la Ley.
3:22 Pero la Escritura encerró todo bajo pecado, para que la promesa, mediante la fe en Jesucristo, fuera dada a los que creen.
La fe y la herencia de los hijos de Dios
3:23 Antes de que llegara la fe, estábamos custodiados bajo la Ley, encerrados hasta la fe que iba a ser revelada.
3:24 Así que la Ley fue nuestro tutor hasta la llegada de Cristo, para que fuéramos justificados por la fe.
3:25 Pero, habiendo llegado la fe, ya no estamos bajo un tutor.
3:26 Porque todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.
3:27 Pues todos los que fueron bautizados en Cristo se han revestido de Cristo.
3:28 No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre y mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús.
3:29 Y si pertenecen a Cristo, son descendencia de Abraham, herederos según la promesa.

Capítulo 4
La adopción y la herencia en Cristo
4:1 Digo, pues, que, mientras el heredero es menor de edad, no se diferencia en nada de un esclavo, aunque sea dueño de todo.
4:2 Más bien, está bajo tutores y administradores hasta el plazo fijado por su padre.
4:3 Así también nosotros, cuando éramos menores de edad, estábamos esclavizados bajo los elementos básicos del mundo.
4:4 Pero, cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley,
4:5 para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiéramos la adopción como hijos.
4:6 Y porque ustedes son hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abba, Padre!».
4:7 Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, también eres heredero por medio de Dios.
Exhortación contra el volver a la esclavitud
4:8 Pero antes, cuando no conocían a Dios, servían como esclavos a los que por naturaleza no son dioses.
4:9 Ahora que conocen a Dios, o más bien que son conocidos por Dios, ¿cómo vuelven otra vez a los débiles y pobres elementos básicos, a los que quieren volver a servir como esclavos?
4:10 Observan escrupulosamente días, meses, temporadas y años.
4:11 Temo por ustedes, no sea que haya trabajado en vano por ustedes.
El afecto y la preocupación de Pablo
4:12 Háganse como yo, porque yo también me hice como ustedes. Se lo ruego, hermanos. No me han hecho ningún agravio.
4:13 Saben que fue a causa de una enfermedad del cuerpo que les anuncié el evangelio la primera vez.
4:14 Y, aunque mi estado físico los puso a prueba, no me despreciaron ni me rechazaron; más bien, me recibieron como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús.
4:15 ¿Dónde está, entonces, aquella dicha de ustedes? Porque puedo dar testimonio de que, si hubiera sido posible, se habrían arrancado los ojos para dármelos.
4:16 ¿Me he convertido, entonces, en enemigo de ustedes por decirles la verdad?
4:17 Ellos muestran interés por ustedes, pero no para bien; quieren aislarlos para que ustedes muestren interés por ellos.
4:18 Es bueno que muestren interés por ustedes para bien en todo tiempo, y no solo cuando estoy presente entre ustedes.
4:19 Hijos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto hasta que Cristo sea formado en ustedes,
4:20 quisiera estar ahora con ustedes y cambiar mi tono de voz, porque estoy perplejo acerca de ustedes.
Alegoría de Sara y Agar
4:21 Díganme, los que quieren estar bajo la Ley: ¿no escuchan la Ley?
4:22 Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos: uno de la esclava y otro de la mujer libre.
4:23 El de la esclava nació según la carne, pero el de la mujer libre nació por la promesa.
4:24 Estas cosas tienen un sentido alegórico, pues estas mujeres representan dos pactos. Uno procede del monte Sinaí y da a luz hijos para esclavitud; este es Agar.
4:25 Ahora bien, Agar es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, porque ella vive en esclavitud junto con sus hijos.
4:26 Pero la Jerusalén de arriba es libre, y ella es nuestra madre.
4:27 Porque está escrito:
 «Alégrate, estéril, tú que no das a luz;
   prorrumpe en gritos, tú que no sufres dolores de parto, porque más numerosos son los hijos de la desolada que los de la que tiene esposo».
4:28 Y ustedes, hermanos, son hijos de la promesa, como Isaac.
4:29 Pero, así como entonces el nacido según la carne perseguía al nacido según el Espíritu, así sucede también ahora.
4:30 Pero ¿qué dice la Escritura? «Expulsa a la esclava y a su hijo, porque el hijo de la esclava no heredará junto con el hijo de la mujer libre».
4:31 Por tanto, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la mujer libre.

Capítulo 5
La defensa de la libertad del evangelio
5:1 Para la libertad nos liberó Cristo. Por tanto, permanezcan firmes y no vuelvan a someterse a un yugo de esclavitud.
5:2 Miren, yo, Pablo, les digo que, si se circuncidan, Cristo no les servirá de nada.
5:3 Y de nuevo declaro a todo hombre que se circuncida que está obligado a cumplir toda la Ley.
5:4 Ustedes, los que procuran ser justificados por la Ley, han quedado separados de Cristo; han caído de la gracia.
5:5 Porque nosotros, por el Espíritu y mediante la fe, esperamos con anhelo la esperanza de la justicia.
5:6 Pues en Cristo Jesús no tiene valor la circuncisión ni la incircuncisión, sino la fe que actúa por medio del amor.
La influencia de quienes perturban la fe
5:7 Ustedes corrían bien. ¿Quién les puso un obstáculo para que dejaran de obedecer a la verdad?
5:8 Esa persuasión no procede del que los llama.
5:9 Un poco de levadura leuda toda la masa.
5:10 Tengo confianza en ustedes en el Señor de que no pensarán de otro modo; pero el que los perturba cargará con su condena, sea quien sea.
5:11 En cuanto a mí, hermanos, si todavía predico la circuncisión, ¿por qué sigo siendo perseguido? En tal caso, ha quedado anulado el tropiezo de la cruz.
5:12 ¡Ojalá los que los trastornan llegaran incluso a mutilarse!
La libertad que se expresa en amor
5:13 Porque ustedes, hermanos, fueron llamados a la libertad; solo que no usen esa libertad como una oportunidad para la carne, sino sírvanse unos a otros por medio del amor.
5:14 Porque toda la Ley se cumple en una sola palabra: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
5:15 Pero, si se muerden y se devoran unos a otros, tengan cuidado de no consumirse unos a otros.
Las obras de la carne y el fruto del Espíritu
5:16 Digo, pues: caminen por el Espíritu, y no satisfarán el deseo de la carne.
5:17 Porque la carne desea lo contrario al Espíritu, y el Espíritu lo contrario a la carne. Estos se oponen entre sí, de modo que ustedes no hagan lo que quieran.
5:18 Pero, si son guiados por el Espíritu, no están bajo la Ley.
5:19 Las obras de la carne son evidentes: inmoralidad sexual, impureza, desenfreno,
5:20 idolatría, hechicería, enemistades, rivalidad, celos, arrebatos de ira, ambiciones egoístas, disensiones, facciones,
5:21 envidias, borracheras, fiestas desenfrenadas y cosas semejantes. Sobre estas cosas les advierto, como ya les advertí antes, que quienes las practican no heredarán el reino de Dios.
5:22 Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad,
5:23 mansedumbre y dominio propio. Contra tales cosas no hay ley.
5:24 Los que pertenecen a Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.
5:25 Si vivimos por el Espíritu, sigamos también el paso del Espíritu.
5:26 No nos hagamos vanidosos, provocándonos unos a otros y envidiándonos unos a otros.

Capítulo 6
Restauración y ayuda mutua
6:1 Hermanos, aun si alguien es sorprendido en alguna transgresión, ustedes que son espirituales restáurenlo con espíritu de mansedumbre. Cuídate a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.
6:2 Lleven unos las cargas de otros, y así cumplirán la ley de Cristo.
6:3 Porque si alguien cree ser algo sin ser nada, se engaña a sí mismo.
6:4 Que cada uno examine su propia obra; entonces tendrá motivo para gloriarse solo en sí mismo y no en otro,
6:5 porque cada uno llevará su propia carga.
Compartir y perseverar en el bien
6:6 Que el que recibe enseñanza de la palabra comparta toda cosa buena con el que le enseña.
6:7 No se dejen engañar: Dios no puede ser burlado. Porque lo que una persona siembre, eso también cosechará.
6:8 El que siembra para su propia carne cosechará de la carne corrupción, pero el que siembra para el Espíritu cosechará del Espíritu vida eterna.
6:9 No nos desanimemos al hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos, si no nos damos por vencidos.
6:10 Así pues, mientras tenemos oportunidad, hagamos el bien a todos, especialmente a los de la familia de la fe.
Pablo se gloría en la cruz de Cristo
6:11 Miren con qué letras tan grandes les escribo de mi propia mano.
6:12 Los que quieren causar buena impresión en la carne los obligan a circuncidarse, solo para no ser perseguidos a causa de la cruz de Cristo.
6:13 Porque ni siquiera los que se circuncidan guardan la ley, pero quieren que ustedes se circunciden para gloriarse en la carne de ustedes.
6:14 Pero lejos esté de mí gloriarme, excepto en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por medio de la cual el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo.
6:15 Porque ni la circuncisión es nada ni la incircuncisión, sino una nueva creación.
6:16 Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sobre ellos y sobre el Israel de Dios.
6:17 De ahora en adelante, que nadie me cause molestias, porque yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús.
Bendición final
6:18 Hermanos, la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con el espíritu de ustedes. Amén.

EFESIOS

Capítulo 1
El saludo a los creyentes
1:1 Pablo, apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, a los santos que están en Éfeso y son fieles en Cristo Jesús:
1:2 Gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Bendiciones espirituales en Cristo
1:3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo,
1:4 pues nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de él. En amor,
1:5 nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad,
1:6 para alabanza de la gloria de su gracia, que nos concedió gratuitamente en el Amado.
1:7 En él tenemos la redención por medio de su sangre, el perdón de las transgresiones, según la riqueza de su gracia,
1:8 que hizo abundar hacia nosotros con toda sabiduría y discernimiento,
1:9 dándonos a conocer el misterio de su voluntad, conforme a su beneplácito, que se propuso en él,
1:10 para llevar a cabo su plan en la plenitud de los tiempos: reunir todas las cosas en Cristo, las que están en los cielos y las que están en la tierra, en él,
1:11 en quien también obtuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el consejo de su voluntad,
1:12 para que seamos para alabanza de su gloria, nosotros, los que de antemano hemos esperado en Cristo.
1:13 En él también ustedes, después de oír la palabra de la verdad, el evangelio de su salvación, y después de creer en él, fueron sellados con el Espíritu Santo de la promesa,
1:14 que es la garantía de nuestra herencia, hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.
Oración por el conocimiento de Dios
1:15 Por eso también yo, al oír de la fe que tienen en el Señor Jesús y del amor hacia todos los santos,
1:16 no dejo de dar gracias por ustedes, recordándolos en mis oraciones,
1:17 para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, les dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él,
1:18 con los ojos de su corazón iluminados, para que sepan cuál es la esperanza de su llamamiento, cuál es la riqueza de la gloria de su herencia entre los santos,
1:19 y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros, los que creemos, conforme a la acción de la fuerza de su poder,
1:20 que ejerció en Cristo al resucitarlo de entre los muertos y sentarlo a su derecha en los lugares celestiales,
1:21 muy por encima de todo principado, autoridad, poder y señorío, y de todo nombre que se nombra, no solo en esta era, sino también en la venidera.
1:22 Sometió todas las cosas bajo sus pies y lo dio como cabeza sobre todas las cosas a la iglesia,
1:23 que es su cuerpo, la plenitud de aquel que lo llena todo en todo.

Capítulo 2
Salvos por gracia
2:1 Ustedes estaban muertos en sus transgresiones y pecados,
2:2 en los cuales vivían antes, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al gobernante del poder del aire, el espíritu que ahora actúa en los hijos de desobediencia.
2:3 Entre ellos también todos nosotros vivimos antes en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos. Éramos por naturaleza hijos de ira, igual que los demás.
2:4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó,
2:5 aun estando nosotros muertos en las transgresiones, nos dio vida junto con Cristo —por gracia son salvos—,
2:6 y con él nos resucitó y nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús,
2:7 para mostrar en las eras venideras la extraordinaria riqueza de su gracia, en su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús.
2:8 Porque por gracia son salvos por medio de la fe, y esto no procede de ustedes: es don de Dios;
2:9 no por obras, para que nadie se gloríe.
2:10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, que Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas.
Reconciliación por medio de la cruz
2:11 Por tanto, recuerden que antes ustedes, los gentiles en la carne, eran llamados «incircuncisión» por la llamada «circuncisión», hecha por manos en la carne.
2:12 En aquel tiempo estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.
2:13 Pero ahora, en Cristo Jesús, ustedes, que antes estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo.
2:14 Porque él mismo es nuestra paz: de ambos hizo uno y derribó el muro de separación, la enemistad, en su carne,
2:15 al anular la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo hombre nuevo, haciendo la paz,
2:16 y reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo por medio de la cruz, dando muerte en ella a la enemistad.
2:17 Vino y anunció paz a ustedes que estaban lejos y paz a los que estaban cerca,
2:18 porque por medio de él ambos tenemos acceso al Padre en un solo Espíritu.
La familia y morada de Dios
2:19 Así que ya no son extranjeros ni residentes forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios,
2:20 edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular,
2:21 en quien todo el edificio, bien unido, crece para ser un templo santo en el Señor.
2:22 En él también ustedes son edificados juntos para ser morada de Dios en el Espíritu.

Capítulo 3
Ministerio de Pablo a los gentiles
3:1 Por esta razón, yo, Pablo, prisionero de Cristo Jesús por ustedes, los gentiles,
3:2 si es que han oído de la administración de la gracia de Dios que me fue confiada para ustedes:
3:3 por revelación me fue dado a conocer el misterio, como antes les escribí brevemente.
3:4 Al leerlo, pueden comprender mi entendimiento del misterio de Cristo,
3:5 que en otras generaciones no fue dado a conocer a los seres humanos como ahora ha sido revelado por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas:
3:6 que los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio.
3:7 De este evangelio llegué a ser servidor según el don de la gracia de Dios que me fue concedida por la acción de su poder.
3:8 A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue concedida esta gracia: anunciar a los gentiles las insondables riquezas de Cristo
3:9 y esclarecer para todos cuál es la administración del misterio oculto desde los siglos en Dios, quien creó todas las cosas,
3:10 para que ahora, por medio de la iglesia, la multiforme sabiduría de Dios sea dada a conocer a los principados y autoridades en los lugares celestiales,
3:11 conforme al propósito eterno que realizó en Cristo Jesús, nuestro Señor.
3:12 En él tenemos libertad y acceso con confianza por medio de la fe en él.
3:13 Por eso les pido que no se desanimen por mis aflicciones a favor de ustedes, las cuales son su gloria.
Oración por fortaleza y amor en Cristo
3:14 Por esta razón doblo mis rodillas ante el Padre,
3:15 de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra,
3:16 para que, conforme a las riquezas de su gloria, les conceda ser fortalecidos con poder por medio de su Espíritu en el ser interior;
3:17 que Cristo habite por la fe en sus corazones, y que, arraigados y cimentados en amor,
3:18 puedan comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad,
3:19 y conocer el amor de Cristo, que supera el conocimiento, para que sean llenos de toda la plenitud de Dios.
3:20 Al que es poderoso para hacer muchísimo más que todo lo que pedimos o pensamos, según el poder que actúa en nosotros,
3:21 a él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén.

Capítulo 4
La unidad del Espíritu
4:1 Por tanto, yo, prisionero en el Señor, les ruego que anden de manera digna del llamamiento con que fueron llamados,
4:2 con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos a otros en amor,
4:3 esforzándose por conservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.
4:4 Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también fueron llamados a una sola esperanza de su llamamiento;
4:5 un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo;
4:6 un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por medio de todos y en todos.
Los dones de Cristo para edificar su cuerpo
4:7 Pero a cada uno de nosotros se nos dio la gracia conforme a la medida del don de Cristo.
4:8 Por eso dice: «Al subir a lo alto, llevó cautiva a una multitud y dio dones a los seres humanos».
4:9 Y eso de que «subió», ¿qué significa, sino que también descendió a las regiones inferiores de la tierra?
4:10 El que descendió es el mismo que también subió muy por encima de todos los cielos, para llenarlo todo.
4:11 Él mismo dio a unos como apóstoles, a otros como profetas, a otros como evangelistas y a otros como pastores y maestros,
4:12 para capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo,
4:13 hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo,
4:14 para que ya no seamos niños, sacudidos por las olas y llevados de un lado a otro por todo viento de doctrina, por el engaño de los seres humanos y por su astucia en las artimañas del error.
4:15 Más bien, hablando la verdad en amor, crezcamos en todo hacia aquel que es la cabeza, Cristo,
4:16 de quien todo el cuerpo, bien ajustado y unido por todas las coyunturas que lo sostienen, conforme a la actividad de cada parte en su medida, produce el crecimiento del cuerpo para edificarse a sí mismo en amor.
La nueva vida en Cristo
4:17 Esto digo, pues, y afirmo en el Señor: que ya no anden como andan los gentiles, en la vanidad de su mente,
4:18 con el entendimiento oscurecido, ajenos a la vida de Dios por la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su corazón.
4:19 Al perder toda sensibilidad, se entregaron al desenfreno para practicar con avidez toda clase de impureza.
4:20 Pero ustedes no aprendieron a Cristo de esa manera,
4:21 si es que lo oyeron y fueron enseñados en él, conforme a la verdad que está en Jesús:
4:22 que se despojen, en cuanto a su anterior manera de vivir, del viejo hombre, que se corrompe por los deseos engañosos;
4:23 que sean renovados en el espíritu de su mente,
4:24 y que se vistan del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.
La conducta de la vida nueva
4:25 Por tanto, dejando la mentira, hable cada uno la verdad con su prójimo, porque somos miembros unos de otros.
4:26 «Enójense, pero no pequen». Que no se ponga el sol sobre su enojo,
4:27 ni den lugar al diablo.
4:28 El que roba, que no robe más; más bien, que trabaje esforzadamente, haciendo con sus propias manos lo que es bueno, para tener qué compartir con el que tiene necesidad.
4:29 Que no salga de su boca ninguna palabra corrompida, sino la que sea buena para edificar según la necesidad, para dar gracia a los que escuchan.
4:30 No entristezcan al Espíritu Santo de Dios, con quien fueron sellados para el día de la redención.
4:31 Que sean quitados de ustedes toda amargura, furor, ira, gritería e insulto, junto con toda malicia.
4:32 Sean bondadosos unos con otros, compasivos, perdonándose unos a otros, como también Dios los perdonó en Cristo.

Capítulo 5
El amor de Dios en la vida de sus hijos
5:1 Sean, pues, imitadores de Dios como hijos amados,
5:2 y anden en amor, como también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio a Dios de aroma fragante.
La santidad de los hijos de luz
5:3 Pero que la inmoralidad sexual, toda impureza o avaricia ni siquiera se nombren entre ustedes, como corresponde a los santos;
5:4 tampoco la obscenidad, las palabras necias o las bromas groseras, que no son apropiadas, sino más bien la acción de gracias.
5:5 Porque sepan esto con certeza: ningún inmoral, impuro o avaro —que es idólatra— tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios.
5:6 Que nadie los engañe con palabras vacías, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia.
5:7 Por tanto, no sean partícipes con ellos.
5:8 Porque antes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Anden como hijos de luz
5:9 (pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad),
5:10 examinando qué es lo que agrada al Señor.
5:11 No participen en las obras sin fruto de las tinieblas; más bien, pónganlas en evidencia,
5:12 porque es vergonzoso incluso hablar de lo que ellos hacen en secreto.
5:13 Pero todas las cosas, al ser puestas en evidencia por la luz, se hacen manifiestas,
5:14 porque todo lo que se hace manifiesto es luz. Por eso dice:
 «Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te alumbrará».
Vivir con sabiduría y ser llenos del Espíritu
5:15 Así pues, miren con cuidado cómo andan, no como insensatos, sino como sabios,
5:16 aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos.
5:17 Por eso, no sean necios, sino entiendan cuál es la voluntad del Señor.
5:18 No se emborrachen con vino, en lo cual hay desenfreno; más bien, sean llenos del Espíritu,
5:19 hablando entre ustedes con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y haciendo música en su corazón al Señor,
5:20 dando siempre gracias por todo a Dios y Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo,
Someteos los unos a los otros
5:21 sometiéndose unos a otros en el temor de Cristo.
5:22 Las esposas, sométanse a sus propios esposos como al Señor,
5:23 porque el esposo es cabeza de la esposa, como también Cristo es cabeza de la iglesia, él mismo Salvador del cuerpo.
5:24 Así como la iglesia se somete a Cristo, también las esposas a sus esposos en todo.
5:25 Esposos, amen a sus esposas, como también Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella,
5:26 para santificarla, habiéndola purificado con el lavamiento del agua por la palabra,
5:27 para que él mismo presente ante sí a la iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino santa e intachable.
5:28 Así también los esposos deben amar a sus propias esposas como a sus propios cuerpos. El que ama a su esposa se ama a sí mismo,
5:29 porque nadie odió jamás su propia carne, sino que la alimenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia,
5:30 porque somos miembros de su cuerpo.
5:31 «Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa, y los dos serán una sola carne».
5:32 Este misterio es grande; pero yo hablo con referencia a Cristo y a la iglesia.
5:33 En todo caso, que cada uno de ustedes ame a su propia esposa como a sí mismo, y que la esposa respete a su esposo.

Capítulo 6
La relación entre hijos y padres
6:1 Hijos, obedezcan a sus padres en el Señor, porque esto es justo.
6:2 «Honra a tu padre y a tu madre», que es el primer mandamiento con promesa:
6:3 «Para que te vaya bien y tengas larga vida sobre la tierra».
6:4 Y ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos; más bien, críenlos en la disciplina y amonestación del Señor.
Esclavos y amos bajo el señorío de Cristo
6:5 Esclavos, obedezcan a sus amos según la carne, con temor y temblor, con sinceridad de corazón, como a Cristo;
6:6 no sirviendo solo cuando los miran, como quienes buscan agradar a los seres humanos, sino como esclavos de Cristo, haciendo de corazón la voluntad de Dios,
6:7 sirviendo de buena voluntad, como al Señor y no a los seres humanos,
6:8 sabiendo que cada uno recibirá del Señor el bien que haya hecho, sea esclavo o libre.
6:9 Y ustedes, amos, hagan lo mismo con ellos y dejen las amenazas, sabiendo que el Señor de ellos y de ustedes está en los cielos, y para él no hay distinción de personas.
La armadura de Dios
6:10 Por lo demás, fortalézcanse en el Señor y en el poder de su fuerza.
6:11 Pónganse toda la armadura de Dios para poder mantenerse firmes contra las artimañas del diablo.
6:12 Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las autoridades, contra los gobernantes de este mundo de tinieblas, contra las fuerzas espirituales de maldad en los lugares celestiales.
6:13 Por eso, tomen toda la armadura de Dios para que puedan resistir en el día malo y, después de haberlo hecho todo, mantenerse firmes.
6:14 Manténganse, pues, firmes, ceñida su cintura con la verdad y vestidos con la coraza de la justicia,
6:15 y calzados los pies con la preparación del evangelio de la paz.
6:16 En toda circunstancia, tomen el escudo de la fe, con el cual podrán apagar todos los dardos encendidos del maligno.
6:17 Reciban también el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios,
6:18 orando en todo tiempo en el Espíritu con toda oración y súplica. Para ello, manténganse vigilantes con toda perseverancia y súplica por todos los santos,
6:19 y también por mí, para que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con valentía el misterio del evangelio,
6:20 por el cual soy embajador en cadenas, para que hable de él con valentía, como debo hablar.
Salutaciones finales
6:21 Para que también ustedes sepan de mi situación y de lo que hago, Tíquico, el hermano amado y fiel ministro en el Señor, les dará a conocer todo.
6:22 Lo envié a ustedes precisamente para esto: para que sepan de nosotros y para que anime sus corazones.
6:23 Paz a los hermanos, y amor con fe de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo.
6:24 La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con amor imperecedero.

FILIPENSES

Capítulo 1
Salutación
1:1 Pablo y Timoteo, esclavos de Cristo Jesús, a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, junto con los supervisores y diáconos:
1:2 Gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Oración de Pablo por los creyentes
1:3 Doy gracias a mi Dios cada vez que me acuerdo de ustedes,
1:4 siempre rogando con alegría en toda oración mía por todos ustedes,
1:5 por su participación en el evangelio desde el primer día hasta ahora.
1:6 Estoy convencido de esto: el que comenzó en ustedes una buena obra la llevará a término hasta el día de Cristo Jesús.
1:7 Es justo que piense así acerca de todos ustedes, porque los tengo en el corazón. Todos ustedes participan conmigo de la gracia, tanto en mis cadenas como en la defensa y confirmación del evangelio.
1:8 Porque Dios es mi testigo de cuánto los anhelo a todos con el entrañable amor de Cristo Jesús.
1:9 Y esto pido en oración: que el amor de ustedes abunde aún más y más en conocimiento y en todo discernimiento,
1:10 para que aprueben lo mejor y sean sinceros e irreprochables para el día de Cristo,
1:11 llenos del fruto de justicia que viene por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.
La prisión y el avance del evangelio
1:12 Quiero que sepan, hermanos, que lo que me ha sucedido ha contribuido más bien al avance del evangelio.
1:13 Así, en toda la guardia del pretorio y entre todos los demás se ha hecho evidente que mis cadenas son por Cristo;
1:14 y la mayoría de los hermanos, al cobrar confianza en el Señor por mis cadenas, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor.
1:15 Algunos predican a Cristo por envidia y rivalidad, pero otros lo hacen de buena voluntad.
1:16 Estos lo hacen por amor, sabiendo que he sido puesto para la defensa del evangelio;
1:17 aquellos anuncian a Cristo por ambición egoísta, sin pureza de intención, pensando aumentar la aflicción de mis cadenas.
1:18 ¿Qué importa, entonces? De cualquier modo, sea por pretexto o con sinceridad, Cristo es anunciado, y de eso me alegro. Y seguiré alegrándome,
La vida y la muerte al servicio de Cristo
1:19 porque sé que esto resultará en mi liberación mediante la oración de ustedes y la ayuda del Espíritu de Jesucristo.
1:20 Esto concuerda con mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado, sino que, con toda valentía, ahora como siempre, Cristo será engrandecido en mi cuerpo, ya sea por la vida o por la muerte.
1:21 Porque para mí vivir es Cristo y morir es ganancia.
1:22 Pero, si vivir en la carne significa para mí una labor fructífera, no sé qué escoger.
1:23 Me siento apremiado por ambas cosas: deseo partir y estar con Cristo, porque eso es muchísimo mejor;
1:24 pero permanecer en la carne es más necesario por causa de ustedes.
1:25 Convencido de esto, sé que permaneceré y seguiré con todos ustedes para su progreso y alegría en la fe,
1:26 para que, por mi presencia otra vez entre ustedes, abunde en Cristo Jesús su motivo de gloria por mí.
Unidad y firmeza por el evangelio
1:27 Solamente compórtense de manera digna del evangelio de Cristo, para que, sea que vaya a verlos o que esté ausente, oiga de ustedes que permanecen firmes en un mismo espíritu, luchando juntos, con una misma alma, por la fe del evangelio,
1:28 sin dejarse intimidar en nada por los adversarios. Esto es para ellos señal de perdición, pero para ustedes de salvación, y esto viene de Dios.
1:29 Porque a ustedes se les ha concedido, por causa de Cristo, no solo creer en él, sino también sufrir por él,
1:30 teniendo el mismo combate que vieron en mí y que ahora oyen que sigo teniendo.

Capítulo 2
Humillación y exaltación de Cristo
2:1 Por tanto, si hay algún aliento en Cristo, algún consuelo de amor, alguna comunión del Espíritu, algún afecto entrañable y compasión,
2:2 completen mi alegría teniendo un mismo sentir, un mismo amor, unidos en alma y pensando una misma cosa.
2:3 No hagan nada por ambición egoísta ni por vanagloria; más bien, con humildad, consideren a los demás superiores a ustedes mismos.
2:4 Que cada uno se interese también por lo de los demás, y no solo por lo suyo.
2:5 Tengan entre ustedes este sentir que hubo también en Cristo Jesús,
2:6 quien, existiendo en forma de Dios, no consideró su igualdad con Dios como algo a lo que aferrarse,
2:7 sino que se despojó a sí mismo, tomando la forma de un esclavo y haciéndose semejante a los seres humanos.
   Y, al ser reconocido en su condición como un hombre,
2:8 se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
2:9 Por eso Dios también lo exaltó hasta lo sumo y le concedió el nombre que está por encima de todo nombre,
2:10 para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra,
2:11 y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
Luminares en el mundo
2:12 Por tanto, amados míos, así como siempre han obedecido, ocúpense de su propia salvación con temor y temblor, no solo en mi presencia, sino mucho más ahora en mi ausencia,
2:13 porque Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer, conforme a su buena voluntad.
2:14 Háganlo todo sin murmuraciones ni discusiones,
2:15 para que sean irreprochables y puros, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación torcida y perversa, entre la cual brillan como luces en el mundo,
2:16 aferrándose a la palabra de vida. Así tendré motivo de gloria en el día de Cristo, porque no habré corrido en vano ni trabajado en vano.
2:17 Pero, aun si soy derramado como ofrenda sobre el sacrificio y servicio de la fe de ustedes, me alegro y comparto mi alegría con todos ustedes.
2:18 De la misma manera, alégrense también ustedes y compartan mi alegría.
El servicio probado de Timoteo
2:19 Espero en el Señor Jesús enviarles pronto a Timoteo, para que yo también cobre ánimo al saber de ustedes.
2:20 Porque no tengo a nadie del mismo sentir que se preocupe sinceramente por ustedes.
2:21 Pues todos buscan sus propios intereses, y no los de Jesucristo.
2:22 Pero ustedes conocen su carácter probado: como un hijo con su padre, él ha servido conmigo en el evangelio.
2:23 Así que espero enviarlo en cuanto vea con claridad cómo van mis asuntos.
2:24 Y confío en el Señor en que yo mismo también iré pronto.
La entrega y el regreso de Epafrodito
2:25 Sin embargo, consideré necesario enviarles a Epafrodito, mi hermano, colaborador y compañero de lucha, y mensajero de ustedes y servidor en mis necesidades.
2:26 Porque él los añoraba a todos y estaba angustiado porque habían oído que se había enfermado.
2:27 En efecto, estuvo enfermo, cerca de la muerte; pero Dios tuvo misericordia de él, y no solo de él, sino también de mí, para que no tuviera tristeza sobre tristeza.
2:28 Por eso lo envié con mayor empeño, para que, al verlo de nuevo, se alegren, y yo tenga menos tristeza.
2:29 Recíbanlo, pues, en el Señor con toda alegría, y tengan en estima a personas como él,
2:30 porque por la obra de Cristo estuvo cerca de la muerte, arriesgando su vida para suplir lo que faltaba en el servicio de ustedes hacia mí.

Capítulo 3
Conocer a Cristo y recibir su justicia
3:1 Por lo demás, hermanos míos, alégrense en el Señor. Escribirles las mismas cosas no me resulta molesto, y para ustedes es una protección.
3:2 Cuídense de los perros, cuídense de los malos obreros, cuídense de los que mutilan el cuerpo.
3:3 Porque nosotros somos la circuncisión: los que rendimos culto por el Espíritu de Dios, nos gloriamos en Cristo Jesús y no ponemos nuestra confianza en la carne,
3:4 aunque yo también tengo motivos para confiar en la carne. Si algún otro piensa que puede confiar en la carne, yo tengo más motivos:
3:5 fui circuncidado al octavo día; soy del pueblo de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo;
3:6 en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que se basa en la ley, irreprochable.
3:7 Pero las cosas que para mí eran ganancias las he considerado pérdida por causa de Cristo.
3:8 Más aún, considero que todo es pérdida ante el valor incomparable de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo y lo considero basura, con tal de ganar a Cristo
3:9 y ser hallado en él, sin tener mi propia justicia, la que procede de la ley, sino la que viene por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios y se basa en la fe,
3:10 a fin de conocerlo a él, el poder de su resurrección y la participación en sus sufrimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte,
3:11 si de algún modo llego a la resurrección de entre los muertos.
Perseverar hacia la meta en Cristo
3:12 No es que ya lo haya alcanzado ni que ya haya llegado a la perfección, pero sigo adelante para alcanzarlo, porque Cristo también me alcanzó a mí.
3:13 Hermanos, yo no considero haberlo alcanzado. Pero una cosa hago: olvido lo que queda atrás y me extiendo hacia lo que está delante,
3:14 prosigo a la meta, al premio del llamamiento celestial de Dios en Cristo Jesús.
3:15 Así que todos los que somos maduros tengamos esta misma actitud. Y si en algo piensan de otro modo, Dios también les revelará eso.
3:16 En todo caso, sigamos adelante conforme a lo que hemos alcanzado.
Vivir como ciudadanos del cielo
3:17 Hermanos, únanse para imitarme y fíjense en los que viven según el ejemplo que tienen en nosotros.
3:18 Porque muchos viven como enemigos de la cruz de Cristo. Ya les he hablado de ellos muchas veces, y ahora se lo digo incluso llorando.
3:19 Su fin es la perdición, su dios es el vientre y se glorían en lo que es su vergüenza; tienen la mente puesta en las cosas terrenales.
3:20 Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos con anhelo al Salvador, el Señor Jesucristo,
3:21 quien transformará nuestro cuerpo humillado para hacerlo semejante a su cuerpo glorioso, por el poder con que también puede someter a sí mismo todas las cosas.

Capítulo 4
Firmeza y reconciliación en el Señor
4:1 Así que, hermanos míos, amados y añorados, mi alegría y mi corona, manténganse así firmes en el Señor, amados.
4:2 Ruego a Evodia y ruego a Síntique que tengan un mismo sentir en el Señor.
4:3 Sí, también te pido a ti, fiel compañero, que ayudes a estas mujeres, que lucharon junto a mí por el evangelio, con Clemente y mis demás colaboradores, cuyos nombres están en el libro de la vida.
El gozo, la oración y la paz de Dios
4:4 Regocíjense siempre en el Señor. Lo diré otra vez: ¡regocíjense!
4:5 Que todos conozcan su trato considerado. El Señor está cerca.
4:6 No se preocupen por nada, sino que, en toda situación, presenten sus peticiones a Dios mediante oración y súplica, con acción de gracias.
4:7 Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.
Pensar y vivir conforme al evangelio
4:8 Por lo demás, hermanos, todo lo verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que tiene buena reputación; si hay alguna virtud, si hay algo digno de alabanza, en esto piensen.
4:9 Pongan en práctica lo que aprendieron, recibieron, oyeron y vieron en mí. Y el Dios de paz estará con ustedes.
Dádivas de los filipenses
4:10 Me alegré mucho en el Señor porque al fin ha vuelto a florecer su interés por mí. Ya se interesaban, pero les faltaba la oportunidad.
4:11 No lo digo porque esté pasando necesidad, pues he aprendido a estar contento en cualquier situación en que me encuentre.
4:12 Sé vivir con poco y sé vivir en abundancia. En toda circunstancia y en todas las cosas he aprendido el secreto, tanto de estar saciado como de pasar hambre, de tener abundancia como de padecer necesidad.
4:13 Todo lo puedo en aquel que me fortalece.
4:14 Sin embargo, hicieron bien en compartir mi aflicción.
4:15 Ustedes mismos, filipenses, saben que en los comienzos del evangelio, cuando salí de Macedonia, ninguna iglesia participó conmigo en el dar y recibir, sino solamente ustedes.
4:16 Porque incluso cuando estaba en Tesalónica me enviaron ayuda una y otra vez para mis necesidades.
4:17 No es que busque el donativo; lo que busco es el fruto que aumente en la cuenta de ustedes.
4:18 Lo he recibido todo y tengo de sobra. Estoy bien abastecido desde que recibí de Epafrodito lo que ustedes enviaron: aroma fragante, sacrificio aceptable y agradable a Dios.
4:19 Y mi Dios suplirá toda necesidad de ustedes conforme a sus riquezas en gloria, en Cristo Jesús.
4:20 A nuestro Dios y Padre sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Salutaciones finales
4:21 Saluden a cada uno de los santos en Cristo Jesús. Los hermanos que están conmigo los saludan.
4:22 Todos los santos los saludan, especialmente los de la casa de César.
4:23 Que la gracia del Señor Jesucristo esté con el espíritu de ustedes.

COLOSENSES

Capítulo 1
Salutación
1:1 Pablo, apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo,
1:2 a los santos y fieles hermanos en Cristo que están en Colosas: gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre.
Gratitud por la fe, el amor y la esperanza
1:3 Damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, orando siempre por ustedes,
1:4 pues hemos oído de su fe en Cristo Jesús y del amor que tienen por todos los santos,
1:5 a causa de la esperanza que les está reservada en los cielos. De ella oyeron antes en la palabra de verdad del evangelio,
1:6 que ha llegado a ustedes. Así como en todo el mundo está dando fruto y creciendo, también lo hace entre ustedes desde el día que oyeron y conocieron verdaderamente la gracia de Dios.
1:7 Así lo aprendieron de Epafras, nuestro amado compañero de servicio, que es fiel servidor de Cristo en nuestro nombre,
1:8 quien también nos dio a conocer el amor de ustedes en el Espíritu.
Oración por una vida que agrade al Señor
1:9 Por eso también nosotros, desde el día que lo oímos, no dejamos de orar por ustedes y de pedir que sean llenos del conocimiento de su voluntad con toda sabiduría y comprensión espiritual,
1:10 para que vivan de manera digna del Señor, agradándole en todo, dando fruto en toda buena obra y creciendo en el conocimiento de Dios;
1:11 fortalecidos con todo poder, conforme a la fuerza de su gloria, para toda perseverancia y paciencia con alegría,
1:12 dando gracias al Padre, quien los hizo aptos para participar de la herencia de los santos en la luz.
1:13 Él nos rescató del dominio de las tinieblas y nos trasladó al reino de su Hijo amado,
1:14 en quien tenemos la redención, el perdón de los pecados.
Cristo, creador y cabeza de la iglesia

1:15 Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda la creación,
1:16 porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, sean tronos, dominios, principados o autoridades.
   Todo ha sido creado por medio de él y para él.
1:17 Él existe antes de todas las cosas, y todas las cosas se mantienen unidas en él.
1:18 Él es también la cabeza del cuerpo, que es la iglesia.
   Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga el primer lugar.
1:19 Porque Dios quiso que toda la plenitud habitara en él
1:20 y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz;
   por medio de él, ya sean las cosas de la tierra o las de los cielos.
Reconciliados para permanecer en la fe
1:21 Y ustedes, que antes estaban alejados y eran enemigos en su mente por sus malas obras,
1:22 ahora han sido reconciliados en su cuerpo de carne por medio de la muerte, para presentarlos santos, sin mancha e irreprochables delante de él,
1:23 si en verdad permanecen cimentados y firmes en la fe, sin apartarse de la esperanza del evangelio que oyeron, el cual fue proclamado en toda la creación bajo el cielo, y del cual yo, Pablo, llegué a ser servidor.
Ministerio de Pablo a los gentiles
1:24 Ahora me alegro en mis sufrimientos por ustedes, y completo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia.
1:25 De ella llegué a ser servidor conforme a la administración que Dios me confió para ustedes, para dar a conocer plenamente la palabra de Dios:
1:26 el misterio que estuvo oculto durante siglos y generaciones, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos.
1:27 A ellos Dios quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo en ustedes, la esperanza de la gloria.
1:28 A él proclamamos, amonestando a toda persona y enseñando a toda persona con toda sabiduría, para presentar a toda persona madura en Cristo.
1:29 Para esto también trabajo con esfuerzo, luchando según su fuerza, que actúa en mí con poder.

Capítulo 2
2:1 Porque quiero que sepan qué gran lucha sostengo por ustedes, por los de Laodicea y por todos los que no me han visto personalmente,
2:2 para que sus corazones sean alentados y ellos estén unidos en amor, hasta alcanzar toda la riqueza de la plena certeza del entendimiento y el conocimiento del misterio de Dios, que es Cristo.
2:3 En él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.
2:4 Digo esto para que nadie los engañe con argumentos persuasivos.
2:5 Porque, aunque estoy ausente en cuerpo, estoy con ustedes en espíritu, alegrándome y viendo su buen orden y la firmeza de su fe en Cristo.
Plenitud de vida en Cristo
2:6 Por tanto, así como recibieron a Cristo Jesús, el Señor, caminen en él,
2:7 arraigados y edificados en él, y confirmados en la fe, tal como fueron enseñados, abundando en acción de gracias.
2:8 Cuídense de que nadie los lleve cautivos mediante la filosofía y el engaño vacío, según la tradición humana y los elementos básicos del mundo, y no según Cristo.
2:9 Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la deidad,
2:10 y ustedes están completos en él, que es la cabeza de todo principado y autoridad.
2:11 En él también fueron circuncidados con una circuncisión que no fue hecha por manos humanas, al despojarse del cuerpo de carne, en la circuncisión de Cristo.
2:12 Fueron sepultados con él en el bautismo, en el cual también fueron resucitados con él mediante la fe en la acción poderosa de Dios, quien lo resucitó de entre los muertos.
2:13 Y a ustedes, que estaban muertos en sus transgresiones y en la incircuncisión de su carne, les dio vida junto con él, perdonándonos todas las transgresiones.
2:14 Borró el acta de deuda con sus decretos que estaba contra nosotros y nos era contraria, y la quitó de en medio clavándola en la cruz.
2:15 Desarmó a los principados y a las autoridades y los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.
Libertad frente a juicios y preceptos
2:16 Por tanto, que nadie los juzgue en cuanto a comida o bebida, ni respecto a una fiesta, una luna nueva o días de reposo.
2:17 Estas cosas son sombra de lo que ha de venir, pero la realidad pertenece a Cristo.
2:18 Que nadie los prive del premio, complaciéndose en humildad y culto a los ángeles, deteniéndose en lo que ha visto y llenándose sin razón de orgullo por su mente carnal,
2:19 sin mantenerse unido a la Cabeza, de quien todo el cuerpo, alimentado y unido mediante las articulaciones y los ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios.
2:20 Si murieron con Cristo a los elementos básicos del mundo, ¿por qué, como si todavía vivieran en el mundo, se someten a preceptos
2:21 como «No manipules, no pruebes, no toques»,
2:22 que se refieren a cosas que se consumen todas con el uso, conforme a mandamientos y enseñanzas humanas?
2:23 Estas cosas tienen apariencia de sabiduría en un culto elegido por ellos, en humildad y en un trato severo del cuerpo, pero no tienen valor alguno contra la satisfacción de la carne.

Capítulo 3
Vida y esperanza en el Cristo resucitado
3:1 Así que, si han sido resucitados con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios.
3:2 Pongan la mente en las cosas de arriba, no en las de la tierra.
3:3 Porque ustedes murieron, y su vida está escondida con Cristo en Dios.
3:4 Cuando Cristo, que es la vida de ustedes, se manifieste, entonces también ustedes serán manifestados con él en gloria.
La vida antigua y la nueva
3:5 Hagan morir, por tanto, lo que hay de terrenal en ustedes: la inmoralidad sexual, la impureza, las pasiones, los malos deseos y la avaricia, que es idolatría.
3:6 Por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia.
3:7 También ustedes anduvieron en ellas en otro tiempo, cuando vivían en estas cosas.
3:8 Pero ahora desechen también ustedes todo esto: ira, furia, maldad, calumnia y lenguaje obsceno de su boca.
3:9 No se mientan unos a otros, pues se han despojado del viejo hombre con sus acciones
3:10 y se han revestido del nuevo, que se va renovando para alcanzar el pleno conocimiento conforme a la imagen del que lo creó.
3:11 Aquí no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, esclavo ni libre, sino que Cristo es todo y está en todos.
Compasión, amor y gratitud en la comunidad
3:12 Por tanto, como escogidos de Dios, santos y amados, revístanse de profunda compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia,
3:13 soportándose unos a otros y perdonándose mutuamente si alguno tiene una queja contra otro. Como el Señor los perdonó, así también hagan ustedes.
3:14 Y sobre todo esto revístanse de amor, que es el vínculo de la perfección.
3:15 Que la paz de Cristo gobierne en sus corazones, a la cual también fueron llamados en un solo cuerpo. Y sean agradecidos.
3:16 Que la palabra de Cristo habite en ustedes con abundancia y con toda sabiduría; enséñense y amonéstense unos a otros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando a Dios con gratitud en sus corazones.
3:17 Y todo lo que hagan, de palabra o de obra, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
El señorío de Cristo en el hogar
3:18 Esposas, sométanse a sus esposos, como corresponde en el Señor.
3:19 Esposos, amen a sus esposas y no las traten con amargura.
3:20 Hijos, obedezcan a sus padres en todo, porque esto agrada al Señor.
3:21 Padres, no irriten a sus hijos, para que no se desanimen.
3:22 Esclavos, obedezcan en todo a sus amos terrenales, no solo cuando los estén mirando, como quienes buscan agradar a la gente, sino con sinceridad de corazón, temiendo al Señor.
3:23 En todo lo que hagan, trabajen de corazón, como para el Señor y no para los hombres,
3:24 sabiendo que del Señor recibirán la herencia como recompensa. Es a Cristo el Señor a quien sirven.
3:25 Porque el que comete injusticia recibirá conforme a la injusticia que cometió, y no hay favoritismos.

Capítulo 4
4:1 Amos, den a sus esclavos lo justo y equitativo, sabiendo que también ustedes tienen un Amo en el cielo.
Oración perseverante y testimonio sabio
4:2 Perseveren en la oración, manteniéndose alerta en ella con acción de gracias.
4:3 Oren también por nosotros, para que Dios nos abra una puerta para la palabra, a fin de hablar del misterio de Cristo, por el cual también estoy encadenado,
4:4 para que lo manifieste como debo hablar.
4:5 Compórtense con sabiduría con los de afuera, aprovechando bien el tiempo.
4:6 Que su conversación esté siempre llena de gracia, sazonada con sal, para que sepan cómo deben responder a cada uno.
Salutaciones finales
4:7 Tíquico, el amado hermano, fiel servidor y compañero de servicio en el Señor, les dará a conocer todo lo referente a mí.
4:8 Lo envié a ustedes precisamente para que sepan de nosotros y para que aliente sus corazones,
4:9 junto con Onésimo, el fiel y amado hermano, que es uno de ustedes. Ellos les darán a conocer todo lo que sucede aquí.
4:10 Aristarco, mi compañero de prisión, los saluda, y también Marcos, el primo de Bernabé, acerca de quien recibieron instrucciones: si va a ustedes, recíbanlo;
4:11 y Jesús, llamado Justo. Estos son los únicos de la circuncisión que colaboran conmigo para el reino de Dios, y han sido un consuelo para mí.
4:12 Epafras, que es uno de ustedes, esclavo de Cristo, los saluda. Siempre lucha por ustedes en sus oraciones, para que permanezcan maduros y plenamente convencidos en toda la voluntad de Dios.
4:13 Porque doy testimonio de él de que se esfuerza mucho por ustedes, por los de Laodicea y por los de Hierápolis.
4:14 Lucas, el médico amado, y Demas los saludan.
4:15 Saluden a los hermanos de Laodicea, a Ninfa y a la iglesia que se reúne en su casa.
4:16 Cuando esta carta haya sido leída entre ustedes, hagan que también se lea en la iglesia de los laodicenses; y ustedes lean también la que viene de Laodicea.
4:17 Digan a Arquipo: «Cuida de cumplir el ministerio que recibiste en el Señor».
4:18 Este saludo lo escribo yo, Pablo, de mi propia mano. Acuérdense de mis cadenas. La gracia sea con ustedes.

1 TESALONICENSES

Capítulo 1
Salutación
1:1 Pablo, Silvano y Timoteo, a la iglesia de los tesalonicenses en Dios Padre y en el Señor Jesucristo: gracia y paz a ustedes.
Gratitud por la fe y el testimonio de la comunidad
1:2 Siempre damos gracias a Dios por todos ustedes y los mencionamos sin cesar en nuestras oraciones,
1:3 recordando ante nuestro Dios y Padre la obra de su fe, el esfuerzo de su amor y la perseverancia de su esperanza en nuestro Señor Jesucristo.
1:4 Sabemos, hermanos amados por Dios, que él los ha elegido,
1:5 porque nuestro evangelio no llegó a ustedes solo con palabras, sino también con poder, con el Espíritu Santo y con plena convicción, como saben que nos comportamos entre ustedes por su bien.
1:6 Y ustedes llegaron a ser imitadores de nosotros y del Señor, al recibir la palabra en medio de mucha aflicción, con la alegría del Espíritu Santo.
1:7 Así llegaron a ser un ejemplo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya.
1:8 Porque desde ustedes ha resonado la palabra del Señor, no solo en Macedonia y Acaya, sino que también en todo lugar se ha difundido la noticia de su fe en Dios, de modo que no necesitamos decir nada.
1:9 Pues ellos mismos cuentan acerca de nosotros cómo fuimos recibidos entre ustedes y cómo se volvieron de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero
1:10 y esperar de los cielos a su Hijo, a quien resucitó de entre los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira que viene.

Capítulo 2
Ministerio de Pablo en Tesalónica
2:1 Porque ustedes mismos saben, hermanos, que nuestra visita a ustedes no fue en vano.
2:2 Más bien, después de haber sufrido y sido maltratados en Filipos, como saben, cobramos valentía en nuestro Dios para anunciarles el evangelio de Dios en medio de gran lucha.
2:3 Porque nuestra exhortación no nace del error ni de la impureza, ni se hace con engaño.
2:4 Más bien, así como Dios nos aprobó para confiarnos el evangelio, así hablamos, procurando agradar a Dios, que examina nuestros corazones, y no a los seres humanos.
2:5 Porque nunca usamos palabras de adulación, como saben, ni un pretexto para la avaricia; Dios es testigo.
2:6 Tampoco buscamos gloria de los seres humanos, ni de ustedes ni de otros,
2:7 aunque podíamos haber sido una carga como apóstoles de Cristo. Más bien, fuimos tiernos entre ustedes, como una nodriza que cuida con cariño a sus propios hijos.
2:8 Así, por el gran afecto que les teníamos, nos complacía compartir con ustedes no solo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas, porque habían llegado a sernos muy queridos.
2:9 Porque recuerdan, hermanos, nuestro trabajo y fatiga: trabajando de noche y de día para no ser una carga para ninguno de ustedes, les proclamamos el evangelio de Dios.
2:10 Ustedes y Dios son testigos de cuán santa, justa e irreprochablemente nos comportamos con ustedes, los creyentes.
2:11 Ustedes saben que, como un padre a sus propios hijos, a cada uno de ustedes
2:12 lo exhortábamos, lo alentábamos y le insistíamos en que viviera de manera digna de Dios, quien los llama a su propio reino y gloria.
2:13 Por esto también nosotros damos gracias a Dios sin cesar: cuando recibieron la palabra de Dios que oyeron de nosotros, la aceptaron como lo que verdaderamente es, palabra de Dios, y no palabra humana. Esta también actúa en ustedes, los que creen.
2:14 Porque ustedes, hermanos, llegaron a ser imitadores de las iglesias de Dios en Cristo Jesús que están en Judea, pues sufrieron de sus propios compatriotas las mismas cosas que ellas de los judíos,
2:15 quienes mataron al Señor Jesús y a los profetas, y nos expulsaron a nosotros. No agradan a Dios y se oponen a todos los seres humanos,
2:16 al impedirnos hablar a los gentiles para que sean salvos. Así colman siempre la medida de sus pecados; pero la ira los ha alcanzado plenamente.
La separación y el cuidado por la comunidad
2:17 Pero nosotros, hermanos, al vernos arrancados de ustedes por un breve tiempo —de presencia, pero no de corazón—, nos esforzamos con mayor empeño y mucho anhelo por ver su rostro.
2:18 Por eso quisimos ir a ustedes —yo, Pablo, una y otra vez—, pero Satanás nos lo impidió.
2:19 Porque ¿cuál es nuestra esperanza, nuestra alegría o nuestra corona de gloria ante nuestro Señor Jesús en su venida? ¿No lo son también ustedes?
2:20 Porque ustedes son nuestra gloria y nuestra alegría.

Capítulo 3
3:1 Por eso, al no poder soportarlo más, decidimos quedarnos solos en Atenas
3:2 y enviamos a Timoteo, nuestro hermano y colaborador de Dios en el evangelio de Cristo, para fortalecerlos y alentarlos respecto a su fe,
3:3 a fin de que nadie sea sacudido por estas aflicciones. Porque ustedes mismos saben que para esto estamos destinados.
3:4 En efecto, cuando estábamos con ustedes, les advertíamos que íbamos a sufrir aflicciones, como sucedió y ustedes saben.
3:5 Por eso también yo, al no poder soportarlo más, envié a saber de su fe, no fuera que el tentador los hubiera tentado y nuestro esfuerzo resultara en vano.
3:6 Pero ahora Timoteo ha regresado de ustedes a nosotros y nos ha traído buenas noticias de su fe y su amor, y de que siempre guardan un buen recuerdo de nosotros, deseando vernos como también nosotros a ustedes.
3:7 Por eso, hermanos, en toda nuestra necesidad y aflicción fuimos consolados respecto de ustedes por medio de su fe,
3:8 porque ahora vivimos, si ustedes permanecen firmes en el Señor.
3:9 ¿Qué acción de gracias podemos ofrecer a Dios por ustedes, por toda la alegría con que nos alegramos a causa de ustedes delante de nuestro Dios?
3:10 De noche y de día rogamos con muchísima insistencia ver su rostro y completar lo que falta a su fe.
3:11 Que nuestro Dios y Padre mismo, y nuestro Señor Jesús, dirijan nuestro camino hacia ustedes.
3:12 Y que el Señor los haga crecer y abundar en amor unos por otros y por todos, así como nosotros los amamos a ustedes,
3:13 para fortalecer sus corazones, irreprochables en santidad delante de nuestro Dios y Padre, en la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos.

Capítulo 4
La vida que agrada a Dios
4:1 Por lo demás, hermanos, les rogamos y exhortamos en el Señor Jesús a que, así como recibieron de nosotros cómo deben vivir y agradar a Dios —como de hecho ya viven—, abunden aún más.
4:2 Porque saben qué instrucciones les dimos por medio del Señor Jesús.
4:3 Pues esta es la voluntad de Dios: la santificación de ustedes, que se abstengan de la inmoralidad sexual;
4:4 que cada uno de ustedes sepa controlar su propio cuerpo en santidad y honor,
4:5 sin pasión de deseo, como los gentiles que no conocen a Dios;
4:6 que nadie se exceda ni se aproveche de su hermano en este asunto, porque el Señor es quien hace justicia en todas estas cosas, como ya les dijimos y advertimos solemnemente.
4:7 Porque Dios nos llamó a vivir en santidad, y no en impureza.
4:8 Por tanto, el que rechaza esto rechaza a Dios, quien les da su Espíritu Santo, y no a un ser humano.
4:9 En cuanto al amor fraternal, no necesitan que les escribamos, porque ustedes mismos han sido enseñados por Dios a amarse unos a otros.
4:10 De hecho, así lo hacen con todos los hermanos de toda Macedonia. Pero los exhortamos, hermanos, a que abunden aún más,
4:11 a que procuren vivir tranquilamente, ocuparse de sus propios asuntos y trabajar con sus manos, tal como les ordenamos,
4:12 para que se comporten dignamente con los de afuera y no tengan necesidad de nadie.
La resurrección y el encuentro con Jesús
4:13 No queremos que ignoren, hermanos, lo referente a los que han dormido, para que no se entristezcan como los demás, que no tienen esperanza.
4:14 Porque, si creemos que Jesús murió y resucitó, también Dios traerá, por medio de Jesús y junto con él, a los que durmieron.
4:15 Pues les decimos esto por palabra del Señor: nosotros, los que vivimos y quedemos hasta la venida del Señor, de ningún modo precederemos a los que durmieron.
4:16 Porque el Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero.
4:17 Después nosotros, los que vivimos y quedemos, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes para encontrarnos con el Señor en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor.
4:18 Por tanto, aliéntense unos a otros con estas palabras.

Capítulo 5
Vivir preparados para el día del Señor
5:1 En cuanto a los tiempos y las épocas, hermanos, no necesitan que se les escriba,
5:2 porque ustedes mismos saben muy bien que el día del Señor viene como un ladrón en la noche.
5:3 Cuando digan: «Paz y seguridad», entonces les sobrevendrá destrucción repentina, como los dolores de parto a la mujer embarazada, y de ningún modo escaparán.
5:4 Pero ustedes, hermanos, no están en la oscuridad para que ese día los sorprenda como un ladrón,
5:5 porque todos ustedes son hijos de la luz e hijos del día. No pertenecemos a la noche ni a la oscuridad.
5:6 Así que no durmamos como los demás, sino mantengámonos despiertos y seamos sobrios.
5:7 Porque los que duermen, de noche duermen, y los que se emborrachan, de noche se emborrachan.
5:8 Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, vestidos con la coraza de la fe y del amor, y con la esperanza de salvación como yelmo.
5:9 Porque Dios no nos destinó a la ira, sino a obtener salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo,
5:10 quien murió por nosotros para que, ya sea que estemos despiertos o dormidos, vivamos juntos con él.
5:11 Por eso, anímense unos a otros y edifíquense mutuamente, como ya lo hacen.
La vida y el cuidado de la comunidad
5:12 Les pedimos, hermanos, que reconozcan a los que trabajan arduamente entre ustedes, los dirigen en el Señor y los amonestan,
5:13 y que los tengan en la más alta estima, con amor, por causa de su trabajo. Vivan en paz unos con otros.
5:14 Los exhortamos también, hermanos: amonesten a los indisciplinados, animen a los desalentados, sostengan a los débiles y sean pacientes con todos.
5:15 Asegúrense de que nadie devuelva a otro mal por mal; al contrario, busquen siempre el bien unos de otros y el de todos.
5:16 Estén siempre gozosos.
5:17 Oren sin cesar.
5:18 Den gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para ustedes en Cristo Jesús.
5:19 No apaguen al Espíritu.
5:20 No desprecien las profecías.
5:21 Pero examínenlo todo; retengan lo bueno.
5:22 Absténganse de toda forma de mal.
5:23 Que el mismo Dios de paz los santifique por completo, y que su espíritu, alma y cuerpo sean conservados íntegros y sin reproche en la venida de nuestro Señor Jesucristo.
5:24 Fiel es el que los llama, y él también lo hará.
Salutaciones y bendición final
5:25 Hermanos, oren por nosotros.
5:26 Saluden a todos los hermanos con un beso santo.
5:27 Les encargo solemnemente por el Señor que esta carta sea leída a todos los hermanos.
5:28 Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con ustedes.

2 TESALONICENSES

Capítulo 1
Salutación
1:1 Pablo, Silvano y Timoteo, a la iglesia de los tesalonicenses en Dios nuestro Padre y en el Señor Jesucristo:
1:2 Gracia y paz a ustedes de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo.
Gratitud y esperanza en medio de la aflicción
1:3 Siempre debemos dar gracias a Dios por ustedes, hermanos, como es justo, porque su fe crece extraordinariamente y aumenta el amor de todos y cada uno de ustedes por los demás.
1:4 Por eso nosotros mismos nos gloriamos de ustedes en las iglesias de Dios, por su perseverancia y su fe en todas las persecuciones y aflicciones que soportan.
1:5 Esto es evidencia del justo juicio de Dios, para que sean considerados dignos del reino de Dios, por el cual también sufren,
1:6 puesto que es justo delante de Dios retribuir con aflicción a los que los afligen,
1:7 y darles a ustedes, los afligidos, descanso junto con nosotros, cuando el Señor Jesús se manifieste desde el cielo con los ángeles de su poder,
1:8 en llama de fuego, dando retribución a los que no conocen a Dios y a los que no obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesús.
1:9 Ellos sufrirán el castigo de destrucción eterna, lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su fuerza,
1:10 cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y admirado entre todos los que creyeron, porque nuestro testimonio fue creído entre ustedes.
1:11 Por eso también oramos siempre por ustedes, para que nuestro Dios los considere dignos de su llamamiento y cumpla con poder todo deseo de bondad y toda obra de fe,
1:12 a fin de que el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado en ustedes, y ustedes en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.

Capítulo 2
El día del Señor y la derrota del inicuo
2:1 En cuanto a la venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, les rogamos, hermanos,
2:2 que no pierdan pronto la serenidad ni se alarmen, ni por una manifestación espiritual, ni por una palabra, ni por una carta supuestamente nuestra, como si el día del Señor ya hubiera llegado.
2:3 Que nadie los engañe de ninguna manera, porque ese día no vendrá sin que antes llegue la apostasía y sea revelado el hombre de la iniquidad, el hijo de perdición,
2:4 el que se opone y se exalta por encima de todo lo que es llamado dios u objeto de culto, hasta sentarse en el templo de Dios, presentándose a sí mismo como Dios.
2:5 ¿No recuerdan que, cuando todavía estaba con ustedes, les decía estas cosas?
2:6 Y ahora saben lo que lo detiene, para que sea revelado a su debido tiempo.
2:7 Porque el misterio de la iniquidad ya está actuando; solo que el que ahora lo detiene lo hará hasta que sea quitado de en medio.
2:8 Entonces será revelado el inicuo, a quien el Señor Jesús matará con el soplo de su boca y anulará con la manifestación de su venida.
2:9 La venida de ese inicuo será por la acción de Satanás, con toda clase de poder, señales y prodigios de mentira,
2:10 y con todo engaño de injusticia para los que se pierden, porque no aceptaron el amor de la verdad para ser salvos.
2:11 Por eso Dios les envía una fuerza de engaño para que crean la mentira,
2:12 a fin de que sean juzgados todos los que no creyeron en la verdad, sino que se complacieron en la injusticia.
Escogidos para salvación
2:13 Pero nosotros siempre debemos dar gracias a Dios por ustedes, hermanos amados por el Señor, porque Dios los escogió como primeros frutos para salvación, mediante la santificación del Espíritu y la fe en la verdad.
2:14 A esto los llamó por medio de nuestro evangelio, para que alcancen la gloria de nuestro Señor Jesucristo.
2:15 Por tanto, hermanos, permanezcan firmes y conserven las enseñanzas que les fueron transmitidas, ya sea por palabra o por carta nuestra.
2:16 Que nuestro Señor Jesucristo mismo, y Dios nuestro Padre, quien nos amó y nos dio por gracia consuelo eterno y buena esperanza,
2:17 consuelen sus corazones y los fortalezcan en toda buena obra y palabra.

Capítulo 3
Oración y confianza en el Señor
3:1 Por lo demás, hermanos, oren por nosotros, para que la palabra del Señor corra y sea glorificada, como también sucedió entre ustedes,
3:2 y para que seamos librados de personas perversas y malvadas, porque no todos tienen fe.
3:3 Pero el Señor es fiel; él los fortalecerá y los guardará del maligno.
3:4 Tenemos confianza en el Señor respecto de ustedes: hacen y seguirán haciendo lo que les ordenamos.
3:5 Que el Señor dirija sus corazones al amor de Dios y a la perseverancia de Cristo.
El deber de trabajar
3:6 Les ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que se aparten de todo hermano que viva desordenadamente, y no conforme a la enseñanza que recibieron de nosotros.
3:7 Porque ustedes mismos saben cómo deben imitarnos, pues no vivimos desordenadamente entre ustedes,
3:8 ni comimos gratis el pan de nadie, sino que trabajamos con esfuerzo y fatiga de noche y de día, para no ser una carga para ninguno de ustedes.
3:9 Lo hicimos para darles en nosotros mismos un ejemplo que imitar, aunque tenemos ese derecho.
3:10 Porque, aun cuando estábamos con ustedes, les ordenábamos esto: «Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma».
3:11 Pues oímos que algunos viven entre ustedes desordenadamente, sin trabajar en nada, sino entrometiéndose en lo ajeno.
3:12 A tales personas les ordenamos y exhortamos en el Señor Jesucristo que trabajen tranquilamente y coman su propio pan.
3:13 Pero ustedes, hermanos, no se cansen de hacer el bien.
3:14 Si alguno no obedece nuestra palabra por medio de esta carta, señálenlo y no se relacionen con él, para que se avergüence.
3:15 Pero amonéstenlo como a un hermano, sin considerarlo un enemigo.
Bendición final
3:16 Que el mismo Señor de la paz les dé paz siempre y de todas las maneras. El Señor sea con todos ustedes.
3:17 Este saludo lo escribo yo, Pablo, de mi propia mano, lo cual es una señal en toda carta. Así escribo.
3:18 La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos ustedes.

1 TIMOTEO

Capítulo 1
Salutación
1:1 Pablo, apóstol de Cristo Jesús por mandato de Dios nuestro Salvador y de Cristo Jesús, nuestra esperanza,
1:2 a Timoteo, verdadero hijo en la fe: gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, nuestro Señor.
Advertencia contra falsas doctrinas
1:3 Cuando partía para Macedonia, te rogué que permanecieras en Éfeso para ordenar a algunos que no enseñaran una doctrina diferente
1:4 ni prestaran atención a mitos y genealogías interminables, que producen especulaciones en vez de promover la administración de Dios, que se realiza por la fe.
1:5 El propósito de esta orden es el amor que nace de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe sin hipocresía.
1:6 Algunos, al desviarse de estas cosas, se apartaron hacia conversaciones vacías.
1:7 Quieren ser maestros de la Ley, sin entender lo que dicen ni aquello que afirman con tanta seguridad.
1:8 Sabemos que la Ley es buena si uno la usa legítimamente,
1:9 reconociendo esto: la Ley no se establece para el justo, sino para los transgresores y rebeldes, los impíos y pecadores, los irreverentes y profanos, los que matan a su padre o a su madre, los homicidas,
1:10 los que practican la inmoralidad sexual, los hombres que se acuestan con hombres, los traficantes de esclavos, los mentirosos, los que juran en falso, y cualquier otra cosa que se oponga a la sana enseñanza,
1:11 conforme al evangelio de la gloria del Dios bendito, que me fue confiado.
La misericordia de Cristo en la vida de Pablo
1:12 Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, quien me fortaleció, porque me consideró fiel al ponerme a su servicio,
1:13 aunque antes era blasfemo, perseguidor y violento. Pero recibí misericordia porque actué por ignorancia, en incredulidad.
1:14 Y la gracia de nuestro Señor sobreabundó con la fe y el amor que están en Cristo Jesús.
1:15 Fiel es esta palabra y digna de toda aceptación: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el principal.
1:16 Pero por esto recibí misericordia: para que Cristo Jesús mostrara en mí, el principal, toda su paciencia, como ejemplo para los que habrían de creer en él para vida eterna.
1:17 Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único Dios, sean honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
El encargo de Timoteo y la fidelidad
1:18 Te confío esta orden, hijo Timoteo, conforme a las profecías que antes se hicieron acerca de ti, para que, apoyado en ellas, pelees la buena batalla,
1:19 manteniendo la fe y una buena conciencia. Algunos la rechazaron y naufragaron en cuanto a la fe.
1:20 Entre ellos están Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a Satanás para que aprendan a no blasfemar.

Capítulo 2
Instrucciones sobre la oración
2:1 Por tanto, exhorto ante todo a que se hagan súplicas, oraciones, intercesiones y acciones de gracias por todos los seres humanos,
2:2 por los reyes y por todos los que están en autoridad, para que llevemos una vida tranquila y serena, con toda piedad y dignidad.
2:3 Esto es bueno y aceptable delante de Dios nuestro Salvador,
2:4 quien quiere que todos los seres humanos sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad.
2:5 Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los seres humanos: el hombre Cristo Jesús,
2:6 quien se entregó a sí mismo como rescate por todos, testimonio dado a su debido tiempo.
2:7 Para esto fui designado heraldo y apóstol —digo la verdad, no miento—, maestro de los gentiles en fe y verdad.
2:8 Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni discusión.
La piedad y el aprendizaje de las mujeres
2:9 De igual manera, que las mujeres se adornen con ropa decorosa, con pudor y dominio propio, sin trenzados ni oro, ni perlas, ni ropa costosa,
2:10 sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan reverencia a Dios.
2:11 Que la mujer aprenda en silencio, con toda sujeción.
2:12 No permito a la mujer enseñar ni ejercer autoridad sobre el hombre, sino permanecer en silencio.
2:13 Porque Adán fue formado primero, después Eva.
2:14 Y Adán no fue engañado, pero la mujer, al ser engañada, incurrió en transgresión.
2:15 Pero será salvada al dar a luz hijos, si permanecen en fe, amor y santificación con dominio propio.

Capítulo 3
Requisitos para los supervisores de la iglesia
3:1 Fiel es esta palabra: si alguno aspira a la función de supervisor, desea una buena obra.
3:2 Por tanto, el supervisor debe ser irreprochable, esposo de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospitalario, apto para enseñar;
3:3 no dado al vino ni violento, sino amable, pacífico y libre del amor al dinero.
3:4 Debe dirigir bien su propia casa y mantener a sus hijos en sujeción con toda dignidad.
3:5 Porque, si alguno no sabe dirigir su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?
3:6 No debe ser un recién convertido, para que no se llene de orgullo y caiga en la condenación del diablo.
3:7 También debe tener buena reputación entre los de afuera, para que no caiga en descrédito y en la trampa del diablo.
Requisitos de los diáconos
3:8 De igual manera, los diáconos deben ser dignos, sin doblez al hablar, no dados a mucho vino ni codiciosos de ganancias deshonestas,
3:9 manteniendo el misterio de la fe con una conciencia pura.
3:10 También ellos deben ser probados primero; después, si son irreprochables, que sirvan como diáconos.
3:11 De igual manera, las mujeres deben ser dignas, no calumniadoras, sino sobrias y fieles en todo.
3:12 Que los diáconos sean esposos de una sola mujer y dirijan bien a sus hijos y sus propias casas.
3:13 Porque los que sirven bien como diáconos obtienen para sí una posición honrosa y mucha confianza en la fe en Cristo Jesús.
La iglesia del Dios vivo y su confesión de Cristo
3:14 Te escribo estas cosas con la esperanza de ir pronto a verte,
3:15 para que, si me demoro, sepas cómo hay que comportarse en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad.
3:16 Y, sin duda, grande es el misterio de la piedad:
 Él fue manifestado en carne, vindicado en el Espíritu, visto por ángeles, proclamado entre las naciones, creído en el mundo y recibido arriba en gloria.

Capítulo 4
La falsa enseñanza y la bondad de lo creado
4:1 Pero el Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos se apartarán de la fe, prestando atención a espíritus engañadores y a enseñanzas de demonios,
4:2 mediante la hipocresía de mentirosos que tienen cauterizada su propia conciencia.
4:3 Estos prohíben casarse y mandan abstenerse de alimentos que Dios creó para que los reciban con acción de gracias los creyentes y los que han conocido la verdad.
4:4 Porque todo lo creado por Dios es bueno, y nada debe rechazarse si se recibe con acción de gracias,
4:5 pues es santificado mediante la palabra de Dios y la oración.
Un buen ministro de Jesucristo
4:6 Al señalar estas cosas a los hermanos, serás un buen ministro de Cristo Jesús, nutrido con las palabras de la fe y de la buena enseñanza que has seguido.
4:7 Rechaza las fábulas profanas y los cuentos de viejas. Entrénate, más bien, en la piedad.
4:8 Porque el ejercicio físico es útil para poco, pero la piedad es útil para todo, pues tiene promesa de la vida presente y de la futura.
4:9 Esta palabra es fiel y digna de plena aceptación.
4:10 Pues para esto trabajamos arduamente y soportamos insultos, porque hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo, que es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los creyentes.
4:11 Ordena y enseña estas cosas.
4:12 Que nadie menosprecie tu juventud; al contrario, sé ejemplo para los creyentes en palabra, conducta, amor, fe y pureza.
4:13 Hasta que yo llegue, dedícate a la lectura pública, a la exhortación y a la enseñanza.
4:14 No descuides el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del consejo de ancianos.
4:15 Ocúpate de estas cosas y entrégate por completo a ellas, para que tu progreso sea evidente a todos.
4:16 Cuida de ti mismo y de la enseñanza. Persevera en estas cosas, pues al hacerlo te salvarás tanto a ti mismo como a los que te escuchan.

Capítulo 5
Un trato familiar entre generaciones
5:1 No reprendas con dureza a un hombre mayor, sino exhórtalo como a un padre; a los más jóvenes, como a hermanos;
5:2 a las mujeres mayores, como a madres; a las más jóvenes, como a hermanas, con toda pureza.
El cuidado de las viudas y la responsabilidad familiar
5:3 Honra a las viudas que verdaderamente lo son.
5:4 Pero, si alguna viuda tiene hijos o nietos, que ellos aprendan primero a mostrar piedad hacia su propia familia y a retribuir a sus mayores, porque esto es aceptable delante de Dios.
5:5 La que es verdaderamente viuda y ha quedado sola tiene puesta su esperanza en Dios y persevera en súplicas y oraciones de noche y de día.
5:6 Pero la que vive entregada a los placeres está muerta aunque viva.
5:7 Ordena también estas cosas, para que sean irreprochables.
5:8 Si alguno no cuida de los suyos, y especialmente de los de su propia casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo.
La inscripción de las viudas y su compromiso
5:9 Que sea inscrita en la lista la viuda que tenga al menos sesenta años, que haya sido esposa de un solo hombre
5:10 y tenga testimonio de buenas obras: si ha criado hijos, si ha practicado la hospitalidad, si ha lavado los pies de los santos, si ha ayudado a los afligidos y si se ha dedicado a toda buena obra.
5:11 Pero no admitas a las viudas más jóvenes, porque, cuando sus deseos las apartan de Cristo, quieren casarse,
5:12 incurriendo en juicio por haber rechazado su primer compromiso.
5:13 Al mismo tiempo aprenden a estar ociosas, yendo de casa en casa; y además de ociosas, se vuelven chismosas y entrometidas, hablando de lo que no deben.
5:14 Por eso quiero que las más jóvenes se casen, tengan hijos, dirijan su casa y no den al adversario ninguna ocasión para insultar.
5:15 Porque algunas ya se han desviado para seguir a Satanás.
5:16 Si alguna creyente tiene viudas a su cargo, que las ayude y no sea cargada la iglesia, para que esta pueda ayudar a las que verdaderamente son viudas.
El honor y la evaluación de los ancianos
5:17 Que los ancianos que dirigen bien sean considerados dignos de doble honor, especialmente los que se esfuerzan en la palabra y en la enseñanza.
5:18 Porque la Escritura dice: «No pondrás bozal al buey que trilla», y: «El trabajador es digno de su salario».
5:19 No admitas una acusación contra un anciano, salvo con dos o tres testigos.
5:20 Reprende delante de todos a los que pecan, para que también los demás tengan temor.
5:21 Te encargo solemnemente delante de Dios, de Cristo Jesús y de los ángeles escogidos que guardes estas cosas sin prejuicio, sin hacer nada por favoritismo.
5:22 No impongas las manos a nadie con apresuramiento ni participes de pecados ajenos. Consérvate puro.
5:23 No bebas solo agua; usa también un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades.
5:24 Los pecados de algunas personas son evidentes y van delante de ellas al juicio; los de otras las siguen después.
5:25 De igual manera, las buenas obras también son evidentes, y las que no lo son no pueden permanecer ocultas.

Capítulo 6
Los esclavos ante amos creyentes y no creyentes
6:1 Que todos los que están como esclavos bajo un yugo consideren a sus propios amos dignos de todo honor, para que no sean blasfemados el nombre de Dios y la enseñanza.
6:2 Los que tienen amos creyentes no los desprecien por ser hermanos; más bien, sírvanles aún mejor, porque los que se benefician de su servicio son creyentes y amados. Enseña y exhorta estas cosas.
La falsa enseñanza y el deseo de riqueza
6:3 Si alguno enseña una doctrina diferente y no se atiene a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo y a la enseñanza conforme a la piedad,
6:4 está lleno de orgullo y no entiende nada. Tiene una afición enfermiza por las discusiones y disputas de palabras, de las cuales nacen envidia, rivalidad, calumnias, malas sospechas
6:5 y continuas fricciones entre personas de mente corrompida y privadas de la verdad, que consideran la piedad un medio de ganancia.
La piedad y el contentamiento
6:6 Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento.
6:7 Porque nada trajimos al mundo y tampoco podemos llevarnos nada.
6:8 Así que, teniendo alimento y abrigo, con eso nos contentaremos.
6:9 Pero los que quieren enriquecerse caen en tentación, en una trampa y en muchos deseos insensatos y dañinos, que hunden a los seres humanos en destrucción y perdición.
6:10 Porque raíz de todos los males es el amor al dinero. Al codiciarlo, algunos se extraviaron de la fe y se traspasaron a sí mismos con muchos dolores.
La buena batalla de la fe
6:11 Pero tú, hombre de Dios, huye de estas cosas y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la perseverancia y la mansedumbre.
6:12 Pelea la buena batalla de la fe; aférrate a la vida eterna, a la cual fuiste llamado y por la cual hiciste la buena confesión delante de muchos testigos.
6:13 Te ordeno delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, que dio testimonio de la buena confesión ante Poncio Pilato,
6:14 que guardes el mandamiento sin mancha e irreprochable hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo,
6:15 la cual mostrará a su debido tiempo el bendito y único Soberano, el Rey de reyes y Señor de señores,
6:16 el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible, a quien ningún ser humano ha visto ni puede ver. A él sean honor y poder eterno. Amén.
La responsabilidad de los creyentes ricos
6:17 Ordena a los ricos de esta era que no sean arrogantes ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, quien nos proporciona todas las cosas en abundancia para disfrutarlas;
6:18 que hagan el bien, que sean ricos en buenas obras, generosos y dispuestos a compartir,
6:19 atesorando para sí un buen fundamento para el futuro, a fin de aferrarse a la vida verdadera.
Encargo final de Pablo a Timoteo
6:20 Timoteo, guarda lo que te ha sido confiado, evitando las conversaciones profanas y vacías, y las contradicciones del falsamente llamado conocimiento,
6:21 que algunos profesaron y se desviaron de la fe. La gracia sea con ustedes.

2 TIMOTEO

Capítulo 1
Salutación
1:1 Pablo, apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, conforme a la promesa de vida que hay en Cristo Jesús,
1:2 a Timoteo, amado hijo: gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, nuestro Señor.
El afecto de Pablo y la fe de Timoteo
1:3 Doy gracias a Dios, a quien sirvo con una conciencia pura, como mis antepasados, al recordarte sin cesar en mis súplicas de noche y de día.
1:4 Al recordar tus lágrimas, deseo verte para llenarme de alegría.
1:5 He recordado la fe sin hipocresía que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice; y estoy convencido de que también habita en ti.
1:6 Por eso te recuerdo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos.
1:7 Porque Dios no nos dio un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.
La gracia y la fidelidad ante el sufrimiento
1:8 Por tanto, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero. Más bien, comparte el sufrimiento por el evangelio, según el poder de Dios,
1:9 quien nos salvó y nos llamó con un llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino conforme a su propio propósito y a la gracia que nos fue concedida en Cristo Jesús antes de los tiempos eternos.
1:10 Esta gracia ha sido manifestada ahora mediante la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, quien anuló la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio,
1:11 para el cual fui designado heraldo, apóstol y maestro.
1:12 Por esta razón también sufro estas cosas, pero no me avergüenzo, porque sé en quién he creído y estoy convencido de que él es poderoso para guardar lo que le he confiado hasta aquel día.
1:13 Conserva el modelo de las sanas palabras que oíste de mí, en la fe y el amor que están en Cristo Jesús.
1:14 Guarda el buen depósito por medio del Espíritu Santo que habita en nosotros.
El abandono de algunos y el cuidado de Onesíforo
1:15 Sabes que todos los de Asia me abandonaron, entre ellos Figelo y Hermógenes.
1:16 Que el Señor conceda misericordia a la casa de Onesíforo, porque muchas veces me reconfortó y no se avergonzó de mis cadenas.
1:17 Más bien, cuando estuvo en Roma, me buscó con empeño y me encontró.
1:18 Que el Señor le conceda hallar misericordia de parte del Señor en aquel día. Y tú sabes mejor cuánto sirvió en Éfeso.

Capítulo 2
La fortaleza y la fidelidad del servidor de Cristo
2:1 Tú, pues, hijo mío, fortalécete en la gracia que está en Cristo Jesús.
2:2 Lo que oíste de mí ante muchos testigos, confíalo a personas fieles que también sean capaces de enseñar a otros.
2:3 Comparte el sufrimiento como un buen soldado de Cristo Jesús.
2:4 Ninguno que sirve como soldado se enreda en los asuntos de la vida, para agradar al que lo reclutó.
2:5 Y, si alguien compite como atleta, no recibe la corona a menos que compita conforme a las reglas.
2:6 El agricultor que trabaja con esfuerzo debe ser el primero en participar de los frutos.
2:7 Considera lo que digo, porque el Señor te dará entendimiento en todo.
El evangelio de Cristo y la perseverancia
2:8 Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David, conforme a mi evangelio,
2:9 por el cual sufro hasta estar encadenado como un malhechor. Pero la palabra de Dios no está encadenada.
2:10 Por eso lo soporto todo por los escogidos, para que también ellos alcancen la salvación que está en Cristo Jesús, con gloria eterna.
La promesa y la advertencia de una palabra fiel

2:11 Fiel es esta palabra:
 si morimos con él, también viviremos con él;
2:12 si perseveramos, también reinaremos con él;
   si lo negamos, él también nos negará;
2:13 si somos infieles, él permanece fiel;
   no puede negarse a sí mismo.
Un obrero aprobado
2:14 Recuérdales estas cosas, encargándoles solemnemente delante del Señor que no disputen sobre palabras, lo cual no sirve de nada y arruina a los que escuchan.
2:15 Esfuérzate por presentarte aprobado ante Dios, como un trabajador que no tiene de qué avergonzarse y que maneja correctamente la palabra de la verdad.
2:16 Evita las conversaciones profanas y vacías, porque quienes las practican avanzarán más en la impiedad,
2:17 y su palabra se extenderá como gangrena. Entre ellos están Himeneo y Fileto,
2:18 quienes se desviaron de la verdad al decir que la resurrección ya ocurrió, y trastornan la fe de algunos.
El fundamento de Dios y la vida santa
2:19 Sin embargo, el fundamento firme de Dios permanece en pie, con este sello: «El Señor conoce a los que son suyos», y: «Que se aparte de la injusticia todo el que invoca el nombre del Señor».
2:20 En una casa grande no solo hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; unos para usos honrosos y otros para usos deshonrosos.
2:21 Por tanto, si alguno se limpia de estas cosas, será un utensilio para honra, santificado, útil al Amo y preparado para toda buena obra.
Pureza, paz y corrección con mansedumbre
2:22 Huye de los deseos juveniles y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, junto con los que invocan al Señor de corazón puro.
2:23 Rechaza las discusiones necias e ignorantes, sabiendo que producen pleitos.
2:24 El esclavo del Señor no debe pelear, sino ser amable con todos, apto para enseñar y paciente ante el maltrato,
2:25 corrigiendo con mansedumbre a los que se oponen, por si Dios les concede arrepentirse para conocer la verdad
2:26 y recobrar el juicio, escapando de la trampa del diablo, quien los ha tenido cautivos para hacer su voluntad.

Capítulo 3
La corrupción y la falsa piedad en tiempos difíciles
3:1 Pero debes saber esto: en los últimos días vendrán tiempos difíciles.
3:2 Porque los seres humanos serán amantes de sí mismos, amantes del dinero, jactanciosos, arrogantes, blasfemos, desobedientes a sus padres, ingratos, irreverentes,
3:3 sin afecto natural, implacables, calumniadores, sin dominio propio, crueles, enemigos de lo bueno,
3:4 traidores, precipitados, llenos de orgullo, amantes de los placeres más que de Dios.
3:5 Tendrán apariencia de piedad, pero habrán negado su poder. Apártate también de ellos.
3:6 Porque entre ellos están los que se introducen en las casas y llevan cautivas a mujeres débiles, cargadas de pecados y arrastradas por diversos deseos,
3:7 que siempre están aprendiendo y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad.
3:8 Así como Janes y Jambres se opusieron a Moisés, también estos se oponen a la verdad: personas de mente corrompida, reprobadas en cuanto a la fe.
3:9 Pero no avanzarán más, porque su insensatez será evidente para todos, como también lo fue la de aquellos.
La perseverancia ante el sufrimiento y el engaño
3:10 Pero tú has seguido mi enseñanza, mi conducta, mi propósito, mi fe, mi paciencia, mi amor, mi perseverancia,
3:11 mis persecuciones y mis sufrimientos, como los que me ocurrieron en Antioquía, Iconio y Listra. ¡Qué persecuciones soporté! Y de todas me libró el Señor.
3:12 También todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos.
3:13 Pero las personas malvadas y los impostores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados.
La Escritura y la salvación mediante la fe en Cristo
3:14 Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y de lo que estás convencido, sabiendo de quiénes lo aprendiste,
3:15 y que desde la infancia conoces las Sagradas Escrituras, que pueden hacerte sabio para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús.
3:16 Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en justicia,
3:17 a fin de que el hombre de Dios esté plenamente capacitado, equipado para toda buena obra.

Capítulo 4
El encargo de anunciar la palabra con paciencia
4:1 Ante Dios y Cristo Jesús, quien ha de juzgar a vivos y muertos, y por su manifestación y por su reino, te encargo solemnemente:
4:2 predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; corrige, reprende y exhorta con toda paciencia y enseñanza.
4:3 Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana enseñanza, sino que, con comezón de oír, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos,
4:4 y apartarán el oído de la verdad para volverse a las fábulas.
4:5 Pero tú, sé sobrio en todo, soporta las dificultades, haz la obra de un evangelista y cumple tu ministerio.
La esperanza de Pablo ante su partida
4:6 Porque yo ya estoy siendo derramado como una ofrenda, y ha llegado el tiempo de mi partida.
4:7 He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.
4:8 Ahora me está reservada la corona de justicia, que el Señor, el juez justo, me dará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su manifestación.
Instrucciones personales
4:9 Procura venir pronto a verme,
4:10 porque Demas me abandonó por amar este mundo presente y se fue a Tesalónica. Crescente se fue a Galacia, y Tito a Dalmacia.
4:11 Solo Lucas está conmigo. Toma a Marcos y tráelo contigo, porque me es útil para el ministerio.
4:12 A Tíquico lo envié a Éfeso.
4:13 Cuando vengas, trae la capa que dejé en Troas con Carpo, y los libros, especialmente los pergaminos.
4:14 Alejandro, el artesano del cobre, me hizo mucho daño. El Señor le pagará conforme a sus obras.
4:15 Tú también cuídate de él, porque se opuso con fuerza a nuestras palabras.
El sostén del Señor en la defensa de Pablo
4:16 En mi primera defensa nadie estuvo a mi lado, sino que todos me abandonaron. Que no se les tenga en cuenta.
4:17 Pero el Señor estuvo a mi lado y me fortaleció, para que por medio de mí se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui librado de la boca del león.
4:18 El Señor me librará de toda obra mala y me llevará a salvo a su reino celestial. A él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Saludos y bendición final
4:19 Saluda a Prisca y a Aquila, y a la casa de Onesíforo.
4:20 Erasto se quedó en Corinto, y a Trófimo lo dejé enfermo en Mileto.
4:21 Procura venir antes del invierno. Te saludan Eubulo, Pudente, Lino, Claudia y todos los hermanos.
4:22 Que el Señor esté con tu espíritu. Que la gracia esté con ustedes.

TITO

Capítulo 1
El encargo de Pablo y la fe compartida con Tito
1:1 Pablo, esclavo de Dios y apóstol de Jesucristo, para la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad que conduce a la piedad,
1:2 en la esperanza de la vida eterna, que Dios, quien no miente, prometió antes de los tiempos eternos.
1:3 A su debido tiempo manifestó su palabra mediante la predicación que me fue confiada por mandato de Dios nuestro Salvador,
1:4 a Tito, verdadero hijo en la fe que compartimos: gracia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, nuestro Salvador.
El carácter y la enseñanza de los ancianos
1:5 Por esta razón te dejé en Creta: para que pusieras en orden lo que faltaba y nombraras ancianos en cada ciudad, tal como te ordené.
1:6 Debe ser alguien irreprochable, esposo de una sola mujer, con hijos creyentes que no estén acusados de desenfreno ni sean rebeldes.
1:7 Porque el supervisor, como administrador de Dios, debe ser irreprochable: no arrogante, ni iracundo, ni dado al vino, ni violento, ni codicioso de ganancias deshonestas,
1:8 sino hospitalario, amante de lo bueno, prudente, justo, santo y dueño de sí mismo;
1:9 que se mantenga firme en la palabra fiel conforme a la enseñanza, para que pueda exhortar con la sana enseñanza y refutar a los que contradicen.
La corrección de quienes trastornan los hogares
1:10 Porque hay muchos rebeldes, habladores de cosas vacías y engañadores, especialmente los de la circuncisión.
1:11 Hay que hacerlos callar, pues trastornan casas enteras al enseñar lo que no deben por ganancias deshonestas.
1:12 Uno de ellos, su propio profeta, dijo: «Los cretenses son siempre mentirosos, bestias malvadas, glotones ociosos».
1:13 Este testimonio es verdadero. Por eso repréndelos con severidad, para que estén sanos en la fe,
1:14 sin prestar atención a mitos judíos ni a mandamientos de personas que se apartan de la verdad.
1:15 Todo es puro para los puros, pero para los contaminados e incrédulos nada es puro; tanto su mente como su conciencia están contaminadas.
1:16 Profesan conocer a Dios, pero lo niegan con sus obras; son detestables, desobedientes e incapaces de toda buena obra.

Capítulo 2
Enseñanza de la sana doctrina
2:1 Pero tú habla lo que corresponde a la sana enseñanza.
2:2 Que los hombres mayores sean sobrios, dignos, prudentes, sanos en la fe, en el amor y en la perseverancia.
2:3 De igual manera, que las mujeres mayores sean reverentes en su conducta, no calumniadoras ni esclavas de mucho vino, sino maestras de lo bueno,
2:4 para que instruyan a las más jóvenes a amar a sus esposos y a sus hijos,
2:5 a ser prudentes, puras, trabajadoras en el hogar, buenas y sujetas a sus propios esposos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada.
2:6 Exhorta también a los jóvenes a ser prudentes.
2:7 Muéstrate en todo como un ejemplo de buenas obras, con integridad y dignidad en la enseñanza,
2:8 con palabra sana e irreprochable, para que el adversario se avergüence al no tener nada malo que decir de nosotros.
La fidelidad de los esclavos ante Dios
2:9 Que los esclavos se sometan a sus propios amos en todo, procuren agradarles y no los contradigan;
2:10 que no roben, sino que demuestren toda buena fidelidad, para que en todo adornen la enseñanza de Dios nuestro Salvador.
La gracia que salva y forma un pueblo para Cristo
2:11 Porque se ha manifestado la gracia de Dios, que trae salvación a todos los seres humanos,
2:12 y nos enseña a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, para vivir en esta era con dominio propio, justicia y piedad,
2:13 mientras esperamos la bienaventurada esperanza y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo,
2:14 quien se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo de su propiedad, celoso de buenas obras.
2:15 Habla estas cosas, exhorta y reprende con toda autoridad. Que nadie te desprecie.

Capítulo 3
La conducta pública del pueblo de Cristo
3:1 Recuérdales que se sometan a los gobernantes y autoridades, que obedezcan y estén preparados para toda buena obra;
3:2 que no difamen a nadie, que sean pacíficos y amables, mostrando toda mansedumbre hacia todos los seres humanos.
3:3 Porque también nosotros éramos antes insensatos, desobedientes, extraviados, esclavos de diversos deseos y placeres, viviendo en malicia y envidia, detestables y odiándonos unos a otros.
La misericordia que salva y renueva
3:4 Pero, cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor por la humanidad,
3:5 nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, mediante el lavamiento del nuevo nacimiento y la renovación del Espíritu Santo,
3:6 a quien derramó abundantemente sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Salvador,
3:7 para que, justificados por su gracia, llegáramos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.
3:8 Fiel es esta palabra, y quiero que insistas con firmeza en estas cosas, para que los que han creído en Dios procuren dedicarse a buenas obras. Estas cosas son buenas y provechosas para los seres humanos.
Disputas inútiles y personas que causan división
3:9 Pero evita las discusiones necias, las genealogías, las rivalidades y las disputas sobre la Ley, porque son inútiles y vacías.
3:10 Al que causa divisiones, recházalo después de una primera y una segunda amonestación,
3:11 sabiendo que tal persona se ha pervertido y peca, condenándose a sí misma.
Instrucciones personales
3:12 Cuando te envíe a Artemas o a Tíquico, procura venir a mí a Nicópolis, porque allí he decidido pasar el invierno.
3:13 Ayuda con empeño a Zenas, el experto en leyes, y a Apolos a continuar su viaje, para que no les falte nada.
3:14 Que también los nuestros aprendan a dedicarse a buenas obras para atender las necesidades apremiantes, a fin de que no sean infructuosos.
Salutaciones y bendición final
3:15 Todos los que están conmigo te saludan. Saluda a los que nos aman en la fe. La gracia sea con todos ustedes.

FILEMÓN

Capítulo 1
Salutación
1:1 Pablo, prisionero de Cristo Jesús, y el hermano Timoteo, a Filemón, nuestro amado colaborador,
1:2 a la hermana Apia, a Arquipo, nuestro compañero de lucha, y a la iglesia que se reúne en tu casa:
1:3 Gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
El amor y la fe de Filemón
1:4 Siempre doy gracias a mi Dios al mencionarte en mis oraciones,
1:5 porque oigo de tu amor y de la fe que tienes en el Señor Jesús, y de tu amor hacia todos los santos.
1:6 Que tu participación en la fe se vuelva eficaz mediante el conocimiento de todo el bien que hay en nosotros para Cristo.
1:7 Porque he recibido mucha alegría y consuelo por tu amor, pues por medio de ti, hermano, los corazones de los santos han recibido descanso.
Pablo intercede por Onésimo
1:8 Por eso, aunque tengo en Cristo plena libertad para ordenarte lo que conviene,
1:9 prefiero rogarte por amor, siendo yo como soy, Pablo, un anciano y ahora también prisionero de Cristo Jesús.
1:10 Te ruego por mi hijo Onésimo, a quien engendré en mis cadenas,
1:11 que antes te fue inútil, pero ahora es útil tanto para ti como para mí.
1:12 Te lo he enviado de vuelta, a él, que es mi propio corazón.
1:13 Yo quería retenerlo conmigo para que me sirviera en tu lugar mientras estoy encadenado por el evangelio.
1:14 Pero no quise hacer nada sin tu consentimiento, para que tu buena acción fuera voluntaria y no por obligación.
1:15 Porque tal vez se separó de ti por un tiempo precisamente para que lo recuperaras para siempre,
1:16 ya no como esclavo, sino más que esclavo: como un hermano amado. Lo es especialmente para mí, pero cuánto más para ti, tanto en la carne como en el Señor.
La acogida y el compromiso de Pablo
1:17 Por tanto, si me consideras tu compañero, recíbelo como a mí mismo.
1:18 Si te ha hecho algún agravio o te debe algo, cárgalo a mi cuenta.
1:19 Yo, Pablo, lo escribo de mi propia mano: yo lo pagaré. Por no decirte que incluso tú mismo te debes a mí.
1:20 Sí, hermano, que reciba yo este provecho de ti en el Señor. Da descanso a mi corazón en Cristo.
1:21 Te he escrito confiando en tu obediencia, sabiendo que harás aún más de lo que digo.
1:22 Al mismo tiempo, prepárame también alojamiento, porque espero que, por las oraciones de ustedes, me sea concedido volver a ustedes.
Salutaciones y bendición final
1:23 Te saluda Epafras, mi compañero de prisión en Cristo Jesús,
1:24 y también Marcos, Aristarco, Demas y Lucas, mis colaboradores.
1:25 La gracia del Señor Jesucristo sea con el espíritu de ustedes.

HEBREOS

Capítulo 1
Dios ha hablado por su Hijo
1:1 Dios, que antiguamente habló muchas veces y de muchas maneras a los padres por medio de los profetas,
1:2 en estos últimos días nos habló por medio de su Hijo, a quien designó heredero de todas las cosas y por medio de quien también hizo el universo.
1:3 Él es el resplandor de su gloria y la expresión exacta de su ser; sostiene todas las cosas con su palabra poderosa. Después de efectuar por sí mismo la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de la Majestad en las alturas,
1:4 habiendo llegado a ser tanto superior a los ángeles cuanto más excelente que el de ellos es el nombre que ha heredado.
El Hijo, superior a los ángeles

1:5 Porque ¿a cuál de los ángeles dijo alguna vez:
 «Tú eres mi Hijo;
   yo te he engendrado hoy»,
 y de nuevo:
 «Yo seré su Padre, y él será mi Hijo»?
1:6 Y, cuando introduce de nuevo al Primogénito en el mundo, dice:
 «Que lo adoren todos los ángeles de Dios».
1:7 En cuanto a los ángeles, dice:
 «Él hace de sus ángeles vientos y de sus servidores una llama de fuego».
1:8 Pero al Hijo dice:
 «Tu trono, oh Dios, es por los siglos de los siglos, y el cetro de rectitud es el cetro de tu reino.
1:9 Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad;
   por eso Dios, tu Dios, te ungió con aceite de alegría más que a tus compañeros».
1:10 Y:
 «Tú, Señor, en el principio pusiste los cimientos de la tierra, y los cielos son obra de tus manos.
1:11 Ellos perecerán, pero tú permaneces;
   todos envejecerán como una vestidura,
1:12 y los enrollarás como un manto;
   como una vestidura serán cambiados.
   Pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán».
1:13 ¿Y a cuál de los ángeles ha dicho alguna vez:
 «Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos como estrado de tus pies»?
1:14 ¿No son todos espíritus servidores, enviados para servir a los que han de heredar la salvación?

Capítulo 2
Una salvación tan grande
2:1 Por eso debemos prestar mucha más atención a lo que hemos oído, para que no nos desviemos.
2:2 Porque, si la palabra hablada por medio de ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió una justa retribución,
2:3 ¿cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande? Esta comenzó a ser anunciada por el Señor y nos fue confirmada por los que lo oyeron,
2:4 mientras Dios también daba testimonio con señales, prodigios, diversos milagros y distribuciones del Espíritu Santo conforme a su voluntad.
El autor de la salvación
2:5 Porque Dios no sometió a los ángeles el mundo venidero, del cual hablamos.
2:6 Pero alguien testificó en cierto lugar:
 «¿Qué es el ser humano para que te acuerdes de él, o el hijo de hombre para que te ocupes de él?
2:7 Lo hiciste por poco tiempo menor que los ángeles;
   lo coronaste de gloria y honor;
2:8 todo lo sometiste bajo sus pies».
 Al someterle todas las cosas, no dejó nada sin someterle. Sin embargo, ahora todavía no vemos todas las cosas sometidas a él.
2:9 Pero vemos a Jesús, que fue hecho por poco tiempo menor que los ángeles, coronado de gloria y honor por haber sufrido la muerte, para que, aparte de Dios, experimentara la muerte por todos.
2:10 Porque convenía que aquel para quien existen todas las cosas y por medio de quien existen todas las cosas, al llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionara mediante sufrimientos al autor de la salvación de ellos.
2:11 Porque tanto el que santifica como los que son santificados proceden todos de uno solo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos,
2:12 diciendo:
 «Anunciaré tu nombre a mis hermanos;
   en medio de la congregación te cantaré alabanzas».
2:13 Y otra vez:
 «Yo confiaré en él».
 Y de nuevo:
 «Aquí estoy yo y los hijos que Dios me dio».
2:14 Por tanto, puesto que los hijos comparten sangre y carne, él también participó de lo mismo, para anular por medio de la muerte al que tiene el poder de la muerte, es decir, al diablo,
2:15 y liberar a los que por temor a la muerte estaban sujetos a esclavitud durante toda su vida.
2:16 Porque ciertamente no viene en ayuda de los ángeles, sino de la descendencia de Abraham.
2:17 Por eso debía hacerse semejante en todo a sus hermanos, para ser un sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que se refiere a Dios, a fin de expiar los pecados del pueblo.
2:18 Porque, por haber sufrido él mismo al ser tentado, puede ayudar a los que son tentados.

Capítulo 3
Jesús es superior a Moisés
3:1 Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, consideren a Jesús, el apóstol y sumo sacerdote de nuestra confesión.
3:2 Él es fiel al que lo constituyó, como también lo fue Moisés en su casa.
3:3 Porque Jesús ha sido considerado digno de más gloria que Moisés, así como el que construye una casa tiene más honor que la casa misma.
3:4 Pues toda casa es construida por alguien, pero Dios es quien construyó todas las cosas.
3:5 Moisés fue fiel en toda su casa como servidor, para dar testimonio de lo que se hablaría después;
3:6 pero Cristo es fiel como Hijo sobre su casa. Y nosotros somos esa casa, si conservamos la confianza y el gloriarnos en la esperanza.
El reposo del pueblo de Dios

3:7 Por eso, como dice el Espíritu Santo:
 «Hoy, si oyen su voz,
3:8 no endurezcan sus corazones como en la rebelión, en el día de la prueba en el desierto,
3:9 donde sus padres me pusieron a prueba y vieron mis obras
3:10 durante cuarenta años.
   Por eso me indigné contra esta generación y dije: “Siempre se extravían en su corazón;
   no han conocido mis caminos”.
3:11 Así que juré en mi ira: “No entrarán en mi reposo”».
3:12 Cuídense, hermanos, de que no haya en ninguno de ustedes un corazón malvado e incrédulo que se aparte del Dios vivo.
3:13 Más bien, exhórtense unos a otros cada día, mientras todavía se dice «Hoy», para que ninguno de ustedes se endurezca por el engaño del pecado.
3:14 Porque hemos llegado a ser participantes de Cristo, si conservamos firme hasta el fin la confianza del principio,
3:15 mientras se dice: «Hoy, si oyen su voz, no endurezcan sus corazones como en la rebelión».
3:16 Porque ¿quiénes se rebelaron después de haber oído? ¿No fueron todos los que salieron de Egipto por medio de Moisés?
3:17 ¿Y contra quiénes se indignó durante cuarenta años? ¿No fue contra los que pecaron, cuyos cadáveres cayeron en el desierto?
3:18 ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a los que desobedecieron?
3:19 Vemos, pues, que no pudieron entrar por su incredulidad.

Capítulo 4
4:1 Temamos, por tanto, no sea que, permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de ustedes parezca no haberlo alcanzado.
4:2 Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena noticia, igual que a ellos; pero el mensaje que oyeron no les aprovechó, por no haberse unido en la fe a los que escucharon.
4:3 Porque los que hemos creído entramos en el reposo, como él ha dicho: «Así juré en mi ira: “No entrarán en mi reposo”», aunque sus obras quedaron realizadas desde la fundación del mundo.
4:4 Pues en cierto lugar ha dicho así acerca del séptimo día: «Y Dios reposó el séptimo día de todas sus obras».
4:5 Y de nuevo en este pasaje: «No entrarán en mi reposo».
4:6 Por tanto, puesto que todavía queda que algunos entren en él, y los que antes recibieron la buena noticia no entraron por desobediencia,
4:7 de nuevo fija un día: «Hoy», diciendo por medio de David, después de tanto tiempo, como ya se ha dicho: «Hoy, si oyen su voz, no endurezcan sus corazones».
4:8 Porque, si Josué les hubiera dado reposo, no habría hablado después de otro día.
4:9 Por tanto, queda un reposo sabático para el pueblo de Dios.
4:10 Porque el que ha entrado en su reposo también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas.
4:11 Esforcémonos, pues, por entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga siguiendo el mismo ejemplo de desobediencia.
4:12 Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.
4:13 Ninguna criatura está oculta delante de él; todas las cosas están desnudas y expuestas a los ojos de aquel a quien debemos rendir cuentas.
Jesús el gran sumo sacerdote
4:14 Por tanto, ya que tenemos un gran sumo sacerdote que atravesó los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, mantengamos nuestra confesión.
4:15 Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo de manera semejante a nosotros, pero sin pecado.
4:16 Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia y hallar gracia que nos ayude en el momento oportuno.

Capítulo 5
5:1 Porque todo sumo sacerdote, tomado de entre los seres humanos, es designado a favor de ellos en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.
5:2 Puede tratar con paciencia a los ignorantes y extraviados, puesto que él mismo está rodeado de debilidad.
5:3 Por causa de ella debe ofrecer sacrificios por los pecados, tanto por el pueblo como por sí mismo.
5:4 Nadie toma para sí este honor, sino que es llamado por Dios, como también lo fue Aarón.

5:5 Así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo para hacerse sumo sacerdote, sino que lo glorificó el que le dijo:
 «Tú eres mi Hijo;
   yo te he engendrado hoy».
5:6 Como también dice en otro lugar:
 «Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec».
5:7 Él, en los días de su carne, ofreció ruegos y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su reverencia.
5:8 Aunque era Hijo, aprendió la obediencia por lo que sufrió.
5:9 Y, habiendo sido perfeccionado, llegó a ser fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen,
5:10 designado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec.
Advertencia contra la apostasía
5:11 Acerca de esto tenemos mucho que decir, pero es difícil de explicar, porque se han vuelto lentos para escuchar.
5:12 Pues, aunque por el tiempo transcurrido ya deberían ser maestros, necesitan que alguien vuelva a enseñarles los principios elementales de las palabras de Dios. Han llegado a necesitar leche en vez de alimento sólido.
5:13 Porque todo el que se alimenta de leche es inexperto en la palabra de justicia, pues es un niño pequeño.
5:14 Pero el alimento sólido es para los maduros, los que mediante la práctica tienen sus sentidos ejercitados para distinguir el bien y el mal.

Capítulo 6
6:1 Por tanto, dejando la enseñanza elemental acerca de Cristo, avancemos hacia la madurez, sin volver a poner el fundamento del arrepentimiento de obras muertas y de la fe en Dios,
6:2 de la enseñanza sobre bautismos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno.
6:3 Y esto haremos, si Dios lo permite.
6:4 Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados, saborearon el don celestial y llegaron a participar del Espíritu Santo,
6:5 saborearon la buena palabra de Dios y los poderes de la era venidera,
6:6 y recayeron, sean renovados otra vez para arrepentimiento, pues crucifican de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y lo exponen a la vergüenza pública.
6:7 Porque la tierra que bebe la lluvia que cae sobre ella muchas veces y produce vegetación útil para aquellos por quienes es cultivada recibe bendición de Dios.
6:8 Pero, si produce espinos y cardos, es rechazada y está cerca de la maldición; su fin es ser quemada.
Perseverar en la esperanza de Cristo
6:9 Pero, en cuanto a ustedes, amados, estamos convencidos de cosas mejores, relacionadas con la salvación, aunque hablamos de esta manera.
6:10 Porque Dios no es injusto para olvidar su obra y el amor que mostraron hacia su nombre al servir a los santos, como todavía los sirven.
6:11 Deseamos que cada uno de ustedes muestre el mismo empeño hasta el fin, para la plena certeza de la esperanza,
6:12 a fin de que no se vuelvan perezosos, sino imitadores de los que por la fe y la paciencia heredan las promesas.
6:13 Porque, cuando Dios hizo la promesa a Abraham, como no tenía a nadie mayor por quien jurar, juró por sí mismo,
6:14 diciendo: «Ciertamente te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente».
6:15 Y así, después de esperar con paciencia, alcanzó la promesa.
6:16 Porque los seres humanos juran por uno mayor que ellos, y el juramento sirve de confirmación que pone fin a toda disputa entre ellos.
6:17 Por eso Dios, queriendo mostrar con mayor claridad a los herederos de la promesa que su propósito no cambia, intervino con un juramento,
6:18 para que, mediante dos cosas que no cambian, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fuerte aliento los que hemos buscado refugio para aferrarnos a la esperanza puesta delante de nosotros.
6:19 Esta esperanza la tenemos como un ancla del alma, segura y firme, que penetra hasta el interior, detrás del velo,
6:20 donde Jesús entró por nosotros como precursor, habiendo llegado a ser sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.

Capítulo 7
El sacerdocio de Melquisedec
7:1 Porque este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, salió al encuentro de Abraham cuando regresaba de la derrota de los reyes y lo bendijo.
7:2 A él Abraham también le entregó la décima parte de todo. Su nombre significa, primero, «rey de justicia»; y después es también rey de Salem, es decir, «rey de paz».
7:3 Sin padre, sin madre, sin genealogía, sin principio de días ni fin de vida, y hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre.
7:4 Consideren cuán grande era este, a quien Abraham, el patriarca, dio la décima parte del botín.
7:5 Los descendientes de Leví que reciben el sacerdocio tienen, según la Ley, el mandato de cobrar el diezmo al pueblo, es decir, a sus hermanos, aunque también estos proceden de los lomos de Abraham.
7:6 Pero aquel cuya genealogía no se cuenta entre ellos recibió el diezmo de Abraham y bendijo al que tenía las promesas.
7:7 Y, sin discusión alguna, el menor es bendecido por el mayor.
7:8 Aquí reciben los diezmos seres humanos que mueren; pero allí los recibe uno de quien se da testimonio de que vive.
7:9 Y, por decirlo así, también Leví, el que recibe los diezmos, pagó el diezmo por medio de Abraham,
7:10 porque todavía estaba en los lomos de su padre cuando Melquisedec salió a su encuentro.
El sacerdocio definitivo de Jesús
7:11 Por tanto, si la perfección se alcanzara mediante el sacerdocio levítico —pues bajo él recibió el pueblo la Ley—, ¿qué necesidad habría todavía de que surgiera otro sacerdote según el orden de Melquisedec, en vez de ser llamado según el orden de Aarón?
7:12 Porque, cuando cambia el sacerdocio, necesariamente se produce también un cambio de ley.
7:13 Pues aquel de quien se dicen estas cosas pertenece a otra tribu, de la cual nadie ha servido al altar.
7:14 Porque es evidente que nuestro Señor surgió de Judá, tribu de la cual Moisés no habló nada acerca de sacerdotes.
7:15 Esto resulta aún más evidente si surge otro sacerdote a semejanza de Melquisedec,
7:16 que ha llegado a serlo, no según un mandamiento legal basado en la descendencia física, sino conforme al poder de una vida indestructible.
7:17 Porque se da testimonio de él: «Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec».
7:18 Así, el mandamiento anterior queda anulado por su debilidad e inutilidad,
7:19 pues la Ley no perfeccionó nada; pero se introduce una esperanza mejor, mediante la cual nos acercamos a Dios.
Jesús garantiza un pacto mejor
7:20 Y esto no sucedió sin juramento, porque los otros llegaron a ser sacerdotes sin juramento,
7:21 pero él con juramento, por medio del que le dijo: «El Señor juró y no se arrepentirá: “Tú eres sacerdote para siempre”».
7:22 En esa misma medida, Jesús ha llegado a ser garantía de un pacto mejor.
7:23 Los otros llegaron a ser muchos sacerdotes, porque la muerte les impedía continuar.
7:24 Pero él, por permanecer para siempre, posee un sacerdocio permanente.
7:25 Por eso también puede salvar completamente a los que se acercan a Dios por medio de él, porque vive siempre para interceder por ellos.
7:26 Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y exaltado por encima de los cielos.
7:27 Él no necesita, como los sumos sacerdotes, ofrecer sacrificios cada día, primero por sus propios pecados y después por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre al ofrecerse a sí mismo.
7:28 Pues la Ley designa como sumos sacerdotes a seres humanos sujetos a debilidad; pero la palabra del juramento, posterior a la Ley, designa al Hijo, perfeccionado para siempre.

Capítulo 8
El mediador de un nuevo pacto
8:1 El punto principal de lo que decimos es este: tenemos tal sumo sacerdote, que se sentó a la derecha del trono de la Majestad en los cielos,
8:2 servidor del santuario y del verdadero tabernáculo, que levantó el Señor y no un ser humano.
8:3 Porque todo sumo sacerdote es designado para ofrecer dones y sacrificios; por eso es necesario que también este tenga algo que ofrecer.
8:4 Si estuviera en la tierra, ni siquiera sería sacerdote, porque ya hay quienes ofrecen los dones conforme a la Ley.
8:5 Ellos sirven a una figura y sombra de las cosas celestiales, tal como Moisés fue advertido cuando iba a construir el tabernáculo. Porque dijo: «Mira, harás todo conforme al modelo que te fue mostrado en el monte».
8:6 Pero ahora él ha obtenido un ministerio tanto más excelente cuanto es mediador de un pacto mejor, establecido sobre promesas mejores.
El nuevo pacto anunciado por Dios
8:7 Porque, si aquel primer pacto hubiera sido irreprochable, no se habría buscado lugar para un segundo.
8:8 Pues, al reprenderlos, dice:
 «Miren, vienen días, dice el Señor, en que estableceré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá.
8:9 Será diferente del pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto, porque ellos no permanecieron en mi pacto, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor.
8:10 Porque este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: pondré mis leyes en su mente y las escribiré en sus corazones.
   Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.
8:11 Ninguno enseñará a su conciudadano ni ninguno a su hermano, diciendo: “Conoce al Señor”, porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos.
8:12 Porque seré misericordioso con sus injusticias y nunca más recordaré sus pecados».
8:13 Al decir «nuevo», ha hecho antiguo al primero; y lo que se hace antiguo y envejece está cerca de desaparecer.

Capítulo 9
El culto del primer pacto y sus límites
9:1 Ahora bien, el primer pacto tenía normas para el culto y un santuario terrenal.
9:2 Porque se preparó un tabernáculo cuya primera parte, donde estaban el candelabro, la mesa y los panes de la presencia, se llama Lugar Santo.
9:3 Detrás del segundo velo estaba la parte del tabernáculo llamada Lugar Santísimo,
9:4 que tenía un altar de oro para el incienso y el arca del pacto, recubierta de oro por todas partes. En ella había un recipiente de oro con el maná, la vara de Aarón que había brotado y las tablas del pacto.
9:5 Sobre ella estaban los querubines de gloria, que cubrían con su sombra el propiciatorio. Pero ahora no es posible hablar de estas cosas en detalle.
9:6 Dispuestas así estas cosas, los sacerdotes entran continuamente en la primera parte del tabernáculo para realizar los servicios del culto.
9:7 Pero en la segunda entra solamente el sumo sacerdote una vez al año, y no sin sangre, que ofrece por sí mismo y por los pecados que el pueblo cometió por ignorancia.
9:8 Con esto el Espíritu Santo da a entender que aún no se ha revelado el camino al Lugar Santísimo mientras la primera parte del tabernáculo permanezca en pie.
9:9 Esto es un símbolo para el tiempo presente, según el cual se ofrecen dones y sacrificios que no pueden perfeccionar al que rinde culto en lo que respecta a su conciencia.
9:10 Son solo disposiciones sobre alimentos, bebidas y diversos lavamientos: normas para el cuerpo impuestas hasta el tiempo de la reforma.
Jesucristo y la redención eterna
9:11 Pero Cristo se presentó como sumo sacerdote de los bienes que ya han llegado y, a través del tabernáculo más grande y más perfecto, no hecho por manos humanas, es decir, que no pertenece a esta creación,
9:12 entró de una vez para siempre en el Lugar Santísimo, no por medio de sangre de machos cabríos y becerros, sino por su propia sangre, habiendo obtenido redención eterna.
9:13 Porque si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de una novilla rociada sobre los que se han contaminado, santifican para la purificación del cuerpo,
9:14 ¡cuánto más la sangre de Cristo, quien por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de obras muertas para que rindamos culto al Dios vivo!
La muerte que hace posible la herencia
9:15 Por eso él es mediador de un nuevo pacto, para que, habiendo ocurrido una muerte para la redención de las transgresiones cometidas bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna.
9:16 Porque donde hay un testamento es necesario que se compruebe la muerte del que lo hizo.
9:17 Pues un testamento tiene validez en caso de muerte, ya que nunca tiene vigor mientras vive el que lo hizo.
9:18 Por eso ni siquiera el primer pacto fue inaugurado sin sangre.
9:19 Porque, después de anunciar todos los mandamientos conforme a la ley a todo el pueblo, Moisés tomó la sangre de los becerros, con agua, lana escarlata e hisopo, y roció tanto el libro mismo como a todo el pueblo,
9:20 diciendo: «Esta es la sangre del pacto que Dios les ha ordenado».
9:21 De la misma manera roció con sangre el tabernáculo y todos los utensilios del culto.
9:22 Según la ley, casi todo se purifica con sangre, y sin derramamiento de sangre no hay perdón.
El sacrificio de Cristo quita el pecado
9:23 Era necesario, por tanto, que las representaciones de las cosas que están en los cielos fueran purificadas con estos medios, pero las cosas celestiales mismas, con sacrificios mejores que estos.
9:24 Porque Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, representación del verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante Dios a favor de nosotros.
9:25 Y no para ofrecerse a sí mismo repetidamente, como el sumo sacerdote entra cada año en el Lugar Santísimo con sangre ajena.
9:26 De otro modo, habría tenido que sufrir muchas veces desde la fundación del mundo. Pero ahora, en la consumación de los tiempos, se ha manifestado una sola vez para quitar el pecado mediante su propio sacrificio.
9:27 Y así como está establecido para los seres humanos que mueran una sola vez, y después de esto el juicio,
9:28 así también Cristo, habiendo sido ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvación de los que lo esperan con anhelo.

Capítulo 10
El límite de los sacrificios repetidos
10:1 Porque la ley, al tener una sombra de los bienes futuros y no la imagen misma de las cosas, nunca puede perfeccionar a los que se acercan mediante los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente año tras año.
10:2 De otro modo, ¿no habrían dejado de ofrecerse, puesto que quienes rinden culto, una vez purificados, ya no tendrían conciencia de pecados?
10:3 Pero en esos sacrificios hay un recordatorio de pecados cada año,
10:4 porque es imposible que la sangre de toros y de machos cabríos quite los pecados.
Jesús cumple la voluntad del Padre

10:5 Por eso, al entrar en el mundo, dice:
 «No quisiste sacrificio ni ofrenda, pero me preparaste un cuerpo.
10:6 No te complaciste en holocaustos ni en sacrificios por el pecado.
10:7 Entonces dije: “Aquí estoy —en el rollo del libro está escrito acerca de mí— para hacer tu voluntad, oh Dios”».
10:8 Primero dice: «No quisiste ni te complaciste en sacrificios, ofrendas, holocaustos ni sacrificios por el pecado», que se ofrecen conforme a la ley.
10:9 Luego dice: «Aquí estoy para hacer tu voluntad». Quita lo primero para establecer lo segundo.
10:10 Por esa voluntad hemos sido santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha de una vez para siempre.
Una sola ofrenda para siempre
10:11 Todo sacerdote permanece de pie día tras día realizando su servicio y ofreciendo repetidamente los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados.
10:12 Pero él, después de ofrecer un solo sacrificio por los pecados para siempre, se sentó a la derecha de Dios,
10:13 esperando desde entonces hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies.
10:14 Porque con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que están siendo santificados.
10:15 También el Espíritu Santo nos da testimonio; porque, después de decir:
10:16 «Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días —dice el Señor—: pondré mis leyes en sus corazones y las escribiré en su mente»,
10:17 añade:
 «Y nunca más recordaré sus pecados ni sus transgresiones».
10:18 Ahora bien, donde hay perdón de estas cosas, ya no hay ofrenda por el pecado.
Acceso a Dios y perseverancia en comunidad
10:19 Así pues, hermanos, ya que tenemos confianza para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesús,
10:20 por el camino nuevo y vivo que él inauguró para nosotros a través del velo, es decir, de su carne,
10:21 y un gran sacerdote sobre la casa de Dios,
10:22 acerquémonos con corazón sincero, en plena certeza de fe, con los corazones purificados de una mala conciencia por aspersión y con el cuerpo lavado con agua pura.
10:23 Mantengamos firme, sin vacilar, la confesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.
10:24 Y prestémonos atención unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras,
10:25 sin dejar de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino animándonos unos a otros, y tanto más cuanto ven que el día se acerca.
El peligro de rechazar al Hijo de Dios
10:26 Porque si seguimos pecando deliberadamente después de haber recibido el pleno conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio por los pecados,
10:27 sino una terrible expectativa de juicio y la furia de un fuego que ha de devorar a los adversarios.
10:28 El que rechaza la ley de Moisés muere sin compasión por el testimonio de dos o tres testigos.
10:29 ¿Cuánto peor castigo piensan que merecerá el que ha pisoteado al Hijo de Dios, ha considerado profana la sangre del pacto por la cual fue santificado y ha ultrajado al Espíritu de gracia?
10:30 Porque conocemos al que dijo: «Mía es la venganza; yo daré el pago». Y otra vez: «El Señor juzgará a su pueblo».
10:31 ¡Es aterrador caer en manos del Dios vivo!
Perseverar con la esperanza de lo prometido
10:32 Pero recuerden los días pasados, cuando, después de haber sido iluminados, soportaron una gran lucha de sufrimientos.
10:33 Unas veces fueron expuestos públicamente a insultos y aflicciones, y otras se hicieron compañeros de los que eran tratados de esa manera.
10:34 Porque tuvieron compasión de los prisioneros y aceptaron con alegría el despojo de sus bienes, sabiendo que ustedes mismos tienen una posesión mejor y duradera.
10:35 Por tanto, no desechen su confianza, que tiene una gran recompensa.
10:36 Porque necesitan perseverancia para que, después de hacer la voluntad de Dios, reciban lo prometido.
10:37 Porque «dentro de muy poco tiempo, el que viene vendrá y no tardará.
10:38 Pero mi justo vivirá por fe; y si retrocede, mi alma no se complace en él».
10:39 Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para la preservación del alma.

Capítulo 11
La fe que persevera en las promesas de Dios
11:1 Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.
11:2 Porque por ella los antiguos recibieron buen testimonio.
11:3 Por la fe entendemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve no llegó a existir a partir de cosas visibles.
Abel, Enoc y Noé: responder a Dios
11:4 Por la fe Abel ofreció a Dios un sacrificio mejor que el de Caín. Por ella recibió testimonio de que era justo, cuando Dios dio testimonio de sus ofrendas; y por ella, aunque murió, todavía habla.
11:5 Por la fe Enoc fue trasladado para no ver la muerte, y no se le encontraba porque Dios lo había trasladado. Pues antes de su traslado había recibido testimonio de haber agradado a Dios.
11:6 Pero sin fe es imposible agradarle, pues el que se acerca a Dios debe creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan.
11:7 Por la fe Noé, advertido acerca de cosas que todavía no se veían, construyó con temor reverente un arca para salvar a su familia. Por esa fe condenó al mundo y llegó a ser heredero de la justicia que viene por la fe.
Abraham y Sara: confiar durante la espera
11:8 Por la fe Abraham, al ser llamado, obedeció y salió hacia el lugar que iba a recibir como herencia. Salió sin saber adónde iba.
11:9 Por la fe habitó como extranjero en la tierra de la promesa, como si fuera tierra ajena, viviendo en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa.
11:10 Porque esperaba la ciudad que tiene cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.
11:11 Por la fe recibió también, junto con Sara misma, poder para engendrar, aun pasada la edad apropiada, porque consideró fiel al que había hecho la promesa.
11:12 Por eso, de un solo hombre, y ese ya como muerto, nació una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo e incontable como la arena a la orilla del mar.
Una patria preparada por Dios
11:13 Todos estos murieron en la fe sin haber recibido las promesas, pero las vieron y las saludaron desde lejos, y reconocieron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra.
11:14 Porque los que dicen estas cosas dejan claro que buscan una patria.
11:15 Y si hubieran estado pensando en aquella de donde salieron, habrían tenido oportunidad de regresar.
11:16 Pero ahora anhelan una mejor, es decir, una celestial. Por eso Dios no se avergüenza de ser llamado el Dios de ellos, pues les ha preparado una ciudad.
Confiar en Dios ante la prueba y la muerte
11:17 Por la fe Abraham, al ser puesto a prueba, ofreció a Isaac; el que había recibido las promesas ofrecía a su único hijo,
11:18 aunque se le había dicho: «En Isaac será llamada tu descendencia».
11:19 Consideró que Dios podía incluso resucitarlo de entre los muertos, de donde también, en sentido figurado, lo recibió de vuelta.
11:20 Por la fe Isaac bendijo a Jacob y a Esaú, aun respecto a cosas futuras.
11:21 Por la fe Jacob, al morir, bendijo a cada uno de los hijos de José y adoró apoyado en el extremo de su bastón.
11:22 Por la fe José, al acercarse su muerte, mencionó la salida de los hijos de Israel y dio instrucciones acerca de sus huesos.
Moisés: fidelidad frente al poder de Egipto
11:23 Por la fe Moisés, al nacer, fue escondido por sus padres durante tres meses, porque vieron que el niño era hermoso y no temieron el decreto del rey.
11:24 Por la fe Moisés, cuando llegó a ser adulto, se negó a ser llamado hijo de la hija del faraón,
11:25 y prefirió ser maltratado con el pueblo de Dios antes que disfrutar por un tiempo de los placeres del pecado.
11:26 Consideró los insultos por causa de Cristo una riqueza mayor que los tesoros de Egipto, porque tenía la mirada puesta en la recompensa.
11:27 Por la fe dejó Egipto sin temer la ira del rey, pues se mantuvo firme como si viera al Invisible.
11:28 Por la fe celebró la Pascua y la aspersión de la sangre, para que el que destruía a los primogénitos no los tocara a ellos.
La fe en la liberación y la entrada en la tierra
11:29 Por la fe atravesaron el mar Rojo como por tierra seca; pero cuando los egipcios intentaron hacer lo mismo, se ahogaron.
11:30 Por la fe cayeron las murallas de Jericó, después de haber sido rodeadas durante siete días.
11:31 Por la fe Rahab, la prostituta, no pereció con los desobedientes, porque había recibido a los espías en paz.
Victorias y sufrimientos por la fe
11:32 ¿Y qué más diré? Me faltaría tiempo para contar de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas,
11:33 quienes por la fe conquistaron reinos, practicaron la justicia, alcanzaron promesas, cerraron bocas de leones,
11:34 apagaron la fuerza del fuego, escaparon del filo de la espada, sacaron fuerzas de la debilidad, se hicieron poderosos en la guerra y pusieron en fuga a ejércitos extranjeros.
Esperanza en la resurrección en medio del sufrimiento
11:35 Hubo mujeres que recibieron a sus muertos por resurrección. Pero otros fueron torturados sin aceptar la liberación, a fin de alcanzar una resurrección mejor.
11:36 Otros sufrieron burlas y azotes, y además cadenas y cárcel.
11:37 Fueron apedreados, aserrados y muertos a espada; anduvieron de un lugar a otro con pieles de ovejas y de cabras, padeciendo necesidad, afligidos y maltratados.
11:38 El mundo no era digno de ellos. Anduvieron errantes por desiertos, montañas, cuevas y cavernas de la tierra.
La promesa que reúne al pueblo de Dios
11:39 Y todos, aunque recibieron buen testimonio por la fe, no recibieron la promesa,
11:40 porque Dios había previsto algo mejor para nosotros, para que ellos no llegaran a la perfección aparte de nosotros.

Capítulo 12
Puestos los ojos en Jesús
12:1 Por tanto, también nosotros, rodeados de una nube tan grande de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos enreda, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante,
12:2 puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo que tenía por delante soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la derecha del trono de Dios.
12:3 Consideren, pues, a aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no se cansen ni pierdan el ánimo.
12:4 Todavía no han resistido hasta derramar sangre en su lucha contra el pecado,
El Padre forma a sus hijos

12:5 y han olvidado la exhortación que se les dirige como a hijos:
 «Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor ni te desanimes cuando él te reprenda,
12:6 porque el Señor disciplina al que ama y azota a todo hijo que recibe».
12:7 Soporten la disciplina; Dios los trata como a hijos. Porque ¿qué hijo hay a quien su padre no discipline?
12:8 Pero si están sin disciplina, de la cual todos han participado, entonces son ilegítimos y no hijos.
12:9 Además, tuvimos padres terrenales que nos disciplinaban, y los respetábamos. ¿No nos someteremos mucho más al Padre de los espíritus, y viviremos?
12:10 Porque ellos nos disciplinaban por pocos días según les parecía, pero él lo hace para nuestro bien, para que participemos de su santidad.
12:11 En el momento, ninguna disciplina parece motivo de alegría, sino de tristeza; pero después produce un fruto apacible de justicia en los que han sido ejercitados por ella.
Fortalecerse y cuidar de los demás
12:12 Por eso, levanten las manos caídas y fortalezcan las rodillas debilitadas,
12:13 y hagan caminos rectos para sus pies, para que lo cojo no se disloque, sino que sea sanado.
La paz, la santidad y la gracia de Dios
12:14 Busquen la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.
12:15 Vigilen que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios, que no brote ninguna raíz de amargura que cause problemas y contamine a muchos,
12:16 y que nadie sea sexualmente inmoral o profano como Esaú, que vendió su primogenitura por una sola comida.
12:17 Porque saben que aun después, cuando quiso heredar la bendición, fue rechazado, pues no halló oportunidad para el arrepentimiento, aunque la buscó con lágrimas.
Del Sinaí a la Jerusalén celestial
12:18 Porque no se han acercado a algo que se pueda tocar, ni a fuego ardiente, oscuridad, tinieblas o tempestad,
12:19 ni a sonido de trompeta o a una voz que pronunciaba palabras tales que quienes la oyeron rogaron que no se les dijera nada más.
12:20 Porque no soportaban lo que se ordenaba: «Incluso si un animal toca el monte, será apedreado».
12:21 Y tan aterrador era lo que se veía que Moisés dijo: «Estoy lleno de miedo y temblando».
12:22 En cambio, se han acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miles y miles de ángeles en reunión festiva,
12:23 a la congregación de los primogénitos inscritos en los cielos, a Dios, juez de todos, y a los espíritus de los justos que han sido perfeccionados,
12:24 a Jesús, mediador de un nuevo pacto, y a la sangre de la aspersión, que dice cosas mejores que Abel.
Un reino que no puede ser sacudido
12:25 Tengan cuidado de no rechazar al que habla. Porque si aquellos no escaparon cuando rechazaron al que los advertía en la tierra, mucho menos escaparemos nosotros si nos apartamos del que nos advierte desde los cielos.
12:26 Su voz hizo temblar entonces la tierra, pero ahora ha prometido: «Una vez más haré temblar no solo la tierra, sino también el cielo».
12:27 La expresión «una vez más» indica la remoción de las cosas que son sacudidas, por ser cosas creadas, para que permanezcan las que no pueden ser sacudidas.
12:28 Por tanto, ya que recibimos un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella rindamos a Dios un culto que le agrade, con reverencia y temor,
12:29 porque nuestro Dios es fuego consumidor.

Capítulo 13
Deberes cristianos
13:1 Que permanezca el amor fraternal.
13:2 No se olviden de la hospitalidad, pues por ella algunos hospedaron ángeles sin saberlo.
13:3 Acuérdense de los presos como si estuvieran presos con ellos, y de los maltratados, pues también ustedes están en un cuerpo.
13:4 Que el matrimonio sea honrado por todos y el lecho matrimonial permanezca sin mancha, porque Dios juzgará a los sexualmente inmorales y a los adúlteros.
13:5 Que su conducta esté libre del amor al dinero; conténtense con lo que tienen, porque él mismo ha dicho: «Nunca te dejaré ni jamás te abandonaré».
13:6 Así podemos decir con confianza:
 «El Señor es mi ayudador;
   no temeré.
   ¿Qué podrá hacerme el hombre?».
Permanecer en Jesucristo y en su gracia
13:7 Acuérdense de sus guías, que les hablaron la palabra de Dios. Consideren el resultado de su conducta e imiten su fe.
13:8 Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos.
13:9 No se dejen llevar por enseñanzas diversas y extrañas, porque es bueno que el corazón sea fortalecido por la gracia, no por alimentos, que no beneficiaron a quienes se ocupaban de ellos.
Jesús, el sacrificio que santifica
13:10 Tenemos un altar del que no tienen derecho a comer los que sirven en el tabernáculo.
13:11 Porque los cuerpos de los animales cuya sangre lleva el sumo sacerdote al santuario por el pecado se queman fuera del campamento.
13:12 Por eso también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, sufrió fuera de la puerta.
13:13 Salgamos, pues, hacia él, fuera del campamento, llevando su deshonra.
13:14 Porque aquí no tenemos una ciudad permanente, sino que buscamos la que está por venir.
13:15 Por medio de él, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de labios que confiesan su nombre.
13:16 Y no se olviden de hacer el bien y de compartir, porque Dios se complace en tales sacrificios.
El cuidado pastoral y la oración
13:17 Obedezcan a sus guías y sométanse a ellos, porque velan por sus almas como quienes han de rendir cuentas. Que lo hagan con alegría y no entre gemidos, porque esto no les sería provechoso.
13:18 Oren por nosotros, pues estamos convencidos de tener una buena conciencia y deseamos conducirnos honradamente en todo.
13:19 Les ruego especialmente que lo hagan, para que yo pueda volver a ustedes más pronto.
Bendición y salutaciones finales
13:20 Que el Dios de paz, que por la sangre del pacto eterno levantó de entre los muertos al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesús,
13:21 los prepare con todo lo bueno para hacer su voluntad, obrando en nosotros lo que es agradable ante él por medio de Jesucristo. A él sea la gloria por los siglos. Amén.
13:22 Les ruego, hermanos, que reciban con paciencia esta palabra de exhortación, pues les he escrito brevemente.
13:23 Sepan que nuestro hermano Timoteo ha sido puesto en libertad. Si viene pronto, iré con él a verlos.
13:24 Saluden a todos sus guías y a todos los santos. Los de Italia los saludan.
13:25 Que la gracia esté con todos ustedes.

SANTIAGO

Capítulo 1
Saludo a los creyentes de la dispersión
1:1 Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus en la dispersión: saludos.
La fe madura en las pruebas
1:2 Ténganlo por sumo gozo, hermanos míos, cuando se encuentren en diversas pruebas,
1:3 sabiendo que la prueba de su fe produce perseverancia.
1:4 Pero dejen que la perseverancia complete su obra, para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada.
Pedir sabiduría con un corazón fiel
1:5 Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios, quien da a todos generosamente y sin reprochar, y le será dada.
1:6 Pero que la pida con fe, sin dudar en nada, porque quien duda es como una ola del mar que el viento arrastra y agita.
1:7 Que ese hombre no piense, pues, que recibirá algo del Señor,
1:8 siendo un hombre de doble ánimo, inconstante en todos sus caminos.
Pobreza y riqueza ante Dios
1:9 Que el hermano de condición humilde se gloríe en su exaltación,
1:10 y el rico en su humillación, porque pasará como la flor de la hierba.
1:11 Porque el sol sale con su calor abrasador y seca la hierba; su flor cae y la belleza de su apariencia desaparece. Así también se marchitará el rico en medio de sus empresas.
La vida prometida al que persevera
1:12 Bienaventurado el hombre que persevera en la prueba, porque, una vez aprobado, recibirá la corona de la vida que él prometió a los que lo aman.
El origen de la tentación y la bondad de Dios
1:13 Que nadie diga cuando es tentado: «Soy tentado por Dios». Porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie.
1:14 Al contrario, cada uno es tentado cuando su propio deseo lo arrastra y lo seduce.
1:15 Luego el deseo, cuando ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, cuando se consuma, da a luz la muerte.
1:16 No se engañen, amados hermanos míos.
1:17 Toda buena dádiva y todo don perfecto vienen de lo alto y descienden del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de variación.
1:18 Por su propia voluntad nos hizo nacer mediante la palabra de verdad, para que seamos una especie de primicias de sus criaturas.
Escuchar la palabra y vivirla
1:19 Sepan esto, amados hermanos míos: que toda persona sea pronta para escuchar, lenta para hablar y lenta para enojarse,
1:20 porque la ira humana no produce la justicia de Dios.
1:21 Por eso, desechen toda suciedad y la abundancia de maldad, y reciban con mansedumbre la palabra implantada, que puede salvar sus almas.
1:22 Sean hacedores de la palabra y no solamente oyentes, engañándose a ustedes mismos.
1:23 Porque si alguno escucha la palabra pero no la pone en práctica, se parece a un hombre que observa su rostro natural en un espejo:
1:24 se observa, se va e inmediatamente olvida cómo era.
1:25 Pero el que mira atentamente la ley perfecta, la de la libertad, y permanece en ella, sin ser un oyente olvidadizo sino uno que pone manos a la obra, será bienaventurado en lo que hace.
Una devoción que se ve en la vida
1:26 Si alguno se cree religioso pero no refrena su lengua, sino que engaña a su propio corazón, su religión es inútil.
1:27 La religión pura y sin mancha delante de Dios y Padre es esta: cuidar de los huérfanos y de las viudas en su aflicción, y guardarse sin mancha del mundo.

Capítulo 2
La fe en Cristo excluye el favoritismo
2:1 Hermanos míos, no muestren favoritismo al mantener la fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo.
2:2 Porque, si entra en su reunión un hombre con anillos de oro y ropa espléndida, y también entra un pobre con ropa sucia,
2:3 y ustedes miran con atención al que lleva la ropa espléndida y le dicen: «Tú siéntate aquí, en un buen lugar», mientras al pobre le dicen: «Tú quédate de pie, o siéntate allá, debajo de mi estrado»,
2:4 ¿no han hecho distinciones entre ustedes y se han convertido en jueces con malos razonamientos?
2:5 Escuchen, hermanos míos amados: ¿no escogió Dios a los pobres a los ojos del mundo para ser ricos en fe y herederos del reino que prometió a los que lo aman?
2:6 Pero ustedes han deshonrado al pobre. ¿No son los ricos quienes los oprimen y los arrastran a los tribunales?
2:7 ¿No blasfeman ellos el buen nombre que fue invocado sobre ustedes?
El amor al prójimo frente al favoritismo
2:8 Si de verdad cumplen la ley real conforme a la Escritura: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», hacen bien.
2:9 Pero, si hacen acepción de personas, cometen pecado y la Ley los declara culpables como transgresores.
2:10 Porque el que guarda toda la Ley, pero tropieza en un solo punto, se hace culpable de todos.
2:11 Pues el que dijo: «No cometerás adulterio», también dijo: «No asesinarás». Si no cometes adulterio, pero asesinas, te has convertido en transgresor de la Ley.
La misericordia y el juicio
2:12 Hablen y actúen como quienes van a ser juzgados por la ley de la libertad.
2:13 Porque el juicio será sin misericordia para el que no haya mostrado misericordia. La misericordia triunfa sobre el juicio.
La fe viva se reconoce en sus obras
2:14 ¿De qué sirve, hermanos míos, que alguno diga que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso puede esa fe salvarlo?
2:15 Si un hermano o una hermana carecen de ropa y les falta el alimento diario,
2:16 y alguno de ustedes les dice: «Vayan en paz, abríguense y sáciense», pero no les dan lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?
2:17 Así también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma.
2:18 Pero alguno dirá: «Tú tienes fe y yo tengo obras». Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré la fe por mis obras.
2:19 ¿Tú crees que Dios es uno? Haces bien. También los demonios creen y tiemblan.
2:20 Pero ¿quieres saber, hombre insensato, que la fe sin obras es inútil?
Abraham y Rahab: una confianza que actúa
2:21 ¿No fue justificado por las obras Abraham, nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?
2:22 Ves que la fe actuaba junto con sus obras, y que por las obras la fe llegó a su plenitud.
2:23 Y se cumplió la Escritura que dice: «Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia», y fue llamado amigo de Dios.
2:24 Ven que una persona es justificada por las obras, y no solamente por la fe.
2:25 De igual manera, ¿no fue también justificada por las obras Rahab, la prostituta, al recibir a los mensajeros y enviarlos por otro camino?
2:26 Porque, así como el cuerpo sin espíritu está muerto, también la fe sin obras está muerta.

Capítulo 3
La responsabilidad de enseñar y hablar
3:1 Hermanos míos, que no se hagan maestros muchos de ustedes, sabiendo que recibiremos un juicio más severo.
3:2 Porque todos tropezamos de muchas maneras. Si alguno no tropieza al hablar, es un hombre perfecto, capaz de refrenar también todo su cuerpo.
3:3 Si ponemos frenos en la boca de los caballos para que nos obedezcan, dirigimos también todo su cuerpo.
3:4 Miren también los barcos: aunque son tan grandes e impulsados por fuertes vientos, un timón muy pequeño los dirige adonde quiere quien los gobierna.
El daño que puede causar la lengua
3:5 Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. ¡Miren qué gran bosque enciende un fuego tan pequeño!
3:6 La lengua es un fuego, un mundo de injusticia. La lengua ocupa un lugar entre nuestros miembros, contamina todo el cuerpo, enciende el curso de la vida y es encendida por el infierno.
3:7 Porque toda clase de fieras, aves, reptiles y animales marinos se doma y ha sido domada por el ser humano.
3:8 Pero ningún ser humano puede domar la lengua. Es un mal turbulento, lleno de veneno mortal.
Adorar a Dios exige honrar al prójimo
3:9 Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los seres humanos, que han sido hechos a semejanza de Dios.
3:10 De la misma boca salen bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así.
3:11 ¿Acaso una fuente hace brotar agua dulce y amarga por la misma abertura?
3:12 Hermanos míos, ¿acaso una higuera puede producir aceitunas, o una vid higos? Tampoco el agua salada puede producir agua dulce.
La sabiduría se reconoce por sus frutos
3:13 ¿Quién es sabio y entendido entre ustedes? Que muestre por su buena conducta sus obras con la mansedumbre que da la sabiduría.
3:14 Pero si tienen celos amargos y ambición egoísta en su corazón, no se jacten ni mientan contra la verdad.
3:15 Esta no es la sabiduría que desciende de lo alto, sino que es terrenal, natural y demoníaca.
3:16 Porque donde hay celos y ambición egoísta, allí hay desorden y toda práctica perversa.
3:17 Pero la sabiduría de lo alto es ante todo pura; después pacífica, considerada, dócil, llena de misericordia y de buenos frutos, imparcial y sin hipocresía.
3:18 Y el fruto de la justicia se siembra en paz para quienes hacen la paz.

Capítulo 4
Los deseos que alimentan el conflicto
4:1 ¿De dónde vienen las guerras y de dónde las peleas entre ustedes? ¿No vienen de sus placeres, que combaten en sus miembros?
4:2 Desean y no tienen; matan y envidian, pero no pueden obtener. Pelean y hacen guerra. No tienen porque no piden.
4:3 Piden y no reciben, porque piden mal, para gastar en sus placeres.
Volver a Dios con una fidelidad íntegra
4:4 ¡Adúlteras! ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad contra Dios? Por tanto, el que quiera ser amigo del mundo se convierte en enemigo de Dios.
4:5 ¿O piensan que la Escritura dice en vano: «Él anhela celosamente el espíritu que hizo habitar en nosotros»?
4:6 Pero él da mayor gracia. Por eso dice: «Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes».
El retorno humilde al Señor
4:7 Sométanse, pues, a Dios. Resistan al diablo, y huirá de ustedes.
4:8 Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes. Limpien sus manos, pecadores, y purifiquen sus corazones, ustedes de doble ánimo.
4:9 Aflíjanse, laméntense y lloren. Que su risa se convierta en lamento y su alegría en tristeza.
4:10 Humíllense ante el Señor, y él los exaltará.
El prójimo ante la ley de Dios
4:11 No hablen mal unos de otros, hermanos. El que habla mal de un hermano o juzga a su hermano habla mal de la ley y juzga la ley. Y si tú juzgas la ley, no eres quien la cumple, sino su juez.
4:12 Uno solo es legislador y juez, el que puede salvar y destruir. Pero tú, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?
Planes y decisiones bajo el Señor
4:13 Escuchen ahora, ustedes que dicen: «Hoy o mañana iremos a tal ciudad, pasaremos allí un año, haremos negocios y tendremos ganancias».
4:14 Ustedes no saben cómo será su vida mañana. Porque son un vapor que aparece por poco tiempo y luego desaparece.
4:15 En lugar de eso, deberían decir: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello».
4:16 Pero ahora se jactan de sus presunciones. Toda jactancia de esa clase es mala.
4:17 Por tanto, al que sabe hacer el bien y no lo hace, le es pecado.

Capítulo 5
El juicio sobre la riqueza opresora
5:1 Ahora escuchen, ricos: lloren y griten de angustia por las miserias que les van a sobrevenir.
5:2 Sus riquezas están podridas y sus ropas han sido comidas por la polilla.
5:3 Su oro y su plata se han corroído, y su corrosión será testimonio contra ustedes y consumirá su carne como fuego. Han acumulado tesoros en los últimos días.
5:4 Miren, clama el salario de los trabajadores que cosecharon sus campos, el que ustedes les han retenido; y los gritos de los cosechadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos.
5:5 Han vivido en lujos y placeres sobre la tierra; han engordado sus corazones en un día de matanza.
5:6 Han condenado y asesinado al justo. ¿No se opone a ustedes?
La paciencia que espera al Señor
5:7 Por tanto, hermanos, tengan paciencia hasta la venida del Señor. Miren cómo el agricultor espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba las lluvias tempranas y tardías.
5:8 También ustedes tengan paciencia y fortalezcan sus corazones, porque la venida del Señor se ha acercado.
5:9 Hermanos, no se quejen unos contra otros, para que no sean juzgados. Miren, el Juez está a las puertas.
5:10 Tomen, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y paciencia a los profetas que hablaron en el nombre del Señor.
5:11 Miren, consideramos dichosos a los que perseveraron. Han oído de la perseverancia de Job y han visto el resultado que dio el Señor, porque el Señor es muy compasivo y misericordioso.
La integridad del sí y del no
5:12 Pero, sobre todo, hermanos míos, no juren ni por el cielo ni por la tierra ni con ningún otro juramento. Que su «Sí» sea sí y su «No» sea no, para que no caigan bajo juicio.
Orar y acompañarse en toda circunstancia
5:13 ¿Sufre alguno entre ustedes? Que ore. ¿Está alguno alegre? Que cante alabanzas.
5:14 ¿Está enfermo alguno entre ustedes? Que llame a los ancianos de la iglesia, y que ellos oren por él, ungiéndolo con aceite en el nombre del Señor.
5:15 Y la oración hecha con fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si ha cometido pecados, le serán perdonados.
5:16 Por tanto, confiésense los pecados unos a otros y oren unos por otros, para que sean sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.
5:17 Elías era un ser humano con debilidades como las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviera; y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses.
5:18 Volvió a orar, y el cielo dio lluvia y la tierra produjo su fruto.
Ayudar al hermano a volver a la verdad
5:19 Hermanos míos, si alguno entre ustedes se extravía de la verdad y alguien lo hace volver,
5:20 sepa que el que hace volver a un pecador del error de su camino salvará su alma de la muerte y cubrirá una multitud de pecados.

1 PEDRO

Capítulo 1
Saludo a las comunidades de la dispersión
1:1 Pedro, apóstol de Jesucristo, a los elegidos que viven como extranjeros de la dispersión en Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia,
1:2 según el conocimiento previo de Dios Padre, en la santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: que la gracia y la paz les sean multiplicadas.
Una esperanza fundada en la resurrección
1:3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, según su gran misericordia, nos hizo nacer de nuevo para una esperanza viva mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos,
1:4 para una herencia incorruptible, sin mancha y que no se marchita, reservada en los cielos para ustedes,
1:5 que son guardados por el poder de Dios mediante la fe, para una salvación preparada para ser revelada en el tiempo final.
1:6 En esto se alegran, aunque ahora, por un breve tiempo, si es necesario, hayan sido entristecidos por diversas pruebas,
1:7 para que la autenticidad probada de su fe, más preciosa que el oro que perece aunque es probado por fuego, resulte en alabanza, gloria y honor cuando Jesucristo sea revelado.
1:8 Ustedes lo aman sin haberlo visto; y aunque ahora no lo ven, creen en él y se regocijan con gozo indescriptible y glorioso,
1:9 recibiendo la meta de su fe: la salvación de sus almas.
La gracia anunciada por los profetas
1:10 Acerca de esta salvación investigaron y examinaron con cuidado los profetas que profetizaron sobre la gracia destinada a ustedes.
1:11 Investigaban qué tiempo o qué circunstancias señalaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, cuando daba testimonio de antemano de los sufrimientos destinados a Cristo y de las glorias que seguirían.
1:12 Se les reveló que servían estas cosas para ustedes, y no para sí mismos. Ahora les han sido anunciadas por quienes les predicaron el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo, cosas que los ángeles anhelan contemplar.
Llamamiento a una vida santa
1:13 Por eso, preparen su mente, manténganse sobrios y pongan por completo su esperanza en la gracia que les será traída cuando Jesucristo sea revelado.
1:14 Como hijos obedientes, no se amolden a los deseos que antes tenían en su ignorancia.
1:15 Más bien, así como es santo el que los llamó, sean también ustedes santos en toda su manera de vivir,
1:16 porque está escrito: «Serán santos, porque yo soy santo».
El rescate que orienta la conducta
1:17 Y si invocan como Padre al que juzga sin favoritismo según la obra de cada uno, vivan con temor durante el tiempo de su residencia como extranjeros,
1:18 sabiendo que fueron rescatados de la manera vacía de vivir heredada de sus padres, no con cosas perecederas, como plata u oro,
1:19 sino con la sangre preciosa de Cristo, como la de un cordero sin defecto y sin mancha.
1:20 Él fue conocido de antemano, desde antes de la fundación del mundo, pero fue manifestado en estos últimos tiempos por causa de ustedes,
1:21 que por medio de él creen en Dios, quien lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de modo que la fe y la esperanza de ustedes estén en Dios.
El amor que nace de la palabra de Dios
1:22 Habiendo purificado sus almas por la obediencia a la verdad para un amor fraternal sin hipocresía, ámense unos a otros intensamente, de corazón.
1:23 Han nacido de nuevo, no de una semilla perecedera, sino de una incorruptible, por medio de la palabra de Dios, que vive y permanece.
1:24 Porque
 «Toda carne es como hierba, y toda su gloria como flor de hierba.
   La hierba se secó y la flor cayó,
1:25 pero la palabra del Señor permanece para siempre».
 Esta es la palabra que les fue anunciada como buena noticia.

Capítulo 2
2:1 Por tanto, desechen toda malicia, todo engaño, las hipocresías, las envidias y toda calumnia.
2:2 Como niños recién nacidos, anhelen la leche espiritual pura, para que por ella crezcan para salvación,
2:3 si es que han probado que el Señor es bueno.
Cristo y el pueblo que Dios edifica
2:4 Acercándose a él, piedra viva, rechazada por los seres humanos, pero escogida y preciosa delante de Dios,
2:5 también ustedes, como piedras vivas, son edificados como casa espiritual para ser un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.
2:6 Porque dice en la Escritura:
 «Miren, pongo en Sion una piedra angular, escogida y preciosa, y el que cree en él jamás será avergonzado».
2:7 Por tanto, para ustedes que creen hay honor; pero, para los que no creen:
 «La piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en la piedra angular»,
2:8 y:
 «Piedra de tropiezo y roca que hace caer».
 Tropiezan al desobedecer la palabra, para lo cual también fueron destinados.
La identidad y la misión del pueblo de Dios
2:9 Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que proclamen las virtudes del que los llamó de las tinieblas a su luz admirable.
2:10 Ustedes, que antes no eran pueblo, ahora son pueblo de Dios; antes no habían recibido misericordia, pero ahora han recibido misericordia.
La fidelidad de quienes viven como extranjeros
2:11 Amados, les ruego, como a extranjeros y residentes temporales, que se abstengan de los deseos carnales que combaten contra el alma.
2:12 Mantengan una buena conducta entre los gentiles, para que, aunque los difamen como a malhechores, al observar sus buenas obras glorifiquen a Dios en el día de su visita.
La conducta del creyente ante la autoridad
2:13 Por causa del Señor, sométanse a toda institución humana, ya sea al rey como autoridad superior,
2:14 o a los gobernadores, como enviados por él para castigar a los malhechores y alabar a los que hacen el bien.
2:15 Porque esta es la voluntad de Dios: que, haciendo el bien, hagan callar la ignorancia de las personas insensatas.
2:16 Vivan como libres, pero como esclavos de Dios, sin usar la libertad como encubrimiento de la maldad.
2:17 Honren a todos, amen a la hermandad, teman a Dios y honren al rey.
La fidelidad ante el trato injusto
2:18 Esclavos domésticos, sométanse con todo respeto a sus amos, tanto a los buenos y amables como a los torcidos.
2:19 Porque esto merece aprobación: que alguno, por conciencia de Dios, soporte penas sufriendo injustamente.
2:20 Pues ¿qué mérito hay en que soporten los golpes cuando pecan? Pero, si soportan el sufrimiento por hacer el bien, esto merece aprobación delante de Dios.
El Salvador y su camino de obediencia
2:21 Porque para esto fueron llamados, ya que también Cristo sufrió por ustedes, dejándoles un ejemplo para que sigan sus pisadas.
2:22 Él no cometió pecado ni se encontró engaño en su boca.
2:23 Cuando lo insultaban, no devolvía los insultos; cuando sufría, no amenazaba, sino que se encomendaba al que juzga justamente.
2:24 Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Por su herida fueron sanados.
2:25 Porque andaban extraviados como ovejas, pero ahora han vuelto al Pastor y Guardián de sus almas.

Capítulo 3
Deberes conyugales
3:1 De igual manera, esposas, sométanse a sus propios esposos, para que, aun si algunos desobedecen la palabra, sean ganados sin palabras por la conducta de sus esposas,
3:2 al observar la conducta pura y respetuosa de ustedes.
3:3 Que su adorno no sea el exterior de trenzados del cabello, de llevar oro o de ponerse vestidos,
3:4 sino la persona interior del corazón, con la belleza incorruptible de un espíritu manso y sereno, que es muy precioso delante de Dios.
3:5 Porque así se adornaban también antiguamente las mujeres santas que esperaban en Dios, sometiéndose a sus propios esposos,
3:6 como Sara, que obedeció a Abraham, llamándolo señor. Ustedes han llegado a ser hijas suyas si hacen el bien y no se dejan atemorizar por ninguna amenaza.
Honrar a la esposa como coheredera de la gracia
3:7 De igual manera, esposos, convivan con ellas con entendimiento, dando honor a la mujer como a un vaso más frágil y como a coherederas de la gracia de la vida, para que sus oraciones no sean estorbadas.
Amor fraternal, bendición y búsqueda de la paz
3:8 Finalmente, tengan todos un mismo sentir; sean compasivos, llenos de amor fraternal, misericordiosos y humildes.
3:9 No devuelvan mal por mal ni insulto por insulto; al contrario, bendigan, porque para esto fueron llamados: para heredar bendición.
3:10 Porque
 «El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua del mal y sus labios de hablar engaño;
3:11 apártese del mal y haga el bien;
   busque la paz y sígala.
3:12 Porque los ojos del Señor están sobre los justos y sus oídos atentos a su súplica, pero el rostro del Señor está contra los que hacen el mal».
Fidelidad y esperanza frente al sufrimiento
3:13 ¿Y quién les hará daño si se vuelven celosos del bien?
3:14 Pero, aun si sufren por causa de la justicia, son dichosos. No teman lo que ellos temen ni se alarmen.
3:15 Más bien, santifiquen en sus corazones a Cristo como Señor, estando siempre preparados para presentar defensa ante todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes,
3:16 pero con mansedumbre y respeto, manteniendo una buena conciencia, para que, en aquello en que los difaman, queden avergonzados los que maltratan su buena conducta en Cristo.
3:17 Porque es mejor sufrir por hacer el bien, si así lo quiere la voluntad de Dios, que por hacer el mal.
Cristo, el justo que nos lleva a Dios y reina
3:18 Porque también Cristo sufrió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarlos a Dios; fue muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu,
3:19 en el cual también fue y proclamó a los espíritus encarcelados,
3:20 que antes desobedecieron, cuando la paciencia de Dios esperaba en los días de Noé mientras se construía el arca. En ella unos pocos, es decir, ocho personas, fueron salvados a través del agua.
3:21 El bautismo que corresponde a esto ahora los salva también a ustedes, no como eliminación de la suciedad del cuerpo, sino como petición a Dios de una buena conciencia, por medio de la resurrección de Jesucristo,
3:22 quien está a la derecha de Dios, después de haber ido al cielo, y a quien se han sometido ángeles, autoridades y poderes.

Capítulo 4
Vivir el tiempo restante conforme a la voluntad de Dios
4:1 Por tanto, puesto que Cristo sufrió en la carne, ármense también ustedes con el mismo pensamiento, porque el que ha sufrido en la carne ha terminado con el pecado,
4:2 para vivir el tiempo que le queda en la carne conforme a la voluntad de Dios, y ya no según los deseos humanos.
4:3 Porque basta el tiempo pasado para haber hecho lo que quieren los gentiles, viviendo en desenfrenos, deseos, borracheras, fiestas desordenadas, reuniones para beber e idolatrías ilícitas.
4:4 A ellos les extraña que ustedes no corran con ellos hacia el mismo desbordamiento de libertinaje, y los difaman.
4:5 Pero darán cuenta al que está preparado para juzgar a vivos y muertos.
4:6 Porque para esto también se anunció el evangelio a los muertos: para que fueran juzgados en la carne según los seres humanos, pero vivieran en espíritu según Dios.
Oración, amor y servicio ante la consumación
4:7 El fin de todas las cosas se ha acercado. Por tanto, sean prudentes y sobrios para las oraciones.
4:8 Sobre todo, mantengan un amor ferviente unos por otros, porque el amor cubre una multitud de pecados.
4:9 Sean hospitalarios unos con otros, sin murmurar.
Buenos administradores de la gracia de Dios
4:10 Cada uno ponga al servicio de los demás el don que recibió, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.
4:11 Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno sirve, sirva con la fuerza que Dios proporciona, para que en todo sea glorificado Dios por medio de Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Padeciendo como cristianos
4:12 Amados, no se extrañen del fuego que arde entre ustedes para ponerlos a prueba, como si les sucediera algo extraño.
4:13 Más bien, alégrense en la medida en que participan de los sufrimientos de Cristo, para que también se alegren con gran gozo cuando su gloria sea revelada.
4:14 Si son insultados por el nombre de Cristo, son dichosos, porque el Espíritu de gloria y de Dios reposa sobre ustedes.
4:15 Que ninguno de ustedes sufra como asesino, ladrón, malhechor o entrometido en asuntos ajenos.
4:16 Pero, si sufre como cristiano, que no se avergüence, sino que glorifique a Dios por este nombre.
Juicio y confianza en el Creador fiel
4:17 Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios. Y si comienza primero por nosotros, ¿cuál será el fin de los que desobedecen el evangelio de Dios?
4:18 Y «Si el justo se salva con dificultad, ¿dónde aparecerán el impío y el pecador?».
4:19 Por tanto, también los que sufren según la voluntad de Dios encomienden sus almas al Creador fiel, haciendo el bien.

Capítulo 5
El cuidado del rebaño bajo el Pastor supremo
5:1 Por tanto, exhorto a los ancianos que están entre ustedes, yo que soy anciano como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y participante de la gloria que ha de revelarse:
5:2 pastoreen el rebaño de Dios que está entre ustedes, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como Dios quiere; no por ganancias vergonzosas, sino con buena disposición,
5:3 sin imponerse como dueños sobre los que les han sido confiados, sino siendo ejemplos del rebaño.
5:4 Y cuando se manifieste el Pastor supremo, recibirán la corona de gloria que no se marchita.
Humildad y confianza bajo el cuidado de Dios
5:5 Asimismo, jóvenes, sométanse a los ancianos. Y todos revístanse de humildad unos para con otros, porque «Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes».
5:6 Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los exalte a su debido tiempo,
5:7 echando sobre él toda su ansiedad, porque él cuida de ustedes.
Firmes en la fe ante el adversario
5:8 Sean sobrios y velen. Su adversario, el diablo, ronda como un león rugiente, buscando a alguien a quien devorar.
5:9 Resístanlo firmes en la fe, sabiendo que los mismos sufrimientos se van cumpliendo en sus hermanos que están en el mundo.
5:10 Y el Dios de toda gracia, que los llamó a su gloria eterna en Cristo, después de que hayan sufrido un poco, los restaurará, afirmará, fortalecerá y establecerá él mismo.
5:11 A él sea el dominio por los siglos de los siglos. Amén.
Salutaciones finales
5:12 Por medio de Silvano, a quien considero un hermano fiel, les he escrito brevemente, exhortándolos y testificando que esta es la verdadera gracia de Dios. Manténganse firmes en ella.
5:13 La que está en Babilonia, elegida junto con ustedes, los saluda, y también Marcos, mi hijo.
5:14 Salúdense unos a otros con un beso de amor. Paz a todos ustedes que están en Cristo.

2 PEDRO

Capítulo 1
Saludo a los que comparten la fe en Cristo
1:1 Simeón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a quienes han recibido una fe tan valiosa como la nuestra por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo:
1:2 Que la gracia y la paz les sean multiplicadas en el pleno conocimiento de Dios y de Jesús, nuestro Señor.
Partícipes de la naturaleza divina
1:3 Su poder divino nos ha concedido todo lo necesario para la vida y la piedad, mediante el pleno conocimiento del que nos llamó por su propia gloria y excelencia.
1:4 Por medio de ellas nos ha concedido preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas lleguen a participar de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo por causa de los deseos.
Una fe que crece y da fruto
1:5 Por esto mismo, pongan todo empeño en añadir a su fe virtud; a la virtud, conocimiento;
1:6 al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, perseverancia; a la perseverancia, piedad;
1:7 a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.
1:8 Porque si estas cosas están en ustedes y abundan, no los dejan ociosos ni sin fruto en el pleno conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.
1:9 Porque el que carece de estas cosas es ciego, corto de vista, y ha olvidado la purificación de sus antiguos pecados.
1:10 Por tanto, hermanos, esfuércense aún más por hacer firme su llamamiento y elección, porque al hacer estas cosas jamás tropezarán.
1:11 Pues así les será concedida generosamente la entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Recordar la verdad antes de la partida de Pedro
1:12 Por eso estaré siempre dispuesto a recordarles estas cosas, aunque ya las sepan y estén firmemente establecidos en la verdad presente.
1:13 Considero justo, mientras esté en esta tienda, despertarlos mediante el recordatorio,
1:14 sabiendo que pronto tendré que dejar mi tienda, como me lo ha mostrado nuestro Señor Jesucristo.
1:15 También me esforzaré para que, después de mi partida, puedan recordar estas cosas en todo momento.
Testigos presenciales de la gloria de Cristo
1:16 Porque no les dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas hábilmente inventadas, sino como testigos oculares de su majestad.
1:17 Pues recibió honor y gloria de Dios Padre cuando desde la majestuosa gloria le llegó esta voz: «Este es mi Hijo, mi amado, en quien me he complacido».
1:18 Y nosotros oímos esta voz que venía del cielo cuando estábamos con él en el monte santo.
La palabra profética: luz y testimonio de Dios
1:19 Y tenemos la palabra profética más segura; hacen bien en prestarle atención como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día y el lucero de la mañana salga en sus corazones.
1:20 Sepan ante todo que ninguna profecía de la Escritura surge de interpretación propia,
1:21 porque ninguna profecía vino jamás por voluntad humana, sino que hombres hablaron de parte de Dios impulsados por el Espíritu Santo.

Capítulo 2
Falsos profetas y falsos maestros
Texto relacionado: Judas 1:3–13.
2:1 Pero también hubo falsos profetas entre el pueblo, como habrá falsos maestros entre ustedes. Introducirán encubiertamente herejías destructivas y negarán incluso al Amo que los compró, atrayendo sobre sí una destrucción repentina.
2:2 Muchos seguirán sus desenfrenos, y por causa de ellos será difamado el camino de la verdad.
2:3 Por avaricia los explotarán con palabras inventadas. Su condena, desde hace mucho tiempo, no está inactiva, y su destrucción no duerme.
El juicio de Dios y el rescate de los justos
2:4 Porque, si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los arrojó al Tártaro y los entregó a cadenas de tinieblas, reservados para el juicio;
2:5 si no perdonó al mundo antiguo, pero protegió a Noé, heraldo de justicia, con otras siete personas, cuando trajo el diluvio sobre el mundo de los impíos;
2:6 si redujo a cenizas las ciudades de Sodoma y Gomorra, condenándolas a la destrucción y poniéndolas como ejemplo de lo que ha de suceder a los impíos;
2:7 y si rescató al justo Lot, agobiado por la conducta desenfrenada de los malvados
2:8 —porque aquel justo, al vivir entre ellos, atormentaba día tras día su alma justa por las obras sin ley que veía y oía—,
2:9 el Señor sabe rescatar de la prueba a los piadosos y mantener bajo castigo a los injustos hasta el día del juicio,
Arrogancia y corrupción de los falsos maestros
2:10 especialmente a los que siguen la carne en deseos contaminantes y desprecian la autoridad. Atrevidos y arrogantes, no tiemblan al blasfemar de los seres gloriosos,
2:11 mientras que los ángeles, aunque son mayores en fuerza y poder, no presentan contra ellos un juicio blasfemo.
2:12 Pero estos, como animales irracionales, nacidos para ser capturados y destruidos, guiados por el instinto, blasfeman de lo que no conocen y serán destruidos en su propia corrupción,
2:13 sufriendo daño como pago de su injusticia. Consideran un placer el lujo a plena luz del día; son manchas y defectos, deleitándose en sus engaños mientras comen con ustedes.
2:14 Tienen los ojos llenos de adulterio y no cesan de pecar; seducen a las almas inestables y tienen el corazón entrenado en la avaricia. Son hijos de maldición.
El camino de Balaam: ganancia y desobediencia
2:15 Dejaron el camino recto y se extraviaron, siguiendo el camino de Balaam, hijo de Bosor, quien amó el pago de la injusticia,
2:16 pero recibió reprensión por su propia transgresión: una bestia de carga sin habla, que habló con voz humana, refrenó la locura del profeta.
Promesas vacías y esclavitud a la corrupción
2:17 Estos son manantiales sin agua y neblinas arrastradas por la tormenta, para quienes está reservada la oscuridad de las tinieblas.
2:18 Porque, pronunciando palabras arrogantes y vacías, seducen con deseos de la carne y desenfrenos a los que apenas están escapando de los que viven en el error.
2:19 Les prometen libertad, cuando ellos mismos son esclavos de la corrupción; porque uno queda esclavizado por aquello que lo vence.
El peligro de volver al camino abandonado
2:20 Porque, si después de escapar de las contaminaciones del mundo mediante el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, vuelven a enredarse en ellas y son vencidos, su estado final resulta peor que el primero.
2:21 Pues les habría sido mejor no haber conocido el camino de la justicia que, después de conocerlo, volverse atrás del santo mandamiento que les fue entregado.
2:22 Les ha sucedido lo que dice el proverbio verdadero: «El perro vuelve a su propio vómito», y: «La cerda lavada vuelve a revolcarse en el lodo».

Capítulo 3
El día del Señor vendrá
3:1 Amados, esta es ya la segunda carta que les escribo. En ambas despierto mediante el recuerdo su entendimiento sincero,
3:2 para que recuerden las palabras dichas de antemano por los santos profetas y el mandamiento del Señor y Salvador transmitido por los apóstoles de ustedes.
3:3 Sepan ante todo que en los últimos días vendrán burladores con sus burlas, siguiendo sus propios deseos
3:4 y diciendo: «¿Dónde está la promesa de su venida? Porque, desde que los padres durmieron, todo permanece igual que desde el principio de la creación».
3:5 Pues deliberadamente ignoran esto: que desde hace mucho existían los cielos y una tierra formada del agua y por medio del agua, por la palabra de Dios.
3:6 Por esos medios, el mundo de entonces pereció inundado de agua.
3:7 Pero los cielos y la tierra de ahora están reservados por la misma palabra para el fuego, guardados hasta el día del juicio y de la destrucción de los seres humanos impíos.
Paciencia divina y certeza del juicio
3:8 Pero no olviden esto, amados: para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día.
3:9 El Señor no tarda en cumplir la promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que ninguno perezca, sino que todos lleguen al arrepentimiento.
3:10 Pero el día del Señor vendrá como un ladrón. En ese día los cielos pasarán con estruendo, los elementos serán deshechos por el fuego, y la tierra y las obras que hay en ella quedarán al descubierto.
La conducta de quienes esperan la nueva creación
3:11 Puesto que todas estas cosas van a ser deshechas de esta manera, ¿qué clase de personas deben ser ustedes en santa conducta y piedad,
3:12 esperando y apresurando la venida del día de Dios? Por causa de ese día los cielos serán deshechos en fuego, y los elementos se derretirán abrasados.
3:13 Pero nosotros esperamos, según su promesa, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales habita la justicia.
Vivir en la gracia y cuidar la verdad recibida
3:14 Por tanto, amados, mientras esperan estas cosas, esfuércense para ser hallados por él sin mancha e irreprochables, en paz.
3:15 Y consideren la paciencia de nuestro Señor como salvación, tal como también nuestro amado hermano Pablo les escribió según la sabiduría que le fue dada,
3:16 como lo hace en todas sus cartas al hablar en ellas de estas cosas. En ellas hay algunas cosas difíciles de entender, que los ignorantes e inestables tuercen, como también las demás Escrituras, para su propia destrucción.
3:17 Ustedes, pues, amados, sabiéndolo de antemano, cuídense de no ser arrastrados por el error de los malvados y caer de su propia firmeza.
3:18 Más bien, crezcan en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea la gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.

1 JUAN

Capítulo 1
La palabra de vida
1:1 Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos, acerca de la Palabra de vida —
1:2 pues la vida se manifestó, y la hemos visto, damos testimonio y les anunciamos la vida eterna, que estaba con el Padre y se nos manifestó—,
1:3 eso que hemos visto y oído se lo anunciamos también a ustedes, para que también ustedes tengan comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo.
1:4 Escribimos estas cosas para que nuestra alegría sea completa.
La vida en la luz y la confesión del pecado
1:5 Este es el mensaje que hemos oído de él y que les anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.
1:6 Si decimos que tenemos comunión con él, pero caminamos en tinieblas, mentimos y no ponemos en práctica la verdad.
1:7 Pero, si caminamos en la luz, como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús, su Hijo, nos limpia de todo pecado.
1:8 Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros.
1:9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y limpiarnos de toda injusticia.
1:10 Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso, y su palabra no está en nosotros.

Capítulo 2
Cristo, nuestro abogado
2:1 Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Pero, si alguno peca, tenemos ante el Padre un abogado: Jesucristo, el justo.
2:2 Él mismo es el sacrificio de propiciación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.
2:3 En esto sabemos que lo hemos conocido: en que guardamos sus mandamientos.
2:4 El que dice: «Lo he conocido», pero no guarda sus mandamientos, es mentiroso y la verdad no está en él.
2:5 Pero en quien guarda su palabra, el amor de Dios ha alcanzado verdaderamente su plenitud. En esto sabemos que estamos en él:
2:6 el que dice que permanece en él debe caminar como él caminó.
El nuevo mandamiento
2:7 Amados, no les escribo un mandamiento nuevo, sino un mandamiento antiguo que han tenido desde el principio. Ese mandamiento antiguo es la palabra que oyeron.
2:8 Sin embargo, les escribo un mandamiento nuevo, cuya verdad se cumple en él y en ustedes, porque las tinieblas van pasando y la luz verdadera ya brilla.
2:9 El que dice que está en la luz y odia a su hermano todavía está en tinieblas.
2:10 El que ama a su hermano permanece en la luz y no hay en él motivo de tropiezo.
2:11 Pero el que odia a su hermano está en tinieblas y camina en tinieblas; no sabe adónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos.
El perdón y la fortaleza recibidos en Cristo

2:12 Les escribo, hijitos, porque sus pecados les han sido perdonados por causa de su nombre.
2:13 Les escribo, padres, porque han conocido al que existe desde el principio.
   Les escribo, jóvenes, porque han vencido al maligno.
2:14 Les he escrito, hijos, porque han conocido al Padre.
   Les he escrito, padres, porque han conocido al que existe desde el principio.
   Les he escrito, jóvenes, porque son fuertes, la palabra de Dios permanece en ustedes y han vencido al maligno.
El amor al Padre frente a los deseos del mundo
2:15 No amen al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él.
2:16 Porque todo lo que hay en el mundo —el deseo de la carne, el deseo de los ojos y la arrogancia de las posesiones— no procede del Padre, sino del mundo.
2:17 El mundo pasa, y también su deseo; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
Permanecer en el Hijo frente al engaño
2:18 Hijos, es la última hora. Así como oyeron que viene el anticristo, también ahora han surgido muchos anticristos. Por eso sabemos que es la última hora.
2:19 Salieron de entre nosotros, pero no pertenecían a los nuestros. Porque, si hubieran pertenecido a los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero salieron para que se hiciera evidente que no todos pertenecen a los nuestros.
2:20 Ustedes tienen una unción que procede del Santo, y todos ustedes tienen conocimiento.
2:21 No les he escrito porque desconozcan la verdad, sino porque la conocen y porque ninguna mentira procede de la verdad.
2:22 ¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el anticristo: el que niega al Padre y al Hijo.
2:23 Todo el que niega al Hijo tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo tiene también al Padre.
2:24 En cuanto a ustedes, que permanezca en ustedes lo que oyeron desde el principio. Si permanece en ustedes lo que oyeron desde el principio, también ustedes permanecerán en el Hijo y en el Padre.
2:25 Esta es la promesa que él nos hizo: la vida eterna.
2:26 Les he escrito estas cosas acerca de los que los engañan.
2:27 En cuanto a ustedes, la unción que recibieron de él permanece en ustedes y no necesitan que nadie les enseñe. Su unción les enseña acerca de todas las cosas, es verdadera y no es mentira; así que, tal como les enseñó, permanezcan en él.
Esperar al Señor y vivir como hijos de Dios
2:28 Y ahora, hijitos, permanezcan en él para que, cuando se manifieste, tengamos confianza y no nos apartemos de él avergonzados en su venida.
2:29 Si saben que él es justo, sepan que todo el que practica la justicia ha nacido de él.

Capítulo 3
Hijos de Dios
3:1 ¡Miren qué amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios! Y lo somos. Por eso el mundo no nos conoce: porque no lo conoció a él.
3:2 Amados, ahora somos hijos de Dios, y todavía no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como es.
3:3 Todo el que tiene puesta en él esta esperanza se purifica a sí mismo, así como él es puro.
La nueva vida y el rechazo del pecado
3:4 Todo el que practica el pecado también infringe la ley, pues el pecado es infracción de la ley.
3:5 Ustedes saben que él se manifestó para quitar los pecados, y que en él no hay pecado.
3:6 Todo el que permanece en él no peca. Todo el que peca no lo ha visto ni lo ha conocido.
3:7 Hijitos, que nadie los engañe: el que practica la justicia es justo, así como él es justo.
3:8 El que practica el pecado es del diablo, porque el diablo peca desde el principio. Para esto se manifestó el Hijo de Dios: para destruir las obras del diablo.
3:9 Todo el que ha nacido de Dios no practica el pecado, porque la semilla de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque ha nacido de Dios.
3:10 En esto se distinguen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo el que no practica la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano.
El amor fraternal mostrado por Cristo
3:11 Porque este es el mensaje que oyeron desde el principio: que nos amemos unos a otros.
3:12 No seamos como Caín, que era del maligno y asesinó a su hermano. ¿Y por qué lo asesinó? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran justas.
3:13 Hermanos, no se sorprendan si el mundo los odia.
3:14 Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte.
3:15 Todo el que odia a su hermano es un asesino, y ustedes saben que ningún asesino tiene vida eterna que permanezca en él.
3:16 En esto hemos conocido el amor: en que él entregó su vida por nosotros. También nosotros debemos entregar nuestras vidas por los hermanos.
3:17 Si alguien tiene bienes de este mundo, ve a su hermano pasar necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo permanece en él el amor de Dios?
3:18 Hijitos, no amemos de palabra ni de labios, sino con hechos y de verdad.
La confianza ante Dios y la vida de oración
3:19 En esto sabremos que pertenecemos a la verdad y tranquilizaremos nuestro corazón delante de él,
3:20 pues, si nuestro corazón nos condena, Dios es mayor que nuestro corazón y lo sabe todo.
3:21 Amados, si nuestro corazón no nos condena, tenemos confianza ante Dios
3:22 y recibimos de él todo lo que pedimos, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.
3:23 Este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó.
3:24 El que guarda sus mandamientos permanece en él, y él permanece en esa persona. Por el Espíritu que nos dio sabemos que él permanece en nosotros.

Capítulo 4
El Espíritu de Dios y el espíritu del anticristo
4:1 Amados, no crean a todo espíritu, sino pongan a prueba los espíritus para saber si provienen de Dios, porque muchos falsos profetas han salido al mundo.
4:2 En esto reconocen el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne proviene de Dios;
4:3 y todo espíritu que no confiesa a Jesús no proviene de Dios. Este es el espíritu del anticristo, del cual han oído que viene, y ahora ya está en el mundo.
4:4 Ustedes provienen de Dios, hijitos, y los han vencido, porque mayor es el que está en ustedes que el que está en el mundo.
4:5 Ellos provienen del mundo; por eso hablan desde el mundo, y el mundo los escucha.
4:6 Nosotros provenimos de Dios. El que conoce a Dios nos escucha; el que no proviene de Dios no nos escucha. En esto reconocemos el Espíritu de la verdad y el espíritu del engaño.
El amor del Padre manifestado en el Hijo y compartido entre hermanos
4:7 Amados, amémonos unos a otros, porque el amor proviene de Dios; todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.
4:8 El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
4:9 Así se manifestó el amor de Dios entre nosotros: Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él.
4:10 En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo como sacrificio expiatorio por nuestros pecados.
4:11 Amados, si Dios nos amó de esa manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
4:12 Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor se ha perfeccionado en nosotros.
4:13 En esto sabemos que permanecemos en él y él en nosotros: porque nos ha dado de su Espíritu.
4:14 Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo.
4:15 En todo el que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios permanece Dios, y él permanece en Dios.
4:16 Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en ese amor. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.
La confianza nacida del amor de Dios
4:17 En esto se ha perfeccionado el amor entre nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio, porque como él es, así somos también nosotros en este mundo.
4:18 En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor supone castigo; y el que teme no ha sido perfeccionado en el amor.
4:19 Nosotros amamos, porque él nos amó primero.
4:20 Si alguien dice: «Amo a Dios», pero odia a su hermano, es mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto.
4:21 Y este es el mandamiento que tenemos de él: que el que ama a Dios ame también a su hermano.

Capítulo 5
La fe que vence al mundo
5:1 Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama al que engendró ama también al que ha nacido de él.
5:2 En esto sabemos que amamos a los hijos de Dios: en que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.
5:3 Pues el amor a Dios consiste en guardar sus mandamientos, y sus mandamientos no son gravosos,
5:4 porque todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe.
5:5 ¿Y quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?
El testimonio de Dios acerca de su Hijo
5:6 Este es el que vino mediante agua y sangre: Jesucristo. No solo con el agua, sino con el agua y con la sangre. El Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.
5:7 Porque tres son los que dan testimonio:
5:8 el Espíritu, el agua y la sangre; y los tres concuerdan.
5:9 Si aceptamos el testimonio de los seres humanos, el testimonio de Dios es mayor. Este es el testimonio de Dios: el que ha dado acerca de su Hijo.
5:10 El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo. El que no cree a Dios lo ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo.
5:11 Este es el testimonio: Dios nos dio vida eterna, y esta vida está en su Hijo.
5:12 El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.
El conocimiento de la vida eterna
5:13 Les he escrito estas cosas a ustedes, que creen en el nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna.
La confianza al orar y el cuidado del hermano
5:14 Esta es la confianza que tenemos ante él: si pedimos algo conforme a su voluntad, él nos escucha.
5:15 Y, si sabemos que nos escucha en todo lo que pedimos, sabemos que tenemos lo que le hemos pedido.
5:16 Si alguien ve a su hermano cometer un pecado que no lleva a la muerte, pedirá por él, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen un pecado que no lleva a la muerte. Hay pecado que lleva a la muerte; no digo que se pida por ese.
5:17 Toda injusticia es pecado, pero hay pecado que no lleva a la muerte.
La protección de Dios y el rechazo de los ídolos
5:18 Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca; el que nació de Dios lo protege, y el maligno no lo toca.
5:19 Sabemos que somos de Dios, y que el mundo entero yace bajo el poder del maligno.
5:20 Sabemos también que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para que conozcamos al que es verdadero. Y estamos en el que es verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna.
5:21 Hijitos, guárdense de los ídolos.

2 JUAN

Capítulo 1
Salutación
1:1 El anciano, a la señora elegida y a sus hijos, a quienes amo en la verdad; y no solo yo, sino también todos los que han conocido la verdad,
1:2 por causa de la verdad que permanece en nosotros y estará con nosotros para siempre.
1:3 Estarán con nosotros la gracia, la misericordia y la paz, de parte de Dios Padre y de Jesucristo, el Hijo del Padre, en la verdad y el amor.
Caminar en la verdad y en el amor
1:4 Me alegré mucho al encontrar a algunos de tus hijos caminando en la verdad, conforme al mandamiento que recibimos del Padre.
1:5 Y ahora te ruego, señora, que nos amemos unos a otros. No te escribo un mandamiento nuevo, sino el que hemos tenido desde el principio.
1:6 El amor consiste en que caminemos conforme a sus mandamientos. Este es el mandamiento, tal como lo oyeron desde el principio: que caminen en el amor.
Permanecer en Cristo y discernir a quienes enseñan
1:7 Porque muchos engañadores han salido al mundo: los que no confiesan a Jesucristo venido en carne. Ese es el engañador y el anticristo.
1:8 Cuídense, para que no pierdan lo que hemos logrado, sino que reciban una recompensa completa.
1:9 Todo el que va más allá y no permanece en la enseñanza de Cristo no tiene a Dios. El que permanece en la enseñanza tiene tanto al Padre como al Hijo.
1:10 Si alguien viene a ustedes y no trae esta enseñanza, no lo reciban en casa ni le den la bienvenida,
1:11 porque el que le da la bienvenida participa en sus malas obras.
El encuentro esperado y los saludos finales
1:12 Aunque tengo muchas cosas que escribirles, no he querido hacerlo con papel y tinta. Espero estar con ustedes y hablar cara a cara, para que la alegría de ustedes sea completa.
1:13 Te saludan los hijos de tu hermana, la elegida.

3 JUAN

Capítulo 1
Salutación
1:1 El anciano, al amado Gayo, a quien amo en la verdad.
1:2 Amado, ruego que prosperes en todo y tengas buena salud, tal como prospera tu alma.
1:3 Pues me alegré mucho cuando vinieron unos hermanos y dieron testimonio de tu fidelidad a la verdad, de cómo caminas en ella.
1:4 No tengo mayor alegría que oír que mis hijos caminan en la verdad.
Elogio de la hospitalidad de Gayo
1:5 Amado, actúas con fidelidad en todo lo que haces por los hermanos, aun cuando son desconocidos.
1:6 Ellos han dado testimonio de tu amor ante la iglesia. Harás bien en ayudarlos a continuar su viaje de una manera digna de Dios,
1:7 porque salieron por causa del Nombre, sin aceptar nada de los gentiles.
1:8 Por eso nosotros debemos apoyar a personas como estas, para que seamos colaboradores de la verdad.
La oposición de Diótrefes
1:9 Escribí algo a la iglesia, pero Diótrefes, a quien le gusta ocupar el primer lugar entre ellos, no nos recibe.
1:10 Por eso, si voy, sacaré a relucir lo que hace, pues habla contra nosotros con palabras maliciosas. No satisfecho con eso, tampoco recibe a los hermanos; a quienes quieren recibirlos se lo impide y los expulsa de la iglesia.
Buen testimonio acerca de Demetrio
1:11 Amado, no imites lo malo, sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios; el que hace lo malo no ha visto a Dios.
1:12 Todos han dado buen testimonio de Demetrio, incluso la verdad misma. También nosotros damos testimonio, y tú sabes que nuestro testimonio es verdadero.
El encuentro esperado y la paz compartida
1:13 Tenía muchas cosas que escribirte, pero no quiero hacerlo con tinta y pluma.
1:14 Espero verte pronto, y hablaremos cara a cara.
1:15 La paz sea contigo. Los amigos te saludan. Saluda a los amigos, a cada uno por su nombre.

JUDAS

Capítulo 1
Salutación
1:1 Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Jacobo, a los llamados, amados en Dios Padre y guardados para Jesucristo.
1:2 Que la misericordia, la paz y el amor abunden en ustedes.
Falsas doctrinas y falsos maestros
Texto relacionado: 2 Pedro 2:1–17.
1:3 Amados, aunque deseaba vivamente escribirles acerca de la salvación que compartimos, me vi en la necesidad de escribirles para exhortarlos a luchar por la fe que fue entregada a los santos de una vez para siempre.
1:4 Porque se han infiltrado algunos hombres cuya condenación estaba escrita desde hace mucho tiempo: impíos que convierten la gracia de nuestro Dios en libertinaje y niegan a nuestro único Soberano y Señor, Jesucristo.
1:5 Quiero recordarles, aunque ya conocen todo esto, que Jesús, después de salvar al pueblo de la tierra de Egipto, destruyó luego a los que no creyeron.
1:6 Y a los ángeles que no conservaron su propia posición de autoridad, sino que abandonaron su morada, los ha mantenido en cadenas eternas bajo densas tinieblas para el juicio del gran día.
1:7 De igual manera, Sodoma, Gomorra y las ciudades vecinas, que como aquellos se entregaron a la inmoralidad sexual y fueron tras una carne distinta, sirven de ejemplo al sufrir el castigo del fuego eterno.
1:8 Aun así, también estos soñadores contaminan la carne, rechazan la autoridad y blasfeman contra los seres gloriosos.
1:9 Pero el arcángel Miguel, cuando disputaba con el diablo y discutía acerca del cuerpo de Moisés, no se atrevió a pronunciar contra él una condena injuriosa, sino que dijo: «Que el Señor te reprenda».
1:10 En cambio, estos blasfeman contra lo que no conocen; y lo que conocen por instinto, como los animales irracionales, les sirve para su propia destrucción.
1:11 ¡Ay de ellos! Porque siguieron el camino de Caín, se precipitaron por una ganancia en el error de Balaam y perecieron en la rebelión de Coré.
1:12 Son arrecifes en sus comidas de amor fraternal, donde banquetean con ustedes, y se apacientan a sí mismos sin temor. Son nubes sin agua arrastradas por los vientos; árboles de otoño sin fruto, dos veces muertos y arrancados de raíz;
1:13 olas furiosas del mar que arrojan como espuma sus propias vergüenzas; estrellas errantes para las que están reservadas para siempre las más densas tinieblas.
1:14 También acerca de estos profetizó Enoc, el séptimo desde Adán, diciendo: «Miren, vino el Señor con decenas de miles de sus santos
1:15 para ejecutar juicio contra todos y declarar culpables a todos los impíos por todas las obras de impiedad que cometieron impíamente y por todas las palabras duras que los pecadores impíos pronunciaron contra él».
1:16 Estos son murmuradores y descontentos que siguen sus propios deseos; su boca pronuncia palabras arrogantes y adulan a las personas para obtener provecho.
Permanecer en la fe y practicar la misericordia
1:17 Pero ustedes, amados, recuerden las palabras que anunciaron de antemano los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo.
1:18 Ellos les decían: «En el último tiempo habrá burladores que seguirán sus propios deseos impíos».
1:19 Estos son los que causan divisiones, personas naturales que no tienen el Espíritu.
1:20 Pero ustedes, amados, edificándose sobre su santísima fe y orando en el Espíritu Santo,
1:21 manténganse en el amor de Dios mientras esperan la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna.
1:22 Tengan misericordia de los que dudan;
1:23 a otros sálvenlos, arrebatándolos del fuego; y de otros tengan misericordia con temor, aborreciendo incluso la túnica manchada por la carne.
Alabanza al Dios que guarda y salva

1:24 Al que es poderoso para guardarlos sin caída y presentarlos sin mancha y con gran alegría ante su gloria,
1:25 al único Dios, nuestro Salvador, por medio de Jesucristo nuestro Señor, sean la gloria, la majestad, el poder y la autoridad, desde antes de todos los tiempos, ahora y por todos los siglos. Amén.

APOCALIPSIS

Capítulo 1
La revelación de Jesucristo
1:1 Revelación de Jesucristo, que Dios le dio para mostrar a sus siervos lo que debe suceder pronto. La dio a conocer enviando a su ángel a su siervo Juan,
1:2 quien dio testimonio de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo: de todo lo que vio.
1:3 Bienaventurado el que lee y bienaventurados los que escuchan las palabras de esta profecía y guardan lo que está escrito en ella, porque el tiempo está cerca.
Salutaciones a las siete iglesias
1:4 Juan, a las siete iglesias que están en Asia: gracia y paz a ustedes de parte del que es, que era y que viene, y de los siete espíritus que están delante de su trono,
1:5 y de parte de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de los muertos y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos liberó de nuestros pecados con su sangre
1:6 e hizo de nosotros un reino, sacerdotes para su Dios y Padre, a él sean la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
1:7 ¡He aquí que viene con las nubes! Todo ojo lo verá, incluso los que lo traspasaron, y todas las tribus de la tierra se lamentarán por él. Sí, amén.
1:8 «Yo soy el Alfa y la Omega —dice el Señor Dios—, el que es, que era y que viene, el Todopoderoso».
Una visión del Hijo del Hombre
1:9 Yo, Juan, hermano de ustedes y compañero en la tribulación, el reino y la perseverancia en Jesús, me encontraba en la isla llamada Patmos por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús.
1:10 Estaba en el Espíritu en el día del Señor y oí detrás de mí una voz fuerte como una trompeta,
1:11 que decía: «Escribe en un libro lo que ves y envíalo a las siete iglesias: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea».
1:12 Me volví para ver la voz que hablaba conmigo y, al volverme, vi siete candelabros de oro.
1:13 En medio de los candelabros había uno semejante al Hijo del Hombre, vestido con una túnica que llegaba hasta los pies y ceñido al pecho con una banda de oro.
1:14 Su cabeza y sus cabellos eran blancos como lana blanca, como nieve, y sus ojos eran como llama de fuego.
1:15 Sus pies eran semejantes al bronce pulido, como refinado en un horno, y su voz era como el estruendo de muchas aguas.
1:16 Tenía siete estrellas en su mano derecha; de su boca salía una espada afilada de dos filos, y su rostro era como el sol cuando brilla con toda su fuerza.
1:17 Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. Él puso su mano derecha sobre mí y dijo: «No temas. Yo soy el Primero y el Último,
1:18 y el que vive. Estuve muerto, pero he aquí que estoy vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y del Hades.
1:19 Escribe, pues, lo que has visto, lo que es y lo que ha de suceder después de estas cosas.
1:20 Este es el misterio de las siete estrellas que viste en mi mano derecha y de los siete candelabros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candelabros son siete iglesias».

Capítulo 2
Mensajes a las siete iglesias: El mensaje a Éfeso
2:1 Escribe al ángel de la iglesia que está en Éfeso: «Esto dice el que sostiene las siete estrellas en su mano derecha y camina en medio de los siete candelabros de oro:
2:2 Conozco tus obras, tu esfuerzo y tu perseverancia. Sé que no puedes tolerar a los malvados, y que pusiste a prueba a los que se llaman apóstoles sin serlo y descubriste que son mentirosos.
2:3 Has perseverado y has soportado por causa de mi nombre, sin cansarte.
2:4 Pero tengo esto contra ti: has abandonado tu primer amor.
2:5 Recuerda, pues, de dónde has caído, arrepiéntete y haz las obras del principio. De lo contrario, iré a ti y quitaré tu candelabro de su lugar, si no te arrepientes.
2:6 Sin embargo, tienes esto a tu favor: odias las obras de los nicolaítas, que yo también odio.
2:7 El que tenga oído, que escuche lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venza le daré a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios».
El mensaje a Esmirna
2:8 Escribe también al ángel de la iglesia que está en Esmirna: «Esto dice el Primero y el Último, el que estuvo muerto y volvió a vivir:
2:9 Conozco tu tribulación y tu pobreza —aunque eres rico—, y la blasfemia de los que se dicen judíos sin serlo, pues son una sinagoga de Satanás.
2:10 No temas nada de lo que estás por sufrir. Mira, el diablo está por echar a algunos de ustedes en la cárcel para que sean probados, y tendrán tribulación durante diez días. Sé fiel hasta la muerte, y te daré la corona de la vida.
2:11 El que tenga oído, que escuche lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que venza no sufrirá daño alguno de la segunda muerte».
El mensaje a Pérgamo
2:12 Escribe también al ángel de la iglesia que está en Pérgamo: «Esto dice el que tiene la espada afilada de dos filos:
2:13 Sé dónde vives: donde está el trono de Satanás. Te mantienes firme en mi nombre y no negaste la fe en mí, ni siquiera en los días de Antipas, mi testigo fiel, que fue asesinado entre ustedes, donde habita Satanás.
2:14 Pero tengo unas pocas cosas contra ti: tienes allí a quienes se aferran a la enseñanza de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel para que comieran alimentos sacrificados a los ídolos y cometieran inmoralidad sexual.
2:15 De la misma manera, también tú tienes a quienes se aferran a la enseñanza de los nicolaítas.
2:16 Arrepiéntete, pues. De lo contrario, iré a ti pronto y combatiré contra ellos con la espada de mi boca.
2:17 El que tenga oído, que escuche lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venza le daré del maná escondido; también le daré una piedra blanca, y sobre la piedra habrá escrito un nombre nuevo que nadie conoce, excepto el que lo recibe».
El mensaje a Tiatira
2:18 Escribe también al ángel de la iglesia que está en Tiatira: «Esto dice el Hijo de Dios, el que tiene ojos como llama de fuego y pies semejantes al bronce pulido:
2:19 Conozco tus obras, tu amor, tu fe, tu servicio y tu perseverancia; sé que tus obras más recientes son más numerosas que las primeras.
2:20 Pero tengo esto contra ti: toleras a esa mujer, Jezabel, que se llama profetisa, enseña y engaña a mis siervos para que cometan inmoralidad sexual y coman alimentos sacrificados a los ídolos.
2:21 Le di tiempo para que se arrepintiera, pero no quiere arrepentirse de su inmoralidad sexual.
2:22 Mira, la arrojo a una cama, y a los que cometen adulterio con ella los arrojo a una gran tribulación, si no se arrepienten de las obras de ella.
2:23 Heriré de muerte a sus hijos, y todas las iglesias sabrán que yo soy el que examina las mentes y los corazones. A cada uno de ustedes le daré según sus obras.
2:24 Pero a ustedes, los demás que están en Tiatira, los que no siguen esta enseñanza y no han conocido las llamadas “profundidades de Satanás”, les digo: no les impongo otra carga.
2:25 Solo retengan lo que tienen hasta que yo venga.
2:26 Al que venza y guarde mis obras hasta el fin le daré autoridad sobre las naciones;
2:27 las regirá con vara de hierro, como se hacen pedazos las vasijas de barro,
2:28 tal como yo también he recibido autoridad de mi Padre. Y le daré la estrella de la mañana.
2:29 El que tenga oído, que escuche lo que el Espíritu dice a las iglesias».

Capítulo 3
El mensaje a Sardis
3:1 Escribe también al ángel de la iglesia que está en Sardis: «Esto dice el que tiene los siete espíritus de Dios y las siete estrellas: conozco tus obras. Tienes fama de estar vivo, pero estás muerto.
3:2 Mantente despierto y fortalece lo que queda y está por morir, porque no he encontrado tus obras completas delante de mi Dios.
3:3 Recuerda, pues, lo que has recibido y oído; guárdalo y arrepiéntete. Si no te mantienes despierto, vendré como ladrón, y de ningún modo sabrás a qué hora vendré sobre ti.
3:4 Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus ropas. Caminarán conmigo vestidas de blanco, porque son dignas.
3:5 El que venza será vestido así con ropas blancas. Jamás borraré su nombre del libro de la vida, y reconoceré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles.
3:6 El que tenga oído, que escuche lo que el Espíritu dice a las iglesias».
El mensaje a Filadelfia
3:7 Escribe también al ángel de la iglesia que está en Filadelfia: «Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y nadie cerrará, y cierra y nadie abre:
3:8 Conozco tus obras. Mira, he puesto delante de ti una puerta abierta que nadie puede cerrar. Aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra y no has negado mi nombre.
3:9 Mira, te entrego a algunos de la sinagoga de Satanás, de los que se dicen judíos sin serlo, pues mienten. Haré que vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado.
3:10 Porque has guardado mi palabra de perseverancia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero para probar a los que habitan en la tierra.
3:11 Vengo pronto. Retén lo que tienes, para que nadie tome tu corona.
3:12 Al que venza lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí. Escribiré sobre él el nombre de mi Dios y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, que desciende del cielo, de mi Dios, y también mi nombre nuevo.
3:13 El que tenga oído, que escuche lo que el Espíritu dice a las iglesias».
El mensaje a Laodicea
3:14 Escribe también al ángel de la iglesia que está en Laodicea: «Esto dice el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios:
3:15 Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!
3:16 Así que, porque eres tibio y no eres ni caliente ni frío, estoy por vomitarte de mi boca.
3:17 Dices: “Soy rico, me he enriquecido y no necesito nada”, y no sabes que eres desdichado, digno de lástima, pobre, ciego y desnudo.
3:18 Te aconsejo que me compres oro refinado por el fuego para que seas rico, ropas blancas para vestirte y que no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez, y colirio para ungir tus ojos y que puedas ver.
3:19 Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Por tanto, sé ferviente y arrepiéntete.
3:20 He aquí, estoy a la puerta y llamo. Si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré a su casa y cenaré con él, y él conmigo.
3:21 Al que venza le concederé sentarse conmigo en mi trono, así como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono.
3:22 El que tenga oído, que escuche lo que el Espíritu dice a las iglesias».

Capítulo 4
La adoración celestial
4:1 Después de estas cosas miré, y vi una puerta abierta en el cielo. La primera voz que había oído, que hablaba conmigo como una trompeta, dijo: «Sube aquí y te mostraré lo que debe suceder». Después de esto,
4:2 de inmediato estuve en el Espíritu. Vi un trono establecido en el cielo y a alguien sentado en el trono.
4:3 El que estaba sentado tenía un aspecto semejante al jaspe y a la cornalina. Alrededor del trono había un arcoíris de aspecto semejante a la esmeralda.
4:4 Alrededor del trono había veinticuatro tronos, y sobre ellos estaban sentados veinticuatro ancianos vestidos con ropas blancas, con coronas de oro en sus cabezas.
4:5 Del trono salen relámpagos, voces y truenos. Delante del trono arden siete antorchas de fuego, que son los siete espíritus de Dios.
4:6 Delante del trono hay algo semejante a un mar de vidrio, parecido al cristal. En medio del trono y a su alrededor hay cuatro seres vivientes llenos de ojos por delante y por detrás.
4:7 El primer ser viviente es semejante a un león; el segundo, a un becerro; el tercero tiene un rostro como de hombre, y el cuarto es semejante a un águila en vuelo.
4:8 Cada uno de los cuatro seres vivientes tiene seis alas, y están llenos de ojos alrededor y por dentro. Día y noche no dejan de decir:
 «Santo, santo, santo es el Señor Dios, el Todopoderoso, el que era, que es y que viene».
4:9 Cada vez que los seres vivientes den gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos,
4:10 los veinticuatro ancianos se postrarán delante del que está sentado en el trono, adorarán al que vive por los siglos de los siglos y arrojarán sus coronas delante del trono, diciendo:
4:11 «Digno eres, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existieron y fueron creadas».

Capítulo 5
El rollo y el Cordero
5:1 Vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un rollo escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos.
5:2 Vi también a un ángel poderoso que proclamaba con fuerte voz: «¿Quién es digno de abrir el rollo y desatar sus sellos?».
5:3 Nadie en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra podía abrir el rollo ni mirarlo.
5:4 Yo lloraba mucho, porque no se encontró a nadie digno de abrir el rollo ni mirarlo.
5:5 Entonces uno de los ancianos me dijo: «No llores. He aquí, el León de la tribu de Judá, la Raíz de David, ha vencido para abrir el rollo y sus siete sellos».
5:6 Vi en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, a un Cordero de pie, como sacrificado. Tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios enviados a toda la tierra.
5:7 Él se acercó y tomó el rollo de la mano derecha del que estaba sentado en el trono.
5:8 Cuando tomó el rollo, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero. Cada uno tenía un arpa y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos.
5:9 Cantan un cántico nuevo, diciendo:
 «Digno eres de tomar el rollo y abrir sus sellos, porque fuiste inmolado y con tu sangre compraste para Dios a personas de toda tribu, lengua, pueblo y nación.
5:10 Hiciste de ellos un reino y sacerdotes para nuestro Dios, y reinan sobre la tierra».
5:11 Miré y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, de los seres vivientes y de los ancianos. Su número era decenas de miles de decenas de miles y miles de miles.
5:12 Decían con fuerte voz:
 «El Cordero que fue inmolado es digno de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la bendición».
5:13 Oí a toda criatura en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y sobre el mar, y a todo lo que hay en ellos, decir:
 «Al que está sentado en el trono y al Cordero sean la bendición, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos».
5:14 Los cuatro seres vivientes decían: «Amén», y los ancianos se postraron y adoraron.

Capítulo 6
Los sellos
6:1 Vi cuando el Cordero abrió uno de los siete sellos y oí a uno de los cuatro seres vivientes decir con voz de trueno: «¡Ven!».
6:2 Miré, y vi un caballo blanco. Su jinete tenía un arco; se le dio una corona y salió venciendo y para vencer.
6:3 Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo ser viviente decir: «¡Ven!».
6:4 Salió otro caballo, rojo como el fuego. A su jinete se le concedió quitar la paz de la tierra para que se mataran unos a otros, y se le dio una gran espada.
6:5 Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer ser viviente decir: «¡Ven!». Miré, y vi un caballo negro. Su jinete tenía una balanza en la mano.
6:6 Oí como una voz en medio de los cuatro seres vivientes, que decía: «Cerca de un litro de trigo por el salario de un día, y unos tres litros de cebada por el salario de un día. Pero no dañes el aceite ni el vino».
6:7 Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto ser viviente decir: «¡Ven!».
6:8 Miré, y vi un caballo verde pálido. Su jinete se llamaba Muerte, y el Hades lo seguía. Se les dio autoridad sobre la cuarta parte de la tierra para matar con espada, hambre, peste y las fieras de la tierra.
6:9 Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los que habían sido sacrificados por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que mantenían.
6:10 Clamaban con fuerte voz: «¿Hasta cuándo, Soberano santo y verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre en los habitantes de la tierra?».
6:11 Se dio a cada uno una túnica blanca y se les dijo que descansaran todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y hermanos que habían de ser asesinados como ellos.
6:12 Vi cuando abrió el sexto sello, y hubo un gran terremoto. El sol se puso negro como tela de pelo, y la luna entera se volvió como sangre.
6:13 Las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como una higuera deja caer sus higos verdes cuando la sacude un viento fuerte.
6:14 El cielo se retiró como un rollo que se enrolla, y todos los montes y las islas fueron movidos de sus lugares.
6:15 Los reyes de la tierra, los grandes, los comandantes militares, los ricos, los poderosos y todos los esclavos y los libres se escondieron en las cuevas y entre las rocas de los montes.
6:16 Dicen a los montes y a las rocas: «Caigan sobre nosotros y escóndannos del rostro del que está sentado en el trono y de la ira del Cordero,
6:17 porque ha llegado el gran día de la ira de ellos, ¿y quién puede mantenerse en pie?».

Capítulo 7
Los 144 mil sellados
7:1 Después de esto vi a cuatro ángeles de pie en las cuatro esquinas de la tierra. Retenían los cuatro vientos de la tierra para que no soplara ningún viento sobre la tierra, ni sobre el mar, ni sobre árbol alguno.
7:2 Vi a otro ángel que subía desde donde sale el sol y tenía el sello del Dios vivo. Gritó con fuerte voz a los cuatro ángeles a quienes se había concedido dañar la tierra y el mar:
7:3 «No dañen la tierra, ni el mar, ni los árboles, hasta que hayamos sellado en sus frentes a los siervos de nuestro Dios».
7:4 Oí el número de los sellados: ciento cuarenta y cuatro mil, sellados de todas las tribus de los hijos de Israel.
7:5 De la tribu de Judá, doce mil sellados; de la tribu de Rubén, doce mil; de la tribu de Gad, doce mil;
7:6 de la tribu de Aser, doce mil; de la tribu de Neftalí, doce mil; de la tribu de Manasés, doce mil;
7:7 de la tribu de Simeón, doce mil; de la tribu de Leví, doce mil; de la tribu de Isacar, doce mil;
7:8 de la tribu de Zabulón, doce mil; de la tribu de José, doce mil; de la tribu de Benjamín, doce mil sellados.
La multitud vestida de ropas blancas
7:9 Después de estas cosas miré, y vi una gran multitud que nadie podía contar, de toda nación, tribus, pueblos y lenguas. Estaban de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas y con ramas de palmera en las manos.
7:10 Claman con fuerte voz:
 «¡La salvación pertenece a nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero!».
7:11 Todos los ángeles estaban de pie alrededor del trono, de los ancianos y de los cuatro seres vivientes. Se postraron rostro en tierra delante del trono y adoraron a Dios,
7:12 diciendo:
 «Amén. La bendición, la gloria, la sabiduría, la acción de gracias, el honor, el poder y la fuerza sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén».
7:13 Uno de los ancianos me preguntó: «Estos que están vestidos con túnicas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?».
7:14 Le respondí: «Señor mío, tú lo sabes». Él me dijo: «Estos son los que salen de la gran tribulación; lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero.
7:15 Por eso están delante del trono de Dios y le sirven día y noche en su templo. El que está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos.
7:16 Ya no tendrán hambre ni volverán a tener sed; tampoco caerá sobre ellos el sol ni calor alguno,
7:17 porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará y los guiará a manantiales de aguas de vida. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos».

Capítulo 8
El séptimo sello
8:1 Cuando abrió el séptimo sello, hubo silencio en el cielo durante cerca de media hora.
8:2 Vi a los siete ángeles que están de pie delante de Dios, y se les dieron siete trompetas.
8:3 Otro ángel vino y se puso junto al altar con un incensario de oro. Se le dio mucho incienso para ofrecerlo con las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro que está delante del trono.
8:4 El humo del incienso subió de la mano del ángel ante Dios, junto con las oraciones de los santos.
8:5 El ángel tomó el incensario, lo llenó con fuego del altar y lo arrojó a la tierra. Hubo truenos, voces, relámpagos y un terremoto.
Las trompetas
8:6 Los siete ángeles que tenían las siete trompetas se prepararon para tocarlas.
8:7 El primero tocó la trompeta, y hubo granizo y fuego mezclados con sangre, que fueron arrojados a la tierra. Se quemó la tercera parte de la tierra, se quemó la tercera parte de los árboles y se quemó toda la hierba verde.
8:8 El segundo ángel tocó la trompeta, y algo como un gran monte ardiendo en fuego fue arrojado al mar. La tercera parte del mar se convirtió en sangre,
8:9 murió la tercera parte de las criaturas que tenían vida en el mar y fue destruida la tercera parte de los barcos.
8:10 El tercer ángel tocó la trompeta, y cayó del cielo una gran estrella que ardía como una antorcha. Cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre los manantiales de agua.
8:11 La estrella se llama Ajenjo. La tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y muchas personas murieron a causa de las aguas, porque se habían vuelto amargas.
8:12 El cuarto ángel tocó la trompeta, y fueron heridos la tercera parte del sol, la tercera parte de la luna y la tercera parte de las estrellas, para que se oscureciera la tercera parte de ellos y no hubiera luz durante la tercera parte del día, y asimismo de la noche.
8:13 Miré y oí a un águila que volaba en medio del cielo y decía con fuerte voz: «¡Ay, ay, ay de los habitantes de la tierra, por los restantes toques de trompeta de los tres ángeles que están por tocar!».

Capítulo 9
La quinta trompeta: las langostas del abismo
9:1 El quinto ángel tocó la trompeta, y vi una estrella que había caído del cielo a la tierra. Se le dio la llave del pozo del abismo.
9:2 Abrió el pozo del abismo, y del pozo subió humo como el de un gran horno. El sol y el aire se oscurecieron por el humo del pozo.
9:3 Del humo salieron langostas sobre la tierra, y se les dio poder como el que tienen los escorpiones de la tierra.
9:4 Se les dijo que no dañaran la hierba de la tierra, ni ninguna planta verde, ni ningún árbol, sino solamente a las personas que no tuvieran el sello de Dios en la frente.
9:5 No se les permitió matarlas, sino atormentarlas durante cinco meses. El tormento que causaban era como el de un escorpión cuando pica a una persona.
9:6 En aquellos días las personas buscarán la muerte, pero de ningún modo la encontrarán; desearán morir, pero la muerte huye de ellas.
9:7 Las langostas tenían un aspecto semejante al de caballos preparados para la guerra. Sobre sus cabezas había algo como coronas que parecían de oro, y sus rostros eran como rostros humanos.
9:8 Tenían cabellos como de mujer, y sus dientes eran como los de leones.
9:9 Tenían corazas como de hierro, y el ruido de sus alas era como el estruendo de carros de muchos caballos que corren a la batalla.
9:10 Tienen colas semejantes a escorpiones y aguijones; en sus colas está su poder para dañar a las personas durante cinco meses.
9:11 Tienen por rey sobre ellas al ángel del abismo, cuyo nombre en hebreo es Abadón, y en griego tiene por nombre Apolión.
9:12 El primer ay ha pasado. Miren, después de estas cosas vienen todavía dos ayes.
La sexta trompeta: los ángeles junto al Éufrates
9:13 El sexto ángel tocó la trompeta, y oí una voz que salía de los cuernos del altar de oro que está delante de Dios.
9:14 Le decía al sexto ángel que tenía la trompeta: «Suelta a los cuatro ángeles que están atados junto al gran río Éufrates».
9:15 Fueron soltados los cuatro ángeles que estaban preparados para aquella hora, día, mes y año, a fin de matar a la tercera parte de la humanidad.
9:16 El número de las tropas de caballería era doscientos millones; oí su número.
9:17 Así vi en la visión a los caballos y a sus jinetes: tenían corazas de color rojo fuego, azul oscuro y amarillo azufre. Las cabezas de los caballos eran como cabezas de leones, y de sus bocas salen fuego, humo y azufre.
9:18 La tercera parte de la humanidad murió por estas tres plagas: por el fuego, el humo y el azufre que salían de sus bocas.
9:19 Porque el poder de los caballos está en sus bocas y en sus colas; sus colas son semejantes a serpientes, tienen cabezas y con ellas hacen daño.
9:20 Los demás seres humanos, los que no murieron por estas plagas, tampoco se arrepintieron de las obras de sus manos para dejar de adorar a los demonios y a los ídolos de oro, plata, bronce, piedra y madera, que no pueden ver, ni oír, ni caminar.
9:21 No se arrepintieron de sus asesinatos, ni de sus hechicerías, ni de su inmoralidad sexual, ni de sus robos.

Capítulo 10
El ángel con el librito
10:1 Vi a otro ángel poderoso que descendía del cielo envuelto en una nube. Sobre su cabeza había un arcoíris; su rostro era como el sol, y sus pies como columnas de fuego.
10:2 Tenía en la mano un rollo pequeño abierto. Puso el pie derecho sobre el mar y el izquierdo sobre la tierra,
10:3 y gritó con fuerte voz, como ruge un león. Cuando gritó, los siete truenos hicieron oír sus voces.
10:4 Cuando hablaron los siete truenos, estaba por escribir, pero oí una voz del cielo que decía: «Sella lo que dijeron los siete truenos y no lo escribas».
10:5 El ángel que había visto de pie sobre el mar y sobre la tierra levantó su mano derecha hacia el cielo
10:6 y juró por el que vive por los siglos de los siglos, que creó el cielo y cuanto hay en él, la tierra y cuanto hay en ella, y el mar y cuanto hay en él: «Ya no habrá más demora,
10:7 sino que en los días de la voz del séptimo ángel, cuando esté por tocar la trompeta, se completará el misterio de Dios, tal como lo anunció a sus propios siervos, los profetas».
10:8 La voz que había oído del cielo volvió a hablar conmigo y dijo: «Ve y toma el rollo abierto que está en la mano del ángel que está de pie sobre el mar y sobre la tierra».
10:9 Fui al ángel y le pedí que me diera el rollo pequeño. Él me dijo: «Tómalo y cómetelo. Te amargará el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel».
10:10 Tomé el rollo pequeño de la mano del ángel y me lo comí. En mi boca era dulce como la miel, pero, cuando lo comí, se me amargó el vientre.
10:11 Me dijeron: «Debes profetizar de nuevo acerca de muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes».

Capítulo 11
Los dos testigos
11:1 Se me dio una caña semejante a una vara y se me dijo: «Levántate y mide el templo de Dios, el altar y a los que adoran en él.
11:2 Pero deja fuera el patio exterior del templo y no lo midas, porque ha sido entregado a las naciones. Ellas pisotearán la ciudad santa durante cuarenta y dos meses.
11:3 Daré autoridad a mis dos testigos, y profetizarán durante mil doscientos sesenta días, vestidos de tela áspera».
11:4 Estos son los dos olivos y los dos candelabros que están de pie delante del Señor de la tierra.
11:5 Si alguien quiere hacerles daño, sale fuego de sus bocas y devora a sus enemigos. Si alguien quiere hacerles daño, así debe morir.
11:6 Tienen autoridad para cerrar el cielo, de modo que no llueva durante los días de su profecía. También tienen autoridad sobre las aguas para convertirlas en sangre y para herir la tierra con toda clase de plagas cuantas veces quieran.
11:7 Cuando hayan terminado su testimonio, la bestia que sube del abismo les hará la guerra, los vencerá y los matará.
11:8 Sus cadáveres quedarán en la plaza de la gran ciudad que, en sentido espiritual, se llama Sodoma y Egipto, donde también fue crucificado su Señor.
11:9 Personas de los pueblos, tribus, lenguas y naciones miran sus cadáveres durante tres días y medio, y no permiten que sean puestos en una tumba.
11:10 Los habitantes de la tierra se alegran y celebran por ellos, y se enviarán regalos unos a otros, porque estos dos profetas atormentaron a los habitantes de la tierra.
11:11 Después de los tres días y medio entró en ellos un aliento de vida procedente de Dios y se pusieron de pie. Un gran temor cayó sobre quienes los contemplaban.
11:12 Oyeron una voz fuerte del cielo que les decía: «Suban aquí». Subieron al cielo en la nube, y sus enemigos los vieron.
11:13 En aquella hora hubo un gran terremoto y se derrumbó la décima parte de la ciudad. En el terremoto murieron siete mil personas; los demás quedaron aterrorizados y dieron gloria al Dios del cielo.
11:14 El segundo ay ha pasado. Miren, el tercer ay viene pronto.
La séptima trompeta
11:15 El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo voces fuertes en el cielo que decían: «El reino del mundo ha pasado a ser de nuestro Señor y de su Cristo, y él reinará por los siglos de los siglos».
11:16 Los veinticuatro ancianos que estaban sentados en sus tronos delante de Dios se postraron rostro en tierra y adoraron a Dios,
11:17 diciendo:
 «Te damos gracias, Señor Dios, el Todopoderoso, el que es y que era, porque has tomado tu gran poder y has comenzado a reinar.
11:18 Las naciones se enfurecieron, pero llegó tu ira y el tiempo de juzgar a los muertos, de dar la recompensa a tus siervos los profetas, a los santos y a los que temen tu nombre, pequeños y grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra».
11:19 Se abrió el templo de Dios que está en el cielo, y en su templo se vio el arca de su pacto. Hubo relámpagos, voces, truenos, un terremoto y una fuerte granizada.

Capítulo 12
La mujer y el dragón
12:1 Y apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.
12:2 Estaba embarazada y gritaba entre los dolores del parto y el sufrimiento de dar a luz.
12:3 Y apareció otra señal en el cielo: allí estaba un gran dragón rojo que tenía siete cabezas y diez cuernos, y siete diademas sobre sus cabezas.
12:4 Su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó a la tierra. El dragón estaba de pie frente a la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera.
12:5 Y dio a luz un hijo varón que ha de regir a todas las naciones con una vara de hierro. Su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono.
12:6 Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para que allí la alimenten durante mil doscientos sesenta días.
La derrota del acusador en el cielo
12:7 Entonces hubo una guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón; y el dragón y sus ángeles combatieron,
12:8 pero él no pudo vencer, y ya no se encontró lugar para ellos en el cielo.
12:9 Y fue arrojado el gran dragón, la serpiente antigua, el llamado diablo y Satanás, el que engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él.
12:10 Entonces oí una voz fuerte en el cielo que decía: «Ahora han llegado la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa ante nuestro Dios día y noche.
12:11 Ellos lo vencieron por la sangre del Cordero y por la palabra de su testimonio, y no amaron su vida ni aun frente a la muerte.
12:12 Por eso alégrense, cielos y los que habitan en ellos. ¡Ay de la tierra y del mar!, porque el diablo ha descendido a ustedes con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo».
La persecución de la mujer y sus descendientes
12:13 Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón.
12:14 Y a la mujer se le dieron las dos alas de la gran águila, para que volara al desierto, a su lugar, donde es alimentada por un tiempo, tiempos y medio tiempo, lejos de la presencia de la serpiente.
12:15 Entonces la serpiente arrojó de su boca, tras la mujer, agua como un río, para que el río la arrastrara.
12:16 Pero la tierra ayudó a la mujer: la tierra abrió su boca y se tragó el río que el dragón había arrojado de su boca.
12:17 Entonces el dragón se enfureció contra la mujer y se fue a hacer guerra contra el resto de su descendencia: los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús.

Capítulo 13
Las dos bestias
13:1 Y él se detuvo sobre la arena del mar. Y vi una bestia que subía del mar, con diez cuernos y siete cabezas; en sus cuernos tenía diez diademas, y sobre sus cabezas, nombres blasfemos.
13:2 La bestia que vi era semejante a un leopardo; sus patas eran como las de un oso y su boca como la boca de un león. El dragón le dio su poder, su trono y gran autoridad.
13:3 Y vi una de sus cabezas como si hubiera sido degollada, pero su herida mortal fue sanada; y toda la tierra, maravillada, siguió a la bestia.
13:4 Adoraron al dragón porque había dado la autoridad a la bestia, y adoraron a la bestia, diciendo: «¿Quién es semejante a la bestia y quién puede combatir contra ella?».
13:5 Se le dio una boca que hablaba arrogancias y blasfemias, y se le dio autoridad para actuar durante cuarenta y dos meses.
13:6 Y abrió su boca para proferir blasfemias contra Dios, para blasfemar de su nombre y de su morada, es decir, de los que habitan en el cielo.
13:7 Y se le concedió hacer guerra contra los santos y vencerlos, y se le concedió autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación.
13:8 Y la adorarán todos los habitantes de la tierra cuyo nombre no ha sido escrito desde la fundación del mundo en el libro de la vida del Cordero que fue sacrificado.
13:9 Si alguien tiene oído, que escuche.
13:10 Si alguien ha de ir al cautiverio, al cautiverio va; si alguien ha de morir a espada, a espada ha de morir. Aquí están la perseverancia y la fe de los santos.
La segunda bestia y la adoración impuesta
13:11 Y vi otra bestia que subía de la tierra; tenía dos cuernos como los de un cordero, pero hablaba como un dragón.
13:12 Ejerce toda la autoridad de la primera bestia en presencia de ella y hace que la tierra y sus habitantes adoren a la primera bestia, cuya herida mortal fue sanada.
13:13 Y hace grandes señales, de modo que incluso hace descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres.
13:14 Y engaña a los habitantes de la tierra por las señales que se le concedió hacer en presencia de la bestia, diciendo a los habitantes de la tierra que hagan una imagen de la bestia que tiene la herida de espada y volvió a vivir.
13:15 Y se le concedió dar aliento a la imagen de la bestia, para que la imagen de la bestia hablara e hiciera matar a todos los que no adoraran la imagen de la bestia.
13:16 Y hace que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, les pongan una marca en la mano derecha o en la frente,
13:17 y que nadie pueda comprar ni vender, excepto el que tenga la marca: el nombre de la bestia o el número de su nombre.
13:18 Aquí hay sabiduría. El que tenga entendimiento calcule el número de la bestia, porque es número de un hombre; y su número es seiscientos sesenta y seis.

Capítulo 14
El cántico de los 144 mil
14:1 Miré, y vi al Cordero de pie sobre el monte Sion. Con él había ciento cuarenta y cuatro mil que tenían escritos en la frente su nombre y el nombre de su Padre.
14:2 Oí una voz del cielo como el estruendo de muchas aguas y como el sonido de un gran trueno. La voz que oí era como la de arpistas que tocaban sus arpas.
14:3 Cantan como un cántico nuevo delante del trono, de los cuatro seres vivientes y de los ancianos. Nadie podía aprender el cántico, excepto los ciento cuarenta y cuatro mil que habían sido comprados de la tierra.
14:4 Estos son los que no se contaminaron con mujeres, pues son vírgenes. Estos son los que siguen al Cordero adondequiera que vaya. Estos fueron comprados de entre los seres humanos como primeros frutos para Dios y para el Cordero.
14:5 En sus bocas no se encontró mentira; son intachables.
El mensaje de los tres ángeles
14:6 Vi a otro ángel que volaba en medio del cielo y tenía un evangelio eterno para anunciarlo a los habitantes de la tierra y a toda nación, tribu, lengua y pueblo.
14:7 Decía con fuerte voz: «Teman a Dios y denle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio. Adoren al que hizo el cielo, la tierra, el mar y los manantiales de agua».
14:8 Lo siguió otro ángel, el segundo, que decía: «¡Cayó, cayó Babilonia la grande, la que hizo beber a todas las naciones el vino de la pasión de su inmoralidad sexual!».
14:9 Los siguió otro ángel, el tercero, que decía con fuerte voz: «Si alguien adora a la bestia y a su imagen, y recibe una marca en su frente o en su mano,
14:10 también él beberá del vino del furor de Dios, servido sin diluir en la copa de su ira, y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y delante del Cordero.
14:11 El humo de su tormento sube por los siglos de los siglos, y no tienen descanso de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen, ni quien recibe la marca de su nombre».
14:12 Aquí está la perseverancia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe en Jesús.
14:13 Oí una voz del cielo que decía: «Escribe: bienaventurados los muertos que de ahora en adelante mueren en el Señor». «Sí —dice el Espíritu—, descansarán de sus fatigas, porque sus obras los acompañan».
La tierra es segada
14:14 Miré, y vi una nube blanca. Sentado sobre la nube había uno semejante al Hijo del Hombre, que tenía una corona de oro en la cabeza y una hoz afilada en la mano.
14:15 Otro ángel salió del templo y gritó con fuerte voz al que estaba sentado sobre la nube: «Lanza tu hoz y siega, porque ha llegado la hora de segar y está madura la cosecha de la tierra».
14:16 El que estaba sentado sobre la nube lanzó su hoz sobre la tierra, y la tierra fue segada.
14:17 Otro ángel salió del templo que está en el cielo; también él tenía una hoz afilada.
14:18 Del altar salió otro ángel, el que tenía autoridad sobre el fuego. Llamó con fuerte voz al que tenía la hoz afilada y le dijo: «Lanza tu hoz afilada y recoge los racimos de la vid de la tierra, porque sus uvas están maduras».
14:19 El ángel lanzó su hoz a la tierra, vendimió la vid de la tierra y arrojó las uvas al gran lagar del furor de Dios.
14:20 El lagar fue pisado fuera de la ciudad, y de él salió sangre que llegaba hasta los frenos de los caballos, a lo largo de unos trescientos kilómetros.

Capítulo 15
Los ángeles con las siete postreras plagas
15:1 Vi otra señal en el cielo, grande y maravillosa: siete ángeles que tenían las siete últimas plagas, porque en ellas se consumó el furor de Dios.
15:2 Vi algo semejante a un mar de vidrio mezclado con fuego. Los que habían vencido a la bestia, a su imagen y al número de su nombre estaban de pie sobre el mar de vidrio, con arpas de Dios.
15:3 Cantan el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo:
 «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios, el Todopoderoso.
   Justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los siglos.
15:4 ¿Quién no te temerá, Señor, y glorificará tu nombre, ya que solo tú eres santo?
   Todas las naciones vendrán y adorarán delante de ti, porque tus actos de justicia se han manifestado».
15:5 Después de estas cosas miré, y se abrió en el cielo el santuario del tabernáculo del testimonio.
15:6 Del templo salieron los siete ángeles que tenían las siete plagas. Estaban vestidos de lino limpio y resplandeciente, con bandas de oro ceñidas al pecho.
15:7 Uno de los cuatro seres vivientes dio a los siete ángeles siete copas de oro llenas del furor de Dios, que vive por los siglos de los siglos.
15:8 El templo se llenó de humo por la gloria de Dios y por su poder. Nadie podía entrar en el templo hasta que se completaran las siete plagas de los siete ángeles.

Capítulo 16
Las copas de ira
16:1 Oí una voz fuerte que salía del templo y decía a los siete ángeles: «Vayan y derramen sobre la tierra las siete copas del furor de Dios».
16:2 El primero fue y derramó su copa sobre la tierra. Una llaga maligna y dolorosa apareció en las personas que tenían la marca de la bestia y adoraban su imagen.
16:3 El segundo derramó su copa en el mar, y este se convirtió en sangre como de un muerto. Murió todo ser viviente que había en el mar.
16:4 El tercero derramó su copa en los ríos y en los manantiales de agua, y se convirtieron en sangre.
16:5 Oí al ángel de las aguas decir:
 «Justo eres, el que es y que era, el Santo, porque has dictado estos juicios.
16:6 Porque ellos derramaron sangre de santos y profetas, y tú les has dado a beber sangre.
   Lo merecen».
16:7 Oí al altar decir:
 «Sí, Señor Dios, el Todopoderoso, verdaderos y justos son tus juicios».
16:8 El cuarto derramó su copa sobre el sol, y se le concedió quemar a las personas con fuego.
16:9 Las personas fueron quemadas por un intenso calor y blasfemaron contra el nombre de Dios, que tiene autoridad sobre estas plagas. No se arrepintieron para darle gloria.
16:10 El quinto derramó su copa sobre el trono de la bestia. Su reino quedó en tinieblas, y se mordían las lenguas de dolor.
16:11 Blasfemaron contra el Dios del cielo por sus dolores y sus llagas, y no se arrepintieron de sus obras.
La sexta copa y la reunión de los reyes
16:12 El sexto derramó su copa sobre el gran río Éufrates. Su agua se secó para que se preparara el camino de los reyes que vienen de donde sale el sol.
16:13 Vi salir de la boca del dragón, de la boca de la bestia y de la boca del falso profeta tres espíritus impuros semejantes a ranas.
16:14 Son espíritus de demonios que hacen señales y salen hacia los reyes del mundo entero para reunirlos para la batalla del gran día de Dios, el Todopoderoso.
16:15 «He aquí, vengo como ladrón. Bienaventurado el que vela y guarda sus ropas, para que no camine desnudo y vean su vergüenza».
16:16 Los reunieron en el lugar que en hebreo se llama Armagedón.
La séptima copa y el juicio de Babilonia
16:17 El séptimo derramó su copa en el aire, y salió del templo una voz fuerte, desde el trono, que decía: «¡Está hecho!».
16:18 Hubo relámpagos, voces y truenos, y se produjo un gran terremoto, tan fuerte y tan grande como no había ocurrido desde que hay seres humanos sobre la tierra.
16:19 La gran ciudad se dividió en tres partes y las ciudades de las naciones cayeron. Dios se acordó de Babilonia la grande para darle la copa del vino del furor de su ira.
16:20 Todas las islas huyeron, y los montes no fueron encontrados.
16:21 Del cielo cae sobre las personas un enorme granizo, con piedras de unos treinta y cuatro kilos cada una. Las personas blasfemaron contra Dios por la plaga del granizo, porque su plaga era extremadamente grande.

Capítulo 17
Condenación de la gran ramera
17:1 Uno de los siete ángeles que tenían las siete copas vino y habló conmigo, diciendo: «Ven, te mostraré la sentencia de la gran prostituta que está sentada sobre muchas aguas,
17:2 con quien cometieron inmoralidad sexual los reyes de la tierra, y con el vino de cuya inmoralidad sexual se embriagaron los habitantes de la tierra».
17:3 Me llevó en el Espíritu a un desierto. Vi a una mujer sentada sobre una bestia escarlata, llena de nombres blasfemos, que tenía siete cabezas y diez cuernos.
17:4 La mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, y adornada con oro, piedras preciosas y perlas. Tenía en su mano una copa de oro llena de abominaciones y de las impurezas de su inmoralidad sexual.
17:5 En su frente había un nombre escrito, un misterio: «Babilonia la grande, la madre de las prostitutas y de las abominaciones de la tierra».
17:6 Vi a la mujer embriagada con la sangre de los santos y con la sangre de los testigos de Jesús. Al verla, me quedé profundamente asombrado.
El significado de la mujer y la bestia
17:7 El ángel me dijo: «¿Por qué te asombras? Yo te explicaré el misterio de la mujer y de la bestia que la lleva, la que tiene las siete cabezas y los diez cuernos.
17:8 La bestia que viste existía y no existe; está por subir del abismo y va a la perdición. Los habitantes de la tierra cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo se asombrarán al ver la bestia, porque existía, no existe y volverá a estar presente.
17:9 Aquí se requiere una mente que tenga sabiduría. Las siete cabezas son siete montes sobre los que está sentada la mujer. También son siete reyes:
17:10 cinco cayeron, uno existe y el otro todavía no ha venido. Cuando venga, debe permanecer poco tiempo.
17:11 La bestia que existía y no existe es también un octavo rey; pertenece a los siete y va a la perdición.
17:12 Los diez cuernos que viste son diez reyes que todavía no han recibido un reino, pero reciben autoridad como reyes durante una hora junto con la bestia.
17:13 Tienen un mismo propósito y entregan su poder y autoridad a la bestia.
17:14 Harán la guerra al Cordero, pero el Cordero los vencerá, porque es Señor de señores y Rey de reyes. Los que están con él son llamados, elegidos y fieles».
17:15 También me dijo: «Las aguas que viste, donde está sentada la prostituta, son pueblos, multitudes, naciones y lenguas.
17:16 Los diez cuernos que viste y la bestia odiarán a la prostituta. La dejarán desolada y desnuda, comerán sus carnes y la quemarán por completo con fuego.
17:17 Porque Dios puso en sus corazones que cumplieran su propósito, que tuvieran un mismo propósito y entregaran su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios.
17:18 La mujer que viste es la gran ciudad que reina sobre los reyes de la tierra».

Capítulo 18
La caída de Babilonia
18:1 Después de estas cosas vi a otro ángel que descendía del cielo con gran autoridad, y la tierra se iluminó con su gloria.
18:2 Gritó con voz poderosa:
 «¡Cayó, cayó Babilonia la grande!
   Se ha convertido en morada de demonios, guarida de todo espíritu impuro, guarida de toda ave impura y guarida de toda bestia impura y aborrecida.
18:3 Porque todas las naciones han caído por el vino de la pasión de su inmoralidad sexual;
   los reyes de la tierra cometieron inmoralidad sexual con ella, y los comerciantes de la tierra se enriquecieron con el poder de su lujo desenfrenado».

18:4 Oí otra voz del cielo que decía:
 «Salgan de ella, pueblo mío, para que no participen en sus pecados ni reciban de sus plagas.
18:5 Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo y Dios se ha acordado de sus injusticias.
18:6 Páguenle como ella pagó, y denle el doble conforme a sus obras.
   En la copa en que preparó bebida, prepárenle el doble.
18:7 En la misma medida en que se glorificó y vivió en lujos, denle tormento y duelo.
   Porque dice en su corazón: “Estoy sentada como reina, no soy viuda y jamás veré duelo”.
18:8 Por eso en un solo día vendrán sus plagas: muerte, duelo y hambre, y será consumida por el fuego, porque poderoso es el Señor Dios que la juzgó».
El lamento de los reyes y los comerciantes
18:9 Los reyes de la tierra que cometieron inmoralidad sexual con ella y compartieron sus lujos llorarán y se lamentarán por ella cuando vean el humo de su incendio.
18:10 Se mantendrán lejos por temor a su tormento, diciendo:
 «¡Ay, ay de la gran ciudad, Babilonia, la ciudad poderosa!
   ¡En una sola hora llegó tu juicio!».
18:11 Los comerciantes de la tierra lloran y se lamentan por ella, porque ya nadie compra sus mercancías:
18:12 mercancías de oro, plata, piedras preciosas, perlas, lino fino, púrpura, seda y escarlata; toda clase de madera aromática, todo objeto de marfil y todo objeto de madera muy preciosa, de bronce, hierro y mármol;
18:13 canela, especias aromáticas, incienso, ungüento aromático, olíbano, vino, aceite, harina fina, trigo, ganado y ovejas; caballos, carros, esclavos y vidas humanas.
18:14 «Los frutos que deseaba tu alma se alejaron de ti;
   todo lo lujoso y espléndido desapareció de ti, y nunca más lo encontrarán».
18:15 Los comerciantes de estas cosas, que se enriquecieron a costa de ella, se mantendrán lejos por temor a su tormento, llorando y lamentándose,
18:16 y dirán:
 «¡Ay, ay de la gran ciudad, la que estaba vestida de lino fino, púrpura y escarlata, y adornada con oro, piedras preciosas y perlas!
La riqueza perdida y el lamento de los navegantes

18:17 ¡En una sola hora quedó devastada tanta riqueza!».
 Todos los capitanes, todos los que navegan de un lugar a otro, los marineros y cuantos trabajan en el mar se mantuvieron lejos
18:18 y, al ver el humo de su incendio, gritaron:
 «¿Qué ciudad es semejante a la gran ciudad?».
18:19 Echaron polvo sobre sus cabezas y gritaron, llorando y lamentándose:
 «¡Ay, ay de la gran ciudad, en la que todos los que tenían barcos en el mar se enriquecieron con su opulencia!
   ¡En una sola hora quedó desolada!».

18:20 ¡Alégrate por ella, cielo!
   ¡Alégrense también ustedes, santos, apóstoles y profetas, porque Dios ha hecho justicia por ustedes contra ella!
El fin de Babilonia y de su esplendor

18:21 Un ángel poderoso levantó una piedra semejante a una gran piedra de molino y la arrojó al mar, diciendo:
 «Así será arrojada con violencia Babilonia, la gran ciudad, y nunca más será encontrada.
18:22 Nunca más se oirá en ti el sonido de arpistas, músicos, flautistas y trompeteros;
   nunca más se encontrará en ti artesano de ningún oficio, y nunca más se oirá en ti el sonido del molino.
18:23 Nunca más brillará en ti la luz de una lámpara, ni se oirá en ti la voz del novio y de la novia.
   Porque tus comerciantes eran los grandes de la tierra, y por tu hechicería fueron engañadas todas las naciones.
18:24 En ella se encontró sangre de profetas y de santos, y de todos los que fueron sacrificados sobre la tierra».

Capítulo 19
Alabanzas en el cielo
19:1 Después de esto oí como la voz fuerte de una gran multitud en el cielo que decía:
 «¡Aleluya!
   La salvación, la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios,
19:2 porque sus juicios son verdaderos y justos;
   pues ha juzgado a la gran prostituta que corrompía la tierra con su inmoralidad sexual, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos».
19:3 Y por segunda vez dijeron:
 «¡Aleluya!
   El humo de ella sube por los siglos de los siglos».
19:4 Los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes se postraron y adoraron a Dios, que está sentado en el trono, diciendo:
 «¡Amén! ¡Aleluya!».

19:5 Y del trono salió una voz que decía:
 «Alaben a nuestro Dios, todos sus siervos y los que le temen, pequeños y grandes».
19:6 Y oí como la voz de una gran multitud, como la voz de muchas aguas y como la voz de fuertes truenos, que decían:
 «¡Aleluya!
   Porque reina el Señor, Dios Todopoderoso.
19:7 Alegrémonos y regocijémonos, y le daremos la gloria, porque han llegado las bodas del Cordero y su esposa se ha preparado,
19:8 y se le concedió vestirse de lino fino, resplandeciente y limpio». Pues el lino fino representa las acciones justas de los santos.
La cena de las bodas del Cordero
19:9 Y me dijo: «Escribe: “Bienaventurados los invitados a la cena de las bodas del Cordero”». Y me dijo: «Estas son palabras verdaderas de Dios».
19:10 Caí ante sus pies para adorarlo, pero me dijo: «¡No hagas eso! Soy consiervo tuyo y de tus hermanos que tienen el testimonio de Jesús. Adora a Dios, porque el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía».
El jinete del caballo blanco
19:11 Y vi el cielo abierto, y allí había un caballo blanco. El que lo montaba se llama Fiel y Verdadero, y juzga y hace la guerra con justicia.
19:12 Sus ojos son una llama de fuego y sobre su cabeza hay muchas diademas. Tiene escrito un nombre que nadie conoce sino él mismo.
19:13 Está vestido de un manto empapado en sangre, y su nombre es la Palabra de Dios.
19:14 Y los ejércitos que están en el cielo lo seguían sobre caballos blancos, vestidos de lino fino, blanco y limpio.
19:15 De su boca sale una espada afilada para herir con ella a las naciones; él las regirá con una vara de hierro, y él mismo pisa el lagar del vino del furor de la ira de Dios Todopoderoso.
19:16 Y en su manto y en su muslo tiene escrito un nombre: «Rey de reyes y Señor de señores».
La derrota de la bestia y del falso profeta
19:17 Y vi a un ángel de pie en el sol, que gritó con voz fuerte a todas las aves que vuelan en medio del cielo: «Vengan, reúnanse para la gran cena de Dios,
19:18 para que coman carne de reyes, carne de comandantes y carne de poderosos, carne de caballos y de sus jinetes, y carne de todos, libres y esclavos, pequeños y grandes».
19:19 Y vi a la bestia, a los reyes de la tierra y a sus ejércitos reunidos para hacer guerra contra el que montaba el caballo y contra su ejército.
19:20 La bestia fue capturada, y con ella el falso profeta que había hecho las señales en su presencia, con las cuales engañó a los que habían recibido la marca de la bestia y a los que adoraban su imagen. Los dos fueron arrojados vivos al lago de fuego que arde con azufre.
19:21 Y los demás fueron muertos con la espada que salió de la boca del que montaba el caballo, y todas las aves se saciaron de su carne.

Capítulo 20
Los mil años
20:1 Vi a un ángel que descendía del cielo con la llave del abismo y una gran cadena en la mano.
20:2 Sujetó al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años.
20:3 Lo arrojó al abismo, lo cerró y lo selló sobre él para que no engañara más a las naciones hasta que se cumplieran los mil años. Después de estas cosas debe ser soltado por poco tiempo.
20:4 Vi tronos, y a quienes se sentaron en ellos se les dio autoridad para juzgar. Vi también las almas de los que habían sido decapitados por el testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen y no habían recibido la marca en la frente ni en la mano. Volvieron a la vida y reinaron con Cristo durante mil años.
20:5 Los demás muertos no volvieron a la vida hasta que se cumplieron los mil años. Esta es la primera resurrección.
20:6 Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección. Sobre estos la segunda muerte no tiene autoridad, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él durante mil años.
La derrota final de Satanás
20:7 Cuando se cumplan los mil años, Satanás será soltado de su prisión
20:8 y saldrá a engañar a las naciones que están en las cuatro esquinas de la tierra, a Gog y Magog, para reunirlos para la batalla. Su número es como la arena del mar.
20:9 Subieron por la anchura de la tierra y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada. Descendió fuego del cielo y los devoró.
20:10 El diablo que los engañaba fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde también estaban la bestia y el falso profeta. Serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.
El juicio ante el gran trono blanco
20:11 Vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él. De su presencia huyeron la tierra y el cielo, y no se encontró lugar para ellos.
20:12 Vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono. Se abrieron libros y se abrió otro libro, el de la vida. Los muertos fueron juzgados según sus obras, conforme a lo escrito en los libros.
20:13 El mar entregó a los muertos que había en él; la muerte y el Hades entregaron a los muertos que había en ellos. Cada uno fue juzgado según sus obras.
20:14 La muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego. Esta es la segunda muerte: el lago de fuego.
20:15 El que no fue encontrado inscrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego.

Capítulo 21
Cielo nuevo y tierra nueva
21:1 Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado, y el mar ya no existe.
21:2 Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, preparada como una novia adornada para su esposo.
21:3 Oí una voz fuerte que salía del trono y decía:
 «He aquí, la morada de Dios está entre los seres humanos.
   Él habitará con ellos, ellos serán sus pueblos y Dios mismo estará con ellos.
21:4 Enjugará toda lágrima de sus ojos.
   Ya no habrá muerte, ni duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado».
21:5 El que estaba sentado en el trono dijo: «He aquí, hago nuevas todas las cosas». También dijo: «Escribe, porque estas palabras son fieles y verdaderas».
21:6 Me dijo: «¡Se han cumplido! Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida.
21:7 El que venza heredará estas cosas. Yo seré su Dios y él será mi hijo.
21:8 Pero los cobardes, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los que cometen inmoralidad sexual, los hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte».
La nueva Jerusalén
21:9 Uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete últimas plagas vino y habló conmigo, diciendo: «Ven, te mostraré a la novia, la esposa del Cordero».
21:10 Me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios.
21:11 Tenía la gloria de Dios. Su resplandor era semejante al de una piedra muy preciosa, como una piedra de jaspe transparente como el cristal.
21:12 Tenía un muro grande y alto con doce puertas. En las puertas había doce ángeles y nombres escritos, los de las doce tribus de los hijos de Israel.
21:13 Al oriente había tres puertas; al norte, tres puertas; al sur, tres puertas, y al occidente, tres puertas.
21:14 El muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos estaban los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.
21:15 El que hablaba conmigo tenía una caña de oro para medir la ciudad, sus puertas y su muro.
21:16 La ciudad está dispuesta en forma de cuadrado, y su longitud es igual a su anchura. Midió la ciudad con la caña: unos dos mil doscientos veinte kilómetros. Su longitud, anchura y altura son iguales.
21:17 Midió también su muro: unos sesenta y cinco metros, según medida humana, que es también la del ángel.
21:18 El muro estaba construido de jaspe, y la ciudad era de oro puro, semejante a vidrio limpio.
21:19 Los cimientos del muro de la ciudad estaban adornados con toda clase de piedras preciosas. El primer cimiento era jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, calcedonia; el cuarto, esmeralda;
21:20 el quinto, sardónica; el sexto, cornalina; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el noveno, topacio; el décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto, y el duodécimo, amatista.
21:21 Las doce puertas eran doce perlas; cada puerta estaba hecha de una sola perla. La calle de la ciudad era de oro puro, como vidrio transparente.
El templo y la luz de la ciudad
21:22 No vi templo en ella, porque el Señor Dios, el Todopoderoso, y el Cordero son su templo.
21:23 La ciudad no necesita que el sol ni la luna la iluminen, porque la gloria de Dios la iluminó y el Cordero es su lámpara.
21:24 Las naciones caminarán por su luz, y los reyes de la tierra llevan a ella su gloria.
21:25 Sus puertas jamás se cerrarán de día, porque allí no habrá noche.
21:26 Llevarán a ella la gloria y el honor de las naciones.
21:27 Jamás entrará en ella nada impuro ni nadie que practique abominación o mentira, sino solo los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero.

Capítulo 22
El río y el árbol de la vida
22:1 Me mostró un río de agua de vida, resplandeciente como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero
22:2 por en medio de la calle de la ciudad. A uno y otro lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce cosechas de fruto y da su fruto cada mes. Las hojas del árbol son para la sanidad de las naciones.
22:3 Ya no habrá ninguna maldición. El trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán.
22:4 Verán su rostro y su nombre estará en sus frentes.
22:5 Ya no habrá noche. No necesitan luz de lámpara ni luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará, y reinarán por los siglos de los siglos.
La venida de Cristo está cerca
22:6 Me dijo: «Estas palabras son fieles y verdaderas. El Señor, el Dios de los espíritus de los profetas, envió a su ángel para mostrar a sus siervos lo que debe suceder pronto».
22:7 «He aquí, vengo pronto. Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro».
22:8 Yo, Juan, soy el que oye y ve estas cosas. Cuando las oí y las vi, me postré a los pies del ángel que me mostraba estas cosas para adorarlo.
22:9 Él me dijo: «¡No lo hagas! Soy consiervo tuyo, de tus hermanos los profetas y de los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios».
22:10 También me dijo: «No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca.
22:11 Que el que comete injusticia siga cometiéndola; que el impuro siga en su impureza; que el justo siga practicando la justicia y que el santo siga santificándose».
22:12 «He aquí, vengo pronto y traigo conmigo mi recompensa, para pagar a cada uno según sea su obra.
22:13 Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el principio y el fin».
22:14 Bienaventurados los que lavan sus túnicas, para tener derecho al árbol de la vida y entrar por las puertas en la ciudad.
22:15 Fuera están los perros, los hechiceros, los que cometen inmoralidad sexual, los asesinos, los idólatras y todo el que ama y practica la mentira.
El testimonio de Jesús y la invitación a la vida
22:16 «Yo, Jesús, envié a mi ángel para darles testimonio de estas cosas para las iglesias. Yo soy la Raíz y la descendencia de David, la estrella resplandeciente de la mañana».
22:17 El Espíritu y la esposa dicen: «Ven».
   Que el que escucha diga: «Ven».
   Que venga el que tiene sed, y que el que quiera tome gratuitamente del agua de vida.
22:18 Yo doy este testimonio a todo el que escucha las palabras de la profecía de este libro: si alguien añade algo a estas cosas, Dios le añadirá las plagas que están escritas en este libro.
22:19 Si alguien quita algo de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa, descritos en este libro.
22:20 El que da testimonio de estas cosas dice: «Sí, vengo pronto». Amén. Ven, Señor Jesús.
22:21 La gracia del Señor Jesús sea con todos.